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Texto digital de El padrino desposado

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de Partes de Lope de Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El padrino desposado. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/padrino-desposado-el.

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EL PADRINO DESPOSADO

Da voces a nuestra gente! Con el espanto no puedo! Ángel cristiano, detente! Que tan cerca de Toledo vive este moro insolente? Éste es, sin duda, Argolán. Criados del Duque están, doña Inés, sobre el balcón. Éntranse las dos y súbense sobre el balcón y llega Argolán Que perdí tal ocasión; reniego de mi Alcorán! En la casa de la huerta se me han puesto mis dos soles; ojos, vuestra noche es cierta, pero no con arreboles, sino de nubes cubierta. También lloverá, amor ciego, también será cierto luego. Ojos, convertíos en mar, que sólo tanto llorar apagará vuestro fuego. Mas anochézcame aquí, pues ya no hay bien para mí con esta muerte inhumana. Asómanse las dos al balcón Allega y verásle, hermana. Pues está en la huerta? Sí. Hay atrevimiento igual? Mátenle luego! Aunque es tal que es bien que muerte le den? Por saber que quiere bien no puedo quererle mal. A la ventana se han puesto. Si él no habla algarabía, le doy un favor honesto. Presto me amanece el día, pasóse la noche presto. Ah, señor moro, galán! Vuestro, aunque galán no, soy. Sois por ventura Argolán? Soy el que siguiéndoos voy y a quien ese nombre dan, y con más gloria que Apolo, bella Dafnes española, gloria y luz de nuestro polo, que él siguió una Dafnes sola y yo sigo dos, y solo. Y si en mi esperanza muerta, viendo vuestra gloria incierta, huyendo tras ella vais, plegue al cielo que os volváis los laureles de esta huerta. No sólo la lengua sabe, sino de historias también. Talle tiene de hombre grave. Queréis entrar acá? Hay llave? Ya se me ablanda, qué bien! Para qué? Para cerrar en entrando, y castigar mi atrevimiento y deseo. Aun de escarmentado creo, moro, que debéis de hablar, que ésas son señales ciertas del lazo y redes cubiertas. Sí, que dicen los cristianos que bien empleáis las manos cogiendo un galgo entre puertas. No es necio. Pues yo os prometo, si me dais la entrada llana, que esos del cruzado peto me huigan por la ventana si por la puerta acometo; que, cual pólvora que toca la bala con fuerte son cuando a salir la provoca, será la puerta el fogón y la ventana la boca. Bravo morazo! Insolente! Sabéis que hay honrada gente en esta casa de campo? Si en ella la planta estampo, pienso el peligro presente, pero, como en coso el toro, nunca he visto el rostro al miedo, que por ver ese que adoro vengo al día a Toledo dos veces, a fe de moro. Y sólo? Ah, pese a Mahoma! Rabia de enojo que toma. Hace su oficio. No rabio, pero muerdo con agravio. Bravo perro! Leones doma! Tan presto el son de un alarde sonase aquí...! Soy cobarde si llego hasta vuestra puerta? Buena está ahora la huerta. Cómo? Hay perro que la guarde. No guardo sino el ganado de dos ovejas. El lobo en perro se ha transformado. Cual león intentó el lobo, y por dicha coronado? Sabéis quién somos las dos? Sois dos milagros de Dios, dos soles y dos Mahomas. Cómo el camino no tomas? Mal podré, mi bien, sin vos. Que todavía nos ladre...! El Duque, gobernador de Castilla, es vuestro padre y, de España, lo mejor la Duquesa vuestra madre. A vos os llaman María y Inés quien con vos está. Oís? Bien, por vida mía! Mas yo soy rey de Alcalá y sol del morisco día, y, cuando para hacer guerra, limpia lanza, yegua hierra Argolán el andaluz, vase al cielo vuestra cruz, que no me aguarda en la tierra; que esa vega en que se trata hincho de moros gazules, de marlotas de escarlata y de banderas azules llenas de lunas de plata. Mis caballos, cuando bajo a hacer vuestro rey huir, con no pequeño trabajo, paciendo en Guadalquivir les hago beber el Tajo. Finalmente... No habléis, no, moro fanfarrón. Ay! Qué? Un guante se me cayó. No importa, yo le alzaré y defenderéle yo. Ocasión se me ha ofrecido! Cobralde! Moro atrevido! Arroja el guante al balcón! Mal sabes la condición del rey de Alcalá ofendido: no tiene el mundo poder Cni treinta mundos que hubieraC para hacérmele volver. Oh prenda de aquella fiera, ángel, cristiana y mujer, consuelo hallado en el suelo, vaso vacío del hielo de aquel cristal soberano, oh prenda de aquella mano, oh cubierta de aquel cielo, arca que el tesoro tuvo, casa vacía en que estuvo un ladrón de tantas tretas, carcaj de cinco saetas con quien Amor se sostuvo, vaina de una espada fuerte, nube de un sol de contento, caja de dados sin suerte, escritorio de avariento que se hunde por su muerte; aunque os hallé desespero, porque, en aquesta ocasión, que os he hallado considero como bolsa de ladrón que la han sacado el dinero. Oh funda de aquella fiera que permite que peligre, que infunda en vos lo que espera, parecéis piel de cordera y sois de furiosa tigre, ya de hoy más en la batalla fueras mi guante de malla si el moro usara traella. Oh moro! Cristiana bella! Ya que te le llevas, calla. Éste se lleva Argolán. Quién le cobra? Quién responde? Calla, moro, que saldrán. Salgan, que aquí aguardo. Dónde? Donde dejé mi alazán. Temblando quedo de miedo! Partamos luego a Toledo, que le pienso allá cobrar. Que éste nos venga a afrentar! Cómo así? Corrida quedo! Si el moro no pusiera en tal cuidado el mucho que a mi rey tiene ofrecido, por ver las fiestas y el torneo pasado sin duda que a Madrid hubiera ido; mas, como entre los montes alojado, aquí se escucha por el monte herido de las cajas el son, dejar no puedo sin defensa el alcázar de Toledo. La ocasión de la guerra y los deseos de ejecutar las armas y las manos hace que en fiestas, justas y torneos se ocupen los hidalgos castellanos. También serán de amor esos trofeos, general opinión de cortesanos. Qué galas hubo? Fue la fiesta mucha? Quieres su relación? Comienza. Escucha. Junto al lienzo mejor de la gran plaza un teatro famoso se edifica donde la fiesta y el torneo se traza, entrada y juego, y lo demás se aplica. Y, aunque con pardas nubes amenaza el turbio cielo máquina tan rica, las ventanas están con damas bellas como su manto azul con las estrellas. El teatro, pues, al tiempo que se oía el son confuso de instrumentos tales, el arca de Noé le parecía cubierta de diversos animales. Cuatro jueces de la fiesta había, de nadie apasionados ni parciales, aunque del Conde no era maravilla serlo el Adelantado de Castilla. Qué más? El de Auñón, Tarsis y Toledo, cuya opinión famosa ahora espardo. Y, estando el mundo de admirado quedo, entró el mantenedor, fuerte y gallardo; y, puesto que decir su nombre puedo, para sus alabanzas me acobardo: basta decir que desde España a Siria hizo sonar el nombre de Gaviria. Parece que las piedras que pisaba la valerosa planta conocían, y las plumas que al aire fresco daba que al cielo levantársele querían. A su fama la envidia humilde estaba; damas y vulgo en alta voz decían que el cielo mismo del amor penetra. Bravo mantenedor! Decid la letra. mantener una esperanza de premio que no se alcanza+. Vieras la escuadra bélica y bizarra que a las cajas y pífaros aplica, hasta llegar donde probó la barra, midió los pechos y terció la pica. Bien nombra el apellido de Navarra. Qué librea sacó? Gallarda y rica, que anduvo en todo liberal y franco. Y las colores? Encarnado y blanco. Y te prometo, a fe de caballero, gobernador ilustre de Castilla, que el Conde tu pariente, aventurero, fue de la plaza alegre maravilla. Entró solo? Y galán como el lucero que se nos muestra cuando el sol se humilla con leonados y azules arreboles. Es flor de caballeros españoles! Esta vez levantó su palma al cielo. Trujo invención? La de un peñasco y suelo. Por lo que en él y en sus salvajes hizo, libró un enano que de plata y velo llevó vestido, y tanto satisfizo cuanto de su valor promete el nombre. No es muy gallardo? Para todo es hombre. Entre los que salieron más vistosos fue Leyva Batibala el Africano, con padrinos bizarros y costosos y pajes con bastones en la mano, con unos hieroglíficos vistosos que no debieron de escribirse en vano. Salió dando su fama en voz los ecos por el príncipe digno de Marruecos. Bien toma el ejercicio soldadesco! Y qué colores? Blanco y encarnado, y morado también. Gallardo y fresco! Inclinación de rey! Gentil soldado! El primero de todos fue un tudesco que dejé para ahora reservado por hablarte en el Conde. Bien le ensalza! Llevó su traje? Y blanca y negra calza. Quién era? El señor de Piedrabuena. Qué lleva por cimero? Hasta los cielos su empresa ilustre, de penachos llena: el buitre de los Reyes sus abuelos. Fue conforme a su amorosa pena. Y significó de Ticio amor y celos. Llevaba más? Una tudesca déstas que lleva hijo y ajuar a cuestas. Pero salieron Nueve de la Fama, a quien la fama del valor se debe, con un triunfo de amor Cque Amor se llama quien por amor a sus vitorias mueve, y así merecen del laurel y famaC, que a los nueve añadieron otros nueve bravos padrinos, chirimías y cajas, y en las picas también banderas bajas. Qué llevaban en ellos? El trofeo de sus armas, igual a su decoro: a Josué, David, al Macabeo, el sol, la arpa, el elefante de oro, Artús el cuervo, entonces semideo, a Carlos de las lises el tesoro, el mundo al Macedón, y así a los otros. Fuistes déstos? Ninguno de nosotros. Qué colores llevaban? Negro y plata. Quién eran? El de Enríquez, con la enseña del sol que dije; y el de vuestra ingrata por loa; Girón, Ramírez y Ludeña; el de Ortaza, con quien el que combata puede pensar que romperá una peña. La fama destos seis con los tres goza el de Osorio, Pacheco y de Mendoza. Un capitán, abriendo al vulgo calle, en una posta entró. Cosa bien nueva. Con llamas sobre negro. Hay que alaballe? De todo es bien que premio se le deba: con su gentil disposición y talle, en armas de oro y negro el de Arias lleva algunas mariposas. Fuego había? Bien le pudiera dar su gallardía. De negro y oro entró luego el de Almada, y el de Vargas, indiano a lo cacique. Del combate no es bien que diga nada, sino que el premio a cada cual aplique: de la pica al Girón, y de la espada al de Gaviria, de galán a Enrique, de mejor invención a don Bernardo. Y de letra? Al de Perosa, gallardo. La espada de la folla al Conde dieron. Y la pica? Ésta dieron al Infante; que en el combate tan diversos fueron que no es