Texto digital de La nueva victoria de don Gonzalo de Córdoba
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La nueva victoria de don Gonzalo de Córdoba. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/nueva-victoria-de-don-gonzalo-de-cordoba-la.

LA NUEVA VICTORIA DE DON GONZALO DE CÓRDOBA
JORNADA PRIMERA
No ha de quedar un galán, En Nápoles, español; Soldados nacen de sol, Y así con el sol se van. Quedará el cuartel sin hombres. En tan honrosa ocasión, Del que se queda es razón Que más te admires y asombres; Que te juro que si ven Las damas algún cobarde Que se quede o que se tarde, Si es mozo y hombre de bien, Que le ponen en rigores De suerte, que el desdichado Se reviste de soldado, Porque le salen colores. Los que hay en esta ciudad, Segura estoy de que fueran, Así por lo que quisieran Servir a Su Majestad, Como por la buena fama Del famoso don Gonzalo De Córdova, que ya igualo A cuantos celebra y llama La antigüedad este nombre. Pero ¿quién tendrá paciencia Para sufrir esta ausencia Sin que el olvido la nombre? ¡No se me fuera mi bien, Y el reino se despoblara! Señora, en tu honor repara; Que hay quien murmure también En Italia, donde estamos, Como en España, de quien Venimos. Llorar es bien. Que en tal soledad quedamos. Lleva en paciencia su ausencia; Tráigale Dios con vitoria. ¿Quién hará que la memoria Tenga en su ausencia paciencia? No era tanta mi pasión Por don Juan, aunque le amaba, Cuando segura gozaba De sus brazos mi afición. Bien me pareció presente. Bien, Fulgencia, me agradó, Mas nunca me pareció Como en vísperas de ausente; Esto ya sé de qué nace Porque en nuestra condición Es sola la privación La que estos milagros hace. Quien quisiere conquistar Una mujer fácilmente, Della por un mes se ausente, Vuelva gallardo al lugar; Que gozará la victoria Con mil abrazos después; Pero no pase de un mes, Porque no hallará memoria. ¿Un mes dijiste? ¿Y un mes Es poco? ¿O piensas que ignoro La letra de Lucidoro, Rodamonte aragonés? ¿Qué dices? Que a la mujer No hay mudanza que la iguale, Pues con cada sol que sale Mudamos de parecer. Siendo tan recién venido De España, tanto le quieres. Que confirmo en las mujeres La voluntad y el olvido; Pero en Nápoles hay tantos. Que luego le olvidarás. Don Juan, galán, de camino, botas y plumas: Bernabé de soldado gracioso. Bernabé, no puedo más. Pues ¿en cuatro días? ¿Cuántos? Cuatro. Calla, que el amor, Si tarda en matar, no es bueno; Que ha de ser como el veneno En el violento rigor. Pues lo que en Madrid dejaste, ¿Ya lo olvidaste? ¡Qué quieres! Aprendí de las mujeres. ¿Como mujer olvidaste? ¿Piensas tú que pienso yo Que llora en Madrid por mí Isabel? Pues no salí. Cuando mis favores dio Al viento con mi cuidado. Si no los tuvo primero Guedejoso caballero Destos de pelo rizado. Quedo, que está aquí Lisarda. ¿Es don Juan? ¡Señora mía! ¡Que llegó tan triste día! Mirad, mi bien, que me aguarda Todo un escuadrón de amigos; No hagáis lágrimas tan bellas Rémoras, pues son estrellas. Todos son mis enemigos, Pues que por ellos os vais. Por las luces de esos ojos, Con que dais gloria y enojos, Con que dais vida y matáis; Que sólo servir al Rey Felipe, que el cielo guarde, Me lleva; mirad que es tarde. Soldados, hombres sin ley, Valientes para matarme. No me puedo detener. Ni ya, mi bien, puede ser. Ni partirme, ni quedarme; Quedarme, porque es forzoso Partirme, y no me partir, Porque partirme y vivir También parece dudoso; Pero, pues he de probar A partirme y a quedarme. La licencia habéis de darme De partirme y de quedar; Que llevo esperanza en Dios Que con salud me veréis. ¿Vaisos, mi bien, y queréis Hallar vida, que sois vos? Mas si os partís y sois vida, Cuando volváis me daréis Lo que agora, como veis, Os lleváis en la partida. Sabe Dios si lo escusara, Señora, si yo pudiera. Vase don Luis de Ribera Y don Baltasar de Lara; Sale don Juan de Guzmán, Galán como el mismo sol. Aunque es proverbio español Decir que es el sol galán; Sale don Martín de Prado Y don Pedro de la Cueva, Que de todo el cuartel lleva En las plumas el cuidado; Don Fadrique de Mendoza Y don Carlos Pimentel; El capitán Espinel, Aquiles de Zaragoza. Mira en las telas bordadas Nápoles mil invenciones, Y el sol, en las guarniciones, El oro de las espadas. El viento, de ciento en ciento Así las plumas enreda, Que parece que no queda Para este verano viento. A no partirse el Manrique, Yo me quedara también, Pero no es justo, mi bien. Que esta disculpa os aplique. Siéndolo tanto mi honor. Sólo os pido que os preciéis De firme, pues que sabéis La obligación de mi amor. Mientras allá peleare. Pelead también acá; Que ya sé, mi bien, que habrá Guerra que en mi daño pare. Resistid a la conquista De tantos competidores Con desdenes, con rigores. El muro de vuestra vista; Que en pago desta firmeza Seré vuestro eternamente. ¡Plega a los cielos, mi ausente, Que si de más aspereza Se vistiere una montaña De nieve o de peñas vivas, O las que en ondas altivas El mar arrogante baña. No cumpla jamás el cielo Deseos que al cielo pida! Lágrimas serán mi vida. Luto, pena y desconsuelo. Vestiré bayeta vil, Paño pardo, tocas gruesas De un alfiler sólo presas. No seda o velo sutil. En iglesia, en campo, en fiesta, Jamás me verá la cara Quien más curioso repara En la más noble y honesta; Que es curioso el mismo sol, Tanto, que diga la gente: «Veis allí la triste ausente Del alférez español.» ¿Pues qué será mi comida? ¿Cuáles mis noches serán? Y él ¿no me dice, galán, Algo en aquesta partida? ¿Qué te puedo yo decir, Siendo cosa tan forzosa, Fulgencia, más lastimosa Que la que acabas de oír? Yo no he podido excusarme, Que, en fin, me lleva mi amo: Ya sabes lo que te amo, Y que quisiera quedarme; Pero hase partido ya Cosme, el lacayo gallego; El comprador de don Diego, Antes de un hora se va; Ya se fue Bartolomé, Que no ha servido a señor mozo de tanto valor; También Hernando se fue Con tener obligación A Inés, que adoraba en él; Antiyer se fue Miguel, Y hoy, al alba, Mondragón. El domingo, en cas de Juana, Hubo llanto con merienda Entre Lorenzo y su prenda; Dióle unas medias de lana, Y ella le dio dos lenzuelos Y un paño con deshilados; Todos van, como soldados. Llenos de amor y de celos. Sólo te pido, Fulgencia, Que estés firme, y que resista Tanta lacayil conquista Tu pensamiento en mi ausencia; Que en pago desta firmeza Seré tuyo eternamente. No tengas pena, mi ausente. Que enternezcan mi dureza Sus requiebros, sus favores, Sus bailes, sus castañuelas. Sus botines de tres suelas. Y sus cintas de colores. Y ¡plega a Dios que si fuere Ingrata a tu amor y fe, Mi querido Bernabé, Ni otro en tu ausencia quisiere. Todo te suceda mal Y te maten con dos balas! Desde hoy más, dejo las galas Y me visto de sayal; Una toca solamente Me dará un punto en la cara; Cinta negra de una vara Partirá el sol de mi frente; Mi delantal guarnecido Siempre se estará doblado; Ramplón será mi calzado, Que no zapato pulido Que me reviente en el pie, Tanto, que diga la gente: «Veis allí la triste ausente Del lacayo Bernabé.» Con este abrazo, te queda Con todo el cielo, mi bien. Y él no me abraza. También. ¡Que esto mi desdicha pueda! ¿Desdicha? Mira que fue Mi honor, si lo consideras. Tráeme, amores, mil banderas De enemigos de la fe. Y él ¿qué ha de traerme a mí? Seis pares de luteranos Que, besándote las manos. Digan que yo les vencí. Vanse los dos. Mira, Fulgencia, quién son Los que van con mi don Juan. Voy a ver tanto galán, Tanta cadena y jubón. Vase. Pártese el sol por el umbral dorado Del Occidente entre mil nubes de oro. Dejan las fuentes el cantar sonoro. El monte se entristece, llora el prado. El aire queda en confusión bañado, Pierde su vista el mar, su azul decoro, Y cubre en negra nube y triste lloro La cara de la tierra luto helado. Así se parte mi soldado amante Á su jornada de la vista mía, Y yo quedo a la tierra semejante. Mas como vuelve el sol, y de alegría Se viste el mundo, esperaré constante En esta noche tan alegre día. Sale Fulgencia. Al tiempo que viendo estaba Tomar la posta a don Juan, Tan lucido, tan galán, Que a todo el mundo obligaba A echarte mil bendiciones. Aquel capitán que posa Enfrente, aquel de la rosa De diamantes, que en botones De oro y cadena, las fiestas Saca cuatro mil ducados, Y aquel a cuyos criados Das tan airadas respuestas, Me dijo que te pidiese Licencia. Pues ¿a qué efeto? De verte. ¿No es más discreto? Díjome que te dijese Que tenía un coche. ¿Qué? Y no sé qué de merienda. ¡Mataréte! ¡Ay, dulce prenda” Dulce o agria, ya se fue. Un bolso lleno de escudos Me dejó aquel soldadillo Del cintillo ¿Qué cintillo? Con escudos, hablan mudos. Está en esto. ¡Vive amor. Que te haga mil pedazos. Pues aún tengo de sus brazos Aquel divino calor! ¡Qué divina necedad! Ahora bien, no hablemos desto. Pues en ser boba te has puesto. Conozco tu voluntad; Mas yo no estoy para gustos, Tengo mucho que llorar. El procurarse alegrar Es para cuando hay disgustos; Que en el tiempo del placer No es necesario buscar Lo que es forzoso al pesar. Fulgencia, no puede ser. Que estoy por extremo triste; Quiero escribir a mi ausente. Yo callaré. ¡Impertinente! ¿Qué era aquello que dijiste Del coche del capitán? Que es el capitán Medrano Muy galán. Es muy temprano, Y me ha dejado don Juan Notable melancolía; Pero no sé qué dijiste De escudos: estoy muy triste. El oro causa alegría; Guantes de ámbar y un bolsillo Con cien escudos. ¡Qué cosa Tan cansada y enfadosa Antes de dallo decillo! Cierto que estoy enojada: Ve y dile que para mí No es ése el término, y di Pero no le digas nada. ¿Parécete que lloremos Un poco por los ausentes? No por cierto, más que intentes Holgarte. ¿Cómo podremos? Haciendo el coche llegar A la