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Texto digital de Quien bien ama tarde olvida

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Quien bien ama tarde olvida. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/quien-bien-ama-tarde-olvida.

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QUIEN BIEN AMA TARDE OLVIDA

JORNADA PRIMERA

Ya es razón que me digáis, Conde, lo que me queréis; que tan confuso miráis, tan turbado respondéis y tan sin aliento habláis, que a no ser tan fiel amigo como sois, imaginara que queréis reñir conmigo. Si el alma tal intentara, fuera mi muerte el castigo, pues la vida que poseo solo, Príncipe, la estimo porque en serviros la empleo. Cuando yo más os animo, salís con nuevo rodeo. Dejad ese cumplimiento. Conde Ludovico, aparte; decid vuestro pensamiento, dadme en vuestra pena parte, declaradme vuestro intento. Abrid con seguridad vuestro pecho, confiado en nuestra grande amistad. Pues que me habéis animado. príncipe Alberto, escuchad. Entre amorosos engaños, dentro en mi pecho nacidos, y engañando desengaños vivo, presos los sentidos entre la flor de mis años. Y es mi amorosa pasión tal, que robando la vida suspende mi corazón, pues con el alma rendida y con inmensa afición adoro a Elvira, y en ella contemplo una tigre airada, si bien una imagen bella, que a su deidad consagrada tiene la mayor estrella. Razón la di de mi amor, y mi afición despreciando, prueba el alma su rigor cuando está sacrificando víctimas a su favor. Y sé yo que, a mi despecho, este fiero cocodrilo dueño del alma os ha hecho, dando a mis ojos un Nilo, como un volcán a mi pecho. Sois amado de quien soy en extremo aborrecido, y cuando al alma le doy, sepulta en eterno olvido lo que padeciendo estoy. Vos, príncipe, me habéis dado razón de vuestro cuidado, y de que estimáis a Aurora, que al proprio sol enamora, en su hermosa luz bañado. Y pues paga vuestro amor, y es prima Aurora del Rey, mostrad a Elvira rigor, cumplid de amistad la ley, y despreciad su favor. Desengañad a mi Elvira, Príncipe amigo, y el alma que adorándola suspira trocará en viento la calma y en dulce vida la ira. Y a vuestra grande amistad, honrada con laurel sacro, en prueba de esta verdad erigiré un simulacro, émulo a la eternidad. Digo que tenéis razón, y es justo que os dé cuidado tan mal fundada afición; demás que he desengañado a Elvira en otra ocasión. Pero yo os juro por Dios que si volvemos los dos a hablar otra vez aquí, que ella me aborrezca a mí y que os quiera bien a vos. Porque desengaño tal, y tan resuelto desdén, no le verá el mundo igual. Ya tengo cierto mi bien. Y yo más cierto tu mal. ¿Mi mal? ¿Pues por qué razón? Por un consejo o conseja que tengo en cierta instrución, que me dio una astuta vieja, a quien tuve yo afición. No le desprecies por ser de vieja, y no de hombre grave, este sutil parecer, que una de estas Viejas sabe más que el propio Lucifer. Dilo. Empezaré el papel que encomendé a la memoria, hasta que tope con él. Di, pues. Vayan con la historia, que así dice el arancel: No sigas al que va huyendo, ni des la muerte al rendido, ni te canses pretendiendo, ni imagines que hay olvido en quien estás ofendiendo; ni confíes en tus pies, ni en el más tranzado arnés si a sacar la espada vas; ni pidas celos jamás, ni a noble honrado los des, ni en amorosa conquista digas lo que el pecho labra, ni desmientas a tu vista, ni des crédito a palabra de astrólogo ni alquimista; ni pleitees con juez, des del rey la libertad, que es dar cuatro mil por mil; ni fíes en amistad de escribano o alguacil, ni por una incierta gloria desprecies lo necesario, ni uses mal de la victoria, ni mientas muy de ordinario si te falta la memoria, ni pleitees con juez, ni te alabes de homicidio, ni contrates con doblez, ni te hagas cuento ele Ovidio si te alcanza la vejez, ni pierdas buena ocasión en venganza o afición, ni a mujer secreto fíes, ni si apostares porfíes, ni fuerces tu inclinación, ni creas la que te llora, ni quieras vidas saber, ni envidies al que atesora, ni desprecies la mujer que sabes tú que te adora. ¡Ay, Bordón, que al alma mía, mata de Elvira el rigor! Porfíe vueseñoría, que la victoria de amor solo estriba en la porfía. Y así como la salud al físico está sujeta, al morir la juventud, a la pobreza el poeta, a la invidia la virtud, los sucesos a los hados, el más leal a un traidor, a los años los estados, a una vil lengua el honor, la justicia a los letrados, a suerte la valentía, a pesares la alegría, y al sabio cualquier planeta, así el amor se sujeta a una constante porfía. Grande filósofo es vuestro español. Es leal, como entendido. Los pies te beso por merced tal; yo, señor, soy cordobés, y madre que leche dio a Séneca y a Lucano, a sus pechos me crio. ¿Que eres, Bordón, castellano? Y andaluz. Préciole yo mucho. Conde, por discreto, y porque es hombre de humor, y hace burlas, os prometo, sutiles, y en el valor es valiente, y es secreto. Notable es el español. Aquí Aurora, mi señora, viene. Tú de su arrebol has sido el lucero ahora, si no aurora de su sol. Idos con Dios, Conde amigo, y vedme en otra ocasión que viene el norte a quien sigo, y el secreto y la afición nunca admitieron testigo. ¡Adiós, adiós! Él os dé dicha, como para mí la deseo. Cumpliré, Conde, lo que os ofrecí; a Elvira claro hablaré. Por vida de Aurora os juro que la desengañe tanto, que estéis de su amor seguro. Tal dicha os dé el cielo santo como para mí procuro. Aquí está el príncipe Alberto. Pues a buena ocasión salgo. Y está con él el hidalgo español; mi bien es cierto. Ausente de tu hermosura sin luz estuve hasta ahora, porque faltando la Aurora todo ha de ser noche obscura. Con la Aurora está la rosa de olor y hermosura llena, y con ella la azucena más cándida y más hermosa. Con ella afrenta el clavel al rubí más encendido; con ella sube atrevido el pámpano en el laurel. Con ella como a su centro corre el arroyuelo al mar, y con ella del azahar sale el olor al encuentro. Y el alma de quien ausente estaba de vos ahora, por imitar al Aurora ríe y llora juntamente. Y retratando a porfía mi alma su amanecer, riendo está de placer y llorando de alegría. Notable encarecimiento de los efetos de amor. Quilatado su valor excede al entendimiento. Que es mi amor apreciativo, cuanto tierno, y de este modo de la afición el es todo. Justamente por ti vivo. ¡Qué discreto! ¡Qué galán! Eres, por ser milagroso, del amor centro dichoso, del corazón piedra imán. Besarte quiero los pies por tal merced y favor. ¡Príncipe Alberto, señor! Suplícote me lo des. Presto el cielo soberano, premiando tu amor y fe, te dará, Alberto, no el pie, sino de Aurora la mano. Hermosa Aurora, mi amor que al veloz tiempo importuna, de la inconstante fortuna teme el mudable rigor. Porque bienes dilatados a quien desdichas alcanza, disminuyen la esperanza y acrecientan los cuidados. Está mi amor más seguro que excelsa roca en la tierra, que árbol frondoso en la sierra, que verde yedra en el muro. Y es mi amor tan sin segundo, que más me alegra y ufana ser princesa capuana que reina de todo el mundo. Olvida, Alberto, recelos, pues el alma te ofrecí. ¿Que tanto bien merecí, justos y piadosos cielos? ¡Dichoso mil veces yo! Y yo dos mil desdichado, que aun a mirarme no ha alzado los ojos. ¿No lo ve? No, que no es posible que vea quien tal ingratitud ve. Pues si apenas quién es sé,, ni sé para qué se emplea en quererme, ¿no hago bien? Para matrimonio santo, Tecla, te adoro, y me espanto que me trates con desdén. Que aunque sirvo poco ha al Príncipe, mi señor, me tiene notable amor. El pelo lo dice ya. Dime cómo es tu apellido. Bordón. No tengo afición, porque nombre de Bordón no es bueno para marido. ¿Pues por qué razón es malo? Porque es negocio importuno tu nombre, pues todo es uno el ser Bordón y el ser palo. También para la vejez es importante el bordón. ¿Cierto tiénesme afición? Yo me enamoro esta vez. Oye aparte, y te diré lo que te adoro y te quiero. Verás, señora, primero a un hombre noble sin fe; verás la nieve abrasar, el fuego al agua ofender, sujeto el mayor poder, tierno el monte, seco el mar, sin luces el firmamento, los elementos sin guerra; verás ligera la tierra, y verás pesado el viento, sin pena al que el mar divide. al tiempo volver atrás, y al sol obscuro verás, primero que yo te olvide. Primero verás, señor... Dile que a Su Majestad, y dirás mayor verdad, que el Rey viene. ¡Qué rigor! ¡Mi primo! Príncipe, adiós. Ven, Tecla. Adiós, mi señora. Ya se ha anublado mi aurora. Y aun la aurora de los dos. ¿Dónde está Su Majestad? Haste engañado, Bordón. Perdí una buena ocasión solo por tu necedad. ¿Y el Rey? V. Excelencia espere, que no es Enrique Tercero rey en manos de fullero, que le saca cuando quiere. El Rey es ; tiéneme loco de mi amor el dulce centro. Sin duda que es rey de encuentro, según viene poco a poco. Al Príncipe buscad luego; decid que tengo que hablarle. Vuestra Alteza puede honrarle, que aquí está Alberto. Yo llego. Deme Vuestra Majestad su mano. Príncipe, primo, aquesa humildad estimo. ¡Levantaos del suelo ; alzad! Almirante, salíos fuera. Vamos, caballeros. Vamos. Vete, Bordón. Pues ya estamos solos, el alma quisiera descubrirte, y enseñarte, príncipe Alberto, mi pecho. Sobrada merced me has hecho, empezando a declararte. No es mucho, que vales tanto por discreto consejero, que de ti mi bien espero. De tanta merced me espanto. Pretendo fiar de ti un consejo y un secreto. A tu gusto estoy sujeto. Pues escucha atento. Di. Príncipe de Capua, en quien mis esperanzas he puesto, por ser tú solo entre todos el amparo de mi reino, escucha a tu Rey y mira como noble, como cuerdo, lo dulce del corazón y lo abrasado del pecho. Por asegurar mi estado sobre montes de deseos, a una deidad celestial consagro mis pensamientos. Y siendo fuerza elegir esposa, quiero primero, que me des, Príncipe amigo, como tan sabio, consejo: que bien sabes tú y el mundo, que ha visto tantos sucesos, que no está firme un estado si