Texto digital de Querer más y sufrir menos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Velasco, Adrián. Texto digital de Querer más y sufrir menos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/querer-mas-y-sufrir-menos.

QUERER MÁS Y SUFRIR MENOS
Hable, don Juan, el acero, supuesto que vos calláis; que de ese silencio infiero que a pelear me sacáis, y satisfaceros quiero. Ya no estamos en lugar, don Juan, de gastar razones, y así podréis excusar el pedir satisfacciones, cuando no las pienso dar. He conocido el intento. Sí, don Diego, a eso venís; pero decir lo que siento quiero, si cortés me oís. Ya os escucho. Estad atento. Ya sabéis que en cierta calle, (no es menester que os la nombre, que yo sé que la podréis conocer por mis informes, y es bien pasarla en silencio, por los troncos que nos oyen, que escuchan mudos a veces lo que publican a voces), sirvo a una dama, don Diego. Claro está que quien esconde aun el nombre de la calle, el suyo es bien que perdone. Ayer pasando por ella... (perdonad si descompone el rostro mi sentimiento, la cólera mis acciones, que la que guardan mis venas caliente púrpura noble, por dar socorro a la vida al corazón se recoge, y siente tanto mi honor que su alimento le roben, que viste el rostro de luto, robándole sus colores). Pasaba ayer, como os digo, acompañado de un hombre, noble por su nacimiento, y por sus términos noble. ¿Quién pensara, quién temiera entre aquestas condiciones villana correspondencia, trato fementido y doble? En fin, pasaba con vos, porque abreviemos razones, mi enemigo desde allí, mi más amigo hasta entonces. Parámonos en la calle; y en uno de sus balcones, el más dichoso, pues fue eclíptica de dos soles, salió la dama que os digo... (A buen seguro que os sobre noticia ya de la dama y de la calle.) Quitose del balcón a breves lances, porque la acción no se note, correspondiendo primero corteses adoraciones. Dejó caer un listón al entrarse, porque cobre el alma nuevos cuidados, o por descuido cayose. En fin, salió de su mano, hermosa región adonde quiere el hado que animado copos de nieve se formen, y va midiendo por puntos la distancia que interpone el tiempo a su precipicio, lisonjeras dilaciones, a cuya erudita forma los efectos corresponden de cometa, que a mi pecho dirige sus impresiones. Vos os hallasteis más cerca, o porque el viento retoce con el listón, disponiendo que a vuestro lado se arroje, o por ser ventura mía, que la que tiene este nombre para apartarse de mi no ha menester ocasiones. Vos le tomasteis, don Diego; yo cauto, confuso, inmóvil, que de vuestra cortesía fiara empeños mayores, quise pedirle, y la lengua, sin dar lugar a que forme articulados acentos, cedió a la vergüenza, helose. ¡Oh, qué bien vuestra malicia, reparó en mis suspensiones! Pero fuisteis mudo mármol, como me visteis de bronce. Y no contento con eso, adulterando favores hechos a mí, le habéis puesto en el puño del estoque. Esta es mi queja, don Diego; este el agravio que pone espuelas a mi venganza, y estas vuestras sinrazones. Señor don Juan de Ribera: vos habláis como enojado, y advertid que lo conozco, pues os he sufrido tanto, que, ¡vive Dios!, que me anima corazón tan alentado, que a no ser amigo vuestro os hiciera más pedazos que hay piedras en este suelo. Sí, ¡por Dios! Pero volvamos a vuestra satisfacción; que pues me habéis hecho el cargo de palabra, quiero ser tan retórico, que hablando os deje muy satisfecho, os envié despicado, y no lo quede también; aunque estuviera excusado, para reñir con la lengua, haberme sacado al campo. Por esa calle que vos decís que nos paseamos juntos los dos, y es así, hartas veces he pasado solo por ella; y ¡por Dios! que esa dama me ha mirado y la he mirado también; y aun ayer a vuestro lado quizá me miraba a mí, que si formábamos ambos objeto a su vista hermosa, bien pude ser yo mirado con más favorable aspecto, si ya no por confiado os prometéis el favor, y os asignáis el agravio. ¡si ha dos años que la sirvo, y por ventura premiado! Mientes, villano. Mirad, don Juan, que lo habéis soñado, porque sirviéndola vos, ¿como pudiera ignorarlo yo, que de noche y de día de vuestro lado no falto? Que cuando yo lo supiera te ahogara entre mis brazos. ¡Os sirviera como amigo, y excusara el disgustaros! Aunque ofende la opinión de Leonor con este engaño, poco importa, pues así a don Diego disuado, y prosiguiendo mi amor, dándole después la mano de esposo, su honor defiendo y su opinión satisfago. Don Diego, mucho me debe. Y a mi más, pues su recato me hace escuchar vilezas y no castigar agravios. ¿Mucho os debe? Sí, por Dios. Pues ya me voy enfadando, y ¡vive Dios!, que sospecho que se te va concertando que todo cuanto te debe te pague yo de contado. ¡Prudencia, amor! Don Juan, eso es hablar; vamos al caso. Bien sabéis, señor don Juan, que siempre os he respetado como a mi deudo y amigo, como a mi mayor hermano, y con tanta cortesía, que ni vos podéis quejaros, ni sospecho que hallaréis testigos de lo contrario. En la calle, en vuestra casa, en el templo y en el campo, dándoos el lado mejor; que hay enfadosos que han dado en decir que hay distinción entre amigos en el lado, negándole la amistad jurisdicción de igualarlos. Yo en todas las ocasiones, don Juan, lo he hecho, aceptando para con todos el gusto, para con vos el cuidado, sin que hayan faltado en mí la cortesía, que en cuanto tiene lugar, os prometo que tiene mucho de agrado. Esto es en cuanto a tenerla de mi parte, que en llegando a conocer que mi amigo quiere ser el respetado, el preferido, el señor, y adondequiera que estamos, excusando ser cortés. se atreve desvergonzado, ¡vive Dios!, que en mi opinión tiene tanto de villano el que lo sufre encogido como esotro en ser sobrado. Esto digo porque vos, estando juntos, y estando en presencia de esa dama, queréis ser el mayorazgo de su favor, si lo fue, que yo no me persuado a que cayese el listón impelido del cuidado. Pero no niego por eso, don Juan, que es justo estimarlo; que basta ser prenda suya y haber estado en sus manos. mas si yo sé, y es así, que vos no la habéis hablado en público ni en secreto, ni aun os debe su recato un lícito galanteo, ¿no veis, don Juan, que llamaros galán suyo no es razón, y que son intentos vanos? ¿Qué recaudos la habéis hecho? ¿Qué tercera o qué criado os trae y lleva papeles? ¿Qué música ha profanado el silencio en las tinieblas? ¿A cuál reja de su cuarto la hablasteis alguna noche? ¿Qué favores, qué retrato suyo guardáis en el pecho? ¿O cuántas veces, hurtando al tiempo un breve descuido, la habéis besado la mano? Pues si nada de esto ha sido, ¿como vos la amáis, premiando obligaciones de idea, no podré yo haberla amado? Y supuesto que el listón solicitaba, ultrajado del viento, el piadoso asilo del más diligente brazo, ¿no veis que fuera rigor de quien se mira adorado llegara a besar la tierra, o querrán que divulgando mi descuido, lo escribiera, formando letras y rasgos que eternizaran mi afrenta en el elemento vago? ¡Pluguiera al cielo, don Juan, que yo no me hubiera hallado donde le viera caer, o que yo tan apartado hubiera andado de vos. que pudiérades tomarlo, como no lo viera yo, y gozarle muchos años! Pero ya yo le tomé; ya le han visto; ya le traigo en el puño del estoque, de donde no he de quitarlo, ni aun burlando, porque yo soy tan torpe en estos casos, que nudos que dio el honor no acertaré a desatarlos. Pues, don Diego, ¡vive el cielo! que he de ver si sois tan bravo como os pinta vuestra lengua. Pesarame maltrataros; pero mal podré ofenderos, que sois un león. Un rayo obra con menos presteza que ese acero en ese brazo. Teneos, don Diego; no más, que os estoy aficionado. i Válgame el cielo ! ¡Caí! Pues, amigo, levantaos, que yo no os quiero ofender. Dejad que paguen mis brazos a vuestra amistad tributo. Herido estáis en la mano. No es nada. ¡Viven los cielos, que quisiera estar pasado antes que veros herido! ¡Jesús, don Diego! Entre hermanos hay disgustos. ¡Ya pasó! Guárdeos el cielo mil años, que esto es una niñería. Y yo en todo desdichado. Venid, don Juan, donde os curen, para que sanemos ambos. Yo sanaré cuando halle ocasión para mataros. No ha de poder tu porfía disuadir tu pensamiento. Gobierne el entendimiento; no reine amor, prima mía. Mira que es ciega locura que a una imprudente pasión se sujete la razón y se rinda la hermosura. Amar para divertirse, sin otro algún interés, aun eso parece que es cosa que puede sufrirse. Pero en llegando a pasión, traen tanto riesgo consigo, que es mirar a un enemigo y entregarse a su pasión. si estás tan enamorada, vete a la mano, Leonor. ¿Quién te ha dicho que el amor tiene fuerza reservada? Al menos conmigo es violentamente tirano, y queriendo ir a la mano, me ha