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Texto digital de El silencio agradecido

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de El silencio agradecido. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/silencio-agradecido-el.

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EL SILENCIO AGRADECIDO

JORNADA PRIMERA

No hay contento en esta vida, Teodora, que dure una hora. Es ave el tiempo, señora; pasa con veloz corrida. ¡Con qué fiestas y placer pensé llegar a Bretaña! Ese engaño desengaña de que no le puede haber. ¿Qué mal dicen que le ha dado a tu esposo? Di, Teodora, que ese mal me ha dado agora, pues a perderle he llegado. No te aflijas de esa suerte, que no será tanto el mal. Será mi desdicha tal, que vendré a llorar su muerte. Cuando vi que no saha a recibir su mujer, aunque lo soy por poder, vi que salir no podía. Luego la nueva llegó de su enfermedad cruel; no sé si el enfermo es él: bien puedo decir que yo. Dame otro vestido igual al luto que he de traer; que no es bien entrarle a ver con galas en tanto mal. si con luto a verle vas, darale más pena el verte; será agüero de su muerte, y acercarásele más. Mejor es que entres así para causarle alegría. Que ya tu Alteza venía supo el Príncipe por mí, y con el grande placer se ha vestido y levantado; y aunque le ha sido estorbado, señora, te viene a ver. Exceso notable ha sido; mal consejo y mocedad. Hasta verla me llevad. Sólo este remedio os pido; que pienso que si a mi mal antídoto puede haber, sólo su vista ha de ser. ¡Oh, hermosura celestial! ¡Oh, esposa del alma mía! ¡Oh, Príncipe y señor! Trocado habéis en dolor todo mi bien y alegría. ¿Cómo os hallo de esta suerte? La muerte vino a saber que me casé por poder, y es mayor el de la muerte. De envidia de que pudiese un poder juntarme a vos. puso el suyo entre los dos para que divorcio hubiese; mas como no le ha tenido para matarme hasta veros, la envidia de mereceros no puede haberme ofendido; que habiéndoos visto, no creo que este mal podrá matarme, porque es bien que pueda darme Aída, que por vos deseo. Muchos años le tengáis para que me hagáis favor; que si yo fuera, señor, el bien que de mí pensáis segura estuviera en mí; mas si la muerte envidiosa de que fuese vuestra esposa quiere trataros ansí, trueque el efeto cruel; muera yo, viviendo vos. Yo espero, señora, en Dios, que me verá libre del. Sólo os pido que entretanto que convalezco del mal, pues es vuestro ingenio tal que da a toda Francia espanto, en mi lugar gobernéis mis estados y mi casa; que si esto adelante pasa dueño como yo seréis. Porque el hermano que tengo no es legítimo, ni hereda; y vuestro amor me conceda, pues veis del modo que vengo. licencia para volverme. Que hayáis venido me pesa. Caballeros, la Princesa, si queréis lisonja hacerme, sea estimada v servida Texto: "¡Oh Príncipe y señor!" mas que mi propia persona. Mi bien, yo me voy; perdona que por estimar la vida, que por servirte deseo, no me atrevo a detenerme. La merced que habéis de hacerme y os pido el día que os veo, es. Príncipe, que gustéis que os sirva, cure y regale. Aunque no habrá quien iguale a los que hacerme podáis, mejor será que atendáis al gobierno de mi estado, si fuera el mal dilatado, y no como vos pensáis. Caballeros y vasallos, la Princesa obedeced, y vos, señora, tened el cargo de gobernallos. Todo lo remito a vos. ¿Qué sientes? Nuevo accidente. Malo el Príncipe se siente. ¿Malo? Sí. ¡Guárdele Dios! ¿Qué te dijo aquel en quien se recostaba mi esposo? Que no va bueno. Es forzoso que se guarde y mire bien. Como él se guarde de ti, no es el mal que agora siente tan grande. si el accidente recibe augmento por mí, fía que no ha de tocarme una mano sin salud. Causa el amor inquietud. Sabré de su amor guardarme. ¿Quién era aquel caballero a quien tanto favor hace? De amor aunque injusto nace; es, señora, un extranjero, todo su gusto y privanza. ¿De que nación? Español. ¿Qué calidad? La del sol, pues como el sujeto alcanza, cuando el sol toca en el lodo parece que se oscurece, si da en oro resplandece, puesto que es el mismo en todo, llegó este caballero al oro de Claridoro, y reluce sobre el oro. ¿Luego es sol? Sol lisonjero. ¿Qué ingenio? Preciase del. ¿Qué espada? A un Héctor igual. ¿Estás mal con él? Muy mal. ¿Pues por qué estás mal con él? Porque el Príncipe le estima. Algo de envidia te mueve. Sirvo. Respondiste en breve. Por declararte la estima. Hombre de bien me pareces. ¿En qué lo ves? En decir verdad, porque en el servir mienten los más muchas veces. Y así verás apoyada de manera la mentira, que siempre que el señor mira ve la verdad rebozada. No entras mal para regir esta casa. Aún entro agora. Merced me has de hacer, señora. El memorial es servir. Llama todos los criados, que los quiero conocer. Gran señora han de tener, Rosimunda. estos estados. Voy a llamarlos. Que preguntases me espanto por aquel español tanto. Su buena persona inclina. ¿No lleva un árbol la vista cuando está verde o en flor? ¿Una tela de color, que el oro y la plata alista? i Uh caballo que se pinta de copos de espuma el pecho, cuando de las clines hecho su dueño el copete encinta? ¿No admira un jardín compuesto, un edificio famoso? Pues mejor un hombre airoso, de un talle y rostro honesto. Nunca te he visto tratar de esta materia. ¿Qué quieres? Tal vez callan las mujeres hasta llegarse a casar. Cáseme sin ver mi esposo; vine a verle, y vile tal, que la violencia del mal le obligó a bordón forzoso. Está como un campo yermo. si hablar verdad es razón, yo te juro que el bordón me agrada más que el enfermo. ¿Qué dices? ¿Esto te admira? ¿Pues no? No, que a la mujer licencia le dan de ver, mas no de amar lo que mira. Antes porque de ella entienden que tiene fácil la vista no aguardan que se resista; que acometa le defienden. El que sabe que es cobarde no se ponga en la ocasión. Yo sé bien mi condición. ¡Ay, señora. Dios te guarde! si te dieran a escoger la salud o enfermedad, ¿cuál tomarás? Di verdad. Salud quisiera tener. si viven juntos aquí dos hombres que los igualo, uno bueno y otro malo, y que en mi vida los vi, ¿en que se agravia el honor si el que está mejor me agrada? Teodora. Eso no le agravia en nada, si no llega a ser amor; mas es propio en la mujer tras agradecer amar, Texto: "llegue". que agradarle de mirar ya es comenzar a querer. Dejemos filosofías; yo soy quien soy. No te enfades. ¿Que me guarde persuades, sabiendo las prendas mías? Es propio de un instrumento roto quedarle cl bordón, que las demás cuerdas son de más fácil fundamento. Instrumento de amor justo era tu esposo. Es verdad. Rompiole esta enfermedad todas las cuerdas del gusto. Traía el bordón no más De este gallardo español, que la envidia llama sol, y que tú alabando estás. Conozco tu estimación; mas temo en tu casamiento que viendo cl roto instrumento te arrimases al bordón. Otros cuidados mejores, Teodora, me da el estado que el Príncipe me ha dejado, que no quimeras y amores. Despachare mi gente y conoceré esta casa, que he de regir mientras pasa del Príncipe el accidente, que cuidados para un hombre una mujer rendirán. ¿Qué hay del español galán? Que es galán y gentil hombre. ¡Deja la caza, así te guarde el cielo! Verás, duque Alejandro, tu cuinada enriquecer como el aurora al suelo con faz de gloria en luz del sol bañada. No fue del arco y pendiente velo en los baños de Tebas despojada Diana más hermosa ni la ha visto más bella entre los Elisos Calixto. Por vida tuya que cl venablo arrojes, el gabán de la sierra, el tosco traje, y del arma de Júpiter despojes tu gente, y del bastón al villanaje, y con galas que hasta cl sol enojes de ver que cl oro en rayos le aventaje, vayas a verla, y rico y gentil hombre seas en la grandeza y en el nombre. ¿Que es tan hermosa, Perseo, Rosimunda: Un ángel. Alejandro, es tu cuinada: esta es la primera nueva, y la segunda, que pienso que será de ti gozada. Porque si no es que amor salud le infunda con ver presente ya a su prenda amada, la enfermedad presente va tan fuerte, que te promete el reino con su muerte. ¿Pues podré yo heredar? Aunque no puedes, pierde recelo, Alejandro; ni tu hermana, por no heredar mujer; tú que la excedes en fuerza, que el poder todo lo allana, parte con armas, parte con mercedes, gozarás su hermosura soberana, y serás con la guerra y con el oro lo mismo que en Bretaña Claridoro. Perseo, el no saber o no atreverse hace a los hombres en tan grande hazaña con felices principios detenerse del valor que los mueve y acompaña. Mal puede de mis armas defenderse, ni por mujer, ni por varón Bretaña; si muere Claridoro, el ciclo quiera que sin gozar a Rosimunda muera. Que siendo así, ¿quién puede ser bastante. no habiendo sucesor más conveniente, a quitarme este reino? Es importante secretamente prevenir la gente; "'como", en vez de "y' habla a Marcelo, aunque el hablar te espante ver su privanza y su lealtad presente, que no hay hombre que se estime en lo que vale al que se pone por el sol que sale. Con ese estriba todo el bien, Perseo, que puedo pretender en esta hazaña, si no lo impide contra mi deseo este blasón de la lealtad de España. ¡Sierras que agora coronadas veo de nieve, adiós! Que presto de Bretaña lo pienso estar, si me socorre el cielo, y no me falta el español Marcelo. ¡No más, oh, caza, imagen de la muerte! ¡Sierras, no más! Ya el traje me embaraza. Cacemos la corona de esta tierra, que es la más rica y codiciosa caza, i Adiós, arroyos que cruzáis la sierra y vais buscando entre las peñas traza de llegar a lo llano a hallar descanso! Mientras que imito vuestro curso manso, duerma el oso peludo en la más honda cueva del monte más desierto y seco; colmilludo jabalí se esconda con el peñasco más oculto y hueco, ni a mi reseña el cazador responda, ni por las quiebras de este valle el eco; duerma la fiera, el agua, el viento: que un reino es caza de mayor contento. Conocer os quiere a todos, y de su gusto advertiros, para mostrar en regiros su ingenio de varios modos. Esto me dice que os diga y que aquí juntos estéis; y es justo que la obliguéis, pues con amor os obliga. Que, dándole Dios salud al Príncipe, estoy seguro que tendrá Bretaña un muro en su valor y virtud. Ya Rosimunda nos vio servir a la mesa ayer. ¿Para qué nos quiere ver? Lo que os digo que mandó. ¿En ingenio femenil pides, Lisardo, razón? O