razón pasar más adelante. Las nubes, con la envidia que tuvieron de que España hasta el cielo se levante, en penachos y cajas se vengaron. Llovió mucho? Que la fiesta aguaron. Entra un paje delante del Conde Ahora llega el Conde. Quién? Don Pedro. Viene de Barcelona? Así me avisa. En caballos corrí desde Monviedro para besar tus manos con más prisa. Si tal soldado en mis fronteras medro, ay del morisco que su margen pisa! Vueseñoría bueno? Bueno en veros. Y vosotros, señores caballeros? Buenos para serviros. No pasastes por Zaragoza? Ver su rey quisiera, el gran don Juan, aragonés famoso, gran deudo y señor mío, aunque me inclino al servicio del fuerte castellano, y así me ofrezco a vos en nombre suyo. Y yo, en el que me ha dado, os lo agradezco, y así pienso escribille cuán seguras están estas fronteras de los moros con la venida vuestra a defende ellas. Yo vengo, Duque, a ser soldado vuestro y vasallo del Rey. Tanto me animo en veros en Toledo, que sus puertas pienso abrir a los moros andaluces. Quién viene más con vos? De Barcelona vienen algunos nobles caballeros, y de vasallos míos treinta lanzas, sin otros diez jinetes de la costa. Qué gente es ésta? No es del Conde? Cómo? Tus hijas son. A recebirlas salgo. Ellas llegan; teneos, conde hidalgo. Dadme, señoras, las manos. El conde don Pedro es. Mal dije, dadme los pies. No son mis recelos vanos. Mejor diréis de los míos. Viénese el Conde a casar? Entendí que a pelear. No son de Marte esos bríos, que más parecen de amor. Aumenta esa cortesía la obligación suya y mía. No estéis sin cubrir, señor. Yo estoy... Cómo? Qué es aquesto? Cielo! Mándale cubrir. Que ahora acertó a venir! Tengo el cabello bien puesto? Buena estás. Hame faltado color? Digo que estás buena. Nunca está el agua serena cuando está el viento alterado: la más mansa vuelve fiera el viento que se declara, y así se turba la cara cuando el corazón se altera. Si supiera que aquí estaba yo no hubiera entrado aquí; mas dime, mírate a ti? A ti te ha mirado, acaba. Cierto? De veras lo digo. No quieres que me dé pena si en todo el reino se suena que se ha de casar conmigo? Marcelo... Señor... No creo que estoy en mí. De qué modo? Los ojos y el alma y todo se me va tras un deseo. Hame el Duque prometido de sus hijas la mayor, y a quien me inclina el amor no sé cuál de ellas ha sido. Así, la menor querría, cierto que es hermosa dama; engañado me ha la fama, hermosa doña María. Acabóse, no hay qué hablar: a Barcelona me vuelvo si acaso no me resuelvo que el Duque me la ha de dar. Habéis entendido el caso? A cuál de las dos se inclina? A la hermosura divina de doña María. Paso, que os entenderán, don Luis. Si esto es así, desespero. Y yo albricias daros quiero, aunque no me las pedís. Sépase todo mi agravio; sin duda que algún demonio trujo a este hombre, don Antonio. Qué he de hacer? De celos rabio! Paciencia hasta ver el fin. Quién ha de trocar, Marcelo, la hermosura de aquel cielo, de este bello serafín, por cuanto tiene la tierra? Y al Duque qué le dirás? Diré... Qué dirás? No más de que vine... A qué? A la guerra. Y no pienso que le miento, pues tan grande me la dan. No sin mucha causa van mis celos en tanto aumento: él te quiere o yo me engaño. Pues dime, tiénesle amor? Notable, hermana. En rigor, te agrada? Adoro mi daño. Pues asegura tu pecho, que te doy palabre firme que cumpla, obligue y confirme voto y juramento hecho de no le corresponder, aunque me dé alma y vida, si fuese dél más querida que un hombre puede querer. A no estar los que aquí están y el que al fin mi dueño es, yo me arrojara a tus pies con la vida que me dan. Hermana del alma mía, mi bien, mi señora! Calla! No le quieras! A batalla a seis y a diez desafía! Qué es esto, insolente moro? No te avisa quien te trata que por tu luna de plata hay acá mil soles de oro? Dame un peto y escarcelas. Hola, ese bayo me ensilla; relinche, que hasta Sevilla le he de apretar las espuelas. Qué es aquesto, don García? Un cierto enojo traía. De qué lado os aprieta? Es juego? Es amor? No es nada. Mirad que está el Conde aquí. Don Pedro! Amigo! Eso sí! Aquí está el alma y la espada. Abrázanse Tal alma para tal hombre, tal soldado por tal rey, tal verdad para tal ley, tal fama para tal nombre. Vos seáis muy bien venido, y, pues que venido habéis, la ocasión, Conde, sabréis del enojo referido. Por eso y porque delante estas señoras están. Es historia de Argolán? Oíd. Morisco arrogante! Ese valiente andaluz, el rey de Alcalá soberbio, más que Encélado gigante y más fuerte que Tifeo, en un hermoso alazán estrellado, cabos negros, de la casta que en el Betis bebe el agua y pace el heno, por las fogosas narices derramando espuma y fuego, como el toro de Jasón de Colcos bañaba el huerto, los moriscos acicates a los ijares batiendo, esmaltándolos de sangre y de blanca espuma el freno, con una marlota verde sobre unas mangas de lienzo, un alquicer encarnado, bordado de rapacejos, con mil botones de aljófar cuajado el abierto cuello, a do el tahalí tachonado pendía partiendo el pecho, diez lanzas arrojadizas debajo del muslo izquierdo, como alarbe de Melilla en la escaramuza diestro, cubierto el bonete rojo de plumas y airones bellos, sobre lazos de Bengalas de diversos ñudos hechos, desde el antiguo palacio a quien nombre antiguo dieron Galiana y Abenámar con amores y requiebros, por la puerta de la puente de aquel santo que por medio partió la capa con Dios Cque aún quita capas el cieloC, arremetiendo furioso por las calles de Toledo, con una arrogancia vana a retarnos viene el perro. Suspenso he quedado! El mundo no ha visto segundo igual del mismo Marte. Si es tal, hoy pierde Marte el segundo, que ya me ensillan en quien pueda salir a matalle. Que tal locura no halle quien se la castigue bien? Que a las puertas de Toledo ose llegar un cobarde? No llega el remedio tarde. No venís? Hola! Oí quedo; escuchadme, don García. Qué queréis? Salir por vos. Eso está bueno, por Dios! Descanse vueseñoría, que ha sido el camino largo. Sabed que vine a decillo porque es matar un morillo para vos pequeño cargo: para mí es igual empresa. Callad, Conde, yo lo fío. Oigamos el desafío déste, Duque; hablar no cesa, que el menor que hay en palacio, que soy yo, le hará. Si fuera cosa que no os ofendiera, no tomara tanto espacio para salir a buscalle. Quién lo duda, caballeros? Qué dice oyámosle. Fieros, y por eso es bien matalle. Entra Argolán Caballeros de Toledo, servidores de las damas, galanes en todo tiempo con las armas y las galas, atended a lo que digo, que, por ser de ley contraria, merezco esta cortesía, ya que por ser rey no valga. Yo estaba junto al balcón de aquella famosa casa, que está en la Huerta del Rey, que llaman de Galiana; con mis quejas de las ruedas el ruido acompañaba, y con mis lágrimas tristes del Tajo aumentaba el agua; quiero decir que de amor, y de amor de una cristiana Cque si lágrimas bautizan yo tengo cristiana el almaC, cuando la vi de repente dando luz divina y clara, como el sol recién nacido sobre la luna del alba. Estando, pues, como digo oyendo mis tristes ansias para dárselas al viento como yo mis esperanzas, cayósele de la mano, para mi remedio ingrata, un guante, de quien las mías indigno dueño se llaman. Y porque no será bien que un moro andaluz se vaya con prenda que ya lo ha sido de una señora tan alta, y porque no se atribuya a hurto lo que es hazaña, hoy el guante manifiesto en la punta de la lanza. Quien le alcanzare le tome, si tiene la mano larga, que bien la habrá menester según la misma le guarda. Argolán soy, caballeros; tres, cuatro, seis y diez salgan, que aquí os aguardo, en la vega que el dorado Tajo baña. Espera, moro! Dejadle! Don García, vive Dios que no habéis de salir vos. O detenedle o matadle! Mientras yo me voy a armar, el que saliere, aunque amigo, irá a matarse conmigo. Licencia me habéis de dar, que esta empresa sola es mía. Traedlo por testimonio. Volved acá, don Antonio, vaya el señor don García! Ni él ni don Luis irán: el conde don Pedro ha de ir. Que no me dejéis salir! En buena contienda están. El Conde es recién venido: no es justo que salga. Creo que no podrá mi deseo, aun ser de vos detenido. Guante de esta bella mano yo solo le he de cobrar, porque se la pienso dar si por la mano le gano. Nadie me puede ir delante. Obligaciones me allanan. Si otros por la mano ganan, yo he de ganar por el guante. A armarme voy. Yo el primero. Yo sé que primero iré. Pues yo primero saldré, que no he de llevar acero. Yo pienso hacer que ninguno salga a tan gran disparate. Que así la suerte me trate! Bravo rigor! Importuno! Ah, paje! Señora mía... Sois vos del Conde? Sí soy. Cuándo llegó a Toledo? Hoy, ya después de mediodía. Qué se dijo en Barcelona de venir a este lugar? Que se venía a casar con vuestra misma persona; mas, en viendo vuestra hermana, me dijo aparte por Dios que no lo hará con vos aunque se vuelva mañana. Si él tiene la libertad que vos, paje, en el decir, más presto se puede ir. No tiene mucha, en verdad, que el no tenerla le obliga a la empresa de este moro. Esa que he perdido lloro. Oh, hermana, dilo! Enemiga! Que tan bien te ha parecido? Como mil años tratado, y más ocasión me ha dado con haberme aborrecido. Todo lo que dices creo; mucho debes de querer, que un imposible en mujer suele aumentar el deseo. Pero está cierta de mí que no le querré jamás. Esa palabra me das? Sí, hermana. Qué dulce sí! Ah, paje! Veníos conmigo, que os quiero hablar. Aquí estoy para seviros. Ya voy, resuelta a amar mi enemigo. Famosa, ilustre vega a quien el Tajo con el gran tesoro de sus arenas riega, y el agua de mi cara, pareciéndose, está serena y clara; las torres, las almenas, peñascos que han nacido en sus arenas, quién me trujo a veros tan mansamente cuando, airado y fiero, a sólo ensangrentaros vine armado de rigor y acero? Qué guerra me ha traído, que del alma la pasan al sentido? Oh, María divina, cuya belleza celestial adoro y a quien mi fe se inclina, quién me dijera a mí que, siendo moro, adorara en María, y aun luciera mi sol si fuera día? No presumo que he tardado, pues sin armas he venido. No presumo que he salido tarde, pues no vengo armado. No pienso que soy postrero: ningunas armas me puse. Pues a salir me dispuse sin armas, seré el primero. Don Antonio! Don García! Don Luis! Don Pedro! Qué es esto? Ya tengo cuatro en el puesto; valedme, hermosa María! Agraviado me han los dos. Agraviado me