Texto digital de El servir a buenos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El servir a buenos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/servir-a-buenos-el.

EL SERVIR A BUENOS
JORNADA PRIMERA
Por eso, del alma sale, César, a la lengua amor. No hay pena, invicto señor, que con la de amor se iguale. Ni consuelo en su tristeza como un amigo fiel, para amor. Hablando en él descansará vuestra Alteza. Cuanto os dijere, guardadlo con llave en el corazón. Es de mi mal la ocasión su hija del conde Arnaldo. ¡Hermosa dama! Yo pienso que estudió naturaleza la estampa de su belleza, no por instrumento inmenso de aquel poder soberano, mas, hablando a nuestro modo, porque parece que en todo puso cuidado su mano. Vuestra Alteza se rindió justamente a la más bella dama de París. Si en ella el alma depositó mis potencias y sentidos, justos fueron los despojos, pues el gusto de mis ojos aprobaron mis oídos. Para amar y no sentir, hermosura puede haber; mas, como es engaño el ver, es desengaño el oír. Esto, César, asegura mi elección y pensamiento, pues quiso su entendimiento competir con su hermosura. Y son los dos tan iguales, que en la perfección que vieron, su nombre a Fénix pusieron los pinceles celestiales. Mi pena es ver que su estado no sé si dará lugar a que pudiese intentar lo que tengo imaginado. Pienso que Fénix, que tiene este nombre con razón, conoce ya mi pasión: tanto a declararse viene. Y os juro que solicito mi resistencia de forma, que lo que la vista informa aun apenas le permito; pero, en llegando a mirar, es amor tan bachiller, que lo que piensa esconder eso viene a declarar. No sé si haberme entendido, a Fénix, causa le ha dado para haberse retirado, por dicha mi engaño ha sido, a una aldea donde tiene hacienda el Conde. No hará, que el tiempo ocasión le da. A veces, el Conde viene a París, y le pregunto cómo se halla, y muy gustoso alaba un monte famoso y, a su verde falda junto, un río donde se mira vanaglorioso de sí, y que se entretiene allí: pesca en uno, en otro tira. Y aun me convida también a pasar allí algún día, lo que hoy acetar querría; que si mis ojos no ven a Fénix, no hay que pensar que tenga el alma sosiego. Pues, señor, partamos luego, con la ocasión de cazar, donde, sin ser entendido, la puedas hablar y ver. Sí; pero ¿cómo ha de ser? Porque pienso que ha tenido Lisarda, a quien yo servía, celos de FÉNIX. ¿Lisarda, olvidada, te acobarda? Amor, César, la tenía, que Lisarda lo merece; vi a Fénix, mudose amor de donde tuvo favor adonde sin él padece. No me dejan sosegar, Celia, los celos. Advierte que está aquí el REY. ¿De qué suerte puede venirse a causar que en nombrando una persona se ofrezca a la vista luego? Menos satisfecha llego después que el Rey se apasiona tanto hablando en FÉNIX. Creo que la debe de querer. Así de amor suele ser, Celia, inconstante el deseo. Señor. Hablaros quería, Condesa, y pienso que ha sido mi amor el que os ha traído. No fue sino dicha mía el venir en ocasión que vuestra Alteza me mande en qué le sirva. Es tan grande para mí la obligación en que me pone, LISARDA. vuestro favor, que aun por breve ausencia, amor no se atreve, y vuestra licencia aguarda. Voy a cazar a una aldea, que Arnaldo me ha convidado; a un monte, a un ameno prado, que un río humilde pasea con pies de cristal. a quien guarnece de varias flores, cuyas distintas colores en sus espejos se ven. Y o, por llevar mis tristezas adonde, huyendo de mí, me olvide de que nací sujeto a sus asperezas, voy a no ser lo que soy, algún día, en que descanse. Que vuestra Alteza se canse. culpa a los cuidados doy. Que el peso de su pesar, aunque estriba en su grandeza, puede obligarle a tristeza. Voy, en fin. a descansar, con divertirme, Lisarda, lejos desta confusión. Hacéis muy justa elección, gran señor. si el Conde aguarda; que es caballero entendido, y ese río, monte y prado, para que ajeno cuidado ponga su vista en olvido; porque el cetro, aunque es gigante el hombro de un rey francés, el mundo de Hércules es, que ha menester un Atlante. El cielo os guarde. Y a vos os dé lo que deseáis, si está donde agora vais. Celosa queda, ¡por Dios! No importa que ya le den de mi mudanza recelos, porque nadie estima celos adonde no quiere bien. Declarose mi desdicha; pero a sufrirla me ayuda ver que quien ya tiene tantas no puede temer ninguna. Celos son unas sospechas que con temerosas dudas muestran, del mal que se teme, algunas luces confusas. Pero, en llegando a mostrar la verdad en que se fundan, mudan el nombre en agravios, desengañan y no turban. Aún no han llegado los míos a transformarse en injurias; conservan nombres de celos, que los desengaños buscan. Estos solicita el alma, mientras no vive segura del amor del Rey, si bien lo que me importa me culpa; porque amor es locura que más se aumenta mientras más se cura, Iré disfrazada a ver si de Fénix la hermosura lleva al Rey donde me mate, porque no le valga excusa. Quiero que mis propios ojos con mi pensamiento cumplan; que amor, cuando está perdido, cuanto no mira, disculpa. Quedaré desengañada, y no en dudosa fortuna que mientras no hay desengaño, anda la razón a escuras. Si bien es remedio a veces que. aunque el amor lo procura, es luz de noche, que lejos ciega mucho y poco alumbra. Mejor fuera hacer ausencia, que no hay rigor que no sufra ésta: mata amor sin ver, ver y desengaños, nunca. Porque amor es locura [se cura, que más se aumenta mientras más Gran ocasión ofrece, hermosa Fénix mía, la retirada vida de la aldea a quien gozar merece tu dulce compañía ni teme, ni pretende, ni desea cosa que ver no sea esos ojos hermosos libres de los cuidados que pueden dar mirados de tiranos amantes poderosos; porque las voluntades tienen menos defensa en las ciudades. Yo merecí, señora, por años de quererte, tus brazos, con palabra y fe segura, que vuelvo a darte agora, más firme hasta la muerte, que el largo tiempo que en sí mismo dura rindiose tu hermosura al nombre de marido; no méritos: efeto de un amor tan secreto, que cuando le imagino divertido, yo mismo estoy dudoso si, siendo tu criado, soy tu esposo. Verdad es que me ha dado calidad diferente, que a mi buena fortuna lo atribuyo, el haberme criado tan amorosamente el Conde, mi señor y padre tuyo; de que también arguyo haberle sido ingrato con estas deslealtades; pero ¿qué voluntades seguras estarán, de un largo trato? Que ocasión y hermosura obligan a traición la fe más pura. Yo, Carlos, a culparte ¿cómo puedo atreverme, si en el mismo delito fui culpada? Verte, hablarte, tratarte, bastantes a vencerme si fuera nieve yo, si piedra helada, y el ser también amada, me sirvan de disculpa de tu valor, pues creo que no hubiera deseo que se librara de la misma culpa; que tus merecimientos la dieron a mis nobles pensamientos. Supuesto que el secreto ha sido tan dichoso, ya no temo la vida, ni la muerte: el Conde tiene un nieto, un niño tan hermoso, que del remedio de los dos me advierte y él te quiere de suerte, por haberte criado, que pienso que me abone y que mi error perdone; mas cuando ni tu amor le dé cuidad. ni el mío le resista, del niño bastará la dulce vista. La vida desta aldea sólo ha sido mi vida. ¡Ay, si nunca a París volviese el Conde Que a quien sólo desea gozarte, y atrevida por esas selvas bárbaras se esconde, no hay, Carlos mío. adonde pueda con más secreto; que quien de veras ama la ocupación desama, donde a la envidia puede estar sujeto: que amor, si el bien alcanza, busca la posesión, no la esperanza. Pienso que os habéis de holgar de aquestas nuevas los dos no menos que el Rey, ¡por Dios!, dicen que viene al lugar. Iba a preguntar a qué, y mil perros de traílla, como voces de capilla, agarrándome del pie, respondieron que a cazar, como algunos que murmuran, que, mientras morder procuran. no se cansan de ladrar. ¡Hoy, nuestro monte desuella! ¿Luego adelante no pasa? No pasa de vuestra casa. pues ha de posar en ella. ¿Aquí el Rey? Como lo cuento. Si no lo queréis creer, el Conde viene a poner diligencia en su aposento. ¡Buen huésped nos ha venido! Ya no hay más qué desear. Silvio acaba de contar la ventura que has tenido aunque tú la perdonaras. No hará noche el Rey aquí. ¿El Rey viene? Laura, sí. Pues. Fénix, ¿en qué reparas? Voy, señor, a prevenir lo que fuere menester. Y yo, ¿qué tengo de hacer? Carlos, irle a recibir. A la fe, Silvio, ¡gran cosa! ¿Tú piensas hablarle? ¿Pues? ¿No tengo boca? ; No ves que es cosa muy fecultosa, que diz que cuantos le ven. se turban luego, y él no? Mirarele a los pies yo, con que pienso hablarle bien. Que mirar a un rey los ojos es ver al sol, que deslumbra. si no es a quien lo acostumbra porque, aunque es luz, causa enojos. Díxome antiyer Benito, que vino de la ciudad, que es soberbia y necedad mirarlos de en hito en hito porque, como son retrato de Dios, quien va a negociar, los reyes ha de mirar con humildad y recato. ¿Tienes tú que hablar con él? Yo, no; mas, si se ofreciese, voto al sol, que me atreviese, sin poner la vista en él. A la fe que has topetado con él, si hablarle deseas. No hayas miedo que me veas atrevido ni turbado. Poco a grandezas me inclina la humildad de nueso trato. Hoy, como ha de haber gran prato, no salgo de la cocina. Muy buena casa tenéis, y toda aquesta campaña que riega este manso río me ha parecido extremada. Como a la naturaleza, nunca el artificio iguala; más que los jardines cultos, estas malezas agradan. Hoy os he dado disculpa de hacer en la corte falta. ¿Ha mucho que estáis aquí? ¿Tenéis aquí vuestra casa? Habrá un mes, o poco menos, que a Fénix, por alegrarla, truje, señor, de París. Aquí vive y aquí pasa en ejercicios del campo las tardes y las mañanas. Señor. Llama a FÉNIX. César, ya se alegra el alma, ya se previenen los ojos, como cuando sale el alba abriendo la puerta al día en celajes de oro y nácar; las aves, que del ausencia del sol quejosas estaban, que gorjeando en los nidos, lo que han de cantar ensayan; y como los arroyuelos cuajado cristal desatan, y al nuevo calor del día discurren líquida plata. Así la lengua suspensa, noche de ausencia tan larga, al salir el sol de Fénix, el silencio desenlaza. Deme los pies vuestra Alteza. Hermosa FÉNIX (¡Qué clara se me ve el alma en los ojos Temo que a la lengua salga.) ¿Cómo os halláis en el campo? ¿Es posible que os agrada esta soledad? Señor, aunque parece que es tanta, no