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Texto digital de La reina doña María

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La reina doña María. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/reina-dona-maria-la.

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LA REINA DOÑA MARÍA

Llegad las armas del cristiano Marte; Que sin duda detiene el sol su carro Por verse en los espejos de su acero Y poner en sus ricos rondeados Cintas de resplandores diferentes; Ya San Pancracio puso en su cabeza La corona de oro merecida, Y Pedro, el gran Pastor, armarle quiere Caballero, que ampare su cabaña. Bien puede Vuestra Alteza irse llegando. Grande obscuridad muestra en el rostro El sol aragonés. El César nuevo. Envidiara Alejandro sus grandezas. Y Cipión temblara de sus fuerzas. Con la corona llega. Quiere el Papa Que a España vuelva desta suerte honrado. Dame tus pies, santísimo Monarca, Sucesor del gran Pedro, Vicecristo, Cuyo poder de un polo al otro abarca. La honra, Padre Santo, que en mí he visto En nueva obligación me deja puesto, Y a cumplirla o morir no me resisto. La Iglesia, vuestra madre, hace aquesto Viendo que vuestra fe la ensalza tanto, Que en el África espera silla presto. Yo prometo hacer que cause espanto Al bárbaro más fiero su estandarte, Y que su alegre nombre le dé llanto. Coronado y armado caballero. En esta gran ciudad, corte de Cristo, Vais, y por la obediencia daros quiero Nuevo blasón, aquel que en vos he visto: Las bandas rojas sobre campo de oro Pondréis de hoy más. Señor, si así conquisto, Su blasón verá el monte de Peloro, Y el indio mar, bramando entre las peñas, Confesará tu nombre y mi decoro; Que a servir más me obligas, más me enseñas. Descubrid ese asiento y ese escudo. De su amor paternal ha dado señas. Siéntate. Está don Pedro alegre y mudo. Y gusto que de hoy más los sucesores A quien dé vuestra sangre el regio nudo, Se puedan coronar como mayores En la Roma de España, Zaragoza, Llena de mil colores y favores, A quien envidia el Tíber que tenemos Y a quien el Ebro de cristales goza, Dando a la Iglesia parias. Si haremos; De la Iglesia será todo mi Estado, Y todos a tus pies lo ofreceremos. Dios te aumente y te haga hijo honrado. Dale la bendición. Pide agora. Justos extremos. Santísimo sucesor Del que las estrellas rige. Si solo vive el que tiene En todo tiempos felices. En medio de ver los míos, Quiero cantar como cisne; Mis tristes obsequias hago, Y mis años infelices Habré de llorar cantando Que un triste muriendo vive: Yo soy casado, que en esto Todos mis males consisten; Que adonde no vive amor El infierno no es tan triste. Aborrezco a mi mujer, Y si la causa me pides. Digo que es fea, señor; Mira si es bien que me obligue; Muy bien sé que el Sacramento, Cuando en las almas se imprime, Encubre toda fealdad. Todo defecto corrige, Y que dando amor sus ojos, Más fuertes que los del lince. Como está mirando al alma Y sus perfecciones mide, Ocupado en su beldad Y alegre de sus matices, Pasa sin ver los defectos Que en el rostro o cuerpo asisten; Bien sé que hay enamorados Que, preso su gusto libre. Le cubren a la razón Los ojos, y el verle impiden, Y ciegos de aquesta suerte, La fealdad que es más horrible Celebran por más hermosa Que el alba, que en verlos ríe; Pero yo, que sin amor Até mi vida infelice a una peña helada, Adonde braman y gimen Desdenes, que son más fieros Que el más bárbaro caribe; Donde caminando el gusto Se encierra en inciertas sirtes De envidias de ajenos bienes Que, al ver su fealdad, me oprimen, ¿Qué disculpa podré dar, Qué causa diré que obligue.' Al fin, por quietar las guerras Que tuvimos años quince Montpeller y mi Aragón, Por cuyas matanzas hice De sangre de Abeles muertos Dos mil pantanos y diques, Me dieron a su heredera: ¡Muriera cuando el sí dije, Para excusar mayor daño, Pues que con esto se impide, Y se acabara la ofensa De un matrimonio ofensible! Suplico a Tu Santidad Se duela de un Rey que vive En el más penoso infierno Que a ningún mortal oprime, Y dé licencia al divorcio. Para que, viéndome libre, Me ocupe siempre en besar Aquesas plantas felices. ¡Cuánto afea el desamor. Cuánto borra, cuánto finge! Permita el cielo que el Papa A su demanda terrible No le dé consentimiento. El cielo su causa mire Y dé castigo a la ingrata Que hace que el Rey delire; Que a un desamor desta suerte. Nombre es que se le permite. Ha dicho que importa tanto, Que si la entrada le impiden, Ha de romper por la guarda Aunque la vida le quiten, Y que de parte de Dios Que le den licencia pide. Entre. Que entre el mensajero. Entre. Entrad. ¡Plaza! Desvíen Dame tus pies, aunque indigno De llegarlos a besar. Pues hoy me podrá envidiar Quien me envía a este camino: Aqueste pliego dirá Lo que importa mi venida, Que no es menos que una vida. Salid, y fuera esperad. Vase el correo. TORRÉELAS. Recelos tengo que ha sido De la Reina el mensajero. Muriendo la considero. ¿Sabe a lo que sea venido? Aquesta carta leed En público. Dice ansí: El cielo vuelva por ti. Si es suya, harale merced. «Santísimo Padre: »Solo este nombre pudo animar a mi desdicha, por ser tanta; que solo tribunal tan justo me diera esperanza de que se ha de ver mi justicia y el nombre de padre me ha de favorecer. El rey D. Pedro, mi señor y marido, habiendo conocido en mí pocos méritos para servirle, sin que baste confesarlo yo, va a pedir dé licencia para apartarme de su lado: a Vuestra Santidad suplico favorezca mi causa no consintiéndolo; que yo hallo méritos en su aborrecimiento y adoro sus desdenes y tengo por premio en ellos solo ver su presencia: información lleva hecha su aborrecimiento tan contra mí, que si Vuestra Santidad no me favorece, espero sentencia en mi daño, y de ser ansí, más piedad será darme la muerte que mandarme apartar de quien es el alma por quien vivo: en favorecerme vuelve Vuestra Santidad por la honra del Sacramento y ampara una huérfana, causa que toma a su cargo Dios. El guarde a vuestra Santidad en su estado de gracia, y a mí me la dé con mi señor y marido. De Barcelona y Mayo.—Indigna sierva de Vuestra Santidad, la reina Dª. María. No el ver qué puede mujer a quien le falta favor. Ni el ver que pudo ofender La fuerza de un desamor La lealtad del bien querer. Puesto que todo es justicia, Obligan a que suspenda Lo que tu pecho codicia, Ni el procurar que se entienda Si es verdad o si es malicia, Sino solo el Sacramento, Obligan a no te dar, Cual pides, consentimiento Para poderte apartar Con desamor tan violento. No hizo ella su fealdad. Puesto que quien quiere así. Bien merece voluntad, Y es defecto que haya en ti. Pecho ingrato y majestad. Volveos a querer los dos; Que vuelves, en no querella, Rostro airado contra Dios' Tenle amor, y será bella. No hay fuerzas, amor, en vos. ¿De qué sirve que digáis Que por mi parte volvéis, Si en la ocasión me dejáis Y razón no me ofrecéis Para que solo os veáis? Suplico a Tu Santidad No permita que yo vea Cautiva mi voluntad, Adonde el infierno emplea Parte de su crueldad. Confieso que no se ha hecho, Y que si ella se hiciera. Escogiera a su provecho Beldad, y satisficiera Al desamor de mi pecho; Pero no es justo que yo Me queje al cielo por ella De que beldad no la dio. Al desposarte con ella, ¿Era más hermosa? No. Amor es inclinación, Y algo viste, pues llegaste. Rey, a tendía afición; Que decir que te engañaste Fuera juzgar con pasión. Tú la viste, ella te vio. Celebrose el matrimonio, Y amor nudo al lazo dio, Y habiendo este testimonio, No he de dar licencia yo. Si otro defecto tuviera Que a tu honor, Rey, importara, Tu intento favoreciera; Mas defectos de la cara, a Dios ofensa le hiciera. Mira, generoso godo. En tu intento poco fuerte; Que ser fea, de algún modo No es defecto, es poca suerte, Y amando se suple todo. Mientras que causa mayor No se ofrezca, no hay pedir Licencia, porque es rigor Querer sin causa impedir Un justo y honrado amor. Mira, señor Hijo amado, Pídele a Dios voluntad; Que es lo demás excusado. Dentro: ¡Plaza! ¿Qué es eso? ¡Apartad! Pues a buen tiempo he llegado: Padre piadoso, que estás En lugar de la justicia Para deshacer agravios Que en fieros pechos se crían. Mi justicia favorece; Que no será bien se diga Que entre dos cristianos reyes, Teniendo a Dios a la vista. Hubo batalla campal Por sustentar sinjusticias. Hoy son cerca de cuatro años Que por tema o por envidia. Que no sé qué nombre dar A tan sangrienta porfía, Don Pedro, que está presente, Y por muchos años viva. Pidió que le diese parias, Y la causa que le guía Es el decir que a su dote No hay satisfacción cumplida, Y que quiere que, entretanto Que darla puedo o cumplirla, Dé parias a su Aragón o pierda la hacienda mía. Repliquele humildemente (Si es verdad, el Rey lo diga) Que la variedad del tiempo Y mis guerras tan continas Con Francia y Su Majestad, Hacen que alcanzado viva. No escuchó a mi embajador, Ni dejó a mi hermana misma Que valiese de tercera En su causa y en la mía. Sacó su gente a campaña, Y a mis castillos y villas Puso cerco tan furioso, Que llegó a verlas rendidas. Han obligado sus armas Y continua batería, a que, dejando mis tierras, Pobre en las ajenas viva. Solo Montpeller me queda, Y llega la tiranía (Perdona, Padre, este nombre. Pues ves que razón me obliga) A tanto, que la ha cercado Y pienso estará rendida. ¡Qué me quieres, rey don Pedro Suspende un poco la ira, Que ¿cuándo reyes cristianos Usaron de sinjusticias? Que si su dote no tiene La reina doña María, No ha sido mi culpa, Rey, Y sin ocasión te indignas. Mudanza hay hasta en los cielos, Y hoy la fortuna derriba, Por ventura, al que mañana Verá las estrellas mismas; Que si hoy de tu parte está Y quiere que a mí me oprimas, Acordársete debiera Que te vi puesto en huida, Tus estandartes perdidos Y