le faltan herederos. (El Rey trata de casarse, y que me ha de elegir creo por Embajador a España. ¡Yo soy dichoso en extremo!) Diga Vuestra Majestad su gusto; que yo le ofrezco, por hacerle, de perder cuanto valgo y cuanto puedo. Si la Infanta de Castilla pretende, y permite el cielo que yo sea embajador, honrar a Nápoles pienso. De más cerca el sol me abrasa, que este Palacio soberbio es su Eclíptica, y en él adoro sus rayos bellos. ¿En el Palacio? (El temor me ha puesto como de hielo.) Perdone tu Majestad porque a preguntar me atrevo quién es a quien tanta dicha le han concedido los cielos. Es un ángel, es un sol; pero ¿por qué me detengo? Aurora es mi bien, amigo. ¿Quién, señor? Aurora. Alberto. ¿No te parece que el alma en hermoso cielo tengo? (¿Hay hombre más desdichado? Subí gallardo y soberbio al cielo de los favores, y caigo humilde y deshecho.) ¿No me respondes? Señor, que me declares espero tu pensamiento. Bien dices; a eso voy ; escucha atento. Es mi prima, y ella hereda a Nápoles si yo muero sin hijos, y si es mi esposa pierdo mil vanos recelos. Demás que por su hermosura merece el mayor imperio de cuantos hoy en el orbe registra la luz de Febo. Por mi amor y su belleza juntar, Príncipe, pretendo el oro de mi corona al oro de su cabello. Dime lo que te parece. (Fortuna ingrata, ¿qué es esto? ¿Qué mudanza tan veloz en mis venturas has hecho? El Rey a su prima adora cuando en el alma la tengo; él, amante, la procura cuando amando la pretendo. Él la quiere, yo la sirvo; él la estima, yo la precio; él la ama, yo la adoro; él penando, yo muriendo. Y en tan infelice estado tengo de darle consejo. ¿Hay confusión más extraña?) ¿Qué imaginas? Señor, temo lo que un filósofo dijo. ¿Qué dijo? Que nunca el cuerdo aconsejase en amor, amistad, o casamiento: en amor, porque no admite clara luz el rapaz ciego; en amistad, porque hay pocos amigos del alma buenos; y en casarse, porque consta de dos ánimos diversos, y es casi imposible cosa ser iguales en ingenio, en calidad y en amor; y en faltando en algo de esto, dudo la paz del casado, si bien sé por mil ejemplos que no llegan a los reyes estos penosos sucesos, que son dioses en la tierra, y como al que está en el cielo se han de obedecer callando, sin andarles inquiriendo las cosas, sino juzgar las causas por los efetos, que son dioses, como digo, y, siéndolo, te prometo... (Turbado estoy.) No prosigas. ¿De qué te turbas, Alberto? ¿Qué dudas? ¿Qué te acobarda? Dame, señor, algún tiempo, y te podré responder. No, amigo, no es tiempo de eso. Si llevando una embajada Pompilio Octavio del pueblo romano a Antíoco, rey, le dijo grave y severo: "Yo veré lo que pedís", y entonces el noble viejo, con un báculo de caña hizo un círculo en el suelo, diciendo : "No has de salir, Rey invicto, de este cerco, que primero no respondas a lo que tengo propuesto), mejor podré yo a un vasallo obligarle a que al momento me diga aquí lo que pasa. No ya consejo pretendo, sino saber solamente con qué ocasión, con qué intento te turbas, cuando te trato de Aurora, en quien tengo puestos los ojos. Señor, escucha. Di lo que te mando luego, so pena de mi desgracia, (¿Hay más extraño suceso?) Bien sabes que el mundo todo, desde el punto de su centro hasta el cielo, da el amor como tributario feudo, que por eso le llamaron el alma del universo, y bien sabes que las fieras, árboles, montes y vientos, aves, peces y animales aman todos. Bien entiendo este amor. Pues si lo entiendes, no te admire que suspenso y turbado te responda. ¿Pues tienes amor? Sí tengo. ¿a quién, Príncipe? ¡Señor! Di, no te turbes; di presto a quien amas. Las estrellas que Aurora tiene en su cielo en mí influyeron amor; mas no, desdicha influyeron. ¿Así que a mi prima adoras? (En un abismo estoy puesto de confusión. ¿Qué he de hacer? Intento un heroico hecho. Quiero imitar a Alejandro; mi Aurora le daré a Alberto, como Alejandro a Campaspe.) ¿Príncipe? ¿Señor? (¿Qué intento? Si yo muero por mi prima, ¿he de ofrecerla? Primero quiero saber en qué punto están sus nobles deseos, y si es amor muy fundado, casarlos es lo más cierto; y si ha poco que la sirve, que mude de pensamiento.) ¿Adviertes? ¿Señor? Escucha; dime verdad, que te ofrezco honrarte si me la dices. Por tu vida. ¿ha mucho tiempo que a mi prima sirves? Dilo, y si ofrece a tu amor premio. (¿Qué le diré, cielo santo?) No, señor; que no me atrevo a declararla mi amor. ¿Luego no sabe tu pecho? No lo sabe. Pues humilla tus soberbios pensamientos; al cielo de su hermosura, no suban ya tus deseos, que esto te manda mi gusto y esto le importa a mi reino. No trates de Aurora más, borra su imagen del pecho, saca su amor de tu alma en público y en secreto. Y sobre todo te encargo que esté en perpetuo silencio lo que he pasado contigo, pues solo es testigo el cielo. Y si acaso con los ojos, que es. Príncipe, lo más cierto, le has declarado tu amor con amorosos afectos, no la des razón ahora de la causa ni los medios porque dejas de servilla, que esto importa y esto quiero. Harelo así. ¿Por mi vida? Por tu vida lo prometo. Pues a mi cuenta estará de hoy más tu acrecentamiento. Y pues de Túnez el Rey rompió las paces soberbio, y a Tarundante, su hermano, general contra mí ha hecho, yo a ti, Príncipe, te hago mi general. Parte luego con las cuarenta galeras, que hoy han entrado en el puerto. De Isela toma diez naves; con ellas antes que el cielo ilustre otra vez el sol, sulca el salado elemento, busca al moro y la batalla le da al punto. Tus pies beso por tal merced. Y otra vez vuelvo a encargarte el secreto. (Con la ausencia olvidará su empezado amor.) Los cielos te den mil siglos de vida, como le importa a tu reino. Tan desdichado nací, que en la más alta ocasión que intentó -mi pretensión, cuando ella subió, caí. Puesto en el cielo me vi; seguro en él pensé estar; pero ya vengo a alcanzar que no está sin mal el bien, ni está el amor sin desdén, ni el contento sin pesar. La suerte el Rey me ganó; yo quedé con el tormento; él en menos de un momento deseó, llegó y venció. ¡En feliz hora nació; gran dicha el cielo le ha dado! Mas yo soy tan desdichado, y en tal mal punto nacido, que en un momento he perdido lo que en un siglo he ganado. Mas no puedo yo decir a Aurora que el Rey mandó que la olvidase; no, no. ¿Pues qué puedo hacer? Morir. Quiero un papel escribir, y, con una enigma, en él significar mi amor fiel; pues al Rey palabra he dado de no decir mi cuidado, cifre mi pena un papel. Quédate adiós, prenda amada; que entre olas ciento a ciento, el turquesado elemento me hará sepultura honrada. Y plegue a Dios que la armada de quien general me ha hecho el Rey, aunque a mi despecho, de Bóreas la fiera boca la embista a una parda roca tan firme como mi pecho. De aquí el Príncipe ha salido al tiempo que Elvira hermosa entraba. Dichoso he sido si admite la fe amorosa con que tanto la he servido. Ya la habla. El cielo quiso que mis pensamientos fuesen a dar a mi amigo aviso. Pílades y Orestes cesen; cesen Eurialo y Niso, pues no vio el sol en su esfera, amistad tan verdadera como la de Alberto y mía, desde que preside el día en signífera carrera. Ya se despiden. El cielo me dé sentencia en favor, porque temiendo, recelo que al incendio de mi amor cubrirá el desdén de hielo. Y si mi Elvira querida se muda, y enternecida le da a mi amor esperanza, al templo de la mudanza ofrecer pienso mi vida. (El consejo que me ha dado, por ser de enemigo, quiero elegir por acertado; por quien me aborrece muero, y quien me ama está olvidado. Pues es cuanto noble rico el gran conde Ludovico, quiero trocar mi rigor en favorecido amor. Aquí está.) Mi mal publico. Quiero llegar, y recelo su desdén. Sin duda alguna que le ha vuelto el temor hielo. (¡Favoréceme, fortuna! ¡Dame ayuda, santo cielo!) ¿Cómo está Vueseñoria de salud y de desdenes? ¡Oh, Conde!, la salud mía al alma da parabienes de que estima una porfía. ¿Cuándo, Elvira, tu rigor mi afición ha de vencer? Ya merece algún favor de mi porfía el poder y de mi pecho el amor. ¿Cuándo el bronce o el diamante podrá de tu corazón ablandar el mío amante, que en desdén, no en afición, eres, señora, constante? Conde, yo, para probar si era vuestro amor fingido, fingí querer, fingí amar a Alberto. (La excusa ha sido como de mujer..) Besar lo que pisas es razón. Ya vuestro amor ha mostrado una constante afición, y de hoy más será pagado. Glorias tus desdenes son. Y así como al navegante el puerto le da consuelo, así al venturoso amante le da vida ver su cielo con arco de paz triunfante. Ya me promete mil glorias el iris de tu hermosura, y entre amorosas memorias mil hazañas me asegura y me ofrece mil vitorias. A mi padre el Almirante obligad, y nuestro amor será dichoso. (El amante que solicita un favor le alcanza cuando es constante.) Adiós, señor. Ya mi vida es tuya. Voy obligada. Yo premiado. Yo rendida; que es mejor amar amada que amar siendo aborrecida. ¿Hay hombre tan venturoso, feliz tan afortunado? No crio el cielo piadoso hombre menos desdichado, ni vio amante más dichoso. Voy a buscar a mi amigo, y contarele esta gloria, pues del rigor fue testigo. El cielo nos dé vitoria de tanto moro enemigo. ¡Oh, Bordón, a buscar voy al Príncipe! ¡El parabién!; De qué? Que ignorante estoy de la causa de su bien. Contra el moro parte hoy; el Rey general le ha hecho, según me han dicho, que yo no le he visto aún. Sospecho que a su pesar le nombró, que tiene a Aurora en el pecho, y su ausencia sentirá. Así lo creo, señor. ¿Dónde el Príncipe estará? En el Palacio. Su amor y ausencia pena me da. Voy a verle. Dios te guarde. Gran contento me ha causado ir contra el moro cobarde; cuando salga el sol dorado he de ilustrar el alarde, y en la presente ocasión un amarillo listón me dará Tecla, sin duda. Mas ella viene; su ayuda me dé un caballo frisón. (Aquí el español está.) (Quiero hacer que no la vi). ¡Ah, Bordón! ¿Dices a mí? A ti digo, claro está. No muy claro, no muy claro. ¿Cómo? ¿De qué es la mudanza? Un soldado mucho alcanza; soy