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Texto digital de Las pérdidas del que juega

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las pérdidas del que juega. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/perdidas-del-que-juega-las.

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LAS PÉRDIDAS DEL QUE JUEGA

Un año hizo cabal ayer que Dios se llevó a tu padre, y que él pagó la deuda de ser mortal. Con muy diferente intento lo habemos los dos contado; tú, Hernando, con el cuidado y yo con el sentimiento. El día que le perdí prohijé tantos cuidados que ya los gustos pasados Serán ruinas para mí. ¿Cien mil ducados no tienes? Mil veces ciento, que son la décima de un millón en joyas, dinero y bienes. Mil ducados vi contar ayer y me parecía que en toda España no había más dinero que juntar; y multiplicando allí hasta cien mil, arrojando, perdiendo y desperdiciando, juzgo y me parece a mí, que no darás en tu vida fin a la distribución. Con tu corta inclinación le has tomado la medida. El que nació generoso y a dar inclinado, creo que solo con el deseo llegará a ser poderoso. Un río pudiera, Hernando, servirte de ejemplo aquí. pues lo más que tiene en sí es lo que siempre está dando. Y así los hombres que son inclinados siempre a dar con todo van a parar al mar de su inclinación. De más de que los cuidados nacen del mal y del bien y en las riquezas también está mil veces fundado. De anhelar y padecer nadie se puede escapar: quien tiene, por conservar; quien no tiene, por tener. Cuando mi padre vivía como tal me aumentaba, y todo lo que él guardaba era lo que yo tenía. Y, aunque algún hijo se ofenda, que vale en decir me fundo el peor padre del mundo más que la mejor hacienda. Pues has hecho el cabo de año, muy bien te puedes vestir, bizarrear y lucir, sin que ninguno en tu daño murmure. Cumplido ayer, no será, Hernando, razón que tan a plana y renglón venga el pesar y el placer; que de mí decir podrán que estaba esperando el día cuidadoso. ¿Todavía te atormenta el qué dirán? No hay reloj tan ajustado que alguna vez no desmienta lo puntual de la cuenta pródigo y desconcertado. Dale al tiempo lo que es suyo, como Séneca decía; haz sujeta monarquía a tu poder lo que es tuyo. Que tu padre bien se sabe que solamente gozó, en los bienes que guardó, la posesión de la llave. Haz la razón, si te place, a los brindis del amor, que este es el plato, señor, que agora más satisface. Y si el pensar te importuna, que hay cansadas pretensiones con prolijas dilaciones, yo conozco más de alguna de garbo, rumbo y flore o, fácil en toda conquista y que acepta a cara vista cualquiera letra el deseo. Y aunque es verdad que yo temo al que rico se enamora andar al uso de agora almagrar y echar a extremo. Buenos documentos das. Yo aconsejo lo que hiciera. Pues yo solo hacer quisiera lo que sé que tú no harás. Y vendré a ser el criado del astrólogo. Sabía que su amo no decía cosa en que no hubiese errado, y contraponiendo el modo, con solo escribir después un pronóstico al revés del suyo, acertaba en todo. Señor; el sastre ha traído dos vestidos. ¿Dónde está. Dejoles y fuese ya. ¿Sin dineros? No ha querido Llevarlos, que en tu poder Dice que le excusarán El guardarlos. Siempre dan este crédito al tener. De suerte está introducida tu opinión que no hay ninguno, contados uno por uno, que no te fíe su vida. Ser puede por varios modos, por tu virtud, tu caudal tesorero general de las haciendas de todos. En eso puedes juzgar que nunca, Hernando, el prudente granjea viciosamente la opinión que le han de dar. Seas Guzmán, bien venido. ¿Hiciste lo que mandé? Sí, señor; tu gusto fue justamente obedecido. Después de distribuir en pobres necesitados y enfermos los cien ducados que mandaste repartir... Hecho el bien, en no tener memoria el valor consiste. Olvida siempre el que hiciste pensando en el que has de hacer. La buena obra ofrecida, que en sí misma está premiada, lo que ganó ejecutada pierde después referida. Y así, con decir que has hecho lo que mandé, cumplirás conmigo sin decir más. Conocido está tu pecho. Mas lo que quiero decirte es un caso peregrino, tan piadoso, que imagino has de poder persuadirte, a lágrimas por despojos, en fe de tu sentimiento, porque ya subirlas siento del corazón a los ojos. Después de haber repartido con el enfermo postrero mi lástima y tu dinero de su miseria instruido, una mujer me llamó de una pequeña ventana, en cuya piedad cristiana de su virtud me informó. «Yo sé -dijo- que buscáis pobres para Hacerles bien y sé de parte de quién tal virtud ejercitáis. Y así, os pido humildemente que en ese aposento esquivo, sepulcro de un hombre vivo, que estáis mirando allí enfrente, visitéis un caballero que enfermo de pobre está, que él, aunque calle, os dirá lo que referir no quiero. Su misma cama ha de ser quien en tanta adversidad diga su necesidad; que yo, para encarecer la desdicha a que ha venido, basta el deciros aquí que ha recibido de mí lo que algún día ha comido. Sabe el cielo que quisiera poderle yo disfrazar su pena, sin dar lugar a que otro la conociera. Pero soy pobre, señor; que lo más que puedo hacer en su mal es conocer, por la experiencia, el dolor.» Di crédito a sus razones, en el aposento entré, donde en una cama hallé un alma y dos corazones; que el que tan míseramente a padecer se percibe, aunque por un alma vive con dos corazones siente. ¿Quién piensas tú que sería el que hallé en tan pobre estado, tan mísero y desdichado? Dímelo, por vida mía. ¿Quién? Tu amigo don Bernardo, El que en la corte triunfaba, el que animoso jugaba y enamoraba gallardo; el que le dio al amor ciego, venda azul, arco dorado, y el siempre lisonjeado de los zánganos del juego. El llevado y el traído al Prado de coche en coche; el esperado de noche y de día persuadido. Y, finalmente, el que oyó del cónclave sin segundo: No hay tal hombre en todo el mundo». Es el que hoy he visto yo en una camilla, pobre, tan humilde, que besaba el mismo suelo en que estaba. ¿Es posible que me sobre tanto a mí y él, que se vio tan alto, esté tan caído, tan pobre y tan abatido? Apenas, señor, me vio cuando, en lugar de alegrarse, con suspiros detenidos hizo lenguas los sentidos, si bien fue para turbarse. Porque en los nobles recelo que cuando es tal el dolor entra primero, señor, la vergüenza que el consuelo. Pregunté su enfermedad; pero el aposento yermo respondió que estaba enfermo de mucha necesidad. Y qué, ¿no te dijo a ti que lo remediase yo estando así? Señor, no. Muy poco espera de mí quien sabe que puedo darle remedio y no me le pide. Pero, pues tanto se mide con su ser, yo he de obligarle a que no llegue a inferir de mí que puedo negar, excusando con el dar, la vergüenza del pedir. De dos vestidos que están en casa, llévale el uno, y no digas a ninguno que yo se le doy, Guzmán. Que si es culpa, he de vencerla, pues sería necedad el darle a mi vanidad parte en lo que doy sin ella. Mañana, a mi parecer, se podrá, señor, llevar. Resuelto una vez a dar, sin dilatarlo ha de ser, que ese es gusto detenido, y donde hay obligaciones nunca el dar con dilaciones fue del todo agradecido Yo voy. Cuando campeaba con tantas prosperidades, ¿por qué de las variedades del tiempo no se acordaba? Y no padeciera así sin dinero y sin disculpa. El sentimiento en su culpa es el que rue toca a mí, porque aunque es en causa ajena, solo debo yo, en rigor, no examinar el error para remediar la pena. Los vestidos quiero ver, haz que los saquen aquí. Jugadorcito nací, hoy desnudo y rico ayer. Aunque hasta aquí no he sabido la desdicha que ha pasado, de no haberla remediado estoy en parte corrido. ¡Jesús, pobre caballero! Tanto mal, viviendo yo rico en el inundo! Eso no, siendo amigo verdadero. ¿Cuál llevarás? ¿Este? sí. Ese, que es el más costoso, se queda acá. Generoso mayordomo para mí. Llévale el mejor, Guzmán y advierte cuando pusiere en tus manos lo que hiciere que nunca los nobles dan lo peor si dan con gusto. Hasta ahora que lo sé disculpadamente erré y ya obedecerte es justo. En este bolsillo van ducientos escudos de oro. ¡Cuerpo de Dios! Un tesoro para el enfermo serán. De la cama ha de saltar a solo probar la enano, que un tahúr siempre está sallo si lo puede ejercitar. Y aunque son causas distintas, con pintas de tabardillo, con asma y con garrotillo sanará contando pintas. Mira que no ha de saber que va este dinero aquí. La intención, señor, me di. No es más de solo querer. Pues él pudo tener hoy valor para no pedirme, imitarle en reducirme a dar sin decirle doy. Del vestido, ¿qué diré? Que no salió a gusto mío te di y que yo se lo envío para que después me dé, si hubiere alguna ganancia, lo que él mismo tase allá. Sobre buena finca va. Ello son pueblos en Francia pensar que siendo, señor... Basta, Herrando, que es mi amigo y está ausente. Solo digo... ¿Qué dices? Que es jugador. Adonde quiera que esté no deseo más que buscarle y prenderle. Esta es la calle. ¿Y la casa? No la sé; que lea poco que se mudó con recelo y con temores de más de veinte acreedores que le dieron, como yo, su hacienda para jugar v agora en duda la esperan. Y o sé que