tus escuadras rompidas, Más por quererlo los cielos, Rey, que por tu cobardía; Y contra el Rey de Navarra Llegué con mi gente aprisa. Esa que sujetar quieres Con afrenta jamás vista, Y deteniendo tu gente, Temerosa y afligida. Hice huir los navarros Hasta cerca de Castilla, Llamando siempre tu nombre En toda mi infantería; Pues siendo de aquesta suerte, La razón es bien que impida El rigor de tus aceros Y la fuerza de tus iras. En tu tribunal estamos. No hay pasión en tu justicia; Sin quitarla al rey don Pedro, Mira, Padre, por la mía. ¿Qué alega para esta guerra El rey don Pedro? No haber Satisfecho con su tierra Mi dote, y ser mi mujer Donde la fealdad se encierra. Si la tuvieras amor, Y otro amor, Rey, no tuvieras. Que hace fuerza mayor, Al sol en su rostro vieras, Siendo fea con rigor; Mas no es sino desdichada, Que hace parecer fealdad La beldad más extremada, Y advierte que la verdad Es mayor atormentada. Y no vengo a ser testigo Ni fiscal en culpas tuyas. Sino solo a ser tu amigo, Y así es razón que concluyas El ser sin causa enemigo. ¿En cuánto tiempo podrás Dar al Rey lo que se debe. Si al fin no has podido más? En seis años. Tiempo es breve. Un siglo de infiernos das; Que al fin me tienes de ver Mañana vuelto a Aragón Y en brazos de mi mujer. Dalle la mano es razón, Don Pedro, al de Montpeller: Yo quedo por su fiador; Que con esta confianza. Aplacándose el rigor. Saldré presto de fianza. Vos de guerra, él de temor. Cese ya el rigor prolijo Y a vuestra esposa volved. Pues sois de la Iglesia hijo. Échase a sus pies. A tus pies, por tal merced, Doy los estados que rijo. Procura satisfacer Al Rey, que vive agraviado. Castígueme tu poder Si no le hiciere pagado. Con Dios te puedes volver. Dando las manos, ¡Ah, fiero tiempo enemigo. Que el respeto al amor doma! A servirte, Rey, me obligo. Solo mientras esté en Roma Te doy la mano de amigo. Vuestra Santidad me dé Su pie a besar y licencia. Dios te conserve en tu fe. Hoy hago de Roma ausencia; Que no es bien que en ella esté. El parte sin alegría. Prevenid postas, andad. Quédase suspenso, mirándole Luis. No salió con su porfía: Dios guarde a Tu Majestad. Y guarde a Vueseñoría. Solo en Roma la amistad: ¡Ah, soberbia, vil tesoro! Y pesa por su maldad Aquesta estatua de oro La piedra de la humildad. Alta torre de Babel, Loco monte de gigante, (¡Adonde vuelas por él? Pues es justo que se espante De Dios la mano fiel. Detén la furia ligera; Mas no hay razón que te impida, Y era bien que te advirtiera Que siempre a una fiera huida Se guarda una muerte fiera. Deste palacio sagrado. Retrato de aquel supremo. Pudiste salir airado; Un triste principio temo Que a tu triste fin has dado. Aquí le podéis hablar. No permite dilación Mi embajada. Allí hay lugar De ejecutar tu intención. Esos pies me da a besar: Toma esta carta, y por ella Conocerás mi lealtad. Álzate antes de leerla. Pues vence a mi majestad La desdicha de mi estrella. En pie te puedes poner, Consolarame en mi mal, Y pues muda el tiempo el ser, Créese, viéndole mi igual, Que no queda que perder. Tengo que temer, amigo. Que estoy temblando a llegar A la nema es Dios testigo: Por no dejar de rodar La vil fortuna conmigo. El pliego vengo a traer; Él te hablará por mí: Que mal puedo yo saber El secreto que no vi Pues ánimo al padecer. Rompe la nema y lee: «La falta de gente, la necesidad de bastimento, la poca fuerza de la ciudad y la ausencia de Vuestra Majestad, nos pusieron en las manos del rey D. Pedro; si Su Santidad diere favor a Vuestra Majestad, le suplican sus vasallos intente verlos libres, que sola esta esperanza les dará vida: la de Vuestra Majestad guarde Dios, y él tome a su cargo su venganza y nuestra libertad. Montpeller. » Ya, fortuna, te has vengado; Libre puedes ya dejarme Y viviré consolado, Pues no habiendo qué quitarme, Gozaré un seguro estado. Solo un rincón me dejaste Donde pudiera decir Que sin querer me amparaste; Y como es tu dar fingir, Dándomelo lo quitaste. Tan pobre me vengo a hallar. Que aun hoy posada no tengo Donde me pueda albergar. A buscarla me prevengo, Y sé que la he de hallar. Como tan solo partí Y tan de prisa llegué, Aun no me acordé de mí. Y mayor rigor hallé Cuando más piedad pedí. Al Papa quiero escribir Vergonzoso mi cuidado, Porque ampare mi vivir; Que pues a pobre he llegado, Bien es que empiece a pedir. Fábula parecerá Que un rey limosna pidió. Tal, amigo, el mundo está, Que decir que no la halló Aun no les admirará. Retírate. En estando hablando Colona y Urbano. Anduvo airado, Y ante el Vicario de Dios Fue rigor más que sobrado. Quedaron en paz los dos. Nadie lo verá acabado. El de Montpeller mostró Su cordura y gravedad, Y a piedad nos obligó. Ver en un noble humildad, ¿A qué piedra no movió? ¡Oh, caballeros! ¿Qué es esto? Una tristeza y pesar A venir nos ha dispuesto. ¿Es del Rey? No acierto a hablar: Sabiendo lo que ha propuesto Su Santidad, me envió Que le esperaba a comer, Y por la puente salió Sin quererme responder. Ya dicen que el Rey partió. ¿Hoy que guerra ha de hacer Aunque le cueste la vida. Hasta ver en su poder A Montpeller tan rendida. Que el nombre venga a perder? ¿Posible es que de Aragón No ha recibido lo amable Que tiene en toda ocasión? Es enojado, intratable, Y adusta su condición; Pero es cristiano, y hará Lo que el Papa le ha mandado, Y obediente le será. Don Guillen nos ha obligado. Holgara verle. Aquí está. Que del patio no ha salido: Pues es crueldad no hablarle. Triste está y enternecido. Llegad conmigo a besarle Las manos. Bien advertido. ¡Por Dios, que a lástima mueve! Vuestra Majestad nos dé , Las manos. Eso se debe a quien como yo no esté. Cualquiera desdicha es breve. Que se puede remediar, Y don Pedro de Aragón Que es cristiano ha de mirar. Sí hiciera si la pasión Diera a la razón lugar: De tal suerte me ha dejado Por su crueldad este día, Sin hacienda y sin Estado, Que al Papa escribir quería Me reciba por criado. Sueldo ajeno ganaré. Pues ya no tengo a quién dallo; Que tal falta en mí se ve. Que aún es prestado el caballo Con que aquí a Roma llegué. Ni aun en aquesta ocasión Pienso que posada tengo. ¡Vive Dios! ¡Gran compasión! A servirte me prevengo. Si quieres satisfacción. Seis mil ducados te ofrezco, Con más doscientos soldados Pagados. Si lo merezco, Con mi hacienda y mis criados Yo otro tanto Yo agradezco Esos pechos generosos, Y os doy mi mano en señal. Por parecer tan dichosos. Si no con tanto caudal, Que hace los hechos famosos. Todos igualmente damos. Y si fuere menester, Las haciendas obligamos Hasta ver en tu poder La quietud que deseamos. De nuevo llego a vivir Con lo que he llegado a ver; Y ofertas quiero impedir; Que no está bien ofrecer Al que llega a recibir. Por los bienes ofrecidos Os dé el cielo lauro y palma; Que hoy me dicen mis sentidos Que he hecho un tributo en el alma. Que es censo de agradecidos. La vida os quisiera dar Por el bien que me habéis dado, Y en ella podéis mandar; Que confesarme obligado Es comenzar a pagar. ¡Ah, Roma, cielo en la tierra! Ya a ti ha llegado Turín, Como el pobre de Martín, Por el bien que en ti se encierra. Por si importo en tal lugar, Según a pie me traéis, Dadme albricias, pues podéis; Que yo no las puedo dar. ¡Ay de vos el mi vestido, Que en este trance forzoso Sois verdad de mentiroso. Que consiste en lo añadido! Quiera Dios que vea pasar Del sacro palacio al Rey; Que si el amparar es ley. Por ley me debe amparar. Luego podemos partir; Que licencia me dará Su Santidad. Sí hará. A nadie la ha de impedir. Mucha gente hay; no oso entrar En cónclave tan discreto. Fuera de que en tanto aprieto, En cueros me he de quedar; Y mi vestido sencillo Tal ciencia en sí encerrar pudo, Que importan, si le desnudo. Registros para vestirlo. ¡Válgame Dios! ¿Qué cuidado. Señor, te ha turbado ansí? Aquel pobre que está allí. Es Turín, un mi criado Más mal hay del que temí. Llámale. ¡Turín! Pues me han conocido. La redención ha venido. Llega, soldado. ¡Ay de mí! ¡Señor de mi alma! Amigo, ¿Qué traje es este? Señor, Es librea del rigor De don Pedro, tu enemigo. De Navarra se partió La Infanta a ser tu mujer, Con poca gente y poder, Como Tu Alteza escribió, Y a Barcelona llegamos. Donde, sin haber desvío. Tu hermana nos dio un navío Adonde nos embarcamos; Tomamos tierra temblando De celada en la campaña. Por ver que está la montaña Hombres por plantas brotando Con ferocidad que espanta, Y casi al amanecer, Nos prendieron a la Infanta. ¿Sintiolo? Sí lo sintió: ¿No has visto al sol eclipsado, Pálido el color rosado? Pues así su sol se vio. Y un hidalgo aragonés Que por capitán venía, Que en su trato y cortesía Mostró muy bien que lo es, De suerte la consoló De sus pesares y enojos. Que dando perlas sus ojos. Como el aurora quedó. Diome libertad a mí. Aunque darme joyas vio. Porque te las diese yo, Y apenas partí de allí. Cuando me las vi quitar Con lisonjas y regalos, Si es que dar joyas por palos Es regalo de estimar. Ya mi tristeza ha llegado Al fin en que el mal consiste. Pues veo que el hombre triste Está junto al ser airado. ¿Cómo no ves tu malicia, Rey, y dice tu esperanza Que es en nobles la venganza Una pasión de injusticia? Si el tiempo y satisfacción Quitan la ira del noble, ¿Cómo has sido duro roble Con tan fiera obstinación? Aunque en mal parecer dejo Tu crueldad, que al mundo admira, Porque siempre fue la ira Enemiga de consejo; Aunque sé del que es airado La razón se aparta luego. No te culpo, aunque estás ciego. Pues sin razón has quedado. Mas miraras ¡inhumano! Y perdona aqueste nombre. Que es el airarse de hombre Y aplacarse de cristiano; Pero es tanta tu crueldad, Que no advierte tu malicia Que no hay piedad sin justicia, Ni justicia sin piedad. a mi casa te llevemos, Pues el caso no da espacio; Que no es razón que en Palacio Te