de hacer ir a los pies. mas como a la mano fuera de don Diego, bien sé yo que ni él dijera que no ni me lo contradijera. ¡ Jesús, que perdida estás ! Sólo digo lo que siento. ¿Pues no ha de haber sufrimiento? ¿Qué quieres? No puedo más. olvídale. Bien, por cierto; de ti me quiero reír. ¡Celos! No hay sino morir, que es predicar en desierto. Tus consejos agradezco, doña Ana, como es razón; mas no son de mi opinión, y así no los obedezco. mas fuera ingrato desdén no dejarlos de estimar; que tú no has de desear cosa que no me esté bien. ¿No es lícito que yo ame? Conforme fuere el amor. Dime, que aspire a mi honor: ¡bien fuera que amor infame cupiera en una mujer de mis partes! ¿Eso dices, Leonor? No te escandalices; ¿puede ser? No puede ser. En mujeres principales no cabe mancha, ni puede, porque su valor excede y vence pasiones tales. Podrás a la más honrada ver procurada; es afrenta, pero mancha a quien lo intenta; la honra no pierde nada. Que cuando ese intento tome quien procuró deslucirla, es color de cochinilla, y las manchas se las come. ¿Y qué disculpa tendrá la que estima y favorece hombre que no la merece? Desdicha grande será. Y locura. Por aquí me guían amor y celos. Castigo es de que los cielos quisieron librarme a mí. ¿Quién hay que a ti te merezca? Así templaré su fuego. ¿Y quién merece a don Diego? Déjame que te encarezca su valor, su proceder, su gala y su bizarría. Pues oye, por vida mía, que hay muy bien que encarecer, y que no haciéndolo así, hemos de reñir las dos. ¡Malos celos te dé Dios, como me los da a mí! Yo, prima, tu gusto sigo. Digo que alabarle es justo; pero, ¡Jesús, qué mal gusto! Mucho has perdido conmigo. i Qué envidia tengo, Leonor! ¡ De celos estoy perdida ! Prima, prima, por tu vida, que no le tengas amor. ¿Has visto qué necio es?, ¿qué mal talle?, ¿qué mal brío?, ¿qué desgraciado?, ¿qué frío? Muy largos tiene los pies. ¿Pues el rostro? Es un salvaje, y aun a Sevilla ha venido fama de que es mal nacido. No le hago yo tanto ultraje. Tan de veras lo encarece tu amor, que me haces hablar. ¿Pues puédole yo alabar como don Diego merece? ¿Quién tiene su bizarría? Fuera de toda pasión, ¿la gala, la discreción, no están en él a porfía? ¿Quién hay que en valor le iguale? ¿De qué voluntad no es dueño? ¿Y quién de cualquier empeño tan airosamente sale? En lucimiento, en festejo, ¿ves tú quien puede igualarlo? ¿Quién hace mal a un caballo con tan airoso despejo? Su nobleza, ya la ves; Castro le llama la fama, y no sólo se lo llama, sino que en todo lo es. Porque, prima, en mi opinión, la nobleza procurada, tanto y más que la heredada, es digna de estimación. Y vemos con mil varones la nobleza deslucida, si el que nació noble olvida todas sus obligaciones. ¿Pues ahora no dijiste que no se mancha el honor, por ser de fino color? ¡Oh, qué bien que lo entendiste! Plancha que echó el interés en lo que afear presume, esa el honor lo consume, y aun él queda tal después que la malicia destierra, que más hermoso parece: lo mismo al sol le acontece con vapores de la tierra. Pero si es raza o polilla que nace en el mismo paño, queda la señal del daño, sin que honor pueda encubrirla. Sólo queda por consuelo si descubrió buena hilaza; pero lo que es en la raza, no vuelve a nacer el pelo. Pero a escribirle un papel voy, si licencia me das, y perdona. En mí tendrás quien haga gustosa y fiel oficio de secretario, con tu gusto y tu licencia. Aunque su ingenio y prudencia fueran lo más necesario para obligar y vencer, como yo te lo confieso, considera que no es eso, prima, lo que he menester. Que otros papeles ha visto toscos, y en viendo este bueno, conocerá que es ajeno y dirá que le conquisto con fuerza y pluma prestada. Bien es que así me concluyas. Aunque, en envidiar las tuyas, quedara yo disculpada. ¿Donaire? No, por mi vida. Basta la burla, Leonor. Yo voy muriendo de amor. De celos quedo perdida. Ama mi prima, y yo muero por el mismo que ella estima; ama a don Diego mi prima, yo a don Diego adoro y quiero. ¿Qué remedio me asegura este temor a mi trato? Ha sido el honor ingrato, y dicha que es tan segura. Pero Leonor no presuma que sola se ha apasionado, que yo también he fiado mi atrevimiento a mi pluma: y aunque es engañar, en suma, y en mi honor, aun por escrito, la liviandad es delito, ardides son en rigor, con quien batallas de amor la victoria solicito. No puede mi honor culpar de todo punto el amor, que no ha de querer mi honor que yo me deje ultrajar; los celos me han de ayudar, y los ciclos, que los cielos no ignoran los desconsuelos que me causa su rigor. Quizá serán del honor antídoto honor y celos. ¿Pero no es Lope, el criado de don Diego? ¡Bien venido, Lope amigo! ¡Gran contento me has dado! ¿Yo, en qué? En venir. ¿En qué te puedo servir? ¿Llamote mi pensamiento? si acaso estabas pensando en que se pasa la hora de manducar, sí, señora; porque yo vengo buscando a mi amo con cuidado. Ana, ¿Cuidado, Lope? ¿Y cuál es? ¿Es poco, si son las tres, y no se ha desayunado? Mal haya el fiero inventor que en este mundo introdujo el cenar siempre a lo brujo y comer a lo señor. Las tripas tenía de roble, y de metal tresdoblado. Dices bien. ¿Quién ha quedado por cenar tarde más noble? No es disparate, no es yerro andarse hechos picazas por las calles y las plazas con el estómago en cerro? ¿Hay criatura más perfeta que el sol? ¿Hay ojos, hay cara más resplandeciente y clara, aunque lo juzgue un poeta, que a los ojos de su dama les da las luces a pares, y los rayos a millares, y rutilantes los llama? Pues él se sube, cual vemos, al más alto mirador, con todo su resplandor, a vernos cuando comemos. Y partiendo su jornada, , a mediodía les da, caminando como va, a sus caballos cebada. mas cansado de aguardar a estos necios, y enfadado, se va sin comer bocado a las Indias a cenar. Muy bien alabas así a tu amo. Soy su criado. ¿y tú, dónde lo has dejado? En la calle lo perdí. que con don Juan le dejé, y tampoco hallo a don Juan. Ya, Lope, en casa estarán, y puede ser que te esté aguardando. ¡ Vete luego ! Y de suerte que le lea adonde nadie le vea, que le des este te ruego. Haz, Lope, como discreto, que es cosa muy importante; y acuérdete este diamante el cuidado y el secreto. Donde los cielos, amén, ventura, contento y vida; ¿cómo has de ser mal servida, si sabes mandar tan bien? Lo que te suplico más es el secreto. ¿Eso dudas? si así los diamantes mudas, ¿a quién no enmudecerás? ¿Diré que tú me lo has dado? ¡Calla! ¡Sí!—Prima, ¿tan presto? Mientras más cuidado he puesto luce más mal el cuidado. Léele; pero bien sé que no te ha de contentar. ¿Lope? Bien puedes mandar. Como sola te dejé, anduve breve, que estaba con cuidado; no escribiera tan aprisa, si supiera que Lope te acompañaba. ¿Dónde queda tu señor? ¿No le has visto? ¿Dónde está? En algún cabo estará. Donaire tienes y humor. Amor sí tengo en las piernas y por Dios que lo gastara, si por moneda pasara, en bodegas y tabernas. si pasara, como dices, poco te hubiera quedado. En viendo aquél acabado, gastara de las narices. i Ah, infame! ¿No aciertas, Ana? ¡ A ver ! ¿ Cómo dice aquí ? Leonor. Muestra. "Que el alma te di..." Claro está. ¡ Que eres liviana ! Leonor. ..."y aguardo que la recibas". ¿Eso no aciertas? Turbada estás. Prima, no me agrada que tan resuelta le escribas. ¡ Cómo esos límites pasa la pluma! ¡Rabio de celos! En vano publico hielo si se me quema la casa. ¿Está bueno? Está extremado y, muy discreto. Eso no, Aquello borrara yo, que es favor muy declarado. Prima, el hablar por escrito tiene toda esa licencia; decírselo en su presencia fuera más grave delito. Porque de hablar a escribir una palabra liviana, si no lo sabes, doña Ana, mucho es lo que va a decir. Cuanto hablamos, el sentido, oyéndolo, lo apercibe; pero aquello que se escribe no sabe de ello el oído. Y aunque nos puede acusar la vista que está presente, es sentido más prudente y sabe disimular. Antes, prima, lo que hablamos sólo dura mientras suena; y lo que la pluma ordena, en parte lo eternizamos. Y es bien que el que escribe adantes que escriba su culpa ; [vierta, porque cualquiera disculpa cierra, en firmando, la puerta. Es el oído fiscal; es tribunal la razón; en hablando una pasión, se sabe en el tribunal. Al instante pide vara la vergüenza a los señores. y ejecuta en los colores, sacándolos a la cara. Y es menor culpa la escrita para que el Fiscal no acuse, y la vergüenza le excuse o la pena se remita. Lope, ¿ya has dado en callar? ¿Qué dices? ¿Qué te parece de estas cosas? Me enmudece, señora, el veros hablar. ¿Así habladoras nos llamas? Sólo deseo saber si el grado de Bachiller se suele dar a las damas. ¿Qué dices? Hablo de veras. ¿Estás loco? ¿Las mujeres, cómo han de ser bachilleres? No, mas serán bachilleras. si