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Texto digital de El rey Enrique el Enfermo

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El rey Enrique el Enfermo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/rey-enrique-el-enfermo-el.

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EL REY ENRIQUE EL ENFERMO

JORNADA PRIMERA

Hagan alto las carrozas, que al rey, mi señor, he visto. Pues que se acerca la reina, llegad, tened el estribo. Señora, ¿vos en el campo? Sí, señor, porque he querido que esté vuestra majestad, que es mi rey y esposo mío, siempre junto a mi cuidado y cerca de mi cariño, andando tan achacoso. Yo, como es razón, lo estimo, pero las cuartanas nunca son achaque de peligro aunque son de mucho enfado y, así, para divertirlo, como tan cerca de Burgos está este apacible sitio, me quise salir a caza. En vuestro raro juïcio aun las acciones menores las venero y las admiro, mas decidme, ¿cómo estáis, si es cazar vuestro designio, tan lejos de los monteros? Porque en el noble retiro del alma tengo, señora, que comunicar conmigo negocios de grande peso, que, como empecé tan niño a reinar, falté a mil cosas que tocaban a mi oficio. Hanse aumentado mis años y con los años he visto lo que tengo que enmendar. ¡Ay, esposa! ¡Ay, dueño mío, cómo la corona pesa!, cuyos rayos vengativos, aunque parece que están de luces en un abismo mirando al cielo sus puntas, es un adorno mentido, es engaño de los ojos que tiene, si lo advertimos, en el corazón del rey ensangrentados los picos. Muy propias son esas penas de un hombre tan entendido y de un rey que es tan cristiano, pero por eso no admito que os estéis siempre con ellas comunicando. Es preciso porque tiene muchos nobles mi reino y son muy altivos y algunos de ellos soberbios, ásperos y vengativos, y pienso que tratan mal, con imperioso dominio, a la plebe y gente pobre y, aunque todos son mis hijos, los pobres son los menores y por soberano arbitrio de los hijos más pequeños son los padres más amigos. Fuera de esto, mi real patrimonio o tan perdido, o tan empeñado está (titubeo al referirlo) que no basta a sustentarme y algunas veces me ha dicho mi despensero mayor, Alonso Sánchez de Abiño, que es un viejo muy honrado, que hay días que oprimido suele empeñar prendas suyas ⸻¡raro y singular servicio!⸻ para darme de comer y no entiendo cómo ha sido el llegar yo a tal estado. Paciencia, pues Dios lo quiso. Tercero Enrique de España, varón grande, rey invicto, a quien llaman «el Enfermo» por sus achaques continuos, ⸻¡pluguiera a Dios se pasara a mi vida el apellido!⸻ no fatigues el discurso en averiguar prolijo de tu miseria la causa porque como en cristal limpio hoy lo verás en mi acento. De ajenos acentos hijo, sabe que tus ricos hombres están con tu hacienda ricos, ellos tus rentas poseen, y, pues la causa has sabido y eres discreto, tú busca para el remedio el camino. Mucho a vuestra majestad agradezco aquese aviso, mas no quisiera que fuese de algunas lenguas nacido de envidiosos, que estos, siempre maliciosamente activos, cara a cara están opuestos con los que el hado benigno puso en mayor dignidad y, como por su artificio son espejos los humanos ojos y en aquel distrito pequeño se ven pequeños, habiendo poco antes visto iguales sus estaturas, piensan, turbado el juïcio, que usando mal de los cargos tan de repente han crecido. Yo entiendo que mis vasallos y ministros, de quien fío, cumplen con su obligación. Por que veáis que lo que digo es verdad, todas las noches a convites de excesivo gasto se juntan alegres, ocupando los floridos espacios de algunas quintas y en esa del arzobispo de Toledo aquesta noche han de cenar con festivos aparatos. (Si aquesto es cierto, no va fuera de camino lo que la reina me dice.) Señor, ¡en vano me aflijo! ¿Qué queréis, Alonso Sánchez? Digo, señor, que le he dicho al mayordomo mayor que, porque yo ya he vendido o empeñado de mi pobre caudal aun lo más preciso, está vuestra majestad... No os embaracéis. Decildo. .sin qué cenar esta noche. (¿Y qué respondo?) Encogido de hombros volvió la espalda y me dejó. ¡Qué buen siglo! Empeñad ese gabán y comprad algo... ¡Oh prodigio! .que cenemos yo y la reina. Esperad. Humilde os sirvo. Vended luego aquesa joya y dejad para el abrigo del rey el gabán. Teneos, no la toméis, que no admito, señora, aquesa fineza, bien que la adoro y estimo, que soy muy vuestro galán para permitir remiso que se vendan vuestras joyas, bello y forzoso atavío, para darme de comer. Que no lo estorbéis os pido. Aunque no lo estorbe yo, lo estorbarán esos mismos diamantes, porque de verse lejos de vos afligidos sus luces marchitarán, y con lánguidos y tibios rayos de lo que antes fueron apenas darán indicios, con que vuestro afecto solo había en esa joya fino y de ese valor yo entiendo no más los quilates ricos. Id vos y haced lo que os mando. Nunca a tu gusto resisto. Por no anegarle en mi llanto de sus ojos me retiro. Las lágrimas que la reina lleva en sus ojos divinos salen de su corazón y se entran en el mío. Con más ansias las padece dos veces mi pecho herido, que allá en dolor empezaron y aquí acaban en martirio. Ya, cielos, ya... ¡Para, para! Mas, un coche de camino del camino desviado allí se detiene. El sitio lisonjea mis intentos con lo ameno y lo florido. Hija, Elvira, entre tanto que anochece determino que nos estemos aquí porque en Burgos no he querido entrar de día, que, como huésped soy y peregrino, en la corte quiero entrar sin estruendo y sin ruïdo. Allí a un venerable anciano con dos mujeres diviso, forasteros en el traje. Quiera el hado compasivo dar en los divertimientos a mis pesares alivio. Allí un hombre está parado que en lo grave y lo lucido caballero me parece, aunque en la corte imagino que parecer caballero y serlo no son lo mismo. Bueno será saber de él. Ya te entiendo. Bien has dicho. ¿Sabéis si en Burgos está nuestro rey, que el cielo guarde? Al campo salió esta tarde, pero presto volverá. (Ya juzgo al viejo discreto y amor en mi pecho entabla, que es buen vasallo el que habla de su rey con tal respeto.) ¿Qué le queréis? En su mano darle una carta y a fe que ya tiemblo. No hay de qué, porque es el rey muy humano. Con eso de gusto lleno y alegría me dejáis, mas vos parece que estáis achacoso. No estoy bueno. De una cuartana el rigor todo mi gusto atropella, pero tengo, fuera de ella, otra enfermedad mayor. ¿Y cuáles son sus crueldades? Decid. (A lástima mueve.) Ver que vida que es tan breve sujeta está a enfermedades. Mucho me admira que a vos eso os aflija y asombre, porque antes es para el hombre nuevo agasajo de Dios, que, si enfermar no pudiese, era fuerza que pasase sin casa que le guardase ni ropa que le cubriese, mas, como el miedo persigue de enfermar, busca sin rienda la casa que le defienda y el vestido que le abrigue y, pasando a vanidad aqueso que le regala, el vestido se hace gala y la casa autoridad, con que queda averiguado que, si el hombre no pudiera padecer males, no fuera ni galán ni autorizado. Pues, ya que aquello importó para el beneficio humano, por atención de la mano que aqueste barro labró, en el arte del curar pudiera al menos haber certeza en el conocer y evidencia en el sanar. Yo os confieso que anda a escuras la atención que más previene, que la medicina tiene solamente conjeturas y que el médico mayor, más celebrado y más grave nunca es el que más sabe, sino el de suerte mejor, de cuyo antojo las leyes suelen a veces jugar con la salud popular y la sangre de los reyes, y que es cosa desabrida y aun de peligros muy fuertes entregarse al que en mil muertes anda estudiando una vida, mas, en fin, quien le llamó piense, si así se consuela, que de la muerte en la escuela su vida es la que aprendió. Como sus errores ven los que a su opinión se arriman, al médico desestiman muchas veces. No hacen bien, antes deben estimar su ciencia y de aquí lo arguyo, pues cualquier acierto suyo puede una vida importar. (Hombre de buena razón es el viejo y ya me holgara de ver la carta que trae.) Vuestra majestad se vaya a su litera, que es hora de recogerse. ¡Santa Ana! ¡Señora, el rey es aquel con quien mi señor hablaba! Elvira, Casilda, vamos, vámonos de aquí. (Turbada tengo el alma. ¡Este es el rey!) ¿Oís?, dadme aquesa carta que decís que me traéis. Don Mendo Alfonso, ¿en la caza estáis también? Sí, señor, (aunque bien de mala gana). A la reina, mi señora, encontré y acompañarla fue fuerza (a la quinta iba donde esta noche aprestada está la cena.) Este es el pliego. Rodrigo, el alma tengo dudosa. ¿De qué? ¿No es Elvira aquella dama? Sí, señor, o hay en el mundo dos con una misma cara. Casilda, ¿don Mendo Alfonso no es el que miro? Mil ansias y paseos le costaste. Señora, de Salamanca la universidad me envía un presente de importancia. Siempre de leal se precia. Escuchad, que esta es la carta: «Señor, atendiendo esta