Texto digital de Sin secreto no hay amor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Sin secreto no hay amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/sin-secreto-no-hay-amor.

SIN SECRETO NO HAY AMOR
ACTO PRIMERO De diamantes parecemos. Por vos se dijera bien. Cansado estoy. Yo también. Descansemos. Descansemos. Terrible sois. Por vos puede decirse con más razón. Yo cumplo mi obligación. Sí, mas de lo justo excede; y querer saber ansí quién soy, caballero, es cosa para vos dificultosa y imposible para mí. Si os hallo en este terrero de las Rejas de Palacio, paseando tan despacio, no es sin razón, caballero. Que pues doy en porfiar hasta morir o vencer, bien claro se echa de ver que me debe de importar. ¡Valiente sois! Es deseo de pareceros a vos. Mejor éramos los dos para otros dos. Bien lo creo. A lo menos, a mi lado no le quisiera mejor. Estoy a vuestro valor por extremo aficionado. Decidme, por cortesía, quién sois, ya que con la espada no es posible ser forzada vuestra mucha valentía; que de callar vuestro nombre palabra os doy. Si pudiera. estad cierto que lo hiciera. ¿Por qué? Porque soy un hombre extranjero de esta tierra, y obligado, aunque extranjero, a parecer caballero, y reñir con vos ya es guerra; pues habiendo vos querido saber quién soy, claro está que si os lo digo, será decir que me habéis vencido. Mejor es dejarme ir, pues ya mi valor sabéis. ¡Eso no! ¿Pues qué queréis? Roberto. Que volvamos a reñir. Veisme aquí. Mataros temo. Lo mismo temo de vos. ¡Porfiado sois, por Dios! Vos, en porfiar extremo. Tened la espada. Aquí estoy a obedeceros dispuesto; mas con firme presupuesto de no deciros quién soy. Ahora bien; quiero obligaros con deciros quién soy yo. Yo no puedo. ¿Por qué no? ¡Pues esto ya no es forzaros! ¿Qué os mueve a tanta porfía? El darme que sospechar de que no os pueda obligar mi humildad y cortesía. Sabed que el Príncipe soy. Señor, ¡qué error habéis hecho en querer probarme el pecho! Si bien satisfecho estoy de vuestro valor notable; pero suceder pudiera alguna cosa que fuera a estos reinos lamentable. por no haberos conocido. Pongo a vuestros pies la espada, y de ignorante, aunque honrada, perdón como es justo os pido. Mucho habéis aventurado; que mi vida no importara, pues tan honrada quedara de habérmela vos quitado. Y así, con vuestra licencia, me voy, que amanece ya. No os puedo hacer, ¡claro está!, ni agravio ni competencia. No soy más de un caballero, que de rebozo ha querido ver a Nápoles; ni ha sido el pasear el terrero de Palacio más de haber visto una dama así acaso; aunque suele Amor, de paso, Troyas de hielo encender. Vila en la playa del mar un día que acompañó a vuestra hermana, y si yo os he ofendido en mirar estas rejas, por consuelo del cuidado que me ha da.do, ni los ojos, ni el cuidado es justo que os den recelo; que yo me voy donde es justo que no me volváis a ver. Oíd, que yo os quiero hacer por mi afición, por mi gusto. amistad en este amor, ¡vos me decís quién es. Si nos viéramos después, será notable favor. No me detengáis agora, que parece que me avisa, aunque de lejos, la risa de la ya vecina aurora y estoy aquí con temor. Perdóneme Vuestra Alteza. Adiós. ¡Extraña firmeza de secreto y de valor! Corrido quedo y turbado, que, al fin, se va sin saber quién es; mas ¿qué puedo hacer? Él es caballero honrado. ¡Valiente defensa ha hecho! ¡Y cuál peligro, por Dios, hemos tenido los dos a no estar guardado el pecho! ¿Quién será la dama a quien dice que vio acompañando mi hermana? ¿Qué estoy dudando? La misma que quiero bien. Que pues yo le prometía favor, y no la nombró, cierto es que supo que yo celoso le persuadía. ¿Que se fue?; que no he podido saber quién es? Mis recelos son justos. ¿Qué quieren celos a un hombre de amor perdido? No sin causa justa fama de bachilleres tenéis, celos, pues siempre os metéis adonde el amor no os llama. ¡Que un hombre no conocido ni dejado conocer así me pueda ofender y irse habiéndome ofendido! ¡Oh noche, donde no tiene fuerza el poder ni el valor! ¡Aquí está! ¡Señor! ¡Señor ¡A tiempo Santelmo viene! ¿Dónde habéis los dos estado? Detrás de esa huerta juntos, y presumiendo por puntos que nos hubieras llamado. ¿No habéis sentido ruido de espadas? Aquí, señor, ni aun en las hojas rumor del viento habemos sentido. ¡Bien lo habéis hecho los dos! ¡Buena defensa, si aquí me hubieran muerto! ¿A ti? Sí; ¡y un hombre solo, por Dios! Arnaldo.; Por qué no llamaste? ¡Necio! ¿Para un hombre? ¿Y fue mejor aventurarte al temor que permitirte al desprecio? ¿Quién no había de pensar que hablando te entretenía Fenisa? Advierte que el día se comienza a levantar y la noche se desnuda para acostarse. No creo que venza el sueño al deseo de interpretar una duda.! ¡Duda en tu amor! ¿Qué será? Celio, él mismo te responde. ¡Arnaldo.; Tiene nombre? Celos, Conde, sin saber quién me los da. Desesperada me siento, ¡Nise amiga, de esperar, haciéndome amor formar ¡mil esperanzas de viento. Pasó en este pensamiento la noche, y sus luces bellas escucharon mis querellas, hasta que el Alba divina, corriendo al Sol la cortina, trocó por flores estrellas. No ha faltado noche alguna No sé qué ha sido no haber venido, que olvido tal vez a Amor importuna. Temo mi adversa fortuna si le han conocido acaso, o le han estorbado el paso; que como siempre el Amor imagina lo peor, también en celos me abraso. Alguna más venturosa, si bien mi igual no será, entretenido le habrá discretamente amorosa. Toda una noche, celosa, Nise, Lisardo me tiene: yo le espero y él no viene. ¡Qué crueldad!, ¡qué sinrazón! No lo dudes: hombres son. Otro gusto le entretiene. Tus penas imaginadas, señora, hubiera creído, a no ofenderme el oído cierto ruido de espadas temo que de estos amantes alguno le dio ocasión. Menos mal mis celos son, siendo a mi amor semejantes; que la vida de Lisardo es sobre todo, de suerte que si sospecho su muerte, para vivir me acobardo. Vengan celos y aun agravios, que es lo más que puede ser, si bien dejarse ofender nunca fue de amantes sabios; que, como viva, no quiero más bien. Fenisa ha venido a entretenerte. No ha sido el que yo, celosa, espero. Y aunque de todas me guardo, de esta más, porque la adora mi hermano. Importa, señora, a la vida de Lisardo. Quejosa del disfavor que Vuestra Alteza me ha hecho, vengo a sosegar el pecho en las dudas de su amor! Sin mí vestirse, crueldad ha sido. Tristezas son, Fenisa, que no en razón de ofensas de voluntad. Levánteme a ver reír el alba por alegrar mis penas. Suele llorar, si no se llama fingir, esto de perlas en flores, en cuyos limpios cristales los cabellos orientales reverberan resplandores. No esté triste Vuestra Alteza, y porque es cierto que ya el Alba envidiosa está de ver mayor su belleza, como ella voces suave. de pájaros, he traído a Finea y a Leonido, de su aurora dulces aves. Cantad. ¿Qué podré decir? Cosa que alivie el pesar; que quiere el alba llorar, y quiero hacerla reír. Que fuérades presumí, verdes ojuelos, mis cielos; mas ya que me distes celos, infiernos sois para mí. Érades cielos, y luego, ojos, que celos me distes, de vuestro cielo caístes al infierno de mi fuego. Con la esperanza viví de que fuérades mis cielos; mas ya que me distes celos, infiernos sois para mí. Bien me viene la canción. ¡Quién tan contento estuviera como mi hermana, y tuviera tan seguro el corazón! Tráenme celos a saber con una invención de amor, si fue verdad mi temor, y tengo más que temer. Quiero ver en el semblante, de una muerte que he fingido, cuál de las damas ha sido dueño de aquel firme amante; que la que más sentimiento mostrare, será, sin duda, porque Amor colores muda al paso del pensamiento. ¿Clavela? ¿Señor!; Qué ha sido haber tanto madrugado? Él no me haber acostado y hallarme el Alba vestido. No os preguntara Fenisa lo que yo os pregunto agora. Sí preguntara, señora, aunque no con tanta prisa; que el Príncipe, mi señor, en otro mayor cuidado debió de andar ocupado. No fue cuidado de amor. Llegaba a la mitad de su camino la escura noche, madre perezosa del sueño y del silencio, y al vecino lucero se mostraba desdeñosa, cuando salir al parque determino con ánimo de ver, Fenisa hermosa, si anticipado en tu balcón salía más de tus ojos que del cielo el día. Dejo a Celio y al Conde en esa huerta (que amor siempre se esconde de testigos, y la pena o la dicha descubierta aun no quiere presentes los amigos), y vengo a ver si en su ventana abierta estaba el Sol: y estaban enemigos no lejos de ella, pero no tan lejos que no les alcanzaban sus reflejos. Un hombre, al fin, estaba rebozado, recatado a su mismo pensamiento, tan firme a las paredes arrimado como si fuera piedra del cimiento: antes de hablarle, con mayor cuidado requiero el sitio, y veo un mozo atento a guardar un caballo, en el sonido del freno que tascaba entretenido. "¡Quién va?", le digo, y sin respuesta coge el arzón, y poniéndose en la silla, la rienda entre los árboles descoge y con los acicates le acuchilla. Vuelvo al terrero y el galán recoge la capa y toma a buen andar la orilla del edificio, cual león que en viendo que le miran, se para, si va huyendo. "¡Deténgase! ¿Quiénes?" digo en voz clara; y prevenido de las armas vuelve. "¿Quién es?'', prosigo, viendo que se para un hombre que a callarlo se resuelve. "¿Diga quién es?" "No puedo, aunque llegara el mismo Rey.'' La capa al brazo envuelve, saca el acero, el pie delante espera, y acercándome más, menos se altera. Por no cansarte, de reñir cansados, tres veces descansamos; y mi pena no descansaba con hablar, sentados, de su tierra no más, por tierra ajena. Así celosos toros desmayados al aire arrojan círculos de arena, esperando volver al desafío, enjugando el sudor, cobrando el brío. Mas la tercera vez, de una estocada, que entre el cuello y la gola entró furiosa, cayó diciendo: "¡Adiós, mi prenda amada tú sola de mi vida!..." Vitoriosa volví a la vaina la sangrienta espada. Y con esta ocasión. Clavela hermosa, aunque parece sueño que he dormido, triste el Alba me halló y el Sol vestido. ¿Y no supiste su nombre, ni algunas señas trujiste? Loco, Roberto, anduviste, aunque anduviste muy hombre. Roberto Ese fue siempre mi intento. Riñó a espacio, y murió a prisa... Ap. ¡Vive el cielo, que es Fenisa la que ha hecho sentimiento! Ninguna dama ha mostrado más pena; sin duda fue su amante, que bien se ve en el semblante mudado. Fenisa, ¿de qué estás triste? Del peligro en que se vio Vuestra Alteza. Pienso yo que el temor solo consiste hasta ver lo que se ama, libre del peligro. Amor, a los ecos del temor peligros alegres llama. Recójase Vuestra Alteza un rato, que apenas creo que está libre. Yo lo creo. y lo dice tu tristeza. ¡Ah, celos; nunca los sabios osan pasar de recelos, que quien averigua celos, hace de celos agravios! Vosotras podéis también dejarme aquí sola un poco. ¿Pena te ha dado? Es un loco, aunque le suceda bien. ¿Quién será el muerto, que estás con pena? Aunque la recibo, como mi hermano está vivo, no me importa lo demás. ¡Ay, cielo! j Acabó mi vida! ¡Ya no es posible que pase de la nueva de tu muerte! Mi sangre vertió tu sangre! Lisardo es muerto! Mis ojos, qué estáis temiendo? Lloradle. Mirad que las resistencias son para pequeños males. ¿Ya de qué sirvan secretos? ¡Qué mal podrá reportarse alma que a Lisardo pierde! ¡Oh ¡¡Haced que el dolor me mate!...