Texto digital

Texto digital de Porfía hasta el temor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Porfía hasta el temor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/porfia-hasta-el-temor.

Logo BICUVE

PORFÍA HASTA EL TEMOR

JORNADA PRIMERA

Dejadme. ¿Qué me queréis? Que te vuelvas a la cama, que su mismo ser desama quien tal hace. No me deis consejos en mal que yo le padezco solamente. Ajeno es el accidente, pero la experiencia no. ¿Has querido bien? Señor, con un alma racional, del tributo natural de los impulsos de amor muy pocos se han escapado. ¿Y tú? En mi vida he querido más de aquello que he sabido que no me ha de dar cuidado. No se alabarán los ríos de que han visto en sus corrientes mis lágrimas inocentes, ni el aire suspiros míos. De muy discreta entereza te alabas. Avergonzado estoy de haber sustentado tan mala naturaleza. ¿Qué le dejas a una fiera, incapaz de un alma noble? Lo inanimado de un roble, ¿qué menos sentir pudiera? ¿Qué tiene que agradecer a su natural injusto el que nació sin el gusto de amar y de apetecer? Vete y no asistas mi culpa en esta flaqueza mía, que juzgas a sangre fría y no me hallarás disculpa. Vete de aquí. Ya me voy. Aprende a querer, bestial, y no extrañarás el mal de que yo muriendo estoy. ¿Que tanto has querido? Tanto, que me he visto, por celoso, mal premiado y bien quejoso, convertido en tierno llanto; y he llegado a tal extremo, que si tuviera el amor potestad de inquisidor, yo pudiera, por blasfemo de su ley, estar quemado. Pero tal estoy conmigo, que siempre observante sigo los preceptos que me ha dado. ¿Elegiste buen sujeto para estar tan bien perdido? Con estarlo he respondido que es para mí el más perfeto. Ansí me parece a mí, que la mayor perfección es de la que hace elección un amante para sí. Mas ¿qué haré yo, que adoré un sol dividido en dos, con quien parece que Dios en mí acrecentó la fe de su mismo resplandor, discurriendo en la hermosura de una angélica criatura la perfección del criador? ¿Qué haré cuando a dos estrellas de un cielo estoy inclinado, tan fijas en mi cuidado cuando siempre hermosas ellas? ¿Qué haré sin poder vivir, asido siempre al tormento de mi mismo sentimiento? Amar callando, y sufrir, porque es fuerza en tal rigor olvidar o padecer: que tú puédesla querer, pero no infundirla amor. De tu Leonor la crueldad solicita tus enojos, y tienes puestos los ojos en dos soles sin piedad. Que adoras de mármol frío una estatua helada advierte, para solo aborrecerte con alma y sin albedrío. Y en mí no nace, señor, mi pena de tu apetito; eres hombre, y no es delito porfiar teniendo amor. Nace de ver murmurada en el lugar tu porfía, siendo en él la sangre fría de mil necios ponderada. Que hay quien con ardientes labios, vida ociosa y mal segura acreditarse procura con las culpas de los sabios. Y como siempre has vivido en opinión de prudente, murmuran públicamente el querer aborrecido y el porfiar despreciado. ¿Qué importa si han murmurado con la culpa que he nacido? Con su mala inclinación pueden, Guzmán, reprobar; pero no me han de quitar la gloria de mi elección. Que, como es el fin incierto, no me debo más a mí que emplear mi gusto ansí y padecer si no acierto. Y aunque a morir me condena, que está haciendo, te prometo, la dignidad del sujeto consuelos para mi pena. Y pienso esperar penando, perseverando y sufriendo, por granjear padeciendo lo que no merezco amando. Y lo que siento no es ver malograda mi esperanza, sino saber que otro alcanza más ventura en menos ser. Y cuando llego a pensar que goza ya venturoso la gracia, por más dichoso, si no por más desear, turbado el entendimiento y los sentidos en calma, en las batallas del alma se pierde el conocimiento. ¿Qué desórdenes, hermano, son estos? Si el accidente de una calentura ardiente se trata ansí, caso es llano que dirá que así os hiere. Perdone vuestra prudencia, que es locura esta dolencia que en vos afligirnos quiere. Baste, hermano, la inquietud volved a la caima. Laura, mejor ansí se restaura, con mi gusto, mi salud; que, en vivas llamas deshecho, salgo a descansar aquí, supuesto que es para mí campo de batalla el lecho. Respire, Laura, mi aliento que un espíritu afligido, cuando está más recogido, hace mayor su tormento. Calentura que está asida al alma con el rigor de exhalaciones de amor, mal curada y bien sentida, no pide, hermana, lugares que son tan ocasionados para meditar cuidados multiplicando pesares. El infante don Fernando entró en casa; ya. señor, pasa de ese corredor. por tu salud preguntando. ¡Bravos extremos de amor hace el Infante conmigo Con igualdades de amigo me ha tratado, y su favor, con una y otra fineza, se acrecienta cada día. ¡Esta es mucha valentía ! Aliéntame vuestra Alteza con sus favores, de suerte que puedo bizarrear contra lo que no es llegar a ver el rostro a la muerte. Que casi no fuera en mí cualquier mal sin mejoría delito de grosería, favoreciéndome ansí. Infame. Vos sabéis agradecer mucho más que yo obligar. Esto es, gran señor, pagar lo que debo a vuestro ser que haciendo grandezas tales beneficios y favores, lisonjean los dolores y disminuyen los males. ¿Cómo, hermosa Laura, estáis? Como yo también, señor, participo del favor con que a todos nos honráis, con salud y agradecida, vuestros favores gozando. voy cada día aumentando esperanzas de más vida. El más cuerdo reprobar los descuidos del no hacer, dicen que es encarecer disimulando el culpar y siendo ansí, yo me doy por culpado y entendido del descuido que he tenido, cuando en vuestra gracia estoy. Y vos me veis en mi casa, dando con este blasón envidia y admiración. ¿en qué puede ser escasa la merced que me habéis hecho? ¿Qué secreto habéis, señor, reservado en el favor que me hace vuestro pecho? ¿Qué veces habéis jugado cañas, que yo no haya sido por vos mismo el escogido para darme vuestro lado? Si persona se ha propuesto para casos de importancia en Castilla, Roma y Francia, honrándome siempre en esto, habéis, con el Rey, señor, favorecido la mía, dando muestras cada día de más fe y de más amor. Y al dudar y al resolver vuestros casos, siempre ha sido observado y admitido mi gusto y mi parecer. Y esta verdad conocida, juntamente puede Laura decir que con vos restaura esperanzas de más vida que como es mi hermana y es quien desea mis aumentos, hace de vuestros intentos particular interés. ¡Por vida del Rey, mi hermano. que si de Aragón tuviera la corona, que pusiera su poder en vuestra mano solo en una niñería. que ha tocado en extrañeza, puedo estar de vuestra Alteza quejoso. ¡Por vida mía. que he de saber en qué ha sido Vuestra Alteza dé licencia a Laura, que en su presencia no pienso que es permitido. Laura, gran señor, la espera. Darla es en mí obedecer. Yo tomara no saber lo que es, por que no se fuera. También podremos nosotros irnos, pues Laura se va y los deja. Claro está. Esperad fuera vosotros. Aquí tiene vuestra Alteza en qué sentarse. Sí haré, si vos os sentáis. No sé que sea tanta la flaqueza de mi mal que me permita tan osado atrevimiento, demás de que si me siento, vuestro valor se limita. Sin ninguna enfermedad os podéis sentar conmigo, que sois Cardona y mi amigo, que es segunda calidad. Sentaos, don Lope. Señor, muy bien podré hablar en pie. Sentaos, que me enojaré. Si la obediencia es mejor en un vasallo, no quiero, si bien parezco imprudente, las culpas de inobediente incurrir. La mía espero. Con las mercedes, señor, que digo que he recibido, y refiero agradecido, se ha acrecentado mi amor. pero también mi cuidado por una acción natural que de mi pecho leal vuestra Alteza ha recatado. Y como las voluntades son todas filosofías, escudriñan niñerías de diversas calidades. Imposible es, gran señor, según la naturaleza que nos muestra vuestra Alteza, que viva falto de amor; y siendo esto ansí verdad, con causa me da cuidado haber de mí recatado su amorosa voluntad. Y como estas cosas son las que más cerca de sí trae el alma, y puede en mí engendrar satisfacción el verme favorecido de su pecho, a quien me ofrezco, presumo que desmerezco todo lo que no he sabido, Mas, pues que sé conocer que es causa de este temor la estimación de mi amor, os quiero satisfacer. No solo al rigor esquivo de un ángel vivo inclinado, pero nací destinado a vivir libre y cautivo, cursando penas y enojos, reducido el cautiverio de mi vida al breve imperio de dos bellísimos ojos. Por reducir su extrañeza, con recato he prometido no decir el nombre. Ha sido acción muy de vuestra Alteza. Y mi palabra os empeño, don Lope, que no es temor el no deciros mi amor, sino por callar el dueño. Lo que yo .saber quería es el amor, no el sujeto, por poder hablar inquieto en