Texto digital de Los novios de Hornachuelos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Luis Vélez de Guevara Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los novios de Hornachuelos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/novios-de-hornachuelos-los.

LOS NOVIOS DE HORNACHUELOS
¿No temes al Rey? Aquí No alcanza el poder del Rey: Sírveme el gusto de ley; No hay otro rey para mí. Lope Meléndez no más Es rey en la Extremadura; si Enrique reinar procura, Castilla es ancha Tú das En notable desatino. Mira que a Enrique el Tercero Tiembla, enfermo, el mundo entero; Que es su valor peregrino; Aunque, como león de España, Tiene también por pensión La cuartana del león. Mendo, ¿qué interés te engaña, Que has dado, en favor del Rey, En ser consejero mío. Duéleme tu desvarío, Sin Dios, sin razón, sin ley. Soy tu criado, y no quiero Con locas adulaciones Pagar las obligaciones Que te debo: el lisonjero Que otra cosa te aconseja. Te ayuda a precipitar. ¿No temes que han de llegar De una queja y otra queja Las voces a los oídos De Enrique, que es en efecto Nuestro rey, tan justo y recto, Que en miedo y amor unidos Tiene a sus vasallos todos; Y todos, por justa ley. Confiesan que mayor rey No le han tenido los godos; Y que, aunque la enfermedad Le obliga a estar en la cama El más del tiempo, su fama Corre a la posteridad Tan felizmente, que solo Mira su desvelo eterno La justicia y el gobierno, Digno a su dichoso polo.? Que parece que a Castilla Tiene desde allí en la mano Con un freno, como al cano Mar tiene arenosa orilla. Que no le deja pasar De los términos, que son La justicia y la razón. Ya me canso de escuchar Tus disparates; que has dado Hoy, sin qué ni para qué, En filósofo; y no sé, Mendo, cómo te he escuchado Con paciencia, sin hacer Otro mayor, conociendo Mi condición, y sabiendo Que en mí no pueden tener Lugar más que mi opinión, Mi parecer, mi albedrío. ¿Tienes algo de judío? Que aquesos miedos lo son. Lope Meléndez, el lobo De Extremadura (que ansí, Por el valor que hay en mí, Con que el nombre a Alcides robo, Me llama toda Castilla), ¿Del Rey se ha de recelar. Viendo que a tan hondo mar No es freno tan breve orilla.? ¿De un enfermo ha de tener Recelos este valor.'' ¿A quién ha dado el temor De los cobardes poder? Mi bisabuelo decía De ordinario, y con verdad. Que esta que llaman lealtad Nació de la cobardía; Que en el principio del mundo. El que tuvo más valor, De esotros se hizo señor. Ese fue medio segundo Que después los hombres dieron Para conservarse en paz Y en justicia Pertinaz Tus disparates te hicieron. Hízose herencia después. Por excusar disensiones En las nuevas elecciones; Y fue común interés De los pueblos, para dar Amparo y fuerza a las leyes. El homenaje a los reyes Que los han de gobernar; En quien tal deidad se encierra. Que los teme y los aclama El común, y Dios los llama Vicedioses en la tierra. ¡Vive Dios, si me hablas más Del Rey en toda tu vida, Y darme no se te olvida, En su favor, por demás Consejos vanos y locos, Que te mate! Yo lo he estado; Perdóname, que un criado. De estos ha de dar muy pocos; Porque los que han de agradar En todas las ocasiones, Han de ser camaleones, Que han de vestirse y estar De la color de los dueños A quien se llegan: verdades Desnudas son necedades Vestidas. Yo hablé entre sueños, Y he despertado, y no sé Lo que me he dicho, ¡por Dios! Tú y el Rey, Lope, a otros dos. Haz cuanto gusto le dé. Pues naciste valeroso. Rico, libre y sin recelo, Y te dio partes el cielo Para alcanzar el dichoso Renombre de soberano Dueño del orbe. De menos Fortuna, y con no tan buenos Padres, un persa, un villano Como el Tamorlán, salió A ser de dos Asias dueño, Y en más generoso empeño Sus hazañas vinculó. Tú, que desciendes de aquellos Famosos conquistadores Que vistieron de temores Tantos africanos cuellos; Y desde Pelayo dando A sus escuadras asombros. Sacaron a España en hombros. Sus glorias eternizando; Y tú por ti, ¿no has de ser Mayor ejemplo, mayor Hipérbole de valor? Solo esto, Mendo, es saber Paladearme, y ganar Gracias en mí de criado Bien nacido y atentado; Que mentir para medrar Es uso de la razón Del estado de servir; Mendo, adular y fingir Es la más cuerda atención. Adula; que en los criados, A los dueños divertidos. Los consejos no pedidos Son desaciertos pesados. El temor me ha vuelto en mí. Di, Mendo, pues: ¿qué tenemos De mozas? Haciendo extremos La del Fresno anda por ti. Picose la villaneja; mas es gusto muy agraz. La del Arroyo del Saz Siempre es una eterna queja. Cansome, por lo grosero, A dos horas de gozada. ¿Aldonza? Es mujer casada, V al fin hija de escudero. ¿Qué hemos de hacer de Ginesa, Que anda por tus disfavores Loca? Cuente mis rigores Con los de Gila y Teresa, Las novias de Villaflor. Junto a la ermita encontré Ayer a Leocadia. ¿A fe? Habló conmigo en tu amor, Y dijo que te tenía Por mudable. Dice bien; mas con todo, mi desdén Ha de probar. A fe mía. Que es hermosa la mujer Del sacristán del Peral. También, si no me andan mal Las manos, la he de coger, Y ha de entretenerse acá Dos días, por más favor Que las demás. ¿Y Leonor? ¡Qué necia que es! Ven acá, Mendo: ¿has visto la infanzona Que llaman por su hermosura La Estrella de Extremadura? Divinas partes pregona De su belleza la fama: Todos dicen que es mujer Peregrina. Puede ser Sol, aunque Estrella se llama. Confieso que me trae, Mendo, Perdido de enamorado, Y en tan peligroso estado. Que un imposible pretendo; Y ha llegado a ser en mí Tanta la fuerza de amor, Que la he cobrado temor. Prodigio parece en ti, No sé qué misterio encierra El cielo en esta mujer. Que no la puedo perder El respeto. ¡Que en la tierra Cosa humana haya criada Que eso, señor, te merece! Imposible me parece. Está en Estrella cifrada Toda la humana belleza; Y como idea de cuanto Obra el cielo con espanto De nuestra naturaleza. Asombra a quien la profana Con amorosos deseos. Esos son de amor trofeos. En otra mujer humana, Mendo, no me sucediera Este rendimiento a mí. Desde el día que la vi. Ardo en su amorosa esfera; Y las demás que atropello, Me sirven de entretener Este imposible, hasta ver si amor de monstruo tan bello Puede salir vencedor. Esta es mi rey, esta sí Tiene vasallaje en mí. Aquí ha llegado, señor, Del Rey un rey de armas. ¿Quién? Un rey de armas ha llegado De Enrique, a ti despachado Con una carta. Está bien. ;Qué mandas? Dile, Jimeno, Que descanse en la posada Ahora de la jornada; Que después me hablará. Lleno De confusiones me tiene La carta del Rey. Aguarda: Hazle entrar, que me acobarda Un pliego que del Rey viene. mas ¿que me envía a pedir Dineros para la guerra Del Moro, y que de mi tierra Gente le vaya a servir? Claro está que se valdrá De ti, como de vasallo Tan noble y rico. Excusarlo No podré, Mendo. Allí está. Hidalgo, Lope Meléndez, Mi señor. De su valor Hace, hidalgo, su persona Generosa ostentación. Vengáis con bien. ¿Cómo queda El Rey.? Su indisposición Ordinaria le acompaña; Pero con tanto valor, Que estando enfermo en la cama. No lo está el gobierno. Son Los castellanos muy cuerdos. Esta carta me mandó Que en las manos te pusiese: Vela y responde. Yo estoy De esta novedad confuso. Mostrad, hidalgo; que yo La leeré y responderé Despacio. La ejecución De lo que Su Alteza manda Pide menos dilación. No he de apartarme de aquí, Porque así me lo ordenó Enrique, sin la respuesta. ¡Notable resolución! Obedezco al Rey así, Que es mi natural señor. Puntuales me parecen Los reyes de armas. No honró Poco Enrique tu persona, Cuando por embajador De esta carta un rey te envía De armas, y como yo; Que nosotros no salimos A menos ardua facción, Meléndez, que a un desafío De un rey o un emperador. De esta suerte, el Rey sin duda Me desafía. Eso no; Que eres tú muy desigual De Enrique, pues sois los dos, Él tu rey, tú su vasallo; Y los que yo he dicho son Solamente sus iguales. Enrique te hace este honor Porque tienes en Castilla Tan grande nobleza. Estoy Por arrojar, Mendo, a este Rey de armas, por un balcón, Al foso de este castillo; Que viene muy hablador. Por mensajero no incurre En culpa. Mendo, ¡por