universidad a los continuos achaques que vuestra majestad padece, nos ha parecido enviarle, como estipendio nuestro, al hombre más excelente que hoy se conoce en la facultad de la Medicina, que es Fernando Yáñez, que esta lleva, con que esperamos en Dios que estará vuestra majestad sano dentro de muy pocos días. Él le dé a vuestra majestad la salud y prosperidades que la cristiandad ha menester y nosotros deseamos. Besa la real mano de vuestra majestad la Universidad de Salamanca». Fernando Yáñez, seáis muy bienvenido. El que halla tal benignidad en vos dichosa fortuna alcanza. Dadme, señora, a besar vuestra real mano. La sabia mano de Dios guíe la vuestra en la salud que os encarga. Señor, a Fernando Yáñez conocí yo en Salamanca el tiempo que estudié en ella y, sobre su ciencia rara, es su sangre de las buenas que produce la montaña de León. No me crïaron mis padres a la esperanza corta de la medicina, mas esto aquí no hace falta. Besad a sus majestades, hija, la mano. Su esclava soy y así a sus pies me pongo. ¡Que a un mosquito diese alas Dios y se dejase a un hombre todo librado en sus plantas!, mas allí miro al dotor, a Casilda y a mi ama entre otra mucha gente. Acá estamos todos. ¡Calla, que está aquí el rey! ¿Aquel es el rey? Pues cayó en la trampa, quitémosle entre los dos luego al punto las cuartanas. ¿Sabéis quitarlas? Así supiera yo quitar capas. Es el bachiller Cangrejo, mi platicante, y que gasta aun más buen humor que letras. Vedme en palacio mañana, que os he cobrado afición. ¡Ya es mi suerte la más alta! Y ahora, señor, podremos irnos, que la noche baja. Vamos, pues vos lo ordenáis. Fernando Yáñez, la entrada de mi cámara tenéis. ¡Viváis edades muy largas! Vamos, Elvira. Don Mendo de ti los ojos no aparta. No es en ellos uso nuevo, ni en mí el no estimar sus ansias. Voy a meter una gorra en aquella quinta, que andan previniendo una gran cena si las señas no me engañan. Rodrigo, quédate aquí. Pues ¿cómo al rey no acompañas? Porque más me importa ahora ir al festín que me aguarda, que el rey bien seguro va. Con mucho desdén le tratas. Yo no he menester a nadie, que tengo lo que me basta para ser de todo el reino venerado, pero anda, que ya estamos en la puerta de la quinta. Mucho tarda don Mendo Alfonso. Al rey acompañará. Allí hablan. No le miro yo con ojos de tan servicial. Ya escampa. Allí Alvar Núñez con otros de tus altiveces tratan. Caballeros, ¿he tardado mucho? Sí, y se desazonaba la cena, mas a las mesas vamos, que es mejor estancia. Y, pues ya estamos en ellas, sentémonos y la salva hagan apacibles voces de las fuentes ayudadas. Con los bienes de fortuna la fortuna está mezclada y, así, quien los manda a ellos hasta la fortuna manda. De mi gente me aparté por notar lo que aquí pasa, que mi intento del ruïdo y de la noche se ampara. Aquí el médico Cangrejo está, cuya ciencia es tanta que entre él y un sabañón al hombre más fuerte matan. Pues bien, ¿qué queréis aquí? Llenar esta docta panza, que las tripas de los doctos son soberbias y están vanas. Tomad. De tiple parece esta pierna, que es muy larga, mas, con ser capón, engendra mil gustos cuando se masca. Muy estimado es el oro, muy venerada la plata, solo es rey quien tiene mucho, solo quien no tiene es nada. «Solo es rey quien tiene mucho, solo quien no tiene es nada» a mis vasallos soberbios voces lisonjeras cantan. Según esto, ellos son reyes y yo, según esto, nada. ¿Quién compuso aquesa letra, que la sentencia me agrada? (No es muy fino este conmigo, que se alegra de escucharla.) (De aquí a Cangrejo me importa apartar por que no caiga nadie en el intento mío.) Señor bachiller. ¿Qué manda su excelencia? Aquí al oído me oiga usted una palabra. Ahora más que el oído tengo abierta la garganta. Tomad esta sortija y vedme por la mañana en palacio, y ahora idos, que importa. Con esta alhaja y vuestro gusto me voy contento como una Pascua. Al paladar del dichoso se sujeta y se avasalla cuanto viste leve pluma o resbaladiza escama. Bien esto se verifica en las gustosas vïandas que de mano artificiosa se nos sirven veces tantas. ¡Y el rey está las más noches sin qué cenar en su casa! ¿Qué tendrá el rey que cenar? No es muy fácil la demanda, que, si el gabán no se empeña, yo pienso que no habrá nada Ligera será la cena si con su caudal se iguala. Todos juntos. ¡Fuego, fuego! ¿Qué es aquesto? ¡Que se abrasa toda la quinta! ¡Socorro! ¡Vamos presto! ¡Agua, agua! ¡Aquesta noche no queda brizna de toda la plata! ¡Que así se turben los gustos! ¡Acudamos por que salgan los que en el fuego peligran! ¡Culpa es aquí la tardanza! Por los músicos me huelgo, que cenarán en su casa. Muy ciego debo de estar en el cetro que me encarga el cielo y, por que me alumbren, me enciende ahora estas llamas. ¡Que estos hombres tenga yo en mis reinos y que no haya sabido estas deslealtades! Pues por mi corona sacra que he de dar un escarmiento con los filos de mi espada tal que por todos los siglos publique a voces la fama del rey Enrique el tercero la justicia y la venganza. Aquel incendio temido de anoche quedó apagado y hoy, habiendo madrugado, a palacio hemos venido. Mendo aguardar me mandó en palacio. Buen consejo. Ea, bachiller Cangrejo, hoy tu fortuna empezó. Él viene, saco al instante los guantes y el sortijón, que aquestas las armas son con que mata un platicante. Rodrigo, todas las veces que vengo a palacio siento en mí un respeto violento que humilla mis altiveces, pero no es bien que me asombre, pues yo con menos cuidados soy también en mis estados rey sin la pensión del nombre. Allí te aguarda el crïado de Elvira. Granjealle quiero por que sea medianero de mi afición. Tu cuidado de puntüal se acredita. Saber tu gusto merezca y estimaré que se ofrezca alguna cura exquisita porque introducirme quiero en casa de un gran señor. ¿Por albéitar o dotor? Desvergonzado escudero, a no mirar... Son locuras de Rodrigo. En todo acierto y aun los mismos que yo he muerto no se quejan de mis curas, mas de ti vengarme puedo, como tu señor me hiciera su dotor, de la escalera abajo. Yo te concedo ese honor. Pues, Rodriguillo, guárdate de mis cautelas, que el menor dolor de muelas en ti ha de ser tabardillo y he de hacerte cien sangrías, recetando en tales dudas de tus chanzas las ayudas por que te las echen frías. Oye ahora el fundamento de haberte querido hablar. De ti pretendo fïar mi pecho. Servirte intento. Sabrás cómo adoro a Elvira, que me corresponde escasa. El rey a su cuarto pasa. A esta parte se retira. Hoy me siento más doliente. El haberos recogido tan tarde anoche habrá sido causa del nuevo accidente, pero yo confío en Dios. Pues por vuestra edad madura, letras, nobleza y cordura puedo discurrir con vos, olvidando esta tirana dolencia que así porfía. Hoy, que es el preciso día de la temida cuartana, conmigo, Yáñez, venid, pues por que me divertáis quiero que satisfagáis a cierta duda. Decid. Si un reino ⸻oíd con cuidado el político ejemplar⸻ llegase, Fernando, a estar en tan desigual estado que los nobles que en oficios crecieran y en dignidades con públicas vanidades diesen soberbios indicios de su adquirida riqueza, estando ⸻¡qué injusta la ley!⸻ la república y el rey en limitada pobreza, ¿qué medio elegir se debe que cure este destemplado cuerpo místico, formado de rey, de nobleza y plebe? Así responder intento a vuestra dificultad: Jacob, a la utilidad de sus ganados atento, adonde se apacentaba aquel rebaño copioso a unas varas industrioso las cortezas les quitaba por que tan varias señales el ganado concibiera y aquella impresión hiciera sus efectos naturales y con estraños primores para lograr sus porfías salieron todas las crías remendadas de colores. Del rey es imitación Jacob en prueba tan fuerte. Los pobres, si bien se advierte, aquí las ovejas son y los ricos, que absolutos exceden a Creso y Midas, las varas desvanecidas con hojas, flores y frutos, pues quitallas de una vez las ramas y la corteza por que pierdan la grandeza, el verdor y la altivez y, así, el rey vence sus quejas con atenciones tan claras y desnudando las varas se vestirán las ovejas. (Los consejos de Fernando conformes conmigo están.) Sin poder oírlos van a solas los dos hablando, mas ¿cómo, viéndome aquí ⸻con razón quejoso estoy⸻, pasa el rey, siendo quien soy, sin hacer caso de mí? Mirándome va severo. (Su atención me maravilla.) (Hoy verán León y Castilla quién es Enrique el Tercero.) Pero a mí nada me inquieta. Prosigamos en mi amor. Yo te curaré, señor, si me pagas la receta, que de mí doy testimonio aunque soy dotor de a pie. Denle una mula Traeré la baya, que no hay demonio que la ensille. No la quiero. Y come por tres. ¡Qué gula! Yo me comeré la mula si me la dan en dinero. Yo lo ofrezco. Pues ahora el aviso has merecido, hoy a palacio ha venido doña Elvira, mi señora, que ayer la mandó venir con el deseo de honralla la reina y podrás hablalla sin estorbos al salir de su cuarto, mas ya creo que el lance tu red previene. Cayó el pez, Elvira viene. Logró el amor mi deseo. Don Mendo ⸻¡ay de mí!