han los tres. Ese agravio mío es. Antes es mío, por Dios. Yo no comencé la empresa? Yo al dueño no me ofrecí? Yo la palabra no di? Yo no soy a quien más pesa? No os avisé que era mía? No os avisé que me amaba? Mal lo habéis hecho conmigo. Mal conmigo lo habéis hecho. No ha sido de amigo pecho. No ha sido intención de amigo. Cristianos, buscáisme a mí? A ti te buscamos, moro. Moro que cristiana adoro, yo no soy quien moro en mí, antes ella, que en mí mora, es la mora que está en mí, y, si amor transforma en sí, yo soy su cristiano ahora. Moro retórico y loco, en poco me habrás tenido, pues que con ése he salido para quien vale tan poco; y, aunque en todo el paganismo tu nombre famoso es, cada uno de los tres viene solo a hacer lo mismo. Antes engañado estás, que, por campos de hombres llenos, a ti no te tengo en menos sino a mí me tengo en más; y agravio me hubieras hecho si solo hubieras venido, y de los pocos que han sido se me afrenta brazo y pecho. Mas, si cada uno viene por el guante de esa dama, empresa de tanta fama, cómo repartirse tiene? Pero aconsejaros puedo que lo llevéis dividido, que, entre todos repartido, no os vendrá a caber a dedo. Y yo, en aquesta ocasión, si de paz le vengo a dar, por mi parte he de llevar el dedo del corazón. Moro, ninguno hay aquí que no sea espada bastante para quitarte este guante y sacarte el alma a ti; y yo, cuando Hércules fueras y con otros diez te hallara, del alma te le sacara si en el alma le tuvieras. Fui desdichado en venir acompañado cual ves, pero apártense los tres, que te le quiero pedir. Eso no, Conde, aguardad, que yo se le pediré, y después dél os daré, como amigo, la mitad; porque si el alma tuviera cuerpo, morisco enemigo, y de ese cuerpo enemigo el guante pellejo fuera, el alma te desollara y con el guante volviera. Moro, retírate afuera y en quién te aguarda repara, que ese guante no está ajeno de su valor soberano, que, vacío de su mano, está de las mías lleno; que, sólo si me aseguras que has de tener tantas vidas, te daré tantas heridas como él tiene picaduras. Oh qué graciosos cristianos y qué donosa locura! Ellos piensan por ventura que este guante está sin manos. Los potajes que me han hecho, las heridas que me han dado, el alma me han desollado y hecho una criba el pecho. Gran donaire, por Alá; sobre mi vida echan suertes: una vida a tantas muertes no entiendo que bastará. Cristianos, sabed que el guante, que fue de aquel sol nublado, defiendo como soldado y le estimo como amante; tanto a cargo el alma toma su estimación infinita, que ha de estar en la mezquita con los huesos de Mahoma. Y hinchirle de ellos confío, que, a falta de los que adoro, no tiene el mundo tesoro que ocupe tan gran vacío. En qué lugar estará? Señores, qué hemos de hacer? Mía la empresa ha de ser. Mía la empresa será. Yo pienso que será mía. Y de todos no es mejor? El moro tiene valor; qué hemos de hacer, don García? Echar suertes cuál de todos ha de pelear con él. Alto pues, sáquelas él. Qué intentáis por tantos modos? Para todos soy, venid. Presto, pues, no vengan otros. Posible es, que sois vosotros sangre y reliquias del Cid. Las cuatro dagas juntemos y la que escogiere sea. Bien dices. Quién hay que crea vuestra afrenta y mis estremos? Moro, de estas cuatro dagas escoge la que quisieres, que la que de ellas prefieres con darle la vida pagas. Honor de los andaluces, escoge una cruz. Sí haré, y el primer moro seré que haya escogido entre cruces. Ésta elijo. Mía! De quién? Del Conde. Los tres se vuelvan. Mejor es que se resuelvan y que te ayuden también, porque, en matándote a ti, uno por uno los mate. Ha de ser luego el combate? Luego. Pues vente luego tras mí. Señor, a Dios. A Dios. Él quiera que el Conde muera. Qué dices? Que no quisiera apartarme de los dos por temer al Conde. No es justo, siendo el moro de tal nombre, mas es el Conde muy hombre, aunque es Argolán robusto. Y sabe el gobernador que han salido a tanta empresa? No dudo yo que le pesa aunque sabe su valor, porque entiendo que le casa con su hija doña Inés. Diferente fuego es el que ahora al Conde abrasa. De qué suerte? Más le agrada su hermana doña María. De qué es la melancolía, don Luis amigo? No es nada; acá son pesares viejos. A la puerta hemos llegado. A un hombre tan desdichado tarde llegan los consejos. Vamos. Ah suerte afligida! Entrad y nadie le espere. Ah cielos! Si el Conde muere, hoy resucita mi vida. Malherido estoy, cristiano. Yo lo estoy, moro, también. Pues alto, el brazo detén. Pues alto, detén la mano. Hombre has sido de valor. Amor me anima a sufrir. Pues quién me pudiera herir si no es quien tuviera amor? No habemos de pelear? Ya, cristiano, para qué? Pues del guante, qué diré? No ves que le he de llevar? Eres tú por dicha aquel que se ha de casar con ella? Como pueda merecella, sin duda, Argolán, soy él. Pues antes que me desangre o se salga el alma mía, toma, dale a tu María, pero bañado en mi sangre. Y, pues mi fe se le debe y tú la viertes, cristiano, sirva este guante de mano que aquesta sangre le lleve. Dásela por que te dé la mano que me ha negado, dale en mi sangre adobado, que es el ámbar de mi fe. Y porque pienso perder, si muero, el campo este día que truje de Andalucía, quiero a mi tienda volver. Y haré bien, que si hasta aquí di a tu dama el corazón, hoy te he cobrado afición y pienso quererte a ti. A Dios, Conde. Moro, a Dios. Sin honra vuelvo Cah Mahoma!C, que un hombre me vence y doma. Mal dije: el amor es Dios. Como el esclavo que en Argel vivía y, matando a su dueño, escapa ufano, así vos de aquel bárbaro tirano con su sangre escapáis, guante, este día, pero costando tanta de la mía que, antes que os vuelva a vuestra propia mano, temo de muerte el tránsito inhumano y que la que me queda quede fría. Oh heridas justamente recebidas, guante, por vos de aquellas manos bellas, que la ofrecieran, a tener mil vidas! Pero, guante, servid de parche en ellas, que, cuando ponen parche en las heridas, segura está la vida y salud de ellas. Al muro se va acercando. Hermana, dale una voz. Ah, Conde! Oh moro feroz! Vuelves o estásme aguardando? Ah, señor don Pedro! Quién llama a don Pedro? Yo soy. El cielo, a quien gracias doy, pudieras decir más bien. Oh, señor! Cómo os ha ido? Ahora que os veo, mal. Puede haber desdicha igual? Cómo venís? Vengo herido, pero vos, señora mía, dueño del guante y de esta alma, habéis ganado la palma de la empresa de este día. Bañado en sangre me dio Argolán el guante. Un hielo me ha cubierto el alma. El cielo os guarde. Y vos, ángel. Yo? Vos, pues con cuya licencia a daros el guante voy. Venid en buen hora. Estoy con más celos que paciencia. No le daréis a mi hermana? No, sino a vos. Eso no, que ya no soy dueño yo del guante. Pues quién, tirana? Doña Inés. Quítanse las dos de la ventana Mi muerte lloro. Guante, sed vos mi veneno, que, aunque de ángel, estáis lleno de la sangre de aquel moro. De manera habéis sentido del Conde la buena suerte que he estado casi a la muerte de los celos que he tenido. Por su bien y por mi mal su salud y mi amor crece, de suerte que él convalece y yo llego a estar mortal. Y, pues estimáis su vida, quiéroos dar el parabién de que todos os le den de la salud referida. Es tan crecido mi amor y estimo tanto su vida que estar por ella ofendida tuviera a grande favor. Eso escucho desa boca a cabo de tantos años que he estado por tus engaños ciego el gusto, el alma loca? Ah vana esperanza mía, y qué bien por vos se entiende que quien imposible emprende injustamente porfía! Oh condición variable, ingrata a la obligación! No culpes mi condición, que ni es firme ni es mudable: que yo no te ame a ti no es mudanza amar al Conde, pues este amor corresponde a la fe que le ofrecí; por eso será cordura volver el rostro a mi honor. Yo le vuelvo a tu rigor, y vénceme tu hermosura: moriré, perderé el seso, desesperaréme aquí. Todos lo decís así, y todos morís en eso. Si alguno dice mintiendo que muere por lo que adora, yo digo verdad, señora, y digo que estoy muriendo. Nunca jamás ningún hombre murió de amor. No te enfades, que entre las enfermedades tiene amor de ser el nombre. Los médicos dicen que es la mayor la voluntad. Sí, mas de esa enfermedad a cuál hombre morir ves? No es melancolía amor, y este humor no mata? Sí. No es el amor frenesí? Sí, dice el hecho en rigor. El amor no es alegría, y ella no mata? También. Luego, cuando tantos den la muerte, muerte es la mía. Bueno estás, que Dios te guarde. Oh pesar de tantas burlas, si de mis males te burlas, qué espera el alma cobarde? Yo probaré con efecto que muero y que moriré, y de aquesta banda haré un lazo al cuello. A qué efecto? Quiere matarse con una banda pajiza Sólo a efecto de matarme. Ten la mano! Suelta! Espera! Por qué me estorbas que muera pudiendo resucitarme? No te estorbo que te mates por amor, mas por temor que no me den por autor de tan grandes disparates. Antes, para no volverte como Anaxarte cruel, has detenido el cordel ejecutor de mi muerte. Y pues, cuanto a mí, ya fue muerte en la imaginación, muerto estoy, y en galardón de mis servicios y fe; y, pues el verdugo has sido de la vida que ya parte, el lazo quiero dejarte, pues no te dejo el vestido. Baja y deja la banda Con el lazo o con la banda me ha dejado: esto he sufrido. Entra Marcelo No poca locura ha sido hacer lo que el Conde manda, mas es fuerza obedecer, que, con ser dueño, me obliga. Yo he dado con su enemiga, quiero el papel esconder. Marcelo... Señora mía... Qué escondes? Aguarda, espera. Cuando de importancia fuera, no lo encubriera; desvía. No me mires dese modo, que no es hurto. Aunque supiera que en el alma se escondiera, te mirara el alma y todo. Papel! Pues yo no soy hombre para escribir un papel? Paso, que hay escrito en él, y de una señora, el nombre: no le has de leer. No intentes que te haga quitar la vida, que en esa risa fingida te he conocido que mientes. Este papel es del Conde para mi hermana. No es sino para doña Inés: si eres tú, léele y responde, que por ver si le estimabas le quise esconder así. De veras? Señora, sí, y por si albricias me dabas. Este anillo es tuyo. Ay triste, que a su hermana le traía! Pues no dice aquí "María"? El sobreescrito leíste? Sí. Qué dice? Entre dos aes una M, que "A María" quiere decir. Bien podría, pero en la verdad no caes. Es más llana que la palma. Como eso dirá quien teme, mas dos aes y una M quiere decir "A mi alma", que "A doña María" dijera si también hubiera D. Bien dices. Bien lo entiende. Lee lo demás. Espera. Carta: que del alma no se entienda, sólo me falta una prenda, para el brazo, de tu mano; y que una banda te pida no es mucho tan firme amante, que, por interés de un guante, quise ofrecerte la vida.