Texto digital de El príncipe de la estrella y castillo de la vida
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio Martínez de Meneses, Juan de Zabaleta y Vicente Suárez de Deza
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El príncipe de la estrella y castillo de la vida. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/principe-de-la-estrella-y-castillo-de-la-vida-el.

EL PRÍNCIPE DE LA ESTRELLA Y CASTILLO DE LA VIDA
JORNADA PRIMERA
¡Piedad, Júpiter santo! ¡Qué fiera tempestad! ¡Qué horror! ¡Qué espanto! Cielos, ¿qué furia es esta? Da a la banda el timón, que en esa enhiesta roca que besa el mar y el cielo escala va la nave a embestir. La impírea sala, desasida en esferas de humo ciego, la del agua hace eclíptica del fuego. Nuestra muerte es precisa, un riesgo de otro riesgo nos avisa. Ya mi valor desmaya. Perdidos somos, príncipe de Acaya. Rey de Lidia famoso, nadie fue contra el hado poderoso. Por mí son estos daños, mi vida acabará con mis engaños. Juno, ¿quién tu rigor conmigo apoya? Deja aquestos castigos para Troya, mas ya la escasa luz del sol destierra la tempestad horrible. Tierra, tierra, tierra se ve, mas no se sabe adonde, que la niebla y el aire nos la esconde y, el tino de la aguja ya perdido, solo voy de la duda conducido. Ya calma el mar y el viento se entorpece. ¡Oh mal haya la cuna y quien la mece! ¡Tornes, bellaca posta, vive el cielo! Muerto vengo, Sofión. Ya amigo suelo, ya enemigo furor mi vida acabe, mete en tierra el timón, surta la nave, reparemos el daño más urgente. Costa de Italia es la que veis presente, allí el Vesubio al mar siciliano, promontorio de fuego y nieve cano, árbitro de sus ondas, las arenas les cuenta a las más hondas. Mas ¿qué prodigios vemos besando de la playa los extremos? En tierra miro el leño fatigado. ¡Ah, poder contra mí de injusto hado! ¿No basta que yo cause la tormenta que voy buscando un bien en una afrenta? Una hija cruel... No es tiempo agora, que es menos la desdicha que se llora y quiere el cielo, para más fatiga, que la padezca, pero no la diga. Salte en tierra la gente y en esa cala que se mira enfrente, cuya puerta cerrada siempre fue de los vientos ignorada, las velas amainando, estén nuestros sucesos esperando. Tu valor y prudencia, hermano, es de desdichas evidencia. Ya sin querer sus márgenes pisamos, pues buena guarda en el bajel dejamos. Seguidme todos. Bien me maravillo de tu valor. ¿No veis allí un castillo que en un peñasco es ya en este horizonte atalaya del uno y otro monte? ¡Qué bien labrado y fuerte! Acerquémonos más. Príncipe, advierte (así disimular mi intento aguardo, que es veloz el pesar y el bien es tardo.) que en tierra extraña puede algún engaño tu vida aventurar. Temer el daño, Acrón, es buen consejo. Hablas, en fin, como prudente y viejo. Fiel Acates de mi pecho eres, sabes quién soy y yo sé bien quién eres. Vengarte he procurado, solo el deseo al gusto le ha quedado, pues el valor debe intentarlo todo. Las acciones se yerran por el modo, mas siempre son lucida y alabadas cuando en el propio aliento van fundadas. Ya a sus puertas estamos, mas tan solo y cerradas las miramos que parece que está sin gente alguna. Pues el rostro he de verle a mi fortuna, la causa he de saber de tanto exceso. El intentar ya es algo de suceso. ¿Que en tierra y mar no hemos de estar seguros, señor? ¡Pobre Sofión! ¡Ah de los muros, ah del castillo! Aguarda, ingrato, espera, no entres en él para que yo no muera, mira que ofendes sangre y hermosura, mas quédese mi dicha a mi ventura, que la he de mejorar o con mi muerte han de acabar las iras de mi suerte. ¡Ah del castillo! ¡Ay de ti, peregrino o pasajero, pues, cuchillo de tus años, te solicitas tu riesgo! Pasa adelante y no rompas las leyes de mis preceptos, que el Castillo de la Vida no conoce humanos fueros. Anticipadas te avisan las voces del escarmiento, no aguardes para creerlas que sea el daño el mensajero, escarmienta sin verlos, pues son de tu albedrío tus sucesos. (Aquí empiezan mis encantos. ¡Tirano amor!) (Aquí empiezo a temer de mi fortuna lo cruel y lo severo.) Dentro cantan. ¿No escucháis que en dolorosos acentos hacen de las amenazas prevención a los deseos? ¿No escucháis que nos provocan cuanto acusando el afecto está en la dificultad más alentado un trofeo? Este es castillo encantado, ¿qué empresa a nuestros intentos es más propria? ¿No buscamos por los climas más diversos la bella infanta de Tracia, nuestra prima, que con tierno dolor dejó en tanta ausencia sin vida y con luto el reino, a quien algún alevoso, la ley del honor torciendo, la usurpó de nuestra vista? ¡Ay de mí! ¿Si no es que el cielo la codició para estrella o a sus luces, añadiendo nueva emulación de rayos de los que sobraban bellos a sus ojos, le dio al sol substituto de su imperio? Pues no quede en tierra y mar cueva oscura, oculto seno donde no sea el cuidado lince de mi pensamiento; que onda a onda, monte a monte, valle a valle y cerro a cerro he de buscarla o perder vida ⸻que sin ella pierdo⸻, honor ⸻que sin ella infamo⸻, bien ⸻que sin ella no tengo⸻, mal ⸻que limando mis días es gusano de mi pecho⸻. Ea, primo, ea, soldados, amantes somos y deudos de esta escondida hermosura, todos ocasión tenemos de eternizar nuestros nombres, caiga en cenizas resuelto este hermoso torreón que embarazando los vientos le está borrando a la aurora sus lucientes privilegios. Con la obediencia respondo a tus razones, el viento al fiero rumor del parche y de los cañones huecos al estrépito ruidoso de estas campañas, huyendo a sus solios albergues, tropezando ya en sí mismo. Saquemos la artillería del bajel y en el pequeño bruto rebellín que forma ese escollo la plantemos, de donde podrán las balas, desmantelando y ardiendo sus torres, hacer que cambien en clamores los silencios, pero no es bien que seamos los dos quien pruebe su esfuerzo, en resistencia tan frágil el menor soldado nuestro ha de derribar sus puertas. Tornes, si me estás oyendo, ¿cómo no pones por tierra su más elevado extremo? Que no es justo que a dos brazos de quien tiembla el universo de un amago que escuchamos, de un peligro que no vemos se acobarde. ¿No soy yo aquel horror, aquel miedo de quien sin grande cuidado, no sabrá librarse el cielo? Pues ¿qué tengo que temer cuando a mí mismo me tengo? A un mover de aqueste brazo, a un brillar de aqueste acero de esos fosos y esas torres seré rayo y seré incendio. Dos asuntos repetidos en dos ánimos tenemos, mas no sé, primo, si el mío se compara a sus intentos, que tú, como más amante, te prevendrás al exceso, mas yo, que a solo el honor de las venganzas anhelo, nada tengo que temer, mi dicha solo es mi esfuerzo, que nunca tuvo que ver el hado con mis sucesos. Bien dices. Sofión, ¿qué aguardas? ¿No te hace fuerza el ejemplo? ¿Cómo esos leños errados no están ya midiendo el suelo? Llegad. ¿Qué aguardáis? ¿No hay más que llegar? Los escuderos, los graciosos, los Torneses en cosas de encantamentos tenemos pocas licencias, demás que siempre lo veo que, si hay infanta o princesa, luego toca de derecho al caballero que siguen y a ellos les toca no menos que topar con los leones, con los gigantes soberbios, con los tigres, con las onzas, con las libras, con los pesos, con los dueños, con las dueñas, con los rayos, con los truenos. No, señor, no he de emprender aventuras ni las quiero. Yo me conozco y yo sé adónde llega mi miedo. No soy vicioso de infantas, de magos ni de hechiceros, de astrólogos, de gitanos, de embusteras ni embusteros. Llega tú, llega. ¡Ah, cobarde! De plano te lo confieso. Para ti, Sofión, se guarda esta acción. Yo no la quiero, soy de Tornes muy amigo, soy prójimo y no pretendo lo que él para sí no quiere codiciar para mí mismo. Desquiciar puertas, romper murallas, derribar templos y desquijarar leones, señor, a Sansón con ello, pero ¿querer que Sofión ⸻que aun hasta en el nombre es viento, pues de «Sofión» a «soplón» no hay más de una letra en medio⸻ sea el Faetón de los lacayos, sea un Ícaro de lo viejo? Tentación aventurera, no saldré de aqueste puesto aunque llueva Dios princesas. ¿Temor tienes? Soy muy cuerdo. ¡Vive el cielo que, si entrambos poniendo el hombro y el pecho a la puerta no la hacéis ceniza de tanto incendio, que ha de ser mi mano misma vuestro homicida! Esto es hecho. Por fuerza ha de ser valiente un hombre, aunque sea un cordero, un pollo y treinta gallinas. Lleguemos juntos. Lleguemos, que repartido el temor, Sofión, cabremos a menos. Qué despacio lo camina, ¿siempre he de ser el primero en las cosas de peligro? Conmigo vas, ¿qué tenemos? Baste tú quedando atrás ¿y dices que yo me quedo? ¡Muerto voy! Llégate a mí, no se nos entre por medio algún león o algún grifo que nos sorba como huevos. ¡Ah del castillo encantado! Salid, que en el campo espero de sol a sol. ¡Ay de mí! ¿Qué has visto? Un gigante negro que nos está amenazando con una porra de acero de más de cuarenta arrobas. Yo también lo estaba viendo, Sofión, habrá más de un hora y callaba ⸻¡vive el cielo!