⸻ es aquel. Siendo mujer, ¿tal temor? ¿Por qué huyes de un señor? Porque está mi riesgo en él. No os volváis, que es tiranía, después que amor me sentencia a tanta noche de ausencia, darme limitado el día. Es de mi atención efeto el retirarme de vos. Apartémonos los dos, que quiero hablalla en secreto. Oye, tampoco se ensilla esa mula fácilmente. Pues ¿no es baya? Impertinente, no es baya, pero es morcilla. Yo la amansaré. A dar voces al zaguán mi amor os lleva. Si quisiere hacer la prueba, Casilda, mátale a coces. No me estorbéis cuando intento volverme. Mirad, señor, que no es decente este sitio para que hablemos los dos. La parte más retirada de palacio es esta y yo de dar mis corteses quejas he de lograr la ocasión, como me ha ofendido tanto de vuestro olvido el rigor desde aquel día que a Burgos vine, cuando me ausentó la herencia de mis estados, hermosa Elvira, de vos, dejando aquellas escuelas adonde solo cursó en amores mi cuidado, ciencia del alma que os doy. Siendo mis ojos al veros consecuencia con que yo solía probar los grandes argumentos de mi amor, ¿cómo pagáis con olvidos? Lo que olvido os pareció, lo que descuido llamáis no ha sido sino atención. Mendo Alfonso Coronel, no puedo negar que son los méritos personales que naturaleza os dio, los cuidados, las finezas que el tiempo ha guardado en vos, causas para persuadirme a que os busque ⸻¡impropia acción!⸻, a que os pague ⸻¡qué osadía!⸻, a que os adore ⸻¡qué error!⸻, a que os ame ⸻¡ya lo dije!⸻, pero, amando, ¿quién halló disfraces para su pena? ¿Habrá quién sin atención pueda esconder en el pecho de una brasa el vivo ardor? ¿No ha de dar el humo avisos del fuego que se ocultó? Es preciso y, así, ahora no es mucho, siendo mi amor la brasa que está escondida, que sea el humo la voz, mas, aunque confieso amaros, me reprime el ver quién sois y, viendo que no os igualo, tiene presos la razón mis pensamientos por locos en la cárcel de un temor. Vos nacisteis en Castilla con tanto ilustre blasón, yo con desigual estado una humilde hidalga soy, a vos de muchos vasallos el cielo os hizo señor, yo más posesión no tengo que un solar que fue hasta hoy ejecutoria de piedra en las montañas de León ni puede mi honrado padre con pobre limitación dejarme más rica herencia ni patrimonio mejor que algún caudal adquirido, pues ¿cómo ⸻¡ay de mí!⸻, si estoy conociendo que a la vuestra es mi fortuna inferior, podrá con tan cortas alas medir la esfera del sol? Querer sujeto imposible más parece obstinación o tema de la porfía que fineza del amor. Vuestra mano ⸻¡qué crüeles estos desengaños son!⸻ no ha de ajustarse a la mía y, atendiendo a lo que sois, no habéis de partir conmigo el trono que os fabricó tanta heredada grandeza ni con amorosa unión la casta nupcial coyunda ha de igualar a los dos, pues, no siendo de esta suerte, corre peligro mi honor y, así, retírese luego esa llama al corazón, esa queja por injusta la lleve el viento veloz, sepúltese en el silencio ese licencioso ardor para que callando muera quien tan infeliz nació. Siendo tan ilustre afecto el de una amante pasión, ¿le hacéis tan interesado? ¿Arrastrar se deja un Dios de conveniencias humanas? Quien ama sin pretensión de paga correspondiente sus méritos desmintió. Luego ¿no es grosero amante quien espera? No, que amor en brazos de la esperanza corre hasta la posesión. Pues ¿he de morir penando? Sí, que es primero mi honor. ¿No ha de buscarse algún medio? Es imposible el que os doy. ¡Que no hubiéramos nacido con igual sangre los dos! Ser oro en su mina intenta todo metal porque el sol aplica siempre sus rayos a producir lo mejor, mas por no hallar en la tierra bastante disposición o no ayudar la influencia la plata o cobre engendró. Si la suerte para darme quilates de más valor no halló capaz la materia, no estuvo en mí la elección. La culpa tuvo la mina y el astro que la influyó, que, si todos al nacer tuvieran jurisdición para elegir sus fortunas, nadie naciera inferior. Pues, ya que rigurosa con mi pena a tales desengaños me condena, por que su honor me sirva de trofeo he de lograr el fin de mi deseo. ¿De cuándo acá con altivez segura del poder se resiste la hermosura? Ya en cautela mi amor se ha convertido, mas ¿qué nuevo accidente habrá traído a palacio un concurso tan copioso de nobles y plebeyos? Presuroso va creciendo el tropel. Saber intento de aquesta novedad el fundamento. En tu busca nos trae nuestro cuidado. Hoy por escrito a todos nos han dado una orden del rey, lo que previene este pliego que ves para ti viene, que a mí me le fio quien le traía. ¿Qué intenta el rey? Mi pecho desconfía. El sobreescrito dice: Ya le atiendo. «Del rey nuestro señor para don Mendo». Ahora aquí es precisa la ceremonia que el estilo avisa, que grave carga mi soberbia siente con el nombre del rey sobre la frente, pues, por que más me asombre, hace un papel pesado solo el nombre. Pocas las letras son y esto refieren: «Luego que este real decreto os diesen, os mando que vengáis sin dilaciones a mi cuarto». ¡Notables confusiones! A los demás lo mismo nos ordena. Deudos, amigos, siempre ha sido ajena la turbación de nuestros nobles pechos, mas, aunque nos hallamos satisfechos del valor que nos dio tan alta esfera, de aquesta prevención no sé qué infiera, pero ¿qué tempestad varia y traidora nos podrá echar ahora de la fortuna errante al golfo incierto desde la fija posesión del puerto? Vámonos acercando sin recelo hacia el cuarto del rey. Y quiera el cielo vencer la duda que en nosotros crece. ¿Si acaso la dolencia que padece se le agravó de suerte que, temiendo el peligro de su muerte, encargarnos pretenda en tal aprieto la tutela del príncipe? Otro efeto nos amenaza con señales ciertas. ¿No veis las guardas ocupar las puertas, tenernos tan pendientes del suceso? Ya más que dilación parece exceso. Tu queja es justa. Pues aviso demos de que aguardando estamos. Bien haremos. ¡Ah, crïados del rey! ¿Cómo imprudentes no le avisáis cuando nos veis presentes? Decilde que ya tarda su licencia. Que no nos niegue su real presencia. Que le aguarda el valor que el mundo humilla. Que son los ricoshombres de Castilla. Que acabe de intimarnos sus intentos. Que diga qué nos quiere. Estadme atentos. (¡Ya me turba!) (¡Ya me enfrena!) (¡Qué imperioso!) (¡Qué severo!) El rey me mandó que oculta le escuche y así pretendo encubrirme de esta suerte. En todo se muestra atento. Nobles de las dos Castillas, ricoshombres, caballeros, ya que os tengo en mi presencia, vaya ahora respondiendo cada uno a lo que yo preguntar a todos quiero: ¿cuántos reyes venerados por el castellano cetro habéis conocido? Yo de ti solamente puedo decir que tengo noticia. Yo he visto en el trono regio a dos: a ti y a tu padre, el rey don Juan el Primero. Yo también. Yo, a tres: a ti, a tu padre y a tu abuelo, el segundo Enrique. Yo, aunque menos edad tengo, en Castilla he conocido más de veinte reyes, siendo no legítimos, tiranos, altivos, locos, soberbios, libres; estos sois vosotros y los demás que el derecho real tiranizan y usurpan. Las mercedes que mi abuelo, pródigo o necesitado, derramó con tanto exceso os hacen dueños injustos de las tres partes del reino. Tan poco me habéis dejado en qué mandar que os confieso que al ponerme la corona de ligera no la siento. Las rentas reales que siempre de mis ascendientes fueron gastáis superfluos y vanos cuando tan pobre me veo, que, a no empeñar ⸻memorable caso a los futuros tiempos⸻ aqueste gabán, me hubiera faltado ayer el sustento. Pues por vida de mí mismo que no ha de ser, si yo puedo, hidra bárbara Castilla ni en su político cuerpo ha de haber tantas cabezas; yo solo reinar pretendo. Antes que salgáis de aquí, que firméis todos intento los despachos necesarios con que los alcaides vuestros entreguen las fortalezas y los lugares que ajenos están hoy de la corona y, si no, en mi alcázar tengo ministros para el castigo, castigos para el ejemplo, y para cobrallos yo, si me lo negáis groseros y con sangrienta venganza, ponerme a caballo luego conduciendo armadas tropas de aquesta manera vengo. Temed mi airada justicia todos a mis plantas puestos. Yo soy el león castellano. ¡Enrique! Su enojo temo y salir quiero a estorbarle. Señor, suspende el acero. Ya... mas... ¡Oh pensión terrible! Solo por vos le suspendo, pero han de hacer (¡que viniera el accidente a este tiempo!) todo lo que mando (¡apenas formar las palabras puedo!) Parece que ya repite su fuerza el achaque vuestro. Al decir que soy león con la cuartana me siento. Retiraos, señor. Del frío son los temblores efectos. ¡Viva el rey! Ya me va dando calor la lealtad del pueblo. Acompañad a la reina. ¡Voy confuso! ¡Absorto quedo! Venere el mundo la fama del rey Enrique el enfermo.