estudia en algarabía mil concetos una dama, toda la noche en la cama la estudia para otro día. Y si se ofrece visita o alguna conversación, arguye de oposición, y suelta la taravita. Sin que en toda la cuadrilla, de casa o fuera de casa, pueda hacer nadie una basa, porque es ella la malilla. ¿A esta estarale muy mal el grado que yo le di? Como el de bufón a ti, tan friático y sin sal, que hablas siempre mil desgracias, como esa que has dicho ahora. ¿Pues parécete, señora, que está la sal para gracias? Decir verdad es pecado, y de mucha gravedad, y es en parte necedad. porque queda desairado quien en decirla se encarga; porque es tan mala comida, que está sin sal desabrida, y, en teniendo sal, amarga. Dices bien, que para ti lo bufón no tiene miel. Vete, y dale este papel, Lope, a tu señor, y di que a lo que en él le suplico, (que es que mañana me vea), no falte. Que lo desea mi dueño, te certifico. y el mío. No está olvidado. Porque puede ser que importe. Aunque va pagado el porte, yo le daré con cuidado. Bien deseado, César, habéis sido. Tanto, señor, me honráis, que, así lo siento, con más priesa quisiera haber venido. Nueva os quisiera dar de más contento. ¿Qué hay de nuevo, señor? Hame pedido" doña Ana que dilate el casamiento. ¿ Dilaciones ahora ? Ten paciencia. Antes me volveré, con tu licencia. Vete en buen hora, César, si te agrada; poro, si quieres, háblala primero; quizá de tu tardanza está enfadada Daño mayor de su mudanza infiero. No hay mujer que no quiera ser rogada; persuádela tú. De celos muero: tendrasla ya casada. ¡Vive el cielo, que ofende a mi valor tanto recelo! ¿Así faltan los hombres de mis prendas a las palabras que una vez han dado? Que nací con valor quiero que entiendas, y que me precio más de ser honrado, promesas, ambiciones y haciendas no me pudieran, César, ver trocado; que el hombre que es honrado y nació noble no puede sujetarse a trato doble. No está casada, no, como sospecha en vano tu temor; que antes doña Ana segura vive de amorosa flecha; la calle olvida, y aun a la ventana; que de la honestidad tanto a la estrecha prudente ley su condición allana, que ignoran su memoria y su deseo las encendidas teas de Himeneo. Y no pienses que es esto despedirte; que quien ha tanto tiempo que te espera, amor te tiene y gusta de servirte; que a saber lo contrario, lo dijera; mas yo te estimo, y puedes persuadirte, que aquesto basta para que ella quiera que se sujete en todo a mi albedrío, que es gusto suyo obedecer el mío. mas no será razón que se violente su voluntad; ¿qué importa la tardanza? si la esperanza se animaba ausente, mayor será presente la esperanza; dejémonos llevar de su corriente, que el sufrimiento cuanto quiere alcanza, y, cuanto es de mi parte, está seguro que tu gusto deseo y le procuro. No os espantéis, señor, que así me aflija ni condenéis mi justo sentimiento, si cansado de ausencia tan prolija, me esperaba más áspero tormento; yo me intenté casar con vuestra hija; acetastis los dos mi casamiento; con que me embarqué yo, sin que se entienda, a cobrar en las Indias mi hacienda. Velas al viento di, no reparando en la dificultad ni en la distancia, que mal pudiera reparar amando. Surqué espumas expuesto a su inconstancia; ni me ofendió el concierto, aunque aspirando fue menos al amor que a la ganancia. porque como de amor estaba loco, darla quisiera un mundo, y fuera poco. Trabajos ni peligros, al tornarme, no los sentí, y así no te los cuento, que como fuese en orden acercarme, me recreaba el más furioso viento. Sin duda la fortuna dio en guardarme, adivinando mi mayor tormento, que a estar cierta en España mi ventura, la onda fuera menor mi sepultura. Cincuenta y seis mil pesos traigo en barras, sin cien marcos de plata bien labrados, dos zarcillos de perlas, por bizarras estimadas en mucho, no apreciados. No de menos estima son las arras: en tejos de oro cuatro mil ducados, y una cadena de diamantes bella, que al Zodíaco emula en tanta estrella. Paños y sedas traigo, de la Aurora hurtos que en forma hermosa, si diversa, teje el Indio sutil, borda y colora, mejor que el Tirio, Babilonio y Persa. Dueño fueras de todo, ella señora, si no me fuera la fortuna adversa, y de una voluntad y amor constantes más que oro, aljófar, perlas y diamantes. Dame los brazos y advierte, César, en mi regocijo, que te quiero como a hijo y que sintiera el perderte. Cien mil ducados y más vale lo que ha referido. Al menos, agradecido y obligado me hallarás. Con tu gusto y tu licencia veré a doña Ana, señor; quizá hallará en su amor el mío correspondencia. Yo agradezco por doña Ana el mucho honor que la das; mas hoy, César, no podrás verla; verasla mañana. ¿Es largo el plazo? No es para quien de amor ignora, pero para mí una hora es un siglo. Temple, pues, la esperanza esa pasión. que es razón que se aperciba y con gusto te reciba, Obedecerte es razón. Quédate adiós, que a pedir voy al sol que a media noche en el Oriente su coche haga la sombras huir. Yo de tu hacienda y caudal voy al momento a informarla. ¡Qué bien hice en no casarla! i Ah, buen corazón leal! i No es nada; cien mil ducados! ¡mas qué hará de' no querer! Carroza y coche ha de haber y más de treinta criados. No habrá cosa que no mande, y aun no me tendrá contento; ¡bueno es eso! ; es casamiento para una hija de un Grande. Lope. ¿Qué? ¿En eso vino a parar el andar tan aturdido? Sí, Lope. ¿Y qué? ¿Está herido? Claro está que lo ha de estar. i si soy desgraciado yo! ¡ Vive Dios, que eres cruel! ¿No es más desgraciado él, que está herido y tú no? A una mujer y a un barbado les dio cierta enfermedad, y de harta gravedad, pues que los puso en cuidado. Siempre que el dotor venía, cada cual le preguntaba por el otro, y que ya estaba algo mejor le decía. En fin, ella se murió, y el tal señor dio en decir: "Ella se quiso morir, que más malo estaba yo." Aplico : Al que de una mano pienso que manco le dejas, está alegre, y tú te quejas, que escapaste bueno y sano. Yo, al menos, siempre quisiera, si va a decir la verdad, quejarme por amistad, y que al otro le doliera. Del mal el menos, señor. Aquí no viene el refrán. Tenga la herida don Juan, y nosotros el dolor. Mayor daño me prevengo de haber a don Juan herido. ¿Cómo? ¡Muy bien he cumplido con la obligación que tengo! Pues, como sabes, dejé por mis pleitos a Castilla, y apenas pisé a Sevilla, cuando en su casa hallé más regalo que pudiera en la propria que nací. ¿Qué podrá decir de mí don Alonso de Ribera? ¿Pues sabe que tú le heriste su padre? No lo sabrá, ni don Juan se lo dirá, que en eso el valor consiste. ¿Pero no he de estar corrido, si a su amistad y buen trato he correspondido ingrato y soy desagradecido? ¿Qué tengo yo que perder? ¡Vive Dios, que he de ausentarme de Sevilla y embarcarme! ¡Ya te holgaras de poder! ¿Pero cómo no me dices de los papeles? Por Dios, que vienen de dos en dos, como frailes o perdices. ¡os papeles en un día de dos damas ! ¿ Qué tenemos ? ¿Hay éxtasis? ¿Hay extremos? No basta ser cosa mía. ¿Cómo me puede faltar, si de la fortuna es gusto, en mis contentos disgusto, y en mis empeños azar? Leonor me escribe aparentes lisonjas, fingiendo engaños, y doña Ana desengaños conocidos y evidentes. Lo que me dice doña Ana verás en este papel: I Vive Dios, que fue por él el listón por la ventana! Léelo tú, que podrás; que yo ni puedo ni leo. Ya me ves que soy el reo; tú el secretario serás. Notifica la sentencia, pues me condenan los cielos al remo vil de unos celos, o al destierro de una ausencia. "No me mueve pasión, si deja de serlo, la lástima de ver tantas finesas burladas. Doña Leonor quiere bien a don Juan, mi primo, como lo dirá el tiempo y su cuidado. Y sea mi premio de este aviso el secreto. Adiós.