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Texto digital de La pérdida honrosa

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
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El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La pérdida honrosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/perdida-honrosa-la.

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LA PÉRDIDA HONROSA

JORNADA PRIMERA

Maestre y comendadores De San Juan y cruces blancas, Ya de vuestra sangre rojas, Más que las de Calatrava; Vosotros los que seguís Con la religión cristiana La persecución turquesca, Con el corso y carabañas; Los que medís cada día En el muro y la campaña Las espadas y rodelas Con el alfanje y adarga; Los que por Cristo juráis De no volver las espaldas, No sólo con igualdad, Mas con desigual batalla; Los que con orgullo y brío Salisteis de vuestras casas A conquistar las ajenas, Adquiriendo eternas famas; Los que ha un año que sufrís Tanto aprieto y guerra tanta, Como el gran señor os da Con su gente y con sus armas, Que son tres mil y doscientas Las banderas otomanas, De quien hoy tiembla la Tierra Y el Sol esconde la cara; Tanto arcabucero persa, Tanto pechero de Arabia, Tanto jinete turquesco. Tanto infante de cimarra. La gente de Trapisonda Que cubre aquestas campañas. De Constantinopla y Siria, De Egipto, con la gran Asia: Oíd, que quiero deciros Que el que se agraviare salga A responder a mi lengua Y a resistir a mi lanza. Oíd, Maestre y bailíos Que a Rodas tenéis en guarda, Cercada de vuestros brazos Mejor que de sus murallas: Soy un moro de Tripol, Que de la casa otomana Tengo noble descendencia, Y esto a mi crédito basta. Dos años ha que salí De estar esclavo en España En la ciudad de Toledo, Adonde serví una dama; Agradole mi servicio. No de suerte que su fama Alcanzase de mi amor Sólo un átomo de mancha. El día de mi rescate Le di mi fe y mi palabra De partirme para Rodas, Si vivo desembarcaba, Y retar a un caballero De quien se siente agraviada, Aunque el agraviado él es, Que rompió la fe a una dama. Esta pluma pongo mía En este bastón ligada, Y esta cinta de su frente. Prisión de mi cuerpo y alma. Salga el caballero infame De Francia, España o Italia, De Albania o Ingalaterra, De Saboya o de Alemania, El romano o moscovita, El de Sicilia o de Candía Y de todas las naciones Que amparan esas murallas; Y el que se hallare culpado En faltar su fe y palabra A dama que haya servido, Haga conmigo batalla. Mañana por todo el día Tengo mi tienda en campaña, Con armas para los dos Y caballo, si le falta; Allí comeremos juntos, Con salvoconducto y guarda Que tengo del gran señor Que a Rodas tiene sitiada; Y después de la comida Le doy, por mi Rey, palabra Que no le ofenda ninguno. Sino mi lanza y espada. Salid, cruzados de Rodas, Terror y afrenta del Asia, Medid vuestras blancas cruces Con mis lanzas otomanas. Valiente y gallardo moro, Y más cortés que gallardo, Que en tu demanda conozco Tu pecho noble y honrado; El Maestre y sus bailíos Y los caballeros de hábito No te pueden responder; Que están agora ocupados, Porque por el fin y muerte De Fabricio Coretano, Nuestro Maestre famoso Y vuestro asombro y espanto, Han nombrado por Maestre a Filipo Lisladano, Y en el templo de San Juan Le están agora jurando. Yo en mi vida serví dama; Que por probar si tus brazos Dicen con tu gallardía, Hubiera salido al campo. Que el gran señor sitie a Rodas No es cosa que nos da espanto. Que es dar papel donde todos Nuestros nombres escribamos. Aquí de todas naciones No hay más de dos mil soldados, Y quinientos caballeros Del santo del Ecce Agnus. Venga Arabia , venga Persia, Venga Trapisonda y Cairo, Venga Egipto, Efeso y Siria, Venga Turquía y Bizancio; Aquí hay veintidós banderas Y aquel estandarte sacro Que hoy cargan sobre los hombros De aquel a quien dan el cargo. Saldrán contra tus naciones ítalos, hispanos, francos. Romanos, ingleses, frisios, Milaneses, saboyanos; Y esas bárbaras banderas Y esos estandartes bravos Traerán para colgaduras Al templo del Patrón santo. Yo estaba de posta al muro, Y hase cumplido mi cuarto; Voime a jurar al MAESTRE. Y yo me vuelvo a mi campo. Adonde aguardo mañana. Con mis armas y caballo, A quien me mate y deshaga La memoria de un agravio. Tema la Tierra, tema el firmamento, Atruene el mundo la parlera trompa; Sepan los turcos nuestro bien y aumento. Humillen su soberbia y vana pompa; El húmedo y diáfano elemento Tome temor, cuando sus ondas rompa; Tiemble la Tierra y sus criaturas todas Del Gran Maestre y blanca cruz de Rodas. Párese el Sol para mirar las glorias Del nuevo Marte, en quien el peso fundo De las altas hazañas y victorias Que ha de esparcir la fama por el mundo; Borre de les pasados las memorias, Tema la Persia , asómbrese el profundo, Deje las armas afrentado Marte; Que don Filipo ensalza su estandarte. Vuele la blanca cruz sobre una nube Para eclipsar las lunas agarenas, Que si con ella el Gran Maestre sube, La del cielo estará segura apenas; El humor triste que en el alma tuve. El hielo amargo que cubrió mis venas, Por muerte de mi amigo Coretano, Cure el nuevo maestre Lisladano. De nueva luz la Tierra se corone, Salga el Sol más alegre que solía, Pues desde donde nace a do se pone Llevará con la fama compañía. Porque donde él alumbre ella pregone. Dando a entender la nueva monarquía Contra los sarracenos conservada. Puesta sobre el valor de vuestra espada. Honra y gloria de todas las naciones, Columnas de la fe, nobles guerreros. De la cristiana religión leones, Total azote de estos perros fieros, Y para concluir en dos razones, De la cruz del Bautista caballeros, Alcides fuerte, en quien el peso cargo De mí, de Rodas, de mi honor y cargo. Un freile soy humilde más que todos; Francia sangre me dio y la fe que guarde; Criome España, y por diversos modos Busqué el mundo con ánimo gallardo. Tudescos, frisos, albaneses, godos. El portugués, romano, Ítalo, sardo, Me conocieron en su propia tierra Aspirando al honor que da la guerra. Vuestro soy y seré, pues me habéis hecho Tan grande honor que apenas en mí cabe, Y así, por esta cruz que traigo al pecho, Y por la Virgen, a quien vino el Ave Que dejó al Padre Eterno satisfecho, Siendo del general socorro, nave Que trajo al mismo Dios entre nosotros. De morir por cualquiera de vosotros. ¿Creeislo así? ¿Quién hay que dude en eso? ¡Viva Filipo! ¡Lisladano viva! Ponga el pie sobre el persa y turco cuello, Humille su cerviz y frente altiva. Hoy a vuestra nobleza echáis el sello, Porque en mi pecho eternamente viva El agradecimiento; que la paga No puedo hacerla tal que satisfaga. Goces mil años, señor, El nuevo cargo, pequeño Para tu inmenso valor; Que a ser de toda Asia dueño También lo fuera en rigor. ¡Oh, valeroso don Juan, Como vuestros enemigos Con más verdad lo dirán. Siendo abonados testigos Con las victorias que os dan! ¿Dónde bueno? Había salido De guarda habrá media hora De sobre este cubo hendido. Que de la canalla mora Esa fuerza ha defendido; Y estando con el cuidado Que debe un soldado honrado De posta en esa muralla, De entre esa fiera canalla Llegó un morillo arriscado. De gentil talle y donaire, Y clavando aquel bastón. Con risa, burla y desgaire. Dejó la pluma y listón Que están tremolando al aire; Para cualquier caballero, Natural o forastero. Que en ofensa de su fama Faltó palabra a su dama Siendo ingrato o lisonjero; Mas por no tocarme a mí No le respondí con obras, Que las suele haber en mí; Pero a su arrogancia y sobras Libre respuesta le di. Cualquier caballero vea Si desea que la fama Que en el santo honor se emplea No publique que a su dama Aleve é ingrato sea, Si por dicha le ha ofendido. Que este bárbaro ha venido Para su defensa, en suma, Y trae la pajiza pluma De las galas de Cupido, Salga a mostrar su valor. Esta es ocasión de honor. Y por cosa cierta sé Que a doña Isabel falté La palabra de su amor. Dame licencia, Maestre, Para que al morir le muestre El valor de aquestos brazos, Haciéndose mil pedazos, Aunque el ciego dios le adiestre. Dadme la pluma y listón; Suspéndase el desafío. Sólo por el gusto mío, Hasta mejor ocasión. Un turco con embajada a la muralla llegó, Y don Fernando mandó Que no le nieguen la entrada. Dejó las armas allí, Y agora pide licencia Para verse en tu presencia. Traedle luego ante mí. ¿Qué os parece que nos quiere? Vendrate a ofrecer partidos. Hállenos apercibidos, Y venga a lo que viniere. Sálvete Dios, Gran Maestre, Y a los que contigo están. Y a ti, famoso bajan. Favorable se te muestre. ¿Quién eres? Soy Mostafá. ¿Qué quieres? Darte embajada, Y que me sea escuchada. Habla, pues, que sí será. Rodas, noble isla antigua, Famosa en el mar Carpacio, Gloriosa en armas y en letras, Temida por largos años. Que para fortalecerse Tiene su asiento tan alto Que su coloso parece Que al Sol quiere hurtar el carro: Los candiotas belchinos, De Candía invencibles bárbaros, Sin experiencia de letras Y ejercitados en arcos, Ganaron aqueste monte Y esta ciudad levantaron; Fortalecieron sus muros De ladrillo y piedra mármol; Mas luego que Trepolemo, Habido el sitio troyano. Griego en las armas famoso, La conquistó en dos asaltos, Vino a ser Rodas, y Atine Floreció por largos años. Desde Chipre hasta Liguria Y desde el Nilo hasta el Ganjo; Después los famosos citas Desde los montes caucases Han tomado los principios Donde siempre el clima helado, Ganando el Asia invencible, Tracia y Grecia les dio lauro, Las costas del mar Hirió, Trapisonda, imperio sacro; Viéronse después señores De la gran ciudad de Otranto, Ciudad en Italia ilustre; Reyes del remo calabrio, Ganando a Constantinopla, Donde el imperial palacio Fundaron y la gran corte Famosa de Armenia al Cairo. Sobre Rodas y su tierra Pusieron todo su campo, Que de Amurates regido, Huyó a sus pobres vasallos. Poseyola largos tiempos. Mas los caballeros de hábito Con la cruz, divisa y orden De este vuestro patrón santo. Llevando por su Maestre Al que fue honor de los francos, Al famoso Villarsito, De Jerusalén amparo, Y al gran duque de Saboya, Con los nobles de su Estado, A Rodas pusieron cerco. Ganándola con engaño. Habrá que la poseéis Ciento y cuarenta y dos años. Donde todos los maestres Han hecho hazañas de bravos. Hoy has empezado a serlo Y hoy te envía el César magno Un recado de su gusto Y el parabién de tu cargo. Dice, pues, el gran señor Que le goces largos años, Y que él gusta de tener Un tan honrado contrario; Y pues que nunca te ha visto Si no ha sido en los asaltos, Donde no miró tu rostro Por guardarse de tus manos; Que pues es mañana el día De ese vuestro Patrón santo, a quien veneramos