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Texto digital de San Segundo

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de San Segundo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/san-segundo.

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SAN SEGUNDO

SAN SEGUNDO JORNADA PRIMERA. Raros milagros, Torcato, De ese cristiano me cuentas, Y sospecho que no intentas Ser a su doctrina ingrato. ¡Qué dulces historias son Las que predica y enseña! Para su vista es pequeña La fama de su opinión; Que es cierto, amigo Segundo, Que no le escuchará atento, Todo el mundo el argumento De la perdición del mundo. ¿Es posible que en España Le hacen este desprecio? Hoy han mostrado, Indalecio, Que es gente feroz y extraña; Que entre los bárbaros fieros, Adonde a Cristo predican Y sus grandezas publican Otros santos compañeros. Se halla que han hecho fruto, Y España tan mal se labra. Que a la voz de su palabra Es campo estéril y enjuto; Y a este intento, de su Cristo Altas parábolas muestra Contra la dureza nuestra Que tan pertinaz ha visto. Cuenta de aquel sembrador Que sembró en piedras y espinas, Porque a sus voces divinas No tienen fuerza y valor: Que allí la solicitud O persuasión del suelo, Le estorba que suba al cielo Su propagada virtud. Con solo haberte escuchado, Torcato amigo, los dos, Ya de que ese Cristo es Dios Tenemos algún cuidado; Que este número infinito De dioses, no es de creer Que son de eterno poder, Como algunos han escrito. Mil veces yo con Segundo He contemplado altamente Esta máquina excelente Del menor y mayor mundo. La antigua filosofía Confesó la Providencia, Y que de una eterna ciencia, Que es Dios, principio tenía. Pitágoras lo negó, Y del discreto Senado De Atenas fue desterrado, Y aun los libros le quemó. Los estoicos y Epicuro, De la opinión fueron del. Diciendo que había en él Algo de beato y puro; La naturaleza haciendo Congelada eternamente De una insecable simiente, La Providencia excluyendo; Mas si hay Dios, ha de tenerla, Pues es la capacidad De aquella divinidad Que le atribuyen por ella. De lo presente y pasado Y futuro tiene ciencia, Y quien niega Providencia, También que hay Dios ha negado. Lo cual es bárbara cosa. Pues si hay Dios, uno ha de ser De infatigable poder Y ciencia maravillosa; Y de cuantos yo he leído, El de los cristianos creo Que ha satisfecho el deseo Que de hallar Dios he tenido. Opinión tuvo Estratón Que sin autor engendraba Naturaleza, y si erraba, Bien lo enseña la razón. Lo que en aquesto he leído Acerca de ella es tan vario. Que si fuera necesario, Fuera por mí referido. Cicerón y los demás Que esta verdad inquirieron, Sin esta luz anduvieron Que hoy de este Cristo nos das; Con la cual conozco y sé Que es Dios y única verdad, Y eso de la Trinidad Delo el ingenio a la fe: Porque misterios tan altos Con ella es bien que se crean. Pues los que más lo desean. Sin ella quedan más faltos. Sé que el Padre sempiterno, Porque el hombre le ofendió. Su Primogénito dio De su mismo pecho eterno: Que nació de Virgen madre, Que murió en cruz por mi bien, Que resucitó también Y subió glorioso al Padre. Cuádrame todo en extremo Y su amor me enciende y arde. Pues ¿quién hay que se acobarde? Yo ningún peligro temo. Cristiano, Torcato, soy, Y mi voluntad profesa Lo que Segundo confiesa: ¡Mis brazos a entrambos doy! De estoicos y de platónicos Dejad el vano argumento, Porque es hacer en el viento Edificios babilónicos. Cristo es Dios , y el que predica, Diego, su Apóstol. Los dos Tenemos por solo Dios Éste que Diego publica. Pues yo lo demás renuncio Y solo a Cristo confieso; La tierra en su nombre beso, Que con el alma pronuncio. Y dejo a Marte, hombre humano, Sangriento y batallador, Y aquella diosa de amor. Mujer de un dios loco y vano. Los gemelos de Latona, Y aquella inútil canalla De dioses que el mundo halla, Y sobre la luna entrona; Que yo a Cristo solo adoro, Y no a los hombres mortales. ¡Mortales, Torcato, y tales, Que nuestra ignorancia lloro! Porque tal nombre y poder Les ha dado nuestro error, Al uno por vencedor, Y al otro por mercader. Si el que alguna cosa empieza Por inventor se adoró, ¿Qué se dará al que inventó La misma naturaleza? A Acidalia, Roma adora, Escribe su vida infame Y quiere que el mundo llame Por su hacienda diosa a Flora. De hoy más su opinión destierro Aunque cedió su tesoro; Que yo sé que fue aquel oro Ganado a público yerro. Con esta resolución Solo el buscarle nos falta, Y de doctrina tan alta Seguir la justa opinión; Que si la inmortalidad Del alma está conocida, Hallar la segunda vida Es suma felicidad. ¡Oh, gran misterio del cielo! Nuestro Diego viene aquí. ¡Oh, quién, amigos, allí Fuera de sus plantas suelo! Con él vienen otros dos. Dios también viene con él. Bienaventurado aquel Que viene en nombre de Dios; Que mejor que los crueles Que a Cristo no conocían, Aquí a su santo podrían Arrojar palma y laureles. Salen Santiago , Eufrasio y Teodoro. Cristo, hijo de Dios y de María, Según la carne, como dicho os tengo, Que ésta tomó para librar al hombre Del cautiverio del pecado antiguo Que los primeros padres cometieron, Bajó del seno del Eterno Padre A ser del contagioso mal antídoto; Porque muriendo destruyó la muerte, Y resurgiendo reparó la vida. Este Cordero, sin mancilla alguna, Era el rescate de la culpa nuestra; Que las antiguas víctimas y altares No eran bastantes a tan gran delito. ¿Y es esa la venida que otras veces Has dicho que anunciaron los profetas? Ésta sin duda, de quien David dijo Que la pura verdad nació en la tierra, Porque Dios, en quien ella está y habita. Tomando humano cuerpo, a los humanos Mostró el camino de subir al cielo; Y esto sintió Esaías cuando dijo: «Alégrense los cielos, y las nubes Se vistan de justicia, y de la tierra Salga su Salvador! ; y en otra parte: «El Hijo se nos dio, cuyo alto imperio Tendrá sobre sus hombros , y su nombre Será del gran consejo.» Di, maestro, Y esa señora a quien Dios hizo digna De ser su madre, ¿dónde estaba entonces? En Nazaret estaba cuando vino A saludarla el ángel de su parte: Allí se obró el misterio: con su fiat Fue la palabra carne concibiendo, Porque era del Espíritu divino Que de los dos procede, como os dije Ayer, que hablaba de las tres Personas Que son un mismo Dios, aunque distintas: Él es Padre increado, y os el Hijo Engendrado del Padre , y el Espíritu Quien de ellos dos procede, siendo todos Una misma sustancia y un Dios mismo. Es engendrado el Hijo ante los siglos De la sustancia del Eterno Padre, Y hombre nacido en el de María virgen. De quien si yo os contase la hermosura De cuerpo y alma, y las demás virtudes Que adornan una fábrica tan bella. La lengua habría menester de un ángel, Y con ella tan corto quedaría. Aunque mil siglos sin cesar hablase, Que no diría una pequeña parte Del infinito número de gracias Que puso en ella su divino Esposo. Venir a España me mandó esta Virgen Como columna de la Iglesia nuestra; ¡Mirad si debe estarle agradecida: Y espantome que el fruto sea tan poco, Aunque presumo que si agora es piedra, Lo que en ella se viene a imprimir tarde, Dura después eternamente impreso. Por no atreverme a interromper su plática No he llegado a besar tus pies benditos, Que en nombre de éstos dos también te beso. Si a procurar nuestro remedio vienes Y a enseñarnos el sol amanecido En las tinieblas de la escura noche, Error de nuestro ciego entendimiento, A tu cristiano gremio nos recibe; Que por Cristo de Dios te conocemos. ¡mitador de aquel Dios y hombre y Cristo, Segundo en mi apellido; mas hoy quiero Ser primero en seguir la ley que enseñas De ese inmenso Señor que evangelizas; Soy español, y de esta patria ingrata Te ofrezco las primicias que se debe A la doctrina y sangre que predicas De aquel que la vertió por nuestras culpas, Esperando en el mismo que algún tiempo España toda en una voz confiese Lo que la lengua de Segundo, su hijo. Que en permitido don su fe te ofrece Y en su defensa aquesta propia vida, A la sangre de Dios también medida. Segundo, pues el primero Fuiste en confesar a Cristo Del pueblo que ver espero No como agora le he visto. Pertinaz, rebelde y fiero, Lo que Cristo a Pedro dijo Confesándose por Hijo De Dios vivo, te está bien; Y ansí, para piedra en quien Funde su Iglesia te elijo. Serás, Segundo, el segundo De Diego en España, y luego Luz alta que alumbra el mundo. Porque entre Segundo y Diego Será el cimiento profundo: De suerte, que queda visto Que el lugar que a Dios conquisto De tal Segundo le fío, Y aunque eres segundo mío. Serás segundo de Cristo. Cristo cabeza será. Tú la piedra, yo el obrero, Pues si el principio le da Segundo de tal primero, Por tercero me tendrá: Y de ser tercero estoy Muy contento, pues que doy A Dios un segundo tal, Que es ya el hijo principal. Pues le hereda desde hoy. Si esta confesión y fe Ya merece gloria tanta, Gran confianza tendré, Que de esa cabeza santa Seré el más humilde pie: Y en ser pie muy alto subo Ni aun del segundo que Él tuvo. Ni su pie seré llamado. Pues no estoy atravesado Como Él en la cruz estuvo. Pero si amor clavo es. Páseme el alma, y después Que haya gozado esta palma. Serán esos pies mi alma o la tierra de esos pies. Luego que nos ha informado Torcato, oyéndote a ti. De ese Cristo en cruz clavado, Fe por la boca vertí Como él sangre del costado; Y ansí es justo que a los tres El agua santa nos des, Porque sin esta limpieza. De tan divina cabeza Seremos indignos pies. Torcato y los que habéis sido Capaces de mi doctrina, Pueblo de Dios escogido, A quien su Espíritu inclina El alma por el oído, Dado me habéis alegría Dando tal fruto este día Entre estas ingratas palmas; Que en dar a Dios vuestras almas Es engrandecer la mía. En infructífero suelo Planté viña, mas recelo Que aquestas pocas raíces Han de crecer tan felices, Que lleguen con fruto al cielo. Vuelto, pues, a la ocasión Del agua que darme toca, Sabed que el Santo León Cristo, de su hambrienta boca Da miel y vida a Sansón; Y ansí, del costado abierto De Dios, en cuanto hombre muerto Por el hombre, al hombre manan Los Sacramentos que sanan Su mal con remedio cierto. Es el primero el Bautismo, Porque es la puerta y umbrales De entrar en el Cristianismo, Dándonos claras señales En bautizarse a sí mismo. Venid, pues; seréis lavados, Y de los yerros pasados Libres y a Dios reducidos, Pues habéis sido escogidos Entre infinitos llamados. Diego