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Texto digital de El pleito del demonio con la Virgen

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Francisco de Rojas Zorrilla
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de Gema Cienfuegos y Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Cienfuegos, Gema y Sergio Rodríguez Nicolás. Texto digital de El pleito del demonio con la Virgen. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/pleito-del-demonio-con-la-virgen-el.

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EL PLEITO DEL DEMONIO CON LA VIRGEN

JORNADA PRIMERA

En una duda cruel me pierdo sin que me cobre si será fantasma un pobre, porque todos huyen de él. Fantasma es, es evidente, y aun más mis males arguyen que de las fantasmas huyen porque piden solamente y, si no, para inferir cómo en esto digo bien, todos los difuntos den palabra de no pedir misas, que rezando prestan restituciones forzosas, cabos de año ni otras cosas de las que dinero cuestan. Y ahora sin hacer misterio muchos en cualquier lugar, que se vayan a parlar con ellos al cimenterio. Luego, porque muerto es, ¿quién pide –oh, rigores ciertos–, estando siempre los muertos debajo de nuestros pies? Hasta la hermosura veo que la pobreza nos quita, y aquesto en mí se acredita, que de estar pobre soy feo. Un pobre huele a escarpines, y al fin, es la pertinaz pobreza entrada capaz para mil cosas ruines. Por ella entra el mal oficio: cada vez que considero que puede hacerse un cochero de un pobre, pierdo el juicio. Cochero, oficio perverso que le inventó Bercebú, que todos le hablan de tú, como si hablaran en verso. Yo, en fin, en Génova estoy pobre, desacomodado, forastero, desdichado, y cuando a valer me voy de algún rico por ahí, o escucha cuando le hablo un pobre, ¿no habrá un diablo que le favorezca?í ¡Zape! Sin tino gobierno mis pasos con el temor. ¡Qué a punto el procurador de pobres tiene el infierno! ¿Si será el demonio quien desto dará testimonio? Mas, como es pobre, el demonio será inclinado a hacer bien, porque un rico no profesa hacerle al que infeliz nace, y si alguna vez le hace, no le hace tan apriesa. ¿Qué he de hacer en duda tal? Bueno será discurrir. A este le quiero encubrir mi ser y el odio inmortal con que contra el hombre lucho desde que me opuse a Dios.) Ahora bien, una de dos, o es el diablo o oye mucho. Porque quiero ver si puedo hacer que me ayude en algo contra Carlos, hoy le salgo al encuentro a aquel que el miedo al cielo perdió tan loco, con rabia tan singular, que en materia de pecar todo le parece poco. Pero, témole perder, porque aunque es su inclinación mala, tiene devoción a aquella fuerte mujer que del mejor sol vestida está, cogiendo el calor de aquel soberano ardor por mil partes, con que vida y aliento da a quien la llama. ¡Oh, pueda ya mi locura deslucir esta criatura a pesar de tanta llama! Y así, valerme quisiera de este que en sus ejercicios ve que puede los vicios ayudar bien que cualquiera. Que hay hombre a quien no igualo yo con tal ponzoña en seno, que harán ser malo al que es bueno, y harán peor al que es malo. Y así, con los testimonios de su mala inclinación, si aún no son demonios, son aprendices de demonios. Lo que averiguo es que hay en él mucho que asombre. ¿Por qué os retiráis, buen hombre? Señor, porque tengo pies. Como yo, me parecéis en lo extraño forastero. Y con muy poco dinero. Harto trabajo tenéis. ¿De dónde sois? No se emboce de mí nada, aunque os moleste. Ea, no es demonio éste, puesto que no me conoce. Mi patria es España y Alcaparrón mi apellido. La patria es buena. Es es nido de cuanto hay bueno. ¿Y aquí qué buscáis? Busco la vida. Hacéis muy bien, si se hallara. A servir me acomodara. Es la peor acogida. (¡Que haya mortales que den en servir! ¡Oh, ciego error!) Pues otra cosa hay peor. ¿Peor? ¿Cuál es? Servir bien. Que no vais errado infiero. Si yo llego a ser criado, he de estar muy bien hallado, porque seré lisonjero, entremetido, bufón, chismoso, alcahuete un poco, cuando traiga a mi amo loco embustero fanfarrón. Levantaré un testimonio a cualquiera de mi igual por ponerle con el mal. Vos seréis muy buen demonio.) Y al fin, yo con mi provecho pienso ser muy buen sirviente, si mi capricho no miente. Así de vos lo sospecho, mas de buen ánimo estad, que aunque forastero soy, conocidos tengo hoy muchos en esta ciudad. Y en esta casa que véis, cuyas rejas el sol dora, están algunos ahora, y el que aquí conmigo estéis cuando salgan no parece que muy mal se puede estar. El favor es singular, ya Alcaparrón no parece. Cómo el veneno que arrojo aquí tanto en obrar tarda? Nunca hay mal que dure mucho. Villanos! ¿En vuestra casa y tantos contra mí solo? Muera, parientes! No es nada, la casa se viene abajo. ¡Corra esta sangre contraria a la nuestra por el suelo! Moriré con menos ansias si muero ahogado en la vuestra. ¡Fuego de Dios lo que anda! Ya se logró mi deseo, pero ahora es de importancia defenderle). Alcaparrón, ponte a la parte más flaca. Ponte tú, porque es mi ira a las gordas inclinada. Que os reportéis os suplico y reparéis que la ampara mi valor, o por quien soy. Ya pienso que castigada queda su locura. Entremos, nobles Fragosos en casa. ¡Villanos, no os retiréis! Mas ya las puertas cerradas están y yo quedo fuera a que me mate mi rabia. Mas no importa, con los dientes, si no pudiere a patadas, abriré puerta a mi enojo. Aquí dé todas las trazas de mi odio contra el cielo; antes que sus mismas ansias le den muerte, es conveniente buscar modos de templarlas, porque de este beneficio mayor daño suyo nazca.) ¡Ah, pesie…! ¿Qué haces con esas interrumpidas palabras? Quéjome de Dios, que hizo natural, forzosa estancia, del incendio de la ira el pecho de aquesta humana fábrica; lo que es más fuerte, para que no reventara esta doméstica mina, y con vengativas llamas a los hombres consumiera y a los reinos asolara, permitiéndole, no más, de que por la boca salga, y que a los ojos se asome, tan otro con la distancia que a la boca llega en aire y a los ojos llega en agua. Pero tú que lo preguntas, ¿quién eres? A cuya espada debes la vida. Y la mía yo imagino que no estaba haciendo vainicas. ¿Quién a vosotros os rogaba que amparaseis esta vida que ya me ofende y me enfada? Estoy por darme la muerte, ¡vuelva vilmente a la vaina acero que no me venga! resto, presto, que no basta lo intentado, valor mío, porque el enojo le abrasa. Vamos a más fuertes medios, demos a más culpas causa.) ¡Ay! Parecen que me llevan por el aire. Cosa es clara, ¿mas si este fuese el demonio? ¡Favor mío, mucho alcanzas! Ya sin diligencia suya los saqué al campo. Ya escapa, desde en medio del lugar donde en este punto estaba sin dar un paso me hallo en esta hermosa campaña. ¡Alto, aqueste es hechicero! ¿Qué es esto? Mi vista extraña este sitio, ¿quién a él me trae sin mover las plantas? Yo solo por divertirte, porque tu enojo te abrasa tan sacándote de ti, que aun no sientes lo que andas. Corriérame yo a no ser de esa manera. Dilata por este campo la vista. CNada de todo me agrada, si no es el color por verde, que me está dando esperanzas de que he de vengar mis enojos. Mas ya me alegran las ramas que hacen de las hojas fruto y lloran puntas de lanzas. Mira al cielo. Ya le miro, y nueva pena me causa mirarle con tantos ojos como luceros le labran; con que sin nubes de dudas habrá visto mi desgracia, y abraza toda la tierra, con que ya estará la fama del fracaso que me aflige extendida y dilatada. Mas, ¡oh, reparo divino de su autor! Pues entre cuantas estrellas le dan por ojos, una boca no se halla, conociendo lo difícil que es callar, lo que se alcanza a ver porque los secretos, cuando son contra la fama, solo a quien no puede hablar seguramente se encargan. Haz espejo de esta suerte y verás tan gran mudanza en su semblante que ignores en las señas de tu cara ya haber alguna materia en que la imagen del alma se pudiera ver. Tú mismo de ti mismo te asombrarás. Por agradarme lo atroz y horrible de la borrasca que a mis facciones arroja mi noble sangre enojada, me he de mirar, y si dieren menores señas mis ansias de lo mucho que en mí obran hallaré para otra causa. Aquestos medios que aplico la cólera desinflaman, no más que en virtud del tiempo que en aplicarlos se gasta; ya más templado le miro, quiero proseguir la extraña astucia con que le ofendo. Yo quiero apartar el agua de este fuego de mi ira que parece que le apaga. Mas, ¿dónde aquel hombre está que aquí me trujo? Las vanas sombras del monte sin duda calladamente le aguardan. ¿Sabes de tu compañero? Ya se ha ido, noramala. ¿Qué dices? Que ya se ha ido y es consecuencia muy llana que a el que está con pesadumbre cuando nadie le acompaña, que a quien se anubla la dicha, su misma sombra le falta. Fuera de que el hombrecillo debe de tener tacañas costumbres, pues me ha dejado después de darme palabra que había de acomodarme, mas, ¿quién cumple lo que manda? Quédate a Dios, que me voy a ser pobre. No te vayas, que dejándote conmigo ninguno me desampara; sígueme, si a un infeliz le sigues de buena gana. Beso tus pies, que quien come no es muy desdichado. Ata esos caballos a un árbol. Voces se escuchan humanas en lo espeso de ese monte. Es cierto. La sed me abrasa, ¿si habrá por aquí una fuente? Vertiendo líquida plata entre esos árboles corre. Mas, ¿qué es esto que me pasa? ¿Qué miro? En aqueste punto en mí la forma se estampa de un amigo grande suyo que murió ayer.) ¿No me abraza tu cariño? Carlos, ¿cómo lo dilatas? ¡Enrique! ¿Tú en este sitio? Recibí, Carlos, tu carta y vengo desde Sicilia solo a ver lo que me mandas. Para festejarte, amigo, mi mucho amor te llamaba, mas tú lleno de desdichas en esta selva me hallas. ¿Desdichas? ¿De qué manera? Mejor están si se callan. Dímelas, Carlos. Yo mismo me avergüenzo de pensarlas. ¿Tú me encubres de tus penas los efectos y las causas? ¿Tendrás ánimo de oírlas? Ánimo tengo y aun ansia. Pues al mayor sentimiento hoy mis afectos te llaman. Ya sabes, amigo Enrique, que mi noble sangre mana de los adornos primeros, gloria y honor de su patria, mas importaban muy poco su valor y sus hazañas para nuestra estimación, si el cielo no las dotara de riquezas, porque como su providencia acertada en la plata y en el oro puso naturales llamas de luz agradable alumbran las cosas dignas de fama, porque sin estos metales nadie en ellas reparara, que es obscura la pobreza, y al