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Texto digital de La piedad ejecutada

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La piedad ejecutada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/piedad-ejecutada-la.

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LA PIEDAD EJECUTADA

JORNADA PRIMERA

Salen don Fernando de Quiñones de camino; y Esteñañez un hidalgo. Don Fer. No me pude dar más prisa. Antes me parece extraña, en un mes de Italia a España. Culpad a quien tarde avisa. No llegara por el viento un ave, así Dios me guarde más presto, porque muy tarde me escribió su casamiento. En fin aurá quince días, que las fiestas se acabaron? t. Por cierto que se casaron con notables alegrías. Yo os prometo a fe de hidalgo, que me cuesta a mí muy bien. Fer. Yo os lo creo. t. Siendo quien menos de su tierra valgo. Y con haber vos venido, renováronse las fiestas. Fer. Cómo fueron? st. Fueron estas. si me dais atento oído. Colgadas de tapices, y brocados las calles de esta villa, más famosa por sus dueños del mundo celebrados, que la ciudad más grande y populosa; en sus ricas ventanas trasladados los Orbes de la esfera luminosa, que las poblaban en extremo bellas, hermosas damas, como al cielo estrellas. La puerta de epigramas adornada, jeroglificos, armas, y blasones, la divisa en un cuadro coronada, que junta Pimenteles, y Quiñones, entró por ella vuestra hermana, honrada de tantos ilustrisimos varones, cuantos la bella España tiene ahora a ser de Benavente gran señora. Como fue en el palacio recibida, plumas, lenguas, colores y pinceles, no lo podrán decir, cuando a esta vida volviese Homero, Cicerón, y Apeles, la Primavera allí se vio vestida de lirios, azucenas, y claveles, la India con sus perlas, plata, y oro, con más grandeza, y con mayor tesoro. Viase allí con sus tapices Flandes, Roma con sus pinturas, el Oriente con sus olores, aunque vuelvas, y andes hasta el Jordan en su primera fuente, casa en efeto de tan grandes Grandes, como los Condes son de Benavente, y en día que mostrarse al mundo quiso India en riqueza, en flores Paraiso. La música, la cena, la grandeza de las mesas, la plata, el aparato, curiosidad, olor, costa, y limpieza, la diferencia de uno y otro plato, que fue con tan esplendida riqueza; que solo en esta cifra la dilato, nunca de la que tuvo testimonio tan grande, dio Cleopatra a Marco Antonio. Aquella noche fue el sarao notable. Fer. HAay damas? t. Una trujo vuestra hiermana, que parece a los hombres admirable, Venus al cielo, aurora a la mañana, criola con su hija el Condestable. er. Qué nombre tiene? t. Llámase doña Ana. Danzaría muy bien? . A su hermosura igualan su donaire y compostura. Hubo un corro de toros, otro día salió don Juan. Fer. Quién es? . Es el hermano del Conde. Fer. Allá en Italia se decía, que es don Juan un gallardo Cortesano. Est. Muy hombre se mostró por vida mía con los rejones que tomo en la mano, pues todos, porque de esto lo presumas, se los dejó en la frente como plumas. Qué diré de una lanza. . Qué es tan bravo? Alomenos por junto a la espaldilla yo se la vi pasar del otro cabo a un toro, que crió Tajo en su orilla, con esta fiesta la del día acabo, que ya la noche huyendo de la villa, con las hachas, y luces en que ardía, se fue pensando que llegaba el día. Hubo un torneo, en que don Juan mantuvo. er. En ese holgara yo por Dios de hallarme. Est. Igual ventura que en la plaza tuvo. Fer. No te quieres cansar de aficionarme. Est. Gallardo y fuerte en la estacada estuvo, no pienso, don Fernando, que se arme caballero que a Marte se registre, que así la lanza allí, o en justa enristre. Diéronle precios, con que salir pudo galán, a la sortija de otro día. Fer. De su valor estoy suspenso y mudo, con la misma ventura correría, ya Estebañez su amor con fuerte nudo, en su amistad enlaza el alma mía. st. Sois cuñados, y el deudo te ha obligado. Fer. Harto más el valor que me has contado. A la vista remito lo que queda, que él sale a recibiros alegrando sus ojos. Fer. El valor del padre hereda, Sale don Juan Pimentel. señor don Juan. Ju. Hermano don Fernando. No tiene cosa en que humillar la rueda. Ju. Cómo venís? Fer. Hallaros deseando con la salud que os veo. Ju. Yo estoy bueno, y de deseos de serviros lleno. Fer. El Cónde mi señor? Ju. Está contento, y no menos que todos deseoso de haceros un alegre acogimiento. er. Es Príncipe en efecto generoso, mi hermana? Ju. Del camino el sentimiento la ha tenido, que ha sido trabajoso, algo indispuesta, pero por mi vida, que le ha dado salud vuestra venida. Oh Fernando, si al tiempo de las fiestas se hallara aquí vuestra persona? . Estando la vuestra en ellas, la del mismo Aquiles no hiciera falta. . Gran favor. Jú. Pequeño señor cuñado, a méritos tan grandes. er. Si mi afición, y el deudo que tenemos sufriera cumplimientos Cortesanos, en alabanzas se gastara el día, a Estevañez debéis las que a su boca estaba oyendo, cuando aquí venistes, y aunque es verdad que yo venía de Italia, cuidadoso de ver vuestra persona, crecio este gusto el mucho con que trata vuestros merecimientos. Ju. Este hidalgo, es de los buenos que a mi hermano sirven, y yo le sirvo a él, porque es tan bueno. Merced me hacéis, y la recibo en todo. Fer. Su relación en fin ha sido aumento de mi amor, y el haberos, don Juan, visto una imagen igual a mi deseo, yo os doy palabra, que si muchos años hubiera esta amistad con vos tenido, no os pudiera querer con más extremo. Ju. De mí, señor, podréis creer lo mismo, 18. par y en prueba de que quiero ser tan vuestro, que al amor de mi hermano os anticipe, y que no tenga amigo que os iguale, os doy aquesta mano, y hago en ella pleito homenaje de serviros siempre, de no teber amigo que más quiera, y de serviros con la misma vida. Fer. Haced cuenta que yo lo mismo he dicho, y de eterna amistad, y fe inviolable a vuestra mano hago el mismo pleito. t. Los Condes viene. Fer. Vengan en buen hora. Sale el Conde, la Condesa, y acompañamiento. Con. Muy bien merece por la nueva albricias. Conde. Yo la he tenido por extremo buena. Fer. Deme los pies vuesa excelencia. Conde. Hermano seáis una y mil veces bienvenido. er. Y vos, señora, no me dais los vuestros. Con. Fernando mío, venís bueno? Fer. Vengo bueno, y estoy viendeos tan bueno; que no me queda cosa que deseé, de cuantas hasta ahora he deseado. Conde. Dejadnosle, señora, ver un poco, no os le queráis tener todo, de suerte que no nos quede nada de Fernando. Con. Él, y yo, mi señor, somos hechura de vuestro gran valor. Conde. Beso os las manos por los favores que me hacéis, sospecho que el regocijo de tener presente al señor don Fernando de Quiñones, os hace liberal en este punto de los favores que me hacéis. Con. Yo he sido la que de vos recibe esos favores. Fer. Por no impedir amores tan bien dichos, no puedo agradecer lo que me toca. Conde. Ahora bien, don Fernando aura corrido con la incomodidad que hay en España, tratad de que descanse, y a la tarde don Juan le enseñará de nuestra villa las calles, que don Juan muy bien las sabe. Ju. Yo haré, señor, que luego se aperciba, en que salga mi hermano don Fernando. Con. Llegaos, Fernando a mí, sed mi bracero. Fer. Tanto favor. Con. Llegaos. . Señora mía, decid al Conde mi señor, que goce de vos mil años, que yo no he sabido, turbado con mirar a su excelencia. Con. Que bien, Fernando, bien habéis andado, entrad ahora que vendréis causado. Vanse, y quede don Juan, y Estebañez. Ju. Con notable inclinación, de servirle estoy pensando las partes de don Fernando. Muy de caballero son. A fe que se luce en él la sangre de los Quiñones. Ju. Que bien compuestas razones, aficionado estoy de él. t. Debeisle ese amor por Dios, que por los ojos mostraba el contento que le daba de que tratase de vos. Ju.Yo os juro que pienso ser grande amigo de Fernando. Su amor os está obligando, que lo mismo piensa hacer. Huélgome yo de haber sido tercero de esta anustad. Sale Mendoza paje. Men. En habiendo novedad, todo es andar divertido. Aura dos horas que ando en tu busca por tu vida. Ju. Perdónalo a la venida, Mendoza, de don Fernando. Qué traes? Men. Este papel de la señora doña Ana, que le escribió esta mañana, con mil favores en él. No se yo que si diez años la sirvieran tus porfías, hiciera lo que en diez días, hizo amor con tus engaños. Pero no le doy buen nombre, que no engaña con mirarle, un hombre de tan buen talle, tan valiente y gentilhombre. Yo llegué en hora tan buena, que te escribió estos amores en el balcón de unas flores, con sus manos de azucena. Corrido estaba el papel, corrido estaba el jazmín de ver sus manos, en fin escribe su pecho en él. Y aunque las letras no vi, tantas colores mudó al tiempo que le escribió, que el alma de conocí. Ju. Anda necio, que serían con sus muchos resplandores, las vislumbres de las flores, que en el rostro le darían. Pero si yo puedo ver lo que ha escrito, que temor me detiene. Men. Di, señor, este puédelo saber? Ju. Si Mendoza, que es persona de quien más aquesto fío: comienzo. . Di. . Señor mío. Men. Esto mi opinión abona. A la fe que le entendí, cuanto contiene esta suma, en el mover de la pluma acerté, Mendoza, fui. Ju. De persona ejercitada, fue destreza conocida, pues conociste la herida en el levantar la espada. Déjame ver lo demás. La ocupación tan precisa de estos días, y la prisa. Men. Qué aprisa leyendo vas. Bien parece que no eres amante contemplativo. Ju. Así leo, y así escribo. Que se acabe presto quieres. Lee a espacio los renglones, que para más devoción, entre rengión, y rengión, ha de haber meditaciones. Un galán, dicen que había, pienso que era Portugues, que en un papel leyó un mes, que treinta líneas tenía. Ju. A esa cuenta en un rengión, Mendoca, un día se estaba. en. Este amante meditaba en alta contemplación. Y la prisa que nos da la Condesa mi señora, con haber venido ahora su hermano: va bien? Men. Bien va. Porque nos ha hecho hacer cien camisas. Men. Santo Dios! mira si hay un cero. Ju. Ay dos. Men. Tienda debe de poner, Sin duda añadió aquel cero, y que diez quiso decir. Ju. Qué va en esto? Mn. Va mentir. Ju. Déjame ver lo postrero. Me ha tenido sin lugar para escribir, pero ahora os digo. Men. Dice os adora. Ju. Qué tienes por adorar? Pensaste que ese lenguaje corría en palacio. Men. Di, que ya escucho. J. Dice así. Men. Presto, porque no te ataje. Que estoy muy agradecida a la merced que me hacéis. Ju. Cielos, si aquesto entendéis, dadme mil siglos de vida. En que quepa la esperanza de tan notable favor, que bien de tanto valor, cuando se espera, se alcanza. No leo más, que la mitad quiero para más espacio, que bulle mucho Palacio, y he menester soledad. Estebañez, cierta cosa tengo que tratar con vos. Aay favores? Ju. Si por Dios, es doña Ana muy hermosa. Toma, Mendoza, estos guantes. Men. Cuerpo de Dios, esto das? Ju. Para tenerlos no más; majadero, no te espantes, Qué es para sacar dinero de la faldriquera. Men. Así, vuelto me has, por Dios, en mí, parabienes darte quiero, De que tengas que me dar. Ju. Toma esos veinte doblones. Men. Tantos eran los renglones: dónde vas? Ju. A meditar. Vanse, y salga don Fernando con una ropa, y un guardada mas con él. Gu. Es muy bueno este aposento, y tened a gran favor, de que el Conde mi señor aquí os diese alojamiento. Dormid la siesta a placer. Aurá algún hombre que cante? Gu. Iré yo por mi discante; si os queréis entretener. Fer. Sabéis cantar? Ju. Mal pecado, la voz no ayuda, que ya algo decrépita está, y canto desentonado. Mas lo que es el menear los dedos, soy un jusquín. Fer. Música sabéis al fin? Gu. Mi parte puedo cantar. Fer. Id por mi vida, y traed la vihuela. Gu. Es extremada, pero está desconcertada, que es húmeda la pared, Donde la puse en un clavo. Fer. Eso se hará fácilmente. Gu. Saltose también la puente, pero por buena os la alabo. No hacen fuertes las colas los instrumenteros ya. Fer. Traelda, buena estará. Gu. Tiene dos clavijas solas, Pero