- Estoy por decir su nombre para que también me acabe el tirano que le ha muerto con. armas tan desiguales, ¡No fue tu espada, Roberto! Mis desdichas fueron parte para la victoria injusta del más verdadero amante. ¡Ay Dios, qué mal tan grande matarme el alma y no poder vengarme! Loca estoy, y con razón, que no es mal considerable el que no obliga a locura. Lágrimas es cosa fácil; así las llaman los hombres ingratos, desde que nacen, al llanto de las mujeres, no siendo todas iguales. Bien será decir a voces mi desdicha al Rey, mi padre; mas no dan vida los Reyes, porque son dioses mortales. ¡Ay, honor! Tenme, detenme, que quieren precipitarme tristezas de amor, con quien no hay resistencia que baste. Lisardo, ya no hay secreto; dame licencia que hable, que quiero yo hablar agora todo lo que tú callaste. ¡Ay Dios, qué mal tan grande matarme el alma y no poder vengarme! Ando ya tan atrevido, que adonde ves he llegado. En un mal tan declarado, poco importa haberlo sido. Di quién eres, Tello, y di que serviste al mejor hombre que tuvo en España nombre y que se perdió por mí. Di a voces que me servía el Conde, y que yo le daba lugar porque le adoraba, y di que a hablarme venía la noche que le mató ese mi hermano cruel, que de mi padre ni de él no quiero guardarme, no; porque no ha de haber en mí honra y vida desde agora. ¿Qué es lo que dices, señora? Habla bajo y vuelve en ti. ¿Una cosa tan secreta dices a voces? ¿Qué es esto? ¿Qué furor te ha descompuesto? ¿Una acción tan indiscreta cabe en un pecho real? ¿Qué Conde ha muerto tu hermano? ¿Qué furor tan inhumano te ha obligado a tanto mal? ¿Ya dices que llame al Conde? ¿Ya no es Lisardo fingido don Manrique? ¿Quién ha sido la causa? ¿Lloras? Responde. Que como cualquiera amante da crédito fácilmente al mal de su bien ausente, de un estilo semejante presumo engaño y traición, no culpa en tu entendimiento. En la copia de Duran, "debe". Ya de tus palabras siento sosegado el corazón, que si mi bien muerto fuera, hubiera tristeza en ti. ¿El Conde muerto? Si aquí muerto a don Manrique hubiera (o a Lisardo, por hablar a nuestro estilo) tu hermano, respeto o peligro en vano me obligaran a callar; que fuera tanto el dolor, que pienso que a la venganza dispusiera la esperanza. ¿Luego vive tu señor? Agora me aparto del. Pues mi hermano me engañó. Si por dicha te contó lo que ha pasado con él, o imagina que le ha herido, o, fingiendo que le ha muerto, quiere saber lo encubierto y averiguar lo fingido. ¿Mostraste algún sentimiento? Ninguno, hasta que se fue, porque entre tanto engañé con mi honor mi pensamiento. Hiciste bien; y así es bien que te diga que él me envía bien triste, señora mía, de que estas cosas estén en estado que no puede durar el secreto más. Aunque gran pena me das, como el Conde vivo quede, es menos cualquier desdicha. Es verdad, aunque él lo siente, de suerte que estando ausente, no tiene el vivir por dicha. Dice que estaba esperando la seña por el terrero, y que vino un caballero que se andaba paseando a quererle conocer, que, a la cuenta, fue tu hermano; finalmente, metió mano, y en defender y ofender, en negar y en preguntar pasó de la noche parte, con tanto rigor de Marte, que fue forzoso parar cuatro veces las espadas y descansar el aliento; fuese el Conde discontento. las tres de la noche dadas, luego que dijo Roberto quién era para obligarle; quedose al fin en la calle, de su pensamiento incierto. Donde está claro, señora, que cada noche vendrá. y más si celoso está de alguna dama que adora. Dice Manrique, o Lisardo, que le aconsejes, si sabes remedio. En cosas tan graves, solo el de su ingenio aguardo. Mas yo soy de parecer, aunque en sus manos le dejo, si es bueno el primer consejo que suele dar la mujer, que con su nombre, fingiendo; que agora llega de España, hablando a quien le acompaña I y sus personas luciendo,! entre en Nápoles y venga a hablar al Rey y a mi hermano. y besándole la mano en público, se entretenga; pues no faltará invención de algún negocio fingido; porque Roberto, corrido de la pasada quistión, si el Conde está de secreto y a verme de noche viene, alguna vez, Tello, tiene de hacer el Poder efeto; porque le ha de conocer, y si no, le ha de matar. Es consejo singular, pues oponerse al Poder un extranjero es locura. Yo parto a darle razón de tu intento. En mi opinión, cuanto pretende asegura. Y dile que, por lo menos, podré con más libertad verle. Ya por la ciudad andaban de temor llenos sus españoles. Pues parte; que no puede haber temor ni peligro que mi amor de su pensamiento aparte. A quien eres corresponde esa firmeza y lealtad, que, si no en la calidad, en amor te iguala el Conde. Más quiero, si la afición de Manrique no me engaña, ser un título en España que Reina en otra nación. Por español estimara el veros en esta tierra, ¡cuánto más deudo y amigo! De la antigua amistad nuestra estoy satisfecho. Conde. No queráis prueba más cierta que, estando con tal secreto y tanto peligro en ella, en sabiendo que llegastes, venir a veros. Tuviera, de no lo haber hecho ansí, don Manrique, justa queja. De Nápoles y Aragón están las cosas compuestas, como sabéis. Eso ignoro, Conde, por mi larga ausencia: que tres veces ha corrido el Sol de su roja esfera el camino, que divide en dos campos las estrellas, mientras Flandes y Alemania me entretuvieron las nuevas de las cosas de Aragón; pero ninguna me deja con más cuidado que el veros en Nápoles, y que sea con tal secreto y recato. Bernardo hiciera violencia a mi amor, si de la causa ingratamente quisiera encubriros la ocasión. Pues, si merezco saberla, quitadme de este cuidado. La ocasión, Bernardo, es esta: Hizo el Pontífice Sumo de la militante Iglesia que el de Nápoles Rugero y el de Aragón, patria nuestra,. dejasen armas y pleitos, a cuya justa obediencia se sujetaron humildes, y descansada la Guerra durmió en brazos de la Paz. La condición para hacerla fue, como suele entre Reyes, casar los hijos, pues queda confirmada con la sangre, que es la más segura prenda. El Rey de Nápoles daba la bellísima Clavela al Príncipe de Aragón: previene a su entrada fiestas Zaragoza, y ella parte en diez famosas galeras, tales que nunca vio el mar sobre sus cristales selva que con más ramas y flores engañase sus arenas. La que ella honraba cubrían gallardetes y banderas de damascos de colores con la cubierta de tela. Allí el viento con las puntas ondas formando diversas, las que imitaba del agua. presume igual competencia. La popa de oro y marfil, con sus pinturas intenta darle presunción al arte de ser la Naturaleza. Los filaretes dorados, las jarcias de plata y seda. y los forzados, de Holanda calzones y camisetas; los bonetes y casacas, de brocado, porque veas que el más desnudo, tal vez se viste lo que no piensa. Cisnes del mar, finalmente, rompiendo las olas vuelan tanto con las alas de haya, que el viento va ocioso en ellas. Mas, como el furioso mar ninguna cosa respeta, sacrílego a las sagradas, si lo es también la belleza, comenzose a enfurecer en las pomas de Marsella, envidiosas por ventura ninfas de su mar francesas, como si tuviera el cielo necesidad de sus perlas, quería en conchas de nácar trocárselas por estrellas, o dejar porque tuviese más luz, más oro la tierra por sustituto del Sol la hermosura de Clavela. Pero doblemos, Bernardo, la hoja en esta tormenta, y advierte la mayor causa para que yo la padezca. Cuando en Nápoles trataban de traer a la Princesa, un español mercader. entre pinturas diversas llevaba un retrato mío. Clavela, que ya quisiera ver señales de su esposo, preguntó, poco discreta, si algún retrato traía, aunque fue disculpa honesta, del Príncipe de Aragón, a quien la codicia necia del pintor dijo que sí..., ¡oh interés!, por cuya fuerza la engañó con mi retrato, diciéndole: ''infanta bella, este es vuestro esposo Alfonso." Y, dándole una cadena de diamantes, le escondió, donde con una doncella , suya, que se llama Nise, le mira, advierte y contempla, y al fin se enamora de él, con la fe segura y cierta de que era su mismo esposo. Vuelve agora a las galeras, donde doblamos la hoja: cesó del mar la soberbia, prosiguiendo su viaje próspero viento en las velas. Estábamos en la playa de Barcelona, una fiesta, los mejores de Aragón que veníamos por ella, cuando, entre la alegre salva de tiros y de trompetas, sale Clavela del mar. y entre la tropa que llega para besarle la mano. vergonzosa. a mí se acerca, de quien oigo a un tiempo juntas la Alteza y la reverencia, turbado digo (y, por Dios, toda la sangre revuelta, que desde entonces sentí pronósticos de quererla; que no sé qué tiene el alma en las glorias y en las penas, que les previene aposento antes de saber que vengan): —"No viene aquí, gran señora, que con poca salud queda, el Príncipe mi señor." ¿No has visto del sol la fuerza desmayar rosa encarnada, marchitar, blanca azucena? Pues así quedó en oyendo que no era yo, quien ya era dueño de su voluntad por imaginada idea. En fin, desde Barcelona a Zaragoza, en tristeza tan grande bañó sus ojos. que fue imposible vencerla. Preguntó quién era yo: dijéronle mi nobleza y mi nombre, a quien miraba algunas veces risueña. Dio en mandarme varias cosas para que