Texto digital de El rey fingido y amores de Sancha
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Cepeda Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El rey fingido y amores de Sancha. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/rey-fingido-y-amores-de-sancha-el.

EL REY FINGIDO Y AMORES DE SANCHA
REY FINGIDO Y AMORES DE SANCHA LOPE DE VEGA JORNADA PRIMERA ¿Es posible, duque Urbano, que a cinco leguas estoy de París, donde entro hoy a dar de esposo la mano, y con tan grande interese como alcanzar la Princesa? Pues ¿qué admiración es esa y qué santiguarte es ese? ¿No dirás de qué te admiras, que haces tantos extremos? ¡Vémonos donde nos vemos y en que me santigüe miras! ¿No hay razón de que me espante, si te veo donde estás y considero que vas a... Di, prosigue adelante. A casarte, señor, digo con la Princesa francesa. ¿No sabes que la Princesa no puede casar contigo? Di por qué razón. ¿No es llano? ¿No eres tú aquel encubierto que dejó una noche muerto dentro en Palacio a su hermano, porque te halló hablando con ella por el jardín? Yo soy; pero ¿a qué fin vamos cosas renovando? ¿A qué fin? Yo lo diré, que no voy fuera de cuento. Veo que este casamiento no se puede hacer. ¿Por qué? Porque, como sabes bien, ha propuesto el Rey francés que, como por interés a su hija no le den al matador en la mano, no la tiene de casar. Pues si esto no puedes dar, ¿no está el porqué en la mano? Y si eres tú el matador, y el que vienes a casarte, mal, si a ti mismo has de darte, has de quedar por señor. Porque no se compadecen desposado y entregado, si entregado y desposado tanto en todo se parecen. Y aparécense estos dos de modo entre si siendo uno, que parece todo uno. Créolo, a fe. Sí, por Dios. Pero de una vez aparte aqueste enigma se explique, porque ya te veo a pique de entregarte y de casarte, y esto no es sin fundamento. Dime: ¿quién se ha de entregar o quién se viene a casar? Que me place. Escucha atento: De Portugal, donde reino, salí habrá como dos años, y viendo reinos extraños llegué, en efeto, a este reino, adonde vi la Princesa; y vista, nació de vella desear casar con ella, aunque indigno de la impresa. Y lo que por pasatiempo comencé, hízose fuerza; en fin, quédeme por fuerza en Francia por algún tiempo, donde serví al Rey en nombre de un noble barón de Europa, luego de paje de copa y después de gentilhombre. A todos viví encubierto, sino solo a la Princesa; y dándome el amor priesa, le hablé un día descubierto, y de ella, al fin, conocido y conocido mi pecho, dio en quererme de hecho y vime favorecido. Mas como ya trae el cielo el ser mudable fortuna, cuando ya me vi en la luna vi mi gloria por el suelo; que una noche que en el huerto a la Princesa hablaba, su hermano, que heredaba a Francia, vio el huerto abierto, y, celoso de su honor, con dos criados entró, y como hablando me vio, encendido de furor, quiso vengar el agravio. Puso mano, y yo también, y defendime tan bien, que le maté, y murió Fabio. Y yo en haciendo la suerte. antes que tuviese espacio de alborotarse el Palacio, escápeme de la muerte. Una nao hallé en el puerto, en que me fui a Portugal, y el Francés, llevó tan mal el haber a su hijo muerto, que ha jurado de no dar a ninguno esta doncella, que, después de ser muy bella, el reino viene a heredar, sino a quien de cualquier suerte, antes le entregare preso a aquel que hizo el exceso de dar a su hijo muerte. Y yo este concierto he hecho y le vengo hoy a cumplir. Pues, Rey... Lo que has de decir entiendo; quieta el pecho. Tendrás, Duque, a disparate que, siendo yo el contenido y el matador conocido, de venir a casar trate. No me espanto que te espantes, que imposible era, y no hay duda a no tener quien me acuda en negocios semejantes. Pero, teniendo yo en ti el fiel vasallo que tengo, tan cierto del premio vengo que ya lo juzgo por mí. Quiero que, pues que tú eres aquí tan desconocido como yo soy conocido por el matador, si quieres, tu estado y tu nombre niegues, y entrándote tú a casar en mi nombre y mi lugar, por el reo a mí me entregues. Pues, yo vendido por ti y tú por el delincuente, ¿qué medio es tan conveniente el que resulta de aquí? Resultan, Duque, dos cosas, que prometen buen suceso, y son que, cuando yo preso y tú por mí te desposas. y esto como bien se note, hace mucho por mi parte; pero no has de desposarte por mano de sacerdote, sino así, muy levemente, y por palabra no más, dilatando lo demás a tu reino y a tu gente. Y esto, hecho de este modo, por más diligencia y priesa de llevar a la Princesa, y llevarla es fácil todo, que cuando yo acá me quede, aunque condenado a muerte,: ya está el negocio de suerte que el Rey matarme no puede. Porque, sabiendo quién soy, y que tú en mi reino tienes a la Princesa en rehenes, ' libre de la muerte estoy; que conociendo el engaño, claro está de averiguar que me querrá el Rey guardar por guardar su hija de daño. ¿Qué me dices de esta traza? Es, Rey, como tuya, en fin. Pues para tener buen fin aquesto que aquí se traza mucho, Duque, importará una diligencia sola. Llamad un criado. ¡Hola! ¡Señor! Fabio, ven acá. A cuantos traigo conmigo me trae luego a mi presencia para cierta deligencia. Fabio, ¿A todos? a todos digo; desde el propio cocinero me llama hasta el mejor de mi cámara. Señor, ¿qué es lo que hacer quieres? Decirles a todos juntos como quedas en mi nombre, que entre ellos no haya hombre que contigo mire en puntos, sino que, en tanto que rey te finjas, guarden secreto y te tengan el respeto que a mí me deben de ley. Más falta. ¿Qué? Si he de entrar como rey, dame licencia de usar de magnificencia que en un rey es propio usar. • Tanto más un rey se estima cuanto se muestra más franco. Cien firmas te daré en blanco, y escribe a tu gusto encima. Y desde aquí doy por hecho cuanto tú por hecho dieres. ¿Vienen? Como "quieres" no rima con "cocinero", quizás aquel verso lo diga el Rey en esta forma: "¿Qué es lo que hacer quiero?" Señor, sí; y si quieres. entraran. Entren a hecho. a todos os he llamado a cierta cosa, en efeto: a encargaros un secreto que pide mucho cuidado. El secreto es que ya veis que cinco leguas estoy de París, adonde voy a casarme. Pues sabréis que este que se entra a casar no soy, por agora, yo. ¿Que no eres tú, señor? No; que el Duque por mí ha de entrar. Desde el menor al mayor, desde el más torpe al más sabio, ninguno menee el labio que no le llame señor, guardándole aquel respecto en todo que un rey requiere, y el que morir no quisiere no me revele el secreto. ¿Habeisme entendido bien? Todos, señor, te entendemos, y cual lo mandas haremos. Yo también. Y yo también. ¡Por Dios, que yo quedo bueno! ¡Caro nos cuesta el camino! ¿Qué os cuesta? El no beber vino, o diré lo mío y lo ajeno. ¡Bravo oficial de una taza! Señor mozo de caballos, calle, o váyase a limpiarlos, que el beber no es almohaza. Idos, pues; vais avisados, y mete a ese por camino. ¡Hola! Quítenle a ese el vino. Pues cáguense en los guisados. Ya esto queda en buen punto, y parece que ya es tarde, no es razón que más se aguarde; partamos luego al punto. Venid, mandaré partir la recámara adelante, por que os mostréis pujante, porque en mi nombre habéis de ir. Luego os daré las cien firmas en blanco que os prometí. El valor que veo en ti, señor, con eso confirmas. Partamos, que es hora ya que subamos a caballo. ¡Que veo rey a mi vasallo! Pues lo más por ver está. Quedaos allá fuera todas, que más ventanas hay que esta. Amor, no entiendo esta fiesta. ¿Qué entrada es esta o qué bodas? ¿Qué esposo es el que me das? Porque, o yo imagino mal, o no es el de Portugal. Pues si es otro es por demás, que solo he de ser mujer del Príncipe portugués; y entender que este lo es. es falso; no puede ser que, siendo tan conocido por el que mató a mi hermano, no ser él está en la mano, que, a serlo, fuera atrevido. Que no hay persona en que llegue la locura a tanto exceso. que donde le quieren preso por desposado se entregue. Pues ser otro no es posible, porque el que me ha de llevar al mismo lo ha de entregar, o llevarme es imposible, ¡Oh, pesada confusión! ¿Hay alguien ahí fuera? ¡Hola! ¿Hoy es día de estar sola mi señora en el balcón? ¿Qué hay, Pinardo? He estado un poco en el campo. ¿Qué hay del campo? Si te lo pinto y estampo como está, no haré poco. Ha salido a ver tu esposo toda la flor de París, y, en fin, como es flor de lis, tiene todo el campo hermoso. En resolución, señora: los galanes y las galas que ocupan tus reales salas ocupan el campo agora. Muchos coches y carrozas con muchas damas al uso y, en fin, en tropel confuso la flor del reino que gozas. ¿Y si dicen a qué hora entra? De aquí a un momento, que los que al recibimiento han de ir salieron ya. Por ti invía el Rey, señora, porque llega ya el Rey cerca, y viendo que está tan cerca y que se llega la hora, quiere que estés tú con él al tiempo de recebirlo. Pues si el Rey quiere cumplirlo, ya vamos. ¡Ah, golpe cruel! ¿y el Rey? Ya el recibimiento llega. En hora buena venga. ¡Hola! Haced que se detenga allá el acompañamiento. ¿Subirán los Grandes? Sí. ¿No desciende la Princesa? Ya desciende. Dadle priesa. No es menester; ya está aquí. Ya llega a media escalera el Rey. Mucho huelgo de eso. Tus reales manos beso. Lo mismo hace el que espera. ¿Qué tal llegáis? Señor, llego como el que llega a tener a tu hija por mujer. Ves aquí al preso te entrego. Yo lo recibo. ¡Ah, cruel, cuya muerte ya se tarda! Marqués, a vos se os dé en guarda. Yo me hago cargo del. (¿Qué es lo que veo? ¡Ay de mí I ¿El preso no es el que adoro? ¡Ay, que no en balde lloro! ¡Grande misterio hay aquí!) Venga un sacerdote al punto, Rey, que estoy tan deseoso ser ya de tu hija esposo, que no quiero perder punto. Venga un arzobispo presto, que nos tome las manos, (Este me coge a las manos. ¡Triste! ¿Qué haré en esto?) (¿Esto es porque me alborote, o quiéreme este burlar? Mas.., ¿si se hiciese casar por mano de sacerdote?) Por que su dolor no borre mi placer, quería que el preso, Rey, se lleve. Justo es eso. Marqués, llevadlo a una torre, y llámese el cardenal porque luego los despose. La razón hace que ose hablar, aunque haga mal. Tú tienes agora, señor, dos cosas graves que hacer: una de mucho placer, otra de mucho dolor. La una es desposarme a mí, otra dar al preso muerte, pues dos cosas de esta suerte ¿has de atropellar así? Si son dos, triste y alegre, ¿no vale más comenzar por tristeza y acabar después en cosa que alegre? Si acertar quieres, empieza agora, por el presente, pues tienes el delincuente, en cortarle la cabeza, que tiempo hay en que se trate después de mi casamiento; es cosa, en fin, de contento, y dará mejor remate. Consideración tan buena justo es, hija, que se alabe. Mejor es, Rey, que se acabe esto en gusto que no en pena. Tanta es la que me ha de dar el dilatarlo, señor, que no puede ser mayor la que el preso ha de pasar. Mas ya que se le da gusto hoy en eso a la Princesa, justo será darse priesa en matar al preso. Justo. Digo que es justo, de suerte que al momento acudo a eso, que ya está hecho el proceso, no hay más que darle la muerte. Que el