cierta desorden mía. A estar sin él vuestra Alteza, fuera el decir lo que siento cogerle el entendimiento, o traición con mi flaqueza. Y, pues sabe qué es querer, para penar y sentir, porfiar sin conseguir, y servir sin merecer, como amante, señor, pido que escuches piadosamente la causa de un accidente que me tiene sin sentido. Discreción fue examinar, don Lope, mi amor primero; que un amante verdadero, sintiendo, sabe escuchar. Y a no ser de los que amor a su esclavitud condena, supiera escuchar la pena, mas no juzgar el dolor. El día que en Zaragoza, al dichoso nacimiento de Carlos, vuestro sobrino, celebró fiestas el reino, al principio de unos toros asistí, para hacer tiempo para jugar unas cañas, en que fuistes cuadrillero. En una ventana estuve, cerca de otra donde el cielo puso en epiciclo breve de este su esférico asiento dos soles en blanca aurora vestidos de rayos negros piadoso luto, sin duda, por los amantes que han muerto. Rayos de; luz fulminaban tan vivos en mis deseos, que eran los átomos almas, y espíritus sus reflejos. Animadas sus acciones, animosamente hirieron mis ojos, porque tenían más almas que movimientos. De suerte estaban conformes en la hermosura del cuerpo lo descuidado en lo airoso, y en lo hermoso, lo compuesto, que para ser su belleza un divino atrevimiento, tuvo amagos de deidad la humanidad del sujeto. Sabiamente discurría de la fiesta los sucesos, exhortación apacible que hizo mi entendimiento. Tan sin mí quedé, señor, después que la vi, que creo que solo ya vive en mí la vida de mis deseos; y ansí conformado tanto mi gusto y mis pensamientos, que aquello que no es quererla es lo que de mí aborrezco. Y de aquí puede inferirse mi pena, pues no granjeo un minuto de esperanza, con dos años de desvelos. Referir a vuestra Alteza las diligencias que he hecho es cansarle, acrecentando memorias a mis tormentos; y, al fin, yo muero de amores tan sin ventura, que pienso que nace de mi desdicha lo imposible del remedio. Y para disculpa mía diré, señor, por quién muero, que es tal, que vengo a tener en lo dañoso el consuelo doña Leonor de Moncada, a quien don Juan de Acebedo presumo que tiene dada palabra de casamiento, es por quien vivo, señor, tan sin salud, que pretendo que pasen por muerte injusta las desdichas que padezco. Y vuestra Alteza perdone el decirle mis desvelos, que dichos y perdonados, al sentirse serán menos. Semejantes ocasiones son el crisol destos tiempos donde se afinan y apuran los amigos verdaderos. Por la santísima cruz que a esta espada toco y beso, que no han de quedar amores tan bien sentidos sin premio, y que, ya que yo en los míos, por desgraciado, no puedo, que me he de vengar en ser poderoso en los ajenos. ¿Quieres, don Lope, que trate con ella tu casamiento? Su sangre dice que sí, y mi amor que sea luego. Pero advierta vuestra Alteza que está clon Juan de Acebedo tan bienquisto con el que es justo que reparemos en no hacerle algún pesar. Su Majestad tiene puesto el cuidado en otras cosas de más importancia, y quiero remediar tus inquietudes y así, procura estar bueno, que has de lograr por mi causa tus amorosos deseos porque una de dos, don Lope supuesto que aquí no hay medio, o tu esposa ha de ser ella, o la has de gozar sin serlo. Beso tus pies cien mil veces. Contento quedas. Haz luego que me ensillen un caballo a la jineta, que tengo más vida, más esperanza. más salud y más consuelo. ¿Hase rendido aquel monstruo de crueldad? No; pero creo que ha de rendirla el Infante. ¿Qué dices tú, según esto? Que a lo que ella se inclinare es a lo que yo me atengo. Ven, que aunque no dices mal, que ignoras he visto en esto lo que es en todo el favor de un poderoso resuelto. Este es mi gusto, Con eso me has avisado que no es para disputado, y más éste que está ahora fundado en tu voluntad. Está tan bien empleada, que aun para escucharte nada no me deja libertad. Que es don Lope de Cardona noble y rico, te confieso, y que puede ser por eso dignamente su persona estimada y preferida pero cuando un corazón tiene ya su inclinación ajustada y corregida con la fuerza de su estrella, le suena mal y le ofende todo lo que no pretende que se constituya en ella. Don Juan de Acebedo es pobre, y por tal le he conocido; pero tan suya he nacido, que le falte, o que le sobre. que si Fernando me diera, por amorosa elección, la corona de Aragón, claramente le dijera que soy de don Juan, ¡Linda cosa es el reinar! Linda también el estar casada a gusto. Señora, el señor don Tomad. Eso sé yo que hará Aldana de muy bonísima gana. Si tomo o no, cristiandad es tomar lo que me han dado; que tengo herederos yo, y ninguno granjeó a Dios por desperdiciado. Sois un tan santo varón, que con vos pienso que está congregado también ya el estilo tomajón. Mande vuesancé a Teodora que me deje. Déjale. ¿Qué le digo yo? ¡No sé ! Satíricas. ¡Ay, señora ! Satírica me ha llamado. Pagados estáis los dos. Sea por amor de Dios, Nicudumus congregado. El no pedir para entrar licencia, es información donde mi satisfacción pretende calificar la dichosa suerte mía. Siendo tan dueño de todo, fuera en lo injusto del modo sobrada la cortesía porque es un error vicioso que pida el que puede dar. Ya doy. pero es qué envidiar al mundo. El más venturoso de aquellos que han ajustado sus obras con su deseo, que puede conmigo creo tenerse por despreciado. A su Majestad pedí para casarme licencia, y estimando la obediencia, aunque era forzosa aquí. de suerte habló en la elección, que pudiera darme celos, a no tener mis desvelos conocida su intención. Los infantes don Fernando y doña Clara nos da por padrinos. Eso es ya comenzar acreditando nuestro honor. De mis aumentos dice que tendrá cuidado y con esto y haber dado fin dichoso a mis intentos, ni a él le queda más qué hacer, ni a mí más qué desear porque si juntara el mar con la tierra su poder, y con rayos fulminantes el sol, padre de la vida, a mis manos reducida la inmensidad de diamantes que engendra, hermosea y toca, no compitieran aquí con las dos letras de un "sí" de tu hermosísima boca. Tan divinamente hacéis lisonja a mi dignidad, que acreditáis, por verdad, aquello que encarecéis. Pero, si honrarme queréis en esta ventura nuestra, decid solo que soy vuestra, y ansí me encareceréis. El infante don Fernando viene a hablar a vuesancé. ¿Qué me quiere a mí?... No sé. ¿Infante? Estoy temblando, sólo de oírle, no más porque hay fama en Aragón que es el Infante un Nerón, que es un Nerón, un Caifás que tiene su voz airada tan poquito de aleluya, que cada palabra suya parece una bofetada. El Rey le habrá dicho ya que ha de ser nuestro padrino: que a esto vendrá imagino. Lo que es presto se sabrá. ¿Ireme? Impórtame a mí. que nunca buenas han sido las visitas de un marido sin la posesión de un "sí". Quiero, pues, si es importante, dueño mío, a vuestro honor, esconderme. Este favor perdonara yo al Sea, señor, vuestra Alteza mil veces muy bien venido a honrar mi casa, que ha sido propia acción de vuestra Alteza. Yerro será preguntar, por salud tan conocida. La que tengo está ofrecida solamente a desear felices siglos, señor, de vida en que vuestra Alteza. con el laurel vencedor que su espíritu valiente ardiente cometa es ya, pues amenazando está las regiones del Poniente. Ya me obligáis a tener, con tan heroico decir, deseos de conseguir lo glorioso del hacer. Y cuando de parte mía se acreciente nuestra fe, bien podré decir que fue de un ángel en profecía. ¡Divino encarecimiento I Pasa del límite humano vuestra belleza, y en vano la discurre el pensamiento en menos estimación; y porque podáis creer mi voluntad y tener entera satisfacción de mí, a solas, si gustáis, quiero hablaros. (No imagino que es intención de padrino la que le mueve.) Que os vais manda el Infante. Venid, escudero diamantino. Taravilla de molino, vamos. Gaitero del Cid, entrad el primero vos. Diréselo a mi señora, en apodando, Teodora. Sea por amor de Dios. Presto, corazón inquieto, de tantas dudas saldrás; escuchemos, y sabrás la causa de este secreto. Y advierte, pues me condenas, que, dudosos los agravios, no es de corazones sabios anticiparse a las penas. Habiendo considerado de vuestra ilustre ascendencia el valor y la excelencia con que siempre ha conspirado en la sangre de Moneada memorias a lo futuro, vuestros aumentos procuro, por no veros mal casada. Y así, de mi mano quiero daros esposo que aumente de vuestra estirpe excelente el blasón más verdadero. De don Lope de Cardona os traigo ofrecido un "sí", y en él un alma. ¡Ay de mí, muerto soy! De su persona no tengo más qué informar, después de haberla nombrado, y de su hacienda habrá dado la voz común del lugar general satisfacción, y