falta en qué se entretengan, como allá las esperanzas, aquí todos los sentidos: los ojos, en flores varias cuyos aromas no envidian a las orientales plantas; los oídos, en las aves, y el gusto, en la alegre caza, de que hay tantas diferencias por estas verdes montañas. Son aquí los días mayores que en París, con que es más larga la vida corta en la corte. Para poco tiempo alaban los sabios el campo. Fénix; pero ya vuestra alabanza me obliga a quererle ver, quédese aquí comenzada esta cuestión, que después que vuelva quiero acabarla. Dios os guarde y dé la dicha que merecéis. Vuestras armas respete el sol donde nace, y como señor de Francia lo seáis del polo opuesto. ¡Ay, César, de sola Arabia ¿Dónde ha nacido tal Fénix? Tú quieres con justa causa la que por única puede ser el Fénix de su patria. A fe, señora mía, que tu condición me espanta. ¿Toda esta grandeza dejas por un monte y cuatro casas? Dichosa quien vivir puede en las Cortes. Mira, Laura, pues sola tú de mi vida fuiste y eres secretaria. Tú que sabes mis desdichas, si permite amor llamarlas con este nombre, en agravio de Carlos, que fue la causa: tú que del ángel que fue de mis amorosas ansias fruto y consuelo, has tenido el secreto y la crianza, no creas que hay para mí cortes, fiestas, joyas, galas fuera de Carlos, que Carlos es centro donde descansa el alma como en su esfera el fuego, el ave en las alas del viento; sin esto, aquí tengo el lugar que me falta en París de hablarle y verle, y sin la pensión que paga amor a los celos, donde hay tanta copia de damas. No te espante, Fénix bella, que una grosera villana se deje llevar los ojos de un rey donde el cielo estampa la imagen de su hermosura, que para disculpa basta. Ya sé yo que tus dos Carlos, padre y hijo, se adelantan a cuanto puede el deseo de las grandezas humanas. ¿Está aquí Fénix? ¿Qué hay, Silvio? ¿Cómo te has quedado en casa y no fuiste a ver el Rey? i Pardiez, Fénix! Como entraba tanto aparato de cosas de más gusto que la caza, hice caza la cocina, donde sus ministros andan con instrumentos diversos previniendo cosas varias para la mesa del Rey: unos calentando el agua, y otros en el patio haciendo oficio de cortesanas. ¿Cómo? Pelan. ¿Tú lo sabes? Oigo decir que a la traza, que estos pollos y gallinas, ellas con dulces palabras, las bolsas y las cabezas; pero advierte que una dama que llegó en una carroza con las cortinas cerradas, bravo sombrero de plumas, donde una toca de plata sirve también de cortina, por quien una mano blanca para preguntar por ti fue sumiller de la cara, quiere verte con secreto. Algo me dejas turbada. Dile que entre. Entrad, señora. Linda presencia. Gallarda. Juzgaréis a atrevimiento el haber venido ansí. Si os descubrís, será en mí merced y agradecimiento. Pienso que estos labradores será gente sin sospecha. Podéis estar satisfecha, y aun para cosas mayores. Mi rostro es éste. Podré decir que al aurora vi, pues ella amanece ansí. Por lágrimas lo seré. No, sino por los jazmines y las rosas de la cara, donde el sol a ver sé para tan celestiales jardines. A vos os viniera bien. Fénix, si la nieve pura viera de vuestra hermosura. ¿Quién sois? Presto sabréis quién. Que como os habéis criado en tanto recogimiento, no me habréis visto. Mi intento os debe de dar cuidado. Soy la Condesa LISARDA. Señora, pues ¿vos ansí? Traigo una tristeza en mí que acabar mi vida aguarda. Despacio quiero contaros la causa en más soledad, que como es de voluntad no sale a cielos tan claros. Tuve un alto pensamiento que no me ha salido bien, yo os diré después por quién. No sé si es atrevimiento; pero viendo al Rey aquí, y vuestro disfraz, Condesa, será dueño desta empresa. ¿Es esto ansí? Fénix, sí. Huéspeda vuestra he de ser esta noche. Respondiera que a tal sol es corta esfera casa que queréis hacer Indias, aunque occidentales, pues aquí de noche estáis, pero cuando amanezcáis las volveréis orientales. Fénix, donde vos salís. al sol no le aconsejara. No más, que es lisonja clara; pero venís de París. ¿Daisme palabra en efeto de guardar secreto? Aquí me suelo guardar de mí; lo mismo a vos os prometo. Aposento voy a hacer donde estéis y donde hablemos. El vuestro las dos tendremos; hacedme, Fénix, placer que merezca vuestra cama. Esa os daré, mas sin mí, que en estando el Conde aquí a su aposento me llama. Entrad, no deis ocasión a que os vean. En vos fío, Fénix, el remedio mío. ¿Qué es esto? Celitos son, que a nadie guardaron ley. ¿Conócesla? Como a mí. No la conocer fingí. ¿De quién los tiene? Del Rey, que me ha mirado en París, solicitado y hablado, y César me dio un recado de su parte en San Dionís. Causa de haberle pedido al Conde que me trújese a esta aldea, por que fuese causa de más breve olvido. Que tengo por cosa llana, si no es que olvidada estoy, que señores quieren hoy y no se acuerdan mañana, mayormente el que es supremo. Pues ¿qué pensó esta señora? Reinar. ¿Tanto el Rey la adora? Pero lo que fuere sea; yo la debo regalar. La corte se ha de mudar poco a poco a nuestra aldea. Rey y reina están aquí si ésta sale con la empresa. Ni la envidio ni me pesa: Carlos es rey para mí. Extraño caso! Y lamentable fuera a no haberle este hidalgo socorrido. Herido va el caballo. La carrera, como las aves, por el aire ha sido. ¿Siente algo vuestra Alteza? Que sintiera la escura noche del eterno olvido, es sin duda, mancebo generoso, a no- ser por tu brazo valeroso. Gracias a Dios, no tengo mal ninguno. Pues yo voy a avisar a vuestra gente, porque no parta con la nueva alguno que, necio, alborotar la corte intente. No ha llegado favor tan oportuno en tanta confusión como el presente; si no es por él, el jabalí me mata. Bravo valor! Un Hércules retrata. ¿Quién es este mancebo. Conde? Un hombre que tengo como a hijo y le he criado desde niño, señor. ¿Cómo es su nombre? Carlos, como mi hermano, se ha llamado. Pues ¿qué es la causa de que así se nombre? No hay causa más de habérmele dejado cuando Ricardo inglés puso la planta en la conquista de la tierra santa. ; No volvió más? Es fama que cautivo quedó en Damasco, y otros dicen muerto. i Qué gallardo mancebo! Por lo altivo parece que el valor tiene encubierto. No ha de quedar el bien que del recibo sin premio, Conde. Pues tened por cierto que es digno de cualquiera merced vuestra. Dícelo el rostro, y el valor lo muestra. ¿Qué dices, Carlos, que tan alta suerte te ha sucedido? Fénix de mis ojos, si no es por este brazo, ya la muerte pusiera su corona en sus despojos. Pues ¿cómo sucedió? Mi bien, advierte si el no te hablar en mí te causa enojos cuando el tiempo me da lugar de hablarte. ; No basta que hables tú para escucharte? Adelantose el fuerte Ludovico, generoso mancebo, rey de Francia, que su valor al de Hércules aplico, no fueron nuestros ruegos de importancia, si bien le sigue el conde Federico y tu padre también, corta distancia, tras una fiera que por dicha hiciera a Francia Venus si él Adonis fuera. Síguela por un prado, en quien apenas alazán español dobló las flores, ni cortando cristales las arenas se pudieron quejar de sus rigores; pero al entrar por unas selvas llenas de murtas y laureles vencedores, sintió el venablo el jabalí, y airado volvió feroz, del yerro provocado. Las medias lunas de la boca envuelve espuma y sangre, y con la ardiente punta del diestro lado, rígido revuelve y por el mismo al alazán se junta. A herirle el Rey con el venablo vuelve, aunque animoso, la color difunta; pero la fiera el encendido hueso aplica ansí, que le levanta en peso. Asomose a lo roto de la herida parte de los ocultos intestinos, y derribando al Rey, con presta huida pasó de los laureles a los pinos. Yo, viendo en tal peligro de la vida al Rey, invoco, Fénix, los divinos patrones de París, y diligente me opongo. Marte, al animal ardiente. Al bote del venablo vuelve airado, dejando al Rey, y fiero me acomete; yo, con izquierdo pie le espero osado; rabioso, la victoria se promete, cuando, por el acero ensangrentado hasta el rebelde corazón se mete, y vertiendo el espíritu espumoso la tierra estampa con gruñir quejoso. Un cuchillo de monte que pendía de la pretina saco velozmente de una vaina de tigre, que tenía acero y marca de oficial valiente. y al tiempo que los filos discurría por el cerdoso cuello, de su gente llegó gran copia, que dejé envidiosa del valor que me das, Fénix hermosa. Ventura notable ha sido y digna de tu valor. Yo me voy, que este rumor es de que el Rey ha venido. Ya anochece; si pudiere, esta noche te hablaré. Paga mi cuidado. ¿En qué? En que poco tiempo espere. En estando recogidos, que presto será, mi bien. Plegué a los cielos que estén como cansados, dormidos. Esparcen la suave voz al viento sonoros ruiseñores junto al nido que de pajas y plumas han tejido sirviéndoles los picos de instrumento, cuando a la mira el cazador atento, dispara con horrísono ruido en círculo de plomo dividido muerte veloz con breve sentimiento. Así Fénix y yo, con voz suave cantamos, libres de que el nido acierte quien tiene obligación a honor tan grave pero temiendo de la misma suerte que si el secreto nido el Conde sabe, tendrá tan dulce vida amarga muerte. Esta sí que es linda vida, pesia al campo y su labranza pasear y henchir la panza, de ricas telas vestida. ¡Desdichado de quien nace donde le mandan nacer! A nadie dan a escoger Dios es quien hace y deshace. Si yo escogiera, naciera de un príncipe, y no villano. Pero yo me quejo en vano; que si, quien nace, escogiera ¿cuál hombre quisiera ser oficial, ni labrador? ¿Quién no se fuera señor? Mas j lo que fuera de ver todo un mundo de señores!: señor a señor sirviera. Pero ¿cómo se comiera, si no hubiera labradores? j Oh, sabia naturaleza, qué bien lo trazaste ansí! ¿Qué hay, Silvio? Hablar en que vi, Carlos, la mayor grandeza que este monte imaginó: el Rey cenando, en efeto. ¿Tú lo viste? Con secreto. ¿En efeto, el Rey cenó? Y tan en efeto fue, que se cenó veinte pratos, sin dar un hueso a seis gatos que le miraban en pie. De las pollas y perdices así el olor me provoca, que lo que el Rey por la boca cené yo por las narices. Hablaron luego de vos. No sé qué diabros hicistes, que tal ocasión les distes. Lo que hice debo a Dios. Porque yo, ¿cómo pudiera tener valor, ni ocasión? Mostró el Rey tanta infición, que yo presumí que os diera alguna renta o castillo. ¿Cuánto va que antes de un mes sois mosiur? Puse a sus pies, con