JORNADA SEGUNDA

Mi Casilda casildó, mujer tan ocasionada que por ti aquella malvada seguidilla se cantó: después que a Burgos llegamos, donde mudado te has, conmigo tan seca estás que tus antiguos reclamos busca pájaro mi amor y tan infeliz les pierde que ni para en ramo verde ni en árbol que tenga flor. Es verdad que a mi pasión material llama le aplico, que sé lo que me platico, mas no tóqueme Platón. Tu fe culpo menos franca y de que sea me ofendo mudable por Burgos siendo amante por Salamanca y, aunque tiempo y lugar falle, hechas tus pruebas a cala, sé que eres ya colegiala de maese Rodrigo. Calle si bien con su vida está y no se meta conmigo, que es muy hombre el tal Rodrigo. Pues lo dices, sí será. Tratemos los dos. ¡Qué estremos! Si tu rigor me receta que contigo no me meta, ¿cómo quieres que tratemos? Maliciosamente infieres y aun hablas con gran exceso y yerras en mucho. Eso tenemos los bachilleres. Pues murmuremos según lo servil de nuestro estado. ¡Para todo soy crïado! Oye, Cangrejo... Habla, atún. Ven acá. Aunque tan crüel, ya nuestra ama se rindió. Como es dama, la sopló Mendo Alfonso Coronel. Al fin, sus ansias premiando, fue su resistencia vana. La mujer que quiere, hermana, se resiste resbalando. Después del diablo, a porfía nosotros la convertimos. Tales sermones le hicimos. Tal dinero nos envía, mas no se rindió a su empleo sin palabra, como ves, de casamiento. Esa es zancadilla del deseo. Viendo, pues, que así la obliga, una cédula la dio que él con su mano firmó. Yo testigo. Y yo testiga, pero mira hay cedulón, que han menester sus errores, como en pleito de acreedores, probarle la antelación y hay hombre sin que le atiendan que con tan falso primor entiende a todas la flor antes que la flor le entiendan. Yo misma anoche, ¡por Dios!, en su aposento le entré. ¿Cómo no te acuerdas que le entramos entre los dos? Háceslo por no partir lo que al entrar prometió. Verdad es que nos mandó grandes cosas. Al salir, ahora hemos de cobrar y, nuestra fe agradecida, para toda nuestra vida ricos hemos de quedar. Entró, en fin, y cuando Elvira le vio en su cuarto a deshora suspira, pero no llora, se queja, mas no suspira. Ya Mendo a lograr se arroja trofeos de la ocasión y Elvira a la sinrazón más irritada se enoja. Prosigue la resistencia, el valor, el sentimiento, el desagrado, el aliento. Aquí entró la diligencia de la cédula y aquí, por que todo lo concluya, mi persuasión y la tuya, que importaron mucho allí, pues los pesos no ligeros de yerros de liviandad quedaran a la mitad si no hubiera consejeros. Ella, viendo amenazado su pecho y que la obligó con sus letras, le venció más de fuerza que de grado. Véncenla, en fin, sus razones y lo restante del paso, pues hay cédula en el caso, pasémoslo entre renglones. Quedamos por centinelas velando. Pero he advertido que, pues que ya ha amanecido, no son menester las velas. Ya salen. Pero a notar llego... ¿Qué? Si no es antojo, .que Mendo pisa más flojo al salir que no al entrar. Mi bien, mi dueño, señor, esposo... Presto has querido usar del nombre de esposo. ¿Os enojo, señor mío, con llamároslo? No, Elvira, antes me alegro. (Corrido estoy, ¡por Dios!, de haber hecho semejante desatino, mas disimular importa para lograr mi designio.) Recelosa estoy... Yo, amante. .de que vos,... Pierdo el sentido. .como todos,... Ya os entiendo. .os halléis... Agradecido. Pues, si vos me prevenís la seguridad, bien mío, antes que los miedos, ¿yo qué recelo, qué imagino? Cangrejo, quiero llegar a hablarle, que determino que al punto me dé libranza de todo lo prometido. Lleguemos juntos, que quiero que haga lo propio conmigo. Por muchos años y buenos... Por buenos y muchos siglos... .gocéis en dulce himeneo... .logréis en lazo tan fino... .vos de Elvira los favores. .de Mendo vos los cariños. Callad, callad, que no gusto de afectos encarecidos. Bien dice Mendo. Yo todos los parabienes recibo, que soy tan feliz y así vuestro afecto agradecido premio con este diamante, tú, Casilda, aquel vestido tomarás que ayer me puse. ¡Dios te guarde! A Rodriguillo se lo he de dar hecho polvos. ¡Guárdete Dios! Hoy me visto. Ahora a Mendo me llego. Ahora a Mendo me arrimo. Saco el tintero y en esta media carta determino que me haga la libranza. ¿Oyes, quieres que en un mismo papel nos la haga a los dos? Sí. Por que yo de camino a un tiempo lo cobre todo. Perdone usté un tantico, que tenemos que decirle... ¿Qué me queréis? Señor mío, aunque dicen unos versos acerca de estos puntillos no sé qué palabras de tentado y arrepentido, no se entiende con los mendos. Ea, proseguid. Prosigo. Así, por mí y en el nombre de Casildilla, os suplico que nos libréis a los dos las cantidades que dijo vuestro labio cuando anoche de Elvira al cuarto os metimos, que con eso Casildilla tendrá casamiento rico y yo compraré una mula, que es en mi ciencia el indicio de ser grande hombre. Aquí hay todo recado, escribildo así a mi señora halléis, a su hermosura, a su brío y a su gracia nueve faltas y se las enmiende un hijo. La bendición me ha obligado y así al punto determino hacer lo que me pedís. ¿Qué me dices? Cangrejillo, que eres un rayo Yo apuesto que hay bello dinero. Lindo. Tomad y al momento id a cobrar del que ahí digo, que os pagará de contado. Dios te cuente entre los niños del horno de Babilonia, que fueron unos santicos. Hágate Dios bien casado. Mirad, mientras me despido de Elvira, si alguien parece para salir sin registro. Ya vamos. Rabiando estoy por que veamos qué hay escrito. Léelo, por vida tuya. Así dice, ve conmigo: ¡Brava ventura es la nuestra! «Gonzalo, lacayo mío, dad al bachiller Cangrejo», suelen tener ⸻yo lo he visto⸻ estos señores lacayos que les traen el bolsillo y luego libran en ellos. Prosigue, acaba. Prosigo: «dad al bachiller Cangrejo», vista esta, ¡bravo vicio!, «quinientos», ¡lindo dinero!, «azotes»... ¿Qué es lo que he oído? «Azotes» dice, no hay duda. Dinero es de mucho ruido. «y a Casilda, con las riendas de un caballo dad los mismos». Toma, cobra por entrambos. ¿Engáñasme? Si te digo que por entrambos los cobres, ¿cómo he de engañarte? Chito, no despeguemos la boca. Ya el negocio está entendido. Vamos a acechar. No sea que ahora nos pague él mismo. (Este papel que escribí sin que Elvira lo haya visto por el que le di quisiera trocar, pues así redimo cautelosamente el daño que mi deseo me hizo.) ¿No me habláis, señor? Elvira, (¡oh quién hallara camino para trocarle! No es fácil.) ¿quién ha de poder, rendido, despidiéndose de vos, hallar palabras? Bien mío, mis ojos os acrediten mi sentimiento. No digo que temo, pero mi llanto parece que ha prevenido no sé qué miedo en mi pecho. Ese papel se ha caído. Ese es con que hicisteis guerra más eficaz a mi agrado y no poco me ha asustado el verle ahora en la tierra, en los renglones que encierra cifra mi honor, ya lo veis, en el suelo le atendéis, pero no ha importado, no, el que le derribe yo como vos lo levantéis. Yo lo levanto y mi amor os asegura fïel que no solo ensalzo en él el vuestro sino mi honor. Señor. Señora. Tu padre viene. Mi amo. Pues tomalde, que el interés de lo que he solicitado en el papel se ha logrado como lo veréis después. Por ir a palacio hoy más temprano se ha vestido. Ya es imposible salir sin verle. Apenas respiro. ¿Qué importa? No os aflijáis. (Ya mi industria he conseguido. Troqué el papel.) El demonio que aguarde. Yo me retiro. En este aposento puedes esconderte. Ten, ¿que has dicho yo me había de esconder? Por mi honor. Aparta, digo. ¿Qué importa tu honor adonde resulta en desaire mío? Elvira. (¡Válgame el cielo!) Mas, cielos, ¿qué es lo que miro? Pues ¿cómo vos a estas horas en el cuarto... (¡Qué peligro!) .de Elvira os hallo? Señor, Mendo, yo, aquí... (¡Ay, honor mío!) Pues ¿qué estrañáis? El hallaros en parte donde es preciso que mi valor... y tú, infame villana,... (¡Estoy sin sentido!) .¿cómo profanas... Advierte... .la sangre... .que el pecho mío... .que en mis venas... .admitió a Mendo. Yo he de decirlo. Años ha que adoro a Elvira y que ella me quiere bien y años ha que a su desdén mi amante pecho suspira. Tuvo consigo piedad, como estaba enamorada, cansose de ser honrada y premió mi voluntad. ¿Qué es lo que he oído? Pues ¿cómo no decís ⸻¡dolor esquivo!⸻ el pretexto ⸻¡qué pesar!⸻ con que vos...? Eso remito a vuestro labio, mas sea después que yo me haya ido. ¡Esperad, que vive Dios...! ¿Cómo blasonáis conmigo enterezas? ¡Apartad! Con vos y con el rey mismo en tocándome al honor. Hombres como yo no han sido sujetos a las comunes leyes, que siempre vivimos a fuero de nuestro gusto y a ley de nuestro albedrío. ¿Qué escucho, cielos? Por eso de Dios el justo castigo para todos igualmente está esgrimiendo el cuchillo. ¡Muerta estoy! Solo en el cielo confïar habéis podido la venganza, que en la tierra no hablan las leyes conmigo. Por eso hay rey en Castilla justiciero, a quien remito mis quejas. Contra nosotros se moderan los castigos. Por eso de este papel se sabrá valer mi brío. Eso no niego. Leelde, que aquí estoy para cumplirlo. ¡Que enmudeces, hija ingrata, que en tan vil astro has nacido que obscureces mi opinión! Señor, señor, si delitos del amor tienen disculpa, que me escuchéis os suplico... ¡Ah, aleve! Si vuestros ojos no han cegado al yerro mío,... ¡Pluguiera al cielo y no vieran en ti el instrumento indigno de mi deshonra!, mas yo de ese pecho fementido te sacaré el corazón. Padre,... ¡Ah, dañoso cariño! Tal vez el de esta palabra, pues al castigar los hijos es un letargo vocal que adormece los sentidos. .aunque nada me disculpa, puede en parte persuadiros este papel a piedad. Y de su dueño imagino que serán para matarme sus renglones basiliscos. Así dice. En él verás dorados los yerros míos. «Digo yo, don Mendo Alfonso Coronel, de tres castillos dueño y de catorce villas, señor de Salva, que altivo traen pendón y caldera sus armas y su apellido, y ricohombre de Castilla a fuero de España antiguo, que casaré con Elvira cuando se iguale conmigo Fernando Yáñez, su padre»... ¡Qué escucho! ¡Pierdo el sentido! .