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Texto digital de Los nobles como han de ser

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los nobles como han de ser. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/nobles-como-han-de-ser-los.

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LOS NOBLES COMO HAN DE SER

JORNADA PRIMERA

JORNADA PRIMERA Hoy cumple un año, Florelo, que me servís de criado: aquí tenéis justamente de todo el año el salario. Por lo bien que me has servido, quisiera darte aguinaldo, pero ya veis que estoy pobre y que vendí, por pagaros, aquellos vestidos míos, que de milagro escaparon de las inhumanas uñas de escribanos y abogados. Y a fe que no fue pequeño, porque tras pleito tan largo, quedar un hombre vestido viene a ser grande milagro. Tú, Claudio , toma también lo que a deber te he quedado del tiempo que me serviste. Dios te guarde largos años y dé a tus penas consuelo a tus trabajos descanso, a tus pobrezas riqueza y a tus desdichas amparo. Hideputa, bellacones, y qué de presto volaron; ¡Fuego con tales criados! Como golondrinas son estos fingidos bellacos, pues que en invierno huyen y vienen en el verano. Si, como ves, estoy pobre; si no puedo sustentarlos. si yo propio los despido, ¿qué culpa tienen, Alano? Dices bien, solo me quejo de que un pleito haya pelado hasta esta triste bayeta. que de tu muerte es presagio Es verdad, que un pobre es muerto. pues por más que sea honrado, están muertas sus acciones y sus hechos sepultados. Ahora bien, ¿qué hemos de hacer pobres, tristes, despreciados, con privación de dineros y abundancias de cuidados? La Duquesa Solodora es mi sangre. Pues partamos, y sea ella el Santelmo de todos nuestros trabajos. Estoy pobre y mal vestido, por cuya causa reparo. Ahora que no hay dinero te pones a hacer reparos; deja tan necia vergüenza y advierte que a los osados favorece la fortuna. ¿Cómo puede un hombre honrado salir con este vestido? Pues ¡reniego del diablo!; di, ¿para qué los vendías, si habíamos de llorarlos? Porque un noble, que lo es, a cumplir está obligado con sus deudas, aunque quede falto de lo necesario, En la Orden de caballería nunca tal se ha platicado; gastar mucho y pagar poco, eso sí que lo observaron. Ver las comedias y toros, jugar los naipes y dados, comer bien, levantar tarde, algunos hay que lo usaron; pero pagar bien sus deudas son tan pocos, que contarlos puedes, como a las mujeres que nunca, jamás tomaron. No es tiempo ahora de burlas; con la Duquesa veamos si acomodarme podré para ser su secretario. Ocasión tienes, señor, porque yo sé que a Femando, que su secretario era, riñendo ayer, le mataron; procura ocupar su puesto. Hoy quiero a su primo hermano pedir carta de favor, y luego iré. Ea, veamos, y salgamos de miseria, aunque el habitar palacios a veces es más miseria que esta con quien peleamos. Dulce causa de mis penas, ninfa hermosa de los bosques; Dafne ingrata, como esquiva, sol que a mis ojos te opones. Atalanta fugitiva, que huyes con pies veloces, sin que puedan engañarte ni el oro ni mis razones. Fiera ingrata, que permites tan crueles sinrazones, que un triste príncipe muera a manos de disfavores. Hermoso hechizo que encantas; dulce bien, cuyos favores apetecen mis deseos, y me niegan tus rigores, detén el ligero curso; mira parados los orbes a contemplar tu belleza, tus gracias y perfecciones; no me mates, dueño mío. porque ausente de tus soles todo es noche, todo es muerte, todo penas y dolores: tus desdenes me mataron, venciéronme tus amores; acaba con esta vida o remedia mis pasiones. Huyendo voy, no te espantes, porque es a razón conforme que solo vence el amor quien huye las ocasiones. Árboles altos y verdes, que ya amorosos, ya tiernos, con las vides enlazadas dais amorosos ejemplos: plantas que alegres gozáis la frescura de este suelo, con que, a pesar del calor, conserváis verdor eterno; flores que libres y hermosas sois retrato verdadero de aquella libre hermosura que me tiene tan sujeto; ríos que en cristales puros estáis sirviendo de espejos a vuestras floridas márgenes y a vuestros montes soberbios; fuentes que vais murmurando con susurro blando y tierno de esta ingrata que me deja sin alma, vida y sosiego; arroyuelos plateados que cruzáis el prado ameno sirviendo p su verde alfombra de brillantes rapacejos; fieras piadosas y blandas comparadas con el dueño, causa hermosa de mis quejas, dulce fin de mi deseo; mudos peces que os criais a los argentados pechos de aquellos profundos ríos o de estos mares pequeños; avecillas que a la aurora con nunca aprendidos versos soléis dar los buenos días cantando tonos diversos; montes que en lo presumido, en lo arrogante y soberbio imitáis al mármol duro, que es para mí vivo fuego; duros peñascos, no tanto como aquella alma del suelo que desprecia mis cuidados y resiste a mis deseos; cerros altos, que pensáis taladrar los claros cielos con vuestras nativas fuentes, que son gigantes del suelo. Árboles, plantas y flores, ríos, fuentes y arroyuelos, fieras, peces y avecillas, montes, peñascos y cerros: ¡justicia, que me han muerto ingratitud, rigores y desprecios! Cuidadoso me ha tenido todo el día Vuestra Alteza. Una singular belleza me trae. Conde, perdido. A tu valor y poder, ¿qué hermosura hay que resista? La que mi gusto conquista, la que es bronce y no mujer. Conde El tiempo, amor y porfía todo lo suelen rendir. También suele resistir al fuego la nieve fría. Fuego ardiente y rayo fuerte fue mi amor cuando la vi; mas ella fue para mí hielo, nieve, mármol, muerte. Su bello desdén me mata; un imposible conquisto, en vano el rigor resisto con que cruelmente me trata. Ya desespera mi amor de verse, con sus ternezas, las terribles asperezas de su invencible rigor; ya tiene dominio en mí su belleza celestial. Señor, tu llaga es mortal, la hermosa causa me di. Oye. Di. Ya sabes. Conde, que entre estas altas montañas ha días que me entretengo ejercitando la caza; sabrás, pues, que entre estos bosque encontré cierta mañana no sé si diga el aurora; en fin, una hermosa ingrata, Describirte su belleza o presumir retratarla fuera contar las arenas de las marítimas playas. Tal fue, que pudo rendirme en muy más breve distancia que suele el rayo temido herir las torres más altas. Olvidando mi grandeza, quise, humillado adorarla; pero ella, desdeñosa de mis ternezas, Se agravia; de mí huye, cual si fuera áspid libio o sierpe hircana; al paso que mis deseos alcanzarla procuraban. Creció amor con los desdenes, porque la privación causa más ardientes apetitos, más vivas y fuertes ansias. Iba perdido de amor siguiéndole sus pisadas, queriendo ser yo Hipomenes, si ella la esquiva Atalanta; mas, o fuese mi desdicha o su condición tirana, jamás pude enternecerla ni con mi amor obligarla. Quedo, al fin, muerto de amor; rendile el culto y el alma; padezco amorosas penas sin saber la hermosa causa: mirad. Conde, si es razón que lamente mis desgracias, pues voy perdido por ella y no sé dónde alcanzarla. Sosiega, señor, tu pecho, que hoja a hoja y rama a rama buscaré en los altos bosques hasta ver quién es, y hallarla. Vamos, y los cazadores de este monte en las espaldas estén, en tanto que yo busco a quien me lleva el alma. Amor es rayo invencible, amor es pena mortal, mal común y universal, fuego que quema invisible, amor es dolor terrible que penetra el corazón; amor vence a la razón; y con ser tal su poder, nunca amor puede vencer si le falta la ocasión. Fatigada estoy de huir la ocasión que amor me daba cuando, astuto, procuraba mi casto valor rendir. Necedad es proseguir haciendo rostro al amor; escapar de su rigor; el más seguro remedio es el poner tierra en medio para quedar vencedor. Solodora. Hermana mía. ¿Cómo sin nosotras vas? ¿Cómo pensativa estás? ¿De qué es la melancolía? Tras de un venado corría que, en roja sangre bañado, de coral cubría el prado cuando a Federico vi tan cerca y junto de mí que pudo darme cuidado. Con lisonja mentirosa me dijo tiernos amores, y yo, armada de rigores, le respondí desdeñosa; tratome de rigurosa, ingrata, dura y cruel: pero yo a mi honor fiel, mostré valor y firmeza, y con diestra ligereza huyendo me escapé de él. Amor es una locura que quita la libertad y pone la voluntad en cárcel pesada y dura; no quiero tal desventura. solo quiero mi albedrío, gozar prado, monte y río y de las frescas riberas disminuyendo las fieras aumentar el gusto mío. Mil años goces, amén, de esa libertad dichosa; no soy yo tan venturosa, no merecí tanto bien; Tú le tratas con desdén, y yo, a sus partes rendida, callando pierdo la vida, pues jamás le he declarado que es causa de mi cuidado y que es mi dulce homicida. Resiste, querida hermana, con casto y honrado pecho; y a una pasión tirana nunca te muestres liviana. Toma buen ejemplo en mí, que, rogada, resistí, porque los hombres rogados burlan de nuestros cuidados, y así burlarán de ti. Tus consejos seguir quiero. Mas no haré tal, a fe mía. Que en mi amorosa porfía traza y modo hallar espero para que del mal que muero descubra el grave dolor sin que el honor y temor puedan detenerme un paso, que callar el mal que paso ya es demasiado rigor. Que un mercader bergamasco que ayer un cuitado fue y hoy con dinero se ve vaya en coche hecho un don Vasco y vaya un honrado a pie. Que el médico que curó de la bolsa la hinchazón vaya en mula hecho un poltrón y a lo podenco yo cosas insufribles son. Rendido estoy, ¡Vive Cristo! y no de burlas cansado. Habla a tiento y con cuidado, que en aquella fuente he visto la Duquesa. Ya he pensado en una traza muy buena con que quedemos honrados. Tus