Texto digital de El prodigioso príncipe transilvano
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Damián Salucio del Poyo Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El prodigioso príncipe transilvano. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/prodigioso-principe-transilvano-el.

EL PRODIGIOSO PRÍNCIPE TRANSILVANO
¡Mueran Selín y Amurates! Perseguildos, que se os van batid bien los acicates. ¿Por qué te vuelves, Sinán, sin que primero los mates? ¿Dónde voy tan destrozado? ¿Qué lugar hay escondido que ya no esté conjurado contra Selín perseguido? De un hermano cruel y airado, por un secreto postigo, que ayer vi en este lugar, quiero escaparme. ¿Qué digo? ¿De quién me quiero escapar, si la muerte va conmigo? Huyan de mí por ultraje todos los que así me vieren, y niéguenme su hospedaje, porque voy adonde mueren todos los de mi linaje. Huyo de un Mahometo hoy, porque es fuego del abismo, y como su hermano soy, también soy el fuego mismo, que abraso por donde voy. ¡Vil fratricida, león fiero! Que aun en fiereza le excedes. Monarca, te considero, que si así matas, bien puedes conquistar un mundo entero. Haz que el de Persia te aguarde, si tienes manos con él como conmigo esta tarde; pero de ser tan cobarde vienes a ser tan cruel. ¡Oh, rompe pechos cristianos con ese brazo robusto, que degollar treinta hermanos no son victorias de Augusto, sino hazañas de tus manos. Si alguno me busca y yerra, hallaráme por el rastro, porque desta cruel guerra la sangre que dejo en tierra son las banderas que arrastro. Mas pues no es sangre remota, primero que me desangre por aquesta vena rota, mira, cruel, que es tu sangre y se vierte gota a gota. ¿Quién da voces? Una sombra veo por allí moverse. ¡Oh, Amurates! ¿Quién me nombra? Quien no se espanta de verse, y de verte a ti se asombra. Si eres Selín y el que fuiste, eres un hermano honrado, y así, sin duda, veniste hoy a morir a mi lado, porque a mi lado naciste. Soy tu hermano, soy tu amigo, soy el que dices que fui, soy tu sombra que te sigo, porque contigo nací ya vengo a morir contigo. En parte alabo mi suerte, ponqué si un hermano cruel me ha tratado desta suerte, otro tengo en ti tan fiel que se duele de mi muerte. Dame tus amigos lazos. Hasta aquí he visto quién eres en los postreros abrazos, que como tanto me quieres, quieres que muera en tus brazos. ¡Adiós, Amurates fuerte! Aguárdame, Selín sabio, porque será igual la suerte; murió ya, notable agravio me ha hecho en éste la muerte. ¿Cómo para mí te ofreces, muerte, tan piadosa? Pero más cruel eres que pareces, porque le matas primero para matarme dos veces. Ya he dicho que os retiréis a los unos y a los otros; mirad, no me provoquéis a volver sobre vosotros, pues vosotros no os volvéis, que no cabe en ley humana si en mucha inhumanidad que ose una mano villana con tanta facilidad derramar sangre otomana. ¿No es éste Selín? Él es, y el gallo de sus hermanos; pero no tuvo esta vez para defenderse manos, ni para escaparse pies. Que le ha traído a este fin la furia de un pecho doble; pero, ¿qué mucho, Selín, que vierta tu sangre noble quien la tiene de Caín? ¡Oh, Amurates! ¡Qué león pardo ni bravo toro de España! ¡Qué ver tu brazo gallardo romper en una campaña todo un escuadrón bastardo! ¡Qué de lanzas, qué de espadas vi hoy sobre ti y, al cabo, por ti rotas y pisadas! Que como a toro tan bravo le mataron a lanzadas. ¿Sinán? ¿Hay algo de nuevo? Hay tanto, que has de asombrarte de ver morir a un mancebo que excede en fiereza a Marte y en mucha hermosura a Febo. ¿Es Solimán? Luego te entendí. En efeto; ha de morir hoy, Sinán. ¿Por qué le mata Mahometo? Por valiente y por galán. Que tiene el pecho inclemente lleno de coraje y miedo de ver que toda la gente le señala con el dedo por galán y por valiente. Y sospéchase, Sinán, que hoy en el Serrallo entró, do sus mujeres están, y con Celima le halló, de quien teme que es galán. ¿No te parece que basta el matar por tantos modos, con tanta inclemencia, hasta veintiocho hermanos, y a todos los de su linaje y casta? ¿Qué? ¿aún no se aplaca Mahometo? ¿Qué?, ¿no está harto de verter tanta sangre sin respeto? Con eso piensa tener su imperio llano y sujeto. No es diamante el de su pecho, sino otra piedra más fuerte, porque si del fuera hecho, la misma sangre que vierte le tuviera ya deshecho. Mas esta crueldad no emana de su mano fuerte y cruda, sino de la soberana, que quiere acabar, sin duda, en él la casa otomana. Trescientos años Osmar halló en sus encantamentos que esta casa ha de durar; seis faltan para trescientos, si es que se ha de acabar. Déjate ya deso, y anda, ve a poner luego en efeto lo que el gran señor te manda; no te castigue Mahometo como a quien ya se desmanda. Antes de una hora, Sinán, le has de tener preso o muerto. No haré, en ley de capitán; (hartos hermanos le he muerto; mátale tú a Solimán. Tú lo matarás mejor, como quien lo sabe hacer, que yo no he sido traidor ni tengo por qué temer la ira del Gran Señor. Dígolo porque pareceos que amenazándome vienes, y es que ya te desvaneces con la privanza que tienes, que es la que tú no mereces. Yo lo digo porque puedo lo que digo sustentar con la mano y con un dedo, y no te quiero matar por que te mueras de miedo. No sé qué he de responderte, pues me ofendes y te escucho, que basta a satisfacerte, que me has ofendido mucho y es poco darte la muerte. De tan poquito te alteras, que parece que te burlas; pero tú ¿no consideras que si me ofendes de burlas te puedo matar de veras? Tené. ¿Qué es esto, Sinán? Alboroto semejante mal dice en un capitán. ' Noi ha de pasar adelante, por vida de Solimán. Dalde la mano a Ferrad, que es justo que confirméis de nuevo^ vuestra amistad, y que vos. Ferrad, le honréis como merece su edad. Que le tengáis más respeto, como a sujeto que tiene el mundo cuasi sujeto, y envainad luego, que viene a coronarse Mahometo. Y contadme la ocasión, si por ocasión ha sido vuestra cólera y pasión. Ferrad que la causa ha sido, te dará mejor razón. Digo, Infante, que le he dado, de parte del gran señor, a Sinán cierto recado. Él te lo dirá mejor, que está desapasionado. Di, acaba, si te parece. No le obedece Sinán. Pues, Sinán, ¿no le obedece? Eso pasó. Solimán. Sinán, mal se compadece que tú, que eres el valor hoy de las armas turquescas y su supuesto mayor, que como tal no obedezcas lo que manda el Gran Señor. Es injusta su demanda, y no es justo obedecer cosas tan injustas. Anda lo que es injusto es no hacer lo que el Gran Señor te manda. ¿Qué negocio tan injusto de mi hermano puede haber, que te parece más justo dejallo de obedecer que hacello, siendo su gusto? Mande el Rey pasarme el pecho, deba o no deba mandallo, eso es justicia y derecho, y no dispute el vasallo si es bien hecho o no es bien hecho. Esta es cierta conclusión: haga, quite, ponga, un rey, con razón o sin razón; eso es justamente ley y lo demás es traición. Mira lo que dices; ten, que te despeñas. Amigo, ¿soy yo, por ventura, quien ...? Tú lo dijiste, y yo digo que le obedezco también. Ferrad, póngase en efeto. Dime: ¿qué es esto, Sinán? Yo te lo diré en secreto. Que mueras hoy, Solimán, manda tu hermano Mahometo. ¡oh, traidor! Bajá. ¿Qué esperas? Dale. Ten, Sinán. Paciencia. Tu hermano manda que mueras; yo ejecuto la sentencia que tú te diste. Pudieras no ejecutalla y librarme, que puedes mucho, Sinán. ¿Quieres, bajá, no matarme? Por esta vez, Solimán, de fuerza has de perdonarme. ¿Tú no dices que es muy justo que yo obedezca a mi rey y que es ley la de su gusto? Esto es justamente ley; tú te condenaste al justo. Dale, bajá. No quisiera por yerro mataros ambos. Mátame, Sinán, siquiera como nos mates entrambos. Muera, pues. Justo es que muera. Cuando a coronarte vienes con tanta algazara y tropa; cuando a toda la Asia tienes llena de fama y la Europa, temblando aguarda que truenes; cuando la África se admira y Babilonia te escribe, el de Persia está a la mira, Alemania se apercibe y toda Italia suspira; cuando la India obediente te rinde plata cendrada y oro puro Libia ardiente con que quede coronada la cabeza del Oriente; cuando el mundo está suspenso y hasta la negra región te rinde tributo y censo, pluma, aljófar y algodón, oro, plata, mirra, encienso; cuando por tantos trofeos tu buena fortuna sopla las velas de tus deseos y te alza Constantinopla simulacros y trofeos; cuando por tus calles sales con un millón de soldados, y tus vasallos leales tienden sedas y brocados y te alzan arcos triunfales; cuando turcos, moros, griegos, búlgaros y otras naciones te ordenan fiestas y juegos, cifras, galas, invenciones con luminarias y fuegos; cuando las playas y puertos te saludan muy despacio que están de naves cubiertos, entras tú por tu palacio tropezando en cuerpos muertos. ¡Ah, Mahometo! ¿Qué estragos y sacrificios son éstos? ¿Qué fuentes de sangre y lagos? Fines prometen funestos principios tan aciagos. Después que en tu casa entro a tu lado diestro y fuerte, cuerpos piso fuera y dentro, y son aullidos de muerte los parabienes que encuentro. ¿Esta es tu casa? Sospecho que era palacio algún día; pero tu crueldad lo ha hecho pública carnicería de los cuerpos que has deshecho. El Tamorlán fue pastor, y el Primer Turco, vaquero; pero hasta agora, señor, no se ha visto carnicero que se llame emperador. Al precio de un miedo injusto das carne de cuerpo humano; mas ten el brazo robusto, que, como sabe a la mano, a nadie dará buen gusto. Basta, Celima, que sobras, y me ofenden tus razones; cree solamente mis obras, no en vanas supersticiones en que vana opinión cobras. No me puede suceder cosa contraria ni adversa, ni tengo ya a quien temer. Sentirá mi brazo el persa y Alemania mi poder. Mi buena suerte se encierra en el valor destas manos, y en haber puestos por tierra treinta enemigos hermanos, bastantes a darme guerra. Y si esto, Celima, es prodigio, ¿de qué te asombras? Será porque tú no ves que éstos son paños y alfombras que el cielo pone a mis pies; no porque hayas pisado tres perros cruel me llames, ni treinta que he degollado, hijos de madres infames y de un padre afeminado. No son hechos inhumanos, sino secreto misterio de los cielos soberanos, pues hoy consagro mi Imperio con sangre de treinta hermanos. Y ya me podéis poner la corona, que sospecho que la debo merecer más por lo que tengo hecho que por lo que pienso hacer. Denme el arco con la flecha que fue de Otomán, mi abuelo, y pues mi brazo la flecha confirme mi imperio el cielo como va firme y derecha. Monarca del mundo, toma el victorioso estandarte de nuestro santo Mahoma, que es el que ha de adjudicarte el viejo imperio de Roma. Este se ha de defender como tu propia persona, y de tal modo ha de ser, que has de perder la corona cuando él se haya de perder. ¿Así lo prometes? Digo que así lo prometo y juro, y a defenderle me obligo. Pues por Alá te conjuro, y por su mayor amigo, nuestro profeta sagrado, que guardes, cumplas y tengas lo que han tenido y guardado, luego que al Imperio vengas, los que antes de ti han pasado. Defenderás nuestra grey con las armas poderosas como buen turco y buen rey, sin traer textos ni glosas al sentido de la ley. Cada tres años saldrás a hacer guerra a los cristianos, como han hecho los demás que se han llamado otomanos. Y cómo obligado estás, ítem estás obligado, cuando tu campo gobiernes, de andar en él siempre armado, de no dar batalla en viernes ni tener noche en poblado, ítem que luego revuelvas sobre el sofí que te enoja, y que anules y resuelvas el turbante y toca roja de los herejes cucelvas. ¿Prométeslo así, señor? Así lo juro y prometo por el profeta mayor. ¡Viva el tercer Mahometo otomano imperador! ¿Hay más que hacer, Alfaquí? Que elijas mujer de quien tengas sucesor. Sea así. Que es bien común, y no es bien que acabe tu casa en ti. Mi alma adora y estima a la que a mi lado viene, que, demás de ser mi prima, que lo menos que ella tiene, tiene otras partes Celima. No la quiero encarecer de sabia y honesta y bella, que bien se ha echado de ver que entre mis mujeres, ella solamente es mi mujer. Y, pues ya me he declarado, quiero que a ella os postréis como a quien yo me he postrado, que no es mucho que beséis la mano que yo he besado. Señor, dime que haré destos cuerpos. ¿Qué? Llevalles do la tierra se les dé, porque en muerte quiero dalles la que en vida les negué. A tu presencia he venido, invictísimo monarca, seguro con el seguro que das hoy al que te habla; no a pedirte libertad, aunque por ley que se guarda, dicen que es libre el cautivo que hoy puede verte la cara, sino a traerte un tesoro que por gracia, o por desgracia de quien lo halló, que soy yo. Estando abriendo una zanja en lo hueco de un pilar que sustentaba una casa, que de mucho tiempo atrás la del tesoro se llama, encontré con él, y apenas sacaba della las plantas, cuando todo vino al suelo revuelta en ceniza y brasa. Gimió la tierra del peso, y de las espesas llamas subieron nubes que, al cielo, cubrieron las suyas blancas. Acudieron al ruido La gente de la campania que en torno en Constantinopla distaba una legua larga; y, asombrados del portento, huyeron a las montañas juntos, en tropel confuso, hombres, aves y animalias. Y allí, a los acentos tristes de las bocas, se mezclaban bramos, balidos y aúllos de perros, bueyes y cabras. Yo quedé helado y confuso entre unas espesas matas donde me había cubierto a descubrir esta caja, codicioso del tesoro, porque en ella imaginaba la plata de Potosí y el oro de las Arabias. Probé a romper el candado; pero en la cubierta tapa hay una letra que dice: "Este tesoro se guarda para Mahometo el tercero y postrero de su casa." Leíla, llena de miedo, más que de codicia el alma, y habiendo en mi entendimiento, sobre la letra del arca, formado un largo discurso, al cabo de una hora larga resolvíme en no tocar con estas manos avaras el fuerte candado, si es que para las tuyas francas le tiene guardado el cielo, no sin misterio y con causa. Y como supe en el campo que hoy, señor, te coronabas, y que por esto tendría con facilidad entrada en tu palacio real, aunque tu gente de guarda me ha maltratado por ello, mi diligencia, que basta, pudo traerme a tus pies, poniendo a los míos alas, para llegar a ofrecerte, de mis justas esperanzas, este pequeño tesoro que viene en arca cerrada, imitando al de mi pecho, que es más rico por su arca, donde ha cabido el deseo y la presunción hidalga que de servirte ha tenido este esclavo de tu casa. ¿Qué es esto, Alá soberano? No carece de misterio lo que ha contado el cristiano. Prospere el cielo mi imperio. Quiero abrille con mi mano. Dadme la caja. Es de acero y de traza peregrina. Tiene el candado un letrero que dice en lengua latina: "Christus vinces, victus ero." Vencido seré. ¿Qué es esto? Maldiga Dios el tesoro, y la caja, y todo el resto. (Alborotado anda el mozo. En gran peligro estoy puesto.) ¡Gentil tesoro, por cierto, en el principio dichoso de mi imperio he descubierto! (Este perro está furioso: no escaparé de ser muerto. Quiero apartarme de aquí que algún daño comprehende lo que está encerrado allí, y si es tesoro de duende, no ha de serlo para mí.) ¿Esto te enoja y altera? La caja tengo de abrir por curiosidad siquiera. ¿Qué puede en ella venir que te escandalice? Espera. Quiero abrilla por mi mano, pues que viene para mi, según ha dicho el cristiano. El tesoro que hay aquí todo es fuego y aire vano. Corrido estoy del suceso. ¿Dónde está el cristiano perro que esto me trujo? ¿Qué es eso? Una lámina de hierro que dice así: Pierdo el seso. "En los años de la creación del mundo, de seis mil setecientos noventa y cuatro, de la era de César mil seiscientos treinta y tres, de la reedificación de Constantinopla mil trescientos treinta y dos, de la hijara de Mahoma novecientos noventa y cinco, de la Encarnación