⸻ por no darte pesadumbre. Llamad a esas puertas recio. ¿Quién está acá? ¿Hay tal sordera? Estoy a gritos hundiendo estas campañas y nadie responde. ¡Lindos porteros! Yo los privaré de oficio o de llaves, por lo menos. Sabrán que soy... ¿Quién, osado, viene a impedir mi sosiego? Cielos, ¿qué es esto que miro? Cielos, ¿qué es esto que veo? Una montaña de paz ya sobre nosotros vemos. ¡Sofión, llegó nuestro fin! ¿Quién, tan atrevido y necio, de aqueste encantado sitio se atreve a romper los fueros? El Castillo de la Vida es su nombre y sus efectos al título corresponden, pues quien se atreve a romperlo paga con el desengaño su costoso arrojamiento porque en su osadía halla su mismo castigo envuelto. ¿Hay suceso más extraño? ¡Ay, hija, cuántos deseos de verte han de malograrme los varios casos del tiempo! (Horror de aquestas campañas, no has de lograr, si yo puedo, tus encantos, que a mis voces se estremece el lago Averno.) Príncipe, no gozará la dicha de tus intentos, que hoy comienzan mis encantos a embarázar tus deseos. Aguarda, primo. Tente, infante. Ya sabes que en nuestro reino tengo, por mayor que tú, a cualquier acción derecho. ¿Quién eres, monstro, quién eres, que animado carbón vemos que estás todo en tu arrogancia con licencia mía ardiendo? ¿Quién eres, borrón del día, quién eres, aborto fiero de la más horrible noche? ¿Quién eres, di, que esgrimiendo aquesos rayos de plata de tu frente en campo negro nos dices que también tiene Etiopía Polifemos? ¿Quieren saber quién soy? Sí. Pues oye y estad atentos cuantos me miráis rendidos ya al temor o ya al respeto, que os ha de dar la noticia de quién soy a un mismo tiempo gusto y desesperación, alegría y desconsuelo, confianza y desengaño, vida y muerte, amor y celos. El príncipe de la estrella os habla, oíd, que con esto nada queda que deciros. Di, que escuchamos atentos. Gente atrevida, que del mar salobre venís hollando la rizada espuma, fiados solo en ese leño pobre que el viento azota y que la niebla abruma, ¿tanto ardimiento dispensáis a un roble, tanto ignoráis de mi poder la suma cuando la fama, que ignoró su ejemplo, del un orbe y del otro le hace templo? ¿Sabéis que aquestas piedras encantadas del honor de Tartaria, a quien adoro, se miran tantas veces ilustradas que de ellas copia el sol perfiles de oro? ¿Sabéis que estas montañas levantadas inundando en las lágrimas que lloro por el desdén con que mi afecto trata desparezco en océanos de plata? ¿Sabéis que, destinada a su belleza esta ferocidad, también perdido, me postro afable a su inmortal dureza?, ¿que el mayor triunfo del amor he sido, quien hizo aborrecible la aspereza? Más emprende un soberbio que un rendido. ¿Para qué es bueno un rostro afeminado si en él solo su aliño es su cuidado? Pues, si no lo sabéis, yo soy aquella negra deidad que en esta ignota playa suspende el curso a la mayor estrella, y a su voz el infierno se desmaya. Yo presa tengo aquí la infanta bella, a quien buscáis tú príncipe de Acaya y tú infante de Lidia, ya llegado de vuestra vida el término abreviado, porque aquel que de sí fiare tanto que de su libertad espere el día o ha de exceder la fuerza de mi encanto, o ha de triunfar de la persona mía. ¿Cómo me veis y no os morís de espanto? ¿Qué mejor tumba que esta selva umbría? ¿Qué más disculpa al fuego que resisto que moriros los dos de haberme visto? Pues, cuando en mí tanto el dolor pudiera que la vida piadoso os prorrogara, solo el aliento de mi pecho hiciera que un suspiro en cecinas os volara, que es tan grave el ardor que en él se altera que cada uno el efecto se estorbara antes que a esta piedad mi nombre acuda, que ya es morir tener la vida en duda, mas por fuerza he de ser o por halago esposo de la infanta que pretendo o esta ribera haréis purpúreo lago. Vosotros que mi pena estáis oyendo no esperéis la ruina, si el amago en vuestra palidez se está luciendo, pues a este pino, a quien arrimo en hombro, mil victorias le quita vuestro asombro. Mirad que amor gobierna mis acciones y celos ya, cuyo rigor esquivo, como decís, enciende estos carbones, siendo un monte de fuego un Etna vivo. Volved al mar, volved los escuadrones, temed el golpe de mi brazo altivo, que el que agora os previene también sabe rígido obrarse, persuadir suave y no os parezca que este monstruo feo nació solo a las iras destinado del ciego dios, que algún dichoso empleo me puede hacer de su rigor vengado, pues la prima del ángel que deseo pone en mí su esperanza y su cuidado, mas es querer mudar mi pensamiento suspender el celeste movimiento. Los árboles, en fin, arde mi aliento, mis lágrimas anegan esas flores, mis suspiros prisiones son del viento; todo, viendo mi amor, muere de amores, a mí mismo se atreve mi tormento, que no hay más que decir de mis ardores. Luego, si más piedades no merezco, padezcan todos, pues que yo padezco. Intentad, emprended, que es mi firmeza contra vuestro deseo una montaña. Quien rige aqueste brazo, esta fiereza, vuestra victoria, su menor hazaña; quien le ocasiona, la mayor belleza, vuestra temeridad, quien os engaña. Decid agora a lo que habéis llegado si os queda vida habiéndome escuchado. Ya que alientas, atrevido bárbaro, nuestra venganza, presto veré si tus obras responden a tus palabras, presto veré si mis bríos de razones se acobardan, que las que traigo me animan, aunque a mayores hazañas. ¡En gran confusión estoy! Después de un susto en el agua, ¡bien nos recibe la tierra! Mil tormentos siente el alma. ¿Qué esperamos? No está abierta la puerta, un hombre os espera. Seguidme, que del valor no quiere el peligro nada. El mío a tu lado va. Vuestro deseo os engaña. No es tiempo aquí de mi encanto, dentro probaréis mi saña. Pasión que se rinde al sueño no debe de ser muy fuerte, pues restituye a la vida las horas que no padece. ¡Ay de aquel que cuando vela es el tiempo que no siente, pues repetidos pesares de sentimientos carecen! Rindiose al fiero dolor de penas tan bien lloradas que para ilustrar el día mil veces las copia el alba. No cantéis más, que el rumor de aquestos jazmines basta, que en ti obras de cristal duplica las consonancias para suspender sonoro mis deseos y sus ansias, que de contrarios efectos nacen acciones contrarias. Esta olvida lo que estimo, que aborreciendo adorada pague de la estimación injurias a la esperanza. Yo quiero y no soy querida, para ser constante basta que pocas veces no son las finezas desdichadas. Al príncipe de la estrella adoro. Detente, aguarda, espera, el rigor suspende, no me mates, pues me halagas. Prima, señora, ¿qué es esto? ¿Soñabas? Sí que soñaba, que dichas para despierta siempre en mí fueron soñadas. ¿Qué has visto? Lo que no espero. ¿Qué temes? Desdichas raras. ¿Quién te ofende? Quien me obliga. Prima, ya veo que cansada de llorar propias pasiones, pues aun siendo ajenas cansan, en esa alfombra de flores que a las dos nos convidaba nos sentamos y que yo treguas hice con el alma siendo embajador el sueño, que es el que estas paces trata, pues apenas dulcemente el veloz volante pasa, de nuestra vida reloj que hacia la muerte señala, cuando yo de aquesa fiera que aborrezco y que tú amas ⸻no sé si porque no hay otro, que hay quien de todo se agrada⸻ sentí su violenta mano, que oprimiendo ⸻¡pena extraña!