santo, amparo nuestro. Desde este punto serás Nuestro patrón y maestro. Y tú, Torcato, tendrás Gran parte en el bien que os muestro; Que ya Dios sabe, Torcato, La limpieza de tu trato Y puridad de tu fe. Quien a Dios conoce y ve, ¿Por qué le ha de ser ingrato? Que aunque es verdad que no he visto A Cristo, si a verte asisto. Lleno de Cristo el deseo, Y en tus palabras le veo, Porque eres cristal de Cristo. Vamos, señor, y no aguardes. Que todos los que te siguen, Aunque en pequeños alardes. Cuando a morir los obliguen No se han de mostrar cobardes; Que si es Cristo el capitán, Seguros morir podrán. Esa buena fe, Indalecio, Tiene Cristo en mucho precio. Todos la misma le dan. Yo con la misma le adoro Y hele siempre confesado. ¡Oh, buen Eufrasio y Teodoro, Que de Cristo habéis hablado! Venid, pues habéis vendido El bien del mundo fingido, Y tú, mi amado Segundo. Diego, si Dios hizo el mundo, Dios ha de ser preferido. ¿Qué de ese parecer Segundo estaba? Con Torcato le vi tratar sobre esto, Y entiendo que de Cristo se trataba. Pues si Torcato está resuelto en esto, Y Segundo, cual dices, convertido, Pienso a lo menos resolverme presto; Que el alma que de Dios hechura ha sido, A Dios ha de buscar con el discurso De la razón del interior sentido. Errado lleva nuestra vida el curso Siguiendo dioses de madera y oro. En quien no hay vida, amparo ni recurso; Si el alma es inmortal, que yo no ignoro Lo que ignora Demócrito, no pienso Al mortal ofrecer tan gran tesoro. Quemen aromas y oloroso incienso Estos necios filósofos a Marte; Que yo ofrezco mi alma a Cristo inmenso; Si cansado Aristóteles del arte. Aunque fue en otras cosas tan profundo Que del todo del mundo halló gran parte. Eterno hizo y sin principio el mundo. Yo que sé que de Dios principio tiene Y que se ha de acabar, en Dios me fundo. Cuando Segundo a convencerse viene De este Cristo, que digo evangeliza, Bien debe de saber que le conviene; Torcato sus sermones autoriza, Y entrambos instrumentos hoy han hecho Nuestros dioses inútiles ceniza. Quedé con solo oírlos satisfecho, Y una sabrosa historia que me encanta Ha dado un lotos a mi alma y pecho: Trataban del amor la fuerza tanta Con que pudo bajar a Dios al suelo Tomando carne de una Virgen santa, Y que de su inviolable y casto velo Salió, quedando entero en pobres paños El que pisaba estrellas en el cielo; Sus obras y milagros en tres años Que predicó al ingrato pueblo suyo. Su santo amor, y a quien daré la vida Que por la que le debo restituyo. Y cómo el alma, de su luz vestida, Dejando el cuerpo en el sepulcro helado, Sacó los que esperaban su venida; Y como apareció resucitado. Subiendo ya después glorioso al cielo. Que visto fue de su Colegio amado. ¡Oh, Cecilio querido, qué consuelo Me das solo en contarme esas historias, Contrarias a las fábulas del suelo! Que esa muerte y trabajos son victorias De aquel amor que Dios al hombre tiene, Y que en su dedo sirven de memorias; Que no puede dudarse que detiene La espada en viendo aquel rubí sangriento De su Pasión, y a perdonarnos viene. Esicio, si alumbró tu entendimiento, No dilatemos el remedio al alma. Que ya tiene de Dios conocimiento. Bien ves que el santo Diego se desalma Por convertir una ovejuela sola, Y que ganarla a Dios tiene por palma. En toda la nación nuestra española. De donde el sol su hermoso rostro cubre, Á donde le compone y arrebola; El alma apenas para Dios descubre. Si no es que el miedo del romano o godo Algunos deseosos de esto encubre. Yo espero en él que aqueste pueblo todo Admitirá su fe, puesto que agora De conocer a Dios le falte el modo; Pero, pues ya tu corazón le adora, Y el mío eternamente le bendice Desde la luz a la siguiente aurora, Vamos a ver lo que su Apóstol dice Y a pedirle bautismo humildemente. Vamos, que de que luego no lo hice El alma se avergüenza y arrepiente. Al propósito dije Lo que dijo el salmista, amigos caros, Pues del que el cielo rige Todas las cosas son testigos claros: «Y dice el insipiente Dentro en su corazón que a Dios no siente, Y ansí ninguno sabe Ocuparse en el bien.» Dime, maestro. Porque mejor acabe De mejor entender el salmo nuestro, Lo que dice adelante; Que es tu lengua divina y elegante. Dice que desde el cielo Miró el Eterno Padre si algún hombre Conocía en el suelo Por Dios su Hijo, y ensalzó su nombre. Pues eso me interpreta. Aquí del pueblo hebreo habló el Profeta: «Inútiles se han hecho, Dice adelante, pero mi castigo: No les humilla el pecho. Que ansí devoran a mi pueblo amigo.» Eso por sí se entiende, Y el que al Cristo de Dios daña y ofende; Pero llega al sentido De estos dos versos que tras éste vienen. Dice que no han querido Llamar a Cristo por temor que tienen De perder su hacienda, o el que cesare de su voz se ofenda; Y de estos que a los hombres Agradan por tener malos sucesos En haciendas o nombres. Dice que Dios disipará los huesos, Y vendidos vilmente, Confusos andarán de gente en gente, Y del Sion del cielo Dará Israel salud, porque triunfando Fue su Iglesia en el suelo, Sa cautiverio antiguo rescatando: Con gozo y alegría Celebrará Jacob tan dulce día. Altamente, gran Diego, Declaras la Escritura; mas ¡ay triste! ¿Qué repentino fuego Abierto al cielo a tu cabeza asiste.'' Sosiégate, Segundo: ¡Oh, Reina de los cielos y del mundo! ¡Mi bendición sea contigo, Diego amado; que en el nombre De mi Hijo te bendigo! ¡Bienaventurado el hombre Que es vuestro siervo y amigo! Pues que tal favor me hacéis, ¡Ay Virgen! ¿qué me mandéis En que sirva a mi Señor.' El reconoce tu amor. Y vos. Virgen, le sabéis. Que si en este ser pudiera Ser Diego Cristo, dejara De serlo porque lo fuera; Mas si igualmente lo amara. Mucho más lo encareciera. Y si ansí decirlo puedo En este amor igual quedo, Y luego. Señora, a vos. Que os amo después de Dios Tanto, que a muchos excedo. Sobrino, a quien tanto amo, En este nombre imagino Que tu alabanza derramo, Porque en llamarte sobrino. Primo de Cristo te llamo: Las razones que tenía De amarte, decir podía Cuando tú no las supieras. [Qué muestras más verdaderas Que querer que os llame tía! Basta, Señora, que vos Me deis nombre tan divino Y le tengamos los dos, Y que me llame sobrino Tía que es Madre de Dios; Y del parentesco nuestro También dichoso me muestro, Pues tengo en Cristo un hermano. Que el mismo Dios soberano Le ha llamado hijo vuestro. Pero si os he de loar Por pagaros, dame pena. Que he de empezar y callar. Que si sois de gracia llena, ¿Qué título os puedo dar? Dadme vos la vuestra a mí, Porque solo dije aquí Lo más que yo sé de vos, Y es que sois Madre de Dios Y por la humildad de un sí. Diego, viendo tu buen celo Y que al fin de tantos días En aqueste español suelo, Tan pequeño fruto hacías, Vine por darte consuelo; Que andando el tiempo ha de ser Donde ha de prevalecer La fe, hasta el fin defendida Con la propia sangre y vida, Que a Cristo se ha de ofrecer; Y en aquesta ciudad, más, Porque de infinita gente Que a Dios ofrecer verás. Ha de dejar la corriente Del Ebro la sangre atrás. Niños y flacas mujeres De esta España de quien eres Patrón, por fieros martirios Merecerán palma y lirios Porque ilustre asiento esperes. La iglesia que te decía En Jerusalén, mi Diego, Con la señal de este día. Aquí la comienza luego: Dios quede en tu compañía. Suena música, y desaparece. ¡Oh, eterno e increado Padre! ¿Qué alabanza habrá que os cuadre? Ya en dos favores me he visto. Aquél del glorioso Cristo, Y éste de su dulce Madre. Pues que no me quedé allí Donde tan contento vi A Pedro que esto pedía, ¡Oh, quien se hiciera, María, Su tabernáculo aquí! Porque, al fin, donde estáis vos Es muy cierto que está Dios. Segundo, Torcato amigo, Habéis estado conmigo.'' Y en un éxtasis los dos: ¿Qué es, Diego, lo que ha mandado Que hagas la Virgen bella? Aquí ha de ser fabricado Un templo en su nombre de ella, Y en la enseñanza que ha dado: Luego pienso buscar gente. ¿Qué mejor que la presente? ¡La España este templo goza! Del Pilar de Zaragoza Se llamará eternamente. Pero en siendo edificado, He de ir a Jerusalén A mi Colegio sagrado. ¿Quereisme seguir también? ¿Tal preguntas, Diego amado? La estéril y seca arena de Libia, de sierpes llena. Fuego y nieve en tanta copia, De la Citia y Etiopia Hicieran gloria la pena. ¿Qué gusto, regalo y bien Se iguala a aquesta jornada? Y al ver la ciudad amada, Está al vivo retratada La mayor Jerusalén. No con los pies, con la boca Andar los pasos nos toca Que dio nuestro Cristo amado, Y el suelo en sangre bañado Que el alma a salir provoca. Grande amor tienes, Segundo. Es grande mi obligación Al divino Autor del mundo. Hoy en tu tierra y nación El primero templo fundo. ¡Qué lustre y honor de España! ¡No ha de ser pequeña hazaña Verte acabar esta empresa! Al que Dios servir profesa, Ningún peligro le daña. ¿Eso dicen los cristianos? Dicen que nunca se han visto Milagros tan soberanos. Que igualan a los que Cristo Hizo con sus santas manos. Dicen que es cosa admirable Dar salud al miserable Y aun vida al muerto otras veces, Y el de los panes y peces Cuentan por cosa notable. Es vulgo infame y hambriento Que tiene el vientre por Dios Y a quien le ha dado sustento. Mucho alaban a otros dos, ¿Qué digo dos? otros ciento: Grande es la resurrección De Lázaro. No te espante; Que cosas posibles son. A Dios; que al hombre ignorante, Ni lo han sido, ni es razón. ¿Qué dices? Digo, maestro. Que siendo en tus artes diestro. Jamás el ver me permites Que algún muerto resucites Ni amigo ni deudo nuestro. ¿Eso dudas de mi ciencia? Pues presto verás, Fileto, Mis obras con la experiencia. Para entonces te prometo Eterno amor y obediencia; Que bien veo que si fuera Cristo Dios, que no muriera Más que su propia virtud: Como a otros dio salud, Salud y vida le diera. Dices bien; aunque decía Este viejo sin aviso, Pedro dijo estotro día Que Él se ofreció porque quiso, Y trujo una profecía: y tras esto testifica Su resurrección, y aplica Por testigos sus amigos; Que ser ellos los testigos Su mucho error significa. Cansome de disputar De la Escritura con ellos; Pero déjalos estar, Que cruces hay para ellos. ¿Qué me quieres enseñar? Es menester que conjures Un espíritu, y procures Hacer aquella figura. Eso mi ingenio procura Y que el temor me asegures. Descritas, como te dije. Las doce casas del cielo, Á cada cual la que rige Al cuadrángulo del suelo Haz que un estilo se fije: Al sol que el sueño adivina