hablase con ella, que no sabe amor tener ni discreción ni paciencia. Mas oye lo que los cielos por sus secretos ordenan: salió el Príncipe una tarde para ensayar unas fiestas, ejercicio en Aragón de la mayor fortaleza, donde armados, a caballo los caballeros tornea(ba)n, porque a pie dicen que es danza y no militar destreza. Armado en fuerte bridón, la clin y el codón en trenzas de oro y verde, sale Alfonso con paramentos de tela blanca y roja y negras armas, que siempre colores negras tristeza y luto anticipan a los que se visten de ellas. Galán de verde y morado sale don Juan de la Cerda (caballero castellano que, por ciertas diferencias, al Rey de Aragón servía), y encuéntranse de manera que, chocando los caballos, vienen sin alma a la tierra. No se vio ciudad a saco, cuando la nación tudesca, victoriosa y sin piedad, sus muros y puertas entra, como se vio Zaragoza de confusión y de pena, de lágrimas y de asombro; tú, Bernardo, considera, perdiendo un Príncipe, un acto de tan llorosa tragedia. Casi a su puerta, su esposa recibió la triste nueva; no lloró, que nadie llora por lo que nunca desea. Por diligencias del Rey, no fue posible vencerla a que entrase en la ciudad, que con la misma presteza dio la vuelta a Barcelona. Ya zarpaban las galeras, que la fuerte capitana había tocado a leva, cuando ven volver la Infanta, y al embarcarse con ella, yo, que siempre iba a su lado, oigo estas palabras tiernas: "En Nápoles, de secreto, una mujer os espera. mejor que vos, por su estado: venid de aquí a un mes a verla. Provocado de sus ojos y alentado de su lengua, antes del mes, disfrazado, estoy de noche con ella. Tratado, creció el amor. siendo de los dos tercera aquella Nise que os digo; pero mi contraria estrella quiso que su propio hermano, que una dama sirve y cela, en el terrero me hallas(t)e, donde no me hicieron fuerza sus armas ni sus palabras; pero seralo el perderla. En esta pena me halláis, pero con tanta firmeza, que he de esperar mi fortuna, por más que vuelva su rueda, animoso en la esperanza, caballero en la nobleza, atrevido en el peligro, consolado en la paciencia, sufrido a toda fortuna, empeñado en la defensa, agradecido al favor, reconocido a la deuda, prudente en cualquier suceso, fuerte a toda resistencia, posible a todo imposible, dispuesto a morir por ella, invencible a la mudanza, y lo que viniere venga, que no merece las glorias quien no ha estimado las penas. Extraña fortuna, Conde, donde apenas hay lugar de consejo. ¿Puedo hablar? ¡Ay, Tello! ¿qué me responde? Tello, no hay que recatarte de un hidalgo aragonés. Beso mil veces tus pies. ¿Tú en Nápoles? Para darte mis brazos. Deja. Bernardo, que el filo al cuello me aplique su respuesta. Don Manrique. ya no fingido Lisardo, dice...¿Nombrarela? Sí: todo Bernardo lo sabe. Que en un negocio tan grave está su remedio en ti, saliendo en público luego y diciendo que has llegado de España, porque el cuidado de un amante loco y ciego no ha de parar hasta ver quien eres. Dice verdad; mas venir a esta ciudad, ¿con qué ocasión puede ser, por lo menos, que no sea sospechosa? Yo diré remedio, aunque no lo sé, para que luego se crea. Pero ponte de camino, que, mientras te vistes, quiero prevenirle. Hoy , Tello, espero de tu ingenio peregrino una notable invención. Como ayude don Bernardo, que tengas remedio aguardo y para verla ocasión. Lo que pudiere ayudar, no puede faltar por mí. Bernardo se quede aquí, que después ha de llegar, cuando yo aviso le diere. Dé luz a tu entendimiento Amor. ¡Qué lindo elemento para errar cuanto se hiciere! Mas no pierdas la esperanza. ¡Ay, dulce Clavela mía! Quien lo imposible porfía, vida pierde y muerte alcanza. Si le quitaste la vida a quien hallaste, Roberto, a las rejas de Fenisa, ¿cómo o de quién tienes celos? ¿qué te da cuidado agora? ¿Ha de volver al terrero a requebrarla de noche un hombre después de muerto? ¡Nueva condición de amante! Clavela, el amor es miedo, todo invenciones y trazas. Para averiguar recelos quise, fingiendo la muerte de quien me los dio tan necios, ver si mudaba semblante Fenisa oyendo el suceso; que la verdad es que vive, y que ni el desnudo acero ni el ruego, para saber quién era bastantes fueron. Él se fue: mira si es justo que tema un hombre encubierto, a quien he visto y probado juntos el valor y el pecho. Pero, por mucho que intente venir de noche secreto, yo le armaré tales lazos que alguna vez caiga en ellos. ¿Quieres tú, pues no habrá cosa que ella te niegue, saberlo, para que excusemos sangre? Haz esto por cuanto puedo obligarte con la mía. Yo lo haré, si tú primero me juras de no agraviarle, si fuere, que no lo creo, galán de Fenisa. Yo siempre creo lo que temo. Por vida del Rey lo juro. Dicen que no es juramento la vida del Rey su padre . en un Príncipe heredero. Pues por la tuya lo juro. Que te has engañado pienso; pero mejor te estará el desengaño que el miedo. Si en alguna obligación de Aragón os puso el reino, aunque dividió la muerte la amistad y el parentesco, cierto Conde don Manrique me dicen que viene a veros. El paje, hermosa Fenisa, por mi parte le agradezco. ¿Don Manrique? Fenisa. Sí, señora. Desembarcando sospecho Clavela. que le he visto en Barcelona. ¡Temerario atrevimiento! Vuestra Alteza, gran señor, me dé (turbado comienzo), los pies generosos. Conde, de justicia os debo el pecho, que puesto que de mi hermana fuistes por tan breve tiempo vasallo, la obligación no ha de perder su derecho. Deme también vuestra Alteza las manos. Alzaos del suelo, que no soy la Infanta yo. Si no lo sois, pareceislo; y así, no os pido perdón. — Qué discreto fingimiento! Vuestra Alteza, gran señora, no se espante de este yerro, pues no mereció Aragón gozarla para bien nuestro. Pues yo, Conde don Manrique, de haberos visto me acuerdo, y aunque por tan breves días fui Princesa de aquel reino, no he perdido la memoria. Con justo agradecimiento puedo decir que Aragón, lastimado de perderos, no la perderá jamás. A las dos Altezas beso los pies de una vez. ¿Quién es, Manrique, este caballero? Un aragonés hidalgo. Yo se lo diré más presto: un oficial de su gusto del Conde. Llámome Tello; tengo licencia de entrar cuando quiero y como quiero; adonde soy conocido hablo a propósito luego; no canso, no digo mal, no pido y doy lo que tengo, y, .aunque soy hombre de humor, me precio de ser secreto, ¡Mucho hará quien habla mucho! Que pintan mudo al silencio. Ya, Tello, te he conocido. Licencia te doy, si puedo, para que siempre me veas. Y sin ella vendré a veros, que sé cantar y tañer, danzar, pintar y hacer versos, y cultos, que no vulgares. ¿A qué habéis venido, Conde, a Nápoles? Mi suceso quiere espacio, aunque a pediros favor y licencia vengo para poner un cartel de desafío a un soberbio caballero de Aragón, que el Rey me niega diciendo que no lo consiente el Papa. Vamos, que me obliga el veros a ser de hoy más vuestro amigo. Y a mí, a ser esclavo vuestro. Dile, Fenisa. a mi hermano que yo le suplico y ruego honre al Conde. Él lo merece. ¡Qué gallardo caballero! ¡Ay, Tello, qué bien comienza mi dicha! Mejor espero, señora, el fin, si tu hermano se aficiona al Conde. Pienso que le obliguen, como a mí, sus muchos merecimientos. ¿Qué es esto del desafío? Invención para desvelo del Príncipe, que un amigo apercibido tenemos para que a su tiempo venga: tú acredita al Conde. ¡Ay, cielos; Si no soy de don Manrique, no he de tener otro dueño. ACTO SEGUNDO ¿Parézcote muy cansada. por hablarte ansí? ¿Por qué te informas de mí, que soy parte apasionada? Cosas te diré del Conde que por fábulas las cuentes. Por más que decirme intentes, todo a su valor responde. Pero no son valentías las que quiero saber de él. No es valiente a lo cruel, como presumir podrías. Es con toros y con moros su valor. Créolo ansí: pero ¿qué me importa a mí que mate moros y toros? ¿No es cosa para estimar ver con el desnudo acero en la plaza un caballero airosamente llegar y dividir la cerviz de una bestia tan feroz, aplaudiendo en una voz todos la suerte feliz? ¿Y el hacer que a la violenta punta de un fuerte rejón, con breve respiración vierta el ánima sangrienta? ¿Harálo vusiñoría? ¿Tiénesme por amazona? Yo creo de su persona esa y mayor valentía; pero; traslada el matar toros a matar mujeres? ¡Curiosa presumo que eres! No lo es mucho preguntar si venir a Italia el Conde a fijar un desafío fue amoroso desvarío. A esa pregunta responde que no todas las pendencias tienen principio de amor, que también tiene el honor sus causas y diferencias. Honor es causa forzosa. Que se abrase por Elena Troya. ¡vaya enhorabuena!: era casada y hermosa. Que Bruto mate a Tarquino por la fuerza de Lucrecia, ¡vaya!, puesto que fue necia en hacer tal desatino, que Tarquino no le había cortado brazo ni pierna. El mundo, en fin. se gobierna mejor que entonces solía; que en esta edad, menos necia, en iguales desatinos, aunque hubiera mil Tarquines, no se hallara una Lucrecia. Finalmente, los agravios habían de ser por cosas diferentes y forzosas; entre los varones sabios, al que un pleito injusto ponen, no había de pleitear, ni sus dineros gastar en los que un pleito componen, sino remitir el caso a la espada, y a este modo irlo averiguando todo, sin dar en un pleito un paso. Pero que por un mentís haya enojos tan crueles que ponga un hombre carteles en Nápoles y en París, y en Constantinopla intente, si aquí no le dan lugar... ¿Pues no es causa de pesar decirle a un hombre que miente? Que lo fuera es gran razón. más que cuanto a un hombre honrado pueden decir, obligado a su honor y a su opinión; pero que siendo el mentir tan usado y general, ¡lleven los hombres tan mal que se lo puedan decir! Miente al señor el criado, y alguna vez el señor; miente siempre el que es deudor, miente el ingrato obligado; miente el fácil prometer, que no fue jamás cumplido; la mujer a su marido, el marido a su mujer; miente cualquiera oficial, miente el año, el tiempo, el día, quien niega la cortesía, quien habla en ausencia mal; miente quien ama, quien juega; miente el luto al heredado; miente quien pide prestado, quien importuna y quien ruega; mienten todos los que venden, que siempre lo injusto piden; los que pesan, los que miden, lisonjean y pretenden; mienten, en fin, cuantos tratan en mohatras de que