las gobierna afición, o algún vendaval sutil. Déjala con sus quimeras, que es arrogante de sí. En mi vida mujer vi tan hombre llegada a veras. Yo os juro que lleva estilo de ser con igual hazaña Semíramis en Bretaña, como la otra del Nilo. Ella es varonil y fuerte, de bravo aspecto y decoro. ¡Plegué a Dios que Claridoro no mire a Niño en la muerte; Marcelo. Hablad bajo, que está aquí con su privanza Teodora. Esperando están, señora. Yo no, que ya me perdí. ¿Aurelino? Ya te aguardan los que quieres conocer. De gobierno de mujer juraré que se acobardan. Mal sufre el hombre el imperio de quien suele sujetar. Palabra no sabe hablar carezca de misterio. ¿Cómo os llamáis vos? Señora, ¿Qué oficio hacéis? De camarero. Tendréis un poco cuidado agora. ¿Vos? Yo, señora, Lisardo. ¿De qué nación? Soy francés. ¡Levantaos! Lisardo. Dadme esos pies. No más; el oficio aguardo. Caballerizo. ¡Está bien! ¿Vos? Fidoro me apellido, mayordomo soy, y he sido justicia mayor también. ¿Qué oficio tiene Aurelino? Capitán soy de la guarda. De hablar a Marcelo tarda. que amor le ataja el camino. (Cómo le preguntaré su nombre a aquel español?) Que como quien mira al sol turba al amor que le dé. ¡Cruel imaginación me ha dado su rostro y talle! Teme de llegar a hablarle: señales de fuego son.) Vile aquel primero día, que aquesta ciudad llegue; de la vista me agradé que el basilisco encubría. Di en imaginar después su persona, y fue de modo que se entró en el alma todo desde el cabello a los pies; pero yo sabré vencerme, que esto es cosa de donaire. ¡Rompa amor flechas al aire: ninguna pueda, ofenderme! Tú, que allá estás divertido, ¿cómo te llamas? Marcelo, que para besar el suelo de esos pies lugar te pido. ¡Levántate! Yo estoy bien, mientras que me estás hablando, i Levántate! si en tornando a hablar he de estar tan bien de rodillas, como agora, no me mandes levantar. Aparte te quiero hablar. Yo obedecerte, señora. ¿Qué nación? Español soy ¿Español? Señora, sí. Y allá son todos ansí? No lo sé, dudoso estoy. Yo lo estoy de mí también. De lo que es gente vulgar diéranme el primer lugar los que me quisieran bien. Y siendo de los primeros del vulgo, en nombre y honor, fuera el de menos valor de todos los caballeros. Naturaleza en España debe de pintar las gentes con pinceles diferentes. No he visto más de a Bretaña. Hombres hace como soles cuando a otras naciones llega; pero el brío nadie niega, que lo dio a los españoles. ¿Que sois brioso? No sé. Tú lo dices. Y lo fío. ¿Y tú, español tienes brío? Brío español tengo. ¿En qué?;En qué? Saber lo deseo. En andar, en danzar bien. ¿Que danzas? Danzo también, y con buen aire torneo. ¿Qué haces más con ese brío? Mal a un caballo español, que suele parar el sol los suyos a ver el mío. Bien te alabas. Hablo aquí en honra de mi nación; que aún no he tocado al blasón a que obligado nací. ¿Pues qué blasón tiene España? Las armas, en que estoy diestro, como mil veces lo muestro con la espada en la campaña. A lo menos ese brío ya se ha mostrado en hablar. Yo sé mostrarle en obrar cuando importa al honor mío. Son de español epítetos el ser valiente y leal, porque es, como en Portugal. que todos nacen discretos. ¿De qué parte eres de España? De Navarra soy, señora. ¿Pues cómo sirves agora a Claridoro en Bretaña? Cuando estés despacio un día toda mi historia sabrás. No quisiera saber más de que supieras la mía. i Ay, ciclo, si me ha entendido! ¿Preguntas mi oficio? Sí. De paje un tiempo serví al Príncipe tu marido. Y agora, señora soy, como he llegado a más hombre, de la copa gentilhombre, yo solo a beber le doy. Bien el gentilhombre está, en quien tiene tanto brío. ¡Vete con Dios! Marcelo. No es el mío sino el que España me da. Y sea burla o favor le estimo como de ti, pues para servir nací ese divino valor. ¡Vamos de aquí, caballeros! Larga plática. Ocasión la he dado con mi nación. Dondequiera tiene aceros, y tú, estrella de privado. La merced y el gran favor del Príncipe mi señor le habrá dado algún cuidado. ¿Qué has hablado? Estoy sin mí. ¡Notable desgracia! i Extraña! Nunca viniera a Bretaña; pero yo seré quien fui. Este es un vil escudero, ¿qué daño me puede hacer? Teodora. Amor suele acometer siempre envainado el acero, porque no se vea el daño; mas si te acierta a hablar mira que le ha de sacar, y que ha de hacerte un engaño. No le acertaré a topar sino en entrando: ¡ay de mí! La Princesa estaba aquí; necedad ha sido entrar. ¡Hola! Vuelve, espera. ¿Yo? ¡Tú! Pues, ¿cómo entraste aquí? De mi señor lo aprendí. ¿Qué señor te lo enseñó? Sosiega un poco; llégate cerca. No puedo, que entre el respeto y el miedo, estoy por volverme loco. ¡Llega, llega! llegué. Un paso más. ¡Otro! ¡Llega! ¿Posible es que estés tan ciega? ¡Llega más! Pongo otro pie. Llega hasta mí, y dime cómo tu señor te enseña a entrar de golpe en este lugar donde memoriales tomo. El vino soldado aquí; de soldado paje ha sido, y desde 'paje ha subido a gentilhombre. ¿Es ansí? De la boca vino a ser de la Cámara, y tras esto, ocupa el presente puesto, y da al Príncipe a beber. ¿Eres español? Sí soy. ¿Tu nombre? Chacón me nombro, y esto no te cause asombro si con el nombre lo doy; porque yo no soy Chacón de aquellos nobles de España, que hay nombres de tiritaña, y de seda y lana son. La mía es sangre más llana; estotra gran cosa hereda; la noble es lista de seda, que yo soy Chacón de lana. Como quiera que tú seas me huelgo de verte aquí. y yo de que allá nací para que a tus pies me veas. ¿A Marcelo en fin, buscabas? Un recado le traía, con que de pura alegría no vi que en la sala estabas. ¿Serán nuevas de su tierra? Antes nuevas de su cielo. ¿Que tiene cielo Marcelo? Mar y tierra y cielo encierra. ¿Es papel, por vida mía? Seré a tu vida fiel más que a mi dueño: es papel. Ese papel me confía, que quiero ver si es discreto. Eso, señora, no es justo. ¡Por mi vida! Hazme ese gusto, que volvértelo prometo. si por tu vida me juras a cada cosa que quieres sin que el daño consideres de lo que saber procuras, juraré yo por su vida a vuestra Alteza importuna de no hacer cosa ninguna que por la suya me pida. ¡Vete! Voyme. ¡Ah de la guarda! El diablo me trujo acá. A aquel hombre que allí va tomad un papel que guarda. Tras él voy. ¿Estás en ti? No puedo más; pero advierte que antes me daré la muerte que hacer cosa contra mí. ¿Pues a qué efeto has querido ver este papel? Por ver lo que escribe una mujer a un hombre favorecido. Que son celos, no lo dudes. Celos no. ¿Pues qué? Burlar. ¿si no has de entrar a nadar, qué importa que te desnudes? Ya, señora, le quité el papel que me has mandado. ¿Quién era el hombre? Un criado de Marcelo. ¿Al fin se fue? No me mandaste prenderle. No importa, dame el papel. Vete, que yo veré en él qué castigo debo hacerle. ¡Con qué notable rigor nos comienza a gobernar! ¿Esto dices que es burlar, o son principios de amor? Oye el papel. No querría que supieses de qué parte. "Esta noche pueda hablarte^, Marcelo del alma mía.'' De su alma dice que es. Y ella será de la suya. ¡Qué necia estás! Culpa tuya. ¿Qué dice más? Oye, pues. "En las rejas del jardín te aguardo a las dice." ¿Qué quieres? ¡Que así escriben las mujeres! si amor tiene honesto el fin, ¿qué importa que escriban esto? ¿Qué fin honesto? Casarse. Pues estos dos no han de hablarse, ni ver este fin honesto. ¿Por qué? Porque quiero yo. ¿Pues entra en el gobernar que no se puedan casar. Si. ¿Querrasle tú? Yo no. mas por si viniere aquí muéstrale tu voluntad, no parezca libertad lo que has visto. Harelo ansí. ¿Mandó Su Alteza quitar a ese criado un papel? Y he visto lo que hay en él, y lo que os puede culpar. ¿Luego Su Alteza ha pensado que es de alguna dama suya? Cuando del papel lo arguya harta ocasión habéis dado. Y como os tiene afición Teodora, diome más pena mas ya vi que es letra ajena. Tan ajenas letras son. que vive fuera del muro de aquesta ciudad su dueño. A muchas quitáis el sueño, y teneisle vos seguro. Antes soy tan desdichado que me tratan con desdén. Pues Teodora os quiere bien. Ni aun lo tengo imaginado. Rosimunda desvaría. A la señora Teodora estimaré desde agora por tan justa cortesía. Tampoco es ese mi gusto. En nada a servir te acierto. (¡Qué mal se tiene encubierto grande amor o gran disgusto!) Quiérome quitar de aquí; habla, Teodora, con él. ¿Por vos me llevó el papel? Sí, Marcelo. ¿Cómo ansí? Sabe que os tengo afición. ¿Y no le podré cobrar? Celos me volvéis a dar. Más pienso que burlas son. ¿Burlas, Marcelo? ¿Pues qué? ¡Amor! ¡Vergonzosa parte! Estoy, villano, por darte la muerte. A mí, ¿pues por qué? ¿De qué manera traías el papel que te tomó? Al capitán lo mandó, que tiene puestas espías; y en sabiendo que es la hermana del Príncipe, tú eres muerto. ¿Más qué? ¿Se anega en el puerto mi larga esperanza vana? ¡Triste de mí, si por dicha! ¡Rosimunda a entender viene que Clávela amor me tiene! Antes será por desdicha. mas quiérote aconsejar que amor finjas a Teodora, que es alma de su señora, y te pondrá en su lugar. Bien dices; no hay otro medio para remediar mi daño. ¡Suele un amoroso engaño¡ ser de mi daño remedio. Loco vengo de ver a Rosimunda. ¿Yo no te dije que era cifra hermosa de cuanto puede la naturaleza? Estoy fuera de mí con tanto extremo, que si mi enfermo hermano la gozara, pienso que me matara justa envidia. En fin, ¿se aumenta el mal? Y de tal suerte, que no tiene remedio sin la muerte. Aquí está. Duque, el español Marcelo, en cuya mano tu remedio estriba, si éste quisiere dar remedio al Príncipe. ¡Fío de tu amistad, y desconfío de su lealtad. Pues oye mi consejo. Dile tu pretensión, si lo hallares; di que probar querías su pecho y si tuviere gusto de servirte prosigue en dar al Príncipe veneno; que los seis Electores del Imperio no han dado más reinos y corona. ¡Oh, Macelo!. i Oh, señor! ¿Que hay de mi hermano? Mejor se siente. Lo contrario dicen. Serán los que la muerte le desean. si lo decís por mí, no erráis, Marcelo, que es grande el interés que se me sigue: ya sé que si yo heredo estos estados, que no tendáis envidia a los privados. Merced me ha hecho tu excelencia siempre. Tú pudieras hacérmela, Marcelo, con darme la corona de Bretaña, y diérate yo a ti mi hermana propia, y el título de Duque que yo tengo. ¿Yo puedo darte esta corona? ¿Cómo? Dando en la copa al Príncipe... ¡Detente!, que si es probarme, es rigurosa prueba; y si es