Ofrece sangre taurina; Que el egipcio al sol adora En forma de buey, y ahora Son leche a la luna trina: Las hierbas que a los demás Planetas has de poner. Después las conocerás. ¿Qué tengo luego de hacer? Cuatro señales harás Medido el mundo: di ansí. Espérate. ¿Por qué? Di. He miedo que venga. ¿Necio, Miedo tienes? No es desprecio De tu ciencia ni de ti. Sino natural recelo De ese espíritu. Mas dime, ¿Cómo se llama? Zaquielo, En quien las fuerzas imprime De mis palabras y celo. Muéstrame agora otra cosa Que me sea más gustosa. ¿Qué quieres ver que esté ausente? Amo a Celia eternamente, Porque es en extremo hermosa. Toma este pequeño espejo. Muestra. Ábrele. ¡Cielo santo, Con otro toma consejo! ¿Tócase? Sí. ¿Puede tanto La gran fuerza de aquel viejo ? Que en lugar de ver, me vea La que mi alma desea. ¡Ay, espejo milagroso, Quién se viera tan hermoso! Quiero que parezca fea. ¡Ay de mí! ¡Tórnase allá! ¿Qué has visto? La misma vi, Y fea en extremo está. O ¿Está Hermógenes aquí? Amigos me buscan ya: ¡Oh, pontífice famoso! ¡Oh, sabio maravilloso! ¡Oh, Josias, noble escriba! ¡Un siglo Hermógenes viva! ¿Qué hay.? Negocio forzoso; Pero si estás ocupado Volverémonos después. De eso me siento agraviado. Pues nunca, Abiatar, me ves Para servirte excusado. Mi discípulo Fileto Y yo, en un cierto secreto Pasábamos tiempo ocioso. De este bando sedicioso Vengo airado e inquieto. ¿Es la gente que ha seguido Al hombre crucificado? Un Diego recién venido De España, enojo me ha dado Con algunos que ha traído, Y porque a mis argumentos No quieren estar atentos El y un Torcato y Segundo, Hoy en tus obras me fundo Que fuerzas los elementos. Vamos, porque los convenzas; Que venimos yo y Josias Llenos de infames vergüenzas. ¡Que éstos duren tantos días! Duran porque no comienzas. Serán estos españoles Muy bárbaros en la ley. Él los ha engañado, y dioles Su Cristo por Dios y rey, Y su Evangelio mostroles. ¿Y el Diego es docto? No sabe Leer; que ayer en la nave De su padre, el Zebedeo, Era pescador. No creo Que de vencerme se alabe. Fueron con Pedro, Esicio y Teodoro, Y los demás quedaron disputando. ¡Oh, gran Jerusalén, tu intento ignoro! ¿Qué estás, lo que ya tienes, esperando? Ansí dijo David viendo el tesoro: Que te miran los cielos despreciando Servir al fiel y nuevo convertido El pueblo que no he visto y conocido: Sed, discípulos míos, diligentes En conocer a Dios, pues le seguistes De pueblo extraño y de remotas gentes, Y sus milagros solamente vistes: Estad contentos cuando veáis presentes Las varias tentaciones que temistes, jorque sabed que la paciencia se obra Cuando la fe probada fuerza cobra: Si alguno tiene falta de esta ciencia, a Dios, que ha dado a todos, se la pida. Gloríese el humilde en su prudencia Y el rico en su humildad, porque esta vida Es como flor hermosa cuando nace. Que al encendido sol difunta yace. Con tus ejemplos santos, Diego amado, ¿Quién hay que tema al enemigo fiero? Seguid el que mi Cristo os ha dejado; Que El solo es el ejemplo verdadero. Entrad a ver a Dios por el costado Que se rompió de tierno amor primero; Que allí se sabe, enseña y comprehende Lo que ni el ángel ni el mortal emprende. ¿Eres tú, Diego, el cristiano Que ansí predicas a Cristo Por Dios, habiéndole visto Jerusalén hombre humano? ¿Eres tú aquel que le llamas Hombre y Dios, muerto en cuanto hombre, Y su aborrecido nombre Por milagroso derramas? Y tú, dime, ¿acaso eres Hermógenes, aquel sabio Que hace a sus letras agravio, Pues conocerle no quieres? ¿Eres tú quien su alma ofrece Al demonio por señor, Y no a tu mismo Criador, Que cielo y tierra obedece? No quiero argüir contigo. Que a grande bajeza vengo: De discípulos que tengo, Traigo el más nuevo conmigo Y éste sobra para ti. Y yo le puedo vencer; Porque a tan flaco poder Basta el poco que hay en mí. Di, Zebedeo, ¿en qué fundas Que Cristo es Dios? En sus obras. Si otro argumento no cobras, No esperes que me confundas. Pues di, ¿no es éste el Mesías Prometido y esperado? Con Él, ¿no se han acabado Las escritas profecías? Leed todos los profetas Y luego a Cristo mirad: Veréis la conformidad Y el convenir tan perfetas. Pero bien dijo Esaías, Que oyendo no entenderéis Y viéndole no veréis, Como se ha visto en sus días. Mas tú, Fileto engañado. Que ciego sigues a un ciego Que te lleva a eterno fuego Para siempre condenado, ¿Tú no viste a Cristo vivo Y sus obras admirables? ¿Cómo es posible que hables En su ofensa tan altivo? Los demonios que te enseña Hermógenes, ¿tú no vías Que Cristo echó muchos días Con sola una voz pequeña? Si él sirve a quien Cristo manda, ¿Claramente no se ha visto Que es Dios Cristo, y que sin Cristo Errado tras ellos anda? Cristo, si murió con nombre Tan vil, queriéndolo hizo; Que ansí al Padre satisfizo La culpa antigua del hombre; Y ^.-por qué , si Dios no fuera, Se eclipsara de tal suerte El sol, que lloró su muerte, Y el velo en dos se partiera? Pues de su resurrección, ¿Faltan testigos de fe? ¡Que tan ciego un hombre esté A la luz de la razón. Que haya conocido y visto Con bastante testimonio Que Cristo es Dios, y el demonio. Siga aborreciendo a Cristo! ¡Afuera, ciencia profana. Vestida de engaño y sombra; Que este Dios que Diego nombra Es la verdad soberana! Tras este conocimiento, ¿Qué me detiene, qué aguardo? ¿Por qué los pies acobardo Corriendo el entendimiento? Diego, vesme aquí a tus pies Confesando a Cristo eterno Por Dios. ¿Qué es aquesto, infierno? ¿Esto escuchas, esto ves? ¡Oh, buen Fileto, que así. Solo en arrojarte al suelo. Has tocado al mismo cielo Tocándote el cielo a ti! ¿Confiesas a Dios? Confieso: Esta vida le consagro. ¡Súfrese estol Haz un milagro. ¡Fileto, has perdido, el seso! ¡Vive el cielo que te mate! ¡Líbrame de este, gran Diego! Toma aqueste lienzo luego: Di que de ofenderte trate. ¡Helado se me ha la mano! ¡Con la daga apenas puedo Llegarle a herir! ¿Tienes miedo De dar la muerte a un cristiano? Haz algún milagro agora. ¿Qué milagro puede el hombre Hacer sin Dios? Ya su nombre Confiesa el traidor y adora: Sin duda este encantador Con ellos se ha concertado. Apóstol de Dios amado. Dame tu ayuda y favor. No temas, que Dios te llama. Si éste no mato y resisto, Hoy tenemos otro Cristo ¡gual en obras y fama. La romana guarnición, Por bien de su Rey ausente, ¿No nos dará alguna gente Para su muerte y prisión? Sí dará: vamos, Josías, Y ¡muera el bando cristiano! Vanse Josías y Abiatar. Ya doy, si me das la mano, Atadas a Dios las mías: Si temprano le ofendí Y tarde le he conocido, A Dios el perdón le pido, Y la intercesión a ti. Mas, ¡ay de mí! ¡Cuántas sombras De espíritus me han cercado! ¡Cristo Jesús! ¡Diego amado! Dios te ayuda si a Dios nombras: Toma este báculo mío Y de todas te defiende. Qué, ¿aun éste quitarme emprende. Como Dios, mi poderío? Blasfemias aquí dijera De que el cielo se tapara Los oídos, si pensara Que algo de ellas se le diera. Di, perro, ¿de esto ha servido Haberte dado diez años, Entre los propios y extraños, Nombre que a mí igual ha sido? Tantos regalos y gustos, ¿Paran en aqueste agravio? ¡Dios puede esto: muero, rabio, Y renuevo mis disgustos! Hermógenes, ¿no te he dado Riquezas, letras, mujeres? ¿Cómo ansí dejarme quieres Por un Dios crucificado? Si ha tan poco. Lucifer, Que tus fuerzas quebrantó Y en tu noche el sol se vio Tan glorioso amanecer, ¿Cómo no tiemblas, maldito, En nombrar su santo hombre? Déjame, Diego, este nombre; Que yo nada a Dios le quito: Si eran míos estos dos. Basta que uno te lleves. Qué, ¿a igualarte a Dios te atreves? ¿Ya partes almas con Dios? Vete de aquí. Pues yo juro Por todo el infernal fuego, Que he de matártele luego. ¡Llega, pues, traidor perjuro! ¡Oh, báculo soberano, Que sin ser cruz me resistes! Vanse los demonios. Huid, perros, como huistes Del endemoniado sano: No paréis hasta el infierno. Que no tenéis dónde entrar. ¿Quién no te ha de confesar, Gran Jesús, por Dios eterno? Segundo, porque sin duda Esto causará mi muerte, Que éstos enseñes advierte, Y Dios te dará su ayuda; Y ten de tu patria cuenta. Que te ha de haber menester. ¿Tan presto queréis hacer, Diego, que tu ausencia sienta? No lo quiera Dios ansí; Que siempre estaré presente. Toda esta romana gente Vienen a buscarme a mí. ¿Este es el sedicioso y atrevido Que la ciudad altera? Aqueste es: ¡muera! Que a César justamente favor pido. Pues que con nueva ley su pueblo altera. Señor, si de mi muerte eres servido, Lo que tú quieres es razón que quiera. Echadle aquesa soga. A Heredes vaya. Que ya su ciego Hermógenes desmaya. ¡Oh, alfanje del gran Pedro! ¡Quién agora Con otro igual su lealtad mostrara! No te aflijas, Segundo; que hoy mejora Mi suerte el cielo, y Dios su amor declara. Maestro mío, si Segundo llora, Bien sabes lo que pierde; pues comprara Su vida con mil muertes que les diera. Sigamos esta gente. ¡Muera! ¡Muera! JORNADA SEGUNDA. ¡Que en efecto, después que vine a Roma, Segundo amigo, sucedió su muerte! De esta ciudad que el mundo rige y doma Salió la espada que su sangre vierte. Si en referirla algún consuelo toma El alma tuya, aunque el dolor despierte, Mientras que llegan los demás con Pedro, Di la caída de esa palma y cedro; Que como me enviaron que hablase A Pablo santo, no me hallé presente; Permitiéndolo Dios porque llorase Con más dolor a mi maestro ausente. Aunque de nuevo el alma me traspase La santa muerte que lloré presente. Advierte y llora , que la causa es mucha. Cuenta ¡oh Segundo! su martirio. Escucha: Predicando el santo Apóstol A aquel incrédulo pueblo Que al mismo Dios que esperaba Puso en una cruz suspenso. El pontífice Abiatar, Envidioso de sus hechos, Contra sus milagros trujo Dos mágicos hechiceros: Hermógenes era el uno. Cuyos conjuros y cercos En apariencia obligaban A las estrellas y cielos. Mas convirtiéndose a Dios Su discípulo Fileto, Y librándole del sabio La virtud de un santo lienzo, Hermógenes reconoce Á Cristo por Dios inmenso. Dando a Abiatar y a Josías Nueva envidia y nuevos celos. De la guarnición romana Dos centuriones trujeron, Donde le verás al vivo A Cristo en el huerto preso; Porque en haciendo Abiatar La seña al romano fiero, Al santo cuello Josías Aprieta un cordel estrecho. Traía Herodes entonces La investidura del reino, Y deseando agradar Al inicuo pueblo hebreo (Que los príncipes a veces, De opinión del pueblo ciego, Fieras leyes ejecutan En humildes extranjeros). Arrastrando se le llevan Sin perdonar