—Doña Ana." ¿Quieres más, Lope? Ni aun tanto; pero aunque lo leo aquí, yo no lo creo. Yo sí, que es mujer, y no me espanto. Yo confieso que es mujer; mas tiene doña Leonor tanta prudencia y valor, que no lo puedo creer. ¡ Vive Dios, que en el recato con que doña Ana me dio este recado, vi yo los dobleces de su trato. ¡ Que me maten, si no creo que es invención de doña Ana! Esa es malicia villana, cuando el desengaño veo: ¿qué la pudiera obligar, sino el sentir mi desprecio? La envidia. ¿ Estás loco, necio ? ¿Qué tengo yo que envidiar? Ni hay razón para que arguya que es de doña Ana invención. ¿ Y no puede ser pasión ? No es sino malicia tuya. Ya dirás que es el amor quien le dita lo que escribe, sin reparar en que vive como esclava de su honor. Que tiene tal compostura doña Ana y es tan esquiva, que su recato cautiva no menos que su hermosura. Porque la que siendo hermosa apenas se deja ver, su recato viene a ser las espinas de la rosa; y la hermosura, el aseo comprado con interés del cuidado, néctar es, y dulce ambrosía al deseo. Dices bien, mas de agua mansa me libre el cielo. Y a mí de tu malicia y de ti. Pues, señor, ¿a quien no cansa una dama enjerta en duende, sin dejarse ver ni hablar? ¿ Qué busca sino engañar quien esconde lo que vende? Yo me he de casar en Francia, ¡ vive Dios! Serás discreto. Así ve un hombre, en efeto, su pérdida o su ganancia. Habla, visita, entretiene, danza con ella solaz, dale a su salvo la paz y ve lo que le conviene. Que todo lo demás es casarse a Dios y a ventura; no tiene cosa segura quien no casa a lo francés. Andará un don estafermo toda la noche y el día anhelando celosía por una dama del yermo; y si detrás ve algún bulto, dice, entre tierno y turbado, más de un requiebro rezado, medio hereje y medio culto; y tanto se desatina, que alguna vez enamora, pensando que es la señora la moza de la cocina. La dama por quien suspira, por inventarle su antojo, enseña apenas un ojo, que él llama sol, y es mentira. Que al pobre que brujulea, si la piensa más hermosa su deseo que una diosa, en mirando, es necia y fea. Yo no quiero enamorar a quien con recato y miedo por favor me enseñe un dedo: si me tengo de casar, a Francia, ¡viven los ciclos! De lo demás no me trates. Mátame con disparates, cuando me abraso de celos. Vamos, celos, a inquirir en nuestro daño testigos; porque quien tiene enemigos, no le conviene dormir. No puedo negarte, amor, que tienes dominio en mí, mas no porque me perdí quieras tratarme peor. Esto pasa de rigor, y será bien que te pares, primero que te declares, en que me es forzoso hacer, para hacerte a ti un placer, a mi honor muchos pesares. Voluntad, ¿ adonde vas precipitando a tu dueño? Siguiéndote me despeño; Pues no caminemos más. ¡ Honor, volvamos atrás ! Oigamos a la razón, que es amor una pasión: pues poderosa ha de ser una pasión a vencer el valor y la opinión. Pasión es fuerza que influye con soberano poder; ¿cómo me puedo oponer a la inclemencia que incluyo? Tal vez el enfermo huye la purga que le provoca luego que el labio la toca: mas como sanar procura, se anima, y el vaso apura sin quitarle de la boca. Yo así, que enferma y doliente de achaque de amor me siento, me arrojo al atrevimiento y mi honor no lo consiente; mas temo que el accidente ha de aumentar la dolencia. Honor, no hay sino paciencia, determinarse y vivir, o dejémonos morir, si os parece más prudencia. mas ya estoy determinada, y lo más que puede hacer, aunque mucho proponer, es proceder recatad: Será píldora dorad, que ocultando su invención con aparente invención, para confitar el gusto. le dará a mi amor o susto cuando haga operación. ¿Jacinta? vuestra propria pesadumbre, que no es bien a tanta cumbre volar con alas de cera. Honor, no lucra mejor quien a don Diego llamara y mi amor le declarara, puesto que le tengo amor, y no ofender a Leonor, ocasionando a don Diego celos que aviven su fuego, y con fingido ademán trae engañado a don Juan sin juicio y sin sosiego. A don Diego persuadí que su Leonor le entretiene y el amor que ella le tiene me tenga don Diego a mí: a don Juan a entender di, por un recado fingido, que de Leonor es querido, y que le atormentan celos a el, por necios desvelos y mi, celos y olvido. ¡Siempre has de estar retirada en tu cuarto! ¡ Qué tristeza ! Con razón naturaleza estará de ti agraviada. Que aunque lugar de virtud tiene la quietud, tal vez hermosura y altivez arguyen ingratitud. Ese modo de negarse para con otras se queda; ¿qué pasión hay que no pueda conmigo comunicarse? Tu prima soy, y tu amiga, que es parentesco mayor. i Habla! Mi pena Leonor, imposible es que la diga. Perdona, que yo quisiera que fuera comunicable; mas no quiere amor que hable, sino que callando muera. Y si esta pena, este daño callando he de remediar, déjame, prima, llorar, que así mi esperanza engaño. ahora que habías de estar con más gusto y más placer, tristeza das a entender, vislumbres de algún pesar. Cuando César ha venido tan rico, y tu padre trata de que compre con su plata titulo de tu marido, te extrañas y te retiras. Dime, prima, la ocasión; descanse tu corazón conmigo. i Ay, Leonor! ¿Suspiras? ¿Luego sin ti lo ha tratado? De mi padre son codicias. si puedo pedirte albricias, en casa entra el desposado. ¡ Qué enfado !Y don Juan con él, tu primo. Albricias te diera porque hicieses que se fuera. No estés, Ana, tan cruel. ¿Qué cruel? Yo no le quiero ver ni oír. Esa seria muy linda descortesía: advierte que es caballero César, y que ha sido gusto de tu padre, su fin... No es gusto lo que es interés, antes es rigor injusto. Diles que no estoy en casa, y no creas si lo dices. ¡ Ay, amores infelices ! Ya no es tiempo, porque pasa el corredor, y podrán haberte oído. Yo soy desdichada. Yo me voy ¿Con que me viene don Juan? ¿Oyes, Jacinta? ¿A don Diego no hablaste ayer? No le hallé. Pues presto despacharé. Acuérdame que has de ir luego. por favor me enseñe un dedo: si me tengo de casar, a Francia, ¡ viven los ciclos ! De lo demás no me trates. Mátame con disparates, cuando me abraso de celos. Vamos, celos, a inquirir en nuestro daño testigos; porque quien tiene enemigos, no le conviene dormir. No puedo negarte, amor, que tienes dominio en mí, mas no porque me perdí quieras tratarme peor. Esto pasa de rigor, y será bien que te pares, primero que te declares, en que me es forzoso hacer, para hacerte a ti un placer, a mi honor muchos pesares. Voluntad, ¿ adonde vas precipitando a tu dueño? Siguiéndote me despeño; pues no caminemos más. ¡ Honor, volvamos atrás ! Oigamos a la razón, que es amor una pasión: pues poderosa ha de ser una pasión a vencer el valor y la opinión. Pasión es fuerza que influye con soberano poder; ¿cómo me puedo oponer a la inclemencia que incluye? Tal vez el enfermo huye la purga que le provoca luego que el labio la toca: mas como sanar procura, se anima, y el vaso apura sin quitarle de la boca. Yo así, que enferma y doliente de achaque de amor me siento, me arrojo al atrevimiento y mi honor no lo consiente; mas temo que el accidente ha de aumentar la dolencia. Honor, no hay sino paciencia, determinarse y vivir, o dejémonos morir, si os parece más prudencia. mas ya estoy determinada, y lo más que puedo hacer, aunque mucho prometer, es proceder recatada. Será píldora dorada, que ocultando su intención con aparente invención, para confitar el gusto, le dará a mi amor un susto cuando haga operación. ¿Jacinta? ¿Señora mía? Toma un manto. ¿Luego? Luego. Búscame, amiga, a don Diego; ya sabes cuánto te fía de mi amor. Dile que te envía doña Leonor. Ya conoce tu amor mi pecho. Así goce el tuyo lo que desea. Dilo presto. Que la vea por el jardín a las doce. Señora a servirte voy En su casa le hallarás, mi Jacinta; tú verás las albricias que te doy. Leonor tu enemiga soy, aunque es la guerra que sigo con el amor, no contigo, prima, tu Troya se abrasa, que tienes dentro de casa a tu mayor enemigo. Loca esperanza que el vuelo del pensamiento igualáis! Mirad bien cómo volváis, que os acercáis mucho al cielo; que os precipite recelo si no el fuego que os espera en la mitad de la esfera, vuestra propria pesadumbre, que no es bien a tanta cumbre volar con alas de cera. Honor, no fuera mejor quien a don Diego llamara y mi amor le declarara, puesto que le tengo amor, y no ofender a Leonor, ocasionando a don Diego celos que aviven su fuego, y con fingido ademán trae engañado a don Juan sin juicio y sin sosiego. A don Diego persuadí que su Leonor le entretiene y el amor que ella le tiene me tenga don Diego a mí: a don Juan a entender di, por un recado fingido, que de Leonor es querido, y que le atormentan celos a él, por necios desvelos y mí, celos y olvido. ¡ Siempre has de estar retirada en tu cuarto ! ¡ Qué tristeza ! Con razón naturaleza estará de ti agraviada. Que aunque lugar de virtud tiene la quietud, tal vez hermosura y altivez arguyen ingratitud. Ese modo de negarse para con otras se queda; ¿qué pasión hay que no pueda conmigo comunicarse ? Tu prima soy, y tu amiga, que es parentesco mayor. ¡ Habla! Mi pena, Leonor, imposible es que la diga. Perdona, que yo quisiera que fuera comunicable; mas no quiere amor que hable, sino que callando muera. Y si esta pena, este daño callando he de remediar, déjame, prima, llorar, que así mi esperanza engaño. Ahora que habías de estar con más gusto y- más placer, tristeza das a entender, vislumbres de algún pesar. Cuando César ha venido tan rico, y tu padre trata de que compre con su plata título de tu marido, te extrañas y te retiras. Dime, prima, la ocasión; descanse tu corazón conmigo. ¡ Ay, Leonor! ¿ Suspiras ? Luego sin ti lo ha tratado? De mi padre son codicias. mira la burla y se ciega, y con el puño partido peina la tierra y da al viento globos de polvos, que vistos desde fuera, juzgará