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Texto digital de La mujer contra el consejo

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Juan de Matos Fragoso Probable yAntonio Martínez de Meneses Probable yJuan de Zabaleta Probable
Género
Comedia
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El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La mujer contra el consejo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mujer-contra-el-consejo-la.

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LA MUJER CONTRA EL CONSEJO

JORNADA PRIMERA

Señor, pues has despedido tu gente y solo has llegado a este sitio deseado, centro del abril florido, declárame ya tu intento y de tan largo camino la razón y el desatino, que me aturdes. Oye atento, Machín, pues fuera agraviarte, si el silencio me condenas, no darte aquí de mis penas y de mis intentos parte. Ese palacio que miras, que entre el imperio florido de tanta verde esmeralda, gigante hermoso, obelisco de piedra al sol se levanta, que como de mármol fino le labró cincel valiente, del aire adorno pulido parece que en las estrellas, para aplauso de sí mismo o se festeja imperioso, o se enamora Narciso, es albergue, es casa, es centro de Sirena, aquel prodigio de Grecia y princesa suya, que por que sirva a los siglos de admiración su memoria vive en aqueste retiro poco distante de Atenas y, por que de sus motivos sepas la causa primero, oye, que son peregrinos. Un príncipe tuvo amante esta señora a quien quiso y antes de llegarse el logro de sus bodas, cruel ministro, la parca ⸻¡ah, segur tirana!⸻ anticipando los filos cortó a sus ojos la flor, como el cierzo prevenido cuando tiraniza el prado a soplos de aura lascivo el ámbar de infante rosa, del clavel tojo el capillo. Sintió Sirena su muerte con tan ásperos, tan vivos afectos que desde entonces buscó el llanto por alivio, la soledad por sagrado, por desahogo el martirio, por compañera la queja, los sollozos por arbitrio, por remedio la tristeza y por reparo el peligro, mas ¡ah, rigor de los astros, fuerza oculta del destino, y cuán lejos vive un triste de hallar en la pena alivio cuando busca en su cuidado por defensa los suspiros! Sus vasallos, pues, en ella viendo cifrado el dominio de Grecia, pues ella sola logra el cetro esclarecido, solicitáronle fiestas, aplausos y regocijos, vinieron de otras provincias príncipes con el disinio de merecerle su mano, para cuyo efecto finos compitiéndose en finezas cortesanos y festivos apuraron con la industria todo el primor al cariño. Nada divirtió su pena y desairado o corrido cada cual volvió a su corte huyendo el desdén esquivo y, juzgando ser achaque de frenéticos indicios, pues pasaba su porfía aun más allá de capricho, juntaron de todo el Asia los varones eruditos en la física, los cuales con remedios esquisitos de su profunda tristeza sondaron el mar tranquilo. Fue en vano porque Sirena, bien hallada en su delirio y con su pasión conforme, sin mudar jamás de estilo, con sus damas solamente sin que admita en su servicio hombre alguno, aqueste alcázar ocupa, cuyo edificio murado apenas el sol registra su oculto sitio. Solamente Aureliano, varón a quien ha debido la educación desde niña, le asiste leal y fino sin que pueda limitarle los estremos excesivos de su amor, que son tan grandes que en sentimiento continuo de aquel infelice amante que marchitó el hado impío, de aquellas cenizas muertas que duran para el aviso idolatra las memorias con silencios repetidos y en una lóbrega estancia, de sombras oscuro abismo, panteón que formó su idea en confusos laberintos, tiene pintado a su amante y, para hacer más distinto asombro de su fineza, de sus ojos asistido vive aquel bosquejo inútil que de engaños coloridos, vistiendo el discurso ciego, lisonjeando el sentido, gloriosos triunfos despierta, acuerda blandos cariños. Así lo dice la fama, direte cómo la he visto pintada, pues en retratos por toda Grecia infinitos la pintan de esta manera que aquí agora te la pinto. Sobre la mano los claveles rojos de la mejilla triste humedecía y en cinco hojas la mano florecía, que aun en ella dan fruto los enojos. Negro el vestido y negros los despojos, no todo luto, pues le guarnecía una línea de plata que fingía el despeñado arroyo de sus ojos. Tormentas los suspiros que exhalaba formaban sobre el campo de azucena y en cada perla una alma aprisionaba, que, como la sirena el paso enfrena cantando, ella llorando enamoraba, que en el mar de su llanto era Sirena. Con esta tema, este encanto, esta pasión y delirio, si de todos admirado, a ninguno sucedido, pasa su edad floreciente ya divertida en los libros a que fue siempre inclinada, ya en el suave artificio de la música, que a un triste estos medios prevenidos no alivian, mas adormecen el dolor con que está dicho, que industriosa le suspende para volver a sentirlo. En fin, altiva y resuelta, sin dar atención ni oído a ningún príncipe amante se oculta insensible risco, si bien el de Chipre y Creta por obstentarse más finos no desisten de la empresa y, linces de este retiro, de su hermosura pretenden mirar el sol por resquicios por ver si de sus desdenes trueca el natural esquivo. Yo, que más que todos amo este imposible divino, que amor con solo un retrato me hizo blanco de sus tiros, encubierto y disfrazado desde mi corte he venido. Alejandro soy, jurado príncipe y dueño de Ciro, que por temer los desaires y el rigor de sus desvíos o porque temo también ser en Grecia conocido por cuanto aquesta corona desde que tuvo principio con la mía siempre opuesta sangrienta guerra ha tenido ⸻que no es el menor estorbo para lo que determino⸻, con esta cautela intento inquirir modo o camino por donde lleguen mis ansias al bello imán atractivo de sus ojos, a quien postro las fuerzas del albedrío, pues, si mis acciones peso, solo en su memoria vivo y en la memoria descansa de este bien que solicito. Aquesto, amigo, es la causa de la empresa que imagino, esta, la beldad que adoro, este, el sol a quien me rindo, esta, la dicha que busco, aqueste, el norte que sigo y, cuando en tanto imposible Faetón me despeñe altivo, no me ha de quitar la suerte la gloria de haber subido. Pues, señor, si eso es así, que no podrás imagino verla jamás. ¿Cómo no? En la fortuna confío, que el amor me dará trazas para poder conseguirlo. Yo te he de dar un buen medio para que entres allá. Dilo. Hazte sastre y di que vas a cortarle algún vestido. No es medio. Hazte sacamuelas, que, pues llora de contino, alguna le dolerá, o, si no, hazte menino y tendrás entrada franca. ¡Que escuche tus desatinos cuando estoy perdiendo el seso! ¡Válgame Dios! ¿Qué camino tomar podré? El más famoso de cuantos he discurrido: hazte desde aquí frutiel y lleva hacia allá contigo zarzamoras, almendrucos, pámpanos, chochos, pepinos, garbanzos verdes, majuelas, agraz, madroños, palmitos, azufaifas y lo que da calenturas y fríos y con esto entre las damas quedarás introducido porque es de lo que más gustan. ¿Ya estás cansado? Imagino que se te huyen los remedios. Ninguno posible miro. Yo sí. ¿Cuál es? Que te vistas de dueña y en su servicio te acomodes. Disparate, como tuyo. Es que ando listo. Un ciego a nativitate llevaba una luz consigo de noche, uno que pasaba «¿para qué es la luz», le dijo, «si no veis?» y él respondió «por que no topen conmigo». Pues estás ciego de amor, inventa muchos caprichos, que, si no topas con ellos, ellos toparán contigo. ¡Fuego, fuego, que se abrasa la quinta! ¿Fuego de Cristo? ¿Esto tenemos agora? Machín, ya es lance preciso el socorrer a Sirena. ¡Oh si en aqueste peligro fuese tan dichoso yo que mereciese atrevido asegurar su hermosura! Ve aprisa. Vente conmigo. ¡Por Dios, señora, que huyamos sin parar hasta Ginebra! En las mujeres también, Laura, ha de haber fortaleza. Señora, no nos paremos. Diana, el temor sosiega. Aureliano, desde aquí no pase nadie aunque venga el peligro que viniere, hombre ninguno se atreva a pasar de estos umbrales. Yo me retiro a esta pieza del jardín y mirad bien que os encargo que así sea. Todas me seguid agora. Señora, vamos apriesa, que este azar esta mañana se me puso en la cabeza. ¿En qué el azar conociste del fuego? En que sin ser fiesta me puse las puntas de humo. Guarde el cielo a vuestra alteza. ¡Raro valor de mujer! ¡Qué altiva, sabia y resuelta! ¡Que un incendio no la asuste, que una desdicha no tema! Ampare el cielo tu vida, que en mi tendrá tu belleza una voz que te aconseje y un brazo que te defienda. Amigos, entremos todos a socorrer la princesa. El primero he de ser yo que de entre las llamas densas saque en hombros su hermosura. Vamos, señores, apriesa, que está hecha un chicharrón. Ea, valor, a la empresa. Válgame todo mi aliento. Vuestros pasos se detengan, que no han de pasar de aquí. (Ya disimular es fuerza.) Aureliano, ¿qué es aquesto? Pues ¿tú los pasos nos niegas cuando abrasado el palacio de fuego respira un