Texto digital de No amar, la mayor fineza
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Zabaleta
- Atribución estilometría
- Juan de Zabaleta Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de No amar, la mayor fineza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-amar-la-mayor-fineza.

NO AMAR, LA MAYOR FINEZA
JORNADA PRIMERA
En esta galería, hija Rosaura, dulce prenda mía, que registra del mar esa campaña ya en quietud grave, ya en inquieta saña, siendo de ambas maneras su figura ya horror gustoso, ya apacible holgura, en esta sala, donde en los espejos hacen las ondas túmulos reflejos, en cuyo vidro fiel, que las traslada, el pez se ve nadar, que en ellas nada y que es muy deleitoso te aseguro, mirar un pez movible en cristal duro aquí donde divinos los pinceles con las pinturas se mostraron crueles, pues que con elegancia desabrida les quitaron la voz dándoles vida, lisonja tan discreta como suya a mi grandeza hecha y a la tuya, pues, fue, según entiendo, porque no hiciesen juntas mucho estruendo. En esta, pues, estancia deleitosa, con maña artificiosa contigo hablar intento ciertas materias de tan gran momento, que ninguna mayor tiene mi estado, y así a tan dulce puesto te he sacado por si saliere hablando algo penoso que lo enmiende del sitio lo gustoso. Ya sabes, Rosaura mía, que tu madre que Dios haya murió de haber tú nacido no culpa tuya, desgracia. ¿Y las desgracias, señor, no atormentan? Sí, Rosaura. ¿Ves cómo ya es menester a la primera palabra echar mano de un recreo de los de esta hermosa estancia? Mira aquella pintura, atiende agora, que bien copiada en ella está la aurora y, aunque de la noche nació bella y su madre murió de nacer ella, como no se halla en esto ella culpable, está alegre, risueña y agradable. Digo, pues, que en este tiempo, viéndome duque de Hircania mis vasallos, y viudo, sin varón que me heredara, mil novias me propusieron que en la sangre me igualaban, cualquiera de ellas hermosa tanto como necesaria, Mas yo, que solo quería aquella que me faltaba, porque ella me llevó el gusto, ninguna admití de tantas, bien que esta acción que refiero, si en la verdad se repara, más merece como fina que como cuerda alabanzas. Fuiste, Rosaura, creciendo y de tal suerte arrebatas el amor de hija que sin hechizos me hechizabas. A mi pena o mi opinión le dabas segunda causa con el cariño halagüeño, más gustoso con la infancia. Tantos amores me hacías, tanto en efeto me amabas que por no salirte ingrato no quise darte madrastra. Quísete más, porque quise que aqueste estado heredaras, que no se satisfacía tanto amor con menor paga. También en aquesto, hija, tuve política errada, pero dos pasiones grandes bien una disculpa labran. Con este embeleso fue mi vida entrando en las canas y ya las canas me avisan de que mi vida se acaba. ¿Lloras de oírlo? De oírlo no, mas se me asusta el alma. Ea, algún divertimiento en este pesar te valga. Mira ese espejo, a quien melancolía le causa ver que se envejece el día, que es padre de la luz, que vida es suya, mas, retratando la hermosura tuya sus cóncavos fingidos, alegres quedan, como están floridos; mírate en él y alégrate gloriosa de verte en sus cristales tan hermosa. Casarte, en fin, determino, que no es bien quede fiada esta acción a quien con menos amor pueda ejecutarla. Nunca te he hablado en esto porque mi afición es tanta que, casándote, creía que menos hija quedabas, mas, ya, hija, que es forzoso, quiero saber si te agrada aquesta resolución que empecé para acabarla. Padre y señor, la obediencia es virtud muy descansada, pues no se cansa en pensar qué tal es lo que le mandan. Quererlo vos y creer yo que es lo mejor se enlazan tanto entre sí estas dos cosas que no hacen número entrambas. ¡Con qué razón te he querido! Bien haya la voz, bien haya, que en el corazón de un padre glorias sabe hacer tan altas. Desde hoy trato de elegirte esposo donde tu alma pase su amor y obediencia, para mí dulces alhajas. Pues ¿que, señor, a quien diere mi mano, de vos mandada, he de amar y obedecer más que a vos? Sí, mi Rosaura. Ya de haber dado me pesa de obedeceros palabra. Tercera vez se me aflige y ya no sé qué me haga. Rosaura, el mar se altera, una ola se rompe en otra, fiera. Si las señales de su enojo sumas, no las podrás errar por las espumas, mas tu enojo te sea desenojo, pues que no tiene en quién quebrar su enojo. No, señor, pues por detrás de aquella peña rasgada salen dos hombres asidos a la inquietud de una tabla. Es verdad. Dios os asista. Alguna nave quebrada entre esas peñas arroja sus huéspedes en el agua. ¿Que ahora no haya en esta orilla siquiera una sola barca? Las olas los van trayendo entre sustos a la playa. Bajemos a recibirlos, hija, por aquesta escala de palacio, a quien el mar el último escalón lava. Vamos, porque les estorba tomar tierra la resaca. ¡Favor, cielo divino! ¡Tierra, mi Dios, y tierra en que haya vino! Las olas nos impiden o difieren tomar la arena. ¿Para qué la quieren? Del agua los estorban los reflujos. Aténgome del cielo a los influjos. A la orilla me anego. ¡Qué tormento! ¿Que no haya en esta orilla ni un sarmiento? Asidos, hijos. La piedad lo manda. A ese báculo vos. Vos a esa banda. Ya tenéis con las olas menor guerra. ¡Válgame el cielo! ¡Válgame la tierra! Ya, mancebo generoso, oprimís segura playa, juntad a esa poca vida la que allá os tienen las ansias. Cobrad el aliento, hijo. ¿Cómo así el valor desmaya? No le deis dentro del puerto la victoria a la borrasca. Alzad del suelo. Animaos. ¿A quién debo merced tanta? ¿A quién esta vida debo? A mi piedad. A mis canas. Claro está que había de ser quien al mar amedrentara una deidad. (Pero, cielos, ¿si es sueño lo que me pasa?) Bien hayan las canas que parten el valor que guardan. Luego hiciera esto una vieja... ¿Aun del todo no cobrada tienes la vida y murmuras? Es que las viejas me cansan. Dónde estoy saber deseo. Una peña me maltrata. ¿Qué es? Que para bodegón es muy alta aquesta casa y fuera hallarle gran dicha aquí a la lengua del agua. Esta tierra que pisáis corte del duque de Hircania; este que veis, su palacio. ¿Y vos quién sois? Es Rosaura mi hija y yo soy el duque. Dadme, señor, esas plantas. Dadme, señora, esos pies, que será no darme nada. Ya entendéis el conceptillo. Alzad. Famoso humor gasta. Levantaos, gallardo joven. Mejor a esos pies estaba. (Qué buena presencia tiene. Si su sangre no es muy clara, muy bien sabe falsear heroicas señas la maña.) ¿Qué hora será? Son las cinco. Hora fatal. ¿Por qué causa? Porque está a medio hacer la cena. No se os dé nada. Decid, mancebo, ¿quién sois? Ya nueva angustia me asalta. El gran duque de Moscovia en la galería os aguarda, gran señor, que de camino por aquesta corte pasa. Vamos, hija; a recibirle. Lucindo, a vos se os encarga que alberguéis y que vistáis con mano piadosa y larga esos dos hombres, a quien maltrató del mar la rabia. Dios os pague el beneficio. San Martín le dé su capa. Cella, si piadosa eres, esos dos hombres regala. ¿Que le deba yo la vida a la que me admira el alma? Hasta que haya de comer el naufragio no se acaba. ¡Estremada galería, Orozuz! Tan extremada que el pasar de aquí es locura. Yo no solo con mis armas, mas con cuantas juntar pueda mi autoridad y mi maña he de ayudar a Cristela, infelicísima hermana del rey de Numidia, que la tiene tan injuriada que fugitiva se oculta pobre en regiones estrañas. ¿Y tú sabes dónde está? No, pero, cuando la fama diga que le he quitado con la vida la dorada corona a su hermano, es fuerza que a la luz pública salga a decir cómo le toca aquel reino por su falta. Finísimo don Quijote, dejemos estas andanzas, volvámonos a Moscovia, mas el duque llega. Calla. ¿Vuestra alteza aquí, señor? Ahora es palacio mi casa. Para no errar el camino, vengo a ver si algo me manda vuestra alteza. Llega, hija, saluda al duque. A esas plantas está quien es vuestro esclavo. (No vi hermosura tan rara.) Sea, señor, vuestra alteza muy bienvenido. El que alcanza la felicidad de veros con buena suerte se halla. Vuestra alteza dé los pies a Orozuz. Aquesta planta es para el pecho mejor. ¿Qué haces, mentecato? Aparta. No quiero, que gusta el duque de retozarme. De chanza está siempre este criado. Perdonadle la ignorancia. Dadme, señora, la mano, y no es boda. Vuestras gracias, si no boda, son holgura. La princesa es discretaza. Hoy en dos dichas sin duda se empieza alguna muy alta para mí. Y es la primera, no la de más importancia, haber llegado dos hombres náufragos que de una vaga tabla embreada pendientes cualquiera orilla tomaran a aquesta orilla del mar que el pie le besa a este alcázar y perecieran en ella, porque las olas tan bravas contra la tierra venían y a morderla se arrojaban con tal furia que parar era imposible allí nada. Vímoslo Rosaura y yo, bajamos por esa escala y los sacamos asidos a un báculo y a una banda. La segunda dicha es, y la que augusta se alarga a prometer mucho bueno, haber pisado esas plantas aquesta casa, que humilde a serviros se consagra. Heroico pecho es el vuestro, muy grande envidia me causa, pues con dos dichas ajenas una dicha propia labra. ¿Los náufragos quién son? No les preguntamos nada, como los pobres venían llenos de asombro y de agua, ahora se están reparando; en estando sosegada su turbación, lo sabremos. Una labradora aguarda licencia de entrar acá. Ya he mandado que la entrada a ninguno se le niegue. Yo, señora, esta mañana cogí en el huerto estas flores que brillan luz matizada para hacer un ramillete que ofreceros y, aunque varias veces le empecé, ninguna salió como deseaba y así traigo aquí las flores sueltas, que mezclan fragrancias para que me deis licencia de hacerle por vuestra cara, que con eso quedará digno de esas manos blancas. La lisonja os sale buena cuando el ramillete os falta. Estremada labradora. Con qué donaire, qué gracia los jazmines estarán junto a las rosas tempranas si las rosas y jazmines con al donaire se hermanan, que los jazmines y rosas en vuestro tez se barajan. Aunque el traje es labrador, la lengua es muy cortesana. Entretened la princesa mientras el duque acompaña mi alegría donde pueda descansar de su jornada. Vamos, sabréis vuestro cuarto. (Orozuz, de aquesta casa no he de acertar a salir.) (¿Parece bien la Rosaura? Pues la labradora a mí me está pellizcando el alma.) Vamos, señor; adiós, hija. Yo voy a hacer lo que manda vuestro padre. Perdonad del hospedaje las faltas. La labradora es famosa, voy a la calle a aguardarla. Celia, ¿sabes cómo están los hombres que arrojó el agua? El uno está allí comiendo con más priesa que se rascan seis sarnosos a la lumbre, comiendo está el otro a pausas muy callado y muy suspenso, con gravedad más tirada que un mercader en su tienda. Como esa es gente de vara, tienen grande autoridad. ¿Y diéronles ropa blanca y vestidos? Sí, señora. Vuelve y mira si les falta algo. Así tengas salud. Voy a hacer lo que me mandas. Nunca entendí que tenías tan piadosas las entrañas. Y vos, bella labradora, que en flores queréis fingirme, ¿qué es lo que queréis pedirme, que entráis tan aduladora? Decid, que mi afecto ofrece cuanto por vos pueda obrar porque quien sabe adular hace creer que merece. ¿Estáis sola? Retirada mi gente está. Cosa es cierta. ¿Queréis cerrar esa puerta, por quien sois? Ya está cerrada. Ya empiezo a deberos mucho. Por instantes se mejora mi voluntad. Pues ahora escuchadme. Ya os escucho. Hermosísima Rosaura, con tal certeza divina que estáis convirtiendo en cielo cuanto vuestros ojos miran, yo soy Auristela, hermana de Astolfo, rey de Numidia, puede ser que haya llegado a vos de mí la noticia y, si no, en aquesta parte es también mi suerte esquiva, pues en mí sola no habrán hecho fama las desdichas. Apenas entró mi padre a reinar cuando enemigas armas le quitan el reino y le aventuran la vida. No era mi padre mal rey, mas las vitorias altivas con las estrellas se ganan, con las armas se litigan. Hallose pobre y sin reino, mas no se dio por vencida su altivez y auxiliares armas feliz solicita. Juntó ejército copioso con que pudo en pocos días volver a su heroica frente la corona ya perdida. En rey que el valor conserva ninguna pérdida aflija, que es señal que quiere el cielo volverle lo que le quitan. Viendo, pues, mi heroico padre que la corona en que brilla por derecho de la guerra ajeno fue de justicia y viendo que ya era suya por aquesta razón misma, como poseedor primero quiere hacer leyes distintas. Ordena en su testamento que, si al tiempo que moría algún rey de los que de él fueren siguiendo la línea, hubiese hijos y hermanos sucedan por ley precisa los hermanos sin dejar a las hembras excluidas. Heredó mi hermano Astolfo y, viendo que preferida soy a sus hijos, me cobra fiera y mortal ojeriza. No quiso matarme luego, mas con razones fingidas en una torre me prende que un campo desierto pisa. Diome sola una criada, pero guardas infinitas, mandando que de una aldea me llevasen la comida. En aquesta prisión dura infelizmente vivía, en suspirar solamente, y en llorar entretenida Trajéronme el alimento, como otras veces, un día y al plato que me pusieron dio en ladrar una perrilla. No hice caso de su enojo y, al llevar inadvertida al labio el bocado, ella mi incauta mano mordía. Pensé que lo hacía de hambre y con agradable risa le puse al margen del plato lo que en la mano tenía, mas el sabio animalejo del bocado se retira y solo para injuriarle cobardemente se anima. Mi criada, que atendía lo que el animal hacía, a otro animal que halló cerca le pone el plato advertida. Apenas el bruto hambriento comió de lo que allí había cuando mortalmente inquieto cayó en la tierra sin vida. De vergüenza aquí no lloro, porque me aflige y lastima que un animal inocente muriese por causa mía. Viendo, pues, que no había instante ya sin riesgo en la malicia de mi hermano, me resuelvo a huir de su tiranía. Mi criada y yo, diligentes, de vestidos y cortinas fuimos formando una cuerda yendo añudando las tiras. Todas las guardas entonces, creyendo