término que he de darle de hoy no tiene que salir. Vamos. (¡Que viene a morir por donde pensé salvarle!) Señor, ¿en qué andas? Detén a ese Paje. Amigo. ¿A mí, señor? A ti digo. El Rey llama. ¿Qué me mandas? (¡Oh, qué punto tan sutil!) ¿Servís al Rey? Sí, señor. Tráeme al aposentador, y con él a un alguacil. Fabio, Señor, ¿qué es esto que traes que cuidadoso te siento? Qué, ¿tan sin conocimiento eres que en ello no caes? Sabe que tan bien me hallo con aquesto de ser rey, que pienso, aunque contra ley, no volver a ser vasallo. Que he fiado este secreto de ti porque eres hermano, y porque ha de ir por tu mano para que venga, en efeto. Y como tiro a este blanco, todo el tiempo le prevengo, y agora cien firmas tengo, dadas por el Rey, en blanco. Cien provisiones he hecho cuyo tenor, Fabio, es tal, que el Rey de Portugal quedaré por mí de hecho. Porque lo que en sí contienen debajo de bravas fuerzas, es que te entreguen las fuerzas del reino los que las tienen, en razón de que lo manda así la real persona, porque importa a su corona por cierto escándalo que anda aquí, y yo mataré al Rey, o me andarán estas mal, y tú, ido a Portugal, tu mentira ha de ser ley, porque con las provisiones en un mes, o a lo más largo, tendrás las fuerzas a cargo. Pero mira en quién las pones, y, quitadas por cautela, has de mirar que se den, dejados los que poseen, a (hombres de mi parentela. Gente que cuando yo torne halle de mi mano el reino, porque si yo un día reino, nadie habrá que me trastorne. A lo que mandaste ha venido aquella gente. Entre. Entrad. ¿Qué manda su majestad en que puedas ser servido? ¿Ah, aposentador? Señor. Cosa a mi honor conveniente. Haz que se prenda mi gente desde el menor al mayor. Idos los dos requiriendo las posadas donde están, que bien cierto es que estarán reposados y durmiendo. Es el mejor de los modos que pueda darse en cogerlos. En fin, ¿que hemos de prenderlos a todos? Sí, amigo, a todos, del más bajo al más bizarro. Y presos, ¿adónde han de ir? Presos, los haréis subir, con guardas encima un carro, y al campo los sacaréis por la puerta que yo entré, porque ya yo ahí terne hombre a quien los entreguéis. Vamos. Mira que conviene que se haga con cuidado. Esto que agora he mandado su misterio, amigo, tiene; que con esto hago prender a cuantos vienen conmigo, porque no quede testigo que pueda echarme a perder. Que claro es que cuando trate como, en fin, pienso tratar, mañana de degollar al Rey, y cuando lo mate, dirán aquestos quién es y me dejarán perdido. Muy buena advertencia ha sido. Oye lo que falta, pues. Toma las cien provisiones, que aquí las tengo en mi pecho, y da por hecho mi hecho si cuidado en ello pones Ponte luego en camino y ve al campo brevemente, y cuando salga la gente presa, saldrás al camino, que ya te conocen ésos, al fin, por criado mío, y diles que a ti te envío para entregarte los presos. Pero apenas se te entreguen cuando, tomando la vía, no pares noche ni día hasta que a Portugal llegues, y allá ponlos en prisión, en llegando, de secreto. Y será de gente efeto, señor, esa prevención. Vete, pues, y en lo demás, de las firmas, ya me entiendes. Fía, que nada pretendes que no desee yo más. Sola una deligencia queda agora por hacer, de un riesgo que puede haber si no se tiene advertencia. Y es que cuando al Rey le aprieten tanto, que se vea morir, de fuerza habrá de decir quién es por que le respeten. Mas de una cosa me alegro, que traza no ha de faltar con que le haga a su pesar que no lo creo, su suegro; yo haré que a voces pregone quién es, y no sea creído. ¡Fortuna, favor te pido, que industria harta se pone! Lo mejor que ha de tener esto es no haber alboroto. Como conejos en soto los habernos de coger. ¿Y los desotras posadas? Presos quedan, y a recado. ¿Dónde está el huésped? Ha entrado a quitarles las espadas. Nada podrían hacer más bueno para prenderlos, que hay hombres graves entre ellos y querranse defender. Cuantas armas hallé dentro traigo, señor. Entrar puede. Pues vuesa merced se quede aquí en cuanto yo entro. ¡Por Dios, que a ellos les vino un hermoso quitasueño! ¿Tengo de tomar un leño? Ande, señor todo vino. ¿No me pondré esotra calza, señor todo valentía? Persona como la mía ¿ha de ir desnuda y descalza? ¿Esto puédese sufrir? Déjenme tomar mi capa. La noche todo lo tapa. ¿Qué se cansan, que así han de ir? ¿Había más alguaciles? ¿Veis vos más de un alguacil? Siempre a un borracho un candil se le hacen cien candiles. ¡Ah, señor rascacaballos! ¿Pues vueseñoría viene aquí a pie, siendo que tiene de su mano los caballos? ¿Que esto paso por lo alto? Galán, cesen los desgarros. ¡Hola, vayan a los carros! Luego irán. ¿Luego? En un salto Ya te he contado mi mal y del Duque la traición. Mira si tengo razón, Marqués, de estar con él tal. Mas ¿luego me conociste? Al punto te conocí, señor, y el trueco entendí que con el Duque heciste. Mas no hice nada en ello, porque si te conocí y vuestro trueco entendí, tenía por qué entenderlo. Porque tú solo no has sido el que fuera de tu Estado has vivido enamorado en traje desconocido. Que también yo, Rey, viví, por mi bien o por mi mal, algún tiempo en Portugal, donde quien era encubrí, porque servía una dama en hábitos de pastor: al fin, como es ciego amor, no mira en puntos quien ama. La dama era tal que tiene allá un duque por hermano. ¿Duque? Sí. ¿Qué duque? Urbano. Este que en tu lugar viene, que bien puedo hablar claro, con quien tiene gran valor. Amela y túvela amor; mas dio vuelta el tiempo avaro, que a fuerza me hizo volver adonde sentía su ausencia, y aunque perdí su presencia, su amor no pude perder. Y así, si te conocí luego, es porque te conozco del tiempo que en traje tosco a mi Rosarda serví. Mucho, Marqués, me he holgado en que me parezcas tanto en ocasión de tu llanto, aunque no en la de mi estado, del cual, pues que me conoces y conoces al aleve del Duque, verás si debe su traición culparse a voces; pues que dándole yo el cargo de rey porque me ayudase, sin que en medio un día pase del delito me ha hecho cargo. Que aun de término no tengo veinticuatro horas siquiera. Aunque hacerlo no quisiera, señores, por el Rey vengo; y así, en su nombre publico la sentencia que se ha dado. Mándaos morir estacado, y así os lo notifico. También en su nombre os digo, Marqués, que antes que el día venga, os manda el Rey que se tenga ejecutado el castigo. ¿Conóceme el Rey? Advierte que mata a un rey contra ley. ¿Ya vale tan poco un rey que así le han de dar la muerte? ¿Tú rey? Rey de Portugal. Y esto yo lo haré llano. Pues ¿esotro? Es un tirano, un traidor, un desleal. ¿Que el Rey eres? El Rey soy, y esotro es un Duque aleve. No es cosa esta que se debe pasar en blanco. Al Rey voy. Amigo, ¡que he de morir; que ya no puede ser menos! Es el extremo, a lo menos a que has podido venir. Pero no, no morirás, que el Rey te guardará ley, y cuando esto no haga el Rey, aún bien, que en mi mano estás, ¿A mí no me ha dado cargo de matarte? Pues confía que, como si fuera mía, de tu vida. Rey, me encargo. Eso no me da cuidado, que en buenas manos está, solo lo que me lo da es enviar un recado. Pues ¿a quién y qué ha de ser? Harélo si me compete. a la Princesa un billete diciendo lo que ha d€ hacer. Que no me va, Marqués, tanto en que tú me des la vida como en que no sea vencida de este tirano entre tanto. Yo el billete le daré; mas no ha de ser en tu nombre, porque apenas sabe el hombre cuándo en la mujer hay fe. Todas las del mundo amasen, Marqués, como la Princesa. No sé nada. Hoy daba priesa porque luego te matasen. ¿Cuándo? Cuando al Rey pidió que primero te matasen y luego la desposasen. Pues ¿ya el por qué no se vio, que fue por no desposarse? Ahora, señor, hágase él, que yo le daré el papel y sabré cómo ha de darse. Vamos a escribirle, pues. Vamos muy enhorabuena, y el morir no te dé pena mientras viviere el Marqués. Ya, Rey, está a punto el preso, que morirá antes del día. De nada holgarme podía, señor, tanto como de eso; porque si muerto el aleve, ser tu hijo y yerno tengo, junto con ese me vengo de otra traición que me debe. Que si lo he entregado preso en muchas causas me fundo, que no hay traidor en el mundo que en traiciones llegue al preso. Sabrás que un tiempo salimos los dos juntos de mi corte, y, como el cuento no importe, callo adonde y a qué fuimos. Solo diré que en la ida, teniendo varios sucesos, un día nos vimos presos y a peligro de la vida. Condenados a morir por los que nos perseguían, como no nos conocían, y cuesta poco el mentir, este que es tu preso agora, defraudándome la ley, les dijo que él era el rey, y asieron de mí a la hora. Y yo, viéndome en aprieto, y que porque él les decía que él era el rey, se le había guardado tanto respeto, quíseme valer del dicho, pues era con más verdad, y hubo necesidad de ser muy bien contradicho para que a creer viniese aquella gente sin ley quién era el perfecto rey y quién el fingido fuese. Porque toda una ciudad que nos tenía a la mira, dio más en creer su mentira que no mi cierta verdad. ¡Que tan grande maldad pasa! ¡Que de esta traición usó! Esto con él me pasó fuera de mi reino y casa. ¡Oh, aleve! ¡Qué bien que entabla su traición! Rey poderoso, sabrás que... ¿Qué hay? No oso... ¿Qué es lo que te ata la habla? Es, señor, que dice el preso a voces que él es el rey, y que este es Rey contra ley. ¿Que es el Rey? ¡Bueno es eso! A su principio volvió. Mira lo que yo te he dicho. Que es rey dice; i hermoso dicho! Pero muy tarde acudió. Muera este presto. Marqués; no esperéis más. Al momento. Vámonos a mi aposento, en tanto que se hace, pues. ¡Hola! Guarda. ¡Señor! Acudid, y haced lo que os he mandado. Que digo. Perded cuidado. Pues lo que hacéis advertid. (Por ambos se echa la suerte, juntos, mi bien, hemos de ir, que si tú vas a morir, yo voy a darme la muerte.) ¡Señora! ¿Qué es lo que quieres? Darte un billete del preso. ¿Billete a mí? ¡Bueno es eso! ¡Por cierto, lindo hombre eres! ¿Quién puede atreverse a tal que muy caro no le cueste? (¡Miren aquí qué amor este! No me recelé yo mal.) Señora, espérate un poco, que, aunque te traigo el billete, no vengo como alcahuete, que no me estimo en tan poco. Hallé escribiendo ese hombre, furioso, hablando entre sí, aunque entre dientes, le oí que repetía tu nombre. Y fuime acercando a él, y, temiendo no escribiese algo que en tu daño fuese, arrebátele el papel. Teníale ya cerrado, y tráigole que lo leas y lo que contiene veas. Yo te agradezco el cuidado. Ya, Marqués, a entender llego que el cielo por mí se muestra. Pues tú eres de parte nuestra, de ti fío, a ti me entrego. Líbrame, amigo, a mi preso, que en su remedio está el mío. Digo que en forma de río que le libre. ¡Bueno es eso! Pues ¿esto es caso de aire? ¿Pruébasme o quiéresme mal? ¿Quieres ver si soy leal al Rey o haces donaire? ¡Ay, desdichada de mí, cómo te me has descubierto! El papel me engañó, cierto; que por él me descubrí. Perded, señora, ese miedo, que no os engañó el papel: yo, señora, os seré fiel y os sirviré, pues que puedo; que de mí seréis servida y el Rey lo será también. Mas para que salga bien cierta trama