puerta, y tú, cubierta, Hacer alzar la compuerta Y por el estribo entrar; Ir al campo, y merendando Muy bien, tomar el dinero. Porque esotro majadero Irá su rocín picando. Hasta que hecho mil pedazos Al Palatinado llegue. Donde un ciego honor le ciegue Y le den dos mosquetazos. Creo que tienes razón. ¿De qué sirve entristecerme? ¿No es mejor entretenerme, Pues hay tan buena ocasión? ;Para qué es bueno llorar? ¿Qué padre o madre he perdido? Coche quiero, coche pido; Triste estoy, quiérome holgar. Parte y dile que al momento Llegue a nuestra puerta el coche, Que para de aquí a la noche No es mal entretenimiento. ¿Téngome yo de morir? Ahora te he confirmado Por discreta. El mi soldado Por allá sabrá vivir. Algún sentimiento tienen Los hombres cuando se van, Mas dondequiera que están. Lindamente se entretienen. Salen D. Juan Ramírez y Bernabé. No quiero pasar de aquí. Pues ¿a dos leguas te paras? ¡Ay, Bernabé! Si reparas En que estoy fuera de mí, ¿Cómo te espantas así? Pues ¿no quieres que me espante? No, que en pena semejante Como la que viendo estás, Celos me vuelven atrás. Porque va el amor delante. Pues ¿de qué es ahora el miedo? De que Lisarda no siente Verme de su vista ausente, Y que en su pecho no quedo: Si ver esta noche puedo Su sentimiento y dolor, Irá seguro su amor. Armas de España, esperad, Que vuelve mi voluntad A asegurar su temor. Porque yo dos horas tarde De proseguir el camino, No ha de ser el Palatino Más valiente o más cobarde. Campo español en alarde. Aguardad estas dos horas; Y tú, Marte, que enamoras A Venus, cese el marchar. Haz alto, y manda doblar Las banderas vencedoras. Aguardad; que mis suspiros Os sirvan, pues lo consiento, A las plumas para viento, Y para fuego a los tiros: Tiempo queda de partiros. No os vais sin mí, que segundo Marte he de ser, y en mí fundo Que os den vitoria los cielos; Que un hombre ausente y con celos, Basta a revolver el mundo. Con notable exclamación, Al principio del camino Das al conde Palatino Pesadumbre sin razón. El español escuadrón Que don Gonzalo gobierna, Se detenga a tu voz tierna Mientras que ves a Lisarda, Pues con tus celos aguarda. Como dices, fama eterna. Pero si agora volvemos Por la posta, ¿qué dirán Los que salir tan galán Te vieron haciendo extremos? A Nápoles llegaremos, Donde orillas de su río Mi necio amor, al fin mío. Aguarde a que el negro coche Saque la turbada noche Envuelta en su manto frío. Con ella a ver entraré Aquel ángel de Lisarda, Que como verme no aguarda, Gran contento le daré: Y cuando la noche esté Más coronada de estrellas. Dejaré las suyas bellas. Volveré a tomar la posta. Hasta que llegue a la costa Adonde muera sin ellas. Ea, pues, vuelve a sacar Esos caballos, y vamos. He pensado que no erramos En volvernos al lugar; Que no se puede ausentar Agora un hombre de bien. Sin que mil causas le den De infamia y de deshonor; Que el vulgo, en cosas de honor Pocas veces habla bien. Váyanse, y entren Lisarda y Fulgencia de rebociños y sombreros de plumas, el capitán Medrano, Esteban, criado, y dos músicos cantando así: Dulce pensamiento mío, Si en una empresa tan alta Desmayas siendo quien eres, Tú matarás mi esperanza. ¡Qué agradable está la mar! Con las arenas mojadas Parece, entrando y saliendo. Que está retozando el agua. Hierba piden para alfombra Los manteles y toallas. Proseguid vuestro romance, Que os escucha mi Lisarda. De quien eres degeneras. Si en el cielo te desmayas, Pues viste la cara al sol Sin abrasarte las alas. Y ella, señora Fulgencia, ¿No me favorece en nada Con su regalada boca? ¿Por qué no, Esteban del alma? Con tu licencia me siento Al ribete de tus faldas, Brújula de mis deseos. Que tan dulce suerte aguardan. Cantan. La fuerza de mis suspiros No suspire quien alcanza La dicha que yo he tenido. Salen D. Juan y Bernabé. ¿Dónde las dejas atadas? En los álamos que el río En puro cristal retrata. ¿Con qué podré entretenerme Mientras que la noche baja Vistiendo velos de sombras Con guarniciones de plata? Mientras Thetis miente estrellas, Bebe engaños, miedos calza. Emula al sol, sombra afecta, Y oprime el candor del alba En la jerigonza nueva. Esos galanes y damas. Que ya quieren merendar, Darán materia a tus ansias. Dichoso tú que a la sombra Destos árboles que baña El apacible Sebeto, En el regazo descansas De la que quieres y adoras. Sin que trompetas y cajas De Mansfelt y el Palatino Te toquen ¡al arma! ¡al arma! Y dichoso aquel criado Que al delantal de su daifa Reclina la frente, y mira En tan corto espacio el mapa: ¡Mísero yo, que a Malinas Me llevan honra y fanfarria De un amo que a legua y media Vuelve a llorar con su mamá! Espera un poco. ¿Qué miras? ¿Andan sueltas las fantasmas En este sueño de amor? Mil cosas mira quien ama, Como siempre las ideas En su espejo se retratan, Que imitan su pensamiento. En el mismo estoy, aguarda: ¿Dirás que en esta mujer Lisarda está retratada, Y su criada Fulgencia? No es cosa en el mundo rara. ¡Oh fuerte imaginación! Si concuerda acaso el habla Con las caras, no es engaño, Porque aquéllas son sus caras. Bernabé, ¡viven los cielos, Que son Fulgencia y Lisarda! No es posible. Sí es posible. ¡Brava cosa! ¡Cosa extraña! Aquel es Medrano. ¿Quién? El capitán cuya casa Está de Lisarda enfrente. ¡Bravo amor! Brava desgracia. Fulgencia está con Esteban. ¿Estas eran las palabras, Las lágrimas, las promesas? ¡Oh traidoras! ¡Oh picanas! ¡Oh falsas! ¡Oh garipundias! ¡Oh aleves! ¡Oh trinquintanias! ¡Oh mujeres! No hay plus ultra. ¡Oh mudables! ¡Oh mudanzas! «Pondréme una toca gruesa, Nadie me verá la cara En iglesia, en campo, en fiesta.» Pues la fregatriz bellaca: «No verá mi pie chinela, Ni mi delantal con randas Cubrirá mi triste cuerpo.» Remítase a las espadas: Infames, ¿desta manera La fe y palabra se guarda? ¡Ay, Jesús! Yo soy don Juan. Y yo Bernabé, piltraca. ¿No ves que estoy con mi primo? La disculpa de las damas. Caballero, yo ¿qué os debo. Qué amistad o qué palabra? Celos no aguardan respuesta. Ni yo la doy. ¡Que se matan! Acuchillándose se entren, y salga el bastardo de Mansfelt, el Obispo con sotana morada, peto y espaldar, y un sombrero morado y sus armas. Nuevas cartas me escriben, dirigidas A que les dé el socorro que les debo. Las esperanzas, que lloré perdidas. Hallan en tu valor aliento nuevo; Que si deste español Córdova olvidas Daños, que apenas referir me atrevo. Yo, sólo por venganza de tu afrenta, Conduciré el ejército a mi cuenta. No fue la envidia de las dos Vitorias Que el Córdova español nos ha ganado, Tan fácil de sufrir, ni de sus glorias Tan corto en nuestras penas el cuidado. Que obscurezca el olvido las memorias Que a la venganza tienen obligado Cuanto valor que encarecerte puedo, Del conde de Mansfelt, mi padre, heredo. En el confín francés pondré animoso Deciséis mil soldados, pues me llaman. Que perder la ocasión será forzoso, Si por no socorrerlos se derraman: Tú verás con qué pecho valeroso Cuantos a España a su ley desaman. Como si suyas las ofensas fueran. Las perdidas banderas recuperan. Por la tierra del Duque de Lorena Tan ligero he pasado con mi gente, Que sus armas apenas me dan pena, Y ya no importa que salir intente. La gente que el Barón de Tilli ordena, Y la que anima el Español valiente, Dicen que me han seguido, mas ya es tarde. Para la vuelta el Español te aguarde. Dicen que socorremos los herejes, Que así nos llaman ellos, que en desgracia Del Rey de Francia están. Que no te quejes De las cosas que yo tengo por gracia. Por ahora te importa que te alejes De Lucemburg, en que su campo espacia. De sus buenos sucesos arrogante, Y que pase tu ejército adelante. Hablan de mí, porque a Luterosigo, Masfelt, estos papistas españoles, Como de aquel don Oppas, que a Rodrigo Quitó las dos Españas en diez soles; Pero yo les daré justo castigo Luego que las banderas enarboles Con las de Francia a vista de las suyas, Y en el perdido honor me restituyas. El Duque de Nivercs ha salido Con ejército grande, Obispo, al paso, Que el Rey de Francia pienso que ha sentido Ver que a juntarme a sus rebeldes paso: Por eso el Duque de Bullón es ido A saber la ocasión, y si es acaso Para impedir mi intento, y está en medio. Para pasar a Francia no hay remedio. Entre el Duque de Bullón. Mal lance habernos echado: Dice el Duque de Niveres Que a qué efecto pasar quieres A Francia determinado. Por respuesta se le ha dado Que servir al Rey pretendes; Responde que antes le ofendes, Y que a vencer o morir Te puedes apercibir, Pues los herejes defiendes. ¿Qué dice Vueseñoría? Que esto ha dado por respuesta, Y con la gente que apresta Previene la artillería. Si en resistirme porfía, Será imposible pasar. Volvámosle a suplicar Que mire bien lo que intenta, Y servir al Rey consienta. Olstad, el Duque responde Con las armas, no se esconde, Pues la batalla presenta. Dice que el Rey le ha enviado A detenerte; ya ves Que es católico el Francés, Y del de España cuñado: Volveros es acertado, Porque atajaros ordena Los pasos el de Lorena, Y don Gonzalo también. Que por lo pasado es bien Que pueda causaros pena. Mil y quinientas corazas De socorro os puedo dar; Ni hay que tratar de pasar. Ni del buscar nuevas trazas. Porque si pasos y plazas Ocupan sin dejar una. No habrá resistencia alguna. Esto aconsejaros debo. Porque este español mancebo Lleva en popa la fortuna. Señor Duque de Bullón, Servir a vuestro sobrino El gran conde Palatino Nos trujo en esta ocasión: Si con tan fuerte escuadrón Niveres el paso impide. Nuestros intentos divide; Y volver también es pena. Si en Lucemburque Lorena Con su ejército reside: Y por su parte también El español don Gonzalo, Que a un nuevo Aquiles igualo, Si honrarle mi agravio es bien. No habrá cuidado que os den Como vais por