Texto digital de La palabra en la mujer
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Pedro Calderón de la Barca
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta sin datos de imprenta (Madrid. BNE: T/55310/6).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La palabra en la mujer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/palabra-en-la-mujer-la.

LA PALABRA EN LA MUJER
JORNADA PRIMERA
¿Hasle visto? Por allí baja el cerdoso animal, al trasparente cristal de un arroyo que está allí. De aquel monte conducido a este valle floreciente, vaza apresuradamente, con espumoso ruido. tanto su espuma dilata eo estas más genea sosas, que en rústicas amapolas forma escarchados de plata. Vete, porque no te vea, que aquí le quiero buscar, por si le puedo tirar. Por esa entramada senda otra Diana te admiro, y que le des ruego al cielo esmaltes de sangre al suelo en lo acertado del tiro Pero quiero solamente y advertirte que anda aquí Dirás Segismundo Sí No importa que es muy valiente, que es decirte que ser con las mujeres cortés y aunque, segúa dicen es salteador, también tendrá respetos do bien nacido con mi nobleza la suya. De su parte, y de la tuya me confieso convencido Pues puedes con más razón estimar a Segismundo, que si las leyes del mundo admiten satisfacción, en la venganza su agravio ha sido tan satisfecho, según dicen que hoy su nombre prudente, y sabio, Y por eso, y con decir que el Rey a su hermana dio palabra y no la enmelió, quiso este puesto elegir, por defenderse mejor. Pues si eso es ansí, señora, porque ocasión quiso ahora casar contigo? El amor de los hombres es violento y así después que ha gozado ni en los Reyes, nunca ha estado con tan natural asiento, que no tenga imperfección Y así pretendió casarse conmigo; por no abrasarse con Fenisa, mi afición confieso que puse en él, y que por las bulas fueron, y como no las trujeron tan presto, fueme fiel Rodulfo, y dijo que el Rey dio su palabra a Fenisa, y su ingratitud me avisa ver que no cumple la ley, en su oculto casamiento, Yo por excusar tomé tardar las bulas, y fue para salir con mi intento, y venirme a mi castillo, a donde tendré la muerte primero que de este fuerte: me saque el Rey. Consentillo tus vasallos no querrán sin tu gusto; tira agora la fiera, divina Aurora, que en esa montaña están tus criados, y monteros. En oyendo el tiro acude, Nunca a la fortuna mude tus varoniles aceros. Come Segismundo? Sí Pues a ti, Roberto, quiero, como a leal compañero, mostrarte patente aquí al alma, solos estamos, si no es que Dios ha infundido, contra mi intento atrevido, alma, y voz en estos ramos, Este nuestro Capitán; a quien por ese Horizonte, esos valles, y este monte rústica obediencia dan, Que pretende salteando, si en la mejor ocasión, con piadoso corazón, se enternece perdonando? Si sabe que nuestra renta se funda en nuestro rigor, que opinión, o que valor a su renombre acrecienta, con estrecharnos los modos del vivir a saltear? resuelto se ha de preciar de su oficio como todos. Y si es uno son en los dos diferentes los intentos ciudades hay, y Conventos en que granjear adiós. Ayer en esa alameda ti es mercaderes cogí, que pasaban por aquí con cinco cargas de seda. Y con piadosa hidalguía, no solo no les quitó la hacienda, pero les dio del que él tenía de donde puedo inferir según ha llegado haber, que trata de mucho más que de afligir Y he de decir en secreto; pero me lo has de guardar, por lo que puede importar Ansí. Antonio, lo prometo Cinco veces he querido matarle, y cinco recelo, que con estorbos que el cielo me ha puesto, me lo ha impedido, Alguna oculta deidad parece que lo defiende, y la ejecución suspende de mi inhumana impiedad Tres veces la puntería puesta ya en su corazón del polvorín al fogón faltó la ardiente armonía, del esférico elemento, en que rocataremente, que algun misterio valiente me dificulta este intento. Y hoy me resuelvo a que sea el úitimo de su vida, que para ver conseguida esta hazaña, y que se vea en estas márgenes solas su muerte, tengo cargadas, prevenidas y cavadas cinco Flamencas pistolas. Espíritu tengo yo también para acaudillaros por estos montes, y daros las permisiones que él no. Un caminante. Este quiero que muera por empezar desde luego a ejercitar mi espíritu carnicero. Por los que hasta aquí han vivido morirán de aquí adelante del mísero caminante. al pastorcillo encogido, Un sustituto he de ser de la muerte. Qué buen talle! El deleite de este valle me obliga a querer beber en aquella fuente será que risueña, y liberral en despeñado cristal se arroja a esta selva umbría pero también es rigor que averigües salteador mi calidad ni mi estado Y pues ya rendido estoy lo que de tu parte apruebo será el mirar lo que llevo mas no el sabor lo que soy y así os pretendo excusar. Excusa aquí el ser cortés, que no quiero que me des lo que yo puedo quitar, Con darlo con voluntad os daré que agradecer. No darás, que eso es hacer virtud la necesidad. Lo que tú hicieras conmigo, si te vieras superior en armas fuerza, y valor, es lo que yo te castigo. Que esa humilde cortesía, en nada me satisface, supuesto que solo nace de tu interés en hidalgura Dónde ibas? A casarme? a la Corte. De esta suerte, si vas a buscar tu muerte, en nada podrás culparme, si te mato en tu jornada, autes tu vida me debe lo que hay de una muerte breve a una muerte dilatada. Pues ya que es fuezca acabar no me des, siendo valiente, fin tan alevosamente, deja volveré a tomar mi espada, y sacadlos dos las vuestras con más disculpa, si hay menon grados de culpa, en las ofensas de Dios Reservémosle al valor alguna parte, no sea en una hazaña tan sea tan poderoso el rigor, Fuera de cualquiera suerte superior mi corazón, pero ya en la dilación se ofende de no ofenderte. Y en tanto que desvaneces esa opinión en que estás, de esta escopeta tendrás, el castigo que mereces, para que mi intento admires, y pueda más fácilmente desmentir el plomo ardiente tu arrogancia. No le tires, qué ha hecho? Vase a casar. Y es culpa para que muera? Bastara, aunque no tuviera la del querer blasonas: contra mí pide su espada en forma de desafío. Y de tu rigor impío no has hallado culpa en nada? En que te puede injuriar, cuando llegue a presumir, si en él es justo el vivir, y en ti es traición el matar? De tu parte está el error, pues quieres inadvertido, que respete el ofendido las manos del ofensor. Cuando el morir es forzoso, se busque remedio es justo, aunque te cause disgusto en lo menos peligroso. Que con los dos peleando, posible será que pueda venceros, y no la queda ningún riterso en tirando. Muchas veces que has querido matar con resolución he culpado la intención de tu espírito atrevido. Que en nada puedo ser sabio, si admito en mi compañía a quien mata a sangre fría sin que le hayan hecho agravio. Bien sabéis mi calidad todos, y que perseguido de un poderoso ofendido. hábito esta soledad. Y así puede su rigor justamente haberme dado título de desdichado, pero no de salteador: buscar la defensa es propia a costa del daño ajeno. Cuando me falte que daros, con mi sangre he de comprar cuanto quisiereis quitar, a fin solo de excusaros. Y pues que no me es ajeno de mi fuera acción impropia buscar la defensa propia a costa de daño ajeno. Qué es lo que se habéis quitado? Este bolsillo, y cadena. Porque lo volváis sin pena os lo quiero dar doblado, Esta cadena es mayor, y en este hatillo van cien escudos. Capitán pretende tu rigor avergonzados así, más vale que nos despidas, que perdonando vidas injuriar ay de ti Tanto, Capitán valiente, tu término me ha obligado, que lo que estos me han quitado te doy voluntariamente. Y si llegara a tener el oro que