Texto digital de El secreto en la mujer
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Andrés de Claramonte y Corroy
- Atribución estilometría
- Andrés de Claramonte y Corroy Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de Marina Mayor Rocher.
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Mayor Rocher, Marina. Texto digital de El secreto en la mujer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/secreto-en-la-mujer-el.

EL SECRETO EN LA MUJER
JORNADA PRIMERA
Rómpele, señora, luego en leyéndole. Cansado estás. Haz lo que te ruego. Soy fuego. Él habrá ganado en abrasarse en tu fuego. A mí se llegó llorando, con recato me le dio, diciendo:-- Tisbeo, ¿cuándo con dos letras de un sí o no dejaré de estar penando? ¿Quién le hace penar al necio? ¿No sabe que yo jamás, penas ni servicios precio? ¿Por qué con él mal estás? Nace del alma el desprecio. Mira, Tisbeo, el amor Es una influsión de estrellas, que ésta inclina a lo peor, que ésta a lo mejor; que en ellas hay piedad como hay rigor. Inclinación fue un Dios fuerte a quien un tiempo adoraron las gentes, y de tal suerte la siguieron, que la amaron hasta oponerse a la muerte. Muchos, tras su inclinación, fueron al mar del morir, sin razón o con razón, y sin poder resistir su fuerte imaginación. Éste a la guerra se inclina, éste a la paz, éste llora, éste canta, éste imagina, éste del sol se enamora, y éste de la luna trina; al fin, por diversos modos aspiran a varias cosas, Tisbeo, los hombres todos, o ya a feas, o ya hermosas. Nembrot, que en soberbios codos se quiso al cielo oponer, amó una torre; amó Jerjes un árbol; Dido, mujer griega, a un pez; amó Artajerjes a un mármol sin alma y ser; y hay mil desta condición; y ansí, yo a Lelio no quiero por mi misma inclinación, ¿Y Antonio? Por él me muero, que es de mi estrella influsión. Es bien que más nombre cobre Lelio, por noble y galán, que Antonio, aunque más le sobre. No, Tisbeo, que en Milán ya es feo y villano el pobre. No hay pobre galán, aunque él sea noble y caballero; toda riqueza está en él; que como el dinero es nero es con los pobres cruel. Di, ¿casarse una mujer con dinero, o con el hombre que hacienda ha de pretender? ¡Oh Tisbeo, (que este nombre de hacienda da un nuevo ser, y en casos por quien están muchos en suma grandeza; y así, no hay pobre galán, que el que no tiene riqueza casi no es hijo de Adán. ¿Has visto pobre discreto ni rico que no lo sea? TISREO. Tú has de leelle, en efecto. Tú quieres, al fin, que lea algún romance o soneto con mil fábulas secretas, que yo recopilo y copio por pesadas en discretas. Pues ¿por qué? Porque es muy propio de los pobres ser poetas, que el no tener que comer engendra el imaginar, que de esto viene a nacer no dejar perla en el mar ni en los monarcas poder. Muy leída estás, señora, contra Lelio. Y él porfía en ser necio. Deja ahora pasión y filosofía. Dice así: ŤDentro de un hora de Milán he de salir, señora, si gustas dello, porque más quiero vivir ausente, que de un cabello, como otro Absalón, morir; que, pues mi desconfianza es cierta, y no he de alcanzar lo que quien padece alcanza, irme quiero y no esperar sin premio y sin esperanza. No quiero cansarte más, sino irme, si es tu gusto, no de Milán, donde estás, sino de su reino injusto, y de este mundo, que es más.ť ¡Oh, qué amante tan pesado! Ya se había de haber ido y en paz a Milán dejado; y, pues muere, hubiera sido un testamento cerrado éste, y se abriera después de su muerte. Toma allá tu papel, y no me des otro jamás. Si se va es porque tú alegre estés. Pon dos letras, porque crea que a tus manos ha llegado, y éste el desengaño sea. Yo creo que te has criado con Tridecirce o Medea, o en Tesalia, adonde son las hierbas, piedras y fuentes hechizos. Tu condición es de ángel. Dame y no intentes otra vez mi confusión dándome ningún papel. Toma, que aquí está recado de escribir, y aunque eres cruel responde. Ya lo he jurado; pondré dos letras en él no más. Pon las que quisieres. Y en las dos letras pondré la respuesta que tú quieres. Ya están escritas. Ese y te, dime, ¿es cifra? ¿Y tú qué infieres de la cifra? Que has escrito las primeras letras dos que encontraste. Y me remito a ellas. Mi tío, ¡ay Dios! No es muy grande el delito cuando te hallara el papel. Escóndele. Voy a dalle, que espera respuesta del á la puerta de la calle un criado. Amigo fiel, ¿de qué sirve en el muro levantado encerrar el valor de dama bella, si un criado enemigo le atropella cuando piensan que está más reservado? El mayor enemigo es un criado, si en casa asiste, que si no es en ella, por quien el pecho fiel de una doncella aunque más frío esté muere abrasado. ¡Oh criados, que Troya no se abrasa por vosotros, que sois nuestro castigo, peste común que por el mundo pasa! ¡Dichoso aquel que nunca os vio consigo! Porque, si vive el enemigo en casa, ¿quién se podrá librar de su enemigo? ¿Qué haces, sobrina? . Con Tisbeo estaba, que me enseñó un dibujo que traía para unas almohadas que empezaba. Ya, Clavela del alma, llegó el día que mi cansada edad más deseaba en el ocaso de su noche fría; ya la dispensación llegó, que el cielo quiere alegrar los montes de mi yelo. Mi hijo Antonio, mayoradigo y bienes, desde mañana ya por tuyos cuenta; seis mil ducados son, aunque tú tienes treinta mil en Florencia; éstos de renta, sin los muebles famosos con que viene, a fin de mi deseo el cielo aumenta. Casaos mañana, porque decir pueda: Señor, llevadme en paz, pues ya a mis ojos más que ver en el mundo no les queda. Ya, Clavela, cesaron mis enojos; ya en Milán no hay brocado, tela o seda, o fino pasamano, que despojo no sea de tus pies, con que humillas el oro y plata en clavos y en virillas. Quédate adiós, que voy por las albricias de tu primo y esposo y de mi hijo. (Vase.) Y si las mías, gran señor, codicias, pagarlas puede aquí mi regocijo. Divino cielo, ¿cómo no desquicias ese edificio en los dos cielos fijo? Que tanto mal es bien mayor la muerte. Señora, ¿cómo estás de aquesa suerte? ¡Ay Tisbeo y amigo! Ya no quiero encubrir lo que el alma te ha encubierto; pues me falta la vida falte el miedo; amor me dé la vida, pues me ha muerto; y pues, amigo, ya fui todo quedo, déjame voces dar, aunque en desierto, y escúchame, Tisbeo, mi desdicha, mala para escuchada y para dicha. Aunque he dado a entender que quiero a Antonio, le aborrezco en mi alma de tal suerte, que es un dios para mí, Circe o demonio, que todos mis placeres me pervierte, y antes de efectuar el matrimonio tengo de darme una afrentosa muerte, si de Milán no salgo aquesta noche, antes que el sol en su dorado coche. Yo quiero bien a Ursino, un caballero de la casa Farnesia, más gallardo que el alba blanca, el fúlgido lucero. A Ursino adoro, amigo, por él muero, por él me aflijo, me consumo y ardo, con él he de casarme, que es Ursino dueño de mi amoroso desatino; quiero avisalle que esta noche venga con postas y a Milán los dos dejemos, porque próspero fin mi gusto tenga y apesar de mis tíos nos casemos. Antonio de paciencia se prevenga, pues ve que la mujer es toda extremos, y es tan varia, en efecto, que en un hora tal vez aquello que aborrece adora. Con tan grande secreto le has querido, que de ver no se ha echado. CLAVEI.A. Del secreto testigo el cielo solamente ha sido, y, porque llegue ahora el caso a efecto, voy a escribirle. ¿A quién? A mi marido. (No ha de tener, si puedo, el caso efeto, ya que a Lelio desprecias de esa suerte.) Mas ¡ay!, tu primo viene. Di mi muerte. , Ya, prima del alma mía, esposa llamarte puedo, pues el venturoso día se llega, a pesar del miedo que mi esperanza tenía. Ya puedes darme los brazos, pues más venturosos lazos gozar en tu cuello espero, que el bien que ha de ser entero quiero alcanzalle a pedazos. Mi padre me pidió ahora albricias, y yo le di el alma, que a ti te adora; mas, como está, el alma en ti, vengo por ella, señora. Dame el alma que te he dado. CIAVEI.A. Déjame. Mal ese enfado con mi amor tasas y mides. Necio estás, y mucho pides antes de habernos casado. ¿Ansí me dejas? ¿Qué es esto? Aguarda. (Ap. ) (¡Ay, Ursino mío, voy a escribirte!) Da presto. Clavela. ¡Qué desvarío! Oye. Ya estás descompuesto. ŤYa estás descompuesto.ť ¿Ansí me tratas? ¿Ansí me dejas? ¡Ah ingrata mujer! De ti podré formar justas quejas, si no las formo de mí. ¡Cielos! ¡Si es ésta Clavela, si es ésta la que me amaba, si fuera su amor cautela! Ésta es la que te engañaba y en tu ofensa se desvela. ¿Cómo? ¿Qué dices? Sabrás que Clavela te aborrece. Vete y no me digas más. Mas si tu lengua me ofrece remedio, ¿por qué te vas? Vuelve, y dime de mi daño, secretario, la verdad; venga el justo desengasto, que es la mayor amistad sacar un alma de engaño, Clavela quiere a Ursino. Le conozco. TISISEO. Y con él esta noche.... ¡AII desatino! Quiere.... , ¿Qué quiere el infiel? Salir a lo que imagino de Milán. ¿Qué dices? Digo lo que ella me dijo ahora. ¡Oh ingrato, falso enemigo! Antes que salga el aurora han de salir. Si conmigo mañana se ha de casar, ¿cómo ha fingido aflorarme? ¿Cómo me puede dejar? ¿Cómo ha podido dejarme? Que he de matar al traidor y a la ingrata, he de matallo. Loco va; mas el amor muy bien puede disculparlo. (Vase.) ¿Mi mismo papel te dio? Tu mismo papel y abierto. Pánfilo, si lo leyó.... Sospecho que sí. De muerto a la vida me volvió. Verdad es que le ha leído. ¿En qué lo echaste de ver? No ves dos letras, que han sido polos que pueden mover el cielo a que me ha subido? ¿No ves dos cometas luego de fuego amoroso y fiel? O estás loco, o estoy ciego, pues no se quema el papel siendo las letras de fuego. ¿Son estas letras aquellas que vio escritas Baltasar en el templo? Si aquí Bellas te atreves a murmurar dirás mal de las estrellas, En dos letras respondió; ¡oh, qué abreviada señora! ¿No ves que en ellas cifró todas las letras? Y ahora ¿sabrás tú entendellas? No, que estas letras están llenas