Texto digital de Ser prudente y ser sufrido
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Pérez de Montalbán
- Atribución estilometría
- Juan Ruiz de Alarcón Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ser prudente y ser sufrido. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ser-prudente-y-ser-sufrido.

SER PRUDENTE Y SER SUFRIDO
JORNADA PRIMERA
SER PRUDENTE Y SER SUFRIDO Aguardando está el pintor Que le des, Señor, licencia. Llegue. Llegad. Su presencia Causa respeto y amor. Vuestra real majestad, Señor, llamarme ha mandado, Y vengo con el cuidado Que debo a servirle. Alzad. Oíd: en el corredor De palacio, en que poneis Las pinturas, en que hacéis Ostentación del primor De vuestro pincel, conviene, Para un intento importante, Que pongáis de aquí adelante, Hasta que otra cosa ordene, Una sola, y ha de ser De mi retrato; advirtiendo Que para el fin que pretendo, Julio, la habéis de poner Debajo del mirador Que el Rey, que Dios tiene, hizo Por dar luz al pasadizo Y dar vista al corredor. Y antes que el retrato mío Pongáis donde he dicho, en él- Copiaréis de este papel Las letras, y ved que fio De vos que ha de estar secreto Lo que os mando entre los dos; Que estriba en callarlo vos De mi intención el efeto. Vuestra lengua esté advertida, Y no sepa nadie, no, Que esto os he mandado yo, Porque os costará la vida. Vuestra majestad real En mí es la más fuerte ley; Que yo sé que sois mi rey, Y vos, que yo soy leal. (Vase.) Bermudo. ¿Señor? Bien sabes, O saber debes al menos, La obligación de los buenos, Y que son culpas más graves Las suyas, cuanto lo son Los daños que nacen de ellas, Y contra el Rey cometerlas Es especie de traición. Y si no decir verdad Es culpa, conforme a ley, - Da, quien no la dice al Rey, Indicios de deslealtad. Tambien sabes de palacio Las costumbres, y que en él La lisonja, poco fiel, Ocupa todo el espacio Que hay desde el primer zaguán Al rincón más escondido, De cuya causa han nacido Las culpas que al Rey le dan Sin razón, pues si es tan cierto Que a la real majestad Nunca llega la verdad Con el rostro descubierto, De cualquier acción errada Merece justo perdón, Pues con falsa información No hay decisión acertada. Así, Bermudo, si estás Deseoso de obligarme, Tanto más con declararme La verdad me obligarás, Cuanto más de ella carezco; Este tu oficio ha de ser, Sin recelar ni temer, Ni ¿el premio que te ofrezco Te falte, ni que jamás, Haciendo tú lo que es justo, O podrás darme disgusto, O de mi gracia caerás. Guárdate no te pervierta El odio ni la amistad, Para que de la verdad Hagas relación incierta, Ni para este fin pretendas El secreto confiar; Que me he de desengañar Por donde menos lo entiendas; Y te esperan de una suerte Al delito o la lealtad, Como el premio, en la verdad, En el engaño, la muerte. No es menester otra ley, Otro premio ni castigo, Que lo que puede conmigo Ser yo noble y tú mi rey. De tu hidalga inclinación Lo presumo así, Bermudo, Y esa confianza pudo obligarme a esta elección. Y para que en lo que importe Comience a informarme, di. ¿Qué dice el pueblo de mí? i ¿qué se trata en la corte? Como acabas de heredar La corona de León (Que hasta el persa y el Japón Quiera el cielo dilatar), Repartiendo los discretos De palacio los oficios, Ya califican servicios, Y ya examinan sujetos. Y en todos la más corriente Plática ahora es, Señor, De tu privanza y favor; Que está la ciudad pendiente De tu elección, divididos Los pareceres, supuesto Que juzgan todos en esto, - De sus pasiones movidos. ¿Según esto, el reino abona Como acertado el tener Privado? - Satisfacer Quiero a ese punto, y perdona Si en discurso dilatado lo tratare, porque es cosa En que en la escuela curiosa Política ha trabajado, Si es conveniente o preciso El tener privado o no. Di pues. Cuando el cetro dio Del mundo, en el paraíso, Dios a Adán, dijo al instante Que necesidad tenia De ayuda y de compañía, Que fuese su semejante; Y así, le dio la mujer, Porque con ella partiese El peso, si no quisiese La gloria de su poder. Desde entonces no se ha visto Rey alguno sin privado; Y el prototipo sagrado, Y Rey de los reyes, Cristo, Prefiriendo en su favor A San Juan, justo lo ha hecho; Dígalo el sueño en su pecho Y su gloria en el Tabor. Aunque sienta diferente Algún político osado, Cuanto ignorante, arrojado Contra verdad tan patente; Que la mayor diferencia Que en esto ha habido, es tener O más o menos poder, Menos o más dependencia, Uno que otro en la privanza; Mas quererle al Rey quitar Que elija, a quien encargar Del peso la confianza, Es pretender que, trocado Su privilegio en castigo, Tener no pueda un amigo Con que alivie su cuidado, Y de sus secretos hable Contra una propia pasión De la humana condición, Que es ser animal sociable. Demás, que el sol refulgente No dispensa a los mortales De sus rayos celestiales La luz inmediatamente; Que nos fueran los rigores De su actividad molestos, Si elementos interpuestos No templaran sus ardores. Y así, pues desde el poder, La grandeza y majestad Del Rey, hasta la humildad De su pueblo, viene a haber Desigualdad y distancia Tan grande, que los tenemos Por dos opuestos extremos, Es arbitrio de importancia Que comunique primero Su resplandor a un privado, Elemento en quien, templado Su poder, de medianero Haga oficio entre los dos; Que del modo que convino Que por decreto divino Mediase entre el hombre y Dios Quien fuese Dios y hombre fuese, Para que de esta manera, Como Dios, con Dios pudiera, y como hombre padeciese; Entre el Rey hallo Que un privado debe haber, Que rey parezca en poder, Siendo en escuchar vasallo; Pues con él más libremente, Menos medroso y turbado, Ser el agraviado, Se declara el pretendiente, Se ventila lo importante, Se busca a la pretensión Camino; cosas que son, No solo del negociante Alivio en el mar mayor, Mas premio en parte también; Que es favor escuchar bien, Y sabe a premio el favor. Bien probaste tu intención; Soy del mismo parecer. (Mas yo no tengo de hacer Como piensan la elección.) Entre cuantos fueren buenos, Solo mi privanza espere El que más la mereciere, Y la pretendiere menos; Que el privar, si se ha de usar Con justicia y sin exceso, Es carga, es trabajo, es peso, Que no se ha de desear; Y así, debo pensar yo De aquel que lo pretendiere, Que ser poderoso quiere, Pero buen ministro no. Bermudo, de tu lealtad Se ha de fiar mi elección; Escucha con atención Y revela con verdad; Advirtiendo ya debo Ser otro que fui, Bermudo; El hombre antiguo desnudo, Y me formo de hombre nuevo. Ni a Elvira me nombres más, Ni cosa que de su amor Me acuerde; que mi favor Al instante perderás. Las juveniles pasiones Inducen hechos injustos; De hoy más diviérteme gustos Y adviérteme obligaciones. ¡Qué propios son los fervores Y deseos de acertar En el que empieza a mandar! Y qué fácil los ardores Del buen celo se mitigan; Que es hombre, y en la grandeza Sabe a su naturaleza, Y sus pasiones le obligan! Doña Elvira, mi señora, Y su hermana, doña Flor, Se querellan del rigor Con que las tratáis ahora, que más os han menester, Y os piden que vais a verlas. Decidles que sus querellas Iré yo a satisfacer En pudiendo, y que confío Que bastará a asegurarlas, Saber que es el visitarlas Interés tan propio mío. Dios os guarde. Ya sospecho ¿esta mudanza de estado, hermosa Flor, la ha causado También en tu esquivo pecho; Y si es así, también yo, Como tú, he de hacer mudanza, Pues le das a mi privanza Lo que a mis méritos no. Nunca vi locura igual. Ya sé que amor es locura. La medicina procura, Pues que conoces el mal. Sí procuro. ¿Cómo? Di Declarando lo que peno A doña Elvira. Oh, qué bueno! ¿Y esa es medicina? Sí. Una vez metí en el lodo, Atravesando una calle, Un pie, y queriendo sacarle, Metí el otro; y de este modo Hasta la cinta me entré, Pudiendo, si cuerdo fuera, Y al principio atrás volviera, No enlodar más que el un pie. Con este ejemplo te enseño Que es mejor volver atrás, Pues no es empeñarte más, Buen remedio de tu empeño. Si tuviera yo cordura Para seguir lo mejor, No fuera el que tengo amor, O amor no fuera locura; ¿Y Elvira puede. negando, Condenarme a más, si peno, Que