Arabicería, con esta misma hidalguía lo pusiera en tu poder. Que quien sabe hacer virtud lo que en otros es delito, bien merece estar escrito contra la injusta inquietud del tiempo, y por su piedad dar a sus sienes fieles inmensidad de laureles en la más futura edad. Tu cadena, y tu divero te lleva, y vete con Dios. Aprended a ser los dos piadosos; en Dios espero que he de pagarlo algún día, y si de provecho soy, mi fe y palabra te, doy que he de pagar la hidalguía de esta piadosa amistad. Veis aquí si yo quisiera, lo que quitabáis me diera con gusto, y con voluntad. Al que hubiereis de quitar la hacienda, tratadlo bien, que en las ofensas cambién hay caminos de obligar. Y lo que es en nuestro estado de todos bien recibido, es dejar agradecido al que queda despojado. Guarín viene, De él sabremos lo que hay de nuevo en la Corte, y en lo que más nos importe prevenidos estaremos. Ahora es bueno salir, pero no que a mis errores quiero, siendo salteadores, darles después que sentir. Seas Guarín, bienvenido. Y tú, señor, bienhallado, Linda espía has enviado, cuanto hay de nuevo he sabido. Por donde empiezo, es el llanto de Fenisa, que con esto tanta cara se le ha puesto. Es mi hermana, no me espanto, Tantas lágrimas berrió, al decirle donde estás, que a no sacar pies atrás pudiera anegarme yo. Estás loco? No señor, que en los estanques llorados engendra el tiempo lenguados, y en los hermanos amor. Oh ingrata hermana, pluviera aDiós, que fuera tu muerte, con piadoso corazón, un rayo, pues de esa suerte, llorando el Rey perdón en ti mi venganza viese No me enternezcas que soy hombre y verás mi flaqueza en mis ojos a belleza desdichada muerto estoy pasa adelante Guarín Pues si está la vida en calma en lo del alma que es poco menos que fin Como yo no te servía en la corte pude andar seguro sin rezclar que nadie me conocía Y boquiabierto y de espacio a lo tosco suspendido los corrillos he asistido de los patios de Palacio Donde en sus muchas razones Verás si bien lo disciernes que de Bártulo a Holofernes desmerece las acciones De suerte se determina la ejecución en los modos que parece que hablan todos dentro en la mente divina. Y tanto se satisfacen de su incenso que seguros para los tiempos futuros, necios pronósticos hacen En un corrillo te vi cogido, y descuartizado y en otros dos arrastrado públicamente. Ay de mí. Pero la verdad del caso es, que el Rey está de suerte, que compraría tu muerte, sin mostrarse en nada escaso, Diez mil ducados están pregonados, al que diere tu cabeza, o te prendiere, y por todo el mundo va con tres retratos, y a mí, que dije que ora correo, me envía Galisteo con este que traigo aquí, y apenda el Rey sabrá que aquí se pueden coger. cuando te envíen a prender Llevas carta? Claro está, de mano del Rey escrita, y en esta conformidad, hablando con la ciudad Aquí me incita nuevamente el interés que si ya matarle puedo rico, y perdonado quedo y su cabeza a mis pies Porque no lees señor pudiendo tan fácilmente? Ser puedo yo el delincuente, pero no hacerte traidor; tomo y llévala Estás loco? en poco estimas tu vida, acosada, y perseguida. Y tú, tu lealtad en poco. Romparela, que no es ley buscar tu ofensa Villano. cortarete yo la mano si rompes carta del Rey, y esto es observar las leyes, porque en cualquiera lugar se ha de temer, y estimar la grandeza de los Reyes. Solo te pido, señor. Que no repliques te advierto; hasta el camino, Roberto, le acompaña Esta horror Con poes seguridad estoy aquí. Así lo entiendes y más con lo que pretendo, hoy te mata en piedad. Qué te parece que hagamos? Si en el castillo que tiene aquí la Condesa Irene. De mí hablan Nos entrados de todo el mundo el poder no ha de podernos sacar, fácil podremos matar a lla Condesa y poner tu escuadra por guarnición y una vez fortificado venga el mundo conspirado. Qué baja imaginación, a decirte has atrevido que a la Condesa matemos? dos contrapuestos extremos en los dos se han infundido Si por la ofensa menor hecha a sus pies la soberana en el Imperio mayor no la hiciera: de Eduardo tiene la Condesa Irene sangre, y tantas partes tiene en su espíritu gallardo, que cazadora Diana, en los montes que suspende, fieras mata, y almas prende, tan divinamente humana. Que de una vez que la vi, de suerte quedé admirado, que en lo suspenso helado, piedra de este monte fui. Con ella se pretendió casar el Rey, prevenida. dispensación, y ofendida de lo mucho que tardó, a estos campos se ha venido: no estás, dime, avergonzado de lo que has imaginado? Capitán, perdón te pido. SEn esta alameda verde, donde alegre y liberal, en culebras de cristal, ese arroyuelo se pierdo, quiero el sueño quebranta hazme posta, que de ti me confío, Antonio aquí aunque es oculto el lugar Duerme seguro ello es hecho el Céfiro blando mueve las hojas, letargo breve de su adormecido pecho Ea corazón valiente que temes acobardado, si la ocasión que ha llegado te incita seguramente? Prevenir quiero en dos rayos, para este confuso abismo, el último parasismo de sus mortales desmayos. Durmiendo sin duda está, ya examina de esta suerte los dibujos de su muerte, Segismundo muerto es ya. Yo se riro, sin recelo de que contra mi cuidado le haya ahora reservado ninguna defensa el cielo Quién tiro aquí? Muerto soy. Quién te ha muerto? Yo. Ay de mí, la voz escucho, y aquí a nadie veo Aquí estoy Soberana inteligencia te jurgará a no saber quien eres, podré tener noticia de tu inclemencia en delito tan atroz Si en esa anhelante vida, queda al espíritu asida alguna parte de voz, de sus intentos tiranos, te informa, y de ellas no más, mejor que de mí sabras lo que debes a mis manos, Que aunque pudiera en mi culpa dejarte ahora informado, la confesión del culpado da más crédito a la culpa. Vives Antonio? Pues muero, mi culpa he de declarar: yo te quería matar, y ya en el lance postrero me ha muerto quien me tiró, y así a su mano atrevida debes, Capitán la vida que quisa quitarte yo Llénalo luego, Roberto, a mi cueva. Sí haré, te de su culpa se Eus intención lo ha muerto. cogido Al jabalí pensé yo que habías tirado aquí. El que llevan muerto allí quiso matar, y murió Déjame besar tus pies. Esto que ha pasado aquí te puede servir a ti de ejemplo para después. Yo escuché cuanto dijiste, de esas ramas escondida, y solo te dio la vida la estimación que me diste. Porque después de escuchar el homicidio violento de ese, y el injusto intento con que te quiso matar, viendo que al rostro ponía la escopeta, ya resuelto, y en su misma injuria envuelto, le dio el castigo la mía. Dichoso, señora, he sido. Decir puedes desgraciado, supuesto que a tal estado la fortuna te ha traído Posible es que no tuviste caminos de resistir este vicio, sin venir. a la bajeza en que diste? Hermosa Irene, las culpas no se juzgan convencidas en personas entendidas, hasta escuchar las disculpas! Y porque veas, señora, que en mi intento no hay más gusto, que defender, como es justo, una vida, escucha ahora atenta, sabrás quien soy, y que no puede ser vicio en mí este infame ejercicio, en que tan forzado estoy. Tu nacimiento, y tu sangre sé muy bien. Pues ya me importa no decir, por no cansarte, mis blasones, y mis glorias. Por mandado de Rodulfo, padre de este Rey, que hoy goza la soberana Diadema, que la humanidad adora, habrá un año que partí de esa Corte a Babilonia, en cuyos muros el Sol, Gigantes de piedra dora, a templar las sediciones de cien pueblos, que en discordia, ciunes amenazaban más lástimas que hubo en Troya, Sosegados los naufragios de las políticas ondas, que el viento del ocio indócil precipitaban furiosas, del ya Monarca difunto llegó la voz por la posta, y partime, donde hallé, Reinando entre mil