de cuanta sabiduría pudo cifrar en Atenas toda su filosofía. Pues para amor no son buenas. Antes son propias; que amor, filosofía del alma, es ciencia que da dolor, que quien dél alcanza palma ese es letrado mayor. Dos letras quiso poner; sabes, señor, que sospecho que es egipcia esta mujer; que los egipcios han hecho para hablar y responder jeroglíficos y letras del caso declaración. Mal el secreto penetras, porque estas dos letras son, Pánfilo, que no impetras.... (?) ¿Qué letras son? La primera es be grande. ¿Y la segunda? Es te. Aguarda, escucha, espera, si quieres que te confunda. Las dos letras considera que en lengua latina son dos letras que dicen mucho por su significación. Comienza, que ya te escucho. Oye. Vaya de lección. La be, en alfabeto hebreo, siempre el bien significaba, y era el blasón y el trofeo que en su estandarte pintaba, de Dios el pueblo hebreo, y en mil historias también; de suerte que significa esta be trae el mismo bien, También yo en cierta botica la vi escrita, y harto bien en un bote que decía basalicón, y era bueno, porque dél más bien vendía el boticario. ¿Estás lleno de vino? Filosofía tabernil fuera, y mejor que la tuya, que es aguada. Vamos a la te, señor. Es la te letra sagrada y tiene tanto valor, que en su apocalipsis Juan, de esta letra señalados, vio los que en el libro están del Señor predestinados; y ansí, aquí juntas dirán que me ofrecen bien, y que me predestina y señala por su esposo la be y te. Tu interpretación no es mala; pero la mía diré si gustas. Dila. Quisiera que aquí tu error se confunda, pues te llama en la primera bobo y tonto en la segunda; que es bobo y tonto el que espera, viendo su. inconstante ser; más vale el jaco más feo que la más bella mujer. Mas oye, que atento veo en las letras. ¿Qué has de ver? Famosa interpretación. Señor, de la be se infiere brindis, si es lleno el copón; la te, Tansislao, que quiere decir cabe la razón. Harto me espantaba yo, que esto no paraba en vino. Beber con be se empezó, la te el tinto divino, mas en la be te llamó. ¿Qué? Borrico, que al amante ansí Apuleyo le llama. ¿Y en la te? Toro. Ignorante. ¿eso dices? ¿Es tu dama por ventura de diamante? ¿No es mujer? Aunque mujer, es de todas diferente. Volvamos, señor, a ver las letras. Di lo que siente tu ingenio. Vuelve a leer, señor, lo que tú escribiste y la respuesta verás. ¡Necio, si en eso consiste oye y te confundirás! No has dado bien en el chiste. ŤDe Milán me he de salir, señora, si gustas dello, porque más quiero vivir ausente, que de un cabello como otro Absalón morir; y pues mi desconfianza es cierta y no he de alcanzar lo que quien padece alcanza, irme quiero y no esperar, sin premio y sin esperanza. No quiero cansarte más, sino irme, si es tu gusto, no de Milán, donde estás, sino de este reino injusto y de este mundo que es más.ť Y ese papel, ¿qué promete en esa te y esa he? A ti el decillo compete. Pues junta la be y la te y, verás que dice bete. Bete dice, dices bien. ¡Oh letras y fiero abuso! El cielo maldiga, amén, a Cadmo, si Cadmo os puso en el abecé que os ven. ¡Oh be, que en el alma ve furor y tormento eterno! ¡Oh, be, que no amores ve, sino furor del infierno, si es tu tormento la te! Y a ti, te bárbara y fiera, los hebreos con razón te hicieron letra postrera. No eres, te, más tentación para que con verte muera la tempestad, que promete el llanto, que el alma ve; te, temor que es bien que acete, y al fin malditas te y be, pues las dos me dicen vete. Ya no hay más que esperar, esta noche he de salir de Milán; parte a buscar postas, que no he de dormir en tan maldito lugar. ¿Qué dices? Luego al momento vé por postas, y si son pesadas búscame el viento, porque salga el corazón más presto de este tormento. Y tú, papel enemigo, busca al viento, pieza a pieza, que en esto no te castigo; y si eres la ligereza irme quisiera contigo. Repórtate. ¿Quién te mete en eso? Aguarda, alzaré las reliquias que promete amor en la te y la be, aunque juntas dicen vete. Tu padre viene. Yo quiero despedirme dél; vé en tanto por las postas, que aquí espero. ¿Y el dinero? ¡De mi llanto podremos sacar dinero! Sí, y podrémoslo vender a un labrador, que jamás se harta de agua. ¡Oh vil mujer, que tan mal pago le das a quien más supo querer! Ve por postas. Voy y callo. Yo el dinero buscaré. Y si no puedes hallallo seremos correos de a pie, aguados como caballo. ¿Qué es esto? ¿Cómo estás, Lelio, tan descompuesto en la plaza? Limpia, limpia ese sombrero y ponte bien esa capa, Di, ¿qué papeles son esos que hechos mariposas andan por el aire, y tú el rostro más encendido que el ascua? Dime, ¿has muerto alguno, dime, y ese papel te amenaza? ¿Has reñido con alguno? ¿Qué enmudeces? ¿Cómo callas? ¿Qué dices? ¿No me respondes? Tú, lloras; dime la causa. Padre y señor, yo soy noble y soy generosa rama dese tronco a quien se atreven nevados copos de plata; y ansí, para que no pierda su opinión mi antigua casa, quiero de Milán salirme antes que amanezca el alba, que los nobles caballeros, más mejor en tierra extraña, aunque pobres, los respetan, los reconocen y tratan. Yo soy pobre, yo no puedo vestir pajes, gastar galas, sustentar caballos bellos, que a un pobre todo le falta; fuera de que ahora tuve con uno, sobre una falta, tinas palabras ligeras, aunque palabras pesadas, y es fuerza que salga luego de Milán, mientras se pasa el enojo, y para irme sólo tu bendición falta. ¿Es plebeyo caballero el contrario? Tiene tanta nobleza como riqueza, que un rico mejor Io alcanza. ¿Quién es? El hijo de Honorio es, señor, el que me mata. ¿A ese no llaman Antonio? Sí, señor. Ya sé su casa. ¿Fuiste el agraviado tú? A mí ninguno me agravia. Pues, hijo, vete con Dios, que nadie es bueno en su patria; sólo te pido y te ruego que seas por donde vayas y la causa de haber los dos reñido. Faltan páginas 6 y 7 del impreso. Oye otro caso más que ha sucedido. ¿Quién tantos males me apercibe y traza? . De casa falta tu sobrina. ¡Ay triste, que en esta nueva todo el mal consiste! ¿Clavela falta?. Sí, señor. Pues falte la vida que mi edad entretenía. ¡Oh triste noche! ¡Oh riguroso día! Jamás el sol con su beldad te esmalte, con negras nubes cubre tu hermosura sepultada la tierra en noche fría. ¿Cómo el seso no pierdo sin Clavela? Honorio, ese sentir todo es cautela; mas, si es verdad que Lelio muerto ha sido, no ha de quedar de todo este edificio, a los cielos altísimos propicio, piedra o pared. Yo perderé el sentido. En sueño tanto mal me ha sucedido, voy a buscar mi hijo y mi sobrina. Yo a buscar mi ruina. (Pause.) ¿Tan de mañana quieren levantarse, llegando aquesta noche aquí a deshora? Sabed, Jacobo, que esta ilustre dama, que sin luz se acostó con el mancebo que del caballo la apeó y la trajo, salido ha de Milán para casarse y quiere antes del día desposarse; si hay huéspedes algunos levantados, llamar dos para que sean testigos. Aquí hay dos caballeros que vinieron en postas esta noche con recato, distintos aposentos han pedido, que a serlo yo sospecho que han venido. Esos podéis llamar mientras recuerdo a la novia engañada que ella piensa que el que la trae es un galán que adora y es el que ella aborrece por estrenuo. De los dos viene un huésped, llamar quiero al otro y recordadle que estas bodas mucho me han de valer sin duda alguna, porque sé que esta es gente de importancia, y a río revuelto es la mayor ganancia. Cuando pensé (¡loco amor!) de mi florida esperanza gozar el fruto mayor, el tiempo con su mudanza cortó mi esperanza en flor. Perdí a Milán, y perdí, Clavela, tus bellos ojos; y muerto, Antonio, ¡ay de mí!, que en medio de un mar de enojos sin pensarlo me perdí. , ¿A mí, para ser testigo de boda? Muy bien a fe, no há mucho que ser, amigo, el dueño yo imaginé de un ángel que amo y bendigo; pero no hay gloria segura. ¡Cielos! ¿No es aqueste Ursino, o es fantástica figura? ¿No es éste Antonio? ¿Se vino aquí de la sepultura? Ursino. Antonio, ¿no estás muerto? Di, ¿tú no estás muerto? ¡Quién vio tal burla jamás! Pero de tu desconcierto castigo aquí llevarás, ¡Vive Dios, que has de dejar la pretensión de Clavela, o que aquí te he de matar! De tu trato y tu cautela aquí me quiero vengar, y afluí se ha de diferir cuya Clavela ha de ser. De quien deje de morir. Aquí ahora se ha de ver. Hoy no es día de reñir, que es día de mi alegría. Antonio, Ursino, ¿qué es esto? Decid, ¿por qué esta porfía? Lelio, ¿tú en medio te has puesto? Reportaos, ¡por vida mía! y decídete la ocasión. Por Clavela, Lelio amigo, es la pendencia y cuestión. Pues es tenerla conmigo. ¡Muera! No tenéis razón; cesen su pendencia, amigos, pues en medio me tenéis, que hoy no es día ele enemigos. Ea, envainad, y seréis de mi ventura testigos, que a dar la mano me allano a un ángel de humano ser, que por ni ventura gano. Aquí viene tu mujer. Dadme mejor vuestra mano. Clavela, dichoso día. Mi Clavela, prima. ¡Ay Dios! ¡Extraña Clavelería! (¡Cuáles quedarán los dos, y ella, sabiendo que es mía!) Clavela, ¿qué honor ha sido hallarte en este lugar? Con su marido ha venido. ¿Pues quién me puede culpar estando con mi marido? ¿Quién es tu marido? Yo, dulce esposa, soy tu esposo. , ¿No es mi esposo Ursino? No, que Lelio es el venturoso. ¿Qué dices? Él poseyó y el que posee es beato. ¿Quién me trajo aquí, enemigos? Yo. ¿Cómo aquí no me mato? ¿Qué sois vosotros? Testigos de mi afrenta y de tu trato. Yo lo soy de que ha sido, señora, este caballero el que contigo ha dormido. Pues Dios le eligió, yo quiero a Lelio por mi marido, y vosotros perdonad. Si ello no estaba de Dios, paciencia. A nuestra amistad y amor volvamos los dos. Pues desde aquí a la ciudad acompañando ha de ser mi prima con su licencia. Yo a Milán me he de volver, que he de vivir en Florencia. ¿Qué dices? Esto ha de ser. Pues corridos y afrentados volvámonos a Milán. ¡Oh pasos mal empleados! Al primer envite van dos maridos tripulados.