su calidad se abona con el nombre de Cardona, que es el mejor de Aragón. En el perdido color del rostro habéis respondido que no admitís por marido al que os propongo. Señor, la causa de hallarme aquí de vuestra Alteza obligada, estando imposibilitada de hacerlo, me ha puesto ansí. Y como en el alma está determinado otro dueño, y este voluntario empeño corre por su cuenta ya, con este color envía a decir a vuestra Alteza que su amorosa entereza sirva por disculpa mía. Cuando las culpas son tales, pocas disculpas lo son. Siempre es fácil el perdón en pechos tan liberales. Despreciar un casamiento por sí tan calificado y por mi gusto tratado, es parte de atrevimiento. Si antes de haber elegido propusiera vuestra Alteza de don Lope la nobleza, concedo que hubiera sido atrevida grosería no obedecer, claro está pero, siendo de otro ya, discúlpeme el no ser mía. Cuando son tan desiguales las partes, con la mudanza fácil disculpa se alcanza. Las de mi esposo son tales, que, a no tener Aragón Rey legítimo, él lo fuera juntamente, si se diera el reino por elección. Y cuando en mi esposo vea menos partes mi valor, ya es conmigo la mayor el querer yo que lo sea; que aunque yerre la elección, no importa, si yo me ajusto, que en los imperios del gusto nunca fue ley la razón. También en los del poder es ley que está derogada cualquiera dicha fundada en firmeza de mujer. Y podrá ser que se tuerza a rogar el despedir, que tal vez suele suplir por la voluntad la fuerza. Y advierta, justo o injusto, el que se quiere casar, que manos sé yo cortar que se dan contra mi gusto. Juntos el bien y el pesar, ¿por quién pudieran venir? ¡Cielos!, ¿qué haré? Morir, pues que no puedo matar. ¡Ah, respetos naturales de los que llegan a ser idólatras del poder con las personas reales! i Cómo enfrenáis el rigor de una paciencia ofendida? Si hasta aquí he sido querida, desde aquí empieza mi amor. Y si él funda su poder en que deje de casarme, yo sé querer sin mudarme, y despedir sin temer. solo en estar yo seguro en tu amor consiste ya mi suerte. Antes faltará el resplandor claro y puro del sol, en la esfera el fuego, vivirá un cuerpo sin alma, y el mar, con eterna calma, dará a su inquietud sosiego. que apartar pueda de mí la amenaza más impía, ni la más necia porfía, el alma que ya te di. Y algo tiene de ignorante quien nuestros gustos limita, si es un rey quien facilita y quien lo estorba un Infante. Déjame- besar tus^ pies. admiración desta edad. En teniendo voluntad, todo es fácil. Ansí es. Lo que importa es abreviar con el Rey el casamiento; que ejecutando el intento, menos habrá qué estorbar. Ese parecer apruebo. Direle a su Majestad que importa la brevedad, sin decir que no me atrevo; que si para amedrentar corta manos el Infante, como " verdadero amante me sé yo determinar.

JORNADA SEGUNDA

Esto es decir lo que siento. Sí, pero esto otro es sentir la pena del sentimiento, y habemos de proseguir don Pedro y yo nuestro intento: porque no es ley, ni razón, que un infante de Aragón, que había de darme a mí ejemplo, atropelle ansí nuestra honrosa estimación- Saber, señores, quisiera los agravios que os ha hecho el Infante. A Dios pluguiera que los pudiera mi pecho ocultar, que yo lo hiciera. Yo, señor don Lope, tengo una hija por casar, cuyo estado le prevengo, si bien, por no la apartar de mis ojos, la detengo. Y con tanta tiranía solicita cada día el Infante su hermosura, que ha de impedir su ventura , y ha de acabar con la mía. Anoche, en mi casa entró, y, a no hacer de la virtud defensa, imagino yo que lograra su inquietud la torpeza que intentó. Y así, humildísimamente, pido en este memorial al Rey que, pues es prudente, mitigue el fuego bestial desta juventud ardiente; que si él. como superior, no remedia con valor semejante desventura, ni habrá doncella segura, ni padre que tenga honor. Estando ayer en la puente del río, viendo cambiar visos de cristal luciente, porque no volví, al pasar divertido en su corriente, del caballo se apeó y, forcejeando conmigo, en el río me arrojó: crueldad que, aun para castigo de muchas culpas que yo cometido hubiera allí, era muy grande. Es ansí. y confieso que tenéis razón: pero que escuchéis sólo un consejo de mí os pido: Del poderoso que ha de quedarse en su ser, es el quejarse dañoso, pues se queda en su poder por enemigo forzoso. Y cuando la acusación no descompone, no es sabio quien declara su pasión, pues no remedia el agravio y descubre la intención. Y, finalmente, señores, de las personas reales, solicitar los favores, sentir por propios los males y no decir los errores. De suerte me ha convencido vuestra señoría, que quiero que este memorial, rompido, pueda decir por entero que callo y sufro, ofendido; que si el Príncipe, enojado se ha de quedar en su estado, no quiero darle motivo a proseguir, vengativo, lo que ha de dejar, cansado. Y para no aventurarme a más peligro, me voy. Yo, no; que para quejarme quizá hallaré, donde estoy, quien procure apadrinarme. Mirad que me ha reducido en más años mi experiencia. Yo he de quejarme, ofendido. Pues tened después paciencia, si os viereis arrepentido. Don Juan de Acebedo viene, y éste es el que agora tiene del Rey la gracia adquirida. ¿Quién hay más aquí que pida audiencia al Rey? Quien previene justas quejas de su Alteza, si no es que son de un tirano monstruo de naturaleza. Su Majestad es cristiano, y a su virtud y grandeza sé que no ha de anteponer su sangre, que sabe hacer justicia, y en aceptar personas, ni perdonar, otro Trajano ha de ser. Entrad. Hanme aconsejado que no pida al Rey justicia: que muchos han acusado del Infante la malicia, y sin ella se han quedado. ¡Cualquiera que dice! Yo lo he dicho. ¿Y en qué fundó vuestra señoría el decir que el Rey ha de consentir ajenas culpas? Quien dio motivo a ser castigado, de sí mismo degenera, y no ha de ser reservado; que la virtud verdadera hace al príncipe estimado. Y, con perdón de su Alteza, la mejor naturaleza se adquiere por bastardía, cuando obra la tiranía en el ser de la grandeza. ¿Luego el Infante es tirano? En un príncipe cristiano, tiranía viene a ser todo lo que es ofender sin dar la causa; y su hermano no ha de querer que se entienda que por sí le ha de dejar que a ningún vasallo ofenda, pudiendo facilitar con el castigo la enmienda. (Este habla apasionado: sin duda alguna ha sabido lo que el Infante ha intentado, y a sombras de este ofendido pretende quedar vengado.) Defender yo la intención del Infante, no es razón, si causa ajenos pesares; pero en las reglas vulgares son los reyes la excepción. Y si es que puede el Infante venir a reinar, no es justo que mude el tiempo inconstante a su poder el disgusto de acusación semejante. La más saludable acción es no hacer contradicción alguna del poderoso. (Este habla malicioso, y responde a mi intención; pero no se ha de casar con doña Leonor, o a mí la vida me ha de costar.) Su Majestad viene allí; venid, si os queréis quejar. Mejor lo mirad primero. Fiscalizar culpas quiero de un poderoso atrevido, que un infante distraído merece un rey justiciero. Medios parecen cristianos los que quieren deshacer agravios; pero tiranos cuando pretenden hacer enemigos dos hermanos. Este hombre que estaba aquí con don Juan, ¿adónde va? Irá a quejarse de mí; solamente sé que hará mal en disgustarte a ti. Pasando ayer por la puente del río, ese majadero, ese grosero imprudente, por no quitarse el sombrero, al ruido de mi gente se hizo desentendido, y yo, don Lope, ofendido, en el río le arrojé, donde de su culpa fue castigado y ofendido. Pagó muy bien su pecado. A la orilla salió a nado, si bien el agua, suspensa, sintió celebrar la ofensa de un hombre tan mal criado. Y si se viene a quejar, bien se puede recelar de mí con nuevos temores, que en palacio hay corredores donde no importa el nadar. Don Juan de Acebedo creo que apadrina su intención. No es posible. Allí le veo con él; y ésta es la ocasión que ha mucho que yo deseo: porque si castiga aquí en éste que yo ofendí las quejas por su interés, callará don Juan después las que ha de tener de mí. Y aun puede, con lo que digo, pensar que le soy amigo, mi condición conocida, pues le enseño en otra vida la imagen de su castigo. Si por mi causa, señor, te apasionas desta suerte, padezcamos yo y mi amor, y no te enojes. Advierte que perderás mi favor y la privanza que alcanzas. Pon en mí tus confianzas, y calla. Ansí lo he de hacer, si por tu mano he de ver logradas mis esperanzas. ¿Dónde vas? ¿Estás en ti? ¿Quieres llegar donde está el Rey? Pues ¿qué importará? ¿No es más Jesucristo? Di otra verdad menos clara. Hernando. Pues si en el templo de Dios, sin dar mal ejemplo, de rondón