Texto digital de El perdón castiga más
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Pedro Calderón de la Barca
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto utilizado ha sido preparado por Germán Vega (a partir de la suelta sin datos de imprenta BNE: T/55360/53).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El perdón castiga más. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/perdon-castiga-mas-el.

EL PERDÓN CASTIGA MÁS
JORNADA PRIMERA
Soberbio monte, poblado de fieras, aves y flores, que sin sustos ni temores dais dulce halago al cuidado: parto tuyo, me he criado en tu apacible desierto, contento estoy, pues me advierto sin miedos de peligrar en las tormentas del mar, gozando paces del puerto. En el poder no consiste el gusto ni de él procede, que antes donde más se puede es donde menos asiste, quien ambiciones desiste, quien humilla pensamientos, prospera a su dicha aumentos que no se hallan, no lo ignoro, los contentos en el oro, sino el oro en los contentos. Quien a la ambición consiente licenciosa libertad, si en honesta inmunidad consigue lo que es decente, de solo lo suficiente necesita el más altivo; oh, ciego error tan nocivo como a la razón contrario, ya viene a ser necesario en el hombre lo excesivo. Cuándo muriendo hallaré dichoso puerto a mis penas, que sólo en la muerte ya consiste el remedio de ellas. Válgame el cielo, qué voz tan lastimosa y funesta, toda asombros al oído a la piedad toda quejas. Mas es, oh, Parca fatal, tan rebelde tu aspereza, que para hallarte piadosa, basta buscarte severa. No lejos, pues, de este sitio los tristes acentos suenan. Oh, si descubrir la vista el dueño de ellos pudiera. Pero no es un hombre anciano Cmonstruoso bruto se ostenta con más propiedadC aquel que al margen de aquella inquieta crespa corriente sentado, en la falda de una peña, remite a un membrudo brazo el peso de la cabeza? Quiero llegarme a saber la causa de su tristeza. No huyas, espera, aguarda, detente. No me detengas. Déjame, si no procuras que se renueven mis penas. Feroz, prodigioso monstruo, bien este nombre concuerda con tu traje, pues de modo llego a mirarte, que apenas acierta a determinarse el juicio o a que te crea fiera con asomos de hombre, o hombre con visos de fiera. por qué con tanto recato tan poco humano te niegas a mi afecto tan piadoso, a las penas que te alteran, que las siente como propias, no las mira como ajenas. No huyo de las piedades que te deben hoy mis quejas, gallardo joven. No huyo sino del que más se muestra mi contrario, que soy yo. No hay quien menos se defienda de mí mismo, que yo mismo, mis sentidos, mis potencias, mis afectos, mis pasiones, son enemigos que apresta la fortuna contra mí. Ellos en sangrienta guerra me vencen, postran y matan con obstinada violencia. Repórtate más y dime la adversidad que te fuerza a huir el comercio humano y a habitar entre estas peñas. Explícame ese dolor que te ahoga y desalienta, que un pesar comunicado si no se excusa, se templa. Es la pasión que me oprime de calidad tan diversa, tan otra de las vulgares que comúnmente atormentan, que lo que es alivio en todas, será mayor daño en ésta. No es bien hasta que su edad . más advertida amanezca a la luz de la razón, referirle mi tragedia. Por esto, suerte enemiga, te oculto noticias de ella, y también porque... Prosigue. Porque aunque ahora me ruegas que te la declare el alma, te ha de pesar de saberla. Qué me ha de pesar? ¿Qué dices? No hay cosa en ti que no sea un golfo de indisolubles enigmas, una tormenta de preñadas confusiones donde mi juicio se anega. Resuélveme tantas dudas, desenlaza tan estrecha prisión, en que a mi sentido de la razón enajenas. Declárate más. Tú quieres apurar más mis desdichas. Deja que vivan secretas, pues aunque las comunique, no mitigo su dolencia. Oye, escucha. No me sigas, detén al curso las riendas. Tú, Leonido, las sabrás cuando remediarlas puedas. ú, Leonido, las sabrás cuando remediarlas puedas+ CdijoC, y a una escura gruta boca infausta de la tierra, por donde enturbia copiosa, escupe, exhala o bosteza caliginosos vapores, del sol cortinas funestas, huyendo entró presuroso. En qué dudosa, en qué incierta navegación el discurso naufragante titubea! Cuán atónito, indeciso y fuera de mí me deja este suceso! Error fue, y a mi enojo le condena, no remitir al furor de una resuelta violencia la averiguación de tanto laberinto de sospechas. Aunque no sé qué dominio, no sé qué secreta fuerza advertí en él, que obligaba a temor y reverencia. Pero qué más justa causa De este efecto si en él era cada cana una razón que abogaba en su defensa. En este frondoso monte, cuya habitación amena lascivamente fecundan volantes golfos de perlas suele divertir la vista mi Leonido. No sosiega en su ausencia el corazón, pero si el amor le hospeda como en centro natural en mi pecho, será fuerza que ausente de él viva como quien vive en prisión violenta. Mas ya los ojos al alma la llevan dichosas nuevas. Dueño mío. Oh, Laura. h, Laura+, respondes con tibieza tan de marido, gozando solamente en mis potencias jurisdicción de galán? Cómo, Leonido, concuerdas tan cariñosas preguntas con tan grosera respuesta? Si es enojo que procede de alguna injusta, siniestra información que la envidia contra mi opinión ordena, aun podrá ser que tu culpa alcance alguna defensa, pero si no, mira bien que es muy forzosa mi queja. Laura hermosa, dulce hechizo, soberana prisionera de mi libertad, a quien voluntaria se sujeta, no fue mi aspereza enojo, descuido o inadvertencia, fue de mi poca atención, y no es bien que la prevenga descargo, sino que pase plaza de culpa indiscreta. Mas con todo eso te juzgo demasiadamente atenta en amantes veteranos, ya graduados en la ciencia de amor, y profesas ya en su doctrina. No fuerzan, no obligan, no oprimen tanto los preceptos que se observan. Lo puntual en las caricias, lo preciso en las ternezas, no se excusa cuando está en los principios la empresa; pero cuando ya dos almas recíproca unión estrechan, suelen perdonarse muchos defectos o negligencias, retóricamente mudos entonces hasta que sean de los secretos del alma los ojos parleras lenguas. Jesús, Leonido, Jesús, qué reformador te muestras de lo que es indispensable en amorosas contiendas. Los halagos, las ternuras, dónde tanto se profesan como entre amantes ya antiguos en trato y correspondencia? Y es forzosa ceremonia, porque si con apariencias exteriores no se explican las pasiones que secretas se reservan en el alma, no es justo que se agradezcan, que las finezas mentales sólo para Dios son buenas. Los pretendientes novicios, los bisoños, los que empiezan a solicitar amando, más cuerdamente festejan, más reprimidos se portan, menos osados se empeñan, porque el no hallarse dichosos les quita muchas licencias. En todo, Laura divina, rendimientos te confiesa el alma, en todo consigues soberanas preeminencias, qué mucho que yo te adore con tal respecto y decencia, que más que mujer humana sagrada deidad te crea? Qué mucho que el corazón tan sin interés pretenda, que no para merecida, para imposible te quiera? No pagues aqueste amor, que en mí no es fineza, es deuda, que aunque quiera no es posible que de quererte me abstenga. Tan reconocida estimo voluntad tan verdadera y a su valor corresponda con tan franca recompensa, que aún no es bastante esa paga para salir de la deuda a que se expone mi amor. Que en eso, mi bien, me venzas no ha de consentir el alma. En eso sólo se niega la victoria. Pues escucha, porque de mi afecto entiendas que puede exceder al tuyo un breve discurso. Empieza. Contigo está mi voluntad quejosa de que le postraste a tu valor rendida más que elección del alma prevenida es impulso de estrella poderosa. Ya mi amor es acción poco gloriosa, siendo ley de los astros constituida, que la desmiente mucho de lucida el obrar con pensiones de forzosa. Mas si mi amor se hallara dependiente de la ley de mi gusto, el olvidarte, aunque difícil, fuera contingente. Segura, pues, procedo en adorarte, que ni puede estorbarlo un accidente ni estará en mi elección el dejar de amarte. Lo firme confieso, Laura, de tu fe; pero oye atenta la calidad de mi amor, y quedarás satisfecha. Debes tanto decoro a mi cuidado, oh, dichosa prisión de mi sentido, que trocara la suerte de valido por la grave pensión de despreciado. De un favor que se ofrece adelantado queda deudor el más reconocido, que es forzada la acción de agradecido, en el estrecho empeño de obligado. No es fineza en mi fee sacrificarte, mi bien, la libertad, porque es forzoso pagar la obligación de declararte. Pero háceme el amor tan animoso que por lograr las dichas de obligarte, me negara a las glorias de dichoso. Eso juráralo yo. Oh, Pito. Siempre por fuerza os he de hallar a los dos juntos? No sé qué me tema... Siempre has de tener malicias? No es mucho que yo las tenga, peor es que vosotros dos hayáis sido causa de ellas. Mirad: yo hago un solecismo diciendo de esta manera: lo primero tú, Leonido, eres macho, Laura es hembra; tú eres sabiondo y polido; ella es garrida y discreta; tú eres gallo en el lugar; ella en la edad polla tierna; tú en todas las ocasiones que ella sale a alguna fiesta eres maza y ella es mona; tú sueles salir con ella a esas desiertas montañas, y no es a hacer penitencia; tú antes ayer porque la viste gallear en una pendencia con una vecina suya, saliste, y con gran fiereza sin averiguar el caso la pegaste dos docenas de mojicones a la otra, y a ella haciéndola mil fiestas, te la metiste en tu casa. Fuera de estas menudencias, que Dios sabe si lo son, tú la has dado dos patenas, dos arietes y un collar, muchos corales y perlas, un mandil de paño fino con pasamanos de seda, un sombrero con sus plumas para ir las fiestas afuera, calzados de mil colores, cintas