lisonjas, una breve juventud, en cuya grandeza ociosa al cielo aclamaba el pueblo entre quejas, y congojas. Y antes que a Palacio fuese, supe que mi hermana loca, con presunción de Reinar, conquistando con lisonjas su belleza el Rey, fue fácil, pues entregó con la joya preciosa de su virtud, de mi padre las victorias. No quise decir al Rey de mi hermana la deshonra, que Fenisa es sangre Real, y el Rey es mi sangre propia. Aunque supe que contigo manifestaba sus bodas al Reino, y del Papa Sixto esperabais la concordia. Y sin este sentimiento, sintiendo del Rey la honra, que de su padre perdía, ya de su hijo afrentosa, llegó cubierto de luto, y entré en Palacio, señora, al tiempo que daba Audiencia, y en ella hable de esta forma. En mí verás, Eduardo; que el tiempo, con plantas sordas, siglos pisa en el teatro, que instantes breves adornan. Y que en sus fatales giros, con igual acero cortan brocados en los Palacios, y sayal tosco en las chozas. Tu padre, al común tributo rindió la vida, que ahora luz de eternidadas mide en esferas más dichosas, De esta estatua el Prometeo fue, que la materia ociosa, el fuego de su favor constituyó en vital forma. Doce años fui su hechura; mas como del árbol cobra los réditos en los frutos, quien los cultiva, y los goza. Así el árbol de mi vida, tributaría a su Corona; en la paz advertimientos, y en la guerra sangre propia. Al crujido de mis armas, caducaron temerosas las cuatro partes del mundo, admirando mis victorias. Que el privado que se inciina a la dulzura ambiciosa del mundo, la verdad niega lo que rinde a la lisonja. Tu Reino, señor, murmura, que reclinado a la sombra de tus brazos, solicitas delicias aduladoras. El Rey es un cuerpo humano, que en la vida deliciosa amotina en los humores, en vez de sangre, ponzoña. Modera su lozanía, sangra sus venas, que brotan, hinchadas con el descanso, viles designios, que ignoras. A la militar palestra belico sigue y la trompa de la Fama, selle altura en la admiración tus glorias. Y si ya no te inclinares a la estensión belicosa del Plus ultra de tu Reino, conserva esarlo que hoy gozas La atención de tus vasallos suspende, o Rey y aficiona, administrando justicia, con igualdad de personas. El padre que es remiso, castiga cuando perdona, y parece tiranía la severidad a solas. En mí el amor de tu padre te solicita, y exhorta a conservar tus estados, si te he excedido, perdona. Que al Piloso que ha corrido diversos mares, le toca manifestar los peligros, y encaminar las derrotas, Dije, y volviéndome el rostro el Rey, Carlos, que fue sombra de este sol, gran Canciller, cadaver helado ahora. Confiado en su poder, y resuelto en mi deshonra, vino a desmentirme; aciolos, aquí mis prudencias todas vuelven de nuevo a turbarse, aunque vengadas, quejosas de que pagase una afrenta tan grande, una vida sola. Cayó de dos puñaladas muerto en el suelo, y por toda la guardia rompí furioso, haciendo nube espumosa el aliento de un bridón, cuya siempre voladora agilidad, fue aquel día cometa en esfera corta. Aunque a tres leguas corridas en la irracional congoja reventando trasladó el espíritu a la hora. Y viéndome a pie, y seguido de los que a las voces solas del Rey siguieron mis pasos afligieron mi persona, metime por este monte, donde encontrando esa tropa de salteadores, di alivio a mis plantas temerosas. Es tan amable la vida, que en cualquier caso se honora del amparo universal, sin excepción de persona Tantas diligencias hace el Rey, para que me coja que pienso que cada mar de estos montes me aprifisioe Demás de que como sien le aclaman las leyes todas Sol de la humana justicia le estoy temiendo en mí Y así, por no confiarme de otro sagrado, me imp conservar la compañía de esta gente rigurosa. Excusando estoy con ello las muertes de los que comprando lo que han querido quitar, con mis propias) Juez eres en la causa de mi culpa, y pues ahora tengo vida, y tu escopeta o me mata, o me perdona De fuerte me has obligado con lo que me has dicho aquí que ya estoy mirando en mí el alma de tu cuidado. No temas, si todo el mundo contra ti se conjurara, que ya mi valor te ampara, valeroso Segismundo. Ese castillo que tengo, su fe inexpugnable da, de que seguro será el amparo que prevengo. Demás, de que yo te doy palabra, que te ha de ser cumplida, aunque soy mujer, y pues de tu propia compañía deja esa vil peligro mayor, que en el olvidarse el honor, no ha delo, la muerte impía. señor, ya ha llegado A tiempo en que has menester tu valor, y tu poder; todo el mundo conjurado viene contra ti prevente al reparo de tu daño, que he visto, si no me engaño, siete millones de gente. En el número, Guarín, se conoce tu temor. no es seguro el esperar contra tres. En el castillo te mete, y echa el rastrillo. Entra. Aquí me he de quedar a defenderte. Eso no, que más fácil es morir, que en mi nobleza el decir que pude dejarte yo. Que cuando en estos enojos alguna parte pudiera caberte, a tu ofensa hiciera el reparo con mis ojos. También des de cortesía estarse Y hombre a pie quedo, argumentado sin miedo, cuando está su Señoría diciendo que nos muramos que a ella no la han de ofender, por hermosa, y por mujer, y así es mejor que nos vamo Entra, y tu vida repara que llegan, Pues aquí quiero que nos metamos primero para ver en lo que para, Aquí ha de estar. Dónde vais? A prender a Segismundo, Pues teneos. Si todo el mundo. Advertid solo que estáis en mi presencia. Señora, bien sé que por justa ley, como a sangre de mi Rey, debo respetar ahora. Pero con su orden vengo aquí a matar, o a prender. Pues cómo lo habéis de hacer si en mi castillo le tengo? Vuelve, y di que yo salí a defenderte la entrada con esta escopeta armada; y si te culparé a ti, dile que venga en persona, y verá cuan poco vale, cuando a mi valor se iguale, con mi poder su Corona. Y di, que si Segismundo, siendo en Palacio ofendido, fue delincuente atrevido, que no permita en el mundo, que haya honor, que el que afrentado no se resuelve impaciente ese solo es justamente quien debe ser castigado, Qué mejor fuera tomar los consejos que la dio que vengar al que murió a fin de lisonjear. Que en los prudentes un sabio ignorancia es sin disculpa, las verdades por agravios Advierte solo que está enojado el Rey de suerte, que si le impides la muerte de Segismundo, vendrá asolando a sangre, y fuego, con rebelde corazón, Pues ve, y di que venga luego que todo el tiempo que tarda en venirlo a ejecutar tardarás en adoptar mi resolución gallarda Y yo te aguardo segura, sin temer nada, que mujer determinada, tiene espíritu gallardo. Ahora sí que es forzoso besar tus pies Tu valor es la obligación mayor. Mil voces yo venturoso fui, y dichoso otras tantas, cuando con fácil discurso incline a este monte el curso de mis fugitivas plantas I̱En mayor obligación te he de poner si el Rey viene Ya, señora, el asma tiene! a tu fe, y tu cortesía debo cuanto hiciere ya? I̱También de tu parte está la obligación, aunque es mí Que si está piedad alabo, y con valor te defiendo, dilatar así pretendo. tu vida Yo soy tu esclavo
JORNADA SEGUNDA