y cara a cara entro hasta el altar mayor, donde está por asistencia su divina providencia, ¿por qué he de entrar con temor adonde está un rey, que sé que está sujeto, y con miedo, a un panarizo en un dedo, a un sabañón en un pie? Como los reyes humanos han de hacer introducción por sí de su estimación, para hacerse poderosos, han menester conservar esa humana idolatría. No es burla; un dedo daría por poderme transformar en lacayo de comedia. ¿Por qué? Por solo pegarme con el Rey, y no quitarme de su lado en hora y media. La cómica caridad de un poeta no está escrita, pues la estimación limita de la mayor majestad. Y, como importe a la trama, hará, sin razón ni ley, que juntos lacayo y rey se acuesten en una cama. Pero, pregunto: ¿estará en su aposento baldío el Rey como yo en el mío, Guzmán, si se rascará? Notable imaginación. Según mueven a respeto, pienso que tienen boleto contra toda comezón. Siempre pienso que estarán, según imagino, Hernando, del bien público tratando. ¡Pluguiera al cielo, Guzmán, que algún poeta me honrara con sus entrañas piadosas, que de más de cuatro cosas importantes le avisara. ¿Qué has de decir tú que importe? Darle un modo liberal de una expulsión general de figuras de la corte. Despoblado quedaría el lugar. Notablemente. ¿Y adonde había esa gente de irse a vivir? A Turquía. Deténgase vuestra Alteza. ¡Válgate Dios ! ¿Qué te ha dado? El Infante ha despeñado un hombre, y fue de cabeza desde aquellos corredores al patio. Y tal estoy yo, que al golpe, Guzmán, que dio sirven de ecos mis temores. No temas; en salvo estamos. Si a su mala inclinación le ha cuadrado la invención, nosotros también volamos. Pues ¿qué habernos hecho? Entiendo que un travieso natural se pica en haciendo mal, como el que juega, perdiendo. ¡Qué bríos tan importantes para un hecho valeroso! Soy un hombre temeroso de Dios y de sus Infantes. Mirad, don Juan qué ruido es ese, y quién ha causado las voces que allí se han dado. Sin decirle lo que ha sido, he de ponerle delante de los ojos la impiedad. el rigor y la crueldad de las manos del Infante, que esta culpa ha de excusar las que temo contra mí. ¿Qué me costara a mí aquí, Guzmán, el arrempujar a su Majestad? Muy poco; porque eso era dar indicio de haber perdido el juicio, y te tuvieran por loco. Grandes preeminencias tiene la locura. Disculpadas, para no ser castigadas. ¡Quedo, que el Infante viene! ¡Ah, quién pudiera aquí ser ahora, sin peligrar, loco para arrempujar y no para padecer! Su Majestad está aquí, y pienso que has hecho error en fiarte del color de su rostro. Si nací tras su dicha, porque en él se infundió el alma primero, cuando sea justiciero, ¿en qué me ha de ser cruel a mí? ¡Extraña tembladera! Déjame, Guzmán, temblar, que no es quien quiera bajar al patio sin escalera. Demás de que soy mortal, y no nací con valor a prueba de corredor, y pienso que huele mal. ¿Has dado alguna ocasión? No, ni tal el cielo vea pero puede ser que sea cruel por su devoción. Cartas de su Santidad me dicen que ha recibido vuestra Majestad. y han sido dignas de su cristiandad. Al parabién que le di de su creación me responde de suerte que corresponde al gusto que en él sentí. Por aquí saldrá mejor. ¿No está bueno vuestra Alteza? A negar el rostro empieza su verdadero color. Don Lope. Señor. ¿No está con diferente semblante que otras veces el Infante? Nadie, señor, lo sabrá mejor que su Alteza. Yo no siento en esta ocasión ninguna indisposición. Todo está en el que voló. Hasta que haya vuelto en sí procurad no le mover. Esto se pudiera hacer sin sacarle por aquí. ¿Qué es esto, don Juan? Señor, a este hombre desdichado... Rey, Don Juan confuso y turbado y el Infante sin color... Tuya ha sido esta impiedad, de que dan información del uno la turbación y del otro la piedad. Y no quiero darme yo por entendido hasta ver lo que en esto puedo hacer. Desde el corredor cayó al patio, haciendo a porfía apuestas de ligereza. Con el peso de su Alteza hacia abajo la tenía. Téngase mucho cuidado con él, si no es muerto ya. Uno sé yo que lo está en la fe de mi cuidado. Don Juan se me atreve a mí. ¡Vive Dios que ha de vengarme su vida. Por declararme estoy reventando aquí. Discretamente pudiera conocer su Majestad el dueño desta crueldad. Vuestra Alteza le ha de hacer por mí a don Juan un favor. Supuesto que yo, señor, nací para obedecer, mande vuestra Majestad lo que fuere de su gusto, que en servirle en todo es justo ¡Guarda la vuelta Humildad de hombre que estrella un cristiano, furia será, detenida con serenidad fingida en tempestad de verano. Padrino quiero que sea vuestra Alteza de don Juan. ¡Gran favor! Para un caimán, no fue la sierpe Lernea tan mala para padrino. (A fin de disimular, me importa no replicar.) Sólo a obedecer me inclino. Bien podéis dalle al Infante las gracias por el favor. Lo que le debo, señor, sabe el cielo. (¿Hay semejante desventura? ¿Qué haré? ;Diré que lo siento? No, que es aventurarme yo, y quizá le obligaré en la gloria que pretendo dando gracias por agravios: cuerda elección de los sabios, que han merecido sufriendo.) Por merced tan señalada, espero con pecho humano de vuestra Alteza la mano (que quisiera ver cortada). (Escucha sin alterarte, ya que el Rey tan cerca está tu vida consiste ya solamente en no casarte; y aunque a la iglesia contigo vaya a un mismo tiempo, allí saldrá de tu boca el sí y de mi mano el castigo; que de ti, si allá te guía tu error, podrán sospechar que te llevaste a enterrar en hombros de tu porfía.) (¡Ah, rigor tan inhumano.) (Habla bajo, o ¡vive el cielo que dé contigo en el suelo en presencia de mi hermano !) (Mira...) (Aquí no hay que argüir, que está ya echada la suerte; y una de dos, resolverte a no casarte, o morir.) (También se ha de resolver vuestra Alteza a imaginar que me ha de poder matar y no me ha de convencer. Que estoy tan enamorado, que en trance tan peligroso más quiero morir dichoso que vivir desesperado. Y quédale, en tanto mal, por recurso a mi valor el ser en todos, señor, la defensa natural.) (¿Contra mí te haces fuerte?) (Culpa en esto tu crueldad, que no hay tan firme amistad que rinda el pecho a la muerte. Y a ofensa tan declarada me debo yo resistir, si es el dejarme morir humildad desesperada.) (Al fin te hallas poderoso.) (Si has de procurar matarme, todo lo que es ampararme, de mí es lo menos dañoso. Y finalmente, señor, mi defensa es permitida, que el imperio de la vida no conocer superior.) Siempre don Juan se ha preciado de ser muy agradecido. Tanto me ha favorecido su Alteza, que me ha obligado a vivir más cuidadoso fie lo que hasta aquí pensé. Lo que he dicho cumpliré. Y yo, lo que en mí es forzoso. Abrevia tu casamiento que, según lo has deseado, todo aquello que has tardado te ha servido de tormento. Impórtame dar primero cuenta a vuestra Majestad de cierta dificultad, en que su favor espero. (¡Que éste a mí para enemigo no me tema! ¿Hay tal rigor?) Si es que le importa a tu honor el secreto, ven conmigo. ¿Qué dice don Juan? Que quiere casarse sin mi licencia; pero sufra con paciencia el daño que le viniere; que en tan baja grosería su muerte me ha de vengar. Voime de aquí, que es azar. Pues, señor... Por vida mía, que no me contradigáis en el hacer ni el decir Esta noche ha de morir, y ahora quiero que vais a ver si habla con mi hermano en secreto. Ya, señor, estoy de mi loco amor quejoso. Deste villano vengo el atrevido intento y la culpa que ha tenido en poner aquí el herido, delante del Rey. Sangriento está el Infante, Guzmán. Oye y calla. Sólo iré a nuestra parroquia. ¿A qué? A que doblen por don Juan. Espera tú. Yo? Sí. ¡Buena hacienda habernos hecho! Él no queda satisfecho y quiere acabar en mí. ¿Qué estás temblando? ¿Qué es eso? ¡Poco tienes de valiente! Diez años ha justamente, señor, que no me confieso. ¿Cuántas veces has reñido? Nunca he tenido, señor. pendencia de corredor, y toda mi vida he sido devoto de los infantes, y que pienso certifico que es el menor infantico más que cuarenta elefantes. ¿De dónde eres? Del lugar que vuestra Alteza mandare, que nunca mi madre pare donde sepa que ha de dar disgusto a ningún Infante, porque, a saberlo, se iría a parir a Berbería. ¡Graciosísimo ignorante ! ¿Qué juzgas tú? Señor, sí. ¿Qué es lo que juzgas? No sé, pero yo respondo en fe, y doy por sabido aquí todo lo que puede ser, que como suele cansar a muchos el preguntar, me adelanto a responder. Con su Majestad está hablando en la galería, pero yo, señor, querría que primero... ¡Baste ya, don Lope, o me enojaré! Armado esta noche espero a las diez en el terrero. En todo obedeceré. Eso te importa, y callar, que aquí mi parte ha de ver el castigar y el vencer, y a