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Texto digital de Osar morir da la vida

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Atribución tradicional
Juan de Zabaleta
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Osar morir da la vida. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/osar-morir-da-la-vida.

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OSAR MORIR DA LA VIDA

JORNADA PRIMERA

¡Muerto soy! Di, ¿por qué causa me das la muerte, enemigo? La curiosidad es buena en el último suspiro. Detén el sangriento brazo, que es de dos vidas cuchillo. Esposa querida, adiós. Adiós, esposo querido, que quizá te veré presto. Pues en vano me retiro de la furia de este aleve. Detente, hermoso prodigio, gallarda mujer, espera, enfrena lo fugitivo, pise tu temor las plumas que calza por que en sí mismo tropiece, pues no al estrago te busco, sino al cariño, mas no quiero consolarte, porque en el duro conflicto ese bellísimo rostro a todas horas divino no sé qué hermosura nueva se granjea en lo afligido. La crueldad ejercitada de mi brazo en el que a gritos llamabas marido ahora que es dulce nombre marido no es nueva en mi condición porque tengo por oficio, habitando aquestos montes, verdes penachos de Egipto, impedir esas campañas, infestar esos caminos, rodeado de pistolas, con más de ochenta bandidos, de quien yo soy capitán, donde quito a un tiempo mismo al tímido pasajero, vanamente prevenido, la vida con el caudal, y a estas dos cosas me inclino por dos causas diferentes, porque sabrás que le quito por necesidad la hacienda, pero la vida por vicio. Es deleite en mí el matar, y tan grande que me aflijo de no ser señor del mundo, porque pienso que me privo de poder dar muerte a todos cuantos en él han nacido. Con todo el linaje humano tengo guerra, y aun te digo que yo mismo me matara, y examinara los filos del más castizo puñal en aqueste endurecido corazón a no entender que aqueste nuevo delito, como lisonja a mi rabia, era al mundo beneficio. ¿Ves ese río que hace melancólico ruido y pisa como con miedo este formidable sitio? Pues solo lágrimas lleva, lágrimas son yo lo afirmo lloradas en las ciudades por las muertes de que vivo, que tantos ríos de llanto bien pueden formar un río. De él bebo continuamente, despreciando el cristal limpio que derocan esas peñas, no más de porque me han dicho que las lágrimas son sangre bien que el traje desmentido, porque beber sangre humana es para mí grande alivio. Varias veces las justicias con mucha gente han querido prenderme en esta montaña, golfo de árboles y riscos, mas yo, como suele el tigre que el sordo estruendo ha sentido de turba de cazadores, sin ofuscársele el tino, esperezándose grave, como si amara el peligro, eriza todas las manchas y de semblante engreído la piel afloja del rostro y luego, en el más vecino pedazo de roca, templa las uñas al desafío, cuando, disparado adonde le está llamando el latido del bullicioso sabueso, canes trinchando prolijos al cazador más cercano, bien o mal apercibido, a medio morir se lleva entre los fieros colmillos tan seguido de los ojos como dejado del brío. De esa misma suerte, cuando, como a fiera han pretendido acosarme, en esta selva puesto acomodado elijo y de los que me rodean asgo del más atrevido y oprimido entre mis brazos, le meto en el laberinto engañoso de esta sierra y, después de haber sabido de él cuanto en la ciudad pasa, de un cerro le precipito, y de no haberlo hecho antes pienso que va agradecido. Dirás tú ahora que cómo se valió de un tan maldito hombre como yo Paladio para tan grave designio. Yo no lo sé ¡vive Dios!, pero solo sé que vino a esta sierra dos días ha y que agradable me dijo que para robarte había menester llevar consigo un hombre de mi valor. Yo, aunque lo dudé al principio, como era para hacer mal, me determiné a seguillo, que atado por un cabello me llevaran a un delito. Fuimos, robámoste anoche, a esta montaña volvimos, porque desde aquí quería llevarte hoy a un lugarcillo que yo imagino que es suyo y en él casarse contigo, pero de matarle yo tuve tantos incentivos que no pude resistirme. Ya está hecho, los gemidos a él no le han de dar la vida y a mí me darán fastidio. No hay, sino buen corazón, Serena hermosa, pues libro tu vida de este común fiero ensangrentado rito. Mi albergue es entre esas peñas donde como fiera habito, pero de hombres y mujeres venerado y asistido. Ahí estarás regalada, que ya el plomo arrojadizo o ya doméstica fiera, atentos en tu servicio, rendirán a tu hermosura, como quieras admitirlos, con parda piel el conejo, la perdiz con rojo pico, corzo tocado de ganchos, jabalí con remolinos, uno mordido del perro, otra del azor arbitrio, aquel del plomo alcanzado, este del venablo herido, ensangrentando la yerba, el aire manchando a giros, estremeciendo los robles, inquietando los encinos, y yo te rendiré el alma, dicha que nadie ha tenido. Sin lágrimas y con vida ¡ay de mí! pude escucharte mientras dudaba si era entre mil dificultades verdadera mi desdicha, porque hay algunos pesares que, por parecer mayores que lo posible o lo grande, aquel mismo corazón que los tiene no los sabe. Y, así, esta desventura que hoy a mi vida se abate, lo que he tardado en creerla, eso ha tardado en matarme. Muerta estoy, que solo vivo del dolor a los embates. Dentro allá del pecho mío mi triste corazón yace, que la voz es epitafio de este mármol miserable, pero, si acaso los cielos conmigo en esto agradables alguna piedad te dejan, aprovéchala en quitarme esta apariencia de viva, porque, aunque mis ansias saben que estoy muerta, y para mí es satisfacción bastante, está mi afición corrida y muy de mal se le hace que tú por viva me tengas, teniendo yo penas tales. ¡Oh triste y funesta noche en la que salió a robarme el infelice Paladio! (¡Vive el cielo que me parte aquel llanto el corazón! ¡Ah, hermosura y lo que vales! Paladio, señor, esposo. ¡Oh qué sin fruto es llamarle! Espérame, que ya voy, querido esposo, a buscarte. Detente, Serena hermosa, no uses mal de mis piedades. (Parece que tengo celos.) Apolonio, no embaraces los pasos a mi dolor, déjame ir a llenarle de lágrimas las heridas al adorado cadáver, porque, como en cada una afligida una alma sale, si por las heridas entran y allá en el pecho se esparcen, quizá rehacerse una vida con mil almas será fácil. (Amor, dime, ¿cómo eres tan sufrido en declararte?) ¡Que esto los astros dispongan! Quien más pudiera quejarse en esta ocasión soy yo, cuando siento atormentarme con rigor de una hermosura, dulce pabellón de un áspid. Pluguiera a Dios que yo fuera tan hermosa que vengarme de ti pudieran mis ojos o fuera de tal coraje que entre la garra y el diente pudiera despedazarte. Pluguiera a Dios que a una nube supiera desentrañarle un rayo para poder con mi mano fulminarte, pero, ya que esto no puedo, tú podrás hacer que esmalte el carmín de aquestas venas esas flores, mas... No pase en ofensa de mi amor tu lengua más adelante. ¿Yo matarte, yo ofenderte, yo oprimirte, yo injuriarte? Mal de un corazón rendido conoces las humildades. ¡Ay, Paladio de mi vida! Si otra vez te oigo nombralle..., pero escucha. ¡Que yo viva! Entré por estos breñales siguiendo un herido corzo que era exhalación de sangre y es tan veloz que seguirle aun con los ojos no es fácil. Yo debo de estar sin duda de mi gente muy distante, mucho siento imaginar que en volver he de tardarme y habrá venido Apolonio, porque él dijo que esta tarde había de volver al monte, que mi corazón amante siente mucho sus ausencias. ¿Tan poco mi ruego vale? Sin duda, hermosa Serena, que la crueldad me robaste. ¿Quién es el tirano ahora? Una voz me trae el aire, mas una mujer y un hombre hablan hacia aquella parte. Apolonio es. ¿Que lo dudo? ¡Ah, traidor! Quiero llegarme, un poco más los oiré. Contigo podré casarme... (¡Bueno va, por vida mía! No ha malogrado el viaje. ¡Que haya quien en hombres fíe, sabiendo sus falsedades!) .y no importa que nobleza a mis ascendientes falte, que a mí mi valor me basta. Eso no puede dudarse, dice la pura verdad. Lesbia, ¿tú en este paraje? (¡Vive Dios, que nos ha oído!) Digo que es razón casarte, yo te doy el parabién. (Esto faltaba a mis males.) Seáis, señora, bienvenida. El cielo, señora, os guarde. Lesbia, esta dama que ves es de tan claro linaje que no luce más el sol y está aquí por causas graves. (¿Qué sé yo qué he de decirle?) Ea, Dios te la depare, pues, si esa dama es tan noble y de tan ilustres partes, ¿cómo se viene contigo?, pero ya la duda es fácil, a ti tu valor te basta. Lesbia, ¿tengo de enojarme? Aquesta mujer es loca, no os dé pena lo que hace. ¡Que en un día se enamore una señora tan grande! Llegaos acá, por mi vida, y de esta duda sacadme. ¿Amábaisle por retrato? Los celos te persuaden, amiga, cuanto imaginas; otras desdichas me traen adonde permite el cielo que hasta la muerte me falte. (Ella está