no se la dieran tan presto para casar una Huérfana. Es voltario y daba cuando ganaba algo más con que obligaba. Ese es logro voluntario: el concierto viene a ser de la trampa y la codicia. El no pagar no es malicia en él sino el no tener. Pero quiero mejorar mi deuda con ser primero; que siempre tiene el postrero menos derecho a cobrar. De una vez sola perdió, según dicen, mil ducados. Diolos el naipe prestados, cumpliose el plazo y cobró. Él ha de salir o entrar hoy en su casa y podemos esperarle aquí. Esperemos, aunque hay quien para jugar quisiera zurcir un día con otro si está picado. La asistencia y el cuidado de esto irá por cuenta mía; que muy bien sé agradecer lo que se hace por mí. Y yo sabré estarme aquí dos días si es menester. Hidalgo: por cortesía os suplico me digáis si en esta calle habitáis. No, señor. Saber quería si vive aquí un caballero que se llama... El nombre aguardo que me digáis. Don Bernardo. Si no es que sois forastero o no jugáis, no creeré que no le conocéis.. Sí, conózcole como a mí; pero su casa no sé. Id con Dios. Muy bien negada está, que a nadie creo yo que la justicia buscó jamás para darle nada. A don Juan he de avisar por si es esto alguna cosa para el otro peligrosa y que él pueda. remediar. Jamás esperé en mi vida a nadie que haya venido. General desgracia ha sido de todos reconocida como el decir caminando si llueve pique yo saliese bastó para que lloviese» y los que pierden jugando. «Juro a Dios que no me acuerdo jamás de poder ganar y quedé yo en porfiar sabiendo que siempre pierdo.» Y sin causa y sin razón hay un género de males que han dado en ser generales por ser común la opinión. Don Bernardo viene allí. Y que ha ganado es muy llano, que trae la bolsa en la mano. A lindo tiempo acudí. Sin duda quiso ponerse el vestido y se olvidó la bolsa en él; pero y o soy quien soy y ha de volverse. Escudos son: ¡ah poder, y que claras muestras das de tu valor donde estás! Esto de salir a hacer la cuenta a la calle es dar a entender, a mi ignorar, que ha negado la ganancia y se muere por contar. ¡Escudos son, vive Dios! Y tan divertido está que ni ve ni siente ya. Lleguemos juntos los dos. Con orden particular que de un mandamiento tengo a llevaros preso vengo. ¿Y es la causa? El no pagar cien escudos que debéis a Celio, que está presente. Confieso el ser delincuente si por delito tenéis deber y no haber pagado por no tener. Hasta aquí pudiera creerlo así; pero no estando informado de esa bolsa que está llena de escudos, mal me daréis a entender que no tenéis. ¿Pues qué importa siendo ajena? La disculpa general de todos los jugadores es esa. Treinta acreedores tenéis, y os está muy mal ir preso, y será mejor que mi deuda me paguéis. porque en la cárcel haréis vuestra desdicha mayor. Lo que me deben a mí cobraré para pagar. Eso se ha de negociar con la parte que está aquí, que yo bien echáis de ver lo poco que puedo en eso. Sin duda le llevan preso. En lo que para he de ver. Pues que vos podéis pagando redimid la vejación del disgusto y la prisión. ¿De qué sirve ir alargando el plazo y la cortesía cuando alarde nos hacéis y el dinero que tenéis? Que paguéis con gallardía quisiera y sin artificio; que la parte ha de cobrar o me habéis de perdonar, porque yo he de hacer mi oficio. Tan desdichado he nacido, que aun me dejo la opinión de pobre en esta ocasión por verme más afligido, ¡Ah suerte aleve y traidora!, Por la fe de caballero que llevaba este dinero a su mismo dueño agora, y que si no aventurara mi honor en no le llevar no solo con el pagar las razones excusara, pero aun la resolución del prenderme. ¿Qué he de hacer agora en esto? Poner a don Bernardo en prisión. Vamos muy enhorabuena; que pues no tengo disculpa en la deuda ni en la culpa, bien es que pague la pena. Aunque yo no puedo estar; preso habré de obedecer: que vos venís a prender, pero no podéis juzgar; ¿Qué es esto? Este caballero, en tanto que no satisfaga un deuda que no paga va preso, y tiene dinero. ¿Quién es la parte? Yo soy. ¿Queréis confiar de mí esta deuda? Señor, sí; mi derecho en ella os doy. Y cuando tanto no fuera vuestro crédito y valor, con mi persona, señor, y con mi hacienda os sirviera, por la virtud conocida de vuestro cristiano pecho. La merced que me habéis hecho está tan agradecida que he de hacer que os pague aquí. Don Bernardo. Si tenéis dineros, ¿por qué queréis ir a la cárcel? Por mí le habéis luego de pagar. En vuestro vestido hallé este bolsillo; y no sé que sea bien hecho el dar a nadie lo que no es mío. Y no solo no pagara, aunque a la cárcel llegara, pero si un tirano impío a mi vida se opusiera para despojarme de él, agradecido y fiel, a vos solo os le volviera. Según eso, ¿no tenéis entera satisfacción de mí? Tenerla es razón para estimar lo que hacéis y no saber resolverme a más que justificarme, que si es justo el confiarme no lo será el atreverme. En una fe verdadera poco sabe confiar quien se adelanta a cobrar la buena obra que espera; de más de que es tiranía si el crédito que yo gano honrándome vuestra mano pierdo en tomar de la mía. Estos escudos os doy, si es que olvidado se os han, porque nunca yo, don Juan. lo estaré de lo que soy. y en el bien que he recibido podéis quedar satisfecho con pensar que lo habéis hecho por un hombre bien nacido. De vuestro honor me informáis como si yo lo ignorara. Si perdiera el ser, me holgara que se hallara en vos. Mostráis con hacerme tal favor el intento valeroso de pecho tan generoso. Esta es deuda y no valor. Cuando mi padre vivía y escasamente guardaba en vuestra amistad hallaba todo cuanto no tenía. Y ahora que de los dos soy el poderoso aquí, quiero yo que halléis en mí todo lo que os falta a vos. Que mal sabe confiar el hombre que no se atreve a pedir a quien le debe sabiendo que puede dar. Y como ya el padecer a pedir no os obligó también quise daros yo sin daros qué agradecer. Ese dinero traía mi deseo y mi cuidado y vino más que olvidado a pagar lo que debía a vuestra necesidad; ligo en parte, que en el todo, con más descubierto modo y con mayor cantidad no pienso que os satisfago; porque vos cuando me disteis, por obligarme lo hicisteis, pero yo os doy porque os pago. ¿Qué es lo que debéis aquí? Cien escudos me prestó Celio. Aquí los tengo yo. ¿Y este no es dinero? Sí. Pero hoy habéis de probar la mano que podrá ser que volváis a vuestro ser si a vos os le puede dar el dinero. Ya he jurado de no jugar, y es forzoso el cumplirlo. Ganancioso del perder habéis quedado. Pero mirad que imagino que no lo habéis de cumplir por lo que suelen decir vulgarmente, y no me inclino a pensar que pueda ser cumplido en juego ni amor, ni voto de jugador ni promesa de mujer. Plega a Dios estadme atento. El proponerlo es mejor, que en los hombres de valor la palabra es juramento. Si yo jugare, rabiando muera, plega a Dios primero; porque no es solo el dinero el que se pierde jugando. Otras pérdidas mayores del juego en decir me fundo que nos hacen en el mundo a los hombres inferiores. Mi casa, de aquí adelante, por vuestra habéis de tener, porque en todo me ha de ser vuestro consejo importante. Consultar mis culpas quiero, y será menor la mía teniendo en mi compañía un amigo verdadero. Y cuando en lo que pretendo hacer yerre consultando, errar quiero preguntando más que acertar presumiendo. Esto os debe, don Bernardo; tomad, que a mí me lo dio. Nunca esperé menos yo de proceder tan gallardo. En este diamante va la parte que a vos os toca. Hoy se acrecienta en mi boca la opinión que el mundo os da. ¿\ o hay contra tantos errores justicia? Si es la piedad ley en los nobles, entrad por esa puerta, señores. Remediaréis la intención de un hombre determinado. Que en la piedad el cuidado os obedezca es razón. ¡Huye, Teodora! Es en vano pensar que se ha de escapar de mí. Harete yo cortar la injusta y resuelta mano. ¡Que no estuviera aquí agora mi padre! ¡Pues, vive Dios, que habéis de pagarlo vos, infame! Tenle, señora. Nunca con él me casaras. No pensó, Teodora mía, el amor que te tenía que en un hombre granjearas tan villano proceder. La justicia viene allí. ¿Pues qué me importará a mí que venga, si es mi mujer? Juez de sus culpas soy. ¿Qué es esto? La injusta vida de aquella cara ofendida por breve respuesta os doy, que sus injurias dirán de este hombre la tiranía. Advertid, señora mía, que está aquí el señor don Juan. Disculpe mi inadvertencia mi enojada confusión. Yo pudiera, con razón, a tan divina presencia dar esa misma disculpa; que al esplendor generoso, señora, del sol hermoso de vuestros ojos sin culpa, de torpes inadvertencias pueden quedar suspendidos en un cuerpo los sentidos y en un alma las potencias. Porque es tal la perfección que en vos miro, que he quedado justamente transformado en mi propia admiración. Preso os tengo de llevar. Llevadle o lo haré saber a un alcalde. Es mi mujer y la puedo castigar. Solo tienen permisión las injurias de la boca, y lo que agora me toca a mí es hacer la prisión, , pero no juzgar la ley. No he de ir preso, ¡vive Dios!, o hemos de rodar los dos sobre ello. ¡Favor al Rey! Señora, por Dios te pido que no le dejes llevar, ofender