«y cuando haya en Castilla rey que tenga tal dominio que me lo pueda mandar». Cielos, ¿qué es esto que he oído? ¿Esta pena más? ¿No basta agraviar el honor mío, sino que a la autoridad de su rey se haya atrevido desluciendo su poder tan soberbio? ¿Quién ha visto tal especie de traición? Al caerse en este sitio me trocó el papel. ¡Ah, cielos! Luego ¿no es este aquel mismo papel que para vencerte te dio su pecho atrevido? Cuanto, con error profundo, para engañarme, aquel fiero me obligó con el primero me agravió con el segundo, que está tan pronto en el mundo el engaño que no estraño en los hombres este daño, pues, si un instante aprovechan con una verdad, la echan a perder con un engaño, pero, señor, si el valor de las desdichas es hijo, yo, que te di la ocasión, para mi muerte te animo. Corta, corta de mi cuello, este organizado vidrio que dio la naturaleza a la vida en sucesivos alientos cuya tarea es con afán repetido de necesidad los que entran y los que salen de alivio. Dame la muerte. Detente. No se remedia el peligro aplicando otro mayor y, ya el daño sucedido, es más culpable ignorancia no intentar cualquier camino para enmendarlo. ¿Qué intentas? Hablar al rey determino y referir nuestro agravio. Yo a los cielos su delito. Pues así... Pues de esta suerte... .la justicia solicito... .solicito mi venganza... .y desde este punto pido... .y desde este instante invoco... .en mi pena... .en mi albedrío... .justicia, humanos rigores. .venganza, cielos divinos. Yo iba, señor bachiller, buscándoos porque mi achaque no hay remedio que se aplaque. Yo tengo tanto que hacer que ha sido milagro el verme. Pues oídme una pregunta. Yo voy ahora a una junta y no puedo detenerme. Tan precisa y tan forzosa visita es que no podré deciros... Pues voy a pie, no hay que decir otra cosa. Pues decid, ¿qué os ha obligado a tanta solicitud? Aquesta negra salud del rey me trae arrastrado. Pues ¿tomaisle el pulso? ¡Y cómo! ¡Bien os pueden envidiar! Yo le dejo descuidar, llego quedo y se le tomo. Pues, como andéis más despacio, hablando los dos iremos. Pues informadme y andemos, porque hago falta en palacio. Tengo en esta pierna... Flatos llamó Galeno a ese humor. .un bulto grande... Tumor llama a esa hinchazón Pilatos. Estraño autor. Fue autor griego y solo le entiendo yo y en cien libros escribió las virtudes del espliego. Los dientes me duelen mucho y las muelas. ¿De una vez? Sí. Eso es vejez, que así lo dijo Carducho; «canon», dijo este autor, «si quis suadente», que ‘al hombre cano se le cae el diente’. ¿Bebe vino? Sí, señor. ¿Mujeres un tanto cuanto? Como no es un hombre santo... ¿Ve? Como es un pecador, mujeres lo han de matar. (No lo acaba de entender. De Casildilla he de ver si lo puedo así apartar.) La más bella y la más garza por que destruirnos pueda con palabras nos enreda y con obras nos enzarza. Las hembras para escupillas las quiere el hombre prudente, y más señaladamente nos matan las Casildillas. ¿Qué es visitallas ni aun vellas? ¿No os parecen mal, a fe? No, es todo uno, que yo sé cómo tengo de usar de ellas. Pues ¿cómo no se os olvida Casilda, de quien me aparto? Yo puedo porque estoy harto de estudiar toda mi vida. Como un hombre, ya lo veis, tiene alguna inclinación... Si os estáis en la ocasión, cada momento cairéis. No hay a quién no le rehíle cuando las ve todo el seso, que Nerón dijo por eso «sal, mugil, solque virile». ¿Y qué quiere decir? Qué maravillas: ‘Sal, monje, solo a ver unas virillas’. Y Bernardo del Carpio prueba luego que ninguno se libra de su fuego; «cum cardo ligoque», dijo Bernardo, ‘ver una liga pica más que un cardo’. Yo no la puedo dejar. Recetadme ya otra cosa. Ved que Casilda es dañosa y que no os deja sanar. Yo a mi salud la prefiero aunque todo se aventure. Pues no es posible que os cure si no os confesáis primero. Eso se suele escusar. Nuestra ciencia mal segura por eso se llama cura, porque obliga a confesar. ¿No veis que ese es desvarío? No tenéis que aconsejarme, yo no quiero condenarme por ningún amigo mío. Decidme ya, si os agrada, lo que he de hacer, que este es el cuarto del rey. Y, pues que importa, yo tengo entrada. Ven conmigo, pues te llamo, que nadie te ha de ofender. ¿Quién se había de atrever a un crïado de mi amo? ¿Qué va que el portero nuevo le ha de pagar su recado? Al retrete hemos llegado. ¿Adónde, bueno mancebo? ¿Habla usté conmigo? Sí, pues ¿con quién había de hablar?, que Cangrejo puede entrar porque otras veces le vi con el rey y es su bufón. Por mis partes y mi ciencia. Yo tengo de entrar licencia. Vaya fuera el picarón. Es don Mendo... Vaya, digo, que esta parte es prohibida. Mira que te da la vida, déjate curar, Rodrigo. Yo haré... En gentil cosa estriba. Levante usté las ventosas porque las más provechosas son de medio cuerpo arriba. ¡Fuego en los porteros nuevos! ¿Oyes? Quítate de voces y toma ahora esas coces y a la noche un par de huevos, pero el rey, si no me engaña la vista, es quien viene aquí. Ya gusta mucho de mí. Estraña carta y estraña limpieza de quien maneja mi hacienda. Con ella espero, si me culparen severo, convencer la injusta queja de mis ricoshombres, pues, cuando ofendidos están, aquesta sin el gabán bastante disculpa es. Ahora yo quiero embestillo, pues ya el miedo le perdí. Gran señor. ¿Quién está aquí? Vuestro médico de anillo, aquel que os cura de gula. Vos tenéis famoso humor. Así perdonad, señor, que os hable desde la mula. ¿No la tendréis? Todo el día ando así como se ve. Pues ¿cómo curáis a pie? Soy dotor de infantería. Yo haré que os den en qué andar. ¡Oh rey santo, oh rey entero que una espalda de carnero supo sin asco cenar!, vuestras rentas recobraldas aunque diga el pueblo ocioso que por ser tan poderoso os murmuran las espaldas. ¿Despabiláis? De eso trato. Curo las luces, señor, y, como tan gran dotor, las despabilo y las mato. La estrañeza de mi mal de aquesta suerte divierto, que entretener el achaque es ignorado remedio, si bien después que me cura Hernando Yáñez me siento mucho mejor porque alivia los males el buen concepto del médico y aun le fingen salud tal vez al enfermo. Mucho estimo su persona, que no tiene humano precio el alivio de un achaque continuamente molesto. De la cosa más difícil es mi acreedor, pues le debo cuanto sin afán respiro, cuanto sin fatiga aliento. Idos, Cangrejo, allá fuera, porque ya de hablarme es tiempo. Sí, señor, y ya los ricos hombres vienen rostrituertos a decir que es buena hacienda la que con ellos has hecho. Señor, memento mularum. Después, dotor, nos veremos. Ya, señor, como mandasteis, vuestra ley obedeciendo, entregué a vuestros ministros las rentas, fuerzas y puestos que eran vuestros y no solo esto es lo más a que vengo. Os restituyo, señor, todo lo que tengo vuestro, pero de mi patrimonio vengo, señor, a ofreceros la posesión. Estos son de las rentas que poseo los títulos y mercedes que hoy, a vuestras plantas puestos, lo que es vuestro os restituyo y lo que es mío os ofrezco. A tan honradas finezas siempre deudor me confieso. Alvar Núñez, Dios os guarde, yo os pagaré lo que os debo. Yo, señor, sigo los pasos de Alvar Núñez y os presento, después que a vuestros ministros he entregado lo que os debo, cuantas rentas en Castilla con justa razón poseo y los títulos os traigo y a vuestros pies los ofrezco por que conozcáis, señor, mi lealtad, mi fe y mi celo. Garci Téllez, mucho estimo el leal ofrecimiento y de vuestra noble sangre más finezas me prometo. Yo, al parecer de los dos ajustando mi deseo, cuanta hacienda con razón, con justicia y con derecho poseo os la rindo aquí y estos nobles instrumentos, por donde consta que es mía, pongo a vuestros pies excelsos. Don Gutierre, siempre yo el amor os agradezco, que ya de vuestra lealtad bastantes indicios tengo. (Yo no entiendo de finezas cuando de pesar reviento de habelle vuelto las rentas que poseí tanto tiempo.) Vos, Don Mendo, ¿qué decís? Muy diferente es mi intento. Yo, señor, vengo a quejarme con mucha razón de aquellos que toman las posesiones de lo que decís que es vuestro sin más razón que decirlo, porque, si volver debemos al rey lo que fue del rey, todo es suyo, nada es nuestro, pero el valor y la sangre derramada lo que en premio consigue con las hazañas no consiente que sea ajeno y pudieran blandamente vuestros ministros atentos considerar... Bien está. (¡Qué arrogante y qué soberbio! Cuando todos hacen más en mi gusto él hace menos.) Vos nunca podéis ser pobre y esto que ahora os volvemos es solo contra nosotros y no es en vuestro provecho. ¿Os hace más rey a vos lo que ahora...? Sí, don Mendo, más rey me hace, es evidente, restaurar lo que hoy adquiero porque antes de ahora no tuve qué dar y es muy cierto que se llama injustamente rey quien siempre no está haciendo mercedes a sus vasallos, que, aunque mañana esto mesmo que hoy quito lo he de volver o por dádiva, o por premio, no quiero que me lo usurpen, que yo repartirlo quiero, que no sin misterio el sol, rey de ese luciente imperio, reparte sus bellos rayos y no siempre los tenemos, que por parecer más rey, a su dignidad atento, por tener siempre qué dar, como monarca supremo con maña esconde la luz para dárnosla de nuevo; el mar, monarca espumoso, reparte en ríos diversos todo el caudal de sus ondas y vuelve a cobrarle luego, que por parecer más rey y tener un curso eterno siempre que dar a la tierra quita lo que dio primero por volver a repartirlo por minerales secretos; y, por que veáis que soy más rey con lo que hoy poseo, de todo aquello que vos a mi corona habéis vuelto hago merced a los tres. ¡Señor! Ya los tres sois dueños de las rentas que usurpadas tuvo a mi corona Mendo. Los pies por tanto favor mil veces, señor, os beso. La boca pongo, señor, donde los pies habéis puesto. Mil años os guarde Dios por el favor que os merezco. ¿Veis cómo me hace más rey lo que hoy a quitaros llego?, pues al repartillo están las rodillas por el suelo, quien lo recibe en señal de justo agradecimiento y, si es imagen de Dios un rey, cuando así los tengo todos