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Texto digital de Siempre hay que envidiar amando

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Atribución tradicional
Antonio de Zamora
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Antonio de Zamora Segura
Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Siempre hay que envidiar amando. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/siempre-hay-que-envidiar-amando.

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SIEMPRE HAY QUE ENVIDIAR AMANDO

JORNADA PRIMERA

Pues ya sale el Alba, pues ya viene el día, y iluminan el campo dos veces, el Sol, y Dorinda, albricias, albricias? Impaciente Rebaño temeroso, no al cañamo nudoso, que el redil teje, la quietud alteres, si atrevido no quieres ceder a los imperios del Cayado. Dónde, monstruo lunado, dejando la enseñada te encaminas, y al Alba apenas ves, cuando imaginas, que es prisión la quietud? Aunque ha validos (idioma de gemidos, sin gemidos) llames quien te desate, en vano piensas, que lograrlo trate la distante piedad de aquella tropa. Vive tú mismo, robador de Europa, que has de volver al tiro escarmentado. Si el silbo no bastó, baste el Cayado. Si la voz no te aparta del camino, la honda lo logre. Melibeo? Alcino o? o? 2. Dónde el liso fresno corbo enarvolando, caminas al primer término de esa intercadencia del día? Eso preguntas, si ves la cándida, la sencilla multitud de mis Corderos, cuya impaciente fatiga, cuando del redil, el tosco oírculo fácil derriba, muchas obediencias rompe en cada nudo, que brinca? Como dudas, que mi enojo castigarlos solicita, sin que la sencillez sea disculpa de la osadía? Pero tú, dónde, el torcido cáñamo terciando, inclinas la planta? Si ves aquellas desordenadas cuadrillas de Ninfas, Zagalas, ya s, ni y igualmente ves, rompiendo a la enseñada la línea, al Júpiter de los brutos, para robarlas, seguirlas; como dudas, que también, sin ser disculpa la ira, (pues no vengo el que se irrite; sino el que no se corrija) a reducirle a su albergue vaya, porque no se diga, que pueden irracionales conocer lo que son lindas? Pues ya que él a la querencia de esa inculta Selva umbría vuelve, y de lo que no hiere, se venga con lo que pisa; permíteme, Melibeo, que en la amante competida fineza nuestra, te dé un parabién, en que aspira mi amor, solo a que me vuelv unos celos por albricias. A mi parabién? Sí; pues si de Dorinda divina la beldad adoras, y ella ha de nombrar quien la sirva, sabiendo, que te conoce, es fuerza creer, que te elija. Mucho siento, que tu atenta sospechosa cortesía, me ponga en lugar de serte ingrato; pues cuando había de alagarte la lisonja, te castigo la malicia. Cómo? Como es fuerza, al ver, que una norabuena envías, volverte un pésame yo; pues si esa hermosura misma ha de elegir, y tú solo la mereces, ya está escrita de las setras de su error la cláusula de tu ruina. Si yo viese alguna seña de favor, que aunque remisa, cuerda encendida, prendiese la pólvora de mi dicha, dijeras bien; mas si sabes cuan airadamente impía me ha despreciado, por qué hacerme creer imaginas, que ha nacido mi esperanza mas que para ser envidia? Vivir despreciado, no es una ocupación tan digna del pecho, como estar siendo causa de lo que se irrita, en fe, de que no hay tan fiera crueldad, que consigo misma no este el rato, que se emplea pensando en quien la motiva? Pues si esto es desprecio, como el más fiero le apellidas de los tormentos de amor? No sabes, que mi desdicha es tal, que su enojo, aún para hacerla mayor la olvida? Pero si hemos de quedarnos con el dolor, en distinta materia hablemos, no sea tan ruin nuestra cortesía, que sin esperar curarla, mas que sabiendo sentirla, muestre la queja, que estamos descontentos con la herida. Bien dices; y pues los coros de los Zagales, duplican al campo, que corren, tantas Primaveras movedizas, a fin de que acompañando a Dorinda, hasta la altiva puerta del Templo, despueblen (siendo fuerza, que la sigan cuantos la vieren) la agreste región de sus Alquerías, repitamos en la dulce frase de su melodía: Pues ya sale el Alba, pues ya viene el día, y iluminan al campodos veces el Sol, y Dorinda, albricias, albricias: Tritón, a tierra, pues ya viene sobre aquella cima del monte, rayando el Sol su tibio esplendor. Cefisa, hola, hab- Ya vo, que estoy desaminando lo esquiva:: Deífobo, aquel Extranjer Zagal, cuya pesquería, poblando el campo de escamas, agota el golfo de vidas, salta ya a tierra. Y en tanto, que de la playa florida. la verde quietud altero, quede la frágil barquilla surta en el margen, fiada al áncora de esa encina. Con Tritón me dejas? quiera Venus, que no pare en riña. Cesisa, y yo? nunca haremos, confianzas como migas. Salve; o tú de Venus bella selva hollada: Mas qué mira mi amor? Melibeo? Alcino? Deífobo? Siempre había de celebrarse la ausencia, por estrenar la caricia. Los brazos me da. Ya que ellos cuanto aprietan vivifican, decidme, qué nuevos coros, que dulces voces, qué unidas tropas, que alternados nimnos son los que a un tiempo festiva, confunde con los alboques la cadencia de las liras? Desde que al placido abrigo de Chipre, desde Fenicia, mi Patria, vine, y en ella (negado a cuantos la habitan, si no a los dos, y esos rudos. Zagales:) viví en las ruinas de ese Palacio, una choza tan instablemente fija, que a juncos, y canas yace, ni bien verde, ni pagiza:: Desde que al dulce ejercicio de la pesca se dédica la ocupada ociosidad de mi dolor, en tan chica barca, que el Mar en sus hondas la creyó tal vez astilla:: Desde que a estas horas salgo a poner en la tejida salva de la grama, peces, que presentados envía la vecindad de la espuma alcortejo de la Isla; jamás iguales cadencias oí: nunca esta alegría experimenté; pues aunque en la dulce Monarquía de sus Isleños, no hay más vasallo, que la delicia, no tan al primer bostezo de la embriagüez matutina ser oyeron; y pues no es más, que curio sidad la mía, debaos mi afecto acallarme la duda, con la noticia. M. Chipre, celebre pedazo del Asia, que un tiempo unida parte de esa, para ser Isla suya, y Patria mía, a puro rozarla el Mar, degeneró de Provincia. Entre cuantas el cristal. del Archipiélago sitia, la más feliz, lamás noble sacrar estación aplauuida es del Orbe, no tan solo por cuña de aquella Cipria. belleza, Deidad, incendio de tantas armas cenizas, cuanto porque nueva Arcadía de amor, sea en su rendida pública, cariñosa política tan digna le yo adore una sin el riesgo de que diga el alma, que algo se ruega, pues tanto se sacrifica; aquella hermosura propia me corresponda en la misma fe, deque es menos posible quien es más agradecida. Entre los ritos que observan la costumbre, y la noticia, el más principal es, que una Zagala, el primero día en que entra la Primavera, mediando aquella enemiga lucha de dos estaciones, una hiemal, y otra estiva, haya entre cuantos la adoran de nombrar uno, que asista con más confianza, no, con más razón, sí, a la fina desesperada esperanza de servirla sin servirla; y aún está con la pensión de ser solo aquellos días geniales, que a Venus, nuestros antiguos ritos dedican, hasta que el Mirto amanece estrellas vegetativas. (sura, Toca el nombrar la hermo- ve a este intento facilita naturaleza de ingrata, accidentes de benigna, y al anciano Sacerdote de Venus, y al otro día han de conducir al Templo, a la belleza elegida las demás Zágalas, donde después de las alegrías le himnos, y de entonaciones, nombra el Zagal, y en la misma plausible forma, en que al Tem- subieron, a la festiva (pio mansión del Valle, descienden, trayendo blancas, tejidas, volantes nieblas de gasa sobre el rostro, hasta que quita la Psiquís (que así se llama la hermosura preferida) del semblante el velo, en fe de que en él (en cuanto mira a este obsequio) aparta aquella melindrosa hipocresía, con que un recato, que fuerza, trata una pasión, que inclina. Ayer, Proteo, ese anciano, que de Venus Ericina en el Templo, el Sacro cargo de Sacerdote ejercita, eligió a Dorinda, cuya nueva beldad:: No prosigas, que ya sobra lo que falta, pues basta lo que me avisas. Dorinda, a quien jamás yo vi, desde que en Chipre habita mi planta, es nombrada? Sí. Bien decía, bien decía la sonora suavidad de esas voces, que convidan a sinrazones hermosas, pues cuanto sueñan hechizan. Mas porque la extravagante resistencia de mi vida os habrá admirado, en tanto, que esas alegres cuadrillas forman un Mayo, que en muchos ramilletes se divida; escuchad, no mi cautela tan sin disculparse insista, qué parezca irracional, de puro ser entendida. Desde Fenicia, mi Patria, vine a Chipre, huyendo impías sañas de una airada estrella, iras de una fuerza indigna, armas de un Imperio injusto; y en fin, para que lo diga de una vez, traiciones de una idolatrada homicida de mi sosiego: Ojalá, entre aquellas desunidas reliquias de mi cadena, ya estragos, y no reliquias, se enredase la memoria, como se rompió la vista. Apenas, pues, fijé sobre los céspedes de su orilla la planta, a pesar de tantos undosos riesgos, con que iba estorbándome el reparo lo amable de la caída; cuando discurriendo esa Primavera entretejida de flores, fuisteis los dos los primeros a quien guía el hado a mi amparo, en cuya confiada unión amiga merecí, que me adiestraseis en la undosa Cetreria del Mar, donde a leves puntas, ya Góndola, o ya Barquilla, ese pobre leño es sacre de tanta Garza Marina. Tal vez, Alcino, que a verte iba a tu Egido, y te via a vista del esparcido rebaño, en cuyas sortijas nevadas, marca sangrienta, es mancha, y parece herida; resguardado de algún tronco, aceche, solo oía quejas de amor, motivadas de esa ingrata, de esa esquiva ruina de las almas, para ser alma de las ruinas. Tal vez también, Melibeo, que a la enseñada, en que abriga? vivientes signos, que braman de enojo de que los silban, iba, y a descuidos tuyos te escuchaba, percibia las mismas ansias, y el misme influjo, que las motiva. Cuando aún el mojado pez sobre la hierba palpita, viviente al revés, pues muere de achaque de que respira, me parece, que formando por cláusulas agonías, me dice: no al Mar me vuelvas, Pescador, que aunque sería restituirme a mi centro, he estado entierra, que habita Dorinda, y de su contacto va ya el alma tan herida, que inficionaré la especie, si el ardor se comunica: El que en el Laurel copado, pájaro incauto, solía gozar al Alba de aquella vaga libertad nativa, desde que a Dorinda vio preso en sus ramas esquivas, rendidamente gorjea, querellosamente trina. El Arroyo, que en la plana de las flores, que salpica, renglón de plata se forma de mil letras cristalinas, desde que en su transparencia porinda se vio, imagina, que hay Estío, que le borre, y no otoño, que le escriba. El Corzo, cuyaligera velocidad advertida, con los ganchos de la frente enreda el aire que pisa; en vez de huir a la errada vívora la puntalimpia, se expone al arpón, y viendo, que las Zagalas le sirian, sufre, que todas le hieran, por si Dorinda le tira. Qué es esto, Cielos! al ver tantos estragos, decía entre mí; qué es esto, amor? tan sin reparo fulmina. una mujer, que es lo mismo el mirarla, que el seguirla? Quien le ha dicho a mi discurso, que ya una vez conocida la causa del mal, no puedo, cautelar la medicina? Nadie, porque nadie puede negarme, que aquella misma alma, que hay para que ceda, hay para que me resista. Así? pues vuelve razón en ti, y si mirando lidia esta fiera, no has de hablarla, no has de verla, no has de oírla, ni aunque la imagines, quiero, no sea, que resistida. esta fuerza muchas veces, piense en no pensar, que hechiza, y así haga la duda el daño, que te hiciera la noticia. Ueamos, si venciendo, a quien aún no la ha mirado, estriba su fuerza en haber nacido su hermosura peregrina en una estrella, de quien proceden las simparias; o si toda la violencia la debe a la maravilla de su perfección; porque si es posible que consiga, sin causa de que yo vea la acción de que yo me rinda, no es suyo el mérito; y sí para vencer necesita de que ponga yo el peligro, es suyo el rigor, y mira. tanto por si mi discurso, que en ambos casos evita, ponerse delante de ella; si por sí sola conquista, por no hacerla más tirana; y si con las veceslidia del Cielo para vencerme por no ofenderla Divina. Estos juicios a sus solas. mi imaginación hacía; cuando creyendo, que fuese resistencia tan continua, mas, que resguardo del alma, riesgo de la cortesía, entré en cuentas con mi noble. atención, y referida la culpa, de que me excuse a morin, por quien haría tan dulce la muerte, dio elidiscurso esta salida. a los cargos, de quien era proceso la fantasía. No niega el conocimiento mío, que a la primer vista, en mi parecerá esta repugnancia grosería; pues andar huyendo el pecho a una beldad, porque digan, que cuanto mira enamora, sin lástima de que mira, es tan descortés usura de la vida que se libra, que desde aquel mismo instante en que se asegura, espira; pero si desentrañando el motivo que me insta, se atiende a él, primero debe disculparla, que sentirla. No pudiera estar tan mal complejionada la vista, que su luz me pareciese menos mirada, que oída? Si; porque esto de elegir hermosuras, más estriba, que en la razón, en el gusto, en cuyas opuestas líneas, frenesí de quien discurre, es juicio de quien delira. Pues si verla, y no adorarla es posible, no es servirla no quererla ver? Es cierto; porque allí está la conquista dudosa, y aquí evidente; porque para lo que mira a la beldad, ya es quedar victoriosa, estar temida. Y cuando la amase, qué vencimiento conseguía, mas que aquellos que la sobran, y aún ese con la ignominia de conceder sus enojos a quien no los solicita? Desdenes tan soberanos, iras tan apetecidas, se suplican, y se niegan después de que se suplican. Cuando yo, rindiendo esta desavenencia precisa, verla quisiese, ella no debiera excusar ser vista? Sí; porque el rato