viven, mienten poetas que escriben y pintores que retratan: el poeta, con deseo de encarecer lo que alaba, y el pintor que un rostro acaba, haciendo hermoso al que es feo. Tantos afeites hechizos, ¿claro está!, mentiras son. ¿Pues qué será la traición de algunos casos postizos? ¡Pues pleitos? ¡Aquí ficó! Y o los dejo a quien los tiene. Finalmente, el mentir viene desde que Dios nos crio. Pregunta Dios a Caín: ";Qué es de tu hermano?", y responde: ''Qué sé yo?", sabiendo adonde fue de su inocencia fin. Con esto el Conde, o españoles, por no sufrir un mentís, fue de Aragón a París y de París a Nápoles , donde carteles pondrán sus manos a lo valiente, siendo el mentir descendiente por línea recta de Adán. ¡Bravo discurso! Soy yo muy discreto y no enfadoso. ¿Que no fue caso amoroso el de don Manrique? No. ¿Que no deja el alma allá? Mudó casa una mujer, tan flaca a más no poder, que era su cadáver ya; y un galán de estos sabuesos si se mudó preguntó; y otro respondió que no. —;Pues qué? —Trasladó sus huesos. Así te respondo a ti, que solo el cuerpo ha traído. ¿Luego sin alma ha venido? Pienso, Fenisa, que sí. Yo conozco una mujer que un Príncipe despreciara por él. No pienso que errara, si no la puede querer. Y eso de dejar los Reyes por los Condes, es razón de las comedias, que son de amantes bárbaras leyes, que claro está que es mejor un Rey. Si posible fuera casarse conmigo, hiciera elección de su valor. Yo quiero marido cierto; del Rey imposible soy. Los dos vienen. Yo me voy. Tello, el secreto te advierto. Prosigue, Conde, que saber deseo la causa principal de tus enojos, que mucho más amor presumo y creo. Como te dije, el alma fue despojos en viendo de Leonarda la hermosura, que es todo el Sol pirámide en sus ojos. Así se cifra a un punto su luz pura y sus rayos a un círculo pequeño de una niña cruel, por negra escura. Para sacarla de este dulce empeño ¡oh cuántos días no viví sus horas! ¡oh cuántas noches fui rebelde al sueño! A su reja me vio cuantas auroras produce el tiempo en dos tan largos años, como sabrás si alguna ingrata adoras. Al cabo, en fin, de tantos desengaños, plugo el Amor que mi esperanza un día hallase con su fin el de mis daños: Supe que un hombre la cruel quería, si de mi calidad, no de mis prendas, y ardiose mi celosa fantasía. Aquí no quiero, Príncipe, que entiendas, habiendo mi desdicha averiguado, ¡que fue mi amor por las comunes sendas. No defendí las rejas despechado, mas retireme a lamentar mi pena ¡solo con su desdén y mi cuidado. Tiene entre isletas de menuda arena, ¡cerca de Zaragoza, el Ebro undoso de verdes sauces una selva amena. La víspera. Roberto, del glorioso que fue primero santo que nacido, iba el Rey de Aragón y el generoso Príncipe (ya, ¡qué gran dolor!, perdido), y con la bella Infanta algunas damas \ pisando el bosque de sus pies florido. Allí, vertiendo generosas llamas, doña Ana de Albión, cuyo cabello temió como Absalón la envidia en ramas, la daba a todos con su rostro bello, y doña Madalena de Marcilla compitiendo las manos con el cuello. Allí doña Ana de Híjar, maravilla del mundo, un paraíso hacer desea ¡del nevado cristal la verde orilla. Allí doña Francisca de Bolea con doña Inés Cerdán y doña Juana Resendi, a quien el Príncipe pasea. Pero parece diligencia vana, pues que no las conoces, mi pintura, ni de aquélla mi bárbara tirana. Iba siguiendo entonces su hermosura don Pedro, su galán, y yo, envidioso, por sombra de los dos en noche escura, pasando un arroyuelo, al salto airoso torciósele un chapín, quizá culpada en dar favor a su galán dichoso. Allí llegó mi mano anticipada, que siempre un despreciado es más ligero, sin advertir que en lo que sirve enfada. —No os toca a vos—me dice airado y fiero don Pedro, ese lugar'', y me desvía. Yo respondo: "Ese término es grosero, que yo tan cerca como vos venía. Culpad vuestro descuido, que hasta agora no es prenda vuestra y puede serlo mía." Aquí, con necia voz, aunque sonora, "¡Mentís!", replica, y al alzar la mano ya estaba en medio el ángel que la adora. Mis diligencias fueron tan en vano cuanto puedes pensar de un rey presente. que menos que un respeto soberano no pudiera quitarme que impaciente le quitara la vida con la boca, donde tan presto vi la espada ausente. En fin, para cumplir lo que le toca a un hombre como yo. camino a Francia, pero mi agravio ni a su Rey provoca, ni hallé en París remedio de importancia. Y así vengo a tus pies, donde te pido lugar para el cartel, que la distancia hará más breve el paso al ofendido. Atentamente escuché la ocasión de haber venido a Italia, Conde, que ha sido como yo la imaginé. Y del amor que os cobré podéis estar satisfecho, que lo que el francés no ha hecho ni el castellano rigor, hallaréis en mi favor y en la lealtad de mi pecho. Poned. Manrique, el cartel, que yo saldré a vuestro lado por padrino, y confiado de que pongo parte en él. La misma suerte cruel habemos los dos corrido, la misma ocasión ha sido por camino diferente: en vos, de vivir ausente, y en mí. de morir de olvido. Y pues la seguridad que aquí de amigo os prometo es dar parte de un secreto, que es la mayor amistad: sabed que mi voluntad, accidente y no elección, sirve en aquesta ocasión una dama de mi hermana, por hermosura tirana, y vana por discreción. Ni me trata bien ni mal; mal, por tenerme respeto; bien, porque un amor secreto la obliga con ser su igual. Estoy de celos mortal, porque una noche rondando hallé en sus rejas hablando de tanto valor un hombre, que no me dijo su nombre ni riñendo ni rogando. Iba prometiendo el día, entre unos rasgos de plata, luz a la noche, que ingrata las espaldas le volvía, cuando viendo su porfía le dije: "El Príncipe soy''; y él respondió: "Yo me voy; que aunque me habéis obligado, lo estoy más a mi cuidado." En tal confusión estoy. Déjele en tanta porfía, siéndome el día cruel, que, concertado con él, no se declaraba el día. Fingí que muerto le había por conocer si le amaba de quien yo celoso estaba; mas, por cubrir sus enojos, quitaba el llanto a los ojos y hacia el corazón lloraba. ¡Caso extraño que este pueda darme celos, sin saber quién es, con venirla a ver; y que también le suceda que la gente que allí queda no le haya visto jamás! ¡Oh Amor, a qué amante das celos sin saber de quién! Soy de cuantos quieren bien el que tú aborreces más. ¡Que no pueda mi poder saber quién celos me ha dado, y que esto me haya negado siempre firme una mujer! Criado no puede ser ni forastero tampoco. Tan picado me provoco del valor de este secreto a confusión, que os prometo. Conde, que me vuelvo loco. Si vuestra Alteza me fía que le libre de las quejas, toda la noche en sus rejas me vendrá a buscar el día; y esto, sin más compañía que Tello, aunque traiga ese hombre gente que la calle asombre; y de mí podéis fiar, que le tengo de matar o me ha de decir su nombre. No, Manrique; no merece que le mate, aunque mi amor lo pide, que su valor esta defensa le ofrece. Pues si vuestra pena crece, ¿qué remedio habrá que os den? Sin matarle le hay también. Y vos podéis ir conmigo, que el valor del enemigo obliga a quererle bien. Que en medio de este rigor tiempla mi enojo cruel haber reñido con él y conocer su valor. Por otra parte, mi amor no quiere sufrir desvelos. Probaré, ¡viven los cielos!, ese hombre. Sea de suerte que sepa yo sin su muerte, Conde, quien causa mis celos. Bien pudiera merecer, Fenisa, por ser tu dueño, cuando por mi amor no fuera el que lo fue de los celos del Príncipe, pues te juro por cuanto jurarte puedo de no decirle su nombre y de tenerle secreto. Señora, si en tu porfía pudieran ser de provecho, después de muchas disculpas, palabras y juramentos, no dejara en cuantas cosas mira el Sol y cubre el cielo, alguna de que no hiciera alarde mi firme pecho. Yo no he visto tal galán, ni público ni secreto, desde que Arnaldo dejó su amoroso pensamiento, por guardar, como tú sabes, justo y debido respeto al Príncipe, mi señor; y porque veas que quiero desengañarte, has de darme palabra con juramento de que no le has de decir, sino tener en silencio un pensamiento en que he dado con que verás que no tengo ese galán que sospecha, que entre tantos caballeros habrá alguno que se ocupe en diferente sujeto. ¿Qué responde Vuestra Alteza? Que al justo silencio ofrezco cuanto me puede obligar y cuanto a ser quien soy debo. Pues, señora, siendo ansí, mis pensamientos he puesto en el Conde don Manrique, que tan justamente empleo; porque e! Príncipe es galán de pensamientos ajenos de mi honor, y el Conde un hombre igual para casamiento. Yo lo he mirado muy bien, y por advertirle de esto y que en público me sirva, he dicho mi amor a Tello. Ya el Conde estará advertido. Este es el galán que tengo para casarme, señora, que son desvanecimientos amores con imposibles. Ya le has visto; por lo menos, disculparás mi afición, que hombre tan galán, tan cuerdo, tan airoso, tan cortés, tan bienquisto, tan discreto, bien merece voluntad; y acierto mucho sin esto, porque llevándome a España (Dios me cumpla este deseo), me librarán de tu hermano tanta mar y tierra en medio. La palabra que te he dado cumpliré en callar, Fenisa, ese tu amor tan de prisa como necio y mal pensado; pero el no ver agraviado del Príncipe aquel valor que tratas con tal rigor como ignorante mujer, que no sabe agradecer la calidad de su amor. Habrá que te sirve un año mi hermano, y que tu porfía no se rinde, ¿y solo un día te ha rendido a un hombre extraño? Extraño ha sido tu engaño, si el Conde tu amor ignora, que así lo dijiste agora de que tu culpa se infiere, pues quieres quien no te quiere y desprecias quien te adora. En mi desgracia has caído, que quien mi hermano aborrece, por justas leyes merece el castigo de mi olvido. Que le quieras no te pido: solo te quiero impedir que no me entres a vestir ni a otra cosa desde hoy: de Roberto hermana soy. Oye. ¿Qué puedes decir? ¿No es virtud el resistirme donde no puedo casarme?, ¿y discreción emplearme en amor seguro y firme? ¿Será justo persuadirme a querer amor tan necio? Alas de ser cuerda me precio, que no me quiero emplear en amor que ha de parar en monasterio o desprecio. ¿Quito al Príncipe el valor ni la estimación, señora, por querer al Conde agora para defender mi honor? Yo tengo al Príncipe