+ Oh traidor, que me engañaste! Señora, no te engañé. Y lo del guante? Ya sé que en el guante reparaste, mas advierte que, si el Conde con Argolán peleó, fue que obligarte pensó, aunque este secreto esconde por causa de don Antonio, que intenta casar contigo y es en estremo su amigo. Todo ha sido testimonio este papel. Pues, si es, muestra, que volverle quiero. Por celos del dueño muero: no quiero que se le des, y, aunque es esperanza vana, más quiero quedar aquí dudosa que es para mí que acertar para mi hermana. Toma aquesa banda o prenda: llévala para su brazo. Pues voyme, que alargo el plazo de su bien. Y el Conde entienda que son la banda y papel de dos dueños diferentes, que cuando burlarme intentes, yo también burlaré dél. Pagados estáis los dos; diré que doña María me le dio, señora mía. Yo me voy. Marcelo, a Dios. Perdió el caballo también? Perdió Mendoza, bien medro. Quejaos de esotro. En don Pedro se empleó Mendoza bien, que, aunque está bien dotrinado, el Conde de entrambas sillas es grande hombre. Más me humillas sólo en haberme alabado. Los que aquí más nuevos hallo pueden enseñar allá. Picado estoy de que ya no he de picar el caballo: juégame aqueste diamante... Mas he de quitarle luego. Picado estás. Pues le juego: cólera tengo bastante, que vive Dios que le estimo en más que vale Toledo. Déjalo ahora. No puedo; juega, por tu vida, primo. A cuánto? A sesenta escudos. Lleguen un bufete acá. Que volvéis a jugar ya? Pues qué habemos de hacer mudos? Que en una convalecencia, y más, señor, si es de heridas, mejor van entretenidas las horas de su paciencia en juego que en otra cosa. Jugad, Conde, bien hacéis, el peligro entretendréis. Qué pinta, Conde? Vistosa, pero no he de jugar más sobre ella. No, primo? No. Quién tiene los dados? Yo, que no me faltan jamás. Por qué? Porque es del que pierde quedarse siempre con ellos. Quiero una oración hacellos, o porque de mí se acuerde, a la señora Fortuna, de cuyos huesos se hicieron, que, por ser de mujer, fueron huesos sin firmeza alguna. Entra don García Vaya de juego! Está aquí el gobernador? Quién es? Don García. Qué hay? Después que al campo del moro fui, gran Duque, con la embajada, lo que vale he conocido. Bien su fama ha merecido su entendimiento y su espada. Más a diez. Digo! Responde como quien es. Otro azar! Cada uno aparte Las treguas quiere aceptar. Repárolos! Digo, Conde! Está bueno de la herida? Ah pesia! Siete y llevar. Más un azar y otro azar. Peligro tuvo su vida, mas ya de todo está bueno. Las treguas, qué durarán? Dos meses, dice Argolán, ya de su arrogancia ajeno. Todo se le debe al Conde, que le bajó la arrogancia. Sin duda estoy de ganancia! Que lo acepta al fin responde? Pesar de quien me parió! Acabóse. Yo perdí. Qué es eso? Perdistes? Sí. Quién gana? El Conde ganó. Oh, don Pedro! Oh, don García! Quisiera daros barato, mas, pues en sortijas trato, tomad ésta, porque es mía. Bésoos las manos. Hoy quiero quitaros lo que perdí. Cuando quieras está aquí, con dinero o sin dinero. Qué hay del moro? Que aceptó las treguas. Basta que fueses. Por cuánto? Por tres meses. Que en mi vida gane yo! Nueva fue su cortesía. Que de suerte me picase que aquel diamante jugase, siendo de doña María! Pues tráigoos dél un recado. Somos dos grandes amigos. No son pequeños testigos la sangre que se han sacado. Que jugase yo la prenda que ella por favor me dio! Después, Conde, que me honró en su estado y en su tienda, traté con él paces francas. Confirmándose las treguas, me mandó traer dos yeguas, todas como un cisne blancas... Ya parece que me alegras. . con algunas manchas negras, ojos alegres y azules, pues que no hay toro que escarbe como ellas el freno alarbe, con armas de los gazules. En los frenos y estriberas, correas de ante y su arzón, adargas de Orán, que son blancas, fuertes y ligeras. "Ésta CdijoC vuestra sea, y ésta a don Pedro llevad en señal de la amistad que Argolán con él desea, y licencia le pedid para que le vaya a ver." Harto buenas han de ser según las pintas aquí. Bravo moro! Muy galán! Pero vamos, porque firme las treguas y se confirme lo que me pide Argolán. Quedad, Conde, en hora buena. Dios guarde a vueseñoría. Qué dirá doña María? Qué hay, Marcelo? Todo es pena: que se fuesen aguardaba y estáse este necio aquí. Don Luis, a Dios. Ay de mí! A Dios, Conde. Qué hay? Acaba. Di el papel, y aquesta banda para tu brazo me dio. Marcelo, ya no soy yo el Conde, tú al Conde manda: tú eres el Conde, yo soy Marcelo. Cuando eso hagas, con las palabras me pagas; señor, satisfecho estoy. Ya entiendo: aquel vestidillo que me quité el otro día te pondrás. Doña María me dio, señor, este anillo. Cómo? Que anillo te dio? Tente, que fue para mí. Cómo anillo para ti? Pues no soy el Conde yo? No, Marcelo, que no eres sino a quien di mi vestido. De albricias me le dio. Ha sido de un ángel, y tú le quieres? Suéltale! Pues qué me has dado por lo que de un ángel fue? Cien ducados te daré. Venga prenda! Y no hay fiado? Tú los cobrarás después. Toma. Que éste suyo fuese! Pues qué haría si supiese que es todo de doña Inés? Anillo que aquel marfil ceñistes de un blanco dedo, daros el alma no puedo, que es espíritu sutil, pero si era antiguamente del anillo condición el ser señal de prisión entre la cautiva gente, sed mi alcaide, que yo soy vuestro esclavo y vuestro preso. Quien puede te vuelva el seso. Banda, mil besos os doy: sed amante, sed consuelo de este brazo de ignorante, que mal puede ser amante del suelo prenda que es cielo; pero sí fue mi ventura sustentarle, aunque es del suelo, pues es tan claro que el cielo sustenta lo que es su hechura. Marcelo, a don Luis gané este anillo, y yo querría dársele a doña María. Pues yo se le llevaré. Parte, y dile que sus manos beso por tanto favor. Voy a dársele, señor. Locos pensamientos vanos, no acabéis mi sufrimiento con tantas desconfianzas, que tan buenas esperanzas no es bien que las lleve el viento. Fui al principio aborrecido, buena señal en mujer, que su firmeza en querer suele comenzar de olvido, y ahora ya soy amado, que, si aborrecen por fuerza, haberlo sido me fuerza a no temer lo pasado. Entra don Luis Ya, Conde, traigo el dinero: mandadme dar el diamante. Qué dinero? El que es bastante a prenda que tanto quiero. Bueno es eso, vive Dios, enviéle a doña María! Luego esta prenda no es mía? No he concertado con vos que, en pagándoos lo perdido, me la volveréis a dar? Mandéla ahora llevar a un platero conocido para hacer otra por ella, buscando su semejante. Y fue de una mano bella! Cuándo la trairán? Bien presto. No sé qué tengo de hacer. Quiero ver si es ido, y ver si hay algún remedio en esto. Voy a que vayan por ella. Id, que me importa la vida, porque vive el alma asida del dichoso dueño della, que, cuando el competidor más soleniza su bien, es bien que pena me den su desdén y su favor. Entra doña María y Marcelo Vuélvete y di que la aceto y que hoy responderé. Cuándo? Después. Yo vendré. Ven tarde y ven con secreto. Prenda que a don Luis he dado me envía don Pedro a mí? Oh Amor, cuán fuera de mí me ha tenido mi cuidado! Perdonad, señora mía, que en vuestra imaginación divertí mi corazón, y por aquesto no os vía. Viento ligero en mudanzas, mar instable en su firmeza, sueño de incierta riqueza, rico pobre de fianzas, adulador lisonjero, privado atento a su bien, ciego de un ciego también, amigo mal consejero, celada de mil contrarios, noche de mil mudamientos, máquina de pensamientos, libro de sujetos varios, doblón de falsos metales, fortuna de mil vaivenes, falta de infinitos bienes, sobra de infinitos males, hombre, en fin Cque es rematar la cuenta con triste finC, que cuando diga ruin no tiene qué replicar. Yo os amé cuando pensé que mi igual en todo amaba, aunque sangre no buscaba sino igualdad en mi fe, bien que, tan honestamente, que ahora me maravillo de haberos dado un anillo que es el que miráis presente. Pero, pues vos le habéis dado para que pudiese ser que viniese a mi poder y que yo le haya cobrado, desde hoy se acaban aquí los pasados pensamientos: si os viese beber los vientos, perdiendo el alma por mí, no me pidáis a mi padre, que al Conde, que se me inclina, darme el amor determina y el consejo de mi madre. Y esto ninguno lo intente, ni mayor ni vuestro igual, que también me estaba mal casarme con mi pariente. Lo que pasó ya no fue, lo que ya llega no tarda, y a quien tan mal prendas guarda no es justo guardarle fe. Anillo al Conde que le di por prenda, prenda que al Conde di se atrevió a dalla! Sin respuesta se fue, que es bien que emprenda hacer la mano lo que el alma calla. Justa ocasión de celos, justa emienda, justa ocasión de campo y de batalla: hoy al villano conde desafío, cobrando con su muerte el amor mío. Mi anillo, dado al Conde por empeño, a mi dama le dio, contra mi fama! Piensa que soy el fronterizo isleño o el que de los gazules rey se llama. No he de dormir en blanda cama sueño hasta acabar el fin de esta hazaña. Entra Antonio Vive Dios que le mate! No lo creo. Mal aguero, por Dios, de mi deseo. Qué no crees, amigo don Antonio? Aquí me despedí de don García, que dice que se trata matrimonio entre el Conde... Y quién más? Doña María. De todo puedo daros testimonio. Cómo? El Conde le dio una prenda mía. Y la ha tomado? Sí. Qué fue? Un anillo que a los dados perdí tras el morillo. Desesperado estáis. Voyme. Y adónde? A despicarme, si por dicha hay juego. Ciñe ya espada, por ventura, el Conde? Y en vuestro Mendocilla sale luego. Juntos saldremos. Amistad responde. Que no le digáis nada desto os ruego, que en secreto me dijo don García que del Duque su padre lo sabía. Pues por qué se la dan? Porque él la adora respeto de su talle y hermosura, porque desde el ocaso hasta la aurora no se ha visto tan bella criatura. No hay moro ni cristiano en cuanto dora el claro sol con luz divina y pura que no sepa su fama y que no aguarde su casamiento. Será malo y tarde. A Dios. El cielo os guarde y favorezca hasta que su deseo satisfaga y tanto a doña Inés siempre aborrezca que su concierto y mi temor deshaga. En cuanto ella intentare le parezca que todo es de su amor injusta paga, que si el