Texto digital de La razón hace dichosos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio Martínez de Meneses, Juan de Zabaleta y Jerónimo de Cáncer
- Atribución estilometría
- Antonio Martínez de Meneses Probable yJuan de Zabaleta Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La razón hace dichosos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/razon-hace-dichosos-la.

LA RAZÓN HACE DICHOSOS
JORNADA PRIMERA
Quien me dio el ser me disculpa en sentimientos tan grandes, pues en este pecho vive aunque en ese mármol yace. Pague yo lo que le debo y merezca en mis piedades esta pompa como rey y este dolor como padre. Señora, alivia el pesar, hasta que el tiempo le acabe. ¿Cómo puedo hallar alivio, viendo feliz y triunfante el que a mi padre mató con fieras atrocidades? De su desgraciada muerte dos obligaciones graves heredó mi amor, que fueron darle sepulcro y vengarle. Una ya está satisfecha, pues guarda el regio cadáver este castillo de Italia, antigualla venerable. Nueva Artemisa he dispuesto que de piedras y metales entierro majestuoso al difunto cuerpo labren, que de esta suerte le doy veneración más durable, pues su helado bulto ocupa sitial de bronces y jaspes, donde siempre que le veo, por que mi dolor me mate, me parece que el cincel le resucita en su imagen. Su venganza es la que agora me falta y hasta lograrse no saldré de este castillo que es mi voluntaria cárcel. No han de servirme otras galas, no he de intentar que me aclame Nápoles por su princesa ni blasonar de la sangre de Aragón hasta que vea vengada la de mi padre. Acábate de vestir, no te diviertan tus males. Llegad y tú como sueles el suceso lamentable refiere por que me inciten sus memorias a vengarme. El soberbio Ludovico, que a turbar a Italia nace, duque de Calabria injusto, niega a Enrique el vasallaje. No cantes, que la enternece tu acento. Pasa adelante, que un triste contra sus penas de sus lágrimas se vale. Plazas y puertos le ocupa, ambicioso de usurparle de Nápoles la corona, heredad de sus padres. Cielos, ¡que tengáis estrellas a una traición favorables! ¿Quieres el espejo? No, pues, viendo en él mi semblante, podré templar mis enojos y efectos son desiguales que aquesta voz me provoque y aquese cristal me aplaque. Salió a la campaña el rey y el traidor con sus parciales determina que una noche a puñaladas le maten. ¡Venganza, cielos, venganza!, pero ¿quién ha de ayudarme, pues los más de mis vasallos siguen la facción infame del tirano? Gran señora, una novedad me trae a tu presencia. Roberto, ¿cómo a tu atención faltaste cuando yo con tristes lutos hago de mi pena alarde? ¿Vienes a verme vestido de alegre y festivo traje? Mi leal atrevimiento de un dichoso aviso nace. ¿Qué aviso puedes traerme? ¿Levantó los estandartes Nápoles por mí? Aun presumo que será más importante. Del aleve Ludovico ya la fortuna mudable te ha vengado. ¿De qué suerte? Ya el laurel luciente y grave trueca en pálido ciprés y ya su soberbia yace en sueño eterno. ¿Qué dices? Oye el caso más notable. Sediento de aclamaciones y de aplausos populares, salió tu fiero enemigo en un caballo arrogante, que rayo napolitano, aunque se engendró en su margen, bebió al Vesubio centellas más que al Sebeto raudales. A la playa llegó, adonde por hacer del bruto examen, le provoca a que brioso en corbetas mida el aire. Aunque sujeto a preceptos, irracional fuego arde, y si la espuela le enciende, siente que el freno le apague. Al acento de un clarín más se irrita su coraje y a las estampas del suelo las multiplica o deshace. Ya se rebela a la mano, ya comienza a desbocarse, siendo Ludovico un monte ya le descompone fácil, ya le saca de la silla, y en veloz carrera parte sin poder nadie estorbar que hasta unas peñas le arrastre de un estribo, con que tuvo su vida fin miserable. Así acaba la ambición, que, si es estatua gigante, hay piedra que la derriba y que en polvo la deshace, y tan extraño accidente juicios encierra inmortales, pues murió en el mismo sitio donde dio muerte a tu padre. Los suyos, viéndole muerto, ordenan que el pueblo aclame en su lugar a su hermana, que hoy espera coronarse como reina, a cuyo efecto son las prevenciones grandes y, así, pues era tu intento no dejar hasta vengarte de este apartado castillo las desiertas soledades, ya que murió tu contrario, oponte a su hermana antes que lo que fue tiranía sucesión pueda llamarse. Anima las esperanzas, vence las dificultades, sal a convocar el reino, prevén armas, lista infantes, los que son lutos funestos sean galas militares, real corazón te alienta, tu voz siguen los leales, yo te sirvo, razón tienes y el cielo está de tu parte. Siempre, Roberto Colona, cumples con tu ilustre sangre. Cuando vine a este castillo, huyendo las crueldades del rebelde, tú sin riesgo de la ciudad me sacaste disfrazada de villana. En esa ocasión fue grande el esfuerzo de aquel hombre que, según tú me contaste, te defendió de otros tres que intentaron agraviarte, que yo no pude hacer más que sacarte con el traje de labradora al camino y él por ti quiso empeñarse sin conocerte. No supe quién era para premiarle. Presto agradecer podrás beneficios y lealtades por su bizarro valor, pues en mi memoria cabe, tanto que a ser igual mío bastara para obligarme. Las que mi padre debió es bien que primero pague, pues ya sé que algunos nobles, por servirle y ayudarle con su hacienda, pobres viven. Dichosos, los desleales gozan lo que pierden ellos y tú, que un reino heredaste, solo este castillo tienes cuando con aplausos tales corona a Julia Laurencia la fortuna. Es inconstante y que son vanas sus dichas de esta suerte he de mostrarte. Al pie de un monte que al cielo casi llegó su remate, un pueblo había que, atento a los rayos desiguales de la luna, la observaba su curso siempre mudable. Creyó alguno que alcanzarla desde el monte fuera fácil y halló, en llegando a la cumbre con tantas dificultades, la pena de haber subido, pues vio su luz tan distante, pero aquellos que tan alto le miraban desde el valle juzgaron que de la luna tocaba el bello semblante; así la fortuna engaña, pues penas suelen hallarse en su cumbre y desde lejos parecen felicidades. No temas la suerte varia y, pues el nombre alcanzaste de Camila, Italia vea otra en ti que se aventaje a la primera. En mi empresa llevo razón que me ampare. Y yo en la ciudad te ofrezco servirte con mis parciales. Tú sabrás de mis contrarios, fingiendo estás de su parte, los disignios. Eso intento. Pues ya es justo hacer alarde de mi esfuerzo y, entretanto, guarde a mi difunto padre este castillo, que yo, si puedo, haré que trasladen a Nápoles su sepulcro. Haz de tu valor examen. En favor de la razón mis banderas daré al aire. Este suceso te incite. Ya es mi suerte favorable. Libra el reino de este yugo. Por mí su quietud restaure. Heroico intento te anima. Seré un rayo hasta lograrle. Yo leal hasta perder la vida. El cielo te guarde. Mi padre atrás se ha quedado con mi hermano Federico, triste en Nápoles ha entrado, pues viene pobre y fue rico. Ya me hubiera yo ahorcado. Cuanto con franco valor al rey dio, le salió incierto, pues que le mató el traidor. Bellaca dita es un muerto, y su albacea peor. Por dar tu padre el dinero, tu pareces un pobrete, y un hijo de un mohatrero, que no presta sin ribete, parecerá caballero. A la reina quiero hablar hoy, que se ha de coronar, y yo, aunque sigo su intento, hallarme en tal día siento sin caudal para ostentar quién soy. Hubieras vendido esa sortija que tienes para venir más lucido. Bien se ve que no previenes por qué la estimo advertido. Pues ¿qué causa te ha obligado? Una amorosa conquista. Nunca un pobre se ha escapado por ocioso de arbitrista, poeta o enamorado. La prenda que ves en fe de su dueño la venero. Dime, ¿quién es? No podré, solo sé que amando muero, pero a quién amo no sé. Un día de los que emplea el mayo en su ardor florido salí al prado de la aldea, donde mi padre afligido sus pesares lisonjea y asistida solamente de un villano diligente vi que se apeaba airosa una labradora hermosa a la margen de una fuente. Con imperio soberano para ser de amor desvelo, prendida al uso aldeano rindió al brial y al sayuelo todo el aire cortesano. Era de su rostro bello embozo un cendal delgado que con descuido entregado a la prisión del cabello fue de las almas cuidado. Como a la nube inconstante la da el sol matices rojos si se le pone delante, daba hermosura al volante el reflejo de sus ojos. Sobre el tocado causaba nueva atención a mi empeño sombrero que le adornaba, no el plumaje que llevaba, sino el brío de su dueño. Sentose, mientras del día se templaban los ardores, en la floresta sombría y con su aliento las flores, las aves con su armonía la dieron blando sosiego y yo, por verla mejor, en la fuente a beber llego, o por mitigar el fuego que había encendido amor. En tanto que al agua acudo, mira la deidad que ignoro y a un tiempo entregarse pudo la boca al cristal sonoro y la vista al cristal mudo. Aunque ya estaba fiada del sueño al dulce reposo, volvió a cobrarse asustada del impulso codicioso de tres hombres salteada. Yo, cuando la vi ofender, la ocasión pude estimar, que viene a ser dicha hallar el que comienza a querer empeños para obligar. Hice de mi esfuerzo alarde y, aunque al paso me salieron y mi espada resistieron, un delito es muy cobarde, pues que, siendo tres, huyeron. Ella turbada quedó tanto como agradecida y esta sortija me dio, que por memoria mandó que fuese de mí admitida. No dio lugar, recatada, aunque su riesgo previno, a ser de mí acompañada y del rústico guiada volvió a seguir su camino, dando mi esperanza al viento, y yo, con desvelo atento, viendo que su luz se fue, los ojos tras ella envié y después el pensamiento. Es mucho que hayas hallado mujer que al primer envite una sortija te ha dado y es más no haber encontrado con otra que te la quite, pero ya junto a nosotros llegan tu padre y tu hermano. Ya de la coronación vuelve el real aparato y estás bien en este sitio, que es la entrada de palacio, para aguardar a la reina. Pues, ya que se ha coronado, para ponerme a sus pies fío en la razón que traigo. No ha de apoyarte con ella el haber sido contrario de su hermano Ludovico. No ignora que fue tirano y que me tocaba a mí servir como buen vasallo a mi rey. Esas finezas te han puesto en tan pobre estado. Socorrer al rey fue justo y, si pudiera, otro tanto hiciera yo con su hija Camila en su adverso estado, aunque yo jamás la he visto, que la desdicha en que estamos nos apartó de su vista, pero siempre en este caso, Federico, tú en mi padre condenas lo que yo alabo. Siempre tú me desconsuelas y siempre me anima Carlos. Solo porque yo te culpo te disculpará mi hermano. Cuanto dio al rey se lo dieron sus regios antepasados a los nuestros. Por la sangre que por ellos derramaron, tan real como la suya, y por dar lo que ha heredado se sujeta en la vejez a la inquietud y al trabajo de pretensiones y pleitos. Bien dice y yo sin ser galgo antes seguiré una liebre