verdad, el pensamiento infame indigno de la sangre de Beamonte, que me ha dado el navarro Condestable, y del nombre español. ¡Oh, buen hidalgo! no menos pensé yo de tu nobleza. ¡Llega Perseo! ¿Qué es lo que me mandas? Dice Marcelo que dará en la copa veneno a Claridoro. ¿Y tú que dices? Que es un villano, y que mi hermano viva, y que tomar no quiero su consejo. Marcelo, ¿tú aconsejas esto al Duque? El Duque díjome que apresurase la muerte de su hermano con veneno, y viéndome leal se vale agora para matarme de este vil engaño si esto queréis, llegad; mi espada es ésta. ¿Al Duque? ¡Infame! ¡Mátale, Perseo! ¡Muera el traidor! ¡Oh, perro! ¿A Marcelo? ¿En la sala desnudas las espadas? ¡Marcelo y Alejandro! Rosimunda, perdona; que el honor tiene licencia. La natural defensa de la vida, señora, me forzó a sacar la espada. ¿ Qué ha sido la ocasión? Direla en breve. A Marcelo he rogado que no sirva a cierta dama que a mí me favorece, y el porfía servirla y pasearla; roguele de este intento desistiese, y respondiome que ella le quería, y le solicitaba con papeles, y que a pesar del mundo será suya. ¡Prendan al Duque! ¿A mí? ¿De qué te admiras? Yo soy Príncipe aquí, ninguno piense que por estar enfermo Claridoro no ha de vivir como es razón que viva. ¡Señora! ¡Capitán! En esa torre le poned en prisiones con el cómplice. Quiérote obedecer: vamos, Perseo. Qué mal se te ha cumplido tu deseo! En fin, ¿que no te contentas, Marcelo, de la arrogancia con que a ser Luzbel intentas, sino que en igual distancia con tus señores te asientas? Pues está cierto, Marcelo, que si con soberbio celo de fanfarrón español sabré yo echarte del cielo. ¿Tú la espada, por mujer, contra el hermano (d)e mi esposo? ¿Ríñesle? ¿Pues puede haber más rabia que en un celoso ni más amor que en mujer? ¡Señora! No me repliques. Pues oye a Teodora. Di, como por él no supliques. ¿Agrádate este hombre? Sí. Pues no se lo signifiques. ¿Pues él entiéndelo? No, pero vendralo a entender. ¿Qué remedio tendré yo en cosa que no ha de ser, sí la vista me mató? ¿Que tienes amor? Terrible. Gozarasle. Es imposible, que soy quien soy. Pues no esperes, que en queriendo las mujeres es la deshonra invisible. Quita la ocasión, señora; destiérrale, pues ha dado tan justa ocasión agora; no pierdas tu honor y estado. Bien me aconsejas, Teodora. ¡Animo, vil corazón que quitada la ocasión quedará mi honor sin mengua! Amor detiene la lengua mas pueda más la razón.) Marcelo, aunque fuera justo darte una afrentosa muerte, porque eres privanza y gusto de mi esposo, de otra suerte templa su amor mi disgusto: sin detenerte un momento, de todos estos estados sal desterrado. No siento que mis servicios pasados, por tan justo atrevimiento, lleven este galardón, que es costumbre del servir; siento en aquella ocasión dejar cerca de morir a quien me tiene afición, y así licencia te pido para despedirme del. Ya sé lo que te ha querido y que si te ves con el pondrá tu agravio en olvido. Sal de palacio, Marcelo; sal de aquí, o daré voces. Que está furiosa recelo. si del Príncipe conoces, que no tiene por consuelo en mal de tanto rigor, ¿por qué me destierras de él? ¿Celos tienes de mi amor, o para alzarte con él te hace estorbo mi favor? Serás de mí obedecida, sentenciándome a la muerte de aquesta injusta partida. Ya es ido. ¿Qué te parece? Que has quedado vitoriosa, y que tu frente merece aquella corona hermosa, que a quien se vence se ofrece. Hércules venció mil fieras, muchas batallas Trajano, Bellerofonte, quimeras; Argos vio por el mar cano las contrapuestas riberas; venció el indio barbarismo Alejandro, y vio el abismo Eneas; mas no alcanzaron las palmas que coronaron al que se vence a sí mismo. Ni yo las alcanzaré, pues que a mí no me vencí. ¿No es vencerte? No. ¿Porqué? Porque al fin me arrepentí al instante que se fue. ¿Luego estás arrepentida? ¡Ay, que me lleva la vida! i Ay, que soy muerta, Teodora! Sufre un instante, señora, la fuerza de su partida; haz a tu mal resistencia, porque no atormente tanto: con el curso y la paciencia, de un muerto se olvida el llanto, y amor se pierde en su ausencia. No hay remedio; muerta soy. ¡ Ah de la guarda! ¿Qué mandas? Traedme aquí donde estoy Voy. ¿En qué andas con tantas quimeras hoy? ¿Ya se te olvida quién eres? En el amor son iguales, si juzgar sus yerros quieres, las mujeres principales y las comunes mujeres. Teodora. ¿Por qué le vuelves a ver? Por vivir. ¿Luego has de hacer algún agravio a tu honor? ¿Nunca has visto honesto amor? He visto que eres mujer. Yo sabré no más de amar. No harás poco. El verdadero amor no suele pasar al deleite. Allá te espero. ¡A fe que te has de anegar! Pondré en los ojos mi esposo, mi estado, padres y honor, y será el huir forzoso. Todo esto atropella amor. Yo he visto amor virtuoso. Amar con filosofía es ejemplo, mas el día que esos filósofos vanos ven la plática en las manos mucho la virtud se enfría. Ya viene Marcelo aquí. Salte allá fuera, Aurelino. ¿Cómo, señora, me di? has impedido el camino que por tu gusto emprendí? Teodora ha llorado tanto, que por suspender su llanto quiero que en la corte estés. Beso mil veces tus pies. Do sus mudanzas me espanto. Vete a quitar las espuelas; no digas nada a mi esposo. Su justa pena recelas; voy a mudarme gozoso. ¿Qué serán tantas cautelas? Señor, no te quites nada. ¿Cómo? A enojo menor dirá que echarte le agrada, y estarnos así es mejor para cualquiera jornada. Vamos, Chacón, que Teodora es mi amparo en cuanto pasa. Basta, señor, que te adora. Contar quiero lo que pasa a Clávela mi señora. ¡Muy buenos andamos hoy! Antes perderé la vida que dejar de ser quien soy. ¿Qué tiene este hombre, Teodora, que le aborrezco en ausencia, y en viéndole me enamora? ¿Qué hechizo tiene en presencia, pues ya le aborrezco agora? ¡Triste de mí! ¿Qué es aquesto? Alunado amor te ha dado, pues mengua y crece tan presto. ¿mas por qué te da cuidado si dices que es tan honesto? Que le había desterrado, y a mis ojos le volví. si no puede ser gozado este vano amor de ti sin perder tu honor y estado, no te fíes de tu honor. ¿Pues podríase saber? ¿Qué hombre, el de más valor, guardó secreto a mujer? ¿Ni cuándo lo ha sido amor? ¿Pues qué remedio tendré? Matarle. ¡No dices mal! A Marcelo mataré, que una mujer principal no es justo que en duda esté; y pues me ha dado ocasión para hacer tan gran traición, con justa causa merece la muerte. Eso me parece de varonil corazón; que en quitándole la vida, aunque luego te arrepientas, no hayas miedo que te impida guardar el honor que intentas. Ya estoy casi arrepentida. Mas, ¿cómo será? Señora, yo le escribiré un papel, que esta noche a cierta hora me hable. Pues dile en él que venga tarde, Teodora, y enviaré yo capitán con cuatro o cinco soldados de los que a la ronda van, que me quiten los cuidados que amor y temor me dan. Claudio, romano, y que de ellos tuvo el laurel militar sobre los canos cabellos, a muchos mandó matar, que preguntaban por ellos: así pienso que" has de ser. Muerto Marcelo, es hacer de la espada medicina; que también sanó Faustina dándole sangre a beber. rallan dos versos.

JORNADA SEGUNDA

Este papel me escribió. ¿Teodora papel te escribe, que por ti sin alma vive? Sin alma pienso que no; pero dice el fin de él que vida le puedo dar, y que aquí la venga a hablar. ¡Oh, lo que puede un papel! No hay cosa más atrevida en cuanto Dios ha criado. Verás un enamorado perdiendo el seso y la vida, y en dos horas que su dama le tendrá en conversación, no le dirá una razón que manifieste su llama; pero vuelto a su aposento, en un papel le dirá mil amores, y tendrá de gozarla atrevimiento. Estará un agraviado hablando como es costumbre en cosas de pesadumbre, necio, encogido y turbado; y en apartándole del, con mucho valor y brío le escribirá un desafío en dos dedos de papel. Irá un hombre a pedir, si es de condición honrado, algún dinero prestado, y no lo osará decir; y en apartándose del, sin vergüenza de que es mengua, lo que allá calló la lengua dirá en lengua de papel. ¡Valiente cosa, por Dios! Marcelo. Bien dices, a mucho obliga: no hay cosa que no se diga por papel. Y aún más de dos están por él obligados donde no pueden salir. ¿Qué has de hacer aquí? Fingir nuevo amor, nuevos cuidados; que bien sabes que Clávela, hermana de Claridoro, es el mismo sol que adoro, y cuyo amor me desvela. Pero para contentar esta terrible mujer tengo de fingir querer a Teodora, a mi pesar. Llamome la Princesa, como os digo, y díjome que a un hombre que hallaría debajo del balcón verde, que sale al jardín donde estáis, le diese muerte por castigo de un grande atrevimiento, y así os llamé, y venís por orden suya. si es por ventura principal ese hombre, ¿No mira que es error? Yo sólo debo mirar lo que me- manda la Princesa; ya sabéis que es mujer que no consiente que le repliquen en su gusto en nada. Luz he visto detrás de aquella reja. Parte, Chacón, y mira por el muro si hay algún hombre. ¡Válgame el cielo! ¿Que tenemos? Temor te respondiera, si no te conociere por quien eres. ¿Pues qué hay? Treinta o cuarenta rebozados, que parecen tapices de este muro. No me agradan los hombres ni el silencio; y pues eres tan hombre, con los cuatro quiero reñir; los treinta y seis te quedan: da buena cuenta de ellos, por tu vida. ¿Dícelo porque son cuatro los hombres? Pues, ¡vive Dios!, que no se me hacen uno. ¡Ah, caballeros! ¿Búscanme por dicha? Por su desdicha, hidalgo, le buscamos. ¡Muera, matadle! No es tan fácil eso de hacer como parece. ¡Oh, gente infame! ¿No fuérades cuarenta como cuatro? ¡Ay, que me ha muerto! ¿Es hombre o es demonio? Las obras os darán el testimonio. Señora, ¿qué importa el canto después de Marcelo muerto? ¿Teodora, qué? ¿Será cierto? tu cordura me espanto. Ya es cierto: no hay que llorar, ¿qué hermano pierdes? ¿Qué esposo? ¿Pues no es caso riguroso mandar a un hombre matar? Al cocodrilo retrata esa condición y estilo. ¿Pues qué hace el cocodrilo? Llora los hombres que mata. ¡Ay, Dios, que mate mi vida! Teodora, sin vida estoy. Antes parabién te doy de hallar la prenda perdida. ¿Que prenda? Tu mismo honor, que en su muerte resucita. Honor la vida me quita, y el honor me quita amor. No esperes verme jamás, Teodora, con alegría. Aún no se ha pasado el día. ¡Alegres horas no más! Cúbrase de eterno luto mi mal lograda esperanza, pues del tiempo la mudanza