Texto digital

Texto digital de Pedro de Urdemalas

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Pedro de Urdemalas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/pedro-de-urdemalas.

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PEDRO DE URDEMALAS

JORNADA PRIMERA

Sin tu licencia no fuera, aunque el Duque me ha llamado. Estimo aquese cuidado; pero si el Duque te espera, no te detengas aquí. Son tus ojos la prisión de los míos; y es razón que puedan más que yo en mí I' pues en llegando a vellos nadie está con libertad, disculpe mi voluntad quien sabe que son tan bellos; que si un señor se detiene, cuando los ve, a contemplarlos, mal la tendrán los vasallos la defensa que él no tiene. Quien tiene buena opinión de lo que quiere, no quiere con celos; mas no te espere el Duque en esta ocasión. Parte sin sombras y antojos, pues yo sin la causa quedo. Lisarda, celos sin miedo son del amor ciegos ojos; por eso los trae cubiertos. Mira que sale. ¿Está todo puesto a punto? ¿De qué modo quieres que sientan los muertos? ¡Oh, Lisarda! ¿Sin clon Juan sale al monte Vuestra Alteza? Los rayos de esa belleza resplandecen donde dan. Ya se tomó la licencia de cazador. Es mentira decir que adora, quien retira del sol la hermosa presencia; fuera de que el cazador puede hablar con desconcierto en tratar de lo que ha muerto y soy yo el muerto de amor. La caza imagen se llama de la guerra, y buen estilo me parece darte un filo en requiebro de tina dama, para salir a rendir de las montañas las fieras. ¿Tan libre te consideras? \o he de temer, no he de huir; ni es bien que se sobresalte la garza, mientras no vea que la persigue y desea un gallardo gerifalte. Y si este, con no ser tal, la puede tanto ofender, ¿cuál ave no ha de temer un águila tan real? No te pido yo, Lisarda, que temas, porque el temor no es buen principio de amor, antes el aleta acobarda. Amor ha de comenzar por el buen conocimiento: conocer el fundamento divinísimo de amar. Después de amar viene bien el temor, pero antes, no. El que tema seré yo, pues que supe amar también. Diga Lisarda a su gusto que celos infamia son, que ya sé que la razón tiene m¡ dolor por gusto. Di, sirena falsa y bella, que allí cantas y aquí matas, ¿por qué mi muerte dilatas si te deleitas en ella? si no es ocasión ¡oh, celos! verlos hablar y no oír, ¿qué es lo que llaman morir quien nunca murió de celos? Contento voy. Yo lo quedo, señor, con tanto favor. Y yo tan muerto de amor, que tengo a la vida miedo. Guárdete Dios. Y él te vuelva con bien. ¿Hay más cortesías? ¿En qué queréis ansias mías que este m¡ amor se resuelva? Prometo, amor, de no ser firme con mujer jamás; que los celos que lile das quiero, Lisarda, aprender, Prometo de hacer engaños a cuantas hablare y viere, y sin que a su amor espere sospechas, por desengaños. Mas pésame que he de ser ingrato, desconocido, pues siendo aleve y fingido te tengo de parecer. Y ¿qué libros me has traído? Por tu gusto los busqué; que no fue poco, mas fue m¡ amor reloj de m¡ olvido. Que siendo despertador tu gusto en m¡ voluntad, las horas de m¡ verdad está señalando amor. Pero estás muy diestra ya en leer. ¿Pues no lo estoy? Así me leyeses hoy el alma, en que escrita está la historia del amor mío, por capítulos tan breves, que verás lo que lile debes en el menor desvarío. Parece, en lo que has hablado, que los libros has leído. De este amor que lile ha perdido, tan solamente he ganado este saberte decir mis cobardes pensamientos; que decir atrevimientos era hablar como sentir. ¿Pues qué libres traes? Compré a Heliodoro. ¿De qué trata? De lo mismo que lile mata; pero es ejemplo de fe. La historia de dos amantes pintó con estilo griego, en un laberinto ciego de sucesos semejantes. ¿Cómo el amante se llama? Teágenes. ¿Firme? Es hombre, y Clariquea es el nombre, Laura, de la hermosa dama. Muy bien tendrás que leer, y aun te dará que pensar; toma lecciones de amar, y aprenderás a querer. Si las liciones, Turino, de los ojos no se toman, donde las almas se asoman y yo por ellas lile inclino. Si los maestros no son las estrellas que conciertan las voluntades que aciertan a formarse inclinación, los libros ¿qué harán por sí? Pues por eso te decía que leyeses tú la mía, Laura, para amarme a mí. Será libro de mentiras. Verdades son mis congojas. Hay en las almas más hojas que en los árboles que miras; v como las mueve el viento, aunque en firme rama estén, ansí las almas también mueven cualquier pensamiento. ¿Qué más libros has traído? Un Amadís español, de amor centro y de armas sol. Justo cuidado has tenido; que yo le tuve de ti, mientras estuviste allá. Pagado el cuidado está, si le tuviste de mí. I' por ese gran favor, los libros te quiero dar; que no hay mejor obligar que pagar un justo amor. ¿Son estos? Sí. Dios te guarde. Voime a leer. Bien podrás, para que aprendas si estás en penas de amor cobarde. Nunca te logres, amén. Por qué no me he de lograr? Nunca te falte pesar. ¡Eso sí; maldecir bien! Nunca, si tuvieses hijos, en nada te cien contento. ¡Cargar más! Dente tormento en vez de tus regocijos; por que en esperanzas vanas hasta entonces te entretengas, con negra barba los tengas y no los goces con canas. ¡Dalle que dalle! No creo que te engendré, claro está. ¡Andad con el diablo ya! Tu muerte, por Dios, deseo. Por vida vuesa, Fulgencio, padre o lo que sois, que estáis muy necio, pues no os pagáis de m¡ paciencia y silencio. ¡Oh, perro!, ¿Pues tú conmigo? ¿Qué es esto? ¿Pues no lo ves? Entre padre y hijo es. A este bárbaro castigo. ¿Qué os ha hecho? Y o quisiera, Turino, aunque labrador, que este hijo, este traidor, más de lo que he sido fuera. Que tuviera inclinación de estudiante o de soldado, que despreciara el arado y olvidara el azadón. Pero ni quiere estudiar ni seguir la guerra quiere, porque solamente muere por arar y por labrar. Yo tengo hacienda, y quisiera que en la ciudad estudiar que se ordenara y honrara su casa de esta manera. O, pues ingenio le falta, que siguiera aquel camino de las armas, por quien vino César a envidia tan alta. Dos hijos me ha dado el cielo; pero trocados de suerte, que Laura es sabia y es fuerte, tanto que es monstruo del suelo, y este es necio y para poco. Tireno, ¿por qué razón quieres en esta ocasión parecer menguado y loco? ¿Por qué no vas a estudiar? ¿Por qué no sigues la guerra, pues a tu padre y tu tierra puedes de esta suerte honrar? Pardiez, Turino, aunque diga mi padre que necio soy por demostraros que estoy, si da lugar que prosiga, en lo más cierto y seguro. ¿Cuál tienes tú por más cierto? Vivir al mismo concierto que nací solo procuro. I si los reyes hicieran leyes que todos los hombres los oficios y los nombres de sus padres prosiguieran, no hubiera la confusión que ahora en el mundo veo; por cuya causa deseo ser lo que mis padres son. Si el que ha nacido oficial quiere ser luego letrado; caballero el que ha estudiado y el soldado bien o mal, la república, Turino, y la nobleza, se pierde, que no hay después quien se acuerde de dónde aquel ser le vino. Que si siempre el oficial fuese oficial, viviría en la humildad que tenía y en aquel pobre caudal. El noble solo estudiara, tuvieran estimación las letras. Más confusión el mundo entonces buscara. Pero estas materias son para escuelas de letrados. Los señores sean soldados, que es de su sangre blasón. Y si el caballero nace sin ingenio, ¿cómo quieres que estudie? Más necio eres que quien esto dice y hace; pues que persuadir pretendes un rústico. Si lo soy mejor en el campo estoy, Fulgencio, ¿de qué te ofendes? Laura, de libros cargada, estudie, vaya a París; que, como los dos decís, será su virtud honrada; y pues en toda esta tierra tiene por su ingenio fama, camine donde la llama, por la ciencia o por la guerra. ¿Laura ha de estudiar, villano? ¿No estudia, así como así? ¿Laura ha de ir al campo, di, con la bandera en la mano? Resuélvome en que he de ser lo que mi padre. Si tiene hacienda, más te conviene crecer más y pretender. ¡Necedad! ¿Quién lo dijo? A desvariar comienza. ¿No sería desvergüenza ser más que su padre un hijo? Ea, pues, alto: al arado; seguid la huella del buey. ¿No es mejor que tras la ley, como avariento letrado? ¿O tras la purga y sangría, como los médicos van? ¿O tras algún capitán que me lleve a Berbería? Dichoso yo si en m¡ hogar como en paz la bien. cocida olla de carne embutida. sin pretender ni envidiar. Ándense los cortesanos en sus vanos pensamientos a buscar sobre los vientos honras y lugares vanos; que cuando venga la