ni maltratar, que, en efecto, es mi marido, y después he de ser yo quien venga a pagarlo todo. No me descontenta el modo; lindamente lo agarró. Que no le llevéis os pido, si es posible. Vuestro gusto para mí es ley; y así, es justo que seáis obedecido. Si un hombre hubiera, señor, muerto, también le dejara cómo a vos os importara. Estimo tan gran favor. Buen arte de caballero es el que tiene don Juan., De discreto y de galán le dan el lugar primero. Tampoco es de desechar el otro que con él viene, su poquito de alma tiene en el talle v el mirar. Excusar al fin procura vuestra lealtad su prisión. Fueros justísimos son del reino de la hermosura. Y perdonen los enojos que habéis podido tener, que esta vez le ha de valer el templo de vuestros ojos. Que aunque es verdad que faltó su corta capacidad a tanta divinidad y ya con sangre violó las aras de tal sagrado que salga es injusta cosa de vuestra presencia hermosa ninguno a ser castigado. De don Pedro de Luján sé que sois hija, y que el cielo no ha dado criatura al suelo de más partes, porque están juntas en vos compitiendo la juventud y el honor, la hermosura y el valor, y también sé que venciendo con igualdad su grandeza que os hizo en decir me fundo un fénix raro en el mundo de Dios la suprema alteza. ¿Qué es esto? Pagar, señor, con uno y otro cuidado Gonzalo el haberle dado mujer honrada y honor. Tras de venirse a amparar Teodora donde vivía con más regalo algún día y segura de pasar la vida que con él tiene, hasta esta sala llegó donde, atrevido, la hirió. Solo el huir me conviene. Y viendo que en mí no hallaba el amparo que pedía y que él matarla podía según colérico estaba, mi prima, de una ventana, descompuestas voces dio y el señor don Juan entró, en cuya piedad humana halló amparo su intención; cuando preso le llevaba un alguacil que aquí estaba, con piadoso corazón, de su natural tan propio, pidió por él. Solamente es un rasguño en la frente y lo demás fuera impropio. Podrá mandar, como es justo, mi casa el señor don Juan, que en ella leyes serán los preceptos de su gusto. Si aquella sangre estuviera en mi rostro, y me mandara que el delito perdonara, libre el ofensor se fuera. Don Juan Ribera de Andrada vuestro padre, que en el cielo esté, siendo yo mozuelo, fue en Flandes mi camarada y mi amigo el más fiel. En un día recibimos el hábito, y juntos fuimos a la jornada de Argel, en una misiva galera Fernán Cortés, él y yo; por señas de que quedó, sí, aquel año pienso que era, preñada aquí vuestra madre; y acuérdome de un favor que hizo el Emperador a Cortés y a vuestro padre. Después ya de haber pasado aquella borrasca fiera, por fin, el sol en su esfera dijo, vuelto al mar impío: «Si es que escapado se han Fernán Cortés y Don Juan, el inundo vendrá a ser mío.» En diversas ocasiones sirvió con tal valentía que, cuando memoria Hacía de sus heroicos blasone;, siempre le daba el lugar que por su espada ganó. El de esos pies debo yo con mis labios ocupar, que en el afecto amoroso con que de in¡ padre habláis un corazón me enseñáis amigable y generoso. En papeles que he rompido, de un escritorio he hallado cartas vuestras que han mostrado lo que aquí habéis referido; que en una, si no me engaño, desde Ceuta le ofrecíades un caballo que teníades. Es verdad, y era un castaño; Llamábase «Pensamiento», y si corría mostraba que en pies y manos llevaba hecho pedazos el viento. Tres moros en él maté una tarde en Berbería. Honor del Andalucía y rayo en África fue. Bravamente se acreditan con la persona los hechos; nada en cuantos tienen hechos mis pensamientos le quitan; que ya me parece a mí, solo de oírlo contar, que le he visto alancear los moros que ha dichaquí. ¿Por qué te hirió tu marido? Por lo ordinario, señor. Bástale el ser jugador. Después ya de haber perdido de mi dote y mi ajuar todo cuanto en casa había esta cadena quería quitarme para jugar y tras mí vino impaciente aquí, donde me dio agora, delante de mi señora, este rasguño en la frente después de un mal tratamiento, como si pudiera ser del jugar y del perder la culpa mi casamiento. Seis meses ha justamente que anda empeñando y vendiendo, y aunque reducir pretendo un error tan imprudente de que puedo ser juez, sus culpas, señor, me niega con decir que solo juega por ver si gana una vez. Eso fue en un tiempo mío, y con un nuevo escarmiento ratifico el juramento. De tu quietud desconfío si en él ese vicio ha dado. Para vivir de esa suerte, vuélvete a casa, y advierte que no hay tan dichoso estado como vivir sin disgustos. Esta casa, señor, fue la cuna en que me crie y que te obedezca es justo. Teodora, señor don Juan, fue aquí dos veces criada; rabió por verse casada, que las mujeres no están libres en sí, según creo, y después que han conocido los errores de un marido lloran su mismo deseo. Si ella, señor, ha fundado tras de esta nueva mudanza el gusto y la confianza en el dichoso sagrado que vuestra casa le ofrece. En ella desquitará, con segundas bodas ya lo que sin ella padece. De la casa y de su dueño puede vuestra voluntad hacer con seguridad un reconocido empeño; que no hay cosa que me cuadre como el serviros, por Dios, porque estoy mirando en vos el alma de vuestro padre. Dichoso, señor, me haréis en todo si me mandáis. Mil años, don Juan, viváis por la merced que me hacéis. Parece que con cuidado has reparado en don Juan. lo es, prima, el sol tan galán. Bravamente la has mirado. Si juego puedo llamar a un amor recién nacido, todos habemos perdido; pero no quiero jurar, aunque pienso que ha de darme este juego más cuidado. ¿Por qué? Porque estoy picado y he de querer desquitarme. El don, Bernardo, merece cualquiera buena amistad, que es amable su bondad, según a mí me parece, y fue el traerle consigo bien hecho. Eso no sé yo si fue bien hecho o si no, Guzmán, que siempre un amigo de aquellos comilitones se acredita de leal con ahorros de caudal cercenando las raciones. Bien puede hacerle don Juan cuantos favores quisiere, que como a mí no me altere mis doce cuartos y un pan, no diré esta boca es mía, porque en llegando a lo vivo de la muquición recibo notable melancolía. Y es que me parece a mí que es una pobre ración el dedo del sabañón que todo le topa allí. Antes don Bernardo ha dado muestras de ser dadivoso, espléndido y generoso. Después que corre el cuidado de la casa por su cuenta, cuanto le falta previene, en que se ve que no tiene la inclinación avarienta. Él no es tahúr y jugó, pues dejad que se resuelva segunda vez y que vuelva, que entonces le temo yo. De suerte se ha introducido su temor en su escarmiento, que no solo el juramento que tiene hecho ha cumplido, mas sobre hacerle mirar le he visto tan descompuesto que parece que le han puesto en los naipes rejalgar. Una vez decir oí que un jugador despechado, después de juramentado, se fue al infierno, y allí, viendo cuán ocioso estaba en tan eterno trabajo, dijo volviendo hacia abajo la caldera en que penaba: «Señoras almas: ¿qué hacemos? Ya que por jugar venimos algunas que aquí afligimos, vengan naipes y pintemos.» Buen garito. De verano, pesadumbres y calor. ¿Y jugaban? El dolor; que este le tienen en vano tahúres de almas difuntas v sería en su dinero la mano del garitero en garfio de cinco puntas. Muchos mirones habría. Tiénenlos allá encerrados los demonios ya cansados de su enfado y grosería. Estarían renegando. Poco en eso se desvelan, porque aun allí se consuelan con solo estar deseando que paren cuartas y quintas y que nunca de seis baje la suerte y sirva de encaje por que corran más las pintas. Huélgome de haber oído cuanto has dicho. No haya miedo, Hernando, que si yo puedo vuelva a lo mismo que he sido. Señor... Sin disgusto estoy, no tienes de qué turbarte, lo que has dicho he de premiarte con un doblón que te doy. Que sin duda el fiel ordena que para más desengaño escuche mi propio daño tan bien dicho de boca ajena. Solo de manos tan francas pude esperar tal favor. Más años vivas, señor, que un privilegio en Simancas. Mirad si ese paño es bueno que saco para vestiros, ~ que no quiero reduciros a enfados de gusto ajeno. Peregrino es el color, ya debe de estar sacado. Eso fuera haberos dado muestras también de mi error que si sacado estuviera siendo ya fuerza el poneros los vestidos que han de haberos necia la pregunta fuera. Siempre fue ignorante medio de torpes legisladores al consultar los errores cuando no tienen remedio. o solo en respuesta tal has mostrado tu nobleza, pero ya de tu agudeza das evidente señal. Porque el indicio mayor de que un hombre tiene agrado es consultarle al criado la voluntad del señor. Quien sirve, al gusto ha de andar de su dueño, y no es razón menos que con su opinión elegir ni reprobar. Y así, como él se contente del precio y de la color, yo también digo, señor, que me parece excelente. Buenos días os dé Dios. Bien lo madrugáis a fe. A las siete recordé, y preguntando por vos andabais ya en el lugar. Los pobres para vivir solo han menester dormir lo que basta descansar. Que solo el que ve nacer del sol la luz soberana halla capaz la mañana de cuanto tiene que hacer. Un filósofo decía que duerme un hombre