que es la más fina guarda la luz, de los rayos ardientes del sol huían. Descuidados en la torre estaban, que no sabían sin duda que hay en los males alguna parte divina, pues siempre al que los padece tanto el ingenio le avivan que, pasándose de humano, piensa cosas peregrinas. Pareciome que era aquella la hora más a la medida de mi intención y desciendo por la cuerda sin ser vista. Aguardaba a mi criada, pero ella desde arriba me dio a entender que las guardas ya de la torre salían. Corrí animada hacia un monte donde la tierra cubrían de tristes y escuras sombras alegres ramas lucidas. Buscaba dónde esconderme cuando de agua fugitiva oigo delicado estruendo, sin ver en dónde corría. Encamino la atención y ofrécesele a mi vista, en el pecho de una peña que crecido poco había, una rotura no grande, con semblante de benigna. Introduzgo en ella el rostro y veo que en ella hacía el agua, que me llamaba, el ruido de mansa risa. Vi también un risco grande, aunque sin luz me ofrecía, para tiempo no muy largo acomodada acogida. Admito la muda oferta y, de medrosa, atrevida por la rotura me entro no sin alguna fatiga. Allí con hierbas y agua entretuve nueve días la vida, que se dejó engañar de agradecida. Pareciome que con menos ansias ya me buscarían y determiné dejar aquella calma sombría. Era mi vestido oro hilado y seda tejida, traje que me descubriera caminando a pie y mendiga. ¡Ah, Dios, cuál debe de ser de infeliz y de exquisita desventura aquel a quien es la riqueza desdicha! Dejé del vestido, pues, la parte menos precisa, rompiendo adrede la otra y haciéndola deslucida. Llegué a un lugar mendigando y a una labradora rica que en un patio grande estaba pedí limosna encogida. Mirome y un breve rato se suspendió pensativa y luego me dijo afable que fuese con ella arriba. Metiome en un aposento y, sin que nadie la asista, este vestido me dio y ropa de lino limpia. Sacó luego en una bolsa, de hechura poco prolija, muchas monedas de oro y me la dio compasiva. Despediome cortésmente, formando todo un enigma, mas, si ella me conoció, no se dio por entendida. Política discreción, pues en la voz indecisa fue con su rey inculpable, conmigo caritativa. Menos ya desconsolada, pensé de quién me valdría y en el duque de Moscovia puse al instante la mira, porque me dicen que es de condición muy altiva y que con las sinrazones tiene su espada ojeriza. Llegué a su corte, mas soy tan infeliz que se había partido de sus estados, sin decir adónde iba. Halleme desamparada, sobre triste, fugitiva, y lo que es más, de un injusto hermano y rey perseguida y, viendo que lo más pronto que la suerte me ofrecía, erais vos, porque Moscovia con este Estado confina, me determiné a valerme de la piedad, que escondida es fuerza que esté en la sangre que en vuestras venas habita. Y así, llena de aflicción, a vuestras plantas rendida os suplico me amparéis, porque con eso se libra mi corazón de pesares, de grandes riesgos mi vida, de miserias este cuerpo, su inocencia de injusticias y, con eso, mi fortuna palaciega y entendida por solo lisonjearos hará a su pesar mis dichas. Vuestra alteza no esté así, y crea que me lastiman tanto sus males que solo puede aliviarme su vista. No os desconsoléis, señora, ya tenéis contra las iras de vuestros hados severos de mi pecho las caricias. Yo a mi padre le diré quién sois. No, por vuestra vida, porque ha de querer valerme con pública gallardía. Es mi hermano poderoso, de condición vengativa, y puede ser que convierta contra él sus armas inicuas y, dado que esto no sea, el obligarle a que asista a mi persona con gastos, que en mi sangre no se evitan, y no es hacerle agasajo. Pues ¿en qué queréis que os sirva? Quiero que me hagáis merced de decir que la osadía de entrar aquí con las flores, por carecer de malicia la lisonja, tan en gracia os cayó que, agradecida, queréis que en palacio quede. A obedeceros se obliga quien os oye. Así lo haré, recompensando advertida al título de criada en agasajos de amiga. Un escrúpulo me queda. ¿Cuál es? El de ser creída, como no traigo instrumentos que mi verdad certifican. Quien dice que tiene sangre real de esa duda libra, que para engañar en tanto es cobarde la mentira. Y aun a mí se me olvidaba una cosa harto precisa: sabed que el que con mi padre salió de esta galería es el duque de Moscovia, que de paso una visita quiso hacerle porque va de camino. ¿Y va deprisa? No lo sé, pero presumo que le detendrá unos días mi padre por festejarle. Discurrís como entendida y, habiendo de ser así, dejemos que el tiempo diga lo que en esto hacer conviene. Si las estrellas os dictan los aciertos que os deseo, ya no hay que temer desdichas. Por que los deis, hermosura, es fuerza que en todo os sirvan. Vamos, discreta Auristela... Vamos, Rosaura divina... .a que vivas sin zozobra. .a que desde agora viva. Vestido estás con decoro. Tú, galán. No es maravilla, que yo con cualquier cosilla estoy como un pino de oro. No es tu estrella muy impía. Pues ¿por qué alabas su influjo? Porque el naufragio te trujo donde la nave venía. No soy a mi estrella ingrato. ¿Acordósete quitar al jubón con que del mar salí a la playa el retrato? De quitarlo me acordé, y no solo del jubón, sino de la guarnición de diamantes. ¿Para qué? Para venderla. Tú vienes a matarme a herida franca. Pues ¿hemos de estar sin blanca? Alguna justicia tienes. ¿La lamina dónde está? En un papel encerrada debajo de la almohada de tu cama. Vuelve allá y tráemela luego aquí. (Ya de locura mejora.) Pues ¿qué falta te hace ahora? ¿Quién te mete en eso a ti? Señor amo endemoniado, aunque la pasión le sobre, acuérdese que está pobre y mande con más agrado. Que entre debiendo la vida a la que pudo traerme de aqueste hermoso palacio a venerar las paredes... ¿No basta lo que los ojos a su hermosura le deben sin que a más obligaciones noble el alma se sujete?, mas de Hircania el duque sale a estos jardines alegres, por si es lugar prohibido, será cordura esconderme. Roberto, haced prevenir cuantos festejos pudiereis, que quiero festejar mucho a tan generoso huésped, haced que músicas varias estén prevenidas siempre. Vuestro cuidado, señor, en mi cuidado sosiegue. Id con Dios. Todo estará de manera que os contente. Que el duque está más despacio que traía me parece, puede ser que, como es soltero, en casarse piense con Rosaura y, en el tiempo que darle esposo pretende mi afición, me está muy bien el que un hombre como este en ella ponga los ojos, que sus estados exceden a los míos en riqueza y, uniéndose ambos poderes, serán mis nietos señores de quien todo el orbe tiemble. Y, fuera de esto, hay lugar de mirar si es conveniente su condición al cariño que el matrimonio requiere. Quiero entrar por el jardín a su cuarto, pero él viene. Orozuz, yo he de fingir ocasión de detenerme. Pues ¿que de favorecer a Auristela te arrepientes? No, mas por cartas haré que estos príncipes me presten sus fuerzas. Señor excelso, ¿tan temprano no se duerme?, ¿vos no estáis muy bien hallado? Sí estoy, señor, mas suceden (ahora el detenerme entablo) algunas cosas a veces que no dejan sosegar. Pues ¿qué agora os acontece? Señor, una labradora que a formar un ramillete entró ayer aquí, ¿sabéis dónde está? No ciertamente. Quítate allá. Con mi hija quedó y no sé que se hiciese. Ya os he dicho que Orozuz es loco. A mí me entretiene. (¡Vive Dios que no ha salido y que es como unos claveles!) Digo, señor, que he tenido unas cartas que suspenden mi viaje algunos días y es preciso que me pese seros estorbo y fastidio. ¿Y cuánto tiempo os parece que será la detención? Yo presumo que dos meses. Pues con una condición, si queréis, seréis mi huésped. ¿Y cuál es? Que habéis de estaros seis meses aquí. No puede negar la obediencia quien obligación ve tan fuerte. (Lo que deseo me manda.) (Lo que apetezco obedece.) (Yo pienso que ambos se huelgan según lo que se convienen.) Vamos por estos jardines, que su hermosura divierte. Mas ¿quién está aquí? Yo soy, señor. El náufrago es este, huélgome que estéis aquí, que es fuerza el duque se huelgue de ver al que dio la vida con lástima diligente Rosaura. (¿Si es ilusión lo que miro? Aun no lo cree el alma.) ¿Quién sois, mancebo feliz y infeliz? Advierte, esta lámina que a ti te copia infaliblemente del náufrago hallé en el lecho. Bien dices, mi rostro es este. La princesa... Mi Rosaura... No imaginé que estuvieseis acompañado y por eso entré en el jardín. Mi suerte fue la que os hizo el engaño por que yo dichoso fuese. (Mientras más la miro, más mis admiraciones crecen.) (¿Quién será este navegante que con mi retrato viene?) (Auristela, ese es el duque de Moscovia.) (Es excelente la persona.) Yo colijo que debió de parecerte la labradora muy bien, pues que contigo la tienes. Certifico a vuestra alteza que me agrada sumamente, porque en este humilde traje hay más de lo que parece y así, si lo permitís, quiero que en palacio quede. Quede muy enhorabuena. La persona lo merece, ¿qué nombre tenéis? Clavela. Jurado a Dios que, hecho adrede el nombre, no era posible que más justo le viniese. Tomad aquesta sortija. Bésoos los pies muchas veces. Yo antes que un duque que dé, hallaré un pobre pariente. No creeréis lo que me alegran estas piedras relucientes, porque pienso que en su luz un buen día me amanece. De entendida no os entiendo. Ella es discreta y se entiende. Celia, da un vestido mío a Clavela, que no viene este traje con el sitio. Haces muy discretamente. (¿Cuánto va? Que la villana en dos días enriquece.) Cuando tu entraste, hija mía, le decía me dijese quién es este feliz joven, y no es bien que esto se quede por saber. Decid, ¿quién sois? Yo soy un hombre albanés que a este estado, que prospere Dios muchos años, venía a un negocio solamente y, aunque me dejó la nave, a él me trujo la suerte. (No quiere decir quién es, ya esto en enigma se vuelve.) Decid la causa que os trae si la causa lo consiente. Solo acabar un retrato. ¿Sois pintor? Ahora me muele, mas aquí hay catorce duques. ¿Y su criado es aqueste? Mientras dinero tenía, fui su criado obediente. Pues ¿no nos diréis qué sois, ahora que no los tiene? Su inobediente criado. Eso a todos les sucede. (Dame por aquí el retrato.) Lleve el diablo el que parece. ¿Qué dices, pícaro? En fin, ¿sois pintor? Medianamente pinto con pluma Dos mil puñaladas. ¿Los pinceles no hacen nada en vuestra mano? (Te he de dar.) Si las tuvieres. Pareceisme divertido. (Este a competirme viene y suelen ser muy dichosos los disfraces muchas veces; pues, sean las armas iguales.) Excelso duque, atendedme, el gran Príncipe de Albania es el que tenéis presente. (¡Auristela, raro caso!) (Y que te alegra parece.) (¿Cómo el duque me conoce?) Vuestra alteza lo que emprende mire muy bien. Siempre digo lo que sé infaliblemente. En vuestra corte encubierto he estado, señor, dos veces y sé que el príncipe sois y sé que el cielo os concede ingenio muy singular, y tanto que tenéis siempre singulares opiniones y exquisitos pareceres, bien que en maciza razón fundados, que no aparentes. Ya, señor, que vuestra alteza, honrándome como debe su sangre, ha dicho quién soy, es bien que yo lo confiese: el príncipe soy de Albania. De nuevo a mis brazos llegue vuestra alteza, que a sus pies cuanto soy ha de ponerse. ¿Cómo, señor, escondíais este bien a nuestra suerte? Porque al desaire no quise de alguna duda exponerme. Aunque nunca haberle pudo, hicisteis como prudente. ¿Y dónde iba vuestra alteza? En cualquier estado atiende mi voz mucho a la verdad, lo que a caminar me mueve es acabar un retrato. ¿Fuese ya? ¿Qué haces, aleve? Canta, pajarillo, canta al ruido de esa fuente, que así lo que ella murmura no se entiende. Sonoras voces impiden aquesta plática alegre. Las aves en los jardines cantan al tiempo que quieren y mis músicos así cantan cuando les parece. Sonoros estruendos quiten, que pintadas plumas mueven el veneno a esos cristales maldicientes. Vamos por entre esos cuadros, que es posible que se encuentre algo en ellos deleitoso. Seguidme. Estoy obediente. Si ese el retrato es que vais a acabar, veisle ahí. Tenedle con más cuidado, si bien que está acabado parece. Descuido fue de un criado. (¿Qué es esto que me sucede?) Date prisa, que las flores al que dice mal atienden mucho mejor que al que canta dulcemente. Señora Celia. Señora Clavela. ¿Qué me quieres mandar? Ahora lo sabréis. ¿Qué mandáis? Sabreislo ahora (Ya mi estrella me consuela, mucho sin duda me ama. ¿El que me enfada me llama y el que me agrada a Clavela?) (Con dulce amoroso acento me ocupa Orozuz aquí, pero vaya, porque así sabré del duque el intento.) Pues que quedamos los dos, sabed y atended siquiera. Ya os atiendo. Que os venera mi alma... Ya lo sé, adiós. ¡Discreta, cierto, y afable en responder y en oír! ¡Qué agrado! No hay qué decir, la mujer es conversable. Clavela, con mucho gusto, desde el punto en que te vi, me estoy muriendo por ti. Estímolo, como es justo. (No es tan maldito mi hado ni mi estrella tan ruin como pensé porque, al fin, me enamora este cuitado.) Que no eres de aquellas duras que la primer vez que ven y oyen hacen desdén. ¿Desdén? Eso es de figuras. Tú me tienes ¡qué contento! amor, según lo que escucho. Amor, para luego, es mucho, no es malo agradecimiento. No es malo. Feliz nací. ¿Cómo he de tenerte amor si sé que tú y tu señor estáis muy de paso aquí? Clavela, en este palacio que está a cuantos hay abierto que entramos de paso es cierto, cierto que estamos despacio porque mi amo a juntar iba con valor profundo por los príncipes del mundo ejército auxiliar y esto para entre los dos por dar venganza oportuna a una Auristela, a una infanta de espera en Dios. (Ea, hados, sed constantes.) ¿Y ahora cómo lo difiere? Porque vio a Rosaura y quiere casarse con ella antes, por esto suspendió el trote. ¿Sin amor iba a ese afán? El no va como galán, sino como Don Quijote. ¿Y no se dice qué cosa es esa infanta arrastrada? Quien dice que es desdichada la publica por hermosa. No es regla muy cierta esa. Digo, ya es