ti te toca el gozar. ¡Ay, Guzmán ! Sin alma quedo. ¿Qué corazón de diamante se holgará de que el Infante mate a don Juan de Acebedo? Y bien sé que de aquí saco para mí lo más dañoso, que el rayo del poderoso siempre hiere en lo más flaco. solo a ti te hace favor el Infante, y solo creo, según su condición veo, que esto no es virtud ni amor. Y tengo por medio sabio no introducirte en su amor, si lo que ahora es favor viene a ser después agravio. No sé qué pueda aspirar, Guzmán amigo, el Infante conmigo para adelante a algún fin particular. Y caso que en su interés esto se pueda fundar, ahora lo he de estimar y castigarlo después. Que aunque estimo y agradezco los consejos que me das, si fuesen ciertos, verás que a la defensa rae ofrezco. ¡Oh, lo que tarda don Juan! Ya, Teodora, no hay paciencia para esperar, si licencia para casarse le dan. En mi corazón están dos contrarios porfiando, porque cuando estoy pensando que don Juan ha de ser mío, de mi suerte desconfío y vengo a morir dudando. Acto tirano e injusto es cierto que viene a ser el quitarle a una mujer en los del amor el gusto. Sólo a quererle me ajusto: déjamele, cruel Infante, y aqueste amor no te espante, porque de modo le adoro, que solo en el mío ignoro el de pasar adelante. Sólo a don Juan he querido, y a don Lope aborrecí, que desde que a don Juan vi otro dueño no he tenido. y como el alma ha sabido que en mí es la pena mayor que la causa del dolor, juzgado el rigor del mal. me reparte, liberal, tanta pena a tanto amor. Gracias al cielo, señora. que se acabó el lamentar ya vuelve el sol a enjugar el rocío del aurora. Don Juan está en casa. Ahora sí que está, Teodora mía, en su centro mi alegría, porque a mil siglos de ausente amanece en nuevo oriente el aurora de este día. : Quién, hermoso dueño mío, duda que me habéis culpado todo el tiempo que he tardado en veros; pero yo os fío que a fundarse mi tardanza en menos que haceros mía, en vano me detendría del Rey la menor privanza. De nuevo dice el Infante, mi bien, que me ha matar, o que no me he de casar. ¿Y vos? Que el cielo es bastante solamente a deshacer mi ajustado pensamiento, porque en este casamiento está de mi vida el ser. Dice que el sí de mi boca y de su mano el castigo se han de encontrar. ¡Ay, amigo!, ya parece que me toca en el alma el sentimiento que en un verdadero amor, nunca examina el temor si es verdadero el intento. ¡Vive el cielo soberano, que había el mundo de ver el valor de una mujer contra un príncipe tirano, y que ha de dar, si tal es que borra mis dichas todas, el tálamo de mis bodas triste sepulcro a los tres! A su Majestad le he dado cuenta ya de su intención, y sabe su inclinación de un hombre que ha despeñado. Y él dice que quiere ser el padrino, y que esta noche disfrazado y en un coche os quiere venir a ver y a conferir vuestro gusto con mi dicha; que esto alcanza de los reyes la privanza, y todo parece injusto. Lo que a vos más os agrada le podéis decir, y adiós. Direle que tengo en vos toda el alma transformada, que sois a quien solamente está ofreciendo mi vida la fe de un alma rendida y un corazón obediente, y que de suerte se muestra a mi ser el vuestro unido, que pienso que no he nacido para lo que no es ser vuestra. De suerte debéis hacer lisonjas para agradar, que pienso que he de ignorar el modo de agradecer. Señora, mientras ha estado el señor don Juan aquí, ha estado abajo... ¡Ay de mí! ¡Miren qué flema ! Un criado de don Lope de Cardona esperando a que se vaya, como puesto en atalaya. Hecho está. Aldana, una mona. Mirad si tras él se va, que estoy temiendo algún daño. Antes, si yo no me engaño, parece que viene acá. ¿Es éste? Señora, sí. Esto que parece ahora atrevimiento, señora, virtud viene a ser en mí. Determinado el Infante sale esta noche a matar a don Juan, y el estorbar que salga es tan importante, que está pendiente su vida de que vos se lo aviséis; y adiós, que si le queréis, basta quedar advertida. Esperad, que sale ya este diamante a premiaros. Si no fue culpa avisaros, con el premio lo será. Y aunque estéis agradecida, no me deis, señora, nada, que virtud interesada pocas veces fue creída. ¡Ay, Teodora, muerta quedo! Y a mí también me ha dejado el corazón tan turbado que de espanto hablar no puedo. ¿Cómo podré resistir del Infante este rigor? Que soy mujer con amor, y si muere, he de morir. Dime, Teodora, un engaño por donde en tanto rigor, sin perder yo de mi honor, le pueda escuchar el daño. Con el Rey ha de venir el Infante, y será bien fingir con don Juan desdén si quieres verle vivir, pues entre tanto el Infante mudará de parecer. ¿Despreciar he de poder, Teodora amiga, a mi amante? Pero perdone mi engaño si mi desengaño siente, pues lo hago solamente por evitarle otro daño. El Rey viene ya. í Ay de mí! ¡Qué notable confusión ! Mucho estimo esta ocasión. Yo siempre os he de servir. ¡Tanta merced, gran señor ! ¿Cuándo pensó ver mi casa el bien que por ella pasa? Su dueño tiene valor para mayores mercedes; y a apadrinar he venido el dueño que has elegido, y dalle la mano puedes, y puedes estar contenta con tan noble pensamiento, porque su honor y su aumento lo tomo yo por mi cuenta. ¿Quién es el dueño, señor, que decís? Él me ha contado lo que le habéis estimado, y don Juan tiene valor para poder merecer ser vuestro. A esto he venido. Muy engañado ha vivido, porque aunque pudieran ser cosas que tan justas son, la misma razón defiende que el ajeno amor depende de la propia inclinación; y no solo no la tengo al amor que don Juan muestra, pero en sus engaños diestra, de sus rigores me abstengo. Don Juan, ¿qué es esto? Señor, pensé... Que errastes es llano, pues me trujistes en vano a lo que no imaginé. Y nunca la autoridad de vuestro Rey empeñéis en cosas que no sabéis que son muy cierta verdad. Señor. Quedaos. Sabe Dios que agora... Que os quedéis digo, que venís ciego conmigo, y no he de volver con vos. ¡Ay, señora, que se va! Tiene amor y está ofendido; no hayas miedo. Él ha creído la injuria; muriendo está. Del Rey fue consejo sabio, Teodora, el dejarle aquí para que procure en mí hacer ajeno el agravio. ¡Triste de la que ofendió fingiendo, cuando está amando ¡Aun lo que está imaginando estoy padeciendo yo! Lo imaginado es lo cierto; todo ha sido aprehendido de un espíritu dormido y de un corazón despierto. ¿Miente el sentido que aquí me dijere que no es sueño decir que ha de ser su dueño don Lope? Pero ¡ay de mí! Sentidos, cierto ha de ser el dueño, pues ha nacido sin ventura el ofendido, y es la que ofende mujer. ¿Por dónde le he de empezar a decir mi sentimiento, si aún no quiere lo que siento creer por no me matar? ¡Mujer... que no sé qué darte otro atributo peor! Con don Lope mi señor viene el Infante. El librarte, bien mío, importa. ¡Ah, traidora! ¿Agora conmigo humana? Don Lope es tu bien, tirana, y mira cuál son agora tus pensamientos traidores que porque no me halle aquí y tenga celos de mí me cohechas con amores. Tu vida consiste ya, señor, solo en esconderte. Si va conmigo la muerte, también la he de hallar allá. ¡Huye, señor, ay de mí, que te vienen a matar! ¡Qué más dicha que acabar, sólo por no verte así! Entren, que aquí me hallarán determinado a perderme. (De mi industria he de valerme para librar a don Juan.) Según vuestra Alteza ha sido estos días deseado, del alma ha sido llamado para ser muy bien venido; porque he mudado, señor, de gusto y de parecer, y empecé a reconocer mi ventura en su favor. Y esto sirva de avisaros, señor don Juan, que no entréis en mi casa, pues sabéis que vendréis solo a cansaros. El tiempo que supe amar supe también defender, y ya forzoso ha de ser el despedir y olvidar para que quede excluido, al mismo tiempo que ha entrado un esposo apadrinado, un amante aborrecido. Hombre que ha llegado a oír tan gran favor de tu boca, si con la suya no toca tus pies, no sabe sentir. Agora si me tendrán mis sentidos persuadido, viendo a don Lope elegido, y despreciado a don Juan, que en solo haberos hallado en su amor arrepentida ha consistido su vida, y ansí, no hay que dar cuidado, que a más vida le condeno, si su pena se acrecienta, solamente porque sienta el verte en poder ajeno. Ya que estáis desengañado, aquí ¿qué tenéis que hacer? Vamos, alma, a padecer lo que habernos ignorado. (La industria ha sido cruel, al paso que conveniente. A padecer lo que siente se va mi vida con él.) Esto basta por ahora por principio de mi amor, que es ya muy tarde, señor. En todo os debo, señora, el mostrarme agradecido. Y yo obedezco, y me voy. ¡Teodora, sin alma estoy! ¡Lindamente lo has fingido! ¡Qué puede encubrir mi fe con tan notable desvío ¡Pero vivid vos, bien mío, que yo os desengañaré!