Tanta resistencia hizo? Tanta, y con tanto valor, que al paso que en este error la culpa me satisfizo, puesta al rostro la escopeta, convirtió los esplendores de sus ojos en rigores, con amagos de cometa. Y tan inferior me vi a la esfera de su ser, que del dudar, y el temer traigo la disculpa en mí. Y aunque tan resuelta anduvo, que pude en algo ofenderla, tu sangre, señor, en ella, me acobardo, y me detuvo. Eso, y el no la poder sacar del castillo, son disculpa, y satisfacción; que han podido suspender mi enojo, mas no de fuerte, que no procure desde hoy, del que ampara, y del que estoy tan ofendido, la muerte. Que hayan querido los cielos que se encuentren tan apriesa en el ser dela Condesa mis agravios con mis celos! En un pequeño castillo; con un hombre valeroso se retira! de quejoso pierdo la vida al decirlo. Partes tiene Segismundo para reducir intentos, y yo amor, y sentimientos, para convocar el mundo al remedio de mis daños, que a sombras de mi justicia, he de darle a esta malicia los últimos desengaños. Al Mariscal Argenis llamad. A llamarle voy. Mucho, amor, en lo que soy atormentáis, y afligo Celoso estoy con razón de los intentos de Irene; pero ahora no conviene hacer más demostración, que poner el sentimiento en la ofensa de amparar a un hombre que pudo dar motivo a mi pensaminnto A humanidad de las leyes, de amor, como en tus rigores, mas que todas, son mayores las desdichas de los Reyes! Porque todos hallo yo, que en tus leyes naturales, al sentir somos iguales, y al poder quejarse no, Y nace el mayor tormento del padecer, y el penar, sin poder comunicar la causa del sentimiento. Mucho debo a mi lealtad, siempre que el Rey me ha llamado, llego confuso; y turbado; poderosa Majestad es la de un Rey, libre vengo de haberle causado enojos en nada, y ante sus ojos me acobardo, y me detengo. Solos nos dejad. Aquí obedecer me conviene. Sin réplica, lo que Irene hace. Argenis, contra mí pienso que sabéis. Señor, solo sé que si ha podido disgustarte, que no he sido de sus culpas sabidor. Enviando yo a prender a Segismundo, le ampara, y contra mí se declara, ignorancia de mujer. En su castillo la tiene, y no solo defendió la entrada; pero fundó en una escopeta Irene lo fácil de mis disgustos, como si no dispusiesen las leyes, que siempre fuesen estos agravios injustos. Tú has de partirte a Belflor, y decir de parte mía a Irene, que si se fía en mi conocido amor, que hace mal, que tal vez, cuando el espíritu inquieta una ofensa, ni respeta su propia sangre el juez. Que a Segismundo me entregue, o iré en persona por él, resueltamente cruel, y cuando acaso lo niegue, que no le tenga consigo, que yo le sabré buscar. sin que la tierra, ni el mar le reserven mi castigo. Y lo he de sacar de allí, si piedra a piedra añadiera, monte a monte, y condujera cuanto poder hay en mí. Y resuelto, y temerario, pienso, partiéndome luego, deshacer a sangra, y fuego cualquiera intento contrario. Y estime esta obligación, pues le envío en boca ajena el aviso de la penan antes que la ejecución. Daré, señor, tu embajada, afeando tanto el hecho, que quede yo satisfecho, y ella vencida, y culpada. Excusará su castigo con no impedir el ajeno, que el menor Rey, nunca es bueno, Argenis, para enemigo. Fenisa está aquí, señor. Querrá que nuestro concierto la cumpla, sin ver que ha muerto en mí su pasado amor: entre. Yo por Segismundo. Espera, no digas más, por nombre empezado has, que si trajeras el mundo por víctima de tus ojos, para ofrenda de mis pies, en mí el mayor interés fuera aumentar tus enojos. De esa delincuente vida, solamente el corazón templará la indignación de mi grandeza ofendida. Quise decir, que merezco por Segismundo, señor, satisfacción a mi honor. Padece, pues yo padezco. Palabra me tienes dada de esposo. Pues de esa suerte, entre tu amor, y su muerte te podrás ver desposada. Que si se me cumple a mí mi ya vengativo intento, sobre el tálamo sangriento daré la mano, y él sí. Pues si ha de morir, señor, deja que a mi hermano fiel le busque, y muera con él; y así podrá tu rigor, con dos puras voluntades, dos vidas, y dos alientos, introducir escarmientos, ejecutando crueldades. Ya he dicho que ha de morir por sus culpas y tú puedes, que te vayas, o te quedes, también por ti introducir tu ignorancia en tus amores, que ya que le he de buscar, delitos sé castigar, mas que permitir errores. Espíritu gentil, fe conspirada, dirija el bronas su impresión postrera esta unión de mi hermano verdadera, en el fraterno amor ensangrentada. La que sirve, en lo amado transformada, justo será que con lo amado muera, que en una fe constante traición fuera el llegar a la muerte acobardada. Que cuando el Rey, chorazo riguroso a dos vidas incline el fuerte acero, sediento, vengativo, y poderoso. Aliento amor, que para vivir muero, muriendo con mi hermano, que quejoso de que perdí mi honor lo considero, Cómo has dormido. Caí, como dicen vulgarmente, como una piedra; un valiente dormidor se encierra en mí, Con una colcha bordada he dormido, y descansado, como un recién heredado de hacienda desempeñada, Humor tienes No ando bueno. No es ese el humor que digo. Pues que, el que traigo conmigo? Nadie trae el que es ajeno. Venganza de chilindrina. A los que por este modo hablan de fluslera en todo, la más cuerda medicina es el darles solamente con su misma pararara, Guarín, que solo los mata hablarles a lo prudente. Como estás al sol, y al aire en el castillo de Irene. tu gracia, Camila, tiene muy de tu parte el donaire, y de mi parte podría. Qué tenemos, hay gusano? Y desde ayer. Es temprano, y tan de golpe, serra nueva yo si lo creyera. Posible es quererte bien, si hay en las almas también deseos de ratonera. Eso del ver, y el pensar, quédese para un señor, que en los deleites de amor puede tomar, y dejar. Pero yo, que solo tengo la ocasión que he visto en ti, como de trampa caí. A darte eredito vengo, porque no me has parecido a mí tampoco muy mal Pues al yugo conjugal me verás, Camila, asido, hasta que el requiem eterna, con su pálido semblante, meta a dos pies el montante; que esta voluntad interna se ha de vincular en mí contra il tropo variar. Mañana queréis mudar de sitio que anoche vi muy criste, y supenso ya a Segismundo. Ser puede que este triste, y que se quede. Cómo pájaro, será como pájaro enjaulado, que en empezando a sentir la suspensión del volar, todo sele va en buscar por donde poder salir, Qué es salir? si en torreón del castillo me pudiera convertir, me convirtiera. Extraña exageración! muy diestro estás en saber los caminos de obligar Nadie ignora al desear los modos de encarecer. Esta sí, que es vida de gusto, esta sí, que es vida de paz. Aquí donde reinan juntas la razón, y la verdad, siendo lo que se promete igual con lo que se da. Y aquí, donde dan las flores el bien que se ha de gozar, y los arroyos murmuran de los que en la Corte están. Esta si que es vida de gusto, esta si que es vida de paz. Como tan triste te veo, que te canten he mandado, Es tan hijo mi cuidado, señora, de mi deseo, que como la obligación va creciendo cada día, y solo de parte mía pongo en la satisfacción el confesarme obligado; solamente el no poder pagar, y satisfacer me tienen acobardado. Que tanto llego a estimar, y al mismo tiempo a sentir, que me aflige el recibir con él no poder pagar. No, Segismundo, ya sé de que nace tu tristeza, no encubras con tu nobleza lo que tan claro se ve. Tú has llegado a recelarte, de que no es posible ser el favor de una mujer seguro para librarte del Rey, y que ha de faltar la palabra que te he dado: desde ese globo estrellado, sobre la tierra, y el mar, sacudidas las estrellas verás, y desde su asiento, el más activo elemento abrasar el mundo en ellas, primero que falte en mí la fe y palabran jurada; deja venir conspirada toda Escocia contra ti. Que aunque los hombres por opinión general, que todas cumplimos mal la palabra, y nos hacéis este cargo sin disculpa, verás en mi corazón de esta regla la excepción, y de este temor la culpa. Todo el mundo haré que vea, que hay en él una mujer en quien no pudo caber imaginación tan fea, como es la del no cumplir las palabras que se dan, y en mí los hombres tendrán para no poder mentir, un ejemplo; que si aquí yo lo cumplo, y ellos no, diré, siendo mujer yo, que