Texto digital de La suerte de los reyes
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Laín Burgos Cuadrado.
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Burgos Cuadrado, Laín. Texto digital de La suerte de los reyes. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/suerte-de-los-reyes-la.

LA SUERTE DE LOS REYES
¡Salid allá fuera, bestia, que a no ser pobre villano yo os asentara la mano u os hiciera más molestia! No es bueno, que cada día viene a ver a Basilea. Sospecha me da que sea, con este disfraz, espía. Malos años. Pues, escucha, si tienes ese temor, yo quiero hacerle cantor del potro y de la garrucha. Veamos por qué, ocasión tan libre, a verla se atreve. Yo no sé qué causa os mueve. Para culpar mi intención no tenéis clara noticia, ¿que soy español y extraño? Eso asegura tu engaño y obliga a hacerte justicia. ¿Qué tienes tú que tratar con la infanta cada día, o cómo darte podrá en su aposento lugar? No suele dar gusto a un rey el trato de un labrador: hablar del campo y labor del arado, trillo y buey; saber en qué mes y luna la hortaliza ha de sembrarse, y su bajeza envidiarse en la más y rica fortuna; pues así, la reina a mí me quiere bien y me escucha. Mejor dirá en la garrucha lo que va negando aquí; hácele bien. ¿A qué efecto? ¿No veis que soy truhan? En la mancuerda os harán que descubráis el secreto. Ea, pues. Llévale a coces a que se defienda a guardas. ¿Qué alboroto es este?, ¿guardas o la gente quien da voces? Prendí aqueste carbonero, sospechando que es espía. Disfraz parece, a fe mía, de algún noble caballero. ¿Que no ven que español soy, que arrojado de la mar vine a este puesto a buscar la tierra ajena en que estoy? Seis meses ha que salí de un monte a aquesta montaña. ¿A qué saliste de España? Soldado en Italia fui. Presencia tienes de noble. Antes soy un hombre bajo, que en hacer carbón trabajo de la encina, fresno y roble. ¿Cómo viniste a tener con la reina entrada aquí? No te turbes, habla, di fábricas que responder. Al pie del castillo estaba cortando robles un día y, al son que el destral hacía, mis desventuras cantaba; cuando en esas altas rejas, que por tantos muros hay, oí tristemente un “¡ay!”, Hero de mis tristes quejas. Alcé la sudada frente de mi trabajo y labor y vi con más resplandor salir otro sol de oriente; y, como a cualquiera preso la conversación le agrada mientras el alma turbada aguarda el fin del suceso, aunque me vio labrador, hablome y llamome amigo, y, doliéndose conmigo, me dio señales de amor. Respondila, aunque villano. De suerte que me pidió que entrase en la torre; y yo entré por camino llano, que, aunque mil veces han sido las que en el castillo he entrado, vuestras rejas no he quebrado ni vuestros muros rompido. Ella ha gustado de mí, que este mi ingenio grosero en mi lenguaje extranjero habla como veis aquí. Y como hay muchos que dan el veneno por triaca y otros que dejan por vaca el francolín y el faisán, así la reina me manda que la visite y la vea por cosa grosera y fea que por estos montes anda, de donde a veces presento a su grandeza mil frutas: las uvas pardas y enjutas y colgadas del sarmiento, el melón blanco de invierno, la avellana coronada, el membrillo y la granada, la nuez seca y el pan tierno. Y de mis amos también podéis informaros más. Mayor sospecha me das solo en disculparte bien. Desnudadle y venga luego un verdugo. ¿Para qué? Aquí estoy yo, que traeré agua, cuerda, potro y fuego. Desnuda. Tengo bien poco, solo este sayo y camisa; ¿para qué me das más prisa? Pues ahora aun no te toco. ¿Qué es esto que se cayó? Un papel. Muéstrale a ver. ¿Es carta? Debe de ser. Mirad si me engaño yo. Carta, y no de libertad, antes, carta de prisión. Digo que tienes razón. ¿Qué es prisión de voluntad? A lo menos para mí, fue carta de marcar, pues que me pude salvar con ese norte que vi, que, como era piedra imán el alma que le seguía, tomé tierra y vida un día donde la muerte me dan. ¿Quién te dio aqueste retrato? A la reina se le hurté y en el pecho le guardé por verla enojada un rato. Di la verdad, ¿de qué rey eres criado o tercero? De mí mismo. Habla. No quiero; carbonero a toda ley. Pues harate hablar un palo. ¿Soy yo bestia? No, que en él ha de estar puesto un cordel. Tendrele yo por regalo, mas mira que mi inocencia pedirá mi muerte a Dios. Asidle muy bien los dos y ahorcadle de en mi presencia. De una reja del castillo le pienso poner al sol. Matadme como a español. ¿Cómo? A espada o cuchillo. Pues, ¿eres tú caballero? No, pero español, que sobra. Soberbia en la muerte cobra. Arrogante carbonero. Todos estos son así. ¡Ea, apercibe el cordel! Escucha. ¡Tirad con él! ¡Camina! ¡Ay de mí! Sosegad el baile un rato, hasta que todos se alleguen, para que después no aleguen que se vende el son barato. Ya sentémonos aquí mientras de rezar acaban. Fuera de la iglesia estaban; venir al monte los vi. Las vísperas acabadas, ¿qué tiene nadie que quedar a roer santos? Querrán dar peticiones excusadas, que esta suerte, que este día de los Reyes celebramos en que a nuestra usanza damos cetro y reino y monarquía. Aunque es de burlas y dura hasta el antruejo y no más, dejadas burlas atrás, como verás, se procura, porque es ser rey en efecto de toda esta serranía. Será por serlo este día mi novillo el blanco y prieto. ¿Tanto deseas mandar? Sola una cosa mandara. ¿Y es? Que Cardenia me amara. Luego, no te quiere amar. ¡Calla, Albano, que eres loco! Por Dios, Belardo, ¿qué veo?, que se le ha muerto el deseo y que ya me tiene en poco. Cierto serrano extranjero bravamente la regala. Hablad cuerdo noramala. Para ti mi bien te quiero, pues a fe que si me cabe esta suerte de ser rey, que he de poner una ley que en ningún tiempo se acabe. Eres tú muy buen letrado. Mandaré que las memorias cobren presentes las glorias que son de plazo pasado, que yo sé bien que en tu olvido está muerta mi esperanza, y que no has dado fianza del tiempo que me has querido, pues cédulas tengo yo con firmas para cobrar. Ya comienzas a mandar. ¿Mandar, Cardenia?, eso no. ¿Cuándo no te fui yo esclavo? ¿Cuándo obediente no fui? Que te quejes de ella aquí, Albano amigo, no alabo; que, aunque seas aquí rey, eres rey sin libertad. Mandar a la voluntad es fuerza, pero no es ley. ¡Oh, Menandra, cómo vuelves por tu amiga y por mi ingrata! ¿Qué te quejas? Que me mata. Esas historias revuelves, ¿que tú no me has muerto a mí con tus pesados agravios? Cierra esos hermosos labios, que viene la causa aquí. Parece que ya aguardáis la suerte del rey dichoso. ¡Anda apriesa, perezoso! Qué injusto nombre me dais, que el amoroso cuidado nunca pereza consiente. Aquí, Jaquelo, se siente. Ya estoy, Orfindo, sentado. Siéntate, Turrino, aquí. A Menandra me acomodo. Está junto el monte todo. Y aun el cielo para mí, que no quiero yo más tierra de la parte que me cabe, de aquese cielo suave que mi pena y gloria encierra. ¿Ya tus lisonjas comienzan? Verdades dirás, mejor. ¿Cómo es posible, di, amor, que mis celos no te venzan? Digo que el duque me imbía y que has de venir conmigo. Vuélvete en buena hora, amigo, que es hoy ocupado el día; que hoy, víspera de los Reyes, en esta tierra criamos un rey a quien cetro damos y obedecemos sus leyes. Por vida del duque, perro, que si no vuelves atrás, que te atraviese. ¿Osarás, con el tuyo, hacer tal yerro? ¿Qué puede el duque quererme? ¿No es Timbrio el que vocea? Mejor es que por bien sea, que por mal no has de vencerme. ¿Qué es eso, amigo