JORNADA TERCERA

¿El Infante? Y en señal de que viene, estoy turbado, que es como haberme soltado a mí una furia infernal; que dicen, dando querellas, de este infeliz, no te asombres, que ha muerto seiscientos hombres, diez viudas y seis doncellas. Espera aquí. En mi flaqueza es impropio. Aquí has de estar, que nunca para estorbar hizo falta la nobleza. Desquitar quiere en mi honor lo que por don Lope hace, y ansí, no me satisface su mal inclinado amor. Si cuando llegué a pensar que no os pude merecer me pudiera yo abstener de padecer y penar, que excusara sabe Dios lo que siento y lo que digo; pero ya puedo conmigo mucho menos que con vos. Tirano hermoso, al rigor de un continuo desear, ¿cuándo te podrá obligar tanto sufrir? Sí, señor. ¿Cuándo sabrás conocer la humildad con que te adoro, pues solo contigo ignoro la fuerza de mi poder? Por don Lope he procurado acreditar mi intención, y tanto con mi pasión he padecido y callado en esta amorosa parte en que mi temor me abona, que aun por tercera persona te obligo, por no cansarte. Pero, Laura, tanto amor suele tal vez, ofendido, desquitar lo que ha sufrido en no sufrir. Sí, señor. (La vida. tengo atrancada. ¡Ah, quién tan dichoso fuera que en Laura se convirtiera. para no negarle nada Que, según estoy temblando, agora quisiera ser Laura para prometer, y al cumplir volverme Hernando.) (En no despreciar su amor hago por don Lope aquí, pues me queda libre a mí la defensa de mi honor.) Cuanto vuestra Alteza ha hecho por don Lope está admitido, estimado y conocido en la lealtad de mi pecho; pero no puedo, señor, mientras no diere mi hermano a doña Leonor la mano dispensar ningún favor; porque estoy tan ofendida de los disgustos que siente, que en sentirlo solamente traigo el alma divertida; y ansí puedo prometer seguramente por mí que al dar la mano y el sí sabré estimar y querer. No pudo hablar Cicerón mejor con ningún Infante. El ser verdadero amante se viera en mi corazón, si aquí enseñarle pudiera. Si en eso mi dicha está, don Lope se casará. De mi están hablando; espera. Doña Leonor despidió a don Juan, y él excluido. quedó don Lope admitido pero ya quisiera yo, según agradar deseo, que volviera a no querer, sólo a fin de merecer la esperanza que hoy granjeo. ¿Posible es que se han de ver a un mismo tiempo casado don Lope y mi amor premiado? ¡El juicio vengo a perder Este es, Guzmán, el temor de tu buen entendimiento. La mira fue de su intento, la pretensión de este amor. A Laura quiso agradar favoreciéndome a mí, que cuando quejas le di de no me comunicar su dama, y me respondió que era a fin de no ofenderla, fue sin duda porque en ella tengo tanta parte yo. ¿No me bastaba, Guzmán, el venir desengañado de que soy el desdichado y el venturoso don Juan? i Vive Dios !... Solo te pido que procures, como sabio, el remedio de tu agravio, sin darte por entendido. Ya te han visto. Con licencia de vuestra Alteza, me voy. Vuestro hasta la muerte soy. ¡Ay, honor ! ¡Tened paciencia! ¿Quién duda que ya vendrás de ver a doña Leonor muy contento? Sí, señor. Triste parece que estás. ¿De qué vienes ofendido? ¿Qué tienes? ¿Quién te ha enojado? El presumir engañado que era yo el favorecido. Y como ya vuelvo a ser el mismo que ser solía, vuelve en la tristeza mía la causa del padecer. En fe de la que pudiera tener quien vio despedir a don Juan, quise seguir mi suerte, y a Dios pluguiera que no la hubiera creído; que es el tormento doblado del que se juzga estimado y se halla aborrecido. Alegre entré a visitar la causa de los desvelos que me han de acabar. ¡Ah, cielos, qué imprudente porfiar ! Y apenas, señor, me vio, cuando dijo envuelta en llanto: "¿Para qué te cansas tanto, si tengo otro dueño yo? No conquistes por poder lo que ha de ser voluntad, que es tirana potestad rendir por fuerza el querer. Deja a un alma que se ofende que goce lo que desea, que el que estorba y no granjea, con baja intención pretende.'' Y tan tiernamente hablaba en su estorbada afición, que al salir cada razón, una lágrima encontraba. ¿Pues a qué fin despidió a don Juan, si le quería? La causa, señor, sería el daño que le excusó, y pues ya quiso, señor, mi suerte que ella adorase a don Juan, o que ocupase todo su ser en su amor, determínome a dejarla. que es vil acción estorbar gustos que no he de gozar cuando el hacerlo es cansarla. Y suplico a vuestra Alteza, de su parte y de la mía. que anteponga en su porfía su piedad y su grandeza. Que está tan enamorada, que esto me importa. Eso no. Ya es tarde, que tengo yo mi autoridad empeñada y me tienen de cumplir lo que me han hecho creer, que le importa a mi poder no dejarte arrepentir: que dirán, y con razón. I no que estás arrepentido, sino que yo no he podido ver lograda mi intención. Vuestra Alteza advierta... Es ya muy tarde para advertir. En lo que fuere pedir que os case, todo se hará; pero en lo contrario no, pues no quedo satisfecho del engaño que me ha hecho, don Lope, en tanto que yo no os case y me satisfaga, si no es que en esta porfía el mismo cielo me envía a decir que no lo haga. Guzmán. ¿Qué hay, amigo Hernando? ¿Tenemos nuevos temblores? Estos ya no son temores. Pero estoy considerando que ha de ser en nuestro daño el replicar si le casa que hay corredores en casa, y ha de hacer el cabo de año. Tú, con tu imaginación. discursos haciendo estás: pero esta noche saldrás de toda esta confusión. A doña Leonor, te he dado palabra que has de gozar, y tengo de porfiar hasta ver tu amor premiado. Yo propio vendré a llevarte esta noche donde seas el venturoso, y poseas de este bien la mayor parte y pues en este interés me he puesto solo por ti, cásate agora por mí y arrepiéntete después. De confuso, no he sabido contradecir su maldad. Mucho me debéis, lealtad. Mucho por vos he sufrido. Bien claro me informa aquí de su intención inhumana por pretender a mi hermana porfía en casarme a mí. ¿Qué haré en tan grande rigor cuando un Infante me incita? Mi voluntad facilita y contradice mi honor. ¿Qué haré? Ajustarte de suerte con tu misma inclinación, que ni pueda su intención apremiarte ni ofenderte. Con cuanto hacer pretendiere calla y síguele el humor, y procura tú, señor, deshacer lo que él hiciere. A tu parecer me ajusto, porque es prudente y me agrada, sin contradecirle en nada no he de hacer cosa a su gusto. Dios te vuelva a tu sosiego y nos dé gusto a los dos. Y no sea más, ¡plega a Dios!, de como yo se lo ruego; que de suerte me aniquilo viendo este Infante Nerón, que hace mi corazón cabriolas en un hilo; y como espero en mi fin, tan asustado y deshecho, pienso que traigo en el pecho el alma de un volatín. ¿A mí papel? Sí, señor. ¿De doña Leonor a mí? Mira bien si estás en ti. Si estuvieras en su amor, te vieras tan adorado, tan adorado y querido, que hubieras agradecido lo que hasta agora has dudado. Ábrele, y verás hablar lágrimas de una mujer. ¿Quién duda que traes poder para volverme a engañar? Sirena en voz de tercera, mensajera cautelosa de aquella tirana hermosa, sierpe en flores, alma en cera. Si con otro nuevo intento vuelves a engañarme a mí, ¿para qué te importa a ti que pierda mi entendimiento? Déjame en paz padecer ignorancias de mi engaño, que si es renovar el daño porque no deje de ser, vuelve y di. que bien podrás, piadosa en males ajenos, que ni puedo esperar menos, ni es posible sentir más. Mira, señor, que es disculpa de su amor este papel. ¿Qué puede decir en él que me disculpe su culpa? ¿No soy a quien despidió diciendo que le cansaba, y que a don Lope estimaba? ¡Mal haya quien se fio de sus fingidos amores, que si yo fuera prudente y amara engañosamente, no sintiera sus rigores! Y aquí ¿qué sentirá agora quien te está escuchando así, cuando tiene el alma en ti aquel ángel que te adora? ¡Bien le pagas el estar traspasada de dolor hasta que pueda en su