à lo que yo me condeno, Si quiero morir callando? ¿E callar es remediarse? - Si solamente deseas ¿sepa Elvira tu llanto, tiempo desperdicias tanto, Cuanto camino rodeas; Mas si quieres obligarla A remediar tu tormento, Tan descalzo atrevimiento, Claro está que ha de indignarla. Ninguna ofenderse vi De ser amada. Señor, Si no la ofende el amor, El atrevimiento sí. Al corredor te retira; Que sin testigos amor Hace sus tiros mejor. Bien dices, sola está Elvira; Llega, y ayúdete Dios. ¿Quién está aquí? ¿Por qué os vais? Ya os he visto. ¿A quién buscáis, Señor don Fernando? A vos, Bellísima doña Elvira; Que no puede buscar quien Os conoce, mayor bien, Ni más gloria quien os mira. Ya con esto habéis cumplido Con lo galán y cortés; Decid ahora, ¿cuál es La ocasión que os ha movido A la novedad que veo? Esta sola es la ocasión. ¿Cuál? ¿No os dice el corazón Por los ojos su deseo? No os dice, Señora, el ser Tan bella, que es agraviaros, Pensar que para buscaros, Otra causa es menester? No os dice mi rendimiento Que adoro vuestra hermosura? Bella Elvira, ¿mi locura No os dice mi atrevimiento? ¿Qué es esto? ¿Así os declaráis? ¿Quién jamás tan libre habló A mujeres como yo? Pero ya vos confesáis Que estáis loco, y bien ha sido Menester para templar Mis enojos, disculpar Con lo loco lo atrevido. Cuando el ver que me atreví Mi locura no probara, El saber que os vi bastara A probar que enloquecí. Y como milagros tales Sabe hacer vuestra hermosura, Aunque carecen de cura, Os quise decir mis males; Que pues callando mi amor Me ha de acabar mi tormento, Máteme el atrevimiento, Si ha de matarme el temor; Y así, debéis perdonarlo, Advirtiendo que el decirlo Es por no poder sufrirlo, No por pensar remediarlo. Y porque entendáis que es esta Solamente la ocasión De deciros mi pasión, No he de aguardar la respuesta. Jamás enloqueces menos, Amor; estos desvaríos No admito, pues son los míos Disculpa de los ajenos. ¡Ay de mí, que estoy muriendo de un olvido! ¿Quién pensara Que el Rey huyendo alcanzara Lo que no alcanzó siguiendo? ¿Hermana? ¡Oh, Flor, si un instante Hubieras antes llegado! ¿Para qué? Hubieras gozado Del más repentino amante Que has visto; sin avisar, Hasta donde estoy entró, Y lo primero que habló, En viéndome, sin usar De salvas ni prevenciones, Fue, que penaba por mí. ¿Quién era el amante? Di. Don Fernando de Quiñones! Gran exceso en él ha sido; Que nadie tiene en León Mas asentada opinión De cuerdo y bien entendido. Si no le dio confianza Su conocida nobleza, Pues si tuviera riqueza Como méritos alcanza, Pudiera estimar su amor Una infanta. Cosa es llana: Mas mira a qué tiempo, hermana, Solicita mi favor; Cuando el olvido o mudanza Del Rey en mí la ha causado, Y cuando su amor pasado Me pudo dar esperanza De coronarme en León. Causa tienes de estar triste; Mas ya que cuando pudiste No pagaste su afición, Si yo puedo aconsejarte, Disimula tu mudanza, Y no des a su venganza Materia con declararte. Ya no hay remedio; ya, Flor, No hay temor que me refrene; Que, según me abraso, tiene Mucho de rabia este amor. Bermudo viene a matarme; Con él te quiero dejar. Volved; que si por mandar De parte vuestra llamarme, Flor hermosa, vengo a veros, Para castigarme así, - ¿Qué delito cometí, Si es forzoso obedeceros? Mi hermana tiene que hablaros, Y quiso que yo os llamara, Porque el venir os pagara Con el favor de llamaros. Ya me veis, si pretendéis Verme, y si queréis hablarme, Ya sé que es para contarme Lo que por mi padecéis; Mas, pues me lo habéis contado Mil veces, y yo entendido, Yo lo doy por repetido, Dadlo vos por escuchado. ¿De qué sirve, ingrata Flor, repetirlo ni escucharlo, Si, en lugar de mitigarlo, Aumento más tu rigor? Y vos. Señora, ¿en qué estáis Tan ofendida de mí, ¿que muera aquí Desdeñado, me llamáis? No estoy, Bermudo, ofendida, Antes compasión me hacéis; Pero no desesperéis, Que no es peña endurecida Flor; obligadla constante; Que de agua una gota breve Repitiendo al golpe leve, Sabe cavar un diamante. Y si importar pueden algo, En casos de amor, terceros, Desde aquí, para valeros, Os ofrezco lo que valgo. Permitid, por merced tanta, Que besar merezca yo La tierra que mereció Besaros la hermosa planta; Y mirad si en cambio de ella En algo os puedo servir; Que aún más allá del morir Pasará el agradecerla. Así de quien sois lo creo, Yos pido sola una cosa, Y es... Si no es dificultosa, Se correrá mi deseo. Si puedo, al Rey; que es bajeza, Rogando, mostrar flaqueza, Mientras lo ¿? evitar.) Bermudo, el Rey pretendió (Como sabéis) mis favores, Y aunque sintió mis rigores, Por lo menos, me debió El haber yo respetado, Si no pagado, su intento, Tanto, que mi pensamiento Nunca admitió otro cuidado. Mas ya que, o la resistencia Que en m ha visto, o la mudanza De su estado, o la venganza, Que procura su impaciencia Le han tenido tantos días Sin verme, que es bien que arguya De su olvido que en la suya No viven memorias mías, Quiero, para usar, Bermudo, De mi libre voluntad, Que me dé su majestad Licencia; que, aunque no dudo Que con no haber proseguido Sus intentos me la han dado, Si bien se muestra olvidado, En tanto que despedido No se publique, es razón Que yo esta salva le haga, Y con esto satisfaga Al decoro, estimación Y respeto que guardar Debo a su alteza, supuesto ¿aunque él no la dé, con esto cumplo, y la puedo tomar; Y así, Bermudo, quería Salir de esta obligación, - Pidiendo esta permisión Vos al Rey de parte mía. (Ap. Causen celosos desvelos Furia en su olvido mortal; Que un amor de pedernal Da fuego al golpe de celos.) Señora, bien os podría (A no ser, como decís, La licencia que pedís, Tan debida cortesía) Asegurar que sin ella Podéis de vos disponer, Y que no se ha de ofender El Rey de que sin tenerla Admitáis otros intentos; Porque él, no solo ha mudado, Con la mudanza de estado, Costumbres y pensamientos, Mas precisa ley me ha puesto De que nunca a la memoria - Vuestro nombre o vuestra historia Le traiga. ¡Ay de mí! ¿qué es esto Que escucho? ¿Cómo podré Tener, con esto, paciencia?) Mirad si mi resistencia Fue justa; mirad si fue Antojo, y no amor, Bermudo, El del Rey, pues fácilmente, Por un liviano accidente, Tan presto mudarse pudo. Esto le diréis también, Y que gran gusto me ha dado Ver que haya justificado Su mudanza mi desdén. En nada puedo mostraros Cuanto serviros deseo Como en esto, cuando veo Que he de darle, con nombraros, Disgusto, y que contra mí Provoco su indignación, Quebrantando la instrucción Que de sus labios oí, Mas todo arriesgarlo quiero Por pagaros el favor Que de mi adorada Flor Alcanzar por vos espero. Bermudo, escuchad. Elvira, ¿Qué me mandáis? - Estoy loca ¿Cómo ocultará la boca. Las llamas que el pecho espira? ya ha confesado al rigor La verdad el pensamiento; Pensé que mi sentimiento No llegara a tanto amor. Ya por escuchar y ver Al que aborrecí primero Entre ardientes ansias muero; Mas ¿para qué soy mujer?) Lo que dices me ha alegrado De suerte, que no lo creo, Bermudo, si no lo veo; Y así, porque mi cuidado Cobre más seguridad, Otra cosa habéis de hacer, Y es, que me habéis poner, Cuando con su majestad Tratéis de esto, donde, oculta, Lo pueda ver y escuchar. El que pretende obligar Nada, Elvira, dificulta; A disponerlo me obligo. Pues avisadme; que Flor, Porque os pague este favor, Irá a la ocasión conmigo. Si ofrecéis tal galardón, Parto al punto a merecerlo; Que me obligasteis con ello A apresurar la ocasión. Bien sé que mi propio daño Tengo de ver si al Rey veo; Pero quiere mi deseo Que me mate el desengaño Mas que sufrir el tormento; Como, a costa de la vida, Mata su llama encendida El hidrópico sediento. Gastemos alegres días En las cosas de palacio; Divierte un pequeño espacio Tus melancolías, Y mira de la privanza De Alfonso tanto ambicioso; Mira el séquito dudoso. Lisonjear la esperanza De este y aquel, cada cual Como sigue el negociante Romano, en sede vacante, Al que es sujeto papal. - ¡Qué lejos estoy de sello! Giges, humilde villano, Llegó a ver cetro en su mano Y corona en su cabello. Yo ni pretendo ni quiero Más ventura o más grandeza Que conservar la nobleza De que al nacer fui heredero; Que