quien los niegue torbellinos, o que es humo de su fuego, o que es de su fuego aviso ? ¿ Y parado, haciendo alarde de su enojo y de su brío, se está sin mover un paso entre sus agravios mismos, que parece que los llama uno a uno al desafío, o que no acierta a salir ni apartarse de aquel sitio, porque sus mismos agravios le sirven de laberinto? Pues así me hallé, Leonor, acosado y combatido de una impensada sospecha, de una traición de un amigo, de una fineza burlada, de un agravio conocido, de un amor mal satisfecho, de muchos claros indicios, de una lealtad sospechosa, de un asombro, de un prodigio de falsedad, de un engaño y de un valor ofendido. Porque cuando vi a don Juan, el color todo perdido, la vista toda turbada, la voz publicando bríos, ¡ con que rabia te lo cuento !, ¡ con qué pena te lo digo !, ¡ con mil nudos que embarazan las palabras que organizo! Porque ha sido de la lengua el corazón ofendido, parece que a las palabras les quiere cortar el hilo. Muy bien hiciste en amarle; cuerda tu elección ha sido; sólo culpo tu traición, sólo el engaño abomino. En fin, ¿es don Juan tu amante? Verdad es; el me lo ha dicho, mis dudas lo han sospechado, mis evidencias lo han visto. Ya no lo puedes negar, comprobando está el delito. testigos sobran al cargo, y al descargo no hay testigos. ¡ Lástima tuvo de mí quien me avisó por escrito! ¡ Tan público es ya mi agravio! si piensas que sólo han sido sospechas, no son sospechas; indicios, no son indicios; celos son averiguados, agravios son conocidos. Todos saben mi deshonra; claro está que yo habré sido el postrero que lo sabe. Basta, basta, que harto has dicho. Jacinta. Señora, señora. ¿Qué hay? Al corredor ha salido doña Ana. No entrará acá, que está enojada conmigo. Ya se va. Pues salte tú, porque estés con el aviso, y ponte con tu labor en ese corredorcillo, de manera que sentada estés mirando el postigo. (No es bien mostrarme enojada cuando tan ciego le miro, que ni advierte lo que habla, ni mira que habla conmigo.) ¡ Basta, mi bien ! ¡ Bueno está, mis ojos ! ; que aunque imagino que son fingidos tus celos, aun fingidos no permito que los mire nuestro amor, porque son el basilisco que le inficiona y le mata; y sabes tan bien fingirlos, que parece que es verdad, y que todo lo que has dicho ha pasado por los dos; pero yo no lo he sabido. No son fingidos, Leonor; yo no engaño, yo no, finjo; de lo que he visto me quejo; lo que me han dicho te digo. No inhabilites mis celos con la fuerza de tu hechizo, ni te libres del descanso, tapándote los oídos. Ya es vileza el sufrimiento, ya el callar es desatino, y es confesando la culpa acreditar los indicios. Voyme, por no responderle; temo que vuelva mi tío. ¡ Adiós! ¿Te vas? Sí, don Diego, i Tente, aguarda ! si el juicio pretendes, Leonor, quitarme, presto le verás perdido. Don Diego, tú te le quitas. ¡Pues no bastaba ofendido, sino también despreciado! ¡ Ah, Leonor, mentira ha sido tu amor, sueño mi esperanza! ¡ Ya está visto, ya está visto Cuando lágrimas me anegan, cuando me ahogan suspiros, cuando me cercan agravios y cuando apenas respiro, combatido y acosado, violentado y oprimido de la pasión que me ciega, del enojo a que me rindo, sin satisfacer mis quejas, sin disculpar tu albedrío, sin asegurar mis miedos, sin declarar tus desinios, te vas, Leonor, y me dejas helado; mas no me admiro, que viendo que sufro tanto, por mármol me habrás tenido. No te está mal que me vaya; yo sé que en irme te obligo. Déjame y no me detengas. ¡ Leonor, Leonor ! Lo que ha sido grosería, no lo hagas fineza, que es desatino. Salgamos ya de una vez de tan ciego laberinto. No me propongas enimas, que cuando más las descifro, a mi vida y a mi honra amenazan más peligros. ¡ Acaba ! ¡ Mátame ! Haz lo que quisieres, o dilo; que por vida de los dos, que sin hacerlo o decirlo, no has de salir, y ¡ por vida de don Juan !, mira que he dicho mucho, y que estás obligada, en fe de amante, a cumplirlo. ¡Qué cansado está don Diego, qué grosero y qué prolijo, que ni yo quiero a don Juan ni en mi vida le he querido! Ni sé qué celos son éstos, porque si don Juan ha sido mi amante, ni yo lo sé, ni a mí don Juan me lo ha dicho. Corrida y confusa estoy; ¿qué he de hacer? Pues si permito contra mi proprio decoro agravios tan conocidos, mi proprio decoro ofendo, y entre miedos y suspiros la reputación se traga y el valor queda corrido. Ni me estimará después quien ha de ser mi marido, si escrupuliza mi honor y yo no le escrupulizo. Y cuando no haya de serlo, por lo menos, si con bríos me ve defenderle ahora, conocerá que le estimo. Y le está a mi honor más bien un enojo que un cariño, una amenaza que un ruego, un desprecio que un peligro, un rigor que una sospecha, un castigo que un aviso y que una satisfacción, un ceño, un fiero, un retiro. Pues disimulen ahora el amor y los sentidos; que he de hacer que de estos celos me venguen los celos mismos.) i Esto ha de ser ! Vos, señor don Diego, estáis persuadido a unos celos, y no hay celos; a un agravio, y no lo ha sido. Poco cuerdo habéis andado; poco amante, poco fino. No es disculpa estar celoso; no la quiero, no la admito. si porque habéis visto en mí que a quereros bien me inclino, y que atropellando riesgos imposibles facilito; si confiado en algunas finezas que en mí habéis visto, os juzgáis idolatrado y os imagináis temido; olvidado de quien soy, o acaso poco advertido en el honor que profeso, en los empeños que rijo, desvanecéis presunciones, lleváis errado el camino de obligar y de agradar; que desaires nunca han sido a la voluntad sobornos, antes traen siempre consigo un desagrado que obliga a desprecios y a castigo. Las mujeres principales, y que como yo han nacido con tantas obligaciones, no engañamos, no fingimos. si os han parecido mal desaires que en mí habéis visto, gracias a Dios que tenéis lugar para arrepentiros. Antes, en cuanto es de parte de mí agrado, os certifico que para ese fin, don Diego, estáis muy en los principios. Y advertid, señor don Diego, para que mudéis de estilo, que hasta ahora sola yo soy dueño de mi albedrío. Y creed que habéis estado aquesta vez tan prolijo, que me pesara, por Dios, de teneros por marido. ¿ Hay más pesares ? ¿ Hay más disgusto? ¿Hay más abismos? de azares y de cuidados? Parece que de sus quicios se desliza todo el ciclo y sobre mí se ha caído, o que gusta la fortuna de verme a .sus pies rendido. ¿Estas eran las finezas? i Ah, Leonor ! ¿ A esto han venido los favores que me has hecho, las ternezas que me has dicho? ¿Quien tiene amor siente tanto que la celen? ¿Quien ha sido tuyo, pierde en un instante. lo que ganó en tantos siglos? Tirana, que te levantas contra la fe que publico: si era tu intención matarme, matárasme en los principios. ¿Para qué has alimentado la vida, el gusto, el alivio, si ha de venir a parar todo junto en el martirio? Esposa... No soy tu esposa. ¡ Dueño ingrato, dueño mío ! Vuelva yo a verme en tu gracia. ¿Yo tu dueño? ¿No lo he sido? Ya es otro tiempo. ¿Por qué, si en fe de ser tuyo vivo? ¿Y tu palabra? ¿ Y mi agravio ? ¿ Y tu amor ? Está ofendido. (Quisiera desenojarla con este agrado fingido, que puede no tener parte en la culpa que me han dicho; que después es fácil cosa, si mis celos averiguo, no verla en mi vida más). Mira que es mucho castigo, porque te adoro, matarme. ¡ Ay, mi bien ! ¡ Qué desatino! ¡Déjame, por Dios, don Diego! (Lástima es verle afligido. Esto)- por darle a entender, así al descuido, que finjo este enojo que he mostrado, y que en mi pecho está vivo su amor. mas no, que es perderme, y mi intento no consigo. Pene y lamente mi enojo, mientras yo le solemnizo; que así su amor ocasiono, su atrevimiento castigo, sus escarmientos prevengo y sus respetos aviso.) ¿Queréis hacerme un placer? ¿ Puedo ? Sí. don Diego, en iros; que es tarde, y podrá venir algún criado, o mi tío. Y no le puede estar bien, ya lo veis, al honor mío ni al vuestro, que aquí nos hallen. Mirad que es grande el peligro. Noble sois y cuerdo sois, y yo mujer. Harto he dicho. ¿Estáis ya desenojada? Ningún enojo he tenido. ¿ Puedo llamarme tu esclavo ? Mi señor. ¿Y tu marido? ¿Ahora salís con eso? Sed más cortés, os suplico, y no os faltéis avisado, pues os sobráis entendido. Deja que bese una mano. ¡ Qué atrevimiento ! Atrevido soy, Leonor, porque te adoro. Esto es querer que mi tío entienda que... Ya la hubiera besado, y me hubiera ido. Pues no he de darla. ¿Por qué? Porque... No lo pienses, dilo. Porque no tengo licencia, si a don Juan no se la pido. No me atormentes, Leonor, repitiendo mis delitos; del amor nacen los celos. Y de la ofensa el olvido. Perdón merecen mis culpas, pues que estoy arrepentido. Basta, que en verte enojada me pierdo y atemorizo. Que aun a mayores ofensas fuera