Timbreo? Un criado de palacio, de los que duermen despacio y que comen a deseo. ¿Qué te quiere? Buena gente, no os alteréis, pues sois todos vasallos del duque. Hay modos de hablar comedidamente. ¿Qué es lo que ahora queréis? Al duque se le ha ofrecido ahorcar un hombre. No ha sido falta que tan claro habléis. Y, faltando quien le ahorque, me imbía por un villano porque ponga en él la mano. ¿Quién calza un grosero alcorque?, que no es bien que de palacio lo haga nadie. Echadlo en risa, y si viniste deprisa, os podéis volver despacio, que, aunque villanos con nombres de carboneros honrados, no fuimos jamás tiznados con sangre de infames hombres. Muy mal el duque se aplica y advierta si está tan ciego, que antes el carbón y fuego sus vasallos parifica. Y bien ves si enojo tomo cuando así la frente arrugo. Direisle que haga verdugo su veedor o mayordomo, que, si te vas con la vida, es porque eres mensajero. Buen hombre, escuchad. No quiero, vete y di que nos lo pida; mi hacienda le daré yo con los brazos en los pechos, que el rey puede poner pechos mas hacer verdugos no. No quedéis alborotado, que yo me iré. Y te conviene. No vistes con lo que viene. ¡Qué necio es amo y criado! Ven acá por vida mía. Antes que te vayas, di a quién ahorcan. Aquí quedarme entre estos podría. Ahorcan un carbonero por sospechoso y traidor, que en traje de labrador sospechan que es caballero. ¿Quién falta aquí? Baltasar. ¡Ay de mí!, sin duda es él. ¿Qué causa el duque cruel pudo en su inocencia hallar? El mismo que decires, si de él seguros estáis, al duque es justo que vais y que os echéis a sus pies; que si dais satisfacción y él sabe que está inocente, le dará ligeramente de su delito perdón, porque solo haber entrado en la torre le acumula. Lo que hasta aquí disimula ha sido ahora pecado; no ha seis meses que entra allá por dar gusto a Basilla. Como el duque os oiga y vea, fácil perdón le dará. Padre, vamos si no quieres que me desespere o mate. Vamos, que el mayor combate son lágrimas de mujeres. Ya el verdugo se dilata. ¿Cómo es posible que espere? Gracias al cielo que hoy muere conmigo el mal que me mata, que de esperanzas acaban de un solo golpe de un vuelo, que por un cielo en el suelo seguras del tiempo estaban. Ah, España, mi madre cara, qué lejos de ti me entierra una extraña y pobre tierra y una ocasión sola y rara. El morir en tierra ajena bien me puede lastimar, mas no me puedo quejar de que la causa no es buena. Altas cosas emprendí con solo el propio valor, mas eran alas de amor y en llegando al sol caí. ¿Qué lamentas entre dientes? No es bien que al cielo preguntes, sí es bien que esta sangre juntes con la de otros inocentes. ¿Que tú lo estás? ¿No lo ves? ¿Soy más de un pobre villano en quien hoy pones la mano porque puse aquí los pies? ¿Que me hallases un retrato que hurté como hombre ignorante es bien que tu pecho espante y que en ti engendre recato? ¿No das licencia que vaya la reina al campo mil veces? ¿Todo el monte no le ofreces sin poner término o raya? ¿Qué hallaste ahora de nuevo que te dé que sospechar? Bien podéis todos entrar. Con el mucho amor me atrevo. Por un verdugo imbiaste, gran señor, para este triste, y aunque uno solo pediste todos los que ves juntaste. Este es un mozo extranjero que aquí el mar nos arrojó, escoria que vomitó. Subí entre insaciable y fiero, mas, aunque fue sin provecho, puesto ya en paz y quietud, el oro de su virtud ha descubierto su pecho. Seis meses ha que está aquí y le sustento y gobierno porque le quiero por yerno, como él por suegro a mí. Esta moza que aquí ves casi está con él casada. Yo soy esa desdichada que estoy llorando a tus pies. Dame, señor, mi marido o mátame aquí con él, que yo sé muy bien que de él estás sin causa ofendido. ¿Qué espía sospechas que es y de quién si el mismo mar aquí nos le vino a echar? Como yo estoy a tus pies yo le hallé medio desnudo, medio muerto y medio helado, del mar, en vano, escapando; sí de la muerte no pudo. Si la reina gusta de él, con estorbarlo has cumplido. Noble eres, razón te pido o que me mates con él. Danos nuestro compañero, invictísimo señor. ¿Qué mal puede ser traidor hombre que fue carbonero?, que estos de ordinario han sido los huéspedes de los reyes, con privilegios y leyes que los han ennoblecido. Francia Italia y aun España tienen de ellos mil historias. Esta, señor, en tus glorias ha de ser infame hazaña. No le mates, por ser hoy víspera de tan gran día si buscas la monarquía de aqueste reino en que estoy. Porque si aspiras por ley a ser rey, son duras leyes, que víspera de los Reyes mates hombre que ve al rey. Buena gente, siendo así, que todos le conocéis, mucha justicia tenéis. Yo os le entrego desde aquí, también por el buen agüero de ser rey y haberme visto, que, si este reino conquisto, seros muy piadoso espero. Andad con Dios, Baltasar, y no entréis más en la torre. Échate a sus plantas, corre. Esos pies me manda dar. Vivas mil años, amor. Rey de aquesta tierra seas. Hoy goces lo que deseas. Yo a ti, Cardenia, también. Desde hoy a vivir empiezo. Vamos, harete un sermón. Por Dios, de un buen pescozón has escapado el pescuezo. Contentos van los villanos. Es en fin gente ruin. No estuvo un dedo el motín de poner en mí las manos. El hombre estaba inocente. Bien se le echaba de ver, pues tiene suegro y mujer y es bienquisto entre esta gente. ¿La reina es esta? ¡Ah, señora!, ¿hay en que os sirva este esclavo? La merced que has hecho alabo, duque, a este villano ahora porque era injusta su muerte y me dabas gran disgusto. Supe que era de tu gusto y quebró por lo más fuerte. Celos y temor han hecho rey al aire, al sol, espía porque de noche y de día me están combatiendo el pecho. Él lleva ya libertad y yo quedo en tu prisión. De esta sola obligación me compras la voluntad, que me pesara en extremo de que muriera este mozo. Oh, extraño y no ves tu gozo, que me cueste el alma temo; posible es que tal confiesas tú a mí, obligada, tú a mí. Oh, Muerte, acábame aquí si acabar glorias profesas. Pide, hermosa reina, cuanto te diere gusto y contento, que mi humilde pensamiento nunca pensó verse en tanto. Que sabe Dios que deseo solo verte enternecida aunque me cueste la vida que en tu desgracia poseo. Hoy quiero, con tu licencia, salir al monte a cazar. Yo te quiero acompañar y al cielo hacer competencia, pues si él en sí lleva un sol, yo con dos soles saldré. Dichosa muerte escape la vida de mi español. ¡Ay, príncipe que te ves, cuánto te estoy obligada! Hoy queda mi tierra honrada de las plantas de tus pies. El más xxxx peñasco, esta playa, esta ribera cubrir, señora, quisiera de oro, telas y damasco; pero como de tesoro cubre el sol lo que va hallando, así tus ojos mirando cubrirán los montes de oro. ¿Quieres otra cosa más? No más de que luego sea. Cuanto tu alma desea ha de hacer esta en que estás. Hola, caballos sacad. ¡Oh, español noble e hidalgo!, ¿si presa a buscarte salgo qué hiciera con libertad? En las suertes has de entrar, aunque la que te ha cabido de las mejores ha sido que pudo tu suerte hallar. Que yo he de entrar en las suertes. Ya traigo tu nombre escrito. Hoy me basta la que quito, escrita en mis hados fuertes. Todos estamos en ellas. ¿Y cómo se entiende? Di. Dos jarras vienen aquí y un rey ha de salir de ellas. Aquí están todos los nombres. ¿Y aquí? En blanco, que es la ley que una sola diga rey. ¡Válgame Dios! No te asombres. ¿Y no dice reina alguna? También le toca a