JORNADA SEGUNDA
Ansí me quiero vengar de Lelio. Yo de Clavela. Mas palabra me has de dar de esposo si mi cautela halla en Florencia lugar; que, pues Lelio me engañó, y por aquella enemiga desta suerte me dejó, amor a vengar me obliga, y así he de vengarme yo. Aurelia, yo le prometo de ser tu esposo, si pones mis venganzas en efeto. Los dos por sus sinrazones han de verse en el aprieto mayor que se puede ver; para que el inundo se asombre vérnoslo luego a poner por obra y muera este hombre. Y muera aquesta mujer. Yo en la venganza me fundo que me prometen los cielos. Si son furias del profundo los celos, den nuestros celos espanto y temor al mundo. Esto, señor, es vivir, que lo demás era muerte. No sé, amigo, de mi suerte lo que te pueda decir. ¿Qué? Que naciste de pies, que es la ventura mayor, y con fortuna menor, pues ansí por él te ves. Ahora que es verdad creo aquello de las varillas de virtudes. Maravillas, Pánfilo, en mi suerte veo, pues sin pensar alcancé a Clavela. Y siendo fiera no hay cosa que tanto quiera como a ti. ¿Y qué diré de la merced que me hace el Duque y Duquesa? Es tanta, que todo el mundo se espanta, aunque aquesta merced nace de tu gran merecimiento. Cuando pobreza tenía, nada, amigo merecía, que es segundo nacimiento en los hombres la riqueza, que el más noble caballero, cuando no tiene dinero, es de vil naturaleza. Treinta mil emperadores me dieron sangre y valor, el Duque me hace favor, y se honran con mis favores; juego y entretengo el tiempo, y no hay en palacio puerta que para mí no esté abierta; no hay gusto ni pasatiempo que se haga en él sin mí, de todo parte me clan, el Duque y Duquesa van a mi casa; al fin yo aquí soy el Duque, que su alteza gusta de tollo mi gusto. Aunque el hacerlo es muy justo, por Dios que es grande llaneza. No hay cosa como vivir En la tierra de un señor. De esta llaneza y amor lo podemos colegir. Mi padre me dijo, cuando dél me despedí, tina cosa, Pánfilo, extraña y donosa; mas como están caducando en decrepitud los viejos, no hay que tenérselo a mal. A veces son de cristal ciencias y sabios consejos. ¿Qué más te dijo? Que hiciera tres cosas si ser quería dichoso, y por vida mía que si el consejo admitiera que allá mi padre me dio, que hoy estuviera perdido, que, amigo, el hombre ha nacido en donde se enriqueció. Dijome que no viviera en lugar de señorío. Eso es contra el voto mío. Ni que a mujer descubriera un revelado secreto. Imposible puede ser que un hombre con su mujer, que son un alma en efeto, á los dos no comunique, cortés, afable y bien quisto, que esto lo imposible alcanza. Y también te encargo, Lelio, tres cosas, dellas te guarda. La primera es que no fíes en grande o pequeña causa tu secreto de mujer, animal que no le guarda. La segunda es que no dotes ni prohijes en tu casa jamás hijo que no sea nacido cíe tus entrañas. La tercera es que no vivas en lugar, ciudad o villa de señor; esto te manda tu padre, y a la partida te lo ruega envuelto en agua, que si estas tres cosas no haces te verás en mil desgracias y te acordarás de mí cuando tú en la cuenta caigas. Señor, siempre en la memoria llevaré lo que me encargas, teniendo siempre en mis ojos el espejo de tus canas. Vamos a casa, y daréte de lo poco que en mis arcas guardan cerraduras fuertes con artificiosas guardas; y pues dices que eres noble, siempre con los nobles trata; di verdad y callar sabe, que puede mucho el que calla. Dame esos brazos, y vamos. No, señor, damé tus plantas. (No he de dormir esta noche en Milán; conmigo, ingrata, della has de salir al punto.) (¡Oh hijos! Quien os alcanza, casi muere cuando os pierde, que sois pedazos del alma.) (Vase) Noche apacible y bella, pavón hermoso con los ojos de Argos que te dan tanta estrella, maestra de confusiones y letargos, si conseguir me dejas entre tu obscuridad este milagro, dos búhos y cornejas a tus aras bellísimas consagro con inmortal decoro, y seis columnas de alabastro y oro, ¿Dónde quedan las postas? . Cerca de aquí te aguardan, en lo obscuro de las calles angostas. Este es el puesto, y porque esté seguro prevenid las espadas.. Aquí están a tu gusto consagradas. Estas son de C!avela las ventanas y puertas de mi gloria, y el cielo donde vuela en nubes de esperanzas mi memoria. Llegad para que sea esta noche el Jasón de esta Medea. Mas aguardad un poco, que gente pasa por la calle. Amigos, ellos son o estoy loco. 3.° Pues muerán los cobardes enemigos, y primero si son reconozcamos. Este es, sin duda, el primo de Clavela.. ¿Qué hacemos? Si buena fama estimo, la calle y vecindad no alborotemos. Ellos son. 3.° ¿Embestimos? 4.° ¡No habemos de embestir! ¿A qué venimos? ¿Es Antonio? Sí, amigo. Aguarda, que si es cierto que es él este enemigo, diré yo al embestir: ¡Ay, que me ha muerto!ť Y él dejara la calle, temeroso que vengan a buscalle. 2.° ¿Qué hacemos? Embistamos. ŤQue me ha muertoť diré yo en embistiendo, y ansí los engañamos, porque de la justicia han de ir huyendo á mi voz, y, con esto han de dejar desocupado el puesto. ¡Ea, mueran los fieros! ¡Ay, que me ha muerto! ¡Ay, Dios! ¡Ay, que me muero! ¡Confesión, caballeros! Cierto debe ser. Sin duda es cierto. Ni él sabrá el engaño y burla mía. Pues que posta tenemos, salgamos de Milán. Las postas vengan. Y ansí nos escapamos; las postas prevenid, no nos detengan. Picad hasta Florencia. A Florencia guiad. ¡Oh amor! ¡Oh ausencia! Al fin partir no quisiste sin hacer esta estación. Déjale hacer a este triste, Pánfilo amigo, oración. A muy buen templo viniste para que alcances salud. Vengo, amigo, a idolatrar al dios de la ingratitud, que en el infierno de amar émulo es de la virtud. Paredes fieras, ingratas, que entre vuestras pardas piedras encerráis, sin corazón, blancas y heladas culebras de alabastro y mármol hechas, que muchas veces os vi al son de mi llanto, fieras. Quedaos a Dios, que obedecer es fuerza las leyes santas de tan larga ausencia. ¡Ah, esposo! ¡Ah, Ursino! ¿Quién me llama? Tu Clavela soy, espera, que ya desciendo. iAy, amigo! dame esos brazos y deja besarte los pies y ufanos. ¿Qué es esto? ¿Hay locura nueva? Ahora sí que estoy loco, ahora sí que comienza mi locura. Tu valor de quien eres te enajena. Vive Dios, que si a ninguno lo que aquí ha pasado cuentas, que te he de matar. Señor, si me lo has dicho por señas, no me has dicho nada aquí. Será el bien cuando se sepa; quiero decírtelo, escucha. Temo que otra vez me muelas. Mas ¡ay que Clavela viene! Enmudece. Soy de piedra. CLÁVELA. ¿Eres Ursino? Sí soy. A ti tu esposa se entrega; tuya soy, tuya es mi alma. Mi bien, la terneza deja, porque en mejor ocasión tendrán lugar las ternezas. ¿Las postas? Aquí las tengo. CLÁVELA, ¿Corren bien? Su ligereza les dio el viento, y yo imagino que como hipogrifos vuelan. Pues vamos. (¡Hay tal engaño! ¡Oh noche obscura, tercera de sucesos prodigiosos, cierra tus ojos de estrellas!) ClAVELA. ¿Cuánto está de aquí el lugar primero? Estará dos leguas. Pues haz que entremos en él, Ursino, antes que amanezca, y allí nos desposaremos. (¿Qué dices, Pánfilo, desta aventura?) (Que imagino que por la encantada selva voy con Amadis. El cielo quiera, señor, que no venga algún gigante encantado que en la mazmorra nos meta.) Tío, primo, casa, honor, encerramiento, nobleza, desposorios, fiestas, galas, murmuraciones, afrentas, quedáos con Dios, que. obedecer es fuerza las leyes santas de tan larga ausencia. (Vanse.) No viniera, señor, a visitaros, si no fuera con causa tan bastante. ¿Tan tarde por acá? Sí, y no os espante que tarde venga y venga a disgustaros. Reportaos; ¿qué tenéis? Los hechos claros, en oro y plata escritos con diamantes, de mis antecesores sabe el mundo, en tanta tierra y tanto mar profundo: y sabéis que yo soy Paulo Colonna, casa que no con trato se ha adquirido, y ya sabéis que en ella siempre ha habido imperio, majestad, cetro y corona, y fuera dente crédito me abona; y sabes que por mí nunca ha perdido su nobleza, apesar de su fortuna, la corona que adorna la coluna. Siempre en Milán, ¡oh Paulo generoso!, vuestro valor hace ventaja a todos, y sabemos que des sangre de los godos, del troyano Eneas valeroso, nobleza os dan, pero venís furioso y con mil cifras, por hermosos modos, de ofender a mis canas. Esto os digo porque sepáis que soy vuestro enemigo. Ya mi sangre en las venas se alborota; venís ocasionado de tal suerte, que me obligáis a que, brioso y fuerte, aunque el valor en la vejez se embota, estoy Honorio, sin faltarme gota de aquella sangre que venció a la muerte en la nobleza que adquirió heredada, y aún tiene filos mi famosa espada. Ya sabes que soy yo Palavicino, descendiente en Milán de Esforcia el Duque, y que en mármol y jaspes y blanco estuque pongo su escudo y su blasón divino; ya ve que todo el mundo se trabuque, (?) que está presente en mí siempre su espejo; ya ve que me tembláis. Estáis muy viejo. No estoy sino muy mozo y muy cansado de veros en mi casa desa suerte.. Oye, señor, mi enojo atroz y fuerte, que han a Antonio ofendido. ¡Estoy turbado!. Un hombre ha muerto ahora, y se ha escapado a Milán por librarse de la muerte. ¿Qué dices?. Lo que pasa. ¡Ay alegría, nunca puedes durar un solo dial A Lelio ha muerto, que, sin duda alguna, al salir de Milán con él se ha visto; ¿cómo la furia y el dolor resisto? Ya que puede quitarme la fortuna, debajo del convexo de la luna ni de la hermosa esfera de Calixto no se me ha de esconder tu hijo ingrato y donde logre hallarle allí le mato. Esta fue la ocasión ele haber venido a hablar de aquesta suerte yo a tu casa, porque he sabido todo lo que pasa hablándose cada día, su tristeza, su alegría. Nada hay que en esto replique. Bueno es que venga enfadado un hombre a su casa, y que a un ángel que en casa ve no le publiqué su enfado. Dices bien, que es bestia el hombre que con la que es ya su igual no comunica su mal o su bien, pues este nombre de casamiento declara una unión de voluntad, y ha de haber conformidad en los ojos y en la cara. ¿Y qué te dijo más? Dijo que ningún hijo adoptase, y mucho menos criase en casa, sin ser mi hijo. Sin duda que ya tu padre caduca, pues te ha pedido tres cosas que siempre han sido, por el siglo de mi madre, más llegadas a razón, y es contradecirlo yerro, pues