que estuve dudándolo la ofendía; pues si una culpa enmendada no la merece propicia, por qué la ha de merecer una culpa repetida? Con que sentando, que a está comunera fuerza esquiva la ha de estar mi resistencia, mejor, que mi rebeldía; resistirme a sus incendios quiero, que si rayos vibra, ya es crédito de sus ojos andar huyendo sus niñas. Qué importa a quien rinde cuantos la miraron, que no rinda a uno, que no ve? Aa nacido su hermosura tan mendiga de triunfos, que mi lamento consulta con su codicia? No, que antes por maltratar mi resistencia, debía dejarme sin el estrago; porque en las vidas que quita, castigue una, que perdona con muchas, que desperdicia. Qué debiera yo a mi juicio, si blanco de las impías traiciones de amor, no hiciese escarmiento la desdicha? Ni qué triunfo para esa idolatrada enemiga, es, rendir un corazón, en quien ver no puede fija flecha alguna, sin ser sobre la cicatriz de otra herida? Deje, pues, con su sosiego a un infeliz, que si impía la fortuna le maltrata, es cobarde valentía ponerse la perfección del bando de la injusticia. Y si no lo hiciere, yo facilitaré la huida a sus arpones, no tanto porque sin recelos viva, cuanto, porque ese adorado áspid de amor no consiga una vez oír lamentos, ansias, estragos, fatigas, sustos, temores, suspiros, quejas, y:: Albricias, albricias, que ya sale el Alba, Pésames mejor dijeras, voz, si a Dorinda me nombras. Deífobo, de qué te asomoras? Deífebo, de qué te alteras? De ver, que esa fiera debe de venir con las demás Zagalas, cuyo compás apaciblemente mueve los temores del oído, en cuya impaciente calma está consultando el alma, si se asomará al sentido. Si essusto a Dorinda ver, bien puedes, Zagal, huir. No huyas, que querer vivir, es no saberse perder. Cómo, si a Dorinda ama tu afecto, Alcino, desea, que haya quien tu dama vea con riesgo de amar tu dama? Como a que consiga anhelo, entre mi pena, y su enojo, su hermosura otro despojo, y mi mal otro consuelo; Pero tú, como que huya, pretendes su tiranía? Porque con ofensa mía no ha de haber victoria suya. Tener quien padezca el mal que yo, algún consuelo dice. Ni aún para ser infelice, quiero yo tener igual. Eso es andar avariento del triunfo de su desdén. Eso es arriesgar el bien, por blasonar del tormento. Mi parecer:: Mi opinión:: Tened, que sin disputar la razón, no he de arriesgar el quedarme sin razón. Ya mi loco frenes? hubiera de su poder huido el lazo, a saber por donde va. Dorinda, por la ladera viene esparciendo verdores, amo mío, a coger flores, que pasa la Primavera. Para qué mientes? por esta cumbre baja; acía otra parte muésamo, que ha de alcanzarte un empelión de la fiesta. Ya aquesta Árbóleda pisa. Ya llega acía esta mansión: Por que no callas, Tritón? Porque no quiero, Cefisa. Pues cuando no haya camino sin la sombra del despeño; yendo de un ceño a otro ceño, yo, Melibeo, yo, Alcino, del Mar a la esfera suma me he de arrojar por no verla, y si la encontrase perla, la desvañeceré espuma. . Él está hecho un Lucifer. Qué haces, Deí foyo? Mostrar, Zagales, que sé cegar, cuando me importa el no ver. Yo arriesgarme a ser trofeo de su incendio peregrino? Me perdona mi destino, y he de inquietar mi deseo? Espera, que ya vencida la orilla de esa Laguna, que los dividió, se auna su alegría, y que no impida tu fuga, es cierto, si a esa rústica Cabaña mía te retiras. Si haré, el día que la fortuna interesa tanto en mi mal, Pues, señor, aprisa, que vienen ya. A quien cultos a Amor da, mal fuego abrase de amor. . Qué desatenta, que ha obrado, Melibeo. tu malicia, pues amando la justicia, facilitas el sagrado. Cortés solamente a sí, Alcino, mi afecto obró, que beldad, que adoro yo, solo se ha de amar de mí. Esa infiel sosisteria. no es disculpa. Quién ha dicho que no tiene mi capricho buena prueba en mi osadía? Si esa es razón, verás presto, que quien más osado es, es más entendido, guiad. Pues seg Qué es esto? Zagales, pues cómo, cuando triunfos de Dorinda logra Chipre, ascendiendo a que el Templo vea una Ara con dos Diosas, razón de disgusto puede hacer entre dos, que a sola la hasta ahora no excedida dicha de adorar, la adoran? Si ellos lo callán, Cefisa, yo he de hablar. Bestiaza, es cosa Dorinda para traída en tus labios, si no afortas de los cutís de palacio el cóncabo de tu boca? Melibeo, Alcino, como, afectadamente ociosa vuestra turbación, mirando, que es Coriandro a quien in forma, no responde? Cómo quiero tener una culpa sola: pues mejor será, que sepas, Divina Zagala hermosa, que haya quien no te obedezca, que no que haya quien te enoja. Cómo? Yo no he de decirlo. Yo si; porque a quien adora, nada importa, como hacer, lo que manda quien le importa. Deífobo, ese Fenicio, nuevo Pescador, señora, desde que oyó aquella amable fuerza, aquella poderosa captividad con que premias, libertad con que aprisionas, no solo no quiso verte necio; pero en la frondosa, verde estancia de ese bosque, sabiendo, que cazadora, mejor en su coto unías cetrería, y venatoria, del Sol, y del viento huía; porque en una esfera, ni otra le llevasen la noticia del nombre, o de la persona, la casualidad del eco, o el traslado de la sombra: oí, que informado de tanta dulce confusión canora, saltó a tierra, oyó, que tú, y cuantas Zagalas cortan en común festín al margen la pesadez arenosa, hacia esta estancia venías, por ser paso de la angosta florida selva, que al Templo de Venussube, y de forma, al ver cerca el riesgo, le hizo resistencia, que a la undosa ira del Mar, por no verte, quiso arrojarse, y:: No loca tu voz prosiga, detente, que equivoda, y dudosa entre esta paciencia, y esa expresión, no sé a quien toca castigar, porque lo digas, a ti; o a mí, porque lo oiga: tan insensible viviente ay, que de las voladoras puntas de mi aljaba huyan la pretendida ponzoña? No es posible, no, porque, si viviera, amara pronta el alma, y si amara alguna, no pudiera ser a otra. Si quien te avisa, te ofende, no puedes negar ahora, que te sirve, quien te calla. Si puedo, pues, ambas cosas, noticia, y silencio irritan; la noticia, porque dobla la ofensa, que me recata; el silencio, porque ignora, que el que oculta una osadía, me ha usurpado una victoria; y así de entrambos es fuerza estar mi esquivez quejosa, y vengarme con no oíros más, porque no salga de otra nuevacausa, otra mayor culpa. Bien haces; pues hora es de que a la acostumbrada inviolable ceremonia venzamos la altiva cumbre, al Templo. Si mi congoja te ofende? Si mi dolor te irrita? No más: rabiosa ira del pecho, ya he hallado a modo de vengarte, a costa de que desaire a lo airada el traje de lo piadosa. Deja, Divina Dorinda, la impertinencia amorosa de esas quejas, y hacia el Templ ven con la restante tropa de Ninfas, y de Zagales, Por más, Beldad rigurosa, que me desprecies: Por más, cruel Zagala, que no me oigas.: No me has de quitar por eso: No así has de mirar, que es- torbas:: Seguirte, por si me eliges. Ir tras ti, por si me nombras. Que en vanor os cansáis, pues ya:: mas quédese aún de mi propia ignorado mi designio. Pues ya que tan cerca asoma, por entre ramas el Templo, invoquemos la piadosa Deidad, para que el acierto influya; diciendo todas:: Llama, madre de las llamas, hijo, explendor de las ondas, y a a tu Templo la Siquisasciende; y libre Zagala, beldad desdeñosa, previene en tu memoria el velo al semblante, a la sien la corona. Mas qué dices, que ha hecho, bien mil amo en esconderse? Boba, quieres que se ponga, si huye, en parte dónde le coja? Mira, Tritón, yo no quiero porfías contigo; toma tú tu red, y yo la mía; y cosamosla. En buen hora: Mas dí has de cantar? Pues no? Empieza. Pues riña en boca. Pescadora es de afectos, la niña desdeñosa, hola, hola, siendo lo que no mata, lo más con que aprisiona, hola, hola, guárdense, que es traviesa la Pescadora; hola, hola. Hola? ola? lindo dijido; cierto que la dicha copla la hiciera un Oidor novicio, teniendo criadas sordas. Pues eso dices bestiaza? Sí, esto digo, discretona. Si no mirara:: Pues mire. Te había de romper:: Pues rompa. Tritón, silencio, y remiende. Cesisa, cante; y recosa. Al ardiente contacto de las redes, que arroja, hola, hola, es ceniza la perla del volcán de la conchar, hola; hola, Perlas de ardor? bravo tema! conchas de luc? linda cosa! Pues quien les dio a los corales el oficio del aljófar? Ya monda el majaderazo nísperos. Y usted, qué monda? Qué esto sufra! Qué me gruñe? Por vida de:: Qué me vota? Tritón, silencio, y remiende. Cefisa, cante, y recosa. De su ardor no se libra, ni el alma, que se moja; hola, hola, en el golfo, que enciende con el agua, que llora, hola, ola, Alma mojada? la Ninfa es acaso medidora, que entre Taberneros anda con almas, que se remojan? Eso dices? Eso digo. Ya no ay, que aguardar. Pues corra. A mí tú? Tú a mí? Villanos, siempre en continua discordio habéis de estar? Para esta. Idos de aquí. Para estotra. Mas no os vais; y pues salir, (así que a las misteriosas puertas de Venus llegaron) logré de esa gruta, o choza, al Mar, al Mar otra vez, no en otra ocasión se ponga mi cautela, que al fin somos, yo racional, ella hermosa, y no es para cada día, que ella llegue, y yo me esconda. Pues si ha de ser, mira, que como la función es corta, van ya saliendo del Templo los primeros Coros. Toma los remos, desata el cabo, y lleva las redes: ondas, aunque hayáis sido de Venus movible cuna espumosa, y huyo de Venus, valedme vosotras contra vosotras; pues con ella habló quien dijo en cláusulas armoniosas:: , . Llama, madre de las llamas. Conmigo ven. Ya te sigo. Anda, y mal lobo te coma: Ay infelices! No, bellas Zagalas, temáis. Las ondas os desceñid. No hay, Sagradas Deidades, quién nos socorra? Mas qué es esto? Qué ha de ser, que el novillo, que a la Aurora dejó la ensenada, sale de aquellas matas ahora, y encaminado a las Ninfas, que bajan del Templo, todas huyen, diciendo: A la Fuente. Al llano. Al Templo. Eso toca al valor; y así, aunque arriesgue mil vidas, llegar me importa a socorrerlas. Si Baco quisiera, Cesisa, que ahora viniese el novio, y te diera ejercicio de pelota. Eso no, que en aquel tronco me pondré, , Por saltadora, o Mari macha, Cesisa, no lo perderás: Mas ola, que yo me descuido, y puedo pagarlo yo. O tú, piadosa Deidad de amor, haz que llegue a tiempo, donde conozca Dorinda, que soy más fino, cuanto es ella más traidora. . Tirano Dios, si Do- rinda a otro premia, mi dudosa planta encamina a su amparo, no de mi cariño en contra, diga, que con la esperanza, he perdido la memoria. . Infelizmente dichoso hasta aquí corrí esta umbrosa estancia, pues no he encontrado Ninfa, Zagala, o Pastora, de quien mi vida sea noble defensa, pues solo a corta distancia, escuché una triste confusa voz lastimosa, sin saber:: Noble Zagal, que en tantas quejas hermosas, no has sido reparo de una, por quererserlo de todas, esta desmayada, infausta hermosura desdeñosa dejo en tus brazos, en tanto, que al socorro de las otras me encamino; y porque el no conocerte yo, apoya ser uno de los que de estas vecinas Islas convoca la festividad del día, sabe, que la rigurosa hermosura que te encargo, es la Siquis mira ahora como defiendes, la misma ingratitud, que no ignoras, Oye, espera. En vano piensas pararme; y porque conozcas su dura, intratable, esquiva resistencia poderosa, a esta roca se la entrego, quidame bien de esa roca. No huyas, anciano, detente; fuese: Airada, injusta, loca ira de mi amor, quien te huye, si tu actividad traidora, para quemar, como incendio, va siguiendo, como sombra! La Siquis eres, desmayado Cielo? Sí; luego eres Dorinda? Falso halago; en qué conoceré, que eres mi amago. si aún no tengo valor para el recelo? Como escarmiento te temió el desvelo, y al ver que el rostro escondes al estrago, contrario juicio en mis delirios hago, que divinos castigos no usan velo. Nombre en Dorinda de desdén explicas, nombre de amor, por Siquis, es el tuyo, a cual creeré mejor, qué significas? Mas de ambas formas tu tray y así, viendo que estrago ua allo Pero he de dejar en duda su alivio, huyendo por solo la sombra de mi seguro el cuerpo de su socorro? No; pues como avendré, Cielos, lo atento, y lo cuidadoso. de suerte, que haga mi miedo espaldas a su decoro? Pero esto ha de ser. Galán Pastor, que de esos contornos, sin duda tetrujo el hado, a ser con mi mal dichoso, si has visto, me di, entre cuantas. Zagalas corren el Soto, a Dorinda; y:: No, no pases, divino prodigio hermoso, adelante, porque vienes fatigada, y fuera impropio, que en mi informe se mal gaste el tasado débil corto aliento, que me pronuncia a pedazos el asombro: Rara beldad! Luego tú sabes de ella? Sí, y no. Cómo? Cómo siendo esta Dorinda, sé de su vida, y tan poco me ha debido su hermosura; que aún no sé, si vive el rostro. Sin duda eres por las señas ición arguyo, Cate duplicas, y como dos te huyo. Deífobo, porque tan loco, necio afecto, solo suyo puede ser por suyo, y solo. Y así deja, que del velo arroje el cendal, porque otro estorbo no impida el débil, remiso aliento dudoso, Eso no, Zagala; pues que sacaba yo de todo aquel no ser reverente, si aún quedaba receloso? No te entiendo. Lo que quiero decir, Zagala:: No te oigo. Es, que si el verla ha de ser amarla, y a ti te adoro; por darla a ella un sacrificio, te quitas a ti un despojo. A eso respondiera, a no darme prisa aquel socorro, y así: Ay infeliz de mí! Pues ya del mortal ahogo en sivolvió, no me impidas, que el velo le quite al rostro. Quítale, mas no le quites antes que huya Ni uno, ni otro has de conseguir; pues ya que no lo logré mi propio impulso, pues no me sueltas, habrá quien a un eco solo de mi voz lo logre: Alcino, Melibeo. Pues de to dos me cogió más cerca a mí tu acento en el verde, umbroso seno del monte, qué quieres? Que castigues un desdoro de tu amor. En quién? En este engañado Pastor loco, que por no ver a Dorinda, estorba, que de su rostro quite en ese velo tanto cuajado