engañado después de haber recordado la primera luz del día. v el mucho dormir entiendo que es la traición que al vivir hace un hombre si es morir lo que se viene durmiendo. Yo pienso que el no jugar es en vos filosofía. Jugando yo solo hacía discursos para buscar más dineros que perder, y agora que busco el modo de vivir, reparo en todo y vivo para saber. A cuatro ducados queda este paño concertado. El color es extremado y el paño como una seda. ¿Paréceos que será bueno que lo saquemos tan fino? No solo así lo imagino; pero lo demás condeno. Que cuando sea más basto lo desluce la apariencia y es mucha la diferencia y poco menos el gasto. Cuando no son excusados, mientras que sois poderoso mostrando en ser generoso, don Juan, con vuestros criados; y así no os podrá ofender con decir el maldiciente que les dais escasamente aquello que han menester. Habló con brava eficacia, y que ha buscado imagino el verdadero camino de conservarse en mi gracia. Dueña es vuestra voluntad de mi gusto y de mi hacienda, sin que ninguno os defienda el modo y la cantidad. Tenéis un esclavo en mí, y haber nacido quisiera con vida que no tuviera jurisdicción de por sí; que en desearlo me fundo por hacer una de dos que la viviésedes vos aunque yo faltase al mundo. Notable encarecimiento. Es, Hernando, bien nacido y se halla agradecido y con buen entendimiento. Ya, señor, he trasladado el memorial. Muestra a ver. Como dijisteis ayer cuando veníades del Prado que será justo pedir la encomienda que tenía vuestro padre y que sería acertado el escribir para el Rey un memorial, este hice como quien sabe sus servicios bien y vuestro gusto. Inmortal seréis por bien obligado. La vida que deseáis para mí ya me la dais con excusarme el cuidado. El amigo verdadero es aquel que se desvela sin engaño y sin cautela en solo buscar primero el aumento de su amigo, olvidando, en su amistad, su propia comodidad. Así lo pienso y lo digo; porque los demás, hermano, que pican en la opinión y se desparecen, son abejorros del verano. Esperaos todos allá. Don Bernardo; en la hermosura de doña Leonor me ha muerto aquel sol de dos pedazos en poca parte de cielo; aquel mundo reducido a lo inmortal de su imperio; gobernada tiranía de la juventud del tiempo, aquella deidad humana que sobre abismos de fuego imperando majestades martiriza atrevimientos; aquella por quien mi vida padece en tan breve tiempo que cierra, de avergonzada, los ojos al sentimiento, y, finalmente, aquel ángel que con blando movimiento fue inteligencia divina en la esfera de mi pecho. Pienso que para infundir alma nueva en mis deseos en su belleza inspiraron boca y ojos, luz y aliento. Tan muerto de amores vivo, que mi espíritu sospecho que sin alma se ha quedado a padecer en el cuerpo. Esta noche no he dormido; pero qué mucho sí tengo un amor de tantas veras por despertador del sueño; una fe sin confianza, una desdicha sin premio, una confusión con alma y una esperanza sin cuerpo. Si ardientes suspiros míos no son rayos, por lo menos ya nacen de esfera mía y cumplen con parecerlo; a menos fuego se inclinan; que exhalaciones de un pecho al principio del amor son cometas del deseo. Apenas llegué a mirar su hermosura, padeciendo cuando oyó fácil disculpa mi pena en mi entendimiento. Que nunca, a mi parecer, es el amor verdadero si en un alma bien dispuesta se imprime a fuerza del tiempo. Mucho quisiera abstenerme de las llamas de este incendio; pero si no puedo más, ¿cómo es posible hacer menos? Pedídsela para mí hoy a su padre, advirtiendo que en seguras calidades la cantidad es lo mesmo y que en su hacienda renuncio cualquiera acción y derecho; que poco estima sus dichas quien las reduce a dinero, y, a ser posibles en mí la potestad y el deseo, la dotara en tantas almas como tengo pensamientos. Allaná dificultades, va rogando, ya pidiendo; que no es bien que gloria tanta se alcance con muchos ruegos; y el intento conseguido todos los cuatro tendremos: don Pedro, gusto; ella, esposo; yo, quietud, y vos, contento. Tal es vuestra inclinación y la parte que yo tengo en tan discreta elección, que a poner en ella vengo el gusto y el corazón. Su dote y su calidad, hermosura, ingenio, edad, virtud y recogimiento, aprobando vuestro intento, disculpan la voluntad. Aquella mujer que a mí noticia de vos me dio estando malo está aquí. Búscame? Pienso que no. ¿Quiere Hablarme? Señor, sí. Y yo también imagino, según lo que determino, que alguna necesidad, en fe de tu caridad, es el fin de su camino. Mil gracias al cielo doy, que tan venturoso soy que en mí remedian sus penas necesidades ajenas. Para que os hable me voy. A tal estado algún día llegué, que ella, con ser pobre, piadosa, me socorría, y aquí es fuerza que nos sobre o su vergüenza o la mía; y pretendo, recatado, dar lugar a su cuidado, que nadie imagino yo que sin vergüenza pidió adonde saben que ha dado. Dile que entre. Solo os pido que, en su piedad advertido... Lo que queréis decir sé. Claro está que pagaré la. que con vos ha tenido. ¡Qué avergonzada que llego! Qué cortos que da los pasos; que en el vergonzoso fuego de su rostro muestra escasos el camino y el sosiego. Mal daréis vuestra embajada tan confusa y recatada. No os espante mi temor, que vengo a pedir, señor, a quien no me debe nada. Señor don Juan: advertida de que siempre halló acogida en vuestra piedad cristiana cualquiera miseria humana; confiada, aunque afligida, a vuestros pies he llegado. Preso está un hermano rufo y a muerte ya sentenciado, y yo tal, que desconfío del remedio en mi cuidado. Un hombre mató riñendo cuerpo a cuerpo, y solo entiendo que la parte interesada, de algún dinero obligada perdonara, concediendo el deseado perdón a su vida y mi quietud. Que se agradezca es razón en tan hidalga virtud, tan noble satisfacción. Ese hermoso parecer bien informa de su ser, porque en Madrid esa cara presto a su costa comprara el dejar de padecer. Y vuestro valor condena el honor que se enajena de sí, pues tendréis y dais, y sois tal que conserváis con el pedir el ser buena. Crédito abierto tenéis en mi hacienda; bien podéis pedir lo que de vos quiere la parte, que lo que fuere en oro lo llevaréis. Dejad que os bese, señor, los pies. Mirad que es error que tan humilde os mostréis cuando a vos misma os debéis la obligación y el favor. Id con Dios y no perdáis tiempo si es que procuráis que no llegue el perdón tarde. Mil años el cielo os guarde. Lindamente despacháis. $n su hermoso rostro veo un cielo cifrado v creo que si aquí irás estuviera, siendo tal que se atreviera a su virtud mi deseo. Y no quiero dar lugar a que pueda profanar el templo de su belleza una atrevida flaqueza por un fácil desear. Siempre en todo habéis mostrado que para el ser generoso de vos mismo estáis premiado; que el que da vanaglorioso da por que sepan que ha dado. Y el dar para que después lo sepan todos, no es grandeza, porque en razón desdice a la inclinación esa parte de interés. Y en vos aun pudo faltar el hacerlo desear; de más que se ha de inferir que está cerca de pedir quien se detiene en el dar. Ya la limosna se ha dado -por junto, señor soldado. ¿Qué es eso? Un hombre atrevido que de Flandes ha venido, según dice, estropeado. Tan de rondón quiere entrar a pedir y a vocear sin esperar ni sufrir, que con entrar a pedir parece que viene a dar. Porque trae así una mano de un balazo luterano piensa que trae su pobreza un juro puesto en cabeza de todo el género humano. Si a Su Majestad sirvió y el brazo le estropeó su poca ventura allí, ¿hemos de pagarle aquí lo que en Flandes peleó? Acuda a palacio y dele voces a Su Majestad, si es que la mano le duele, y si no a la caridad de San jerónimo apele, que aquí solo ha de gritar quien se cansa de servir y se harta de esperar. A nadie se ha de impedir la puerta en queriendo entrar. Dale, Guzmán, cien reales. Por amor de Dios, Guzmán, que no se los deis cabales. Dos caballeros están a nuestros mismos umbrales en un coche. Convidado estoy; comed vos y haced lo que os tengo suplicado. Idos con Dios, y creed que os he de haber negociado hoy en todo el día el sí. Esas dos letras decí, que en mi rostro las ponéis, pues ya con ellas tendréis un seguro esclavo en mí. De suerte me han afligido las cosas que me has contado que en un año te han pasado, Teodora, con tu marido, que si pendiente estuviera la humana generación de mí y fuera obligación que yo la mano le diera a un jugador, que faltara no dudes, Teodora mía, a esta mortal monarquía aunque el mundo se acabara. Casarme bien o morir. Extraño encarecimiento. Notable aborrecimiento pudieras, prima, decir. El ardid más importante de la guerra es el echar por la tierra o por la mar alguna copia delante a solo reconocer; y así, yo casé primero a Teodora porque quiero examinar y saber los peligros de este estado, del matrimonio, batalla en quien remedio no halla un error ejecutado. Porque en esta civil guerra menos, si un fácil vicario dispensa, dura el contrario para dar con él en tierra. Y supuesto que me advierte claramente el desengaño que está de tan grave daño solo el remedio en la muerte, ¿para qué he de persuadirme a un engañoso