cascos disparatados temo. No, que es luna llena y así están fortificados. Va de traza; yo me llego . Soles que fijos estáis y a esta fuente le dais con vuestros ojos tal fuego que las corrientes secáis. Pues vuestros ojos serenos son espuelas del amor, las que perdió mi señor, que eran de rubíes muy buenos, ¿habranlas visto? Humor tiene el hermano lacayo. Necio, apártate allá. ¿Eso por paga me da de andar con basca y desmayo por su espuela ? Basta ya. Vuecelencia oiga las desdichas mías, y cómo con los días tal vuelta da la rueda de fortuna; que no hay firmeza alguna en el mundano bien ni en la riqueza, pues viene sin sentirse la pobreza. Estados y riquezas poseía con gala y bizarría; mi nobleza y riqueza campeaban; todos me respetaban y mis cosas lucían de mil modos, porque por rico me adulaban todos. Don Luis de Baviera era entonces; mas ya que de los bronces de los nobles me borra la pobreza, estoy en tal bajeza que de aquella pasada vanagloria apenas ha quedado la memoria. Con un pleito perdí la hacienda toda, mas no la sangre goda que ilustra mis paternos ascendientes; desdichas eminentes sin temporales bienes me dejaron, pero con mi desdicha no acabaron. Pobre, desarrapado y abatido; desestimado, afligido, vergonzoso me postro a su presencia pidiendo a vuecelencia me honre con hacerme su criado; porque en mis males quede consolado. De vos me amparo; vos seréis mi arrimo. Aquí de vuestro primo esta carta de favor traigo, señora; por él merezca ahora de su casa ocupar algún oficio, porque mi vida emplee en su servicio. Alzad del suelo, noble caballero; sin ver la carta quiero yo estimaros, pues por ser de mi sangre y vuestras partes de que honréis mi casa debo honrarme; mi secretario sois. Beso tus plantas por tan grande merced no conocida, Vuestras desdichas siento como propias. Ya son venturas, pues tal fin tuvieron y tan dichoso amparo merecieron. Cese la caza, volvamos a mi casa, que quiero trocar en armas el ocio. Los coches, las literas y criados en aquel verde llano nos esperan. Arrodillado pido a Vuecelencia, antes que se tripule de mis ojos, que un rincón de su casa me acomode, donde me sobrará gusto y consuelo, pues adonde está el sol sin duda es cielo. Sirviendo a don Luis podréis servirme. Vivas más años que un suegro a quien un desdichado ha de heredarle, más que una torre, plaza o calle. Flaco, amarillo, lánguido y sediento tiene el enfermo ardiente calentura; con vivas ansias su salud procura, que es el último fin de su contento. Con discursivo y alto entendimiento el fisco de su mal la causa apura; empieza luego la difícil cura y con celeste favor logra su intento. La enfermedad más fiera y detestable si su maligna causa bien se explora, entendida una vez, será curable; pero mi cruel mal que el alma llora sin duda alguna es irremediable, pues que la dulce causa de él se ignora. ¡Hola! Señor. Traed luego, que quiero leer un rato a Ovidio. ¡Oh, amor ingrato, y cómo abrasa tu fuego! Con razón te pintan ciego, pues que siempre a ciegas vas, casi tropezones das locos y desconcertados con que a veces tus cuidados suelen dar pasos atrás. Vos, médico del amor, pues tanto en amor sabéis, ¿qué remedio me daréis para su pena y dolor? Un ingrato disfavor de una beldad celestial me tiene casi mortal; busquela, mas no la hallé; que como es ángel, se fue a sus globos de cristal. Diréis, astuto y sagaz, que es el remedio olvidar, pues no la puede alcanzar mi deseo pertinaz. Con poético disfraz tres medios aquí me dais, mas vos no consideráis que si el amor es Dios, será eterno, y que así vos en vano su fin buscáis. Vos propio os contradecís, pues al amor dios hacéis y acabar con él queréis; ved qué herejía decís y que en vano presumís con vuestro consejo vano vencer el amor tirano; pues el amor decís vos que es un poderoso dios yo soy vos un hombre humano. Quedad convencido, corrido y arrinconado. ¡Hola! Criado. Señor. Mi cuidado me tiene casi rendido, desatinado y perdido; la música al punto venga para que un rato entretenga y engañe las penas mías; que a mis amantes porfías no hay cosa que más convenga. ¿Empezaremos, señor? Empezad; pero advirtiendo que no me enfadéis templando. Ya tu gusto obedecemos. «Ardiéndose estaba Troya, cimientos, torres y almenas, que el fuego de amor a veces abrasa también las piedras. ¡Fuego, fuego!, dan voces; ¡fuego!, suena, y solo Paris dice: «abrase a Elena.» Baste ya, porque es verano, y es la letra del invierno; pues para aplacar el frío tiene sobrados los fuegos. Id con Dios. ¡Hola! Señor. Llamad presto al Conde Aurelio. No es menester, pues que ya yo propio a servirte vengo. ¡Ay, Conde, sin alma estoy, sin gusto, vida y sosiego! Imposible es olvidar aquel esquivo desprecio; sin duda que en los pies tuvo la ligereza del viento, pues que con buscarla tanto no la hallamos. Lo más cierto era que era alguna dama de algunos pueblos bien lejos que vino a cazar amores con saetas de ojos bellos y al punto debió volverse, que de otra suerte yo creo que nosotros la encontráramos si fuera átomo pequeño. Fue cárcel de mi albedrío, de mi corazón incendio, es norte de mis sentidos y fin de mis pensamientos. Con la prudencia reporta la furia de tus deseos, y escoge para alegrarte algunos divertimientos. Ahora lo procuraba, mas son perdidos remedios, porque la imaginación es enemigo casero; pero vamos al jardín, donde su retrato bello me representan las flores, con que a veces me consuelo. Vamos, que para el amor el más seguro remedio es descuidar la memoria o buscar nuevos empleos. En verdad que estoy molido de escribir y despachar. No hay vivir sin trabajar; estándose al sol tendido no se gana de comer; si sin comer se pasara el trabajo se excusara, pues no fuera menester; pero ya es cosa forzosa para que los hombres vivan que todos los miembros sirvan a la boca licenciosa. Diz que un día se enfadaron los miembros del cuerpo humano con la boca, mas en vano contra ella se conjuraron; porque si bien todos juntos le negaron el sustento, pagaron su atrevimiento enflaqueciendo por puntos. Al fin es paso forzoso el comer para vivir, y para comer, servir a este agujero goloso; pero dejando esto aparte, diga, ¿con el nuevo estado tiene algún nuevo cuidado de aquellos que amor reparte? Mas sí tendrá, porque apenas vi secretario en comedia que sin temer su tragedia no estuviese a manos llenas amante y favorecido de la tal Reina o Duquesa, aspirando a grave empresa con pensamiento atrevido; y así, por cumplir ahora con la ordinaria corriente ya estará de amor doliente por causa de su señora. Confieso, Alano, que estoy admirado y suspendido, y que arroyo detenido en prisión de hielo soy: porque es cosa natural apetecer la belleza, pero acobarda mi empresa el verme tan desigual, y así dudo, peno y ardo, y si alguna vez la miro, por desigual me retiro y por pobre me acobardo. Afuera, vil cobardía, que en comedias jamás vi un secretario que así tuviese la lengua fría; antes, todos atrevidos, suelen echarse al través y apenas se pasa un mes cuando pasan a maridos; comedia tu amor parece, haz, pues, que en esto lo sea. El corazón lo desea; pero a la razón se ofrece que los nobles han de ser leales a sus señores; y ponerme yo en amores y mi dueño pretender, arguye deslealtad, Y así, muera mi deseo y desista de su empleo mi altanera voluntad. Pues en eso das, señor, buscando entretenimientos, divierte tus pensamientos. De noche se gasta humor en la corte, y todo es fiesta; vámonos a divertir. Tu voto quiero seguir; vestido de noche apresta. Contenta y pagada estás de tu nuevo secretario; guarda que el niño voltario no te coja. Es por demás pensar que yo me sujete al fuego loco de amor. Tanto alaba su valor, sus principios. Calla, vete; que estoy corrida en verdad de verte, hermana, tan necia, que de quien un Rey desprecia piensas tanta liviandad. Por eso el amor es ciego: porque lo peor escoge. Si no quieres que me enoje, que amaines las velas, ruego, de tan necio porfiar, que no lo puedo sufrir. Solo quise discurrir, pero no quise enojar. No es tan grande mi pecado para darte tanta pena: conozco que es tan ajena del amoroso cuidado; pero a veces suele amor volver esas esquiveces en ruegos, llantos, ternezas, en dulzuras y favor; y así, no digas, hermana, de este agua no beberé. Yo de mi firmeza sé, que no soy caña liviana que a cualquier viento me mueva. Procura perseverar, y podraste bien gloriar de una cosa que es tan nueva, como hallar una mujer que exenta del amor viva. Suele la hiedra lasciva los olmos apetecer; pero la rosa olorosa, de sus espinas murada, resiste bella y honrada a la mano licenciosa. Mis desdenes y rigores a atrevidos acobardan, y con firmeza me guardan en los peligros mayores; pero esto quédese aquí; veamos qué dice Elena. Nueva buena no puede traerme a mí, que un mar de desdichas soy, pues amo a quien me aborrece. Ser día la noche ofrece, según lo que oyendo estoy. ¿Qué dices? Oigan, señoras, el contento y regocijo con que la Corte celebra un hecho de bronces digno: El turco, audaz y feroz, que, en efecto, es mal vecino y enemigo capital del fuerte Rey Alarico, envidioso de sus glorias, con ánimo vengativo, forma un poderoso campo, de sus arrogancias hijo; jura destruir la tierra y amenaza, presumido, correr aquestas campañas con sus jinetes altivos. Tanta muchedumbre junta de aquellos perros inicuos, que cuando beben agotan los más caudalosos ríos. Pero Dios, que siempre oye de sus pueblo los gemidos, y que, como amigo fiel, nunca falta en el peligro, al Rey de Hungría inspiró que con corazón invicto, en su piedad confiado, salga contra el enemigo; salió con