Etna y de Sirena en el cuarto? ¿Qué estorbo o qué resistencia? ¿Esa es lealtad? Ea, aparta. Príncipes, vuestras finezas tiene Sirena entendidas y me mandó que esa puerta la guardase y que ninguno permitiese entrar por ella. Mirad vos cómo ha de ser, pues sea injusto o no sea, de la princesa esta es orden y es preciso obedecerla. Cuando es evidente el riesgo de su vida, es ofendella obedecer sus mandatos. Y usar de esa resistencia es procurarla un peligro, además que no pudiera prevenirlos contra sí quien es tan sabia y discreta. Aunque parezca descuido, no careció de advertencia cuando lo mandó y, así, mi resolución es esta. Con aquesta barba cana, el diablo que la acometa. Si es eso así, bien hacéis. Vana fue mi diligencia. Machín, ¿aquestos dos son los que su beldad festejan? Ni por lumbre será suya. Machín. (Lo que machinea...) Atiende bien lo que dicen. De aquí estaremos alerta. Aureliano, ¿a qué aguardas? Albricias a la princesa ve a pedir del buen suceso. ¿Qué dices? De su violencia ya el fuego templó su furia a la primer diligencia por ser muy pronto el socorro. De tan venturosa nueva las albricias te aseguro. Sea el premio esta cadena. Sea paga este bolsillo. (¡Qué nunca esto me suceda! Yo lo estimo. Plegue a Dios que de alquimia se te vuelva. No se ha logrado mi industria. Vuestra prevención discreta me dé permisión agora de que dé parte a Sirena de este impensado suceso por que a su cuarto se vuelva. Es justo y, si en su memoria mereciere mi fineza, por lo que tiene de firme, piadosa la recompensa, a tu intercesión encargo mi vida para que sea empeño de su cuidado lo que en mi razón es queja. Yo de su beldad no espero más que un rigor. Si pendiera de mi consejo su mano, como favor la advertencia me obligara al desempeño, mas, si no ignoráis su tema, ninguno culpe mi olvido, sino el rigor de su estrella, pues su amor para con otro que no fuere el que lamenta es una razón de olvido como si de estado fuera. Por vida mía que el viejo se trae gentil receta. Calla y oye lo que dicen. Hipólito, de esta empresa ya no me queda esperanza, pues llegué con la cautela al último desengaño. ¿En qué fundáis que así sea? A ese fuego que habéis visto mi industria le dio materia. Yo le puse, mas con arte de que atajar se pudiera por que con la confusión y a la voz de que se quema este alcázar diese amor alguna pequeña senda por donde de este imposible pudiese ver la estrañeza. Ya visteis lo que ha pasado y que esta mujer resuelta, anteponiendo al peligro la presunción de su idea, rebelde en su precipicio nos dio a entender que más precia las vanidades de esquiva que de piadosa las señas y, así, ya desengañado, no pretendo otra evidencia, mas que saber que son vanas mi fe, mi industria y mi queja. ¡Rara condición! ¡Estraño capricho!, mas ello es fuerza asistir haciendo alarde de nuestro amor y firmeza por que, una vez publicado este afecto, pareciera desaire el no proseguirlo. Dices bien. Amor, concierta con su desdén mi esperanza, con su libertad mi pena. Amor, deidad poderosa, pues eres dios, haz que tenga menos rigor su porfía o más piedad su belleza. Aquí no hay más que aguardar. Corramos, señor, siquiera no más que hasta Babilonia. ¿Para cuándo, amigo, piensas, que es el valor? Para huir de aquesta Pantasilea, de esta mujer minotaura que en laberintos se encierra tan feroz y rigurosa que hace burla del de Creta, que pienso ⸻según la fama sus riguridades cuenta⸻ que trae seis carabinas por muelle y dos escopetas por arracadas, un chuzo por airón y por ballenas algún peto y espaldar, pues del caso en la refriega no temió bocas de fuego. Ese imposible me alienta y de sus vanos rigores el desdén me lisonjea como el enfermo que, en medio de su efímera, se alegra con la esperanza del agua, arroyos finge en la idea y en alas de su memoria busca las corrientes frescas de la imaginada fuente y allá con virtud secreta halla un género de alivio que la ardiente sed le templa. Así mi amor, aunque mira como imposible esta empresa, halla alivio en el cuidado, gusto en la fatiga encuentra, alivio en el mal repara, descanso advierte en la pena, y es que Amor, como en pintura me dio a beber la dolencia, con prespectiva ingeniosa, haciendo del pincel lengua, parece que me decía de entre aquellas sombras mesmas: ‘De esta beldad no te asombres, pretende su copia bella, que, aunque en distancias fingidas del arte que la bosqueja lejos se ofrece a tus ojos, está de tu mano cerca. ¿Agora estamos en eso? Pues ¿de qué mineta intentas introducirte allá? Mira, industrias vencen finezas. Una tengo imaginada que ha de parecerte buena. ¿Cuál es? ¿No ignoras que un bando echaron por toda Grecia que al que a Sirena curase de su pasión y tristeza un gran premio le darían? Yo, usando de esta cautela ⸻que amor, retórico mudo, me prestará su elocuencia⸻, un sabio me he de fingir, que con este intento a Atenas he venido solamente, con lo cual se me dispensa la entrada franca en palacio y, discurriendo con ella en su cuidado amoroso, examinaré su pena y de sus melancolías sabré la causa secreta, pues quien procura el remedio todo su dolor confiesa y, según su amor, entonces con mañosa estratagema sabré introducir el mío, pero con tanta advertencia que jamás de este pretexto el menor disignio entienda. ¡Vive Dios que me parece la traza admirable y buena! ¿Y si acaso te pregunta ⸻que dicen que es bachillera⸻ cuestiones extravagantes? Yo de todas las materias tengo bastante noticia, pues desde mi edad primera me he aplicado a los estudios de facultades diversas, además que las mujeres, por más sutiles que sean, del hombre menos agudo tal vez engañar se dejan. Pues, señor, apechuguemos con Aureliano y sepa que eres filósofo y sabio y que solo a la princesa vienes a curar y yo por tu pedante en la fiesta también he de hacer prodigios. ¿Y tú has estado en la escuela? Yo sí. ¿Dónde? En Calahorra. ¿Y sabrás argüir? Eciam. Probaré que la barbuda que fue una varonil hembra trujo el bigote a la moda, y que el caballo Babieca tuvo escuela de danzar y que unas carnestollendas puso tienda de herraduras, probaré... Detén la lengua, que ya me cansas. Pues dime, para afectar uno ciencia, ¿es más que usar de estas frases latinas con brava arenga? «Verbi gratia», «ergo», «nequaquam», «niquil hominus» y recta la estatura, el cuello erguido que le tape las orejas, y su tos de cuando en cuando con puntos de carraspera, retorciéndose los guantes y estirándose de cejas, cátatele hombre erudito de fama siendo una bestia. No es tiempo agora de chanzas, pues harto tiempo te queda para usar de tus locuras. El mudar de traje es fuerza para ver a Aureliano. Vamos, que la trama empieza. ¿Y cómo te has de llamar? Yo, Lidoro, ¿y tú? Chancleta, graduado en artes, sacando para aquesto en la cabeza cuarenta borlas azules. Y, en fin, ¿del latín te acuerdas? Y diré veinte epigramas de Escritura. Di una de ellas. Vere amor totos amicos. ¿Y eso en romance qué encierra? Que todos los hombres gordos son amigos de cerveza. Ves aquí otra de Virgilio: intentique hora tenebant. ¿Y qué quiere decir eso? Aqueste es muy claro emblema, que los que son desatentos se duermen en las tinieblas. Mira este de Marcial: fidus amor vitam erga. ¿Y aqueso qué significa? Quiere decir a la letra que siempre van de contino al estribo las bermejas. Tú lo echarás a perder con tu humor. Vamos apriesa, señor, porque estoy rabiando por echar dos mil sentencias. Deme el amor su elegancia y con sus plumas encienda el yelo de los temores al fuego de mi fineza. Vamos por ver en qué paran estos dos sabios de Grecia. De amor la feliz suerte más esperada y menos poseída en sombra se convierte, que, como es flor su vida, temprano nace y temprano espira. De amor la feliz suerte más esperada y menos poseída en sombra se convierte, que, como es flor su vida, temprano nace y temprano espira. Volved, volved, memorias, a la tarea misma y al compás de mi llanto vuestro dolor prosiga, acordadme el tormento y en amorosas iras poco a poco alterando el mar de mis fatigas gigantes olas crezcan que en la tormenta riza de huracanes cuidados que allá en el alma giran. Cubran mis tristes ojos, que de agua necesitan para que temple el pecho volcanes que respira. Agua, amor, que me abraso, agua mis ojos pidan, mas ⸻¡ay de mí!