se llevó tan verde el fruto. ¡Pluguiera a Dios me faltara la lengua, antes que dijera, "muera Marcelo", y viviera Marcelo, aunque me matara! Más enamorada estoy. más piadosa y más rendida; ¡costarme tiene la vida! Loca estoy, no soy quien soy. ¡Ay de mi!, que he dado muerte a quien jamás me ofendió; pues porque me enamoró su sangre inocente vierte. ¿Qué excusa al cielo daré? Voces quiero dar, Teodora. Teodora. Advierte, por Dios, señora, que tu honor la causa fue. Mira que ya libre estás: da muchas gracias al cielo. Gallardo, hermoso Marcelo, ¿que ya no he de verte más? ¡Marcelo mío divino! ¡Bello español, alma mía! i Oh, nunca naciera el día que pensé tal desatino, i Maldito sea mi honor! Vivieras tú y él muriera; pero matareme. ¡Espera, y conocerás mi amor! (Loca se vuelve; ¿qué haré?) i Oh, maldita consejera, que has hecho que un ángel muera! Mi bien, ¿dónde te hallaré? ¿Que por mí en tus verdes años pierdes la vida, mi bien? ¿Quieres que te oigan y den en la causa de tus daños? Tiembla el sentimiento injusto. ¡Óiganme : ya estoy perdida! ¡Señora ¡ Murió mi vida; llorar y matarme es justo. Muera, que es razón, culpada quien dio muerte a un inocente. Mira que ya viene gente de tu llanto provocada. Marcelo fue mi marido, todos dirán que es razón. Dirán que locuras son, pues ni tu amor ha sabido, antes amaba a Clávela. Con los celos me has templado. El capitán ha llegado. Prevén alguna cautela. Lo que me mandaste puse, señora, en ejecución, y al que estaba en el balcón a matarle me dispuse. ¿Matástele? No me he visto más a pique de ser muerto ni en batalla en campo abierto ni en los muros que conquisto. De cuatro que acometimos quedamos vivos los dos. ¿Lucido vive? Sí, por Dios, y aun esto le agradecimos. A mí me valió la vida, el ir armado. ¿Que dos mató? Y un soldado tiene una mortal herida. ¿Conocístele? Jurara, señora, que era Marcelo con la poca luz que el cielo daba en su furiosa cara. mas la primera persona que hoy he visto en el palacio es él, y con tanto espacio, que su descuido le abona. Fuera de que me habló bien, y el que fue me conoció, porque me nombraba yo. No es Marcelo. ¿Sabes quién? Un caballero extranjero, que a su tiempo te diré. Mandas que otra noche esté con más gente en el terrero? Yo avisaré, capitán: el silencio os encomiendo. Sólo servirte pretendo. A los que heridos están acudid. Tu enojo temo. Capitán, bastó buscarle. Pésame de no matarle. Y yo me huelgo en extremo. i Dame esos brazos, Teodora! ¿Hay tal hombre? ¿Hay tal ventura? Acabose la locura. en batalla ni en campo abierto." Mucho más lo quedo agora. Ea, no hay más que aguardar; Marcelo ha de ser mi dueño. ¿Dueño? ¿Qué dices? Que sueño y que amor me ha de matar. Pero di, Teodora mía: ¿no puede tener efeto mi gusto, si en el secreto el amor sus gustos fía? ¿Yo sola en el mundo soy la que no ha de hallar modo? si ya está perdido todo, escúchame. Atenta estoy. Prueba de este hombre el secreto antes que te arrojes. Bien. Y satisfecha prevén de dar a tu gusto efeto. Que si va a decir verdad sólo te ofendes a ti, porque aún no hay esposo aquí, ni más que tu calidad. Desde allá por un poder veniste a casarte acá, mas el poder faltó ya, y de nadie eres mujer. No te mates más, ni hagas más resistencia a tu honor, como del justo valor de este hombre te satisfagas. Antes que mi honor se arroje al mar de tanta deshonra, antes que mi sangre y honra de su valor se despoje, probaré de tal manera su lengua, que tú verás, que por esto aguardo más que ya por mi honor pudiera. mas Clávela viene aquí. Disimula. ¿A qué vendrá? En fin, señora, ¿que está preso mi hermano por ti? ¿Y el cómplice se pasea con libertad en palacio? No he tenido, hermana, espacio para que su causa vea. A Marcelo desterré, cuando a Alejandro prendí: si está libre no es por mí, que por el Príncipe fue. mas vayan luego por él, que basta quererlo vos. ¡Mil años te guarde Dios! Hoy haré paces con él. ¡Teodora! ¡Señora! Escucha, Aquí mi Clávela está. Celos, Clávela, me da. ¿No tengo razón? Y mucha. Marcelo ha entrado en la sala. i Quién mil abrazos le diera! Él la mira, ella se altera. Y él se enternece y regala. ¡Válgame el cielo! ¡si es esta la dama de aquel papel? Mira despacio en él, que él mismo da la respuesta. ¿Quieres que lo pruebe aquí con una canción? Ya espero. Hablar a Clávela quiero. Y yo a Marcelo por ti. Porque sé que te has de holgar del remedio de Teodora, quiero que sepas que agora... Di. .la acabo de casar. Recibo tanto contento, que a mí me pueden también dar, señora, el parabién de este nuevo casamiento. ¿Con quién la casas? Los dos están juntos. ¿Con Marcelo? Con Marcelo. ¡Santo cielo! ¿Pues no es su igual? Si, por Dios. (Dejarlos a solas quiero, y aquí escuchar escondida.) Bueno es eso, por mi vida: ¿vos venistes al terrero? si no rae echaran de allí de vuestro balcón enfrente, saliendo por los de Oriente, otro sol me hallara a mí. ¿Pues quién os echó? Tendréis muchos pretensores ya. Ya mi señora se va. Suplico os me perdonéis. ¡El cielo os guarde! ¡Teodora! ¡Señora! Conmigo ven. Teodora. ¿Quiérelo bien? Y muy bien. Y aun él pienso que la adora. Díjele que te he casado con él. ¿Qué semblante ha hecho? Lo que de entrambos sospecho, ahí quiero ver declarado. Déjalos solos aquí; cúbrete de esta antepuerta. Toda mi ventura es cierta, ¿podré hablarte? ¿Quién? Yo. ¿A mí? A ti, pues. Clávela, en quien todo mi bien puso el cielo. Villano, traidor Marcelo. ¿Yo soy ni he sido tu bien? A lo menos si lo he sido tanto más de su mudanza se quejará la esperanza que de tu amor he tenido, i Maldiga, español, el cielo el punto que aquí veniste! ¿No escuchas aquello? ¡Ay, triste! Déjame, traidor Marcelo. Señora, ¿quién te ha engañado? Suelta el brazo. ¿Qué habrá sido la causa que te ha movido? ¿No es causa haberte casado? Declarose. ¿Yo, señora? ¿Pues quién? ¿Yo debo de ser? ¿Hay en el mundo mujer que yo quiera? Sí, a Teodora. ¿A Teodora? Niega, infame, esta verdad, que es tan cierta. si es verdad, será encubierta cuando ese nombre la llame. ¿Quién lo ha dicho? Rosimunda. Habranlo tratado allá. Teodora en querer me da, que es en lo que esto se funda. ¿Pero yo consentimiento? ¿Qué? ¿No le has dado? Yo no. Rosimunda me engañó. Que me hayas culpado siento. Alza los hermosos ojos a mirar aqueste esclavo. De darles veneno acabo del vaso de tus enojos. Dame con que los alegre. Digo que sus niñas son los dueños de esta prisión, y ellos dos cielos alegres donde amanece el sol. ¿Aquello puedes sufrir? Huelgo, Teodora, oír aquel término español. ¿No te pesa? No me pesa de ver tierno aqueste bravo; antes el estilo alabo, aunque es difícil la empresa. ¿Que le alabas? ¿Cómo ansí si a otra que ama le dice esto? Porque espero que muy presto me dirá lo mismo a mí. Tienes justa confianza, señora, de tu valor. Yo sé bien que un grande amor todo cuanto quiere alcanza. si estás ya desenojada bien puedes darme los brazos. Para asirte en nuevos lazos, dulce esposo y prenda amada; mas dame tu fe primero de aborrecer a Teodora. Por esos ojos, señora, que la aborrezco y te quiero. Esto no puedo sufrir, que me abrasan vivos ocios. ¡Clávela! ¡Señora! ¡Ay, cielos! Has por Alejandro ir, que se ha enojado su hermano. Yo misma iré. ¡Parte! Voy. Temblando de verla estoy. ¿Pues como, español villano, tú tienes voces y enojos con Clávela? ¿Yo, señora? ¿No es esto verdad, Teodora? Visto por mis propios ojos.! Marcelo. Como me vio libre a mí y a su hermano en prisión, I sin darle más ocasión 1dice que ocasión le di, I y sobre esto se enojó. ¿Y ese enojo fuera parte, villano, para abrazarte? ¿Abrazarme? Vilo yo. ¿Y yo no lo vi también? Fue porque dije que iría, y que a sus pies me echaría. ¡Bien lo disimulas! ¡Bien! Marcelo, en tus pensamientos, yo no quiero hablar palabra, porque nunca fui curiosa de secretos que otras hablan. Clávela es mujer, Marcelo; tú eres caballero y basta, que, como digo, no soy de las que examinan almas. Tengo contigo un secreto en que será de importancia tu favor; escucha atento. ¡Señora! ¡Teodora, calla! Fue, Princesa, de un hombre que fuera de ser de España, es por su padre Beamonte y por su madre Guevara. Que no habrá cosa en el mundo tan dificultosa y rara, como ser traidor no sea, que por servirte no haga. Traeré vellocinos de oro; libraré de las montañas del mar Andrómedas presas; por yerbas iré a Tesalia; entrare por labirintos; bajaré a las negras aguas, sirviéndome de sibilas el saber que tú lo mandas, Y está cierta de que tenga la lengua como la espada, una en el hacer desnuda, y otra en el callar con vaina. Satisfecha estoy de ti, y con esta confianza sabe, pues sabes quien soy, que yo fui en Borgoña amada de Ludovico, Delfín, que es el Príncipe de Francia, con desatinos de mozo, que amando en nada reparan. Fui tan honesta, Marcelo, y en el mirar recatada, que eché una llave a mis ojos por tener segura el alma. De suerte que cuando el Duque me dijo que me casaba le obedecí sin disgusto, y vine alegre a Bretaña. El Delfín, como me vio con Claridoro casada y que dejaba en el viento sus deseos y esperanzas, partió de Francia tras mí, y entró secreto en mi casa, que para interés no ha}' puerta, ni hay en los palacios guarda. Pudo tanto, que una noche, que yo a solas rae acostaba con Teodora, que es Teodora mi deuda y mi secretaria, levantando una cortina salió detrás de mi cama, fundando su atrevimiento en lágrimas y en palabras. Quise dar voces; temí la honra, porque la infamia más consiste en que se entienda que no en que sola se haga. Callé, y roguele se fuese; mas fue su locura tanta que a mis brazos se atrevió; saquele entonces la daga, y no imitando a Lucrecia más que en ser honrada y casta, maté al delfín Ludovico de dos o tres puñaladas. Viendo el caso y la desdicha, el cuerpo metí en un arca, y de la alfombra y el suelo lavé la sangre con agua. Lo que pretendo de ti es que, como está cerrada, la saques aquesta noche, y en el jardín de esta casa la entierres con gran secreto; y porque hierro ni azada no la descubra jamás, siembra encima de la arca algún rosal u otra flor, pues hay en el huerto tantas, y que por el premio vuelvas mañana en saliendo el alba. ¿Qué más premio que servirte? Vete, y dame la palabra, como español caballero, como hidalgo de Navarra, de callar aunque te hiciesen pedazos sobré esta causa. si en algún tiempo dijere que has muerto al Delfín de