todos Los moros y los cristianos, Que en tu ciudad o en su tienda Quiere que os veáis despacio, Debajo del real seguro Que del gran señor te traigo. Esta carta traigo del, Léela, gran Lisladano, Y dame respuesta breve, Porque me vuelva a mi campo. «He tenido mucho gusto, valeroso Filipo Vitelio Lisladano, nuevo Maestre de Rodas, que en lugar de un enemigo tan honrado como en Fabricio Coretano perdí, haya sucedido en su lugar y carga un tan famoso soldado como vos; querría que nos viésemos despacio en vuestra ciudad o en mi campo, ansí para conocer tan honrado enemigo como para tratar cosas que os convienen. Debajo de salvoconducto y guarda real, que yo la concedo por todo el día. De estas nuestras tiendas y sitio de Rodas a 13 de la Luna de Manlud. Año de la era y peregrinación de nuestro Profeta de 1395. Solimán Por cierto, razón es suya, Porque la fama se arguya Que de gran soldado tiene De la modestia que viene En esta embajada tuya. Al Gran Señor le dirás Que estimo en tanto el favor, Como de tan gran señor, Y si puedo, mucho más, Pues es mucho su valor. Y si rey cristiano fuera. De esta merced obligado Alegre a servirle fuera, Y como pobre soldado Sujeto a sus pies me viera; Pero que entre mis trofeos Pago sus buenos deseos Con rogar al Cielo aquí Que, no siendo contra mí, Favorezca sus empleos. En Rodas no hallo lugar Donde poderle alojar; Que esta casa humilde y llana Está hecha atarazana De ingenios de pelear. Aquí de noche y de día Se adereza artillería. Se fabrican carretones, Se están armando cestones, Se limpia arcabucería, Muélese polvos a suerte, Y está tal , que si lo advierte, Esta casilla parece En los pertrechos que ofrece. Una heredad de la muerte. Y cuando en Rodas quisiera Meter su grandeza, sé Que en vano mi intento fuera, Pues claramente se ve Que cuando en ella se viera, Como en estrecho se hallara. Las murallas reventara Por ensanchar su grandeza, Y con esto la llaneza De los rodios allanara. Y así le podéis decir Que le quiero ir a servir. Pues sé que estará excusado De la molestia y cuidado De poderme recibir; Porque a mi persona indina Que a favorecerte inclina. No la real tienda que goza Me basta, sino una choza De terrones y fagina. Y de paso de esa fe. Con tres del hábito iré A verme con su grandeza, Y que humillando su alteza Con tres bajares esté. Y pues que seguro envía, Mañana por todo el día, De sol a sol se le doy. Yo, Gran Maestre, me voy, Pues dije a lo que venía; Mas por Mahoma y Alá Y aquel Alcorán sagrado Que escrito en el Cielo está, Que el lauro de gran soldado Justamente se te da. Queda con Alá. Con él Vayas ¡ah bárbaro infiel! ¡Nobles soldados, querría Antes que llegase el día Dalle un rebato cruel! Si quieres, déjame el cargo: Yo, Gran Maestre, me encargo De hacer que mis brazos pruebe, Y aunque dio el término breve Hacer que se le haga largo. Famoso frey Juan de Jío, De los de Candía juntad Cien hombres de esfuerzo y brío, Y al punto los enviad Al alojamiento mío; Y vos, don Tello, al momento Me prevenid otros ciento De los soldados de España, Que son los que en la campaña Darán vida a nuestro intento; De tudescos y albaneses, Ramón Marquete elegid Cien hombres; de los franceses, Don Roberto, apercibid Ciento, y traiga cien ingleses Don Enrique, y hecho aquesto Se junten en este puesto Y a media noche saldremos Para que al turco le demos Un regocijo funesto. Entiendan de estos cruzados, De su tártara familia. Que no viene sin vigilia Fiesta de tales soldados. ¿Cabeza no nos señalas Para tal empresa? No. ¿Será bien que en ricas salas Me quede durmiendo yo Mientras resistís las balas? Señor, vuestra alteza vea En el caso que se emplea; Que no es bien desamparar Tu grandeza este lugar Por una simple pelea. Para tal empresa basta Cualquiera de los que van. Que son freiles de San Juan, Y en hechos, ánimo y casta Igualan a Solimán. No salgas. Maestre ilustre, Donde una contraria suerte Nuestro contento deslustre, Dándole al bárbaro suerte, Para sus hazañas lustre. ¿Quién bastará a gobernar Esta fuerza, este lugar, Si tú del muro te alejas Y sin tu gobierno dejas Tu presidio militar? Por el hábito sagrado Del Bautista que profeso, Por mí y por el cargo honrado, Cuyo gravamen y peso Está en mis hombros cargado, Que he de salir el primero, Y que en el conflicto fiero No se ha de envainar mi espada Sin que de la encamisada Me retire yo el postrero. Si el turco me envía a llamar Para ver si sé hablar, Por satisfacerle, quiero Que esté informado primero De cómo sé pelear. Nadie en esto me replique: César, Ramón, don Enrique Y Roberto, a vuestro cargo Acudid; que yo me encargo Hacer que se fortifique El muro de la ciudad. Poned cien mil luminarias. Disparad con brevedad Mil presas en partes varias. Las campanas repicad. Porque con el alboroto Piensen que es acto devoto Del patrón que celebramos, Y cuando acudan, tengamos Un escuadrón muerto o roto. Sólo un clarín llevaremos Para que en concierto y orden Al muro nos retiremos. Sin que por culpa o desorden Rotos o muertos quedemos. Y con esto vámonos. Que son cerca de las dos. Pienso que dadas serán. ¡Viva el profeta San Juan! ¡Viva el gran primo de Dios! Como te digo, le vi renegar. ¿Que tú le viste? Digo, señora, que sí. ¡Ah, ingrato! ¿No me hiciste Dejar esa ley a mí? ¡Infiel! ¿Ya olvidaste el día Que, dándote libertad Y renunciando la mía. Me trajiste a tu ciudad Y rendiste a tu porfía? ¿No me hiciste que negase Mi Alcorán, y que adorase En Cristo su Madre y cruz, Para que la eterna luz, Siendo cristiana, gozase? ¿Pues cómo sigues agora, ¡Infame! la secta mora? ¿Cómo, falsario, traidor, Usaste tanto rigor Con la triste que te adora? Tu alma infiel y falsaria, Tu condición ciega y varia. Nos dan muy claro a entender Que diste fe a tu mujer Para seguir la contraria. Claro, Jácome, se ve En ese pecho sin fe. Que el día que me engañaste La fe de Dios me enseñaste Para buscar nueva fe. ¿Quién podrá, falso, creer, Si no es que lo llega a ver, Lo que pasa entre los dos? ¿No había harto en un Dios Para marido y mujer? ¿Y adonde está? El gran señor Acerca de su persona Le ofrece inmenso favor. ¿Y con qué razón abona Su falsedad el traidor? Dice el apóstata ingrato, Para disculpar su trato. Que si nuestra ley dejó Fue que a ello le obligó La crueldad y el maltrato De quien fue esclavo primero, Cuando en el conflicto fiero De Nícaro fue cautivo, Y que en el tormento esquivo Le fue amigo verdadero. Con temor de triste muerte. Tuvo por mejor perderte Que no ser preso y cautivo. ¡Ay tormento infiel y esquivo! ¡Ay terrible y triste suerte! ¿Fue mejor perderme a mí? ¡Ansí, infiel marido, ansí! Pues yo no temí perder Mis padres, hacienda y ser, Sólo por ganarte a ti. Dale esta carta, y ve adiós. Él mismo quede con vos. ¡Ay hijos, ay desdichados! Por la desdicha engendrados, Mía y de entrambos a dos; Ya sin padre y madre os veo; Ya vuestra muerte deseo. Que siendo cierta la mía. Dejaros vivos sería Un caso terrible y feo; Pues querer mataros sé Que ánimo me faltará, Y mataros no podré. Si en vos retratado está Un ingrato que adoré; Pues, hijos míos, decí ¿Qué es !o que será de mí Y qué será de los dos? ¡Madre, encomiéndelo a Dios! Está loca, vuelva en sí. Quien tuvo ánimo y valor Para escoger lo mejor, La que con valor profundo Me dio a mí por hijo al mundo, Siendo de los dos mayor, No tema; que el Cielo sabe Que aunque mi vida se acabe, Perdiendo este mortal ser, Tengo de morir o hacer Cómo su dolor se acabe. Quede adiós, y al Cielo juro, Que ese bárbaro y perjuro Que su ley y Dios dejó, Y a mí y a vos afrentó, No viva de mí seguro. ¡Hijo! Déjeme, que rabio. Deme al momento un vestido, Con que iré desconocido a reconocer mi agravio. ¡Hijo Juan, hijo querido! ¡Repórtate, escucha un poco! ¡Madre, a morir me provoco. Pensando que aquél, sin Dios, Nos afrenta a mí y a vos! ¡Ten sufrimiento! ¿Estás loco? ¿Acompañarasme a mí Para tomar la venganza Al peso de mi esperanza En hábito extraño? Sí, Hasta donde el ser alcanza. Que vos, madre, me habéis dado; Que de aquel desventurado Nada he recibido yo, Ni ser ni vida me dio. Que es tu padre. Renegado.- Calla, Juan; vente conmigo. Yo iré para ser testigo De su proceder villano. Mira que es tu padre, hermano. No es mi padre, ni aun amigo. Hoy, escuadrón pequeño y valeroso. Es justa cosa que valor se muestre. Sin amparo de muro ni de soto. Aquí va el estandarte y el Maestre; Que no diréis que solos os envía, Sin caudillo o cabeza que os adiestre. Tema la Persia y tiemble Berbería; Resuene vuestra fama en la Asia toda, Y a Europa cubra el gozo y la alegría. Con la sangre francesa, Ítala y goda. Tended las armas contra la canalla, Que hoy la fama en su libro os acomoda. No nos cubre el acero el ante o malla. Sólo pieles le sirven de defensa Y los delgados lienzos de muralla. Agora el que extender la fama piensa, El acero desnude, al turco embista; Que de su gloria desta vez suspensa Llore el bárbaro Rey esta conquista, Con pérdida de gente, plata y oro, A quien no alcanza número ni vista. Cubrid con sangre del soberbio moro Las campañas desnudas de arboledas. Dadle de Rodas el mortal tesoro; Y si la diosa y su mudable rueda Permite que muramos, será gloria Que muera el hombre donde fama hereda; Y lleve cada uno en la memoria Que del cerco de Rodas algún día Los que vendrán han de tener victoria. Con la sangre compremos este día Para' la fama hazañas soberanas. Que al tiempo hagan dulce compañía; Seguid ese estandarte y estas canas, Que he de teñirlas, a pesar del mundo. En sangre de las huestes africanas. Maestre heroico en quien el peso fundo Deste escuadrón de Rodas y del cargo Pequeño para tu valor profundo, Deja razones y el proemio largo Con que a morir honrados nos incitas. Poniendo al embestir prolijo embargo, Rompe por medio de los fieros citas, Ve por medio de Persia y del Arabia Derribando murallas y mezquitas. Ya, Maestre famoso, nos agravia No llegar a las manos contra el perro Que mueve nuestros ánimos a rabia. Hambriento está el fatal y agudo hierro Pidiendo sangre desta gente perra. Hoy la pena y temor dejo y destierro. Maestre valeroso, al punto cierra. ¡Viva Cristo y San Juan, y Rodas cierra! ¡A ellos, canalla vil! Deteneos, ¿dónde vais? ¿De qué gente os retiráis Al pie de doscientos mil? ¿Qué guadaña de la muerte Es la que veis que os destruye? Volved, que la muerte huye Del que se le muestra fuerte. ¡Ah Mahoma, tal consientes! ¿Qué hay Mostafá? Gran señor. Falta de esfuerzo y valor En nuestras cobardes gentes: Hay temor y cobardía, Hay afeminados pechos. Hay, señor, infames hechos En la viciosa Turquía; Hay un huir temerario, Vergonzoso y deshonesto, Y hay todo al