Texto digital

Texto digital de El saber puede dañar

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El saber puede dañar. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/saber-puede-danar-el.

Logo BICUVE

EL SABER PUEDE DAÑAR

JORNADA PRIMERA

Decid quién sois, caballero. Vuélvanse, hidalgos, y adviertan que, si otra vez lo preguntan, será plomo la respuesta. Pues desembozaos el rostro Ya les digo que se tengan; que he remitido a esta boca que lo que preguntan sepan. Caballero, deteneos. El Príncipe soy. Respeta ese nombre toda Francia, cuanto más la hechura vuestra. Carlos soy. Carlos, ¿tú aquí? Pues ¿no es más que vuestra Alteza me lo pregunte a estas horas? ¿Salías de aquella puerta? Salía de aquella casa. ¿Qué tienes, Carlos, en ella, que para salir te han dado, a tales horas, licencia? Si no que entrabas agora. que hace mayor la sospecha. Tener, señor, amistad con los nobles dueños de ella. Pues ¿tan tarde los visitas, y siendo cosa tan necia entrar en casas honradas con pistolas y rodelas? ¿Ese traje puede ser para visitar doncellas tan principales? ¿No sabes que las personas discretas no entran a hacer visitas menos que estando compuestas, y que se agravia una casa principal entrando en ella sin aquella compostura con que al dueño se respeta? Si yo, con el que se debe a Aurelio, por ver a Celia, pongo con temor los ojos en los hierros de estas rejas, ¿cómo tú, Carlos, visitas en forma que a las rameras, que se pagan del ruido de broqueles y escopetas, dos damas de tal valor como Celia y Rósela, hijas de Aurelio y hermanas de Rugero? ¿No tuviera para este traje, señor, en esta casa licencia ningún deudo a quien se trata con amorosa llaneza, mirando su calidad? De donde es justo que infieras que yo a Rugero visito, tan descuidado de verlas, que no las hablo de día, aunque muchas veces pueda. En aposentos de mozos, así los amigos entran; así en mi casa Rugero, con públicas o secretas armas, con que vamos juntos a ver damas que no esperan las visitas ensilladas, ni las personas compuestas. Verdad es que sus hermanas me quieren bien; que conserva amor no decir amores que cuando a decir se llegan, se suele poner, señor, la amistad en contingencia. También suele ser mayor si las almas se conciertan porque amor sobre amistad tiene andadas muchas leguas para llegar a los brazos. Pero, teniendo por ciertas las causas de hallarte aquí, que no es posible que sea, en casa tan principal, para que me den sospecha, valerme quiero de ti. y que desde agora sepas que adoro a Celia. (¡Ay de mí!) Y así, pues que sales y entras con libertad, tú has de ser por quien hablarla merezca. Que pienso que aunque la miro, o no lo entiende, o lo niega que hay mujeres que no creen que el amor y la grandeza no caben en un sujeto, como si posible fuera haber en nuestras pasiones distintas naturalezas. ¿No harás aquesto por mí? Por dos cosas no quisiera, si me pudiera excusar adonde tu imperio es fuerza la deslealtad a un amigo en su honor es la primera; la segunda, que me falta para este oficio la ciencia. Carlos, quien sirve, no ofende, como a su dueño obedezca. En lo demás, ¿quién no sabe pedir de un papel respuesta? Mañana hablaré despacio contigo; con Dios te queda. En fe de lo que me has dicho, te dejo a la misma puerta. Rompe el tridente azul rota barquilla: las alas bate, de los vientos pluma, y sin que el pescador traición presuma, corre, sentada en el cristal la quilla. Mas sale de una cala de la orilla, donde estaba esperando mayor suma, turco bajel, y levantando espuma, las aguas con los remos acuchilla. Así yo, ¡triste!, libre de recelos, surcaba el mar. cuando corsario altivo permitieron las iras de los cielos. Sin libertad, sin esperanza vivo, y atado al duro banco de los celos, en la galera del amor cautivo. Desde la esquina, señor. que. discreto, me detuve, atento mirando estuve en qué paraba el rigor de esta belicosa gente pero luego presumí que eran amigos. Aquí me hubieran, Turín valiente, quitado todos la vida. No faltara quien llevara las nuevas. Antes faltara: porque, a no ser conocida, como se echaba de ver en tanta conversación, yo llegara a la ocasión que me hubieras menester. Y vieras, si no valor, mi lealtad hasta morir. ¿Quién eran? Viome salir el Príncipe, mi señor, y llegaron sus criados a reconocerme. En fin: supe, a mi pesar, Turín, sus celos y sus cuidados, y mis desdichas también. Pienso que en la celosía hacen señas. Desconfía de que remedio me den favores en tanto mal. Voy a ver quién anda en ella. ¿Es Turín? ¡Hermosa estrella, nuncio del alba oriental ¿Es Carlos aquél? ¿Pues quién? Y ¡por Dios!, que está de suerte que solo el hablarte y verte, de su mal último bien, puede darle vida agora. Llámale. Llega, señor. ¿Es Celia? ¿En el resplandor no se conoce el aurora? En las postreras desdichas de mis pensamientos veo tu esperanza y mi deseo, tus favores y mis dichas. Apenas pueden ser dichas las fortunas que han pasado, después de haberte dejado, por mí; pero fue forzoso que siendo aquí tan dichoso fuese allí tan desdichado. El Príncipe, que llegó a consultar estas rejas, me dio del hallarme quejas, y satisfacciones yo. Finalmente me mandó, pues entrar aquí podía, le sirviese, Celia mía, de tercero de su amor. Aquí hay poder y valor. ¿Qué puedo hacer si porfía? Carlos, amor ha sacado un privilegio a sus celos para engaños y desvelos, no te llames desdichado, pues con traerle engañado y confiarte de mí; pues ha de pasar por ti lo que yo he de responder, segura puedes tener la voluntad que te di. No respondas que es traición, pues nunca en amor lo fue, sino defenderme, en fe de tu misma obligación. Si al hacerle oposición no puedes por ser criado, porque palabra te he dado de ser tuya, es ya tu honor defenderme de su amor para cuando estés casado. Esto, no pudiendo ser con armas, entra el engaño para remediar el daño que me puede suceder. Si no he de ser su mujer y tuya sí, ¿no es razón que esto se llame traición?, pues estás más obligado que a la lealtad de criado a tu honor y a mi opinión. Entretenle con razones; que señores resistidos son siempre poco sufridos de amorosas dilaciones; sus mayores aficiones llevan mal la resistencia; tú fingirás diligencia y él se cansará también; que nunca se hallaron bien la grandeza y la paciencia. Mucho confío de ti. Pero ¿mis celos podrán sufrir que un hombre galán te quiera, aunque sea por mí? ¿No he de hablarte por él? Sí. Pues ¿no basta hablarte en él? En él sí, mas no por él. Si de alabar nace amar, mal le podrás alabar estando celoso de él. Señor, gran gente y ruido de instrumentos. ¿No será, Turín, quien celos me da? Licencia, Carlos, te pido; que si es un cierto galán que da en servir a Rósela, para vivir con cautela desdichas consejos dan. El alma te dejo aquí; mira tú cómo la tratas. No queda en manos ingratas. ¿Acordaraste de mí? No, porque es el acordarse de aquello que se olvidó. ¡Fuese mi sol Y le dio licencia de levantarse al que ya por arreboles nos visita sin dormir. Dile que puede salir, que ya se fueron mis soles. Pues vámonos. No querrán los celos darme licencia que puede en mi competencia haber tercero galán. No, sino todo París. Vente, señor, a acostar. Comenzad, y sin templar. Templado viene Amadís. ¿Tan cuidadosa, señor, quieres que Rósela esté? Deja que templen. Yo sé que la despierta mi amor. Recordad, hermosa Celia, si por ventura dormís, que vida que ha muerto a un hombre no es justo que duerma ansí, ¿Y esto no es por Celia? No, porque este romance es viejo. Si tomara tu consejo, sin celos durmiera yo. Abrid esas celosías, ya que las puertas no abrís, si no teméis que entre dentro como sombra del que fui. Parece que dieron pie, señor, a la celosía. ¿Abrieron? Y aun la del día. que ya la noche se fue. Rósela. ¿Es el Duque? Soy, mi bien, quien no le tiene sin vos. Paso, que te escuchan dos. ¿Era Rósela? Pues ¿quién? Con eso me voy. ¿Había de mentir Celia? ¡Ay, Turín, que principio, medio y fin de una amorosa porfía todo es celos y desvelos. Sí; pero agravian la dama. Miente quien sin celos ama, porque no hay amor sin celos. Rósela. ¿Cómo habéis tardado tanto? Porque andaba por aquí el Príncipe. No es por mí. De cualquier sombra me espanto. Rósela. A Celia mira, y me pesa por lo que me ha de estorbar. ¿Quiérele Celia? Es pensar la más difícil empresa que pudo hallar el poder. El poder lo puede todo. Si pudiera hallar el modo de ser Celia su mujer. Ese es mayor imposible que querer Celia al Delfín. Por dicha es honesto el fin; porque amar lo que es posible del estado de una dama es del amor perfeción. Nunca tan perfetos son los deseos de quien ama. Señor, ¿no ves que es de día? Si el sol me daba en la cara, ¿quién. Liseno. imaginara que a las espaldas le había? Señora, quedad con Dios, que de la luz me recelo, porque solo desde el cielo me retiraran de vos. Rósela. El mismo, señor, os guarde. ¿Cómo te fue de favor? AI más atrevido amor harán los celos cobarde. El Príncipe quiere aquí. ¿A quién? Díceme Rósela que a Celia, y será cautela para desvelarme a mí. Mejor te guarden los cielos, que es Rósela cautelosa. Sabes que pienso, y es cosa nunca dicha de los celos. ¿No has visto cómo el