para la cabeza, una sarta que ha tasado el cura en más de setenta y cuatro reales en plata, que no hay otra mijor pieza en lugar. Lo cual todo sin melindres de doncella lo ha recibido Laura. Bien se murmura en la aldea. Éste es el intercediente: saca tú la consecuencia. Buenos nos has puesto, Pito. Ven acá. No consideras que siendo Laura mi prima me pertenece por fuerza el atender con cuidado, con desvelo y diligencia a todo lo que la toca? Ello lo que fuese sea. Mas yo no he visto en mi vida primos que tanto se quieran. Pero dejando esto aparte, no sabéis..? Qué? Buena fiesta hay hoy en casa. Pues cómo? El de Calabria, dirás. Sí, y su mujer la duquesa, que salieron hoy a caza quieren hospedarse en ella. Par nos que han puesto Dominga, Benita, Sancha, Quiteria, una olla con enaguas, tales que aunque la embistieran una tabilla de pajes, sobrara más de la media. Qué imperio, Laura, qué dichas hay que a mis dichas excedan, viviendo en este retiro, sin recelo de tormentas, de peligros ni de sustos, adorando tu belleza? Y qué gusto puede haber, Leonido, que al gusto venza con que yo vivo pagando de tu afecto las finezas? Qué murmuran? Pues a fe que no es el credo el que rezan. Qué glorias, mi bien, sin ti no me parecieron penas? Sin ti fuera para mí la mayor ventura, ofensa. Olla mía de mi vida, . grande alborozo me cuestas. Todo me alegra contigo. Contigo nada me altera. El vino no será malo . que hoy sale la pipa añeja. Los siglos del fénix vivas. Vivas edades eternas. Oh, lo que hoy he de esperar! Quién la barriga tuviera más ancha que una tinaja de aquellas de la bodega. No ya mi sentimiento pretenda alivio, solicite aliento; no ya esperanza del remedio anime este dolor que el corazón me oprime, procurar medicina a mi dolencia, porque en el golfo de un pesar tan fuerte no hay puerto más dichoso que la muerte. Dos veces este prado de las galas de abril se ha coronado, mientras que yo rendida a mis enojos, el corazón destilo por los ojos, en dos crecidos piélagos ardientes, que ya prestan caudal a estas corrientes. No hay ave, planta, flor, arroyo o fiera, que de esta verde pompa lisonjera son lucidos hermosos ciudadanos, plebeyos unos y otros cortesanos en quien, si atentamente se percibe, no se hallen señas de que alegre vive: yo sola Crigor fieroC, sin alma vivo, pues viviendo muero. Festivos siempre hallados ruiseñores, compitiendo primores con su dulce armonía cantan, no sólo mientras vive el día, sino después que el líquido elemento ha dado a sus cenizas monumento: oh, suertes vuestras, poco vengadoras aún no os perturban las funestas horas! Risueño aquel arroyo se desata, crespando sierpes de espumosa plata, tan galán de las flores que aprisiona con grillos de cristal que se corona de las perlas que franco desperdicia aun la que menos majestad codicia, que sin temer destrozos vengativos se decuellan altivos esos soberbios árboles frondosos, que en esta corte solos poderosos, verdes silvestres jaulas de las aves, donde volando libres cantan suaves. Y, en fin, cuanto a la vista se me ofrece sin recelar peligros permanece en grata inmunidad, en fiel bonanza, dando de nuevas medras esperanzas. Yen tan común halago de la suerte, yo solo vivo en manos de la muerte, yo solo muero en manos de la vida. Yo solo de esperanzas desvalida, yo sola de remedios desahuciada y yo sola en desdichas anegada tan ajena de mí me considero que ni si vivo sé ni sé si muero. Pero tanto ha de ser el desconsuelo que ni comercio en monte, tierra o cielo. No ha de haber un alivio que suspenda esta de penas bárbara contienda tan borrascosa, horrible y turbulenta ha de ser la tormenta que no ha de haber piloto Cpesar graveC que dé premisas de salvar la nave? Pues no ha de ser que osada y licenciosa, temeraria, resuelta y animosa, daré fin a esta vida desdichada, cayendo de ese monte despeñada al más profundo valle donde sepulcro entre las fieras halle. Detente, Rosimunda, escucha, advierte que no remedias nada con la muerte. Templa esa airada irracional locura. Quién mis intentos impedir procura? Yo soy, hija, yo soy. Aguarda, espera. Deja, padre, que muera quien con tantas desdichas ha nacido. Ventura grande ha sido estorbar un furor tan obstinado. Aun la muerte aborrece a un desdichado. Tienes juicio? Estás en ti? Esto intentabas? No estoy en mí ya, después que soy tan otra de lo que fui. No estoy sino en mi tormento, siempre atendiendo a morir, que sólo para sentir me ha quedado entendimiento. Tú me impides que atrevida dé fin a rigor tan fiero, cuando era bien que tu acero fuese estrago de mi vida? Pues tú estorbar una acción que debes ejecutar? Yo no llegué a profanar lo sacro de tu opinión? Yo no soy un indecente, negro vapor tempestuoso que al sol de tu honor glorioso me opongo severamente? Yo no soy la que obscurece la clara luz de tu fama? Pues, cómo, señor, la llama de tus enojos no crece? Cómo no me abrasa? Cómo mi corazón no ha deshecho, o rompiendo luego mi pecho ardientes balas de plomo? No a tanto ardor obstinado te concedas impaciente. Resístete más prudente a las injurias del hado. Ya de la fortuna el ceño rebelde se nos conjura, modérale esa locura, excúsale ese despeño. No luego tanta impaciencia viene a ser cierta razón, gravamen de la pasión, no alivio de la dolencia. Bien el daño remediabas con ese ciego furor. No ves que tu deshonor con tu muerte eternizabas? No el tardarse la venganza a tan loco error te obligue, y mientras no se consigue, consuélete la esperanza. Pues, debémosle a la suerte ni aun ese favor templado con que tolerar lo airado de esta prolongada muerte? debémosle ese dudoso, falso halago del sentido? Pues es engaño creído de quien no vive dichoso. Si ha dos años que este bruto, soberbio monte habitamos, donde aunque las sembramos nunca las debemos fruto. Si ha dos años que este incierto golfo de penas errantes navegamos, tan distantes de la inmunidad del puerto, que esperanza no tendrá leve y vano fundamento? Pues no siempre tan sangriento enojo fulminará el brazo de esa enemiga, severa diosa constante; no siempre tan penetrante durará nuestra fatiga. No viste aquel elevado, soberbio monte atrevido, caducando encanecido en el diciembre enojado? Y no ves ya los verdores que en su juventud aumenta y cuán lucido se ostenta purpúreo, labor de flores? No viste dese arroyuelo el argentado raudal, inmóvil denso cristal a la inclemencia del hielo, y ya en la verde estación del galán florido mes, cómo se venga no ves de la pasada prisión? Pues, si aun con lo inanimado se muestra el cielo piadoso, al hombre que es más dichoso hase de negar airado? No, Rosimunda, disponte a creer con seguridad que hemos de hallar la piedad que halla un arroyo y un monte. Cuánto, a pesar del dolor, . me he procurado esforzar! Que así tengo de excusar otra desdicha mayor. En vano afecta tu labio tan retórico desvelo, que está, padre, del consuelo muy distante aqueste agravio. No lo dudo, así lo siento, aunque no lo dé a entender. Sólo la muerte ha de ser quien remedie mi tormento. Que dure tanto dichoso el logro de una traición! Que no ahogue al corazón un pesar tan congojoso! Ya sólo resta morir; ningún puerto se percibe. Que viva tanto quien vive tan cansado de vivir! Pues si no ha de haber bonanza... Incurable es mi dolencia... Paciencia, cielos, paciencia. Venganza, cielos, venganza. Mucho me espanta, Leonido, que en estos brutos, groseros montes se haya cultivado tu valor y entendimiento. No engrandezcáis, gran señor, con favores tan soberbios mi humildad, que es incapaz de tan soberano peso. No es bien, cuando reverente sacra deidad os contemplo, que os acordéis de una planta del vulgar inútil gremio. Acierto más ajustado es que sea, así lo siento, destrozo de vuestro pie, que atención de vuestro acuerdo. No con menos confusión admiro, Laura, lo exento de tu discurso, y que vivas tan ceñida a los preceptos del estudio cortesano casi lo juzgo portento. Como de un rústico albergue comúnmente viven lejos los deseos, gran señora, de que no haya parentesco entre el hábito y el trato. Y como yo bien advierto que es ajena ocupación de mi ejercicio, le debo a la memoria no sé si algún hurtado concepto de que me he valido cuando menos grosera parezco. Es fuerza que lo extrañéis por novedad con exceso, pero apuradlo advertida con examen más estrecho, y veréis, desengañada de aparentes devaneos, que se desvanece viso lo que se acredita incendio. No es mala la villaneja. . Ya me cuesta algún desvelo ver en ella tan casado lo hermoso con lo discreto. Que un bronco monte produzca este fruto! Yo confieso . que aunque es inferior el rayo, no me perdona su fuego. No creo que habéis criado en ese rudo comercio, Alberto, a Laura y Leonido. Mucho se desmiente en ellos que en tal escuela estudiasen tan políticos aciertos. Antes quiero suplicaros que este desorden severo culpéis, porque no es razón que de tan humildes pechos procedan presuntuosos estos vanos desconciertos. Principalmente en Leonido la queja he de proponeros que tengo de él, porque vos apliquéis luego el remedio. Yo, señor, aunque nací hidalgo, y aunque le debo en los bienes de fortuna francas piedades al cielo, soy un labrador que vivo sólo al cuidado atendiendo de cultivar esos campos, en cuyos fértiles senos desperdiciando sin orden poco numeroso feudo de dorados granos, logro, bien se me luce el empleo, ejércitos abundantes, población de estos desiertos, de hermosas rubias espigas, que en grave colmo creciendo, cariciosa cada una, quita una cana a su dueño. Leonido, como sabéis, es mi hijo, mas no acierto en nombrarle así, pues él se indigna tanto de serlo. Vive de suerte olvidado de su humilde nacimiento, conformándose tan mal con ser lo que es, que os prometo que en el lugar más parece señor que vasallo vuestro. No trata de la