un venablo y cuchillo, la más indómita fiera que por todo este horizonte fue parto de selva o monte. Tal servicio, premio espera. Si os dan algo, como creo ¿no me llevaréis allá? Que, con lo que he visto acá, ya tengo un alto deseo. Díjome Fénix a mí que estabas enamorado de Laura, No se ha engañado. Pues ¿cómo saldrás de aquí? Laura, señor, fue casada; su marido le dejó un niño, cuando murió: de niños, no entiendo nada. Tales son mis desaliños para casados conciertos; porque dicen que hay enjertos, como de árboles, de niños. Este muchacho que cría es de otra cepa sarmiento, y no quiero casamiento como quínola con guía. ¡Qué malicioso te has hecho! ¿No sabes que es de su esposo, ya muerto, ese niño hermoso a quien Laura daba el pecho, y que por tal le ha criado? Pues si le cría por tal, quédese tal para cual; que, aunque estoy enamorado, no le quiero yo criar a cuenta de mi deseo. Cansado está el Rey, y yo creo que ya se querrá acostar; y el Conde. Silvio, también. Señor amor, yo os confieso que de saber, pierdo el seso, que Laura me quiere bien. Si es niño amor, no quiero que me nombre entre los muchos que le están sujetos; que, aunque villano, entiendo sus concetos, y más si son concetos de este nombre. Después de no ser justo que me asombre que imiten a la causa los efetos; que hay niños, cual retratos imperfetos, que sólo ser parecen en ser de hombre. Amor, como eres niño, siempre quieres, teniendo con el tiempo iguales días, mostrar en tus acciones que lo eres; que, como en niños paran tus porfías, con justa causa llaman las mujeres las ofensas del hombre, niñerías. ; Eres tú, Silvio? Pues ¿quién, a tal hora, trasnochado, puede andar con mi cuidado, sino quien te quiere bien? Agora trataba aquí de tu virtud, y le daba gracias a amor, que mostraba tales efetos en mí. Celoso estoy desta gente claro está que han de agradarte. No, Silvio; que en toda parte mis ojos te ven presente. En sus telas hallo yo más locido tu sayal, sino que me pagas mal. ; Yo, Laura mía? ¿Pues no, si ha tanto que me entretienes, sin querer matrimoñarte? Cierta cosa ha sido parte, que tienes y que no tienes, pues tienes ese garzón que no tienes para mí. Quien dice que quiere así repara en esta ocasión? Por reparar en quien pare. Tú no me tienes cariño. Si no reparo en un niño, ¿en qué quieres que repare? Dichosas sois las mujeres, que claramente sabéis que sois madres, si tenéis hijos. El dimuño eres. Vete acostar, Silvio, vete; que mi señora me manda, por el respeto del Rey, recoger toda la casa. Yo, Laura, soy malicioso. Desde que vino esta dama con tal secreto al aldea, pienso que no fue sin causa. Pues; quién te mete en secretos? Lástima tengo a quien anda desvelado por saber lo que no le importa nada. Hay vecino que se está de la noche a la mañana en una ventana, al frío, pudiendo estarse en la cama. No seas, Silvio, de aquellos que en estas cosas se cansan; no mires en las ajenas, pudiendo mirar tus faltas. Esa dama que tú dices, ha un hora que está acostada, y, Silvio, nunca te metas a estorbar personas altas; que cuando estés más seguro, podrá ser, si no te guardas. que te den un beneficio. Hablas cuerda y temes sabia. ¿Quién me mete a mí en las cosa?? de los otros? Hasta el alba no digo "esta boca es mía"; que a nadie vino desgracia por acostarse temprano. Pues adiós, Silvia. Adiós. LAURA Basta que el Rey Vino aquí por Fénix, y hablarla trata esta noche; porque César la advierte y da la palabra del estilo que merece su calidad y su fama. discreta, me ha dicho que. aunque tiene confianza de quien es. teme que Carlos se enoje y, con esta causa, intente algún desatino, y que cuando el Rey se valga de la escuridad, a efeto de entrar con secreto a hablarla, yo le guíe al aposento donde la Condesa aguarda, averiguando sus celos desengañar su esperanza. Pero él viene. Yo le he dado la palabra de guardarla el decoro que es razón. ¿Cuándo amor palabra guarda? Aquí es fuerza, porque a Fénix yo no tengo de obligarla más que al estado que tiene. ¿Quién va? Quedo. ¿Quién es? ¿Dónde está Fénix? Presumo que con el Conde. Si tarda Fénix, bajará el aurora del cielo las altas gradas, con pies de rosa, envidiando aquellas breves estampas adonde pongo los ojos. Aquí hay gente. Pues ¿quién anda a tales horas aquí? Entrad, que tras esta sala está la cuadra en que duerme. allá fuera aguarda. En el corredor espero. yo pienso que, si soñara. pudiera ver tales cosas. ¿El Rey con César y Laura? ¡Y Laura guiando al Rey, con tal despejo, a la cuadra donde Fénix duerme, y Fénix del concierto descuidada! ¿Qué haré? Mas ¿qué puedo hacer Que contra el poder me valga de un Rey? ¡Ah. traidora Fénix! Quiero alborotar la casa. Mas ¿para qué? Que en sabiendo que es una mujer Iiviana, estorbar que no lo sea no es honra, sino venganza. Porque si la inclinación de su liviandad declara, lo más es el consentirla; lo menos, ejecutarla. ¿Hay, FÉNIX. tal liviandad? Mas quien a sangre tan clara perdió el respeto conmigo. ¿qué hará con un rey de Francia? Ya te he conocido, Fénix: ya no por Fénix de Arabia. única en ser casta al mundo. sino por Fénix de infamia. El hijo que de los dos fue fruto, haré que mañana, si puedo, no goces, Fénix; que. si no me reportara. diera voces que le dieran, al REY. de matarme causa. Mas poco puede tardar mi muerte, si ya te cansa mi vida.; Ah. cruel fortuna. Qué imaginación pensara que hoy me dieras tanta dicha en dar vida a quien me mata? Libré al Rey, y el mismo Rey me viene a quitar el alma: porque no hay mayor tormenta · que después de gran bonanza. No me pesa de haber sido su remedio en tal desgracia; porque el rey, después de Dios, y después del rey, la patria. Él vive por mí; yo, no; que quiere Fénix ingrata que me mate un rayo fiero, pues lo ha de ser su mudanza.
JORNADA SEGUNDA
Vuestra Alteza esté contento, que hoy a París ha llegado Tan desconfiado estoy de mi pensamiento, que apenas me da alegría nueva que tanta me diera, César, cuando yo tuviera la esperanza que solía. ¿Pues no entró en aquella aldea vuestra Alteza a verla? Sí; pero no hay bien para mí que en esta empresa lo sea. Pues ¿qué falta, en tanto exceso de favor, que desear? Nunca he tenido lugar de contaros el suceso, por quien mi esperanza vana pienso que camina a tiento. Metiome en un aposento sin luz aquella villana, y Díjome: "Desde aquí podéis con Fénix hablar; pero no habéis de llegar, que duerme su padre allí." Yo, que sólo pretendía guardar en mi voluntad decoro a su calidad y grave estilo a la mía, díjele, menos turbado, que "si hubiera luz, mi amor", y respondiome, en favor de mi esperanza y cuidado, que estaba triste y celosa de la condesa LISARDA. Respondí: "Fénix gallarda, un tiempo, Lisarda hermosa fue más entretenimiento que cuidado de mi amor; que, en viendo vuestro valor, llevó como pluma el viento. Vos sois. Fénix, mi verdad." Y, encareciendo mi fe, partir con ella juré el alma y la majestad. Esto diciendo, sentí llorar a Fénix, de celos. ¡Quién viera llover dos cielos, César, de celos de mí! Hizo amor, de sus enojos, en aquella oscuridad, para mayor tempestad, agua, y rayos de sus ojos. Si bien entonces quería que llegase adonde estaba porque quien por mí lloraba, poca defensa tendría. Pero, helándome el temor y obligándome el respeto, más cobarde que discreto, detuve el paso al amor. En esto, el Conde, que estaba cerca de allí, despertó, y Laura, que presumió que oyó que Fénix lloraba, sacome del aposento a una cuadra, y fue a mirar si el Conde volvía a llamar; y entre tanto, César, siento que, por de fuera a la puerta se quejaba un hombre ansí: "¡Fénix cruel! ¿para mí, tanta traición encubierta? ¿Tú a Carlos esta traición? ¿Eras tú la que decías que por alma me tenías en medio del corazón? Conozco que el Rey merece más que yo, que al fin es rey; pero ¿qué razón, qué ley disculpa a tu engaño ofrece? Pues ya, señora, vivía en fe de que era tu esposo, dirás que fue poderoso, y que es su amor tiranía. Mientras, Fénix, padre tienes, a quien el Rey respetara, hoy tu liviandad declara que a abrirle tus puertas vienes." Mira, César lo que amor puede hacer, pues dos celosos nos hallábamos quejosos y con un mismo temor. Pero, como recibí la vida, después de Dios, de Carlos, fui, de los dos, el que más pena sentí. En esto, Laura venía, diciéndome que era fuerza salir, y a salir me esfuerza; que, por Carlos, no quería. Salgo, en fin, y el mozo, osado, de la espada prevenido, "¿Quién va?", me dice, atrevido. Yo respondo, reportado "Carlos, yo soy", y con esto a mi aposento me voy, donde hasta el aurora estoy, afligido y descompuesto. Y fueron justos desvelos, pues entré con tanto amor, César, a buscar favor, y salí lleno de celos. Como Laura me avisó que me quitase de allí, a mi aposento me fui: por eso Carlos llegó. Mejor fue, pues he sabido por quién tan mal me ha tratado Fénix; si bien me ha pesado que éste Carlos haya sido. ¿Qué haré, Cesar, que no es justo Que compita un rey con él? Sufrir es cosa cruel, de los celos el disgusto. Si es que Fénix le quería, echarle de aquí no puedo, sin gran nota, y tengo miedo a que descubrir podría al Conde mi pensamiento. Pues matar a quien me dio la vida, primero yo dejaré mi loco intento; porque, si el bien recibido es deuda de un pecho honrado, quien es rey, más obligado nace a ser agradecido. ¿Quieres que yo te aconseje? Es el oficio mayor del amigo. Pues, señor, ni se vaya, ni se queje, sino que, haciéndole bien y pagándole el servicio con un grande beneficio, quedes libre del también. ¿Cómo? A un tiempo puedes dalle un título y casamiento, que ayuda a este pensamiento tener Carlos tan buen talle. Fuera de cumplir también con Fénix, si la acobarda Lisarda, y dando a Lisarda marido. Dices muy bien; que si con Carlos la caso, Lisarda tendrá remedio; yo, sin que estén de por medio los celos en que me abraso, y Fénix, para quererme, sin Carlos y sin Lisarda; que Lisarda ya no aguarda más desengaños que verme de Fénix enamorado. Tratarlo con ella quiero. Pues habla al Conde primero, por que, del Conde abonado, no repare la Condesa en la calidad. No hará, que el talle la obligará a más difícil empresa. Fuera de que habrá de ser, y no lo que ella desea. Sí querrá, cuando le vea. No hay imposible al poder. Para quien quietud desea, no cansa el campo jamás. Mejor en París estás. Fénix, que en aquella aldea. Demás que ya el Rey tenía propósito de venir por