hay más fe, y palabra en mí. Cuando en tu pecho leal no hubiera tanta nobleza, tan conocida grandeza, y tanta sangre Real, de otro yo, si yo pudiera dividir mi ser en dos, por confiarme, por Dios, de ti, de mí no lo hiciera, Pero si en la voluntad de un corazón desdichado, veo de un Rey enojado la ofendida Majestad. A mis tristezas rendido con tal causa, solo ahora de no estar tristo, señora, pudiera estar ofendido. Que en nuestro conocimiento, cuando la ocasión es tal, es defeto natural la falta del sentimiento. Y cuanto más me despojo de mis pesares contigo, aún sin temer mi castigo estoy sintiendo su enojo. Aquí confieso que has sido, desgraciado, En qué señora? En que no te escuche ahora el Rey, que de agradecido, o ya por noble, o por sabio, te perdonara mejor por la pena del dolor la venganza del agravio. En un caballo tordillo, bañado en su misma espueta, sin que ahogarse presuma, a la puerta del castillo, el Mariscal Argenis está esperando licencia para verse en tu presencia. Pues por qué se la impedís? entre, y vosotros cantad, no presuma estando ociosos, que nos tiene temerosos ninguna humana crueldad. Cantad, que esto es necesario si por el Rey ha venido, que entorpece el atrevido los intentos del contrario. le es vida de gusto, esta si que es vida de paz. A no conocer, Irene, tu valor, y tu prudencia, a deliciosas locuras tu gustos atribuyera. Cuando de enojado un Rey, fuego por los ojos echa, humanes voces te animan, instrumentos te deleitan? Sagrado de delincuentes es tu castillo, y entregas al ocio de los deleites, Gormáticas diterencias. Eduardo Rey de Escocia, cuya Majestad veneran el círculo de los Orbes, y el ámbito de la tierra, te pide que a Segismundo le entregues sin resistencia, o que ya que por rebelde sus mandaros no obedezcas que le niegues tu castillo, para que libre posea la libertad de los campos, que no habrá monte, ni selva, que obediente a sus mandatos, en sus grutas, y alamedas no le nieguen la acogida en que seguro le albergas. Porque donde no irritada su vengativa grandeza, deshará con su poder este monte piedra a piedra. Esto de parte del Rey vengo a decirte, y es fuerza que de la mía te diga lo que te importa, oye atenta, Los que fundan sus designios en lo débil de sus fuerzas, en despeñados Faetones es justo que se conviertan. Qué importa que el Sol humille el régimen de sus ruedas, si al violento precipicio se rompe, y se desordena? Y qué importa que a tus manos se reduzca la soberbia, si tus peligros consisten en tu flaca resistencia? La ofensas de los Reyes, tan de rayos se alimentan, que están exhalando ardores, y conspirando centellas. Y con fuego artisiojal hará, que a tus ojos coas en tu castillo, y el cielo contraposición de esfiuas. Tiempo tienen tus errores, si no es, Irene, que intentas aclamar misericordias cuando no te las conceda. Bien sé que un tiempo te quiso, dándote de hacerte Reina palabra, que no ha cumplido mas solo quiero que advierta que los ríos, y los Reyes fundan su mayor grandeza en no respetar a nadie cuando se enojan de veras. Y tú, Segismundo, advierte, que estando aquí no remedia tus daños, y los de Irene, por tu culpa, se acrecientan. Págale el darte su amparo en no querer que padezca, engañada en sus designios, y fundada en tu defensa. Solicita otro sagrado en Regiones extranjeras, que no faitará algún Rey que te ampare; y te defienda. Grande es el mundo. Es verdad, y tus razones discretas me han satisfecho de suerte, Argenis, que ya quisiera, por el provecho de Irene, correr con plantas ligeras cumbre a cumbre, cuánto aquel monte, y está selva. Pero antes que el Sol mañana por doradas líneas vea en el sepulcro Occidente desvanecer su grandeza, de aquí estaré tantos pasos, que seguro darlos pueda, sin volver medroso atrás la delincuente cabeza, Luego te irás? Sí señora, que no es justo que te veas por mi culpa en los peligros con que Argenis te amedren Que viéndote padecer por mi ocasión, mas sintiera tus desdichas, que las mías, y no quiero padecerlas. En un noble corazón solo, es muy grande la pena, si agradecido no excusa el dolor de las ajenas. Qué es irte? vuelve a decirlo, vive Dios, que si supiera ir escudriñando el mundo, gruta a gruta, cueva, a cueva, que te había de volver, a fin de que aquí estuvieras, y cumplirte la palabra, constante, segura, y cierta. Y tú, Argenis, vete, y di al Rey, que para que sepan como han de cumplir palabras los que las dan, y las niegan, que a Segismundo le he dado la mía, que en su defensa seré un Argos vigilante, aunque desatadas viera las esferas fulminantes en racimos de cometas, sobre este castillo: y solo advierte, no te detengas, que quiero que vea el mundo, que tiene invencible fuerza la palabra en la mujer, cuando los hombres la niegan. Si esto parece imposible, el Rey en persona venga, verá un escuadrón de furias en una mujer resuelta. Guarín, yo me he de salir esta noche del castillo. Buscar en él un portillo, es lo mismo que pedir garzotas blancas a un cuervo, y a una garza martinetes, y es mejor que no te inquietes, que si el Rey está protervo, mañana podrá volver del parasismo pasado, arrepentido, y mudado. Pídote yo parecer? Soy muy generoso yo, y doy lo que no me piden: los nobles que se despiden de aquel que los hospedó, dicen, adiós, que me parto, pero no aDiós, que me escurro: por ti, Camila, me aburro, si me voy, y te descarto. Lo que hago va fundado en el pagar solamente el propósito valiente de un espíritu alentado. Y con lo que te parece que es agravio, satisfago, reconozco, estimo, y pago lo que su pedio merece. En la Armeria hay, Guarín, una escala, tú has de entrar por ella, y la has de sacar secretamente. A qué fin? Puesta en ese torreón, a este corredor podremos bajar, y dél saltaremos ese primer paredón. Salto tenemos? jamás quise saltar que no diera porrada, y me deshiciera los hocicos: libre estas, he aquí que siendo atrevidos los dos, a un tiempo saltamos, y que nos perniquebramos, que habemos de hacer tullidos? muy mal después de rodar tu intento has de conseguir, que nunca fue para huir provechoso el cogear. Esto, Guarín, has de hacer, o te he de matar, Señor, de dos daños el menor dicen que se ha de escoger, por la escala quiero entrar, Y yo voy a divertir a Irene, para encubrir mi intento, y darte lugar a que la puedas coger en logrando la ocasión te espero en el torreón, que ya empieza a anochecer. Pártame mucho es un rayo, un cuarterón de centella me chamusque y luego en ella me de así como en desmayo, si para volverme loco, amor, en mí no te ensayas, con ojos de no te vayas, palabras de escucha un poco, Qué han de ser mis pies ingratos? que te he de poder dejar, no queriéndome soltar tus hermosos garabatos? Camila. Llamas? Aclamo la postrera advocación del ya resuelto afufón con tu nombre, y al reclamo. has acudido, ay Camila. Qué es esto? tú suspirando? Voyme, a la vida tomando alforzas, y se me ahila por tu amor, con ansias mil, y con la color mudada, como hombre puesto a lanzada a la puerta del toril. Qué tienes? No sé. No entiendo. Nus mudamos, y en rigor. si me ausento de tu amor. yo tengo de irme muriendo. Secreto me has de guardar, qué importa Camila mía; la escala de la armería me manda mi amo sacar. Y por ese torreón quiere esta noche coger las de san diego, y ser vecino de otra región y de tu ama ausentados a como le ha de cumplir la palabra, he de morir, o cumplir la que te he dado. no le como lo haga, porque es hombre de capricho, y en sabiendo que lo he dicho, me ha de das con una daga. No digas nada que aquí lo remediaré si puedo; serás mía si me quedo? Mil veces digo que sí. Perdóname, Irene hermosa, mi determinado intento, que esto hago, porque