amor con el respeto debido; mas la diferencia ha sido querer por tan justa ley al Príncipe para Rey y al Conde para marido. Si en tu cámara no quieres que entre, haré tu voluntad; si a mi cuerda honestidad la de tu hermano prefieres; que yo sé de quien tú eres que pasando algunos días en que las disculpas mías den a tu enojo lugar, me volverás a llamar y a querer como solías. En medio de un jardín, fuente perenne al aire, en cuyas alas se dilata, violento, un rayo de cristal retrata, que sube al paso que naciendo tiene. Mas cuando, igual a su principio, viene aquella, al parecer, vara de plata, en fugitivas perlas se desata y en su misma violencia se entretiene. Así he querido yo subir, vencida de un loco amor, a fuerza de prudencia, ¡vana esperanza!, de mi engaño asida. Mas ¿dónde habrá para imposibles ciencia? Que como fue violenta la subida, cavó del aire con mayor violencia. Libre ejecutoria fue la que a la locura dieron los primeros que lo fueron, si adonde me ves entré. Decía un gran cortesano que el mejor oficio era ser pícaro, y que él lo fuera si siempre fuera verano. Y, por lo mismo, también a imaginar me provoco que es lindo oficio ser loco, si siempre le oyeran bien. ¿Cómo no te has alegrado de verme aquí? ¿Qué tenemos? ¡Tú silencio con extremos! ¿Hante por ventura hablado en esto del casamiento que se dice en la ciudad? De oír una necedad es, Tello, mi sentimiento. ¡Necedad! ¿Eso te admira? No de ti; de ella lo estoy. Para cuantas armas hoy tiene inventadas la ira, hay defensa y sufrimiento; mas para una necedad no tiene capacidad el humano entendimiento. Díjome Fenisa aquí que a don Manrique adoraba; y esto yo lo disculpaba, pues me ha sucedido a mí. Pero no darle lugar para que su amor entienda, y la sirva y la pretenda con que se piensa casar; porque llevándola a España, libre de mi hermano esté. No fue necedad. ¿Por qué? Porque no saber la engaña tu secreto; que a saber que al Conde amabas, no amara al Conde ni te contara que le pensaba querer. A mí me habló; no te espantes de que al Conde quiera bien. ¿Y es bien que celos me den necedades semejantes? Determinada me vi de declararme con ella, ¡y matarla y deshacerla! Perdiérase todo ansí. Piérdase todo, que celos no es cosa para sufrir. ¿Qué dices? Que no es vivir vivir con tantos desvelos. Piérdase el Conde y mi honor y mi vida y cuanto espero, porque con celos no quiero que me tenga el Conde amor. Convidó un hombre a comer a un amigo que tenía, y por el calor que hacía mandó la mesa poner junto a la noria de un huerto; la mujer del cual, celosa, andaba tan desdeñosa y de humor tan rostrituerto, que el colérico marido, de ver que a su convidado le mostrarse tanto enfado, desesperado y corrido, con manos y ojos crueles, aunque el huésped le aplacó, dentro de la noria echó la comida y los manteles. El convidado, la historia viendo, sin mostrar desdén cogió el bufete, y también lo echó dentro de la noria. —¡Qué hacéis?—le dijo enojado el huésped—. ¿Estáis en vos? —¡Perdonad, señor, por Dios! —le respondió el convidado—. Que entendí, viéndoos hacer tal novedad de agasajo, que, por más fresco, allá abajo nos íbamos a comer. Así tú quieres, celosa. arrojar todo el secreto donde se pierda el conceto de tu obligación forzosa. Pues, ¡vive Dios!, de tomar como el otro convidado el bufete por un lado y echarlo todo en la mar. Mira que el Conde no puede sufrir no hablarte, señora, y que me ha enviado agora a que concertado quede que esta noche ha de venir, aunque el Príncipe le mate. Dile, Tello, que no trate de verme, porque es decir lo mismo que de su muerte: no falta noche de allí. Él se confía de sí. Quiera Amor que el Conde acierte a venir cuando no esté. Pues si no hay otro remedio, aunque se pusiera en medio todo el mundo, no podré disuadirle que no vaya. Pues parte y di que le espero. Haz cuenta que tú eres Hero y está Leandro en la playa: ponle tu luz, que recelo, aunque es tan soberbio el mar, que se ha de echar a nadar si el mar se levanta al cielo. Ya no debe de venir, o por dicha a tiempo viene que no estamos en la calle. Señor, hasta que el Oriente se viste el alba que el Sol de rayos de oro guarnece, no faltemos de estas rejas. Si sabe que tú defiendes este paso, y que celoso en el terrero amaneces, ¿cómo quieres que se atreva? Pienso que la culpa tienes, Arnaldo, en estar aquí, tan público, que volverse le es fácil cuando te ve; pues bien sé yo que, a esconderte, él llegara a hablar seguro; pero si ve tanta gente, ¿no está claro que el peligro le ha de retirar? Advierte que el cazador cauteloso cubre la liga y las redes de hierba o árboles, donde caiga el pájaro inocente o el animal divertido, que si las mira y previene es imposible engañarle. Espera, señor, si es este. Retiraos, que puede ser. Si nos ha visto, él se vuelve. No hará, que es la noche escura. ¡Celos, cegadle o perdedme! Amor, pues mis pasos guías, dame un esfuerzo tan fuerte que el poder no me derribe, ni la fuerza me atropelle. Venir a tanto peligro desesperación parece; mas también es cobardía perder el bien y tenerle. Hay en los casos de honor aforismos que se atreven, por no estar bien entendidos, a la vida injustamente. Si a un caballero, de noche, cuatro o cinco le acometen, ¿dirá la ley que allí muera tan necio como valiente? No se ha de entender así, que también tienen las leyes del Derecho de la Espada intérpretes diferentes. Si un general se retira, cuando ventaja le tienen, con un ejército de hombres, y esto la guerra concede, ¿por qué ha de esperar a cinco un hombre, para perderse, (no siendo don Diego Ordóñez, el inventor insolente de los romances de retos), sabiendo, aunque un Héctor fuese, un César, un Ciro, un Cid, que defenderse no puede? ¿Pues ha de huir? No ha de huir; porque al huir, para siempre no queda satisfacción. Pues ¿qué ha de hacer? Defenderse, y retirarse diciendo: "Cuatro sois, y sois aleves." Cuenta con pies y con manos, y tiesa la espada en frente, dar capa y con lindo brío cara a cara trasponerse, y al que le siguiere, dalle. ¿No puede ser que le cerquen y que algún o por detrás le asiente, como acontece? Señor, al que teme tanto aconséjale que cene temprano liebre o gallina, y que a las siete se acueste. Pero i vive Dios! que es cosa terrible que cuatro cerquen a un hombre honrado y que sea ley que espere y que le peguen. Luego el barbero le lava, y tanta tienta le mete, anda el huevo y no mejido y tal vez esto de Réquiem. Tello, si considerasen los hombres que el mar se suele levantar con las estrellas y que al infierno se vuelve, ninguno se embarcaría. Ahora bien; déjame y vete. ¿Que solo te has de quedar? Pueden por ti conocerme; y porque, si quiero huir, no me estorbe, Tello, el verte. No lo creas. Podía ser. ¿Dónde quieres que te espere? A la puerta de Palacio. Señas hacen. Alguien mueve los vidrios. Todo está solo. La reja es baja: bien puedes pedir licencia a los hierros que dalle la paz te dejen. ¿Eres tú, Lisardo mío? Que de ese nombre te acuerdes te agradezco, porque ansí me desconozcan. No sienten que a mí me quitan la vida. Celos injustos le ofenden a quien no doy desengaño, porque es imposible haberle, pues no le puedo decir que a tu grandeza se atreve mi amor, siendo menos mal que él de su dama sospeche: en gran confusión me pone. Yo tengo tantas, que puedes tener lástima de mí. Y porque es el tiempo breve en que puedo hablarte, escucha: Fenisa, Conde, te quiere, de suerte que ya contigo ir a España se promete. ¿Eso qué importa, señora, si, de mi amor inocente, pone los ojos en mí, que por oírte y por verte pongo a peligro la vida, y mil vidas me parecen pocas? ¡Ay, Dios, que los míos son pesares diferentes! Ya por Nápoles se dice. Clavela, que el Rey te quiere casar en Milán. ¿Casarme? Ni lo intente, ni lo piense. Oye más cerca. ¿Qué aguardo? ¡Aquí le conozco o muere! Este es sin duda, y Fenisa la que habla con él. No llegues tan alborotado. Espera. ¿Qué quieres, Celio, que espere; Gente viene; emboza el rostro. ¡Hombre, di luego quién eres! ¿No hablas? Él es sin duda, que no sin causa enmudece. Caballero, si sois quien toda una noche valiente os defendistes de mí, descansando algunas veces para volver alentados, sin que ninguno pudiese reconocerse ventajas, sabed que estimo de suerte vuestro valor y que tengo un deseo tan ardiente de teneros por amigo, y para que yo sosiegue un pensamiento celoso que me abrasa y me enloquece, que si me decís quién sois, no ha de haber cosa que os niegue, si fuese mi propia dama; que un hombre que la pretende con tal valor y peligro, mejor que yo la merece. Hacedme aqueste favor, y no permitáis que llegue a ser fuerza lo que es ruego. ¿No respondéis? No lo entiende. ¡Ah, caballero! ¡A quién digo! El Príncipe soy. No siente. La cortesía no obliga, que ya de lo justo excede. i Qué aguardas, señor? ¿qué intentas? ¡Qué mármol para una fuente! Sí, pero no murmurara. Que has de conocerle teme. Pues será fuerza matarle, que lo ha de ser conocerle. ¡Que me hablase este hombre entonces, y agora calle! Aun no quiere mover los labios. ¡Villano y a tu mismo Rey aleve! ¡Viven los cielos! . . . La capa derriba. Respuesta breve. ¡Matadle! No sé; ¡por Dios!, ¡lindamente se defiende! Excusando embajadas he venido a tratar estos casos en persona. Duque, discreta prevención ha sido. Así mi voluntad la vuestra abona. Milán, señor, a vuestros pies rendido vasallo servirá vuestra corona, glorioso de tener dueños que exceden cuanto las Aves del imperio pueden. Envidioso quedé, cuando partía Clavela a España, al de Aragón dichoso y desdichado, todo el mismo día. que fue y no fue su malogrado esposo; pero guardaba para dicha mía tal prenda el cielo. Duque generoso, la dicha es nuestra, pues tan alta fama vuestro valor por invencible aclama. Tristezas del esposo que ha perdido, con poco gusto tienen a Clavela, que tal suceso no permite olvido, y de segundas bodas se recela; pero presumo, pues habéis venido, que la imaginación que la desvela tendrá sosiego con mejor empleo. Solo servirla, gran señor, deseo. Y si le pareciere a Vuestra Alteza que mi hermana se case con Roberto, yo sé que discreción, gracia y belleza serán buenos terceros del concierto. Las nuevas de su mucha gentileza nos dio la fama, y vos tened por cierto que lo tendremos a ventura