fin, el oro y la plata para que las vean los siglos les van sirviendo de hachas. Halleme, pues, rico y noble en la estación más lozana del discurso de mi vida que es la juventud, con tanta inclinación a los vicios que luego intenté venganzas, galanteos imposibles, ostentaciones extrañas, dichas que a nadie suceden; porque el dinero afianza todo cuanto se desea, y no pocas veces engaña. Naturalmente soy cruel, y me doy con fiera saña a los insultos y estragos, y mucho más me arrojara si no me enfrenara esta devoción que me acompaña de María, y que he querido, notando que me embaraza tal vez para mis delitos, osadamente dejarla. Mas ofrecióseme luego en bellísima fantasma dentro la imaginación esta Señora, tocada de estrellas, del sol vestida y con la luna a sus plantas. Púseme a pensar, porque siendo todas estas galas nobles con una luz misma, iguales en la prosapia, ciudadanas de un zafiro y parientas tan cercanas, unas honran la cabeza, otras los hombros enlazan y solamente la luna la hace servir de peana. Y conocí claramente por la devoción de entrambas, que a ella toca con los pies porque es mudable la ultraja. Por esto lo he proseguido, pero siempre muy mezclada de mis insultos estragos, efectos de mi arrogancia, en cuyo número entra la asistencia de una dama a quien serví mucho tiempo y en cuyo favor lograba todo el fin de mis deseos, con la siempre confianza de que era yo solo el dueño de su hermosura y sus gracias –necedad en que caen muchos, dicha que pocos alcanzan–. Entrando en su casa un día a horas que no acostumbraba, encontré un hombre, y queriendo disculparse ella, turbada, conocí luego su culpa, porque aunque una boca haya que mienta, en un rostro hay un semblante que no engaña. Quise castigar mi ofensa, pero reverencia rara que para con las mujeres puso el cielo en nuestras almas –pues siendo ellas las que injurian las olvida nuestra rabia, y contra el que no es culpado sangrientamente se pasa. Que los hombres por temosos y por groseros que nazcan, si ellos no los ocasionan a muy poco se adelantan–, saqué la espada, y al ir a matar el que allí estaba, vi que huía de mi furia y extrañé tan grande infamia de un hombre en traje no humilde. Pero yerra quien la extraña, que hay mucha seda en el mundo que muy viles pechos tapa. Salió a la calle, seguile, entróseme en una casa, entreme tras de él, y yendo corriendo por una sala, al pasar de unos biombos, mis leves pasos ataja una mujer, tan señora en el aspecto, tan blanda en el lenguaje que pudo disuamirme la venganza. Y esto con poco trabajo, porque el pecho a quién no aplaca de una mujer el respeto, que cualquiera es soberana; sangre infame le calienta, vil pensamiento le manda. Hízome entrar cariñoso adonde se dilataba en estrado hermoso y rico una alfombra matizada, unos chapines en ella como arrojados brillaban, que para salir apriesa debieran embarazarla; a otra parte un libro abierto sobre una roja almohada, vi puesto con desaliño, como que leyendo estaba en él cuando oyó las voces. Y dije entre mí: esta dama es fuerza que sea discreta, si es a leer inclinada, que mudamente los libros engendran en quien los trata delicados pensamientos y nobles médicos sanan mil ignorancias, en fin, dejan de buen gusto al alma. El crédito de entendida fue después de la más clara evidencia de su hermosura, que se vio; querer pintarla es ofenderla porque lo que cabe en las palabras corta esfera lo rodea, breve término lo abraza. Hallome en pie y apacible, mientras al hombre escapaban sin quitar de mí los ojos, y aunque parezca arrogancia, conocí que me quería. Suele en una pared blanca estar compuesto un reloj, cuaya mano enseña mansa aquella hora en que se vive, mas si en la acción se repara ella por sí no se mueve si no ejecuta ajustada lo que las ruedas de dentro le están diciendo que haga. Pues de esa suerte los ojos son con obediencia rara, la mano del corazón que donde él quiere señalan. Despedime cortesmente y empecé a galantearla desde aquel día, adorando sus puertas y sus ventanas. Hallé igual correspondencia, y tanto, en fin, llegué a amarla, que siendo ella de la sangre de los Fragosos, que ha tantas edades que con la nuestra está opuesta y enojada, me determiné a pedirla a su padre. Estando en casa de Federico Fragoso, el cual, o porque él amaba a Irene, que este es su nombre, o porque quizá gustara de que una hermana que tiene fuese de mí la adorada, o por ser de otro linaje, se me opuso, y de palabra en palabra de tal suerte nos encendimos, que airada mi lengua le desmintió, y él en mi rostro la estampa dejó de su mano aleve, sello vil de mi desgracia. Ya, Enrique, ya estoy sin honra, que allí no pude cobrarla, porque erna mis enemigos muchos y sola mi espada. Ya me ha degradado el cielo de aquella pompa heredada, de tanto ascendiente ilustre, ya vuela rotas las alas. Mi soberbia y mi altivez, a que es condición anciana de Dios estrellarse siempre con los soberbios, y arma contra ellos los corazones en numerosas escuadras. Mas no importa, que si él descompuso mi arrogancia con aquesta afrenta, yo con este ardor que me mana, cuanto de mi parte sea, a su mano soberana le quitaré el señorío de la justicia sagrada, porque pienso mucho antes que él empiece mi venganza, tomarla yo por mí mismo comiéndome las entrañas de mi enemigo, vertiendo cuanta sangre suya haya en el mundo, desatando la unión de aquesta contraria familia que nos persigue, y si alguno se me escapa de ella, será que mi enojo, brotando ponzoña amarga, al ir a matar a este, en sangre de otro resbala. (Ahora es tiempo de irritarle.) Carlos, ahí tienes tu espada y aquí está Enrique y la suya: haz que tu ofendida fama quede limpia en sangre ajena y hecha cenizas Italia. Con tu favor yo lo espero. ¡Yo hice muy buena mohatra! Ea, a disponer injurias. Ea, a disponer venganzas. Desde hoy le pierdes, María.) Desde hoy mi opinión se gana. En fin, ¿diste el papel? Ya le habrá el alférez Lobaco, su criado, dado, que a él se le entregué. ¡Ay, Carlos, y qué caro te cuesta el desvarío de pedirme a mi padre! A Dios pluguiera que antes que lo intentaras yo muriera. En fin, ¿piensas hablarle? Hablarle intento. Parece terrible atrevimiento. No es, porque ya sabes que mi padre con términos suaves me mandó que viniese a convidar a Laura, por que fuese esta noche a la fiesta que en mi casa se apresta. Comuníquela el ansia que me exhorta a ver a Carlos hoy, porque le importa, y ella mientras se toca, da licencia para que le hable en su presencia. Si tomas mi consejo en tu fatiga… Eso, Inés, es pasarse a ser amiga, y yo te recibí para criada. No me aconsejes. o te digo nada. Pasé a llevar a Laura con mi coche donde hemos de juntarnos esta noche, ella se viste porque ha de ir de gala. Supe, Irene, que honrabas esta sala y te he querido ver. Yo lo agradezco. (Tan poco son los males que padezco, Fortuna, que esta viene aquí a estorbarme, para que Carlos ya no pueda hablarme?) La desdicha de Carlos me atormenta, que la toma mi amor muy a su cuenta, pero padezca Carlos, sienta, pene, pues no admitió mi amor y quiso a Irene. Parece que estás triste. No estoy buena Habrate dado pena el ser la causa tú que sucediese tal pena a Carlos. Fuerza es que me pese, y tú, Isabela, ¿cómo no te afliges, si con buena razón el pecho riges, de que fuese tu hermano, por cuya fiera mano a Carlos ha venido tal deshonra? Porque mi hermano, en fin, quedó con honra. Carlos está sin ella, aunque atrevidamente le atropella la razón, en su rostro agravio exculpa, que nadie es malo por ajena culpa, mas presto se verá desagraviado, porque es Carlos valiente y muy honrado. Cuando él hacerlo intente, mi hermano es muy honrado y muy valiente. Pero riñe si tiene quien le ayude. Su sangre siempre a su deber acude y si piensa otra cosa, errada pasión… Irene, hermosa, ¿pero qué es esto que miro? Carlos ha entrado y suspenso, empiezan atormentarme, muero más con los desprecios Señor alférez Lobaco, este amo que tenemos y que el diablo me dio es loco. Algo tiene de eso. ¿Qué me quiere la fortuna? Volverme es mejor acuerdo. Ah, ¿señor Carlos Adorno? ¿Qué mandáis? Saber deseo por qué os volvéis sin hablarnos, decid. Porque hablar no puedo, y así, con vuestra licencia… Yo no os la doy, que pretendo saber primero la causa de este extraño movimiento. Pues sabed que desde el punto que entré en la sala contemplo la sangre de Federico, vuestro hermano, en vuestro pecho, irrítome contra ella y cuando verterla intento, reparo que las mujeres por natural privilegio son unos cielos menores que entre nosotros ha puesto el cielo, a quien no permite que se les pierda el respeto. Y voyme porque me aflige que la primera vez que encuentro la sangre de mi enemigo se me haya subido al cielo. ¡Pluguiera a Dios, señor Carlos, que con verter la que tengo yo suya se remediara el daño que ya está hecho! Que para mí fuera logro, pues le quitaran con ello a vos del alma un agravio, y a mí del alma un inmenso dolor de lo desdichado que me sale algún afecto. Pero, pues por no ofenderme os vais, cuando represento a vuestro enemigo yo, con apartarme, un objeto dos veces aborrecido de vos, yo os lo recompenso. Señor! ¡Isabel, oíd, escuchad, que yo os lo ruego! Mira, Inés, si nos escucha. ¿Qué es escuchar? Como un trueno ha salido por la sala. La ocasión aprovechemos.) Adorado Carlos mío… Detén los dulces acentos, no me llames tuyo, Irene. ¿Por qué, señor? Porque es cierto que ya no puedo ser tuyo, porque sin honra me veo. Vos, señor, no estáis sin honra, no lo pronunciéis, que temo que si creéis una vez a tan loco pensamiento, os ha de faltar valor para la venganza, puesto que nadie sin honra puede intentar gloriosos hechos. Ofendido estáis, no más, y aquesto tiene remedio, que para eso a vuestro lado vive noble aqueste acero. ¡Ay, Irene de mi vida! Y con qué dulces esfuerzos, dulcísimas esperanzas vas engendrando en mi pecho. Yo me vengaré, señora, pero lo que agora siento es que tardo en vengarme. Ten valor, que será presto. ¿Cómo? Yo te lo diré. Dime, ¿un papel no te dieron mío? Sí, Irene divina, porque de él llamado vengo. Pues lo que te quiero es que sepas que sé de cierto que aquesta noche en mi casa se desposa, no en secreto sino en público, ese infame Federico, porque el miedo ha perdido a tu venganza, fiado en sus muchos deudos. En ella puedes vengarte. ¡Ah, Irene, y cuánto te debo! Y dime, ¿sabes quién es –ahora os invoco, cielos– la dama con quien