Muda, que así llamaba a la muerte mi agüelo, el más sabio y, fuerte gime, teme, tiembla y duda. ¿Fuese ? ¿No le ves correr? Algo hay- en este, Turino. Por este humilde camino quiere conservar su ser. Pues ¿qué medra o que restaura? Ser mañana lo que es hoy. A buscar a Laura voy. Y o voy a morir por Laura. Tomé ocasión de la fingida caza, porque engañar a la Duquesa quiero y volver rebozado con la noche a la ciudad, don Juan, donde encubierto pueda hablar con Lisarda. o eran vanos los celos que tenía a la partida. ¡Ah, Lisarda cruel! Quiero, en efecto, fingir que quedo en esta casería y que tú representas mi persona, en tanto que yo vuelvo, y decir puedes que en ella, por sentirme muy cansado, quiero quedarme aquesta noche. Pienso lo dispondrán más bien Riselo o Fabio. Bien fuera si de alguno me fiara; pero no me está bien fiar de alguno lo que a ti solo tengo encomendado; y porque no me vea algún villano que diga dónde estoy, a Dios te queda, porque bien puedo caminar de día a Florencia, y entrar de noche en ella. Yo haré lo que me mandas; y pues quieres irte solo, señor, guárdete el cielo. Ten cuidado. Ya sabes mi buen celo. Quiero sentarme un rato entre estos árboles por ver si descansando me durmiese; que a los tristes el sueño es dulce epítima v no hay para dormir tal instrumento como olvidar un loco pensamiento. Sabrosa imaginación, ¿dónde me llevas tras ti?; si aquesto puedes en mí. tus fuerzas efectos son. ¿Qué es aquesto que he leído que tiene tanto poder que escrito pudo mover mi enamorado sentido? ¿Qué griego es este que amó la divina Clariquea? ¿Será posible que crea que un hombre firme nació? ¡Qué amores tan bien pagados!, ¡Qué penas tan bien sufridas!; ¡Qué adversidades fingidas!, ¡Qué bosques tan bien pintados! Dichosa mujer que halló hombre que la quiso tanto, que apenas de ver me espanto lo que por él padeció. Altas hayas, fuertes robles, fuentes que a la mar corréis; estrellas las que tenéis imperio en las almas nobles; yo vengo de amor vencida, pero sin saber de quién; una sombra quiero bien, de imaginación vestida. A Teágenes adoro, envidiosa de que sea amante de Clariquea en el libro de Heliodoro. ¡Ah, quién anduviera ansí por bosques, sendas y prados; pues por amantes cuidados entre estos montes nací! ¡Qué desdicha haber de amar mis altivos pensamientos un villano y sus intentos humildemente escuchar. Mas, ¡ay, cielos!, si ha formado tan fuerte imaginación un hombre en esta ocasión que está en esta hierba echado. ¡Válgame el cielo, y qué fuerza de un extraño imaginar! ¡Que me pudiste olvidar! mas tal ocasión te esfuerza. ¿Qué dudo? Sin duda, es hombre como el que estaba leyendo; quejándose está y durmiendo, ¿qué habrá en el mundo que asombre? Pues imaginado en mí un caballero que amar le hallo en este lugar: ¿Eres Teágenes, di? ¿Eres tú aquel firme amante que pasó por Clariquea tantos trabajos? ¡Que sea tu pensamiento bastante para mudarme del mío! Quiero acercarme a escucharle, pues no hay nadie en todo el valle y solo murmura el río. Gentil persona. ¡Ay de mí! ¿Qué me buscas, qué me quieres? Mudables sois las mujeres, yo he visto el ejemplo en ti. Que le busco y que le quiero dice, y que mudables son las mujeres. Con razón de tu crueldad desespero. Mas ¿quién se ha de resistir cuando tú a buscarme vienes, pues la belleza que tienes me ha de volver a rendir? Así me quisieras bien, cuán bien tu amor satisfice. Si yo le quisiera, dice que él me quisiera también. Llega, mi señora, llega. Dice que llegue, sí haré; porque más cerca podré oírla mejor. ¡Qué ciega mariposa fue a la llama con mejor atrevimiento! ¡Ay, cielos! ¡Cuánto contento da la esperanza a quien ama! Mas, ¡con cuánta más razón la posesión le dará! Si puedo abrazarte ya, dame licencia y perdón. ¡Válgame el cielo mil veces! ¿qué es esto? Suelta, señor. Sueño hasta ahora traidor, ¿qué es aquesto que me ofreces? ¿Eres cuerpo? Cuerpo soy. Suelta. ¿Tienes alma? Sí. ¿Por dónde has venido aquí, o como contigo estoy? Suéltame y sabraslo. Sueño, si tratas verdades ya... Antes miente, pues os da hoy tan diferente dueño. Vos estábades soñando en la que en Florencia amáis, una labradora halláis de esta sierra, despertando. ¿Como en mis brazos hallé los tuyos, si yo dormía? Porque cansada venía _v entre estos olmos me eché. Debíamos de soñar un mismo sueño los dos, y lo que os despertó a vos me debió de despertar. De suerte, que a un tiempo aquí nos hallamos abrazados, del sueño y de amor burlados. \o me burla el sueño a mí. Porque yo soñé que vía grande cantidad de amores, que de rosas y de flores que esta verde selva cría, fabricaban una rara belleza entre estas arenas, todo el cuerpo de azucenas y de jazmines la cara. Desperté, y hallé en mis brazos tu divina gentileza, tan conforme a su belleza, que ya estoy preso en tus lazos. Yo soñaba que, de fuego, el niño Amor fabricaba una figura que hablaba, y que se paraba luego. Vi que el pecho le hacía todo de camaleones; el corazón, de traiciones; el cuerpo, de fantasía; los ojos, de dos traidoras niñas, sin firmeza alguna; y el rostro, como la luna, con sus mudanzas por horas; la condición de la mar, ya en bonanza, ya furiosa. Pero llegueme amorosa, por verla y oírla hablar; y hablome de tal manera, que desperté; mas, por Dios, que me digáis si sois ves esta venenosa fiera. Serrana del mismo cielo, que de menos alta parte no pudiera ser quien tiene donaire y gracia de un ángel. Serrana, cuyo despejo, porque a ninguno matase, escondió el cielo entre montes, para luz de aquestos valles: no me imagines de fuego, ni de suerte me maltrates que yo te parezca Apolo y que tú imites a Dafne. El gran Duque de Florencia, que el cielo mil años guarde, muy cerca de sí me tiene, de sus cuidados Atlante. Vino a cazar a estos montes; canseme de dar alcance a los animales fieros; dejele en sus verdes valles, y al son de una clara fuente que de estas arenas sale, dando puñados de perlas a quien mira sus cristales, me senté, dormí y soñé sueños que serán verdades si en los accidentes nuestros son las estrellas iguales. \o te extrañes, que no es justo; dime tu nombre, pues sabes que en cortesía lo debes, pues te he contado mis partes. Generoso caballero: no te espantes que me espante de que dudes que te sirva en cuanto ahora ene mandes; y desde este punto quiero que sepas, para adelante, que hasta escuchar la mujer, bien puede ser que se guarde; que si escucha, no aconsejo la desconfianza a nadie, que por oídos de cera no hay palabra que no pase. Laura es m¡ nombre; Fulgencio, un labrador, es mi padre; soldado en su mocedad, v no de oscuro linaje; aumentó el cielo su hacienda de suerte que treinta pares de bueyes aran la tierra, que al año siguiente paren. Lo que de oloroso vino encierra, y los olivares que miras, le dan de aceite no se mide ni se sabe; tiene un Hijo, que él quisiera a más lugar levantarle; mas no hay remedio con él que más que del campo trate. Y o al revés; que aunque erre mira muchacha, en rústico traje, sé leer y se escribir, y una inclinación notable de aprender armas y ciencias, sino que el alma me engalle. Presumo que sois el Duque; si lo sois, pues que ya es tarde, no os desirváis de que os lleve a una casa razonable, donde un arca de ciprés os dará sábanas tales, que no echéis menos las vuestras con las holandas de Flandes. Yo os ofreceré gran cena, gran vajilla, mesa y pajes, que yo sola os serviré, y con voluntad tan grande, que podáis caber en ella, aunque como otro Alejandro, fuérades señor del mundo. ¿Hay tan gracioso donaire? $1 Duque quiero fingirme, mudando estilo y semblante. Serrana, yo soy el Duque. Dadme vuestra mano, o dadme a besar los pies. Detente, serrana, que eres bastante a humillar mayor grandeza; vamos a ver a tu padre, que quiero que digáis todos a quien por mí preguntare, que estoy durmiendo y que esperen. ¡Qué hermosa presencia y talle! La labradora es donosa. Pudiera el Duque matarme si merecieran mis dichas que naciéramos iguales. Mirad con mucho cuidado si hay gente en la calle. Está tan sola, que extrañará el mirarte desvelado. ¿Sabe Lisarda que viene Vuestra Alteza de este modo? Noticia tiene de todo. ¿Noticia? Descuido tiene. No veo alguna señal del cuidado que era justo. Si no la despierta el gusto, no la tiene el mundo igual. Bueno fuera hacerla yo, pero no rase atreveré. ¿No fue concierto? Sí fue, pero al concierto faltó. Pues advierte que ya el alba anda por reírse y toca con los cercos de la boca la parte que le hace salva. Presumo que se ha dormido, y si al monte has de volver, no