⸻ el pecho así me decía: «Premia o morirás de ingrata, que este que fino te sirve será», el aliento me falta, «el que con tu misma sangre escribirá sus venganzas». Aquí dos jóvenes bellos, empuñando las espadas, a mi defensa se oponen, mas él, desnuda y airada, una tremenda cuchilla roja en púrpura ya helada cortando el paso a sus vidas le paseó en sus gargantas. ¿Viste un hombre que se ahoga que con las mortales bascas no mira que a un fácil junco la mano estiende turbada, cuya frágil resistencia ni el peligro le dilata ni le asegura del riesgo, pues más que ayuda le engaña? Así yo, prima, así yo a mi inocencia apelaba para daño tan preciso fácil junco y débil caña. De los mudos sentimientos, de las pasiones calladas, de los troncados suspiros, de las voces, de las ansias, que dentro acá de mi pecho unas con otras batallan, he quedado tal que agora estas fuentes y estas ramas juzgo que me están diciendo: «Princesa infeliz, ¿qué aguardas? Venus te esperan las ondas como las selvas Diana. El lazo o el precipicio sea tu fin, vivir se llama, felicidad es mentida, mal que con morir se acaba». Tomar quiero su consejo, de este cautiverio salga el espíritu oprimido, pues en todo el mundo falta valor que ampare inocencias, piedad que rompa amenazas, ira que fulmine asombros, fuego que abrase arrogancias. ¿A un bruto he de amar, a un monstro que me ofende y que me agravia? ¡Que no hay castigo de estrellas como elecciones forzadas! No ha de ser. ¿Cuántos pudieran aspirar a empresas altas por méritos y el amor de sus victorias se infama? Pues ¿qué espera, qué pretende esta violencia tirana que le está acordando el cielo que hay rayos para venganzas? ¿Quién para no querer bien razón a su gusto halla? Tú sigues aquesta luz, llega a ver adónde para, porfía si vencer quieres, no desconfíes, pues amas. Aves hay que con la noche gustosas baten las alas, no todo ha de ser del día, la naturaleza es varia. Quiero decirte con esto que tienen todas las almas precisa correspondencia y es dividirlas matarlas. Debe de ser para ti esta empresa, pues, bizarra, daré a tu mismo deseo, porque yo desesperada no he de amar lo que aborrezco, pues antes estas campañas bañará enero de flores, sembrará agosto de escarcha, primero ese mar soberbio de sus prisiones de plata excederá contra el cielo el límite de esta playa que llegue a deberme solo una atención descuidada, si en repetidas ofensas hay olvido que dejarlas, porque estoy tan mal conmigo que solo de que las pasa mi sufrimiento quisiera que nunca se me olvidaran para acabar con su fuerza vida tan desesperada, desesperación tan fuerte, rigores que así maltratan, deseos que así me ofenden, finezas que así me cansan, temores que así me asustan, recelos que así me asaltan, sombras que así me desvelan, fortuna que, bien mirada, para que viva muriendo ni me alienta ni me mata. Princesa, sin fe he quedado de tu duda y confusión, que grandes pesares son dignos de un grande cuidado, mas diferencia he hallado de tu pena y mis desvelos, que a ti te faltan recelos y a mí me sobra el temor, luego desdicha es menor no tener amor que celos. La tierra solo a ser viene felicidad desmentida porque aquello que se olvida ya parece que se tiene, pero pasión que previene en lo más fuerte del daño el honor del desengaño ¿con quién se ha de acompañar, pues no tiene que esperar mas alivio que un engaño? Tu condición apacible te hace ofender lo que espero, a mí me agrada lo fiero, lo soberbio, lo terrible. Todo al amor le es posible, pero luce su deidad donde hay más dificultad. Por eso con mi victoria rindo yo al amor más gloria que tú en tu severidad. Solo nos falta a los dos la libertad deseada. Como quien no dice nada, Júpiter dicen que es dios que asalta torres y muros, mas tan sin hombres estamos que en otra plubia esperamos. Todo es sombras y conjuros cuanto en el castillo vemos, lo que es hombre ni aun pensallo que un pollo que se iba a gallo. ¿Quién vio tan crueles extremos? Este enano, este bostezo de varón, el otro día quitó la vida y decía, colgado por el pescuezo, no ha de cantar ni decir al alba requiebros bellos y, si no, muera por ellos, y así pagó con morir. El gigante mi señor, el príncipe, que es muy justo, tiene ese gusto y su gusto se ha de hacer. Grande hablador para fuste tan pequeño, aunque, si he de hablar verdad, muy grande a toda maldad. Todo fue verdad tu sueño, yo que le vi le he sabido y, cuando yo no le viera, princesa, lo mismo fuera. Menos temeré advertido, mis contrarios han venido, yo soy quien he de segar sus cuellos, yo he de cortar estos dos altivos troncos que en los árboles más broncos de ese monte he de fijar. ¿Qué es verdad lo que he soñado? Es verdad. ¿Cierta es mi muerte? Si quieres verlos, advierte... Siempre estaré a vuestro lado, no temáis. El encantado castillo es aqueste, infante. El sol tenemos delante, ¿qué esperamos? Vuestras vidas morirán arrepentidas. ¿Quién suspende mi poder? Tente, que no puede ser. Agua sacan mis heridas por sangre. ¿Quién se me atreve? ¡Rabiando de enojo estoy! ¡Oh qué desdichada soy! Mi esperanza es aire leve. Mas todo el orbe se mueve. ¿Qué es esto, Plutón, qué es esto? ¿A mi furia te has opuesto? A mis incendios disponte, que el príncipe Brillafronte sabrá vengarse muy presto.
JORNADA SEGUNDA
Invicto Rosidoro, alienta el pecho, que en voladores átomos deshecho has de vez este alcázar fabricado de ilusiones fantásticas. Si el hado no se opone a mi brazo y a mi espada, haré que llegue a ser menos que nada. ¿No soy yo Rosidoro? ¡Estoy corrido de que mi nombre solo no ha podido hacer temblar al fiero Brillafronte! Pues, aunque vista por arnés un monte y por yelmo una roca, le han de ser para mi defensa poca. Aunque tu esfuerzo solo, conocido del uno al otro polo, para todo es bastante, yo que librar del bárbaro arrogante a Estelinda pretendo, en tan ardiente cólera me enciendo que es mi pecho un volcán cuyas centellas en la región del aire son estrellas. Con esta espada de templado acero a Brillafronte espero quitar la vida y deshacer su encanto, porque quien tanto adora puede tanto. Pues yo, pajas, por Júpiter sagrado, que he de ser un epílogo, un traslado del mismo can Cerbero. Con esta mano y otra de mortero le he de dar en la frente una estocada que le deje la estrella machacada. ¡Por Dios que eres valiente! Comereme un capón con solo un diente. Justo será que sepan la princesa y Astelinda que vamos a esta empresa y con igual amor las pretendemos. Difícil es la hazaña que emprendemos porque tiene el castillo tan guardado este príncipe adusto que al templado Céfiro el breve tránsito le niega. ¡Oh bárbara crueldad!, pero aquí llega Manfileo, que suele con su mágica industria hacer que vuele un monte y que deciendan los planetas a ser del prado cándidas mosquetas. Él sabrá hacer de modo que podamos hablallas. Si alcanzamos la dicha de mirar sus luces bellas, no hay que pedir favor a las estrellas. Escucha, Manfileo. Ya os entiendo, mi dicha solicito en lo que emprendo. Ya sé que intentas ver a Felisalva, en quien traslada su candor el alba, y tú a su prima, cuyos bellos ojos pueden dar al amor celos y enojos, y así, aunque pese al bárbaro y grosero Brillafronte, primero que en tinieblas se bañe el horizonte las veréis. Si este monte un diamante precioso se volviera y llegara a ser mío, tuyo fuera. Para el que hazaña emprende semejante no es premio equivalente ese diamante. No tengáis por difícil esta empresa, que, si el infierno todo a esa princesa con legiones de espíritus guardara, a todos los durmiera o los cegara. Mi ciencia es de manera que soy la inteligencia de esa esfera rociada de estrellas cuando Apolo sus rayos comunica al otro polo. Los argentados peces al cielo he trasladado muchas veces y sus astros hermosos he aposentado en golfos procelosos. Rémora soy del sol, si se me antoja, y, si en estío su rigor me enoja, con áspero conjuro de suerte le molesto y le apresuro que en la mitad del día sucede, a su pesar, la noche fría. (Hasta Júpiter santo me respeta. Solo amor, con ser niño me sujeta.) Mas ¿que tiene espolones el mancebo y que antes de mañana pone un güevo? Lucifer que se atreva a darle enojos caniculares vierte por los ojos. Llamarasme tu esclavo, Manfileo, si por tu industria logro mi deseo. Y yo seré la trompa de tu fama si los rigores templas de mi llama. Ya dispuesto el encanto tengo para este efecto. ¡Cielo santo, si consigo mi intento, de gloria vestiré mi pensamiento! ¿Qué te suspende ahora? Vamos a ver la encarcelada aurora que solo para un bárbaro amanece. Esa dicha que ofrece a mi pecho tu mano solicita. A mi cuidado el vuestro se ramita. Vamos allá, Tornes. A ese hechicero que suele hacer prodigios con un cero le podemos rogar que allá nos meta o que por la estafeta, sin porte nos remita. Amigo, nuestra dicha solicita. No te detengas más. (Templar mi fuego con mi encanto pretendo.) Vamos luego. ¡Que he de llegar a ver mi sol hermoso! Fortuna, ¡que he de ser tan venturoso! ¡Qué consuelo! (¡Qué dicha!) ¡Qué tormento! ¡Qué gloria! ¡Qué favor! ¡Qué sentimiento! Señor Manfileo, escuche una palabra no más. Poco en una me dirás. ¡Gran miedo siento en el buche! Ayúdame tú. No puedo, que tengo el ánimo enano. El pulgar de aquella mano no sé si es culebra o dedo. Ya sé que queréis los dos que os meta en ese castillo. Si sabes algún portillo, enseñádnosle, por Dios, porque aquellas dos