labranza; todo su estudio y desvelo es querer amontonar curiosos libros, diciendo que aquellos son los amigos que le han de ocupar el tiempo. Ejercítase en la caza, esgrimir el negro acero, gastar en superfluas galas, presuntuoso y soberbio. Mirad, señor, si es razón que a los combates del cierzo se descuelle este edificio sobre tan leves cimientos. Por la perdición más grave de las repúblicas tengo el querer salir los hombres del estado en que nacieron. Es cierto; mirad quien vio tan notable desafuero, que el que nace labrador se porte a lo caballero. Haced que de la razón le reporte más el freno, viva del modo que vive su padre y vivió su abuelo, que siendo mejores que él tal vez nos halló el enero envueltos en jerga basta, de escarcha y nieve cubiertos, presos los pies en abarcas y un zamarro por sombrero. Tan lejos, Alberto, estoy de culpar sus pensamientos, que antes confuso y absorto los envidio y los apruebo. Lástima fuera que no procurara el logro de ellos. Que dejes la aldea y vayas conmigo a la Corte quiero, donde mejores de traje y de ocupaciones luego. Mirad, señor, que no caben tantas honras en mi pecho, y que se quejan de vos mis pocos merecimientos. Pero cómo he de vivir . sin mi Laura hermosa, cielos? Si Leonido y, suerte triste!C . se va, quedaré muriendo. Reparad, señor, que... Basta, no hay que replicar, Alberto. Esto ha de ser, que vuestro hijo vive fuera de su centro entre estas montañas. Que haga . tanto caso y tanto precio el duque de un labrador! Excusarlo ya no puedo. Si será bien que se diga quién es? Pero no lo acierto, pues su padre me ordenó que con recato y secreto le criase, y no le honrara el duque con tanto extremo si le conociera. Yo quisiera, si es gusto vuestro, llevarme también a Laura, que no son sus prendas menos dignas de mi estimación. En mí, señora, es precepto inviolable vuestro gusto. Mil veces los pies os beso, gran señora, por favor tan excesivo y ajeno de quien es menos que esclava vuestra. No es mucho que en ello . venga, si ya son sus ojos tiranos de mi sosiego. No me pesa de acercarme, . Laura, a tus dos soles bellos, porque aplaquen la batalla que han despertado en mi pecho. Ya voy alegre, pues voy . con mi dulce hermoso dueño. La vida he cobrado ya, . Leonido, pues no te pierdo. Gracias a Dios que me vino mi San Martín como a puerco, que ha una hora que por meter mi cucharada reviento. Aparta, necio. Dejadle. , señor discreto... Qué queréis? Señor, quejarme de su mercé un poco quiero, pues a todos se ha mostrado manso, llano y placentero, y sólo ha estado conmigo engreído, grave y sesgo; con todos blando que blando, conmigo, tieso que tieso. Pues no lo merezco yo, que yo sé que hay más de ciento que se holgaran de tener mi talle y mi entendimiento, y de hacer mis versos. Cómo, que hacéis versos? Si hago versos? Un soneto hice a Dominga tan grandioso, tan perfeto, que yo ni todo el lugar no hemos podido entenderlo. Y eso es bueno? Lo mejor. Y esto se usa en nuestros tiempos, que en llegándose a entender dicen que no vale un bledo. Y mirad si es verdad, pues a cualquiera que le leo mi soneto, oigo decir, muy ponderado y severo, arqueando las cejas: ito, no le entiendo, pero es bueno+. Si os acordáis de él, decidle. Pues allá va. Estadme atento: Yo te vi, mi Dominga, y como vite, no pude más conmigo, enamorete que el fuego de tu cara matasiete como cera o cerote se derrite. Vaporizando perfección compite tu efigie con el fúlgido copete de aquel de luces lucio ramillete que se extingue en las cuevas de Anfritite. La furibunda ya cesehentisca tu benévola faz te niegue de osca, solo operano a fuer de gregonisca. No mi fe derrelincuas, pues no es tosca, que aunque te esterilice más la crisca, a ser he de anhelar de tu miel mosca. Extremado es. En verdad que aun no tardé mes y medio en hacerle. Mira ahora si es bien lucido mi ingenio. Buen humor tenéis. Señor, sólo el que me basta tengo para el gasto de mis burlas sin mendigar el ajeno. En conclusión, pues habéis visto mi fuerte talento, que hacer un soneto culto no es barro, pediros quiero que a mí también me llevéis a la Corte, que os prometo que no pican tan abajo mis honrados pensamientos, que de ordinario se acuestan en los campanarios puestos, porque en lo que es repicar las campanas soy muy diestro. Con Leonido podéis ir, que allá yo haré que os den luego... Qué decís que me darán? Algún entretenimiento. Quince mil veces las suelas de vuestros zapatos beso. Válgame Dios, si valdrá mucho un entretenimiento! Llevad a Pito, Leonido, que es de importancia su ingenio. Para serviros iré con mi geño y mi pergeño. Ven tú, Laura. Tuya soy. Sin replicar te obedezco. Sin mí quedará penando. Sin ti quedaré muriendo. Que contento voy a ser señor de entretenimiento.
JORNADA SEGUNDA
Buenos estamos, por Dios, quién hoy nos conocerá? Borracha, sin duda, está la fortuna con los dos. Traidora, aunque favorable, Pito, la llego a temer, porque sólo sabe ser estable en no ser estable. Ella con cauta destreza quiere que tan alto estemos, porque si acaso caemos nos rompamos la cabeza. Ay, Pito, sólo un temor de suerte el alma me altera que por perderle, perdiera el puesto más superior. Qué es lo que temes? Recelo que el duque Csuerte envidiosaC desde que vio a Laura hermosa vive con algún recelo. Malo, por Dios, que ha salido de mala parte la flecha. Si confirmo esta sospecha, he de perder el sentido. El cargo de capitán de vuestra guarda ha vacado por muerte de Cesarino; si en mis servicios alcanzo algún mérito, este premio será, gran señor... Clotaldo, tarde avisáis, que ya tengo ese cargo reservado para otra persona yo. Deseo mucho acomodaros, y en la primera ocasión lo haré. Guárdeos Dios mil años. Es Leonido? Es, gran señor, quien es vuestro humilde esclavo. Y quien es ya capitán de mi guarda. Los despachos os darán luego. Señor, mirad que tan soberanos favores llegan a estar en mi pecho violentados. Permitid que en vuestros pies ponga mil veces los labios. Alzad del suelo, Leonido. Grande afición he cobrado a este mozo. Bueno es esto. Hay suceso más extraño? Que dé el duque a un labrador lo que niega a un vasallo de su sangre! Vive Dios, que es insufrible este agravio. Este modo, pesia tal, . de hacer mercedes alabo, sin pasar por el infierno de pretendiente ha llegado al emboque de esta dicha, con que debe estar mi amo dos veces agradecido. Oh, Pito. Vuestros zancajos, que no vuestros pies, rebeso. La vida de cortesano es buena? Para quien vive con dinero y sin trabajos, para quien no ha menester al poderoso encumbrado, que como está tan arriba, si acaso mira hacia abajo, le deben de parecer todos los bultos enanos; y para quien sólo trata de vivir sin sobresaltos, sin dársele un nombre mío de los más gigantes cargos, no hay cosa como la Corte. Mas para aquel que del garfio de una pretensión se está nueve o diez años colgado, malogrando diligencias, amontonando cuidados, engañándose a sí mismo y sin fruto desfrutando dinero, tiempo y salud, siendo en él todo prestado, para este tal es lo mismo vivir en la Corte un año que remar diez en galeras. Y aun no queda exagerado, que un galeote tiene ya el término limitado para el remo, pero este otro infeliz, sin saber cuando ha de cesar su tormenta, vive siempre atormentado. Ya estás discreto? Señor, en esta materia hablo como quien sabe lo que es ser pretendiente. Ya alcanzo el blanco de tus designios. Pues no me dejéis en blanco, ya que me entendéis, que estoy desesperado esperando de aquel entretenimiento el advenimiento santo. De qué sirven tantas dichas, . si entre ellas temo de un rayo la amenaza, que si llega será mi fatal estrago? Esperad todos afuera. Quedad vos, Leonido. Oh, cuántos . oprobios estoy sufriendo mudamente declarados contra mí por un grosero, por un inculto villano. Pues yo lo remediaré si de mi industria me valgo. Solos estamos, Leonido. De una queja que he formado interiormente de vos quiero ahora haceros cargo. Vos quejoso? Permitid que sepa el desmán profano en que sacrílegamente incurrió mi desacato, porque me ordene yo mismo el castigo más airado. No lo hagáis tan grave culpa, que el descuido que os achaco es muy venial. Del más leve contra vos se ha de hacer caso. He notado, pues, Leonido que cuando más me adelanto con finas demostraciones de afectuosos agasajos a subiros a la cumbre del trono más elevado, os hallo con menos gusto y más despego, pagando con semblante de ofendido los empeños de obligado. Decidme por qué razón estos desagrados hallo en vos, y con más acuerdo advertid que en este caso, viéndoos proceder tan tibio, os puede temer ingrato. No es violar de agradecido las leyes haber mostrado la desazón, la entereza de que me habéis hecho reparo. Yo, señor, me considero de una choza humilde parto, aunque les debo a los cielos poder blasonar de hidalgo. Hállome con todo extremo, desmereciéndolo tanto, favorecido de vuestra magnánima mano, que es fuerza que el recibir favores tan soberanos engendre en mi pecho indigno algún miedo y embarazo. De este afecto son efectos lo que vos habéis juzgado ingratitud. Permitid a la queja el desengaño. El crédito desmentid de esos temores bastardos. Ser yo quien os premia os deba más aliento y desenfado. Fijos son los fundamentos sobre que os habéis levantado. Y para temeros menos acordaos de ejemplos tantos de los que de indignas prendas subieron a puestos altos. Si de esa suerte animáis, gran príncipe, los desmayos de mi valor, ya desde hoy podré pasar alentado de sustos de temeroso a esfuerzos de temerario. Oh, quién pudiera, señor, mereceros y pagaros tantas honras! Pues, Leonido, hoy podréis, no aventurando el menor gusto, pagar la estima que de vos hago. Gusto, interés, vida, honor, fino, resuelto y osado, arriesgaré, vive el cielo, por serviros. Más barato os costará el disponer