que hay urdida dos cosas habéis de hacer pena de que saldrá mal, y de ambas la principal y primera esta ha de ser: que, aunque agora al Rey veáis, a vuestro parecer, muerto y que le tratan por cierto los Reyes, no lo creáis, que yo mandé a mis criados darle la muerte aparente, con que los Reyes y gente pienso de hacer engañados. Porque esta muerte fingida es donde su bien se funda. Esta es una, y la segunda que asegurase su vida, y que digáis al tirano que espera ser vuestro esposo que por un voto forzoso no le podéis dar la mano mientras es en esta tierra, por lo que a la suya os lleve, que si a él deseo le mueve, a vos el deseo da guerra. Que dé luego orden de irse, que, idos, os casaréis. Pues ¿el fin no me diréis de eso? No importa el decirse. Solo sabed que conviene. Alto, pues, harélo así. Vuestro padre viene aquí. Y el tirano con él viene. Pues, Marqués, ¿está ya hecho eso que he mandado hacer? Y aun como lo quieras ver, podrás quedar satisfecho. ¿Dónde está, que verlo quiero para vengarme más del? Corriendo aqueste dosel podrás ver su trago fiero. ¡Bien se le ha dado la muerte! Ha habido solicitud. Ya viviré con quietud estando este de esta suerte. Pues ¿éraos para vivir él de algún impedimento? Por lo de mi casamiento, mi bien, lo vengo a decir; porque mientras se dilata, decir que vivo no puedo, y este muerto, libre quedo, y así su muerte me es grata. Pues, aunque contra derecho, por no darme a mí pesar, aún más se ha de dilatar por cierto voto que he hecho, después que morió mi madre, de no recebir marido sin primero haber salido de todo el reino de mi padre, Agora sé yo ese voto, Hícele, señor, secreto. ¿En este reino, en efeto, no podéis? No, por el voto. Dad priesa en llevarme al vuestro y en él nos desposaremos. Pues no en eso reparemos, que en todo agradaros muestro. Cumpliros quiero, señora, vuestro voto, mas con tal que al reino de Portugal partamos dentro de una hora. Que no admiten menos priesa que aquesta las ansias mías. ¡Hola! Aderecen las pías, del coche de la Princesa. Alto; pues ya que ha de ir en caso tan de repente, haré prevenir la gente que pudiere prevenir. Vaya también el Marqués con vos. Yo también iré. Mas de este cuerpo, ¿que haré? Tratarle como quien es. Por cierto, si él ha de ser tratado como merece, con verlo así me parece que más llegó a merecer. Y aun no es parecer muy malo. No quede del traidor pieza, córtesele la cabeza y quede puesto en un palo. (¡Ay, desdichada de mí! ¿Qué es esto en que lo he metido?) No, señor; antes te pido que tu ira pare aquí, que de pechos como el tuyo es el saberse vencer. Tu gusto puedes hacer, que yo, por no verle, huyo. ¿Vamos, Rey? Vamos; al punto se ordenará mi partida. ¡Entrañas mías! ¡Mi vida! ¡Mi Princesa! ¡Mi difunto! ¿Qué es lo que he de hacer agora? Es cosa muy larga esa. Quedose acá la Princesa. Los Reyes vuelven, señora. ¡Ay! En fin, es mujer flaca ¿Qué fue? Hase desmayado de ver al hombre estacado y esa sangre de la estaca. Que sí; llévenla de ahí que no se la dejen ver, que es, en efecto, mujer. Vamos, señora, de aquí. ¿Hanse ido? Ya se han ido. Alta burla ha sido. Alta. Solo el irte agora falta. ¡Hola! ¿Está todo prevenido? Guarda. Ya tengo a punto una posta y la gente que has mandado. Pues como está concertado podréis, Rey, tomar la posta. Pues donde dicho tenemos nos veremos. Adiós, pues; que. yo no seré el Marqués, o buen suceso tememos. ¿Qué haces, señor, que a caballo están ya el Rey y Princesa? Pues ¿cómo con tanta priesa? ¡Hola: un bohemio y caballo! Cumplió el Rey su juramento. Dentro de una hora juró que se iría, y lo cumplió, tal desea el casamiento. Que cumpla un Rey su deseo como si fuera una ley. Este que viene es el Rey triste viene; yo lo veo. ¡Que me pude despedir de mi hija y de mi yerno! Basta; que viene el Rey tierno: mal hizo en verlos partir; que, al fin, se ha de llevar mal ver ir un padre a una hija. Justo es, hija, que me aflija en verte ir a Portugal. Contento estoy, que te he dado marido tan valeroso y he sido tan venturoso que a tu hermano veo vengado. Que de dos cosas de gusto no ha sido esta la menor. Dame las manos, señor. De verte, Pinardo, gusto. ¿Qué queda de aquí la gente? Ya un buen trecho quedará. R. DE Era. ¿Luego en breve llegará al puerto? Muy brevemente. Y mi hija, ¿cómo iba? Triste, señor; pero buena, Vamos de aquí, que la pena aun de la habla me priva. Mientras las pías y caballos comen, puedes, señora, recrear la vista desde este risco, viendo el mar tendido. Por cierto con extraña fuerza bate por esta parte las abiertas rocas. Grande gusto me da ver tanta agua. Pues llevarás el mar cuasi a la vista todo el camino, porque aquesta es cuesta y el camino del mar nunca se aparta. ¿No hay justicia, no hay ley, no hay Rey, ni hombres que den justicia a un triste que la pide dando voces en este yermo al aire? ¿Qué es lo que dices, hombre? ¿Quién te ofende? ¡Par Dios, señores! Si sabéis de honra... Mas ¿qué digo? De honra poco digo. ¡Por Dios!, que si de amor en algún tiempo habéis sabido, que me deis ayuda, y no padezca yo tan grande fuerza. Dinos tu mal; acaba. Agora, agora, pasando por aquí a esotra aldea yo y mi esposa, señores, descuidados de tal cosa, encontramos un villano, que este nombre merece más que el suyo, si es caballero, como serlo muestra, y usando de las fuerzas de sus armas, enamorado de mi esposa bella, me la quitó y la lleva... ¿Por adónde? Tras de ese cerro puede estar agora, en el medio de un valle que ahí se hace. ¿Iba gente con él? Cuatro criados. Pues quédense aquí dos con la Princesa y los demás partamos en su ayuda. Yo me quiero quedar. Y yo contigo. Pues nosotros partimos adelante, vosotros os vendréis muy poco a poco. (Al pensamiento me salió; yo quiero hacer la seña que mi gente espera.) ¡Muera al momento, amigos, el cristiano que pensare ponerse en la defensa. No es esta mala prenda. Asid la dama y llevadle con tiempo a nuestra nave. Primero seré yo hecho pedazos, infieles perros, que gocéis la presa. Rey de Portugal. Tiro con ella. ¡Ay, triste! ¿Quién me lleva? Esta ha sido traición, que este es espía y desvionos la gente por engaño. Quiero correr y darle al Rey aviso antes que estos se hagan a la vela. Baste, Marqués; no más. ¿Por qué reñimos? Parece que en la vida no nos vimos, ¡Oh, Rey! Las manos me dad. No, sino un abrazo estrecho, ¡Bien se ha hecha nuestro hecho! Marqués, Muy bien y con brevedad. Pena me da el entender que va triste la Princesa, que, en efeto, se ve presa, y no sabe en qué poder. No os dé de eso cuidado; porque, si ella no lo sabe, antes que llegue a la nave la habrá mi gente avisado, porque yo lo mandé así antes de emprender la empresa. Pues idos con mucha priesa, no vengan y os vean aquí. ¿Y qué habéis de decir ahora? Que llevan moros la dama, porque, echándose esta fama, nuestra cautela se dora, Y vos, ¿qué pensáis hacer? Irme a la nave al momento y dar las velas al viento, con mi esposa en mi poder. Pues, adiós. Contigo quede. En Portugal te veré, donde encubierto entraré por lo que suceder puede. Y ese es, Rey, mi parecer; porque ya aqueste tirano tendrá el cetro de su mano y algún daño os podrá hacer. ¡Mucho el tirano se tarda! ¡Tarde le han dado el aviso! Y es que el cielo así lo quiso, y en todo justicia guarda. Marqués, ¿qué es esto? Es, señor lo que ojalá nunca fuera. ¿Qué?, ¿espía de moros era el villano, y no pastor? Espía de moros fue; y apenas me habéis dejado, cuando me vide cercado de moros. ¿Qué te diré de lo que hice en defensa de la cautiva Princesa? Por ellos hecha la presa, no acudieron en mi ofensa, sino se dieron a huir, y yo, corriendo tras de ellos, seguilos hasta meterlos en la fusta do habían de ir, y ella y ellos ya dentro, hiciéronseme a la mar. Si hallara barco en que entrar, no dudes, tras ellos me entro. Pero, sin poder librarla, más que solamente oírla, me quedé solo en la orilla y se me fue la canalla. Y los moros, ¿dónde son? No pude saber de dónde. ¿Qué?, ¿aun esto se nos esconde? ¡Oh terrible confusión! Ahora bien; ensillad presto y partamos a mi reino, que, en fin, allí donde reino remediaré mejor esto haciendo una gruesa armada con que enviarla a buscar. Vos también podréis trocar, caro Marqués, la jornada, volviendo de aquí a Francia y llevadle al Rey la nueva. No es cosa que yo deba hacer; vaya otro a mi instancia, que yo allá no he de volver hasta que haya hallado tu esposa. Pues un criado podrá ir. Yo habré de ser. Vamos, pues. ¿A qué se aguarda? Vamos muy en hora buena. (Todo en mi favor se ordena, que allá veré a mi Rosarda.) ¡Señor! ¿Qué me quieres, Fabio? ¿Qué encantamiento es aqueste? Sino cueste lo que cueste, y reina. ¡Consejo sabio! No es decir... Habla quedo. Si ha tres días que llegaste y luego aquí te encerraste en esta aldea, ¿es esto miedo? ¿Por qué luego no pregonas la muerte del muerto Rey y, aunque sea contra ley, si puedes, no te coronas? Ya las fuerzas y fronteras que estorbo podían ser, ¿yo no las tengo en poder por tuyas? Pues ¿a qué esperas? Si yo en público no reino, no lo puedo hacer, hermano; que ya ¿quién me va a la mano? Pero, al fin, ¿qué dice el reino? ¿Qué han de decir, si esperaban un Rey que se fue a casar, que estando obligado a entrar como ellos se imaginaban, galán, lleno de contento,. con su mujer a su lado y del reino rodeado en real recibimiento, ven que se entra en una aldea, teniendo corte de noche, metido dentro de un coche y sin que nadie le vea? Que ha llevado mal, en fin, el no verme en Portugal. Halo llevado tan mal... Pues yo lo efeto a buen fin. ¿Tú no sabes que aún ignora Portugal que es su Rey muerto, y tienen todos por cierto que el mismo que fue entra agora? Pues por eso quise entrar sin que ninguno me viera, porque de aquesa manera muy bien pienso negociar. Que habiendo el reino entendido que soy la persona misma del Rey, no moverá cisma ni alzará nuevo apellido. Pues ¿piensas estar contino en esa aldea encubierto en voz y nombre de muerto? No, hermano; ni lo imagino. En fin, te falta experiencia de estas cosas, no me espanto. Solo durará hasta tanto que haga cierta diligencia. ¿Tú no tienes puestas guardas al derredor del aldea, por que alguien no entre y me vea? Cercada está de alabardas, Vámonos, pues; vos, hermana, ¿quedareisos? Señor, sí. Pues haréis cerrar ahí, que estáis sola. Cosa es llana. Por estar solo el jardín, me atrevo a quedar en él, que a haber alguien dentro del temiera a mi hermano, en fin, que es ya Rey, y algo celoso si de condición no muda con el estado. Estoy muda de verlo, y hablar no oso. ¿Yo no era de un Duque hermana? ¿Cómo lo soy ya de un Rey? Pero a nadie guardas ley, mundo, en esta vida humana. que también yo soy quien soy, y dando al honor de mano, entregué el alma a un villano, por quien padeciendo estoy. ¡Señora! ¡Martín amigo! Un caballero está aquí que nos da a Gila y a mí mucho por hablar contigo. ¿Un caballero? Y ¿quién es? Un don tal; con el Rey viene. ¿No sabes qué nombre tiene? Nombre de perro: Marqués. ¿Y es este perro? Pues ¿yerro? ¡Miren qué gran maravilla! ¡Marquesillo! ¡Marquesilla! ¿no suelen llamar a un perro? Andá, señor; no entre