de Jesús Nazareno, hijo de María, mil quinientos noventa y cinco, en la parte de Levante menos setentrional se levantará un príncipe no conocido que, oponiéndose contra el tirano de Oriente, acaudillando los pocos fieles que le quisieren seguir, sacará al pueblo de Dios, como otro Moysén, de dura servidumbre a entera libertad. Abriendo camino por los montes y las aguas con la virtud de su espada, caerá fuego del cielo contra sus enemigos; correrá sangre el Danubio y pasarále sobre cuerpos muertos, rompiendo millares de enemigos, que todos serán cortados a pedazos, desbaratando ejércitos, conquistando fortalezas, saqueando y abrasando ciudades, corriendo reinos y reduciendo grandes provincias a su obediencia, con tantas maravillas y milagros, que se llamará príncipe de prodigios y capitán prodigioso." Notable caso. Notable. Admirable profecía. ¡Por Alá, que es admirable! ¿Eso en la caja venía? Rico tesoro. Estimable. Hazañas son peligrosas. Huélgome que hayan de ser en mi tiempo; veré cosas que no se han podido ver tan raras y prodigiosas, y que al mundo escandalice este soberbio monarca antes que lo tiranice. ¿Viene otra cosa en el arca? Otra lámina que dice: "¡Oh, Bizancio! Como en los años de la creación del mundo de cinco mil cuatrocientos y cuarenta te reedificó Constantino, hijo de Elena, y te llamó de su nombre Constantinopla, y después, en los años de la Encarnación de mil cuatrocientos cincuenta y tres, Constantino, hijo también de Elena, te perdió y ganó Mahometo, hijo de Amurates, así otro Mahometo, hijo también de Amurates, te vendrá a perder en los años de seiscientos, ciento y cincuenta, después que te ganó el primero, en cuyo tiempo la casa otomana vendrá en total ruina y declinación." ¡Oh, santo Alá! ¿Que tal pasa? ¿Yo soy Mahometo, y el mismo en quien se acaba mi casa? ¡Oh, tesoro del abismo y fuego del que me abrasa! Que he de perder, imagino, a Constantinopla yo, pues por decreto divino Constantino la fundó y la perdió Constantino, bien se conoce y se ve que he de perderla, en efeto, pues por evidencia sé que el que la ganó, Mahometo, hijo de Amurates fue; y si es Mahometo por quien vendrá, a fuerza de combates, a perderse, viene bien, que soy hijo de Amurates, y soy Mahometo también. ¿Qué es esto, Mahoma airado? ¿Qué son estas profecías que apenas me he coronado y ya en láminas me invías el parabién del estado? ¿Qué se ha hecho el cautivo? Fuese. ¿Fuese, villanos? Buscalde. ¡Muy gentil descuido es ese! No se escapará. Matalde, si no, por Alá, que os pese. No se trate ya de agüeros ni gastes tus años verdes en consultar hechiceros, que en eso gastas y pierdes reputación y dineros. Solimán, tu bisabuelo, que fue azote de cristianos, ¿piensas que asombraba el suelo consultando agüeros vanos, sino con rayos del cielo? En las guerras que emprendió Selín, que fue abuelo tuyo, tanto crédito tenía de agüeros, que perdió el suyo y mucha parte de Hungría. Y después, a su albedrío, aquella armada juntó por consejo de un judío. que don Juan de Austria rompió en Lepanto a Alí, tu tío. Y no te espantes, señor, que las cosas de la guerra vayan de mal en peor, pues no se trata en tu tierra sino de cosas de amor. Ya les daña el morrión y les cansa el coselete, y los que galanes son, agrádales el copete, pero no el de la ocasión. Vuelve sobre ti si quieres reinar un siglo infinito, no te suceda después lo que al romano en Egipto y en Capua al cartaginés. Es como tuyo el consejo, y pues mi imperio celebras y en él me sirves de espejo, veré soldadas sus quiebras por un soldado tan viejo. Reformaré la milicia y esta costumbre ignorante en que mi gente se envicia, y dará un trueno que espante el rayo de mi justicia. La guerra que he de emprender, con que he de honrar mi corona, contra Alemania ha de ser. donde pienso ir en persona, con la tuya, y mi poder. Tiéneme muy enojado Rodulfo, su emperador, que me dicen que se ha entrado por la Hungría superior hasta Strigonia y Belgrado. Fuera de que estoy corrido que ande el Imperio del mundo separado y dividido, que yo no sufro segundo si los demás lo han sufrido. Que mi valor no consiente que ese Rodulfo se nombre emperador del Poniente no teniendo más del nombre y un pobre reino sin gente. Pregónese a sangre y fuego la guerra, y mis gentes todas, Sinán, prevénganse luego, belerberes y varlobas de todo el Imperio griego. Escríbeles de tu mano, y mándales que prevengan al Príncipe transilvano, porque los tártaros tengan por su tierra el paso llano. Tú, Ferrad, te has de partir a la Transilvania, y mira que los has de apercebir que va sobre ellos la ira del infierno, pues yo he de ir. Mandarás que se reciba el Tártaro en Transilvania, y que el Príncipe aperciba su gente contra Alemania. Camina. Tu fama viva. Tu suerte, Sinán, empieza. Quítale otra vez a Marte la corona de fiereza, si no basta a coronarte la plata de tu cabeza, que esta ocasión oportuna te ofrece bienes sin tasa, y a mí, a pesar de fortuna, un blasón para mi casa, de quien ya tú eres coluna. Veráste, señor, monarca del mundo, y pondréte en tanto a Roma y a su patriarca a tus pies, y a todo cuanto mira el sol y el cielo abraza. Y más en esta ocasión, que arma Ingalatierra y Francia contra España, que esta unión para ti es de importancia y para ellos división. Y voy con ésta a aprestar la gente. Ve donde vas, que aquí me quiero quedar. Alto; todos los demás nos podremos retirar. Tú, que a las tristes y mortales quejas de treinta hermanos, de inculpable muerte, negaste de piedad puertas y orejas, escucha atento tu infelice suerte, que ya al cielo llegó el corriente flujo de la inocente sangre que se vierte. Y así por mí, que soy el que produjo entre los turcos la otomana planta, que de turcos el nombre y sangre trujo, te avisa Alá desde su esfera santa que a domar tu soberbia y castigarte un hombre 'prodigioso se levanta. Este vendrá por tiempo a sujetarte por que se acabe en ti la turca casa y el nombre y prez del otomano Marte, cuya ruina con razón me abrasa más que las llamas del abismo fiero, que ya me tienen convertido en brasa. Escucha, pues, que yo, que fui el primero y tú, que eres el último por suerte, contigo un rato consolarme quiero. De pastor por mi industria y brazo fuerte, haciéndome llamar rey de pastores, a muchos de corona di la muerte, y pasando de ahí a cosas mayores, fundé el castillo que llamé otomano, y otomanos por él mis sucesores. Sujeté el reino scita y el troyano, conduciendo a mi yugo el pueblo parto, que tanta sangre le costó al romano. Y habiendo ya venido al año cuarto, de mi imperio, dejando en él a Orcana, del a vivir en soledad me aparto. Este Orcana, juntando a la otomana casa del reino de Caira -poderoso, rindió la vida a la enemiga humana. Sucedióle Amurates el famoso, y a Amurates, el fiero Bayaceto, que el griego imperio acometió furioso. Este fue el que le puso en tanto aprieto, que de su rigor temió el latino, a quien el Tamorlán tuvo sujeto. Sucedióle el soberbio Calepino, y a éste un Mahometo fratricida, del gallardo Amurates padre indino. Este, que renunció el imperio en vida, tuvo por hijo a Mahometo el Magno, a quien dio la corona merecida. Este Mahometo, ilustre y soberano, trujo a Consitantinopla a duro efeto, de Constantino defendida en vano. Sucedióle el segundo Bayaceto, del bravo Selín padre y patricida, pues degolló a sus hijos sin respeto. Selín, que a Bayaceto heredó en vida, quitando a los soldados la potencia entre los mamelucos tan temida, los gitanos redujo a su obediencia, albanos, macedonios y frisones, que por todos corrió sin resistencia. Tras el bravo Selín y sus pendones, salió el soberbio Solimán rompiendo por los fieros dalmacios y esclavones, penetrando la Hungría y revolviendo sobre la antigua Rodas, en un punto se vio por él toda la Europa ardiendo. Sucedióle Selín, su igual trasunto, que a Chipre sujetó, rompiendo en Creta el poder veneciano todo junto, y dejando de la África sujeta toda la Berbería, entró furioso por Túnez, asolando a la Goleta. A Selín sucedió un hombre vicioso, un monstruo de traiciones y de engaños, Amurates, tu padre pernicioso. Y tú tras del, para mayores daños, que por todos catorce habemos sido los que en espacio de trecientos años habemos este imperio poseído. ¡Oh, Santo Alá! ¡Oh de mi guarda I i Villanos! ¡Señor! Decí ¿quién salió agora de aquí? De aquí, nadie. ¡Bien se guarda mi persona y palacio! ¡Traidores en él! ¡Señor! ¿Qué dices? Digo, traidor, que agora, aquí, muy despacio, mis enemigos hermanos han pretendido matarme, y queriendo yo vengarme, se me fueron de las manos. Pero, ¿qué digo? ¿Qué es esto? Sin duda me he divertido, y si estos me han entendido en gran peligro estoy puesto. Que se puede alborotar el reino destos portentos y alzárseme por momentos. Ya quiero disimular. Un mensajero ha llegado por la posta con un pliego. ¿Quién escribe? El berlebego del bajato de Belgrado. Esta viene para ti. Escríbeme de su mano que el Príncipe transilvano se levanta contra mí; que su amistad solicite, que me será harto importante, porque está muy adelante. En lo demás se remite a tu carta, donde escribe, muy a lo largo, Morato. Los daños que aquel bajato del transilvano recibe. ¿Quién es este transilvano que se atreve a mi poder? Que bien vano debe ser, pues tiene nombre de vano. Morato me escribe aquí maravillas del. (¡Ah, cielo; deste Príncipe recelo no sé qué prodigios!) Di. "Avisa que Sigismundo Batoreo, príncipe de Transilvania, habiendo sido elector dende en vida de su padre, por muerte de Cristóforo, rey de Polonia, su tío y tutor, en cuya casa y corte se ha criado, ha tomado la envestidura del reino este año de cinco, y por consejo de un sacerdote español que está en su servicio, no sólo ha negado el feudo y vasallaje al Gran Señor; pero diciendo que, en conciencia, no puede guardar y cumplir las capitulaciones y alianzas que los demás Príncipes, sus antecesores, han guardado y sustentado con el imperio otomano, a que están sujetos, se ha levantado con Flechad y Lugos y las tiene en su poder, y luego acometiendo a la provencia de Lipa, degollando al sansaco della y los demás genízaros y turcos, se ha apoderado della. Ha forzado al vaivoda de Valaquia a que le siga, y al de la Moldavia, por cierta sospecha, le ha desheredado del reino y se alza con él. Ha robado todo el tesoro, que es infinito, que le llevan al Gran Señor destas provencias en dos galeras reales, las cuales abrasó luego. Y lo que más admira es que ha emprendido todas estas cosas de edad de veinte años, que éstos me dicen que al presente tiene. Ahí invío su retrato, para que el Gran Señor lo vea, que es de mucha consideración. Deste bajato de Temesuar. —Morato, bajá." ¿Vióse atrevimiento igual? ¡Oh, terrible desacato! Dadme el retrato. ¡Ah, retrato de aquel falso original! ¿Qué dios te anima y levanta contra el poder otomano? ¡Oh, mozo arrogante y vano! ¡Por Alá, pintado espanta! ¡Qué barba le pintan! ¡Brava barba, catadura y talle! Tú no acabas de miralle, ni yo de admirarme acabo. Viene muy al natural. Deso estoy más admirado: que sea fiel el traslado y falso el original. ¿Qué letra es ésta? Latina. Aunque sea latina, di, que en mi niñez aprendí esa lengua peregrina. Deus mea scepta secundet. ¿Qué te parece que dice? Que Dios le lleve adelante sus principios, que es bastante para que me escandalice. Pues por orla del escudo viene otra letra. Esa letra: Quam prodigium factus sum multis, mayores cosas penetra. Pues ¿qué dice? Lo que pudo; que muchos le han de tener por prodigioso, de forma que con los demás conforma que aquí se acaban de ver. ¿Qué armas tiene? Una quijada con tres colmillos. Mahomet, Bajá, bien menester los habrá si contra mí hace jornada. Dame licencia, que rabio; si no, yo quiero tomalla, que más tardarás tú en dalIa que yo en vengar este agravio. ¿Quieres que me parta luego? Porque si allá pongo el pie, en todos ellos pondré miedo, horror, espanto y fuego; y a ese principillo, que es contra quien voy, si allá voy, con sólo decir: "Yo soy", le derribaré a mis pies. Mientras rompes y destrozas, Sinán, tiempo y fama pierdes. Aunque de canas tan verdes, salen palabras tan mozas. Vete, y haz a tu albedrío. Mata, hiere, rompe, ofende, tala, quema, abrasa o prende, que a eso vas y a eso te invío. Con eso me voy, señor, y sólo prometo que veré, venceré y vendré breve, bravo y vencedor. Eso es lo que me conviene, que estoy temblando de ver que se atreve a mi poder uno que tan poco tiene. Aquí me quiero poner, pues por aquí ha de pasar el Príncipe; quiero ver si es tan prodigioso en dar como en matar y vencer. Dalde aqueste memorial, que es tanta vuestra pobreza cuanto él franco y liberal, y os dará la mejor pieza de su corona real. Yo, que en su campo he servido más de dos años o tres, donde esta pierna he perdido, sé cuan limosnero es, porque conmigo lo ha sido. Grande es la fama que tiene; pero mi pobreza es mucha. Parece que se detiene. ¿Viene ya el Príncipe? Escucha el aplauso con que viene. ¡Viva Sigismundo! ¡Viva! Viva, pues viene triunfando, que es justo que le aperciba su reino este triunfo, cuando vitorioso le reciba. ¿Quién es Mario? ¡Ay, Dios! Yo, que pido caridad. Yo me acordaré de vos. Paso gran necesidad. Yo la siento por los dos. Fáltame una pierna. Mario, yo os la haré de plata hoy. Vivas más de lo ordinario. ¿Quién es Marcela? Yo soy. Acude a mi secretario. Tengo mi marido en cama. Con ésta le curarás. Vuele en el mundo tu fama. Déte el cielo como das. Con esto a los pobres llama, de modo, que por las calles lleva más pobres tras sí que dineros para dalles. Bien pueden faltarme a mí; pero yo no he de faltalles. ¿Quién es Marco? Yo soy ese que le provocara a risa si vuestra alteza me viese que no tengo una camisa que ponerme. ¡Quién tuviese mil que darte! No te aflija. A mi mayordomo ve, por señas desa sortija, que una camisa te dé; la mejor que tengo a guisa. Vasallos, deudos y amigos de victorias exquisitas, compañeros y testigos que dejo con sangre escritas en mil pechos enemigos: Abraín, con su fiereza, en Valaquia me embistió; pero, por su ligereza, por los pies se me escapó las manos en la cabeza. Y después, en la Moldavia, do ya se había rehecho de gente plática y sabia, segunda vez fue deshecho; pero fue con tanta rabia, que, por salir de embarazos, dejó los campos cubiertos de espaldas, piernas y brazos, porque todos fuesen muertos y cortados a pedazos. De todo este triunfo y gloria no pretendo otro interés sino que tengáis memoria que toda esta gloria es de quien os da la vitoria, que es Dios, tan piadoso y fiel, que os saca de esclavitud como al pueblo de Israel, que usa tanta virtud con quien no se acuerda de él; y ved si hay desdicha igual, y que más escandalice, que en mi corte principal sola una misa se dice en mi capilla real. ¡Señor, vuelve Tú por Ti, pues yo no soy de provecho, y hablen mis ojos por mí, que fuego dará mi pecho si ellos dan agua de sí! Señor, no hay camisa. ¿Cómo? ¿Cómo? Están ya todas dadas, y dice tu mayordomo que me ha de dar de estocadas si por sus puertas asomo. ¿Tal ha dicho? ¿Y no le quemo? Vuelve y dile que te dé seis camisas. Señor, temo no me mate. Amigo, ve, que iré a quemar el blasfemo. ¿Deso te enojas? ¿Es bien que tu renta distribuyas y que a un pobrete le den seis camisas de las tuyas? Dóiselas, primo, por quien me las pide. Sobra ya. ¿Qué me pedirán por Dios que no dé? Ya se pondrá orden. ¿Orden ponéis vos en lo que por Dios se da? Señor, este pordiosero pide seis camisas tuyas, y yo le doy el dinero que valen seis de las suyas y no lo quiere. Yo quiero mis seis camisas. Villano, ¿eres tú mi curador? ¿Qué? ¿He de gastar por tu mano mis rentas? Tente, señor. ¿Eres Alejandro Magno? Razón es que te refrenes, que gastas en demasía, y el otro tuvo más bienes y daba lo que tenía; tú das más de lo