⸻ no tanta, que se anega mi vida. Muera yo, mas no muera, que fuera cobardía por escusarme un daño doblarme una desdicha y, así, de mi tormento viva yo, mas no viva quien ha de alimentarse de caducas cenizas. ¿Qué estrella es esta, cielos, que en mi mal predomina?, mas yo ninguna tengo y la que en mí conspira será cometa infausto formado de las mismas lágrimas que derramo, que con el polvo unidas por vapor le levantan y en la esfera vecina, nueva estrella se añade de mí, siendo homicida y, como su influencia de mi mal se origina, yo le doy los efetos y él a mí las desdichas. ¡Oh pesia al sentimiento y a la congoja mía! ¿Cómo a la suerte sufro injustas tiranías? Sin torcer a su curso la rueda sucesiva, porque están a mi arbitrio trofeos y ruinas, arráncatele el eje y su ronca harmonía será destrozo inútil del rayo de mis iras, pero ¿qué he dicho, cielos? Cóbrese mi porfía, repárese el aliento por que el amor no diga que está mal con la queja quien con sus ansias lidia. No es muerto, no, mi amante, vivo está, pues me mira, presente aquí le tengo, logrando la dilicia de sus blandas razones. Ya llora, ya suspira, ya..., ya llega a mis ojos, ya los brazos me fía, mas solo abrazo al viento, que..., que yo... Sombra fría, soñadas ilusiones, delirios, fantasías, ¿qué me queréis a solas?, que estas glorias fingidas, en lo poco que duran bien se ve que son mías. Y tú, copia adorada, de mi discurso enigma, aun más que en este lienzo en este pecho escrita, siempre te amó constante dichosa mi porfía, que es merecer tus penas calificar mi dicha. Cuando segura estaba en quererte más fina mi rigorosa estrella de tanto bien me priva, intempestivo golpe te apartó de mi vista cuando mis esperanzas más verdes florecían, así desmaya el ámbar la rubia clavellina que el animal que pace con pie grosero pisa, así del olmo alegre la yedra desasida las rúbricas desata, los pámpanos marchita, así rústica mano a la dorada espiga con falsedad abraza y luego la derriba. Y así de amor la suerte más esperada y menos poseída en sombra se convierte, que, como es flor su vida, temprano nace y temprano espira. Mas ¿quién de mi presencia la copia me retira? Tu licencia me has dado que cuando enfurecida te vea con tu pena use esta traza misma y, aunque agora te enojes, después agradecida me estarás del remedio. ¡Ay, Diana! Son hijas de amor siempre las quejas, mas quien llora y suspira alivia sus pesares y tú los multiplicas. A todos tus vasallos da, señora, un buen día. ¡Ay, Laura! Cese el llanto, tu gran dolor alivia. Toma, señora, ejemplo en tierna vid que altiva, aunque el tronco le corten adonde estuvo asida, busca en otro descanso; viuda tortolilla de otro arrullo en la queja su alivio solicita; planta que seca el monte, el valle fructifica; flor a quien borró el austro la bordadura fina, pintora, primavera de colores matiza; gime el mar con tormenta, mas luego en paz tranquila forma el aire en sus ondas maretas cristalinas. Divierte tus pasiones, tus tristezas alivia, que, en fin, naturaleza de sabia se acredita, que el mundo se alimenta de su mudanza misma. Empeñada, mi pena ya solamente aspira querer este imposible, mas, prima, ¿tú no estimas a Anteo? Sí, señora, pero la afición mía la recata el silencio, pues tu desdén conquista. Ese amor suponiendo, ¿trocaras tu caricia por otra? Sí trocara si la inclinación mía no hallara en su fineza atenciones más vivas. ¡Ah, prima!, no has llegado al estremo de fina, que quien una vez quiso por razón tarde olvida. El pajarillo amante en la prisión suspira, mas, si tal vez le sueltan, después que en la florida natural patria suya vuelve con la caricia de aquel antiguo acuerdo a la prisión esquiva. Preso a mi amor combaten obscuras fantasías y, si al divertimiento la memoria le fía, al pasado cariño se vuelve arrepentida, que, como amor es llama, por conservarse viva busca de un muerto amante el centro en las cenizas. Remedio, en fin, no tiene mi mal. Si le tendría si vuestra alteza diese en querer más su vida. De Arabia aquí ha llegado un sabio que publica que os curará, señora, vuestra melancolía. Llamadle, Aureliano, que, aunque tengan las mías incurable el achaque, mi corazón se inclina a oír hablar a un sabio porque son las noticias de todo hombre discreto del alma medicina. Ya llega a tu presencia. En vano amor me anima, confuso llego y turbado hoy a triunfar de su idea. Ea, industria, lince sea de su atención mi cuidado. Llegad, que su alteza aguarda. No llegues tú. ¿Cómo no? Otro primero que yo nequaquam. Vuestra gallarda presencia, que el sol respeta por mejor, la planta agora me dé. Y lo mismo, señora, os pide el doctor Chancleta. ¿Doctor qué? Con su licencia, ya está dicho y, si se asusta de este nombre, si usted gusta, pártase la diferencia. Alzad vos. A vos no os toca hablar agora. Así es, que con besar vuestros pies me pusisteis punto en boca, mas miento como importuno, que ese pie en aqueste empeño no puede ser, por pequeño, tapaboca de ninguno. Saber vuestro nombre espero. Lidoro. ¿Adónde nacido? La Grecia mi patria ha sido, cuna y sepulcro de Homero. ¿Y qué ciencia profesáis? De todas tengo noticia. ¿Y vos? Desde mi puericia, si es que atenta me escucháis, sin ver libro ni argumento todo lo vine a alcanzar. Pues ¿cómo sin estudiar? Soy sabio de nacimiento y, en fin, hombre prodigioso. Por filosofía haré que ande un muerto por su pie, como no sea gotoso. Por filosofía estraños casos obro, como y bebo y, con la misma, renuevo los dientes cada diez años. Aparta. Dejadle hablar. Yo soy aquel grande artista que se privó de la vista solo por filosofar. ¿Vos de la vista? A mi ver, la halla en vos la atención mía. Es que por filosofía yo me la volví a poner. Quita. Advertid que mi mal divierte. Dejadle agora. ¿Y qué hicisteis más? Señora, la piedra filosofal halló mi estudio y desvelo. Qué piedra es aquesa ignoro. Es el modo de hacer oro. ¿Y le hacéis vos? Como hay cielo. Esa es arte peregrina. Y de notable interés. ¿Cómo es? Lo primero es topar una buena mina, luego, con ojo avizor, si betas en ella hubiere, de todas las que tuviere buscar la beta mejor, luego, aquellos minerales echados en el crisol, saldrá un oro como un sol. Así divierto mis males. Ese es el modo vulgar de hacerle. Ya yo lo sé. Oigan, que ahora diré el modo particular, pero para fabricallo materiales ha de haber. Decid lo que es menester, que luego mandaré dallo. Que vuestro regio decoro me mande un oficio dar en que mucho pueda hurtar y me veréis hacer oro. ¿Con qué fin a este lugar habéis, Lidoro, venido? Solamente me ha traído vuestra alteza, pues curar intento su gran pesar. ¿Y el mío qué viene a ser? La tema de aborrecer a todos y la de amar de un imposible el rigor. ¿Quién lo causa? Una tristeza. ¿Y esa de qué nace? Empieza de una memoria de amor. Yo el amor quiero tener y la tristeza olvidar. No se pueden separar. Remedio no puede haber, según esto, en mi fineza, pues procura mi razón que me dejéis la pasión y me curéis la tristeza. Gusto hay que causa pesar como tristeza que alegra. El ver morir una suegra y un tío a quien heredar. Mas, si el amor os condena el alivio, es imposible sanar del mal si apacible se os hace al gusto la pena. ¿Que, en fin, tristeza y constancia no dividen su caricia? Nequaquam, que la tristicia venir per concumitancia. ¿Qué cura a estas dos pasiones aplica? Conversación. Mal que enferma a la razón, se ha de curar con razones, pues el cielo prevenido que amparase quiso atento un tormento a otro tormento, un sentido a otro sentido. Del oído los enojos la mano suele advertir y la voz viene a suplir el defecto de los ojos. Uno y otro afecto pudo eslabonarse piadoso haciendo al ciego ingenioso y lince entendido al mudo y, así, también quiso atento aquí por mostrar más gloria que males de la memoria los cure el entendimiento. Aquesa es sofistería en que el discurso se pierde, pues da causa a que se acuerde la pena a la fantasía. No vive el discurso vario a la memoria obediente y, si cualquier accidente se cura con su contrario, ya contra vuestro sentido la consecuencia es notoria, pues males de la memoria solo los cura el olvido. (Su humor he reconocido, pues con el agudo ingenio lleva la contraria en todo. Su amor he de ir aplaudiendo con maña, que hay naturales de capricho tan resuelto que, aunque vayan contra sí, van siempre contra el consejo.) Si del mal de la memoria es el olvido el remedio, ¿cómo no usáis prevenida de ese alivio en el tormento? Yo olvidara este dolor si acá del alma en el centro, como hay arte de memoria, de olvido hubiera preceptos. Si he de deciros, señora, la verdad de lo que siento, no procuréis el olvido, que es solicitar un riesgo. ¿De qué suerte? Vos amáis dulces memorias de un dueño que ha usurpado a vuestros ojos del hado el rigor violento. Así es verdad. Pues, señora, no procuréis más remedio que proseguir la firmeza de vuestro amoroso intento, pues gozáis en este estado del más dichoso trofeo que puede alcanzar quien ama. ¿Trofeo dichoso? Es cierto. ¿Cuál es? El vivir segura de la inquietud de los celos y quien vive amando libre de esta pasión podrá atento decir que el cielo piadoso le dio en la vida otro cielo, porque es problema asentado que es de menor sentimiento ver muerto al dueño querido que verle en poder ajeno. Proseguid vuestra porfía porque poco a poco el pecho se irá naturalizando con el mal hasta que el tiempo haga con la pena misma parciales los pensamientos porque una vez la memoria, aunque le pese al sosiego, con veneno alimentada no le hace mal el veneno. Vuestro consejo, Lidoro, he de seguir y agradezco que de parte de mi amor se ponga el parecer vuestro. El gusto me lisonjean vuestros sabios documentos. En mi servicio os quedad, pues sois el hombre primero que contra el sentir de todos apoyáis mi firme empleo y, así, ya no espero más que morir en mi tormento. (¿No escuchas esto, Machín? Yo lo he errado ⸻¡vive el cielo!