se casa? Del linaje de los Fiescos, me han dicho, si bien mi padre nunca me lo ha descubierto. ¡Gracias os doy, cielos santos! Si importare, pongan fuego a mi casa, que aunque es mía, tendré a ganancia el incendio solo por que purifique tu honor, y si corres riesgo, Carlos, yo estaré a tu lado con valor y con denuedo, por que los Fragosos saquen aquesta sangre que albergo suya dentro de mis venas, que ya por ti la aborrezco. Oh, qué caro me costará mi honor, bellísimo dueño, Venus hermosa, si acaso fuese tu sangre su precio! Esa deidad que has nombrado, esa bellísima Venus, buscando en el campo flores de que hacer a su cabello guirnalda que le adornase de dulcísimos reflejos, llegó a coger unas rosas que hasta entonces no tuvieron más calor que el de la nieve; al irse a entrar en lo espeso de las espinosas ramas se hirió el cristal de sus dedos y matizó con la sangre de la flor lo macilento. Hizo la guirnalda entonces, y con los esmaltes nuevos fue más bella la corona, fue más lucido el arreo, porque siempre los trabajos hacen muy hermoso el premio. Déjame tú que salpique la corona que pretendo de tu esposa, Carlos mío, con la sangre de mi pecho, verán cuán hermosa salgo con los esmaltes sangrientos. Deja que bese tu mano por esos fuertes alientos con que mis males mejoras. No es tiempo de perder tiempo, Carlos, adiós, y a vengarte. Irene, adiós, y al sangriento estrago de Federico y de sus infames deudos. ¿Serás mi esposo? Seré un esclavo tuyo eterno. ¿Seora Inés? ¿Sor Lobaco? Mucho ha que no me huelgo de palabra con vusted, y pienso… ¿Qué? …lo que pienso. Mire, si hemos de hablar claro, yo valientes no apetezco, que no busco quien me mate. ¿Y quién es este mancebo? Un criado nuevo en casa. Él no es galán, pero es nuevo, con que me parece bien, que lo tratado es molesto. ¿Es vusted enamorado? Quiérola contar un cuento: un hombre se volvió loco y quedole en el celebro por tema de su locura confesarse por momentos. Encontró a un estudiante un día, y dijo muy recio: «confiéseme aquí, o si no, voto a Cristo que los sesos le pegue a aquesta pared.» El licenciado, temiendo la mala tunda, sentose, y díjole muy severo que empezase, y fue andando por todos los mandamientos por su orden, y en llegando al quinto, dio con su cuerpo en el séptimo de golpe. Entonces muy caricuerdo el escolar preguntó: «¿no tiene nada en el sexto?» Apenas oyó esto el loco, cuando sin buscar rodeos por satisfacer aprisa, dijo: «no tengo dinero», y metiose en el octavo. Lo que a mí me pasa es esto, yo, señora, no enamoro porque dinero no tengo. No es de mal gusto el criado. No alabe a nadie. Si quiero, que toda esta boca es mía, y que repare le ruego, que es cierto que acierta un loco el errar, caso muy feo. Que del vicio hagan oficio las mujeres, caso es recio! Ya, Federico, ha llegado, por singular dicha mía, en la noche de este día, día en vos tan deseado: hoy os habéis de casar. Y hoy, señor, se verá en mí un bien que no merecí con el alma desear. Grande gozo está conmigo, de notar, si lo advertís, cuán sin recelos venís de Carlos vuestro enemigo, porque son esos despechos de un valor desahogado. El miedo no está enseñado a mandar hidalgos pechos. Ese espíritu gallardo en vos admirando estoy. Solo a ti merezco hoy esta ventura que aguardo. Ya parece que el día pasa y no sé si está ya esto como yo ordené dispuesto. ¿Cómo Irene no está en casa? Pero eso no os dé fatiga porque muy presto vendrá, que muy cerca de aquí está a convidar a una amiga. De que eso me digas me espanto, yo, señor, no me fatigo cuando vuestro gusto sigo. Inés, toma aqueste manto. Acaba, que es menester, porque hay mil cosas que hacer. Seas, hija, bienvenida. (Aquí Federico está, la sangre se me alborota de pensar en lo que hizo.) Mucho me alegro, señora, de que con salud estéis. Guarde Dios vuestra persona. Hija, ¿está para esta noche prevenido lo que importa? Todo está como ordenaste. Pues sabed, porque ya es hora, que sois quien con Federico esta noche se desposa. Hasta ahora lo he callado porque ha importado, y ahora lo publico asegurando que obedeceréis gustosa. Claro está, que sois mi hija y conocéis lo que os toca. Vos, Federico, podéis acudir a lo que importa, y volved presto. A tus pies arrojo el alma y la boca. Ea, entraos a vestir, Irene, no estéis absorta, que en premio de esta obediencia el cielo os hará dichosa. ¡Válgame Dios! ¡Y qué aprisa mata un rayo! ¿Quién lo ignora? Estúdielo en mi desdicha, apréndalo en mi congoja. Ya estoy muerta, que la voz fulminante y rigurosa de mi padre hizo el estrago tan breve que no apasiona. Muerta estoy, ¿ya pues no muero? Que esta voz que el labio forma es solamente epitafio que le dice aquien le nota. Dentro de este mármol frío que era cuerpo humano ahora está muerto un corazón donde vive una memoria. ¿Qué es esto que me sucede? Gran mal, sin duda, atesora, pues solo para creello está el alma temerosa; yo no acierto a pronunciallo. ¿Yo de Federico esposa? ¿Yo de dueño que no es Carlos? ¿Yo a tan grande fe traidora? No es posible, las estrellas no han de ser tan rigurosas que cuando a un dueño me inclinan, en manos de otro me pongan. Pero de solo mi padre el oído así lo informa; miente el oído mil veces, voces son que se le antojan. Mas, ¡ay, qué naturaleza tiranamente engañosa! Las puertas de este sentido hizo de cera, en que todas las palabras que se escuchan se imprimen funestas hojas en que puede leer un alma las desdichas que le acosan, para quitarle con esto el alivio de dudosa. ¡Cielos airados! ¿Qué haré en este mal que me ahoga, en este mal que me aflige? Si me escondo cautelosa pierde Carlos la ocasión de cobrar suego su honra; si aguardo, será posible que con violencia imperiosa me casen antes que llegue. Todo me asusta y me enoja, y solo apelar al llanto me queda en esta zozobra. Mas, ¿cómo yo me acobardo y tímidamente airosa apago en lágrimas este volcán que en mi pecho mora? Rompa este dolor el freno, y en las acciones prodigiosas prorrumpa.Irene, que es tarde. Ya es tiempo de que esté sorda a la razón el consejo. ¿Qué es esto, Irene? ¿Estás loca? No, señor, aún no pensaba. Es prenda muy peligrosa la mujer, pues el que más en guardarla se deshoja, no la guarda el pensamiento. Entraos allá y sin otra dilación os vestid luego. Ya te obedezco. ¡Ah, traidora! Aprisa, aprisa desdichas, que el morir presto me importa. Aquí es menester cuidado. ¿No hay un criado? ¿Inés? ¿Hola? Saquen luces a esta sala. Ya está aquí. Haz que pongan ese estrado. Ya le aliño, que se va llenando toda la casa de convidados. Ya los músicos asoman. Entren. Por obedecerte venimos tan presto. Cojan para asiento ese escaño vuestras mercedes. La alfombra tiene el diablo en el cuerpo. Señor, ¿vive aquí una boda? Sí, amigo, linda simpleza. ¿Sabe usted qué hace? Ahora se está aderezando. Siendo la ocasión es muy famosa y podré holgarme en ella. ¿Con la boda? Sí. Esto es cosa que puede hacerla cualquiera. Mire, las holguras todas de los pobres como yo son muchos los que las gozan. ¿Tenemos bien que cenar? ¿Hay pregunta tan graciosa? Yo imagino que habrá mucho y bueno. ¿Como qué cosa? ¿Habrá pavos? Eso es fuerza. ¿Y capones? ¿Quién lo ignora? ¿Uno entre dos? No lo sé. No hace al caso. ¿Y habrá tortas? ¡No se irán con mil demonios a templar la picota! ¿No ven que aquese ruido la mejor plática estorba? Este es criado nuevo de Carlos. ¡Qué linda forma gasta el bellaco, señor!) Ya se van entrando tropas acá. Entren en hora buena. Inés, el callar importa, que vengo a matar las luces en empezando la historia; todo está en que tú calles. Usted, usted, lindas conchas. Las damas tomen su asiento. Irene sale llorosa. l saber que he de morir de aqueste mal me ocasiona a descuidar del remedio que han menester mis congojas. Dile a la desconfianza todo el corazón, y agora, viendo que se casa Irene, la esperanza al alma torn. ¿No ha venido Federico? En fin, lo que a mí me toca es poner fuego a la casa. Ese cuidado se toma vuestro amor. Pues a su tiempo se pondrá Carlos por obra. Señor, en viendo la nuestra, andar a moja la olla. En hacer de suerte aquí que suceda de otra forma las cosas de lo que se piensa. Carlos, empieza mi gloria. En tanto que Federico llega a la mano que adora, la voz con los instrumentos hagan la calma gustosa. El arco ha quebrado amor, todas las flechas arroja, que después que mata Filis las flechas y el arco sobran. ¿Ya hay en la sala embozados? Y ya mi valor se embota. Filis, que a las estrellas imita mejor que todas, pues ardientes llamas viste de luz de jazmín hermosa. Señor mío, ¿quiere usted decirme quién es la novia? La que dulcemente abrevia, para envidia de la aurora, en sus mejillas un sol enmarañando en dos rosas. ¡Voto a Dios! Que esta es Irene, que las señas lo pregonan, porque dos rosas y un sol en ella se han visto rosas. Si el músico no responde con modo, darle en la bola. haced esto, que os suplico. Irene es. Infame boca, yo te sacaré la lengua. Adiós, guitarra! Adiós, cholla! ¿Qué atrevimiento es aqueste? Ya maté las luces, ¿hola, Inés? Quedó regular. Carlos es quien lo alborota. A los músicos, veamos, si se quejan por la solfa. Irritele de manera que aquesta ocasión malogra de vengarse, o proseguir esta máquina injuriosa. ¡Aguarda, Carlos, traidor, verás mi espada corta! Allí escucho a mi enemigo, ya es mi fortuna dichosa. ¡No me dejes, Carlos mío! Golfos navego de sombras. Villano Carlos, aguarda, que no está mi espada ociosa. Norte esta voz de mi enojo, tu vida de mi ponzoña. ¿Quién se ha visto en tal desdicha? ¡Fuego! ¡Fuego!¡Aquesta es otra! No te me escondas, cobarde. Tú, cobarde, no te escondas. ¡Fuego! ¡Fuego! Ya este cuarto se divide y se desploma. Barrabás qué más espere? ¿Quién se vio en tan gran congoja? No me den, que soy Inés. ¿Inés? Pues anda acá, boba. Aquí soy menester yo, porque severen las cosas. Y al buscar a Irene es la obligación más forzosa. El sacar de riesgo a Irene es lo que ahora me toca. ¿Esposo? ¡Dichoso soy, pues he encontrado mi esposa! ¿Eres tú, querido dueño, que te busca el alma ansiosa? ¿Si hablará Carlos conmigo? En duda mi voz lo otorga, que por lo menos saldré de este riesgo.) Quien te adora soy yo; sácame de aquí. ¡Oh, qué voces tan gustosas! ¡Que así Carlos se me escape! ¡Que aún vive en mí mi deshonra! A mucho me determino. ¿Quién vio calma tan dudosa? Mas tiempo tras tiempo viene. Un día en otro se roza. Para las culpas de Carlos ya hay materia más copiosa.