Dios, Que no me he templado tanto En mi vida! No es valor. En un hombre que ha venido Con la fe que era razón. De seguro, con despachos Del Rey, ofenderle. Soy Poco prevenido, Mendo, En las impaciencias. Vos, Hidalgo, venís despacio, Y no estoy de prisa yo. Siéntase Meléndez solo. Y es menester despacharos. Hazme, Mendo, relación De aquesa carta del Rey. Así dice: Atento estoy. Ya que tú has tomado asiento, Yo le tomo; que es razón Que un mensajero del Rey Te merezca este favor. Siéntase el rey de armas. Mendo, ¡por Dios, que este rey De armas me ha de sacar hoy De paciencia! Esto es debido A cualquier embajador. El desembarazo es Quien más me cansa. Señor, Trae dentro del cuerpo al Rey. ¿Qué importa donde yo estoy.? Como representa a Enrique, Cumple con su obligación. Traerle, si así ha de ser, Mendo, una cama es mejor; Que si Enrique siempre enfermo Asiste en ella, mejor Representación hará En ella su embajador. Y no debe de venir A pedirme, como yo Pensé, dinero y soldados Contra el rey Alimaymón De Granada, por Enrique, Pues tanta resolución Trae, Mendo, su mensajero; Porque quien pide, llegó Siempre con modestia. Saldré de esta confusión. ••Lope Meléndez » Prosigue. «De Extremadura > Él me dio Por apellido la tierra Donde soy tan gran señor. «Luego que os dé mi rey de armas Este pliego > Aguarda. ¿No Pone ahí el Rey primo nuestro? En este primer renglón No escribe otra cosa más. Olvidósele, ¡por Dios! Que a mí no me escriben menos Los reyes, desde que dio A mi apellido en Castilla Nombre el heroico blasón De sus condes y jueces; Pero perdóneselo Por enfermo. Mendo, pasa Adelante. No se vio Mayor soberbia. «Saldréis, Sin más otra prevención Que vos y cuatro criados, Y mi rey de armas con vos, Del lugar en que al presente Estuviereis: desde hoy En treinta días, os mando, Sin hacer innovación. Que parezcáis ante mí, Porque al servicio de Dios Y al mío importa. En Madrid Y Septiembre veintidós. Yod Re/.» Despacio está el Rey, Y no me espanto; que son Flemáticas las cuartanas. Por él la palabra os doy Que le tiemblan en Castilla Más que él os tiembla. Al humor Me atengo con todo eso. Yo a su heroico corazón. Yo al mío. Di qué respondes Ahora; que bien sé yo A quién me debo atener. si he de elegir de los dos. «Mensajero sois, amigo, Non merecéis culpa, non.» Esto mismo don García, Rey de León, respondió A un antepasado mío En semejante ocasión. Respondedle al Rey que Lope Meléndez su carta oyó, Y que se espanta que ignore Su bizarra condición Tanto, que a llamarle envíe Con la determinación Que en esta carta le envía, Sin acordarse que soy Ricohombre en la Extremadura, De caldera y de pendón; Que mi padre, que Dios haya, Más vasallos me dejó En ella que tiene almenas Burgos, Toledo y León; Y que desde este castillo. Que mira en naciendo el sol. No veo cosa de quien sea Otro dueño, si no yo. Golfos de ganados míos Inundan los campos hoy; Cuanto se ve nieve, es grana; Oro, cuanto flor se vio. Mis toros, con el de Europa Tienen sola emulación; Mis caballos, con los que Rige el planeta mayor; Que naciendo en mis dehesas, Tan partos del viento son, Que en su esfera pasan plaza Con el neblí más veloz. De exhalaciones de espumas Beben luciente esplendor; Las diez leguas de la puente De Guadiana al vellón Que sus esmeraldas pace. Senda estrecha pareció. si el Rey menester hubiere Dineros, pídamelos. Porque de marcos de plata Tengo lleno un torreón; si soldados, mis vasallos Tienen tan grande valor. Que faltan mundos que rindan Los aceros que les doy; Que para armar cuatro mil Hidalgos, en Badajoz Tengo una hermosa armería De arneses tranzados hoy. Yo estoy en Extremadura Con gusto, gracias a Dios; Estese Enrique en Madrid, Que es hermosa población, Y para su enfermedad Eligió el cielo mejor Que tiene villa en España; Que a ser arbolario yo O médico, fuera allá A curarle la cesión Prolija de que adolece; O a no estar en Aragón Y en Navarra sus hermanas Casadas, Blanca y Leonor, También fuera a desposarme Con cualquiera de las dos; Porque, según dicen todos, Enrique tiene opinión De honrado hidalgo en Castilla. Y con esto, guárdeos Dios Y no dejen de llevarle De comer a este infanzón A su posada, Jimeno; No diga el Rey que llegó Criado suyo a mi casa Sin sacar algún honor. Yo no vengo a descansar Ni a comer, sino a ser hoy De las órdenes del Rey Tan legal ejecutor, Que he de volverme a la corte Desde aquí. Vaya con vos El cielo. El Rey tomará La justa satisfacción Que piden desobediencias Tan grandes. Tomara yo Que fuera de espada a espada, Porque viéramos los dos Quién ser por valor merece Vasallo o rey. Yo me voy Por no ocasionarle más A tu libre condición Desacatos contra el Rey. Cuerdo andáis, atento sois, Antes que por el atajo, Desde aquese corredor Os ponga yo en el camino De Madrid. Este furor No es de hombre humano. Jimeno, ¿Fuese? Ya se fue, señor. |Buen brío, Jimeno! Él lleva Gentil despacho, ¡por Dios! Haz ensillar tres rocines, Mendo; que he de llegar hoy A Hornachuelos. Su infanzona Te tiene loco de amor. Vamos a ver, por prodigio Que el cielo a la tierra dio, En una estrella dos soles, Con rayos de nieve un sol. Toma este venablo, Inés; Y haz a esa gente que aquí Metan, Blanca, el jabalí Que dio la vida a mis pies; Que es el más bello animal Que a los montes de Hornachuelos Dieron por rayo los cielos. ¡Dichoso, pues al cristal De tus manos mereció Morir! ¿Requiebros, Inés.? Y ¡a mí, que dirás después Que nunca amor me obligó! ¿A mí, que dices que he sido, Siendo mujer, diferente De las demás, que accidente De inclinación no he tenido A cosa humana, me estás Diciendo finezas? Yo, Por mujer, me atrevo ¿Y no Porque me las debes? Más Que a mí misma; mas si fuera Hombre, poco te obligara. En que soy mujer repara, Inés; que si me volviera Hombre, estuviera conmigo Mal. ¡Notable encarecer De tu humor, siendo mujer! Cuando cierva libre sigo En el monte, pienso que es La mitad hombre. A las veces, Escarmentada pareces Más que desdeñosa. Inés, Después de ser algo en mí Naturaleza, no son Las nuevas de su opinión En favor suyo; que aquí Sé yo, sin escarmentar Más que en cabezas ajenas, Sus palabras siempre llenas De mentiras. si quejar Les oyésemos también De nosotras, a fe mía Que quizá disculparía Su término tu desdén. No lo dudo yo tampoco. El amor las atropella No han de ser todos, Estrella, Como este fiero, este loco De Lope Meléndez. Antes Eso es lo mejor, Inés, Porque no encubre quién es; Y hombres, Inés, semejantes. Que están diciendo quién son, A nadie engañan. Haciendo Fuerza, sí. Yo nunca entiendo Que hay fuerza (esta es mi opinión); Arrepentimiento sí, Después de ser despreciadas. Las más que han sido forzadas. Man mentido contra sí. Todas me han de dar licencia; Que algo pone de su parte Gusto que, estando sin arte. No muere en la resistencia. En el monte encontré ayer A Lope Meléndez yo, Y tan compuesto llegó A hablarme, que pudo hacer Su respeto cortesía De mi ingrato proceder. Desengáñele cortés De su engañada porfía; Despidiose, y en suspiros. Letras que escribió en los vientos. Dilató sus pensamientos. De los generales tiros Está libre tu hermosura; Que, como es de estrella a estrella, Está en tu cielo más bella, Y no hay humana criatura Que tenga con la osadía Para ofenderte poder, Porque a todos haces ver Estrellas a mediodía. Favores, Inés, me estás Haciendo. Soy tu criada, De ti más enamorada Que el sol, porque luz le das. Y aunque de las partes es Lope Meléndez , que veo. Para marido es empleo De importancia y de interés, Pues es ricohombre en Castilla, Noble, poderoso, y das Acrecentamientos más A tu casa y a esta villa, Que ganaron tus abuelos Del Moro en Extremadura. Yo estoy contenta y segura Conmigo y con Hornachuelos. No quiero más: la mayor Ambición que tener puedo, Es la nobleza que heredo En este heroico valor. Más precio la libertad Con que al campo, con que al sueño Y a la comida, sin dueño. Que otro estorbo o vanidad Salgo a veces rodeada De mis vasallos, y a veces Sin testigos, sin jueces. De las albas coronada, A buscar un jabalí. Abriendo por los ijares Bruto que espumando mares. Nada y vuela a un tiempo así; Y