las voces, por Dios, que son como una trompeta. Basta para ser perfera, que la hayáis tocado vos. Traelda, y deja razones. Gu. Tenemos otro embarazo. De qué suerte? u. Que en el lazo hay un nido de ratones. No importa. Gu. Si vos queréis 18 parte. traérela. er. Entrad a traella, que danzarán dentro de ella, en viendo que vos tañéis. Gu. Bastará que tú lo mandes. Vase el guardadamas. Fer. Que esto en esta casa esté, son un arca de Noe, los palacios de los Grandes. Ver unas dueñas antiguas, que parecen a los ojos, con sus móngiles antojos, y rosarios estantiguas. Unos escuderos viejos del tiempo de Lisabad, no hablando en su mocedad, y dando a todos consejos. Cuerdos, envidiosos, locos, callados, entremetidos, muchos de esperanza asidos, y siempre pagados pocos. Todos quejosos, ninguno contento tan solo un día, es la insufrible armonía, de este instrumento importuno. Sale doña Ana con un azáfate, y una camisa doblada. Ana. Aquí, mi señor, está la camisa: ay, yo he tardado: cómo no estáis acostado? o levantado estáis ya? Queréis que la deje aquí, oh mandáísmela volver? qué es lo que mandáis hacer? decidme, señor, no, o sí. No merezco que me habléis? válame Dios, que tendrá! suspenso está, que será? tenéis algo? qué tenéis? Alguna cosa dejáis, que os duele en Italia, así no os debéis de hallar aquí, en fin, señor, no os halláis? Es muy corta aquesta tierra, allá habrá más libertad, quien os hace soledad, es dama a caso, o la guerra? Ahora bien, pues no merezco que me habléis, quedad con Dios. Fer. Teneos, teneos, que vos sois por lo que yo enmudezco. Ana. Yo señor? er. Si mi señora, que por miraros no hablé, que quien esa gloria ve, con el silencio la adora. Quien mirara una pintura, que luego dijera, buena, hasta ver si estaba ajena de imperfección su figura? Quien viendo un libro dijera, sin leerle bienes de él, aunque la cubierta deel de oro puro, y letras fuera! Yo os miré, y no responderos fue suspenderme en miraros, como a pintura en notaros, y como a libro en leeros. Ahora que os vi, y leí, hablaré en vuestra alabanza, si mi entendimiento alcanza, y yo no me pierdo en mí. A Italia, Francia, y a Flandes, Alemania, a Inglaterta he visto, ya en paz, ya en guerra, llenas de hermosuras grandes. Pero nunca me dé Dios vida, si deseo alguna, si he visto entre todas una, que pueda igualarse a vos. Ana. Creo, que os curláis conmigo, pues mirad que habéis llegado, donde ya no sois soldado. Fer. La verdad, señora, os digo, Mayor fuistes que la fama. Ana. Pues sabéis vos ya quién soy? Fer. Quién si no vos puede ser, quien mata con solo el ver. A. Y muerto estáis? . Muerto estoy. Ana. Mirad que estáis engañado en eso, como en pensar que os pudo ese hidalgo hablar en mí, puesto que es honrado, Y la costumbre de quien lo es, suele encarecer cualquiera indigna mujer, por hablar de todas bien. Fer. Si dais licencia que os nombre, sabed que os nombra en mi oído, doña Ana, y que dio el sentido traslado al alma del nombre. Estaisos, y estáis en ella, no me lo neguéis por Dios, porque quien no fuera vos, no pudiera ser tan bella. Dejadme en esta ocasión gozar mil atrevimientos, que a veces los pensamientos mayores que el tiempo son. En este punto os ame, mas si con ellos le junto, creed que vale este punto por dos mil años de fe. Queréis, supuesto que sea locura, y que de amor pase, que esa mano, aunque me abrase, en estos, labios la vea. Ana. Ay, señor, no lo digáis. Fer. Gran sed de esa mano siento. Ana. Siendo ves rico avariento, como Lázaro os quejáis. Fer. Dejad que solo la toque. Ana. Vuesa merced bien me trate. Oh mal haya el azafate. A. Que a tal mi mano os provoque? Yo os juro de no venir sin guantes acá otra vez. er. Riguroso está el juez, mas que habemos de morir. Pero en poco bien redunda de mi vida ese concierto, porque es habiéndome muerto, meter la flecha en la funda. Dejad de tener guardada, mi bien la mano homicida, porque después de la herida, que importa envainar la espada: Y en materia de besar la mano a cualquier mujer, qué agravio se puede hacer? Ana. Tened, hablar sin llegar. e. Las reliquias que adoramos de los santos que tenemos, en el día que las vemos, ese día las besamos. Ana. Callastes para hablar mucho, mirad, porque estoy de prisa donde pondré la camisa. Sale el Guardadamas con la vihuela. Qué es esto que veo y escucho? Fer. Esta camisa será, como la de Deyanira, porque viene envuelta en ira, y al fin mi muerte será. Gu. Tocó historia juro a Dios. Ana. Señor, el que viene aquí es nuestra guarda. er. Ay de mí Ana. Mirad bien por mí y por vos. Y en una palabra digo, que si yo os agrado, fue porque de vos me agrade, desde que hablastes conmigo. Mucho he dicho, pero es poco para lo que merecéis. Fer. Señora? An. Escribir podéis; os labillno Vase doña Ana. quedad con Dios. . Quedo loco. Gu. No era malo este discante, para pasar esta fiesta. er. Qué buena camisa es esta, tomad, señor Bustamante, Y allí encima la poned. Gu. Sordillo debéis de estar. Fer. Ay tal helar y abrasar! tal desdén, y tal merced. Gu. No queréis tañer ahora, que estáis algo divertido? Fer. Buen discante habéis traído. Gu. Mejor era la señora. Qué señora? Gu. Aquesta gaita que se va ahora de aquí. Fer. Quién? Gu. Haceos niño, eso sí, estoy por deciros talta. Yo juro a nuestro Señor, que si otra vez entra acá la muy. Fer. Quedo, bueno está, que es eso mucho rigor. La Condesa mi señora la mandó ser mi azafate. Gu. Díjolo? Fer. Sí. Gu. Disparate, como yo soy Turco ahora. Ella por la novedad se buscó aquella ocasión de tener conversación, y juro a Dios que es verdad. No os enogéis por mi vida, dizque un mancebo tenéis muy honrado? Gu. Bien podéis pensar que era bien nacida La madre que le pario, que de mí no digo nada, que España está ya cansada de cantar quien me engendró. Por Dios que no es esto hablar, no es el Cid tan buen hidalgo, bien que por mi poco valgo, y aún aquí os puedo mostrar. Esta hoja que he tenido cuatro veces en las manos por ella un dobló. er. Qué vanos son estos. Gu. Si sois servido Tentade aquestos aceros. e. Mal año para un diamante, brava espada, Bustamante. Gu. Un higo para Oliveros, Fue de mi abuelo. Fer. Ese mozo me habéis de dar, si volviere a Flandes. Gu. Aún si él le quiere con mucho contento y gozo Se le daré, mas por Dios, que ya que grados tenía, clerigo hacerle quería. Fer. Pues hablémonos los dos, Que yo se que gustará de irse a la guerra conmigo. Gu. Qué bueno es eso, yo os digo, que a Constantinopla irá. Deciende de los Cazorlas, como quien no dice nada, tiene en el timbre una espada, y diez castillos por orlas. e. Que le engañe me conviene. Sale Mendoza. Men. Don Juan mi señor aguarda, porque el entrar le acobarda, el mismo a veros no viene, Allí queda apercibido alborotando el zaguán, para vos un alazan, a ruedas blancas partido. Y para él un overo, teñido de moscas negras. Gu. Cuanto de oírlo te alegras, Fer. Es don Juan gran caballero. Poneos, señor Mendoza; un vestido que os dará Paez. Men. Dios te guarde, ya el contento me retoza. Vase don Fernando. Gu. A la fe para alcahuetes es el mundo, Mendócica, Men. Oh cuanto la envidia os pica. Gu. Oh vueles con mil coetes. Salen don Diego, y don Fadrique. Fad. Y que está ya tan prendada doña Ana de este don Juan? Die. Menos iguales están los dos cortes de la espada. Y ha hecho amor de los dos una contra mí tan fiera, que no habrá para que muera, defensa fuera de vos. Fad. Ya dije al Conde el suceso, como me le habéis contado. Die. Tómolo bien, o está airado? Fad. De enojo ha perdido el seso. Que aunque tiene calidad doña Ana, mientras no tiene hijos, mayor le conviene. Die. Vos me habéis hecho amistad, Y de suerte, que tendré memoria toda la vida de la merced recibida. Fad. Servir al Conde intenté, Que según está don Juan, no dudo que se casara con ella. Die. Eso es cosa clara, celos de muerte me dan, Estaba con mi desdén contento, con que creía que doña Ana no quería a ningún nacido bien. Pero cuando a mis enojos llegó el saber que estimaba otro hombre, y vi que miraba atentamente sus ojos. No se si estos desconsuelos los pudo la envidia hacer, aunque si debió de ser, pues son sus hijos los celos, Que desde entonces estoy de suerte que hasta la vida juzgo a cosa aborrecida. Fad. Palabra, don Diego, os doy De que don Juan no la goce. Die. Ay, el cielo lo permita, si entre sus luces habita, quien penas de amor conoce. Salen el Conde, y Federico Se- cretario. Con. Enviástesle a llamar. Fed. Ya fue un paje en busca suya. Con. De esta furia amor se arguya, si sabes hacer pesar. Estas honras hay en ti? ed. No digas mal del ahora, que dirán que a mi señora no le tienes. Con. Es así, Pero mi amor, Federico, es amor justo y honesto. Fad. Todo el daño que hay en esto a la misma causa aplico. Porque si quiere don Juan casarse, es honesto amor. Con. Caballeros, en rigor con poca igualdad están, Aunque doña Ana es muy noble, pero don Juan es mi hermano. Fad. Oh Príncipe soberano, el cielo tus años doble. Pues hablas con tal templanza, cuando tanto enojo tienes. Die. Bien aciertas, si previenes con el ausencia mudanza. Todo amor se tiempla en ella, váyase don Juan de aquí. Con. Sábelo don Diego? Fad. Sí! Di. Sí señor. Con. Y de quién? Di. De ella, Con. Cómo? Die. Alábase a criados de mi señora. Con. Está bien, no he menester que me den testigos más abonados. Sale don Juan con borceguies y acicates. Ju. Acompañando a don Fernando iba, a quien el mundo todo acompañaba, al tiempo que, señor, me dijo oliva, como vuestra Excelencia me llamaba: en qué te sirvo? Con. Y el no sube arriba? Ju. En el patio me dijo que aguardaba. Con. Dejad por esta tarde la carrera, que otra más larga os llama y os espera. Ju. Cómo, señor, ofrécese camino? Con. Si se ofrece, don Juan, el Rey os llama, por una carta que esta tarde vino, y que os quiere ocupar dice la fama: que hoy salgáis de la villa determino, toda esta noche os servirá de cama la posta, porque no hay humanas leyes mas en razón, que obedecer los Reyes. Ju. No podré detenerme solo un día: Co. Ni un hora sola, hermano, aunque os importe, porque es la voluntad del Rey y mía, que estéis mañana dentro de la Corte. Ju. Has escrito? Con. Escribir poco querría. Ju. La brevedad del tiempo te reporte. Con. Secretario, venid y escribiremos. Vanse todos con el Conde, y salga don Fernando. Ju. Ay cielos, ay de mí! . Pues qué tenemos? Ju. No se, Fernando, no se que te diga. Fer. Qué tienes? qué te han dicho? o que te han hecho: Ju. De estos infames fue concierto y liga, si por la santa Cruz que traigo al pecho. Fer. Estos pues no me estorbes, que los siga. Ju. Detente, que es remedio sin provecho. Fer. Matarelos por Dios, bien me conoces. Ju. Mas me matas, Fernando, con tus voces. Fer. Acaba de decirme lo que tienes. Ju. Que me vaya a la Corte manda el Conde, y yo se que esto ha sido con engaño, porque dice que el Rey envía a llamarme, y yo se bien que al Rey no se le acuerda de don Juan Pimentel en este punto, mas que de las palabras que su boca dijo la vez primera. Fer. Pues qué causa el Conde tiene tan urgente ahora, para arrojarte así de Benavente? Ju. Ninguna, por Dios vivo, si por dicha no le han dicho estas sombras de palacio, estos paños Franceses, estos ecos, que llevan las palabras a los Príncipes, así como resurten de la boca, que sirvo una mujer, mujer Fernando, que fuera de tu hermana y mi señora, no la hay más noble aquí, ni en medio mundo. Pues que ha temido el Cónde? Ju. Que me case. Pues si es tu mal, qué importa? . No lo entiendo, entiendo mi desdicha. . Por ventura el Rey te llama, y tu imaginas eso. Ju. Fernando, para ver si el Rey me llama, abrir tengo las cartas que me diere mi hermano, y si responde a lo que dice, yo iré a la Corte, mas si no responde, vive el cielo que tengo de esconderme, y estar en Benavente a su disgusto. Sale Federico con dos cartas. Fer. Calla que viene gente. . Estas dos cartas dice el Conde que lleves, y ya tienes a la puerta esperando los caballos, cómo