tesón de copos. Tan de tu opinión estaba antes de ahora, que aunque pongo el alma de lo atrevido, al riesgo de lo celoso; la ha de ver. Detén, Alcino, la planta, porque ese oprobio de su beldad, no le sufre la razón con que la adoro. Aunque Deífovo elegido es de Dorinda, es forzoso, que sea con ella culto, lo que será con él odio. Eso es volver al primero, pasado empeño. Y esotro volver a aquella primer necedad. Déjame, hermoso embarazo de mi fuga, No te has de ir. Repara:: Solo a su vanidad atiendo. Quita Detente. Piadosos Cielos, favor: Coriandro, Arceta, Zagales, como me dejáis sin:: mas qué miro! Ea, amor, ya tu engañoso impulso contra mi vida, dio con el riesgo en los ojos, Aquí está, llegad. Cesisa, huye, que te cog Mil veces sea, Dorinda en hora buena el recobrado aliento de la pena, en que trágico el gusto. afeo el alborozo con el susto. Recóbrate, no en tanto pálido asombro, inánimado espanto, tan vil como el dolor sea el alivio. Ya del pecho cobarde, el pulso tibio, el miedo palpitante, las alas mueve el trémulo volante. La rabia envoce, que en mi afecto lidia. No te acuerdes, dolor, que eres envidia. No estanta su belleza, o yo deliro, como temía; mas de que me admiro, cuando menos valiente fue el denuedo, a quien da fuerzas la razón del miedo! Pues ya qué restaurada, dicha es presente la aflicción pasada, sabe, que el que a tu vida cuidadoso, dos veces fue cortés, y dos dichoso, es Deífovo. Al mirarle, en nueva calma dentro del ceño se estremece el alma. Al verla, en triste alarde, temo lo atento, aún más que lo cobarde. Eres tú, por ventura, el que Vasallo infiel de mi hermosura, al oír, que del Templo a la alta cumbre, me arrastraba la fe de la costumbre, al Mar, por no mirarme en la ribera, te arrojaba el error, como si fuera, entre estarse, y huirse, menos error matarse, que morirse? Quién al Mar encargaba lo que huía, era mi miedo, no mi rebeldía. Cegar por no mirarme, no era temerme, si no despreciarme. Cegar, para no verte, no era injuriarte, si no no ofenderte. Quién huye por vencer a su contrario, quiere en lo humilde hallar lo temerario. Quién halla en lo cobarde lo valiente, no es atrevido, si no reverente. Reverente, atrevido, lince, o ciego, ved, como ocioso el erna de mi fuego, ni a el desaire quejoso, ni al ceño ingrato, ni al favor piadoso; habiendo de elegir uno que asista, teniendo el alma lejos de la vista, al permitido empleo de servirme, los días en que firme de Chipre la memoria religiosa, canta los himnos de su amante Diosa, a vos os nombro. A ndo, ardiendo vivo de mirar temblando. Qué os suspende? ah tirana! Dicha tan soberana, eleva, no enmudece. Quién consigue favor que desmerece, mil veces es feliz; así pretendo dar a entender, que ignoro lo que entiendo, de su pena, y mi amor. Déjame asombro. Siendo yo quien os nombro, remisa la alegría? Pues qué es esto? prisa yo, lo sabréis presto. Muriendo aprisa Esto, Dorinda, es estar tan hecho el pecho a sentir, que la novedad del bien me ha asombrado lo feliz. Quién encerrado ignoró la luz del Sol al salir, pintando en laminas de oro arreboles de carmín, de puro querer mirar, no le acierta a distinguir. Quién del Ruiseñor jamás oyó la voz, al sutil hechizo suyo, enajena el respirar, por oír. Quien no supo lo que es rosa la primer vece, que al pensil llegó, pierde dos sentidos, pues no acierta a percibir poco olfato, mucho aroma, poca luz, mucho rubí. Pues si tu beldad, con tantas ventajas, es para mí Sol, que despierta la Aurora, flor, que despliega el Abril, y voz, que adula la Selva; por qué extrañas, que en la lid de cegar, y ver, no explique, ni que cegué, ni que vi? Y pues en fe de tu influjo lo sabréis presto. (recobrémonos, ardid) el mudo desalentar, ya es confiado vivir, a tus plantas, por tan alto favor, postrado una, y míl veces, estimo:: D. Tened, que nombraros desde aquí, habiendo de ser alguno, no es favorecer, que al fin elegir forzada, es elegir sin elegir. Veamos, pues, así me vengo, cautela, como salir triunfando logras. Ya veo, que venturas para mí, siempre han de venir por fuerza, mas si al cabo han de venir, no el ser tu favor cruel ha de hacer mi afecto ruin. Deífobo, milparabienes recibe, de quien así muestra, que venturas, que hoy tan tasadas recibís, nada dejan, que envidiar, pues nada hay que conseguir. Miento, que ardiendo en mi no- envidioso frenesí ta el alma. De mí no hay parabién que recibir; porque aunque sé, que es fingido el favor con que vivís, ya es dicha para envidiar acción, que cuesta un fingir. Y es verdad, pues de mi enojo . celoso el áspid civil, el pecho me infesta. En qué te detienes, si el festín de las Zagalas, es fuerza autorizar, y asistir? En prevenir a los tres, que aunque vencido el gentil desdén de mi repugnancia, cede en cuanto a no impedir la licencia de la queja, no es consecuencia, que aquí lo esté también para oírla, y así mediando mi ardid, quiero, que no sea escuchar toda la atención de oír. Este día, en que yo tengo de vivir en mí, sin mí, podéis quéjaros, mas sea por voz, en quien al salir noble la queja, desnude el traje del frenesí. Elegid cada uno, de estas Zagalas con quien venís, una, que intérprete siendo del dolor, sepa vestir al uso de lo cortes la gala de lo infeliz; advirtiendo, que en la atenta palestra del discurrir las Problemas, de quién es fortaleza lo sutil, cesa el precepto, pues solo lo que yo quiero, es huir, de que no se haga costumbre la licencia con que di en la tregua de atender, escala franca al gemir. Siendo eso así, delolvido que siento, será clarín la voz de Sirene. Lauro mío es poderte servir. El desprecio, que padezco me hará el agasajo a mí, Erithea, de explicar. No réplico. Para el fin de mi declarado intento, Cesisa podrá decir mi pena. Convengo en ello. Pues porque sea en la lid igual el partido, yo elijo a Mirtila. Sin responder, respondo. Pues a qué aguardáis, que no herís a voces el viento, hasta que floreciendo el Páis, a su Cabana Dorinda llegue. Voto al Dios Machín, que ha dicho bien. Va de baile. Ah! como fuera feliz, si en Arceta se trocara la suerte! Déjame, vil loco pensamiento mío, que aunque me podráis decir, que es muy peligroso modo de vengarme el que elegí, esto importa al irritado ceño mío. No venís? Esperar es no tener más elección que seguir: Mal disimulo. Por más que quiera explicarse así su dolor, no quiero dar a entender, que le entendí. Que esto mire! Que esto sufra! Dónde está mi tamboril, mujer? Qué sé yo. Zagales, ya es hora de prorrumpir al labio el gozo. Pues si ello. es fuerza que sea, oíd: Muchas Primaveras. tiene Chipre en sí; pues da el tiempo una, y Dorinda mil; esto í, esto sí, que es sin riesgo de agostar acertar a producir: esto sí, esto sí. Sin mí voy. A la Cabaña. Iras, paciencia. Al Jardín. Penas, finjamos. Al Valle. Ah injusta estrella! Al Pensil. Muchas Primaveras tiñe Chipre en sí, pues da el tiempo una, y Dorinda mil; esto sí, esto sí, que es sin riesgo de agosta acertar a producir: esto sí, est

JORNADA SEGUNDA

segunda jornada Pues el Mirto es flor de amor, y Venus de amor origen; al Mirto, al Amor, y a Venus cante los aplausos. Chipre, resultando felices. en gloria de Dorinda; y alabanzas de Siquis. Ya, Arceta, que a la festiva aclamación con que oíste, en obsequio de su Diosa, concurrir Chipre al plausible coto de esa Selva, tú generosamente asistes; en tanto, que la florida palestral, en que se diciden cuestiones de amor, llegamos; óyeme, por si consigue mi atención, que al fin, no como Ninfa Extranjera peligre en el rito la costumbre, ni en el idioma el Melindre, ya que tuve la fortuna de enlazar indivisibles, con el mérito de hallarte la fortuna de servirte. Coriandro, si de tu noble asajo, el día que vive a ser en Chipre Extranjera Zagala de sus Paises, recibí hasta hoy el informe práctico, por quien se rige, ni mi ceño, ni mi grado; pues igualmente delinquen la extrañeza poruraña, o el agasajo por libre; bien creerás cuanto agradezco, que fielmente me noticies del nuevo riesgo a que debo, ni exponerme, ni eximirme. Y puesto, que aún a lo lejos pronunciadas se perciben las voces, como que se oyen, no como que se distinguen, no tengas ansioso el noble sino deseo de oírte. Si haré, no tanto porque de mi informe necesites, como advertencia, que enseñe, cuanto como voz, que avise. Ya viste como el primero día, en que Aurora apacible del año, la Primavera vistosamente divide (bien como hermoso fragrante parentesís de matices) del tenglón de los Eneros, la dicción de los Abriles: Preferida beldad, nombra Zagal, que obediente asiste, sin resabios de que logra, altrofeo de que sirve. Y a viste de la elección las ceremonias, y viste cuanto Dorinda irritada, de que Deífobo duplique (sin querer ver sus divinos estragos apetecibles) la vileza de ausentarse, al error de no morirse, todo el año inalterable prorrumpió en favor visible; pues a todos cuantos finos, idólatras pechos rinde, le antepuso; no sé bien si diga, que por rendirle, o por vengarse; mas esto, quien habrá, que lo averigue, si él rebelde, y ella hermosa, ni es vengarse, ni rendirse. Esto es en cuanto a los mismos alborozados, festines, en quien fue, porque lo sepas, contraacifra el que los mires. en cuanto al que hoy nueva de ti ignorado se sigue, (mente sabe, que al pie de ese nuevo dórico Templo sublime de Venus, escollo en quien el mismo Sol se va a pique, pues del Galeón de su Carro cada ahuja de ella es Sirte, respetado Bosque yace, tan florido, que no admite, sin riesgo de que le ataje, curiosidad que lepide: Tan umbroso, que en la greña de los árboles que engríe, la luz, que llego a enredarse, apenas acierta a huirse: Tan cadente por las aves, que libremente le viven, que aún el viento, que las hojas tal vez airado depide, en solfa de truenos brama, en tono de silvos gime: Y en fin, tan fuerte, que undoso manso arroyuelo le cieñe, do al fortín de esmetalda contra el hielo, que le enviste, verdes saetas los juncos, agudas lanzas los mimbres. En el corazón frondoso de este segundo apacible mejor Eliseo, en un nicho, que Artífice labró insigne el Abril, sobre cimientos de violetas, y alelies, de Siquis yace una Estarba colocada, en cuyo firme innoble bulto, está el marmo! tan vivo, que a los buriles debió el alma de moverse, en la vida de esculpirse, De la cándida materia la frialdad insensible, parece que dice, a quien la registra no me mires; pues siendo cuajado copo, con ejercicio de efigie, y tu racional, en quien es preciso, que se avive de amor el fuego, al contacto de tus incendios visibles, le deshaces al Enero un triunfo, viendo en dos lides, que si una esquivez me cuaja, un deseo me derrite. Enfrente de ella, de un Mirto la amante pompa se engríe, a quien para que florezca, hace ella que se anticipe, pues por mirar el asombro, rompiendo a blancos perfiles la verde brujula, entre ni bien cerrarse, ni abrirse, se asoma por los botones el ansia de las raíces. Aquí, pues, el primer día, en que el Mirto, por vestirse deblancos lunares, brota la primer flor, en despique de aquellos de Venus, ya desengaños carmesíes, la fingida Siquis lleva en Escuadras juveniles de Zagalas, quien ofrezca, de todos cuantos Jardines el Templo cercan, fragrantes ofrendas, que martiricen, con el dolor de los lirios el gozo de los jazmines. A esta, pues, vejetativa, nueva inmolación, se siguen de disputados Problemas, los argumentos sutiles; cuya razón, porque en ellos mas la razón se ejercite, acierta, quien la disputa, pero no quien la difine. Diras, que Siquis, y el Mirto en qué convienen, y dicen con lo que te aviso? Y yo respondo, que Mirto, y Siquis hacen a mi intento; pues antigua Ley es de Chipre, que el mismo día en que él florezca, cesa, y se extingue de la Siquis el cortejo; con que si ya una vez dije, que él floreció, dije, que de Dorinda no prosigue con Deífovo el empeño; y si de la Estatua hice también memoria, fue para avisarte, con decirte, que hoy se une a las dos altas venturas de ver que elige ayer Proteo a Dorinda, y Dorinda se redime de la impertinencia amante, que rehusa, la de añadirse empeño a la voz de tantas músicas, como compiten las Zagalas; pues porque Dorinda no mortifique los oídos con que premia con la voz de los que rinde, mandó, que cada una sea Oráculo, en quien se explique de aquel Zagal con quien anda, el afecto que le asiste. Y así, pues tú como todas al Sacro Bosque diriges la planta, lleva sabido. lo que has de ver, sin que irrite el que yo te lo adelante, pues al verse, y aloirse lo no esperado, hace, que quien lo repara, imagine, (ño que a la comprensión lo extra- no es nuevo, si no difícil; y más cuando ya los ecos, que sin decirlo lo dicen, sin mi conmento pudieran ser más duda, pues repiten:: Si el Mirto es la flor, No sé como agradecerte, Coriandro, noble, y humilde, tu amor, ni como culparte el reparo, sin que mire, que al deseo de pagarte, haces deuda de reñirte: Razón que de la experiencia. es fuerza, que se origine. Jamás, Coriandro, ha podido, sin aprenderse, adquirirse. Mas para qué malgastado el tiempo ha de estar, si dije ya una vez, que agradecida a tu aviso estoy. Caminen, voto a Baco, y cuenta no haya otro novillo, que afine tras las niñas juguetonas los dostinteros cerriles. Tritón, dónde vas? A solo no ir con Cefisa, que es filis a lo discreto, y ha dado en decir, que yo so fimple, y que consentir no puede, que la ame; mirad si es chiste (diste? bien extravagante. Y tú, Tritón, qué la respon- Llámela discreta, que es haberla llamado tigre, y ella lo sintió más, que una vieja, que setiñe, siente el ha berla quebrado el botecillo del tinte. Razóntuvo. Aquí de Dios: Arceta, Coriandro, dime, soy yo bobo? porque yo hasta ahora, Dios me libre, no so Mayorazgo: Yo, con todos mis perejiles, no he encontrado dama, que sin que me pida, mebrinde? Yo no he heredado? Yo no so Ginoves? Yo no vine de fuera, para que todos me aplaudan, y me visiten? Pues cómo