sé cómo puede ser sin haber amanecido. ¡Oh, Lisarda! este engasto no rase libra de este error, ¿adónde piensa mi amor hallar mayor desengasto? Pero, esperad, ¿no es aquella que a la ventana llegó? Al amanecer salió, como es de tu sol estrella. Lisarda hermosa. Señor. ¿Cómo has tardado? He salido astil veces. Todas han sido nuevas deudas de mi amor. Mas, por dicha, a tiempo fueron, que rase apartaba de aquí. ¿Cómo te viniste así? Dime, señor, ¿no te vieron? Nadie supo que venía si no fue solo don Juan; todos seguros están de m¡ amor, Lisarda mía. ¿A don Juan se lo has contado? Pues qué importa? ¿No es secreto' Es mozo y está, en efeto, de Clavela enamorado, a quien lo podrá contar, y ella a Su Alteza. Yo sé que lo que yo le conté sabrá callar. ¿Qué es callar? ¿Cuál hombre calló jamás secreto a quien quiso bien? ¿Sabe que te quiero bien? Sabe que en m¡ alma estás; pero no le he referido los favores que me lías hecho. Dan. Juan tiene muy buen pecho, pero quiere y es querido. :Mejor en Fabio o Riselo estos secretos están que en don Juan, porque don Juan tiene amor, y yo recelo. Mucho don Juan me parece Lisarda, el que ahora nombras; si de él, señora, te asombras, muchas veces se te ofrece. No le nombres. Pues, ¿por qué? Porque dices que te enoja. Que lo diga me congoja. No hará, que yo le hablaré. Deja, por tus ojos bellos, de estar con ese temor, que se correrá mi amor de que estés con pena en ellos. ¿Celos te ha dado don Juan? ¿Vuelves a nombrarle? Yo... Con más razón te agradó, que es gentil hombre y galán. Todo lo entiendo, Lisarda; no en vano dándole cuenta de mi amor... Señor, ¿qué intenta tu celoso pecho? Aguarda. ¿Qué quieres que aguarde? Pienso que no ofendo tu valor en tenerle algún amor, porque él me lo tiene inmenso. Mas después que yo he sabido que me deseas, no he dado paso alguno en mi cuidado que pueda Haberte ofendido. No, Lisarda, para mí no ha de haber humano engaño; yo gusto del desengaño, ya vuestro amor conocí. Y pues con cierta evidencia he visto tu voluntad, conózcase mi amistad: venga don Juan a Florencia, que yo seré buen tercero para que os caséis los dos. Mil años te guarde Dios. No sé si vivo o si muero. Suplícote, gran señor, pues tanto el serlo has mostrado en reprimir mi cuidado, por hacerme este favor, que me case por tu mano. Adiós, Lisarda. Él te guarde. Esto sí que es llegar tarde para negociar temprano. ¿Quién duda que está rendida? ¡Y cómo, si lo ha mostrado! Caballos; ¡buen lance he echado'. ¿Qué llevas? Menos la vida, mala noche y lo demás. ¿Pues no te ha hecho favor? Extraño rey es amor; los grandes sujeta más. ¿Fuéronse ya los criados? Al punto que les dijeron que lo mandabas, se fueron, que son todos bien mandados. ¿Laura? Señor... Contemplando tu belleza y m¡ ventura, no la tengo por segura, aun cuando la estoy gozando. mas sufrir aquesta ausencia. Pena me da que la nombres: ¿has de hacer lo que otros hombres„ siendo mayor tu excelencia? Moriré de amor sin ti; advierte que me has de ver. Por aquí debe de ser. Don Juan, ¿tú estabas aquí? ¿Cómo don Juan? Gran señor.. ¿_cómo vienes? ¡Ah, traidor! Basta, que a casarte fui. ¿A casarme? ¿De qué modo? Hablé a Lisarda; y de suerte te quiere bien, que me advierte con gran libertad de todo. Yo vengo determinado a que te cases con ella. Después, gran señor, que de ella favor habrás alcanzado, no lo estimo por favor de Lisarda, aunque lo es tuyo; que no seré Apeles suyo, puesto que la tengo amor. \o te doy prenda que quiero,, pues tú no me la has pedido; menos Alejandro he sido, si hacerla Campaspe espero. Con ella hablé, de ella sé su amor, aunque con mi daño; v con este desengaño mi pretensión acabé. Ella será tu mujer. Antes me daré la muerte. ¿Qué dices? Que de esa suerte bien te puedo obedecer. ¿Hanme buscado? Señor, todos a verte han venido; mas siempre estuve escondido. Sígueme. Escucha, traidor. Laura, con el Duque voy; búscame, que para ti Duque soy, pues noble fui. De mármol pienso que soy. ¿Qué tempestad es esta que me embiste solo por ver un libro enamorado? \o hay capítulo en él que no he pasado, por mi desdicha, en esta noche triste. Presto segunda parte compusiste, fortuna, de mi loco amor burlado: amaste, Laura, a un hombre imaginado; tu honor perdiste, Laura, mujer fuiste. Mas yo, para vengarme de este daño, en forma de }sombre iré a París, de suerte que se extienda mi nombre en reino extraño. Hombres, en hombre Laura se convierte; sirena quiero ser de vuestro engaño, que comienza en mujer y acaba en muerte.

JORNADA SEGUNDA

Si habemos de llegar tarde a Polonia y no podernos; parad aquí nos quedemos Fabricio, así Dios os guarde. Que fuera de que esta venta tiene regalo y hay cama, la moza prolija es llama. ¿Qué, en fin, la moza os contenta? Vos sois gentil humanista. Es flaqueza de estudiante. No fue de Musa adelante, alto seguid la conquista. Pero sepamos primero del huésped, si habrá recado, Por lo que este se ha quedado, quedarme en la venta quiero; que la moza es extremada, y de lindo talle y brío. ¿Ah, huésped? Patrono mío. ¿Tendremos buena posada, que nos queremos quedar yo y mi camarada aquí? ¿habrá cama? Señor, sí; y no habrá mal que cenar, que han llegado en este punto perdices, y hay dos conejos. ¿Ropa limpia? Como espejos. Pues por eso lo pregunto. Es notable diligencia la de esta casa en razón, de dos personas que son el mismo viento en mi ausencia. Mi hija es famosa pieza, y otro mozuelo atrevido que más de un mes me ha servido con notable ligereza. ¡Hola, Pedro; hola, Perico! ¡Dalle al nombre! ¡Hola, muchacha! ¿No se os quitará esa tacha? ¿Hubísteisme en Puerto Rico? ¿Soy por dicha papagayo? Mira qué quieren aquí. ¿Quédanse esta noche? Sí. Huélgome, juro a mi sayo; porque habemos a jugar ciertas monedas. Pues ¿tienes naipes? ¡Qué despacio vienes! . ¿En venta pueden faltar? Óyeme aparte. Apostemos que sé lo que me queréis. ¿Cómo? Echado el ojo habéis a la moza que tenemos. Debes de ser adivino. ¿Qué me daréis y os pondré en su aposento? No sé. No seáis conmigo mezquino. Fía de mí el galardón Par Dios, hermano escolar, que no me pienso fiar de nadie. ¿Por qué razón? Requiere mi historia espacio; fuera de que es de ignorantes el fiarse de estudiantes y de gente de Palacio. Ponme esta noche en lugar donde la hable, y te daré este doblón. Yo lo haré; pero daos prisa a cenar; porque os recojáis los dos, y entre tanto, en la cocina, la podréis ver, que es mohína como mula. Voy. Adiós. ¿Pedro? Señor. ¿Cuánto va que sé lo que te ha rogado? ¿boas, qué le habéis envidiado? El alma me has visto va. Desdichado fui en no haber llegado primero a Hablarte. Pues como vos queráis parte... Demonio debes de ser. Venid, en cenando, aquí, que yo os pondré en su aposento; pero entrad con grande tiento. ¿Es aquel de enfrente? Sí. Pero tened discreción, no os sienta ese mentecato. Yo voy. ¡Qué aprisa que trato mi desdicha y perdición. ¿Soy yo Laura? ¿Soy yo aquella que por la desdicha mía pensé que del sol podría ir al lado, como estrella? ¿Yo soy Laura? ¿Yo he venido de un hombre cruel burlada a tanto mal, desterrada de mi casa y patrio nido? ¿Yo dejé a Florencia? ¿Yo dejé a mi padre y hermano, buscando remedio en vano? ¡Ah, cielos!, ¿quién me engañó? ¿Quién me engañó?, dije bien; eso dudo que fue un hombre, que apenas le supe el nombre. Sentarse pueden también, gire todo está aderezado. ¿Clara? ¿Pedro? Dónde? A verte, que eres mi vida y mi muerte, mi mal y mi bien cifrado. Si como muero por ti, tú por mí, ya en esta venta hubiéramos hecho cuenta. Pues, ¿habrá valor en ti para que juntos nos vamos? ¡Mal conoces lo que soy! Yo, Pedro; en tu mano estoy. Pues, Clara, ¿para qué estamos sufriendo gente importuna? Coge esta noche tu ropa; y pues da el viento en la popa, sigamos nuestra fortuna. Las des mulas que han traído aquestos dos licenciados son navíos extremados; el viejo estará dormido; y a los dos, yo los pondré esperándote al sereno, que les ha dado veneno tu vista. Pues yo entraré a donde tiene el dinero mi padre. Lo bien ganado luce: péscalo y pescado vente conmigo, que quiero dar en bravo v matachín. Voyme Pedro; mas quisiera que tu amor su fe me diera de ser para honesto fin. Y tan Honesto será, que te pese de su extremo. Aguárdame aquí. ¿Qué temo? Echada la suerte está. Burlome un hombre, y yo tengo de hacer mal a cuantos pueda; bueno este principio queda, si a salir con el fin vengo. Al huésped quito el dinero v la hija; a estos letrados sus mulas, que a sus cuidados ciará socorro el ventero. Porque, por Dios, que han de entrar entrambos