pincel cuando no es la mano ingrata. Liseno, un rostro retrata, que le parece, y no es él? Pues con semejanza igual son, si lo pinta el honor, celos retrato de amor, y amor el original. No he podido dormir. Tantos desvelos son del poder injusta confianza. Amor me obliga a respetar dos cielos, si por esencia no, por semejanza: de Celia desamor, de Carlos celos, no le dejan lugar a la esperanza, pues no esperando el bien, ¿de qué te admira si el sueño de los ojos se retira? Para tanto poder, ¿hay cosa alguna que nombre de imposible tener pueda? Si un reino conquistara, de ninguna. Camilo, mi valor dudoso queda ni al poder ni al valor, ni a la fortuna, sino solo al amor se le conceda hacer que una mujer inaccesible se humane, siendo ingrata, a ser posible. No quiero yo con término violento rendir la voluntad que no me estima, si bien confieso que el desprecio siento, aunque no es parte que mi amor reprima. Pues ¿qué es agora, gran señor, tu intento? Saber, Camilo, esta celosa enima, y luego, blandamente porfiando, vencer sirviendo y obligar amando. Dios, que lo puede todo, hacer pudiera, como rey de infinito poderío, que el hombre más rebelde le quisiera; mas no quiere forzar el albedrío; pues si vemos que Dios por premio espera de su amor otro amor, espere el mío; que no es razón, si amor de amor se infiere, que quiera un hombre lo que Dios no quiere. Yo sé que hacer pudiera con violencia que me quisiera Celia, mas no es justo; que es mucha la distancia y diferencia que tiene amor desde la fuerza al gusto. Pareciome discreta diligencia para excusar de Carlos el disgusto, hacerle mi tercero, pues le obligo en fe de ser criado y ley de amigo. Porque si yo le fío mi secreto y él me fuese traidor, está muy claro que con justicia a mi rigor sujeto quedaba Carlos sin humano amparo. Los celos te proponen un conecto, no sé si tan discreto como raro; pero, en fin, justificas de esa suerte la causa que te da para su muerte. ¡Oh!, cuántos hombres que jamás pensaron hacer ofensa al deudo y al amigo, cuando de la ocasión cerca se hallaron ni temieron la infamia ni el castigo. Nobles mujeres que su honor guardaron; es la ocasión tan bárbaro enemigo, que le perdieron por hallarse en ella: tanto puede vencer, tanto atropella. El Príncipe está aquí. Temblando llego. Carlos, ¿de dónde bueno? Haciendo estaba a unos caballos mal. Honesto juego. ¿De dónde son? De España. ¿Casta? Brava. Que no los hagas mal, Carlos, te ruego, si el estilo común te disculpaba, porque no lo merecen los caballos de España. Hacerlos mal es enseñarlos. Un bayo, cabos negros, me trujeron, que aunque mal enseñado a los borrenes, le admiraron, señor, cuantos le vieron: ninguno en tantos más hermoso tienes; las crines, frente y cuello compusieron de suerte... Picador, no amante vienes. ¿Quisieras tú pintármelos agora de oro del sol, de plata de la aurora: ¿Quisieras tú decirme que pisaba del elemento volador los fines, y que las bajas nubes entoldaban copiosa cola y esparcidas crines? Dirás que pensamientos se llamaban pies de hierro. Toledos y jazmines. Pues, Carlos, deja ya cosa tan fría, para el tiempo en que estoy, a la poesía. No hay cosa. si no es Celia, que me agrade; de Celia me ha<; de hablar, no de otra cosa, 0 que me escuche bien o que se enfade, que es plática más dulce y amorosa: esto me cuenta, pinta y persuade: háblame en que es discreta como hermosa, dime que es toda cristalina, y dime Que no tengo más alma que me anime. Este papel le he escrito, y éste quiero Que le lleves y des, Carlos, y advierte que de tu buena dicha solo espero las nuevas de mi vida o de mi muerte. Celia es hija de un noble caballero y su hermano mi amigo. De esa suerte, podrás entrar y verla, hablarle y darle. Siento... ¿Qué hay que sentir? Siento injuriarle. A traer la respuesta no me obligo. pues no consiste en solo mi deseo. Carlos, con solo hacer lo que te digo cumples conmigo, y lo que pienso creo. Y o debo obedecerte, aunque un amigo quejoso ya de mis intentos veo. No hay de culparte ley, término o modo; que el gusto del señor es sobre todo. Acabando va conmigo mi desdicha. Ese papel es la cosa más cruel que ha podido usar contigo; que haciéndote su tercero te obliga a guardar lealtad. Celos han sido. Es verdad. ¿Qué has de hacer? Dársele quiero. ¿Dársele? Pues ¿qué remedio? A su casa quiero ir; que de dársele a morir no hay más de este medio en medio. Si fuera tu discreción menos que tu sentimiento, dijera mi pensamiento, señor, en esta ocasión. Pero como son iguales, ¿qué te puede aconsejar quien te mira fluctuar entre pensamientos tales? Dejar a Celia pudieras, porque el no querer querer el fin de amor suele ser, o que otra dama quisieras. Pero llevar los recados del Príncipe sin desvelos, con un linaje de celos tan picantes y abrasados, que en vez de olvidar serán desesperación de amor, porque entonces es mayor cuanto más celos le dan. Su casa es ésta, que quieren mis desdichas inhumanas que aun el verse sus ventanas mis pensamientos alteran. Tan cerca está de palacio, que aun celos vengo a tener que desde él la pueda ver. Pues vete en celos despacio, que pensarás, si esto pasa, a traerte antojadizo, que ha de hacer un pasadizo desde palacio a su casa. Tan confuso estoy, Turín, que de confuso y de ciego a tratar mis penas llego sin imaginar el fin. Esta es la causa, ¡ay de mí no menos que de mi muerte. Turín, Bien alegre viene a verte. ¿Qué importa? ¡Ya la perdí! Ya. Carlos, el corazón me avisó de que venías. Bien pudo, pues le tenías. que es su propia condición. Qué puntual es quien ama. ¿Ha de estar Celia sin él? Quien le da no tiene de él más del nombre que se llama. Pienso, Carlos, que no vienes con gusto. Y piensas muy bien, en que se prueba también que el mío en tu pecho tienes, pues te ha dicho mi tristeza tal, que no me da lugar a que te puedan negar, que siendo sol tu belleza. descubrir es fuerza en mí hasta el mismo pensamiento. ¿Qué es esto, Turín? ¿Qué intento Te mueve a saber de mí lo que Carlos, mi señor, muere por decirte ya? Pues habla, Carlos, que está en un cabello mi amor. Quebrarase si está ansí. No hará, que le tengo yo. Ya no podrás. ¿Cómo no? Escucha la causa. Di. El Príncipe... No prosigas, que todo entendido está. Culpada te sientes ya. Culpada en que tú lo digas. Salí de notable trance, que cuando el escucha oí. de dos leguas presumí que teníamos romance. Déjame decir lo que es, que aun entre gente vulgar, cuando se comienza a hablar es término descortés. ¿Qué me puedes tú decir sin ser en ofensa mía? Pues temes, algo recelas. No mi culpa, mi desdicha. Menester habéis tercero, porque en celosas porfías se satisfacen mejor. La voluntad clara y limpia oféndese fácilmente. Rósela, de niñerías. ¿Puedo a un hombre poderoso resistir? No le resistas; pero escucha lo que intenta. Oye a Carlos, por tu vida. Ya le escucho. Aquella noche que el Príncipe, cuando iba a salir, me halló en tu puerta, aunque la disculpa mía fue la amistad de tu hermano, de suerte le desatina de celos, que ha dado, Celia, mientras no lo averigua, en que yo le solicite, presumiendo que me obliga, como es verdad, a la lealtad, y llega lo que imagina a que te traiga un papel, cuya respuesta confía del amistad de los dos; si bien el intento mira a abrasarme y a quitarme que desde aquí no te sirva lo cual es fuerza, que es dueño, y no es justo que compitan un pobre hidalgo y un rey, pues de privanza me privan dos cosas, ciertas entrambas la primera, que mi vida corre peligro en sus celos; la segunda, y la que estima mi amor en más, es perderte, porque si por él me olvidas, como lo pienso y es justo; si a su grandeza te inclinas, ¿qué será de mí? Respondo que tu vida no podría perderse en esta ocasión, pues el secreto confirma la lealtad de los presentes; que yo te olvide, es mentira, que miente tu pensamiento, tu amor y tu fantasía, y tu alma si lo dice, a quien la mía, ofendida de tal imaginación desde aquí le desafía. ¡Bravo reto! Mas ¿quién viera a dos almas en camisa con espadas y rodelas en campaña o en campiña, combatir de sol a sol? Pues dime. señora mía cuando todo sea tan cierto, como noble amante afirmas y cumplas como quien eres la palabra prometida, ¿qué haremos de este papel, pues es fuerza que le escriba? ¿No has visto que los que labran de aquel dibujo que imitan. el papel en que le tienen por todas las líneas pican y puesto sobre la seda por las señales se guían, que figuran con carbón, y lo que señalan pintan? Pues respondes tú al papel lo que quieres que le diga, y trasladarele yo para que el papel me sirva de dibujo, sin que exceda, Carlos, de las letras mismas; con que seremos los dos, tú el que inventa y yo el que pinta. Rósela. Aquí no tendrás razón si a tanta verdad replicas. Yo lo confieso. Rosela, con el alma agradecida, y que picar el papel divinamente se aplica, dando papel tan picado ventanas y celosías para que mis celos, Celia, puedan mirar lo que escriba. Pero mira cómo pones el negro carbón encima, no se te encienda el papel. No hayas miedo, que la tinta serán lágrimas entonces. ¡Qué extraña bachillería! Tu hermano, Celia. ¡Oh, Carlos! ¿Aquí estabas y andábate a buscar desvanecido? Por ver si alguna