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Texto digital de Los peligros de la ausencia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los peligros de la ausencia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/peligros-de-la-ausencia-los.

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LOS PELIGROS DE LA AUSENCIA

JORNADA PRIMERA

Qué, ¿la viste de esa suerte? Y de tal suerte la vi, que a la vida aplausos di y sátiras a la muerte. Ella es la cosa más fuerte, pues a vencer se aventura la hermosura que procura todas las cosas vencer; gran muestra de su poder, poder vencer la hermosura. Cuanto no fuere inmortal está a la muerte sujeto. ¡Qué necísimo conceto! ¿Qué dices? Que es natural: desde el hombre al animal, morir a cuanto nació, cuanto tiene vida. y yo, puesto que inmortal naciera, por doña Blanca muriera. ¿Luego no estás vivo? No. Huiré de ti, si es así. No huyas, porque si estoy muerto, lo que es Blanca soy; porque Blanca vive en mí. En fin. ¿tú la viste? Vi un cielo todo sereno, un jardín de flores lleno, donde la naturaleza, en un vaso de belleza, disfrazó dulce veneno. Cuando con risa sutil movió la voz celestial, por un cielo de coral vi una sierra de marfil. Allí un alma, y aun dos mil, se dejaran aserrar. ¡Qué bien la sabes pintar, pues me parece que veo entre su nieve el deseo. si le dejaran llegar! Mas ¿qué te dijo de mí? No pudo hablarme, y habló la risa en lengua que yo cuanto me dijo entendí. Luego, y no muy lejos, vi a don Bernardo, su amante, tan galán como ignorante. ¿Hízole favor? Cerró la reja tu amor, y vio su desprecio en su semblante. ¡Ay, Martín! Él ¿no porfía?, pues en algo se ha fundado. Ingratamente has pagado la risa que te decía. ¡Ay. loca esperanza mía! Si temes, ¿por qué no intentas casarte? Cuanto me alientas con sus favores, sus celos me desmayan. Con recelos viles su firmeza afrentas. Si a don Sancho se la pido, ¿no me la podrá negar? La bendición te ha de hurtar, si tardas, este atrevido. Mira que el mejor partido es prevenir el suceso. Si él se la pide, confieso que don Sancho estime en más a don Y ¿qué harás entonces? Perder el seso. ¿El seor don Pedro está aquí? ¿Está en casa el Veinticuatro? ¿No le ves, Leonor? Ramiro, llegad, que aquí está mi amo. Dios guarde tan lindo talle, Veinticuatro, el más gallardo que vio la insigne Sevilla en su cabildo en mil años. ¡Oh, morena de los cielos, en cuyo color mezclaron su ocaso oscuro Etiopía y España su oriente claro! ¡Bien haya cuarenta veces el buen gusto de aquel blanco que se pagó de tu madre, que por el que tiene vario fue hermosa naturaleza! Bien dices. porque jugaron mis padres al ajedrez. Hanme dicho que don Sancho te quiere como a su vida. Dice que soy su regalo. Eres linda conservera. ¡Bien hayan, Leonor, tus manos! Muestra, besártelas quiero. Algo has visto. Con recato, que aguarda Ramiro allí, criado de don Este papel te traía del ángel que adoras tanto; quisiera hablarte, y no puedo, que está aquel hombre mirando. Muestra, morena divina, muestra. No vendrá muy blanco, si ha rato que le traía. ¿Qué le parece al lacayo? Y o. porque guisas lo digo. Si guiso, también me lavo. Y más que escribir se puede con el agua de tus manos. Oiga el señor estornudo. Antes de hacerlo me guardo porque no te corras, perla, con dos erres. ¡Si me abajo por la chinela! ¡Detente! ¡Basta, necio! Ángel tiznado, mi amo dice que basta. Sol, eclipsados los rayos, toma este bolsillo, y vete, que me espera aquel criado. Con Martín responderé. ¡Vivas, don Pedro, más años que en una ciudad pequeña la enemistad de dos bandos y el pícaro por el agua de la mar! Quedo y reparo. Tome. Bofetón con guante de ámbar es favor, no agravio. ¿Qué manda vuesa merced? De mi señor don Bernardo es este papel. Verele, que agora estoy ocupado, y responderé después. ¡Guárdeos Dios! Solos quedamos, y cargados de papeles. Martín, tu consejo aguardo. ¿Cuál de ellos leeré primero? Barajémoslos entrambos. Mas lee el de doña Blanca, porque el de ese necio honrado, si viene con pesadumbre, no te agüe el gusto. Es engaño; mejor es leer el suyo, porque después, si hay enfado, doña Blanca me le quite. Bien dices. La nema rasgo. "Desconfiado de mi corto merecimiento, no he querido aventurar mis esperanzas a los favores de doña Blanca, en competencia de quien tiene tantos. sino la vida a mis recelos y disgustos, y, por excusar los que me da v. m., le suplico sea servido de venir esta tarde al campo/ de Tablada, donde me hallar a esperándole sin más armas que la espada y la capa." ¡Extraño papel Extraño. Bien hice en verle primero, pues en el de Blanca espero dulce remedio a su daño. (Lee:) "Licencia me ha dado mi padre para ir esta tarde a Triana, por ser viernes del Espíritu Santo. Hasta el río llegaré en un coche con doña Inés, mi prima. Podréis, señor mío, entrar al descuido en el mismo barco, donde podré hablaros, y. ¡ay. Dios!, si fuera tan ancho Guadalquivir que nunca llegáramos a Triana." ; Qué sientes? ¡Estoy sin mí! Qué bien hiciste en guardar tal placer a tal pesar! ¡Qué confusión ¿Cómo ansí? Por una parte el honor al desafío me llama, y por otra, de mi dama me está llamando el amor. Qué haré? Mas ¿qué puedo hacer?; Pues ¿he de perder mi gusto? El honor dice que es justo, y amor, que no puede ser. Pierdo en aquesta ocasión. Martín, la que me ofrecía mi buena dicha este día. Por otra parte, es razón dar al honor su lugar. Pero; cuándo le tendré, si ha de presumir que fue desprecio el no la buscar? Voy al río, que a este necio bastar a enviarle un recado de que hoy estoy ocupado y que su papel desprecio, y que mañana saldré... pero ocasión le daría a pensar que es cobardía lo que amor de Blanca fue. ¿Qué decís, honor? Dirá que es justo. Dejadme, amor, que está en el campo el honor. Dejadme, que parto ya. Pero si vengo a perder esta ocasión, honor mío, por un necio desafío, después, ¿qué habernos de hacer? Voy a Triana, Martín; pero no, que está empeñada toda mi honra en Tablada y soy caballero, en fin. ¡Ah, qué cruel confusión: que adore yo una mujer que esta tarde puedo ver, y que pierda la ocasión! [aquí! ¡Que me hallase este hombre ¡No hubiera después llegado! Rompo el papel. De turbado el de mi Blanca rompí. Vengareme en el infame que entero quedar pensó. ¡Mal agüero, pero yo haré que bueno se llame matando a quien me ha quitado ver tan de cerca los cielos de tus ojos, con sus celos, y del quedaré vengado Parte, Martín, a buscar entre los barcos a ¿Qué diré? Que se me arranca toda el alma de pesar. Di que Sevilla mandó que en cabildo nos hallemos los que este oficio tenemos cuando su papel llegó, porque de Su Majestad una cara se ha de ver esta tarde.; Que has de hacer tan loca temeridad? No lo excuso, y no te asombres, que este necio honor sin ley es un tirano, aunque rey, de las vidas de los hombres. -Aquí, señor caballero, que él sólo falta. Aquí, aquí. En toda mi vida vi tal grandeza, o verla espero. Aquí, que ya nos partimos. Aquí, hermosas. Entren, vamos. Qué bien vestidos de ramos con sus dorados racimos, en vez de toldos están los barcos, ¡oh, gran Sevilla!, como cisnes, por la orilla, las alas abriendo van. Oye, arráez, salga afuera, que tengo que hablarle un poco. Ya la blanca arena toco de la mojada ribera. ¿Qué manda el seor forastero? Ese barco he menester para Sanlúcar. Ayer me habló cierto caballero. ¿Es su criado? No; fue por ver hoy la bizarría de Sevilla. Al fin del día, si él gusta, le serviré. Quede ansí; pero esta tarde le ha de traer por el río que de su hermosura y brío hacen las damas alarde, y todo entrará en la cuenta. ¿Pasaré esta gente? Sí, como luego vuelva aquí. ¡Qué mal quien ama se ausenta! Vine de Madrid, posé en una casa vecina al jardín de Falerina, que más encantada fue, donde la ventana opuesta a la de una hermosa dama fue de este incendio la llama, y yo, materia dispuesta. Señas hice, aunque entendidas, a traición disimuladas, que mientras más declaradas fueron menos acogidas. Pagáronme con cerrar muchas veces la ventana, que tantas, tarde y mañana, dio mi amor en porfiar. Ha llegado la ocasión de partirme, y voy de suerte que de mi vida a mi muerte habrá poca dilación. Alberto, ¿qué haces aquí? El barco que he concertado aguardo con el cuidado de tu partida. ¡Ay de mí! ¿De qué es la pena? No sé. ¿Sientes partirte? ¿Pues no? ¿Qué ocasión jamás te dio quien siempre de mármol fue más firme que las colunas de su casa, que con necios suspiros, por sus desprecios, el claro viento importunas? Si amaras a doña Inés como a doña Blanca, creo que hicieras mejor empleo, por lo que entendí después. ¿Cómo? Un día que la vi sola y a hablarla llegué, como yo lo imaginé, que te adora conocí. Pero ya son disparates estas cosas para quien se va a las Indias, ni es bien, señor, que de amores trates. Que quien ha de gobernar una provincia ha de ser tan prudente, que aun del ver honesto se ha de guardar. Sé ambicioso, sé arrogante, hurta, roba, come, bebe, juega, sé avariento, debe, ten entrañas de diamante; que con sólo ser honesto, aunque lo finjas, serás respetado, porque es más que ser diablo manifiesto. Bien dices; pero en mis años no te espantes que el amor ejecute su rigor, solicite sus engaños. En las Indias podré ser virtuoso, pues que ya toda la virtud está en no tratar de mujer. Con esto seré estimado; que como amor es flaqueza, el que en ser flaco tropieza. ¿cómo ha de ser respetado? Cierto que tiene razón el mundo en tener en poco el que es con mujeres loco, puesto que muchos lo son. Pero, bien examinada, Alberto, naturaleza, en estimar la belleza ¿cómo puede ser culpada? Pero de un coche se apean dos damas. Por la esclavilla son como flor de Sevilla las que tus ojos desean. ¡Vive Dios, que es Blanca! ¡Ay, cielo! ¿Al partir, esta piedad? Pero diré que es crueldad, si aumenta el mal que recelo; que no es, al que está abrasado de calentura, favor darle agua, si el calor ha de quedar aumentado. Ellas deben de querer pasar. Alberto, a Triana. ¡Oh. hermosura sevillana, en agua te vengo a ver! Pondré cera en mis oídos, taparme los ojos quiero, pues por sirenas espero pasar mis cinco sentidos. ¡Agradable vista! ¡Hermosa! Parece un jardín el río. ¡Ay, hermoso desdén mío! ¡Ay, mi partida forzosa ¿Cómo hacer merced a quien está expirando? Me has dado el bien de haberte mirado, si cuando me parto es bien. Parecen verde carrera de árboles, por el cristal del agua. Armada real cubre su blanca ribera. ¡Ay, Inés; el forastero de Madrid, necio y cansado! No le muestres, prima, enfado, pues sabes que yo le quiero. Mal gusto. Si a ti te agrada don Pedro, juzga por ti, que también me enfada a mí, como don Félix te enfada. Don Pedro quiéreme bien, y Este no te quiere, prima. Pues, Blanca, su amor estima, si yo estimo su desdén. De pensar, vengo a turbarme, que se debe de partir. Pues, Inés, déjale ir, y dejar a de mirarme. A tan grande atrevimiento, el campo me da ocasión. Ser cortés de una razón no ofende tu pensamiento. Escucha este hombre, por mí. ¿Qué es, señor, lo que queréis? Que a quien se parte escuchéis. Ya lo habéis dicho. Es ansí; pero si la dilación del hablar en la partida me puede alargar la vida, no es bien perder la ocasión. Si os pudiera agradecer, desde que en Sevilla estáis, que con gusto