lacayas, que presas en él están algún cuidado nos dan. Engañar sus atalayas con esta sortija puedes. Su piedra te hará invisible. Si es lo que dices posible, harasme dos mil mercedes. Toma, mas has de advertir que hacia ti le has de volver para no dejarte ver. ¿No tienes más que decir? Tú, convertido en milano, por los aires entrarás. ¡Gentil adbitrio me das para que muera temprano! ¿Yo volar como palomo sin haber nacido halcón? ¿No adviertes que soy Sofión y tengo el alma de plomo? La llave tiene agujero, por él me puedes meter. (¡Oh lo que pienso comer sin que me cueste dinero! Mil sopapos he de dar y aun más a quien yo me sé.) Veinte ducados daré a quien me enseñe a volar. A prevenir el conjuro voy. Escucha. Yo quisiera entrar por una gatera, que es el vuelo más seguro, que soy necio y, en rigor, es fuerza que sea pesado. Muchos necios han volado con las alas del favor. No hay remedio. Pajarote he de ser. ¡Rara invención, hecho de cera un Sofión y un milano de cerote! A Júpiter le prometo, si libre del vuelo escapo... más quisiera ser gazapo que no verme en este aprieto. (Hacer quiero la experiencia de este anillo prodigioso.) El encanto es peligroso, no hay sino tener paciencia.) (Ya la sortija volví.) Fuerza será llevar cola. (Hacer quiero la mamola a Sofionillo.) ¡Ay de mí! ¿Quién en las muelas me fija los dedos? ¿Quién me sobaja? ¡Por Dios, que es preciosa alhaja la piedra de la sortija! Yo soy, Sofión. ¿No me ves? No te veo. ¿Dónde estás? En poder de Barrabás. Por muchos años lo estés. El encanto de mi anillo contigo quise probar. Vuelve tu forma a tomar y enderézame un carrillo que torcido me has dejado. (Volver la sortija quiero.) ¿Vesme agora? Y verte espero por hechicero abrasado. ¡Oh embelecador villano! Tú me tratas de esta suerte, como pollo he de comerte en llegando a ser milano. Mira que me volveré a deshacer. No, por Dios, vivamos en paz los dos hasta que emplumado esté. Tu amigo soy, pero vamos a lograr esta ocasión. Roguemos a Dios, Sofión, ya que vamos, que volvamos. Templa el rigor con que matarme intentas y a tus divinos ojos no consientas que de veneno armados se ostenten basiliscos irritados. ¿Qué te falta si reinas en mi pecho?, que, si te ofrezco en lágrimas deshecho un corazón, intrépido monarca de cuanto el globo celestial abarca, ¿por qué de mis halagos te retiras? ¿Qué desaciertos miras en mi talle y semblante? Si es mi aspecto feroz, mi pecho amante te muestra blando, tierno y amoroso que soy humilde, afable y cariñoso. No tan esquiva y dura se muestre tu hermosura, que es impropio que, siendo tan hermosa, seas fiera intratable y rigurosa. ¿Mi talle no es bizarro? ¿Mi alentado despejo, mi desgarro no merecen aplausos? ¡Por los cielos, que puedo dar al mismo Adonis celos! ¿Qué importa que mi tez adusta sea si este que ves lucero la hermosea, cuyos vivientes rayos al cielo dan envidia, al sol desmayos? Si procuras riquezas, un tesoro tengo poblado de montañas de oro y, si sortijas bellas, engastaré a racimos las estrellas. De plata es el alcázar en que habitas y el suelo de orientales margaritas, que a mí para llenar trojes de perlas no me viene a costar sino el quererlas. Regalos, ya tú sabes que está el viento sin aves porque para tu mesa mi cuidado de ellas le ha despojado y solo el fénix reservé entre todas por que sirva de plato en nuestras bodas. Si me quiero valer de mis encantos, con un círculo haré prodigios tantos que suspenda los cielos y de temor sus cristalinos velos, vueltos rubios topacios sus diamantes, al mundo ostentan pálidos semblantes. Por que más te suspendas y te asombres haré, si gustas, de las piedras hombres y, dando apoyos nuevos a estas yedras, haré, si quieres, de los hombres piedras. Es en el cielo Júpiter sagrado mi virrey, a mis órdenes atado, y Plutón en el reino del abismo, sujeto a mis decretos, es lo mismo. Todo, al fin, me obedece, solo mi gusto de tu amor carece. Tirano, en vano procuras artificioso engañarme a que estime tus finezas, si hay quien las tenga por tales. Dime tú, ¿cómo es posible que agradecida te pague con favores los enojos, con halagos los pesares? Confieso que las riquezas son medios tan eficaces que en este siglo ambicioso consiguen efectos grandes, pero conmigo no pueden lo que ya con todos valen, digna por esto de elogios que en duros bronces se estampen. ¿De qué me sirven las perlas que en los senos orientales en breves conchas lucientes cuajan los rayos solares? ¿Y el oro, que es en la tierra de sus venas rubia sangre y, a fuerza de humana industria, después de enterrado nace? Si dos lustros ha que estoy presa por ti en una cárcel, tan apretada que en ella vive con grillos el aire, ¿qué importa que generoso me sirvas y me regales si la libertad me quitas, que es lo que mejor me sabe? ¡Cuán más dichosas que yo son en el viento las aves y en ese monte las fieras! ¿Qué bruto la yerba pace de esta selva que no pueda, aunque discurso le falte, cuando cela su consorte darte liciones de amante? Pues, si a mirarte me aplico, ¡qué mal me aplico a mirarte! Tanta multitud de horrores miro en tu fiero semblante que te imagino un coloso de mal bruñido azabache, labrado sin pulimiento y desbastado sin arte. Cuando al espejo te miras, ¿por qué no te persuades que eres una noche en quien tantas tinieblas se esparce? Que, si bebiera esa estrella la luz al sol cuando nace, de tu esfera en el oriente aun no se vieran celajes. Tan lóbrega, al fin, ostentas esa tez, adusta imagen del tálamo que le sirve de tumba al sueño cadáver, que, si bañara sus luces en ella el galán de Dafne, un vivo retrato fuera de ese borrón formidable y hasta Júpiter, con ser quien le ha conocido infante, le presumiera de ti más hijo que de su padre. ¿Por qué, si a mi tez su nieve han traducido los Alpes, en esos carbones quieres que la tizne y que la manche? Aunque más lágrimas llores que en sus términos reparten la noche flores lucientes, el mayo estrellas fragantes, no has de poder de mi pecho labrar el firme diamante, porque vencer imposibles aun a los Dioses no es fácil. La encina, parda colina de ese fragoso homenaje, la roca, inhiesto obelisco de aquel proceloso estanque, menos firmeza presumen que mi pecho inexorable, más facilidad prometen a las espumas y al aire. Quiere a mi prima, que viene el gusto tan de tu parte que de ese funesto bulto apetece el negro esmalte, y deja de ser de un bronce obstinado y ciego amante solicitando blanduras en las entrañas de un áspid. ¿Qué más desengaños quieres de este pedernal constante, de este mármol invencible, de esta nieve incontrastable, de este páramo de hielo y esta columna de jaspe? Prueba haces de mi paciencia, pero yo soy tan galante que de tu soberbio pecho aun estimo los ultrajes. No me enojan tus rigores aunque siento mis pesares, que no mancha este dolor la nobleza de mi sangre. (¡Que para tales rigores haya paciencia que baste! ¡Etnas arden en mi pecho! ¡Poco he dicho, infiernos arden!) Yo imaginé que esta vez el atezado Galafre se enojara de manera que diera con todo al traste. Aunque es morcillo, es cortés y solo hiere su alfanje a barbados, no a princesas. Bien hace. Dios se lo pague. Cantando, como se dice, las tres anaditas, madre, me he zampado en el castillo. ¡Oh sortija archibrillante, hasta del vestir me ahorras, pues, si no me ha de ver nadie, aunque me vapule el viento, no importa que vaya en carnes! Si de estas hubiera muchas, poco ganaran los sastres, nadie vestirse quisiera y todos fueran Adanes, pero aquí está Brillafronte. El cielo me libre y guarde de que la sortija se me vuelva de la otra parte. Las cuatro hermosas doncellas tiene el bárbaro delante. «Doncellas» las dije, el miedo me hace decir disparates. Llegarme quiero a mi cuya y, si por dicha es palpable, soballa una manecita, dándome licencia el guante. ¡Ay, cielos! ¿Y quién me toca? Calla, boba, no te espantes. ¿Quién eres? Un brujo en pena. Pues ¿qué intentas? Pellizcarte la voluntad. ¡Yo soy muerta! ¡Qué presto morirte sabes!, pero, entretanto que el negro ponderando está sus males a Felisalva, volver quiero la sortija. En balde te cansas. ¿Cómo es posible que quepa rigor tan grande en tu pecho? Tantas penas fuerza será que me acaben. ¿Diciérnesme agora? Delia, ¿no ves el lacayo andante del un príncipe de aquellos que vimos ayer? ¡Notable. ha sido tu atrevimiento! Acaba de columbrarme, pues ya estoy sólido. ¿Cómo antes, sin verte, me hablaste? Traigo un milagroso hechizo escondido en cierta parte que, cuando a mí se me antoja, me evapora y deja en albis. Con él, para entrar a verte