Francia que le llevé al jardín, ni el rosal puse en el arca, la nobleza de Beamonte sea mi perpetua infamia. Ladrón sin Guevara sea, y no Ladrón de Guevara. ¿Júraslo como español? Marcelo. Sin juramento bastaba; que soy un hombre de bien, y de tanta confianza, que antes, señora, que diga lo del rosal y del arca, nacerán rosas en Scitia, ave Fénix en Arcadia. Vete y ven liadas las diez. Yo volveré las diez dadas. ¿Qué fábulas son aquestas? Probar de este hombre el alma. ¿Pues cuál arca le has de dar? La de mis joyas Repara... No hay que reparar, Teodora; más pienso darle si calla. No me espanta el rigor de Rosimunda; tu paciencia me espanta. Pues, ¿qué quieres? Qué mal, qué ventura no redunda a quien tienen sujeto las mujeres? En este gusto el Príncipe se funda , sin ver que soy hermano, y que tú eres mujer y hermana suya, y aun sospecho que tiene ya lo que dudamos hecho. Como está de salud ya sin remedio, y que se va acabando poco a poco, si no estuviera Rosimunda en medio, y tú, Alejandro, de su amor tan loco, ninguno fuera más honesto medio de cuantos, Duque, en tu remedio toco que en tomando las fuerzas del estado estar de gente y de defensa armado. mas tú que das en que ha de ser tu esposa, sin reparar en que tu intento daña aquesta nueva Sofonisba hermosa, serás el fénix de esta heroica hazaña. Y ella a tu amor y ruegos desdeñosa quedará por Princesa de Bretaña, y eligiendo un francés, pariente suyo pondrá las plantas en el cielo tuyo. Pues no lo dudes; que el haber casado a su deuda Teodora con Marcelo, debe de ser haber los tres tratado de hacerle dueño. La traición recelo. ¿Pues de eso no me hubieras avisado? Súpelo tarde. Pues ayude el cielo nuestra justa intención; que aqueste día tomo las armas en defensa mía, Ya como llamas últimas de vela expira entre congojas Claridoro, ya, Alejandro y bellísima Clávela, tenéis Princesa. Su desdicha lloro. ¿Tan malo está? Su presto fin recela, aunque con habla y con real decoro: aquesta lenta enfermedad resume poco a poco el humor, que, en fin. consume. ¿Qué Princesa tenemos? Rosimunda, por testamento y voluntad postrera. ¿En qué razón tan loco intento funda? Sus partes solamente considera. Ella será Semíramis segunda. No llegará el valor de la primera, que no es razón que callen dos hermanos que desheredan sus injustas manos. Yo, puesto que legítimo no sea. soy hijo de su padre, en más distancia está su esposa por quien ver desea estos estados en poder de Francia. Habla con más cordura. Nadie crea, si lo dices por mí, que la arrogancia (le Rosimunda sufriré; que quiero ser quien tome las armas el primero. ¡Oh, famoso Aurelino! si me sigues, te daré por mujer mi propia hermana. ¿Qué puede haber, señor, con que me obligues, que iguale a su belleza soberana? Ya es tiempo que estos bárbaros castigues, su loca furia, su privanza vana; levanta gente, y, antes que se entienda, toma las fuerzas del estado en prenda. Tú, que has sido tan célebre soldado, ordenarás lo que mejor convenga, que si tomo las fuerzas del estado pocas serán las que su dueño tenga. Sólo Clávela me ha de dar cuidado. Antes Clávela con nosotros venga. ¿Cómo ha de ser? En traje diferente, iré segura entre la misma gente. ¡Pues, alto! El cielo guíe nuestro intento! ¿Adonde iremos? A Belflor partamos. Será nuestro primero alojamiento. ¿Qué leguas puede haber? Catorce. i Vamos! Ya llevo un envidioso pensamiento de que éste goce a Clávela. Hoy damos alto principio a nuestro bien, Clávela. ¡Llámate Rey! Ponte a caballo y vuela. 'Vengo confuso de ver con secreto tan sutil el ánimo varonil de esta heroica mujer. Entré en su cuadra a la hora ya de los dos concertada, adonde una arca cerrada me dieron ella y Teodora. Tómela en hombros; salí por una secreta puerta, y, haciendo un hoyo en la huerta, en él la arca metí. Cavé unos verdes rosales, y, sacando dos o tres encima, sembré a sus pies por secreto y por señales. Esto le juré tener con palabra de hidalgo; haciéndome cruces salgo de tan notable mujer. ¡Jesús mil veces! ¡Matar al heredero de Francia! Pero será de importancia, aún con la tierra callar. No nazcan de ella las cañas que dijeron atrevidas aquel secreto de Midas. Ya de mí no te acompañas: ya no te sirvo; ya soy sospechoso a tus secretos. ¿Qué secretos o qué efetos? De todos cuenta te doy. No tienes de qué quejarte. ¿Y anoche dónde estuviste? ¿ Luego acostar no me viste? ¿Acostar yo a ti? ¿En qué parte? Fui a acompañar un amigo, si va a decir la verdad. Logres tan buena amistad, pues que ya no voy contigo. ¿Qué hay en la corte Chacón? Un pregón de harta importancia. ¿Cómo? Que el Delfín de Francia falta, dice en el pregón. Y que dan cien mil ducados a quien diere nuevas del. (Arca y rosal del vergel, a mucho estáis obligados!) ¿Cien mil ducados? Y más, título de Duque a quien le dé vivo o muerto. ¿Bien, tú, Chacón, seguro estás? si vino el pregón dijera, o perniles de tocino, de lo que es jamón y vino mejores nuevas supiera; pero de esto del Delfín no sé palabra, por Dios. Marcelo. No medraremos los dos por este pregón, en fin. ¿Está Marcelo aquí? Para servirte.; Dónde con tantas guardas? A prenderte. Estacio la ocasión podrá decirte. Dicen que has dado a Claridoro muerte, ¿Es muerto? No. Temblaba de oírte. mas queda en gran peligro. ¿De qué suerte Con veneno, decís que yo le he muerto? que poco a poco le consume. ¡Bueno! ¡Oh, envidia cortesana! ¡Que no puedes! ¿Quién lo dice? No sé, todo redunda de la Princesa, y mientras libre quedes en aquesta ocasión, de Rosimunda, no excuses la prisión. ¡Buenas mercedes! En esta larga enfermedad se funda, y en que tratas amores con Clávela. ¿Pues cómo mis secretos me revela? ¿Ella dice que yo he tratado amores con Clávela? Y que os vio, jura, abrazados. ¡Oh, mudable mujer! ¡Cuánto mayores pudieran ser sus yerros declarados! Aquí no hay replicar. ¡Vamos, señores! Chacón, avisa de esto a mis criados. ¡Hay tal maldad! (No crea aunque obliga, que lo del arca y los rosales diga.) Pondré fuego a Bretaña, y aun a Francia, Clávela, si defiende a Rosimunda. Que no tendrá valor, si muere el Príncipe, que a estas horas ya debe de ser muerto, para tomar las armas, ni le queda más hombre que a Marcelo. Yerro ha sido no haber muerto a Marcelo, que en efeto es hombre que las armas tomar puede, y ejercitado en ellas en España, donde nacen los hombres más valientes de toda Europa. No te cause pena, que está ya afeminado con el ocio, y, una vez olvidado el ejercicio, TÍO hayas miedo que salga a la defensa. El castillo es aqueste. ¡Fuerte plaza! ¿Qué responde el alcaide? Que te acerques. Pues haz señal de paz. ¡Ah del castillo! ¿Quién llama con las cajas y trompetas en tierra tan segura do enemigos? Yo soy. Alcaide. ¿Quién? ¿No me conoces? El Duque soy. Yo no conozco al Duque. ¿Pues cómo no conoces a Alejandro, de Claridoro, tu señor, hermano? si llamas mi señor a Claridoro, ¿por qué llamas con armas en sus tierras? ¿Levántasle por dicha sus estados? Alcaide honrado, al Príncipe le ha dado veneno Rosimunda, y él la deja por hechizos Princesa de Bretaña. Clávela soy, mi hermano, y Aurelino, y lo noble del reino pretendemos, que herede a Claridoro el que tuviere derecho, dando nuestra causa al Papa, juez neutral y sin pasión. No es justo que tú des esta fuerza a Rosimunda contra razón. mas pues que ya conoces que habemos de heredarla yo y mi hermano, nos obligas con darnos el castillo, para que cuando Dios nos dé el estado, la primera merced la tuya sea. ¿Que Rosimunda es reina de Bretaña? Yo soy Clávela, alcaide, no te mueva verme en hábito igual, por las traiciones de una mujer. Vuestra justicia es clara. Yo levanto el portillo; entrad seguros; poned vuestra bandera en estos muros. Pon esos estrados bien, que hoy la Princesa visita la cárcel. Aquéllas quita. Haz que una alfombra me den Esa tiende, y echa encima yerbas y olorosas flores: no hay almohadas mejores. ¡Hola! Esos bancos arrima. Haya silencio; no salga hombre sin oír su nombre. Antes hoy no ha de haber hombre que de ese bien no se valga. Llamad los presos, y diga las causas el Relator. A mucho obliga el honor. A mucho el honor te obliga. Ya están aquí, gran señora, los que se han de visitar. Bien pueden, alcaide, entrar. "Estos son Fabio y Leonora. ¿Quién pide? Ella pide a Fabio. ¿Cómo? Es su esclava, y pretende probar que es libre. Defiende del tiempo el mayor agravio, que es perder la libertad. ¿Cómo lo prueba? Relator. Que tiene un hijo. A ser libre viene. Gran señora, no es verdad. ¿Cómo? ¿No es el hijo tuyo? No, señora. Pues, Leonora, ¿por ser tú libre agora el hijo de otro haces suyo? Señora, sábelo Dios, a quien pongo por testigo. Oíd los dos lo que digo, pues Dios lo sabe y los dos: el niño se ha de vender, pues dice que no es su padre Fabio, y líbrese su madre con lo que puede valer. Señora, el esclavo es mío, y venderle no es razón, quien la vio en mi posesión ya pierde aquel señorío. No hay que tratar; vendan luego el esclavo por rescate de su madre. No se trate por Dios, señora, te ruego, de vender el niño. ¿No? ¿Luego eres su padre? Sí. ¿Por qué me negaste a mí lo que vi en tus ojos yo? Para no perder la esclava; mas por no verle vender todo lo quiero perder. Por darte castigo estaba, que de ejemplo te sirviera. Ve libre. ¡El cielo te guarde! Llamad presos, que es ya tarde para ver quien nunca viera. Este es Hortensio. Leed. Tres hombres Hortensio ha muerto. ¿Cómo? Es soldado del puerto con ventaja y con merced. Y estos tres enemigos le salieron a matar después de paces, y estar fiado en que eran amigos. Viose de los tres cercado; tiró la daga al primero; dejole del golpe fiero todo el cuerpo atravesado. Echó la capa al segundo, y de suerte le cegó que envuelto en ella le dio, con que le sacó del mundo. Y quedándole el tercero, cuerpo a cuerpo le mató. ¿No ha hecho más? Señora, no. Para la guerra que espero te nombro por capitán, y mil ducados te den. Beso tus pies. Teodora. Hacéis bien. que bien menester serán. ¡Qué sentencias tan discretas! i La defensa es natural! Aquí Celio y Aníbal. ¿Quién son estos? Dos poetas parecen en tu presencia. ¿Cuál se querella de cuál? A Celio pide Aníbal. ¿Qué pide? Un hurto. ¡Paciencia! ¿Que te ha hurtado? Cada día hurta los versos que hago; todos los coge, y en pago dice mal de mi poesía. Señora, este hombre es tan vano, que hurtarle sus versos llama decir