de la milicia el faro. No quiero tratar de glorias del amor; ya habéis sabido que Vitorias de Cupido troqué en marciales Vitorias. El mar, galeras y guerra son mi dama, amor y galas; ya mis requiebros son balas, que al agua el fuego destierra. La Corte no he de ver más; la guerra pienso seguir, y allí no os podré servir. ¿Resuelto, Bordón, estás? Y también resuelta estoy de no mirarte en mi vida, que nunca estuve perdida por ti. Creyéndolo voy, que eres ingrata, señora, pues cuando picarte quiero y lagrimitas espero, me sales con eso ahora. ¡Para quien ponga su fe en ti! ¿Yo me estoy burlando, y tú verdades hablando? Que también yo me burlé. Toca esos huesos, ingrato. Carne quiero, huesos no, que nunca fui perro yo. Toca, digo. De eso trato, y de morirme de celos. ¿ Celos tú? ¿ De quién, Bordón? Celos en mi corazón han derramado los cielos. Pues en esta breve ausencia aquel músico extremado, que lo es del Rey, me ha causado celos. Pues, Bordón, paciencia. De él tu valor se resista mientras soy del mar delfín; mas temo que sois, en fin, tú Tecla y él organista. Yo seré más que una roca constante. Pues, Tecla mía, mi amor de tu fe confía, pon tu zapato en mi boca. Dame un abrazo. Dos son. Cuando tu brazo me enlaza, me pareces calabaza pendiente deste bordón. ¿Pues a la guerra se va, y no me pide un favor? Dame un listón de color, y mi mano te dará por cada palmo diez moros. ¿Hay español fanfarrón? ¿No veis que tray mi nación con las espadas los oros? Toma, y de mí no te olvides. Dame, que eterna estarás en mi memoria. Serás, mi bien, cspañol Alcides. Un bajá pienso vencer y a tus pies le he Je rendir. Fácil eres en decir. Como lo eres tú en hacer. Traerete a tu presencia una galera y su carga, como tus promesas larga, y ancha como tu conciencia; una sarta de corales, de perlas tres celemines, los diamantes que imagines, marfil que a tu frente iguales; almaizares, almalafas, albengalas, alcandoras, veinte moros, treinta moras, telas, granas, sinabafas, un gimio y un avestruz, trompas, flautas, añafiles, ollas, sartenes, candiles, higos, pasas, alcuzcuz ; un perro, un gato, un compás, un tordo, un mono, un rocín, una ballena, un delfín "y trescientas cosas más". Tanto ofreces, que no fío de ofrecimientos tan buenos. Y eso será lo de menos. Pero de tu amor confío que te acordarás de mí; y adiós, que me espera Aurora. Adiós, Tecla, mi señora. En felice hora nací. Ya parece que me veo al borde de una galera, pues que con la espada fiera mata moros mi deseo. ¿Qué me importa, cielo ingrato, parabienes, norabuenas, cuando trato de mis penas, cuando de mis males trato? Este es mi señor. ¿Que Alberto no ha de gozar de su Aurora, que ha seis años que la adora, y ella le quiere? Estoy muerto. El contento le ha sacado casi de sí, ¡vive Dios! Yo llego. Hoy somos los dos tú dichoso y yo premiado. Mi premio está en la esperanza del despacho de esta guerra; tu dicha, señor, se encierra en la amorosa privanza. Banda bordada ha de haber, que cruzada por tu pecho, muestre el favor que te ha hecho la que ha de ser tu mujer. Perlas habrá, que cogerlas podrá quien las atesora, que son las que llora Aurora, no lágrimas, sino perlas. Y por ellas tu jornada será feliz, y tu vida; tu ausencia será sentida, y tu partida llorada. Será... ¿Qué ha de ser, si ya no hay Aurora, ni hay amor? Todo será en mí dolor, y todo pena será. ¿Cómo? No preguntes nada: solo hay, Bordón, en mí mengua; que en el pecho ni en la lengua esculpida y pronunciada puede estar Aurora más. Mira si hay harto dolor. ¿Pues cómo es esto, señor? Calla, que prolijo estás. Y tú necio, que has dejado a Elvira, que te adoraba, por la que dudosa estaba. ¡Bien el amor te ha pagado! Y tiene muy justa queja, pues que voluntario fue, que sin qué ni para qué a Elvira y Aurora deja. En todas hallas mil motas; justo será te sujetes. pues que descartas dos sietes, a que te entren cuatro sotas. ¡Loco está, válame Dios! Yo parto a morir. Ciudad, en quien dejo la metad del alma, guardadla vos, hasta tanto que las nuevas de mi muerte a sus oídos lleguen, que estarán rendidos del Rey a amorosas pruebas. Y tú, Rey, que esta jornada me encargas para mi muerte, sucédate de esta suerte: piérdase toda la armada; y plegue a Dios que las olas aneguen, por tus cautelas, desde las soberbias velas hasta humildes banderolas; y sean las pardas rocas de este mar que tiranizas, pira excelsa a mis cenizas, como a mi cuerpo sus focas; y entre mis nobles intentos, combatidos de estos mares, den al través mis pesares, y al traste mis pensamientos. ¡Detente, señor! Ya mide el mal mi infelice suerte. El alma lágrimas vierte, el pecho llamas despide. La nueva de mi desdicha, de mi muerte la sentencia, que votaron en mi ausencia, me fue en mi presencia dicha. Ya sé mi mal; ya la fama dice que te vas, señor, a sepultar de mi amor entre las olas la llama. ¿Por qué razón, dime, Alberto te partes a esta jornada? Tú ensangrentarás la espada del dolor que ya me ha muerto. ¿No estaba aquí el Almirante? ¿El Conde de Ñola es viejo? El uno es Numa en consejo, el otro en fuerzas Atlante. Solo tú, por darme pena, este cargo has admitido. Nunca el mal es prevenido; mayor la suerte le ordena del que imaginas, señora. Bien veo que al poderoso obedecerle es forzoso; pero lo que el alma llora es el peligro a que vas expuesto, Príncipe mío. (Haced lágrimas, un río; llorad mis desdichas más. ¡Que no he de poder siquiera decir lo que me han mandado: que dé al olvido el cuidado, y en suma, que no la quiera! No puedo, que lo ofrecí a mi rey. ¡Ah, cielo ingrato! Sacad del alma el retrato, que con el tiempo esculpí.) Señor, ¿de qué tan suspenso estás, ya mirando al suelo, y ya quejándote al cielo? Nada tengo, en nada pienso. Vete, Bordón. El criado como novicio ha de ser, y callando obedecer cuando está el amo alterado. Ya estás solo; dime ahora quién te turba y te suspende, quién mi firme amor ofende, quién le alborota. ¡Ay, Aurora! Dime luego lo que es esto; deja tan dudosas pruebas, que si son malas las nuevas, aunque tarde, llegan presto. Advierte que está mi vida, en ocasión tan forzosa, fieramente temerosa, tristemente suspendida. Y cuando estoy esperando, mi desventura temiendo, el alma tengo muriendo, los ojos tengo llorando. ¡Príncipe, mi bien, Alberto! Preguntando temerosa, es la respuesta dudosa, sin duda que el mal es cierto. (Ya no puedo resistir.) Yo soy, señora, aquel hombre que puse mis tiernos ojos en tus dos hermosos soles; yo soy el que ha tantos años que merecí tus favores, adorando tu belleza, reverenciando tu nombre; yo soy el que por tu causa en un torneo una noche pasmé el mundo con destreza, empresa, galas y mote; yo soy el que en una justa vencí a trece vencedores, y puse a tus pies los premios, porque tus plantas los honren; • yo soy a quien tú mil veces ofreciste en tus balcones a mis esperanzas premios, como a mis galas colores; yo soy el que no ha dos horas que tuve por flaco el monte comparado a mi firmeza, mira si te quise entonces; yo, Aurora, en fin, soy Alberto, a quien hoy los cielos ponen por blanco de sus saetas, por escudo de sus golpes. Ya no es posible quererte; la fortuna lo dispone de suerte, que mi cabeza funesto ciprés adorne. Y quizá pondrá en tus sienes cercos de oro que coronen tus altos merecimientos, dignos de eternos blasones. No puedo decirte más; suplícote me perdones, que lo que es la alma en el cuerpo es la palabra en los hombres. Dila de no declararte tan extrañas confusiones, que cubren con nubes pardas del alma los arreboles; y pues el cielo ha querido que nuestro amor se malogre, advierte, señora mía, puesto que mi fe conoces: Primero verás trocados en tiernas plantas los robles, las aguas en vivo fuego, en blanda cera los montes, los riscos en animales, en altas peñas los hombres, en humilde tierra el cielo y el sol en obscura noche, que veas mi amor mudado; pues todo el mundo conoce que amor como piedra imán, sigue escondido su norte. ¡Espera, señor, escucha, que esas con fusas razones de mí tan mal entendidas, cuanto dichas de ti a voces, suspendiendo mis sentidos amorosamente ponen duros grillos en mis pies, en mis manos blando azogue. Dime: ¿cómo puede ser que nuestro amor tan conforme, sacras estrellas le tuerzan, ni humanos medios le borren? Seis primaveras ha dado, mayo sus pintadas flores, a los mansos arroyuelos con que sus orillas borden, y seis veces doró el sol las imágenes disformes que en los celestes zafiros nuestros sucesos disponen; y todo este tiempo ha sido engazados eslabones, a quien prometió Himeneo (-t-) eternizar nuestros nombres. ¿Pues cómo en tan breve espacio tan bien fundados amores casi a la vista del puerto dan en las peñas feroces? Declárame aquesta enigma, así contento te goces, mientras el mar a los ríos líquidas perlas arroje. Lo que preguntas, señora, es justa razón que ignores, pues puso por medio el cielo palabra y obligaciones. Solo diré que cayó mi amor, porque al mundo asombre del cielo de tu hermosura, a imitación de Faetonte. Y pues no puedes ser mía, yo parto veloz adonde me sirvan de sepoltura las olas del mar salobre. Y antes que el sol con su luz a nuestro hemisferio torne, y ponga perfiles de oro por término al horizonte, sabrás, sin falta, la causa por quien el cielo dispone que dividamos un alma que estuvo en dos corazones. Pues si el cielo, si la tierra, si el poder de humanos dioses, que son los reyes, te obligan a gobernar escuadrones, y te fuerzan a que olvides mi amor, y en el mar te ponen porque tu inocente muerte imite a Belerofonte, advierte que antes que olvide tus infelices amores, verán tractables los riscos, hechos jardines los bosques, sin clara luz las estrellas, sin niebla escura la noche, sin tierna materia el vidrio, y sin dura forma el bronce. Pues aunque no he de gozarte, en mí vivirá tu nombre. Y en mí el infinito amor que en obligación me pone. I No hará el tiempo en mi mudanza. Ni en mí la fortuna golpe. Ni que en mi pecho te olvide. Ni que en mi alma te borre.