que un pleito, aunque sea llano. Llega el triste que pleitea con su proceso en las manos y, después de haberle oído, dándose un filo en sus Baldos, le ordena una petición muy paseada el letrado; mientras el uno la nota, el otro cuenta sus cuartos, por escribilla al pasante da su percance ordinario, su paga al procurador por haberla presentado, al relator porque informa, su dinero al escribano su pitanza al papelista, el alquiler de sus pasos al agente, y sale en cueros aunque venza a su contrario, quedando el pobre perdido con el pleito que ha ganado, pero mi discurso ataja el grande y festivo aplauso con que ya vuelve la reina. Pues retiraos a este lado, que quiero hablarla yo solo. A nuestra vista acercando sus luces del palafrén se apea y entra en palacio. A vuestras plantas está de la suerte un desengaño, pues fui el hombre más dichoso y soy el más desdichado. Fui Ricardo de Aragón, pues en mi ya se borraron nobleza, título y nombre. ¿Qué queréis? Significaros que al rey Enrique mi hacienda le di con excesos francos, pero, él muerto y la ciudad entrada por vuestro hermano, no solamente perdí lo que mi lealtad le ha dado, sino el patrimonio antiguo, mis lugares y vasallos y, así, pues hoy la fortuna os pone en lugar tan alto, mandad que me restituyan lo que fue mío. Ricardo, aun mi hermano vive en mí y yo vengo sus agravios. Si al difunto Enrique disteis, por ser su confederado, tanta suma, cobrad de él y de quien debe pagaros, que es su hija, porque yo a los benévolos rayos de mi estrella debo el cetro que ha puesto el reino en mis manos y, pues os llegáis a ver en tan inferior estado, bien haréis en olvidar los blasones heredados, que no es posible mostrar quién sois si no es restaurando las riquezas, pues ya en ellas la estimación se ha fundado. ¡Con qué atención le castiga! Cruel imita a su hermano, mas hoy por Camila el pueblo ha de dividirse en bandos. ¡Ah, Tirana! ¡Ah, calabresa! ¡Que sea tu rigor tanto! Más abrigo en una reina de tapiz se hubiera hallado. ¿Que cobre de Enrique dices? Un muerto no teme embargos, su capa es capa de coro, sus cabos son cabos de año. Lo que siento es el desprecio de mi nobleza. ¡Qué agravio! ¿Riquezas has de buscar que apoyen tus timbres claros? ¿Que has de volver a ser rico si quieres ser estimado? ¿Más que la sangre el dinero califica, siendo esclavo del robo y de la codicia? Cielos, ¿no es error tirano que lo que puede adquirirse con bajezas honre tanto? ¿Ya ser noble, siendo pobre, es merecimiento vano? Y, como da honor el oro y mejor le adquiere el malo, hay quien va a la estimación a costa de menos pasos, pues el mérito es rodeo y la maldad es atajo. Mira si yo con razón tu desperdicio he culpado. Calidad es la riqueza, pues hoy autoriza a tantos que vieron la luz primera entre sayales villanos. Más envidiado es el rico que el noble, el justo ni el sabio, al noble siguen las leyes, el crédito y los aplausos. Ya descender de alto origen no basta. ¿Que nos cansamos? En esta edad quien desciende de un coche solo es hidalgo. ¿Que el desigual sea ilustre por su caudal? No es milagro, pues se llamará Mendoza por lo que tendrá de Hurtado. Pues, señor, ya que atribuyen tanta deidad, poder tanto a las riquezas, yo quiero discurriendo climas varios restituirte, si puedo, con el valor y el trabajo la temporal calidad, que la suerte te ha quitado. Carlos, si de mí te apartas, serán mayores mis daños. Yo también, por que en alientos no me aventaje mi hermano, a dejarte me resuelvo y por las armas, osado, tu fortuna haré que labren esta espada y este brazo. ¿Los dos me dejáis a un tiempo? Tu pobreza así aliviamos y, pues la ambición del oro oculto en abismos pardos fio codiciosas velas a la inconstancia del austro, yo, aunque solo y peregrino, sin industria y sin amparo iré a buscar por que cobre tu sangre el lustre pasado. Ese idolatrado hijo del sol, de la tierra parto, soberana tiranía de los deseos humanos y el camino de la dicha veré si le encuentro acaso, que siempre le descubrieron los que menos le buscaron. Yo, pues las armas heroicas tantas casas han fundado, haré que vuelva a la nuestra su esplendor antiguo y claro, aventurando la vida a los empeños más arduos, pues el valor da la dicha de la razón ayudado. Basta el valor solamente para un destino contrario. Pues yo por mi norte siempre la razón iré llevando, que ella sola puede hacer venturoso a un desdichado. De vuestras obras los dos hijos procuráis llamaros como veis que ya tan poco para vuestro padre valgo. Carlos y yo a competirnos por varios caminos vamos. Quien tuviere mejor suerte dará al infeliz la mano. De tus dichas nada espero. Pues yo, aunque te juzgo ingrato, te valdré si soy dichoso. ¿Que así os vais? Para vengarnos de tanta infelicidad hemos de inquirir los hados. La suerte premia osadías. El cielo os ayude a entrambos, que yo solo os puedo dar mi bendición y este abrazo. Adiós, padre. Hermano, adiós. Guiadme, felices astros. A tu inconstancia me entrego, fortuna, guía mis pasos. Necios son, pues los dineros piensan hallar presurosos, aunque, para ser dichosos, les basta ser majaderos. ¿Con cuál iré, pues me aplico yo también a esta partida? Carlos va a buscar la vida y a la guerra Federico. Por la guerra, en breve plazo tendré un coleto, una espada, una paga adelantada, un vestido y un balazo. Si a Carlos sigo, un oficio buscaré, mas no sé cuál. ¿Buñolero? En el carnal es plaza sin ejercicio. ¿Ventero? Es trato de ruines. ¿Pastelero? Ya no encierra ganancia. ¿Acomodador de mozas? Tiene mil prolijidades. ¿Corredor de liviandades? Es mejor, pero hay corozas. ¿Aguador? Impulsos fieros ser quien un asno gobierna. Ahora bien, ¿pondré taberna y seré aguador de cueros?, pero con furia excesiva agora en palacio ha entrado un tropel alborotado de gente. ¡Camila viva! ¡Que nuestra alegría impida este desbocado error! ¿Sois del motín? No, señor. ¿A quién por reina apellida vuestra obediencia? No sé cómo he de salir de aquesto. ¿Quién vive? Decidlo presto. Vive quien tiene con qué y quien tiene en su intención usted. Saber quién sois quiero. Soy un pobre forastero. ¿Cómo os llamáis? Chicharrón. Pero ya al pueblo atrevido se opone el heroico aliento de un hombre. Escaparme intento mientras está divertido. A Carlos siguiendo voy. Este agravio desleal hecho al palacio real ha castigado. Que estoy envidioso de él confieso, pues Julia Laurencia sale de su cuarto por que iguale a tal acción tal exceso. Si mi labio por favor, gran señora, mereciera la tierra que pisas, fuera premio de hazaña mayor. ¿Quién eres, que has alcanzado una acción que nadie emprende? (Pues de mi padre se ofende, será acertado encubrirme.) Quien pretende hallar honor y ganar aumento y nombre por la guerra y ser un hombre que nace de su valor y a vivir desde hoy empieza, pues, de un infeliz destino derrotado, peregrino tomó puerto en tu grandeza. Siguiendo este impulso ardiente, hoy en Nápoles entré al tiempo que esfera fue de su corona tu frente. Llegué a pisar los umbrales de palacio en ocasión que algunos de los que son a tu nombre desleales a Camila en voz aleve aclamaron, mas yo, osado, de la inclinación guiado que a tu servicio me mueve, me opongo enojado y fiero al tumulto sedicioso, de cuyo orgullo alevoso límite y ley fue mi acero y, dando nueva violencia tu vista al esfuerzo mío, lo que comenzó mi brío lo concluyó tu presencia y, así, atrevida mi espada dentro de palacio ha sido, por haberte defendido podrá quedar disculpada, que yo te ofrezco que adquieras por ella tan alto estado que sea campo abreviado toda Italia a tus banderas, pues, como en mi brazo fuerte consiste mi nuevo ser, de mis obras pienso hacer fundamentos a mi suerte. César Ursino, a este aliento es bien que el premio suceda dándole puesto en que pueda lograrse su noble intento, pues quien a tantos excede este honor ha merecido. (¡Que un hombre no conocido, tan acreditado quede! Por la suerte y el favor con que premiado le veo todo cuanto yo poseo le hubiera dado mi amor.) (Mayor ocasión le espera para dejarme obligada, pues con prevención armada el reino Camila altera.) La novedad de su empresa tiene a Nápoles inquieto. Echa un bando en que prometo al que me la diere presa la merced que su elección pidiere. El riesgo que tiene Camila estorbar conviene. Prometer el galardón con tal exceso es sembrar en tu gente diferencias y envidiosas competencias, solo obliga con mandar quien es soberano dueño. El premio alienta el valor. La recompensa mayor es servirte en el empeño. De tu esfuerzo fiaré la más imposible hazaña. (¡Por qué senda tan extraña la dicha que busco hallé! Aunque ya con loco intento a una esfera que no alcanza el vuelo de la esperanza se atreve mi pensamiento.) No dudo que ha de vencer con el valor que os abona. Quien te puso la corona te la sabrá defender. (Aseguralla deseo.) Mi fe obligarte procura. No está Camila segura, pues la quieres por trofeo. Ser competidora mía más la guerra ha de encender, que de mujer a mujer será mayor la porfía. La templada caja ha sido lisonja de mi atención y el bronce que al corazón le llama por el oído, y mucho más que las galas, que son de Venus despojos, han agradado a mis ojos bandas y plumas de Palas. Ya me admira tu valor, no estás en la guerra estraña y es la tienda de campaña tu estrado y tu tocador. El moño que te pondrás, si se ofrece, es la celada, pero, con ser bien pesada, hay moños que pesan más. Que te enamores de ti es peligro contingente, pues en cada arnés luciente hallas un espejo aquí. Deja de mostrarte, Flora, lisonjera y sepa yo si nuestra gente acabó de hacer alto. Sí, señora, y aquí se ha de acuartelar, por no arriesgar tus intentos, hasta que los regimientos que aguardas puedan llegar. Ser soldado es bien que intente, de ver la gente animado que una mujer ha juntado. Hablar a Camila quiero, que también podré medrar por la guerra. Eso es andar, hombre, buscando dinero. De vos pretendo saber si la princesa es aquella. Pues dejáis de conocella, bisoño debéis de ser. Nunca la he visto. Querría ser soldado. ¿Y vos también? Yo seré, si os está bien, chuzo en vuestra compañía. Ya sin estorbo ha quedado. Llegad si hablarla queréis. A reconocer saldréis el campo. Pierde el cuidado. Por que un socorro nos dé, haz que tu pobreza entienda, pues su padre con tu hacienda se fue del mundo. Sí haré, mas ¿qué miro absorto y ciego? ¿De qué se alegra tu alma? ¿Ves alguna olla? En calma estoy. ¿Viste algún talego? O estoy loco, o este rostro es el de aquella aldeana que en el campo defendí del peligro. Tener flaca de no comer la cabeza tales desvaríos causa. Aquel soldado parece que quiere hablarme y se ataja. Pero pensar que es la misma es error. Ojos, ¿no os basta ser tan parecida a ella? Si has de llegar, ¿a qué aguardas? Señora, aunque mi camino otro disignio llevaba, ha suspendido mis pasos ver en aquesta campaña vuestra gente y, como sé la razón de vuestras armas, pretendo alistarme en ellas. Ese aliento os afianza. (A este hombre otra vez he visto si las señas no