no estás vestido de camino? Ju. Secretario, decid que ya me hallastes vestido, y puesto a punto. Fed. Que me place. Ju. Qué mandáis de la Corte? ay en qué os sirva! Fed. Dios os lleve con bien, y a casa os vuelva, que ya sabéis que tengo de serviros Vase Federico. como es mi obligación. Ju. Aquesto es hecho, en nombre de Dios, rompo la primera. Fer. Aún no miras primero el sobrescrito! Ju. Al Rey dice esta, lo que dice leo. Carta. Don Juan Pimentel mi hermano, que es él primer segundo de esta casa, que está ocioso, en la de vuestra Majestad, va a suplicarle de mí parte, y de la suya le ocupe en su servicio, pa- ra que los dos recibamos merced: la Conde- sa besa a vuesa Majestad las manos. Ju. Esto es respuesta, a lo que dice el Conde que escribe el Rey, Fernando, el Rey no ha escrito, no ha escrito el Rey, engaño es este. Fer. Rompe la segunda. Ju. Esta dice, al Almirante. Carta. Impórtame que vuestra señoria entretengaa don Juan, de suerte que no tenga ocasión de volver a Benavente. Fer. No leas más. Ju. Fernando, sabe el cielo que no abriera las cartas, si pensara que enviaba a cortarme la cabeza, por lo que debo a mi valor y sangre, pero en cosas de amor faltó respeto, faltó valor, faltó la sangre toda, porque toda la tiene amor consigo. Fer. Amor que rompe casas y candados, escritorios de padres avarientos, puertas de almas, a veces de diamantes, rejas, balcones, huertos, y ventanas, de que te admiras de que cartas rompa? vete a vestir, y muy disimulado, de mi hermana contento te despide, que yo te encerraré, donde de noche salgas a ver tu dama, y aún te quiero hacer guarda, y tercero de otra mía, a quien también dirás tu pensamiento, puede ser que te sea de importancia. Ju. Volme a vestir. Fer. Y en todo emplea esta vida. Sale la Condesa. Con. Pésame con esta prisa se vaya el señor don Juan. Fer. Algunos, señora, están con mucho contento y risa. Con. Pues sabes tú la ocasión? Vuesa Excelencia es mi hermana, pero es mujer. Con. Es liviana, don Fernando, esa razón. Fr. Ya se yo que hay diferencia, que no soy tan ignorante, mas no es caso muy bastante por vida de su Excelencia. Quédese con Dios, que voy a ayudarle a vestir. Con. Ya le quieres tan fuerte? er. Está en mi alma desde hoy, es don Juan para querer. Con. Por qué dices que le envía? Fer. Porque casarse quería. Con. Con quién? er. Con cierta mujer, Pero yo os juro por Dios, que se ha de esconder aquí, no le queréis? Con. Cómo a ti. Fer. Señora, ayudadle vos. Con. Vete, Fernando, que viene el Conde. Fer. Guardeos el cielo. Vase don Fernando, y sale el Conde. Conde. Que cierto fue mi recelo, esto a don Juan le conviene, No os dije yo, mi señora; que no estaba bien aquí. Con. Nunca esos miedos creí, tan deberas como ahora. Mas sin preguntar, porque si tenéis gusto, señor, de atajar este rigor, para que enojo no os dé Embiemos a doña Ana a sus padres. Conde. Ya sospecho el discurso que habéis hecho. Con. Saldrá su esperanza vana. Conde. Mas que teméis, que Fernando ponga los ojos en ella, porque es en extremo bella? Con. Eso estoy adivinando. Aparte. Engáñase el Conde en esto, que por no le declarar que don Juan se ha de quedar, finjo que me temo de esto. Porque si él se queda aquí, y el Conde a caso lo sabe, será su enojo más grave, y será dármele a mí. Hola, llamad a doña Ana. Conde. Muy cuerda, señora, andáis, que la ocasión que quitáis, todas sospechas allana. Con. Si es vuestro hermano don Juan, y don Fernando lo es mío, si ahora en el mayor brío de su juventud están, Para que es bueno que haya en casa de Troya el fuego, váyase doña Ana luego. Conde. Luego, señora, se vaya. Sale doña Ana. Ana. Aquí estoy para serviros. Conde. Ella es hermosa. on. Y hone- muy justamente le cuesta (sta, a don Juan tantos suspiros. Dírele lo que mandáis. Conde. Téngase vue señoria, que una cosa no entendía, que será bien que advirtáis. Con. Cómo? Conde, que si ella lo sabe se lo dirá, y imagino, que la quite en el camino, y será el caso más grave. Venid conmigo; y tratemos como se vaya. Con. Está bien. Conde. Pues decildle algo también, no entienda lo que queremos. Con. Doña Ana, al señor don Juan para el camino daréis doce camisas. Ana. Las seis acabadas estarán. Mandas que aquestas se den? Con. Las que hubiere, señor vamos. Conde. A sus padres escribamos, porque advertidos estén. Doña Ana se quede; y los Condes se vayan. Ana. A que extremada ocasión don Juan se parte de aquí, porque se parta de mí la pesada obligación. Todo le sucede bien a don Fernando, que ya dentro de mi pecho está: qué es lo que mis, ojos ven? Sale don Juan de camino. Ju. Pues me destierran por tí, déjame que pueda verte la víspera de mi muerte. Ana. Cómo osaste entrar aquí? Ju. Porque las últimas cosas, siempre son muy atrevidas, y el llegar, o las partidas en extremo licenciosas. El Conde, mi bien, me envía de su casa sin razón, pues sin saber tu afición, quiere castigar la mía. Los pensamientos me reta, nacidos y por nacer, no porque debe de ser, de mis venturas profeta. La envidia de algún traido ha levantado, segura de mi pequeña ventura, y le ha dicho que es mayor. Qué mandas para la Corte? dijera mejor, señora, para la muerte, que ahora no hay cosa que más me importe. O mi memoria amorosa, porque si es pensar en ti, no se acuerde Dios de mí, si me acuerdo de otra cosa. Que mandas a mis sentidos, que si es no ver ni escuchar, que más los puede obligar, que estar de ti divididos. An. Don Juan: mas ay, queda a Dios que no puedo responder. Vase doña Ana, y sale don Fernando. Hay más mal que suceder: quién era? Fer. Yo amigo. Jú. Vos? Fer. Yo, no me veis? Jú. Casi no, que estoy algo deslumbrado, el Sol de mi bien me ha dado. Fer. Bien de lleno, en lleno os dio. Ju. Vistes quién estaba aquí? No por Dios, verla quisiera. Ju. Mi bien era, y digo era, porque ya mi bien perdí. Fer. Qué es perder, siendo yo vivo, vos la gozaréis, o yo no seré en el mundo. Jú. Él no por más agüero recibo. Fer. No es mujer? J. Por ella muero, mortal estoy, no me veis. Fer. Callad que no lo entendéis, dejadme ser el tercero. Salen don Diego y don Fadrique, y con adere- Pedrón lacay niviendo

JORNADA SEGUNDA

Ponte a esa esquina, y en viendo que algún hombre viene da un silbo. . Qué bien está, llega y habla, ya lo entiendo. Piensas que solo en palacio se sabe lo que es amor. Fad. Esta noche gran favor. Alomenos haura espacio, Que de suerte me traía, lo que a estas rejas le vi, que anocheciéndome aquí mil veces me amanecía. Pues es verdad que don Juan era hombre, que pudiera echar de aquí, menos fuera a Rodámonte, o Roldán. Con tal libertad pasaba la calle de este terrero, cubierto de oro, y de acero, que hasta el suelo del temblaba. Parece que las estrellas de miedo se le escondían, si vian que le impedian hablar con la mayor de ellas. Antes que a verlas llegase, no había reja que lo fuese, y para que entrar pudiese, se abrían si lo intentase. Yo a sus furias siempre estaba mirándole desde lejos, donde me daban reflejos del Sol, que con el hablaba. Tan indigno como está perro de caza, o ventor, cuando come su señor, para ver si algo le da. F. Que bien lo has encarecido, pero ser don Juan tan bravo, ni lo creo, ni lo alabo, agalan sí, siempre lo ha sido, Eso no puedo negarlo, porque es cosa que se ve, ya con gentileza a pie, ya con donaire a caballo. Pero el que fue, que ya hablamos de ausente como de muerto, dejó este lugar desierto, donde a nuestro gusto estamos. No se te puede escapar doña Ana, ni a mi Leonora, hablala don Diego ahora, pues sobran tiempo y lugar. Die. Algunos ay, don Fadrique, que aman con tanta violencia, que en no habiendo competencia, no hallan gusto que los pique. Con esto crece su amor, con esto aumentan su gusto, porque del mismo disgusto quieren sacar el favor. Pero yo no soy así, con celos no quiero bien, aunque más favor me den, que puede caber en mí. En habiendo competencia, ni quiero, ni puedo amar, que si no vengo a olvidar, vengo a perder la paciencia. Ame el que gustaré de esto acompañado a su dama, que ni a su amor, ni a su fama me parece extremo honesto. En llegando a querer bien, o ser Célar, o no nada, Fad. Siempre el ser solo me agrada, que bien, o que mal me den. Quedo, que en este balcón, hay una dama; por Dios. ie. Cosa que fuesen las dos. Sale Leonora en lo alto. Leo. A caballeros, quién son? Fa. Es mí Leonora? . Oh Fadrique, que buena venida es esta. Vos podéis daros respuesta, que la razón signifique. Bien se ve, cuan desusada estáis de hacerme merced. Que os quiero mucho creed. Fad. Eso pesía tal me agrada. i. Ay de mí que en la aspereza de aquel Ángel, nunca vi sola una palabra así, ni un sí para mi tristeza. Don Fadrique? Fad. Qué queréis. Die. Decildle que llame os ruego a doña Ana, y venga luego, si vivo hallarme queréis. Fad. Que me place, a mi Leonora, sabed que viene conmigo aquel abrasado amigo, el que vuestra amiga adora. Decildle, sin que ella entienda que él está aquí, que la quiero hablar. . Yo voy. Di. Buen terce- bien haya el que os encomienda (ro, Pesadumbres tan del alma, o si quisiese salir, que entre morir y vivir, tengo la esperanza en calma. i. No queráis con tal tormento, id, don Diego, poco a poco. i. No es amor el que no es loco. Fad. Pues qué es? Di. Entretenimiento. Fad. Para esperar un favor, ya estaréis desuanecido. Quiero como aborrecido, que es un insufrible amor. Salen doña Ana, y doña Leonor en alto. eo. A mi señor don Fadrique, doña Ana está en el balcón. ie. Decilde que el corazón a mis lástimas aplique. Decildle, que está aquí un hombre que viene a buscarse aquí, si no se acuerda de mí, Leonor, decildle mi nombre. Decildle que soy aquel que en su memoria murió, y aquel que más bien amó una mujer tan cruel. Leo. Has conocido estás quejas? Ana. Y que tú me has engañado, pero ya que me has sacado a los hierros de estas rejas, Que no se cuál es mayor, supuesto que mal me informas: di don Diego, de que formas de mi condición mejor. Que tercero te ha engañado, quien te dijo, que yo fui causa de tu amor, ni di la que de enojo me has dado. Muéstrame un papel, si es mucho una cinta, un mirar blando. Die. Ved lo que estoy escuchando, y vivo cuando la escucho. Ana. Querer hasta el desengaño, muy bien se puede querer, mas no después que ha de ser incierto el bien, cierto el daño. Dejad, don Diego, el pesar, que la más común mujer, cuando no llegó a querer, no hace agravio en olvidar. Aún corre por ti el lenguaje, que cuando don Juan vivía. An. Luego es muerto? Die. Yo creía que había un nuevo linaje (cia, De morir. An. Cómo? Di. El auses si no sabes que se fue, perdóname, y te diré, que auras menester paciencia. Ana. Tanto su ausencia me duele, como tu presencia estimo. Que esto escucho, y que me animo a amarte? Leo. Suceder suele Por muchos hombres honrados, don Diego, hacer desatinos, porque nunca estáis más finos, que cuando estáis olvidados. Salen don Juan, y don Fernando de noche. Ju. La noche todo lo encubre. Fer. Cierto extranjero poeta la llama vieja, alcahuera, que calla, concierta, y cubre. Ju. No me dirás donde quieres, siendo tan recien venido, que por donde me has traído, hay feisimas mujeres, Y son todas matrimonios? er. Aquí no hay en que parar. Ju. Yo la solía llamar la calle de los demonios. O pues que rubia hay aquí; que tira un poco a bermeja, con un escudero, y vieja, como Circe y Malgesí. Ta, por vida de don Juan, que lo mejor se me olvida, quieres la descolorida que ayer te llamó galán. Mas todas las calles dejas, y hasta Palacio has llegado, aquí estás enamorado? bueno estás, de qué te quejas? Bien me pudiera quejar, pues hay dos hombres aquí. Ju. Embózate. er. Ven tras mí. Die. Gente he sentido pasar. No está seguro el terrero, a re conocerlos vamos. Vanse los dos, y van don Diego y don Fadrique tras ellos. 