lo demás es locura, Y en el mundo yo he pensado Que solo el desengañado Goza firme la ventura. Bien lo dices; pero mira, Aunque en filósofo das, Que en esta ocasión, que estás Tan ciego de amor de Elvira, Gran dicha el privar seria, Pues con eso la alcanzaras, Y pienso que renunciaras Toda la filosofía; Y habiendo tantos oficios Hoy en palacio que dar, Alguno puede tocar A un hombre de tus servicios. Si tuvieras los deseos Que yo tengo, no soñaras Mas locuras ni pensaras Mas perdidos devaneos; Retirados a esta parte, Hagamos fiesta de ver Lo que desvela el poder Y lo que negocia el arte. Advierte la multitud Que a Diego Núñez de Lara Acompaña; ¿no tratara De prevenir su ataúd Con más razón este viejo? No lo consideras bien; Si excluyes las canas, ¿quién Ha de dar al Rey consejo? Si no se quedan aquí, No he de pasar adelante... ¿Veslo resistir constante? Pues que me ahorquen a mí Si de verse acompañar Le amarga la cortesía. Señores, por vida mía... A eso no hay qué replicar. Miren pues quién viene allí! Mendo el mudo. - Oh, si lo fuera! Sola una cosa quisiera Saber ahora de ti; Que, aunque el no saber es mengua, Confieso que la he ignorado; ¿Por qué llaman deslenguado Al que tiene mucha lengua? O es retórica ironía, Como habrás visto llamar Juan Blanco al negro, o mostrar Que un maldiciente debía Estar sin lengua; y confieso Que aborrezco de manera A Mendo, que no excediera De la quietud que profeso Con nadie mejor. Y tienes, Si le das un coscorrón No más, de todo León Seguros mil parabienes. Mendo es este. Caballeros, ¿Qué hay de nuevo? Vos podéis Decirlo, si algo sabéis. Yo solo sé que en poneros Donde pide ese valor Tarda el Rey. El maldiciente Es lisonjero presente, Y ausente es murmurador. De lo que tengo temor, Según a los más escucho, Es que, tras pensarlo mucho, Ha de escoger lo peor. Por la intención No errará su majestad. Dios lo sabe. Mas mirad Con qué falsa presunción Viene Ruy de Castro haciendo Caravanas de valido, Como si hubiera servido En guerra o paz; aunque entiendo Que el más dichoso ha de ser, Porque lo merece menos. La ventura de los buenos Es llegarla a merecer. Ítem más, otro ambicioso. No falta del corredor Hombre alguno de valor. Cuando el nombre generoso Que gozáis os ha juzgado Digno del lugar primero, ¿Cómo venís el postrero A palacio? Confiado En los méritos, sin duda Descuidáis las diligencias. ¡Qué ausencias y qué presencias! ¡Qué fácil aspectos muda Este falso lisonjero! ¿Cómo puedo confiar Por merecer alcanzar Entre tanto caballero, Con quien tendré a gran ventura Si gozo el lugar segundo? No sin causa alaba el mundo Vuestro valor y cordura. Escuchar quiero de aquí, Sin ser visto de ninguno, El pecho que cada uno Descubre hablando de mí; Que el retrato y la inscripción Ocasión les ha de dar De discurrir y mostrar El afecto o la pasión Más secreta; que este modo Tuvo por más conveniente Un rey de Grecia, prudente, Para informarse de todo. ¿Qué novedad es poner Hoy sola en el corredor Una tabla? - Del pintor Sin duda debe de ser Lisonja, que es un traslado De Alfonso, para mostrar Que se debe respetar Al Rey tanto, que aun pintado, Tan soberano ha de ser, Que no ocupe otra pintura ¡Qué fácil es el decir La pared que tal ventura Ha llegado a merecer. Es buena interpretación; Mas ¿cómo dice el letrero? (Lee.) «Cordero soy justiciero Y pacífico león.» ¡Qué difícil el obrar! El tiempo lo ha de mostrar. Gana me da de reír. ¡Que el pintorcillo se meta A hacer motes en palacio! Noramala! ¿igualó Horacio Al pintor con el poeta Para que, arrogante y vano Con su autoridad, presuma que lo que es pincel es pluma, que es ingenio la mano? Todos estos poco amor Y mucha pasión arguyen, Pues mi alabanza atribuyen A lisonja del pintor. ¿Qué es lo que suspende y junta A aquella gente? Lleguemos, Y con verlo excusaremos Lo grave de la pregunta. Hora es ya de dar audiencia Yo tengo de hablarle. A mí me importa acordarle, Con ponerme en su presencia, Mi pretensión. Vamos. —Vos, Mendo, ¿no venís? ¿A qué, Si porque merezco sé Que no he de alcanzar? - Adiós. Un retrato del Rey es El que miraban. ¿Qué es eso? ¿Admírate por exceso La veneración que ves? Este retrato ¿no envía Rayos del original, Que es acá en lo temporal Vice-Dios? ¡Qué hipocresía A lo humano! Oposición Tengo al que es ceremoniero. «Cordero soy justiciero Y pacífico león.» Según son, Alfonso, buenos Los indicios que nos das, De ti, siendo eso lo más, No se puede esperar menos. Tus altos progenitores De nadie excedidos son; Mas en ti espera León El mayor de tus mayores. Goces eternas edades La corona, porque incluya En una esfera la tuya Del orbe las majestades. ¿Que hay quien sufra a un Caballero puntual, no, Que, preciado de leal, Viene a dar en lisonjero? Sin duda, pues habla así, El necio se da a entender Que ha de llegar a saber El Rey lo que él dice aquí, Y que le ha de dar por ello El gobierno de León; Y apurada su intención, No aventurara un cabello Por su servicio. El enfado He de vengar que me ha hecho, Con examinarle el pecho, Y obligarle a que, irritado De ver que a su presunción Su dicha no corresponde, Vierta el veneno que esconde Contra el Rey su corazón.) Don Fernando de Quiñones! ¿Tenéis en qué os sirva, Mendo? He estado escuchando y viendo Las pías declaraciones Y devotas reverencias Que a este retrato habéis hecho; Y por ser (como sospecho Que vos sabéis) preeminencias Solo de santos gozar, Pintados, adoración, Me ha causado admiración Veros aquí idolatrar; Y más cuando estar debéis Quejoso, y no agradecido, Del Rey, que entierra en su olvido Los méritos que tenéis; Si no es ya que, como vos Vice-Dios le habéis llamado, Os tenéis por obligado En que os trate como Dios, Que con trabajos regala. ¡Qué maligna sutileza! Si se pone en la cabeza Una firma, que señala El nombre solo del Rey, Venerar esta pintura, Que su persona figura, ¿No será más justa ley? No es ungido? No se nombra Sacra majestad real? Pues ¿por qué su original No respetaré en la sombra? Si premiado no me hallo, ¿Deja por esta razón El de ser rey de León, O yo de ser su vasallo? Fuera de que, todo es suyo, Y yo en lo que le he servido He hecho lo que he debido; Y así, justamente arguyo Que no es quejarme razón Cuando premio no consiga, Supuesto que a nadie obliga ¿cumple su obligación; cuando a quien le ha servido Fuera el premiarle forzoso, Yo no puedo estar quejoso; Porque nunca he pretendido Mas premio, desengañado De cuán vana es la ambición, Que cumplir mi obligación Y conservarme en mi estado. ¡Qué afectada hipocresía!) Si desengañado estáis, ¿Qué os detiene, que no os vais, Con esa filosofía, A las montañas a ser Solitario anacoreta? Si usara el Rey de perfeta Justicia, ¿era menester Que pretendiérades vos? Con un rey justo ¿hay pedir Mas eficaz que servir? Mas decís que es vice-Dios, Y como tal, sospecháis Que asiste en todo lugar, Y que aquí os ha de escuchar, Y así le lisonjeáis. Ni esta es en mi hipocresía Ni lisonja, ni es razón Que con tan falsa intención Y tan libre demasía Las finezas motejéis Tan propias de mi lealtad, Ni que de su majestad Sintáis mal, y mal habléis; Que, vive Dios... Deteneos; Que sé muy poco sufrir. Pienso que hoy se han de cumplir De un golpe muchos deseos. Cuando yo, mal satisfecho, Hable de su majestad, ¿Tenéis vos autoridad De reprenderme? Sospecho Que de mi sangre sabéis Que es a la mejor igual. Bien sé que sois principal, Pero no lo parecéis, Y eso mismo hace mayor Vuestro delito; que cuanto Nacisteis más noble, tanto Debéis proceder mejor. Yo procedo como debo; Y a quien se atreva a pensar Lo contrario... Este lugar Es sagrado, y no me atrevo A violar su estimación. Beltrán, retírate. Esta vez, según entiendo, Ha de dar gusto a León. Junto a la cruz que en el valle De los Mártires se ve, A media noche os iré Solo a esperar, para dalle El castigo entre los dos A lengua tan desleal, Que de su rey habla mal. Yo os aguardo. Adiós. Adiós. Nunca el enojo inhumano Mitigara, si no fuera Recompensa tan entera • Lo que en don Fernando gano De lo que en los otros pierdo; Y así, aunque he visto mi agravio, He de elegir como sabio Y he de sufrir como cuerdo.