de mis manos herido. si de mi ardor alcanzado. Busca el agua por sagrado Y la muerte por partido, Y el fugitivo cristal. Donde sed y vida mata, Al mar, que le aguarda plata, Llega a pagarle coral. Que ser en Castilla reina, Ni de cuanto mira el sol Desde el ocaso español Adonde el aura se peina. Eres diferente, al fin. De las demás, como estrella La más nueva, la más bella Que ve el celeste jardín. Ya, como mandaste, está Puesto el jabalí a recado. ¿Y la testa del venado? Con las otras, donde da Ostentación la portada De tu palacio, señora. Bien está, Blanca. si agora No estás en algo ocupada, Berrueco pide licencia Para hablarte. ¿Es el cabrero? Sí, señora. Verle quiero; Que gusto de su inocencia. Viene el Alcalde con él. Que pienso que le apadrina Para no sé qué. Marina Anda por aquí. Y cruel. Porque nunca le ha querido Dar a Berrueco un favor. Por cierto, ¡donoso humor! Dice que ser su marido Está de Dios, aunque más Se esconda Marina del, Y ande a lo dama cruel, Sin dejarse ver jamás; Que ha de ser su novia. Bueno, Blanca: alabo la porfía Y el buen gusto. ¡Lindo día Tendremos! Dile a Centeno, El Alcalde, que con él Entre; y dame tú una silla. Inés, reinar en Castilla No iguala este gusto en él. Disculpe este atrevimiento El amor, que en pensamiento Tan grande, es fuerza y destino. Llega otra silla al señor Lope Meléndez. ¡Qué extraña Severidad acompaña Las partes de su valor! No ha visto el mundo mujer Más peregrina, con tanta Belleza y entendimiento. Sentaos, porque yo lo haga. Siempre, Estrella, os obedece Con rendimientos el alma. Siéntanse. ¿Cómo venís? Como siempre: A vuestras hermosas plantas Sacrificando albedríos. Vendréis a honrar esta casa, Y a tiempo que habéis de ser Testigo en una extremada Boda que se nos ofrece. El nombre me sobresalta. En vuestra casa, de boda. De ese miedo os da palabra De aseguraros Estrella. Será por la que me falta. No, a fe; sino porque yo Jamás he estado inclinada Al casamiento, ni a dar Vida a quien Quisiera de almas Sembraros la tierra donde Ponéis los pies. Tengo en casa Una pobre labradora. Que nació en ella, ocupada En ordinarios oficios. Que por fea se recata Tanto como por honesta, Más moza que despejada, Menos hermosa que atenta, Más sufrida que aliñada. Quiere casarse con ella Un labrador de otras tantas Partes, y pienso que viene Con mi alcalde en la demanda De esta empresa por padrino. Para con vos le tomara En mi amorosa porfía. Es el Berrueco extremada Persona. Notablemente, Cortés siempre y nunca humana. Se desentiende conmigo. Dad licencia que entren. Basta La que vuestros ojos toman Para darme muerte. Blanca, Hazlos entrar. Dueños son. Con hermosura tirana. De los mayores sentidos. Esto, la pesca y la caza. Me entretienen en mi aldea. Llamadla esfera del alba, Llamadla corte del sol. Llamadla del cielo alcázar. Mucho habéis de entreteneros Con los novios. ¡Qué bizarra Mujer! No he visto, señor, Más ejércitos de gracia En otra en toda mi vida. Jimén, ninguna alabanza Le viene corta. Ya están Aquí. Alcalde, en cada pata Pienso que llevo de plomo Un galápago. ¿No basta, Berrueco, que venga yo Con VOS, para entrar sin tanta Vergüenza? Igualaos conmigo, Y hagamos ambos al ama Agora una reverencia Con las caperuzas. Vaya; Que si me enquillotro, nadie Me llevará la ventaja En saber hacerla. Agora. Guarde Dios, con boda larga, Señora, a Su Señoría. ¿Qué haces, Berrueco.? Despacha. La reverencia que pienso Que es mejor |Muy noramala! Alzad, que sois muy jumento. Por eso di con la carga En el suelo. ¿Tanto os pesa Marina ya? Imaginada Una mujer para propia, Derribará una montaña. Mirad después ¡qué será En la mesa y en la cama! Con Bercebú fue lo mismo Cuando se casó. ¡Qué raras Figuras vienen los dos! Ya estoy, Alcalde, sin gana De casarme: si os parece Volvámonos. ¿Por qué causa? Porque he entrado con mal pie Y está aquí, si no me engaña. El lobo de las ovejas Que en esta sierra se casan. Ya olvido carne y veredas; Temo que antes de encentarla, Carnero viudo me deje. Vendrá, Berrueco, por lana Y volverá trasquilado. Aunque él a esta casa guarda Mucho respeto; que dicen Que con nuestra ama se casa. Pues hablad; que a toda ley, si él se casa con nuestra ama, Tener por amigo al lobo Es del ganado ganancia. Decid a lo que venís, Alcalde. Con merced tanta Como nos hace, sí haré. Decid. Señora ¡Qué mala Lengua traigo hoy! Escupid; Que el beber tan de mañana Y en ayunas, jamás hizo Provecho. Berrueco es Vaya. Es hombre. Nadie lo duda. Y Marina, una criada Vuestra, mujer. Es ansí. si ahora los dos se casan. Serán marido y mujer, Claro está. Cosa es tan clara. Que no hay quien negarlo pueda. Pues venga el cura, y no hay nada Más que her. Por cierto vos. Alcalde, sois de palabras Sucintas. Pues ¿de qué sirve, Señora, andar por las ramas? Berrueco es hombre de bien, Y merece que en mi casa Le honre yo. Yo he de ser Siempre vuestro, pues me ampara Vuestro favor, y me honra Con Marina; y no sin causa. Porque tuviese el efecto Que ha tenido esta desgracia Esta dicha, decir quise Y poder enquillotrarla, Como soy novio novillo. He traído a vuestra casa Al Alcalde por cabestro. si fuere pulla, no valga. Yo estoy contenta. Berrueco, Con vuestra persona. Blanca, Haz a Marina que a vistas De su desposado salga. Será menester que Inés Me ayude también. Pues vaya Inés contigo. A estas horas, Melindrosa y recatada. No habrá desván que no busque Para esconderse. Sacadla Por fuerza, aunque esté en la cueva. Y era razón que se usara Un sacanovias también. Como sacamuelas. ¡Brava Dicha, Berrueco, tenéis! si me caso, ¿qué te espantas Que se haya tan presto hecho? si fuera enviudar, tardara Una eternidad. Yo quiero. si me dais licencia, en tanta Fiesta, ayudar a los novios, No porque falta les haga Nada en vuestra casa, Estrella, Sino porque en vuestra casa Estoy en esta ocasión. Dios os guarde; que obligada Me tenéis y agradecida De cualquier suerte. Más blanda Parece que corresponde A mis deseos: acaba, Amor, vence este imposible; Que yo te prometo estatuas De plata y oro, y mayores Templos que Chipre te daba, Cuando de jaspe no sean. De los diamantes del alma. Ya sale Marina. Agora Me da. Alcalde, una cuartana Que de pies y manos tiemblo El casamiento lo causa. De una tinaja de harina La hemos sacado. ¡Extremada Demostración de doncella! Es melindre de villana De mi lugar. ¿No acabamos? Para salir, ¿a qué aguarda.? A que a puros rempujones La echemos fuera. Arrojarla Con un trabuco. ¡Arre allá! ¡Han de enquillotrarme! Fantasmal ¡Extraña Notable tronco! Alcalde. ¿Qué hay? ¿A qué aguardan? Echen a freír la novia. Que ya viene enharinada. Marina, mira a Berrueco, Que ha de ser tu novio. Vaya El a decir eso al cura, Que es el que desposa y casa; Que yo no tengo que ver En eso más que una albarda. ¿Qué OS parece de la novia, Berrueco.? ¿Qué.? Que tan mala Cosa no he visto en mi vida. No me toméis la palabra, Que me arrepiento de novio. Hame vuelto al cuerpo el alma. Porque estamos de un color. ¡La boda está concertada De esa manera! Ese estilo No se ha de usar en mi casa, Habiendo llegado a vistas. ¡Pruviera a Dios que llegara A ciegas, y nunca viera, Alcalde, cosa tan mala! No me casaré con ella si me hacen cuartos, y estaba Por decir que chicharrones. ¿No es mejor que esta tarasca Una horca, una picota? Berrueco ¿Qué es lo que manda Su merced? Dale a Marina La mano de novio acaba. Marina, dásela tú También. Muy de mala gana Lo que me mandas haré. Y yo, Marina endiablada, ¿Mondo nísperos? ¿Qué es esto? Acabad. ¡Qué flema gastan! Espere, ¡cuerpo de Cristo! Que a uno que ahorcan o empalan, Le dejan decir el credo Antes que el verdugo haga Su oficio ; y casarse no es Pílenos que ahorcarle el alma También. ¡Escarmentá en mí. Solteros, que a vuestras casas Solos os vais a dormir; Que me casan por estafa! Daos las manos. ¡Ya me arrojan De la escalera! ¡Dios vaya Conmigo! Misas, señores, De enviudar. Marina, daca Esa mano de mortero. Agradecedlo a mi ama, Que si no No me apretéis. Que os daré tan gran puñada, Que escupáis dientes dos días. ¿Sois, Marina, muía falsa? Ya es tarde, señores novios, Y por esta tarde