acá, que podría el Rey venir y, si lo viese, salir... Que a bien que el Rey no vendrá. Digo que no quiero que entre. ¡Por Dios!, ¿no puede ser menos? ¿Qué tal es esta, por lo menos? {Muéstrale una cadena.) ¡Si lo encuentra! Aunque lo encuentre. Mas matarlo; yo esto aquí, que miraré si el Rey viene. ¿Tanta necesidad tiene este de hablarme a mí? Entre, mas con condición que veáis si viene el Rey. Yo lo haré a buena ley. Pues voy por el infanzón. ¡Qué grande turbación siento! En mi vida me vi tal. ¿Si es agüero de algún mal, o señal de algún contento? ¿Veislo aquí? Volveos, amigo. Eso no, señor Marqués. Su merced o alteza que es, hable, que he de ser testigo, que él viene aquí para hablar, y otra cosa no han de hacer. ¿Contentareisos con ver? Sí. Pues dadnos lugar. ¿Espantáraos, bella Infanta, que un hombre no conocido tanta priesa haya tenido por hablaros? Sí me espanta. Pues por que sepáis que hay justa ocasión de hablaros, en breve quiero contaros lo que de Francia me tray. En Francia tengo un Estado, de que Dios me hizo marqués; mas ¿qué os canso? Soy Marqués, en fin, en mi tierra honrado. Y así, en posesión de tal con vuestro hermano el Rey vengo por unos días, que tengo de asistir en Portugal. Volviendo, pues, a mi intento, digo que un día en mi tierra encontré un hombre de sierra, bajo, de poco talento, en efeto, un labrador francés, hijo de villanos, que, teniendo esta en las manos, se quejaba del amor. ¿Conoceisla? Sí, que es mía. Pues, señora, ¿esa medalla era prenda para darla vos al que la poseía? Pues ¿de dónde sabéis vos que yo fui quien se la dio? Porque el día que acaeció, el encontrarnos los dos, preguntando yo al villano cuya era prenda tan gallarda, galán dijo: "De Rosarda, hermana del duque Urbano, una dama portuguesa cuyo amante ser profeso", y hela aquí. Yo perdí el seso. "Serlo—dijo—mía profesa." Enojeme de manera oyendo al libre villano, que a una daga puse mano y hice... ¿Qué? Que muriera. ¡Ay, Dios! No pude sufrir que siendo vos tal mujer, y él lo que mostraba ser, tal se atreviese a decir. Pasó, al fin, su desacato. Qué, ¿al fin murió? Sin reparo, Y si es que he de hablaros claro, matolo vuestro retrato; porque en el punto que os vi retratada en la medalla, la lengua, de corta, calla lo que en el alma sentí. Porque con vuestra hermosura, que ya conozco por fama, y con la súbita llama que en mí encendió la pintura quedé tal, que, rodeando la ocasión de esta venida, como vi al Rey de partida di en venirle acompañando. ¿Qué respondes a lo dicho? De cuanto has dicho, traidor, si no es que murió el pastor, no he entendido cuanto has dicho, fiero demonio o Marqués, criado a pecho de arpías, que aun besar no merecías, del que mataste, los pies. Vete, y no vengas a darme muerte con tu relación. Acaba. En resolución, que a un pastor... ¿Quieres dejarme? Dejarte, no. Mas concluyo, mi bien, con que soy el propio que te serví en traje impropio y agora viene en el suyo. ¿Que tú eres mi pastor? Confieso que estoy corrida, pues fui tan desconocida, que no te conocí, amor. Pero si corrida estoy, no me hallo menos corrida de que de mi fe conocida de nuevo la prueba os doy. Pues ¿cómo mi fe probabas? Pensé que como ha mudado el Rey, tu hermano, de estado, tú también mudada estabas y no osé venir pastor, como ya me conociste. Y ¿por qué, Marqués, veniste? ¿Pensaste librar mejor? No; pero ¿qué malo es que cuando Dios te levanta de hermana de Duque a Infanta, de pastor me halles Marqués? Señora. Gila. El Rey viene, y Fabio viene con él. ¿Llega? Leyendo un papel solamente se detiene; pero viene acá derecho. ¿Qué 'habernos de hacer? ¿Qué? ¿No hay donde me esconder? No; cógenos. Esto es hecho. Quedo, no os alborotéis. Pon detrás de ti a Martín, como que huye. ¿A qué fin? De aquí a un poco lo veréis. Vos fingid que lo amparáis y vos dad voces de ahí. Ya el Rey entra. ¡Ay de mí! Teneos, señor, ¿dónde vais? Aunque os descendáis al centro. vil, me lo habéis de pagar. ¡Ay! Que lo quiere matar. ¡Justicia! ¿Qué hay aquí dentro? Donde yo estoy ¿hacer eso? Muy poco respeto es ese. Con enojo, no hay quien pese las cosas con ese peso. Yo erré, Infanta, perdonad, que ese hombre me ha descompuesto Pues, Marqués, ¿qué ha sido aquesto? Nada. ¿Nada? No, en verdad. ¿Quién da estas voces aquí? Yo; que matan a Martín. ¿Quién lo mata? Algún ruin, Calla. ¡Hola! Haced así. ¿Qué? ¿No he de saber, Marqués, sobre qué es este rumor? Marqués, Ese villano, señor, que es, en efeto, quien es, sobre no sé qué contrato que estos dos con él han hecho, como es de un piadoso pecho de grosero talle y trato, a no sé qué que hablé me respondió una palabra. Díjele un... Aunque no abra más la boca. Callaré.. Porque tornaba a afrentarme, que ello pasó de él a mí, y si ahora lo dice aquí será de nuevo obligarme... Qué, ¿fue la palabra pesada? Aquí lo verás si lo es, pues me trae, donde me ves, tras del desnuda la espada; y viérame satisfecho a no hallar aquí a la Infanta. Digo que ya no me espanta sino de lo que no has hecho. ¿Qué castigo dará a este? Azotarlo poco es. (¿Qué es esto, señor Marqués?) Más caro es bien que le cueste. Ahorcarle, no, tampoco, pues que será bien quemarlo. Tan colérico me hallo que todo lo hallo poco. Vos, que sois el ofendido, os sabréis satisfacer. En fin, ¿que yo vengo a ser el que juzgo y el que pido? (Mas, ¿qué tal si se olvidase de que esto no va de veras y me pusiere en galeras o algún jubón me asentase?) (Mas, qué quedos que se están. ¿No rogarán por Martín?) Bien dices, Sancha, que. en fin, nos ha dado ya su pan. Señor, por amor de Dios les perdonéis su pecado, siquier por habernos dado, por nostramo a los dos. Sí haré, aunque no por más que por pedirlo vosotros. A nuestrama, en fin, nosotros, ¿qué reyes hicieran más? Perdonado estáis. Martín. Beso a su merced los pies. (¡Qué bien lo ha hecho el Marqués! (Como quien es él, en fin.) Mas una cosa hay agora que quería entender bien, y es que aqueste hombre de bien con aquesta labradora con Martín han hecho asiento por vuestro orden, Marqués. Señor, de este arte es; yo he sido de ello instrumento. Pues ¿conoceislos? Conozco, y sé encierran tal valor la villana y labrador debajo de un talle tosco… ¿Y qué son? Son dos hermanos. ¿Hijos de quién? De un villano que me sirve de hortelano debajo de buenas manos, y en el labrar de un jardín no parió tal hombre madre. Y estos, ¿parecen al padre? Como hijos suyos, en fin. Gran primor, gran sutileza en su arte; pero es aire todo esto para el donaire que encubre aquesta corteza. Y así, hice que viniesen conmigo aquesta jornada, y, como no hacen nada, quise que en algo entendiesen, y concerté con Martín que, pues de su oficio era, a los dos los recibiera para curar del jardín. Huelgo que estén en palacio para traerlos a los ojos. Quitarán de mil enojos si gustas darlos despacio. Vos ¿cómo os llamáis? Toribio. ¿Toribio? Llámome ansí porque dicen que nací. día de Santo Toribio. Y vos, ¿cómo? Sancha. ¿Sancha? ¡Qué mal nombre de persona! Señor, nombre de lechona. Por eso ando gorda y ancha. Toribio, ¿qué me daréis y os mejoraré de oficio; que el vuestro es bajo ejercicio para lo que merecéis? Pues ¿qué quiere hacerme? Quiero, pues queriendo está en mi mano, sacaros hoy de hortelano y haceros caballero. No haré, por Dios. ¿Cómo no? Porque yo así, jardinero, valgo más que caballero. ¿Cómo? Aqueso lo sé yo. Pues eso ¿no es contra ley? No, para lo que pretendo. No te entiendo. Yo me entiendo, que tengo humos de rey, y ser jardinero quiero. ¿Fundado? En algo me fundo. ¿Quién parece a otro en el mundo mejor que rey a un jardinero? ¿Dijo nadie, Fabio amigo, tan buen dislate jamás? No se pareciesen más esos dos a quien yo digo. ¿No adviertes lo que dan aire él al Rey y ella a tu esposa? Es esa muy buena cosa. ¡Por Dios, que tienes donaire! ¿Nunca has oído decir que un diablo parece a otro? Cautiva ella, muerto esotro, ¿qué se tiene de advertir? Agora, volvamos a eso, Toribio, que saber quiero lo que un rey a un jardinero se parece, y habla en seso. Sí atentamente me escuchas, yo te lo diré. Sí escucho, que deseo saber mucho, ¿En cuántas cosas? En muchas. Si un rey por ser rey, en fin, arma a uno caballero, también el que es jardinero. arma a otro en su jardín. Y si el rey, por su poder. en la mar arma una nave, un jardinero que sabe nao y navíos sabe hacer. Y si el rey, con su dinero, jarcias en sus naos pone, también la suya compone de jarcias el jardinero. Caballero y naos serán, mas de diversas maneras. Toribio, las mías de veras y las vuestras de arrayán. Y porque de arrayán sean, ¿dejan de ser hombre y naves? ¡Ah, qué poquito que sabes! ¡Qué mal sus años emplean! Y aun porque son de arrayán, las nuestras echan raíces con que han de durar. ¿Qué dices? Calla, moza. Callarán. No vi cosa semejante. Admiraré su donaire. Pues, señor, aún eso es aire. Más gustarás adelante. Y Sancha, ¿qué sabe hacer? No hago naos ni caballeros, sino oficios más ligeros, cosas, al fin, de mujer. Suelo cavar un jazmín hasta donde alcanza el brazo, y a veces hacer un lazo, en la cuadra de un cojín. No me espanto que me digas que hagas lazos, y te creo, que ya en un lazo me veo con que el corazón me ligas. (¿Quién, hermosa labradora, se viera en tus bellos brazos enlazado en dulces lazos espacio de sola una hora? No he visto en mi vida cosa que tan bien me pareciese.) (¡Ah, quién ya labrador fuese de la labradora hermosa!) Basta, que tienes, Martín, muy gentiles jardineros. Sí, mas son muy compañeros. Todo es violeta y jazmín, hombres, naves de arrayán, flores, y hablar de vicio; mas las fuerzas del oficio en otras cosas están. ¿En qué cosas? De hortelanos, que esotro no es cosa cierta sino labrar una huerta a fuerza de azada y manos. ¿Plantaréis vos un nogal, un ciruelo, un alcornoque? No. Pues en esto está el toque de ser un hombre oficial. Y en un almendro un durazno, ¿tampoco lo enjeriréis? No. Pues ¿qué es lo que sabéis? Agora aprende para asno, ¡Sancha! Que, pues, ¿erro en ello? Para asno aprendo, en efeto. Sí, que mal puede un discreto ser asno sin deprenderlo. ¿Qué? ¿Por ahí lo lleváis? Pues ¿no se está claro ello? ¿Y de quién deprende a serlo? De nuesamo, ¿eso dudáis? ¿Luego de mí? De vos, pues. Pues si deshago un durazno, yo le diré si soy asno, a palos, o si él lo es. ¿Tiene el mundo mejor rato? No lo he visto yo mejor. Darte quiero, señor, un recaudo con recato para lo que me mandaste. Ya he llegado a la ocasión. Y ¿son esos? Ellos son. Ya están aquí. Esto baste. Hermano, acudid a eso por el orden que os he dado. Así se hará con cuidado. Voy, labradora, sin seso. He gustado de manera de los villanos, hermana, que a poder, de buena gana nunca este rato perdiera. Quiero que con vos llevéis a Sancha a vuestro aposento, y le hagáis el tratamiento que ella merece y podéis, que a Toribio yo tendré cuidado de regalarle. Pues si solo han de dejarle, vámonos. Bien dice, a fe. Vámonos todos de aquí. Vámonos, Sancha, a mi cuarto. (Sabe amor cómo me aparto, dulce Princesa, de ti.) Si a hablarte de vergüenza, luchando están, caro amigo, vergüenza y amor conmigo, ¿qué mucho que el amor venza? Sábete que