JORNADA SEGUNDA
Hoy en las aras de amor Sacrificarme procuro, Pues cuanto soy aventuro Por alcanzar un favor. Yo me confieso obligada. — Ah, hermana! ¿en qué ha de parar Tu locura? - En acabar Con vida tan desdichada. Pues, Flor, si, menos cruel, Merece llegar a verte Mi amor, no temo la muerte. Cubiertas de este cancel, Al Rey escuchar podréis, Que ahora aquí ha de salir; Pero no os deis a sentir, Si la vida no queréis Que me cueste. No tan mal Debo pagar tus deseos, Que así te arriesgue. Escondeos; Que su majestad real Sale ya. Ya temo, Flor, Mi muerte en mi desengaño. Tú buscas tu propio daño. - ¿Qué no hará quien tiene amor? ¿Bermudo? ¿Señor? - De ti Mi desengaño he fiado, Y en nada has ejecutado El oficio que te di; Y en un reino, yo no dudo Que por instantes sucedan Novedades que me puedan Importar. Dime, Bermudo, En mi daño o mi favor, Lo que has visto o lo que has hecho, Sin que me oculte tu pecho La circunstancia menor. Luego que ayer me aparté De tu presencia, llega Un gentilhombre a llamarme De parte de Elvira y Flor. Tente, calla; ¿no te he dado Por inviolable instrucción Que no me nombres ni acuerdes A ninguna de las dos? También me has mandado ahora Que te haga relación De lo que he visto y he hecho, Sin ocultar la menor Circunstancia; y si un rey puede Revocar lo que mandó, A lo postrero que mandas Debo obediencia mayor. Bien está, di lo demás; Que de lo demás estoy Seguro que no podrá Causarme perturbación Mayor que la que me causa La memoria de su amor. Obedecilas; si fue Delito, de la afición Sabes el poder, y sabes La que tengo a doña Flor. Entré, y quedando conmigo Sola Elvira, la ocasión Me propuso de llamarme, Y de esta suerte me habló: «Bermudo, el Rey me ha querido, Y aunque jamás mi favor Alcanzó, como sabéis, Por lo menos me debió El haber yo respetado, Si no pagado, su amor; Tanto, que jamás mi pecho Otro cuidado admitió. Pero ya que a la mudanza De su estado, o el rigor Que ha visto en mi resistencia Le han dado justa ocasión De no verme en tantos días, Que de pensar que murió En la suya mi memoria Me da cierta presunción Para usar de mi albedrío, Quiero, Bermudo, que vos De mi parte le pidáis La debida permisión; Que, si bien con olvidarme Parece que me la dio, En tanto ¿despedido No se publique, es razón Que yo esta salva le haga, Pues lo que debo en rigor Cumplo así, y podré con esto Tomar la licencia yo.» Estas palabras me dijo Doña Elvira; y yo, Señor, Le prometí que lo haría, Porque ella me prometió, En cambio, favorecer Mis pensamientos con Flor. Si algún disgusto te he hecho, Seguro tengo el perdón, Si es mérito la obediencia Y si es disculpa el amor. (Ap. Con qué mañosos ardides Sabe hacer el ciego dios Sus tiros. Por qué camino En mi pecho despertó La casi muerta centella de mi pasada afición! Ah enemiga! ¿no te cansas De ofenderme? ¡Loco estoy ¿Con máscara de respeto Me das celos? Con color De decoro me desprecias, Y quieres que sepa yo Que otro merece de ti Lo que no mi firme amor? Lograste el intento, el tiro Acertaste; pero no Lograrás la gloria de él; Que, reprimiendo el dolor, Mostraré mentido el gusto De que en ajena afición ocupes tu pensamiento.) oye, Bermudo. ¿Señor? Dile a Elvira que el permiso Que me ha pedido le doy, Y que tan arrepentido Miro mi pasado error, Que en la licencia que pide Solamente me ofendió La memoria de su nombre; Y tú otra vez, vive Dios, Que no te ha de negociar, Si la nombras, el perdón, Ni el mérito de obediencia Ni la disculpa de amor. Y esto también le dirás, Porque sabiendo que estoy Tan otro, por excusado Te tenga en otra ocasión; Pues aunque el intento sea Justo respeto, la voz De su nombre en mis oídos Será la ofensa mayor; Que llega el aborrecerla Donde el amarla llegó. Yo no puedo más. Detente. La mina del corazón Revienta al despecho mío. — Alfonso falso, traidor, Engañoso, fementido... ¿Qué es esto? Perdido soy. ¿Estos son los sentimientos, Estas las finezas son Con que a vivir apostaba Con el tiempo vuestro amor? Estas son vuestras promesas? ¡Qué buena quedara yo Si a crédito de palabras Os entregara mi honor! Tan fácil con el estado mudasteis la condición? Acaso desvanecido. - despreciáis, porque rey sois, Lo que príncipe estimasteis? ¿Tanta mudanza fue en vos pasar de príncipe a rey? ¿Por dicha esta sucesión Fue no más que continuarse El dominio que os toco Por justa ley, aun viviendo El Rey, vuestro antecesor? Pues ¿cómo tan fácilmente Olvidáis la obligación De palabras, que son leyes En los hombres de valor, Que el aborrecerme llega Donde el amarme llegó, Que al pediros la licencia Solo os ofendió la voz De mi nombre en los oídos? Pues ¿qué delito, qué error Fue no pagar, prevenida, Vuestra fingida afición, Para castigarme así? Antes el valor que yo Mostré en resistir a un rey Os causara estimación Si fuérades quien debéis; Pero pudo más en vos Vuestra pasión y venganza Que no vuestra obligación, Pues la virtud castigáis. ¿Vos sois Alfonso? Vos sois Hombre? Vos noble? vos rey? ¡Bien gobernará a León El que tan mal se gobierna! Vuestra majestad, Señor, Con su prudencia perdone Mi desenfreno; que estoy Despreciada y soy mujer, Y me atormenta, si no Su desprecio, por mi amante, Por mi rey, su indignación. Y así, hasta ver que, depuesta La enojosa furia, el sol, Cuyo claro aspecto en mi Es la influencia mayor, Me da rayos tan benignos Como otro tiempo me dio, Sombra suya, he de seguir Sus oídos con la voz, Con las rodillas sus plantas, Con ruegos su obstinación, Su venganza con paciencia, Y con quejas su rigor. Levanta, Elvira. levanta; No ofendas tu estimación; Que, ya que amante no sea, Cortés a lo menos soy. (Ap. ¿Qué fuerza, qué sufrimiento, Qué constancia, qué valor Bastarán a reprimir El fuego del corazón? Que al aire de ruegos, quejas Y ternezas levantó Tanta llama, que es incendio Cuanto siento y cuanto soy. Mas ¿al combate primero han de rendirse al amor, De la obligación las leyes, Las fuerzas de la razón? No; contra mi misma vida He de probar, vive Dios, A ser sufrido, a ser rey; Y he de mostrar que, pues yo Sé gobernarme y vencerme, Que es la victoria mayor, Sabré vencer mis contrarios Y gobernar a León.) Elvira, no la mudanza Del estado me mudó La condición, más indujo En mi nueva obligación. Príncipe, tuve disculpa Si permití al ciego ardor De mis deseos la rienda; º Mas ya, Elvira, que rey soy, Solo administrar justicia, Causar amor y temor, Ser a los buenos espejo Y a los malos confusión, Es lo que a mi estado toca; Y el aborrecerte yo No te aflija, que se entiende En cuanto al lascivo amor, No como rey a vasallo; Que, como tal, antes doy A tu valor alabanza Y a tu virtud galardón. Y así, puedes emplearte En quien merezca tu amor, Segura de que, no solo No me cause indignación, Pero celebre tus bodas, Siendo tu padrino yo. No, Señor: no de esa suerte Os venguéis de mi rigor; Que nadie ha de merecer Lo que no alcanzasteis vos. Escuchad, volved el rostro; Sed cortés, si amante no. i Ay de mí, que un monte muevo En cada paso que doy! Ah, Señor! Ya es tarde, Elvira. Nunca, a ser firme tu amor, Fuera tarde, Alfonso mío. Déjame, que ya no soy Quien fui; ni tuyo, ni Alfonso. Pues ¿quién? El rey de León. Ah cruel! ah fementido, Con qué villano rigor Te vengas y me castigas! Loca, de corrida, estoy. ¿De quién te quejas, de quién, Si ha sido tuyo el error? Si me creyeras, ni dieras A tu desprecio ocasión, Ni materia a su venganza. Buenos quedamos los dos - Por tu mal pensado exceso! Tú corrida, Elvira, y yo En la desgracia del Rey. Dejadme; cuando el dolor Me enloquece, cuando al aire Fuego en vez de aliento doy, ¿Añadís los dos más penas A mis penas? Vive Dios, Que me mate, porque acabe Con mi vida mi pasión. Adiós, Bermudo; que el cielo Sabe cuán sentida voy De vuestra desdicha. Nada La pudiera, hermosa Flor, Consolar, sino el hallar Piedad de mi pena en vos. Mas no puede haber descuento De haber perdido el favor Y gracia del Rey. Mal haya Quien de mujer se fio. Esta noche, santo cielo, de vuestra justicia fio Que del noble pecho mío Premiaréis el justo celo Con que, resuelto a exponer Aquí al peligro la vida, Por dar pena merecida A un maldiciente, y hacer, Vengando a su majestad, Que conozca que es la mía, No afectada hipocresía, Sino debida lealtad. Este es el sitio aplazado, Y esta también es la hora Señalada, y hasta ahora Mi enemigo no ha llegado. Temo, aunque noble nació, Que el valor le ha de faltar; Que siempre faltó en obrar Aquel