me miráis, lo hubiera dado a entender; pero no pudiendo ser vuestro amor agradecido, perdonaréis lo que he sido descortés en la ventana; mirad si quien es tan llana os puede haber ofendido. Confieso que merecéis amor, por vuestra persona, que buena presencia abona, lo que vos de vos sabéis. Mas vos también conocéis que soy mujer de valor, pues os consta de mi honor a un padre noble sujeto; y basta, si sois discreto, deciros que tengo amor. Que no os dijera, recelo, lo que a muchos he negado; pero, viéndoos abrasado, os quise curar con hielo. Mirar con honesto celo puede un hombre, hasta saber si le han de corresponder; mas ¿cuál hombre cuerdo y grave quiere bien, después que sabe que no le pueden querer? Ya que tantos desengaños combaten mi pensamiento con sentencia tan cruel para tan breve proceso, turbado y loco de amor, enamorado y suspenso, indicio de que he perdido las esperanzas y el pleito, dice amor, dulce señora, que de vuestra boca apelo a vuestros tiernos oídos, oidores de su consejo. Oigan en apelación, y si me condenan ellos, quejareme a vuestros ojos, más piadosos, por ser cielos. Pero si los dos jueces de esos labios, en su acuerdo, me han dicho que amáis un hombre, siendo vos quien sois, ¿qué espero? Otras mujeres, amando, olvidan por hombres nuevos, y si no olvidan, no tienen puerta con llave en el pecho. Pero vos, cuando llegáis a decir "un hombre quiero", llevose el alma tras sí la puerta del pensamiento. Entre muros de diamante estar a cerrado y preso, con ser cosa que hizo Dios más alta que el mismo cielo. Con esto, os diré quién soy, mi jornada y mis deseos, para que os quede memoria, pues no os queda sentimiento. Yo soy don Félix Manrique, que por pobre caballero vine a servir a la corte, último y noble remedio. Diome un príncipe su casa, grande por todo y de aquellos en quien los reyes se miran, cual suele un hombre a un espejo. Mas yo, temiendo que tiene la fortuna ciertos tiempos en que le da una locura de deshacer cuanto ha hecho, pedí al príncipe que digo me hiciese algún bien de presto, porque no hay firme criado, si se muda la del dueño. Corre una nave la mar con más ricos paramentos que un enjaezado caballo, cuando lleva en popa el viento; duerme el piloto mayor, y luego los pasajeros, olvidados de que van fuera del propio elemento. Levántase un huracán, en un instante deshecho dan voces: "¡amaina, vira!"; vanse a pique, no hay remedio; ahóganse los culpados, y piérdense a vueltas de ellos los inocentes también, porque sus cómplices fueron. Di prisa a mi pretensión; diome en Indias un gobierno, hice galas y partime murmurado de mil necios. Murmuren cuanto quisieren, que no tengo por discreto el hombre, si no es premiado, que se envejece sirviendo. Dijo un sabio que en palacio, aunque esto lo dijo en griego, con simiente de esperanzas sembraba canas el tiempo. Llegué, hermosa doña Blanca, a Sevilla, al mismo centro de la nobleza, al valor del mundo, al humano cielo; acerté a tener posada, por mi dicha no lo creo, enfrente de la alta casa que de tu hermosura es templo. Del venías la mañana que te vieron mis deseos, coronada de más rayos que ilustra el oriente Febo; pues, como vi tanto sol, tantos diamantes tan bellos, tantas perlas, oro y plata, admirado dije a Alberto: "¡Qué presto habemos llegado a las Indias, pues tan presto nos abrasa tanto sol y tales riquezas vemos!" Fui continuando tu vista, y vi el ejemplo más cierto, pues vine a ser indio tuyo, sol que me abrasa con hielo. Tú pensabas que cerrando tus ventanas y tu pecho me dabas causa a dejar el curso de mis intentos, y engañose tu desdén, que yo pensaba, en abriendo, que amanecía tu sol, y en cerrando, que era puesto; y si en abriendo cerrabas, pensaba yo que era invierno y que eran breves los días, pues faltaba el sol tan presto; cuando en cerrar la ventana tardabas, decía yo luego "Hoy es verano en Sevilla: ¡terrible calor ha hecho!" Con esto y otras locuras llegó de partirme el tiempo al gobierno, y hoy me parto. ¡Oh, amor, piadoso tercero, que me ha dado este lugar para que parta contento de que sepas el estado de mi vida y mi deseo! No respondas, que me voy adonde tu injusto ceño no se vengue de mis ojos viendo lágrimas en ellos. Palabra te doy de amarte, vivo, muerto, libre, preso, en tierra, en mar, en España, en las Indias, en el reino de Chile, donde me lleva mi fortuna, y donde pienso hacerte un ídolo de oro donde idolatren mis celos, y diré en el mar del sur "Blanca, pues no te merezco, que dejo la blanca aurora y al polo Antártico vengo, donde a lo menos tu sol, ya que no muero partiendo, templar a en el mar sus rayos, pues hay todo un mar en medio". ¡Extraño galán No sé por qué te parece extraño, si de ti procede el daño con que tan loco se fue. Pues ¿qué quisieras? Que dieras lugar a que yo le hablara. ¿Quién, doña Inés, sospechara que tan mal gusto tuvieras? Todas las que sois queridas, burla injustamente hacéis de aquello que no queréis. Mucho de quien soy te olvidas. Y el señor gobernador, que a Chile va con su vara, mal en Sevilla quedara a tratar cosas de amor. Y si él me quería a mí, mejor es que no le veas, si injustamente deseas a quien no te quiere a ti. Aquí está doña Blanca, mi señora. ¿Vienes ya de Triana? No he pasado, que como el sol no es tan furioso agora, la playa me sirvió de verde prado. Templadamente los cristales dora del aurífero Betis, coronado de tantos barcos, que a la opuesta frente sirven de calle y de portátil puente. Estos viernes son justas devociones: mas pasadas por agua no son tales, que se suelen perder las oraciones y ser mentira las que son mentales. Yo presumo que en tales ocasiones menos se sirve a Dios. No las iguales; que por una que venga de ese modo, tampoco es justo que lo culpes todo. Conduce un barco aquí, Liseno, luego, para que pase Blanca con su prima. En otro río, en otro mar me anego. de un imposible que a morir me anima. Fuese a otro polo el sol, dejome el fuego, y aunque abrasarse el corazón estima, quedara alegre, aunque expirando estaba, con que supiera el sol que yo le amaba. ¡A qué mal tiempo he llegado, si en tan cruel ocasión no me vale la invención con que vengo disfrazado Pues dejar de hablar no puedo a doña Blanca, ¿qué haré? ¿Si llegaré? ¿Si podré vencer de don Sancho el miedo? Que es hombre que si entendiese Que ando de Huete a Alcalá... Pero ellos me miran ya ciego y rezo, aunque me pese. ¿Hay quien me mande rezar? Aunque ciego, todavía dejo cierta celosía por donde pueda mirar; que, mientras no sé si soy conocido de estas dueñas, dejo un ojo haciendo señas, como quien juega al rentoy. ¿Hay quien me mande rezar la oración del Justo Juez, de los mártires de Fez, de Santelmo para el mar. de la vista de Lucía, de la Magdalena el llanto y del Espíritu Santo, hoy. en su bendito día? Prima, ¿no es éste Martín, del Veinticuatro criado? ¿A qué vendrá disfrazado? Del santo fray Juan Guarín me manden rezar la historia. Las voces que aquestos dan, me matan. Oye, galán: ¿tiene, acaso, en la memoria la de san Nofre? He compuesto muchas. Llégueseme acá, y cierta cosa sabrá que le importa. Diga presto. Hoy don Bernardo ha enviado al Veinticuatro un papel de desafío, y por él salió al campo y le ha buscado. Los dos se han visto. ¿Qué es eso? Y el santo que aquí llegó, como a su contrario vio, le dijo, con mucho seso: "Enemigo Satanás, ¿qué me quieres esta tarde?" No era el demonio cobarde, y dijo: "Aquí lo verás". Nofre, entonces, desnudando la espada de la oración, resistió la tentación, diestramente peleando; pero en aquesta pelea, mucha gente que pasó, que le venciese estorbó. ¡Plegué a Dios que por bien sea! (Porque se han ido los dos de Alfarache hasta San Juan, adonde se matarán, si no lo remedia Dios.) Nofre bienaventurado, ruega al Señor sin pasión por quien dice esta oración, que no por quien la ha pagado. Líbrale de que le den de palos y azotes fieros; dale salud y dineros y tu santa gloria, amén. Todo lo tengo entendido, y el alma me ha traspasado. ¿Prima? Ya ha llegado la desdicha que he temido. El Veinticuatro salió con don Bernardo, esta tarde, al campo; amor no es cobarde, ninguno el campo venció. Lejos de Tablada van, donde no impida la gente su intento. Tu padre siente que pesadumbre te dan, y ha reparado en el ciego. En la oración me contó cuanto entre los dos pasó. Que te reportes te ruego. ¡Ay, Inés, no puedo más! ¡Ah, buen ciego; ah, hermano, oíd I Sordo se hace. Anda más, que a ¡a noche cenarás. Hija, ¿qué es esto?; De qué estás turbada? Una joya, señor, se me ha perdido. ; Por eso has de llorar? No importa nada. Pero sospecho que otra cosa ha sido; dime a mí la verdad. Si estoy culpada, pensarás que tu honor está ofendido. Culpada tú, ¿de qué? De no haber dado cuenta de este suceso a tu cuidado. Pero, pues encubrirle fuera darte más enojo después, escucha atento para que pongas el remedio, en parte, que sólo le ha de dar tu entendimiento don Pedro de Guzmán, por no cansarte, pretende, esto es amor, mi casamiento, cual sabes, Veinticuatro de Sevilla y con nobles parientes en Castilla. La misma pretensión dicen que tiene don Bernardo también, que hoy desafía a don Pedro, y con él al campo viene con necia, aunque amorosa valentía. Por la gente, sus vidas entretiene hasta la noche el resplandor del día; si vas y lo remedias, serás cuerdo; si no, tú mismo juzga lo que pierdo. ¿Quién te lo ha dicho? El ciego, que lo ha visto; que locuras de amor las ven los ciegos. Por el peligro de mi honor resisto mi condición a tus humildes ruegos; Blanca, la fama de los dos conquisto; que, como tiene amor caballos griegos, no hay Troya firme, y más donde hay Elenas, perdonen mi dolor las que son buenas. Pero dime primero a cuál te inclinas. A ninguno, señor. Dilo, ¿qué aguardas? A don Pedro, señor. Él tiene dinas partes, y tú sin causa te acobardas. Mi honesto amor pacífico adivinas. ¿Podré llegar a tiempo? Si no tardas. ¡Qué viernes tan cruel, Blanca, has tenido! ¡Más que de Pascua, de Pasión ha sido! La noche se va acercando, lejos vamos de Sevilla y sólo en su verde orilla Betis nos viene escuchando. Aquí, señor Veinticuatro, lo comenzado podremos acabar, pues que tenemos desierto campo y teatro. Y ojal a pudiera ser que, como Roma, quisiera vernos Sevilla. Bien fuera vuestro valor para ver. Que no ser a vanidad, sino justa valentía, lo que en Roma permitía su antigua gentilidad. Yo he probado vuestro pecho, y cierto que me ha pesado de que siendo tan honrado, no esté de mí satisfecho. Y como hombre que la espada ha sacado ya con vos, sin ventaja que en los dos pueda ser considerada, digo que si hidalgamente me decís lo que habéis sido de Blanca favorecido, para que lo mismo os cuente, y estáis en mejor lugar, de servirla dejaré, porque afición os cobré, y os la quisiera mostrar, desde que reñir os vi. Lo mismo me ha sucedido; mas ¿tengo de ser creído? Claro está. Pues digo así: La más hermosa mañana que nuestros ojos celebran en el rigor del verano y con más aplauso y fiesta, en este famoso río, que de la falda de tela de la ropa de Sevilla, de tantas ciudades reina, con cuchillo de cristal corta sobre blanca arena este jirón de Triana, reliquia de su grandeza, vi en un barco a doña Blanca, cuando la rubia madeja sacaba el