Texto digital de El paraíso de Laura
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- Lope de Vega Carpio
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El paraíso de Laura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/paraiso-de-laura-el.

EL PARAÍSO DE LAURA
No más pretensión, no más asistencia, no más penas, no más grillos y cadenas y no más Madrid jamás. No más ya divertimientos, no más, no más alegrías, no más dilatados días, no más, no más pensamientos. ¿Cómo he de esperar las dichas, cuando acaban en desvelos? Solo quiero desconsuelos, solo pretendo desdichas. si en tantos «más» te ha quedado un «menos», el más menor, dime la causa, señor, de tu pena y tu cuidado. Habla claro, don Fernando; que en tantos «más» y «tampoco», creo que te vuelves loco o que estás representando. ¿Dónde aprendiste a gritar? ¿Qué has visto, qué ha sucedido? ¿Encontrote algún marido, que te llegase a estorbar? ¿Has perdido tu dinero a los cientos? ¿Te han quitado algún ojo? ¿No has cenado? ¿Hablote algún majadero, que sin embargo que vio que ibas tras alguna red, con un «¿cómo está usarced?», el gusto te despintó? ¿No has dormido? ¿Has tropezado? ¿Cascáronte estando salvo? ¿Hato ofendido algún calvo o algún necio confiado? ¿Son tus dulzuras amargas? ¿Perdiste ya tu elocuencia? ¿Has cargado la conciencia, o la conciencia descargas? Son, acaso, estos gemidos por darte la cuenta el sastre, cuyos «recados» son lastre del coste de los vestidos? Dímelo luego y jamás, pues he nacido de buenos, me encubras aqueste menos de tan repetidos «más». Muerto estoy. Y a la razón, llegando tanto a sentir, no le es muy fácil cumplir con menos satisfacción. Hablando entre sí suspira, se embelesa y se divierte.. -¡Ah, señor!-¿No es caso fuerte?; ni me responde ni mira. Viose con su barquilla el pasajero, habiendo muchos mares navegado, cerca del puerto, que juzgó sagrado del peligro del mar mudable y fiero. Usó de sus locuras el hebrero, y el viento, entre granizos congelado, dejó entre las arenas sepultado pasajero, barquilla y marinero. Esto es lo que sucede a mi perdida y marchita esperanza, si se advierte; viose en bonanza, acaba sumergida. En desdicha y dolor, ¡oh, trance fuerte!, Faltome el alma y quedo con la vida. ¿Quién pasó mayor mal, quién mayor muerte? ¿Señor, señor? ¿Con quién hablo? ¿Aquí estás? ¿Pues yo he faltado, cuando mil gritos te he dado? Dime, ¿te persigue el diablo? Refiéreme tanto más tu suspensión, tu desvelo, tu pena, tu desconsuelo. Escúchame y lo sabrás. Seis meses ha que de Flandes, Camarón, estame atento, que como ha tan pocas horas que me conoces por dueño, has menester comprender mis desdichados sucesos, por que los sientas conmigo cuando el bien y el gusto pierdo. Seis meses ha, como he dicho, que llegué a Madrid, habiendo servido a su Majestad en Flandes muy largo tiempo, ocupando en la campaña los más peligrosos puestos, donde mis obligaciones mostraron lo que debieron. Las ocasiones y hazañas, todas las dejo en silencio, que donde amor reina y vive y lidian mis pensamientos, no consienten, no permiten interpolar los sucesos, ni los rigores de Marte, ni las delicias de Venus. Todo este tiempo he gastado presentando en el Consejo de la Guerra memoriales solicitando algún premio a los servicios continuos con que a muchos les di ejemplo, pasando por los trabajos de las nieves del enero, de los calores de julio; llegando a sentir lo menos ver el cuerpo algunas veces por muchas partes sangriento. Con esta y más asistencia, he pasado el mismo tiempo solicitando una dama por casto y dulce himeneo; que quien de la guerra viene, llega más pronto y dispuesto para tolerar las cargas que consiente un casamiento. Su nombre no te lo digo, porque no importa el saberlo; ni su hermosura te pinto, pues no lo pide el suceso. Solo diré que aguardaba para gozar tal empleo, a que fuesen mis servicios premiados y satisfechos; que la codicia de un padre muchas veces, según creo, más que no a la calidad suele inclinarse al dinero. En fin, dejando ajustados voluntad y pensamiento, con el sol que conducía mis repetidos deseos, a Aranjuez partí en un día, que tuve presagios ciertos, más de una muerta esperanza que no de un rigor de celos. Hablé con su Majestad, que honró mi sangre y mi pecho con una cruz de Santiago adornada con mil pesos de renta, que consignados en los más ciertos afectos para alcanzar tanta dicha, escalón fue no pequeño. Detúveme siete días en aquel retiro ameno, donde es más lo que se mira que formar puede el ingenio. Dejé aquella primavera, y a buscar a Madrid vuelvo otra de flores más vivas y matices más perfectos. ¡Oh, como dijo muy bien el que ponderó discreto que no hay dicha a que no siga un desdichado suceso! Aquí el alma se me arranca y con destemplanza el pecho, en su alteración pronuncia lo que referirte temo. Llegué a la Corte, ¡ay de mí!; antes permitiera el cielo que el Tajo me sepultara con sus líquidos espejos; entré en la casa del sol, ¡oh, qué mal discurro y pienso que pues salí de ella vivo, es cierto que no entré dentro. Reconocile mortal de un accidente tan fiero, que apenas hizo el ruido cuando consiguió el efecto. Murió el sol de mi esperanza, y en este triste suceso confirmados miré entonces anticipados agüeros. La primavera lozana que alegró los campos bellos y suspendió su hermosura el más alto entendimiento, a un estío reducida, a un diciembre y a un enero la juzgué, si es que los ojos mirarla entonces pudieron. Eclipsose la deidad de mi dicha y de mi empleo; el alma ocultó su vista entre arreboles funestos; faltó el alma de mi vida y acabó, en fin, el lucero, que de tierra que es tan frágil, pasó a lugar más supremo. Acerqueme cuanto pude al triste y compuesto lecho, que, como caja, ocultaba la joya de mayor precio; triste dije, que mal dije cuando juzgué en lo compuesto, en lo adornado y lucido con aliño y con aseo, que estaba todo el abril y el mayo en lo más perfecto cifrado en aquel destino, pues reconociendo atentos los dibujos fabricados con variedad de bosquejos, de claveles y jazmines sobre el campo verde y terso de una colcha, pareció todo aquello un prado ameno, a quien las flores rendían vasallaje, a la que el tiempo cortó el hilo más lozano con desengaños tan ciertos. Entre tanta variedad, reina la vi del imperio por la más bella y lucida, pues sin espíritu el cuerpo tan hermoso se miró. Y el rostro en sí tan risueño, que parece que se hallaba con el espíritu entero, y que este se había quedado adonde tuvo su asiento. Porque no pudiendo ser lo que se quiere, y superfluo pensar que la mía pena, a mi entender fue tan cierto que lo estaba en lo que vi, que creyera, por lo menos, que era solo parasismo, de que volviera muy presto, pues estaban las mejillas casi vivas, y el aspecto tan entero y apacible y el semblante tan perfecto, que mirado atentamente con el rizado cabello pendiente parte a los brazos y parte pendiente al pecho, todo junto parecía un sol, de cuyos reflejos mil asombros se formaban de hermosuras y de incendios, sin que las luces de afuera dejasen ver las de adentro, ni la causa principal de tan no vistos efectos, imposible aun en lo vivo, cuanto más en lo ya muerto. Que es imitación formal del sol que corre los cielos, que lo principal encubre cuando irás se está inquiriendo. Y así, sol, rayos, mejillas, crespos, flores y reflejos, mirados artificiales naturales parecieron. Quedé suspenso un gran rato, y del éxtasis volviendo, con suspiros y sollozos creo que dije; «Ángel bello, espérate un poco aguarda, no te vayas, toma asiento dentro de mí, porque viva, pues sin ti vivir no puedo; y si esto no me concedes, mejor será que troquemos la falta de nuestra vida; muera yo, no pierda el cielo en el apariencia un ángel; mire en aquesos luceros la claridad que a la noche oculta celajes negros; admire en tu sol el día, que aunque es sol que ya se ha puesto, basta el haber alumbrado para que tus rayos bellos, aunque muerto y eclipsado, brillen como antes lo hicieron. Porque así como sucede en escritorio pequeño, quedan el olor del ámbar que tuvo guardado dentro, en mi corazón tus rayos siempre estarán tan impresos que ni los borre tu falta ni me los apague el tiempo. Dejadme, dejadme, dije, discursos y pensamientos, que quien pierde tanta dicha, el morir es lo de menos. Con esto, ciego y confuso, aunque no estaba, no, ciego, pues llegaba a ejecutar el más acertado acuerdo, de todos allí lile aparto y abalánzome resuelto a un balcón a despeñarme; Defiéndenme este consuelo, sácanme luego a la calle, y yo vengo repitiendo que no intento más descanso, que ya no busco más premio, que no procuro más vida, que más gustos no deseo, que no emprendo más amor, dichas, venturas, sucesos, bien, consuelos, alegrías, descanso, gloria, sosiego, pues todo con Laura acaba y nada sin ella quiero. Señor, advierte y repara que mirado este suceso sin pasión y sin ternura, todo ha sido en tu provecho; ¿para qué querías casarte, cuando todo el año entero, cada día a media carta tendrás casamiento nuevo? Consuélate, que te zafas del más cuidadoso peso, que es mucho mayor si acaso tiene tía, suegra o suegro, hermanos, primos, sobrinos, cuñados, parientes, deudos, allegados, conocidos y otros que forman un gremio que no hay espaldas que sufran contrapeso de tal hueso, y te comerán los tuyos por irás que te guardes de ellos. si murió, Dios la perdone; Dios la perdone, por cierto, que así te alarga la vida y a mí la quietud y el sueño. Con lindo pie me he estrenado; yo entré a servirte a buen tiempo, pues en él faltó la causa que te quitaba el sosiego, y así escucha el voto mío; advierte bien mi consejo, guía por mi parecer y sigue mi pensamiento, que es no buscar quien te coma y quien venga con el tiempo a despertarte de noche con jarros y con pucheros, y a darte muy malos días en verano y en invierno, cargándote de cuidados, aunque te sobren dineros. Calla, infame Camarón; no me trates, majadero, de materia en que jamás discurrió tu entendimiento. Ahora bien... ¿Qué es lo que intentas? Desde luego me resuelvo, para no morir al punto, el partirme a Italia luego. ¿Qué dices? Lo que has oído., ¿Pues no fuera bien primero acompañar a tu dama siquiera hasta el cementerio de la iglesia? Así buscara no el suyo, sino mi entierro. Antes estaré dos