que en hablar sobró. ¿Qué será válgame Dios! A lo que el Rey me ha traído? Que a tal hora haber salido Solos al campo los dos Me causa justo temor De algún mal caso; y así, Interpreto contra mí, Viendo mi pasado error, Todo indicio y toda acción; Y más habiendo notado Que ni de mi culpa ha hablado Ni díchome la ocasión De esta novedad. ¿Qué haré? Resuélvome a preguntarla; Que en decirla o en negarla Su intención conoceré.) Señor, ¿no podré saber Dónde vamos? Que es razón Que sabiendo tu intención, Sepa yo lo que he de hacer; Que no serán casos leves Los que causar han podido Tal novedad. He querido Mostrarte lo que me debes, Bermudo, en lo que te fio; Porque conozcas así Que es justo que pueda en ti, Mas que todo, el gusto mío. De esta suerte el deservicio Que hoy me hiciste sentirás; Que a un noble castiga mas Que la pena el beneficio. Y en la persona real, Mostrar que sabe el error Es el castigo mayor Para un vasallo leal. Honren mi boca los pies De un rey tan sabio y clemente. Lo que me obliga a que intente Esta novedad que ves, Escucha ahora. O me engaño, O los que vienen allí Son dos hombres; dos son, sí, Y no será caso extraño En un maldiciente vil Ser cobarde. Pocos son Los dos; que yo y mi razón Valemos por más de mil. Digna es, gran señor, de ti Una acción tan acertada. Ya está el uno en la estacada; Lleguemos. Pues hacia mí Vienen resueltos. sin duda Es Mendo.) Lisonja es mía Confesar mi valentía, Mendo, con traer ayuda. Don Fernando de Quiñones, Deteneos; que soy el Rey. ¿El Rey? El Rey. Justa ley, Precisas obligaciones De su nombre, mi furor Enfrenan; que aunque resista La oscura noche a la vista Para informarse mejor, Y a tal hora soledad Tan apartada parezca Imposible que merezca Los pies de su majestad, Mayor imposible entiendo Que será que ningún hombre Se atreva a usurpar un nombre Tan soberano, mintiendo. Bien es verdad que al momento que la voz y el nombre oí, El dueño reconocí En mi propio rendimiento; Y así. a vuestros pies, Señor, Os pido que perdonéis. Fernando, no os disculpéis; Que yo de vuestro valor Y lealtad testigo soy, Y con ella os habéis hecho Tanto lugar en mi pecho, Que con los brazos os doy De él también la posesión, Y en vuestros hombros con eso Impongo desde hoy el peso Del gobierno de León. Señor... No me repliquéis; Bien sé con el desengaño Que la vanidad y el daño De la ambición conocéis: Mas eso mismo está dando Fuerza al intento que sigo. Yo os lo ruego como amigo, Y como Rey os lo mando. Aunque puede tanto en mí El desengaño, la ley De la voluntad del Rey Es inviolable; y así, Os obedezco, aunque dudo Si soñando acaso estoy. Con la enhorabuena os doy Los brazos. ¿Quién es? Bermudo. Bermudo noble, un amigo Tendréis verdadero en mí. Ah, Elvira! solo por ti La privanza que consigo Pudiera haber estimado Mi esperanza, a no saber Que es fuerza dejar de ser Firme amante o buen privado.) Fernando, oíd. Vive Dios, Si don Fernando ha cumplido Su obligación, que ha traído En su favor otros dos. Pero cobardes alardes No importan; que cierto es, Pues contra uno vienen tres, Que son todos tres cobardes. Y cuando no, son testigos Las historias que una espada Basta en mi sangre heredada - A ejércitos enemigos. — Si de los tres es alguno Don Fernando de Quiñones, Aunque a sus obligaciones Falte así, pues contra uno Vienen tres, a su enemigo Tiene aquí; si nobles son, Cuerpo a cuerpo la cuestión Le dejen reñir conmigo: Pero si no, a todos tres Darles a entender espero Que Mendo mueve este acero. Deteneos, Mendo. ¿Quién es? El Rey soy. ¡Válgame, Dios! ¿. A tal hora en este puesto El Rey? Sí, Mendo, y en esto - Veréis que soy vice-Dios, Y como tal, puedo ver Y asistir a todo yo, Si con mi persona no, Al menos con mi poder. (Don Fernando le ha contado Todo el caso, vive Dios.) Yo, Señor... Basta; con vos Estaba, Mendo, enojado; Pero cuando acometisteis A tres, tal valor mostrasteis, Que en el efecto ganasteis Lo que en la causa perdisteis. Dadle la mano de amigo A don Fernando, y pensad Que os importa su amistad Para tenerla conmigo; que desde hoy ha de gozar En mi lado mi privanza, Porque os muestre en lo que alcanza El premio del bien hablar. ¿Qué escucho? ¡Ah fortuna loca — Fernando, la mano os doy, Vuestro amigo, Mendo, soy, Y de hacer lo que me toca, Como noble, os doy la mano. Ahora a mí me la dad, Mendo, que vuestra amistad Estimaré. ¿Tan humano Os mostráis, cuando os ofendo? Gano más que en el castigo, En hacer de un enemigo Un amigo; haced pues, Mendo, Cómo yo vuestro lo sea, Y mudad de condición; Ved que una murmuración Mil enemigos granjea; Y así, vuestro pecho entienda Que si en el peligro os veis, Pues a todos ofendéis, No tendréis quien os defienda. Y el que a muchos agravió, La pena debe esperar, Porque no es fácil hallar Quien perdone como yo. Y aun puede ser que, cansado Yo también, lo paguéis todo; Que no siempre está de un modo El sufrimiento templado. (Vase.) Confuso quedo y corrido. (Vase.) Tan sabio como clemente Es el Rey. De ser prudente Es el toque ser sufrido. (Vase.) Válgate el diablo por Mendo, Qué libre y qué maldiciente Ha hablado públicamente! ¿Es posible que, sabiendo Que si la murmuración Celebra el que no le toca, Tiene la risa en la boca Y el odio en el corazón? De los aplausos mentidos Se deje llevar de suerte, Que para sola una muerte Haga tantos ofendidos? Cada mañana que al mundo Vuelve el más claro lucero, Y despierto, es lo primero Santiguarme; y lo segundo Que acostumbro, es informarme De si aquella noche a Mendo Han muerto, y en respondiendo Que no, vuelvo a santiguarme, Porque es milagro de Dios; Mas don Fernando y Bermudo Están solos, y no dudo Que algún negocio los dos Conferirán de momento. Aguardemos retirados; Que no atreve a dos privados Beltrán su entretenimiento. El alto puesto en que os veis De poder y de privanza, Y el que mi ventura alcanza Cerca del Rey, bien sabéis, Fernando noble, que son Blanco de envidia importuna, Teatro de la fortuna Y objeto de la traición. Y es fuerza, si divididos Nos oponemos yo y vos, Que el uno o ambos a dos Vengamos a ser vencidos. Y para no dar venganza A malignas intenciones, Quiero, famoso Quiñones, Que una amistad y alianza Tan firme los dos hagamos, Que del otro cada cual Ayudado, con fe igual A la malicia opongamos Los pechos: pues de esta suerte Vuestra dicha y mi ventura Correrá libre y segura De mudanza hasta la muerte. Ni me obliga la ambición Ni me desvela el poder; Ser quien sois, y merecer De su alteza la afición, Es lo que en mí tanto amor Y estimación os granjea, Que lo que el vuestro desea Es mi lisonja mayor. Y así, no correspondiente Solo, más agradecido En lo que me habéis pedido, Mi voluntad solo siente Ver que ganado me hayáis Por la mano en declararlo, Supuesto que en desearlo Por ella no me ganáis. Y así, Bermudo, os la doy Con firme palabra y fe Que por vos arriesgaré Cuanto valgo y cuanto soy. Lo mismo que me ofrecéis Os prometo. Yo, Bermudo, Sé que sois noble, y no dudo Que en todo lo mostraréis. Solo me resta advertiros Que importa, para poder Conservar y defender De los maliciosos tiros De la envidia nuestro estado, No solo disimular Nuestra amistad, pero dar Con cauteloso cuidado Señales de ser los dos Contrapuestos; porque así Se descubrirán à mi Vuestros contrarios, y a vos Los míos, y de este modo, Contraminando intenciones, Con secretas prevenciones Lo remediaremos todo. Aunque es fingir y engañar De mí tan ajeno, es justo Que a la ley de vuestro gusto Conceda el primer lugar. Demás, que contra el rigor Del que la envidia desvela, Es licita la cautela Para defender mi honor. Que es intento más decente Por prevenirme fingir, Que arriesgarme por huir De tan leve inconveniente, A que con el Rey lograda Una alevosa intención, Pierda la reputación, Mas que la vida estimada; Y así, con vuestro consejo Me conformo. Pues adiós, Y procuremos los dos Ser de la amistad espejo Y de la regla excepción. Siendo, conformes y unidos, Los primeros dos validos Que firmes y amigos son. La fuerza de mi destino, Que yo no puedo evitar, Me puso en este lugar Por no pensado camino: Y ya que llegué a ocuparlo, Si no por mi inclinación, Por conservar mi opinión, Es forzoso conservarlo; Que es muy cierto, si le pierdo, Que juzgue el vulgo maligno Que le perdí por indigno, No que le dejé por cuerdo. Mas ay de mí! que me veo En medio de este cuidado Tan ciego y tan abrasado De un amoroso deseo, Que no soy dueño de