JORNADA SEGUNDA

Honrásteme, señor, de tal manera, en darme por mujer a Elvira hermosa, que darte en pago el corazón quisiera; pero tiénele ya mi dulce esposa, y ansí el poderlo dar es imposible, aunque es esta ocasión más que forzosa. Que os pago aquese amor es infalible con daros por mujer a Elvira bella, pues es del alma parte indivisible. La mitad de la vida os doy con ella; mas puesta, Ludovico, en vuestros brazos, antes será ganarla que perderla. Ya muero por gozar de sus abrazos, y que mi cuello ciñan sus cabellos con rubias trenzas y dorados lazos. Alberto, vuestro amigo, os verá en ellos, que ya viene triunfando de los moros. Sus valientes soldados son aquellos. Serán innumerables los tesoros, que le ha de dar el rey. A verle sale. Ya se escuchan los pífanos sonoros. No hay soldado que al Príncipe se iguale. Quiero ver el alarde vitorioso, y es justo que en honrarle me señale. Ya de nuestro contrato venturoso es razón darle al Mi casamiento, su licencia y favor le harán dichoso. De las cajas la voz repite el viento. Rey de Nápoles invicto, a quien el cielo nos guarde los años que verá Febo el rubio bellón del Aries. A obedecerte salí con tus fuertes capitanes, en busca de las galeras de tu contrario Amurates, y con cincuenta bajeles partí, señor, como sabes, alzando las blancas velas y las áncoras tenaces. Y apenas el claro Apolo con sus rayos celestiales coronó catorce veces las verdes hojas a Dafne, cuando la noche mostró de su escuridad señales, y entre las lóbregas nubes ostentó rojos celajes, a este tiempo descubrimos con bien concertado alarde sesenta enemigas velas con mil lunas tremolantes. Todas juntas las entenas de los árboles se baten, viendo que la noche estorba el esperado combate; y por no mostrar flaqueza, con luces incontratables aseguraban la huida los encendidos fanales. Y cuando la blanca aurora sobre mil olas atlantes vestía nevadas perlas, para que Tetis ensarte, al son de sonoras trompas las dos armadas navales, si hermosamente parecen, animosamente parten. A los caballos del mar arriman los acicates, dando en la veloz carrera espuma en lugar de sangre. Ya las focas y delfines, con los demás animales que el gran Neptuno sustenta, a ver la batalla salen, pareciendo desde lejos, entre espumosos cristales, cancros del mar las galeras y tiburones las. naves. Juntáronse por los bordes los bajeles al instante, y los cristianos valientes con los morillos cobardes. Busqué al general soberbio, y él a recibirme sale; chocaron los espolones, causando temor a Marte. Llevele la palamenta de un lado, cuando arrogante al estanterol salía cercado de sus bajaes. Verde turbante traía, y sobre él, como en engaste, una hermosa media luna formaban veinte diamantes. Opuse mis blancas plumas a lo verde del turbante; mi humildad, a su soberbia; mi bandera, a su estandarte; mi cruz, a su media luna; mi fuerte acero, a su ante; mi peto, a su jacerina, como mi estoque, a su alfanje. Quiso invocar a Mahoma, pero de su nombre infame se quedó la mitad dentro, y entró mi espada a buscarle. En fin, las tablas midió con su cuerpo Tarudante, cuando el alma vio confusa los palacios infernales. Tus soldados a este tiempo, por una y por otra parte, moros matan, piernas quiebran, cuellos siegan, brazos parten. No hizo más daño, señor, pestilencia en los mortales, ni Júpiter más estrago en los soberbios gigantes. Vieras las hinchadas olas del siempre salado estanque cuajadas de cuerpos muertos y llenas de tafetanes. Aquí amarillas marlotas, allí verdes capellares, a una parte rojas plumas, a otra, pajizos turbantes. Vieras huir las galeras y las tuyas dando alcance, cuyos remos parecían plumas de nadantes aves. Solas tres de tus contrarios pudieron de mí escaparse, dándoles favor el viento, porque las nuevas llevasen. Tus soldados vuelven ricos de cequíes y balajes, trayéndote una galera con joyas inestimables. Y, en fin, tus vasallos dieron noble historia a tus Anales, a ti honor, al mundo miedo, a Dios gloria y al mar sangre. Alzad, Príncipe, del suelo, pues hoy os aclama el mundo como a Alejandro segundo, planeta del quinto cielo. Duque de Espoleto, alzad. Beso tus pies, gran señor. ¡Grande merced!. ¡Gran favor! Hónrame tu Majestad. Es barro lo que le ha dado. Esto alcanza el que es valiente. La Vitoria eternamente gocéis con el nuevo estado. Dadme, Conde, vuestros brazos. Ellos y el alma prevengo. Más que la vida que tengo estimo vuestros abrazos. Mil años gocéis la gloria que esta vitoria os ofrece. Mucho a las vuestras parece. Ella fue una gran vitoria. Más es vuestra que no mía, porque cuando peleaba, en vuestro valor pensaba, y así los moros vencía. Pues yo sin pensar en él, con la carne que cortaba de los moros que mataba hice una nave pastel. Ya la Reina, mi señora, sale a darle el parabién. ¿Quién es nuestra Reina? ¿Quién lo puede ser sino Aurora? Triste está. (¿Casada, cielos, es mi esposa?) ¿Dulce esposa? ¿Señor? Sin vos no reposa el alma. (Muero de celos.) Si ha dado Su Majestad en mi amado casamiento su noble consentimiento, y su Real voluntad. Tu Majestad, gran señor, los años de su deseo goce tan dichoso empleo, dando al reino sucesor. Sois muy leal. (¡Quién pudiera verle el corazón ahora!) Vivas con mi Rey, señora, cuando esté el sol en su esfera, y tus estados sujetos te ofrezcan mil regocijos, y de tus hermosos hijos veas generosos nietos. Muy mal contenta la deja mi amo en esta ocasión, pues no querrá sucesión, si por ella ha de ser vieja, (Pena en verle me ha causado.) Viene Alberto vitorioso, y es en armas muy dichoso. (Como en amor desdichado.) Ya está Tecla como Aurora en gravedad y mudanza, porque la criada danza al son que hace la señora. En premio de su valor casar es bien que prevenga al Príncipe, y porque tenga en quien emplear su amor; que aficiones juveniles el casamiento asegura, y un amor a otro amor cura, como la lanza de Aquiles. Príncipe, ya a vuestro estado y a todo mi reino es justo que deis con casaros gusto. (¿Hay hombre más desdichado?) ¿Cuando vienes vencedor el Rey tal premio te ofrece? Que te castiga parece en vez de honrarte, señor. Si quedara el enemigo vencedor de nuestra gente, el casarte solamente fuera bastante castigo. (El cielo mi muerte ordena.) Elvira, dadle la mano al Príncipe. ¡Ah, Rey tirano! (¿Hay tal desdicha?) (¿Hay tal pena?) ¿Qué haré, triste? (¿Quién ha visto suceso tan desdichado? Cuando la palabra he dado, la casa el rey) (Mal resisto la fuerza de mi dolor.) (Direle que está casada; mas su condición airada pone a mi razón temor.) (Ahora llego a padecer lo que Alberto ha padecido.) (¿Diré que tengo marido?) (¿Diré que tengo mujer?) (Mas no, que es cruel el rey) (No, que sus fuerzas le ayudan,) Entrambos suspensos dudan. ¿Cómo? ¿No es mi gusto ley? ¿Qué dudáis, Príncipe, ahora? (¡Ah, Rey, en todo inhumano!) Dad a Elvira vuestra mano. (¡Ay, Ludovico!) (¡Ay, Aurora!) Gano infinito. (Los celos me acaban.) (¡Soy desdichada!) (¿No es bueno que estoy casada y tengo de Elvira celos?) (Mucho han dudado, y muy mal el Príncipe ha procedido; el castigo prevenido será a la merced igual.) Almirante, pues he dado marido a Elvira, el contento prevenid y el casamiento. Mucho tu Alteza me ha honrado. Háganse las bodas luego. (Hasta que estén desposados me cercarán mil cuidados.) (¡De nieve soy!) (¡Soy de fuego!) El remedio será cierto si con brevedad le aplico, que muere ya Ludovico. ¿Que mi contrario es Alberto? Vamos, prima. (Voy pensando lo que el Príncipe sintió cuando casada me vio.) (Muriendo voy.) (Voy penando.) (Ya puedo de hoy más temer del Príncipe la osadía.) (¡Mal haya el hombre que fía en amigo ni en mujer!) El Conde queda mortal. Tecla, escucha a quien te ama. Ya soy de la Reina dama; habladme con memorial. ¿Quién vio mayor gravedad, ni quién vio desdén mayor? Ya es patente deshonor fundado en falsa amistad lo que Alberto contra mí hizo en mi prenda querida; que yo perdiera la vida antes de ofenderle así. Este es Bordón, su criado. Bordón, al Príncipe llama. Mal corresponde tu fama si a la de Alberto has culpado, porque no es burla decir un Rey: Aqueste es mi gusto. Obedecerle fue justo; pero por él puedes ir, y decirle que le espero. También el servirte es ley. Por Dios, que nos lleva el Rey a todos al retortero. ¿Que sea mi enemigo el que he tenido por mayor amigo? ¿Que mi adorada prenda Alberto goce y mi amistad ofenda? ¿Cómo, cielos ingratos, sufrís injustamente tales tratos? ¿Y tú, siempre importuno, con tridente feroz, sacro Neptuno, pues bonanzas revocas, no dieras las galeras a las rocas, pues tan diversas veces mojan tus olas los celestes ejes? ¡Oh, mar! ¿Cómo no diste con tu furia la armada a roca triste, y a espumosos cristales en vez de su coral, señas navales; y la anegada gente, a duras peñas lastimosamente? ¿No arrojaras galeras hechas pedazos mil a las riberas, y entre arena dorada dieras a Alberto sepultura honrada, y no gozara ahora mi hermosa Elvira a falta de su Aurora? Pienso que de ti quejoso está el conde Ludovico. Sin duda estará celoso; pero ya remedio aplico, con que vuelva a ser dichoso. ¿Cómo, Príncipe...? Advertid, Ludovico, lo que os digo. Primero, Alberto, me oíd, pues de mi amistad testigo siempre habéis sido. Decid. Mucho me ofende y me admira lo que hoy habéis aceptado. Sabéis que el alma suspira por Elvira, y habéis dado la mano de esposo a Si os di razón de mi amor y me ofrecisteis no amarla, no podéis, sin ser traidor, príncipe Alberto, gozarla, y hacerlo es quitar mi honor. Advertid que estoy casado con Elvira de secreto, y aunque el Rey os ha obligado, es Rey, cruel en efeto, y vos amigo culpado. Y tomar venganza quiero puesto en la mano el acero; y así, para hacerlo, os digo que fuisteis un falso amigo y que en el campo os espero. Primero me habéis de oír, antes que salga a campaña. Mal os podéis eximir de una tan infame hazaña, sin matar o sin morir. No me da, Conde, cuidado veros tan determinado, que no es buen amigo os digo el que no sufre a su amigo cuando le mira enojado. Quiero sufriros y daros de vuestro engaño razón sin reñiros ni culparos, que sois hombre con pasión, y pudisteis engañaros. Primero que di la mano dudé, y enojose el Rey, y si no la diera, es llano que haciendo su gusto ley fuera del vuestro tirano. El sí con cautela he dado, viendo a mi Rey enojado, y ha sido acertado medio, pues queda. Conde, remedio mientras no estoy desposado. Y en fin, no es este lugar donde con secreto puedo lo que intento declarar. Corrido, Príncipe, quedo. Amor os puede excusar. Venid ahora conmigo. Está mi remedio cierto. De mi amistad sois testigo. Mal hice en dudar de Alberto, porque es un perfecto amigo. Lleno estoy de confusión viendo inquietud tan notoria. ¡Oh, mal haya la vitoria que a todo ha dado ocasión! Si el Conde pena ha sentido, muy mal lo habrá remediado, pues mi amo está casado; mas los dos de aquí se han ido, y Tecla viene; en verdad que es esta buena ocasión. Aquí está solo Bordón; quiero fingir gravedad. ¡Hola, doña Juana! ¿Sola me dejáis, doña María? ¡Hola, oíd, doña Mencía! ¡Hola! ¿A quién digo hola, hola? ¡Qué descuidadas criadas! ¡Hola! ¿No salís ahora? No pueden salir, señora, que están todas oleadas. Mas yo que de entre olas vengo. Tecla, a servirte he venido. Villano descomedido, vuestro castigo prevengo. ¿Pues de qué estáis enojada? ¿Tecla a secas me llamáis? Si en el mar os arrojáis, seréis, Tecla, remojada. Pero las burlas dejemos; dame, señora, la mano. ¿A doña Tecla, villano? ¿Doña? ¡Qué lindos