por momentos A las venerables barbas Y nazarenos cabellos. No pudo estorbar la priesa Que no sanase a un enfermo. Convirtiéndose Josías, A su prisión instrumento; Que aunque el Judas había sido Para la traición del beso. Fue después un Pedro en llanto Y un Esteban en ejemplo. Degollarlos mandó a entrambos, Y al fin llegaron al puesto. Donde con tiernas palabras Se dieron abrazos tiernos; La misma espada que corta El dichoso cuello a Diego, Teñida en su santa sangre A Josías pasa el cuello. Pudiera dalle la vida La sangre tocando al cuerpo, Pero quien la daba a Dios, Quiso más gozarla luego; Suben las almas dichosas. Cristo y Dimas pareciendo. Porque veas lo que vale Un ¡ay! que penetra el cielo. Tras esto el tirano Rey, Por ver al vulgo contento. Los Apóstoles persigue, Y de todos prende a Pedro; No le mató por querer Que celebrasen primero La Pascua de los ázimos, Y ansí le tuvieron preso: Cargado estaba el Apóstol De más paciencia que hierro. Con dos puertas y dos guardas, De velar rendido al sueño, Cuando el que pasó los hijos De Israel el mar Bermejo, Sacó a Josef de la cárcel Y a los tres niños del fuego; Envió a librarle un ángel, Todas las puertas abriendo; Que no hay puertas que resistan Su divino mandamiento. Puesto Pedro en libertad, Después, de común acuerdo, Huyendo se vino a Roma, Y no de la muerte huyendo. El cuerpo de Diego santo Ya en España le tendremos, Si no es que, como en la vida. Padece naufragios muerto. Esta es , amigo, la historia De nuestro amado maestro, Por quien son mis ojos ríos Y mar de llanto mi pecho. ¡Dichosa España, que gozar merece De tal Patrón y protector divino. Pues hoy con sus reliquias se ennoblece Mejor que con sus minas de oro fino! Préciese de que Diego la engrandece Más que de que a poblarla Tubal vino Después de ver su suelo el Patriarca, Sereno el sol y sosegada el arca; No estime ya de Cádiz las colunas; Pues tal columna de la Iglesia ha visto. Que cuando era verdad que hubiese algunas, Hércules puso aquéllas, y ésta Cristo: No diga ya con armas importunas: Del mundo a la cabeza «me resisto», Sino que tiene por cabeza a Diego, Que destruirá sus vanos dioses luego. Ya no será por el valor famosa De los caballos que engendraba el viento En la provincia de Vandalia hermosa, Sino por ser de Diego ilustre asiento, Que fue de España lustre y ornamento; La fama deje al cuerpo desangrado; Que sin ella mayor honor le ha dado. Aquí está, señor. Segundo. ¡Oh , piedra fundamental De la Iglesia! ¡Oh, luz del mundo! ¡Pescador universal De este mar de almas profundo! ¡Oh, escogido entre los doce Para que este nombre goce. Pastor, piedra, Pedro y padre. Segundo esposo a la Madre Que por hijos nos conoce! Recibe en tu santa escuela A quien ya Cristo revela Cuánto el loco mundo engaña, Y de los pastos de España La más humilde ovejuela; Que aunque es verdad que pacía De las hierbas ponzoñosas De su antigua idolatría, Y las aguas venenosas De turbias fuentes bebía. Ya que el agua me limpió Que el santo Diego me dio, Y el Pan de Cristo he comido. De aquel segundo que ha sido Soy otro Segundo yo: No soy Segundo el primero Que fui, cuando fui Segundo Sin Cristo y Dios verdadero; De mí mismo soy segundo, Y en la humildad el postrero; Ya que Diego, mi pastor. Me ha dejado, en tu valor Mis esperanzas fundé. ¡Grande es. Segundo, tu fe, Y sin segundo tu amor! Todos habemos llorado La ausencia de nuestro Diego, Que a mejor vida ha pasado. Como el fénix en el fuego. El en su sangre abrasado. Mas pues de la Iglesia toda Cristo el cargo me acomoda. En mi amparo agora estáis, Y aun espero que seáis Luz de vuestra gente goda; Y pues noticia tenéis De la patria en que nacistes. Mejor que algunos podéis Dalles lo que recibistes Y lo que a Cristo debéis. Duélaos, pues, la pertinacia Con que a la mucha eficacia Se resistieron de Diego, Para que reciban luego Agua de bautismo y gracia: Que pues el primero templo De nuestra Madre María Fundado en ella contemplo. Ella ha de ser vuestra guía, Y el gran Diego vuestro ejemplo. Obispo quiero ordenaros, Y la facultad que Cristo Me ha dado a mí, quiero daros, Y mientras en Roma asisto, Á vuestra España enviaros. Entrad, pues. Segundo, en ella: Convertiréis parte de ella: Tú, Torcato, le acompaña: Que hay grande mies en España Y pocos para cogerla. Gobernalle soberano De esta nave de la fe. Que aunque ser de piedra es llano. En mar de sangre se ve, Pero combatida en vano: Donde sus jarcias y escotas Son de Cristo los azotes, Que no pueden verse rotas; Pilotos sus sacerdotes. Que van a partes remotas; Su vida y muerte inhumana Carta de mar soberana; Su cáliz, favor y luz; Proa su amor, y su cruz, Y el árbol y la mesana. Pies somos de tu cabeza: Á donde te diere gusto Los inclina y endereza; Que ya España, como es justo, A serte devota empieza; Porque ese amor y cuidado Que de su bien has mostrado, Merece un eterno amor. ¡mito aquel gran Pastor Que murió por su ganado; Y aunque Diego fue el primero Que misa en España dijo A honor de Dios verdadero, Para llevar os elijo Esta que aumentarte espero. Porque habemos añadido Las ceremonias que han sido Más a propósito y santas. ¡Hoy, gran Pedro, nos levantas Al lugar no merecido! ¡Qué soberano tesoro. Mayor que de perlas y oro, A la patria llevaremos! Hoy a España enriquecemos De nuevo nombre y decoro. ¿Qué orden te dio Mi amado Diego.? Aunque indino, Presbítero me ordenó. ¿Y Torcato? Ese divino Nombre, indigno tengo yo. ¿Y tú, Eufrasio e Indalecio? Diáconos a los dos, Por honrar nuestro desprecio. Hoy tendréis, queriendo Dios, La joya de mayor precio; Hoy daréis envidia y celo Al cielo, viendo que al suelo Se da fuerza que le abra, Y que con una palabra Baja al suelo Dios del cielo. Vosotros, pues, usaréis De vuestra virtud, mostrando La fe que tener debéis, Con virtud acompañando La ciencia que mostraréis. Con la ciencia, la abstinencia; Con la abstinencia, paciencia; Con la paciencia, piedad; Con la piedad, caridad, Y del prójimo clemencia; Que el amor fraterno cubre Gran multitud de pecados Y gracia y perdón descubre; Ni murmuréis declarados Lo que el pensamiento encubre. A Cristo santificad Siempre en vuestros corazones, Y la vida aparejad A las justas ocasiones De ofrecer la voluntad; Y venid, porque querría Que os vais este mismo día. Que España a voces os llama. Harto siente quien te ama El dejar tu compañía. Estoy, Tancredo, de suerte Con este amor desigual, Que tendré por menos mal Rendir mi vida a la muerte: No es desigual el amor Siendo tan noble Luparia; Pero en serme tan contraria Es desigual mi dolor; Bien que su belleza es tal, Aunque a morir me condena, Que hace gloria la pena. Gusto el daño, bien el mal. El contrario que has tenido Es haber Luparia hermosa Dado en ser tan religiosa Y en aborrecer marido; Que a no dar en que ha de ser Sacerdotisa a Diana, Era cosa cierta y llana Que la hicieras tu mujer; Porque no hay sangre tan alta Que hoy en España te iguale. Sangre y nobleza, ¿qué vale A quien ventura le falta? ¿Por qué se estima y se precia La sangre de mi apellido, Si esa misma sangre ha sido La que Luparia desprecia? Y cuanto más excelente, Tanto fue más delicada Para que fuese abrasada De este amoroso accidente; Mas no me llame esta tierra Vandalino, desde hoy más, Si volviere el rostro atrás A esta empresa en paz o en guerra. Un largo amor mucho allana; ¡Qué no podrás cuando asistas! Pero mira que conquistas La misma diosa Diana; Que si tu dama ofrecida A su culto y templo está, La diosa se ofenderá De que le ofrezcas la vida; Que a su amor y castidad Es enemigo tu amor. ¡Ay, Tancredo, que es error Respetar su honestidad! Y Júpiter, el más justo. Se ríe de los amantes Que por cosas semejantes Dejan de gozar su gusto; Que él nos dio este mismo ejemplo Cuando en la tierra vivió, Y no por eso dejó El mundo de hacerle templo: Mirad de Aranges la tela, Llena de amantes y vicios De éste, en cuyos sacrificios Nuestra España se desvela. Pregunta a Marte, Neptuno, A Pan, a Mercurio, Apolo, Si un amor tuvieron solo, O dejó de amar ninguno. Mejor será que los temas Que no tenerlos en poco, Si no dices que por loco De nuestros dioses blasfemas; Mas cuando tener amor No te pueda yo negar. El hombre no ha de pensar Que en ellos cupiese error. ¿Cuál será mayor pecado, El de un príncipe y un viejo En la república espejo, Del vulgo ejemplo y dechado, o del mozo que en la flor De sus años goza el mundo? El de un rey. Luego bien fundo Que el suyo es notable error; Si el rey que ha de dar ejemplo Es de mayor culpa diño, ¿Cuánto más un dios divino Que merece estatua y templo? o tú me has de conceder Que no es dios, pues hace error, o no ha de ser yerro amor Ni ofensa suya el querer. Cuando yo te concediera Tal proposición por llana, Por ser tan casta Diana, Ya tu amor culpado fuera; Que bien sabes de Anteón La miserable fortuna. También sé lo de la Luna Y el pastor Endimión. Llaman a la Luna trina; ¿No es porque es luna en el cielo, Diana casta en el suelo Y en el centro Proserpina? Pues esa Luna o Diana Gozaba de este pastor. Eso es blasfemia y error. Antes historia muy llana; Y cree que si no fuera Universal opinión Hacerle esta adoración. Que a ningún dios se la hiciera. Siendo así, perdone un poco Diana, pues supo amar; Que a Luparia he de gozar Aunque me tengan por loco. Ya, pues que niegas a Dios, ¿Qué tendrás por culpa alguna? ¿Quién es Diana? La Luna. Pues apostemos los dos Que no deja de alumbrarme Si esta noche a hablarla voy. Ni cuando con ella estoy Se desprecia de mirarme. A tanta resolución Darte rienda es menester; Que mal se podrá vencer Tu amorosa obstinación; Ni te ayudo ni aconsejo: Tú traes buen ejercicio En tiempo de sacrificio. Baste. Por loco te dejo. ; ¡Amor, si hay algún dios, tú solo eres; Que tus milagros son muy conocidos; Bien lo saben el alma y los sentidos, Cuando darles infierno y gloria quieres. Á Apolo y Marte en guerra y paz prefieres, Porque en los hombres a placer movidos Dilataron los siglos extendidos Amando el matrimonio y sus mujeres. Si tú has vencido al Dios más poderoso, ¿Cómo, mortal, teniendo envidia y celos, El nombre de mayor dios se te debe? Y si tú no eres dios, Amor piadoso, ¿Qué es esto que gobierna tierra y cielos? ¿Qué causa es ésta que las causas mueve? Salen Luparia, dama, y Clórida, criada suya. Dame, Clórida, ese velo Y esa guirnalda y laurel. Y a no haber luna en el cielo, Luparia estuviera en él Dando