puedo ser bobo? ello es verdad, que yo hice la bobada de quererla; pero si en eso consiste, con que ella me quiera, aún tendremos juego, y desquite. No con tu locura estorbes, Tritón, que la viste lince del oído, busque el riesgo, de que esas voces le hechicen. Qué voces? Las que en alegres sonoros himnos repiten. Ay, que ni quiero, ni olvido. Ay, que vivo despreciado. Ay, que padezco olvidado. Ay, que estoy favorecido. Pues por qué cada Zagal, cuando todo es venturon, ha de hacer que digan, con mas ayes, que un Hospital:: Ay, que ni quiero, ni olvi- do, Pues fuerza, es para pasar de la Venus Ericina al Bosque, que esta vecina vereda hayan de tomar, consiga nuestro cuidado en la tregua del camino, saber, por qué dice Alcino:: y, que vivo despre- caado. Alcino, pues cuando va tu ira a logiar un desdén, por qué te quejas del bien? Erithea os lo dirá; porque en la pasión, que hoy va pasando a frenesí, solamente sé de mí, que yo no sé a lo que voy. Pues la sientes, di tu pena: Mandó precepto violento, quesea proprio el tormento, y la explicación ajena. Tienes tu licencia? Sí, que su dolor me fio. Pues para saberlo yo, cómo has de decirlo? Así. Si las flores que llevo, me las desprecian será mi sacrificio, como mi ofrenda. Ya se ha entendido el cuidado en las voces del descuido. Ignorado, u entendido. Ay, que vivo despre- ciado. Ve aquí por lo que yoso bobo, pasando ante mí el cariño no por sí, (do y el desprecio si por no: En qué le habrá a este mengua- servido el habernos dicho, para obstentar su capricho: Ay, que padezco olvida do. Del labio me quitó a fe el verso Sirene: Ay tal! Desgraciado so. Zagal, de qué te quejas? No sé. En conocer no hay distancia, el motivo, y la dolencia? Es que adora mi paciencia; y merece mi ignorancia, Sirenilla lo dirá, que es tan simple como yo. Si lo que cante se oyo; ello dicho se está ya. Mis flores, y mis penas, son unas mismas, que unas van olvidadas, y otras marchitas. Por qué otro se ha de quejar de tu sufrimiento en prueba? Quiero que mi mal me deba el no saberle explicar. Injusto, aunque soberano, precepto es tan riguroso. Ay, que es ceño muy hermoso para parecer tirano. Quéjate. No es permitido mas que decir el cuidado, , . Ay, que padezco olvi- dado. Ay, que estoy favo. recido. Ve aquí otro bobo en razón: Mas qué es lo que se divisa? Vive Baco, que es Cefisa. Santo de la Procesión: discretilla, dónde vas? Majaderon, no me ve? Hable bien, que la daré, con quien no la entenderá. Deífovo, pues cómo, cuando de Dorinda preferido, aún no te debió un deseo, la dicha de tu destino, la mitad del bien malogras, viniendo al frondoso sitio del Bosque, sin que a su lado hagan lo hermoso, y lo fino, que sean los envidiosos. tantos cómo los rendidos? Para qué lo has preguntado, si tú te lo has respondido? Dicha, que no cuesta un susto, no es dicha: Pero qué miro! Aquí está Arceta? Prosigue. Shoy tan nuevo en el estilo de amar, que se me olvidaban el precepto, y el peligro. Y pues tú, que me aconsejas, sabes, que amor ha tejido de eslabones de obediencias, cadenas desacrificios, no me culparas, que calle. Pues como hemos de avenir. nos, entre saberlo, y callarlo? Con decirlo, sin decirlo. Las flores, y las dichas; que no se aguardan, las deshoja el descuido de no buscarlas. Necio el argumento es, que se prueba con un delito. Infeliz dicha es también, la que consigue un descuido. No es culpa, el ser venturoso. Pero lo es, el ser indigno. Qé soberbio! Qué divina! Necio error! Bello prodigio! De ifovo, vuelve en tu acuerdo, y advierte, que hay silogismos, en que solo es docto, quien estudia a salir vencido. Coriandro, yo no dispuro la razón, sino el capricho; (do y pues esto lo es, diré::: Ay, que ni quiero, ni olvi Señor, advierte, que ll Dorinda. Aquí ya es preciso fingir sintiendo: Ojalá p no sintiera lo que finjo! Aquí está el inobediente, necio dueño fementido de mi favor, y al mirarle, rebelde al impulso mío, voy en el echando menos, lo mismo que desperdicio. A qué aguardas? llega, pues estando florido el Mirto, solo de fortuna tienes las cortas horas. Los siglos mejor dijeras. Qué duren las problemas, y los himnos de Dorinda, y Siquis! Cielos, qué lejos voy de mí mismo! Si de tu propio favor, alentado, y persuadido; Dorinda, puede un dichoso, aprender a no remiso, permíteme preguntarte, que concepto es, qué designio? el que dijo en ti, sin ti: , . Ay, que ni quiero, ni olvido. Yo os responderé en sa- biendo, qué motivo es el motivo, el que dijo en vos, sin vos: , . Ay, que estoy favo. Mi intención es un obsequión tan reverente, que quiso, sin dar el merecimiento, extrañar el beneficio. Mi razón es un neutral acto indiferente, en que hizo desvío, y favor, un monstruo, que ni es amor, ni desvío, Si padezco por extraño la pena de no entendido, yo explicare mi discurso mejor. Y quién os ha dicho, que no habiendo de atenderos, gastaré el tiempo en oíros? Eso es saliros de aquel contrato, a cuyo partido la costumbre os obligo de Chipre. Esotro es saliros de aquel precepto, que puso, sin la costumbre el arbitrio. Yo sin decirlo lo dije. Cómo? Observando el aviso de que la voz de Cefisa canoro Oráculo mío, lo diga. Pues yo en Mírtila también sin decir lo digo La piedad es precepto, la esquivez uso, con qué es lo que obedezco lo que repugno. Con esto no tendréis más que saber. Si yo he excedido, no sería, Dorinda, en él intento, si en el estilo. Aún está el risco rebelde! Cautela, pero si aúnvivo yo en mí, no faltando rayos, vendrá a avasallarse el risco. Este era el riesgo a quien tantos corazones se han rendido! Bueno es hacer la flaqueza autoridad de peligro! Ya desde aquí en varias tropas se ve poblar el retiro del Bosque. Pues vamos, no haga mal viso a su regocijo mi lentitud. Y más cuando ha de ser el atractivo dulce acentotuyo, quien las flores del sacrificio ofrezca, y rinda. Ay Arceta! Según en Dorinda he visto, la salbusca del agrado, el huevo del Cupidillo, No vais? Sirviéndoos iré. Aunque las llamas reprimo, Delfobo, en lo que has mirado, siento lo que has encendido. Mírtila, no cese el canto. Cefisa, vuelve al hechizo. Ay, que temo:: Ay, que padezco:: Ay, que ni quiero, ni olvido. Con la boca abierta he estado concertando con mi juicio de un amor Platero, mil feligranas de martillo. Si es atención, si es ofensa, si yo digo, si no digo, si adoro, o si reverencio, si ahumo, o si sacrifico: filetes, que al cabo de está jornada, puestos en limpio, no vienen a ser más que unos disparates entendidos. Pero ya en el Bosque empiezan las gárgaras de los himnos, y haré falta, porque todos hablamos, cuando decimos: Salve, o tu celebre de amor estímulo, en quien los Mármoles son Ara, y Ídolo, y en blandos cánticos de acentos músicos, y en suaves numeros de aplausos líricos, mezclando cláusulas de albogue, y timpaño, salve, o tu celebre, Salve, y pues sobre el A del Alcázar florido le sobran para Templo vanidades al nicho, los argentados dones. Recibe, en quien no ha sido defensa para el fuego la nieve del rocío. Admítelos piadosa, sin que en tu mármol frío viva el incendio ocioso, estando el bulto vivo; que si de amor tu pecho:: Se ha confesado herido, para influir ardiente, basta un aliento tibio. Y no el que yo los traiga, cumpliendo con el rito, los vuelva pesarosos de no quedar marchitos. Que ya sabe la ofrenda:: Que siempre en lo divino antes se privilegia lo amante, que lo digno. Pues hasta que lo logren cuantos hoy te rendimos de aromas vejetables, embelesos nativos, verás como no cesa:: De repetir festivo, canto, que sueña ruego, y enamora suspiro. Salve, o tu celebre, Pues ya de la Estatua el mármol nos dice callando agritos, que no responder de mudo, es hablar de agradecido, y hoy de tu obsequio, Dorinda, cesa el empeño, no omiso olvide el ingenio, que es buen tercero del carino. Dice bien Coriandro; yo, haré, si me das permiso, una pregunta, a que han de ir respondiendo, y al mismo tenor, dando la razón de aquello que han respondido. No solo no lo repugno, Cesisa; pero lo estimo. Pues sentados se discurre mejor que en pie, vaya, digo, de asunto, y pregunta, Si encontraran asi camino de explicar con lo que amo la fuerza de lo que envidio! Albricias, ansias, que ya podéis parecer gemidos. Proseguiré de mi empeño la razón. Enojos míos, no por mirar, que os suspendo, imaginéis, que os resisto. Cuál es la pregunta? Esta. Y cualva el primero? Alcino. Si quien sabe amar pudiera dejar de serpor querer, qué quisiera ser? Qué quisiera ser? Yo quisiera ser salvaje. No ves, que no hablo contigo? Esa es la más alta clase de burros entremeridos. Ya que empezaste, di. Pues yo quisiera ser borrico. Por qué? Por darte mil coces con zapatos bizcainos. Dichoso quien nace aquello, que quisiera haber nacido. Dichoso también quien puede cobrarse de su bolsillo. Tú a mi coces? Mas que pongo el deseo en ejercicio. Tritón, no con tu locura embargües el regocijo de los Zagales. Ya callo. Pues volvamos al principio, Si quien sabe amar, Despreciado de Dorinda, vivo amante, y como vivo consolando lo que sufro, en fuerza de lo que aspiro, ser Deífobo quisiera, y en esta razón me fío. Aunque fingido es el bien, que Deífobo adquirió ni aún ese engaño debió mi porfía a su desdén; ser como él quiero también, o ser él, porque aunque a estar llegue temiendo el pesar de arder, penar, y sufrir, no hay mal como no adquirir (dos venturas, que malograr. Bueno es, que me envidiento. la dicha, que no consigo. Darme por desentendida quiero, hasta ver, qué camino toma Deífobo. Diga ahora Melibeo. Anciano Niño, déjame alentar. Cefisa, vuelva la pregunta. Lindo. Si quién sabe amar, Yo quisiera ser soltero. Por qué? Por no ser marido. Hombre, no quieres dejarnos? No despegare yo el pico. Por la mano me naganado Alcino, pues ha elegido lo que yo eligiera; pero de lo que que la es preciso valerme; y así a poder dejar de ser, ser elijo el mismo Alcino. Por qué? Díralo este silogismo. Despreciado Alcino adora, y yo olvidado me miro, yendo de lo que suspiro gran distancia a lo que él llora: quien le desprecia, mejora su desventura; pues vi, que de él se acuerda, y así ser como él elijo; pues para mí no es mal, el que es mal, que se acuerda de mí, Bien discurrió. Diga mi amo. Va de tercera. Eso pido. Si quien sabe amar, Si yo hubiera de mudar el ser que tengo, a mi arbitrio, ser Melibeo quisiera. Expliquese. Ya me explico. Si del olvido el pesar sabe su fe padecer, quedándole que vencer, tiene mucho que esperar. Yo en dicha tan ingular, cuanto esperaba he tenido, luego más dichoso ha sido, aquel a quien han negado lo que pide, que al que ha dado lo que jamás ha pedido. Y si esto no basta, en prueba de:: Callad, que aunque no bastel lo que os falta para agudo, os sobra para ignorante, Qué descortés! C Qué atrevido! Proposición, que aún no sabe quedar resuelta, no es culpa, No, pero puede pasarse a serlo; y así, porque tanto peligro se ataje, Zagalas: yo, ya he cumplido con la costumbre inviolable de Chipre, sin que os alegue cuanto ha puesto de su parte, lo desdeñoso en rendirse, a que piensen, que es afable. Y pues aquí del fingido favor mío, al emplearse en un loco, ceso el culto, para empezar el desaire, dejadme de mi Cabaña en el rústico villaje, sola, y contenta, de que una vez, que hubo de darse mi favor a alguien, se dio a quien no supo lograrle. Con razón se ha disgustado de su locura. Coraje, veamos si puedo vencerme, a hacer algo por vengarme. Albricias, alma, que ya conseguí, que se irritase. Que haya hecho este desatino mi amo! Ah, señor, qué bien haces, que favores de Na són para la gente de - Aunque era bien limitado, agradezco el que se acabe. Aunque era el favor fingido, estimo el que no le engañe. Amor, no estes tan remiso, pues ya es ocasión. Zagales, a Dorinda no obedece, quien mereció, que le mande: Por qué lo dices? Porque ollando vamos el margen a ese arroyo, hasta que logre en su Cabaña quedarse segura. a Yo iré el primero? Dónde? A servir. Que no pase de aquí haréis. Tanto desprecio! Mirad, que envidias L antes de ahora el desprecio harto, en daros, lo que envidiasteis. Perdonad mi olvido, en fe de que penas dé un amante se acuerdan para sentirse, pero no para aliviarse. La dicha, que Melibeo no logra, siendo para alguien, para mí será, pues tienen hechas pruebas mis lealtades de dichoso con vos. Quién es este hombre, Zagales, tan forastero a mi vista? Quién, porque estimó lla, marse vuestro esclavo, aún no ha per- dido la vanidad del caracter. No os conozco: Coriandro, vamos. astéis. vi Presto os o Si para algo os conociera, fuera (aquí de mis ultrajes!) para acordaros, que vos ser de mi olvidado amasteis, y no es poco, que de mí, ni aún el olvido se alcance. Es verdad. Venid, Alcino, conmigo, que ya que hace verdades de los deseos, quien conoce las verdades; si ser elegisteis vos, Deífovo, aquel arrogante, necio Zagal, por estar favorecido (en la parte, que estarlo pudo) es razón, siendo las causas iguales, que sepáis, que conseguisteis, lo mismo que deseasteis. Alcino favorecido, y yo no! Que este desaire me haga Dorinda! Qué escucho, amor! Estupendo cabe tiró la pícara, y le hizo con condiciones. Pesares, mirad, que os pasáis a envidias. Si en la fortuna; que es grande padece el gozo la pena, de no saber explicarse; disculpado estoy. Mirad con cuantas ventajas sabe premiar, quien como yo premia; pues pidiéndome vos antes un favor violento, os doy una ingratitud constante: venid, pues. Luego podré pensar, que el arbitrio hoy hace lo que ayer hizo la fuerza? Eso no sé; pero baste deciros, que no me ofendo, de saber, que lo pensasteis. Innoble Estatua viviente he quedado. Corra el baile, y atruene la castañeta. Deífovo, si el consolarte, (al ver, que una te desprecia,) puede el ver, que otra te ame, entre las Zagalas hay quien te estime. Ay, bien instable de amor, que al oírte, estoy por decir, que vienes tarde! a Tritón, bueno queda mi amo Ea, celosos