estoy... ¿Qué estás? Muy... ¿Muy qué? Enamorado. ¡Pesar de mí! ¿En eso has dado? Marqués, no he podido más, que me ha agradado de modo la labradorcilla bella, que tengo de gozar de ella si me cuesta el reino todo. Pues, señor, ¿esa es la priesa con que tratas de inviar por todo el mundo a buscar a la robada Princesa? ¿Sabes bien lo que es amor? Sí, señor; amar yo supe mas no, que en amar me ocupe tanto que olvide mi honor. Pues no has de creer tampoco que he olvidado a la Princesa, que no es, Marqués, cosa esa que yo la estimo en tan poco. Mas porque esto que pretendo me cuesta menos cuidado, querría ser de ti ayudado. Que en fin... Ya yo te entiendo. Querrás tú agora decir que, por tener tan de mano a hortelana y hortelano, te puedo en eso servir. Duque, Así es. Pues ni me obligo, ni asegurar eso oso, porque el hermano es celoso y ella doncella. Más digo, que si hacemos el concierto que yo hiciere agora aquí, me obligo a hacer por ti lo que sé que haré por cierto, que es encerrar la villana toda una noche contigo en una cuadra, y no digo que blanda, amorosa y llana, sino solamente puesta contigo en un aposento. Con solo eso estoy contento, que yo haré lo que resta. En un aposento ambos, harta flojedad mía fuera que mi gusto no cumpliera. Pues va el concierto de ambos. Nuestro concierto ha de ser que en cambio de hacer yo esto estés tú siempre dispuesto a lo que haya menester, a aventurar tu persona por mí en lo que yo te pida, sin que a hacerlo te impida gravedad, cetro y corona. Así queda. Pues yo juro ponerte la labradora donde te he dicho. Ya esa hora aguardo. Yo lo aseguro. Pues, ¿Fabio? Ya llegó el punto, señor, por ti deseado. Yo a las guardas he apretado; ya están todos aquí junto. Pues, Marqués, vete en buen hora a tratar de lo propuesto, y déjame en este puesto, que me importa por agora. ¿Cuántos vienen? Cuatro Grandes cuya pujanza es notable; Almirante y Condestable, en valor y poder grandes; el Príncipe del Castillo, y el gran barón de la Roca. El recelo me provoca a pasallos a cuchillo. No, señor; no hagas tal; basta de tenerlos presos, que tienen varios sucesos el tiempo de bien y mal. Porque realmente ya sabes que cuando quieras reinar, son los que te han de estorbar por ser, al fin, los más graves. Sí. Pues basta que los prendas, y preso vengas a verte tú, Rey, sin que con su muerte nueva sedición emprendas. Y ¿cómo está hecho el concierto de prenderlos? De esta suerte. Ellos vienen agora a verte en nombre de su Rey muerto, y como fueren entrando, los de tu guarda, uno a uno, sin que escape ninguno, los irán aprisionando. Digo que ese es buen orden. Entren los de guarda al punto y dadles en todo el punto porque no haya algún desorden. No habrá desorden ninguno, que ya vienen avisados. Id y hace que sean llamados los que han de entrar, uno a uno. (Bien guiado va mi enredo; de esta vez, si no se muda el cielo, que está en mi ayuda, señor de Portugal quedo.) El Almirante entra. Entre. Pues, Duque, ¿el Rey? El Rey yo soy. Eso es contra ley. Vaya donde al Rey encuentre. Pues, ¿qué es esto, duque Urbano? Verso y pasaje alterados. Llevadlo donde ha de estar, que así se deben tratar estos graves. ¡Ah, tirano! Ya entra... ¿Quién? El Condestable. Entre. Y el Rey, ¿dónde está? ¡oh, Duque! Llevadlo allá y verá al Rey. Pues... No hable. ¡Oh, aleve! Llevadle preso. Justicia al Rey y a Dios pido. Acaba, no hagáis ruido. ¿Qué aguardáis? Llevadle en peso. ¿Quién es el tercero? Creo que el Príncipe del Castillo. ¡Oh, Rey! Pero ¿a quién me humillo? Duque, ¿cómo al Rey no veo? ¿No basta que me veáis para ver al Rey en mí? ¿Cómo en vos? Vaya de aquí. ¡Hola! Decí, ¿a qué esperáis? Cuatro. El último entra ya. ¿Y es?... El Barón de la Roca. Pues ¿qué hay, Duque? ¿A vos os toca la guardia? El Rey ¿dónde está? Allá dentro está aguardando. Vaya como los demás. ¡Oh, traidor! Es por demás. ¿Que tal hay? Vaya volando. Hermano, id, poned esos a recaudo, con que entiendo aquieto mi pecho viendo a aquestos cuatro presos. Pues, señor, ¿puédote hablar? ¿Estás ya desocupado? Siempre eres reservado en cualquier tiempo y lugar. Pues, ¿qué tenemos de nuevo? Una cosa que me importa, y el ser quien eres me acorta, que a hablarte no me atrevo. Pero, al fin, nuestro concierto me da alas para hablar. ¿Qué? Bien. Déjese eso estar y hablemos en descubierto. ¿No tenemos concertado que porque a Sancha te dé me has de ayudar, si hay en qué? Sí. Pues la hora ya ha llegado, porque tengo una ocasión que esta noche se sazona como halle una persona de valor y de razón que las espaldas me guarde mientras hablo una mujer. Y pues por ti he de hacer, quiero... Para luego es tarde. Y es tu hortelana. ¿Qué escucho? ¿Gila? Mujer de Martín. Mujer casada, y, en fin, que se tiene ella en muy mucho. ¿Sabes en cuánto se tiene? Que si te he de hablar claro, me sabe vender muy caro esto que hacer por mí viene. Y ¿cuándo será? Esta noche, si de acompañarme has. Voyme, pues. ¿Adónde vas? Voyme a poner de noche. Vete, pues, en buen hora, que en este sitio te espero. Del mismo modo que quiero este negocio se ordena. Pues, ¿Marqués? ¡Oh, mi Rosarda! ¿Está eso ya prevenido? ¿Ves? Aquí traigo el vestido. Decid lo que más se aguarda. Y Sancha, ¿qué respondió en eso que le has rogado? Que hará lo que la has mandado por ser quien lo ruega yo. Pues lo que resta agora es hacer, Sancha, lo que pido, y ponerte tú el vestido de Gila. Vámonos, pues. Dentro de un buen lazo estoy. ¿Qué es lo que haces, Marqués? Para el que ignora lo que es. haciendo una traición voy. Prometí dar al tirano a Sancha en un aposento, y va el triste muy contento; mas es su contento vano, que hay Toribio, y no soy hombre que he de vender un amigo, que puede mucho conmigo la obligación de este nombre; no en Toribio por ser rey, mas aunque fuera Toribio. Amor, dadme algún alivio, pues me has hecho de tu ley. ¡Oh, Marqués! ¡Oh, Fabio amigo! ¿Dónde norabuena agora? Buscando una labradora que es dueño de mi albedrío. Mas ¿si fuese Sancha, acaso? Sí; por mi mal ella es. y no sé decir, Marqués, el mal que por ella paso. Solo lo que sé decir es que, si tú bien me quieres, pues en esto el todo eres, te duela el verme morir. Señor, pedídome ha el Rey lo mismo que a pedir vienes. Si de mí esperanza tienes, o si no he de guardar la ley. pues mira si cesa todo adonde el Rey entreviene. En fin, que ya el Rey te tiene prevenido. Y es de modo, que le prometí ponerlo con Sancha en un aposento. Y ella, ¿ha salido al intento? Ella prometió hacerlo, y estoy esperando al Rey, que se fue a poner de noche para hablarle aquesta noche. ¡Oh, duro amor, dura ley! Sepamos. A río vuelto, ¿no habrá ahí para mí algo? Yo a eso, al menos, no salgo. ¿Qué? ¿Estás resuelto? Resuelto. Pues si no hay remedio, adiós, y goce el Rey de su amor, y ¡para estas, don traidor!, que yo me vengue de vos. Que aun aquesto más faltaba. ¡Por Dios, que estábamos buenos! ¿Vengo bueno? Por lo menos, al tiempo que te esperaba. ¿Qué es lo que yo he de hacer? Guardar, mientras entro, el puesto. Pues otro peor, para esto, pudieras, a fe, traer. Por ser quien eres te traigo, que estos, en fin, son villanos, y habrá menester tus manos si acaso en las suyas caigo. Quiero llamar a la puerta del jardín. ¿Quién es? Sí es. ¿Quién a mi puerta? Un Marqués que ve la del cielo abierta. ¿Vos el Marqués? No sois vos. Yo soy. Imposible es. porque yo espero un Marqués y veo que vienen dos. Y ¿con qué restauraréis el yerro de esta deshonra, que fie yo de vos mi honra y vos de otro la fiéis? Mal habeislo hecho conmigo; mas no lo haréis otro día. Razón tenéis, Gila mía; mas es otro yo este amigo, y cosa que viera aquí no es más que haberla tú visto. Digo que apenas resisto la cólera que hay en mí. En fin, ¿que ese es otro vos? Ya digo que otro yo es. Basta; que quise un Marqués y agora he de querer dos. Pues en balde habéis venido, que yo os llamé en confianza que se fuera a su labranza esta noche mi marido, porque le pedí que hoy fuera por quedarme con vos sola; pero ha venido una ola de mar, que nunca viniera, y echó por el suelo todo cuanto yo tenía urdido. Pues ¿qué fue? Hemos reñido bravamente. ¿De qué modo? Que ya no nos hablaremos en aquestos quince días, que sus pendencias y mías de este modo las tenemos. Él ¿adónde está? Acostado. Pues ¿qué remedio ha de haber? Que yo, como su mujer, me he de acostar a su lado, pena de que me eche menos y que me venga a buscar. ¿Luego yo no puedo entrar? No; por agora a lo menos. Que, en fin, ¿no ha de haber remedio? solo uno hallo. Marqués, que, pues vuestro amigo es otro vos, dé en esto un medio, que es irse acostar al lado agora de mi marido, sin hablar ni hacer ruido, haciendo del enojado; que el aposento está escuro y no le verá al entrar, y él echado en mi lugar; lo demás, yo lo aseguro, porque suele un mes pasar que ni me habla ni le hablo. ¿Y si agora quiere el diablo se venga a desenojar? Digo que en estando así no me habla en todo un mes. Ahora bien, señor Marqués; no habéis de perder por mí, que si hubiere riesgo, en fin, llevo mi espada y mi daga. Eso no, que aunque esto haga, quiero mucho a mi Martín. Si es que tenéis de hacerlo, sin armas tiene de ser, que vos vais hacer mujer y también habéis de serlo ¿Qué? ¿También he de ir sin arma? Basta. ¿Qué tengo de hacer? Bien puedes decir, mujer, que, siéndolo, me desarmas. Vos habéis de ir muy despacio agora por esta puerta, y luego hallaréis abierta hacia aquí la de un palacio. Echaos en mi misma cama; mas tan desviado estaréis, que ni en parte lo toquéis por no dar yesca a la llama. ¿Y si al echarme recuerda? No importa, como no os vea. ¡Ea, en nombre de Dios sea! ¿A qué mano? A mano izquierda. ¿Marqués? Fingida hortelana. ¿He fingido a Gila bien? Como se esperó, mi bien, de esa industria soberana. ¿Qué más hay que hacer agora? Iros donde os desnudéis y en vuestro traje quedéis. Vamos. Muy en buen hora. Digo que pasa así como te he dicho; por eso mira bien de quién te fías. Rey de Portugal. ¿Que Sancha ha hecho tal? Digo que Sancha a solas con el Rey está hablando, y que ha sido el solicito tercero el Marqués, de quien, triste, te fiaste. ¡Que mi hermana tuviese atrevimiento de entregarse en poder de un hombre ajeno no mirando a su honra ni a la mía, y que fuese el tercero en mi daño el Marqués! Pues ¡vive el cielo! que si es así verdad que los dos han hecho, que de uno y otro he de tomar venganza. ¿Cómo si es verdad? ¿Pues yo soy hombre que tengo de decir uno por otro? Deseo tanto ver con evidencia si Sancha es mala y el Marqués aleve, que por saberlo quiero retirarme a este canto y fingir que estoy durmiendo hasta ver por entero el desengaño. Haces muy bien, y yo también me vuelvo por no ser de mi hermano acaso visto. No sin misterio he hecho lo que he hecho, que de avisar aqueste ya podría estorbarse el intento de mi hermano y quedarse en lugar del suyo el mío. Favorézcame amor, que a él me encomiendo. ¿Que he de dar muchas voces, en fin? Muchas, fingiendo que venís buscando a Sancha. Dad voces a Martín, llamad a Gila, y luego proseguid como os he dicho. ¡Hola! ¡Hola! ¡Martín! ¡Ah! ¡Gila! ¡Gila! ¿Adónde