cosa me mandabas, a buscarte solícito he venido. Óyeme atento. Carlos. ¿Qué me mandas? Creo que tienes, como es justo, conocido, años debe de haber, mi buen deseo. Prosigue, que esto es cosa tan segura que por cristal el corazón te veo. Aunque nuestra amistad sencilla y pura para los dos es tan segura cosa, mi padre, con la edad, no se asegura. Mis dos hermanas, cada cual hermosa, por su camino, ya las ves presentes, causan cuidado a su vejez celosa. Y queriendo excusar inconvenientes, me ha mandado decirte, y yo lo digo, dos cosas, aunque juntas, diferentes. Que no entres más aquí, si yo te obligo, sino que nos tratemos allá fuera, sin ver con la verdad que eres mi amigo. La otra, desigual de la primera, es que si alguna de las dos te agrada, luego te la dará, como ella quiera. Esto para mostrar cuan estimada es tu persona de él y el gran disgusto de que te quite el murmurar la entrada: pero mirar por nuestro honor es justo. Rugero, con la llaneza que sabéis, os visitaba, y con respeto miraba el valor, gracia y belleza de estas damas, a quien hoy vuestro padre me ha ofrecido para honrarme, si ha sabido de qué sangre en Francia soy. Dos príncipes merecían; pero ya que mi ventura tan alto honor me asegura que de mi humildad las fían, dadme vos la que queráis. pues cualquiera es la mejor Aunque es igual su valor y tan cortesano andáis, no neguéis la inclinación, que es efeto natural. ¿A quién dio juicio igual tan honrada confusión? En Venus, Palas y Juno tuvo París que escoger: y aquí todo viene a ser Venus, pues que todo es uno. No hubiera Paris ninguno que aquí se determinara; cada cual, única y rara, dice que naturaleza formó de su igual belleza los dos ojos de su cara. Como suelen dos figuras salir de una misma estampa, en su estampa el cielo estampa sus dos raras hermosuras; como quien de rosas puras mira esmaltados rosales, que, viéndolas tan iguales, no sabe cuál corte, estoy tan confuso, que las doy por estrellas celestiales. Que, supuesto que hay en ellas algún lucero mayor en belleza y resplandor, todas, en fin, son estrellas; y de estas damas tan bellas que hoy tan descuidado vi, digo y me despido ansí para que os lo diga a vos: que querré más, de las dos, la que más me quiera a mí. ¿Qué os parece? Dice bien Carlos, al término atento que debe a quien es. Pues yo, por su parecer y acuerdo, os pregunto cuál le quiere. ¡Qué pregunta de discreto! Pues ¿qué puedo hacer? Escucha, que quiero darte un consejo. ¿Cómo? Carlos es criado del Príncipe, y es mal hecho casarse sin su licencia. Habla al Príncipe, Rugero; di que conmigo le casas. ¡Qué sutil advertimiento para decir que le quieres por término tan honesto! Voyle a hablar. ¿Tan presto? Sí. Pues ¿por qué? Porque sospecho que hiciera agravio el espacio a quien respondió tan presto. Rósela. Necia has estado, aunque agora alabó tu entendimiento mi hermano. Por qué? Rósela. ¿No ves que el Príncipe esta tan ciego que no ha de querer? Bien dices; pero el peligro era cierto, si yo no me anticipara, pues que las dos proponiendo, te casara a ti con él. Rósela. No se hiciera el casamiento, porque no quisiera yo. Bien: pero hicieras con eso que Carlos no entrara aquí, siendo el casarse concierto: y yo no vivo sin Carlos, que muero si no le veo. Dícenme que os ven allí todas las noches, Otavio. No pensando vuestro agravio, pasos y tiempo perdí en ganar la voluntad de cierta dama que quiero. Y yo os tengo por caballero, que me diréis la verdad. ¿Cuál es, de las dos hermanas? (Aquí he de hablar con cautela Porque si digo a Rósela. no siendo sospechas vanas, me mandará que la deje. A Celia será mejor, pues que no la tengo amor, cuando de Celia se queje.) ¿Qué estáis pensando? ¿No soy de quien os podéis fiar? En que la puedo agraviar, gran señor, pensando estoy; pero mi justa lealtad se rinde a vuestro valor a Celia sirvo, señor, con honesta voluntad. ; ¿Celia? ¿Y os favorece. Duque? Que me escuche basta; que una fe tan limpia y casta correspondencia merece. ¿Sabíades que la quiero, y con toda el alma, yo? No. señor. ¿No, cierto? No, por la fe de caballero. Pues, Duque, de aquí adelante, ni la calle habéis de ver. (¡Errastes, celos, por ser bachilleres, lo importante!) Rugero te quiere hablar. Por lo que tiene de Celia. me holgaré de verle. Entrad. Deme los pies vuestra Alteza. ¿Qué se os ofrece, Rugero? Señor, pediros licencia para casar a mi hermana. ¿A vuestra hermana? ¿Cuál de ellas? Que pienso que tenéis dos. A Celia, señor. ¿A Celia? ¿Con quién? Con Carlos, señor. ¿Con Carlos? Pues ¿quién concierta, Rugero, este casamiento? Mi padre, que tiene de ella el “sí". Pues ¿pidiola Carlos sin haberme dado cuenta? No, señor; pero es mi amigo. y codicio su nobleza; que el amistad y la sangre fácilmente se conciertan. Tengo yo casado a Carlos con vuestra hermana Rosela. Decid esto a vuestro padre; porque el Duque sirve a Celia, y yo los pienso casar. ¡Hola! Los caballos lleva, que me trujeron agora, a Rugero. Vuestra Alteza me dé los pies. Esto basta, Rugero, para que sepa Aurelio mi voluntad. Como mandáredes sea, pues tanta ventura ha sido que Celia y Rósela tengan maridos de vuestra mano, que por mi padre y por ellas os beso, invicto señor. Duque, perdonad; que es fuerza que entretengáis esta gente, en tanto que yo merezca que Celia escuche mis ansias. Pues ¿qué diré? Que con ella trato de casaros. Duque; pero advertid que esto sea sin que la veáis ni habléis. Sólo hablaré con Rósela. Solamente para eso os doy, Otavio, licencia. Yo voy con harto temor. Basta amar para que temas. ; Delante de mí te pones, infame? Si no tuviera respeto a que te ha criado mi padre, el alma te hiciera pedazos dentro del pecho. Sosiéguese vuestra Alteza. Por ventura, no es culpado Pues, señor, ¿qué ofensa en tu deservicio puede haber hecho mi inocencia? Pides a Celia a Rugero, que aquí me pide licencia para que os caséis los dos, ¿y estás inocente? Advierta vuestra Alteza que hoy me dijo que me casase con ella, o con Rósela, o no entrase en su casa; porque llegan los vecinos a poner en su honor villanas lenguas. Y en fe de que esto es verdad, sea este papel la prueba, respuesta del que me diste. Pues, trayéndote respuesta, ¿cómo es posible casarme? ¿Respuesta? Sí, señor. Muestra. ¿Qué os parece de esto, Otavio? Carlos, si a su hermano ciega tu amor, libre está el Delfín: él dijo que Aurelio intenta casarte con Celia. Duque, si él os quitara a Rósela, yo sé si tuviera culpa. Octavio. ¿No es quitármela si piensa casarla con vos? ¿Conmigo? Con Rugero lo concierta. En lo demás, perdonadme. Yo he leído. Aquí te llega, Carlos; verás lo que dice. No quiero que me lo lea vuestra Alteza; antes le ruego que, para que yo no venga a ser traidor a Rugero, hombre que mi bien desea, ni a mi honor, que basta haber tratado casar a Celia conmigo para que yo el nombre de honrado pierda, solicitando tu gusto. ¡Qué honra, Carlos, tan nueva! ¿Porque trataron casarte, sin que llegue a ser, te afrentas? ¿Qué hicieras a ser casado? Servirte en cosas honestas es, señor, mi obligación. Creciendo vas mi sospecha. El primer criado eres que de las cosas secretas del gusto de su señor no quiere parte en saberlas. Aquí tengo yo un hidalgo en mi servicio, de prendas seguras, y que en su casa con libertad sale y entra, de quien te puedes fiar. ¿Sois vos? Soy de vuestra Alteza vasallo humilde. ¿Tu nombre? Turín, señor. Mi ascendencia es tan noble, que de Adán la traigo por línea recta. ¿Tú sales y entras en casa de Celia? Privo con ella, en razón del buen humor. Si aquesta noche conciertas, Turín, de Adán descendiente, que me hable por sus rejas, dos mil ducados te mando. Pues tenlo por cosa cierta. ¿Que tanto con ella puedes? No es fácil, señor, la empresa; pero, en fin, no es imposible al ruego y la diligencia. Hombre de bien me pareces. No hay hombres que más lo sean que los que son oficiales del gusto. ¿Qué has hecho, bestia? Lo que tú, señor, me mandas. ¿No le dijiste a su Alteza que despachase conmigo las resistencias de Celia? ¿Y piensas hablarla? ¿Yo? Grandes desdichas me cercan; grandes fortunas me siguen; hoy es forzoso perderla. Tú, si algún papel, Turín, a mi amada prenda llevas, dámele a mí, que no son entregas de fortalezas para cometer traiciones; que Celia quiere que crea que ha sacado un privilegio el amor para que puedan usar, los que son queridos, de todo engaño y cautela. Dice bien, que es guerra amor, y no es traición, en la guerra, la celada por los bosques, la engañosa diferencia, mudándose los vestidos, trocando en la mar las velas, quitando las propias armas y poniendo las ajenas, encamisadas de noche, minas debajo de tierra. Y, por lo mismo, quien ama sepa que tiene licencia para usar en cualquier tiempo engaños y estratagemas. Si es derecho de las gentes, Turín, la propia defensa, Celia es ya mi propia vida, y es justo que la defienda. Vengan engaños e industrias; que si la mayor nobleza es la guerra, y se han usado tantos engaños en ella, sin tenerse por infamia. donde el poder hace fuerza, mejor podré yo valerme, siendo en el Delfín violencia, del privilegio de amor. Todos los que amaren, sepan que no incurren en traición; guarde cada cual su hacienda.