ya arrepentida y para poder quejarse se vale de esta disculpa.) Traidor, ¿por qué la engañaste? ¿Para qué fue aqueste entedo? Pues a mí no has de engañarme y ella no ha de estar aquí... Ya bastan las necedades. Ruégale tú que me deje ir o que mi vida acabe. ¡Hay lástima como esta! Apolonio, dame, dame licencia de que me vaya. Dásela, acaba. Esto baste. Yo lo quiero. Yo lo pido. No dudes. No lo dilates. Es mi gusto. Es mi remedio. ¡Hay porfía semejante! Dejadme las dos o haré, vive Dios, un disparate. (Sobre ofenderme, me riñe.) (¿Que aun hay más penas que pase?) Yo me vengaré si puedo. Sal de entre esos matorrales, echa por acá, chiquillo, que tienes de despeñarte. El pajarillo se fue porque no pude alcanzalle y tengo el mayor regaño. Pregunto, ¿soy yo su madre? Que, si bebe, «no te mojes», cuando come, «no te manches», si corre, «mira no caigas», si juega, «no te desgarres», en la cueva, «calla, niño», al dormir, «no te destapes», hecho pendencia por siempre jamás y otros mil jamases. Calla, que te quiero mucho, no me riñas. Tal donaire no he visto en toda mi vida. El rapacillo es un ángel El ruido con que vienes... Donde hay niños no te espante que le haya, que por eso los enamorados hacen tanto ruido, porque siempre un niño consigo traen, y aquí para entre nosotros, si se me diera de balde lo vivido porque fuese otra vez niño, mil sastres difuntos jueguen conmigo en el monte y en el valle si lo aceptara, porque es un martirio incomportable sufrir a una agüela sorda que, a título de sonarme con el babador los mocos, las narices me deshace, a una tía que, muy necia, con achaque de espulgarme me repela y, si me quejo, me aporrea por que calle, a una madre que, devota, antes de cenar me hace rezar las cuatro oraciones y ofrecerlas por mi padre, luego un huevo en un trapito me da y agua y a la hambre no se le da dos arvejas de la cena miserable, porque, de un pollo mojado, ¿qué caudal ha de hacer nadie? A una... ¿Piensas acabar? Laus Deo. Bien remataste. Escucha. ¿Que empiezas tú otra obrilla? No. ¿Ya sabes que aquese chiquillo es hijo del gobernador infame de Alejandría? Sí sé, y que en los mismos umbrales de su padre le cogiste, que luego me le entregaste para que cuidase de él. ¿Y que sin causa bastante me persigue cada día? Pues, por si se me olvidare, en recogiendo estas damas, acuérdame que le mate. ¿Díceslo de veras? Sí, Macario. Entre las duras crueldades del león aun no se halla la que intentas por vengarte, porque él perdona a los niños. ¡Villano! Es gran disparate. ¿Qué hay, tía Lesbia? Ya lo ves. No vi niño tan afable. ¿Quién es aquella, señora? Otra tía. ¿Y qué me trae? Pregúntaselo tú a ella y lo sabrás. En un aire. ¿Tía es ella de mi tierra? ¡Que esta gracia no te ablande! ¿De dónde sois vos, mi bien? De Alejandría. Ya es tarde y es hora que vamos donde ha Serena de alojarse. A la cueva de Macario puede ir esta noche. Tate, que es mi Narcisilla un tigre. Conmigo puede acostarse, que en tantísima de hierba duermo y un gabán muy grande de tío, que en él me abriga y me da pan por que calle. ¡Hay niño tan apacible! Más cortés presumí hallarte, Lesbia. (La cautela importa.) Sea como lo ordenares, llevémosla a nuestro albergue, que es el mejor hospedaje. Habla al capitán, Tirsillo. Pienso que quiere pegarme y tengo miedo. ¿Adivinas? Vamos, Serena. (No paren los males hasta la muerte.) (¡Que así unos ojos me abrasen!) (¡Que así los celos me aflijan!) (¡Que quiera ofender a un ángel!) (Si yo hallara un pajarillo...) ¡Que esto mi desdicha trace!) (Amor, yo haré por vencella.) Celos, yo haré por vengarme. ¡Oh soledad, que haces noche y día a quien te entiende dulce compañía! ¡Oh santa y dulce calma en que hace de sí misma cielo el alma! ¡Oh ciudad de quien son habitadores el silencio, la paz y aquestas flores! ¡Y oh cómo bien lo mira el que a ti se retira! ¡Y oh tantas veces bienaventurado, cuántos no ocasionado, porque allá en las ciudades por más puntualidades y que tenga un alma atenta, engolfada en la bulla turbulenta, cada cual con el vicio que ejercita le estraga una virtud o se la quita! En este de montañas duro abismo vivo conmigo mismo y, por que más asombre, vivo con un mal hombre, que soy muy malo yo, y así no quiero fiarme yo de mí, sino ligero hacia Dios me encamino, que huyo de lo mortal a lo divino y en tan dura pelea Dios me libra de mí, bendito él sea. Para ganar la celestial morada de todos deseada, de pocos pretendida se nos dio el breve espacio de la vida, tan breve, tan escaso, de tan ligero paso que aun al más advertido le parece soñado lo vivido, en que claro se enseña que un día en otro día se despeña y con igual porfía un día se sepulta en otro día, y así el tiempo confiesa que el vivir es morir a toda priesa. Y, siendo de esta suerte entre delirios vano, a la muerte, que neciamente ¡ay, Dios! su edad emplea, el que anhela, el que suda, el que pelea y descanso no halla aun en su cama, solo por negociarse grande fama, contento con dejar su nombre escrito ¡oh error infinito! ¡oh terrible locura! sobre la piedra de una sepultura tan venerada del humano culto, por el cadáver que contiene oculto, por la sombra que calla, que lo más que hacemos es pisalla. Pero la sed me aprieta, que a esto la humanidad está sujeta, y aquella fuentecilla, que es de vidro risueña maravilla a cuyos no cuajados cristales esos riscos agobiados, sospecho que se arrojan y forcejando su prisión la aflojan para beber de bruces su corriente y la risa que bulle dulcemente parece me convida a que apague mi sed enfurecida. Quiero llegarme, pues que Dios me ha dado bernegal de esmeralda en este prado. Dime, ¿dónde estás, Serena?, que en vano te solicito y de angustia el alma llena de una herida resucito para morir de una pena. La mucha sangre vertida por esta reciente herida aun no ha podido acabarme, que por solo atormentarme está rebelde la vida. Por muerto en esa campaña quedé y pienso de mi suerte, como siempre muestra saña, que me ha tapado la muerte la herida con la guadaña. Llegué al agua y al bajarme trémulamente ha querido en mis canas enseñarme lo que tengo ya vivido. Quiero volver a mirarme. Esta sangre, que no es poca, al buscarme, causa enojos el bien que mi vida invoca, mas, si me impide los ojos, no me cerrará la boca. Serena, Serena bella, no atiendas a mis dolores, pero juzgo en mi querella que te detienen las flores para jurarte de estrella. Lánguidas voces escucho como de hombre que se queja. ¡Qué mal con mi suerte lucho! Pues no responde a mi queja, de su vida el daño es mucho. Serena del alma mía, ya no podrá la porfía del hado borrar tu nombre. Herido miro allí un hombre. ¡Que no mate esta agonía! Sin duda que los bandidos que habitan esta montana le han puesto de esta manera. ¿Cómo he de vivir sin alma? Quiero ira socorrelle. ¡Quién a Apolonio matara! Deo gracias. Hijo, ¿qué tiene? ¡Ah, traidor! ¿De nuevo tratas de ofenderme? Yo me alegro, pues podré tomar venganza. Mire, hijo, que no soy quien piensa, porque turbada con la sangre está la vista y la razón con las ansias. ¿Quién sois, anciano piadoso? Un hombre soy que acompaña los árboles de esta sierra. ¿Habéis visto por las vanas sombras del monte escondida una mujer cuya cara de dos soles y una aurora se compone soberana, estos con rayos de oro y aquella con luz de nácar? No he visto lo que me dice. Hijo, trate de su alma, advierta que es el morir caso de tanta importancia que el morir es lo de menos en él, si atento repara en lo tremendo, en lo horrible del juicio que le aguarda. Mire lo que en esto va. ¡Ay, padre, que con palabra y fe de esposo la truje! Ea, ya, por Dios, no haga caso de eso, que no es tiempo. ¡Oh padre, cómo declaran vuestras palabras quién sois, que ellas son con fuerza rara para ver si es mala o buena la fisonomía del alma! Vos me aconsejáis lo cierto, decís bien. Yo confesara si con quién hubiera aquí. Yo soy sacerdote. ¡Oh cuánta alegría me habéis dado! Mas, si el maricón llorara, que viene haciendo pucheros... Moverse siento las ramas de aquellos robles y pienso que allí los bandidos andan. Déjame llorar, Narcisa, un día, que tengo gana. Seguido de una mujer, un hombre del monte baja y aquí no estamos seguros. En Dios ponga su esperanza y, arrimado al hombro mío, me siga. Ya me espantaba que aun esta breve quietud sustos no la profanaban. ¿De qué lloras? La pregunta, a ser mujer, no era mala, que, por mentir, por los ojos lloran sin tener más causa. Pero ya caigo en el chiste. Sí, que el caer en ti es maña y, con caer tantas veces, ninguna te descalabras. La verdad, ¿el arrojar esas lágrimas no es traza para que no haya en tu cuerpo tan sola una gota de agua? No, sino por ver si huyes de mí por lo que te enfada. ¿Quién me ha de decir ahora tío? ¿Quién por las mañanas me ha de pedir de almorzar diciéndome dos mil gracias? ¡Que llore aqueste buen hombre con todas aquellas barbas porque dio muerte Apolonio al