basta. Marina, alto ; a su ejercicio. Berrueco, vaya a sus cabras. No paro hasta mi cocina. Ni yo hasta mi cabaña. Y yo, con vuestra licencia, Me ausento. Dejad que el alma Descifre tantos rigores Como por quereros pasa. Decid que la cortesía Que en vos sobra, en mí no falta. Estrella, de tus negras, celestiales Almas, luces de amor, ¿quién ha podido Salir con libertad, que no haya sido Triunfo de tu desdén en tus umbrales? Díganlo de mis ansias inmortales Tantos afectos, partos del sentido; Lágrimas no, que fuera ya partido Para lenguas y treguas de mis males. En tan alto peligro acreditada Queda la voz de un Ícaro atrevida, Bien que en su mismo intento fabricada; Porque contra cualquiera humana vida, De rigores de nieve estás armada, De prodigios de fuego estás vestida. Lope Meléndez, si el amor es fuego, Nieve soy en los Alpes congelada; si trae flechas, de rayos ando armada; si es Dios, estrella soy; lince, si ciego. Áspid soy al encanto, sorda al ruego, Dura roca del mar solicitada, Y a la voz de las Circes encantada, De bronce estatua en laberinto ciego. Pues ya no puedo a la amorosa palma Ser menos que áspid, rayo, bronce, hielo, Estrella, lince y piedra, en tu amor calma; O porque humana pague tu desvelo, Pide a los cielos que te den otra alma, O quéjate de la que tengo al cielo. Goce, señor. Vuestra Alteza, Para remediar los daños De este reino, muchos años Salud; que daba tristeza Verle tanto padecer En enfermedad tan dura. Rui López, yo soy criatura De Dios, y Dios ha de ser El que me tiene de dar Salud. si El ve me conviene Para servirle (pues tiene Poder de dar y quitar). Me la dé; porque pedir Otra cosa, fuera error. Parece que tu valor Quiere, señor, competir Con tu prudencia. Esto es llano. Nunca el hombre ha de querer Pedir, saber ni tener Más de lo que el soberano Señor ordenare. Todos Se espantan de ver que estando Tan enfermo, gobernando Vivas, y tengas sujeto Un reino como el que tienes. Todos se dan parabienes De verte tan justo y recto. Tanto, que el cuidado esmalta Y tu gran solicitud, Supliendo con tu virtud Lo que de salud te falta. Rui López, en la ocasión El Señor cuidado tiene, Cuando ve que nos conviene, De dar fuerza al corazón. Bien sabe Dios que deseo Solo acertarle a servir, Y aqueste pueblo regir, Y que en hacerlo me empleo; Porque un hombre, aunque sea rey, Debe, en fin, considerar Que todo se ha de acabar, Y que sujeto a la ley Vive de naturaleza. Que es el nacer y morir, Y que Dios quiso subir Su nada a tanta grandeza. Y teniendo este retrato Presente, no puede ser Que este tal venga a caer En la culpa del ingrato. Así yo, para los dos. Juzgo, y mi pecho no yerra. Que soy, si humano en la tierra, Teniente del Rey, que es Dios; Por cuya causa, en su ausencia Vivo (Él lo sabe mejor) Gobernando con amor, Temiendo la residencia; Que quien temor no ha tenido De Dios , sin duda no quiere Ser, ni es justo que lo espere, De los que rige temido. Y así, yo quisiera hacer, Rui López, una jornada A que el alma está obligada, Y quiero, en fin, ir a ver Aquella excelsa Señora De Guadalupe. Señor, Aquese es grande rigor. si te levantas agora De una enfermedad tan fuerte. Es cierto que te condenas A que se encierre en tus venas Otra que te dé la muerte. Rui López, no hay que tratar. Al punto tiene de ser Mi partida; el responder Ha de ser con aprestar Lo necesario. Señor ¿Cómo tengo de decir Que al punto me he de partir? El persuadirme es error. El rey de armas ha llegado, De vuelta de Extremadura. Decid que entre ¡Gran cordura! Que estoy con algún cuidado. Deme Vuestra Majestad Los pies, gran señor. Mis brazos Tenéis con más fuertes lazos. Levantad. si mi humildad Favorecéis de este modo, Podrá ser me desvanezca, Y, cual Ícaro, perezca. Perdiendo, señor, del todo Mi dicha. Meléndez ¿viene? Señor, tan soberbio y loco Como siempre, tuvo en poco Tu carta; y ansí, conviene Castigarle, pues por ti El respeto que debía Tenerme, con demasía Atropello fiero en mí. Diciendo que si estuviera En el valor de su espada Ver, gran señor, coronada Su cabeza, que él supiera Medirla tan bien contigo. Que quedara victorioso Por lo fuerte y lo brioso. Y, en fin, siendo yo testigo Se atrevió a decir que, a estar Alguna de tus hermanas Soltera, sus soberanas Partes viniera a gozar Siendo su esposo; y de suerte Atropello mi persona. Sin respetar tu corona. Que intentó darme la muerte. ¡Vive Dios, que estoy corrido Ya de haberos enviado, Pues habiéndolo escuchado Tal, con valor atrevido No le matasteis! Señor, Fueran vanos mis intentos, Con tantos impedimentos De criados : su furor Quisiera que conocieras. Este hombre al punto prended, Y a recaudo le poned. Porque si valor tuvieras, Y de tu Rey escucharas Injurias, aunque tu vida Fuera a sus manos rendida, Por lo menos intentaras Matarle; y así, he pensado. Pues fuiste a todo testigo, Que de algún vil enemigo Suyo vienes cohechado; Porque un hombre bien nacido, ¿Cómo puede responder Tan contrario de su ser.? Llevadle, pues. ¡Que haya sido Tan desdichado! ¡Señor! No hay que tratar. Pague así Quien, en la ocasión, por mí Volver no supo; el rigor Pruebe de mi mano. Quiero Obedecerte. Corrido Estoy de aquesto que he oído, Y tomar venganza espero De tantas desobediencias Como Meléndez me ha hecho, Pues obstinado su pecho. Tiene tan malas ausencias. Aquí me he desentendido Porque no pueda entender Ninguno que puede haber Quien a mí me haya perdido El respeto; que bien creo Que lo que dice es verdad: Conozco la libertad De Meléndez, y deseo Castigarle. Ya, señor, Como tú mandaste, queda , En la torre. ¡Que no pueda Enfrenar yo su rigor! Ahora bien, Rui López, hoy Sin falta me he de partir. A punto para servir A tu Majestad estoy. Pues escuchadme: sacad Ese hombre de la prisión, Y, sin saber mi intención. En mi guarda le llevad; Que yo para qué os diré. Solo agradarte deseo, Y en esto, señor, me empleo. Esto haced. Yo os serviré. Llega, Inés, aquesa silla. Que quiero esperar aquí (Ya que al campo no salí, Que para mí es maravilla) A los novios. ¿Cuándo tienes De darnos, en justo empleo. Dueño igual a tu deseo. De tantas partes y bienes.? No tengo tales cuidados. Deben de haberle los cielos Dado este clima a Hornachuelos; Que son pocos inclinados Al casamiento, o de ti Aprenden, por imitarte. Inclinada más a Marte, Inés, que a Venus, nací. mas aquesta velación Me cuenta. Fue de esta suerte. En los extremos advierte. Di , que yo tendré atención. Salió la boda de casa, Como mandaste, a la ermita Del lugar, porque a la iglesia Se les hizo cuesta arriba. Iba el acompañamiento Muy en orden; que en la villa No quedó, por tu respeto, Hombre ni mujer lucida Que a honrar a los desposados No viniesen, con basquiñas De seda y grana las más, Y ellos con blancas camisas. Iba en esta procesión. Por estandarte o por guía, Antón el tamborilero. Tocándoles las folias; El barbero y el albéitar, Preciados de guitarristas, Pidieron al sacristán Les hiciese una letrilla De la historia de los novios, Que cantando tan bien iban En un bajo y un falsete, Que pudiera ser de alquimia. Entre Mencía y Centeno, El Alcalde, que apadrinan Los novios, como parientes De su alcuña y de su línea, Dadas al revés las manos. Haciendo raya, venían Marina y Berrueco, Estrella: ¡Mira cuál será Mencía Iba la novia compuesta De mano de la madrina, Entre aldea y caballera. Entre palaciega y villa; Que no quisieron los deudos. Por gusto o costumbre antigua Del lugar, que tus criadas Le pusiesen mano encima. Tocáronla en almirante. Tan alta, que parecía El copete campanario, Y la campana Marina, Porque llevaba, más ancho Que una conciencia en las Indias, Un verdugado sin saya Encima de la camisa. Rogaron a Pedro Crespo Les ayudase Dominga, Su mujer, y despidió Por tiple una chirimía. Regañando y tropezando. Cuál abajo y cuál arriba, Que era menester dar voces Para oír lo que decían; Los dichos novios llegaron A la ermita susodicha. De la suerte que a la horca Los delincuentes caminan; Y el Cura salió con capa A recibillos. Marina Probó a entrar; pero la puerta No era hecha a su medida. Empezaron a arbitrar Remedios. Unos decían: « Derríbese la pared Una