están aquestos? ¿Nadie oye? ¡Gila! ¡Gila! ¡Martín! ¡Martín! ¿Qué es esto? Pues cuando sirve el hombre un día de Gila ¿se han de dar tantas voces que se obligue a salir y caer en una afrenta? Pues ¿cómo un día que de Martín sirvo dan voces a Martín hasta obligarme a que salga y conozcan que soy Sancha? ¿Cómo es eso? ¿De quién habéis servido? ¿Yo? De Martín. ¿Luego sois vos la misma que agora en la cama por Martín tenía? ¿Cómo tenía? ¿Luego sois vos mismo el que por Gila se acostó a mi lado? Sí; yo fui Gila. Y yo Martín he sido. (Miren el sin ventura que tal oye.) Marqués, ¿qué es esto? ¿Es esta buena burla? ¿De esta suerte se cumplen las palabras? Pues ¿he cumplido mal la que te puse? Aún más hice que había prometido, porque yo prometí que te pondría con ella dentro de una cuadra a solas, y te puse con ella en una cama. Pues ¿de qué ha importado, si el ponerme ha sido más con miedo que con gusto? Por eso te saqué yo de partido que me obligaba a dártela encerrada, pero no blanda, llana ni amorosa. Lo que siento más es que haya estado tan justo en una cama, que no osaba mover mano ni pie por no tocarle. (Digo que ha sido brava burla cierto.) (¡Oh, pesar de la burla tan costosa! En una cama juntos. ¡Vive el cielo! que tiene de costar más de una vida.) Ya ¿qué hay que hacer, que no nos vamos? ¿Qué se tiene de hacer sino volvernos a pasar lo que queda de la noche y yo y Sancha en nombre de Martín y Gila, pues lo más del camino está ya andado? Eso no, que la tengo yo en mi guarda, y sentía su falta de manera que he venido buscándola hasta agora. Pues recogeos, hermana, y recogedla, y vos. Marqués, venid, que yo me huelgo que pierda el tiempo yo pues perdí el premio. ¿No nos iremos? Sí, vamos. Bien se ha hecho, y al siguro. ¡Jesús, cómo hace escuro! ¿Qué es esto? ¿En qué he tropezado? ¡Hola! ¿Quién es? Un dormido, enemiga, tan despierto, que cuanto pasó en el huerto esta noche, tanto he oído. ¿En eso tienes tu fama? ¿En eso tu hermano tienes? ¡Infame, que a echarte vienes con el Rey en una cama! Quítate ya de mi lado para andar en vida ancha. Pues... ¡Ay, que matan a Sancha! ¡Hola! ¿No hay algún criado? ¡Vive Dios, que he de matarte aunque el mismo riesgo corra! ¡Socorro! ¿No hay quien socorra? ¡Villano, hazte a una parte! ¿Qué es esto, hermana? ¿Que cobre tantas alas un villano, que, con voz de ser su hermano, quiera matar a esta pobre? Toribio, ¿qué furia es esta? ¿Qué es esto? ¿No he de saberlo? Nada, que para entenderlo no has menester mi respuesta. ¡Vive Dios, que he de matarla! Pues, ¿piérdesme a mí el respeto? Ha de morir, en efeto. Llévenla. Déjenla. Calla. ¿Hay locura semejante? Él está fuera de sí. Hermana, idos de ahí; quítensela de delante. Pues ¿no te reportarás, Toribio, estando aquí yo? No, Rey. Por mi ruego ¿no? ¿Por qué no me lo dirás? Mejor es que aquí se acabe, que pues tal cosa. Rey, ha, impertinencia será contárselo a quien lo sabe. Agora llegó un correo, señor, que trae relación de cómo se dio un pregón y se cumplió tu deseo. Pues ¿qué hubo? Pregonose por el reino, como es ley, por muerte de nuestro Rey. ¿Qué dijo el pueblo? Fabio, Holgose, porque ve que, su Rey muerto, es tuyo, de ley, el reino. En efeto, ¿yo ya reino? Ya reinas al descubierto, y el reino, en resolución, te suplica en estas cartas que, vistas, luego te partas a tomar la posesión. Vamos, pues, a prevenir lo que toca a la partida, porque será nuestra ida cuando el alba venga a abrir, Y vos. Marqués, entre tanto, desenojad a Toribio. Señor, ¿cómo estáis tan tibio? De tu tibieza me espanto, pues ¿tan presto te desmayas por ver al tirano rey? Déjame, cruel, sin ley. Pues ¿qué dices? Que te vayas. Pues ¿tengo yo culpa alguna si te quita el Duque el reino? No lo he, porque no reino, que eso hace la fortuna; mas helo, ¡oh, traidor!, contigo, que, quitando mi honra y ser, entregaste a mi mujer en manos de mi enemigo. ¿Yo? ¿Quién te ha dicho tal? Mis oídos que lo oyeron y los ojos que lo vieron salir con él, por mi mal. Quede aquel puesto encubierto, en lo oscuro de esta noche, he visto cuanto esta noche ha pasado en este huerto. Pues si lo que pasó viste, ¿no reíste? Que el tiro hecho antes al Rey le fue hecho, que no a ti. ¿De qué estás triste? ¿Qué ofensa te hice? Antes fue risa, donaire y juego. De burlas. Marqués, reniego donde hay burlas semejantes. ¿Qué? ¿Aún todavía porfías? ¡Bueno es que de la mano te quite el reino un tirano y ríñanse niñerías! Que deja los celos vanos y mira por lo que importa. La obligación me reporta. En fin, VIVO por tus manos. No tengo. Marqués, a burlas lo que me has alborotado, aunque, bien considerado, hubo algún gusto en las burlas. Mas téngome de pagar del recebido alboroto. Yo vengareme con todo, mas téngome de vengar, Esto es en cuanto a ti, y en cuanto a los de la Corte, no hay a quien tanto le importe la partida como a mí. Que ahí tendré más pujanza, más amigos a la mano el día que del tirano quisiere tomar venganza. Bien ves, Marqués, que me veo ya en mi Corte, donde gozo, sin máscara ni rebozo, ya el Estado que poseo. Y si no rey de derecho, me he hecho rey de por fuerza, y en tanto tiempo de fuerza me habrás penetrado el pecho. Poco es, señor, mi saber; pero, aunque poco, penetro cómo la corona y cetro ha venido a tu- poder. Pero sea como fuere, tú pareces bien reinando. Mejor me parezco amando. Pues que Sancha no me quiere, por eso. Marqués, te ruego que, pues era tanta parte en ello, burlas aparte, trates de aplacar mi fuego, y no pierda el Rey el seso por mujer de este jaez. Señor, sí; ya de esta vez se pondrá remedio en eso: muy de veras te prometo desde hoy solicitarle. ¡Que nadie pueda aplacarle! Pasaje viciado. También este lugar está alterado. Hombre villano, en efeto. ¿Qué es esto? ¿Hay algo, Martín, en que mi favor importe? ¡Cómo se ha visto en la corte ensánchase! En fin, ruin. ¿Sobre qué es esta pendencia, Martín, que estoy con cuidado? Señor, viene algo alcanzado con Toribio de pendencia. Pues, diga, ¿no es de decir que viniese la persona a verle dar la corona y holgarse para reír; y que este loco amenguado, por su sueño o por su antojo, con su capote o su enojo el placer nos ha quitado? ¿Aún todavía le dura el enojo con su hermana? Jamás en criatura humana se vio condición más dura. Pues, Sancha, ¿qué se os da a vos? A él se le quitará. Antes, si de her me ha alguna merced ¡por Dios! que la mayor del mundo es me pongas en paz con él. ¿Dónde está? Vayan por él. Ahí quedó. Llamadle; ves: que yo he de hacer estas paces, aunque esté Toribio bravo. Será echarme una ese y clavo por tu esclava si tal haces. He aquí puesto en su presencia, señor, al señor cholludo. Toribio, ¿que nadie pudo contrastar vuestra prudencia? ¿Más ha podido con vos un furor sin fundamento que no el reconocimiento de ser hermanos los dos? Pues ¿cómo con vuestra hermana, y una hermana como Sancha? Y si mi hermana me mancha la honra, por ser villana, ¿es bien que hermana la nombre? Nómbrola yo mi enemiga. ¿Será bueno que se diga que durmió al lado de un hombre? Si fue como no dormir. ¿Qué ha perdido vuestro honor? Venga esa mano, señor, que esto se ha de concluir. ¿Cómo la mano? Primero la vida el cielo me niegue. ¿No basta que yo os lo ruegue? Venga esa mano. No quiero. ¿Qué descompostura es esta? ¿Al Rey respondes así?. Agora quede esto aquí, que después daré respuesta. Yo antes de decir sí o no te pido, señor, que atento escuches un breve cuento que ha días que sucedió. ¿Cuento agora? ¿Hay tal donaire? Él está de juicio falto. Pues yo os daré tal sobresalto que os haga andar en el aire. Pues vaya, y no se detenga el cuento. Comiendo afuera. Erase aquello que se era, el mal vaya y el bien venga. Erase un duque, señor, en una tierra cristiana, el cual tenía una hermana que era el tesoro de amor; porque en ser bella y gallarda a todos se aventajaba, y aun creo que se llamaba... (¿Si dijese que Rosarda?) Mas no me acuerdo del nombre. No importa. En fin, vino año, que vino de un reino extraño a su tierra un gentil hombre que en su tierra era marqués; hombre de casa y razón, porque él era de nación... (¿Si dijese que francés?) ¡Qué flaco soy de memoria! De la nación me he olvidado. Bien, no os dé eso cuidado. Proseguí con vuestra historia. Viniendo, pues, como digo, el Marqués desde su tierra, ya por mar y ya por tierra dio en las del Duque consigo. La tierra del Duque era, si ya no me acuerdo mal... (A decir que Portugal, en confusión me pusiera.) ¡Que esté tan olvidadizo! Digo que de seso salgo. ¿Va en saber la tierra algo, o en saber lo que se hizo? Vamos, Toribio, al suceso, y sea do haya sido. ¡Por Dios, que quedo corrido! Pero, en fin, vamos a eso. Digo que el Marqués, señores, en tierra del Duque entró, y como a su hermana vio quedó perdido de amores. Y entró a servir en su casa con traje de labrador, bajezas que, por amor, cualquier amante las pasa. (¡Ay, cielo! ¿Este no es mi cuento?) (Este es mi cuento ¡por Dios!) Pues como se vían los dos, se hablaban cada momento. La hermana del Duque vino a querer bien al Marqués. Pasó algún tiempo después, toma el Marqués el camino, fuese a su tierra el aleve, aunque no olvidado de ella. Y fortuna como aquella que da la vuelta tan breve, más por gusto que por ley, trocó el mundo de manera que el Duque, de Duque que era, lo subió en un punto a rey. ¿Qué sufres que este te engañe con cuentos de ahora ha mil años? Oigan el saco de engaños. ¡Qué de años que le añade! ¿Qué habrá que sucedió eso? Mucho. Suélelo contar mi abuela a par del hogar, que vella es perder el seso. (A decir que había poco, pensara que era mi cuento.) Ahora, señor, oye atento, que ya me falta muy poco. Mejor es que no se acabe. Por cierto, harto mejor. Si ellos lo saben, señor, yo sé que el Rey no lo sabe. Dejadle acabar. Marqués. ¿Qué os va ni os viene en esto? (En gran confusión me ha puesto, Sin duda mi muerte hoy es.) Vamos, Toribio, adelante. Ya no sé en lo que quedamos. En que al Duque lo dejamos hecho Rey en un instante. Pues verse rey y asimismo irse a otro reino a casar de improviso, y sin pensar, sucediole a un tiempo mismo. Y de su dicha, el Estado adonde casar se había, era el reino do vivía aqueste Marqués taimado. El Rey, en fin, se casó, y, al volver, con gran traición, el Marqués, viendo ocasión, a volver le acompañó. Y llegados que llegaron adonde su hermana estaba, y el uno al otro se amaba, a sus amores tornaron; y aunque era grande amistad la que el Marqués le hacía al Rey, en lo que podía le quebraba lealtad. (¡Alto! Este me derriba.) (¿Qué es aquesto? ¿Está en sí o no?) ¿Posible es que sucedió lo que cuentas mucho ha? Que, según das los indicios, muy poco ha que aconteció. Digo que fue en tiempo antigo. ¿De qué sirve echar juicios? Mas finge, como no es, que tú a casarte. Rey, fueras: dime ¿qué castigo dieras a tal hermana y marqués? Yo, Toribio, si el rey fuera, a hermana y Marqués tan malos los pusiera en sendos palos y infame muerte les diera. Pues ¿cómo no has comenzado, ya que tú eres este Rey y aqueste el Marqués sin ley, de tu hermana enamorado, y esta la hermana traidora que te ha quitado la honra? ¡Oh, aleves, tanta