JORNADA SEGUNDA

Todo en el ánimo estriba. Yo soy cobarde, Turín. Eres mujer, y hecha, al fin, de materia fugitiva. ¿Qué es fugitiva, hablador? De las espaldas naciste, y por eso la volviste al más mínimo temor. ¿Fingirme Celia y hablar con un príncipe de Francia, no es negocio de importancia? Por eso nos han de dar dos mil ducados, Inés, que partiremos los dos; y aunque lo entienda, por Dios, que el peligro no lo es; porque no es el engañado algún hombre vil que luego se venga, de enojo ciego. ¿Y no es nada un rey airado? Por lo que un rey puede hacer, Inés mía, no te aflijas; que nunca con sabandijas ejercitan el poder. Las águilas más reales se abaten a liebres viles. Siempre la espada de Aquiles se preció de sus iguales. Y un rey, para que te asombres, más quiso escoger, de dos, caer en manos de Dios que en el poder de los hombres. Y así, es justo reparar que es mejor a toda ley caer en manos del rey que de hombre particular. ¿La ofensa en él no es mayor? Sí; pero en mayor grandeza halla perdón la flaqueza. como en supremo poder. Yo te confieso que tengo temeraria tentación. Si a tomar con bendición los dos mil ducados vengo, nos podemos ir de aquí, y casarnos luego, Inés. ¡Ea, mis ojos! No estés dudosa. ¿Júraslo ansí? Por esos claveles juro ser tuyo, y maridalmente tu diatribe eternamente. ¿Qué es diatribe? Es algo oscuro; pero después lo sabrás. Vete a la reja, que es tarde, porque el Príncipe no aguarde, donde con él hablarás melindrosa y cristalina, envuelta en un tafetán, como Celia y ella están; que con una mantellina engañaba la criada a aquel galán que tenía de la bella Estefanía, que llamaron Desdichada. Yo voy por el tafetán, y luego a la reja salgo. ¿Es barro, si a un pobre hidalgo dos mil ducados le dan? Si yo por mil mundos de oro sangre alguna derramara, ninguna disculpa hallara, o si perdiera el decoro a la majestad real mas por fingir que una dama, siendo Inés, Celia se llama, ¿a quién le resulta mal? Este es el francés Delfín. Quien ama, todo es cuidado. Pienso que nos ha engañado, Camilo amigo. Turín. Es tan loco aquel desdén, que no la podrá rendir y del hacer al decir hay muchas leguas también. ¿Quién va? Quien está esperando a vuestra Alteza, señor. ¡Oh, Turín! No hagáis rumor. Id poco a poco llegando; que si Celia no ha salido, es imposible tardar. ¿Que pudiste negociar lo que Carlos no ha podido? Este género de ciencia quiere un poco de invención. Celia me tiene afición, y es mucha la indiferencia de fiar de un hombre grave estos negocios de amor; porque se guarda el honor de quien de sus leyes sabe. Hacemos mucha ventaja en ablandar asperezas, porque siempre las flaquezas se fían de gente baja. Llega, señor, que ya siento ruido en la celosía, como a la risa del día mueve a las flores el viento. Dale lo que prometí. Camilo, a Turín. Yo llego. Haz que me despachen luego. Yo lo haré, Turín, por ti, trayendo carta de pago. El ribete ofrezco y como. Nunca de los pobres tomo: de hacer bien me satisfago- Si tienes quien no te quiera, encárgame tu desdén, y haré que te quiera bien, si es piedra, si es mar, si es fiera. De tu habilidad lo creo. Ven mañana a verme. Iré, y un cuadro te llevaré en que está cantando Orfeo. Para mí no es menester. En la ciudad de tomar se ha mandado pregonar que se llame agradecer. Sea, señor, vuestra Alteza bien venido. ¡Celia hermosa! De su fuerza poderosa tiembla, Otavio, mi firmeza; y, más que de ser quien es, de ser mi dueño. Es verdad; porque de vuestra lealtad se puede quejar después. Celoso estuve de vos; pero ya, desengañado, mi pecho os he declarado. Carlos, sirviendo los dos a Celia y Rosela, es justo ayudarnos contra quien, a fuerza de su desdén, quiere ejecutar su gusto. Esto, con justo respeto de la majestad. No fuera justo que yo me atreviera, ni en público ni en secreto, a contradecir su gusto: pero, siendo casamiento mi intento, y su pensamiento, por desigualdad, injusto, no hace mi amor agravio a la lealtad que le debo. Dejando aparte que llevo la razón, amigo Otavio, de ser querido primero. Bien decís. Llegad a hablar; y, si no os puedo estorbar, venga también lo que quiero. Pues ya sabéis que es fingido querer casarme el Delfín con Celia. Y a entiendo el fin que en este engaño ha tenido; que es impedir que Rugero me case con Celia a mí. ¿Hay gente en la reja? Sí. ¿Gente aquí? Mirad primero que intentéis saber quién es. ¿Si es el Delfín? ¿Pues aquí? ¿Eso os maravilla? Sí. El poder y el interés tienen notable amistad. ¿Celia. interés? Las criadas. allanan. Carlos, pagadas, la mayor dificultad. Retirémonos aquí, y deme el cielo paciencia. Aquí importa la prudencia. ¿Oís lo que dicen? Sí. Iré adonde vuestra Alteza me manda. Con eso voy contento a dormir, y doy mil gracias a tu belleza por la promesa, mi bien. ¿Promesa? Y a se ha quitado. Camilo, el amor me ha dado victoria de su desdén. ¿Rindiose la fortaleza? Ven, y sabrás que el poder halla en cualquiera mujer la puerta de la flaqueza. De ésta, no lo imaginara. mañana he de ir a un jardín. ¡Aguarda, ingrata! ¿A qué fin? ¿Tu loco amor no repara en la locura que intentas? Déjame, Otavio, vengar mi noble amor. No es lugar la calle, por más que sientas, para dar satisfación a tu agravio; y, por ventura. podrá ser que tu locura causase tu perdición. ¿Puédome yo más perder, Otavio, de lo que estoy? ¿Ser menos de lo que soy, con lo que he venido a ver? Déjame que en estas rejas dé mees, déjame hablar. por lo menos suspirar, para que entiendan mis quejas. Suspiros siempre se han dado para dar tiernos desvelos: pero para pedir celos. ningún hombre ha suspirado. Dejad la reja y volvamos a casa, y en vos, también: porque hablarlas ya no es bien, ni es justo que nos pongamos a averiguar este agravio donde lo entienda Rugero. Pues, Otavio, yo me muero; yo pierdo la vida, Otavio. Volver, ya no puede ser. si allá no he de sosegar; que, acabado de llegar. sé que tengo de volver. Idos vos, que yo no puedo dejar de hablar a esta ingrata, si la osadía me mata o aquí me amenace el miedo. Llamaré, no tiene duda. Haréis mal, y no abrirán; que a marido, y no a galán, abre quien ya se desnuda. No siendo mujer que ya sepa los brazos del dueño que aguarda, a pesar del sueño, a ver si en la calle está. Y no hay engaño en el mundo que permita un caballero tan noble como Rugero. Pues yo, en que me mate fundo mi venganza. Es necedad. ¿Por qué. si yo se lo digo? Porque, siendo vuestro amigo, cometeréis deslealtad. Pues algo tengo de hacer que me pueda sosegar. Iros, Carlos, y pensar que esta dama era mujer. Si firmes no las hubiera. de gran virtud y valor, era el remedio mejor que hallar mi agravio pudiera; por una que yo perdí, y más que no me ha dejado por quien vale más que yo. ¿Disculpaisla? ¿Por qué no? Pues si no estáis agraviado yo os dejo. Hacedme un placer, por vida del Duque. ¿Cómo? Por último acuerdo tomo hablar hoy esta mujer. Sacad la espada y fingid que reñís conmigo. Harelo. si os sirvo, que ya recelo lo que intentáis. Advertid que vais huyendo. Sí haré. si bien, aunque sea burlando. me pesa. Estoy aguardando que huyáis, Octavio. No sé. Huid, que burlas no hacen fe del valor. Así es. Hombres hay de tales pies que huyen desde que nacen. Yo huyo. ¿Pues cuatro a uno. perros? ¿Eso más? Huid, traidores. Carlos. decid que no va huyendo ninguno. mas si por una mudable hay mil firmes, ¿no es razón que culpe su condición, siendo su ser inculpable? No estáis muy enojado. ¿Cómo no? Porque no hubiera cosa que el respeto hiciera para su virtud sagrado. Que en no siendo firme alguna, es condición de los hombres que con generales nombres lo paguen todas por una. Nunca tan fuera de mí pienso estar que ofenda a tantas firmes, honradas y santas Más confusión me ponéis. Pues ¿qué respuesta pretendes. si nuestro disgusto entiendes? ¿Al Príncipe os atrevéis, a quien yo no pienso hablar? Pues ¿casándoos de su mano y aceptando vuestro hermano lo que él nos puede mandar. tú, Celia, al Duque desprecias, y tú, Rosela, a mi amigo Carlos? Rósela. Si verdad te digo, pues tanto de ella te precias, dile al Príncipe que mude los mismos dos que nos da, y que servido será sin que nuestro dote ayude. ¿Cómo mudar? Rósela. Dando a Carlos a Celia, y al Duque a mí. Muy claro habláis. Para ti, esto se llama mudarlos. Rósela dice muy bien. ¿Qué le va al Príncipe en eso? Voces dan. Bien divertido ha rato que estoy atento; porque no determinaba si golpes de espada fueron. Y agora a la puerta llaman. ¿Inés? ¿Señora? ¿Qué es eso? Carlos, que ha llamado tanto, que, en efecto, le han abierto. Desnuda la espada trae. Voy a ver lo que es. No quiero que salgas. Di que entre Carlos. Déjame, pues. Ya está dentro. Aparte quisiera hablarte. Que vienes herido creo. No vengo, sino cansado. Pues vamos a mi aposento. Vamos. Perdonad, señoras. Perdonad vos, que Rugero no ha de salir de la sala; que es Rugero hermano nuestro. Señoras, tenéis razón; sosegad el justo miedo, que aquí diré lo que ha sido, aunque, no entendiendo veros, para daros esta pena he entrado tan descompuesto. Muy cerca de vuestra casa, que, ya como esclavo vuestro, vine a mirar estas rejas, vi en ellas un hombre; llego a reconocerle, salen tres de una esquina y, poniendo mano, los cuatro me aprietan, con peligro manifiesto de la vida, que me ha dado la piedad sola del cielo; que quererlo atribuir al propio valor, no puedo; porque valor para tantos no le hay sin armas de fuego. Entre tanta confusión, oigo decir a uno de ellos: "¡Ay, que me han muerto!", y entonces Todos se retiran. Creo que fue pena del herido, que no del temor efecto. En la voz y en el cuidado de los que con él vinieron, me pareció el duque Otavio. ¡Sería notable yerro y eterna desdicha mía si le hubiese herido o muerto! Que, fuera de ser el Duque mi grande amigo y mi deudo, el Rey, el Delfín le estiman por el mejor caballero de los que hoy tiene París. Hacedme merced, Rugero, de sacarme de esta duda: vaya un gentilhombre vuestro, que sepa con discreción si es el Duque; porque quiero, si tan desdichado he sido, entre las muchas que tengo, pasarme a Italia o a España. ¡Qué desdichado suceso! No será, por dicha, el Duque. i Ay, Celia, que a mí me han muerto! No es este negocio, Carlos, para fiar del secreto de un criado. Aquí esperad, que yo lo sabré tan presto cuanto requiere el cuidado con que quedáis. ¿Con qué puedo pagaros el que mostráis de