chiquillo que él guardaba, hijo de un gobernador que es su enemigo! Malvada, Nerón encarnado fiera, aun más que tu misma cara antes de darla su ajo, sierpe cruel con escamas de seda, ¿sabes qué pienso de tu condición tirana? Que, como a otras un ojo, a ti el corazón te falta. ¿Por aquel niño no lloras? Salteadorcillo de trampa, si lloras de ver matar, ¿qué tienes de hacer si matas? ¿Yo, matar? Pues ¿quien saltea qué puede hacer? Mentecata, di, ¿qué quita en un vestido el salteador de más garras si con las balas le rompe y con la sangre le mancha? Advierte que hasta el tomar por fuerza ha menester maña. ¡Qué ingenioso es un gallina! No sea usted desvergonzada, que juro a Dios... Seó Macario, yo nunca gusté de mandrias. Paréceme que le arrimo. Oigan con qué me amenaza. Y sobre lo dicho tiene que es con lo que más me enfada otra cosilla. ¿Qué cosa? Que cuanto ha que me habla no me ha dado un papirote. No pensé yo que era tacha. Mire, cuando a una mujer, por quítame allá esas pajas, le da un hombre con un plato y luego veinte puñadas se echa de ver que la estima y en efeto es dalla. Basta. Hasta saber esto, antes les diera yo de patadas a las niñas de mis ojos y un chirlo en mi misma alma que tocarte a ti en un pelo, pero, ya que te declaras por cómplice en la opinión, soes de aquesa canalla pecaminosa he de darte, que el mal gusto me da rabia, más de diez mil pretinazos. ¿A mí? A ti. ¡Que me mata! Calla, que me has de adorar antes de cuatro semanas. Pícaro, bien se conoce que vienes de gente baja, pues que para una mujer la infame mano levantas. ¡Válgante dos mil demonios! ¿En este punto no acabas de decir que no es querida la que no está aporreada? Eres un hombre ruin. (Señores, de aquí se saca, pues ven lo que son mujeres, que no hay con qué contentarlas. Quiero hacerla que me quiera un poquito más.) Acaba, que estás insufrible, Lesbia, y tantos celos me cansan. (Su remedio fue Apolonio.) ¡Que yo sufra aquesta infamia!) (¿Hay tormento como verse una mujer despreciada?) ¡Ay, Serena, ingrata mía!) ¿Qué tienes, Narcisa? Nada. ¿Por qué llora? Qué sé yo. Pues di, ¿qué ocasión la dabas? Corrección tunda. Eres un... Narcisilla, ¿tras qué andas? Entierra luego aquel niño junto aquella fuente. (Harta piedad es que le dé entierro.) Adiós, Lesbia. No te vayas, que, aunque Serena es esquiva y desdeñosa, la banda que le diste traerá puesta, que teme la más honrada. Tengo otras cosas que hacer. ¿Y para ir a llevarla en la barquilla que tienes en esa orilla amarrada a pasear por el río es temprano? (No me bastan ¡vive Dios! dos mil paciencias con esta mujer. (¡Mal haya cuanto te he querido!) Lesbia, no me des la muerte a pausas, di de una vez cuanto sientes y no me atormentes tantas. Fiero Apolonio, traidor, que estás en tan vil sujeto, sin sangre para el respeto, sin alma para el amor, ¿así aprecias el valor de mis amantes acciones, haciéndome sinrazones? ¡Oh cómo no hace bien quien piensa obligar a quien le faltan obligaciones! ¡Que seas ingrato tan necio y tan loco tu furor que aquí te ofenda el amor y allí te agrade el desprecio! ¡Que mi fe no tenga aprecio, que un desagrado la huelle y una ingratitud la selle!, mas no es justo que me asombre, porque ya en cualquiera hombre es el amalle perdelle. El mérito no previno mi afición, que no le tienes, y, pues mereces desdenes, y te quiero, es mi destino. De este necio desatino yo me libraré ingeniosa y con ansia fervorosa intentaré aborrecerte, que a despecho de la suerte en esto he de ser dichosa. Dícenme aquí mis errores que no podré en mis contiendas ni olvidarte, aunque me ofendas, ni quererte, aunque me adores. En tan confusos rigores y afectos tan encontrados, yo sé bien de mis cuidados que apagarán mi afición, porque es mayor tu traición que la fuerza de los hados. ¡Qué locamente te quejas! ¡Qué neciamente me ultrajas! (Mientras más Lesbia me riñe, más Serena me avasalla.) ¡Que no hay hombre que sea bueno!) Cierto que estás temeraria, Lesbia. Oye mi razón y más que nunca me valga. Yo quiero desenojarte, Narcisilla, en dos palabras. Casi sano de mi herida porque el cielo le quitó, si no al traidor brazo el golpe, al golpe mucho rigor, que superficial el daño por entonces me privó del sentido, pero luego mitigó la indignación, De la cueva de Zocimo salí, donde me albergó, que el cuidado de buscar al dueño de mi afición no se aviene con el ocio y desde aquel cerro vio a Apolonio mi desvelo con una mujer ¡ay Dios! a cuyo semblante falta la agradable perfección de mi Serena y pretendo, disimulando el ardor de mi enojo, con caricias, saber de él si la mató, si la guarda o si se fue, que la primera atención debe ser en mí el hallarla, que después bien sabré yo castigar tanto delito sangrientamente feroz. ¿Ya me quiebras la cabeza? ¿Cuándo en mí lealtad faltó? Aposonio. ¿Quién me llama? O es lo que miro ilusión o es quien me habla Paladio. ¿Qué miras? Paladio soy. Señor, ¿el que tú mataste? Sí. ¡San Lucas, san Antón! Turbada estoy y confusa. Perdida de miedo estoy. Pues bien, ¿qué quiere Paladio? Bien te acuerdas lo que obró tu rigor conmigo cuando usaba de tu favor. Bien me acuerdo. Ahora se abraza con él y se van los dos a la otra vida luchando. Pues ahora con amor, dando al olvido mi agravio y ofreciendo cuanto soy a tu servicio de nuevo, te pido que la mejor parte mía, que es Serena, me vuelvas o que tu voz fielmente me notifique lo que su suerte ordenó. (Muy buenas misas le pide.) (¿No parece petición aquesta del otro mundo?) (Ahora veré la intención de Apolonio y si me sale de todo pento traidor.) (Que quedase este hombre vivo...) A que respondas estoy aguardando y cada instante es muerte en la detención. (Yo le tengo de engañar.) En la selva se escondió mientras que yo con tu vida usé de mi condición, desde allí se fue a una aldea, según lo que me contó un villano, y, finalmente, que vive en la ciudad hoy. (¿Hay tan horrenda mentira?) Feliz muchas veces yo si es así. Pues así es. (¿Para qué quiere la voz mi enojo? ¿De cuándo acá no es libre cualquier dolor?) Jura que esas son verdades. Juro que verdades son por la vida de mi Lesbia. (¡Hay semejante traición!) Tan verdad es lo que jura que aquí la trujo y la dio por prisión su misma cueva, donde aspira a su favor. ¿Cómo me engañas, aleve? Quien te engaña no soy yo. Pues ¿quién? Aquesa mujer. (Si aquí la muerte le doy y aquesta mujer me llevo, serán los aciertos dos, pues que vengaré mi agravio y ella me dará razón de Serena. ¡Qué de males se encierran en mi pasión!) (¡Que así me pierda el respeto!) (¡Que no me tenga temor!) Aquesto ha de ser. Villano, ya que mi enojo no halló en las cautelas remedio y que es forzoso el rigor para más castigo tuyo y para mayor baldón, te he de matar y llevarme esa mujer, vive Dios. (Él lo pensó lindamente y aquí la resolución se verá de una mujer.) Ya de vuestra parte estoy, matalde ahora si os importa, pues ya me tenéis con vos. (La mujer que no se venga a ser mujer no llegó.) ¿Qué haces, mujer del demonio? Hace la cosa mejor que ha hecho en toda su vida. ¿Cuánto va que el tal señor se pierde ahora por ella? Que hayáis vivido los dos un instante en mi presencia... Sin duda que no soy yo Apolonio, mas ahora será un rayo mi furor. Hoy pagarás tu delito. En grande peligro estoy si no le mata Paladio. Saca la espada, lebrón. Pues dime hacia dónde cae, Narcisa, la guarnición, que yo no acierto con ella. Pícaro, infame, traidor, ¿para mí tienes tu manos? (Lindo brazo y corazón!) ¡Al valle todos, al valle! ¡Cielos, qué triste rumor! Perdido, Paladio, estás, que viene una inundación de bandidos contra ti. Para todos hay valor en este brazo, no temas. Muera, pues que se atrevió a reñir con Apolonio. Él trae buena comisión. ¡Cobardes!, ¿tantos a uno? ¿Pensáis que no basto yo? A su lado he de morir si le ofendéis. Esas son bizarrías escusadas. ¡Muera, amigos! El furor de mi enojo hará en vosotros el estrago más feroz. Paladio, vente conmigo y nos libraremos. Voy a prevenille a mi dicha menos violenta ocasión. Apolonio, ¿estás en ti? ¿Dejareisnos a los dos reñir? Reñid en buen hora. Ea, Paladio, pero no los veo a Lesbia ni a él, mas no importa, que veloz mi enojo les dará alcance. ¡Busquémosle, que es baldón que pueda escaparse vivo quien a Apolonio ofendió! Yo con esto las afufo. ¿Hay tan fuerte confusión? Solo te busco, Paladio, no te escondas. El horror de la selva se registre. Al río, que desató la barquilla y se va en ella. ¿Qué es lo que dice esta voz? El diablo que te aguarde. Pero dice bien, que son los remos de ambos movidos las alas de su temor. ¿Paladio se lleva a Lesbia a mis ojos y el dolor no me ahoga? Compañeros, tiraldes todos. Veloz este plomo los alcance. No hará, porque yo soy muy desdichado. ¡Mal haya quien tan infeliz nació! Ya la orilla opuesta buscan y ahora con mis celos yo me he de beber este río, que, si no apaga mi ardor, arrojándosele al cielo con él apagaré el sol.