18 parte. Fueronse? eo. Si. Al Pues qué hace- Por tuvida que aguardemos. (mos? Pe. En grande peligro estamos, Dos hombres van por ahí, y mis amos van siguiendo sus pasos, que estoy haciendo, que no ocupo, pesia mí El lugar que me dejaron? gozar quiero la ocasión: a damas las del balcón? si en el balcón se quedaron. Quién es? . El señor don Diego, y por hacerme merced, reciba vuesa merced dos cohetes de mi fuego. Quiero decir dos suspiros. Leo. Término y voz desconozco, venturoso os reconozco, hacedme merced de iros. Pe. Venturoso me ha llamado, o venturoso Pedrón. obivio ovión Sale don Fernando. Fer. Un hombre está en el balcón, cuando otros dos le han dejado. Siete cabezas tenía la sierpe que degollaba Alcides, si una cortaba, otra en su lugar salía. Así aquestos hombres son: a los dos que acometimos, huir por la calle hicimos, y otro nace en el balcón. Mientras que vuelve don Juan, le quiero apartar de aquí, que quiso dejarme a mí, por ver donde aquellos van. Hablar este, es necio hecho, porque cuando se ha de hacer, las palabras suelen ser de más daño que probecho. Quitaos de aquí ganapan. Sacudele un cintarazo. Ay que me han muerto a traición! Fer. Quién eres hombre? Pe. Pedrón, lacayo de don Tristán. Teneos por Dios, que soy un póbrete, no me veis? Fer. Vete luego. Pe. Bien podéis matarme, en el suelo estoy. Fer. Camina pues: A señoras, no os vais, porque os quiero hablar. Ved en que vino a parar, enamorarme a estas horas. Vase Pedrón. Ana. Vuestra voz he conocido, es don Fernando? . Yo soy, que a tales horas estoy despertando vuestro olvido. Ana. Ve por tu vida Leonor, mira si está sosegada la casa. . Yo voy. Ana. Turbada estoy de veros, señor. Para hablaros con secreto; a Leonor eché de aquí. Fer. Hombres con vos, ay de mí! que me matáis os prometo. Ana. Aquí con Leonor hablaban, baste por satisfacción. Fer. Mas gente viene al balcón, yo sabré por quien estaban. Vuelve don Juan. Ju. Porque no me conociesen; no apreté aquellos cobardes, para que menos alardes de mis secretos hiciesen En el palacio mañana, que se ha flecho don Fernando? mas que es lo que estoy mirando, hombre, y junto a su ventana. Qué es esto? válame Dios! en qué ha de parar aquesto? Fer. Él viene por Dios bien puesto, matarémonos los dos. Ju. Quién va allá? . Un hombre de bien. Ju. Sí; pero busca su mal Fer, Es don Juan? Ju. Cuerpo de tal con mi abuelo, amén, amén. Vive Dios, si no me habláis, que nos damos como locos. Fer. Los cuerdos, do Juan, son pocos, Ju Si vos amáis, no lo estáis. Fer. Amo, y en palacio. Ju. Bueno. Y he hablado con lo que adoro, Ju. Es hermosa? Fer. Como un oro, y estoy de favores lleno, iva a decir esperanzas. Ju. Ea, qué favores son? Fer. Yo llego a hablar al balcón. Ju. Dichoso tú que eso alcanzas. Válame Dios, quien será la mujer que quiere bien? que el verle alegre, también temor notable me da. Quiero escuchar, que en la voz la conoceré sin duda. Ana. Estoy, don Fernando, muda de veros hoy tan feroz. Moderad la valentía, que os quiero un poco más tierno. Fer. Soy amante a lo moderno, conquisto por bizarría. Ju. Válgame Dios, no es aquella doña Ana? An. En fin me queréis? Fer. Señora mía, si os veis en el espejo tan bella, Qué dudáis de que os adore todo hombre que acierte a veros. Ju. Alma, no quise creeros, y así es bien que ahora llore. Oh falsa, aquesta es la fe, este es el palado amor? Fer. Hacedme un grande favor. Ana. Siendo posible, si haré, Que para que conozcáis, si os amó, y pienso querer, de que seréis mi mujer, señora, me prometáis. Ju. Tenelda cielos, que es duro trance el que pasa de celos. Ana. Serlo prometo a los cielos, y a vos mi señor lo juro. Arrojose para mí de los cielos al infierno, hay allá tormento eterno, cómo este que siento aquí? De un día venido un hombre: qué es esto? mujer ha sido. er. Yo seré vuestro marido, desde hoy más tendré este nombre. Ju. Don Fernando? a don Fernando, no me oís? . Así, sois vos? iro perdonad, don Juan, por Dios, que estoy de mi bien gozando. Ju. Escuchad. . Qué me queréis? Ju. Decid que se entre, qué importa. Fer. Señora, mi vida es corta, porque es fuerza que os entréis, Ana. Dios os guarde; y me dé vida para serviros. Fer. Si hará: Vase doña Ana. qué queréis? Ju. Que tienes ya perjura, mi fe rompidal De qué os quejáis? quién venía? o es, porque se echa de ver, que ya quiere amanecer, y viene corriendo el día Ya se ven claras ahora cosas, que no pude verlas, y por sus dientes de perlas, vierte su risa el Aurora. Ju. Que no es eso. . Qué tenéis? que de mi placer mostráis tal pesar. Ju. Si me matáis, es mucho efeto el que veis? Fer. Cómo, quitándoos lugar para hablar con vuestra dama? Ju. Mas por saber que ella os ama, rabiando estoy de pesar. Doña Ana, amigo, era mía, y lo que con vos trató lo he merecido. Fer. Quién? Jú. Yo algún venturoso día. Vuestro amor es tierno ahora, bien se dejará torcer; Fernando, hacedme placer up de no hablar a esta señora. Que aunque vuestro ingenio y talle la han obligado a este error, yo se que me tiene amor. Fer. No estamos, bien en la calle, Y más que allí viene gente. on pur Salen don Diego y don Fadrique. Die. Deseo saber quien son. Fad. Aún no dejan el balcón, y dora el Sol el de Oriente. No nos vean. ie. No verán. Fer. Estáis en eso muy ciego. Fad. Por vuestra vida don Diego, que es don Fernando y don Juan. Fer. Ya os digo que viene gente. Die. Don Juan; pues no se partió? Fad. Sin duda al Conde engañó, y se quedó en Benavente. Ju. Vamos a tratar de espacio al campo lo que ha de ser, que comienza d amanecer, y viene gente a palacio, Qué espero que miraréis lo que es razón. Fer. Eso quiero. Ju. Sabéis que soy caballero? er. Y que yo lo sol, sabéis? Ju. Dejémonos de razones. Fer. Siempre a mí me saben mal. Yo soy quien soy. Fer. Yo soy tal. Ju. Yo Pimentel. er. Yo Quiñones. Vanse don Juan y don Fernando. Fad. Ya nos dejan el terrero, y hacia el campo solos van. Que aquí se quedó don Juan, bien a fe de caballero. Fad. Qué queréis? los dos cuñados, que son de España la flor de doña Ana; y de Leonor andarán enamorados. Y nosotros muy perdidos, estas rejas adorando, por quien nos trata burlando, necios y desvanecidos. Será bien decir al Conde la desobediencia extraña. con que a su Excelencia engaña. Fad. Mal a quien sois corresponde. Dejadle, y basta lo hecho, que será dar ocasión, para nueva indignación, de su alborotado pecho. Di. Pues qué haré? Fa. Tener paciencia. Die. Ven, y a vestir nos darán. Fad. Harto mejor que don Juan ha hecho la noche ausencia. Vanse, y salen don Juan y don Fernando. Ju. Ya os digo, que entre amigos y cuñados, a nadie puede parecer bien hecho, miraldo bien, que mi justicia es clara, y no hay pasión que pueda escurecerla. Fer. Don Juan, si yo pudiera conformarme conmigo mismo, y como fuera justo, déjaros a doña Ana libremente, de que lo hiciera no hay que tener duda, mas yo veo notables imposibles, que me matan de solo imaginarlos. Ju. Extraño sois, si este negocio fuera fácil de hacer, que hicierais en hacerle, las cosas, don Fernando, que el amigo ha de hacer por su amigo no son fáciles, que en lo difícil el amor se muestra: si yo tengo una joya, una cadena, una espada famosa de mi gusto, esto tengo de dar al que es mi amigo, que no aquello que tengo desechado: cía. si un caballo me agrada, y en el tengo puestos los ojos, y por dicha veo, que el que es mi amigo, en él los suyos pones este tengo de darle, aunque le hubiese criado, desde potro de dos días: estos habrá que habéis visto a doña Ana, aunque según doña Ana amor os muestra, no se si diga que infinitos años, pues que haréis, do Fernando, en no quererla? pues que haréis, do Fernando, en presentarmela? debajo de que yo soy más antiguo, y estoy más obligado a no dejarla. Si yo, señor don Juan, de alguna suerte de vos fuera avisado, que serviades a doña Ana, razón fuera dejarosla, y sinrazón haberosla quitado, mas si yo no lo supe, que me obliga? Ju. Obligaos mi amistad y parentesco. Fer. Confieso que es la obligación notable, pero hay otra mayor, que es haber dado palabra de ser suyo, y recibido la que ella aquí me ha dado de ser mía, que hayáis en todo visto mi inocencia, dígalo haber venido aquesta noche con vos públicamente a tratar deesto. Ju. Quién duda que en aquesto no hay malicia? mas dado caso que a doña Ana adoro, y que dejar mi pretensión no puedo, y que tampoco vos podéis dejarla, que me quiero casar, y pretenderlo, y que queréis casaros, y impedirmelo, que medio habrá que nos concierte en esto! Fer. Considerar que yo soy el que quiere, y a quien, cual veis, ha dado la palabra que no podéis negar, pues que lo oístes. Ju. Si amor tuviera consideraciones, jamás hubiera por amor desgracias, y vos también pudierades tenerla, de que primero fui de ella querido, y que os mostré un papel cuando veníamos. Fer. Yo no hallo remedio en mi ignorancia. Ju. Ni yo siento cordura en mi paciencia. Fer. Donde el mal es forzoso a nadie falta. Ju. La muerte es centro en que los males cesan. Fer. Fuerte es el mal que con la muerte acaba. Ju. No tiene ahora otro remedio el mío. Fer. Los cuerdos con la vida alcanzan mucho. Ju. Muchos piensan ser cuerdos, y son locos. Fer. Qué locura mayor que la porfía? Ju. Mas loco es el que da la causa de ella. Fer. Para mi obligación disculpa tengo. Ju. En la mía yo estoy bien disculpado. Fer. No hay remedio don Juan? Ju. Yo no lo siento. er. Pues qué habemos de hacer? Ju. Determinarlo con las espadas como caballeros. Fer. Una, y dos veces os requiero, hermano, que lo miréis mejor. Ju. Dadme a doña Ana. Fer. Cuando yo tengo espada, no doy damas. Ju. Huélgome que a la espada se remita. e. Mirad porbos. Ju. Vos no, que no os va nada. Fer. Aún os digo, don Juan, que estéis en esto. Ju. Callad y obrad. . Haré lo que pudiere. Ju. Válgame Dios! Fer. Ya os avise cuñado, Dios sabe que en el alma me! Caiga don Juan. Ju. No os vais cuñado, escuchad, escuchad, hermano mío, que el rigor de esta crueldad, nació de mi desvarío; y de mi temeridad. Cómo honrado caballero habéis procedido en todo, no faltéis en lo que os quiero suplicar. er. Yo estoy de modo, que para matarme espero; En que hora desdichada os conocí, y vine a ver, arrojar quiero la espada con que pude acometer hazana tan mal pensada. ha pesado. Maldiga Dios la ocasión; aunque de mis ojos luz, mas levantarla es razón, por la forma de la Cruz que tiene la guarnición. A hermano? adon Juan? Ju. Amigo vivo estoy, aunque ya muero, oíd, oíd lo que os digo en este punto postrero, pues vos solo sois testigo. Fer. Ay, hermano, que ya excedo vuestra sangre con mi llanto. Ju. Qué contento morir puedo, pues de hombre que vale tanto muerto justamente quedo. Fer. No lo digáis de esa suerte, pluguiera a Dios se trocara mi vida con vuestra muerte. Ju. Llégate hermano a mi cara, y en lo que te digo advierte. Aquí cerca hay una casa de religiosos, si pasa gente, di que allá me lleven, o haz que tus brazos prueben. Fer. Rabioso furor me abrasa. Si del arrepentimiento las lágrimas son indicios estas queves te presento, recibe el piadoso oficio, honras de mi sentimiento. Llevarte en mis brazos quiero. Ju. Dile al Conde mi señor que te perdone, pues muero mas a manos de tu amor, que a los filos de tu acero. Mi alma, Fernando, encarga a la Condesa, que en fin es mujer, el paso alarga. er. Oh que Atlante tan ruin, para tan honrada carga. Ju. Dile que un alma rescata de un cuerpo, que solía ser su sangre, aunque sangre ingrata, deme vida una mujer, pues una mujer me mata. Y a doña Ana di que crea lo que vivo no creyó, después que muerto me vea, y que quise morir yo, para que otro la posea. Plegue al cielo, si le obligo, aunque aquesto te alborote, que la goces, mas que digo, puesto que te da por dote la sangre de tal amigo. Vamos, hermano, así veas su posesión cierta y llana. Fer. Mirad que Anchises, y Eneas. Ju. Si ha sido el fuego doña Ana, que me has escapado creas. Llévele en brazos, y salgan el Conde, doña Ana, y don Estenan su padre. Si en esta carta no viera tu firma, no lo creyera. Con. Yo no te envié a llamar, pero quisite avisar, porque avisándote, fuera. t. Porque a mi hija me envías? ha hecho lo que no debe? que si