lo que ahora he de encargaros. Yo, Leonido, no me libro de las pensiones de humano, yo también de licenciosos afectos sufro el asalto. Laura, aunque en sangre inferior, ostenta brillantes rayos de deidad en la hermosura. Su poder es soberano. En esta parte, aunque yo cautelo en vano reparos, ya me entenderéis... Ya, cielos, . llegó de mi vida el plazo. Sí, señor, bien os entiendo, que harto os habéis declarado. Vos, pues, quiero que seáis quien de este hermoso milagro facilite la conquista. Qué escucho? . Aquesto os encargo. Exageradla las penas, los desvelos, los cuidados que me ocasionan sus ojos. Que si ser dichoso alcanzo con ella, juzgaré poco un mundo para premiaros. Sin alma estoy. Quién jamás . llegó a ser tan desdichado? No respondes? Ya respondo. Pero yo fui... Como... Cuando... Aún no acierto a hablar. . Qué es esto? Pues de qué os habéis turbado? Yo, señor... Decid resuelto. Aunque... Proseguid osado. Estoy sin mí. . Qué os fatiga? Grave pena. . Extraño caso! Si mi turbación lo ha dicho, no será bien que mi labio lo recate. Especie fuera de traición procurar cauto por quedar yo venturoso, que quedéis vos engañado. Sabed, generoso duque, que Laura y yo nos criamos desde la primera edad juntos. La fuerza del trato rindió nuestros corazones de amor al estrecho lazo. Si bien jamás del decoro los fueros se profanaron. Yo desde hoy, como es razón, de aqueste empeño me aparto, pero no sé si serviros podré como fiel vasallo de tercero en esta empresa, porque aunque intente excusarlo, cómo perderé el calor si vivo al fuego cercano? Y, así, pues es conveniencia vuestra, quiero suplicaros que permitáis que me excuse, gran señor, de este cuidado. Agradézcoos la lisura con que me habéis declarado lo interior de vuestro pecho. El incendio en que me abraso es tan activo y rebelde, que es in capaz de reparo. Y, así, el querer reprimirle ha de ser intento vano. Que os excuse de tercero será, Leonido, acertado. Pero este desvelo voy a encargárselo a Clotaldo. Fuerza viene a ser que admita la fineza de olvidaros de esa pasión amorosa. Yo no fineza la llamo, sino obligación. Leonido, mucho me habéis obligado. Permaneced en lo fino si deseáis conservaros. Oh, injusta ley del hado riguroso! En lo que estimo menos soy dichoso, y en lo que quiero más soy desdichado. Cómo al fatal sangriento estrago airado de una pena tan fuerte no me asaltan los ojos de la muerte? Llegue ya su destrozo ejecutivo. Cómo no muero, pues sin Laura vivo? Mi dueño, mi Leonido. Si no la vida, perderé el sentido, . oh, dolor penetrante. Cómo armado de ceños el semblante, vivo el enojo y el color ausente, alborotado, inquieto y impaciente, sin mirarme, señor, de mí te alejas formando interiormente mudas quejas? Ay, Laura, hoy he llegado al extremo mayor de desdichado. Mira cuál es la pena que me altera, pues más que viva muerta te quisiera. Qué dices? Ay de mí! Pues qué fatiga a ese despecho bárbaro te obliga? No sé si tendré aliento para explicarte, Laura lo que siento. Acaba ya, declárate, Leonido, que un pesar atormenta más temido. Pues, Laura, el duque te adora, ciega mariposa yace al fuego de tu hermosura. Para que facilitase tu conquista, pretendió hacerme tercero infame. Fue forzoso descubrirle nuestro amor, por excusarme de esta desdicha. Él, en fin, me intimó severo y grave que del reino de tus ojos divinos me de esterrase. Juzga si mi vida puede a esta dolencia postrarse. Ay de mí, mortal estoy! Pero aquí importa animarme. Mayor temí la desgracia. Leonido, menos cobarde despide alientos mi pecho. Eso dices? Fuerte trance! Pues el haberte perdido no es la desdicha más grande? Tú me has perdido? Pues no, si el duque, Laura, es tu amante? Qué importa, si yo he de ser, con resolución estable, duro peñasco a sus flechas, firme escollo a sus combates, tigre hircana a sus caricias, fuerte muro de diamante a los asaltos y, en fin, mujer rebelde y constante, que es más que todo, a la empresa de sus ímpetus audaces? Y qué importa, oh suerte triste, que te niegues y recates con honradas resistencias, si mientras perseverare el duque en amarte, es fuerza que yo me prive de amarte? Con secreto no será el comunicarnos fácil? Eso no, que fuera hacer a mi dueño ofensa grave. Luego, a la correspondencia de mi amor has de negarte? Preciso ha de ser. Bien ves que es respeto inexcusable. Y, así, desde hoy, aunque sea que la vida ha de costarme, que ya el dolor la avecina de la muerte a los umbrales, me fuerza la obligación de vasallo a que me aparte Caquí fallece el alientoC de tus ojos celestiales. Cuánto temo, cuánto temo, Laura, que han de conjurarse contra tu sol tantas nubes, que lleguen a profanarle. Tu hermosura es peregrina, tu edad es la más brillante, tu contrario es poderoso, tu naturaleza es frágil y yo desdichado. Oh, nunca decrete el hado implacable que la costosa pensión de desdichada te alcance. Y adiós para siempre. Escucha, oye, aguarda, no me saques el corazón. Vuelve. Qué me quieres, si es imposible excusarse esta acción? Eso me dices? Que de esa suerte me pagues, que de esa suerte me dejes, que de esa suerte me trates, que tantos años de amor malogres en un instante! Laura, de mí no te quejes, porque esta entereza nace de ser vasallo leal, no de ser ingrato amante. Considera... No prosigas. .que consiste... No te canses. .mi vida. No te apasiones, que es matarme y es matarte. Pues ya que para rendirte no han sido, señor, bastantes instancias, ruegos, ni afectos, las lenguas más eficaces, que son las lágrimas, quiero que tu obstinación contrasten. Mi bien, mi amante, mi dueño, págale a un amor tan grande, si halagueño no, caricias, compadecido, piedades. Mi bien, mi Laura, mi vida, tuyo soy. No intente nadie... Pero qué digo? Venciome la grave pasión. Culpable yerro de la lengua fue. Pueden blasonar triunfantes ya mis deseos? Advierte, Laura, que fue irreparable delirio de mi atención lo que a pensar te persuades de amor con sentido afecto. Ah, fortuna inexorable, que extremos tan afectuosos a convencerte no basten! Pues, vive el cielo que aún no me deja hablar el coraje. Que pueda vivir quien tiene el corazón hecho un áspid! Yo misma he de darme muerte si mi muerte se tardare. Yo mismo me he de matar, si no me matan mis males. Laura, Leonido, Señora, que nos ordenáis? Buscarles . quiero remedio a mis celos. Un daño es bien que se ataje al principio, que a los fines es rebelde y incurable. En esa pieza me espera, Laura, que tengo que hablarte después de hablar con Leonido. Muerta voy. Sin alma yace mi valor. Ya te obedezco. Nunca podré asegurarme . del duque y de Laura, mientras este intento no lograre. Yo quiero, Leonido, haceros una merced, y tan grande que la habéis de estimar más que cuantas el duque os hace. Los modos de agradecer ignoro, el silencio hable. Yo he sabido que de amor el precepto irrevocable no os perdona, y que el imán con que obediente os atrae a su imperio es la hermosura de Laura, a quien observante vuestra adoración hermosa humana deidad aplaude. Quiero, pues, que me debáis a mí la dicha a que amantes aspiran vuestros deseos. Desde hoy tengo de encargarme de que vuestro amor el premio de sus finezas alcance, procurando disponer que con vos Laura se case. Cómo os suspendéis remiso? Cómo os retiráis cobarde? Cómo no me agradecéis que este favor os allane? Bien reconozco, señora, que estará muy de mi parte lo dichoso en que ordenéis que esta materia se trate. Pero advertid que me obligan forzosamente a excusarme de este empeño otros designios, que de mayor causa nacen. Y, así, perdonad si al orden vuestro replicar osare. Mirad que ese proceder no llega a ser tolerable. Esas tibiezas, Leonido, después de empeños tan grandes os arguyen sospechoso, y no es bien que con desaire quede la opinión de quien pisa los sacros umbrales de esta soberana esfera. Muy de los limites sale del decoro vuestro exceso. Y, así, es tan urgente el lance, que ha de ser forzoso ahora lo que voluntario antes. Mude de intento, señora. Vuestra Alteza no se canse, porque no me he de casar aunque... Villano, arrogante, necio, atrevido, grosero, vos os atrevéis a hablarme con esa resolución? Qué mal sosiega un amante, ay, Laura, hasta conseguir... Vos profanáis lo inviolable de mi majestad? Qué escucho? Cómo habla en este lenguaje la duquesa con Leonido? Vos concebís tan audaces pensamientos? Más del duque que vuestra es culpa, tan grande que bien merece esta ofensa, pues tantas honras os hace. Oid, esperad. Qué es esto? . Cielos, cómo he de aplicarme a creer...? Pero, ay de mí, qué más ha de declararse un agravio, si ella dijo con airado enojo grave que bien merece esta ofensa, pues tantas honras os hace+? El duque... Oh, cuánto el ser fino . contigo llega a costarme! Bien pago lo que te debo. Qué basilisco, qué áspid . disfrazó en aquella voz su veneno penetrante? Señor... Cómo ha de abstenerse . de algún furor mi coraje? Pero aquí el disimular es un acierto importante. Oh, Leonido... Oh, fiera pena, . cómo el corazón me partes! Algún despego y disgusto . he notado en el semblante del duque. Si ya la suerte intenta precipitarme? El dilatar un castigo . no viene a ser excusarle. Qué de temores me asustan! . Esto ha de ser. . Sin disfraces . se manifiesta su enojo. Oís? Gran señor. Dejadme solo. Esperad allá fuera. Cielos, de qué causa nacen . estos desagrados, siendo tan atentas mis lealtades? No os vais? Señor. Qué decís? Que ya os obedezco. Grave . tormento! Aunque lo procuro, no es posible reportarme. Con cuánta razón, fortuna, . te temí siempre mudable! Que al sagrado de mi honor irreverente llegase quien de mis plantas merece sólo padecer ultrajes! Que a tan gran temeridad no se encogiese cobarde! Cuanto más se apura, más debe este caso dudarse. Sufrir, vive Dios, no puedo que un hombre tan vil se iguale... Pero