siento ver tu quietud peligrosa. Cuando a tu vida importara mi asistencia, aquí estuviera, y aunque yo a mis ojos viera la muerte, no te dejara. Guarín viene hasla cogido? Tan de puntillas entré, que no me sintiera un pie un gato puesto el oído a la espera de un ratón. Gato, un jazmín no quedara deshojado, si asentara encima dél el talón. Por aquí hemos de bajar. Atarla a esta almena quiero, y tu bájarás primero; de este cabo has de tirar, hay flema tan detenida? Para tirarme prevengo pero qué he de hacer, si tengo esta mano adormecida? Llega, y tira con las dos. En mi vida se me acuerda haber hecho con la izquierda fuerza en nada. Vive Dios, que te mate, si me apuras la paciencia. Un matadero tienes cifrado, y entero en todas tus coyunturas. Baja Guarín. Eso no, que no he de ser descortés, baja primero, y después bajaré el postrero yo. Baja ahora, Ten la escala; Qué torpeza Me dispongo lindamento y cuando pongo el un pie, se me resbala; y en efeto yo estoy cierto en que se más de escalera que de escala, y no quisiera decir: Jesús que me he muerto. Roberto le puede hablar, y decirle que el Rey viene, con intento de que Irene se lo entregue, y a dejar el castillo, y conducir solo a nuestra compañía, resuelva su valentía con deseo de vivir. Y pues ya experimentamos el valor que dél sabemos, absoluto imperio haremos estos montes en que estamos. Porque con tal Capitán, aún siendo mucho mayores, nuestros injustos errores venerados esta Ya podrán tener nuestras culpas evidentes las disculpas, y la estimación mayor. A del castillo. ¿Quién va? Di a Segismundo que aquí seis compañeros le esperan, a donde hablarle quisieran Segismundo soy. Pues di, Segismundo; en qué has fundado, cuando el Rey viene a prenderte, solicitando tu muerte, esperarle tú encerrado? Confieso que de su parte hará la Condesa aquí cuanto pudiere por ti, pero imposible es librarte. Que aunque dicen que te ha dado palabra de defender tu vida es al fin mujer, y viéndose acobardado su espíritu, y a los ojos la muerte, te ha de entregar, sin poderte remediar en tus postreros enojos. Y así te puedes venir con nosotros disculpado, que de un Rey determinado, valentia es el huir. Aunque pudiera tener en todo satisfacción del valiente corazón de Irene, siendo mujer, por excusarla del daño que ha de recebir por mí, le doy en mi ausencia aquí el último desengaño. Y si con vosotros voy, todos me habéis de jurar, que a nadie habéis de quitar vida, y hacienda, y yo os doy palabla de sustentaros, cediendo en la cortesía ajena la tiranía, de que pienso reservaros, Y con esta condición jurada, por todos vamos; juraislo así? Sí juramos. Fin dio aquí mi comezón. De mi castillo he de ser vigilante centinela, que viene el Rey, y quien vela hace mayor su poder. Válgame Dios! hombre aquí? quién es? Yo, señora, soy. Qué haces aquí? Aquí estoy. Turbado estás. Ay de mí. Por si el Rey escalas pone nos estamos ensayando, él subiendo, y yo matando. Mal tu engaño se dispone, Segismundo, que esa escala, en lo injusto de tu mengua, está sirviendo de lengua, y tus intentos señala. Y así ha venido a mostrarme tu medroso corazón, que huyendo de la ocasión quieres en ella dejarme. Tú eres, dime, el que ha vencido tantas guerras? tú el valiente, que en estatuas del Oriente estás en bronce esculpido? Qué te queda más que hacer en tus bajezas tan claras, si obligado desamparas los ojos de una mujer? Por revalidar no más en ti mi palabra y fe, aunque te vayas, diré, si viene el Rey, que aquí estás. Y he de decir, no te asombres, después de haberla cumplido, que solamente he nacido para afrenta de los hombres. Tanto quisiera decir junto, que van tropezando mis afectos, y estorbando la voz al querer salir, Yo que en tantas ocasiones vi a mis manos atrevidas tantos, tributando vidas, palpitantes corazones. Yo que sustituto fui de la muerte en diez batallas, en quien para verme al dallas se anduvo ociosa tras mí. Y yo, finalmente, yo, que soy por quien el Oriente; a Eduardo, y a mi frente, laurel, y tributos dio, había, falto de aliento, de dejarte? estoy corrido, de que haya en mi ser tenido, lugar tan vil pensamiento. Quítame de mi asistencia los peligros en que estás, y que soy piedra verás en la mayor resistencia. Aunque está con la piedad mi vida más defendida, quise a costa de mi vida comprar tu seguridad. Pero pues no has entendido el alma de mi intención, perdone en esta ocasión la parte de agradecido. Que quiero en la de valiente satisfacer, y obligar, al Rey pretendo esperar, venga en él un rayo ardiente. Que cuando en tanto rigor convencido esté a mi culpa, contigo tendré disculpa, sin perder de mi valor. Con nosotros estará libre en los campos, y aquí no lo puede estar. Y di, si con vosotros está, cuanto perderé la vida que le defiendo, si ha de estar siempre muriendo en la vida de su honor? Y si es que tú a obedecerlos te has determinado aquí, mátame primero a mí, y vete después con ellos, Qué determinas Quedarme, que más quiero en esto estado morir ya por obligado, que salteador escaparme. De una mujer te has creído? quédate a morir Sí haré, pero muriendo diré que muero de agradecido, Y yo diré, Segismundo, que vas conmigo adquiriendo la opinión que iras perdiendo, toca al arma, venga el mundo, que ya contra su poder dar a entender me conviene, la fuerza, y valor que tiene la palabra en la mujer
JORNADA TERCERA
Que en una mujer asiste tan heroico esfuerzo, a cielos! creciendo van mis recelos al paso que se resiste. Con que le podré poner estorbo a su injusto intento, si con quitarla el sustento, aún no la puedo vencer? Mariscal, que te parece de esta mujer? Lo que ya he dicho, en su pecho está un Volcán, que nos ofrece ardientes exhalaciones: si no es, que llegado a ser solo a fin de no temer un marco de corazones. En mi vida tuve a nada miedo, y decirte podría, que se le tuve aquel día que le lleve tu embajada. Dice que quiere enseñar a los hombres a cumplir palabras. Esto es decir, que yo no la sé guardar. Y como ve que a Fenisa, loco de amor prometí mi palabra, quiere así guardarla, muy bien me avisa. A Segismundo le ha dado, de que lo ha de defender, y pienso que ha de querer morir firme en su cuidado Doce días ha que están tan cercados, que recelo, que si no es que les da el cielo socorro, que no podrán dejor de darles partidos a cielos, que me queréis? de enamorado me hacérs tan cruel? que yo he tenido ánimo para quitar a Irene el sustento? sí, que está mi vida, ay de mí, en el riesgo del matar. Acuérdame que he de hacer hoy, Mariscal, una acción, en cuya demostración sus intentos he dejer. No hablas? Qué he de decir, viéndome ya desmayas, que no sea duplicar la falta del no muquir? Si no es comiendo, Camila, no diré cosa que importe; a figones de la Corte, quien hiciera la mochila para un mes. Qué necedad, de eso te acuerdas? Pues no? que memoria nos dicto jamás con tal propiedad, como con la calentura, y sed se acuerda el enfermo tal vez del monte, y del yermo, dónde vio una fuente pura? Asi en estas ocasiones, adonde el juicio pierdo de hambre, solo me acuerdo, Camila, de los figones. Un pedazo de maleta asé ayer, y no ha querido ablandarse, y me he comido las uñas, sin ser Poeta. Y tal ha llegado a ser mi desmayo, que quisiera que el cielo me convirtiera en sarna para comer. Una mujer quiere hablarte. Entre luego esa mujer; no sé lo que puede ser, Mariscal, espera a parte. Eduardo valeroso, cuyo Católico nombre aficiona dignamente, cuanto terminan los Orbes. Segunda vez a tus ojos, porque puedan tus blasones poner la impiedad por timbre, quiere el amor que me postre. Yo soy la que fui en un tiempo admiración de tu Corte, dama de tu madre, y gloria de amorosas