volcanes, mas qué nieve es su materia, si a esta actividad no arde. Mi señora Doña Siquis, adiós. Todo el mundo cante. Noble dicha! Dura suerte! Justa pena! Infiel ultraje! Nadie de cortesano busque los males, que ellos tienen cuidado de no pararse: Dame, Deífovo, los brazos y adiós. Pues por qué mudaste aquella ira en este afecto? Porque es pacto muy infame envidiar, y agradecer; y así, cuando pude hallarte, dichoso, fui tu enemigo; del Solio enes e la dicha, vuelvo a nuestra amistad, para pagarte, con la suerte, que te quitas, el consuelo, que me añades. Mas qué consuelo haber puede, en quien elige por fácil, lo que ha de sentir lograr! Mal haya, amén, mi dictamen, y mal haya quien no supo, que es el amor quien persuade. , . Niadie de cortesano, Bien dice aquella armonía, esta queja: mas qué vale conocer el mal, cuando es el sentirle, el remediarle? Yo fui tan loco, que pude, mal hallado en la agradable región de favorecido, elegir precipitarme? Vista, qué antojos tan necios pusiste a los visuales rayos tuyos, que ni fueron, ni ciegos, ni perspicaces? Juicio, adonde me escondiste la razón, por no acordarme, que en los hombres los rendidos son solo los racionales? Y en fin, rebelde, confuso, indomito, delitante, necio entendimiento mío, donde de mí te ausentaste, que no conociste aquel dulcísimo riesgo amable? Tú insensible, ella piadosa? ui rígido, ella suave? Tú infiel, y ella atenta? Oh qué sacrílego maridaje! No quererla ver, ser pudo sedo; pero ya en el lance le haberla visto, no amarl es delito, y tan infame, cuanto a lidiar atrevido, ay desde temer cobarde. Lo que yo pierdo de necio, logra Alcino de constante? Con él hace el albedrío, lo que hizo conmigo el arte? Aquí la dicha fingida? allí la suerte durable? No, amor, no ha de ser; y pues a los muros, que al labrarse, gastó mi razón un siglo, ha abierto brecha un instante, por la boca de la herida respiraré los volcanes del pecho, en cuyo alquitrán, aún se hará pólvora el aire. Muerte, o favor pido a amor que estoy celoso, y no cabe más bien, que o favor, o muerte; pues si con celos no saben morir los hombres, de qué les sirve el nacer mortales? Por esta senda la tropa ve, y aunque ya muy distant los ecos escucho, iré a ver si Dorinda sale de su cabaña al risueño arroyuelo, que la lame, por si habiéndose ido todos, puedo lograr, que la hable mi pasión: acento dulce, que para más infestarme el alma, eres Ruy. Señor, con mil propiedades de Áspid, ya sé, que yo propiohe sido mi misma ruina; no cantes. , . Nadie de cortesano, Mírtila, esto he de debert Quién siempre hizo cuanto pudo en servirte, como dudas, que ahora con el mismo gusto lo hiciera, a poder? Si afable establece el favor suyo conmigo Dorinda, no hay reparo. Si le ay, y mucho; pues querer tú que te entregue su retrato, cuando puso a mi cuidado el guardarle, no es razón, pues será justo su enojo, al echarle menos. Luego han de venir tan juntos los acasos? Porque veas, que a tu voluntad me ajusto, lo que puedo hacer por ti, es, debajo del seguro de tu palabra, fiarle un día, pues ese juzgo bastará para que haga Césalo, que amigo es tuyo, y diestro Pintor, que a Chipre, por indignados influjos, vino de su suerte, otro trasunto de su trasunto; pero esto en la fe también, de que a tisolo se pudo fiar esta acción. La vida me das, pues si yo aseguro tener una copia suya, aunque la consiga a hurto, no tendré rato sin verla. No quisiera:: Que al ver, que hubo confianza entre nosotros, lo maliciasen algunos, vas a decir; y pues mientras de Césalo al pincel busco, podrás tu sacarle, adiós; advirtiendo, que este sumo favor, que te debo, pongo a cuenta de los que busco, en cuyo agradecimiento, aunque pobre Zagal, juzgo conocerás mi fe. Adiós. Vendado rapaz injusto, para que, sitanto tienes qué dar, te pintan desnudo? Loco voy. Sabréis decir, Zagal, si Dorinda: Qué hubo de dar mi amor con Alcino! . Válgame mi disimulo. Proseguiré: Si Dorinda, del pagizo albergue rudo de su Cabaña ha salido, después que el noble concurso la dejó en ella? Yo no sé más, de que no son unos todos los tiempos; y así, sabed, que en tocando al punto de Dorinda, no conozco a nadie, sin que este sumo encono en mí pase a otras circunstancias, en que es justo, que como amigos vivamos; y así, que llevéis procuro sabido, que en los extremos de mi atención, y su culto, soy Deífovo, enemigo de todos; y de ninguno. Id en paz. El Cielo os guarde. Qué vano está de que supo merecer por si la dicha! Oh qué soberbio le puso la misma dicha! Mas cuando, si hay favor, no ha habido orgullo? En efecto, amor tirano, has hecho químico astuto, del yerro de mi desprecio, el oro de aqueste triunfo? Y en efecto: Mas Dorinda, como juzgue, sale al puro cristal de este arroyo, hablarla pretendo: Mas ay, qué frustro en los suspiros, que formo; las voces, que no pronuncio. Si te habrás vengado, enojo? Si te has logrado, discurso? Si aprovechaste, cautela? Pero para qué pregunto tantas cosas, si de todas a una respuesta reduzco la respuesta, con saber si el aleve pecho duro de Deífobo se habrá rendido altraidor agudo áspid de los celos? Sí. Quién me respondió? Quién pudo atreverse a hablar, en fe de ir a decir triunfos tuyos. Triunfos míos? Sí; porque para ser del rayo triunfo, no le estorba a la Cabaña el no haber nacido muro; Sin duda andáis preten- diendo, que aquel tibio, aquel infuso desabrimiento, que en mí aún no bastó a ser disgusto, hoy pase a enojo. Por qué? Porque en la fe de que os su- (fro, osáis poneros delante de mi rencor. Pues cuando hubo acción en un desdichado, que no ande tras losañudo? Venció mi industria. . Tu ceño bien puede; pues no le arguyo, maltratarme, pero no quitar me un consuelo, cuyo alivio, con lo que logro, desfigura lo que sufro. Qué consuelo? El ver tus ojos, que es solo lo que yo busco. Necio alivio es; pues si es fuera que los encontréis ceñudos, (za, yendo a buscar el hechizo os facilitáis el susto, No es si no sabio, pues cuando sin interés los procuro; contento con el reflejo no echo menos el influjo. No es si no necio; pues eso es lo mismo, que el que puso la adoración de la Estatua en solo el mármol del bulto. No es sino sabio, pues esto es ver, que conmigo cumplo, eligiendo, lo que es suerte, pero no, lo que es insulto. No es si no necio, pues:: Pero ved, que el ceceado murmúreo de las ramas, dice, que se acerca a este sirio, alguno de los Zagales, y basta, en el desdén de que uso, el que conozcan; que os miro, sin que sepan, que os escucho: Idos. Si haré; pero en fe de que quedando seguro el sitio de su registro, me ha de permitir tu injusto rigor, que a quejar me vuelva. Primero, que ese segundo intento, es esta obediencia. Albricias, amor, que pudo algo ya mi rendimiento. En qué os detenéis? Del puro arroyo el margen pisando; saber conseguiré astuto, quien fue estorbo de mi dicha. Bien le engañaste, discurso; y pues en viendo, que fue traición mía, y error suyo, es fuerza, que vuelva, esta máscara, que para el uso de los festines llevaba, dará a entender, que le usurpo, en la vista, que le ciego. la dicha, que le rusó. Si con verme esta gustoso, no me ha de ver: y si hubo una locura insensible, haya un desdén absoluto: padezca en no verme, quien me vio, y no me amo. A este inculto sitio, me dijo Tritón, que Deífobo entraba a hurto de los Zagales; y pues ni bien huyo, ni bien busco, fiar al acaso pretendo lo que busco, y lo que huyo. Dorinda es la que de espaldas cerca del cristal descubro; pues por las señas del traje la conozco; y aunque frustro mi intento así; como al verla el salir a hablarla dudo? Mas Deífobo? Ya a mi vista vuelve. Y así quede oculto mi curioso alarde de estos umbrosos canceles rudos. Qué hará al verme, y al no verme? Sin duda, divino asunto de mi mal, que de envidioso el viento fingió el susurro; pues nadie: Qué miro, Cielos! De qué os turbáis? Si me turbo, no es porque donde he dejado elincendio, encuentro el humo, sino de que pueda tanto en lo hermoso lo sañudo, que por vengarse lo ardiente, quiera parecer lo oscuro. Tú eres, Dorinda, a quien yo ha poco, qué dejé aquí? Acia la ingratitud, sí; pero en la apariencia, no. Con una máscara, cela Dorinda el semblante: Amor, escuchemos. Qué rigor te aconsejo esa cautela? Porque no te llegue a ves tu luz, borras celestial, sin advertir, que haces mal en mudar de parecer? Sí, que sin mirarme amó tu enmendado frenesí, por no dar consuelo en ti; quiero dejar de ser yo. Pues por qué tu ceño astuto, tan contrariamente ha hecho, que esté la muerte en mi pecho, y esté en tu semblante el luto? Porque al disfraz, que te as- sombra, estimándole lo ciego, porque a ti te deje el fuego, le he pedido yo la sombra. Ya entendí su pretensión, y la respuesta también. Eso es ya más que desdén. Sí, porque es más que razón. Que quiere tu ceño más, qué saber, que estoy rendido? Qué sepas, que no he sabido agradecer, que lo estás. Eso sí, sienta el dolor de un bello desprecio infiel. Eso dices? Ah cruel! Así me vengo: Ah traidor! Tu crueldad de todos modos. ha de maltratarme? Sí; que aúnte he de quitar a ti la dicha, que es para todos; y si supiera, que pudo mi voz aliviar tu olvido. por no ver feliz tu oído, trajera mi labio mudo, Ya con motivo provoco mi paciencia temerosa: Qué propia esquivez de her- mosa! Qué propia queja de un loco! Pues vive amor, que pues tengo ya hecha la costa al error, me ha de aprovechar amor. Qué intentáis? Mostrar, que vengo a ser lo que vos decís; y pues la razón me dais, a buscar, me ocasionáis el reflejo, que encubrís: Quitad la máscara, o yo, pues loco soy, lo he de hacer. Necio, ignorante, vos ver mi luz merecéis? Sí. No, que pues yo escuchando he esa tado: A buen tiempo, Arceta vino? Tu atrevido desatino (mejor diré mi cuidado) no has de lograrlo. Repara, que cuando de verla huía yo, que la viese quería tur error, y no tan avara, has de ser de mi ventura. Allí el verla era interés de su bellezas, y aquí es agravio de su hermosura. Aunque su acción he reñido, que sienta el fuego he estimado. Mírtila habrá llegado! p i habrá Dorinda salido! qué miro! Ma Mas, qué veo! Deífobo aquí! Aquí Dorinda! No imagine, que se rinda mi pasión a tu deseo. Mas con máscara, qué hará! Mas disimulada, qué podrá intentar! Si no fue bastante mi ruego, habrá ira, que ese intento tuerza: Difícil es en verdad, si no hace la voluntad lo que pretende la fuerza. Cómo vuestra sinrazón pretende un triunfo violento? Ya he conocido su intento. Ya he sabido su intención, Sin mí estoy. Salir elijo a castigar su osadía. Veré el fin de su porfía. Mirad, que una vez os dijo mi voz, que vuestro pesar mire lo que debe hacer. Como he de acertar a ver, si me estorban el mirar? Vos imagináis, que no habrá quién me vengue? Sí. Pues como ha deser, me di, Dándote la muerte yo. Alcino aquí! Raro empeño! Que el día, que llego a ver vuestro loco proceder contra quien divino dueño es del favor, que consigo, en la iraque me provoca, daros castigo me toca. Ni a vos toca su castigo, ni cuando tocara, fuera fácil lograrlo. Pues quién en vista de mi desdén, osadía os dio tan fiera, que piense, que me obligó vuestro afecto de esa suerte? Después de darle la muerte os responderé. Eso no, que yo estoy de su partido, porque en entrambos cuidados deshagan dos despreciados, dichas de un favorecido. Para castigar su error, yo solo me basto a mí. Yo he de embarazarlo así Coriandro. No tu rigor a nadie llame. Zagales. Yo solo salgo a mediar. Pues pudieraste acordar, de que obrando desiguales, en otra ocasión quisiste, que no la viese jamás. También tú te acordarás, de que lo contradijiste; pues quitarla pretendías el velo, porque él la viese? Entonces estuve de ese parecer; y ahora los días, que me hicieron más dichoso, me hacen más desconfiado. Y a mí, que más desgraciao me hacen, me hacen más celoso; y así, Melibeo, no borre mi enojo tu ardid. Qué haré, Cielos! Acudid, que allí el acento se oyó. Aquí mejor es ceder, para atajar tanto mal. Esperad, que si es igual duelo, por ver, y no ver, quitando el inconveniente, queda frustrado el empeño. Cómo yo logre tu ceño, qué más dicha! Qué eso intente tú luz, no el que le castigue estorbará a mi locura, si antes porque lo procura, ahora porque lo consigue. Qué es esto? pues como vos, airado, y loco después, ofendiéndome en los tres, no obedecéis en los dos? Mas esta flecha será quien os escarmiente; pero perdí el arpón. Yo el primero seré, que os le vuelva. Ya difícil es, pues también la así yo. Nadie conmigo, sea amigo, o enemigo, puede competir el bien de esa acción. Soltad, o vive el incendio de mi ardor, que os abrase mi rigor. Quién del suelo la recibe, no ofende tu perfección, haciendo el culto sospecha. Yo he de volverla la flecha. Yo he de llevarme el arpón, Pues de duda basta ya: si todos queréis vencer, discurrid como ha de ser. 3. De esta manera será. Aquí están. Llegad; qué es esto? Arceta, Dorinda, Alcino, Deífovo, hablad. A que es vino, o celos la riña, apuesto. Y a mejor es encubrir mi queja. Di, Melibeo, lo que ignoro, y lo que veo. Pues si yo lo he de decir, esto es, que jamás alcanza mi fe el bien que solicito, pues siempre llevo marchito el tronco de una esperanza. . Lindo modo de explicar! Alcino, en tanto cuidado cuéntame lo que ha pasado. Pues si yo lo he de contar, esto es no haber quien presuma; que hay fijo en amor contento, pues se llevó el mío el viento en las alas de esta pluma. . En las dudas, que a tener llego, Deífovo, de ti lo sepa. Pues si de mí. Coriandro, lo has de saber, esto es ser fatal mi vida, durando en su sinrazón, pues me han dejado el arpón, porque no espere la herida. . Síguele, Coriandro, y tú, Arceta, también, que yo voy tras los dos, porque no me agravien más. Bercebú anda por aquí, Cefisa. Pues, Tritón, abrir el ojo. a En él volcán de mi enojo, va tropezando mi prisa. . Dividida va la flecha; pero yo la cobrare. . Amor, llévame la fe, pues me dejas la sospecha.