interés donde no importa después quejarme ni arrepentirme? Nunca acertó quien ignora, y también, para no errar, ceniza pienso tomar en las penas de Teodora. Que mi error sería injusto habiendo en pena tan fiera visto ya la calavera de un casamiento a disgusto. Menos un fiero dolor de costado viene a ser que el casarse una mujer con un hombre jugador. Antes otra vez me ahogue; pudiera a temblar ahora del miedo apostar, señora, con las minas del azogue. Cien espíritus malignos son legión menos cruel que el repartido cartel de aquí venden naipes finos, Si en el infierno no fuera tan de balde el dar posadas y estuvieran rotuladas, esta la tablilla fuera. Si algún consuelo he tenido de todo lo que he pasado, es haberos avisado de lo que yo he padecido. De ni¡ parte yo te fío que nunca has de ver, si puedo, las estampas de tu miedo en los temblores del mío. Lo mismo de parte mía te juro. Lluevan rigores sobre esos hombres traidores que juegan el sol del día. !Qué lindo marido hiciera don Juan! Si no es que te ha dado jurisdicción mi cuidado para hablar de esa manera, transformada estás en mí, supuesto, prima, que creo que el alma de mi deseo formó esa razón en ti. Con ese sí que sería dichosa si me casara, aunque también me informara si juega; que no tendría seguridad su virtud en conociendo este vicio; demás de que es fuerte indicio para temer su inquietud. Resolver, hija, contigo ahora quiero lo que ya te he propuesto, porque está tan quebradiza contigo mi salud, que por momentos temo que mis ya cansados años dejen malogrados tu quietud y mis intentos. Dos iguales pretendientes en hacienda y calidad te piden tu voluntad. Podrá, sin inconvenientes, en qué poder reparar, elegir y aun escoger, si es que en los dos puede haber cosa que poder dejar. Entre muchos que han pedido tu sí y tu mano estos son de tan igual opinión en Madrid, que no he sabido determinarme a elegir a fin solo de no errar y darte en dos más lugar en que poder discurrir Cada uno de ellos tiene, para que mejor se entienda, la calidad v la hacienda que en esta memoria viene. Y yo, por que a mi poder no le haga resistencia tu siempre humilde obediencia, te quiero dar a escoger. Tanto fundo mi nobleza en agradarte y creerte, que hago del obedecerte segunda naturaleza. Nada es justo que te niegue, y si algo, señor, te pido, es que me des un marido tan prudente que no juegue. Mientras pudieres ahora toma ejemplo en lo que pasa, si no quieres que a tu casa me vuelva, como Teodora. Que ejecutado el intento, podré culparte, señor, de cometer este error a vista del escarmiento. Y si replico ha de ser por excusarte una culpa donde es la mayor disculpa el callar y el padecer. ¿Tú, al fin, no has de replicar en no siendo jugador uno de ésos? No, señor. Pues volvereme a informar, supuesto que fácilmente puedo hacerlo. Espera aquí. Con esto tendrás en mí siempre una esclava obediente. Con lo que hace ha probado tu gusto. Tal has andado que parece que has pasado la misma vida que yo. Por excusarte, señora, la novedad que os haría el decir que yo tenía cosa en que hablaros ahora, con un recado, he querido llegar a vuestra presencia antes de pedir licencia, disculpado aunque atrevido. Don Juan Ribera de Andrada por mí a pediros envía a vuestro padre, y sería resolución mal fundada el hablarle sin saber de lo que habéis de gustar, que si a él toca el aprobar, a vos sola resolver. De la virtud y valor de don Juan el informar pienso que puedo excusar si es que lo dice mejor la común y general voz del pueblo y yo también, que nunca nadie habló bien ,de ninguno que obra mal; y solo sé encarecer que es generoso y prudente, rico en el dar solamente, pero pobre en el tener. No se te olvide, señora, lo del juego. Claro está, mucho me dicen que da. Si el sol, hijo del aurora, llegara a ser monarquía de este gallardo español, por dar los rayos del sol dejara sin luz al día. Notable encarecimiento. Antes falta en su alabanza todo aquello que no alcanza mi rústico entendimiento. Porque aunque sus partes veo y he podido conocerlas solo podré encarecerlas con la parte del deseo. Lo del juego. A no tener esta falta universal, en todos tan general, bien se pudieran creer sus partes de su virtud. ¿Qué falta? La que en Madrid es espía y adalid contra la mayor quietud; que aunque en él puede caber el jugar y el ser prudente, con tal vicio fácilmente podrá dejarlo de ser. Señora: en toda su vida puede decir hombre humano que ha visto naipe en su mano. Y en virtud tan conocida, si no es maliciosamente, nadie informar ha podido en culpas que no ha tenido. El tahúr, el imprudente y el poco considerado solamente he sido yo; pero ya el tiempo me dio el remedio que he tomado. cuando, imprudente, jugué, todo el crédito perdí, la virtud desconocí y el tiempo desperdicié. Y viéndome convencido de mi daño, hice, señora, juramento, y voy ahora restaurando lo perdido. En que lo cumpláis está el remedio. Es desengaño con evidencias del daño y es fuerza el cumplirlo ya. Por la parte de don Juan me aseguráis, en efeto... En un hombre tan discreto nunca los intentos dan ocasión al vencimiento de los vicios. Si algún día constare, señora mía, que yo, apasionado, miento, no solo quiero haber sido cómplice en aqueste error, pero quedar por traidor, falso, aleve y fementido; porque fundado en razón no hay engaño si se ordena sobre confianza ajena que no venga a ser traición. Mi padre viene. A que vos me pidáis estoy dispuesta, que un gusto y una respuesta habéis de hallar en los dos. Si a otro gusto no te mides será imposible el hallar un hombre en todo el lugar con las partes que le pides. Mozo, noble y poderoso en Madrid y que no juegue es pedir al sol que niegue su siempre esplendor hermoso; y, finalmente, imposible me ha parecido, Leonor, el hallarle. A mí, señor, me ha parecido posible. Rico, mozo y principal hay en Madrid caballero con las partes que le quiero. ¿Y qué importa que sea tal como tú dices, Leonor, si ése no te pide a ti? También me pretende a mí para su esposa, señor. Que digas su nombre aguardo, En este sí que hallarás lo que pido, y lo demás diga el señor don Bernardo. Don Juan Ribera de Andrada, a quien vos... ¿Pídeme a mí a mi hija? Señor, sí. Pues ya viene aquí sobrada la intención en el decir que si me pide a Leonor el ser él es lo mejor para poder persuadir. De mi hija, honor, hacienda, vida, voluntad y ser puede desde hoy disponer como él mismo lo pretenda; que en virtud tan conocida imposible será hallar mi dicha mayor lugar si fuese eterna mi vida. Suplícoos que le digáis, pues por él habéis venido, la fe que habéis conocido en el sí que le lleváis. Que lo disponga a su modo, que solo me toca a mí el obedecer aquí lo que él ordenare en todo. Esa respuesta, señor, le daré, vanaglorioso, a don Juan. Con tal esposo dichosa será Leonor, y en mí, a pesar de los años de mi sangre helada y fría, en un Jordán de alegría volverán atrás mis años. No puede, a mi parecer, tardar mucho don Bernardo. Sí tardará, que le aguardo con deseo de saber. ¿Qué te parece, Guzmán, de Tello, el primo del Conde? Que en su valor corresponde a la opinión que le dan, con su prudencia y quietud, en su sangre y en su honor, pues lo que es culpa, señor, aun parece en él virtud. Con tanta prudencia juega y con tanto sufrimiento, que al natural sentimiento de sus pérdidas se niega. Él es tahúr en bonanza, mar en leche y sin tormenta. No es posible que no sienta. Siente, sin hacer mudanza, medido con un compás, en el ganar y el perder. Para con Dios suelen ser esos los que gruñen más; que en el azar o el encuentro callando hacen mayores sus rabias, que hay gruñidores hacia la parte de adentro; que, como peligro hallan en lo que quieren decir, mascan lo que han de gruñir y es lo peor lo que callan. No es el otro tan prudente; todo lo ofende y le topa. Es colérico de estopa: llamaradas solamente. Haga, el que no puede más, pasaje a su sentimiento, pues no hay ningún mandamiento que diga: «no rabiarás». Demás de que para nada son buenas en vuestra vida una pena de reñida y una cólera marcada. Por no perturbar aquí la propiedad de los dos no os pido albricias por Dios, pedídmelas vos a mí; pues sois, don Juan, tan dichoso que hoy, como no dilatéis vuestro gusto, ser podréis de doña Leonor esposo. De suerte se conformaron hija y padre en las razones que de los dos corazones las letras del «sí» formaron. Y con los ojos mostraban, según a entender me dieron, que de lo que concedieron nació lo que deseaban. Vuestra es ya doña Leonor. Y vuestra también mi vida y de esta gloria adquirida vuestra la parte mayor. Mi hacienda, mi calidad, mi ser, mi honor, mi quietud es vuestra, que a tal virtud, tal valor y tal bondad estoy tan reconocido que si el alma hacer pudiera sacrificio, el alma os diera justamente agradecido Todo sucede este día, don Bernardo, en mi favor: la fortuna y el amor están hoy ce parte mía. Después de haber acabado de comer los que me hicieron el banquete, me pidieron que jugase y he jugado. Por vos y por mí jugué, y en un pensamiento allí, sin ver suerte contra mí mil escudos les gané. Dale, Guzmán, los quinientos a don