sol de las aguas, mirándose el rostro en ellas. Salió más presto aquel día debió de ser para verla sin aguardar al aurora, que en Blanca la vio más bella. Hice, admirado de ver su hermosura y gentileza, al arráez de mi barco que fuese en corso tras ella. ¡Oh, cuántas veces pensé que si yo corsario fuera, robara tal joya a España, París de tan linda Elena! Como iba enramado el barco, parecíanme las selvas que pinta Ovidio en Fenicia, de ninfas desnudas llenas. Acordábame de Europa, y que si Júpiter fuera, rompiera las blancas ondas, nave animada por ellas. Finalmente, doña Blanca tomó puerto en una huerta, no sé si sabré pintarla pero ¿quién habrá que sepa? Llevaba un baquero azul, brahón y manga francesa, cubierto de plata y nácar, cielo azul de blanca estrella un manteo de tabí puesto en corto, y cortés era, pues descubría, al descuido, una argentada chinela cintas blancas le apretaban, que si por dicha atormentan deseos de un imposible, pudieran servir de cuerdas; eran, en fin, celosías, asomándose por ellas pies que pisaron más almas que aquella mañana arenas. Quise pintaros, don Pedro, por los pies, como quien juega, esta figura que vos ya debéis de conocerla porque tratar de su rostro fuera tomar sin destreza claveles para pinceles, y para tabla, azucenas. Anduve de árbol en árbol, como pájaro que llega enamorado a la liga; al fin pude hablarla y verla. ¿Son favores este gusto, y que, viéndola en la iglesia, a preguntas de mis ojos me da en risa las respuestas? Jamás se cansó de verme, y recibió, cierta fiesta, una rosa de mi mano, con amorosa apariencia. Atrevido fui, y dichoso, que a la misma primavera di rosas, que agradecida me pagó su boca en perlas. Díjome una esclava suya que le preguntó quién era: quien quiere saber quién soy, memoria le dan mis penas. Este es, don Pedro, el estado de mi amor; sobre estas prendas le di a Blanca; agora vos podéis referir las vuestras. Yo quisiera, don Bernardo, no daros pena, si fuera posible en este concierto pero ya sabéis que es fuerza. Y cuando la recibáis. en pie se queda la queja. en la cinta las espadas. y la campaña desierta. A la herniosa doña Blanca vi, también en una huerta, que en esto nos parecemos, puesto que el fin no lo sea. Los campos, fuentes y ñores notablemente conciertan amores: debe de ser que tiernamente deleitan. Allí murmura el cristal. allí el pájaro gorjea, allí el aire entre las hojas concertadamente suena; allí un clavel carmesí una boca representa de rubí, y obliga al gusto a imaginaciones tiernas; allí la azucena blanca parece una mano bella. haciendo dedos las hojas, cándidas, limpias y frescas; en los olores también Venus lasciva despierta, porque el malo, aun a quien ama, causa fastidio y tibieza. Finalmente, yo la vi con todas las excelencias que vos la pintáis, si un ángel puede pintarse en la tierra pero fui más venturoso, que. cubriéndose de negras nubes a este tiempo el cielo, vi más cerca sus estrellas. La celeste artillería, con ecos doblados truena, fingiendo trémulos rayos por las troneras abiertas. Andaba a caballo yo por una apacible senda, de lo que se viene tratando. pared de corales rojos; diome voces, llegué a ellas; subió, ¡qué dicha! Ayudando dos pajes, y media legua, hasta San Juan de Alfarache llevé más hermosa Elena. Las criadas, dando voces, seguirla también quisieran; pero, rendidas, tuvieron los árboles por cubierta. Blanca, de mi cuello asida y haciéndome con sus perlas del tusón de amor, formando de sus cabellos las piezas, me dio lugar a decirle cosas en amor tan nuevas, que de llegar le pesara, si descubrirse pudiera. Salieron los labradores, diciendo, al abrir la puerta: ''Señor, pues traéis al sol, ¿cómo permitís que llueva?" Bajó Blanca, y al bajar pasaron de la chinela los ojos, que tempestades ningún secreto respetan. Desde este dichoso día creció la correspondencia, que, aunque comenzada en agua, llegó a ser fuego por ella. Yo la escribo, y me responde; yo, por la noche, en su reja la hablo, y su blanca mano me fía en fe de que sea su esposo; y porque no es justo que de esto tengáis sospecha, hoy me ha visto y hoy me ha escrito para que a los barcos venga, donde, pasando a Triana, hablarla más cerca pueda. Si con esto no os parece que yo la sirva y merezca, aquí están nuestras espadas; y remitiéndose a ellas podréis, señor don Bernardo, si amor las palabras quiebra, probar la dicha, conmigo, que no tuvisteis con ella. Si hasta agora por amor reñía, agora, por celos y envidia. Saben los cielos que os estuviera mejor. ¡Matadme, por desdichado! í A lo menos, por romper la palabra ; Qué he de hacer, celoso y desesperado? Aquí se oyen las espadas. Caballeros, respetad mis años. Tu autoridad basta. Y el ser tan honradas que dan tal satisfacción sosegando los aceros. No pregunto, caballeros, la causa desta cuestión, sino a don Pedro suplico se venga conmigo. Iré a serviros. Oíd, en fe de quien sois, pues no replico a la merced de llevar al Veinticuatro con vos. Ei no llevar a los dos, es porque le quiero hablar. La causa desta cuestión es vuestra hija. Mirad que fundo esta libertad en que pienso que es razón que me la deis por mujer. Yo os la diera, si no fuera de don Pedro, a quien espera, que esta noche lo ha de ser. ¡Cerró la plana! Venid, señor don Pedro, conmigo. Beso vuestros pies, y digo... Ninguna cosa decid: que desta suerte remedia un padre honrado su honor, antes que dé un loco amor principio a alguna tragedia. ¡Ay, Martín! ¡Calla, por Dios!, que ya es Blanca tu mujer. ¡Vive el cielo, que he de hacer que no se junten los dos!

JORNADA SEGUNDA

¡Cuan bienaventurada, Inés, puede llamarse la que, casando por amores, tiene tal dicha en ser amada, que puede asegurarse de que sola le goza y entretiene aquel saber que viene con el mismo deseo que su esposo tenía cuando la pretendía Después de tanta posesión, no creo que tenga igual contento, porque es cielo en la tierra el casamiento. Tres años hace agora, ¡ay, qué dicha la mía! que con el Veinticuatro estoy casada: los mismos que me adora, creciendo cada día la fe con que me tiene asegurada. Así de mí se agrada; así me hace favores, como cuando era amante. ¡Ay! vayan adelante los regalos, los gustos, los amores, que si falta contento, es infierno en la tierra el casamiento. Los hijos que he tenido, hermosos como el dueño, ángeles desta paz y fe segura dice el amor que han sido, que sin ellos es sueño, quien casa por amor, tener ventura; si la que tengo dura, sin celos, sin agravio, como en don Pedro espero, tan noble caballero, tan generoso, tan prudente y sabio, no quiero más contento cielo en la tierra fue mi casamiento. Con justa causa tienes, Blanca, por gran ventura casarte por amor y estar contenta; pues no hay mayores bienes que, con fe tan segura, ver que en los brazos del amor se aumenta. En vano el tiempo intenta cansar de tu marido el gusto con que agora te regala y te adora, sin que la posesión engendre olvido; que está ya confirmada la paz con sangre, y la lealtad jurada. Amor dicen algunos que se funda en temores de perder o cansar lo que se ama; ¡qué necios, qué importunos, qué cansados amores, si el miedo. Blanca, su verdad infama Segura, honesta cama, gustosa y limpia mesa son amores perfetos, no contentos secretos, donde jamás el descontento cesa, engañando y fingiendo, celando el sol y la opinión temiendo. Que no me sujetara, por cuantos gustos creo de este secreto amor por mal camino, a la atrevida vara, al ajeno deseo y a los ojos de un bárbaro vecino. Oh, estado venturoso! Oh, santo casamiento Oh, Blanca venturosa, que es mucho, siendo hermosa! Prospere el cielo tan igual contento, siendo, cual siempre ha sido, galán de su mujer, cuerdo marido. ¡Siempre has de venir riñendo! El verte me quita el gusto. Bien me pagas el disgusto con que de verte me ofendo. ;A quién anoche cantabas? ¿Piensas que no te escuché? Por entretenerte fue, pensando que me escuchabas. ¿Qué es esto, Leonor? Martín y su mala condición. Celos presumo que son. ¿Cuándo pensáis poner fin con aqueste casamiento a las pendencias y voces? Ya, por lo menos, conoces, señora, mi pensamiento. Pero, en esto del casar, como hay tanto qué temer, muy despacio se ha de ver y muy tarde efetuar. No tan tarde que no sea de provecho. Así es verdad; pero es bien que, de la edad, la varonil se posea. Casose ayer un galán con sesenta, a letra vista, buen cristiano y calvinista, sobre ser algo alazán; los dientes habían dejado su patria, y uno que había, ermitaño parecía de aquel lugar despoblado. La novia, que por lo bayo era requesón con miel, llegábase cerca de él, como si la diera un rayo. No sé cómo sucedió la borrasca levantada, que el diente a la desdichada en la boca le dejó. Sacole, y haciendo gestos dijo, vuelta a la pared "Tómele vuesa merced, que yo tengo doce de estos". Según eso, en buena edad se ha de hacer. Cuando no fuerza un mayorazgo por fuerza, que si no... ¿Qué? Necedad. ¿Quieres que hable, Martín, al Veinticuatro y que os case? Deja que el verano pase, que es el de Sevilla, en fin. Allá el ivierno es mejor este aforro de bayeta, que entonces mi cuerpo aceta la felpa de tu color. Pícaro bufón, ¡si aquí no estuviera mi señora!... Señor viene. y quien le adora, por alma que vive en mí. Pasa la nave igual al pensamiento líquidos montes de salada espuma flecha del agua, de los vientos pluma, rayo veloz del húmido elemento; y en un instante el proceloso viento, para que de las alas no presuma, hace que la alta máquina consuma toda su fuerza con rigor violento. Lozano almendro esmalta la vestida camisa, y en un punto el cierzo vierte las flores por la tierra agradecida. ¡Oh humana condición, que nos advierte que no hay seguro bien en esta vida, porque se va camino de la muerte Viéndoos hablar entre vos, bien mío, he estado suspensa. Perdonad si os hice ofensa, hermosa Blanca, ¡por Dios!, que venía divertido. Pues, mi señor, ¿qué tenéis? ¿Cómo no me respondéis? Agüero mi gozo ha sido de algún pesar que me espera. ¿Qué es esto? ¿Qué novedad os obliga? En la ciudad... Pero no es justo que os quiera dar disgusto. Blanca mía. Después tenemos que hablar. Matareisme con callar. Noche, amores tiene el día en que decirlo os prometo. ¿Cuándo habéis visto mujer que del pesar o el placer pueda sufrir el secreto? No habéis sabido callar el principio desta pena, y yo, de sospechas llena, ¿podré a la noche esperar? No. mi bien; no. mi señor; que es matarme con sangría aguardar al fin del día. De un golpe ser a mejor. ¿Qué tenéis? ¿Qué ha sucedido? Pues, Blanca, para mi muerte. de procurador la suerte en la ciudad me ha cabido. y aunque la puedo trocar, bien veis vos que no es razón perder honor y opinión. Agora os quiero abrazar. que os prometo que pensé que os había sucedido alguna afrenta.; Eso ha sido? ¿Qué importa? Con vos iré a la corte, al fin del mundo. Ese es. Blanca, mi pesar; que en no poderos llevar toda mi tristeza fundo. No está ahora nuestra hacienda para vivir como es justo en la corte. Este disgusto no ser a bien que os ofenda. alma de mi propia vida. que es echarnos a perder vivir, no pudiendo ser. con la ostentación debida. Las cortes no durarán tres meses, a lo que creo; si más, siempre mi deseo tuvo aceros de galán, y él sabrá venir a veros