días en Alcalá, donde pienso hacer por Laura, que así se llamó aquel ángel bello, lo que una obligación pide. ¿Y la renta? Dejar quiero un poder, por que se fije adonde tengo dispuesto. ¿Y el hábito? Los despachos se sacarán a su tiempo, y las demás diligencias se harán cuando haya dinero. Trae los caballos al punto. Míralo mejor primero. Mirado está y bien pensado. Pues a mí no se me han muerto mis amores, ¿cómo quieres que parta si, por lo menos, no los gozo cuatro días? Acaba ya, que estás necio., Harto acabado me voy; ¿es posible que te deje, gallega del alma mía? Espera, que presto vuelvo. Por olvidar mis pesares, salgo de la Corte huyendo; el mejor remedio ha sido siempre el poner tierra en medio. Déjame, Fenisa, que llore mis penas, que sienta mis males, en tristes endechas. ¿Cómo quieres, dime, que yo me divierta? que olvide mis ansias y que no padezca, cuando de mis padres la fuerza y violencia me obligó a la injuria de fingirme muerta. Quitome a Fernando, a quien las potencias el alma y la vida ofrecí por prendas; porque yo le amaba: de mí le destierra con medios más fuertes que usaron las fieras. Desde que Fernando entró por mis puertas, y al tiempo que tuvo mi muerte por cierta, siempre vi a mi padre con la vista atenta a lo que yo obraba contra sus violencias. Llegose a la cama, clamaba sus penas, fingiendo suspiros, mostrando ternezas; lloró con mi amante sus falsas sospechas; confirmelas muda; túvolas por ciertas, y aunque reventaba por hablar la lengua, desmintiendo trazas, fuerzas y cautelas, como la amenaza de mi padre era de hacer efectivo lo que fue apariencia, prevenir no pude lo que tú pudieras, si te hallaras libre de sus diligencias. Después de acabarse tan triste tragedia, fingida en los unos y en otros de veras, la noche siguiente de Madrid me ausentan; aunque vio a Fernando salir de él con priesa, aunque ya sobraban estas diligencias, pues si él se partía cesaban sus penas, sin que se informase si premiado era de su Majestad ni de tantas prendas, me trajo a esta quinta, que es hacienda nuestra, a quien riega Ebro con Gállego y Guerba; Jalón se le juntan, y todos se acercan junto a Zaragoza de aquí legua y media. En fin, aquí trata, dispone y concierta que dos pretendientes me sirvan y vean, y de ellos elija el que me parezca; repara, Fenisa, mira qué paciencia podrá tolerar mudanzas tan nuevas, cuando don Fernando el alma me lleva. Él es tan callado y sin dependencias, que no habrá ninguno que de esto le advierta. Mas, con dilaciones, iré dando treguas, por si mi esperanza a lograrse llega. Escribiré cartas a partes diversas, que den a mi amante relaciones ciertas. Direle mi estado, sabrá mi inocencia, buscarame alegre, viviré contenta; pero si inconstante, la fortuna adversa le quita a mi gusto el bien que desea, viviré muriendo, pues es justo muera la que ya lo hizo con las apariencias. Aunque don Fernando merece finezas, que tan repetidas son de tu belleza, y es justo, señora, que alabe y que crea las que él ha mostrado con tan grandes veras, no por eso ahora se hallen tus estrellas turbias con las nubes que forma su ausencia. Diviértete un poco, corre la floresta, alegra las flores, da gusto a la selva, emplea en las aves el arco y las flechas; y si aquéllas faltan, persigue a las fieras; que si don Fernando te ama y te desea, él vendrá a buscarte aunque tú no quieras. Porque claro está que tendrá por nuevas que en el mundo vives, si a informarse llega; pero si olvidadas sus finezas deja, que es posible estando en distante tierra, procura tu gusto, resiste las penas, deja los sollozos, destierra las quejas. Y pues ya tu padre de casarte ordena, mira los galanes, oye sus ternezas, admite sus causas, júzgalas atenta, respóndeles dulce, atiéndeles tierna, que con esto solo tendrás, Laura bella, gusto en este bosque, paz en las florestas, siendo de estos prados la rosa y violeta, clavel y narciso, jazmín y azucena. Laura del alma mía, hija querida, en quien alegra el día las luces con que alumbra y enamora estas florestas, que contigo dora; gracias a Dios que ya veré empleada y descansada mi vejez cansada. Señor, ¿qué dices? Digo que ya goza esta floresta a toda Zaragoza. Ya Génova también, pues son llegados los amantes que son tan esperados. El primero, una legua ha caminado, siendo de Zaragoza ayer llamado; y el segundo, que en Génova asistía, llegó en la propia hora en este día; ambos aguardan que les des licencia para gozar el sol de tu presencia; alégrate y diviértete, y pensando no estés en aquel loco de Fernando, que haces agravio a lo que yo te quiero. ¿Qué dices? ¿Entrarán? Con esto muero. ¿No me dirás quién son estos amantes? Son, a lo que mereces, semejantes. El Conde de Lebrija y de la Quinola, es el de Zaragoza. Y Juan Espinola, el otro; acaba ya de disponerte, y di si será aquí o adentro el verte. Entren aquí. Pues muy bien es que lleve la nueva; la visita será breve y muy de paso, que recién llegados, no quieren parecerte muy cansados, hallándose conforme, como es justo, de que elijas y escojas a tu gusto; llego a avisar: ya el uno y otro sale. No es muy malo el concierto, si les vale. Que el Conde es este advierte, Laura mía. Ya sé que he de llamarle señoría. Señores: en pie os recibe Laura, porque a descansar os vais luego. Con llegar a veros, el alma vive. o por descansar se prive del gusto del bien de veros. cuando al ver vuestros luceros despierta de oscura calma, advirtiendo que hoy es alma porque llego a conoceros. Viene en esto a confesar y a decir el alma mía, que obrará con grosería en partirse a descansar. Descanso en vos viene a hallar, pero ya se contradice, ya de todo se desdice: amor disculpe su fe, que el alma que os tiene en pie no sabe lo que se dice. Que así esperara a usiría, quiso mi padre; que hablaros sentándome, sin sentaros, sin alma procedería. En mí la descortesía es mayor, señor, aquí, de hablaros estando así; perdonadme, pues, mi culpa; cesa con vuestra disculpa, que es la que me salva a mí. Bastan ya los cumplimientos; yo me confieso el culpado, pues dispuse anticipado la falta de los asientos. Cuando están mis pensamientos el mayor gusto logrando, cortos serán ponderando su dicha en esta ocasión; pero diga el corazón lo que yo iré declarando. Dice con justas razones, que ya goza nuevo ser y que ya llega a tener en uno dos corazones; que el mío, con atenciones, al vuestro rinde la palma, y que el alma se desalma por unirle en lazo estrecho, con que aquél goza del pecho y el vuestro vive en el alma. Aunque el hipérbole ha dado tan gran vuelo, le agradezco; que como nada merezco, juzgo que no me ha tocado. Pero no mostréis cuidado oyendo este pensamiento, porque despreciar no intento lo que amoroso advertís, pues habláis lo que sentís y yo digo lo que siento. A descansar, caballeros, y hasta mañana; dejad suspensa la voluntad. Ya yo voy a obedeceros. Dios os guarde. De quereros. Guárdeos Dios. Para no hablaros. Delante voy por guiaros. Ya he dicho lo que he de hacer. ;Luego a nadie has de querer? Esto es por desengañaros. ¿Qué te parece, Fenisa? ¿Qué me puede parecer? si a ninguno has de querer, fuerza es que me cause risa. Mal con mis intentos frisa su pretensión y atención. Disimular es razón. si el tiempo no lo remedia, tú llorarás la tragedia que anuncia mi corazón. Hija, ¿qué dices? ¿Qué te han parecido? Pues tú los has llamado y elegido, ¿qué calificación podré yo hacerles? ¿A cuál te inclinas más? Será ofenderles, y aun ofenderme a mí, que tan de hecho diga su bien o mal con claro pecho. Déjamelo pensar, que no es el caso para arrojar el resto al primer paso. Y esta tarde, señor, con tu licencia, bajaré a la floresta, y en presencia de las flores, arroyos y corrientes, riberas, prados 3. enramadas fuentes, consultaré tan arduo pensamiento. Yo te doy la licencia muy contento, ¡oh, Laura!, por lo mucho que deseo verte lograda en el mayor empleo. Nunca nada tu amor me dificulta., Yo espero que saldrá bien la consulta, y que muy presto llegaré a saberlo. Yo voy a verlo y a pensar en ello. Y yo también a hacer que acomodados estén ambos a dos, pues apartados estarán en dos casas a la diestra y a la siniestra mano de la nuestra. ¡Ah, Camarón!, ¿dónde estás? Estoy en el mismo infierno, corriendo tras tu caballo, a quien no alcanzan los vientos. Pues síguele y no le dejes. Ya de cansado no puedo. Malhaya quien me parió y malhaya el que en aquesto me ha metido. ¡Voto, juro, pesia, por vida y reniego! Repórtate, Camarón. Deja de jurar. No quiero. ¡Válgame Dios! ¿Dónde voy? ¿Estoy dormido o despierto? ¿Qué tierra es esta que piso? ¿Qué cielo es este que veo? ¿Por dónde entré, que a salir por este bosque no acierto, según se abrazan los chopos y se incorporan los fresnos? ¿Dónde se fue mi caballo? ni a él ni a Camarón encuentro; y aunque mil voces le he dado, solo me responde el eco. Mis palabras no percibe, yo no atiendo sus acentos; los valles y selvas pasan, por las montañas me pierdo. mas ya en la vista descubre tierra ele mayor recreo, de artificios más realzados Y matices más diversos. ¿Qué huertos pensiles miro? ¿Qué verdes montes Ybleos? ¿Qué elíseos floridos campos y qué países flamencos? ¿Qué deleitosos jardines, que con natural aseo los viste abril, peina mayo, sin que los marchite enero? ¡Con qué quietud pace el gamo, y duerme con qué sosiego allí la liebre cobarde y aquí el tímido conejo! ¡Qué hermosas fuentes, que en tazas de relucientes y tersos pórfidos y jaspes brindan a los ojos y al deseo! ¡Qué gracioso y bello Adonis, que en vez de coral sangriento vierte perlas, suda aljófar, con que salpicando el pecho de aquella Venus que mira, herida del cristal tierno, parece que el mármol arde; vive Adonis, siente Venus! ¡Qué magnífico palacio, que en cuatro torres, soberbio, escalar quiere a las nubes y competir con los cielos!. Mas, ¡oh, maravilla extraña!, ¿qué sol es aquel, que envuelto en divinos resplandores dora el aire y baña el suelo? ¿Qué soberana deidad, si es aquesta la que en Efeso tuvo culto y maravilla fue de las siete su templo? Que esta soledad sagrada, este divino silencio, no es estación de los hombres, que visten humano velo. En aquel jardín se esconde; mas ya con dulces reflejos se aparece entre las ramas, como rosa en prado ameno pisando y, cortando flores viene por