amor volverte a desengañar Tantas lágrimas vertía su amoroso sentimiento, que las tiene por sustento y las llora noche y día. Puede Teodora decirlo con justa conciencia ahora, que está loca mi señora, y no come por un grillo. Y decir puedo, en verdad, que para hacerla sorber dos huevos es menester juntarse la vecindad. Certifico a vuesancé... Callad, Aldana. ¿Aun aquí me perseguís? ¡Ay de mí! ¿Si es verdad? ¿Si lo creeré? Pues ¿cómo tan rigurosa me echó de su casa a mí? Entonces sola la vi, cuerda, amante y amorosa. Mediante aquella crueldad vives hoy; porque a matarte entró el Infante, v el darte muestras de tanta piedad, fue por templar el rigor de aquel resuelto homicida. ¡Mira si el darte la vida con una crueldad fue amor! Dame el papel. Solamente dice que conmigo vengas, sin que un punto te detengas. (No es posible que esta gente me engañe; pues el leer excuso, y no me resisto.) Vamos, que le doy por visto, y le quiero obedecer. Su incredulidad me humilla. Venció un amor verdadero. No lo quiero, no lo quiero; échamelo en la capilla. Paciencia, corazón mío, que presto, si puede ser, me veréis satisfacer al dueño de mi albedrío. Pulsad con menos temor, supuesto que vos sabéis que sin culpa padecéis en la causa del dolor. Su vida y su amor lo fueron; y como viva don Juan, fácil remedio tendrán desdenes que no lo fueron. Dejad que él pene también, si engañado está mejor, pues con capa de rigor le dio la vida un desdén. Y al fin, librándole yo, quedar puede en su cuidado, de una vez desengañado, y vivir dos veces, no. Ya parece que al ruido de sus pasos suspendéis la alteración y os movéis más manso y menos sentido. Esperad contra mi daño, corazón, el fin dichoso, en un desdén amoroso y en un poderoso engaño. ¿Qué queréis?, ¿llegar primero? ¿Habeisos arregostado al diamante que os han dado? ¿Queréis vos llegar? Si, quiero. Ya viene el señor don Juan. ¿Hay tan gran bellaquería? solo a ti, Teodora mía, mis deseos te darán las albricias merecidas. ¿Viene don Juan? Sí, señora; y ya está en casa. ¡Ay, Teodora ! A ser dueño de dos vidas, te diera la una a ti. Vos mismo os habéis burlado, hipócrita embalsamado. Notable susto la di. Haz que enciendan luces luego, que es tarde. Por ellas voy. Lo mismo que pido, soy, si nace la luz del fuego. Si un tiempo, señora, entré a veros más satisfecho, fue la causa haberme hecho atrevido con mi fe. Y aunque me han asegurado que el mismo amor me tenéis, a saber lo que queréis vengo confuso y turbado; que fuera un error nacido de mis locos pensamientos volver con atrevimientos donde salí despreciado. Si quieres resucitar mis ya sentidos enojos, ver lágrimas en mis ojos y en éstos cifrado un mar si quieres ver reducida mi desventura a tus labios, mi tormento a tus agravios, y a tus disgustos mi vida; si un alma quieres hacer que esté sin culpa, y en pena propia una desdicha ajena y una virtud padecer, muéstrate desconfiado, cuando yo por ti me muero; que en decir que no te quiero, lo hallarás todo cifrado. ¡Ay, triste de mí, el Infante! ¡Que porfíe desta suerte en solicitar mi muerte! Ponle esas luces delante, mientras se esconde don Juan. Esto importa, mi señor, a tu vida y a mi honor. ¡Triste yo, que te verán! ¿Que otra vez me he de esconder? Que tengas paciencia pido, que aunque me mate, he nacido para tuya, y lo he de ser. Desta suerte, se mejora. Que no porfíes quisiera, si no quiere. Aunque no quiera, será tu mujer ahora. ¡Mal conoces mi porfía ! Sólo impedirla podrá el cielo. Aflojando va. Esta noche, Laura mía, daré fin a mis cuidados. ¿No es gustoso lo que pasa? Todos tiemblan en la casa, y nos reciben turbados. No vengo aquí a probar si es tu intención mala o buena, porque nunca me dio pena lo que puedo remediar. Nadie palabra me ha dado que no me la haya cumplido; y en esto, si me has rompido alguna, me he declarado. ¿Dijísteme que querías a don Lope? Sí, señor. ¿Quién te lo mandó? Mi amor. Pues ¿a qué fin desvarías el intento y las razones? Si le quieres, ¿en qué dudas? Y si no, ¿por qué te mudas de otro amor? (¡Qué confusiones ! Otra vez quiero fingir, que viene determinado.) ¡Que sea tan desdichado que esto haya venido a oír En haber dado a entender a don Lope que tenía otro dueño, prueba hacía de su amor y su saber; pero confesando aquí lo que declaré primero, digo que a don Lope quiero. ¿Serás suya? Señor, sí. Míralo bien. ¿Qué he de hacer? ¿Qué dices? Que es mi marido. Mucho es ya para fingido. ¿Si me engaña esta mujer? Encerrad esos criados en sus aposentos presto. ¡Ay, triste de mí ! ¿Qué es esto? A ser de los encerrados. yo escogiera haciendo el buz para este breve destierro por compañera de encierro a la del brío andaluz. ¡Ah, señora Ya es en vano. Gritad vos si os aprovecha, porque yo de mi cosecha me suelo acostar temprano. Aquí no ha de haber testigos. porque demás de no ser para nada menester, no excusados enemigos dicen que son los criados los que no verlos desean, y aquí quiero yo que sean enemigos no excusados. Don Lope se ha de quedar aquí esta noche. ¿Qué haré? Que mañana yo traeré quien os pueda desposar. El llevarle con prudencia es aquí lo más seguro, que agora solo procuro librarme de su impaciencia. Si resisto, ha de intentar con violencia persuadir mi intención, y ha de salir don Juan, y le han de matar. Y si con este cruel los dos criados se van de don Lope, yo y don Juan nos avendremos con él. Yo propio os he de dejar encerrados a los dos. ¿Dónde está la llave? ¡Ay, Dios, qué notable porfiar Siempre, como cuidadosa, la traigo, señor, conmigo. Don Lope, si eres amigo, ya te dejo con tu esposa. Estos criados no es bien que se nos queden aquí. Sí es; que me importa a mí que aquí se queden también. Juzgando su intento voy, y lo pienso remediar. De Laura voy a cobrar lo que a don Lope le doy. De ti solamente espero ahora en tal confusión, por tu noble inclinación, el remedio verdadero. Su Alteza, inconsiderado, que te cases te aconseja, y para esto te deja dentro mi casa encerrado. ¿Quieres ver el desengaño de que no puedes casarte conmigo, sin deshonrarte tú mismo, ciego en tu daño? A estas horas, escondido está don Juan donde estás. Discurre tú en lo demás, pues eres bien entendido. Cumplido tienes conmigo. Dices muy bien; ya lo veo, y lo que ahora deseo es no casarme contigo. Señor don Lope, éstos son lances que el amor ordena. Casaos muy en hora buena con ella, que no es razón que, pues el cielo os ha hecho aquí el venturoso a vos, que yo, en ofensa de Dios, os quite vuestro provecho. Muy bien mostráis el valor que en vuestro ser se atesora. Perdone mi gusto ahora, que más importa mi honor. Vuestro casamiento os pido que abreviéis. Harelo ansí, que ya no saldré de aquí, señor, sin ser su marido, que de vos aconsejado ya no tengo que esperar. ¿Él no se quiere casar? ¡Pues morirá despeñado ! ¿Qué llave me podrá abrir si el Infante la llevó? Puerta al jardín tengo yo por donde podáis salir. Pues como franca me deis la puerta en esta ocasión, yo renuncio mi elección, porque con ella os caséis. De pechos tan liberales, ¿qué amistad no se aficiona? Eres el mejor Cardona que vio el tiempo en sus anales. Pues ¿cómo es esto, señor? ¿En mi casa a tales horas? Eso es decirme que ignoras los extremos de mi amor. En casándose tu hermano me dijiste que darías remedio a las ansias mías. ¡No se entiende ! Ya es en vano el quererte resistir, que ésta es ya deuda debida, si ha de seguirse en la vida al prometer el cumplir. Con su esposa queda ya, tan seguro, que esta llave sin alma y sentido sabe que en su misma casa está. Y esto ha de ser, Laura mía; Repórtese vuestra Alteza, y no pierda a mi nobleza la debida cortesía. ¡Que vive el cielo que vea mi corta vida arrojada a los filos de su espada en una hazaña tan fea El que amando es poderoso, no ha de intentar atrevido; que el poder está