JORNADA TERCERA

tercera jornada Cesisa, qué es esto? Esto es, Tritón, que el Ingenio quiere ve en el mismo paso en que una jornada acaba, otra empiece. Pues retirémonos, para ver enqué para el filete de arpón, tronco, y pluma. Pues (que, tú de filetes entiendes? Mas que ella, y no me provo- ya que no me quiere. Mientes. El mentís, supongo, que irá tras el no me quiere. Agradezca a que no es bien, que profanando me encuentren mi entendimiento fecundo con su indiscreción perenne; y después de esto, a que llegan ya todos los contrayentes en el lance de la flecha, que si no yo hiciera:: Tente, Deís A Melibeo, escucha. Si este arpón dorado, mirar restituido pretendes a tu Altar, te engañas. No, soberana Arceta, pienses, que la pluma vuelva. En vano me sigues para que deje de llevar el tronco. Pues basta que envidioso quede, hasta que cobre las otras dos prendas de quien las tiene. Qué es cobrar? sin duda juicio habéis perdido, pues de ese modo habláis, donde han podido saberlo mis altiveces: Pero la loca soy yo, si imagino, que esa ardiente dividida flecha mía, volver sin melindre puede, desde el carcaj de esas ansias al arco de estos desdenes. Y pues alhaja que dio sin mí el acaso, no infiere dicha, o favor; y más cuando separada en partes, pruebe, que suerte con que tres ganan, trampa es de amor, y no suerte. Cada uno con el pedazo, que ha conseguido, se quede, sin que quien el tronco lleva piense, que los troncos mue- ve; sin que quien las plumas logra, juzgue que con ellas vuele; y sin que quien el arpón guarda, imagine, que hiere: pues en mis duras, constantes ingratitudes crueles, tronco a tronco, pluma a pluma, y arpón a arpón, han de verse unidamente irritados, el Noto, que se las lleve, el ardor, que las agoste, y el hielo, que los destemple, Mas porque no tan de balde las consigáis, sin que deje alguna ganancia al ceño, el trato de quien le tiene; el empeño de cobrar las partes que faltan, cese en cada uno; y no porque vuestro peligro me debe el cuidado, de que vidas, que no me obligan, se arriesguen, sino porque no presuman, que quien prenda mía tiene, tiene que envidiar a otro, evitando, que se cuente, que una vez, que hice dichosos he causado inobedientes. Esto es, en cuanto al empeño de la flecha, que pendiente estuvo hasta ahora; y en cuanto vuestro designio, atendedme. La mayor dádiva; el más alto bien, más excelente prenda, que pueden los Astros conceder a las mujeres, es la hermosura, pues a ella sacrificada se ofrece, aquella prerrogativa, de que los hombres corteses, pudiendo ser quien las mande, sean quien las obedece: Mas para que aquesta misma belleza no se revele contra su dueño, pasando a mortificar la mente, es preciso, que recaiga (pues solo así se establece) en una altivez atenta, en una paciencia alegre, en un disímulo afable, en una atención decente; y en fin, en una alma, que lícitamente encadene, sin la nota de lo fácil, el premio de lo clemente. Porque si (bien como en mí) la hermosura se entreteje, con una ira que mate, con un desdén, que desprecie, con una vista, que enoje, con una rabia, que infeste; y en fin, con una alma, que lo que motiva desdeñe, no es premio, si no castigo, no es ventura, si no muerte. Porque a mí de que me sirve un Imperio, que sujete las almas, si más que finas las quisiera ver rebeldes? Si yo aborrezco los triunfos, que mi vanidad adquiere, darle al ceño de quien triunfe, no es darle lo que aborrece? La cadena, que el amante arrastra timidamente al oído de mis iras, no adula, si no estremece, pues sonando a Imperio, es fuerza, que como a esclavitud sueñe. De suerte, que violentada la hermosa, precisamente, a ir contra su natural, ha de vivir, sin que espere otro consuelo, que aquella paciencia de no tenerle. Dígalo yo, pues objeto de cuantos Zagales tiene Chipre, he nacido a ser Astro, con propiedades de Sierpe, tan indignada, tan fiera, y tan esquiva, que al verme amada de quien no amo, (corazón, no sé sí mientes!) . he sido, turbando vuestros júbilos, y vuestras leyes, azar de las alegrías, disensión de los placeres. Pedirles a las Estrellas residencia, al ver que mezclen los dos contrarios imanes de hechizos, y de esquiveces, no es posible; avasallarme yo a rendirme, no lo puede conmigo mi ser, y cuando lo pueda, no lo consiente. Negarme a las permitidas atenciones reverentes de Chipre, es mucha crueldad, pues el desdén no hay quien niegue que excesivo es sombra, al paso que moderado es afeite; con que entre las dudas de, ni extrañarme, ni vencerme, he pensado, industria, que estos contrarios extremos medie. No siento yo el que me adoren, que la ingratitud más fuerte, si el humo del culto calla, el fuego del aire enciende. Lo que siento es escuchar, que me adoren solamente: Mirad, que hará el oír, que me adoren, y me requiebren? De suerte, que si en lostres, que sin ofender me ofenden, pudiera encontrarse un modo para que de mí se quejen, sin quejarse a mí, y de amarme a mí, sin mí, de tal suerte, que sin que yo los escuche, deje, que ellos se lamenten, menos sentido estuviera mi dolor, menos ardiente mi volcán; y en fin, mi enojo menos mío, pues al verse sin el ruido de las ansias, dejara pasar las muertes. Y pues hoy más declarada con vosotros, que otras veces, el medio he dado, pensad el modo de obedecerle, asegurando, que yo en tanto haré, porque encuentre, agradecida a servirme, razón para convencerme; siendo, si acaso lograre ceder (pues venciendo cede mi rigor en algo) quien se prefiera a merecerme, quien más noble, quien más sabio, y más atento, supiere quejarse dé mí, sin mí, (como ya he dicho) y quererme a mí, sin mí, porque en esta duda, veamos como vencen tres sentimientos leales una ingratitud aleve. Discretamente, Dorinda. sin negarse, ni vencerse, se ha vencido, y se ha negado. Mucho sentiré, que en- cuentre, Deífobo, el modo de hacer deuda el favor. Qué os suspende? La extrañeza del precepto. Pues hombres impertinentes, si a ella os habéis de quejar, sin ella, hay más de meterse en su Cabaña, y hartarse de quejarse cuando duerme? El consejo es como tuyo. Aunque sé, que quien previene muy difícil el enigma. anda, tras que no le acierten, lo he de intentar, porque al fin, cuando la dicha se aleje de lograrte, no ha de huirse la dicha de obedecerte. Ardiendo en la envidia voy, . de que me impida, que lleve pluma, y arpón. Aunque sé, que quien induce a que trepe la cumbre un ciego, no mira a más de que se despeñe, por ver si puedo adularte, he de procurar perderme. En fin, sin cobrar me voy tronco, y arpón. Ya con este van dos locos, y ya escampa, Vos, qué decís? Que aunque tiene dificultad la obediencia, será preciso, que esfuerce mi ceguedad a buscarla: Ay dulce lisonja aleve! . Pues como al ver, que se ausentan rendidamente corteses los dos, no vais como ellos a prevenir diligente el medio de hallarla dicha? Porque venturas, que penden del acaso, no se buscan, que ellas son las que se vienen. Pues idos a no esperarlas. Eso no, bueno es, que hiciese, no habiendo de verte más, la locura de traerme adelantado el pesar? Tú, que airadamente eres, quien pone la ley, de que no pueda mirarte, vete, y no quieras, que yo sea tan necio, que me le abrevie tan antes del antes, que antes con antes te deje. Pues para que aún ese corto tasado consuelo os niegue, me iré. Quién en cuerpo imnoble ha visto el alma pendiente! Arceta, Coriandro, vamos. Tu nos guía. Ya parece, que este peñasco, sino se desploma, se desprende. Venid, Zagales, Cantando iremos, por si divierte Dorinda su pena. Amor, haz que Deífobo acierte. Yo me voy por no alegrarle. Y yo por no entristecerle. No hay en amor venturoso, que no tenga un envidiado. No hay en amor desdichado, que no tenga un envidoso. Que no hay dichoso en amor, que a otro no envidie, es verdad, que una noble voluntad aún apetece el dolor. Pero, que en amor no ha habido (bien como yo) un desgraciado, que no halle un enamorado del favor, que no ha tenido, es mentira; porque a mí, quien, Cielos, me envidiará, si no que me envidien ya la razón del frenesí? Yo huy a Dorinda, y infiel, insensible, y desleal, parecer irracional costó hacerla más cruel. Si vuelvo a ver mi cuidado, mi pena hago más esquiva, que es muy cruel perspectiva la de un favor mal logrado. Pues qué haré, Cielos! sufrir, llorar, padecer, callar sentir, y no revelar las razones de sentir. Diga otro, si es que ha logrado el título de dichoso: No hay en amor venturoso, que no tenga un envidiado. Que a mi proseguir no toca su canción, si en su canción han labrado del arpón, mordaza para la boca; en cuyo afán temeroso callare, que ha pronunciado: n amor des- dichado, que no tenga un embdioso. Bien dice el sonoro, dulce, cadente, halagüeño imán, que hallando en Dorinda el norte, hiere lo mismo, que atrae; pues si yo, siendo con ella tan infeliz, hoy no tan infeliz soy, que no deba al influjo desigual de mi estrella, discurrir, como la sabré obligar, envidiosos tendré de esta dichosa infelicidad. Siguiendo de Melibeo los pasos vengo, con tal miedo, que aún él ten con ten estorba el pían pían; porque como soy discreta, a Dios gracias, andotras los que aman, para aprender la gran discreción de amar. Hablando entre si suspira: acecharele, detrás de este tronco, Ahora bien, alma, esto ha de ser: Tú, puñal, sirve de merecer, pues no hay licencia de vengar, y este tronco:: Aquí de Dios, que me dan muerte, no hay quién me socorra? Tú aquí, Cefisa? No me hagas mal, por Santa Dorinda, que es tu más fiesta de guardar, No contra ti mis impulsos iban. Pues contra quién? ya que la piedad me aseguras. No me nombres la piedad, que has dicho, Dorinda, y sobra el término que no hay. Sepa yo, qué intentas? Presto, si me escuchas, lo sabrás. Fecundo esplendor de Alcides, que entre todos los demás Árboles, naciste a ser el corpulento Jayán del Bosque, pues te descuellas, vasto el cuerpo, el bulto igual, adusto el traje, la greña riza, y rugosa la faz, un nombre vengo a esculpir en ti, y si albricias me das, diré, que es el de Dorinda: mira, si mal te estará, siendo entero florecer, lo que era hoy medio brotar. Cuídame bien de sus letras, o Árbol, sin desconfiar mi seguro en tu atención; pues este peligro hay en quien para ser tercero, ha nacido muy galán. Qué bien al agudo filo de mi adulado pesar va mordiendo a la corteza la porfía del metal! é presto escribes, pues, o estoy ciega, o dicenya, Dorinda las letras. Tú, Cefisa, porque dudar no puede esa fiera hermosa, cuan obediente es mi afán, dila, que si fue el precepto el acertarse a quejar de ella, sin ella, en su nombre substituyo su Deidad. Y pues de esta aperecida, infausta felicidad intérprete has de ser, dila:: mas nada la digas: Ay, que amante del nombre, solo el nombre me ha de escuchar! Por lo menos, si es su dama el Árbol, no costará mucho el enviarla en Abril, un tapapiés de cristal; Hy tal cosa! Pero Alcino viene, y pensativo, trae sin duda otro, que tal tema. Perdóneme tu crueldad, o tú, viva reflexión de aquel helado volcán, las quejas, que oyes de mí, que aunque te hayan de enojar, traigo, para que me escuches orden de tu original. Bien haya el diestro, sutil colorido artificial, rasgo cortes, que ha medidas líneas de atento compás, sin la sombra del desdén, copió el bulto a la beldad; y bien haya:: Mas Cesisa, tú aquí? Bueno es preguntar lo que me has de responder. Pues dime, qué novedad es, que un triste, porque el viento le vuelva al eco cabal, dé a esta soledad sus quejas? Mal busca la soledad quien trae compañero a ella. Si lo dices por mirar en mi mano este retrato, (sabiéndolo, llevará noticia a Dorinda) en vano juzgas, que hacer es capaz compañía al padecer, quien hace empeño al matar. Pues de quién es? De quién pudo ser, si maltrata! Ya estás entendido. Pues porque nada tengas que ignorar, viendo, que a Dorinda había de amar sin Dorinda, en tan parlero silencio, que se explicase con callar, suplo su luz con su copia, porque no tenga el afán, ella de saber, que amo, ni yo el de dejar de amar. Bien pensaste, mas también pensó bien el que en igual empeño, bien como tú, ser del retrato galán, ser galán del nombre suyo eligió, con que aún no has vencido. Pues esta industria, hay quién me compita? Si hay; y porque yo con Dorinda, tengo al Bosque debajar, y haré falta, si lo digo, ese