contrario de esto En tu famoso contrario. ¡Las furias del hondo infierno Esta noche se han soltado! ¿Qué hay Pirro? Que se ha soltado Contra ti Mahoma eterno. Sabe, señor poderoso Aunque no con la fortuna. Pues cuatro pechos cruzados Hoy tus Vitorias enturbian, Que de la rebelde Rodas Por aquella senda obscura Que atraviesa al hondo foso Y la muralla asegura De las minas que inventamos, Pues todos por ellas cruzan, Siguiendo una señal sola, Casi al salir de la Luna, Salió un escuadrón pequeño, Aunque grande en la ventura, Y para cubrir las armas Que con la luna relumbran, Encima de los vestidos Blancas camisas o aljubas, Cogiéndonos descuidados, Toda tu gente segura, Sepultados en silencio, Aunque ya en la sepultura, Embistieron de repente Sobre la turba confusa, Que al despertar le dan sueño De que no despiertan nunca. Los tirantes de las tiendas Los agudos filos cruzan, Cayendo sobre los tristes Que las habitan y ocupan, Y cortándolas llegaron No muy lejos de la tuya. Diciendo: San Juan de Rodas, San Juan sólo sea en tu ayuda; Aquí va el Maestre propio, Prendedle, canalla turca, Que si el Gran Turco le prende. Rodas y la isla es tuya. Salí, señor, de mi tienda, Y a la lumbre de la Luna Vi las venerables canas, Que a tus gentes atribulan. Cortando brazos y piernas. Rodelas, jacos y aljubas. Sin parar pasan de vuelo Dando en tu gente segura. Con hasta quinientos hombres Emprendió aquesta diablura Este francés temerario. Aquesta cristiana furia; Pero lo que más se siente Y la mayor desventura, No sé, señor, si lo diga Que esta es desventura mucha. Habernos echado menos Catorce banderas tuyas. Que perdió Cartamobúcar, Tu belerbey general, Aquel de cuya ventura Ni yo esperé tal suceso Ni aun el poder de fortuna. Quiso furioso cobrarle; Pero en vano lo procura. Porque de una herida el alma El cuerpo le desocupa. Esta, Solimán famoso. Es la desventura tuya. Perdona al embajador. Pues ves que no tiene culpa. Injusto Cielo, ¿qué es esto? ¿Fortuna, diosa caduca, Hoy mi poder avasallas, Hoy derribas mis venturas? ¡AI arma, turcos infames! ¡Al arma, canalla turca! ¡Al arma, africanos perros! ¡Al arma, tártara chusma, Genízaros femeniles! Ea, canalla confusa, Buscad el oro perdido, Si es que el infame lo busca. Hoy es día que he de ver Aquel león de Liguria Que cazando por mis campos Llevó sus crines seguras. No me habléis palabra, infames, Que os abrasará mi furia; Sino, prevenid la tienda Donde ha de ser esta junta. ¡Triste día, suerte avara; Llegó el día del rigor En que ya del gran señor No se podrá ver la cara! Siento con mucha razón Pérdida tan grave y tal. ¡Y que el alférez real Perdiese así el gonfalón! ¿Cómo perder? ¡Vive Alá! ¿Si Mahoma le guardara. El Maestre le ganara Como le ganó de acá? ¿Y ganole él mismo? No, Que yo oí en aquella parte: «No busquéis el estandarte Que Tello se lo llevó.» ¿Quién es ése? Un español. Digo que ya no me espanto, ¡Por Alá divino y santo. Que se le ganara al Sol! Haced en orden poner La tienda. En ésta será. Que ya apercibida está Para el caso desde ayer. Pues, Pirro, al momento vamos; Que mi pecho determina Volar mañana la mina Con que vengados seamos. De Portugal el consejo Caro cuesta a la nación. En la primera ocasión Mata Solimán al viejo. Ya suenan los instrumentos; Sospecho que viene ya. ¿Qué nos falta? Mostafá, El prevenir los asientos. ¡Gran Maestre! ¡Gran señor! Hoy en honrarte me fundo; Llégate, valor del mundo. Ya llego, rey del honor. No carece de misterio Mi gran deseo de verte; Que estimo más conocerte Que conquistar un imperio. Y por las estrellas todas, Que si con mi honor pudiera, A Belgrado me volviera, Libertando por ti a Rodas. Abrázame. Es alto vuelo; Que tanta ventura es Para mí estar a tus pies Como levantarme al cielo. Llégate, padre. Ese nombre Es en quien mi honra fundo. ¡Por el Criador del mundo, Que tienes más que ser de hombre! No sé qué tienes, que trueca Mi mortal odio en amor. Soy tu criado, señor. ¡Por el Profeta, que en Meca Está en eterno reposo. Que si ansí la verdad fuera, Más grande señor te hiciera Que ningún rey poderoso! No sé qué es lo que en mí siento; Siéntate a este lado, pasa, Quien apenas tiene casa, ¿Cómo podrá estar de asiento? No has de poner intervalo, Que es bien que mi amor te muestre. Hoy seré Grande Maestre, Pues al gran señor me igualo; Que a tener tú entera lumbre Y conocer quién Dios es, El humillarme a tus pies Era ensalzarme a la cumbre. Quiero que entiendas de mí Que ansí estimo tu valor, Que a no ser yo el gran señor, Quisiera humillarme a ti. Porque a no tener la luz Que me dio Alá soberano, Pienso que fuera cristiano Sólo por traer tu cruz. Y eres tan noble enemigo, Donde tal valor se encierra. Que al mismo Alá hiciera guerra Como tú fueras mi amigo. ¿No veis qué amigos están? ¿Qué es esto, Mahoma santo? ¡Vive el Cielo, que me espanto De ver ansí a Solimán! ¿Éste es aquel que decía El mundo que era cruel? Yo no he descubierto en él Sino amor y cortesía. Tú que los muros allanas De mi fiero corazón, Bañándole en afición De tu valor y tus canas, ¿Qué edad tienes? Gran señor. Ochenta años ha que gozo Del mundo, y siempre soy mozo En lo que es mostrar valor. Aquí mi edad acomodo En cortesía y consejo, Y en la guerra, aunque soy viejo, La espada gobierno y todo. Cerca pasé de tu cama Antes del amanecer. ¡Hecho que debe poner Entre los grandes la fama; Heroico y extraño vuelo! Pero dejando esto aparte, Rescátame el estandarte De quien ha temblado el suelo. Pues de paz a verme vienes. Paga mi amor y afición; Que no he de tener pendón Si no cobro el que me tienes. Basta el victorioso hecho, Maestre; que, a ley de moro, Que es pequeño mi tesoro Para pagar lo que has hecho. Tratándose como amigos Muestran su esfuerzo y poder. Es honrado proceder. Son honrados enemigos. Si el cerco no me levantas, No te le podré volver. Yo me holgara de poder, ¡Por Alá y sus luces santas! Pero el día que partí De mi palacio imperial. Contra ese pueblo infernal De ganar le prometí; Que en todas las ocasiones Que nombraban mis estados, Decían hombres cruzados. Más son cruzados leones. No basta haber año y medio Y aún más que ha que estáis cercados. De sustento descarnados. Sin socorro ni remedio: Que doscientos mil infantes, Comprados a peso de oro, Gastándome mi tesoro. Pelean contra diamantes. Ya el provecho es inferior Que vuestra ciudad encierra; No peleo por la tierra. Peleo por el honor. Y si esto a su fin no pasa Y no conquisto ese muro. No estaré de ti seguro Dentro de mi propia casa. Mas como el pendón me envíes. Por la gloria que Alá encierra, De darte para tu guerra Veinte cargas de cequíes; Diez de cristal de la mina, Que ret llama el africano; Cien jacos del suelo hispano De la malla jacerina, Y Darete ¡vive el Cielo! Sólo por dártelo a ti, Un alfanje y tahalí Del gran Mahomat, mi abuelo. Que es de valor te prometo. Si a mi gusto te acomodas; Que vale harto más que Rodas Puesta fuera de este aprieto. No parezca cumplimiento El decir que yo quisiera Complacerte, si pudiera, Y satisfacer tu intento. Los cequíes que me ofreces. El cristal, joyas y espada, Y aquesta merced sobrada Con que mi ser engrandeces, Claro está que ha de obligarme A servirte; mas, señor. Para comprarme mi honor, ¿Tienes tesoro que darme? ¿Con qué podré yo pagar, Si acaso, Rodas perdida. Viniere a quedar con vida Y me pudiese librar? Podré decir en presencia Del Cielo, el Sol y la Luna: «Perdila por mi fortuna, Mas no por mi negligencia.» Que al fin diré donde fuere: «Perdida a Rodas dejé Y el estandarte gané Del Gran Turco.» Considere Vuestra Alteza que es disculpa Esto, a no ser importuno; Que al fin no dirá ninguno Que se perdió por mi culpa. Y ansí habrás considerado Que en la gloria que me aplico Tu promesa me hace rico, Pero tu estandarte honrado. Y es ponerme en mucho estrecho Que tal tu Alteza me mande. Porque soy de la cruz Grande Y ansí he de tener gran pecho. Y no te le pienso dar Mientras no nos descercares. Porque si a Rodas ganares Tengas algo que estimar. Sabrás , señor poderoso. Que en aquella ermita y casa A quien San Cosme y Damián La gente de Rodas llaman. La que de baño te sirve Y adonde tienes plantada La más de tu artillería, Cavada de foso y cavas, Catorce cruzados fuertes, Que decir cruzados basta, Pues han sido con tus gentes Cruces de muerte y de infamia, Clavaron la artillería, Tienen la ermita ganada, De turcos muertos y heridos Casi cubierta la casa; A Ismas, tu sobrino, han puesto Una liga a la garganta, Y cuando quieren tirarles. Con tu sobrino se amparan; Está cubierta la tierra De flechas, dardos y lanzas, Que, como toros heridos, Las tienen entre las plantas. Apostáronse esta noche De la ciega encamisada. Donde sus blancas camisas Fueron turquescas mortajas. a ti me envía Braimo, Mira que mandas que haga. Si se batirá la ermita o si se les pondrá guarda. ¿Qué es esto, Alá poderoso? ¿Catorce cristianos bastan Contra un mundo que está junto Sobre una pequeña casa? ¿Qué te parece. Maestre? Hame pesado en el alma, Pero si allí les dan muerte. Con honor y fama acaban. Por mi patrón, el Bautista, Te prometo que trocara Este estrado en que me honras Por hallarme en tal hazaña. ¡Oh valor de caballeros! ¿Qué hacemos? No sé qué haga. Que dejes poner el sol, Con que la tregua se acaba, Y pues hay otras camisas, Démosles otra alborada. ¿Quién es ése? Este es, señor, Dueño desta noble hazaña. El que ganó tu estandarte. ¡Santo Alá! ¿Cómo se llama? Llámase Tello, señor. ¿Y de qué tierra? De España, De la ciudad de Sevilla. Yo digo que no me espanta. Si es español , que se arroje A ganar la luna sacra. Ya, señor, se llega el punto En que haré lo que me mandas: Dame mis cruzados libres Y un tu capitán que vaya A traer el estandarte. ¡Por Mahoma, que me espanta! ¿Lo que no ha podido ruego. Honor ni riquezas tantas. Por catorce hombres ofreces? Si lo que la rica Arabia o la Joña y el Catay, o lo que a la noble España Ofrecen sus nuevas Indias Me ofrecieras , era nada Para darte el estandarte Ganado con gloria tanta. Y si catorce estandartes Con mi sangre conquistaras. Por rescatarlos le diera Cualquiera de los que faltan. Envía mis caballeros, Y, como te digo, vaya Quien te traiga el estandarte. . Espera, Maestre, aguarda: Llevarástelos contigo Y mi estandarte mañana Me le envía con don Tello, Que es justa y loable hazaña; Que si él llevó mi estandarte. Sea él mismo el que lo traiga, Cúmplase, señor, tu gusto; Que él te le traerá sin falta. Seguro podéis venir. Conmigo vendrá mi espada, Y como ella me acompañe. Yo aseguraré la plaza. Dame la mano. Jesús, señor! Honra tanta... ¡Quién pudiera ser tu amigo. Maestre de la cruz blanca!