Bernardo. Aquí están. Vos, al fin, habéis, don Juan, jugado ya. Mis intentos carecen de la intención y el estilo y proceder de otros que llegan a ser tahúres de corazón. Pareciome que sería mostrarme corto en los modos si no hiciera lo que todos con agrado y cortesía. Los extremos son viciosos y tal vez tiene una culpa agradecida disculpa en los hombres virtuosos. Y al fin gané, si he jugado. Eso es lo que yo he sentido, que lo que hoy habéis perdido es solo el haber ganado. El cebo más verdadero con que empieza a disponerse un hombre para perderse es siempre ganar primero. ¿Nunca habéis visto un traidor que por no dar a entender el daño que quiere hacer empieza lisonjeador a divertir y a engañar? Así los principios son de esta inquieta perdición: dulce siempre al empezar. Los que empezaron perdiendo se encogen escarmentando; pero los que entran ganando se incitan apeteciendo. Y en fe de que no jugáis, por lo que le he dicho yo, el sí que traigo me dio doña Leonor. Vos culpáis sin causa el error de un día. Muy mal me habéis entendido. No siento el que habéis tenido, sino el que nacer podría. Solo de haber empezado. Los que jugaron te envían el coche. De mí confían supuesto que han esperado. Palabra di de volver, y es fuerza hacerlo. Esto es hecho. Por el camino derecho os vais, don Juan, a perder. Ser descortés no seria justo. A muchos, por su mal, los tiene en el hospital en Madrid la cortesía. En servir a los señores y obedecerlos es justo; mas no cuando de su gusto se siguen nuestros errores. Mil escudos les gané. Cuando no pueda excusar el venirme sin jugar perder la mitad podré de lo mismo que he ganado. En eso a decir me atrevo que no sabéis, como nuevo, lo que es un hombre picado. Venid conmigo. Eso, no. Yo juré que no he de entrar - adonde vea jugar y he de cumplirlo. Pues yo les dije que volvería y he de volver, que no quiero que el temor de mi dinero me obligue a una grosería. Luego el dinero pensáis que solo habéis de perder. Eso es también no saber los peligros que lleváis. Disculpa, si no se enmienda, tendrá el que llegue a pensar que solo puede parar sus pérdidas en su hacienda, Esta es siempre la menor de las que asidas están al ser del alma, don Juan, en los hombres de valor. Mal decís, y perdonad si esto os contradigo a vos. Quedad en paz. Id con Dios. Y pues vuestra voluntad a mi consejo se niega, vos veréis en la ocasión cuán diferentes que son las pérdidas del que juega. ¿Qué es esto, Guzmán? Señor: dar principio a sus desdichas y fin a nuestra esperanza. Por más dineros me envía. Los que consejos no admiten ni experiencias comunican engañados se resuelven y perdidos se lastiman. Nunca el convite aceptara, donde fue su cortesía rejalgar para el honor y para el crédito acíbar. Cuatro mil escudos pierde, y es lo peor que porfía a desquitarse perdiendo; que esta es la mayor desdicha. Volvió a la conversación, y aunque dijo que volvía solo a cumplir su palabra, fueron tantas las caricias, las lisonjas, los halagos, los ruegos y las porfías, que le hicieron olvidar la fe con que pronosticas de su detenida culpa las ya dobladas ruinas que de lo quitado a un vicio en el mayor se desquita; conspirados se mostraron en su daño hasta la silla que dejó cuando se vino con esperarle vacía. Quinientos escudos de oro de los mil que yo tenía fueron breve duración de una encartada de pintas. Perdiolos, y pareciole desairada cobardía rendirse a corta distancia estando tan a la vista cómo, en opinión de rico, a la del caudal le tiran; que en esto el más alentado cree que menos desperdicia. Tomó el naipe y uno dijo, «a cuarenta y ciento en pinta», si bien, a mi parecer, porque pensó que no había. Pero don Juan, ni¡ señor, no tanto por la codicia como por no desdecir su natural gallardía, dijo: «¡a ciento!», y perdió quince. Conque ya tiene adquirida la causa para él picarse, para él perder la desdicha. Y como leal criado te suplico que prosigas los amigables consejos con que del daño le avisas; que yo, obediente a tu gusto, hoy haré de parte mía dilatada mi tardanza o la nave perdediza. En eso se echa a deber, que no tienes conocidas las pérdidas del que juega. Otras hay que están asidas tanto más a la opinión, al alma, al ser, a la vida, al respeto y la virtud pues se premia de sí misma, que es la de dinero siempre la menor, si la codicia le deja al entendimiento una razón discursiva. Ya le di, con mi experiencia, consejos en que podía conocer de un noble pecho una voluntad sencilla. Entra y lleva lo que pide, que mal remedio sería no hacerlo si tiene ya el crédito y la porfía. Sí habrá de parar en esto. No, Guzmán, que siempre miran los principios de este año al fin de muchas desdichas. A todo pobre señor, desengaño desde agora. Quien viniere aquí a pedir ya no tiene a qué venir si el tiempo no se mejora. Mi amo pierde, en verdad, una muy gran cantidad; y pocas veces creo yo que adonde Bilhán entró no salió la caridad. ¿Pues eso? Pobres despido; desesperación, primera de un hombre, cuando ha perdido mi amo, que no debiera, de la ocasión persuadido. Que hoy ha de perder espero toda su hacienda y honor, si es ya el honor el dinero. ¿Que pierde? Pierde, señor en pensarlo desespero, diez mil escudos son va, y viendo que tal está que las suertes se le niegan a «Moja la olla» juegan sobre quién lo acabará. Que un tahúr con desconcierto, rico que empieza a perder, juntamente viene a ser hecho un árbol descubierto que como claros están los ojos de su dinero, pican a «puto el postrero» los pájaros de Bilhán. Esas pérdidas, Hernando, que dices que allá está haciendo las vas aquí acreditando de tu parte despidiendo a los que están esperando. El bien que les ha de hacer, y tú con menos poder ahora lo solicitas supuesto, que aquí le quitas las causas del merecer. Los que has despedido llama, que no es bien que donde estoy padezca en su buena fama su opinión. Volando voy. El amigo que desama de su amigo la opinión, no lo es, porque en razón las amistades unidas siempre han de obrar en dos vidas por un mismo corazón. Yo voy. Espera, que invía por más dinero don Juan. Acabose. Este es el día de su perdición. Guzmán: válganos la industria mía. Pues, señor, dispón el modo, que ya he dicho yo que en todo has de ser obedecido. Los pobres se han acogido, la caridad dio en el lodo. Una mujer que llegó cuando coronista yo informaba de esta gracia, me advirtió de su desgracia con un ,suspiro que dio, «¿Cómo-dijo-me dará lo que yo vengo a pedir quien tan perdidoso está?» Lo que más debo sentir eso es solamente ya. Porque esa mujer entiendo que es la que a mí me amparó cuando estaba padeciendo, y, naturalmente, yo de sus desdichas me ofendo. Que en un hombre bien nacido como en bronce está esculpido cualquiera bien que recibe y con justa causa vive inferior y agradecido. A don Juan sacar pretendo de donde está. Sí, que entiendo que lo están crucificando. ¡Y plegue a Dios...! Basta, Hernando Un título. Ya lo entiendo, y tú en aquesos errores calla, aunque no los ignores, supuesto que es discreción tratar con moderación las culpas de los señores. Que pues el cielo les dio de primera magnitud lo que no nos concedió, respetarlos es virtud, y así pienso hacerlo yo. Siempre nos ha de exceder su grandeza y su poder, de donde se ha de inferir que no podemos decir lo que ellos pueden hacer. Unos naipes que cogí lo dirán. ¿Son estos? Sí. Veamos. Aquí hay traición; pero está puesto en razón el disimular aquí. Porque si ha de resultar mayor daño del ganar lo que yo puedo callar, menos pérdida es perder que reñir por no pagar. Indicios, señor, me has dado de que ese naipe está hecho con solo haberle guardado. Malicias son de tu pecho, pero no de mi cuidado. Tú has de decir a don Juan, Hernando, que estoy herido, y si sale, tú, Guzmán, pagar lo que él ha perdido. Muy confiados están tus pensamientos, señor. Juzgo en medio de su error un natural ajustado y el tendrá, aunque esté picado, muy a la vista el honor, y así, puedo asegurar lo que he dicho sin dudar. Diez mil. escudos espero. Voy a llevarle el dinero. Yo a sacarle. Yo a esperar. No he visto tal dilación en hombre que ha deseado. Júzgase en la posesión y así con menos cuidado se dispone en la intención. Confiado nadie creo que duró en su devaneo; de donde vengo a sacar que el temor de no alcanzar es el gusto del deseo. Apenas don Juan vería conquistado y fácil ya lo mismo que él pretendía, cuando con un «bien está» helado suspendería sus acciones; pero yo en la dichosa ventura que el cielo con él me dio vivo contenta y segura suspéndase el tiempo o no. Justísimamente, prima, tu amor alaba v estima las partes de tal esposo, porque no es tan generoso el sol que engendra y anima varias piedras y metales como la justa opinión de valor y prendas tales. Yo imagino, y con razón, que si los cetros reales v las coronas se dieran por elección, que eligieran a don Juan y a ti, señora; Por él también desde ahora Reina del mundo te hiciera. Mucho más lo ha encarecido Teodora. De este vestido desde mañana eres dueño, y perdona el tan pequeño... Siempre tus manos han sido una cifra general de tu condición real, un remedio a mi