JORNADA SEGUNDA

¿Carlos? ¿Enrique? ¿Señor? ¿Lobaco? Inés, ya te sigo. ¡Al monte! ¡Al monte, parciales que ya yo llevo conmigo la amiga estrella que afable me muestra el puerto tranquilo! Ya de la injusta inviolencia que hacían a tu albedrío estás segura, concierta el aliento fugitivo. Ya estás, Irene, segura, y ya de cuantos bandidos que a Carlos siguen; tus ojos serán lucientes caudillos. (Yo bien sé que no es Irene pero que lo que pienso finjo para que no crezca el rencor en Carlos y Federico.) Ya comienza amanecer y el conocerme es preciso. Ya amanece, ya acechando el sol tus cabellos rizos le pregunta a las estrellas qué candor, qué rayos limpios ha sacado tu hermosura para imitar el vestido. ¿Quieres ver cómo es verdad y no es hipérbole fino éste? Pues con un ejemplo probaré lo que te he dicho: ¿no suele aquel que pretende salir galán y lucido informarse del que ha estado en la corte de camino, qué en el uso de la gala tomó el cortesano estilo? Pues así el sol como sale, que su beldad siempre ha sido corte, donde la hermosura usó el traje más divino, les pregunta a las estrellas que aquella noche te han visto qué colores has sacado, qué rayos has esparcido para salir como tú. Que quiere andar el sol mismo al uso de tu hermosura para salir bien vestido. Habla, alivia mi pesar, divide el clavel más vivo; débante, Irene, estas flores la fragancia y el aliño; descubre el hermoso cielo si no es que aguardas con brío a que cobre el sol más fuerza, a que alumbre más altivo, porque te parece poco vencimiento, triunfo indigno de tu beldad, embestir al sol desaparecido, o permíteme que yo grosero de puro fino, logre de mi propia mano… (Ya el conocerme es preciso; o ayude el amor mi intento o la ocasión dé principio a su amor, que bien podré si me respondiere tibio excusarme del desaire, pues es él quien me ha traído.) Perdona y permite, Irene, que yo… ¿Qué es esto que miro? ¡No eres Irene! h, traidor, siempre ingrato, siempre esquivo a mi fineza y mi fe! Mujer, ¿cómo aquí conmigo? ¿Y cómo Irene…? ¡Ay de mí, qué inútilmente suspiro! ¿Quién te trujo? Tú, alevoso; tú, con requiebros fingidos –quizá para desairar a mi hermano–, y tú, enemigo, injustamente se venga en mí tu desdén esquivo. ¿Yo a ti? ¿Cuándo? Sobre ser hermana de mi enemigo, te aborrezco de tal suerte que antes abrazara, impío, una fiera, y de mis ojos fuera objeto un basilisco; antes, la furia de un rayo solicitara yo mismo, y antes, a un áspid le diera en mi pecho injusto abrigo que admitiera tus caricias; que eres a los ojos míos, siempre que te miro, rayo, áspid, fiera y basilisco. No es bueno, Carlos, que a mí (de esta manera le incito) mejor que Irene, Isabel me parece. ¡Qué divinos ojos! ¡Qué brío a pesar del cansancio del camino! ¡Qué boca! ¡Callad, por Dios! Que ponéis con un vestigo un ángel, y comparáis el cielo con el abismo. Lleváosla por si tan bien os parece. Yo no aspiro a su beldad para mí, que yo para vos la miro. Vete y déjame, mujer, no me sigas. ¿Yo te sigo? ¿No eres tú quien con violencia forzó todo mi albedrío? Por qué, pues viste el error de traerte yo conmigo, callaste haciendo al silencio tercero de tu delito? Infamemente fingiste que eras el dueño divino de mis ojos por hurtarle la fe que a él le sacrifico. ¿De mi silencio entendiste que hurtaba a tu amor cariños? (No ha de quedar, ¡vive Dios!, con el gusto de querido.) ¿Yo enamorada de ti gozaba de amores fingidos? ¡Qué ignorantemente vano presumes lo que no ha sido! ¿Yo quererte? ¿Yo seguirte? Mal conoces mis designios; ¿no soy sangre de aquel brazo que imprimió en tu rostro altivo aquel infame padrón con solo un borrón escrito? Pues, ¿cómo te persuades a mal fundados cariños cuando yo darte la muerte, cuando hacerte solicito pedazos, por escusalle a mi hermano este peligro? Con seguirte ya le he dado ocasión a Federico para que goce de Irene, que ya en lazos repetidos, equivocadas las almas, viven con dos albedríos; ya se quieren, ya se adoran, y ya los amantes picos, por no encontrar las palabras, se entienden por los gemidos. ¿Lo sientes? Pues muere, ingrato, de achaque de aborrecido, que yo me voy –ya que tú malograste tus designios–, a ser juez de tu disgusto, a ser de tu amor testigo; y engáñaste si has pensado –¡oh, necio!, ¡oh, desvanecido!–, que yo te pude querer, que es muy loco desvarío pensar que un hombre sin honra es bueno para querido. ¡Detente, Isabel, aguarda! ¡Un rayo soy despedido! Dejalda, Enrique. Esto importa. Tened a Isabel, amigos, y de Carlos a la tienda la llevad. No os averiguo el intento. Ya le llevan. (Ya se aseguró el delito y hará este pecado más, para que se llene el libro.) ¿A qué fin, cuando ya Irene…? Ya vuestro pesar colijo, pero ahora esto os conviene. ¿Cómo, si a Irene he perdido? Bastara que yo os la vuelva? ¿Qué decís? Sois mi amigo. ¿Cuánto soy? o he menester no cuánto sois–. ¿Mi hacienda? Indigno precio es la hacienda a mi fe. Mi vida os daré. No aspiro a vuestra vida. Mi alma. Esa solo solicito, porque el alma solamente quiere un verdadero amigo. Y eso supuesto, pasemos a lo que ahora es preciso, porque halagos y venganzas juntamente os determino. Vení acá, ¿por qué razón, cuando al cielo os ha traído a las manos la venganza, no sabéis gozalla, tibio? ¿A Isabel, injusta hermana del que tanta afrenta os hizo, dejáis ir sin cobrar de ella algo del agravio impío? Quitadla el honor, y entienda su hermano y vuestro enemigo que en su honra, si no en él, os vengasteis atrevido. Pueda más que vuestro amor, vuestro enojo vengativo; triunfad de ella. Bien decís. Decidle amores fingidos y piénselos el rencor, y dígalos el cariño; vuelva manchado el honor (¡oh, cómo a pecar le incito para que de la balanza llene el número preciso… ien dices, quiero vengarme, ya que en él no lo consigo, en su honor. …Añada culpas a culpas, que al precipicio de su eterna perdición con mis engaños le guío.) Después haré mil pedazos su honor, por que aliente al mío. Ea, a la venganza, Carlos, mueran vuestros enemigos. ¡Mueran todos los Fragosos, no quede ninguno vivo! Inventad nuevos tormentos, pensad modos exquisitos de pecados. Bien decís. Parciales, a los caminos a matar cuantos pasaren; pero esto quiero advertiros: los que a María invocaren, dejadlos, que yo los libro en su nombre. ¿Qué decís? ¿No veis que éste es desatino? No digáis locuras, Carlos, ¿no veis que esos foragidos (¡oh, pesia a la devoción!) os perderán el debido respeto si os ven devoto? Porque en hombres tan precitos es cobarde el que no tiene cabales todos los vicios. Enrique, no me impidáis esta devoción que animo, porque si me la estorbáis no hemos de ser más amigos. Yo te haré con mis engaños que pierdas ese cariño a María, que me estorba el llevarte ya conmigo. ¡Ah, señor Enrique! ¿Qué es lo que quieres? Quería, si no es mucha grosería, dos palabras de vusté? Di, ¿qué quieres, majadero? ¿No ves que Carlos se ha ido? Sabrá que yo le he tenido por grandísimo hechicero, esto me debe en conciencia y no me lo pagará en su vida. Bien está; al caso. Tenga paciencia. Inés y Lobaco al ocio se entregan, y yo lo paso… Al caso. Yo voy al caso: pues ellos van al negocio, la sarna de amor se rascan, y mientras que se requiebran nueve mandamientos quiebran y el otro, dizque, le cascan. En todo dan testimonio de que las almas se truecan, y en fin, por lo que ellos pecan, a mí lleva el demonio. Con todo, no le oso hablar, porque soy, decillo puedo, colérico, y con el miedo no hago sino temblar. Ya te entiendo, ¿tú querrás gozar de Inés escondido, sin que seas conocido? Díjotelo Barrabás, sin duda que de él te informas. Pues si quieres conseguillo, con ponerte aqueste anillo te mudarás en las formas que quieres. Bien está! Y si fuere menester, la forma puedes coger de Lobaco. ¡Lindo va! Alto el dedo has de tener cuando la otra forma imitas, porque si de así le quitas en la tuya te han de ver. Cuidado y usar del medio, que no hay nada que te asombre, y queda adiós.Este hombre totalmente es mi remedio. Inesilla es, vive Cristo, aquesta que sola viene, buena, por Cristo, la tiene. De Lobaco me revisto, sortija. Aquí está el soez. Ya me ha visto. De esta vez pienso que le he de matar; yo prevengo las garduñas sin declaralle mis quejas, pero puesto a sus guedejas se lo contarán mis uñas: yo embisto. Llega la ingrata, ¡pues está como una cera! ¡Pícaro, de esta manera… me pagarás… Que me mata! la traición y el entrevalo de tu amor! Pega más quedo. Muere, traidor. Este dedo sin duda es el dedo malo, ¡oh, qué mal me has mirado, Inesilla, pues me arañas! No hay mujer de mis entrañas, ya siento habelle pegado; las intenciones mayores tengo que jamás se han visto. Lobaco soy, vive Cristo. Ya me llego a hacerle amores; abrázame, que en Castilla no hay cara de tanto enredo. ¡Parece que siente el dedo!) ¡Con un hombre está Inesilla! Yo te adoro, aquesto es cierto. Eso sí y puñadas no. a la de Juanes salió, ¡muere, infame! ¡Ay, que me ha muerto! ¿Quién te ha dado? ¿Qué sé yo? Mi forma quiero tener. ¡Pícaro! Tú habías de ser el que a Lobaco le dio. ¡Dale! ¡Dale! ¡No me duermo! ¿Tú abrazado con la hija? ¡Señores, que la sortija se me ha vuelto en estafermo. ¿Oyes pícaro? A Inesilla me llevo yo. ¡Que me place! Y allá a solas le daré de coces algunos pares, porque aún no estoy satisfecho. Dele usted hasta que se harte. Es un pícaro. Es gallina. Cierto que todo es honrarme. Y no le doy…! o le hiero...! ¡Ah, Inesilla, ve delante y él váyase por allí!Por donde ustedes mandaren. Señores, ¿hay tal sortija? Mas, ¿qué quieren apostarme que si la voy a vender no me dan la tercia parte? Bien apartados del monte estamos; todos se paren… Gente va por el camino. para que Irene descanse. Yo voy a avisar a Carlos, que si no me engaña el traje gente de lustre parece, y hacen alto hacia esta parte, y si acaso son Fragosos me valdrán muy buenos guantes. Aquí descansar podemos. Llegó de mi muerte el