deshonra! Prendedlos luego, a la hora. Vete en tu ira a la mano, señor, que el villano miente. Pues, señor, ¿tan fácilmente se da crédito a un villano? No habléis más en mi presencia, que basta haberme ofendido. Señor, pues ¿nada ha podido contrastar vuestra prudencia? "¿Más ha podido con vos un furor sin fundamento, que no el reconocimiento. que sois hermanos los dos? Pues ¿cómo con vuestra hermana, y hermana como Rosarda?" Hermana, hermana bastarda, infame, vil y liviana. Pues ¿ser hermana no basta para perdonar su error? Eso aumenta mi furor y más mi paciencia gasta. ¡Noramala aquí os tengo! No fue mala invención esta. Esto sirva de respuesta si alguna de daros tengo. Aquí verás que a la ofensa de una hermana no hay perdón, y por aquesta razón dije el cuento en mi defensa. (Ya la muerte había tragado.) (Esta resurrección es.) Marqués, vos sois el Marqués, pero Toribio el marcado, ¡Ah, hideputa, ladrón, qué sobresalto les dio! Por mi fe que tenía yo tamañito el corazón. Agora que yo cumplí: mi interés y voluntad. quiero tratar de amistad. Señor, la mano ve aquí, hágame amigo con Sancha. Ya yo, en verdad, no quería. Que sí, sí, por vida mía. Yo apostaré que se ensancha. De amigos os dais las manos, y somos todos testigos, y aquí están hechos amigos, hermana, entrambos hermanos. Vamos y quédense ellos. ¿Dónde iremos? Al jardín. Pues vengan Gila y Martín a reír. Ya vamos tras ellos. Sobresalto, Rey, me diste, y aún mi pecho aquí lo teme. Señor, ¿qué mucho? Vengueme del tiro que me hiciste. Fue venganza de manera que pudo costar mi vida. No, que hubo corte y medida, que a no haberlo no lo hiciera. ¡Bueno es que trates tan mal a quien te quiere tan bien, que siempre busca tu bien y te reserva de mal! ¿Oíste lo que el tirano al partirse me encargó? Pues es pedirme que yo le entregue a Sancha en su mano. Prometíselo, mas luego me previne del remedio, que es quitársela de en medio una hora antes del entrego. Porque aunque yo se la ofrezca, ya sabes que la promesa en aquel momento cesa que la dama no parezca. Pues ¿dónde se ha de esconder? ¿Por qué modo, o por qué vía? ¿Yo no estoy vivo? Pues fía, que algún remedio ha de haber. No entiendo yo, ni lo sé. Pues hay vía, y vía ancha, con que deje de ser Sancha y vuelva a ser lo que fue. Póngase ella una por una en el traje de Princesa, que ella puesta, mi promesa no me da pena ninguna. No me pondré dese modo, porque se ha de hacer más. Puesta tú así, lo demás ya está prevenido todo. Solo has de tener cuidado de iros luego desde aquí a mi aposento, que allí hallarás todo recado. Un vestido que te pongas, vestido, al fin de Princesa, saya y ropa a la francesa y oro que con esto te pongas. También verás dos criados vestidos a la morisca, en la lengua berberisca cristianamente examinados, ¿Tienes que hacer más que eso? No. Pues vamos en un vuelo. Dame favor, justo cielo, en caso de tanto peso. ¿Qué me falta, que parece que estoy desacompañado? ¡La espada! ¡Bueno he quedado! ¡Por Dios, si algo se me ofrece! Cuando el Rey mandó prenderme, sin duda, me la quitaron, y nunca me la tornaron. Otra quiero ir a ponerme. Primero. Suspenda el paso acelerado, amigo, pena de no volver jamás a Francia. ¿Qué es esto, caballeros? ¡Cuatro hombres armados, y con máscaras, a uno! No se gaste en hablar, Marqués, el tiempo, sino vengamos brevemente al punto. TÚ has de tomar este papel y pluma y escrebir de tu nota, letra y firma, que te obligas de dar al Rey la muerte, pena que al punto aquestas cuatro puntas pasarán por tu pecho a las espaldas. ¿Por qué tengo de firmar de darle muerte a mi Rey, si no pienso hacer tal cosa?. Fabio. No es tiempo agora, Marqués, de pedir causas, sino de poner luego esto en efeto. ¡Qué os viniese a traer el cielo en tiempo que me falte la espada, que, aunque una, no tuviera temor de vuestras cuatro! Acabe y haga aquesto que le mandan, si no quiere acabar a nuestras manos. ¿Qué?, ¿no puede ser menos, en efeto, de dar muerte a mi Rey? O recebirla. Alto, pues; muerte agora y después muerte, más la quiero después, que esta no es fruta que puede desearse por temprana. Venga luego papel, pluma y tintero. Ya está escrita y firmado. ¿Qué más falta? Que lo leas. Pues oigan lo que dice: "Matar yo al Rey no es mal hecho, antes ser cuchillo afirmo de que lo mataré, y firmo. Marqués.” Como eso diga, lo que importa dice. Dámelo agora a mí, que leerlo quiero, y dejadnos a mí y al Marqués solos. Esto he hecho, Marqués, de mano armada porque ya el firme amor que tengo a Sancha me obliga a obligarte de esta forma. Hazlo, pues, y si no quieres hacerlo, te juro por quien soy, que al Rey he de irme y mostrarle el papel en que te obligas, de letra y firma tuya a darle muerte, y probaré el delito con testigos. Y si lo hago por ti, ¿rasgarás luego ese papel que a fuerza tengo escrito? Rasgarelo delante de tus ojos. Pues, aunque darte a Sancha sea peligro, es el peligro dese papel tanto, que de dos riesgos el menor escojo. Ya sabes que entregarte a Sancha puedo porque ella nunca sale de mi gusto. Pues salte de aquí a una hora a aquel repecho de la puerta primera de Palacio, rebozado y revuelto en una capa, de modo que no seas conocido, que ella llegará ahí por orden mía. Diré al Rey que ella se ha escondido o que alguno por fuerza la ha llevado. En fin, me dices que de aquí a un hora. Pues, Marqués, voyme y mira lo que haces o al papel y la firma me remito. ¡Vaya un traidor, que él lleva buen despacho? ¡Por vida de quien soy, que he de hacerlo una burla en que muera y no se olvide! Pues, Marqués, ¿qué tenemos? ¿En qué estado está mi amor con Sancha? ¿Qué hay de nuevo? Muchas cosas, señor. ¿Nuevas? Tan nuevas, que acabo agora de sacar en blanco que Sancha, por quien tú de amores mueres, por tu hortelano está de amores muerta. ¿Por qué hortelano? ¿Por Martín, acaso? Por Martín. ¿Qué me dices? Lo que pasa. ¿Luego mis esperanzas son en vano? Antes el blanco agora he descubierto que abra llano camino a tu deseo. Porque quiere a Martín Sancha de suerte que, estándole yo agora aquí pidiendo que algún remedio diese a tus pasiones, me pidió, de rodillas por el suelo, que si alguna merced de mí esperaba fuese que de tu amor no le tratase. ¿Y es ese, Marqués, el blanco descubierto que abre llano camino a mi deseo? Sí, porque como yo vi puerta abierta, le dije luego que, de aquí a una hora, a la puerta primera del Palacio se pusiese vestida en traje de hombre, y yo haría con Martín de modo que acudiese por ella a la hora puesta. Y esto le dije; pero es mi intento que seas tú, señor, este que acuda, en nombre de Martín, en traje suyo, y a Sancha en tu poder puedes llevarla a tu casa de campo, adonde, solos, o por fuerza o de grado hará tu gusto. Digo que es buena traza. Mucho debo, caro Marqués, a tu sutil ingenio. Pues si piensas hacer lo que te he dicho, porque en la habla no te desconozca, no hables cuando allegues, sino abrázala, y aunque a tu parecer abraces a hombre, no abrazas a hombre, que a tu Sancha abrazas. ¡Albricias, señor! Mías son, que yo la vide primero. No hay primero ni postrero en las cosas de ocasión. Si me fas diesen a mí, serían vuestras y mías. Bueno es que estéis en porfías y que me tengáis así. Yo os las mando, acabá y decidme de qué son. Ya ha salido de prisión la Princesa. ¿Dónde está? Ahora acaba de llegar, y nosotros dos de vella. Dos moros vienen con ella, que la traen de allende el mar. (El mal que a esta coyuntura me puede venir, me viene.) Mías son. (¿El mundo tiene amante más sin ventura? Cuando pensé más despacio gozar de mi Sancha hermosa, me trae fortuna a mi esposa por las puertas de Palacio.) (No por eso te alborotes, señor, que das que notar.) Las albricias que he de dar tienen de ser cien azotes. Por eso reñid los dos sobre cúyas han de ser. Y o no las he menester; Martín, yo os las suelto a vos. (Ahora bien; pues aunque venga; no me ha de estorbar mi gusto, que habiendo Sancha no es justo que otra mujer me entretenga.) Una palabra, Martín. Pues, Toribio, otra palabra. ¡Grande máquina se labra! ¡El delo le dé buen fin! En efeto, lo que dices ¿no es que lleve dos amigos, que de todo sean testigos y digan lo que tú dices? Sí, de aquí a un hora. ¿A qué puesto? A la puerta de Palacio. ¿Falta más? En breve espacio ha de ser por obra puesto. ¿Lo que me has mandado es más que traerte un vestido mío? No. Pues fía de mí. Fío eso y todo lo demás. ¿Qué hacemos? Vamos de aquí a recebir la Princesa. Diligencia en vano es esa, porque ella viene ya aquí. ¡Oh, Rey alto y caro esposo, vuestras reales manos beso! Yo soy el que ha de hacer eso, y en hacerlo venturoso. Pero ¿qué ventura es esta. Princesa, tan no pensada? Rey alto, nuestra embajada te servirá de respuesta. El Rector de Berbería, Muley Mahoma, xarife que el cetro de Túnez rige, con los dos salud te invía. Y dice que a su poder llegó en prisión la Princesa, y sabiendo que la presa era Reina, y tu mujer, de su nobleza movido, sin esperar que se trate. del precio de su rescate, enviártela ha querido. Porque a tu real majestad se le debe este servicio, y lo que hace es oficio de su generosidad. Lo que el Rey hace agradezco, porque es con tan gran exceso, como si yo fuera el preso, por prenda suya me ofrezco. E idos a descansar, por el presente, los dos. Tu Estado aumente el gran Dios. Hacedlos aposentar. ¡Reina! ¡Rey! Vuestra venida me alegra, como es razón, mas venís en ocasión que me halláis de partida. Y partida tan forzosa que no se puede excusar. ¿Cosa hay que pueda apartar un esposo de su esposa, y esposos que ha tanto tiempo que viven sin verse juntos? Eso es así, aunque por puntos, señora, me mide el tiempo. Por mucho que pueda estar, no vendrá a pasar de un mes; tiempo tendremos después en que podernos gozar. Si a mi reino falto del, vos, que sois, en fin, la Reina, que en mi reino manda y reina, os podéis quedar con él. Reina sois, dese noticia al momento a mi Consejo de cómo en mi nombre os dejo. Reinad y haced justicia. Pues ¿cómo? ¿Aún no desposados y me has dado más poder, señor, que podría tener si estuviéramos casados? En eso mi amor veréis. Y porque importa que luego, antes de partirme, os ruego que a reposar os entréis. Señor, ¿qué es esto que has hecho? ¿Adonde te piensas ir? Yo te lo quiero decir, y quedarás satisfecho. Hágolo por si pudiese haber a Sancha a las manos, que pienso a mis pasos llanos, aunque a pesar suyo fuese, llevármela de secreto a mi casa de placer, y tenerla en mi poder todo este mes de respeto. ¿Qué dices de mi mentira? ¿No la supe bien fingir? En parte me hace reír, Señor, y en parte me admira. Señor, ya está aquí el vestido. Pues vamos de aquí los dos. Yo voy. Id, Marqués, con Dios, no me pongáis en olvido. ¡Bueno va mi enredo! En fin, llévolo en razón fundado. ¿Dónde irá tan denodado, y qué llevará Martín? Gila, ¿adónde; norabuena, tanta priesa? Penosa, señor, de ver una cosa que me ha dado grande pena. Que entró agora en mi aposento Martín, libre de embarazo, y sacó luego, a sobrazo, no sé qué ni con qué intento. Pareciome cosa nueva e iba a saber lo que es. Teneos, que yo os diré, pues, adónde va y qué