los cuadros bellos; mas apenas las arranca, cuando florecen de nuevo; hacia aquel arroyo manso, que desatado y travieso corre al mar, ninfa camina. Allí se sienta; allí, ¡ay, cielos!, se descalza, ¡con qué manos!; ¡ay, amor!, ¡con qué despejo!; ¡ay de mí!, ¡con qué donaire!; ¡ay, corazón!, ¡con qué fuego! ¡Oh, qué despojos la hierba logra tan al descubierto! Sin recato, ¡qué venturas! Sin recelo, ¡qué consuelo! ¡Qué rayos, sin embarazos!, que no me descubran temo, aunque están sus ojos dulces hacia la otra parte vueltos. Ramas, encubridme bien, que por mi resquicio emprendo ver, sin que me sienta, al sol. No me envidiéis, pues a un tiempo gozáis lo mismo que gozo y veis lo propio que veo. Suspensas están las aguas, suave las halaga el viento y las flores en su linfa se miran como en espejo. Pero en sus ondas la miro: solo un cambray de por medio, viril de tanto donaire, nube de tanto elemento. ¡Oh, qué combates marinos, qué dulcísimos encuentros! ¡Qué golpes de cristal puro se encaminan a su centro! Más piedad tienen que furias, más lástima que trofeos, más cariño que rigores; más que venganzas, respetos. Más ¿qué mucho, si al romperse en sus dos cándidos pechos, ceden amantes el curso, temen rendidos el riesgo, llegando solo suaves los más delicados quiebros a ser engaste de aquel que todos cogen en medio, con que, en pabellón sutil que se forma desde el cuello, se ve engastado en cristales el más limpio, claro y terso; quedando libre la manga de las hebras del cabello, de los soles de sus ojos y clavel de tanto cielo; dando al prado nuevos rayos, al viento, discursos tiernos; a las nubes y a las flores, celajes y visos nuevos? ¡Oh, qué admiraciones miro! ¡Oh, qué asombros!, ¡Oh, qué extremos! ¡Oh, qué deidad entre aljófar! ¡Qué Olimpo de nieve y hielo! ¡Qué volcanes en las aguas, y en sus espumas qué incendios! Desde más cerca, ¡ay, amor!, me da a beber tu veneno, que bebo en vaso penado si me le das de tan lejos. lías, ¡ay, Dios!, ¿qué ven mis ojos? ¡Ay, cielos!, ¿qué es lo que veo? ¿No es Laura la que allí miro?, ¿No es la muerta por quien muero? ¿No asistí en Madrid yo mismo, y sus últimos alientos reconocí? ¡Loco estoy! ¿Qué engaños, amor, son estos que haces a la fantasía, tan loca como su dueño? ¿Qué ilusiones me combaten? ¿Qué dudas?; ¿qué pensamientos? Quiero con más atención mirarla, que, por lo menos, viviré con la esperanza cuando me falta el remedio. Mas, ¿qué rumor la perturba? ¿Qué ruido es este? ¿Qué estruendo? ¿Y hacia la parte del monte vuelve los ojos atentos? Ya me ha visto. ¡Soy perdido! Ya se va. Seguirla quiero; Detenla, amor, que es el rayo y la flecha que me ha muerto. Espérame; aguarda, Laura; escucha; recoge el vuelo, que te abrasarán las alas mis suspiros, que son fuego. ¡Ay, triste! ¡Elena, Fenisa! No me oirán, que con el miedo, la lengua y voz se han helado en la boca y en el pecho. ¿Qué he de hacer? Nadie responde, y quien me viene siguiendo, me va dando en las espaldas con el aire y el aliento. Muerta soy. ¿Quién eres, hombre? si eres Laura, que del cielo a la tierra ha descendido, seré don Fernando, el dueño que en memorias y discursos ha vivido el corto tiempo que ha que faltas, aunque en mí tan largo aqueste se ha hecho, que son siglos los minutos en que he estado padeciendo. Que llegué a morir no dudo en tan dichoso consuelo, que una gloria ya perdida para el mundo solo un muerto la ha de hallar y conseguir, y en la causa y los efectos conozco que, aunque imposible, con la fuerza del deseo, en cuerpo y alma he llegado al asiento más supremo donde goza tu hermosura de aqueste imitado cielo. si has muerto, ¿cómo eres Laura? ¿Vivo yo agora o he muerto? ¿Cómo en la tierra te miro? ¿Cómo te hablo? ¿Cómo puedo salir de duda tan grande? ¿Qué regocijos son estos? ¿Qué gustos? ¿Qué sombras vanas? ¿Qué flores, a quien el viento al primer soplo derriba con la fuerza de su hielo? ¿Qué dulce imaginación? ¿Qué ilusión? De nuevo muero entre las dificultades de laberinto tan ciego. No te vayas, Laura mía, sácame de estos duelos, alíviame de estos males, líbrame de estos tormentos. si es este tu paraíso, Si esta floresta es tu cielo, si es tu gloria aqueste campo que gozas habiendo muerto, mira que soy don Fernando, repara que soy tu dueño. ¿No me miras? ¿No me hablas? No me tengas más suspenso. Las dudas en que te miras, los temores y recelos en que te hallas, don Fernando, son muy ciertos, aunque inciertos, para mí, porque conozco lo que ignoras. Yo no temo, porque estoy desengañada. En ti serán manifiestos, que los viste y loa tocaste por ciertos y verdaderos. Fuerzas de un padre terrible y sus amagos pudieron contrastar mi voluntad en el caso triste y fiero de una acción que temí tanto solo con el fingimiento. ¡Laura! Señora. ¡Ay de mí! Aquestas voces que siento son de mi padre y Fenisa; retírate de aquí luego, no te detengas. Escucha. Tú sabrás, Fernando, presto lo que estimo tus finezas y tus amantes deseos. No tengas temor alguno, que aunque a mi padre le temo y tiene dos pretendientes presentes, no por aquesto he de desahuciar mi gusto. Bien conozco lo que debo a tus finezas, Fernando; reconocerlas prometo; y porque me hallo en un traje a mi estado poco honesto y puede venir alguno que ataje mis pensamientos, como sucede volando a los pajarillos nuevos que se perdieron del nido, por salir a volar presto, no digo más de que importa que te apartes de aquí luego y a esa casa te retires que cerca de aquí estás viendo; las llaves traerá un criado: en ella estarás secreto, que esto puede durar poco; ten paciencia en este tiempo, y queda adiós por ahora, que esta noche nos veremos. ¿Huyes y me dejas, Laura? o, Fernando; aquí me quedo, que sin alma voy mortal a padecer con el cuerpo. Y yo en este paraíso, adonde admirado veo resucitadas mis dichas por camino tan incierto, aunque neutral en la gloria, que estoy dudando y creyendo, seguiré lo que me advierten tus palabras y consejos, adorando en las florestas, donde desperté del sueño en que estuve sumergido, cada instante repitiendo («¡oh, Laura!», en tu paraíso, que pues a cobrarte vuelvo, no tengo que esperar más a la sombra de tu cielo. Buena mañana me das, pues dejándote perdido, donde yo vine has venido. ¿Qué te pasó? ¿Cómo estás? Muerto estoy de tanto trote, pues de examinar los prados traigo los huesos quebrados, las carnes como jigote. Aquesta noche pasada la pasé a ratos corriendo, y levantando y cayendo no conseguí en ella nada; iba siguiendo el caballo, mas el volaba, de suerte que jamás logré la suerte de alcanzarlo y sujetarlo; pero lo que más sentí es, en el mal que pasé, que la maleta no hallé. ¿Luego se ha perdido? Sí. o tengo que decir más; y pues todo lo has sabido, y quizás Dios lo ha querido, volverte a Madrid podrás; porque sin dinero y galas, es lo misino, y aun peor, que estar sin mula un doctor, el mosquetero sin balas, sin el vino el tabernero, . sin mondongo el bodegón, el jurista sin bolsón y sin bacía el barbero. Que precediese este mal al dulce bien que hallé yo. ¿Bien hallaste? Pues yo, no, porque hallé un mal general. si por los bosques corría, con un tronco topetaba; y si a una vega llegaba, en lo más llano caía. Tal vez alargué la mano a cosa que parecía la maleta, y la metía en no muy limpio pantano. Al fin, después de rendido, me derribó el sueño fiero en un diablo de hormiguero, a donde fui perseguido, tan picado y maltratado cual nunca me vi jamás, pues no me conocerás según estoy desollado. Mas, dime: ¿qué bien hallaste en esta floresta? ¿Di? A Laura. ¿La muerta? Sí. ¡Jesús!, ¿pues cómo la hablaste? ¿Fue en visión, o ella te habló en carnes o amortajada? Calla, no me digas nada. Pues habla y callaré yo. Viva la vi, y tan hermosa, que imitaba un serafín: por la blancura, al jazmín; por lo encarnado, a la rosa. Engaño fue, no murió; que muriese el padre quiso para uní, y al paraíso que miras la trasladó. Ven y sabrás lo que pasa desde que ayer la encontré; ven aprisa y te diré lo que has de hacer en su casa. Ven y sabrás el concierto que anoche los dos trazamos; ven, ven... Vamos y veamos si lo que dices es cierto. Su muerte ha sido fingida; aquí vive, en la floresta. Por Dios, que temo su testa. Ven y admirarás mi vida. Sígueme, que ya nos llama de aquella casa un criado. si hay un cocido y asado para comer, y una cama que limpia de hormigas fuere, y un trago de San Clemente, yo conoceré muy bien, si Laura vive o si muere. Fenisa, ¿qué te parece del estado de mi empleo? Que lograrás tu deseo, que Fernando lo merece; que el alma y vida que ofrece es igual a tu lealtad; que es una la voluntad, y que os amáis y os queréis, sin que los dos os llevéis onza de desigualdad. Que el festejo que le haces se le debe de derecho, que es muy constante su pecho y que tú le satisfaces; que holgaré de ver las paces de guerra tan suspendida, que amor a los dos convida a que gocéis de esta palma, que ambos a dos sois un alma, un corazón y una vida. Muy tarde anoche le vi, y tú estuviste presente, conociendo lo que siente el corazón que le di. Todo lo reconocí, lo admiré y aun lo envidié. Con fe se paga una fe; quien bien ama, tarde olvida, por más que un padre lo impida, como en mí se mira y ve. Notable ha sido el encuentro contigo, de don Fernando. Pues, dime Fenisa, ¿cuándo no busca el amor su centro? Yo me hallaba siempre dentro de su pecho, y al hablar de él, llegué a conjeturar lo mismo, que aunque se tuerza un arroyuelo, por fuerza ha de encontrar con el mar. Yo soy el mar que acogió el arroyo, que es Fernando; yo busco su curso amando, él vuelve donde nació. Yo vivo en él y él vivió anhelando como anhelo; luego logrando el consuelo de volverse aquí a juntar, es ir el arroyo al mar y el mar cobrar su arroyuelo. Fenisa. Señor. Espera afuera, y si me buscase Juan Espínola o el Conde, me avisarás al instante. Luego voy a obedecerte. El semblante de vinagre corrompido trae el viejo, traslado a lo que él hablare. Laura, si intentas que viva... ¡Ay de mí! Sin duda sabe que don Fernando está aquí. ¿Cómo en suspensiones tales borras de mi honor los timbres que conservaron mis padres? ¿Cómo cuando solicito excusar enemistades, sepultar las discusiones y olvidar pasados lances, tú consientes y dispones que en murmuraciones ande el crédito de mi honor, aumentando mis pesares, sentimientos