Conde está ahí y no se desposa, aunque mi prima fue, será mi esposa. Entra el Conde y Marcelo Que en efecto se le diste? Como tú me lo mandaste. Marcelo, a perder me echaste. Tú, señor, me persuadiste. Tómala. Por matrimonio. Qué responde? Escribirá. Cuándo? A la tarde. Aquí está don Antonio. Ah, don Antonio! Pensé que salido habías. Ya aperciben la carroza. Antes dicen que a Mendoza mochila verde ponías. Ganésele a don Luis. Es más galán que el picazo? Pues no? Cómo va del brazo? Bien, si del brazo decís. Aún no había visto el favor! Es banda? Y desesperada. Mas esperanza burlada por un disfrazado amor. Cielos! Mi banda no es? Gallarda empresa, a fe mía! Es esperanza tardía que se marchita después, que este pajizo color significa en su mudanza desesperada esperanza que un tiempo fue verde flor; que, como sin dar tributo, verde en flor la banda está, y en amarillo se va trocando después su fruto, así se ve, en mi favor, hacer del verde mudanza, que dio fruto a la esperanza que un tiempo fue verde flor. Por cierto que es estremada, y que vos la merecéis. De qué, pariente, tenéis la color triste y turbada? De qué la prenda os altera? Reparo en que me burlé cuando otro dueño pensé que de las vuestras lo era, que a su hermosura divina, recién venido a Toledo, si adivino con el dedo que vuestra afición se inclina... Pero ya lo contrario es, que esta banda, un tiempo mía, no fue de doña María. Pues de quién? De doña Inés. Y, Conde, por vida vuestra, que perdonéis mi pesar, que amor bien lo puede dar en la grande amistad nuestra, pues bien sabéis que los celos tienen con todos disculpa. Si en eso he tenido culpa, pedid venganza a los cielos. Esta banda me ha enviado doña María, y si fue de doña Inés, yo no sé por qué ferias se la ha dado, que por ella le envié, por salir favorecido, ayudando al brazo herido, que por su gusto lo fue. Si doña Inés se la dio, no lo tengáis, primo, a mal, que para una ocasión tal poco la prenda ofendió; pero, si es de doña Inés, volvérosla quiero aquí. Marcelo, no es esto así? Paso, Conde, vuestra es: gozad la banda en buen hora. Señor, las dos juntas vienen. Entran doña Inés y doña María de visita Tus celos la culpa tienen, y el alma que al Conde adora. Don Antonio está con él. Que hubo de estar mi enemigo con él...! Don Antonio amigo, entretenedla. Di, cruel, qué dios, qué ley, qué amor manda que así trates quien te adora? Bésoos las manos, señora, por el favor de la banda, que el brazo favorecido con tal favor está ya tal que cobraros podrá cualquiera guante perdido. Aquí se descubre todo: ella lo ha echado a perder. Véngoos, Conde, a agradecer la sortija. De qué modo? Tras el favor recebido de esta banda, no es razón cargar más la obligación a uno en cuerpo y alma herido. Pues quién la banda os ha dado? Vos. Quién lo dice? Marcelo. Marcelo... Señor... Marcelo, habla. De qué estás turbado? Señor, yo di tu papel a doña Inés. A qué efecto? Por encubrirle el secreto, hallándome ella con él. Y yo, porque él me engañó, el papel agradecí con la banda que le di. Que vos no la distes? No. Que tú la banda enviaste? Yo, pues, pensando que el Conde a tanta fe corresponde; y este desengaño baste, que si mi padre ha tratado darme al Conde por marido, aunque mal agradecido, favor fue bien empleado. El Conde no se te inclina, justo castigo es del cielo, a quien de tu pago apelo, de mis lealtades indigna. Tu padre le ha de dar tu hermana y hacer su gusto. Si él me diere ese disgusto, el alma al Conde ha de amar. Ella está con él casada: no ha de tener otro dueño. Y yo mi palabra empeño de ser su mujer forzada. Y así lo suplico al Conde: pague a mi hermana este amor. Qué fiera mayor rigor en sus entrañas esconde? Señora, yo te amo a ti. Conde, yo no os he de amar. Que así me quieras tratar! Que quieras matarme así! Por qué me tratas tan mal? Porque os queréis bien los dos. Conde, yo muero por vos. Y yo por ti estoy mortal. Que aborreciéndome estés! Por mi hermana, no por ti. Por qué me tratas así? Por el Conde, no lo ves? Que no he vencer tu olvido? Mi hermana es ya tu mujer. Podré tu olvido vencer? El Conde es ya mi marido. Antes mil muertes me den. Y a mí, si tu mujer fuere. Que quieras quien no te quiere! Que te olvide y quieras bien! Entra don García Pensando hallarte a solas, te traía de un amigo un recado, mas no importa. Si lo es tanto ..................... menos debe de ser vuestra visita, que el Duque nos mandó que al Conde viésemos. Quedad con Dios. Yo quiero acompañaros. Con tal visita, mi señora, creo que cuando las heridas fueran muchas, y cada cual mortal, como milagro, sano en la fe de la hermosura vuestra. Que así me trates! Si has de acompañarme, no me has de atormentar con tu tormento. Ruégale que me quiera, hermosa prima. Si ruego al Conde que a mi hermana quiera, cómo diré a mi hermana lo que dices? Ah, Conde, mala muerte mueras! Calla. Si le maldices dejaré tu mano. No me la dejes; viva el Conde un siglo, y muera yo como tu mano tenga. Qué me dices? Lo que veréis os digo. Que Argolán ha venido disfrazado? Con la ocasión, don Pedro, de las treguas entran y salen en Toledo moros; cual compra seda, cual sustento compra, cual vende el alquicel, cual el caballo, cual mira los insignes edificios, cual desde fuera la famosa iglesia; y así, entre los que digo, van y vienen del campo a la ciudad, como acostumbran por largas sendas las hormigas negras, aunque, por ser tan varios los colores, más parecen abejas por el aire cuando en picos y en pies las flores llevan. Y así Argolán, que, como rey, no puede entrar en la ciudad sin alboroto, con una banda al rostro ha entrado a verte y ya queda a la puerta de palacio. Pues dile que entre, amigo don García. Voy a avisarle y quedaréme afuera porque ninguno estorbe vuestra plática. Aunque tenía que... Pues no la guardes, que en tanta paz no hay qué temer. Yo parto. Llega, Marcelo amigo, esas dos sillas. Para mí la pequeña, y esa grande pondrás al Rey, que es rey al fin. Ya viene. Entra Argolán con una banda al rostro Deme los pies su alteza. Antes, cristiano, los tuyos pido. Si los pies me niegas, dame las manos. Si me das las tuyas. Sean de amor. De amor eterno sean. Toma esta silla, Rey. A ti se debe, y esta pequeña es más a mi propósito. Harásme estar en pie! Siéntate, acaba, que, mientras más pequeña es esta silla, es más conforme a quien yo soy, y siéntate. Con tu licencia, al fin, señor, me siento. Estás bueno? Estoy. Estáme atento: ilustre conde don Pedro, valiente, noble y famoso, española sangre antigua original de los godos, los que igualmente en el campo, cuerpo a cuerpo, riñen como los dos reñimos, iguales, de un sol a otro sol y solos, cuando escapan con las vidas, de suerte pierden el odio que no hay mayores amigos, y así lo somos nosotros. Esta voluntad, cristiano, puesto que enemigo y moro, de suerte cobré contigo que hermano en armas te nombro, y veráslo, que, en volviendo a donde mis parias cobro, como a rey te las envío y de año en año las doblo. No habrá nacido en el Betis de famosa casta el potro cuando con el hierro ardiente le marque tu nombre solo, ni se tejerá la toca con el rapacejo de oro, la alfombra en colores varios, cuando se te rinda todo. Después de venir a verte y ofrecerte estos despojos, de mi venida a Toledo sabrás la causa: oye un poco. Los moros siempre en dos ciencias famosos, don Pedro, somos: la una es astrología, ciencia en muchos, cierta en pocos, y la otra en medicina, y de estas dos sabe un moro, en la una Trimagistro y en la otra el dios Apolo. Díjome por largo estudio del casamiento dichoso de esta gran doña María, que ya con llaneza adoro, que un rey casaría con ella quitándosela a su esposo, y destos dos nacería a España un príncipe heroico que ganaría a Granada y su pendón vitorioso sobre su Alhambra pondría llamándose Rey Católico. Yo, por evitar los daños que el cielo amenaza, tomo la empresa de ser marido de un ángel, alarbe loco, porque naciese pagano el príncipe generoso que al moro ha de echar de España, y contra el cielo me opongo; pero, viendo el desengaño, mañana a Alcalá me torno: levantaré mis banderas volviendo a Toledo el rostro. Dícenme que tú la quieres. Oh astrólogo mentiroso, que no eres rey, aunque reyes vences como a esclavo proprio! Si tanto bien me conceden los cielos, escape en hombros de tu grandeza mi rey y póngate Alá en su trono. No sé, famoso rey, con qué palabras pueda satisfacer tu ofrecimiento, indigno de quien ya se te ha rendido y te debe las parias que me ofreces. Nuestra amistad, que confirmó la sangre que vertimos los dos a un mismo tiempo, aquí la juro por el dios que adoro y por la cruz que a sus espaldas puso, poniendo en ésta de la espada mía la mano a efecto de homenaje hidalgo. Cuanto a lo que es volverte, porque entiendo que me obligas, bien haces, que yo sólo vine por un soldado; más peleo que el ejército todo, pues levanto el cerco que a Toledo puesto tienes. Cuanto a lo que te dijo el moro astrólogo que la famosa e invicta María pariría a ese príncipe católico que ha de echar a los moros de Granada, bien puede ser que con el tiempo sea, porque, en efecto, soy aborrecido: que su honesta y hermosa compostura en razón de su hermana no se mueve a mis deseos más que al viento un monte. Verdad es que su padre, según dicen, me la promete, siendo a pesar suyo, y créeme que pienso hacer de suerte que, casado con ella, no se cumpla lo que se pronostica dese príncipe, porque vivas seguro largos años de los cristianos, de su grey, dañosos. Entra Marcelo Que ha de entrar a hablarte, señor, porfía don Luis. Quién es ese caballero? Bien puedes de don Luis fiarte. Entre, pero estáte así, no le des asiento alguno, que, si no eres tú, ninguno se ha de sentar junto a mí. Entra don Luis Solo te quisiera hablar. Y qué importa acompañado? Habla al Rey. Vengo enojado. A qué rey tengo de hablar? Es ese enojo conmigo, señor cristiano? No es sino con el Conde. Pues conmigo, don Luis amigo? La sortija que te di en empeño, es cortesía dársela a doña María? De tu amistad lo creí. De mi amistad? En qué ley amistad, Conde, se llama dar mis prendas a mi dama? Hay rey aquí? Yo soy rey. Aunque moro, campo pido y te desafío y reto. Campo y desafío aceto. No me diréis lo que ha sido? Esta noche, hasta las nueve, en ese terrero aguardo. Yo iré. A Dios. Que, gallardo, un hombre al Conde se atreve? Hombre que venció a Argolán se le atreven otras manos? Si tales sois los