JORNADA SEGUNDA

Señor, ¿qué es esto en que andamos? ¿Cuándo ha de tener fin esto? Mira que es el ser valiente cosa muy llena de riesgos. Más de seis leguas estamos apartados de los nuestros, que a tu enojo se le hacen como la palma esos cerros, esas verrugas del mundo, chichones del universo, parótidas de la tierra y espinazo del infierno. Buscando a Paladio andas mirando fiero, ¿que fiero al monte las faltriqueras y a los árboles el seno, porque a Lesbia se llevó, haces tan fuertes extremos? ¡Cuánto debes a esta injuria rendir agradecimientos! Vaya con dos mil diablos, que ella es tal que te prometo que, si el hombre es de buen gusto, a estas horas ya la ha hecho las narices treinta veces y pateádola ciento. ¿Quién sufrirá sus locuras? Yo que las tuyas te llevo. Pues, si como Lesbia soy, que aquí me mates te ruego, que son muchos para un mundo dos tan malditos sujetos. La falta de Lesbia aquí no es lo más de lo que siento, que no merece cuidados la que injuria con desprecios, si bien Macario no sé cómo se hace allá dentro del alma que las mujeres, enemigos siempre bellos, con los desdenes obligan y llaman con el despego. Virtud natural, sin duda, es de su desabrimiento. Llevarse a Lesbia Paladio, por tan vergonzosos medios, de mis manos y mis ojos para mí es dolor inmenso porque toca en la opinión y sentirlo así no es yerro, porque sabrás que la honra tiene en el alma su asiento y cualquier agravio suyo, sea grande o sea pequeño, como llega al alma, es fuerza causar terrible tormento. Fuera de esto, también traigo inquietamente en el pecho la memoria de Serena, aquel dulcísimo objecto de mi amor, bien que peñasco a mis suspiros opuesto. Yo, en fin, a estos males todos solo busco por consuelo la sangre de ese Paladio porque de ella estoy sediento. Dios sea en mi ayuda. Escucha. ¿Qué me quieres, bruto horrendo? Algún animal sin duda de esta montaña está haciendo fiero estrago en algún hombre. Deme su favor el cielo. También te importará el mío, que soy desasido incendio. ¿Dónde va? ¿Qué es lo que intenta aqueste hombre sin seso? Pues será la bestiecilla algún león por lo menos. ¿Quién te mete con leones, arriscado majadero? ¿Piensas que es barro un león? Pues tú conocerás presto que es casi como una suegra el maldito animalejo. ¿Dónde me metiera yo, señores, que sé muy cierto que no es a prueba de garras este natural coleto? Pero ya viene Apolonio. Salen Apolonio y Zojimo. El oso anduvo discreto en irse porque esta espada le quitara los alientos con la vida. Dios os guarde por el bien que me habéis hecho, que sin duda el animal rabiosamente hambriento me matara allí, que el árbol de que hizo pavesa primero que llegaseis, siendo inmóvil, escudo me fuera incierto, y, aunque de Dios fue el socorro, vos fuisteis el instrumento, mas nunca me ha sucedido con haber muy largo tiempo que vivo en esta montaña entre aquesos troncos huecos cosa de aquesta manera. (El hombre es de grande esfuerzo. ¡Válgame Dios!, ¿quién será?) ¿Quién sois, venerable viejo? Hijo, un monje de los muchos que viven este desierto. ¿Y tú, joven valeroso, quién eres? (Decirle quiero quién soy, porque no podrá saber este a lo que vengo.) Yo soy, aunque con el nombre tan aborrecido ofendo, Apolonio, aquel temido capitán de bandoleros. (¡Fuerte caso! Aqueste viene sin duda buscando al necio Paladio para matarle, que ha sentido el vituperio de quitarle la mujer, que es Paladio poco atento harto yo se lo he reñido. ¡Quién pudiera dar remedio a este daño y disuadirle! En nombre de Dios lo intento.) ¿Que tú eres Apolonio? ¿Aquel temido portento? ¿Aquel común enemigo? Pues ya no se me hace nuevo que quieran los animales hacer pedazos mi cuerpo, que después que entre ellos vives son estos brutos más fieros. ¿Y ahora dónde caminas por aquí, por entre estos peñascos llenos de Dios, montes cargados de templos? Sin duda alguna venganza te metió por lo secreto de esta sierra y te apartó del camino pasajero. O tengo el pecho de vidrio y se me ve el pensamiento, o vos, padre, conocéis a mi enemigo. (Esto es cierto.) ¿Que, en fin, a vengarte bienes? Muy bien obligas con eso a Dios a que te perdone, mas ven acá si el efecto que ha de hacer esa venganza, después de haberle soberbio dado muerte a tu contrario que no es muy fácil hacerlo, es quitarte un enemigo. Tú eliges costoso medio, pues con solo perdonarle, con un generoso esfuerzo, deja de ser tu enemigo y está logrado tu intento. Si el sabor de la venganza, que es grande yo lo confieso, te está acordando la injuria y solicitando el pecho, tú te afliges, tú te cansas por un deleite pequeño, que el que la venganza deja apenas dura un momento y el de ver que has perdonado le tendrás siglos eternos, que es un gusto inagotable el que deja lo bien hecho. Yo confieso que la ira... Detened, padre, el afecto a vuestra piedad, que ya escucharlo más no puedo. ¿Qué es dejar yo de vengarme? Ttan lejos está el consejo vuestro aquí de persuadirme que antes me irrita de nuevo. ¿Yo perdonar al que osado hizo de mí poco aprecio? ¡Buena mi opinión quedara! No hables más desaciertos. ¿Aqueso dice un cristiano? ¡Qué grande es el sufrimiento de aquella bondad inmensa de Dios! Ea, no seas terco, perdona aquí luego al punto, pues que te lo piden buenos. Al fin, padre, yo me voy, y agradecedme que os dejo sin hacer que me digáis en dónde está el que aborrezco y busco enemigo mío, que en vuestro semblante advierto señas de que lo sabéis, pero, por lo que os venero, lo que a vuestra voz perdono, pondré más en mi desvelo. ¿Que al fin sigues tu designio? Los impulsos obedezco de mi enojo. ¿Y tu conciencia? Ahora en vengarme pienso. Teme de Dios el castigo. Con dificultad me muevo a tener miedo de nadie. ¡Desbocado arrojamiento! ¡Infelice tú mil veces! Dichoso yo si me vengo. Dios te atajará los pasos. Ven, Macario, averigüemos los secretos a este monte. No quiero saber secretos, que como perro con maza al punto ando con ellos por desasillos de mí, que es enfadoso su peso. ¡Que haga el afecto humano tan inhumanos afectos! Volver Paladio no puede a poblado por el riesgo que corre con la justicia y aquí, si no se da medio para que este no le encuentre, alguna desdicha temo. Bien fuera de la quietud que en este sayal profeso es ahora este cuidado, pero excusarlo no puedo por ser contra caridad faltarle en aqueste aprieto. Mira si ves a Zocimo, porque me dijo enojado que te echara de mi lado y, sobre lo que le estimo. por su mucha santidad, que es virtuoso en extremo, yo te confieso que temo aquella severidad. Débole el acogimiento que sabes y me pesara de que aquí nos encontrara. Es muy justo miramiento. Al fin, ¿que ya yo embarazo, Paladio? No por tus ojos, sino por no dalle enojos. (Aquestas cautelas trazo porque en diferentes modos esta mujer es pesada.) (¡Que sea yo tan desdichada que me desestimen todos!) (Como esta mi enfurecida pasión no cesa un instante, no he mostrado ser su amante y debe de estar corrida.) Tan lejos de darme pena está tu trato y semblante como de mí está distante el olvidar a Serena y, teniendo yo a ventura el poder de ella tratar, ¿cómo puede embarazar quien me habla en su hermosura? Solo, en fin, sirvo de hablar de Serena y sus porfías... ¿Para eso me querías al bandolero quitar? (Que esté yo tan abatida y padezca esta deshonra...) Digo, ¿que no tiene honra quien no quiere ser querida? Dime, pues tu boca es fuente de mis gustos, si no es río, ¿qué hará ahora el dueño mío? No sé certísimamente. De una en otra esperanza andará triste y modesta. (¡Qué linda ocasión es esta para trazar mi venganza!) Estará en esta ocasión nueva, de amor maravilla, con la mano en la mejilla y en Paladio el corazón, y en desapacible calma, por explicar sus enojos, tendrá sin alma los ojos y a su Paladio en el alma. ¿De su amor en testimonio qué te parece que hará? Paréceme que estará en los brazos de Aposonio. Aquese acento enemigo detén, que me rompe el pecho. Buena burla me habías hecho a estar mi alma conmigo; con Serena está y mi pena con aquesto tiene calma, que a los ojos de mi alma no ha de ser mala Serena. ¿Cómo hablas de esa suerte? ¿No me has dicho que su fe es roca constante? Fue lisonja que quise hacerte. Esta es la verdad, al susto te resiste, que el callar fue al principio por no entrar dándote tan gran disgusto, que, si ella fuera esquiva y este fuera testimonio, ¿tienes por hombre a Apolonio que la dejara estar viva? ¿Y había de seguirte yo tan fácil a tus desvelos si no fuera por los celos que desde luego me dio? A tan fuerte presumpción es error contradecilla. (A fe que la mentirilla le ha clavado el aguijón.) Fortuna, ¿tienes más modos con que hacerme injurias tales? (Eso. Si pesia a mis males, haya penas para todos.) Dice la verdad, yo quiero estas razones creer, que en liviandad de mujer nadie cree de ligero. Lo que esta dice es creíble, ya no vale la porfía, porque en la ventura mía era otra cosa imposible. ¡Oh qué dolorosa herida hace este golpe molesto! Si se me dio para esto, ¡nunca yo tuviera vida! Rayo es este padecer y en mí no hay más de desmayo, pues no me destruye un rayo, ¡qué flaco debo de ser! No es bien que melancolía cause ni pena tan fiera que como mujer hiciera. Yo por ángel la tenía. Que me aconsejes en medio de estas penas quiero triste y, pues que tú el daño hiciste, búscale al daño el remedio. ¡Brava aspereza de monte! Si es cierto que aquel es llano, hago cuenta que en la calle estas vidas nos hallamos. No pensé llegar acá si no en gigote, el cansancio, más que si me despeñara, me tiene hecha pedazos. Al fin ha querido el cielo del cautiverio librarnos de Apolonio. Sí, que tú supiste bien roer el lazo. Eso tiene inconvenientes. (¡Bravamente disparato!) Con esta ausencia que ha hecho, lugar y tiempo me ha dado, mas ahora de esta sierra temo los brutos airados. ¿Adónde está senda irá? Toda soy temor y espanto. No fuera yo tan dichosa que encontrara aquí a Paladio... El camino que tomó la vez que salió nadando fue este. No me lo acuerdes, mas, Narcisa, o yo me engaño, o es Paladio el que allí está. Él es, que muy enfroscado