me engañan.) (Mi duda crece y me va la dicha en averiguarla.) Pues, ya que a serviros quedo, sea de este intento paga ponerme al riesgo mayor con segura confianza de que sabré defenderos, aunque el mundo lo estorbara, pues tengo experiencia ya de que, sin temer ventajas, en defender las mujeres sabe empeñarse mi espada. Lo que pedís os otorgo, pues mi cuidado os encarga la guarda de aquel cuartel, que es la defensa y la entrada de los demás... (No responde a mi intento. Será vana mi sospecha.) .y, si se acerca alguna tropa contraria, por que os envíe socorro y se ponga el campo en arma, de vuestra escuadra un soldado haréis que el aviso traiga y alguna seña con él por que más me satisfaga. (Buena ocasión me ha ofrecido para que de dudas salga.) Seña de creencia sea esta sortija, miradla por que podáis conocella. (Y ya mejor informada después que la he visto quedo de su dueño.) (Ya repara en ella y en mí. Este indicio era el que quería el alma.) (El mismo es que me libró con osadía bizarra.) ¿Qué me quiere aqueste riesgo, que con repetida instancia me busca aquí agradecida, si allá me dejó obligada? ¿Quién sois, pues de vuestro esfuerzo se promete mi esperanza cualquier empresa? Aquí entran tus necesidades. Calla, que la pobreza es desaire de amor. ¿En eso reparas? De Ricardo de Aragón hijo soy. Carlos se llama y es un desdichado. Necio estás. (Ya sé que me iguala y se alegra amor de ver que entre los dos no hay distancia.) Valor y nobleza os sobra. Solo el dinero le falta. ¿Tan infeliz sois? Aquí viene por no tener blanca. ¿Qué así me afrentes? Y agora por un bodegón pasaba con el hambre de rebozo acechando unas tajadas que debajo del poder de otras muelas rechinaban. Pues que vuestro padre al mío socorrió con manos francas, yo, Carlos, haré lo mismo con vuestra fortuna escasa y, pues ya he reconocido esta sortija, guardadla, que quien os la dio no está de lo que os debe olvidada. Por quien me la dio la estimo, aunque no son tan osadas que se atrevan a tenerla por favor mis confianzas. Nombre de agradecimiento, por no ofender a la causa, la quiero dar. Esa duda las leyes de amor agravia. ¿Qué sabéis si agradecida la dejasteis o inclinada? Agradecer no es amar, que amor una ardiente ansía es de las prendas ajenas y agradecimiento es paga de proprias obligaciones. El que ama de obligar trata y aquel que de agradecido a satisfacer aguarda se desobliga y, así quien agradece no ama. Con esa seguridad corra los velos el alma a mi amor y sin temores en tales incendios arda, pues, por que empiece a emplearme donde mis nobles hazañas a vista de vuestros ojos den asumptos a mi fama, dadme licencia, señora, que a ocupar el puesto vaya que me señaláis. No, Carlos, que asistáis quiero a mi guarda. (Ya no arriesgalle me importa.) Eso es dejar agraviada mi opinión. Ya es justo daros puestos de más confianza. El peligroso en la guerra tiene mayores ventajas. Obedecer es servir. Dejad que a obligaros salga. No vais, por vida del dueño de la sortija. Eso basta solo para detenerme. Ya me obliga. Ya me abrasa. Creced con esto, cuidados. Vivid con esto, esperanzas.
JORNADA SEGUNDA
¿Dónde vas? ¿Qué novedad te inquieta, señor? Detente. Voy huyendo de la gente por hallar la soledad. Pues ¿por qué haces eso hoy? Porque, según he notado, no estoy bien acompañado, sino cuando solo estoy. Pues di, ¿quién, que no lo toco, te hace el acompañamiento a solas? Mi pensamiento. Es un compañero loco, no guarda razón ni ley, propone muy sin compás, rey te hará sin más ni más. ¿Y es muy malo hacerme rey?, mas no es eso en lo que pienso, mayor finjo mi ventura, pues pienso... ¿Qué? En la hermosura de Camila. Denle un pienso. ¡Ah, que es Camila muy bella! No es tal, son vanos antojos. ¿No? No. Pues toma mis ojos y te morirás por ella. Eso tendré yo de ti, alhajas con que me muera y no de la faltriquera cuatro escudos. ¡Ay de mí! Con animosos estremos buscando iba tu valor fortuna y encontró amor. ¡Linda fortuna tenemos! Entre todos los mortales no ha habido tan bien labrado hombre que haya granjeado con su amor ocho reales, mas dime, que yo lo ignoro, ¿habrá un pensamiento tal que un contento dé cabal? Es riquísimo tesoro la imaginación. ¿Podremos cada uno de por sí holgarnos pensando? Sí. Pues pensemos. Pues pensemos. Por que me deje, hago igual el suyo a mi pensamiento, que es de mi vida el aliento este retrato mental. La cosa más deseada de mí es comer, pues yo pongo, ya que feliz me supongo, de leche una polla asada aquí y un frasco que críe sueño sabroso en bebiendo. Ahora bien, vamos comiendo, no sea el diablo que se enfríe. Los ojos que mis sentidos roban, porque muero en ellos a poder ser más queridos. No puede la polla ser más tierna ni yo la vi. ¿Quieren ustedes de aquí un alón para beber? Mas ¡ay, que en vano suspira quien adora dueño ingrato! Pero ¿qué querrá este gato, que tanto al plato me mira? El amor que me gobierna me anima, mas mi esperanza muere en la desconfianza. ¡Ay, que me lleva una pierna, que me la estaba atisbando! Zape. Yo mi error confieso. Carlos, Chicharrón, ¿qué es eso? Aquí estábamos pensando. Por divertirme, señora, dejé el cuartel vigilante de las tropas que gobierno y, entre por aquestos sauces donde se escuchan del mar los espumosos embates, que hacen dulce armonía junto a las ondas las aves. Y a fe que se ha holgado mucho. ¿En qué? Esto él se lo sabe, o a lo menos de comer pollas, capones, faisanes estoy con tanta barriga. Dirá dos mil disparates. ¿Y quién el convite hizo? El pensamiento. Si sabe hacer eso el pensamiento, ser pobre no es pena grande. Pensar un hombre que come no engorda, pero da hambre. Mas, vuestra alteza, señora, ¿cómo a sitio tan distante de su gente sola llega? ¿No ve que en las ondas caben, que aquí vecinas escuchan, asechanzas desleales? Repitiendo aquesta carta, por la admiración que hace ciega, piso de esta selva las amenas soledades. (¿Relación y carta nueva? No la pierdo, si costase mil palos lo que contiene, no sé qué chisme me trae el corazón que me mata.) (Decírselo es importante por ver si su amor es cierto.) Carlos, no es bien ocultarte de mis sucesos alguno. Atención. (Amor, no agravies.) Pisa quedo, no nos sientan, que Carlos, vasallo infame y mal hermano, acompaña a Camila. El monte guarde nuestro secreto hasta ver si puede feliz lograrse. Los árboles nos encubran y la suerte nos ampare. Carlos, el rey de Polonia, me escribe cortés y amante... (¿«Amante» dijo? Mal haya mi estrella, pues esto hace.) (Piense ahora un rato en los celos como en la hermosura antes.) .que, si la mano de esposa le doy, con armadas haces vendrá a conquistar el reino que me niega el vasallaje. Por una mano tan bella no es gran costa desvelarse en las armas ni manchar la hierba de heroica sangre. (Sin color cierto en el rostro, con turbación el semblante, responde. Agradecimiento, a más extremo no pases.) ¿Aquí para qué queremos que venga a cobrarnos nadie el reino tiranizado? ¿Somos algunos bergantes? Porque sabemos nosotros cobrar más reinos que caben, ¡voto a Dios!, en una gruesa de mundos. Eso a una parte dejemos ahora y decidme, Carlos, si a los estandartes y banderas que tremolo napolitanos leales se les llegan cada día. (El corazón se me parte.) Señora, de vuestras gentes el número por instantes va creciendo porque, como la tiranía les hace tan mal pasaje a los buenos, pues inquieta y vigilante, como de ellos no se fía, los oprime y los abate, ellos con parte de amor y de temor con gran parte a vuestras listas les crecen las hermosas cantidades. Ya vuestras tropas se aumentan en legiones, ya no caben ni en el cordón de esos montes ni el seno de ese valle, porque crecen de manera..., mas decidme, y perdonadme, ¿aquese rey de Polonia tiene medios eficaces para poder conducir las catervas militares a Nápoles desde el norte, siendo los dos tan distantes? (Con la pasión se ha olvidado de lo que hablaba.) (Matadme, penas, o cesad un poco.) (Corazón, no te declares.) Carlos, no entiendo de leguas y, así, agora en preguntarme esas cosas no os canséis. Proseguid. Paso adelante. El gusto con que a serviros vienen lo declara el traje, pues en las galas el gusto se está retratando amable. Arrugadas y compuestas las bandas brillan y arden en oro y carmín, que al día le matizan los celajes. Cubiertos de varias plumas los sombreros arrogantes, con aquellas puntas leves pican blandamente el aire. Pálido el oro guarnece las espadas con tal arte que allí lo descolorido es insignia del coraje. Es tan grande el lucimiento..., pero reparad que el darle la mano al rey de Polonia tiene inconvenientes grandes. No es eso lo que os pregunto y vuestra atención repare que divertirse quien habla con las personas reales es falta de reverencia. (¡Ah, que las almas no saben encubrir pasión alguna!) Perdonad. Paso adelante. Los que vienen son los buenos porque vienen los leales, los que quedan de traidores son las gavillas infames. Armadas liebres asisten de Laurencia al homenaje, leones de ilustre enojo os defienden los ultrajes. Laurencia ofrece medrosa al que presaos entregare cuanto pidiere, que el miedo hace a todos liberales. Vos por vos misma podréis de las sienes arrancarle la corona, pues tan nobles corazones os aplauden. El pie pondréis en su cuello..., mas ¿cómo es posible pasen a tiempo del de Polonia las armas auxiliares que os puedan ser de provecho si es fuerza que mucho tarden? No puede ser, ¡vive Dios! Basta, dejad de contarme el ejército que tengo, que no quiero que se aparten tanto aquesas digresiones de las causas principales. (¡Ah, que a mi pesar le riño!) (El juicio ha de faltarme.) Mire, mi amo es poeta y está escribiendo un romance en italiano, con que trae de loco mil señales. Y ahora, por que me dejéis y porque es muy importante la prisa, responded luego a esa carta. (¿Hay más pesares? ¿Yo he de poner las palabras que la vida han de quitarme?) No hagáis más que el borrador para que yo le traslade. ¿Qué mandáis que diga en él? Decidle,... (Ahora se cae muerto esté cuitado.) (¿Habrá un rato en que yo descanse?) .decidle que por ahora yo no trato de casarme. Sí, señora, voy al punto. No tengáis miedo que tarde. Vamos, Chicharrón. (¡Qué dicha!) ¡Qué fuerte trote ha de darme! Quedo, Carlos, poco a poco volved acá. (¿Otro balance?) Mirad que sean las razones muy comedidas y afables. Sí, señora, yo lo haré de manera que os agrade. Vamos. (Loco voy de gusto.) Él pondrá mil disparates. ¡Válgame Dios, que ni dentro de mi pecho y de mi sangre haya del amor podido este corazón librarse! Amor sin duda es aquesta inquietud que me deshace la vida. Plegue a los cielos que, si es amor, que me mate. Señora. Déjame, Flora. Escucha. ¿Que no te canses de cansarme? Oye, por Dios. No gusto de que me hables. Quédate aquí, que yo quiero por la orilla pasearme de ese mar, en donde encuentro siempre amigas soledades. ¡Qué descorteses que son los amos y qué agradables los criados y corteses! Y el mundo, que es un vinagre, estima a los amos más porque traen mejor ropaje, pues ¡voto