cristianos, poca fama y nombre os dan. Has de hacer el desafío? El Duque viene, señor. Quién viene? El gobernador, padre de tu bien y mío. No es bien que así halle un rey; a Dios, dile que mañana alzo de la vega llana mi campo y vivo en tu ley. Luego no te he de ver más? Yo te avisaré. A Dios queda. Ya la entrada se me veda? Conde amigo, dónde estás? No te enfades, por mi vida, en que te haya detenido, porque no sin causa ha sido. Que visitaban tu herida? Y como una dama era que no te ha querido bien, pero débesme también que ya, señor, bien te quiera. Cómo? Sabed que Argolán es el que se va de aquí. El Rey mismo? Señor, sí, que es un fuerte capitán. Cobróme tanta afición, que, si algo me quieres dar, le haré de Toledo alzar el ejército y pendón. Es cierto? Como lo digo. Y eso, Conde, está en tu mano? Dice que no hay tal cristiano. A lo que digo me obligo, pero hásmelo de pagar. No tiene paga ese bien. Sí la tiene. En quién? En quien mayor bien me puedes dar. Mayor bien? No lo es tu hija? Quién? Doña Inés? Su valor es digno, heroico señor, que un imperio mande y rija, pero la rara hermosura de su hermana me ha obligado un deseo que ha llegado a ser amor y locura. Si ésta me dais, yo haré que mañana el Rey se vuelva. Dudas que no me resuelva en lo que tan bien me esté? Ésta te doy por señal de dártela por ti solo, porque de este al otro polo, fuera del Rey, no hay igual. Argolán se vaya o no, tu suegro soy. Pues el dote no te aflija y alborote: rico soy. Bien lo sé yo, pero lo que haré por ti será por propia persona llevártela a Barcelona para que os caséis allí, y el gasto de este camino, que no será poco hacer. Luego mándasme volver? Que es necesario imagino, por los que a mí me la piden y a quien su hermosura engaña. Llámanla el ángel de España: con razón mi muerte impiden. Vete, y yo publicaré mi partida. Si se irán los moros? Ya de Argolán que se van mañana sé. Mañana? Sí. Pues a Dios. Marcelo, bien me ha venido para lo que ha sucedido. Qué habéis hablado los dos? Ya es mía doña María. Yo me parto a Barcelona y él me la lleva en persona, y don Luis me desafía. Pero apercíbeme un jaco... Pero no apercibas nada: dame rodela y espada. Espada y rodela saco. Pero no será mejor irte y dejalle por necio? Y he de hacer ese desprecio? De quién? De mi propio honor. No, hasta hacerle pedazos. Entra a armarte. Esposa mía, hermosa doña María, cuándo te veré en mis brazos? Éntrase y sale don Luis al desafío Aunque yo no pongo duda que en el Conde hay gran valor, siempre lleva lo mejor a quien la razón le ayuda, y, pues de mi parte llevo la razón que ha de ayudarme, bien puedo determinarme con la razón que me atrevo. Y, pues es honra morir, vengarme o morir aguardo. Entra Argolán Aquí el español gallardo con el Conde ha de reñir; y creo que digo bien, porque ha de reñir conmigo, y el amigo en el amigo se ha de transformar en bien. Y pues es tan gran razón hacer presencia en tal caso, quiero alargar aquí el paso. Quién va allá? Enemigos son. Es el Conde? El Conde, pues. En la voz no le parece. Si no es él, es quien se ofrece por él. Quién? Argolán es. Pues, moro, por qué razón sales tú al desafío? Tiene el Conde, amigo mío, una cierta ocupación. Pues si el Conde está ocupado, desocuparse ha otro día. No será, por vida mía, el Conde tan mal mirado. Yo vengo por él aquí, ya digo que el Conde soy. Moro, que al diablo te doy, qué es lo que quieres de mí? Matarte, por Dios, no más; cuando no por tantas leyes de amistad, porque a los reyes hables, si enojado estás, y respetes su presencia, guardándoles el decoro. Eres moro? De un rey moro es mora la penitencia. Mete mano! Ah perro! Ah vil! Entra el Conde y cae don Luis A las voces he llegado. Qué es esto? Haberte vengado. Es muerto? Aunque fueran mil. Por qué reñiste con él? Por quitarte ese cuidado. Puesto que me has obligado, pésame, Argolán, por él. Ya es hecho. Yo soy tu amigo: cuando se te ofrezca en qué, desde mi tierra vendré a matar a tu enemigo. Espera, oye, escucha. Hay hombre que se le pueda igualar? Ah, don Luis! Podéis hablar? Conde... Amigo... Dulce nombre! Que Argolán hiciese tal! No quieras culparle así. Llévame, Conde, de aquí, que mi herida no es mortal; yo lo veo en el sujeto. Arrimaos aquí. Ah buen moro! No hay en el mundo tesoro como un amigo perfeto. Oh larga y prolija ausencia, autora de la mudanza, martirio de la esperanza, verdugo de la paciencia, insufrible penitencia del pensamiento afligido, madre de celos y olvido, cuándo cesará tu agravio para el mal del bien perdido? Oh Toledo, en quien dejé aquel sol del alma mía en la noche de aquel día que de tu luz me ausenté, cuándo el alba de mi fe verá su divino oriente, de su sol resplandeciente, en este nublado ocaso de las desdichas que paso enamorado y ausente? Hermosa doña María, mi esposa y todo mi bien, vos sois la esperanza en quien el alma ausente confía; cuándo llegará aquel día que a Barcelona lleguéis para que a sus muros deis la luz que a Toledo dais y al Conde restituyáis el alma que le debéis? Si viene, cómo es posible que venga con tal secreto? Si no ha partido, a qué efecto su tardanza es convenible? Oh pensamiento terrible, nave que con varios vientos hace varios movimientos; después de la dura suerte, no hay enemigo más fuerte que sus propios pensamientos. Entra Marcelo, criado Albricias, señor! Marcelo, hasta el alma, si codicias, te daré por las albricias. Llega el sol o ábrese el cielo? Rompió las nieblas el alba? Pasó ya la noche fría? Hicieron al nuevo día las aves su dulce salva? Pasó el invierno? Llegó la diosa que el campo viste? Quejóse ya Progne triste? Qué filomena cantó? Pasó ya la nave indiana la barra y, tomando puerto, vino el tesoro encubierto burlando la invidia vana? Dieron sentencia en favor? Publicóse la vitoria? Venció la pena a la gloria y la esperanza al temor? Podrá poner mi alegría luminarias en el seso? Qué quiere decir todo eso? Si llega doña María. Pues ni el sol ni el día ni el alba, ni el verano ni el invierno, ni de Progne el canto tierno, sentencia, tesoro y nave, ni esperanza ni vitoria llegan en esta ocasión. Pues quién? El rey de Aragón. Agueros son de mi gloria! El Rey sea bienvenido si de mis glorias se goza. De dónde? De Zaragoza. Secreta venida ha sido. Viene gran gente con él, criados y cortesanos? Y ésos, como el oso ufanos con la colmena de miel. Bien dices, que sus enojos tanto su privanza apura que, a trueco de su dulzura, se dejan sacar los ojos. Viste al Rey? Es gentil hombre, y gallardo por estremo. Ya ninguna cosa temo con la fama de su nombre, por la honra que ya espero de su grandeza en mis bodas. Busca entre mis cosas todas la que más estimo y quiero y ésa por albricias toma. Yo? Gran señor, mi interés sólo a tu servicio es. Verle quiero antes que coma... Pero querrá descansar... Marcelo amigo, qué haré? Dime, cómo entretendré lo que el sol tarda en llegar? Si le haré música y salva? Si será el Rey el lucero de aquella estrella que espero? Si será del sol el alba? Un tronco, una piedra envidio, este suelo, estas paredes. De remedio de amor puedes leer un rato en Ovidio, que te enseñará a olvidar. Qué aprovecha? Él mismo jura que el alma tarde se cura. Pues qué pretende enseñar? En las hierbas no hay virtud? De remedios está lleno su libro, como Galeno, de conservar la salud, que después de mil consejos, dice que vivir así es triste vida. Ay de mí, que está mi remedio lejos! Está mucha tierra en medio de aquella rara hermosura que es Galeno de mi cura, Ovidio de mi remedio. Sal a hacer mal a un caballo. Pon la silla a Barienes, el turco. En efecto vienes? Espera, quiero pensallo. Como al caballo y a ti es un pienso el pensamiento. Sí, triste, no hay movimiento ni diferencias. Así, ensíllame a Mendocilla. Espera. Qué he de esperar? No es mejor irme a la mar y entretenerme en su orilla? Bien podrás; aunque las aguas flutúan en dulce son: crece la imaginación de las tristezas que fraguas. Mucho entristece la mar al triste. Es pesada y grave. Pero no habrá alguna nave donde me pueda embarcar? Galeras y naves mil, pero son vanas quimeras querer echarte a galeras por un negocio civil. No es sino muy criminal una ausencia que es destierro. Trae espadas! Otro yerro! Y hierro en yerro está mal? O tráeme tinta y papel y responderé a Argolán. Sí, que aguardándote están sus moros. Sus moros y él. Aquí está todo recado. Pónganme un bufete aquí y no hables. Harélo así, mas los moros han llegado. Entra Zulema, moro Amigos, ya escribo. Alá te guarde, famoso Conde. Zulema, el Conde responde: tu partida es cierta ya. No me ha pesado, cristiano, de haberme aquí detenido por muchas causas que han sido de mi gusto y de mi hermano, y por ver a Barcelona, ciudad famosa de España, que el mar de Francia la baña y sus riberas corona, sus galas, talle y aseo, su vidro allá celebrado, sus damas, cuyo cuidado aumentan más su deseo. Yo he visto, en resolución, hoy el más famoso rey entre los de vuestra ley: el gran don Juan de Aragón, de quien contar pienso al mío su amparo y valor profundo, aunque yo pienso que el mundo no tenga igual. Yo lo fío, que hoy habrás visto patente su grandeza y cortesía. No llega doña María, su esposa? Es mujer, y ausente. Pues si Argolán, mi señor, acompañarla pudiera, no dudes que lo hiciera. Créolo de su valor. Acompañarla quería y el Duque se lo estorbó. Ya el Conde, amigo, acabó. Ese bufete desvía. Zulema, esta carta toma y lo que está prevenido para el Rey, aunque corrido de mi pobreza. Mahoma te guarde y te dé tu esposa. Al Rey tu persona encargo. Qué has escrito? Tierno y largo, y una necedad forzosa. Cómo? Envío a convidar para mis bodas al Rey. Pues cómo a rey de otra ley? Quiérole mi amor mostrar: que esto fue por cumplimiento, que no porque su persona desde Alcalá a Barcelona venga a honrar mi casamiento, que acá tengo rey cristiano. Que le veas es razón. Vamos, que es buena ocasión para besalle la mano. Entra el rey de Aragón, y Ramiro, Fernando y Rodrigo, criados Famosa es la ciudad. Nunca tu alteza a la gran Barcelona visto había? Por fama y por retratos su grandeza imaginada sólo la tenía. Bien la enriquece el mar con su braveza, poco está della lejos Berbería. Desde esas torres de doradas cruces se pueden ver, señor, de Argel las luces. De esotra parte a Italia, por Marsella, parece que el camino se divide. Bella es la costa! Por estremo bella, que de la gente se corona y mide. No ves las atalayas que por ella van