en su aposento, quiero entrar, y con gran tiento las dos mulas ensillar. Pues no ha vuelto en tantos días ¿qué sirve esperarla más? ;Qué vanos consejos das, Tirreno, a las ansias mías! Hoy vendrá, vendrá mañana; hoy pasa y mañana llega, y entre estas dudas se anega mi loca esperanza vana. No lo dudéis, algún hombre se la llevó. Si eso fuera, señas en Florencia hubiera de su talle y de su nombre; finas con tantas diligencias, bien sabéis que no se ha hallado. Pienso que la habrá engañado el deseo de las ciencias. Las letras desvanecieron su ingenio; yo apostaré que a ver mil cosas se fue que los libros le dijeron. No lo dudéis; en alguna Universidad está. ¿Pues qué ha de hacer? Seguirá la fuerza de su fortuna, irá tras su inclinación. ¿Veis, padre, cuán mejor fuera que Laura el campo siguiera y no aquella presunción? A la fe, padre, que agora se ve que es arrestamiento el seguir su nacimiento quien las asperezas mora. El cielo con un compás, puso un círculo a la vida cada cual, nadie pida más, ni quiera saber más. Deja de dar aflicción, Tirreno, a los afligidos, que no es en bienes perdidos consuelo la reprensión. Mejor será que los dos vamos a buscar a Laura. Tirreno, m¡ mal restaura; duélate mi mal, por Dios; Laura es luz de aquestos ojos, Laura el oro de estas canas; deja con palabras vanas de darme sin Laura enojos. Pues te acompaña Turino, dineros os quiero dar, para que podáis gastar en este incierto camino. Animo, con la esperanza de que la busca mi vida. Pues que de Laura perdida no menos parte me alcanza, vos veréis en esta empresa para lo que soy. El cielo t^ guarde y me dé consuelo. De llorar Fulgencio cesa, que tendrás lo que perdiste. Eso podrá sustentarme. ¡Ay, Laura! Fingiste amarme, pues sin ocasión te fuiste. Hasta casarme contigo; Clara, no he de ser más hombre. Ganarás de honrado el nombre, mas no de ser hombre amigo. Yo de un hombre despejado y brioso como tú, no creyera tal. ¡jesú!, ¡qué melindroso has estado! ¿Cama aparte? Pues, bien mío, una misma, ¿qué importara? Las sospechas de tu cara h )y apelan a tu brío; que si no, por esos ojos que dijera... mas no quiero decírtelo. Considero, Clara hermosa, tus enojos. Pero no tienes razón, y esta noche lo verás, pues sin las bodas me das para gozarte ocasión. Por mi vida, Pedro, ¿tienes algún defecto? ¿Yo? sí. Pues, ¿qué has visto, Clara, en mí, que con tal sospecha vienes? ¡Pese a la opinión, amén! ¿Vesme hundir de una patada el suelo y batir la espada como un Rodamonte? Bien. Vesme de mirar no más, matar bravos, y en efeto tenerte el mundo respeto porque en mi poder estás. Vesme, al calar el tejado (ya entenderás que el sombrero), volver la espalda el más fiero y tiembla el más arrojado, ¿y pones duda? Mis ojos: no haya más, hagamos paces. ¡Vive Dios, que si me haces...! Ea, no haya más enojos. La cólera me revienta; no me hagas que te dé, Clarilla, algún puntapié con que te vuelva a la venta. Amores, ya se acabó. Con los hombres de m¡ modo ¡sopilfera! Furia es todo ¿Sabes qué Pedro soy yo, que es mejor una pedrada que dar un enojo a Pedro? Pedro, con vos poco medro. Bien puede decir que nada. Darla quiero una instrucción de su modo de vivir. Lo que tardas en decir, detengo la ejecución, Primeramente, ha de ser muy limpia y poco importuna, y jamás a cosa alguna ha de osarme responder. Aunque se seque, jamás ha de decir esto quiero», si no mirarme primero, y si la entiendo no más. Desmayarse, ni por lumbre, aunque vea mil espadas; por lo que es dos bofetadas, no ha de mostrar pesadumbre. Por tres, alzará la cara; por cuatro, hará un pucherico; por cinco, llore tantico, que a seis nunca llego, Clara, si no es con mucha ocasión. Más hombre vienes a ser, que te había menester. ¿Falta más de la instrucción? Celos, son pueblos en Francia; esos no me ha de pedir, aunque se viese morir. Esa es lición de importancia; que no puede haber mujer sin celos, porque es estar sin aire el mundo. El callar entre en el no responder. Lo que es hablarme de riña no ha de tocarme esa pieza, que le abriré la cabeza. ¡Qué buena ropa y basquiña! No ha de escribirme jamás requiebros de nota ajena, porque me dan mucha pena, sino ella diga, y no más. Lo que es delante de mí no hablará jamás secreto, ni de galán o discreto ha de alabar más que a mí. Cada día me ha de dar ropa limpia en cama y mesa y: persona. De hablar cesa. Hoy los he visto llegar. Y es gente de mala traza. Quedo, que aquí están. ¿Qué gente? ¡Bueno para de repente! Gran desdicha me amenaza. Señor: marido y mujer. ¿Forasteros? Sí, señor. Descubran. Menos rigor. Quedito. ¿Qué quiere ver? Si es más de marca esta espada, Mídala y sabralo. Diga: ¿adónde va con su amiga? Mira que es mujer honrada ¿Honrada, dice el rufián? ¿Qué carta de casamiento trae, galán? Traeranle ciento. ¿Saben en qué tierra están? ¡Ea, pues, mostrar la carta Hoy llegará con la ropa. Pues si en eso no más topa, de aviso un amigo parta; y, entretanto, se estarán a la sombra. Eso no es justo. Tomen eso con que gusto de servirlos. El rufián, ¿sabe que soy hombre honrado? Vos sois muy hombre de bien, y se prueba en ver que os den y que no lo habéis tomado. Vaya y calle. Callarán, que no nos han de comer. Vos sois mujer? Soy mujer. ¿Este es marido o galán? ¡Ay de mí! No os aflijáis, que por ese talle haré lo que veréis. ¡Bien; a fe!: o prendéis o enamoráis. ¿Pues tú respondes así a lo que es mi voluntad? Bien sabe aquesta verdad: que tu gusto es ley en mí. Bien sabe de mi obediencia, de mi amor, de mi temor, que a no ser competidor era en favor la sentencia. Mas habiendo tantos días querido bien a Lisarda, el mismo amor me acobarda, tiemblan las sospechas mías, y estos con varios recelos me obligan a resistir. Acábalo de decir; di, don Juan, que tienes celos. Señor, el que está celoso, entre verdad y sospecha, con secreto se aprovecha del desengaño amoroso. Desde que me declaraste tu amor, el mío cesó; pues, ¿para qué quiero yo a quien dejar obligaste? Ahora bien: ¿dudas en eso, sin dar crédito a quién soy? Crédito, señor, te doy; sí, por la fe que profeso; que es muy justo que te crea; pero la mujer, señor, no es presente de valor para quien no lo desea. Si ya no la quieres bien, antes me quitas que das. No hablemos en eso más; pero has de advertir también que pues que tú no la quieres, siendo tan hermosa y bella, quiero volver a querella; y que si ocasión me dieres de celos, sabré tomar debida satisfacción. Si yo te diere ocasión, tú me podrás castigar A buena ocasión llegué. De mi padre, cuidadoso de mi remedio, señor, es esta carta. ¡Ah, Lisarda!, ¡Ah, don Juan, aparte aguarda. Muero entre amor y temor. Triste, don Juan, ¿qué es aquesto? No me ha mirado ni mueve los ojos; o no se atreve, o el Duque es la causa de esto. Grande mal temo. Lisarda, tu padre me escribe aquí que te case, y que de mí tu bien y remedio aguarda. ¿Hasle tú escrito en razón de don Juan alguna cosa? ¿Pues no era, señor, forzosa a tan justa obligación? Mal has hecho. ¿De qué modo: No tiene gusto don Juan. Señor, si ocasión le dan, estará remiso en todo. ¿Ocasión, quién? Vuestra Alteza_ ¿Yo? Pues ¿qué puede tener? ¿No puedo ser su mujer, por hacienda y por nobleza, polos en que suele andar y moverse el casamiento? No entiendo tu pensamiento. Malo está de adivinar. Tú le habrás, señor, mandado que diga que no. Si fuera mi gusto, ocasión hubiera para no tener cuidado. Pero túvele del tuyo, y por dártele perdí mi gusto; mas él por ti no quiere perder el suyo, que le debe de tener, por ventura, en otra dama, pues celoso de la fama ni te quiere por mujer. Yo le he dicho que de mí es vano y loco temor; pero no te tiene amor y está celoso de ti. Licencia me ha dado ya para que te sirva yo. Si él la licencia te dio, necio y no celoso está. Pero no será razón que ponga culpa don Juan de que mis prendas no están en justa satisfacción. Tú con él concertarías que celoso se fingiese y que esta respuesta diese a las pretensiones mías, nacidas más de su amor que de faltar quien pretenda, quien de un rey puede ser prenda y no estime su valor. Lisarda, Lisarda, advierte... Fuese. ¿Qué es esto, don Juan? Todos la culpa me dan; hoy no se excusa m¡ muerte. ¿Habéis los dos concertado esta burla contra mí? Dirás también que yo fui en este desdén culpado. Pues ¿cómo me respondiera con tal libertad, Lisarda? Si se ve amada y gallarda _v amante te considera, ¿qué mucho te haga desdenes, cosa tan propia en mujer? Más causa debe de haber de que tú la culpa tienes. Demos en aquesto un medio, yo lo he pensado, don Juan