instantes a impedir, ya tu quietud, ya la mía. Que es bueno el campo confieso; pero ya era corte allí. y aquel gasto, para mí, era, Fénix, grande exceso. En vez de árboles y peñas, hombres y coches había, que de serlo descubría apenas el monte señas. Bien estás aquí. Yo voy a ver al Rey, que no quiero que él venga a yerme. ¿Qué espero. cuando en tanta pena estoy? Allá, por lo menos. vía dos Carlos; aquí, no sé si aun el uno ver podré: tal es la desdicha mía, después que el Rey me ha mirado aunque estoy arrepentida de que LISARDA. ofendida de celos. le haya engañado. Pero por librarme de él en una ocasión tan fuerte, lo tuve por mejor suerte; ella, en fin, habló con él, y se fue desengañada, acompañando al aurora con su llanto. Ya. señora, la aldea mal enseñada se va trasladando acá. ¿Cómo? Laura viene ya. Pídeme albricias. Dionís. Pues no viene sola. ¿No? Huésped trae. ¿Quién es? Un labrador que después que nació he visto yo. ¡Villano tan agraciado! ¿Es Carlos. un hijo tuyo? El mismo. Y parece tuyo, en lo lindo y aseado. si ya tuvieras marido. ¿Cómo tarda? Ya se apea de un carro. En buen hora sea ese labrador venido. Vete, si tienes qué hacer, que ya los siento llegar. ¡Qué bien, en tanto pesar. me vino tanto placer! ¿Podrán besarte la mano dos huéspedes de una aldea? Laura, bien venido sea amor en traje villano; que, si pintan al amor tan hidalgo en sus acciones ya quiere, para traiciones, vestirse de labrador. ¿Dónde está el arco, mis ojos? Pero en los mismos está. ?? o tiréis, porque no habrá vidas que os dar en despojos. Parece que estás hablando con Carlos. En él le veo; a lo menos, el deseo Laura, de verle engañando. ¿No dice un amante amores a un retrato, viendo en él la imitación del pincel y el hurto de las colores? Pues ¿cuánto serán mejores a un retrato vivo en quien las mismas gracias se ven? Pues sólo falta al deseo que a lo que veo y no veo, crédito los ojos den. Si a una copia, si a un traslado se da fe, por ser igual como al mismo original, este es Carlos retratado, Carlos ele Carlos traslado, y mirándole, sospecho que amor, con ingenio. ha hecho que me parezca menor para que quepa mejor desde los ojos al pecho. Laura, a mi esposo quisiera traer por joya en mi cuello, porque desde el pie al cabello en cifra el alma le viera. Mas quién, si no amor. pudiera hacer con estrechos lazos que. dándole mil abrazos, y de mil diamantes hecho, sirva de joya a mi pecho y de cadena a mis brazos? Dios sabe con el temor que a tu casa le he traído; que, como es tan parecido, temo que diga tu amor. Pero ¿cómo puede ser, puesto que el Conde le vea, que nuestro recelo crea que le pueda conocer? Que la justa confianza que tiene de tu valor, asegurando el temor, deshace la semejanza. Que, si yo te sirvo aquí, disculpa también ha sido haber a Carlos traído. Mas, si te parece a ti, mudémosle el nombre a Carlos que Carlos y parecido a Carlos, verá que ha sido Carlos retrato de Carlos. ¿Cómo le quieres llamar? Lauro, por Laura, es mejor. Carlos. ¿Señora? Mi amor, el nombre os quiero quitar: Lauro os llamáis, ¿entendéis? Mirad que sois Lauro ya. Niño. Sí, señora; claro está. Llamadme, y vos lo veréis. Carlos. No responde agora. Lauro. Señora? ¡Oh, qué bien! ¿Quién es vuestra madre? ; Quién? Laura es mi madre, señora. Con esto, al temor restauro confianza de que puedo tenerle aquí. No haya miedo que yerre el papel de Lauro. Lauro, tan bien lo decís, que viviréis desde agora conmigo. Diga, señora ¿no meriendan en París? Sí, Lauro tiene razón. Llévale, Laura; y advierte que le enseñes de tal suerte que no olvide la lición. Segura de Lauro estoy. Con él cesan mis enojos. Vamos, Carlos de mis ojos. No Carlos, que Lauro soy. Amó la hermosa reina del Egipto un caballo veloz, con que tuvieron infamias las hazañas que pudieron dejar su nombre en bronce eterno escrito. Pasife, un toro amó, con infinito deshonor, que las fábulas le dieron, no porque fue verdad, pero quisieron decir que amar indignos es delito. Yo amé, yo erré. ¡Qué error tan disculpado el de quererte yo, Carlos!, pues eres del cielo copia, del amor traslado. Tú me disculpa de mi error, si quieres; que amar lo que merece ser amado hace menor el yerro en las mujeres. Cuidados míos; muy a prisa intenta un agraviado amor perder la vida, tan- triste, tan cobarde, tan perdida, que apenas un cabello la sustenta. A los agravios, la venganza alienta, > en mí no quiere amor que yo la pida que aunque la causa del amor se olvida, nunca se olvida del honor la afrenta. Como infiernos de amor, en que amor pena, son los celos, que salen a los labios del fuego de que el alma vive llena. Pues si infiernos de amor los llaman sabios ¿qué nombre tiene amor para su pena, después que se averiguan los agravios? Carlos mío, darme albricias de la mejor nueva puedes, que entre favores de entrambos, a nuestra fortuna debes que como aquel ángel tuyo gocé en la aldea dos meses, sintiera agora, en París, estar un hora sin verle. A Laura le osé pedir que en la ciudad me sirviese. mudando el traje, que tanto tus dulces prendas me vencen, por que con esta ocasión el bello niño trújese, que, en forma de labrador, por nuestra casa le tiene. Múdele el Carlos en Lauro por que, como te parece, no diese al Conde ocasión, cuando tan cerca le viese... ¿Cómo es esto, señor mío? ¿Es posible que me muestres el semblante triste, cuando te vengo a hablar tan alegre? ¡Ay, mi bien! ¿Qué ha sucedido? Porque no sin causa vienes con tal tristeza a matarme; que está mi vida o mi muerte pendiente de tu alegría. Habla, o mátame. No intentes que te hable, que aún no tengo para poder responderte aliento, Fénix, ni aun ojos para mirarte. No sueles, Carlos, por causa ninguna, hablarme tú de esa suerte. ¿Si se cansó la fortuna, mi bien, de favorecerme? i Si ya mi padre ha sabido que le infamé por quererte? Dime presto. ¿Quién, o cómo pudo a matarme atreverse? Y si yo soy la ocasión, mira que estoy inocente. Mira que no es justo, Carlos, que sufra yo tus desdenes; porque es hacerme el agravio de las comunes mujeres. Mira que en firmeza eterna soy el peñasco más fuerte, que ha combatido la mar cuando más soberbia crece. Habla, señor. ¿Qué palabras me darán, ingrata Fénix, agravios de amor y honor? ¿De amor y honor? Cuando excede, Fénix, a la lengua el alma; que uno dice y otro siente. Mas lo que puedo decirte! es que no puedo quererte, cosa que juzgué imposible, aunque mi vida pudiese ser inmortal, como el alma, de donde quiero que pienses que he de sacarte, o matarme. Y todo será tan breve, que no pasarán dos días que de tus ojos me ausente. Y esto, Fénix, porque al Conde es justo que le respete, y que para tanta ausencia le dé causas suficientes; que por ti, desde aquel punto que pude en los brazos verte de otro hombre... ¡Oh lengua, ¿qué has dicho? ¡Oh lengua, qué fácilmente resbalas! Pero ¿qué mucho que mis agravios dijeses? El entendimiento humano es un reloj, a quien mueve la memoria y voluntad, que son las ruedas que tiene. Es la lengua la campana, por cuya causa acontece que desconcertadas ellas, la lengua se desconcierte. Ya lo he dicho, y mis agravios otra vez a decir vuelven que has ofendido mi amor, pues amante me aborreces, y mi honor como marido, pues a querer te resuelves otro hombre, si bien mejor, disculpa que no mereces, pues amor y honor se quejan de que su lealtad ofendes, que para sentir agravios también son hombres los reyes. Que, en efeto, los agravios, sean, Fénix, de quien fueren, son, en fin, como las almas: ni son hombres ni mujeres. Carlos, aunque yo te he dado licencia para quererme, por mi estrella o mi desdicha, no para hablarme insolente. Que en llegando a libertades tan indignas de quien puede igualar del rey la sangre, pues de la suya desciende, diré que eres mi criado, porque si aquí no procedes conmigo como quien soy, y como dueño te atreves, harete quitar la tuya aunque la vida me cueste. Pues ¿quiéresme tú negar lo que mis ojos...? Detente, que te despeñan los ojos, que tal vez como jueces por falsas informaciones dan sentencias diferentes de lo que fueran sabiendo la verdad. Cuando tú niegues que no fue el Rey, es un hombre el que en tu aposento, aleve, entró aquella misma noche. Eso es verdad. Pues ¿qué quieres? Que sepas que la Condesa Lisarda, que vino a verle, quiso averiguar sus celos, y que yo, porque no hiciese fuerza el poder a mi honor, que determinado es fuerte, fui cómplice en el engaño. El engaño bien se entiende que es el que me has hecho, ingrata; ni pudo, sin que la viesen, venir la Condesa aquí ni, ya que vino, volverse. Mientras estaba cazando, llegó aquí secretamente, y con el alba salió; pero agora me parece, por el sentimiento injusto con que mi firmeza ofendes, que no son los celos míos los agravios que encareces. Ya entiendo lo que ignoraba vino la Condesa a verte poniendo la culpa al Rey; tú, viendo que el Rey la quiere, estás muy desatinado; pues, Carlos, ¿cuando previenes ausencia por otras damas, es bien que de mí te quejes y que me pongas la culpa si prendas del Rey pretendes? Deja mi honor, que me cuestas mucho para no tenerme el respeto de criado que a lo marido me pierdes. Si quieres irte celoso del Rey, ¿quién puede tenerte? Carlos tengo aunque te vayas; no hayas miedo que me queje de no tener prenda tuya, como se quejaba, ausente Elisa Dido, de Eneas, y cuando no la tuviese, espada no ha de faltarme, aunque para darme muerte basta acordarme que fui mujer que pude atreverme a querer hombre tan vil, que ha pensado bajamente que él merece que le ofendan y que yo pude ofenderle. Fénix, Fénix, amor mío, señora mía. No pienses engañarme con palabras cuando con obras me ofendes. ¡Oh lágrimas de amor, dulce violencia! i Oh llanto poderoso! ¡Oh fuerte encanto! ¡Oh sirena fingida, a cuyo canto calla el rigor y duerme la prudencia! Contigo no hay valor, poder ni ciencia, que puede tanto un amoroso llanto, que el cielo, con poder y saber tanto, no tiene para el llanto resistencia. Pues siendo de mujer, celos y enojos ni aun agravios sabrán mover el labio, sino darle mil almas por despojos. No se fíe el más cuerdo, honrado y sabio, porque si espera ver llorar sus ojos perdonará después cualquier agravio. Esta, señor pensamiento, es la corte de París; aquí labrador venís a ser cortesano a tiento. No, corte, porque yo quiera que esto me agradezcas ya; vínoseme el alma acá, que a fe que yo no viniera. Huyose