mí, Y en lugar de refrenarme, Me incita a precipitarme El poder que conseguí! Que aumentando la esperanza De merecer y alcanzar A Elvira, me viene a dar Mayor guerra la privanza, Que fuerza su obligación Para resistir; y así, Se aprovecha contra mí De mis armas mi pasión. Señor, ¿puedo hablarte? Sí. ¿Por qué no? ¿No soy el mismo Que fui? Después que privado Tan poderoso te veo, Como los muchachos soy, Que admiran y tienen miedo A un gigantón, aunque saben Que lleva un pícaro dentro. ¡Qué buena comparación! Eso es tenerme respeto? Qué intención es la mejor Disculpa; dejemos eso, Y dime cómo ha llevado Esta novedad el pueblo. Todo es admirarse, y todo Discurrir, buscando el medio Por donde te has levantado A tan soberano puesto. Y lo que más es de ver, Es, que solos y que feos, Cabizbajos y encogidos Andan ya los que primero, Esperando ser privados, Campeaban tan soberbios. La condición no has mudado Con la fortuna, y deseo Saber si en cuanto al amor Te ha sucedido lo mesmo. ¡Ay de mí, que es la pasión Superior al sufrimiento! Beltrán, no puedo conmigo, No cabe en mi alma el incendio; No son flechas, rayos son Los que tira el amor ciego; Que en la mayor resistencia Obran mayores efectos. Parte, amigo, y pide a Elvira, Para verla con secreto, Licencia, y dile que solo Merecer sus ojos quiero, Para ofrecer a sus plantas Cuanto valgo y cuanto puedo; Que solo por ella estimo El lugar en que me veo. Pesia tal Pues ¿lo prudente, Lo grave, lo circunspecto, Lo ministro? Loco estoy; Dame ayuda, y no consejo. Parte, si bien me deseas, Y haz lo que digo primero Que vuelvas a verme; y mira Lo que va a los dos en ello; A ti la vida, y a mí La opinión, en el secreto. Bueno, por Dios; el castigo Me proponen, y no el premio; Pero nunca el alcahuete Al daño igualó el provecho, Ni tuvo jamás buen fin La dicha por malos medios. Esta es la ocasión que pudo Obligarme a señalar Una hora misma de hablar Yo a Fernando y tú a Bermudo. Todas son trazas de amor; Pues burla el Rey mi esperanza, Quiero que entienda que alcanza Don Fernando mi favor, Siendo Bermudo testigo; Que es cierto que él lo dirá Al Rey, puesto que le hará La igual privanza enemigo De don Fernando; y así, O su amor despertarán Los celos, o me darán Venganza, viendo que en mí Los méritos y el amor De un vasallo han conseguido Lo que un rey no ha merecido. Luego ¿has de hacerle favor? Fingido. Lo que trazar Sabe un pecho enamorado Con desprecios me ha abrasado, Con ellos le he de abrasar. Bermudo viene. Ya, Flor, Estás en lo que has de hacer. Sí, retírate. ¡Oh poder Nunca igualado de amor, Cuánto abrasa, cuánto ciega! Flor hermosa, obedeceros Donde se interesa el veros, Es tanta gloria, que niega Los méritos al servicio. ¿Qué me mandáis? El cuidado De aquel disgusto pasado, Con que os pagó el beneficio Doña Elvira, me ha tenido Ansiosa por el temor Con que os dejé, del rigor De Alfonso; y así, he querido Que de esta duda y tormento Me saquéis. - Su majestad Iguala con la piedad - La prudencia y sufrimiento. Y cuando no, descontado Hubiera cualquier rigor La gloria de este favor, Pues decís que os dio cuidado. Don Fernando de Quiñones Está a la puerta. ¡Ay de mí! ¿Quién? FLOR. Don Fernando, y si aquí Te ve, Bermudo, nos pones A peligro de perder La opinión a mí y a Elvira; Esconderte importa; mira Que recelo que por ser Tú del Rey valido, crea Que de su parte nos ves. Flor, por mi propio interés. Me importa que no me vea, Porque el igual valimiento Nos contrapone a los dos. FLOR. Pues retírate, por Dios; Éntrate en este aposento. Servirte pretendo en todo. Nuestra falsa emulación Y fingida oposición Acreditó de este modo.) Solo, doña Elvira hermosa, Vengo a ofrecer mi ventura A los pies de tu hermosura, Por quien la suerte dichosa Estimo, que he conseguido; Que con ella me tendrás, Cuanto poderoso más, Mas amante y más rendido. Noble don Fernando, a mí Me alegra vuestra privanza Solamente porque alcanza Vuestro gran valor así El puesto que ha merecido, No porque hayáis menester Mas méritos para ser De mi amor favorecido, Que ser quien sois; que con eso, No solo digo que soy Dichosa, pero que estoy Desvanecida os confieso. Basta ya, si no intentáis Que me dé muerte el contento; Que no puede el sufrimiento Con la gloria que me dais. Nunca a lo que merecéis Podrá igualar mi favor. No merece el mismo amor Los favores que me hacéis. Pues, don Fernando, el secreto Importa por el lugar Que ocupáis, y para andar Tan cauto como discreto, Visitas me habéis de hacer Breves y ocultas; no sea Que quien vuestro mal desea, Llegándolas a entender, Dé cuenta a su majestad Y os prive de su favor, Dando a tan licito amor Título de liviandad. Si merezco esa belleza, Nada temo. Por los dos Temo yo sola. —ld con Dios, No os eche menos su alteza. Haceros gusto es quereros. Fernando, no me olvidéis. vos sois mi alma, y podéis vos a vos obedeceros. Breve la visita ha sido. Mas que yo quisiera, Flor; Que siglos cifra el amor, Tan a gusto entretenido. (Ap. Aunque me pesó de ser De estos amores testigo; ..., Que es don Fernando mi amigo, Y el lugar ha de perder Que con el Rey ha alcanzado, Si de esto cuenta le doy; Yo, como leal, estoy A decírselo obligado.) ¡Qué penosa confusión! (Ap. Todo lo ha visto y oído Bermudo; bien le ha salido A mi hermana la invención.) Con cuidado estoy, Bermudo, Que aunque mi hermana se muestra En mi amor de parte vuestra, En esta ocasión no dudo Que le pese de saber - Que el suyo habéis entendido; Y así, pues no os ha sentido, Antes que lo llegue a ver, importa que os vais, que es tarde. Vuestro gusto es ley. Adiós. Flor, ¿cómo quedo con vos? No quedáis mal. Dios os guarde.
JORNADA TERCERA
Huyo prudente lo que amante sigo, Yo mismo soy aquel que sigo y huyo, Y me respondo a mí cuando me arguyo, Cuanto más mi contrario, más amigo. Con lo que me defiendo me persigo, No me dejo vencer y me concluyo; Buscando mi provecho, me destruyo, Y siendo en mi favor, lucho conmigo. Hallo memoria donde olvido quiero, Y con estar mi muerte en mi cuidado, No dejo descuidar de lo que muero. No tengo culpa yo, que soy llevado De un secreto poder, tan lisonjero, Que mi gusto mayor es ser forzado. Con una duda, Señor, Vengo a tu ingenio divino, Cuya solución no alcanzo. Di. Ya sabes cuán amigos Fueron Pitias y Damon: Ambos, pues, fueron validos Y confidentes del rey De Siracusa. Dionisio. Pitias cometió un error. Contra el Rey, siendo testigo Damon; aquí entra la duda. Si revelaba el delito De Pitias Damon al Rey, Faltaba a la ley de amigo; Y callándolo, faltaba Al ministerio debido De confidente leal Del Rey; en este conflicto, Si fueras Damon, ¿qué hicieras? Ser leal y ser amigo, Cumpliendo mi obligación Con Pitias y con Dionisio. ¿Cómo? Dijérale a Pitias Que le confesara él mismo Al Rey su error, o me diera, Para hacerlo yo, permiso. ingenio tan delicado Viva al mundo largos siglos, Pues de confusión me sacas. ¿Cómo? Vuelve. Lo que has dicho Que tú hicieras he de hacer; Pues no podrás de delito Argüirme, ejecutando Lo que aconsejas tú mismo. Notable caso! Confuso Quedo. ¿Quién será el amigo Por quien dudoso Bermudo Esta pregunta me hizo? No puedo hallar a mi amo; Mas tal es el laberinto De palacio... Aquí está el Rey. Vuelve, Beltrán. Aunque indigno, A tu sacra majestad Con el respeto debido Beso los pies, con que espero Ganar gracias; gracias, digo, Que decir; porque ya sé Que de mi pobre juicio, Ni se han de esperar consejos, Ni se han de estimar arbitrios. Nada perderán por tuyos; que don Fernando me ha dicho ¿has estudiado, y que sabes Mezclar donaires y avisos, Entretenido en las burlas, Y en las veras entendido. Confiado, según eso, Te diré ciertos caprichos Curiosamente observados Para enmienda de este siglo. Di; por ventura mis penas Divertiré con oírlos. Pues el primero de todos Ha de ser a lo divino, Que a ti más que a nadie toca, Por cristiano, y porque he visto Que de la elección que has hecho En mi amo, fue el motivo Primero ver el decoro Y respeto con que hizo Reverencia a tu retrato. Y así, en consecuencia, digo Que no es justo que se pongan En las calles y caminos Cruces ni imágenes santas; ¿demás de que el más fino católico, si acostumbra A pasar sin el debido Respeto por ellas, hallan Los sectarios de Calvino, Arrio y Lutero ocasión De ejecutar sus designios, Valiéndose de la noche Para injuriar, atrevidos, Con obscenos menosprecios Lo que adoramos indignos. ítem, porque en todo importa Que se