con que mis penas tendrán alivio, sino remedio. Yo quiero casarte, mira quién en la corte te agrada. Tu voluntad, abrasada en este desdén, me admira. No repliques, que yo sé que casado ha de olvidarte. No tengo qué replicarte: dame término. Sí haré; pero escoge en breve. ¡Ah, cielos! En un mes te has de casar. Amor, ¿en qué han de parar tantas desdichas y celos? Mira que no vamos bien. Muy bien vamos. No he tenido muchacho tan atrevido. Y aun desdichado también. Entre todas las fortunas que desde el día corrí que de m¡ tierra salí, que pienso que han sido algunas, ninguna he sentido más que haber llegado a servirte. Ni yo mayor que en sufrirte: muy necio, Perico, estás Esta vida de los dos no se puede encarecer. Esta vida, ¿puede ser de gusto? ¡Fuego de Dios! Di, necio, ¿no me dijiste que de la cárcel salías y caminando venías roto, desdichado y triste, desde Italia a esta ciudad, que es de las buenas de Europa, donde te fío mi ropa, mi hacienda y esta amistad, a servirme te ha obligado? Es verdad; pero el oficio es el más vil ejercicio que me pudo dar mi hado. ¡Por San Hilario!, Perico, que vives muy engañado; que el oficio que has tomado es muy noble, aunque no es rico. ¿Quieres ver qué oficio tienes? ¿Cómo? De ángel. ¿De ángel? sí.. ¿leo guían? Dícenlo ansí. Pues tú guiándome vienes. ¡Bien a fe! No refunfuñes; porque de ordinario gruñes, queriéndote como a hijo. ¿Piensas tú que otros oficios que contaré son mejores? Oye, por que no lo ignores, lo que hay en los ejercicios. De todos tengo noticia se quedan mil enojos, y aunque me viera con ojos no les tuviera codicia. Considérate sentado con un sastre mentiroso, él cortando y tú, sarnoso, cosiendo el paño cortado. Que seas sastre no lo apruebo; porque sin tener empacho, te dirá cualquier muchacho lo que pasó con el huevo. Considera un zapatero, que por contar el reloj, te derriba con un boj. Aquel estirar el cuero; Aquel coser a dos cabos; aquel tirar del cerote, el calzar al marquesote y el trabajar como esclavos es malo, y sin querer guerra con ninguno del lugar, te han de decir, por hablar, a voces: <daca la perra». Considera un albañil. Toma yeso, daca yeso. ¿Quiere cascote, maeso?» Agua, arena, ir y venir. Estar siempre al sol, al hielo; y tras tanto madrugar, sin ser ángeles volar desde mi andamio al suelo; donde escapa el despeñado, ya que no ha quedado muerto, un brazo quebrado, tuerto, pernicojo y derrengado. Pues si un herrero imaginas, ¡terrible cosa es, por Dios!, que se levante a las dos a despertar las gallinas. Y en el rigor del verano, se abrase como un hereje, dando al yunque, sin que deje el martillo de la mano quién ha de poder sufrir a cualquier pulga el decir el Herrero que echa chispas. Pues advierte un pastelero, de la manera que anda haciendo la zarabanda con la masa en el tablero. Mas no te quiero cansar, sino que entiendas que has sido dichoso en haber tenido este oficio de guiar. Los ojos en los despojos del cuerpo, es lo principal; pues, ¿dónde habrá oficio igual? ¿Vo ves que me sirves de ojos? Está, Pedro, más atento, pues tienes tan noble oficio, que es pasear tu ejercicio y andarte papando viento. Niño, acude a m¡ reclamo; medrarás como yo medro y con esto serás, Pedro, tan bueno como tu amo. ¿No ves que soy bien nacido? Pareces de buena parte; llega, que quiero tentarte; bonito me has parecido. Si sales hombre de bien, yo te cegaré, Perico; que estoy rico, y serás rico si yo te enseño también. Soy poeta de obra gruesa; hago en verso lo que rezo; canto y alargo el pescuezo sobre la más alta mesa. Imprimo coplas de cuentos del diablo y de mil mentiras; ando el mundo como miras con aquestos fingimientos. Como bien, bebo mejor y tengo gentil dinero. Digo que ser ciego quiero. ¿No pintan ciego al Amor, al juego y a la fortuna, al deleite y juventud? Pues un ciego con salud, ¿por qué ha de temer alguna? Tienes razón; ya has llegado adonde sueles rezar. Déjame aquí comenzar, y retírate a este lado. Siempre este ciego avariento se alaba de su ganancia, y sería de importancia darle a la talega un tiento Por este lado quedito, mientras reza, se la pego. Señora, ya viene el ciego. Ángel sagrado y bendito, que contra el fiero Luzbel luego que criado fuiste, con armas blancas saliste de la escuadra de Miguel. De aquel mismo y sus vestiglos nos libre tu santa espada. ¿Qué es eso, Pedro? No es nada. Por los siglos de los siglos, amén. Páter póster. Bien. ¿Ya has rezado? Ya he rezado. ;Pues cómo?; no has comenzado cuando ya dices amén. Pues si no dejara nada, ¿dónde cabeza tuviera? Prosigue. A aquel lado espera. Ave, Paloma sagrada; ave, intacta Virgen pura; ave, Fénix soberana; ave, hija de Santa Ana; ave, celeste criatura; ave, Rosa del Rosal; ave, Vara de Jesé. Mucho siente, no podré. Ave y líbranos de mal. Amén, Páter póster. Cierto, que lo cifras lindamente. Hazte allá, Pedro... Él lo siente. Que me das calor te advierto. San Sebastián fue nacido de padres muy caballeros... Tiene bravos cerraderos -y muy abierto el sentido. Mandáronle asaetear, por defensor de la fe... Palos tiras, pues ¿por qué? Hay mecas, quiero ojear. Tiráronle unos virotes aquellos sayones duros... Todos estamos seguros; tú reza y no te alborotes. Defiende, bendito santo, esta talega de peste. ¿Este es ciego? Diablo es este. Pedro, si me aprietas tanto, veré, porque tengo vista, v dejaré de ser ciego. ¡Milagro! Milagro griego ¿No quieres tú que resista m¡ talega y mi dinero? ¿Eres bisoja? ¡Pues no! ¿Ves? Como tú. ¿Como yo? Pedro, si eres cicatero, ¿qué sirve dar a un pobreto tiento a la bolsa? ¡Jesú! ¿Que ves también? Sí. ¿Qué tú te finges ciego, en efeto? Para ganar de comer, la industria, Pedro, me ciega; mas para ver mi talega, Pedro, soy un lince en ver. Y como tú has aprendido a ser ladrón, yo a ser ciego. Que he sido ladrón te niego; porque soy muy bien nacido; sino que te quise dar tiento al oro, que sospecho que tienes. Por tu provecho lo debiste de intentar. Ven acá; ya que vivías de industria, ¿no era mejor otro modo, y no el peor de cuantos hallar podías? Con ese talle mendigas y andas infame a la sopa. ¿Sabes tú lo que esta ropa cubre? Escucha y no prosigas. Yo te he calado el humor. he melón debe de ser. Yo te quiero enriquecer, si eres hombre de valor. ¿Cómo? Ponme en esta cara un clavo y véndeme. ¿A quién? A quien me comprare, ¿Y bien? Oye. Lo demás declara. Iraste a alguna ciudad, en recibiendo el dinero, donde esperarás. Ya espero el fin de tu libertad. Dentro de ocho días no más contigo estaré. Ya entiendo. Y de nuevo me vendiendo, nuevo dinero tendrás. De esta suerte, en pocos días ganarás dos mil ducados. ¿De qué gitanos taimados aprendiste tropelías? Vamos que a Merlín igualas ¡Mal sabes tú con quién vas! Pedro, ¿eres diablo? Y aún más. ¿Cómo? Pedro de Urdemalas. Estoy de tal manera agradecida de tu valor, Ricardo, que haré poco Hacerte dueño eterno de mi vida. Si tus favores no me vuelven loco, no soy cuerdo ni tengo sentimiento cuando parece que tus manos toco. A Milán vine, Clara, con intento, desde Florencia, donde nací y vivo, de concertar un noble casamiento. Soy mercader, y como del recibo de ciertas cajas mala cuenta diese, por ser el precio de ellas excesivo, cierto correspondiente y estuviese preso por ello, entré en la cárcel, Clara. a donde quiso el cielo que te viese. El cielo v la belleza de tu cara, juntos con la piedad de tu fortuna, viendo en tanta tiniebla luz tan clara, me inclinaron a ver si en parte alguna podía yo, podían el oro y ruego, que al fin aquél alcanza, este importuna, ciar a tu libertad algún sosiego y quiso el cielo, amor y tu belleza que el ruego y tu piedad le hallasen luego Sacarme de la cárcel fue nobleza tan grande, que tu amor el alma obliga. ¿Quién trujo a tanto mal tu gentileza? Cuando quisieras que m¡ mal te diga, sabrás, Ricardo, una notable historia; mándame agora que a París te siga; que obliga tal hazaña mi memoria. iré contigo hasta la Citia helada, y la pena mayor trocaré en gloria. Está de mí segura, prenda amada, que para regalarte, el mar y tierra no se alaben de cosa reservada. El ave, el pez, el oro que destierra la tristeza, tendrás a tu servicio. Acierta la fortuna cuando yerra; páguete el cielo tanto beneficio. Menos de los cien ducados no hay que tratar. Hasta ochenta, porque el mozo me contenta, trae este lienzo contados. No ha de faltar un real. No daré más. Pues, pregona, Ochenta dan; la persona es bella y el mozo es leal. Ochenta dan; ¿hay quién puje? ¿Hay quién dé más? ¿Qué es aquello? Venden un esclavo