me hice incorpóreo. ¡Admirable es su virtud! No te asustes si volviere a diafanarme, mas ¿si agora se volviera aquel demonio fiambre y me atisbara? Narcisa..., mas ¿qué es esto? Inremediable es ya mi desdicha. Espera, di, ¿quién eres?, pero atalde las manos por que no pueda de las mías escaparse. Si el cielo no me socorre, no daré la sexta parte de mi nombre por mi vida. Tornes, requiescat in pace. Esta sortija que tiene en un pífano quitalle quiero de paso. En remojo puedo poner el gaznate. Habla agora. Yo, señor, soy un hijo de mi madre que por mi desdicha vine por estos andurriales. Tornes mi apellido, nombre de bajísimos quilates, pues los muchachos con él suelen comprar triquitarques. Tentome cierto demonio tan lampiño de semblante que aun de su boca no tiene poblados los arrabales, pero el miedo no me deja que pase más adelante y en la antípoda del vientre comiencen las tempestades. ¿Cómo entraste en el castillo? Pues ves que en pena tan grande no estoy para responderte, no estés para preguntarme. Perdóname. De este acero has de probar a que saben los filos. No, por mi vida. ¿Qué quieres? Que no le mates. Para tu esclavo le dejo. Pues manda que me desaten. Soltalde. ¿Ves cómo soy de condición agradable? Aprender pueden de mí a volar, los que no saben. Parece, según me muevo, que, naciendo gerifalte, aunque me hicieran infante no volviera a ser terrestre ni aun presbítero si hubiera bodegones en el aire. Frescas como una lechuga traigo las tripas. Una ave hacia esta parte se viene. Columbrome el negro alcaide. Tiralla quiero una flecha por que muerta al suelo baje. ¡Un arpón, cielos, previene! Brillafronte, no dispares. ¿Habló el pájaro? No hay cosa que ya por nueva me espante. Ya de los vientos me apeo. Deciende, pues, y no aguardes a que, soltando la flecha, con ella al vuelo te mate. Ya soy gallina, señor, si hasta agora fui arrogante milano y en prueba de esto aquí te pondré seis pares de güevos frescos. ¿Quién eres? Un pájaro tan flamante que aun me hallarás, si lo miras, en las alas los hilvanes por cazar una paloma que en poder de un cuervo yace. Me ha dado, que non debiera, capricho de ser volatre. Un hora habrá o poco menos que me ando por esos aires hecho una gaita de pluma, tragando ventosidades, pero el demonio, que, al fin, más que los milanos sabe ⸻y aun que los Sofiones⸻, hizo que a este palacio llegase, donde, si no lo remedias. con tu poder inefable pelado a puros pellizcos moriré a manos de pajes. ¿Quieres también que le deje sin castigo? El no matarle será acción más generosa. En todo pienso obligarte. Por Felisalva te doy la vida. Deja que estampe en tus pies de arte mayor mis dos ribetes de lacre. Levanta. Dame licencia. ¿Para qué? Para mondarme y remitir estas plumas a dos escribanos sacres. Sofión. Tornes. ¿Qué me dices de aquellos frescos parajes? Que se te encomiendan mucho las grullas y gavilanes por besar las dos mantecas de tus manos vencedoras. Ha sido más de dos horas espantajo de las cluecas. A sus cristales aplico con fe ardiente y pecho amante esta boca, que un instante, y aun menos, ha que fue pico. Yo pagaré tu afición aunque pese a mi desdicha. No tuviera yo esta dicha si me volviera capón. ¿Qué nuevo prodigio es este? (¡Qué horror en mi pecho infunde!) Todo el orden se confunde de la máquina celeste, los polos se desencajan de sus eternos asientos y entre sí los elementos se mezclan y se barajan. ¿Quién asombros semejantes produce sin mi licencia? ¿Quién me ha robado mi ciencia? Cubierto se ha por instantes de luto el cielo. En horrores se anega el mundo. No puedo mover el paso de miedo. Con píanos y atambores nos intima el cielo guerra. ¡Ciega estoy! ¡Pierdo el sentido! No temáis, que aquí estoy yo. (El respeto me perdió el infierno. ¡Estoy corrido!) A Júpiter y a Plutón he de castigar severo, pero, entretanto que espero vengarme, la confusión del orbe con otro encanto voy a sosegar. Si el cielo no nos descubre su velo, mi muerte será mi llanto. Una nube cristalina del cielo se ha desgajado. Y con vuelo reposado a esta parte se encamina. Tornes. ¿Qué quieres? ¿No miras cómo se avecina al suelo aquel mendrugo de cielo? ¿No te asombras? ¿No te admiras? Cegado me ha su arrebol, misterios encierra en él. Si el sol por dicha es pastel, hojaldre será del sol. Ya la nube llegó al suelo. Y de su centro han salido dos caballeros. No ha sido a mi amor ingrato el cielo porque de los dos el uno es el príncipe de Acaya, que derrotado a esta playa le ha conducido Neptuno. ¿Su primo es el otro? Sí, y no menos alentado. Nuestra dicha hemos logrado, pues las dos están aquí. En sus luces soberanas se retrata el sol hermoso. En lo bizarro y airoso más que primas son hermanas. ¿A nuestros amos no ves? Ya los he visto. Callemos. Con ellos de aquí saldremos. Eso se verá después. La vista confusa y ciega en golfos de luz se apura. En piélagos de hermosura turbada el alma se anega. Dos bizarros caballeros ha llovido el nubarrón. Y, si no me engaño, son los príncipes extranjeros. Un cierto olor masculino al olfato me ha llegado y a explorar quién le ha exhalado vengo como un torbellino. No me engañan las narices, porque hacia aquellos limones cuatro discurro follones. Ellos han sido infelices, pues probarán el valor de mi persona bizarra. El venir sin cimitarra ha sido notable error, ¡por Dios que, si la trajera, que ninguno se escapara, a todos los rebanara y después me los comiera! Temblar haré el horizonte con un trinchete en la mano, mal conocen el enano del príncipe Brillafronte, mas ir a avisarle quiero. Prevénganse estos villanos, que han de morir a mis manos, por la fe de caballero. Lleguemos, que ya es tibieza esta duda en nuestro amor. ¿Quién puede tener valor contemplando esta belleza? Si esa deidad soberana que a veneración inclina es como en todo divina, en la condición humana permite que sin agravios de tu celestial poder ose de mi amor hacer intérpretes a mis labios. Y, si de piedad movidos los dos soles de tus ojos no castigan con enojos atrevimientos lucidos, consiéntele a mi pasión que de recelos ajena el poder decir su pena facilite al corazón. No atribuyas a locura tan audaz atrevimiento porque, aunque yo le alimento, es hijo de tu hermosura. Perdónale a mi osadía lo arrojado, con que llega a ser mariposa ciega de esa luz que forma el día. A que te diga mi pena me condena y fuerza amor. A confesar mi dolor me fuerza amor y condena. Por ti está mi vida en calma. Por ti me falta el sosiego. ¡Yo estoy loco! ¡Yo estoy ciego! ¡Yo sin vida! ¡Y yo sin alma! Príncipe de Acaya invicto, cuyas heroicas hazañas dan, a pesar de la envidia, larga materia a la fama, bien echo de ver que amor para entrar en este alcázar te ha infundido sus alientos y te ha prestado sus alas porque, menos que con ellas, humanas fuerzas no bastan a penetrar sus paredes. Bellísima Felisalva, si como deseo admites mi voluntad por esclava, de mayores imposibles saldrá vencedora el alma. Tú libertad solicito, rayo ha de ser esta espada, que ha de volver en cenizas las piedras de esas murallas. No puedo, infante de Lidia, aunque en su fuego me abrasa el príncipe de la estrella, dejar de estar obligada a tanta fineza. ¡Ay, cielos, qué presto me desengañas! ¡Qué de repente me hieres! ¡Qué de improviso me matas! ¿Cómo es posible que puedas confesarte enamorada de un retrato de la noche? Aquel lucero que estampa en el orbe de su frente hace sus tinieblas claras. ¡Oh qué mal gusto que tienes! Soy mujer, ¿de qué te espantas? Mucho, príncipe, tu acero alienta mis esperanzas. Llave ha de ser de esas puertas a pesar de quien las guarda. En vano me solicitas y sin provecho te cansas, De ese monstro a quien adoras heredaste el ser tirana. Tuya seré eternamente si de esta prisión me sacas. Como, en efecto, eres noble, generosamente pagas. Si mi voluntad no es mía, ¿por qué me culpas de ingrata? Quien a un bárbaro la entrega su naturaleza infama. Ya te he dicho lo que quiero. Fácil empresa me encargas. Ya te descubrí mi pecho. No mereces ser humana. Ya soy tuya. ¡Feliz suerte! No soy mía. ¡Pena extraña! ¿Librarasme? ¿Quién lo duda? ¡Esto es amor! ¡Esto es rabial ¿Quién la murada clausura de mi castillo profana? ¿Quién sin recelo se atreve a poner en él las plantas? Descubrionos Brillafronte. En todo soy desdichada. Prevenir quiero mi acero. De yelo soy una estatua. Ya me contemplo difunta. Ya yo me juzgo enterrada. Azogue ha comido el mundo. El suelo tiene cuartanas. Salgan fuera los traidores. Cielos, ¡la tierra nos falta! Adiós, infante de Lidia. Adiós, príncipe de Acaya.