mayor lumbre al suelo; Sin duda a su diosa viene. Pregunta a Erastro si tiene El altar apercibido. Desde ayer ha prevenido El sacrificio solene. ¿Quién tuvo tanta ventura, Que solo por ser hermosa. Aunque es humana criatura, Mereció el nombre de diosa? ¿Qué dios agradar procura? ¿Para qué te vistes velo, Ni con tan humilde celo Traes corona y laurel. Si no es que la tejes de él Para ser reina del suelo? Y mira si diosa eres Y si le llevas la palma, Y a Diana te prefieres, Pues te daré yo la palma Cuando tú incienso le dieres; No la sirvas, que es error, Porque le fuera mejor Rendirte a ti sus despojos Para tomar de tus ojos. Como de sol, resplandor; Que si por la luz hurtada Del sol de los españoles Es servida y adorada. Hurtando la de dos soles Vendrá a ser más atinada» Esos tendré yo por dios O por dos, pues que son dos. Vandalino, ¿estás en tí? No debo de estar en mí, Pues estoy fuera de vos. ¿Con los dioses me comparas? Diana es diosa fingida. Pues la pintan con tres caras, Y la tuya, escurecida. Vale más que las tres claras; Deja de ser religiosa Casta de una incasta diosa, Y sigue el yugo dorado De Juno, que te me ha dado Por himeneo y esposa. Cuando fuera mi locura ¡gual a la que en ti he visto, ¿No temiera, por ventura, Ver, en lo que fue Calixto, Transformada mi figura? Anda y déjame; que temo De ese tu amoroso extremo El castigo semejante; Que bien te escuchara amante, Pero no amante y blasfemo. Pues en aquesta ocasión Todos hacen sacrificio Al dios de su devoción, Da en esto. Señora, indicio De que estimas mi afición; Ofrece a otro dios mayor. Que es el poderoso Amor, ¡ncienso sobre sus aras. Quien yerra en cosas tan claras, ¿Qué aconseja sino error? Pero mi desdén te avisa, Que si no basta a vengarme Echar tu negocio en risa. ¡ré a Diana a quejarme. De quien soy sacerdotisa; Y no te pongas delante; Que habrá algún rayo bastante Aunque Vandalino seas; Que si contra Dios peleas, ¿Qué importa que seas gigante? ¿Por ventura he yo querido Hacer a los cielos guerra, Como Tifón atrevido? Quien contra sus siervos yerra. No poco les ha ofendido. Yo, Vandalino, procuro Hallar camino seguro, Para que el alma inmortal Tenga asiento celestial Y no baje al centro escuro. Por eso a Dios dediqué Mi castidad, y a su templo La vida sacrifiqué, Siguiendo aquel santo ejemplo Que en las sibilas se ve; Por eso no me persigas; Que a lo imposible te obligas. Que eso procures es justo; Pero sin tanto disgusto, Hay senda en que al cielo sigas, Porque cuando te desposes. Habiendo lealtad guardado, Hallarás donde reposes: Mira a Júpiter casado. Que es el mayor de los dioses; Y Venus también lo es; Adúltera con dos mil, No la han tenido por vil Muchos que adorarla ves. Y por decirte verdad. Cuando de estos dioses veo Tanta deshonestidad. Ni los adoro ni creo, Ni estimo tu honestidad. Que hay algún Dios no lo dudo Que cielo y mundo hacer pudo, Pero Dios no conocido De nuestro mortal sentido. Que es para Dios torpe y rudo. Tu Diana , que por casta Hoy le quieres hacer fiesta, Fue con un pastor incasta; Y si piensas que es honesta, Solo este ejemplo te basta. Ningún dios de los que adoras Dejó ninfas ni pastoras. Ni recogidas doncellas Que no tuviese hijos de ellas, Sin otras cosas que ignoras; Que algunos amaron hombres, Como Apolo amó a Jacinto, Y para que no te asombres. Otros vicios no te pinto Que han hecho infames sus nombres; Que los más de aqueste Imperio Son nacidos de adulterio, Como Alcides de Alcumena Y Baco, por quien se suena De Semele el vituperio. Deja religiones locas, Y pues del alma te precias, Adora un dios. Cosas tocas Que aun a los dioses desprecias; Á lo mismo me provocas. Qué, ¿tan viciosos vivieron? ¿No lees lo que escribieron Sus mejores coronistas? Pues como casta conquistas A las que jamás lo fueron. Si esto quieres ver más llano, Lee a Ovidio o a Luciano (Que agora escribió sus vidas). Bien está; mas no me pidas Tan presto palabra y mano, Que a Diana quiero hablar En lo que trazado habemos. ¿Qué respuesta te ha de dar La que de un árbol hacemos? Yo la quiero consultar; Vete, y venme a ver después. Como palabra me des. Que si no responde, aquí Serás mía. Harélo ansí. Beso mil veces tus pies. Vase Vandalino. ¡Clorida! ¡Señora! Dame Esa guirnalda y laurel. ¿No quieres que a Erastro llame? La diosa hablaré sin él. Que llama este necio infame. Ponte esa guirnalda y velo. Corre esa cortina. Harelo. ¿Quién pensara que a tal diosa Llegara a hablar, sospechosa De que no vive en el cielo? Descúbrese una estatua o ídolo que habla, o sea una mujer vestida, y aparezca sobre un altar, y corran una cortina. ¡Diana santa! ¡Ilustre y clara hermana Del sol hermoso! Puesto que me atrevo A tu grandeza heroica y soberana. Con alguna razón la lengua muevo. Servido me ha con esperanza vana Vandalino, clarísimo mancebo En sangre y parentela, pues no ha sido Por méritos y pruebas admitido. Fue la razón haberme dedicado Por la salud del alma que procuro, Á tu templo en España celebrado, Como a sagrario de mi bien seguro: Hame puesto en razón y declarado Lenguaje para mí nuevo y escuro, Pues dice que ni tú ni dios alguno Se escapa de tener vicio ninguno; Y como errar en Dios es imposible, Y muestra que eres diosa y has errado, Buscar el cierto Dios me es convenible, Y por esta razón te he consultado; Si hablas, aunque eres dios, es imposible Cobrar tu honor, de un hombre disfamado, Y dime a quién le debe incienso el suelo Y es hacedor de cuanto cubre el cielo. ' Luparia, un Dios hay solo sin principio. Que por la ofensa del primer pecado A la tierra envió su Primogénito. Este nació en Belén, de María Virgen, Llamose Cristo, y fue crucificado. Busca este Cristo y deja vanos dioses; Si quieres más, en lo demás soy muda. ¡Oh! notable respuesta, en que se ha visto, Clórida mía, mi pasado engaño, Y que la vanidad por Dios conquisto Y el viento sigo a costa de mi daño! ¿Dónde será posible hallar a Cristo, Nombre tan nuevo y hasta agora extraño.? Y si Él murió, ¿dónde hallaré su Madre, O aquel Dios sin principio que es su Padre? Toma allá ese laurel, velo y guirnalda, Malditos y engañosos instrumentos; Seguidla a la gran diosa y veneradla, De hoy más locos y vanos pensamientos, Que de este monte en la poblada falda Fue un roble combatido de los vientos: ¡Mirad, alma, qué gloria y qué regalo Os puede dar después un dios de palo! ¡Oh, Cristo, y dulce y regalado nombre, Sin conocerte dulcemente suenas! ¿Quién hay que de escucharte no se asombre.? Mira que están aquesas plazas llenas Y no hay en Guadix tan solo un hombre Que no siga los dioses que condenas, Y en estas fiestas les ofrezca altares Con himnos, alabanzas y cantares; No sepan que eso dices, si no quieres Que el vulgo contra ti muestre su furia. Si Dios fuera de Cristo ya me vieres; Yo me ofrezco a sufrir mayor injuria. Pues calla, y por agora no te alteres. ¿No ves que al solo Dios, que es Cristo, injuria? Enséñame , Señor, camino o parte, Pues eres Dios, por donde pueda hallarte. Vanse, y salen Segundo y Torcato con sotanas y ropas. Mientras descansan los demás, Torcato, En esa vega llana y apacible, Á la frescura de ese claro río Y alegre sombra de sus verdes álamos. Podemos ver esta ciudad famosa Si corresponde con su ilustre cerca, Y proveernos de sustento alguno. ¿Qué quieres, ¡oh Segundo! hallar en ella? Que puesto que parezca suntuosa En edificios que hasta el cielo suben, A donde falta Dios, todo es desierto. No porque falta, pues en todo asiste. Mas porque no es en ella conocido. Según eso, podríamos agora Llorar como otro Cristo Jeremías Sobre Jerusalén, diciendo a voces: «¡Cómo yaces, ciudad sola y desierta, Llena del pueblo que a su Dios ignora!» ¡Oh, España, cuándo llegarán los días Que en una voz confieses un Dios solo! ¡Cuándo conocerás a Jesucristo Sujeta al yugo de su ley sagrada, Que es tan suave como El mismo dice! ¡Oh, gran empresa! Pedro nos envía. Pues de ello fue primero digno un Diego. Por eso tú, Segundo, eres segundo. Tu discípulo soy, Torcato amado, Y de los siete que ha enviado, el mínimo. Esa humildad te ensalza y engrandece, Como lo dijo Cristo en su parábola: Confío en El que España te conozca Y que a lo menos este amor nos deba. ¡Válame Dios! ¿qué voces serán estas? Sin duda son de regocijo y fiestas. Cese la música un poco Y comience el sacrificio. Mira, Segundo, el indicio Del pueblo idólatra loco. ¿Qué habernos de hacer, Torcato? Cerca la ocasión he visto De ofrecerla sangre a Cristo, Del cielo precio barato. ¿Qué tardamos en mostrar El ciego error de esta gente? Oye, Erastro, atentamente, Que hay gente en este lugar. ¿Cómo gente? Gente extraña. ¡Qué extraño caso! ¡Y qué nuevo! ¿Quién sois? ¡lustre mancebo Y generosa compaña, Cristianos somos. ¿Quién son? Cristianos que nunca he visto. ¿Qué es cristianos? Ser de Cristo. ¡De Cristo! ¡Extraña razón! ¿Quién es Cristo? Cristo es Dios. Dios extraño y nunca oído. ¿Es Dios nuevo? Siempre ha sido, Y éste adoramos los dos. Aqueste, ¿es sin duda aquel Que un nazareno decía Que el traje mismo traía, Y era Diego el nombre de él? ¿No es éste un Dios que murió A manos del pueblo hebreo? De morir fue su deseo Porque vida al hombre dio. Satisfizo ansí la ofensa Librando al género humano Del tributo de un tirano, Aunque fue la paga inmensa; Deja ley que ha de seguir El que se quiere salvar. Los dioses se han de enojar Si éstos queremos oír: [Mueran luego, que profanan Nuestra fiesta y sacrificio! O harémosles gran servicio Si es que a adorarlo se allanan. ¡Mueran! Segundo, ¿qué haremos? Que aunque morir es razón, Cesa la predicación Y el oficio que traemos: Demos lugar a su ira: Quizá se convertirán. Dices bien, que agora están Muy ciegos de su mentira, Y el sacrificio pasado. Tendrán más disposición. Ya, pues se van, no es razón Que de ellos tengas cuidado. Vanse Segundo y Torcato. ¿Cómo no? Seguidlos luego, O no he de sacrificar En profanado lugar. Ciego viene el pueblo ciego. Sin duda que éste es el Dios Que Luparia anda a buscar; Que el mismo que oigo nombrar Es el que nombran los dos: Aquí la dejé escondida Por no hallarse en esta fiesta. Sale Luparia. Clórida, ¿qué gente es ésta? Sea, señora, bien venida, Aunque si a tiempo llegaras. Del Dios que buscas supieras, Y a dos hombres les oyeras Contar maravillas raras. ¿Y agora no podrá ser? No, que ya los habrán muerto; Que el pueblo, a un mismo concierto. Los va a matar o prender. Pues ¿quién eran? Dos