Laura de mí; que con aquesta mudanza supo bien tomar venganza de haberle negado un sí. Como si no fuese nada el sí para un casamiento, siendo el más fuerte instrumento que deja el alma obligada. ¡Oh escritura, que después hace arrepentir a tantos, pues diciendo sepan cuántos ninguno sabe lo que es! Mucho me debes, amor, pues a la corte he venido haciéndome prevenido los avisos de un temor. Dicen que hay cosas aquí, ¡oh París! y que en ti caben, que aborrecen los que saben vivir y morir en ti. Aquí diz que la verdad anda siempre rebozada, la mentira declarada y falsa la voluntad. Dicen que mueren de necios los que son más entendidos, por no sufrir atrevidos y por no escuchar desprecios. Que con el pobre es cruel la soberbia y la codicia; que nunca alcanza justicia, y que ella le alcanza a él. Que tiene el que es más leal cara de pocos amigos, y que hay muchos enemigos para hacer y decir mal. i Oh Laura! Grande poder el de tu hermosura ha sido, pues a París me ha traído, donde me temo perder. Aquí tengo de callar, sufrir, engañar, fingir, con quien se ríe, reír; con quien llorare, llorar. Alabar al cuerdo, al loco, al idiota, al incapaz; que importa vivir en paz, sufrir mucho y hablar poco. Después, Laura, que has mudado el traje, tan linda estás, que a cuantos te miran das con tu descuido cuidado. Yo estoy perdido por ti. Pues pregónate, que yo del aldea truje un no que en su aspereza aprendí. El hábito cortesano no muda la condición. Paga. Laura, mi afición. Quedo, y sin tocar la mano, y vete con Dios, Dionís, mira que Carlos te espera. ¿Esto poquito te altera? ¿A qué veniste a París? A no ver, como en mi aldea, asnos, y hay muchos acá. Vete, que te aguarda ya. ¿Que tal su aspereza sea? Voyme, y a la corte dejo el cuidado de ablandarte. No será la corte parte si con mi honor me aconsejo. Todos estamos acá, señora ¿Quién es? Silvio, Laura, ¿no me ves, o desconócesme ya? ¿Silvio? Después que dejaste la aldea en que te has criado, hasta el hábito has mudado; mas ¿qué mucho, si mudaste el alma con él también y la has puesto en el criado de Carlos? No has escuchado, Silvio, mi respuesta bien. Pero ¿a qué vienes acá a decirme desvaríos con unos celos tan fríos? Pensé que pudiera allá vivir sin ti. Engaño fue, pues no hay álamo en el prado sin letras de mi cuidado para que crezca mi fe. Jamás al alba salí que hallase en todas sus flores de tu rostro las colores, ni manso arroyuelo vi que como tú se riese, aunque a su puro cristal diese la margen coral y perlas la arena diese. Todo fue tristeza y luto dejándome tu rigor; ni planta miré con flor ni flor que esperase fruto. En todo hallé soledad, y como en nada te hallé, determíneme a la fe a venir a la ciudad. Vesme aquí, Laura ¿qué piensas hacer de mí? Bien pudiera agora, si yo quisiera, vengarme de tus ofensas. Pero quiero proceder como mujer cortesana, que no quiero ser villana, aunque lo pudiera ser. Yo soy toda la privanza de Fénix; yo haré que estés en su casa, o prueba un mes hasta entender la mudanza que aquí podremos tratar lo que nos esté mejor, mas no has de ser labrador. Ya sé que no hay que labrar en los campos de la corte, siempre estériles; mas di, ¿qué puedo yo hacer aquí que para vivir me importe? i Qué oficio tendré en su casa del Conde? Si has de servir a Carlos, no hay que pedir oficio mientras se casa. Mas, pues a la corte vienes, entra con mucha humildad, ganando la voluntad, Silvio, pues ingenio tienes. Que te quieran bien procura, por bien hablado y bien visto, que hacerse un hombre malquisto es necedad y locura. Con decir de todos bien, hay correspondencia igual, porque si tú dices mal. de ti le dirán también. Acompáñate con buenos, y tú lo parecerás; respeta al que sabe más y alienta al que sabe menos. No te metas en tu vida a bachiller, porque es cosa notablemente enfadosa, cansada y aborrecida. Nadie, en efeto, te arguya aunque estén de infamias llenas, de mirar casas ajenas, sino de mirar la tuya. Honrar mujeres codicia, no lo desigual igualas, de cortesía a las malas, y a las buenas de justicia, Que con estos documentos segura vida tendrás. ¿Tienes que decirme más? Que aquestos seis mandamientos cifran dos. Atento estoy, que me debe de importar. No fiar, ni porfiar. Esa palabra te doy. Siempre, Lisarda, he pensado en tu remedio. Yo lo creo, gran señor, de tu deseo, de tu amor y tu cuidado. Condesa, yo te he casado, para sosegar mejor a los que hablan en tu honor; porque mirar por la fama de lo que quiere quien ama es el verdadero amor. Pienso que conocerás el dueño que darte quiero, que es Carlos, un caballero, que no hay que decirte más. A tu estado añadirás otro que yo quiero darte, por pagarle y por pagarte dos grandes obligaciones. En muchas, señor, me pones de servirte y de alabarte. ¿No es ese Carlos criado de Arnaldo? Lisarda, no; es criado el que sirvió, pero no el que se ha criado. Su hermano, al Conde le ha dado por padre, en su larga ausencia mira tú si hay diferencia y si esta verdad abona en su gallarda persona aquella ilustre presencia. Débole a Carlos la vida, débele Francia su rey mira tú si es justa ley pagar deuda tan debida. Si mi amor no se te olvida, también obligada estás: y de mí conocerás si estimo este caballero, que en darle lo que más quiero, no puedo pagarle más. De Alejandro se alabó que dio su amada Campaspe, con que en bronce, en ero, en jaspe esta hazaña eternizó. Lo mismo quiero hacer yo para ganar mayor palma, puesto que me deja en calma perderte y ser mi homicida, pues a quien me dio la vida, no le doy menos que el alma. Pues ha dicho vuestra Alteza su razón, será razón que yo le diga la mía. Esté atento. Atento estoy. Conozco que fui culpada en dejar que su afición pudiese obligar la mía; mas fue disculpado error, porque tengo pensamientos de tan noble presunción, que a no imaginarme reina. no estimara su valor. Con esto y que vuestra Alteza algunas veces me dio, si no esperanzas, engaño?, creció mi satisfación. En medio, pues, de estas cosas, que no quiero, gran señor, traerlas a la memoria para mayor confusión, porque palabras y plumas siempre el viento las llevó, y requiebros y papeles pienso que lo mismo son, a Fénix vio vuestra Alteza. y en Fénix su nombre vio, conecto que trae consigo para cualquiera ocasión. Enamorose, y confieso que muy bien se enamoró que no tiene ley el gusto, ni fuerza la inclinación; llegó luego a mi noticia, que no hay cosa más veloz que una mala nueva al dueño, y aun le avisa el corazón —debe el avisado albricias del mal a quien le avisó, porque un daño prevenido es, cuando llega, menor—; supe también que a una aldea. de temor, se retiró, adonde fue vuestra Alteza en forma de cazador. Por averiguar mis celos —del amor fuerte pensión, mas no cuando son agravios, que son infamia de amor—, en una carroza parto; digo a Fénix mi pasión, diome su aposento Fénix, donde vuestra Alteza entró. Lo que pasó, ya lo sabe. Y antes que saliese el sol vuelvo a París, y conmigo mi desengaño volvió. Cuesta mucho un desengaño, y lo que aquél me costó, quien ama y los ha tenido sabrá el estado en que estoy. Esto pasara en silencio mi amor, por su propio honor; que quien dice sus desprecios afrenta su estimación; pero, llegado el engaño a tan extraño rigor que vuestra Alteza me case, sabiendo París quién soy, con un criado de Fénix, es tan grande sinrazón, que dará lengua a las piedras, y a la más cuerda, furor. Si Carlos mató la fiera que a vuestra Alteza sacó del caballo, pague Fénix lo que fue su obligación. ¿Qué culpa tiene Lisarda, si por Fénix sucedió? Porque yo, a la misma Fénix tendría por deshonor recebirla por criada, no siendo su dueño vos que en sangre, en talle, en ingenio, yo pienso que soy mejor. no siendo vos el juez, que tenéis mucha pasión. Y con esto os desengaño, porque primero que yo sea de Carlos, ni Francia juntos nos halle a los dos, tendrán los cuatro elementos paz en su disforme unión, quietud las aguas del mar. piedad la envidia feroz; la ambición, descanso y gusto buena fortuna, el temor; amor, paciencia, agraviado, y los celos, discreción. Case vuestra Alteza a Carlos con Fénix, que yo le doy palabra que calle Carlos y que ella no diga "no": que con esto y su licencia, desengañada me voy; y, si no manda otra cosa, mil años le guarde Dios. De mi paciencia me espanto. El ser mujer, me disculpa. Vuestra Alteza tiene culpa de haberla escuchado tanto. Pero, pues tiene poder, ¿por qué se ha de resistir? Esto, César, es decir, y no es el decir hacer. Claro está que ha de ser fuerza, si no fuere voluntad. El parecer liviandad, a que se queje la esfuerza. Pero, pues que celos son de Fénix, oye y verás cómo entre los dos pondrás tan notable confusión, que, si algún amor había, cese para siempre en ellos. Si fuese sin ofenderlos, notable industria sería. El Rey me envía a llamar, y llevo notable pena. Pues no pases desta sala, que allí está hablando con CÉSAR. ;Cómo, Silvio, entraste aquí? Señor, por ver la grandeza del palacio, que a su rey ya le he visto en nuestra aldea. Allí está Carlos, señor, ¡Carlos! Deme vuestra Alteza los pies. Yo te debo, Carlos, la vida: pagarte intenta mi obligación. Mi humildad levantaréis de la tierra. He tratado con Arnaldo casarte con la condesa Lisarda, y como, señora, por humilde te desprecia, yo quiero que la enamores, porque no hay más dulce fuerza de conquistar voluntades porque yo sé de tus prendas que rendirán cualquier dama, por mucho que se defienda. César te dará dineros, joyas, caballos, libreas; no quiero más de que pongas tu persona y tu prudencia. Esto ha de ser sin decir que yo te mando que emprendas servirla; que si lo dices, perderás, Carlos, con ella, mi gracia, y quizá la vida. De día, galán, pasea su calle, y de noche, armado, ronda su puerta y sus rejas. ¿Hasme entendido? Señor... No repliques. ¿A qué guerra te envío yo, a qué peligro, a qué difícil empresa? ¿A qué mar llevas armada para poner mis banderas en las más remotas playas? Pluguiera a Dios que eso fuera, que yo lo supiera hacer. Carlos, Carlos, esto es fuerza hacer lo que manda el rey es ley de naturaleza. Venid con CÉSAR. Tú, luego, sin que en palacio se entienda, le darás diez mil escudos. Ven. Carlos. (El Rey ordena mi muerte. Fénix la causa. Al poder no hay resistencia.) ¿Qué lleva Carlos? No sé. ¿Con el Rey lleva tristeza? ¡Válgame Dios! ¿Quién pensara que en los palacios la hubiera?