mujer. Bien hacéis, que he de tener, si puedo, alegre fortuna. La que hoy tuviste lo ha sido, y, Baltasar, por tus ojos, que no me des más enojos; si es que has de ser mi marido, deja a los reyes allá. No busques tu perdición porque, en efecto, el carbón donde quiera encenderá. Yo por mi gusto lo hacía y por él tuyo también, porque me ofreció gran bien si de esta prisión salía, tanto que juro casarme, aficionado de mí. En gran peligro te vi y lo estuve de matarme. Dejaos ahora de celos y en las suertes poned mano. Tanto bien, Jaquelo hermano, yo lo agradezco a los cielos. ¡Ea!, ¿quién ha de sacar? Saque Menandra. ¿Por qué? ¿Piensas tú que yo no sé cómo nos puede engañar? Cardenia saque. Tampoco, que no es menos inocente. ¿Pues quién de toda esta gente? Busquemos un niño o loco. ¿Loco?, ¿qué mejor que yo?, que de puro enamorado todo el sentido he dejado adonde el alma quedó. ¿Por quién, Baltasar, es eso? Por la reina de hermosura que en fuego de amor apura mi libertad y mi seso. Gente viene y en la grita; ¿son cazadores? Sí son, que estos silbos y este son la guerra del campo imita. Querría que se acercasen. La reina viene con ellos. Sacarala alguno de ellos si no es que corriendo pasen. Estos villanos dirán si ha pasado por aquí. Mejor me dirán a mí si aquí mis ojos están. ¿Habéis, buena gente, acaso visto un gamo? Señor, no, si no es uno que vi yo, ayer al escuro ocaso, que los enramados cuernos dentro del mar se miraba. Luego, ¿por la playa andaba? Bájanse aquí los inviernos y sobre aquella maleza entiendo que tiene cama. Toca esos monteros, llama y correrale su alteza. Suplico a su señoría que nuestra contienda acabe. ¿Qué es lo que queréis? Ya sabe; la costumbre de este día vuestra alteza ha de saber, que hoy hace un rey esta gente, costumbre que antiguamente jamás dejaron de hacer, y a este sirven y obedecen mientras le dura este nombre. ¿Y cuáles? Dichoso el hombre, cuyas dichas lo merecen; aún la suerte no ha caído, que en estas jarras está. El duque Albano podrá sacárnosla si es servido. Mejor le estará a su alteza, pues es reina hacer un rey. Y ese puede a toda ley coronarse la cabeza. Pues tengo grande deseo de hacer un rey de mi mano que me entregue de su mano el reino que no poseo, y aun de burlas quiero hacerle. ¿Cuáles son los nombres? Estos, y aquí están los blancos puestos y el nombre que ha de caberle. ¿No jugáis vos, Baltasar? Yo también, señora, juego, que es, aunque quita el sosiego, gustoso juego el reinar. ¿Qué en fin ser rey deseáis? Como el duque y como todos. ¿Y por tan humildes modos tan gran cosa procuráis? Pues tengo yo una ventura. Ahora, bien sacar deseo vuestro nombre. Yo lo creo, pero en mejor coyuntura, y holgarame que pudieras coronarme, aunque te burlas porque entretengan las burlas mientras que llegan las veras. Ya saco. “Albanio” salió. ¿Y es otra? En blanco. ¡Ay de mí! Saca. “Orfindo” dice aquí ¿La suerte? En blanco. Perdió. Aquí, “Turino”. ¿Y la suerte? No tiene letra. ¿Quién duda? Así el color se me muda, como si fuera mi muerte. Aquesta dice “Belardo”. ¿Y el blanco? Ni más ni menos. Acontece por mil buenos. Gran bien de tu mano aguardo. Menandra” es esta. ¿Segura?, ¿está mi ventura igual? Y no os asentará mal la corona en la hermosura; en blanco salís también. Siempre me he quedado así, pues con tal mano perdí. Ni tengo ni espero bien. Jaquelo” salió. Permite que os haga convite franco. Ya salió tu suerte en blanco. Pues salga en blanco el convite. ¿Cardenia quién es? Yo soy, para servir a su alteza. Si hoy no cubren tu cabeza, desesperado me voy. También en blanco. Yo creo que aquesta suerte se erró. Timbreo” es el que salió y salió en blanco Timbreo. Salí tarde y perdí aprisa. Votó al sol gentil persona. No me caerá una corona aunque me ordene de misa. Esta dice “Baltasar” y esta dice “rey”. ¡Vitoria! ¡Rico agüero, dulce gloria, los pies te quiero besar! ¿De manos tan celestiales qué pudo caberme a mí sino el ser rey que rey fui? Con esperanzas reales, hola, obedézcame el mundo. Ser otro Alejandro espero, que de tu mano el primero, no ha de consentir segundo, que temo ya de mi suerte. Sí, soy rey ahora aquí y esta mañana me vi en los brazos de la muerte. Lo que es el mundo pregona la pérdida y la ganancia, pues hay tan poca distancia de la horca a la corona. Hoy buscaban la fiereza de un verdugo para mí y hoy pone una reina aquí su corona en mi cabeza. Y con tal ejemplo abona Fortuna, que no es cruel ni es desdichado el cordel ni dichosa la corona. Si suertes se habían de echar, día que de reyes era, ¿a quién caberle pudiera sino a quien es Baltasar? Muy bien te ha venido a ti. Con gran justicia y verdad y para tu autoridad tendrás una reina en mí. Pide adornos ropas, sedas y lo que habrás menester. Eso a su tiempo ha de ser, como enriquecerme puedas. Contento estoy en extremo de que os haya a vos caído. Lo contrario he yo tenido porque solo a vos os temo, que, como tan fin razón, darme la muerte procuras. Aun Rey, no traigo seguras las alas del corazón. Ya estoy mejor informado y sé que os haré merced. Tratadme bien y creed que ya soy rey coronado, que si hoy con aquellos dos me tratabades la muerte, ya soy rey y rey de suerte, que os daré la muerte a vos. ¡Qué gracioso es el villano! En extremo gusto de él. He de ser un rey cruel si cojo el cetro en la mano. ¿Veis esto que digo aquí y que vos tenéis por gracia?, pues el que reina en Dalmacia no está seguro de mí. Bien finge la autoridad. Vamos, reina de mi vida. La autoridad es fingida, pero el ser rey es verdad. Vamos, pues, a ver si el gamo a la marina bajó. Herido irá como yo. Llama esa gente. Ya llamo. ¿Ya Baltasar eres rey? Por Dios, Belardo, sí soy. Corona y cetro te doy. Quiero ordenar una ley. Lo que quisieres mandar habemos de obedecer. Pues soy rey y lo he de ser. Aquí me quiero sentar, y a todos os mando luego que estéis en pie y aun temblando. Que no, que has de ser rey blando. ¿No ves que todo esto es juego? Como juego vive Dios. Ya comienzo a tener miedo. Rey soy y mandaros puedo cosa que os ahorque a vos. No abras los ojos así, que parece que es de veras. Mal lo que soy consideras. Yo soy rey y rey nací. La traza de los oficios y vaya adelante el juego. Lo que es juego veréis luego y quién soy por los indicios. Haz maestre sala y galán y mayordomo discreto y un camarero perfecto de los mozos que aquí están. Haz caballerico diestro y un contador voluntario. Haz un sabio secretario de todas cifras maestro. Tenga cada cual su parte con oficios convenientes. Han de ser muy diferentes todos oficios de Marte. He de ser rey belicoso, mi casa ha de ser milicia, que defiendo una justicia como rey justo y piadoso. Un campo quiero ordenar y este mi palacio sea, que lo que el alma desea hoy se comienza a fundar. Bien pareces ingenioso. ¡Qué brava imaginación! Hemos de hacer escuadrón. Si es guerra, será forzoso. Qué linda fiesta será vernos en cuita a todos. Con mil galas de mil modos todo este monte saldrá. De todas estas aldeas mando que la gente acuda, y, porque no pongan duda, general quiero que seas. A ti digo, buen Belardo; que yo me fío de ti. Pues yo lo soy; desde aquí bastón y título aguardo. Un alférez imbiarás con mi bandera a hacer gente. Pues llegarás brevemente cuatro mil hombres y más, pero temo que con esto no se alborote la tierra. Siendo fingida la guerra, podrá sosegarse presto. Hago a Albanio y a Jaquelo y a Timbreo capitanes porque son mozos galanes de buen pecho y