el país De Enao; que si conducís El ejército a cautela. Por Tiraza y por Chapela Seguramente partís. Bien decís; marche la gente. Pues no queda qué esperar. |Vive Dios, que he de buscar Este Español insolente! Cuando a su tiempo se intente, No será pequeña hazaña. A quién no da pena extraña, Que deste nuevo Felipe Con tal gloria se anticipe La reputación de España? Vanse. Salen D. Gonzalo de Córdova, leyendo una carta, y el Barón de Tili, del hábito de San Juan, y D. Francisco de Ibarra y soldados. Seguro pasará con tanta gente. Que no le emprenderá Vusiñoría. Pues no vaya seguro, aunque lo intente. Con tanta desigual caballería. El Obispo de Olstad, que tan valiente Como rebelde apóstata porfía. Así al bastardo de Mansfelt levanta Que ni armas teme, ni poder le espanta. Notables robos dicen, y es muy cierto, Barón, que haciendo van por donde pasan. Que como si no hubiera campo abierto, Los labradores míseros abrasan, Sin orden militar, con desconcierto. Que los cielos con lágrimas traspasan: Trigos, viñas, frutales, campos, prados; Bárbaramente dejan agostados. Allí lloran las míseras villanas, Los desnudos muchachos a los pechos, Allí los viejos las nevadas canas Bañan en llanto, de dolor deshechos; Ya por el aire en las regiones vanas En fuego suben los quemados techos, Escribiéndole al cielo sus querellas En papel de humo letras de centellas. Propias hazañas de hombres que al fin viven Sin fe, sin ley, sin Dios, que desde el suelo Al fuego del infierno se aperciben, Y piensan, locos, que le dan al cielo. Cosas me cuentan y de Enao me escriben. Que tanto animan mi cristiano celo, Que aunque con gente desigual, querría Probar tercera vez su valentía. Esto, señor Barón, si pareciere Bien a Vusiñoría y al gallardo Don Francisco de Ibarra, que refiere La multitud de gente del Bastardo; Que aunque la sangre y la razón me altere. Con humildad vuestro consejo aguardo; Que nunca fue de capitán prudente Que sólo un paso sin consejo intente. Señor, pasando cerca el enemigo. Parece que nos piden los caballos Las armas con relinchos; soy testigo Que los pesebres rompen con los callos. Parece que tenemos por testigo El poderoso Rey de quien vasallos Nacimos, y que mira sus primeras Dichas en nuestras armas y banderas. Todo lo que resulte en gloria suya, Después de la de Dios, cuya fe santa Nos trae a que el hereje se destruya, Y que le pise su divina planta. Será de mi opinión, sin que rehúya Pena, peligro o muerte, porque tanta Honra tendré muriendo como vivo. Si tanta gloria en el morir recibo. Españoles tenéis como leones Que vienen de mil partes cada día. Que como piedra imán, vuestras acciones Los conduce a serviros a porfía; Y aunque tan desiguales escuadrones Con el socorro que Bullón le envía, Que ya de siete mil caballos pasa, Con que la hierba a la campaña abrasa, Y vos tenéis dos mil; que si nos lleva Cinco mil de ventaja, es muy lucida La infantería que tenéis, y a prueba De españoles bizarros por la vida. Si el cielo os mueve, vuestro campo mueva Las armas, pues la fama no se olvida De las pasadas glorias, pues tenemos Por capitán la fe que defendemos. El Maestre de campo que en persona Os habla, generoso descendiente De la casa de Córdova y Cardona, Os muestra su laurel resplandeciente, Y pues con su valor la empresa abona. Puesto que sea desigual en gente. No perdáis la ocasión; mirad que os llama Para tercera gloria vuestra fama. Al cristiano valor de ese talento, Mi consejo, señor, es excusado; Que obedeceros siempre fue mi intento, No aconsejaros, pues el cielo ha dado. Mirando vuestro honrado pensamiento, Las victorias pasadas, y fiado Estoy en vuestra próspera fortuna, Que el cielo nunca os negará ninguna. Barón de Tili, el valeroso pecho Del señor don Francisco me ha mostrado Que consta del peligro más estrecho La victoriosa fama del soldado. De nuestros españoles satisfecho, Y de vuestro valor acompañado, Daré a la Iglesia honor, a mí memoria, A España fama, y a Felipe gloria. 2, Sale D. Juan Ramírez con una carta, y Bernabé. A buena ocasión venimos. Tratando están de la empresa. Deme Vuestra Señoría Los pies. ¿Qué humildad es ésa? Álcese vuesa merced, Cubra luego su cabeza, Y sea muy bien venido. Como a serviros lo sea, No puedo venir mejor; Lo mismo es razón que ofrezca Al señor Maestre de campo Y al señor Barón, que llega Su fama a España y al polo Donde el sol alcanza apenas. Por mi parte, os doy los brazos. No hay pecho que no merezca Vuestra gallarda persona. Valor el soldado muestra. Esta, señor don Gonzalo, Dale una carta, y léela D. Gonzalo para sí. Que pedí al Duque de Sesa, Vuestro hermano, de quién soy Os dará mejores nuevas. Vos las dais, y después desto. Ya por la carta son buenas. ¿Está el Duque, mi señor, Con salud? Con ella queda. Días ha que se escribió. Porque es de Mayo la fecha. En Nápoles me detuve, Aunque excusallo pudiera; Mas como a aquella ciudad Dieron nombre las sirenas, Pienso que en su hermosa playa Ha quedado alguna dellas. Lee. «Don Juan Ramírez, caballero de los Vargas de esta corte, quiere servir a Su Majestad en esas empresas que con tanto lucimiento, en honra de nuestra Casa, vais prosiguiendo. No encarezco lo que él merece, así porque su persona lo dice, como porque lo dirán sus hechos, en cuya confianza os suplico le hagáis merced.» Por cierto, señor don Juan, Que es vuestra buena presencia Mayor recomendación. Que no hay más que os encarezca, Siendo carta de mi hermano; Y así, la primer bandera Será vuestra. Dios os guarde Y aumente vuestras empresas. Para que otra vez España A Gonzalo Hernández vea. ¿Quién es ese caballero? Un soldado de mi tierra Que viene en mi compañía, Y vuesa merced, ¿no llega A que le demos los brazos? Soy tan bisoño en la guerra. Que no sé las ceremonias, Y para que no desmienta La opinión de quien me honra. No llegaba con vergüenza; Que no ha llegado mi ropa Por venir a la ligera. ¿De dónde es vuesa merced? Soy de una pequeña aldea Media legua de Madrid, Que fuera mejor seis leguas, Porque si soy caballero, Pudiera serlo de Illescas. ¿Cómo se llama el lugar? Con perdón y reverencia, Se llama Caramanchel. De buen lugar está cerca. ¡Extraño nombre! Allí dicen Que, merendando una reina Espárragos, la servía Una dama, y en la mesa Tropezando, con el caldo Le manchó una saya nueva; Cogió doña Urraca el plato Y rompióle la cabeza, Y respondiendo la dama: «Cara la mancha me cuesta La Reina dijo al lugar: «Pues ese tu nombre sea. Caramancha se llamaba, Y por ser nombre de dueña Se llamó Caramanchel: Así las cosas se truecan. No es de mal humor el hombre. Enseñóme algunas letras Mi padre, un honrado hidalgo Que llevó en aquella iglesia, Por oposición ¿Curato? No, señor; casado era. ¿Qué llevó? La sacristía. Será muy gentil prebenda. Allí, señor, me crie Con roscas y vinajeras; Tocaba el órgano Y ¿bien? No tocaba yo la tecla. Sino los fuelles de atrás. ¡Buena gracia! Era tan buena, Que por eso, y por dejar En púribus las higueras. Del lugar me desterraron, Y al fin me vengo a la guerra. ¿Sentiréis la patria? Mucho. ¿El nombre? Según mi cuenta, El del mayor día del año. ¿Bernabé? De Somosierra. Seremos amigos grandes. Toca, Príncipe, y no temas. Si quieres vencer, envía A Bernabé por la tierra De esos herejes, verás Que en dos semanas y media Me he comido cuanto pan. Cuantos nabos, cuantas peras, Uvas, higos, tiene el campo, Y bebido hasta las cepas; Por hambre los cogerás. No poca ventura fuera. Ahora bien, ¿qué hay en Madrid? Lo de siempre. ¿Cosas nuevas? Tres mil tiendas añadidas. Que todo se ha vuelto tiendas. Como aduares de Oran, Y una procesión eterna De coches, yente y viniente. ¿Tantos hay? De mil maneras; Aunque ya, de puro miedo. Andan algunos en venta Como cajas de boticas. Con rétulos las cubiertas. Por dicha, por alcahuetes Los sacan a la vergüenza. Han hecho la mejor cosa Del mundo. ¿De qué manera? Han desterrado las calzas; Y porque la soldadesca Quede más introducida, Quieren que las plumas vuelvan, Que es la gala más bizarra. Bien hacen, que tanto alientan Las plumas como las cajas. ¿No hay otra cosa? No seas Terrible. Tienes razón; Ahora bien, esto se queda Para tiempo de más gusto. Vamos a ver lo que ordenan El Bastardo de Mansfelt Y el de Olstad. Pasar intentan Con atrevimiento injusto A la vista de Bruselas. Vanse, y quedan D. Juan y Bernabé. Ya, Bernabé, felizmente Damos principio a la guerra. ¡Vive Dios, que estoy contento Después que vi la llaneza Deste ilustre capitán! ¡Ay, Dios! Mi Lisarda bella. ¿Qué hará en Nápoles agora? Dime, ¿sentirá mi ausencia? ¿Agora tenemos eso? ¿Qué quieres, si no me dejan Aquellos dulces amores, Que hasta el alma me penetran? Ten, ¡por tu vida! si quieres, De tales cosas vergüenza. Pues es mejor que tu agravio Y su mal término sientas. Mira, Bernabé: el amor, Por descansar de sus penas, Suele disculpar agravios. Aunque verdaderos sean. No es amor algún villano; La antigüedad fue discreta En hacelle hijo de dioses, Para perdonar ofensas. Si yo volviera a su casa. Razón, Bernabé, tuvieras. Déjame amar su hermosura. Pues no estoy en su presencia. Mil cosas tiene Lisarda Por donde yo la aborrezca. Déjame amar ésta sola. Ama, don Juan, norabuena. Pues dime: amigo, ¿qué hará? Trazar alguna merienda Con el capitán Medrano. ¿Qué dices? ¡Maldito seas! Luego, ¿no digo verdad? Vuélvete, necio, a tu aldea; Que quien no sabe de amor, Mejor vivirá con bestias. Pues ¿ya no vivo contigo? ¡Qué mal mis penas consuelas! Ea, digo que es un ángel. Ahora sí que me contentas; Seis plumas te mando. Aceto, Como del ángel no sean. Luego ¿no es ángel Lisarda? Nunca buen concepto tengas De ángel que puede caer Y que donde quiere vuela. Salen Madama Laureta en hábito de flamenca, y Jaques y Marín, criados.