discurriendo, cuyo fuego impide, con ser señal de los lugares altos, de los contrarios moros los asaltos? Van desde aquí a Alicante y Cartagena, por Valencia y por Denia, que es ufana de las ruinas de aquel tiempo llena del sacrificio insigne de Diana. Málaga no se sigue? Y harto buena, + se nombra, a ser cristiana. También sigue la costa en Almería, cercando lo mejor de Andalucía, donde está la bellísima Granada, cuya corona goza el enemigo después que a España la alarbe espada, en campos de Jerez, murió Rodrigo. Vese el África enfrente, conquistada del claro portugués, que por testigo Algecira se muestra en los Algarves, y con Tánger y Ceuta, Arcila alarbes. Y por estotra parte? Hasta Laredo se va siguiendo luego por Colombres. Entra el Conde Dame los pies, si merecerlos puedo, famoso Rey, heroico entre los hombres. Es el conde don Pedro? Soy tu hechura. Que estéis aquí lo tengo a gran ventura. Mayor es, gran señor, la mucha mía. En Castilla no estábades? Estuve. Y aun casado me dicen. Mal podía si licencia, señor, de vos no tuve. Cubrid vuestra cabeza. Que tal día merezca ver! Porque, tras tanta nube, bien es que el sol de España me amanezca y que su luz a mi tiniebla ofrezca. La cabeza cubrid, poné el sombrero, que cabeza que ha estado en mi defensa, cubierta siempre de luciente acero, en descubrilla así se le hace ofensa. No me casé, señor, porque primero daros de todo parte el alma piensa porque si fuere gusto vuestro... Conde, no digáis más, que el vuestro al mío responde. Con quién casáis? Señor, tiene en Castilla el cielo un sol, un ángel, una dama a quien la antiguedad la fama humilla y en quien se ocupa la moderna fama en única y otava maravilla. Ya sé quién es: doña María se llama, hija del duque de Medina, Enrico. De casta de los reyes, noble y rico. Vuestra alteza hala visto? No, en mi vida. Pues eso aguardo. Huélgome en estremo, porque es de gran linaje y preferida en virtud y valor a muchas. Temo que el Duque me dilata su venida por causa de un morisco Polifemo que, como a Galatea, la servía con todo lo mejor de Andalucía. Pues ése no está allá? Así imagino. Y cómo en su venida te acomodas? Viene su padre, y honra su camino dando las cosas necesarias todas. Sólo, señor, me falta un gran padrino, cual se requiere para tales bodas. Si lo decís por mí, yo aceto el cargo. Beso tus pies. Mis brazos, Conde, alargo. Con tal padrino, quién dudar podría que ha de ser venturoso el casamiento? Tengo gran deudo yo a doña María, y a vuestro gran servicio estoy atento. Oh, caballeros! A vueseñoría damos el parabién. De mi contento el amistad le pide a quien me debe tan largo amor. Entran Marcelo y Julio, hablando . Y que vendrán tan breve. Digo que llega. Julio, yo no puedo hablar al Conde. Qué hay, Marcelo amigo? El alma te lo ha dicho. Oh, Julio, quedo! Qué hay? Que llega ya. Qué? Lo que digo; pero su padre se volvió a Toledo porque el Rey le escribió. Sea testigo de mi contento vuestra alteza. Cómo? Como hoy las manos a mi esposa tomo. Cuánto queda de aquí? Queda una milla, que habemos caminado con secreto después que el Duque se volvió a Castilla, obedeciendo al Rey, pues, en efecto... Pues qué nos detenemos? Hola! Ensilla, que si en las bodas ser padrino acepto, también es justo a recebilla vamos. Que no basta, señor, los que aquí estamos? Digo que he de ir. Por tal merced os beso los pies mil veces. Caballeros, ea. No me dan las albricias? Bueno es eso! Está hecho un pelón, no hay quien lo crea. Que no hubiera corrido te confieso. Esto es mudar estado? Ya desea guardar lo que en las bodas no ha gastado. Oh cuál es un señor recién casado! Hase de aguardar por fuerza la respuesta; no se enoje. Si ya la noche descoge su manto, partir es fuerza. Sin duda que doña Inés por ver al Conde desea llegar a la ciudad. Sea, don Antonio, por lo que es, que ya vuestros celos son más largos que este camino. Ay de quien sin ellos vino y aun no le dan ocasión! Entristecednos ahora, con vuestra melancolía, que calla doña María. Calla, sufre, siente y llora. Por Dios, hermana, te esfuerza: cese el cielo de llover. Qué ha de hablar una mujer que va a casarse por fuerza? De volverse don García con mi padre bien pudiera alegrarme, si no fuera tanta la tristeza mía, porque sé que él dio consejo a mi padre de estas bodas. Que a amarle no te acomodas, siendo de la corte espejo? Su talle, su bizarría, sus donaires, no te agradan? Aunque más me persuadan, fue grande desdicha mía. Oye aparte. Qué me quieres? Quieres bien a don Luis? Eso de veras decís? Habla claro: estraña eres. En mi vida tuve amor fuera de un término honesto: si alguno en don Luis he puesto, no ha sido amor en rigor, sino pensar que sería mi marido, pero ya no en don Luis mi amor está, ni en don Pedro, hermana mía. Ya de ti no fue querido? Por qué ahora no le quieres? Porque tú la causa eres de este mal nacido olvido, y yo sé bien que de celos, y por saber si le amo, me hablas así. Que desamo al Conde saben los cielos, y que le quieras te pido. Por fuerza le he de querer, pues vengo a ser su mujer y él viene a ser mi marido, que sólo ver que le adoras a esta sinrazón me obliga. El camino se prosiga, que tarda el Conde, señoras, y, supuesto que él no venga, será gran razón partir. No me puedo persuadir que el Conde descuido tenga. Gran gente viene: ellos son. Mi muerte sin duda viene, primo, que gozar la tiene. Señora, el rey de Aragón, que es de tus bodas padrino, viene a recebirte. Quién? El Rey. De tal parabién un rey solamente es digno; dadme las manos, señora, por deudo y por servidor. Vuestra hechura soy, señor, y esclava desde esta hora. Es el Duque vuestro padre cercano deudo y pariente de mi casa, y juntamente la Duquesa vuestra madre, y así, por esto y por ser vuestro padrino, he venido a acompañaros, que he sido dichoso en poderlo hacer, porque, cuando sólo a esto a Barcelona viniera, dichosa jornada fuera... Qué divino rostro! Honesto. . porque desde Zaragoza viniera con rostro igual. Linda cara! Celestial. Dichoso aquel que la goza! No acierto, Fernando, a hablalla: turbado estoy. Tierno y blando. Qué honestidad, don Fernando! Dichoso el que ha de gozalla! Da licencia que la hable el Conde, que no se atreve. Haga el Conde lo que debe. Rara hermosura! Notable! Dadme, señora, los pies. Conde, mi señor. Esclavo vuestro. Y su hermana alabo. Llega a hablar a doña Inés. Es su hermana? Señor, sí. Oh, señora! Esos pies beso. Perdido estoy con exceso! Marqués, qué será de mí? Venís buena, mi señora? A vuestro servicio vengo. Fernando, morirme tengo! Sin duda? Sí. Luego? Ahora. Y vos, señor, cómo estáis? Sin vos he estado a la muerte. Que a tal tiempo vine a verte! Cómo a mi hermana no habláis? Un abrazo le daré, y dos a estos caballeros. Huélgome, señor, de veros tan bueno. Cielos, qué haré? Hay tan rara perfeción? Oh, María, maría bella del mundo, oh sol de Castilla, si dieras luz a Aragón...! En efecto venís buenos? Yo vengo a vuestro servicio. Y aun a ver mi sacrificio puedo decir a lo menos. De mi tío don García y del Duque vuestro suegro es ésta. El alma alegro con tanta ventura mía. Alcanzóles un correo en Valencia, y desde allí se volvieron. Ay de mí, que me arrastra mi deseo! Qué hierbas, qué encantamentos o qué palabras escritas tiene este ángel? Irritas, gran señor, tus pensamientos. No les des hablando leña, que suele encender gran fuego una centella pequeña. Bien dices, bien me aconsejas: ya me parece otra cosa. Don Fernando, no es hermosa: mal rostro, ojos, frente y cejas, no buen cabello ni boca. Digo que me había engañado. Tienes razón si has notado aquella majestad poca, aquella fealdad sin aire, aquel melindre enfadoso, aquel mirar enojoso con poco gusto y donaire. La mujer es fea en rigor. Enemigo, vive el cielo que cubra tu sangre el suelo si ofendes su gran valor! De aquel ángel celestial ofendiste la belleza? Decía mal vuestra alteza y por eso decía mal. Marqués, mal os haga Dios! Por eso habéis de mentir? Yo quiero ese mal decir, pero no lo digáis vos. Toma mi reino segundo, alma de alma, hermosa fiera, que si otro Alejandro fuera te ofreciera todo el mundo, pero el alma te consagro: merécesla a toda ley, que aunque ella es alma de rey, tú eres ángel, qué milagro! Repórtate, vuelve en ti. Así de tus verdes años te dejas llevar? Qué engaños, ay, don Fernando, nací! Partiremos, caballeros? Cuando su alteza mandare. Pare el sol su curso, pare, María, a vuestros luceros. Hoy en vuestro mar, María, el alma se ha de anegar; no, María, sino mar adonde el alma maría. Rey eres y eres padrino. Mejor fuera desposado. Ya la noche se ha cerrado; vamos. Qué corto padrino! Disimula. Daré voces. Es bueno que así te ciegues? Plega a Dios que nunca llegues para que nunca la goces! . de que he llegado y estoy, Zulema, en este lugar. Ya no hay para qué avisar, que Gazul le avisó hoy. Estaba el Conde galán? Como desposado estaba. Y aquel sol que un tiempo daba, Zulema, vida a Argolán? Ése quitaba la vista, que no hay águila tan alta que no diga que le falta fuerza que a su luz resista, aunque con poco contento cuando a hablar al Conde entré. Y el Rey? Suspenso le hallé, retirado a su aposento, que dicen que trae disgusto, aunque la causa no saben. Plegue a los cielos que acaben estos sucesos con gusto. Mas, señor, el Conde viene. Dichoso flor de cristianos, dame a besar esas manos. Estás bueno? En este día contento y salud me sobra. Viéneslo tú? Verte sobra para bien y salud mía. Tu esposa? Hermosa y contenta. El Rey? Con deseo de verte. Quisiera el mundo ofrecerte quien su humildad te presenta, pero, en esta encamisada, te sirve de diez caballos, que bien podrás confiallos la máscara y el espada. Helos cubierto a tu usanza, con mangas de telas de oro, trayendo aparte el jaez moro hasta el hierro de la lanza. Traen, por que verlos pueda tu rey, que tan bien te trata, las herraduras de plata, las cabezadas de seda, y, para estrado, a María, de reina, cual tú la nombras, traigo venticinco alfombras tejidas en Berbería: sus cenefas un tesoro valen, aunque en esto exceda, fondos y lazos de seda, venas y labor de oro; diez almohadas tan buenas que son de perlas labradas, ellas brocado, y las borlas de aljófar y perlas llenas; sin otras cosas que son muestras de amistad también, y entre ellas un parabién labrado en el corazón. Vivas, Argolán, mil años! Dame esas manos amigas, con que al Conde tanto obligas y vences reyes estraños. Mi esposa y