vara más arriba.» Otros, que hacer una zanja Abajo mejor sería; Otros, que entre cuatro darlos. En una tabla tendida, La metiesen, de manera Que entrase intocable y limpia Por la puerta; y a todo esto, Tiesa que tiesa Marina. Llegó en esto \m caminante, Que pasaba de Sevilla A la corte, y admirado De los extremos que hacían En una cosa tan fácil. Les dijo, muerto de risa: Baje la novia (si acaso No se ha armado la barriga, Por intestinos, de estoques, o de asadores por tripas) La cabeza, y entrará Por la puerta de la ermita.» Parecioles el arbitrio A propósito, y Marina, Como ganso, bajó el cuello Y entró en la iglesia en cuclillas. Como quien prueba vinagre, Marina el rostro tenía; Y Berrueco, como quien Jura falso y le castigan. Cuando el yugo les echó El sacristán Boceguillas, Como si de plomo fuera, Con ser de volante y cintas. En el órgano, entretanto Rajas el sastre se hacía Hilvanando una sonata, Mal tocada y bien cosida. Estuvimos Blanca y yo Muy falsas y presumidas. De medio ojo entre los payos, Las tres partes de la misa. En este estado quedaron Cuando yo y Blanca, sin vida De reír y de llorar. Todo de una causa misma. Dimos la vuelta a pedirte De esta relación albricias, Y a prevenirte también. Señora, de su venida; Que ya de música y bailes Los relinchos lo publican; Que de lo que unos pesar, Tienen otros alegría: Cuya desconforme boda. Nunca de esta suerte vista, si primero deseada, Después llorada y reñida. La hará la memoria eterna. Ya que no en bronces escrita, Por Los novios de Hornachuelos En el refrán de Castilla. Esta novia se lleva la flor, Que las otras no. ¿Vo galano, Alcalde? Vais Muy galano. Pues yo os diera La plumilla del sombrero Porque vos el novio fuerais. Anda, Berrueco. Marina, Ya vo. Al infierno quisiera Primero, que no con vos. Idos pues, que nadie os fuerza. Su asiento tomen los novios. Siéntome de esta manera. También yo me asiento ansí. Parece que andáis en tema, Marina, conmigo ya. El andarlo será fuerza, Berrueco, porque me caso De mala gana. ¡Tan buena La tengo, Marina, yo! ¿De aquese modo se sientan? ¿Qué os parece, Alcalde? Mal. Pues, Alcalde, hacedvos cuenta Que en mí y Marina se juntan Aquellas aves que imperan, A quien llaman aguiluchos; Y ansí, de aquesta manera Es fuerza estar. Claro está: No me habéis de ver contenta En vuesa vida la cara Por delante, aunque supiera No veros jamás. Marina, Por detrás, mirad que queman. No hay que hablar, Berrueco: yo Ale he casado porque Estrella, Nuestra ama, me lo ha mandado; mas no porque yo os tuviera Voluntad, porque en mi vida Os tuve amor ni celera. Juradlo. Como cristiana. No vale, porque sois nueva. Vos mentís y rementís; Que el sambenito en la igreja Antigua, la cristiandad De mi agüelo manifiesta. Por bien antigua: en verdad, Que os honráis mucho. Paciencia. ¿No basta? Mira, Berrueco: Vos y yo de esta manera, Somos como miel y queso, Aceitunas y lentejas, Hiel y vinagre, cebollas Con azufre, berenjenas Con agraz, ajos y azúcar. Mastuerzo verde con peras. Lechugas con leche, pasas Con pólvora, yerbabuena Con alquitrán; a este paso. Como estas cosas conciertan, Los dos conformes estamos. Por el sigrio de mi agüela, Berrueco, que me matáis. Pues ¿soy yo albarda? ¡Qué frema! ¿Entenderme no queréis? Parecen alanzaderas Aquesos dedos, Marina, Y temo no se me metan Por algún ojo. Sentaos; ¿No miráis que está aquí Estrella? Marina, ¿por qué tan mal Queréis a Berrueco? Ea, Sean amigos. Yo, muesa ama. No puedo pasarle. Ella Pruebe a ver a enquillotrarse, Y verá si no le pesa. Lope Meléndez, señora. En nuestro zaguán se apea, Y entra a verte. Ya me enfada En tomarse la licencia Que no le dan: demasía Me parece. Inés, tú queda A decirle cómo agora > Me he retirado indispuesta; Que con esto, si es discreto. Conocerá que me pesa Que me visite a menudo. Yo haré lo que debo a deuda Y criada tuya. Voyme. Ven, Blanca. Solos nos dejan, Y el lobo viene. ¡Mal año! Excusa el pedir licencia El ser yo de aquesta casa Tan esclavo, Inés. Ya llega. ¡Señor! ¿Qué hay, Berrueco amigo? Yo me he casado, y de buena Gana le pido se lleve. Como a otras novias se lleva. Este dimuño, hasta tanto Que otro dimuño por ella Venga; que yo le perdono La merced, pues no es ofensa. Yo digo también lo mismo; Que al infierno, aunque más huela A chamusquina, mejor, O a lo menos más contenta, Que no con Berrueco, iré; Y de su mano y su letra, Marina, hoy en Hornachuelos, Sin que de ello se arrepienta. Lo firma a quince del mes. Yo os concertaré. Y Estrella, ¿Dónde está? o Señor, agora Se ha retirado indispuesta, Y a mí me mandó que aquí, Porque de vos tuvo nuevas, Me quedase, y que con vos La disculpase. Esta ofensa No admite disculpa. Estoy Por atropellar las puertas Y entrar a vengar mi enojo. Porque melindrosa sea. Cuando por dicha en infamia Vivirá, dando sus prendas A algún escudero vi!. Que en secreto y en mi ofensa Goce sus prendas, y viva En tal infamia contenta. Hablad con más atención, Lope Meléndez, de Estrella, Que tiene sangre en Castilla, Para no sufrir ofensas Ni aun con la imaginación. De tan ilustres parientas Y hombres como vos. Del Rey Abajo, y aunque el Rey sea, No me igualan. ^Quién del Rey Habla aquí.? Quien rey espera Ser del mundo. Loco estoy De cólera. Aqueso fuera A no tener vida Enrique, Y aunque vida no tuviera. Hay vasallos en Castilla Que muchas muertes os dieran. mas yo no vengo a reñiros. Sino a prevenir a Estrella Que hoy el Rey en esta casa Por huésped suyo se apea. Esa es deuda conocida Que tiene su dueño. A Estrella Voy a avisar. Mendo, luego, Porque al castillo me vuelva. Para los dos dos caballos Como dos vientos me apresta; Que no quiero ver a Enrique. Agora si esto contenta. Hoy al Rey he de pedir Me aparte de vos. Yo diera, Marina indiabrada, albricias Porque el Rey aqueso hiciera. Pues yo se lo vo a pedir Como un rayo. Una saeta Sos de plomo para mí. Vamos, Berrueco; que es fuerza Prevenir al Rey la entrada. Vamos muy enhorabuena. Rui López, secretamente Tres caballos me aprestad. En dar a tu Majestad Gusto, seré diligente. Estrella pide, señor. Licencia para besarte Los pies, si por hospedarte Lo merece. Su valor Conozco. Decidle que entré; Que en su casa determino Estar tiempo. En el camino Será posible la encuentre. Dícenme que es muy hermosa, Y tengo deseo de verla, Por ver si el nombre de Estrella Le está bien por ser preciosa. Tiene Vuestra Majestad A sus pies una criada. No mintió la fama en nada. Estrella, del suelo alzad. ¿Cómo estáis? Para servir A tu Majestad, estoy Muy buena, y más cuando soy Tan dichosa, que acudir Puedo a mis obligaciones Teniendo un Rey en mi casa. Ella y el alma, no escasa En aquestas ocasiones, Os ofrezco. Sois, en fin, Quien sois. ¿Qué es esto que intentas. Amor? ¿Cómo así me afrentas? En la puerta del jardín Están, señor, tres caballos. Como mandaste. Pues luego Venid. ¿Qué violento fuego Es este? Puede envidiarlos El viento por lo ligero. Al rey de armas llamad, Y los dos me acompañad; Que ya por partir me muero. Pecho, ¿qué es lo que sentís? Alma, ¿qué es lo que pasáis? Deseos, ¿a quién buscáis? Pensamiento, ¿a quién seguís? Potencias, ¿cómo admitís Pasión que me da dolor Con tan profundo rigor? mas ¡ay! que me respondéis Callando, que no tenéis Fuerza que fuerce el amor. ¡Que el ver a Enrique haya dado Tal cuidado al alma mía! ¡Que con tan fuerte osadía En el alma se haya entrado! Cuidado, cese el cuidado; Y si sentido tenéis. Sabed, si no lo sabéis. Que al Rey no le obliga ley, Y que, en fin, es vuestro Rey, Y burlado os quedaréis. Mendo. De recelos ¿De qué? Señor y pesar. Muerto vengo De que ha de gozar, Es el recelo que tengo, Enrique a Estrella, y me espanto Cómo en aquesta ocasión Sufre el pecho tal pasión. Sin hacer locuras, tanto. Señor, el nombre de Rey Encierra en sí gran secreto. Mendo, ¿vuelves indiscreto A tus locuras? Por ley El Rey es siempre temido. si en este cuarto estuviera El Rey, en los dos se viera Cuál más valiente ha nacido. De tres caballos, señor. Tres caballeros se apean, Y, en fin, hablarte desean. A nadie tengo temor. Diles que entren. Uno ha entrado. ¡Gran desenfado, por Dios! ¿Quién