diez mil infantes armados y prevenidos, y con cuatro mil caballos, con los cuales ha vencido de aquella canalla fiera número muy infinito. Cuarenta mil son los muertos, sin los que quedan cautivos, de los del Rey, solo ciento merecieron del martirio la laureola dichosa, el premio de sus servicies; al fin fue una gran victoria, con quien el cielo propicio mostró cómo su potencia castiga a los atrevidos; y así, para celebrarla, después de haber bien cumplido con la obligación cristiana debida a tal beneficio, ordenan fiestas y máscaras, luminarias, regocijos. Toda esta noche se abrasa con fogosos artificios; no queda criado en casa; todos, señora, se han ido jurando de no volver hasta haber las fiestas visto. Bien a fe, mas no me espanto; excusado es el decirlo, porque el deseo de ver obliga a mil desatinos. Vamos, hermana, que quiero, consultándolo contigo, buscar traza para ver las fiestas que ha recibido . Vamos a ver esta noche vuelta en día de Juicio, pues se ha de abrasar la corte encendida en fuegos vivos. Las luminarias empiezan. Y una máscara también, si no me miente el deseo, viene con gusto y placer. «El moro cautivo llora; cuando Hungría celebra la victoria, flamencos, indios y negros, y la nación española, risueños bailando muestran sus alegrías notorias; y el moro cautivo llora.» Muy buena ha sido la máscara. Muy buena fue, por mi fe; ¡oh, buen Baco!, a ti se debe este festivo entremés; en tus fiestas se origina; tu fuiste la causa de él; vivas coronado de uvas, que siempre vino te den. Pasemos a esta otra calle. Vamos, que es cosa de ver fiestas y luminarias y sus tabernas también. Tapémonos bien, hermana, no nos puedan conocer; que en verdad que el venir solas mucho atrevimiento fue. No fue sino bizarría. Dios permita pare en bien, que del pesar suele a veces ser vísperas el placer. Deja pronósticos vanos, mira la ciudad arder, y en el amor abrasada de su magnánimo Rey. Por esta calle de enfrente, de gente viene un tropel, y tápate bien, Diana. No tienes de qué temer. Un corrillo de mujeres para el gusto brindis es. De esta vez quiero probar si decir algo sabré. Cuando sobra tanta luz, nunca ser noche pensé; si el sol no viera escondido, como por mi mal se ve; salgan esos bellos rayos, por que la noche alegréis; desenvainad esa espada, y yo muerto quedaré. Muy tierno sois, a fe mía, pues no se escapa mujer, ni en la ciudad ni en los montes, a quien vos no requebréis. Andad con Dios, hermano, que yo soy de parecer que pues requebráis a tantas, ninguna debéis querer. ¡Ah!, Conde, ¿no advertís esto? Sin duda esta mujer es la que me trae perdido. ¿Pues qué pretendes hacer? Sígueme y verás la traza con que amor suele vencer los rigores de una ingrata y la fuerza de un desdén. Hermosura amortajada, retablo de la cuaresma, huevo cuya dulce yema está siempre encarcelada, rompe esa cascara vana, deja esta mortaja triste, y con tu belleza embiste toda criatura humana; pues cara de Pascua tienes, ponte, mi bien, de aleluya, vea yo aquesa red tuya con que ya a pescar vienes. Pues en todo sois divina. porque os trate como a tal, de esa imagen de cristal corred muy bien la cortina. Privación que aumento das a mi fogoso apetito, tesoro casi infinito que de mí escondido estás; si ser cavado no quieres hasta lo hondo de tu centro, si fantasma o mujer eres: Apártese allá el tontón. Sin ser obispo, confirmas; y de tu mano lo firmas con letras de un bofetón; voto a tal falsa tapada, que de este agravio, en venganza. he de pasarte la panza con una dulce estocada. Mirad que es traición quitarme el alma y la vida sin ver la mano homicida. Ahora no hay ocasión; mañana palabra os doy que yo con vos me veré. Ya ninguna luz se ve, aquí con cuidado estoy; y así, con vuestra licencia, irme quiero a recoger; mañana me habéis de ver; no es largo el plazo, paciencia. Yo .siempre escuchando estoy, no dudes que aquestos son. Prometo que en este fuego, Paris de esta Elena soy. Hora es ya de que se acuesten; galanes, vayan con Dios, que con estas tres hermosas tengo mi poco que hablar yo. Lo que una vez agarramos, nunca lo dejamos, non; y ansina, váyanse en paz, si no, con ésta les doy. Piquen ya y no me enfaden, si no quieren que a los dos los despida a cintarazos. Muy necia máscara sois, y para de burlas, sobra vuestra atrevida razón. Ahora lo sabréis presto si burlas o veras son; ¡hola!, llevad las mujeres, mientras a este fanfarrón, porque otra vez no replique, la lengua le corto yo. Villanos, aunque sois muchos, he de atropellaros yo, y defender de estas damas la hermosura y el honor. No es hombre, sino demonio. Furia del infierno soy para castigar, cobardes, a vuestra infame traición. Yo no quiero ser cobarde, y así, a atrincherarles voy; aguarden, reinas, que vuelva cual otro Cid vencedor. Que los cobardes huyeron, y con uno que quedó Don Luis sale riñendo. ¡Qué nobleza y qué valor!; reconózcome obligada. Y con muy justa razón, pues defendió nuestras vidas y libertó nuestro honor. Hombre, ¿por qué me persigues? ¿no lograste tu intención? ¿las mujeres no libraste?, ¿qué quieres? Saber el autor de esta traición villana. Nobleza el cielo me dio; moriré antes que lo diga. Muere, pues, falso ladrón. En lo oscuro de esta calle, con tímido corazón, los fines quiero esperar de esta dudosa cuestión. ¡Ay de mí!, qué gran desdicha! La espada se me rompió. Tu desdicha fue ventura, pues que de mi te libró; jamás con los desarmados aquesta espada cortó. Vete en paz, con que primero sepa yo de qué traidor he de guardarme mañana. Tu nobleza me obligó, quiero descubrirme y ser tu amigo fiel desde hoy. Vesme aquí: ¿Conócesme? El Príncipe de Hungría soy, que emprendí este desatino perdido y loco de amor. Perdóneme Vuestra Alteza. Premios, y no perdón, merecen vuestra nobleza, vuestras partes y valor. Levantad, venid conmigo, que de hombres como vos se deben honrar los Reyes No merezco tal favor. La mitad de mi corona de vuestra noble acción ha de ser escaso premio. Seguidme. Obediente voy. Sin secretario quedamos, ya el favor le trasplantó. El ver que será su aumento, consuela el perderle yo, que de otra suerte sintiera en el alma y corazón el perder tal caballero, que es muro de nuestro honor. Polvoroso y sangriento, valiente, fuerte y feroz, vengo de matar cansado a ver si mi amo llegó; no está aquí, las damas, si, que como estafermo son, aguardan que alguna lanza les dé sabroso encontrón. Hermosas, las que sois causa de este niño batallón, digan, ¿han visto a mi amo por qué calle se coló? En palacio lo hallaréis. Pues adiós, que yo me voy a mudarme la camisa, porque muy sudado estoy. Vamos, que es tarde. Vamos, y nunca viniera yo, pues un cuidado que nace me da sospechas de amor. JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

Yo que en fiera a las fieras excedía; yo que ternezas con desdén pagaba; yo que amada libertad gozaba; yo que en dura, con bronces competía. Yo la parra del olmo dividía, porque dulces amores retrataba; yo que ejemplo de firmeza daba; yo que el amor juzgaba cobardía. Yo que burlé de la amorosa herida; yo que regí la simulada muerte, de amantes con razón encarecida. Yo que presumí ¡oh, falso amor!, vencerte ¿he de estar a tu gusto tan rendida? Muy flaca es la mujer, o tú muy fuerte. Muy flaca es la mujer, o tú muy fuerte, tirano amor, ingrato y fementido, pues rindes mi valor con un olvido, que ya es mi vida y ha de ser mi muerte. ¡Oh, fuerza de estrellas; oh, esquiva suerte, cuyo fiero rigor ha permitido que yo ofrezca mi corazón rendido a quien su oído de mi voz divierte! Si sin correspondencia amor no crece, ¿cómo es ahora tan gigante el mío que intenta con Altezas oponerse? Atrevimiento parece y desvarío, y asina lo mejor fuera vencerse, para vencer de amor el desafío. Para vencer de amor el desafío, quise armarme de ocupación honesta; y asina, codiciosa y muy compuesta, a abordar comencé un claro río. Tan al vivo retraté su cristal frío, que mirando sus primores una siesta, el verle pudo darme sed molesta, cosa que ansí sabe a desvarío. Dije yo entonces «si esto, que es pintado, puede moverme el gusto y apetito, un hombre de buen talle y bien hablado. y si de liberal tiene un poquito. ¿a qué fría mujer no da cuidado y a qué honrilla no pondrá en conflicto?» ¡Oh, Diana! Hermana mía. ¿En qué se entretiene el día? Divertía el corazón de una amorosa pasión que en acabarme porfía. Gran tirano es el amor de las almas y las vidas; mas do preside el honor, quedan sus fuerzas vencidas y conocido su error. Mira atenta sus engaños, sus mudanzas, penas, daños, y que es su gusto aparente, con que pisarás su frente armada de desengaños. Lo mejor es no tratar de cosa que de amor sea, y procurar olvidar, pues lo que el alma desea no lo merece alcanzar. Dicen bien, y así, si quieren y atento oído me dieren, sin suponer falsa glosa, les contaré una cosa que gustarán si la oyeren. Di. Esta mañana topé con Alano, que iba muy erguido, ufano y bizarro; dile un empellón, y él, muy a lo bravo: «¿No sabe quién soy? ¿Sabe que soy yo caballero honrado, y sabe que ya es Duque mi amo?» Yo, pasmada entonces de tan nuevo caso, por saberlo todo, descubrime el manto; él, viendo mi rostro, grave y mesurado, empezó a decirme lo que iré contando. Dijo que Federico el reino ha heredado, y que a Don Luis estima ya tanto, que con él reparte de su reino el mando. Que él es quien gobierna. que es su privado; que le ha dado juros, títulos, estados, y que hoy le hizo Duque por más encumbrarlo. Yo juro que, ahora, nuestro secretario nos pierde de vista, pues está tan alto. Es noble y agradecido, y asina de él no presumas, que intentará