yo, agradecidos estamos a tu valor. Conde, estimad este amor, que déste seréis servidos. Pero es este caballero el del desafío contigo? El mismo. Hacedme su amigo, Conde, que hablarle quiero. Confirmad el amor nuestro, que no es bien hecho tener enemigo que ha de ser, Conde amigo, amigo vuestro. Don Luis, el Rey me ha pedido que os haga amigo con él. Eso os pidiera por él, que no estoy dél ofendido; yo soy tu amigo, Argolán, porque heridas de tal mano honran un pecho cristiano y nueva fuerza le dan. Que soy tu amigo confirmo y te ofrezco mi amistad, y que aquesto sea verdad con mi misma sangre firmo. Quien tan hidalga la tiene a su deuda corresponde. Tómeos las manos el Conde si por ventura conviene, y vámonos, porque es tarde. Dadme las manos los dos. Yo hago testigo a Dios que esta fe y lealtad guarde. Y yo lo juro a Mahoma sobre su mismo Alcorán. Y los brazos no se dan? Éstos con el alma toma. De los míos te aseguro que se harán por ti pedazos. El que merece tus brazos bien puede vivir seguro. Si te ofendieron los míos, la espada fue que llegó: amor del Conde forzó sus aceros y los míos. Entre dos amigos tales yo ser Dionisio quiero, juez, amigo y tercero. Todos tres lo sois iguales, y, si me hacéis cuarto a mí, mañana salir deseo de vuestra librea al torneo. Pues, que saldrá el Conde? Sí. Aunque moro, por Alá, que he de armarme y combatir. Conmigo puedes salir. Eso obligado me está, que jamás te veré armado, aunque sepa que te burlas, que, para veras o burlas, no salga, Conde, a tu lado. Vamos, y verás al Rey. Ya el alma verle desea. No muera hasta que te vea, Rey, convertido a mi ley. Repórtate, señor, siquiera un poco. Pides cordura a un loco, a un enfermo alegría, sol a la escura noche, luna al día, al vario mar sosiego, ligereza a la tierra, peso al fuego, al viento cuerpo, al agua color pides, un infinito mides, buen ingenio a los rudos, lengua a los peces mudos y fieros animales, que no sosiega el alma en tantos males. El ver que un imposible no te mueve... No hay cosa que me lleve a mayores enojos que es ver que es imposible, si mis ojos, por ser de rey, no pueden ver a otra, que sin ella queden. Si tesoro imagino, como en sueño de tesoros soy dueño; si fiestas imagino, con mil fiestas me salen al camino; si edificios contemplo, qué mayores?; si reinos, qué mejores?; si ciudades, qué iguales?; si vestidos, mis púrpuras reales; si el fénix, yo le tengo; si el mar, mis plantas besa cuando a él vengo; si naves, llena está la hermosa playa. No hay cosa que no haya, sujeta a un rey, tan grande como en las lenguas de los hombres ande: tesoros, fiestas, huertos, edificios, ciudades, reinos, puertos, fénix, vestidos, naves, todo aquello que puede comprehendello el deseo del hombre, hasta las cosas que no tienen nombre, pero sola María es imposible sola al alma mía. Divierte ese amoroso pensamiento con ver el casamiento que hoy se hace y que hoy la goza, y vuélvete mañana a Zaragoza, donde hay mil damas bellas. Qué mal podrán curarme todas ellas, demonios son para mis ojos todas! Estorbaré las bodas: no quiero que la goce. Mal del Conde el servicio reconoce. Qué dices? Que es muy justo. Muy bien dices: rey soy, haré mi gusto. Será crueldad, infamia y tiranía. Es posible, María, que el Conde ha de gozarte sin que a estorbarlo un rey pueda ser parte? Muero, rabio en pensallo. Qué me detengo, pues? Quiero matallo. Oye, señor. Detente, no lo impidas; va más en diez mil vidas que en la de un rey, que importa a todo un reino? El cuello presto corta de ese conde atrevido. Alumbre Dios tu alma y tu sentido! En esto me resuelvo! Aquí está el moro que a tu real corona viene a ofrecer su vida. A qué mal tiempo llega su venida! Señor, háblale. Necio, trato cosa aquí de menosprecio? Estése allá, responde que no pude, que Mahoma le ayude. Tú en estas cosas andas? Escucha un poco. Qué me mandas? El Marqués me ha enfadado; hazme un servicio. Oh rey acelerado! Tu esclavo y tu hechura soy. Ya sabes que los ojos suaves de la hermosa María son ahora el Argel del alma mía: sacadme de cautivo. Cómo podré, señor, si el Conde es vivo? Mata al Conde. En buen hora. Parte luego. Señor, que estés tan ciego! Vuelve! Muy necio he sido, que es vicio un rey ser desagradecido. Sirvióme el Conde Coh cielos!C, sirviéronme sus padres, sus abuelos. Aquí están sus servicios y mi gusto: vencen ellos, que es justo. Mas, si vivir no puedo... Anda, mátale ya, resuelto quedo. Yo voy, señor. Espera, no le mates. Oh, Amor, que a un rey como a un villano trates! Pero matar un hombre un rey no puede? Si de razón excede, señor, de ningún modo. Pues tiene el rey juez? Dios sobre todo. Pues alto: a Dios se tema y Él se duela del fuego que me quema. Entra Rodrigo Todos esperan, gran señor, qué aguardas? Eres padrino y tardas? Ya las damas se quejan. Está ahí el moro? Ya, señor, le dejan, porque al Conde acompañan. Rodrigo... Gran señor... Éstos me engañan, que, como ven que muero por la esposa del Conde, injusta cosa dicen que es darle muerte. Tú mueres por su esposa? De qué suerte? Luego no lo sabías? Ahora lo oigo. Estrañas fantasías! Estoy tan ciego que esto a todos digo. Ahora parte, Rodrigo: pónganme postas luego. Por Dios, señor, y por quien eres ruego a tu real grandeza mire que es de este reino la cabeza y que es indigno en ella un mal ejemplo! Y a un rey que ha sido templo, aunque en tus años verdes, de valor y virtud, si así te pierdes harás en toda España se suene y se murmure tal hazaña. Qué hará su padre el Duque y sus amigos y todos los testigos de aquesta ilustre boda si la revuelves tú con sangre toda? Mira que por la Cava apenas de llorar España acaba. Pues qué, saldré, Fernando, y casarélos? Cásalos, y esos celos y aquese mal violento cesará, como el sol, en un momento suele quitar las nieblas, y cesarán del alma las tinieblas. Pues vamos, que allá fuera veré al moro. Esas manos adoro y aquesos pies reales. Que no la he de gozar? Con eso sales? Vamos, pues tú lo quieres. Eres mi rey. Y tú, María, quién eres? Que sólo aguardan al Rey. Dices al moro que vino? No, sino al noble padrino de nuestra cristiana ley, de romanos triunfo digno. No es por estremo galán? Cuantos en la corte están, de hermosura y bizarría, de gala y de gallardía, aqueste nombre le dan. No le imaginé tan mozo. Dichosa quien le posea. Dichosa la que en tal gozo con tal marido se vea. Que tan bien te ha parecido? De cuanto he visto me olvido: cerca de quererle estoy, a no ver que también voy cerca de tener marido, que aunque no lo es, en efecto, por fuerza lo habrá de ser. Ya le comienzo a temer, que me obliga a su respeto el nombre de ser mujer. Bueno es el Conde, y yo quiero aquello que es mío. Ay de mí! Qué dices? Digo que sí, que es principal caballero. Es el que el cielo me ha dado. Cuando me le quitó a mí. Ya el Rey, señora, ha llegado. Quiero entrar por ella; di que se aguarde el desposado. Dale, señora, si es dino un rey, la mano a un padrino para que os saque a velar. Las vuestras quiero besar. A un hombre un ángel divino? Ves aquí, señor, mi mano. Dichoso, y más que dichoso, quien la merezca de esposo. Yo, señor, soy la que gano, que es el Conde hombre famoso. Ya vuestra mano he tomado. Verdad es que la tenéis. Cuál, señora, más queréis, aunque aguarde el desposado cuyo valor conocéis, ser mujer del Conde o ser de un rey de Aragón mujer? Mujer del rey de Aragón. Pues desde aquesta ocasión por tal os podéis tener. Yo soy vuestra esclava. Y yo soy vuestro. Di que entren, hola, esos caballeros. Diola de ser su marido o no? Entra acompañamiento Entrad, nobleza española: seréis de mi bien testigos. Entre todos tus amigos nadie estima más tu bien. Aquí la muerte me den mis cuidados enemigos. Esto vi! Esa mano hermosa dad a la mía dichosa. Ya, Conde, otro dueño reina. Si os la da, es como reina, mas no como vuestra esposa. Y vos bien la podéis dar, pero a besar solamente. Cómo, señor, a besar? Pues no...? Sí...? Cuándo...? Pariente, ya no es tiempo de dudar, ya es mía doña María. Si soy rey vuestro, este día le besad todos la mano. Tengo, pues dime en qué. En vano es, Conde, vuestra porfía. Besalde la mano luego. Y vosotros, qué aguardáis? Por muchos años seáis nuestra reina. Que a esto llego! Esto, cristianos, usáis? Pedro, pon mano a la espada, que aquí está Argolán. Si agrada a tu majestad mi esposa, haz una cosa... No hay cosa; no hay hablarme, Conde, en nada. Ya doña María es mía y, pues que mi gusto es, dad la mano a doña Inés. Señor... Estraña porfía! Señor... Quéjate después. Mi cuñado no serás, y yo tu hermano? Si estás resuelto en que así ha de ser, ya que me quitas mujer, recibo la que me das. No te ofendas, Argolán, porque, si las leyes van a donde quieren los reyes, los que se van tras las leyes más seguros estarán. Ello no estaba del cielo que fuese doña María mi mujer, mas, reina mía, beso sus manos y el suelo de sus pies. Tente, desvía. Mis brazos, como a cuñado, con licencia del Rey doy, y a mi hermana. Suya soy. Yo vuestro. Aquesto ha pasado, y que sufriéndolo estoy! Esto, señor, te decía: en balde nadie desvía lo que es de los cielos ley. Ves aquí mujer de un rey: la hermosa doña María. Désta nacerá Fernando, que con la hermosa Isabel, Castilla a Aragón juntando, harán eterna y cruel guerra al granadino bando, y, los moros de esterrados, los Católicos llamados a Nápoles ganarán, merced del Gran Capitán, sol de españoles soldados; y, casada con Felipo, duque de Austria, su gran nieto, tan valeroso y discreto que a los nueve le anticipo divinamente perfeto, nacerá el gran Carlos de ella, padre y abuelo de dos Filipos, en quien se sella nuestra perdición. Ay Dios, que he nacido para vella, y que tu astrología fue verdad! Doña María es ya reina de Aragón. Publíquese, que es razón. Maldigo la suerte mía! Pedro, yo vuelvo a mi tierra, pues el pronóstico ya se cumplió. El cielo no yerra. Allí estaré, en Alcalá, para la paz y la guerra. Olvidaráste de mí? Cómo puedo, si de ti tan obligado me veo? Más debes a mi deseo. Zulema, vamos de aquí. Argolán... Rey, no es justo que vais con ese pesar, pues el Conde tiene gusto. En qué os sirvo? En qué? En honrar mis bodas, que es caso justo. Esto, Rey, no te alborote; que, a no ser de ley cristiana, al Conde diera una hermana con todo un reino por dote. Aquí un reino y un rey gana: abrazadme. Ya ha cesado, con los brazos que me has dado, mi enojo. Bien lo remedia. Aquí acaba la comedia del Padrino desposado.