el duque es éste, cielos. Hoy, si puedo, he de vengarme de que tan a costa mía la fortuna le adelante. Corrido vengo, señor, de que firme y arrogante se resista una mujer de tan inferiores partes como Laura a la grandeza de vuestras prendas reales. Sintiendo un dolor tan fuerte, . qué dolencia habrá, qué achaque de que haga caso? Tan poco de mi amor llega a obligarse? Tan poca veneración de vuestros afectos hace, que dice resueltamente, cuando más la persuade mi labio, que no ha de haber quien de su hermosura alcance el triunfo si no es Leonido. Él la sirve tan constante, él la festeja tan fino, que es fuerza que a todos hallen en el fuerte de su pecho difícil el hospedaje. Y, así, si queréis, señor, que de esta empresa os allane la vitoria, redimid aqueste estorbo, que os hace la mayor contradición. Luego ha pasado adelante con ese empeño Leonido? Y con extremos tan grandes de amor, que jamás le he visto de la razón tan distante. Que de mi honor y mi gusto . los fueros atropellase profanamente! Mil veces quisiera poder vengarme en tu infiel, aleve pecho. Oh, quién pudiera humillarte . tan altivos pensamientos! De Clotaldo he de fiarme . para ejecutar rigores en este traidor infame, sin darle a entender la causa legítima de que nacen. Con vuestro parecer, conde, ha llegado a confirmarse mi sentimiento. Yo juzgo que lo que es más importante para conseguir mi gusto es que Leonido se aparte de esa contienda amorosa. Lo que adoro a Laura sabe; yo le descubrí mi amor, porque él el suyo olvidase. Y puesto que de mis leyes no obedece lo inviolable, justo será que mis iras fulminen castigo grave contra sus desatenciones. Para castigar tan grande desacato, serán justas las más sangrientas crueldades. Pues vuestro cuidado quiero que de disponer se encargue la ejecución del castigo que mi enojo sentenciare. Obediente os serviré en todo lo que ordenareis. Venid. Determinaremos del modo que ha de trazarse. Hoy llorarás de tu vida, . traidor, el último trance. Si él muere, cierto será . que hallaré a Laura más fácil. Sepan todos Vuesarcedes, porque ninguno lo sabe, que yo vengo huyendo ahora de la Corte y de sus grandes embelecos. Mi cortijo dos mil cosquillas me hace, y no quiero ser más necio de lo sido. Redro, vade, abernuncio, no más Corte. En ella Ccaso notableC todos viven al revés. El que aquí llega a graduarse de cortesano doctor guarda estas leyes morales: debe a muchos, lo primero, y no paga blanca a nadie; vive siempre en todo lejos del barrio de las verdades; acuéstase a la mañana y levántase a la tarde, enojado de que tan temprano le despertasen; acaba de componerse; a las dos y media sale a misa, mas no halla misa; y aunque es día de fiesta grande, no hace escrúpulo, diciendo no pensé que era tan tarde; pero no importa; mañana oiré dos misas, y es fácil aplicar por hoy la una+; pasa con esto adelante; hace cuatro o seis visitas; vuelve a casa y dice dadme la comida+ mejor fuera que de la cena tratase; come al punto, y sale luego; y en ese golfo de fraudes se atasca tan ciegamente, se pierde tan al remate, que si a públicos pregones fuera menester buscarle, nadie dijera de sí menos que él mismo, pues nadie donde anda sabe menos que él. Y, así, disparate fuera ser más azacán de quien esta vida trae. Quiero vivir al derecho. No más, lo pasado baste. Qué dices? Que hoy hallarás alivio en tu desconsuelo. Ya nos da favor el cielo. Jesús, mil veces! San Blas, san Crispín, san Agapito, san Tiburcio, san Torcato, san Babilés, san Donato, me valgan en tal conflito. No doy por mi vida un cuarto. Aguarda. No tengas miedo. Bien quisiera, mas no puedo. Por qué huyes? Yo me aparto, que no huyo. No te asombres: hombre soy. Sí, claro es; pero sois hombre montés, no como los otros hombres. Llégate. Pierde el temor, que en nada te ofenderé. Nunca me llego, porque oigo de lejos mejor. Donde de esa suerte CdiC por aqueste monte vas? Si no quiere saber más, señor salvaje, de mí, oiga, que presto a contar mi breve historia me allano: Yo soy un pobre aldeano, vecino de ese lugar, que de mi oficio grosero no quise seguir el norte, pensando que ir a la Corte era hacerme caballero. Entré en su mar revoltoso; salí de él muy bien mareado; volvíme desengañado hacia mi rincón dichoso. Íbame ya y a los dos vi salir de esa espesura. Tuve miedo, y aún me dura, y, así, por amor de Dios, pues veis la inocencia mía, y que no os ofendo veis, que cuanto antes me ausentéis de vuestra salvajería. Qué poca jurisdicción . alcanzan en ti los hados! Quién a solos tus cuidados sujetara la atención. Eres tú el que con Leonido fue a la Corte? El mismo soy. Mucho pregunta y yo estoy para dar un estallido. Tenéis más que preguntarme, que vuestro despacho espero? Vete seguro. Pues quiero de aqueste fardo cargarme. Ya estoy libre de los dos. Yo prosigo mi viaje. Adiós, mi señor salvaje. Señora salvaje, adiós. Di de qué suerte, señor, se alivia nuestro cuidado. Oye el remedio que he dado a tan penoso dolor. En el curso floreciente de mi edad, cuando atrevido digna obediencia negaba a la razón mi albedrío, festejé amante una dama, en cuyo sujeto hizo grato estrecho maridaje lo hermoso con lo entendido. Humana la mereció mi afecto... Pero mal digo: groseramente dichosos la alcanzaron mis sentidos. Galán llegué a conseguir de sus ojos divinos todo lo que pudo darme la licencia de marido. Tuve en ella un hijo, a quien puse por nombre Leonido, que con secreto y recato en ese albergue vecino un hidalgo labrador rústicamente ha instruido. El que aquí para el sustento nos conduce lo preciso; si bien aunque entre rebozos del pardo sayal indigno siempre de quien era dieron sus obras claros indicios. Nunca de la agricultura le ocupó el tosco ejercicio, que a más nobles ardimientos le despertaban sus bríos. Saliendo el duque a ese monte a caza, quedarse quiso, por continuarla, en este grosero indecente hospicio; donde apenas conoció el sujeto de Leonido, cuando admirados de verle tan atento y advertido en cortesanos aciertos, en políticos avisos, dispuso llevarle luego a su corte. En ella ha sido de su fortuna el favor tan felizmente propicio, que ya con el duque estrecho valimiento ha conseguido. Yo, pues, Rosimunda, quiero que, llamándole a este sitio, le declaremos el grave deshonor con que vivimos, que en él cierto es que hallarán nuestras desdichas asilo, nuestros naufragios bonanza y nuestro agravio castigo. Cómo, señor, hasta ahora poco piadoso has tenido tan oculto ese consuelo, tan recatado este alivio? Ya de nuevas esperanzas animada resucito de una rigurosa muerte. Hoy de este penoso abismo de tormentos vencedores nos saca el hado benigno. Ves, hija, cómo no es justo, aun en el mayor conflicto, desesperar impaciente del cielo? Ya he conocido que si el cielo favorable, con misterio incomprehensivo, permite enormes agravios, permite también castigos. Hoy, traidor, has de pagar tan inhumanos delitos. Hoy aclararás, infame, de mi honor lo deslucido. Siempre vence la verdad, aunque tropiece en peligros. Siempre el valor poderoso de la razón triunfa invicto. Ya el engaño se ha postrado. Ya la inocencia ha vencido. Ya de este pesar triunfamos. Ya de esta pena salimos. Vanas son tus resistencias, que hoy se han de postrar tus bríos. Tantos contra un hombre solo? Ah, traidores enemigos! Pero qué inquieto alboroto... Pero qué confuso ruido... . perturba nuestro sosiego? . asalta nuestro oídos? Despeñadle dese monte. Muere, villano atrevido! Valedme Autor soberano! A nuestros pies ha caído un hombre. Lástima grande! En sangre yace teñido. Infeliz joven, a quien la suerte... Pero qué miro? Válgame Dios! No parece...? Qué tienes, que has suspendido el labio? Piadoso anciano, que ya entre broncos riscos te he visto otra vez, dispón que el último parasismo de mi vida no me halle en este fragoso sitio, sino en esa humilde aldea, que es mi pobre patrio abrigo. Ay de mí, sin alma estoy! Dime: es tu nombre Leonido? Leonido es mi propio nombre. Mas de qué me has conocido? Hay hombre más desdichado? Cielos, que es Leonido dijo! Que para ver este horrendo espectáculo ha querido guardarme hasta ahora la suerte! Cielo santo, cómo vivo, cómo vivo, si tan grande desdicha me ha sucedido? Dónde iré a buscar mi muerte? A dónde iré de mí mismo huyendo? Oh, si penetraran mi corazón basiliscos y víboras venenosas! Oh, si en su centro sombrío me sepultara la tierra! para cuándo, hados impíos, guardáis estragos sangrientos y destrozos vengativos? Forjen fulminantes rayos en el cóncavo vacío del aire esos pardos velos, y contra mí despedidos, los aborten sus entrañas. Muera rabiando, pues vivo rabiando. Cómo Cdecidme tanto os habéis condolido de mi desgracia? Mas, ay, que el dolor ejecutivo apenas hablar me deja. No tanto se dé el sentido a las quejas. Atendamos, si puede haberle, al alivio de esta dolencia los dos. Si nos ha dejado brío tanto piélago de penas, tanto ciego laberinto de desdichas, le llevemos en los brazos. Mucho admiro que tan piadosos y que... No tengo aliento. Ay, prolijo tormento! Ay, severo trance! Cómo es posible que vivo, si ya medio corazón tengo muerto? Ya no os pido piedades, sagrados cielos, sólo a rigores aspiro. Permitid que de la Parca me alcance el voraz cuchillo. Eterna ya mi deshonra, eternos ya mis suspiros, eternas ya mis congojas durarán. Ya no hay alivio. Todo es borrascas y horrores, todo escollos y peligros. Vamos, no la dilación agrave el daño. Ay, Leonido, para ser tan desdichado bastaba ser hijo mío. Cómo el nombre...? Allá sabrás lo que ahora no te digo. Ya, fortuna inexorable... Ya, riguroso destino... . no temo más tus enojos... . no temo más tus castigos... .porque en este tan airado... .porque en este tan esquivo... .cuantas desventuras pueden sucederme he padecido. .cuantos tormentos el hado fulmina, me han combatido.