vemos que un hombre a un perro que cría tiene afición. Pues si vasallo del Rey fuera, tanto no alcanzara, ni el Rey me comunicara su amor, su gusto y su ley. Tan igualmente es de suerte la merced que el Duque te hace, y tanto se satisface de ti, que de afrenta y muerte libras todos cuantos quieres, lo que con un rey no hicieras. Imagino que si dieras, según que su amigo eres, la muerte al más noble y rico, déste y todo te libraras. ¿En eso ahora reparas? Con la merced que publico yo estoy bien adonde estoy; mi secreto ha de saber de ordinario mi mujer, pues hombre y no bruto soy. Aunque sin duda que yo esto al revés lo entendí, y que él me dijo que sí y yo le entendí que no; pero mi Clavela sale. ¡Dulce esposo! ¡Esposa fiel, alma de hermoso clavel! No hay, Clavela, quien te iguale. No hay con regalada salva, cielo de rosas turquíes, con follajes carmesíes entre las perlas del alba, ni hay cuando del lecho sale matizado de color el divino y bello sol, dulce esposo, quien te iguale. ¡Ay Clavela, ay mi bien! ¡Tanta merced, tal favor! ¡Quién creyera que en amor se trocara tu desdén! De amor son tales secretos, y ahora en los dos lo vemos; pero, como es todo extremos, tiene extremados efetos. Lo que al principio aborrece quiere después como al alma, que el amor es como palma, que con los trabajos crece. ¡Qué dichoso trabajar! ¡Qué bien, qué gusto y placer! Pues un dulce padecer es el tormento de amar. he de entrar. Tente, rapaz. ¿Quién del cielo me destierra? ¡Que un rapaz nos haga guerra cuando estábamos en paz! Échale y di a Tisbeo.... ¿A un pobre, señora, ansí echas? Por amor de mí, que aunque este muchacho sea estorbo de nuestro amor, que lo que quiere veamos, ya que sin hijos estamos. Ea, escúchale, señor. Yo soy en tan tiernos años, que apenas catorce cumplo, padre de las desventuras y los engaños del mundo. Maté a mi madre en naciendo, y fui nacido verdugo de la que por darme el ser en tal peligro se puso. Víbora fui reventando el pecho que en sí me trujo nueve meses, que el ingrato más bien jamás pagar supo. De piedad unos vecinos, por ser mi padre difunto, me hicieron humilde cama de espartos, pajas y juncos. Criéme en tanta pobreza cuanta encarecer se pudo, del más abrasado alarbe hasta el más helado turco. Mil veces de los sabuesos y lebreles canilludos quité de la boca el pan que la vanidad les puso, que ya el rico con el pobre tiene tan grande descuido, que lo poco a Dios le niega habiéndole él dado mucho. Dormía en cama de campo, sobre los colchones duros de la tierra, en las escarchas y los calores de julio. Cuando vía el blanco pan de trigo, dorado y rubio; hacía diversos platos de sus prestados mendrugos. Estos vestidos con quien mis desnudas carnes cubro, en las ciudades y cortes son las galas de que uso. Los bien vestidos me apodan en viéndome ansí al desnudo, inmensos los ojos ponen y nadie capa me puso. Unos dicen que parezco madera con tantos nudos, otros jaspe en los colores y en los descosidos pulpo. Después de tantos trabajos Dios a Florencia me trujo, para que en vosotros tenga padres, amparo y escudo. Mil a quien pido limosna, después de enviarme ayuno, que a Lelio Esforcia le pida me dicen, y al Duque algunos. Memoriales y papeles le di al Duque; mas son mudos, que pesa el papel del pobre más que el plomo de Mercurio. Yo, viéndome sin amparo y sin remedio ninguno. huérfano vengo a esos pies, en quien mi remedio fundo. Favorecedme, señores, que en donde en grandes diluvios llueve Dios misericordias, la ha de haber para un desnudo. Si criais perros y halcones, que os causan gusto profundo, criad pobres, que a los pobres Dios en la tierra los puso; y pues hijos no os da Dios, que de bendición son fruto, criad a Dios en el pobre, pues veis que es retrato suyo. Rapaz peregrino y bello, suspenso he quedado, mudo de ver en tan tiernos años un ingenio tan maduro; y ansí, si mi esposa tiene gusto ahora de mi gusto, no sólo pienso ampararte, que a Dios deudas restituyo, sino tenerte por hijo. Señor, ese gusto tuyo también es mío, que siempre me complazco en darte gusto; fuera de que le he cobrado grande afición desde el punto que le vi hablar, que es discreto y habla bien y sabe mucho. Pues alto, en casa se quede. En las galeras un turco cautivo, señor, me dijo, conociendo los influjos de mi estrella, que sería dichosísimo, y barrunto que se ha cumplido en llegar a esos pies. (¿A que éste es brujo o hechicero? Que sus años no piden tan largo estudio.) ¿Cómo te llamas? Aurelio. Pues tanta suerte has tenido, hoy haz cuenta que has nacido, amigo, en casa de Lelio, Tisbeo, haz que le den de mi esposo una camisa. Y tú al mayordomo avisa, Pánfilo, al punto también; di que le saque un vestido y lo necesario todo que haya menester, de modo que esté galán y lucido. Entra y denle de comer. Yo lo haré de mil amores. Hoy de vuestros pies, señores, Aurelio empieza a nacer; ansí podéis decir que es, con bienestar soberano, no hechura de vuestras manos, sino hechura de esos pies. Yo a Florencia le diré con nueva naturaleza, que los dos a tal grandeza me echásteis de un puntapié. De un puntapié engrandecerme queréis, mis señores, hoy, y podéis, si ingrato soy, de otro pedazos hacerme. Que cuando de tal ventura gozo el bien, dirá la gente, señores , que solamente venís a perder la hechura. Y a vos, señor, os prometo, y doy por testigo a Dios, de dar la vida por vos si os viere en algún aprieto, pena que el mundo me llame ingrato y desconocido. No de los pies has nacido, Aurelio, los brazos dame. Nunca, esposa, de hacer bien mal ninguno resultó; Dios tantos bienes nos dio para que demos también, que no le trajo sin causa ansí a casa. Tan discreto es el rapaz, que os prometo que el verle gusto me causa; pero, dejando esto ahora, ¿dónde habéis estado? He estado con el Duque, y me ha mandado que salga con él, señora, mañana a caza, que quiere ir la Duquesa también, y el rato que no me ven el uno y otro se muere. Yo lo sospechaba ansí, y que se muere por vos, más la Duquesa. Por Dios, que hacen el caso de mí, Duque y Duquesa, que hicieran el de Mantua y de Saboya. (En mi pecho ha de arder Troya, si mis cielos perder vieran). . La Duquesa mi señora llama a vuestra merced. Luego voy a servirla. (Mi fuego se vuelve a encender ahora,) ¿Qué es lo que su alteza quiere mandarle a Lelio?. Querrá entretenerse. ¡Y sabrá muy bien Leliol . Ansí se infiere. Bueno está, Clavela mía; dadme los brazos y adiós, Sin duda que ha visto en vos su alteza gran cortesía, pues se quiere entretener con vos cortesanamente. Hermosa sois, sed prudente, seréis perfecta mujer, y adiós. Vamos, caballero. Señor, aguardad, señor. No oyó, fuese, ¡ah loco amor, monstruo de las almas fiero! Del loco aborrecimiento eres y soy, él te cría, vives en la fantasía, naces en el pensamiento y mueres en la memoria con tormentos y recelos, y dante vida los celos, que está en su infierno tu gloria. No es bueno tirano amor, que a tener celos comienzo; de decillo me avergüenzo; pero citando su rigor se escapa entre los humanos, que en rigor bárbaro y fuerte dicen todos que la muerte y los celos son hermanos. La Duquesa me da celos, plegue a Dios paren en bien, que en la mujer un desdén es furia; quieran los cielos que se entre en esta memoria; mas ¡ay! que se muere amor en faltando este rigor, y está en su infierno tu gloria. Aquí veréis salir con el gran Duque la Duquesa también, con más aplauso que monarca salió por Grecia y Roma. Publican en Milán destos dos, príncipes mil alabanzas. Son amados tanto de sus vasallos, por sus condiciones y su afabilidad, que los bendicen; y es tan grande amador de la justicia, que no reserva della a sus criados; los pobres favorecen de tal suerte contra los poderosos, que les temen. Ansí tiene que ser el que es cristiano. Muy bien es que los príncipes castiguen; pero es mejor a veces que perdonen, que la espada a la oliva ha de juntarse. Ya la guarda hace señal que sus altezas vienen. Como la majestad los tales tienen.... ¿Pero quién es aquel que de la mano nuestra Duquesa lleva? OCATAVIO. Lelio Esforcia, marido de Clavela, que es cabeza de los talaberinos milaneses, con quien vos pretendéis acomodaron, y a quien conoceréis, pues son vecinos de Milán como vos. Bien lo conozco, ¿pues tanto caso dél hacen los Duques? Si treinta mil ducados come limpios, y es príncipe en sus casas, es forzoso que los Duques le estimen y le quieran: el dinero es amigo del dinero, y ansí luego los ricos se conforman; que si el dinero es la segunda sangre, la sangre se confrontan al momento. Mas parece que te has entristecido después que viste al duque y la Duquesa aquí al salir de misa; ¿qué es aquesto? Y el color carmín que se asomaba por las ventanas de tu rostro veo convertido en color pálido y triste. ¿Qué tienes? ¿Qué es aquesto? Antes no tengo. ¡Ay Octavio infelice! ¡Ay suerte mía! ¡Cuándo vendrá mi venturoso día! Si soy tu amigo, si los amigos siempre lo han de ser en los males y en los bienes, hoy lo sea en tu mal el que lo ha sido en tu bien y en tu gusto. Caro amigo, escucha, y de mi mal serás testigo. Serví en Milán a Clavela tres años, amigo Octavio, con recato y con amor puro, honesto, limpio y casto. Quísome bien, adoréla, y ofrecíla en holocausto, en vez de olores e incienso, alma, honor, vida y trabajos. Sus favores y desdenes publiqué en colores varios, como el iris de los cielos, verde, azul, morado y pardo. Al fin, entre muchas noches que por un balcón hablando me estuvo dando a mis penas gusto, bien, honra y descanso, una me dijo... (¡ay de mí! no quisiera imaginallo, porque a los ojos se asoman celos, muerte, envidia y llanto) díjome que de Milán la sacara con recato, que es amor, cuando hay amor, niño, dios, pródigo y largo, Vino la noche siguiente, y con postas y criados, viendo que daba su luna miedo, horror, sueño y espanto, por otra calle acudió Antonio, su primo hermano, que había de ser su esposo, bravo, atroz, fiero y gallardo. Embestímonos soberbios, celosos y enamorados, que son amantes con celos rabia, infierno, furia y rayo. Riñendo de aquesta suerte el puesto desamparamos, dando al viento y a la tierra miedo, asombro, fuerza y pasos. A las voces y al ruido salió Clavela entretanto, y halló a