mi bien? Ya que Rugero es ido, sabed que yo quise, abrasado de celos, por no morirme esta noche, entrar de esta suerte a veros. ¿No es muerto el Duque? Sosiega, hermosa Rósela, el pecho; que locuras de un celoso ni tienen razón, ni tiempo. Y tú, en el poco que queda para que vuelva Rugero, oye las últimas quejas que desesperado ofrezco, Celia ingrata, a tus oídos. La causa, Carlos, espero de la locura que dices, tan inocente, que creo que de tu ofensa no sabe el nombre mi pensamiento. Llegando, Celia, a estas rejas, adonde mi loco amor piensa que queda el olor que de estar en ellas dejas, no para decirte quejas, sino tan tiernos amores que mereciesen favores en justas correspondencias, cesando las competencias de esperanzas y temores, hallo en ellas al Delfín, como tú sabes mejor. y, agradeciendo su amor tú, ingrata; tú, Celia, en fin; tú, que un tiempo serafín, desdenes fueron tus galas, con mariposas te igualas, pues a la luz del poder diste tornos hasta hacer cenizas tus bellas alas. "Sea bien venido, oí. su Alteza", cuando llegó, cosa que escuchaba yo cuando más dichoso fui. Lo demás no lo entendí: pero bastome entender que ya le quieres querer. ¿Quién hubiera imaginado. que yo fuera desdichado y que tú fueras mujer? i Ay, Celia, qué satisfecho de tus palabras me vi ¡Qué diamante presumí era el alma de tu pecho! i Qué de cosas has deshecho con tal determinación! Pero dirás que es razón. y yo, Celia, por venganza. que fue injusta la mudanza si fue justa la elección. Mientras que no le quisiste, osé competir con él; querido, eso no, cruel. Pues por él me aborreciste, yo parto a Italia tan triste de mi esperanza burlada, en tus palabras fundada, para no volver a verte, que yo, el amor y la muerte hacemos esta jornada. Yo, celoso; amor, corrido; la muerte, para quitarme la vida, aunque de matarme debo estar agradecido. Voy tan fuera del sentido como quien sin alma parte; porque presente olvidarte es aumentar mis desvelos; porque hay de mi parte celos y hermosura de tu parte. Nadie presente olvidó con celos, porque ha de ver, y viendo no puede ser que olvide quien tanto amó. Mucho te adoraba yo, como a olvidarte me obligo, que si para mi castigo tan viva te retraté en el alma, ¿dónde iré que no te lleve conmigo? Si tu pena no mirara, esos celos de la reja, como injusta y necia queja, con risa los celebrara; pero cuéstame muy cara la burla, pues sin prudencia tratas, Carlos, de tu ausencia; y aunque sé que no ha de ser, para el hombre es menester mil vidas de resistencia. ¿Yo en la reja? ¿Yo al Delfín? ¿Qué dices, Carlos? ¿Qué tienes? i Qué mal informado vienes de quien procura mi fin. que debe de ser Turín. pues a tus ojos les fías esas locas fantasías que me has venido a decir, y no te puede mentir al alma que allá tenías El Delfín no me rindiera. Carlos, si fuera el Delfín como Delfín serafín y a toda Francia me diera. Quien me estimara y quisiera no diera crédito, no, a quien así le engañó; porque si no vienes loco, ¿cómo tienes en tan poco una mujer como yo? En el mar de mi valor, cuando quien soy imagines, no se han criado delfines, sino ballenas de amor; y tan llenas, que al mayor del mundo llevan la palma estese la luz en calma y los tornos que encareces; que no se queman dos veces las mariposas del alma. Que soy mujer, es verdad, pero tan firme mujer, que ejemplo pudiera ser de agradecida lealtad. Respeto la majestad; pero, Carlos, no te asombres, que en mudar de pareceres, hay hombres que son mujeres y mujeres que son hombres. Yo he sido, Carlos, leal; ni al Príncipe hablé ni vi. ¡Ay. cielos, si fuera ansí Mas yo lo vi, por mi mal. Con un desengaño igual ¿quieres, Celia, que te crea? Carlos, ya es cosa muy fea sustentar un desatino. Ni Celia a la reja vino ni es posible que tal sea. Pues los ojos han mentido después que Dios los crio? ¿Cuándo el testigo que vio no fue, Rósela, creído? Mil veces ese sentido se engaña, y le desatinan sombras que a creer se inclinan: porque suelen los antojos, siendo espejo de los ojos, retratar lo que imaginan. Está bien; yo lo confieso; pero en una hora que habló ¿pude engañarme? ¿Pues no?! Que estoy loco te confieso. Déjale, que ya es exceso su locura y su porfía. Rugero viene. ¿Y podía i engañarse el ver y oír? Suele la noche fingir lo que desengaña el día. ¡Albricias. Carlos! El cielo, amigo Rugero, os guarde. Llegué a su casa del Duque, dije que importaba hablarle la vida de un grande amigo, y en ver que no se enterasen ni hubiese el común rumor que suele en desgracias tales, sosegué, Carlos, las penas espantose que llegase a tales horas, aunque él comenzaba a desnudarse. Díjele vuestro temor, y respondió: "Aseguradle a Carlos, porque el herido no es de peligro notable y es un gentilhombre mío." Con esto, sin que aguardase a ver quién era. partime tan contento como parte quien trae nuevas de flota. Que mil veces os abrace me permitid, y con esto será bien, porque es ya tarde, pidiéndoos perdón, partir donde mi fortuna sabe. Pues ¿no basta el desengaño? Es por agora bastante. Adiós, Rugero. Adiós, Carlos. Ventura fue no matarle. Del temor voy muerta yo. Y yo de que me levante Carlos tan gran testimonio. Celos dirán mal de un ángel. Alguno engañarle quiso. Antes que se desengañe me habrá muerto o me habrá puesto en ocasión de dejarle. Son las joyas que le das conformes a su valor. Si se las diera mi amor, Camilo, valieran más. Porque es menester que críes, naturaleza, brillantes, en la China más diamantes y en Ceilán nuevos rubíes. Y aún son cambios diferentes en que ella recibe agravios con las rosas de sus labios y las perlas de sus dientes. ¡Bravo pintor es amor! ¿Estaba Carlos ahí? Sí, señor. Carlos, vencí. Turín fue bravo inventor. Anoche con Celia hablé, y hoy me prometió que iría a un jardín donde podría hablarme despacio. Fue empresa de tu valor, y dices bien que venciste, pues aún no llegaste y viste cuando alcanzaste favor. Palabra, Carlos, le di de casarte con Rósela, su hermana. Pienso que apela al Duque Octavio de mí. Visítale, Carlos, hoy. Rósela apele o no apele. Perder al Duque le duele. Yo lo quiero, y soy quien soy. Quédate, que ando juntando joyas que a Celia le dé. Siempre el dar dichoso fue. Entra, señor, obligando, verás que las almas robas. Sí, mas con diversas tretas, que se pagan las discretas y se enamoran las bobas. Hoy hizo mi vida fin. ¡Y Celia quiere negar, y esta tarde ha de ir a hablar al Príncipe en un jardín! ¿Hay tal maldad? Carlos es. ¿Era ya tiempo de verte? ¿Tanto Celia te divierte? Desde hoy me pongo en los pies las alas de aquel planeta que es árbitro de la mar, no des en imaginar que te volverás poeta. Hoy es llegado tu fin, infame. ¿Por qué, señor? Mira que soy pecador. Confiésate a Dios, Turín. ¿No hay más de enviar a un hombre Como piedra al cuarto bajo? Irás con menos trabajo. Será infamia de tu nombre. ¿No sabes que desde el cielo tardaría, al poder ser, seis mil años en caer, señor, una piedra al suelo y que un alma en un instante baja del suelo al infierno? Vivir bien, si hay fuego eterno. Mátame con un montante y no con ese espetón, que no me dará lugar para que pueda llevar de mis culpas contrición. Pero di, ¿por qué me matas? ¿Por qué habló Celia al Delfín? ¿Celia? Aquí sea mi fin comido de garrapatas si no era Inés, que, cubierta de un tafetán de su ama habló de Celia a la dama, tanto el interés concierta por pescar dos mil ducados, de que le tocan los mil. ¿Qué dices? Que amor sutil lleva los ojos tapados cuando le guían los celos, y si lo puedes saber, tenme lástima y de ver que estoy haciendo buñuelos sirviéndome de sartén los miserables calzones. Que dije tales razones por tu ocasión a mi bien Por eso morir mereces. No hay tal, porque las verdades luego harán las amistades que perdidas encareces. Veslas allí, dónde vienen a subir a la carroza: llega a hablar; la ocasión goza, que te han visto y se detienen. Agradécelas la vida. i Oh, interés, en qué me has puesto! Aquí está, que no se fue. A pediros perdón vengo, Celia hermosa, de mi engaño. Quitad el estribo, Alberto. Detente, señora mía. Diga ese paje a Rugero que voy al campo. ¿No escuchas que desengañado llego a que me perdones? ¡Hola. cochero! Aguarda. Cochero, al campo, hacia los jardines. Celia, dejarasme muerto. Oye, mi bien, que ya sé que fue engaño que le han hecho al Príncipe. Por aquí saldréis al campo más presto. Fuese Celia. Está enojada. Agora a matarte vuelvo. No hayas miedo que me alcances. ¿En qué confusiones quedo? Seguir quiero el coche. ¿Ay, Dios! Sin ser Faetonte me atrevo al carro del sol, ¿quién duda que me mate por soberbio? Mil siglos ha que tarda. Así los llama, Príncipe invicto, quien espera y ama. No tuviera esperanza si no fuera Celia quien prometió que aquí vendría. ¿Por dicha vuestra Alteza ha errado el día? Camilo, yo sé bien lo que me dijo. Puede ser que Rugero no permita, sin que él venga también, esta visita. Eso tengo por cierto, y si Rugero viene, yo soy muerto. No piense vuestra Alteza en lo que espera, que hace mayor la pena el pensamiento. ¿Puedo yo no pensar en lo que siento? Mire de este jardín las claras fuentes, divertirase en verlas distribuyendo su cristal en perlas; mire con la violencia y dulce estruendo que contra su elemento van subiendo, enojándose el aire de que se entren en la jurisdicción que no les toca. Todo a mayor memoria me provoca. Mire las varias de esta margen flores pidiéndose prestadas las colores; oiga las dulces aves cómo trinan suaves la solfa no aprendida. ¿Es coche aquél? Escucha por tu vida. Es un carro de bueyes, que un villano, con una vara en la grosera mano, sobre su yugo puesta, rige y guía. También es carro en el que viene el día. De caballos, señor, que no de bueyes. Bueyes, Duque, sustentan a los reyes. ¿Qué haré yo que entretenga mi deseo? Preguntarnos, señor, alguna cosa. ¿Cuál es la más odiosa? Un ignorante que de sí presume y todos le aborrecen. ¿Qué cosa más los hombres apetecen? La honra y buena fama. ¿Quién duerme en mejor cama? Quien no sirve ni debe ni pretende, habla de todos bien y a nadie ofende. ¿Cuál hombre por su culpa es desdichado? El rico miserable que, forzado, deja en su muerte lo que más quería, a quien su vida más aborrecía. ¿Quién es el rey? Un hombre semideo que tiene de Dios solo dependencia, a quien todos le prestan obediencia y es única justicia que el bien premia y que