cristianos De esa nueva religión. ¡Ay de mí! ¡De Cristo son Y en ellos ponen las manos! Cristo, tus cristianos guarda Porque me enseñen a mí. Dice de dentro Erastro: ¿Qué Dios es éste que ansí Nos detiene y acobarda? Seguidlos por esta puente. ¡Ay de mí, que muerto soy! ¡Tancredo, huye! En salvo estoy. Gran Dios es el de esta gente. ¿Qué ruido será aquél? No sé: grandes voces dan. Sin duda muriendo están: ¡Oh vulgo loco y cruel! Dichosa en extremo has sido. Pues no te hallaste presente, Luparia, al mayor estrago Que humana memoria tiene. Dos siervos del Dios más alto Que cielo y tierra obedecen. Hoy a las fiestas se hallaron De éstos que nombrar me ofende. De Cristo dijeron que eran, Y como Erastro quisiese, Con favor del pueblo junto, Darles sin culpa la muerte, Entráronse los cristianos Por esa famosa puente Que fue el edificio octavo De las maravillas siete, Y permitiéndolo el Dios Que adoran y tanto puede, Gimiendo su pesadumbre, Al suelo se vino en breve. Oprime la arena al río Y el curso al agua detiene. Arrojando a las orillas Agua, piedra, arena y peces. Repite el eco el ruido Del edificio y la gente. Y en un instante el cristal Del agua, sangre se vuelve; Sesos y miembros se esparcen, Llevándose la corriente Lo que las piedras no cubre, Como en las corrientes suele. Algunos que vivos caen Y salir a nado emprenden, Detenidos de los otros, Luchando, en sus brazos mueren. Erastro murió el primero. Sin que Marte le valiese, Porque sin duda que Cristo Tiene soldados más fuertes. Los demás que quedan vivos Ruegan que por ellos rueguen A los cristianos piadosos. Que ya a consolarlos vienen. Este, sin duda, es el Dios Causa que las causas mueve, Y a quien mi alma desde hoy Sacrificio humilde ofrece. ¡Oh, nueva de gran contento! ¿Quién no ha de tener amor A ese Cristo vencedor Que dentro del alma siento? Y si en su ley lícito es Matrimonio, yo soy tuya. De que ella es santa se arguya, Y tú lo verás después, Porque conservarse el mundo De otra manera no puede. Pues hecho el concierto quede. ¡Vivan Torcato y Segundo! No habéis de decir ansí. Sino Cristo. ¡Cristo viva! ¡Y esa voz con fe muy viva! ¿Creéis que Cristo es Dios? Sí. ¿Y que aquestos dioses son Demonios fieros? También. Pues gracias a Dios se den Por tan grande conversión. No a nosotros, Señor, sino a ti solo Se dé la gloria, y tu divino nombre Bendito sea de éste al otro polo, Alegre el mundo y el demonio asombre: De donde nace a donde muere Apolo Sin conocer, no se conozca un hombre Que no te alabe, sin cesar bendiga, Pues tanto tu bondad y amor le obliga. El deseo que he tenido De hallar ese Cristo Dios, Hoy Él mismo me ha cumplido, Pues os he hallado a los dos, Que sus nortes habéis sido. Por vos en El tomo puerto Y a su santa fe convierto Mi pasada religión. Y de la misma intención A mí también os advierto: Renuncio los dioses vanos Que siempre tuve en desprecio, Y en Él pongo en vuestras manos, Porque solo a Cristo precio. ¿Todos, en fin, sois cristianos? Digan: ¡Todos! ¿Y todos queréis Agua de Espíritu Santo? ¡Sí! Pues todos la tendréis. Su gran fe me causa espanto. Torcato, aquí quedaréis: Sed patrón y obispo suyo. De obedecerte no huyo, Aunque me pesa c! perderte. Yo tengo de obedecerte, Que soy discípulo tuyo: Indalecio irá a Almería Y Cecilio irá a Granada. Donde sirva a Dios querría. A cualquier parte me agrada Adonde Cristo me envía. Eufrasio, que atrás se queda, irá a Andújar, donde pueda Hacer este santo oficio, Y a Astorga el ausente Esicio, A quien Dios favor conceda; Que yo, que tengo afición A Ávila, allí podré Cumplir con mi obligación. Pues si he de quedar, me dé. Segundo, su bendición. Antes la tuya me da. Pues de ti me aparto ya. ¡Los brazos te doy, Segundo! Mas ¡qué gente! Desde el mundo. Gozando de Dios está. Señor, que aqueste profano Templo de Diana puedes Con esa divina mano Hacer un templo en que quedes. Por sacerdote cristiano. Aquí, Torcato, serás Nuestro obispo, y nos darás Los preceptos de ese Cristo. Á haberle primero visto. No entrara en él Satanás: ¡Descubrid esa cortina! Hoy, en la virtud divina De Cristo y Pedro, te mando. Esta señal levantando. De tanto respeto dina. Que huyas luego de aquí. ¡Ay, que mi imperio perdí! ¡Ya vino Cristo y venció! Vase y cae el templo. ¡Toda la estatua cayó! ¿Es Dios Cristo, amigos? Sí. Pues venid, porque os reciba La Iglesia en su gremio santo Y en sus libros os escriba. ¡De gloria me baño en llanto! ¡Viva Cristo! ¡Cristo viv! JORNADA TERCERA. Astarot y Satanás, Consejeros de mi estado, Que a los ministros demás En ingenio delicado Siempre habéis dejado atrás: Aquel Dios y hombre a quien Ni quise ni fuera bien Que un ángel obedeciera, Ha levantado bandera En la gran Jerusalén: Murió del pueblo malquisto Y quebrantome las puertas Como no estaba previsto. Que están, en efecto, abiertas Al poder de este Dios Cristo. Muerto, pues, dejó en la tierra Un general de su guerra Y once capitanes tales. Que el menor, para mis males, El mismo poder encierra. Éstos, convirtiendo gente, Van deshaciendo mi imperio Para que el cielo se aumente, Y en mi afrenta y vituperio En nuestro lugar se asiente: Y porque más se propague Su poder, y el mío se estrague. Tantos soldados han hecho, Que aquel mi tributo y pecho No hay hombre que me le pague. Aunque algunos que se ceban En mi loco desconcierto. Tan mal lo sufren y llevan, Que a piedras un hombre han muerto Que ellos llamaban Esteban; Aunque de dalle la muerte Se siguió mi mala suerte, Que un Diego muerto han traído A España, que muerto ha sido Alférez de Cristo muerto. Aquí, que no se tenía Noticia más que de mí, De Diego la compañía Hace que arroje de sí Mi hija la Idolatría: Y el que le ha sido segundo Es un Segundo que el mundo Se lleva tras su palabra. Haciendo que no se abra Para España mi profundo. Este en Ávila reside, Donde ha hecho de tal modo Que el pueblo a mi hija olvide. Que ya de su Cristo es todo, Y su ley y gracia pide. Los que cubre el blanco pelo Besan en su nombre el suelo. Los mozos con voz cristiana; Los niños cantan: ¡Hosanna) Como los tonos del cielo. ¿Qué he de hacer, que ya he perdido Aquella España en que he sido Reverenciado en extremo? Pues que siento que me quemo, Aún no he perdido el sentido. Fortísimo capitán. De quien sobre el aquilón Los pensamientos están. Que por ser contra quien son Eterna fama te dan: Quien no teme el mar, ¿la playa Le puede tener a raya? No temió tu poder fiero A Cristo, que fue el primero, ¿Y un segundo te desmaya? Yo, que soy ministro tuyo. De ese Cristo en el desierto, No me retiro ni huyo, Y aun de esos doce, ¿no es cierto Que truje un Apóstol suyo? Pues ¿qué temes de Segundo, Mientras que vive en el mundo. Que no es ángel confirmado, Ni es Dios en Cristo humanado, Quebrantador del profundo? Yo haré que, como solía, En Ávila y en España Renazca tu idolatría, Y aún es muy pequeña hazaña Para que la nombres mía; Que ese Segundo también, Aunque es agora por quien Cristo es adorado allí, Haré que te adore a ti: Bien prometo, y cumplo bien. ¿Segundo, Luzbel famoso, Tu altivo poder resiste Siendo tú tan valeroso, Que primero ser quisiste De ese Cristo poderoso? ¿Quieres ser de Dios primero, Y un Segundo, y aun postrero, Te pone tanto rigor.? Hoy verás con el rigor Que hacerle tu siervo espero. Oíd: ¿qué alboroto es éste? ¡La Idolatría sin duda! ¿Habrá quien más me moleste? Mi rabia de ella desnuda De su paciencia me preste. Sale la Idolatría con una ropa de imágenes de oro pintadas. ¿Díjeos yo lo que temía? ¿A dónde vas, hija mía? A darte de España nuevas. Antes que los labios muevas Mi desventura sabía. Ávila, ciudad famosa, De España espada y escudo, ¡lustre en nobleza y armas, Puerto de lealtad seguro. De las reliquias de Diego Tener en suerte le cupo, Para su pastor y obispo. Un Segundo sin segundo: Éste, con su voz divina, Tanto ha hecho y tanto pudo. Que de conocer a Cristo No queda avilés ninguno; Ni hallarás ídolo en templo, Con tener en ella muchos. Sino aquel palo cruzado Que de infamia han hecho triunfo: Ya no pintan al dios Marte, Ni hacen de plata a Juno, Ni reconocen por dioses A Júpiter y Mercurio: De Cristo la Madre pintan Cuando a sus pechos le tuvo O cuando le trujo el Ave Aquel paraninfo y nuncio, Y niégante el vasallaje; Aunque a todos los disculpo Por ser en esta ocasión Tan extraño tu descuido. No le tiene el santo obispo De dar al cielo tributo De las primicias que coge Dentro y fuera de los muros; Que ni la escarcha de Enero, Ni los calores de Julio, Que visite estorbar pueden Sus pueblos uno por uno. Ya bautiza, ya confirma. Ya casa, ya ordena a muchos, Ya da sacramento a vivos, Ya va a enterrar los difuntos: Presos y enfermos visita. Haciendo en todos tal fruto, Que los cuerpos y las almas Remedia en un mismo punto: Todos le adoran y aman. Que cuanto es derecho suyo Reparte a viudas pobres Y entre huérfanos desnudos. Cúbrete, mísero infierno. De tristeza y nuevo luto; Que ya camina a los cielos La mayor parte del mundo: No sé, con tanta congoja, Cómo a mí misma me sufro Viendo que de quien me honraba Tantas blasfemias escucho. Ya no hay que hacer en España: Desde aquí partirme es justo A engañar bárbaras gentes. indios, negros, citas, rubios; Que no he de estar donde vea. En tan pequeño discurso. Quien hace nombrar a Cristo Hasta los niños y mudos. Calla, ciega Idolatría: No hables más en mi ofensa Y del cielo en alegría, Que presto por tu defensa Saldré a ver la luz del día. ¿Piensa Dios que ya está hecho Porque en Ávila ha deshecho Mi idolatría Segundo? ¿No sabe que es grande el mundo Y no pequeño mi pecho? Si El a un Pablo me ha quitado, Yo le quitaré un Segundo, Por quien es tan respetado. ¡Ea, amigos, salto al mundo! Abrid los libros. ¡Cuidado! ¡Caiga esta fuerte coluna De aquesta basa importuna, Y deshágase este templo! Pronto verás un ejemplo De mi astucia y de fortuna. Desde aquí vencer porfío Su extremada santidad. Que solo a Ávila le envío. ¡Vuelve por mi autoridad, Abrasado padre mío! ¡Y cómo si volveré! Y le prometo, mi fe, Al que le venciere luego. De laurearle de fuego Desde el cabello hasta el pie. Este sagrado canon de la misa, Con estas profecías y oraciones, Me dio aquel Pedro, de la Iglesia príncipe: Ten, Lisandro, cuidado de que aprendas Todas sus ceremonias y palabras Porque pueda ordenarte sacerdote, Dignidad que a los ángeles admira. Señor, puesto que soy de serlo indigno, Ordenarme podrás cuando