Lelio, que es por ella rico, noble, esposo y sabio. Casóse con ella al fin, y dejándonos llorando, vive teniendo en Florencia gusto, honor, grandeza y fausto. Yo, enamorado y celoso, he venido disfrazado a ver del cielo que adoro luna, sol, estrella y astros. Dame remedio, que adoro a Clavela, amigo Octavio, y si no daré a mi vida puñal, fuego, plomo o lazo. Repórtate, amigo Ursino, que tu mal tendrá remedio. Está un imposible en medio. Yo allanarle determino; yo traza daré de suerte que entres en su casa. Amigo, seguiréte hasta la muerte; pasaré el mar navegando como otro Jasón a colcos, sobre espumosos remolcos, y por ventanas nadando veré que el hombre peligre, en la boca del cordero, y veré manso primero el rinoceronte y tigre; veré en la Naturaleza amor y conformidad; veré en los hombres lealtad, y en las mujeres firmeza; veré en el viento invencible forma en la esfera que vuela; pero gozar a Clavela téngolo por imposible. Imposible será ver las montañas donde Ticio en inmortal sacrificio no deja de padecer; será imposible que el sol alumbre en la noche fría; será imposible que al día falte su eterno arrebol; será imposible que a amor falten desdenes y velos, que al Norte le falten hielos y al Sur le falte calor; será imposible medir un hombre la tierra y mar; será imposible dejar el que nace de morir; será imposible terrible parar al tiempo que vuela; pero gozar de Clavela sólo tengo por posible. b¿Qué dices? Lo que has oído. Ven y no tengas temor, pues que sabes que en amor jamás imposible ha habido. (Vanse.) Ya que nos dejó su alteza, siéntese vuesa merced. Perdone vuestra grandeza, que he de estar ansí. Hola, haced desocupar esa pieza, y no entre visita ahora. Siéntese aquí. LFLIO. Bien estoy. Siéntese digo. Señora, como tu criado soy, obedezco. No se ignora acá su merecimiento. Aunque esté, señora, en pie estoy siempre muy de asiento en tu servicio. Bien sé su voluntad, y así intento valerme en esta ocasión del señor Lelio. Servir. señora, es mi obligación, y lo que tarda en decir tardará en la ejecución. Dos cosas quiero rogar a vuesa merced. A mí vuestra alteza ha de mandar. Es la primera, que aquí me envían a suplicar unas religiosas que una limosna le pida a vuesa merced. Sí haré. La necesidad que sé, que ha de ser de Dios aceta. ¿Qué es lo que manda su alteza que de limosna prometa? Aunque es grande la pobreza de aquellos a quien no inquieta el mundo, cualquiera cosa que le dé vuesa merced será mucho. Es ya forzosa obligación que les dé, por mí y Clavela mi esposa; de limosna mil ducados ofrezco aquí por los dos, luego, señora, contados. Dineros dados a Dios, señor Lelio, son pagados, que Dios prestados los da a los poderosos. Yo comienzo a pagarle ya. De lo mucho que le dio, con eso contento está. Vea vuestra alteza a quién se han de dar. Al que llevare un papel mío. Está bien; sin que en cosa se repare haré que luego se den en viendo el papel. Estoy de ese valor satisfecha; también de mi parte doy dos mil ducados. ¿Sospecha vuestra alteza que yo estoy malicioso, y que sospecho que vuestra alteza no da limosna? De tan buen pecho nadie sospechar podrá cosa mal dicha o mal hecho. La segunda es que ha pedido un gentilhombre le pida que un su hermano que ha venido de Mantua en casa reciba, que es hombre que no ha servido jamás y quiere servir en su casa, por la fama y por lo que oye decir. Si vuestra alteza me llama, señora, para subir siempre al cielo la humildad, ¿qué he de hacer sino postrarme a esos pies? Mi voluntad es de agradarle. Y de honrarme ansí con tanta igualdad, que un hermano de un criado suyo reciba. Quien anda tan cortés y tan honrado, y que jamás se desmanda en cosa que honor no sea, ¿por qué no se ha de igualar con nosotros? Porque vea este favor el lugar, y se admire y no lo crea, le admitiré en mi servicio. Será muy grande favor - para mí. Dadle a Mauricio los memoriales, señor Lelio, que hace sin oficio. Aquí estaba entreteniendo mi señora la Duquesa. Bien. De su ingenio lo entiendo. Saldremos a caza. Apriesa se están, señor, previniendo. Saquen los pájaros luego. Sólo quedará Neblí. ¿Cuál de los dos? El noruego. :. Si es el noruego, ese sí. Está algo inquieto. Es un fuego. ¿Qué pájaro es, gran señor? DuQur. Pienso que señor del mundo jamás le tuvo mejor. ¿Neblí? Ligero y profundo en el vuelo. Por favor, porque el señor Lelio pueda su valor encarecer, que no se quede. No queda; si de eso tenéis placer, las sigüelas de oro y seda le poned, y con cuidado le llevad. CAZ. 1.ş Harélo así. No hay vuelo más extremado. ¿Cuánto disteis por él? Dí sólo siete mil ducado, Grande cantidad es esa, Y diera un millón por él, por vida de la Duquesa. Hoy he de volar con él una garza. Pues apriesa apercibirse y subir á caballo, que la noche quiere a la tierra venir. ¡Hola! Prevenid un coche, que en coche quiero salir. Voy a ponerme a caballo. Allá Octavio llevará el criado. Y con llevallo, señora, ennoblecerá la casa leste vasallo, Vuestra merced es amigo y no vasallo. Señor, soy menos de lo que digo. CAZ, 1.° (¡Gran merced!) (¡Grande favor! Siempre le lleva consigo.) Celos, si sois ilusión y si os engendráis de nada; si sois quimera fundada sólo en la imaginación, ¿cómo vuestros actos son tan claros y descubiertos, y como mis desconciertos sois fieros y vengativos, y atormentáis con motivos si sois espíritus muertos? Si sois hijos del no ser, decid, ¿cómo sabéis tanto y si sois fuego, en el llanto cómo os volvéis a encender? No hay quien os pueda entender, celos, en vuestro rigor, que en amor sois lo mejor y os levantan testimonios; pero yo os llamo demonios de las glorias del amor. Ya está en casa mi señor No haya miedo que esté en ella; mucho que mi ingrata estrella me trata con tal rigor, que a quien no tenía amor y a quien no podía ver vengo a adorar y querer y él a aborrecerme a mí, porque en el amor ansí siempre suele suceder. Clavela del alma mía, señora, ¿vos con enojos? Que al alba de vuestros ojos se atreva nube sombría . ¿Si no os veo en todo el día en casa, no he de llorar? LETAO. Y ahora has de perdonar, que vengo, mi bien, de priesa, que va a caza la Duquesa y la voy a acompañar. Llama a Pánfilo que venga conmigo, denme un caballo, llámale. Voy a Ilamallo. Dile que no se detenga. Un criado me prevenga las espuelas y las botas; denme plumeas garzotas y un vestido de color. Para ir a caza, señor, tan cerca, ¿ansí te alborotas? Por vida tuya, mi bien, que porque están esperando los Duques, estoy llamando ansí para que me den lo necesario. También porque allá va la Duquesa. ¡Os dais, señor, tanta priesa!... Todo el recado está aquí. Entra, calzaréme allí. Acabad: ¿qué flema es esa? Dios guarde a vuestra merced. ¿Qué hay por acá, Octavio, ahora? La Duquesa mi señora me ha contado la merced que hace a mi hermano. Creed, Octavio, que si entendiera que era vuestro hermano, fuera de otra suerte el recibille; mas creed que he de serville, y él no a mí. Ganar espera mucho en servir en tal casa, y aunque criado no ha sido, ya tres años ha servido, y ansí el tiempo vuela y pasa. (Yo le he buscado esta traza de servir.) Muy bien está; a Clavela servirá. (Eso procurando estoy.) Quedáos adiós, que me voy a caza. Señora, honrad mucho al hermano de Octavio, que es un grande caballero, y adiós os quedad. Yo quiero llamarle. ¡Notable agraviol ¿Qué dices de esto, Tisbeo? Que no sé lo que te diga. Dime quién quieres, amigo, que refrene este deseo, que sufrimiento ha de haber tan cuerdo para callar? Déjame mil voces dar, que soy celosa y mujer. El reportarte es mejor. Deja que a voces mis celos los levante hasta los cielos, que está en ellos su color. ¿Ansí, traidor, pagas mi amor? Advierte que ese furor.... Celos, enfriáos un poco; mirad que se vuelve loco el sentido en tal rigor. ¿Ansí, traidor, pagas mi amor? Aquí el gentil hombre viene que hoy os tiene que servir. (O que tiene de morir.) Muy buena presencia tiene. Acabarme es lo mejor, y no vivir de esta suerte; en la muerte está la muerte con tormentos y rigor. ¿Ansí, traidor, pagas mi amor? Traidor yo cuando lo fui, cuando de tu voluntad, señora, un punto accedí; mas antes por mi humildad te vengo a servir aquí. ¡Ali! Yo entendí que venía desconocido a tus ojos, después que anteojos traía. ¿De qué son esos antojos? De mi loca fantasía quedó el deseo preñado de quimeras y recelos que el desengaño ha engendrado, y Por no malparir celos así en antojos he dado. Los soberanos despojos que amor un tiempo me dio, premiando tantos enojos, me ha dejado y me dejó solamente con antojos. Antojos quiero traer por mi mal y por mi daño, que aunque lince puedo ser, para ver mi desengaño cuatro ojos he menester. Mas mírame sin antojos, y conocerás que so Ursino, en tantos enojos, que ya sus antojos dio antojos a tus dos ojos, Ursino, di ¿a qué has venido? A servirte. Vete luego, que es celoso mi marido. Troya es mi amor y tú fuego. ¿Amor me vuelves ahora? Ya no es tiempo, déjame. Duélete de mí, señora. CLÁVELA. Loco estás. Amor lo fue, pues que de nuevo te adora. Vete con Dios. ¿Cómo puedo? ¿Qué tienes? Estoy sin ojos y tengo amor. Y yo miedo. ¿Quién le causa? Tus antojos, Pues quebrallos. Habla quedo. ¡Ay, mi Clavela! ¡Ay, Ursino! ¡Quiéreme! , Ya llegas tarde. ¿Quién triunfa? Quien antes vino. ¿Quién te ha perdido? Un cobarde. ¡Oye, escucha! Es desatino. ¿Quieres mucho a Lelio? Sí. ¡Yo te adoro! ¡Yo le adoro! , ¿Y qué tanto? Más que a mí, ¡Por ti lloro! ¡Por él lloro! ¡Ausente está! Y su honra aquí. ¿Quiérele? , Como a los cielos. ¿Es amoroso? Es traidor. ¿Quiérete bien? Dame celos. UISINO. ¿Quién tiene la culpa? Amor. ¿Y quién te enciende? Sus celos. ¿Amarásle siempre? Sí. ¿Y a mí amarásme? No. ¿Ansí lo dices? Ansí. ¿Quién me amó tres años? Yo. ¿Quién fue mi cielo? Yo fui. ¿Ahora qué eres? , Tu infierno. ¿Seré Orfeo? Importa poco. ¿Qué habrá en ti? Desdén eterno, Deja que muera. A mis ojos. ¡Ah, ingrata! ¡Brava pasión! ¡Muera ansí! Darásme enojos; pero mátame si son por matarte esos antojos. ¡Cómo mis manos no dan fin a tanta desventura! ¡Tente, buen padre Abrahán! , ¡Dejadme! De tu locura los dos riéndose van. ¡Ay, Octavio! ¿Qué he de hacer? Servir y perseverar, y sirviendo merecer. Pues serviré hasta ablandar con mi llanto esta mujer.