mejor celo. Y hago sargento mayor a Turino. Fiesta extraña. Y barrachel de campaña a Orfindo. ¿Y a quién tambor? Eso de la plebe y vulgo ha de salir como escoria y, oíd, que mi intento y gloria en la bandera dé vulgo. ¿Qué piensas hacer bandera? A lo menos un guion en que ponga la razón de esta guerra. ¿Cómo? Espera. Pintaremos una espada y una mano de mujer, y en una nube ha de ser, como del cielo envidiada. ¿A qué fin? Ya lo veremos. Toca a marchar, y partamos porque sin armar estamos y menester las habremos. ¿Qué te ha movido a tan extraño hecho? Amor. Amor… No dices otra cosa. Daga me pones, traidor duque, al pecho. Amor. ¡Ay, hora triste y temerosa, que estás loco, villano vil, sospecho!. Amor. Oh, sierpe fiera y venenosa, escupes basiliscos y amor dices. Amor. Al amor y al agravio contradices. Como los niños, que la muda lengua comienzan a soltar y solo saben decir “madre”, no más, con tanta mengua que no es posible que el vocablo acaben. Aunque mi atrevimiento se deslengua, la boca y lengua es justo que se traben y solo diga “amor”, y de esta culpa es la justa ocasión y la disculpa. Cuando mi torpe yerro consideres, verás que amor la pena a largo toma. Amor es cielo y tierra y cuanto vieres, ¿Cuál hombre al áspid, oso y tigre doma? Por el ardiente amor de las mujeres, España, Grecia, Troya, Italia y Roma se abrasaron, y muestran las señales en aquellas cenizas inmortales. ¿Cuál ave miras que no tenga amiga? ¿Cuál animal sin compañía adviertes? Disminuye el trabajo y la fatiga Amor por quien se pasan tantas muertes. Tú sola, verdadera mi enemiga, el dulce bien de Amor en mal conviertes; tú sola, en esta soledad sin alma. Con ser dura no imitas ni una palma; rinde la palma con su esposo el fruto, que no crece jamás si no le tiene. ¿Cuál animada cosa este tributo no paga al mal de amor y a darle viene? Amor es rey y príncipe absoluto de cuanto aquesta máquina contiene. Quien no se rinde al amor ¿por qué se llama humano?, pues su igual no quiere y ama. ¿Eres tú el niño y el que solamente decir “amor” como penar sabía o eres algún filósofo elocuente de inútil ciencia y vil sofistería? Eres bien ignorante e insolente, pues que no consideras que podría ser tu fuerza ocasión, traidor aleve, de un largo mal y de un contento breve. Sosiégate, y pues es mi suerte dura tan contraria a mi bien que no estés cierto de que el tuyo mi espíritu procura. Si ya quédase aquel bastardo muerto, que en tu palacio y fortaleza oscura que no es justa razón a cielo abierto, yo te daré de aquese amor el fruto con rostro ya de lágrimas enjuto. Si fue mi estrella que tú seas mi esposo, ¿qué puedo hacer sino sufrir mi estrella? Y hágate el cielo en todo venturoso contra las fuerzas de Fortuna y de ella, que yo espero en tu brazo belicoso que el bastardo que ahora me atropella ha de morir y darme lo que es mío, que no menos valor confío. Por cuantas luces tiene el firmamento y esos ojos que vencen tu luz pura hago, desde hoy, solemne juramento de dar a aquel bastardo muerte dura y de ponerte en tu real asiento con nueva pompa y majestad segura, y de llevar aqueste intento al cabo con solo que me tengas por tu esclavo. No pienso desceñir aquesta espada ni desarmar de una coraza el pecho hasta que estés de aquel traidor vengada que tal afrenta en nuestra sangre ha hecho. Pondré luego mi gente en campo armada y el reino de Dalmacia en tanto estrecho; que todos digan con mortal desmayo que de tu cielo mismo bajó un rayo. Esa palabra que me das acepto, y te confirmo y doy la que me pides. Rey siempre humilde y amador sujeto, Numa, en las paces y en la guerra, Alcides. Yo lo creo de un hombre tan discreto y porque de tu gente me debedes; y, no parezca mal, si gustas, vamos hacia la torre por aquestos ramos. Toda la gente aguarda aquí en la playa pensando que a la torre das la vuelta. Así es verdad, di que adelante vaya. ¿Mandas que vaya en orden o revuelta? La reina de cansada se desmaya porque ha corrido a pie ligera y suelta. Traigan un palafrén. Palafrén, hola. ¿Quieres mis brazos? Yo subo sola. Aquí estará el campo bien, aunque es asiento fragoso que porque guarden también el paso dificultoso, quiero que en estrecho estén. Y, pues, os habéis juntado con un pregón que se ha dado tantos y tan buenos hombres; alístense por los nombres y quede el campo alojado. No me dirás, que es tu intento, dónde con mil hombres vas, que parece atrevimiento. Que humilde y que llano estás no entiendes mi pensamiento. Es ese amigo, Belardo, el brío noble y gallardo que de tu xxxx pecho espero. Viénete mal el acero sobre el sayal tosco y pardo. Aunque carbonero soy, como aquí todos me ven, palabra hidalga te doy, que soy muy hombre de bien y que en esa fama estoy. No me afrentes de esa suerte, que, aunque a nadie he dado muerte, si una vez tu intento abrazo, sabré ejercitar el brazo entre aquestos robles fuertes. Dinos bien tu pensamiento, que un hombre que aquesto hace más tiene que humilde intento, que en ti no sin causa nace tan heroico atrevimiento. Siempre, famoso extranjero, te tuve por caballero y por notable varón; declárame tu intención y seguirete el primero. Esta nación, esta gente es valiente y belicosa, es fuerte naturalmente; de la blanda paz ociosa, enemiga diligente. Si de algún agravio justo quieres, mancebo robusto, tomar de alguno venganza, ten de quien soy esperanza, que moriré por tu gusto. Con mis brazos quiero honrarte. No eras de villanos viles hijo, pareces de Marte. Serás mi Ulises y Aquiles en las fuerzas y en el arte, y porque entendáis mejor las prendas de mi valor y el fin de mis pensamientos, hablaré enhestando atentos. Ya puedes hablar, señor. De un retrato enamorado de la infanta Basilea, para servirla en Dalmacia, dejé a Vandalia, mi tierra. El príncipe de ella soy y vine, amigos, a verla, que el amor por los oídos tiene a veces mayor fuerza. Mis naves y mis amigos, mis galeras y riquezas… Me anegó la fiera mar sin dejar tabla ni vela; en una los pechos puse haciendo una barca de ella, puse en el cielo la proa y la esperanza en la tierra. Al fin los remos, cansados de los brazos y las piernas, me arrojaron como vistes. Me dio muerto a la ribera, donde, humilde a mi fortuna, bajé mi real grandeza a vuestro oficio seis meses. Que vivo por estas sierras procurando por la infanta, hallela sin causa presa porque un traidor bastardillo en su lugar triunfa y reina. Tuve ocasión para hablarla y, descubriendo quién era, justicia a voces me pide bañada en lágrimas tiernas. Dome palabra de esposa y yo de hacer esta guerra, que para cosa tan justa más quiero razón que fuerza. ¡Oh, generosos hidalgos, presa tenéis vuestra reina!; vuestra ha de ser esta hazaña, pues que la ocasión es vuestra. La Fama con vuestros nombres irá por tierras ajenas con el hecho más famoso que de romanos se cuenta. No es vuestro señor el duque sino un tirano que os fuerza, vuestras haciendas os quita y vuestras hijas afrenta; para verdugos os tiene, que no para honesta guerra. Mirad que la suerte os llama y los cabellos enseña. Yo os quiero así, carboneros, y si salgo con la empresa, tendréis rey como vosotros, que he hecho carbón y leña; tan buenos sois como yo. Dareos gobierno en mi tierra, de mi justicia a los unos y a los otros de mi hacienda. Acometamos, amigos, libremos a vuestra reina. ¡Vivan España y Dalmacia! ¡Mueran los traidores, mueran! A todos has dejado como atónitos viendo tu gran valor, príncipe vándalo, de fama digno