miren haciendo extremos. Venga Vuestra Majestad A tratar de su partida. Lo que Dios, hace en mi vida Vuestra cristiana piedad. Tú llevas justa razón: Pon en Dios la confianza; Que presto con tu venganza Verás tu satisfacción. Abreviar es menester; Que mi estómago ha pensado Que de otra ley me he tornado Donde no se usa el comer. Están hablando. Vamos. En obligación Voy preso. ¡Dios lo dispone! Y la buena obra pone A los nobles en prisión. Ansí las criaturas bellas Se amparen en este suelo, Y te esté mirando el cielo Con tantos ojos de estrellas; Ansí, si tienes amor, Advirtiendo tu nobleza, Sea niño en la terneza Y gigante en el valor; Ansí los celos cobardes, Si a ti llegan a traición. Los ojos de la razón Los vean porque te guardes; Ansí sin envidia vivas, Que es veneno del juicio, Y de tu lealdad dé indicio El mismo Rey, con quien privas, Que me digas la verdad Sin lisonja y sin rodeo, Porque muera mi deseo, Pues vive mi voluntad: ¿Dio Su Santidad licencia Para apartarme del Rey? Como es de Cristo su ley. No da a crueldades audiencia: Harto insistió, mas no pudo Salir con su pretensión, Y al fin vuelve con pasión Fiero, ciego, amante y mudo, Porque apenas ha hablado Desde Roma a Montpeller; Que pienso que esta mujer Algún hechizo le ha dado. ¡Jesús! ¿Quién te hace creer Que hechizos se pueden dar? No hay más hechizo que amar, Más veneno que querer; No hay hechizo que al rigor De aquesto sea semejante; Que el delirar de un amante, Todo es dulzura de amor. Propuso que eras tan fiera, Que en ti la fealdad se vio. No ignoro que fuera yo Hermosa si él me quisiera; No me tiene voluntad; Que para aqueste rigor Nos pintan ciego el amor Porque no ve la verdad. Al fin él vuelve a tus ojos Con mil rigores extraños. Vuelva, y viva cien mil años Sin sobresaltos ni enojos. ¿Hasle pedido algún día. Señora, desta crueldad Celos, que a tu voluntad Aborrecerla porfía? ¿Celos? ¡Jesús! Ni recelos. Aunque muriera por ello; Que, en parte, deja de sello La honrada que pide celos. Y aunque su mal le lastime. No le está bien declararse; Que celos es no estimarse, Y una honrada es bien se estime. Porque tal el mundo está, Como el mal al bien impide, Que la mujer que los pide Sospecha que los dará. Si es venganza propicida Los celos, ¿he de vengarme En mí misma? ¿He de matarme, Si sé que es de Dios mi vida? Quien más ama, ése ha de estar Más sin celos, que es valor, Y transformarse es amor En lo que se llega a amar; Y como mis ojos ven Mi transformación tan llana. Quiero bien a doña Juana Porque el Rey la quiere bien. Dete el cielo tanta vida Como puede, porque veas, Pues tanto en amarte empleas. Tu esperanza y fe cumplida; Que no merece rigor Tan constante voluntad. No tendrá dificultad Si muda la flecha amor: Al fin, ¿traes carta? Señora, Solo a doña Juana escribe. No tiene salud, y vive; Pues no importa. Tierna llora: Siempre temí darte enojos, Y eso me hace excusar, Señora, llegarte a hablar. Por no ver agua en tus ojos; Si a llorar llegas ansí Sin que puedas reportarlos, La razón de consolarlos Harás que se turbe en mí. No te espante mi sentir; Que conoce mi temor Que no es pródigo en amor El avaro en escribir. No quisiera de amor ciego, Como Plaucio, a mi marido, Que de su esposa herido. Se echara en el vivo fuego; No que mi estatua quisiera, Como otro Pigmaleón, Ni que, ajeno de razón. Lo que hizo Alcides hiciera; Pero cánsame dolor, Entre el gusto que me impide. No que de mi amor se olvide. Sino que olvide su honor. Hacia esta parte te ven; Doña Juana viene. ¡Cielos, Castigadme si son celos, Y si no es amor, también! « y nube ha sido el ausencia, Pues me impide el arrebol, Mi doña Juana, del sol De tu hermosa presencia; Y los mortales enojos De aquesta ausencia crecida, Me hacen no estimar la vida; Que no hay vida sin tus ojos. Y no es sobrado favor El que les doy siendo bellos. Que aunque vivo vuelvo a vellos, Volveré muerto de amor; Y aunque no llevo victoria Y vuelvo a verte marido, Por el haberlo emprendido Se me debe dar la gloria. Renacerá mi cuidado Entre las penas que lloro; Que siempre el amor y el oro Es más puro atormentado. ¡Pluguiera a Dios que volviera Tan mudado, que el amor, El regalo y el favor, a la Reina se le hiciera! Que con más justa razón, Entre esas penas y enojos, Pudiera, viendo sus ojos, Dar a su amor galardón. Ella ha sido desdichada, Y mi desdicha es mayor, Pues es respeto, y no amor, El que me hace culpada. Leyendo la carta viene Del Rey mi esposo y mi bien. No es bien que enojos te den Las penas que te previene. ¡Doña Juana! ¡Mi señora! ¿Tiene cartas Vuestra Alteza? No, amiga. Mucho me pesa. Quizá el Rey que vivo ignora. Que como su intento muda, En duda lo habrá pensado, Y creo que se ha tardado Por no deshacer la duda. Dele a Vuestra Alteza Dios La vida que le deseo. Que será bien poca, creo. Dejadnos aquí a las dos. ¿Qué fiestas podría yo hacer Para cuando el Rey viniese? Parecer, señora, es ese, De más sabio parecer. Con todo eso, por tu vida, Que se han de hacer por tu gusto, Y así que digas es justo Qué fiesta habrá prevenida. Aras se podrán poner. Es muy ordinario ya. Orden diferente habrá, Que el arte lo sabrá hacer. Los caballeros podrán Un torneo prevenir. Y ¿habrá quien pueda salir? Si al Rey ayudando están. Al punto habrá de Aragón Aragonés y Moneadas, Torrellas, Urreas, Pujadas, Aunque de Valencia son; Habrá Mazas y Lizanas, Paladines, Benaventes, Antillones y otras gentes De las nobles catalanas. ¿Quién lo podrá mantener? No faltará quien mantenga, Como hacerlo se prevenga. Por tu cuenta ha de correr. Los saraos de Cataluña, Por ser tan regocijados. Son en Italia nombrados Con salterios de Gascuña. Todo esto podrá alegrar Su justo recibimiento, Sin fuegos que por el viento Al cielo se vean cruzar. Vuestra Majestad perdone Si su plática he estorbado. Que el ser extraño el recado Puede hacer que me abone: De Jerusalén llegó Un embajador, y pide Licencia. Pues ¿quién le impide? Volver con licencia, yo. Entre, y una silla llega. No te vayas de mi lado. Por mi vida, a tu mandado Mi vida y alma se entrega. Esta es la Reina. ¿No está De su marido apartada? Salió incierta esa jornada. Y la mía lo será. ¿Quién sois? De Jerusalén Soy embajador. Alzad: Un asiento le llegad. ¿Qué es lo que mis ojos ven? Deme Tu Alteza su mano. Para que os alcéis del suelo. Ya por ti, señora, es cielo, Y en él mil venturas gano. Siéntase. Guárdeos Dios. ¿A qué venís? Que aunque mi señor no está En su corte, se os dará Respuesta a lo que pedís. Temo de dar el mensaje. No tenéis de qué temer. Pienso que enojo ha de ser; Y así, para mi viaje Pido, señora, licencia. Sean paces, tregua o guerra, Ánimo mi pecho encierra Mientras el Rey hace ausencia; Demás que en mi pecho está, Sin que del jamás se ausente; Y pues le tenéis presente, La embajada comenzad. Pues que me da tu licencia, Justa Reina, atrevimiento, Perdona si mi embajada En algo fue sin acuerdo. Ya sabes cómo murió Conrado, que fue Rey nuestro, Por dos viles asesinos En la plaza de su imperio. Dejó una hermosa hija, Con cuyos dos soles bellos Se alumbra Jerusalén Sin hacer falta el del cielo. Quedó en poder de su abuela. Que gozó bien breve tiempo De Amalarico, su esposo, De Lusiñano heredero. Su abuela, pues, como ha visto Los homenajes soberbios De la cabeza del mundo, Tan turbados de los griegos. Sabiendo que hacía divorcio Mi señor, el rey don Pedro, Con Vuestra Alteza, juntó En Jerusalén su reino, Y entre ellos los Cardenales De Tiro y de San Marcelo, De Nazarén y el Sepulcro, Tabor, Belén, y entre ellos El Maestre de San Juan; Y con un conforme acuerdo Ordenaron que viniese, Dando sus firmas y sellos, A ofrecerle la corona Al Rey, como por concierto Quiera casar con María, Que hereda los reinos nuestros; Que ya en las manos de todos Con solemne juramento Ha prometido de ser Su esposa por bien del pueblo. Licenciosa es la embajada. Pues no puede haber efeto; Pero mandaste que hable, Y de ti el perdón merezco. ¡Jesús! ¡Llega, doña Juana! Señora ¡Ay, amiga, muero! Que son muchos los combates Que dan a mi flaco pecho. Perdona, Reina, mi culpa. No hay culpa en los mensajeros. Torrellas, vos le llevad Y tratad de su aposento Mientras el Rey, mi señor, Vuelve, que presto le espero; y denle dos mil ducados De ayuda de costa luego; Que el Rey le responderá. Antes volverme pretendo. Eso no consentiré: Venga, quizá tendrá efeto, Porque es el Rey voluntario Y desdichada me veo. Haré tu gusto. Id con Dios. Oye aparte: escribe luego A Aragón que me socorra; Que sus leales espero Que me han de favorecer. Sí harán. Guárdete el cielo. Pienso que han de conocer Que estoy ardiendo de celos. Ven a mi aposento, amiga. Mejor dirás a mi infierno. Deme el cielo la ventura Que de su piedad espero. Bien están de aquesta suerte Prevenidos los soldados. Aunque el contrario no es fuerte, Anoche dejé alistados Los pueblos. Temen la muerte: En la ciudad, las aldeas Se junten. Ya se echó bando, Como mandaste y deseas, Y todas vienen marchando Porque con piedad las veas. Si el de Montpeller viniere Y en tierra las llega a hallar. No habrá en quién socorro espere. Si se pretende vengar. Poco seso del se infiere: Julio César, que venció Sin cuenta guerras campales Y un millón y más mató, Si viera que al campo sales Te temiera. Y temo yo. Porque adoro una mujer Y estoy tan ausente de ella. Que apenas puedo saber Si es tan fácil como bella, Que ordinario suele ser. ¡Oh tú, pensamiento mío, Que sueles volar ligero Con velocidad y brío, Apresura el bien que espero Del cielo donde te envío! Llega a contarle mi pena Por si acaso está quejosa o de mi pesar ajena; Que su pie de nieve y rosa Pinta en la mojada arena Y como tal bien encierra La estampa que vi dejar. Envidioso la destierra Cuando el monstruo de la mar Tasca el freno de la tierra. A la puerta la has de hallar De la mar, y en ello acierta. Por ver que la llegué a amar, Y hallarla es cosa cierta. A la puerta de la mar Mira su presencia bella, Y antes de hablarle detente; Que la puerta en que has de verla Es ya la puerta de Oriente, Pues sale su sol por ella. Cuéntale mis penas locas Sin que nada disimules. Que a verla, desde sus rocas Cortan las olas azules Los delfines y las focas. En espesa espuma encalla; Neptuno llega a pensar. Viendo su alegre batalla. Que Venus vuelve a la mar A ver si a Cupido halla. Pero escuchando mis quejas, Verás con luces extrañas Tirando entre sus madejas Saetas de sus pestañas Por los arcos de sus cejas. ¡Al arma, al arma! ¿Qué ha sido Tan confusa novedad? El Rey está divertido: ¿No ha oído Tu Majestad Este confuso ruido? ¡Ah, señor! ¡Ah, mi señor! Esta pena ha dado indicio Que es locura y no es amor, Pues se ha atrevido al juicio Sin respetar su valor. Desvía, que mi pasión Me trujo, viendo mi fin, En hombros, por su afición, De mi deseo delfín, Como al músico Anfión. Deja que quien te desea Tus plantas llegue a besar; Negarlas es cosa fea. Pues la lengua de la mar Las besa y las lisonjea. No te admire mi porfía Ni la que el amor mostró; Habla, o dirá el alma mía. Que el mar sordo, y mudo yo. No entendemos de alegría. ¡Al arma, que los villanos Van huyendo! ¡Presto, presto! No son mis recelos vanos. ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto? ¡Ah, pensamientos tiranos! Tal, señor, te viene a ver, Que empeña el alma escabrosa. Deseos me han de perder, Que son ladrones de cosa Imposible de vencer. Tocaron al arma agora Y llevó el aire su acento; Así Tu Alteza lo ignora. Tocó al arma el pensamiento. Que es guerra que el alma llora; Y en la pena que me atajas. Porque el sufrimiento amase, Hicieron con voces bajas Que esas cajas no escuchase Del sentimiento las cajas. Llegueme a descomponer. Lo que bien bastante ha sido Para que se eche de ver Que te tiene divertido El amor desta mujer. No olvides tanto el valor; No es de amante tu licencia. Porque en parte no es amor El que no tiene, en ausencia, De que se pierda temor. Habiendo, señor, mandado Que ninguno armas tuviera, A este villano le he hallado Un arcabuz. Justo fuera El habérmele quitado Si cuando se pobricó, Sea por lo que se huere, Presente estoviera yo. Dejadlo, y más no se espere: ¿Sabéis si la gente entró? Mira, señor, que ha venido Este con otros villanos, Y en el monte se han metido. Mi padre es y mis hermanos; Y como no han ofendido Y me vieron maltratar, Valiéronse de los pies Para poderse escapar, Que es la vida de interés; Mas yo los haré tornar. Que ¿yo qué tengo, ni tienen Más con el Rey que mos deja. Que con los que a reinar vienen? Siempre hemos de estar con queja; Vivamos, y ellos ordenen, Con paz o fuerza de lanza, Lo que más huere razón, Y cumpla o no su esperanza; Que siempre vasallos son Esclavos de confianza. Del socorro no han sabido. Id y hacedlos venir. Será su merced servido. No pudieran resistir Hasta mil que habrán venido, Porque es toda pobre gente Que hambre y miserias pasa, Como lo verás presente. Para defender su casa, Cualquiera humilde es valiente. ¿Qué soldados has dejado Dentro? Doscientos habrá. Luego que veas que ha entrado La gente que fuera está, Ejecuta lo mandado; No quede ningún mancebo, Que armas pudiere tomar. Peligrosa nueva llevo De que no se han de holgar. Pues vienen, cual pez, al cebo No vuelve a ver sus parientes Turín, si el cielo no ayuda, Desde las partes presentes; Que este es Herodes, sin duda, Pues que degüella inocentes. Id poco a poco. Señor, Mire que se va mi gente. Mirad qué es ese rumor. La guarda es, que no consiente Ir entrando con furor Los villanos que han venido. Lo mandado ejecutad; Id con Dios. Será servido En todo Tu Majestad, Pues que tu gusto he sabido. No estoy en mí. ¿Qué te ha dado, o qué nuevas has sabido, Que movieron tu cuidado Y atormentan tu sentido? Una sorpresa ha bastado; Y aunque da la confianza Alguna satisfacción Que impide propia venganza, Causa desesperación El temor sin esperanza. Infierno tiene el que amare, Y en su efecto lo verá, Y ansí es razón que declare Que el infierno cesará Si la voluntad cesare. Pues si no pudo apartar De mí amor, que es fuego eterno, ¿Cómo el mal se ha de acabar? ¿Cómo estaré sin infierno? ¿Cómo dejaré de amar? El respeto me detiene, Y en tus manos, señor, dejo El daño que se previene; Que no es razón dar consejo Quien para sí no le tiene; Pero si me das licencia. No es bien que tu amor infames Por las sospechas de ausencia, Ni es bien traidora la llames Y hasta estar en su presencia. Este es el Rey. Dios te guíe. . Es estrella errante. ¿Sí? Dios, desde aquí, nos envíe Libres. Al honor seguí, Y es bien que por él porfíe; Guarde Dios a su mercé. ¿Por dónde habemos de entrar? Por la puerta que se ve. El Rey pudiera excusar Esta venida, a la fe; Que es tal la pena y cuidado Con que venimos los dos Por saber lo que ha mandado, Que podré decir ¡por Dios! Que mi mujer me ha quitado. Anda, mozo, y no te metas En lo que mandan los reyes. Si son de cosas secretas. Basta publicar las leyes. Pues ven sus gentes sujetas; Pero es sobrado rigor, Perdone el hablar verdades, Poner cerco su valor a las muradas ciudades Sin poner cerco al amor; Que bastan nuestros recelos De ver que por señor quede. ¡Oh! iCastíguente los cielos! Gane ciudades, pues puede, Y no nos venga a dar celos. Detén aquese villano. Señor, no haga caso de él; Que es insensato mi hermano. ¡En qué te ha sido cruel? Quizá te quejas en vano Que la mujer te ha quitado. Bien puedo decir que sí. Pues el verla me ha estorbado, Y celoso vengo aquí. Bien nos habremos juntado. Luego ¿su mercé trae celos? Sospechas, que hermanos son. Deja esos ciegos desvelos. Sean o no con razón, Yo le mando negros duelos. Sospechar, nada aprovecha; Sean sus penas jueces, Y advierta, en la causa hecha, Que mata más cien mil veces Que el delito, la sospecha. Si es de mujer el honor, Corre ¡por Dios! detrimento; Si es de dama , es grande error, Y es pedir firmeza al viento Dar a mujer libre amor. Aquí nos han de pringar. Desvíate acá, muchacho: Mira que es hora de entrar. ¡Juro a Dios que vien borracho! No le oiga. Dejadle hablar. ¡Oh amor, ciencia general Que tanto puedes y vales. Pues da experiencia tu mal, Que haces los reyes iguales Al arado y al sayal! Ven acá. ¿Has querido? Sí. Y ¿sospechaste? También, Y hasta estar huera de mí; Pero vine a hallar mi bien Viendo, y el miedo perdí. Mire, yo era labrador, Y ausénteme de mi puebro; Oiga, y verá que es sotil El amor que vaya arriedro: Paz que antes que me partiese Trataba resquebramiento Con la hija de un hidalgo, Que acá también se usan buenos; Y el demoño, que es mañoso. Viene, y ¿qué hace? al momento Que me partí, chamuscó La moza de amores nuevos, Y como acá socedió, Me lo dio en el pensamiento Pintiparado. ¡Par Dios, Que son zahoríes los celos! Y el querer a una mujer Está de sospechas lleno. Verá: mire, emberrincheme, Y i par Dios ! que el campo dejo Y dos muías que valían Más que ella sin crisma, pienso; Llego al puebro, y hete aquí Que , a orillas de un arroyuelo Que por la linde pasaba De un majuelo que tenemos, Vide a los dos, y escondime Agachado en un romero, Y oigo que ella le decía: «¡Si huera el rey de este suelo Y por mujer me llevara. Por helle un favor pequeño, Con tal que a Gil olvidara Por mí, que este nombre tengo, El ser reina y ser papesa Dejara por no ofenderlo.» Salgo entonces de las matas ¡Por Dios! como un Gerineldos, Y el verla con que me vio, Dejó el campo y fuese al puebro: Conocile y recáteme, Con que hoy por traidor le tengo. Asegurose mi amor; Deste redimí los celos Y percureme casar, Y un tirano de mi deudo Poco ha me la prendió I Par Dios! por lo que no ha hecho, Y hasta la hacienda me quita, Que diz que no sé qué debo A la moza, y es mentira; Mas ya va ordenando el cielo Que mis tierras se me vuelvan; Que es Dios justo y justiciero Y ampara los inocentes. Pero, volviendo a mi cuento, No sospeche , y si sospecha, Deje las armas y estruendo Y arremétase a su casa, Y, sea amor propio o ajeno, Satisfaga su pasión Y no crea al pensamiento. Que hace de hormigas montes, Y de sombra hombres soberbios, Y perdone su mercé El dalle un pobre consejo. Eres más rico de ciencia Que el filósofo más diestro, Pues mi mal has aliviado Cuando no hallaba remedio. Dale un anillo. Toma este sello Real; Y si a ti o tus compañeros Don Gastón llegare acaso En la ejecución que espero. Dásela y libra contigo Tus amigos o tus deudos. Y ¿adónde se pone aqueste? Verá, animal; en el dedo. Como estoy sin manos, padre, No espante que dude en ello; Vos tenéis dedos, llevadlo, Dale al viejo el anillo. No quiero parecer preso, ' Que los romanos prendían, Diz que con uno de aquestos, Y en la prisión del casarse Usa nuesa Igresia de ellos. ¿Es general el señor? Es, amigo, el rey don Pedro. ¡Ay, desdichado de mí! Señor, este mozo es necio, Y dirá mil disparates; Perdone, por Dios, su yerro. Pues era el Rey. Sí, tonto, Y le has hablado muy tieso. Sin hacer para habralle La luenga de terciopelo. Hueran palabras de seda. Brandas cual de lisonjero. ¿Quieres irte a Barcelona Conmigo? Allá tengo un deudo Que está por deudas el pobre Agora en trabajo puesto. Yo mandaré que le libren. ¡Par Dios! ¡Si hiciese aquesto Que excusase mil reyertas En que están todos mis deudos Por no sé qué hacendilla Sobre que anda el malo suelto! Si aquí no nos ahorcaren Sin que tengamos remedio, Digan que no soy Turín. Vámonos; que carboneros No están bien con los señores, Porque tiznarlos podemos. Señor, haga lo que dije. No piense. Guárdete el cielo. Beso a su mercé las manos. Quédese adiós, señor bueno. Hoy, Garcerán de Pinos Quiero que al mar velas demos; A la Infanta de