eviten los peligros, Y de las pendencias es El juego tan incentivo, Y por estará la mano Los candeleros, se han visto s Tantos sangrientos efectos De sus agravios misivos, Los candeleros se claven En las mesas del garito. Ítem, porque faltan hombres Para el rústico ejercicio Y militar disciplina, Y del sexo femenino Tanta copia vagamunda Vive de bureos lascivos, Por no hallar lícitos modos Para ¿adquirirlo; Será bien que se prohíban A los hombres los oficios Que pueden ellas usar; Que un barbón como un vestiglo, Con la mano como un boj, Con el brazo como un pino, Que puede esgrimir la pica Y puede regir el trillo, ¿Por qué ha de estarse al brasero, Pernicruzado, encogido, Como puede una doncella Con dedal, aguja e hilo? Basta de arbitrios, Beltrán; Yo confieso que de oírlos le gustado. Pues si efecto Tan dichoso han conseguido, Yo los tengo por premiados; Mas si de un rey tan benigno, Poderoso y liberal, Tal favor he merecido, Parecerá justamente, Si a más galardón no aspiro, Que poco de su largueza Y de mis méritos fio. Para mi amo tenia Un memorial prevenido; Mas, pues en la mar me veo, No he de pedir agua al rio. Muéstrale. En él, gran Señor, Todos mis méritos cifro; Pocos son, mas haré muchos Si me empleo en tu servicio. ¿Qué es aquesto? El memorial Ha trocado. Ayuda os pido, Animas del purgatorio, Negociad vuestro bien mismo; Que si salgo con la empresa, Cincuenta misas os digo. Trae recado de escribir. Presto la promesa hizo Operación; misas quieren Las ánimas. ¡Qué corrido Ha de quedar cuando sepa Que el papel trocó, y he visto Lo que en este se contiene Él al fin ha dado alivio Este rato a mis pesares. El recado que has pedido Está aquí. (Ap. Cincuenta misas, Animas. ¡Qué breve ha escrito! Pues el decretó está breve, ¿Quién duda que solo ha dicho: «Hágase como lo pide»?) Pues ¿lo cierras? El estilo Es este de mis decretos, Que toca a Fernando abrirlos, Puesto que todos con él Primero los comunico. Entrégasele cerrado, Como te le doy. Mil siglos Viva tu real persona. Con razón, Beltrán amigo, Me das gracias; que conforme Al memorial, certifico; Que no lo decretarías Mas en tu favor tú mismo. Válgame Dios lo que puede Un rey! ¡Que este papelillo, Con cinco o seis garabatos Solos, de su mano escritos, Pueda hacerme gran señor O ponerme en Peralvillo? Pero mi amo y Bermudo Son estos; yo me retiro A aguardar que quede solo, Si acaso puedo sufrirlo. Vuestra obligación, Bermudo, Como noble habéis cumplido; Pero cumplidla tan bien Con el Rey como conmigo; Que delatar yo de mí Fuera acrecentar delitos, Que es especie de perder El respeto no encubrirlos. Entrad, decídselo vos; Que yo soy tan vuestro amigo, Que no quiero que perdáis El mérito de decirlo. Puesto que saberlo el Rey De mi o de vos es lo mismo, Mejor os esta que quiebre La primer furia conmigo. Bien decís, entrad. De mí Confiad; que soy tan fino, Que, o vos quedéis perdonado, O quede yo desvalido. (Vase.) ¡Qué fieras perturbaciones! Qué combates! Qué peligros «. Tienen los altos lugares! ¿Quién del estado tranquilo, Quién de la orilla segura Me ha engolfado en el abismo De mares tempestuosos? No de aceros enemigos Temí el golpe, como el rostro Temo del Rey ofendido. Mas ¿qué importa, hermosa Elvira, Si el tuyo gozo benigno? ¿Qué temo, si tú me quieres? Si te gano, ¿qué he perdido? ¿Señor? ¿Qué es esto? Señor. ¿Estás loco? A toda ley Migaja del Rey, del Rey decretico en mi favor. Este memorial le di, Y él mismo lo decretó, Y cerrado me mandó Que te le entregase a ti. Ábrelo, por Dios, de presto; Que estoy rabiando, y ha sido Gran prueba de ser sufrido No haberlo abierto. ¿Qué es esto? Dime el decreto; que quiero Salir ya de confusión. Importa a la ejecución Ver el memorial primero. «Casa, diez; sola, cuarenta; »Viu, quince; donce, dos.» La memoria es, voto a Dios, De mis pecados. ¿Qué cuenta Es esta? Tente; no leas, No pases más adelante. Ahora será importante, Beltrán, que el decreto veas. ¡Mal haya quien confiare De papeles su secreto! ¡Hay tal yerro! oye, el decreto Dice: Noli amplius peccari. ¿Un consejo y en latín Es el despacho? Él te dio Lo que el memorial pidió; Migaja del Rey al fin. ¿Estaba borracho cuando Troqué el papel? ¿Hay rigor, Pena y vergüenza mayor? ¡Qué sepa el Rey y Fernando Las culpas de mi conciencia! Esperar puedo el perdón; Que antes que la confesión He hecho la penitencia. Señor, en ejecución Del oficio que has fiado De mi verdad y cuidado, Vengo a hacerte relación De un yerro, en que solamente, En premio de mi lealtad, Suplico a tu majestad “Que perdone al delincuente. Tan amigo y tan leal Te juzgo, que no pidieras Lo que pides, si entendieras Que hacerlo me estaba mal; Y así, desde aquí, Bermudo, Le perdono, Pues con eso, Sabrás, Señor, el exceso, Que por ser quien soy me pudo Poner en la confusión, Cuyas tinieblas venciste Con el parecer que diste Entre Pitias y Damon. Don Fernando, gran Señor, Está enamorado. Di, Di lo demás; que hasta ahí No es culpa tener amor. Si excedió su obligación Por amar, merece pena; Pero si amando se enfrena, Es digno de galardón. A deshora y disfrazado - Fue a visitar la que adora. ¿Disfrazado y a deshora? Sí, Señor. ¿Quién te ha informado De ello? Yo mismo lo vi. Tú lo viste? Pues ¿qué hacías, Bermudo, tú, que lo vías, También a deshora allí? Yo no lo pude excusar; Fuera de que, yo no soy Ministro; y así, no estoy Tan obligado a guardar Clausura; y si la tuviera, Ni pudiera en tu servicio Ejecutar el oficio Que me has dado, ni supiera Este caso. Está bien. Di; De don Fernando el intento ¿Es licito? Es casamiento? Tengo por cierto que sí. ¿Y qué fortuna, qué estado Alcanza su pretensión? No logra mal su afición; Premio goza su cuidado. ¿Y quién es la dama? A eso No te puedo responder. ¿Cómo no? - Porque es hacer Contra orden tuya un exceso. Ya te entiendo; tente, calla, Que me matas, ay de mí! Que hallarte, Bermudo, allí, Y decir que es el nombrarla Contra orden mía, bien claras Señas me da. Mas ¿es Flor Por ventura? No, Señor. Pues, Bermudo, ¿en qué reparas? Acábame de matar; Que ya en mí no puede hacer Mayor estrago el saber Del que ha hecho el sospechar. ¿Es Elvira? Sí, Señor. ¡Ah enemiga! ¿Qué impaciente Veneno, qué furia ardiente De rabia, si no de amor, Es esta en que tu venganza Me abrasa? Mas di, Bermudo, ¿Viote don Fernando, o pudo Elvia, con esperanza De que a mí me lo dirías, Fingir allí lo que habló Con él? Yo pienso que no; Que para saber si habías Perdonádome, a llamar Me envió en secreto Flor, Que no quiso este favor A Elvira comunicar, Por ser el primero, acaso Vergonzosa, y cuando entró Don Fernando, me escondió, Donde fui de todo el caso Testigo oculto. ¿Qué espero? Qué busco a tan cierto daño Alivios en el engaño, Si en el desengaño muero? Bermudo, viven los cielos Que estoy loco; ya el valor Se rindió, y lo que no amor, Han conquistado los celos. ¡Que con mi mayor amigo Ofenderme Elvira pudo! No lo sufriré, Bermudo, Yo no puedo más conmigo. Determinado me vi - A casarla, y de mis ojos Ausentarla, y mis enojos Sufriera con que de mi Naciese el privarme de ella; Mas naciendo de su amor, Es agravio, y el rigor De los celos atropella Las fuerzas del sufrimiento. Demás, que siendo Fernando Con quien me ofende, y estando A mis ojos, el tormento No cesará de matarme; Y así, solo este temor, Si no el celoso furor, Bastará a determinarme. Esta noche la he de ver, Mi pena quiero aliviar Al menos con estorbar, Ya que no pueda vencer. Mas Fernando viene aquí, Déjanos solos. - Señor, Si en él es culpa el amor, No es ofensa contra ti, Que el tuyo ignora. Es verdad; La palabra que te he dado Cumpliré. Siempre has mostrado Tu grandeza en tu piedad. ¿Don Fernando? ¿Qué valor Bastará en trance tan fuerte, Si contra la misma muerte No fuera invencible amor? Si yo en todo he dado muestras De mirar vuestra opinión, ¿Cómo mi reputación Arriesgan locuras vuestras? ¿Cómo, si yo os escogí por sabio, cuerdo y prudente, Vuestra vida me desmiente, Y de mi elección así El crédito aventuráis? ¿Vos, ministro, vos, privado, A deshora y disfrazado, Amante imprudente andáis Por las calles de León? ¿Vos, que en los hombros sufrís De un reino el peso, os rendís A una liviana pasión? Aquí está su majestad. Y don Fernando. Si os toca Enfrenar la furia loca De tantas gentes, mirad, ¿Qué razón, qué atrevimiento Tendréis para castigar, Si errando, dais para errar Licencia en vez de escarmiento? Riñéndole está. Yo creo Verle presto