más que Pirro y Hércules. Tus pensamientos son justos y lícitos, y no es posible, no, sino que, angélico espíritu te trazó tan belígero a dar principio a una ocasión tan célebre. Amigos, presa está la reina misma, el reino todo ha de envidiar nuestro ánimo, la Fortuna nos llama a grandes méritos. Este rey que miráis es justo y lícito; de la mano de Dios, alta y espléndida, lo atase aquesta torrre y el rey viva. ¡Viva el rey Baltasar! ¡Arriba, arriba! Que se escapó, en efecto. Ya camina, según se ha visto desde aquella torre. Desdicha ha sido y aun descuido vuestro. ¿No sé podrá seguir? Es imposible, que es áspero el camino y enramado de excelsos pinos y soberbios robles. En uno holgara yo que se quedara de los cabellos el traidor rebelde, que yo pensé buscar mejor verdugo que tuvo para mí cuando los cielos pusieron en sus manos esta vida. ¿La reina está contenta? Queda loca, no se ha visto en el mundo tal extremo. Bendice el día, que la mar y el viento desnudo te arrojaron a su playa para librar su reino, vida y honra de la prisión de aquel bastardo infame. ¿Qué hace ahora? Estábase vistiendo al uso de la tierra. ¿Qué es el uso? Vístense las mujeres a lo corto cuando van sus maridos a la guerra; mayormente, que quiere acompañarte. ¿Ahora que decís de mí vosotros? Que eres un rey famoso, que entre reyes escribirán tu nombre largos siglos, que harás los Nueve de la Fama iguales, que mereces estatuas y pirámides, agujas, epitafios y colosos, que eres español, naturalmente. La reina sale. El corazón lo siente. Pues con láurea dos brazos no adorno tu altiva frente; quiero adornar tiernamente tu cuello con estos lazos. Vivas, español galán, mil años, rey de esta tierra, que ya de tan justa guerra los cielos favor te dan. Mirando estoy, rey dichoso, en tu gala y perfección un valiente Escipión de veinte años victorioso. Aquí está tu reina amiga justamente conquistada con amor y con espada, que el alma y cuerpo le obliga. No dirá el reino, a lo menos, que no le he dado buen rey; por armas de hecho y de ley entre los reyes más buenos. ¡Oh, gallardo octaviano!, cual pareces a mis ojos por los sangrientos despojos, de aquel soberbio villano quisiera yo ser Cleopatra en hermosura y valor. Pero, español vencedor, toda el alma te idolatra, y más dejando el vulgo satisfecho, desde el mayor al mínimo vasallo, con esta industria que el temor te quita y tu famosa empresa facilita. Duque, Leocadio y vos, Minobletio, si yo pretendo el premio, Dios lo sabe, que es más porque sea vuestro que no mío y porque vuestra sucesión no acabe, en vuestras manos solo pongo y fío de esperanza y secreto efecto y llave. Hacedme rey que si en Dalmacia reino, vuestro es el rey como es del rey el reino. La industria para el pueblo es escogida, esté el papel que ha de firmar la infanta. Seguro voy que de mi gran caída al cielo la Fortuna me levanta. Yo perderé mi Estado con la vida, tanta es mi voluntad e industria tanta. Si no te diere por extraño modo la investidura de este reino todo, muestra el papel y vete a la antecámara, porque, así como ves, me lleva el ánimo a entrarme sin licencia hasta su cámara. Eres de pecho y corazón magnánimo; ha celda, luego entrar en su recámara, que el pecho femenino y pusilánimo, por no quedar de vuestras dagas víctima, confirmará mi sucesión legítima. Qué humilde parte el infante. Es mozo tan virtuoso que en caso tan importante está indigno y temeroso, pudiendo estar arrogante. Tanto esa humildad le abona que le adorna y galardona, no por fuerza, mas por gracia del imperio de Dalmacia, la merecida corona. Cuando no la mereciera, ¿quién pudiera obedecer?, ¿quién sujetar se pudiera al gusto de una mujer fácil, mudable y ligera? Y esto fuera el menor daño, pues no pensar es engaño, que, no casando en su tierra, no nos diera envidia y guerra el imperio de hombre extraño. Mejor será, si Dios quiere y al reino le está mejor, que por cosas nuevas muere, que tenga propio señor y no que extraño le altere. ¿Hemos de entrar o llamar? Nuestra gente puede entrar. Ah, de la gente a soldados. ¿Cuántos vienen? Seis armados, no más de para espantar. ¿Y estáis todos advertidos? Ya de lo que hacer debemos, duque, estamos prevenidos. Pues alto entremos. Entremos. ¿Qué es esto, duques traidores? ¿A dónde vais sin temor? ¿De quién, sin tener valor habéis sido valedores? ¿Qué gente armada es aquesta con que en mi cámara entráis? ¿A qué intención alteráis mi quietud real y honesta? Si acaso por ser mujer, el respeto habéis perdido; retrato del rey he sido que pudierades temer. Y si aquesto no merezco, es porque os falta lealtad para ver con voluntad en qué parte le parezco. El lugar donde habéis puesto las plantas alborotadas y estas salas enseñadas solo a mi silencio honesto luego me dieron indicio, como si ahora lo viera, que estaba aquí la cordera de vuestro vil sacrificio. Villanos de bajos nombres de quien ya venganza aguardo, imbiaos aquel bastardo, ejemplo de infames hombres; venís a darme la muerte con esta fuerza atrevida, y que para darme vida vinierades de otra suerte; llegad a este punto estrecho. No penséis que he de temer, que solo por ser mujer no muestro desnudo el pecho, mas, pues tocas delicadas tan poca defensa harán, xxxx que bien podrán pasarlo vuestras espadas. Infanta, no nos imbía tu hermano, como has pensado; el reino nos ha imbiado, que en tu gran valor confía. No teme que tú le mandes ni venirte a obedecer, que bien puede una mujer regir imperios más grandes. Teme que te has de casar y que de rey extranjero no le oprima el yugo fiero que le ha de tiranizar. Y con este miedo quiere que consentimiento des en este papel que ves, sin que tu pecho se altere, del cual, te juro por Dios, que está inocente tu hermano y el pensamiento y la mano de cualquiera de los dos; porque el reino y parlamento se han juntado y ordenado en este papel cerrado el público bien y aumento. Y cuando no lo obedezcas traemos orden expresa de llevarte luego presa donde mueras o padezcas. Pon aquí, luego, tu firma señora, que ya está abierto. ¿Del reino es este concierto? Todo el reino lo confirma. ¿No lo podré yo leer? Yo lo haré con tu licencia. Di, veamos. Ten paciencia. No poca habré menester. Yo, la infanta Basilea, porque mi reino en los daños de los imperios extraños en ningún tiempo se vea, hago de mi propio gusto mi hermano Partinopeo, que por legítimo creo, césar de este imperio augusto. Yo le crio desde ahora por solo el público bien porque yo entiendo y sé bien que todo el reino le adora. A quien mando le obedezca y hacete aquesta elección, porque con su protección en valor se aumente y crezca, que yo confieso que soy inhábil para reinar. ¿Eso tengo de firmar? Esto has de firmar. ¿Cuándo? Dame más tiempo. Ni una hora de término puedo darte. Pues todo el mundo no es parte a hacer que lo firme ahora. Ea, firma. Aunque me mates. Pues, alto, date a prisión. Sí haré, porque no es razón que firme esos disparates y que no sabe mi hermano lo que dice este papel. No ha visto sílaba de él. Mientes, infame villano, que el bastardo malnacido, y peor aconsejado, vuestra lealtad ha engañado con lo que os ha prometido. ¡Ah, traidores!, esta es la palabra y juramento, de cumplir el testamento y obedecerle después. Yo sola culpa he tenido. Si como fui aconsejada, hubiera alzado la espada, que al fin de mujer ha sido; si al bastardo hubiera muerto por la común opinión, no hubiera aquesta traición ni vuestro infame