excluido en cualquier acto amoroso. Y de mi parte me incito en esta injusta violencia a una noble resistencia contra un villano apetito. Demás de que en este error está la injuria aprobada, pues que me deja encerrada la defensa de mi honor. ¿Puedo yo temer? ¿No estoy conmigo? Lo mismo fuera si aquí don Lope estuviera. ¿Qué es esto? ¡Perdido soy ! ¿Cómo tan presto has dejado a tu esposa? ¿Y tú, señor, cómo estás aquí? ¡Ah, traidor ! ¡Pescolo! ¡Él está turbado! El sobresalto sabía que a Laura le había de dar el no venirte a acostar, y yo a avisarla venía por quitarla de cuidado. Muy bien se entiende, señor, la voluntad y el amor que vuestra Alteza ha mostrado. Con dos sentidos le dio. La malicia está entendida. Dime ahora tu venida, que eso solo espero yo. Con decir que hallé escondido a don Juan en su aposento, declaro el honroso intento con que vengo arrepentido de haber querido casarme con mujer que pretendía injustamente ser mía, sólo con fin de afrentarme. Y, finalmente, salí por una puerta que hallé, tan falsa como la fe con que había entrado allí. Que, a tan buen tiempo, señor, para conocer mi daño. que agradecí el desengaño no perdiendo de mi honor. Porque si después de estar casado yo lo supiera, aunque vuestra Alteza fuera, le había yo de matar. Que los que nobles nacimos, no tenemos en nosotros mayor infamia por otros que aquella que consentimos. Pero mal he puesto aquí la figura en vuestra Alteza, que de su heroica grandeza nunca esperé ni creí que me pudiera ofender, y es una culpa viciosa del ingenio hablar en cosa que está tan lejos de ser. (Si es que mi culpa ha entendido, con agudo entendimiento me ha castigado el intento.) Yo estoy, don Lope, ofendido, y tengo de porfiar en la venganza del hecho; que no estaré satisfecho hasta volverme a vengar porque la injuria ya es mía, y ha de correr por mi cuenta la venganza desta afrenta. Sí; pero es ya tu porfía en vano para conmigo. i He de matar, vive Dios, a don Juan, y una de dos: o quedarte, o ser mi amigo! No pienso contradecir tu gusto, señor, en nada. Pues vamos, que ya está echada la suerte, y ha de morir. Parte volando, Guzmán, y dile al Rey que, arrogante y resuelto, va el Infante a darle muerte a don Juan. Yo voy. ¿Vienes? Señor, sí. ¡Válgame Dios! ¿Dónde irán, que el uno y otro se van sin decirme nada a mí? Parece que va mi hermano muy confuso, y que el Infante lleva turbado el semblante. ¡Ah, cielos, que es inhumano! De sus arrogantes furias temo algún fin riguroso; que es don Lope valeroso y no ha de sufrir injurias. La disculpa que le ha dado bastante fue; pero no, que el uno se suspendió y el otro quedó turbado. Y ¡triste yo ! ¿Qué he de hacer sin poder remediar nada, cuando quedo condenada a penar y padecer? Seguirlos será locura; llamar a quien vaya, error, que a enojos de tal valor ningún medio se aventura. Y he de sentir y esperar ya que no puedo poner en la fuerza del temer lo fácil de remediar. ¡Brava oscuridad! ¡Terrible! No he visto en toda mi vida noche de estrellas vestida más fea y desapacible. Cerca está la puerta ya. Entrar, pienso que es error sin alguna luz, señor. Bien dices. ¿Quién la traerá? ¿Eres tú? ¿Qué es lo que quieres? Vuelve, y de casa, volando, trae una linterna, Hernando. (Tarda lo más que pudieres. Esto hago, porque espero que haciendo gente vendrá el Rey, y librar podrá a aquel pobre caballero.) ¿Qué iglesia es ésta? San Juan; y aquí enterraron, señor, el hombre a quien tu rigor dio muerte. ¡Cuál estarán sus huesos! ¡Válgame el cielo; qué inhumana inclinación! Que no tiene el corazón como los demás recelo. Dime, don Lope, ¿has tenido algún temor en tu vida? Y tal que no se me olvida. ¿Hombre eres tú que has temido? ¿Qué dices? Digo, señor, que un bulto espantoso vi una noche, y que temí. Por cierto, ¡gentil temor ! ¡Vive Dios, que estoy corrido, don Lope, de haberle dado seguramente mi lado a un corazón que ha tenido temor. ¿Qué puede enviar contra mí el cielo, aunque sea de un muerto la imagen fea, para poderme espantar? ¿De un espíritu valiente se ha de decir tal bajeza? Considere vuestra Alteza que es visto muy diferente que imaginado. El temer es acto de cobardía. En la mayor valentía del mundo puede caber mi temor. No puede, y digo que bajamente sintiera de mí mismo si temiera, llevándome a mí conmigo. Y me pesa que los dos estemos argumentando en cosa tan vil. ¿Fernando, Infante? ¡Válgame Dios ! ¿Quién llama? Algún retraído será que nos ha escuchado; que dos veces que han llamado dentro de la iglesia ha sido. Parece muy penetrante esta voz, que al corazón se va. ¡Extraña confusión me causa en el alma! ¿Infante? Yo quiero saber, señor, quién es. Llamáronme a mí, y quiero, don Lope, aquí examinar mi valor. Hombre, sombra imaginada, ¿qué quieres? ¿Adónde estás? ¡No vayas a donde vas! Pues ¿qué te importa a ti? Nada. ¿Cómo quieres que te crea sin verte? Si acaso eres espíritu y salir quieres, sal, para que yo te vea; que en cualquier forma podrás decirme tu pensamiento; porque hasta saber tu intento no volveré paso atrás. ¿Quién era? No es nadie. Mira ... No hay que mirar lo que veo. solamente es lo que creo, que lo demás es mentira. Alguno nos escuchó y me ha querido engañar. Que dejes de porfiar es lo que quisiera yo: que quizá el cielo te envía con este aviso a decir que dejes de proseguir esta obstinada porfía en que ha dadlo tu impiedad. ¡Por el cielo soberano, que si me vas a la mano, que has de perder mi amistad! Ya la linterna está aquí. ¡Ah, mal haya tu venida tan presto. contra la vida de don Juan! Dámela a mí. y aquí puedes esperarte. ¡Señor! Y o solo he de entrar, que también te he de mostrar mi valor en esta parte. Ya, señor, he prometido no replicar. i Esto es hecho! Don Juan. sabe Dios que he hecho todo aquello que he podido. ¡Bravo acierto fue tomar la llave; esto sí es tener ánimo para emprender y valor en porfiar. En la linterna se ha muerto la luz, y otra viene allí que podrá dármela a mí. Ya llega. Notable acierto. Hidalgo, por cortesía, os suplico, si gustáis, que esperéis, y me encendáis esta luz. ¡Qué grosería! ¿Ni responder ni esperar? Advierta cualquiera que es que nunca el más descortés me dejó de respetar. y he de castigarle el modo, y con su luz conocerlo. ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquello? Que dio en el suelo con todo. Sin pulsos está. j Ah, señor! Abre esa puerta volando, y trae una luz. Hernando. ¡Ya voy perdiendo el temor! i Ah. señor! ¿Quién me ha llamado? Don Lope soy. ¡Ay, amigo, disculpado está conmigo el temor que te he culpado: que ya al pensar que el más fuerte temerá no me resista. ¿Qué es lo que te ha dado? He visto. al hombre a quien di la muerte. Pues no porfíes, señor. y Vuélvete. Agora sí que solo ha durado en mi la porfía hasta el temor. ¿Adonde está aquí el Infante? ¿Quién lo pregunta? Aquí están doña Leonor y don Juan. Porfié como ignorante. No queráis saber agora más de que soy vuestro amigo. y así, solamente os digo que os caséis muy en buen hora. Siempre de tu gran valor lo esperé. Y yo, aunque temía. Mucho más que a mi porfía le debéis a mi temor. ¿Viene el Rey? Ya viene allí. Aunque algo tarde ha llegado, todo está ya prevenido, ¿Es don Lope? Señor, sí. No se dé por entendido vuestra Majestad, que ya su Alteza, señor, está en su intento arrepentido. ¿Qué hace vuestra Alteza aquí? Hanse de casar, señor, don Juan y doña Leonor y como me toca a mí el ser padrino, he querido, para avisar a mi hermana, saber si ha de ser mañana. Que vos, don Juan, hayáis sido, gustando mi hermano de ello, el dichoso, estimo yo. La vida, señor, me dio entonces no parecerlo. Yo, don Juan, que causa fui del disgusto que has tenido, perdón humilde te pido de haber porfiado ansí. Y Laura le dé a mi amor, que a más virtud me acomodo, porque tenga fin en todo La porfía hasta el temor.