pobreza v una natural grandeza de tu amor y tu caudal. Tanto has llegado a saber, obligar y agradecer, Teodora, en tu buen agrado que más de lo que te he dado es lo que quedo a deber. Cincuenta escudos te mando, y si vas exagerando como yo voy ofreciendo dádivas iré añadiendo solo por irte pagando. Que sea, señora mía, ruego a Dios, en compañía de tu esposo verdadero, cualquiera tiempo ligero v corto el más largo día. Que las noches deseéis y que el alba aborrezcáis, que juntos no suspiréis, que un mismo aliento viváis v que las almas juntéis. Baja, Teodora, al portal una poca de agua presto, si es remedio natural al desmayo descompuesto de un retrato celestial. Una mujer ha caído con algún mal que ha tenido, sin sentido, a nuestra puerta. ¡Ay, señor, si estará muerta! No, hija; desmayo ha sido. Haz que la suban acá. así el cielo, prima, aumente tu salud. Así se hará. Siento compasivamente, cualquiera pena me da dolor propio en causa ajena. Eso nace de ser buena; que sin natural piedad no hay segura voluntad, que la demás fe condena. Mil parabienes me han dado del nuevo esposo, Leonor, que tu suerte te ha buscado. ¿Cuándo tú en nada, señor, de lo que has hecho has errado? A ti la elección primera se te debe. Así es verdad. Pero si tu gusto fuera contrario a mi voluntad, claro está que no lo hiciera. Que aunque es verdad que nací con libre jurisdicción, para enajenarme a mí también debo, y con razón, darte en todo gusto a ti. Siempre, hija, en tu prudencia con igual correspondencia hallaron mis pensamientos y mi edad y mis intentos un Jordán en tu obediencia. Haz componer esta cosa: «Sepa hoy Madrid que se casa la hija más obediente con el hombre más prudente.» Aquí entretanto que posa este mal que os enajena, que vos estaréis mejor. Sin duda que el cielo ordena que halle en vuestro favor el consuelo de mi pena. En este silla podéis sentaros v descansar. Con la merced que me hacéis yo señor podré excusar de sentarme. Que os sentéis os pido. Sería error hallándome bien así. Qué buena cara, señor, Y honesta, que para mí es la hermosura mayor. ¿Procedió el desmayo ahora de enfermedad? No, señora; de mis penas ha nacido. Pocas veces ha tenido remedio el mal que se ignora. A tan buen tiempo llegáis que todo el gusto y placer en la casa donde estáis y que aquí hacéis podrá ser el consuelo que buscáis. Yo soy infelice hermana de aquel Hombre desdichado a quien en edad temprana bien la muerte se ha ensañado su suerte impía y tirana. Al campo a reñir salió, y porque ya en el lugar es, público a quien mató; el decir podrá excusar la muerte aunque el daño no. Viendo, pues, que ya no había más remedio que el perdón de la parte; y que sería dañosa la dilación, resuelta de parte mía, de un caballero fie la desventura en que estoy. Piedad y valor hallé. ¿Pero qué importa, si soy desgraciada y no acerté con ser el más generoso, espléndido y dadivoso que hace en su voluntad limosnas sin vanidad solo por ser virtuoso? Tiene tarta fuerza en mí la desdicha en que nací, que ya contra mi cuidado su mismo ser ha mudado, y degenera de sí. Díjome que concertara el perdón y le avisara. Pero quién pensara, ay Dios, que estaba ya entre los dos, opuesta mi suerte avara. Cuando va alcanzado estaba el perdón que deseaba y pendientes mis cuidados de cuatrocientos ducados, que era el precio que costaba, el caballero, señores, que con piadosos favores a mi quietud se inclinó, hoy, contra mi dicha, dio principio a nuevos errores. Jugando queda, perdiendo, diez mil escudos y viendo que quien juega pierde así no me ha de valer a mí considerando y sintiendo mis penas, tan afligida venía que la caída de un desmayo quiso dar a vuestra piedad lugar y breve fin a mi vida. De nuevo vuelvo señor a darle a mi buena suerte mil gracias por tal favor, que antes fuera de la muerte que de un hombre jugador. ¿En qué palabra ha de ser constante quien aventura el crédito de su ser, y qué promesa hay segura en el que llega a perder la paciencia y el caudal? Otra vez, y con razón, a mi corazón leal la justa resolución alabo. Y yo en causa tal que has hecho vuelvo a decir el más ajustado empleo que un alma pudo adquirir. Que excuses mil penas creo. Y hoy vendrá, a mi parecer, tu esposo a darte la mano, que aunque tarda, quiere hacer, como rico cortesano, ostentación del poder. Suspended, por vida mía, el llanto y el sentimiento, que aunque es con causa podría ser general, y lo siento como propia, es cortesía fiar de mí alguna parte del remedio. Así es verdad. Mas, ¿cómo no ha de obligarte si no sola tu bondad? No me atrevo a suplicar lo que por ella pudiera, que pedir sin obligar es un necio confiar quien sin méritos espera. De mi parte os pido yo que os consoléis, que el que os dio esperanzas ser podrá que haya desquitado ya la pérdida en que quedó. ¿Quién el caballero fue? Ya que importa, os lo diré. Nunca mí don Juan lo hiciera. ¿Quién es? Don Juan de Rivera. ¡Bueno es esto! ¡Bueno a fe! Espera. ¿Qué es lo que dices? justo será que autorices las nuevas de su inquietud en fe de tanta virtud; pero son tan infelices mis deseos, por mi mal, aunque su prudencia es tal que si mi bien se fundara en el sol, del sol faltara aun al curso natural. Si no es que está esta mujer fuera de sí todavía, yo soy muerta. ¿Qué he de hacer? Desdichas son, prima mía, posibles de suceder. No hay sino tener paciencia y echar por otro lugar sin hacerle resistencia al vicio. En les que han de errar, poco importa la prudencia. ¿Qué don Juan decís? Don Juan, señor, de Rivera; el virtuoso, el galán y el bienquisto. El jugador también añadir podrán si en esa flaqueza ha dado. ¿Qué es esto? Haberos quejado de muy desgraciada en todo y echar con eso en el lodo la boda y el desposado. Si yo, señores, supiera... Antes ha sido interés mío propio; que peor fuera que lo supiera después, cuando remedio no hubiera. Solos aquí nos dejad y vos afuera esperad, que antes que salgáis de aquí ha de hallar remedio en mí tan justa necesidad. De vuestras manos, señor, está pendiente mi vida. Aunque el vuestro no fue error, la boda está convertida por vos en puro dolor. Por fe estoy mirando ahora en la vida de Teodora lo que ha de pasar la mía, y sin disculpa sería si mi-suerte se empeora. Y no me he de aventurar a desdichas que después no he de poder remediar. ¿Y del mudarse no ves que no hay disculpa que dar Don Bernardo me engañó, y con referirle yo la culpa que él ha tenido, echará de ver que ha sido la misma causa que dio. Advierte que no es razón tener con un caballero tan fácil resolución sin calificar primero su culpa en una ocasión. No hay ninguno tan medido que no se olvide de sí; el que es siempre distraído viciosamente, ese sí que debe ser excluido. De plazo tienes el día en que estás, resuelve el caso; que yo, Leonor, no querría que dijeses que te caso con superior tiranía. Por tu cuenta ha de correr tu mal o tu bien, Leonor; y así, no quiero tener parte alguna en el error en que tú has de padecer. Como padre me aconsejas, libre el gusto y la intención, excusando en mi elección lo culpable de mis quejas. En las dudas que poseo de este ya dudoso empleo hoy resolveré mi gusto. Considera lo más justo. Eso es lo que más deseo. ¿Sale? Ya la purga obró, sabe Dios lo que ene pesa. Dejó, enojado, en la mesa el naipe y se levantó. ¿Sale solo? Tus razones no hay discurso en que no puedan; con los gananciosos quedan repuntados los mirones. Apenas Guzmán echó sobre la tabla el dinero cuando todo tahúr huero, en éxtasis se quedó; que un baldío singular hecho arraquila y despojos tiene virtud en los ojos de suspenderse y chupar. Y ansí, en aquesta conquista pienso, señor, que hay mirón que debilita un doblón con el sudor de la vista. Él sale y dará tras mí en conociendo el engaño. Di el remedio de su daño. Belcebú, que espere aquí. ¿Dónde tan de priesa vais? ¿Es don Bernardo? Yo soy. ¿Qué tenéis? Herido estoy. ¿Pues cómo o por qué tardáis en decirme quién ha sido el ofensor, cuando yo la misma herida que os dio en el alma la he sentido? Hablad. ¿De qué os suspendéis? Ya con lengua detenida sin duda con vuestra herida matarme a mí pretendéis. Advertid en lo que os digo: la herida a vos os la han dado v de ella he participado, si es que es otro yo mi amigo. Herido estáis, y de suerte que a no os sacar mi prudencia a este tiempo, en la pendencia vierais, don Juan, vuestra muerte. Ya en el mundo es el caudal parte de la vida humana, v a sí la herida inhumana que os dieron fuera mortal, si no os remediara yo en sacaron por engaito de la traición y del daño que la ocasión os buscó. Habladme claro, o diré que pretende vuestro intento quitarme el entendimiento, porque no os entiendo y sé que por enigmas habláis. ¿Qué herida es esta o qué muerte? Dadme a entender de qué suerte me han herido y me libráis, que yo confieso que os debo la vida que en vos se puso; pero el dejarme confuso será matarme de nuevo. Cuando los males, don Juan, remediados son mayores y han de crecer sus errores, mejor sin remedio están. Quédese en su ser el daño, que yo sé que ha de crecer y que os habéis de perder a vista del desengaño. Y mucho decir pudiera del caso y los