JORNADA TERCERA
¡Uchohoho!... Ya estoy ronco de dar, señor, voces tantas. Pues calla. ¡Que hay majaderos que llaman gusto a la caza! ¿Hay tan grande necedad? ¡Vive Dios, que los que tratan de esta !ocura merecen unos grillos y una jaula! ¡Que los señores en esto su hacienda y su tiempo gastan, y que no coman ni duerman tras aqueste vicio! Calla. ¡Que ucheando todo el día por cerros y por montañas anden unos hombres locos sin saber por dónde andan, siempre en el cielo los ojos, dando voces, ya la caza, hace puntos por allí, por acá, que se le escapa, pues la dicha del andar ya en la silla, ya en las ancas de un troton hambriento y flaco, dando siempre cabezadas. ¡Ah vanidad en el mundo, qué bellas haciendas gastas! ¡Qué de ayunos y vigilias sueles traer sin ser santa! ¡Que gaste el señor don Sinios de mayorazgo tres blancas, y que gaste mil ducados y más cada año en caza! ¡Vive Dios, que es peor cosa de cuantas se hallan en todas las necedades de la vanagloria humana! Árabes la caza sigan, que yo sólo quiero caza para en ellos, porque es otra para todo sector mala. Mas pues tus volaterías en uohoho se rematan, choho quiero decir y respóndeme Deo gracias. Muy bien te las puedo dar por verte callar. ¿No es babia andar, señor, todo el día cansado y muerto, sin que haya una venta donde un hombre pueda echar una tragada? Como los señores son veros hermanos de ranas, son amigos de andar siempre cazando junto a las aguas. Y hablando ahora, señor, de veras, dime en qué halla gusto el gran Duque en estarse cazando ansí una semana, y tú, señor, que le sigues, y tras de locuras andas. ¿Hay cosa de mayor gusto, que desde la noche al alba los brazos de tu Clavela, bebiéndole las palabras que sus dos corales vierten, llenas de dulzura y ámbar? Anda vete, que eres necio. ¡Ay, mi Clavela del alma! Tienes razón, que a su gusto gusto ansí no se compara. Quisiera Ilevalle el Fénix, honor de las tres Arabias, el pájaro de quien Pluvio tantas maravillas canta. Cuando desta caza fueres podrás al menos llevalla una liebre, porque liebres todas las caídas llaman, que de aquí llevar no puedes otra cosa. ¿Quieres que haga una prueba de mi amor con mi Clavela? Sí. Aguarda. Ese halcón que el Duque estima, que de la Noruega helada le han traído, he de Ilevalle en primicias desta caza; que si pintando su amor a Marco Antonio Cleopatra, tina perla le dio en vino, si al amor desta gentil, reina, mi amor se aventaja, bien puedo dalle el halcón, aunque haya costado y valga siete mil ducados de oro. La comida es harto cara, y la carne, según creo, peor que carne de cabra. Sólo en el halcón le doy el valor, no la substancia. ¿Y si el Duque, por ventura, acaso a saberlo alcanza, que por. fuerza ha de sentir este robo y esta falta. qué has de hacer? Darle por él lo que costó. Eso basta. Si cuarenta mil valiera los diera también. Bien amas. Si por mi Clavela hermosa me veo en grandeza tanta, y ella me da para dalle, amor con amor se paga. Bien dices, mas no quisiera yo que el Duque se enojara. ¿Qué ha de hacer cuando se enoje? ¿Qué ha de hacer? ¿Qué ha de hacer? Nada. Anda vete, que eres necio; cuando no al halcón matara, sino a un hijo suyo, fuera todo risa. ¿Con qué traza, sin que nos vean, podremos cogelle entre gente tanta? Pediréle al cazador que le lleva, y tú le apartas conmigo, y con gran secreto en parte oculta le mata, y fingiremos después que voló a esas peñas altas, y que más no ha parecido. ¡Famosa industria! Extremada. Yo torceré su cabeza en lo espeso de esas ramas. Mi Dios es Clavela, y quiero ofrecérselo a sus aras, porque crea que mis ojos en sus ojos se idolatran. Pero ya los duques llegan; disimula. ¡No nos salga, ruego a Dios, aqueste halcón a tu boca y mis espaldas: Apacible día. Hermoso. El sol, entre nubes pardas, del cielo también se viste. Hoy he de volar dos garzas. ¡Oh, señor Lelio! ¿Qué es esto? ¿Solo? Tras una picaza, por la margen de este río vine, que un sacre volaba; y canséme del caballo, me apeé en las esmeraldas y los rubíes y amatistas que lo guarnecen y esmaltan, con intento de aguardar a vuestras altezas. Cansa este ejercicio a los hombres que dél con gusto no tratan. ¿La caza puede cansar? A nadie cierto que agravia su misma naturaleza el que de cazar se enfada. Es retrato de la guerra, pues todo en ella es batalla: sigue al venado él sabueso, el halcón la cuerva mata, corren los hombres, dan voces, retíranse, embisten, saltan, agilítanse en las huellas y sueltos corren y paran los caballos, y se enseñan a ligereza y a gala; y, porque vuestra merced lo conozca, a volar vaya una garza con mi halcón, que hasta el sol los vientos rasga, y el celeste pajarillo que entre las estrellas anda, de su vuelo y ligereza, si le sigue, no se escapa. Por todos los medios quiere vuestra alteza honrarme. Basta, que vuestra merced merece que todos gusto le hagan. (Aquí entra el engaño bien.) Señor, bañándose estaba una garza en la ribera, que, con mil guijuelas blancas viniéndose al mar, desciende al pie de aquesta montaña. Pues denme vuestras altezas licencia, que, si me aguarda, la ha de volar el halcón. (De esta vez se desenfada.) Dadle el halcón, vaya solo, que las garzas se levantan con el rumor de la gente. Vamos, señor. Ven y calla, que el noruego halcón, amigo, a Clavela se consagra. Yo también he de volar. Los cata-riberas guardan. una garza en el agua. Pues denme el halcón de Irlanda, que voy al punto a matalla. ¿Cebástele? CAZ. I.° De una polla comió. (¡Ah locura humana! ¡A pájaros dan las pollas y a los pobres las migajas!) Déjame, señor, hacer, que esta mujer invencible nuestra venganza ha de ser. ¡Ay, Aurelia! Es imposible que ame a Lelio esta mujer, y una mujer que apetece una cosa, fuera de ella. Con celos has de vencella. ¡Ayl que amor con ellos crece; porque, aunque son un rigor y un castigo de los cielos, con ellos se halla mejor el amor, porque los celos son los regalos de amor. Reniega, Aurelia, de amor sin celos, que es fingimiento, que amor renace en su ardor, que es Fénix en su tormento y es descanso en su dolor. Y ansí, pues Clavela tiene amor con celos, perder la paciencia me conviene. Calla, Ursino, que es mujer. ¿Al fin gustas de que pene? Nó, Ursino, que quien por ti a lo que sabes se ha puesto, no ha de permitirlo aquí. Echa mi venganza el resto, ya que amor lo quiere ansí. Este ingrato me ha olvidado. Y a mí esta ingrata sin fe. Al fin, la mano me has dado de esposo. Tuyo seré. Yo te dejaré vengado. Por tu orden de la suerte que ordenaste me vestí, y de mi casa salí por vengarte y socorrerte. Celoso estoy y si lo estás, y los celos rigurosos. Los dos estamos celosos y agraviados, que es lo más. ¿Qué pretendes tú? Vengarme de Lelio. Yo de Clavela como no dejes de amarme. Pues fía de mi cautela. Con ella vida has de darme. Tuyos serán los despojos desta casa donde he entrado, si no me causas enojos, que Lelio un cuervo ha criado que le ha de sacar los ojos, con celos desvanecer á Clavela. ¿De qué modo? Ese yo lo he de tener, que ésta, que es mujer en todo, vencer tiene a otra mujer; que mujer enamorada, celosa, tiene vigor, y en cogiéndola enojada, por vengarse del amor no ha de reparar en nada. Al fin ella está celosa de la Duquesa. ¿Qué dices? Esto es verdad, ¿Hay tal cosa? Oye, y no te escandalices, una industria milagrosa. Para encenderla en tu amor, y que tengamos rigor con aqueste Lelio ingrato, de la Duquesa el retrato pedí en su nombre al pintor. Él ha de valerme aquí para encenderla con él en su ardiente frenesí. , ¡Ay, Aurelia, amiga fiel! Véte, porque viene aquí. , ¿Quién sufrimientos tendrá, Tisbeo, en tan grande olvido, si amor es veneno ya? ¿Es posible que un marido tres días ausente está de su mujer? No es posible, Tisbeo, que quiera bien este tirano. ¡Terrible agravio! ¡Bravo desdén! Ten sufrimiento, Invencible, amigo, es mi sufrimiento. Por la Duquesa el traidor me olvida; esto lloro y siento. Mas ¡ay! que siempre el amor se acrisola en el tormento. Aurelio, ¿qué haces? ¿qué miras en la palma de la mano? Admírome. ¿Qué te admiras? De ver un ángel. En vano de mí las manos retiras. Muestra. ¿Qué quieres que sea? Retrato es de una mujer en quien la hermosura es fea. ¡Hermosa debe de ser! Aquí del pincel se vea. Esta es la Duquesa. ¿Quién este retrato te dio? Yo le hallé. ¿Dónde? Di. Ten secreto, y diréte yo la verdad. Dices muy bien; yo te juro de callar. Por vida de Lelio, ¿dónde le hallaste? En cierto lugar. ¿A mí secretos escondes? Eso es quererme enojar. ¿No soy yo quien te ha sacado de pedir limosna al bien que tus padres no te han dado? Y dime, ¿no soy yo quien, Aurelio, te ha prohijado? Por amor de Dios, ¿no soy yo tu madre? ¿Tú no eres mi hijo? Confuso estoy. Pues ¿cómo encubrirme quieres esto? Mal pago le doy a mi señor, pero quiero que conozcas mi afición, señora, y que te prefiero. Esa es mayor confusión; habla, que en recelos muero. Al escritorio llegué de mi señor, y ocupaba tina gaveta, y pensé que alguna imagen sacaba, y este retrato saqué. Bien dices; imagen es a quien él honra y adora, y a cuyos hermosos pies los aljófares que llora le ofrece amigo después. Y tiene razón en ello, que es celestial la hermosura de aqueste retrato bello: por vos me olvidan, pintura, unas debéis de merecello. Pero, retrato enemigo, queda rompido y deshecho Pero si hago lo que digo, ¡ay! va pintada en su pecho, así a ti no te castigo. Áspid eres, aunque sé que en ti mi esposo idolatra, y así el pecho te daré para que, como a Cleopatra, la muerte un áspid me dé. Pero llévale, Tisbeo, y allí le deja en sus cielos, porque siento, a lo que veo, que abrasándome