se llama de los dos Meléndez? Que he deseado Conocerle. Yo me llamo Lope Meléndez. Yo tengo Cierto negocio , a que vengo, Que hablar con vos, porque os amo. Importa que nos quedemos Solos. Solos nos dejad. Aquesta puerta cerrad. ¡Qué delicados estamos! Ya está cerrado. Esa silla, Por darme gusto, tomad. Siéntome. Pues escuchad. Ya escucho, y con maravilla. El enfermo rey Enrique, Tercero en los castellanos, Hijo del primer don Juan, A quien mató su caballo. Comenzó, Lope Meléndez, A reinar de catorce años; Porque entonces los tutores Del reino le habilitaron. Por rey natural, Castilla Le veneraba, no tanto. Que la edad a los descuidos No les concediese mano: Con la enfermedad también Más le desacreditaron. En la omisión al respeto, Inobedientes vasallos. El Rey, bien entretenido, Pero mal aconsejado. En la caza divertía Atenciones a los cargos. Dormido el gobierno entonces, La justicia a los agravios De los humildes servía, Más que de asombro, de aplauso. Fuéronle amigos fíeles Los días, avisos dando. Que en veinte años nunca han sido Prodigios los desengaños. Volvió a Burgos una noche De los montes más cansado Que gustoso: cenar quiso, Y ninguna cosa hallando, Al despensero llamó, Y preguntole enojado Qué era la ocasión. Él dijo: «Señor, no ha entrado en Palacio Hoy un real; y en la corte Estáis de crédito falto, Y no hay nadie que les fíe A vos ni a vuestros criados.» Quitose entonces el Rey Un balandrán que de paño Traía, y al despensero Se le dio para empeñarlo. Una espalda de carnero Le trujo ¡En que humilde estado Se vio el Rey! Comiola, al fin, Porque en semejantes casos. Hacer valor del defecto Siempre es de pechos bizarros. Díjole, estando a la mesa, El despensero: «Entretanto Que vos, señor, cenáis esto. Con más costoso aparato Los grandes de vuestro reino Están alegres cenando De otra suerte, en cas del Duque De Benavente, tiranos Siendo de las rentas vuestras Y del reino, que os dejaron Solo para vos, Enrique, Vuestros ascendientes claros.» Tomó el Rey capa y espada Para salir de este engaño, Y en el banquete se halló Valeroso y recatado, Y escuchó tras de un cancel. Con arrogantes desgarros, Todo lo que cada cual Refería que usurpado Al patrimonio del Rey Gozaba con el descanso Que pocos años de Enrique Aseguraban a tantos. Publicó Enrique a otro día Que estaba enfermo, y tan malo En la cama de repente De su accidente ordinario, Que hacer testamento le era Forzoso, para dejarlos El gobierno de Castilla En los hombros. No faltaron En el palacio de Burgos Apenas uno de cuantos En cas del Duque la gula Tuvo juntos, esperando Que orden para entrar les diesen, Cuando de un arnés armado, Luciente espejo del sol, Con un estoque en la mano Entró por la cuadra Enrique, Dando asombros como rayos. Temblando y suspensos todos, Con las rodillas besaron La tierra, y sentose el Rey En su silla de respaldo, Y al condestable Rui López, Vuelto con semblante airado, Le preguntó: «¿Cuántos reyes Hay en Castilla?» Él, mirando Con temeroso respeto Dos basiliscos humanos En el Rey por ojos, dijo: «Señor, yo soy entre tantos El más viejo, y en Castilla, Con vos, señor soberano. Desde Enrique, vuestro abuelo. Con vuestro padre gallardo, Tres reyes he conocido.» «Pues yo tengo menos años. Replicó Enrique, y conozco Aquí más de veinticuatro.» Entonces, cuatro verdugos Con cuatro espadas entraron, Y el Rey dijo: «Hacedme rey En Castilla, derribando Estas rebeldes cabezas De estos monstruos castellanos, Que atrevidos ponen montes Sobre montes, escalando El cielo de mi grandeza. El sol de quien soy retrato, Y sobre todos fulminen Rayos de acero esos brazos.» Lágrimas y rendimientos Airado a Enrique aplacaron; Que a los reyes, como a Dios, También les obliga el llanto. Con esto restituyeron Cuanto en Castilla, en agravio Del Rey, los grandes tenían; Y dos meses encerrados En el castillo los tuvo, Y desde entonces vasallo No le ha perdido el respeto, Sino sois vos, que tirano De Extremadura, pensáis, Lope Meléndez, que estando En cama Enrique, no tiene Valor para castigaros, Respondiendo a cartas suyas Con tan grande desacato, Que le obligáis que en persona El castigo venga a daros Que merecéis, porque sirva De temor a los contrarios, De ejemplo a todos los reyes, De escarmiento a los vasallos. Lope Meléndez, yo soy Enrique, solos estamos; Sacad la espada, que quiero Saber de mí a vos, estando En vuestra casa, y los dos En este cuarto encerrados. Quién en Castilla merece, Por el valor heredado. Ser rey o vasallo lobo De Extremadura. Mostraos Soberbio agora conmigo Y valeroso, pues tanto Desgarráis en mis ausencias. Venid, que tengo muy sano El corazón, aunque enfermo El cuerpo, y que está brotando Sangre española de aquellos Descendientes de Pelayo. Señor, no más; vuestra vista. Sin conoceros da espanto. Loco he estado, ciego anduve. ¡Perdón, señor! si obligaros Con llanto y con rendimiento Puedo, como a Dios, cruzados Tenéis mis brazos, mi acero A vuestros pies y mis labios. Lope Meléndez, ansí Se humillan cuellos bizarros De vasallos tan soberbios. Hace el Rey que tiembla de frío como de cuartana, y paséase. El accidente me ha dado De la cuartana. ¿Tenéis Cama aquí cerca? En el cuarto Que pisáis la tengo; pero Es corta esfera de tanto Soberano Rey. Abrid Y decid a mis criados Que me entren a desnudar, Que de mi valor fiado, Pasarla quiero esta noche En vuestra casa. No en vano Los castellanos te tiemblan, ¡Oh Enrique, del mundo espanto! Rui López. Señor. Cubríos. Mi humildad, señor, probáis. Bien castigados estáis. Locos pensamientos míos. Ayer, al Rey rebelado, Señor y rey en mi tierra Era Pero el Rey encierra Un respeto que me ha dado Que temer. ¡Que de esta suerte Lope Meléndez se vea! ¿Habrá en el mundo quién crea Que yo he temido la muerte? Rui López está cubierto Delante de mí; no soy Ya quien era, pues estoy En pie, humilde y descubierto. ¡Oh Enrique! Tu gran valor Conozca el mundo por mí. Loco estoy de verme ansí. Aquesta quedó, señor. Debajo de la almohada, Y es de Estrella. Dale una carta al Rey Rui López. Bien está. Dadla, Rui López, acá. Que se me quedó olvidada, si bien aún no la he leído. Lope Meléndez Llegad aquí. Señor. ¡Gran valor! Bien veis que solo he venido. Por vuestras inobediencias, A castigaros ansí. Meléndez, pues que de mí Tuvistes malas ausencias, Será fuerza castigar Con piedad y con justicia Vuestros yerros y malicia. Responderé con callar. Dale un papel. En este papel escritos Está con información, Meléndez, la sinrazón De vuestros muchos delitos. Los capítulos mirad, Y a todos me responded. Señor, piedad y merced De vos espero. Tomad. Y pues lo ordenan los cielos. Mi tribunal ha de estar Desde hoy en este lugar, A quien llaman Hornachuelos. Vamos, Rui López, que quiero Escribir a Portugal. Yo, soberbio, elegí el mal De que agora triste muero. Ahora bien, quiero leer Los capítulos que aquí Han escrito contra mí. Pero letra de mujer Es esta; quiero leerla. mas ¡cielos! ¿Qué estoy mirando? ¿Qué dudo? ¿Qué estoy dudando? La firma, ¿no dice Estrella? ¡Ay, muerte! ¡Ay, rigor! ¡Mi vida Acaba! ¡Oh tirano Rey! ¿Con qué justicia o qué ley Vienes a ser mi homicida? Aquí dice: «Mi señor. Desde aquel punto que os vi, Por mi dueño os conocí, Y en fin, os rendí mi amor.» ¿Aquestos son los agravios Que el Rey me manda mirar? Sin duda quiso acabar Mi vida; pues si mis labios Más razones pronunciaran, Es cierto que mis sentidos, A tanto rigor rendidos. De todo punto acabaran. ¡Ay, Estrella! si perdiera, No mi vida, mas mil vidas Que al cuerpo tuviera asidas. Tanta pena no sintiera Como en ver que ames al Rey. ¿Tan fiero soy, que de mí Te olvidas, Estrella, ansí. Sin Dios, sin razón ni ley? ¡Ay, Enrique! ¿Qué veneno Es aqueste que me has dado.? ¡Qué bien de mí te has vengado, Pues con vivir tanto peno. Que agora pierdo el sentido! mas no me puedo quejar, Enrique, de ti, ni dar A mi mal algún partido. ¡Qué buena sentencia has dado, Enrique! Pero, en efeto. Eres rey y eres discreto, Y yo vasallo culpado. Pero allí se quedó el rey De armas: quiérele hablar. Allá me quiero acercar, Pues lo dispone la ley De la cortesía. Él viene A