⸻ porque soy tan infeliz que cuando su agudo ingenio todo cuanto hay contradice. Agora ⸻¡ah, rigor severo!⸻ solo porque me está mal ha tomado mi consejo.) (Señor, búscala agua arriba, como hacía el molinero.) Que os conforméis con mi arbitrio es lo que agora más precio. Sanaréis, mas advertid, señora, que con estremo habéis de cerrar el paso a todos divertimientos, no habéis de buscar alivios, pues, si los buscáis, es cierto que puede crecer entonces vuestro amor con tanto imperio que puede dar en delirio y mataros. (Si con esto por contradecirlo hiciese lo contrario, fuera el medio para conseguir el logro de mi amor.) ¿Esos festejos puede crecerme este amor? No hay duda, que, como es fuego amor, si en el fuego arrojan alguna agua, más violento vuelve a embravecer la llama. Así el amoroso incendio al templarse con alivios con más violencia de nuevo el corazón avasalla y, poderoso elemento, sus libres actividades va en el gusto introduciendo y por doblar la congoja traidor acecha el contento. Mi amor no puede ser más. Según este claro ejemplo, crecerá con los alivios como con el agua el fuego. ¿No veis que eso es cuando es poca, pero cuando es mucha vemos que apaga la llama? Es llano. Luego los divertimientos, si fueren muchos, ¿qué harán? ¿Qué harán? Sacaros del pecho esa pasión. ¿Mi pasión? Sí, señora, pero de ello nace otro mayor peligro. ¿Peligro? Saberle espero. Es que pondréis el amor por fuerza en otro sujeto. ¿Yo el amor en otro hombre cuando sabe el mundo entero que contra todos publico un rencor, un odio, un ceño tanto que, si de mí misma pudiera ser el objeto, me aborreciera a mí propia? Pues una de dos es cierto que ha de ser si es que admitís alegres divertimientos: o aumentar vuestra pasión, o aquesos mismos estremos poner en otro cuidado. De razón estáis ajeno. Mi amor no habéis conocido. Sí conozco. Antes por eso os importa. ¿Qué me importa? No admitir divertimientos. ¿En qué pueden ofenderme? En ellos consiste el riesgo. ¿Qué es lo que dices, Lidoro? Vuestra vida es la que temo porque en los ojos peligra. Pues solamente por eso, por ver cuán lejos en mí estáis del conocimiento, a esos príncipes amantes he de admitir el cortejo y divertir los sentidos ya en la caza, ya en festejos, ya en públicas alegrías. (Mi dicha consiste en eso.) Señora, ¿eso intentáis? Sí, por que veáis que en mi pecho no puede el amor ser más ni mi constancia ser menos. Advertid... No hay que advertir. (Yo conseguí mi deseo, pues persuadirla a mi amor con aquesta industria intento.) Que es error. Esto ha de ser. He de ver si vuestro ingenio puede vencer mi porfía. (Él la ganó, él va contento.) No lo hagáis. Ya estoy resuelta. Señora. (¿Qué escucho, cielos?) (¡Lindo! Topola agua arriba.) ¿Y direisme los efetos que hiciere en vos esta prueba? Claro está, pues que por eso os mando que me asistáis. ¡Cuerpo de Cristo! Acabemos. Venid conmigo, Aureliano. Ya, señora, os obedezco. Yo con esto podré hacer que sepa mi amor Anteo. Y yo que el doctor Chancleta me cure un dolor que tengo. Yo a estudiar de memoria aforismos de Galeno. Y yo a poner en la empresa industria, valor e ingenio, pues siempre es cierto que va la mujer contra el consejo.

JORNADA SEGUNDA

El premio ha merecido. En la carrera a todos ha excedido. El parabién reciba. Vítor el encubierto. ¡Viva, viva! Ya la fiesta ha cesado donde, buscando alivio, hallé cuidado. ¿No templó tus enojos esa varia lisonja de los ojos, pues para divertir tu pena estraña esfera fue de Marte la campaña, vistoso cuadro de colores sumas y teatro de galas y de plumas? ¿No ha podido alegrar tu color fiero ver aquel ignorado caballero que a todos excedía y con la banda el rostro se cubría? Ese aumenta mi pena, ese mi nueva confusión ordena, pues pretende quitarme una vitoria rindiendo mi altivez a su memoria. ¿Por qué te enoja? Porque ya me afrento de que se acuerde de él mi pensamiento. ¿Yo, mudar de opinión? ¡Qué loco exceso! El remedio consiste solo en eso de un tema tan estraño. Para mí no es remedio, sino daño, pues tan vanos aplausos me prometo de amar la imagen de un difunto objeto, que mi decoro ofende el que a mi corazón borrar pretende esta impresión divina con que soy en el mundo peregrina y, así, en vano obligarme ha presumido ese que del embozo se ha valido porque, si atenta reparé en su acierto, fue más que por galán por encubierto y corrida he quedado de que haya en mi pecho despertado atención tan ligera la privación de no saber quién era. Señor, ¿no lo has oído? Feliz principio de mi amor ha sido. Parece que le cuesta algún cuidado verte correr las lanzas embozado. Gran dureza en su pecho el amor halla, lanzas son menester para picalla. No fue advertencia vana tener en esa aldea comarcana prevención y caballos a ese efeto. El interés aseguró el secreto. No lograra la dicha que conquisto si supiera quién soy. Ya nos ha visto. Ponte tú de filósofo al instante y revístome yo de platicante. Vengo a saber de qué modo te sientes de tu tristeza, que a servirte mi fineza me ayuda. Y mi ciencia y todo. ¿No viste el festivo alarde donde con valor ufano los que pretenden mi mano han competido esta tarde? No, señora, porque ha estado mi deseo confiriendo tu remedio. Y yo leyendo sobre esta cura al Tostado. Pues sabrás que ha procedido del festejo que se ordena para divertir mi pena nueva inquietud al sentido. No te encarezco admirada la pompa hermosa y real de la plaza artificial en ese campo fundada, aunque la fiesta autoriza copiando mayos y abriles, pues de tejidos pensiles sus cuatro frentes matiza ni el concurso que este día de toda Grecia acudió a la fama de que yo treguas con mi pena hacía. No digo las experiencias de la gala y del valor, que supo hacer el amor con lucidas competencias. Solo de un aventurero los aciertos te diré, que siendo el último fue en mi atención el primero. El semblante recataba cuidadoso y advertido, pues por no ser conocido de una banda se embozaba. La carrera paseó y, habiendo el clarín oído, para el combate fingido brioso se apercibió. Blandiendo al fresno la punta, rige un bayo corpulento que con galán movimiento cinchas y herraduras junta. Ya incita, de aplausos lleno, el fuego bruto en la tela, ya le enciende con la espuela, ya le apaga con el freno. Dio logro a sus confianzas, corrió la valla aclamado y contra el faquín armado astillas hizo las lanzas. Fue de los demás agravio, anduvo airoso y lucido, mas ¿yo alabarle he podido? Yerro ha sido de mi labio. ¡Qué loca facilidad! ¿Cómo me olvido de mí? (¿Qué dices de esto?) (Eso sí, tropiece en la humanidad.) (Ya va mejorando, pues de aqueste indicio lo advierto.) (Alabar al encubierto signum sanitatis es.) El premio a todos ganó, mas culpé su inadvertencia, pues grosero en mi presencia a Diana se le dio y no a mí. (Pegó la traza.) (Así enciendo sus desvelos.) (Con el julio de los celos madura esta calabaza.) Dejome confusa, en fin, y se fue sin dar señal de quién era. Pues, señora, ya que a mi consejo das licencia, atajar importa ese cuidado, que ya como embrión en tu pecho se ha comenzado a formar. (Dila tú que no te quiera, que, si en todo al revés va, ha de quererte.) Un diamante con otro se ha de labrar. No es cuidado el mío y yerra quien ese nombre le da. Como ha poco que le sientes, conocido no le habrás, pues cuando en un edificio se enciende el fuego voraz antes le ven los de fuera que no los que dentro están. A ese amante disfrazado olvidalle intentarás, aunque sin decir su amor quiera vencerte sagaz, aunque cautele la llama, que le debe de abrasar, aunque allá en tus conjeturas labre la idea eficaz imágenes lisonjeras del no visto original y te diga el pensamiento que aventaja a los demás en adorar tu hermosura y en merecer tu deidad. De aquesta imaginación no te dejes sujetar y por que de él no te acuerdes retírate ahora, mas no te rindas al deseo de verle porque podrá en tu pecho ser amor lo que fue curiosidad. ¿El deseo me prohíbes de ver? Eso es limitar a un río cuando ha crecido su caudaloso raudal. ¿No miras tú que el deseo peligra en la voluntad? Hay distancias imposibles en mí desde el desear al querer. (Mal se asegura, que por ahí van allá.) Por verte al amor opuesto mayor motivo me das de que apoye de su imperio la absoluta potestad. Amor es llama engendrada de ese fuego elemental que prende en los nobles pechos con mayor actividad. Amor es furia y no dios, es un remedio mortal, una borrascosa calma y una belicosa paz. Amor es único origen de toda tranquilidad que el ocioso pensamiento en glorias sabe ocupar. Amor, si en un corazón introduciéndose va, es perezoso al salir y diligente al