tronco lo dirá. . Para qué lo ha de decir él, si ya la perspicaz aguda comprensión de esta adorada ceguedad, mirando para no ver, lo supo ver sin mirar? Quién será el feliz, que supo esculpir en el dental rugoso, de ese florido, verde Templo montaraz, para que no cese el culto, el nombre de la Deidad? Mejor que yo su atención ha elegido, claro está, porque el nombre puede ser de muchas, y esta señal. de ella sola, pues como ella otra no ha de haber; demás, de que esta copia se puede, y a perder, o ya borrar, y aquel nombre no, pues tiene por eco su eternidad. Que no haya de haber acción en mi amor, sin envidiar la acción de otro, creyendo, que siempre ha logrado más, que la propia diligencia, la ajena felicidad! Pero por qué no reparas, discurso, en que en los dos hay para mi consuelo, una inmensa desigualdad? Pues este retrato a mí, no me le pueden quitar, andando conmigo, y yo con tanta facilidad le puedo a él quitar la imagen, deshaciéndola el altar; y pues entre envidia, y celos ninguno me culpará, que amando envidie, y amando, me vengue, me he de vengar de quien le escribió, porque al borrarle:: Dónde vas, Alcino? Qué sé yo donde me arrebata este mortal delirio. Cómo no sea acía mí, apriete, Zagal, la mano. Deífobo, y es tuya la intención, que al estampar T el tronco, en el tronco, hizo un todo cada mitad? No, que no soy tan feliz, y hasta ahora no pude hallar la senda al acierto Linda pared de Universidad! Sin duda de Melibeo fue el impulso: queda en paz. Qué, con enigmas se viene? Sin más explicar, te vas? Qué hay que explicar? en diciendo, que si para lisonjear a Dorinda, has de inquerir senda a la dificultad de quererla, sin quererla, no se valga tu pesar del nombre, ni del retrato, que en mí, y Melibeo están, por si nos pueden servir, quejándose, sin quejar. . Jurara, que vi caer yendo a sacar el puñal a Alcino, al pie de este tronco una prenda, mas será ilusión de mi interés, No se valga tu pesar del nombre, ni del retrato, que en mí; y Melibeo están, por si nos pueden servir, quejándose, sin quejar. Aleve estrella, que quieres de mi paciencia, que te has conjurado contra el noble tesón de mi voluntad? No basta; Quién está aquí? Arceta? quién ha de estar padeciendo, que no sea un infelic immortal? Así me vengaré de él. Mas que trae otra que tal embajada! Pues de aquí te retira a suspirar, sin riesgo de que Dorinda, que a la amena soledad baja del Bosque, te pueda escuchar, sin escuchar. No lo dije yo! Ya echaba yo menos en su impiedad el precepto, y el que hubieses. de ser tú, quien me le tray. Qué extraña el no conseguir, quien no tuvo que esperar! Tienes razón: Tritón, vamos. Tan sin resistir te vas? Quieres, que en no obedecer, pierda el modo de agradar? Id con Dios. Guárdete el Cielo. Con mucha paciencia estás, Termino tiene el sufrir, con que en llegando a sobrar el incendio, será fuerza desahogar el volcán. . Haz tú lo que con Cefisa yo hago, que es, en sanapaz, no dárseme nada, de toda su divinidad. No sé, corazón, si siente mi cariño disfrazado, el que al irse, haya acertado, a parecer obediente! Dorinda, a quien enamora su esclavitud, le aborrece, sin hacer cuanto merece, quién por adorar adora? Y yo, que a su dulce empleo corresponder solicito, para suplirle el delito, aún no le debo el deseo? Si el viento de la mudanza, en flor mi esperanza deja, será mucho, que mi queja, pregunte sin mi esperanza? Flores, sabreisme decir, quien es una luz esquiva, que para su copia os hurta los colores, qué os imita? Dorinda, Dorinda. Ya del eco los desvelos, respuesta a la duda hallaron; mas cuando no adivinaron Oráculos de los celos? Dorinda sin duda llega a este sitio, pues veloz la advertencia de la voz su nombre dijo; y pues ciega, al verla la envidia mía, temor, que el etna reviente; fuerza será, que me ausente de su perfección, el día, que mi frustrada venganza, con no escuchar se consuela, que del viento la cautela, me repita en su alabanza: Flores, sabreisme decir, Si no lo dicen las flores, será, porque no se atreven; pues hecho el pecho, no deben de tener a tus rigores. Yo, a quien su ardor avasalla, que mejor lo diré, creo. Ah, señora, Melibeo:: Ya lo sé; prosigue, y calla. Quién es quien logra, que tantas reverentes clavellinas en el aliento se abrasen, porque en el labio se tiñan? . Dorinda, Dorinda. Cuando el clavel mereció vestir tan alto rubí, bien hace en dejar en mí la sangre, que le sobró, viendo entre herida, y aliento la distancia conocida, que hay de tu aliento a mi herida. No cantáis? Qué atrevi- miento! Quién es quien hace mas tersos los jazmines a su vista, pues en la frente, que nievan, crecen el candor, que envidian; Dorinda, Dorinda. Si pálido su color, hace amor, que sete venza, lo que en el clavel vergüenza, es en el jazmín temor. Mas como trueca su fe el color, y no el afán? Pues las Zagalas se van, presto le responderé. Quién es quien el Ma- yo afrenta, si el rubí partido anima, pues son rosas, que pronuncia las palabras, que marchita? . Dorinda, Dorinda. Rosas son cuantas alienta, mas con una distinción, que las que respira, son eco de las que ensangrienta. Proseguiré el tono? Sí, y vete con las demás, que quedándome yo atrás, lograr pretendo (ay de mí!) mas suave en la distancia la música. Dices bien. Aún no ha vuelto. Ahora, desdén, he menester tu constancia. Bien la industria se ha lo grado, pues del nombre me he valido. Qué oigas, señora, te pido, como dice mi cuidado: Quién es quien de él Eburneo las doradas flechas vibra, hiriendo con las que niega, aún más, que con las que tira? Dorinda, Dorinda. Ahora sí, que ese rumor acertó a explicar tu ser, que tu naciste a tener imperio sobre el amor; en cuyo concepto abona mi amorosa fe rendida, que se castiga mi vida (no el día que se perdona; mas no el que me huya inhuma, el arpón, que me mato; me estorba el buscarle yo. Loco, atrevido, villano, descortés, necio, ignorante, y amante, en fin, que este es tu mayor delito, pues todo lo eres, siendo amante, así tu razón cumplió la palabra dada? Así me adoras a mí, sin mí? Pues a quién adoro yo? Luego mentirá el acento, es que osado te escuché. Yo solo sé decir, que ni digo verdad, ni miento. Viendo amor, que les negabas el semblante a mis porfías; pues a ti, sin ti, querías que amasen los que no amabas, de tu nombre me valí, su voz al aire escuche, y como mi norte fue, el nombre tuyo seguí. Con él hablé, no contigo, porque yo no me atreviera al delito, si no hubiera seguridad del castigo. Y pues solo al nombre hoy ha de enamorar mi fe, ninguno culpara, que arás el nombre, que amo voy. Pues distante la hermosura, que me repitió su halago, dice, para más estrago de mi discreta locura: , é. Flores, sabreisme de- cir, Y qué testigo tenéis, de que solo el nombre amáis? Pues hablar no me dejáis, de este tronco lo sabréis. De este tronco se infiere, qué yo desprecio el alma? mas qué tronco no ha sido verde padrón de mi crueldad ingrata! Volver a verle quiero, y al temer si me agravia, aún no se atreve el rostro a desmentirla la pereza al alma, Mas qué discurro, cuando sin testigos se halla mi desdén? Verle quiero, que en él no hay riesgo, pues en mi hay constancia. Esto ha de ser. Fortuna, siempre conmigo airada; si adoro, y tengo envidia, para qué me conspiras más dese gracias? Perdí el retrato, que era consuelo de mis ansias, y a saber de las flores vengo, a donde estarán mis es peranzas? Mas Dorinda acía el Árbol, donde su nombre grava Melibeo, encamina, fija la vista, y tímida la planta? Ay infeliz! Ya, Cielos, si el susto no me engaña, veo formar mi nombre letras de nieve, en nema de eso meralda. De mí, sin mí, se queja, de mí, sin mí, se ampara; ojalá yo pudiera vencer en mí lo que de mi falta. Sin duda: Mas, qué veo! Qué es en lo que repara Dorinda, que suspensa; con el aliento inhabilita el habla? Entre la seca broza, que al pie deltronco guardan, del desecho de Enero secas cortezas, y difuntas ramas, la copia, que en Mírtila guardó mi confianza, yace arrojada; miento, que perdida estará, mas no arro- jada. Qué acaso habrá traído mi retrato a la estancia del Bosque, en cuyo seno, áspid dormido, abenenó la grama. Cobrarela, pues nadie verlo puede. O me engañan las ceguedades, linces, con que miran de amor las pers- picacías, o el perdido retrato, que al pie del tronco estaba tomó; sin duda, Cielos, que al sacar el puñal, perdí la estampa. Mas en qué me detengo, si las demás Zagalas me echarán menos, cuando alegres corrén, y traviesas vagan? Pagárame Mirtila, traición, u olvido. Aguarda, que ni traición, ni olvido tu luz afrenta, o tu atención en- gaña, Segundo loco es este! Y con más noble causa, cuanto hay en dos extremos de amar el viento, u adorar la llama. Dejadme libre el paso. Pues di, quién te le embarga? Vuestra queja. Mi queja? (za. solo es aire, y el aireno embara- Mas, pues, perdido el miedo tengo a tu nombre, ingrata, no te has de ir sin oírla, ya que el error has hecho de nombrarla. Yo oiros? Sí, tu oírme, que no siempre negada a la piedad la imagen, ha de ocultar el mármol de las aras. Ya sé, que Melibeo, cuando tu nombre encarga al tronco, que persuade, al tronco mueve, pues al tron- co ablanda. El enigma registras? A mirarle te paras? y absorta le construyes? niégame, pues le atiendes, que le amas. Bien pudiera vengarme, borrándole mi saña su cifra; pero como, si es nombre tuyo, acertaré a borrarla? Hasta aquí pudo el pecho andar cortés, mas no hasta tu variedad traidora, pudo durar la envidia cortesana. Mintieron tus desvíos, y después de ellos, cuantas cóleras desdeñosas descubrieron lo mismo, que dis- frazan. Dichoso él, y yo infelice, pues viviendo en tu gracia, canta dichas, al paso que sustos llora mi desdicha:: y Basta, basta, una vez, y muchas repito; y aún no es harta, según es tu osadía, la fuerza del imperio; calla, calla, necio Zagal, indigno, de que aún siendo irritados, consigan tus oídos, el céfiro beber de mis palabras. De Mudable me arguyes? Es capaz mi constancia, de permitir al pecho el que al uso del gusto vista el alma? Es esta la obediencia? Sin motivo me agravias. No respondes? Sí; y dime, si sientes que obedezcan, porqué mandas? Lo que mandó mi ceño, es, que sin mí, me amaran a mí. Pues eso mismo hizo mi servidumbre, Di tu infamia. Viendo, que Melibeo, tu nombre festejaba, y en ti, sin ti, ponia dos veces el color de su espe- ranza, ser eligió mi pena, por competir su instancia, galán de tu retrato; pues en él tú tan lejos de ti es- tabas. Perdile, era fortuna; llorele, fue desgracia; hallástele, fue acaso; vile en tus manos, díjele mis ansias. Con él hablé, él me hoía; gemí, tú lo escuchabas; y en fin, me castigaste, porque creías lo que yo ignoraba? De mí, y de Melibeo son unas las dos causas, con que para el castigo ninguna es culpa, o lo han de ser entrambas. Corrida estoy, pues pudo mi cólera indignada desairar el enojo, . con no inquirir el mérito audacía. Que entre los tres Zagales hallen industria, o traza los dos, de amarme, y falte industria, a quien quisiera, que la hallara! Para la ofensa pronta? Para el alivio, tarda? Qué es esto? Esto es haber culpa, donde es más culpa el castigarla. Idos. Cómo, si dejo la copia, que es mi dama, en poder de un enojo, que sé, que trata mal a cuan- tos trata? Pues si solo mi copia os detiene, tomadla, que yo misma a mí misma me aborrezco, si sé, que me idos latran. Ahora con mi tormento, pues vuelven las Zagalas, . me iré donde me escuches. No es todo uno viviente, o re tratada. No; edes negarme, que en tu estampa algún consuelo dice ira, que de ser ira se retrata. . En fin, dolor reprimido de mi ceño violentado, quien te desfigure ha habido, sin que se queje el cuidado de que no han obedecido? Retrato, y nombre, fue trato entre Alcino, y Melibeo, y aquel insensible, ingrato, solo porque lo deseo, no halla nombres, ni retrato? Ah Deífobos, traidor, es este aquel frenesí, que amor me vendió tu error? No, porque si fuera amor buscara su objeto en mí. Mas, de qué sirve, pesar, que rendido mi poder, a estimar sin estimar, cuando él piensa en olvidar, piense yo en agradecer? No darme por entendida quiero con Mirtila; y pues ya de la selva florida, pise el riesgo, mejor es no recelar la caída. Viendo, que te habías quedado, volvemos. Di, qué has sentido? Un desprecio adivinado. Pues