de volver hora a mi incendio, labradora de alabastro. La princesa, un rayo me partió el pecho. Yo tengo astros enemigos. ¿Hemos de ser muy amigos? En verdad que lo sospecho. ¿Qué hacía vuestra alteza aquí, hablando con ese loco? Él me estaba enamorando. Con eso no es malo todo. Y yo le correspondía. En tan mortales ahogos un divertimiento de estos suele ahorrar muchos sollozos. Al entrar en el jardín me detuvo cariñoso y yo le oí por sacarle del tenaz y escuro embozo los disignios del camino de su amo. ¿Y tuvo logro la cautela? Sí, señora, su designio generoso dice que es juntar armas entre príncipes remotos con que vengar a Auristela. ¡Cielo, qué es esto que oigo! ¿A ti? A mí, pero primero pretende ser vuestro esposo. ¿Mi esposo? Yo te prometo, y mi palabra interpongo, que no lo sea y que tuyo lo ha de ser, o podré poco. Guárdete el cielo mil años. Sabe, amiga de mis ojos, que del de Albania en el cuarto un retrato de mi rostro se halló Celia y me le dio y, con pecho cauteloso, a él se le di, diciendo que, si el retrato en que todo hecho no estaba era aquel, le guardase cuidadoso; él le tomó y le guardó. Parece que reconozco en ti... No sé que te diga, mas con suspenso reposo él viene hacia acá. Finjamos que entretenemos el ocio en coger allí jazmines. No anda el amor perezoso. Si en cada respiración cien admiraciones pongo, no he de admirar como debo lo que en la princesa noto. Tanto hermoso, airoso tanto, tanto entendido y tan pronto, con sola Rosaura el cielo ha andado cumplido en todo, mas cogiendo está allí flores. Ya te ha visto y está absorto. Si aquí me detengo más, no cumplo con su decoro. Voyme. Que se va, Auristela. Mira qué presto lo estorbo. ¿Quién anda entre aquesas murtas? Yo, Clavela, que medroso de dar disgusto a su alteza cuerdo los pasos revoco. En quien disgusto no puede darme el temor es ocioso, ya que por resignación de mi padre es vuestro todo. Ambas cosas os admito, más que de vanaglorioso, de cortés, porque a esas dichas cualquiera mérito es corto. ¿Cuándo vuestra alteza acaba aquel retrato dichoso? Ya, señora, está acabado. (¡Cielos, que es esto que oigo!) ¿Acabado? Sí, señora. A verle. Obediente en todo os he de ser. Veisle ahí. Aqueste retrato propio le he tenido ya en las manos y entonces, si bien conozco, estaba perficionado y ahora está del mismo modo que se estaba, sin que en él haya nuevo un golpe solo. Miradlo bien. Bien lo miro. Notadlo bien. Bien lo noto. Volvedle de esotra parte. Ya le vuelvo y hallo solos unos renglones. Leedlos. Sí haré. Dicen de este modo: «Su entendimiento en el grado se halla que su hermosura, cuando habla es con cordura, cuando calla es con agrado, es entera sin enfado, en lo airoso es peregrina, con cualquier donaire inclina, tiene afable la altivez, y, en fin, quiero de una vez decirlo todo, es divina». No dijo bien vuestra alteza cuando, escaseando el arroyo, dijo que con una pluma, que es pincel noble y heroico, pintaba medianamente, porque pinta muy airoso. Si el retrato es parecido, el sujeto es prodigioso, mas siempre los que retratan, atentos en el decoro, yerran hacia el agasajo por no llegarse al oprobio. Yo sé que es fiel el retrato. Y yo admirada os le torno. (¡Cielos, dicha grande es mía el que se engaña en mi abono!) Retrato en que no se copian alma y gracias está corto, que no se hace una hermosura con la belleza de un rostro. Poca ocasión de admirar le dan a quien le dan solo la copia de un rostro bello. ¿Y tenéis al dueño hermoso del retrato mucho amor? ¿Amor? Ni mucho ni poco. (No tiene esto mal estado.) Luego ¿solo de curioso le habéis querido acabar? De curioso, no. Pues ¿cómo? De admirado. Colorido vi un semblante milagroso y, estrañando tal belleza en que se excedió a sí propio el cielo, quise saber cómo se portó en los otros atributos que no imitan el pincel más animoso. Helo visto y con lo bello viene tan medido todo que de todo se compone un hermosísimo asombro. Vivo de nuevo admirado y tanto que no interpongo de una admiración a otra, sino un espanto gustoso. ¿Y no os resulta amor grande de pasmos tan numerosos? No, porque no tengo el pecho yo ni grosero ni tosco. No entiendo esa sutileza. Yo le quitaré el embozo. El que del amor se inflama y arde en su dulce interés lo primero que hace es juzgar posible a la dama y es verdad tan infalible y tan clara la que toco que nadie que no esté loco ama lo que ve imposible. Si yo de esta dama empleo hiciera para mi amor, se la pintaba mi error como posible al deseo y fuera, al ir a querella, grosería grande aquí, por hacerme un gusto a mí, hacerle un desaire a ella. El discurso viene a ser ingenioso y de buen aire, mas sabed que ese desaire tiene airosa a una mujer. (Bien el de Moscovia dijo que eran todas sus acciones de exquisitas opiniones.) ¿Lo que yo he propuesto es fijo? Amar es desear unir lo amado con el amante y, si hay altura distante, es muy difícil subir. Es menos dificultosa acción en este paraje hacer que una cosa baje que hacer que suba otra cosa. Siendo esto así, bien se infiere que el que ama en alto lugar ha de querer ver bajar aquello mismo que quiere, conque prueba bien mi labio, sin que hacia el error se arrime, que es amar lo muy sublime hacer al sujeto agravio. De suerte ya convencida con las razones que escucho, ¿que, porque merece mucho, esa dama no es querida? A la que está en mejor grado el quererla es injuriarla. Lindo modo de matarla si ella se hubiera inclinado. Aunque con razón se aplica lo que en vuestro labio oí, sé que es fuego amor y así cualquier error purifica. Fuego es amor, es verdad, y el fuego es quien se enamora con más fervor; pues, ahora lo que hace el fuego notad: el amor es del ardor del fuego el asunto y tema, que aquel ansia con que quema que odio parece es amor amor es y es un abismo de amor el que en él batalla, pues que todo cuanto halla convertir quiere en sí mismo. Cuando este elemento ama algo que cerca no tiene y que a estar distante viene, hacia allí esfuerza la llama. Con desasosiego sumo intenta llegar allá y, ya que no puede, está manchándolo con el humo. En aqueste fiel traslado veréis que hace sin sosiego lo que enamorado el fuego el indigno enamorado. (Jamás tal capricho vi.) En esto hay firme certeza. No dé en eso vuestra alteza, que puede quedarse así. (Si Rosaura ha conocido que el retrato es de su rostro, ya habrá visto de mi pecho el purísimo decoro.) Vuestra alteza dice bien (muerta estoy con lo que oigo) y ahora, con su licencia, a mi cuarto me recojo. Y yo voy de vuestro padre al cariño generoso. (¿Por qué, cielos, le quitáis aquesta dicha a mis ojos?) Auristela, yo soy muerta. Esto no te cause ahogos, que cuanto el Príncipe dice es puro amor en el fondo. No lo creas, porque es con estremo caprichoso. (El mal de no merecerla para admirarla es soborno.) (Rara casta de tormenta es aquesta en que zozobro.) Guárdeos el cielo. Él os guarde. (Sin mí estoy.) Grande es mi asombro. ¡Ah, hombres, y qué terribles os hizo el cielo injurioso, pues sois amando y no amando a las mujeres enojos!
JORNADA SEGUNDA
¿Qué hay, Orozuz, dónde vas? Vengo loco de contento. A mucha costa se huelga quien de holgarse pierde el seso. ¿Y de qué el contento es? De haber visto. ¡Qué consuelo! ¿De haber visto qué? A Clavela con aliños palaciegos. Cierto que pensé que habías topado algún testamento en que eras de un tío mezquino universal heredero. No me informó bien tu labio al entrar, que, según veo, no estás de contento loco, de loco sí estás contento. ¿Qué has visto en esa villana (ya rabiando estoy de celos) para haberte enamorado con tan grande arrojamiento? ¿Luego no es hermosa? No, ¿Juro a Dios? Esto es cierto. ¿Ni entendida? Es bachillera. ¿Ni es airosa? Como un huevo, que, si le ponen en pie, o se cae, o queda al sesgo. Así se engañan los ojos, mas yo soy dócil y creo cuanto un amigo me dice, pero, por que este mi pecho no esté vacío de amor que es estar ocioso y hueco, quisiera saber si eres, porque inclinarme a ti quiero, más hermosa. Un poquito. ¿Tienes quién te fíe? Bueno. Pedir fianzas de hermosura no es agora gran portento, que puede un hombre engañarse y puede un rostro ahora bello estar al amanecer verde, azul, morado y negro. Pues créelo en cortesía. Cogísteme sin remedio. Tu amante soy. Yo admito desde agora el galanteo, pero mira que ha de serme tu amor leal. Seré un perro, mas, si Clavela es tan mala, ¿cómo es hoy el valimiento de Rosaura, en quien su agrado a todas horas lloviendo está vestidos y joyas? Siempre es dichoso lo nuevo porque tiene mucha gracia, pero deja andar el tiempo y verás a la villana con sustos y abatimientos. Dices bien, quiero adorarte. Atiéndeme agora. Atiendo. (Si Orozuz a mí se inclina, fortuna, mucho te debo.) Sin vida, Auristela, estoy, porque de puro respeto el príncipe no me quiere. No recibas desconsuelo, que el príncipe será tuyo o yo quemaré mi ingenio. Tu hermosura es puercoespín que está flechando y gimiendo. ¿De qué modo? Por ahora hemos de ver si podemos hacerle creer que ama con más razón y derecho la mujer al hombre, que, si lo cree, le dará satisfación y despejo para amar cuanto conoce en ti milagroso y bello. Pues ¿eso cómo ha de ser? Calla, que ya está dispuesto; ¿Cómo quieres ser dichosa con aquese entendimiento? ¡Ay, amiga, mi galán con Celia! Pasto de celos. La princesa y la villana han entrado. ¿Si nos vieron? Si acaso quieres saber si del duque en el intento hay alguna novedad, yo haré que me divierto con Celia. Pues hazlo así. Celia. Señora ¡San Telmo! ¿Cuántos vestidos, si sabes, son ahora los que tengo? Voto a Dios que mintió Celia, que es Clavela como un cielo. Vuestra alteza tenía cuatro, mandó que diese uno de ellos a Clavela... Es verdad. Orozuz... (Dulce embeleco.) .¿qué es lo que a Celia decías? Tus gracias. ¿A mí con eso? .luego mandó que a Clavela le diese otros dos,... Es cierto. .pues con esto no le queda sino el que tiene en el cuerpo. (Orozuz con la villana está hablando. ¡En mi no quepo!) La cuenta sale cabal y, pues desnuda estoy, quiero que me guises un vestido a tu gusto, que es muy bueno. ¿Qué color te agrada más? ¿Qué guarnición?, y sea lejos del uso común. (¡Ah, infame!) Di, lo que oíste deseo. En fin, ¿me sale tu amor poco leal o poco cierto? No es más leal un vizcaíno y es menos firme un tudesco. Un encarnado enfermizo, bordado de plata y negro. (¿Hay tal maldad? ¡Ah, traidor!) No parece mal compuesto. Vaya otro. Y no es lo más tu traición de lo que siento, sino que tu amo y tú sospecho que os vais muy presto. En su vida en parte alguna tan despacio estuvo. (Bueno.) Verde con puntas azules. ¡Qué disparate tan fiero! ¿Qué dices? (¿Hay tal descaro?) (Sin duda esta tiene celos.) Luego ¿ya de aquella Infanta, que anda por esos cerros no se acuerda? No lo sé. Pues dale tú este consejo, que, aunque se esté, no la olvide. Pues ¿a ti qué te va en eso? Nada, ser todas mujeres. (Ya de cólera reviento.) ¿Qué tienes, que en ti no estás? Que es ya falta de respecto a tu casa y tu persona que están con aquel sosiego allí Orozuz y Clavela hablando. (Arrojó el veneno.) Ya el reñírselo no excuso, ha sido reparo cuerdo. ¿Qué hacéis vosotros ahí? Esto es para casamiento. Peor está agora cien veces. Aunque me ahorquen, me alegro de oír lo que ha respondido. Aunque eso sea así. Confieso... El arco de paz. .que es llegar aquí atrevimiento, (ea, amor, dame valor) mas, si alguna culpa tengo, bien en virtud de la causa que me perdonéis merezco. ¿Y cuál es la causa? Vos. (No hay contra la suerte esfuerzo.) ¿Yo? Sí, señora, vos sois la rémora que al ligero paso con que caminaba callados grillos ha puesto. Víos y quedé sin mí y bien se conoce esto en que aspiro a vuestra mano sin algún merecimiento. Vos, señor, merecéis más que a mí, mas mi casamiento se ha de tratar con mi padre, que es a quien le toca hacerlo. Fuera de esto, hablemos claro: señor duque, si el intento de vuestro viaje era vengar los agravios hechos a la infanta de Numidia, por su hermano injusto y fiero,... (Esto va cosa perdida.) (Orozuz me ha descubierto.) (Ya este no es arco de paz, sino arco de ballestero.) ¿no es deteneros ahora a lo que me habéis propuesto o pasatiempo del gusto o ligereza del pecho? Que soy mucho no ignoráis yo para devertimiento y no ignoráis que sois mucho para faltar a un empeño. Seguid el primer asumpto, buscad el raro portento de Auristela, sed su esposo, débaos a vos el consuelo y débeos vos a vos ser en el mundo el primero que ha mirado, como a dote, desdichas y abatimientos. Señora, que yo quería es verdad y que yo quiero a los males de Auristela darles venganza y remedio, pero en casarme con ella nunca pensé. Lo primero, porque no sé donde está y, luego, porque no tengo de su persona noticia. Embarazos son pequeños. Cualquiera mujer parece en nombrando casamiento. Decid vos que os casaréis, que ella parecerá presto. Lo que toca a su persona sé, y lo sé muy de cierto, que es hermosa y entendida y que les debe a los cielos tantos dulces atributos que fuera el quejarse de ellos, aun en desdichas tan grandes, falta de agradecimiento, pero Clavela la ha visto y dirá cómo es. (¿Qué es esto?) Señora, ¿vos la habéis visto? Una mujer por mi pueblo, vestida de peregrina, pasó, viola un estranjero y dijo que era Auristela infanta en no sé qué reino. ¿Y qué tal persona tiene? Será, según lo que entiendo, una mujer como yo, mas, ¡ay Dios!, todo lo yerro, iba a alabárosla mucho y ya alabarla no puedo, porque, habiendo dicho que es un traslado de mi cuerpo, fuera alabarme a mí misma, conque es forzoso el silencio. Muy bien alabada está, muy buen informe habéis hecho con decir que se os parece. (¡Qué bien salió del empeño!) En fin, señor, que busquéis a esta dama os aconsejo. Señora, a no haberos visto, era fuerza obedeceros, pero ya no está en mi mano, mas yo os afirmo y prometo que, si soy tan infeliz que con vuestro padre excelso no consigo vuestra mano, seré su esposo al momento. Sujeta estoy a mi padre. (Mira, Clavela.) (Ya atiendo.) (Novio tiene vuestra alteza.) (Muchas finezas os debo.) No te olvides, perdonad aqueste divertimiento. Si vos pudierais errar, me agradarais con los yerros. Entre, señor, vuestra alteza, y perdone los defectos del hospedaje, pensando que no están en mi deseo y dé a vuestra alteza Dios tan felices los sucesos como le ha dado razones con que poder merecerlos. Hija, muy mal hospedaje a los príncipes hacemos. Al mesonero mejor le tomo dos tercios menos. Señor, parece imposible que pueda el entendimiento hallar tantos agasajos ni el cuidado disponerlos. ¿Estos que hace vuestra alteza son hechizos o festejos? Entreteneros en algo quisiera mientras es tiempo de que veáis pelear a un tigre manchado con un león fiero. ¿No hay músicos por ahí? (Ahora entra mi embeleco.) Sí, señor, ahí están cuatro. ¿Llamareles? Vengan luego, porque la música es la estofa de los recreos. Músicos de la princesa, templad y salid. (Con esto hago tiempo para ver cuál es mejor para yerno.) (Cantad, que lo manda el duque, la letra que os di.) Sí haremos. Decid, que no lo he sabido y lo pretendo saber, si, uno de otro apetecido, es el hombre o la mujer más digno de ser querido. El problema es más estraño que ha ocupado los oídos. ¿Quién duda que la mujer es el sujeto más digno de ser amado? Esta duda solo en esta voz se ha visto. (Esta es traza de Auristela, según lo que ella me dijo.) Pues ¿cómo dice la letra, porque no la he percebido? Yo la diré, que esto toca a quien sirve. Bien has dicho. Decid, que no lo he sabido y lo pretendo saber, si, uno de otro apetecido, es el hombre o la mujer más digno de ser querido. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. Más merece la mujer, yo lo afirmo, yo lo afirmo. Aténgome a lo postrero. Yo a lo postrero me arrimo. El vencer sin pelear a nadie glorioso hizo, las buenas ejecutorias contradictorio juicio las hace buenas; sin él, su lustre no es el más fino y así, litíguese esto, mas, porque en los hombres miro que han de tener por hazaña darse luego por rendidos, truequen las abogacías, defienda un hombre el partido de las mujeres y una mujer a los hombres. Digo que es estremada invención. Tú lo dispón a tu arbitrio. Pues el príncipe de Albania, noblemente discursivo, a las mujeres defienda y, con su ingenio divino, a los hombres, la princesa, que no quedará ofendido el decoro en la que tiene discursos tan peregrinos. Yo he de ser el juez. Rato será muy festivo. Nadie replique, esto sea. (Mujer, ¿en qué me has metido?) (No hay sino callar y obrar, que yo sé lo que te fío.) Yo admito aquesta defensa, porque vencer imagino. Yo, pues lo manda mi padre, la parte contraria admito. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. Es engaño manifiesto y de esta suerte replico: cuando la naturaleza crió con sumo artificio, para el servicio del hombre lo dispuso y lo previno, mas el hombre, que es criatura de valor tan excesivo, a que sirva a la mujer le obligó cuando le hizo. La misma ventaja hace, por privilegio divino, la mujer al hombre que hace el hombre a cuanto el giro contiene de aquesos cielos de insensible y sensitivo. Luego es la mujer sujeto, sin contienda ni litigio por derecho natural, más digno de ser querido. Más merece la mujer, yo lo afirmo, yo lo afirmo. Ese es manifiesto error y declarado delirio. Ninguno puede dudar, si no es que esté sin juicio, que es el varón la criatura en quien el autor divino puso atención más suspensa y cuidado más prolijo. Cuanto hay debajo del cielo lo sujetó a su dominio. Siendo esto así, es tan hidalgo su corazón y su estilo que, cuando llega a mirar a una mujer respectivo, tiene por feliz su estrella, por glorioso su destino si ella se deja servir y pone nombre tan limpio a la acción de venerarla que la llama sacrificio. Luego merece mejor los desvelos de un cariño el que por ser buen amante, no se acuerda de sí mismo. Víctor veinte y cuatro veces Rosaura y aun veinte y cinco. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. Voz engañada, es engaño, es sonoro desvarío. La hermosura es atributo el más amable y bienquisto y, de este, la mejor parte, lo más acendrado y fino, a la mujer solamente se lo dio el cielo propicio. Tanto es de hermosa que es más hermosa que el cielo mismo, porque en el cielo hay de día un sol en gloria encendido y de noche unas estrellas, que le guarnecen de vidros. Si algún rato le faltara la luz de los astros limpios, estuviera aquese rato sin belleza y sin aliño. Esto no de una mujer pasa en el rostro dormido porque, cerrados los ojos, astros que están sin oficio, queda en claveles y rosas dulcemente colorido, conque se ve que, aunque entre todo el cielo a competirlo, es la mujer el sujeto de ser amado más digno. Más merece la mujer, yo lo afirmo, yo afirmo. Esa es lisonja suave y absurdo de buen sonido. No todo lo hermoso está al círculo reducido de un semblante; lo que queda fuera de él es infinito, que objeto llama los ojos con tan esforzado hechizo como en un caballo ardiente un nombre de airoso brío cansa al bruto sin cansarle, haciéndose olvidadizo de que ha menester cuidado tan difícil ejercicio. Reconoce el animal el invencible dominio y de coraje obediente vierte y saca a un tiempo mismo por el freno hilada plata, hechos maraña los hilos. Muchos menudos incendios de los guijarros macizos, las centellas y la espuma se encuentran en el camino, ellas se apagan en ella y ella muere en desperdicios. Si lo hermoso obliga mucho, díganme los que entendidos penetran esta materia si algo más hermoso han visto. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. No merece más el hombre, engáñase quien lo ha dicho. Los ojos de una mujer, ellos bastan por sí mismos a hacer a un hombre dichoso aunque sea el hado enemigo. Lo que hace desdichados es el pesar, el conflicto; quítenle a un daño la pena, quedará el daño vacío. Cuando a un hombre de una dama los ojos miran benignos en embriagueces de gloria queda aquel pecho adormido. Fulminar bien puede entonces muchos males el destino, mas no podrá ni una pena darle de todos el brío la que con solo el halago dichosos hace a su arbitrio; muy digna es de amarse, pues va citando su cariño. Más merece la mujer, yo lo afirmo, yo lo afirmo. Esas son sofisterías y verdad lo que yo digo. La mujer, por sí, es tan débil, tan sin fuerzas y sin brío que, si el hombre no la ampara, cuanto le pasa es peligro. En todas sus aflicciones halla al hombre compasivo, el bien de todos sus males es del hombre lo esparcido. Si alguien la injuria grosero por antojo o por delirio, el hombre pone la espada donde ella pone el gemido. Tanto le vale su amparo que parece que Dios mismo en el hombre a la mujer un segundo Dios le hizo. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. Más merece la mujer, yo lo afirmo, yo lo afirmo. Cese la contienda, basta. Ya el pleito concluso miro y es tiempo de pronunciar la sentencia. Atención pido. Según todo lo alegado, fallo que en este litigio condenar debo, y condeno, a la mujer y publico en el mundo que es el hombre más digno de ser querido. Esto ya es cosa juzgada. Obedecer es preciso. Pues mil demonios me lleven si no es verdad lo que digo. ¿Quieren ver cómo es verdad esto que Clavela ha dicho? Pues haga de enamorados curioso el mundo un registro y se han de hallar más mujeres del amor en el martirio que hombres. Calla ignorante. Ea, señores, al sitio en que han de lidiar las fieras. Todos con gusto os seguimos. El hombre merece más, yo lo digo, yo lo digo. ¿Atrevereisos ahora a querer? Yo no me animo, que es mucho lo que merece aquesta deidad que admiro. ¿Qué dice? Que no se atreve a amar. Esto va perdido. Cualquiera de medrar trate por senda, aunque sea exquisita, que el buen suceso le quita la fealdad al disparate, que es seguir por no advertir al que por otra se muere, mas ¿qué sé yo lo que quiere hacer la fortuna en mí? Todo aliento es ciencia incierta, tiene allá esta en la ventura, lo que se hierra es locura, cordura lo que se acierta. Ahora bien, pensemos medios de que el príncipe se case con Rosaura, que con esto queda mi dicha más fácil. No quiero ahora ver reñir los rabiosos animales, que con irme a las fronteras, lo podré ver por instantes. Atrás se ha quedado Celia y aquí está todo aquel ángel. Ya he dado en uno famoso. ¡Qué suspensión tan amable! Hacia aquí volvió Orozuz, mas ¡ay, que no volvió en balde!, pues que buscando a Clavela se retira a este paraje. Allí están los dos, ver quiero si en un amor los dos arden. Hase de ver si el de Albania... Imán da mejor linaje, pues el otro atrae el hierro, tú los aciertos atraes. (Aqueste llega a buen tiempo, pues ya no ha de embarazarme.) Orozuz,... Esto va malo, que empieza por buen semblante. .¿cómo las fieras no ves? Porque fuera disparate mirar dos fieras pudiendo ver una hermosura grande. ¿Y soy yo aquesa hermosura? Pues ¿cómo puede dudarse? Yo imaginé que era Celia. Arredro vaya ese áspid de mis ojos,... ¡Ah, traidor! .ese basilisco. ¡Ah, infame! En fin, Clavela divina, yo he venido aquí a buscarte para contarte un servicio que te hice atento ayer tarde. Quien servicios cuenta no quiere sin premio quedarse. ¿Qué fue lo que por mí hicisteis? Como me has dicho que hable bien de Auristela a mi amo, le cogí de buen talante y le dije que con ella trate al punto de casarse porque yo sabía que era hermosa, discreta, afable, que deje a Rosaura, que es un poco de badulaque,... Ya yo voy teniendo cómo de este pícaro vengarme. .que es una puerca, una loca, y... No pases adelante, que de Rosaura no puede de aquesa manera hablarse porque, si alguna mujer merece que la idolatren, es ella. Bueno, pues aun diciendo de ella estos males y otros, que oír no has querido, con ella quiere casarse. (Buenas nuevas te dé Dios.) En fin, Clavela suave, ave de plumas de nieve y de pico de corales, yo por ti me muero todo sin que una migaja falte. Mayor fineza es vivir por quererme y festejarme. Oigan la villana y cómo sabe del amor el arte. Dices muy bien, vivir quiero. Por que aquesto no se escape, dame un favor. ¡Qué delirio! ¿En palacio ese lenguaje? Esta es voz de contrabando y, si que la traes se sabe, te la darán por perdida y a ti podrán castigarte. Créeme que, a estar allá en la ciudad, como antes, te diera una cinta verde, por que gustoso esperases, mas, pues aquesta región no lleva afabilidades, por vía de ayuda de costa yo te doy este diamante. ¿Diamante le da? Comprole. Él es suyo. ¡Ahora, pesares! Aqueste diamante duro me enseñará a ser constante. Pues vuélvesele a su dueño por que sin ejemplo ames. No el diamante, las espaldas volveré por no mirarte. (Esta viene a pedir celos, quiero divertir mis males.) Señora doña Clavela, que ya los dones se hacen con solamente el vestido, sin ayuda de la sangre, sabrá usted que yo a Orozuz le quiero para casarme y le quiero y él parece... Digo, ¿vienes a rogarme o a reñirme? Yo ahora a usted no vengo más de a rogarle. ¿Y entras dándome merced? O se te olvida, o no sabes que a quien con su valimiento la princesa merced hace le han de hacer más que merced los que algo la suplicaren. Pues ¿cómo te he de llamar? Señoría. Ve adelante. (¿Que esto una villana intente que ayer no tenía corales?) Como rezas, medres. (Mas quien pide ha de sujetarse.) Digo, pues, que a usía Orozuz... Sí, me galantea con grande demonstración de fineza y yo le escucho agradable. Pues yo a usía le suplico, pues su fortuna y sus partes más novios le pueden dar, que a mí este solo ¡pesares!, que a mí este solo me deje. ¿Quiere más? Esto, si es fácil. Pues yo le doy mi palabra de nunca más escucharle. Y yo en la tierra que pisas doy los besos a millares. Y por prenda de esta fe, bien que somos desiguales, aquesta mano le doy. (¡El demonio ha de llevarme! ¿Desiguales diz que somos? Mas quien ama sufra y calle.) Y yo la estimo por prenda del contrato. Pues no falte a su obligación. Adiós, que segura está esta parte. ¡Oh palabra, señoría, lo que en un indigno vales! Alegre va como abril. Celia, yo vengo a adorarte. Adora a Clavela, que es hermosa de más quilates y llámala señoría, que hará cuanto le rogares. Del enemigo el primer consejo quiero tomarle. Hermosísima Clavela, sepa usía que, por darles... (Celia le informó al salir.) .el alma a esos celestiales ojos con que mata, no tengo más alma que un sastre. Yo soy una labradora de humilde y pobre linaje y no tengo señoría, mas para que no me hable Lovino en esa materia tengo entereza bastante. Yo soy un hombre muy noble y no es razón desdeñarme, porque deciendo de un lobo que tomó Alejandro el Grande en una cena. Lo creo, pero la Princesa sale. ¿Cómo, Auristela, no fuiste al circo, que fue admirable la fiesta? Porque me tiene sin seso el extravagante tema de aqueste hombre que no te ama por venerarte y he pensado que es amor su tema y él no lo sabe, y hemos de hacer experiencias que este enigma nos declaren. La primera ha de ser..., mas ellos vienen a esta parte. Entrémonos en tu cuarto porque aquí una reja sale, puede ser que desde allí logre algún primor el arte. Quien se encarga de mis penas de las suyas no se encargue. Linda fiesta, señor. El gusto alabo. Mató el tigre al león, animal bravo. Miró al bruto real airoso y fiero, como una flecha le envistió ligero quien de una flecha es volante suma, algo que no se ve tiene de pluma. Así como le vio, se armó de saña, en sus ojos ardió fiereza extraña, enseñó el diente, abrió la garra aguda, veloz de un salto le embistió sin duda; tiene el que tiene, bien que no se sabe, tan pintada la piel algo de ave. Creído habéis que el tigre bullicioso mató al león por ser menos brioso, pues es error, que el bruto formidable no de flaco murió, sino de amable. Estaba acostumbrado a tratar ya con todos con agrado porque el haber tratado con el hombre de león le dejó no más que el nombre, conque, cuando vio al tigre, pensaría que a retozar y no a reñir salía, pero, cuando sintió la herida fuerte, saca el brío de en medio de la muerte por castigar feroz a su enemigo, falleció y apagósele el castigo. Yo os confieso, señores, yo os confieso