a tal! Socorredme, vasallos, que unos cobardes traidores me llevan presa. ¡Jesús, que el cielo se cae! Dos hombres hacia las peñas del mar la llevan. Libradme, amigos. ¿No hay quién me oiga? Poco importa que los llames. Entra en la barca, Camila. En un bergantín que sale de entre las peñas la obligan a que entre. ¿Hay semejante desdicha? Ya con los remos al mar las ondas se parten. Carlos. ¿Qué remedio habría en daño tan lamentable? ¡Capitanes valerosos, nobles vasallos leales, que va vuestra reina presa! ¿No hay alguno que la ampare? Larga la vela. ¿Qué es esto? Que a Camila... ¿Qué? No tardes. Llevan presa unos traidores en el bergantín infame que desde aquí ves que rompe con la quilla los cristales. ¿Allí va Camila presa? Allí, señor. Ea, fatales decretos, o darme libre a Camila o acabarme. Yo pienso que esta Camila nos ha de poner en lances de que nos lleve el demonio. Dicho y hecho. ¿Quién vio tales desdichas? Al mar se arroja vestido. Y ha de ahogarse, porque no sabe nadar, que es cosa que nunca saben los caballeros. Apriesa, Chicharrón, corre a ayudarle. No quiero. Yo le diré, traidor, lo que con él haces. Después de ahogado, ve y dile que yo le maté a su padre. Anda presto, que se ahoga. No más de por que me pague las raciones que me debe del mar tengo de sacarle. ¿Que tantas desdichas quepan en lo breve de un instante? Ya Chicharrón le socorre y yo voy ahora a que traten de remediar este daño sus fieles nobles parciales y, si acaso la fortuna que vaya presa ordenare, a Nápoles he de ir y entrarme dentro en la cárcel con ella aunque mil tormentos y mil muertes me amenacen. Ya, Roberto, leal espejo, ya sabéis, César Colona, que toda humana corona necesita de consejo, que la que más bien cayó legítimamente augusta a una cabeza se ajusta y a un entendimiento no, porque aquel peso tremendo se pone por justa ley en la cabeza del rey y muchas la están temiendo y, así, quiero fatigada con el peso que en mí veis que a llevarle me ayudéis con el consejo y la espada. Desde hoy de vosotros fío todo cuanto me desvela. (Aquí entra bien mi cautela.) (Aquí entra el amor mío.) (A Camila he de servir en cuantas cosas pudiere.) (Por cuantos caminos viere mi intención he de seguir.) A favor tan soberano leal corresponderé, señora, y os serviré (como se debe a un tirano.) Yo os serviré como debo, con asistencia tan rara como si el premio se hallara de un servicio en otro nuevo. En lo que os escucho hallo gran gusto, que es en rigor el instrumento mejor de un imperio un buen vasallo. Mucho nos honráis. Y ahora, como ya Camila tiene armas contra mí, conviene que confiramos... Señora. ¿Qué decís? Digo que estoy tan pobre... (¿Esto he de oír?) .que ayer no esperé vivir aquesto que vivo hoy, porque, para más deshonra y estar en mayor pobreza, se me quitó la riqueza y se me quedó la honra. No está sin hacienda, no, quien vive con ejercicio, a poder tener oficio no fuera tan pobre yo. Rico es quien puede aplicarse, pero el pobre bien nacido es pobre muy impedido que en nada puede ocuparse y, aunque parezca vivir esto en ocio descansado, al pobre le queda honrado la tarca del pedir, que, si con razón se mide, menos trabaja impaciente en el remo el delincuente que en sus palabras quien pide y, así, pues mis aflicciones... Bien está. La piedad venza. (Hecho el gasto, en la vergüenza me embarazan las razones.) Yo de parecer sería que hallase en vos grande abrigo, que, si al rey sirvió enemigo, pensó que a su rey servía. Esta petición molesta que lo propuesto embaraza despedidla. ¡Plaza, plaza! ¿Qué novedad es aquesta? Aquí os traigo, señora,... (¡Ay, hijo amado!) .una prenda que habéis vos deseado. ¿Qué prenda puede ser, que yo la entienda, si Camila no es? Esa es la prenda. Yo soy Camila. (¡Qué dolor tan fuerte!) Mi vida se sustenta con mi muerte. ¿Y vienes prisionera? Presa me trae esa canalla fiera de quien ese traidor es el caudillo. Sea servicio nuevo aquí el oíllo. Dadme una silla, porque hablarla quiero. Dádmela a mí, que soy aquí primero. Por reina hereditaria conocida yo sola estoy de todos admitida. Ese es engaño que en tu pecho reina. Sola Camila en Nápoles es reina. A todo el reino tengo avasallado. El ladrón nunca es dueño de lo hurtado. Esta la silla es, sentaos, señora. Llegadla acá. Ocúpala en buen hora, que cuando por ser más necia trabajas quedas menor que yo, lo que te bajas. Tú en pie te estás y yo tomo el asiento. Tendré más hacia el cielo el pensamiento. En ti está muy soberbio el desvarío. No es soberbia pedir yo lo que es mío. El reino es mío y mía la fortuna, con que esperanza no te queda alguna. La mayor dicha es viento vehemente y los vientos se mudan fácilmente. En vano tu altivez eso pregona. Siempre estará en mis sienes mi corona. Las propias estarán aseguradas, pero no lo estarán las usurpadas y, si ver quieres cómo no es segura, atiende en mis palabras tu locura. Arrancan una mata hermosa y bella de aquella tierra en que nació, de aquella estancia natural y, al arrancalla, se queja la raíz y luego calla. Trasplántanla después en tierra ajena y la mano de tal suerte la ordena, la compone y la aliña en orbe breve que parece que está donde se debe. Ella, como se mira en tierra estraña, desdeñosa y huraña no deja a su raíz, y no lo yerra, que se haga natural de undosa tierra. Dúrale aquel verdor algunos días con que el campo está lleno de alegrías, mas, como la raíz no había prendido, poco a poco, lo hermoso ya perdido, a caerse viene mustia y desmayada de aquel sitio en que estaba mal hallada. Esa corona heroica de tu frente, esa mata de rayos esplendente que te tiene de errores combatida, trasplantada está ahí, que no nacida, mas trasplantada con tan infelices hados que no han prendido sus raíces y, como ha poco que en tu frente dura, conserva la hermosura, pero, cansada del tirano puesto, a mis pies de tus sienes caerá presto. Llevad esa mujer, Roberto al punto, que es de mi enojo aborrecible asumpto, a esa torre más fuerte de palacio, en cuyo breve espacio quiero que viva y gusto de que muera. De aquesta prisión fiera, dura, terrible, acerba, escura y grave, es forzoso que Dios tenga otra llave, de donde bien se infiere que me podrá librar cuando quisiere. Tus mismas ansias, de congoja llenas, la muerte te darán. Si de sus penas hubiera de morir un desdichado, estuviera ya el mundo despoblado. Su alcaide sois, Roberto. Vaya agora a la torre. Acabad. Vamos, señora. (Ser yo su alcaide en daño que es tan fuerte hace menor la furia de su suerte.) Tú imaginas airada que me haces desdichada previniéndome penas y rigores, pues de tu enojo son ciegos errores, que, si entre los mortales siguen siempre los bienes a los males, estos males que agora me previenes es fuerza me produzgan muchos bienes y, así, con tu rigor y tu locura tú misma vas labrando mi ventura. Vamos, César, que ya es mi reino estable. Mirad que falta agora que yo os hable. Vos tenéis razón. Decid. Digo, señora, que yo soy quien a Camila hice prisionera porque soy muy firme en vuestro servicio. Así lo entiendo. (¿Quién vio suceso de esta manera?) También digo que es razón que os acordéis de aquel bando que dijo en pública voz que al que prendiese a Camila harláis sin dilación la merced que él os pidiese. Y tan en hacerlo estoy que agora el bando confirmo. Pues, hecha esta conclusión, lo que mi padre os pidiere eso es lo que os pido yo. (¡Ay, hijo del alma mía!) (Esta es nueva confusión.) ¿Vos sois hijo de Ricardo? Hijo de Ricardo soy. Ea, pues Ricardo pida, Señora, mi petición había empezado en limosna con vergüenza y con temor y se prosigue en justicia. En virtud de lo que vos habéis ofrecido, os pido mis estados. (Hoy mi amor peligra si esta familia vuelve al lustre que perdió.) Mirad lo que hacéis, señora, porque aquestos hombres son en la lealtad sospechosos. (Preciso reparo es hoy.) Yo lo miraré, Ricardo. Pues ¿no miré yo el rigor del riesgo a que me ponía y miráis la merced vos? Por ahora esto respondo. ¿Qué es «por ahora»? ¡Vive Dios que es el agravio más fuerte, la más fuerte sinrazón! Ricardo, muy viejo estáis y es escucharos error. ¿Que esto pueda hacer la suerte? ¿Que esto disponga el rigor de mi fortuna? ¿Mi estrella cuando más bien me trató? Federico, yo estoy muerto. Yo lleno de admiración. Hijo, nunca lo que hace un pobre tiene valor. Luego ¿aquesta hazaña mía no ha de tener premio? No, que el premio solo al dichoso es a quien tiene afición. ¿Qué sabemos lo que hará la suerte en nuestro favor? Hijo, las felicidades de los que otros tienen son que nunca da la fortuna a aquel a quien nunca dio. En mi vida tuve dicha, que lo que tuve, en rigor, no más que para perderlo el cielo me lo entregó. Pues en este triste caso ¿qué habemos de hacer, señor? Vengarnos en molestar a Laurencia con la voz, con el memorial, el ruego, la queja, la intercesión, estando de día y de noche en su palacio. Es razón que se haga de esa suerte. Sepan cuantos viven hoy que Julia Laurencia olvida lo que en el bando ofreció. Cobremos siquiera en quejas, que quien algo prometió, si infiel esconde la mano, lo paga con la opinión. Ea, a padecer de nuevo, pues así lo quiere Dios. Gran locura vino a ser sacarte de entre los peces. Solo por eso mereces que yo no te pueda ver. ¿Por qué me diste la vida conociendo mi fortuna? Porque el dar un hombre es una cosa muy bien parecida y, si han de ser puntuales mis voces y verdaderas, porque pensé que dijeras del agua cuatro mil males, pero esto agora dejemos y dime ⸻así Dios te guarde⸻, ¿qué es en tal riesgo y tan tarde lo que en Nápoles hacemos? Por las calles ha que andamos dos horas y en nada acierta tu pie y ¿agora a la puerta de palacio nos paramos? ¿Qué intenta hoy tu desvelo? Dilo, yo te lo suplico. ¿Qué? Matar a Federico. Téngale Dios en el cielo. Muy grande es la multitud que hay de locos perdidos, unos rompen sus vestidos y otros rompen su quietud. Mi amo sin dinero y sin esperar favor humano viene a matar a su hermano, dicípulo de Caín. Florilla, ardiendo en la llama de amor leal y atrevido, dicen que a entrarse ha venido en la prisión con su ama. Ya está en ella, no lo dudo, donde, según lo que oí, comerá llorando y verá el cielo por embudo. Cierto que es de lastimar que haya gente tan perdida que a perder eche su vida pudiendo echarla a ganar. Todo cuanto hemos andado esta noche ha procedido de no vivir ya mi padre en la casa que tuvimos, pobre y vieja tanto tiempo, que con aqueste delito que acá llamaron hazaña que traidor mi hermano hizo tendrán ya mejor fortuna y, así, porque he presumido que estará en gran valimiento con Julia por el peligro que le quitó a su corona prendiendo ⸻¡muero al decirlo! a Camila, infeliz reina, a palacio le he traído, donde puede ser que esté ufano asistiendo y fino a la cena de Laurencia. Sea mi padre maldito cuarenta mil veces, pues me puso a tan mal oficio como servir. Hombre loco a quien le quitó el juicio Dios para darlo a una dueña ⸻y aun pienso que no le vino⸻, ¿dentro en palacio le quieres matar? ¿Has perdido el tino? ¿Donde solo con las voces de la gente y el ruido que harán las guardas corriendo no es posible salir vivos? Mira qué hará con los golpes de las puntas y los filos. No tengas miedo, ahora dan las diez y ahora es preciso que bajen. Vamos entrando, ea, Chicharron, con brío. Padre y señor, la paciencia tiene natural dominio sobre todas las injurias. Pues haya paciencia, hijo. Ella manda a los agravios que edifique en el sitio de su cabeza la gloria de haberlos cuerda sufrido y ellos, señor, la obedecen. Pues mandemos al inicuo proceder de Julia que nos funde nuevo principio de alabanza. Con sufrirla nos lo hallaremos cumplido. Ya estamos dentro en palacio. Yo en el infierno imagino que estoy. Y hacia la escalera dos hombres parados miro. Mas que la tierra los trague. La cosa en que más me aflijo es que a Camila prendieses contra todo el buen estilo de la razón. Yo lo hice por hallar algún alivio a vuestras penas, señor, (si ya no es porque sirvo con cariño irrevocable de Laurencia a los desvíos.) Vamos, hijo, poco a poco. A hacernos encontradizos con ellos vamos. A hacernos iremos dos mil añicos. ¿Sabreisme decir, señores, si un caballero que hizo a Camila prisionera queda arriba? Esto va lindo. En palacio está. Este es. ¡Muere, cobarde, atrevido, a mis manos! ¡Muerto soy! Loado sea Jesucristo. Por si estotro lo defiende, desnudo el acero limpio. ¿Esta traición en palacio? ¿En palacio este delito? ¡Aquí de Dios, que me ha muerto este aleve a Federico! Este es mi padre. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que me ha sucedido? A de las guardas, que han muerto un hombre en palacio. El mismo te Deum laudamus me valga. Infame, restituido está el valor a mis años del dolor con lo excesivo y, así, pues no traigo espada, con este palo... Rendido estoy y los pies os beso por ver si en esto desquito alguna pequeña parte del dolor que os he añadido. ¡Ay, Cristo mío, que llegan los palos en torbellinos! ¡Válgame el cielo! ¿Besarme los pies el que me ha ofendido qué será?, mas ¿si este es Carlos? Caballeros, a seguillos, que es fuerza que por aquí el agresor haya huido. Señor Ricardo, ¿por dónde va el que cometió el delito? (Engañarlos es forzoso por la duda que concibo agora.) Por esa puerta salió en ave desmentido. Vamos, que hay traición sin duda. Negarlo ha sido preciso, que es menor inconveniente que se quede sin castigo el delincuente que no quitarle la vida a un hijo. En vez de tomar la calle, al corredor he subido de palacio. ¿Quién se turba? ¿Por qué no se está quedito? Todo palacio se mire, que el agreslor se ha escondido. Y no os miren a vosotros sino ayos, suegras y bizcos. De la torre salgo a ver cuál de este estruendo haya sido la causa. Allí miro un hombre, quiérole hablar, que un peligro siempre se vence con otro. Caballero, yo os suplico que me amparéis, que mi vida está en riesgo conocido, que por un caso de honra a un caballero he herido dentro en palacio y me buscan, como veis. Pues, por Cristo, mirad que el herido es quien robó a Camila. ¿Qué has dicho? Qué sé yo. (Cielos, ¿qué escucho? ¿Si el que ha muerto es Federico? Este sin duda es de parte de Camila. Halle el abrigo que esta presumpción merece.) ¡Al corredor! Perro chino tomara, ser a estas horas. Vayan presto. ¡San Remigio! Caballero, entrad aquí, que es el más seguro sitio de vuestra vida, que yo vuelvo luego. Séaos propicio el cielo. Entra, demonio, y no seas tan cumplido. Yo voy a ver lo que es esto y me agradezco a mí mismo lo que he hecho, que un leal merece aqueste cariño y, aunque este hombre no lo sea, basta haberlo parecido. ¡Válgame Dios! ¿Dónde estamos, que lo escuro y lo vacío de este lugar me suspenden? Yo dijera que el abismo era este del infierno, a no tener algún frío. Detente, que hacia nosotros viene una luz que diviso. Escondámonos por ver si es quien la trae enemigo. Flora, mucho te agradezco el haberte aquí venido. Gracias a Dios que hay criada que contente algún ratico. Oyes, ¿no es Camila aquella? Y Florilla. Estoy sin tino. ¡Voto a Dios, que estamos presos! Hombre, ¿dónde me has metido? Aunque lo esté, no lo siento en precio de haberla visto. Pon la luz y la cartera ahí, que, si mis suspiros me dan lugar, cerrar quiero esa carta. Lo muy fino se quiebra muy fácilmente y ha de suceder conmigo esto, que me he de morir de ver dónde me he venido. ¿Sabes dónde esta Roberto? Allí pasos he sentido y es él sin duda. Está bien. Y yo agora a mi retiro me voy a dormir un poco, que mientras están dormidos dichosos y desdichados viven con un hado mismo. Cerrando una carta está, tan suspensos los sentidos que a poder errarse aquello y no pudiera conseguillo.) El pecho y la mano tiemblan al poner el sobreescrito. ¿Si ahorcará bien el verdugo que hay ahora? Ya mi brío falta, Roberto. Señora. Esa carta, como he dicho, la remitiréis a Carlos. Ya Carlos la ha recibido. Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿Si es ilusión lo que miro? Carlos. Señora. ¿Qué es esto? Es ir poquito a poquito subiendo del cadahalso la escalera y no sentirlo. Es entre todos mis males el bien mayor que he podido desear, la mayor gloria, el triunfo más exquisito, la felicidad más grande y es, en fin, haberos visto. Carlos, no os pregunto eso, bien que os tengo por tan fino que lo creo y no lo dudo, sino que digáis os pido cómo habéis entrado aquí, que, si es con vuestro peligro, quisiera..., pero mi llanto dice lo que yo no digo. Pues, ya que ha de hacer el riesgo, ¿si muero con lo que miro? ¿Vos lloráis? ¿Dónde estarán dos hombres que aquí escondidos dejé?, pero aquestos son. ¿Sin llegar a aqueste sitio no pudierais esperar?, mas este es ⸻¡raro prodigio!⸻... Carlos de Aragón es este, Roberto. Y el que a serviros se inclina tanto que ahora ha dejado a Federico su hermano por muerto dentro en palacio, pero ha sido Federico tan dichoso que al puñal de su castigo no hizo peligroso el golpe, bien que le quitó el sentido. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que he visto? La reina sin duda entra, que de la llave el ruido en esa puerta se oye que a su cuarto sale. Dimos de hocicos sobre la muerte. A ninguno falte el brío. Retiraos allí los dos. ¡Lo que nunes ha secedido sucede esta noche, cielos! Astros, sed hoy compasivos. Tomad, Roberto, aqueste candelero. (De Carlos el peligro es trance fiero. Mi misma turbación ha de venderme.) ¿Hasta cuándo, Camila, has de ofenderme? ¿No hay línea donde pares? ¿Presa estás y me estás dando pesares? Terrible cosa es y nunca oída, que tu vida no guarde ya mi vida. Si puedo darte muerte, ¿cómo tu obstinación, cómo es tan fuerte? De tus parciales esta noche alguno, traidor más que ninguno,... (En vez de lo traidor, lo tonto aplico.) .una herida le ha dado a Federico... Pues la muerte no dijo, ¿ya a qué aguardo? ¿Cómo tanto en dejar la vida tardo? .y esto fue en mi palacio. El que no sabe que de culpa tan grave eres la causa tú pensar no puede que este daño procede de haberme arrepentido de lo que por el bando está ofrecido y que, por no pagalle, ¿hacía injustamente yo matalle? Malicia ha sido esta bien estraña, hija, en fin, de tu maña, hacerme en esta culpa sospechosa para dejarme con el reino odiosa y, cuando miras ya de tus secuaces desbaratadas las traidoras haces, pretendes infundir con odio atento en mis vasallos aborrecimiento contra mi poder por que enojados con la vida me quiten los estados, pues engañada estás en tu locura, que de esta cárcel dura, de aquesta prisión fuerte nadie te ha de sacar si no es la muerte. ¿Quién eres? Di, ¿qué tanto te me opones? ¿En qué se fundan estas presunciones? ¿Eres más de una hija de un tirano a quien mató mi hermano por quitarle a este reino tal fatiga? (¡Que esto a Camila diga!) ¿Has hecho más que acaudillar bandidos entre selvas y montes escondidos, siendo infamia y traición acaudillarlos? (Sola esta pena le faltaba a Carlos.) ¿Tú? Yo os ruego, señora, que no me habléis de aquesa suerte ahora, que, aunque vuestra razón parezca mucha, lo siento mucho aquí por quien lo escucha; a solas otro día. (Aquesto pasa ya de cobardía. Matarla determino.) (¡Ay, Dios, qué desatino!) No me estorbes, que la he de dar la muerte. (¡Ah, qué inquieto está Carlos! ¡Triste suerte!) ¿Qué ruido es ese? (¡Qué atención tan fiera!) Unas guardas serán que están ahí fuera. ¡Ignorantes, estad con más concierto! Mucha merced nos hace el seó Roberto. (No la vida, el dolor está conmigo.) Aquesto, en fin, te digo, que si prosigue en la sagaz cautela tu inútil ambición... Dadme esa vela. Carlos, bien podéis salir. Y ese es nuevo dolor mío, poder salir sin haber muerto ⸻¡ay, Dios!⸻ con lo que he oído. ¡Que sea ⸻¿qué es esto, cielos?⸻ tan infeliz mi destino que os nazcan de mis finezas pesares en vez de alivios! Pecho que todo lo yerra mejor estaba ofrecido a las crueldades de un rayo que a generosos disignios. ¿De qué me sirve la vida? Bastan, Carlos, los delirios, que no se mandan los cielos por los humanos arbitrios. Lo que ha de ser es y, así, culpa vos no habéis tenido de que Laurencia me trate con tan descortés estilo. Todo lo ordenan los hados, y temo aquí que los míos por hacerme más injurias no os fabriquen más peligros. Idos, por Dios. ¡Ah, qué bella palabra es esta que ha dicho! Carlos, aquí no estáis bien porque puede algún indicio haber de que habéis entrado y somos todos perdidos. Bien quisiera yo a Camila librar, pero fugitivos y ausentes están ya cuantos veneraban su dominio. Ningún amparo nos queda y, así, por agora elijo el que aquí nos conservemos, que, si hubiere conocido riesgo que amenace, entonces el cuello pondré a un cuchillo por que su vida se guarde, que es la que yo más estimo. En fin, ¿el que yo me vaya es conveniente? Es preciso. (Corazón, ¿tantos dolores puedes sufrir y eres fino?) (Corazón, ¿tú le aconsejas que se vaya y eres mío?) Pues, ya que el irme es forzoso, antes señora os suplico me dejéis que humilde os bese la mano. Y yo lo permito porque de llegar a ella sois el vasallo más digno. Como es la mano de nieve, mi fuerte dolor reprimo y no lloro sobre ella por pensar que la derrito. Carlos, que no me olvidéis en esta prisión os pido. Vos no os acordáis que soy Carlos, pues eso habéis dicho. Yo os juro al cielo mil veces de intentar cuantos caminos para vuestra libertad dieren rodando los siglos. ¿Más que aquí nos amenaza entre llantos y suspiros y más que nos llevan luego dos mil diablos? (Convertido estoy en piedra. ¡Ay de mí!) Señora, estos parasismos denle en la calle a este hombre porque este puesto es maldito. Déjale ir por Dios. (Yo muero.) (Yo he de perder el juicio.) Vamos, no vuelva la reina, que es evidente peligro. Guárdeos el cielo mil años. A vos os guarde infinitos. (¡Que me aparto de sus ojos!) (¿Yo de verle me retiro?) ¿Oís, señora? ¿Qué queréis? Volver a veros. Por Cristo que tiene el diablo en el cuerpo. Esta noche. Yo os estimo aquese cariño. Adiós. (En vano el llanto resisto.) Adiós. (En vano mis ansias batallan con el destino.) Vamos presto, que aun le queda que bobear otro poquito.