extremos! Sin duda sois mal nacido. Ya yo me voy enojando, ¡Qué Durandarte durando! ¡Qué don el vuestro fruncido! Será al menos vuestro don primogénito de Italia. ¡Callad, gato, y no de Algalia! ¡Callad, dama de algodón! ¡Callad, necio! ¡Callad, fea! ¡Bodegón! ¡Pieza de arnés! ¡Bordón de rabel francés! ¡Tecla de órgano de aldea! A fe que me hacéis reír; no puedo disimular. Pues vaya fuera el pesar, la gravedad y el fingir. ¡Toca! ¡Toco! Por tu vida, que antes que te dé razón de nuestra navegación que me la des tú cumplida de las mudanzas de Aurora, que, en fin, todas sois mujeres. Obligola el rey ¿qué quieres?, pero día y noche llora. Deja los duelos ajenos, y dime cómo te ha ido. Al moro dejé vencido, y a todos de envidia llenos. Un moro que yo embestía saltó al mar como un delfín, y como era perro, al fin, perro de agua parecía. Iba corriendo ligero, y yo volando tras él, más ligero que un lebrel, más que un Rodamonte fiero. ¿Pues por el mar vas corriendo? Sin duda que goza el mundo de otro catalán Raimundo. Tu mucha ignorancia entiendo. No eres en mentir cursado. ¿Esto que te cuento extrañas? En ver el mar mis hazañas, Tecla, le vieras helado. ¿Helado? Es cosa increíble. Helose de verme allí con los moros que vencí, aunque parece imposible. Y pues tu ignorancia es mucha, de otro caso fui testigo en España, y ya le digo; atentamente me escucha. Un galán a cierta dama de un balcón a otro balcón publicaba su afición, y el amor su ardiente llama. La noche era tenebrosa, y aunque razones decían él y ella, no se oían. ¿Entiendes la cosicosa? Pues es que en invierno era. y así como el uno hablaba, toda la razón se helaba, quedando en el aire entera. Dieron en el daño luego, y el galán, por remediarle, mandó encender en la calle con mucha leña gran fuego. Ya las palabras que estaban de hielo en la calle fría, el fuego las derretía y a sus oídos llegaban. Si esto en España ha pasado, ¿por qué no pudo quedar de verme a mí pelear el soberbio mar helado? Digo, español, que me admira. La menor duda no admite. Mas, ¿ qué quieres? ¿ Que acredite aquesta la otra mentira? Tú eres, en fin, el abismo donde la duda se ve. En fin, tu mentira fue aforrada de lo mismo. Oye, Tecla: los señores no valen a sus criados, ni a los pobres los letrados, ni al humilde los favores, ni a la virtud el poder, ni al que pide vale dar, ni al deber vale el pagar, ni premios al pretender, ni al honrado la opinión, ni vale al galán la dama, ni al hombre heroico la fama, ni al que es pobre la razón, ni a los que entran los que salen, ni la fortuna al valiente; las mentiras solamente unas a otras se valen. Con todo. es gran villanía ser un hombre mentiroso. Ya es en el mundo forzoso; todos mienten, Teda mía. Porque en nuestra inclinación tal vez mienten las estrellas, y mienten muchas doncellas cuando dicen que Jo son. También mienten viejos canos que se tiñen a porfía, y con mudas y lejía mienten cabellos y manos. Mienten mil dientes postizos, tal vez miente un talle bueno, miente el día más sereno, miente quien refiere hechizos. Mienten rosadas mejillas con invenciones modernas y también mienten las piernas con fingidas pantorrillas. El galán miente a la dama, la falsa destreza miente, y los sastres solamente son los que tienen la fama. Hoy estás murmurador. Pues no soy, por Dios, arroyo. Tú vas a dar en el hoyo de maldiciente hablador. Sé en el murmurar avaro. ¿Yo murmuro? Y sin medida. No he hablado en toda mi vida ni más alto ni más claro. Deja equívocos ahora, y vamos, que el Conde viene, Muy lindo gatazo tiene, pues se casó la que adora. Tanto, debo a su amistad, que encarecerlo no puedo. No he visto mayor lealtad. Corto en el servirle quedo, si largo en la voluntad. Por él he sido dichosa, y así me deja obligada. Hizo a mi fe venturosa, pues por él, Elvira amada, gozo vuestra mano hermosa. Y como vos en belleza, es en amistad milagro el Príncipe. A su nobleza mi buena dicha consagro. Como yo a vos mi firmeza, que ya las quejas olvido del haber dado la mano, pues tan venturoso he sido. En ser vuestra esposa gano. Y yo en ser vuestro marido. Pues los cielos soberanos me dejan el alma loca, y los sentidos ufanos con el coral de una boca y la nieve de unas manos. La plata guarda decoro a esa frente, a quien adoro con amorosos suspiros; a los ojos, los zafiros; a los cabellos, el oro ; vuestras mejillas la rosa dejan siempre vergonzosa, y por venturoso astro es el cuello de alabastro, del cielo coluna hermosa. Ya está bien encarecido. Corto, señora, he quedado. Perdida estoy. Yo vencido. Yo confusa. Yo turbado. Yo sujeta. Yo rendido. Dadme una mano. Y con ella el alma. Mi dicha asombre. ¿Qué miro? ¡Ay, Elvira bella! Ni influye el cielo a otro hombre con más infelice estrella. ¿Que sea tan desdichado Alberto, es posible, cielo? ¿Para qué le habéis criado, para milagro del suelo, tan galán y tan honrado, si ahora le está afrentando la mujer que el Rey le dio, cuando su honor aumentando los moros vence, y sé yo quién le estuviera adorando? ¡Ah, vil mujer, mal resisto al enojo que me has dado! El propio cielo conquisto. ¿Y tú eres amigo honrado? ¡La reina! ¿Si nos ha visto? Disimula. ¡Suerte, Aurora! ¡Oh. Conde! ¿Elvira? Elvir,\. ¿Señora? Ya le ha salido a la cara la vergüenza, y ella ahora su propria traición declara. Pues el Rey os ha casado, y a mí me toca el deciros cómo en tan dichoso estado, Elvira, habéis de regiros. Estimo tanto cuidado. Primeramente ha de ser obediente la mujer, contentando a su marido, tener su gusto rendido y sujeto a su poder. Estarle siempre adorando, y a lo que guste atendiendo, pasiones viejas dejando, sus proprios gustos venciendo, sus apetitos domando. Y la que hace de otra suerte da muestras de mal nacida, y cuando menos lo advierte, a su libertada vida le sucede infame muerte. (Por mí lo ha dicho, que ignora, Conde, que no estoy casada.) (Acertado será agora dejarla desengañada.) Advierte, Reina y señora: cuando el Rey casar mandó a Elvira, tenía yo mi casamiento tratado, y ya el Almirante hablado, que con gusto lo aceptó. Venimos a dar razón y a pedir licencia al Rey, y fue en la propia ocasión que haciendo su gusto ley dio muerte a mi pretensión, Mandó casarla, y muriendo, Alberto estuvo dudando, pero dio el sí, consintiendo, el poder del Rey mirando y su condición temiendo. Yo confuso imaginé que todo mi bien perdí ; de su amistad me quejé, por infelice me di y por muerto me juzgué. Pero Alberto, que sabía de mi afición la porfía, a Elvira y al Almirante, con ley de amistad constante les volvió su noche en día Diciendo: "Porque confirme el mundo amistad tan firme, no imagino desposarme, y antes pretendo matarme que al casamiento rendirme. Diré al Rey que voy trazando para mi boda mil fiestas; diré que voy concertando galas y cosas como estas, con que lo iré dilatando. Y después podrá fingir Elvira una enfermedad. que al Rey pueda divertir." Mira si tal amistad debo en mármol escribir. Y finalmente ha dejado al Almirante obligado. a EIvira a sus pies rendida, a la mayor fe vencida y a mí a sus plantas postrado. Y esta la ocasión ha sido de que, gallardo y ufano, te pareciese atrevido dando a mi Elvira la mano, que soy, en fin. su marido. En fin, es como de Alberto tal amistad. Tal hazaña fue de mi gloria concierto. Mi nave, en tormenta extraña, redujo a seguro puerto. Quiera el cielo que os suceda a. medida del deseo, pues lo más dudoso queda. Ya es a mis plantas trofeo de la fortuna la rueda. Solo importará el secreto para tan dichoso efeto. Quedaos, y como en espejo tomad de Alberto consejo, que es en extremo discreto. Vamos, mi bien. Vamos, Conde. ¿Qué es lo que has visto, español? Mi fe a tu amor corresponde. Señora, hasta el mismo sol de tu hermosura se esconde. Cornucopia lleva Alberto. ¿Quién ha visto tal desdicha? Ojos, ¿lo que veis es cierto? ¿Qué importa la marcial dicha, si a tu honor Elvira ha muerto? Yo quiero hacerle saber cómo es falsa su mujer; pues aquí ahora le espero, y en manos está el pandero que le sabrá bien tañar. Su Majestad me ha llamado; ¿qué querrá en tal ocasión? Príncipe, para escucharme detén el paso veloz. El Rey me llama; después podrás hablarme. Bordón. Primero que el propio Rey son las cosas del honor. ¿De honor tratas? De honor trato. ¿Y del mío? Sí, señor; del tuyo, que a tu grandeza hoy la afrenta se atrevió. Habla paso, que tal caso que le oigan temiendo estoy los cuadros y las paredes. Escucha con atención. Bien sabes, Príncipe invicto, mi secreto y mi valor y la lealtad con que sirvo, que basta ser español. Dime presto mi desdicha, sácame de confusión. En duda están mis palabras y temblando está mi voz. A tu esposa he visto ahora con el Conde, y ellos dos tu honor ofenden; el cielo que lo viese permitió. Calla, loco ; vete, necio, que esa es vana presunción. (Como ignora mi suceso, mi deshonra imaginó.) ¿Cuando espero que colérico, y con semblante feroz, con tu brazo y con tu espada ofendas al mismo sol, me dices que soy un necio? Eso y más merezco yo por servirte a ti. ¿Qué dices? Que eres un siervo de Dios. Digo que hizo grande yerro el que con mujer casó que tuvo amor a otro hombre. Es muy justo aquel amor, y tú muy poco entendido. Si para vengar tu honor eres el signo del toro, yo he de ser el de león. . ¿Pero un hombre que es tan noble no sintió su deshonor? Misterio hay aquí escondido, y como soy español, vive Dios, que soy un asno. Humilde pido perdón de mi ignorancia. Levanta. Muy mal astrólogo soy. (Poco se recata el Conde, pues como aqueste le vio pudiera verle persona que fuera mi perdición. Menester es avisarle; ¿pero cuándo tuvo amor cordura ni entendimiento? Detente, imaginación, que vas a dar en el cielo, que al infierno te arrojó, donde padecen tormento el alma y el corazón.) Tristes memorias me matan. ¿Qué te da pena, señor? Que mi amor de tantos años. Bordón, tan mal se logró; que murió ya mi esperanza y acabó mi pretensión, y en el olvido mi Aurora mis memorias enterró. ¿Cómo es posible? Su Tecla razón ahora me dio de que se casó forzada, y de que el Rey la obligó. Y dice que de sus ojos el cristalino licor humedece noche y día cama y estrados. ¿Quién vio desdicha igual a la mía, ni a quién el cielo crio con tal cuidado en el alma, que hace inmenso mi dolor? ¿Que llora te dijo? ¡Ay, triste! Rayos sus lágrimas son que mi corazón abrasan como a mi pecho su sol. Pero al fin está casada con mi Rey, y a mi afición pone espuelas mi deseo cuando enfreno mi valor, porque es Enrique mi Rey, y noble vasallo soy. El Rey viene; disimula tu pena. Muriendo estoy. ¿Que así me pierde el decoro Amurates? Si ya ha sido de mis galeras vencido, ¿qué busca en mi tierra el moro? Sus vasallos ha juntado segunda vez, y animoso en nuestro puerto famoso de Regio ha desembarcado. Todo su reino en campaña el moro cobarde tiene, y contra Nápoles viene. Ya es su atrevimiento hazaña. Colérico e inhumano, pone a la tierra temor, juzgándose vencedor, dando venganza a su hermano. A mí me toca esta guerra, si das licencia a mi gloria. Si el mar os dio la vitoria, os la negará la tierra. Yo proprio quiero salir; sepa el mundo que mandar supe y sabré pelear. No lo querrá consentir tu reino. Aqueste es mi gusto, y vos, Príncipe, entretanto dad al matrimonio santo cumplimiento. Será injusto estar mi Rey peleando, y yo casándome aquí; y si a Tarudante di la muerte, el mar humillando, y Amurates bravo y fuerte viene su hermano a vengar, por fuerza le he de buscar, pues soy quien le di la muerte. Demás