en sus celos, que soy salamandra creo. Yo voy y le guardaré. Si es vivo el original, ¿qué importa que él muerto esté? ¡Ah, celos, furia infernal! ¿Cómo vengarme podré de este enemigo? Poniendo fin en su vida, que Ursino lo hará. Ve, Aurelio, corriendo, y al gentil hombre que vino de Mantua di.... Ya te entiendo; ¿no es aquel de los antojos? Sí, amigo. Ya voy por él. Él templará mis enojos, y deste enemigo infiel me dará el alma en despojos; mas ¿por qué le mato aquí? Porque a otra quiere y me olvida. ¿Sentiré el perdelle? Sí. Pues si le quito la vida más vengo a perder ansí. Del bien que allá goza junto algún barato me da, y si le mato barrunto que el alma a perder vendrá los bienes de todo punto. Y cuando le mate Ursino y venga yo a ser su esposa, ¿no es error, no es desatino dejar de vivir celosa? Si a él nuevamente me inclino, viva Lelio, que con celos le quiero bien y le adoro, pues me le han dado los cielos. Si las lágrimas que lloro hallan humanos consuelos, a tus pies estoy, señora, llorando hasta enternecerte. ¿Qué es lo que quieres? Ahora me dijo Aurelio que a verte viniese. ¿Aurelio a ti? ¿Ignora Aurelio lo que mandé? Salte de la sala, Ursino, mira que me enojaré. ¡Ay mi Clavela! ¿En qué sino, en qué estrella te miré? ¡Que me aborrezcas ansí porque te quiero! ¡Y que adores a quien se olvida de ti! Déjame llorar, No llores, que daré voces aquí. Déjame, mi bien, llorar, Con el llanto de tus ojos podrás los vidrios quebrar, y perderás los antojos que te has puesto por amar. Mas vete. ¿No me llamaste? Digo que no te llamé. Señora, escúchame. Baste. Gracias a Dios que te ve el alma. Y que tú llegaste. ¿Es posible que tres días sin verme en caza has estado? Tu ausencia y las penas mías, dulce Clavela, han causado en mí mil melancolías, Aunque eso fingido sea, lo quiero, señor, creer, aunque no es bien que lo crea, que la más bella mujer para su marido es fea, y más que allá habréis tenido hermosura y discreción. Clavela, si te he ofendido sólo en la imaginación, muera de ti aborrecido. Siempre yo te he deseado después que tus ojos vi, a quien el alma he entregado; me vea esposa, por ti a la muerte condenado. Digo que os quiero creer. Toma esa capa. ¿Y la espada? Déjala, que has de saber que a un lado ha de estar colgada y a otro lado la mujer. De aquesta suerte han de estar, ésta y ésta a un lado puesta, que ésta a ésta ha de guardar, que ésta se guarda con ésta, y ansí ésta no ha de faltar. ¿No sois vos el gentil hombre? Sí, señor. Pues no os asombre que no os dé la espada yo si apenas sé vuestro nombre. ¿Cómo os llamáis? Yo Vireno. ¿A Olimpa robar queréis? ¿Yo robarla, señor? ¡Bueno! Pues guardad, no la engañéis, No hará, que está en pecho ajeno. ¿Sois corto de vista? Di de ojos, señor, en un fuego, y me abrasé y me perdí. ¿Y veis algo? Estoy tan ciego, que apenas me veo a mí. ¿Si están sin vista los ojos, los antojos para qué? Para morir con antojos, Llevad la capa, ¿Y traeré ropa? No. Ya mis enojos con vuestra vista, señor, se han templado y se han deshecho. Celos son nieblas de amor, sol la verdad de mi pecho, y el decillo su rigor, ¿Qué me traéis desta ausencia y de la caza? El deseo de verme en vuestra presencia, que era infinito. Yo os creo. También si me dais licencia y secreto me guardáis diré otra cosa que os traigo. ¿De mí, señor, no os fiais? Mirad que en afrenta caigo, Clavela, si os descuidáis. Callarlo, señor, prometo. ¿Viene este secreto a ser el primero? Es, en efeto, necio aquel que a su mujer le quiere encubrir secreto, y más ciego aun si tiene mujer que no mereció.... Sabed. No me hagáis que pene. ¿Hay más aquí? Sola yo estoy. Ved que nos conviene callar. Ya lo he prometido. Sabed que el Duque, señora, tiene un pájaro escogido, y que es el que muerto ahora, a vos le traigo ofrecido; siete mil ducados dió por él en oro contados, y de un ave que costó, mi bien, siete mil ducados, quiero haceros plato yo; asado se ha de poner el halcón en vuestra mesa, para que se eche de ver si el amor de la Duquesa antepongo a mi mujer. Con el alma lo agradezco; pero el Duque ¿qué dirá? Recibe lo que te ofrezco, . que cuando enojado está más con su enojo, merezco: vamos, esposa, a comer, porque he de ver a qué os saben siete mil ducados. Ser pueden, si en un plato caben, de mal gusto. Si el perder el halcón fuera en su Alteza de disgusto, le daré lo que le costó . Extrañeza mi sentimiento te hará, cuando diga el que ha mostrado por la falta del halcón. En seis leguas no ha dejado el más oculto rincón ni el monte más levantado; él mismo el monte corrió, y adónde el halcón volaste mil veces me preguntó. Yo dije que le soltaste donde su alteza mandó, y que tanto encumbró el vírelo sobre sus dos alas bellas, que subió, señor, al cielo y se abrasó en las estrellas, sin poder volver al suelo. Al fin mandó pregonar que a quien hallare el halcón le promete en cambio dar diez mil ducados, que son más buenos para volar; y que aquel que le encubriere o le ocultare, a la muerte se condena sin que espere apelación. Bando ha sido muy loco y desatinado. ¡Por un halcón dar la muerte! Anda, que estará enojado. Yo sintiera que sin suerte, y sin hacienda he quedado silo llegare a saber. No temas, Clavela mía, que imposible puede ser. Con todo, es necio el que fía el secreto en la mujer. Pánfilo, hoy a Milán por mi suegro has de partirte, con él mis celos tendrán sosiego. ¿Qué, persuadirte mis deseos no podrán? Sí me persuado, amigo; pero quiero que se esté acá tu padre conmigo, y de tus celos tendré un abonado testigo. Vaya muy enhorabuena. Ya escritas las cartas tengo, con él mi remedio ordena amor. Tu gusto prevengo, y mientras tiene la pena el Duque, ven a comer, Clavela mía, tu halcón con contento y con placer; y tú ve con condición que no tardes en volver. Yo con tu padre estaré en Florencia brevemente. Un hombre a vuestra merced quiere hablar. Entre: detente y lo que quiere veré.. Aquí traigo los papeles de la Duquesa, firmados para que a pobres consueles. Vengan por los mil ducados en quitando los manteles, que ahora voy a comer; podrá a la tarde volver.. Sí lo haré. (Ya vuelve a dar muerte al alma esta mujer; de dos en dos los papeles le envía, y él mil ducados promete. ¡Ah celos crueles, para mi mal engendrados en calmas y monjiheles!) Vamos, mi bien, a comer (Yo quiero disimular,) ¿Quieres los papeles ver? Yo no. (Imposible es durar el secreto en la mujer.) Siempre asistiendo consigo, ¿quién puede vivir seguro si está en casa el enemigo? La afrenta a Lelio procuro, cuando es piadoso conmigo: mil historias están llenas de hombres que prohijaron hijos de madres ajenas, por cuya ocasión pasaron mil desventuras y penas: por necio pueden tener a aquel que de sangre ajena hijo propio quiere hacer, que si la propia no es buena algunas veces por ser los hijos mal inclinados, ¿quién hará buenos aquellos que por amor prohijados se crían, no siendo ellos de propia sangre engendrados? Y en mí el mando ha de ver la ingratitud más terrible, dando en aquesto a entender que no hay humano imposible que no intente una mujer. ¿Qué haces, Aurelio, has comido? No, señora. CIAVELA. Ve a comer y ven luego aquí. He traído los papeles a leer; quedóse Lelio dormido en la silla y los saqué sin que lo sintiera; aquí clara la verdad veré, y antes de salir de mí de tantos celos saldré. ŤDense al portador los mil ducados, que por mi firma serán bien dados, quedando en mí la obligación que tengo en la memoria. Palacio.-La Duquesa.ť ¡Qué más testimonio, cielos, de que se tienen amor! ¡Ohl Si ha mentido traidor verdad son, que no son celos, porque son averiguados. Estotro quiero leer para que vengan a ser dos testigos abonados. ŤLos disgustos del Duque sobre la pérdida del halcón han sido causa para que, después de esta caza, no nos hayamos visto; yo pro- curaré ocasión para una tarde hacer lo que acostumbro, que no son de perder tales ratos.ť ¡Ah, papeles ingratos! ¡ah, papeles donde el infierno ha retratado Apeles, en mi pecho inmortal vuestras injurias más que letras tenéis encienden furias, demonios, iras, rabias, desconsuelos, que todo aquesto dais en darme celos! De la camisa de Hércules se ha hecho vuestro furor, papeles; pues mi pecho se abrasa de esta suerte con miraros; pedazos quiero haceros y arrojaros. Mas ¡ayl que si os esparzo en sus regazos la tierra abrasarán vuestros pedazos; pero si Lelio infiel es quien me ultraja de vosotros le haré blanca mortaja. El Duque ha de saber este delito, que estoy celosa y al infierno imito. Celos, ¿qué me decís? Que Lelio muera. Pues ¿cómo lo he de hacer? Aguarda, espera; dile al Duque: --Lelio dio la muerte al halcón;-vengaráste de esta suerte. ¡Ah, celos! ¡Ah, bien decís muera el ingrato; vosotros le matáis, yo no le mato! ¿Qué das voces, señora? Con secreto me saquen dos esclavos una basquiña, que he de salir sin que lo entienda Lelio. ¿Dónde vas, señora? ¿Tú no eres mi hijo, Aurelio? Sí. ¿Y piensas que yo he de hacerte rico? Sí, señora. Pues oye y mi intención sabrás ahora. El Duque ha imaginado que fue Lelio quien dio muerte al halcón, y si por dicha se averigua nos prende y nos embarga toda la hacienda, y a perderse viene; yo quiero denunciarle, y de esta suerte salvaremos su vida y nuestra hacienda, que el Duque no haya miedo que le prenda, ¿Y si acaso quisiere darle muerte, como dice el pregón, y él es un príncipe inviolable? Le pierde la palabra. La mitad de la hacienda es para el hombre que le matare, pedirásle al Duque que le quieres matar porque la hacienda se quede toda en casa de tu madre. ¿Pues tengo de matar mi mismo padre? Pues si dudas