JORNADA TERCERA
Ata a un tronco esos caballos, Chicharrón, pues el destino nos ha borrado el camino. Yo, señor, no puedo atallos de hambre. Pues, mentecato, ¿eso qué tiene que ver? Mucho, que de no comer ya ni ato ni desato. Calla y deja esas porfías, que el cielo te ha de ayudar. ¿Cómo tengo de callar si ha que no como dos días y ya el alma se me ahíla? Más valor en mí se ve. ¿Y a qué tú venida fue? Tenía ya por Camila mucha nobleza dispuesta y, como empezó a faltar dinero para pagar la gente ⸻la acción depuesta, como sabes⸻, me aparté de ella confuso y corrido y aquí me he hallado perdido sin saber a lo que entré. ¿Y has conseguido que aquí muera yo entre estos jarales? Dulces son aquestos males. Amargos son para mí porque ya las tripas mías aturdidas se me esconden y hablándolas me responden una vana y dos vacías. Por ti mi hambre se labra y por tu necio cuidado ando yo, señor, sitiado debajo de mi palabra y luego quieres que calle, cuando es cierto, y no lo dudo, que, si hacen de mí un menudo, puede pasar sin lavalle? El cielo ha de socorrer tantos piadosos estremos. Señor, de alguien murmuremos, porque, en efeto, es morder. Oye, que allí unas ruinas de un castillo sumptuoso se miran. Tú estás donoso. Miren qué doce gallinas asadas y diez jamones y ocho arrobas de tintillo. ¡Linda maula es un castillo que ha quedado en los raigones! ¿Quién le pudo así arruinar? Y se ve en tanto accidente que fue castillo eminente. ¿Quién de él nos podrá informar? Fuego de Dios en la oveja malina como lo bulle, lo salta y lo brinca. Este ha comido, pues canta. ¿Ves cómo nos da favor piadoso el cielo? ¡Ah, pastor! Oigan, y cómo se espanta. Hombre, ¿tendrás un gazpacho o alguna vaca cocida? Lleve el demonio tu vida. La tuya, pastor borracho, y tu alma y tus entrañas, tus bofes y tus sentidos. Oye a dos hombres perdidos que bajan estas montañas. ¡Responde, por San Hilario! Mala sarna te dé luego y mala rabia y mal fuego. ¿Este pastor es Notario? ¡Ah, hombre! ¿Quién me vocea? Quien saber de ti procura de esta intrincada espesura el camino que desea. ¿Queréis hacer algún robo en las ovejas? Menguado, seguro está tu ganado, que agora vengo sin lobo. Ya yo os voy a socorrer. Esperad. Ven brevemente. Dios guarde a la buena gente. ¿Tienes algo que comer? ¿No habéis comido los dos? Yo con el hambre me arrugo. Pues no tengo ni un estugo. Malas nuevas te dé Dios. ¿No tienes pan? Es malo. ¿Ni vino? Nada hallarás. Pues, hombre de Barrabás, ¿eres pastor o ermitaño? Mi Carillo a un lugarcillo fue por pan, mas tú te secas. Si Carillo fue a Vallecas, el pan nos traerá Carillo. Pues dinos, ¿aquel castillo quién le habita? ¿Por qué en él alguna parte se muestra en medio de sus ruinas a pesar del tiempo entera? Ninguno, señor, le habita, porque este castillo era donde estaba retirada Camila, la hermosa reina. Mandole arruinar la otra ⸻mal fuego de Dios la venga⸻ y aquel pedazo que veis, que aun el tiempo le respeta, es un famoso sepulcro donde el cuerpo se conserva del rey Enrique, su padre, que por sagrada materia no quisieron derribarle. ¿Y en él el cuerpo se encierra del rey Enrique? Y su bulto formado con gran destreza de alabastro. Allá hemos de ir. El demonio que allá fuera. No os lo aconsejo, que algunos que perdidos en la selva se han quedado allí de noche dizque han escuchado quejas y gemidos porque aquí a un alma dizque atormentan. Aquesa alma es medidora, pues que tiene tantas penas. No entréis allá, ya os lo aviso, porque salen cuantos entran asombrados y, con esto, adiós, que el ganado espera. ¿Y tú quieres ir allá? Calla, que es vana quimera y es ilusión del temor. Aqueso mismo me alienta a ir a ver ese sepulcro, que el enojo reverencia y yo quiero al muerto rey, Chicharrón, con gran terneza, aunque llegamos por él a tan estraña miseria. Vete tú solo. Anda, loco. Fuerza secreta me lleva. No es muy secreta la mía, mas presto será secreta. Yo he de inquirir este asombro. Señor, yo desde acá fuera le rezaré diez sudarios. Anda, cobarde, no temas. Ya pisamos sus ruinas, allí el tiempo le reserva el panteón, que medroso el olvido le venera. Señor, mira que anochece. En vano escusarte intentas, que has de entrar allá conmigo. Protesto, señor, la fuerza. Entra. cobarde. ¡San Cosme! ¡Ay, que al infierno me llevan! ¡Ay, que ya he visto al demonio y es la cara de mi suegra! Entra y calla. ¡Que un cristiano con un muerto a hablar se venga!, que es como caldo de zorra que dizque está frío y quema. ¡Ay, Dios, y qué escuridad! Aquí la noche funesta debe de guardar las sombras para que el Sol no las prenda. Ya es preciso que la noche aquí la pasemos. ¡Pesia el alma que me parió! ¡Que esto a un hombre le suceda! Sosiégate ya. No puedo. Pues no he de irme hasta que vea primero al difunto rey tallado en su imagen regia y al bulto que le retrata ofrecelle con fineza la vida, pues del caudal ya le hicimos corta ofrenda y tan vivo en sus cenizas mi amor me le representa que parece que le miro y que oye su imagen muerta. ¡Ah, señor, qué de desdichas por vuestra causa nos cercan!, pues por vos perdimos todos el lustre con la riqueza y hemos llegado por vos a tal desprecio y pobreza... ¡Ay de mí! Señor, ¿no oyes? Ya lo oigo. Pues que se queja, sin duda que a este difunto le duele algo. Óyete, bestia. ¡Ay de mí! Como es de mármol, aun le dura el mal de piedra. Ten ánimo. Carlos, Carlos. ¡Pese al alma de mi abuela! Esta ya no es ilusión. Carlos, ¿tendrás fortaleza para verme? Mi valor pocas veces se recela. Pues sígueme, que esa antorcha te irá mostrando la senda. Ya te sigo. Este valor tu fortuna te granjea. Aquí, Carlos, he de hablarte. Oye mi voz y no temas. Di, que sin temor te escucho. Diré lo que el cielo ordena. Tu padre a mí me entregó con lealtad y con fineza tanta suma de dinero que vino a perder por ella el estado, con el lustre que en su noble sangre hereda. Yo, cuando del rey tirano hui la injusta violencia, un gran tesoro guardé en aquesta parte misma tan grande que igualar puede la suma de tanta deuda. No pude satisfacerle muriendo por la violenta muerte que me dio el tirano y, así, dándome licencia el cielo para que salga por ti de tan graves penas, vengo a entregarte el tesoro. En esa gruta se encierra, búscale tú y le hallarás, que yo, habiendo hecho aquesta satisfación, gozaré de la divina presencia y, aunque darle a Federico aquesta dicha pudiera, quiere Dios que tú la goces porque en la divina idea la razón hace dichosos y tú a la razón te entregas. Y adiós, Carlos, que otra dicha mayor que todas te espera, que tu piedad y tu celo del cielo te la granjean. Hoy al cielo..., pero ya en sombra se desvaneció ligera. ¡Válgame Dios! ¿Si será vana ilusión de la idea que a la vista y al oído este engaño representa?, pero bien presto sabré si es engañosa quimera. Chicharrón. ¿Fuese ya el muerto a su sepulcro? No temas, que en este asombro que has visto una gran dicha se encierra. ¿Dicha es hablar con un muerto? Así el cielo lo concierta. Aquí se oculta un tesoro y tú y yo esa gruta hueca hemos de cavar. Tú solo harás esa diligencia. ¿Esto es cierto? Antes, señor, esa donación no es cierta y ya la habrá revocado el muerto. ¿Por qué lo piensas? Porque no es hecha inter vivos. Vamos, porque ya se queja de mi tardanza mi amor, que a otras hazañas me lleva. ¿Y en qué la piensas gastar? Eso y cuanto el mundo aprecia lo gastaré en libertar el sol de Camila bella. ¿Y yo no he de tocar algo? Harto en mi gusto granjeas. Camila, yo te pondré en las sienes la diadema porque el cielo no hace acaso unas piedades tan nuevas. Mas que está llena la gruta de huesos y calaveras... Hoy de tan grave cuidado saldré. Ya me resolví. (¿Para qué Laurencia aquí a solas me habrá llamado?) Roberto, estaréis dudoso del secreto y del recato con que aquí de hablaros trato, pues a un empeño forzoso a vuestra mucha lealtad os he llamado y confío de vuestro cuidado el mío. Siempre vuestra majestad me hallará fiel y rendido, (gran mal llego a discurrir) y agora la he de servir como siempre la he servido. Así lo conozco y creo que mi vida deseáis. No hay duda en eso, tengáis la vida que yo deseo. Pues vuestra mucha lealtad supuesta, agora os diré a qué a solas os llamé. Ya yo os atiendo. Escuchad. Yo nunca puedo dudar, aunque el cetro en mí florece, que a Camila pertenece este reino y que el lugar que ocupo es suyo y pregona el mundo que aquesto es cierto y está en mis sienes, Roberto, mal segura la corona viviendo ella... (¡Ah, tirana!) .y, así, venciendo al destino, hoy, Roberto, determino que con su muerte temprana tenga yo seguridad, y esto no os admire, no, porque siempre se afirmó con sangre la majestad. Muriendo ella, cesará su derecho y su facción y del pueblo la afición su muerte la sellará. Muera Camila, que así se asegura tanta hazaña, pero sea con tal maña que no irrite contra mí del pueblo la indignación, porque puede la piedad despertar a la lealtad contra mi injusta traición y, así, ya el modo he elegido ⸻tanto en mí la industria puede⸻ para que del pueblo quede mi delito mal creído. Este engañoso papel que ha dispuesto mi cuidado tiene en sus letras mezclado un veneno tan cruel que a infeliz muerte reduce al que le lee y lentamente todo su tósigo ardiente por la vista le introduce. Aqueste le haréis que lea, pues es su estilo neutral, como que es de algún parcial suyo que su bien desea, y que vos compadecido le dais esta permisión, que yo con esta intención dalle otros he permitido aquestos días y, pues os dije a su muerte el medio, oíd agora el remedio para