entrar. Amor hace de la tierra amante al cielo inmortal, sus estrellas son los ojos con que ve su hermosa faz, los relámpagos suspiros, risa la serenidad, llanto la lluvia que amor al cielo obliga a llorar. Amor trae consigo el riesgo, la queja, la falsedad y los celos, que son sueños del que más despierto está. Amor es de todo el mundo fundamento universal, unión de discordes almas, alivio de tanto afán y no busque tu discurso defectos en su deidad, pues decirme que no ame es darme impulsos de amar. (Si queréis los que en el limbo de las esquivas penáis que amor las parezca bien, decidlas de él mucho mal.) (Buen fin mi amor se promete.) (La razón y el tiempo van venciendo ya su tristeza.) (Mi amo la sacará la raíz del muerto o yo mis libros he de quemar.) Resueltos a entrar venimos. Nadie lo estorbe. Apartad. Aunque tu rigor nos culpe, esta licencia nos da nuestra queja, que por justa tú la debes escuchar. Sirena, que fénix eres en la singularidad, ¿no basta que de los ojos que venerándote están te retires dando nombre de recato a la crueldad? ¿No basta que sin rendirnos a tanto desconfiar tu imposible luz sigamos cual suele al norte el imán y que premies con desprecios nuestra noble voluntad, sino que hoy por igualarnos hayas permitido entrar competidor encubierto que a tanta dificultad se opuso pudiendo ser de aquesta empresa incapaz? Nosotros, pues nos compite, no le podremos quitar los aciertos venturosos que su fortuna le da, pero castigar sabremos su loca seguridad si encubierto se atreviere segunda vez a lograr de tan alta competencia el premio. ¿Por qué culpáis los dos que permita yo lo que suelen dispensar el estilo en casos tales? ¿Y ese motivo tomáis por haber entrado aquí excediendo a mi pesar los límites de mi gusto? Inquirid, examinad vosotros quién puede ser el que os pudo aventajar, procurad saber si ha sido de competiros capaz, aunque en el valor que muestra no parece desigual. (Cuanto más de mi memoria con fuerte contrariedad todos apartarle intentan, le van acercando más.) (Si al encubierto se inclina, los desengaños harán que Anteo pague mi amor.) Quién es he de averiguar. Descifremos este enigma que tal cuidado nos da. El conocelle es empeño. En mí ha podido causar nuevos incendios. Amor crece con los celos ya. Gran mareta se levanta. Como yo en aqueste mar no peligre, en la Sirena no temo la tempestad. El primer amante eres que ha podido aconsejar que le olviden. Con mi industria logro mis ansias tendrán. No ha de conocer mi amor. Bien haces, pues te enviará, en sabiendo que la quieres, por monas a Tetuán. ¿Si olvidará el muerto amante? Sí, y al caso un cuento va. Enterraron en el campo a uno y su mujer leal se fue a plañir junto a él sin apartarse jamás. Al mismo tiempo ahorcaron en aquel propio lugar a un salteador y, temiendo la justicia algún desmán, por que nadie le quitara un guarda le puso, el cual, viendo a la afligida viuda en tan yerma soledad, la ofreció su albergue y ella perseveró mucho más en su duelo. Él porfió y la matrona ejemplar se fue con el guarda pío aquella noche a cenar: Cuando el guarda madrugó, no halló su ahorcado ya y, creyendo que a docientos le habían de sentenciar, quiso huir de la vaqueta por guardar el cordobán. La viuda, viendo que el muerto era pena y no solaz y que el vivo se la iba, le aseguró con sacar el cuerpo de su marido y en la horca sin piedad en lugar del que faltaba ella le ayudó a colgar. Si el amor vivo a Sirena la va picando sagaz, de la horca del olvido ella el muerto colgará. Difícil empresa sigo, mas ya vuelve. Despejad. Amor, aquel pecho rinde a tu saeta inmortal. La insigne ciudad de Atenas, patrimonio y heredad que te aclamó sucesora de tanta estirpe real, sabiendo que ya tu pecho medos poseído está de la pasión que ha excedido del límite natural, te ruega que elijas dueño para establecer y dar a tu supremo laurel gloriosa posteridad y, por si no se conforma tu gusto con los que están hoy pretendiendo tu mano, te remite su lealtad de otros príncipes del Asia que te pueden igualar algunos retratos dentro de este pliego, en que podrá tu elección aconsejarse con el pincel singular. El examen de sus dueños en estas copias harás porque, si dentro de un pecho heroicos méritos hay, en el rostro aquellas luces se miran reverberar y, mientras hacen tus ojos censura tan esencial, que se aperciba la caza que ordenas voy a mandar, contento de que suceda a tan larga oscuridad de tristeza tu alegría, dando alivio a tanto mal, esperanza a tus estados y logro a tu verde edad. Atenas muestra su fe, mas su carta ahora dejo y aquí con vuestro consejo esos retratos veré aunque son mal admitidos (y en vano intento vencer la causa.) ¿No puedes ver ni aun pintados los maridos? En la caja del primero su nombre viene grabado. Es Lisandro, potentado de Tesalia. Verle quiero. Ya parece hombre mayor. Años confiesa, y yo añado: sobre los que aquí ha mostrado, los que le quitó el pintor. Con grave ceño el semblante mira. No quiero por dueño un marido que con ceño me ha de mirar cada instante. El que se sigue es Fineo de Tracia. Me ha parecido muy peinado y presumido. Eso es peor que ser feo. Este de esquivo y de ingrato querrá preciarse. ¿Quién duda que se pondría una muda la víspera del retrato? El hombre debe tener las acciones como el nombre. No tiene traza este hombre de ser ni aun para mujer. Esta copia es la postrera. Por que el dueño la autorice, ¿cúya es? Alejandro, dice, príncipe de Tiro. Espera. ¿Este enemigo no es de nuestros estados? Sí. No prosigas, ponle allí, que yo le veré después y a Aureliano le dirás que responda a Atenas luego dando esperanza a su ruego y tú a prevenirme irás, pues a caza he de salir, galas de campo. Estos son alientos de su afición aunque lo intente encubrir. Amaba, opuesta al curso de los días y a la razón, aquel difunto empleo, de vano amor soñándome trofeo, pues puede arder en las cenizas frías; mas el que ya despierta mis porfías sombra es también si al verle no le veo. ¡Oh amor, qué loco engendras el deseo, pues tiene por objetos fantasías! Aquel no fue por ser mármol helado y este no es porque a ignorarle llego, uno imposible y otro imaginado. Tósigo de las almas, Argos ciego, de ilusiones deseos has formado, que es lo mismo que hacer del aire fuego. Vencerme a mí misma espero y ahora por divertir mi cuidado descubrir aqueste retrato quiero, que a este príncipe de Tiro, contrario de mi poder, le deseo conocer, pero este rostro que miro yo le he visto o tengo ciego de los ojos el sentido. Ya sus señas he advertido, las mismas tiene ese griego sabio cuya ciencia ofrece dar con eficaces medios a mis pasiones remedios y tanto se le parece que el traje que muestra aquí, si no le diferenciara, ser el mismo sospechara. Tal semejanza no vi y no solo es semejante, pero mi duda pudiera presumir..., mas es quimera que un príncipe tan distante no dejaría su estado y, aunque tan vana he nacido, no he de pensar que ha venido para verme disfrazado, mas ya por injusta admiro la desconfianza mía: ¿ese hombre no podría ser el príncipe de Tiro y el encubierto también que logró tanto trofeo? Crea una vez el deseo lo que pueda estarle bien, aunque reparo en que son efectos muy naturales haber dos rostros iguales. Será vana mi aprehensión, mas aquí viene. Haré en él, pues me confundo dudando, la experiencia cotejando este rostro con aquel. Mientras que más se recata mi amor, a este empeño aspira mucho más. Según te mira, parece que te retrata. De ver tal similitud más absorta ahora estoy. Algo que en la mano esconde mira con grande atención. Será algún pequeño espejo, que en los muelles le usan hoy para consultar con él negocios de tocador y en él estará mirando si al olio el rostro sacó, si como suele en su punto la ilumina el resplandor, si obró el familiar socorro que la redoma encerró, si igualó la secretaria de los botes la color, si la plantó bien el moño y si con toda sazón las cejas como chorizos al humo se las guisó. No hacen eso las divinas. Lo harán las que humanas son. Más grave cuidado arguye. Por no estorballa me voy. ¿Por qué os vais? Por no ofender vuestra atenta suspensión. Viéndote imaginativa, que estabas nos pareció trazando alguna comedia. (¿Será verdad o ilusión? Mas, si el príncipe Alejandro es este, por cierto doy ser también el encubierto. Quiero ver si me engañó mi sospecha de esta suerte.) Confiriendo ahora estoy conmigo y con un retrato que de Atenas me llegó si su original merece mi mano, pues de mi error ya desengañada vivo y quiero hacer elección de sujeto. (Elegir quiere. No te descuides, amor.) ¿Qué me aconsejáis? Señora,... (Ya la mosca le picó.) .mal puedo en caso tan grave daros mi consejo. Vos juzgad según vuestro gusto y según os pareció el retrato. Me parece su dueño merecedor de ser mi esposo. (Ya temo perdella. ¿Diré quién soy, Machín?) (Hombre, que te pierdes.) (Ya desconfío.) (Valor.) (Si acaso es él, con su mismo retrato