está parlando con Lesbia. ¡Hay tal dicha, cielo santo! Señor, esposo querido, dadme mil veces los brazos por una que el alma os di. ¡Dichosa yo que os he hallado! ¡Detente, válgame el cielo! Señor, ¿con tal desagrado me recibes? ¿Es posible, después de tantos trabajos?, pero mirar por mi vida es sin duda lo enojado, que teméis que no me mate la alegría de encontraros. Yo agradezco la advertencia. Llegaos a mí. No los falsos halagos gastes, esfinge, reporta el traidor agrado. Déjame, por Dios, Serena. No te entiendo y me deshago. Serena, ¿es loco este hombre? Yo no te entiendo, Paladio. Si te ofende mi venida porque estabas bienhallado con esa dama que tienes, acaba, dímelo claro, que, aunque me mate el dolor que si hará si es que te canso, yo te dejaré con tal que me lleves a poblado y en un convento me dejes, donde acabaré llorando mi vida y mi desventura, que ya no quiero hacer caso de lo que por ti he perdido de opinión y de descanso; antes, porque fue por ti, lo doy por bien empleado. (¡Qué mansa que es la señora!) De nuevo injuria ese llanto. Lesbia, esta es maraña tuya. A mí me lleve el diablo si no has hecho algún enredo. Sepa en qué te he disgustado. ¿Eso me preguntas, fiera? ¿También preguntar es malo? Pues ¿no sabré en qué te ofendo? En haber hecho un agravio a mi amor, como admitir infiel..., pero ¿qué hago? ¿Yo repito mi desdicha? ¿Yo renuevo mi fracaso? ¿Yo le acuerdo para ser tantas veces desdichado? ¿Qué es eso de infiel? ¿Qué decís? Que triunfó de lo bizarro de tu beldad Apolonio. ¡Viven los cielos, villano, mal caballero, traidor, que te arranque con mis manos el corazón con que engendras un pensamiento tan bajo! ¿Yo despojo de Apolonio? ¿Yo, que al respeto heredado de tanto claro ascendiente debo limpieza de astro? ¿Crees tú que de un bandido fuera ultraje voluntario la que tuvo con despejo atrevimiento gallardo de elegirte por esposo? Vuelve la voz a los labios, mas no la vuelvas al pecho, que volverá a inficionarlo. ¡Ah, enemiga, cómo ya no aprovechan tus engaños! ¿Eso de tu boca escucho? Mucho más es lo que callo. ¿A mi verdad te resistes? La verdad he averiguado. ¿Mi nobleza por razón no basta? Todo es en vano. Pues yo con tu misma daga me mataré ¡Sosegaos! Deo gracias. Una locura grande estabais comenzando. Dadme aquesa daga a mí. ¿Quién podrá, padre, negaros el respeto que se os debe? Ahí está. Si el ermitaño a tan buen tiempo no llega, que hay locos afortunados, paréceme que hacía una Serena de las del año. Pues, Paladio, ¿qué era esto? (¡Vive Dios que estoy turbado! Que es mucho lo que le temo.) ¿No respondéis? (¡Bravo caso es la inquietud de este mozo! De reducirle no acabo.) ¿Y vos, señora, quién sois? (¡Oh qué venerable anciano!) Una mujer desdichada. Ese es nombre acomodado para muchas. Padre mío, la que ahora estáis mirando es una muy principal mujer a quien con engaño robó a su padre una noche aquel bienaventurado. Paladio, ¿es esta Serena? Sí, padre. (¡Suceso extraño! Aquesta dama es sobrina del gobernador y hallo grande caridad en él siempre que le pido algo y, así, el tratar de su bien es fuerza y requiere espacio y no estamos bien aquí, no nos encuentre el airado Apolonio, que su furia tiene condición de rayo.) Ahora, señores, yo quiero que hacia mi ermita nos vamos, que el remediar a Serena y a Paladio es necesario, y a Lesbia ya tengo dicho que se vaya. Si no bastó con el ruego, bastaré con otro medio más agrio. ¿Esto escucho y tengo vida? Ea, vamos. De agradaros será siempre mi deseo. ¡Oh siempre infelices hados! A sermón vamos sin duda. Parece que estoy soñando. Corrida estoy y sin mí. Dios me dé su auxilio santo, ya que me encarga de aquesto, para poder acertarlo. ¡Qué noche tan molesta! Noche de malcasado, y peor, es esta. Es tanta la espesura del monte y es la noche tan escura, tan confuso de ramos el abismo que ni sé dónde estoy ni de mí mismo. Sin duda lo intrincado de este monte le esconde a mi cuidado a mi enemigo, pero a mi desvelo nada le guardará si no es el cielo. Apolonio, habla alto, que me da sobresalto oírte mal, que pienso que estoy lejos y en miedos tan perplejos, y angustia tan crecida tenerte por la voz me da la vida. Haz esto que te digo o me abrazo contigo porque es mi miedo extraño. No lo habías menester, si no me engaño, que esos soles menores brillan, lánguidos ya los resplandores y con menos centellas en el cielo se embeben las estrellas, y en el breve horizonte con diadema de luz miro aquel monte. Dices bien, que está, ya rara armonía, calabriada la noche con el día, pero ¿qué es esto? ¿Sueño? Mientras más amanece, más me empeño en la duda. ¿Estoy loco? Encanto es lo que toco, Apolonio, ¿sabrás decirme ahora si acaso estoy borracho? Más ignora la atención mientras más atenta mira. ¿Conoces dónde estamos? ¿Quien delira qué ha de saber?, mas, si ambos no dormimos, de este monte salimos tres días ha, y en él vive nuestra gente. La que ves es la fuente en cuya margen yace sepultado Tirsico, aquel chiquito desgraciado que tu mataste con sangriento exceso. Macario, deja eso, porque aun estoy dudando en lo que veo que me está pasando. Haber anochecido tantas leguas de aquí y haber dormido casi toda la noche en la maleza sin mudar de una parte la cabeza y amanecer de allí tan apartado... Algún misterio hay aquí encerrado, mas, ya que nos hallamos en la parte que es nuestra habitación, al punto parte y di a mis compañeros que he venido y no les digas más, sino advertido. Mira qué hace Serena. Sea, por cierto, mil veces norabuena. Tan confuso este prodigio y tan cobarde me tiene que al ir a considerallo el ánimo desfallece. Aun no me atrevo a pensar en lo que aquí me sucede y que haya cosas tan grandes que aun pensadas amedrenten. Huyendo de mis ideas, me voy hacia aquella fuente por ver si con su ruido esta mi pena ensordece, mas, ¡oh portento terrible!, entre la grama que el verde margen de la fuente orla se va descollando un breve cadáver y pienso que es el niño a quien di la muerte y enterré en el mismo sitio. ¿Qué me quieres? ¿Qué me quieres, armada sombra de horrores? Mas, por si salir no puedes, yo te quiero dar la mano, que a mí no hay quién me amedrente. ¡Sí hay, el cielo me valga! No te llegues, no te llegues, mas llega, que aquí te aguardo. ¿Para qué te vas? Detente y, pues ya saliste, ¿cómo sin hablar te despareces? Pero ¿para qué has de hablar? Ni es bien que tu acento suene. ¿Dónde tantas lenguas tiene tu misterioso callar? ¡Oh quedos! ¿No es de admirar que sean los pechos altivos humanos ya tan esquivos y tantos sus desaciertos que son menester los muertos para dar consejos vivos? En su divino desvelo, después que quiso criarnos para asistirnos y hablarnos, bocas y ojos tiene el cielo y, para mayor consuelo, en tantas acciones locas de las almas que son rocas, al escuchar sus querellas, los ojos son las estrellas, las sepulturas las bocas, mas, piadoso en sus enojos al mirar nuestros errores, por que parezcan menores, tiene tan lejos los ojos y luego en nuestros antojos hace y en nuestras locuras, viendo que a las desventuras está la razón tan terca por hablarnos más de cerca, bocas de las sepulturas. Aquel de estas homicidas manos ya estrago, mirando me iba severo, brotando fresca sangre las heridas, en puro carmín teñidas miro las heladas huellas y mi alma en sus querellas será muy feliz ahora. Si tantas lágrimas llora, ¿cuánta sangre vierten ellas? Pero ¿cómo el valor mío vacila tan fácilmente? ¿Crédito doy a ilusiones y dejo que me desvelen? Poco me debe mi honor, pues mi venganza divierten yerros de la fantasía y vanas sombras me vencen. ¿Esto es imaginación? Dame albricias si las tienes. ¿De qué? De cierta cosilla. De tu voz estoy pendiente. De que Serena y Narcisa se han huido y no parecen. ¿Qué dices? Lo que te cuento, y a nuestra quietud le viene de perlas que se hayan ido y tendremos menos dos sierpes. Descuidáronse sin duda los bandidos. No lo pienses. ¿Ahora sabes que no guarda el cuidado a las mujeres? Pues ¿qué las guarda, menguado? El diablo que se las lleve. ¿Hay más desaires, fortuna? No lo creo. ¿No lo crees? Pues anda tú y lo sabrás. Yo lo sabré y juntamente sabré quemar, si es ansí, toda esta montaña aleve. ¿Quién me mete a mí a andar con este loco perene cuya triste sombra anda con él porque más no puede? Allá se las haya y yo acá me las habré en este pradito, que a mi cansancio florido será retrete. Como ha que no me desnudo tres noches que juzgo trece, parece que siento acá, si mi sospecha no miente, unos granitos que andan y una sarna que se mueve, pues que crió en la camisa y hemos de ver quién la mete, sin ser san Francisco yo, en ser zarza. ¿Penitente me quiere hacer mi vestido? Yo le sacaré las liendres. Vaya ahora la ropilla, que se la quité a un pobrete y a mí me la he de quitar, que no soy yo más valiente. Del jubón me desencierro y, si al salir le rompiere, otro me dará el verdugo cuando la gura me pesque, mas la boca se me abre y parece que se duerme un cristiano. No consiento en la tentación, adrede pienso que el sueño lo hace, porfiar no es de prudentes; pues, dejémonos dormir y obre Dios, obre por siempre. ¡Válgate Dios, por Serena! Que dejase entre esta gente sus joyuelas olvidadas y que yo me resolviese por hacerle aqueste gusto que es mucho lo que merece a venirlas a buscar..., mas ¿si están en donde suelen? Sin ser sentida de nadie las he de pillar y hacerme a la vela y, entretanto que a mi intento le anochece, aquí he de estar escondida y salga como saliere, mas, ¡ay!, un hombre tendido miro allí, mas ¿si este fuese alguno a quien por robarle aquí le dieron la muerte? Quiero irme llegando a ver lo que esta duda contiene. Macario es, Dios es mi padre, que duerme como los siete. Medio desnudo descansa, junto a sí la ropa tiene y el tratillo me cecea para que se la despegue. La ocasión me está poniendo en las manos el copete y él duerme con tanta priesa que en acabar será breve. Ea, manos a la obra. Bien la espada me parece, bueno será encapotarme, que ha rato que estoy alegre. ¡Oh cómo el fieltrazo duro es blando para mis