concierto. Llevadme, y podéis poner un cuartel en vuestras armas de que vinisteis con armas a prender una mujer; y reina no la pongáis ni de su cetro deis muestra porque no piensen que es vuestra y doble infamia tengáis; vosotros sois sangre noble. Firma aquí, déjate de eso. ¿Que firme yo? ¿Tienes seso? Tú lo harás atada a un roble. Si Falaris resucita e inventa nuevo tormento o ese villano sangriento su toro y crueldad imita, bramando diré en el fuego eternamente que no. Ya su obstinación llegó, que imparta amenaza o ruego. Camina. Espera, entraré por gente que me acompañe. Coja, Arsilo, que te engañe. Vuelve acá. Luego saldré. Digo que no quiero que entres. Pues, ¿cómo he de ir? Sola sobra, porque no tengamos obra cuando a tus damas encuentres. Yo haré que ninguna llore, todas callarán. Camina. Oh, crueldad de un hombre indigna. Aunque a todo el cielo implore, camine, que aquí va gente y yo por honrarla voy. Llevadme como quien soy y con hábito decente. Reina soy, Reina es mi nombre y si no lo puedo ser, llevadme como mujer digna del valor del hombre. Camina. ¿Ni una doncella, para servirme no más? Firma tú y excusarás de verte sola y sin ella. Vamos, no hablemos en esto. Es mujer y está obstinada. Soy mujer y desdichada. Camina. Camina presto. ¡Amaina, amaina! ¡Carga aquesa triza! ¡Oh, perros, no acudís a la faena! ¡Iza, canalla vil! ¡Canalla, iza! La quilla, oh triste, ha dado en el arena. Ya la muerte cruel me atemoriza. ¡Virgen! ¡Virgen! ¡Santiago! ¡Oh, Madalena! A Loreto me ofrezco. A Roma espero ir. Yo a Jerusalén. Abriose. Muero. Claro, ilustroso cielo, de planetas y luces adornado, aunque de espeso halo de nubes y tinieblas eclipsado, que al sol el rostro de oro encubren ya la tierra su tesoro; como a milagro vuestro, he escapado del mar solo y sin habla y del viento siniestro. La tabla ofrezco, pues en una tabla aquesta tierra poca, la de esta playa, reconoce y toca. ¡Oh, maldita codicia, que enseñaste a los hombres, en efecto, a romper con malicia el piño, el haya, el fresno y el abeto, y fabricaste el Argos, estrecha casa de pesares largos! ¿Qué otra cosa es la nave que un sepulcro de vivos? ¿Qué otra cosa que cárcel dura y grave, arca para ladrones animosa, pelota de los vientos, cuerpo sin pies y casa sin cimientos? No por codicia fiera vine a la mar; aunque codicia ha sido que el oro no pudiera, por las ocultas venas escondido, sacarme de mi tierra ni hacer a un alma noble infame guerra. Codicia de hermosura, tesoro para el alma solamente me trajo ventura, del mar impetuoso e inclemente, de un rostro enamorado no vivo para mí, sino pintado. ¡Oh, retrato divino, escapado conmigo del mal fiero!; mil veces imagino que por vos vivo, aunque por veros muero. ¿Qué puede ser recelo que por salvaros me salvase el cielo? Norte de mi esperanza, puerto de mi tormento, infanta bella, que, con tanta bonanza, sois arco de colores, sois estrella que de distancia de polo estoy de vos desnudo, pobre y solo. Que estará aquesta tierra de vuestro cielo, pero gente viene, más de paz que de guerra, si son cristianos. Una fianza tiene mi espíritu afligido, que he de ganarme adonde fui perdido. ¿Cortarase aquesta parte del monte en lo más espeso? Pues no, es mejor al travieso por donde el mar se reparte. Son todas estas encinas y harase gentil carbón. Cristianos y dueños son de estas cabañas vecinas. Pues córtese si es así, y aquellos robres no toques. ¿Todos estos alcornoques he de romper por aquí? Como romper, desollar, que serán lindas colmenas. ¿Eran las de antaño buenas? Pueden mil años durar. Tengo una gentil cosecha de miel dorada y sabrosa. Está la tierra viciosa; por agosto flores echa, y fuera de la azul y clara del saludable romero. Esa comerá primero, que el brezo humilde y la jara todas estas retamillas quisiera ya ver quemadas. ¿Pican en ellas? Ahotadas y en sus flores amarillas. ¿Traéis algo en la alforjuela, que muero de sed y hambre? Pan traigo y vaca fiambre. ¿Nunca coméis lo que vuela? Cómalo allá el cortesano con su salsa de dolor, que una cebolla es mejor sembrada con propia mano. Sentaos, Belardo. Eso sí. Qué presto os arrellanáis. ¿Hay vino? Más que queráis. Yo lo planté y lo cogí. Algún ángel me ha traído, o el que yo traigo ha guiado, mis pies al lugar sagrado de esta gente que ha venido; que, pues, que cristianos son limosna me darán luego, que la caridad es fuego y estos dos hacen carbón; que del peligro del mar, ahora que salvo estoy, con tales desmayos voy, que estoy cerca de expirar. Bebe con padre. Ya bebo, mas gota a gota salió. No me holgara poco yo de saber si es viejo o nuevo. ¡Qué brava canal tenéis! ¡Eh, no me hables a la mano! No estaba el cuento galano, volver a beber queréis. Amigos, por solo Dios. ¡Ay de mí!, ¿qué fiera es esta? ¿Qué fiera?, extraña respuesta; hombre soy como los dos. ¡Huye, Belardo! Huye, Orfindo, guarda el mostro! ¿Monstruo soy? Pues, cuando sin alma voy, a la muerte no me rindo. Ellos se han ido y dejado lo que a mí me convenía. Bien digo yo que me guía aquel de quien soy guardado. ¡Oh!, si primero llegara, para que menos comieran porque si luego se fueran, doblado sustento hallara. ¡Oh, hambre, que por los ojos quieres a veces comer, que por dicha podrá ser que coma y sobren despojos!. Con qué priesa el mar porfía y sale a cogerme el pie, pues hace que no le dé tanta licencia otro día. Siempre que me vengo a holgar por esta ribera tuya, quieres que de verte huya cuando te empiezo a gozar. Yo, tan mansa y tú, tan bravo, siempre por los pies me coges, pues hace que, aunque te enojes, que pase hasta esotro cabo. ¡Oh, qué conchas tan doradas! ¡Oh, qué lindos tornasoles!, ¡qué colores y arreboles, qué azules y plateadas! ¡Ay, Dios!, ¿quién es este hombre. que está merendando aquí? No huyas, que soy y fui un espíritu sin nombre. Llega, bien puedes llegar. Lo que soy es bien que arguyas, que para que no te huyas no me quiero levantar. Mi ropa dice quién soy; hombre del mar arrojado, dichoso, aunque desdichado. Que fui muerto y vivo estoy. No me falte tu consuelo y dulce conversación porque, no sin ocasión, te trajo a esta parte el cielo. No desmayes la azucena de ese rostro celestial, pues eres bien de mi mal y descanso de mi pena. Vuelve el clavel a los labios y a las mejillas la rosa y sabrás la lastimosa historia de mis agravios; un hombre, solo y desnudo de ventura y de vestido, que aquí la mar me ha traído. Que lo creo, no lo dudo. Para solo conocerte por hombre me basta ver, que en un pecho de mujer engendra piedad el verte; que, pues, que yo estoy movida. Humanas tus quejas son y no poca la ocasión del peligro de tu vida. Si monstruo me pareciste, debió de ser mi flaqueza, que en nuestra naturaleza ordinariamente asiste. Que, aunque te ha tratado mal el mar entre aquellas peñas, no te ha quitado las señas de hombre noble y principal. Dime, pues, quién ha causado la ocasión que te destierra, pues has llegado a la tierra. Ya mi piedad has llegado, que, para tenerla aquí, por gran gracia has de tener haber hallado mujer y mujer piadosa en mí. De tu gracia y hermosura, que menos me prometía la mucha desdicha mía sino piedad y blandura, estimo tu acogimiento. Y aunque estoy tan pobre, digo, para algún tiempo me obligo al justo agradecimiento. No sé si yerro en querer preguntar si aquesta tierra es de cristianos. No yerra quien pregunta por saber. Cristianos somos, sujetos al rey de Dalmacia. ¿A quién? Al de Dalmacia. No es bien, cielo, entender