quisieres; Que ya mi alma espera el dulce día. También comienza a predicar al pueblo; Que como lleves caridad, Lisandro, Del provecho del prójimo, no dudes Que el Espíritu Santo te lo enseñe Y que te influya un nuevo y santo espíritu Dándote de sus dones soberanos. Estudia la Escritura, mira el Génesis, El Éxodo, el Levítico, los Números, Los libros de los Reyes y Jueces, Y sobre todo los Profetas santos. Donde lo que dudares me pregunta, Que están llenos de altísimos sentidos: Y para que del todo extirpar puedas La idolatría, amenazarlos puedes Con el castigo que a Israel Dios hizo Cuando adoraron el becerro de oro, Sin otros muchos. Yo pensé esta tarde Lo que he pensado recitarte a solas Sobre aquellas palabras y amenazas De Jeremías, en que Dios las hace A su pueblo si sigue ajenos dioses Y provocare por su mal su ira, Con que Nabucodonosor le lleve Cautivo a Babilonia. Pues ¿qué cosa Podrá, Lisandro, darme más contento? Puedes estar para las tres a punto. Como ponía el orador Demóstenes Enfrente de su cátedra un espejo Para mirarse el rostro y las acciones, A ti, señor, enfrente de mi pulpito Pondré yo por mi espejo en que me vea; Porque eres un segundo del gran Pablo Que con tanto fervor predica a Cristo. No solo yo de Pablo soy discípulo, Pero tuyo lo soy, Lisandro amado. ¿Por qué, señor, si soy tu siervo humilde, Te humillas tanto? Porque aquesto mismo Cristo enseñó cuando los pies lavaba A Pedro, Andrés, a Diego y a Felipe; Pero Lucindo viene, y es sin duda Que habrá necesidad a donde acuda. Los que llamas tus hermanos Están, señor, a la puerta Con la esperanza tan cierta Del socorro de tus manos. ¿Son mis pobres? Señor, sí. ¿Los ordinarios, o quién? Allí está un hombre de bien Y una viuda está allí. ¿El hombre es viejo.? Harto viejo. Di que entre. Buen hombre, entrad. Dios guarde su santidad. Del mundo ejemplo y espejo. Seas, amigo, bien venido: ¡Dame los brazos! Yo sé Que aun no merezco tu pie: Sin eso , estoy mal vestido. Estos pequeños, ansí Nos manda el Señor que honremos. Señor, como ya tenemos Padre los pobres en ti, Con nuestra necesidad Hemos de acudir por fuerza, Y la que tengo me fuerza A implorar tu caridad. Diez hijos tengo, y algunos Muy enfermos, y de suerte Que a importunarte y a verte Me obligan siendo importuno: Un poco de pan tenía Y un deudor me lo llevó. Pues, padre, donde estoy yo, ¿Faltaros nada podía? ¿No era yo mejor amigo? ¿No sabéis que a cargo tomo, Como vuestro mayordomo, Vuestra hacienda y vuestro trigo? Haz, Lucindo, que le den Doscientas hanegas. Bueno: Como él de virtudes lleno. La troj de trigo también; Pero agora es al contrario. ¿Qué dices? Que desde ayer Ha sido para comer El buscarlo necesario. Anda, que Dios lo dará. Éste, estudiar le divierte: Si el cielo lo llueve , y vierte Sobre la troj , bien lo habrá. Calla, que no lo has mirado; Ve y míralo, pues lo digo. Vamos. Vete en paz, amigo. Que hoy vuelvo el trigo prestado. Guárdete el cielo mil años. Pastor de Ávila famoso. A tus pies, padre piadoso, Vengo a reparar mis daños: Dos hijas tengo, y por ser Tan pobre que no las caso, Temor en extremo paso De que se me han de perder, Porque me las solicitan Mozos de mala intención, Que me quitan la opinión, Ya que el honor no me quitan. ¿Y qué es lo que has menester Para poderlas casar? No te vengo a importunar En lo que no puede ser, Porque menester había Más de quinientos ducados : Remédiame los cuidados, Padre y señor, de este día; Que yo, su madre, y las dos No tenemos qué comer. Podrás su remedio ser. Segundo, después de Dios, Que siendo Dios el primero, Este remedio es segundo. ¡Manda hacer un mar profundo! Señor, la troj y granero ¿Cómo ansí? Porque la hallé Como fuente que manaba. Que el trigo arriba arrojaba. Da Dios el trigo de pie; Es agua de pie tu gracia De la fuente di sus pies, Y mientras más fe le des. Mana con más eficacia. ¡Qué milagro tan notable! Pues aquí, Lucindo, tienes En quién repartir mis bienes: ¡Una mujer venerable! Dale quinientos ducados Para que case dos hijas. Ya no habrá con qué me aflijas. Ni me des, señor, cuidados; Que aunque sé que no los tienes. Yo sé que los ha de haber; Que bien de Dios ha de ser Y no hay límite en sus bienes. Venid, señora, conmigo. Padre y pastor verdadero, Dios te guarde. Este dinero Ha de manar como el trigo. ¡Notable es su caridad! De Cristo la imitó Diego, Yo de entrambos, y tú luego, Lisandro, en esta piedad. Los que aqueste cargo tienen, ¿Qué tienen que suyo llamen? Y ansí es bien que lo derramen A los que por ello vienen. Esta es hacienda del cielo, De quien son, Lisandro, dueños Los pobres y los pequeños. , ¡Guárdete Dios, luz del suelo! ¡Oh, qué profana mujer! ¡Solo en verla me da enojos! Hoy en su Iodo los ojos Como el sol has de poner, Que aunque pasa, limpio queda. Habíala y mira qué quiere. Si no es que en Segundo espere, ¿Quién hay que valerme pueda.? ¿Qué quieres, mujer? Querría, Por ser como soy del mundo. Confesarme con Segundo, A quien mi madre me envía; Que Dios me ha tocado el alma Viendo en él tanta virtud. En él hallarás salud Y de tus vicios la palma: Aguarda, que a hablarle voy. Esta mujer pecadora Se convierte a Dios agora. Gracias, Lisandro, le doy. Pide apriesa confesión. Pues vete. El cielo te guarde. ¿Has hecho, por dicha, alarde De tus vicios? Muchos son. Porque a Dios tengo ofendido De suerte, que ya no espero Misericordia, ni quiero Su perdón aunque le pido. ¡Oh, traidora, en cuya lengua Agora el demonio habló! ¿Cómo he de esperarla yo, Si es mayor mi culpa y mengua? Mientes, que infinitamente Vence su piedad tu culpa, Pues estima la disculpa Del hombre que se arrepiente : Luego a sus pies te derriba; Que Dios no quiere la muerte Del pecador de esa suerte. Mas que se convierta y viva. He sido muy deshonesta Gozando de mil deleites. Gustos, olores y afeites, De mil maneras compuesta: Tuve un galán muy hermoso, Cuyos abrazos y besos Aun tengo en el alma impresos, Llenos de fuego amoroso: Porque yo le acariciaba, Que lo sé muy bien, y creo Que te pusiera deseo El mucho con que le amaba. Y aun a fe que a tiempo estás De gozar algún regalo. Que en talle y rostro te igualo A los que se precian más: ¡Qué linda presencia tienes! ¡Perdiéndome voy por ti! ¡Bien te confiesas ansí! ¡Con buena contrición vienes! Mala mujer, ¿eso dices? ¿Cuándo te vuelves a Dios? Solos estamos los dos: Ea, no te escandalices; Que si a la vejez aguardas, Aunque quieras no podrás. ¡Calla, demonio! ¡Eso más! ¿De tocarme te acobardas? ¡Yo te tocaré! Desvía. Ea, dame aquesa mano: No te retires en vano. Que es grande la fuerza mía. ¿ Quieres saber otro tanto O más que el gran Salomón, Ser más fuerte que Sansón, Y que David justo y santo? ¡Todos los venció hermosura! ¡Qué ciega te tiene el mundo! ¡Dame esos brazos, Segundo! ¡Deja esa vana locura. Vuélvete a Dios, desdichada, Y no dejes la intención De hacerle la confesión A que viniste inspirada! ¡Mira su sangre vertida Por mis culpas y las tuyas! Que no quiero que atribuyas A mis ofensas su vida; Que Dios no murió por mí. ¡Oh, hereje! ¿Estás bautizada? ¿Cómo, de Dios olvidada. Vienes a tentarme ansí? ¿No sabes que Dios murió Por todo el género humano? Dios te deja de su mano O el demonio te engañó. ¡Abrázame, pues, te ruego, Y deja tanta porfía! ¡Ayuda, Virgen ¡María! ¡Socorredme, apóstol Diego! ¿No distes lienzo a Fileto Y a Hermógenes un cayado.-" Pues ¿por qué, maestro amado. No me libráis de este aprieto. Segundo, esfuerza y no temas; Que Dios siempre está contigo Contra ese fiero enemigo Y sus palabras blasfemas. Si a Hermógenes y Fileto Di prendas en cuya fe Del demonio los guardé, A ti con mayor afeto: Toma este báculo santo Con que de verle se ahuyente Aquella antigua serpiente Que aborrece al hombre tanto. Si por tales medios viene El hombre a gozar de vos. Llame regalos de Dios A los trabajos que tiene: Dadme, Diego soberano, Aquese bordón divino. Que mientras soy peregrino. Es bien que lleve en la mano; Y rogad a Dios por mí; Que es muy peligroso el mundo, Y dadme esos pies. Segundo, Memoria tiene de ti. No era en balde el resplandor Y música que se oía. Mas, ¡qué lleno de alegría Viene, y de divino olor! Paréceme que ha bajado Hoy, como otro Pablo, al suelo, Desde aquel tercero cielo Donde estuvo arrebatado: V ¡Señor! ¡Hijos míos queridos! ¿Confesaste la mujer? Había mucho que hacer: Quedamos desavenidos. ¿No le diste absolución? No cabe en su grave culpa, Porque ni tiene disculpa. Ni quiere esperar perdón. Vamos, que he de visitar Hoy los enfermos y presos, Que de mis culpas y excesos Tengo después que tratar. Que si aquél se me atrevió, Sin duda a Dios ofendí. ¿Hay enfermos? Señor, sí. ¿ Y en peligro? Señor, no. ¡Qué bien, Satanás, lo hiciste! ¿No pides el galardón? Es un divino varón Segundo , en que Dios asiste: No te cause el ver espanto Que por su socorro acuda; Que está su alma sin duda Llena de Espíritu Santo. Llegué, tentele en la parte Más sensible al más valiente; Mas cuando abrasarle intente, Será lo mismo que helarte: Resistió como soldado, Y por premio de la guerra Vi llena de luz la tierra, Y a su maestro a su lado. Tiente Astarot u otro alguno Las armas que Dios le dio. Aunque si a mí me venció. No le ha de vencer ninguno. Enviaré todo el infierno, Sin que en él quede legión; Que agora su religión Es álamo verde y tierno Y que se podrá quebrar; Pero si su tronco crece Y hasta el cielo se engrandece, ¿Quién lo ha de poder doblar? Si ese hombre no es sensible En la carne, ¿no tendrá Otros vicios? Bien podrá, Pero es vencerle imposible. En simonía no toca. En avaricia o codicia; En el comer no se envicia. Tiene muy templada boca: Si él regalado comiera La carne, ¿no le obligara? Tanto ayuna, que se para Como una pálida cera; Pues en lo que es simonía, Antes se venderá a sí Que dar lo que a Pedro allí El otro Simón pedía. Pues ¡hablar en avariento! Ningún pobre a verle viene Que no le da cuanto tiene; Que es de su amor argumento. Pues ¿he de dejar la empresa Por ser imposible hazaña? ¿Ha de fundarse en España La ley que aqueste profesa? ¿No seré infernal Sansón Que dé, a los ojos del cielo, Con este templo en el suelo Si estas las columnas son? Pero ¿cómo he de poder, Si el mismo Dios ha quedado Vuelto en pan y disfrazado. Dando al hombre de comer? ¿No quiso allá en el desierto Hacer de las piedras pan. Estando con largo afán Del cansancio y hambre muerto? Y aquí, porque ve que medro En