inquietud le doy.) Sigue tu capricho y haz de las tripas corazón. Si la suerte de su dueño el retrato conformó con vuestro gusto, admitirle para tan dichosa unión será acertado y con esto, si alguna idea os quedó de aquel que encubriendo el rostro descubrir quiso el valor, la acabaréis de borrar de vuestra imaginación. (No es él, pues contra sí mismo no animara mi rigor ni me persuadiera tanto a que le olvidara yo.) ¿A ese que todos le ignoran, decid, conoceisle vos? No, señora. Pues ¿por qué le estorbáis mi inclinación? (Vuelvo en mí.) (¿Qué te parece la llaga que descubrió?) Porque su mérito juzgo indigno de tal favor, pues le encubre,... (Mi sospecha con esto desvaneció, pues no desacreditara él su propia estimación.) .y también porque presumo que no os ama. Esto es peor. ¿Que no me ama? ¿En mi agravio fundáis esa presunción cuando sabéis que de tantos cuidado imposible soy? Pues no se dio a conocer venciendo a todos, mostró que por sí mismo lo hizo y no por el galardón y, pues ser correspondido no quiere, no tiene amor. Vuestros discursos me enojan. Idos de aquí. Ya me voy. (¿Ves todas aquestas furias?) (Sí.) (Pues miel sobre ojuelas son.) Esperad. ¿Qué me ordenáis? Sabed ⸻mi duda mintió⸻ que salgo mañana al monte por divertir mi pasión y quiero que vais conmigo. Yo os iré sirviendo. Y yo, que también sabrá matar jabalíes un doctor. (Ven y sabrás lo que intento.) (Maza de tu embuste soy.) (¡Que hiciese tan parecidos naturaleza a los dos!) (Así espero hacer posible este desdén triunfador.) (Engañose mi deseo.) (¡Qué altivez!) (¡Qué confusión!) Montes al cielo encumbrados por altos desvanecidos, verdes apacibles prados que de esperanza vestidos sois envidia a mis cuidados, olmos que dais amorosos a estas yedras vuestros brazos poseyendo venturosos los maridajes frondosos que hacéis con estrechos lazos, hoy, pues es vuestro verdor de su luz esfera amena, por que olvide su rigor en vuestras hojas Sirena, lea preceptos de amor. Verdes luces, varias flores que a las del cielo más bellas no parecéis inferiores, pues mayo os da resplandores para ser del campo estrellas, arroyos que vais al mar, sed espejos lisonjeros del dueño de mi pesar y corred a murmurar de su ingratitud ligeros. Hipólito. Anteo, ¿a ti también te trae el deseo de ver a Sirena? Sí, pues aquel desdén que veo aviva esta llama en mí, por verla al sitio he llegado de la caza aconsejado de amor, mas no de esperanza. Con igual desconfianza compite nuestro cuidado, aunque desde ayer ha sido nuevo incentivo a mi amor, Anteo, el no haber sabido quién sea el competidor disfrazado. He presumido que es la diligencia ociosa. Parece, pues vuela tanto nuestra atención cuidadosa, transformación fabulosa u de aquesta selva encanto. Ya la duquesa llegó y, mientras la caza empieza, esta floresta eligió por sitial de su grandeza y ya permisión os dio de verla y, desengañada de aquel delirio indiscreto, a la razón obligada también permite la entrada que os prohibió su respeto. Imposible parecía. Nadie lo pudo esperar. Un día tras otro día un yerro pueden labrar de la más dura porfía. Ya con el propio vestido que en la plaza entraste estás en este bosque escondido. Así facilito más este imposible. Advertido has andado en que dejemos los caballos. Si convienen, cerca de aquí los tenemos. ¿No ves allí los que vienen con amorosos estremos siguiendo a Sirena? Sí, y ella, que la caza espera, tanta atención causa en mí; Apeles pintara así a Diana si la viera. Como es planeta del monte, sus astros la van siguiendo y, aunque el sol llevan delante, ostentan sus luces ellos. Tres arcos trae y es el uno contra los corzos ligeros, contra las almas los dos, blanco el uno, los dos negros. Hermosas flores la debe el fragoso verde suelo, varias de color y todas hijas de su pie ligero. Traje de campo la adorna cuyo licencioso aseo los átomos con que pisa recata a la vista menos. Sus trenzas de ámbar corona el buen gusto del sombrero, que se muestra en lo brioso muy imitador del dueño. Rizo plumaje le cubre que ya pulsado del viento porque enlaza libertades va castigando el cabello en cada paso que mueve. Señor, ¿qué arrobos son esos? Yo quiero despabilarte porque te vas derritiendo. Ya parece que a este sitio se acerca. Encubrirme intento. Ya para entrar en las telas que quiere tomar entiendo el coche. Y ya vienen todas con armas para el efeto de la caza. Alegre día. Que ha de divertirme espero la montería. Será lograr el común deseo. Para dar principio a esta guerra agradable sus puestos ocupen todos. Y ya gimen los lebreles presos porque el viento solicitan y desafían al viento. Contentas vamos de verte sin aquel triste desvelo. Aunque otro me inquiera, yo venceré mi pensamiento. Con esta banda embozado me vio y ahora pretendo lo mismo. Si están presentes tus competidores, temo que han de querer conocerte. Veré si se apartan ellos. Por donde juzgas que puede amor entrar en su pecho la combates. Ya en la caza se escucha el ruidoso estruendo de las batidas. ¡Ataja! ¡Al valle! ¡Al monte! ¿Y un puerco cuesta todas estas voces? Arrancados de sus centros, a este rumor con que tiemblan las coronas de los fresnos en las telas van entrando veloces los brutos fieros. Muchos se vuelven al monte y en sus caballos Anteo, Hipólito y Aureliano con lebreles y monteros los van siguiendo. Uno solo ha quedado, horror sangriento del bosque y desprecio altivo de venablos y de perros. De áspera piel tenebrosa se arma el bruto corpulento y al que ofenden sus colmillos antes le vence su aspecto, Horrible luz bermejea en sus ojos, cuyo fuego de aquel cerdoso semblante alumbra el oscuro ceño. Herido ya, con la rabia tronca las ramas soberbio, ya atropella los estorbos, ya se venga en los sabuesos y ya de su herida ensancha la rotura el movimiento, pero, al sitio adonde está la duquesa acometiendo, me obliga a que yo me arroje a socorrella cubierto el rostro, pues logro así su defensa y mi deseo. Vaya él, que no entiendo yo estos jabalíes griegos. Embistió ya el jabalí con los coches. Aquí es ello. Todos se apartan y en cobro los guardadamas se han puesto. ¿Las guardan de un galán limpio y no las guardan de un puerco? Hacia un coche va de dueñas y que ha de embestirlas temo, entendiendo que sus tocas son las telas. Dicho y hecho. Ya con él cierra Alejandro, teme, jabalí soberbio, que, aunque tienes muchas cerdas, mi amo no tiene menos. Ya esconde una y otra vez en el bruto el fuerte acero, ya le rindió y presuroso vuelve a buscarme a este puesto siguiéndole la duquesa. También yo embozarme quiero para que no me conozca. Pues lograste ayer tu esfuerzo y aquí también, sepa yo quién eres. No has de saberlo. ¿Cuando bizarro me obligas te encubres? No aspiro al premio. Pues ¿por qué tu valor muestras hoy? Por lo que a mí debo. ¿No he de conocerte? No. ¿Y vos quién sois? Soy su lego. ¿No os empeñáis de esta suerte por mi causa? Ni por pienso. ¿Que no te arriesgas por mí? Perdona, que otro es mi intento. ¿Qué escucho? Tan ofendida ya como admirada quedo. Señora, ¿quién será este don Belianís encubierto? ¡Que estén todos en el monte para no poder, siguiendo sus pasos, reconocelle cuando se embosca ligero, negándole ya a mi vista este laberinto espeso y, cuando llena de dudas y enojos me deja a un tiempo, pues me encubre su semblante y me descubre su pecho, que no es cuidado confiesa el que le ha movido, cielos! Solamente en su albedrío es ignorado el imperio de cuya ley tienen tantos el vasallaje por premio. De esta suerte en mí el amor va introduciendo su fuego. Yo ardo desobligada y yo querida me yelo, mas ¿qué aguardo que no busco quién se empeñe en seguimiento de este burlador agravio de mi altivez, de este freno de mis presunciones vanas, riesgo de mis pensamientos, causa de nuevas sospechas con que ciegamente inquieto mis discursos? Y, pues ya que vuelve del monte, advierto nuestra gente soliciten hallarle. Hipólito, Anteo, venid todos. ¿Qué nos mandas? A ver lo que quieres vengo. También me burlan mis dudas, pues que son conozco en esto mentirosas. ¿Qué te ofende? ¿Quién puede turbar tu pecho? Ese que de mí se encubre, que después de ser su acero castigo de aquella fiera me deja, imitando al viento, confusa. A mí desairada el groserón escudero. Yo los vi pasar. ¿Por dónde, Machín? Por aquesos cerros, por señas de que es el amo más galán que Gerineldos y el criado blanco y rubio. Pues nos quita los trofeos, nuestra noble envidia ahora sabrá buscalle. (A buen tiempo.) Discurramos la campaña. Penetraré el rudo centro del bosque. Ahora verás, pues te desobliga huyendo de ti, si será acertado echarle del pensamiento. Pensando acertar me ofendes. Ya no es posible. Laus Deo. Esto es nacer mi esperanza. Esto es ir contra el consejo la mujer. Id en su alcance. Alas me darán los celos. Lindamente la tragaron. Yo voy confuso. Yo ciego. Yo más sediento de aqueste dulce imposible veneno. Yo sin mí. ¡Válgate Dios por caballero encubierto!