JORNADA SEGUNDA
Apenas baje el aurora Las altas cumbres del cielo Vestida de blanco velo, Que el sol con sus rayos dora, Cuando en viéndola reír Y llorar entre las flores, Habéis de ser ruiseñores. Todo esto quiere decir Que esté a punto al alba el coche, Y a ese mismo le tendrás. En esta aldea podrás Alojarte aquesta noche, Aunque en tierra de enemigos Nunca yo me asegurara. Ni yo menos, si llevara Dama o mujer, entre amigos. De quien se han de guardar más, Y aun esconderlas primero. Si el amigo es verdadero. Jaques, engañado estás. ¿Marcha ya muy cerca el Conde? Cerca viene, y no sin pena. Que piensa que el de Lorena Por esos bosques se esconde. Yo tuviera más temor Al español don Gonzalo. Tratemos de tu regalo. Con pena me lleva amor. ¿Qué pena, con diez mil hombres, Si don Gonzalo no tiene Tres mil Si a buscarle viene, No es milagro que te asombres De su fortuna y valor, Después de Vitorias tales. En cosas tan desiguales No doy lugar al temor. Mal hicimos en salir Sin diez o doce soldados. Si aquí estamos alojados, ¿Qué mal nos puede venir? Porque apenas legua y media Estará Mansfelt de aquí. ¿Llamo a los huéspedes? Sí. Entren D. Juan y Bernabé. Si mi mal no se remedia, Por lo menos se entretiene Con el militar ruido. Gusano de seda has sido. Gente a los casares viene. Entre trompetas y cajas No suena tanto el rigor De los suspiros de amor. Hácenle muchas ventajas. ¡Vive Dios, que no está lejos El de Córdoba de aquí! Pues ¿son españoles? Sí; No eran malos mis consejos. Aquí me quiero alojar. Que baja la noche aprisa. Pues el día está en camisa, Ya se debe de acostar; Pero detente, que aquí Se aloja enemiga gente. ¿Qué quieres decir detente? Huye tú, y déjame a mí. ¿Yo? ¿Qué dices? Esto intenta. Por todo el campo Mansfelt, Mi patria. Caramanchel, No he de poner en afrenta. ¡Lindo es eso para mí Y para estas fuertes manos. Que un cesto de luteranos A Fulgencia prometí! ¿Quién va? Dos criados son Desta flamenca madama. ¿Quién es, y cómo se llama? ¡E1 español fanfarrón! Digan quién son. Si ha de ser Después, picaros, sea ahora. Acuchíllanse, y huyen los dos criados. ¡Ay Dios! No temáis, señora. Guárdame tú la mujer. Vase. No temáis, que sólo quiero Esta cadena y retrato. ¡Qué buen trato! Y ¿es mal trato? ¿Quién sois? Un gran caballero. ¿Qué casa? Casa lacaya De lo bueno de Castilla. Vuestra voz me maravilla. Vuestro rigor me desmaya. ¿Esto hacen los caballeros? La guerra está disculpada: Conde soy de la cebada, Y Marqués de los arneros. Pues ¿cómo Vueseñoría Me ha quitado mi cadena? Porque me parece buena Para cierta prenda mía. Vuélvame sólo el retrato; Mire que es del General Del Palatino. ¡Oh, qué mal Sabe de la guerra el trato! Entre D. Juan envainando. Mejor van descalabrados De lo que yo presumí. Escóndase por ahí, Que van viniendo soldados. Yo me voy, español fiero; Que algún día me darás Mi retrato. Vase. ¿Adónde vas? A buscarte, majadero. Apenas los dos herejes Seguiste, cuando vinieron Seis o siete, que me dieron, Porque otra vez no me dejes, Mil cuchilladas aquí, Y la mujer me quitaron Y a ese bosque la llevaron. ¡Diérasme voces a mí! Yo me huelgo, que eres tierno, Y esta mujer luterana. Que suele, aun con ser cristiana, Llevar un hombre al infierno. ¡Ah de casa! Salen Bulpín, villano, armado graciosamente, y bina, villana. ¿Quién va allá? Un español. ¡Eso sí! ¿Dónde, señor, por aquí El señor Gonzalo está? Que le deseamos ver, Que este Mansfelt no ha dejado Casar, barbecho, ganado, Carro, bestia ni mujer. Si habéis de alojar aquí. Mucha merced nos haréis, Que del nos defenderéis. ¿Aquí llegan? Señor, sí; Y queman cuantas aldeas Por este contorno están. ¿Qué hay que cenar? Vino y pan. No son las villanas feas Por este país de Enao. Si se acuesta el villanchón, ¡Vive Dios, que es ocasión Para un poco de sarao! ¿Sólo tenéis pan y vino? Vitela y butiro habrá. ¡Oh, santa España, en que está Rodando siempre el tocino! Entre vu por lo maisón. Vamos. Oye. Dite vu. Esta noche voy con tú. Nani. ¿Qué? Niti fistón. Vanse todos. Entre el capitán Medrano y Lisarda en hábito de soldado, plumas, espada y daga. Siempre en tu mucho valor Tuve aquesta confianza. Necia ha sido mi esperanza, Como efeto de mi amor: A la guerra te he traído, Adonde está tu soldado, Aumentando mi cuidado Con el rigor de tu olvido. La palabra que te di De ser contigo cortés, Bella Lisarda, después Que tu afición entendí Por el gallardo don Juan, Hidalgamente he cumplido. Otro Scipión has sido, Valeroso capitán. ¡Bien hayan hombres de guerra. Que nadie cumple mejor La palabra Cuanto honor La nobleza hidalga encierra, Se alista con el soldado Debajo de la bandera De la verdad, que no fuera Soldado, a no ser honrado. El hábito en que has venido Más seguro me parece. No para mi amor, que crece Todo de plumas vestido, Como pintan a la Fama, Porque a sus alas has dado Plumas, y a Marte un soldado. Sol, pues soldado te llama, El tuyo hallaremos presto, Y yo mi muerte. No harás. Pues desengañado estás De mi pensamiento honesto; Que aunque es verdad que fue error De una mujer española, En Nápoles, pobre y sola, Ofender tan justo amor Pienso obligar a don Juan Con este arrepentimiento; Que los celos, sentimiento Más que los amores dan. Eso conozco por mí; Y en dejándote con él, Haré una cosa por él; Mal dije, haréla por ti: Que es irme desesperado Donde el Tudesco primero Honre en mi cuello su acero. Ahora bien, pues ha llegado La noche y nuestro camino A un mismo tiempo a esta aldea, Descansemos, y no sea Tan loco tu desatino; Que bien sé yo que los hombres Sentís menos que decís. ¡Vosotras sí que sentís Y tenéis más firmes nombres! ¡Ah del casar! Sale Bulpín. ¿A estas horas? Con armas, huésped. ¿Quién es? Un español, ¿no me ves? Esas manos vencedoras Me dad, y no os espantéis. Españoles generosos. De que estemos recelosos Y con las armas que veis; Que los soldados de Arnesto Y este Obispo endemoniado. Diez lugares han quemado, Y hasta las iglesias puesto Por tierra, y hecho pedazos Las imágenes sagradas A villanas cuchilladas Y a fieros arcabuzazos; Aunque ya los del contorno Valiente de Dampilleres Hasta las propias mujeres, Cuyo femenil adorno Trocaron a las espadas. Tan fuerte venganza han hecho. Que los han roto y deshecho Por incultas emboscadas. Entrad y descansaréis. Que aquí hay otros alojados. Entra, Lisardo. Criados De lindo talle tenéis. ¿Parézcoos bien? Sí, a la he, Con ese brío español. ¿Sois soldado? Sí, y aun sol. Sino que es sol que se fue. Vanse. Salen el Bastardo Mansfelt y el Obispo. ¿Que tiene el español atrevimiento Para seguirme, viendo las ventajas? Tan cerca viene ya en tu seguimiento, Que las trompetas se oyen y las cajas. Codicia del pasado vencimiento, Cada día mayor, si no la atajas. Le mueve desigual a acometerte. ¿Siempre ha de estar en su favor la suerte? Hombre que a Federico Palatino, Cuando entró por las tierras de Lantgraves, Y al Marqués de Tourlac salió al camino, Y degolló la gente que tú sabes. De quien la infantería huyendo vino Cual de águila real tímidas aves. Que dejando las armas de las manos Mataron por los bosques los villanos; Quien a mi hermano el Duque, y que traía Setenta y seis cornetas valerosas, Y de la más gentil caballería, Que siguieron banderas belicosas, Y también de lucida infantería, Pues fue de las naciones más famosas, Seis regimientos, cuando al fuerte lado De Frideburg se hallaba acuartelado. En las riberas del corriente Meno, Acometió pasando las trincheras, Y ganando el reducto, de agua lleno, Retiró batallones y banderas, Donde en el agua y en el hondo cieno Poblaron degollados las riberas Tantos soldados nuestros, que sus peces Bebieron sangre, y aun caliente a veces, ¿Qué te espanta que tenga atrevimiento De acometernos con dos mil caballos? Que envíe a España las banderas siento, Mas esta vez yo pienso castigallos; Quemad esos casares, dad al viento Las casas destos bárbaros vasallos De Filipe español. Ya con manojos Del fuego son cenizas y despojos. ¡Páguenme los villanos la matanza Que han hecho en nuestra gente! Dentro: ¡Fuego, fuego! Mejor es que de sangre la venganza. Álcense algunas llamas y salga medio desnudo Bernabé. jA qué mal tiempo a ver mi dama llego! Fuego anda allí: si a nuestra casa alcanzo Dejo el amor y me deslizo luego. Éntrese Bernabé. Ya los villanos andan alterados. ¡Oh, quién los viera a todos abrasados! Éntrese y suene el ruido del fuego. ¡Fuego, fuego, que viene el enemigo! ¡Armas, armas, que huyen los cobardes! Sale el capitán Medrano medio desnudo y con la espada desnuda. Aunque me han de matar, las tropas sigo; Tú, Lisardo, levántate, no tardes; ¡A qué temeridad el pecho obligo! El fuego crece, mira que no aguardes; Que luego volveré, si tengo vida. En tu defensa y por mi honor perdida. Vase. Sale Bernabé con Sabina, villana, en los brazos. Ven, Sabina, por aquí. Muestra, español, tu blasón. ¿No dices niti fistón? Sí, digo ya, sí. Eso Sí. Vase con ella en los brazos. Sale D. Juan con I.isaida en los brazos. Si darme vida deseas, Al mismo Anquises prefieres. No sé, mancebo, quién eres. Mas basta que español seas. Y tú castellano Eneas, Pues del fuego huyendo voy. ¿Qué es esto que viendo estoy? ¿Qué es lo que mis ojos ven? ¿Es Lisarda? Sí, mi bien. ¿Es don Juan? Mi mal, yo soy. En fin, tú habías de ser El que la vida me diese. Ya me pesa. No te pese; Que yo la sabré perder. Pero basta ser mujer Para haberte defendido, Aunque me hayas ofendido. Cual se suelen ayudar, Cuando se ven maltratar. Los amigos que han reñido. ¿Posible es que a verte llego. Cruel Lisarda, en tal parte? Mas ¿dónde pudiera hallarte Mejor que en el mismo fuego? ¿Estoy soñando? ¿Estoy ciego? ¿Tú en Flandes? ¿Tú aquí soldado? ¿Tú en fuego? Pero he pensado Que, como fénix, te apura De traiciones y hermosura