bastante castigo un amago de tu enojo. Hasta ahora, sólo has visto el amago. ¿Luego piensas enojarte más? Yo rindo toda mí vida a tu enojo. Yo el rendimiento desisto. ¿Que, en fin, podrás olvidarme? Haz cuenta que ya he podido. ¿Olvidarme? Sí, olvidarte. Eres mujer, no me admiro. Y tu amor no ha sido amor, entretenimiento ha sido. Leonor. j Bien se ha visto! Y bien se ve, pues porque te comunico un escrúpulo, un recelo, una queja, unos indicios, tú te enojas, yo te halago; tú riñes, yo te acaricio; tú te alborotas, yo callo; tú me ultrajas, yo me río; puesto que fuera vileza en un hombre bien nacido pasar por alto sospechas y escucharlo y no sentirlo, fuera infamia en el honor, y en el amor sambenito; y que una satisfacción deshace agravios creídos. Pues si yo me satisfago, y yo reporto tus bríos, yo soy quien te quiere más, y tú quien no me ha querido. Leonor. Más te he querido que a mí. ¿ Más que a ti ? Pues ¿ qué se hizo tu amor? Helose, y quedó como piedra endurecido. ¿Viste un arroyo de plata, que elevado y suspendido del murmureo de su aljófar, del concento de su vidrio, capillas formando a coros, en cuyo ronco sonido, los músicos son guijuelas, los maestros pardos riscos, ministriles son las aves, que alternando villancicos, cantan la gala a las flores, mientras el arroyo mismo plata les ofrece y perlas, tan liberal y tan rico, que son en ellas adornos los que en él son desperdicios, y que a vista de la aurora llegó el cierzo helado y frío, y embargándole el cristal, le hizo prisión de sí mismo, y transformando el arroyo su ser en otro distinto, lo que fue risas es hielo, lo que fue perlas, granizo? Pues de esa suerte mí amor blando, manso, cortés, limpio, todo era risas y flores, todo favores y alivios; pero el frío de un desaire, la sinrazón de un delito y el rigor de una sospecha mal fundada en sus principios, convirtió el amor en odio, la obligación en desvío, las finezas en desprecio, y en escarmientos y avisos lo licencioso y lo fácil; que olvidar es el castigo más prudente en el amor, cuando no es agradecido. En efeto, ¿fue tu amor pequeño arroyo? Fue un río tan caudaloso y tan claro, que nunca el amor ha visto querer más. Y sufrir menos. Harto, don Diego, he sufrido. En fin, me vuelvo, Leonor, despreciado y ofendido de tu amor. Mirad que es tarde. Bien veo, Leonor, que incito tu enojo estándome aquí; pero no me determino a dejarte; que tus ojos, aunque enojados, son grillos que me aprisionan el alma y me tienen impedido. Ya te dejo, ya me voy; mas sabe que muerto o vivo, quejoso o desengañado, despreciado o admitido, he de ser tuyo, a pesar del mundo, cuando a impedirlo se me oponga, y a pesar de los desengaños míos, y he de procurar de nuevo, aunque intente desatinos, que tu amor y mi esperanza vuelvan a su ser antiguo. ¡ Triste va, cuidado lleva ! Mis demasías han sido sinrazones. ¡ Ya me pesa ! Estoy por llamarle a gritos. ¡ Oh, qué sobrada y que necia he andado ! ¡ Ya me lastimo, si no ha de volver a verme! ¿ si ha de mirar vengativo otros ojos? ¿Si, agraviado, aborrecerá los míos? ¿ O si será tan constante, o tan firme como dijo? Rabio, muero, peno, temo, arrepiento, desconfío, pierdo la vida, reviento, lloro, padezco, suspiro desdenes y sinrazones. ¿Quién ha visto, quién ha visto querer más y sufrir menos, siendo el amor tan sufrido? Esto es, don Juan amigo, lo que siento, más que la dilación del casamiento. Y aunque Ana es vuestra prima, tanto el alma os estima, que os hablo de esta suerte. Más se siente un desprecio que la muerte, ¿ Pues qué dice doña Ana ? Ya sabéis que los dos esta mañana entramos, pues que vos me acompañastis hasta el estrado mismo, y me dejastis: tan cortés anduvistis con ella, y a Leonor entretuvistis. En todo estuve y todo lo agradezco como amigo, y ofrezco seros siempre un Acates. Cercenemos prosa, y no nos tratemos, si os preciáis de mi amigo verdadero, con tantos cumplimientos. Como quiero tanto a Leonor, aunque ella me aborrece, y sé que favorece a mi competidor, quise, animado, viendo ocasión de hablarla en mi cuidado, acompañar a César, que a mi prima para su esposa estima; pero salió mi diligencia vana, pues por las sinrazones de doña Ana quedó, abreviando Cesar la visita, mi esperanza marchita, En fin, César, amigo... En fin, no quiere casarse. Así lo dice. Bien se infiere que si amor me tuviera, con gusto y con amor me recibiera. Mas, ¿ qué gusto y qué boda me apercibe quien cuando me recibe teme, llora, suspira y se entristece? Pues, en fin, ¿qué os parece? Que mi recelo es cierto; y es posible que a vos se os ha encubierto en tanto tiempo como yo he faltado, que es don Diego de Castro su cuidado. ¡ Don Diego! CÉSAR, Sí, don Juan. (A Dios pluguiera que verdadera tu sospecha fuera, pues casada doña Ana con don Diego, ella tuviera honor y yo sosiego; mis celos menos susto; Leonor menos rigor y yo más gusto.) Mas, ¿cómo lo supistis? Al cuidado no hay secreto ni caso reservado. Tres días ha que vine y no he salido en público hasta hoy, porque he querido examinar su trato; con prudencia y recato, centinela dos noches de su casa, he acechado a quien pasa, sin perdonar ruido mis desvelos, que son Argos los celos. Don Juan. (Y aun por eso mi prima me pedía que pasase su calle cada día, como nuestra amistad la aseguraba, que jamás de su lado me apartaba.) Estuve antes de anoche, como digo; y en fin, veo que llegan al postigo dos hombres que, embozados, ocupan del postigo los dos lados. ¿ Entraron ? No, don Juan; pero estuvieron hablando en una reja, hasta que dieron las tres de la mañana; fuéronse, en fin, hablando de doña Ana. Pude acercarme, que iba disfrazado, y conocí muy bien que era el criado de don Diego el que hacía espaldas; ved el otro quién sería. Y no entendáis que la sospecha es vana, porque hoy a un criado de doña Ana vi en la calle con él y que le hablaba, que quizá otra visita concertaba. Corrido estoy de oíros y admirado. Hoy de nuevo también se ha confirmado, porque en su misma puerta y en su calle acabé de toparle; pasaba yo cuando de allá salía, y hablarle fue forzosa cortesía. ¿ Que, en fin, de allá salió ? ¡ mas qué tal fuera que don Diego saliera de verse con Leonor, cuando empeñado estoy de declararme mi cuidado! ¡mas qué vanos recelos ! Busco al amor y encuentro con los celos.) ¡ Don César! ¿Qué decís? Que con cuidado me tiene, amigo, cuanto os he escuchado: creedme que deseo veros con todo gusto. Bien lo creo. Mas, ¿por qué lo decís? si entenderla don Diego, que el listón que le pedía se le pedí por prenda de doña Ana, que también ocupaba la ventana con Leonor? No lo dudo. ¿ En qué pensáis, don Juan ? Digo que pudo, con esa aprehensión y esos antojos, entraros el engaño por los ojos. ¿Dejan de ser indicios? ¿Quién lo niega? mas si de indicios no pasó, no llega a ser verdad, ni debe ser tenido por cierto lo que pudo ser fingido; que a lo representado bástale ser espuela del cuidado, verdugo de la idea, sin que creído enteramente sea; que aun en lo que asistimos hay engaño tal vez. El trueno oímos, el relámpago vemos, y el rayo no cayó donde entendemos; que en los arduos empeños acrecientan el mal los más pequeños átomos y los bultos más distantes representan gigantes. ¡ El juicio me quita ! Pues hoy hemos de hacer otra visita. si es gusto vuestro, hágase al momento. Pero, ¿a quién? A mi prima. ¿ Con qué intento cuando estoy, como veis, desesperado? Quiero ver al descuido su cuidado. Juntos hemos de entrar; no estéis extraño. Veamos el amor o el desengaño, A mi me importa, amigo; yo os lo ruego. Pues si a vos os importa, vamos luego. (Sabrá doña Ana que penando muero.) (Sabrá Leonor que por sus ojos muero.) Cuidadosa me dejaste como enojada te fuiste; pero ni razón tuviste, ni sé por qué te enojaste; porque te quiero de suerte, que me ofendes en pensar que yo pudiese hablar palabra con que ofenderte. Antes quien te ofende a ti, a mí me ofende en mis ojos, Hasta verte, los enojos pudieron durar en mí; porque en llegando a mirarme en el cristal de tu cara, aunque enojada llegara, es fuerza desengañarme. Que si no lo hiciera así mirándome en tal cristal, fuera parecerme mal mi propria imagen a mí. Ya, después de agradecidas, de tus lisonjas me quejo; que compararme al espejo es decir que son fingidas mis acciones, pues en él lo son. Eso contradigo, porque antes es el amigo más verdadero y fiel; que aunque es con todos cortés y a todos nos lisonjea, no hace hermosa a la que es fea, ni finge lo que no es, Y si serena el semblante del que airado en él se mira, es que reporta su ira, mirando su semejante. Lo mismo me sucedió ahora contigo, y fue, al punto que te miré, vide en tu cara otra yo. Y en viéndole, es clara cosa que me desenojaría, si como espejo, por mía, y si tuya, por hermosa. ¡ Basta ! Que estáis lisonjera. Quiero darte mil abrazos, porque respondan los brazos a lo que yo no pudiera. Tanto hay, que lo haré en ti, que corta, Leonor, he andado. Aprieta, que el desposado no tendrá celos de mí. i Ay, prima, no me le nombres, por Dios !... Luego no le quieres. Ana. ¡ Que se casen las mujeres siendo tan malos los hombres! ¿Qué? ¿Tan mal te pareció? ¡ Tan mal ! Pareciome tal, que no pudo ser más mal. ¿No le hablaste? Como entró don Juan, que le acompañaba, y quizá por dar lugar, solos os quiso dejar, y se fue donde yo estaba ocupada en mi labor, y yo a la sala no entré, solamente le hablé al pasar el corredor. ¿y qué te pareció? ¿A mí? Así, así me pareció. Doña Ana, ¿estás sola? No, señor, mi prima está aquí. si sola la has menester, haz cuenta que ya lo está. ¿Vino el desposado ya? ¿ Quién ? Quisiera saber tu gusto y tu pensamiento y tratar lo que convenga porque deseo que tenga efeto este casamiento. Que a ti te estará muy bien, bien te lo dice mí gusto, pues tus aumentos es justo que tanto gusto me den. Que yo vengo en ello es llano, pues aumentas mi nobleza si empleando tu belleza le das de esposa la mano. Y más cuando es el caudal tan valiente de su parte, que pudiera disculparte cuando no fuera tu igual. Es la nobleza un joya tal, que no tiene valor, pero viene a ser mayor sí la riqueza la apoya, porque sin ella, abatida y despreciada estará; que entre la pobreza está la nobleza deslucida. Yo soy pobre, ya se sabe; César, rico y caballero; su linaje, aunque extranjero, tan calificado y grave, que hallarás que en esta parte tanta nobleza le sobre, que aunque César fuera pobre te estuviera bien casarte. Y así, hija, yo que soy tu padre, y tu bien procuro, en siendo, que le aseguro si tal marido te doy... ¿Lloras? ¿Por qué no respondes? ¿Quieres que el alma se aflija? ¿Qué dices? Que soy tu hija. Mal a mi amor correspondes. ¿No se ha de tomar estado? ¿No es ya tiempo? ¿No es razón? ¿ si me falta sujeción, en buena razón de estado que te cases, pues en ti mis esperanzas libró el cielo ? ¿ No te pidió César? ¿No dimos el sí? ¿No se embarcó? ¿No ha traído más riqueza que esperaba? Sentías que se tardaba, y lloras ya que ha venido. ¿Qué es lo que te desagrada? Tu padre soy, no lo ignoras. ¡ Habla claro ! ¿ Por qué lloras ? porque nací desdichada. ¿Desdicha es que te pretenda ennoblecer y casar con quien puede levantar mi linaje con su hacienda? Más desdicha viene a ser, hija, en el tiempo presente que seas desobediente; porque en llegando a perder el respeto y el temor a quien honrarte procura, ha de ser muy gran ventura que no pare en deshonor. ¿ En que reparas ? En nada. ¿Qué es lo que temes? ¿Qué temo? Vivir condenada al remo. ¿Qué remo? De mal casada. Pues, ¿por qué? No hagas examen más estrecho, cuando ves que este casamiento es contra todo mi dictamen. Perdona, que esto no es obedecer; mas no es justo que compre yo mi disgusto a precio de tu interés. Antes fuera desvarío y poca capacidad rendirse la voluntad a excusas del albedrío. Tomar estado es razón, y es buena razón de estado, pero regido y guiado por la propia inclinación. mas yo no estoy inclinada, y así tus rigores siento, porque ni casarme intento ni sé si seré casada. Y no tienes que decirme en aqueste caso más, porque mandarlo podrás, mas no podrás persuadirme. ¿Hay resolución tan loca? ¡ Vive Dios, que has de casarte, villana, o que he de matarte 1 A cólera me provoca, ¿El respeto pierde así una mozuela atrevida a quien le dio ser y vida? ¡ Loco voy, no voy en mí Digo que soy desgraciado. Aunque tú dichoso fueras, te pegara yo desdicha. ¿Pues la desdicha se pega? Sí, señor. ¿Ahora lo sabes? Calla, loco. ¿Luego niegas lo que todo el mundo sabe y nos dice la experiencia? mas que si yo me embarcara, aunque no hubiera tormenta en el mundo, que se armaba al punto una polvareda, con que a la vista del puerto el navío se hundiera, y cuantos iban en él por mi ocasión perecieran. Hombre hay que, si cuando sale de su casa, ve o encuentra un zurdo o calvo, se vuelve, teniendo por regla cierta que aquel día no le puede suceder cosa a derechas. Mil ejemplos hallarás. ¿ Cuántas veces el que juega tiene azar con quien le mira? ¿ De un caballo no se cuenta que cuantos eran sus amos llevaban en la cabeza? ¿Pues qué es esto sino darnos a entender que es cosa cierta que tienen peste los astros y sarna las influencias? ¡Que siempre has de estar de humor! ¡Dejémonos de quimeras, y a lo que me importa vamos! Vamos muy enhorabuena. Mas, ¿dónde está lo que importa? Está en que tú con prudencia... ¡ Pero tente, Lope, aguarda ¿ Qué es aquello ? Que a la puerta de Leonor... ¡ Hay tal desdicha ! .dos caballeros se apean. ¿Quien son? ¡ Lindo preguntar! Están de aquí media legua, ¿y quieres que les conozca? ¿Soy lince? Pues, Lope, vuela, y así al descuido procura saber quién son; no te vuelvas sin saberlo, y si pudieres, con quién hablan y a qué entran. ¡ Como quien no dice nada! Sin duda, señor, que piensas que el caballero del Febo soy, o Belianís de Grecia, pues a tales aventuras me envías. ¿ No consideras que yo no estoy encantado, ni esta celada, y si llega un revés, me ha de hacer águila de dos cabezas? Temo mucho un cintarazo. ¿Dónde te hallaré? A la vuelta De esta calle. Pues adiós. Verás con cuánta destreza llego, miro, escucho, atisbo hecho mosca, y te doy cuenta. ¡ Tal porfía ! No es porfía, sino amor, prima y señora. No os parezca demasía que os haga quien os adora dos visitas en un día. Templar puede mí tormento vuestra memoria, es verdad; mas quiere amor mal contento que asista la voluntad y goce el entendimiento. Y a vos, hermosa Leonor, por amparo y protectora de esta vida y de este amor os nombra el alma... Leonor No ignora mi prima vuestro valor; que bien conoce mi prima cuánto con serviros gana. Mucho ese valor me anima: en fin, ¿sois ángel? Doña Ana, como todos, os estima. ¿ Es eso así ? Yo os estimo por noble, rico y galán. Con ser muy vuestro me animo. Ana, y por venir con don Juan, amigo vuestro y mi primo. Mucho a don Juan agradezco que haya venido conmigo, pues cuando el alma os ofrezco, merezco por ser su amigo lo que por mí no merezco. No tiene descanso una hora. si ama, disculpado está. ¿Es disculpa? ¿Quién lo ignora? Luego también lo estará quien esos ojos adora. Nadie os la gana en cortés. si es favor, yo os lo agradezco, mas si es lisonja... No es. sino amor firme, que ofrezco con el alma a vuestros pies. a mi padre respondí lo que de él sabréis. Sí haré; ¿mas no será bien que a mí, porque consolado esté, me deis vida con un sí ? dos caballos... ¡ Lindo achaque ! Lope. ...allá fuera en el zaguán... (¡ Dios de esta prisión me saque !) (Mucho siento que a don Juan viese Lope hablar conmigo.) (Huélgome que entrase acá. porque será buen testigo, y a don Diego contará lo que no a César le digo. Que aunque no ignora mi intento don Diego, más le aseguro con este desabrimiento, porque verá que procuro divertir el casamiento. Y en la primera ocasión a don Diego determino declararle mi pasión.) ¡ Don Juan! ¡ Amigo! Este vino a darme más confusión. Pues disimular importa, don César. (Temo una zurra; ya tratan de darme torta.) ¡ Qué pena ! (Hoy me despanzurra don Juan.) Muda estoy y absorta. En fin, ¿qué me respondéis? Ya os he dicho que a mi padre respondí ; de él lo sabréis. Señor don Juan, bien podéis despediros de Leonor; y vamos, que yo lo quedo de doña Ana y de su amor. (Yo me arrugo, y con más miedo que vergüenza...) Yo, señor, a mi prima he procurado persuadir, y sabe el cielo que siento tu desagrado. No hay en esto más consuelo que quedar desengañado; yo lo voy, y agradecido de vos. Siempre desearé serviros. Yo voy perdido de amor; después os veré. Adiós, mi dueño querido. En fin, ¿hablaba Leonor con don Juan ? Como lo cuento, y Ana, su prima, con César. Eso no hace a mis celos; eso otro sí. ¡ Brava noche! D. Diego, Buena es para el galanteo. Mejor es para la cama. No me parece que siento ruido, Lope, en el cuarto de Leonor, y mirar quiero si me aguarda en el jardín; que aunque hoy se enojó, no croo que pueda guardar enojos quien tiene amor verdadero. No te apartes de este sitio. Ana, ¡ Lo que ocasiona el silencio! ¡ Con cuánta seguridad, si viniese ahora don Diego, pudiera hablarle y abrirle! ¡ Tráigale amor ! Sólo temo que pueda haberse olvidado del aviso que le dieron mío, en nombre de Leonor. En tardándose, me tiendo, y duermo como un atún hasta el día. Gente siento: si es don Diego, él llegará. Vive Dios, que anduve cuerdo en venir; Leonor está aguardándome, Ana, a buen tiempo salí : ¿es don Diego? ¡ Qué dicha ! Sí, yo soy, querido dueño. Ana, (Por mi prima me ha tenido. Amor, no perdamos tiempo; yo le he de abrir.) ¿He tardado. mucho ? si a responderos la paciencia de mi