Navarra Haz que a Lates lleven luego; Que en su castillo estará Mientras que nos embarquemos; Que mientras que doña Juana No adorne con sus luceros El cielo de mi esperanza, Ningún fin alegre espero, Que si Cicerón decía Que se parte por el medio El corazón del que ama. En cualquier apartamiento. La mitad voy a buscar Que en mi doña Juana tengo. Tuvo razón; que la ausencia Es enemigo soberbio Del amor. Vamos al mar, y amor me dé alegre puerto. Y aunque tendrá a bizarría El declararle mi amor. Prometo a Vueseñoría Que es efecto de un rigor Que vive en el alma mía. No me he querido valer, Para el alma que le ofrezco, De terceros, por querer Saber si no lo merezco. Que no es bien dallo a entender. De Tiro y Acón, señora, Soy Duque, y por justa ley Seré, si me honrare agora Con su hermosa mano, rey De cuanto el sol pinta y dora; Y el franco amor que me guía Le dará por más trofeos. Sin envidiosa porfía. Por vasallos mis deseos, Y por reino el alma mía. Estimo el ofrecimiento Con que honra Vueseñoría Mi humilde merecimiento; Mas mi libertad no es mía. Cosa que en el alma siento. La Reina lo otorgará Si la licencia le pide; Y háblale, o el Rey vendrá. Que, aunque la mar lo divide, Le están esperando ya. El gustará que me ausente, Y yo lo deseo más Por lo que la Reina siente. No tendré gusto jamás Si en ello el Rey no consiente. La Reina viene, señor. No es bien que me halle aquí; Y en estos casos de amor No es justo entienda que en mí Consiste el dalle favor. Vaya muy enhorabuena Vueseñoría, que amor, De quien vive el alma llena. Con su ausencia hace mayor, Con mil deseos, la pena; Y deme Vueseñoría Licencia que dé al tocado Un diamante que traía. Excuse aqueste cuidado: En más queda el alma mía. La carta de don Pedro de Torrellas Que escribió en tu favor, pidiendo ayuda Por Vuestra Alteza, con cristiano pecho Recibió su ciudad de Zaragoza, Y a don Pedro de Luna, su criado, Y a mí, que tantos años te he servido. Nos mandan que guardemos su persona, Con el Conde de Ampurias y Aznarpardo, Don Pedro Maza y don Antonio de Hoces, Don Ladrón de Guevara, y que en sabiendo Que su Real Majestad lleva adelante El querer disolver el matrimonio, De parte de su reino supliquemos Que excuse disensión y no la haga. Hoy morirá la causa, y ella muerta, Cesarán los efectos de esta furia; Que yo seré el primero que en su pecho Ensangriente la espada, ¡vive el cielo! No ha de vivir quien causa tu disgusto. Estimo, aragoneses, la fe noble Con que mostráis amor a vuestra Reina, Que en parte y sin lisonja, sabe el cielo No merecía mandar gente tan noble, Y que con tal lealtad mi vida ampara: Guarde la vuestra Dios, y deme tiempo En que os pague el favor con mil mercedes. Mi dolor no permite más espacio: Aunque ocupada está la Reina, quiero Emprender el remedio de mi alma. Guarde a Tu Alteza Dios. Seáis bien venido: ¿Ofrécese de nuevo alguna cosa? Pedir a Vuestra Alteza, si se sirve, Licencia que me atreva a suplicarle. Mucho debe importar, pues tanto dudas. El no haberte servido me detiene. Cualquiera cosa haré como te importe. Amor, señora, que en el alma vive, Me ha inclinado de suerte a doña Juana, Que por mujer No pases adelante: Estima el Rey de suerte aquesa dama Por la nobleza suya, que me pesa Que hayas puesto los ojos, en su ausencia, En ella, y que yo sea sabedora. Por mí, yo te prometo que la diera; Pero ya viene el Rey; háblale a solas, Y como él te la dé, yo te prometo De dalle el mismo dote que yo truje. ¿A quién, dime, Alagón, no obliga aquesto? Dicen que viene el Rey, señora mía. Quisiera darte el alma por albricias. Aquesta es la Florinda de este reino. Pues no hay que aguardar más; démosle muerte. Perdone este sagrado que la guarda. ¡Muera la que inquieta el Real sosiego! ¡Hijos! ¡Muera! Señora, ¿qué es aquesto? Tu presencia Real me ampare. ¡Amigos! Honra da la crueldad con enemigos. ¡Aragoneses hidalgos, Tened, tened las espadas, Mirad que vuestra crueldad. Si la veis ejecutada, Contra mi pecho se vuelve Sin haberos dado causa! ¡Mirad, pues que sois leales, Que dais muerte a la que ama Don Pedro el Rey, mi señor, Y que la tiene en el alma! Perdóname si te ofendo Que estoy, amiga, turbada. Mirad que me dais la muerte Si el Rey viene y no la halla. Pues ha de creer que he sido Quien incitó a la venganza. Dejad que en paz me aborrezca Y no pierda yo su gracia. Por la Virgen del Pilar, Que vuestras murallas guarda. ¡Viva el rey don Pedro! ¡Viva, Y viva edades muy largas! Y esto es desear su vida, Y quien no nos sigue, engaña. ¡Miente el lisonjero vil. Que diga que he dado causa Que el rey don Pedro procure La inquietud que en Roma trata! Y en prueba de que es verdad, Llegad las sangrientas armas; Mas decid que me matáis Solo por ser desdichada. Muévaos el ver que es mujer. Es cocodrilo que engaña, Habiendo dado la muerte. Reina, a tu amor y a tu fama. Rómpase el mudo silencio, Pues que lágrimas no bastan: ¡Teneos, que yo la defiendo Y Jerusalén la ampara! Si en su principio estuviera Y en ella todas sus armas, Y todas juntas en ti. Esta vez no se escapara, Porque, en favor de la Reina, Es Aragón quien la mata. Pues desta suerte se prueba. Huélgame que sea por armas. ¡Ay, amigo, vete presto, Éntrate dentro en mi cuadra Mientras que aplacarlas puedo Y doy voces a la guarda! Mire Vuestra Majestad, Pues tanto sabe de amor, Que no merece rigor Mi inocente voluntad. Las joyas que yo he traído, Reciba en parte de paga, Hasta que le satisfaga El que ha de ser mi marido; Porque será gran blasón Que llegue el mundo a contar Que le ayudé yo a pagar El dote que dio Aragón. Y tendrá por muy fiel El amor que le he tenido. Pues antes del ser marido Pago ya deudas por él. Que si el aborrecimiento, Perdone que en su presencia Tenga de mujer licencia. No diera consentimiento Por lo que el mundo no ignora, Aunque más licencia cobre. Ni él se viera opreso y pobre. Ni yo en cautiverio agora. No reporto mis pasiones Con tan tibios pareceres; Que argumentos de mujeres Son sofísticas razones. Si a Montpeller le he quitado Y cautivo a Vuestra Alteza, Nombre que de mi nobleza Mil leguas está apartado. No es por mostrar mi pesar. Pues somos tan desiguales Es porque con prendas tales Llegue más presto a pagar. Pues ya mi pobre valor Por el pasa a Vuestra Alteza, Ya que el que a pagar empieza. Ya se confiesa deudor. Y ya que haya de quedar Yo por prenda, sea servido De librar a mi marido Porque me pueda librar. Dele libre a Montpeller Si se sirve; que yo haré Que satisfacción le dé. No pienso que puede ser. Embárquese Vuestra Alteza; Que en Barcelona veremos El medio que dar podemos A mi deuda y su tristeza. Ya, gran señor, no hay soldado Que esté dentro en la ciudad. Pues ¿quién a esa novedad, Sin mi orden, ha obligado? ¡No me enviaste a mandar Con tu sello, que saliesen Y en la ciudad no estuviesen? Volved luego dentro a entrar Con aceros inhumanos, Y pone en ejecución Lo que os mandé; que hay traición En aquellos tres villanos. ¿Qué hacéis? La puerta han cerrado. ¡Hoy triunfan de mi poder! ¡Viva, viva Montpeller, Pues su señor ha cobrado! Toca a embestir esa caja, Y haced que en esta batalla. Del lienzo de su muralla Corten todos la mortaja. ¡Que me hayan los tres burlado, Ella fue invención sutil! De rodillas delante de él. Si puede otra Abigail Suspender al que está airado, Cristiano David, detente; Suspende la fuerte mano; Que no es bien, siendo cristiano, Que mates cristiana gente. ¡Derribad los torreones Y murallas levantadas. Porque sirvan, derribadas, a mi Estado de escalones! Bien te escucharé de aquí. Famoso Rey de Aragón, Suspende la ejecución De la guerra contra mí. Advierte en lo que ha pasado, Por quién las armas prevengo; Que si hoy a Montpeller tengo, Tu mano me lo ha entregado. Y para obligarte, baste Aqueste caso presente. Pues no ejecuté en tu gente Lo que en mi gente mandaste: Libre la dejé salir, Y las puertas he cerrado. A no haberme el sello dado, No os valiera resistir. No te muestres tan fiel, Pues la ocasión pasó ya; Y adonde su Rey está. Ninguno habla por él. La ciudad me has de entregar Que ya ves en tu poder, o he de embarcar tu mujer Para que muera en el mar. Presente está: si amor tienes, Determínate al momento. ¿De tu riguroso intento, a darme las muestras vienes? Advierte que entre los dos Hay bien diferente palma, Y que el castigar al alma Solo es oficio de Dios. Olvida el ser inhumano, o diré, viendo el indicio, Que pues le hurtas su oficio, Te olvidas de ser cristiano. La piedad tu pecho ignora. Más que bárbaro, infiel. Que ¿quién pudo ser cruel Con una mujer que Hora? ¿Qué de la ciudad previenes. Moviéndome con crueldad? ¿Qué más hermosa ciudad Que esa que en prendas me tienes? Vuelve a ver, pues me desalma Las penas que en ella están, Sus ojos, puertas que van Al homenaje del alma. Portero no es bien que cuentes, Ya que lo dan mis agravios. El coral de sus dos labios Y las perlas de sus dientes. En el cielo está preciada, Y eterno es su original De esa imagen de cristal Que tiene un alma engastada. Pues que no quieres bajar. Ya en ella el rigor se emplea; Si es ciudad, Cartago sea, Y así haré la cubra el mar. Y si mi crueldad te espanta, Es porque tu pecho ignora Que una mujer, cuando llora, Es sirena cuando canta. Desde hoy es justa mi guerra; Que a ser piadoso tu celo. No dieras ciudad de cielo Por una ciudad de tierra. Y tú de amante desdices Con esas infames quejas; Que pues que llevarla dejas, No tiene el precio que dices. Ni esperes que vida cobre Si es imagen verdadera; Cúbrala bien la vidriera Del furioso mar salobre; Y pues prenda tan segura Por tan poco precio dan, Llama dichoso al caimán Que le ha de dar sepultura. ¡Toquen a leva en la mar! ¡Esposo del alma mía! ¡Detente! César, desvía Que de aquí me he de arrojar: Espera. Espera la muerte. Pues que nunca