lleva. Sabed que se ha enamorado él de Sancha, y Sancha del, y en el golpe tan cruel de amor a extremo ha llegado, que han hecho los dos concierto de sacarla aquesta noche de Palacio a prima noche. ¿Qué? ¿Es eso cierto? Es tan cierto, que por hacerlo más bien, sale ella en traje de hombre, mudando en ajeno nombre, y él muda el traje también. Pero, si quieres, espacio tienes de estorbarlo agora, porque ello es antes de un hora a la puerta de Palacio. Y no tienes más que hacer que ir, y en viendo que en el puesto está un hombre muy bien puesto, que así ha de estar la mujer, y que un hombre de antipara llega y se la lleva en brazos, llegad y hacedle pedazos, con las uñas, cuello y cara. ¿Tal hay? A fe que si puedo, que ellos se acuerden de mí. No se ha visto hasta aquí, si sale bien tal enredo. Retiraos hacia aquí, amigos, y sin que vistos seáis, de cuanto veáis y oigáis quiero que seáis testigos. Porque lo habéis de decir si algún día os fuere pedido. No hay nadie; creo que he sido muy puntual en venir. ¿Si se ha olvidado el Marqués de cumplirme la promesa? ¿Ahora vengo y ya doy priesa? Este disparate es. Quiero pasearme un poco, que a este puesto llego ahora. Es este el sitio y la hora, quiero llegar poco a poco, hasta que de cierto vea si Sancha ha salido al plazo. Pero... ¡Ya está en el lazo! ¿No es esta que se pasea? Quiero arrebatarla en brazos y llevarla de este puesto. Hombre, ¿qué haces? ¿Qué es esto? ¿Dónde vas? Suelta los brazos. Presta paciencia esta vez, Sancha mía. ¡Hermoso nombre! Muy bien sé que no sois hombre. ¿Otra vez? Y otras diez. ¿Vistes bien esta ocasión? Sí. ¿Qué fue? A mi parecer, lleva un hombre a una mujer en hábitos de varón, y queriendo ella encubrirse, él dice que a Sancha lleva. Pues cuando venga la prueba, todo aqueso ha de decirse. Por eso, tened memoria para cuando os sea pedido. ¡Eh, villano desconocido! ¿No es esta fuerza notoria? ¿Dónde traes un hombre en brazos? Basta lo fingido, Sancha. ¡Mundaria! Venís muy ancha porque os llevan en los brazos. Decid, descasacasados, ¿dónde vais con el casado? Sin duda se han conjurado hoy contra mí mis pecados. ¿Dónde vais disimulada? No soy Sancha, que soy Fabio. Soltame, gente sin ley. ¿Fabio, hermano del Rey? Sí. Pues perdonad el agravio. Ande, señor Alguacil, que yo le daré en la mano a su merced el villano que ha hecho caso tan vil. Gente viene, y quiérome ir, no me vea alguno airado. Martín se va enojado, que no me ha querido oír. Ve aquí, señor, al villano que a mi hermana me ha robado ¡Hola! ¿Quién va? Un hombre honrado. ¿Qué aguardáis? Echadle mano Quedo; no tanto tropel. ¿Qué? ¿No conocéis quién soy? Acabad. ¿Es para hoy? Dad en la cárcel con él. Ya sabéis que me dio a mí, amigos, el Rey su sello para hacer todo aquello que hace él cuando está aquí. Y así yo, en lugar del Rey, quiero una hora asistir a esta audiencia y presidir, guardando justicia y ley. En eso. Reina, y en todo has de ser por mí servida. Con la sujeción debida mi gusto al tuyo acomodo. Pues os mando, Secretario, que algún pleito relatéis de los graves que tenéis por el estilo ordinario. ¿Así a mí burlas. Marqués, teniendo el papel que tengo? Aún bien que en ocasión vengo que ya no os valdrán los pies. Por tener. Reina, noticia de que hoy entras por el Rey a hacer justicia y ley, te vengo a pedir justicia de una traición contra el Rey, y está el traidor a la mano. Cuéntese el caso de plano, que hoy sabré guardar la ley. Si yo mostrase un papel de un hombre escrito y firmado, y este hombre mismo obligado de matar al Rey en él, ¿no será causa bastante para que proveas justicia? ¿Quién tuvo tanta malicia? Aquí lo tienes delante. El Marqués es el traidor que escribió este papel, obligándose por él a ello en este tenor. "Matar yo al Rey no es mal hecho; antes ser cuchillo afirmo de que lo mataré, y firmo. — Marques." ¿Escrito por vos ha sido esto. Marqués? Sí escrebí. Reina, mas no dice así como Fabio lo ha leído. Yo leí lo que él leyó, que el intento de ello es darle muerte al Rey, Marqués. Uno y otro se engañó. Que es sentido extraordinario el que dais a mis renglones. que antes las mismas razones van diciendo lo contrario. Y si no, torne a leerlo Fabio aquí segunda vez, y yo lo leeré después; veréis que hay engaño en ello. ¿Qué engaño puede caber en cosa que está tan clara? Veamos en qué repara. Fabio, tornadlo a leer. Ahí es bien que se repare que ahí está el engaño. ¿En qué? En que dices "mataré" donde has de decir "matare". Pues, tomad; leed vos agora. Veamos si lo contrario dice. El fin con que yo lo hice solo fue este, señora. "¿Matar yo al Rey? ¡no! Es mal hecho. Antes ser cuchillo, afirmo, de que lo matare, y firmo. Ahora dice lo contrario. Y es el sentido, sin duda. Señora, advierta que muda ahora el sentido ordinario. Siempre dije lo que digo, señora, que nada trueco, y si en lo que he dicho peco, aquí estoy; dadme castigo. Por decir que has de matar al que entendiere dar muerte a tu Rey de alguna suerte, ¿qué castigo te he de dar? El premio que se te debe de alabanza te concedo. Basta; que de nuevo quedo burlado por este aleve. Lo que la Reina ha juzgado está muy puesto en razón. Buena justificación en su sentencia ha mandado. Hazme, Reina, la justicia que sé yo que me hiciera el Rey cuando aquí estuviera; castiga una sin justicia. Has de saber que un villano que, de mi dicha, está preso, cometió anoche un exceso contra mí con libre mano. Y fue que, aguardando espacio a su traición conveniente, me sacó violentamente a mi hermana de Palacio. Y agora que preso está, a la muchacha me asconde. Pídensela. ¿Y qué responde? Ni la niega ni la da. Calla y ríese entre sí, y de ello hace pasatiempo. No se gaste en vano el tiempo; traed ese preso aquí. ¿Cómo se llama tu hermana? Señora, llámase Sancha; muchacha limpia y sin mancha, aunque pobre y aldeana. No es bien que en casa de un Rey me falte mi hermana a mí, que a fe si estuviera aquí que hiciera lo que es ley. Y no se engañó, en efeto; que lo sintirá el Rey mucho. Ve aquí el preso. (¿Tal escucho? ¿Yo preso y en hierros puesto? No he de darme a conocer hasta ver en lo que para.) Villano, ¿no alzas la cara? ¿Adonde está esa mujer? ¿Qué mujer? Una que anoche violentamente robaste, cuando el Palacio violaste a punto de media noche. No he visto yo tal mujer ni hecho traición semejante. Aun bien que estuvo delante gente que lo acertó a ver. Y en prueba de ello presento, señora, estos dos testigos. ¿Es esto verdad, amigos, debajo de juramento? Yo juro que vi a este hombre que llevaba a más correr en brazos una mujer vestida en hábito de hombre. Yo vi que ella procuraba de salirse de sus brazos, y él, llevándola en sus brazos, dijo que a Sancha llevaba. Pues ¿qué mayor prueba que esta, si hay dos testigos contestes? Bien será. Reina, que prestes atención a mi respuesta. A caso tan bien probado, ¿qué tienes que responder? Mando que des la mujer o muera luego estacado. Basta; que hacéis buen juez. ¿Dónde, Reina, hallastes ley que manda que muera un Rey y muerte de ese jaez? A no ser yo el Rey agora pagara lo que no hice. ¿Quién dice que es? El Rey dice. ¡Bueno es eso!; calla agora. ¿Quién? ¿Quién? Que soy el Rey digo. ¡Por Dios, que es el Rey, mi hermano! Yo veo preso aquí a un villano y a este villano castigo. Que soy tu esposo, mujer. Que, ¡vive Dios! que el Rey es. ¿No es esto bueno, Marqués? Diz que el Rey había de ser. Y el disparate desotro, ¿ha podido ser mayor? Que es el Rey. Callad, señor; que un diablo parece a otro. Baste, que la Reina ha dado en este entretenimiento. ¡Hola! Dé a Sancha al momento o muera luego estacado. ¿Qué Sancha tengo de dar si en mi poder no la tengo? ¿Qué aguardo? ¿En que me detengo que no le hago matar? Acabad, tirad con él. Que soy el Rey. Vaya preso. Traición bien pensada es eso. Mas no te valdrá, cruel, Marqués, haced al momento lo que propuesto tenemos, y en breve, porque tendremos muy presto aquí el regimiento. Porque el traidor que se va sin duda hará mover gente. Marqués, Harelo tan brevemente como importa y se verá. Reina, mira lo que haces; que pones fuego a tus tierras. Pues no es por encender guerras, sino para asentar paces. ¿Pues qué? ¿Darles paces es quitarle al reino su Rey? Eso que agora no es ley veréis presto lo que es. Señora, en aqueste punto se acaba de ver cubierto de naos francesas el puerto, puesto en orden y muy a punto. Y llegando como espía a saber la gente que es, supe que es el Rey francés, tu padre, y a ti me invía a decirte que él salió de Francia con esta Armada, y que el fin de su jornada de irte a buscar nasció. Pero llegando a saber que estabas en libertad, mudando su majestad de intento, te viene a ver. Y invió antes a avisarte para que estés prevenida. Yo huelgo de su venida en extremo, amigo; parte y dile que yo le pido de merced que se detenga solo cuanto se prevenga el aplauso a Rey debido. Lo que mandaste está hecho. Reina, todo se ha cumplido; solo a Rosarda te pido en galardón de este hecho. Marqués, el tiempo ha llegado en que se os hará justicia. ¡Mueran los que de malicia a su Rey han afrentado! ¡Nuestro Rey, Reina! No es ley que una cosa tan debida por mi os sea defendida. ¿Qué pedís? ¡A nuestro Rey! Y es cosa puesta en razón. Corred luego ese dosel, verán a su Rey tras de él. ¡Oh, sin justicia! ¡Oh, traición! ¿Cómo permites que viva Reina que ha muerto a su Rey? Todos. ¡Muera la Reina sin ley que de Rey al reino priva! Quedo, amigos, ¿dónde vais?; suspended el golpe esquivo, que yo os entregaré vivo a ese Rey que apellidáis. ¿Cómo has de dar vivo al Rey que vemos muerto a los ojos? Solo con que abráis los ojos de la razón, como es ley, y veréis que este sayal os le ha tenido encubierto. El Rey verdadero y cierto, legítimo y natural, no el aleve ni el tirano como el que veis muerto allí. Veis a vuestro Rey aquí piadoso, afable y humano, no tosco Toribio ya, en vida grosero y ancha, ni acompañado con Sancha, que lo fue la que está acá,. sino el Rey de Portugal que solíades tener marido de una mujer tan prudente y tan cabal que, hecha Sancha, ha sabido restituirme a mi Estado. Seáis ¡oh, Rey deseado! mil veces bien parecido. Danos, señor, esas manos, junto con las de tu esposa, a tu gente venturosa. Alzaos, nobles cortesanos, y pues el tiempo ha venido de echarse cosas aparte, yo gusto, Marqués, de darte el galardón que has pedido. Tuya es Rosarda desde hoy, y, pues, con justicia puedo, al tirano desheredo de su Estado y te lo doy. Y de todo el reino a Fabio como a traidor, lo destierro. Según mi malicia y yerro, no me haces mucho agravio. Otro negocio hay sin esos de más tomo, y es, Rey, mandes que sueltes los cuatro Grandes que el tirano tenía presos: Condestable y Almirante, el de la Roca y Castillo. Eso, Marqués, sin decirlo, se ha de hacer al instante. A vos os doy ese cargo; hacedlos luego soltar. Mi padre espera en la mar, ya que espera espacio largo, y es bien que así como estamos le vamos a recibir. ¿Qué? ¿Tú también quieres ir? Gustaré en extremo. Vamos, que justo es que tanta gloria no sea menos celebrada que saliendo tú a su entrada. Con que se acaba esta historia.