que tienes. ¿No ves, amigo, que soy muy diferente de aquél, aunque imitándole voy, que él daba como por él y yo como Cristo doy? Sí, pero da lo que es justo, porque eso es dar demasiado. Demasiado es el disgusto que en no dárselas me has dado. Yo quisiera darte gusto; pero avísote que estás muy pobre. ¿Deso me avisas? Dale veinte. ¿En eso das? Dale cincuenta camisas, Villano, ¿por qué no vas? ¿Que aguardas? Señor, perdona. Ve, que en términos le he visto que le dará la corona si se la pide por Cristo. Ese crédito me abona. Si licencia he de esperar para entrar en tu presencia, yo me la quiero tomar, que ya yo traigo licencia de quien me la puede dar. ¿Quién te ha dado atrevimiento de entrar sin licencia mía en mi real aposento? Quien castigará algún día tu loco ¡y nefario intento. Príncipe injusto, ¿no sabes que después que Juan Sepucio, rey que se llamó de Hungría, cuyo título retuvo todo el tiempo que vivió, porque a Solimán se plugo, a pesar de Ferdinando, que el reino a pleito le tuvo, el cual después Solimán encorporó con los suyos, quitándoselo a Isabel por justas causas que tuvo, mujer que fue del rey Juan, a la cual, y a un hijo suyo, dio el reino de Transilvania con tal título y recurso que siempre que se eligiere en ella príncipe alguno esté obligado acudir el tal príncipe al Gran Turco a que le confirme el reino como hijo Juan segundo, nieto de Juan primero Estéfano y otros muchos, ofreciéndole pagar el ordinario tributo de estar siempre apercebido, con todo .su poder junto, para cuando el Gran Señor quiera salir con el suyo a hacer guerra a los polacos, bohemios, germanos, turcos? Si esto es así, transilvanos, ¿qué ley tenéis por do pudo ser electo en Transilvania por vosotros Sigismundo, el cual se trata en el reino como señor absoluto, sin pedir confirmación a sultán Mahometo, cuyo es el nombrar y elegir príncipe que sea a su gusto? Pues, transilvanos traidores, y tú, Príncipe perjuro, de parte del Gran Señor, os amonesto y conjuro que luego le restituyas a Lipa, Flechad y Lugos, que en el camino he sabido que tú, Príncipe, y los tuyos, los habéis tiranizado, degollando cuantos turcos estaban de guarnición, que no se escapó ninguno. Las dos galeras reales que robaste en el Danubio, que Juan a Constantinopla llevó de tesoro sumo. Y hecho esto, has de ponerte con toda tu gente a punto para ir sobre Viena, porque, por ciertos disgustos que ha tenido el Gran Señor del emperador Rodulfo, va por su persona misma a ponelle asedio duro. Has de dar por Transilvania el paso franco, seguro, a los tártaros, que bajan contra el alemán injusto; que con esto aplacarás el pecho indinado, iracundo, del Gran Señor, cuya ira saldrá amenazando al mundo a castigar este reino como a rebelde y perjuro. Harto os he dicho; miraldo, y queda en paz, Sigismundo, o en guerra, o como quisieres, que con ella, antes de mucho, me verás volver airado a castigar tus insultos. Anda, perro ladrador, y si en volver te resuelves, trae poder del Gran Señor, que no te valdrán, si vuelves, las leyes de embajador. Y dile a ese Turco infiel que, como soy Sigismundo, salgo al mundo en busca del, y que se salga del mundo antes que lo saque del. Y si quisiese venir a castigarme Mahometo, yo le saldré a recebir. y le pondré en tanto aprieto, que no halle por dó salir. Y mis fuertes transilvanos le aguardarán, por si viene, con las armas en las manos, que saben que él no las tiene sino para sus hermanos. Esto le di de mi parte. Vete. ¿En eso te resuelves? Yo volveré a castigarte. Yo te mataré si vuelves. Yo soy Ferrad. Yo soy Marte. Muchacho querrás decir, que es menester azotalle, que se empieza ya a engreír. Dejalde, que quiero dalle una lección de esgrimir. Yo te la daré en Turquía con esta espada que ciño. Yo volveré acá otro día a azotarte, como a niño, con la vaina de la mía. Préndanle, que es deshonor de quien yo soy. ¿No le prenden, que se atrevió a mi valor? Pero no, que le defienden las leyes de embajador. Antes soy de parecer, señor, que más te conviene defenderte que ofender a quien tanto poder tiene, que es infinito poder. Deja las armas, que son sólo para degollarte; da al Turco satisfación, que hará más en perdonarte que tú en pedirle perdón. ¿Eso decís vos, Marqués? No me conocéis aún. Ni aun tú, Sigismundo, ves que este es provecho común y lo demás no lo es. ¿Qué guerra es esta que emprendes y por qué emprendes la guerra? ¿Qué agravios de honor defiendes? ¿Qué fuerzas tiene tu tierra con que la ajena pretendes? Vuelve en ti, muda de intentos, que son humos mal seguros que no pasan de los vientos, que no se baten los muros a fuerza de pensamientos. Si el Turco baja a Viena, Rodolfo, su emperador, defiéndala enhorabuena, no quiera sacar, señor, la brasa con mano ajena. Dígolo por que provoca tu ánimo pertinaz a la guerra que a él le toca, y date besos de paz para engañarte la boca. ¡Marqués! ¡Príncipe! Salíos de la sala. No es razón que della me excluyáis. Íos, que esos consejos no son para asistir a los míos. Si el Marqués se ha de salir, todos también nos salimos. Y más te quiero decir: que lo que él dice decimos, y eso has de hacer y cumplir si pretendes conservar el reino que te lo dio quien te lo puede quitar. ¿Quién, traidores? Todos. Yo. ¿Eso es ser rey o reinar? ¿Soy yo Sigismundo, o no? ¡Vive Dios, que os mate, aleves! Y tú, Condesillo pobre, ¿a mi persona te atreves? ¿Quieres que mi mano cobre los agravios que me debes? Príncipe, no me atreviera a defender el partido del Marqués si no entendiera que el que él ha defendido es el de todos. No fuera el que debe ser el Conde si no acudiera al Marqués, que no al propio corresponde, sino al común interés, y así, por todos responde. ¿Qué? ¿Tú también te desmandas, primo? En esta ocasión, sí; que aunque nos rijas y mandes, ellos te hacen rey a ti y tú no los haces grandes. (Aquí importa reportarme, que este es motín o traición pensada para matarme; que yo buscaré ocasión, como ellos, para. vengarme.) ¿Qué es lo que pide el Marqués? Por todos, Marqués, hablad. Pido que luego le des al Turco a Lipa y Flechad y el feudo. Désele, pues. Que la paz se sobresea que tratas con Alemania, como exorbitante y fea, al reino de Transilvania. ¿Cómo quieres que eso sea si fue por embajador de parte del reino todo Carrillo, mi confesor? ¿Se ha de burlar dese modo al cristiano emperador? Donde hay fuerza y tanta fuerza, ¿qué derecho puede haber que con ella no se tuerza? Y más, que se ha de atender al menor daño por fuerza. Y o pondré en eso la mano. Que des por tu tierra y casa al Tártaro el paso llano, que en favor del Turco pasa contra el imperio cristiano. ¿Qué más? Que te has de poner en orden contra Alemania, que así lo suelen hacer los reyes de Transilvania. ¿Eso es ley? Ley debe pues la han cumplido y guardado los príncipes que hasta aquí en Transilvania han reinado. ¿Quién hizo tal ley, decí? Solimán, que en este estado amparó a Juan, o, a lo menos, sujetólo. Eso sería que por falta de hombres buenos el perro Turco ponía leyes en reinos ajenos. Que como el perverso Juan vivió sin ley, fácilmente lo concedió a Solimán, y osó acaudillar su gente contra el imperio alemán. Pero Sigismundo no, que renunciará mejor el reino en quien se lo dio, que ir contra el Emperador, que es cristiano como yo. Antes, fuertes transilvanos, del reino me despojéis, que me dieron vuestras manos, que con ellas me forcéis a salir contra cristianos. Que no quiero poseer reino con tal perjuicio de mi conciencia ha de ser, que por él no he de perder el del cielo, que cudicio. Y pues conformes estáis con el Marqués insolente, quiero que me concedáis cinco días solamente primero que os resolváis, que quiero comunicar con mi devoto Jacinto lo que podrá resultar desta guerra, que hasta el quinto la respuesta os pienso dar. Entre tanto, con mi gente, de que os hago general, defenderéis fácilmente, primo, el paso del Fanal al Tártaro inobediente. Partíos luego. Luego parto. ¿Qué decís? Quiero decir que desa empresa me aparto. Al quinto vendrá a morir. ¡Plega a Dios que llegue al cuarto! Yo lo pienso despachar con pólvora mas aína, pues tengo tiempo y lugar, que pues al cielo se inclina, allá lo pienso volar. Menester es prevenir, Marqués, al Embajador no se vaya. ¿Dó se ha de ir? No se aire el Gran Señor y nos venga a destruir. Mañana pienso entregalle a Flechad. Será muy bien, que a Lugos pienso ir a dalle. Y yo le daré también a Lipa. Esa se calle por agora, si os parece, que la quiero para mí, que no quiero otro interese de la feria. Sea asi. Más que eso el Marqués merece, como padre digno que es de su patria. Conde amigo, yo os lo gradezco. Alto, pues. ¡Muera el Príncipe enemigo! Si vive, Conde, el Marqués. ¿Y quedó el Emperador en Praga? Porque se suena que baja sobre Viena el poder del Gran Señor. Quedó en Praga, y se decía que el nuevo Turco bajaba sobre ella, y que se aprestaba el archiduque Mathía con el poder alemán para salirle al camino entre paso Varadino y la fuerza de Atuán. De las paces no me atrevo a pedir cómo han quedado, porque después que has faltado hay grandes cosas de nuevo. ¡Qué estrépito tan extraño! ¡Válame Dios, qué ruido! Mina de pólvora ha sido. ¡Oh, Dios! ¿Se ha hecho algún daño? ¡Que me abraso, que me quemo! ¿Hay quien se duela de mí? Denme agua, si hay agua aquí. De mi paciencia blasfemo. ¿Quién es éste? El Artillero. ¡Agua! ¡Jesús sea contigo! ¿Cómo vienes así, amigo? Déjame, que desespero; que estoy en el Purgatorio o en el Infierno penando. Corre, que se está abrasando el Príncipe en su oratorio, porque una mina de fuego le he disparado. ¡Ah, traidor! ¿Al Príncipe, mi señor? Vamos a buscalle luego. ¡Extraño caso! ¿Qué es esto? Mauricio, ¡Parece que está elevado! (Seguro está y descuidado de la mina que le han puesto.) ¡Príncipe mío! ¡Señor! ¡Oh, maestro! ¿Qué decís? ¿Qué es eso? ¿Cómo venís tan mudado de color? Este es milagro notorio. ¿Libre estáis? Pues imagina que han disparado una mina debajo de tu oratorio. No he sentido nada. ¡Ay, Dios; más confuso me has dejado! Callad, que os han engañado. Es, sin duda. ¿También vos? ¡Agua! Muera tu enemigo, que a pagar su culpa viene. Bien castigado le tiene su traición; dejalde, amigo. Pues, artillero, ¿qué es esto? La verdad te he de decir, que mal la podré encubrir en el paso en que estoy puesto. Mira por tu vida; advierte que ofrece el Marqués perjuro diez mil doblas de oro puro a quien te diere la muerte; y yo del falso interés persuadido y engañado, fácilmente me han doblado las promesas del Marqués. Y, como ya te es notorio, hice una mina de fuego, y avisóme el Marqués luego que estabas en tu oratorio. Y habiéndola disparado con una furia excesiva, en vez de ir el fuego arriba, reventó por otro lado. Y llevándose tras sí el lienzo de un muro grueso, que cayó luego de peso, y a diez que estaban allí de mis compañeros pienso que vivos les enterró, y que la pared les dio para mortaja su lienzo. ¿Murió ya? Mauricio, Murió. Alto, pues, Llevalde adentro, y secreto, Maestro, en notable aprieto me va poniendo el Marqués, porque es cabeza este fiero de herejes y, sobre todo, mayor hereje en su modo que fue Calvino y Lutero. Y pues tú eres el crisol de la verdad que defiendo, en tus manos me encomiendo, que eres cristiano español. Mira con ojos de padre las lágrimas de los míos, que, por llegar a ser ríos, llegan a salir de madre. Haz de tus consejos sabios los alardes que solías, que soy niño que me crías con la leche de tus labios. ¡Oh, príncipe Sigismundo! ¿Qué quieres hacer? Querría postrar la cabeza mía a la cabeza del mundo. Que pues el fuego cruel sujetas a tu obediencia y te saca tu inocencia como a los tres niños del, el cielo tendrá cuidado, como hasta aquí lo ha tenido, de defender el partido que tú en su nombre has tomado, Por la parte de Alemania dejo las paces juradas, pero muy aventajadas al reino de Transilvania. Y en ellas te dan mujer de la casa de Austria. ¡Mira si el Imperador aspira a tu amistad! ¿Qué he de hacer sino darte el parabién deste favor soberano, que me viene de tu mano, y aun besártela también? Toda esta ventura extraña se debe a tu diligencia: hijo soy de tu obediencia, si tú eres hijo de España, Vuelve otra vez a Alemania, y dile al fuerte alemán en el estado en que están las cosas de Transilvania, y que mi celo no fue en emprender esta guerra sino defender su tierra y sustentar nuestra fe, y sacar mis transilvanos de abatida servidumbre, quitando esta vil costumbre de salir contra cristianos. ¿Qué dices desto? Que vienes a mucho riesgo, señor, de la vida si el favor del Imperador no tienes. Pero de mi parte ofrezco la diligencia que pida el peligro de tu vida. Amigo, yo te agradezco la diligencia que pones de tu parte y de la mía en ponerme cada día en nuevas obligaciones. Y pues ya la dilación me podría dañar, vete. Volveréme a mi retrete, a acabar mi devoción. Premie, como puede, el cielo, ¡oh, Príncipe generoso! ese pecho religioso lleno de piedad y celo. Y guárdete Dios. Amigo, dame las manos. Señor, los brazos dirás mejor. Adiós. El vaya contigo. Esto emprendo con seguro, Señor, de que venceré, que puede mucho la fe con que vuestro honor procuro; que a esta jornada me inclina, no la ambición del reinar, sino el deseo de juntar la Iglesia griega y latina. De do claro se colige que esos pensamientos son hijos de mi corazón y del cielo que me rige. Príncipe, un embajador del Turco pide licencia para entrar en tu presencia. ¿Quieres dársela, señor? Entre; sin duda me teme el Turco, pues cada día embajadores me invía. El cielo su ayuda déme. Invencible Sigismundo, que para que al mundo alteres, el nombre dice quién eres, aunque ya lo dice el mundo. El monarca del te invía el parabién del Estado, y un presente que ha juntado de lo mejor de Turquía. Recibe esta carta suya, y haz que nos dejen aparte, que tengo mucho que hablarte de mi persona a la tuya. ¿Qué? ¿Ya el Turco se me allana? No lo tengo yo por bueno, que es estilo muy ajeno de la soberbia otomana. Abre esta carta que trae, y no te espantes, Mauricio, que no es fuerte el edificio que por sí propio se cae. "Sultán Mahometo, Emperador de Constantinopla, de Roma, de África, de Asia y Trapisonda, Rey de Ponto, Bitinia, Acaya, Arcanabia, Armenia, Arabia, Turquía, Rusia; Señor de la gran Tartaria mayor y menor y de todas sus provincias; Soldán de Babilonia, de Persia y de Egipto y de la grande India; Señor de toda la tierra que riega el gran río Ganges con todos sus siete ramos, y universalmente de cuanto el sol con su veloz curso rodea; descendiente de la alta y temida casa otomana; hijo de Amurates y nieto del gran Selín, destruidor del pueblo cristiano y domador del universo | A ti, el cristianísimo Sigismundo invictísimo, príncipe de Transilvania y dignísimo descendiente de la casa batorea, invío salud para que con más razón ejecute en ti y en todos tus vasallos todo el rigor que suelo con mis rebeldes si luego no dejares las armas que contra mí injustamente has tomado en favor de Rodulfo, emperador que dice ser del Poniente, contra quien voy con todo mi poder para castigar en su persona éste y los demás agravios que del tengo recebidos. Ahí te invío a Ardaín bajá para que de mi parte jure, firme y asiente las paces que contigo hacer deseo, y porque quiero premiar ese valor militar de que te precias, te confirmo en el reino de Transilvania y te restituyo las provincias que desa corona fueren o hayan sido de cien años a esta parte, y te absuelvo del feudo y vasallaje que los demás vaivodas, mis súbditos, rinden y pagan a mi soberano Imperio, y te perdono todos los agravios que me has hecho, como adelante no te atrevas a mi poder infinito. Recibe seis ropas de brocado, doce alfanjes guarnecidos de oro, cuatro jaeces de caballos; todo eso recibe de mi fuerte y poderosa mano, la cual te doy de amigo y palabra de serlo de la imperial ciudad de Constantinopla, donde fueron vencidos, muertos y destruidos vuestros antepasados por no haberse querido sujetar a los míos. Año primero de nuestra coronación, novecientos noventa y cinco de la híjara de Mahoma y del nacimiento de vuestro Dios, mil quinientos noventa y cinco.