postas hay, Sierra Morena no es mar de peligros llena... ¿Lloráis, hermosos luceros? Resistid, pues sois mi palma, esta forzosa partida mirad que lloráis, mi vida. y que es cada perla un alma. No me engañaba en pensar que la noche me ayudara. que en los brazos, no en la cara, se ha de decir el pesar. Allí, señora, ayudados de caricias amorosas, tratáramos estas cosas mejor que entre los criados. Prima. Blanca está afligida de que a la corte me voy habladla. que como soy más parte en esta partida. no me quiero enternecer. ¿Tan presto ha de ser, señor? No. Inés, que fuera rigor; y también es menester tiempo para prevenir el camino. Así es razón. que con menos prevención no ser a justo partir. Dile que si yo pudiera llevarla, como era justo, que, para mi honor y gusto, favor de los cielos fuera, y nuestros hijos también fueran desacomodados; que fíe de mis cuidados y de que es mi solo bien. Y dile, si tanto amor de mi tormento le avisa, que no ser a tan aprisa que no se temple el dolor. Bien pienso que has escuchado lo que don Pedro quería que te dijese. Inés mía, yo me alabé de mi estado, y la fortuna me oyó que en viéndome tan dichosa, se me trocó por celosa y por mujer se vengó. Bien veo que no es razón al Veinticuatro estorbar que ocupe tan buen lugar y de tanta estimación; pero ausencia de su gusto y soledad de mi bien, razón ser a que me den lágrimas, pena y disgusto. Eso es forzoso; mas mira que ha de ser con más templanza. ¿Tan presto tanta mudanza? Todo placer es mentira, todo contento, pesar; toda ventura, desdicha. No hagas eso. Tanta dicha fue para no la gozar. ¿Y vuesa merced también ha de ir con él a Toledo? Pues ¿cómo excusarme puedo, Leonor y todo mi bien? ¡Ay, ay, ay! Si te empucheras, ¿qué haré yo, que estoy sin mí? ¡Ay. ay, ay! Cuando creí, Leonor, que mi oíslo fueras, voy condenado a no verte. Y yo ¿cómo quedaré, celosa y sin ti? Yo sé que sabrás entretenerte. ¿Qué necesidad tenía de pasar Sierra Morena quien la tenía tan buena en tu cara, Leonor mía? Pero palabra te doy de que no coma jamás sin gana mientras estás ausente; tan firme soy; y no dormir en Castilla menos que estando acostado, si no es que me haya quedado traspuesto en alguna silla. A mujer de cuarenta años no hayas miedo que la intente; que más quiero dos de a veinte, que es cuenta en que no hay engaños. Pues yo te prometo aquí, lacayo, luz destos ojos, de excusar cuantos enojos me puedan venir por ti; que viendo que ausente estás, de los que cantar me oyeren tomaré cuanto me dieren, sin ser descortés jamás. Y con este sentimiento tendré tanta soledad, que a cualquiera voluntad rendiré mi pensamiento. ¿Dasme esa palabra? Y dos. ¡Vivas mil años, amén! Adiós, mono. Adiós, sartén, Adiós, pechiches. Adiós. Beso la blanca arena de tu playa, ¡oh, fin de España! en que el tebano Alcides las pirámides puso con que mides del antiguo valor la mayor raya. Por el hijo del Sol al indio vaya quien de tus dulces márgenes despides, si el mar con que del mundo le divides su codicioso pecho no desmaya. Por los peligros que pasando vienes, ya que de todos a la orilla sales, conozco, dulce mal, el bien que tienes. Sean la pena y el descanso iguales; que no puede alabarse de los bienes quien no supo también sufrir los males. Agrádame el alegría con que muestras el pesar que te dio el pasar el mar. La muerte decir podría. A Sanlúcar bendecía, de cuya barra salí cuando partimos de aquí. ¡Oh, mal haya, dulce España, quien puede y en tierra extraña se atreve a vivir sin ti! Pues el oro que has traído ¿no te ha obligado a consuelo de haber mudado aquel cielo adonde habernos nacido? Ya de las penas me olvido que el adquirirle me cuesta. Tierra es, Alberto, dispuesta; pero cuesta tanto ya, que no pienso que le da, sino pienso que le presta. ¿Cómo va de pensamiento? ¿Resucitó la memoria de aquella pasada historia? De eso nació mi contento. De esta vez, Alberto, intento servir a aquella divina mujer, pues el oro inclina, a quien le quisiera dar cuanto ha pasado la mar desde que el oro camina. i Notable imaginación! ¿Que no la acaben tres años, tratos y reinos extraños? Tú me diste la lición. Dijiste que a mi opinión convenía en el gobierno no ser a mujeres tierno; y como a nadie he mirado, estase vivo el cuidado con esperanzas de eterno. ¿Qué? ¿Ahora la quieres bien? Más que cuando me partí. Fue pintura al olio en mí su hermosura y su desdén. Un barco fleta, y prevén lo que habernos de llevar, que con gusto de llegar, Sevilla, donde porfío, más siento pasar tu río que todo el pasado mar. Veré, Blanca, tu hermosura con galas y variedad, de que traigo en cantidad esto que el mundo procura. Y pues no hay cosa segura del alto poder del oro, toma un alma de tesoro, pues sirviéndote diré con el oro y con la fe que te adoro y que te adoro. Agradece esta fineza de venir como partí, que quiero comprar tu sí con un alma de riqueza. Dame, Blanca, tu belleza; no correspondas ingrata, y recibe de quien trata servirte con tal lealtad mil Indias de voluntad, que valen más que de plata. Pues ya llegó la ocasión de partirme, Blanca mía, y sabes que honor tan justo hoy a los dos nos obliga, a ti para no sentir tan de veras mi partida, y a mí para que me aparte sin la muerte de tu vista, mira tus obligaciones y por nuestros hijos mira; aunque era bien excusado que tales cosas te diga. Pero, pues estamos solos, aunque el alma me lastimas, y yo las espuelas puestas, oye un secreto, mi vida: he sido cuerdo en callar una pesadumbre mía, o porque no la tuvieses siendo tu inocencia indigna, o porque un marido cuerdo no debe, si serlo estima, despertar con locos celos una voluntad dormida. No te los pido, mis ojos; sólo decirte querría que haya recato en tu casa, digo, Blanca, en tu familia, y que muestren como tuyas tus puertas y celosías que hay dentro personas muertas que defienden honras vivas. Confiésote que he querido vender aquesta esclavilla, no porque me da ocasión a sospecha ni malicia, mas porque algunos recaudos siendo galán me traía. y me parece dispuesta, si algún interés la inclina. Dile yo ciertos escudos, que todo fue niñería; pero con mano dotora a traición los recibía. Esto me daba cuidado, que por lo demás es limpia, canta bien, tañe mejor, y extremadamente guisa. Aquel necio don Bernardo... No sé a fe cómo te diga lo que he sufrido y callado, pues aún te sirve y te mira. No es esto cosa que importe, pero que importar podría, que mal respeta la espalda quien la cara solicita. Yo he dicho más que pensaba; no te enojes, por mi vida. si te hablo como galán, pues sabes tú que me inclina amor, no desconfianza, que si un marido confía, como galán te he querido, y así es bien que me permitas el partir desconfiado, no de tus prendas divinas, sino del atrevimiento de este mozo que te mira. Cierra, mis ojos, tu puerta, luego que la noche avisa, que a quien la tiene cerrada jamás sucedió desdicha. Echa la cubierta al coche cuando salieres a misa, y el manto al rostro en la iglesia, pues por difunto suspiras; que si un ausente lo está, acertarás si imaginas que yo lo estoy en tu ausencia, aunque no porque me olvidas. Con esto, quédate adiós, segura de que camina un hombre que va sin alma adonde el honor le guía. Viviré, Blanca, en Toledo con tal verdad, que los días pasaré sólo en leer los amores que me escribas, y desvelado las noches, pensando las que tenía en tus brazos con las prendas que nuestra amistad confirman. No te desvelen cuidados, ni de mi ausencia te aflijas, confiando en la lealtad a tus virtudes debida; que yo volveré más firme que voy. para que recibas en tus brazos quien merece tal firmeza en tal desdicha. Después de haberte mostrado, don Pedro, mi sentimiento desde que supe tu intento, alma apenas me ha quedado. Bien sé que vas confiado de lo que dejas en mí, pues me conoces, y ansí no tengo que encarecer que, puesto que soy mujer, para ser tuya nací. El haberme prevenido, pues que disculpas te dan las licencias de galán, no el respeto de marido, vano advertimiento ha sido, y más nombrando a quien sabes; que aunque mi lealtad alabes, ser a amándote más cierta, pues desde el alma a la puerta te llevas, Pedro, las llaves. Quien dices que me ha mirado, que yo creo que es ansí, no habrá visto cosa en mí que pueda haberlo obligado. Yo, a lo menos, no he pensado que nadie me tenga amor, ni cuando salgo, señor, que alguno en verme repara, porque pienso que en la cara traigo escrito tu valor. Cuánto mejor te pudiera prevenir mi voluntad. en la ausencia y soledad que de mis brazos espera. Como un hombre considera que no hay honor que perder cuando nos quiere ofender de hacernos ofensas gusta; i mal haya la ley injusta que no le puso en mujer En fin, a Toledo vas, donde ya me pone miedo la hermosura de Toledo y la discreción, que es más. Pero pienso que tendrás respeto a mi obligación, que quiero, en esta ocasión que no la tienes de mí, tener, don Pedro, de ti tan justa satisfacción. Fuera de que es calidad el acordarse tu honor, que vas por procurador de Cortes desta ciudad. Enfrena tu voluntad hasta que el oficio acabes con honra y virtud, pues sabes que la merced de los reyes asienta por justas leyes mejor en los hombres graves. Blanca, tú quedas segura, y de ti lo voy también. Quédate con Dios, mi bien, y lo que digo procura. Dame esos brazos. ¡Jo, jo!; Qué es esto? ¡Tente. Mendoza Que con el vicio retoza. Blanca, ya el coche llegó; ya los pajes y la gente se están poniendo a caballo; cuanto con la lengua callo el alma, mis ojos, siente. Vuelve a abrazarme. ¡Arre allá con el estribo! ¡Oxte. puto! Vísteme el alma de luto, que ya el corazón lo está. Ya, señor, te está esperando el coche. ¿Subieron ya los pajes? Sevilla está tu buen gusto celebrando. En tan vistosa librea, todos a caballo están yo tengo un macho alazán que respinga y corcovea sólo en tocar el arzón. Las gracias trueca en endechas. Con las orejas tan derechas me está mirando a traición, que pienso que aquesta noche las tuvo con bigotera. Ya, Blanca, la gente espera. Adiós, mi bien. Llega el coche. Martín. Señora. Servid de lo que os toca y no más. ¿De mí sospechosa estás? Esto que os digo advertid, que el traerme a mí papeles cuando Pedro me sirvió esta sospecha me dio. Trátame bien, como sueles, que si los llevé galán, no los llevaré marido. Ahora bien: esto te pido. Plegué a Dios que el alazán me arrastre en Sierra Morena si le nombrare mujer, ni vuelva jamás a ver la puerta de Macarena. ¿Qué me contáis? Esto pasa. ¿Blanca, huésped, se casó? Con don Pedro de Guzmán, que va por procurador de Cortes hoy a Toledo. Bien me dijo el corazón, Alberto, este mal suceso. ¡Calla, don Félix, por Dios, que antes te ha venido bien! ¿Bien dices en tanto amor? Pues, si la hallaras doncella, no era fuerza, aunque razón, casarte, siendo quien es? ¿Y no me fuera mejor que perderla, pues ya tiene dueño de tanta opinión, que hasta el otro mundo llega la fama de su valor? No. por Dios, pues que se ausenta Y he visto en su casa yo a su prima doña Inés haciéndome señas hoy, y tan llena de alegría, que tengo imaginación que a Blanca no le ha pesado. Si Blanca me aborreció. ¿de qué quieres que se alegre? ¡Qué poco entiendes, señor. esto de venir de Lima No lo fue de mi prisión. Darele cuanto he