dirán que soy rey, pues ven que a Dios me parezco... (¡Rabiando de enojo estoy! ¡Oh pese al injusto freno!) .y, por que todos veáis que llegaba al sumo estremo mi necesidad, en esta de un contador de mis reinos lo veréis para que os sirva de aviso y disculpa a un tiempo: «El dotor Rui López, de vuestro Consejo y vuestro contador mayor, que por hacerle merced se la habéis hecho de un vestido de ivierno y otro de verano en cada un año y por no tener vuestros tesoreros con qué comprarle no me le dan, ruégoos que me deis el vestido de ivierno, que le he bien menester, y guarde y prospere Dios vuestro glorioso estado». ¿No os parece que es señal y es indicio verdadero de mi pobreza no haber podido mis tesoreros dalle a aqueste contador de un vestido el corto precio?, siendo él a cuyas manos es preciso venir ellos y que pende de su pluma su alcance o su ajustamiento, porque, si quieren hacer mal su oficio enriqueciendo, es preciso que le den parte a él, porque es muy cierto que no hay tesoreros malos cuando hay contadores buenos. Bastante disculpa es esta y mucho encarecimiento de mi pobreza. Señor, yo de vuestros pies excelsos nada llevo que culparos y mucho que agradeceros. Id con Dios. El cielo os guarde para gloria de estos reinos. Y hasta el contrapuesto polo se dilate vuestro imperio. Yo, señor, pues a serviros en cosa ninguna acierto, pretendo dejar la corte y, así, que me deis os ruego licencia, pues no hago falta en nada al servicio vuestro. Salid, Mendo, de la corte, pero ha de ser advirtiendo que no os vais por vuestro gusto, sino porque yo os lo ordeno. Si yo me voy, ¿qué más tiene este o el otro respeto? Mucho más, que yéndoos vos solo por el gusto vuestro podéis veniros mañana sin ningún impedimento a la corte y, si yo os mando que salgáis de ella, es muy cierto que habréis menester después licencia para volveros. (¿Si acaso el rey me destierra porque le ha dicho aquel viejo su deshonra?, pero fuera un castigo muy severo desterrar a un ricohombre por un tan pequeño exceso, mas ¿qué importa que lo sepa? Ningún castigo recelo, que los hombres como yo a nadie viven sujetos.) Apenas puedo enfrenar el despeñado ardimiento de este mozo, con quien no vale el amor y el imperio. Solo está el rey. Mi deshonra le diré si acaso puedo con la pena. Hernando Yáñez, seáis bienvenido. El deseo de saber si en vuestro achaque obra mi leal afecto me trae a veros. Yo estimo vuestro cuidado y le veo tan logrado en mi salud que mucho mejor me siento y ahora tan aliviado estoy que deciros puedo que en mi vida me he sentido, Fernando Yáñez, tan bueno. Ya yo llevo las albricias, gran señor, en mi contento, mas dadme, señor, licencia (así mi agravio pretendo decirle) de que en el pulso, pues es el reloj más cierto de la salud, examine si es el accidente menos por que al estado del mal correspondan los remedios. Mejor me hallaréis. Tomad. No es ese brazo, señor, el que señala el dolor de tan grave enfermedad. El brazo diestro me dad, que es el que el achaque indicia, que, como mi honor codicia, lo que más puede importaros muy igual quisiera hallaros el pulso de la justicia. Muy malo, señor, estáis, hoy más doliente vivís. ¿Qué es lo que al rey le decís? Proseguid, no enmudezcáis y, si de su mal habláis, encubrírmelo es error porque hacer el mal menor para quien lo ha de sentir sirve solo de impedir los milagros al amor, porque a él estoy tan unida que daré en esta inquietud, mi salud por su salud y mi vida por su vida. Dejadme ya prevenida de este prolijo pesar, que, si yo quiero comprar su salud, es primor necio que por no saber el precio no sepa lo que he de dar. Misterioso es el achaque y no está en mí a lo que entiendo, que a ser mío no me hablara con tan cifrados misterios. No pienso callar, señora, por amor o por respeto, nada de esta enfermedad que creciendo por momentos del rey mi señor la vida pone en conocido riesgo. Enfermo, señor, estáis, y, así, a vuestras plantas puesto os suplico que os curéis por que sanemos a un tiempo vos y yo, pues nuestros males tienen un mismo remedio. Fernando Yáñez, no hagáis que pague mi sentimiento vuestro afecto demasiado. Decid de lo que adolezco. Es el rey, señor invicto, cabeza de aqueste cuerpo místico del reino, en quien está, como más perfecto miembro, en lugar eminente a los demás presidiendo. Son los brazos los mayores vasallos, que, mal sujetos por el cuerpo, libremente por singular privilegio lo que quieren tocar tocan sin que haya parte que de ellos por propia acción se defienda. Los pobres y los pequeños son los pies, donde el trabajo se carga sin el provecho. Partes del cuerpo también son los pies y al ofendellos participa la cabeza sin el golpe, el sentimiento. Cabeza sois eminente del reino con dulce lazo, pero en vuestro cuerpo hay brazo que os causa un nuevo accidente. Por mí os reparo doliente, atajad el daño, pues que os alcance fuerza es, porque, ultrajado mi honor, es preciso, gran señor, que os duelan a vos los pies. Don Mendo, señor ⸻el llanto en vivo raudal corriendo me embarga la voz y es que por los ojos pretendo deciros también mi agravio y, como quieren a un tiempo hablar la lengua y los ojos y la voz es toda fuego y las lágrimas son agua, lidian por hablar primero y apagan la voz los ojos con el agua que llovieron⸻, Mendo Alfondo Coronel vio a Elvira ⸻apenas encuentro palabras para mi afrenta⸻ y enamorado y resuelto anoche... Fernando Yáñez, ya bastantes señas llevo de vuestro agravio y, así, solo con el rey os dejo y, en albricias de que fue su nuevo accidente incierto, le suplico yo que os haga justicia en esto y advierto que un mal brazo que inficiona las demás partes del cuerpo cuando el rey es su cabeza será cortarlo el remedio. Bien hicisteis, gran señora, en iros, porque estoy ciego y mis ofensas podían profanar vuestro respeto. Don Mendo Alfonso, señor, rompió mi casa resuelto y, Elvira, en fin,... Proseguid. ¡Qué sé yo lo que refiero! .engañada entre sus brazos, logró su injusto deseo y, dejándole engañoso esta cédula por precio de su honor arrepentido, a mí me ultrajó tan fiero que no sé cuál siento más, o mi agravio, o su desprecio. Dadme ese papel. Señor, en él veréis manifiesto su engaño en la condición que pone en el casamiento. «Cuando vuestro padre sea igual mío». Está muy lejos esta condición. Leed, señor, lo que contra el regio decoro vuestro escribió desleal y desatento. «Cuando haya en Castilla rey que me lo mande». ¡El tercero Enrique soy de Castilla! ¡Que viva siglos eternos! Yo me curaré este achaque. Señor, el mejor remedio es hacerse una sangría del brazo que os tiene enfermo. La sangría es menester hacerla con mucho tiento. Haced lo que digo yo, pues la enfermedad entiendo. Remedio es muy peligroso. No hay tan seguro remedio. Id vos a hablarle, quizá se obligará a vuestros ruegos y aplicadme en este mal más blandos medicamentos. Lo que os he dicho os importa. Miraldo bien. Esto siento. ¿Ese es vuestro parecer? Este es, señor, mi consejo. Pues, si se errare la cura, echaos la culpa a vos mesmo.

JORNADA TERCERA

De la corte se retira mi señor. Fue buen consejo para librarse del viejo y de las quejas de Elvira. A esta aldea se ha venido para honrarla su favor, que por ver a su señor a recibirle han salido. Ya deja el florido espacio del valle el alegre estruendo, todos le vienen siguiendo hasta su mismo palacio. Bienvenido sea como el mes de abril nuestro dueño y goce en edad feliz por tributo hermoso clavel y jazmín. Prado, fuente y rosa lléguenle a rendir en aguas y flores parabienes mil. Estoy muy agradecido y es muy justo que veáis que del amor que mostráis me tengo por bien servido. Todos verán el amor con que he venido a premiallos porque a tan buenos vasallos los debe honrar el señor. Id con Dios. Y nuestras voces hoy vuelven a repetir: Bienvenido sea como el mes de abril nuestro dueño y goce parabienes mil. Ya se ha puesto el sol, traeré luces. Prevén los crïados por si para darme enfados viniere el viejo. Ya sé lo que mandas prevenir, que es el no dejarle entrar. Lo que no ha de remediar alívielo con sufrir. Mal consigo se aconseja, duerma la afrenta en su labio, porque despierta el agravio al estruendo de la queja. Retirado en esta aldea, fuera molesta pensión a no querer mi ambición escusar que el rey me vea. Mande, pues que rey nació, a los que tiemblan su nombre, que me cansa ver a otro hombre más poderoso que yo, si bien me llega a temer, pues los castillos me quita. Mi fortuna lo permita, que me dio menos poder, que a ser mi igual, pues me abona mi valor, yo le obligara que mis almenas labrara con puntas de su corona. Malograré su deseo aunque llamarme le importe, pues tan cerca de su corte soy rey, mientras no le veo. Señor,... Prosigue. .que han visto los monteros de su alteza que hoy han venido cazando en esa vecina selva. ¿Qué me quiere el rey? ¿No basta quitarme las fortalezas que heredé de mis mayores, sino ocuparme las tierras donde vivo por no verle? Es favor. No es sino afrenta. ¡Dejadme entrar, que he de hablarle aunque hoy a sus plantas muera! Mira quién da voces. Es Fernando Yáñez, que intenta hablarte. ¿Hay mayor locura? Será ablandar una peña, doblar un roble las auras que las flores lisonjean, enternecer un escollo los cristales que le peinan. ¡Detenelde! Será en vano, que al dolor le sobran fuerzas. Dejalde. A tus plantas son lágrimas, que no violencias. Alza del suelo, que, aunque tan humilde me respetas, te niego las sumisiones por lo que parece deuda. Pues vengo solo, señor, a todo poder me niego, solo me acompaña el ruego, imagen de mi dolor. En tu mano está mi honor como en trono soberano, donde más blasones gano, pues ¿quién llegara a creer que me le quieras volver hecho afrenta de tu mano? Bien el labrador espera que en buena tierra sembró, mas, si el agua le faltó, sin fruto la considera. Cosecha rica se viera hoy en mi honor y, si ves malogrado mi interés entre espinas y entre abrojos, agua te darán mis ojos para que el fruto me des. Justicia le pido aquí a tu misma compasión por no quitarte