JORNADA TERCERA
Quise enviarte a llamar. perdona haberte apeado. Carlos, que me das cuidado, para hablarte y descansar. ¿Para quién. Carlos, te armas? ¿Para quién la bizarría de tantas galas de día; de noche, de tantas armas? ¿Qué causa el día te doy, que nunca esta calle dejas? ¿Qué les dices a mis rejas cuando yo durmiendo estoy? Un mes, y más, puede haber que has dado bien qué decir; Carlos, yo te quiero oír. pues que tú me quieres ver. Grandezas has descubierto que dan a entender valor. ¿Eres algún gran señor que anda en la corte encubierto? Declara tu oculto nombre: ya es ignorancia callar; que tanto andar sin hablar, Carlos, no es efeto de hombre. Como a todos sospechoso, puesto me has en confusión, porque es tanta ostentación digna de un rey poderoso. Si es encogimiento, advierte que ya me tienes aquí; porque, reparando en ti. ya no me pesa de verte. Habla; licencia te dan mi calidad y mi fama; porque estás, Carlos, tan dama, que vengo a ser el galán. Señora, no sé qué os diga. Sólo sabed que mi intento es un nuevo pensamiento que a lo que decís me obliga. No sé yo cuál de los dos está más confuso aquí: vos. preguntándome a mí: yo, respondiéndoos a vos. Mirad, en tal contingencia, qué podéis imaginar; porque yo no os puedo hablar, aunque vos me deis licencia. Y así, la tomo de irme, por no poder detenerme; que hay a quien pesa de verme, cuando vos gustáis de oírme. Esta gala, este paseo tiene tal competidor. que es amor y no es amor. es deseo y no es deseo, es violencia y no es violencia, es rigor y es amistad, es fuerza y es voluntad, es licencia y no es licencia. Tiene el provecho en el daña, y el remedio en el temor: es favor y no es favor, es engaño y no es engaño. Conque no sabréis jamás la causa, de mí a lo menos; porque habéis de saber menos mientras os dijere más. ¿Vos Quereisme bien? No sé. Pues ¿qué pretendéis? Serviros. Hablad. No sé qué deciros. Pues ¿por qué? No sé por qué. Sí. sabéis. No puedo hablar. ¿La razón? Porque no puedo. Descortés sois. Tengo miedo. ¿A quién? Mándanme callar. ¡Qué necedad! Es por vos. No me sirváis. Yo quisiera. No me miréis. ¡Quién pudiera! Pues idos. Quedad con Dios. ¡Ah. gentilhombre'. ¿Soy yo? Oídme. ¿Yo? ¿Para qué? ¿Servís a Carlos? No sé. ¿Sabéis lo que es esto? No. ¿Pues con él no entrastes? Sí. ¿Dónde estáis? En su posada. Algo sabréis. No sé nada. ¿De quién os teméis? De mí. ¡Qué necio que estáis! Por vos. ¿No pensáis hablar? Soy firme. ¿Qué aguardáis? Licencia de irme. Yo os la doy. Quedad con Dios. i Ay, Celia! i Quién entendiera lo que este Carlos pretende! Bien fácilmente se entiende que este hablara, si pudiera. Teme el gran competidor que tiene en el REY. No sé, si ha un mes que el Rey no me ve, de qué procede el temor. cuya ingratitud ha sido causa que de aquella historia ya no haya en mi amor memoria que no la sepulte olvido. Reparando en Carlos bien, hombre digno me parece de amarle. Bien lo merece: y el Rey, tu olvido también. Si por él no se declara, y Carlos tiene el valor que muestra, tendrele amor. Señora. la causa es clara, y que el no hablarte es por él. Es ya su valor tan grande, que, aunque el Rey no me lo mande, pienso casarme con él. Vano fue mi remedio. No muy vano, pues ya te mira con semblante humano Fénix, que se mostraba tan airada, y parece que Carlos no le agrada. Sin esto, la Condesa. a Carlos mira. Mi sufrimiento con los dos me admira; mas tengo aquel servicio tan presente, que no hay remedio que mi amor intente, que siendo contra Carlos, le permita. Carlos a la Condesa solicita, mas no por eso Fénix le desprecia. Mi voluntad, en porfiar tan necia, estando aquesta noche desvelado, un remedio me ha dado. que ha llegado a ser como el enfermo que no duerme, pensando en los remedios que ha de hacerme. ¿Y qué remedio ha sido? Este es el Conde. Oíd lo que le digo y me responde. ¿Qué es, señor, lo que manda vuestra Alteza? Conde, la confianza en la nobleza de vuestra sangre., a daros un cuidado en que me va la vida me ha obligado. ¿La vida, gran señor? Guárdeos el cielo. Mi sangre sabe Francia. y vos, mi celo. Ponedla mano, Conde, en vuestra espada. No estaba en otra edad mal enseñada. Jurad por ella de guardar secreto. Y con pleito homenaje os lo prometo. Yo caso a Carlos, el que habéis criado, del servicio que vistes obligado. Fáltale calidad, que darle quiero diciendo vos, como de vos lo espero, que es vuestro hijo, habido en otros años, cuando de amor se sufren los engaños: y esto a Fénix y a él para que puedan decirlo a todos, pues hermanos quedan. Cosa tan justa, justamente obliga que ser hermanos a los dos le diga, para que a Carlos calidad le sobre; que si vos le casáis, no será pobre; que en verle pasear a la condesa Lisarda, que de verle no le pesa, con tantas galas, bien imaginaba que vuestra Alteza la ocasión le daba, al pasado servicio agradecido. Esto, con el secreto, Conde, os pido. Voy a serviros, y a decirle a Fénix lo que ha de serle de tan grande gusto; y yo llevo, señor, el que es tan justo de ver de vos a Carlos tan honrado. Mi hijo es Carlos, pues que le he criado. ¿Qué te parece de esto? Que en sabiendo que son hermanos, cesará el quererse. Podrá, sin esto, el casamiento hacerse de la Condesa y Carlos, pues le has dado calidad. ¿Quién hubiera imaginado, si no un celoso, industria semejante? No hay lince tan sutil como un amante. No hay cosa que más me admire que ver que llegues a hablarme, y que, de sólo mirarme, el temor no te retire. í No quieres que te hable y mire un hombre que está inocente? ¡Cruel! ¡Que engañarme intente tu lengua en cosa tan clara, que cuando yo la ignorara, me la dijera la gente! ¿Hay en París otro cuento, si no tu amor? ¿Es la empresa de servir a la Condesa mi secreto pensamiento? Bebes en su calle el viento; no hay hombre que no te halle en su reja, y en su calle, y en verte se escandalice, ¿y lo que la calle dice quieres tú que yo lo calle? ¡Extraño pago me has dado! ¡Cómo en esto he conocido que eres hombre mal nacido Mal nacido y bien criado. En fin, quedarás casado con Lisarda; bien harás. ¡Qué buena me dejarás! ¡Qué bien que supe escoger, ya que me quise perder! ¡No más, mis ojos, no más No lloréis, que, ¡vive Dios!, que no guarde ley al Rey; porque no puede haber ley que me obligue contra vos. Sabed, mi bien, que los dos, el Rey y César os digo, han concertado conmigo que sirva a Lisarda yo; no con el alma, eso no; no. Fénix; Dios me es testigo. El fin que llevan es darte de aborrecerme ocasión. no sabiendo la razón que a amarme debe obligarte. No he querido declararte el secreto; que, en efeto, estoy al rigor sujeto de su mano poderosa; que de una mujer celosa no se ha de fiar secreto. Pero, en viéndote llorar y llamarme mal nacido, máteme el Rey, pues ha sido el que me pudo obligar, Fénix, a hacerte pesar. Que cuando la queja suya a deslealtad lo atribuya, no hay vida o perdón que pida; que más que vale mi vida pesa una lágrima tuya. Como caerse del cielo la estrellas, así son tus lágrimas. No es razón, Fénix, que las goce el suelo. Dame, en tanto mal, consuelo recoge, pues, las estrellas, que lloras mi vida en ellas. Mira que un niño que tienes harás llorar, si a hacer vienes que lloren niñas tan bellas. Dame esos brazos. Desvía. ¿A mí me niegas los brazos? Sí diera, si fueran lazos. Lazos fueron algún día. Pues advierte, Fénix mía, que por fuerza he de abrazarte. Sabré mil vidas quitarte. No sabrás, porque te adoro. ¡No me pierdas el decoro, que he de matarme o matarte ¿Qué es esto. Fénix, qué es esto? ¿En qué los dos estos días andáis con tantas porfías, tú airada y tú descompuesto? ¿Yo, señor? Y tú también. ¿Es buena descompostura? A quien servirte procura, que le traten mal no es bien. Y, pues que nos has hallado, señor, en esta pendencia, quiero, si me das licencia, decirte lo que ha pasado. Que por todo pasaré, pero no por cosas bajas; que reconozco ventajas en la sangre, y no en la fe. Porque en verdad y lealtad pienso que soy el primero del mundo. Carlos, yo espero de tan necia enemistad saber la causa. Es bastante para irme o no vivir. Da mi señora en decir que un anillo de un diamante que le falta he sido yo, señor, quien se le ha tomado, pensamiento que le ha dado desde que galán me vio. Y aunque le digo que el Rey diez mil escudos en oro me ha dado, contra el decoro debido por justa ley a un hombre que tú has criado, no es posible que me crea. Fénix, ¿de cosa tan fea puede ser Carlos culpado? Si yo le veo servir a Lisarda ¿no es razón que tenga esta presunción? ¿Esto tengo de sufrir? Deme vuestra señoría licencia, que un hora más no he de estar en casa. Harás una grande bizarría. Vete, pero no lo creo, que te tiene el alma asida Muy atrevida, Fénix, con Carlos te veo; y yo sé que está inocente y que tú engañada estás. Con las alas que le das, ¿qué cosa habrá que no intente? Déjale ir; ¿qué ha de hacer Carlos aquí ya tan hombre? Bien dice; que