encubrirse después. Este es de tal confección que, después de algunos días, sus mortales agonías comunica al corazón y, así, vos, cuando leído le tenga, con vista incierta dejaréis, Roberto, abierta, como que descuido ha sido, la puerta de la prisión para que ella libremente salir de la torre intente gozando de la ocasión. Ella ocurrirá al abrigo de algún secreto parcial y allí el tósigo mortal obrará al tiempo que digo, con que, ella muriendo allí entre los que han de alentar la indignación popular, viene a cesar contra mí la sospecha, que se muda para el que más la defienda y, cuando alguno lo entienda, se ha de vencer de la duda. Este es el intento mío, ponedlo en ejecución. A esto os llama mi ambición, pues que de vos lo confío. Agradarme os está bien, que soy la que he de reinar y Camila ha de acabar de la fortuna al desdén y, así, Roberto, al efecto, pues que me entendistes ya, y secreto, porque os va la vida en guardar secreto. Vos veréis cómo obedezco. Albricias, afecto mío, que así le daré a Camila la vida que solicito. Laurencia el orden me ha dado, con él darle determino la libertad y diré que ya el papel ha leído, pero, si después conoce que está viva, es grande indicio contra mí y de tanto empeño paso a mí todo el peligro, pero echarele la culpa al veneno, que por tibio pudo no infundir su efecto, mas ¡oh discursos indignos!, viva Camila, que luego mi libertad le confío al cielo, que favorece siempre los justos motivos. Ya anochece, quiero dar a tanta piedad principio. No la diré la intención del veneno, con que libro el secreto en esa parte, que, si su vida consigo, para nada es menester referilla este delito. Dírela que es piedad mía el libralla compasivo. Bien discurro, esto ha de ser, ya la propia estancia piso de Camila y ella sale aquí porque ya me ha visto. Roberto, solo en vos hallan mis desventuras alivio porque solo en vos y en Carlos amor de vasallos miro, ¿qué hay de la injusta tirana que ciñe el laurel debido a mi frente y su traición lo afirma con el castigo? ¿Danos acaso garrote? ¿Viene ya el fiero ministro con todos los aparatos con que aprensa los gallillos? ¿Hay lo de pónganse ustedes bien puestas con Jesucristo porque yo iglesia me llamo, que es un muy santo apellido? Señora Camila, el tiempo es corto y mucho el peligro. Mi amor y mi celo quieren, leal y compadecido, daros hoy la libertad a precio del riesgo mío y, así, sin más dilaciones este cerrado postigo que está en la misma muralla y cae al campo abro y os pido que por él salgáis, que el cielo os socorrerá benigno de algún leal que os ampare, que yo os siguiera rendido a no temer de Laurencia el riguroso castigo, pero hago lo que puedo, que, cuando tan sola os miro y tan lejos de empuñar el cetro que habéis perdido, no es poco que dure en mí este amoroso cariño. Yo, Roberto, os lo agradezco, pero, si llevo conmigo sola y sin amparo alguno mi propio riesgo, el cuchillo me seguirá dondequiera. Yo sé que no ha de seguiros Laurencia en algunos días. Siempre a mi muerte camino, pues me ha de quitar la vida por aplaudir su odio indigno, cualquiera que me cogiere. Ya yo he hecho lo que he debido. La puerta tenéis abierta, no iros será delirio, que el cielo nunca está sordo a lágrimas y suspiros. Vámonos, ¿qué es lo que aguardas? La sombra a mi muerte piso dondequiera. ¿Adónde he de ir sin amparo y sin abrigo? ¿Adónde? A ser labradoras. ¿Adónde? A coger cardillos, a la sopa, a buscar trapos, a andarnos. Iba a decirlo, ¿es mejor que nos degüellen? Ya decírselo es preciso, pues mira que esta tirana que te dé muerte me ha dicho con un veneno encubierto y, si al tiempo que ha entendido que ha de obrar te ve con vida, ha de apelar al cuchillo. ¡Ah, tirana! ¡Quiera el cielo que pagues tanto delito! Pues, Roberto, yo me voy y en las manos del destino me pongo, pero primero escribirle solicito a Carlos este suceso por que entienda mi camino. ¿Agora a escribir te pones? Pocas razones le escribo. «Aquesta aleve tirana darme la muerte ha querido y a la lealtad de Roberto debo, Carlos, lo que vivo, porque, fiándose de él, este secreto me dijo. Yo me voy, no me olvidéis, pues yo de vos no me olvido». Buscad a Carlos, Roberto, y ese le dad, que en él libro mi esperanza en tal desdicha. Vete, no mude el disignio y lo que es veneno agora trueque en sangriento cuchillo, que yo por no dilatarlo sin el consuelo te envío de algunas joyas, mas todo es menos que tu peligro. Pues adiós, y ved que estoy en estado tan indigno que aun no me atrevo a ofreceros pagar este beneficio. Como yo, señora, os sirva, bastante paga recibo. Adiós, Roberto. Él os guarde. Vámonos con Jesucristo. Libraos vos y quede yo expuesto al rigor esquivo, que mi lealtad tiene queja de que no la diga agritos. Quiero guardar el papel. No sosiega el pecho mío y, así, por aquesta puerta que cae a mi cuarto, he venido a ver si Roberto ha hecho... Cielos, ¡estraño peligro! .lo que le dije. El papel que dejó Camila escrito está allí y es fuerza verle. Roberto,... (Apenas respiro.) .¿hicisteis lo que os mandé? Sí, señora. (Mal me animo.) ¿Y leyó el papel Camila? Sí, señora. ¿Y ya se ha ido? Ya se fue. Pues advertid que en buena ocasión ha sido, porque me han dado noticia que Carlos, de Federico hermano, parciales junta y está a Nápoles vecino con su gente y, si ella muere a sus ojos, el indicio cesa contra mí y de Carlos quedarán desvanecidos los intentos. Bien decís. (¿Qué he de hacer, que, si retiro el papel, es advertirla?, mas hasta ahora no le ha visto.) Mas ¿qué papel es aquel? (Ya le vio. Yo soy perdido.) Dádmele para leerle, que algún secreto motivo de Camila encerrar puede. (¿Qué haré en riesgo tan preciso?, pero válgame la industria.) Leerele por si averiguo. ¿Qué es lo que intentáis, señora? ¿No advertís vuestro peligro? ¿Qué peligro? El del veneno que encierra, porque es el mismo que me disteis, y Camila para su muerte ha leído. ¿Este es? Sí, señora, ese es. La vida os debo al aviso. ¡Jesús, y qué gran desdicha fuera para el amor mío que ignorante le leyerais! Del cielo piedad ha sido. A vos os lo debo todo, no en balde de vos me fío. ¡Jesús mil veces, señora, del aprieto que he salido! Yo os prometo que fue grande. Pues aun vos no habéis sabido cuán grande fue para mí. Guarde el cielo muchos siglos vuestra vida. Esa lealtad, como es razón, os la estimo. Pues a fe que no ha de darme más sustos, porque rompido ha de asustar solo al viento. Muy bien hacéis, pues ya hizo su efecto. El postigo hallé abierto y así he venido por ver si esta novedad resueltamente averiguo. ¿Hay por ventura otro muerto? Calla, que a Laurencia he visto. Pague en átomos el riesgo de vuestra vida enemigo. Pues, Roberto, yo pretendo, en fe de vuestro cariño, manifestaros del pecho hasta el más leve motivo y en esta guerra de Carlos fiaros todos mis disignios. (Quedo, que importa saber lo que en la guerra previno.) ¡Linda ventana tenemos! Pero decidme, ¿el postigo le cerrasteis? No, señora. Pues cerradle. Iré advertido, que he sentido en él rumor (y ser puede algún aviso de Camila.) Oíd, Roberto, Carlos soy. Ya os he entendido. Mucho me importa escuchar de Laurencia los disignios. Ella me manda cerrar. Pues no podréis. El oído arrimad bien a la puerta, porque esto agora es preciso. Ya, señora, hablar podéis. Pues atended lo que elijo en esta invasión de Carlos, y esto solo a vos lo fío. Llegaos hacia acá, señora, porque ahí pueden oíros las guardas. Muy bien decís. (Hacia esta parte la aplico para que Carlos la escuche.) Todo mi pecho os confío. Carlos dicen que ha juntado a los parciales y amigos de Camila y con su gente está a Nápoles vecino y, así, con el sol mañana saldrá el ejército mío en campaña por que ataje este daño en sus principios y he dispuesto que mis armas las gobierne Federico, que de una herida violenta está ya convalecido, porque es valiente y resuelto y es de Carlos enemigo, tanto que la sangre en él en odio se ha convertido... Señor, ¿oyes algo? Poco de lo que dice apercibo, .y, esto asentado, sabed lo que agora he discurrido. Él de Nápoles tan cerca se ha puesto que inadvertido a Castelmar ha dejado, que es un muy fuerte presidio, a las espaldas y yo mañana me determino, en sacando a la campaña las tropas que he prevenido, a irme a Castelmar yo misma porque de nadie lo fío y, haciendo salir la gente que allí por mi cuenta alisto, coger su ejército en medio y, embistiendo a un tiempo mismo mi gente por la una parte y por la otra Federico, será fácil deshacerlo, y yo, por más escondido, haré con muy poca gente por el bosque mi camino, pues por él a Castelmar por más seguro le guío. (Aquesto importara mucho que Carlos pudiera oírlo, pero yo, alzando la voz, referiré aquesto mismo para que Carlos lo entienda.) En fin, señora, habéis dicho que mañana, en asentando vuestro ejército lucido, con poca gente os iréis a Castelmar y el camino del bosque por más oculto le seguiréis,... ¿Esto oímos? .pues digo que haréis muy bien de ir por el bosque vecino a Castelmar. Paso, paso, Roberto, que habláis a gritos. Como sé que estoy seguro de que nadie puede oirnos, por eso hablé. Claro está y, en fin, ¿qué os han parecido aquestas resoluciones? Nunca yerra vuestro juicio. Pues, Roberto, solo vos sois de estas cosas archivo y me debéis más que a nadie. Yo, gran señora, lo estimo y soy vuestro leal vasallo. Venid, Roberto, conmigo, que mi pecho no sosiega un solo instante. pion Ya os sigo en registrando estás puertas. (Carlos.) Roberto, ya he oído que va a Castelmar mañana. (Pues está de ello