nuestra. Veré a Clavela con licencia vuestra. Dícenme que has concluido de mi hermana el casamiento. Rey. El tuyo. Roberto, intento. Y por que estés advertido, trata del Duque el valor como dos veces cuñado, ya por ser deudo obligado, ya porque te tiene amor. ¡Ay, Arnaldo! ¿Qué he de hacer entre tantas confusiones? Las amorosas pasiones nunca se dejan vencer de consejos ni respetos, porque en llegando el amor a ser celoso furor, se pierden los más discretos. Por lo que toca a casarme, no tengo cuidado yo; el que Fenisa me dio, Arnaldo, basta a matarme. ¡Qué confusión!; Qué desdicha! Pluguiera a Dios que muriera a sus manos, que tuviera esa desdicha por dicha. Bien estás vivo, señor; calla y no tientes al cielo. ¿Qué espero en tal desconsuelo? ¡Qué trágico fin de amor! Esta vez no se engañó el vulgo, pues cierto ha sido ser de Clavela marido. En fin; ¿el Duque llegó? Sí, Tello; y tratando están mi muerte.; Qué haré? ¡Ay de mí! El Príncipe. Espera allí. Si parabienes se dan de lo que no se declara, ni a la amistad, ni al favor, en duda os le doy, señor. ¡Ay. don Manrique! Repara en que ya no puede ser; porque adoro la dureza de un ángel en la belleza y en la condición mujer. Esta noche fui a sus rejas a ver si aquel hombre hallaba. ¿Y hallástele? Sí, que estaba burlándose de mis quejas. Llegué y hablé: cortesía que al más bárbaro obligara. ¿Y no le viste la cara? La escura noche tenía por rebozo, que no viene en siendo clara. ¿Y no habló? No quiso; la voz temió... ¿Tan conocida la tiene? Con esto, Conde, he creído que anda muy cerca de mí. El no hablar lo dice ansí para no ser conocido. Pero ¿qué hiciste? Que estoy pensando que le has dejado bien herido y castigado; y por consejo te doy hacer luego diligencia y saber quién está herido de Palacio. Ha sucedido de otra suerte la pendencia. ¿Cómo? Saqué dos criados: tal es que temo su muerte. ¡Qué! ¿es tan belicoso y fuerte? Pensamientos tiene honrados, con dicha tan bien lograda, que se ha burlado de mí. Hallarme quisiera allí. Mas ¿qué importara mi espada adonde estaba la tuya? Bien pienso. Conde, que hicieras tu parte, pero no fueras parte a contrastar la suya. ¡Vive Dios, que estoy picado de ese hombre! Será imposible conocerle. ¿Es invisible? Debe de estar encantado. Hame dado un pensamiento y le pienso ejecutar, pues señas me pueden dar del hombre conocimiento. ¿Cómo? Por Astrología, que al vivo le pintarán. Cuantos en España están, en esa ciencia vencía Tello, el que tienes presente. Tello, ¿pues eso sabías?, ¿esa ciencia me encubrías siendo astrólogo eminente? Yo, señor... Mira que el Conde.. Dile que sí, majadero; mira que me va la vida. Puesto, Príncipe, que tengo algún nombre allá en España, que lo dejé, te confieso, porque adiviné a un marido que con incierto mozuelo, de estos entre pollo y gallo, daba en ponerle en el cielo, sentado entre los dos signos Aries y Taurus; y luego me pagaron la figura haciéndome aire en invierno una noche en las espaldas un abanico de leño. No tengo libros tampoco. Pues no quedará por ellos: dame una lista de todos. Que son difíciles pienso las tablas de Filimoquio, los planetas de Zumeco, Calimastio, Serpentonio, Gurugu, Maleo, Espártenlo, Cipolanto, Ericutivio, Berzocán. Tente, que creo que son nombres de demonios. Hanlo sido algunos de ellos. Sepa yo quién es este hombre y conjura medio infierno. ¿Qué has hecho, señor? ¿qué has dicho? ¿Qué querías, que a Roberto le diese mis propias señas algún astrólogo, siendo más fácil que tú le engañes? ¿Luego crees que son ciertos? ¿No has visto los desatinos que dicen, dando mil cercos a lo que ha de suceder por conjeturas y enredos? Que habría aquel año, dijo cierto pronóstico de estos, buena cría de leones. ¡Qué lechones y corderos! ¿Leones—pues di, señor— para qué pueden ser buenos? Que las mujeres serían falsas; ¡oh milagro nuevo!; que habría en el mar tormentas; que habría en la tierra pleitos; que morirían los mozos (y era el astrólogo viejo; porque ningún hombre humano pronostica sus sucesos); que habría muchos garbanzos (y esto aun fue de más provecho. porque tantas fuentes hay, que se va subiendo el precio); que no se conocerían (aunque no entendí bien esto) los hombres ni las mujeres: ellos deben de saberlo. No digas más disparates; en mi desventura hablemos, que si Clavela se casa, sin pronóstico soy muerto. No lo creas, que te adora; y a mí me ha dicho, y lo creo: "Si no es mi dueño Manrique, no he de tener otro dueño." ¡Dicha tuviste y valor en defenderte tan diestro, de tanta gente! Tomé tu lección, amigo Tello: nunca les volví la cara; pero apartando y hiriendo, daba lindo cintarazo al que se apartaba de ellos. ¡Oh buen Manrique! ¡oh buen Lara! Tú y yo para treinta de estos. ¡Ay mi Clavela! ¿qué fin darás a mi amor secreto? ACTO TERCERO Me admiro que Vuestra Alteza. siendo Príncipe discreto, llame desprecio al respeto. Y yo de que en tu belleza no pudiese mi firmeza hallar, Fenisa, lugar; con que he venido a probar que en condición de mujer, ni tiene fuerza el poder, ni experiencia el porfiar. ¿Cómo te ofende mi amor, que obligara a la que fue mármol? ¿Por qué tanta fe pagas con tanto rigor? A Vuestra Alteza, señor, siempre quise y siempre quiero: sus méritos considero; pero en tal desigualdad, me ha dicho mi voluntad que mire mi honor primero. . El Rey trata de casar a Vuestra Alteza, y es justo que tome estado a su gusto, y remedio singular para que pueda olvidar el pensamiento que tiene; y a mí también me conviene casarme, y que Vuestra Alteza me ayude, que esta fineza más a propósito viene. Que no se puede llamar falta de amor no querer a Vuestra Alteza mujer que a serlo no ha de aspirar: no me pudiendo casar, de quererle me despido, que sabe Dios que he tenido (y Él me castigue si miento) mil veces el pensamiento a sus méritos rendido. Y para que no me vea, si esto le ha de dar cuidado, tengo un dueño imaginado que lejos de aquí lo sea; y no porque él me desea, ni sabe mi pensamiento; que por alejarme intento de Vuestra Alteza esta hazaña, poniendo por blanco a España de mi ausencia y casamiento. Oye. No pensé decir lo que he dicho. ¿Hay tal crueldad? ¿Puede ya mi voluntad llegar a más que morir? ¡Arnaldo! ¡Celio! Arnaldo.; Señor? Ya todo se ha declarado. ¿Cómo? El Conde me ha engañado, el Conde ha sido traidor. ¿El Conde? Pues ¿de qué suerte? Aquí me ha dicho Fenisa, con aquella falsa risa. disfraz de mi injusta muerte, que para que no la vea quiere casarse en España. Celoso temor te engaña a pensar que con él sea. ¿Nombrole? No. Pues no es él. Dos cosas me han obligado a pensar que me ha engañado. Es pensamiento cruel. La primera, el desafío, pues nadie de España viene. Sí, ha venido, y cartas tiene del Almirante, su tío, de que don Pedro murió. ¿Quién las trujo? Un don Bernardo, de Aragón, mozo gallardo. que luego a España volvió a tratar un casamiento para el Conde. ¡Yo me abraso de celos! Hablando acaso no es bien que tu pensamiento culpe al Conde. ¿Y qué razón satisfacción puede darme de no verle acompañarme. Celio, en aquesta ocasión? Si hallar este hombre desea, ¿cómo no viene conmigo a buscar este enemigo? ¿No puede ser que él lo sea? Buen remedio. ¿Cómo? Lleva al Conde siempre a tu lado, y si nunca el disfrazado viene como suele, es prueba de que es el Conde; que a mí algo me ha dado a pensar. La seguridad de hallar el Conde favor en ti, obliga a no lo pensar; pero i en el talle, por Dios. que se parecen los dos! ¡Que dé el Conde en porfiar que yo haga esta figura 1 ¿Qué hay, Tello? ¿Acabose ya? Puesta en perfección está. Sosiega, pues, la locura de mi celoso temor. Aquí verás tu desvelo en doce casas del cielo que incluyen tu loco amor. Vive Dios, que apenas sé palabra de cuanto digo! Di las señas, Tello amigo. Todo tu amor te diré: aquí Venus significa, mirada mal de Saturno, que esta mujer te quisiera si fueras su igual. ¡Qué pudo perder el valor jamás! Aquí Júpiter de puño tira una estocada a Marte, que muestra que este hombre es ¿Cuál hombre? zurdo. El competidor. ¿Qué importa ser zurdo? Mucho. Todos sus criados son derechos; yerran el punto, y él pégales por de fuera, puestos en ángulo obtuso. El corazón, en los hombres, que es lo más seguro, ni fue zurdo, ni derecho, porque el valor siempre es uno. A la Casa de la Luna mira de trino Mercurio, que muestra que es este hombre en invenciones profundo. ¡Qué de disparates digo I Pero lo mismo presumo de estos que han puesto en el cielo ovejas, machos y mulos. ¿Qué más tienen mis locuras para saber lo futuro, ni Bernardina que Venus. ni Marte que Garipundio? Que si Hernández o Rodríguez fueran Venus, Marte y Juno, ¿quién creyera que dijeran que había de morir el turco? ¿Qué dices? Estoy juzgando la figura, y conjeturo de ver que al Sol de cuadrado le mira Júpiter mustio, que el hombre que andas buscando no quiere a tu dama. Al justo naciste para servir: por mis celos te disculpo. No es lisonja la verdad. Pues; a qué viene? Yo cumplo con decir que no la quiere. Diera yo cien mil escudos. Cuales eran para agora, que por parecerse el mundo algo a Dios en el dar premio, quiere dar ciento por uno. Ahora bien: dime las señas. Muestra el aspecto fecundo de Marte y Venus que es hombre barbinegro y barbirrubio, blanco, moreno, alto, bajo, los ojos claros y turbios. cano, lampiño, doblado, sencillo, flaco, espaldudo, con un lunar en la planta del pie, sin color alguno, que le está en extremo bien. ¿Qué dices? Que ha sido brujo, y ahora es saludador. ¡Tello! ¿Señor? No te culpo, que quien se fía de un loco, a tales burlas se puso. ¿Tú eres astrólogo, Tello? ¿No lo has visto?; Erré un minuto? Tal te dé Dios la salud. Dile al Conde que procuro, Tello, saber de esta vez lo que tantas veces dudo: que me acompañe esta noche. Yo lo haré, y aun te aseguro que él te le ponga en las manos. De su persona lo arguyo. Desde esta antepuerta, ¡ay Tello!, tu figura oyendo estuve, y, aunque fue con risa, tuve la esperanza en un cabello. Y haz cuenta que se rompió, pues quiere que le acompañe: diré mejor, desengañe Roberto de que soy yo. ¿Por dónde ha venido a dar en esta imaginación? Fenisa le da ocasión. Fenisa me ha de matar. Fenisa será también con su amor mi fin postrero, y no seré yo el primero que matan queriendo bien. Porque si voy con Roberto y no viene