más crecidos y nuevas penalidades? ¿Cómo quieres falten estas? ¿cómo han de ser tolerables si las enciendes y buscas, si las aumentas y traes teniendo encubierto? Cesen tus razones, y pues sabes que ya don Fernando está... o me digas, no me trates de lo que ya la memoria olvidó y dejó a una parte, pues sé que de él no te acuerdas para verle ni nombrarle. Ya resbalaba la lengua. Recojámosla, pesares, que sin esperar los fines ele los bienes o los males, iba a descubrir mi culpa de tal forma, que sin darme media vuelta de tormento, se arrojaba a despeñarse; pero no me espanto de esto, que tiene fuerza tan grande, que el pecho no la consiente y la derrama en la calle. En fin, digo Laura escucha que acabes de declararte o en favor del genovés, o del Conde; no se alargue más su esperanza, que viven sin saber de dónde nace. ¿Para qué es la suspensión, que va solamente vale para que discurra el vulgo lo que no entiende ni sabe? Y aunque presuman todos, hasta tus propios amantes, que encubres alguna culpa contra sus seguridades, este incendio que se sigue, esta llama y este ultraje es bien que se reconozca, que se ciegue, que se apague que se confunda, y jamás corra la voz variable a eclipsar lo que es más puro y más limpio; que no el aire que el más alto firmamento corre y habita constante. Y pues que ya reconoces que aconsejo como padre, dime a lo que te resuelves, sin que les tengas neutrales, sin que me lleves suspenso, sin que tu estado dilates y des a mi casa el día en que han de cesar mis males. Conozco, señor, que dices claras y ciertas verdades, que son muy prudentes todas y de estimación muy grande. Yo las admiro, y ofrezco elegir, antes que pasen dos días, al que por dueño he de tener; y pues sabes que pretendo darte gusto, no me apremies a que antes resuelva lo que no he visto más de una vez, y no trates de limitarme este tiempo, pues entiendo que no es fácil deshacer lo que se hiciere, y que en ocasiones tales, es mejor la dilación que apresurar lo que tarde o nunca remediar puede, lo terrible ni suave. Pues quede sentado así. Así lo está, por mi parte. si a mis canas, Laura, miras y al lustre de nuestra sangre, dos espejos son que advierten, si en ellos bien te mirares, la atención con que es preciso conservarles y guardarles. Juan Espínola y el Conde te quieren hablar. Pues trae sillas en que nos sentemos, y Laura estará delante, mirando y reconociendo el que más le contentare. Di que entren. ¿Qué te detienes? . Va, señor, entrambos salen. si don Fernando viniera, se aliviaran mis pesares; pero ya vendrá su día, que los gustos llegan tarde. Laura espera a useñoría y a usarced. No es bien que aguarde quien es esperada siempre de mis desvelos amantes. Lo mismo dice mi amor, Laura hermosa. Dios os guarde. El sentarse es lo que importa, por que se discurra y hable. Señora, después que os vi y vuestros ojos miré, sin alma y vida quedé, porque vida y alma os di; y tanto me suspendí mirando vuestra hermosura, que fuera extraña locura de mi amor, solicitar, más bien que poder mirar ni envidiar mayor ventura. Que lo bello, lo curioso de este paraíso ameno, por naturaleza es bueno y por vuestra gracia hermoso. Lo fragante, lo gracioso de tal manera le dais, que le lucís, le alegráis con tan realzada eminencia, que tuviera a impertinencia preguntaros cómo estáis. Cómo estoy yo deseara saber y entender de vos; que amor corto ciego dios es en lo que más repara; porque aunque dice la cara si ama y quiere, y el semblante le enseña siempre delante, como el alma no se ve, hace dudar a mi fe como en lo más importante. si usarced me preguntara cómo estoy, le respondiera a propósito, y dijera lo que el amor me dictara. Pero en lo que me declara de complacer a su empleo, la disposición no veo ni el trato y razón me obliga, pues para que yo lo diga lo ha de querer el deseo. mas dejando digresiones, que pareciendo terribles las vuelve amor muy posibles con segundas intenciones, agradezco las razones que aplica vuestro dolor, y a su tiempo ofrece amor, con finísima verdad, servir tanta voluntad y admirar tanto favor. Es mi amor tan superior en el llegaros a amar, que a más no puede llegar, porque no admite mayor. Es un amor que al amor enseña a amar y querer, viéndose en tan alto ser que otro no le deja atrás: que como llegó a lo más, no tiene más que crecer. Cuentan del Nilo, que apenas nace, cuando en tiempo breve a beber el mar se atreve derramado en siete venas, que bailando las arenas, la tierra quiere anegar, sin que con tanto anhelar pueda mudar su corriente, y sin acordarse fuente pudo presumirse mar. Así mi amor, tierno infante, a tanto ha llegado ahora, que le juzgaréis, señora, no por niño, por gigante. Que como se vio arrogante con tanto caudal y brío, se ha extendido su albedrío por toda el alma, de suerte que ya fuente no se advierte, sino caudaloso río. Río, mar, arroyo y fuente se muestra en todo usiría, pues con tanta valentía da ejemplar tan eminente. Pero aunque tan tierno siente en el amar y querer, diferencia suele haber en el decir y sentir, y el más diestro discurrir vencido se suele ver. No es bien no calificar amor que puede no ser, porque está el aborrecer tan cerca como el amar, y enseña a filosofar, no como vos, elocuente, el que discurre prudente; que el Nilo, sin presumir, pudo nacer y morir siempre arroyo y siempre fuente. Y aquesto veréis mejor, si tanto en mi intento cabe, en este emblema suave que nos pintan en la flor: que en un llora, el resplandor con que nace y con que crece, en ella se desvanece; y así, el amor más fiel y el más precioso clavel caduca cuando florece. Ya que el discurso ha llegado a usar de la delgadez, yo os suplico que esta vez se muestre en lo más realzado, y pues que Laura ha formado el motivo, sea el asunto su hermosura. Aquese es punto que tiene tantos defetos, que es agraviar los sujetos y el entendimiento junto. Aquí acaba de llegar un gentilhombre, que quiere darte una carta. Quien fuere, se puede un poco aguardar, sin que nos venga a turbar en el punto que nos vemos. Antes es bien lo pensemos, por que podamos decir algo que se pueda oír de tan diversos extremos. El Conde ha dicho muy bien, y el mismo parecer sigo. ¿Qué dices, Laura? Yo digo que me conformo también, y que nos aguarde quien trae el recado. Fenisa, di que entre, que bien aprisa le volveré a despachar. ¡Ah! Hidalgo, bien puede entrar. Mucho es detener la risa. Cuando yo, señores, veo que no conozco a ninguno, por fuerza seré importuno, según miro y según creo. Pero a todos os suplico, aunque mi talle os asombre, me digáis quién es un hombre que se llama Ludovico. Porque donde hay tantos buenos, no se pierde en preguntar, y es más fácil que trocar, al dar la carta, les frenos. Yo soy. ¿Qué es lo que queréis? Sentaos. La silla es sobrada donde hay tanta gente honrada, a Más que, como sabréis, el que viene pretendiendo, por el suelo suplicando, siempre se ha de estar jibando, encorvando y remeciendo. Notable es el traje nuevo. No le ves? Y a sé, señora, que es de don Fernando el mancebo. ¿Es esto lo que trazaste anoche con él? Lo propio. No es para mí muy impropio, pues que mi bien me acercaste. En la misiva mis restos eché, pues es falsa toda, viniendo a hacer una boda Y a desembodar a estos. Plegue a Dios que no descubra mi intención. mas ya leyó; el engaño no entendió: siempre con tierra le cubra. Es de un gran amigo mío la carta; ya la he pasado. Este hombre me han enviado, Laura, y por quien viene fío que muy bien te servirá, si es que te contenta a ti; porque en lo que tira a mí, sé que bien procederá. Lo personal mirarás: el modo, traza y primor. El talle no le hay mejor. por delante y por detrás. No tiene mal parecer, aunque las barbas son pocas. Para escudero de tocas, falta pudieran hacer; pero las niñas que están para casarse es muy bien, tener un hombre de bien, hombre gentil y galán; a más, que estas son tan viejas y tan presto crecerán, que todos las mirarán compasadas de las cejas, pues su ruindad no ha venido porque tengan pocos años, que otros han sido los daños y un trabajo que he tenido. ¿Cómo? Un barbero aprendiz con los hierros me abrasó, y un bigote me arrancó hasta la misma raíz. Y como enseñar mis males mi tan mala proporción, pasé plaza de capón porque estuviesen iguales. Por el gesto y el humor, recibiera yo este hombre. Decid, ¿cómo es vuestro nombre Camarón es, mi señor. ¿Y hasta ahora habéis servido en otra parte? Decid. A un fraile asistí en Madrid, y fue muy bien asistido más de diez años, y un cargo me hizo con tan poca culpa, que no valió mi disculpa. Proseguid. Es caso largo. Reñí con él, y al momento... Llegad a la conclusión. Ya, por mi reputación, habré de contar el cuento. A este fraile a quien servía, un gran presente enviaron un día que predicaba, para aliviarle el trabajo. Púsole sobre un bufete compuesto y acomodado, volviendo como se usa a cuyos eran los platos. Con esto, bajó a la iglesia, habiendo muy bien cerrado la celda, sin acordarse de un monillo, tan gran diablo, que no teniendo qué hacer, sobre la mesa dio un salto, y comiéndose unas guindas, hizo los vidrios pedazos; tragó y arrojó bizcochos, y haciendo otros desacatos al Padre, sacó del busto con aqueste dulce saco. Y reconociendo el mono el castigo que tal daño merecía, discurrió, como si fuera letrado, dónde escondido estaría más oculto y más guardado, para librar las costillas de disciplinas y palos. Metiose en un presidente de Talavera, del alto de una vara, que por limpio no le causó ningún asco. Al tiempo que predicaba, el Padre tuvo unos malos apretones en las tripas, que le hicieron y obligaron a cercenar el sermón, y aquel púlpito dejando, bajase por su escalera más por fuerza que por grado. Subió a la celda corriendo, y abriola tan deslumbrado, que no vio el mal de los dulces, ni hizo del mono reparo; antes se sentó de golpe, tronando y relampagueando con tal furia, que al monillo, que se halló en tan corto espacio, le fue fuerza el apelar y asir de lo que halló a mano, con que paró todo en gritos, temores, miedos y espantos. Llegué a quitársele luego, que en la presa encarnizado, con dientes como caimán le sacaba los pedazos. Echele por un balcón, y el convento alborotado vino a las voces, y el Padre, el caso disimulando, se metió en