en ello harálo Ursino. ¿Por qué quieres, señora, ser cruel matando a tu marido? Son mis celos legisladores solo de mi gusto; el retrato, estas firmas y papeles a muerte le condenan. Estas firmas ¿cómo dicen, Aurelio? ŤLa Duquesa. ť Estos papeles escribió al ingrato con cifrados requiebros amorosos. Este papel Ťa la priora, dice, de Santa Catalina. ť Es un engaño para encubrir ansí su vil propósito; no repliques, villano, ven conmigo, que el mundo ha de abrasarse con mis celos. (Es loco, temerario e indiscreto el hombre gire en mujer fía el secreto.) Por vida de la Duquesa, que en extremo lo he sentirlo, y que si, por dicha, alcanzo a averiguar el delito, que ha de morir el traidor que tan vil hazaña hizo. Con el más grande cuidado que eternamente se ha visto se hace información del caso. Octavio, si lo averiguo, ha de quedar en el mundo memoria de mi castigo escrito contra los tiempos en mármol, bronces y libros la venganza de mi halcón y del grande enojo mío. Si vuestra alteza, señor, me da lo que ha prometido, yo le daré al matador del halcón. Mujer, ¿qué has dicho? Que el matador te daré. ¿Eso dices? Esto digo. Al que le ponga en tus manos, señor, ¿no le has prometido de su hacienda la mitad? Yo aquí de nuevo lo afirmo. Mira que es mucha la hacienda, porque es en extremo rico. Aunque tenga las riquezas de los monarcas asirios, la mitad ha de ser tuya. Y también has ofrecido la otra mitad a quien sea su verdugo. También digo que la otra mitad prometo al que le mate. Pues pido a vuestra alteza me deje darle muerte yo. Permito que tú le mates. Los dos, de tu palabra movidos, al matador te entregamos. Di quién es. Es mi marido Lelio. ¿Qué dices, señora? La verdad, señor, te ha dicho. Decid, ¿quién sois vos, señora? Soy su mujer. Yo su hijo. Y esto no lo publicara si él fuera honrado marido; mas es un marido ingrato, engañoso y fementido. La hacienda es de los dos. En lo que toca al castigo, por vida de la Duquesa, que más que la mía estimo, que ha de morir, pues ingrato ha sido a mis beneficios. Octavio, préndanle luego, y sáquenle al punto mismo a degollar. Voy a hacello, y verás cómo te sirvo. (Esta es famosa ocasión para el intento de Ursino.) . Señor, Lelio está a la puerta licencia aguardando. Vino a su muerte. Dile que entre; vosotros dos escondidos estaréis hasta que os llame. (Furia del obscuro abismo es una mujer celosa, que aunque llora es cocodrilo.) Deme los pies vuestra alteza. Dejad los pies, que imagino que me tomaréis la mano como vil y advenedizo: más bien me pedís los pies, porque del pecho no es digno hombre que conmigo tiene pecho alevoso y fingido. Ya sé que el halcón mataste, que para contar delitos de alevosos corazones Dios puso lengua en los riscos. Yo, señor.... No hay que negallo, que éstos lo dicen a gritos, y otros dos testigos hay. ¿Quién son los otros testigos que te han dicho esta maldad? Nosotros se lo dijimos. ¡Jesús! ¡Ah mujer ingrata! Tú, vil, la culpa has tenido, que han sido causa mis celos de esta tragedia que has visto. AI fin tú me has acusado; ¡ah! sea el hombre maldito que secreto en la mujer quiere que viva escondido. Puédese poner al mar tranquilidad y firmeza; puédese en su ligereza hacer al viento parar; puédese pedir pesar al cielo, y pedir placer al infierno, y puede ser que todo sea posible, mas pedir es imposible el secreto en la mujer. ¿Y tú también me has vendido? Puédese pedir amor á un enemigo traidor, y pedirle a un fementido la fe que nunca ha tenido; pedir descanso a la pena, a la paciencia rigor; pedir firmeza a la arena, justicia a la falsedad, y no pedirle lealtad a un hijo de sangre ajena. Pues yo confieso, señor, que muerte al halcón le di, para que temples ansí con tu demencia el furor. Ingrato he sido y traidor, mas no seas, pues soy vil, en castigarme gentil, porque si su precio fue siete mil, los siete mil ducados yo te daré. Pedir al sol que no dé átomos, o que los cuenten; que sus rayos no calienten, y que parado se esté; pedirle al bárbaro fe, pedirle ignorancia al arte, guerra a Jano, paz a Marte, bien puedes hacerlo aquí, pero no pedirme a mí que deje de castigarte. ¡Mira qué infelice suerte! Por ser ingrato lograste, pues hasta el que prohijaste es quien te ha de dar la muerte. En tus miserias advierte, pues has venido a perder hijo, favor y mujer; que éstas no venganzas son de la muerte de un halcón, sino de un vil proceder. Vaya, Octavio, y al momento en la plaza la cabeza le corten. Con tal presteza viene el mal; mas si en el viento dicen que tiene su asiento, de que venga no me espanto; de que haya tardado tanto más espantarme podría, que el día de la alegría es la víspera del llanto. (Vase.) ¿De celos de mí? Señora, yo te he dicho la verdad. Llamad acá; ¿hay tal maldad? . Como le enviaste ahora dos papeles a pedir mil ducados, se encendió en celos y procuró el secreto descubrir; yo dello el culpado fui, que el papel de la priora di por yerro a Lelio. Ahora puede el mundo ver aquí lo que una mujer ha sido; no hay mostrallo y fuera fuerte, pues una mujer da muerte sin culpa a un noble marido; y es tal su imperfecto ser, que ni de malicia ajena hay alguna mujer buena. Señora, saben les cielos si ya arrepentida estoy; pero imagina que soy mujer, y mujer con celos. Ya sé que de mí los tienes, y si no mirara que es bajeza, aquí entre mis pies bañara en sangre tus sienes, que eres áspid que convierte su flor en ponzoña: infiel no mataras desa suerte; ¡tú, ingrata, de mí celosa! no quiero más apurallo, que solamente. en pensallo es vil y es infante cosa; y cuan lo fuera verdad, por tan pequeña ocasión ¿pudiste en tu corazón concebir tan gran maldad? Presa la mandad poner, porque mujer que ha podido dar la muerte a su marido más maldades vendrá a hacer. Por vida del Duque, ingrata, que tengo de averiguar la verdad, y has de acabar para que muera quien mata. Llevadle. Vamos afuera. ¿Tú también contra mí? ¡Cielos! Pero si no hubiera celos locos ni ingratos no hubiera. JUEZ. Por mandado de su alteza se hace esta ejecución. ¡Que la muerte de un halcón ha de costar mi cabeza! ¿Y quién me ha de degollar? Yo, que habéis criado, Lelio, un cuervo ingrato en Aurelio que la muerte os ha de dar. Una mujer desta suerte que a ofenderme se dispone, y un hijo me da la muerte. Vendaré tus ojos. Sea, mas no los vendes, advierte, que puesto me das la muerte siendo hijo, es bien que vea; aquí ofrezco la garganta y a todos pido perdón. La muerte por un halcón, ¿dónde se vio crueldad tanta? Mientras se despide un padre suspended el golpe fiero, que a ver a un hijo morir viene, más que vivo muerto. ¡Ay padre de mis entrañas! Por no tomar tus consejos y por ser desobediente en este punto me veo. Un señor por un halcón me da la muerte soberbio, y un hijo que prohijé es mi verdugo sangriento, y una mujer me ha acusado a quien fie mi secreto, y estoy sobre el gran teatro donde represento al tiempo, la figura del engaño y al fin la del escarmiento. Si te hubieras acordado de aquellos nobles consejos que el padre que te engendró te solía dar un tiempo, no llegara la ocasión que un señor corte por sí tu cabeza, cruel y fiero, por la falta de un halcón, cosa que monta un cabello, porque en un duro peñasco escribió Dios con el dedo; que quien honra a padre y madre vive en paz y con sosiego. Deshonrásteme en hacerme de tan mala nuera suegro, y de un hijo que es verdugo irte quisiste hacer abuelo. Fue tu señor escribano que escribió con gusto un pliego, y en cayendo algún borrón borra y rasca cuanto ha hecho. Servístele con lealtad una vez, dos, tres, y ciento, y una vez que discrepaste dio con tu vida en el suelo. ¡Mal empleado servicio y mal guardado secreto! ¡Mal hijo, que de tu padre eres verdugo sangriento! Pero yo quiero ayudarte ofreciendo aquí mi cuello, y pues que te mata un hijo no es mucho me mate un nieto. Ayudarte quiero ahora, pues que llegué a tan buen tiempo; mi bendición quiero darte. Yo los brazos,. Estrechos lazos quisiera daros, mas aunque quiera, no puedo. JUEZ. Alza el cuchillo. ¡Ah, traidor! Ingrato y aleve cuervo que das muerte a tu señor, no ha de permitir el cielo que siendo Pánfilo vivo a tus manos muera Lelio. Yo tengo el halcón del Duque vivo, señor, y no muerto, que otro maté en su lugar esta desdicha temiendo. Aguardad, que voy por él, y luego al momento vengo. ¿Vivo está el halcón? JUEZ. Señor, vivo y fueron a traello. Pues suspended la justicia para que comience el premio. Mira el fuego que ha encendido una mujer. El noruego halcón está aquí, señor. Apartad, que quiero vello. Notable ventura ha sido. Digo que es él, denle luego a ese los diez mil ducados. Yo donación hago dellos a Lelio. (Honrado criado.) Y pues mujer e hijo fueron con él tan desconocidos, que él goce su hacienda quiero por sus días, y entretanto, Clavela en un monasterio viva, y el hijo enemigo de mi estado le destierro. Pues que de decir verdades, señor, ha llegado el tiempo, mujer soy, que así me puse para vengarme de Lelio, que una mujer es demonio en el fuego de un desprecio. Yo soy el esposo suyo, que este desengaño debo a Aurelia. Suya soy. Yo, que a Lelio amistad le debo, de mi Estado, por ingratos, os destierro. Justo premio llevo de mi intento pues, que hoy me caso y me vengo. Dadme, señora, los pies. Los brazos daros queremos. Yo a Pánfilo, pues ha sido quien me libró, le concedo dos mil ducados de renta. Si es tu gusto yo le aceto. Tu virtud valor te ha dado. Yo jamás vivir pretendo en lugar de señorío, pues désta libre me veo. Adonde quisieres vive. Y con aquesto fin demos a SECRETO EN LA MUJER, pues guardan tan mal secreto.