más espumas. No, que es muy reconocido. Tenéis sobrada razón, porque ahora me acuerdo yo que cuando el Rey le premió aquella noble acción. Luego la propia mañana cortés vino a despedirse; y así no es bien presumirse vileza de él tan extraña. Con gran pompa y aparato viene el Duque de Viena, y para entrar solo aguarda que se le diese licencia. Di que entre. ¿Qué Duque es éste? Es Don Luis de Baviera, el que era tu secretario y ya a Hungría gobierna. Tanto favor, señor Duque. No es sino forzosa deuda, que yo no puedo pagar y vengo a reconocerla. jHola!, sillas; en verdad, que vengo a estar tan contenta, que yo propia a mí me doy de este bien la enhorabuena. La sangre que tengo suya sale al rostro de vergüenza viendo que a este su criado honra tanto Vuecelencia. Alano Y ellas ¿no me dicen nada? ¿de este gusano de seda no agradecen la visita? ¿Mi airoso talle no aprecian? ¿No saben cómo subí por la mundana escalera a ser bufón de palacio y que todos me respetan? El Rey se ríe conmigo, para mí no cierran puerta; si como quien soy me estiman, juro de hacerlas Condesas. ¿Tanta ha sido mi ventura, que merecí defender una divina hermosura con este humano poder? Eso es la pura verdad; las que defendisteis eran mi hermana y yo, y así os debemos esa empresa. Obligación fue esa mía. Fue acción de vuestra nobleza, ánimo, valor y partes, aquella honrada defensa. Confieso que la agradezco, y para pagar quisiera que mis partes fueran más o menos fueran las vuestras; creed de mí que os estimo. Daréis ocasión pretenda con merced tan soberana a adorar vuestra belleza; que si temí, por indigno, y me sube a tanta alteza vuestro divino favor, no es mucho que al sol me atreva. De mí puedo aseguraros una fiel correspondencia; que a quien le debo el honor no es justo que ingrata sea. Juro por la luz hermosa de esas dos claras estrellas de ser siempre vuestro esclavo, fiado en esas ternezas. Muy pocas veces los hombres cumplís de amor las promesas; el tiempo será el crisol de aquestas lisonjas vuestras. En efecto, reinas mías, están tiesas y pretendas; a lo grave y desdeñoso de sus favores me niegan; pues juro por la inconstancia de esa mujeril flaqueza, por los untos que relucen en esas caras de tienda de que he de irme a cenar luego que la noche venga y que jamás han de verme, si acaso se vuelven ciegas. Obligaciones forzosas, causándome dulce pena, me privan de esa hermosura; perdóneme Vuecelencia. Cumplid con las que tenéis. Será mi firmeza eterna. Y yo prometo pagaros con esa propia moneda. Yo desde ahora seré no lacayo de comedia, si bien quiero ser bufón, porque en todo me entrometa; que al fin entre ser bufón por aquellas salas regias algo tiene de verdad, y no es tanta impertinencia como que un rascacaballos siempre con Reyes se meta; y, adiós, señores míos, porque se va la recua. Con razón os quejáis. Conde, de que olvide el Rey vuestros servicios y de que un hombre apenas conocido a lo alto se suba de su cielo; yo también, en verdad, estoy corrido de verle a tantos buenos preferido. Es fuerte cosa que un escuderillo por su mano gobierne a Hungría toda. Mudanzas tiene la fortuna varia. Faetontes suelen ser estos privados. El morirá, como otros, despeñado, humillado, abatido y castigado. No sé qué odio natural me incita a aborrecer a aqueste nuevo Duque. El Conde Aurelio y el Marqués Fadrique son estos, que de mí están murmurando. ¡Oh, envidia, cómo a la privanza sigues, pues ya con tus malicias me persigues! Escucharé, pues da lugar la noche, para saber qué queja de mí tienen. Estimarme solía Federico, y después que don Luis entró en palacio ya estoy muerto en su memoria. Envidia es toda esta historia. A fe que si mi industria vale, don Luis perderá del Rey la gracia. En todo estaré, Conde, propicio. Conozco el valor de aqueste pecho; mas vamos, que tal vez oyen las calles. Vamos, que es tarde. Desenvaina y dalles; si no yo voy y a fe de pobre mozo, que les estuche a puras cuchilladas. Sosiega, Alano, que estos enemigos con diferente traza han de vencerse; primero a lo cortés quiero obligarles, y después, si porfían, castigarles. Ejemplo que imitar das a los nobles con tu valor, prudencia y cortesía. Vivas más que en los necios la porfía. Con vigilante cuidado y con continuo desvelo, imitando al veloz cielo, que jamás está parado, un buen Rey siempre ocupado de su gobierno ha de estar, sin que le pueda estorbar el curso de su acción ni de amor la ocupación, que tanto suele ocupar. Entre algunos memoriales me dieron este papel; yo, como sospeché de él, por precedentes señales, que de enamorados males sin duda preñado viene, los secretos que contiene luego en mi seno escondí y a mi gobierno acudí, que es lo que al Rey le conviene. Pero pues que ya he cumplido con la obligación de Rey, es de amor curiosa ley ver lo que trae escondido; la fácil nema he rompido y dentro veo un retrato de aquel dueño tan ingrato por cuyos desdenes muero; decirle mis penas quiero y quejarme de su trato. Mas no; vos, papel, que fuisteis la mina de este tesoro: vos, que del desdén que adoro la hermosa copia trujisteis; vos, que tal bien merecisteis en vuestro pecho esconder, comenzadme a enternecer con vuestras dulces razones, pues todo sois corazones para amar y agradecer. El juzgar a fines honestos vuestro amor y el prometerme verdades de vuestra nobleza, me da atrevimiento para que en estos breves renglones agradezca vuestras finezas y me lastime de vuestras penas, para cuyo consuelo os envío ese retrato por que veáis si soy la que mereció ser causa de ellas y por que halléis en la ciudad la que en los montes perdiste La Duquesa Soladora. El que un gran tesoro halló; el que, por su buena suerte, de la cárcel dura y fuerte, delincuente, se escapó; el que a la muerte se vio por sus culpas condenado y después fue perdonado por favores milagrosos, mil contentos amorosos eternamente igualado. ¡Oh grande ventura mía! ¡Oh gran milagro de amor!, pues mereció tal favor mi casi muerta porfía; ya la esperanza perdía; cuando la muerte esperaba y ya imposible juzgaba el merecer tanta gloria, cantad, gusto la victoria que tanto amor deseaba. ¡Hola! Señor. Al momento al cuarto del Duque iréis y que mando le diréis venga luego. Mi contento ya comunicar intento, porque al fin no cabe en mí. ¿Posible es que merecí vencer aquel imposible ? Amor, tu fuerza es terrible, pues tanto rigor rendí. ¿En qué mandáis emplearme de vuestro gusto y servicio? Que os levantéis y os cubráis os mando. Y yo os suplico cuanto pueda encarecerse permitáis que, agradecido, con aquestas plantas vuestras honre mis labios indignos. Baste ya, si no queréis que me enoje. No replico; hechura soy de tus manos, obedezco, callo y sirvo. Ahora que estamos solos quiero, Duque, como amigo fiaros todo mi pecho y tomar con vos alivio. Digo que me enamoré, Duque, y estoy tan perdido que apenas en nada acierto, sino solo en dar suspiros. La Duquesa Solodora con su hermosura ha podido ponerme en tan fuerte trance y en tan dichoso peligro; vos fuisteis su secretario; mañana vendréis conmigo, iremos a visitarla. Diréis que, reconocido, como criado leal, en cosas de su servicio siempre humilde os ofrecéis, y yo diré que he querido en esta debida acción de compañero serviros; direisle vos mis ternezas y que estoy de amor rendido. ¡Ay de mí! ¿En qué dudáis? ¿Cómo estáis tan pensativo? Noble soy, ¿en qué imagino? Los nobles ¿cómo han de ser, sino leales? Y yo digo: ¿Qué decís? ¿De qué os turbáis? Digo que a tantos favores son enanos mis servicios; confieso, señor, que os debo el haberme engrandecido; no quiero engañaros, sino la verdad deciros que los nobles han de ser leales con sus amigos. Yo muero por la Duquesa, de ella estoy favorecido; postrado aquí, a vuestros pies, humilde mi vida os brindo, por que esa mano me pase dende la muerte al olvido. Alzad del suelo, don Luis, y creed que en mucho estimo vuestro honrado proceder y vuestro pecho sencillo; y asina yo, como Rey, como fiel amigo, os pido digáis qué favor tenéis, por que quede concluido entre nosotros ahora que el que más favorecido se muestre de la Duquesa este quede en su servicio y que el otro dé palabra, como noble y bien nacido, de olvidarla y ayudar al que le hubiere vencido. Soy contento, y en verdad que presumiré atrevido en el certamen de amor por más favores rendiros. Decid, pues, los que tenéis. Digo, pues, que. aunque indigno en servirla y adorarla, su favor me ha permitido y con honestas palabras a mi amor ha prometido iguales correspondencias. Eso es estar en principios, ¿Merecistes más favor? ¿No sobra haber merecido que no me hayan desterrado de aquel bello paraíso? Mucho es; porque, en efecto, sois humano y es divino cuanto en Solodora hermosa estimo, contemplo y miro; pero con que deis palabra de encubrir, aun de vos mismo, lo que en secreto os diré, pienso dejaros rendido. Yo os la doy a fe do noble. Mirad, pues, lo que va escrito en este blanco papel. Vencido estoy y corrido; este es su hermoso retrato; vos sois el favorecido. y yo abono la elección y me doy por convencido. Volvedme, pues, esas armas con las cuales he vencido vuestra ya muerta esperanza y vuestros deseos tan vivos. Aquí las tenéis, señor. No empecéis a arrepentirás, porque ahora, como noble. Duque, la palabra os pido. Bienes solo imaginados, que cual riqueza fingida de aquel duende engañador burlastes hoy mis porfías; ternezas falsas y vanas engendradas de mentiras, que cual leves gorgoritos quedasteis desguarnecidas; favores engañadores que con finezas fingidas engañasteis mis deseos para quitarme la vida; gusto breve como flor que suele al