el que sospecha, di, Tello, ¿de qué aprovecha nuestro secreto concierto? Pues no dudes que ya tiene premisas de que tú has sido. Por Fenisa estoy perdido. Pensar remedio conviene, pues que no puedes, señor, dejarle de acompañar. Yo, Tello, vengo a pensar que es el remedio mejor que vengas tú disfrazado con oro y plumas al puesto para que quede con esto Roberto desengañado. A la reja llegarás, y si, como suele ser, te quieren reconocer, lo que pudieres, harás , como honrado aragonés. Bien vi yo que sobre mí daba el rayo. ¿Por qué en ti? ¿No sabrás sacar los pies, tomando aquella lección que para cinco me diste? La palabra me cogiste. No tienes, señor, razón; porque hay mucha diferencia de enseñar a ejecutar, porque es como pelear a contar una pendencia, Tello, esto es fuerza. Señor... ¡No hay señor! Tú has de llegar. ¿Con cinco me he de matar? Si piensas que soy doctor. Sacando pies, sin volver la espada, porque a huir no hay satisfacción, reñir será forzoso y hacer lo mismo que has enseñado. Escucha mejor remedio: cuando llegue a estar en medio de tanto valiente armado. di tú que importa a tu honor dejarte matar este hombre de solo a solo y al nombre de nuestro español valor. Con esto, solo saldrás contra mí, y los dos fingiendo veras: yo me iré escurriendo y un rato me seguirás. Que a cinco de armada mano se les ha de echar un toro, un tigre, un hereje, un moro, no un católico cristiano; que quien dice que reñir puede con más que otro hombre, si es que tiene de hombre el nombre. ¡vive Dios, que piensa huir! Buen consejo me parece. Vente a armar. Basta un broquel para hacer ruido en él, como a muchos acontece. La pretensión, Fabricio, de marido no estorba el ser galán, y ansí he venido, mientras soy de Clavela pretendiente, a ver de noche el Sol. Suele haber gente, que no faltan, señor, otros deseos. Hay muy justos empleos en damas de valor, cuya belleza con cuidado traerá la gentileza de esta insigne ciudad, jardín florido de Italia. En esta reja hacen ruido. Si te ha visto Clavela... Ya liego a ver si acaso la desvela algún cuidado de mi amor, que creo que no le desagrada mi deseo. Conde, ¿sois vos? Mas ya os conozco. Dice Clavela, mi señora, que dudosa (tanto Roberto el paso contradice) de no poder hablaros, os ha escrito ese papel. Tomad, que temerosa aún no me atrevo a detener. ¿Qué es esto? Pero al papel la confusión remito. ¡Ay, Fabricio, que aquí se ha descompuesto todo mi pensamiento! ¿De qué modo? Llegué a la reja y a perderlo todo. Diome una dama este papel, diciendo: "Conde. Clavela os escribió, temiendo no hablaros esta noche." ¡Quién creyera que en tan alto valor caber pudiera tan humilde y extraño pensamiento! Pues ¡cómo que tratando casamiento, que a la grandeza de quien es responde, trate de amor secreto con el Conde! No en vano desdeñosa me miraba, si bien aquel efecto imaginaba que de honesto recato procedía. La noche hurtó esta vez su oficio al día, pues descubrió mi engaño. Gente viene, señor. ¡Suceso extraño! Gente parece que está junto a las rejas. Si es él, déjame, señor, con él. Parece que hay dos. ¿Quién va? Amigos. Diga quién es. El Duque. ¡Señor! ¡Oh, Conde! Aquí, en efecto. ¿Pues dónde?... Bien decís, porque después, donde cesa la esperanza ha de entrar la posesión. No hay segura pretensión donde puede haber mudanza. ¿Qué mudanza puede haber donde hay tal seguridad? Haber otra voluntad, que es la voluntad mujer. ¿Quién, si a vos os considero, la merece como vos? Conde amigo: donde hay dos, quien pudo llegar primero. ¿Cuál humano atrevimiento lo que ya es vuestro procura? Quien tuvo mayor ventura, no sé si merecimiento. No sé por qué desconfía tanto de sí vuestra Alteza. Porque la mayor firmeza puede mudarse en un día. ¿Quién viene con vos? Roberto, que ha de ser vuestro cuñado. Conde, lo más concertado suele ser lo más incierto. Decid que excuso el hablarle, porque aún no soy su pariente, y porque a algún pretendiente le desocupe la calle. Ya, señor, los dos se van. ¿Era el uno el Duque? Adora estas, rejas. Aún agora hace oficio de galán. ¿Quieres tú, señor, que vea con quién en la reja hablaba? Si con él Fenisa estaba, cosa que aquel hombre sea y que el peligro le obligue a andar en público ya. Presto, señor, se sabrá la empresa que el Duque sigue. Parte, que yo miraré sí aquel hombre llega aquí. Conde, tu voz conocí. Por eso más alto hablé. No pensé poder hablarte: ya mi padre me dejó. Ni estar tan seguro yo en tan peligrosa parte. ¿Cómo? Guárdame tu hermano, porque con él he venido. De celos está perdido, sin hallar remedio humano. Temo que de mí lo está. No le ha faltado razón. No es mi culpa. La afición de Fenisa se los da. Sospecha ha sido cruel, porque el traerme consigo es por ver si su enemigo viene cuando estoy con él. Mas dime, señora mía, ¿qué hay de casarte? El deseo del Duque. No sé qué veo en su amorosa porfía, que me da que sospechar. ¿A quién no tendrás celoso? Roberto está sospechoso, mi bien; yo le vuelvo a hablar. Quien por un amor suspira, cuando en hablar persevera, ni conoce a quien le espera, ni repara en quien le mira... Señor. ¿Qué hay, Conde? No es ¿Pues quién? Clavela, mi señora. Ansí hablarela porque tú entre tanto estés mirando si ese hombre viene. ¡Hermana! Clavela.; Señor? ¿Estaba Fenisa aquí? No; yo hablaba con el Conde. ¿Ya no tiene sospecha lugar contigo, si el Duque ha de ser tu esposo? Fuese de aquí temeroso de que le hallases conmigo. Yo busco, ¡Clavela mía!. la tema que me enloquece, que no es amor ni merece nombre de amor la porfía. ¿Quieres hacer que esta ingrata me venga hablar? Y es lo menos que puedo hacer por servirte. Conozco tu buen deseo. Yo voy. Manrique. Señor. ¿Cómo el dueño de mis celos no viene como otras noches? Si nos ha visto, yo pienso que no habrá osado llegar. Antes lo que yo sospecho es porque te ha visto a ti, porque si te fueses, creo que viniese, como suele. Tanto favor te agradezco. Sin duda es el Conde el hombre, y que trata el casamiento mi hermana por el amor que tiene a Fenisa. ¡Ah cielos! ¿Adónde hay fe ni verdad? Falta en amigos y deudos. Por interés se gobierna todo cuanto cubre el cielo. ¡Señor!, ¡señor! i Qué hay, Manrique? Va viene aquel caballero. ¡Vive el cielo, que es verdad! ¿Qué me queréis, celos necios? ¿No basta volverme loco. sino también loco y ciego? Retiraos todos aquí. Puesto que advertido vengo, temo que, en burlas o en veras, me vendimie alguno de estos. Pero ¿para qué es la vida? Y, ¡vive Dios!, que es un Héctor un español en Italia. ¡Animo, famoso Tello I Hago piernas a lo bravo, y hacia la reja enderezo. Conde, lleguemos. Espera, que es infamia que lleguemos cuatro hombres a solo un hombre. Pues; qué es lo que quieres? Quiero acometerle yo solo, que por tu vida prometo de conocerle o quedar a sus pies rendido y muerto. Parte. Yo voy. ¡Oye, hidalgo! ¿A quién digo? Caballero, ¿no sabe que son sagradas esas rejas? Diga presto quién es. Estoy por decir que soy Tello; pero temo que me ha de matar el Conde. ¿Piensa que yo soy de aquellos que le han probado otras noches? Abra esa boca. Sospecho que quiere mirar la edad. Sepa que a matarle vengo, si no me dice su nombre. ¡Abra, pues! Estoy con muermo, de acostarme sin cenar. ¡Ábrala digo! ¿Es barbero? Yo no tengo qué me saque. ¿Es espíritu? Ni aun cuerpo. Diga si es algún difunto. Si, señor, que agora vengo de una casa, purgatorio de culpas de forasteros. Hay una huéspeda fea, dos hijas o dos mochuelos, que, por lo moreno y flaco, parecen galgos enfermos. Da el Conde poca ración , que tiene pocos dineros, y ésa con mil intervalos. ¡No conmigo cumplimientos! ¡Vive Dios, que lo hace hablar! Hoy sabré cuanto deseo. Tal es la fama del Conde: sin duda, le tiene miedo. ¿Comenzaré el toqueado? ¿Pues qué aguardas, majadero? Ten cuenta no te descuides y me des. ¡Acaba, necio! Que vive Dios de pegarte si eres mil veces mi dueño. ¡Oh, perro!, ¿piensas que importa que traigas guardado el pecho? ¡Hoy te quitaré la vida! ¡Qué valiente caballero! Bravamente se defiende. Estoy porque llegue Celio. Mejor es que vamos todos, y quede aquí, muerto o preso. ¡Matadle! Saco los pies. Muere, o di quién eres, perro. Mal has hecho en acudir, que ya se estaba rindiendo. Estoy perdiendo el juicio, o he de vengarme, o perderme. Fabricio. Hazme el favor de leerme el papel. Oye. Fabricio: "Conde y señor mío: No os dé pena lo que mi padre trata, que yo soy vuestra, y os cumpliré la palabra, o perderé la vida. El Duque merece mucho; pero más quiero yo con vos en España una pobre aldea, que sin vos su estado ni el imperio del mundo. Y esta vez pongo aquí mi nombre, que este no es papel de amores, sino escritura de casamiento. Clavela.'" ¿Qué es esto? ¡Extraña resolución! Más extraña hubiera sido si me hubiera sucedido llegar a la posesión, ¡Notable imaginación de una principal mujer! Que poco importa tener lo que del valor se hereda, ¡que la más cuerda se queda con los principios del ser! ¿Qué hubiera sido de mí, Fabricio, si me casara, por mucho que se enmendara quien comenzó por aquí? ¡Cuánto desdichado fui! Que fui dichoso confieso: que si cabe tanto exceso en un amoroso engaño, dichoso quien supo el daño la víspera del suceso. El español es galán. Fabricio, en cualquiera acción, si amores disculpa son, esta sus yerros tendrán. Pero a mí no me darán bien ni mal, gloria ni pena. No digo que es menos buena Clavela por este amor; pues que de agravios de honor quedó por ejemplo Elena. ¿Qué piensas hacer? Partirme, que no puede mi honor darme camino para vengarme como es el no despedirme. ¿Qué culpa tienen Rugero ni Roberto de este engaño? Participen de mi daño, pues no le vieron primero. Tú lo mirarás mejor, advirtiendo, como es justo, que es ciego para su gusto e! más bien nacido amor. Que bien puedes esperar el fin de aquesta cautela, dando a entender a Clavela que no te puedes casar por algún inconveniente, pues por mujer tu valor está obligado a su honor. No sé qué remedio intente. Fabricio. Espera, que la ha traído tu dicha en esta ocasión. ¿Dónde hallará discreción un pensamiento ofendido? Dije a Tello que viniese a hablarte con libertad. Temí que mi voluntad Fenisa entender pudiese. y déjela porfiar en que del Conde ha de ser; pero todo aquel placer se le ha de volver pesar. Aquí está el Duque. Aquí