traído por un cabello, un favor, de aquellas hermosas manos. ¿A quién, señor, no rindió la viva fuerza del oro, y más cuando ayuda amor? Bien dices. Algo merezco sin el oro, ¡por quien soy! Ausente está su marido, o tenga valor o no, que una desdicha no topa cuando llega hasta el honor en los méritos del dueño, sino en que tuvo ocasión. Pintar la desdicha a Apeles Alejandro le mandó, y pintándola sin ojos, le preguntó la razón. Porque no sabe a quién da, dijo el célebre pintor, pinté la Desdicha ciega; que si viera, cierto estoy que no diera al virtuoso, ni al sabio, ni al que guardó su honor, porque los tuviera en alta veneración. Escucha, que está en la reja doña Inés, y me llamó; llega tú, que. por ventura, Blanca estar a con temor. ¿Hay dicha cómo la mía? Rufino. Señor. Adiós, que tengo que hacer. Ya entiendo. Alba de mi claro sol, ¿podré hablaros? Con recato, que ha poco que se partió don Pedro seáis bien venido. Sí seré, pues hallo en vos un ángel que ha de guiarme al cielo de mi afición. Hoy se partió don Pedro, como digo, y el campo me dejó desocupado, si bien. Lucindo. un imposible sigo, y alas de cera opongo al sol airado. Mientras me acerco, a más rigor me obligo; pero estoy de su luz enamorado, y quiero en ella arder, pues es consuelo que siendo vida el sol. muero en el cielo. Matando en Túnez Carlos Quinto a un moro, le dijo, atravesado de la lanza: "Ninguno ha muerto aquí con más decoro, ni mayor honra de su muerte alcanza". Lo mismo digo yo, si el sol que adoro me mata, con la vida, la esperanza; que si por ser de un rey es honra y fama, a las manos del sol, mayor se llama. Lucindo.; En tantos años, don Bernardo, vive de Blanca aquel antiguo pensamiento? Este mi amor, como es verdad, recibe con el tiempo veloz mayor aumento. Lo que en la arena la memoria escribe, deshace el agua o desparece el viento; mas lo que en mármol conservar procura, como es tan duro, eternamente dura. Lucindo. Parece que está en la reja hablando un hombre. Sí, está. ¡Y después Blanca tendrá de mi atrevimiento queja! Lucindo. Años ha que vi en Sevilla este hidalgo forastero. Pienso que es un caballero que vino aquí de Castilla. Pasaba con un gobierno a Indias; diome cuidado entonces... Gente ha llegado. Paréceme que a lo tierno le dice amores a Inés, ¿y tráesme a ser su amante? Ninguna sombra os espante, que éste ya sé yo quién es. Mañana se ir a de aquí. Don Félix. Blanca os adora; don Pedro se parte agora, vos la gozaréis por mí; que quiero que me debáis el fin de vuestro deseo. Si en tanta dicha rae veo, hoy la posesión tomáis de más de treinta mil pesos. Otra mi codicia ha sido. (Loca estoy, pues he fingido de un ángel tales excesos.) Venid cada noche aquí, que yo os abriré la puerta. "Veré la del cielo abierta, y vos, un esclavo en mí. No habéis de ver dónde entráis, que sin luz la habéis de ver. Sin luz, ¿cómo puede ser donde tanto sol gozáis? Que os prometo que llegó donde su antípoda fui, que el del cielo, para mí, nunca alegre amaneció. Yo vendré, pues vos queréis que a Blanca, sin verla, vea. (Vos veréis quien os desea, y a quien no pensáis veréis.) Adiós. A Blanca decid que le traigo un alma de oro. Vos sois su mayor tesoro. En lo que pasa advertid. ¡Ah, Bernardo! ¿dónde tiene el honor seguridad? ¿Hay tanta facilidad? Mas seguirle me conviene; ver dónde posa y quién es. Estos nos miran. Sí harán, que un forastero galán los ojos lleva en los pies. ¡Bueno, el Veinticuatro parte! Ojos, ¿es esto verdad? ¿En tan santa honestidad halló amor industria y arte para combatir a quien, ni doncella, ni casada, ha dado a mi amor entrada la puerta de su desdén? ¡Ah, Lucindo! Un forastero que mañana se ha de ir, ¿qué no podrá conseguir? Él es galán caballero, y vendrá cargado de oro. La vida le ha de costar, que yo tengo de guardar del Veinticuatro el decoro. Don Pedro, en esto me fundo: que lo que no es para mí, no ha de ser, fuera de ti, de ningún hombre del mundo. Por aquí dicen que el divino Carlos, el César de Alemania, español Júpiter, que con mejores águilas se adorna, el alto alcázar de la iglesia torna. Aquí la quiero hablar, besar su mano, por la merced del hábito, que dice el duque de Alba que me ha hecho agora, y admirar su grandeza soberana, ilustre honor de tanta monarquía. Aún no has querido descansar un día. ¿Qué te parece esta ciudad insigne? Que puede hacer a Tebas competencia; que es un famoso monte de edificios, en eterno cimiento fabricados; que es madre de las armas y las letras, donde florece agora Garcilaso, divino Arquipetrarca del Parnaso. ¡Ay, si tuviera yo su vivo ingenio, la constante dulzura de sus versos, que no son versos donde no hay dulzura: cómo escribiera yo, cómo cantara, esposa de mis ojos, tu hermosura, y al Apolo mayor desafiara! Olvídate, por Dios, siquiera un hora; perdone este consejo mi señora, que me pesa de verte tan perdido. Antes no siento que perdí el sentido. El César viene. ¿Quién sois? Aquí, al pasar, le espero. Don Pedro de Guzmán me llamo, que. como Veinticuatro de Sevilla, en estas Cortes a serviros vengo. Desde Túnez, de vos noticia tengo. A Vuestra Majestad, en la jornada de Viena serví. Ya se me acuerda lo que de vos me dijo el duque de Alba, y no es justo que estéis sin premio alguno, aunque sea al principio de estas Cortes, pues ya tenéis servido el merecerle.; Sois casado? En Sevilla estoy casado con doña Blanca de Mendoza, hija de don Sancho de Córdoba. No es justo daros cargos de guerra, sino honraros de una encomienda, la primera que haya; pues del hábito os hice gracia entonces, quede a vuestra elección el escogerla. El de Santiago, gran señor, os pido. Sois soldado; su espada habéis querido. Por la ciudad, señor, tengo que hablaros. Pues acudid mañana al duque de Alba. El cielo os guarde, como 'España pide, para que vuestras águilas divinas lleguen volando a los remotos Chinas. ¿Hay tal benignidad, hay tal modestia? ¡Por Dios, que obliga el César a adorarle ¡Qué presencia real! ¡Qué lindo talle! Beso la tierra en que las plantas puso, y doite el parabién del lagartazo que ha de cruzarte desde brazo a brazo. ¡Pesia tal! Si volvemos a Sevilla con el santo remiendo colorado, ¡vive Dios, que has de honrar aquel cabildo, aunque él está de tal nobleza honrado, y que me he de poner alguna cosa que parezca a manera de encomienda ¿Estás loco. Martín? Pues ¿no se ponen una capa, unas calzas desechadas, sin que por ello prendan ni castiguen? Pues la primera cruz que tú deseches, por hábito me pongo en todo un lado, y un rétulo que diga: ''Desechado". Mira que si en la corte das en eso, te graduarán de loco. ¿Y ser a malo comer entre señores de regalo, decirles pesadumbres y frialdades, y sacarles vestidos y doblones? ¿Es mejor estudiar altas razones, celebrar las hazañas de sus padres, imprimir sus grandezas cada día y morirse de hambre entre paredes? Martín, sin memoriales no hay mercedes. Quien calla y sirve, dicen que harto pide. ¡Dichoso el lisonjero o maldiciente Coronista de vicios de señores, que no le cuesta nada aquella prosa, “más helada que nieve Galatea''! Pero, en efeto, lo que fuere sea. Con bien llegamos. ¡Lindo agüero ha sido! Voy a escribir a Blanca mi fortuna. Y yo a Leonor, sartén de mi deseo, que de tu cruz he sido el cirineo. ¡Oh. noche. que por sendas mal formadas huyendo vienes del ligero día, que desde el indio. por incierta vía, te sigue, las espaldas enlutadas! Esconde tus estrellas argentadas para que llegue a ver la prenda mía, que de mi atrevimiento desconfía, las luces de sus ojos adoradas. Hoy, con tu negra máscara pretende la hermosura encubrir, por quien suspira el alma que en su puro rayo enciende. Más tiene amor mi dicha por mentira; que no basta que goce lo que entiende, pues no goza del bien quien no le mira. ¡Ah, caballero! ¿Quién es? Una esclava vuestra soy. Yo lo soy vuestro, y estoy, en fe de serlo, a esos pies. Teneos, Félix. teneos. Entrad y venid tras mí. ¿Por adónde? Por aquí. ¡Abriéronle! Entrad, deseos. Entró; ¿qué hay más que aguardar? Aguardar, Lucindo, importa a que salga. ¿Para qué? Para no quitar la honra al dueño de aquesta casa. ¡Oh, mujer fácil y loca! ¿Será verdad que aquí entró, Lucindo. un hombre a estas horas? No, sino el alba que andaba entre las coles de Caria. Yo, ¡por Dios, que, cuanto a mí, que sacara el hombre agora ele los brazos desta infame. que a tal marido deshonra! Seremos. de esa manera, si la casa se alborota. nosotros quien la infamamos. ¡Basta; paciencia te sobra! ¿.No has visto un hombre, Lucindo Que en alguna cosa topa. y con el dolor no habla, que el mismo mal le reporta? Pues de esa manera estoy; pase el dolor. que si goza desta mujer esta noche, yo sé que no venga otra. ¿Qué haré para no sentir? Irte a casa. pues que cobras seso donde otros le pierden. Oye una invención famosa: yo llego y llamo. ¡Ah de casa! ¿Quién es? Dile a mi señora doña Blanca que me envía desde Adamuz, por la posta, don Pedro con esta carta. Venid mañana. No es cosa que se pueda dilatar. Duerme. Pues la carta toma. Salid de presto, ¡por Dios!, que doña Blanca se enoja ele que hayamos respondido; y si a la reja se asoma, ha de ver abrir la puerta. ¿Qué bien. Qué gusto, qué gloria, como sea de la tierra. sin sobresalto se goza? Teneos a la justicia. Tenido soy. ¿Cómo nombran a vuesa merced? ¿En qué entiende? ¿Importa? Diga. Vengo de un gobierno. ¿Y gobiérnanse las honras de tan nobles caballeros con salir a tales horas? Venga a la cárcel. Señores, ¡por Dios, que no descompongan tantas honras de una vez, si el ser quien soy les provoca! Yo traigo treinta mil pesos: en ellos mañana pongan los deseos y las manos, pues es la distancia corta, que mi posada es aquélla, donde ayer a una fregona o mulata desta casa oí cantar cuatro coplas de un romance de Castilla, y así la voz me aficiona, que confieso mi flaqueza; ella me abrió, y estas bodas he celebrado esta noche; que ni he visto a su señora, ni la conozco, ni quiero. ¿Hombre de vuestra persona se prenda de una mulata? La voz, ¿a quién no enamora? ¿Es mejor un ruiseñor que una negra ruiseñora, y está en los grandes palacios en jaulas que el oro adorna? Demás que aquesta esclavilla es, por lo moreno, hermosa, tanto, que el sol de su ama le puede servir de sombra. Ahora bien; pues si es ansí que esta morena cantora os obliga con sus gracias y os rinde con sus lisonjas, aquí podéis escoger, señor, una de dos cosas; porque no somos justicia, sino deudos a quien toca la honra del Veinticuatro. Decid. Consentir que os rompan dos balas el pecho aquí, de aquella armada pistola. o dar palabra que luego que amanezca, pues no estorban negocios ni obligaciones vuestra partida forzosa, os partiréis de Sevilla; que si el Veinticuatro torna con bien, yo sé que la esclava quedar a libre y sin costas. Señores, si he de morir, justo parece que escoja el partirme de Sevilla; pero un hombre que negocia su plata, tenga dos días. No le han de dar ni dos horas. Basta; yo doy la palabra. Y yo fío, que os importa la vida el no la quebrar, que haréis las palabras obras; porque en la contratación, en la plaza y en la lonja, os darán de puñaladas. Aquí se acabó mi historia. Blanca, no temo mi muerte; temo que pierdas la honra del Veinticuatro y la tuya; que mi vida poco importa.