que me hubiera causado este suceso mohína y que estuviera muy sentido a no haberos con él entretenido. Quedad con Dios, que he hecho ausencia larga del gobierno a la cruel y dura carga. (Voyme de aquí porque un dolor tirano no le sabe callar el rostro humano.) Muy disgustado va el duque de que el tigre al león matase. Las desdichas de los nobles hacen compasión más grande y es el más noble el león de todos los animales. Agora es buena ocasión. Dices bien. Celia, unos guantes. La princesa en esta pieza de su cuarto habla. Y el aire regalado del sonido de su voz está agradable. Unos guantes ha pedido. Y ya Celia se los trae, y hace bien, porque deslumbran de sus manos los cristales. ¿Qué guantes me traes aquí? ¿No te mande que ensanchasen el de la mano derecha? Nada con cuidado haces, pero yo te quitaré aqueste, con arrojalle. El guante ha llegado aquí. Vuestra alteza no se baje, porque le haré mil pedazos. ¿Dio lumbre? Ojo a la margen. Veamos en qué para esto. Yo me he de llevar el guante. No ha de llevarle, y dé gracias a Dios que puede mirarle, Ni vuestra alteza tampoco. No soy yo tan arrogante ni presumido que piense que soy digno de gozarle. ¡Ah del cuarto de su alteza! Salga un criado que alce aqueste guante del suelo. ¿Qué es esto? (¡Estraños semblantes!) Esto es haber vuestra alteza por enojo o por desaire por la red de esa ventana arrojado aquese guante, haber caído a mis pies, haber yo querido alzarle, haberse el príncipe opuesto con denodado coraje, haberle también yo dicho que él no había de llevarle, haberlo él concedido generosamente fácil y haber llamado en efeto quien del suelo le levante. Levanta ese guante, Celia. Ya no hay causa de empeñarse, Solo siento en este caso, ya que sosegado el lance miro, que se quede en duda. ¿Si está, cuando se le cae a una dama alguna prenda, mejor en la hollada parte de la tierra en que cayó que en la mano venerable del galán que la levanta, ya reverente o ya amante? Mejor en el suelo está. Ese es error detestable. Las damas con lozanía hermosa y con blandos ceños que dan temor y alegría son unos cielos pequeños que el cielo a la tierra envía. La nieve es del cielo alhaja y, aunque es alhaja del cielo, a estar en el suelo baja porque el estar en el suelo ni la ofende ni la ultraja. El intento soberano es que allí se esté caída y así, con incendio arcano, si la alza mano atrevida, se abrasa al punto la mano. De este modo, si una prenda cae al suelo de una dama, nadie levantarla emprenda, por que con su oculta llama ninguna mano se encienda. Hay con esplendor lucido flores de varios colores y a nadie se le ha escondido que son estrellas las flores que al cielo se le han caído, pero aquestas flores bellas que el alto descuido arroja en las manos quiere vellas, que, por que el hombre las coja, se le caen al cielo estrellas. Con aqueste ejemplo, pues, los despojos soberanos se ve que más justo es que estén del hombre en las manos que no del hombre a los pies. Si el que de alzarla hace empeño no la vuelve, hace traición, pues cruel fabrica y risueño una falsa información contra el honor de su dueño. Si vuelve la prenda, es dura grosería, necia y loca, que la deja, si se apura, el que con amor la toca indigna de mano pura. Y si ha de ser, como infiero, ya grosero o ya traidor quien la alza sin juicio entero, en el suelo está mejor, que no es traidor ni grosero. Aquel que arrebata al verle favor que mudo le llama por cortés han de tenerle, pues que le ahorra a la dama la vergüenza de ofrecerle. El que aguarda a que le den algún favor del tesoro del cariño en el desdén no está bien con el decoro de aquella a quien quiere bien y así es razón que se infiera en la duda que os maltrata que es con discreción ligera el que el favor arrebata más cortés que el que le espera. El que con adoración la prenda quiere guardar no hace a su dueño traición, que hacer traición y adorar implican contradición. Y así yo en contienda tal doy por fijo y por constante, aunque se interprete mal, que en querer tomar el guante fui cortés y fui leal. No es muy mala presumpción creer sosegado y fácil que el tomarse un favor es tomar lo que querían darle. Casi es siempre un corazón de otro corazón imagen; donde hay corazón que quiera hay otro que de él se agrade. Si un amor hiciera otro, ¿qué faltaba a los amantes? Ea, discretear, y dalle. Esto vuelve a ser empeño y así es mejor que se ataje. El duque pasa a su cuarto y es preciso acompañarle. Vuestra alteza me perdone. En obligación iguales estamos al duque y yo. También el perdón alcance. Yo agradezco la atención que os debe a los dos mi padre. Viváis años muy felices. Viváis dichosas edades. ¡Bueno va esto! No hay sino seguir el alcance. Ahora le hemos de dar celos, que sus picadas mortales declararan si el respeto tiene de amor mucha parte. ¿Cómo ha de ser? ¿Cómo? Adiós, que yo lo haré de buen aire. Lo que te debo, Auristela, en toda mi fe no cabe. Estoy por agradecer de Orozuz la injuria fiera porque, si él me quisiera, no le había yo de querer. Viendo aquesta condición casi en todos, pienso a ratos que el amor gusta de ingratos... Quiero buscar la razón,... Cielos, ¿adónde iría yo que no encontrara con Celia, que oír celos sin cariño a casa de herrador suena? .pero ya di en mi enemigo. (Yo tengo famosa estrella. La casa del herrador desde aqueste punto empieza, mas quiero disimular y barajar la pendencia. Celia divina y hermosa, y tan hermosa, sí, a fe que solo andar en un pie te falta para ser rosa. Hágate el cielo dichosa y, para que te celebre el mundo en gustosa fiebre, aquese autor celestial, por que seas rosa cabal, el pie que te sobra quiebre. ¿Para decirme un favor una maldición me echas? Yo verte rosa deseo y lo que viniere venga. Pícaro, a ti se te salte un ojo antes que lo veas, mas yo tomaré venganza de tu traición. y mi ofensa. Yo a tu amo le diré... ¿Qué va, que no es cosa buena? .que a Clavela le decías que es Rosaura... ¡Santa Tecla! .un poco de badulaque, una loca y una puerca... Ella lo oyó todo. .y él, de amante o cortés, es fuerza que te envíe noramala donde a Clavela no veas. Y yo le diré a mi amo que es verdad, pero que era porque no le tiene amor, y estimará mi fineza. Pues yo lo diré a Rosaura. Esto es peor mil veces. Ella te mandará dar mil palos y echar en una galera. Mujer, yo no he dicho tal. ¡Ah, traidor! ¿Ahora lo niegas? Yo el diamante que tomaste haré que veneno sea. Yo te le daré si callas. Eso muy en hora buena venga. Téngole empeñado. Si tú me das con que pueda sacarle, te le daré. ¿Estafas a mí? (Dio en ella.) Pero aquí Rosaura viene y sabrá tu desvergüenza. Celia,... Sin sosiego vivo. (Si de aquí no se la lleva mi industria, me han de sacar por un zancajo la lengua.) .vamos de aquí, que te quiero dar satisfación entera. Hasta saber si hay amor en el príncipe, mis penas son grandes. Ya es tarde. Escucha. Ya aqueste de miedo tiembla, quiero ir con él, que quizá le enmendará esta cautela. Vamos, por Dios. Ya te sigo, que tiempo para esto queda. Salga ella agora de aquí, que el tiempo todo lo enmienda. Si el príncipe no me quiere, va en que tengo pocas prendas, porque aquel que no es de otra fuera mío si las viera. La princesa quedó aquí. Aquí quedó la princesa. Aquí está. ¡Feliz destino! Aquí está. ¡Dichosa estrella! Yo, porque una vez mi labio,... Yo, porque el alma sedienta,... .pero el príncipe ha llegado. .pero el de Moscovia llega. Guarde a vuestra alteza Dios, guarde Dios a vuestra alteza. Nada me sucede bien. Yo no quiero más que verla. Proseguid las comenzadas razones, que no es bien mueran abortadas las que nacen a solo vivir discretas. A mí ya se me ha olvidado. Muy corta memoria es esa. No ha de tener más memoria el que tiene mala estrella. ¿Y vos qué ibais a decir? A mí muy bien se me acuerda. Yo iba a deciros, señora, que está mi alma sedienta de estar admirando siempre vuestra singular belleza. (¡Válgate Dios lo que admiras y luego que en ti te quedas!) Yo lo estimo. Aquí están todos, esta es ocasión muy buena. Señora, en ese jardín que al cuarto de vuestra alteza perfumando está de olores y salpicando de perlas, en una pequeña estampa de vuestro pie estaba esta hermosa flor, afirmando que es de su contacto hecha, cogila y aquí la traigo, porque con vuestra licencia quiero por lugar más digno en vuestro pelo ponerla. (Segunda intención, sin duda, trae con esta flor Clavela.) A tu gusto, ya lo sabes, nunca hice resistencia, ponla donde tú quisieres. Pues aquí quiero prenderla. Rosaura, dale esta flor, discretamente halagüeña, solo de mí a ti en mi nombre al duque, sin que él lo entienda. (Auristela es entendida, haré lo que me aconseja.) ¿No acabas? Échala acá, pues que a ponerla no aciertas, que yo le daré lugar en que muy dichosa sea. Señor duque, aquesta flor poned vos donde os parezca. ¿Dónde la podré poner, sino sobre mi cabeza? Escondámonos aquí por ver si el príncipe muestra sentimiento y, por si riñen, embarazar la pendencia. Dices bien, aqueste toque descubrirá su fineza. (Ahora digo que decía bien el duque en la contienda del guante, que el que arrebata el favor y no le espera hace a la dama servicio que dichoso galantea, pues que la ahorra del darle cortesano la vergüenza. Bien esto afirma Rosaura, pues, viéndole sin la prenda que le arrojaba industriosa, le entrega la flor risueña.) Como una estatua ha quedado, ahora por la voz revienta todo el amor que escondía. Quiera el cielo que así sea. (Mi felicidad es grande, mas ¿qué felicidad llega sin traer a las espaldas muchos gustos, muchas penas? Suspenso el príncipe está, sin duda cobrar intenta la flor, mas, si piensa en esto, en un imposible piensa.) Señor duque de Moscovia. Ahí ya los celos se sueltan. Del favor que ahora gozáis os doy mil enhorabuenas. ¿La norabuena le da? Lindos celos, Auristela. Válgate el diablo por hombre si no me tienes ya muerta. Por edades dilatadas se goce en su buena estrella, porque a esa primera dicha le son muchas dichas deudas. En una felicidad mucho más que una se encierra, porque la que tuvo antes hace que otras se merezcan. Ya en su fortuna no busque sino alguna industria nueva con que hacer los años grandes. El cielo se la conceda. (Ninguna cosa en mi vida me ha sucedido tan fuera de lo que yo imaginaba como esta que el oído encuentra, mas, pues tengo tanta dicha, quiero ir gozando de ella.) A vuestra alteza, señor, guarde Dios por la fineza con que le agradan mis dichas, con que mi suerte le alegra. ¿Vive, Auristela, en tu vida cosa que a esta se parezca? ¿Si disimula este hombre y por de dentro se quema? No amiga, no, no es posible, que son razones muy cuerdas las que ha dicho y quien se abrasa las palabras no concierta. Ahora, bien esto es preciso. Ahora de la faltriquera saca el retrato. Yo voy a hacer esta diligencia. ¿Y mirándole se va? Cordura, no me detengas. Señor príncipe de Albania. ¿Qué me manda vuestra alteza? ¿Adónde vais tan suspenso? A hacer iba cierta enmienda en este retrato. ¿En cuál de sus porciones diversas, en la que retrata el cuerpo o en la que el alma se muestra? En la que retrata el alma. ¿Otra confusión, estrellas?) Pues decid, en esa parte, ¿qué halláis que enmendar se deba? En donde dice «divina» el poner «humana» es fuerza. (Esto sí es ser desdichada, esta sí que es suerte adversa, este piensa que yo erré y mi error no le atormenta.) Pues ¿en qué veis que es humana la que antes divina era? En que una flor por favor dio a un galán que la festeja. Que dio la flor es verdad, que hizo favor es quimera. Pues ¿conocéis vos la dama que digo? Como a mí mesma. Pues, ya que la conocéis, ¿cómo es posible que pueda no ser favor entregar una flor con dulces señas? Mil cosas hay que no son del tamaño que se muestran. Si en una copa de agua alguna moneda echan, estando allá, parece de mayor circunferencia. La causa de esto es porque el agua que la rodea más vecina el color toma de aquel metal de que es hecha. Vanla a sacar y ella sale tan sencilla como entra porque lo que había crecido fue el viso y no la moneda. Esa flor que aquesa dama dio al galán, aunque parezca flor y favor, es engaño, que solo en la mitad queda, y puede ser que algún día salga la flor y se vea que fue flor no más y que fue el favor solo apariencia. Entretanto que eso sale, mi mano que la bosqueja la condición pondrá humana. Errará el retrato necia. Yo sé aquese cuento bien y sé que esa dama bella dio aquesa flor reservando su altivez y su entereza. Pues ¿lo que yo vi? Acabad, que son esas consecuencias chismes que os llevan los ojos por malquistaros con ella. ¿Dirán más verdad dos niñas que dos mujeres ya hechas? Si vos fuerais cortesano, diciéndooslo la princesa, habíais de decir rendido, blanda la voz y risueña, que, pues que lo dice un ángel, debe de ser cosa cierta. Vos decís bien, pero yo no tengo tanta advertencia y solo atiendo a sacar esta copia verdadera y así pondré «humana» en tanto que el desengaño no vea. No lo pongáis, por mi vida. Contra eso no hay resistencia. Pobre de vos, ¡cuál os trae el amor de esa belleza! Ya os he dicho que de amor no hay en mí ni una centella. (Buena va la danza, alcalde. Mala salió esta experiencia.) Pues, si no tenéis amor a aquesa dama, ponedla en el retrato que hacéis «humana», «ingrata», «grosera», «fiera», «basilisco», «áspid» y todo cuanto os parezca, porque no va a perder nada si en vos no hay nada que pierda. De vuestra vida el conjuro hacer la enmienda no deja. Pues yo el conjuro deshago. Parece que vuestra alteza ha tomado pesadumbres. Oféndenme las ideas tan singularmente extrañas, pero ¿qué error me despeña? Vuestra alteza me perdone si le he hablado poco atenta, que unas mujeres por otras nos apasionamos necias. Sola vos a todas horas sois en el mundo discreta. (¡Qué entendida, qué sagaz se oculta!) Vamos, Clavela. (Esta experiencia me ha muerto.) (No sé lo que de ella infiera.) Guárdeos muchos años Dios. Viváis edades eternas. (No hay mujer que deba tanto favor a las influencias.) Perdiendo voy el juicio. Yo perdiendo la paciencia.