la cama aprisa; dijo allí que era un tacaño, echándome a mí la culpa de los araños y cascos, metiendo el suceso todo, como dicen, a barato; y por salir con la suya y sustentar siempre el cargo de que fue mi golosina causa de tan fiero estrago, al punto me despidió; y sin hacer el pecado, me vi mono en el castigo, sin haberme hallado al daño. Caso notable, por cierto. Y bien gracioso presagio. Mal el fraile procedió. Por las gracias, —le dio agravios. Yo, por jugar de lo limpio, mucho del cuento he quitado; porque ello mismo se dice, mejor que hablando, callando. Desde hoy, servid Camarón en casa, y el señalaros el ministerio reservo, hasta que experimentando vuestra habilidad mayor, pueda daros lo más alto, lo más grande y preeminente; y ahora, apartaos a un lado, para que estos caballeros cumplan con lo que ajustaron. Beso todas cuantas suelas ocupan aqueste estrado, que los pies es cosa mucha y todos están calzados. Ahora diga useñoría, el asunto comenzando, lo que alcanza y lo que siente de tan hermoso milagro. Quiso naturaleza, en un perfeto retrato, descansar de su porfía; que criar hermosuras cada día quita la estimación, niega el respeto. Dispuso el arte, y con pincel discreto templar colores y pintar quería, cuando en un cuadro que acabado había halló logrado el fin de su conceto. Y así naturaleza, artificiosa, dispuso en Laura lo que halló en su idea: valiente en el obrar, y generosa; que como lo mejor formar desea, copiando de su cara milagrosa no saca imagen ni pintura fea. El alma que el Conde dio, de su ingenio ha sido parto; pero al amor me encomiendo, que es el que me está dictando. Dispuso amor que en el amor hubiese una hermosura a todas reservada, y que de todas fuese fabricada, sin que a ninguna de ellas pareciese. Que de una las mejillas eligiese; los ojos, frente y boca más realzada; de otra la tez más bella y ajustada; y, en fin, que el mejor talle se vistiese. Con esto, amor a todas las convida, y en una junta dulce y amorosa eligió lo mejor de aquesta vida, sacando en perfección maravillosa, , por la flor más realzada y escogida, a Laura, más que todas más hermosa. No hay más que poder decir, ni hallo ventaja en entrambos. Siendo la causa lo menos, los efectos han llegado a lo más que no merezco, que no penetro ni alcanzo. Aunque parezca descoco de tan moderno criado, suplico no se me impida lo que entiendo en este caso. ¿Luego sois poeta? ¿Pues no lo dice aqueste sayo, esta capa y, finalmente, el hallarme sin un cuarto? si Laura quiere, decid. Sí; pero dese traslado a estos señores. Yo vengo en lo mismo. Yo lo alabo. Rábano os juzgo, ¡oh, Laura!, muy lavado, y nabo en reverenda y grande olla; en escabeche sois blanca cebolla, y ajo con abadejo bien guisado. Alcachofa en relleno piñonado, y puerro entre hortaliza y toda folla; repollo con tocino, vaca y polla, y chiribía con atún picado. El sabor sois de toda salsería, y de los gustos buenos un pimpollo que en sí recoge toda especería. Y, en fin, sois reducida a dulce bollo, rábano, nabo, puerro, chiribía, alcachofa, cebolla, ajo y repollo. Bien gustoso es el ingenio de Camarón, y realzado. Yo no me meto con flores, con hermosuras ni cuadros, que en el tragadero solo es donde los gustos hallo. Esto se acabe por hoy; vuestras causas yo las hago como es razón, caballeros. Tú, Camarón, entretanto que hay comodidad en casa, pasarás aquel trabajo de ir a dormir a una quinta que está de aquí pocos pasos, y Laura resolverá, pues que tan despacio ha hablado a estos señores, aquel que pareciere más grato a sus ojos, como dueños que son en aqueste caso de la elección, y a quien pueden recomendar sus cuidados, sus amores y finezas, pues han de hacer el milagro. Mi pensamiento, señora, dice muy bien lo que callo. Mi silencio representa mis finezas y cuidados. "Mi esperanza vive en vos. Mi alivio busco en miraros. El tiempo dirá mi amor. Ese ya se va llegando. Nada de esto me consuela; todo es pensar en Fernando. Qué alegre estoy de que en casa hayas, Camarón, quedado. Qué contento estoy, Fenisa, de verme junto a tus brazos; pero dime, por tu vida, si por arte de algún diablo has venido a esta casa, y cómo dejaste el lado de la viuda que servías en la Plazuela del Rastro. Lo mismo pregunto yo de lo que a ti te ha pasado. Pues estamos ambos juntos, quizá por nuestros pecados, despacio nos contaremos los principios y los cabos. ¡Ah!, sí, que no me acordaba: mi señora me ha mandado que te diese este papel. ¿Para quién? Para tu amo. Que no ha menester papeles ni respuestas don Fernando, teniéndome a mí y a ti; mucho mejor es que hagamos nuestro negocio, Fenisa. ¿Qué negocio? Yo he trazado embobar al genovés, y que con papeles falsos o fingidos, le saquemos, Fenisa, algunos ducados; porque si casarnos hemos, para que tiempo tengamos con que pasar y pagar los gastos del ordinario. si tú piensas salir bien de papel tan temerario, haz lo que te pareciere, que en suceso bueno o malo mi ayuda tienes segura. No desecho tu resguardo, porque estas redes sucede entenderlas el contrario, y el cazador a los fines queda colgado en su lazo. Poco a poco la novela se va enredando y trabando; pero la noche se llega, que es capa de enamorados, de retirados y presos y de otros que están cerrados en casa, como lechuzas, a la oración esperando para salir a tratar sus negocios ordinarios; esto es decir que conviene contar al viejo los pasos, pues es llegada la hora en que Laura a sus cuidados buscará algún refrigerio, y me importa en todo caso asegurarle, y después pasar yo también un rato con mi Camarón, a quien he querido tantos años. Buenas albricias tienes de mi amo, amigo Camarón. Tuerza la vía; que si cual perro acude a mi reclamo, caza no llevará, por vida mía, que se viene tras mí si no le llamo. Como tanto le quiero, yo quería que dos eslaboncillos me donase. ¿De la cadena dice? si gustase. Déjeme, no se canse, ni a mi nuca la aturda con tan bélicos aciagos; conténtese con ir a una bayuca a echar conmigo cuatrocientos tragos, de un licor que ni en Génova, ni Luca se halle otro igual en el formar estragos, y baste, en fin, decirle al alabarlo, que es de edad de años diez y ojo de gallo. si no le cuadra, váyase al instante y no me enfade más. Digo que aceto el brindis que me ofrece tan galante; quede con Dios. Así se lo prometo. Voy a buscar en este mismo instante al criado del Conde, y con secreto hacer un salto a Camarón; quedaos hasta gargantear. . Brindis, caraos. Ya el papel me ha valido una cadena del genovés amante, que, embaucado, la hizo al sacarla para mí muy buena, pues le dejó en el suelo, descuidado; cayósele, y cogile yo sin pena, con que está sin papel, descadenado. Veamos qué contiene y lo que apoya, para más dirección de mi tramoya. *E1 primer lugar tienes en mis ojos, y así puedes considerar tu esperanza sin engendrar en el discurso el menor temor. Venme a ver esta noche por la ventana del jardín, que Camarón te dirá la hora y mis deseos para lograr nuestro amor.» De molde viene el papelillo agora para encajarle al Conde; yo le Creencia tiene con que abona y dora la certidumbre del segundo, ya me dijo mi amo que a su aurora vería cuando el sol esté en famosa maula, solo yo siguiera la primera, segunda y la tercera. Qué poco sosiega amor, cuando tiene el bien enfrente; cuánto teme, cuánto siente y cuánto llora el dolor. Todo es inquietud, rigor, fatiga, pena y desvelo; en cosa admite consuelo, y si con algo le alcanza, luego muere la esperanza de enfermedad del recelo. Vacilando el pensamiento, no piensa de estar pensando, que es un pensar esperando que no cesa en su tormento. Ya imagina su contento, ya teme su perdición, ya se alegra el corazón, ya de los gustos se aleja, ya los busca y ya los deja la memoria y la razón. Muchas veces el morir más que no vivir deseo, otras discurriendo veo que no tengo que elegir; regulo tanto sentir con el gusto que he de hallar, torno otra vez a pensar, y neutral nada resuelvo; pero si a Laura me vuelvo, todo lo llego a olvidar. ¡Qué mal se consigue el sueño cuando el bien se está esperando! ¡Qué poco se busca cuando se juzga a la puerta el dueño! ¡Oh, lo que puede un empeño de afición que el alma halló! ¡Qué poco el riesgo temió! ¡Qué` poco los embarazos, que solo busca los brazos adonde nació y vivió! En la ventana he sentido golpes y gente; yo llego. Amor escuchó mi ruego, pues don Fernando ha venido. ¿Sois vos, mi dueño querido? Yo soy, dulce enamorado, mi suspensión, mi cuidado; ¿cómo os sentís, cómo estáis? ¿cómo en mi ausencia os halláis y cómo os veis a mi lado? Sin vos, ave en noche fría, esperando siempre al alba; con vos admiro su salva, porque en vos he visto el día. ¿mas quién no tendrá alegría si imitáis aquel farol que es de la tierra crisol, pues remedando a la aurora para mí siempre sois Flora, alba, día, luz y sol? si mi vida se halla en vos y tan firmemente asida, más cerca miro mi vida cuanto más juntos los dos. Muerte es sin vos, sabe Dios, y según mi pensamiento nunca autor está contento si no es pensando y tratando de que en vos está, reinando amor, vida y sentimiento. Del papel que os envié, ¿qué decís? ¿Qué os pareció? si Camarón le llevó, de él hasta ahora no sé. A Fenisa lo entregué: no sé cómo no ha llegado. Al que ha de ser desdichado, le sobran las prevenciones, que en todas las ocasiones el cuidado es descuidado. Bueno es eso para el medio que solicita mi amor. Ya le escucha mi temor. Pues atended el remedio. ¡Válgate el diablo el papel!. ¿Dónde has ido? ¿Dónde estás? En casa le dejarás; tanto no pienses en él; que con menor ocasión muchos juicios han faltado, porque a una cosa han cargado toda la imaginación. si en el bolsillo no está, en la pretina, en el pecho, ni en otra parte, sospecho que allá se te quedará. Eso, sin duda, ha de ser, porque lo contrario fuera causa para que muriera ¿Qué, no se puede perder? mas espera, que otro mal duplica mis desconsuelos. En llegando a tener celos, la enfermedad es mortal. Bien dices, que el pensamiento luego que los concibió, temió, sintió y padeció infierno, muerte y tormento. si a perder el papel viene, tras esto su furia tenlo. En vivas llamas me quemo. Escaparme me conviene. El Conde es, o estoy dormido, el que con Laura está hablando. Pues déjale estar gozando el tiempo que le ha cabido. Porque