inducir y engañar, En pan se quiere quedar Sobre la piedra de Pedro. Pero vamos, que aunque esté Dentro de este tiempo él mismo, He de hacer que el cristianismo Consigo a mis plantas dé: Volveos a armar de nuevo. Déjame a mí con Segundo, Que aunque le tiento el segundo, Primera esperanza llevo. Poned una mesa aquí. Que porque indispuesto estoy, En escribir cartas hoy Será bien pasarle ansí; Que a mis clérigos también, Discípulos y sujetos Quiero dejarlos precetos Con que a Dios sirvan más bien. Ya, señor, tienes recado: Siéntate. Dejadme a solas, Y esté por dos horas solas Ese aposento cerrado. Harase lo que es tu gusto. Aunque nos pesa de verte Pronosticando tu muerte. Yo voy con mortal disgusto, Que ha perdido la color Con que alegrarnos solía. Yo creo que llegó el día De ir a gozaros , Señor; Y si es el trago más fuerte Ver que el alma se despida, ¡Mirad que os costé la vida! ¡No me dejéis en la muerte! Oye, Señor, mi oración, Que desde el fin de la tierra Te llama siempre en su guerra Mi afligido corazón. En piedra me levantaste Como David lo decía, Siendo la esperanza mía Que del temor me libraste, Y contra las obras malas Torre, defensa y ejemplo; Por eso habité tu templo Y me han de cubrir tus alas. Dame también gracia aquí Con que algún precepto escriba Para que mi clero viva, Si me ha de perder a mí. ¡Jesús, qué sueño me da! Apenas puedo escribir; Si al sueño llaman morir. El que duerme muerto está. Creo que me ha de vencer: No puedo mandar la pluma: Ya quedo 'vencido en suma , Que es su natural poder. Segundo, varón famoso, A quien Dios ama y regala. Sabe que ha llegado el día Que cumple tus esperanzas. Hoy gozarás de su vista Donde eternamente cantan. Dominaciones y Tronos, Himnos, salmos y alabanzas: Dormirás en el Señor Porque has velado en la guarda De su ley y mandamientos Con fe tan divina y alta, Y será tu sepultura Como es razón venerada. Aunque han de estar en olvido Después tus reliquias santas, Hasta que en la edad dichosa Del gran Carlos, Rey de España, Por ser príncipe tan justo Serán por milagro halladas; Porque cavando en el templo Con bien diferente causa. De Sebastián y Lucía, De tu cuerpo santas guardas, En una antigua pared. Cortina preciosa y rara, Se descubrirá un lucillo Y dentro de él una caja, En cuya piedra se vean De tu nombre letras claras. Dando también por testigos Olor, milagros y gracias: Sanarán mancos y cojos. Darán a los mudos habla; Que quiere Dios por su siervo Hacer maravillas tantas; Que como no haya memoria De las que agora te aguardan, Querrá que se reconozcan Por las que de obrar le faltan. Después, teniendo la silla De Ávila, ilustre en armas. Un Jerónimo famoso De los Manriques y Laras, Viéndose libre de muerte Por la oración y plegarias De su Iglesia y de sus pobres, Hecha a tus reliquias santas, Ha de trasladar tu cuerpo Haciendo que fiestas hagan A la catedral insigne Que en lugar digno te aguarda. Será en el dichoso tiempo De un rey, luz y gloria de Austria, Coluna, amparo y defensa De la Iglesia y fe cristiana; Y para que más le obligue A devoción y alabanza. Se ha de llamar él también Del nombre que tú te llamas. Será Felipe segundo, Y tú Segundo, que basta Para que también le ayudes. Fuera de otras justas causas. Ten de tu España memoria, Divino Patrón de España, Segundo en traer la fe Y primero en adorarla, Y de Ávila, a quien debes Lo que a tu silla y tu casa. Que son los hijos que dejas Y los que tanto te aman: Y apercíbete hoy, Segundo, Que hoy, coronado de palma. Darás a la tierra el cuerpo Y a Dios, que te aguarda, el alma. Agora es tiempo ¡oh furia Corrompedora del entendimiento, Cuya cruel injuria Escurece salud y fundamento! Que en éste de Segundo Viertas tu fuego y basilisco inmundo. Vencerle cara a cara Será imposible ; pero al fin dormido Le deja y desampara Todo lo que es el exterior sentido, Y ansí podrá mi daño Tener lugar para su pena y daño. El escribe preceptos Á clérigos y súbditos que tiene, Y entre tales conceptos Sembrar mi error será maldad solana. Quiero tomar la pluma: Sirva de tinta ponzoñosa espuma. Que como está tan malo, Posible puede ser que sin leerlo Advierta a su regalo Y ponga en él su propia firma y sello, Y ya después de muerto Tendrán mi error por saludable y cierto. Entraba haciendo ruido, Lucindo, porque no vía Que descansaba y dormía. De cansado se ha dormido, Y alegrome, que es señal De salud. Como el mal fuere, Que hay mal que no lo requiere. ¡Que hasta el bien ofenda el mal! No sé qué habernos de hacer Si falta nuestro pastor. ¡No he sembrado poco error Si no lo acierta a leer! ¡Oh, infierno, allá me recibe! Que voy de contento lleno. ¡Hijos! ¡Señor! ¿No estás bueno.? ¡Que de aqueste bien me priva! (¡Quién, señor.? ¡Oh! ¿Qué soñabas? ¡Oh, amigos, hoy será el día Que descansa el alma mía! Y que nuestra vida acabas. Y estándomelo diciendo Del cielo una inspiración. Ministros de perdición Me estaban ruido haciendo: ¡dos, que quiero escribir Mejor es irte a acostar. Esto tengo de acabar Para que sepáis vivir. Va a leer lo que escribió, y dice: ¡Jesús! ¿Tanto escribí yo Primero que me durmiese? ¡Que este día triste viese. Señor, quien tanto te amó! ¿Quién ha escrito aquesto aquí Que son notorios errores. Herejías las mayores Que en toda mi vida oí? Aquí nadie entró ni fue. ¿Cómo no? Pues ¿quién ha escrito Con propósito maldito Lo que nunca imaginé? Aquí tres proposiciones Son contra Dios y su Madre. Mira, santísimo padre. Que en gran confusión nos pones. Basta; ya sé lo que ha sido: El demonio anduvo aquí. ¡Oh, Segundo, que yo fui, Y el que soy de ti vencido! Todo estás lleno de Dios Y yo de mi fuego eterno, Y ansí me parto al infierno. ¡Jesús! No temáis los dos, Sino llevadme de aquí. Que yo quemaré el papel Como lo está quien en él Quiso destruirme ansí Y dar precepto a mi clero De idolatría y error. ¡Señor, llamaré un doctor! Ya solo el del alma quiero. Qué, ¿está enfermo el gran pastor, Padre de Ávila y del mundo? Qué, ¿está enfermo el gran Segundo, Patrón, padre y protector? ¿Cómo las piedras no lloran Una pérdida tan grande? Ninguno hay que no se ablande, Núes cuando pasan le adoran: ¡Tristes! ¿qué habernos de hacer Sin el dulce amparo nuestro? ' ¿Dónde está nuestro maestro? No le he visto desde ayer. ¿Por qué llora aquesta gente? Dicen que el obispo santo ¡Di más! No me deja el llanto Ni hablar la lengua consiente. ¿Está enfermo? ¡Ya se muere! ¡Oh, nueva de gran dolor! No te merece, pastor, La tierra: ¡el cielo te quiere! Conviértase Ávila en mar, Y esos montes, en quien llueve El cielo copos de nieve. Se empiecen a destilar: Que como a Dios es gloriosa Del justo la muerte santa, Ansí la pérdida es tanta De su patria lacrimosa. Mas ¿quién os dejó esta pena Que las entrañas traspasa? De ser pública en su casa Ya por la ciudad se suena. ¿No sabes lo que hay, Rufino? ¡Que se muere nuestro padre! ¿Quién te lo dijo? Mi madre. Que agora del templo vino, Donde todo el pueblo acude Á hacer por el oración. ¡Que ya tan santo varón Del cielo al suelo se mude! Que como ovejas sin dueños Dicen que quedan sin él. Basta que lloran por él Hasta los niños pequeños. Afuera le sacan ya, Mas todavía con vida. Tierra en la tierra nacida, Mejor en la tierra está: ¡En ella quiero morir! ¡Que en la cama estar no quieras! Ya es tiempo de hablar de veras: Hijos, comenzadme a oír. Pastor santo, qué, ¿nos dejas? ¿Dónde hallaremos consuelo? Qué, ¿ya te nos vas al cielo? Y qué, ¿de Ávila te alejas? Vuelve a la cama, señor, Y aumentarás algún día De esa vida propia mía. Hijos, aquí estoy mejor: La tierra a la tierra llama; Ya busca su sepultura, Y la cruz será más dura Que Cristo tuvo por cama. Hijos, después del amor, Á Dios habéis de temer; Que el principio del saber Es tener a Dios temor; Dejad la envidia y malicia Que la santa paz destierra, Y los que juzgáis la tierra, Amad siempre la justicia. Con buen ánimo y consejo. El viejo que ya declina, Al que es mozo dé doctrina, Y el mozo respete al viejo; Vence cualquiera desgracia La humildad que la paz viste; Dios al soberbio resiste, Y al humilde da su gracia. Vos, escogido linaje Y sacerdocio real, Seguid el bien, huid el mal Con modesta lengua y traje; En viendo que os solicitan Vanos e incastos deseos, Apartaos y absteneos, Que contra el alma militan. Elegid un buen prelado Con razón y sin pasión, Y sea tal su elección, Que supla lo que he faltado. Hablaros quisiera más De cuanto al oficio cuadre; Pero ya el alma ¡Oh, gran padre! Qué, ¿nos dejas y te vas? Échanos tu bendición. ¡La de Dios, hijos, os guarde! Tal bien cobraremos tarde. Suplícoos me deis perdón Si no cumplí tan al justo Con mi oficio como debo. De que alguna pena llevo, Porque con Dios nadie es justo. Antes a Ávila perdona Si no te ha servido bien. La que sirve a Dios tan bien, Muy bien mi amor galardona. Padre, qué, ¿no has de volver? Hijos, Dios, que es Padre eterno. Es el amparo y gobierno Que no puede falta hacer. Ponme esa cruz a la boca, ¡Oh, mi buen Segundo, Que sin ti quedo en el mundo! Piedras a llorar provoca. Padre increado y Criador del mundo, Hijo de Dios, Espíritu divino, Confieso y creo que sois uno y trino Y en esta fe mis esperanzas fundo; Virgen hermosa, amparo mío segundo, Segundo os llama al fin de su camino; Custodio, no dejéis al peregrino Que acompañastes en el mar profundo; A su patria, Rafael, vuelve a Tobías: No me dejéis. Y tú, mi Diego amado, Apadrina aquel alma que ganaste. Jesús, no mires a las culpas mías. Vuelve a mirar tu amor y tu costado, Y allí verás satisfacción que baste. A Ávila me entregaste; Yo la dejo en tu fe, tu ley siguiendo; Mi alma y mis ovejas te encomiendo. Voce mea ad Dominum clamavi, Voce mea et intendit mihi. Expira el Santo. ¡Ya expiró! Ya el alma santa Al cielo parte y camina. ¡Oh, qué música divina El cielo en la tierra canta! Ya la casa se alborota Y las campanas se tañen. Mucho temo que nos dañen El pueblo y gente devota. Pues llevémosle de aquí. Tomadle en hombros, y vamos Hasta que guardas pongamos. Ten, Lisandro, y vaya ansí. ¡Ya es muerto nuestro pastor! ¡Abrid! ¡Dejádnosle ver! ¿Piensas resistencia hacer Hoy al popular furor? Aquí acaba la historia de Segundo, Que recibió la fe de Dios primero En nuestra España , y el que fue segundo En predicar a Cristo verdadero; Aquí la obligación de España fundo Y la que tiene a su pastor primero Ávila, que, según aquí se ha visto, Ha desde Cristo que conoce a Cristo.