JORNADA SEGUNDA

Al fin, ¿qué es lo que pedís De parte de la ciudad? Sacro Maestre, escuchad. Ya escucho lo que decís. Dice la afligida Rodas Que ha visto el daño tan cierto, Y viendo el remedio incierto De SUS esperanzas todas, Que mires el común daño. Que está la gente afligida. Ya sepultados en vida En aqueste asedio extraño; Y tan triste suerte corre En este asedio prolijo. Que ni el padre acude al hijo. Ni el hijo al padre socorre. Y que es fuerza que vengamos a rendir esta sentencia Después, y a pedir clemencia Cuando no la consigamos. Ya las murallas, cansadas De tal batería y guerra. Están la mitad en tierra. Del grave peso obligadas. Si acaso nos acostamos Rendidos del triste sueño, Cae la casa con el dueño Y sepultados quedamos; Que las piezas que están puestas Con los bestiones fornidos, Como nos cogen dormidos Nos echan la casa a cuestas; Y para pasar la vida Tus desdichados vasallos, Matan sus propios caballos Y de ellos hacen comida. ¡Piedad de tu pecho mane! Que esta ciudad que tenemos Más vale que se la demos Que no que el turco la gane. Vuelve y diles que no quiero Rendir la ciudad, y di Que si murieren aquí. Yo también con ellos muero. Que no tienen que quejarse Que por mí lo pasan mal. Pues soy en el daño igual; Pero que no han de entregarse. El que quisiere se salga Al campo del gran señor, Y el que no tiene valor De vil humildad se valga. Volved , pues , a Dios la vista, Y mirad, desventurados. Que otra vez fuisteis cercados Deste que agora os conquista, Y que a su campo volvió Humillada la braveza; Pero tuvisteis cabeza Más venturosa que yo. Sufrid, rodanos, sufrí. Considerad, afligidos, Que somos hijos queridos. Pues que Dios nos trata ansí. Que desde ahora imagino. Amigos, que será vano Esperar socorro humano. Sino pedir el divino. Y este bárbaro orgulloso Que vuestros campos habita, Aunque sea noble es Cita: Mirad si será piadoso. Mirad bien lo que pedís; Que entre estos infieles bravos. Seréis, como en Grecia, esclavos Si, como en Grecia, os rendís. Y porque con este afán No se me diga otro tanto. Descubrid el altar santo De nuestro patrón San Juan. Del soberano Bautista Se descubre ya el altar. (A quién no basta a animar, Patrón santo, vuestra vista? Santo primo de Dios , gloria del Cielo, Confesor, virgen, mártir y profeta, Del soberano Dios voz y trompeta Que anuncias la salud, pan y consuelo; Santo a quien reverencia todo el Cielo, La fe cristiana y la morisca seta. Anunciador y celestial cometa Del Cordero inocente y ternezuelo; A ti las llaves y la guarda toca De esta ciudad, a ti te las presento: Si tú las quieres dar al turco, dalas; Que si tú no lo mandas por tu boca, Presto al Cielo homenaje y juramento Que no han de entrar, aunque les nazcan alas. Vuelve, rodano, a esa gente Temerosa y encogida. De flojedad afligida. Que se anime y que se aliente. Y el que quisiere rendirse, Bien puede salir seguro; Que portillos tiene el muro Por donde poder salirse; Pero sin ningún reparo Su infamia se ha de saber, Y en la plaza he de poner Un padrón de mármol claro, Donde quedarán escritos Sus nombres desventurados, Y sus deudos infamados De estos nuevos sambenitos. Y no es traza tan extraña Ni tan fuera de razón, Porque será a imitación De la católica España. Y en otros dos a los lados Más levantados de tierra, Pondré los que en esta guerra Murieron a ley de honrados. ¿Teméis que la casa os mate En medio del sueño incierto, Y no teme el que despierto Está esperando el combate? ¿No teme el que guarda el muro Cuando el contrario le arrasa, Y teme el que está en su casa A costa nuestra seguro? Vístesme ayer en la mano. Ya de anciana medio helada, Una espuerta y una azada Con pecho y valor cristiano, Llevando tierra y fagina Con intento de animaros, (Y teméis que han de mataros? Animad, gente mezquina, Haced al bárbaro guerra; Que si es que habéis de acabar, La muerte os sabrá buscar Aunque os esconda la tierra. Ya, señor, que te resuelves, No hay que replicarte nada. No vuelvas con embajada, Que te ahorcaré si vuelves. Dejadme solo, que prueba Su fuerza el sueño conmigo. Mirad vos, Farfán amigo. Si hay alguna cosa nueva, Y si la hubiere llamadme. Servirte siempre pretendo, Y si estuvieres durmiendo Si durmiere, despertadme. ¡Pesar de la vil canalla! Temblando de miedo están. Cuando está el gran Lisladán Amparando su muralla. Cuando cristianos no fueran Y Dios no los amparara. Cuando San Juan les faltara Era justo que temieran. ¿Estoy en mí que imagino Que sin propósito invoco. Contra un campo ciego y loco Auxilio y favor divino? El Cielo a mi ayuda esté; No me ayude a esta conquista Ni Dios ni San Juan Bautista; Que yo me defenderé Sueño me aprieta; yo sigo Sus pasos, pues es mi dueño; No hay pelear contra el sueño. Que es poderoso enemigo. Maestre, toma las llaves. Patrón glorioso, ¿por qué?... Porque tienes poca fe; Defiéndete tú, si sabes. Aguarda, santo patrón, Vuelve los ojos, espera. ¡Cielos, dormí! ¿Sueño era o fue celestial visión? Las llaves están aquí: Bien es que me acabe el llanto; Yo las di a mi patrón santo Y él me las ha vuelto a mí. Señal de que el Cielo está De mi soberbia ofendido; Pues loco y soberbio he sido, Como el que cayó de allá. Grande mi soberbia fue, Pero en tan sangrienta lid Lloraré, como David, Pues como David pequé. Vuestra clemencia me valga, Señor, aunque yo desee Un Semey que me apedree Cuando desterrado salga. Y pues Cielo y Tierra admira La piedad que poseéis. Amor de padre tenéis, Aunque no le he visto en ira; Pues vuestro pecho codicia Más piedad que no rigor, Sea de oliva, Señor, Vuestra vara de justicia. Vos, paloma hermosa y bella, Virgen sagrada, mirad Por esta pobre ciudad, Que hay inocentes en ella. ¡Válgame Dios! ¡Cajas siento! Confuso estoy y turbado, Que me turba mi pecado Más que el estruendo sangriento. No estés, señor, descuidado; Que ya sobre el muro está El soberbio Mostafá Y Pirro, aquel renegado. Las llaves quiero encubrir, Que mi culpa manifiestan. Ya a la lengua inglesa asestan Quince piezas de batir. ¿Qué prevenciones son éstas, Ciudad desdichada y sola? Sobre la puerta española Están otras siete puestas. Toda este noche han batido El muro que España encierra, Y desde lo alto a la tierra Está el cubo izquierdo herido. Muy mal estaréis seguros, Tello, valeroso amigo; Pues el mayor enemigo Está dentro de estos muros. ¿Acaso hase descubierto Traición alguna? Que no. Por el temor, digo yo. Que es el contrario más cierto. Vamos hacia la muralla. Donde el turco se avecina; Mas, pues yo he sido su ruina, ¿Cómo podré remediarla? A Amurates agradezco El presente, como es justo. ¡Bravo tártaro! Robusto. Y más lo soy que parezco. Verás , gran señor, en mí Nuestro coraje de España, Aunque en Tartaria nací. Ayer levantó una pieza De batir con los dos brazos, Y en ellos, puestos dos cazos, Pegó a un árbol la cabeza, Y dos levantes tiraron, Y él tiene fuerza tan fiera Que, como si un árbol fuera, De allí no le menearon. ¿Cómo te llamas? Caribe. El nombre tienes cruel. Cortuguete avisa que él Ya por la mar se apercibe. Si por la mar da combate Furioso, tengo por cierto Que ha de ganarles el puerto, Según las dos torres bate. ¡Que he de embestir la muralla Donde tengo el corazón! Y fuera mayor razón Con humildad adorarla. Que aunque en este traje voy Y piensa el bárbaro moro Que su seta falsa adoro, Humilde cristiano soy, ¡Ay mi Adalifa! ¡Ay María! ¿Cuándo querrá la fortuna Volver su rueda importuna En bonanza tuya y mía? Pues en un punto y sazón Embestid con furia extraña Sobre la puerta de España Y la puerta de Abusón. Y el que entrare, por mi ley, ¡Juro a Mahoma sagrado De dejarle coronado En esta tierra por rey! ¡Alerta, gente española! Que el turco a embestirnos viene, Y hoy a Rodas le conviene Guardar esta puerta sola. Ea, que en el muro están; Arremeted contra ellos. ¡A ellos, Mahoma! ¡A ellos, Mahoma! ¡Cristo! ¡San Juan! ¡A ellos, que ya está abierto, Y pasadlos a cuchillo! ¡No importa, que está el portillo De Diego Tello cubierto! ¡Tapiadme por las espaldas! ¡Ea, cobardes, a él! ¡No te corone laurel, Sino estrellas y esmeraldas! Ya de tierra y de fagina Está la muralla arada. Y ya mi vida, cansada, A la muerte se avecina. ¡Jesús, María, a los dos Encomiendo el alma mía! ¡Patrón santo, aqueste día Me valed, primo de Dios! Acudid, y no le maten. Que es don Tello el que cayó. ¿Está muerto? Señor, no. Pues en brazos le arrebaten, Y en la tienda más vecina Mis cirujanos le curen Y hasta el fénix me procuren, Si importa a su medicina. Con el arcabuz tirad. No aguardéis que se desangre; Que tan valerosa sangre Que se vierta es crueldad. Llevan en brazos a D. Tello. ¡Ah soldado valeroso Que hoy a Rodas me has quitado, Y con tu nombre has ganado Eterno nombre y famoso! ¡Por Mahoma y por su ley, Que si nuestra ley tuviera, Poca paga pareciera Darle título de rey! Una señal, de seguro, En lo alto han levantado. El Maestre en la muralla. Ya el Maestre está asomado Sobre lo alto del muro. ¡Ah del campo! ¡Ah de arriba! ¿Tenemos seguridad? Sí tienen; hablen. Hablad. Si en sólo el seguro estriba. Gran señor, pues que me escuchas. Bien ve tu grandeza magna Que el curar a los heridos Es obra piadosa y santa. Oféndase al enemigo Mientras gobierna la espada, Mas cuando falta el poder No lo tengo por hazaña. Danos a Tello, señor. Porque su cura se haga Como sus obras merecen Y como su valor manda. Que según le tengo amor Y según siento su falta. Darán lágrimas mis ojos Para curarle sus llagas. Y si por desdicha es muerto, Volvernos su cuerpo manda; Que el sepultar los difuntos También el moro lo alaba. Y si está ya en ese punto, Antes que su alma parta, Para hacer las ceremonias Que nuestra religión manda. Dánosle, gran Solimán; Que vivas edades largas: Muera entre las blancas cruces El que fue de la cruz blanca; Que muriendo ese español Entre las flores de España, Tendrá quien Jesús le diga Cuando se le arranque el alma. Véanle morir los míos, Y aprendan a ganar tanta De aquel que le sobró pecho Cuando faltó una muralla. Considera, gran señor, Que en la muerte no hay venganza, Y el que muere se consuela Conociendo el que le habla. Y si quieres interés. Te daré por premio y paga De Cortuguete un hermano. El general de tu armada. Por Mahoma, que me espanto De ver en tus ojos agua; ¡Si eran de fuego no ha un punto, Que amedrentaban las almas, Tus lágrimas, Gran Maestre! ¡Por Alá y sus luces santas, Que ser cruel y valiente Repugna a natura humana! Tu comendador te diera Si creyera que en tu casa Hubiera tan buena cura Como donde le regalan; Que acá sobran los regalos Y allá la comida os falta; Allá faltan medicinas Y aquí las tendrá sobradas; Y no me espanto que os falten. Que son tantas las batallas, Que no sé quién os da lienzo para apretaros las llagas. Enviad a un español Que seguro al campo salga Para que con Tello esté, Si por dicha vivo escapa, Y no para que le cure, Porque os doy mi real palabra Que será como la mía Su persona regalada. Id vos, Campuzano noble. Haré, señor, lo que mandas. Queda, gran señor, con Dios. Honre Mahoma tus canas; Que por Alá que no sé Qué tienes en esa cara Que en el punto que te veo Se me escandaliza el alma. Bencusir, ¿cómo venís? Herido vengo, señor. ¡Cómo! Llevó lo peor Tu gente. ¿Qué me decís? Mas de dos mil turcos dejo En la puerta de Abusón Muertos. ¡Con mucha razón De ti, Mahoma, me