hasta mi nombre debe ya de aborrecer. Dame licencia y la mano. Guerras hay. Carlos, advierte que ya me dais ocasión. sin la que el tiempo me ofrece, para que un secreto os diga con que os tratéis de otra suerte que hasta aquí os habéis tratado, pues será tan igualmente como merece el amor que de justicia se debe a la sangre. Estoy temblando. Alguna desdicha teme De estas palabras el alma. Hoy la lengua se resuelve a que del silencio antiguo lazos tan injustos quiebre. Otro respeto, otro amor en vuestros pechos comience; cese el nombre de criado; Carlos es tu hermano, FÉNIX. Fue prenda en mis verdes años de una dama, a quien la muerte llevó de su parto, honrando el Arco, por quien le pueden llamar Fénix desde entonces en vez de mortal celeste. Hermanos sois; ya lo he dicho al Rey, porque el Rey le quiere casar con Lisarda, a efeto que sepa que la merece. Que si por ser mi criado para ser su esposo pierde, siendo mi hijo don Carlos la iguala, si no la vence. Con esto os dejo a los dos, porque abrazos tan alegres no me enternezcan el alma, como las memorias suelen. ; Ha llegado al oído de un hombre desdichado nueva tan infeliz? Fénix, ¿qué es esto? Carlos, pierdo el sentido, que el corazón turbado parece que en los ojos se me ha puesto. Quisiera, descompuesto, decir y hacer locuras. ¿Yo soy. Fénix, tu hermano? ¡Ah. cielo soberano! ¿Qué puedo hacer en tantas desventuras puesto que mi inocencia disculpa tanto error con tu clemencia? Perderte, esposa mía. ¿Esposa dije? Miento; es fuerza, pues ya sé que eres mi hermana. ¡Oh, padre: qué alegría qué gusto, qué contento pensaste dar a mi esperanza vana! Pues no será tirana de mi amor la Condesa. Mi ausencia es ya forzosa de mi hermana y mi esposa, aunque parece temeraria empresa, pues si con ella quedo. ni dejarla de amar ni amarla puedo. De un ángel padre y tío ¿qué puedo hacer? ¡Ay triste! ¡Oh. quién no hubiera sido tan dichoso! ¡Oh, extraño desvarío, que apenas le resiste. Fénix, el desengaño poderoso! Amanecí tu esposo y anochezco tu hermano. ¡Oh. fortuna terrible, pues no será posible si aquí me quedo resistirme en vano! Fuerza será ausentarme, que menos es perderte que casarme. Adiós, Fénix querida, adiós, hermana, por mi triste suerte. La prenda de mi vida! en ti depositada te queda por memoria de mí muerte. Que la trates advierte como de esposo muerto, como de ausente prenda el alma te encomienda la fe primera del primer concierto; que yo, donde estuviere, te guardaré lealtad mientras viviere. Si lágrimas, esposo, iba a decir hermano, no te espantes, que ha poco que lo eres. pueden de mi amoroso pecho, el rigor tirano mostrar, no es justo que a la lengua esperes. Yo quiero, si tú quieres, que juntos nos acabe una muerte dichosa. Poco ha que fui tu esposa; que soy tu hermana amor apenas sabe, pues ¿qué más dulce suerte que con aquesta fe darnos la muerte? Pero si aquella prenda de los dos adorada no puede quedar sola, y no te fías de que tu amor no ofenda la fe desengañada con el trato amoroso que solías pasar noches y días tan cerca de mis brazos, vete, Carlos, que es justo no dar este disgusto al cielo que hoy defiende tus abrazos; vete, que sola ausencia hace al amor tratado resistencia. Que si el Rey porfiase en darte a la Condesa, por más que ser tu hermana y no tu esposa, Carlos, imaginase, el alma te confiesa que muriera celosa y envidiosa. Mas esta prenda hermosa, este Carlos pequeño, llévale allá contigo, no ha de quedar conmigo; siga las desventuras de su dueño, por que tengas presente a quien tan presto has de olvidar ausente. Desesperado intento. ¿Perdernos, Fénix, quieres a los dos en un día? ¿Será justo que un hombre de su aliento se críe entre mujeres? Suceda de una vez todo el disgusto. Mira que es caso injusto. Sí, Carlos, mas forzoso; que nuestro pensamiento dirá mi sentimiento, y quedará mi padre sospechoso; y es quitarle la vida sí entiende que yo fui tan atrevida. Ven esta noche, hermano, ¡nunca yo lo dijera! de tu casa a la nuestra con secreto, y con este villano a la puerta me espera; Darete el niño que nació sujeto a tanto mal. ¡Qué efeto de un amor tan notable ¡Qué desdicha perderte! ¡Dejarte yo! ¡Qué muerte! ¡Qué estado entre los dos tan miserable! ¡Loco estoy! ¡Yo perdida! ¡Yo voy sin alma, Fénix! ¡Yo sin vida! ¿Eso es cierto? Y es tan cierto, que no hay otra cosa en casa, y sin esto, que se casa, y que hoy se firma el concierto. Muerta estoy. Pues ¿tú, de qué? Yo me entiendo. Pues ¿qué daño os viene del desengaño? Ese, Silvio, yo le sé. Si es su hermano natural Carlos de Fénix, no puede quitarle su hacienda. Excede otro mal del mayor mal. Demás de que el casamiento de la Condesa se hará, con que Carlos quedará rico, próspero y contento. A la fe, Laura, que ha sido. fuerza decir la verdad, pues dándole calidad fue de Lisarda marido. ¡Oh, qué librea me espera en las bodas, pesia tal! ¡No más aldea y sayal, vida rústica y grosera! Corte sí, corte es vivir, bien vestir, mejor comer, sin pensar en que ha de haber ni mañana ni morir. Aquí la vida es cometa, resplandecer y pasar; no más campos ni esperar un astrólogo profeta que imprimiendo necedades en un pliego de papel quiere gobernar por él las supremas voluntades. No quiero esperar un mayo ni un planeta antojadizo que disparando granizo sea de mis viñas rayo. más quiero esperar aquí traición y murmuración que allá langosta y pulgón. No me picaron a mí, porque al que me murmurare. le sabré sus faltas yo; porque ninguno nació sin alguna en que repare. ¿Para qué quiero que el cura salga a conjurar nublados? Que aquí, con menos cuidados, la enemistad se conjura. ¡Ah, Silvia! Pues yo me acuerdo cuándo la corte infamabas, y al que vivía llamabas en la aldea sabio y cuerdo. El agua dulce te ha hecho mudar condición y gusto; ya París te viene al justo; ya tienes más blando el pecho. ¡Ah, Silvio! Que no has probado aquello del memorial del que por quererte mal incita al mal informado. Cuando la justicia veas que el enemigo te envía, por malicia y cobardía, ¿qué dirás de las aldeas? Cuando veas que si vienes con dineros hallarás amigos; pero no más de cuanto que darles tienes, ¿alabarás a París? Pues ¿algo no ha de costar? Sí, pero es mucho pesar. Laura, vosotras decís que por tener hermosura se ha de pasar cualquier cosa. Mira tú por ser hermosa lo que una mujer procura; qué martirios no padece una miserable cara, hasta que en no serlo para, y en mocedad envejece. Una discreta llamaba que era el agua su deleite, testigo falso al afeite, porque los dientes quitaba. No tienes que predicarme; yo soy cortesano ya. ¿Está aquí Laura? Aquí está. Laura, solicita darme la ropa que tienes mía. La ropa y el parabién de que te casas también con aquella señoría. Muchos años conde seas y hermano de mi señora, aunque es parabién que agora pienso que no le deseas. Laura, que su hermano soy de Fénix, aunque me admira, es verdad; pero es mentira que me caso, pues me voy. ¿Que te vas? Sí, Laura, a España. ¡Ea, Silvio, si has de ir conmigo, para partir te apresta. ¡Violencia extraña! Cuando en toda la ciudad se trata tu casamiento ¿te vas a España? Este intento nace de otra voluntad. ¡Esperaba yo librea! Pues de camino será. ¿Ves cómo Carlos se va? Es más segura la aldea. Digo que tienes razón. Adiós, LAURA. Bien decís los que vivís en París, sus gustos mudanzas son. ¡Qué presto me olvidarás! De ti no llevo cuidado, que ya me habrás olvidado antes que parta, y aún más. Dios te dé dicha en España, Silvio. Bien es menester. En fin, me voy a perder. ¿Por qué? Porque es tierra extraña. Extraña de tu país, mas del mundo la mejor. Bien me estaba labrador. Adiós, LAURA. Adiós, París. Próspero suceso ha sido. Resultaron dos efetos, César, notables entrambos. Como de tu claro ingenio. Lisarda, desengañada de mi voluntad, ha puesto los ojos en Carlos. Fénix ha mudado el pensamiento. Claro está que si Lisarda tiene de Carlos por cierto que es hijo del Conde Arnaldo, tratará su casamiento, porque tiene prendas Carlos para ponerle deseo, como con Fénix las tuvo para abrasarte de celos. Díjome el Conde que estaban tan admirados y atentos, que apenas mostraron gusto de saber que hermanos fueron, y es que como no sospecha lo que de Fénix sospecho, piensa que esta admiración nació del mismo suceso. Por lo menos, yo he pagado a Carlos lo que le debo casándole con Lisarda, y libre de celos puedo seguir la empresa de Fénix, que es el último remedio. Esta es su casa del Conde; como grave amante vengo donde no puedo de día. Grande es tu amor. Es inmenso. ¿Qué hora será? Las once. ¡Que le sirva de consuelo a un amante el ver de noche las ventanas de su dueño Como asiste el alma en él, descansa más asistiendo más cerca, señor, del alma. Notable desasosiego en la hermosura de Fénix padece mi entendimiento. Yo pienso que si llegase a saber lo que padezco, que de otra suerte pusiese a mis cuidados remedio. No