me has creído. ¿En qué un ángel te ha ofendido. Que la llevas de esa suerte? El alma, esposo, te espera. Pues que no hay piedad ni ruego; Y pues que viene hecha fuego, Bien es que en el agua muera. Allá iré, sin que me espante Con furia que el mar prevenga, Ni remora que me tenga, Ni sirena que me cante: Mira que el alma me llevan. Mira que de cuerdo excedes Y que cobrarla no puedes; Quizá con crueldad te prueban Para, en viéndonos salir, Arrojarse en la ciudad: No es posible use crueldad Aunque lo llega a decir. Tocan a leva. ¡Fiera mar enemiga, Sele piadosa al ángel que me llevas. Si su beldad obliga y si a mis penas es razón te muevas, y no te obligue, mar, a ser airado El ser alma de un hombre desdichado! [Nave , ataúd de vivos ¡Nunca llegara tu inventor primero. Con los leños cautivos, A abrir camino al mar furioso y fiero, y enseñaras en ella A huir de tierra siendo hijos de ella! ¡Nunca en Aupo hilara Para tus velas algodón el moro. Ni la codicia avara Adorara en el sol, padre del oro, Viendo que con tus velas No eres caballo, y corres, ni ave, y vuelas! ya no se ven las naves, y solo los penoles se descubren. Son encantadas aves, Ven, que montañas de agua nos los cubren. Mal vivirá contento Quien ve que lleva su esperanza el viento. Su Alteza me la ha de dar; Que no he de ver su presencia el Rey. No he de dar licencia: En Palacio te ha de hallar. Si no me ha de hallar con vida, ¿No es lo mismo estar ausente? Tus penas el alma siente Por ser sin causa ofendida: Pese a don Pedro de Luna Y don Artal de Alagón, Que su enojo y sinrazón. Si me ayuda mi fortuna, Que he de ver vengada en ellos La injuria que aquí me han hecho, y lavado y satisfecho Mi agravio en sus viles cuellos. La furia de un reino entero, ¿Quién la puede resistir? Mis deudos, que harán morir Mil reinos. Tu gusto espero. Vuestra Majestad me dé Sus pies a besar. El cielo Te guarde. Álzate del suelo. ¿Viene el Rey? Del me aparté Ayer al anochecer. ¿Viene bueno? Bueno viene, Aunque mil pesares tiene: Dele Dios vida y placer. ¿Satisfízole mi hermano? A un grande mal se resuelve: Presa a su mujer le vuelve, Que enternece el aire en vano. ¿Atrevereme a hablarle? Pienso que le estará bien; y aunque le muestre desdén. Vuestra Alteza sufra y calle; Que Dios, que a su cargo tiene Su mal, hará de manera Que la estime y que la quiera. Aunque tan furioso viene. Traten del recibimiento Luego al punto. Hame mandado Que no se ponga cuidado En cosa que dé contento; Porque no quiere escuchar Ni música ni alegría, y para no entrar de día, Pienso se tendrá en la mar. Suplico a Tu Majestad Doña Juana, ¿qué ha tenido, Que pienso que ha enmudecido? Efecto es de una crueldad Que con ella se ha intentado, Que los nobles de Aragón Ponen en ejecución Ver al Rey de ella apartado. Hanla querido matar Y no puedo reportarla, Y por eso llora y calla; Pero llégala a hablar. Bien sabes que de tu parte He estado siempre, señora. Tu voluntad no se ignora. Da licencia que me aparte a saber de su salud. Ruego que al Rey no le diga Esta pasión enemiga, Por no alentar su inquietud. Dé Dios a Vueseñoría El gusto que no ha mostrado. Que a este su criado ha dado No poca pena, a fe mía; Y si importa que mi espada Se oponga contra la furia Que pretende hacerle injuria. Bien sabe que es abonada. Y los que el daño me han hecho, Crean que se ha de llegar Día en que me vea pagar Sin que se ablande mi pecho. Ya viene el Rey con el gusto Que siempre de verla tiene, Mas crea que no conviene Dalle a entender su disgusto. Que la Reina ha de pagar Su disgusto, y no es razón Que, no dándole pasión, Llegue a verse despreciar. Vuestra Majestad le dé Albricias a quien las gana; Que ya se mira lozana La armada. Yo las daré; Puesto que de mí sabéis Que es mi pobreza crecida, Pues os he dado mi vida Para que me la guardéis. Y el cielo me es buen testigo Que, a ser una vil ramera, Garcerán , no se hiciera Lo que se ha hecho conmigo. ¿Qué estados al Rey quité? ¿A qué grandes perseguí? ¿Qué deudos enriquecí, o qué hacienda en mí se ve? Que aborrezca a su mujer Por mostrar en su pasión Que no tiene inclinación. Que es la vida del querer. ¿Está en mi mano el desvío? ¿Soy yo Dios, que he de moverlo A que sujete su cuello. Siendo libre su albedrío? ¡Vive Dios! Perdóneme él Que , con mi pena y cuidado. Juro lo que no he jurado; Que me han de ver tan cruel Satisfaciendo mi honor. Puesto que hay justicia y ley, Que me ha de temer el Rey, Aunque es efecto traidor. Sabe Dios, y él es testigo. Que le procuré mover A que quiera a su mujer Y no se muestre enemigo; Y en medio de mi pasión, Lo habrán de ver esta noche. Cuando encubra de su coche Sus bellos rayos Faetón. Qué ¿tan libres estuvieron? Para una mujer, espadas. No estando desenvainadas Para enemigos que vieron. Ya el Rey ha desembarcado, Y en Palacio viene entrando. Y el alma le está aguardando; No os apartéis de mi lado. Quitaré ¡por Dios! la vida a cuantos la han disgustado. Al Rey se lo han ya contado: No te des por entendida. De rodillas. Deme Vuestra Majestad Sus manos, si las merezco. Su hipocresía aborrezco: Del suelo, señora, alzad, Y en vuestro cuarto apartada Desde hoy estad, sin que os vea. Lo que Tu Alteza desea. En mí es ley ejecutada; De suerte obedeceré Por ti, en quien mi bien se emplea. Que si al sol mandas no vea, Al mismo sol no veré. Y harás mi gusto ansí, Porque es tal mi aborrecer, Que al sol no quisiera ver Por saber que te ve a ti. Doña Juana, ¿qué es aquesto? ¿Tan lejos estaba yo. Que ha habido quien se olvidó Que mi vida en vos he puesto? Señor, indispuesta estoy; Que no ha habido otra ocasión De hallarme compasión: De rodillas. Deme sus manos. Sí doy. Para alzaros y vengaros. Si me costase la vida. Que sabéis tengo ofrecida A esos bellos ojos claros. En mi cuarto esperaré, Y don Guillen de Alcalá Con secreto os llevará, Y allí el enojo sabré. Aquí este pliego traía De Jerusalén, y sé Que negociar no podré; Mas cumplo con quien me envía. ¿Es liga o favor? Sí era, A casar, como querían, Con su Reina; a esto me envían. ¡Pluguiera a Dios que pudiera! Guarde, pues Dios te la dio, A tu esposa. ¿Hay mayor pena? Guardárala enhorabuena, Y no la guardara yo. ¿Quién sois? Aragón. Y ¿a qué A Cataluña ha venido? A mostrar que te ha servido. Su nobleza y lealtad sé. Y ¿Aragón pide de muerte A una mujer principal? Pide que estorbes el mal Que causa, que es grave y fuerte. ¿Han de gobernarme a mí? No te gobiernan, suplican; Y si a tu gusto replican. Es porque se ven sin ti. La Reina, señora nuestra, Quiere y pide, que es razón, Y en pedírtela Aragón. Su mucha lealtad te muestra. Mañana os responderé; Quizá la muerte ha llegado De la que habéis amparado. Sujeto Aragón se ve A lo que del dispusieres. Mas su Reina ha de amparar. Mientras no llegue a agraviar El respeto o causa vieres. ¡Vive Dios, que mi pasión En ella ejecute ya! Si hay causa, te ayudará. ¿Quién sois los dos? Aragón. Antes de aquesta jornada, Alagón y Luna fuimos; Mas después que a ella vinimos, Es Aragón nuestra espada. Yo a Aragón responderé, Y quizá le pesará. Sujeto a tu gusto está, Y es alfombra de tu pie. Venid, que mi pena grave Me lleva para morir. ¡Vive Dios, que has de vivir Aunque mi reino se acabe! Consuélese con que Dios De sus cosas se ha encargado. Para aliviar mi cuidado. Basta ver el de las dos. ¿Cómo Vuestra Alteza viene? Viuda, sin ser casada; Que una mujer desdichada, Jamás buen suceso tiene. No importa que esté delante La Infanta, señora mía. Pues que se ha llegado el día En que mi lealtad espante: Entienda el mundo que he sido Leal, y agraviada estoy, Y que doña Juana soy Y amor al Rey no he tenido. Su Majestad ha de entrar Esta noche al aposento Del Rey; que este atrevimiento En su bien ha de parar; Ninguna luz ha de haber; Procure, con voz fingida. Mostrársele enternecida. Medrosa, no he de poder: Ven, y un manto te pondrás Y las dos te llevaremos, Y en la puerta aguardaremos. Que son ya las once y más; Y a don Guillen de Alcalá Diremos este secreto; Que este sabe, y es discreto, Y al efecto ayudará. Dios te dé su paz, que ha sido Por quien siempre vive amor. Y a ti tu esposo y señor. Y a mí el honor que he perdido. ¿Al fin parió la Reina? Un bello infante, Un ángel de hermosura milagrosa. Y ¿no ha aplacado el Rey? ¿Cómo aplacado? Si bien supiese cómo están las cosas. En ley de noble, quedará suspenso. Suplico a Vuestra Señoría que me cuente Las novedades, que holgaré de oírlas. Vuestra merced se ausentó Cuando el Rey llegó a este puerto, Y don Artal de Alagón, Y el de Luna, aquí vinieron, Y dar la muerte intentaron A doña Juana, soberbios. Pues ella, por abonarse Y quietar aquestos reinos, Usó de un ardid, guiada De los poderosos cielos; Que siempre Dios, que los mueve. Guía los justos intentos; Y don Guillen de Alcalá Es quien sabe estos sucesos. Mandó el Rey que a doña Juana Le llevase a su aposento Cuando el palacio estuviese Sin luz y en mayor silencio; Y ella, que siempre ha temido Las inquietudes que hoy vemos, A la Reina persuadió Que en su lugar entre dentro. Que habiendo de estar obscuro, Y hablando poco y quedo. Sería fácil de engañarse Nuestro Rey, amante tierno. Previno para testigos Fidedignos caballeros. Sin declararse hasta agora, La furia del Rey temiendo. Porque a muchos, de Palacio Los ha desterrado y muerto, Ofendido de que hiciesen; El justo y piadoso trueco. Al fin, como se intentó. Vino a tener el suceso. Velando las nobles guardas Con un profundo secreto; Y antes que riese el alba De la confusión del suelo, La Reina, con mil temores. Dejó el engañado lecho; Y viendo que si callaba. Su honor corría detrimento, Dijo al salir: «Sed testigos, Por si obra Dios sus misterios, Que es la Reina de Aragón Quien sale de este aposento.» Levantose el Rey corrido, Y los hidalgos huyeron; Pasáronse