Ó que en salamandra has dado. Con tu poca injusta fe En el fuego me pusiste De los celos que me diste; Y tal mi fortuna fue, Que del fuego te saqué De los herejes; bien digo. Que allí estabas por castigo De tu mudanza y rigor. Pues contra la fe de amor Fue el tuyo hereje conmigo. ¡Ay, Lisarda, qué me cuestas, Por tan variados caminos, De amorosos desatinos Y congojas descompuestas! Di, ¿qué mudanzas son éstas? ¿Qué locas transformaciones? ¿Qué armas y plumas te pones, Y todas bien excusadas. Pues son tus ojos espadas, Y son plumas tus razones? ¿Dónde vas entre soldados Por los flamencos países. Contra las rosas y uses Destos hombres desdichados, Ya de nuestra Iglesia echados, Que esperan nuestros castigos? Mas vas contra tus amigos: Vuelve, y mira que error fue. Que los que no tienen fe No pueden ser enemigos. Ya sabía yo, mi bien. Que me habías de tratar Tan mal, pues vengo a buscar Con mi amor tanto desdén: Que satisfacción te den Mis ojos, será excusado. Donde el haberte buscado Es mayor satisfacción, Porque es la mayor acción De un sentido enamorado. Nuestras lágrimas, don Juan, De su crédito han faltado. Pues ya decís que han quebrado Y que sin valor están, Pues crédito no les dan; Tanto, que en casos de amores, En firmezas y favores. En pesares o en placeres, Los ojos de las mujeres Hacen pleito de acreedores. Finalmente, sin llorar. Te digo, dulce bien mío, Que mi propio desvarío Me pudiera acreditar. Porque venirte a buscar Sin amor es grande error: Si me le tienes, señor, Mira que no te ofendí, Y estoy por llorar aquí. Que es propio efeto de amor. Una villana criada Fue, sin entenderlo yo, La sierpe que me engañó. De su interés engañada: Deja ya la vista airada, Y muévate a compasión Mi llanto y satisfacción; Que donde no hay casamiento. Un grande arrepentimiento Bien puede alcanzar perdón. Loco fuera si creyera Lo que me dices, señora, Y en no lo creer agora. Pienso que más loco fuera. ¡Ay, Lisarda! Quién pudiera, Creerte y no te creer! Pero no pudiendo hacer Que te crea, sin creerte, Aborrecerte y quererte Habrá por fuerza de ser. De manera, que no creo Y quiero, de tu hermosura Obligado, que procura Satisfacer el deseo Al gusto con que te veo. Dame los brazos, y piensa Que no perdono la ofensa. Sino que llego abrazarte Por mi amor, que fue la parte Donde no tuve defensa. Como tú me des los brazos, Sea o no sea razón. Puesto que traidores son. Ya me atrevo a sus abrazos. Ya te han cogido sus lazos Para que perdón me des. No me repliques después. Como en disculpa confirmes Que es imposible ser firmes Trayendo corcho en los pies; Pero pues somos amigos, Y no habiendo casamiento, Como dices, fuera intento Cruel quedar enemigos. No habiendo aquí más testigos Que los dos. ¿Con quién, señora, Viniste a Flandes ahora? Con el capitán Medrano, Hidalgo tan cortesano, Que me acompaña y me adora. ¡Malditos sean los brazos. Áspid cruel, que te di! ¡No hubiera un villano aquí Que los hiciera pedazos! Rompa la amistad los lazos. Las palabras y la fe, Pues que toda traición fue, Pues que a despertar su olvido Con sus celos has venido Para que yo se los dé. Oye, escucha. ¿Qué he de oír? Di, veneno en vaso de oro. Mira, don Juan, que te adoro, Ya es tarde para mentir. Yo te tengo de seguir. Serán vanos tus recelos. ¿Tú eres caballero? ¡Ay, cielos! Tú mereces mi rigor. ¿Cómo olvidas tanto amor? Pregúntaselo a mis celos. Vanse. Salen D. Gonzalo, D. Francisco de Ibarra, el Barón de Tilli y soldados. Después de escribir a España Todo el pasado suceso, Con el Marqués de Abadén Quise del segundo encuentro Hacer nueva relación. ¿Fue sucinta o por extenso? En la primera escribí Cómo ocupamos los puestos Las escuadras de Baviera Y los españoles nuestros Por las espaldas de un bosque. Desde el cual aviso tengo Que viene puesto en batalla El enemigo soberbio; Cómo hizo su cuartel; Cómo la emboscada temo, Y planto la artillería, Que hizo gran daño en ellos; Cómo en fin se retiraron, Y junto a un arroyo hicieron Alto, cerrando las fuentes De unos carretones nuevos. Atravesando barretas Con puntas de picas, y ellos Cargados de algunos tiros. Que a manera de pedreros. Gruesos cartuchos de dados Disparaban por el viento; Poniendo al lado derecho Su fuerte caballería Con los cinco regimientos De infantería, y que en todos Sería el número cierto De once a doce mil hombres; Cómo juntamos consejo De pelear en dos fuertes Ejércitos, y el primero Del Duque de Bransuic, Que esperábamos con ellos; Escribí cómo sacamos Los batallones con esto Y los de su Majestad Que mil años guarde el cielo, Al diestro lado, y de frente Siempre al enemigo opuestos; Finalmente, cuantas cosas. Noble Barón, sucedieron Hasta darles la batalla, Ocupando bien dos pliegos La gente que degollamos, Las banderas que perdieron, Que algunas dellas envío. Y del segundo suceso, ¿Qué escribe Vueseñoría? Todos los valientes hechos Que hicieron en su servicio Españoles y flamencos; Cómo quedó degollada La infantería entre fuego Y agua, la margen del río. Si hubiera para los vuestros Un castellano Virgilio, Un nuevo español Homero, Bien tenía que escribir. Mejor latinos y griegos Los vuestros, Barón de Tilli, Celebrarán en sus versos. ¿Quieren Vuestras Señorías Que me ponga de por medio? Bien dice; por su virtud Pudiera hacernos extremo; Que don Francisco de Ibarra Con su valeroso tercio Nos ha dado estas Vitorias. Que está corrido os confieso, Oyendo vuestra alabanza, Mi corto merecimiento. Ahora bien, para decir Cuanto en el alma deseo. Cuanto intento, cuanto sigo, Cuanto busco, cuanto emprendo, Es el venir a las manos Con este Mansfelt soberbio, Y este fiero intruso obispo Cristán de Olstad, porque pienso Que con el favor de Dios Habemos de hacer en ellos Un estrago que dé a España Nombre y fama, y ponga freno A los herejes que inquietan Las Águilas del Imperio. Corren con felicidad Las cosas, al nuevo reino De Filipe; que en Milán Celebra Italia el gobierno Del Duque de Feria, en quien Tantas partes concurrieron. Cuantas a un gobernador Ilustre dan nombre eterno. Y en el África, en la plaza De Oran, tan heroico vemos Al Cárdenas generoso. Los bárbaros oprimiendo. Que le tiemblan desde Túnez A Tarudante y Marruecos. El Príncipe de la mar. El heroico Filiberto, Cumple bien la obligación De ser de Filipo nieto; Y el Marqués de Santa Cruz Asombra el Asia corriendo Con sus galeras la costa, Con su fama, tierra y cielo. Dícese que viene el de Alba A Nápoles, con que tengo Por cierta la buena dicha, Paz y quietud de aquel reino. A este paso lo demás; De suerte, que si ponemos Este freno a Federico, Quedan en lugar supremo Las armas del Rey de España. Plega a Dios que el santo celo, Generoso don Gonzalo, De ese valeroso esfuerzo, Logre tales esperanzas. Goce tan justos deseos. Algún alboroto suena. ¿Tocan caja?. ¿De qué se inquietan los tercios? Nuevas hay del enemigo. Que le has de alcanzar espero. Salen D. Juan Ramírez y Bernabé. Viniendo, generales valerosos, Silva alojando su española gente Entre estos bosques de álamos frondosos. Aldeas del contorno de su frente, Los ejércitos llegan poderosos Del Bastardo Mansfelt y el insolente Olstad feroz, cuyos soldados luego A sus casas y campos ponen fuego. La escura noche transformada en día. Fugitivas las sombras de las llamas, El aire ambiente del contorno ardía Casas, barbechos, árboles y ramas; Medio abrasado sale el que dormía. Volando el alquitrán mesas y camas. Sonando cuerpos en arroyos de agua. Cual suele el hierro al lado de la fragua. Allí se arrojan unos, y otros miran Por dónde huyendo van los luteranos. Que con los escarmientos se retiran Del pasado escuadrón de los villanos. A discurrir por la campaña aspiran, Sin llegar con las armas a las manos; Que yo he visto el ejército y la salva, A cuyas cajas hoy despierta el alba. Llegada es la ocasión, o yo me engaño, En que se ha de cumplir nuestro deseo, Y que el hereje ha de pagar el daño Que en la campaña y su contorno veo., Ya por nuestro país, como el extraño, Pasa el Bastardo y el Obispo ateo, Glorioso de hacer mal, no victorioso, Como toro que al campo huyó del coso. No suele nave de la fuerte amarra Agitada del viento estar inquieta. Como está nuestra gente, que bizarra Se está moviendo al son de la trompeta. |0h, Barón generoso, oh, ilustre Ibarra, Agora es tiempo, agora, que acometa Nuestro ejército un hecho relevante, Que en gloria de la Iglesia España cante! ¿Cuánto estarán de aquí? De aquí a Sesarte, Que no estarán seis leguas de Bruselas. Pues marche nuestra gente al son de Marte; Que aquesta vez no le valdrán cautelas. Parte, español valiente, que no hay parte Donde se libre si en su alcance vuelas. Parte, gran General. En Dios espero Rendir a España este gigante fiero. Vanse todos, y quedan D. Juan y Bernabé solos. Ya se ha llegado ocasión En que probemos las armas Que trajimos de la corte. Tú verás cómo te llaman El Aquiles de Madrid, Y a mí, por dos mil hazañas, Hétor de Caramanchel. Cuando a un hombre no obligara Su propio honor, Bernabé, Sólo el ejemplo bastara Deste valiente mancebo. Honor y gloria de España. ¡Qué bien entiende la guerra! ¡Qué cuidadoso que anda A todo cuanto se ofrece! [Con qué amor, con qué palabras. Con qué dulce cortesía Al más vil soldado trata! ¡Cómo los socorre a todos, Viste, ayuda, parte, gasta Cuanto tiene, cuanto pide. Cuanto gana, cuanto alcanza! Es hijo, al fin, de la guerra. Pues pienso que con la espada Nació en ella. ¡Qué bien dices! Esa sí que es la crianza De los hombres principales, Y no Majadero, ¡calla! Que cualquiera hará lo mismo, Y aun más si el Rey se lo manda. Pero ¿cómo no celebras La necedad de Lisarda? Qué ¿en fin la viste? Pues ¿no? Yo he pensado que soñabas. ¿Cómo soñar? Oigo voces Entre las confusas llamas, Y llego a sacar