vivo, César, no vivo, y te confieso que siento que siendo quien soy me tenga en un estado tan necio terrible pasión de amor. Oye, señor, que han abierto la puerta de aquel jardín que sale al patio primero. Mujer parece quien sale. No es sin causa. a verla llego. Sola mi fortuna pudo obligarme a lo que vengo; pero perdiendo la vida, ¿qué mayor fortuna temo? Allí están Carlos y Silvio. Carlos mío, llega presto, porque no es posible hablarte, sabe Dios lo que lo siento. El Conde me está esperando. Aquí te doy cuanto puedo. Este es Carlos, nuestro hijo. Bien sabe, Carlos, el cielo que la fe de ser tu esposa obligó mi atrevimiento. Soy tu hermana; así lo dice nuestro padre; así lo creo. Carlos, vuestro padre es Carlos. Dadme los últimos besos. Adiós, mis ojos, adiós, Carlos, que me voy muriendo. ¿Adónde me deja, madre. que hace escuro y tengo miedo? Con vuestro padre, hijo mío. Adiós. Carlos; que bien veo que no me puedes hablar. ¿Qué es esto, César, qué es esto? Déjame llegar al niño, no llore. ¡Extraño suceso! Venid conmigo, mis ojos. Niño.; Es él mi padre? No creo lo que esto}' viendo. Señor, no ha tenido buen efeto lo que habernos intentado. Antes un milagro ha hecho que ha sido, César, abrirme del alma los ojos ciegos. Pensaba yo que quería Fénix a Carlos, haciendo para que no le quisiese invenciones que me han muerto, pues he venido a saber no sólo que se quisieron, mas que según el testigo se casaron de secreto. ¡Oh, qué ocasión de venganza me había ofrecido el cielo si no fuera yo quien soy y debiera a Carlos menos. Carlos, César, me ha servido. Ya que he llegado a estar cierto de que Fénix es tan suya, ayudar a Carlos quiero. Toma ese muchacho en brazos. y el desengaño llevemos de mi amor. Carlos, venid. Niño. No. no, señor caballero, que Lauro me ha de llamar y no Carlos. ¿A qué efeto? Porque si me llama Carlos me conocerá mi abuelo. Silvio, en la corte has estado, aunque en aldea nacido. Pienso que habrás aprendido a lo que estás obligado. ¿Sabes tus preceptos bien? Ya sé que se han de encerrar en ver, oír y callar, Carlos, y en sufrir también. El más importante olvidas. ¿Cómo? No te has de espantar de cuanto vieres pasar, porque a lo discreto midas los sucesos de las cosas a la multitud que encierra. Ya sé yo que nunca yerra quien sus fábulas hermosas mira sin admiración, porque es querer ignorancia cifrar en corta distancia cosas que tan grandes son. Si viese en París, señor, la cosa más imposible, la juzgaría posible a la dicha y al favor. Aunque villano me coges, ya ser cortesano emprendo; las repúblicas entiendo que son como los relojes que el mismo gobierno corre de las mismas ruedas hecho, para el que se trae al pecho que para el que está en la torre. Sólo está la diferencia en que cuesta más cuidado el grande que el limitado, más gobierno y más prudencia. Según eso, y que ha lucido en ese buen natural la corte, a ocasión igual mi crédito te ha traído. Laura un muchacho ha criado Que has visto, no sin malicia. Celos me dieron codicia de averiguar su traslado. No te espantes. Ni era justo... Yo vengo por él, que soy su padre, y tú desde hoy su ayo. De serlo gusto, y de estar desengañado que Laura, en fin, te ha querido. De Laura este niño ha sido, V como tal le ha criado. ¡Ah, Laura, qué bien se vía que el palacio te agradaba! ¡Qué fingida me engañaba! ¡Y matrimonio quería! Pues ¿cómo admirarte quieres? ¿No es lo que los sabios hacen? Dos cosas desde que nacen saben todas las mujeres. ¿Y son? Bailar y engañar. Silvia, contra los precetos hablas. Los tres más discretos son ver, oír y callar. ¿Tú no lo dijiste ansí? Sí dije. Pues oye y calla. Aquí dicen que han de estar. Gente viene. Aquí te aparta. ¿Qué gente? Criados somos del Conde. ¿A estas horas andan fuera de casa? ¿Qué importa, si es la puerta de su casa? ¿Es Carlos? El mismo soy. Pues dadme, Carlos, las armas. que os manda prender el REY. ¿A mí? A vos. ¿Por qué? No mandan los reyes dar la razón por que prenden. ¡Cosa extraña! Entra, Silvio, y dile al Conde que el Capitán de la guarda. por orden del Rey, me prende. Si has hecho cosa tan mala que te cueste vida y honra. saquemos, Carlos, la espada; que es mejor honrosa muerte que la vida con infamia. Estoy inocente, Silvio. Pues yo diré lo que pasa. Sola esta espada be traído; pues me la pedís, tomadla; que quien con ella le sirve, no pienso yo que le agravia. Esto me ha mandado el REY. Vamos. Sin duda es la causa haber sabido que Fénix es mi mujer y mi hermana. Mucho me agrada, Condesa, tu intento, pero no creo que podrá ya tu deseo salir con tan justa empresa. De haberte dicho me pesa que pagando su afición he tenido inclinación a Carlos para casarme, viendo que quieres negarme cosa tan puesta en razón. ¿No es Carlos hijo del Conde Arnaldo? Luego es mi igual, porque con ser natural, a su valor corresponde. De aquí imagino que donde hubo fuego, como en ti. aún hay reliquias, que aquí lo que es justo concedieras, si envidia de él no tuvieras, y agora celos de mí. Engañada estás, LISARDA. y pésame que a tu boca salga presunción tan loca. Pues ¿qué es lo que te acobarda para no casarme? Aguarda. que muy presto lo sabrás. Señora, engañada estás, porque si posible fuera, el Rey a Carlos te diera, aunque tú mereces más. Aquí, señor, he traído de donde mandaste, preso a Carlos. ¿Que allí le hallaste? Sí, señor. ¡Preso! ¿Qué es esto? Aquí vengo, gran señor, preso, aunque inocente vengo. ¿Inocente? Ya sé yo que están los hombres sujetos a testimonios, a envidias de enemigos y aun de deudos. Algo te han dicho de mí, que si me escuchas primero... No, Carlos; no quiero oírte; yo sé la causa que tengo. ¿Quiere decírmela a mí vuestra Alteza? Esto le ruego por todo el amor pasado. Lisarda, es cierto secreto que he de decir a su padre, y Carlos y yo sabemos. ¿Dónde manda vuestra Alteza que lleve a Carlos? Hoy llego de mi vida al postrer punto. Esté por agora puesto en la torre de palacio. Cuando esto parezca extremo de amor, ser padre es disculpa. Fénix, temeroso llego. Supe la prisión de Carlos, y a vuestra Alteza confieso que fue milagro en mis años no quedarme entonces muerto. ¿Carlos preso a tales horas? Señor, como hermana puedo decir que en toda mi vida tuve mayor sentimiento. y como Fénix, ¿quién duda que lo habréis sentido? Creo que estáis, señor, olvidado, con los cuidados del reino, no del servicio de Carlos, sino de nuestro concierto. ¿Sabéis lo que me dijiste? Sí. Conde, todo lo entiendo sé que Carlos me ha servido, y que la vida le debo. Sé que os dije que gustaba, para cierto pensamiento, de que dijésedes, Conde, que era Carlos hijo vuestro. Señor, aunque no es mi hijo, que sepáis, y es justo, quiero que por hijo de mi hermano, en tal opinión le tengo. Mi amor es notable a Carlos: pero pues vos le habéis preso, confesando que la vida le debéis, yo me resuelvo a ser su mismo verdugo. El delito, yo os confieso que tiene alguna disculpa pero ya sabéis que debo hacer justicia; soy REY. Señor, si acaso merezco por canas y por servicios a vuestros padres y abuelos saber lo que es, os suplico me lo digáis. Antes pienso haceros, Conde, juez. Pues si lo soy, os prometo que no tenga el padre alcalde, pues no lo soy. Oídme atento. Aquí se quejan que Carlos, desleal, y de amor ciego, con la hija de un amigo se ha casado de secreto, y que tiene de ella un hijo, que fue testigo tan cierto, que le he examinado yo. ¿Pareceos que es bien con esto que porque me dio la vida y lo sabe todo el reino deje yo de hacer justicia? Señor ¿siendo vos mancebo, juzgáis delitos de amor con tanto desabrimiento? Ese rigor, esa furia, dejadla para los viejos, que ya con helada sangre no saben que no lo fueron. ¿Quien puede ser ofendido en el honor que a desprecio tenga el dar su hija a Carlos, mi sobrino y vuestro deudo, que sabéis que lo soy yo? ¿Eso es ser juez recto? Más parecéis abogado. Pues, señor, cuando yo temo que ha sido Carlos traidor, o que a algún príncipe ha muerto, veo un delito de amor, ¿qué he de hacer? César, traed luego el testigo. Voy por él. ¿Qué testigo? Que os prometo que yo en cosas naturales del primer bozo me acuerdo; nunca juzgo por las canas. Aquí está el testigo. El cielo le guarde; ¡qué buen testigo! Yo, a lo menos, ya estoy tierno, y casi de verle lloro, ¿Es posible que tu abuelo pide justicia de Carlos mirando un ángel tan bello? ¿Perdónaradeles vos, buen Conde, si fuera vuestro? Y pienso echarme a los pies del ofendido soberbio. Mirad lo que decís, Conde, que es el niño nieto vuestro. Pues, señor, lo dicho, dicho; en los brazos me le llevo. Carlos, vos sois condestable de Francia. A Lisarda ruego que trueque a Carlos por CÉSAR. Pues yo con Laura me quedo, ya que el niño tiene padre. Lo que es tu gusto obedezco. ¿Quién podrá alabar, señor, tu valor y entendimiento? Quien supiere cuánta dicha fue siempre servir a buenos. Con que la comedia acaba, senado, a servicio vuestro.