trance. Ayude el amor mi intento. No hay peligro que me espante. Ya, Irene, de mi piedad te llegó el último examen: ya sabes que te he pedido con blandos ruegos de padre y con rigores de dueño que por esposo acetases a Federico, y que tú, soberbia como intratable… Dije que no, ya lo sé, vamos, señor, adelante. También sabes que mi amor, mi fe y mi fineza grande… Dejémonos de finezas y vamos a lo importante: que tu fineza y tu fe, cuando muy bien me sonasen, no los escuchara bien en presencia de mi padre. Aquestas cosas supuestas, y que no ha habido quien baste a reducirte después que supiste que casarte quería con Federico, para que nunca se alabe tu inobediencia, que pudo más que mi gusto inviolable, he propuesto… Vengan penas, que siempre han de hallarme a que elijas de dos cosas aquella que más te agrade: o has de dar a Federico la mano, o tu eterna cárcel ha de ser aquel convento que en esta ribera yace, apartado de la gente, donde asistida de nadie, donde olvidada de todos, tu injusta vida se acabe, vive Dios, que has de vivir. Reportaos, señor, no pase a ira vuestro precepto y a enojo vuestro dictamen, y pues me dais a escoger… ¡Oh, si respondiese afable! …una elegiré, pues juntas no pueden ejecutarse: no solo admito el vivir en esa desierta parte disierta. donde ciegamente oculta, con dificultad o tarde, aquella deuda común cobre mi aliento del aire; no solo dejaré el siglo, no solo el austero traje que sostituya la gala me será ligero y fácil, y no solo entregaré a ajeno gusto la amable libertad, que siendo mía por otra elección se mande. Pero la muerte eligiera antes, señor, que casarme con Federico. Perdone, vuestra obediencia, que os hable con esta resolución, porque nuestras voluntades contrario influjo las rige, teniendo opuesto semblante nuestras estrellas; y nunca cuando se rompen las paces entre los astros divinos vuelven a reconciliarse. Culpe, Federico, al cielo, y así, no le echéis a nadie la culpa sino a mi amor, ya que queréis apurarme. Que no os quiero, porque quiero a Carlos firme y constante, y me asombro de mirar la mano, instrumento infame de tu afrenta: ved si pueden afenta hacer justo maridaje vuestra mano con la mía, que si llegan a juntarse os la apartaré de ira hasta que os la despedace, y pensaréis que es unión lo que en mí será coraje. En fin, ¿la clausura eliges? Lisonja será süave. Infeliz vida te espera. No hay tormento que me espante. ¿Un hombre quieres sin honra? Él sabrá de ti vengarse. Matarele yo primero. Él derramará tu sangre. no es posible que se vengue. ¡Ninguno se escape!¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo! Bandidos son, ¡fuerte lance! Libraos, señor, con Irene, que yo quedo a embarazalles que os sigan. ¿Y he de dejaros en un peligro tan grande? Líbrese ahora el honor de vuestra hija, que amante quiero ferialle a mi vida. ¡Reparad! ¡No hay que repare! irad, que puede ser Carlos. Si fuere Carlos, dejadme a mí con él y los dos en salvo os poned. ¡Ah, infame! Que yo me ofrezco a tenelle por que se libre mi padre. Huid, señor, con Irene porque desea quedarse.. ¡Presto, presto, que se acercan! El cielo tu vida ampare. ¡Oh, si a carlos descubriese! Anda aprisa, no te apartes. Ya llegan, este es Enrique, de Carlos amigo grande. Llegó mi muerte sin duda. Procura luego escaparte, Federico, que me importa. ¿Para qué son falsedades? Librad la vida, que yo haré que ninguno pase de aquí. ¿Qué dices? Aprisa, que gastáis el tiempo en balde. Pague esta piedad el cielo. o quiero que me la pague, aunque parece piedad no son ciertas mis piedades. I.Ya no se puede escapar. ¡Tiradle todos, matadle! ¡Ninguno, amigos, le tire!. Déjanos seguir. No pase ninguno de aquí. I.¿Qué intentas? Que Federico se escape. ¿Que Carlos se vengue impides? EAquesta es ley inviolable de Carlos. Volveos al punto, que basta que yo lo mande, que soy su amigo y no había de estorbar que se vengase, pero esto es gusto de Carlos; idos luego y esto baste. ira que tuya es la culpa, si el capitán se enojare. Yo que se enoje pretendo. Tú te entiendes, pues lo haces. Yo me entiendo, bien decís, que no es piedad el librarle sino ardid de mi malicia y red donde se embarace de tal manera, que pierda la devoción. Mas él sale. (¡Ah, mísero! Yo te haré que la pierdas o la estragues!) ¿Adónde está Federico? ¿Dónde el agresor infame de mi afrenta, amigo Enrique? ¿En qué lugar? ¿En qué parte está mi injusto enemigo para que le despedace? Vos dicen que le guardáis, será por que yo le mate. Reportaos, que a Federico… Acabad, decidlo antes que mi cólera me ahogue. Yo mismo (ya estoy cobarde) le di libertad, y fui que de todos se librase. Callad, ¿qué decís, Enrique? Viven los cielos que os mate si eso es verdad, y mi furia con el aliento os abrase. Pues sabed que esto es verdad, bien podéis, Carlos, matarme, mas echaos a vos la culpa, porque vos me lo mandasteis. ¿Yo a vos? ¿Cómo puede ser? Vos me distes la ocasión, ¡mal haya la devoción y quien la quiere tener! Mas y enmendarme pretendo y haré que todos derramen su injusta sangre, aunque llamen más vírgenes. No os entiendo. Yo lo erré. De aquí adelante para que nunca lo erremos, vos y todos renunciemos esa necia, esa ignorante devoción que en vos porfía y a Federico libró, que al matarle me pidió que por la Virgen María le librase, y yo, juzgando daros gusto, le libré. Yo confieso que lo erré; ya sé que estáis reventando de iras y de indignación por matar vuestro enemigo; enojaos mucho conmigo, maldecid la devoción, arrancadla ya del pecho, muera ese afecto importuno en vos para que ninguno pueda hacer lo que yo he hecho. Reñidme, yo he sido quien hizo el yerro desigual, decidme que hice muy mal. No hicisteis sino muy bien. ¿Qué dices? Aquesto siento, que le libraseis no extraño. Pesia a mí, que con mi engaño le he dado merecimiento! Irritaos, no de ese modo os templéis por ser mi amigo. Que hicisteis muy bien os digo. ¡Válgame el infierno todo! Pues, ¿puede haber tan impía alma en el mundo que niegue aquello que se le ruegue en el nombre de María? Decidme, ¿no sabéis vos que en los defetos humanos ella es quien toma las manos entre el hombre y entre Dios? ¿No es María la primera que nuestra culpa repara? Pues si yo no la agradara, ¿cómo el cielo me sufriera? A dos Fragosos saqué los ojos, medios tiranos; diez he muerto por mis manos; las manos diestras corté a cuatro, sin infinitos delitos que obrar querría, y me pasa por María Dios todos estos delitos. Dios detiene la sentencia de cuanto yo le ofendí por su madre, y que es así lo veréis con evidencia. El rayo que mueve guerra al astro más superior, como nace de un vapor, tiene por madre la tierra; baja y violento arruina de un árbol erguido el cuello, una torre y todo aquello que a la tierra no se inclina; lo más firme despedaza, y solo perdona, atento, la caña y la flor, que el viento con la tierra los abrasa, por mostrar, aunque no cuadre al enojo con que corre, que deja al que se socorre del regazo de su madre. Pues eso mismo detiene, aunque es tanta mi malicia, Dios el rayo de justicia cuando a herirme a mí se viene, que aunque indignado pregona contra mí rayos de fuego, ve que a su madre me allego y por eso me perdona. Y solo siente mi amor no haber sido quien le di la libertad, porque así fuera el mérito mayor. Luego, si preso le viera ¿vuestro enojo le librara? Sin duda que le soltara, aunque preso le tuviera. No puede andar tan piadoso el que a su enemigo ve. ¿Cómo no? Yo os probaré que el librarle era forzoso: el imán, por justro fuero que el cielo le quiere dar, con efecto singular prende con fuerza el acero; mas cuando más arrogante el que se libre le niega, si un diamante se le llega suelta el acero al instante, que como el diamante es rey de las piedras, fuera exceso tener el acero preso cuando le libra la ley. Así, Enrique, no te asombres de oír que yo libraría mi contrario, si es María emperatriz de los hombres, y a exponérmela delante, por más que el rencor no cesa, soltara luego la presa como el imán al diamante. Que fuera muy poca medra en una ocasión igual, que lo errase un racional, y lo acertara una piedra. Albricias! ¡Albricias, amo y señor! Y lo diré… ¿Qué tienes? Yo no lo sé. ¿Qué ha sido? AAlbricias me llamo! Dadme de vuestros regalos, veréis cómo os regocija como no me deis sortija, porque significa palos. Yo te las mando. En un coche a Irene he visto pasar por aquí, que a algún lugar cerca de aquí esta noche la llevan, y así, acudid… ¡Calla! ¿No os he dicho ya que sé dónde Irene está? Pues, ¿cómo me lo encubrís? ¿Dónde está Irene? Tendréis ánimo constante y firme, amigo, para seguirme? ¿Duda en mi valor ponéis? Es tan terrible el intento que pasa a temeridad. Nada me impide, acabad. Pues está en este convento, y esta noche –pues decís que emprendereis más extremos–, en él, Carlos, entraremos. Pienso que os arrepentís. Al mismo infierno bajara, resuelto y determinado. No vais mal encaminado. En nada mi amor repara. Ved que este es grave delito, es sacrilegio. ¿Qué importa? En fin, ¿qué nada os importa? A todo me precipito. Será el delito mayor que hayáis jamás cometido. Con nada, Enrique, me impido. Digo que es grande el error por que no os quejéis de mí. Más con la culpa me ofendo. ¿Y un delito tan horrendo queréis cometerle? Sí. Pues lógrese mi ganancia y asegúrese su culpa, si hay alguna en la ignorancia, que habiéndole encarecido el error que intenta, osado, será tan grande el pecado como él lo lleva entendido. Que yo para acrecentar en los hombres el error, aconsejo lo mejor cuando no se puede obrar.) Ya comienza a anochecer; vamos, pues tan cerca vemos el templo. Yo le acercara cuando estuviera muy lejos.) Qué oscura baja la noche! Yo la obscuridad le presto. Alcaparrón, ven conmigo. Lindas albricias me llevo! Anda, Carlos, que ya os sigo. Sí haré, pues mi norte veo. ¡Albricias, engaño mío! Ya para todo dispuesto le tengo, en nada