es eso, error harías, en que a mi casa la lleve, cuando de ti la desuías. Aceros tengo, aunque viejo, para dar una puñada, con que se quiebre el espejo de aquesta mi edad cansada, buena para dar consejo. Qué ay, señor? dilo así vivas, mira que soy caballero, y que de serlo me privas. Con. Don Esteban, yo no quiero, que ese disgusto recibas, Si no decirte lo que es, aunque lo escuche doña Ana. t. Beso mil veces tus pies. Con. Es una ocasión liviana, que fuera mayor después. Est. Señor, Ana se ha criado con mi señora, y yo creo que su virtud ha imitado. Con. Yo conozco su deseo. st. Pues de qué os causa cuidado? Que allá la quiero llevar a aquel mi pobre lugar, donde entre pastores viva, lejos de la vida altiva del servir, y el esperar. Con. Don Juan mi hermano servía a doña Ana, yo pensé que casárseme quería, y a la Corte le envié, dándole de plazo un día. Y porque es justo temer, que amándola ha de volver, quiero que allá la tengáis, adonde si la casáis, os quiero favorecer. Dáreos seis mil ducados. t. Dos cosas causan cuidados a mi honor, a quien conviene. que por si vuelva, si tiene los pensamientos honrados. La primera es de saber, que cuando don Juan pretende a mi hija por mujer, vuestra Excelencia defiende, que no es bien que pueda ser. La segunda, que me da seis mil ducados. Con. Pues bien no está bien? . No bien está, que ella no merezca, a quien tiene merecido ya, Yo soy noble, y sollo tanto, que de ti mismo me espanto, que no veas mi nobleza, pues por falta de riqueza, donde estás no me levanto. No señor, por que una aldea mi habitación pobre sea, y Benavente tu villa, con cuanto Duero en su orilla adorna, cerca, y pasea, Puedo perder ser honrado, lo segundo en que me ofreces seis mil ducados, me ha dado más pena, señor, mil veces, y me ha puesto más cuidado. Que como siempre se usaron en palacio las mercedes tan cortas, no me alegraron, puesto que tu hacerlas puedes, donde nunca te obligaron. Que esto es en ti diferente, siendo un ejemplo excelente de agradecimiento igual, valor y gloria inmortal, la casa de Benavente. Pero darme ese dinero, muestra que esa obligación nació de don Juan primero, y si es por satisfacción, muy diferente la espero. Ana, conmigo venid, de Benavente salid, y decidme la verdad, tierra tengo y calidad en los campos de Madrid. Que os juro, puesto que van a donde todo se acaba mis años, que vea don Juan en vuestros ojos la Caba, y en mí al Conde Julian. Con. Don Esteban, deudo, amigo, hermano, teneos por Dios, estad bien en lo que os digo, si os han ofendido a vos, sobre mi venga el castigo. Aquí por Dios vivo eterno, no hay más de que al fin don Jua, como mozo estuvo tierno, y esos cuidados le dan muy notable a mi gobierno. Por vida del Rey, que ha sido esta la verdad. . Señor, bien mostráis que habéis nacido de aquel antiguo valor, de mil Reyes procedido. Vuestros pies mil veces beso, Ana, llega aquí conmigo, crezca esta humildad su exceso. Con. Con estos brazos os ligo, y vuestro valor confieso. Ana. Conde, mi señor, volved por mi honor. Con. Esto creed, entrad veréis la Condesa. De que os enoje me pesa, cuando vos me hacéis merced. Vase don Esteban con su hija. Con. Qué valor de caballero de aquel buen tiempo pasado, a honrarle estoy obligado, con cuidado hacerlo espero. Qué ruido es aqueste? hola, quién da voces? no está ahí algún paje que entre aquí: no hay una persona sola! Sale Estebañez. No se por donde te diga, que por todas partes temo la desuentura presente, y el desdichado suceso. Qué palabras bastarán: que debido sentimiento! que voz? qué lágrimas tristes! Con. Válgame el cielo, qué es esto? Mas hay que te hago agravio, pues que de tu entendimiento no fío mayores males, si mayores puede habellos. Don Juan tu hermano, señor, pasado el famoso pecho que dio esperanzas al mundo, y a la fama pensamientos. Yace en casa de Escalona, de mi señora escudero, sobre una sangrienta alfombra, y en unos cogines negros. En corrillos dividido el enternecido pueblo, están tratando la causa, niños, mujeres y viejos. Lo más cierto que se dice es, señor, que sobre celos, al campo desafiados, don Fernando y el salieron. Y que en medio la campaña, como honrados caballeros hicieron su desafío, de amor y cólera llenos. Donde una fiera estocada, que dejó su pecho abierto, nos ha traspasado a todos, con más vivo sentimiento. Que sentimos como vivos, y él en fin no siente muerto, para que su muerte viva en nuestras almas de asiento. Culpan a doña Ana todos, porque de sus ojos bellos salió la flecha y la causa de su lastimoso entierro. Porque dando a don Fernando una camisa, le dieron licencia para servirlos, de su talle satisfechos. De manera que le dio dentro en su mismo aposento con las manos la camisa, y con los ojos veneno. Alaban a don Fernando todos de un piadoso hecho, pues viendo herido a don Juan, levantó a don Juan del suelo. Y llevándole en sus brazos a un vecino Monasterio, remedió el alma, de quien quitó la vida a su cuerpo. Y así el mismo hermano tuyo te escribe un papel muriendo, en que dice que perdones, Conde, a don Fernando luego. Noblemente le disculpa, y aunque esto por Dios lo ha hecho, se ve bien que se ha culpado, para disculpar su yerro. A una torre se ha subido don Fernando, al fin temiendo tu ira, poder y sangre, a donde fuerte se ha hecho. Nadie hasta ahora le sigue, ni tuviera atrevimiento otro que no fuera yo, a perderte tanto el miedo. Todo el mundo, gran señor te alaba de sabio y cuerdo, para las grandes fortunas se hicieron los grandes pechos. Con. Ay de mí! que apenas hallo en tal desdicha consejo, o hermano, cuan justamente tuve de tu mal recelo. A pobre mozo don Juan, que no fueron de provecho para excusar tu desdicha, tantas suertes de remedios. Qué haré, que pierdo el juicio, que le amaba con extremo, por su singular virtud, y generoso ardimiento. Pero que dirán de mí, si en este caso me pierdo, a este valor nos obligan, desde que Grandes nacemos. Llamad amigo Estebañez mi mayordomo, y mi armero, ármense docientos hombres de apie, y de acaballo presto; cerquemos la fuerte torre, y será tan fuerte el cerco, que si el sufre como Troya, yo seré en ardides Griego. Vanse, y salga un Gobernador, y alguna gente, y un escribano. Gob. Esto le está mejor a don Fernande, porque si a manos de su hermano viene, gran peligro le viene amenazando, y mayor resistencia le conviene. El Conde, dicen, que se queda armando, y que su gente belica previene para vatir la torre. Go. Porque viva le quiero yo sacar. . Llama. Go. Ah de arriba? Sale don Fernando en alto. Fer. Todo hombre se retire de la torre, si no quiere morir. Go. Vos, escribano, le podéis requerir. s. Peligro corre, sino se entrega a tu piadosa mano, no os prende don Luis, si no socorre. bajad, y oíd. F. aconsejaisme en vano (ro Mirad que el Conde se arma, y que os requien que os matará, si no bajáis. Fa no quiero. Solo aquí se pretende vuestra vida, bajad, señor, que así podréis guardarla, que al Conde no ha de serle defendida, si esta fuese de Nino la muralla, en mi prisión es cosa conocida, cuán bien de su furor podéis guardarla, y que su Majestad después de preso, mirará con piedad vuestro proceso. Escaparos, ya veis que es imposible, cuanto es mejor formada la quererla, haberlas con un Rey blando, apacible, que ni tiene pasión, ni ha de tenerla, que no con el furor irremisible, que la razón a veces atropella del Conde mi señor apasionado, por perdida de hermano tan amado. Andad con Dios, Gobernador, os digo. Dios sabe que por vio bien lo hago. Yo os lo agradezco, y tengo por amigo, perdonad, si ese amor no satisfago. Gran gente viene, el cielo me es testigo, que a mi señora lo que debo pago, Fer. Decildle que su herimano estuvo terco. Sale el Conde armado, y cuantos pue- dan con paveses y lanzas a uso de aquel tiempo. Con. Poned al campo, y a la torre cerco. G. Ya, señor, he tratado que se diese, pero teme el rigor de tu justicia. Con. Gobernador, dárase aunque le pese, que el poder otras máquinas desquicia. Si tu Excelencia gran señor trujese de Italia y Francia toda la milicia, o la antigua de Roma, Troya y Tebas, con nuevos pechos, y con armas nuevas. Si aquí con los arietes se llegase, con que a Jerusalén entraba Tito, si el caballo Troyano edificase, o mayores piramides que Egipto, dudo que con la vida me sacase, pues si entonces de aquí me precipito, las llaves tomará con su arrogancia, y yo tendré la fama que Numancia. Cn. Traidor. F. No soy traidor, y. Excel. me trate como a deudo y su cuñado, Italia y Francia tienen esperiencia, de que en ellas he sido buen soldado, que no con asechanza ni insolencia, con espada más larga, o más armado maté a don Juan, si no en camisa y solo, con más luz de razón, que luz de Apolo. Provocome mil veces, y con furia me pidio que la espada averiguase cosa, donde jamás le hice injuria, y bien se ha visto en que él me disculpase: quien a traición a su enemigo injuria, supuesto que después le perdonase, no merece perdón, mas la persona provocada, que ley no la perdona? Don Juan era mi amigo, y mi cuñado, provocome, y por ley de caballero, puse a peligro solo y desarmado la vida, que guardar ahora quiero, mira heroico señor. . que estoy parado, oyendo aqueste fratricida fiero, derribad esa torre, haced pedazos las piedras con las armas y los brazos. Hago al cielo solene juramento, que de esta torre gente no se quite, hasta prenderte con rigor violento, o que a darte por hambre necesite. Fer. Pues yo resistiré con tal contento, que tu rigor mis fuerzas acredite. A Misa voy, Gobernador, que importa ver si el cielo mi cólera reporta. quedaos aquí. Go. Sirviéndote me quedo, Vase el Conde. ya el Conde es ido a Misa, don Fernando, ya habéis visto la furia en vuestro miedo. Y vuestra necedad estoy mirando, nací noble como él, temer no puedo. Su bello rostro en lágrimas bañando viene aquí la Condesa mi señora. Go. Su vivo hermano, que no el muerto llora. Sale la Condesa, y gente armada. Con. Es ido el Cónde? Go. El Conde es ido a Misa. Con, pues baja, abre la puerta, abre Fernando. Fer. Ya deciendo por verte. Con. Aprisa, aprisa, que su justo furor estoy temblando, que nadie llegue, a todos se os avisa, mirad que yo os lo ruego, y os lo mando. Todos te obedecemos, porque es justo. Con. Esta es mi voluntad, y este es mi gusto, Y donde no la gente que he traído, ha de provar las armas con nosotros, y yo fuera del Conde mi marido. Sale don Fernando. er. Entrad, señora. Con. Deteneos vosotros, sal, don Fernando, de mi mano asido, de deudos es hacer unos por otros, si el Conde por su hermano aquí te prende, su mujer por su hermano te defiende. Aquí tienes caballos y dineros, por donde puedas, de su furia escapa: que no se escapa mal de los aceros, quien deja en ellos la mujer por capa. Vase don Fernando. Adiós, señora. Con. Ténganse escuderos, Go. Oí tu heroico valor le cubre, y tapa del rayo, del furor del Conde. Con. Ah sido prueba de amor del Conde mi marido. Que me puede costar este disgusto; que no sea menos que matar mi hermano? que puesto que el delito es harto injusto, a lo que es hecho no hay remedio humano. Gob. El Conde mi señor querrá tu gusto, y todo con tu amor está muy llano, hoy das al mundo aquella maravilla, que un tiempo la Condesa de Castilla. Salen el Conde y Estebañez. Conde. Qué se ha ido decir? . Digo alomenos, que la Condesa le sacó, y que es ido. Conde. De nueva furia están mis brazos llenos. Con. Cómo, señor, si son de mi marido? Conde. Vosotros todos de lealtad ajenos esto le habéis cobardes consentido. Gob. Señor, quién pudo hacerle resistencia? demás que trujo gente su Excelencia. Conde. Vayan tras él, seguilde. Con. Será justo, para que no dé fruto mi esperanza, para que os pierda un hijo mi disgusto, y el alma, el cielo que ya vida alcanza. Con. Dejadme, no me habléis a tiempo injusto. Vase el Conde. Con. Aún llevo de ablandarle confianza, que una lágrima sola en nuestros ojos, es sol para quitar nubes de enojos.