el blasón de hacerme justicia a mí. Reine la piedad en ti, con que vendrás a gozar el bien de saber honrar, que es más noble señorío que te mande tu albedrío lo que el rey te ha de mandar. Caduco viejo, estorbaste la piedad si en mí se hallara y siempre te la negara solo porque al rey nombraste. Tu misma afrenta compraste con mi enojo. Estás airado sin razón. Cáusame enfado solo haber nombrado al rey. Mi gusto tengo por ley, yo soy el rey en mi estado. Pues, si tan señor te pintas por legítimo derecho, debes amar la justicia que tú mismo vas torciendo, oprimidos tus sentidos de que has formado tu reino, dando lugar con injurias que se rebelen al dueño. La grandeza enmienda agravios, la nobleza, menosprecios, pues ¿en qué han de conocerse si los engendras tu mesmo? El águila generosa a los resplandores bellos del rojo sol examina para poder conocerlos los hijos que abrevia el nido, por si penetran atentos su luz, para no arrojarlos con la presunción de ajenos cuando a sus rayos se niegan. Sus hijos son tus deseos, que al sol de mi honor conocen por deslumbrados y ciegos que son bastardos y hijos del pájaro más plebeyo. Tarde has de lograr el fruto de tus quejas. Si te ha hecho tan inferior tu fortuna, solicita los remedios que en tu esfera se permiten y no quieras, compitiendo con mi grandeza, que yo baje a tan humilde estremo que los delitos del gusto los haga merecimientos. ¿Cómo ha de quedar mi honor? Dando a tu hija un convento. No es remedio de un agravio. Hay agravios sin remedio que la fortuna los cuenta por desdichados sucesos. (Orden he dado que nadie diga quién soy.) Pues tan ciego no ves la luz, pues te niegas al sagrado privilegio de la piedad, que aun en fieras descubre la historia ejemplos, pues lágrimas no te mueven, pues no te convencen ruegos, pues lástimas no te obligan, pediré justicia al cielo y al rey, que, imagen de Dios, es de nuestra España espejo, y en dos balanzas iguales muestra castigos y premios. Como rey podrá mandarme, ya que sus dichas le dieron lugar más alto, mas yo haré, si no le obedezco, mi gusto, y a ser el rey hombre con quien yo... Este empeño ya deja la majestad por el valor. ¡Vive el cielo! Vuelvo a decir que, si fuera con otro igual caballero, le diera a entender quién soy si con duelo igual... El freno rompiste de la lealtad, mas en mi desdicha espero que el rey me ha de hacer justicia para castigo y ejemplo de los desacatos tuyos tan locamente soberbios. ¡Echalde de mi presencia, que ha reventado el fuego de mi enojo! ¿Con el rey me amenaza? Si resuelto el rey mandara casarme al punto, ¡viven los cielos!, le diera la muerte a Elvira y a su padre, que el desprecio de mi sangre había de ser el homicida soberbio de todos. Yo pondré en todo remedio presto. ¿Qué has hecho? Hombre, ¿quién eres, que aquí te atreves a mi respeto? Soy un caballero a quien piedad y valor movieron a no sufrir los ultrajes con que baldonas soberbio a un hombre que tan rendido piedad te pide con ruegos y a no sufrir desacatos de la majestad que el cielo puso en la tierra por luz por que a sus rayos lleguemos sacrificando lealtades en las aras de su templo. Pues ¿qué pretendes? ¡Ahora lo verás! ¿Hay más resuelto valor? Las sombras obscuras no te han de dar privilegio que de mi enojo te guarde. Mi señor está riñendo y han muerto la luz. Señor... (¡De solo mirarle tiemblo! ¿Qué es esto? Fortuna airada, ¿ya me derribas tan presto?) Todo cuanto hablaste oí. Señor... Tu mismo escarmiento dará blasón a las leyes, que con soberano ejemplo para la enmienda castigan el profanado respeto de su natural señor. ¡Que esto permitan los cielos! Los reyes, loco arrogante, con la experiencia te advierto, saben matar con la espada y castigar con el cetro. ¿Sabrás conocer ahora que soy tu rey? Ya confieso que tu valor soberano me ha dado el conocimiento para respetarte humilde. ¿Eres fiera? Aun no, pues vemos que los brutos obedecen a su rey, que quiso el cielo que, con natural instinto, viviesen obedeciendo el espín, armado a puntas, el tigre, manchado a trechos, partos de su misma furia, que a los montes más soberbios les pesa de ser tan firmes para no escaparse huyendo, si, en medio de tantas iras adonde pregona el miedo, el espíritu silvestre roble a roble y fresno a fresno; si el tigre y espín descubren al león que en los silencios de la verde selva goza la blanda porción del sueño, tiemblan de su rey dormido y a los retiros secretos con mal repetidas plantas buscan por abrigo el centro; pues, si le tiemblan dormido, mira qué será despierto. Dormido estaba tu rey, siendo el apacible sueño de la piadosa justicia el amparo de sus reinos. Despierto me ves ahora con solo el valor del pecho, si antes fue con el poder, para castigar soberbios, ¿tu obstinación en qué estriba cuando sin fuerzas te veo? Quise quitarte las alas por que abatieras el vuelo y tú, más desvanecido que tus locos pensamientos, sobre montes de delitos quieres fabricar imperios. Mentidos blasones finges porque en los ilustres pechos vive la verdad, que el fraude vive en climas contrapuestos. Sabes que a Fernando Yáñez con justas honras le premio, pues ¿cómo aun hasta su hija la tratas con menosprecio? ¿Sus quejas no te ablandaron? ¿Su llanto fue sin provecho? ¿Sus canas, donde consultan las piedades, los remedios, tan poco te aprovecharon, tan poco te enternecieron? No hay ejemplo que se halle si no lo busco en ti mesmo, porque la piedra se rinde al cincel, el yerro al fuego y aun la misma piedra suele mostrar mayor sentimiento, pues lágrimas de una fuente suelen ablandarle el pecho. Tú solo, cuando yo vivo tú sólo, cuando yo reino, eres el monstruo de España, que la inficiona tu aliento. Que ni el temor te reduce, que ni te enternece el ruego, que ni la sangre te obliga, que ni te mueve el respeto, que ni el delito te asombra, que ni te corrige el miedo, pues busquemos nuevos modos para templar este incendio que tan voraz amenaza los más empinados cedros siendo su materia culpa para que vaya creciendo. Salen los criados ¿Su alteza está aquí? Llevad a don Mendo Alfonso preso a Burgos. Señor, advierte... Vuestros delitos advierto y que soy rey en Castilla y, si de humano me precio, sé premiar a los humildes y castigar los soberbios. Al puerto de la piedad de vuestra alteza mi labio llega en el mar de un agravio zozobrando. Levantad. Que escuchéis a mi dolor antes que me honréis os pido, que después de haberme oído he menester el honor. Decid. Yo no acertaré el afecto... ¿Qué dudáis? Mi pena... ¿De qué os turbáis? Mi desgracia... Ya la sé. ¿Lo que a deciros me humillo, sabéis ya? Llego a inferir lo que me queréis decir de que no sabéis decillo. Pues que oigáis mi llanto os pido. No erráis, que en tales enojos escuchar a vuestros ojos está mejor a mi oído. Poderle ver restaurado desconfío. Bien hacéis, pero no desconfiéis, pues habéis desconfïado. Vuestra justicia a esta acción... Será para interceder, que también puede tener justicia la intercesión. De ella es bien que el ser aguarde. Desconfiad de la malicia, pero no de la justicia porque yo haré que se os guarde y que el tiempo no lo impida haré, que no se descuenta un solo instante de afrenta con muchos siglos de vida. Volved, señora, por mí. Aquí esperad, que eso es ley y yo haré que os honre el rey antes que salgáis de aquí. Esperará mi dolor si viva pudiera ser, mas ¿qué vida ha de tener quien murió para su honor? ¿Por qué así te has de afligir? Por no afligirme, de suerte que llegue a lograr mi muerte muriendo de no morir. Vivit dominus que choque vobiscum. ¿Qué hay? Nuevam dabo. ¿Qué es? Cum albricias contabo. ¿Albricias nos pides? Quoque. ¿Nuevas traes? Con mil cuidados y por vida de Cangrejo que por traértelas dejo treinta enfermos desahuciados. ¿Enfermos? ¡Linda menguada! Enfermos. ¿Quién lo hará bueno? Sí, por vida de Galeno, que es la cosa más amada. Tú, que no entiendes aquí al que un mal latín componga, ¿tienes enfermos? Mondonga de dama médica, sí, y, si quieres que los cuente, pues me quitas la opinión, oye: por reputación curo al rey primeramente y a un hombre que a rabiar llega cuando entra un tiempo y sale otro, curo la hembra del potro y el macho de una gallega y por detrás, sin enojo, de mal de ojo a dos hermanas. ¿Por detrás? Son almorranas, que también es mal de ojo, y en mi ciencia verdadera, que es lo que pasma y admira, curo a un sastre la mentira y a una vieja la dentera y curo..., mas ¿estos tales ya no son siete? Forzosos. Pues pon veinte y tres tiñosos, con que son treinta cabales, mas, pues que ya están contados, sabrás ⸻rabio por decillo⸻ que a Mendo y a Rodriguillo traen presos. ¿Qué? Y amarrados. ¿Mendo y Rodrigo? Los mismos. ¿Quién los vio? Cum ojis istis. ¿Dices verdad? ¿Tú los vistes? Así Dios me dé aforismos, capa larga, color sano y barba de redentor, sortija y guantes de olor, que ir ordeñando en la mano mula que ande a paraditas y se entre en todos portales por que piensen los mortales que tengo muchas visitas, que al aferrarlos llegué por señas, según se oyó que Rodrigo se soltó mas no dizque se les fue. Cielos, ¡en las dudas peno! Hoy dicen que a su pesar todos dos se han de casar. ¿Y quién lo dice? Galeno. ¿Hay tal necedad? Bobilla, cuanto hay, sea malo o bueno, todo lo dice Galeno menos lo de la morcilla. ¿Qué es eso? ¡Mendo y Rodrigo son, por vida de Esculapio! ¿Qué dices? Que aquí le capio y le ablando como un higo. ¡Vienen acá! Eso recelo. Vámonos, Casilda, pues que no quiero verle. Él es. Pues ven por aquí, mas ¡cielo! Con azar entro en palacio, pues este encuentro he tenido. (Con la vergüenza de verle toda mi afrenta repito.) (¡Qué aborrecible mujer!) (¡Qué ingrato, falso y altivo!) (No puedo hallar qué decirla,...) (A hablar no me determino,...) (...pues pasaré sin mirarla.) (...que él llegue a hablar es preciso.) Rodrigo. Señor. Pasemos sin mirar, habla conmigo. Casilda, estoy sin aliento. ¿Callas? Señora, ten brío. Pon los gritos en el cielo. Pasemos, pues. Ya te sigo. Aquí manda el rey que estéis. Bien está, mas ¿no es lo mismo estar más adentro? Sí, haz tu gusto. Ven, Rodrigo. (Cielos, ¡sin mirarme pasa! ¿Desaire a mí tan indigno?) Como ha comido las brevas ya no le brindan los higos. (Yo misma ⸻¡viven los cielos!