que si he de casarme, es bien salir a vencerle, pues con matarle o prenderle mejor podré asegurarme. Y muy ordinariamente acostumbran las batallas, cuando Reyes van a darlas, suceder infelizmente. Y así en tu favor arguyo: más fama tu nombre tiene si a un Rey que contra ti viene le vence un vasallo tuyo. No, Príncipe, que la gloria para mí la quiero yo; que mucha arrogancia os dio esta pasada vitoria. Y yo tengo por tan buena la que me habéis ofrecido. De su privanza ha caído mi amigo. Mi muerte ordena el rey. Y si con fiereza viene a vengar a su hermano, entonces fuisteis mi mano, y yo fui vuestra cabeza, y en ella ha de ejecutar el golpe de su venganza. Y si tanta suerte alcanza vuestra braveza en el mar, y en ello os mostráis valiente, no digáis que las batallas cuando reyes van a darlas suceden infelizmente, que es mostrar vuestro deseo. Mire Vuestra Majestad... ¡Bueno está! ¿Señor? Callad, que ya vuestro pecho veo. Advierte que un Rey, señor, porque le estorbó la gloria del triunfo de una vitoria un vasallo con valor, una estatua levantó a su nombre, de tal modo, que con esto el reino todo al Rey alabanza dio. Y Luis Onceno, rey de Francia, a un embajador alabó de gran valor porque de una y otra ley decía lo que sentía, sin encubrir las verdades. Y así mal te persuades si te parece osadía de Alberto lo que con celo de buen vasallo te ha dicho. Gran mal hay. Lo sobredicho se ha de cumplir, ¡vive el cielo! Sin duda que está quejoso porque le mandé casar. No tengo ya que esperar; mi mal es más que forzoso. Por tener a los soldados de su parte, me impedía la salida, y bien confía que le están aficionados. Pero yo remediaré su soberbia y ambición. Conde, en aquesta ocasión que me sirváis gustaré. Venid vos y el Almirante a mostrar vuestro valor. Hónrasme mucho, señor. (Y a este Príncipe arrogante, yo le quitaré la vida en volviendo de la guerra.) (Quien bien aconseja, yerra.) (Su privanza va perdida.) Yo temo que ha de costarle el seguir su parecer que el moro puede vencer. En volviendo, haré matarle. Ya es necedad confiar en su privanza mi amo, que a este Rey, sota le llamo, pues siempre nos trae azar. ¡Muero, Conde! En tales hechos se ven, y entre inconvenientes, los corazones valientes y los generosos pechos. Mil desventuras aguardo. Que las venzáis es razón con invicto corazón y con ánimo gallardo. A Francia quiero partirme, o a España quiero embarcarme. Mirad ... No hay que aconsejarme, que advertir, ni que decirme: ya estoy resuelto; ya estoy a morir determinado; acabe el mar mi cuidado, pues tan infelice soy. Elvira viene. Permite mi gloria el cielo. Tú vete. hasta que el mar se aquiete. Jugar quiero al escondite. Mi padre me ha dicho ahora que el Rey te manda partir. Di que me manda morir, y dirás mejor, señora. ¿A quién mi pena no admira? ¿Cómo permiten los cielos tal mal, tantos desconsuelos? ¡Ay, Ludovico! ¡Ay, Elvira! Solo un consuelo me queda, pues queda Alberto contigo, que es mi alma. Tal amigo vuestras desdichas hereda. Yo no me puedo quedar, pues entre soberbias olas, las riberas españolas pienso que me han de acabar. Partirme quiero, aunque dejo el alma cautiva aquí. Pensadlo bien. ¡Ay de mí! No admite mi mal consejo. Pues una y otra partida me parte a mí el corazón. ¿Que de un Rey la sinrazón tan firme amistad divida? ¿Hay tan rigurosa ley? Ruego al cielo que ese moro vengue en ti lo que aquí lloro. Tente, lengua, que es mi Y por justa cuenta hallo que aunque sea mi homicida el Rey, es suya mi vida. que en fin, soy leal vasallo. Esta ausencia voy temiendo. Mi muerte está amenazando. Vamos; quedaré llorando. Vamos; partiré muriendo. Adiós, muros invencibles de mi dulce patria amada, por quien emprendió mi espada infinitos imposibles. Quédate en paz, Rey cruel; gana al moro la vitoria, dando a tu casa más gloria, dando a tus sienes laurel. Queda adiós, prenda querida, de la hermosura milagro, a cuya deidad consagro pecho, alma, cuerpo y vida. Y si del mar el contraste diere a mi memoria olvido, acuérdate de que he sido, Aurora, el que tú adoraste. Detente, que el Almirante tu desdicha me ha contado, y cómo el Rey, enojado, mostró tu Luna menguante. En el alma lo he sentido, no tengo que encarecerte; pero advierte que cuando el Rey te ha ofendido, a mí me ha dado la muerte. El Rey te aborrece, Alberto, solo porque me has amado, y pues por mí te ha humillado, que he de levantarte es cierto. Cobra, Príncipe, esperanza; pierde el temor y el recelo, que en el suelo ha puesto el tiempo mudanza, como justicia en el cielo. Señora, en pena tan grave tu presencia ser intenta San Telmo de mi tormenta y rémora de mi nave. Dime cómo me consuelas tú que la muerte me diste, tú, tú fuiste la que llena de cautelas estas palabras dijiste: "Está mi amor más seguro que excelsa roca en la tierra, que árbol frondoso en la sierra, que verde yedra en el muro." ¡Ah, que roca, árbol y yedra se secó, y se marchitó, se ablandó, que escribió en cera y no en piedra quien de una mujer fio. Al fin del Rey obligada, de sus palabras vencida, a su corona rendida, y a ser Reina aficionada. ''Quisiste de ti apartarme obligándome a partirme porque afirmé que tú quisiste matarme cuando yo quise morirme." Pero yo fío en los cielos que harán por mí la venganza de la pasada mudanza y de los presentes celos. Mas por no verla me voy del mar a la agua ligera. Oye, espera, y ya que muriendo estoy, lo que digo considera. Confieso que me he rendido al Rey y que me ha obligado; pero mira ya mi estado, mi nobleza y mi marido. Mas solo quiero rogarte, por nuestra afición pasada, ¡ay, desdichada!, que dejes el embarcarte hasta ver esta jornada. Harelo, aunque dé la vida a tu obediencia, señora. ¡Ay, Alberto! ¡Ay, triste Aurora, casada y arrepentida! Mi pecho al Rey se ha humillado y a su voluntad rendido, y ha podido despreciar al adorado, y darse al aborrecido. Y así no quiero más verte, ni en mi presencia mirarte; ya bien puedes embarcarte, aunque me pesa el perderte. Vete, y como caballero mi pecho estima, señor; que es valor aborrecer lo que quiero solo por guardar mi honor. No hay palabras que decirte; en mi estarás estimada para quererte olvidada y eterna para servirte. Procurarás olvidarme; yo haré lo propio contigo, si te obligo; de tu bien manda avisarme. Lo propio, señor, te digo. ¡Ay, Aurora! ¿Quién creyera? ¡Ay, Alberto! ¿Quién pensara? Que yo de ti me olvidara. Y que yo sin ti viviera. Penando estoy. Yo llorando. Yo mi desdicha sintiendo. Yo sufriendo. Yo parto, Aurora, acabando. Yo quedo, Alberto, muriendo.

JORNADA TERCERA

Soberbio mar, ahora fío otra vez mi vida de tus olas y frágiles cristales; tu arena el alma adora, pues siempre agradecida fueron Vitorias de tu amor señales. Tres armadas navales pusieron en mi frente, si de oro no corona, de laurel, que pregona mi nombre desde Oriente hasta Poniente. Y así vuelvo rendido de obligación, cuando favor te pido. Tus riscos de agua humilla, porque pueda mi nave tocar veloz riberas españolas; ofrece a sesga quilla Jo que a volante ave concede el viento en sus regiones solas; humilla hinchadas olas majestuosamente. dando a cerúleas focas albergue entre las rocas, causando paces el feroz tridente, y darate, ¡oh, Neptuno!, segunda Ninfa de celosa Juno. Y tú. Patria querida, de mí siempre estimada, goza mil años mi adorada prenda, y a tus plantas rendida veas la fiera armada, sin que humano poder tu muro ofenda; Vitorias mil emprenda tu Rey con lauro y gloria, a cuyos pies los moros cervices y tesoros rendidos den, y triunfos a su historia, y a mí entre tanta pena, túmulo erija la nación ajena. ¿Cuándo Vuestra Excelencia querrá embarcarse? Luego, que no tardará mucho mi criado. Tened, Patrón, paciencia, pues la tiene mi fuego. Todo está, gran señor, aparejado. Bordón viene alterado; ¿qué le habrá sucedido? Señor, en tantos males, dan los nobles señales de su heroico valor, nunca vencido. Dime tu sentimiento; no me suspendas más. Escucha atento. Salió nuestro rey Enrique, tan bravo como infeliz, contra el moro al mismo tiempo que el alba quiso reír. Tomé lugar en el muro, donde atentamente vi el ejército lucido vistosamente salir. De allí vi cómo animoso, con esfuerzo varonil, daba a los aires mil truenos cuando fuego al serpentín. Los alféreces gallardos retrataban al abril con los varios tafetanes que al aire suelen herir. Los soldados animosos, aunque partían sin ti, en braveza eran leones, en número treinta mil. En los petos y en las golas vieras los rayos lucir del sol, como cuando al campo cubren de vario matiz y los briosos caballos, que con arrogante ardid lo que hay de la cincha al suelo quieren bizarros medir. En un alazán brioso a tu amigo conocí, al gran conde Ludovico, que es de Italia nuevo Cid. No vio más galán soldado el que veloz y sutil ilustra los doce signos en el campo de zafir. Y el Almirante, aunque viejo, vuelto a la edad juvenil, promete con sangre mora, volver clavel el jazmín. ¿Pero para qué te canso? Todo el ejército vi salir triunfante a vencer. cuando salía a morir. Bajé del muro a servirte, y al momento apercibí todo cuanto me mandaste para podernos partir. Y cuando el sol en el cielo era del mundo zafir, y yo tus cofres cargaba para traerlos aquí, oigo lastimosas quejas por la ciudad discurrir, y preguntando la causa, lo que pudo ser temí. Dicen que el Rey es vencido, y que queda el moro vil tiñendo las blancas flores con su sangre carmesí. A este tiempo los soldados que vi parecer jardín, vi entrar huyendo confusos, y la desgracia creí. La braveza vi trocada en flaqueza femenil, las cajas en roncas voces y en triste llanto el clarín. Ea, Alberto generoso, ya puedes apercibir, para librar a tu Patria, el valor que miro en ti. Deja las soberbias olas de zafiros y marfil, y de ver surcando mares el contrapuesto nadir Mira de tu noble sangre el encendido rubí; vuelve por tu patria, a quien el moro ha de destruir. Solo te ofrezco, señor, que daré a mi vida fin, muriendo a tu noble lado, que hidalgo español nací. Bordón, ¿mi Rey es muerto? ¿Su ejército vencido huyendo va del moro infamemente? ¿No soy el propio Alberto, que bravo y atrevido, de Tarudante sujeté la frente? Moro, espera, detente, que aún no tengo esperanza de ver seguro el cielo; no hay lugar en el suelo que te esconda, morillo, de mi lanza. Mira que parto airado; vuelve huyendo veloz al mar salado. Patrón, partir no puedo; dad al viento las velas, que a mí me está llamando el fiero moro. Beso tus pies. Yo quedo desatando pihuelas de agravios, porque a Nápoles adoro. Justo es guardar decoro a la Patria querida, que en su defensa espero rendir al duro acero, si no mi firme amor, mi frágil vida. Ya parto ; moro, espera, que furia soy contra tu gente fiera. Ya no es tiempo, señores, de hacer llantos, cuando al moro miráis bravo y pujante amenazar hasta los cielos santos, con voz blasfema y ánimo arrogante. Ya pisa estrellas entre azules mantos Enrique, vuestro Rey, y no es bastante para volverle a dar su amada vida, sangre del alma, en agua convertida. Defender es razón la Patria amada, vengando a nuestro rey. ¡Ah, triste Enrique! su tierna flor, tan sin razón cortada, llore tu reino, y la venganza aplique. De la tórrida zona hasta la helada erija templos, mil aras dedique. ¡Ah, muerte triste! ¡Ah, venganza fiera! El que baña de luz la quinta esfera. Si de Alberto tomaras el consejo, infausto Rey, no viera mal logrado tu reino todo el cristalino espejo, que en tanta mocedad mira quebrado. De la fortuna con