JORNADA TERCERA
Aquesta carta Rosaura me dio para que os la diese. ¿Carta a mí por esta mano? No sé qué enigma es aqueste. Con abrirla, de esa duda podrás salir fácilmente, que en ella no habrá veneno, pues la traen manos de nieve. Dices bien, la nema rompo. Ea, que no hay dentro sierpes. (Rosaura me dio esta carta sin decirme de quién fuese. El primer secreto es que de mi noticia defiende.) Clavela, aquesta fineza me deba Rosaura, advierte. ¿Cuál la fineza es? Que esta carta leer no quiere mi atención sin que la oigas. Pues ¿qué razón a eso os mueve? El ser carta de otra dama, según la firma que tiene. Pues ¿cómo la firma dice, señor? Dice de esta suerte: «Auristela de Numidia». ¡Ay, aquella a quien pretende matar un rey que es su hermano! (Sin duda que favorece con este ardid mis disignios Rosaura, por los que debe a mi amistad en su amor, mas verelo claramente porque, si la letra es suya, mis conjeturas son fieles.) A ver, ¿hace buena letra? A mí buena me parece. ¿Qué dices tú? Que es famosa. Suya es. (Que, como tiene el duque de ella noticia, a esto sin riesgo se atreve y el sobrescrito venía, como no podía esconderse, de tan desmedida forma. ¡Oh fina amiga!) Esto es lo que la carta contiene: Público es en el mundo que es vuestra alteza tan amante de la razón que tiene enemistad con todas las sinrazones. Públicas son también las que hace conmigo el rey mi hermano; sin duda tienen a vuestra alteza ofendido. Tengo por cierto que estuviera previniendo armas en mi favor a no estar pretendiendo la mano de Rosaura. Nadie ha sido desgraciado por solo un camino y a más que en mi hermano está mi desgracia. Muchas cosas me afligen, pero una de las que me afligen mucho es ver a vuestra alteza ocupado por mucho tiempo, porque no hay pretensión tan larga como la que no ha de dar fruto. Sé de cierto que Rosaura no ha de ser su esposa, pero, pues vuestra alteza está en esa corte tan de espacio, procuraré verle con brevedad en ella. Dé Dios a vuestra alteza muchas felicidades. Auristela de Numidia. Yo he de perder el juicio. Lo primero que se infiere de esta carta es que esta dama, quejosa paliadamente de mi elección, da a entender que para esposo me quiere. Si esto es así, yo lo estimo como debo y, a no haberme puesto la suerte tan alto como en pretender la suerte de ser de Rosaura esposo, confesara claramente que era indigno de pensar en la que tanto merece, mas, pues las inclinaciones de las estrellas proceden, este pleito es con el cielo, litíguelo si se atreve. Tras de esto, luego me dice que sabe infaliblemente que no he de ser de Rosaura esposo, y esto me tiene la razón desbaratada, que no sé por dónde puede haberle aquesta noticia llegado tan inclemente. ¿Qué dices de esto, Clavela? Señor, lo que me parece es que sabe lo que hay en eso muy claramente la que la carta os escribe. No me dirás de qué suerte... Porque son Rosaura y ella muy amigas. ¿Acontece esto a nadie, sino a mí? Pues di, si lo comprendes, ¿por dónde estás voluntades se juntan y se convienen? Por cartas, y diré más, que a Rosaura le refiere en una suya que vos... Dilo, ¿por qué te suspendes? .un favor suyo tenéis. Loco tengo de volverme. ¿Yo favor suyo? ¿Por dónde? Pues una infanta no miente, puede ser que le tengáis y ser también, señor, puede que le esté ahora yo mirando. Clavela, no me atormentes, que en mí no hay favor de nadie, si no es la flor que guarnece desde mi sombrero el alma de glorias y de placeres. Ese es otro. En fin, ¿no es para esposa suficiente una infanta de Numidia que en aquel reino sucede? Que, aunque su hermano injurioso quitarle el derecho intente, está la razón ahí, que reina sobre los reyes y, si darle la corona vuestro valor le promete, ser su marido o no serlo una misma costa os tiene. Si Rosaura os admitiera, pudierais indiferente pararos en la elección, mas ¿qué aguardáis si no os quiere? ¿Cómo quieres tú que crea que Rosaura me aborrece si en mí un favor de su mano aun no marchito se advierte? ¿Y cómo queréis creer que yo, si no es siendo aleve, os aconsejara esto si que ella os quería supiese? Señor mío, aquesto es cierto, la mujer no puede verte, déjala ya con dos mil demonios que se la lleven. Pues, aunque de uno y de otro porfiados me aconsejen o el afecto o la cautela para que en mi empeño cese, he de proseguir en él. Erraraslo. Aunque lo yerre. No harás bien. Aunque haga mal. Será un delirio. Sean veinte. Ahora bien parabolita de atención quien la tuviere. Circe, una encantadora del infierno, mequetrefe, los hombres convertía en brutos de varias formas y especies. Llegó a su palacio Ulises, desencantador valiente, de quien ella enamorada ningún hechizo defiende. A un corral bajó en que estaban en un lado los pacientes en pieles de osos y asnos y en otras diversas pieles. Empezó a hacer sus conjuros con voz clara y elocuente y iba desencantando como si cascara nueces. Llegó a un fuerte cochinazo y, hallándole más rebelde al remedio que a los otros, le aprestaba fieramente, mas él, andando hacia atrás, dijo entre gruñidos crueles: «yo gusto de ser cochino, vuesasted no me atormente». Así tú ahora, obstinado, a tantas razones fieles lo que el cochino respondes sin que de él te diferencies. En fin, Clavela, ¿tú juzgas que nada mi amor merece con Rosaura? Así lo entiendo. ¿Es a su padre obediente? Más que todas, porque es amor con lo que obedece. Pues aun hay remedio. Adiós. No es bueno si no hay más de ese. ¿Qué te parece, Clavela, no procedo lindamente en favor de aquella infanta solo porque tú lo quieres? Mucho te debo, Orozuz. Pero también me parece que lo que a cierto albañil tiene a mí de sucederme. ¿Qué al albañil sucedió? Sucedió el caso siguiente. Mandáronle una alacena tabicar de las que suele haber, en que cabe un hombre y él, sencillo y diligente, se entró dentro para hacer lo que el dueño le comete. Íbale dando un peón, cantando como que muele, por de fuera los ladrillos y el recaudo conveniente iba tabicando el hombre y, al postrer ladrillo, advierte que se había emparedado sin que remedio tuviese. Viendo, pues, la necedad que había hecho, se resuelve a deshacer el tabique por que a él su fin no llegue. Aplicación: yo te tengo, por mi vida que lo eres, mándasme que de mi amo tabique el amor que tiene. Yo me voy quedando dentro sencilla y cándidamente, conque, si él no se casa con Rosaura, es fuerza vuele, y yo con él, conque vengo, dulce Clavela, a perderte si no deshago el tabique que me ha condenado a muerte. Tú has discurrido muy bien, pero, aunque el tabique tomes, nunca él te hará este varazo. Aquí solo he de cogerles, mas acompañado está, pero esto no me entristece, pero así averiguaré si Clavela honradamente cumple lo que prometió. Pues ¿cómo el tabique puede dejar de cogerme dentro? Porque vaya donde fuere tu amo, si es de esta infanta que ahora desfavorece marido, le he de seguir. ¿ Siendo mi esposa? (Más fuerte.) Yo contigo por casarme, Orozuz, he hablado siempre. Esto se acabó. Esta infame no cumple lo que promete, pero ¿cuándo los villanos con mejor modo proceden? Pues ahora que eso sé predicando eternamente estaré en él. Pues empieza desde aqueste instante y vete. Por una razón no más lo hago, que es por no verte. (Ahora desde una hasta ciento esta me dice y se vuelve.) ¿Eres flaca de memoria, Clavela? No lo sé, a veces es buena y a veces mala. Pues ahora la vez de débil debe de ser. ¿De qué forma? Yo te lo diré si atiendes. ¿Acuérdaste que me diste palabra amigablemente de no escuchar a Orozuz? A mi memoria no viene tal cosa. (Ahora desespera.) A ver si las señas pueden acordártelo. ¿Qué son? Que te llamé, reverente, señoría. Dices verdad. Pues ¿cómo ahora tan alegre con él en casarte hablabas? Porque él casarse pretende conmigo y quiero casarme. Luego ¿palabra no tienes? No tengo otra cosa buena. (¿Hay mujer tan insolente?) Pues mírame a aquesta cara. Ya te miro y ciertamente que no me espanta, que es buena. Yo haré que de ella te acuerdes mejor que de lo que dices. ¿En grande empeño te metes? (¡Ay, cuál está!) Soy yo mucha mujer. Yo muy valiente. Pues adiós. (La pobre mucho en sus celos padece.) Si ella no me lo pagare, yo en los infiernos lo pene. ¿Qué hacías ahora en esa sala tan suspenso, di, Lovino? Averiguábale al vino una cosa que es muy mala. Dímelo, por que lo sepa. Que se hace ¡esto martiriza! con el agua llovediza que chupa al suelo la cepa. ¿Por eso digno de ultraje puede ser ni de desdén? Para esto del obrar bien importa mucho el linaje. Dejando a una parte eso, ¿este príncipe de Albania sabes a qué vino a Hircania? A llevar un tigre preso. Yo fío de tu buen trato, que no me quiero engañar. Señora, él vino a acabar, según me dijo, un retrato. Sin que faltes a lo fiel, ¿quién es la dama, me di? Cuatro mil veces le vi y nunca reparé en él, que en esta vil condición, como no sirve a un criado un retrato desechado, no pone en él atención. ¿Y él no te ha dicho quién es? Bueno, es un hombre que admira. El otro a los criados mira como a bestias en dos pies, juzga, fiero y enemigo, que el criado, aunque hace calma, nunca ha de servir al alma, que es darle plaza de amigo. Dime, pues todo lo ignora o tu omisión o tu hado, ¿da muestras de enamorado el príncipe? No, señora. (La vida en lo que oigo dejo.) ¿Y en qué lo ves? ¡Lindo aliño! En que duerme como un niño y en que obra como un viejo. (Mucho es que yo mi cordura defienda de mi dolor.) Pues ¿quita el sueño el amor? Sí, señora, que es locura. Debe de ser condición en el príncipe no amar. Cantos le he visto tirar ardiendo en esa pasión. (Ya es insufrible mi llama.) Luego ¿enamorado ha sido? ¿Enamorado? Perdido, mas, entre otras, la dama por quien ya le vi sin vida fue cierta Camila bella, que se debió de hacer ella, porque era muy entendida. Conque ese amor será eterno. Error grande es lo que escucho. Si el amor durara mucho, fuera fuego del infierno. Dejola. Quien así deja debe de ser inconstante. Pues quien amando es constante se halla esclavo de una vieja. (Ya el juicio se me rindió.) Aquí está. Agora yo averiguaré la carta. Guarde a vuestra alteza Dios. Guarde Dios a vuestra alteza. (Ea, el príncipe, el que no tiene ánimo de amar por indigno y pecador.) (Huélgome que haya Auristela llegado en esta ocasión.) De tanta fuerte pregunta mi amo me redimió. ¿Vuestra alteza que me manda? Aunque había de empezar hoy esta acción por vuestro padre, el haberos visto a vos antes que a él me disculpa. (O miente mi presumpción o pedir quiere mi mano.) Tan discreto y cuerdo sois que errar en nada podéis, (pero de esa prevención ya las resultas aguardo con alborozo y temor.) ¿Qué es lo que mandáis? Señora, lo que pretende mi voz es solamente... (Con señas ya de muy feliz estoy.) .licencia para volverme a Albania. (No sabía yo que gracia de adivinar había en mí, mas desde hoy puedo a esto ganar la vida. ¡Ah, cuáles mis hados son!) (¡Hay semejante frialdad! ¿Quién hombre como este vio?) Es tan malo el hospedaje que no me hace admiración que tratéis de salir de él. Ningún mérito llegó a igualar de vuestro padre el agasajo y favor. Habraos escrito Camila que os vais al momento y vos, como la queréis, queréis obedecerla. Es razón. ¿Esto tenemos ahora de nuevo? ¿Cómo, señor, amor tenéis para iros, pero para estaros no? Mi criado os habrá dicho que un tiempo tuve afición a una dama de ese nombre y en eso no os engañó, mas curome de esa herida con tan grande perfección que está por la cicatriz más fuerte mi corazón. Y, si alguien piensa que engaño, dígame quién lo pensó: ¿para venirme acá amante, estarme no era mejor? ¿Que amor habéis vos tenido? Pues ¿por ventura estoy yo tan mal conmigo que había de negarme a esa pasión? Luego ¿no se ama el que a otro sujeto no amó? No, señora, que es amar la felicidad mayor. Tiene aquel que amando vive un segundo corazón que granjea para él cuanto dulce granjeó. Solo un cielo que mirar tiene el que está sin amor, pero los enamorados en dos ojos tienen dos. En sus varios movimientos varias las influencias son, mas, aun cuando son contrarias, hacen mal con buen sabor. Del amante el pensamiento un paraíso es mejor, que allá se halla lo que hay y acá lo que él quiso halló. Al gusto del tiempo vive el que está sin afición, pues le da el sol cuando quiere y cuando quiere la flor, pero el que está amando tiene en el rostro que adoro a todos tiempos las flores y a todas horas el sol. Desdichado muchas veces del que a este bien se negó, pues de los bienes le falta la parte de más valor. Pues, si amar es tan gran dicha, no me diréis por qué no amáis vos de aquel retrato a su dueño superior. Porque hay gran desigualdad de méritos en los dos. Es ella muy soberana y yo soy muy inferior. Demos que sea así, aunque niego toda la suposición, en amor a las locuras ¿cuándo el mérito faltó? El que yerra hacia la parte de la Escila adoración, puede con mucha justicia pedir premio del error. Mucho obliga el que se vuelve. loco por una pasión, mas ¿para qué queda bueno el que el juicio perdió? Bien cabe en su desatino piadosa la compasión, mas él no deja materia al hado para el favor. Ame él, que para eso el amor dicen que es Dios. También eso es imposible en mí en aquesta ocasión. ¿Amar del retrato al dueño por qué es imposible en vos? Porque con dos voluntades se hace siempre un amor. Falta la suya, conque la mía está sin acción. ¿Es posible que esa dama algunas