JORNADA TERCERA
Que aún prevalece tu afecto dices? Y nunca más ciega la ardiente llama de amor que en mi pecho se alimenta ha crecido, porque nunca ha sido la resistencia tan pertinaz. Pues, señor, si con tanto ardor deseas gozar posible de Laura la peregrina belleza, cómo CdimeC has consentido que se haya vuelto a la aldea? Por eso mismo, Clotaldo. Pues, quién del fuego se aleja, si del calor que evapora a participar anhela? Quién averiguar el blanco . de sus intentos pudiera. No será bien que os recate mis designios, siendo fuerza el comunicarlos, conde, ni yo tengo de quien pueda con tanta seguridad fiarme como de vuestra persona; y, así, advertid que hoy en vuestra diligencia tengo de fundar las paces de esta amorosa contienda. Ninguno podrá servirte con tan rendida obediencia como yo; y esto mejor lo ha de decir la experiencia. Sabiendo su pretensión, . fácilmente con cautela podré excusarla, y mi amor remediará la dolencia. Oíd lo que determino para mitigar mi pena. Ya sabéis que por hallar más fácil aquesta empresa hice matar a Leonido. Ya averigué su inocencia, . y cómo murió sin culpa. Ya supe de la duquesa la causa que la obligó a mostrarse tan severa y confirmé por delito en él la mayor fineza. Pensando, pues, que hallaría más humana la entereza de Laura, ya contrastada de este enemigo la fuerza, la hallé tan firme en rigores, tan rigurosa en firmezas, muda tanto a mis caricias, y sorda tanto a mis quejas, que aun piedades de mujer he desconocido en ella. Un día que se mostró más templada en lo severa, ni del todo desdeñosa, ni bien del todo halagueña, con encarecidos ruegos, con suspiros y ternezas, me dijo que si deseaba hallar menos consistencia en su rigor, la dejase de su pobre humilde esfera volver a la posesión. Yo la di luego licencia, así por desvanecer los celos de la duquesa, como por imaginar que en esa rústica aldea podré lograr ocasiones que en palacio no tuviera. En fin, cuanto más en mí crece el amor, crece en ella el desdén, el desagrado, la ingratitud, la fiereza. Yo la ruego, ella se obstina; yo la sigo, ella se aleja; yo la obligo, ella me mata; yo me abraso, ella se hiela; yo persevero constante, y ella ingrata persevera. Y, así, en tan penoso estado; y, así, en tan fiera tormenta, o he de aventurar mi vida o he de sanar mi dolencia. Señor, no es bien que tu gusto tan grave pensión padezca, vénzase el peligro, aunque injustamente se venza. Bien desmiento mi pasión. . Clotaldo, eso es lo que intenta mi afecto. Hoy he de rendir este fuerte como pueda: o con suspiros y halagos, o con iras y violencias. Yo estorbaré tal acción. . Y de qué suerte lo ordenas? Yo saldré a caza esta tarde a este bosque, y porque tenga mi intento más disimulo, irá también la duquesa, que traza habrá para que dejarla en la quinta pueda. Vos habéis de adelantaros, sin que cuidado parezca, diciendo que a prevenir vais la caza; y con cautela sacar del logar a Laura, y del monte en la maleza detenerla hasta que yo llegue al sitio, cuando quiera en el túmulo de plata depositar sus madejas el sol, donde, pues ha sido tan rebelde su aspereza, lo que el ruego no alcanzare ha de conseguir la fuerza. El cielo, para mi dicha, . que esta ocasión se me ofrezca dispone. Qué respondéis? Hoy te darán la respuesta, no mis palabras, mis obras. Pues, conde, si de esta empresa salgo victorioso, un mundo para premiaros tuviera por poco. Sólo el serviros es paga de mi obediencia. Amor, si eres dios, no es mucho . que a tanto empeño te atrevas. Amor es tirano. En mí . disculpa lo injusto tenga. Laura, tu poder me obliga . Laura, tus ojos me fuerzan. . Perdóneme la lealtad. . Perdóneme la decencia. . Ya del ceño pavoroso de la Parca te vi preso. Más que natural suceso es misterio milagroso. El cielo Cbien sin error puedo llegarlo a entenderC un milagro quiso hacer por castigar a un traidor. Hoy, porque al aleve espante, te tuvo miedo la muerte, que aún del peligro más fuerte sale la razón triunfante. Padre y hermana, ya el puerto piso con seguro pie, aunque en el mar me juzgué con palideces de muerto. Ya el cielo compadecido dispuso bien justamente guardar mi pecho inocente de un envidioso bramido. Ya, pues, que mi dicha alcanza, libre de esa tempestad la grata seguridad de esta apacible bonanza, sacadme los dos de tanto golfo de dudas en que mi juicio inundar se ve con admiración y espanto. Porque tan funestas señas arguyen grave fatiga, sepa yo la que os obliga a vivir entre estas peñas. Si tú de nuestro tormento has de vengar la opresión, que la sepas es razón. Escucha mi voz atento. Anticípate al valor y al sentimiento, Leonido, porque no desprevenido te enajene este dolor. Tan grave la pena es? No puede ser más airada. Más me atormenta esperada. Decidla ya. Oye, pues. Ya sabes que eres mi hijo, y que en la estación temprana de mi edad naciste, fruto de una noble hermosa dama. Ya sabes de mi nobleza la heroica y justa arrogancia, pues hereda sangre altiva de los duques de Calabria. Esto sabes. Pues atiende a lo que a saber no alcanzas. Después que lloré el eclipse de mi adorada Rosaura, que pisa ya por alfombras esa celeste campaña, en quien tuve a Rosimunda, pues hermosa, desdichada, dejé una pobre aldeguela, donde pacífica el alma, sin recelos de tormenta, tranquila calma gozaba. Vine a la corte del duque. Favoreciome con franca generosa mano siempre, reconociendo estimadas en mí las obligaciones de deudo suyo. Fiaba de mi consejo el acierto de las materias más arduas. Y, en fin, siempre a su grandeza debí estimaciones tantas, que aun para lo agradecido incapacidad hallaba. Determiné en este tiempo que al vínculo se entregara de Himeneo Rosimunda, si bien ella no inclinada a sujetarse obediente a la prisión de casada, o medrosa o advertida la libertad recataba. Solicitábanla muchos, más por lo que interesaban que por lograr lo que fuera razón que les obligara; pero virtud y nobleza no es ya moneda que pasa. Quien permaneció entre todos con más rebelde, obstinada porfía y con más grosera presuntuosa arrogancia fue Clotaldo, que éste ha sido de nuestras penas la causa. Despreciole Rosimunda con iras tan declaradas, que ella se obstinaba más cuando más él la obligaba. Creció pertinaz en él de aqueste afecto la llama, y viendo que sus finezas eran diligencias vanas, buscó ilícitos remedios a sus fervorosas ansias. Con ruegos y con sobornos, alcanzó de una criada que una noche Cqué traiciónC le entrase en la misma cuadra donde Rosimunda... Espera, que mejor sabré explicarla que tú, señor, pues yo fui quien padeció la desgracia. Entró en mi cuarto osado y atrevido, de una infame criada conducido, cuando la noche tenebrosa y fría en la mitad del curso suspendía del humano linaje los cuidados en el horror del sueño sepultados. Yo, que entre el sueño y el desvelo incierta, ni bien dormida estaba ni despierta, oí confusamente un ruido lento de sordos pasos, que aunque en mi aposento la traición los guiaba, no cercano el rumor se declaraba. Asusteme y medrosa, más por cobarde que por animosa, con fe inocente y con incauto pecho, me incorporé en el lecho, remitiendo al oído de todos mis sentidos el sentido; si bien Cqué ciego abismoC temiendo averiguar aquello mismo que averiguar atenta deseaba Ctan confusa entre miedos fluctuabaC. Y a la dudosa luz de una bujía, cuya llama caduca se extinguía, pues sus trémulos rayos no eran esfuerzos ya, sino desmayos, percibí claramente un móvil bulto. Crecí en temores, confirmé el insulto, busqueme viva, halleme inanimada, di voces, pero en balde, a una criada, pues ella Ca buen sagrado me acogíaC las puertas Cqué rigorC cerrado había que al cuarto de mi padre paso daban. Y, así, en vano mis quejas se explayaban. Asaltome el traidor y falsamente, cariciosa intentó su llama ardiente templar mi pecho helado. Yo con furor airado, con saña venenosa, impaciente, obstinada, rigurosa, brotando rayos, esgrimiendo enojos, víboras exhalando por los ojos, me resistí rebelde en lo constante, escollo, bronce, mármol y diamante. Él, viendo inútil ya su diligencia, apeló a la violencia. Grillos puso a mis brazos. Quien entonces se hiciera mil pedazos. Procuré defenderme Cay, hado impíoC y halleme tan mortal y tan sin brío cuando más el valor solicitaba, que aun la defensa me desayudaba. Con triste llanto me quejaba al cielo: era inútil desvelo. Mis voces el silencio interrumpían: pero era en vano, porque no se oían. Quise halagueña mitigar su fuego: mas no lo conseguí, que estaba ciego. Desesperada ya llamé a la muerte: y hasta rigores me negó la suerte. Y, así Cgrave dolor, tormenta airadaC, me