JORNADA TERCERA
Los encantos que emprendí mal mis dichas aseguran, que pienso que se conjuran las estrellas contra mí. Feliz ocasión perdí, pero, pues tan poco debo al cielo en disignio nuevo, para el logro de mi amor invocar quiero el favor de las sombras del Erebo. Plutón, tú que poderoso, tú que del oscuro mundo eres Júpiter segundo, favoréceme piadoso, haz que me atienda amoroso Rosidoro, haz que tu ardor encienda su tibio amor y, Felisalva olvidada, su voluntad obstinada se rinda a imperio mayor. Vanas diligencias son aun en el mayor poder las que procuran hacer violencia a la inclinación. Mal premiada tu afición, no esperes ningún consuelo, porque es inútil desvelo, querer que en lazo infelice el infierno tiranice lo que deja libre el cielo. ¡Ah, ingrata deidad! ¿Tan poco te obliga lo que me debes que a mis voces no te mueves? A más favor me provoco. Proserpina, a ti te invoco, de los brazos desasida del día, esfera subida como luna trasladada, anima, deidad sagrada, con tus alientos mi vida. Deidad triforme, ocupa el carro hermoso que diamantes engasta y a matices, ¿cómo a tan tiernas voces te resistes y a mí me niegas el común reposo? Ayuda a mis intentos favorable, haz que de Rosidoro sea querida y que escuche mis ruegos más tratable. El rigor casto de la selva olvida, pues que presides a la noche afable para los hurtos del amor nacida. No alcanza el imperio mío lo que así no se concede todo el cielo, que no puede dar leyes al albedrío. Cobra olvido en su desvío o intenta nuevos empleos para más justos trofeos, que es loca temeridad, querer que casta deidad tercie en lacivos deseos. Pues aunque el cielo lo impida mi amor ha de porfiar, ni a su poder se ha de dar mi esperanza por vencida. De una industria prevenida, veré si en su fantasía nuevos objectos varía y si en dichas mal seguras hay en otras hermosuras más ventura que en la mía, que, si una vez titubea la firmeza de su amor, si se le entibia el ardor, si la fineza falsea, venceré con que no sea a Felisalva, y confío que, si es de otra, ha de ser mío, que, en cesando fuerza tanta, fácilmente se trasplanta a otra parte el albedrío, mas él viene. Manfileo, poco te debe mi amor. Antes juzga que es menos mi ingenio que mi deseo. Tan empeñado te veo en empresa tan pesada que deseo, si te agrada, que espaciéis la voluntad. No es única la beldad de esta princesa encantada. Necio estás, esta belleza tan sin segunda nació que a sí misma se excedió la sabia naturaleza. Aun no puede su desfreza repetirla porque el cielo que la sirvió de modelo nunca estuvo tan hermoso ni su pincel milagroso dio igual ejemplar al suelo Mira mejorado el oro del sol en su vista ardiente, mira el cristal de su frente que da al impíreo decoro, mira que humilde la adoro y en influencia secreta todo el cielo lo decreta, y mira, en fin, que jamás podré olvidarla y verás que no hay cosa más perfecta. Cinco hermosuras la fama celebra, elige la una, que liberal la fortuna a que las goces te llama. Un vano imposible infama los progresos a que aspiras, de tus dichas te retiras. Mira estás cinco deidades, que en mayores claridades te anegarás si las miras. Verlas no será posible aunque tú me hagas la salva. Si olvidas a Felisalva, no hay a mi ingenio imposible. Aquí en presencia visible te las mostraré. Aunque ignoro olvidos, veré ese coro de beldades solamente porque forman más decente triunfo a la deidad que adoro. Aquí espera y a sus puros rayos rendirás trofeos, que aunque escondas los deseos no has de tenerlos seguros. Asiste mi amor en muros invencibles de diamantes. Todo el cielo no es bastante a contrastar su firmeza, porque la mayor belleza merece al más firme amante. Nunca más bodas al cielo. Gracias a Dios que ya piso tierra firme, desplumado de aquel volátil capricho. Vaya arredro Menfileo, pues, sin ser yo concebido en fárfula original, hacerme pájaro quiso, mas aquí está Rosidoro. Parece que pensativo su misma imaginación hablándole está al oído. Señor príncipe de Acaya, vuestra alteza ya habrá visto a Felisalva, que es su azucarado peligro. ¿No es muy linda? ¿No es muy fresca? ¿No tiene gallardo brío? ¿No mira a lo de antuvión? ¿No mata a lo basilisco? Yo la vi de medio a medio entre albahacas y tomillos perfumando de los vientos el trasparente orificio, cometiendo sinalefas en el galón cristalino de una fuente que cerrada está en dorado velillo, cuyo genio adulador adrede, de industria, digo ⸻que «adrede» es voz muy plebeya⸻, entre el sonoro bullicio salpicó de sus mejillas el nácar, que ya en macizos lunares juró de perla, viéndose en su centro mismo. Sus dos párrafos de luces hicieron mil floricidios porque estación tan rugiente es de las flores cuchillo. Esto vi ayer y a tu dama con todos sus requisitos, y por que nadie lo entienda en arábigo lo exprimo. ¿Qué modo de entrar tuviste? Sin duda el cielo propicio pone fin a mis desdichas, pues, sin haberme sentido a los ojos de las guardas, de este bárbaro me libro. ¿Qué novedad prodigiosa es la que en mí misma admiro, que de fantástico velo parece que el alma visto? Brillafronte en mi presencia me buscó, en furia encendido y pasé, sin verme nadie, fosos, puertas y rastrillos. ¡Qué hermosa luz! ¡Qué apacible es la campaña que miro! ¡Qué fresca es esta arboleda! ¡Qué risueños estos ríos! Aquí funda Rosidoro este pueblo movedizo adonde las tiendas son portátiles edificios, mas sin duda es el que veo. Parece que del impíreo baja toda la capilla con instrumentos festivos. ¡Qué hermosa cisne de soles que en mezclados epiciclos rayo a rayo se combaten con resplandores antiguos! ¿Qué es esto? ¿Qué nuevo encanto desde climas tan distintos como lo dicen los trajes estas damas ha traído? ¡Vive Dios, que hay gran cosecha de hermosuras! Todas cinco me escandalizan las ganas, me gratan el apetito. Esta es Rosa, ¡oh gran persiana!, ¡qué ojuelos tan atractivos sorbiéndose están las almas socarrones y dormidos! Milcondora, ¡oh escita hermosa!, ese león, que rendido a tus pies yace, más mueve a tus ojos que a tus filos. Leusipe, oye, cingarela, si es que tiene por oficio decir la buena ventura, para tenerla me arrimo a sus ojos bailadores donde da el alma mil brincos. Pues la amazona Tomiris, que enfrenando el hipogrifo desenfrena los deseos, más temo del apellido, que, si se llama Tomiris, ella tomará infinito. Eritrea es un oriente que entre brilladores visos, oro desenvaina a rayos, perlas esparce a racimos y todas juntas, un sexo de musas y gracias, rico epítome de lo hermoso, quinta esencia de lo lindo. Atónito a tantas luces, parece que los sentidos buscando están nuevo asiento fuera de su centro antiguo, mas ¿Felisalva es mi dueño? Sí, mas en un mármol frío hicieron señal ardiente cinco asombros tan divinos. Mucho temo que me olvides. Dentro del alma percibo que Felisalva se queja, pero a tanto dulce hechizo no hay defensa. ¡Amor me valga! ¡Qué necio me precipito cuando a Felisalva adoro! Si su voluntad redimo de riesgos tan poderosos, bien de mi fineza es digno. Escoge, así Dios te guarde, a la cíngara, brinquiño de amor o de aquella rosa el nacarado capillo o, si quieres, de la escita podrás hacer un silicio para raíz de las carnes, pues de la amazona el brío, lo valentón, lo esmarchazo es digno de tu capricho, déjame la india solo de barato. Dime, amigo, ¿no es más linda Felisalva? No, por cierto, ni el sol mismo. Felisalva es un andrajo, es una sierpe, es un jimio... Bien me trata. .una tarasca y es una plaga de Egipto si a las cinco las comparas, que cualquiera de las cinco la puede dar salta y quince. Déjate de desatinos, y haz de las cinco un serrallo. Felisalva tiene hocico, es zurda y toma tabaco y una criada me dijo que es enferma de hipocondrios y que trae dientes postizos. ¡Que esto sufro! Calla, infame, que Felisalva ha nacido único milagro al mundo como el pájaro fenicio. Príncipe de Acaya, escucha. ¿Cuándo el pensamiento altivo concibió asunto tan alto y del celestial zafiro se acercó a los resplandores sin que en los rayos vecinos, ya templados, ya corteses, padeciese precipicios? Tan bizarro atrevimiento es el premio de sí mismo y en méritos desiguales intentarlo es conseguirlo. Si estimas a Felisalva, en tu amor será delito, que otro objecto te divierta. Recoge, pues, los sentidos, vuelve en ti y no te despeñe el fantástico artificio de imaginadas bellezas y de explendores mentidos. Mira cómo ya se cubre, se desvanece indistinto ese aparato y no resta a la vista un leve indicio. Libre está ya Felisalva y ya los hados propicios tu felicidad disponen y yo de su parte estimo tus finezas. Pues ¿quién eres, que el cuerpo no te averiguo y solo escuchó la voz? Tú lo sabrás. Ya imagino lo que puede