nacer de día no cumplir lo que promete, pues queda lacia y marchita; contento que fue soñado cuando engañado dormía con la voz de una sirena que procura mi desdicha; alegría enmascarada, que alegría parecías, pero quitada la máscara eres ya. tristeza mía; amor falso y lisonjero que a ciegas me prometías, como niño y como loco, lo que cumplir no pedías; firmeza al fin de mujer, porque de una vez lo diga, que dura lo que en el fuego la pólvora vengativa; esperanzas cuyas flores, por venir tan primerizas, el invierno de los celos con su rigor las marchita; regalos cuya dulzura los venenos encubría, que ahora bebo en el vaso de mi esperanza perdida; glorias que ya infiernos sois, pues en este infausto día fuisteis celos para mí, desesperaciones e iras; dichas, que para tan cortas basta decir que sois mías, falsas como aquella ingrata que el alma y seso me quita; bienes, ternezas, favores, gusto, contento, alegría, amor, firmeza, esperanza, regalos, glorias y dichas, ya no pretendo vuestra compañía, sino tristezas, penas y desdichas. Cuando no hay amante fiel que ahora no se recoja, porque la luz siempre es cesa enemiga siempre de él; cuando el astuto ladrón corre ligero y cargado a dar parte de lo hurtado a la taberna y mesón; cuando las brujas tentadas, que niños .suelen chupar, sus bailes quieren dejar y volverse a sus moradas; cuando los astros temblando huyen la vecina aurora; cuando la libre señora despide con ruego blando, y, al fin, cuando son las dos y nuestra cena se enfría estás con flema tan fría que no te entiendo, por Dios. ¿Piensas acaso comer los venados de estos paños? Tus intentos son extraños, no te acabo de entender. Como el Rey Midas serás, pues ya con tanto tesoro te vendrá a sobrar el oro y de hambre te morirás. Comamos, ¡pesia a tal vida!; que quien bien come trabaja; mira que ya el alba baja de perlas bien prevenida por cumplir con un poeta. Mira que riéndose está de ver que esta vida es ya de nuestro ayuno estafeta Callando manda que muera, quiero morir y callar. Ven, y vamos a cenar, que ya el maestresala espera, y los cocineros temen, sin que basten sus cuidados, que los gatos, de enfadados, la comida no se lleven. Algo me siento indispuesto; sin cenar quiero acostarme. Pues yo sabré manducarme lo que estuviere dispuesto. ¿Tú eres la que anteayer decías, libre y esquiva, «suele la yedra lasciva los olmos apetecer, pero la rosa olorosa da sus espinas murada, resiste, bella y honrada, a la mano licenciosa? Corrida estoy, en verdad, de verte, hermana, tan necia, que de quien un Rey desprecia pienses tanta liviandad.» Tú, hermana, burlas de mí. ¿No quieres que burle y ría viendo que tu nieve fría un Etna arroja de ti? Agua detenida fuiste; pues una vez desatada, más libre y precipitada por tus deseos corriste. ¿No te advertí no dijeras de esta agua no beberé? Ya, querida hermana, sé que mis burlas salen veras. Yo, que burlé del amor, ya estoy tan enamorada que es mi locura extremada e insufrible mi dolor. Apenas en nada acierto, inquieta y divertida; no sé si busco la vida o si mi muerte concierto. Muy querida eres, hermana; don Luis tu belleza adora. No tiene seguro ahora, tal vez, el amor, Diana; y a más amor, más temor sin duda le corresponde. Gran fuego tu pecho esconde; rindiose ya tu valor. Tú, que me reprehendías, amas con tanto desvelo; ahora, por mi consuelo, probarás las penas mías. Ahora bien; este jardín nos defiende del calor del verano, y del amor tengan nuestros males fin. Gocemos este aire suave, mudemos conversación por que olvide el corazón su pena terrible y grave. Mira la noche cual viene con paso lento y secreto. Parece amante discreto en el silencio que tiene. En todo aqueste verano no vi noche más hermosa. Solo le falta una cosa. ¿Y qué será? ¿No está llano que noche tan apacible pide amorosas ternezas? Ya son tantas tus finezas que olvidar es imposible. ¡Oh si el Duque aquí viniera! ¡Oh si el Rey viniese aquí! Decir se puede por mí: quien espera, desespera. El Rey y el Duque ahora, solos, los dos, en el jardín entraron y ya llegan, señora, que diligente el paso apresuraron; no tenéis que turbaros, estimar el favor y aquietaros. Vámonos, Diana, a lugar más decente a recibirlos. Dices muy bien, hermana; que de noche, en jardín, no es bien oírlos. Huir las ocasiones es de sabios y honestos corazones. Serafines hermosos de este paraíso alegre y deleitoso, los pasos presurosos con ánimo tened más piadoso; mirad que, agradecido, el Duque a visitaros ha venido; y yo, que soy su amigo, depuesto mi real pompa y decoro, sus justos pasos sigo. Yo tu mudanza y mis desdichas lloro. Yo, Duque, no te entienda. Mi mal callo, aunque estoy muriendo, ¡Oh nobleza heredada, en qué fuerte ocasión me pones; tienes mi lengua atada para quejarme de unas sinrazones sin que la boca abra! Moriré por cumplir con mi palabra. Mientras que yo a Diana con fingidas palabras entretengo, dile. Duque, a su hermana que por su dulce amor perdido vengo; mis penas le encarece. Mi lealtad tus gustos obedece. ¡Oh. Duque!, ¿qué es aquesto? ¿Tú sin hablar, suspenso y pensativo? Dime la causa de aquesto, no te muestres conmigo tan esquivo. ¿Qué pena te lastima, luz de estos ojos y alma que me anima? Señora, Vuecelencia aspirar debe a más suprema gloria, y así vuestra prudencia Verso incompleto. También incompleto. de mi humildad aparte la memoria, porque un Rey, en efeto solo es de esa beldad digno sujeto. Mucho mi Rey os quiere, y a vos, que no os pese el ser querida; por vos amando muere, sed, pues, a tanto amor agradecida; seréis Reina de Hungría, yo fiel vasallo y vos señora mía. Ya, Duque, estás muy necio con tus celosas fantasías; ya parece desprecio pagar con celos las finezas mías, o dime ya tus quejas. ¡Oh, ley inviolable, de cumplir lo que al Rey he prometido. ¿Posible es que no hable, de quejas y de celos compelido? No, que a mi nobleza hoy prueba su valor en esta empresa. Decisme, Rey, amores, y el alma tenéis en otra parte; ya sé que los favores que mi amor con vos reparte, solo porque son míos los juzgaréis a locos desvaríos. Mi verdad no os engaña, vuestra belleza mi alma adora, mi ventura es extraña. ¡Qué dulcemente me mira Solodora! Dudo, temo y ardo, y a la luz de sus soles me acobardo. Ya yo cumplo con tus ruegos; quiero amar al Rey, pues tú lo quieres; Y pues con celos ciegos, tú causa de mis quejas eres, del Rey seré, enemigo, porque sea el perderme tu castigo. Celoso sufro y callo. Infierno son las penas que padezco. Como leal vasallo, que deis la vida al Rey os agradezco. Tan libre responderme claras señales son de aborrecerme. ¡Ah. falso! Tu mudanza origen debe ser de estos desprecios; loca fue mi esperanza, pues puse en ti mis locos pensamientos; mas yo sabré vengarme, y de tus traiciones apartarme. De tus lisonjas, señor, parece que riendo viene el alba; ya el alegre ruiseñor con su canto le hace alegre salva; no quieres que a las flores Apolo les descubra tus amores. Obedezco, señora; parto sin mí, pues aquí dejo el alma. ¡Oh, hermosa Solodora! tu amor, sí que me tiene en dulce calma: a tus divinos rayos, sí que padezco del amor desmayos. Ya el Rey se despide, y yo de ti también eternamente. Con tu gusto se mide; esto de reinar, cosa es valiente. Reinaré, pues tú lo quieres; mi dueño fuiste, ya mi vasallo eres. Perdonadme, Duquesa, pues disculpa amor mi atrevimiento. Señor, vuestra grandeza aunque en mí faltó merecimiento, siempre me ha honrado. Tan solo agradecer he procurado. Vamos, Duque, que el día, vida de este jardín verde y hermoso, parece que de envidia; saca su nueva luz más presuroso, para que así nos prive de estos soles de quien la luz recibe. Bendito Dios, que se fueron, para que yo pueda hablar y ponerme a ponderar con qué paciencia me hicieron oír, sufrir y callar. La primera criada he sido con quien no se ha entremetido algún lacayo o criado, por ser el poeta honrado, yo mi Penélope he sido. Deja locos disparates y de acostarnos tratemos. Vamos. ¡Oh. vanos extremos! Con tan forzosos dislates, ¿Qué dudoso fin tendremos? Mosca enfadosa y cansada es un necio pretendiente, que es puntal eternamente de la portada dorada del ministro Presidente. Mosca es un triste pelón que se apega por pelar y con un prestado don se suele desayunar, casi siempre a lo gorrón. Mosca es, y mosca terrible, la mujer; pide dinero, y su pico es insufrible, pues si agarra a un hombre entero no hay parte que no le pique. Mosca, y mosca inoportuna, es el Don Sanalotodo, hablador desde la cima; tan entremetido en todo, que escudriña a cualquier luna. Mosca es, y muy porfiada, el alguacil que es buscón, pues con su vara delgada pesca uno y otro doblón a la parte desdichada. Pues si tantas moscas tiene este mundo engañador, con razón mi industria viene con aqueste aventador, que contra moscas previene. Guárdense todas de mí; afuera, moscas borrachas, las que venir siempre vi para poner dos mil tachas en lo que se dice aquí. Porque a fe, si alguno cojo que murmure la comedia, de los ojos le haré cojo y por él será tragedia, pues quedará con mi ojo. Yo sirvo con mala estrella. Y la mía es ya peor. Todo el Duque lo atropella. Animado del favor a todos nos pisa y huella. Estos dos Judas, ¿quién duda que alguna quimera trazan de toda verdad desnuda, porque de envidia se abrasan; viendo que el dios mosca ayuda, A fe que el aventador es bien menester ahora; como quien hoy gasta humor. Quiero darles, y en mal hora, aventar tanto traidor. ¡Oh, mosca de Belcebú! Mirad lo que hacéis, hermano. ¿Conmigo te pones tú? Echaréte por mi mano a las islas del Corfú. Parece que ciego estáis; ¿no veis que estamos