razón me quejo, pues queda el reino sin tan gran soldado como el príncipe Alberto. No, no queda, que cerca está quien defenderlo pueda. ¡Oh, generoso Príncipe! ¡Oh, valiente, siempre temor del bárbaro arrogante! Hoy de ti necesita nuestra gente. Hoy has de ser de aqueste reino Atlante. Si vencedor Cipión, Numa prudente te aclame el mundo cuando ya triunfante ciñas tus sienes de laureles sacros, levantando a tu nombre simulacros. ¿Dónde está tal valor y tal prudencia? No tengo que ofrecer sino la vida. A todos da valor Vuestra Excelencia. ¡Patria, que estás de un bárbaro oprimida! Perdona, madre, la intentada ausencia, pues vuelvo con el alma arrepentida a morir o vencer determinado. La Reina viene. El sol está eclipsado. ¿El príncipe está aquí?, ¿No habéis partido a España aún? El cielo soberano guio las tristes nuevas a mi oído, y supe la vitoria del tirano; entendí que tu ejército vencido, muerto mi Rey, quedaba el moro ufano; y del marino dios las aguas santas de plata dieron grillos a mis plantas. Y así volví, como leal vasallo, a tiempo que los bárbaros feroces cerca de tu ciudad, señora, hallo dando a la tierra miedo, al cielo voces. Para poder entrar piqué el caballo, a quien el viento dio plumas veloces; tan cerca vienen ya, que nuestros muros, aunque fuertes estén, no están seguros. No admite dilación nuestra defensa. Ocupad todos ya vuestros lugares, y de mi pecho oíd la pena inmensa, que ablanda montes y suspende mares, De mi Enrique advertid la infausta ofensa, aunque visteis su muerte y mis pesares, oídla ahora, que en mi lengua escrita, a llanto mueve y a venganza incita. Primeramente su dichoso abuelo reduzga cada cual a su memoria, que puso en paz al que pisamos suelo, dando fama a su nombre, al mundo gloria. Al padre de mi Enrique quiso el cielo en todas sus empresas dar vitoria, y al sucesor de los que debéis tanto ha muerto un moro, dando al reino espanto. Si los ojos ponéis en su persona, acordaos que fue Marte y fue Narciso, y de la fría a la abrasada zona, obró su mano cuanto el alma quiso. Pincel valiente no pintó corona, ni grabó fiel buril en mármol liso tal majestad, a quien rindió decoro el mar en perlas y la tierra en oro. Contempladle en lo verde de sus años, a un overo galán picar brioso, y haciendo frente a bárbaros extraños, acometer valiente y animoso; y cuando, sin temer marciales daños, va más feroz y menos venturoso pasar su frente una enemiga lanza, ¿no os mueve lo que digo a la venganza? Consideradle herido, juntamente medir su cuerpo triste el suelo duro y pisado del bárbaro insolente, dejar mi claro sol su reino escuro. Dispóngase a vengarle el que es valiente, que a sus sienes mil lauros aseguro, y a su nombre la fama ofrece templo; pero mirad si os moverá un ejemplo. Por dar satisfación del fin violento del noble Julio César, un romano entró al Senado y les mostró sangriento el vestido del César por su mano; y todos juntos con gallardo intento, desde el mozo valiente al viejo anciano, ofrecieron vengándole sus vidas, que tanto puede ver de un Rey heridas. No en toga imperial sangre vertida os muestro, no, sino al gallardo Enrique: miradle libre de la humana vida, a cuya fama el mundo altar dedique: ya os pide por la boca de la herida que todo el reino su poder publique, para vengar su muerte desdichada. Dejad el llanto y empuñad la espada. ¿Tiernas lágrimas vierten vuestros ojos cuando abrasadas llamas dan los míos? ¿Cuando fuego derraman mis enojos, pretenden apagarlo vuestros ríos? ¿Campos están con vuestra sangre rojos y la terneza ha de humillar los bríos? Mezclad siquiera entre dolores tantos las fieras armas con los tiernos llantos. ¿Ahora es tiempo de mostrar flaqueza, cuando al moro miráis vibrar la lanza? Descubrid la animosa fortaleza, la tímida encubrid desconfianza; esa tierna piedad volved fiereza, esa vil compasión tornad venganza. Los fríos pechos con mi voz enciendo: partid a vencer y quedaré muriendo. Mal Vuestra Alteza lo que ha visto entiende, que el agua triste que en los ojos mira las fraguas de los pechos nos enciende, y cada cual a la venganza aspira. Mi espada sola con valor pretende vencer al moro que a tu reino admira. Solo te ofrezco yo mi barba cana. Y yo el luciente acero volver grana. ¡Gran valor de mujer! Si Enrique muerto es suyo el reino, defender su estado es acción natural. ¡Príncipe Alberto, pues prudencia y valor habéis mostrado, y sois tan valeroso cuanto experto, con parecer de los que aquí he juntado, mi general seréis. Vitorias tantas premias con gran razón. Beso tus plantas. He de entrar aunque el orbe me lo impida. Imposible será. ¡Quita. cristiano ! ¿Qué alboroto es aquel? Es mi venida, que azote soy del cielo soberano. ¡Qué arrogante rapaz! No vi en mi vida otro cachorro parecer alano como aqueste gozquejo. Dame asiento, o tomarelo yo. ¿Que tal consiento? Siéntate, moro, y dime a lo que vienes, de tu vana arrogancia haciendo alarde, que aunque cercada la ciudad me tienes, verás el fuego que en mi pecho arde. Yo, Reina, soy quien no temió desdenes de fortuna; que, en fin, soy Aliarde, hijo del Rey de Túnez. Ya hablas mucho. A lo que vengo advierte. Ya te escucho. ¡Reina de la gran ciudad, a quien la hermosa sirena dio nombre, cuando en el mar precipitó su belleza! Cuando Carlos, vuestro Rey, hermano del que en la esfera celeste reverenciáis por santo pisando estrellas, venció a nuestras medias lunas con pujanza y con soberbia, que así lo ordenó Mahoma, nuestro adorado profeta, entonces hizo a mi agüelo que rindiese a vuestra tierra, si afrentosamente parias, infamemente obediencia. Murió mi agüelo, y mi padre andando en civiles guerras, pagó el tributo hasta tanto que en paz su reino gobierna. Pareciole infame hazaña pagarlo más, y así intenta, negándole, dar al mar sus vencedoras galeras. A Tarudante, mi tío, nombrando general de ellas, mandó que de vuestro reino destruyese las riberas. Pero nuestro gran Mahoma, aquel que el cielo y la tierra compiten sobre su cuerpo, y así está en el aire en Meca, ordenó que Tarudante, perdiendo su armada, muera a manos del general, que gobernaba la vuestra. Un Príncipe dicen que es con más poder que prudencia, con menos valor que suerte, y con más dicha que fuerzas. Pero séase quien fuere, si él en la batalla fiera se hallara como su Rey, sus venturas fenecieran. Quedó cerrado entre holandas, pisando alfombras y telas sin salir a la campaña. Pluguiera a Alá que saliera; mas no me parto tan presto, que primero su cabeza en la punta de mi lanza ha de aumentar mis empresas. Pero dejando esto aparte, a lo que he venido, Reina, es a decirte que mires rendidas todas tus fuerzas; tu ciudad tienes cercada, pocos soldados en ella, y con los moros que traigo hay diez para cada almena-. Verás tu tierra robada, y la gente que gobiernas, a la vista de tus ojos, lastimosamente presa; verás servir a mis moros de despojos tus riquezas, los tiernos niños sin vida y sin honor las doncellas; las canas de tus ancianos de sangre y lágrimas llenas, tus matronas despreciadas. profanadas tus iglesias , tus capitanes vencidos, y toda tu gente muerta, aumentar al mar el agua con la sangre de sus venas. Vuelve, vuelve sobre ti; postra, postra tus banderas a las plantas de mi padre, que hallarás clemencia en ellas. Yo te ofrezco, si lo haces, que entre mis mujeres bellas seas la más estimada en mi estado y en mi mesa. Las conchas del mar cerradas te rendirán blancas perlas; los montes, plata bruñida; oro luciente sus venas; Ceilán, preciosos diamantes; las Indias, costosas perlas; aljófar, Constantinopla; Tiro, grana; Milán, telas. Todo el orbe será tuyo, que a mi poca edad respetan el Ártico y el Antártico, y cuando peleo tiemblan. Y si, mal aconsejada, tienes en poco mis fuerzas, teme, teme tu desdicha; llora, llora tu tragedia, que a mis plantas he de ver de tus grandes las cabezas, y tus altos chapiteles he de medir con la tierra. Mira lo que te está bien, y dame presto respuesta, que soy mozo, y enojado haré temblar las estrellas. Tus razones arrogantes, moro, me tienen suspensa, que atención di a tus palabras, como oídos a tu lengua; pero yo en breves razones te pienso dar la respuesta; atentamente me escucha, y humillarás tu soberbia. Aliarde, si has vencido, como tú dices, mis fuerzas, yo haré que las dejes libres, o pierdas la vida en ellas. Si tengo pocos soldados que defiendan mis almenas, para vencer a los tuyos bastantes son mis doncellas. Las canas de mis ancianos, de sangre y lágrimas llenas, son, moro, las barbacanas que mi consejo sustentan. El despreciar mis matronas y profanar mis iglesias, castigue el cielo con rayos, pues contra el cielo es la ofensa. A las plantas de tu padre quieres que pida clemencia; primero a sus pies pondré ignominiosas cadenas. El oro, perlas y plata, con las granas y las telas, guarda para tu rescate, y aún será poca riqueza. Si mis altos chapiteles has de medir con la tierra, mi razón ha de esconder en los abismos tus tiendas. Y advierte que están muy altas de mis grandes las cabezas, y rapaces como tú aun a sus plantas no llegan. Mira lo que te está bien y no me vuelvas respuesta, que soy mujer, y enojada haré temblar las estrellas. A lo que contra mí ha dicho, si me concedes licencia, responderé. Yo la doy. Responde, y tu valor muestra. Yo soy, soberbio Aliarde, el Príncipe a quien tu lengua infamemente amenaza y vanamente desprecia. Yo a tu tío di la muerte, y es esta la espada. mesma que para salir la vida le abrió en su pecho una puerta, y hará en el tuyo a su tiempo tantas, que tu padre vea que lisonjera la fama tu nombre en vano celebra, y a sus pies he de ponerte, porque las canas que peina sobre tu cuerpo derrame, esparciendo al aire quejas. Y a no ser embajador, yo te ofrezco que midieras, Aliarde, la distancia que hay de esta sala a tus tiendas. Salte de la ciudad luego, y vete de mi presencia, porque matar a un rapaz poco mis glorias aumenta. Cristiano, tus amenazas ni me perturban ni alteran; en la campaña te aguardo. En la campaña me espera. Y tú. Reina mal lograda, presto verás tu belleza vencida de mi poder y a mi voluntad sujeta. Habla menos y obra más. que tu arrogante fiereza han de humillar mis soldados antes que a tus naves vuelvas. Apercebid vuestros cuellos a cimitarras sangrientas, que a daros batalla parto, ¡Teme, moro! ¡Tiembla, Reina! ¡Aceros tiene el morillo! ¡Bravo salió en su caballo! El viento puede alcanzarlo. Por .Dios, que vuela el morcillo. Ordenad lo necesario a la defensa forzosa, que es la ocasión peligrosa y poderoso el contrario. Del Príncipe de Salerno es la presencia importante; salga con el Almirante, haciendo su nombre eterno, y animen a los soldados mientras mis armas prevengo. Ve, Bordón, por ellas. Vengo, y voy con los pies alados. Vamos, Almirante. El cielo nos dé Vitoria. Yo voy a armarme. (Dichoso soy; mas la mudanza recelo. Solo todos me han dejado. ¿Podré mostrarme atrevido? El color tengo perdido, el pecho tengo alterado.) (El Príncipe quiere hablarme.) (Yo llego; válgame amor.) Señora, de tu valor humilde quiero fiarme. Solos estamos aquí; claro puedo hablarte ahora; bien sabes, hermosa Aurora, lo que te adoré y serví. Bien sabes que te perdí cuando el Rey, aficionado, en ti puso su cuidado, y porque mi amor alabes, que me embarcaba bien sabes, amante y desconfiado. Cuando te dejé penando, partí, señora, muriendo, a los aires encendiendo y a las peñas ablandando. Las olas acrecentando del mar pensaba no verte; a mi desdichada