ser, el eco de algún hablador precito será, que en pena embaraza lo cóncavo de estos riscos. O es la ninfa que te ama por parecerte a Narciso. ¿Si es Tornes?, pero su voz no es de metal tan lampiño. Serás mi imaginación, que me previene este aviso articulado en acentos. Espíritu soy que sirvo de atalayar tus acciones. Toda esta selva es prodigios. De mi cuidado has de ser perpetuamente asistido por orden de Felisalva. ¡Oh qué pesado registro! Seas quien fueres, di a mi diosa que dentro del ama imprimo su imagen, adonde tiene ara eterna y templo vivo. Haz cuenta que te está oyendo, Qué es esto? Llueven prodigios. ¿No veis un dragón que el aire rompe y con horrendos silbos pasos hace de garganta? ¡Poder de Dios, qué colmillos, qué boca de arte mayor que con bostezos continuos del sol empaña las luces! ¡Qué pesado y dejativo mueve las obscuras alas!, mas ya pasito a pasito al suelo se va acercando el perezoso vestiglo, ya toma tierra esta nave, arcadas o parasismos le han dado, si no ha trocado, una pulga ha sacudido o es el parto de los montes. ¿Quién es de los dos, decildo, decildo, no tengáis miedo, el de Acaya, que he venido solo a buscarle? Yo soy. Mucho en verte me lastimo, que has de morir malogrando talle y años tan floridos. El príncipe de la estrella, Brillafronte, señor mío y, si lo intenta, del orbe, te reta porque has querido robar atrevidamente de su sagrado retiro a la sin par Felisalva. No imagina ni yo afirmo que osaras tan gran hazaña, mas, faltando del castillo, porque habrás tenido intento de robársela, te intimo que eres aleve, cobarde, malandrín y que has mentido por en medio de la barba y te llama a desafío, y este guante son los gajes. En el apacible sitio de esta campaña te espera desde que en dorado nicho salga el sol hasta que el mar le dé sepulcro de vidro. Deja que yo le responda. Embajador de poquito, de este Galafre follón, brizna, caspa o salpullido, ¡vive Dios que si te cojo de un brazo que dé contigo más allá de las estrellas! Escudero inadvertido que el derecho de las gentes rompes, yo, leal ministro, aplazo el campo a tu dueño. Vete y di que yo le admito, que al nacer el sol le espero. Mucho harás si esperas vivo. ¿Quién pudo ⸻¡ay, cielos!⸻ robar a Felisalva? Yo fío que está segura. No temas, Rosidoro. Ya me animo. Voy a prevenir mis armas. ¿No me sigues? Ya te sigo. ¡Oh voz de mi bien! Mañana tengo de ser tu padrino. Espera, villano. Paso, señora sombra, pasito, porque son para colgadas. Ya, Tornes, te he conocido aunque hablas tiple. Notable es la virtud del anillo que te prestó Menfileo, pues ni el príncipe te ha visto ni yo tampoco, mas, siendo Tornes, no me maravillo, que todo lo que es moneda tiene esa virtud conmigo, pues para mí es invisible. Ya la ocasión averiguo que ninguno no me vea. ¡Notable dicha he tenido! Esta sortija que Delia me dio invisible me hizo. Vuelve la piedra y engorda la voz, que en este retiro ninguno te podrá ver. Todo el misterio he sabido. Y dime, ¿cómo te fue con tu dama? Pues amigo, Sofión, ¿cómo tan solo? No lo dije yo. ¿Qué has dicho? Que eras tú aunque disfrazabas la voz. Yo agora he venido a buscarte porque tengo dos cándidos panecillos, un nacarado jamón y esta borracha de vino para nuestro refrigerio, pues las leyes no seguimos de caballeros profesos en el andante ejercicio que de comer no se acuerdan y andan siempre divertidos en selvas y en aventuras, que por aquesto se dijo estómago aventurero. ¿Aun te burlas? ¡Buen capricho! No me burlo. Esta es la bota, este es el pan y el tocino. Come y calla. Como y callo, tiendo la capa y desciño la espada y sentarme quiero. Yo también hago lo mismo. (Pagarame este villano los males que de mí ha dicho. Una burla pienso hacerle.) Picante está el jamoncillo. Muestra, aunque para beber no he menester apetito. ¿Cómo es esto? ¡De la mano no sé quién me lo ha cogido con una violencia estraña! Sin duda en aquestos pinos las harpías de Fineo deben de tener sus nidos. Toma otro bocado. ¡Vive Júpiter capitolino que también me lo agarraron! ¿Hay encanto más inicuo? La comida se me hace invisible, ¿es el castigo de Tántalo? Pues no comes, bebe. ¡Baco sea conmigo! ¿Quién de la mano a la boca ha pasado más peligros? Lleno de tierra está el vaso. Prueba otra vez. Eso pido, mas al llegar a los labios, saltó de la mano el vidro y se ha roto. Pues, hermano, paciencia, tú has ofendido a algún fauno petulante o algún sátiro lascivo y de esta suerte se vengan. Yo, si no es para servirlos, no conozco a esos señores. Tú siempre tienes por vicio esto de ser maldiciente. En toda mi vida he dicho mal de nadie. No te acuerdas. Mira cómo yo he comido y bebo porque soy hombre de buena lengua, sencillo y que no me meto en cuentos. Harás que pierda el juicio. Prueba ahora con la bota. Venga. A la salud te brindo de Felisalva. Mal fauno la dé en la panza un pellizco, pues por librarla a estas selvas en tan mal punto venimos. A mi salud beber quiero. Sin duda que estás precito. Esto es hecho, yo me muero, vuelto se me ha al colodrillo la boca. Aun peor es esto, desnuda mi espada miro que se levanta en el aire. ¿Hay tan extraño prodigio? ¡Que me matan con mis armas! ¡Ah, villano malnacido, quien dice mal de mujeres merece mayor castigo! Déjame, que me cansa tu porfía. Eso consiste en la desdicha mía. ¿Qué has perdido que tanto te enfurece, puesto que Felisalva te aborrece y en mí tantos quilates de amor cobras? Ella solo me falta y tú me sobras, es Felisalva la deidad que adoro, aun más que al sol bañado en ondas de oro, a quien ofrezco altares y trofeos, víctimas santas y ámbares sabeos. Yo soy deidad también, pues del sangriento dios que tiene ya en el cielo asiento y de la noche traigo, generoso, origen que de un astro luminoso, el más resplandeciente, ilustró la campaña de mi frente, con cuya luz en el noturno abismo yo mismo soy antorcha de mí mismo. En vano, pues soy dios, me persuades, que deidades se inclinan a deidades. Júpiter a mi prenda me ha robado, en oro, en cisne o viento transformado, mas por las leyes de mi diosa juro que en su trono de mí no está seguro esa mentira azul que la distancia tiene al cansancio de la humana vista escalaré, a pesar de su arrogancia, aunque el tonante amago lo resista, desquiciaré del cielo los umbrales barajando las jarcias celestiales y, alterando sus leyes, daré al día las tardas luces de la luna fría y haré que dore en su brillante coche el sol las negras horas de la noche, al aire privaré del dulce aliento y, cuajando del agua el movimiento, haré moble al monte, haré ligeras las peñas perezosas y a las fieras acentos daré humanos, sin pluma habitará los aires vanos el hombre y sin escama el reino undoso, de Plutón, el alcázar tenebroso; saquearé, sujetando a mi gobierno, el cielo, el mar, la tierra y el infierno. Furioso está y, aunque le adoro, temo su rigor. ¡Que a este bárbaro blasfemo me incline amor y, por fatal destino, para no le querer no hallo camino! ¿No es Palmerio gallardo? ¿No dice que me adora? Pues ¿qué aguardo? Seguirle quiero, pero ¿cuándo el gusto obedeció lo que juzgó por justo? Antes que a conquistar el cielo vaya, quiero dar muerte al príncipe de Acaya. Ven, Estelinda, porque determino que seas mi padrino y gocen este premio tus deseos, que a la parte entrarás de mis trofeos. Obstinación es tu amor. Y necedad tu porfía. Cuanto es más hermoso el día que el tremendo resplandor de una estrella tanto excede Felisalva a las más bellas que con mi sol son estrellas. ¡Qué poco mi ingenio puede! Brillafronte me previene la batalla. Este arrogante, para que con ella encante a los que provoca, tiene la cabeza de Medusa, que en piedras convierte a cuantos la miran, de estos encantos más que de las fuerzas usa, mas yo te daré una espada que, si toca donde está, la cabeza perderá la fuerza, que está templada en las aguas del Leteo. Con ella le has de vencer. Tuya, amigo, viene a ser la gloria de este trofeo. ¿Con qué te podré pagar? Contigo mismo. ¿Conmigo?, pues yo a ser tuyo me obligo. No hay más premio que esperar. Hoy, primo Rosidoro, das a tu fama soberano aliento, que en caracteres de oro lámina ha de servirla el firmamento en que esta hazaña escriba por que en apuesta de los siglos viva. A la mayor victoria afable te persuade la fortuna y en prevenida gloria con el laurel tus sienes importuna. Hoy probará el tirano el ardiente delirio de tu mano, tu valor me asegura sin sobresaltos vivo y sin deseos y, por fiel conjetura, el parabién te doy de tus trofeos, que en vivos ardimientos para ti ya son obras los intentos. Bárbaro Brillafronte te llama al campo, digno es de tus iras, a su muerte disponte, pues él crece las glorias a que aspiras, si acaso crecer pueden, supuesto que a los números exceden. Ya la aurora desea pulirse en el espejo de tu acero, ven a que el sol te vea repetir sus ardores y el primero estrena la campaña. ¿Por qué me animas a tan corta hazaña? Toca al arma y sonoro el cóncavo metal barrene el viento. Cuando mis penas lloro y no cabe en sí mismo el sufrimiento, tirano amor me obliga que facilite el gusto a mi enemiga. ¿Qué es esto, Menfileo? ¿Cómo tan triste estás? Soy desdichado. ¿No se templa el deseo de tu imposible amor? ¿Cómo templado? Antes, Acrón, creyera que el mismo fuego se helara en su esfera. ¿Tú, que mis penas sabes, cómo esperas templanza en mis dolores?, que sencilla las llaves te fíe de mi pecho y los errores de mi amor, bien te salva que, en efecto, es tu hija Felisalva y que por su rescate se la ofreces en premio a Rosidoro, mas ¡que verdad no trate! Un rey no dice bien con su decoro y, jurando ayudarme, con el príncipe intente embarazarme. Reina soy, la corona de Egipto es clara sombra de mi frente y, si no te apasiona paterno amor que juzga ciegamente si Felisalva es bella, ya ves que puedo competir con ella. Enamorada y ciega sigo al príncipe al paso de un deseo que a ser locura llega. En Menfis le vi ⸻¡ay triste!