JORNADA TERCERA

Con haber pasado, Alberto, al claro Guadalquivir, pienso que he tomado puerto; aunque ¿dónde puede ir un hombre después de muerto? Temiendo el justo castigo de un poderoso enemigo, de todo mi bien me alejo. ¡Ay, Blanca, que no te dejo, pues que te traigo conmigo! ¡Ay, celestial hermosura! ¿de qué sirvió la ventura de gozarte, aunque sin verte? ¿Cómo he temido la muerte? ¿Quién la vida me asegura? Que si tengo de morir a las manos de tu ausencia, no la pudiendo sufrir, mejor fuera en tu presencia, que no el alma dividir. La que entre los dos había, ¿cómo. señora, podía dividirse sin la muerte. que, en fin, no tengo de verte? Mira que se pasa el día. y habemos de caminar como si quieres llegar a Córdoba aquesta noche. Gente se apea de un coche. Ya tendrás con quién hablar; que aquesta imaginación loco te quiere volver. ¿Si son clamas? Hombres son. Di que me den de comer. ¡Qué gentil disposición! Ya lo tendrá aderezado ese galgo que salió rayando el alba. Hanme dado aires de Sevilla. ¿Y yo, soy barro? Bien seáis hallado. Y vos, señor, bien venido. ¡Lindo talle! ¡Maravilla! ¿De dónde bueno? He salido esta noche de Sevilla. Fuérades mejor servido si fuerades hacia allá. Bésoos las manos. Comed conmigo. Pártome ya. Hacedme tanta merced, que pienso que a punto está. Voy con alguna tristeza. Así la divertiréis. Martín, da prisa. Ahora empieza a asar el perro. Tenéis escrita en vos la nobleza. Perdonad. si no recibo la merced. Yo voy sin mí, y de tanto bien me privo, que desde Sevilla aquí no he comido, ¡por Dios vivo! Por eso me habéis de hacer esta merced y favor. Ya me es fuerza obedecer. Mas qué, ¿son lances de amor? ¿En qué lo echastes de ver? Voy también enamorado, puesto que voy más contento. Y o dejo el bien que he gozado. Yo voy a gozarle, y siento el veros ir lastimado. Que a cuantos veo quisiera repartir de mi alegría, y que ningún hombre hubiera, como es tan grande la mía. que sin tenerla estuviera. Alegraos. que donde vais otro sujeto hallaréis, pues no es propio el que dejáis. Mis tristezas ofendéis con pensar que me alegráis. ¡Por Dios, que gusto de oíros, en parte!: que es tal mi amor, que estoy para osar pediros, mientras con tanto rigor dais por Sevilla suspiros, me contéis vuestro suceso; porque, como quiero bien, que os agradezco os confieso esa fineza. Es por quien merece mayor exceso. Mientras nos dan de comer podremos entretener el tiempo en nuestros amores. Vuestros corteses favores me obligan a obedecer. También yo sé que quien ama, para contar de su dama la privanza o el desdén. cuando no hay hombres a quien, a las mismas piedras llama. Yo soy un caballero de Castilla, que don Félix Manrique me apellido: para pasar el mar vine a Sevilla con un gobierno, que mi muerte ha sido: un ángel, de los hombres maravilla, con dulces ojos cautivó mi olvido; mi amor le dije, y respondió que amaba así era firme, y obligada estaba. Partime triste, y por sus ojos juro, porque a no ser verdad no los jurara, que en tres años mi amor vivió tan puro como si la sirviera y la gozara; volví cargado de oro. y no seguro, que por poco la vida me costara; porque, alterado el mar. vi su elemento mojar el sol y penetrar el viento. Entre el ¡bota a babor!, ¡alarga! y ¡vira!, rasgándose las jarcias y motones, pensaba yo en perderla. ¿A quién no admira que tenga amor tal fuerza en sus pasiones? Con esta imagen, ídolo y mentira, volvió a correr con nuevas guarniciones el caballo del mar, cisne de pino, por nubes de agua, el líquido camino. Llegué a Sevilla haciendo confianza del oro que adquirí para servilla; hallé que era casada, y mi esperanza, muerta en los brazos de la misma orilla; pero desta tormenta fue bonanza su marido, que, fuera de Sevilla, dio lugar a mi nuevo pensamiento, y el oro, a mi valor, merecimiento. Fiada, pues, en una prima suya. abrió su puerta y pecho, y fui dichoso; mas; qué alegría, amor; qué gloria tuya, trágico fin no la cubrió celoso? Salgo a la calle; aquí no sé si arguya que era galán o deudo, que curioso la rondaba la calle escura y sola, un bravo que me apunta una pistola. Fuera temeridad sacar la espada entre bocas de fuego y mucha gente diles para disculpa, mal pensada, que entré no por amor, que fue accidente, porque oyendo cantar en mi posada, que estaba de su ilustre casa enfrente, una esclava, le dije, aficionado, que trocase a un vestido mi cuidado. Esta dije que vi; pero quisieron que les diese palabra que me iría de Sevilla, y la di, porque dijeron que antes saliese que saliese el día. Fuime a Sanlúcar. donde al fin me dieron cartas en tal pesar tanta alegría, que he estado cuatro meses como preso llorando celos y perdiendo el se.so. Dos noches, en el tiempo que refiero, vine a verla secreto y disfrazado en hábito de pobre marinero, donde también la he visto y la he gozado; mas la segunda, el necio caballero, que debe de vivir desesperado, con otros tres, me dio tantas heridas, que me matara, a no tener dos vidas. mirad. señor, si es justa mi tristeza; mirad si siento mi desdicha en vano por la más alta y celestial belleza que puso el cielo en alma y cuerpo humano. El deciros quién es no era nobleza; que, en fin, sois caballero sevillano; basta, sin ofender las cosas dichas, haber sido cortés de mis desdichas. Por cierto que me ha pesado, don Félix, vuestro suceso, y que de oíros confieso que he quedado aficionado. Fuera de la obligación en que pone vuestro talle, y puesto que el nombre calle vuestra mucha discreción, de la dama referida, os querría suplicar que no os vais con tal pesar a pasar tan triste vida. Yo soy hombre poderoso en Sevilla, y, como veis, mancebo, con quien podréis vengaros de ese celoso. Volved conmigo a Sevilla, y gozad esa mujer, que a sus ojos lo ha de ver el necio que os acuchilla. ¿Está ahora en la ciudad su marido? No, señor. Pues ¡cuánto os ser a mejor que ir con tanta soledad, volver donde la gocéis, y veréis también mi dama, que por dicha, por la fama de hermosa la conocéis. Tendréis dos grandes terceros en los dos, y en mí tu amigo del alma. A vuestros pies digo que sois de los caballeros de Sevilla ilustre honor. Yo me llamo don Martín de Silva; soy hombre, en fin, desta condición y humor, que daré vida y hacienda a un forastero, y no quiero que, por verle forastero, ningún cobarde le ofenda. Vamos con secreto allá, hasta que sepa quién es. Déjame echar a esos pies. El silencio importa ya. Un caballo tomaré, que traigo aquí, regalado, y, por entrar disfrazado, coche y gente dejaré. No comamos, que no quiero que éstos sepan dónde voy. Loco de contento estoy. Sois Silva, que basta. (Hoy muero. No sé cómo, de turbado, acierto a hablar.) Solamente es fuerza que, de mi gente, llevemos aquel criado. Señor. Oye aparte. A mí me han muerto, Martín. ¿Qué dices? Que hoy es mi fin. Desde que vi desnudarte, algún mal imaginé. Cosas de tu ama son. ¡Qué necia imaginación! Si lo fue, yo lo sabré. Dame el caballo y ensilla tu mula. Pues, ¿sin comer? Sí; que éste no ha de saber quién soy, aquí ni en Sevilla. Don Martín de Silva he dicho que me llamo; mira bien no yerres. Algún vaivén te ha desquiciado el capricho. ¡Vive Dios, que me ha ofendido Blanca! ¡Miente, vive Dios, quien lo dice! ¡De los dos tomaré venganza! ¿Ha sido verdad, o imaginación? Verdad. ¿Cómo puede ser que tan principal mujer se atreviese a tu opinión, y más teniendo experiencia tú de sus costumbres graves? Calla, necio, que no sabes los peligros de la ausencia. Siendo así, ¿qué hará Leonor? ¡Vive Dios, que he de matarla! Ensilla el caballo, y calla. Yo voy. Don Félix. Señor. Poneos a caballo luego, mientras me sacan el mío. En vuestras manos confío mi vida. ¡Que estés tan ciego que te vuelvas! ¿Qué aventuro? Algún desdichado fin. Pues, necio, ¿con don Martín de Silva no voy seguro? Pensamiento desdichado, solos quedamos: pensemos qué venganza tomaremos del honor que me han quitado. Pero, ¿si me han engañado? Cartas de Blanca, salid, y lo que sabéis decid; traiciones son sus favores; amor, sus falsos amores que los rompa permitid. ¡Oh, qué mal hice en romper, no sabiendo la verdad, el libro de su lealtad! Volverlas quiero a coger. Aquí dice: "Tu mujer". ¡Oh, qué bien están rompidas mentiras tan bien fingidas y tan engañosa fe Pues ¡más que letras rasgué tengo de quitarle vidas! ¿Es posible que paciencia tengo en tanta desventura? Bien temí, de tu hermosura, los peligros de la ausencia. Pues ¿no ha de haber diferencia de mujeres principales a aquellas que no son tales? Sí ha de haber; esto es amor, que. amando cualquier temor, hace las cosas iguales. Perdóname. Blanca mía. que no ofenden tu inocencia los peligros de la ausencia, por más que el honor porfía. Engaños hay cada día que engendran estos recelos; guarden tu vida los cielos, que no es de maridos sabios querer graduar de agravios las licencias de los celos. Mas.; cómo me persuado con tanta facilidad? Sí, porque su honestidad merece crédito honrado. Pero si antes de casado me quiso, fácil sería; mucho yerra, aunque confía, doncella que se enamora, pues vengo a pensar agora la liviandad que tenía. Pero no haya más cuidados, que hasta confirmar indicios es suspender los juicios prudencia de los casados. Mas. casos tan declarados, con señas, prima, posada y competidor. ¿no es nada? ¡Muera Blanca, y muera en mí, que aun quisiera desde aquí llevar desnuda la espada! Es mucho atrevimiento. No os parezca que soy tan atrevido que lo imposible intento; que si hasta aquí vuestra virtud lo ha sido, ya por vicio me anima, que no se ha de estimar quien no se estima. Pues ¿qué lenguaje es ése con mujer de mis prendas? ¿Estáis loco? Por mucho que lo fuese. a no ser vuestro crédito tan poco, no creáis que llegase a estado que el respeto me faltase. Pero cuando una dama de vuestras prendas, Blanca, y nacimiento se aventura a su fama, disculpa todo ajeno atrevimiento, pues no es tan justa cosa ser cruel para mí quien es piadosa... ¿Es mejor caballero que yo don Félix? ¿Esto puede el oro? ¿Esto el ser forastero? ¿No ha tres años, y más, que yo os adoro? Y, después de casada, de mí habéis sido honestamente amada. ¿No he tenido