señas no dio de benignidad que diesen a vuestros miedos calor? Sí ha dado, mas me he deshecho de ellas con cuerda atención. (Si este hombre no me mata, de piedra sin duda soy.) Pues ¿por qué os habéis deshecho. de las señas del favor? Con un ejemplo podré daros más bien la razón. A un hombre muy entendido, mas de fuerte condición, unos vidros muy hermosos un amigo presentó. A él le agradaron de suerte que, con dulce suspensión, como contemplando en ellos, un gran rato se quedó, mas luego sacó una llave y, con sosegada acción, dando un golpe en cada uno, uno a uno los quebró. Preguntole allí otro amigo, con turbada admiración, que por qué aquello había hecho y él así le respondió: «Estos vidros me llevaron los ojos y la afición. Habíanmelos de quebrar, había de ser mi dolor mucho, porque en mi la ira tiene gran jurisdicción y así, ahora que sin enojo y sin pesadumbre estoy, por ahorrarme pesadumbres me los he quebrado yo». Diome indicios esa dama o fuese imaginación mía, que esto es lo más cierto de que no era muy feroz su divinidad conmigo, bien de grande estimación, pero pareciome luego que la razón o el rigor o ambos me habían de quebrar tanta dulce aprehensión, con dolor que me llevase de la vida lo mejor, y así yo las dulces señas por su incierta duración sin dolor las fui quebrando por huir de un gran dolor. Todo eso es disimular que lo que os lleva, en rigor, es el favor que creéis que aquella dama le dio al otro galán. Los celos esta novedad en vos han causado. Ese es engaño declarado y ciego error, que no arden los celos donde no arde amorosa pasión. Pues será envidia. Tampoco, porque en la envidia se halló siempre una parte discreta y es la de la proporción. Nadie envidia sino aquello que piensa que mereció y, aunque el amor propio engaña, no es con gran desproporción, conque yo envidiar no puedo una dicha que quedó al merecimiento mío siempre tan superior. Pues, si ni envidia ni celos os llevan, porque faltó a los celos y a la envidia materia en la privación del amor y la soberbia, que, si lo que trujo a vos a Hircania fue de esa dama admirar la perfección, puesto que hoy os queréis ir, sin duda que le agotó vuestra atención a sus gracias hasta la gracia menor y, si ya qué admirar falta, hacéis bien. Andad con Dios. Tampoco me voy porque le falte a mi admiración materia a sus atributos, que esa nadie la apuró, sino porque yo conmigo tengo tal indignación de ver que no la merezco que desesperado voy. Ya aquestas desconfianzas no son de cuerdo varón, que en vos hay méritos grandes aun para empresa mayor. Vos no de ignorante, sí de discreta, no veis hoy lo que el cielo en esta dama liberalmente juntó y por eso me animáis, mas, a conocerlo vos, yo sé que habías de decirme que erraba la pretensión y así, con vuestra licencia, en un bajel que llegó de Albania a esta playa quiero restituirme a mi región. (La licencia que no puedo negarle me pide hoy. ¿La que es tan infeliz, cielos, para qué nació?) Creedme que siento mucho aquesa resolución. (Si no busco algún remedio, mi esperanza se perdió.) ¿Que, en efeto, os queréis ir? Sí, Clavela. Pues, señor, de parte de la princesa mi señora os pido yo que os detengáis hasta hallaros en su boda. (Triste voy.) Pues ¿que se casa su alteza? (¿Qué boda es esta, mi Dios, que Auristela me ha inventado?) Señor, sí, y la prevención es tal que será muy presto. ¿Quién tanto bien mereció? Eso no puedo decirlo. Ni negarle mi atención la obediencia a que me obliga. Vos siempre sois el que sois. (El de Moscovia sin duda ha logrado su intención.) ¿En fin, señora, os casáis? Como a la disposición está eso de mi padre, puedo sin saberlo yo estar de casarme cerca. (¿Por qué aquel a quien dio Dios más claro el conocimiento los méritos le quitó?) Pues yo, señora, me quedo a poner no la menor parte en el aplauso, a que me llama mi obligación. ¿Qué boda es esta, Auristela, a que has convidado hoy a este hombre? Que me tiene sin juicio... Qué se yo. Vile que se quería ir y a su determinación poner quise un embarazo y otro no se me ofreció. Cogeranos en mentira. Eso no te dé temor, que en tu boda se ha de hallar. ¿Cómo? Casándose él contigo. ¡Para su humor es bueno eso! No te aflijas, que ahora a la imaginación una traza me ha venido de algún ingenio y primor con que puede ser se venza de este hombre la omisión. ¿Qué es? Temo, si la digo, que se nos vuelva carbón. Ten paciencia y dime ahora para qué fin escribió tu mano hoy al de Moscovia la carta llena de horror a quien de firma ni nombre no sin gran susto sirvió. Yo te lo diré. Rosaura. De mi padre es esta voz. Mira, hija. Aguarda aquí, que al punto contigo soy. Esto que iba a referir Rosaura, según lo injusto de mi hado, era de gusto, pues no lo pudo decir. Que esta mi fortuna cruel sea siempre tan inhumana... mas por aquesta ventana han arrojado un papel. ¿Si a la princesa o a mí viene? Mas ya ella está aquí. Ya esto se concluyó. ¿Cómo? Cuando con reposo mi padre a hablarme se aparta, entraron con una carta y dejarle fue forzoso. Pues tampoco acá nos deja la suerte con un cuidado, porque este papel cerrado echaron por esa reja cuando saliste de aquí. ¿Hasle abierto? No. ¿Por qué? Porque tu gusto aguardé. Pues léele. Dice así... ¡Oh providencia del cielo! Pues ¿qué es lo que has advertido? Que nunca un mal ha venido sin que venga algún consuelo. Entró el príncipe a decir lo que dio grande pesar y entra en segundo lugar algo que obligue a reír. Si fuera pesares todo, fuera el mundo infierno. Di lo que has encontrado ahí. Dice el papel de este modo: Si el duelo se hubiera hecho solo para los hombres, no se hubiera hecho la honra para las mujeres. Mujeres hay que tienen para vengar sus agravios mucha honra. Vuestra merced, señora Clavela, no me cumplió la palabra de no escuchar a Orozuz y así, para que vea el peligro que tiene un mal trato, la aguardo esta noche en el parque desde las doce a las dos, llevando por armas solamente unas tijeras, para que la que más pudiere corte a la otra el cabello, conque la una habrá de quedar como loca: o yo porque quiero a quien no me quiere o vuestra merced porque no quiere hacer lo que debe. Celia. Después que yo tengo amor, no me admiro ni me espanto de cuantas locuras veo hacer a un enamorado. ¡Cuál está la pobre Celia! Pero ahora, volviendo al caso de la carta que escribiste, sepa yo el fin, que le aguardo con grande ansia. Señora. Ya son dos los embarazos. Pues ¿qué dices, Orozuz? Pensé que me había llamado vuestra alteza y respondí, pero es dichoso el engaño, pues es en vuestro servicio. (No es sino enredo labrado de mi amor, como a Clavela vi aquí, que es mi dulce encanto.) (Ya que la suerte le da, no malogremos el rato.) (¿Que no te quite el buen gusto nuestra fortuna?) (Si al cabo ha de ser lo que ella ordena, mientras le ordena, vivamos. Disimula y atención.) Mira lo que por ti paso. Lee aparte ese papel. Sí haré, deidad de alabastro. (Digo, señora, que aquello que me decías... Cuidado, que el papel del desafío está leyendo.) ¡Hay tal caso! ¿Que esta pícara se atreva al querubín que idolatro? (Mira los gestos que hace.) (¡El empeño es temerario!) ¿Qué estás leyendo, Orozuz? Un papelillo en que acaso unos confites me dieron. ¿Y es gustoso? Es el diablo. Lleno está de boberías. No suelen ser muy mal plato. A mí a dulce de botica me sabe, por eso trato de acabarle de leer. Léele y, en acabando, tengo un poco que decirte. Tu gusto está en mejor grado que el mío. Di lo que mandas. El tuyo estimo yo en tanto que el papel quiero que leas antes. Sea así. (Volvamos a este vaso de veneno.) (Los ojos desencajados, se va encajando en el alma los renglones.) (Por san Francisco que es la mayor desvergüenza.) (Ahora tosigo le añado. (¿Las puntas de aquestos guantes, has visto?) (No hice reparo.) (Pues míralas, que son buenas.) (A ver.) A no haber tu dado ocasión con el cariño a Celia, fueran más mansos sus celos. ¿Yo? Pero ¿piensas salir? Pues ¿puedo excusarlo? Es grande error. ¿Y mi honra? De aquesto no hay que hacer caso. También hay duelo en las damas. Orozuz, ¿has acabado ya de leer? Sí, señora. Pues escucha. De ira rabio. Toma este guante, Clavela. Ya te atiendo. Di a tu amo que aquesta noche a las doce con secreto y con recato al jardín de las estatuas baje, porque en él aguardo. Harelo así. Anda con Dios. Clavela, lo que te encargo es que no salgas, que yo te vengaré. Eso es en vano, Por vida de la princesa. ¡Fuertes grillos me has echado! Pues yo por tu vida juro de hacer... No entro ni salgo en eso. Guárdete Dios. A ti catorce mil años. Si Celia no lo pagare, a mí me den dos mil palos. Allá va con el papel. Si Celia le sale al paso, ha de ser paso excelente. Gusto exquisito y extraño te ha dado el cielo. En efeto, Auristela mía, el recado que agora al duque le envío tiene unión o estrecho lazo con la carta que le diste, pero, porque a donde estamos viene mi padre tal vez leyendo, tal meditando la carta que le han traído que sin duda es de cuidado, vamos de aquí y te diré, cuando estemos en mi cuarto, los disignios del jardín y de la carta, que entrambos son en orden a que logres lo que tanto has deseado, con que pondremos enmienda en tus enemigos astros. ¡Oh quién muchos corazones... Eso agora es excusado. Vamos, que hay que prevenir para aquesta noche. Vamos. Quien encontró amistad fina el bien encontró más alto. Errar bien pueden los nobles, que, en efeto, son humanos, pero su sangre a la enmienda los está siempre llamando. No me harto de leer aquesta carta. Volvamos, ojos míos, a sus letras, que lo que es bueno en tal grado es mil veces repetido otras tantas agasajo. Astolfo, rey de Numidia, altísimo duque de Hircania, desea y quisiera poder enviar vida muy dilatada y largo número de felicidades. Ya sabrá vuestra alteza porque los defectos de los reyes siempre son públicos cómo mi hermana Auristela, presa por mí injustamente, justamente atemorizada, huyó de la torre en que yo la tenía. Presumo que de miedo de mi rigor no se ha de atrever a declarar en parte alguna, viendo que los brazos de los reyes alcanzan mucho. Yo estoy tan arrepentido de lo mal que obré con ella que peligrara en el sentimiento mi vida a no creer que la enmienda había de hacer gloriosa la culpa. Suplico a vuestra alteza haga cuanta diligencia pudiere para saber si está en sus estados y, para que no pueda haber engaño en esto, le envío ahí su retrato. Si pareciere, sírvase vuestra alteza de decirle que reconozco y confieso que sucede en mi corona y que, si no se fía de mí, elija la parte en que quisiere estar, que en ella le haré las asistencias dignas de su sangre. Astolfo. ¡Qué dichoso fuera yo si me concediera el hado hacerle a Astolfo este gusto! Quiero mirar el retrato con más atención. Parece, parece, si no me engaño, que he visto yo aqueste rostro. Pues solo está, yo le hablo. Vuestra alteza me perdone, si halla consigo ocupado alguna altísima idea de las suyas, embarazo. No puede errar vuestra alteza, ¿qué es lo que manda? (Yo guardo carta y retrato, que esto pide secreto y cuidado.) (La última diligencia del amor en que me abraso es esta y esta vez sola benignos me sean los astros.) Señor, lo que me detuvo cuando entre en vuestro palacio fue de vuestra hermosa hija el gustosísimo encanto. Pediros su mano quise, pero antes quise que el trato hiciese en vos, como en todos, cariño con que escucharlo. No sé si lo he conseguido, que son mis defectos tantos que la comunicación me hace más riesgo que amparo, pero, sea como fuere, ya no puedo dilatarlo, que ni lo sufre mi pena ni el tiempo da más espacio. Y así os ruego me la deis, que a no traer cuando lo trato un alma que dar por ella no me atreviera a intentarlo. (Entre todos cuantos gustos debo a mi suerte, no hallo alguno que haya en mi pecho tan profundamente obrado. Muy dichoso soy en esto.) Señor, es mi gusto tanto al oír lo que proponéis que al responder me embarazo. Por lo que a mí toca, yo desde este punto os consagro cuanta facultad el cielo sobre Rosaura me ha dado y, aunque no es de los hijos precisa en aquestos casos la obediencia porque Dios su elección les ha dejado, es mi Rosaura tan mía que juzgo que tan templado. con el mío está su pecho que suenan de un modo entrambos, pero, por si acaso en esto que, en fin, soy hombre me engaño, yo haré de modo que quede vuestro afecto premiado. Dadme los pies. Vos a mí me dad mil veces los brazos. (Díganle agora a Auristela si sabe que no me caso con Rosaura.) (Con tal yerno es poderoso mi estado.) Adiós, señor. Adiós, hijo. (¡Grande prenda!) (Ya le hablo como yerno, que creemos presto lo que deseamos.) (Contra buena diligencia no tienen poder los hados.) Celia. Señora. Aquesta noche quiero que en aqueste jardín... (Agora muero.) .conmigo estés. (Con esto el desvarío la pienso divertir del desafío.) (Esto solo a mi enojo le faltaba. ¿Cuándo conmigo la fortuna acaba? Mas yo lo dispondré.) Sí haré, señora, pero... ¿Qué hay? .que una jaqueca ahora de aquellas fuertes siento que me empieza. Tus males siempre son en la cabeza. ¿Tan loca soy? En fin, entre las fuentes del jaspe negro aguarda. Y sus corrientes, por si con ellas este mal se aplaca, de parches sortirán de tacamaca. Mucho te debo. Haz lo que te digo. (Pues esta noche más podrán conmigo mi honra y mi pasión que su obediencia.) Voy de esperarte a hacer la diligencia. A los músicos