que os hirieron, pues la espada con que os dieron traigo yo en la faltriquera. Más confusión. Ahora bien; declarar la enigma quiero si vos como caballero me dais palabra también de que no habéis de tratar de la venganza ofendido, que en daros por entendido el daño se ha de aumentar. Mi fe y mi palabra os doy ele no exceder vuestro gusto, si no es que ofendido estoy en el honor. Si eso fuera, tened de mí confianza que intentara la venganza primero que os lo dijera. Los que con vos han jugado, los que os han herido son, y esta, en aquesta ocasión, la espada con que os han dado. Y no os parezca rigor poderes esta matar, que para solo acabar con vos está de mayor, que ya barajéis, se parta, o se descomponga o no, veis aquí que siempre yo levanto por una carta. Y aunque hay, don Juan, en el modo circunstancias que advertiros, para solo persuadiros en esto os lo he dicho todo. ¡Vive Dios! Lo que yo os pido no es, don Juan, que os enojéis, sino que no os olvidéis de lo que habéis prometido. ¿Quién imaginar pudiera en hombres tan principales, don Bernardo, infamias tales? Yo os lo diré; quien tuviera mi experiencia os lo diría: en Madrid ya es calidad el hacer habilidad y ciencia a la fullería. Pero si ya escarmentado lo dejáis, a decir vuelvo, y aun me afirmo y me resuelvo, en que vos habéis ganado. Y con el tiempo veréis a esta pérdida, don Juan, los que seguido se han y lo que os digo creeréis. Ello fue bellaquería, Bolaños; pero os prometo que a más que esto está sujeto el que pide cada día. los dientes se me despiden. No sois muy cristiano vos, pues a los pobres de Dios les dais así porque os piden. Escuchemos, que en los hueros no hay tan gustosa intención como en pendencias que son de pobres y verduleros. En aquel corro que allí estaba ocioso y parado llegué y con estilo usado, retórico, les pedí. Pero a pedir acerté cuando un poeta decía un soneto que hecho había, y pienso que le estorbé. Al postrer verso volvió la mano, y, sin decir nada, me cascó una bofetada que pienso que me aturdió. Hoy, Bolaños, has nacido. ¿Sacó daga? No tenía. Pues tu vida consistía solo en no haberla tenido. Un poeta, con ser malo, le estorbé un día una octava y al cabo de un mes andaba buscándome con un palo. Para ellos no hay delito como es tomarle un turbión, porque hay verso Faraón al ruido de un mosquito. ¿Qué haremos? No sé, por Dios; el lugar está acabado. Ya dice el más congregado: «¿Por qué no trabajáis vos?» Y el de menos envoltorio dice, en arpón, «¡que galera!», como si el pedirle fuera ganzúa de su escritorio. Todo buen tiempo se pasa. Volvamos a ver si dan la limosna de don Juan. Bercebú vuelva a esa casa. Hombre que trae en la gana diez mil escudos de daño, dos pobres y un ermitaño echará por la ventana. Para conmigo acabó; si él no propone la enmienda por su virtud, ni su hacienda trocaré la iría yo. A un sastre quiero avisar que tiene allá su dinero para que acuda primero que falte de qué cobrar; que en cosas del jugador si se detiene y aguarda menos cobra quien más tarda. Duélanse del pecador sin piernas y atormentado. Adolézcanse, señores, de la miseria y dolores de este tullido y llagado. ¿Qué os parece del mendigo? ¡Buena opinión voy cobrando! Pues por aquí van entrando las pérdidas que yo digo. Siempre el descrédito empieza por la gente más vulgar, que son en deshonorar émulos de la nobleza. ¿Veis esto que aquí escucháis? En todo Madrid mañana no ha de haber criatura humana que no sepa que jugáis. Aunque siempre he conocido vuestra razón y mi culpa, esto solo en mi disculpa me dejara convencido. De mi aumento he de tratar, pues tan bien me convencisteis; este memorial que hicisteis tengo aquí y le quiero dar. ¿Ya, para qué? La encomienda Está proveída ya. ¿Qué me decís? Dada está sin que nadie la defienda. En que podáis, satisfecho, haber también conocido que el tiempo pérdida ha sido de las que vos habéis hecho; pues tiempo y reputación dicho está no es menester levantar ni encarecer cuán grandes pérdidas son. ¿Hay tan graciosos temores? Si de buen humor estáis, vamos a casa y veréis un enjambre de acreedores. A *punto el postre*, señor, han acudido a cobrar, pensando que has de quebrar, el mercader, el pintor, el sastre y el zapatero y una legión, finalmente, de esta diabólica gente que se funda en su dinero. No pudiera un escuadrón de Flandes amotinado por la paga haber entrado con tanta resolución. Yo lo creo. No hubo un día de los que jugué y perdí que no anduviesen tras mí aquellos a quien debía. ¿Qué he de hacer? Ir a pagar a los que están esperando, que solo calla en cobrando quien llega a desconfiar. Vamos, y a doña Leonor le iré a dar el sí de esposo, que este es solo el fin dichoso de mi gusto y de mi honor, Acabaranse con esto mis pérdidas, don Bernardo. Sí, si resuelto y gallardo a la enmienda estáis dispuesto. Pero si otra vez os ciega este vicio no podrán, porque son muchas, don Juan, las pérdidas del que juega. Digo que a mí me parece no te debes resolver con tanta facilidad, demás de que tu crueldad dañosa me puede ser, pues don Bernardo es amigo de don Juan, y si él contigo se casa, también me ha dado indicios de su cuidado y se ha de casar conmigo. A saber vengo, Leonor, en qué estás resuelta ya. En no casarme, señor. La licencia que me da tu prudencia y tu valor es que pueda disponer de mí y así lo he de hacer. ¿En qué? Con no me casar. ¿Y qué disculpa has de dar? Basta la de no querer. ¿Soy tu padre? Sí, señor. Pues una de dos, Leonor: ya no hay otro casamiento, este ha de ser o un convento. Lo postrero es lo mejor. Y para que no imagines que va con la dilación miro a diferentes fines, a esforzar mi inclinación te suplico que te inclines. Un convento me has de dar adonde pueda acabar mi vida y no mi paciencia. El hacerle resistencia a un breve determinar es justo y así primero. Esto es, señor, lo que quiero, y confía de mi vida el no verme arrepentida. De tu condición lo espero. Ahora bien, resuelto voy a prevenir un convento en que meterte. Aquí estoy. A tu raro entendimiento mil alabanzas le doy. Dejadme llegue primero si acaso os habéis turbado. o lo estoy; pero aquí espero. Señora. A quien me ha engañado una vez, no solo quiero no escucharle; pero hiciera mayor si posible fuera en esta culpa el castigo; que esto merece conmigo el que engaña y persevera. Señora. ¿Queréis que yo os escuche al que juró que no jugaba don Juan? Menor castigo le dan del que por sí mereció. Don Juan está allí, señora. Pues escuchemos agora desde aquí sus sentimiento. ¡Mal haya el entendimiento del que juega y se enamora! Esto más habéis perdido. Si estas pérdidas han sido las que yo hice impaciente, digo ya que cortamente las habéis encarecido. ¡Ay, don Bernardo! Ya estoy sin el ser que antes tenía! Ya he perdido cuanto soy y solo por culpa mía; perdiendo mi vida voy. Pero estadme agora atento y escuchadme un juramento porque hayamos entendido yo lo poco que he sabido y vos lo mucho que siento. Fulmine rayos el cielo contra mí hasta que en el suelo hecho ceniza me vean los que mi vida desean, o, por mayor desconsuelo, unas manos conjuradas rematen a puñaladas faltándole a mi intención la postrera absolución de otras que estén consagradas si eternamente hombre humano me viere, para jugar, tomar naipes en la mano. Eso es saber desquitar vuestras pérdidas, Hoy gano, decid, la mayor quietud que ha visto humana virtud, la más segura opinión y mejor reputación vista en tanta juventud. Solo el corazón perdió cuanto el alma deseó. Eso no que estoy aquí, jugador te aborrecí, pero arrepentido, no. Ya, Leonor, será forzoso ejecutar esta tarde designio tan religioso. Agora, señor, ya es tarde. ¿Por qué? Porque tengo esposo. ¿El señor don Juan será? ¿Quién lo duda? Claro está. Dime si es él. No, señor; porque aunque tiene valor, otro es mi marido ya. ¿Pues cómo es esto, señora? Escuchad; sabréis ahora lo que no habéis entendido: Un hombre que, divertido, su mismo ser deshonora en este vicio infernal del juego, tan desigual, de sí mismo degenera. que es otro del que antes era, mudado del bien al mal. Y ya tan otro ha quedado don Juan después que ha jurado que en su vida ha de jugar, que os puedo yo asegurar que con otro me he casado. Eso sí, señora mía. Toda esa filosofía viene a parar en que soy vuestro esposo, El alma os doy. Y yo a vos, de parte mía, palabra, alegre y contento, de cumplir mi juramento. Si por eso se ha casado don Juan, también yo he jurado y con el mismo escarmiento. Señor... Si es tu voluntad, el sí de las dos apruebo. Vuestra soy. Con tal mitad, más de lo que yo le debo le pago a mi calidad. ¿Acaso habéis conocido la que está aquí? Sí, señor; y sé que se habrá sabido por creer el primer error, por quien yo culpado he sido. Dos mil escudos le doy para el perdón de su hermano. ¡Tu hechura y tu esclava soy? Y yo el que con esta mano a vivir vuelve desde hoy. Decir puedo que un desmayo de mis dichas fue el ensayo, pues ya asegurarlas puedo. Gracias a Dios que me quedo sin casar siendo lacayo. Y pues ya el alma se entrega al gusto y al bien que llega con mis culpas confesadas, aquí acaben, perdonadas, Las Pérdidas del que juega.