tus secretos, porque a veces en la pena viene encubierta la gloria. Qué extraño ejemplo de historia el cielo mi vida ordena, que esta es Dalmacia. Esta es. ¿Qué rey la rige? Ya es muerto. ¿Dejó heredero? Un incierto; la media parte escocés. ¿Es bastardo? Y aun en duda que nunca le tuvo amor, mas es hombre de valor, ya hace que el reino le acuda. De esa manera, la Fama no fue menos mentirosa; lo andó una hija hermosa de este rey. ¿Cómo se llama? ¿Ha tenido alguna? Esta llaman Basilea. Un bárbaro que la vea conoce por ella a Dios. No es mentirosa la Fama porque nunca el mundo ha visto, desde este polo a Calisto, tan bella y graciosa dama. ¿Dónde oíste decir de ella? Oí decir que era un sol, en España. ¿Que español eres? Sí soy. ¿Patria bella? Apacible tierra es, pero dime ¿ya no es reina? Ahora en su lugar reina este bastardo escocés, y aunque estas son cosas nuevas, direte como lo sé. Deseo que alguien me dé de tales sucesos nuevas, porque, a solo ver las cosas que el mundo en su espacio encierra, dejé mis padres y tierra y he visto las más famosas. Este monte que este puerto ciñe como media luna, haciéndose el mar laguna por aqueste seno abierto, es tierra del duque Arsilo, hacedor de este bastardo; hombre orgulloso y gallardo, de astuto y soberbio estilo, el cual, con guarda bastante, trajo ayer la reina presa. ¿Presa? ¿Cómo?, ¿pues no es esa fiera traición? No te espante que, aunque en disculparle yerro, del reinar la pretensión es oro de la traición que sobredora su yerro. Incluye a la valentía su infamia y deshonra fundo, que los muy reyes del mundo lo han sido por tiranía. Si a que se lo conquistara, grandeza pudiera ser, mas quitarlo a una mujer ¿no es traición notoria y clara? A ti ni a mí no nos toca examinar si es buen celo. Dios tiene cielo si el suelo tiene justicia tan poca. Tú, arrojado de la mar, peregrino y extranjero; yo, hija de un carbonero, no lo habemos de juzgar. Ella está presa. ¿Y es lejos? ¿Ves entre aquellos laureles unos altos chapiteles que al sol le sirven de espejos? ¿Pues es suya aquella torre del duque vuestro señor? Suya y fuerte. ¡Qué rigor! ¿Nadie a la infanta socorre? ¿No se duele nadie de ella? ¿No hay un vasallo cristiano, no hay una espada, una mano que se levante por ella? ¿No hay quien alce una bandera con armas de ese rey muerto? ¿No hay un pecho descubierto ni una amistad verdadera? Sosiégate, no te alteres, disimula que es mejor porque ya en ese valor he conocido quien eres. Que, así como la piedad no consiente la mentira, así la nobleza aspira a defender la verdad. ¿En qué puerto, con qué gente desembarcaron tus naves? ¿Qué esas palabras tan graves osas decir gravemente? ¿Quién eres?, ¿cuál es tu nombre que así mojado y desnudo alzas espada y escudo contra un rey? No más de un hombre; un español soy, no más. Pues, amigo, más cordura conviene a tu desventura y al reino extraño en que estás. Mira, no caigas en mengua por ser arrogante y fiero, que no tiene el extranjero veneno como la lengua. Del duque es aquesta tierra, este fuerte y esta hazaña; pues tú vienes de la extraña, pide paz, no busques guerra. Como mujer te aconsejo que el primero siempre es sabio, que no hables en su agravio si quieres llegar a viejo, que a los primeros asombros golpe te darán, que arrojen una legua si te cogen la cabeza de los hombros. Ahora piensa en comer, en vestirte y remediarte, que en desnuedándose mar te le vence cualquier mujer. Aquí están dos carboneros; mi padre y hermano son, que, de propia inclinación, acogen los extranjeros. Ven conmigo si te agrada y de arrogancias te deja. A quien tan bien me aconseja no es bien replicarle en nada. Sábete que fue piedad lo pasado y no valor. Yo te agradezco el favor y estimo tu voluntad, y, para que no sospeches, que más que hombre pobre soy, quiero, pues es desnudo estoy, que en servirlos me aproveches. Hazme criado de alguno porque un honesto trabajo no hace al hombre tan bajo como en pedir importuno. Tu hermano y tu padre son; basta, el servirlos me alegra. ¿Quién tuvo suerte tan negra bien es que traje en carbón? ¿Qué en país tan extranjero? ¿Qué he de hacer pobre y mendigo? Al hombre de bien, amigo, no tizna el ser carbonero. Las infamias de la honra no se señalan así. Trabaja y vuelve por ti, que la virtud no es deshonra como es tu nombre. (Diré mi propio nombre. ¿Qué importa? Parece que se reparta; bien es, qué dudoso este, sin duda, que es caballero. Con tanta tierra y mar tanto, de decírselo me espanto y disfraces considero, yo me quiero aventurar. ¿Qué has pensado? El nombre. ¿El nombre? Sí, que el trabajo en el hombre hasta el nombre hace olvidar. Baltasar es mi apellido. Pues, Baltasar, el sol arde y es para huéspedes tarde y huésped que no ha comido Algo comí, que, en efecto, esto que ahora recojo es de un convite el despojo. Más regalo te prometo, que esta tierra es abundante. De bote el alma y la vida. No voy poco enternecida; ven conmigo. Ven delante. ¡Ay, desdichada princesa, ya de mi muerte no dudo! Rey soy, pero rey desnudo; reina vos, mas reina presa. En este largo camino, para mi deseo breve, a grandes cosas me mueve. ¡Oh, mi amor! ¡Oh, mi destino! No sé si fue por mi bien o si ha sido por mi mal que andan en balanza igual tu piedad y tu desdén. Lo que allá te prometí resta que aquí determines y que por tu bien te inclines a tener piedad de mí. En llegando aquesta torre es razón que consideres que, entre los dos pareceres, tu vida peligro corre. Orden traigo de matarte de aquel tu hermano cruel, pero este pecho fiel te ha puesto en segura parte. Siempre te tuve afición y por dar en este medio a tus desdichas remedio di lugar a su traición. Imaginé que si dabas en manos de otro enemigo, más cerca de tu castigo y de mi tormento estabas; y así quise ser verdugo del tirano ejecutor. Donde ya con tierno amor la sangre vertida en jugo en mi tierra, en mi poder y en mi fortaleza, estás, donde si quieres, podrás reinar vivir y vencer. Quiéreme bien con seguro, que tu marido seré y del reino te daré la corona que procuro, gente, armas, caballos y oro, que es lo que las guerras hace. Aquí vive y aquí nace, mejor que entre el indio y moro. Cobrarás lo que has perdido, bellísima Basilea, cuando ya el reino te vea honrada de tu marido, que decirlo puedo así, pues no buscando extranjero no hay en todo el reino entero quien pueda igualarse a mí. Tu sangre soy y del rey escoge a tu voluntad, que al fin la necesidad es ley que no tiene rey. Si la que ahora profeso no fuera ley de cristiana por la costumbre romana, hiciera un famoso exceso. No fue de alabanza ajeno bien, que a nuestra ley repugna, el que venció su fortuna con un cuchillo o veneno. Guardábanle en cantidad, en sortija u otra cosa, por la piedra más famosa de su amada voluntad. La Fortuna me ha traído a tiempo que lo tomará porque de mí no triunfará el traidor que me ha vencido. Mas, pues ya con ley nací, que conózcolo que es Dios, no pretendáis, duque, vos, ser veneno para mí. Si por ser reina vencida marido humilde me dais, menos mal me procuráis en el quitarme la vida. Mi alma esa suerte alaba porque ella a vivir comience, que el ánimo no se vence ni la nobleza se acaba. No me habléis en esto más y esa orden que traéis os ruego que ejecutéis. Qué reina y qué ciega estás. Mira que ganas conmigo: vida, reino, esposo y fama, y que hoy el hado te llama para que reines conmigo. ¿Hay en Dalmacia mi igual en sangre nobleza y nombre? No eres