respeto al Veinticuatro, sin osar hablaros, mirándoos sólo a efeto de daros a entender que quiero amaros, sin premio ni esperanza, hasta que he visto en vos tan gran mudanza? Pues ¿qué locura ha sido entrar en vuestra casa desta suerte? El ver que habéis perdido el seso, don Bernardo, me divierte, en lástima tan justa, que apenas ya mi agravio me disgusta. ¿Qué don Félix es éste? ¿Qué forastero y oro? Id en buen hora, y no aguardéis que os cueste la vida la locura con que agora de aquesta casa en mengua infama mi valor vuestra vil lengua. ¡Inés, prima, criados! ¿Tú das voces, señora? Pues ¿qué es esto? ¿Caballeros honrados hacen estas locuras? ¡Salid presto! Mas yo la culpa he sido de que fuérades vos tan atrevido que si yo hubiera dado cuenta a don Pedro de este pensamiento, va hubiera castigado con la espada tan loco atrevimiento. Pero él vendrá a Sevilla, acabadas las Cortes de Castilla. Pues ¿cómo habéis llegado, don Bernardo, a esta casa descompuesto? ¿De dónde habéis tomado tan gran atrevimiento? ¡Salid presto! ¿Quieres que llame gente? ¡Paso, señora; Inés, detente! Que no hay detenimiento. Salga vuesa merced. Oíd, os ruego. ¡Salid! Salga al momento, o, ¡por el agua de la mar, que luego, aunque mujer me mira, saque las armas que nos dio la ira! Yo no he sido atrevido con doña Blanca, ni jamás perdiera el respeto debido al valor desta casa, si no viera entrar en ella un hombre, de quien ya sabe que le dije el nombre. En esta misma puerta, por muerto le dejé con mil heridas. ¡Ay, triste! ¡Yo soy muerta! Disimula, señora. No me pidas, en tanto mal, que calle. ¿Hombre a esta puerta? Y hombre de buen talle. Idos, ¡por Dios!, agora, que esas cosas no son de caballero. ¿A ver a mi señora hombre del mundo? Indiano y forastero; no os hagáis inocentes. ¡Ay del honor de los que están ausentes! Lástima os he tenido. ¿Hay testimonio igual? i Está sin seso! De no le haber perdido; pero no os espantéis, si ha sido exceso, viendo que en una casa tan principal, tan grande infamia pasa. Por lo menos me vengo en que a don Félix le quité la vida y pues venganza tengo de don Pedro también Blanca, perdida, y él sin honra ¿qué aguardo? ¡Hoy, Blanca, te aborrece don Bernardo! Hoy te deja, hoy te infama, hoy te desprecia, y del haberte amado se arrepiente y desama. Tu fácil hermosura, ¿a qué ha llegado? A venderse por precio del oro indiano a un forastero necio. ¡Vive Dios, de no amarte eternamente, por tan gran bajeza No supiste guardarte del oro, aunque de amor tanta belleza libraste muchas veces; no sé si eres mujer, mujer pareces. ¿Qué te parece de esto? Estoy sin mí, Leonor. Leonor, i Todo se sabe! En confusión me ha puesto que doña Blanca, una mujer tan grave, inocente, padezca; no hay pena que mi culpa no merezca. Mas ¿qué mayor castigo que ser don Félix muerto? ¡Ay, vida mía! ¡Murió! Yo soy testigo, pues no le he visto más desde aquel día en cuya noche triste tantas espadas a la puerta oíste. ¿Qué haré, que como loca quisiera dar mil voces? Justamente su muerte me provoca, y el ver que doña Blanca esté inocente. i Oh. cuántos males nacen de un yerro, amor, que tus locuras hacen! i Maldito sea el deseo que me obligó para intentar el daño que en esta casa veo, pues ha de resultar de un necio engaño su perdición y mía! ¡Mal haya, ausencia, quien de ti se fía! Bien queda trazado ansí, y don Félix, con secreto, encerrado hasta la noche. No llegues con tal silencio. ¡Ay, señora, mi señor! Voy a decirlo corriendo. ¿Es don Pedro? i Prima mía! Pues; vos tan solo? ¿Qué es esto? Por ver a Blanca, he dejado coche y gente. ¿Venís bueno? ¿No lo veis? ¿Para Martín no hay algún poco de pecho? ¿Cómo estás? ¿Cómo has venido? ¿Cómo estoy? ¿Cómo he venido? Cuanto a estar, estoy en casa cuanto a venir, de Toledo. (Temblando estoy de pisar los infames aposentos teatro de mi deshonra.) ¿Tu señor? ¿Qué dices? que te parece imposible. Creo Blanca viene. ¡Mi don Pedro! ¡Mi bien! ¿Con silencio tanto? Blanca, por verte más presto dejé en Peñaflor mi gente. ¡Cuál me ha tenido este tiempo tu ausencia! ¡Ay. queridos brazos! Que siglos ha que carezco De este descanso, que solos sois mi verdadero centro. ¿Quién se ha visto en tal estado? Perdona, mi dulce dueño, que por miraros la cara no os había visto el pecho. ¡Si tú me le vieras, Blanca! Por muchos años y buenos. ¡Qué bien os está la cruz! La que de mi estado tengo no puede estarme más mal. Esta, Blanca, me dio en premio de mis servicios el César; presto encomendar espero, mas no mi honor a quien ya en tal deshonor le ha puesto. Si ya has rezado a la cruz de mi señor, y merezco tu favor, pues tienes dos, que me des un pie te ruego, que yo te le volveré. ¡Oh, Martín, alza del suelo! No me mandes levantar sin que me tapes primero la boca con un chapín. Levántate. ¿Vienes bueno? Bueno y discreto, señora; que he aprendido a ser discreto en la corte, Dices bien, porque no hay mejor maestro. ¿Qué hay de nuevo por allá? Hay nuevo, ser todo nuevo, y es tanta la novedad, que apenas hay hombre viejo. ¿Guardásteme la palabra? Señora, agravio me has hecho y a don Pedro, mi señor. Una ausencia toda es celos. ¿Hay mujeres muy hermosas? Muchas; pero fue tan cuerdo tu esposo, que a los demás ha quedado por ejemplo. En hacer joyas y galas para ti pasaba el tiempo, y en estudiar tus papeles, y luego escribirte versos. No me ha enviado ninguno. Teme que no has de entenderlos; como a lo moderno escribe... Señor don Pedro, ¿qué es esto? ¿Suspenso y recién llegado? No estoy, mis ojos, suspenso; y si lo estoy es del gusto de verte. Venid, que quiero enseñaros vuestros hijos, pues no preguntáis por ellos. Ven, Inés, a sacar ropa limpia al Veinticuatro. Temo de su tristeza algún mal. ¿Cómo no habla, mancebo? Señora Leonor, no hablo por tres cosas. Diga presto. La primera, porque estoy sin gusto. ¿Entiende? Ya entiendo. La segunda, por faltarme voluntad. Así lo creo. La tercera... No la diga. que viene muy majadero de la corte. Si lo fui. lo que llevaba me vuelvo. ¿Tampoco tú disimulas? ¡Vive el cielo que no puedo! ¡Morir tiene aquesta galga! Habla bajo, y entra dentro: no entiendan como culpados, que cualquiera movimiento presumen que es el castigo. Voy. Perdido estoy, ¡ay, cielos! ¡Oh, ausencia, quién pintara lo que siente de tu traición! ¡Oh. madre del olvido, en quien perdió su honor el más valiente y se alabó que le venció el vencido En ti padece el príncipe excelente la vil murmuración, y es ofendido el ministro, de sátiras injustas, de santas obras y costumbres justas. En ti se desvergüenzan los criados del dueño más ilustre y poderoso; róbanse las haciendas, los estados, y el más pagado amor duerme celoso. En ti yacen por tierra derribados los altos edificios, y en el foso de la mayor ciudad las hierbas nacen que, prado verde, las ovejas pacen. Por ti falta a su honor la recogida doncella y el más firme y leal amigo; la muerte es una ausencia de la vida, y tú, de todos el mayor castigo. No tienes rostro, aunque eres homicida eres espaldas toda, pues contigo perdí mi honor, que si por ti no fuera ni Blanca me olvidara ni ofendiera ¿En cuál prisión de Argel, en cuáles baños del turco más feroz, en cuál infierno puede haber confusión, puede haber daños que igualen juntos mi dolor eterno? Casa de deshonor, casa de engaños, falta de honestidad y de gobierno, que a las más viles en bajeza excedes, yo lavaré con sangre tus paredes. Si pudieran hablar, ¿qué me dijeran de infamias, desatinos y locuras? Ya pienso que hablan, pero bien pudieran destos pintados cuadros las figuras. Todas me infaman, y mi pecho alteran pues morirán también, aunque seguras: porque no ha de quedar, aunque pintado, testigo de su afrenta al que es honrado. Morir a doña Inés, pues ser a cierto ser cómplice con Blanca en el delito merezca pena igual quien le ha encubierto; que ni disculpa ni perdón permito. La esclava infame en el proceso abierto ya tiene el nombre y el castigo escrito, i Oh siempre no excusados enemigos, del bien azares y del mal testigos Blanca, entre estas sentencias, ¿cuál te espera? Aquí mi necio amor tiene la espada. Su deslealtad, su infamia considera, y que me tiene el alma lastimada. Haz cuenta, amor, que matas una fiera, no aquella Blanca que de ti fue amada no mires su hermosura, huir procura, que ha hecho mil cobardes la hermosura. No te acuerdes, memoria, de los gustos; sólo me representa los agravios; mira el honor, que en tiempo de disgustos no miran gustos los que nacen sabios. Es discreción en casos tan injustos abrir los ojos y cerrar los labios. ¡Hijos! no detengáis mi empresa honrada; mas ayudadme a desnudar la espada. ¿Fuera de Sevilla a mí? En confusión me habéis puesto. Sabréis, don Bernardo, presto para lo que os traigo aquí. Yo pienso que desta vez desdichas me vuelven loco. Alejémonos un poco de la puerta de Jerez, porque quiero que en Tablada sepáis el intento mío. ; Parece que es desafío? Sí es, pues saco la espada. Pues ¿vos para mí, señor, que tan vuestro siempre he sido? Vos me tenéis ofendido. ¿Yo? Vos, pues, y en el honor. Mirad que os han engañado. Engaño o no, sacaréis la espada, y luego veréis cómo muere el que es honrado. Mirad que os tengo respeto, y que parece muy mal en edad tan desigual. No os tengo por tan discreto que me aconseje con vos; Sacad, Bernardo, la espada, porque mi honra agraviada ya se queja de los dos: de mí, porque no os he muerto; de vos, pues no os defendéis. La causa no me diréis que os fuerza a tal desconcierto? Mi hija Blanca me ha escrito que la habéis solicitado en ausencia de don Pedro, y con testimonios falsos, a imitación de Tarquino, aquel infame romano de quien se queja la sangre de Lucrecia al cielo santo. No sois vos tan poderoso que me sea necesario juntar mis deudos; que yo para castigaros basto. Y porque buenos jueces han de ser de muchos años, me manda el honor a mí, y aun el cielo, castigaros. Hoy entrastes en su casa, y porque su pecho casto para el vuestro deshonesto halló en su virtud reparo, entre mil infamias necias le dijistes que habéis dado la muerte a un cierto don Félix, caballero castellano que con el oro de Chile venció su honor, reparando, como buen amigo ausente, la honra del Veinticuatro. Yo soy su suegro y soy padre de doña Blanca. Entretanto que viene, su honor me toca, que no al galán, don Bernardo, que defender y ofender, como tan grandes contrarios, son como decir y hacer, que no comen en un plato. ¿Pareceos que tengo causa bastante para mataros? ¿No es mejor que yo me pierda, que he vivido tantos años, que no don Pedro, a quien dio un hábito de Santiago el César, y a quien su esposa aguarda abiertos los brazos? ¿No es mejor que sus tres hijos gocen? ¿Qué aguardáis? Ya estamos donde pondrá la verdad lo que faltaren mis manos. Tened el valiente acero y las palabras, don Sancho, pues venís como juez, y la ley se os ha olvidado, de oír las partes primero que deis la sentencia. Estando tan cierto de lo que digo, ninguna respuesta aguardo. Si os probase que es verdad que éste don Félix ha entrado de noche en casa de Blanca, con tres testigos o cuatro, ¿quedaréis contento? No, porque de falsos hay tantos, que no está seguro un hombre aunque tenga órdenes sacros. ¿Y si vos los conocéis y os muestran que fue tan claro como el sol? Si los conozco y verdaderos los hallo, antes que venga don Pedro pondré sus hijos en salvo, y ésta en el cuello de Blanca; que nací Córdoba y Haro. Así lo creo de vos, y venid conmigo. Vamos. Ya voy turbado de ver que aqueste no se ha turbado. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? Pero ¿de qué me acobardo? ¿No es Blanca mi hija? Sí. Pues no hay que temer agravio. Ensilla presto, Martín. Discreto ha sido el enredo. Pues; cómo ausentarme puedo y dar a mi intento fin, si no es con esta invención para que don Félix venga y el justo castigo tenga Blanca de tan vil traición? Mira que sale. Señor, pues; sin descansar siquiera una noche, y la primera que os merece tanto amor, os volvéis de aquesta suerte? ¿No habéis, señora, sentido cómo en Carmona ha reñido mi gente y que ha dado muerte Mendoza a Vasco, aquel paje que vuestro padre me dio? ¿Que Mendoza le mató? (¡Oh, infamia de tu linaje! Presto se dirá de mí que de veras te maté.) En fin, sobre el juego fue. Como yo no estaba allí, hanle preso y embargado el coche y cuanto traían, dos cargas en que venían las galas que os he sacado: dos cadenas de diamantes y dos joyas. ¡Presto, ensilla! ¡Que por venir a Sevilla y por abrazaros antes que supiésedes de mí, esto me haya sucedido! Ya está todo prevenido. Adiós, adiós. ¡Ay de mí! i Qué desdicha es ésta, Inés? ¡Dejar solos los criados y el juego Más desdichados sucesos temo después. Poco amor me ha parecido. Mañana podrá volver. Ausencia y propia mujer, ¡qué presto engendran olvido! Pues ¿ha de perder su hacienda y dejar preso a Mendoza? Quien ama, Inés, y no goza, algo tiene que le ofenda. En mal punto fue a Toledo. Su discreción y hermosura le ha puesto en esta locura. Amor, Blanca, todo es miedo. Pero no hay de qué temer, que el Veinticuatro te adora. Inés, de ausencia de un hora Pedro venía a abrazarme, y de tanto tiempo agora ha vuelto para dejarme. Tú verás cómo ha traído alguna mujer. No creo, de la virtud que en él veo, en tanto amor tanto olvido, y un hombre que allá trató cosas de tanta importancia... No hay lealtad donde ha distancia. Pedro vino y me abrazó, los brazos, Inés, caídos, y un hombre que en los abrazos tiene caídos los brazos, lejos tiene los sentidos. Sin esto, no preguntó por sus hijos, ni aun hablaba en la cruz que le adornaba el pecho que me negó. Como eso en ausencia pasa; de que yo presumo, Inés, que fue a traer la de Uclés y dejar la de su casa. Si ya no es uso andaluz de los nobles que prefieres el no abrazar sus mujeres por respeto de la cruz. Diciendo estás desatinos. Éntrate. Blanca, a acostar, haré la casa cerrar. ¿Agora nuevos caminos? Que por más que amor intente, y tú mis celos reportes, no se acabaron las Cortes, pues está don Pedro ausente. Y mi temor se resuelve, que en la corte se ha quedado; que no puede haber llegado quien cuando llega se vuelve. El cielo me dé paciencia, pues pude y no le seguí; que entonces no conocí los peligros de la ausencia. Tales mis desdichas fueran. ¡Mañana vendrá su esposo. que presto a un pecho celoso vanas sospechas le alteran. ¡Ay de males incurables, yerros de locas mujeres ¿Sola estás? Leonor, ¿qué quieres? Nuevas te traigo notables. Con invenciones de amor, que siempre se vale de ellas, hoy dijo aquí don Bernardo que Blanca a don Pedro afrenta. Si entró don Félix aquí, y piensa que habló con ella, habiendo estado conmigo, ¿cuya ha sido la cautela? ¿Qué te espantas que lo diga? Con ese engaño se ciega; pero en decir que mató a don Félix, cosa es cierta que miente, pues está vivo y a tu puerta haciendo señas. Ciertas fueron las heridas; que el no llegar a la reja en tanto tiempo, Leonor, claro está que fue por ellas. ¡Qué ventura fue tan grande para verle en esta pena no estar don Pedro en Sevilla! Baja, Leonor, a la puerta; ireme yo a disfrazar. Mata las luces y entra a fingirte doña Blanca. Antes de abrirle, ten cuenta no sea alguna invención. No me tengas por tan necia. ¡Qué bien le traigo engañado! Haciendo piernas pasea la puerta de nuestra casa, y a las rejas hace señas. Bien dijistes que era Blanca, y te confieso que apenas lo creo y lo estoy mirando. Martín, este necio llega a su muerte, y no es sin culpa, que aunque en ausencia me ofenda, no ha de ignorar de qué suerte tales casas se respetan. Cuando con Leonor, mi esclava, bajos amores tuviera, le diera la misma muerte. Siempre tengo de las puertas llave para mí. Esta traigo. iAy de él si por ellas entra Pienso que abrirle no quieren, que a nosotros vuelve. Vuelva, que aunque el honor me da prisa, dice amor que me entretenga. ¿Es don Martín? ¿No le veis? No me abren porque piensan que he muerto de las heridas, pues las señas no aprovechan. ¿Conocéis aquella casa? ¡No, por Dios, y es cosa nueva, habiendo nacido aquí! Fingiréis no conocerla. Dile palabra a su dueño de guardar secreto, y fuera bajeza decir el nombre. Mas guardarme no es bajeza. que si no he de venir solo. nadie en el mundo pudiera como vos acompañarme. ni ser mi amparo y defensa. Si llega nuestra amistad a que podáis conocerla. Veréis la más bella dama que hay en Sevilla, y si llega a más el conocimiento, he de hacer que os entretenga una prima tan hermosa. tan gallarda. tan discreta. que a no estar con doña Blanca. un ángel os pareciera. ¿Nombréla? ¡Sí! ¡vive Dios! No importa. que no se quiebra la palabra con descuido. Vuelvo a verla. estad alerta, que me va en vuestro cuidado estar seguro con ella y no menos que la vida. ¿Puede haber cosa como esta? Martín, yo pierdo el juicio. No me espanto que le pierdas, porque quien pierde la honra no es bien que sentido tenga. Y a estoy probando la espada, como instrumento que templa la honra en que ha de cantar tan miserables endechas. Déjame. amor, que pareces un demonio que me tienta. si puede haberle piadoso y estorbar cosas mal hechas. ¡Mal hechas dije! ¡Estoy loco! ¡Calla. que abrieron la puerta! ¿Sois vos don Félix? Yo soy; ¿Cómo ha sido tanta ausencia? Poca salud fue la causa. Sabe Dios lo que me pesa. A linda ocasión venís, que don Pedro es ido fuera. Pues ¿ha venido don Pedro? ¿Cosa que éste mismo sea que viene conmigo aquí? : Mas ¡qué cobarde sospecha, si éste es don Martín de Silva! Entrad. Entro. Entró tras ella. ¿Cerraron? Sí. ¿Mas ¿qué importa? Señor. un instante espera para que los halles juntos: aunque ¡vive Dios! que tiembla el alma. de imaginar tan lastimosa tragedia. Quiero tanto a mi señora, que una merced te quisiera pedir. ¿Cómo? Que me mates, por no verlo. Dame. Prueba la espada en mí. ¡Quita, infame! ¡Abierto está! ¡Sígueme! ¡Entra! De lo que dices me admiro. Pues tened por evidencia que por esta puerta entró y que le dimos en ella mil heridas. Ya, Bernardo, sé que mi deshonra es cierta; pero yo tengo de hablar con doña Inés. Fue tercera destos amores su prima, y negaralos por fuerza. ¡Abre. infamia de mujeres. que en vano la puerta cierras de aqueste aposento infame. que si de diamantes fuera le hiciera a coces pedazos. La voz de don Pedro es esta. Pues don Pedro está en Sevilla, ya no importan diligencias. ¡Abre. infame! ¿Con mi hija hay en el mundo quien pueda. hablar con tales palabras? ¡Matarele! ¡Tente! i Espera! ¿Quién va? Señor Veinticuatro. ¿vos tratáis desta manera a Blanca? Si es Blanca infame, ¿no es justo que se parezcan mis palabras a sus obras? ¿Infame la más honesta y virtuosa mujer del mundo? Harto bien se muestra cerrada en un aposento con un hombre. Desta prueba no tienes que replicar. Primero que yo lo crea lo he de ver con estos ojos. Ser a para defenderla. Pues vete, y los que contigo vienen; que si el mundo fuera, no me han de impedir matarla. Criado, a la puerta queda con dos pistolas armadas. ; Qué es esto? Mi hija es ésta. ¿Cómo dices que cerrada y con un hombre la dejas? Acostada oí tus voces. ¿Hoy no te fuiste? ¿Qué piensas de mi virtud y lealtad? ¡Cielos! ¿Qué locura es ésta? ¿Por dónde has salido, infame? Quien así trata a las buenas por sus celosos antojos, no merece que lo sean. Martín. Señor. ¿ Por dónde salió esta mujer? ¿Qué es dalla? Aquí estoy. ¡Válgame Dios! Y después de él, mi inocencia. ¡Romperé las puertas! ¡Rompe! Pues ya no tengo defensa, don Pedro, contra tu engaño, pague mi vida la deuda de la ofensa que te hice. ¡Cielos! ¿Qué mujer es esta? Félix, no soy doña Blanca, sino su prima, que ciega de tu amor, te di a entender que entrabas de noche a verla. No te disculpes, Inés, que aunque mil muertes me dieras, como esté inocente Blanca, por noble y honrada quedas. A sus pies pido perdón. Y yo, señor, de ofenderla, castigo. A los dos perdono con dos condiciones. Sean como de tu hermosa mano. Que se case, la primera, don Félix con doña Inés. Eso, señora, ya es fuerza. La segunda, que don Pedro no se vaya, cuando vuelva de las Cortes otra vez, sin que en mis brazos le vea. Justo ser a que los dos consientan las dos sentencias. De ellas seremos testigos. Y a mí, que guardé la puerta, ¿qué me darán? A Leonor. Paso, y descártome de ella. Aquí se acaban, senado. Los peligros de la ausencia.