en brazos Un mozo que se quejaba; Llevóle hasta el campo en ellos, Y en mirándonos las caras. Él halla a don Juan Ramírez, Y yo, Bernabé, a Lisarda. Hice con ella amistad Obligado de sus ansias, Y en sabiendo que venía Con el que mis celos causa. No huye del áspid fiero El labrador que buscaba El nido del ruiseñor Entre las hojas y ramas, Como yo, por más que intenta Con lágrimas y palabras Peor te fue a ti que a mí, Que buscando la villana. Mientras a nuestros caballos El huésped daba cebada, Al asirla de los brazos, a Riqueza. Falta el aun en las ediciones. Siento el jergón y la paja, Como si yo fuera hereje, Cercarme todo de llamas. Sacóla en brazos, y llevo A un arroyo, en cuya plata, Como dicen los poetas, La dejo, y vuelvo con ansias De hallarte. Y ¿qué daño es ése? ¿No es daño, si la villana Me anduvo en las faltriqueras Cuando en brazos la llevaba, Tocan cajas. Y en fin me sacó la bolsa? ¡Vive Dios, que si la hallara. Que había de volver al fuego! Vamos, que tocan y marchan. Ya marcharé más ligero. ¿Cómo? Que no llevo blanca. Vanse, y salen el Bastardo, madama Laureta, Roberto y Jaques, criados. En mucho tengo, madama, La fineza. En tanto amor, Más obligación, señor. Que no fineza, se llama. Los trabajos que he pasado Buscándoos entre enemigos. De que son buenos testigos Los que me han acompañado, Me podéis agradecer. Buenas heridas nos cuesta De un español, vuestra fiesta. Español había de ser. Y a un demonio parecía. Porque a puras cuchilladas, Martillo en nuestras espadas Sobre yunque parecía. ¡Vive Dios, que era gallardo! Ya presto lo pagarán, Y entonces quién es verán El que ellos llaman Bastardo. Dicen que a grandes jornadas Viene en vuestro seguimiento. Que digan que huyo siento Con armas aventajadas. Acérquense los papistas, Que yo los castigaré. Su dicha la causa fue, Difícil gente conquistas; Mas pues has de pelear Con este fuerte mancebo. Perdóname que le debo. Aunque enemigo, alabar; Que pues tú le has de vencer, Cuanto le hiciere mayor. Será mayor tu valor. Por mí, Masfelt, has de hacer Tres cosas. Celos me has dado. Las damas de nuestra tierra Aficiónanse en la guerra Del brazo, y no del soldado. Ya sabes cómo salimos En carrozas a campaña, Y más cuando contra España Á veros vencer venimos; Que si allá guerras tuvieran Las mujeres españolas, No fueran en Flandes solas Las que a ver los campos fueran. Si pelea con tus celos El español don Gonzalo, Competir con quien no igualo Fueran muy necios desvelos; Yo me rindo desde aquí A sus armas valerosas; Pero dime, ¿qué tres cosas Me mandas hacer por ti? Sea por asegurarte Su cabeza, la primera, Que no sé de otra manera Más satisfacción que darte; Que cuando tantos desvelos No te diera su porfía. Ya la muerte merecía Por haberte dado celos. La segunda que te pido Es traerme desta hazaña El guión del Rey de España, Que tanto os ha perseguido; Que aunque le parezca injusto Mi deseo, pienso hacer Trofeos de una mujer Su estandarte, siempre augusto. Es la tercera cobrarme Un retrato suyo, un sol. Que un caballero español Pudo, por mujer, quitarme. De las tres que me has pedido, La que más pena me ha dado Es la tercera. Y yo he estado Por él perdiendo el sentido. En muertos o prisioneros, ¿No puede ser que no esté? Dime el nombre. Bernabé, Que es Marqués de los harneros, Y Conde de la cebada. ¿Qué casa? Lacaya dijo. Haré del bastón que rijo, A su infame pecho espada, Que es justo que sea de palo: Yo mismo le mataré, Y te doy palabra y fe De traer de don Gonzalo La cabeza por trofeo. Tocan cajas. Y el guión del Rey de España. Rumor hay en la campaña. Saber la causa deseo. Sale el Obispo. Prosiguiendo su loco atrevimiento, Arnesto de Mansfelt, viene furioso Don Gonzalo de Córdova, que el viento Excede en el veloz curso animoso; Y no ha puesto en su gente el pensamiento. Sino en haberse hallado vitorioso, Como si no faltase vez alguna El mudable favor de la fortuna. Entre Gost y La Fert está alojado; Pasará los confines de Brabante Por el río Mosa, al fin determinado A que no pase tu escuadrón delante: Deja a Namur hacia el siniestro lado Moviendo el villanaje circunstante, Porque por Pondelóu, en Meli y Floro Se aloje el campo. La salida ignoro. Venga esta vez, que por los ojos juro De madama Laureta, que ni sólo Un hombre de la vida esté seguro, Ni en su altura mayor el mismo Apolo: Aquí todas las fuerzas aventuro, Y ojalá fueran las de polo a polo. Las del Turco, y del Persa, y cuantos Reyes Políticos hoy dan al mundo leyes. ¿Siempre han de ser dichosos los papistas? ¿Siempre nuestras banderas desdichadas. Honrando las naciones nuestras listas, Que en toda Europa son más estimadas? Pues apenas tendré sus armas vistas, Sus trompetas y cajas escuchadas, Cristán de Olstad, cuando acometa fiero, Y probemos los dos el blanco acero; Que ya pluguiera a Dios en desafío Saliéramos los dos, español bravo, Córdova conociera el valor mío; Bien sabes tú que con razón me alabo: Pero en la sangre de Mansfelt confío, Y en Madama también, traerle esclavo; Que basta que lo quieran sus deseos, A mayores victorias y trofeos. Yo deseo tu honor; parte animoso; Si has menester buscalle, no le esperes. Tú verás a mis pies el valeroso Córdova, que tan bárbaro refieres; De su buena fortuna estoy celoso, Que suele ser valor en las mujeres. Toca a marchar. Ayúdente los cielos. Esta victoria deberé a los celos. Salen D. Juan, Lisarda y Bernabé.
JORNADA TERCERA
Mira que te han de matar, Lisarda, en esta ocasión. Pues don Juan, resolución: Ó quererme, o pelear. ¿Una mujer? Pues ¡qué quieres! ¿Seré la primera yo? También el cielo les dio Corazón a las mujeres. Sí, mas no para morir, Como tú, desesperadas. En viéndose despreciadas También las cansa el vivir. Un medio podéis tomar. Ya que estoy yo de por medio. Bernabé, ya no hay remedio: O quererme, o pelear. Pues ¿es justo que te arrojes A morir? ¿Qué te va a ti, Si para don Juan nací? De que muera no te enojes. No fíes en tu hermosura, Lisarda, así Dios te guarde; Que en ti es gracia el ser cobarde, Y ser valiente, locura. No has hecho justo conceto De gente de aquesta suerte, Si piensas que han de tenerte, Por ser imagen, respeto, Pues que por blanco las ponen De sus tiros y arcabuces. Si a mi bien no te reduces, No quiero que me perdonen: ¿Qué más muerte que morir En tu desgracia? No digas Disparates, que me obligas Acábalo de decir; Que bien a tu parte están Mis desdichas inclinadas. A darle mil cuchilladas, Lisarda, a tu capitán. ¿Mío? Trátame siquiera Como merece mi amor; Que no fue tan grande error Que a la mar, don Juan, me fuera Más a llorar aquel día Tu ausencia, que no a reír, Si no es que quieres decir Que en mis ojos la tenía: Y ya tú me perdonaste Conociendo mi disculpa, Pues también tuviste culpa En que sola me dejaste. Pues ¿a mí me culpas ya? No dejando a una mujer Todo lo que ha menester, ¿Qué presume el que se va? ¡Qué celestial aforismo! Sí, pero la misma noche. Capitán, merienda y coche, Y que lo viese yo mismo. ¿Qué mayor seguridad? Que la mar no era aposento, Ni ofende un falso contento Una amorosa verdad, Y más a los que no dan. ¡Qué extraña bachillería! Sufra o mantenga, decía Aquel divino Liñán; Que en igual ocasión Menga Dijo esto mismo a Pelayo. ¿Qué dijo, señor lacayo? Seor amo, sufra o mantenga. Vete, gallina, al bagaje, Allá con los vivanderos. En tratando de dineros Sabe todo a mal lenguaje: Por no dar los hombres ya, Buscan con afeites viles Los adornos mujeriles De que el mundo Heno está. ¿Quién dijera que se usara Molde y espejo en los hombres? Mientes, bestia; no los nombres, Que en ser políticos para Esa gala y ese aseo, Y no como antiguamente Aquella rústica gente, Que hoy en sus retratos veo. Dime, cuantos hoy soldados Con las banderas de España Están en esta campaña De valor y acero armados, Y dos batallas vencido, ¿No son gallardos? Confieso; Hablo sólo del exceso De cabellos y vestido. Vete a Sayago, villano. Y yo, ¿dónde? ¿Qué sé yo? ¡Tanto camino pasó Un hombre sin una mano! No puedo desengañar Mis celos con tu afición. Pues don Juan, resolución: O quererme, o pelear. Vete, que será mejor Que aquí mueras, que no verte Del capitán. Desa suerte. Ya no me tienes amor. Bien te quisiera engañar, Pero es perdernos los dos. ¿Cierto? Cierto. Pues adiós, Que me voy a pelear. ¡Qué crueldad! Déjame aquí, Que éste no es día de amores. ¿Voyme, en efecto, señores? Digo mil veces que sí. No digas que no te aviso. Vase. ¿Hablo con el rey don Sancho? Tengo el corazón muy ancho. Yo te conocí Narciso. ¡Pobre mujer! No tratemos, Por si habernos de morir, Más que de Dios, si vivir En la otra vida queremos. ¡Oh, qué devoto que estás! Quien ve diez mil hombres juntos. Que al arma esperan por puntos, ¿Qué es lo que le importa más? ¡Qué brava fiesta, señor, Para verla una mañana En Madrid, a la ventana. Desde la calle Mayor! Pero ¡vive Dios! que aquí Aunque sea el corazón De piedra, tiembla en razón De lo que ha de ser de sí. No me pesara que fueras Hoy en tu caballo al Prado, Y yo delante, elevado En las bizarras tenderas; Pero ya No hay pero ya, Aquí con honra morir. Pues eso quiere decir Quien hoy a tu lado está. Ya se previene el cuartel; Don Gonzalo viene aquí. ¿Sacamos la espada? Sí. ¡España! ¡Caramanchel! Vanse. Salen D. Gonzalo de Córdova, D. Francisco de Ibarra, el Barón de Tilli y soldados, uno con un pendón, en la una parte un Cristo crucificado, y en la otra la imagen de la Concepción de Nuestra Señora. Ya, señor, no hay que esperallos, Pues a las manos se vienen. Nueve mil infantes tienen Y bien siete mil caballos. Porque el Duque de Bullón Que es tío de Federico, Como interesado y rico Les dio gente y munición. Ése el inventor ha sido Destos tratos y maldades, Engañando las ciudades, Que injustamente han rendido, Y