— Yo, el Gran Señor" ¿Qué dices? Que es nuevo estilo. Es sirena natural, que canta bien y hace mal, y halagos de cocodrilo. A solas en este puesto quisiera comunicarte. Retírate a aquella parte. No puedo entender qué es esto. Que el Turco se humille tanto, que le escriba de su mano por un estilo tan llano, digo que me pone espanto. Pero ¿qué griego o tebano, persa, asirio o macedonio, egipcio o lacedemonio, godo, español o romano, quién, con edad tan reciente, tuvo tan suspenso el mundo, y quién, sino Sigismundo, vence al Turco fácilmente? ¿Quién con ánimo tenaz tantas veces le ha vencido, que forzado o oprimido se allana a pedille paz? Mi resolución es ésta, descansa de persuadirme, que no podrás conducirme a que te dé otra respuesta. Junte todo su poder y venga, que no en el mío, sino en el de Dios confío, que le tengo de vencer. Tu amistad pretende ya. Yo no pretendo la suya. Pues ¿quieres que te destruya sin remedio? No podrá. ¿No? ¿Con qué poder te esfuerzas, o qué fuerzas son las tuyas para resistir las suyas, que son más que humanas fuerzas? ¿Más que humanas son? Pues fía que podré vencerlas. ¿Qué es de ese poder? ¿No ves que Dios el suyo me invía? ¿Dios te invía su poder? Pues ¿cómo pudiera yo venceros mil veces? ¿No se ha echado muy bien de ver? Pues fíate mucho deso. ¿De quién quieres que me fíe sino de Dios? Él te invíe menos poder y más seso, que estás loco rematado. ¿Y con todo ese favor te atreves al Gran Señor, que las paces le has negado? Toma ese poder, que ya Mahometo el suyo toma. Yo con Dios, él con Mahoma, veamos quién más podrá. Yo católico, él infiel; yo con valor y él no sé; él sin Dios y yo con fe, mira si podré más que él. Pues dile a ese Dios que acuda y te invíe su poder, que bien lo habrás menester esta vez, y aun Dios y ayuda. Vete. Mira que me voy. Mira que te vayas. ¿Tardo? Sí. Ya vuelvo. Y te aguardo. ¡Bravo eres! ¡Bravo soy! ¡Santo Alá! El presente lleva, que me parece delito, por ser de infiel, si lo admito. ¡Que éste al Gran Señor se atreva! ¿Quién le esfuerza? ¡Por Alá, que es hombre de gran valor! No sin causa el Gran Señor empieza a temelle ya. Sed siento; dadme a beber. De albricias, estoy por darte la vida (que he de quitarte), por ello voile a traer. Terrible resolución es la mía. ¿Quién me anima contra el Gran Turco? ¿Qué enigma es ésta de confusión? ¿Qué gente tengo de guerra para la acción que prevengo? ¿Qué favor de amigos tengo, o qué amigos en mi tierra? Pues ¿en qué estribo? ¿Qué es esto? Las paces quiero aceptar del Turco, pues conservar podré mi reino con esto. Del Emperador condeno la amistad, pues me ha obligado a que yo pierda el Estado por defender el ajeno. Pero ¿qué digo? ¿Tan presto mis pensamientos volvieron al centro de do salieron, de la alteza en que me han puesto? ¡Vive Dios, que soy cobarde! ¿Tal he dicho y no me corro? No quiero humano socorro, sino el que Dios me guarde. (Temblando voy con razón; que es este Príncipe un mostró de presagios, y en el rostro llevo impresa la traición. Volverme quiero, que estoy turbado, y daréle indicio de mi maldad.) ¡Ah, Mauricio! ¿Qué haces? (¡Perdido soy!) Tráigote el vaso, señor. Dámele. Toma. ¿Qué es esto que traes? ¿Qué traigo? ¿Tan presto has mudado de color? ¿De qué tiemblas? No lo sé. ¿No lo sabes? Pues yo sí. ¿Qué me das, Mauricio aquí? Lo que mandas que te dé. ¿No otra cosa? No, señor. Pues ¿de qué tiemblas? ¿Qué tienes que tan azogado vienes? ¡Ah, traidor! ¿Yo soy traidor? Pero espantóme, Mauricio, que teniendo por maestro al Marqués, no salgas diestro. ¿Yo traidor? Purga el indicio. Salva esta copa si estás salvo de ella. Haré la salva. pues mi inocencia me salva. Yo sé bien que no la harás. (Mi muerte es cierta. ¿Qué espera? Descubriré la traición y pediréle perdón, pues es clemente y no fiera. Pero no, que me avergüenza mi propia maldad, ¡Ah, suerte! morir quiero, que harta muerte es padecer la vergüenza.) ¡Tente! ¿Por qué? Porque tengo más lástima yo de ti que tú has tenido de mí, y del daño te prevengo que tú habías prevenido para matarme, y advierte que así libro de la muerte al que matarme ha querido. Pero no me espanto, no, de que matarme intentaras, pues tú propio te mataras si no lo estorbara yo. Dime, Mauricio traidor, ¿qué te he hecho yo? ¿Qué ofensas con mi muerte recompensas? ¿Qué agravios vengas de honor? ¿Quién te pudo persuadir, Mauricio, al aleve trato? Habla, ¿qué dices, ingrato? Mas ¿qué tienes de decir? ¡Ah, Cielo piadoso y justo! ¿Qué maravillas son éstas que hoy al mundo manifiestas por un príncipe, que al justo quieres que viva de gracia? Esta vida te consagro, que pues vivo por milagro, no moriré por desgracia. Príncipe, el Cielo sin duda inspira en tu pecho fiel los secretos que hay en él, pues con milagros te ayuda. Castiga el más falso trato que cupo en pecho jamás, y mátame, no por más de castigar un ingrato. En efeto, ¿has confesado? Es que pretendo, señor, ser mártir y confesor. Dime, pues, ¿quién te ha incitado a este trato desleal? ¿Quién? El Marqués, tu contrario, el Conde y el Cancelario y tu primo el General. ¿Mi primo? Sí. ¡Oh, sangre infiel! Pero aquella parte aleve es de Caín, que se atreve a la inocencia de Abel. Pero ¿yo no lo invié contra el Tártaro? Así es; pero incitóle el Marqués a que no fuese. ¿No fue? Fue; pero puso la gente en parte que no estorbó al Tártaro, que pasó por tu reino libremente. ¿Luego le dio franco el paso contra Alemania? Eso es. ¿Tú lo sabes? El Marqués me descubrió todo el caso. ¡Oh, mal cristiano! ¡Ah, traidor! ¡Ah, falso primo, sin honra, oprobio, mengua y deshonra de la casa de Bator! Yo daré el medio que importe a mi salud.—¿Dó quedó el Marqués? Hoy se salió por la posta de tu corte con el Cancelario. Y ¿adonde? De lo que yo he colegido, imagino que se han ido a juntarse con el Conde, que hacen liga de secreto contra ti en Torda. ¿Quién son los de la liga y unión? El Gran Turco Mahometo y cuasi todos los grandes del reino de Transilvania, que ofrecen contra Alemania, Bohemia, Austria y Flandes, su poder, y en el concierto cada uno, por su parte, se obligan que han de entregarte, al Gran Turco preso o muerto. ¡Ah, traidores! ¡Ah, villanos! ¡Vil canalla! ¡Infame grey, del peor trato y baja ley que vivió en pechos cristianos! Y tú, ¿qué aguardas aquí? Pues estás ya perdonado, vete a poner en sagrado, si hay sagrado para ti. Huye mi furia, que rabio mordido de mi rigor, porque te veo, traidor, en las aguas deste agravio. (Furioso está; no le aguardo. Huir de su furia quiero, que reportado es cordero, mas enojado que león pardo.) ¿Qué hago aquí? ¡Armas! ¡Guerra! Quiero juntar mi poder, si tengo alguno, y poner mañana a Torda por tierra. Pero ¿quién será el traidor que ésta me escribe? Yo fío que es carta de desafío, pues la trae el portador. "Avisámoste que hoy se cumplen los cinco días, y mañana, dende esta fuerza de Torda, donde nos habernos recogido, saldremos a quitarte el reino y la vida. Aquí tenemos preso a tu maestro y condenado a muerte. Mira lo que te importa.—Los caballeros de Torda." ¡Oh, español! Fiel secretario del alma y de su conecto, de mis secretos secreto general depositario, y tú. Marqués sin piedad, afloja el lazo si está en tu cuello, que a mí ya me ahoga el de la amistad. ¡Ah de mi guarda! ¿Qué es esto que no me acuden? ¡Hola, hola! La antecámara está sola. ¿Dó se apartaron tan presto? Mas ¿qué es aquesto, mi Dios? ¿Vos, Señor mío, en el suelo? Pero no; estáis, sí, en el cielo, que no hay suelo para vos. ¿Qué humildad es esta vuestra? ¿Vos entre los pies? Alzad, mirad quién sois, mirad que el Padre os pone a la diestra. Si por escarnio y bajeza os ponen a vos, mi Dios, a los pies, yo os pongo a Vos encima de mi cabeza. Pero ¿qué es esto, Señor? ¿Otra vez pasado el pecho? Pues no es amor quien lo ha hecho, que no es la flecha de amor, aunque fue al pecho derecha. ¡Venganza, Señor, venganza! ¡En Jerusalén con lanza y en Transilvania con flecha! Pues poderoso sois Vos, aunque os acabo de alzar del suelo para vengar las injurias de los dos. Todos me han desamparado, sólo Vos, que me amparáis, como de humilde os preciáis, precias mucho al humillado. Mi guarda no será bien que entre a saber qué se ha hecho. que, pues no sale, sospecho que me han dejado también; que al Marqués todos lo siguen. ¿Ah, soldados de mi guarda, si hay alguno que me guarda donde tantos me persiguen? ¡Que me han dejado y se han ido! ¡Que en toda mi casa no hallo, Dios mío, un leal vasallo ni un criado agradecido! ¿De qué príncipe se cuenta caída como la mía? ¿Qué rey se vio en solo un día en tanta angustia y afrenta? ¿Qué habemos de hacer, mi Dios, o qué aguardamos aquí. Vos perseguido por mí y yo dejado por Vos? Huyamos, Señor, que el vil Marqués nos persigue en vano: huid agora de un cristiano, pues huiste de un gentil. Haz tu oficio, villano. No repliques, alevoso español, que si te precias de tan celoso de la fe de Cristo, ella te salvará y tus buenas obras. Encomiéndate a Dios y ten paciencia. ¿Qué razón hay, Marqués, ya que sin ella me condenas a muerte por tu gusto, que por el mío, que es muy justo y santo, no me des una cruz para que muera consolado con ella? Ese consuelo no quiero darte yo. ¿Por qué, tirano? Agora, hipocritón, sabe que en nada pretendo darte gusto. ¿Quién te trajo de España a Transilvania a ser maestro del Príncipe y de todas las cizañas que ha sembrado tu industria y su arrogancia? ¡Grandes nuevas. Marqués! ¿Qué hay, Conde? ¿Hay algo del Príncipe? El suceso más extraño que pudiera pensarse. (¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?) Del reino ha salido tan secreto, que nadie lo ha sentido. Marqués, ¿Qué habrá sido la causa de su ausencia? La de todos, pues lo han dejado hasta sus mismos pajes, y aun sus deudos también, pues que su primo Baltasar Batoreo es de los nuestros. ¿Sabéis cierto que el Príncipe se ha ido del reino? El mayordomo, que ya es nuestro, y todos los que vienen de Alba Julia, afirman que esta noche, solo y triste, encubierto con ella, y disfrazado por no ser conocido de los nuestros, se salió en un caballo de su casa, no saben para dónde. ¡Gran suceso! Que el Príncipe ha dejado el reino. No puedo persuadirme a semejante error. De albricias quiero darte la vida y un caballo en que te salgas luego por la posta. ¿En efeto me dices que me vaya? Sí; pero advierte que sea con secreto, por el peligro de tu vida propia. Camina. Vete. Iréme por la posta. Señores, ya sabéis, y os consta a todos, el peligro en que está la patria nuestra por la elección pasada, y que al Gran Turco, protector de estos reinos, se le debe, como a señor que es deJlos, la obediencia. Sigan lo que disponen nuestras leyes juradas y guardadas por los príncipes de la famosa casa sepuriense, las cuales Segismundo, con violencia, no sólo las deroga, anula y rompe, pero levanta guerra injusta al turco; y habiendo puesto el reino en el peligro que hoy, como veis, está por sus insultos, secretamente se ha ausentado. Digo que en su lugar se nombre, si os parece, por Príncipe a... Tené, Marqués. ¿Qué es esto? ¡Viva el Príncipe y mueran los rebeldes! ¿Qué estruendo es éste, y alboroto, y grita? ¿Qué aguardáis? Poneos en cobro. Huid, que viene ya sobre vosotros la furia popular con tanta rabia, que a cuantos topan hacen mil pedazos, diciendo: ¡Viva Segismundo y mueran los traidores rebeldes! Y tras desto, asaltando las casas de los nobles, las han puesto por tierra, degollando hasta los inocentes hijos nuestros. La guarda han embestido, y fácilmente por ella rota llegan ya a las puertas deste alcázar insigne y fortaleza. De muerte vengo herido, por lo menos. ¿Vióse jamás tan gran mudanza, y vióse tan grande atrevimiento de villanos? ¡Que se van! ¡Que se escapan! ¡Mueran! ¡Daldes! ¡Traidores! ¿Dónde vais, Marqués cobarde? Y tú, generalillo afeminado, que huíste del Fanal como quien eres, de tres desnudos tártaros, espera; espera, hermafrodito, aleve primo del príncipe más fiel que tiene el mundo. Tú, Condesillo de Alba, ¿dó te subes? ¿Piensas que estás seguro en esta torre, aunque Nembrot te dé su milagrosa? Y tú, Alejandro, chendí, cancelario, falsario, ¿quién te hizo a ti soldado? Toma la pluma, infame, si con ella sabes reñir mejor que con la lanza. Plumas has menester para escaparte; pero no te valdrán, aunque hasta agora por tus pulgares y ellas te has valido. Y vosotros, traidores, sus consortes, luteranos, ¿pensáis que nuestro Príncipe, que tantas veces ha vencido al Turco con su valor y el nuestro, no le queda en su reino poder para cobrarlo? Amigos tiene en él tan poderosos como todos vosotros, y más fieles. Amigos, escuchad, que yo os prometo, en ley de noble, de acudir en todo al provecho común y daros gusto. ¿Qué buscáis? ¿Qué pedís o por qué causa os habéis hoy juntado dése modo? ¿Qué queréis de nosotros? Nuestro Príncipe. Pues ¿tenémosle aquí? No; pero es cierto que por vosotros anda desterrado. Mirad que os engañáis. ¡Muera el aleve! Paso, silencio; oídme una palabra y matadme después. Di, afeminado, que eso será más presto que tú piensas. Amigos, bien os consta, y es notorio la ausencia que hoy ha hecho de Alba Julia el Príncipe. Pues bien. Prosigue. Habla. Atento a eso, el Marqués y el Cancelario, y todos los demás Grandes del reino, nos habemos juntado en esta villa a elegir otro Príncipe que saque del peligro en que al presente está este reino, por haber incitado Segismundo el poder otomano contra el nuestro. ¡Muera! Oíd; a eso os respondemos que ya elegimos príncipe a quien todos vosotros, y nosotros igualmente fidelidad juramos y obediencia. Este es el natural Príncipe nuestro, y mientras él viviere y no renuncie la elección hecha en él, y nos absuelva del juramento, ningún traidor se atreva a tratar de elegir príncipe nuevo. Y así, en nombre de todos, os requiero que nos deis nuestro Príncipe, o por ello moriréis abrasados como herejes. Amigo, ¿qué decís? ¿No ves que el Turco nos ha de destruir por él? ¡Cobardes! Dadnos a nuestro Príncipe, que él basta para el poder del Turco. ¿No se ha visto esta verdad por experiencia en Lipa, donde, con mil católicos, ha roto mil veces veinte mil y más genízaros? No conocemos Príncipe, alevosos, si a fiel original deste traslado, que no podrá borrar de nuestros pechos la inconstancia del tiempo ni la vuestra. ¿Tenémosle nosotros? ¿No se sabe que él ha dejado el reino por su gusto? Buscalde, que os importa que parezca. ¿Cómo quieres que le busquemos? Danos libertad para ello. Aquésa os niego. ¿Quién nos dará seguro de vosotros? Rehenes os daremos. Vuestros hijos. Sonaos contentos dello. Y más, queremos que llaméis luego a Cortes, donde el Príncipe y todos los católicos asistan al bien común, que yo sé que está presto a defender el reino de los turcos. ¿Cómo sabéis del Príncipe ese intento? Porque él, por memoriales que ha esparcido por todo el reino, nos avisa dello. Dice que a nadie absuelve de la jura que de fidelidad le habemos hecho, que miren por sí todos, que él se ausenta para poner en cobro su persona, que ha sabido que tratan sus vasallos su muerte porque toma contra infieles las armas en favor de los cristianos. Que no saldrá del reino hasta que el cielo vuelva por su verdad y por sus cosas. Esto ha escrito a mil partes por su mano. ¡Brava industria! Divino pensamiento para que no salgamos con el nuestro. Sin duda Dios le inspira, porque un mozo de tan poca experiencia y pocos años no pudiera escapar de tantos lazos sin caer en alguno. Es prodigioso en eso y lo demás. Ya