quejo! Hay más de seis mil heridos. ¿Cómo? Salió a la campaña Aquesta canalla extraña. Del claro acero vestidos. Con sus rodelas o escudos, Y a cada golpe que daban Los turcos despedazaban. Que peleaban desnudos. Y de ellos ¿cuántos murieron? Treinta. ¿Y quedáis bien vengados? ¡Eran los siete cruzados! Cruces de tu infamia fueron. ¡Perro, levántate y vete! Es de los muertos el cargo. ¡Tres mil y dos por descargo! ¡Treinta cruzados, los siete! ¡Por el alma que Alá tiene De mi padre, que he de ver Si hay en Alá más poder Que el que este cristiano tiene! ¡Que una ciudad haga guerra Contra todo mi poder! ¡Traje extraño de mujer! No es el traje desta tierra. Armenia sospecho que es. Dame tus pies, gran señor. Álzate. Por tal favor Besaré humilde tus pies. Sabrás, monarca del mundo, Que al pie de la misma sierra Donde el arca del diluvio Halló la tierra primera, Adonde los animales Sus peñascos reverencian, Como a quien le dio acogida En sus entrañas y en cuevas. Hay una ciudad famosa A tu gobierno sujeta, Avasallada a tus leyes. Que se llama Bet de Armenia. Esta gran ciudad que digo, La fe de Cristo confiesa. Con licencia expresa tuya, Y sigue la Iglesia griega. Allí nací y me crie, De noble y rica ascendencia. Porque mis padres venían De los que antes reyes eran. Volvió el tiempo en tu favor, Volvió fortuna su rueda; Perdieron ellos su estado, Yo mi descanso y herencia. Al fin, quedando muchacha. Cáseme en edad primera Con un armenio gallardo, Pero inclinado a la guerra. Amele como a mi vida, Y dejé por él mi hacienda, Mis deudos y mis regalos, Y con él me fui a su tierra. Matáronmele una noche En la sangrienta refriega Que sobre pasar el sitio Tuvo tu gente y la nuestra. Quedé preñada en seis meses De esta malograda prenda, Que fortuna , como loca, Hace que también lo sea. Nació sin juicio y razón. Y si con juicio naciera Hubiera muerto a mi padre Ante vuesa reverencia. ¡Es gracioso por extremo! Y si apaño cuatro piedras. Derribaré una muralla, Aunque sea de manteca. ¿Y qué es lo que trae al lado? En aquesto que me cuelga Traigo unas escribanías De más de dos que me esperan. ¿Quién te espera? Una avecilla Bullidora, blanca y negra, Que saliendo de su nido Al mejor tiempo, despierta, Y volando a varias partes, Si a vuestra tienda se llega, Sobre el real estandarte A vuestro pesar se asienta. Por la golondrina dice, Señor; mira no te entienda. Es en extremo bonito. Fue mi padre, que no fuera. Un hombre, y aun casi dos, Con una fe y una seta, Y una vida en su principio, Y otra hallada en su bajeza; Pero ya vivió en la una Y es bien que en la otra muera; Porque viéndose subido Encima de las estrellas. Dejó de seguir el sol Y siguió una luna nueva. ¿Qué dices? Verdades digo, Y a Dios del Cielo pluguiera Que fuera mentira. Hijo, Llega a hacer la reverencia Al Gran Señor. ¡Gran Señor! Otro grande hay en mi tierra Más honrado y de más canas. ¿Quién? El bajá que gobierna a Bet, que es donde nació. Quiero volver la veleta, Para que no se conozca Si corre viento la tierra. Tío grande, a fe que os soy Aficionado, y quisiera Por traer vuestro turbante Quitaros vuestra cabeza. ¡Oh, qué bien! Dadle un turbante. No le hallarán que me venga; Que como es grande mi humo Tengo grande chimenea. Bien me está mi capirote, Porque es fundado en la ciencia; Que el graduado de loco Tiene borla en la cabeza. ¿Dónde está tu padre? Aquí, Y me está mirando y piensa Que soy loco y no soy loco, Aunque doy en esta tema. Y si dicen las verdades El niño y loco, a esta cuenta. Cuando no estuviera loco Por ser niño la dijera. Y ¿adónde venís con él? Tráigole para que sea Aquí tu entretenimiento, Si da la guerra licencia. Recibiré extraño gusto, Sea muy en hora buena; Désele tienda en que estén. A mí no, dénsela a ella; Quizá traerá que vender. Denle diez tiendas que quiera. Que yo no podré asistir; Y un refrán dice en mi tierra Que quien quisiere medrar. Quien tiene tienda que atienda. ¿Cómo te llamas? Señor, Mi propio nombre es Cristerna. Y el niño ¿cómo se llama? Es su nombre Estampalea. Y de un ladrón que me hizo Soy estampa verdadera. ¡Hola! Una tienda se forme Aquí cerca de la nuestra Y dádsela en que descansen. Deme sus pies tu grandeza. Levántate, armenia hermosa. Como si nunca lo fuera. Que estoy aquí y es honrada, Que es armenia y no es armenia. ¿No vienes, hijo? ¿No vas? Váyase ella en hora buena; Que aquí me quedo a deciros Que tenéis poca vergüenza. Yo, ¿por qué? Búrleme, a fe; Pero a la mano derecha Tenéis un ladrón peor Que el que Dios tuvo a la izquierda. ¿Decís por mí? Por vos digo, Y aun se me atiesta en la testa Que os tengo de hacer buen hombre Aunque os compre una correa. ¡La tema toma conmigo! Yo vengo desde mi tierra A ser vuestro secretario, Y por eso traigo aquestas. ¿Mi secretario? Sí, a fe. Alto; pues en hora buena: Fiaré el secreto a un loco Para que público sea. Ya está acabada la mina, Y con terrible violencia. Si tú, señor, das licencia. Hoy volar se determina. Sale derecha a la torre Que guarda la gente inglesa, A quien la escuadra francesa Y la española socorre. Porque está en medio plantada De los dos fuertes bestiones, Y guardan estas naciones Con cien picas artillada. Y la boca de la mina Está no lejos de aquí. ¿Y es muy larga? Señor, sí, Un tiro de culebrina. Pues, Mostafá, dese orden En que la mina se cebe, Y con tal quietud se lleve Que no suceda desorden. Porque a la misma ocasión Que la mina suba en alto Les pienso dar otro asalto Por la puerta de Abusón. Y acudirán de esta suerte, Con la no pensada ofensa. Donde, en lugar de defensa. Den en manos de la muerte. ¿Qué escribes, Estampalea? Para mi padre cruel Una carta, y es papel Que no hay diablo que le lea. Mas si mi esperanza medra Será cebando mis bríos. Como lo que a los judíos Dio Moisés escrito en piedra. Y si lo que en ella encierro No creen, desvanecidos. Mis hebreos van perdidos Y adorarán el becerro. ¡Tiene dichos extremados! ¿Hay más que oír ni mirar? Hoy os voy a predicar, Hebreos desventurados. ¡Guárdate, el furor no muestre! Salid, cruzados, salid Con este aviso al ¡MAESTRE. Ve delante, Mostafá, Tú, sin que nadie lo entienda; Tú parte, Pirro, a la tienda Adonde la armenia está, Y Dirasle, de mi parte. Que le tengo que decir De aquí vengo a colegir Que debió de contentarte. Tráela a mi tienda al momento, Adonde aguardando estoy. A cumplir tu gusto voy. Pirro, ve y vuelve en el viento. Notable desasosiego En mi alma se ha encerrado, Y en la memoria ha tocado Un desesperado fuego. ¿Adalifa no era aquella Que con fingido lenguaje Vino en el armenio traje Adonde yo pude verla? No fue, que si fuera acaso, Sin apartarse de allí, Se me descubriera aquí. De amor y celos me abraso. Si es ella, su mucho amor Aquí la pudo traer; Mas ¿qué remedio ha de haber Si la quiere el gran señor? Pero no debe de ser, Sino que entre mis enojos Me trajo el alma a los ojos La imagen de mi mujer. Sea o no sea, yo voy A su tienda, donde puedo Perder el engaño y miedo Si hablando con ella estoy. Mandome, como te digo, Venir el Maestre aquí A curar a Tello. Ansí, ¿Sois su amigo? Y gran amigo. ¿Y llamaisos? Campuzano. ¿De dónde sois? Español. No creo que cría el Sol Mejor suelo que el hispano. ¡Bello moro, Cielo eterno, Tenme de tu mano aquí! ¡Parece que está ya en mí Todo el fuego del infierno! ¡Ay nuevo comendador, Que debe ser tu encomienda Hecha de la blanca venda Con que pintan ciego a amor! ¡Cielos! ¿Si tendré remedio Para mi mal incurable? Permítame amor, que hable Y procure mi remedio. Sabed Prosigue adelante, Bello Turco, en tu razón. Aclara tu corazón, Fuerte español arrogante; Di lo que vas a decir. No era ley de caballero. Como a tal pedirte quiero, Si es que me quieres oír. Un solemne juramento Que agora ni en tiempo alguno Descubrirás a ninguno Lo que a ti sólo te cuento. Y lo que diré tendrás En raudo silencio estrecho. Por la cruz que traigo al pecho De no decirlo jamás; Mas hazme tú juramento De lo mismo, noble moro. Por el Dios santo, que adoro, De cumplir tu mandamiento. ¡Con que de contrarios lucho! Que soy dama has de saber. Direle que soy mujer. Sí, diré Escucha. Ya escucho. Cruzado de aquel patrón Que entre moros y cristianos Es con igual alegría Querido y reverenciado; De aquel que fue penitente Sin haber hecho pecados, De quien el mismo Dios dijo Que era el mayor de los santos: Yo soy mujer española Nacida en el lugar magno. En Babilonia de España O en aquél hético Cairo, Aquella Roma andaluza o vandálica Bizancio, Donde las Indias de España Dan a bautizar sus partos. Al fin, en la gran Sevilla Nací, para mal y daño De mis padres afligidos, De su calidad y estado. Dejome mi padre niña Y fuese a servir a Carlos A Flandes, donde murió Como valiente soldado. Yo me crie con mi madre, Y yendo creciendo en años, Para mal de mi quietud Creció el amor a mi paso. Frontero de nuestra casa Era la de un Veinticuatro, Noble, virtuoso y rico, Don Pedro Tello llamado. Tuvo un hijo. ¡A Dios pluguiera Que, para quietud de entrambos. Cegara yo el mismo día Que mis ojos le miraron! Dile el alma por la vista, Vile de mí aficionado Y por tercera persona Concertamos de casarnos. Al fin, rendidas mis fuerzas, (Que en una mujer amando No hay seguridad de honor Ni temor de ningún daño). Entró de noche en mi casa, Y, quedando desposados. Hicimos dos almas una. Que es mi marido el falsario. Súpolo su padre de él Y procuró de estorbarlo. Dándole, para matarme, De San Juan Bautista el hábito. Vínose a servir a Rodas: Yo, para seguir sus pasos. Echando aparte mi honor, Tomé de don Juan, mi hermano. Un vestido y muchas joyas, Y con un solo criado Tomé postas, y en Sanlúcar Tomé una tarde otro barco Para salir a lo leve, Y salimos costeando. Ya, atravesando el estrecho. Di en el mar Mediterráneo, Vi el puerto de Cartagena, Y de allí nos engolfamos; Fui a la costa de Calabria, Pero un martes aciago Dio con nosotros un turco. Que yo agora padre llamo; Llámase el moro Braymo, Y éste criaba un muchacho Sobrino del gran señor. Hijo de su muerto hermano. Mandole que le trajese, Y viniendo yo embarcado. Murió el moro que traía El día que nos hallaron. Hablole en algarabía, Y sólo porque un esclavo Con quien me crie en mi casa La enseñó a mí y a mi hermano. Cuando esto vio el viejo turco, Algún tanto consolado. Echó en el mar el difunto Y Vistiome de sus paños. Púsome Audalla por nombre, Y entre los dos concertamos Que dijese que era el mismo Que arrojamos en el lago; Que el turco no vido al moro, Que por guardarle su hermano Le envió a Suria, donde estuvo Cerca de diez y nueve años; Ansí he vivido encubierta Hasta que amor por sus pasos Me trajo donde te viese Y te diese el alma en cambio. Rendida estoy a tus pies: Mira, caballero sacro, Que soy mujer y eres noble, Y pues te ruego, te amo. Yo guardaré tu secreto. Que tu guardarás el mío; Mas viene a ser desvarío La consonancia en efeto. Ya de ese tu amor promete Amor pocas maravillas; Que somos dos tercerillas Y no hay tiple ni bajete. No podré casar con vos Porque, si casarme quiero, Quedara sin heredero Nuestra casa, ¡vive Dios! ¿Es posible, pecho injusto, Que con tal rigor me trates? Pues oí tus disparates, Escúchame tú, que es justo. Si eres sevillana, Yo nací en Sevilla, Cerca de tus casas, En tu calle misma; Y si eres mujer, Mujer soy que miras; Que otro disparate Me cercó de cintas. Doña Ana me llamo. ¡Cielos! ¿Qué