alcanzó la pensión de desdichada. Decir lo que sentí será imposible, que fue el tropel de penas tan terrible, que de palabras incapaz me hallo, pero bien le exagero, pues le callo. Apenas el sacrílego alevoso salió tiranamente victorioso, cuando Cqué infame palmaC cobarde huyó, dejándome sin alma. Ya mi padre, aunque en cuarto bien remoto, sintió la confusión del alboroto, temiendo, pues, suceso menos grave, abrió las puertas con maestra llave. Llegó a mi cuarto. Viome oh, pena esquiva! muerta al valor, al sentimiento viva. Pidió noticias del infausto caso. Supo, en fin, el fracaso, y tan mortal quedó de esta fatiga... Pero él la padeció, pues él la diga. Naufragante entre las ondas de esta sañuda borrasca, absorto y mudo quedé con vida, pero sin alma. Quién creyera Csuerte adversaC que tan infeliz desgracia no fuera de la fortuna la postrera flecha airada! Pues no lo fue, que otra pena rompió la débil muralla de mi pecho con tan fuerte, feroz, rigurosa saña, que pudo hacer competencia, si no llevar la ventaja, a la primera desdicha. Cuántas traiciones se enlazan de una traición! Viendo, pues, ese autor de nuestra infamia que a tan sacrílega culpa grave pena amenazaba, por imposibilitar de mis iras la venganza, y por obviar el castigo del duque, que fulminara riguroso, si supiera su temeridad profana, me imputó que con el rey de Sicilia frecuentaba estrecha correspondencia, a quien sangrienta batalla presentaba el duque entonces. Y, porque de más probanzas contase la alevosía, falseó con astuta maña en una carta mi firma, en que yo le aseguraba al rey la plaza de Termis, que en las contiendas pasadas el castellano Alderisio nos entregó. Comprobada, pues, esta falsa traición, viendo el duque que se hallaban de este alevoso delito evidencias confirmadas, al tiempo que yo dudoso de mi agravio en la venganza, discurría si era bien que el duque le castigara o que yo le redimiera, mandó que a la retirada prisión de un fuerte castillo, que de la corte distaba cuatro millas, me llevasen. Viví en él, sin esperanzas de que el luciente esplendor de la verdad aclarara de este engaño las tinieblas, tres meses, porque obstinada la ira del duque aun no admitía disfrazadas en un memorial las quejas que mi inocencia formaba. Supe, en fin, que cada día se iba empeorando mi causa, Y advirtiendo que el pelear con la razón no bastaba para alcanzar la vitoria, y que, muriendo, quedaba eterno mi deshonor, me dio la suerte una traza con que una noche Cqué dichaC pude, engañando a las guardas, librarme de la prisión. Saqué de una recatada reclusión a Rosimunda, y viendo cuanto importaba vivir ocultos y cerca del ducado de Calabria, llegamos a este fragoso desierto, donde no alcanza ya jurisdicción el duque, y entre sus broncas montañas hemos vivido hasta ahora en el traje de inhumanas fieras, confiando siempre de tu valor la venganza de estos agravios que eclipsan de nuestro honor las sagradas luces. Ea, pues, valiente, gallardo joven, restaura el acreditado abono de nuestra opinión. Aclara la niebla que el lucimiento de nuestra sangre profana. Descifra la obscura sombra que nuestra nobleza infama. Brille ya de la verdad la clara antorcha que apaga este engaño indignamente. Salga ya triunfante, salga imperiosa la razón. Quede a su poder postrada la altivez de la injusticia. Hallen ya nuestras desgracias en tu valor puerto, asilo, sagrado, amparo, bonanza, consuelo, aliento y remedio. Y halle en tu furia obstinada ese traidor enemigo estrago, tormenta, saña, asombro, destrozo, ira, rigor, castigo y venganza. Aunque temí rigurosa la pena, no tan airada la esperó mi pecho. Ay, cielos, aliento y valor me falta! Que ese traidor que intentó ser de la funesta Parca fatal, sangriento ministro contra mi vida, a las aras se atrevió de vuestro honor. Que ese aleve, con tirana, licenciosa mano, osó de vuestra ilustre prosapia borrar los nobles blasones. Oh, cómo ya no me abrasa de mis iras el incendio? Oh, cómo ya a la venganza no me apresto? Vive el cielo, que con hidrópica saña he de hacer que de tus venas copiosos raudales salgan de rojo humor! Vive el cielo...! Pero cesen amenazas. Lo que ha de decir las obras no lo digan las palabras. Oh, valeroso Leonido, con el triunfo de esta hazaña ilustrarás tu nobleza y eternizarás tu fama. Dame los brazos, y en ellos... Mucho, padre, te adelantas. Suspéndeme ese favor, que aún no lo merezco. Aguarda a que ejecutarse pueda por él, que es acción errada, cuando no obliga la deuda, anticiparse a la paga. Hasta que te haya vengado no he de merecer tus plantas. Ay, hijo, qué justamente fundé en ti mis esperanzas! Ay, hermano, qué segura nos promete la bonanza tu valor! Presto verás de ese enemigo postrada a tus plantas la cerviz. Y cómo de la venganza dispones la ejecución? Así mi enojo la traza. Montes, cuyas altas cumbres reyes del prado os aclaman; valles que tejéis alfombras del verde vulgo de plantas; fuentes que desperdiciáis golfos de líquida plata; aves que estrenáis risueñas los tibios rayos del alba; fieras incultas que sois el pueblo de estas montañas; elementos que ocupáis esa cóncava campaña; cielos que tenéis por centro toda la máquina humana: no os invoco compasivos a lo airado de mis ansias, todos funestos os ruego que me ayudéis a llorarlas. Oh, suerte rigurosa en pena tanta, cómo no muero si me falta el alma! Bien lo has ordenado. Pues atiende a otra circunstancia. Válgame el cielo! Allí veo dos racionales humanas fieras, pues si bien se advierte, la apariencia los declara brutos, pero en lo interior hombres el juicio los halla. Mujer es la una, y no poca admiración me causa su hermosura. Entre lo espeso de estos sauces, recatada quiero escucharlos atenta. Esto mi discurso alcanza. Esto es lo que más conviene. Esa es la más acertada resolución. Pues, si lo es, yo me parto a ejecutarla. No puede hacerse capaz . mi oído de sus palabras. El cielo ayude tu intento. El cielo ampare tu causa. No temo peligros, pues me da la razón sus armas. Ay, Laura, si ya del duque...! Pero si el honor me llama, cómo respondo a un afecto? No he de acordarme de Laura. Pero qué miro! . Ay de mí! . si es ilusión que me engaña? Ella es. De qué estoy dudoso? . Él es. Confusión extraña! . Un hielo soy, aún no puedo... Qué de sospechas me asaltan! . Entre el pesar y el placer . me advierto indeterminada. Pues, cómo... Pues, de qué suerte... . cuando yo... . cuando juzgaba... . que en la Corte... . que tu muerte... Y que ni aún formar palabras... Leonido soy, no te turbes. Quiero primero que salgas de esta duda, que después, de un recelo que me mata el veneno apuraré. En la maleza intrincada de estas breñas, me asaltó, con más gente que ocultaba prevenida en la espesura, ese Clotaldo. Fue vana mi resistencia. Caí desde una peña elevada a un valle profundo, donde Cquién no lo admira y extrañaC en dos salvajes incultas hallé piedades humanas. Luchando ya con la muerte, les rogué que me llevaran a esa aldea. En fin, el cielo, providencia soberana, permitió que mi inocencia de este riesgo se librara. Pero tú, Laura Cay de mí!C, cómo cuando te juzgaba en la Corte, en ese traje te hallo entre brutas montañas? Estas señales me anuncian alguna fiera borrasca. Quién creyera, cuando ahora lloraba desesperada tu muerte, que el verte vivo, Leonido, no me alegrara. Pero qué mucho, si hallé en tu amor tan gran mudanza? Suspender quiero esta queja, porque tú te satisfagas de esos celos que has fingido, que no te llegan al alma. Desde que se divulgaron de tu muerte las infaustas nuevas, en su pretensión, con más ciega pertinacia, insistió el duque, aunque siempre fue invencible mi constancia. Cauta, le propuse un día, por huir de su tirana opresión, que si su afecto menos cruel me deseaba, me permitiese volver a mi antigua retirada habitación. Él me dio licencia, porque juzgaba entonces que me hallaría en la aldea más humana, si bien no el mudar de esfera hizo en mi pecho mudanza. Porque aquí he vivido siempre a más cuidados negada que a llorar con tristes quejas, que a servir con tristes ansias el estrago de tu vida, que ya por cierto juzgaba. Mira qué finezas éstas y mira qué bien las pagas, pues te hallé ahora Cqué pena!C hablando en contienda grata con una mujer, que aunque el traje la acreditaba fiera, logra en la hermosura aplausos de soberana. Y aún no sólo contra ti tengo tan ciertas probanzas, sino también Cah, traidor, el sufrimiento me falta!C haberte oído decir no he de acordarme de Laura+. Laura, la satisfacción de esas culpas que me achacas, aunque la recate ahora, porque importa recatarla, presto te asegurará