JORNADA TERCERA

Chancleta, tú has de procurar... Tú has de tener gran cuidado... Caballeros, poco a poco propongan, pero de espacio. ¿Qué quieres? Estoy celoso. Celosos los dos estamos. Pues ¿por ventura soy yo quien los celos les ha dado, que me quiebran la cabeza? Lo que los dos te rogamos es que procures saber... .quién es aqueste embozado... .quién es aqueste encubiento... .que se lleva los aplausos del valle... .yquizá los ojos de Sirena. (Esto va malo. Mi amo está en gran peligro y en lo que el peligro hallo es en saber yo el secreto, que es tan mal lo que le guardo que con más facilidad sufriré en la boca un sapo.) ¿Qué respondes? Que yo haré lo que me tenéis mandado tan bien que el no descubrirlo me ha de costar gran trabajo. Dices bien, que, si no llegas a tenerlo averiguado, no cesará tu desvelo y cesará con hallarlo. (¡Ay, que no es eso, sino que reviento si lo callo!) ¿Qué he de hacer, señores? (Sea maldito y descomulgado el que a otro un secreto fía, pues lo que hace con fiarlo es obligar a aquel triste que no le tiene injuriado o a que haga una ruindad, o a que viva sin descanso.) Porque sabemos tu ingenio esto los dos te encargamos y por que le apliques todo, pues que todo es necesario, te doy estos cien escudos. Yo aquí te doy otros tantos. ¡Ay, ay! ¿Qué es esto? ¿Qué tienes? ¿Qué tienes, di, qué te ha dado? Una postema en el pecho tengo que me trata a ratos muy mal. Pues procura echarla. En no echarla está mi daño, mas primero he de morirme. (Desagradecidos amos, ved en mí lo que padecen por vosotros los criados.) ¿Cómo te hallas? Mejorcito y agora, volviendo al caso, aquesos bolsillos vengan, que no pueden hacer daño para los gastos secretos como espías y lacayos, que a la luz del oro nunca se escapó secreto humano. A ti te hemos de deber nuestra venganza. (Mal año. Yo quiero engañar a estos y pensarán que les pago parte de lo recibido.) Señores, ya que encargado estoy de aquesto, pretendo hacerlo bien. No dudamos que obrarás con gran fineza. Quien recibe se hace esclavo. Miren, yo he de descubrirles un secreto que guardado ha estado siempre en mi pecho y que es camino gallardo para descubrir aqueste hombre que les hace enfado y es el más breve camino. Yo te deberé el descanso. Yo el gusto. Sabrán que es bravo hechicero mi amo. ¿Qué dices? Que de repente dirá cuántos corcovados hay hoy en las Filipinas, cuántas viejas en El Cairo y en qué tierra está a estas horas Juan de espera en Dios. Turbado estoy. Dime, ¿hasle tú visto hacer por hechizos algo? Sí lo he visto. El otro día una dama dijo acaso que un figón se holgara ver de Madrid y en breve rato allí le trujo el figón con su tienda y con sus trastos, horno, pala, mostrador, pollas, pichones, gazapos, lenguas, codillos, torteras, cazuelas, ollas y platos. ¿Y en qué conociste tú que era el figón que has contado de Madrid? ¡Bueno! En que era con todo aquel aparato muy malo lo que tenía y en que lo vendía muy caro. ¿Y querrá tu amo hacer estotro? A eso no salgo, más propónganselo a solas, que él es un hombre tan blando que imagino que tendréis con muy pocos ruegos harto. Hallamos nuestro remedio. Ya nuestro remedio hallamos. ¡Ah, lo que el dinero puede! (¡Ah, qué fuertes mentecatos!) Dios le guarde. Ustedes van lindamente despachados. Ya estáis terrible. Mi oficio es, señora, lo que hago. Yo, Lidoro, os admití en esta torre pensando que pudiera vuestro ingenio y lo que habéis estudiado curarme de la dolencia de aquel tema tan contrario a todo el humano estilo que era ⸻¡ya siento acordarlo!⸻ aborrecer a los hombres con tal fuerza y rigor tanto que solo el mirarlos era antes enojo que enfado. Empezasteis vuestra cura ⸻¡loca me vuelvo al pensarlo!⸻ diciéndome que hacía bien, que no amase, que era engaño, porque era imposible hallar hombre digno de mi agrado. Yo, entonces, como el enfermo a quien por mandarle algo, aunque esté sin sed, le dice el médico que templado sea mucho en la bebida porque puede hacerle daño, que en el punto que le oye ⸻porque siempre a lo vedado se opone el natural nuestro⸻ empieza a estarse abrasando y a enamorarse del agua con estremo y sin descanso. Yo, entonces, pues del enfermo la condición imitando, como vos que no quisiese me dijisteis, lo contrario quise en el instante mismo y a no distantes espacios gusté de mirar a un hombre que anda encubierto y bizarro. Sané, en fin, de mi dolencia ⸻no es aqueste el primer caso en que halla la medicina el remedio en lo que ha errado⸻ y, agora que sana estoy, neciamente porfiado por instantes me decís que aborrezca ese gallardo ignorado caballero que del jabalí enojado que acometió a mi carroza me libró con fuerte brazo. Dadme la razón de aquesto o imaginaré que falso queréis volver a enfermarme por algún disinio estraño. Yo, señora, la daré. Decid. Porque es un menguado. (Dichoso yo, pues me acusa por defenderme aquel labio, pero prosigo el camino que me conduce a bien tanto.) Creed, señora, que os sirvo como bueno y fiel criado, mas, pues el cargo me hacéis, quiero responder al cargo. En llegando sin sosiego una pasión singular, a lo que puede llegar es fuerza que baje luego. Yo miré vuestra porfía ni de fe ni atención falto y vila en punto tan alto que ya durar no podía. El caer vos de punto tal era fuerza conocida y atendí que en la caída no os hicisteis mucho mal, lo que quise disponer fue por no veros penar, que el caer fuera bajar, pero no el bajar caer, que la mujer más mirada por natural condición corre en cualquiera pasión al estremo despeñada. Por esto casi importuno os dije ⸻y vos lo estimabais⸻, cuando a ningún hombre amabais, que no amaseis a ninguno porque, habiendo de ofrecer el pecho a ese ciego dios, quisieseis vos como vos, pero no como mujer. Mentira y engaño es todo cuanto aquí te dice. (Es verdad que yo lo hice por que lo hiciese al revés.) La razón que en vos escucho venció la que me enojaba. ¿De manera que yo estaba a riesgo de querer mucho? Sí, señora. (Que me asombre es bien, pues que conoció el riesgo que me mató. Mucho sabe aqueste hombre.) ¿Y ahora en la misma balanza decís, por si el riesgo es cierto, que no ame al encubierto por que le ame con templanza? (Este mi amo es Barrabás. Discreto es, yo lo confieso.) En fin, ¿lo dices por eso? Por eso y por algo más. (¡Qué «algo más» tan inclemente!) ¿Con eso agora salís? La razón que le añadís decidla. Porque es valiente. (Con aqueste ardid ahora va mi dicha más ligera.) (Con esto hace que le quiera dos veces más la señora.) (Mi mal crece por instantes.) Mirad que ese es desvarío. Los hombres de mucho brío no son buenos para amantes, es su condición muy dura, tienen crueldad y rigor y, como es niño el amor, quiere agasajo y ternura, sin matarse ni afligirse muy vanos con sus rigores no saben decir amores porque piensan que es rendirse. Yo he visto hombres mal sufridos servir a mil damas bellas. Eso lo hacen por vencellas, mas no porque están vencidos. Por que huyáis de este dolor os lo avisa mi cuidado, que amar el que no es amado es la desdicha mayor. (¡Qué suerte tan importuna! ¡Qué hado tan enemigo!) (Mientras más la contradigo, hago mejor mi fortuna.) (Todo consejo, severa mi condición contradice.) ¿Y qué un pacifico dice? Dice de aquesta manera: en mi amoroso tormento dos graves tormentos hallo, en el bien porque le callo y en el mal porque le siento, bien que el ceguezuelo dios no ha sabido atormentarme, pues me acuerda al acabarme que sois por quien muero vos. Yo os vi cuando llegué aquí y luego os empecé a amar y fue tan presto el cegar que jurara que no os vi. De mi pecho están los senos llenos de amor sin compás y entonces me mata más cuando imagino que es menos. Amo y temo ser deudor, que, si en el mundo no hay bien con que pagar un desdén, ¿con qué pagaré un favor? Aqueste mi amor estraño es tan cabal, tan entero que de puro verdadero puedo decir que os engaño. (¡Ay, cuáles están los dos, el uno en el otro preso!) Muy bien me parece eso, pero ¿dijéraislo vos estimando el padecer a la dama que os oyera? ¿Yo? De ninguna manera. Valiente debéis de ser. (Un traslado este hombre ha sido del que en mi amor se confirma y, si es verdad lo que afirma, ahora está más parecido. Yo rabio por oponer con más fuerza y más despejo mi corazón al consejo.) Al fin, ¿he de aborrecer al que mi vida libró? Sí, que importa aborrecerle. Pues por eso he de quererle. Eso es lo que quiero yo. Señores, ¿hay tal capricho de hacer que le quiera más aconsejar a su dama que le envíe a pasear? Amigas, las que a la amiga aconsejáis que al galán deje mirad que el consejo le dobla la voluntad. ¿Qué te parece, Machín? ¿No va bien? Famoso va. Mas Hipólito acá