castiga el mal. j Brava academia hacéis mi amor! ¿Aquélla no es carroza? Son, señor, arrieros que llevan unos cofres y una moza. A mano izquierda digo. Los overos conozco; Celia es, y ya se apea. Poneos aquí detrás, por que no os vea, que a su tiempo saldré solo; no quiero, si la sigue, dar celos a Rugero. Pareciome este jardín a propósito, Rósela, para templar en sus fuentes el fuego de mi tristeza. Por estar sola, acertaste, aunque excusarlas pudieras, pues que ya te hablaba Carlos. Sí, pero es justo que sienta que no merece mi honor que le agravien sus sospechas. Ya te pedía perdón. Son de artillería piezas los celos, que en disparando se pueden entrar por ellas. Seáis, Celia, bien venida. Perdido estoy de esperaros. Y yo, señor, de miraros estoy perdiendo la vida. La palabra y fe cumplida ¿os ha dado tal temor? ¿Cuándo os he dado, señor, la palabra que decís? ¿Negáis cuando la cumplís agradecida a mi amor? ¿Yo, señor, cuándo os hablé, ni vos me hablastes ni vistes? ¿Anoche no me dijistes, cuando a la reja llegué, ''mañana al jardín iré del Duque Octavio"? ¿Yo? Sí. Ni os hablé, señor, ni os vi. Cuando engaño pueda ser, ¿no puedo yo merecer, Celia, este favor por mí? Aun no tengo ser, respeto de lo que es digno de vos, que os hizo, Príncipe, Dios galán. gallardo y discreto: pero mi honor, en efeto, y de mi padre y mi hermano, no están, señor, en mi mano, aunque los puedo perder; pero no lo pienso hacer por ningún mérito humano. pues me han engañado, bien veréis que estoy corrido; más después que habéis venido mayor sospecha me ha dado. Lo que habéis determinado volvéis a negar por quien por ventura queréis bien, que cuando os hablé y os vi yo sé lo que merecí y vos lo sabéis también. Toqué vuestra mano hermosa con tanta facilidad como aquí dificultad; pero advertid una cosa: que si no os tengo amorosa. jamás os querré forzada: pues de Carlos sois amada. decidme si le queréis, que con esto dejaréis mi voluntad sosegada. ¡Por vida del rey! que igual juramento es nuevo en mí. de que me sosiegue ansí. ¿No veis que estará muy mal. a una mujer principal a vuestros ojos decir lo que es más justo encubrir? Pues ¿cómo queréis Que sea, para que libre me vea cuando estoy para morir? Retirareme obligado si me decís la verdad, que empeños de voluntad no quieren gusto forzado. ¿Quereisle bien? Mi cuidado sabréis luego en un papel. Aquí servirá por él este libro de memoria. Dádmele, que en breve historia os diré lo que hay en él. Pero no ha de ser aquí. ¿Dónde? En la carroza. Sea, que como escrito lo vea, yo me libraré de mí. Prometo decir allí la verdad a vuestra Alteza; porque aquí fuera bajeza. Id en buen hora. Escapé de gran peligro, y guardé, Carlos mío, tu cabeza. ¡Camilo! ¡Octavio! Señor. ¿Oístes esto? Aseguro a vuestra Alteza que estamos admirados de que pudo sufrir tanta libertad. Lo demás no fuera justo. Sí fuera. pues prometió verme y se va. yo cumplo como quien soy. Arrepintiose si determinada estuvo. Pedile que me dijese si quiere a Carlos. y puso la vergüenza por defensa; mas viendo que la importuno, en un libro de memoria jura escribirlo, y yo juro de no importunarla más si me abraso y me consumo. Ya viene aquí su privanza. Escribió, Príncipe augusto, lo que le mandaste Celia. Hízome notable gusto. Tomad vos este diamante. Quede a los siglos futuros eterna vuestra memoria. Por poco me hablara en culto. Pobre Carlos, si te quiere, de matarte no me excuso. Este libro es el proceso, Celia le ha escrito, y yo juzgo. Lee, señor, lo que dice. Leo, pero no descubro la verdad que yo esperaba, pues dice en término oscuro ''Pregúntasme si le quiero: número cincuenta y uno". ¿Qué quiere decir en eso? Yo de ese número arguyo los días que ha que le quiere. ¿Burlas, Camilo? No burlo. ¿Qué dices, Otavio? Digo que todo el sentido dudo, si en tan grande disparate se puede poner alguno. Ella se quiso escapar de este peligro y no supo mejor que con esta enigma. Por más que intento discursos no puedo dar en el blanco. Si hay algún sentido oculto, debe de ser el que entiendo. ¿Cómo? Su padre dispuso el casamiento de Carlos; y de lo que ya le culpo se libra con la obediencia, porque con su edad ajusto el número de sus años, que serán cincuenta y uno. ¿Qué bien dice vuestra Alteza! El sentido más seguro me parece de esta enigma. Pues ¿éste os agrada? Mucho. Lisonja, al fin, de criados: que en diciendo el dueño suyo una necedad, la aprueban como por divino impulso. Si no habló con el Delfín Celia, Turín, sino Inés, ¿cómo salieron las tres, a mis ojos, del jardín? Yo te diré la razón. Buscarás otra mentira. Que está aquí el Príncipe, mira. Carlos, a buena ocasión. Pero no vendrás por mí. Como tu licencia tengo, a ver a Rósela vengo. ¿A Rósela? Señor, sí. Tenemos una cuestión los tres sobre cierta enima, pues toda París estima tu ingenio y tu erudición. Este libro de memoria tiene dos versos, que han sido de tan difícil sentido que te darán fama y gloria el declararle o decir tu parecer. ¿Yo. señor? Pues ¿quién, en París, mejor? En pretenderte servir... ¿Conoces la letra? Escrita en barniz, ninguna forma se conoce ni conforma con lo que el papel la imita. "Pregúntasme si le quiero: número cincuenta y uno." No lo ha entendido ninguno. Bien fuera saber primero la causa de esta pregunta. A una dama pregunté si quería a un hombre, y fue tan vergonzosa, que junta los oráculos dudosos que había en la antigüedad con su necia voluntad. En los casos amorosos hay siempre motes, y enimas, y empresas: y así es razón estimar su discreción. Dilo, pues, si tú la estimas. Pregúntanle que si quiere su galán, y dice aquí... ¿Qué dice? Que sí. ¿Que sí? Pues, Carlos, ¿de qué se infiere? Cincuenta y uno, en guarismo, dicen claramente "sí"; que una ese y una i hacen el número mismo. Pues ese e i, "sí" dirán; y si lo dice, señor, claro está que tiene amor esa dama a su galán. ¡Ea!, no hay más que saber. Vamos de aquí. Gran disgusto lleva su Alteza. ¿Y no es justo? ¡Que lo pudiese entender! Fue, Duque, para su daño: Carlos ha de morir hoy. ¡En gran confusión estoy! La culpa fue de tu engaño, pues considerar debieras que errabas en decir "sí". No pensé que era por mí. Pero, de tantas quimeras, ¡tú tienes culpa. Turín! ¿Querrás volver a matarme? Sólo puede consolarme de haber venido al jardín aquel libro de memoria, que dejará eterno en mí este soberano "sí"; porque con esta vitoria ya no tengo que temer. El Príncipe va enojado. Sospecho que te ha causado no poco daño el saber. ¿Qué me puede resultar? Pero el peligro responde que hay ocasiones adonde el saber puede dañar.

JORNADA TERCERA

¿Qué dices? Que están aquí dos damas que hablarte quieren. Diles, Turín, que no esperen. Demonios son para mí. Pues, ¡por Dios, que se han entrado! ¿No llamaron? Señor, no. ¿Y tapadas? Pienso yo que lo grave lo ha causado. Ellas traen buen olor. No verlas fuera más justo. Habíalas, que para el gusto es bravo despertador. Diles que no se rebocen. Graves son. Llega, si quieres; que melones y mujeres, por el olor se conocen. ¿De cuándo acá recatado el señor Carlos está? Señoras, de cuándo allá, que anda un poco disgustado. Rósela. ¿Son celos? Y con razón, señoras, debo tenerlos. ¿Vos, celos? No fui por ellos, que me dieron a traición. Celos, y con mil desvelos; que amor, como es accidente, suele dar al más valiente un cintarazo de celos. ¿Un hombre que es tan galán, tiene tal desconfianza? La mujer y la mudanza en un maridaje están. No pensé que érades vos de los que hablan de ellas mal. ¿Yo mal, señoras? No hay tal, que las respeto, por Dios! ¿No es harto que un hombre diga Que son mudables, aquí? La que lo fue para mí, a que lo diga me obliga. ¿No podría algún engaño ser causa de esos enojos? Si yo lo vi por mis ojos, ¿qué más claro desengaño? Como eso se suele ver. que no es lo que se imagina. Quien mira y no determina, muy ciego debe de ser. ¿Qué viste, Carlos, que, en fin, os fuerza a tal inconstancia? Al mayor señor de Francia, con mi dama en un jardín. ¿No podría ser que acaso hubiesen entrado allí? No fue acaso para mí, sino muy terrible caso. Nunca un noble caballero de su dama piensa mal. Ni la mujer principal olvida el amor primero. ¿Qué es lo que pensáis hacer, si estáis ya desengañado? Morirme desesperado; que olvidar, no puede ser. Dos mujeres hay aquí que entrambas os quieren bien. Dios se lo pague, y también me dé sufrimiento a mí. ¿Queréis que nos descubramos, y diréis cuál os parece mejor? (Venganza me ofrece amor. Celos, ¿qué aguardamos?) Descubríos para veros; mas para quereros, no. Quien de esta suerte os buscó, Carlos, no quiso ofenderos. Rósela. Pues de mí, seguro estáis de que no la acompañara, si vuestra ofensa tratara. Y vos, daifa, ¿no os quitáis la sobrevaina? Aquí tienes, Turín, tu esposa en agraz. ¡Con qué desollada faz a pescarme el alma vienes! Eres de mis ojos lumbre. Lo de agraz estoy pensando. ¡Plegue a Dios que en madurando no tengamos pesadumbre! Conozco que fue fineza el haber venido aquí, y que, con verte, perdí gran parte de mi tristeza. ¿Cuál hombre, lo que ha querido, en su casa resistió? No haberte ofendido yo, con libertad me ha traído. Si el Príncipe me pregunta si te quiero, y respondí que sí, ¿qué quieres de mí? Esto a los engaños junta, Carlos, de Turín e Inés. ¡Pluguiera a Dios que no hubieras escrito, ni causa dieras para tanto mal después! ¿Para qué tú declarabas lo que ninguno entendía? ¿Para qué? Yo no sabía si era yo de quien hablabas. Perdí, Celia, por saber, al Príncipe, de tal modo, que le desagrado en todo y ya no me puede ver. Con cuanto hago, le enfado; ya no entro donde está, y fui, como sabes ya, su valido el más privado. Celoso estaba de mí, pero no me aborrecía, en tanto que no sabía que era querido de ti. No sé qué habernos de hacer. ¡Mal haya el saber, que ha sido causa de haberme perdido! A muchos daña el saber, cuando es con bachillería. Y aunque sea con prudencia; porque la envidia y la ciencia tienen inmortal porfía. Da el saber sin fundamento, arrogancia y presunción. Los sabios con. discreción humillan su entendimiento. ¿De cuáles te he parecido? Rósela. No sé cómo responderte; pero no quisiera verte, por entendido, perdido. Oigo en la sala rumor. Eso, alguna causa tiene. ¡Por Dios, que dicen que viene el Príncipe, mi señor! ¿A mi aposento? ¿A qué efeto? ¿Hay por dónde salir? Sí. Turín, ya sabes. Aquí veré yo si eres