quién te desprecie, ha habido? Sí, porque hay un despre- ciado. El desdén, con el desdén, habla contigo. Ay, Sirene, que en descuidarse también hace bien, el que no tiene, que malograr ningún bien! Por si tu melancolía borra nuestra diversión, cantaremos? Pena mía, pues me quitas la razón, llévate la fantasía. Quieres, que hasta donde está la Siquislleguemos? Sí, que penas de amor sabra, y aunque es de mármol, quizá tendrá lástima de mí! Pues ya, que tan triste estés, cantando, señora, iremos. Deífobo, dónde estás? . Mas, cuanto va, que tenemos otra enamorada más? Si el ajeno mal pretendo, el propio bien despreciando, es, porque, para el que ardiendo empieza a envidiar queriendo, siempre hay que envidiar amando. Tenle, Coriandro. No estorbes, con tu respeto mi estrago, noble anciano; porque no es piedad, queren, que un infausto influjo, quiera hacer más desdichado a un desdichado. Qué es esto, Deífobo? Mas, que le suelta! Esto es, Coriandro. querer, que me haga dichoso el morir de enamorado. Ese es delirio. Es verdad, porque este es amor. Y añado yo, que es amor, y delirio, porque haces versos. Villano, de mi martirio te burlas? Vive amor! Miren qué santo! Que al Mar te arroje. Y seré el primer Tritón pescado? Deja, que de aquella Roca, que es arenoso padrastro del Mar, aún no bien herido de las hondas, ni los años, al cerúleo rizo undoso, movible sepulcro helado, me precipite, porque ese dulcísimo riesgo ingrato, vea, que mis dos despeños, unidamente contrarios, son, uno por no mirar, y otro por haber mirado. Vuelve en ti, Zagal, y si es, que merece mi agasajo, que el mudo silencio tuyo, de alguna licencia al labio; explica tu mal. Que tú eres el locopienso; pues cuando sosegare mi despecho, si vuelvo a pensar mi daño? Y en fin, que pretendes, que te diga el desalentado porfiar de este cobarde valor de mi desengaño: , . Si el ajeno mal pretendo el propiobien despreciando. Ya el viento ayuda tus voces? prosigue. Inténtaslo en vano, que para mi mal, aún es poco Oráculo ese acaso. Poco Oráculo es? y es la tema del sermón? malo, el hombre tiene los sesos asomados a los cascos. De mí, Coriandro, no esperes más respuesta, en el tirano dolor, que sufro, que amor, y envidia. Miren si es barro! Envidia, y amor? Sí; pues para quien desesperado , . Empieza a envidiar que- riendo, siempre ay, que envidiar amando Que Melibeo en el nombre su ardor explique postrado, bien como Alcino, en la hermosa similitud de un retrato; y yo (ay infeliz mil veces!) no haya visto, no haya hallado senda a la voz, luz al juicio, cifra al alma, industria al labio! En llegando a discurrir este desdoro, este agravio de mi cariño, enajeno toda la razón, que alcanzo; pero en qué pienso, morir, solo es buen remedio. Y sano. Chipre, de amor Monarquía, Templo, obelisco del Prado, Siquis, Deidad de la Selva, Mirto, requiebro del Mayo, Cabaña, albergue de un Cielo, Zagales, Ninfas, ganados, Dios, y a Dios:: Al decir Dorinda, el aliento helado, para no formarse en voces, se ha dividido en pedazos: que yo, inconstante ojeriza de las injurias del hado, pues en mí me vengo, a mí lo que me debo me pago. . Oye, espera, escucha, aguarda. Corro, sigo, vuelo, y ando, fuera mejor. Y a tras él penetro al Bosque Sagrado el ver de silencio: Amor, qué te han hecho los humanos? Al mismo retiro, en que Doña Siquis de Alabastro, mujer fuera, si viviendo, no supiera estar callando, se va, como un rayó, pues piensa así hallar el atajo, para echarse al Mar más presto. Ahora bien, seo Tritón, vamos tras él, aunque de aquí allá lo pensará más de espacio. Zagal, espera. ̱. Prosigan las armonías del canto, pues ya donde está la Siquis llegamos. Deifovo? Amo? A nadie escucho solo, que dice el viento reparo:: , . Si el ajeno bien pre- tendo, Arceta, oíste entre el dulce, sonoroso hechizo blando de la música, unos medios confusos ecos lejanos, que el viento nos trujo? Sí, y jurara al escucharlos, que decían:: Oh tu undoso de Venus rizo Palacio, si helado ayer en tu curso, ardiente hoy en mi contrato, la sabia locura admite de un infelice, que:: El paso tened. Dónde vais? Y ved, que habláis conmigo. Si a tanto milagro es preciso el susto, ya sobra el precepto al pasmo. Ved, que no os quita el delito, la disculpa del milagro: Qué riña la que yo busco! Qué huya yo de lo que amo! Yo, Dorinda, cuando al verte: sin mí estoy. Gracias a Baco, que ya le encontramos. Dónde está Deífobo? Ay, Coriandro, que más perdido estoy, pues con Dorinda me has hallado: Tú nos informa. Eso no, que no hay razón, de que estando padeciendo yo el tormento, me confiese otro el cuidado. Pues habla, qué aguardas? Ea, atrevimiento, ya estamos en el lugar del delito, u castigo, u desengaño. Mas que ahora no quiere echarse al Mar? Atención, oigamos. Bellísima disculpa de mis hierros, al fiel ardor de mi razón dorados, hierros dije, y bien dije, que estas señas son sérvil vanidad de los esclavos. Yo ofendí tu beldad, cuando quería precipitarme al Mar, como si estando tú en el margen, no hiciera el mismo efecto, que aquí el original, allí el traslado. Si tu ira me eligió para vengarse, no me está bien saberlo, ni probarlo, basta, que me eligió para el dichoso, noble ejercicio de galán criado. Aquel tibio cariño, que en mi pecho descortés parecía de templado, no fue insensible sinrazón del alma, sino atenta lisonja del agrado. Si tú eres desdeñosa, y me elegiste por menos peligroso, y menos cauto, decir luego que amaba, fuera luego desmentir tu elección, y mi cuidado. Así, que al nudo del amor violento la costumbre de Chipre rompió el lazo, no fue todo el incendio reprimido actividad del fuego respirado? Si en los juegos propuso mi discurso trocar por tu desprecio tu agasajo, fue quererme hacer digno desvalido, para adquirir un premio voluntario. Ofrecerme a las penas, es ofensa? Solicitar los ceños, es agravio? Ajusta cuentas tú con tus trofeos, y veremos quien debe a tus aplausos. Yo te adoro tan noblemente fino, que en las llamas del culto que consagro, sin el humo del ruego se consume el fiel desinterés del holocausto. Tu bien puedes matarme, en no quererme; mas si por no quererme tú, me mato, no has de quitar la vanidad al alma, de que vino mi muerte de tu mano. Piedad pretendo, enojos desaliento, suspiros formo, lágrimas derramo; pues qué? nada podrán con tus desdenes, ni el ay del viento, ni el cristal del llanto? No, amor, no, amor, que aunque tu ceño esquivo esté con mis suspiros enojado, es preciso, si me oye, que le adule la humilde compasión con que persuado. Qué respondes? Que quieres que responda, (brotó mi envidia) si al mirar tu engaño, conoce en el sonido de la queja, que siempre es muerte acento, que es encanto.) Y pues desobediente a su precepto sin Dorinda, a Dorinda no has hablado, darte el gusto pretendo de que mueras. Ay infeliz, que moriremos ambos! Arceta, pues en que te desobligo, que contra mí te irritas? Oiga el diablo! Diola de recio. Sin saber que hacerme, estoy, ni resolviendo, ni dudando. Ninfas, Zagales, Melibeo, Alcivo, Pues qué intentas? Qué quede castigado. Si uste es desfacedora de los tuertos, doite con un Vizconde por ensalmo. No hay quien vengue un oprobio de Dorinda? Perdido estoy! Qué responder no hallo? 2. Oprobio de Dorinda, y sin castigo! Con estos dos terceros pujo el cuarto. Sí, pues, Deífovo, aleve:: Ay ansias mías! Vil transgresor de aquel pasado pacto:: Dame salida, amor. Habló a Dorinda. Albricias, alma: yo a Dorinda no hablo, Qué dirá? Pues a quién? A ese insensible bulto frío, tan sombra de sus rayos, que para estar segura del incendio, carámbano de amor se vistió el mármol. Vuelve la espalda, y mira tú, Dorinda, cuancerca de ella tu beldad ha estado, que equivocado el Ídolo en Arceta, no acertaron cual fue mi Simulacro. Y pues dada a los tres palabra tienes, de que el que más sutil modo encontrando, a ti, sin ti, te ame, y te merezca, yo te merezco, pues que yo le he hallado. La primer dicha es esta de mis dichas. Luego dirán, que no es discreto mi amo! Dio en la nuca al concepto, Estoy corrida. Oh mintió aquel despecho, o este acaso. Quién creyera, que estando tan perdido, . la precisión de hallarme disculpado, metrujera en la Estatua de la Siquis, lo que yo no encontrara con buscarlo! Si a Dorinda no ofende nuestra noble competencia amorosa, verás cuanto mayor es mi leal merecimiento. ntrambos. Yo con una razón venceré ha e Ea, albedrío, véncete siquiera esta vez sola, y de una vez salgamos, de esta duda, tan duda de las dudas, que en cada solución engendra un C 3. Dasnos licencia? Sí, que menos riesgo habrá en la de cisión. 3. Pues oye. Veamos quien lleva el gato al agua del carí O. Pues pon luego al pie de él: Aqueste De Dorinda el nombre, para adorar elegí, si en el tronco le esculpí, el viento le dibujó. Si al nombre, a la imagen no, rendida mi fe se ofrece, el nombre es quien la merece, pues cuando mi mal la aplace, el aire me le deshace si el tronco me le florece. Quién el nombre idolatraba, público el objeto hacía, yo, que el retrato escondía, porque temía, callaba. Mientras el retrato estaba conmigo, nunca saber mi amor pudo; luego a ser vino acción más singular, que adquirir, y publicar, no esperar, y enmudecer. El nombre dice memoria, el retrato semejanza; luego ya vuestra esperanza os consiguió alguna gloria. Yo que amé, sin más victoria, la Estatua, hago superiores mis penas, y sus rigores, pues ni entre líneas, ni vientos me da el nombre sus acentos, ni el retrato sus colores, Yo al tronco su nombre di, porque el tronco me tocó de la flecha que perdió. Del retrato me valí yo, porque la pluma a mí me sirviese de pincel. Yo a la Estatua busqué fiel, porque en esta oposición, el que mató, como arpón labrase como cincel: Y en fin, porque de una vez veáis la desigualdad, escúcheme tu piedad, Dorinda, y no tu esquivez. Si el nombre de tu altivez alega, que innoble pudo estar en el troncorudo, y mudo el retrato, quien niega a esta piedra también, ni lo innoble, ni lo mudo? Si ha helado Cierzo el consuelo dio, cuando tu ceño ama, Melibeo, en cuya llama sirvió de eslabón el hielo; si a insensible bronce el celo de Alcino, sio apacible su amado objeto imposible, repara bien tu traslado: Mármol es, qué más helado? tú eres, qué más insensible? De Siquis la Estatua ves, y tú la Siquis has sido, nombre, y copia han pretendido tu hermosura, como hoy es; luego veamos de los tres, si en amarte a ti consiste, sin ti el premio que ofreciste, en quien más razón infieres, con quien te ama, como eres, u te adora como fuiste. En cuya razón. Detente, que mal pudiera lo extraño de mi desdén resistir a esa obligación mi mano. Qué esto escuche! Qué esto vea! Boda hay? puestaño, buen año. Y así, Deífovo: Detén también, divino milagro de amor, la voz, hasta que una, y mil veces postrado a tus plantas, te guarnezca las estampas con los labios. Zagales, el día que fue entre los tres el contrato igual, no hay queja. Qué importa, si hay envidia! Cómo, cuando se nos havenido Don Himeneo disfrazado, no hay gira? Todos, Cesisa, imitaremos tus pasos. Esto es de una vez haber agradecido, y premiado Ay amor más venturoso! Y di, cuando nos casamos nosotros? Un día, que amanezca amor temprano. Noble ira, disimulemos? . Vil sentimiento finjamos. . Pues hasta el Templo, ya que no lejos de aqueste espacio yace, lleguemos. Y en él noble víctima abrasado el corazón, sea Venus pronuba Deidad de ellazo. Sirviéndoos iremos todos. Fuerza es una vez casado, Deífovo, restituir a Mírtila su retrato. Pues sea, diciendo a un tiempo los nupciales alternados himnos de amor, en lisonja de sus flechas, y sus rayos: Pues ya diste la herida, hijo de Venus, rompa la cuerda tu apacible estrago, y sirva de coyunda en la guir- nalda, el que sirvió de vívora en e arco. Viva Himeneo, viva, logre el aplauso; pues es hijo de Venus, de Amor hermano. Y aquí obediente la pluma al precepto soberano, ya que obedeció, no quiere más premio, que haber errado. Siendo el concepto, que dijo Siempre hay que envidiar aman-: quien diga al mudar aquella confusión en este halago: , . Pues ya diste la he- rida, hijo de Venus, rompa la cuerda tu apacible estrago, y sirva de coyunda en la nalda, el que sirvió de vívora en el arco. Viva Himeneo, viva, logre el aplauso, pues es hijo de Venus, de Amor hermano.