te admiras? Escucha, cuñada. Oirás maravillas: Tu cruel hermano Dijo que venía Siguiendo tus pasos, Que su honor le obliga. Temime; que ausencia, Si es de muchos días, Un alma de fuego La hiela y enfría. Víneme tras él. Hecha peregrina Sin llegar a Roma Ni ver a Galicia. Vine a Barcelona, Y en una saetía Partí para Rodas, Donde Tello habita. No venía segura, Que aunque no soy linda. Temí en tierra extraña Alguna desdicha. Tomé de soldado Calzón y ropilla. Echando en la mar Hasta mis camisas. Porque las sirenas. Que desnudas pintan. Si a cantar salieren Primero se vistan. He servido en Rodas Con tal valentía. Que a mi pecho han dado La honrosa divisa. Y cuando el Gran Turco Dio la batería. Cuando en nuestra posta Reventó la mina. Prendió a tu don Diego, Con muchas heridas. Pidiole el Maestre, Porque le quería. Curar dentro en Rodas, En su casa misma; Pero el gran señor. Con muchas caricias. Manda que le pongan En su tienda rica. Allí le han curado, Y allí le visita El gran señor mismo Con grande alegría, Y a su cirujano. Por su mejoría. Le dio mil cequís Agora en albricias. No he visto a tu hermano: O que muera o viva, ¿Has tenido nuevas? Si las sabes, dilas. ¡Ay doña Ana, hermana mía! ¡Ay doña Isabel amada! ¡Para mí estuvo guardada Tan gran ventura este día! ¡Mi doña Ana sobre Rodas! ¿Qué es aquesto, Santo Dios? Doña Isabel, como vos. ¡Por Dios! acá estamos todas! Ya juráis como soldado. Requiérelo este lugar, Y no hago mucho en jurar; Que soy hija de jurado. Hasta el tiempo causa agravios, Según la ley que se toma; Que si yo juro a Mahoma, No quedan limpios los labios. Yo fui a mandar en un barco Que el general de la mar Se empezase a retirar, Y agora me desembarco. Muéstrame a Tello, camina. Escucha, doña Isabel: No te llegues mucho a él. ¿Por qué? Huele a trementina. Ya queda más aliviado. Mucho me huelgo. Aquí están Tu sobrino el Capitán Y Campuzano el soldado. Haranse amistad; no es mucho, Que son de un talle y edad. Denos vuestra majestad Los pies. Con gusto os escucho. ¿Es ya tu amigo el cristiano? No pienso que querrá él. ¿Pues cómo vienes con él Por el campo mano a mano? Debe el que es honrado honrar En la paz al enemigo, Porque en la muerte y castigo Tenga honor que le quitar. ¿Qué hay, Campuzano? Señor, Estar a tus pies rendido. ¿Cómo se siente el herido? Yo pienso que algo mejor. Sale el loquillo con honda. ¡A ellos, canalla perra. Que ya sin remedio están! Haced de esas piedras pan Y defenderéis la tierra. ¿Qué es esto? El loco, señor, Que apedrea a los cercados. Salid de Rodas, cruzados. Si queréis ganar honor. Espérate, Estampalea. Agradeced que llegó Vuestro galgo; que si no, Yo siguiera mi pedrea. Déjalos: no tires más. No ¡pardiez! que es buena gente. ¡Hola! ¿queréis que me siente? Siéntate. Siempre jamás. Despachad las provisiones, Que soy vuestro secretario. ¿Ya escribes? Es necesario Que mueran estos ladrones. Cortuguet, señor, envía Aquesta carta. Y será Como llegó el trigo ya Que vino de Alejandría. Ayer las naves llegaron; Ya, señor, te di el recado. Aun no lo han desembarcado. Gran parte desembarcaron. «Poderoso señor, a quien Alá guarde y dé victoria: esta noche, a prima rendida, salieron diez barcos luengos del puerto de Rodas, y cogieron de improviso tres, los metieron en el puerto, en ocasión que cada punto esperábamos que la hambre los rindiese; mira cómo se tratan tus cosas, porque muy cierto sé que de tu campo les avisan. Alá prospere tu grandeza, como este tu esclavo desea. El General de tu armada.— Cortuguet.-> ¡Por el gran brazo de Dios Y por cuanto el cielo encierra, Que hoy he de asolar la tierra! Cavad una mina o dos: Una al templo enderezad De San Juan. Guarda, eso no, ¡Perros! que estoy aquí yo Y les diré la verdad. Y por el mismo compás, Otra se cave hasta el pie De esta torre que se ve. Que llaman San Nicolás. No es menester nada de eso, Dos minas es mucho gasto; Yo con estas piedras basto. ¡Por Alá, que pierdo el seso! De estas dos torres descubren Toda la mar y la tierra. ¡Imaginar que de guerra Tus secretos se descubren! Y lo tengo por novela Que el corsario ha fabricado. ¡HoIa! un diablo bautizado Tienen que se lo revela. Si de cuatrocientas velas Que tienen alrededor Tiembla Rodas de temor, Sin valerles sus cautelas; Si con diez barcos salieron Y al medio del sueño grave. Sin tocar en otra nave, A las del trigo se fueron, ¿Cómo queréis que yo crea Que no fue aviso? Decid. Fue la honda de David Y el brazo de Estampalea. Cincuenta mil hombres caven Las minas; alto, a empezar, Que las tengo de volar En el punto que se acaben. Y entiendan éstos ladrones, Que su patrón el primero, Allá señaló un cordero Y acá quinientos leones Seguidme todos. ¡Ay Rodas, Qué cuestas a mi opinión! Vanse. ¡Oh perrazo, que ya son Sabidas tus trazas todas! Yo al Maestre le avisé Del trigo, y pues pierdo el miedo. Ya que con fuerzas no puedo, Con maña le ayudaré.

JORNADA TERCERA

¡Fuego! ¡Cielos, que se abrasan Las casas de la ciudad! ¡Fuego! ¡fuego! Caminad; Que ya los muros se pasan. Este soberbio cruzado Conocerá desde hoy Que Castro Silaica soy. No bueno para ahorcado. Hoy verá el viejo cruel, Con este castigo fiero. Que yo soy un caballero Tan honrado como él, Y que me debe tratar Con más noble proceder. Lo que habernos de hacer Es caminar y callar. A la puerta del Cosquino Está el muro derribado. Los provenzales guardado Tienen aqueste camino. Ven tras mí. Señor, ¿qué haces? Ven tras mí. ¿Dónde caminas? Hacia las Rodas Catinas Que guardan los albenaces; Que por allí bajaremos Con mayor seguridad. Yo sigo tu voluntad. Ea, camina. Caminemos; Que ya el fuego que encendimos Asoló con brevedad Las casas de la ciudad. Bien nuestro gusto cumplimos. ¡Que ellos fueron! ¡No hay dudar! Su culpa está declarada. ¡Que de una ciudad cercada Se pudiesen escapar! ¿Qué cerca tiene, si el muro, De la una a la otra parte, Está solamente en parte De nuestros brazos seguro? ¿Qué importa que estén las puertas Con guardas de noche y día. Si están de su artillería Las casas mismas abiertas.? ;Qué sirven los terraplenos Y los terribles bestiones, Si de fagina y cestones Están ya los fosos llenos? ¡Oh ciudadano cruel Que con desastrado fin Fuiste falsario Caín De tanto inocente Abel! ¡Maldita tu suerte triste, Con tanta infamia y maldad, Que a tu patria y tu ciudad, Cual otro Judas vendiste! ¡Segundo Judas, concluyo Que eres peor de los dos; Que si Judas vendió a Dios, Tú a tu Dios y al pueblo tuyo! Ya, gran Maestre, es de suerte La desdicha en que nos vemos, Que por remedio tendremos Entregarnos a la muerte. Ya se acaba la esperanza Que de socorro tuviste; Que el fin de la suerte triste Al centro del alma alcanza. Ya el bastimento y la vida, La munición y el sustento. Nos quitó aquel lobo hambriento, De su fe y patria homicida. Ya en la batalla pasada, Cuando con valor divino Se recuperó el Cosquino a pura fuerza de espada, Adonde tres mil infieles Ya en la ciudad encerrados, Retiraron cien cruzados Como castizos lebreles. Murieron quince varones, Y eran tales, por lo menos, Que apenas los hay tan buenos Entre todas las naciones. Llegó de una pieza el rayo Que llevó de un tiro solo A frey Gabriel Pomerolo Y a frey Francisco Fusnayo. Murió el Brito Catalán, Frey Francisco de Convalle, Pudo la muerte alcanzarle Al prior frey Peri Juan. El Comendador Durango, León de España, acabó, El que a los turcos venció Sobre la isla de Lango. Y en el estrago furioso Derribó el mortal cuchillo a frey Claudio de Acedillo Y frey Antonio de Boso. Murió frey Pedro Balbino Y frey Martín de Abusón; Murió el español Luzón Y el francés frey Goduvino. Tiene el gran señor cautivo, Al fin, para echar el sello, Al fuerte don Diego Tello, Y aun quiera Dios que esté vivo, Y temiendo tu castigo. Porque a Ferro lo entregó, Frey Tártaro se pasó Al campo de tu enemigo. Y al fin el remedio falta Y vamos faltando todos, Pues ya no tiene seis codos Nuestra muralla más alta. No hay pólvora, no hay comida. No hay socorro ni esperanza, Y tras tanta mala andanza Nos vendrá a faltar la vida. ¿Frey Tártaro se pasó Al turco? Está averiguado. ¡Maestre desventurado, Que tal oiga y viva yo! ¡Que entre los funestos llantos Que causa al bárbaro infiel. Lloro la infamia de aquel Y no las muertes de tantos! Que con la traición que ha hecho En esta triste ocasión, Será la del mal ladrón La cruz que lleva en el pecho. Piedras tiran, ¿qué es aquesto? Tiran piedra dentro. Débenoslas de tirar El que nos suele avisar. Alzad esta piedra presto. Cubierta de letras viene. Dádmela a ver, a mostrar: Quizá nos pueda importar El aviso con que viene. «Mira, Maestre, que van Cavando una mina estrecha, Y que la llevan derecha A la torre de San Juan. Y por el mismo compás Otra mina está empezada, a la torre enderezada Que llaman San Nicolás.» ¡Oh fiero desasosiego! ¿Cómo, Bautista patrón. Consentís que esta nación Se atreva a poneros fuego? Ahora bien; pongan al punto En tierra, por estos días, Los calderos y bacías Que hay en todo el pueblo junto. Los atambores también En el suelo enderezados, Y echen cantidad de dados Que encima de ellos estén. Porque si cavando vienen. Aunque enhondara terrible Y encubiertos, no es posible Que no avisen y resuenen; Que los vasos de metal Señalarán con temblores, Y encima de los tambores Harán los dados señal. Y dejadme, que tres días Tomo de término y plazo Para ofrecer a mi brazo Ciertas pretensiones mías. Y si el Cielo no concede La victoria a mi partido, El pueblo triste, afligido. Entregarse al turco puede. ¿Tres días tomas de acuerdo? Tres tomo, amigo Ramón; Que en tan funesta ocasión Pierde el discurso el más cuerdo. ¡Suelta, infiel! Óyeme y mira. Aleve, ingrato, ¿qué quieres? ¡Verdad de castas mujeres! ¡De infames hombres mentira! Vete, no llegues a mí. Que pues a Dios has negado, Dejarás inficionado A quien se llegare a ti. Falsa mora no era yo. Porque la ley me enseñaste que luego al punto dejaste: era tu ley buena o no. Si era buena, ¿por qué fin Te volviste contra ella? ¿Por qué me llamaste a ella Si tu ley era tan ruin? Hombres, en esto parece Vuestra fe y nuestra esperanza: Quien dijo mujer mudanza Al desengaño se ofrece. ¡Firme estoy desde aquel día Que conocí este cruel, Y a su Dios olvidó él Por ver que yo le quería! ¡Mirad el nombre que alcanza Tal hombre y a qué fin liega, Que su Dios y su ley niega Sólo por hacer mudanza! ¡Y con infiel proceder, Con tan falso corazón, Huyó de su salvación Por huir de su mujer! María, enojada estás, Y aunque bien sé que es delito, Es turquesco el sobrescrito Y cristiano lo demás. Pierde el enojo adquirido; Que ya mi pecado lloro, Y es cierto que a Cristo adoro, Aunque está Cristo ofendido. Verdad es que me venció Mi temor, y considero Que quien es Dios verdadero Es el que por mí murió. Cree que el haber temido Puso mi opinión en calma; Pero está Cristo en el alma Y Mahoma en el vestido. De una ley somos los dos; Que aunque el rigor me obligara, Por tuya no la dejara, Cuanto más siendo de Dios. Esposo del alma mía, ¿Posible es que tal oí.' ¡Tenedme, Cielos, aquí. No me acabe la alegría. Que hoy de nuevo he recibido En el alma con gran fe, Porque viuda estar pensé Y que ya tengo marido! No podré negarte, no. La paga de tus promesas; Que si tú a Cristo confiesas No es bien que te niegue yo. En amarte me resuelvo. Pues ya tan claro se ha visto Que si