esto es hecho. Aquí nos ofrecemos de buscalle y traelle a la Corte. Los rehenes. Nuestros hijos serán. De nuestra parte seguridad os doy, como católico. Rendíos y rendidnos vuestros hijos, tendréis la libertad luego por ellos, y no de otra manera. ¡Viva el Príncipe, a pesar de traidores! (¿Que tal pasa? ¡El alma de coraje se me abrasa!) Huyendo de la inclemencia de los míos, he querido hacer de mi Corte ausencia hasta que Dios sea servido de volver por mi inocencia. "Que aunque es verdad que a la mía Su Majestad siempre acude, parecióme que sería tentar a Dios que me ayude con milagros cada día. Señor, yo estoy muy contento con vuestra fe y sin corona, aunque en este abatimiento sólo cayó mi persona, pero no mi pensamiento; que éste no podrá caer, porque es tan alto, que pasa los límites de poder, que es hijo de vuestra casa y la sabrá defender. (Hoy del morir al vivir me saca mi diligencia, y he conocido, al salir, que es mucha la diferencia que hay del correr al huir. Que el Marqués, porque me vaya de todo el reino en un día, hizo el miedo que me traya hasta la raya de Hungría, porque ha pasado de raya.) Pero ¿qué es esto que veo? ¿No es el Príncipe? Si, él es, si no me engaña el deseo. ¡Que me han traído mis pies a los tuyos, no lo creo, Príncipe! Maestro, ¿es cierto que eres tú? ¿Qué haces así solo y en este desierto? ¿Cómo has tú venido aquí, que te he llorado por muerto? Y ¿cómo agora resisto las lágrimas, que no saltan del placer de haberte visto? Pues a mí, señor, me faltan, no es mucho. Dime, por Cristo, ¿quién te libró de la muerte? Que estoy loco del suceso. Tú mismo. ¿Yo mismo? Advierte que me haces perder el seso. ¿De qué suerte? Desta suerte: Tuvo noticia el Marqués del mayordomo traidor, según me dijo después, que iba por embajador a Praga segunda vez, y despachó tras de mí quien me prendiese, y tras desto procediendo contra mí. condenóme a muerte, y puesto cuasi en la horca me vi, y aun la esperanza perdida; pero el Mauricio le dio aviso de tu salida, y de albricias me otorgó la libertad y la vida. Pero tú, ¿cómo has dejado el reino? ¡Pobre de mí! Bien sabéis lo que ha pasado. El reino me dejó a mí. Ya yo estoy bien informado. Pero, señor, ¿qué has tenido? que estoy espantado en verte tan flaco y descolorido. ¿Qué tienes? Hambre de muerte. Tres días hay que no he comido. ¿Qué dices? Que estoy en calma. Que me des algo que coma, que estoy para dar el alma de hambre. Príncipe, toma, que bien mereces la palma de abstinente. No he hallado de quien poderlo tomar en todo este despoblado, ni en todo el reino lugar que ya no esté levantado. ¿Qué fuerza es esta que está cuasi en la raya de Hungría? Lugos pienso que será. ¿Parécete que podría llegarme, señor, allá? Sí ; pero no vas seguro de algún daño. Ya se ofrece ocasión: yo me aventuro, que encima el muro parece un hombre llegó. —¡Ah del muro! ¡Ah de lo alto! —Acudió. ¡Ah de lo bajo! ¿Qué quieres? ¿Quién vive? Eso digo yo. ¿Qué fuerza es ésta? ¿Quién eres? Un extranjero que entró hoy en el reino. ¿Entraste? Este es Lugos. Di, ¿por quién está esa fuerza? ¡Sus, baste! (Espías son.) Y, pues bien, ¿para qué lo preguntaste? ¿Qué te importa? Alguna cosa, pues lo pregunto. (Esta gente me parece sospechosa.) Quiero despacharlos. Tente: tu muerte es cierta y forzosa. Retirémonos afuera. (No quiere tomar fuego la escopeta.) ¿Cómo no sale? ¿Qué azares son éstos de hoy? Espera. ¿Qué quieres? Que no dispares. No, que no puedo aunque quiera. Escucha ; acaba. Di, pues. ¿Por quién en la fuerza estás? Por el Príncipe. ¿Quién es el alcaide? Barrabás. ¿Qué? ¿No está por el Marqués? ¡Gran suerte! No conocemos sino al Príncipe nosotros, por quien la fuerza tenemos. Más lealtad hay en vosotros que en todo el reino. Sabemos quién es el Príncipe. Y él sabrá premiaros por ello. ¡Oh, vasallo noble y fiel! Mucho debes de querello. Daría la vida por él, y todos les de la villa harán lo mismo que yo. ¡Oh, qué nueva maravilla! ¿Cuándo esta lealtad se vio en tu reino de Castilla, que se dice por acá que todo en ella se encierra? Y aun en esta villa está toda la que hay en tu tierra. Bien se ha encarecido ya. Si aquí el Príncipe llegara, ¿diérasle por tu pertrecho puerta? Cuando le faltara, yo se la abriera en mi pecho para que por ella entrara. ¡Oh, fiel vasallo! No es bien estar ya más encubierto. Yo soy el Príncipe. ¿Quién? El Príncipe soy. ¿Es cierto? Baja a abrirme, amigo, ven. ¿Tú eres el Príncipe? Él es. Aguarda, me arrojaré por la muralla a tus pies, pues con esto llegaré más presto a que me los des. Por el muro se arrojó. ¡Oh, ejemplo de pechos fieles! Levántate. Señor, no. Dame tus pies, besaréles. Los brazos te daré yo. ¿Qué gente hay de guarnición en Lugos? Ninguna gente, o poca. ¿Qué es la ocasión? ¿Dónde anda el Alcaide? Ausente. ¿Ausente? ¿Por qué razón? El General le mandó que se juntase con él, y así el Alcaide salió con la gente. ¡Ah, primo infiel! ¿Están juntos? Señor, no; porque supo en el camino la disensión y rencilla de los Grandes, y previno que tuviésemos la villa por ti, y, según imagino, hoy entra en ella. La suerte está ya por mí con esto. Y aun en tu reino has de verte restituido, y bien presto. ¡Cómo puede lo concierte, el que maravillas tales obra por mí! De tu parte tienes cuatro mil leales, que cada cual es un Marte. Y tú, que por cuatro vales. Vamos dentro, te daré todo el premio que merece un hombre que tuvo fe. Mira por dó te parece que puedo entrar. Sigúeme. No puedo pasar de aquí, que todo el monte he corrido, tanto, que él lo está de mí después que a pies lo he medido cerrada en un jabalí, cuya ligereza es tanta que con la mía corrió; tanto, que mi veloz planta en la suyas trompezó como en el aro Atalanta. Y hasta que el sol se remonte quiero el espacio dormir en las faldas deste monte, que tarda el cielo en cubrir con su capa de horizonte; porque con la noche parda pienso volver a los ojos de mi padre, que me aguarda, a rendille los despojos de aquesta mano gallarda. ¿Es posible, madre tierra, que estoy ya sobre tu faz, y que otra vez me destierra el ver que vengo de paz y que te hallo de guerra? ¡Qué de cosas he sabido después que entré por Hungría, donde en un campo florido me hallé en espacio de un día como en éxtasis traído! Este favor que recibo, Jacinto, en tal ocasión, a vuestra cuenta lo escribo por un mes de devoción en diez años de cautivo. ¡Oh, Transilvania dichosa, patria mía deseada, campo fértil, selva umbrosa, otra vez por mí adorada y agora por una diosa. Que encima la verde grama, como la efecia perfeta, cubierta con una rama del árbol de su planeta, duerme como en blanda cama. ¿Qué ninfa es ésta más bella que la del sol, que ha salido hoy más temprano por vella, y más temprano se ha ido de temor de no ofendella? ¿Qué Palas es ésta cruda, o qué ninfa hay tan cruel que por este monte acuda y para vestirse en él los animales desnuda? ¿Qué diosa es ésta en cabellos que, por más admiración, le ha dado los suyos bellos, por no morir, Absalón otra vez colgado dellos? Cazadora peregrina. Palas, Diana o quién eres, Amor o su madre indigna, diosa, o ninfa, o lo que fueres, yo te adoro por divina. Amor se podrá topar reparado en este encuentro con la suerte del parar. Pero gente suena dentro. Al primer encuentro, azar. Resuélvete, pues es justo; hazlo por mí si algo has hecho, y por el común provecho. ¿No basta que sea tu gusto para que se arriesgue todo? Tu hechura soy. En efeto, eres, Leonardo, discreto. Pero tratemos del modo que se le ha de dar la muerte y sea, si puede ser, que no [se] venga a entender que yo he sido en ello. Advierte.. (¡Válame Dios! ¿Qué negocio tiene con el Cancelario mi padre, que es necesario tratarlo aqui?) Yo negocio que lo traigan a alojar esta noche, porque pasa a hacer Cortes, a esta casa de placer y de pesar, pues lo ha de ser para él. (Aquí me quiero encubrir y acercarme para oír lo que tratan.) ¿Eres fiel? (Sin duda es negocio grave.) Mejor será con veneno porque muera luego. Bueno; pero si acaso se sabe... (Esta es traición, sin más ver.) Teniéndome a mí contigo, ¿en qué peligras, amigo? Cuando se venga a saber muera el Príncipe. (¡Ah traidor! Viva, que es justo, no hay duda, sino que el cielo le ayuda como a príncipe el mejor que tiene la cristiandad. Pues, sin echarlo de ver, yo propia he venido a ser testigo desta maldad. ¿Esto pasa, oh padre indigno?) Ponle luego a punto, vete, un espléndido banquete. (Quiero salille al camino, y de toda esta maldad daréle aviso y favor, que pues mi padre es traidor, hija soy de mi lealtad.) (Yo quiero seguir mi estrella, porque al punto que la vi toda el alma le rendí, no se me vaya con ella.) Y ¿qué hace Inés? ¿Qué ha de hacer? Cazando debe de andar, que su ejercicio es cazar y no labrar y tejer. Peregrina inclinación. Déjala siga su estrella. No hay quien se valga con ella. Es brava de condición. Es como un arda. ¿Qué dice el pueblo? Que es mi hija cierta, porque anda muy encubierta con este nombre de Nice. ¿Cómo está Tisbe, su madre y tu hermana? Ya murió. Eso no he sabido yo. Y ella, ¿tiéneme por padre? ¡Oh, señor! Ni aun lo imagina. Escucha; el Príncipe suena. Otra salva se le ordena. Vamos ¡pesiatal!; camina. Hagan alto; esta es la villa de Miraflores, señor, que es del mundo la mejor y su octava maravilla. Estos palacios famosos labrados de mármol parió, son del sumo Cancelario admirables y costosos. Aquí es donde te escribió que te aguarda, y que te tiene aquel banquete solene para el cual te convidó. ¿Cuánto es de aquí Alba Julia? Dos jornadas. Oíd, amigo: ¿qué gente viene conmigo del condado de Siculia? Seis mil. ¿No más? Señor, no. Trataldas como es razón; mirad, Capitán, que son católicos como yo. No se me queje ninguno, que, por vida de los dos, que me he de enojar con vos, que es mi hermano cada uno. ¿Y los de Lipa? Tres mil, Despedildos. No es razón, que es un gentil escuadrón. Pues si es escuadrón gentil, ¿quieres que vaya conmigo? Gentil negocio sería que vaya en m] compañía un escuadrón enemigo. Son tus vasallos y amigos. Mal podéis, Arnesto, vos con enemigos de Dios castigar mis enemigos. Vienen ellos en tu ayuda ¿y quiéreslos despedir? En mi ejército no han de ir herejes, y esto es sin duda. Pues ¿de quién piensas servirte en esta guerra importuna si todo el mundo se aúna para sólo destruirte? Todo el poder otomano te amenaza, y en tu tierra no podrás juntar de guerra mil católicos. Hermano, con esos y sin esotros, siendo Dios el que me guía, pienso triunfar algún día de los unos y los otros. Tus francas manos me dé vuestra alteza, y pues lo son, reciba este pobre don, rico, a lo menos, de fe. Que como supe que hoy en la villa habías de entrar, salí, señor, a cazar esto que ves que te doy. Y aunque pudiera aguardarte con los demás dentro, quiero ser el vasallo primero que la mano ha de besarte. Dámela, que bien podrás, que yo sé que puedes dalla y que merezco besalla primero que los demás. Levantaos, serrana bella, que yo soy el que me allano, y mirad que os doy la mano por levantaros con ella. Y si en efeto os la he dado a que la beséis, ha sido por sólo decir que ha habido vasallo que la ha besado. Con tal principio me animo a proseguir mi jornada. Vuestro presente me agrada, y como vuestro lo estimo, porque si es ingratitud no estimar lo que se ofrece con limpio celo, parece que el aceptallo es virtud. Tomad esta joya, y más este abrazo. Ya se tarda tu alteza. Vamos. Aguarda, que no sabes dónde vas. No entres en la villa, guarte, que el Cancelario, traidor, te ha convidado, señor, para sólo atosigarte. Esto es cierto, yo lo oí, y desto te aviso. ¿Señor? ¿Qué os parece desto? Que vives, señor, por ti. Tocad a marchar. ¿Qué intentas? Entrar allá. En poco te estimas tu vida si a eso te animas, ¡Plega a Dios no te arrepientas! Andad, no me agoréis vos mis esperanzas dichosas, que para mayores cosas me tiene guardado Dios. Confuso estoy y medroso. Temo que me he de perder. Sin duda que es de temer un hombre tan prodigioso. Quiero avisar a Leonardo. Pero ¿tal he dicho yo? Cielos, ¿cuándo me faltó este corazón gallardo? ¡Muera el tirano! Señor, el Príncipe... Hasta adelante no le llames, ignorante, sino conde de Bator. Las, manos me dé tu alteza, si las merezco. Y los brazos, porque sirvan estos lazos de la amistad que se empieza entre los dos. ¿Cómo estáis? Corrido, y aun afrentado de todo lo que ha pasado. Basta; no me propongáis agravios. Ved qué queréis de mí, que voy muy de paso. Ya es muy tarde. No hace al caso. Descansa un rato. ¿Queréis que descanse mi persona, tan hecha a no descansar? Mal sabéis lo que es llevar el peso de una corona. Esta noche pienso hacer una jornada que importe, que pienso entrar en la corte mañana al anochecer. ¿No repararás, señor, siquiera para cenar? No, no puedo reparar. (¿Qué es esto, cielo?) (¡Ah, traidor!) Señor, pues soy tu vasallo, quiero acompañarte. Acaba. (La paciencia se me acaba.) Haré ensillar un caballo. (Leonardo, mal se rodea mi negocio; pero advierte que se le ha de dar la muerte de cualquier suerte que sea.) Confuso va el Cancelario. Confundido has de decir. Mal ha sabido encubrir su traición. Es temerario. De ver qué mal se le aliña tal está, que no va en sí. ¿Quién es el Príncipe aquí? Mirad qué busca esta niña. Al Príncipe. ¿Qué le queréis? No falta. Quiérole ver. (Misterio debe de haber en esto.) ¿Cúya hija eres? De Leonardo, el jardinero. ¿Buscas· al Príncipe? · Sí. Pues ven acá, niña, di, ¿qué le quieres? Yo le quiero, que tengo que hablar con él. Yo soy. ¿Vos? No viene bien. No tenéis talle. Pues ¿quién te parece que es? Aquél. Digo que esta niña viene guiada por Dios, señor. Yo soy el Príncipe, amor. Pues buen recaudo se tiene. (El tiene muy buen aliño.) Váyase luego. ¿Qué es esto? Traición es sin falta, Arnesto, que son verdades de niño. Niña, si tú me dijeses una verdad ... ¿No se va? Pues quédese mucho acá, llevará su pan con nueces. Oye, por tus ojos, mira. ¡Jesús! ¡Váyase de aquí; váyase luego! No vi tanta discreción. Admira. Toma, señor, su. consejo. Métase luego en su coche, y afufón, porque esta noche le han de dar su salmorejo. Váyase luego. Di, niña, ¿quiérenme hacer algún daño? Dímelo. ¿Decir? ¡Mal año! Para que el amo me riña. Ya le he dicho que se vaya. Toma, y dilo. ¿Qué me das? Para confites. ¿No más? Más quisiera yo una saya que confites, para hacer la maya hogaño con ella. Príncipe, Toma, un doblón para ella. Pues mire; habrá de saber que están agora diciendo que esta noche han de matalle con un arcabuz. ¿Quién? Calle, que ya se lo voy diciendo. Mi padre se lo decía al amo. Paso, que viene. Arnesto, aqui nos conviene salir por la posta; guía. Señor, ¿dónde tan de paso? Ahora bien, pues has venido, dame luego ese vestido. ¿El vestido? En todo caso. ¡Acaba! ¡Señor! Villano, ¿en qué dudas? ¿En qué dudo? ¿Heme de quedar desnudo? Bien lo estás de fe, tirano. Ponte este mío; quizá mudarás con la corteza tu infame naturaleza. No te entiendo. Acaba ya. Amor, en esta ocasión préstame tu brazo fuerte para que por yerro acierte al blanco de mi traición. Tapar quiero el arcabuz, que aquí me podré encubrir con la sombra, por huir, como traidor, de la luz. Pero ¡ay, amor! ya me enseñas la esperanza y el trofeo de mi fe, pues allí veo el blanco della y las señas. Cancelar, ¡Ay, que me han muerto! ¡Oh, traidor! ¡Ah de mi guarda! Prendeldo. Mataldo; mas no, traeldo delante de mí. Señor, manda que le lleven preso. El traidor es mi vasallo y me toca el castigallo, pues me ha tocado el exceso. (Este me ha de descubrir si no le gano la boca.) Alejandro, a mí me toca el castigar y punir un delito semejante. ¿Quién te ha inducido, traidor, a matar a tu señor estando el suyo delante? Pues ¿no es el Príncipe? No. ¿Luego el Príncipe sois vos? Maravillas son de Dios que no las alcanzo yo. Si el Cancelario es aquél, él mismo se