derribado. Allí hay gente y me ha escuchado; Fingiendo que no la veo, Lo remediaré. Por Dios, Que la máquina ha caído. La opinión que hemos perdido, Si esto se sabe, los dos, ¿Qué remedio tendrá? Pues Quedando en mi gracia, es llano Que han de llamarme liviano Si conservo a quien lo es; Y si os quito brevemente El puesto que os di, es mostrar Que o soy fácil de mudar, O en elegir fui imprudente. — ¿Qué os parece? ¿Sé reñir? ¿Hago bien un enojado? ¿Qué es esto? ¿Os habéis turbado? Verdad me habéis de decir. Eso sí; que ya tenia Pendiente el alma de un hilo. Señor, tan severo estilo ¿Qué valor no turbaría? Confuso estoy.) ¡Qué! ¿Fingido Era el enojo? Dejemos Burlas, Fernando, y entremos A despachar. (Ap. a Fernando. Esto ha Porque nos han escuchado, sido, Mirar yo mejor que vos Por la opinión de los dos, A conservar obligado Mi hechura; pero mirar Debéis que, como reñir Y conservar y sufrir, Sabré también castigar. ¡Qué prudencia, qué cordura, Y qué fuerte obligación Pero nunca la razón Puso freno a la locura; Yo estoy loco, y la esperanza De tu mano, Elvira hermosa, Es en mi más poderosa Que el fausto de la privanza.) Lara ilustre, Mendo amigo, ¿Quereis algo? Solo hacer Un recuerdo. Es ofender Mi amistad hacer conmigo Diligencia; mi deseo Lograré presto en los dos. Mil años os guarde Dios. A mí no, si yo le creo. ¡Qué burlados han quedado! ¡Que ruegue yo a quien podía Ser... - Callad, Mendo. No había De nacer un desdichado. ¿A qué fin este picón Te ¿el Rey? Porque de aviso Me sirva, las uñas quiso, Beltrán, mostrarme el león. Témelas, pues las has visto. ¡Ay de mí, que es ciego amor, Y no conoce el temor! Inútilmente resisto Al deseo con que peno; Imposible es sujetarlo, que voy loco en un caballo, Con espuelas y sin freno; Por Elvira he de perder El alto puesto en que estoy; Pero si de Elvira soy, Qué importa dejar de ser rico, Beltrán, ni privado? Por ella el serlo estimé, Y sin ella no podré Dejar de ser desdichado. Pues si te quieres perder, Fuerza es que una cosa sola Te advierta, y es, que de bola Me has de llevar al caer; Y mientras eres privado, Fuera bien que yo subiese A puesto en que me luciese Haber sido tu criado. Yo lo haré, con tal que pidas Cosa a tu virtud igual; Que pienso que el memorial Que le diste al Rey olvidas. ¡Oh, pese!... DON FERNANDO. Pero, dejado Eso aparte, Beltrán, di, ¿A quién has servido? A ti. Pues si a mí me has obligado, De mi hacienda has merecido El premio, conforme a ley; Mas de la hacienda del Rey, Solo el que al Rey ha servido. Esa es doctrina, aunque tasa Mis aumentos, verdadera; Mas no soy bobo, quisiera Justicia, y no por mi casa. Loca estoy, Flor, ya vencí; Los efectos han mostrado Que el arte lo puede todo, Pues hoy con industria alcanzo Lo que no pudo el amor. ¿Cómo, Elvira? Al Rey aguardo; Bermudo de parte suya Vino a prevenirme; tanto Pudieron con él los celos, Que espero ya, con su mano, La corona de León. Amor sabe hacer milagros. Don Fernando de Quiñones Tu licencia está aguardando. ¡Ay, hermana! ¿qué he de hacer? Que al Rey aguardo. Hasle dado Favores, que en tal empeño Te han puesto, que no te hallo Consejo. Oh, gustos de amor, Siempre a pesares comprados! De tu confusión te ofrece El remedio el mismo caso; Pues si con el Rey te encuentra Aquí don Fernando, es llano Que eso mismo es tu disculpa, Y será su desengaño; Y en el Rey aumentarás El amor, acrecentando Los celos, pues ellos son Los que su pecho abrasaron. Bien dices. —Entre. Ni él puede Proseguir contra tan alto Competidor sus intentos, Ni culpará tus agravios; Y así, importa que no dejes De favorecerle en tanto Que el Rey llega, pues con eso Disimulas el engaño, Fingiendo que sin tu gusto Trata el Rey de conquistarlo. Tu consejo he de seguir. No son días, no son años, Siglos son y eternidades, Bella Elvira, las que he estado Entre tinieblas oscuras, hasta volver a miraros Todo es tormento sin vos; Y así, vengo atropellando Montañas de inconvenientes, Y expuesto a peligros tantos, Cuantos deseó mi pecho Para mostrar lo que os amo, En lo que arriesgo por vos, A descontar, dueño amado, El infierno de no veros Con la gloria de miraros. Fernando, no a los tormentos Que yo en vuestra ausencia paso Debéis menores finezas. Si bien cuanto puedo os pago, Nunca podré lo que os debo, Con cuanto puedo, pagaros. Vos, Señora, perdonadme; Que, deslumbrado a los rayos De Elvira, disculpa tengo, Si dilaté el preguntaros Cómo estáis y el ofrecerme A serviros. Disculpado Os deja el amor; yo estoy Con deseo de pagaros La parte de la ventura Que en la de mi hermana alcanzo. Pues si de mi parte estáis, Seguro el efecto aguardo, Si vos terciáis con Elvira Para que me dé la mano. Detente, Bermudo, espera; Que está aquí, si no me engaño, Don Fernando. Él es. ¡Ay triste! ¡Qué atrevimiento! Rabiando Estoy, vive Dios, de enojo. Señor, si está enamorado, Juzgar debes sus excesos Por los tuyos. Calla; oigamos, Pues que no nos han sentido, Sus culpas y mis agravios. Mis verdades ofendéis Si os mostráis desconfiado; Fernando, si el alma os di, ¿Cómo os negaré la mano? Pues ¿qué aguardáis, cuando soy Tan dichoso? Solo aguardo Que cumpláis, como debéis, Con la obligación del alto Puesto que ocupáis, pidiendo Permiso al Rey. Si me ha dado Tanto lugar en su pecho, ¿Teméis que no he de alcanzarlo? Antes porque no lo temo Quiero que lo hagáis; que cuando Lo temiera, no pondría A peligro el bien que gano. Ya ¿qué tengo que esperar Con tan claros desengaños?) ¿Fernando? (Sale.) El Rey, ¡Ay de mí! Cogido nos ha en el lazo; En tierra dio el edificio. REY. (Ap. a don Fernando.) ¿Esta es la enmienda? ¿Este caso Hacéis del favor que os doy, Y el rigor que os amenazo, Pues aún no ha perdido el viento Las palabras que mis labios Hoy os dijeron, y ya vos las habéis olvidado? ¿Esta elección hice? ¿Vos Sois mi hechura? ¡Qué bien salgo Así, y qué bien me sacáis Del empeño en que me hallo, Con haberos hecho Solo, Vive el cielo, no os deshago, Por castigarme el error De haceros, en conservaros. Gran señor... Callad, callad, Disimulad, sosegaos; Poned bien el ferreruelo, Cobrad el color turbado; Que ya que, por mi opinión, Resuelvo no castigaros, No me está bien que esa gente Entienda que me he enojado. Vuestra prudencia y piedad, Gran señor, obligan tanto, Que porque más resplandezcan En mi delito, no trato De disculparme, si bien, Volviendo a los ojos claros De doña Elvira los vuestros, Hallarades mi descargo. (Ap. A y de mí, que esa verdad Conozco tan en mi daño! Mas, ya que a Elvira he perdido, Y he visto yo mis agravios, Virtud haré de la fuerza, Y valor del desengaño.) Elvira, yo os prometí Ser vuestro padrino cuando Hallásedes quien pudiese Mereceros; ya ha llegado La ocasión, pues solamente *Dilatasteis, aguardando Mi licencia y gusto, el dar A don Fernando la mano. Dádsela; que yo, sabiendo Que él venía a visitaros Amante y favorecido, Por lo mucho que le amo Yos estimo, quise, Elvira, El contento anticiparos, Trayendo yo la licencia. Yo, Señor... Válgate el diablo Por mujer! ¿Ya lo rehúsas, Y lo estabas deseando? ¿Qué dudas? No me aseguro (A don Fernando.) De que el Rey no está enojado Contigo, y le quiero hablar. — Señor, si acaso es vengaros El obligarme a que sea Esposa de don Fernando, Advertid que los favores Que le he hecho han sido falsos, Por vengarme del rigor Con que me habéis abrasado; Que vos sois solo mi dueño. Los favores que tus labios Le hicieron, públicos son, y es secreto, si es engaño; Y así, cuando yo te crea. No ¿que de tirato Me den el nombre, diciendo Que le quito a don Fernando Su esposa para mi dama. ¿Para vuestra dama? - ¿Acaso Puedes aspirar a más, O puede un rey dar la mano A quien se sabe que hizo Favores a su vasallo? Pues si la vuestra he perdido, " Porque sepáis que causaron Esperanzas de ella sola Mis yerros, y no livianos Pensamientos, seré esposa De don Fernando. — Ya ha dado Su alteza seguridad A mi temor, y la mano Os doy, Fernando, de esposa. Gozadla por muchos años, Don Fernando. En vuestra gracia No podrán ser desdichados. Vos, Flor, porque no quedéis Envidiosa del estado De Elvira, pues es notorio Que mis favores reparto Entre Fernando y Bermudo, Y él los vuestros ha alcanzado, Sed su esposa. Los favores Fingidos nos obligaron Tanto, que ha podido mas Que la verdad el engaño.) Yo soy vuestra. Y yo dichoso. Y en habiendo dos casados, Parece fin de comedia. Y es forzoso que el lacayo Pida mercedes al Rey Y perdones al Senado.