bello y aunque a tus ojos lo truje m¡ corazón aquel día que te miré, Clara hermosa, por ser la primera cosa que en tu presencia v la mía se vende, quiero comprarle, por que te sirvamos dos. Harasme merced, por Dios, que tiene extremado talle. ¿Qué piden del esclavillo? Cien ducados. ¿Dan? Ochenta. ¿Quiérenle dar por noventa? ¡Que este viniese a subirlo! Noventa y cinco daré. Yo doy ciento. Ciento y veinte. Ciento v cuarenta. Detente, que lo perderás. No haré. Pues ciento v cincuenta doy_ . Yo doscientas, sube un poco. O este es muy rico o muy loco. No doy más; rendido estoy. Por mí, esclavillo, has valido cien ducados más de precio. Llévale a Clara, Lucrecio, mientras el dinero pido. ¿Adónde lo has de pedir? En casa de un mercader. Carta será menester. Allá se podrá escribir. ¿Quedarase aquí el esclavo? Aquí se puede quedar. Ven el dinero a contar. Tu liberal pecho alabo. Pedro... Señor. Va amo tienes; harás, como hombre de bien, lo que sabes. ¡Y tan bien! ¡Que sin razón me previenes! Pues yo iré y aguardaré tan buenas nuevas de ti. Yo acudiré a lo que fui, y lo que he sido seré. Adiós, Pedro. Adiós, señor. Lo dicho. Aquí aguardo. Mucho debes a Ricardo. Débole notable amor. ¿Hola, esclavo? Señor... Llega; reconoce a tu señora. Dadme los pies, pues agora la fortuna a vos me entrega. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¡Ay, Dios!, ¿No es aquesta Clara? ¿Adónde he visto esta cara? ¡En qué confusión me has puesto! Esclavo, apártate aquí. Qué es lo que mandáis? No sé, Pedro... ¿Cómo Pedro? ¿Qué? ¿No me conoces? ¿Yo a ti? ¡Que niegues, Pedro, a m¡ amor lo que debes...! ¿A un esclavo hablas ansí? Poco alabo, cielo, tu inmenso favor, pues que no me vuelvo loca. ¿Cómo los hierros fingiste? ¿Qué dices? ¿Cuándo me viste? Amor, Pedro, me provoca a darte dos mil abrazos, mas temo... Tienes razón; no demos aquí ocasión; detén, señora, los brazos. Que ser esclavo fingí, porque aqueste mercader que te tiene en su poder me comprase para ti, que ya sé que es hombre rico; y si le quieres dejar, pues no ha de faltar lugar, que me pagues te suplico el grande amor que me debes, pescándole algún dinero. Ya sabes lo que te quiero. Como contigo me lleves, le cogeré mil ducados. ¡Quedo!, disimula agora. ¿Pedro? ¿Qué mandas, señora? Hoy alivio mis cuidados. Buen talle!; a querelle inclina. ¿Qué dices, Pedro? Señora, que vamos a casa ahora. Pasa adelante, camina. A un ángel en rostro igualas. Desdichas, ¿qué me queréis, pues siendo Laura me hacéis Pedro, y Pedro de Urdemalas?

JORNADA TERCERA

Llamad luego a don Juan. Y a don Juan viene. Pues retiraos vosotros. ¿Qué me mandas? ¿Cómo no te resuelves en casarte? Si ya, señor, Lisarda no se acuerda de que nací en el mundo; si ya tiene perdida la esperanza de casarse conmigo; si te quiere ya Lisarda, como es razón, ¿qué dudas? ¿qué recelas? Mira, don Juan: haberte yo estimado me ha obligado a no usar rigor contigo; tú sabes que pudiera desterrarte adonde no me dieras pesadumbre. El más piadoso medio que he podido, he querido tomar contra mis celos; no estragues este amor, no seas ingrato, porque podré ponerte donde apenas puede quedar memoria de tu nombre. No digo yo, señor, que te importara, para seguridad de tu sosiego, casarme yo; pero que solo fuera gusto pequeño tuyo, porque dudas que le tuviera de casarme luego. No es la dificultad de obedecerte. Ya estás en el deseo obedecido. Pues, ¿cuál es la ocasión? Solo este día de término te pido para dalla. De términos en términos me pones en término don Juan que será fuerza descomponer esta modestia mía. ¿Un día es mucho? ¿Dónde vas ahora? A la pelota voy a entretenerme. Pues cuando acabes de jugar, si juegas, o cuando acabes de mirar, si miras, satisfaré la duda que te pongo. Pues yo te aguardo allá. Guárdete el cielo, Y a mí me libre de tan gran recelo. Diome aqueste pensamiento de ver que Laura faltó el día que al Duque dio en vuestra casa aposento, y sin duda algún criado la pudo engañar, que amor, cuando mira con rigor, llega muy determinado. No haber jamás parecido, en tanto tiempo pasado; no haber indicios hallado, ni nueva alguna tenido, me da, Turino, a entender que tu pensamiento es cierto; que un amoroso concierto suele ser fácil de hacer, cuando ayudan las estrellas a que se conformen dos. ¡Suena caza fue, por Dios, si Venus fue alguna de ellas! ¡Hermosa sala! ¡Notable! Villanos, ¿adónde vais? ¿Cómo de esta suerte entráis? Habla. ¿Yo quieres que hable? Señor, hásenos perdido una hermana en nuestra aldea, y porque no era muy fea buscamos si habrá venido tras algún señor acá; que el Duque una noche estuvo en su casa... Ocasión tuvo. Todo de mi parte está. Esta fue Laura. Yo quiero dar con aquesta ocasión al Duque satisfacción, mientras por Lisarda muero; que aunque ha tiempo que pasó, que se ha de acordar sospecho el Duque. Muy bien has hecho. Sabed, amigos, que yo fui quien a Laura engañé, y que por ella volviera si tan presto no se fuera como yo lo concerté. No la tengo, mas podéis quejaros ahora de mí, para que parezca así. ¿Pues qué diligencia haréis? Yo haré grande diligencia. ¡Que este traidor la burló! ¿Posible es que la engañó en tal deshonor? ¡Paciencia! Calla, que el Duque sabrá tu agravio, y te hará justicia; castigará su malicia. En desiguales no hará. Estos con aquesta queja, darán al Duque ocasión a que tenga dilación el daño que me aconseja; que mientras no me casare, aún tiene acción mi esperanza, que toda aquesta mudanza en ser su marido pare. Venid conmigo. Ya caigo en que este en casa posó. ¿Mas que vuelvo al monte yo con más pesares que traigo? No sé qué fin tendrá tu atrevimiento. Quien no se atreve a nada, siempre es nada. ¿Posible es que te finjas caballero y que entres, Pedro, por tu misma patria con ese atrevimiento temerario? Cuando veáis el fin de mi propósito, ensalzaréis mi peregrino ingenio; mi inclinación me lleva a grandes cosas; no he leído ninguna en libro alguno que después no la hubiese ejecutado. ¿Y qué has de hablar al Duque? Hablarle tengo. El diablo, Pedro, me topó contigo, que de esta vez nos hacen sagitarios. Ya me pes de haber tomado, Pedro, a aqueste mercader los mil ducados, si fueron ocasión de esta locura; mas gastados doscientos en vestidos, trescientos en la joya y la cadena, ¿qué harás de los quinientos que te quedan? Eso Yo lo diré ¿Pues tú lo sabes? Ciento darán a Pedro, y otros ciento te tocarán a ti, y a mí trescientos. ¿Reales o ducados? Digo azotes; el Duque viene, y otros caballeros. ¿No es este buen partido? No, por cierto. Saque Gerardo y vuelva yo. Sería robado ese partido. Saque Fabio y volverá Riselo. Puesto que sea atrevimiento, Príncipe famoso, atreverse un extraño a tu grandeza; después de conocer, a tus heroicos pies humillado, que mil veces beso, tu valor sin segundo... Levantad. Te suplico me admitas a servirte en aqueste partido que conciertas; porque tengo afición a la pelota, y aunque de paso voy a Milán, vengo solo a ver a Florencia, y no me faltan para el camino letras, aunque pierda diez mil agora o veinte mil ducados. Huélgome de jugar con forasteros, Y más de conocer personas tales. Español parecéis. Esa es mi patria. Merecen todo honor los españoles ¿Vuestro nombre? Don Pedro de Castilla. Jugaremos yo y Fabio a vos y a otro. No traigo yo quien juegue bien conmigo; mas puédeme ayudar el que quisiere de aquestos caballeros: por mi cuenta, que irá todo por mí. Yo os he cobrado, español, afición; Fabio, juguemos. ¡Hola! Señor. Tomad esta ropilla. ¿De a cómo será el tanto? Mil ducados. La fanfarria española. No querría que aventuraseis tanto, y así basta de a cien escudos. Vuestro gusto sea. ¿Tienes seso? ¿Por qué? Porque en quinientos no tienes Más de para cinco tantos. Aquí está la cadena. ¿Qué es aquello? Venera de Santiago. ¿Si es del hábito? Así parece. En confusión me has puesto. Debe de ser de lo mejor de España. En el gallardo talle y. rostro honesto, bien muestra la nobleza de su sangre. ¿Qué haremos en perdiendo este dinero? No hagas miedo que pierda, porque he sido a destreza del mundo en este juego. Dennos palas. Aquesta no me agrada. Esta es mejor. ¿Estáis a punto? Vamos. ¡Extraño atrevimiento! ¡Calla, loca!; que quien emprende poco alcanza poco. Si no me llevas de aquí, has de verme en algún mal. No digas locura tal. ¿Pues qué pretendes de mí? No era tan aventajado de dan Juan el casamiento. Con humilde nacimiento a gran lugar ha llegado. Y del Duque yo no creo que si tan bien te estuviera, contrario en esto te fuera: él mira mayor empleo. Si lo estorba, es