destruyó, pues él tus señas me dio y agora las veo en él. El me ofreció por tu muerte a la hija de Leonardo, en cuyos amores ardo. Pero trocóse la suerte, y él, como mal caballero, tiene, por yerro, en el pecho el mismo yerro que ha hecho, yo el de la muerte que espero. Pues, Alejandro, ¿esto pasa? ¿Esta cena me tratabas? ¿Para esto me convidabas con tu hacienda y con tu casa? ¿A estos palacios vacíos de lealtad me habías llamado después que ando desterrado por tu ocasión de los míos? ¿Esto es lo que me promete la amistad que me ofreciste cuando a Lugos me escribiste? ¿Este es el rico banquete, o la costosa comida a la cual me convidabas? Mas bien costosa la dabas, pues me costaba la vida; pero tú te has atrevido porque sabes que he deshecho, como avestruz, en mi pecho, los yerros que has cometido. Y como desto he quedado hecho a prueba de arcabuz, me dabas, como a avestruz, a comer hierro colado. ¡Ah, ingrato! Dime, enemigo, ¿por qué me das tan mal pago? ¿Tan malas obras te hago? ¿Tan malo soy para amigo? ¿Por qué quieres destruirme si no te ofendí jamás? ¿Qué te he hecho, que aún no estás cansado de perseguirme? ¡Vive Dios! que por justicia te tengo de hacer leal, que te he de dar bien por mal por confundir tu malicia; y así, Alejandro, cobras otro Efestión como aquél, que he de hacer de ladrón, fiel, a poder de buenas obras. Quizá a fuerza de las mías venceré las tuyas malas, que, pues en sangre me igualas, en lo demás bien podrías. Y así, quedas perdonado deste yerro y lo demás, y te perdonara más si más hubieras pecado. Por capitán general de mi guarda irás conmigo; quiero darte por castigo el premio de un hombre leal. Y aunque enemigo cruel, la vida te he de fiar; quizá la sabrás guardar por enseñarte a ser fiel. Llevalde a curar, Arnesto, y hasta que quede la herida sin peligro de la vida, tendréis el cuidado desto. ¿Qué has de hacer deste traidor? No sé, por Dios; pero, amigo, ¡por Dios! que no hallo castigo contra los yerros de amor. Soltalde de la prisión, que hoy es día de clemencia, y no hay lima de prudencia para hierros de afición. Yo le doy la libertad y perdono al jardinero por su niña, Un siglo entero vivas. ¡Qué bondad de Príncipe! De mi renta a esta niña se le den mil ducados. Será bien. Ved que queda a vuestra cuenta. Y vos, serrana, a la corte; comigo os quiero llevar, porque en ella os pienso dar el marido que os importe. Prosigue, amigo. Digo, pues, que el Príncipe llamó a Cortes a veinte del pasado, y habiendo allí propuesto con razones dignas de su elocuencia y del buen celo con que emprende esta guerra contra el Turco los concernientes al servicio público desta empresa, salió de acuerdo della se prosiguiese y que los reinos diesen ciertas contribuciones para el gasto. ¡Gran suceso, por Dios! Pues oye un caso de grande admiración. Todos los príncipes que en Transilvania han sido electos, digo, después que Solimán de la corona de Hungría dividió este reino, han sido por elección, que así lo fue su padre Cristóforo y Estéfano, su tío, que fue electo después rey de Polonia. Pues agora los grandes igualmente, renunciando el derecho que tenían de elegir a sus príncipes, le han dado por sucesión el reino. ¡Nueva cosa! Tratóse de las paces publicadas por parte de Alemania. ¿Y se concluyen? Más; están ya juradas. ¿Quién ha sido el autor desta guerra y destas paces? Un español famoso, un gran supuesto gran hombre de negocios. Bien se ha visto por los que lleva agora entre las manos. Pues ¿quién le trujo aquí? El Rey de Polonia, por maestro del Príncipe ha tres años. ¿Es religioso? Sí; de los que llaman Jesuitas aquí, y allá teatinos. ¡Grandes hombres! Pues ¿cómo a mí me han dicho que no pueden entrar en este reino por plemática del? Un Juan Buecio, que gobernó este reino algunos años, siendo el Príncipe niño, por consejo de otros herejes como él, y aun dicen que por cierto interés que le ofrecieron los desterró de aquí; pero ya agora el generoso Príncipe les vuelve todas sus posesiones mejoradas. ¡Gran Príncipe es el nuestro! Escucha, escucha, que entra la esposa ya de nuestro Príncipe, hija del archiduque Ferdinando. Verás lo que no han visto humanos ojos. Veré a lo menos, mi serrana bella, que no habrá más que ver después de vella. Amigo, ¿qué te parece de nuestra Princesa hermosa? ¿No lo es mucho? Es digna esposa del que la tiene y merece. ¡Bien nuestro Príncipe casa! Llámase Cristerna, y es cristianísima. ¿No ves que es muy hija de su casa? ¿Cristerna y él Sigismundo? Bien, por Dios, se han conformado. Pues así se habrá juntado la cristiandad con el mundo. Gran pronóstico ha de ser de lo que emprendido va por cristiano, pues le da de su nombre la mujer. Pues ved las plantas que son la de Austria y Batorea, para que luego no sea él fruto de bendición. Ya se va haciendo hora, amigo, de acudir a hacer mi guarda. Adiós. Ya yo voy, aguarda, a hacer la mía contigo. ¡Grandes nuevas! Para mí yo os juro que no lo son. Señor, no tienes razón. ¿No veis me escriben aquí que el ejército enemigo tomó a Mugacio y Orbeta? Ved cuan apretado está el Emperador amigo: "Al serenísimo Príncipe y señor nuestro, de su teniente general en las fronteras de Temesuar y Lipa. Por parabién del dichoso suceso que ha tenido la Archiduquesa, mi señora, en llegar a sus Estados, tan deseada por ellos, y más por Vuestra Alteza, que mil años la goce, quiero saludalle con otro menos dichoso, que yo tengo. Luego que Su Alteza pasó, habiéndose juntado más de veinte mil turcos para roballa, y no pudiéndolo hacer, acordaron acometer a la Corte de Vuestra Alteza, descuidada con las fiestas de sus bodas. Y teniendo yo noticia deste acometimiento, los aguardé en parte que, sin perder cien hombres nuestros, los hice a todos pedazos. Esta victoria se ha aguado con la presa de Mugacio, en la Austria, la cual tomó el Sinán estos días atrás; y va sobre Viena, y por ser muy inferiores las fuerzas de Alemania a las suyas, la tomará sin resistencia. De Lipa, a 2 de agosto de 1595 años.—Varhil Jorge.'' Capitán, haced alarde. Sabed qué gente de guerra puedo juntar en mi tierra. ¡Presto, que se me hace tarde! Pues ¿en medio del invierno quieres ponerte en campaña? No emprendas tan gran hazaña, siquiera por buen gobierno y por tu reciente estado. Que no será empresa cuerda que tu nueva esposa pierda tan presto su amigo lado. Andad, Arnesto, en buen hora, que yo no os pido consejo, aunque sois soldado viejo, sino diligencia ahora. Alborotadme la tierra al son de cajas. Ya voy. Celebrad mis bodas hoy con instrumentos de guerra. Músicas, danzas y sones en ellas no se han de hallar, que yo no enseño a danzar, sino a romper escuadrones. No de otras fiestas me traten, que el Príncipe transilvano no despide de la mano cañas; sí lanzas que maten. Haráse como lo mandas. (Esta es muy buena ocasión para entablar mi traición.) Y tú, ¿qué haces? ¿En qué andas? Dame el espejo. Ya voy. (Nadie parece. ¿Qué aguardo? Solo estoy. ¿Qué me acobardo, pues que puedo y no le doy?) ¿Qué es esto, traidor villano? ¡Ah de mi guarda! (¿Qué espero, que no me maté primero, pues tengo con qué en la mano?) ¿Qué haces, hombre? Ten. ¡Oh, suerte miserable! Pues, señor, ¿qué hay? ¿Qué es esto? Un traidor que él propio se dio la muerte por no esperar mi clemencia. Bien dices; mas considero que a mis propias manos muero por divina providencia; que yo a matarte venía de los Grandes persuadido, que un millón me han ofrecido de plata si lo emprendía. Y sin advertir mi engaño y el tuyo, ciego y perplejo, yo proprio te di el espejo por donde viste tu daño. ¿Qué persecución es ésta? ¡Dios mío y Señor! ¿Qué es esto? Hacedme llevar, Arnesto. Que allá, sobre lo que resta, cielo, si el favor me das que puedes, he de emprender una hazaña que ha de ser prodigio de las demás. Hoy eternizo mi nombre. Hoy de sus límites pasa. Hoy gano para mi casa nuevo blasón y renombre. Hoy, con lo que pienso hacer, he de acabar con mis Grandes; que he de ver si son más grandes ellos que no mi poder. Hoy veré, después que reino, mi buena o mala fortuna, porque he de acabar a una con ellos o con mi reino. Hoy a muerte los condeno sin descubrir el ensayo a nadie, porque dé el rayo primero que se oiga el trueno. Quiero guardar el secreto por el daño que resulta, que lo que llega a consulta no puede llegar a efeto, ¿Qué hace el Príncipe? ¿Qué aguarda, si ha de salir hoy a misa? Agora va muy de prisa toda su gente de guarda. Imagino que a eso van. ¿Ya no es hora de salir? Quiérela en público oír, por ser día de San Juan, al lado de su Cleopatra. Así saldrá muy profano donde le bese la mano el vulgo que lo idolatra. ¿Deso os espantáis, Marqués? Alguno que está a mi lado, no sólo se la ha besado, pero hoy le besa los pies. Bien decís, Conde, por Dios. Lo que es la mano, confieso que hoy en día se la beso; pero cortádsela vos. Eso es lo que yo quería, si el diablo quisiese ya. Pues algún día querrá. ¿Cuándo ha de ser ese día? El de todos. Ved que sale. ¿Quién viene con él? Arnesto. Su Acates. Gran supuesto. Basta; que éste priva y vale. Aguardaréis a la puerta desta sala, y juntamente tendréis a punto la gente para cuando os sea abierta. Pero cuando entréis por ella esta carta habéis de abrir y obedecer y cumplir lo que os mando hacer en ella. Desde luego la obedezco, y, como leal, prometo, de cumplilla con efeto, Yo lo creo y lo agradezco. ¿Qué es del portero? Aquí está, a tus pies. Cerrad las puertas. Para que estén abiertas cierto aviso se os dará. Cuando este paje os hiciere señas con un lienzo blanco, daréis luego el paso franco al que a la puerta estuviere. ¿Estáis bien en ello? Estoy muy en el caso. ¿Qué espera su Alteza, si piensa ir fuera? Celebrar la fiesta hoy. ¿No es hoy la Degollación del Bautista? Señor, sí. ¿Huélganla, Marqués, aquí? Muchos por su devoción. Pero de mí sé decir que lo tengo por aciago después que me dijo un mago que en tal día he de morir. ¿Eso os dijo? Bien podría ser ello así. Ya por hoy pienso que siguro estoy. Aún no se ha pasado el día. ¿Qué fuera veros morir degollado como el Santo, hoy que es su día? Otro tanto de César se oyó decir; que contaba, como yo, el día por acabado, y aquel día, en el Senado, a puñaladas murió. Pues hoy, por mi devoción y porque a mí me conviene he de hacer fiesta solene el de la Degollación. Quiero celebrar el día en que el Bautista perdió su gran cabeza, aunque yo pierda, por ello, la mía. Pues ¿por eso has de perdella? Si el Santo, por la verdad, perdió la suya, mirad qué haré yo por defendella. Los soldados que llegaron de Siculia con tu Alteza están en la fortaleza. ¿Quién los metió? Ellos entraron. ¿Sin más orden ni concierto se entraron desa manera? Manda que se salgan fuera, no hagan algún desconcierto en tu palacio, que están sin pagas. Callad, Marqués, que como esa gente es tan católica, entrarán a oír misa. Es invención de soldados. Callad vos, hermano; ayúdeles Dios; gocen de su devoción. Cada día han de tener con eso más libertad. Digo que decís verdad; pero ¿qué se puede hacer? Ya están dentro, y aun yo estoy de modo que, aunque quisiera, ya no podré salir fuera de mi palacio por hoy. ¿Qué sientes, señor? Me siento muy cargada la cabeza. Pues quédese Vuestra Alteza recogido en su aposento. Así lo pienso hacer. Adiós. El Señor te guarde. Ya veis, amigos, que es tarde. Mañana me podréis ver; aunque no sé si podréis, que mañana sabe Dios si me veréis, Marqués, vos. Pues ¿por qué no? ¿Qué sabéis? Picado estoy, y no poco, de que el Príncipe al salir -el Conde quise decir, perdonad si me equivoco- dijese que no sabía si mañana le veré, habiendo antes dicho que ha de celebrar el día del Bautista degollado. ¿Qué quiso decir en esto? Paso, Marqués, que entra Arnesto. Hablad quedo. ¿Quién le ha dado al Príncipe un parecer tan malo y tan peligroso? Bien se llama prodigioso, pues tal se atreve a emprender. Catorce Grandes Su Alteza manda prender, y cualquiera es tan grande, que pudiera competir con su grandeza. Esta es la mayor hazaña que él ha emprendido, supuesto el peligro en que se ha puesto con el Turco. El nos engaña con la verdad. Verdad es; pero bajeza y error pensar que él tendrá valor para atreverse al Marqués. ¿Quién se atreverá a quien vale por todos? Quien se ha atrevido al Turco, quien lo ha vencido y quien con todo se sale. ¿Qué importa? Que estoy yo aquí. ¿Qué es, Arnesto? ¡Oh, señor mío! ¿Es carta de desafío? Estoy por decir que sí. Pues tendréisme a vuestro lado cuando me hayáis menester. ¿Cómo os podré yo tener, si sois el desafiado? ¿yo? Vos. Pues ¿no me diréis quién es el contrario fiero? Dadme esa espada primero. ¿Qué decís? Que me la deis, que os importa. Aunque me importe, esa es desvergüenza harta. Sabed que trae esta carta catorce vidas de porte, y la una es vuestra. Digo que estoy por cobrarla yo de vos con ella. Eso no; que traigo gente conmigo, que si fuera menester os quitarán del lado y os llevarán mano atado si por fuerza se ha de hacer. Daos luego a prisión. ¿Yo, preso? ¿A quién? A mí. ¿Quién sois vos? El Rey. ¿El Rey? iVive Dios, que ha perdido el pobre el seso, y por eso no lo he muerto! Bien puedo decir que soy el Rey, pues me ha hecho hoy su Ministro. ¿Eso es cierto? Como vos sois Obedeced esa firma si conocéis quien la firma. Conózcola, por su mal. Rendid las armas. ¡Villano! ¿Tal has osado decir? ¿Las armas se han de rendir que han estado en esta mano? ¿Una espada que ha vertido por esta patria y por él arroyos de sangre infiel, se rinde así a un mal nacido? ¡Muera! Aquí estamos nosotros. ]Marqués, ya no es tiempo deso; vos también habéis de ir preso. ¿El, preso? Y todos vosotros. ¡Aquí del Rey! No alteréis el palacio y la ciudad, a quien dé la libertad. ¡Favor al Rey! No hallaréis favor hoy, sino enemigos. ¿Quién pide favor aquí? Yo. No, sino yo. Pues a mí me lo habéis de dar, amigos. Pues ¿contra tu General pides, Capitán, favor? Este os lo dirá mejor, ' que es del Príncipe. No hay tal. "Arnesto, capitán de mi guarda, prended los cuerpos del Marqués, del General y del Conde de Alba, del Cancelario, del Senescal, de Eufemiano, de Federico, de Benedicto, de Pero Chendi. de Jorge Buecio, de Alberto, de Ambrosio, de Jacob, de Zapolía y del Presidente, y si se os defienden mataldos luego.