verme. ¿Mandáis, hidalgo. Que os haga servicio en algo.? El Rey mandado me tiene Que me quede aquí y os lleve A una torre. si es así. El acero os rindo aquí. Justo es que su rigor pruebe. Necesidad no tenéis De quitarle, que no es justo. Haré en todo vuestro gusto. En la torre le daréis. Espera un poco y veréis. Berrueco, si os despachurro. No por la tranca me escurro. Sino porque no enviudéis; Que no heis de veros, Marina, En ese espejo. Más pies Tenéis que manos. ¿Quién no es Con un dimuño gallina? Un Barrabás sois vestido. Una fantasma calzada. Una arpía bautizada Y un camello con marido; Espantajo de la viña Que Bercebú ha vendimiado. Langosta que ha profesado, Espetera con basquiña; Sastre de coser contiendas, Lechón de medio ojo, hilván, Avestruz con solimán, Gallo de Carnestolendas; Longinos a pie. Caifás, Capón molde de hacer monas, India de las Amazonas, Y trescientas cosas más. No he de acostarme con vos, Andéis cruel, andéis blanda. si el mismo Rey me lo manda, Y el Sofí después de Dios. Y si en esto pertinaz Llegáis de mí a concebir, Juro a Dios que habéis de ir, Marina, a parir a Orgaz. Entenderme no queréis: Yo soy, aunque pese a mi ama, Berrueco, quien en la cama Da en rehortir que no entréis. Para eso esta tranca así, Y con ella he de moleros Las costillas, si atreveros Queréis a poner en mí Una mano. No hay que hablar: Por el sigro de mi padre. Como me parió mi madre Toda mi vida he de estar si estoy mil años con vos. ¡Qué! ¿Queréis enquillotrarme. Berrueco, y espachurrarme? ¡Malos años para vos! Que he de llevar adelante Mi interés y mi mohína. Quien os decienta, Marina, Hace el pecado elefante. Yo sé, pues. Berrueco, quien A almízquele me pesara, Y camino de la clara Fuente del Olmo también Quien más de una vez me espera. A que allí por agua vaya, Y el polvo que hace mi saya, Traga como si ámbar fuera, Y dice entre el arrebol De la vergüenza y la queja: «Novia, el polvo de la oveja. Para el lobo es alcohol. > Yo, con eterno desdén, Voy y vengo de la fuente, Y el viernes principalmente. Yendo a la fuente también Con la de Ginés Carrasco, Que anda a ser novia aprendiendo. Me fue requiebros diciendo Que ablandaran un peñasco; Y siempre sin responder, Más que mujer meramente. Metí el cántaro en la fuente. Que comenzó a reverter. Luego, entre la espuma o nieve De la plata de sus olas, Perlas viendo y cabriolas. Que quien las mira las bebe, Prosiguió y dijo: «Marina, si por lágrimas vinieras. Fuente en mis ojos tuvieras Más clara y más cristalina.» Quiso pellizcarme, y yo, Antes de llegar a mí, Con una coz respondí, Y él con un ¡ay! se apartó. Yendo y quedándose al mal. De que su llanto me avisa. La fuente llena de risa, Y el cántaro de cristal. |Ah! ¿Sí? Marina, espera. ¡A mí celera, celera! Aqueso no: guarda fuera. La tranca os alcanzará. ¡Ay, Berrueco! Espera un poco, Y no os penséis escurrir, Porque os tengo de seguir Hasta el infierno. ¿Estáis loco? ¡Ay! |Ay! ¿Qué ruido es aqueste? ¡Hola! ¿Qué es eso? Señora.... Teneos, Berrueco. ¡Ah, traidora! Dejad que un palo le preste; No será más de uno. ¡Bueno! ¿Qué es esto? Un berrinche tal. Que de celera mortal Tengo todo el pecho lleno. Di, ¿qué es aquesto, Marina? Señora, Berrueco ha dado, Como por mí enquillotrado, Ahora en andar con mohína. Y ¿la fuente clara? Yo Más clara soy que la fuente. ¿Y el viernes principalmente? Tan emberrinchado esto. Que hasta que probéis la tranca No tengo de sosegar. Con el berrinche heis de estar Toda la vida. Potranca Sois en el correr. ¿Qué es esto? Señora, Berrueco quiere Espachurrarme, y no espere Ver tal cosa; y por aquesto Es el berrinche. Mentir Sabéis. ¿Y la fuente clara? No me apuréis. si alcanzara La tranca, hiciera decir La verdad. Berrueco, baste Que esté de por medio. Bueno. Bien el alcalde Centeno Me aconsejaba. Z Delante De Dios, que yo esto, Berrueco, Sin sentido, de mohína. ¡La fuente clara, Marina! Baste digo. ¿Qué embeleco Es aqueste de la fuente? Marina lo contará; Que a la fuente clara irá El viernes principalmente. ¡Voto al sol, Marina perra, Que me lo habéis de pagar, Y que os he de espachurrar! si conmigo tenéis guerra, Yo otra tranca buscaré. Estaos quedo. Aguarda un poco; Que de celera estoy loco. Mirad que me enfadaré. Berrueco: al punto de aquí Os id; pronto. Ya me voy. ¡Ciego de coraje estoy! Acabad; idos de ahí. ¡A fe, Marina, que vos Me lo tenéis de pagar! Vos no me heis de espachurrar, O hemos de reñir los dos. Fuese. ¿Qué es esto.? Señora, Mi voluntad no se inclina A Berrueco, y con mohína Estoy de casada agora; Porque de la voluntad No es una persona dueño, Y cierto cuidado el sueño Me quita; de otra amistad Cosquillas amor me hace. Por lo cual el corazón, Llevado de esta pasión. Me está haciendo tife, tafe. ¡Ay, Marina! ¡Cómo ansí Miro con simpleza igual El ejemplo de mi mal, Y que no hay valor en mí! Vete, que quiero quedar Sola, por si sola puedo. En tanto mal como quedo. Algún rato descansar. Ya me voy. Amor, ¿qué es esto? ¿Con qué libertad y ley. Decid, mi amor en el Rey Con tanta fuerza habéis puesto? ¡Estrella, que no sabía Sino amar la soledad, Huyendo de la ciudad Toda la noche y el día, Rendida al amor! ¡Yo muero! ¡Cielos, piedad, si sois cielos, Pues de mis vanos desvelos Remedio jamás espero! ¿Qué haré? que pierdo el sentido. ¡Que amor pueda en tiempo breve Volver en fuego la nieve De mi pecho endurecido! ¡Loca estoy! ¡Oh fuerte ley De amor! ¿Cómo tu malicia No entendí? Pues ¿es justicia Que ame al Rey, aunque sea rey? ¡Ah, huésped vil! ¡Ah, traidor! ¿Qué es esto, que voces das? ¿Con quién enojada estás? Señor Habla. Su valor, Pues a verme así ha llegado. Mis quejas ha de escuchar. Porque pueda descansar El alma de este cuidado. Di presto quién te ha ofendido, Que Rey soy. Escucha atento: ¡Ah, confuso atrevimiento! Decí, ¿en qué me habéis metido? Justiciero Enrique, Que más años reines Que ciudades gozas. Que vasallos tienes. Para cuya heroica Vencedora frente, Estrechos se juzgan Cesáreos laureles, Y de cuya espada Temblando están siempre Granadas y Túnez, Granes y Argeles; Tú, de quien Castilla Caballo pareces. Que enfrenado corres. Que altivo detienes; Tú, que administrando La paz y las leyes. Los Trajanos pasas, Los Licurgos vences, Y con darte nombre De enfermo, te excedes, Sin achaque alguno, A los demás reyes: Justo es, pues a todos, Enrique, lo eres. Que a mí no me falte Lo que a ti te debes. Ya que del recato Crédito que tienen, En que libran ansias Tan nobles mujeres. Las treguas he roto Para obedecerte, Y el silencio aborta Ocultas preñeces, La lengua descifre Lo que la enmudece, Y los ojos hablen A orejas que duermen. Y así, con la salva Que a mi honor compete, Que mi sangre pide. Que mi aliento puede. Te pido justicia, Enrique, de un fuerte Contrario, de un hombre Bizarro y nieve. Tan grande enemigo. Que puede temerle León y Castilla, Como a su rey temen; Tan libre, que nadie Se .atreve a ofenderle. Aunque él a las almas Gallardo se; atreve. En la mía, Enrique, Conquistó valiente Las soberbias torres De mis altiveces; Y siendo a otras armas Empresa rebelde. Rendida a la suya. Coroné sus sienes. Dile del alcázar Donde me hice fuerte. Las llaves del alma, Y el alma en rehenes. Alzose el ingrato Con ella, y pretende, Sin ojos ni oídos. Matarme y perderme. ¡Mal haya quien fía La vida que tiene De un ladrón de casa, De un tirano huésped! De honrada hasta agora, Y de ciega siempre, Ni traté quejarme, Ni he querido verle; Ya desconfiaba, Ya lince, ya fénix, Que de sus cenizas Se rejuvenece Dándose a la llama, El recato quiere. Por ir a la vida, Pasar por la muerte. Reventando en ansias. Tal como acontece. De pólvora al aire Mina que se enciende. Que abortando rayos De Flegras ardientes. Tanto sube el humo, Que el sol se lo bebe; Y fingiendo nubes De monstruos terrestres, Abre en los abismos Puertas diferentes. Ansí llena el alma De agravios crueles, Al silencio, Enrique, Treguas le concede; Y las quejas. Argos De lenguas me vuelven. si pavón de Juno Fui primeramente. Las ingratitudes Los cielos ofenden, Porque amor es alma De cuanto hay viviente. A amor corresponden Todos dulcemente. Sin que lo insensible