discreto. ¿Vuestra Alteza en mi aposento? Carlos, vengo a visitarte. En mi muy humilde parte, indigno, señor, me siento. Pero de muchas maneras hay visitas: de amistad, de prisión, de enfermedad, o precediendo primeras, a los hombres que han tenido oficio y cargo importante. A ti. Carlos, por amante, como tú dices, querido cargos que debo mirarlos. ¿Yo. señor? ¿Esto te admira? Entra tú. Camilo, y mira esos papeles de Carlos. Hagámosle una visita, que soy supremo juez. Podrás verlos de una vez, si ese deseo te incita, trayéndotelos aquí. ¡Turín ¿Señor? ¿Qué hay de aquello? Desapareció sin vello más que yo, que solo fui el que andaba la tramoya. Entra y saca cuantas prendas ser, Turín, de Celia entiendas. Voy, señor. ¡Aquí fue Troya! No dejes allá ninguna. Hoy, Carlos, para conmigo, con este blando castigo, dio fin tu buena fortuna. Quiero saber el estado que con esta dama tienes. Si como quien eres vienes, ya no temo verte airado. Estos los trastos son de estos amores, como quien muda casa. ¡Buen retrato! Si como la hermosura fuese el trato... ¿Gallarda es Celia! Temo, si la miras y con tanta atención la consideras, que es bastante a quitar mayores iras. ¿Adónde nacen tan hermosas fieras? Pero ¿qué viene aquí? Papeles vienen. ¿Qué negocios tendrán? Amores tienen. ¿Con cinta negra? ¡Bueno! Desde el día que supe que tu Alteza la servía, la puse negra y la quité la verde. ¡Qué puntualmente! ¿Qué se pierde? Ya, señor, que barajas los papeles, mira si tomas de mi Inés alguno. Con tu licencia, Carlos, leamos uno. "Carlos mío: Yo estoy desatinada de verte celoso del Príncipe, tan inferior a tus partes como superior a tu nombre; yo le aborrezco galán cuanto le estimo señor. Si me respondieres, sea amores; porque, si no, él me pagará en desdenes lo que tú me dijeres de disparates." No está en culto el papelillo. ¡Pluguiera a Dios lo estuviera para que no lo entendiera Que leas me maravillo. "Esos cabellos corté para ti, porque hoy, tocándome, me parecieron bien, y luego quise fue se tuyo lo que me parece bien; no han sobrado al peine, como tú querías humilde; guárdalos. Carlos, que algún príncipe diera por ellos lo que yo te doy a ti por que los estimes." ¡En todo tengo de entrar! Malilla debo de ser. ¿Quieres dejar de leer? Quisiera dejar de amar. ¿Dónde están estos cabellos? Aquí están. Que diera yo, como Celia imaginó, lo que ella dice por ellos. ¿Qué es eso de oro? Una banda. También tendrá su papel. No más, que el amor cruel tanto conmigo lo anda. Por lo que en esto conciben imaginar y envidiar. que me hace enamorar de papeles que a otro escriben. Tomad aquese retrato y llevadle a mi aposento. Perdidísimo te siento. Amo un corazón ingrato. Me espanto de que no mandes que con hachas le llevemos. No son súbitos extremos, sino sentimientos grandes. ¡Bueno quedas! Aun apenas pienso que pasa por mí, Turín, lo que he visto aquí, si apenas se sienten penas. ¿Hase usado tal rigor? Bravos, de celos efetos. ¡Que no haya celos discretos, siendo tan discreto amor! ¿Allá se lleva el retrato! ¿Quién vio saquear los celos al amor? ¡Valedme, cielos! ¡Vive Dios, que ha sido ingrato al tiempo que le has servido! ¿No hay a apelar de este agravio? Seas bien venido, Otavio. No sé si soy bien venido. Déjanos solos, Turín. Aquí me voy a tomar los polvos de estornudar. Tendrás desdichado fin. La tristeza con que vienes y el decirme que no sabes si eres bien venido, Otavio, me ha dado pena notable. ¿Es del Príncipe, por dicha? Si no nos escucha nadie, sabrás, Carlos, a qué vengo. Seguro puedes hablarme, aunque las paredes oyen, por que los hombres se guarden. Peor es un falso amigo que dice lo que no sabe, y lo que entre sí presume publica por todas partes. No serás tú de esos hombres. Carlos, mandome matarte el Príncipe, con secreto, que no quiero dilatarme en prólogos excusados. Conocerás, de avisarte, cuán lejos estoy de hacerlo mas, por que no te matase, si yo lo negaba, alguno de mil que se persuaden que basta, para ser justo, que el poder lo injusto mande, aceté el darte la muerte y como si te mirase ya con la envidia que muchos, que con tu virtud deshaces, aprueban su injusto acuerdo que, a fe, que si freno hallasen los que consultan lisonjas y todo lo juzgan fácil, que acertasen, Carlos, más, y en lo más, menos errasen. ¡Turbado estoy No te turbes, pues tan buen amigo hallaste para tan fuerte ocasión. Ya no quiero que me abraces, sino que me des tus pies. Mejor es que te levantes y con toda brevedad, de nuestro remedio trates; que el mío es mayor peligro. Di, Otavio, que me mataste; que yo, en hábito seguro, me iré a Alemania, o a Flandes, donde no sepan de mí. ¡Qué bien, Carlos, empleaste tantos servicios! Quisiera de nuevo agora obligarle. ¡Que tanto pudiesen celos! Dice que tú le engañaste, y que, traidor, te castiga. Bien puedo yo disculparme corno Adán, pues por saber, vine a estado miserable, dejando que Celia, Otavio, que era justo que mostrase, por privilegio de amor, defenderme y engañarle. Es menester que los dos vamos juntos esta tarde, en dos caballos, al campo, sin escuderos y pajes, por que yo pueda decir que en él te maté, y tornarte puedes a París de noche. Ya los del Consejo salen. Vamos a tomar caballos, y el cielo, Otavio, te pague esta vida que te debo; porque yo no soy bastante, aunque fuese esclavo tuyo. Con saber me satisfaces, Carlos, que te quiero bien. Dios te libre. Dios te guarde. No soy amigo, Camilo, de que en cosas de mi gusto me digas si es justo o injusto; que ese término y estilo no es oficio de criado. Porque te has de arrepentir, señor, me atreví a decir que habiéndole desterrado asegurabas tus celos, con menos culpa y rigor. La sentencia fue de amor, que es poderoso en los ciclos. Las más figuras que puso la antigüedad en él fueron los que por amor murieron: de estas estrellas compuso aquel manto celestial la profunda astrología; aquella filosofía fue la más grave y moral. Muera Carlos, por traidor. Por saber muere, a lo menos. Pues muera entre muchos buenos, que ignorar fuera mejor. Sea la esfinge de Tebas hoy, Celia, para los dos. ¡Lástima ha sido, por Dios! ¡Dame albricias! ¿De qué nuevas? Inés aguarda en la sala. Pensé que en Roan o en Bles. Dila que entre, majadero. Albricias quise primero. Entra, Inés. Dame tus pies. ¿Qué milagro es éste, di? Que me has dado qué pensar. Tus pies me manda besar Celia, y te escribe. ¿A mí? Sí. ¿En qué negocio? El papel es lengua de todo ausente. Siempre la tengo presente. Veré lo que dice en él. "Vuestra Alteza tiene ciertos papeles míos y mi retrato. Dígame en la margen de este a qué quiere feriármelos: que, aunque no son ganados en buena guerra, las obligaciones de mi honor me obligan a rescatarlos." ¡Camilo! ¿Señor? Al punto lleve retrato y papeles Inés. Con la fama vueles de César y Aquiles junto. por tal liberalidad. ¡Ah! Persio, dárselos puede. Ven, Inés. ¡Por Dios, que excede a toda temeridad, lo intrépido, lo terrible de esta mujer! Bien pudiera tu Alteza, a cosa que fuera a sus desdenes posible, feriar retrato y papeles. No lo dije, porque quiero verla, Camilo, primero; que, como son tan crueles, será bien, sin darle aviso. El duque Otavio, señor. Vete, que ya su color muestra que no fue remiso en obedecer mi gusto. ¿Qué hay, Otavio? Ya, señor, se ejecutó con rigor tu gusto, justo o injusto. ¿Cómo? Salimos al campo en dos caballos, señor, cuando ya en el mar de Atlante los suyos bañaba el sol. Díjele en París que había visto en un jardín la flor de Francia, en cierta madama. de cuya conversación quedé una tarde cautivo, y que, teniendo temor a ciertos hermanos suyos, cuya valiente opinión era conocida en Flandes y en Alemania mejor, confiaba de él mi vida, si se ofreciese ocasión. Díjome que llevaría, que es la defensa mayor, en un tahalí dos pistolas; y, aunque entonces me pesó, por que no entrase en sospecha, que es profeta el corazón, le dije que era acertado; porque nunca defendió la prevención de las armas al que matan a traición. Salió Carlos tan gallardo y de tal disposición, que no sé cómo no pudo la estrella con que nació librarle de este peligro, pues que tanta perfección en las letras y en las armas liberalmente le dio. Yace a legua de París un bosque que fabricó Dédalo naturaleza para laberinto al sol: ahí, la caza y las fieras, la calandria y ruiseñor, por verdes rejas le miran, que por cielo abierto, no. En la margen de un arroyo, cuya verde guarnición la primavera francesa de lirios de oro vistió, un castillo tiene, a quien la puerta adorna el blasón de mis nobles ascendientes; y aquí llegamos los dos: la dama que le decía, fue un villano cazador que, saliendo del castillo luego que llegar nos vio, haciendo blanco del pecho, el polvo ardiente sembró por el aire, y todo el plomo, desde el pecho al corazón. Cayó Carlos de la suerte que, por loca presunción, florido almendro en febrero derriba cierzo veloz, o como la hermosa garza, herida del pardo halcón, baja del aire a la tierra, teñida en sangriento humor. Fue a decir: "¡Traición, Otavio!", cuando, rota la razón, metió la muerte el cuchillo entre la vida y la voz. Eché el cuerpo en una acequia, y de sepulcro y de honor sirvieron, señor, las piedras con que cubierto quedó. Di al villano mil escudos, mas con una condición: que no parase hasta ver tierra de puerto español. Mas ¿qué suspensión es ésa? Presumo, Delfín, ¡por Dios!, que te ha pesado su muerte, después de la ejecución. El alma me has visto, Otavio. Diera a París por no haber muerto a Carlos. ¿Qué he de hacer? Mozo tan gallardo y sabio, no es mucho que te lastime. ¡Oh, cómo ha sido mal hecho! Lágrimas me pide el pecho; ya como sombra le oprime. ¡Oh celos, fiero accidente! Aunque llorando se va, no diré que vivo está, por si finge o se arrepiente. Ejecutan poderosos su mudable condición, y en un mismo tiempo son vengativos y piadosos. ¿Qué piensan los ofendidos? ¿Qué intentan los agraviados, si apenas están vengados, cuando están arrepentidos? Aguardé que anocheciese. por no traer el retrato en público. Ese recato quiso el cielo que os debiese, ya que tan grosera fui en pedírsele a su Alteza. Mucho de su gentileza en esta acción conocí. Estos, los papeles son. Ponlos, Inés, donde sabes. Rósela. Causa tienes por que alabes el valor y discreción, Celia, de su Alteza. Quedo tan obligada, que ya dos veces dueño será de cuanto ofrecerle puedo. Pagadle