advertido.) Ya yo lo estoy. (Dios te guarde.) El cielo vaya contigo. ¿No venís, Roberto? Ya te sigue el afecto mío. ¡Ah, corazón de un tirano, siempre al cuidado rendido! Camila, no me descubro porque desde aquí te sirvo más siendo amigo encubierto que no declarado amigo. Ya yo no puedo moverme, porque habemos caminado toda aquesta santa noche a la brida en los zapatos. ¿Que contra tantas desdichas me dure la vida tanto? Ves aquí que ya amanece y estamos en este campo y es preciso que nos vean a pie, solas y sin mantos, ¿qué hemos de decir qué somos? Bien temí yo aqueste daño y el librarme ha sido solo para que, lisonjeando a Laurencia, el más amigo me restituya a su mano, donde apresure mi muerte. Oye, que, si bien reparo, aqueste sitio esté lleno de armas y de soldados y de estruendos militares. Ya los infelices pasos no se hacia dónde los mueva. Cúbrete el rostro y el hado use en mí de su albedrío, que ya el temor y el cansancio me tienen tan sin aliento que por instantes aguardo mi muerte. Arrímate a mí, que llevarás lastimados los pies y aun, ya que las dos con vejiga caminamos, descansa en mí y cobra aliento, que ahora de veras hablando me lástima el corazón verte entre tantos trabajos. Bien presto, Flora, pondrá la muerte fin a mis daños. Aun no sacaste una joya que vender ni en el rosario traes ni una imagen de plata. Contra mí se han conjurado, convenidos en mi ofensa, los más enemigos astros. ¡Oh venga la muerte y logre en mí su postrer estrago! Ten ánimo, no te rindas, aliéntate un poco y vamos andando hacia a aquella tienda. ¡Ay, Flora, todo es en vano!, porque toda aquesta gente, estas armas y soldados sin duda son de Laurencia, y es el argumento claro, porque tantas tropas juntas, tanto estruendo y aparato no pueden ser de quien solo penas alista y cuidados. ¡Ay, señora, Chicharrón! Él nos dirá de su amo. Pues, si él está aquí, es indicio, de que Carlos se ha mudado y sigue el bando enemigo. De él es mejor recatarnos. Gran dicha fue la de anoche, ya queda el monte ocupado con un buen trozo de gente para cortalle los pasos a Laurencia y, en sintiendo tocar el primer rebato, con el resto de sus tropas a un tiempo ha de embestir Carlos con el ejército opuesto, que está a cargo de su hermano, pero aquí están dos mujeres y es su traje muy extraño. ¿Solas, sin mantos y a pie? ¿Con moños y verdugados? ¿Si son novias cimarronas? Ya en las dos ha reparado. Suplico a ustedes, mis reinas, que sepa yo qué guisado es ese, que no le entiendo. Esto es estar aguardando, seis coches que se nos quedan entre esas zanjas quebrados con veinte gentiles hombres, diez dueñas y cuatro enanos. ¿Adónde quedan los coches? Aquí cerca. Pues me espanto, porque traen vuesas mercedes mucho polvo en los zapatos y es menester que a las dos las vayan muy bien limpiando con un zorro. Lo que es zorro ya le habemos encontrado, pero, esto aparte, decidnos, ¿en qué se entretiene Carlos? ¿Sigue ya a Laurencia? ¡Y cómo! Yo apostaré cien ducados, que soy hombre que los tengo gracias a un difunto honrado, que antes que se pase un hora la tiene en su tienda Carlos con mil gustos. ¿A Laurencia? ¿Ves si Carlos se ha mudado? A Laurencia, y muy gustoso. Pues ¿cómo ha sido? Fue un caso estraño, anoche la vimos. Bien mis penas recelaron. Flora, vámonos de aquí donde me anegue mi llanto. ¡Ah, aleve Carlos! ¡Ah, injusto! ¡Ah, desleal! ¡Ah, tirano! ¡Ah, hombre, que en esto solo se encierra todo lo falso! ¿Por qué os vais así? Teneos. Porque vos y vuestro amo... ¿Qué haces, Flora? Déjame. La casaca habéis mudado. ¡Ay. Dios mío, que es Florilla! Dame, Flora, mil abrazos. ¿Y es esta Camila? Sí. Dame, señora, otros tantos. La dicha ha venido junta, yo quiero llamar a Carlos. ¡Ah, señor, ven, que está aquí Camila! ¿Qué estás hablando? Ecce quem amas, Camila. ¿Qué estoy mirando? Camila, dueño, señora, ¿cómo es esto? ¿Quién te ha dado libertad? ¿Tú libre y yo no pierdo la vida a tanto gusto? Muy poco me deben mis afectos abrasados. Chicharrón, pierdo el juicio, haga salva todo el campo a la dicha que poseo y a la ventura que gano. Eso es bueno para estar vos a Laurencia aguardando y haberla de ver muy presto. Ese es mi mayor aplauso, porque emboscada mi gente está a cortalla los pasos para que yo al mismo tiempo al ejército contrario embista, por que no pueda su gente darse la mano con Castelmar, plaza fuerte. Eso está bien. ¡Ah, buen Carlos, honra y blasón de los hombres! Según eso, ¿estos soldados son vuestros y en mi favor? Sí, porque los ha juntado el cielo, que favorece con prodigios más que humanos tu causa y no te los digo por no ocasionar tu llanto. Y un muerto nos dio un millón. ¿Un muerto? ¿Te estás burlando? Calla, ignorante, no mezcles entre venturas espantos. ¿Y cómo veniste? A pata, que salimos Jueves Santo y no andaba ningún coche. ¡Arma, arma! Esto es que ya con Laurencia han encontrado tus tropas. Pues hoy verán el valor de aqueste brazo en defensa de tu vida. ¡Arma, arma! Esto va malo. Ya el campo del enemigo al impensado rebato se mueve porque conoce que atajé a Laurencia el paso. Ea, que hoy he de vencer a un tiempo peligros tantos. ¡Arma, arma! El triunfo es nuestro. Ea, valientes soldados, a embestir y vea el mundo el valor de vuestros brazos. Asegure vuestra alteza su persona. Antes entrando en la batalla ha de verme triunfar el mundo a tu lado. Si llevo al cielo conmigo, presto venceré al contrario. Tú me animas. Yo te adoro. Y yo ese afecto te pago. Así el cielo ya me hiciese dueño feliz de tu mano. Nada te puede negar quien el alma te ha entregado. ¡Qué gusto!, pero a embestir. Esto sí, valiente Carlos, al valor. Ya en este acero baja en cada golpe un rayo. Ea, Chicharrón, a ellos. A ellos, que estoy temblando. Ea, vasallos y amigos de Laurencia, ya ha llegado el día en que vuestro esfuerzo le escriba el bronce y el mármol. La vida a todos nos va porque, si vence el contrario, ha de lograr en los nuestros todo su rencor airado y lo que os obliga más a que muráis peleando es estar Laurencia expuesta a la traición y al engaño. Todos en su libertad honrosamente perdamos las vidas, pues que nos falta el sol en sus ojos claros. Todos, fuerte Federico, moriremos a tu lado, toca a embestir, que ya mueve sus escuadras el contrario, pero presto nuestro brío su orgullo verá postrado, que, aunque yo pudiera estar quejoso de que en mi mano falte el bastón que tú tienes, todo es menos en llegando a estar en riesgo Laurencia y su imperio aventurado. Ea, amigos, al valor. ¡Viva Laurencia, soldados! Viva Laurencia. Camila, viva siglos dilatados. Aunque sigue la injusticia, no me he de apartar del lado de Federico, mi hijo, porque, si a Dios me comparo, por ser padre he de cuidar siempre del hijo más malo. Esto es malo, ya se cierran, yo quiero embestir gallardo, pero aquesta es tentación, Dios me tenga de su mano. ¡Viva Camila! ¡Laurencia viva! Que vivan mil años ambas como dos hermanas, pero aquí se va estrechando la batalla, ¡vive Cristo que andan bravos chincharrazos! Allí he visto a Federico. Aquel que me busca es Carlos. ¡En tu busca, hermano aleve,... ¡En tu busca, aleve hermano! .he venido! Pues agora verás si te hago pedazos. Yo tu sangre he de verter, pues que no pudo mi brazo cuando lo intentó matarte. Con aqueso has irritado de nuevo mi enojo ardiente. ¡Ah, pesia mi enojo airado, que no te acabe!, mas ya estás a mis pies postrado y te he de matar. Detente, mátame a mí, hijo; Carlos, aquí está mi vida, vierte la sangre que yo te he dado. Muera yo, pero no muera Federico. Ten el brazo, págame el ser que te di en no matar a tu hermano. Ya no puedo yo ofenderle, que, si su sangre derramo, la vuestra he de derramar y, así, quiero, aunque indignado, por no verter la de un padre, conservar la de un tirano. ¿No eres tú quien me ha vencido? No irrites más a tu hermano. Mayor fuerza me venció, que en los sucesos humanos la razón hace dichosos y la traición desdichados. ¡Viva Camila! Estas voces mi muerte están declarando. Hijo, la vitoria es tuya. ¡Viva Camila! Ya el campo ha quedado por Camila y ya logra tanto aplauso. A Laurencia prisionera la traen también mis soldados. ¡Oh qué bien conozco agora que los imperios humanos no tienen firmeza alguna y son sus bienes prestados! Carlos, ya que el cielo justo la vitoria nos ha dado, tuyo es el triunfo y mi cetro le pongo en tu mano, Carlos, para premiar los leales y castigar los culpados, que yo solo en mí reservo la paga a servicios tantos como Roberto me ha hecho, pues, siempre leal vasallo, ha cuidado de mi dicha y de mi vida ha cuidado. Luego ¿tú, Roberto? Antes tomara el veneno airado que dársele yo a Camila. Todos, en fin, me faltaron. Pues, gran señora, yo os pido en premio a servicios tantos, pues por mí se ve Laurencia sin imperio y sin estado, que perdonéis su delito, que de esta suerte la pago la confianza que hizo de mí, porque en este caso no es dejar de ser leal excusar el ser ingrato. Por ti a Laurencia perdono. Reines siglos dilatados. Piedad es tuya y, así, vivan todos y mi hermano le dé la mano a Laurencia y goce de sus estados, porque mi padre lo quiere. Vivas, hijo, siglos largos. Dichoso seré con eso. Y yo es preciso acetarlo. Y agora resta premiarme a mí y, así, vuestra mano pido en premio de mi amor. Nada puedo yo negaros y, así, os la doy con el alma. Y yo amante la idolatro. ¿Y no hay nada para mí? Sí, que con Flora casado tendrás el premio debido después de peligros tantos. Y aquí, senado, da fin, nuestros hierros perdonando, La razón hace dichosos y la traición desdichados.