echarle a cuchilladas es grande barbaridad. Hoy rompo con su amistad; darele mil estocadas. Yo te guardaré allá fuera las espaldas. No te has de ir. Mira que el mejor reñir es defender la trasera. Vete, que no es menester aquí ni allá tu asistencia. si yo te viere en pendencia, luego te vendré a valer. Yo solo basto, y aun sobro para vengar mi tormento. ¿mas quién me estorba el intento? Más dudas de nuevo cobro. Con favor tan soberano como el que Laura me ha hecho, gozar pienso de su pecho y darle presto la mano. ¡Oh letras que condujeron a mi dicha todo bien! ¡Bien haya, bien haya, amén, los dedos que os escribieron! Pero cris ojos han visto que un hombre con ella está, y otro un poco más allá; ¡qué mal el dolor resisto! Gente hay en la calle, adiós. No demos que sospechar; procura disimular, pues nos importa a los dos. si me quieren conocer, ha de andar el diablo suelto, que con corazón resuelto nunca he llegado a temer. Que el otro será criado del Conde me dice el pecho. Que es el genovés sospecho, y Tostón el que está al lado. Pero desnuda la espada, descubrirá la verdad., ¿Decid quién sois? Acabad, gire tanto mirar me enfada, cuando para vuestro daño une desvanecéis el gusto. Ansí sabréis mi disgusto. De nuevo crece mi engallo. ¿Luego el otro no es criado del Conde, que a Laura hablaba? Duda fuerte, pena brava; Tostón será que ha trabado la pendencia; él es sin duda. Tostón es, suyo me llamo, que es obligación de un amo socorrerle y darle ayuda. ¿Dos contra mí?, pues no importa. ¿Quién a mi lado se ha puesto? Aquí he de echar todo el resto. Más que dos mi espada corta. ¡Gran valor y fuerza tiene! No han de poder más, por Dios. Ello ha de ser dos a dos, que lo demás no conviene. Esto es, a revuelto río, ganancia de pescadores; a aquellos juzgo traidores y aqueste enemigo mío. Sin duda que es mi criado el que a ayudar me ha venido. Bien Tostón ha procedido; qué: bien defiende este lado. ¿Qué es esto, cómo es posible que se me resistan tanto? Cáuseles mi rayo espanto, que siempre ha sido invencible. A tan continuo ardimiento, no hay fuerza ya ni valor. Ya me persigue el temor. Y a me cansa el movimiento. Que la vida está vendida, si no os retiráis, os digo. El consejo guardo y sigo. Quiero conservar la vida. ¿Es Espínola? ¿O quién es? ¿Es el Conde de Lebrija? Qué pregunta tan prolija, y a mi intento qué al revés. ¿Quién eres tú? ¿No conoces a Ludovico? Si él no hubiera, sido cruel con el que forma estas voces, tanto le reconociera y tanto le venerara, que siempre le respetara, acompañara y sirviera. Una vida me ha quitado; pero yo se la perdono, pues ha venido en mi abono y en defensa de mi lado; porque si no, de otra suerte, viera y hallara mi espada, que aunque está desenvainada, no pretende darle muerte: pues aunque la merecía, hay lances de calidad, que sin mirar la maldad aumentan la bizarría. Y así los aceros sabios usan aquí de su oficio, que a vista del beneficio olvidaron los agravios. ¿Que no eres el Conde? No. ¿Y Espínola, di? Tampoco. En nuevos engaños toco. Pues, dime: ¿quién eres? Yo. Y debieras conocerme, pues aquí me defendiste, ya que me desconociste cuando llegaste a ofenderme. Porque aunque el que ofende infiel al mismo que está obligado, desconoce lo pasado y paga con lo cruel, usando de tan mal trato, que al hallarse bien servido deja lo reconocido y usa de lo irás ingrato. No por eso he de ser yo contigo tan desleal, mirando un brazo leal con otro que me ofendió; que aunque aquél salió del quicio con alma de ingratitud y no puede ser virtud la que camina por vicio; soy tan noble y alentado y estimo tanto mi honor, que olvido el daño mayor solo por un bien forzado No os entiendo, vive Dios, y si el nombre me escondéis... Mariana le entenderéis y nos veremos los dos. Valor y fuerza mostráis. Pues a vos no os he vencido, poco valor he tenido. Con mil enigmas me habláis; Ya deseo conoceros, veros, miraros y hablaros. Pues yo excusaré el miraros, el hablaros y aun el veros. De vos admirado estoy; tal brío no vi jamás. Conoced a los demás, que yo conocido soy. ¿Qué confusiones son estas? ¿Qué prevención? ¿O qué aviso? ¡Qué vedado paraíso y qué imposibles florestas! Todos los males se juntan y todos los embarazos, las dificultades todas, las desdichas y presagios. Dime, Fenisa, ¿no sabes lo que mi padre ha ordenado? ¿Lo que ha trazado y dispuesto contra lo que estoy amando? ¿No sabes cómo no vivo? ¿No sabes cómo ya acabo? ¿No sabes cómo soy luz, a cuyas llamas y rayos anda el viento combatiendo, y me miro agonizando y estoy en un pensamiento si me apago o no me apago? Ya sé que al amanecer en esta floresta hallaron una maleta que dicen que la perdió don Fernando, porque en ella está un decreto del Rey, que considerando sus servicios, le da en premio mil pesos en cada un año. Añadiendo a esta merced un hábito de Santiago, que en sus pechos diga siempre de su sangre lo acendrado. Sé también que está tu padre por los ojos fuego echando, de que en la pendencia estuvo por engaños a su lado. Sé también que se halla ahora más airado y temerario, y que esta noche te ha dicho has de dormir en los brazos del genovés o del Conde. Que guardan todos los pasos, para asegurar con esto el temor de sus cuidados. Que el papel que Camarón llevó, que no se le ha dado; que se quejó de esto anoche, cuando te habló, don Fernando, que se le dio al genovés o al Conde, para estafarlos; aunque esto, si bien se mira, no es divertimiento malo a la guerra que tu padre tan continua te está dando, pues creerá que es verdadero lo que pasó por engaño. Ya no puede el corazón cesar con los sobresaltos, ni los ojos suspender el dolor de males tantos. Cuando te miro tan triste, otros remedios no hallo si no es dejarte, que hay males que crecen comunicados. Brama el mar, y la pobre navecilla cruje en las olas, siempre fluctuando; ya se sube a las nubes rechinando; ya topa en las arenas con la quilla. Ya se acerca a varar hacia la orilla, ya la mar ancha vuelve forcejando; a babor y a estribor la van cargando; ya no puede en el agua resistirla; Ya tiembla entre los rayos y los truenos; va por la popa y proa se abalanza; ya del remedio todos van ajenos. Pero en este peligro el sol se alcanza, y yendo la tormenta siempre a menos, la navecilla se miró en bonanza. Este milagro aguarda mi esperanza cuando se mira en tantos devanees; y si como la ayudan mis deseos, son los medios prudentes y acertados, salir espero bien de mis cuidados. Gran silencio miro en casa, al tiempo que hay en mí mismo una tormenta de riesgos, una batalla de abismos. ¿Pero qué es esto que veo? ¿Qué tristeza es la que miro? ¿Quién, señora, te ha enojado? ¿Qué tienes? ¿Qué sientes? Dilo Lo que tengo es que mi padre ha sabido cómo vino don Fernando, y que está oculto que forzando mi albedrío, ha de casarme esta noche; y que todo se ha sabido, excepto tu fingimiento; mira qué presto lo he dicho. Presto lo has dicho, por cierto; pero muy presto te digo que hasta mañana a las diez el término no es cumplido, que por último te dio tu padre. ¿Y qué más? Yo digo que te cumpla la palabra de lo que te ha prometido, y que lo demás lo deje a mi elección y a mi arbitrio. Sí, mas dime: y ¿mi papel era para haber fingido que al Conde se le escribía? Mal entiendes mi capricho, porque esta trampa y embuste es en tu provecho mismo, allá los traigo enredados. En la amistad han rompido. Que esto importa, y anden todos de aquí adelante enemigos. ¿Estás acá dentro, Laura? Mi padre es, que ya ha venido. Pues dale unas lagrimitas, que con este leve arbitrio ablandarás sus crueldades; que los viejos y los niños, aunque dicen las verdades, si enojados al principio gritan como unos becerros, en dándole al pequeñito una manzana, y al viejo ele los ojos un rocío, el primero se la traga, cesando en los pucheritos, y el segundo, embelesado de ver llorar lo que hizo, se ablanda más que unas natas y calla más que un dormido. Laura, ¿qué te detienes? ¿Cómo no te compones y previenes para que des la mano al que eligieres? Mira que es en vano andar en suspensiones ir¡ añadir más excusas y razones. ¿Para qué es el retiro, cuando en esta elección miras y miro que consiste mi dicha y mi sosiego? Pero si don Fernando (en vivo fuego me abraso, Laura, al tiempo que en él pienso) intenta a mi poder, que es tan inmenso, resistirle, desviarle o suspenderle, sabré vengarme y aun podré prenderle; porque en mi quinta, que a inquietarla viene, soy juez que con la causa el poder tiene, y que podré, después de castigarle, proceder contra él hasta matarle; y si anoche le hablaste, como creo, a más no ha de llegar tu mal deseo, que yo sabré encerrarte y reducirte a que hagas lo que excuso de pedirte. La industria siempre ha conseguido mucho. Ya Laura le responde, atento escucho, Señor: si don Fernando aquí ha venido, bien ves la poca parte que he tenido, y que nunca te he hablado con intento de hacer con su persona el casamiento. si anoche dicen que con él hablaba, engañose también quien lo miraba; y mi recogimiento es tan atento, que solo busco y quiero tu contento, y que mi proceder tanto te cuadre que parezca tu hija y tú mi padre. Yo no hago novedad en lo asentado, el término que diste no es pasado; si mañana se cumple, no hay culparme: yo te diré con quién he de casarme. Dame alguna señal por que lo crea. Un papel te dirá lo que desea mi amor; y pues te digo que le he escrito, hallarás que es verdad lo que repito. Dime a quién le escribiste, pues te vas. Del genovés y el Conde lo sabrás. Bien se consigue lo que yo quería; agora voy a disponer la mía. Está muy bien lo que me decís, Laura; ya de nuevo mi vida se restaura; otro color aquesto va tomando, y la disposición me va agradando. mas ¿a quién habrá escrito? ¿si es al Conde o al genovés? Que equívoca, responde sin decirme cuál es. ¿Pero qué miro? De aquesta novedad todo me admiro, ambos a dos se están acuchillando; pero hacia aquí se viene retirando, el genovés, a quien el Conde sigue. Su cólera es forzoso que mitigue, y que sepa de estos dos sujetos la causa que produce estos efectos. Lo que he dicho es verdad. De vuestros labios, ni de otros, no consiento nunca agravios. Recoged las espadas. No lo hiciera si otro que vos aquí me lo pidiera. Antes muriera que en la vaina entrara, si otro que vos aquí me lo