repara. Él no sabe que este templo –o no se acuerda, amoroso–, tiene a María por dueño; pues yo se lo acordaré cuando no tenga remedio de reducirse, obstinado, pues está de amores ciego. Pierda la veneración a aquesta casa sabiendo que vive en ella María, y conseguiré con esto que después la obstinación, la vergüenza o el despecho le obliguen a que se aparte de la que perdió el respeto, que aunque librar su enemigo tuvo por bien, no por eso ha de ser lo mismo aquí, que allí no le vio, y es menos activo el objeto ausente que no el aparente objeto. Ya no se puede librar de este lazo que le he puesto. Ya descubro mal distinto si no me engaño, el convento. Lo que yo descubriré, si Dios quiere, es el secreto. ¿Quedose Enrique? No, amigo, aquí estoy, que nunca os dejo. Aquesta es la portería y ya el devoto convento en reverente clausura está entregado al silencio. ¡Cómo tose el abadesa! Decidme, ¿con qué instrumento hemos de abrir, o por dónde hemos de entrar? Ya yo llevo con qué abrir (que para todo me ha dado licencia el cielo), y a Irene, por que no extrañe veros, prevenida tengo y ya os estará esperando pendiente de su deso. Carlos, entrad, que ya está la puerta abierta. Ya entro resuelto y determinado a roballe al cielo el cielo. Carlos! ¡Enrique, señor, no me dejéis! Esto es hecho, entráronse, y yo he quedado con un razonable miedo. No quiera Dios que yo sepa dónde cae el cementerio, ni fuera, puesto en razón, que yo saber no pretendo dónde entraron otros, pues nadie sabe dónde entierro. ¿Hay tal noche? ¡Que ande yo por mi propio cuerpo a tiento! ¡Que haya tan malvados hombres, tan dañados y perversos, que se anden toda una noche solo a buscar trapos viejos! Hombres del diablo, aprended de mí a buscallos con tiempo, que yo los trapos que busco a prima noche los pesco. ¡Este es árbol, este es árbol! Ramas solas y hojas tiento; este es canto, santa Marta, la fachada me he deshecho. ¿No hablará quien viene allá? ¿Y no nos encontraremos? Las narices me he quebrado y ¡juro a Dios!, que me huelgo solo porque a las ventanas quieren asomarse luego. Sal, Irene. Ya te sigo. ¿Es posible que me veo libre de tantos pesares? ¡Oh, ruego al piadoso cielo que estos lazos no se rocen cuando más se junten tiernos! ¡Oh, qué bien, Irene mía, tanto favor os merezco, pues está de tu semblante pendiente todo mi aliento. ¿Carlos? ¿Qué es lo que dices? Aquí aparte hablaros quiero. ¿Qué novedad os obliga? Esto es ser amigo vuestro, no importa que os disgusteis. Acabad, decidlo presto, que cualquier instante monta mil siglos en mi deseo. Una devoción no más tenéis, pero ya no es tiempo de mirar en devociones, y vuestro gusto es primero. No, no, acabad de decirlo. El caso es que este convento de la Concepción se llama y tiene… ¡Válgame el cielo! a María por patrona, y esta ofensa se le ha hecho a ésta; pero, ¿qué importa? Las devociones dejemos, que solo sirven de agualle a un pecador los contentos. El que es malo, ha de ser malo. (Extrañamente suspenso se ha quedado, mas ¿qué fuera que fuese yo el instrumento de otra virtud? No es posible dude, y resuélvase luego, batalle consigo mesmo, que a su loco atrevimiento tantas culpas acrecienta cuanto tarde en resolverlo. No es posible que se venza.) Esto ha de ser, vive el cielo, Irene. ¿Carlos? Mi bien, dame la mano y siguiendo ven mis pasos. Eso, sí! ¡Venció mi engaño soberbio!) Ya te sigo sin saber adónde las plantas siento, que la obscuridad me impide. Anda, pues, que yo te llevo, todas las luces matamos que alumbraban al convento para salir más seguros, y esto ayuda a lo que emprendo. Carlos, mira que te apartas. A ti la vida te debo. Irene, mira que Carlos… Las voces me ataja el cielo. Esta la puerta, ya entramos, Irene, donde podemos gozar sin susto las dichas que con toda el alma celebro. No me pierdas. Ya te sigo, porque eres mi norte cierto. Sin duda la restituye –¡de mi fortuna reniego!– al convento. ¡Pese a mí, y pese a todo el convento! ¡Que me llevan los demonios! En ti, villano, me vengo. ¡San Todos Santos me valga! Enrique, ya a Irene dejo en el convento engañada, diciéndola que en este puesto es del monte más seguro, que me aguarde mientras vuelvo. Luego, ¿la dejareis? Ahora conoceréis si la dejo. Madre de Dios, dulcísima María, esa prenda del alma idolatrada os vuelve mi respeto como hurtada, que así como fue vuestra, no fue mía. No era disculpa, no, de mi osadía no estar con vuestro hijo desposada, que de tan gran señora a una criada se le debe la misma cortesía. Allá donde mis culpas multiplica, escribid que dejé por vos la cosa que quise más por orden de los cielos. ¿No advertís que será de Federico? Y escribid esto más, Virgen piadosa, que el mérito ha crecido con los celos. Callad, Carlos, que me abraso. La vida y el alma os debo. Nada me debéis, callad. Sois mi amigo verdadero. Soy quien quisiera abrasaros.) Oh, cómo anduvisteis cuerdo! h, cómo rabio de enojo!) Llegó el aviso a buen tiempo. Llegó al extremo mi furia.) Si no me advertís, le pierdo la devoción a María. ¡Que me hiriese yo a mí mismo!) Y a toda ley un amigo que sepa dar un consejo… ¡Oh, reniego del aviso, y que contra mi fe se ha vuelto!) …quizá, Enrique, me valdrá el alma el advertimiento.

JORNADA TERCERA

¡Mi Dios! Pues que yo he nacido tan infeliz, ruego a vos que me lleve un diablo o dos donde fuéredes servido. Pero yo estoy disculpado de haber sido bandolero, pues vos me disteis primero esta cara de ahorcado. Mas disculparme no puedo de ser ladrón y homicida, no haré yo tanto en mi vida como pagaré en un credo. A vos me quiero quejar de que Enrique me engañó y una sortija me dio –¡qué cierto que es para dar!– Por gozar de los traviesos ojos de Inés y encubrillo, me transformé en Lobaquillo y me machacó los huesos; en mi amo me trasformé por gozar de sus regalos y me molieron a palos dos Fragosos que encontré. Imán, piedra peregrina, el hierro atrae y detiene, mas esta sortija tiene virtud de atraer encina. ¿Enrique? ¡Carlos, amigo! Este es Enrique. Aguardad. Carlos quiere a la ciudad ir a matar su enemigo, pero, aunque a vengarse aspira, que vaya pienso estorballe, porque llegar a matalle no le está bien a mi ira, que, aunque es su enojo infinito, dispondré que se detenga, pues mientras que no se venga se acredita su delito y al ir a precipitarse, no quiero, aunque lo procure, que se vengue por que dure el deseo de vengarse. ¡Oh válgame desde aquí la sagrada Concepción! Deja, infame, la oración, pues es toda contra mí. ¿Es posible que se aflija de que a la Virgen llamé? Dos mil palos te daré. Eso es darme otra sortija, pues no basta lo pagado, sino ¿que a más me prevengo? ¿Pues qué es lo que ha habido? Tengo todo el cuerpo derrengado ¿y con esa flema viene? ¿Qué es lo que te ha sucedido? Las costillas me han medido y toda la culpa tienes tú, que me quisiste dar esta sortija endiablada. Pues, si ella fue la culpada, yo lo quiero remediar: a esta sortija me feria este anillo que transforma. No me puse vez en forma que no me hiciesen materia. Suplir quiero el desacierto, ponte esta y será infalible, que quedarás invisible. ¿Eso será cierto? Cierto. La mejor es de las dos. Nadie, por más que lo espere, te verá. Al que no me viere harta merced le hará Dios. Así, a Dios no has de nombrar en la boca ni en el pecho. El negocio va derecho, Dios adiós se ha de quedar. Inés y Lobaco vienen, dedo y anillo prevén, véngate, pues no te ven y tan quejoso te tienen. Así mi venganza entablo, de los dos me vengaré, ¿no me verán y veré? Sí. ¡Por Cristo que eres diablo! Alférez de mi vida, llega a mis brazos, que no por lo rendido pierdes lo bravo. La copla tiene atención y la persona es persona y conmigo no hay chacona, que no soy Alcaparrón. Miente el mundo y mienten cuantos dicen que a esa poca cosa... ¡Ah, Inesilla, menos prosa! Parece que somos santos. Santa seré si quisiere Dios sacarme de mujer y conmigo no ha de haber más de caiga el que cayere, que estoy muy cerca del zas y tengo el alma en un tris, y esto digo, ¡voto a mis pecados!, y no hablo más. ¡Ah, Inesilla! Yo bien sé que a Alcaparrón has querido. ¿Para qué es tanto ruido? (¡Por Cristo que no me ve!) Pero yo quiero callar, aunque es tanta la ocasión. ¿Yo con un Alcaparrón había de estropezar? No hay miedo que no me duerma con esta mandria mezquina, que yo no como gallina si no es cuando estoy enferma, y Alcaparrón, de quien sientes que es dueño de mi afición, sobre cobarde, es ladrón, y correvedile. ¡Mientes! ¡Alférez! ¿Qué es lo que ha habido? Una sombra o qué se yo un gran bofetón me dio. ¿Para qué le has recibido? Esa sombrilla cuitada, ¿cómo no parece aquí? Solo la mano sentí. ¿Y qué más? La bofetada. Bofetada no sería. Pues, si no fue bofetón, ¿qué fue? La imaginación de ver que la merecía. ¿Solo fías excusadas son las que a mí me propones? Digo, ¿las imaginaciones suelen derribar quijadas? ¿Que, en fin, sentiste ofenderte? Digo, Lobaco, que sí. ¿Cierto? Cierto. ¡Sal aquí, sombrilla de mala muerte! ¡Por Dios que es bravo el anillo! ¡Vente conmigo a matar si acaso quieres andar a cuatro menos cuartillo! Ahora me pagarás el hacer lo que me pesa, ¡So valiente, tómese esa! ¡Ah, sombrilla! ¿Por detrás? Sombra, embiste a un español cara a cara. No querrá, que siempre la sombra da adonde nunca da el sol; con esto me satisfago. Alférez, ¿ya me creerás? Sombrilla, mucho me das. No te doy, sino te pago. De esta aun no estoy satisfecho: toma, chula de un rufián. Lobaco, de arriba dan. Tiro arriba. Y va derecho. ¿Que de esta suerte me den? ¡Ah, pesia! Envido mi resto. Lobaco, alférez, ¿qué es esto? Llevar sin saber de quién. Una sombra que se esconde aquí nos pega a los dos. ¿Qué decís? Sí, ¡vive Dios! ¿Sombra aquí? ¿Cómo o por dónde? ¿Es posible que ese error en un hombre cuerdo cabe? Ara veamos a qué sabe pegar uno a su señor. Para todos hay recado. ¡Por Dios que da lindamente! Tome esto poquito. ¡Miente quien dijere