sienes! ¡Qué dulcemente se gana lo que algún tacaño pierde! La ropilla y el jubón, sí, a fe mía, aunque reviente, tengo de llevarme a cuestas. Y ahora vusted se quede, mi seó Macario, con Dios, que le dé, cuando recuerde, paciencia para llorar este mal que le acontece. ¡Válgate el diablo, la pulga! Que ahora de picarme hubiese, cuando yo soñando estaba, bañado en dos mil placeres, que me hallaba un tesoro en una casa con duende..., mas ¿dónde está mi vestido? Parece que no parece, mas ¿que duermo todavía? Loco tengo de volverme, en dos leguas no le veo. Imaginación, detente, pasiones, dejadme un rato, que ya no puedo valerme. Pero mi amo está allí y había, por entretenerse, pegádome aqueste. ¿Cómo aqueste sabe hacerme estas burlas? ¡Voto a Dios! ¿Cómo estás de aquesa suerte? Esa es muy buena pregunta. ¿En dónde el vestido tienes? En casa de Barrabás tomástele y ahora quieres hacerme desesperar. (¡Qué bien el humor me entiendes!) El corazón en el pecho no me cabe. ¿Que se fuese también aquella enemiga? Dámele. Acaba. Darete dos mil coces. ¡Voto a Cristo, que me ahorque treinta veces! Yo no sé de tu vestido y, si a repetirlo vuelves, te he de arrancar esa lengua. Acabose. (¡Qué vehementes Dios y la razón me llaman y hacia mí mismo me tuercen los afectos que me inclinan! El alma está indiferente.) (Asentemos en que es el que me llevó mis bienes este bendito varón y aquí podrá conocerse lo que es una mala maña.) Pues, sin ver lo que me debe, aun conmigo no se ahorra. ¡Oh cómo me cansas! Vete. ¿Heme de ir de esta manera? Si más aquí te detienes, te he de dar mil puñaladas. ¿Ves? Aquí me voy y plegue a quien pudiere plegalle, que mil demonios te lleven. Entre mil fuertes pasiones y los divinos impulsos, avisos del cielo grandes, ansiadamente fluctúo. ¡Oh qué tempestad padece este corazón confuso, que ya las arenas dejo y a las estrellas subo! ¡Oh cómo el de mis afectos es empeño más que duro, de quien apenas escapo estas voces que divulgo! De la razón persuadido yo mis delitos acuso, que es soberana clemencia aun esto mismo que lucho. Abrazarme con el bien ya inevitable lo juzgo, mas, como adoro mi engaño, yo mi libertad rehúso. Libradme, cielos, libradme, pues que os invoco y os busco de este mi libre albedrío continuamente tan suyo. ¡Oh rito de Dios terrible! Que siendo su poder sumo sea mi ayuda menester para librarme del mundo..., pero del cielo el camino he de buscar, que procuro darles en mis penitencias a mis pasiones sepulcro. ¿Quién me guiará en este aprieto hacia el camino que dudo? Este, Apolonio, es del cielo el camino más seguro. ¿Por aquí a Dios se camina? El rigor parece mucho. ¡Brava fiereza de monte! ¡Qué fragoso, qué ceñudo! Todo de espinas vestido, todo de flores desnudo, si bien entre las espinas descansa aquel varón justo. Horror me causa el mirarle, casi en la intención caduco. ¿Dónde vas, perdido joven, de ti mismo a ser verdugo? Entra por aqueste llano que ves tan fértil de gustos. Dulcemente tiraniza todos los sentidos juntos esta voz que persuade cuanto agradable propuso. Seguir quiero este camino, pues se va por sus condutos al placer de la venganza y a otros muchos que descubro. Mira que al infierno va aquese florido rumbo. Cómo del alma tira desde aquel escollo duro la verdad en pardas voces, a quien tardemente acudo. Con halagos fuerza el valle a que en retretes escuros amenos descuidos goce, cuidados deje importunos. El oído niega atento a la voz de ese caduco, sigue descansos presentes, no atiendas a lo futuro. Mejor la voz me aconseja. Quiero dejar los discursos y seguirlo más suave..., mas del valle en lo profundo incendios brota la tierra y vanos montes de humo. El corazón se me yela, poseído estoy del susto. En eso, para el que sigue esos placeres inmundos, mira en lo que paga Dios. Ya lo miro y ya lo escucho. Llenos de gloria inmensa, con voces agradables diferentes, en santa recompensa, alabad al señor todas las gentes y, en dulces contrapuntos, alabalde los pueblos todos juntos, ¡Oh soberana armonía de alegre concento, cuyo dulce autor le da a mi vida tantos desengaños puros! Esta es la verdad, yo quiero seguir de este escollo adusto la estrecha espinosa senda. Piadoso padre, ya subo, ya llevo la cruz conmigo. Ya tus dichas aseguro, que el buscar a Dios de veras es de habelle hallado anuncio.

JORNADA TERCERA

Yo soy quien siguió las huellas de todas las liviandades y fui causando querellas, fábula de las ciudades y público horror en ellas. Ladrón fui, aunque ahora visto este sayal, porque fundo en el bien que conquisto y me desnudo del mundo para vestirme de Cristo. Ladrón no sé si oportuno, el cielo le pido a Dios y en mí no hay recelo alguno, que sabrá dársele a dos quien supo dársele a uno. Aquí vengo a castigar mis inclinaciones malas, a padecer y a penar, que para el cielo son alas el sufrir y el trabajar. Y, si de las penas nace la pluma con que se anhela a aquel bien que satisface y es forzoso que el que vuela esté en cruz mientras lo hace, yo tengo muy gran consuelo en mi elección, pues sucede tan fácilmente a este vuelo que sé muy bien que no puede faltarle a la cruz el cielo. Prodigiosamente varia trujo la visión divina mi condición temeraria a esta del cielo vecina, dulcemente solitaria. En ella a Zocimo vi aunque él allí no se halló, mas, pues fantástico allí Dios le puso, me ordenó que yo le buscase aquí. Ansí lo hice y, de amor lleno, muchos días me ha enseñado, como me vio tan ajeno, a aborrecer el pecado, que es comenzar a ser bueno, Aquí de mi desatino he conocido el engaño y soy ¡oh favor divino! indignamente ermitaño, dicípulo suyo indigno. Aquí está Apolonio. ¡Oh cuánto, mi Dios, el verle me alegra!, pues por entre sus virtudes diviso y sus penitencias que el alma que llevó espinas es ya fértil de azucenas, fructífera ya la planta que antes tan inútil era cuyas bellísimas ramas alcanzan a las estrellas. Deo gracias. Hermano, ¿qué hace? Padre, estoy en esta amena dulce estancia de mi dicha ocioso. Si en la presencia de Dios está, muy bien hace, esté muy en hora buena, dese todo a Dios, que es suyo. (A Paladio y a Serena ha mucho que divididos los tengo en distintas cuevas sin que uno sepa de otro y sin que Apolonio sepa de ellos ni ellos de Apolonio, y lo que ahora quisiera es hacerlos se casasen y llevarlos a su tierra, porque es gente principal, pero Paladio se queja de que Serena fue fácil, según lo que dijo Lesbia, con Apolonio y, aunque de una mujer de sus prendas ni de otra yo creo tal, de saberlo con certeza me holgara para poder tomar esto más de veras o que ella fuese monja, que fuera cosa molesta y aun injusta, persuadir a hombre de tanta nobleza a que su opinión manchase, y quien ahora pudiera sacarme de aquesta duda es Apolonio, supuesta la importancia del negocio, mas, como es virtud tan nueva la suya, temo acordalle estas cosas, que no echan tan presto altas raíces las virtudes aunque prendan. Todo tiene inconvenientes, mas, cuando hubo tan perfecta resolución, ¿qué, por muchos inconvenientes, no sea menester atropellar?) Apolonio. (Ya me tiembla el corazón.) ¿Qué me mandas? A mí me importa... (No acierta la voz a salir del pecho.) Pésame que te detengas. Ya Dios se hará gran servicio. Dichosa será la empresa. (Mucho temo el inquietalle.) ¡Válgate la pestilencia la burra! ¿Qué es eso, hermano? Una endemoniada bestia. Deo gracias. ¿Se ha vuelto loco? Claro está, que no viniera, si no es ansí, a dotrinar una burra y comer yerbas. Pues ¿qué le ha hecho la burra? Casi nada, darme en estas costillas con la del martes, que será media docena de coces muy bien pegadas y verter la gilipliega que traía para el monje que está enfermo de la aldea. ¡Voto a Dios que la he de dar veneno! Tenga paciencia. Pues tenga él allá las coces. (Mucho este cuidado aprieta.) De aquesa impaciencia, hermano, haga ahora penitencia, estese en cruz media hora y esta noche antes de cena pida perdón a la burra. (El obedecer es fuerza, mas yo haré a la burrita que me sueñe.) Dese priesa. Apolonio, hacia la ermita vamos, porque quiero en ella... (No sé si me he de atrever.) Vamos. (Confuso me llevan estas dudas de Zocimo.) (Haga Dios lo que convenga.) Ya parece que se han ido y cada brazo me pesa diez quintales, esta carga súfrala un poste de iglesia. ¿Mataron aquí algún hombre, que para señal me deja Zocimo? Si pone cruces, trate de hacerlas de piedra, que yo no quiero ser cruz, mas, si tanto me atormenta hecha una cruz de mí mismo, ¿cuanto más pesada fuera una cruz matrimonial quejosa y pedigüeña? Mejor es ser ermitaño, aunque la burra es perversa, mas, cuenta, no venga el padre y me halle haciendo treguas con la penitencia, que habrá historia. Pasos suenan, vuélvome a ser cruz, andallo. Penetrando voy la selva por ver si doy con Paladio y, de parte de Serena, decille que a cuándo aguarda a sacalla de esta sierra para esposa o religiosa, más, ¡ay!, hacia allí se eleva puesto en cruz un ermitaño. Cada vez que el alma encuentra estas cosas se confunde viendo cuánta diferencia hay de su vida a la mía. Quiero llegarme más cerca, veré de aquel rostro santo la gloria que le rodea. Jesús, que es el embustero de Macario. ¿Aquesta pieza te faltaba por jugar, bellaco? Mala hembra, ¿aun hasta aquí me persigues? Vete ya de mi presencia, porque pienso en cuatro días ser un grande anacoreta. Esa mortificación deja ahora y dame cuenta de esta mudanza de vida. Niña, la cuenta es estrecha: porque el vestido me hurtaron. ¿Hay tan grande desvergüenza? ¿Y sabes quién te le hurtó? (Mamola su reverencia.) Aquesa es historia larga, mas, Narcisa, el ojo alerta, no venga algún ermitaño. Macario, no tengas pena, que yo estoy con tanto oído. Pues dame ahora esas bellas manos, y luego los brazos. Tómalos, y di, ¿quién es el que te llevó el vestido? (¿Hay burla tan bien dispuesta?) Macario está con Narcisa y con tan grande indecencia, que me avergüenza el mirallos. Mucho tus brazos deleitan, que, aunque eres un Barrabás, tienes de mujer las señas. Quien me robó fue Apolonio. ¿Cómo con tanta insolencia estás con una mujer? ¡San