están a su devoción. Aquí ya no hay que esperar. Sino en batalla ordenar Nuestro valiente escuadrón; Que pues habemos dormido Un cuarto de legua dellos. Arrogancia he visto en ellos, Con que no nos han temido: Y parece que es razón, Siendo la ventaja tanta, Que al mismo contrario espanta El ver mi resolución. Ya sale por los cabellos Del alba más presto el sol A ver el campo español Y a dar mayor lustre en ellos Con la reverberación De nuestras armas, y es justo Disponer con pecho augusto Á vencer el corazón. De mil Hétores retrato: Tocad cajas y trompetas; Mas decid que se estén quietas, Y dadme silencio un rato. Españoles valientes, y naciones Generosas y nobles, que venistes A seguir de Filipe los pendones, Cuyos amigos o vasallos fuistes, Haber probado en tantas ocasiones Los ánimos valientes que tuvistes, Me pudiera excusar, pero no creo Que os ofende con esto mi deseo. Estos mismos que veis, habéis vencido; No son otros soldados ni otra gente; Los mismos capitanes han tenido, Ninguno es más feroz ni más valiente; Que los que de refresco ha conducido El Duque de Bullón, hereje ausente, Serán nuestra Vitoria y su ruina. Porque bisoños son sin disciplina. Nosotros, a vencer hechas las manos, ¿Qué podemos temer? La fe nos guía, Y a estos bárbaros viles luteranos, La codicia, ambición y la herejía: Pretenden el imperio estos tiranos, Viniendo la cesárea monarquía Tan justamente a quien la tiene ahora, Que al santo sucesor de Pedro adora. Quitóle Federico Palatino El reino de Bohemia a Ferdinando, Mas Filipe tercero, ya divino, Pues muerto vive donde está reinando, No pudiendo sufrir su desatino, La Casa de Austria como suya honrando, Con justas armas a volver le apremia A Seleucia, a Moravia y a Bohemia. La guerra que prosigue su Bastardo Con Cristán de Olstad, Obispo intruso, Favorecida con valor gallardo, Filipe cuarto deshacer dispuso; Filipe, por quien hoy la ¡jalma aguardo, Pues en mis manos su estandarte puso; Filipe, como sol que va saliendo, V estos nublados viles esparciendo. Que como suele aparecer la aurora Por nubes revestida de oro y grana. Saliendo de la noche vencedora, En fe del sol, la cándida mañana, Filipe celestial sus reinos dora. Huye la noche de la luz tirana; Pues si al nacer le huye la herejía, Sus rayos, ¿qué podrán al mediodía? El cielo, que nos dio las dos Vitorias, También nos ha de honrar con la tercera; La misma causa obliga sus memorias, Nuestra justicia el mismo fin espera: En nuestro vencimiento están sus glorias, Pues nuestra fe tan firme persevera Por defender, vertiendo en tanta copia. Su Iglesia a Cristo con la sangre propia. Vos, divino Pontífice supremo. Que en esa cruz tenéis la silla santa. Juzgad, juzgad la causa del blasfemo Que contra vuestra sangre se levanta: Con vos. Señor, ningunas armas temo. Ni me admira Mansfelt, ni Olstad me espanta; Miradme el corazón, abrid los ojos. Que yo quiero vengar vuestros enojos. Vuelven ahora la imagen de Vuestra Señora. Y vos, divina Virgen, mi abogada. Mansa paloma, celestial María, Pues vuestra limpia Concepción sagrada Fue desde que nací devoción mía: Guiad vos este brazo y esta espada. Luna que en vos y en vuestro sol confía Vencer estos apostatas, que fieros Mellan en vuestra imagen los aceros. Con esto, ¿quién no queda satisfecho De que ha de ser esta vitoria nuestra, Y que el hereje ha de quedar deshecho. Que tan blasfemas arrogancias muestra? Vos, Patrón, cuya espada traigo al pecho, Dadnos vuestro favor, tomad la vuestra. ¡Al arma, al arma! Tu valor admira. ¡Ea, españoles, que Felipe os mira! Tocan al arma, dase la batalla, y luego sale D. Francisco de Ibarra herido. ¡Ea, soldados fuertes, que aun herido Os tengo de animar, hasta que el alma Deje el pecho animoso en que ha vivido! ¡Jesús, Jesús, la sangre me desalma! Con mis obligaciones he cumplido, Y la mayor vitoria, lauro y palma, Es morir un honrado caballero Sirviendo a Dios y al Rey. ¡Jesús, yo muero! La causa de la Iglesia y el servicio De Filipe merecen justan. ente La vida que les doy en sacrificio. ¡A ellos! ¡Mueran! ¡Ay, valor, detente! El brazo sólo falta al ejercicio De las armas, no el ánimo valiente: Hoy en Flandes seréis, campos extraños. Fama y sepulcro de mis verdes años. Cae muerto. Sale el Bastardo con una rodela, y la espada desnuda ¡Ea, mis valerosos alemanes. Honrad la patria, la amistad, el celo De vuestros siempre amigos capitanes, Que vuestra causa favorece el cielo! Los españoles solo son galanes, No se han criado en el rigor del hielo Donde nacistes, que en efeto encierra Todas las condiciones de la guerra. Venced, solicitad que os anticipe La fama al griego Aquiles valeroso, Pues vais contra las armas de Filipe Rey entre cuantos viven, poderoso: Haced que por vosotros participe El conde Palatino generoso Del imperio Alemán, pues peleando, El mundo quitaréis a Ferdinando. No piensen los papistas que está hecho Por las Vitorias que nos han ganado. Que aún vive el corazón dentro del pecho Con los deseos de quedar vengado. Va huye el fiero ejército deshecho, Que ya el Obispo le ha desbaratado Con la caballería; mas ¿qué digo? Que ya vuelve sobre él el enemigo. El ánimo de Córdoba famoso. Los españoles a la guerra anima; Va cobra lo perdido, y receloso, Ni el fuego teme ni la vida estima. Tercera vez le temo vitorioso, Que apenas hay valor que le reprima. ¿Qué es esto? ¡Cielos! ¿Sin mudanza alguna Puede estar en la guerra la fortuna? Sale el Obispo herido en una mano. ¡Pese a la guerra y el primer infame Que la inventó! ¿Qué es esto, Olstad amigo? Herido estoy. ¿Queréis que gente llame? Un brazo me ha pasado el enemigo. Pues antes que la sangre se derrame En mayor cantidad, venid conmigo. ¿Pareceos que hay peligro? ¿Es grande herida? Bastante fue para perder la vida. ¡Pesia la bala y al papista fiero Que tuvo tal destreza en acertaros! De mi fortuna lo aprendió primero; ¿Mas quién a su rigor pondrá reparos. Haced corno valiente caballero. Que tengo de morir o he de vengaros. Parece que nos vencen. Pues perdida Quede con el honor también la vida. Vanse. Entre Bernabé rindiendo un soldado en hábito gracioso flamenco. ¿A mi brazo te resistes? ¡Ríndete, diablo, borracho! Pues ¿qué le demande vu? Vo no entiendo esos vocablos; Daca el dinero. ¿El argén? Los escudos, luterano. Je vudrie donarli pres Saca, o el alma te saco. Ya pur tirer de traball, Ne vul fayre. No te aguardo, Y sacúdote en la testa. ¡Ay me! ¡Por Dios, que trae casco! El bugre español me ha mort. Bugre o mugre, con los diablos Cenarás aquesta noche. Sale D. Juan Ramírez con la espada desnuda. Ya nos van dejando el campo. ¿Qué es aquesto, Bernabé? Andar a caza, sin galgos, De la plata de esta gente. Que vamos ya degollando. Dentro: ¡Vitoria, España, Filipe! ¡Vitoria por don Gonzalo! ¡Qué voz de tanto contento! Pero mucho le ha templado De don Francisco de Ibarra La muerte, que peleando Como un Aquiles, dio el alma Al cielo, a la fama el brazo, A su patria honor y gloria, La vida al Rey. ¡Triste caso! Sale Lisarda con la espada desnuda, como que viene herida. ¡Válgame el cielo, y que fin A mis desdichas he dado! ¿Quién me trujo a tanto mal? ¡Oh, amor, causa de mis daños, Dime si ya estás contento! ¿Qué estoy oyendo y mirando? ¿No es Lisarda quien se queja? La misma. El alma me ha dado Sospechas de que está herida. ¿Es Lisarda? Soy, ingrato. Una mujer desdichada, A quien por quererte tanto Hoy han quitado la vida. Tenía, Bernabé, en los brazos Mientras me quito la mía. ¿Agora, traidor? Pues ¿cuándo Con más razón? ¿Qué locura, Con pecho desesperado Te llevó a morir, mi bien? ¿Cuál fue el bárbaro villano Que quitó a la tierra el sol, Escureciendo los rayos Con que esos divinos ojos Le estuvieron alumbrando.' ¡Ay de mí, qué necios celos A dejarte me obligaron! Mas ¿cuándo fueron discretos. Si piensan que son agravios? ¡Oh, quién te hubiera creído!. Que el dejarte fue pensando Que no habías de atreverte, Sino esconderte en el campo; Que si imaginara yo Que amor te obligara a tanto. Antes perdiera mil vidas Que dejarte de mi lado; Antes sufriera mil celos, Con ser el mayor cuidado Que ha dado el cielo a los hombres, Y mayor cuanto más sabios. Aquí se acabó mi vida, Y aquí también se acabaron Mis esperanzas, que, en ti. Cayeron hechas pedazos. No quiero volver a España, Ni, como tuve pensado, Llevar la bandera negra Que quité con estas manos A un alférez alemán, A Madrid, mi patria, honrando La capilla de los Vargas. Tú, si entre tantos soldados, Bernabé, mi cuerpo hallares, Envuélveme en ella, y dando Sepultura a mis desdichas. Di que fui desesperado A morir entre vencidos. Por ser a un ángel ingrato. Tente, detente, don Juan; Que cuanto he dicho es engaño Para conocer tu amor. ¿Engaño? ¿Qué estás dudando? No estoy herida, ni soy Tan loca; que me he guardado De los peligros muy bien. ¿Hay embuste más extrañe? Corrido estoy, ¡vive Dios! Pienso que ha resucitado, Porque todas las mujeres Tienen almas como gato.»'