amor, los años fueran pequeños minutos; mas si responden mi esperanza y mis deseos, las horas son largos siglos. Aunque burléis, lo agradezco; que lisonjas de esos labios son dulzuras, cuando menos. (Amor ampare mi causa.) Ya bajo a abrir, porque tengo muchas cosas que deciros. ¿ Es ésta verdad o sueño ? ¿No me dijo esta mañana mil pesares, mil desprecios ? Bien dicen que amor es niño: fácil llora y calla presto. i Entrad! i Señora doña Ana ! (¿Hay tal cosa? ¿Cómo es esto?); Qué aguardáis? Voy a avisar al criado. ¡ Hay tal suceso! ¡ Vive Dios, que estoy por irme! ¿Quién va? ¡ Ay, que vengo muerto ! Pide a voces confesión. ¡ Calla, loco ! Yo confieso que soy el más desdichado del mundo. Pues yo te absuelvo, y vámonos a acostar, en penitencia. ¿ Fue incierto el concierto? ¡ Muy peor! Doña Ana está allí, y no puedo dejar de hablarla. ¿Y Leonor? No sé, Lope; no lo entiendo. No te apartes de aquí un punto, y si abrieren, di que quedo a la vuelta de la calle con un amigo. Ya entiendo. ¿Y te avisaré? Sí, Lope (¡Qué temeridad emprendo! Pero el amor me disculpa.) ¿Venís ya, señor? Ya vengo ¿Queda avisado el criado? Ya lo está. Temblando entro. ¡Vive Dios, que esta embustera Ha de armar algún enredo, Por donde mi amo olvide A Leonor. Este sereno Me hace mal a los ojos, Y parece que los tengo Llenos de tierra; más ya Se me ofrece un buen remedio. El sereno es un socorro De lo alto, y es muy cierto Que a lo que halle más cerca Lo cogerá más de lleno; Luego el que estuviere en pie Fuerza es que esté más dispuesto A recibir la influencia: Pues. Ahora bien; yo me tiendo. Que puesto que está la tierra Más distante que el celebro, Mejor será recibir Dos varas de daño menos De mis propias sinrazones Nace mi desasosiego ¡Con tanto rigor castiga Amor a quien le hace fieros! Don Diego estará enojado, ¿Quién lo duda? Bien merezco Que no venga ni hable; Que quien con tan poco acuerdo Usó desprecios, es justo Que experimente desprecios. Yo sola tengo la culpa. ¡Hola! Parece que abrieron La ventana, o lo he soñado: ¡Sueñecito, no burlemos! Gente siento, ¡ay Dios! ¡si fuese Don Diego el que miro! ¡Ciertos son los toros! Leonor es. ¡Vive Cristo, yo me llego! ¡Ce, ce ¡ ¿Es don Diego? ¿Pues quién ha de ser, sino con Diego? ¡Lope, seas bien venido! ¿ Cómo no llega tu dueño ? Estará muy enojado conmigo. ¿Pues no tenemos razón ? Si, Lope; mas ya a satisfacerle vengo. Bien puede llegar. No puede. ¿ Por qué no ? Porque le dejo a la vuelta de esta calle con un cierto caballero hablando, y hasta que yo le dé aviso, ten por cierto que no vendrá. ¿Tanto importa lo que habla? Es un mozuelo que puede enfadar al diablo, y está contándole cuentos toda esta noche. Yo voy a darle aviso. Aquí espero. Mucho don Diego me obliga, pues olvidando y sufriendo mis enojos, da a entender la fineza de su pecho. Cuerda elección hizo el alma; con justa razón le quiero. ¡Oh !Lo que obliga el valor! Solo el escándalo temo, Que aunque con seguridad rondar esta casa puedo, Soy pariente de doña Ana, mi prima, esta vez más vengo por amante de Leonor. ¿ Sois vos? Yo soy. de hoy han obrado; ya estaba aguardándome. Acá dentro hablaremos más seguros, si queréis entrar. si quiero. (i Hay dicha como la mía! Por encogido y por necio no ha sido mía Leonor hasta ahora.) ¡Entrad! Ya entro. Esta es violencia de amor; que no la juzguéis, os ruego, facilidad. Yo os estimo ese amor y le agradezco. Pero, ¿cómo, si a Leonor... ¡ Mi padre, mi padre ! ¡ Tiemblo ! Muerta soy, perdida soy: por quien soy, por lo que os quiero, os pido que os escondáis. Yo volveré a veros luego. ¡ Presto ! En este camarín; cerrad vos por allá dentro. ¡Válgame vuestro valor! ¡Mirad mi peligro ! ¡ Cielos! ¿Es encanto? Ya me escondo. ¿Volveréis presto? Al momento. Las proprias obligaciones, los cuidados, los recelos, son enemigos forzosos y quitan al hombre el sueño. Cuidado es tener familia. tener hijas no es el menos. ¿qué hacéis aquí a solas? ¿ No es hora de recogeros ? Sí, señor. Venid conmigo; tomad esa luz. ¡ Qué presto se os cayó! ¡ Soy desdichada ! No lo tengáis por agüero. mas al menos reparad, anticipando escarmientos, qué presto se queda a oscuras quien anda con poco tiento. ¿Hay tan gran descortesía? Esto es fuerza. Habrá de serlo, pues vos queréis que lo sea. Primero, ¡ viven los cielos !, ese pecho y esa vida romperá este mismo acero, que tal consienta; que soy mujer principal, y tengo, demás de tener honor, valor para defenderlo. Pues, Leonor, ¿tú no me abriste? Es engaño manifiesto, y traición; yo abrí la puerta para don Diego, que es dueño de mi vida y de mi honor.! Pues, señora, ya estoy dentro. No des lugar a violencias, admite corteses ruegos; solos estamos los dos. Poco importa que lo estemos. Leonor es ésta, y don Juan el que la agravia. Reviento por salir. ¡ Muy bien, Leonor ! Don Juan, don Juan, ya os advierto que os tengáis, que he de mataros. ¡ Cruel estás ! ¡ Vos grosero ! ¡ Con qué valor se defiende ! Más me matan tus desprecios. ¿ No os vais ? Estáis enfadosa. En fin, mi bien, ¿dais en eso? Pues veamos cómo viene don Diego a favoreceros y a libraros de mis brazos. Yo sé que lo hará don Diego, y que no la ofenderá el mundo. ¡ Esposo! Bien veo tu resistencia, Leonor. Pero a vos... No alborotemos la casa, si sois servido. Don Diego, el amor es ciego. Yo quise bien a Leonor, es verdad; mas tan secreto ha sido mi amor en mí; aun no ha habido atrevimiento para decirlo a ella misma, ni yo he creído, os prometo, que pasase vuestro amor de un lícito galanteo. ¿Pues cómo entrasteis aquí? Porque yo le abrí, entendiendo que érades vos, como estaba el criado en el terrero y dijo que iba a avisaros. Pero a vos, ¿quién os ha puesto en el camarín? Después prometo satisfaceros. Don Diego, mi vida pongo a vuestros pies. Sabe el cielo que mi ánimo no ha sido ' de agraviaros y ofenderos, sino de ser de Leonor dueño y esposo, creyendo su gusto con libertad, y su libertad sin dueño. mas ya que sé que lo sois, el parabién del empleo os doy, y prometo ser vuestro amigo muy de nuevo. Y para que conozcáis, que estos no son cumplimientos, esta noche habéis de darle la mano, que yo os prometo negociarlo con mi tío. Tanto, don Juan, lo deseo, que podréis luego mandarme y llamarme esclavo vuestro. Yo lo soy, y vuestro amigo. No os vais de aquí, que ya vuelvo, y habéis de ver esta noche las novedades que emprendo. Ahora, don Juan, tomad vuestra espada, que ya tengo quien me ampare. Vos sabéis ofender y defenderos. ¿No me dirás cómo estabas escondido ? D. Juan. No lo entiendo. Doña Ana me abrió, diciendo que tú, mi bien, me aguardabas; pero viendo que tardabas quise, ofendido, volverme; venia su padre, y verme pudiera. si no te vio, ventura fue. En fin, entró, y fue forzoso esconderme. Mi dicha fue que estuvieras escondido donde vieses mi valor, porque salieses de dudas y de quimeras. ¿Y cómo te defendieras si yo no me hallara aquí? ¿Luego no hay valor en mí? ¡ Quizá el valor se cansara ! Le matara o me matara, antes que ofenderte a ti. Entrad, señor don Luis. Yo soy perdida. ¿ Qué es esto ? Esto es que Leonor está concertada de secreto con don Diego. ¿Así se pierde el decoro y el respeto a esta casa? ¡Vive Dios!... Señor don Luis, teneos. Ahora es tiempo de mostrar la prudencia y el buen seso; no deis lugar a pasiones; esto no tiene remedio. Leonor está bien casada; don Diego es gran caballero. Bien está. Pero, Leonor, ¿no fuera bien que primero se trataran estas cosas? Señor, mi culpa confieso. Mucho siento disgustaros. Yo os perdono, y agradezco a Leonor que sus errores tuviesen tan buen acierto. Y porque salga mi tío de cuidado tan molesto, ya que César determina volverse a las Indias, quiero dar a mi prima la mano con su gusto. ¿Ana? Yo la aceto, si mi padre da licencia. Ya sabéis que ese concierto ha días que se trató, y vos, por otros intentos, le alterastis. Es así; mas ya se pasó ese tiempo. Yo gano mucho en serviros. Yo estoy loco de contento. Y porque a nuestra amistad demos nudo más estrecho, quiero ser vuestro padrino. Las puertas están hundiendo a golpes. si es Lope, abridle, que ha sido fiel compañero. Vive Dios, que cuando vi el alboroto y estruendo, y las voces, quise dar con las puertas en el suelo, que entendí que te mataban; ¿en efecto, no estás muerto? No, Lope, sino casado. Pues haz cuenta que es lo mesmo, y será cuenta muy cierta. ¡Bueno es dejarme al sereno y entrarse a casar! ¿Qué quieres? Venturoso yo que llego tarde al casar. No tan tarde, que Jacinta... ¿En fin, no puedo escaparme? No es posible. ¿No? Pues paciencia, y apelo para el capuz. ¡ Malos años ! Venid, porque concertemos estas bodas. Esto ha sido Querer y sufrir menos. Las faltas disimulad de este amante atrevimiento de aquel que desea serviros, que esto le basta por premio.