JORNADA TERCERA

brador viejo, y don Ana. que salgas de nuestra aldea, sin que la causa lo sea. t. Voy, Alcino; a la ciudad. A la ciudad, de qué suerte? posible es que hay ocasión; que pueda de tu intención en esta ocasión moverte? Tú que los campos amabas, las soledades vivías, el bullicio aborrecías, y la compañía excusabas, Quieres ir a la ciudad? t. Muda el tiempo, Alcino amigo, los montes, no es mucho, os digo que mude la voluntad. Desde que me sucedio la desgracia de mi hija, que ya no es bien que me aflija, pues tanto tiempo pasó. Que pienso que hará seis años en este primero Abril, que el tiempo como es sutil, pasa por bienes y daños. En este monte he vivido con mi hija retirado, de la ciudad olvidado, y del Conde perseguido. Que como huyó don Fernando a Italia de su rigor, fui el blanco, o lo fue mi honor, cuya causa estoy llorando. Mi hija en hábito pobre de villana, vive aquí; mas ya vuelve Dios por mí, para que mi honra cobre. Que un hidalgo ciudadano, que entre esos robles la vio una tarde que pasó con un halcón en la mano, Me la pide por mujer, y es de lo bueno de España. Alc. Oh que fiesta en la montaña los pastores han de hacer. Hoy se revuelve la aldea, con la nueva de la boda, hoy se regocija toda, para bien la boda sea. Pardios, aunque viejo soy, que han de perdonar las canas, si parecieren livianas. Los brazos, Alcino, os doy. A la ciudad voy por él, haced que esté aderezada la casa, aunque pobre, honrada, que hoy pienso volver con él. Y es bien, Alcino, que vea el huésped, mozo, y galán, que aunque pobres, siempre están limpias las casas de aldea. Quedad con Dios! A. Él os guarde: Vase don Esteban. menester será cuidado, porque quede aderezado el aposento esta tarde. V. obno Salen Belardo, Leonato, y Tisan dro villanos. Ea Tisandro, Leonato, ea Belardo. . Eso sí, parece que siempre en mí andáis tocando a rebato. También llamo a los demás. Pues qué tenemos que hacer? Hoy es día de placer. De placer? l. Sí, dónde vas? B. A desuncir la carreta. Antes está bien así. Que era día presumí de pandero y castañeta. A. Eso a la fe, pues hay boda. eo. Boda, padre, de quién es? Y así quiero que los tres, limpiéis esta casa toda. Que vais al monte, y cortéis leña, romeros, y flores, que han de venir los señores entre las cinco y las seis. Y aquesta casa ha de estar, que parezca un paraiso, no digáis que no os aviso, con harto tiempo y lugar. No me duele el aderezo de la casa de señor, porque no hay buey que mejor se ponga el yugo al pescuezo! Pero no saber quien sea la novia, trava los pies. Nuésama doña Ana es, que se casa en nuestra aldea. Válgala el diablo, y con eso andaba tan amarrida. Ella pasó triste vida en después de aquel suceso. Leo. El viejo acierta en casalla. No le digas nada a ella, que teme el viejo ofenderla. Más cierto esté de alegralla, Que a las mujeres la boda de gran regocijo es, aunque sopiesen después llorarlo la vida toda. Leo. Id con Dios, que al monte iremos. La brevedad os encargo. Dejad a los tres el cargo, que medio monte traeremos, Antes que el Sol se remonte, venid, y excusad molestias. Vase Alcino. Padre, con estas dos bestias, presto os traeré medio monte. Arre allá, tienes juicio? Ando, Tisandro, de boda. Leo. Ballarla pretendo toda, si hago a Lucinda servicio. B. Eso de Lucinda puedes dejar a parte, Leonato, pues que sabes lo que trato. Leo. Siempre de lo justo excedes:) siempre te quieres alzar con lo mejor del aldea. Cuando su gusto no sea, yo no la puedo forzar. Leo. Calla por Dios, que me corro, que tu imites mi deseo. Pardiós, Leonato, que creo, que habemos de andar al morro. Ea Belardo, que en todo quieres levantando el grito, poner la tuya en el hito, y siempre das en el lodo. Dios sabe de mi humildad, que jamás soberbio estuve, falsos amigos que tuve, arrastraron mi verdad. Hay muchos hombres, que nacen con estrella de enemigos, pero los falsos amigos mayores daños los hacen. Este pensamiento es mío, deja, Leonato, la empresa, mientras Lucinda confiesa, que te trata con desvíó, Deja tus vanas quererlas, que mil hombres desdichados, de lo que ellos son culpados, quieren culpar las estrellas. Yo te trato como amigo, sin mentira, o falsedad, lo de Lucinda es verdad, y que la adoro, y la sigo. Pero no quieras tener tan por tuya aquesta prenda, hasta que ella misma entienda a cual se inclina a querer. Callad los dos noramala, que ella y nuesa ama han venido. Sale Lucinda con un instrumento de villana, y doña Ana con sayuelo, y delantal a lo aldeano. Ana. Esa canción, el oído me encanta, ablanda y regala, Si hombre fuera, me volviera áspid, por no me perder. Yo Ulises por no temer una sirena tan fiera. Yo un Argos, que sus enojos oyera con mil sentidos, si tuvo tantos oídos, como le pintaron ojos. Ana. Canta el romance de ayer, así Dios te dé ventura. Luz. Yo lo haré, y primero jura, que no te has de entristecer. Ana. Por aquel mi amado ausente lo juro. Luz. Yo te lo creo. Ya tiempla. . Ya canta Orfeo. Leo. Ay de quien lo escucha y siente. Cante Lucinda. z. El valiente Pimentel, y el valeroso Quiñones, al campo salen gallardos, por celos de sus amores. No llevan armas ningunas, que siendo amigos conformes, con solo llevar espadas, se armaron de las razones. Ya mostraba el bello sol sus dorados arreboles, a quien las negras espaldas, iba volviendo la noche. cuando el gallardo don Juan; mozo generoso y noble, por una fiera estocada rindio el alma en tristes voces. Don Fernando entre sus brazos a un Monasterio llévole, donde sus culpas confiesa, para que Dios le perdone. Afligido don Fernando, subiose a una fuerte torre, donde por vengar su agravio, le vino a cercar el Conde. Pero la noble Condesa, en salvo su hermano pone, mientras el Conde. An. No pases adelante, así te goces. Creo que te has desmayado? Ana. Cubrióseme el corazón, como en aquesta ocasión, vi al señor Conde agraviado. Que seis años de la ausencia de don Fernando, no han sido parte a poner en olvido tan rigurosa sentencia. Ella está triste de ver su desdicha, sepa ya, que alegre y casada está. Be. Pardios que lo ha de saber. Dejad la melancolía, señora, así os guarde Dios, pues hoy por veros a vos, salió tan alegre el día. Que si nuevas de placer, tristes memorias despiden, ya es justo que se os olviden, con las que vengo a traer. Vuestro padre, y mi señor, a la ciudad hoy se fue, por quién? como lo diré, que lo recibáis mejor? Fue por el vuestro velado? An. Por don Fernando? . Que no, que ya ese hidalgo murió, de achaque de desdichado. An. Pues quién? . Un señor muy lín que ha de venir en un coche (do, a veros aquesta noche. Ana. Desuenturas, yo me rindo. Ea, alegraos, porque vamos por leña, y flores al monte, que antes que el Sol se trasmonte, dice Alcino que volvamos. Y vos hermosa Lucinda, algún día, prazga a Dios, seredes la novia vos, y vendréis a estar tan linda. Luz. Yo, Belardo, no lo creas. En fin en toda ocasión, has de decir tu razón. Bel. Habla tú, si la deseas, yo me consuelo con esto. Ea, dejaldo, y partamos. Leo. Ahora bien, al monte vamos, que allá trataremos de esto. Vanse los pastores. Qué es esto, señora mía? (cielo An. Mis desdichas. . Cómo? An. El quiere quitarme el consuelo, que en la soledad tenía. Estaba los días pasados viendo en una pura fuente mi llanto entre su corriente, y en su arena mis cuidados. Cuando por seguir el rastro de su caza, dio conmigo de mi padre un grande amigo, que llaman Ruiz de Castro, Agradose de mirarme, y dando al aire un halcón, dijo, en aquesta ocasión, ya puedes, halcón, dejarme. Que esta caza con el alma se caza, que no con aves, yo entonces con ojos graves, tuve la respuesta en calma. Pero al fin le respondí, y de esta conversación ha nacido la afición, con que me pretende así. Aura con mi padre hablado, y andarán en el concierto. L. Pues si esto, señora, es cierto, trueca en descanso el cuidado, Que algún fin han de tener tus desdichas, y el que había hoy el cielo te le envía, siendo de un hombre mujer De tanto merecimiento. Ana. Vamos a hablar con Alcino, que ya, Lucinda, adivino mi muerte en mi casamiento. son Fernando. Vanse, y salga de soldado pobre do e. Sin duda que era piedra mi memoria, tira amor, autor de mis engaños, pues imprimiste en ella tu victoria en seis días no más, para seis años, un hora, hora de tu incierta gloria, me cuesta un lustro de notables daños, sin que pudiese el variar del cielo, d trocar el fuego de mi pecho en hielo. Cómo, si cera fui para tu flecha, para memorias del dolor he sido mármol? adonde vive sin sospecha de que la venza el tiempo ni el olvido, contra el gusto del cielo, que aprovecha estar un hombre armado y defendido, de remedios humanos? fue mi estrella, nací con ella, y moriré con ella. No las tierras extrañas que he pasado, las Provincias y Reinos diferentes, los extranjeros mares que he sulcado, el vario trato de diversas gentes, no el ver mi vida en tan humilde estado, cercada de contrarios acidentes, han podido sacarte de mi pecho, causa del mal que tanto mal me ha hecho. No puse bien, señora, en Barcelona la planta apenas de la mar enjuta, cuando tu amor, que el alma me aprisiona por la deuda pasada me ejecuta, paso por Cataluña, la Corona de Aragón, que su Rey ahora enluta, y venido a los campos de Castilla, busco del Tajo la famosa orilla. Esta es la tierra, luz de mis sentidos, en que me dicen que naciste; y donde por pisarla mis pies juzgo atrevidos, el campo es este que tu cuerpo esconde, ya los dos no seremos conocidos, Ana divina, del airado Conde, si vives, habla a un muerto, y dale vida, que nunca más de mi fuiste querida. Y si quisiese mi dichosa estrella, que hasta ahora me fue tan desdichada, que libre como estoy pudiese bella, y no cual pienso por mi mal casada, que si otro viese que gozaba de ella, no dudo que al rigor de vuestra espada, o gran Conde, ofendido diese el cuello, antes que de tus trenzas un cabello. Salen Belardo, Leonato, y Tisandro. Lleve esa carga de ramos Tisandro sobre el pollino, que es hacer otro camino, si en el monte le dejamos, Que va mi carreta a osadas, y no le puedo cargar. Que bien le podré llevar. Hy espadañas cortadas? O habemos deir a la fuente de la juncalera? . No, que ya Belardo cortó juncia, y rama soficiente. Aquestos me informarán: a buena gente? a quién digo? Quién llama? . Amigo es. . Ami- Leo. Donde queda el Capitán, (go? Aveisle a caso