está, señora, un hombre engañado, que su dicha y su cuidado le desengañaron ya. Aquí está quien no os dará más pena de la que os dio cuando ignorante llegó adonde impedir podía lo que de vos no sabía: esto fui; pero ya no. Juzgaréis a confusión el hablaros de esta suerte, pero la misma os advierte la fuerza de la ocasión. Nunca los secretos son siendo de amor encubiertos, ni hay contentos más inciertos que los que la noche encubre, pues ella misma descubre los más seguros conciertos. Donde un amante encubriendo está lo que intenta amando, está un celoso mirando y cuanto encubre sabiendo. Confusa me vais oyendo; pero no tengáis recelos, porque llegan mis desvelos, señora, a tiempo tan sabio, que os doy gracias del agravio y os agradezco los celos. Yo me partiré a Milán, que no faltará razón que me sirva de ocasión sin la que agora me dan. Seré ofendido galán, mas no marido ofendido. De este nombre me despido, que dársele fuera error al que por guardar su honor antes de marido es ido. Lo que no declaro aquí os dirá aqueste papel, que aunque os hablo así por él, él os hablará por mí. Aquí veréis lo que vi, y lo que callo veréis; aquí cuanto sé sabréis, porque él habla de tal modo que sabrá decirlo todo, por más que vos lo calléis. Con esto, quedad con Dios, que yo me voy satisfecho de que no os llevo en mi pecho, ni menos quedo con vos. Mil años se gocen dos que tanto amor acompaña, como a los tres desengaña el papel que os dejo aquí; y ¡líbreme Dios a mí de competir con España! ¡Notable cosa! No sé cómo pudiste escucharle. Estuve por atajarle, y corrida me turbé. ¿Qué ha dicho este hombre? c Qué es esto? ¿qué remite a su papel? Señora, infórmate de él: ¿qué desengaño más presto? i Ay, Nise! ¿no es letra mía? Sí, señora. Pues ¿mi letra en manos del Duque? Advierte. . . ¿Qué he de advertir? ¡Si comienza: "Conde y señor mío''!... ¡Ay triste, que cuando salí a la reja tuve al Duque por el Conde! ¡Oh, qué mujer tan discreta ¡Muerta soy! ¡Ay honor mío! ¡por una mujer tan necia puesto en público teatro de mi llorosa tragedia! ¿Qué has hecho, mujer? ¿Qué es esto? ¡Ay, Tello, hallarasme muerta! Escribí un papel al Conde y con palabras tan tiernas que su mujer me llamaba y me firmaba "Clavela". Salió Nise a darle al Conde y diole al Duque. ¿Ansí truecas los frenos, Nise? Fue causa salir de prisa a la reja, y la noche me engañó. Disculpaste como Eva: ¡era la sierpe la noche? Pues si de noche no fuera, ¿cómo pudiera yo en-ar? Esa disculpa es muy cierta, que las más erráis de noche. Confieso que mereciera mil muertes. ¿Cómo ha venido (que fue dicha, aunque se entienda) ese papel a tus manos? Pues falta la mayor prueba. Porque él mismo me le ha dado, con palabras poco cuerdas para ser tan gran señor. No te espantes, que si dejan las leyes que pueda un hombre, por el dolor de la ofensa, dar la muerte a una mujer, también han dado licencia celos a decir locuras, que ni temen ni respetan, que es condición de los locos. Tello, pues el Duque es fuerza que sobre este desatino intente alguna quimera, ¿qué me aconsejas? No sé. Pero sé que es cosa cierta que el Conde no puede estar en Nápoles, aunque quiera; porque si al Rey o a! Roberto este pensamiento llega, claro está que han de matarle. Y así la cosa más cuerda es irse a España, y con esto, quitar la causa. ¡Bien quedan mi honor y mi amor! Di, Tello, que el Conde esta noche venga a hablarme por el jardín, que yo le abriré la puerta, y trataremos los dos lo que ser remedio pueda de tanto mal. Pues no aguardes a que le maten o prendan. Hoy he de quedar casada. ¿Con quién? ¡Qué cosa tan necia! Con el Conde don Manrique. Nise, ¿no tienes vergüenza de lo que has hecho? ¿Qué culpa tengo yo, si el Duque intenta celoso encubrir su nombre? ¡Mal haya mujer discreta que de mondongas se fía! ¡Vive Cristo, que la diera dos chucuzones al uso de Nápoles, porque sepa cómo ha de dar un papel, si por Clavela no fuera! Mujeres fueron los primeros males; mujeres a la muerte nos rindieron; eterna cárcel a los hombres dieron, si bien tiene doradas las umbrales. Yo no digo que todas son iguales; pero que de una causa procedieron, y que de imperios y coronas fueron, con su hermosura, estragos inmortales. Mas cuando más airado a decir vengo que su amistad nuestro valor deshace, más en decir sus faltas me detengo; que como de ellas nace el que más hace contra su honor, por imposible tengo que aborrezca el lugar adonde nace. Ya no pienso aguardar más. Como él acierte a venir esta noche ha de morir. Pienso que en lo cierto estás; que con aguardar, señor, a tantos necios desvelos, se ríen de Amor los Celos y de ti se burla Amor. Aquí viene Tello. Es Tello un astrólogo famoso. A lo menos, estudioso. Echaste a tu ciencia el sello con el papel de aquel día; pero yo he determinado salir de aqueste cuidado con menos astrología. ¿Cómo? Hasta agora guardé la vida por afición de aquel hombre. Y fue razón. Ya no. que ya no podré. Sin matarle presumía saber quién era. ¡Qué error nacido de un loco amor de su talle y valentía! Pero ya el plomo ha de hacer lo que no ha podido acero: muerto conocerle quiero, si vivo no puede ser. Haga, Tello, un arcabuz lo que la espada no basta. La muerte de mejor casta es aquella breve luz. Fue una imagen, fue un ensayo del rayo de furia lleno, porque cuando suena el trueno ha hecho su efecto el rayo. Pero si no soy, señor, astrólogo muy profundo, sabe que de todo el mundo soy el mayor tirador. Con bala rasa maté un mosquito cierto día. La bala le sobraría. Ésa la destreza fue: toda le cupo en el pecho. ¡Gran mosquito! No te espantes, que hay mosquitos relevantes. ¿Que tiras bien? Tan derecho que me ofrezco de quitarte con una bala un bodoque de los dedos, sin que toque de ellos su mínima parte. No es prueba que me contenta. Dame el arcabuz a mí; y si él saliere de allí... Pues, señor, dársele intenta, que esto no es astrología. Ahora bien; Tello le lleve. Déjame tú que le cebe y verás. (¡Oh industria mía, librad la vida del Conde!) Pues vamos y escogerás el que te agradare más. ¿Hay pólvora? Que responde antes que la llame el fuego. Hoy te sirvo y le doy muerte. Pues ¡muera! que de esta suerte tendrán mis penas sosiego. La fresca noche convida a las fuentes del jardín. Esta noche será el fin de mi amor o de mi vida. ¡Qué limpio corre el cristal! ¡qué apacible y qué sonoro! Clavela.; Si vendrá el Conde que adoro, aunque el peligro es tal? Mal conoces su valor. Ya sé yo que no ha temido caballero bien nacido peligros tiniendo amor. Cantad al son de esta fuente, que Clavela, mi señora, está triste, pues sonora os ayuda su corriente; que porque el Duque se ha ido debe de ser la tristeza. Quien no estimó su belleza por amor merece olvido. "Ningún amador discreto diga a nadie su favor, porque los gustos de amor consisten en el secreto." ¡Ay, Nise! ¿Es el Conde aquél? Si. señora. ¿Pues qué aguarda mi desatinado amor, pues él no repara en nada? Bien puedes llegar a hablarle. Hablarele mientras cantan; y tú avísame aunque sea del aire que anda en las ramas. "Hay amantes que la fama miran tan mal de quien quieren, que a cuantos hablan refieren los favores de su dama. Pero el amador perfeto nunca dice su favor, porque los gustos de amor consisten en el secreto." ¡Conde, mi señor! Clavela, no tengo más esperanza que de ofrecerte la vida después que te he dado el alma. No ha llegado atrevimiento, ni desvergüenza ni infamia a estar dentro de la huerta, y hablar con mi propia hermana: bien digo yo que es tercera de los amores que tratan. Habla bajo hasta que tire, no te sientan y se vaya. ¡Ea, Tello, que aquél es! ¿Qué aguardas, que no disparas? Ya tiro. No ha dado fuego. ¡Ay, Clavela! ¡buena guarda dejaste en tanto peligro! ¡Huye, mi bien! A tu casa respeto, porque a la muerte no volviera las espaldas. ¡Vive el cielo, que va huyendo y por los jazmines salta! Toma, Arnaldo, el arcabuz. ¡Qué importa, si está sin carga! ¡Ni aun cebo tiene, por Dios! ¡Tello!; qué es esto? No falta sino que me deis la culpa. Si algún paje le dispara, dejándole yo cargado en la esquina de tu cuadra, ¿quién la tiene de los dos? ¿Hase visto igual desgracia? ¡Por Dios, que a saber quién era, le hiciera sacar el alma! Huya seguro, galán, pues que fue su dicha tanta; pero otra vez yo sabré si llevo pólvora y bala. ¿Qué es esto, hermano? Señor, ¿qué es esto? Déjame, hermana; que a término llego ya que sabrá el Rey lo que pasa. Fenisa, ya no es posible sufrir que a Palacio traigas ese tu galán secreto, fiada en tanta privanza. Y bien pudiera Clavela, que yo sé que con él habla, no quebrarme a mí los ojos. Señor, tus celos te engañan, que a mí ninguno me sirve. ¿Tan libremente me tratas por lo que a ti se te antoja, que su tercera me llamas? ¡Arnaldo! ¡Celio! ¿Señor? ¿Aquí no vistes que hablaba Clavela a un hombre? ¿Pues no Tello, ¿tú no le tirabas? Yo le tiraba; y ¡por Dios, que presumo que es fantasma! ¿Esto sufre Vuestra Alteza? ¿Qué es eso. Conde? Escuchaba detrás de aquestas paredes la música de estas damas, cuando veo un caballero que por los jazmines baja: voy a detenerle, y llegan cuatro o seis que le acompañan, que a no tener manos yo, me matan a cuchilladas. Di que no es verdad, Fenisa; di, Clavela, que me engañan celos. No sé qué te diga... Turbada estoy. Yo, sin alma. ¡Vive Dios, que diera el reino, y el imperio de Alemania, a ser mío, por saber quién me burla, y quién me mata I ¿Posible es que un hombre solo con cuanto quiere se salga? Ahora bien; yo siento tanto tus penas, que si me pagas el aviso, te diré quién en estos pasos anda y la persona a quien sirve. Conde, si sabes quién causa este enredo en que me veo, pide: ¿qué miras? ¿qué tardas? Pide a Nápoles: ¿qué esperas? No me des oro, ni plata, ni ciudades. Pues ¿qué quieres? Una de estas cuatro damas. Como Fenisa no sea, pide, que doy la palabra de dártela. ¿Es Nise? No. ¿Finea? No. ¡Qué! Mi hermana. Sí, señor. Advierte. Conde, por la palabra jurada. que no sé su voluntad, y así he menester hablarla. ¿Querrás tú al Conde, Clavela? Diga sí la desposada. que se lo pregunta el Cura. Hermano, es historia larga contarte desde Aragón lo que de secreto pasa entre mí y el Conde. ¿Cómo tan amorosas hazañas pudieron estar secretas? Porque entre personas altas sin secreto no hay amor. con que la comedia acaba .