de que siempre venerada permaneciste en mi pecho. Mas la confusa batalla de sospechas que perturba mi sosiego no se aplaca con esos descargos, mas a matarme se adelanta. Porque si dices que el duque obstinado porfiaba en solicitarte, cómo se compadece o se casa esto con decir después que te dio licencia, Laura, para volverte a la aldea? Laura, otra disculpa busca que ésta te ha salido falsa, y el cielo te aguarde. Espera. No puedo, porque me llama una pasión poderosa. Escucha, Leonido, aguarda. Hay tormento más airado? Hay pesar más riguroso? Que se despida quejoso quien se declara culpado! No hallé a Laura en el aldea, mas ya sé que en la espesura de este bosque su hermosura brillantes rayos franquea. Hoy he de salir triunfante de tan riguroso mal. Impídelo lo leal, pero puede más lo amante. No hallo remedio al dolor . que me atormenta. Ya veo, si no me engaña el deseo. Ella es. Ayúdame, amor. Laura! Quién me nombra? Quien mitigar intenta ciego, con el ardor de su fuego, el hielo de tu desdén. Quien adora tu belleza y llora poco dichoso que aun no halle en tu rostro hermoso un agrado con tibieza. Quien... No prosigas, y advierte que antes, muere a la esperanza, que en mi firmeza mudanza, verás, Clotaldo, mi muerte. Que no te deba mi amor... El desengaño agradece . que ha ya un año que padece. Será eterno mi rigor. Sufra ahora mi dolencia . lo que el remedio tardare, que si el ruego no bastare, yo apelaré a la violencia. Pues, oye, ingrata, lo que debes hoy a mi cuidado, aun cuando tan despreciado de tu hermosura se ve. Si nace del interés de tu afecto el obligarme, es cansarte y es cansarme. Oye y mátame después. Ya se precipita el sol al voluble monumento de cristal. Ya cuidadoso Clotaldo... Mas ya le veo hablando con Laura. Oh, cuánto a su diligencia debo! No me han visto. Quiero, pues, de este bosque entre lo espeso escuchar cómo persuade lo rebelde de su pecho. El duque sale a este monte a caza. Pues vano intento será buscar en la Corte a mi enemigo. Yo quiero... Pero Qué miro? No es Laura y Clotaldo los que están? Cómo mis iras refreno? Pero quiero reportarme hasta apurar el veneno que ha sobrevenido al alma. Entre estas ramas atento he de escucharlos, que poco durará mi sufrimiento. Como siempre, el interés es blanco de tus intentos. Si dices que de un peligro me has de librar, cómo luego a los umbrales me expones de otro tan vigente riesgo? Quieres impedir que el duque me asalte osado y resuelto, y estás profanando tú de mi honor los sacros fueros? Parece que se resiste. Qué escucho? Válgame el cielo! . Advierte que yo no aspiro a ser estrago grosero de tu decoro. Que solo rendido, Laura, al imperio de tu beldad, solicito que la fuerza de mis ruegos te alcancen algo piadosa, que el vínculo de Himeneo ha de enlazar nuestras almas. Mira si es más verdadero mi amor que el del duque, pues yo para mujer te quiero, y él te busca para dama. Y pues tan cortés pretendo... Ah, traidor! Dudando estoy lo mismo que estoy oyendo. Repara en que... No te canses. Mira, Laura... Es vano intento. . que mi amor... No he de admitirle. . que la ocasión... Nada temo. Pues la fuerza ha de vencer lo que no ha podido el ruego. Antes, traidor, de mi enojo... Antes, traidor, de mi acero... Señor, advertid, pues como vivo... Qué terrible aprieto! Leonido, cuando juzgaba... . El duque, cuando resuelto... . Pero yo por qué me turbo? Pero yo por qué suspendo? Señor, aunque son tan justas vuestras iras contra el pecho de este traidor, advertid Crendidamente os lo ruegoC que importa que suspendáis la ejecución. Qué estoy viendo? Piadoso conmigo quien debiera...? Pues cómo, cielos, defiende a quien fuera justo que castigara severo? Que de este castigo sea . Leonido el impedimento! Pues qué razón os obliga? La razón estadme atento. Aunque merece Clotaldo la muerte por el suceso presente Cdejando aparte que en este monte soberbio me dejó ya de mi vida postrando el último aliento, si bien milagrosamente quiso que viviese el cieloC, por más enormes delitos es digno del más sangriento castigo que la justicia ha dado por escarmiento. Ya os acordaréis, señor, de que Albano, vuestro deudo, perdió el sagrado lugar que en vuestra gracia le dieron los favores que le hacíais, por la culpa Crigor fieroC que este aleve le imputó. Pues advertid, duque excelso, que fue falsa acusación, que de su inocente pecho en la lealtad jamás cupo tan enorme desafuero. Y oíd lo que le obligó a esta traición, que no es menos grave crimen. Ay de mí, que esto escuché! Apenas puedo... De Rosimunda, su hija, con pertinaz ardimiento solicitó la hermosura; si bien siempre con desprecios desengañaba su amor. Viendo, pues, él que los ruegos para conseguirla grata eran inútiles medios, quiso alcanzar imperioso lo que no pudo halagueño. Entró en su cuarto una noche, y osadamente grosero, la torpe sed satisfizo de su profano deseo. Y, en fin, temiendo de Albano la venganza y el severo castigo de vuestro enojo, por salir de aqueste empeño, se empeñó en esa traición. Yo, pues, gran señor, no quiero que fácilmente os mováis a creer lo que os refiero. Jurídicamente es bien que se averigue. Yo apelo de la primera sentencia a vuestro mejor recuerdo. Yo me obligo a presentar a Albano. Tenedle preso en un fuerte, y permitid que los jueces más atentos puedan sustanciar su causa. Fulminen contra él severos, aún por el más leve indicio, el castigo más sangriento. Salid vos de aquesta duda, y salga él de aqueste riesgo: o a dar a su honor la vida, o a dar a un verdugo el cuello. De que es verdad lo que dice evidentes pruebas tengo, que quien a mí se atrevió no dudo que tenga esfuerzo para emprender temerario el mayor atrevimiento. Traición grande! En este caso con prudente atención debo portarme. Ya contra mí se han conjurado los cielos. Yo confieso, gran señor, que de una pasión el ciego grave impulso me obligó a incurrir en tantos yerros. Confieso que me negué de la razón al imperio, grosero eclipse, me opuse al glorioso lucimiento del honor, de la lealtad de Albano, temiendo el ceño de vuestro enojo. Hombre soy, el ser me disculpe, puesto que naufragamos errantes entre peligros de afectos. Dadme ya mil muertes, pues justamente las merezco. Gran señor, pues él confiesa con humilde rendimiento el delito, si benigno perdonáis vos el grosero desacato cometido contra los sagrados fueros de vuestro gusto, advertid que desde luego me ofrezco de parte de Albano a que se elijan piadosos medios para que él de sus agravios pueda quedar satisfecho, casándose con su hija, que éste es preciso remedio. Redime su deshonor, que de su lealtad ya el crédito dignamente ha restaurado, y mirad que aunque procedo piadoso, no es la piedad la que me ha obligado a serlo, sino el presumir que es éste, en tal suceso, el acierto más conveniente. Decidme cómo vos con tanto afecto de Albano... Señor, yo soy Cestrecho es el parentescoC su hijo. Cómo? Después se apurará este secreto. Si esto es así, cielos, ya . mis esperanzas murieron. Decid si ahora venís en esto que os he propuesto. El perdón castiga más en semejantes excesos. Y, así, porque es más rigor que no muera, vengo en ello. Pero no viva en la Corte. Salga de esterrado luego de Calabria. En ese bosque os hemos oído atentos, y a vuestros pies, gran señor... Dadme los brazos, y en ellos... Pero cómo en este traje? Entre estos montes soberbios, ocultos hemos vivido como veis... Pero qué veo? No es Laura? Advertid, señor, que falta ahora un secreto que averiguar: Laura es vuestra hermana. Qué oigo, cielos? Qué es lo que escucho? Pues cómo? En el juvenil esfuerzo de sus años, vuestro padre tuvo aqueste fruto bello en una dama, y a mí me encargó que con secreto hiciese que se criara en ese albergue grosero. Pues dame, hermana, los brazos. Señor, con justo respeto llego a vuestros pies. Albano, yo quiero satisfaceros de lo que habéis padecido injustamente con premio debido a vuestra lealtad. Dé Leonido a Laura luego la mano. Ventura grande! Tu esclavo seré. El silencio agradezca este favor. Y Rosimunda, supuesto que así su honor recupera, la dé a Clotaldo. Yo llego indignamente a esta dicha. Ya, Clotaldo, no me acuerdo sino de que soy tu esposa. Yo me aparezco santelmo después de las tempestades. Advertid, duque supremo, que hasta ahora estoy por saber lo que es entretenimiento; y si algo me habéis de dar, sea en la aldea, que no quiero más corte en toda mi vida. Con más cuidado me ofrezco a pagaros. Vuestras pagas quedan en dicho, no en hecho. Y aquí tenga fin la farsa; y, pues nos dice su texto, que el perdón castiga más, merezcan perdón sus yerros.