cristal, oro, fama, sol, margen, marfil. Silvano, ámbar, pancaya, coral, perlas, nácares, aromas, que es poesía con redomas, y rétulo en cada cual. A vuestra Alteza suplico que, pues es común la lengua, no se me atribuya a mengua lo que de la lengua aplico. ¡Vive el cielo, que ha hurtado cuanto escribo, y dice mal de mis sonetos! No hay tal. ¡Quedo! Que me dais enfado. ¿A qué pena le sujetas? A que os vais sin replicar, porque decir mal y hurtar es costumbre de poetas. ¡Vive Dios, que te he de hacer una sátira! ¿Tú a mí? Ya viene Marcelo aquí. Su causa puedes leer. Marcelo está por tu gusto. Por su delito dirás. ¿Delito? Puede ser más que ser traidor a un Rey justo? ¿Yo traidor? No es traición darle veneno un copero a su señor? Darte quiero de mi honor satisfacción. ¿Qué satisfacción? No sabe que es esto verdad Teodora? ¿Tú sabes esto, señora? Sé que tu delito es grave. ¿Luego yo no soy leal? No, sino infame. (Matarme puedes, pero no obligarme a decir lo del rosal.) ¿No se tomó juramento a Teodora, Relator? Díjome que era mejor que tu propia en tu aposento hicieses tu información. ¿Qué información, siendo cierto que con veneno le ha muerto? Siendo cierto, es gran traición. i Y cómo si es cierto! ¿Yo al Príncipe di veneno? A la muerte le condeno: él sin duda le mató. Que el estar con tal flaqueza, y morirse poco a poco, que ya está cuerdo y ya loco, y ya con tan gran tristeza, son de este veneno efetos. Vamos, Teodora, de aquí. Señora, mira que fui leal siempre a tus secretos. Mira que soy español, Beamonte hidalgo y Guevara; mira... si tu culpa es clara como los rayos del sol, ¿qué importa que hidalgo seas, ni Guevara ni Beamonte? Calla, y a morir disponte, i Que de mí esta infamia creas! Español era Belido, y de hidalgo se preció, y al rey don Sancho mató. ¡Qué buena paga he tenido de servicios que te he hecho! ¿Tú a mí? ¿Cuándo? ¿Es obligarme mi esposo amado quitarme? ¡De un mármol es tu pecho! ¡Vamos! ¿Hay desdicha igual? (Pues no hayan miedo que diga, aunque tu crueldad me obliga, lo del arca es del rosal.) Soberbia tiene el agua en su elemento; el aire que los árboles quebranta, la tierra, que bramando se levanta, hace temblar su mismo fundamento; consume el fuego con rigor violento; un rayo entre relámpagos espanta; y de un toro español la fuerza es tanta, que saca una columna de su asiento; tiembla de aquesta máquina el decoro, cuando agua, fuego y viento irreparable escurecen del sol los rayos de oro; pero es mayor rigor incomparable, que agua, aire, tierra, fuego, rayo, toro, la ingratitud do una mujer mudable. Marcelo, a no tener noticia clara de tu valor y nacimiento ilustre probara consolarte con razones y te esforzara a la vecina muerte; pero pienso del ánimo y la sangre con que naciste, que era dar consuelo en la prisión a Séneca o a Sócrates. Aquí te aguarda ya quien te confiese. Dios sabe si me pesa. Soy mandado de quien tiene poder. i Alcaide notable! Ya conozco tu celo, y lo agradezco. Este es rigor de una mujer francesa, colérica, mudable, ingrata, loca, que, como Claudio emperador, se olvida de una hora a la otra lo que dice y hace. El cielo le dará justo castigo, a quien mi sangre e inocencia ofrezco. La Reina, alcaide, este papel te envía. En la boca le pongo y en los ojos. Lee entre tanto que a Marcelo hablo. Marcelo, amigo, ¿qué desgracia es ésta? Nacer para morir, señor Estacio; enemigos, envidia, mal consejo, gobierno de mujer, ira del cielo y desdicha que nace con los hombres. El papel he leído. ¿Qué te escribe? Que te dé libertad y que al momento te lleve Estacio a verla; que le importa que a Clávela castigues y a Alejandro, levantando las armas en su nombre, porque las ha tomado contra el Príncipe. Los brazos quiero darte. Y yo los míos. Del cuchillo al bastón. Vamos, Estacio; que quien sirve a mujer ha de hacer cuenta que ha de tener su vida y su fortuna sujeta a las mudanzas de la luna.

JORNADA TERCERA

Ya mi determinación tiene el lugar que te digo; ya son contra mí y conmigo el amor y la razón. Aunque sin razón le amé, ya con razón debo amalle, y las prendas entregarle, que por las suyas dudé. Ya no hay de qué estar dudosa, tú verás como hoy ha sido el silencio agradecido de una lealtad generosa. Ya vengo determinada de fiar mi honor a quien calló, Teodora, tan bien, viendo a su cuello la espada. Marcelo, ¡vítor!, no hay más. Hoy es mi dueño Marcelo. Teodora. Ya no hay que tener recelo, bien asegurada estás. Viva o muera Claridoro, Marcelo me ha de gozar, si supiese aventurar mayor reino y más tesoro... Los términos que ha tenido obligan. Hoy en el templo de la fama será ejemplo del silencio agradecido. El alcaide me ha mandado, señora, que venga a verte, cuando en el trance más fuerte me vi a morir condenado. Llevábame a confesar, donde ofensa contra ti no confesara de mí ni en mí se pudiera hallar. Y llegó a este tiempo Estacio con el papel que me dio la libertad, con que yo la cárcel trueco en Palacio. Que no sé si todo es uno en razón de libertad, pues mirando mi lealtad no está seguro ninguno. Tan sin guarda me han dejado, que bien rae pudiera ir; I)ero nunca sabe huir un inocente culpado. Vesme aquí: dame la muerte, que si el cielo algo ignorara, aún al cielo negara tu crueldad por no ofenderte. Marcelo, ya he conocido que eres español navarro, más leal y más bizarro, que cuantos de ella han nacido. No te espante mi rigor, antes me espanto de ti, que no conozcas de mí que todo, todo es amor. Y pues ya la prueba es tal que todo el temor deshace, es bien que sepas que nace de este amor fuego inmortal. Luego que te vi, Marcelo, junto a mi enfermo marido dijo al alma: "Este es el ido, y esotro es el mar del cielo." Creíla y al mar de amor las velas tendí en el viento; mas quiso el entendimiento la nave cargar de honor. Resistime a la tormenta, que levantaba el amor con la carga del honor, que de amor vitoria intenta. Ya te desterraba a España, ya te enviaba a llamar, ya te mandaba matar, del honor injusta hazaña. Y ya lloraba tu muerte; pero, viendo tu defensa se quejó amor de la ofensa, y me resolví en quererte, Pero viendo que entregarte tanto honor no era razón, sin saber tu condición, quise primero probarte. Y para que mejor creas que éste fue todo mi fin, ve al jardín, que en el jardín quiero que al de Francia veas. Porque quitando cl rosal mis joyas hallarás dentro, que aún podría ser encuentro que no te estuviese mal. Cien mil ducados de precio tiene el arca, y no al Delfín. Todos, mi Marcelo, a fin de agradar a honor tan necio. Callaste, y así imagino callarás en lo demás, y que el premio gozarás de tanto silencio digno. Que, muriendo Claridoro De esta larga enfermedad, de Bretaña tu lealtad tendrá la corona de Oro. Serás mi esposo, y serás. Marcelo, todo mi bien. (si esto es verdad, hoy también tu rigor me pagarás. Que aunque tu grande hermosura discreción y majestad, obligan mi voluntad a estimar tanta ventura, tengo de hacerte penar casi de la misma suerte.) ¿Qué tardas en resolverte? ¿Qué tienes tú que pensar? ¿Eres el qué pierde? No, sino el que gano este bien, de que un gran parabién me diera a mí mismo yo si del estuviera cierto; mas conozco tus mudanzas y sé que a mis esperanzas desde lejos burla el puerto. Yo te conozco, señora, bien a mi costa. ¡Marcelo! ¡Deja ese vano recelo! ¡Dile la verdad, Teodora! Di lo que sabes de mí. Marcelo, todo es verdad; sólo probar tu lealtad se ha pretendido de ti. Tu silencio agradecido lo será con premio tal, que compita el ser igual a lo mucho que has sufrido. No dudes; goza tu suerte, este bien, este tesoro, en tanto que a Claridoro cubre los ojos la muerte: que luego serás marido de la Princesa. Teodora, temo. Confirma, señora, lo que he dicho, y cierto ha sido, dando a Marcelo tus brazos. Ven, Marcelo. ¡Ay. Dios!¿Qué liaré. que del bien que el alma ve me están temblando los brazos? Marcelo, pues siempre has sitio hombre de tanto valor, sabe también que el amor no pierde por atrevido. ¿Qué estás cobarde? ¿Qué dudas? ¿Quieres que ella llegue a ti? Si, Teodora ¿Cómo? Sí. ¡Qué bien tu respeto ayudas! ¿Pues ella te ha de abrazar? Por tan mudable la tengo, que pienso que si yo vengo primero a querer llegar, entre el amor y los brazos, de quererme arrepentida, me mande quitar la vida, y de estos pase a otros lazos. ¿Pues eso había de hacer? ¿No se le puede acordar, que le queda que probar, y vuelva a hacerme prender? Señora, de escarmentado está Marcelo encogido. Es hombre, y ha conocido que es con tanto extremo amado. Dame cuerda como a pez que está asido en el anzuelo. Yo te abrazaré, [Marcelo, por esta primera vez. Tuya soy, tuyos los brazos, tuya el alma. ¡Vive Dios! que sospecho que las dos me cogéis en nueros lazos. Yo me tengo de vengar, ¿Lazos, mi bien, amor mío? Presto veréis si os confío del alma el mayor lugar. Mil señas he menester para estar de ti seguro. Amor, que te adoro juro. No hay juramento en mujer. Para que crea que es cierto este amor, Princesa mía, hemos de hacer este día entre los dos un concierto es? Para que esté seguro, has de hacer tres cosas. ¿Serán muy dificultosas? Las que has de hacer te diré. La primera, has de abrazarme en público, Rosimunda. ¿Que dices? La segunda, el sello del reino darme. La tercera hacerme a mi tu capitán general. Las dos me están muy mal. Pues esto has de hacer por mi. No sé que pueda negarte quien te confesó quererte. ¿Qué puedo errar que no acierte, mi bien, después de abrazarte? Advierte que soy mujer que a declarar se comienza no queda más que perder. Esto pretendo de ti para confianza sola. Alguna treta española temo. Vengareme ansí. Aunque a tus hermosas manos convenían mejor los arcos, Rosimunda bella, de la diosa de Arcadia cazadora, cuando dejando de ser luna en el ciclo por su pastor bajaba al monte Latmo, que no las armas de los hombre dignos, pues tan enfermo Claridoro yace, que ya pierde la habla y casi expira, que las tomes, señora, te conviene por la defensa de este reino mísero. ¿Qué es esto, amigo Estacio? ¿Armas? ¿Qué dices? El Duque, tu cuñado, con su hermana Clávela tienen ya cuatro castillos, que son toda la fuerza de Bretaña. ¿Está aquí la Princesa? Falta un verso. Rosimunda. ¿Qué hay, Lisardo? De Alejandro, señora, llegan nuevas, que ha desposado su traidora hermana con Aurelino, cuya espada, ingenio, experiencia y valor han sido parte para que se ¡e rindan cuatro