dejado? No soy amigos visoño, que a fe que cumplo este otoño buenos años de soldado. Muy, bien se os echa de ver en el atillo. Fer. Esto medra quien sirve. Be. A un tiro de piedra se les debióo de volver. er. No soy de esos por mi vida, bien llego hasta pelear, que aún os podría mostrar en el pecho alguna herida. Hay por aquí gente alguna? Este camino no para menos que en Guadalájara, este va a Tordelaguna. Por allí van a Madrid. y esotro vuelve a Alcala. Este soldado será desde los tiempos del Cid, Que ya de nada se acuerda, ved cual está transformado, u- que digo, señor soldado; deje el monte, no se pierda. Fer. Ya no me puedo perder, cuya es esa caseria! Ser de buen amo solía, avéisla vos menester! Fer. Descansar quisiera en ella, Hallareisla alborotada. er. Para hacerla desdichada bastaba el valerme de ella. No por Dios, que antes es fiesta de una boda. . Que eso pasa, decid por Dios, quién se casa? Tengo de darle respuesta: Porque no? B. Porque sospecho, que nos ha de preguntar, si ella tiene algún lunar desde las plantas al pecho. Soldado preguntador, supuesto que no os lo deban, sabed que el buen don Esteban, que es su dueño y mi señor, Casa su hija doña Ana con Rui de Castro, un sidalgo que pasaba con un galgo y un azor cierta mañana, Y de ella se enamoró, y hoy viene a casa a dormir, saliéndole a recibir la gran puta que os pario. (dicho? Queréis más! e. No, pues me has mas que quisiera saber, o mujer, al fin mujer. Bel. Puesto se me ha en el capricho, que este es algún hombre honrado. En el rostro lo parece. Que no os cansa y desuanece esta vida de soldado! Fer. Harto cansado me tiene seis años que peregrino, pero de todo el camino, que al fin la vida entretiene. Ninguna vez me he sentido tan cansado como ahora: que descansa esa señora en brazos de su marido? Cómo así? . Porque a su esposo en Italia conocí. Y fue vuestro amigo? Fer. Sí. eo. Vos fuerades venturoso, Si antes de esta nuestra boda le dierades nuevas tales, porque en ansias inmortales pasaba la vida toda. Pero ya será forzoso que se alegre. . Si será, y más si esta noche está en vuestra casa su esposo. De veros regocijados, me ha venido un alboroto de dejar, pues ando roto, vestidos tan mal soldados. Pues tan mal soldado fui ponerme a ganar soldada, quiza la vida pasada, se podrá soldar así. En fin la transformación en soldada de soldado, será primor delicado, y volver hembra el varón. Quereisme dar un vestido, y llevarme a ser pastor? Pardios que acertáis! mejor, que no en andaros perdido. Dad al diablo soldadescas, que sus pagas mal logradas, son unas piernas quebradas en unas calzas Tudescas. Vienen los hombres perdidos de allá de esa guerra fiera, como milagros de cera, muy buenos para ofrecidos. Porque sois hombre de bien, yo os quiero dan un gaban, con que andaréis muy galán, y con que sirváis también. Y hablaré a mi padre. . Quiero echarme a tus pies. . Venid. eo. De dónde sois? . De Madrid. Sospecho que es caballero. Leo. En la cara se lo vi. Bel. Yo en la hambre y los piojos. Fer. Ay señora de mis ojos, si te has de acordar de mí. Vanse, y salgan Ruiz de uan, y Alcino. Est. Llamad, Alcino, esa muchacha luego. Ru. No la deis, por mi vida, sobresalto. Alc. Yo voy, señor, a hacer lo que me mandas. st. Contento vengo, Castro generoso, del valor, hidalguía, y noble termino, que mostráis con mi hija, y estad cierto; que si tuviera yo tan grande Estado como el de Benavente, Alba, y Osuna, os la entregara de la misma suerte. Ru. Padre y señor, que estado podéis darme, que exceda a su virtud y a su hermosura? su rostro es alba, el mundo sus virtudes, yo tengo para entrambos lo que basta, que dote, que riqueza igualar puede a sus costumbres? venturoso el día que vine, don Esteban, a estos montes, donde la vi, como Diana casta, salteando las vidas de los hombres, suplicoos que mi bien no se dilate, ya que queréis que de él esté tan cerca, y no os aflija el verla en ese traje, que así la quiero, pues así me mata. Sale Alcino. Aderezarse quiso mi señora, luego que supo que tu habías venido, mas yo le dije que te pesaria, que no viniese con el mismo hábito, y solo aguarda para entrar a verte, que cesen las colores que en su rostro puso el rojo pincel del sobresalto. Ru. Así viene mejor, dile que venga. st. Dile que de eso gusta Rui de Castro. Alc. Díjome, Alcino, que ha sabido ahora, que el Conde tu enemigo, y señor suyo está en Guadalájara. . El Cónde? Al. El Conde. A qué está el Cónde allí? l. Tiene negocios con el Duque, según algunos piensan, otros dicen que trata un casamiento, y otros dicen que pasa a Guadalupe. Que tan cerca de casa le tenemos, en cuidado me ha puesto. Ru. No os dé pena ninguna cosa, el Conde es un gran Príncipe, y yo se, que no sois de quien se queja. Mi hija viene. Ru. Y yo me siento ahora; cual ella estaba cuando yo venía, como si es fuego amor, la sangre enfría? Sale doña Ana acompañada de! cinda y Dorotea. Llega a hablar a tu marido. 18 parte. Ana. Dadme, señor, vuestras manos. Rú. Favor cielos soberanos, que miro al sol atrevido. An. Cómo venís? Ru. Cómo quien viene a veros: cómo estáis? An. Para serviros, Lu. Bien vais. Al. Pardios, hasta ahora bien. Dor. No se han dicho necedad. Lu. Bien, que aún no están desposados. Al. Ya los dos hablan turbados, vuestro socorro les dad, st. Ea, yo hablare con ellos. Salen Belardo, Tisandro, Leonato pastores, y don Fernando de villano. Que ya está acá el desposado? sea en buen hora llegado. D. No habréis, dejados a ellos. Que también tú estás acá? Do. Pues que le parece a él. Tú a mí, pardiós un clavel que abriendo el pimpollo está. Hola, padre? . Qué me quieres? Veis ese mozo? Alc. Muy bien. Fer. Mil gracias amor te den, eres Dios, piadoso eres. Viene a servir. Ac. A servir? Si voto al soto, no hay más de recibille. . Tú estás bueno, volselo a decir A nuesamo. . No es sazón para que en esto le habléis, entre tanto le daréis mi cuidado, y mi ración, Que yo tengo que vailar en esta boda sin fin. t. La casa en efecto es ruin, No hay en ella que veáis, vivimos como en aldea. Fer. Este es el novio sin duda, buen talle, el color me muda, para mal su boda sea, Que yo la pienso estorbar, o perder lo que me queda, que es la vida. Ru. No hay que pueda ver más, ni más desear. Es doña Ana mi señora, palacios, huertas, frescuras, joyas, riquezas, pinturas, que el sol de su rostro dora. Hace Corte aquesta aldea, esta casa paraiso, porque en ella el cielo quiso hacer que el cielo se vea. Entrad donde descanséis, que en pie no estáis bien aquí. Ru. Vendréis luego? An. Señor sí. Ru. Suplícoos que luego entréis. st. Hija, haced apercibir lo que os dije, y esa gente nuestro regocijo aumente. Oíd, que os quiero decir ha de haber para la cena, mas de aquello que mandastes? st. Basta, si todo lo hallastes. Vanse Rui de Castro, y don Esteban. Pues id, y no tengáis pena, Ea Dorotea, Lucinda, Belardo, y vosotros todos, regocijad de mil modos novia tan hermosa y linda. Yo voy a lo que me toca, vosotras a la cocina, tú pues Tisandro camina, haya fiesta, y no haya poca. Dejad la novia tocar, aunque así el novio la quiera. B. Pardios de cualquier manera la podrá el novio tomar. Vamos todos, que he de hacer esta noche una comedia. L. Y yo a cantar y tañer. Vanse todos. Fer. Aquí me quedo escondido, para ver si hablarla puedo, aunque temblando de miedo, y en el temor atrevido. Ojos no lloréis, dejad que mire el sol que os alegra, aunque con nube tan negra eclipsa su claridad. Llegaré? pero no aquí, más vale al salir hablarla, en que se divierte y calla? mas ya se queja, ay de mí! Ana. Tristezas, si el hacerme compañía, es fuerza de mi estrella, y su aspereza vendréis a ser en mi naturaleza, y perderá el rigor vuestra porfía. Si gozar no merecen de alegría aquellos, que no saben que es tristeza, cuando se mudará vuestra firmeza? cuando veré de mi descanso el día? Sola una gloria os hallo conocida, que si es el fin el triste sentimiento de las alegres horas de esta vida. Vosotras le tendréis en el contento, mas hay que llegaréis a la partida, y llevárase mi esperanza el viento. Fer. Pues está triste, sin duda que toma el casarse mal. Ana. De pesar estoy mortal. Fer. Oh amor, mis fuerzas ayuda. Ana. Qué tengo de obedecer? e. Qué he de sufrir que se case? Ana. Que quiera el cielo que pase por lo que no puedo hacer? Cómo no llego, y le digo quién soy, pues no está casada? Ana. Alma confusa y turbada, decid a mi ausente amigo, Pues que vais adonde está, que esta es fuerza y obediencia, mas para que es la paciencia, donde no se acuerdan ya? Allí he visto un labrador: qué hacéis aquí? Fer. Yo, señora? An. Tú pues? . Trújome aquí ago Rui de Castro mi señor. (ra Y con deseo de ver la que nos ha de mandar, os quise pardiós hablar, pero no lo supe hacer. Dadme esas manos mil veces. Ana. Cómo es, labrador, tu nombre? Dios te valga, y como a un hombre en habla y rostro pareces. Fer. Estoy tan desparecido, que si alguno he retratado, a se que es bien desdichado, pues que yo le he parecido. Antes que sirviese yo, en casa de mis parientes, vi mis cosas diferentes, pero todo se trocó. Persiguiome un hombre honrado, porque le di cierto enojo, sobre un amoroso antojo, y fuime a Italia soldado. Y como con el poder nadie se puede estrellar, pardios que no ose tornar, a ver a cierta mujer. Volvime a ser lo que soy, harto más enamorado, que al partirme lo había estado, y ahora también lo estoy. Es mi nombre Benavente, y Rui de Castro mi amo, bien que otro nombre me llamo del que os digo diferente: Pero aquese fue de pila, y este de Confirmación, aunque llamarse León; mucho al cordero aniquila. Ana. Extraños son tus sucesos. Fer. No lo son los vuestros poco. Ana. Yo nunca al cielo provoco, y están en piedras impresos. En verdad que estáis muy mal casada con un señor de tal nombre, y tal valor, tan hidalgo y principal, Que de los Condes de Andrada trae origen por lo menos, como vos esten los buenos, vos estáis muy bien casada. No tenéis que lamentar, ay de mí, que hallo mis cosas, mas tristes, más peligrosas, que antes de entrar en la mar: Pero yo soy un villano, tengo fuerte el corazón; siempre da Dios la pasión conforme el sujeto humano. Ana. Yo si te digo verdad, que te he cobrado prometo a tu rostro algún respeto, y a tu buen celo amistad. Sabe que a disgusto mío, doy a mi padre obediencia, porque al dueño de una ausencia