Roque! ¡Santa Quiteria! Yo me acojo, que a Macario ahora me lo desuellan. ¿Es posible que has de ser siempre loco y que no atiendas a esa mortaja en que vives? (Pues Narcisa las apelda, me afartusco y lo hago bulla.) ¿Sobre qué es esa pendencia? Quien dijere que no soy un gran santo es cosa cierta que me quiere deshonrar. Vete de aquí, que me alteras. ¿Hasme visto hablar con alguien? ¿Yo no estaba en cruz abierta como un serafín? ¿Qué hablas? Ya para ti no hay respuesta. Vete, que me cansas. Voyme. Acaba. Muy bien te enmiendas levantando testimonios a las cándidas conciencias. No me conoció Narcisa. Sin duda Serena y ella por aquí andan divertidas. Dios las ampare y defienda. No quiso romper Zocimo de aquellas dudas la enigma, algún gran misterio ocultan, alguna gran cosa encierran, mas no importa que las calle y que allá se las dijera, que a mí me bastan las mías, que son tantas que me niegan la quietud dentro del alma, si por el alma me inquietan. ¡Por instantes veo la sombra de aquel niño ¡ay, fuerte pena! en quien hice ¡duro caso! una crueldad tan acerba! Mayor recompensa pide que la de aquesta aspereza, sin duda, tan gran delito. Esta vida, por austera que es, en efeto es vida y yo con aquestas fieras manos se la quité a un ángel y ensangrenté una inocencia. Voces de clavel al cielo dando está la sangre tierna de aquel cuello de alabastro y a mí con ellas me flecha el cielo este corazón. ¡Oh misericordia inmensa! Pues el resto de mis culpas interiormente me apremia tan feroz que no sé cómo esta vida se conserva. Yo me he de determinar y he de eligir otra senda más breve para mis dichas que en el cielo se aposentan, yo investigaré el camino que piden tantas ofensas como hice a tan buen Dios. De mí misma vivo incierta, no sé de mí, que Paladio me tiene de esta manera. Insufrible es esta calma, de mi vida diligencias hacen fortuna, yo quiero saber en dónde se alberga aquel ermitaño. Padre, decidme por vida vuestra en cuál de aquestas..., mas, ¡ay!, ¿quó miro? ¡Oh fortuna adversa! Este es ¡el cielo me valga! Apolonio, que así intenta vengar mi fuga. Yo no... Serena hermosa, no temas, Apolonio soy, aquel que viviendo entre esas peñas, aunque hombre parecía, en todo un demonio era, mas Dios, que es padre piadoso, con su infinita clemencia me dio a conocer mi engaño y, aunque no estaba sujeta mi cerviz, me restauró, con violencia, sin violencia. Aquí me trujo, aquí estoy, y de lo que fui me queda el dolor no más y el nombre. ¡Oh amor de Dios! ¡Oh fineza! ¿Que tu eres Apolonio? ¿Aquel a cuya soberbia todo el ámbito del orbe era habitación estrecha? El que no cabía en el mundo esta mortaja no llena. A todo ese hombre que dices déjale morir, Serena. Verás que le viene holgada una sepultura estrecha y, a pocos días de muerto, reducido a su materia, si la cantidad le mides, un puño será de tierra. ¡Oh tantas veces dichoso cuantas en la verdad piensas! Di ahora lo que querías preguntarme. No me deja aun hablar la admiración. Mire, hermano, que prevenga la borriquilla, que ha de ir a ese lugar por lantejas. Pues ¿qué hace Serena aquí? Ahora por esa vereda que corta el monte salió y estaba hablando con ella de mi vida en la mudanza. (Aquí es menester prudencia. Riñendo a Apolonio, quiero darle a entender cuánto yerra en no estarse donde yo le dejo mientras se ordenan sus cosas. ¡Confuso estoy!) Los pasos, sin que me vea, vengo siguiendo a Zocimo y, notándole las huellas, que pienso que por aquí tiene a mi enemiga bella, y escuchándolos, deseo averiguar mis sospechas, mas ya los diviso juntos y del monte las espesas ramas me ocultan. Yo escucho, la vida tengo suspensa. (Yo quiero que no haya aquí malicia, pero ¡qué fuera si acertara a ser Paladio el que llegó! ¡Oh indiscreta mujer!) (Zocimo ha sentido hallarme aquí, que lo muestra en la misteriosa calma de la acción y de la lengua.) Mucho, Serena, os alabo y os agradezco que sea vuestro ejercicio tener virtuosas conferencias con los monjes y tratar de las cosas verdaderas; digo que otra vez lo alabo, pero, con vuestra licencia, tengo de reprehender al que daba las orejas tan de espacio a vuestra voz porque hay esta diferencia que en vos fue acción virtuosa, mas en él es imperfecta. El ermitaño que aun no erizadas canas peina y que en vivir en el yermo no hace a un roble competencia anda muy inadvertido en exponerse a la fuerza de estas halagüeñas llamas dañosamente halagüeñas, que, aunque yerro frío se juzgue esto de camino sepa, que puede encenderse el yerro y arde más que leña seca. ¡Vive el cielo que le riñe a aquel monje que con ella estaba! Algo presume de su condición ligera. ¿Hay más infeliz mujer? Quien con el mundo trae guerra huyendo le ha de vencer, que es bizarra estratagema. A objeto presente, a pocos les duró la resistencia, que es enemigo valido y, si lo que más acuerda el engaño de la vida, Apolonio..., ¡Furia nueva! «Apolonio» dijo. ¡Ay, triste, la verdad me dijo Lesbia! .es el olvidar las cosas del mundo, mal se conciertan ver y olvidar, Apolonio, que son cosas muy opuestas. Otra vez repitió el nombre. Ea, ya tengo vergüenza de dar mal ejemplo a todos. Calla, Macario. ¿Así afrenta ese hábito que trae? Calla, necio. A fe que es buena traza de ser ermitaño. ¿Ya me falta la paciencia? Yo he de averiguar mi agravio, ya yo no basto a mi pena, ya no cabe en la cordura el dolor que me atormenta. (Paladio ha visto a Apolonio y de su injuria se acuerda y querrá tomar venganza.) Paladio, ¿qué furia es esa? Sosegaos, hijo, por Dios, no deis al enojo rienda. (Paladio me ha conocido. No será mucho que quiera matarme, que mi traición pide mayor recompensa. Pal. No es, padre, mi intento, no, tomar venganza sangrienta de la traición de Apolonio, porque aun mi enojo venera esas canas y aquel traje, sino averiguar la inmensa liviandad de esa mujer que así su sangre desprecia. Todo lo he estado escuchando y en vano, si me lo niega, trabajará vuestro celo a piedad que no aprovecha. ¿Hay mujer más desdichada? (Mucho de oírlo me pesa.) Pues, Paladio, si escuchastis, ¿qué os altera?, ¿qué os altera? Que sea este Apolonio, que sea Serena aquella, que estén juntos y que a vos que lo estén mal os parezca. Ya he salido de mis dudas. Mirad, que el enojo os ciega. No me ciega, que me mata. Parece que aquesas quejas son de Serena y de mí, pues, si la verdad remedia esa presunción terrible y desata aquestas nieblas, yo hago testigo a Dios que jamás hallé en Serena cosa que no fuese digna de su sangre y su modestia. ¿No bastan tantos agravios, sino que a engañarme pruebas? Mira, Paladio, que infamas mi fe sin que lo merezca. Ya no pienso verte más. Es rigor. Es inclemencia. Es razón. Es injusticia. Así me vengo. Así yerras. Ya no hay remedio. Eres cruel. En vano ya te lamentas, pues, por que ni aun con engaños la esperanza te entretenga, yo haré que mi triste vida muera a manos de mis penas. Ea, vengan más desdichas, sucedan males, sucedan, porque así tomo venganza de aquesta vida tan terca. A mí me deja confuso. A mí asombrado me deja, pero yo quisiera hablaros a solas. ¡En hora buena! Macario, junto a la ermita me aguarda. Linda receta aguardar para quien tiene hecha de rabia la flema. (Yo he de seguir mi dictamen, que es forzoso.) La paciencia hace menores los males y eficazmente consuela. Idos hacia vuestra estancia y fiad de Dios. Aconsejan la verdad aquesas canas y es forzoso obedecerlas. Ya estamos solos. ¿Qué quieres? (Señor, vuestro es el intento, no permitáis que mi aliento desmaye. ¿Por qué difieres el decillo? (¡Qué severo me escucha! ¡De hielo soy!) Tu voz aguardando estoy. Digo, pues, padre, que quiero que se me dé, pues guardado está, y no toméis pesar, mi vestido de seglar, porque de intento he mudado. ¡Jesús, Jesús, qué locura! ¿Qué dices, inadvertido? Que se me dé mi vestido. ¿Tan poco el valor te dura? ¿Cómo a eso te resuelves? ¿Cómo tan mal correspondes? ¿A Dios el pecho le escondes y las espaldas le vuelves? Deja ya eso, Apolonio, no me hables en ello más, piénsalo bien y verás que es tentación del demonio. (No eran vanos mis temores cuando en tratarle dudaba de Serena.) Acaba, acaba, da de mano a esos errores. Zocimo, esto es perder el tiempo en la dilación, esto es en resolución, yo ermitaño no he de ser y al susto no te des todo, que yo acá mi razón fundo, que esto no es volverme al mundo, sino elegir otro modo. Aunque te soy importuno, te digo, por que te asombres, que quieres ser muchos hombres y es liviandad no ser uno. Considera en tus batallas que es, si en una no reposas, el comenzar muchas cosas mala señal de acaballas. Yo no sé si es desatino tu resolución aguda, mas sé que el que no se muda tiene sabor de divino y, si lo quieres saber por remediar tu desvelo, mira tú cómo en el cielo no mudan de parecer, porque los de aquella esfera, vestidos purpúreos soles, hechos de Dios girasoles, siempre están de una manera. Nada hay que no prevenga desvelado el pensamiento. Yo te digo lo que siento, haga Dios lo que convenga, que en aquel vestido esté tu bien dudo. Selo yo. En fin, ¿no hay remedio? No. Pues vamos, te lo daré. En fin, dices, ¿me pondrás en las manos a Apolonio? Sí, señor, a eso me obligo porque los puestos conozco del monte. (Viven los cielos, traidor amante engañoso, que contra tu misma vida tengo de irritar mi enojo, pues con la mía los celos proceden tan rigurosos.) A Paladio y a Serena, dices, ¿también darás modo de prender? Eso es muy fácil porque en ese cavernoso pedazo de sierra donde entre gustos y sollozos tantos monjes y ermitaños viven racionales troncos, que está dos leguas de aquí, los tiene el abad piadoso escondidos. (Ahora sí que verá Paladio cómo las mujeres despreciadas son áspides venenosos, pues le buscan con la lengua mortal venganza al oprobio.) Cada vez que de aquel niño de mi alma el más gustoso pedazo se me renueva la memoria y el destrozo, negar al dolor el alma ni al llanto puedo los ojos, mas, dejando mis pesares, me holgara ser tan dichoso que de mi infeliz sobrina y de aquel perdido mozo, Paladio digo y Serena, los atrevimientos locos hacer