aquí? Muy necio y muy tonto andáis. Perdonen, que no los vi. ¿Pues por qué no lo miráis? Tan necia busconería sabré castigar con palos. Si yo recibir quería, más fácil sería el darlos; mas no haré -tal, a fe mía. ¿Qué es esto? Son libertades de quien, por criado vuestro, para burlarse de todos tiene tal atrevimiento. Yo soy un bufón real, cuyo honrado privilegio se extiende a mayores burlas, que no las que estoy haciendo; soy alguacil de las moscas, y si ya mosca tenemos, yo la llevaré a la cárcel, por la tumba de mi abuelo. Eres un loco atrevido; baste ya, no seas necio. Aquí de Dios y del Rey; favor pido, favor quiero; que me quitan el oficio. ¿De qué te quejas, qué es ello? Quéjome, pues, que me quitan, señor, lo que no me dieron. Yo merecí ser bufón, que es un oficio, en efecto, con que más de cuatro honrados pasan la vida riendo. Hoy, para cumplir con él, celebraba a lo burlesco el día alegre y festivo de tu noble nacimiento; enfadáronse conmigo; mas, pues que verte merezco ¡afuera, que eres mi gallo! De aquí aventarte quiero ciertas moscas y moscones de nocivos lisonjeros, que al panal de tus virtudes engañosos se atrevieron. Bueno está; y por que quedes del trabajo satisfecho, con que tenga fin la burla, mil doblones te concedo. Nunca te engañen traidores y sírvante siempre buenos; vivas más que los tesoros en cofres de avaros viejos. Vuestra Majestad, señor, siempre con laureles nuevos, viva eternidades largas, para que esos pies besemos. Levantad, Conde, Marqués. Más de lo que merecemos ocupamos venturosos. Levantad. Obedecemos. Yo, postrado a vuestros pies, humilde pediros quiero me otorguéis ama merced. Yo la otorgo, alzad del suelo; decid lo que pedís. Pido, pues, que el Conde Aurelio por sus reales servicios, sea mayordomo vuestro, y que al Marqués don Fadrique le hagáis vuestro camarero. Ved, Duque, que esos oficios ya proveídos los tengo. Yo, señor, que reconozco que indignamente poseo tan grandes mercedes vuestras, las renuncio en favor de ellos. Yo cumpliré mi palabra; mas vos advertid primero, que no es buena caridad aborrecerse a sí mesmo. El amigo es otro yo; y así, dando lo que os ruego, yo, señor, nada me quito, antes pago lo que debo. ¿Qué haces, señor, qué dices? ¿has perdido acaso el seso? Sin duda habré de aventarte, por moscón, tontón o necio. Así deben ser los nobles; y si estos lo son, espero que serán agradecidas a tan hidalgos extremos. Agradecer el favor queremos, y no podemos, porque él viene a ser muy grande y cortos nuestros talentos. Entremos en la capilla. Todos, señor, entraremos a rogar al Rey de gloria que reines siglos eternos. Ahora que estamos solos, mira, señor, lo que has hecho. ¿Qué hay que mirar, mentecato? Que eres (con perdón) un necio. En todas sus acciones, los nobles, que son buenos, han de traer siempre escrita la hidalguía de su pecho; en sus pasos concertados; en el hablar con gran tiento; en el comer y el beber, moderados, y modestos; el vestir como su estado; puntuales, y verdaderos en cualquier duda o palabra. En el andar, muy compuestos; humildes, con los humildes; valientes con los soberbios; con los pobres, liberales y de compasivos pechos. En ocasiones forzosas de toros, fiestas, torneos, prudentes en el medir las fuerzas de su dinero; graves con moderación, tal que muevan a respeto, mas no que con ella enfaden, a cuantos los están viendo. El jugar templadamente, que sea divertimiento, y no destruir las casas, como hacen los indiscretos; si acaso de noche salen, procuren dar buen ejemplo, y con prevenidas armas no escandalicen el pueblo. Con sus amigos, leales; con enemigos, discretos; con lodos muy cortesanos, v con mujeres, honestos. Esto deben ser los nobles, con otras cosas que dejo, porque el decirlas aquí es hacer de ellas desprecio; y así que yo, aunque indigno, nobleza al cielo le debo, hoy quise a mis enemigos.... No digas más, ya te entiendo, obligarles a tu amor con términos tan discretos: ha sido un hecho romano y acción tuya en efecto. Pero, ahora, si me escuchas, dejando esos cuentos viejos, sabrás cómo son los nobles de aquestos malditos tiempos. Andan con pasos muy libres donde hay placeres y juegos; beben bien, comen mejor, a costa del pastelero, pues tarde o nunca le pagan, que el pagar los caballeros lo que en sus gustos gastaron fuera milagro muy nuevo. De humildes nunca tratan, pues con locos pensamientos, vanos, como presumidos, ser quieren dioses del suelo. Que es ver un hidalgo hinchado con su cara de frenético, mascar todos los vocablos y hablar siempre haciendo gestos; que es verle arrojar un ¡hola! y si no responde luego, mostrar cara saturnina y reñir muy rostrituerto; que es ver salir muy galán a las fiestas, uno de estos, vistiendo a muchos lacayos y desnudando pañeros, pues llevándose la ropa y no pagando los precios, burlados, tristes y pobres, vienen a quedarse en cueros. Basten tantas necedades, que estás ya pesado y necio. Entrar quiero en la capilla. Muy enhorabuena, entremos; y si alguno preguntare, muy curioso y pedigüeño, los nobles, cómo han de ser, vaya a saberlo al infierno.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA La de Sajonia es hermosa, la de Polonia no es mala. Tiene bizarría y gala. y parece muy airosa. ¡Oh, si alguna le agradase y olvidase la Duquesa, para que mi muerta empresa otra vez resucitase! Que son muy bellas confieso; mas la hermosa Solodora, a quien solo el alma adora, es de hermosuras exceso. Solo se consagra a ella esta voluntad rendida; ella es mi norte, mi vida, mi buena, o mi mala estrella. Hoy despedir detemino aquestos dos casamientos; solo en ti, mi ángel divino, divierto mis pensamientos. Advierte, como prudente, que el juntarte con Polonia, o con la fértil Sajonia, es al reino conveniente. No puedo hacer otra cosa a ley de noble y honrado. ¿Cómo? Oye el dulce estado de mi fortuna dichosa. Ya sabes, Duque, y por tus ojos viste que amado merecí tiernos favores; ya sabes, que mi vida y bien consiste en el dichoso fin de mis amores. Ya sabes que gané lo que perdiste, sin pasar por desdenes y rigores; y ya sabes, que Solodora es solo de mi gusto y contento el firme polo. Sabrás ahora cuan dichoso he sido en llegar presto al amoroso puerto, donde sin ser de celos combatido, regalos gozo, que me tienen muerto; sabrás que fui llamado y escogido, y que con un sí, dulce concierto salido de entre puertas de corales, pagó su amor finezas inmortales. Yo, Duque, del temor desanimado, si bien favorecido altamente, de la luz de aquel cielo enamorado sus glorias deseaba sumamente; estaba por indigno, acobardado, aunique por sus favores, muy valiente, cuando entre temores y desvelos, mi cielo llueve amores y consuelos. Una noche, que para mí fue noche buena, estando de bien tanto descuidado, el premio merecí de tanta pena, como tu amor le causa a mi cuidado; en una carta de dulzuras llena, el gozo y el deleite vi cifrado, pues dando muestras mi bien de que me ama, para ser dueño de su honor me llama. Parto al momento, y por ausencia tuya con el Conde mis dichas acompaño; que antes que la ocasión ligera huya y venga en su lugar el falso engaño, es bien que amor con tanto bien concluya, porque después no llore el desengaño, que nunca la pereza dormidora amorosos tesoros atesora. Fuimos con pasos quedos y secretos por una puerta del jardín entrando, con temor de hortelanos indiscretos, que sus plantas tal vez están regando; estuvimos muy largo rato quietos, mis venturas temiendo y esperando, cuando en lo oscuro de ramas intrincadas. Contento, deseoso y atrevido, penetré el enredado laberinto, y de él, de una mano blanca asido, me vi librado en término sucinto; luego, en una hermosa sala fui metido, cuyo adorno y riqueza no te pinto, porque no hay humano entendimiento para alabar su encarecimiento. De ella pasamos a otra pieza oscura, donde el ángel que fue de este Tobías en brazos me dejó de la hermosura, serafín dulce de esperanzas mías. Yo, que dudaba mi tan gran ventura, besaba humilde aquellas manos frías, que la vergüenza helaba y encogía, y yo amoroso gozaba y encendía. Con requiebros y ternezas procuraba sosegar el temor que la oprimía, y ella, tímida, de mi amor dudaba, y ansí de vergonzosa, resistía; yo, más osado, vencerla procuraba; ella negaba lo que concebía; yo, entre tan dulcísimos combates, prometía amorosos disparates. Pero ella, tan firme como honrada, estaba siempre opuesta a mi deseo, hasta que quedar pudo asegurada, que solo es ella mi dichoso empleo; mi palabra le di, con fe jurada, que a los dos unirá dulce Himeneo; por do alentado, con tales confianzas, en posesión trocó mis esperanzas. No tiene amor regalos, ni dulzuras, caricias, contentos, ni ternuras, deleites, gozos, bienes, ni venturas, requiebros, gustos, dichas ni finezas, como entre rosas y azucenas puras, de su beldad, rendida a mis finezas, gocé, dichoso, entre apretados lazos, de bellos y tiernísimos abrazos. Ved, Duque, pues, si debo, como noble, cumplirle la palabra prometida, y si fuera vileza y trato doble engañarla y quedar mi fe rompida; en amarla he de ser firme e inmoble, cual roca de las olas combatida; Solodora es ya amada prenda mía, y ella sola ha de ser Reina de Hungría. A tales obligaciones debes fiel correspondencia. Despediré, con prudencia, excusando disensiones, a los dos embajadores que casarme solicitan; voy a escribir. Facilitan los imposibles mayores: amor, porfía y dinero. Ingrata, falsa, mudable, ya de tu ser variable, ¿qué más desengaño espero? En efecto, eres mujer, que es principio de mudanza a quien nunca el sol alcanza con su firme parecer. Un paje de la