mandara. ¿La causa me decid de aqueste enfado? Yo la diré, que soy el agraviado. Laura me favoreció con un papel de su mano, y en favor tan soberano el alma se suspendió de nuevo aliento, y vivió; porque como dividida con su papel, vino asida; y como se hallaba en calma, viniendo su alma en mi alma, dos almas miré en mi vida. Como a mi vida guardé tal favor, pues me dio vida; y aunque se vio más crecida, luego fenecida fue; porque no hay vida que esté cierta ni segura en sí; el papel perdí, y a mí siempre me avisa me acuerde, que si la vida se pierde, dos con su causa perdí. En fin, después de perdido, no es mucho que si le hallase en el Conde, le apretase me fuese restituido; que aunque estaba comprendido a la letra en la memoria, sin él era leve escoria y no favor para el alma, que goza distinta palma pensar o estar en la gloria. Al pedirle airado y fiero y enojado, respondió; y la disculpa que dio fue desnudar el acero; así, claramente infiero que en una prenda ocultada no es acción de sangre honrada, sin dar la satisfacción, atropellar la razón con los filos de la espada. Cerrado y sellado vino a mis manos el papel, y en el favor que vi en él conocí su autor divino. si soy o no he sido digno de recibirlo y tenerlo, de Laura podéis saberlo; pues en aquesta porfía llegáis a la grosería de hablarla para creerlo. El que un favor recibió y le perdió descuidado, no diga que le ha alcanzado, sino que se le negó; mal vuestro amor le guardó: si pudisteis merecerle, perderle no fue quererle; dejarle no fue estimarle; que era mejor no alcanzarle, por no veros en perderle. Sed más cuerdo y más atento, y en todas las ocasiones no articuléis las razones si no tenéis fundamento. Porque el menor pensamiento que tengáis, he de atajarlo; de suerte, que sin pensarlo veáis que sé disponerlo, con la razón defenderlo; con la espada castigarlo. si presente Ludovico no estuviera... si no fuera por él, vuestra vida viera... ¿Qué es esto, cuando os suplico que no haya más? o replico. En vos mi causa acomodo. Estoy discurriendo el modo que esté mejor a los dos; porque os amo, vive Dios, como a mis hijos en todo. Laura, mi hija, escribió el papel que os ha causado el haberos enojado; esto no se duda, no; quién le dio o envió, ella sola es quien lo sabe; pues para que esto se acabe, remitírselo es mejor, pues su voto es el mayor, el más cierto y el más grave. De deidad tan peregrina, mañana se ha de saber el dichoso sumiller que ha de ser de su cortina, y así mi gusto se inclina, cuando estoy de ambos en medio, que a Laura se deje el medio de aquesta resolución, y que con su posesión se califique el remedio. Dadme el papel, que en mirar que os haya favorecido, conozco que no ha admitido al que vino a porfiar; al cual hice yo apartar, con la industria que sabéis; las manos es bien que os deis, pues a Laura lo dejáis. Basta, pues vos lo mandáis. Sobra, pues vos lo queréis. Esta es mi mano. Y la mía confirma nuestra amistad. Siempre la seguridad anda en los dos a porfía. Sí, que anoche yo creía que a Espínola acuchillaba. Con vos, lo mismo pensaba; pero en cuanto a pretender a Laura, ya no ha de haber amistad. Eso faltaba de asentar; ¿pero parece que cuando anda don Fernando oculto solicitando... ¿Pues qué es lo que se os ofrece mi temor en dudas crece, y así, quisiera velar toda la noche y estar de vuestra casa a la puerta; que un cuidado me despierta a que la salga a guardar. Yo también acompañaros, por lo que me toca, quiero. Que es muy excusado infiero, pero no quiero estorbaros. Pues perdonad, que dejaros es fuerza para volver. Todo será menester en las dudas de los dos. Adiós, Ludovico. Adiós. Vuestro soy y lo he de ser. Es el amor reloj desconcertado, que anda sin cuenta, límite ni asiento; ya le concierta poco movimiento, ya le turba el andar apresurado. Rompe las cuerdas del más quieto estado, y el más inquieto las ajusta atento; el volante se muda en otro viento, y si este calma, se halla en más cuidado. Un papel es un viento de desvelos, que lleva las discordias por delante, y que añade a los celos mil recelos, y, en fin, se junta todo, ¡qué inconstante! Se rompen los desvelos y los celos, sin quedar cuerda, rueda ni volante. Yo estoy en tan grande empeño, que desempeñarme es fuerza o hacer una sepultura para sepultarme en ella. Pidiome el papel mi amo, de Laura, y en tanta pena respondí que le perdí; quiso arrancarme la lengua, y por salir de aquel susto, le ofrecí mi diligencia darle y entregarle a Laura, como ella propia desea. Esto era llano, pues ya el viejo me dio licencia para estar dentro de casa desde esta noche que llega; pero estando concertado el caso al pie de la letra, o al pie de las puertas mismas, me han llegado tales nuevas, que discurriendo el remedio escucho el «requien eternam»; que aquellos son imposibles y aqueste le miro cerca. Dicen, en fin, que este Conde y este genovés se quedan de un acuerdo aquesta noche a ser guardas de las puertas de la casa, y a mirar por la seguridad de ella, temiendo que don Fernando vuelva lo de dentro afuera. Que piensan bien no lo ignoro; pero cuando mejor piensan, quisiera que mal pensaran y que burlados se vieran. Esto le dice a mi vida cómo la muerte se acerca. A que Silverio y Tostón ayudan?; pues con sus tretas me quitaron dos mil reales que el Conde me dio de ferias, por el papel. ¿Hay más males? ¿Hay desdichas como estas? Dame encantos, Capadocia, o pulisidad cazuela, cagatón, montón de humo, para que en aquesta empresa vuestros ingenios alabe máquinas y sutilezas; mas, por Dios, que llegó una y parece que se pega. bien encaja, firme apunta, bien señala, bien asienta. I o he pensado cierta traza para acabar la comedia, y rescatando mi vida, salir bien de mi promesa. Dios me ayude a ejecutarla, conseguirla y disponerla, porque no canten responsos por mí en aquesta floresta. En fin, Camarón me dijo que a las doce, poco menos me vaya a casa de Laura, para cumplirme el concierto. No es mala disposición la que ha trazado su miedo, que el amago del castigo no deja de hacer efecto. Suspenso hasta verlo estoy, espérolo y no lo creo; aguárdolo y no sé cuándo lograré mi pensamiento. La imaginación y el gusto me dicen que vaya luego; el amor lo solicita; que abrevie dice el deseo;, pero la razón me dice que es engaño, que es gran yerro ponerme a perder la vida por arrojarme tan presto. ¡Ay, Laura, lo que me cuestas! ¡Ay, ángel, lo que te debo! Que tengo a logro el cuidado todo el tiempo que en ti pienso. Acertado me parece guardar el orden que tengo; y así, para libertarme, al silencio me encomiendo de este bosque y de este prado, que en los colores tan bellos de las flores, podré bien admirar del dulce dueño por quien padezco y suspiro, sus imitados bosquejos. Camarón me ha dicho agora, no acierto a hablar de contento, que le envíe a mi criado, como ya lo tengo hecho. Porque con no sé qué traje, quite al genovés del puesto, con un engaño que dice que ha trazado, y que no entiendo, y que a las diez de la noche vaya con mucho silencio, que a Laura me entregará; y que importa el buen suceso que reduzca al genovés a que en la calle no estemos, y que a casa nos volvamos a dormir; bueno va esto. Camarón es muy privado de Laura, muy bien le creo; ya en su papel me lo dice, dispongamos esto luego, pues importa, y el peligro de perderla es manifiesto, porque al genovés se inclina el padre por el dinero, y Laura a la señoría, que es su principal deseo. Pero ya el genovés sale, y parece que contento, porque el viejo Ludovico le habrá contemplado el seso. o en vario mi corazón daba en el pecho mil vuelcos, aras lo mejor es callar y disponer el intento. Amor, ¿qué más quieres ya? Pero querrás que en tu templo cuelgue una imagen de plata del milagro de mi empleo; así lo propongo, amor; corazón, así lo ofrezco; alma, el hacerlo aseguro; potencias, cumplirlo espero. ¡Oh, Camarón, cuánto obligas! ¡Qué agradecido te quedo! ¡Qué reconocido estoy! La vida y el ser te debo. ¿No es bueno que me ha ofrecido darme a Laura?, No lo creo. Aquesta noche, a las once, viniendo a este mismo tiempo, con sosiego y con recato, para lo cual ha dispuesto, por asegurar el caso y dejar al Conde ciego, que le enviase a Tostón, que ha de hacer un fingimiento, mudando el traje no sé de qué suerte, no lo entiendo; solo sé que Laura gusta de mi talle y mi despejo, y aun puede ser que también se haya inclinado al dinero, que esto de la señoría es un bocado tan seco, que es menester adornarle para cumplir con el pueblo con aparatos de galas y otros caros fingimientos, aunque las raciones falten y no haya para el sustento. Ahora me resta buscar al Conde, y con buen despejo reducirle a que nos vamos y que en casa nos quedemos; mas, por Dios, que es el que miro. ¡Qué más pretendo ni quiero! Ahora bien, vaya el engaño; yo voy a hablarle. Yo llego. Espínola, buenas noches. De engañarle cuánto huelgo. Conde, muy bien parecido. Disimulemos deseos. Paréceme que la noche es algo escabrosa, y temo que algún daño recibáis, y quisiera, por lo menos... Que a casa vaya usiría es solo lo que yo quiero, excusando a su salud este daño y este riesgo. Lo mismo pretendo yo que hagáis vos, porque es exceso que os expongáis a un peligro en la inclemencia del tiempo. Pues conformados estamos, justo es que lo ejecutemos. Vamos, pues de ellos gustáis. Vamos, que yo lo deseo. Bien se dispone la trampa. Bien se compone el enredo. Yo os dejaré en vuestra casa. Pues por ella pasáis, vengo en que en ella me dejéis. si yo en su casa le dejo la noche tengo por mía. Que se irá a dormir es cierto. con que dispondré mis dichas y lograré mis deseos. En grande empeño te pones, Camarón, de estos ojuelos. Solo por ti me pesara tener algún mal suceso, que te quiero mucho más que al más lindo dar de cuerpo. ¿Hay mayor puerco que tú? ¡A eso me comparas, necio! No lo tengas a desaire, hasta entender el misterio de este concepto, Fenisa, y ahora contarte quiero que esto mismo dijo un novio a su esposa, y al momento quedó con desdén extraño; y estando un día comiendo, le dio un apretón de tripas; levantarse quiso luego; él la detuvo gran rato; fuese, en fin, a un aposento, con los colores mudados; salió después, y el tal dueño la dijo: «Agora sabrás el fondo de mi requiebro.» Ella le replicó entonces: «Ya lo he visto, y