porque entiende que mereces más. Yo sé que a la sazón que intenté lo que ahora me defiende, tenía don Juan valor para la mayor señora; mas tiéneme amor agora; el Duque le tuvo amor. Y con aquesta mudanza hay tanta desigualdad, porque es sol la Majestad y sombra lo que no alcanza. Es en daño del humilde. Esto que os digo decidle. ¡Ay, cielo santo y piadoso! Mi basilisco está aquí; aquí mi veneno está. Remedio, Lisarda, habrá: diré que vengo por ti. Y si no quisiere darte, que te case le diré mientras en Florencia esté; que, en efecto, con casarte quedas libre de la fuerza y a cuenta de tu marido; tu honor que mires te pido, la obligación que te esfuerza a resolverte Por mí. A hablarle, Lisarda, voy. Piensa que entretanto estoy como sin alma sin ti. ¡Bien juega el español! Es extremado. Y discurro que a todos ha ganado. Aguardé a que jugase Vuestra Alteza. Arnaldo, vuestra pena me la ha dado: cubrid, Arnaldo, agora la cabeza. Las canas, no la sangre, me han honrado. De m¡ mujer difunta la tristeza a venir por Lisarda me ha obligado, que intento darla dueño, y así tengo en este poco que de vida tengo. ¿Oyes? Señor. El Conde, con los años, ha dado en que Lisarda ha de casarse o llevarla a su tierra. Pues ¿qué daños te vienen de llevarla o de quedarse? ¿No basta, para daros desengaños, este cuidado mío? Y para hallarse dos mil remedios, que si os pesa es justo anteponer a todos vuestro gusto. Pues ¿qué haré yo para decir que tengo a Lisarda casada? Yo imagino que es remedio la industria que prevengo, supuesto que os parezca desatino. Este noble español... A pensar vengo que como agora viene de camino ¿quieres que diga que por carta mía viene a la corte y lo estará este día? Vuestra Alteza entendió mi pensamiento. Sí, pero al español ¿cómo es posible decirle que se finge el casamiento? Decir que a vuestro gusto es convenible, que el mismo gustará del fingimiento. Has dicho bien, y es el mejor consejo. ¿Don Pedro? Gran señor... Oíd aparte. El Conde Arnaldo, ya le veis tan viejo, tiene una hija donde amor reparte tantas flechas al mundo, que casado, os confieso que alguna me ha tocado Quiéresela llevar, porque sospecha que le avisa su hija de este daño si no la casa luego, y no aprovecha a disuadirle humano desengaño. Quisiera desmentir esta sospecha y que vos me ayudarais a este engaño, diciendo que de España, a ser marido de Lisarda, a mi ruego habéis venido. Que mientras se concierta el casamiento y digo que lo trato y acomodo, tendré yo medio de lograr mi intento. Habéis hallado un hombre a vuestro modo; seguid vuestro amoroso pensamiento que de manera me veréis en todo que os parezca verdad lo que es mentira. Ansí lo entiendo. ¿Arnaldo? Señor. Mira. ¿Ves aqueste español? Ya le he mirado. Es sobrino de un Grande de Castilla; por mis cartas llamado y procurado, que residen sus padres en Sevilla. Este ha de heredar tan grande estado; porque mi amor te cause maravilla, será tu yerno; ¿estás contento de esto? ¡Gallardo mozo y español modesto! Pero si mientras viva, no viviere en Florencia con m¡ hija y en mi casa, perdone Vuestra Alteza. ¿Y si él lo quiere? Si quiere no será mi mano escasa. Pues hablo a vuestra hija y que le espere a vistas hoy decid también. Si pasa de hoy, señor, el concierto, estoy de suerte que antes nos casaremos yo y la muerte. Y a el Conde es ido. Y va, señor, contento. Crédito a todo, como debe, ha dado. ¿Qué dice el español? Mi pensamiento fue luego de su ingenio penetrado. Aunque ha tenido falso fundamento esto que ahora los dos habéis tratado, te aconsejara yo verdad lo hicieras y que fueran las bodas verdaderas. Discreto acuerdo. Ejecutarlo luego. ¿Don Pedro? Gran señor... Yo había tratado, para burlar al Conde el casamiento, que no con otro intento, y tú me has dado con tu agrado y valor tanto contento, que ya de tu persona aficionado me holgara hacer verdad el fingimiento, v en Florencia casado te quedaras. Mi humilde ser con tu grandeza acaparas. Y si tuviese yo tan buena suerte que mereciese de servirte honrarme, ¡qué ventura mayor. Fabio, advierte ¿Hate dicho que sí? Sin replicarme. Pues la boda de entrambos se concierte. Hablar quiero a Lisarda, y por vengarme de tantos celos que don Juan me ha dado, desharé el casamiento concertado. Si no es que he entendido mal, con recelos de mi bien, Pedro, falso y desleal, al Duque engañas también v tú señor natural. A esto viniste aquí, y al pobre Ramón y a mí engañados nos traías. ¿es esto lo que decías que habías de hacer por mí? Como español te has fingido, y con esa cruz que abona tu nacimiento abatido, al mismo Duque en persona has engañado, atrevido. Pues no será de esta suerte; ni pienses que has de casarte, ni en alto lugar ponerte; que mis celos serán parte para que te den la muerte. Diré al Duque tu bajeza, y que aquesa gentileza v admirable discreción cubren el mayor ladrón que crio naturaleza. Pedro, razón tiene Clara, tan clara como su nombre: en lo que intentas repara. Pues, infame, ¿yo soy hombre que así me habláis en la cara? Cuando a los dos conocí, ¿díjeles yo, ¡pesia a mí!, que era más de hombre de bien? ¿Ellos no fueron también del oficio que yo fui? Díjeles que aquí venía a hacer un notable engaño; pues bien: ¿qué culpa es la mía? El último desengaño de m¡ amorosa porfía. Venta, cárceles, caminos pasaba, con esperanza de templar mis desatinos, creyendo mi confianza tus embustes peregrinos. pero ahora que te veo casar con engaño igual, mis desconfianzas creo; que nadie paga tan mal como quien burla el deseo. Mira, Pedro, que no es bien, puesto que las urdes malas, urdirla al Duque también; mira que te traen las alas donde la muerte te den. o trates de aqueste modo a Clara, Pedro, te ruego: solo tu bien acomodo; que yo con volverme ciego, tengo mi remedio todo. ¿Díjele yo que era allá hijo de algún gran señor ¿Dije que era Emperador o Gran Condestable acá? Y ella, ¿de qué está quejosa pues no le debo una mano? ¿Puede pedirme otra cosa? ¿No era hija de un villano y de una ventera hermosa. ¿Y el picarón, no era ciego?: y, sin ser santo, me debe que le di la vista luego, pues ¿cómo a Pedro se atreve? Que te detengas, te ruego. ¡Vive el cielo, que les dé mil cuchilladas! Espera... Y que al Duque diga que el venir de esta manera solo a darle muerte fue. Ella diré que ha venido con disfrazado vestido, a darle hechizos de amor; que es la hechicera mayor que en el África ha nacido. Y él diré que viene a ser espía del turco. ¿Yo? El. Pedro: si es menester que el que a ciego me enseñó, que me enseñe a enmudecer, cuéntame por mudo. Advierte, Pedro, lo que te he querido; no intentes darme la muerte Callarán? Pues no. Eso pido. Y callando de esta suerte, a ella yo la haré que sea doña Melisendra aquí, y a él haré Malgesí, si andar por alto desea. Vengan a ver estas salas. Piedra soy. Mármol soy yo. Y yo soy Mercurio y Palas. Algún diablo me metió con Perico de Urdemalas. ¿Dijo Lisarda que sí? En el punto que la hablé. Venganza pienso que fue. Ya viene don Juan aquí. Si he resistido el decirte la ocasión de no casarme, no ha estado en determinarme a obedecerte y servirte; solo ha estado en no atreverme a decirte que en tu nombre, puesto que mi error fue de hombre, disculpa que ha de valerme. Ya, señor, tengo mujer. Yo no te entiendo, don Juan con que mis paciencias dan en resistir mi poder. Mira que podrás un día incitarlas a rigor. Si te obedezco, señor, no ha sido la culpa mía. ¿-No me obligas a casarme? Es verdad. Pues ya te_ cuento la dilación de mi intento. Vendrás de nuevo a engañarme. Una noche que volviste desde el monte a la ciudad, que de cierta voluntad tu secretario me hiciste, me quedé con nombre tuyo en casa de un labrador. Bien me acuerdo. Pues, señor, culpa a amor; efecto es suyo. Su hija, doncella hermosa gocé. ¡Notable traición! Hermosura y discreción fueron disculpa forzosa. -No supe entonces quién era; y después a acá, he sabido que es su padre bien nacido, y que honrarme de él pudiera; porque fue en su mocedad soldado, y tuvo en la guerra cargos de honra, aunque se encierra en aquella soledad. La verdad te he declarado casarme con ella quiero; solo tu licencia espere. Mi justo enojo has templado con esa resolución; porque si no la tuvieras, desde aquí a la muerte fueras o a alguna estrecha prisión. Envía por ella luego. Yo haré diligencia. Mira que no me incites a ira. Que no la tengas te ruego, que a su padre avisaré. ¿Sabes ya como he casado a Lisarda? Y yo le he dado el parabién. ¿Para qué? Para que entiendas que estoy lejos de darte