. Pues ¿pensabas tú que había De ponerme a los balazos De un tudesco, por tus celos Ni por tu amor? ¡Malos años! Y perro, si me querías Como ahora lo has mostrado, ¿Por qué por causa tan leve Me hiciste desprecios tantos? ¿Así tanto me queréis? Pues agora que de falso Sé que envidáis libertades Y descartáis desengaños, Yo os haré que me soñéis. Vive tú, y esté soñando Estos desatinos yo Con este amoroso abrazo. Quita allá, que las mujeres Sufren desprecios amando, Y siendo amadas se vengan De los pasados agravios. No me quisiste en salud, Y cuando me estoy quejando De que me muero, me dices Requiebros enamorados. ¿Qué tenemos las mujeres, Que muertas os agradamos? ¿Cuál hombre no llora entonces? Bien dice; y es caso extraño. Después de muchas pendencias. Ver un viudo barbado Llorar por una mujer, Y rebuznar como un macho, Diciendo que ha de meterse Mañana fraile descalzo, Por una mujer a quien Por horas mataba a palos. Basta, Lisarda, que has hecho Conmigo Escúchame un rato; No quiero volver a España, Ni, como tuve pensado, Llevar la bandera negra Que quité con estas manos A un alférez alemán, A Madrid, mi patria, honrando La capilla de los Vargas. ¡Por Dios, que se está burlando De tu justo sentimiento 1 Tú, si entre tantos soldados, Bernabé, mi cuerpo hallares. Envuélveme en ella, y dando Sepultura a mis desdichas, Di que fui desesperado A morir entre vencidos, Por ser a un ángel ingrato. Tu venganza, por mi bien Me alegra, Lisarda, tanto Viendo que vives, que estoy En tus burlas descansando De la pena que tenía; Y pues sabes que te amo. Vuelve a tu primera forma; Que pues, vencido el contrario. No ha de haber guerra este invierno, Cuando a la patria no vamos, A Nápoles volveremos. Para camino tan largo. Mejor es no mudar traje, Demás de ser tan bizarro Este que llevas ahora; Que las mujeres han dado. Digo algunas, en querer Vestirse por modo extraño; Han hecho hacer de algodón, Como las flamencas, aros. El talle por las rodillas, El chapín de vara de alto, Con que cuando se desnudan. De más cascaras y trapos Que un palmito de Valencia, Sale un espíritu flaco. Pues en llegando a molleras, Quitando el cabello falso, La mitad del justo precio Se puede llamar a engaño; Por la mayor parte son Estos cabellos rizados De mujeres ya difuntas; Y así, dos casados calvos Rezaban todas las noches A sus dueñas dos rosarios, Y las hacían decir Responsos por Todos Santos. Siguiendo van el alcance: Si en pláticas nos estamos. Mira que podrán decir Que no habernos peleado. Sígueme, Lisarda mía; Que pues los van degollando. No hay de qué tengas temor. ¿Temor, y más a tu lado? Gocemos de los despojos. Tú de los que irás matando, Y yo de haberte vencido. Ser vencido de tus manos Tengo por mayor vitoria Que las que tuvo Alejandro. Salen D. Gonzalo de Córdova, con la espada desnuda, y el Barón de Tilli. ¡Ea, españoles valientes, No quede vida en el campo! ¡Vengad los muertos amigos, Y el mayor que me ha faltado En don Francisco de Ibarra! Generoso don Gonzalo, Al país de Lieja, dicen, Que el Obispo y el Bastardo Marcha huyendo, y a Bleda Quieren tomar por sagrado. No importa, que en emboscada Se ha puesto el conde Nasao Y el que gobierna a Bolduque. ¡A los despojos, soldados! ¡No se nos lleven bandera! ¡Vitoria por don Gonzalo! Vanse. Salen madama Laureta y Jaques. Esta cadena te doy Por las nuevas. Dios te guarde: No me vine de cobarde, Que ya sabes tú quien soy. Sino porque en embistiendo La fuerte caballería Del Obispo, que a porfía Los hizo volver huyendo. No quise que en darte aviso Me ganasen por la mano. Siempre lo tuve por llano: Perderse el Córdova quiso; Muchas Vitorias quería; Necio anduvo, que en alguna, A la mudable fortuna Temer discreto podía. Mas en la prosperidad, ¿Cuál hombre discreto ha sido? En fin, ya estará vencido. Es infalible verdad Que salieron con el sol Las banderas vencedoras. Yo apostaré que a estas horas No queda vivo español. Altamente se han vengado De las pasadas afrentas; Pero ¿cómo no me cuentas De mi valiente soldado? Si tú sabes su valor, ¿Qué tengo que encarecerte? Fue rayo, fue espada y muerte Del católico valor. Bien puede ponerse España Luto, y afligirse Roma. Si Mansfelt las armas toma Y el Obispo le acompaña. Hago cuenta que ya están Roma y España vencidas. Sale el Bastardo con la espada desnuda y herido. Murieras de las heridas, ¡Valeroso capitán! Y no de haberte curado. Pues fuera gloriosa muerte, Y más venturosa suerte Morir en campaña armado; Pero no quiso igualar El cielo con tu valor Tu dicha. ¡Qué gran temor! ¿Temor? Pues ¿puede llegar Desta suerte un vitorioso? ¿Conde? ¡Señora! ¿Qué es esto? ¿Cómo venís descompuesto, Humilde, triste y quejoso? Yo vengo, madama hermosa, Como los vencidos vienen. Que sólo el quejarse tienen Por consuelo. ¡Extraña cosa! Luego ¿no habéis vos vencido, Y este necio me ha engañado? Volvió la fortuna el dado; Lo que ganaba he perdido. Que al principio fui dichoso Como suele suceder. Yo vi, señora, vencer; Rías ya sabes que es forzoso Que al fin se cante la gloria. Luego ¿no habrá para mí Las tres cosas que os pedí, Si es de España la vitoria? Otras tres traigo por ellas Desta suerte. Ya os escucho, Que es fuerza que valgan mucho Si han de competir con ellas. Por la cabeza que había De traeros por regalo, Del valiente don Gonzalo, Rompida os traigo la mía. Por la bandera de España, Dejo entre sus manos fieras Cautivas siete banderas, Y rotas por la campaña. Por la cadena y retrato Traigo en mí, sin honra alguna, Un retrato de fortuna Y de su mudable trato. De suerte que os traigo aquí En un sujeto presentes Tres cosas bien diferentes De las tres que os prometí. El ánimo fue mayor De lo que debía ser; De suerte que el prometer Pudo estar en mi valor. En que, sin falta ninguna, Madama, os pensé servir; Pero el poderlo cumplir. En manos de la fortuna. Como vos vengáis con vida, Triunfe el Español, no importa. Fue mi fortuna tan corta, Que ella sola es la vencida. No blasone de ninguna Vitoria el Córdova aquí; Que no me ha vencido a mí, Sino a mi adversa fortuna. Ya que he sabido de vos. Aunque no como quisiera, ¿Qué hay de Olstad? La muerte espera. De que me pesa ¡por Dios! Más que de haberme perdido; Que era el Obispo excelente Capitán, y el más valiente Soldado que he conocido. Herido salió en un brazo, Y hánselo cortado ya, De que, o luego morirá, O no será largo el plazo. Murió el Barón de Rolín Y don Alejandro, Martes De la guerra; ocho estandartes Dejo perdidos, en fin, Sin infinitos despojos, Bagaje y artillería, Y entre la caballería Para doblar mis enojos Al fuerte Duque sajón De la Casa de Beymar. ¿Cuándo podréis restaurar Tan notable perdición? Tarde o nunca; en mal estado Desde hoy quedan nuestros nombres; Que más de cuatro mil hombres Ha el Español degollado. Vamos, que no estoy seguro. Aunque tres leguas de Bleda, Si hay muro alguno que pueda Ser a mis desdichas muro. El cielo te dé el consuelo Que yo le pido llorando. No querrá, que voy pensando Que tengo ofendido al cielo. Vanse. Salgan marchando, el Barón, los soldados, don Juan, Bernabé, Lisarda y traigan ocho estandartes del enemigo; detrás don Gonzalo con vestido diferente y sola la gola. Después de haber al cielo gracias dado Por el suceso desta gran victoria, Donde parece que él ha peleado, Pues que sólo se debe a Dios la gloria, Toca premiar a todo buen soldado. y que su nombre tenga la memoria Que ha merecido tan heroica hazaña, Con la del Rey católico de España. Llegado habemos de Bruselas cerca, Pues la señora Infanta, fénix rara, Nos quiere honrar, y el escuadrón se acerca La divina Isabel Eugenia Clara. Advertid que en saliendo de la cerca Pues ya su viva luz el sol dispara. Dispare nuestra salva de tal modo Que vuelva a confusión el mundo todo. También han concertado en su presencia Imitar la batalla que han tenido, Y con igual destreza y diligencia, Cuál ser el vencedor, cuál el vencido. Será famosa fiesta, y diligencia Justa imitar. Barón, lo sucedido En esta empresa. Ya Su Alteza llega Toca y dispara. El aire atruena y ciega. Sale la señora Infanta. ¡Qué ejército tan lucido! Déme los pies Vuestra Alteza. ¡Oh, valiente don Gonzalo, Tan digno de fama eterna! Desa merced soy indigno; Que las alabanzas vuestras Un César, un Alejandro, Sólo pueden merecerlas. Vos sois cristiano Alejandro, Y vos sois español César. Toca y dispara. Disparan. El aire y polvo ciega. El sacro laurel de Roma. Si fuera César, pusiera A esos pies; y si Alejandro, El mundo, parte pequeña Del estrado que pisáis; Mas pues no tengo qué ofrezca Cosa en mí digna de vos, Desta victoria lo sean Aquestos ocho estandartes: Estos cuatro con empresas; Este naranjado tiene Tres rosas; dice la letra: Entre espinas; significa. Por dicha, el premio en la guerra. Este con la mano armada. Que esta espada blanca muestra, Es del Bastardo Mansfelt; Dice la letra, bien necia: Por la libertad, y viene Contra el Imperio y la Iglesia. Este dice: Por la patria; Tiene en un ara sangrienta Un cordero degollado, Volviendo jaspe la piedra; Dicen que fue del Obispo, Que pienso que muerto queda. Este con el Minotauro, Con esperanza y paciencia. Que fue del Duque sajón; Pero no es justo que tenga Entretenido tan mal Tanto tiempo a Vuestra Alteza. ¡Generoso capitán, Que de la Casa de Sessa Sois otro nuevo Gonzalo, Honra suya y gloria vuestra! Yo huelgo de conoceros, Y así, es muy justo que venga A daros el parabién; Que si el contrario venciera. Estando, como lo veis. Entre Lovaina y Bruselas, Perdiéranse estos Estados, Y así, es muy justo que os deban No menos que su remedio. Y así yo soy la primera Que os quiero dar de mi mano Esta bandera, y en ella Las armas de España, en tanto Que el Rey, mi sobrino, os premia, Y que el Pontífice sacro Que hoy la defiende y gobierna, Os da la rosa y la espada Por capitán de la Iglesia. Al Barón le quiero dar Una joya, y le quisiera Dar un reino. A los demás Capitanes desta empresa Quieren dar en sus festines Estas señoras flamencas, Después de muchos favores, Plumas, bandas y cadenas. Vuelvo a besar vuestros pies; Pero vuelva Vuestra Alteza, A ver la misma batalla. Disparan dentro. Lisarda, si aquí peleas, No digas que te han herido. No haré, que ya se me acuerda, Para que vayas a honrar, Don Juan, con bandera negra La capilla de los Vargas. A Su Alteza hablar quisiera Para que me diesen algo. Tiempo, Bernabé, te queda Para pedir tus servicios. Y aquí la victoria cesa. Aunque no cesan jamás En la gran Casa de Sessa Las bien heredadas armas. Que dieron, con dicha eterna, Reinos al Rey de Castilla Y agora victorias nuevas.