que me ha dado! Ven en cuerpo, sombra vana. ¡Por Dios que era gran regalo el pegar a un amo malo tres veces cada semana! El infierno no se alabe de que yo sufro esta afrenta. Criados, yo os daré cuenta de este amo que me cabe. Solo encuentro el aire vano. Este ha mucho que sosiega. A un tiempo a todos nos pega. Y me queda el brazo sano. Lobaco, hacia aquí la he visto. ¿Adónde está? ¡Aquí le mato! ¡Jesús, y qué lindo rato! ¿Jesús dije? ¡Voto a Cristo! ¿Cómo, bergante? ¿Que vos sois el dueño del hechizo? ¡Pagareislo! El diablo me hizo que me acordase de Dios. ¿Qué es esto? Es una sortija. Todo aquí lo pagarás. Pues ¿la sortija a qué fin la traías? Para dar. Alférez, haced al punto a ese pícaro ahorcar de un árbol. Señor, por Dios que no intentes tal crueldad, pues sabes que este es un vicio de negar amos, no más. Hermano, este otro es un vicio de ahorcar criados, ¡andad! ¡Enrique, aquí! ¡Que me ahorcan! ¿Qué es aquesto? Castigar un insolente criado. Pues, si es eso, bien está. Este me dio la sortija, ¡llévenle conmigo a ahorcar! ¿Y los palos quién los dio? Yo fui quien los dio, es verdad. Pues, si fuisteis vos, conmigo no os tenéis que disculpar. Confesión general pido. ¿En este monte quién hay que te confiese? No importa, llévenme al primer lugar, que allí me confesaré. No tienes necesidad de confesar, bien te pueden sin confesión ahorcar, y mi alma como la tuya. La compañía escusad, que mi alma para irse al cielo sola se irá. Llevadle, ¿qué os detenéis? Cierto que me hace llorar verte morir tan contrito. Suéltame y no llorarás. No puedo, que es juramento. ¿Llora Inés? Llorando está. Como tardan en ahorcarte, lloro de verte penar. En fin, ¿no hay remedio? No. Pues, si remedio no hay, dame un abrazo siquiera, que eres mi amo natural y te quiero bien y, en fin, te he servido un año y más y en este tiempo he comido algunas veces tu pan. Oye, encomiéndeme a Dios si se va al cielo. En verdad, yo soy flaco de memoria, áteme un dedo en señal. Cierto que me das envidia, que mueres mártir. No hay tal, que muero de mala gana. Ea, llevadle, acabad. Carlos, mi amigo y señor, por san Cosme y san Damián, que siendo médicos fueron santos, que no hay que ser más, que me dejes, por san Carlos, que es tu santo y te olerá, en virtud de sus narices, de mil leguas la piedad, ¡que no me ahorquen! No quiero. Haz que me suelten por la... Perdonad este criado por mí. Pues vos lo mandáis, yo le perdono, soltadle. Pobre pescuezo, ¡alentad! (Conociendo este criado su devoción, a rogar le iba ahora por María, pero a mí mejor me está que sea por mí, si por ella le había de perdonar.) No podías escaparte, porque ya te iba a rogar por la Concepción. Sin duda que tuvieras libertad, que a ese nombre no he sabido nada en mi vida negar. ¡Basta! Que habéis dado en simple. Idos todos. So galán, cuidado con el gaznate. Que es mal oficio mostrar la lengua al pueblo. Todo esto es vivir dos días más. Decid, que ya estamos solos, ¿de qué es la simplicidad mía? De que muy menguado habéis dado en afirmar que es María concebida sin pecado original, siendo así que, como todos,... Proseguid. .pecó en Adán. O habla el demonio por vos con ciega temeridad, o estáis ciego, o estáis loco o esotro que falta estáis. Es del Espíritu Santo esposa ¿y podéis pensar que el Espíritu escogiese esposa con mancha igual? De la Trinidad es templo María ¿y la Trinidad queréis que sobre una culpa esté labrado su altar?, mas ¿de los ángeles no es reina María? Es verdad. ¿Y en los ángeles, que son espíritus puros, dais culpa? No la cometieron los que quedaron allá. Pues, si es María su reina, será ciega necedad imaginar que María naciese con mancha igual si en los ángeles, que son sus sus vasallos, no la hay, y juro a Dios y a esta cruz que, si alguna vez me habláis en esta materia,... ¿Qué decís? .os he de descalabrar..., mas ¿qué clarín por el aire en belicosa señal, herido del soplo, asusta del aire la craridad? Parece que de más cerca se oye el estruendo marcial. Sin duda que tu enemigo intenta al monte asaltar. ¿Qué haces, Carlos Adorno, cuando buscan con crueldad la venganza tus contrarios y el monte cercando van? Fragosos son cuantos cubren del bosque la amenidad y al incendio de su ira se siente el monte abrasar. Sal a disponer tu gente, no el descuido pueda más que el valor, en vez de triunfos halle el castigo mortal tu contrario. ¡Al arma, Carlos! ¿No oyes el clarín sonar, que suena a fuego y es queja del oprimido metal? Yo soy quien te da el aviso, yo, quien te libré a pesar de mi injuria y tu esquivez y no aspira mi verdad a obligarte, que mi amor, que se precia de inmortal, solo a tu peligro atiende, que, en llegando a peligrar lo que se quiere por sí, obra bien la voluntad por escusarse después la desdicha del penar. Isabel, yo te agradezco el aviso. Remediar importa el daño. Ya intento sus designios atajar. ¿Ves, Enrique, por la parte que baja del monte al mar? Con vuestra gente animoso el paso les atajad. Yo haré que en sus ondas hallen monumentos de cristal y precipitados vean su escarmiento en mi impiedad. Alférez. ¿Qué es lo que mandas? Esotra parte que va a Génova con tu gente con valor puedes guardar. Yo haré que conozca el mundo que soy criado leal. Carlos, ya llegó tu muerte, hoy cobraré puntual de tu alma lo que tú hubieres obrado mal y veremos su María te puede de mí librar. Ea, a la defensa, amigos, que yo guardo este lugar osadamente resuelto con mi escuadrón y hallará mi enemigo en su valor quién le sepa castigar. Pues, Carlos, yo por el monte voy tu gente a acaudilar, que, como mi amor por sí asegurando te está, no quiero que seas testigo de mi fineza leal porque obra sin ceremonias la que no espera obligar. Presto veréis enfrenado vuestro orgullo pertinaz, Fragosos, y en mí hallaréis en cada aliento un volcán. Subid, cobardes, subid; con resolución andad; Carlos Adorno os provoca. ¿Habrá alguno que probar quiera conmigo el valor en batalla singular? ¿Habrá alguno que conmigo se atreva a salir? Sí habrá. Cielos, ¿qué es esto que miro? ¡Ah, enemigo desleal! (Sin mí estoy, y con Irene.) (Temblándome el pecho está.) Irene hermosa, ¿qué es esto? Ingrato Carlos, un mal increíble en mí vive. Dudando estoy cómo has salido de la clausura de ese suelo celestial en que estabas. ¡Ah, qué bien se conoce que no hay en ti amor!, pues mis afectos tanta admiración te dan. Líbrame de aquesta duda. Ya no te intento agradar. Sepa ya cómo saliste. Escúchame y lo sabrás. Volvísteme al convento, ya te acuerdas, si no es que la memoria también pierdas, y pareció, tan presto fue el volverme, que me perdiste aun antes de tenerme. Entré por él, que todo estaba abierto, nadando de la noche el golfo incierto, piélago obscuro que no admite huellas a quien servían de espumas las estrellas; en mi celda entré y aguardé el día, dudando cuál sería la ocasión de que viese en un amante dos cosas tan opuestas a un instante, pero, notando luego que eras hombre, me dejaron las dudas con el nombre, animal tan injusto que un cariño lo paga en un disgusto. Viéndome, pues, en pena tan crecida, al llanto entregué mi triste vida, haciendo olvido ⸻¡ay, Dios, cómo me escucho!⸻ a tan mucho sentir di el sentir mucho, mas en pena que tanto me afligía al cielo solamente le pedía, loca con mi tormento, que me vieses llorar solo un momento, creyendo que con esto me vengaba y que descanso a mis enojos daba, porque no hay hombre, no, tan inhumano, tan fiero, tan tirano como ver llorar amargamente a una mujer que sus desdichas siente, aunque no sea aquella la que adora, que mucho más no muera que ella llora. Yo, en fin, enamorada, ciega, desesperada, a mi padre le he escrito cautelosa que quiero ser de Federico esposa. Llega al convento loco de contento y sácame engañado del convento, a quien acompañaba Federico, no de favor, sí de esperanzas rico, mas, en saliendo yo de aquel tasado sitio en que estaba el pecho aprisionado, en viendo descuidado el padre mío, suelto las riendas a mi desvarío y te empiezo a buscar por la montaña, que de ramas, peñas se enmaraña, con ansias, aunque no las mereces, y al fin te hallé ⸻dichosa yo mil veces⸻. Carlos, ya estoy contigo, mi estrella en esto y mis afectos sigo. Discúlpate, por Dios, de haber faltado de lo que ya tuviste comenzado, discúlpate aunque mientas, que sin riesgo lo intentas, pues te pienso creer de cualquier suerte porque yo tengo gana de creerte. Mucho siento, Irene hermosa, que a esto te hayas arrojado, que me coges en estado que no puedes ser mi esposa. ¿Cómo? ¿Hay voz tan rigurosa contra quien tanto te ama? Esa pregunta me llama a más pena tuya. Empieza a decirla ya. Es fineza que hago por otra dama, el escándalo detén de verme en tu desdén fino, que es sujeto muy divino y lo merecen muy bien, mas no llores mi desdén, antes conserva serenos esos dos luceros llenos del sol que brillando estás, porque el quererla a ella más no es quererte a ti menos. Miente tu lengua, que fiera pronuncia error tan profundo que fuera dichoso el mundo si un amor a dos sirviera. Pluguiera al cielo que fuera verdad tu proposición y que fuera un corazón capaz de dos aficiones, porque de tus sinrazones me vengara otra afición. Di, ¿cuál es la rigurosa que a tanto mal me ha traído? Aquese no es apellido, porque antes es muy piadosa y te tendrás por dichosa, bella Irene, si la ves, de estar rendida a sus pies y de parecer su esclava. Di, ingrato, ¿quién es esclava? Carlos Adorno. Esta es. (Mas ¿no es la que miro Irene?) (Mas ¿no es Isabela, cielos, la que veo y la que estorba las dichas que yo pretendo?) (¿Tan luego, fortuna airada, hubieron de estar los celos?) (¿Estos eran los desdenes que hizo Isabela un tiempo?) ¿Hay confusión tan terrible? Isabela, ¿qué suceso te trae por esos montes? (¡Oh qué traidor fingimiento, por darme a entender que ignora la causa de aqueste efeto!) Ya el decirlo es escusado. Yo siempre estimo y venero, Isabela, tu