algunos días, Y como es partero el tiempo, De la Reina declaró El preñado al descubierto; Causó más ira en el Rey, Tanto, que a los meses ciertos Parió la Reina, y estando En la cama el ángel bello. Sin ver quién, aunque hay indicios, Dejaron caer del techo, Hacia la cuna, una peña De más de un quintal de peso; Mas Dios, que al infante guarda, Llegó a hacer el tiro incierto. iVálgame Dios! ¿Es posible Que cabe en humano pecho Tanta crueldad contra un ángel? Y ¿qué nombre le pusieron? Alfonso quería su madre. Como se llamó su abuelo, Y los nobles de Aragón, Como su padre, don Pedro, Que ya entonces le guardaban. Otra malicia temiendo; Y al Rey suplicaron todos Diese nombre a su heredero; Y por no dar a entender El odio que está en su pecho. Mandó que con doce velas Pongan doce candeleros Con los nombres de los doce Del soberano Colegio, Y que el nombre de la vela Que más tardase en su fuego, Fuese el que al Príncipe den: Encendiéronse al momento, Y quedó de ellas Santiago, Y así, Jaime le pusieron. Hace el Rey muy gran pesquisa Cada día, de secreto. Por ver quién la acompañó; Mas callan como discretos. Y Aragón pide a su Reina Aplaque Dios este fuego. Que amenaza con su furia Un triste y confuso incendio. Y de Montpeller, ¿qué ha habido? En un pequeño aposento Está la Infanta llorando Y dando quejas al viento. Han venido embajadores, Y por último concierto Se le hace donación De Montpeller, y con esto Pienso que se entregará. Con el alma lo deseo. ¿Doña Juana? Retirada. Y adiós; que sale a Consejo El Rey, y no será justo Que hablando nos estemos. Sírvase Vueseñoría Verme hoy en el terrero. Tengo mil quejas que dalle. Bien sé que culpa no tengo. Como otra Venus en Chipre, Aunque era más casta que ella. Llorando está doña Blanca En las huertas de Sidueña. ¿Quién son aquestos que cantan? Los músicos de la Reina. Consuélese, pues que ve Que no arrastra sus cadenas. Por amante la aborrecen, Y para aumentar sus penas, Hierros de doña ¡María Le labraron la cadena. Al Príncipe mi señor, Debe de hacerle fiestas. ¡Enviara el cielo un rayo Que a entrambos los deshiciera! Dentro: En vida de vuestro padre Tengáis, Jaime, dicha buena. Que aunque yo os falte, con él Buena ventura os espera. De sus ojos ofendidos Reciben las flores perlas, Que derretidas del sol, Parece lloran por ella. Ya parece que se van. No importa cuando estén cerca. Cantan: Mas poco sirven quejas. Que donde no hay amor, piedad no reina. Ya parece que se han ido, Y es harto, si bien se advierte, Que haga cosa en que acierte Aquel que es aborrecido. Quejoso he estado de ti, Y aunque me obligó pasión. Pienso que tengo razón, o no vive amor en mí; Y será muy grande error Que este efecto en mí prevenga, Pues cuando razón no tenga, Sé cierto que tengo amor; Y supuesto que se ve En mí, como has advertido, Habré de culpar tu olvido, Paga injusta de mi fe. Por él, cómplice te has hecho En el ciego atrevimiento De llevar a mi aposento La que no vive en mi pecho; Y si abona tu opinión No ser traza de las dos, Pienso decir ¡vive Dios! Que en este parto hay traición. ¿Por qué encubrir de tal suerte Sus nombres los que lo vieron, Y contra mi gusto fueron, El caso penoso y fuerte? Demás de esto Dé licencia, Si en algo se satisface, Que a los cargos que me hace Satisfaga, y deme audiencia: Con quererme Vuestra Alteza No me libro de la culpa, Que en mí el vulgo no disculpa, Olvidando mi nobleza; Que como no ignoran nada. Tanto en el mundo aprovecha El carecer de sospecha Como el no vivir culpada; Retíreme por vivir. Porque no hay pecho tan fuerte. Que de una violenta muerte No se quiera resistir; Si a la Reina acompañara. Traición piadosa habría sido, Pues a pesar del olvido, Don Jaime me disculpara; Y pudiera ser que hubiera Algún testigo abonado A no temer verte airado. Viéndole noble, no hiciera. La Reina, al fin, ¿había de ir Sola donde no era amada? Porque era ofrecer la espada Para quitarle el vivir; Sosiegue Tu Majestad La inquietud que yo he causado; Que el tiempo tiene cuidado De no encubrir la verdad, Y deme, porque sosiegue En un convento, licencia. Será no ver tu presencia, Querer que al morir me entregue. Y ¡por vida de esos ojos, A quien el alma he entregado, Y en pago de tu cuidado Tengo en ella tus enojos. Que me digas los que han sido Cómplices en mi disgusto, Puesto que con celo justo A ninguno he conocido. Es imposible que fuese Persona alguna con ella, Y dudando he de ofenderla, Y a mí mismo, aunque me pese. Si no temiera el morir. Quizá alguno se aclarara. Y que esa duda cesara Y fuera acaso fingir Deme Vuestra Majestad Palabra de no ofender Ni llegar a conocer A quien pruebe esta verdad; Que yo sospecho de alguno Que se atreverá a probar Como vio a la Reina entrar En tu cuarto, y aun más de uno. Pues ¿cómo se ha de emprender Para aplacar mi deseo? Haz que se ordene un torneo, Fingiendo tener placer De que la Reina ha parido Tan milagroso heredero; Que desta suerte yo espero . Que te muestra quien lo vido; Pero tienes de jurar Lo que he dicho. . . Yo lo haré. Mi Real palabra y fe, Segura les puedes dar: Con saber que hay quien lo vido, Quedaré algo más seguro; Y no conocerlo juro, Por la fe que en mí ha vivido. Con saber que hubo testigos. De que la vieron entrar, Al alma podré quitar Mil recelos enemigos; Que para llegar a vellos Sin quebrarlo, que he jurado, Industria dará el cuidado Para dividir sus cuellos. Y para que eches de ver , Que deseo sosegar Con mi reino tu pesar. Quiero una industria emprender, Y es decir que te ha pedido Por mujer, con tierno amor. El extraño embajador Que a Barcelona ha venido. Aqueste te ha de llevar Fingidamente a Gerona, Y cuando de Barcelona A Aragón se vea ausentar, Jurando lo que me piden. Podré, encubierto, ir a verte, Si no me impide la muerte Tras del gusto que me impiden. Será , señor, acertado. Tengo a Rodoaldo por fiel, Y así, he de poner en él Hoy el fin de mi cuidado, Mi dicha veré llegar, Si aquesta ocasión se llega, Y si él de burlas me entrega, De veras me ha de llevar. ¿Cuándo el torneo ha de ser? Bien poco hay que prevenir. Mañana. Habrán de morir Los que impiden mi placer; Y el que tu gusto procura, Bien puede hoy gozar tus brazos, Pues en tan dichosos lazos El alma vive segura. Bien es vuelva a ser dichoso, Porque la envidia se asombre. Perdone Rodoaldo el nombre Que el alma te da de esposo. Deteneos, por Dios, amigos. No le impidamos su gusto, Que es efecto de enemigos. ¡Que nos haga el cielo justo De aquesta crueldad testigos! Yo acabaré tu pesar Con el de mi breve ausencia. Si a mi Rey no veo acabar. La mina de mi paciencia Pienso que ha de reventar. Si Su Majestad no hiciera Que se impidiera su muerte. Agora en quietud se viera. Y aumentara de esa suerte Mi tormento y pena fiera. La Reina viene, señor, Y Artal y Luna con ella. No tiene fuerzas amor. Pues no vence de mi estrella El vil infausto temor. Por mi gusto y mi contento, Sea mañana el torneo. Porque tenga fin mi intento. Será como lo deseo, Por acabar mi tormento. Guárdete el cielo. Y te dé Vida donde no te vea. Dé el amor vida a tu fe. Si es como el alma desea, Por él mi quietud veré. ¡Que no tenga libertad Un rey, ni tenerla pueda! Llegan. Dios guarde a Tu Majestad. ¿Qué proposición os queda.' Peticiones acabad. La Reina esté persuadida Que deseo su placer. Dete el cielo larga vida. ¡Lo que dura una mujer Si a ser llega aborrecida! Viendo, señor, Aragón A Tu Majestad con guerras, Por tener satisfacción Que de ti no le destierras, Efectos de su afición. Suplica que des licencia Para que se críe en ella Don Jaime; que su presencia, Puesto que es pequeña estrella, Le dará luz en tu ausencia. Y la Reina, mi señora, Podrá con él asistir, Porque el reino, que la adora, Con ella pueda sufrir Tu ausencia, que tierno llora. Por ver que siempre ha tenido Presente su Rey amado, Y tan venturoso ha sido. Que en él el cetro han tomado Y en él su Estado han regido. Si gusta la Reina dar Su hijo, entréguele luego; Y si se quiere ausentar, Muéstrese piadosa al ruego De quien la sabrá agradar. Y porque entienda Aragón Que ha ofendido a una mujer Que debe pedir perdón. Aunque no lo debo hacer, Le he de dar satisfacción. Mañana se ha de casar, Porque importa a mi corona Su esposo la ha de llevar Al punto, de aquí a Gerona, Si no los detiene el mar. Y en lo que toca a pedir, Lleve mi corte Aragón; Por ahora se ha de impedir, Pues ya mi coronación Pudo el Papa concluir; Demás de que le iré a ver, Y a satisfacer sus quejas, Si algunas puede tener. Desde hoy, gran señor, nos dejas Con gloria, con nombre y ser. Pon, señor, tus pies reales En nuestros cuellos, que es justo. Nunca por favores tales El tiempo venza tu gusto, Y al mismo en edad te iguales. Alzad, amigos, alzad; Que yo estoy muy bien servido De tan justa voluntad, Y el amor he conocido De vuestra noble ciudad. Ya que tu cristiano amor Cualquiera desdicha impide, Y a mí me quita el temor. Hoy, por mí, tu hijo pide La primer merced , señor. Ángel es, y será justo Que de la paz lo haya sido De su tío, si el disgusto Tiene ya en tu pecho olvido; Que él ofrece hacer tu gusto. Yo lo veré, y se hará Como convenga a los dos. Si satisfacción me da. Aumente tu vida Dios, Pues en él la vida está. Pienso que será ocasión, Delante destos testigos. De doña Juana enemigos, De proponer mi pasión. Beso a Vuestra Majestad Los pies. Seáis bien venido; Que vuestra venida ha sido Certeza de mi verdad. ¿Cuándo os habéis de partir Con vuestra esposa? Señor, Mi movimiento mayor. Su mano le ha de regir. Concede en lo que escuchares, Que me importa: ya te di Por tu doña Juana el sí. Ya murieron tus pesares. El cielo dio a tu temor Muerte. Ruegos lo han hecho Del ángel que está en mi pecho, A quien Dios hace favor. No en balde amo a Barcelona, Pues tal bien en ella veo. Goza