⸻ me hago el desaire en sufrirlo.) ¡Ah, señor don Mendo Alfonso! ¿Quién me llama? Yo os suplico que volváis. ¿Vos me llamáis? Los caballeros tan dignos de ese nombre como vos tienen por blasón debido la cortesía a las damas. ¿La ignoro yo? Dais indicio. Si no mandáis otra cosa, no me dan lugar a oíros los embarazos que tengo. A mí tampoco los míos y no penséis que el hablaros nace en mí de mi motivo, sino del desaire injusto que me hacéis con un desvío tan descortés porque yo, antes de veros ni oíros, a no haber sido accidente impensado... Yo os estimo la amenaza. Dios os guarde. Pues, ya que acaso os he visto, no lo ha de ser. ¿De qué suerte? Me habéis de oír. No lo admito. Yo os lo suplico. ¿Son quejas? No las guardo a vuestro oído. ¿Son finezas? No os las debo. ¿Son promesas? No las finjo. Amenazas. Soy humilde. ¿Son desprecios? Fueran míos. Pues ¿qué es si no es nada de esto? Atended, que ya lo digo. Yo, señor don Mendo Alfonso Coronel, cuyos antiguos blasones del sol desprecian los rayos puros y limpios, soy una mujer que al mundo debe en mi sangre los dignos aplausos de mi nobleza ni medianos ni excesivos, a la fortuna un caudal heredado y adquirido bastante para aumentarlos, sobrado para lucirlos, al cielo la gracia que antes solicitasteis rendido, asombro a vuestro deseo, a mi modestia no hechizo, tal, en fin, que el festejar con tan costosos cariños, tanto amor, tantas finezas aun no me dieron motivo a pensar que a mi hermosura eran aplausos debidos y obligada a agradeceros con la paga de admitiros. Desde cuando en Salamanca dio los primeros indicios de amor vuestro ingrato pecho bebí aun en rayos tibios al vaso de vuestros ojos, ya humildes y ya atrevidos, el disfrazado veneno que a las luces de los míos se introdujo mariposa por lograrse basilisco. En fin, amor se introdujo, yo me dispuse a su arbitrio, vos le avivasteis la llama, yo le entregué mis sentidos, vos le llegasteis a incendio, yo me arrojé a su peligro, vos, abreviando episodios, por no ignorados, prolijos, sobornando mis crïadas, no escusados enemigos, asaltando mi decoro y usando medios indignos ⸻ya al temor de la amenaza, ya del poder al dominio, ya al rigor de la violencia ya al halago, ya al suspiro⸻, yo, asegurada en mi honor con tan engañoso arbitrio, o temerosa, o cobarde, o amante si no lo cifro, a tanto abismo de dudas, a tanto horror de peligros, a tanto temor de amagos postré el valor, rendí el brío rendí..., mas ¿qué lo disfrazo? Fui mujer. Con esto he dicho cuanto reservó el recato al decoro del oído, mas no penséis que todo esto es dudar que a mi honor limpio hayáis de satisfacer como lo habéis prometido por razón o por justicia, por venganza o el camino más cierto para mi honor. No, señor, no lo permito ni lo penséis ni lo dudo ni es posible presumirlo, que tengo un honor tan noble que a creer..., pero mal digo, a pensar que no pudieran mi ruego o vuestro peligro, el rey o vuestra razón moveros o persuadiros, quedando yo sin remedio o vos sin justo castigo, ¡vive Dios que las centellas que por aliento respiro, vuestra vida, vuestra infamia, vuestros pensamientos mismos, vuestra memoria, que en vos, en el móvil cristalino, por acuerdo, por padrón del vengado agravio mío, a mis errantes congojas no quedarán astros fijos! Supuesto, pues, que no dudo satisfación, lo que os pido es que vuestro error no aguarde los temores del castigo, obre antes lo generoso lo que ha de obrar lo temido. Honor será a tus blasones levantar tanto los míos, subirme tú a tu grandeza no es bajarte de ti mismo, enriquecer los arroyos no es injuria de los ríos, que antes con aquel caudal, aunque es poco, van crecidos y, en fin, señor, ni tu amor ni tu agrado solicito, remediar mi honor pretendo. Honra a quien has ofendido y luego, si mi desdicha mereciere tus desvíos, tierras hay donde me ausentes, villas tienes y castillos donde se abrevien los plazos, la vida con que te irrito o modo habrá de perderla, a un veneno o a un martirio. Muera yo y viva mi honor, que por volverle a ver limpio ni recelo los tormentos ni me acobardan peligros ni me turbarán venenos ni me asustarán cuchillos, que, para quien vive a cuenta de su esplendor infinito, con honor no hay valor muerto, sin honor no hay pecho vivo. No sé cómo mi paciencia me ha dado lugar a oíros de tantas inadvertencias el errado precipicio, mas véngueme la respuesta de no dárosla. ¿Qué miro? ¿Así os vais? Pues deteneos y sabed antes de iros que la que os deja soy yo y que ya que en vos he visto la ingratitud que os afrenta y que perdéis por vos mismo los precios de vuestra sangre. Solo a mi venganza aspiro, del rey la espero u del cielo, si el rey falta a lo preciso, u de mí misma. Temedme, que soy noble y en vos miro mi afrenta y vuestra traición y, ya que os he conocido, aunque de todos los cetros que empuñan brazos invictos me hiciesen una corona que con todo su dominio ciñese imperial mis sienes de diamantes y zafiros, no me casara con vos por ingrato, por indigno, por traidor, mal caballero, por villano ⸻¡así lo digo!⸻, que ¿al que afrenta en sus acciones tantos blasones antiguos de qué sirve lo heredado si es infamia lo adquirido? ¡Bien haya quien te parió! Eso sí, ¡cuerpo de Cristo! ¡Por Dios que ha mostrado un pecho de cuarenta calepinos! ¿Esta furia era precisa? Señor, ¿no muestras lo que eres? Desaires de las mujeres a mí me obligan a risa. Hoy dizque me casan... Bueno. .o que me han de castigar. Sí, señor, no hay qué dudar. Pues ¿quién lo dice? Galeno. También dizque me condena Casilda por lo pasado a casado o a azotado. Eso lo dice Avicena, mas, que es menos mal, advierte azotes. Donoso estás. Como no te casquen más de cuatrocientos de muerte... ¡Villano necio, que ya provocas mi indignación! Échale por un balcón. Sí, pero diga «¡agua va!» Sí haré. ¡Tenga! ¡Ay, que me hurga! El rey. Por él me resisto. ¿Oye? ¡Calle, vive Cristo, que él lo pague en una purga! Fernando Yáñez, llegad. Señor, con vergüenza llego. ¿Por qué? ¿Delante de mí? Gran señor, por eso mesmo. Llegad vos, don Mendo Alfonso. Gran señor, a los pies vuestros. (¿Pensará obligarme el rey a humillar los privilegios de mi sangre?) Levantad. Fernando, (así le convenzo.) ¿qué es de aquel papel? Este es. Pues tomad, leelde, Mendo. (¿Qué intentará el rey conmigo?) (Él llevará pan de perro si no se casa.) Esta es firma mía. Así lo entiendo. Pues ¿qué me queréis? Leelda. Pues dice así, ya la leo: «Digo yo, don Mendo Alfonso» (¡válgame Dios! ¡Estoy muerto!) «que casaré con Elvira» Proseguid. (¡Válgame el cielo!) «cuando se iguale conmigo su padre». (¡Fáltame aliento!) ¿No dice más? Señor, dice: (¡mi corazón cubre un yelo!) «Cuando haya en Castilla rey que pueda mandarlo». (¡Hoy muero!) ¿Eso habéis firmado vos? Yo..., señor..., por si..., al respeto..., cuando... a ti..., de mi grandeza..., yo... no..., en vos... ¡Viven los cielos!, que el no saber lo que habláis de temor o de respeto, el estar fuera de vos os vale ahora no menos que..., mas vuestra turbación es indicio manifiesto del temor de mi castigo o el pesar de vuestro yerro. (¿Qué es esto que por mí pasa? ¿Yo sin valor, sin aliento? ¡Vive Dios!) Cumplid al punto lo que firmasteis. Advierto a vuestra alteza que yo con condición... Ya lo entiendo. Yo le haré todo el honor con que a vuestros privilegios pueda igualarse. Esa honra no es igual a la que tengo. Pues ¿vos por quién la tenéis? Por merced de tus abuelos. Pues ¿no puede serlo mía? Al que su sangre vertiendo te dé reinos o provincias. ¿Hay más importante reino para mí que mi salud? No, señor. Esa le debo, luego es digno de esta honra. Pero replicaros puedo... Traed, Fernando, a vuestra hija. Ya, señor, a obedeceros con la reina mi señora viene. (¡De coraje muero!) Aunque en vos la intercesión, rey y señor... Ya yo entiendo lo que me queréis mandar y advertid si os obedezco. Mendo, dad la mano a Elvira. Señor... El obedecerlo solo os queda por respuesta. Pues yo mi vida y mi cuello os rindo, pero el casarme... ¿Qué decís? Que yo no puedo faltarme a mí. ¿Eso afirmáis? Esto es cumplir lo que debo. Pues al punto... Gran señor, que miréis por mi honra os ruego. Eso intento y, por que ahora cumpla su palabra Mendo, quiero yo darle el honor que aquí por vos le prometo. Don Mendo Alfonso. Señor. Venid, que, si el casamiento no es igual, yo he de igualarle con lo que daros pretendo y esperad todos a ser testigos ya de su premio. (Si el rey pretende obligarme con honrarme, es vano intento porque toda su corona no bastara a mi desprecio.) Id delante. (Poco importa si yo este honor me merezco.) ¿Qué intenta el rey? No lo alcanzo. Dudáislo con poco acuerdo. Él se halla tan bien servido de vos que quiere que estremos de honores os engrandezcan y el que ahora os hace pienso que ha de obscurecer a cuantos cuenta, antiguos y modernos, de monarca liberal el archivo de los tiempos, porque, si a don Mendo Alfonso pretende hacer hijo vuestro, el favor que en él se emplea es hacérosle a vos mesmo. De nuevo me hacéis, señora. Ser, vida y honor os debo. Ya está dispuesto. Señor. Aunque tan docto y tan diestro en la medicina sois, no alcanzáis la del gobierno como yo y, para que quede sano del todo y con premio vuestra fe y don Mendo Alfonso, mirad la honra que os he hecho. Yo mismo, en su nombre, ahora, con su poder, que ya tengo, doy la mano a vuestra hija. Esta es la mano de Mendo, Elvira. Señor, ¿tal honra? Gran señor, ¿honor tan nuevo a mi humildad? Sí, Fernando, y, pues así os honro y premio, vos con esto quedáis bien y yo quedo bien con esto. ¡Válgame el cielo! ¿Qué miro? ¡De vuestra justicia tiemblo! Esta sangría faltaba para quedar bien el cuerpo que inficionaba esta sangre en las venas de mis reinos. Ya tiene honra vuestra hija, yo darla estado prometo. Y, si esta historia os agrada... Eso diga el mosquetero, y aquí tiene fin dichoso El rey Enrique el enfermo.