—Yo el Príncipe." ¿Qué decís? Que la ponemos encima de las cabezas, y que saldrán hechos piezas todos o presos. ¿Qué hacemos? Mueran o ríndanse luego. ¿Qué hacéis, canallas? Mataldos. ¡Oh, Capitán! Reportaldos. Ya somos presos. ¡Reniego de quien os dio tantos bríos! ¿Quién os dio, villano, a vos tanto orgullo? ¡Aquí de Dios! Mis servicios. ¿Y los míos? ¿Prémianse con esto hoy? ¡Traidor! ¿Traidor me llamáis? Como quien sois vos habláis, mas no como quien yo soy. ¿Queréis saber si lo he sido? Que hoy subo, por ser leal, las gradas de general que vos habéis descendido. ¡Mentís! ¡Ataldo! ¡Villano! atado me has de llevar porque haya que desatar otro nudo gordiano. Si hoy, Bautista, plato hecistes de vuestra cabeza a Dios, yo os daré catorce a vos por una que vos le distes. El diezmo, sin duda alguna, os pago como a Dios mesmo, y aun más os pago que diezmo si os doy catorce por una. Y pues en algo os imito, dadme vuestra ayuda vos, pues por la honra de Dios sí vos la dais, yo las quito. Ya esto es hecho. ¿Dónde están? En la antecámara, y vengo a saber, señor, si tengo de hacer algo. Capitán. Príncipe. Quiérolos ver. Sacaldos. A quien deseas castigar nunca le veas la cara, si puede ser. Acabad, quitaos allá; traeldos a mi presencia, que no es tiempo de clemencia, que soy basilisco ya. Si vos, mi Dios, algún día lo fueres de la venganza, con razón tendré esperanza que permitiréis la mía. Y si lo sois de las nuestras, bien os podré suplicar que me ayudéis a vengar mis injurias y las vuestras. Príncipe invicto. ¡Ah, traidor ¿Ya soy Príncipe? Pues no. ¿No he sido hasta agora yo sino conde de Bator? Tienes razón, y no poca. Bien dijiste que ya soy el Príncipe, aunque hasta hoy no lo he sido, de tu boca. Firma esta carta. ¿Mi firma te es de importancia? Mas quiero que se la leáis primero porque sepa lo que firma. "Yo el Marqués y Alcaide de la fortaleza de Torda, mando a mi Teniente de Alcaide della y a todos los demás fortalezas y Alcaides que están a mi cuenta de mis Estados y de los del Príncipe, mi señor, que vista ésta hagáis entrega dellas al capitán o capitanes que con esta mi cédula, firmada de mi nombre, seáis requeridos." Firma agora, y las demás que por este estilo van, los demás las firmarán. Hoy, Príncipe, has hecho más que hicieras en conquistar la redondez desta bola. Y así, en esta hazaña sola, dos cosas se han de alabar: tu corazón invencible, jamás vencido y domado, con que agora has acabado de allanar un imposible, y la industria que has tenido, siendo tan mozo, en prender catorce Grandes que ayer te tuvieron oprimido y aun cuasi desheredado del reino. Ayúdame el cielo, quizá por premiar el celo con que esta empresa he tomado por nuestra fe solamente. Ya están firmadas las cartas. Pues será bien que te partas con ellas y con la gente que te pareciese a ti a tomar la posesión desas fuerzas. Es razón que todas estén por ti. Marqués, (¡Ah, cielo!) Partirme quiero. Aunque me importa infinito, quiero daros por escrito lo que habéis de hacer primero. ¿Qué os parece? Con qué industria las fuerzas nos ha quitado del reino. Estoy admirado del suceso. Dios le industria, o algún demonio le engaña. Este español. Antes no, que ha días que se partió por embajador a España. Si las fuerzas de su tierra por engaño me ha quitado, las del alma me ha dejado, con que pienso hacelle guerra. Poned en ejecución lo que os mando aqui. Escucha, capitán. Señor, no habrá descuido ni dilación. "Hallo, según lo que me consta de lo escrito y procedido contra el Marqués y consortes, haber cometido crimen de lesa majestad, y que por ello deben de ser punidos y castigados, y que debo de condenar, y condeno al sobredicho Marqués y los demás cómplices en su delito a que les sean cortadas las cabezas por detrás como a traidores escandalosos y rebeldes, y sus estados vuelvan a incorporarse en la corona y patrimonio real, y los demás bienes quiero que estén en depósito para que sean repartidos entre aquéllos que más fielmente me sirviesen. Así lo pronuncio y mando por esta mi sentencia definitiva, pronunciada y escrita de mi mano. En mi palacio, en 29 de septiembre de 1595.—Yo el Príncipe." ¿Qué decís? Que de mi parte la consiento, que es forzosa mi muerte. Sola una cosa, capitán, quiero rogarte. Que al Príncipe, mi señor, le digas que la consiento, y que muero muy contento degollado por traidor, pues lo he sido y lo confieso. Y a vos, ¿Conde? Que soy católico, y muero hoy con esta fe que profeso. Yo obedezco la sentencia, y también quiero rogarte que le digas de mi parte, cuando estés en la presencia del Príncipe, mi señor, que muriera consolado si no me hubiera quitado el estado y el honor, que esto me quita el juicio tras la muerte que pretendo. Esa hija le encomiendo que allá tiene en su servicio, que, pues, queda en su poder, por propia suya la elija, y no mire que es mi hija, sino que es pobre y mujer. ¿Esa es Nice? Inés se dice. Que, como no me he casado, por los montes la he criado con ese nombre de Nice. Esta es la que me atormenta, que, aunque bastarda, la hiciera mi legítima heredera; mas ya lo es de mi afrenta. Su Alteza te manda, Arnesto, que luego, sin dilación, pongáis en ejecución su sentencia. Pues ¿tan presto? Apelo de su rigor a su clemencia. Acabá, que os está aguardando ya el verdugo y confesor. Tal está Arnesto, que llora sin poderme responder. Amigos, ¿qué se ha de hacer? Vamos a morir, que es hora. Mostrad ahora aquí, hermanos, esas fuerzas juveniles, y pues vivimos gentiles, vamos a morir cristianos. Basta que anda el palacio alborotado, lleno de confusión y de hombres de armas. ¿Qué será la ocasión? Dicen algunos, según de paso oí en unos corrillos, que está preso el Marqués; y aun más se dice, que lo han de degollar antes de una hora, y con él trece Grandes que están presos. Es disparate imaginar que el Príncipe hará justicia del Marqués ni de otro de menos gravedad que él. ¿Por qué causa? No conocéis al Príncipe. Conozco que es invencible y prodigioso, y tiene ánimo para todo; si tuviera así poder como valor y esfuerzo. Grandes fines prometen sus principios. No sé más de que es mozo temerario, y fácilmente emprende cualquier cosa. Señores, ¿qué hay de nuevo, que nos manda juntar en su palacio nuestro Príncipe? Convidarnos a ver una corona que dice que está haciendo de diamantes, tan costosa, que príncipe o monarca no se la pone tal en la cabeza. Y hallamos puesto en armas su palacio, que todo cuanto encuentro en él son lutos, murmullos, confusión, miedo y silencio. Pero ya sale Arnesto. Transilvanos, la corona que el Príncipe hoy ha hecho, a la cual os convida agora, es ésta. Estos son los diamantes que le ha puesto, labrados con la sangre de catorce Grandes. Mirad si ha sido bien costosa, que se labró con sangre tan hidalga. Catorce son las piedras; pero faltan, para que sea corona enteramente, las que señala el círculo redondo. Por esto todo el mundo abra los ojos. ¿Qué os parece, señores, desta hazaña? Segundo Grande. Que es dignamente suya. ¿Qué monarca, qué príncipe, qué rey, de quién se cuenta castigo semejante? De ninguno, sino de nuestro Príncipe invencible. Que un mozo sin edad y sin consejo, sin favor de ninguno, sí del cielo, que debe ser, sin duda, el que le ayuda, haya tenido ánimo y prudencia para emprender y ejecutar su intento. ¡Por Dios, que estoy absorto, no lo entiendo! Señores, lo que importa es el silencio. Juicios son de Dios. Vamos, señores, que suelen pagar justos por traidores. En peligro está mi Estado si tan adelante pasa el Sinán. No os dé cuidado, que, pues que habemos echado los enemigos de casa. vos me habéis de perdonar, aunque mi ausencia no os cuadre, mientras voy a castigar al tirano que va a echar de la suya a vuestro padre. Hoy me parto en este día a la Valaquia. Decí, esposa y señora mía, ¿no estaré mejor allí que no en vuestra compañía? Allí, donde al Turco rompa, que con Mugacio cobró nuevo brío, orgullo y pompa, donde le haga perder yo la vanidad de su trompa. Allí, do viniendo a brazos con un escuadrón formado los haga a todos pedazos, y do estaré más honrado, Princesa, que en vuestros brazos. Cese el ejercicio vil de justas fiestas, que todas son del trato mujeril. Bastan seis días de bodas, que para mí son seis mil, y considerad, señora, que por esposa os han dado de un Príncipe que os adora; pero no lo sois agora sino mujer de un soldado. Empezá a tener paciencia. Tendréla más de lo justo. si he de hacer en vuestra ausencia, por sólo un día de gusto, cinco mil de penitencia. Pero si es la brevedad con que vuestra alteza parte mucha, no es mucha, en verdad, que siente el alma su parte, pues se parte la mitad. ¿Y luego queréis partiros? Mañana no estaré aquí. ¡Ay, quién pudiera seguiros! Pero os seguirán por mí las postas de mis suspiros, que las correrán con vos. Mirad que habemos de ser una voluntad los dos, y me habéis de obedecer, porque así lo manda Dios. Y os mando por obediencia, y por Dios, que así lo ordena, que os consoléis en mi ausencia y que desechéis la pena, so pena de inobediencia, ¿Haréislo así? ¿Quién lo duda? Yo lo obedezco y me animo, que es bien que tu alteza acuda al emperador, mi primo, que habrá menester ayuda. No se diga que mudó de intentos con el estado, o que tu alteza perdió parte del honor ganado el día que me cobró. ¿Qué ruido es éste? Acuda vuestra alteza a una azotea, que un ejército, sin duda, entra en orden de pelea por el palacio. ¿En mi ayuda? El Papa Clemente invía su ejército y su legado. Que aguardo para este día. Pero ¿cómo no me han dado aviso de que venía? Saliera de la ciudad a recebillo al camino, que debo a Su Santidad mucho favor y amistad. Es padre y Clemente digno. Serenísimo señor, habiendo Clemente octavo, digno sucesor de Pedro, por gracia de Dios Vicario de su Iglesia militante, en el Colegio romano, con todos los cardenales y con los demás prelados que asisten a sus consejos, muchas veces consultado sobre la conservación déste y los demás Estados del griego Imperio que están sujetos al Otomano, haciendo para ello instancia con los príncipes cristianos a que olvidando los propios venguen los ajenos daños. Pero visto el poco efeto que en los pechos obstinados de algunos príncipes hacen sus cartas y sus legados, acude para esta guerra con dos mil italianos, y el gran Felipo de España ofrece, para sus gastos, puestos dentro de Venecia, ochocientos mil ducados; que su majestad católica, por estar muy empeñado con las guerras que sustenta en Flandes, con sus vasallos, en Ingalatierra y Francia, su franca y piadosa mano no puede alargarte más, como suele en tales casos. Armaos con estas armas, que, aunque no son del Troyano. vienen con las bendiciones de nuestra Iglesia, que es claro, que son más fuertes que esotras que se hicieron por encanto. Este estoque he de ceñiros, que en el altar de Santiago, Patrón de España, os bendijo en su mismo día un prelado. Recebid este estandarte que el Pontífice romano os le invía, y yo os lo pongo en su nombre con mi mano sobre esos hombros de Alcides, y pues vos lo sois, llevaldo, que bien habéis menester ser más fuerte que el Tebano, porque pesa como cruz, que en ser cruz dije trabajo. Armaos de cruz y fe, agora que estáis armado, que en esta señal venció Constantino y luego Heraclio, don Alonso de Castilla, y antes Tito Vespasiano. Proseguid, Godofre nuevo, las empresas del pasado, y vuelve a templar Sión los instrumentos colgados, porque canten en su día lo que han llorado en mil años. Yo los recibo y prometo, por la fe de que me armo para esta guerra que emprendo, de no alzar della la mano ni por la vida que temo, ni por la muerte que aguardo, ni por el poder que tiene, que es infinito, el contrario, ni por todas las riquezas que me ofrecen sus primados, y de asistir de continuo el invierno y el verán v por mi persona en la guerra, en las batallas y asaltos, haciendo en ellas oficio de capitán y soldado, y acometer el primero, en el muro y en el campo, a los peligros mayores y a los encuentros más arduos, sin reservar mi persona del peligro del trabajo, del fuego, del frío, del agua, de la hambre, del cansancio, hasta que Constantinopla quede por el suelo llano y libre toda la Europa del yugo infame otomano, y de proseguir la guerra con la fuerza de mis brazos, con la sangre de mis venas y con la de mis contrarios, hasta que Jerusalem quede libre y Dios vengado. Paso. ¿Dó vas? Ten allá. Picalle fuera mejor. Con más paciencia, señor, que a mí se me acaba ya, y si vengo a no tenella y a descomponerse el Guarda, le quitaré la alabarda y le moleré con ella. ¿Qué es eso? Prendelde. Guarte. Un cautivo soy que vengo de Constantinopla, y tengo ciertos avisos que darte; vengo a servirte con ellos y con mi persona. Hoy tu vasallo, señor, soy, lo demás díganlo ellos, y arriéndeme la ganancia si tan bien les fue conmigo. Sólo en esto he visto, amigo, que eres hombre de importancia. Un arcabuz podréis darle, que ha de ser un gran soldado. En mi vida lo he tirado. Yo te mostraré a tiralle. Tómale, y con buen donaire, el pie atrás, la mano aquí, ponle con esotra así y dispárale en el aire. ¡Oh, pesia tal, con el arte, que me ha quemado la cara! Tomalde allá, que dispara también por esotra parte. ¿Tan poco te satisfizo? (¿Vos os llamáis arcabuz? Dende hoy os hago la cruz, como al demonio que os hizo.) Llévalo, no te acobardes. Cargue con él quien lo gasta, que a mí este leño me basta, que esa es arma de cobardes. No se prosiga la guerra; quédese agora en Mugacio, que yo volveré despacio a destruir esta tierra. Que este Transilvano fuerte, que tiene el mundo admirado, me escriben que ha condenado catorce Grandes a muerte, en los cuales estribaba la importancia de poner a Viena en mi poder, por quien yo me gobernaba. Adelántese Atuán el Cigala, y tenga cuenta lo que el Transilvano intenta en favor del Alemán. ¡Alto! Toca a recoger y marche el campo hacia Buda, porque dende allí se acuda donde fuera menester. Gran Visir, fuerte Sinán, ¿qué haces aquí tan despacio? conclúyase con Mugacio las guerras del Alemán, y acude a Valaquia; marcha, que el Transilvano atraviesa sus montañas muy de priesa pisando la helada escarcha. Ferrad, ¿quién te persuadió a que sale el Transilvano contra la Valaquia? Es llano. No lo hallo muy llano yo. Un hombre mozo que ayer se casó a gusto. Bajá, ¿quieres que así deje ya el lado de la mujer? Y siendo ya la mitad del invierno, ¿ha de creerse que un Príncipe ha de ponerse así en campaña? ¡Ah, Ferrad! ¿Y travesar las montañas de la Valaquia, tan breve, cubiertas de escarcha y nieve? Mira, Ferrad, que te engañas, porque yo no me persuado sino que a tan gran error te ha persuadido el temor que al Transilvano has cobrado. Bien conoces, general, quién es este mozo altivo, pues a lo que te apercibo te persuades tú tan mal. Que en solas dos ocasiones que he tenido con él yo, en la una me abrasó más de quinientos barcones, que con trabajo y afán sobre el Danubio, mi gente, te había hecho una puente por do pasases, Sinán. Y ahora Jorge Brabil, general de sus Estados, con sólo seis mil soldados me degolló veinte mil. Y este capitán que dice no tiene manos ni pies, porque es estugafotulés el capitán que lo rige. Y así el Príncipe, animoso. sin esperar ni atender a la reciente mujer ni al invierno riguroso, nieves, aguas, tempestades, montes, fosos, barbacanas, ha hecho fáciles y llanas todas sus dificultades. Y con su campo porfía subir los montes, Sinán, que entre la Valaquia están guindando la artillería. ¿Que el Transilvano se ha puesto cuasi en medio del invierno en campaña? ¡Dios eterno, no puedo entender qué es esto! ¿Duermes, Maihoma? ¿Es posible lo que me dices? Marcha. Prodigioso es ¡por Alá! este Príncipe invencible. ¡Ea! ejército famoso, que vamos contra soldados regidos y gobernados de un capitán prodigioso. No reparéis en agüeros, que no los hay para mí, que aunque vistes que caí yo sé que sabré teneros. Descuídeme y tropecé, no es mal agüero de guerra, pues que me abraza la tierra cuando en ella pongo el pie. Antes ha sido, señor, el escándalo, de modo que está el ejército todo con harta pena y temor. Pues ¿de quién tienen recelo? Dicen que apenas te viste en la llana, cuando diste con el caballo en el suelo. Antes, amigo, la tierra me ha recebido de paz, pues me da a besar su faz cuando le vengo a dar guerra. Aquella águila que ayer destas montañas bajó y en tu tienda se sentó lo mismo volvió hoy a hacer. ¡Por Dios, que tiene misterio! Sí es pronóstico, señor, que has de ser emperador, que águila promete imperio. ¿Veis cómo el cielo señala? Un imperio no os dé pena. Esotra señal es buena, que ésta no diréis que es mala. ¿Quédaos en qué reparar? Antes no hallo reparo, pues donde quiera que paro, después que acabó de entrar en la Valaquia, tu campo, todo es vientos, remolinos, aguas, nieves, torbellinos, que me hacen andar a escampo. Y tu gente, sin consuelo, dice que es de Dios la ira, y que son rayos que tira contra tu ejército el cielo. Antes, no, que de alegría de vernos ya en este suelo, nos hace la salva el cielo con toda su artillería. Arrímate a aquel laurel, que no estás seguro aquí de algún rayo, si es así que no hiere rayo en él. Dejadme solo un momento, que a un laurel pienso arrimarme, que sabrá mejor guardarme del agua, del rayo y viento. Paloma simple, sin la hiel nociva de aquella original culpa primera, que en la serenidad más verdadera vuelve con ramo de