fuerzas, en que la de Bretaña toda estriba. ¿Clávela se ha casado? ¿Eso preguntas? Teme tu daño, que Aurelino es hombre que por el interés del casamiento pondrá en aprieto tu persona y vida. Débete de pesar. Nunca, señora, tuve envidia de nadie. Agora alguna. De que algún hombre fuese vitorioso, de que alguno jugase bien las armas, o fuese celebrado por las letras, de que venciese cuerpo a cuerpo un campo, compusiese algún libro, o respondiese alguna cosa digna de memoria, es verdad que he tenido alguna envidia, como tenerla debe un hombre noble, que esta envidia es virtud para imitarla, y no para dañar al que la tiene; mas que a ninguno, aunque acertase mucho, que se casase hubiese yo envidiado de ninguna manera, por Dios vivo. Ahora, caballeros, aunque piensa Alejandro que, muerto Claridoro, no le queda a Bretaña más defensa, quiero que entienda que en las hebras de oro el peine de Semíramis guardado defiende agora el femenil decoro. Por no dejar mi esposo no he sacado yo misma de Bretaña la bandera, de varonil valor el pecho armado. Pero en lugar del que tener quisiera. Capitán general hago a Marcelo, a cuyas manos el rebelde muera. Todos sabéis que su lealtad y celo, su espada y experiencia ha merecido ser Atlante del peso de mi ciclo. Y porque su silencio agradecido muestre mayor valor en esta hazaña, que lo sigáis y obedezcáis os pido. Doy a Marcelo el sello de Bretaña, para que ordene a su contento y gusto con la lealtad de que se precia España; y para que veáis que el hecho es justo, mirad lo que le amaba Claridoro, cuando a la envidia le parezca injusto. mas para confirmarle en su decoro, a usanza de Borgoña, patria mía, y de cuanto gobiernan uses de oro. Le doy mis brazos, y desde este día Justamente su estado le confía. Sus notables servicios galardona. Solo Marcelo merecer pudiera, tantas mercedes. Su virtud le abona. si con palabras responder pudiera tu nombre, gran señora, levantara desde mi lengua humilde a la alta esfera- mas pues amor en obras se declara, y en ellas solas paga quien las debe, presto verás, si tu favor me ampara, que la fama a su número de nueve añade un capitán. ¿Estás contento? ¿Qué quieres más en que mi amor te pruebe: No dudo ya de tu amoroso intento cosa ninguna. Partiré a servirte. Venme primero a ver, mucho amor siento. Todos, Marcelo, habemos de seguirte, Tan vuestro soy, señores, como he sido. Antes que vayas tengo que decirte... Hoy veré mi silencio agradecido, Mientras que Marte sangriento deja descansar la espada, divierte, Clávela amada, mi amoroso pensamiento. Este compuesto jardín te da un estrado de flores, donde escuchas ruiseñores mientras que duerme el clarín. Cuéntame aquí, por tu vida, cómo te va con la guerra. Lo que de bizarra encierra a seguirla me convida. No soy la primer mujer que lleva en la guerra amor. ¿Amor tienes? El mayor que es posible encarecer. El dueño te preguntara, si atrevimiento no fuera. Pienso que no le encubriera, temiendo que se agraviara. Pero no quieras saber cosas que encubro de mí, que no soy quien prometí que sería tu mujer. De esa suerte no soy yo el dueño del amor tuyo, y de mis celos arguyo quién los que tengo me dio. ¿Sospecharás de Marcelo? ¡Ojalá sospecha fuera! No trates de esa manera mi buen pensamiento y celo. Cantad algo que divierta conversación tan cansada. ¿Cansaste de verte amada? i Este instrumento concierta! Mal podrá ponerle bien, imitando este rigor, si unas cuerdas son amor, y otras cuerdas son desdén. No viene tan destemplado que amor y desdén parezca. ¡Canta de amor que enloquezca! ¡Canta de ausencia el cuidado; De amor que con celos arde Dios me guarde. Amor y sufrir ausencia paciencia. Los celos son en amor lo que es el agua en la fragua, que crece el fuego con agua y el querer con el rigor; de sufrir su loco ardor, y de que su furia aguarde. Dios me guarde. Amar y sufrir ausencia. ¡Paciencia! ¿Qué paciencia puede haber para amar y estar ausente, si el ausente espera y siente cuanto mal puede temer para amar y padecer celos y olvido en ausencia? ¡Paciencia De amor que con celos arde. Dios me guarde." Deja, Aurelino, el jardín, deja las flores y rosas, deja la música alegre, deja las fuentes sonoras, deja los amores tiernos, deja las palabras locas, toma el acerado escudo, saca la espada famosa, gobierna el caballo fuerte nuestras banderas tremola, advierte a la diestra gente rige la gente bisoña: porque el capitán Perseo viene de la corte agora. donde vio que contra mí Rosimunda un campo forma. Dos mil caballos le cercan a cuyos dueños adornan blancas y lucidas armas, desde la planta a la gola. Seis mil infantes bretones siguen con galas vistosas sesenta banderas blancas, que atraviesan cruces rojas. General está nombrado; ¿pero a quién pensáis que nombra; Al mismo que ha perseguido de Claridoro celosa. Ya al español ¡Marcelo, de españoles gloria y honra, el bastón le dio y los brazos; querrale dar la corona. ¡Al arma, al arma, Aurelino! Salgan las lucidas tropas de nuestra gente a su encuentro; las cajas los parches rompan. Suene por el viento el bronce: las banderas victoriosas, como velas de navíos hagan en los aires ondas; relinchen nuestros caballos, y baste su furia sola a que las espaldas vuelvan. A justa empresa me exhortas, a noble hazaña me llamas, a ilustre fama provocas, Ya me conoce Marcelo; Marcelo sabe mis obras, y que sé yo castigar arrogancias españolas. ¡Animo, nuevo Alejandro! ¡Animo, Clávela hermosa!; salgámosles al encuentro. si tú las banderas tomas, no dudo, fuerte Aurelino, que en las murallas las pongas. Juntemos la gente. i Vamos! Tuya será la victoria; ¡ay, Marcelo!, que me llevas de tus venturas celosa. ¿Quién duda que Rosimunda ya te quiere bien y adora, y que, Claridoro muerto, te entregará la corona? mas yo tomaré las armas, y le quitaré la gloria, que no hay furia como celos ni ofensa como en la honra. ¡Esto sólo nos faltaba en tantas persecuciones! No ha una hora que preso estaba, y ya le entrega escuadrones y su fuerte brazo alaba. Allí le sentencia a muerte, y aquí le entrega las llaves de lo más seguro y fuerte; hierros y desdenes graves en honra y amor convierte. ¡Oh, mudanzas de mujer! Crecientes olas del mar, veletas de parecer, tornasoles del pesar en la mitad del placer. ¿Pero quién me mete a mí en sus bajíos y escollos? Las altas vivan en sí, yo castigaré mis tollos, si se burlaren de mí. Aquí dijo que viniese antes que la alba saliese, porque menester me había. Parece que rompe el día, aunque a la noche le pese; muy altas van las Cabrillas, aunque soy poco estrellero; ya con nuevas maravillas muestra la aurora al lucero las encarnadas mejillas. Todo se va declarando; pero una pequeña puerta oigo abrir. ¿Estoy soñando? Mi año es, y, entreabierta, está con la reina hablando. ¡Ah borracho! ¿En que se ha Aquí nos ha de matar. [puesto? ¡Que amaneciese tan presto Debió el alba de envidiar la gloria en que amor me ha puesto. Marcelo Antes, señora, la mía, y competencia sería que tiene conmigo el sol. ¡Ay, mi adorado español! ¡Nunca amaneciera el día! ¡Cómo que no amaneciera! Casamiento hay, ¡vive Dios! ¡Quién, mi señora, pudiera por no apartarse de vos cerrar el sol en su esfera! ¡Oh, mentecato atezado! ¿El sol querría cerrar, habiéndole Dios mandado que alumbre al mundo? El pensar tu ausencia me da cuidado. Mira, señora, que es tarde, y he de partir con la gente, de quien hice ayer alarde. Moriré, Marcelo ausente. ¡El cielo, mi bien, te guarde! ¡Ay, Dios! Un hombre está allí; ¿pues cómo? ¿Gente has traído que aquesto entienda de mí? Chacón, mi señora, ha sido, que viene a buscarme aquí. ¿De qué suerte? Su afición le obliga. Pues no es razón, que aquesto haya visto y viva; mi honor y secreto estriba en que des muerte a Chacón. Mira que es hombre de bien. Marcelo, no hay que tratar; haré que muerte le den. Pues yo le sabré matar, y a mí, si quieres, también. Muera luego, ¡adiós! ¡Adiós! Enojada se ha partido. Esto es sólo para vos ¿Habrás por dicha entendido que es concierto entre los dos? ¿Quién va? Tu lacayo va. Marcelo. El diablo te trujo aquí. ¿Por qué? Porque vienes ya sentenciado a muerte. Ansí alguna joya se da. Vio la Princesa, Chacón, que viste que yo salía de palacio; en conclusión en que te mate porfía. Cosas de los diablos son. ¿No me mandaste venir? No tan cerca, majadero, que vieses la puerta abrir. Yo vine sólo al terrero. Entierro puedes decir. ¿Hablas, de veras, señor? Dice que en este secreto estriba todo su honor. Bien me pagas, te prometo, servicios con tanto amor. mas será burla. si fuera burla, no te declarara que es mi esposa, y si dijera que me quiere, no -importara, pues te he de matar. ¡Espera! Que ¡vive Dios!, que lo tratas como si fuese chacota. ¡Vuélvete a Dios! ¿Ya me matas? ¿Qué imagen tienes devota? Detén las manos ingratas, y una industria te daré, que remedie sin matarme, lo que sin mi culpa fue. Rosimunda ha de mirarme: ¿cómo excusarlo podré? Ya sé que estará acechando; finge cortarme la lengua, que mal podré yo no hablando decir lo que tiene a mengua. ¿Y has de estar siempre callando? Sólo contigo hablaré; con los demás seré mudo. Marcelo. ¡Daca la lengua! No sé si te la fíe, que dudo que nunca más la veré. ¡Muestra, necio! Jura. Juro. ¿a quién? Por el Rey de España. ¿Cierto? Muestra. Ya procuro sacarla. El tardar me daña. Y a mí el no estar muy seguro. Vesla aquí. Bastante está; haré que la corte ya, por si la Princesa mira. Ba, ba, ba. ¡ Llora, suspira! ¡ Señor! ¿Hablas? Ba, ba, ba. Rendid esas banderas a los muros; que yo vengo de paz. Ya están rendidas, y la ciudad conoce tus banderas. Sabiendo el mal estado que tenía la salud de mi yerno Claridoro, y el peligro forzoso de mi hija, vine a poner defensa a su persona. Los soldados que ya la ciudad tiene hacen salva a los tuyos. Gente sale, que el capitán que le encubre {sic) acompaña. Rosimunda, tu hija y mi señora. excelso Duque, a recibir me envía a tu excelencia con algunos nobles, y no viene en persona, ni te muestra de tu venida el justo regocijo en fiestas que el contento manifiesten, porque hoy al alba ha dado a Claridoro un accidente, con que ya en sus brazos habrá rendida el alma cuando llegues. Bastante es la disculpa. Sabe el cielo lo que me pesa, aunque por otra parte me huelgo hallarme en ocasión tan triste, y de tanta importancia a Rosimunda. Por heredera de Bretaña