hombre. Hombre y muy hombre. Pues todos los quiero mal. No es razón que si uno ha sido quien el reino te quitó, por eso te ofrezco yo mi Estado y el que has perdido. Por una mujer no buena la buenas no pierden fama ni un hombre que te disfama todos los demás condena. No hay tanta desigualdad de mí a ti, pues no eres reina. Luego, la verdad no reina. Ya no reina la verdad y cree que andas errada, que, harto, más pierdo en querer casarme yo con mujer tan de veras desdichada. Bueno es que te alborote pensar que mereces más cuando a tu marido das sola tu desdicha en dote. ¡Que tienes para cobrar tu reino, fama y decoro! ¡Qué caballos, qué tesoro, campo en tierra, armada en mar! Tú te quejas de engañada y yo soy el engañado, que el matrimonio es pesado y tú mucho más pesada. No es menester que te encumbres para despreciarme así, pues que cargan sobre mí tus extrañas pesadumbres; pero, pues todas Amor las deshace y facilita, mira que en mí resucita tu muerta fama y valor. No te pido ya consejo ni remedio. Pues ¿qué pides si tu remedio me impides en el bien que te aconsejo? Pido la muerte. ¿La muerte? A quien la vida no agrada la muerte más desdichada tiene por feliz suerte. No te quiero dar tormento porque en tanta brevedad no pasa la voluntad de amor a aborrecimiento. Aun te quiero despreciado, que, pues tan discreta eres, aquí es bien que consideres si merezco ser amado. Aunque estás en mi prisión, libre por ella andarás, que yo sé que mudarás esa esquiva condición. Todo este monte y su plaza puedes correr cada día en alegre montería, y por los montes a caza matarás el gamo, el oso, el conejuelo y la liebre, donde después se celebre ese tu ardid belicoso. Aquí tendrás de regalos el gusto y los brazos llenos, para reina presa buenos, aunque de enemigo malos: ciervo, jabalí, ternera, queso, quesada, manteca, fruta verde, fruta seca, la manzana y verde pera, la perdiz pintada, el pavo, el faisán, el anadino. y el aromático vino, que entre regalos te alabo. Esta será tu prisión y la que yo pasaré será, que abrasando está tu desdén mi corazón. Tendré rabias, desconsuelos, desdenes, locuras, iras, furias, sospechas, mentiras, envidias, agravios, celos, de modo que, en este día que reina tu voluntad, tendrás tú mi libertad y tu prisión será mía. No me regales ni asombres con grandezas ni aparatos, que yo sé que aquesos tratos son intereses de los hombres. Trátame como quien eres y como más presto acabe. Cómo eso el tiempo sabe y más de amansar mujeres. Quiero estimarte como a propio hijo. Y yo, señor, tenerte como a padre, que, como ya te dije, la Fortuna jamás en bien ni en mal estuvo queda. Ayer era soldado en una nave, hoy soy en una sierra carbonero; allí le vi las armas a la muerte, aquí, los dulces brazos a la vida. Esa tendrás bastantemente espléndida, tal que pueda tenerte envidia un príncipe porque en su casa al labrador le sobra lo que en la suya al cortesano falta, y, a veces, sin el censo del peligro; que mal quien no ha subido caer puede ni el que sube dejar de dar caída. Aquí naturaleza nos enseña lo que por allá puede industria y arte. Una pura verdad nos oye y juzga, más pura y cristalina que esta fuente, que, como al mar camina, que es su centro, así al cielo van nuestras verdades. Por Dios, Belardo, que tenéis buen seso, y que me agrada más vuestra rudeza que la soberbia escuela del Filósofo. Ya yo he visto que vos sois hombre sano y que os he de servir con harto gusto. Quedaronos aquestas antiguallas del tiempo que nos vimos con las Cortes antes que nos tiznasen las montañas. A veces el carbón y la desdicha, hijo, el trabajo y la paciencia vencen eso que el hombre llama su fortuna. Buen talle tienes, buen lenguaje hablas, de buena parte y de costumbres buenas, servir te agrada... Sirve, que ya ha habido más de algún rey que fue pastor del campo. Esta segur es de tus brazos digna Échame por el suelo aquestos robres, tal que resuene a su estallido el eco. Si quisieres beber, darás un silbo o búscame en aquella carbonera, que voy a ver el término en que anda. Guíete el cielo y tus intentos logres, y ahora es bien imaginar los míos. ¿Qué es esto, triste príncipe? ¿Qué es esto? Príncipe de Vandalia desdichado, ¿no saliste de vuestra amada patria a buscar por el mundo a Basilea lleno de telas, perlas, plata y oro, criados, gentes, armas y caballos? ¿Qué se hicieron las naves y las piedras las galas, el valor y la fortuna? ¿Es este sayo vil de paño tosco y este destral la victoriosa espada? Aquí está Basilea en esta torre, como no la cobráis, como esta presa, tan cerca está y aún no llegáis a verla. Herid aquestos robles, quéjense ellos, pues vuestro corazón han imitado ¿Por dónde empezaré? ¿Pero qué dudo?, pues pudo el tiempo lo que Amor no pudo. ¿Qué golpes son aquestos? ¿Es por dicha la muerte que me llama? No es posible que tenga breve fin larga desdicha, pero si verme libre es imposible de este pesado lazo que me acaba, temple la vida su dolor terrible; pero primero el labrador, que cava aquesta tierra mísera o derriba aquel roble que al cielo amenazaba, podrá sacarme de prisión esquiva, que este duque traidor pueda venderme que no es el alma la que está cautiva. ¡Amigo! ¿Quién me llama? ¿Quién hacerme puede en aquesta tierra tanta gracia? Quien vela hace en el mal y en el bien duerme; la dolorosa imagen de desgracia, ejemplo de fortuna y desconsuelo; la desdichada reina de Dalmacia. Como se suele abrir el pardo cielo y aparecer el sol, así tu vista de mi ruda tiniebla esparce el velo; aunque, parece agravio que resista tu puro resplandor mi gran bajeza y el pretender, y junto al cielo asista, perdóneme, señora, tu belleza, que, como extraño, a contemplar me atrevo con mis humildes ojos tu grandeza. Lenguaje es ese a tu apariencia nuevo, ni el talle y el valor es de hombre bajo. Bien bajo estoy. ¿Quién eres? Di, mancebo. Hijo de mi virtud y mi trabajo me llaman estos montes adonde la mar les pone limitado atajo. Soy de la tierra, donde el mar esconde la corriente del xxxx celebrada. Tu lengua con tu patria corresponde. Como te ves tan presa y desdichada, cualquiera cosa te parece buena, y mi grosera condición te alaba. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo a tierra ajena viniste, de la suerte que te veo? Ajena es tierra de tu cielo llena. Trájome aquí, señora, un gran deseo. ¿Qué deseabas? Ver aquí una dama que pienso que la he visto y no lo creo. Pues ¿quién te dijo de ella? Su gran fama y este retrato, que en aqueste lienzo mojado apaga con llorar su llama. Ha sospechar si no es traición comienzo, que este es algún milagro de Fortuna. Mía es la empresa si este encuentro venzo. Mas este traje mísero repugna cuanto debo pensar de xxxx. ¡Oh, reina, que igualar pudo ninguna!, ¿cómo es posible que mirando calle esa hermosura que la Fama apoca? Cuántas cosas quisiera preguntarle… Solo con verle el alma me provoca a no sé qué placer que me regale. ¡Qué lindo talle! Estoy de verle loca. ¿Qué hiciera armado o con alguna gala un hombre que con figura de villano mueve a una reina a amar y a un rey iguala? ¿Podremos ver ese retrato, hermano? Si puedo entrar, yo propio mostrarele. Podéis muy bien entrar, que el paso es llano. Amor quien soy le diga y le revele; preguntaré por vos. Pregunta y sube Sus alas me dé Amor para que vuele. ¡Oh, Sol divino!, rómpase la nube, ábrase este pecho en que se vea los muchos años que en el alma mantuve la imagen de la hermosa Basilea.