di... ¡Qué serafines! .que allá en el cenador de los jardines canten alguna cosa. Iré si puedo. (Yo haré para escaparme algún enredo.) Ya Auristela sin duda prevenida estará, pues está de mí advertida de lo que por su amor mi fe ha trazado y aun no igualará el mío a su cuidado, porque le debo la amistad más fuerte que ató la vida y que rompió la muerte. Por aquesta fresca rosa con un afecto se ven descolorido un jazmín como una grana un clavel. Ya estoy dentro del jardín, que abierta la puerta hallé, en que veo que me dijo Orozuz verdad. Mover he sentido aquellas murtas. Sin duda que el duque es. Fuego de más duración debe el jazmín de tener, porque la ceniza siempre la sal de las ascuas es. Ya el bulto se ha declarado, quiérole reconocer. No cantéis más, retiraos, La voz, si mi oído es fiel, es aquesta de Rosaura. Quiero acercarme. ¿Quién es? Quien, si ha errado, es engañado de un criado. No tenéis que recelar que sea engaño, que el criado os dijo bien. Seáis, señor, muy bienvenido. Dadme, señora, esos pies, y es el mayor rendimiento, pequeño a tan gran merced. Bien merece vuestra dicha que tanto la celebréis, que es grande. Estando en vos, ¿cómo puede dejarlo de ser? No está en mí, mejor lugar tiene que yo. Pues ¿en quién? Está en una peregrina belleza que os quiere ver y hablar con vos esta noche. Por las señas que ofrecéis sois vos, que ¿quién, donde estáis, peregrina puede ser? ¿Quién? La infanta de Numidia y, por que no lo dudéis, señora Auristela, salga vuestra alteza. Aquí está quien os ha de deber, señora, cuanto al hado ha de deber. (Esto a mí solo en el mundo sucede. ¡Empeño cruel!) El gran duque de Moscovia es, señora, el que tenéis presente. Y a cuyas plantas espero hallar de una vez tantos bienes como males en mi adversa estrella hallé. (El hombre está tan turbado que no acierta a responder.) (Con esta traza he querido dar fuerza de mayor ley al empeño de que el duque de Auristela llegue a ser esposo, que la presencia de una dama, si más fiel no hace el empeño, le hace por lo menos más cortés.) (No sé, por Dios, qué decirle.) Creed, señora, que haré con esta espada que ciño que vuestro hermano infiel os deje el reino que os quita aun antes que le heredéis y, por que en esto no pueda haber mudanza después, su cabeza aborrecida a vuestras plantas pondré. Y, por si tropiezo en ella, vos la mano me daréis. (Mucho aprieta este testigo.) (Cielos, ¿qué tengo de hacer? Que equívocamente dice la princesa que le dé la mano de esposo. Yo solo eso no podré hacer, que la tengo de dar antes a la que su dueño es. Con esto me entenderán.) Que os dije, pienso la vez que os escribí, que sabía que aqueso no había de ser; y es porque lo sé de cierto. Pues yo lo contrario sé. (Más sabe este hombre que yo.) (Muy bien hice en proponer a su padre mi deseo.) Y agora, señor, porque es preciso que Rosaura se recoja, que no es bien que aquí su padre nos halle, quedad con Dios, hasta que os encuentre vencedor de mi hermano injusto y cruel, porque de aqueste palacio aquesta noche saldré. (Cielos, ¿si hay engaño en esto? Porque este rostro otra vez he visto, si con sus rayos la Luna no me es infiel.) ¿Qué tenéis, señor? ¿Qué causa así os hace suspender? No sé qué os diga, señora. Temo que no me burléis, que en vuestro palacio este semblante... (Aquí es menester arte para desmentir lo que este sospecha bien.) Yo traeré quien lo atestigüe, para que no lo dudéis, a Clavela. (¡Oh quiera Dios que entienda lo que yo sé!) ¿Qué me mandas? (Entre bobos anda el juego.) (Yo lo haré.) Clavela pensé que era, pero Clavela no es. (Él presumió que era yo y a su engaño ha de volver.) Pues ¿cómo aquí la luz traes? ¿Estás sin juicio? Porque la peregrina alumbraba, llegué tu voz a entender y de puro puntual con la luz acá me entre. ¿Y quién es la peregrina? Si no das para romper licencia el secreto, yo declararlo no podré. Yo rompo el sello, bien puedes decirlo muy claro. Es Auristela de Numidia, infeliz infanta. ¿Veis cómo no hay engaño? Anda, dile que me haga merced de volver aquí. Señora, yo lo creo, no mandéis que vuelva esa dama aquí. (Martirizarme otra vez quería.) Ea, pues, vuelve a alumbrarla. ¿Para qué? Para que os alumbre a vos. Que yo me retire es bien. Guárdeos el cielo mil años. Pues ya Auristela se fue, os quiero acordar, señor, que me prometisteis ser su esposo si de mi mano no eráis el dueño. Así es. (¿Qué importa revalidar la palabra si yo sé que me la ha de dar su padre?) Pues adiós. Clavela, ven, llevaremos a la infanta a su cuarto. Es proceder como tuyo. De esta infanta el cielo me libre, amén. Buen ánimo, amiga mía, porque tu esposo ha de ser. Como estés tú en mi favor, mas que mi estrella sea cruel... ¡Ay de mí! Yo este castigo me busco por mi osadía malvada. Algún alma abochornada se sale a tomar el fresco. Aquí es necia la porfía. Si habrá con quien descansar... ¡Ay, yo me quiero escapar! ¿Cómo huye quien desafía? (¿Quién esto dicho le habrá?) Yo a nadie desafié. ¿Lo niega? ¿No sabe que cuanto hay se sabe allá? Pues es tanta allá la ciencia, sírvase usted de decirme cómo de aquí podré irme. Dejando sin resistencia aquí el cabello. (Esto pasma. Dios castiga mi pecado con lo que había pensado.) ¿Usted es tiña u fantasma? ¿Cómo habla así? Mi dolor. Paréceme muy raidilla. Llévese usté esta mantilla. Hace allá mucho calor. Pues, por que más no se trate del cabello y quede en calma, yo tomaré por su alma nueve días chocolate. Por ahí muy mal lo aliña. Si quiere hacer algo bueno, tome nueve días veneno. Pues tomaré garapiña. No andemos en más quimeras ni gaste más platiquillas, hínquese aquí de rodillas y entrégueme esas tijeras. Si ello en efeto ha de ser, cortármele yo a mí quiero. Yo soy alma de barbero y sé lo que me he de hacer. Con piedad. No ponga dudas en que con grande atención lo iré haciendo. Este mechón es para el candil de Judas. Pues ¿está usté en mala parte? No, mas yo se le enviaré con persona cierta, que hoy un ventero se parte. Alma mía, ¡bueno está! Solo va esta mata bella. Ea, vaya en paz, que ella lo demás se quitará. ¡Ay, cuál estoy! Cual merece. Mucho castigan los cielos. Oye, si crecen sus celos, también su cabello crece. Yo recibiré merced siempre de un tan noble muerto. ¿Podré irme ya? Sí, por cierto. Pues con licencia de usted. Qué buena va la señora, mucho su amor la maltrata y Clavela será ingrata si desde hoy no me adora. ¿Cuándo será aquesta boda? Ella sin duda le apresta con gran secreto. Si el duque no interpone la violencia de su precepto en Rosaura, temo que mi amor la pierda. Deseo ver a Alejandro, no porque yo hablarle quiera en esto, sino por ver si él me habla en la materia,... A su padre ver deseo por si mi vista le acuerda la palabra que me dio,... .pero él a aquesta pieza suele venir y aguardarle mi desasosiego intenta,... .pero él a esta pieza suele venir, aguardare en ella,... mas al duque de Moscovia allí miro y no quisiera encontrarme aquí con él. mas aquí el príncipe llega y no le quisiera hablar. Divertido en las diversas pinturas de este salón hasta que Alejandro venga estaré. Yo me retiro. Divertido en esas bellas estatuas esperaré a que Alejandro parezca. ¿Qué tienes, amiga mía? Ya me falta la paciencia para sufrir esta calma. Por darle estás buenas nuevas a Clavela no he dormido, pero aquí está mi Clavela. Orozuz ha entrado, misterioso me hace señas. Por estos locos no son insufribles nuestras penas. Mira lo que quiere. Finge que te enfado. Pues alerta: ¡Clavela, no me fastidies ni hables más, que estás muy necia! Harelo así. ¿Qué me quieres? ¿Qué le ha dado a la princesa? Aquestas melancolías cada día la atormentan. No hay que dar cuidado. Al caso. Pues, Clavela, por que veas lo que te quiero, salí al sitio de la pendencia y en figura de fantasma, tomándole sus tijeras, el cabello le corté a tu enemiga y opuesta. Estas las tijeras son, recíbelas por ofrenda. De tu fineza me alegro, del daño ajeno me pesa. Yo las recibo. Señora, digo, pues... ¿Que no me dejas? (¡Raro caso!) (Ya le oí.) (El amor en todos reina.) Por no hacer falta, que, en fin, sirvo donde no quisiera, salgo. ¿Qué es esto? ¿Con toca de tiñosa sale Celia? Ea, ya está Celia aquí con la toca, que remedia la desnudez de su pelo. ¿Con semblante de indispuesta sales, Celia? Sí, señora, maltratome la jaqueca. El peso de aquese pelo sospecho que te hace ofensa a la salud. Es así. El pelo me tiene muerta. Guarda esas tijeras, que divertida aquí su alteza las trujo. (¿Qué es esto, Dios? ¿Mis tijeras no son estas? Aquí hay alguna maldad.) (No la has visto cuál se queda.) El darle al duque mi hija me está muy bien y así es fuerza ponerlo en ejecución y aun usando de cautela. Seáis, señor, muy bienvenido. Rosaura, hija, Clavela. (En mi vida vi dos cosas que tanto una se parezca a otra, como esta mujer al retrato de Auristela, pero esto muy ordinario es en la naturaleza.) Ya el duque está aquí. Ya el duque ha llegado a aquesta pieza. (Mucho me holgara saber cuándo esta boda comienza.) (Veamos si a lo que ofreció se mueve con mi presencia.) Por ver si algo me mandáis mi amor, señor, os espera. Por ver si sirvo de algo aguardo aquí a vuestra alteza. Señores, a esa atención no hallo paga que ofrecella. (Para lo que determino, aquesta ocasión es buena, pues, proponiéndole aquí a mi Rosaura que sea esposa del duque, quito la ocasión de que ella pueda excusarse, que delante de tantos a mi obediencia no se ha de poder negar.) Hija, ya el tiempo no deja más espacio para daros esposo que me suceda. El gran duque de Moscovia os ha pedido y es deuda a su ruego vuestra mano, como lo es a la fineza de suspender su viaje por hacer del tiempo prenda para mereceros, que es muy generosa advertencia. Dadle la mano, hija mía. (Ya esta es fortuna deshecha.) (Muy bien Clavela me dijo, porque la boda era esta.) (El cielo se viene abajo.) Haced lo que os mando, ea. Yo, señor, de buena gana, pero advierta vuestra alteza que en esto a una amiga mía le hago una grande ofensa. Señor... Vuestra alteza un poco lo que iba a decir suspenda y vuestra alteza me dé para que yo hable licencia. Di lo que quieres. Señor, si aquí finezas se premian, el gran príncipe de Albania ha hecho por la princesa mi señora la más grande. ¿Cuál es? No amarla. Esa es idea sofística. No lo es, sino verdad manifiesta. Tan puro mi pecho ha sido que, viniendo a solo verla, reconociendo en su alma y en su rostro tales prendas que a todo el mérito humano desigual y humilde dejan, me quedé solo a admirarla y no me atreví a quererla. Y, en fe de que esto es verdad y que darla vuestra alteza quiere al duque de Moscovia, como indigno de tan bella posesión me reconozco por comparaciones cuerdas; ni hago con el corazón ni con la voz resistencia. (¡Hay suerte como la mía! ¿Que aun hoy le dure su tema? ¿Cuándo entra aquel capricho de Auristela?) (Agora entra. La invención de concluirle el amor me favorezca.) Señor príncipe de Albania, en lo que funda y asienta vuestra alteza la razón de no amar tan gran belleza es en que el que tiene amor igualar a sí desea lo que ama y, cuando está en muy desigual esfera, dice que es el desearlo grosería desatenta porque es querer abatir el objeto que venera. Es verdad. Pues diga ahora si esa dama por sí mesma, sin culpa de los deseos del pecho de vuestra alteza, le quisiera para esposo, ¿no lo acetara? Pusiera mi boca a sus pies mil veces y la amara con tal fuerza que pudiera yo muy bien de mí mismo tener queja. Pues, Rosaura, si a su padre y mi señor no hace ofensa, le desea para esposo. Por lo que a mí toca, sea en buen hora, pues Rosaura hace elección tan discreta. Hija mía, ¿es esto así? Sí, señor. Pues, por que vea el mundo cuán enemigas tengo en esto las estrellas, quiero, señora, acordaros que disteis en mi presencia al gran duque de Moscovia un favor en una bella flor, con que aquel mi retrato está aguardando la enmienda que no dejasteis hacer y, en no estando en la primera disposición que tenía, es imposible me ofrezca a ser vuestro esposo. Yo no di el favor, fue apariencia, fue engaño de vuestros ojos, que quien le dio fue Auristela, bella infanta de Numidia. ¿Qué es esto, Dios? Pues ¿en esa ocasión en dónde estaba la infanta? ¿Es ilusión esta? Allí estaba junto a mí. ¿Y ahora a dónde está? (¡Hay tal pena!) Aquí junto a mí también. Ahí no está sino Clavela. Es la verdad, y la hermana del rey de Numidia es ella. ¡Válgate Dios por señora y el cuidado que me cuestas! Bien había yo sospechado. Deme los pies vuestra alteza. Yo a los vuestros he de estar. Señores, que es hechicera, que anoche vuelta en fantasma me puso así. Calla, necia. Ella la flor, señor duque, me dio para que os la diera en su nombre. Es verdad, y la carta es de su letra que yo os di cerrada, donde mi nombre la firma era. Ya que eso es así, mi mano, bella Rosaura, es aquesta. Y yo el alma con la mía, es muy justo que os ofrezca. Esto solo por mí pasa. Señor duque de Moscovia, ¿acuérdase vuestra alteza que dijo que, si conmigo no casaba, de Auristela sería esposo? Sí, señora. Pues ya el desempeño llega. Hoy llega en buena ocasión, que llamándola heredera suya la busca su hermano con amantes diligencias y yo tengo aquí una carta y un retrato que lo aprueba. Señora, esta es mi mano. La fantasma fui yo, Celia. Dame aquesta mano. Toma, que yo perdono la ofensa. Y aquí tenga fin dichoso No amar, la mayor fineza.