agradezco que los tengas tan sabido, que hayas pasado por ello.» Eso mismo digo yo. A fe que te vengas presto; pero eres discreta, en fin. Tengo el juicio muy despierto ¿Hay más que decirme? Calla, que te adoro sabe el cielo más de lo que traigo aquí. ¿Es oro? De dos extremos. Por genovés es reliquia y por ti viene a ser fuego; esta cogí la otra noche, de uno de los caballeros. ¿Y cuántos escudos vale? ¿Para qué quieres saberlo, si no los has de gastar? mas si es antojo, doscientos. Son los que pesa cabales, y tuviera más si el cielo no permitiera que anoche aquel Tostón y Silverio no hicieran lo que te he dicho, pero ya no hay más remedio que afrontarlos y engañarlos como lo tengo dispuesto. Entra dentro y dile a Laura que esté prevenida luego en estos dos aposentos divididos, donde tengo a Silverio y a Tostón; harás con mucho silencio lo que tienes entendido. Lo que dices ya está hecho, que no soy tan descuidada como me juzgas y creo que con gran secreto ha sido, ¡mi regalo, mi, sosiego! ¡Ay, qué requiebros tan dulces! Pero quisiera de cierto saber si a mí me los dices o si hablas con mi dinero. Mal sabes mi voluntad; oye, te diré un soneto que anoche entre sueños hice. Yo le pagaré en lo mesmo. Camarón más sonante, que no el Dux que en Venecia es el grande agilimox; vos de mi vida y alma de mi trox, cincuenta y cinco de mi dicha y flux. Hamaca mía, fino almoradux, que de ti no me iré aunque digas ox, porque espero a las horas del relox, para jugar contigo al dingandux. A tu ajedrez aguardo en mi almofrex, herida de la flecha del carcax, pues eres de mi pecho rueda y ex; que aunque me hieras, ya no temo el ax, y nadaré contigo como el pex para apagar el fuego de tu errax. ¡Vive Dios, que eres discreta,! y que dudando y temiendo estoy, para responderte; pero de un poeta nuevo y repentino sabrás perdonarlo los salmorejos; y si en equis me los diste, en cedillas te los vuelvo. Fenisa, más sabrosa que una nuez, y con vino y pimienta una perdiz; que con tu olor me llevas mi nariz y todo lo que maja un almirez. Fresca más que en el río trucha y pez; maya en el mayo, mucho más que miz; talle más ajustado que lombriz; cara más afamada que Jerez. Quirlinquimpuz, en cuyo dulce buz espero enquillotarme en toda paz, gozando y consumiendo tu alcuzcuz; para darte este plus soy incapaz; pero capaz estoy, aunque sin luz, para formar contigo un buen rapaz. Muy bien seguiste el asunto, aunque no mi pensamiento. Habiendo entendido el cuento, no hay que tocar más el punto. Advierte que el oro junto te lo tendré muy guardado. Deja agora ese cuidado y no trates de él te pido, que es dejarme consumido antes de haber consumado. si lo que te quiero sabes, ¿por qué me das esta pena? Parece que gente suena; vete y déjame las llaves de estas puertas. En tan graves acciones yo no me meto, y ya temblo te prometo. Pues encomiéndame a Dios, porque nos saque a los dos de este postrero soneto. A buscar en tu deidad, ¡oh, Laura!, vengo la luz, que la noche y su capuz me quitan la claridad. Salga el sol de tu alegría sobre tu chapín, que es carro, mas que no el del sol bizarro, pues la noche vuelve día. ¿Es Camarón? Sí, yo soy. ¿Y vos? El Conde. ¿Qué seña? ¿Esta cadena la enseña? Pues luego por Laura voy. Qué ocasión tan deseada, qué hora tan prevenida; ven, alma de aquesta vida. Haz muy bien de la tapada. Cuidado, amigo Tostón, no hay sino disimular, y no te dejes forzar; alarga bien la ocasión, porque a tu amo no le dañe al sacar a Laura, ven. Dios me saque de esto bien. Hola, mira no te engañe. Ce que digo, llegue unía. ¿Ha salido Laura, di? Ya yo te la entrego aquí. Bien venida, ¡Laura mía! La vergüenza y el recato la tienen en suspensión. Ven, te daré el corazón. Buen perro lleva y buen gato. Cerca de las once son, porque las diez he contado, y ha mucho tiempo que han dado; ¿si vendré a buena ocasión? mas ya han abierto la puerta; buen principio amor me da. ¿Quién es? ¿No lo sabes ya? Espínola. No concierta el nombre sin la señal. Aquí tengo ya el bolsillo. si tardáis más en decirlo, os estuviera muy mal. ¿Y Laura? Esperad un poco, que luego os la traigo aquí. De gusto no estoy en mí; mucho es no volverme loco. Alumbra la noche, Laura; ¿quién tuvo mayor ventura? Procede con gran mesura, pues con esto se restaura, todo lo que es menester hazte fuerte si te aprieta, pues con voz algo imperfeta te podrás bien defender. Pide treguas a su intento con un tiplillo adamado, que tú quedarás premiado del Conde, según lo siento. ¡Eh! ¿Qué hay? Tomar la mano puedes a Laura, tu esposa. Dadme un abrazo, mi rosa. Esperad, que es muy temprano. En la calle, ¿quién tal vio? ¿Ni tan presto? Soy un bruto. Idos con Dios; ¡oh!, este puto qué presto que le embistió. Bien puedes salir, señora, que ya está desocupado todo el prado, que ha quedado alegre de verla aurora. Perdona esta vez, amor, mis yerros; tú me disculpa, pues ves que es menor la culpa cuanto la causa es mayor. ¿Ha venido don Fernando? No; pero no tardará, que muy prevenido está del tiempo, del cómo y cuándo. Temblando estoy, Camarón, y en la calle no estoy bien, porque, puede venir quien nos deshaga la ocasión; y así quisiera volver a entrarme dentro de casa. De ese mal estás escasa; no le tienes que temer, cuando tengo ejecutado lo que te dije endenantes, con que están los dos amantes uno y otro acomodado. Mas el golpe del postigo, con el aire se ha cerrado. ¡Laura! Ya se ha levantado mi padre. ¡Laura! Que digo dónde estás, ¡ay!, honra mía. ¿Pues qué, Fernando no viene? Dime lo que le detiene. ¿Y en qué tu amor desconfía? Vamos al punto a buscarle. Que se haya tardado tanto... No cobres ningún espanto. Quisiera luego encontrarle. Toma aquesta luz, Fenisa. ¿Qué aguardas, señora? Ven. ¡Ay!, si sucediese bien. Menéate y anda aprisa. Yo no sé a quién busco ni a quién sigo; mil veces me maldigo. ¡Ay!, Fenisa, la culpa de esto eres. ¿Dónde está Laura?, ¡Infamia de mujeres! ¡Dímelo! Yo, señor, durmiendo estaba; con Camarón ni Laura yo no hablaba. Mas que de Camarón soy esperado; ¿pero qué es esto?: en mi enemigo he dado. Esto es lo que quería: vuelva yo agora por la sangre mía. Detente, Ludovico. ¡Don Fernando!, vuélveme el alma que me estás quitando. Repórtate. ¡Ay de mí! ¡Oh!, edad prolija. Señor, ¿qué tienes? Fáltame mi hija, que este hombre me ha llevado; y no me vengo. Sosiégate, señor, que yo la tengo. ¿Qué dices? Lo que pasa he dicho junto El alma al cuerpo se volvió en un punto. ¿Cómo diré a Fernando lo que pasa? Entremos, Conde, luego en vuestra casa. Y tú deja la luz, pues que ya el día amaneció también con la hija mía. En el tardar no ha sido buen amante. Laura te fue a buscar, vete al instante. ¿Cómo creerlo puedo, si dicen que está aquí? Todo es enredo. Y confusión es todo, ¡ay, Laura bella! ¿Cómo no te encontré, si eres mi estrella? Y a es mayor mi cuidado; corrido estoy de hallarme tan burlado. Fenisa, ¿qué es aquesto? No sé cierto. A vuestras voces salgo casi muerto; Camarón me ha engañado, y por Laura, a Silverio me ha entregado. A mí me dio a Tostón; ¡buenos quedamos! Creo que ambos a dos nos engañamos, que halló Camarón la trama urdida. Sin alma estoy. Y yo también sin vida. Vamos luego a buscarlos. Vamos luego. Todo es desdicha, rabia, pena y fuego. No temas, Laura. Yo te quiero tanto, que nada temo, nada me da espanto. Ya llegan todos. Vengan norabuena; que con Laura, no hay mal, dolor ni pena. Aquí están; mas si yo he perdido a Laura, nada con esto mi dolor restaura. Verdad es que con ambos esto sobra, pues lo que se ha perdido no se cobra. Dejadme a mí, yo solo he de matarle. Yo solo he de acabarle. Yo solo basto, cuando solo embisto. ¡Ah!, ladrón Camarón, Yo os juro a Cristo... Padre y señor: si quieres que yo muera, ya me tienes aquí; tu espada fiera rompa mi cuello, si se ve ofendida. Eso será perdiendo yo mi vida. Señores, por quien sois, debéis doleros. Ya es obligación nuestra el defenderos. ¿Pues cómo me dejáis? Honor me llama a que guarde la vida de esta dama. A la razón no es justo se corrija que yo solo defiendo a vuestra hija. Pues yo sabré contra todos, aunque muera. Ludovico, repórtate y espera. En el estado que la causa veo, es bien satisfacer a mi deseo; dime tú, Laura, cómo remitiste este papel al Conde, si quisiste y amaste a don Fernando. En eso digo que Camarón ha sido buen testigo, que para don Fernando se le dio Fenisa. Con él mismo me engañó. Y otro que Juan Espínola tenía, cómo se le escribiste? Ahora es mía esa satisfacción. ¡Oh!, infame hombre; ¡oh!, criado fingido de mal nombre; Camarón embustero. ¡Oh, mono lisonjero: tú eres el más culpado; tú lo sabes, tú cogiste las llaves y tú eres solo el que mi honor desdora! ¡Ay!, que me matan, ¡ay! Dejadle ahora, para que diga lo que está apuntando. Digo que yo servía a don Fernando; que por hacer sus partes con tu hija, a serviros entré sin plaza fija; diome aquese papel, y yo le di a Espínola. Perdió lo que perdiera en una quínola, en una cadenilla que me dio; al dármela, el papel se le cayó, y volviendo a cogerle, luego al instante al Conde fui a vender si bien lo que me dio no lo he logrado: Silverio y Tostón me lo han quitado; causa que me obligó de buscar modo para vengarme de una vez de todo. No veis cómo es verdad, y no fingido, lo que yo porfiaba.? si vendido nos fue a los dos, y por dinero nuestro, tanto fue mío como ha sido vuestro. Ya no hay remedio en esto, Ludovico; que perdonéis a entrambos os suplico. Tened por bien de que se den las manos. Ya fueran mis intentos inhumanos si lo que ya está hecho lo estorbara, y más cuando es tan conocida y clara la sangre de Fernando, que lo estará diciendo y publicando la cruz puesta en ese pecho; pues las pruebas en su casa no vienen a ser nuevas. Los pies os beso, y, siempre agradecido, veréis que soy el hijo más rendido. Y yo pido perdón si soy culpado, del dinero que a entrambos he quitado. Mi parte pido, pues me diste parte de que conmigo habías de casarte. Esa parte que pides doy con gusto, porque en himenearme tengo gusto; a más de que un empeño me hace daño, que es guardar castidad por este año. Pues para entonces hágase escritura; no es el negocio, no, para futura, ni para hacer con él ningunas fiestas; y dese fin con esto a las florestas, adonde, atento, Ludovico quiso plantar con Laura un bello paraíso.