tan grande amor. Siempre ha sido de mí amado, por las leyes de mi estado y licencia de mi honor. Esto, Persio, le diréis, y el cielo os guarde. Y a vos os dé, hermosa Celia, Dios lo mismo que merecéis. Pienso que de haber pedido estas prendas te arrepientes. Por muchos inconvenientes, forzoso. Rósela, ha sido. ¿Quién, Celia, salió de aquí? Un pintor que me traía ese retrato, que había copiado, habrá un mes, sin raí, por otro que vio pequeño. Bien está. ¿Qué traes? No sé. Pues no te agrada, no fue diestro en el arte su dueño. ¿O lo causa el mal humor? Rósela. Es de la pintura el arte tal, que una mínima parte no alcanza el mayor pintor. Triste estás. Dime. ¿qué tienes? ¿Hante dado celos? No. Más causa rae entristeció. Rósela. Perdido, Rugero, vienes. no nos suspendas ansí! No sé por dónde comience; que, tanto el dolor me vence, que aún no viene el alma en mí. Pero ¡qué mucho, si ya Carlos la llevó consigo i Carlos, mi mayor amigo! ¡Carlos, que sin ella está! ¡Carlos, que era el mismo ser del ser por quien era yo! ¿Carlos dices que murió? No, que yo debo de ser. Entré a buscarle, y estaban sus criados dando voces ya tú las partes conoces por donde a Carlos amaban. Pregúnteles la ocasión, y su muerte me dijeron, si bien en contarla fueron de diferente opinión. Pero lo cierto, que el mal siempre es cierto, es que le han traidores. [muerto Rósela. Será muy cierto, pues era Carlos leal. Pero ¿el Príncipe no manda que se haga información? Cuando es grave la ocasión, la justicia a escuras anda. Parte, hermano, ¡por tu vida! e infórmate bien del caso. Voy, con tan helado paso, que llevo el alma rendida. Habla, que Rugero es ido. Vuelve en ti. Ya no podré; y si vivo, no tendré alma, vida ni sentido. Pero, quién fue culpa, muera. ¡No es razón que viva más, muerto Carlos! ¿Dónde vas? ¡Voy a despeñarme! Espera. ¡Jesús! ¿Es Carlos? Yo soy. ¿No eres muerto? ¿Es Carlos? Sí. Pudiera serlo, por ti. —No sé si seguro estoy. Bien puedes. Habla. Si Otavio no fuera a quien le mandó el Príncipe, de quien yo supe tan injusto agravio. El consejo, al fin, más sabio fue que al Príncipe dijese, luego que a verle volviese, que en el campo me mató con una bala, y que yo de toda Francia me fuese. Sin verte y ver a Rugero. no quise. Dame tus brazos con los últimos abrazos. ¿Qué dices? Partirme quiero donde no sepan que muero, porque con menos violencia se vengue de mi inocencia; y tú no te ofendas de él, que mal se guardó fiel quien vive en eterna ausencia. Es tan breve mi partida como el peligro responde ni puedo decirte dónde, que le va a Otavio la vida. Quien queda, todo lo olvida, de que más pena recibo, de ver que me quedé vivo; mas no vivo, muerto estoy, pues para partirme estoy, puesto ya el pie en el estribo. No hay morir como partir sin saber dónde parar, pues ya no hay tierra ni mar adonde pueda vivir. Yo voy, en fin, a morir con la pena de no verte, con el dolor de perderte, con la fe de no olvidarte, y de celoso en dejarte con las ansias de la muerte. Si pudieras escribirme, o yo escribirte pudiera, vida de mi muerte fuera el saber que estabas firme mas ni tú puedes decirme, no sabiendo dónde vivo: "Carlos, tus cartas recibo", para volverme a escribir, ni yo te puedo decir "Señora, aquesta te escribo"... Tan mal a partirme acierto, que piensa mi loco amor que hubiera sido mejor que Otavio me hubiera muerto. No fue remedio el concierto, si a la muerte me apercibo: pues, en mal tan excesivo, seguro puedo decir que allá no podré vivir, pues partir no puedo vivo. Si tuviera confianza de verte algún tiempo, creo que entretuviera el deseo la más pequeña esperanza; mas fue para su venganza un poderoso tan fuerte, que me ha de llevar mi suerte donde no sepas de mí, ni yo, señora, de ti, cuanto más volver a verte. Carlos, tú vive; que alcanza tantas cosas el vivir, que solamente el morir es el fin de la esperanza. Terrible fue la venganza que toma el Príncipe así, pues tú me matas a mí. ¡Quién presumiera que fuera tal mi fortuna que hiciera veneno, Carlos, de ti! Dudar que he de ser quien soy es cruel ingratitud. De proseguir mi virtud, Carlos, palabra te doy. Para el peligro en que estoy, vana fue mi diligencia. No puedo hacer resistencia; pero puedo asegurarte que sabrá, Carlos, amarte, mujer y firme en ausencia. Mil veces solicité de mi pecho asegurarte, ya que prendas puedo darte, si mi verdad no lo fue. La misma fui que seré, o no seré; que el perderte ya son principios de muerte, con que no habrás menester ni de mi vida saber, ni yo de volver a verte. Supremo ha sido el poder que a los dos nos apartó, porque no pudiera yo otro ninguno temer; mas no ha de poder hacer que nuestras almas divida tiempo, que todo lo olvida; que aun morir será de suerte que tú vivas con mi muerte y yo muera con tu vida. Dadme los brazos, y adiós, i Ea, Rósela!,; no llegas? El alma y brazos son tuyos. ¿Qué aguardas, hermosa Celia? ¡Ay, señora! De un caballo agora el Delfín se apea, que, con Camilo a las ancas, llegó furioso a la puerta; y, preguntando por ti, sube sin pedir licencia. Métete, Carlos, detrás de ese retrato. ¿Qué esperas? En fe de imagen que es tuya, le tomo por mi defensa. ¿Tanto alboroto por mí? ¿Soy áspid en verde hierba? ¿Soy dragón? ¿Soy alma en sombra? ¿Soy, por dicha, hermosa Celia, como Roma le tenía, anfiteatro de fieras? ¿No soy hombre? ¿A quién jamás hice yo agravio ni fuerza? A feriar vengo, señora, este retrato y las prendas que vos misma me pediste esto no ha sido violencia. No os turbéis, pues no es razón. sino hagamos estas ferias para que yo aquesta noche con más esperanza vuelva de la que hasta agora tuve, si fue justo que merezca perdón quien de toda Francia tiene la llave maestra. Cortés llego a vuestra casa; el rey no pide licencia, que es privilegio del sol que pueda entrar donde quiera. Muy poco favor me hacéis. Confieso que fue imprudencia, invictísimo señor, alterarme, pues pudiera confiarme, cuando os vi, la naturaleza vuestra, que entre deidad y ser hombre compone humildad y alteza. Mil veces honréis la hechura que ser tan vuestra profesa. Mirad, pues, cómo han de ser las ferias para que de ellas quede aquesta casa honrada que, como sabéis, hereda Rugero a Aurelio, mi padre, cuya espada, en tantas guerras del vuestro bañada en sangre, del tahalí bordado cuelga entre enemigos despojos que en su recamara ensenan, aunque de armas, librería. Lo que hacer Rugero deba cuando se os ofrezca a vos, que por vos la sangre vierta. Yo, Celia, en ferias de amor quiero que las mías sean pagarme el que os he tenido. Soy contenta; ya están hechas. Esto es cuanto a papeles. Cuanto a cabellos y prendas como bandas y otras cosas, quiero que me deis licencia para veniros a ver. Pues ¿quién, señor, os lo niega: Bésoos mil veces las manos. ¡Bien las ferias se conciertan! ¿Qué pedirá, que le niegue? Restan solamente, Celia, las ferias de este retrato. ¿Y qué quiere vuestra Alteza? Esas manos, con los brazos, para que más firmes sean estas nuevas amistades. Eso no es justo que tenga efeto, pues yo no pude obligar mi honor por fuerza, que es siempre menor de edad. Vuestra Alteza se divierta de este pensamiento agora, y fuera de él, mire y vea lo que de mi casa quiere. ¿Querré yo alguna cadena, alguna joya o sortija? Ahora bien, ¿estáis resuelta, madama, a tratarme ansí? Si cosa posible fuera, ¿quién la pudiera negar? ¿Luego de esa suerte queda este retrato por mío? Como vuestra Alteza quiera, se le llevarán mañana. No quiero yo cosa vuestra, pues la voluntad no es mía; y por que nadie le tenga, con rabia de despreciado le he de hacer pedazos. Tenga, señor, tu Alteza las manos. ¿Quién es? Quien para defensa de su vida halló esta imagen. ¡Jesús! ¿Eres Carlos? Era Carlos, cuando Dios quería. ¿Hay tal maldad e insolencia? ¿Que no eres muerto? Guárdeme para tu mano; que fuera deshonor de mis pasados el morir por mano ajena y con fama de traidor. Rugero y Otavio llegan. Allí te retira, Carlos. i Señor! ¿Aquí vuestra Alteza? ¡Tantas honras en mí casa! Basta, Rugero, ser vuestra. Señor, ya que os hallo aquí, aunque de hallaros me pesa, hacer que Otavio me diga en qué parte muerto queda Carlos, mi amado señor, que dicen que en una selva le mataron salteadores, y aun no faltan malas lenguas que dicen que está culpado, si fueron celos de Duque. Señor. ¿Qué hay de Carlos? Dadnos de su vida cuenta. ¿Fuisteis con él? Yo fui, y de un castillo a la puerta que estaba en medio de un bosque, con espantosa respuesta le tiraron una bala. Como tienen dependencia los reyes de Dios, también mentirles es grave ofensa. Salid, Carlos. Aquí estoy, i San Blas! Que te atiente deja. Él es. ¿Qué lo estoy dudando? Otavio. que Carlos quiera vivir, es cosa forzosa y naturaleza nuestra; mas que yo matarle os mande, y vos, con desobediencia, le dejéis vivo, no tiene disculpa. Escuche tu Alteza; cuando le dije su muerte, ¿no le pesó, y no quisiera que fuera vivo? Es verdad. ¿No lloró? Lloré de pena. Pues como yo lo sabía, y que en viendo que lo era se había de arrepentir. que era acción de su grandeza. quise hacerle este servicio para que me le agradezca vuestra Alteza y toda Francia. Que yo perdón os conceda es justo, por tal disculpa: mas cortarle la cabeza a Carlos será forzoso, por tantas desobediencias; que aunque no sean traiciones, hay muchas que lo parezcan. Llévenle preso, y su alcaide no quiero que Otavio sea, porque buscará invención para que Carlos no muera. Señor, si el matar a Carlos es por interés de Celia, dadle la vida por mí, y acabaremos las ferias; porque yo le estimo tanto que seré como Lucrecia, entrando con mi virtud la venganza en competencia. Alma de vida inmortal es el honor que se venga; veisme aquí sin voluntad, ejecutad vuestra fuerza. Eso no; yo he de morir antes que sufrir tu afrenta. Yo quiero tu vida, Carlos. ¿Qué importa que tú la quieras? Esto ha de ser. No ha de ser. Tan amorosa pendencia un tercero ha menester. Rugero. Señor. A Celia demos a Carlos. Palabra digna de vuestra grandeza. Otavio, por tanto gusto como las fingidas nuevas de Carlos quedando vivo, le dé la mano a Rósela. ¿Y para Turín, no hay nada? ¿No sobra una de aquellas que pescan los holandeses? La mano, salada o fresca, toca, Inés. ¡Viva el Delfín de Francia! Aquí dio el poeta, senado, en vuestro servicio, fin al ejemplo, en que prueba que el saber puede dañar, aunque imposible parezca.