persona. Bien lo dicen los desprecios que contra mí tienes, solo porque no te los merezco. Habla, Isabela, que yo gustosamente te atiendo. El ver a Irene me anuda el alma y la voz el cuello. ¿Y el verte yo a ti, Isabela, cuál tendrá mi triste pecho? Pues yo te haré una lisonja, que es volverme. No la aceto, antes quiero yo dejaros porque sé bien que con eso os obliga a entrambos. Yo que ambas os estéis os ruego y, si el rogarlo no basta, baste saber que lo quiero. Yo a este imperio no me rindo. Yo a esta voz no me sujeto. Aguarda, Isabel; Irene, enfrena el paso ligero. Mirad las dos que enojado ignoro lo que me debo. ¡Que puedan esto los astros! ¡Que el destino pueda esto! Di, Isabela, ¿a qué has venido? A decirte solo vengo, si bien te hace de este aviso indigno lo que aquí veo, que procures tu persona poner en salvo, que llenos de ministros de justicia y de Fragosos los puestos están de aquesta montaña, por donde piensan que el riesgo puedes huir que te aguarda. Carlos, antes que el incendio de mis celos es tu vida, mira que el peligro es cierto. Esa atención generosa tan sumamente agradezco que fuera su precio el alma a no tener otro dueño, que hidalgamente se enoja quien tiene al furor el freno tan justo que no le deja más que un vengarse en sí mesmo. Yo me confieso obligado, pero deja los recelos, porque ceñido está el monte de infinitos compañeros míos, y ellos de pistolas preñadas de rayos negros; seguro estoy con su guarda, pero a lo que más me atengo es a mi valor. Repara, engañado como ciego, que no temer el peligro es el peligro más cierto. Carlos, como a peligrar de día y de noche estás hecho, en virtud de esta costumbre no haces caso de los riesgos. Mucho tiene que temer quien a nadie tiene miedo, procura ponerte a salvo. En vosotros ese afecto es bueno, en mí, la osadía. Haz aquesto que te ruego... Haz esto que te suplico... .por mi fe,... .por mis deseos,... .porque importa... .porque es justo... Señor, va Fragoso preso, mis compañeros te traen, y lo que de ti pretendo es que no muera con sangre porque al vestido le tengo grande amor y sentiré el verle manchado y feo; haz que le ahorquen, que yo por gozar de los derechos seré el verdugo. Las dos os esconded en los espeso de estas ramas: tú esta parte ocupa y tú aqueste puesto. ¡Ah, qué de pesares vivo! Solo vivo al sentimiento. Señor, aqueste Fragoso te ofrecen tus compañeros para que en su sangre apague algún rayo de tu incendio. Vesle aquí. No le descubras, tenga yo en este trofeo siquiera la parte poca de descubrirle. ¿Qué es esto? ¡Sin mí estoy! Aqueste es Federico. Airados cielos, ya en manos de mi enemigo fieramente me habéis puesto. No es la presa casi nada, su enemigo todo entero. Juro a Dios que es Federico no más lo que le traemos. En fin, ¿veniste a mis manos? Sí, mas es porque no puedo quitarle yo a las estrellas de mis males el gobierno, mas en este triste caso solo tengo por consuelo que quedas tú menos bien matando que yo muriendo, que yo te buscaba a ti entre muchos bandoleros, pero, si tú de mí triunfas, es de un hombre atado y preso. Para vengarme no son menester estos respetos. Pues véngate ya. ¿Qué aguardas? Tampoco es lo que deseo que sea tan a letra vista que te quite el sentimiento. La crueldad no es de valientes. Pues, según ese argumento, yo debo de ser cobarde, porque agora te prevengo el mayor de los dolores. ¿Cuál es? Que veas que soy dueño de tu honor. ¿Esta es tu hermana? Ya, traidor Carlos, me has muerto, haciendo ⸻¡ay, Dios!⸻ de mi sangre puñal para mí y veneno. Federico. ¿Para qué te disculpas con el preso que tiene atadas las manos?, mas libres las tiene el cielo. ¿Parécete dolor grande este que estás padeciendo? Claro está, pues no es menor el que ahora te presento: esta es Irene, tu esposa. Mi esposa no, mas por esto no dejas de aprovechar el tósigo de tu pecho, que es la cosa que más quise y la que más perder siento. ¿Qué quieres ya de mi vida, que es de dos rayos empleo? No imagines, que aunque aquí estoy falto a lo que debo a mi sangre. Eres mujer. Ya que imaginar no tengo. ¡Ah, Carlos! ¿De aquese modo se vengan los caballeros? Hasta aquí se ha herido el alma, ahora me resta el cuerpo. Retiraos todos, amigos, que he menester este puesto. Vete, Alcaparrón. Señor, lo dicho, dicho. Anda, necio. Lobaco, dame esa espada y vete. Ya te obedezco. Las dos os quedad aquí por testigos de mi esfuerzo. Ya tienes libres las manos. Federico, aqueste acero es el tuyo, peleando contigo en hidalgo duelo he de vengar hoy mi agravio. Es muy digno ese denuedo de tu sangre. Mi valor siempre es mío. Ahora, celos, ahora, honor, arrimad las espuelas a mi aliento. ¡Qué duramente batallan! Corazón, no estés atento. Muerto soy. Ya tus injurias pueden contra mi honor menos. Herido está por la boca. ¡Oh espectáculo tremendo! Soldados, aqueste dicen que es el enemigo, puesto que a Carlos guarda. Señor. Federico. Ya los cielos castigaron con mi espada los insultos del soberbio Carlos, que ya a pesar suyo besa agonizando el suelo. Aun no se atreven los ojos a tan alto objeto, pero ¿aquí Irene? ¡Ay de mí! Ahora, señor, no es tiempo de detenerte a sentir las desdichas de sus yerros. Ella y mi traidora hermana vengan con nosotros, puesto que de una vez la fortuna tres favores nos han hecho, que paredes hay que guarden tan públicos desaciertos. Dices bien. Anda, enemiga. ¿Cuándo se ha movido un cuerpo que está sin vida? Camina, de mi honra horror feo. ¡Cielos, ya mi vida sobra! Llegue ya el postrer aliento. ¡Ah, mujeres, vidrio frágil! ¡Oh soberanos secretos! Ya la postrer línea pisa de su vida este portento de pecados. Ahora, ahora, valor mío, no dejemos perder obra que me cuesta tanto trabajo y desvelo: de infinitas tentaciones le quiero llenar el pecho. Carlos, mira que de Dios la misericordia es menos que tus culpas; no la pidas, que es cobarde abatimiento. Como está en la lengua herido cabal no forma un acento. ¡Ah, cielos, que yo no alcance del hombre los pensamientos! ¿Si llamara a su abogada y mi enemiga? Ello es cierto, que al cielo de cuando en cuando se vuelve con mucho afecto. Mas no importa, que con Carlos más ha de poder mi ingenio: sin honra mueres, tu mismo enemigos es quien te ha muerto, ya que las manos te faltan véngate con el deseo: de la hermosura de Irene, que es el retrato más bello del sol, goza Federico. Parece que obran los celos. ¡Oh qué dulces esperanzas me da lo que ahora advierto! Todas cuantas confesiones en toda tu vida has hecho no te han servido de nada, porque han sido sacrilegios, antes están contra ti. La tentación con que suelo rendir más almas es esta: no haya en ti arrepentimiento, que te expones al desaire de que te niegue severo el perdón aquese Dios que en tan grande mal te ha puesto, enójate contra él. Ya quiere expirar. No quiero pedirle misericordia a Dios. Ya Carlos es muerto, ya acabó desesperado para mi feliz suceso, mas, ¿qué es esto? ¿Cómo el juicio de esta alma está suspenso contra el estilo ordinario de ese tribunal supremo? ¡Ah del cielo! A la justicia de Dios, juez siempre recto, pido esta alma contra quien tengo yo el mejor derecho. Ya está presente el juez, mas advierte que este pleito le tienes hoy con mi madre, que pide se le dé el cielo a esta alma por su devota. No ha lugar. Aqueso niego. ¿Quién eres tú, que defiendes a este hombre con tanto esfuerzo? Soy el ángel de su guarda y su abogado. No temo yo contradición alguna, que es muy claro mi derecho. Hijo y Señor, yo os suplico que reparéis en que el reo fue siempre devoto mío y el grande amor que yo tengo a cualquiera que me llama. No se malogre mi ruego. Madre y Señora, dejad ese temor con que os veo, que en tribunal que se hace justicia al demonio, es cierto que no os negará a vos, que sois lo que yo más quiero ¿Carlos? ¿Señor? A juicio eres llamado. Y espero de vos la misericordia. ¿Ahora la pide? ¡A buen tiempo! Común enemigo, di, ¿por qué le pides? Yo alego que este hombre ha quebrantado todos los diez mandamientos. Jamás tuvo amor a Dios. Esto es falso y yo lo apruebo con decir que tuvo amor a su Madre. No es lo mesmo. Quien me tiene amor a mí, que me le tiene ⸻¿no es cierto?⸻ por ser yo madre de Dios. Eso es evidente. Luego, si me tuvo amor a mí, amó a Dios. Con que el primero argumento está frustrado. Este hombre fue blasfemo, jurador, nunca oyó misa, fue homicida, deshonesto, salteador, engañador, deseó los bienes ajenos y adúltero, finalmente, luego merece el infierno. También hizo buenas obras. Y muchos pecados de esos dejó de hacer persuadido no más que de mi respeto. Veneró siempre mi nombre. Todo es de ningún efecto con morir desesperado, pues dijo estando muriendo: «a Dios no quiero pedir misericordia». Soberbio enemigo de las almas, ¿entiendes tú el pensamiento del hombre? No, que no es dado a mi poder, mas le infiero. Pues por que veas que te engañas en tus consecuencias, necio, cuando el reo pronunció esos citados acentos fue decir que no quería pedir a mi hijo inmenso misericordia, porque le tenía, por los yerros cometidos contra él, muy ofendido, y por eso no quiso pedirla él, sino pedir a mi afecto que fuese su intercesora. Yo lo hice y de él espero que su clemencia estará de parte de mi deseo. Madre mía, esto es ansí, y yo por el ruego vuestro di a vuestro devoto auxilio en aquel tan breve tiempo para una gran contrición; túvola, y hallo que debo, porque murió arrepentido, dalle con mi gloria el cielo. Gracias a vos, Dios clemente, Dios piadoso, aunque juez recto. Ya me venciste, María. Pues ahora, obscuros mares, tragadme, y a mis dolores añadid el que ahora llevo. Ahora, espíritus alados, bajad en racimos bellos y colocad esta alma en el impíreo aposento. Yo a Brígida de Suecia este caso le revelo para que ella en sus escritos le haga al mundo manifiesto. Y aquí, teatro famoso, es bien tenga fin El pleito del Demonio con la Virgen. Perdonad a tres ingenios.