⸻ en un torneo y de hombre disfrazada emprendí con los dos esta jornada. Leusipe soy, la reina de Egipto celebrada, en cuanto Apolo dorados rayos peina a quien da amor en uno y otro polo tan ardiente trofeo. Oye, Leusipe soy, no Menfileo, mas yo haré, si hasta agora procuré con mi ingenio que saliese de la noche en que mora libre tu hija, que, aunque al cielo pese, eternamente viva de Brillafronte en la prisión cautiva. Repórtate. Leusipe soy y no Menfileo, de mis penas los ecos participe Felisalva. ¡Qué tanto te enajenas de ti misma! Oye, espera. Pues yo padezco, Felisalva muera. ¿Quién dice que Felisalva muera? Acrón, ¿quién da estás voces? Manfileo arrebatado y colérico. Mas oye, que a dar acentos al aire vuelve ya el sonoro bronce, ya retroceden los ríos y se estremecen los montes. Parece que el sol se para y que en su dorado coche el trance de este certamen está atalayando inmóvil. Salgan hoy de la prisión. Este es del príncipe el orden, mas lleven los ojos bajos y adviertan que no me enojen. ¡Que no nos libremos de este estornudo de los hombres! Y ¿qué has de hacer si miramos? ¡Vive Dios, que las desoje! El de Acaya y el de Lidia y todos sus valedores han de morir hoy a manos del príncipe Brillafronte y a ver su muerte venimos. ¿Que, en fin, ya bebes y comes? Sí, mas dentro de la tienda por que el fauno no me estorbe. ¿No es Delia aquella, y Narcisa? ¿No es aquel el pajarote? Sí, y aquel el invisible. Mas que las desuello a azotes si miran a nadie, mas que he de echarlo todo a doce. Príncipe invicto de Acaya, ¿qué obscura gruta te esconde? De ser vencido a mis manos no la ventura malogres. ¿Cómo tardas? ¡Oh qué mal te aconsejan tus temores! ¿Qué muerte pudiera darte el cielo que más te honre? Yo no te vengo a vencer, que es ofender mis blasones, sino solo a castigarte, préciate de que me enojes. Hoy he de hacer que los dos en sus iras se reporten si Brillafronte en mi pecho su misma sangre conoce. Sin duda es muerto el de Acaya. De temor anticipose a la fuerza de mi brazo. El asombro de mi nombre..., mas este es sin duda. Mira, Brillafronte, que se opone todo un mundo contra ti. Triunfos desprecio mayores. Mucho quieres a tu fama, pues tan grande riesgo escoges, porque con gloriosa usura la vida que pierdes cobres. No robaste a Felisalva, hazaña fue de los dioses, porque no cabe tan grande. temeridad a los hombres, mas porque ya que me falta, cuando sé que en sus ardores la vida, arrojado y ciego, simple avecilla depones, no merezca tu ambición tan bien nacidos dolores ni el mérito de estas penas dulcísimamente atroces. Yo solo que a su hermosura dignas rendí adoraciones soy capaz de tanta herida sin que otro pecho la logre. Muere, pues que mi dolor aun no te sufre consorte, para que pruebes castigos si esperaste oposiciones. La lengua arrogante enfrena y solas las manos obren, bárbaro, que hoy has de ser el timbre de mis blasones. No quiero que tu vil sangre acero manche tan noble. Convertido en mármol duro, durarás ejemplo al orbe. Yo haré, atropellando encantos, que en premio de tus traiciones esa estrella de tu frente el golpe sangriento borre. Escucha, príncipe, espera. Hijo suspende los golpes. Tu edad mi furia detiene. Tu respeto me compone. Acrón soy, rey de Tartaria que gobernando mi corte, en feliz quietud casado con la hermosa Lucidoris, me dio el cielo siete hijos, tres hembras, cuatro varones, que entre las humanas dichas las juzgo por las mayores. Hasta que dio a luz mi esposa después de tan dulce prole otro varón, triste dicha de mis peregrinaciones, porque con color adusto, como tiznado etiope nació y, con él, en mi pecho mil sospechas y temores, bien que su frente ilustraba entre brillantes candores una estrella que ser pudo clara pompa de la noche, mas mi honor escrupuloso pobló de imaginaciones el alma y creí que era adúltera mi consorte y, resuelto a la venganza sin que otro indicio me informe, al recién nacido infante, antes que alguno lo note, una noche saqué al campo y al tosco abrigo de un robre le dejé por parto vil de alguna fiera del monte. Vuelvo a mi palacio y solo con mi esposa de tan torpe efecto la causa inquiero y sin susto respondiome que, si es cierto que hacen casto caso nuestras imaginaciones y que la naturaleza al pensamiento responde, ella, al tiempo que dio origen a este parto tan diforme, miraba a un cuadro que pinta el despeño de Faetonte, donde el artífice diestro tanto animó los colores que dio a los bultos las almas, ya que no pudo las voces. En él se miraban muchos de los vivientes carbones que en memoria de este incendio tiene el mundo desde entonces y pudo ser que tiñesen estas vivas impresiones, lo que concibió y la idea tan nuevos prodigios obre. Elocuente su inocencia me persuadió mis errores y de la indigna sospecha la pido que me perdone. Volví al puesto en que al infante dejé para que le cobren mis brazos, mas no hallé rastro de él en todo el horizonte. Sospeché que de algún bruto fue alimento, que estos bosques guaridas son de panteras, de tigres y de leones. Pasándose cinco lustros por que mis penas se doblen, andando a caza una tarde con mis hijos en el monte, Felisalva con su prima siguió a un corzo que en veloces pasos excedió las plumas de sus alados arpones. Llegan al húmedo margen de la campaña salobre y incautas dieron en manos de unos cosarios ladrones, pero, como no pudieron esconderse sus dos soles, fueron a mis diligencias indicios sus resplandores. Supe que en este castillo, después de largos errores, de un tirano padecían rigurosas opresiones y a la fama de los hechos del de Acaya vine, adonde su libertad solicite y mayor aplauso compre. Bien pienso que te convencen tan fieles informaciones, Brillafronte, y que por padre tu sangre me reconoce. Cesen las iras si al celo del príncipe correspondes, pues que no pudo ofenderte quien a tu hermana socorre. Todo cuanto has dicho es cierto, la piedad de unos pastores me crio y ya más adulto penetré varias regiones hasta que de los corsarios libré a las dos, aunque, indócil Felisalva a mis deseos y a mis corteses amores, las puse en este castillo para que ninguno logre la dicha de ver sus ojos. solo en cuidado me pone el habérmela robado. Pues, para que desahogues de dudas el pecho, yo soy tu hermana, permitiome el cielo que a tu despecho rompa las duras prisiones haciéndome esta sortija invisible. Descubriose la voz en pena. El anillo es mío. ¡Ah, señora, oye, por Dios, que tiene muy buena mano para hacer chichones! Si es tu hermana Felisalva, cumple mis obligaciones y a Rosidoro permita tu amor que su mano goce. Yo lo permito. Estelinda por señora se corone de mi fe. Ya mi esperanza será fuerza que se agoste. Si el de Lidia te merece, tuyo es, pero que me nombres. Contigo igualo mis dichas, dado que no las mejore. Yo, el príncipe de la Estrella, casa de los Sofiones, por mujer quiero a Narcisa, si ella me quiere por hombre. Puesto que el número hace a los Torneses doblones, con Delia, porque la adoro, quiero que me matrimonien. Para que, alegre, la fama tantos sucesos pregone. A la vista estáis de Menfis, estas que veis son sus torres, aquí con debido aplauso, con dignas ostentaciones nuestras bodas se celebren. Razonable ha sido el trote. Por Dios, que es muy descansado de estas postas el galope. Entrad, que no hay en Egipto quien nuestra venida ignore. Y aquí da fin, si os merece el perdón pluma triforme, El príncipe de la Estrella y el tártaro Brillafronte.