pretensiones. Hermana de Segismundo, que con valientes acciones, en tu presencia dio muerte al Canciller, que los hombres que con sangre Real adornan tantos ilustres blasones, no es razón que sufran nunca lisonjeras presunciones. Quedé en su amparo, y tu Rey, con pensamientos inormes, persuadiendo mi flaqueza con apatentes favores, mientras mi hermano vertía sangre en tantas sediciones, que a tu Corona condujo la mayor parte del Orbe, en premio de estas hazañas, y las de mi padre el Conde, me elegiste por esposa, gozando tus pretensiones. Que como, Rey, las estrellas divinamente disponen la inclinación, y destinan una mujer para un hombre. Aunque a muchas voluntades negué la mía, venciome a mejor correspondencia la tuya, a mi ser conforme. Diste una noche en mi mano vinculando en tus acciones, con doméstica obediencia, mi vida, libre hasta entonces. En recíprocas finezas crecieron nuestros amores, dispensando el tiempo en mí sus mayores permisiones. Segismundo victorioso llegó, porque mis pasiones, a suspiros, y deseos, le volvieron a la Corte. Y cuando pensé con él, aumentados los favores, que en su ausencia me ofreciste; perdona, si en tus rigores resucito nuevamente disgustos que te provoquen, Con sangre de tu privado violó tu Palacio, en orden a satisfacer su agravio, disculpa urgente en los nobles. Y vengarino le buscas con tantas persecuciones, como si cayera el crimeo sobre delitos inormes. Y que le quitas, me han dicho, en este castillo, adonde está cerrado, el sustento, que aún a los brutos feroces, en la mayor tempestad, no hay rigor que les estorbe el común pasto que el cielo les deposita en los montes. Y también con nuevo amor a Irene, para consorte, en dulces lazos pretendes, para infamia de mi nombre, Y dice esta acción, señor, que embargas con tus rigores, en la grandeza de Dios, los alimentos del hombre. Los castigos rigurosos infaman los pechos nobles, cuando previene el honor la disculpa en los errores. No te pido mi palabra, que solo quiero que otorgues, para que entre en el castillo, licencia; y a los rigores de su afrenta, y mi deshonra, pagues con otros mayores, Déjame acabar con él, para que puedan conformes juntar su aliento al morir dos hermanos corazones. Mejor se paga un agravio con dos muertes, y que logres en dos vidas, será justo, que a un tiempo verás de un golpe dos espíritus rendidos a la herida de un estoque. Y del castillo de Irene saldrá mi hermano a estos montes, él defendiendo su vida, y yo vengando en los hombres mi agravio, tu poca sé, y el elegir con traiciones a Irene para tu esposa; quedarás de tus pasiones libre, ausentando mi hermano, y sujeta a tus rigores Irene, sin resistencia el castillo y yo conforme, daré a mi hermano noticia de mi afrenta, porque tomo con mi muerte su venganza, y tus intentos se logren Esta respuesta me ofrece, en que esta entre en el castillo está mi vida, o mi muerte, La ocasión to diré luego, escucha, Fenisa advierte. Yo confieso que te debo tu honor, y que el cielo quiere que hoy te pague obligaciones, y que los servicios premie de tu padre; mas no es justo, que tu hermano está tan fuerte en mi ofensa, que a mis ojos sustente una acción aleve. Si me ofendió en el Palacio, en este monte me ofende, pues Irene con su amparo hace este castillo fuerte, Entra en él, y di que salga, que como sola la deje, su perdón, y mi Corona verás que Argenis te ofrece. El cielo de a tu valor tan seguras las mercedes, que no conozcas segundo. El perdón por mí le ofrece. Pues yo haré que mi hirmano, salga de esa torre o fuente si tú la palabra cumples. Por premio mi mano tienes: llamara Argenis, Ludovico: amor, hoy el cielo quiere, por orden de esta mujer, que vea en mis brazos a Irene, porque por librar su hermano, ella ha de hacer que la deje, y él también no ha de quejer ayudarla, y ofenderme, Confieso que tengo celos de ver, que juntos se encierren, y mi poder no es bastante para dará entrambos muerte, De todos me he de vengar, si el cielo ocasión me ofrece, de Segismundo, si sale, y dando celos a Irene, favoreciendo a Fenisa. El Mariscal, señor, viene. La mujer que aquí te habló entra en el castillo, Ah cielos, di que la envían mis aelos cuando estoy muriendo yo, Que te acordase has mandado una cosa que has de hacer. Tráíganme allí de comer, y ansí daré a su cuidado más fatiga, y mayor pena, poniéndoles a los ojos la cania de sus enojos, Dale al clarín, no hay almena que no tenga hambre ya. A los músicos, Camila, Quien no se ahila de hambre cantar podrá. Con escopetas nos dan a comer, Vete de aquí, que si no te ven a ti, yo se que no tirarán. Aquí es justo que mostremos valor, aunque perezcamos. Y que los dos compitamos con unos mismos extremos quiero también; que si estás de parecer, que sería el irme flaqueza mía, hoy Irene lo verás Ponedme la mesa aquí, sientan con verme comer su desdicha, si con ver se acrecienta más. A mí no me parece, señor, que es acertado ponerte adonde puedan perderte el respeto a ti El valor de los Reyes entorpece los contrarlos con la vista; demás, que en esta conquista, flacá la vista se ofrece; amor, esto va a mi cuenta. El Rey come Pues cantad, no piense que su impiedad nos turba, y nos amedrenta. Comiendo estaba Nerón, y viendo abrasar su Imperio, que el gusto de los crueles consiste en el daño ajeno. A cielos, que me queréis con desdichas tan atroces? con articuladas voces, y hambre cantáis, y tañéis? Enojado, y vengativo, puesta el alma en el deseo, con ajenas muertes come la vida de su escarmiento, Aunque a muerte me condene el rigor de injusta ley, le quitaré el pan al Rey para que coma mi Irene. El Rey quiere confirmar su crueldad, por hambre quiere prendernos, primero espere ver el cielo trasladar a la tierra, el monte al hlano, que a Segismundo en su mano vea. Matadle. Qué han de matar? bien se que vengo a morir, Rey, pero morir glorioso quiero en hecho tan famoso. No tiréis. Tira. El vivir en los nobles no ha de hacer tímidos los corazones, que al cumplr obligaciones, a todo se han de atrever Si me enviaste mi hermana sin honor, hoy has de ver mi muerte, o tengo de hacer que tu intención salga vana, Que mi nobleza ofendida, siendo tu sangre, es mejor, o que yo cobre mi honor, o que me quites la vida Este pan llevo a Irene, que solo en tu mesa había, y ofrecí con sangre mía comprárselo, pues no viene nadie a quitármele. Amor, bien sabes tú que agradezco lo que hace aunque aborrezco la vida de este traidor, Mas matarle no es rigor, que este solo me ha ofendido, delincuente ya atrevido. Yo le tiraré, señor: la vida me defendiste, en este mismo lugar, y solo con no tirar, te pago lo que me diste. Qué te hubo de faltar fuego en la piedra, soldado? Lo cierto es que me ha faltado el deseo de matar Que muy bien pudiera aquí ser con su vida cruel, pero pues vivo por él, él viva también por mí En el castillo, animoso, el pan de Irene ha metido, Viva quien ha defendido a un hombre tan valeroso. Mis brazos le voy a dar, y el alma, piadosos cielos, más aumenta mis recelos. Yo también le he de abrazar, Ya mis sospechas confieso. Vamos, que abajo se van Vive Dios, que caen al pan, como ratones al queso, Escaparse, Mariscal que no me abrasen mis celos! pues remediar mis desvelos es la parte principal Hasta ahora he detenido en mi autoridad y mi ofensa, pero cuanto más suspensa, con mayor fuerza ha salido el reprimido ardimiento de mi amante voluntad, depuesta la Majestad, y rendido el sufrimiento. Yo me resuelvo a vencer a Irene con cuanto suya poniendo en sus manos hoy mi honor, mi vida; y mi ser De mi parte has de llevar hoy mi Corona, y decir, que se resuelva a morir, o se disponga a Reinar. Que me entregue a Segismundo o que batiéndole