felices pudiera, trayéndolos al reposo de su hacienda y de su casa, que, casados, no es tan poco lo que tienen que no baste al lucimiento forzoso, que, aunque viviendo sus padres era muy dificultoso hacer este casamiento por ser ellos tan del todo enemigos que la vida del uno mataba al otro, muertos ya no es tan difícil ni se ha de hallar otro modo decente para soldar el precipitado robo. (Melancólico está el viejo.) Un hombre de aspecto bronco licencia para entrar pide. Ya he mandado que entren todos cuantos hablarme quisieren y que esté el despacho pronto. (¡Qué recto juez parece y qué atento a los negocios! ¡Apolonio es este! ¡Ay, triste!) (No sé de qué me alboroto.) (Señor, para asegurar mi salvación os invoco.) ¿Qué es lo qué quieres? Escucha. Comienza, que ya te oigo. Yo soy el que de robles hice tiendas en aquesas montanas engreídas, el peligro común de las haciendas, el ceniciento asombro de las vidas, el que a mi inclinación solté las riendas, el que me deleitaba en las heridas, el que fui de mí mismo testimonio, que, dicho de una vez, soy Apolonio. Vidas y haciendas poco eran trofeo a la sed en que el pecho se abrasaba, mas, si faltaba otro mayor empleo, por quitarles la piel, fieras mataba, y, a poder estribar en mi deseo, que ya en los orbes de zafir topaba sin temer el incendio o las centellas, al cielo le robara las estrellas. Cuantos ha habido insultos inhumanos, cuantas han asombrado atrocidades, cuanto han ejecutado fieras manos es la parte menor de mis maldades. Si los anales se revuelven canos del volumen de todas las edades, no habrá memoria de otro tan mal hombre si con mi vida no perdí este nombre. Yo robé a vuestro hijo, que luciente era Cupido de dorada esfera, que al pecho paternal sabrosamente cada dulce donaire un arpón era; yo el líquido coral, rubí caliente de su vida vertí con mano fiera, pero debeisme estar agradecido, pues hice ángel, si robé Cupido. Parece, refiriendo mis delitos, que solicito fama o que me agrado en ellos yo, pues dejan, inauditos, corta la admiración, grande el cuidado, pues no es ansí, que arden infinitos rayos en mí cada cual y, fatigado, para ver si me vale por disculpa la pena irrito con la misma culpa. Muy malo he sido, mas, como retiene parte divina el alma aun rodeada de más culpas que arenas pardas tiene ese zafiro donde el cielo nada, la razón digo, cuya luz contiene la claridad del cielo reservada, con que fuerza al más torpe, al más terreno, que a su pesar alabe lo que es bueno. Esta llama ofuscada, este divino esplendor empañado de vapores del común del terrestre desatino, enseñándome estaba mis errores, pero, viendo mi pecho diamantino, en sierpes convertía sus ardores, gusanos grandes que con tardo diente mi corazón roían fieramente. Dentro de mí tenía más tormentos que guarda del infierno la inclemencia; mi vida me mataba por momentos. ¡Oh qué recto juez es la conciencia! Los póstumos castigos, los sangrientos de la justicia humana, competencia a las penas no hacen interiores, que son sin duda alguna las mayores. Conocí al fin mi engaño y al castigo yo me traigo de asombro y horror lleno. Yo soy el reo, yo soy el testigo, yo mismo a muerte infame me condeno, yo, que merezco tantas muertes, digo cuántos delitos justamente peno para que sea mi muerte desabrida satisfación y ejemplo de mi vida. Las leyes contra mí plieguen el seño, rabioso filo la razón airada dé a su cuchillo para tanto empeño, la justicia desnude ardiente espada, de una soga lo vil aun no desdeño, tu mano empuñe un rayo no vengada y vengan contra mí, pues no desmayo, seño, cuchillo, espada, soga, rayo. ¡Oh fuerza de la razón! ¡Oh dictamen poderoso el de la verdad, que a este con peligro tan notorio le obliga que de sus culpas sea fiscal contra sí propio! Y, aunque yo a piedad movido como padre le perdono el haber muerto a mi hijo, como juez es forzoso castigalle, puesto que él sus yerros confiesa todos. Preso llevad a ese hombre y de un fuerte calabozo duramente aprisionado viva a los horrores solo. Atalde las manos luego. Para mí será soborno, pues, comenzando el castigo, veo de mi intento el logro. Estas son, ataldas bien. (¿Hay caso más prodigioso?) Si como a ladrón me atáis, también podéis como a loco. Viéndolo estoy y lo dudo. (Si no es que ya mal conozco, Lesbia es aquella que miro. Feliz yo si la mejoro.) Ea, llevalde a la cárcel. (Ahora, señor, piadoso es tiempo de perdonarme, pues que yo el castigo imploro.) Y yo a tratar de su muerte quiero ir porque es forzoso que en este el castigo es rayo que, haciendo en él el destrozo, con lo furioso del trueno cause en los demás asombro. Absorta estoy y suspensa, porque, como son tan pocos los que se hartan de ser malos, cualquiera admirares corto. Detente un poco, que miro una mujer y es estorbo que nos vea y, pues aquí hemos sido tan dichosos que sin ser vistos llegamos valiéndonos de lo solo del postigo del jardín, fuera caso riguroso malbaratar un cuidado por no encargarnos de otro. Yo quiero ver lo que pasa y qué hacen de Apolonio, mes, según son sus delitos, ya cadáver le supongo. Macario, tú puedes ir por la casa y, cauteloso, ver qué hace el gobernador y decirle por el modo mejor que puedas que estoy aguardándole, que solo me es fuerza hablarle. A muy linda comisión yo me dispongo, pues me ha de ser fuerza hablar con los criados, que todos son soberbios y engreídos en siendo de un poderoso. Envainado en cada uno está su amo y, muy tontos, ni a la voz dan el oído ni a la persona los ojos. No he de ir aunque me mates. Acaba ya, no seas loco. Temblando estoy de pensar que he de ver el grave rostro de mi tío, a cuyas canas el mayor respeto es corto. Ve, Macario. Yo me voy aunque mejor fuera al rollo. Señora, no os aflijáis, que Dios cuida de nosotros y en su eterna mano tiene los corazones de todos. Él hará que vuestro tío se ofrezca al remedio pronto y en quien tal padrino tiene cualquier cuidado es ocioso. ¿En dónde Zocimo está? Padre, dejad que, devoto, mis indignos labios ponga en ese sayal glorioso. Guárdeos el cielo mil años. Señor, por los generosos afectos que en vuestro pecho tan continuamente noto... ¿Viene con vos esa dama? Sí, señor. ¿Con tanto embozo qué pretende? (Soy de mármol, bien que ahora fuera logro el serlo, por no pasar un lance tan vergonzoso.) Viene a que vuestra piedad la redima de un ahogo grande en que está, y yo os lo ruego. Yo os ofrezco de hacer todo cuanto pueda en su servicio, mas conocerla es forzoso. Descubríos. Ya a esos pies estoy, señor, donde pongo mis yerros, que en tus piedades o los disculpo o los doro. ¡Oh mujer poco advertida! (Llena el alma de alborozo tengo, bien lo sabe Dios.) Levántate. ¿Y aquel loco de Paladio dónde está? En ese entrincado golfo de la selva se ha escondido. Pues ¿cómo no viene, cómo? No sé qué os diga. ¡Milagro, milagro! El estruendo oigo de muchas voces confusas. «Milagro» suenan los polos. El señor gobernador ha de ver el monstruoso prodigio. En olas el pueblo inunda el palacio todo. ¡Válgame Dios! ¿Qué será? Yo he de referir del monstruo dichoso el suceso grande. ¿Qué es esto? El más prodigioso caso que jamás se ha visto. Todo el lugar está absorto. Temerariamente osado, desmentido en sayal tosco a la ciudad me he venido y, apenas en ella pongo los pies, cuando de la plebe el tumulto y alboroto hasta la casa me trae del gobernador. Ignoro cómo deciros que, apenas ese ladrón venturoso, a cuyos raros sucesos ningún siglo será sordo, ese Apolonio, que él mismo sin arrogancia brioso o se presentó al suplicio o se condujo al destrozo, dio al cuchillo la garganta, que este castigo y no otro las leyes de aqueste imperio le dan al facineroso. Apenas aquella vida se vertió en diluvios rojos por el capuz, a quien fueron de la sangre los arroyos espadas que le bordaban purpureando vistosos por que, borrada la infamia, fuesen de su triunfo adorno; apenas sangrienta el alma, desatada de aquel tronco, dando vueltas al cénit, llegó a los azules globos, cuando para recibilla el cielo miramos roto, que le pareció que era abrirle las puertas poco. Ríos de gloria despeñados bajaron a nuestros ojos, que con beberse los ríos quedaron sedientos todos. En plumas de rosicler, concento voló canoro, cuyo ruido en el alma aun ahora reconozco. Santo era el bandolero. Asombrado estoy y absorto. Desde ese balcón podréis ver el cadáver dichoso. ¡Caso estraño! ¡Gran suceso! Cielos, ¿este es Apolonio? ¡Oh varón santo! ¡Oh prodigio de penitencia! Este monstruo feliz, señor, que miráis, este que a la muerte él propio se dedicó, por pagarle al cielo tantos oprobios, fue ermitaño algunos días conmigo y ejemplo heroico de penitencia y después, callándome el animoso intento suyo, se vino a morir de aqueste modo. Cierto que aun para ser santo el coraje es provechoso, que los tibios nunca aciertan ni a ser santos ni demonios. Y yo, padre, abad, Zocimo, con este ejemplo dispongo mudar de vida y estado y, así, pues que ya mejoro por cumplir con mi conciencia, digo que fue testimonio falso lo que de Serena dije a Paladio. ¡Dichoso mil veces yo que esto escucho! Dice bien, porque Apolonio, haciendo testigo a Dios, un día afirmó lo propio y atestiguar un engaño con Dios fuera riguroso caso en tan grande virtud. Aquí mis verdades logro. Yo te perdono, mujer, los disgustos, los sollozos que tus celos me han costado. Digo otra vez que perdono las injurias, los agravios y te doy por este gozo mis brazos. Y yo a tus pies, ¡oh gobernado heroico!, te suplico me permitas ser hoy de Serena esposo y luego que mi cabeza la arrojes desde mis hombros al suelo si lo merezco, que así moriré gustoso. Esta es mi mano, Paladio. Yo con aquesta borro todos mis yerros, Serena. Mírenlos, qué presurosos se han casado los señores. Paréceme que es ahorro de casamenteros esto. Con el contento estoy loco. Dame los brazos, Paladio. En tus pies los labios pongo. Vamos, padre, a sepultar el cadáver venturoso. Vamos muy enhorabuena y démosle a Dios por todo muchas gracias. Y con esto damos fin, muy deseosos de que perdonéis las faltas del poeta y de nosotros.