sagrada oliva. Iris hermosa en quien con llama altiva el resplandor del padre reverbera puro cristal y sana vidriera por quien del Sol entró la luz más viva. Alba del Sol de Dios, tras quien se mira salir al mundo el Sol que el sumo Padre fijó en el cielo de su excelsa diestra, si de la airada con que rayos tira nada hay seguro, Vos, que sois su Madre, sed el laurel de la defensa nuestra. ¡Milagro, milagro, Arnesto! Pero ¿qué luz es aquélla, pues no es cometa ni estrella, ni del sol, que ya se ha puesto? Fuego es, que se va extendiendo a la parte del real contrario. Nueva señal de prodigios. No lo entiendo. No podré tener sosiego hasta avisarle. ¿Qué es? Príncipe ilustre, ¿no ves? ¿Decís, monsignor, el fuego? Eso estoy mirando yo, y no estoy poco admirado del portento. ¿No has mirado cómo al punto que se vio cesó la tempestad luego? ¿Qué presagio puede ser? ¿No habéis echado de ver? ¿Dice vuestra alteza el fuego? Todos lo hemos visto ya. Vos ¿qué sentís deste agüero, que sois notable agorero? Que pues que fuego nos da el cielo, que prosigamos, que fuego señala fuego con que ha de abrasarse luego que al real acometamos, porque con esta señal todo el campo se ha animado. Estáis bien certificado ¿a qué parte está el real? Junto a Tergovisto está, en un gran llano que viene hasta el Danubio, do tiene hecha una puente el Bajá. Pues ¿cómo estando tan junto no hace a nuestro alojamiento ningún acometimiento de guerra el Ferrad? Barrunto que no está el Sinán con él. ¿Qué? ¿No hay quien me avise, del ejército enemigo [amigo, estando tan cerca del? Aquí estoy yo, que me obligo, con este tronco pesado, de traerte un turco atado del ejército enemigo. Pues ¿así lo has de traer? No te dé cuidado alguno. que te traeré, de uno en uno, los que hubieres menester. Bueno es que me hará el Bajá cada noche centinela, y que me haga andar en vela tres o cuatro noches ha. Valga el diablo al Transilvano, donde a rebelarse vino, que nos hace andar contino con las armas en la mano. Todo es calma y nada suena, y como de priesa cae la noche, el miedo me trae sin sueño, como alma en pena. Pero el contrario no asoma y está seguro el real. Quiero dormir, pesia tal, vele por todos Mahoma. Cerca estoy de Tergovisto, y aunque algo encubierto voy con estas matas, estoy a peligro de ser visto. Porque en siendo descubierto del ejército contrario, que está en vela de ordinario, no escaparé de ser muerto. Por aquí, sin ser sentido, me acercaré al campo infiel; pero ¿qué bulto es aquél? Quiero, sin hacer ruido, retirarme atrás, no sea espía que importa, y quien me altera. ¿No será bien que lo reconozca y vea? Sí, aunque pierda la vida si me siente. Cuerpo humano parece. Alargó la mano. Si es centinela perdida. Este es brazo y esta es pierna. Turco es ¡vive Dios! ¿Qué es esto? ¡Cielo, yo lo veré presto! Quiero sacar la lanterna. ¡Acabóse, vive Dios, don galgo, que no os entiendo! ¿Aquí estábades durmiendo? ¡Noramala para vos! Él duerme de buen gobierno. A fe que le ha de importar si no quiere despertar esta noche en el infierno. Hoy me eternizo si salgo al cabo con esta empresa. ¡Cuerpo de Dios, cómo pesa I ¡Oh, pesia tal con el galgo! Basta: que el sueño me tiene muy alcanzado de cuenta. ¿Es mucho que el cuerpo sienta el cansancio con que viene? Has estado sin dormir treinta horas a caballo, que no sé cómo el caballo te pudo, señor, sufrir, y aun no te dejas llevar del sueño tan necesario. ¿Piensas que e] algún contrario, que lo quieres sujetar? Bien decís, dejadme aquí, sobre esta atocha un momento. Señor, en mi alojamiento dormirás mejor que aquí. ¿Cómo lo sabes? Sospecho que en un lecho dormirás mejor que en ése en que estás. ¿Este os parece mal lecho? Paréceme que en tu campo otros mejores están. ¿Tan mal duerme. Capitán, quien duerme en cama de campo? Retirémonos los dos, monseñor. Será muy bien, ¡Bendígate el cielo, amén, Príncipe ungido por Dios! Toque a marchar la vanguardia. Reformad de gente, Arnesto, ese escuadrón. Presto, presto, y pasa la retaguardia. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Antes que llegue el Sinán. ¡A ellos, que se nos van! ¡San Jacinto, cierra, cierra! ¿Qué arma es ésta? ¿Quién tan presto, este rebato nos dio? Eso vengo a saber yo. ¿Qué hace el Príncipe? ¿Qué es esto? Los ojos tiene cerrados. Capitán, durmiendo está. No os acerquéis mucho allá, no os descalabre, soldados. ¡Ah, señor! ¿Hace donaire de mí Su Alteza? ¿Quién va? ¿Qué tiene? ¿Con quién lo ha, que está esgrimiendo en el aire? Basta; sabed que soñaba que aún no ha llegado el Sinán, y el Morato, capitán, a toda priesa marchaba a meterse en el bajato de Jorgio, y por que los dos no se juntasen, por Dios, hacía dar este rebato. ¿Qué traes ahí? ¡Mal rayo que lo arrebate! No sé. Señor, durmiendo le hallé y durmiendo se lo trayo. ¡Santo Alá! ¿A quién apellida? ¿Así en tu campo se vela? ¡Eres gentil centinela! A lo menos, bien perdida. Quince noches ha, señor, después que tuvimos nuevas de tu campo, que nos llevas desvelados de temor. Y como el Sinán, visir, llega esta noche a mi costa, quise velar esta posta por hartarme de dormir. ¿Cómo no sale el bajá turco de su alojamiento, aunque ve que le presento la batalla? Porque está con el Sinán y el Morato. No tiene orden de darte batalla, y así se parte a meterse en el bajato de Jorgio esta noche. Arnesto, llamadme aquí al General y marche luego el real la vuelta de Jorgio presto. ¿Qué gente trae el Visir? Cien mil hombres. ¿y el Ferrad? Poco más de la mitad; mas se pretenden unir para darte la batalla. General, poneos a punto de batalla, que barrunto que esta noche habéis de dalla. Más antes deste desorden, del rebato que nos dio Vuestra Alteza, resultó que el campo está puesto en orden. ¿Sabes sí esa centinela dice verdad? Sí, selo. ¿No lo he de saber, sí el cielo en sueños me lo revela? Haced alto, que sospecho, según lo que habemos visto, que no le es a Tergovisto el socorro de provecho. No te fatigues en vano, Gran Visir, vuélvete ya, que ya Tergovisto está en poder del Transilvano. Que dando de sobresalto en ella, fue general su ímpetu y furia tal, que la entró al primer asalto. ¡Santo Alá! Muda de intento, que ya Morato acabó de un encuentro que le dio dentro de su alojamiento. Ya no se puede excusar la batalla, y así quiero presentársela primero. ¡Cierra, toca a cabalgar! ¿Qué es esto, Mahoma? Muestra tu poder, que infamia es que éste lleve entre los pies a quien es cabeza nuestra, ¡Perro! ¿Qué quieres? Quitarte tu cabeza por la suya. Procura guardar la tuya. Procura tú de escaparte. Por ti salió la victoria. Ya todo tu campo clama victoria. ¡Viva tu fama! A Dios se le dé la gloria. ¿Qué se hizo el Sinán? Huyó. Yo le vi pasar a nado el Danubio. Y arrastrando le vi por el campo yo. ¿Murió el Ferrad? No le vi, ni del nada se publica. Aquí viene en una pica a darte cuenta de sí. Y aun tú la has dado tan buena de ti, que hoy tu fortuna te pone sobre la luna. Con eso la tendría llena. Asestad la artillería a Jorgio; batilda luego, que no he de tener sosiego hasta que quede por mía. ¡Cierra, cierra! ¡Viva, viva la fe de Cristo! Muramos por la fe que profesamos. i Victoria, victoria! ¡Arriba! Encima del baluarte queda tu seña real, y aquí te traigo en señal arrastrado el estandarte de Mahoma, que el Visí y mil que lo defendieron hechos pedazos murieron por sustentarlo y por mí. Por su rescate un bajá que con lo demás fue preso, te ofrece de oro su peso. ¿Luego vive? Vivo está. Mataldo luego, matad a cuantos con él estén, aunque por su vida os den otra tanta cantidad. ¡Príncipe! Yo no rescato. No me tratéis deso, amigos, porque de mis enemigos tengo menos los que mato. Este orden de guerra nuestro a mis soldados guardaldo; cuanto está en Jorgio tomaldo, que todo, amigos, es vuestro. No se quite a ninguno, que me daréis mucho enojo, Capitán, todo el despojo que ganase cada uno. Es infinito el tesoro que dentro Jorgio se halla. Yo sólo vine a ganalla, y no a buscar minas de oro. Amigo, ellos lo han ganado; todo es suyo; gócenlo, que no he de quitarles yo lo que el cielo les ha dado. ¿Qué hay más en Jorgio? Diez mil niños que tenía el bajá hechos genízaros ya. Ese es tesoro gentil. Con ése estoy yo más rico que todos mis transilvanos. Traédmelos aquí, hermanos, que a esos tesoros me aplico. Monseñor, ¿qué decís vos deste favor? Que es del cielo. Mirad qué nuevo consuelo, que redime como Dios. Ya están aquí. Pues llegad, uno por uno, a mis brazos, que os quiero dar mil abrazos. (Llorando está de piedad.) (Yo de vello.) ¿Quién de vos no se ha bautizado, hermanos? Niños, ¿sois todos cristianos? Niños. Sí, por la gracia de Dios. El os la dé, que os dio, amigos, de su sangre tanta copia, que El os redimió con propia, yo, con sangre de enemigos. Désele lo necesario hasta que en mi corte esté, donde yo les fundaré un colegio o seminario de su crianza y gobierno, y toquen luego a marchar, que me quiero retirar, que se va entrando el invierno. Entra esta tarde el Visir y quiérole honrar. ¿De suerte que a eso me has hecho salir? ¿En vez de darle la muerte le sales a recebir? ¿Qué reinos ha reducido a tu obediencia el cobarde? ¿Qué ejércitos ha vencido, que quieres dalle esta tarde la honra que él te ha perdido? ¿Qué trae? ¿Qué es del poder que llevó? ¿Con qué rebozo se dejó un viejo envolver en las mantillas de un mozo que estaba en la cuna ayer? ¿Con qué despojos se atreve a entrar el traidor triunfando, o qué triunfo se le debe? ¿Cómo no murió el aleve con los demás peleando? ¿Dó vas? ¿A quién has salido a recebir, Gran Señor, de tu palacio? a un vencido. Pues ¿qué más hubiera sido si viniera vencedor? Por venir desa manera sale a honraros mi persona así, que, si así no fuera, de mi casa no saliera sino a daros mi corona. Levantaos y dadme cuenta de vuestra desgracia y mía. Mejor dirás de mi afrenta. Vividme vos, que algún día triunfaréis del que os afrenta. ¿Dónde se dio la batalla? Junto a Jorgio, sin remedio. ¿Y hallóse el Príncipe al dalla? Como una gran torre en medio de los ejércitos. Calla; no pases más adelante. ¿Hasle visto? Y te prometo que me asombró. ¿Qué semblante? Furioso, ancha espalda, aspeto y proporción de gigante; grandes ojos, revelada frente, cabello enrizado, luenga nariz afilada, cejijunto, poco barbado, color pálida y tostada, bravo peón, gran jinete, y en los asaltos que dan el que primero acomete y quien más dentro se mete. ¡Prodigioso capitán! No se afeita ni arrebola, ni conoce qué es holanda, pebete, jazmín, viola; no busca la cama blanda, ni come la fénix sola, calza pieles de becerro, botones de acero abrocha, acuéstase encima un cerro, duerme armado y sobre atocha y viste calzas de hierro. Aunque bisoño soldado, sufre trabajo y afán, hambre, cansancio doblado; anda de contino armado. ¡Prodigioso capitán! Aunque de talle extremado, no se precia de galán y cortés enamorado, sino de bravo soldado. ¡Prodigioso capitán! Basta; no pasas de ahí: calla, que tengo yo mucha vergüenza, Sinán, de mí, tenla tú del que te escucha, pues no la tienes de ti. Gran contador vienes, baste. En suma, puedes pasar esa cuenta, pues la erraste y tan mal la sabes dar de la gente que llevaste. Celima, menos rigor con el Visir, que ha venido otras veces vencedor. Si agora viene vencido, bástele su mal. Señor: dame la muerte, pues vengo a pagar con esto yo la poca culpa que tengo. Venid, Visir, que yo vengo injurias, desgracias no. Abridme aquese balcón, que entre ya mi capitán; déjame ver el galán que lo es de mi corazón. ¿Qué os parece de su talle? ¿No admira? Estoy admirada de ver que lleva ocupada con su persona la calle. ¿Quién no le rinde despojos, si almas rinde y manos ata? Es un capitán que mata con las manos y los ojos. Hagan alto, monseñor. Sabed que mucho quisiera que a estos niños se les diera un maestro o preceptor. Que por estar en España el mío, no tengo quien haga ese oficio. Pues bien: que aún no llegas de campaña. Haz que entre tanto, se alojen, que maestros les buscares de ciento en ciento en lugares que no fastidien ni enojen, que son muchos y podrán dar molestia a tus vasallos. Yo me encargo de alojallos. Yo os hago su capitán. ¡Oh, Príncipe mío y señor! ¡Oh, prenda rica del alma! ¡Vos sois su bien! ¡Vos, la palma con que vengo vencedor! ¿Cómo os va de mal casada? Como sin vos. ¿Estáis buena? ¿Cómo estáis? Con harta pena. ¿De qué? De vuestra jornada. Pero con una victoria tan grande, a mi parecer, la que pudiera tener se me ha convertido en gloria. Muy bien lo podéis decir, pues os traigo en mi lugar dos reinos más que mandar y un alma más que regir. ¿Cómo no me da Su Alteza la mano? Tenéis razón, que primero vuestras son que de nadie por grandeza. Casada la tengo ya con un Grande. ¿Con un grande? Sí. (Para mí harto grande esta desdicha será.) ¿Qué es eso, Jacinto hermano? ¿Qué dices? Que te he servido. Pide mercedes. Pido que me cases de tu mano. ¿Que te case? ¡Nueva cosa! Elige mujer. Yo elijo a Inés por mujer. ¿Qué dijo? Que ésta es mi esposa. ¿Tu esposa? No andas corto, en verdad. Que yo entendí que lo eras y que mujer escogieras no de tanta calidad. Pero mi palabra es ley, sin excusión que la tuerza. Y la mía tiene fuerza, como si fuera de rey, que soy su mujer. ¿A quién se la distes vos? A Enrico. Y a sabéis que es noble y rico. Yo se la he dado también a Jacinto. ¿Qué remedio? Si el casamiento ha de ser voluntad, de parecer soy que se ponga ella en medio, y, haciendo la suya ahora, elija marido. Es justo, que ella se case a su gusto, y no al de nadie, señora. (¡Oh, si mereciese yo este sí que he pretendido!) Decid, ¿queréis por marido a Enrico? Señora, no. Luego, ¿queda declarado por Jacinto el campo, Nice? Sí. Eso basta para mí. Con eso me habéis echado en obligación de nuevo. ¿Qué has hecho? Mi gusto hago, pues sólo con esto pago una obligación que debo. Yo premio a un buen soldado con dalle una tal mujer, y a vos os quiero volver el patrimonio y estado de Alejandro, vuestro padre. Y vos, señora, que es justo, condescended con mi gusto. Como a vos, señor, os cuadre. Yo me alegro, por mi parte, y tú con Jacinto cobras un gran hijo de sus obras que basta para igualarte, y así casas con tu igual. Soy tu hechura, como Enrico. No, sino un Jacinto rico, digno de corona real. ¡Oh, mi Arnesto! ¡Oh, capitán! ¡Presto habéis sido de vuelta! Dejó, señor, tan revuelta a la Bulgaria el Sinán después que pasó por ella, que dos jornadas entré la tierra adentro y no hallé rastro de enemigo en ella; que de temor de la guerra el reino se ha despoblado, porque todos se han alzado y se han subido a la sierra. Y aun Constantinopla está tal, que se salen huyendo los naturales, temiendo que vas a cercalla ya. Una carta tengo aquí que los cautivos te escriben; sospecho que te aperciben que vayas luego. Decí: "Avisamos a Vuestra Alteza de una grande hambre que hay en Constantinopla, y que por ella y por el temor que te han cobrado los turcos, se han salido muchas casas fuera. El Sinán murió de enojo. Luego que llegó el Turco, se ocupa en hacer procesiones a Mahoma y él se mete entre los niños, rogándoles que le pidan que mejore sus cosas. Si Vuestra Alteza en esta ocasión viniese, la pondría en mucho aprieto, porque ya los has vencido con el miedo antes que llegues; aquí aguardan tu venida con los del Limbo.—Los cautivos de Constantinopla." Que ya el Sinán murió. Baje en persona a la Hungría el Turco, que con la mía le estaré aguardando yo. Y aun le pienso hacer la salva al pasar desde Atuán. Recogeos, Capitán; mal he dicho; Conde de Alba. ¿Yo conde, señor? Sí. Pues tales mercedes y tantas, sin duda que me levantas para postrarme a tus pies. Este es, ilustre senado, el Príncipe Sigismundo, que hoy tiene revuelto el mundo y con razón admirado, el que al Turco poderoso tantos encuentros le da, que él mismo le llama ya el Capitán prodigioso.