Duquesa, que en este punto llegó, aqueste papel me dio en esta primera pieza. Mándame albricias, y buenas, pues, sin duda, este billete a tu dulce amor promete contentos a manos llenas. Muestra acá. ¡Qué grave que estás; desde que con el Rey privas! ¡Voto a Judas, juro a cribas, que es lindo el porte que das! "Los favores del Rey os tienen olvidado de mí; merezca verme con vos, porque me importa la vida el veros y hablaros. La Duquesa Soladora.» Dile que a la tarde iré y que beso a Su Excelencia las manos. Y, con licencia, yo sin nada me quedé; A fe mía, que otra vez, pues me juegas esta treta, puedes buscar estafeta allá en Tetuán o en Fez. .que me importa la vida el veros y hablaros.» El saber si el Rey se casa debe importarle la vida; no temas, falsa homicida, que ya al Rey tu amor abrasa. Reina de Hungría serás; voy a besarte la mano con la cual, dueño tirano, hoy dura muerte me das. Picada estoy en extremo de que, libre y descuidado, esté ya de mí olvidado y helado cuando me quemo. Si tú le diste ocasión con los celos que le das, ¿por qué quejándote estás de su ingrata sinrazón? ¡Ay de mí!, que aquellos celos los fingí para venganza; pero él con falsa mudanza me paga amantes desvelos. Nunca digas mal del día hasta que le veas pasado; él vendrá, de ti llamado, y hará lo que hacer debía; dará mil tiernas disculpas, y tú, de amor convencida, has de quedar más rendida en vez de ponerle culpas. Confieso que la verdad me pronosticas, discreta; que es de amantes común treta riñendo hacer amistad. Un billete le escribí, y ya la tarde se pasa y no viene. Será traza, para vengarse de ti, mostrarse ansí desabrido y hacerse tanto rogar. No, que nunca suele estar amor y fuego escondido. Lo más cierto es que me olvida, pues corresponde tan mal. El tuyo es al mío igual, pues amas aborrecida. Yo por Federico muero, y él no estima mis cuidados; ¡ay de mí, si no es hurtados con que espero y desespero! Truéquese, pues, el amor y sea el Rey para ti, con que don Luis a mí no me trate con rigor. Señora, el Conde y el Rey. Ya tanto Rey me da enfado. ¿A qué vienen o qué buscan? Ellos dirán, pues ya entraron. Alegría de estos ojos, mi luz, mi bien, mi regalo, sin ti no puedo vivir, muero ausente de tus brazos; los olmos frescos y verdes nunca olvidan los abrazos de las vide amorosas, tiernos grillos de sus ramos; el mar dilatado y fiero parece que, enamorado, siempre a la arena da besos y está siempre en su regazo. De pintadas avecillas que le requiebran cantando la amigable compañía nunca deja el aire manso; todas las cosas, en fin, si crecieron y aumentaron fue por la amable unción, principio de bienes tantos. ¿Pues cómo quieres que viva dividido de tus brazos, separado de tus glorias y de mi centro apartado? Dame tus brazos, amores, que son todo mi descanso, mis contentos, mis deleites, mis gustos y mis regalos. ¿Qué es esto, señor? Teneos. ¿Vos, tan libre y despejado, perdéis el justo respeto a mi honor, que estimo tanto? No reparéis en el Conde, porque ya a él he fiado de nuestro amor los secretos. ¿Qué secretos ni qué engaños? Escucha aparte, mi bien. ¿Qué he de escuchar? Dueño ingrato, si, mudable, te arrepientes, con esta daga me mato. Señor, ¿vos tan descompuesto? Loco está de enamorado. Quiero reportar su enojo hasta que esté sosegado. Óyeme, hermoso prodigio. Ya estoy aparte escuchando, que deseo ver deshechos enredos tan intrincados. La tierra más buena y fértil, si la labradora mano no la labra y beneficia, produce espinas y cardos; mas si sus duras entrañas abren los corvos arados, como madre nos mantiene con sus frutos delicados; el agua puesta en su centro, que con montes levantados de embravecidas espumas amenaza a los humanos, una vez sujeta al leño, le suele dar libre paso y rompe el timón humilde sus cristales encrespados; el aire caliginoso que con piedras, truenos, rayos, suele ser cruel castigo de los cielos soberanos, que si una vez está quieto, suave, apacible y manso las cantoras avecillas piadoso tiene en sus brazos; el fuego que en el incendio ardiente, voraz y bravo, a carbones y cenizas reduce techos dorados, recogido en el brasero y a nuestros pies sujetado sirve de amigable lumbre contra el invierno erizado; pues si los cuatro elementos, con ser furiosos y bravos, tratados son apacibles, ¿cómo tú, hermoso tirano, después de hacerme tu dueño, después de favores tantos y después de haberme visto de tus brazos coronado me tratas con tal desprecio? Ya amores se te ha olvidado que me ganaron tus ojos cuanto soy y cuanto valgo. Ea, mi ángel bellísimo, mírenme tus ojos claros o quedaré muerto o loco de puro desesperado. ¡Oh lo que puede el amor animado del engaño! ¡Mueran con engaños te des! pues yo muero con agravios! ¿No te acuerdas que, dichoso, con tus brazos regalados de ti me vi sostenido sobre tu cielo estrellado? ¿No te acuerdas que fui abeja, pues del amor animado, hurté dos rojos claveles a tus olorosos labios? ¿No te acuerdas... Baste ya; ¿Estaislo acaso soñando? ¿De cuándo acá vos conmigo tenéis amorosos tratos? Quien con tan libres locuras se atreve a mi honor sagrado, quede para loco y necio y quede así castigado. También yo quiero escurrirme, que hay pesquisa en tales casos y examen muy riguroso. Adiós, amantes burlados. Corrida y suspensa estoy de ver, señor, que, engañado, penséis de mí tal bajeza; ¿vos conmigo tan liviano? Si acaso aquestos enredos habéis ungido y trazado, ¿por qué libertades vuestras se atreven a mi recato? Advertid que soy tan noble que en tiempos que mis pasados se cansaban de ser Reyes los vuestros eran vasallos. Pero aquesto no os importa; procurad, señor, casaros con Sajonia o con Polonia y no perturbéis mis pasos, que aunque yo Reina no soy, con lo que el cielo me ha dado vengo a estar tan satisfecha que no quiero reinos vanos. Ahora atino tu mal; habrante, mi bien, contado que me caso, y tú, celosa, ahora te estás vengando. Pues advierte mis amores, que yo por ti he desechado con desabrida respuesta a cuantos lo procuraron: tuyo soy, prenda querida, en ti vivo transformado, siempre fui, soy y seré sombra de este sol bizarro. Ausencias tristes me matan, tus celos me dan cuidado, tus ingratitudes, quejas, y tus mudanzas, agravios. Si la palabra te diere, y de mi mano he firmado, eternamente rompiere con pecho doble y villano. Ea, pues, dulce saeta, con que amor has traspasado este corazón, que es tuyo, cesen tus celos ingratos, renueva alegres memorias de los placeres pasados, que estos nublados de celos paran en lluvias de abrazos. De suerte corre, señor, vuestro gusto desbocado Queda el sentido suspenso. que huye del ya mi honor por no verse atropellado. ¿Qué honor, ingrata y mudable, cuando aqueste cielo airado, centro de humana belleza, tuve asido de mis manos? ¿Yo no te tuve rendida, V entre abrazos apretados no prometiste ser mía con pecho rendido y grato? ¿Tú no juraste ser mía y yo de tu amor pagado, a tus halagos fingidos no di el alma en aguinaldo? ¿Pues cómo ahora me dejas, de mi vida dulce encanto, privado de tus deleites v da pesares cargado? Vuélveme, mi bien, o de tu cielo un rayo acaben con la vida males tantos. Como queda el pretendiente que, después de haber gastado paciencia, tiempo y dinero, queda pelón y pelado; como el que sueña un tesoro que después de despertado, solo de aquella riqueza los deseos le quedaron; cual queda el que el agua débil asir pretende a puñados, que por más que apriete y cierre, quede sin nada y burlado; como queda el cazador que después de haber cazado al ligero pajarillo se le va de entre las manos, y cual queda el pescador que después de haber pescado las fugitivas anguilas de la red se deslizaron, así quedamos nosotros, corridos como espantados, dudando ya de nosotros, si en piedras nos transformaron. Lo que yo tengo por cierto es que envidiosos engaños de don Luis de Baviera nuestras damas hechizaron. Lograr quiero la ocasión, y para ser más privado. hacer que el Rey le aborrezca con este engaño que trazo. Quiero ver lo que me quiere, pues a enviar me ha llamado por este breve billete. El Rey con el Conde hablando; por no dar celos al Rey me escondo entre estos damascos, pues están tan divertidos que no han visto cuándo he entrado, ¿El Duque, siendo tan noble, procediera tan villano? Envidia y celos, señor, ¿qué maldades no inventaron? No dudes, yo lo sé bien, Elena me lo ha contado; envidiando nuestros bienes, celoso, las ha hechizado. ¡Oh, traidor!, ¿así me pagas el haberte yo encumbrado en este puesto que ocupas? ¿Los nobles son tan ingratos? Vamos, Conde; si averiguo que el Duque sea culpable, por vida de Solodora, que le costará muy caro. ¿Qué he de hacer? Sabré lo que es, sabré qué accidente ha dado a la Duquesa; mas no, que es muy sospechoso el caso; volvereme, y al traidor que mi libertad ha infamado cortaré la infame lengua autora de tantos daños. ¿Que el Duque .se fue de aquí desabrido y disgustado, colérico y enfadado? Sí, .señora, yo le vi, y en su rostro lo he leído, que del Rey está celoso y de ti se va quejoso. Siempre desdichada he sido. ¡Ay de mí, por él me muero cuando de mí se retira! Que es tuya la culpa mira, porque es noble caballero. Y aunque por ti se abrasa, claro está que ha de espantarle, y de tu amor retirarle ver tanto al Rey en tu casa. ¿Pues cómo puedo excusar que el Rey me sirva y visite, me persiga, solicite y procure enamorar? Con privarle de tus ojos, con negarle tu favor, con tratarle con rigor, y con darle siempre enojos, podrá ser te aborrezca; pero si en vez de rigores le entretienes con favores, no es mucho que su amor crezca; porque aunque son fingimientos, aunque, celosa, le