suerte tuve por desconocida, y despreciando la vida llamé mil veces la muerte. Mas ya vuelvo a descubrirte mi valor para obligarte, que mi espada ha de librarte y mi pecho ha de servirte. El alma vuelvo a rendirte; torna a conocer ahora mi fe constante, señora, que en mi pecho tu amor reina; mas ¡ay!, que hablo con la Reina. y pensé hablar con Aurora. Perdona, señora mía, pues me confieso atrevido, humilde y reconocido; veo que a Aurora quería, pero ya eres sol del día y tienes en tu cabeza oro que te da grandeza, cuyo poder obedezco, pues vasallo no merezco tu reino ni tu belleza. Levanta del suelo, Alberto, y advierte que no es bastante para mostrarte arrogante el gozar un reino incierto; mas cuando lágrimas vierto por el difunto marido, y ves mi reino oprimido, ¿tratas, Príncipe, de amores? Vence a moros vencedores, no galán, sino atrevido. Mi general te he nombrado; parte a defender mi tierra, más valeroso en la guerra y menos enamorado. Muéstrate feroz soldado; los pensamientos levanta, que tu flaqueza me encanta el alma que atenta mira, como tu afición me admira y tu terneza me espanta. Cuando el moro está cercando tu patria bravo y valiente, y tan afrentosamente mi corona amenazando, ¿estás de amores tratando y rendido al niño ciego? Parte al campo, parte luego, muda en acero las galas, vuelve suspiros en balas, trueca ternezas en fuego. ¿Tal me dices cuando intento vender al moro mi vida? Dime que tu fe rompida será de amor escarmiento. Tus palabras llevó el viento, tus promesas la fortuna; pero yo seré coluna, y diré que la mujer, cuando se ve con poder, se muda más que la luna. ¡Ay, Aurora!, ¿quién dijera que tu afición se mudara? ¿Quién en tu pecho dudara? ¿Quién en tu amor no creyera? Mas quien en mujer espera pone en el aire su asiento, en el mar su pensamiento, en muerto Rey su privanza, en la espuma su esperanza y su ventura en el viento. Pero ya me parto al moro para morir o matarle. (Mal hice; quiero animarle, pues le estimo y pues le adoro.) Príncipe, el real decoro es bien que encubra el amor. Mostrad en todo valor, que en vos mi esperanza tengo, y mil glorias os prevengo como volváis vencedor. Que el amoroso cuidado de nuestra afición primera el alma le considera, aun viéndole mal logrado. Pero mirad con cuidado que fui siempre agradecida, que fue mía vuestra vida, y que os amé mucho es cierto. ¿Y me has olvidado? Alberto, quien bien ama, tarde olvida. ¿Hay tal bien? ¿Hay tal ventura? ¿Hay tal gloria? ¿Hay tal contento? Con esto mi pensamiento mil Vitorias me asegura. ¿Quién tanto bien me ha causado? El moro que ha muerto al Rey; ¿y será matarle ley, pues él la vida me ha dado? ¡Oh, quién pudiera, Amurates, dejar tu gente vencida, y concederte la vida entre los fieros combates! Aquí las armas están. Quita, Bordón, no las quiero; que mis dichas, no el acero, la Vitoria me darán. Amigo, ya soy dichoso; Bordón, gozaré mi cielo; Bordón, ningún mal recelo; Bordón, ya soy venturoso; Bordón, toma aqueste anillo; Bordón, gloria es mi afición. ¡Bueno está, que de Bordón me has hecho tu bordoncillo! Todo mi mal feneció; Bordón, mi dicha ha llegado. Ya está bien bordoneado, ¡cuerpo de quien me parió! De los hechos soberanos del macedonio Filipo, tan solamente anticipo temer a los espartanos; porque entre muchos soldados unos valientes traían, que a los contrarios vencían. y eran los enamorados. A esos Filipo temía, y así, moros vencedores, temed, temed los rigores de este pecho que amor guía. Rendidme, fieros paganos, vuestras grandiosas proezas ; a mis pies vuestras cabezas, vuestro valor a mis manos. Que os he de quitar la vida por mi hermoso serafín, que me amó mucho, y en fin, quien bien ama, tarde olvida. ¡Jesús! ¿Qué le ha sucedido, que tan contento le hallé, y con tal gusto se fue? Su afición la causa ha sido. De los amantes la vida en sí la pelota encierra, pues en un palmo de tierra está ganada o perdida. Ya se embarcaba muriendo, ya está sus dichas cantando; antes le dejé llorando, y hallóle ahora riendo. Y es su afición tan sutil, que en el variar se emplea, porque es como taracea, ya ébano, ya marfil. ¿Cuándo ha de llegar el día, que viva sin sobresaltos? Si el corazón te da saltos, es de gusto, Tecla mía. No temas aquesta guerra. Con gran causa temo yo, que como allá el mar se heló, podrá ablandarse la tierra. Siempre en ausencias porfías, dando pena a mi afición. En siendo un hombre Bordón, todo ha de ser romerías. Pero ya me maravillo de lo que miro en tu dedo. Hánmele dado. No puedo creer que tienes aniIIo, porque el dar ya no está vivo. Ya sé por qué lo has dudado; los señores han quitado al declinar el dativo. Y así te habrá parecido que es al uso desigual. El Príncipe es liberal, como rico y bien nacido. Es un muy gran caballero. Cierto que tengo temor, que no te maten, señor. Ese temor ya es agüero. Como yo te quiero bien, temo ... No temas ahora, aunque el prevenir la hora será prudencia también. Que los que van a la guerra su vida tienen jugada a una bala o a una espada, y así quien confía, yerra. Y por lo que puede ser, por si me hacen de corona, de mis bienes y persona testamento quiero hacer. Harás muy rebién, Bordón, pues el morir no se excusa. Aunque el prestar no se usa, préstame un rato atención; que quien moneda no acuña, poco tiene que mandar, y así yo empiezo a ordenar mi testamento en la uña. Yo mando primeramente en mi muerte repentina, mi corazón a un gallina y mi destreza a un valientc. Mando a un ladrón mis cautelas, mi vida al que está penando, y a una mujer vieja mando todos mis. dientes y muelas. Mando mis ojos honestos a los poco recatados; mi estómago, a los letrados, pues siempre van indigestos. Mi anillo, que no acreditas, mando al médico mejor, pues miramos al peor con anillo y sin visitas. Mando mi ingenio sutil a un amante casquivano, mi conciencia a un escribano, mi lealtad a un alguacil. A un esgrimidor mis tretas, mi sombrero a un descortés, mis venas mando y mis pies a los hermanos poetas. A un ginovés mi tesoro, mi sutileza a un fullero, mi palabra a un caballero, mi espada al cuerpo de un moro. Mi voz a una melindrosa, mi paciencia al que pleitea, mi desventura a una fea, mi buena suerte a una hermosa. Mi copete a la ocasión, mi memoria a un recitante, mi nariz a un elefante, y a ti, Tecla, este Bordón. Tu nombre en todo trabaja. Por eso tanto le precio, que es mi nombre como necio, que en cualquier parte se encaja. Pero por la vida o muerte, quiero quedemos casados. Dame la mano. Extremados son tus gustos. Grande suerte. Ya eres mi mujer; yo quiero ordenar, Tecla, y perdona, lo que harás de tu persona si me matan o me muero. No te cases ; viuda queda, que la viuda está sabido que en muriéndose el marido todos los gustos hereda. Exequias a mi afición, porque a tu gusto aproveche, haz con un capón de leche. No como bien el capón. Para viuda es sabroso; no tiene su gusto igual; que un capón es sustancial y no nada peligroso. Demás que a una viuda bella le quedan en la posada el respeto de casada y el melindre de doncella. Ya tocan a acometer. Tecla, adiós, dame tus brazos. ¡Ay, qué penosos abrazos! Mira que eres mi mujer. Y si no me fuere bien en la batalla este día, dirás por el alma mía: Requiescat in pace Amen. Ya, Elvira, los acentos de la batalla dan voz a los vientos; ya lastimosamente a morir o vencer salió mi gente; ya en varios horizontes dan sangre a llanos y temor a montes; hoy mi reino y mi vida están, dudoso él, ella perdida. Dad, cielos soberanos, fuego a los pechos, fuerzas a las manos. Volved, prendas sagradas, montes los brazos, rayos las espadas. Defended, cielo santo, al que siempre del bárbaro fue espanto, pues el príncipe amante es de mi reino generoso Atlante. Guardad, guardad su vida por la Patria mil veces ofrecida. Cuando está peleando, estoy sufriendo yo y estoy penando. ¿No es mejor que a mi gente infunda corazón y ánimo aumente con mi presencia fiera, y que si Alberto muere también muera? Salir quiero a campaña; • será de mi valor heroica hazaña. Denme un caballo luego, que contra el moro imitaré al griego, aumentando mi gloria. ¡Por Nápoles está ya la vitoria! ¡Vitoria! ¡Tente! ¡Espera! ¿No oyes la voz que el corazón altera? ¡Nápoles ha vencido! ¡Dichosa soy, si desdichada he sido! ¡Alberto viva! ¡Viva! ¡Su nombre en mármol la fortuna escriba! Todo mi desconsuelo en dulces nuevas ha trocado el cielo, mis penas en contentos, mi guerra en paz, en gloria mis tormentos. Tan solamente queda que ser esposa de mi Alberto pueda. ¿Cómo tan descuidada, señora, estás, cuando tu gente airada baña con la vitoria? Al Príncipe de Capua da la gloria, y tu reino le ofrece, que el cetro en las mujeres aborrece. Ya todos rey le aclaman, y defensor de Nápoles le llaman. ¡Nuestro Rey viva! ¡Viva! Señores, esta gloria es excesiva. Aquí está nuestra Reina. El que sabe vencer es el que reina. Ya todo va perdido. Reina, el que es vencedor, queda vencido; tu infame pueblo mira. ¿Eso os altera así y eso os admira? Oíd lo que he pensado, bastante a remediar vuestro cuidado. Grande confusión veo, impidiendo a mis glorias el deseo; que un pueblo conmovido caballo desbocado siempre ha sido, que rigurosamente sin freno corre, atropellando gente. Es admirable medio. Partid luego. Será eficaz remedio. Sosegad mis vasallos. Bien pienso que podemos aplacarlos. ¡Qué prudencia. Almirante! A todo el mundo su valor espante. ¿Cómo es posible ahora atajar este daño, gran señora? Lo que aquí ha sucedido, hermosa Elvira, mi remedio ha sido, pues quedará mi estado con Rey, y tendré yo lo deseado-. De todo tu contento es tu virtud, señora, el fundamento; demás que serán mías tus dichas, tus contentos y alegrías. En alarde triunfante tu gente llega. Llegará arrogante. ¡Alta y soberana Reina \ Tus gentes nunca vencidas mientras fui tu capitán, hoy tu memoria eternizan. De los moros que en campaña, bravo Amurates traía, no quedan ya doce vivos, que esto pudo tu justicia. Del arrogante Aliarde esta es la cabeza misma, y la vida de mi Rey costó de un reino las vidas. Tus soldados con pasión quieren que mi frente ciña el oro de tu corona sin mirar que es injusticia. Pero primero verás mi noble sangre vertida que tu corona en mis sienes, que a esto la nobleza obliga. Yo a tus plantas la rindiera cuando fuera propia mía, porque los nobles, señora, que bien aman, tarde olvidan. Vuestra Majestad ahora su intento a su pueblo diga, porque quede en paz el reino. Quiero ser agradecida. Si alterados mis vasallos quieren que varón los rija, y a la sangre de sus reyes la fidelidad olvidan, es muy grande sinrazón ; y pues el Príncipe imita sus claros antecesores en consejo y en milicia, y no admite como noble la majestad ofrecida, quiero yo mandar mi reino; si hay quien me lo contradiga, hable en mi presencia luego, "¡Viva, viva el Rey!", repita. ¿Todos calláis? Pues ahora que me veo obedecida le doy la mano de esposa, porque todo el mundo diga que la mujer principal que bien ama, tarde olvida. A tanto amor y merced es razón que el alma rinda perpetuo agradecimiento. Goces mil años tu dicha. Dadle, conde Ludovico, de esposo la mano a Elvira, Beso tus reales pies. En ellos pongo mi vida. Y a mí, señora, que traigo esta honrada cabecita de aquel rapaz arrogante, ¿no me darás con que viva? Pide a tu gusto, Bordón. Solo, señora, querría de renta cien mil ducados, y ser de Tecla organista. Lo último te concedo. Y dando fin se confirma que verdad dijo el que dijo: "Quien bien ama, tarde olvida."