me volviste a Cristo También a Cristo te vuelvo. Ejemplo de la lealtad, ¿Cómo te atreviste, ansí? Por venir a verte a ti Hice esta temeridad. Tu hijo traje conmigo Porque, viéndote, creyese Tu traición y conociese A su padre y su enemigo. Y considera en tu acuerdo Que no ha sido acuerdo poco. Pues traje a tu hijo loco Sólo por hacerte cuerdo. Qué ¿no es loco? Al cielo doy Gracias; no es de juicio falto. Más del ingenio más alto Que el mundo ha visto hasta hoy. ¡Bárbaro! Detén la espada. Mira que sin ella estoy. En tu infame pecho hoy Ha de quedar envainada. Dame mi hermana y mi honra, o aquí morirás, tirano. Detente, loco villano, ¿Quién te ha causado deshonra? ¿Qué hermana me pides ciego? ¿Conócesme? ¡A Dios pluguiera Que nunca te conociera Para mi desasosiego! ¡Don Juan soy! Detente, para. De conocimiento en mengua, Pues ya me avisa tu lengua Lo que me muestra tu cara. ¿Mas cómo a tu hermana pides? Que yo no la he visto más. Don Tello, aquí morirás Si a la razón no te mides. Mira que estoy sin espada, Y que no tienes razón. Pide tu infame traición, Que sea a traición vengada. ¡Paso, caballeros, fuera, Detened la airada mano! ¡No me ofendieras, tirano. Cuando mi espada tuviera! No importa, a tu lado estoy; Que la que traigo conmigo Mostrará que soy tu amigo. Muy obligado te estoy. Venid los dos contra mí, A quien con ánimo fuerte Hoy tengo de dar la muerte o quedar vencido aquí. ¡Paso, caballeros, paso! ¿Qué es esto? No es sin misterio; Por estar en cautiverio Tu libertad, sufro y paso; Y advierte que en medio están Los que ves, y es cosa llana Que podrás pedir tu hermana En otra ocasión, DON JUAN. Don Juan ¡ay Cielo divino. Que tal he llegado a ver! ¡Hoy mi mal ha de tener Fin por extraño camino! Si tu hermana por seguirme Dejó tu casa y su tierra, Yo siempre estuve en la guerra Donde no pude eximirme. Basta que no profesé, Por cumplir mi obligación, Aunque de la religión La sagrada cruz tomé. Antes aquí me escribió Mi tía doña María, Que doña Ana, prima mía, De su casa se salió, y dejó escrita una carta Que eras su esposo, y por irte, Ella procuró seguirte Y de su tierra se aparta. Al fin que tú de mi prima Has sido, don Juan, deshonra, Y la falta de la honra De tu hermana te lastima. Yo pediré al Gran Señor Para pelear licencia, Porque en su misma presencia. Cobre cada cual su honor. Audalla, yo prometí Que jamás en tiempo alguno No descubrir a ninguno Lo que me contaste a mí. Ya sabes que soy tu amigo, Y aunque tu enojo recelo. Ya ves que a nadie revelo Lo que a ti agora te digo. Parezca este desvarío Este día venturoso. Pues has hallado a tu esposo En el día que yo el mío. Hermana eres de don Juan Y yo prima de don Tello. ¡Cielos! ¿Quién podrá creerlo? ¡Campuzano! ¡Capitán! Que no soy sino doña Ana, De don Juan esposa. ¡Cielo! ¿Es posible? Por el suelo Tienes, don Juan, a tu hermana. ¡Esposa del alma mía! ¡Cielos, que tal vengo a veri Hoy se convierte en placer El enojo que tenía. ¿No eres mi esposo? ¡Mi bien! Sí, lo soy. ¡Don Juan amigo! ¿Qué dices? Lo mismo digo. Por siempre jamás, amén. ¡Cielos! Ninguno se altere; Que todos somos cristianos. Bien os podéis dar las manos, Pues el Cielo así lo quiere. Que este día venturoso. Por adonde no pensastes. Vuestras mujeres hallastes Y yo mi querido esposo. María Adalifa soy. Que en este traje y vestido, Por buscar mi infiel marido. He venido donde estoy. Bien podéis estar seguros Y empezar a caminar. Mal nos podremos librar; Que ya de Rodas los muros Tan maltratados están. Porque fortuna lo quiere. Que cuando hoy se defendiere. Mañana la entregarán. Pues dejadme hacer a mí Y nuestro engaño sigamos; Que yo haré cómo nos vamos En paz Y amistad de aquí. Aquesto es lo que conviene. De tu pecho nos fiamos. Estémonos como estamos, Que el Gran Turco es el que viene. ¿Al fin, que pegaste fuego A Rodas? Señor, quemé Todo lo que pude. ¿Y fue? Su bastimento y sosiego, Sus municiones, su fuerza, Y lo que les ha amparado. Un hecho tan señalado Premiarse tiene por fuerza. Saqué mis joyas a cuestas, Que valen gran cantidad De dineros, En verdad. ¿Y dónde las tienes puestas? En la tienda de Braymo, Que es mi amigo, que es mi amparo. Hoy te pienso mostrar claro En lo que tu hacienda estimo. Mostafá, lleva a este perro Y con un moro le envía A Rodas, porque este día Pague su culpa y su yerro; Que quien fue traidor ansí, A Dios y a su patria infiel, Si yo me fiara del, También me quemara a mí. ¿Que tal tu grandeza manda? ¿Tal por servirte merezco? Yo la traición agradezco. Mas no al traidor. ¡Señor! Anda. Digan también de mi parte Al Maestre, que a este punto Todo mi ejército junto a embestir a Rodas parte. Que castigue la maldad De este aleve, y de él disponga, Y luego al punto se ponga A defender su ciudad. Que frey Tártaro, un aleve Que a mi campo se pasó. Porque hoy se lo pague yo, A darme a Rodas se atreve. Servirá en esta ocasión, Y si hoy salgo, como espero, Será el que en Rodas primero Tomará la posesión; Que en pago de su malicia Acabada de ganar. En él tengo de tomar Posesión de la justicia. ¡Señor, ten clemencia! ¡Baste Este sobresalto triste! Tendré la que tú tuviste De los tristes que abrasaste. Don Tello, ¿qué haces aquí? Estoy mirando, señor, La prudencia y el valor Que resplandecen en ti. Para don Tello guardad De aquel aleve la hacienda; Que a su gusto la despenda. ¡Es, señor, gran cantidad! ¡Pluguiera Alá que más fuera, Porque él poseyera más! Por el favor que me das, Poderte servir quisiera. Que yo no quiero, en rigor. Juntarla con mi tesoro; Que será traidor el oro Que tuvo dueño traidor. Ya don Tártaro está aquí. Tú seas muy bien venido. ¿Está muy bien prevenido Todo tu ejército? Sí. Pues ánimo, acometer; Que yo embestiré el primero. Sois honrado caballero. Prospere Alá tu poder; Que hoy verás a Rodas tuya, Sin duda alguna, señor. Suene la trompa y tambor, Y este cerco se concluya. ¡A ellos, turcos, a ellos, Que los cogéis descuidados, Y en sus muros derribados Parecen muy pocos de ellos! Seguidme todos a mí, Que en la delantera voy A entregarte a Rodas hoy. ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¡Ay de mí! ¡Deteneos, nadie embista! ¡Portento fiero y cruel! Llégate, Caribe, a él. ¡Tiembla el alma con tal vista! ¡Por la Luna soberana, Que basta a dar confusión Al mundo! ¡Que tal visión Espanta a natura humana! Aunque mil quimeras forje. No acabo de imaginarlo. Un hombre sale a caballo Por la puerta de San Jorge. Otomanos caballeros. Terror del Asia y Europa, Afrenta de los que viven Y de los pasados honra; Gran señor, gran Solimán, Oye dos palabras solas; Que si mudo me entendieras, No despegara mi boca. Pero ya que es fuerza que hable Lo que te importa y me importa. Si me mostrare arrogante. Mi atrevimiento perdona. Soy frey Filipo Vitelio, Que Lisladano me nombran, De la Orden del Bautista Y gran Maestre de Rodas. Mucho tiempo ha ya que estás En la conquista costosa De esta ciudad invencible. ¡Oh! Esta diamantina roca No la defienden murallas. Que ya están desechas todas, Aunque las balas que tiras Pienso que han de formar otras. Defiéndenla los cruzados. Que sus espadas famosas Son defensa de sus pechos Y murallas de sus honras. Si en el foso falta el agua, Hínchenle de sangre roja De los turcos y la suya, Que juntas se mezclan todas. Si la comida les falta. Ya tú sabes que se arrojan, Donde de tu armada misma Por sólo valor la compran. Si les falta artillería. Suelen salir a deshora, Y a pesar de quien la guarda, La ganan a poca costa. Dinero, aunque estamos faltos, Mientras lo tengáis, nos sobra; Que al fin, como religiosos, Van a pediros limosna. Yo he llegado a tu grandeza Por las amigables obras Que he recibido de ti, Y las no esperadas honras. Véngote a dar un consejo Que aumente tu fama y gloria: Ármate y ponte a caballo, Y en término de dos horas Combatamos igualmente En esta vega espaciosa: Si tú me matas o vences, Te daré al momento a Rodas, Y que de ella o de nosotros Será aumento de tu fama; Que la conquista famosa Que no bastó todo el mundo Hizo tu persona sola: Con tal que si yo te venzo Vuelvas a Constantinopla, Haciendo pleito homenaje De que jamás cerco pongas. Esto te vengo a pedir, Que para mí será gloria. Tras ochenta largos años, Morir o ganar victoria Y la gloria de Levante. Ven a la hazaña famosa. Que te aguarda la fortuna; Ven o respóndeme agora. Dadme una lanza o adarga. No has de salir ;por Mahoma! No pongas en aventura Tu opinión, tu vida y honra. Gran Señor, ¿qué es lo que intentas? Tengo de salir agora Solo a matar a aquel viejo Que en mi presencia blasona. Dame licencia, señor, Para que yo le responda; Que amparando el honor tuyo Le daré respuesta honrosa. ¿Posible es que honrado quede? Pierde, señor, la congoja; Que yo sé a lo que te obligas Y lo que a tu honor le importa Respóndele, Mostafá. Escucha, Maestre, agora: Responderé a lo que pides Como es justo que responda. Solimán, el Gran Señor, No sabemos que hay agora Rey que en igual y valor Con él en campo se ponga, Y ansí, faltando igualdad De la suya a tu persona, No puede hacer la batalla. Hay otra cosa forzosa: Que cuando él quiera salir, Los bajaes de la Rota No querrán venir en ello, Que gobiernan su persona; Cuanto y más que ya se sabe Que para ganar a Rodas Está ya el mayor contrario Dentro, en tus murallas propias. Ya faltan las municiones, Y ya la hambre os acosa. Ya la enfermedad os mata. Ya la salud os congoja; Pero al fin el gran señor. Vista tu honrada persona, A quien tiene tanto amor, Dice que en salvo te pongas Con tus freiles solamente. Sin que lleves otra cosa. Y si esto no te da gusto. Que a la defensa te pongas. Porque dentro de dos días Vuestra ciudad populosa Pondrá toda por el suelo. Para que humille su pompa; Sólo quedarán vestigios; Porque las gentes remotas. Como «aquí fue Troya», dicen. Digan «aquí estuvo Rodas». No me agradan tus partidos. Pues, Vitelio, ve en buen hora; Que el Gran Señor no queremos Que salga a batalla ahora. ¡Extraño valor de viejo! No es mucho que sus cruzados Sean tan bravos soldados. Mirándose en tal espejo. Allá vuela el gavilucho Que a la coz acometió, Y el otro no le aguardó. Estampalea. Ya escucho. ¿De dónde vienes? No vengo, Que aquí estuve siempre yo; Que el alma no se apartó De donde los ojos tengo. Hallaba por este llano Un viejo noble y honrado, Con un sayo remendado Y una azagaya en la mano, Blasfemando de coraje, Hecho un perro. ¿Hecho un perro? ¡Ay! perdonadme si yerro, Que no es de vuestro linaje. Mostafá, parte en un vuelo, Y con seña de seguro. Entra por el roto muro. Que ya mi muerte recelo. Y al Maestre le dirás Que le ofrezco los partidos Que le tenía ofrecidos; Y si más quisiere, más. No repares, como entregue La ciudad, en cosa alguna; Que ya temo que fortuna En favor suyo navegue. Que por serle de importancia, Al socorro acudirá España, pues tiene ya Preso a Francisco el de Francia. Y podrá ser que resulte, En servicio de su Dios, Quedando amigos los des. Mi pretensión dificulte. Yo voy, señor. ¡Yo, por Dios! Sólo por ver los cristianos, De quien tememos las manos, Tío, tengo de ir con vos. Ven conmigo. ¿Allá le llevas? ¿Quién le mete en eso a él? Que allá voy por ver aquel De quien oigo tantas nuevas. ¡Sí, por Dios! Ve, en hora buena. Y en esa misma volvamos; Que si allá no nos quedamos Apercíbanme la cena. Que tengo de ver el nido Donde mi padre vivió; El