queda; pero tienen Clávela y Alejandro cuatro fuerzas del reino, y, fuera de esto, tanta copia de gente, que hoy nos dicen quieren ponerla a vista de estos muros. mas ya sale a buscarle y detenerle el más gallardo joven que ha nacido en los famosos límites de España: a quien dio ayer el título de Duque, del reino el sello, y el bastón que digo. Vaya en buena hora, y quedaré contento, a guardar la ciudad y su persona. ¡Toca a marchar! Por una puerta sale Marcelo con su gente, y tu por otra entras con la famosa tuya. El cielo le de Vitoria al español Marcelo. si se hubiera de mirar merecimientos, o fuera, Aurelino, el que debiera lo que pretendas gozar... Y pues te precias de ser tan discreto y entendido, agradece el ser marido de tan discreta mujer, o deja la pretensión del reino, que es arrogancia, que estará poca distancia de tu engaño y perdición. No seas Luzbel tan loco, que te derribe del cielo, o con su espada Marcelo, o yo con tenerte en poco, que si no te doy favor subido habrás por tu mal. Sabes que soy general. Sé de Alejandro el temor; porque si él valor tuviera, ¿qué necesidad tenía de darte a quien ser debía de un rey que la mereciera? Pero tras ser lo que sabes vínole el cobarde bien. ¿Sabes que soy yo con quien tratas de cosas tan graves? ¿Sabes que el darme a Clávela de mis méritos nació? Sé que su hermana te dio por tu lisonja o cautela, y que si más que gozarla pretendes, estoy yo aquí, que pretendo el reino. si el ver que mi lengua calla, por la ocasión en que estoy, ¿no te da conocimiento de que tengo entendimiento y que mayor que tú soy? ¿A qué quieres remitir tu intención tan mal guiada? Perseo. A esta mano y a esta espada; a darte muerte, o morir, ¡Muera el villano arrogante [ Que es mucha vergüenza mía sufrir su descortesía. Defenderte es importante; pero de palabra no. ¿A este tiempo, caballeros? ¡Basta! ¡Quedo! í Menos fieros, que estoy de por medio yo! si no lo estuvieras... Bien, porque te fuera muy mal. ¿Qué es aquesto, general? Yo te lo diré también, ¿No tengo yo lengua? Sí, que es propio a quien faltan manos. y ser libres los villanos cuando hay gente, como aquí. ¡Basta ya! Tiene intención, Perseo, de hacerse Rey. ¿Por qué derecho? ¿Qué ley? ¿con qué acción, causa y razón? si tú eres tal que le obligas a que él también lo pretenda, ¿qué mucho que yo defienda que él lo haga y tú lo digas? Ya me toca defender mi parte contra los dos. Traidores sois. ¿Yo? ¡Por Dios, que lo sois, o queréis ser! Perseo. Yo he sido siempre leal. Tú sabes si yo lo he sido. Trompetas oigo. Ha venido el español General con la más bizarra gente que el Asia en sus campos vio, cuando Alejandro pasó en la conquista de Oriente. !Muy bien hacéis de tener desnudas vuestras espadas, porque faltará, envainadas, lugar de poderlo hacer. Vienen dando al viento plumas desde las celadas francas, que coloradas y blancas parecen sangre y espumas. Tienden banderas en él con mil cifras y mil galas, que parecen que son alas para que vuelen con él. Ya los caballos isleños, que de mil bandas coronan, en los relinchos pregonan la arrogancia de sus dueños. Todos vienen amenazando (sic) castigo, muerte o ruina. ¡Pues toca al arma! Camina, que esto era estarme ensayando. Agora veréis si he sido quien sabe decir y hacer. ¿Qué puede bien suceder a un imperio dividido? Tengo a ventura que tan mal se lleven. Como sustentan cosa tan injusta no es mucho que la paz a los tres falte, ¿Qué pretende Aurelino? Estos estados, y por mujer la desleal Clávela. ¿Pues Perseo qué quiere? Como ha visto el corazón cobarde de Alejandro, también quiere a Clávela, y juntamente la corona que el Duque no merece. Ni la merece el Duque ni Clávela, Rosimunda, señores caballeros, es digna del laurel, Lisardo, si se miraran los méritos no más... Hablemos claro. Digo que sólo tú la merecías. Pues eso, ¿quién habrá que muerto el Príncipe no lo conceda? Mucho os agradezco la estimación de mi persona, amigos. De todos será el reino, ¿mas qué hacemos si se nos van agora de las manos estos cuatro villanos pretensores? Bien dices; que el cogerlos de improviso es la mitad del vencimiento. ¡Al arma! Viva. ¡Marcelo! ¡Rosimunda. amigos! No conocemos otro Rey. ¡El cielo guarde a Marcelo! ¡Viva! ¿Quién? Marcelo! ¡Qué mal el nombre me viene de Alejandro desde hoy, pues tan presto huyendo voy de quien menos fuerzas tiene! Fieme de infames pechos; pero no es bien que me asombre, que me quitasen el nombre, pues no lo soy en los hechos. Dura enemiga fortuna, ¿de qué sirvió levantarme? ¿Ah, qué presto derribarme? ¡Oh, qué mudanza importuna! ¡Qué villano proceder tiene con nuestra esperanza! ¡Qué fácil es tu mudanza! ¡Bien te llamaron mujer! En la primera ocasión tan mal suceso, ¿qué os esto? Sin ofensa ha descompuesto Marcelo tanto escuadrón. ¡Oh, fieras guerras civiles Aurelino, ¿qué remedio? ¡Alejandro, tierra en medio. y no ser despojos viles del triunfo de un español En el fuerte nos haremos fuertes. Camina y entremos antes que se ponga el sol. pues se ha puesto para mí el de mi esperada gloria. ¡Viva Marcelo! ¡Vitoria! ¡Ríndete, cruel! ¿Yo a ti? ¿Pues no tengo yo valor? Solías cuando tenías amor. Tú también solías tenerme. Clávela, amor. Yo te olvidé justamente. Mientes, que sin causa fue, pues yo lealtad te guardé hasta la infamia presente. ¿No te casaste? ¿Con quién?. Con Teodora. Esa ocasión fue prueba de mi afición y culpa de tu desdén. Ya es tarde para abonarte; presa has de volver. No creas que a los pies de quien deseas serás a ponerme parte. Otra Cleopatra seré: no has de triunfar de Clávela. No te faltará cautela: pero yo te guardaré. ¡Perros! ¡Viva Marcelo de Beamonte, español de la casa de Guevara! ¿Chacón, tú hablas? Ba, ba, ba. ¿Qué es esto? ¿Así cumples conmigo la palabra? Ea. ba, ba. ¡Vive Dios!, que si no fueran tus servicios tan grandes, que sospecho, que te quitara la vida. Advierte, que un hombre tirando a todas partes y con la mucha cólera no puede dejar de hablar. ¡Traidor! Ba, ba, ba, ba. ¿No ves que está mi honor en lo que hablas? No hablaré más palabra, ¡vive Cristo! ¿Otra vez? Ba, ba, ba. Mal sin remedio. Clávela, ir tienes a la corte presa, que pues por Aurelino me dejaste, y con él te has casado por tu gusto, de toda obligación exento quedo. Seguiré tu ventura y mi desdicha. Tú, Chacón, ve a su lado, y no la pierdas de vista un punto. Haré lo que mandas. ¿Vuelves a hablar, traidor? Ba, ba. Camina. Vaya vuesa merced. ¡Terrible empresa! Ba, ba, ba. ¿Qué le dices? Que va presa. En ocasión semejante sea ayuda, o sea consejo, no parece mal un viejo, y es un soldado importante. No te aflija haber perdido a Claridoro, tu esposo, que un padre aun es provechoso a ser en parte marido. Tu desdicha conocí, y así, con presteza extraña, puse mi gente en Bretaña y estoy a tu lado aquí. Tú quedas por heredera, y no tan sola, que alguno te pueda ser importuno, como estándolo pudiera. Dios dé Vitoria a Marcelo: quedarás sin enemigos. Yo espero justos castigos, y justo premio a su celo. Acabo de recibir para él cartas de España de una cosa extraña. ¿Extraña? Sí, porque las quise abrir. Duque, si es contra ti, remediemos cualquier daño. No, señor, antes aumenta el valor del vasallo que tenemos. Llámanle porque ha heredado el condado de Lerín. ¿Que es noble? Es Beamonte, en fin, y es Lerín un grande estado. Pues, hija, en vuestra afición como soy viejo he leído, que es bueno para marido Marcelo en esta ocasión. Mirad lo que os dice el alma, y lo que queréis decir. Lo salgo yo a recebir. Y es más llano que la palma. Bien puede vuesa excelencia tenerse por adivino; no pienso que es desatino, pues que mostró su prudencia. Pensé llegar apenas vivo a verte. ¿Perdiose nuestra gente? No es perdida; pero perdiose la lealtad jurada, y el traidor español. Lisardo, tente. ¿Marcelo fue traidor? Venció Marcelo a todos los rebeldes, pero al punto que vitorioso se miró, se hizo coronar del ejercito contento por Príncipe... ¿Qué dices? .de Bretaña; y para asegurar lo que pretende con el sello del reino que le diste ha despachado a lodos los condados cartas y provisiones, y sospecho, que a estas horas será señor de todo. ¿Es este español que me alababas? ¡Ay, Teodora!, ¿qué es esto? No lo entiendo: no en balde te pidió aquellas tres cosas; es hombre, hase vengado, que le has hecho padecer y sufrir cosas injustas. ¡Ay! ¡Qué poco sabemos las mujeres! Fiele el sello, y para ti, Teodora, fiele más. Muy lindo lance echaste. ¿Pues quién no se engañara en tantas pruebas ¡Triste de mí! ¡Perdida soy! i Detente! No hagas sentimiento, que no es justo: porque me dijo que si en él te viese, te dijese verdad. Marcelo viene para rendirte la corona y gloria del reino, de sí mismo, y su vitoria. Este laurel, Rosimunda, sólo de tus pies es digno, que, aunque vengo vencedor, soy de tu valor vencido. Recibe aquestos despojos, ves aquí tres enemigos, y ves aquí la lealtad, que en tantas pruebas has visto. Tomar pudiera venganza de tu crueldad por los filos, mas soy Guevara y Beamonte, y tú la luz por quien vivo. Dadme vos también los pies, Duque de Borgoña invicto, y perdonad que primero no os rindiese estos cautivos. El Príncipe, mi señor, que Dios tiene, causa ha sido de no haber solenizado mejor mi humilde servicio. De Navarra, patria mía, soy llamado, y como a hijo. Vuelvo a España, si me dais licencia. si lo sois mío, mal podréis dejar, Marcelo, la prenda que vuestra ha sido antes de ver el valor, que de todo el mundo es digno. Príncipe sois de Bretaña, de Rosimunda marido; dadle la mano y los brazos. ¿Que tanta merced recibo de los piadosos cielos? ¡Vuestra soy, Marcelo mío! Haced, señora, mercedes, dad libertad a cautivos. Que es costumbre de los reyes para mostrar regocijo. Todos tengan libertad: goce a Clávela, Aurelino, y Alejandro de Teodora. Ba, ba, ba. ¿Qué es eso, amigo? Chacón, señora, a quien yo porque me vio, cuando vino a buscarme a tu jardín, estando hablando contigo, corté, como ves, la lengua. ¡Oh, mal haya el honor mío! ¡Tal pesar en tal placer! i Tal castigo sin delito! ¿No hubiera remedio alguno? ¿Los médicos no han sabido hierba o piedra que le dé lengua, en tantos aforismos? ¿Qué dieras? Diez mil ducados. Esos por Chacón te pido, i Habla, Chacón! Ba, ba, ba. Que tú se lo mandes dijo. Habla Chacón. Aquí estoy, gran Princesa, a tu servicio. Y aquí, señores, acaba El silencio agradecido.