el fuerte, será ejemplo con su muerte, a los rebeldes del mundo, Que si palabra le di de ser su esposo, que ya se la cumplo, y no dirá que pudo faltar en mí. Pero si el haber guardado tanto su palabra ha sido, ven; y dirás lo que digo, que es mujer, y claro está, que por ser Reina pondrá en mis manos mi enemigo. Yo te confieso, señor, que es inmenso el interes; pero me parece que es muencible su valor. Qué tienes Fenisa? centellas, que en el volcán de mis entrañas están: abrasándome: hoy conviene a tu quietud, y la mía, que a Segismundo lo entregues al Rey, y que no lo niegues, o verás en mi porfía tan vino mi sentimiento, que juzgues es por tus enojos en lo ardiente de mis ojos cifrado el cuarto elemento, Que si has tenido valor, para detenerle aquí, también lo ha de haber en mí para procurar mi honor. Y podremos admirando el mundo en lo que pretendo, si tu honrarte defendiendo, también honrarme entregando, Luego pretendes que muera tu hermano? En poder del Rey su sangre sirve de ley a su piedad verdadera Y allí lo podré librar que en la nobleza de un ser, poco vale una mujer que no obliga con llorar, Y asegurarme es razón mas en esta adversidad su generosa piedad, que tu honrosa inclinación Demás que el Rey mi señor, mi hermano, y tú en porfiar? solo pretende ausentar, no sé a cual tienes amor, Espera, luego has temido, que al Rey, o a tu hermano quiero? Como fue tu amor primero, hazan fe, a lo que he sen Qué decís de esto? Señora, que quiero a Camila digo. v Yo a Guarín, Aunque contigo pudiera enojarme ahora, por tu injusta demasía te quiero satisfacer, porque en tu causa he de hacer lo que quisiera en la mía, Al Rey Fenisa, confieso, que cuantas le han conocido pueden haberle querido; yo también, pero tras eso, las mujeres como yo, aunque lleguen a estimar, saben dejarse agradar, pero persuadirse no Porque es infame delito en un noble pensamiento, que haga el conocimiento las partes del apetito Y en una acción que he de hacer a su tiempo, has de quedar satisfecha sin dudar lo que has llegado a temer Aquí traen un recado del Rey Entre, y echen luego el rastillo A tus pies llego piadosamente obligado, déjame, señora a ser prisionero; apres de ver en ti algún fin desdichado, Comprar tu seguridad quiero, a costa de mi vida, que cuando que de perdida a manos de su crueldad, cuanto mejor es morir que verte a ti padecer. Que no te puedan vencer sus ruegos! yo he de morir hay tal rigor? Segismundo, tarde has llegado a pedir, lo que he dicho he de cumplir, aunque pese a todo el mundo, Que ya fuera en este estado en que estoy, culpa evidente, borrar una acción valiente con un fin acobardado. Por resolución postrera, hoy su Corona te envía mi Rey, y de parto mía vengo a decir que te espera la muerte, si no le das a Segismundo, y es llano que fin él, y con su mano Reina de Escocia serás, Dice, que si no cumplió su palabra, y has querido dar en la que has defendido a entender que la rompió Que hoy te la quiere cumplir porque dejes de guardar la que has dado y a reinar te dispongas, o a morir. Que a Fenisa merced hace, con la vida de su hermano, pues con eso queda pavo que su honor le satisface Y Segismundo procure servir a extranjero Rey porque no es justo si es ley que con Fenisa aventure la inquietud de sus estados Concedéselo, señora y verás dentro de un hora estos agravios vengados Con lo mismo que me añima cup me obliga a no obedecer, si en mi nobleza y mi ser, mi fe, y palabra se estima? Si él cumple la que me dio, claro está, que esto es mostrar que debo; Argenis guardar la que he dado también yo Solo di de parte mía, que para que no me arguya, que porque el cumpla la suya, cumpla yo también la mía Que tengo sangre Real, como él palabra; y aquí, no faltando a la que vi quedó con la suya igual Permite que en tu castilla entre el Rey a solo verlo, que es imposible creerlo, aunque yo vaya a decillo, Como entre con dos soldados licencia le doy Allí podrá ver que funda en ti sin provecho sus cuidados Es posible, que no puedo reducirte a qué me entregues? No, que no quiero que llegue a pensar que tuve miedo, Este es natural valor, sin duda que cosa es clara que a no sello! no dejara de ser Reina por su amor. Vuestra Majestad verá un monstruo invencible, Aquí ya no hay fuerca contra mí, que mi gente dentro esta del castillo, y ha de ver, que contra un Rey soberano, no es poderosa a su mano la fuerza de una mujer Ahora Vuestra Majestad, señor, me comed a mí un favor, puesto que a mi honor conviene. Qué es? No decirme nada, hasta advertir lo que hago, que con esto satisfago a una sospecha engañada, Primero, Irene, es razón dar a Segismundo muerte, porque vengue de esta suerte con mi enojo su traición. Qué dices? Dicha el rastillo, traición. Qué es esto? Advertir, que en la parte del decir te ha faltado el conseguillo, Porque aquella en quien más cabe el valor, vencido ahora, aún no alcanza lo que ignora el hombre que menos sabe, Y hoy me puedes conceder, Irene, que es inferior a mi poder tu valor, y a mi industria tu saber Mi gente está en tu castillo, y he de ver en que nas fundado, la palabra que has guardado, Si verás, pues el rastillo, han echado, y has de ver, porque mi valor te asombre, que venza ardides de un hombre la industria de una mujer Que cuando en mis manos pongo el espíritu que tengo, considerada prevengo lo que atrevida dispongo. Que fuera acción imprudente, que un corazón tan constante perdiese, siendo ignorante, lo que gana por valiente. Y porque veas que estás cauteloso, y prevenido, de mi prevención vencido, y no puedas poner más tu confianza en tus modos, procurando deshacer la palabra en la mujer, disparad, muramos todos. Tened, esperad, señor. Vive Dios, que estoy corrido, confieso que me har vencido tu saber, y tu valor, Y aunque está Critona quieres despreciar, de srierte abono tus partes, que te corono por Reina de las mujeres, Sí, pero advierte, señor, que aquí mi palabra ha sido lo que solo ha defendido la tuya, y pues el honor debes a Fenisa, hoy quiero, admirando tu poder, la palabra en la mujer, que se la cumplas primero que salgas libre de aquí: y pues tu honor ha cobrado, Segismundo desterrado vaya a otro Reino, que allí, pues es Fenisa tu esposa, claro está que en breve espacio ha de volver a Palacio a servirte, que no hay cosa que tanto estime, señor, como que estés satisfecho, que estás finezas he hecho fundadas en el honor. Tiraremos? Deteneos, resuélvete Rey. Espera, que me obliga tu valor, y no temo tus cautelas; porque aunque el mío es basta para conseguir con fuerzas con tu muerte mi venganza, y con mi agravio la ofensa de Segismundo, hoy por ti he de hacer una fineza de tu valor merecida, de mi valor justa deuda, Que no es bien que a Segismundo pues él es mi sangre mesma yo con ardientes impulsos deshonore sus grandezas A Fenisa doy la mano y ahora quiero que adviertas pues yo mi palabra cumplo que la has de cumplor por fuerza Tú la has dado de guardar a Segismundo y es cierta cosa que de mi rigor aun no podrán las estrellas Pues si no ha de estar seguro sin ti una palabra mesma te obliga para librarle a que esposo tuyo sea. Y ansí para que los dos hoy con una intención mesma les cumplamos la palabra que le dés la mano espera de esposa que desta suerte será la amistad perfecta entre todos, y será por su honor, y por ti Reina Fenisa. Tú esclava soy que con Segismundo premias el valor que te he mostrado. El cielo de a vuestra Alteza la corona del Oriente Vuestro soy Perdón merezca quien por su honor os disgusta. Acabemos la comedia con la boda del lacayo; dame la mano Quisiera valer más por darte más Concetico Por grandeza la palabra en la mujer pondré en mis armas postreras