tu dichoso empleo Y de ese amor la corona. Si os queda que proponer, Decidlo y dejadnos solos. ¡Sol, que al que corre los polos En beldad puedes vencer, Saca desta confusión A un alma triste, afligida, Que es el pulso de su vida! Abreviar la dilación, Merezca tener licencia. Que de doña Juana yo El dote El cielo le dio El dote con su presencia; Demás, que a mi cargo está. Como de verla casada. El enviarla dotada. Es ansí. Aquí me deja: Rodoaldo, no te fiara El secreto que te fío, Si no viera el amor mío De tu valor muestra clara: Bien sabes lo que es amor. Ciencia es que quieren los cielos Que la curse entre los celos Que ha leído mi temor. Bien se , señor, por mi mal. Qué es amor y adonde llega. Pues quien el suyo te entrega. Favor te hace sin igual. Ya sabes que en doña Juana He puesto todo mi ser, Pues lo habrá dado a entender La voz del vulgo inhumana; Pues esta te entregaré, Y de aquí la has de llevar Donde yo te he de ordenar. Digo que la llevaré. Nombre de esposo te he dado Por ver mi reino quietar Y por poder publicar Que de veras la has llevado. Sosiega, pues de mí esperas; Que yo lo haré de modo. Que entienda tu reino todo Que la he llevado de veras; Que deseo tu favor. Pagaré el tiempo que pierdes; Yo haré que de mí te acuerdes. Sirviéndote con valor; Serás mi dueño y amigo, Y no olvidar me prometo No es este lugar secreto, Sígueme. Tu gusto sigo. Pasa lo que digo, hermano: Al Papa de nuevo escribe Que la crueldad que en él vive Hace mi delito llano. ¿De qué sirve haber entrado. Siendo tu intento dichoso. Con hábito religioso En mi cuarto disfrazado, Entendiendo sosegar Las guerras de Montpeller, Si airado das a entender Lo que te importa callar? El hábito que vestí Y el vestido que he mudado Hoy mi agravio ha mudado En un loco frenesí. Y si fue crueldad, es cierta. Pues la sospecha encubierta, A voces saca a la plaza; Que el torneo que ha trazado Es no más de por saber Si hubo quien me pudo ver A su aposento cerrado. Puesto que hay quien verlo pudo, Temen su rigor, que es fuerte; Si salen, temo su muerte; Si no, mi honor temo y dudo. ¡Ah, desamor, lo que puedes! ¡Por el mismo cielo juro. Reina, de tu honor seguro, Y porque segura quedes; Por mi honor, que vive en ti; Por la pena con que peno; Por la ley que obliga al bueno A no haber ofensa en sí; Por mi amor, gigante fuerte, Pues me tiene de este modo, Y por Dios, que es más que todo, Pues él da honor, vida y muerte, Que armado me he de oponer, No solo en mal tan crecido, a que no le has ofendido, Sino a que no has de ofender! ¡Detente! DON GUILLEN'. ¡Suelta la mano! No hables. Cierra los labios; Quien por miedo sufre agravios, O es cobarde o es villano. ¡Hermano, hermano, señor. Que te reportes te pido! ¡Rayo soy que han despedido De la esfera de mi honor! ¿Saldrás solo? ¿Qué he de hacer? Lleva alguno. A mi razón. Y ¿es fuerte? Si no hay traición No la hay. Pues podré vencer: Solo he de salir armado, Porque no tiene en tal día Ni favor ni compañía El pobre ni el desdichado. Mira que te han de matar, Y pues no te han conocido, No entregues a un ofendido Armas que te han de acabar. Mi bien , y si no saliesen, De temor, los caballeros. Porque entre rigores fieros El que tiene el Rey temiesen, ¿Quedaré bueno afrentado? ¿Será bien que sea culpada A mi hermana desdichada Y en poder del vulgo airado? ¿He de sufrir mi deshonra Por respetar al amor? ¡Mal haya el que por temor Deja de cobrar su honra! ¡Cuánto mejor me será Entregar mi vida al fuego! ¡Deme mil muertes, y luego Pruebe el Rey si honrada está! Si no gustas de esta suerte Que salga, y he de morir, Déjame a voces decir Quién soy, y denme la muerte. ¡Hermano, hermano, por Dios! ¡Esposo del alma mía. Aunque es ciega tu porfía. Parte y muramos los dos! Oye : no te persuado A que dejes de salir. Aunque pones el vivir En poder de un Rey airado; Yo quiero salir contigo, Pero no te has de mover Hasta que llegues a ver Si hay en tu abono testigo; Y en caso que no saliese Y el Rey. quisiese afrentar La que tanto debe honrar, Porque el cielo lo quisiese, Oponte a cualquier rigor. Declárate allí, y muramos. Pues ya de la muerte estamos Tan cerca con el temor. Y ¿he de tener sufrimiento? Si ciega resolución Lleva, señor, tu pasión. Nunca saldrá bien tu intento. Sosiega, señor, el pecho, Y advierte, entre tu porfía. Que donde razón no guía. No hay efecto de provecho. Digo que sea de suerte. Aunque en nada espero dicha; Que es más fuerte la desdicha Que el amor y que la muerte. ¡Nunca nacieras hermosa Ni te llegara a mirar, Pues para mayor pesar. Ni aun por yerro eres dichosa! Y se muestra en el rigor Que hoy el Rey usa contigo. Que es ya la beldad castigo, Y culpa el tener amor. Queda, doña Elvira, adiós. Él mismo guarde tu vida. Cuéntala ya por perdida. Y en ella la de las dos. César amigo, refrena El dolor que le atormenta Y con su vida ten cuenta; Que mi amor siente su pena. ¡Desdichada fue tu estrella! Y la mía mal segura. Por demás busca ventura La que ha nacido sin ella. Ya el patio está apercibido, Caballo, cajas y gente. Pues en la ocasión presente Está mi bien prevenido. ¿Ya dices que habrá zarpado Rodoaldo con doña Juana A Gerona? Salió ufana Su galera. ¡Bien ha estado! Cuando ya en el patio vieres Los que quieren combatir. Has de llegarme a decir Que con varios pareceres Y con temeroso intento Rodoaldo se la llevó, Porque sospechó que yo Impidiese el casamiento. Yo fingiré que he holgado Que saque de aquí tal fuego, Y tú, muy airado y ciego, Culpa el no verme vengado. Satisfarase Aragón De que amor no le he tenido, Y en habiéndose partido, . Verá premio mi afición; Y aunque me veas enojar, Está siempre en persuadirme. En mi intento estaré firme Como peña al sordo mar. Pues que ya lo has entendido. Parte. Yo haré lo que debo. A Torrellas, en yéndose Garcerán: Hoy en tu cuidado pruebo Lo que mi amor ha podido: Para tener ocasión, Roberto, de disgustarme. De que han querido forzarme Y torcer mi inclinación. Llega a hablarme en secreto, Yo fingiré que te he oído; Que don Guillen ha venido A intentar, como indiscreto. Darme muerte; y de este modo Podré hacer que se descubran Y que la verdad no encubran. Ya, señor, estoy en todo. ¿Hay disculpa de haber dado Palabra de no los ver? Que deseo conocer Los que mi enojo han causado; Que los han de ver morir. Pues quieren forzar mi amor. Ya es oriente el corredor. ¡Triste fiesta y triste día, Pues a tal punto ha llegado! ¿Si es don Guillen el que ha entrado? Guárdele Dios, pues le guía. Cuatro son los que se hallaron, Según que llego a mirar. Los que me dieron pesar Y por su mal lo intentaron. Toma el puesto y empecemos; Que amigos deben de ser. Bien es mostrar el placer, Luna, por quien nos movemos: No toquéis, cajas; parad. ¿Qué es, Garcerán, lo que obliga A que suspendas la fiesta Que así a mi amor regocija? Decir, señor, que Rodoaldo, De quien Tu Alteza se fía, Se ha llevado a doña Juana Temeroso de que impida El ser su esposo, sabiendo Que obligación le tenía. Antes debes aumentar Esta fiesta prevenida. Pues satisfago a Aragón, Que es su sospecha mentira. Advierte que la ficción Es verdad. Di más. No digas Después que yo te he engañado; De veras el mar camina. Verá Aragón que sin causa De mi lealtad se retira. ¡Vive Dios, que va de veras! Di más. ¡Bien, por Dios, me animas! ¡Trague el mar su grueso leño! Señor, ¿no te regocija La nueva que has escuchado? Mil enemigos me quita. ¡Rómpase en un pardo escollo, Desde la gavia a la quilla. Su galera, y su sepulcro Sea del mar la arena fría! ¡Ayude el viento a sus velas! ¡Muéstrese la mar tranquila! Muy bien finges, Garcerán; Tus nuevas me regocijan. Ya siento que me encargases Esa embajada prolija; Que ¡vive Dios, que es verdad Que a Jerusalén camina! Advierta Tu Majestad Que debe estar advertida. Porque está dentro en la sala. ¡Ampare el cielo mi vida! Llega y háblalo en secreto. No podrás decir que ya No tuviste alguna dicha. ¡Que don Guillen está dentro Y que ese intento le guía! Llegad todos, declarad Aquesta engañosa cifra. Sospecho que la palabra Del Rey ha sido fingida. Si nos descubren, la muerte De los dos se precipita. Descubrid los rostros todos. ¡Hoy me mata mi desdicha! Aquí le han de conocer. Castigaré su osadía: Descubrid. Si tu palabra No hay palabra a tiranías. Antes que le den la muerte, Baja presto, doña Elvira. Burla que es tan verdadera. Más que burla es profecía. ¿Cómo a mis manos viniste? Aborreciendo la vida, Y ver culpada una hermana Que era la honestidad misma, Y por ver si el amor ciego. Que es quien causa su desdicha, En medio de ella le daba Alguna suerte en las mías. A tus pies estoy postrado; Mi esposa en prisiones mira; Yo, sin reino y desterrado: ¡Ten piedad, si a Dios imitas! Ansí los cielos te den, Rey don Pedro, larga vida, Que ejecutes en mi pecho La sentencia que está escrita. Si yo te he ofendido, muera, Y mi hermano No prosigas: ¿Es verdad que doña Juana Se ha ido? ¿Agora replicas? Rodoaldo se la llevó. Verdad es. ¡Grande desdicha! No hay resistencias al cielo; Necio es quien de mujer fía. ¿A la Reina acompañasteis Los dos? Y en causa tan pía, Señor, por lo que te amamos. Arriesgáramos las vidas. El disimular importa. Vuestras sospechas prolijas Este día se han deshecho; Y porque veáis que incitan Sus gustos a que le tenga, Gusto de ver restituida Su tierra al de Montpeller, Y a su esposa doña Elvira, Llevando para el camino El dote que le pedía; Y con mi esposa, a Aragón Quiero aumentar su alegría Y gozar en paz mi estado. Dete el cielo eterna vida, Y veas a tu don Jaime Postrar el cetro las Indias. Con callar te doy respuesta; Que el gusto el hablar me quita. La dicha, a más no poder, Vio la Reina aqueste día. Y aquí dio fin la comedia, De que es bien perdón se pida En albricias que vio el fin A su mal doña María.