engañas, él no ve tus pensamientos. Ya una traza he pensado para que el Rey me aborrezca y yo de don Luis merezca la mano que he deseado. Ten buena cuenta en tu honor y venga lo que viniere. Si algo me sucediere disculparame el amor. Vendrás conmigo mañana a palacio, do has de ver lo que sabe una mujer, cómo finge y cómo engaña. Vamos; pero advierte bien de qué embelecos te fías. Hoy vencerán mis porfías la ingratitud y el desdén. Soy vuestro amigo, y en lo justo de obedeceros y serviros gusto; pues lo mandáis, salgamos norabuena a divertir al campo vuestra pena; que, en verdad, que el corazón me pasa ver que con vos la fortuna sea escasa; cuando os da honras y riquezas os carga más trabajos y tristezas. ¿Qué queréis? Toda la gloria humana es humo, es sueño y sombra vana; vámonos poco a poco paseando, verdades puras os iré contando. De mí podréis fiar todo secreto. En todo procedéis como discreto: unas quejas comunicaros quiero, cuya verdad averiguar espero. Mi honor, mi vida y cuanto tengo, como amigo leal por vos prevengo; no reparéis, fiadme vuestro pecho, pues de mi amor estáis ya satisfecho. Para ese fin al campo os he sacado; venid, sabréis mi cuidado. Esta es la hora de audiencia; ¡hola!, abran esas puertas; estén patentes y abiertas; haya general licencia para el pobre y para el rico; huya la envidia y malicia, que en los actos de justicia es igual el grande al chico. Eso es reinar, y cumplir con la obligación de Rey, es justa y precisa ley el remediar y el oír de sus vasallos las quejas, que por eso al rey pintaron los que aquesto me enseñaron rodeado todo de orejas. Pues tantas orejas tienes, ¿hay alguna para Alano? O si no, diré que en vano tantas orejas previenes. Justicia, Rey y señor, de la viuda engañadora, que gime, suspira y llora, cuando es un jardín de amor. Justicia de los letrados, que encubriendo su malicia, vuelve en caña la justicia y pescan lindos ducados. Justicia del caballero, que liberal quiere ser en el jugar, y comer de milagro y sin dinero. Justicia pido de aquellas que siempre juegan al hombre y aborrecen hasta el nombre de esto que llaman doncellas. Justicia de unos fingidos, que con cara de santones, son desvelados ladrones, con ojos medio dormidos. Justicia contra el farsante, que es caracol de las fiestas, con toda su casa a cuestas y sus dos puntas delante. Justicia contra los trajes, que ya en el mundo se usan, pues emborran y empelusan, como si fueran salvajes. Justicia... Baste ya, necio, tu libre bufonería; que de la justicia mía parece que haces desprecio. Si otra vez, con estas veras mezclas esas burlas vanas, yo... No más; que si varias esas voces verdaderas pues por ti tan mal cantaron, ya muy cartujas serán, y nunca más cantarán, pues cantando te enfadaron. Tres mujeres, que tapadas deben tener la vergüenza, piden amparo y defensa, tristes y desconsoladas. Federico invicto, el que justiciero llaman: oye los agravios míos, acreditados con lágrimas. Yo soy una mujer triste, de noble sangre y prosapia, que de un poderoso injusto pido a tu poder venganza. Yo, de amor, tirano cruel. que es de inmensos males causa la ociosidad, o bien ya virtuosamente ocupada, o ya contenta y alegre, por bosques, valles, montañas, persiguiendo diligente la más fugitiva caza, o ya, con más sano acuerdo, más quieta y más retirada, atendiendo, cuidadosa lie las amorosas ansias, ignoraba los rigores, y de amantes me burlaba. Pero el envidioso amor de la quietud que gozaba, con las flechas de unos ojos me enciende y abrasa el alma; resistía yo al principio el incendio de su llama, mas en mujer, resistencia dura lo que el fuego en agua; y así, vencida de ruegos, con promesas obligada, le di lugar una noche a que en secreto me hablara. ¡Oh, mal haya la indiscreta, atrevida y temeraria, que da ocasión al amor, pues abre puerta a su infamia! Hablóme, al fin, atrevido, y con tan vivas palabras encareció sus deseos, que cauteloso me engaña; palabra me dio de esposo, y yo, por fácil culpada, escuche vanas lisonjas y creí promesas falsas; de mi jardín, en efecto, cogió la flor mal guardada, y ahora, ingrato y villano, me deja triste y burlada; justicia pido, justicia, de un vil traidor que me infama sin que le valga el sagrado, señor, de vuestra privanza. Decid quién es, que yo os juro por la cruz de aquesta espada, que él perderá su cabeza o cumplirá su palabra. Es el Duque de Viena, y yo la parte agraviada. Ahora tengo por cierto que estáis, Duquesa, hechizada, pues solo a fuerza de hechizos con locuras tan extrañas, turbaros puede el juicio. ¡Oh, vil Duque! ¿Qué marañas son éstas, cielo divino, que para mi muerte trazas? Sosegaos, Solodora, mirad que estáis engañada, y que de vuestro jardín cogió la flor deseada otra mano, en quien sé yo que está más bien empleada. ¡Hola!, ¿qué se ha hecho del Duque? Él y el Conde esta mañana solos al campo salían. Sin duda, el traidor le mata; venga la guarda conmigo, y hacia donde caminaban nos guiad luego, Marqués. Quien sirve, obedece y calla; quiero seguir el tropel, que temo alguna desgracia no llueva sobre nosotros, pues la envidia se declara. Elena, Diana, ¿qué es esto? ¿El Rey ansí mi honor trata? ¿Ansí me dejan todos, abatida y afrentada? Matareme, vive el cielo; lazos para mi garganta serán estas manos propias, para no ver tanta infamia. Mas no; vivir quiero, y ver en qué mis desdichas paran; sigamos al Rey, venid, que si hay tormenta, hay bonanza. Buscar tan secreta parte casi sabe a desafío, y en verdad lo sospechara a no ser tales amigos. ¡Ay, traidor, y cómo finges! Sin duda el Duque ha sabido que le voy descomponiendo, y quiere reñir conmigo; mas no importa, valor tengo; aquesta espada que ciño también, cual la suya, corta; ánimo corazón tímido. Conde, bien sabéis que yo siempre fiel amigo he sido, y que vuestro bien y aumento procuraba más que el mío; pues con oír una noche, en cierta parte escondido, traiciones contra mí, hijas de ese pecho inicuo, por venceros y obligaros os di mis propios oficios, pensando que del ser noble sigue el ser agradecido; mas vos no lo debéis ser, pues ingrato y fementido, ayer dijisteis al Rey que yo me valgo de hechizos, envidioso de que goce los bienes que he merecido. Mentiste como villano, vil, lisonjero y fingido; y ansí, pues pagas tan mal y eres árbol infructífero, a quien en vano, piadoso, yo cultivo y beneficio, hoy, que al discreto hortelano en aquesta acción imito, quiero cortar ese tronco inútil, vil y perdido. La defensa es natural, vos el traidor habéis sido. La respuesta son las obras, que a este acero remito. ¡Ay de mí, que tropecé, y tropezando, he caído! No temáis; que la nobleza sabe levantar caídos. Ahora que estáis en pie, tomad nuevo aliento y brío para esperar a la muerte, que ha de ser vuestro castigo. Advertid, Duque arrogante, que Dios humilla al altivo, Advertid, Conde cobarde, que Dios castiga ofendido. Alentadamente riñe; ya temo quedar vencido, porque la razón le ayuda y tiene valientes bríos. |Ah, pesar de mi desdicha, rabiando estoy y corrido! Cobrad la espada, cobradla, y ved que estos son avisos de vuestra vecina muerte. Para vencer y rendiros, aquesta daga me sobra; lo que una vez he perdido, con infamia no se cobra. Ni yo con ventaja riño; con esta daga os daré el castigo merecido. Mis traiciones me matan; muerto soy, ya estoy rendido; muy justamente os vengasteis, solo confesión os pido. Ahora que me confiesas tu maldad, arrepentido, seré con ánimo noble piadoso y compasivo. Ya las heridas te aprieto, y sobre mis hombros mismos te he de llevar a curar, por que haya ejemplo vivo de cómo han de ser los nobles piadosos con los rendidos, si con los soberbios fueron honrados y vengativos. ¡Ah, traidor!, ¿yo no lo dije? ¡Hola, prendedle!, ¿Qué digo? Yo, señor, soy el culpado, porque el Duque ha procedido como honrado y como noble; todo lo que de él he dicho ha sido envidia y traición. Está más muerto que vivo, y así, como cristiano, hoy perdona a su enemigo. Él hace lo que le toca; yo también al atrevido causa infame de estos males. castigar sabré atrevido: ¡Ah de la guarda, prendedle! Harto he callado y sufrido, descubrir quiero el engaño. Humilde, señor, os pido no castigues inocentes por culpa de engaños míos. Mujer, ¿quién eres? ¿qué quieres? Diana soy, Federico; este anillo y esta carta os confiesan que yo he sido quien de vos enamorada, Solodora se ha fingido, y con firmas de mi hermana engañaros he podido. Ella, para otros fines, las firmas con que os he escrito solía darme, engañada, mas yo, con pecho rendido, solo en vos las empleaba; si amor siempre ha merecido disculpa en los pechos nobles, merezca disculpa el mío; cumplidme, Rey, la palabra; cobre yo mi honor perdido, y porque me deis más crédito, tomad aquestos testigos que la noche del engaño (vos de dulce amor vencido), me disteis con mil ternezas, con lágrimas y suspiros. Basta, convencido estoy, y porque quede cumplido como vos lo deseáis, esta es mi mano, aunque indigno. La Duquesa dé la suya al Duque. Yo sola he sido quien ha de quedar burlada, pues al Conde, que está herido, engañé, fingiendo que era Diana, y a lo que he visto, no hay orden, traza, ni modo de que sea mi marido. Pues sé que eres noble, Elena, voto hago yo de cumplirlo, si Dios vida me concede, de casar luego contigo. Una esclava en mí tendréis, que os regale, dueño mío. Y yo soy muy venturoso, pues el autor no ha querido que hoy sirviese de costal para su quebrado vidrio; a Dios gracias, que un lacayo sin casarse haya salido, contra la común costumbre de cómicos artificios. Y aquí da fin la comedia, no el deseo de serviros.