ciertas lágrimas envío. Tú en el rostro le pareces, y yo a ti en las desuenturas, con que aunque fueran muy duras mis entrañas enterneces. Mas ya que falta remedio, y es forzoso el mal también, por estar de aquí a mi bien todo un mundo de por medio. Dime, amigo, este tu dueño es de buena condición? Fer. Oh engañado corazón, despertad del dulce sueño. Mirad que habláis con mujer, que aunque ha llorado por vos, ya se consuela pordios, que si por fuerza ha de ser, Que lo toméis con buen gusto. Ana. Que quieres, no puedo más, y el consejo que me das, me parece que es muy justo. Fer. A pesar de mi consejo, y de la mujer más fuerte, mas si hablo de esta suerte, mal de mi suerte me quejo. Digo, señora, que es hombre Rui de Castro de valor, y digno de vuestro amor, por rico, y por gentilhombre, Tan bien acondicionado, que los que allá le servimos, que es como un Ángel decimos, cuando está muy enojado. Es liberal en extremo, buen justador, y galiardo de entrabas sillas. . qué aguardo? que me acobarda? qué temo? En fin que podré casarme, y oívidar aquel ausente? Por Vida de Benavente que podéis crédito darme Que ese ausente que queréis, cuya historia he yo sabido, ya debe de estar perdido, y vos la ocasión perdéis. sil mujeres se han quedado por temas, sin casamientos de grandes merecimientos, que después los han llorado. Creed a este labrador en desdichas Cortesano, y dad a Castro la mano. Ana. Tengo a don Fernando amor. Así, llamábase así aquel que del Conde huyó? mas que soperon le dio al otro, cuerpo de mí. Pardiez que si aquí viniera que según os quiere bien, creo, que a esotro también otro soperon le diera. Ay si le vieran mis ojos. Anda, que bien os holgáis, que años de pena olvidáis por cuatro blancas de antojos. Sale Lucinda. Estás, señora, tocada? fana. Cómo me dejaste estoy. Sale Dorotea. Do. A hacer que se siente voy la señora desposada. A mí, señora, que es esto, no te has vestido y tocado? Ana. Las tristezas me han tocado, y su vestido me he puesto. Con aqueste labrador criado de ese galán Salen Belardo y Leonato. me he entretenido. . Ya están acá las dueñas de honor. Tiende, Leonato, ese estrado. Deja eso, entremetido, la novía no se ha vestido, y ya sale el desposado. Yo se que la quiere rota. B. Jugador debe de ser, que a su padre dijo ayer, que la quería en pelota. Y esto de rora, es ra neció, si así la quiere querer, porque el romper ha de ser la lanca que lleva el precio. Pues ya que no te has vestido, en el estrado te asienta. Ana. Que milagro, que se sienta, quién tanto bien ha perdido? Di es que vengan buen hombre, que ya en el túmulo estoy. Corriendo a llamarlos voy. Ay, no le des ese nombre. Doct. Tálamo se ha de llamar, que no túmulo, señora. Ana. Bien digo, haced cuenta aje que me llevan a enterrar. Salen don Estevan y Rui de Castro muy galán de novio, y don Fernando. Qué importa, mi ñor, que esté desnuda? Con quien se ha de cumplir así la quiere. t. Ana, en tu vida me darás contento: porque no te has vestido? Ana. No he podido, que en ti llega el aviso y el suceso a un mismo tiempo, para cosas mías. st. Tomad, señor, aquesta silla en tanto que la mano le deis, y estos pastores pueden regocijar el desposorio. Dor. Ballar y cantar quieren, si te agrada. Fer. Qué aguardo, por ventura diré a voces quien soy, aunque me prendan y me maten, o dejare casar esta enemiga, que importa que lo diga, yo lo digo: mas donde vais con tanto atrevimiento, o loco amor, pues si quien soy descubro, Do he de llevar de donde está a doña Ana, o quitarle la vida a Rui de Castro, quiero esperar hasta el postrero punto, será de mi vivir punto postrero. Ru. Cantad. . Ya va de joya. Ru. Darla espero. Canten lo que quisiere, y don Fer- nando diga a la segunda vez que canten. Fer. No pase vuestra canción, amigos, más adelante. Quién dice que no se cante? Fer. Ánimo, vil corazón. No me conocéis? . Sin duda nos quiere rogocijar, tocalde para ballar. er. Mas antes él son me muda, Que ha de hacer otra mudanza: yo soy. Bel. Si quiere decir algún chiste de reír antes de hacer la mudanza? Yo soy. . Mas que se ha turbado. Fer. Yo soy, decíroslo quiero. Di, que eres un majadero, y auraslo todo acertado. Para representador no trae buen frontispicio. No ha topado con su oficio. Fer. Oídme atento, señor. Qué diablos os han de oír, si nunca acabáis de hablar? Fer. Tengo mucho que pensar. Pues a estudiar, o a dormir. Fer. Si lo digo, alguno haurá que le pese. . Sois tan ruin que a todos pesará en fin. Fer. Yo lo digo. Bel. De esta va. Sale Tisandro alborotado. Cesad del alegría y regocijo, aunque era justa, por tan justa causa, que no se si pudiera hallarse nueva, que tristeza mayor pudiera daros. t. Qué nos dices, Tisandro, tienes seso? que nueva puede haber que nos dé pena? mi hija no está aquí? no está mi yerno con salud y con gusto? . Aquí llegaron dos caballeros, pienso que perdidos, en dos cuártagos, y sabiendo que era casa, en que había en que pasar la noche, volvieron hacia el monte, y me dijeron: Decid, amigo, al dueño de esta casa, que la aperciba lo mejor que pueda, porque de Benavente el Conde viene de la caza, perdido y fatigado; que de Guadalájaraaura dos días, que salió con algunos caballeros, y advertilde que viene sin criados. Oh extraño azar del gusto de esta vida. Ru. Que el Cónde viene? . Sí señor, el Conde. Fer. a lengua, cuanto mal hacernos suele, si hubiera hablado yo, si hubiera dicho quien era, aquí sin duda fuera muerto, o buen pastor, que entre el deseo y la lengua te pusiste, impidiendo mis razones: si fuera bueno huir? pero quien puede conocerme olvidado de doña Ana? Sale el Conde de caza, don Diego, y don Fadrique, Con. Digo, señores, que me pesa mucho de que sea forzoso alborotaros, que ya he sabido vuestro desposorio, pero excusarlo no es posible, estense, estense, por mi vida, quedos todos. t. Tome vuestra Excelencia aquesta silla. Con. Quién es el novio! y quién la desposada: que de algo ho de servir pues he venido. Die. Padrino puede ser vuestra Excelencia. Con. Digo que yo lo soy. t. No so si diga, hijos, quien soy. Ru. Pues qué remedio queda, que en tanta confusión darosle pueda: t. Señor, no me conocéis? Con. No, padre, por vida mía, alzaos, porque no querría, que con respeto me habléis. Paréceme haberos visto. Est. Don Esteban soy, señor, que por no daros dolor, mi nombre al vuestro resisto. Esta es doña Ana, por quien tanto enojo habéis tenido. Con. Confieso, que os he querido mal, pero ya os quiero bien. El tiempo todo lo cura, dejemos estar los muertos. Ana. Los dos de remedio inciertos en tan triste desuentura, Hemos hecho penitencia entre aquestas soledades. Con. Y yo de las crueldades, que he usado con vuestra ausencia. No tratemos de mi hermano, que no quiero entristecerme, don Juan para, siempre duerme, cobrarle es intento vano. Es vuesa merced, señor, de doña Ana esposo a caso? er. Quéde desdichas que paso! Rui. Soy muy vuestro servidor, Soy Rui de Castro, sobrino del de Villalva y Andrada. Con. Luego no me engaño en nada; yo os sirvo en seros padrino. Yo soy muy gran servidor del Conde, y aunque seáis tan honrado, hoy aumentáis de vuestra casa el valor: Es doña Ana muy honrada, y en su casa, y a su lado, la Condesa la ha criado tal, que pudo estar casada con mi hermano, si no fuera su desdicha de los dos. st. Mil años os guarde Dios, que menos de vos se espera! Honra de los Pimenteles, fénix de sangre real. Con. No estarán, Esteban mal con vuestras armas roeles. Aquellos seis mil ducados, que a doña Ana prometí, pues llegué a buen tiempo aquí quiero que le den doblados. Paguemos al buen don Juan algo del amor en esto. Ana. Ya, señor, las gracias de esto vuestros méritos os dan. Fer. Piadoso está el Conde, o cielos, en que tengo de parar, cual hombre ha llegado a estar, en tan confusos recelos? Con. Cantad, cantad, por mi vida, que soy en extremo amigo de música. Luz. Yo prosigo. Con. Callad, y nadie la impida. Canta Lucinda. Allos pies del noble Conde de Benavente y Mayorga está la hermosa Condesa bañando el rostro en aljófar. Por don Fernando le ruega, qué ha seis laños que está en Roma por la muerte de don Juan, y así le dice llorosa, Perdona, perdona, que en esto se parece, (Reyes. quien tiene sangre de tan nobles Acuérdate gran señor de las pasadas historias, en que tus antepasados hicieron tan altas obras. No es un señor más glorioso por el cetro y la corona, que en perdonar las injurias consiste la gloria toda. Perdona, perdona, que en esto se parece (yes. quien tiene sangre de tan altos Re- Con. De manera me ha movido, que si a don Fernando viera en este punto, le diera el perdón que me has pedido. Quién compuso esta canción? Yo señor. . Vos? . Si enverdad viniendo de la ciudad. Con. Vos merecéis galardón, Poneos esta cadena. Fer. Creo que ha llegado el día de que me quiten la mía, o que me den mayor pena. En efecto, gran señor, si aquí Fernando se hallara, decís que le perdonara vuestro divino valor: Con. Por vida de la Condesa, que no dudo que lo hiciera. Que es lo que el perdón espera, don Fernando tus pies besa. Con. Don Fernando? . Sí, yo soy, córtame el cuello, o perdona, que aquí tienes mi persona, rendido a tus pies estoy. An. Válgame el cielo, que veo! Ay hija, yo soy perdido. De esta manera he venido, porque ya morir deseo. Seis años ha que ando así de tu gracia desterrado. Con. De mirarte estoy turbado. Yo de verte estoy sin mí. Con. Levántate, que en efecto la Condesa te perdona, cuya virtud sola abona cualquier ajeno defeto. Tú un hermano me quitaste, y ella tres hijos me dio, que como huiste, pagó lo que a deber me quedaste. Mis hijos son tus sobrinos, no puedo en este lugar dejarte de perdonar. Fer. Hechos de tu nombre dignos, Gloria y honra de tu casa. Ana. Rui de Castro perdonad, que esta es vieja voluntad, ya vos sabéis lo que pasa. Esposo mío? . Mi bien. Aderézame esos bledos. Ru. Di, señor, que se esten quedos. st. Cómo, que quedos esten, si son marido y mujer. Con. Esto es verdad, perdonad, y yo padrino. Ru. Enverdad que os tengo que agradecer. Con. Yo tengo donde escojáis en dos sobrinas. Ru. Yo quiero besaros los pies primero. Ya que casados estáis, pardiós, Lucinda, que vos heis de ser mi matrimonio, este abrazo es testimonio. Sin duda estaba de Dios. Ru. Ay voluntad engañada. Con. Que tendrá remedio espero, Fer. Y ahora fin verdadero la piedad ejecutada.