cielo en que nací yo: Mira si soy bien nacido. Haz la seña de seguro Y parte. ¿Tú vienes? Vamos. Vanse. Paseando te esperamos Caribe y yo hacia el muro; Todos os venid conmigo. ¿Vienes, don Tello? Señor, Por gozar de tal favor, Tu gusto y tus pasos sigo. Las cinco velas que digo, Han alterado al contrario. Podrán ser de algún corsario, De parte del enemigo, Si son bajeles de remo. Si del enemigo fueran, Entre ellos las conocieran. ¡Por el Movedor Supremo De Cielo y Tierra, que están Locos los de España y Francia, Si a tan extraña importancia Tan poco socorro dan, Como fue lo de la mina! ¡Extraordinario suceso! Por la fe y ley que profeso, Que fue traza peregrina. Todo alrededor cavaron De la iglesia de San Juan, Y con trabajo y afán Trece estados ahondaron. Porque la mina viniese A esta contramina. ¿Y pues? Quiso el Cielo que después. Como su intento saliese. Que ayer tarde lo sentimos Cómo en la tierra herían, Y por donde ellos venían Nosotros cavando fuimos. Y cuando de mano dieron, A dar en ella llegamos, Y la pólvora tomamos. ¿Y cuántos barriles fueron? Ciento y cuarenta. En tal punto, Fue para mí más tesoro Que si yo ganara el oro Que hay en todo el mundo junto; Que, por lo menos, tendremos Pólvora; y a ver si el Cielo Se mueve a lástima y duelo Del daño que padecemos. Un turco con embajada Ha llegado aquí, señor. Si es turco y embajador. No se le niegue la entrada. Traigan sillas al momento. No las traigan. ¿Para qué? Yo me quiero estar en pie. Sólo por no darle asiento. Entra Mostafá y el loquillo. ¡Salve y guarde, padre honrado! ¿Qué es esto? Un loquillo es Del gran señor. Ansí es; Mas soy loco y hombre honrado. ¡Maestre, Alá sea contigo! Seas bien venido. Ya es llano, Que en mirando a este cristiano No queda sangre conmigo. El Gran Señor Solimán Te envía salud por mí Y cierta embajada. Di, Que aquí te la escucharán. Escuchadme vos a mí, Que es lo que importa a los dos; Que soy vuestro y creo en Dios, Aunque veis que vengo ansí. El gran Solimán te pide Que rindas esta ciudad; Con su gran valor se mide; Y tú y tus cruzados vais Libres. Hablaros deseo. Yo soy el que os apedreo Cuando apretados estáis. Escúchale, Estampalea. A mi gusto te acomodas; Aquellas piedras de Rodas Fueron muralla y trinchea. ¡Ramón Marquete! ¡Señor! ¿Oyes al loquillo? Sí. ¿Suyo fue el aviso? Ansí Lo entiendo. Digo, señor. Que te resuelvas en dar Gusto al gran señor. No puedo. Maestre, pide sin miedo; Que todo lo han de otorgar. Si con lo que yo pidiere Quisiere el gran Solimán, La ciudad se la darán, Ya que mi suerte lo quiere. Escríbanse los partidos; Que entregándola, en efeto, Lo que pidieres aceto. No los tengo prevenidos: Lleguemos a consistorio Y escribiranse al instante. Pasadle más adelante Y enseñadle el oratorio. Ya mi desventura asoma Y mi gloria tiene fin. Rindiose Rodas al fin. ¡Mil gracias doy a Mahoma! En teniendo la respuesta, Retiro mis gentes todas, Quitando el cerco de Rodas, Y sino al punto te apresta Para batir la muralla. ¿Qué digo para batir? ¡He de ganarla o morir Yo propio en esta batalla! Suenan tiros dentro. Tiros suenan en la mar. Los cinco bajeles son. Serán de la Religión Y al puerto querrán entrar, Y de la mar les ofenden Tus galeras. Créolo ansí. Abencusir viene allí; Él dirá lo que pretenden. Sale Abencusir. Cinco bergantines eran, Y como cerca estuvieron, A romper acometieron. Como si mil velas fueran. Los cuatro entrado se han Al puerto, el otro cogieron, Y del gran señor supieron Que era Pedro de Liñán, Un español que socorre A Rodas. ¿No les tiraron? Sí; mas no les alcanzaron. Que los amparó la torre De Borgoña. ¡Santo Alá! ¿Pues qué le puede traer Cuando quiere socorrer? Españoles les traerá Y nuevas de que ya viene Socorro. Ya viene allí Mostafá. ¿Ya viene? Sí. Ver la respuesta conviene. Sale Mostafá. ¿Qué tenemos? Negocié, Para abreviar de razones; Mas lo que es las condiciones Con vergüenza las diré. ¿Ellos no entregan a Rodas? Sí entregan. ¿Pues en qué estás? Vuelve a ver si quieren más Y concédeselas todas. ¿Quedan ya firmadas, di? Todas se las concedí. Que no hay en qué reparar. Estos cruzados echemos De aquí, y ellos arrojados. Quedaremos descansados, Ya que burlados quedemos. ¿Y qué traen los bergantines? Bizcocho y vino trajeron, Y harina la que pudieron Y doscientos mallorquines. ¿Y no dijeron quién es Quien viene por capitán? Es frey Pedro de Liñán, Caballero aragonés. Ya empezaban a venir A socorrer los cercados. Pues, señor, estos cruzados Riyendo se tienen de ir, Sin haber hombre que abaje Su soberbia impertinente. Si quieres que los afrente Y con afrenta o ultraje, Afrentados los envíe, Dame licencia y verás Lo que intento. ¿Qué harás? Sin que de aquí me desvíe, Tengo de morir y hacer Campo con el más valiente. Nadie de mi campo intente Los cruzados ofender. No soy de tu campo yo, Que soy tártaro, y yo hallo Que no siendo tu vasallo No quiebro las treguas. No. Pues ve a la mano de Alá; Doyte licencia. Y la aceto, Y en presencia te prometo De Pirro y de Mostafá, De hacer que aquellos cruzados Cuando llegaren aquí Estén delante de mí Por el suelo arrodillados, Y confiesen que es la dama En quien mi esperanza fundo La más hermosa del mundo Y la de más clara fama. La más noble y bien nacida. La más discreta y más cuerda, Aunque en la defensa pierda En la campaña la vida; Y lo que quiero por paga De mi hazaña es que después Siete personas me des Para que a mi gusto haga; Que agora en tu campo están. Para que, por ser cristianos, Los entregue yo en las manos Del Maestre de San Juan, Y libres los dejes ir. De darlos al punto juro. Pues con esto voy seguro; Que sé que lo has de cumplir. Queda con Alá. Ve en paz. Aqueste tártaro es loco. Piensa que se arroja a poco. Es valiente. Es pertinaz. Y tú verás este día Si, con la gente que sale, Desesperado le vale Su discreta valentía. ¿No es aquél el estandarte? Los cruzados salen ya. Aquél es, y ¡por Alá, Que pone terror a Marte! Allí las reliquias van Del gran profeta San Juan. Ya que mis ojos le ven, Por el suelo será bien Que me humille, capitán. ¡Adiós murallas rompidas, Cuanto fuertes desdichadas, Sembradas de sangre y vidas; Adiós campanas, compradas A mortal precio de heridas; Adiós famosos jardines; Adiós palacios, cercados De laureles y jazmines; Adiós fuertes, levantados Por los infieles techines; Adiós templo de San Juan, Aunque con nosotros van Las reliquias veneradas, Por las culpas desterradas Del ¡Maestre Lisladán; Adiós sepulcros famosos De aquellos antepasados, Maestres más venturosos Que no el que por sus pecados Ve estos fines dolorosos! ¡Y vos, sagrada María De los Limonitas, Madre Del que da la luz a! día. Quedad adiós! ¡Y vos padre San Segismundo de Hungría, Mirad la cuenta que he dado De vuestro pueblo y de vos, Pues que os he desamparado. Que vos le disteis a Dios Y yo al infiel se le he dado! ¡Adiós ciudadanos míos. Adiós templos, adiós calles. Ya de mis culpas vacíos; Adiós montes, adiós valles. Adiós fuentes, adiós ríos. Adiós calvarios y enseñas. Puestas por la cristiandad En los caminos y en peñas. Que de mi culpa y maldad le reprenderéis por señas; Adiós los que en las alturas, Dejando este mundo a obscuras, Estrellas pisáis sin miedo; Que aun detenerme no puedo Para daros sepulturas! ¡Lisladán! ¡Ay, gran señor! Esta es usanza de guerra; Alza el rostro sin temor, ¡Mas que me trague la tierra, Porque me encubra mejor! Dime ^qué es de tu valor? Perdile con el honor; Pues si yo no le perdiera. Guardando a Rodas muriera, Y fuera vivir mejor. No lloro yo, que he perdido Todo el tesoro adquirido Por mi padre y sus pasados. Ni tantos muertos soldados. Ni el trabajo que he tenido; No lloro mi deshonor. Que me fuera harto mejor Conquistar todo el Poniente, Con tanta copia de gente Como cuesta tu rigor; Que pudiera, por ventura, Con lo que me cuesta Rodas, Labrar en tal coyuntura Los muros y casas todas De oro fino y plata pura; No lloro yo mi berbey. Que mataste por tu mano En el campo de Abdeley; No lloro a mi primo hermano. Mi brivay y mi virrey; No lloro el ver por el suelo Mis gentes, que causa duelo Ver la mortandad funesta, Que veinte turcos me cuesta De vosotros cada pelo, Y al cabo veros salir Como quisisteis pedir, Y que llevéis a mi vista Las reliquias del Bautista, Que es quien me hizo venir; Que de las yeguas preñadas Que a la venida trajimos, Después paridas las vimos, Y ya sus crías domadas Y que de ellas nos servimos, ¿Y lloras tú? ¡Vive Alá En los Cielos donde está. Que treinta ciudades diera, Las mayores que tuviera, Por no haber venido acá! Consuélate. ¿Qué consuelo Puedo tener, gran señor, Aunque estimo tu buen celo, Sin arrimo ni valor En la redondez del suelo? Yo seguiré mi destino. Pues quiere el Cielo divino Que el mundo vaya vagando, Corriendo y peregrinando Sin saber a do camino. Hoy otro Eneas perdido Seré de tu ardiente estrago. Mendigante y afligido, Sin esperar en Cartago Ni en otra piadosa Dido. Donde quiera que lleguemos Mal recibidos seremos, Y todos nos harán guerra, Y temerán de su tierra Que con ella nos alcemos. Ya que al cabo de mis días De tus bajeles nos fías Para el viaje esa copia. Si no tengo cosa propia, Gran señor, ¿dónde me envías? ¡Remediarte tiene Alá! ¿Qué es esto? Un tártaro bravo, Que le estiman los de acá. Cuyo gran valor alabo, En tal tiempo, ¿qué querrá? Gran Maestre, el de la cruz, Y vos cruzados de Rodas, Oíd, que quiero deciros Aquestas razones solas: No soy vasallo del Turco, Jamás adoré a Mahoma; Que soy tártaro y adoro Al mismo Dios que tú adoras. Y agora, con tu licencia. Porque sé que las otorgas. Treguas en esta salida Para que yo no las rompa. Conviene que todos juntos Confeséis por vuestra boca Que la dama que yo sirvo Es la más noble de todas, La más cortés, la más sabia. La más rica y más hermosa. La más casta y más honrada De las que ha visto la aurora. Arrodillaos en el suelo. Haced lo que digo agora, o desnudad de las vainas Las acicaladas hojas; Que en fe de la que defiendo Me ofrezco en muy breves horas A consumir vuestras vidas Y a deshacer vuestra flota. ¡Oh bárbaro! de rodillas Espera, y veraslo agora Quién es la dama que dices, Por quien ufano blasonas. Este es el retrato bello Descúbrele. De aquella Reina que adoran Los ángeles y los santos Sobre celestes alfombras. De rodillas. ¡Oh Reina y señora mía! ¡Oh divina protectora De los hombres que te llaman Y las almas que te invocan! Yo confieso de rodillas Lo que propuso tu boca. Y todos lo confesamos. Engañome; ¡por Mahoma! ¿Eres cristiano, Caribe? Señor, el serlo es mi gloria; Cristianos, soy español, Y pues salgo con victoria. Agora quiero decirte Quién son las siete personas: El capitán tu sobrino. Es mi hermana, ¿qué te asombras? Y el capitán Campuzano Es otra dama española; La armenia es Alaría Adalife, Y el bajá Pirro, a quien honras, Es su marido, y don Tello Es mi cuñado. ¡Qué cosas Nos ofrece la fortuna! Frey Filipo, ¿no te asombras? Quedamos yo y el loquillo. Ya vengo, y pues me perdonas. Yo fui el que avisé al Maestre De tus pretensiones todas Con piedras que le tiraba. Ya lo prometió mi boca: a Tello le den su hacienda Y en el bajel se la pongan, Y lleven a frey Filipo En mi real galera propia; Que yo quiero acompañaros Hasta veros en las olas, De aquesta suerte, senado. Perdió el Gran Maestre a Rodas, Y por sus honrados hechos Se llamó Pérdida honrosa.