Se le privilegie. A la yedra amante El olmo agradece Con estrechos lazos De lisonjas verdes. La africana palma, si al lado no tiene La amada consorte. Siempre vive estéril. Con flores el prado Festeja a la fuente, Y ella su esmeralda De plata guarnece. Las peñas se abrazan. Los montes parece Que al sol enamoran Cuando nace alegre. A la primavera Las selvas ofrecen Dulces maridajes De rosas silvestres. Estrellas y rosas De nácar y nieve, Requiebros se dicen Que la noche entiende. Todo es amor, todo Cuanto nace y muere, Cuanto alienta y corre, Cuanto vive y muere. Ame por justicia Quien amar no quiere, Por común tributo De inviolables leyes. Por respeto humano, Enrique, no dejes De sembrar en todos Penas y mercedes. Por mí, por el mundo, Por ti, por quien eres. No deba quien pague, Y pague quien debe. Tan pesaroso he quedado, Estrella, que al punto intento Hacer que la deuda os paguen. ¡Hola! Señor, ¿qué es aquesto.'' Al punto a Lope Meléndez Traed de donde está preso. Yo voy por él. ¡Por mi vida. Que me he enojado! ¡Qué bueno Fuera, Estrella, que posara Un rey de España, y de aquellos Descendientes de Pelayo, En vuestra casa, y por ello Os dejara pesadumbres! Hoy verá el mundo que templo Con la piedad la justicia. Con el amor los deseos. Castigando como justo Y premiando como cuerdo. Sin duda no me ha entendido. ¿A qué fin, decidme, cielos, Puede llamar a Meléndez.? si me entendió, no me entiendo. Estrella, ya por las venas, Inficionándolas, siento Que el humor esparce rayos De carámbanos, y el cuerpo Con el accidente tiembla. A ver, señor; que mi fuego Bastará a templar el frío Que así os maltrata, y sospecho Que, como volcán, pudiera Prestaros rayos de fuego. Esto es ordinario en mí, Estrella; y así, no siento Su prolija enfermedad, A sus rigores ya hecho. Las intercadencias muestran Del pulso, que va viniendo Con gran fuerza, y por mi daño, Con mil montañas de hielo. Aquí está Lope Meléndez. ¿Qué es esto, sentidos? ¡Cielos! ¿Qué es esto.? ¡La mano a Enrique Tiene Estrella, y yo lo veo, Y no muero de pesar! Sin duda que yo no debo De sentir, porque el sentido Me ha dejado. Luego, luego, Meléndez, a Estrella dad La mano, porque yo de esto Gusto, y porque os doy en dote El perdón de vuestros yerros. Sin otras muchas mercedes Que adelante hacer intento A vuestra casa. ¡Señor!.... KEY. Basta, que yo gusto de esto. Estrella, dale la mano. ¡Qué mal entendió mi pecho! ¿Qué aguardas, Estrella? ¡Yo, Señor! Acabad. ¡Yo muero! Ea, Meléndez |Vive Dios Que estoy ¿Qué aguardáis? ¿Qué es esto? Ya la doy. Esta es mi mano. Con esto quedo contento. Ya se pasó el accidente; Me voy. Rui López, de presto Me venid a despertar. Voy, señor. ¿Qué es esto, cielos? ¡Cielos, que así el Rey me trate! iQue así castigue mi intento El Rey! ¡Que no me entendiese! De pena y de rabia muero. ¡Que el Rey así me castigue! ¡Que así me mate' ¡Que puedo Sufrir que me case así Con quien ha sido, esto es cierto, Su dama! Sin duda estoy Sin sentido; no le tengo, Pues la mano he dado a un hombre Que aborrezco con extremo. No hay que tratar. ¡Vive Dios, Que he de matarme primero Que no rendirme a su gusto! El Rey, siendo Rey, es dueño De la hacienda, de las vidas De sus vasallos: mas ¡cielos! ¿De la honra y de las almas? ¡Aquí los sentidos pierdo! Quíteme la vida el Rey O destiérreme a otros reinos, Y no me quite la honra. Pero moriré primero Que yo me afrente a mí mismo, pues nobleza y valor tengo. Dicen que el Rey a los dos Ha casado; y así, quiero Darles muchos parabienes Aunque, según yo los veo. Pienso que se han de volver En paramales y duelos. ¡Aparta, aparta, villano! Vasa. ¡San Guarín! ¡San Nicodemus! ¡Aparta, villano, aparta! Parece que van corriendo Cañas estos. ¡Vive Cristo, Que son los novios, perfectos. De Hornachuelos! .... mas Marina Viene allí: a la tranca apelo. Berrueco, echa acá mi tranca. Con ella quémeos mal fuego. Dadme mi tranca. No es vuestra. Mi tranca, digo. No quiero. ¡Mal haya quien me casó Con vos! Marina, ¿tan presto Os arrepentís? No hago, Porque ha mucho que lo he hecho. ¿Qué trajistes vos? ¿Y vos? Más que vos. Mentís. No miento, Que traje Decí, acaba. Verá: yo traje. Berrueco, Una gata y tres gatitos. Doce platos y un mortero, Una caldera y un jarro. Y mil cosas que no cuento. si va por eso, Marina, Yo traje un buey, aunque entiendo Que, porque no sea de nones, Conmigo par le habéis hecho; Traje una montera nueva, Un gabán, unos griguiescos, Y aquesta tranca, Marina, Con que quisiera moleros. ¡Malos años para vos! Mira, Marina, dejemos Pesadumbres, y sabed Como hay otro casamiento En casa. ¿De quién? ¿De quién? Hoy con nuestra ama se ha hecho Y Meléndez. ¿Y ya el cura Los ha enquillotrado.'' Entiendo Que sí. Y ¿quién los ha casado. El Rey. Pues mira. Berrueco, El Rey es un gran judío. Marina, yo así lo entiendo, Y aun más que judío, moro, Pues a ser casamentero ¡Ay, ay! De esta vez, Berrueco, si os ha escuchado, os ahorca. Vos le dijistes primero Judío. No he dicho tal. Calla, Marina. No quiero. Que, en fin, ¿tan cerca mi esposa • Viene.? Que estará sospecho Esta noche en Guadalupe. Rui López, prevenid luego Mi partida. ¿Qué villanos. Decid, Rui López, son estos? Son criados de esta casa. Despejad. ¿Que despejemos Dice? ¿si quiere asperjar Con hisopo este buen viejo Al Rey, como anda tan malo, En este cuarto? Sospecho Que sí. ¿No han oído? Ya Lo hemos oído. Ya tiemblo. Pues despejen noramala. Ni norabuena queremos. Dejadlos. Venid acá. ¿Sois los novios malcontentos Que celebra este lugar? Llegad. No, no tengáis miedo. Somos, señor; pero sepa Que hay otros dos en el pueblo Que nos mean la pajuela. Pues somos los dos con ellos Paloma y palomo, burra Y borrico, y pan y queso. Mire, señor, que le aviso; Mire, tome mi consejo, Y no case donde busque, si tiene paz, guerra; infierno, Teniendo gloria. ¿Quién son Los que tú dices? que quiero Saberla. Estrella y Meléndez Son, señor. Suenan dentro espadas. ¡Hola! ¿Qué es esto? Adentro suenan espadas. Dentro. ¡A ellos, Blanca! ¡Inés, a ellos! Señor, si aquí tu valor No me ampara Quedo, quedo; Que está el Rey aquí. Aunque esté De por medio el mundo entero. Le he de matar. Tente, para. Pues a tanto atrevimiento Sabré yo, aunque de mujeres, Por soberbias, de los cuellos Derribarles las cabezas. Dejad la espada al momento; Que también de las mujeres Soy Rey, y soy justiciero. (¡Qué desacato es aqueste!) Este infame caballero, Indigno de los favores Que le estáis conmigo haciendo. Me ha dicho en mi propia cara. Muy altivo y muy soberbio, Que no ha de vivir conmigo, Y que morirá primero Que venga en cosas infames Como es este casamiento; Prosiguiendo que con damas De los reyes, hombres buenos No se casan, y que yo Despojo tuyo primero Era ; con que me obligó A mí y a las mías al hecho Que diera memoria al mundo A no encontrarte. Reviento De pesar. Cualquier villano (Que no será caballero), si ha imaginado, tan solo En su mismo pensamiento, Que Estrella no es más que el sol Casta y limpia, con mi acero Le castigare. Señor, Humilde a tus pies ofrezco Mi vida. La culpa tienes, Señor, tú propio, de aquesto. Pues tú este papel me diste Diciéndome que a mis yerros Respondiese, y es de Estrella. En él descifra su pecho Amoroso. Yo soy noble, Y perder tanto no siento La vida como el honor. De hacienda y vida eres dueño: Manda y ordena, que yo Humilde te reverencio. Lope Meléndez, alzad, Y creed, sí, ¡vive el cielo! Que estoy corrido de ver Que pensase un caballero Que no estimo la nobleza. Aquese papel, con celos Leíste, que solo escribe Estrella agradecimientos De vasalla; pero yo Desvío aqueste concierto, Y hago merced a Estrella (Porque ya mi esposa entiendo Que está cerca) del oficio De camarera, y espero Darla marido más noble, Que la merezca, y os dejo Para necio, pues lo fuistes. Hoy nuevamente me has hecho.. Señor, pues hoy se descasan, Yo te pido Yo te ruego Me descases. Me descases. Que en ver a Marina tiemblo. Yo, señor, como nací He de morir...., y a Berrueco Aborrezco. Yo os aparto. Contenta estoy. Yo contento. Prevéngase la partida A Guadalupe. Y con esto Da fin el refrán antiguo De Los Novios de Hornachuelos.