disgusto. Ella recibe con gusto el marido que le doy. De España a esto solo viene, Y es igual a su valor. Cuando no fuera el mejor de los que Castilla tiene; cuyo apellido bastaba, yo le diera tal nobleza que igualara a su belleza. Hoy mi esperanza se acaba. Competir con el poder, siempre fue locura extraña. ¡Qué venga un Hombre de España a gozar de tal mujer! Mandado me han pasear este corredor, que quiere verme Lisarda, y que espere que el Duque me quiere hablar. -Notables atrevimientos me dio un amor engañado, pues hasta un Duque he llegado con mis locos pensamientos. ¿Qué venganza es este amor? ¿Qué fin espera mi engaño? Sin duda que de mi daño él se muestra en mi favor. Los balcones de Lisarda con gentileza pasea; galán viene a que le vea; que salga a la reja aguarda. El Duque, sin duda alguna, quiere a Lisarda casar. Estoy por hablarle y dar algún tiento a m¡ fortuna. Bien será. ¡Cielos!, ¿qué veo? Don Juan es; aquel traidor que engañó m¡ loco amor. Muestra de hablarme, deseo. ¡Por qué camino he tomado venganza de su traición! Pues tengo tanta pasión y el pecho tan lastimado, que aunque no puede llegar y el ser mujer me acobarda me he de casar con Lisarda por solo darle pesar. -No ha de quedarle esperanza a este tirano, de ver a Lisarda en su poder, que hoy comienza mi venganza. ¿Ah, caballero? ¿Quién llama? Un muy vuestro servidor. Ya os conozco. Pues, señor, ¿venís a ver esta dama? Y a como a cosa que es mía, y esta noche lo ha de ser, bien puedo venirla a ver. Haráseos un año el día, si sabéis lo que es amor. ¿Por qué no decís mil años? En todo, al fin, hay engaños. Eso sabéis vos mejor. Dígolo, porque sospecho que no sabéis el que os hace ahora el Duque. Sé que nace de otro engaño que me han hecho. Vuestro talle me aficiona, y no sé si os vi otra vez. De eso sois vos buen juez. Que obliga vuestra persona a mostraros voluntad; y así digo que me pesa de que toméis esta empresa por haceros amistad. Harto más me pesa a mí de haber venido a este punto; mas, ¿por qué causa, os pregunto, de mi bien os pesa así? Porque os dan una comida que apetece un gran señor, y con riesgo del honor, os agravia el que os convida. A punto estáis que podéis remediarlo. Bien habláis, si el consejo que me dais tomarlo después queréis; porque en dejándola yo, os casaréis vos con ella. Pues, ¿quién ha dicho que ella a mí jamás me agradó? Posando yo cierto día en casa de un deudo mío, vi una dama de buen brío que con su mujer vivía. Y preguntando quién era y de qué nación, la propia, lágrimas vertiendo en copia, respondió de esta manera. «Yo soy Laura, una mujer que en una sierra vivía, entre cuya nieve fría me pudo amor encender. Posó una noche en mi casa, con nombre del Duque, un hombre que apenas le supe el nombre., Ya sé todo lo que pasa. No me digáis necedades que ya olvidadas están, cuando ese mismo don Juan os viene a tratar verdades, y verdades que al honor vuestro dan bien que pensar. ¿Y Laura se ha de quedar con su engaño y con su amor? ¿No decís que está en España? Sin duda. Pues ¿qué ha de hacer? Mirad que aquesta mujer, con todo, ved que os engaña. ¿No miráis que dar consejo a quien no lo pide es cosa más necia que provechosa? Vuestro bien os aconsejo. ¿Por ventura sois letrado a quien pido parecer? ¿Habéis visto esta mujer? Hoy la he visto. ¿Habeisla hablado. Hela hablado; ¿queréis más? cuanto y más que yo sabré gozarla, y después me iré donde no me vea jamás, como vos a Laura hicisteis. ¡Oh, tanto hablarme de Laura! Así mi enojo restaura el que primero me disteis. Lisarda es mujer gallarda. Como después que gocéis a Lisarda, iros podéis. ¡Oh, tanto hablar de Lisarda! También hablé yo enfadado. Pues yo, ¿qué ocasión os di? ¿No basta decirme aquí que hoy habéis de estar casado? Quiere el Duque. No queráis. ¿Que no quiera? Iros podéis. Quiérola bien. No queréis, pues hoy en Florencia entráis. Salid luego, o, ¡vive Dios!, que aquí tengo de mataros. A disparates tan claros como he escuchado de vos, ¿qué os puedo yo responder? que con la espada no sea? ¡Español! ¡Florentín!, crea no he de dejar la mujer. No tienes que persuadirme. El Duque viene. Después nos hablaremos... ¡Cielos!, si podré encubrirme, que este que miro es mi Hermano. Señor, aquí está don Juan. Pena estos hombres me dan. Ya don Juan, pues está llano que engañaste con mi nombre a Laura y me has prometido que hoy has de ser su marido, y, tú dices que es un hombre su padre de tal valor; pues la tienes en tu casa, con ella, don Juan, te casa, o probarás mi rigor. Que pues mi nombre tomaste y ella de mí se fio, obligado quedo yo a lo que no le pagaste. Señor, Laura es muy honrada; pero ¿cómo puede ser, si es Lisarda mi mujer y no ha de quedar burlada? ¿Tu mujer? Llamadla aquí. Señor, de nuestra inocencia te duele. Si en mi presencia dice: Lisarda que sí, yo cortaré la cabeza al fementido don Juan. ¡Ay de mí, junto-, están! ¡Cielos, mirad mi tristeza! Haced que Lisarda niegue: basta ya tanta desdicha. ¿Lisarda? Señor. Por dicha, puede ser que amor te ciegue; mas si no te ciega amor, di con quién estás casada. Nunca yo estuve obligada más que a mirar por m¡ honor. ¿Es ya don Juan tu marido? No, señor. Pues, ¿cómo mientes? Creí palabras presentes hijas de tul amor fingido. Pues, Lisarda, por mi gusto no te casarás. Señor, tú eres dueño de mi honor; que yo te obedezca es justo. Don Pedro es gran caballero; sus prendas quiero fiarte: con don Pedro has de casarte. Digo que a don Pedro quiero. Daos las manos. Soy dichosa en merecer, español, vuestras manos. Yo, en que al sol hoy hurtó la llama hermosa. Entrad con menos rumor. En mi justicia repara. ¿Qué rumor es ese, Fabio? Un hombre, una cosa extraña. ¿Qué quieres? Señor, yo soy un mercader, que de Italia traigo a Francia algunas cosas, y otras desde Francia a España. Hallé presa a esta mujer, que, como veis, se disfraza; saquela de la prisión y regalela en mi casa. Casarme quise con ella, que amor en nada repara; y para que la sirviese, quise comprarla una esclava. Hallé un esclavo a este tiempo, que aqueste que la acompaña públicamente vendía por las calles y las plazas; dile doscientas escudos, mas luego, por la mañana, esclavo, mujer y dueño a Florencia caminaban. Seguilos, no por tomar de aqueste agravio venganza, sí por mil ducados de oro que me hurtaron de m¡ casa; no permitas que los pierda. ¡Gran maldad! ¡Industria brava! ¿Tú eres mujer? Mujer soy. ¿Y cómo te llamas? Clara. ¿Vendiste el esclavo tú? Señor (ahora me empalan), verdad es que le vendí; yo lo confieso a sus plantas: no, dijera en mil tormentos, con once mil jarros de agua. ¿Y dónde el esclavo está? Aquél es. ¿Quién? El que tratas de casar, o que has casado con esa inocente dama. ¿Don Pedro? Que no es don Pedro; sino Pedro de Urdemalas. ¡Infame esclavo!, ¿qué es esto? Señor... ¿Qué te turbas?, habla. Pedro de Urdemalas soy. ¿Hay mujer más desdichada? Pues, ¿dónde resucitaste? Mil años ha que se canta esa fábula en el mundo. Señor, su libro fue causa. Entre muchos que leí en mi tierna edad pasada, vine a topar el de Pedro, y aficionado a sus trampas di en andar con este hombre por Francia, España e Italia. Aunque, si verdad. te digo, más que donaire es venganza de un agravio que me han hecho. Los tres, así juntos, vayan al cuchillo de un verdugo. Señor, oye una palabra: yo perdono a la mujer. Si tú con ella te casas. Digo que soy su marido. Llevad a los dos; ¿qué aguardan? ¿No hay alguno que se case conmigo? Pues todos callan, vamos a morir, Perico: hoy muero por vuestra causa. ¡Oh, mal haya el que se fía de hombre que no tiene barba! ¿Ah, don Juan, Señor. Ahora te quiero dar a Lisarda. Con tu licencia, señor, no he de hacer lo que me mandas; porque quien me ha despreciado no ha de merecerme. Basta. Tú, don Juan, ¿quieres oírme? ¡Esclavo!, ¿pues tú me hablas? ¿Quieres casarte conmigo, pues que todas mis desgracias me han sucedido por ti? Solo el ser loco te falta. No falta sino que cumplas, como noble, una palabra que diste a Laura en un monte. Sí, pero ¿dónde está Laura?; que tú propio me dijiste que estaba Laura en España. Laura está contigo aquí. ¿Laura? ¿cómo? Yo soy Laura. ¿Laura, esclavo? Señor, sí; yo soy Laura; ¿qué te espantas? Cásate a don Juan con ella; desempeña mi palabra. ¡No Habrá sucedido cosa como esta! ¡Querida Hermana! ¡Laura mía! A mí, señor, ¿en qué convertir me mandas? ¿Qué eres tú? Ciego en España. Y ahora aquí tengo vista. Pues vive, dando las gracias a Laura, Y con más razón al senado; y aquí acaba la comedia, que su autor llama Pedro de Urdemalas.