viene y con él Anteo. (Zas. En busca del hechicero los mentecatos vendrán.) En busca vuestra, Lidoro, venimos. ¿Qué me mandáis? (Aquí hay mucho que reír, que a mi amo cogerá de susto aqueste embeleco y le hará desatinar.) Con vos un negocio grave hemos de comunicar. De serviros y agradaros tengo siempre voluntad. Lo que os queremos pedir no nos lo podéis negar porque lo podéis hacer. Dadlo por hecho si está en mi mano y en mi arbitrio. Pues es que nos descubráis quién es aqueste encubierto que tanta envidia nos da. (Cielos, alguien les ha dicho que soy yo y a imaginar llego que es Machín.) (¡Qué ojos me echa, san Floristán!) Pues ¿aqueso cómo puedo decirlo yo? Nada hay encubierto mucho tiempo. Pues, si nada puede estar mucho tiempo sin saberse, lo que aquí me preguntáis, bien que esté tan encubierto, el tiempo lo aclarará. Corre más nuestro deseo, que el tiempo y, pues alcanzáis lo que os pedimos, no es bien que pongáis dificultad en hacerlo. (¡Voto a Dios, qué tentaciones me dan de romperle a aquel bergante toda la cabeza!) (¡Ay! Él piensa que les he dicho quién es y como un caifás me está sentenciando a muerte.) Ea, Lidoro, mirad que el tenernos por amigos nunca os puede estar muy mal. Pues ¿yo cómo sabré eso? Ciencia sobrenatural hay en vos ⸻ya lo sabemos⸻ que muy presto os lo dirá. (Ea, Machín les ha dicho, como es astuto y sagaz, que soy hechicero y ellos lo creen. No hay qué dudar.) ¿Querréis, señores, decir, bien que lo regateáis, que entiendo nigromancia, que hago hechizos? Es verdad. ¿Quién os lo ha dicho? (¡San Lesmes! Si lo niega, me han de dar mil palos. Yo le hago señas. ¿Si me habrá entendido ya?) Quien os lo dijo, en efeto, dijo bien, mas ven acá. Tú solo aquesto sabías, ¿cómo eres tan desleal? Señor, mi culpa confieso. (¡Fuego y qué bravo caimán es el Lidorillo! ¡Ay, Dios!) Pues confesado lo ha, él nos lo ha dicho, mas fue a ruego tan pertinaz, que casi no tiene culpa. Perdón. Perdonado estás porque estos príncipes gustan. Decidme ahora le verdad, ¿qué queréis al encubierto? Pretendemos o que en paz de aqueste sitio se ausente, o hacerle pedazos. (¡Ta! Valientes me son ustedes, ustedes lo pagarán.) Está muy puesto en razón. Sí, vive Dios que lo está. Cásquenle por que no venga a ser duende y ser galán, venga como frailecito si se quiere conservar. Ahora bien, pues es forzoso obedeceros, estad esta noche en la arboleda de ese parque, que allí hará mi ciencia que le encontréis. No es largo plazo el que dais, porque ya va anocheciendo. Y que le podáis hablar, pero, porque así conviene, habéis de ir los dos no más. Está muy bien. Allá iremos con grande puntualidad y advertid que el premio de esto lo que quisiereis será. No quiero más premio yo que hacer lo que me encargáis. Guárdeos el cielo. Él os guarde. ¡Gran bien! ¡Gran felicidad! ¡Jesús, qué fuertes baberas son estos! ¿No me ditás a qué propósito fue el fingir y maquinar con estos hombres que yo soy hechicero? Sabrás que ellos a mí me dijeron, pues que mi sagacidad era tanta, descubriese este encubierto infernal y para esto me dieron escudos en cantidad de ducientos. Allí yo, por poder asegurar el dinero, haciendo que obraba muy puntual, les dije que en ti podrían todo su remedio hallar porque eres el hechicero más famoso que jamás se había visto, pues podías el infierno trabucar. Creyéronlo y yo no pude contarte esta novedad como no he estado contigo a solas después acá. ¿Piensas salir? ¿Eso dudas? Y tú me has de acompañar, que por eso les previne que fuesen los dos no más, para reñir dos a dos. Mi lengua no había de estar en mi boca, sino una legua de mí, que, si allá fuera yo por las palabras cuando se me antoja hablar, pensara lo que decía y no me saliera mal. Pues tú el riesgo fabricaste, en el riesgo te hallarás. Toma este dinero y busca un valiente. Dale acá. ¡Oigan qué presto acetó! ¿No acabas? Amo infernal, no acabo, que es menester más corazón para dar que para reñir. Por eso te admití la necedad. Digo que el reñir elijo, pues no me puedo escapar; que con el que me cupiere yo reñiré en amistad. Pues, si no riñes muy bien, al que primero he de dar eres tú. ¿Con que a reñir vengo con tres? Claro está. Vamos, pues que ya han salido las estrellas, a mudar traje. Y a mí las estrellas me muden a Tetuán. ¡Oh lo que este amor me cuesta! ¡Oh lo que me cuesta hablar! Pero más que cuesta vale. Y no vale la mitad. Este es el puesto que mis dichas labra. ¿Si cumplirá Lidoro su palabra? Los hechiceros son muy puntuales. Como no han de hacer ellos lo que ofrecen, espíritus lo obran infernales. Terrible es el castigo que merecen. Ahora yo premiara su delito, tanto enojo en mi pecho deposito, mas ruïdo allí siento. Las plantas dirigid con paso lento. Róndese todo el parque con cuidado, cada cual tan atento como se le ha encargado. Esperad, que dos hombres allí miro. Que sale de los árboles es cierto gente embozada. A conocerla aspiro. ¿Si será el encubierto? Si es él, de mucha gente está asistido, con que nuestro hechicero en lo tratado anduvo cierto, mas no anduvo honrado, pues nos dejó advertido que saliésemos solos. Evidente es que lo erramos en salir sin gente y aquella está parada y toda junta. Lleguémonos. ¿Quién va? ¿Quién lo pregunta? ¡Altiveces gallardas! La ronda lo pregunta de los guardas de aqueste parque. Este es empeño fuerte. Contrarias nos son hoy fortuna y suerte. Descubrirse es preciso. Ya lo veo. Hipólito soy yo. Yo soy Anteo. Pues conocida está vuestra grandeza, lo que nos toca solo es advertiros que hay orden de su alteza para que no entre nadie en los retiros esta noche de aquestas arboledas que de esmeraldas forman alamedas porque a ellas baja sola con Diana, que contra la tirana tristeza, que la aflige y la molesta la previene fiel no sé qué fiesta. Ya os lo hemos dicho y ya vuestro desvelo sabe lo que ha de hacer. Guárdeos el cielo. ¿Qué haremos? Irnos fuera desvarío cuando nos tray a tanto empeño el brío. Retirarnos será mayor cordura, amparados de la noche oscura, un poco de este sitio en que ahora estamos al secreto oloroso de esos ramos. Cordura me parece por ver si este encubierto se aparece. Seguidme por la senda que ahora tomo. Machín. Señor. Este es el parque. ¿Y cómo? Así fuera despensa, ¡vive Cristo! ¿Qué tienes? ¿Qué te ha dado? Que más de dos mil hombres allí he visto. Ninguno hay en lo que yo ver puedo. Aunque no haya ninguno tengo miedo. Tomara ser forzado ahora de una galera porque el demonio aquí no me trujera. Maldito sea mi padre, y no maldigo a mi señora madre de este mal en la queja porque ya está maldita, pues es vieja. Aún no descubro aquellos dos valientes. Pues ¿qué falta te hacen, que lo sientes? Entremos más un poco. Mejor fuera volvernos. Anda, loco. De puro morir no muero, lo que me mata me ayuda, que a ponerse entre mis males la muerte no se aventura. De ver la noche me alegro, ella sola es quien me alumbra, porque voy por sus estrellas contando mis desventuras. ¿De ver la noche me alegro, ella sola es quien me alumbra, porque voy por sus estrellas contando mis desventuras? Si de mí habla esta letra, bien con mi pecho se aúna, que son muchos mis pesares si son las estrellas muchas. Señora, por divertirte te rogué que a las escuras amenidades salieses que todo este sitio ilustran. Las músicas te previne con lealtad y con industria por ver si de los sonoros ecos huyen tus angustias. La música es proporciones y me acuerdan sus dulzuras cuán bien medido mi amor con mi corazón se ajusta. Laura, vuelve, por tu vida, a la torre, pues que juzgas el cuidado con que estoy. Cierto, que me mandas una cosa. ¿Qué es eso? Diana dice... Pues ¿qué dificultas? Hazlo al momento. Esto es servir. ¡Ah, estrellas injustas! Mujeres hacia allí miro, si bien la vista lo duda. Dos mujeres hay, no sé yo si vivas o difuntas. Vamos andando. Ellas son dos fantasmas, que relumbran. Remedio es de mi tormento el ser la pena tan dura porque acabará mi vida más presto con sus injurias. Dos hombres miro y serán algunos guardas sin duda. No, señora, para guardas poco de verte se asustan. Acerquémonos, Machín, por que este enigma descubra la verdad. Mucho se acercan. ¿Quién es? ¡Sirena! ¡San Lucas! ¡Raro caso! Mucho callan. Turbada estoy. Yo confusa, pero finjamos, valor. ¿No hablan? Pues no se escusa, yo soy un hombre encubierto. Y yo una pobre viuda. Señora, ¿no oyes aquello? Sí, y el alma se me turba. Pues ¿cómo de aqueste sitio profanasteis las clausuras? No puedo decir la causa porque es fuerza que la encubra, mas solo diré que es de gran linaje mi culpa. Parece que vais huyendo. Esperad, que vais seguras. La música que os seguía tan lejos queda que en duda pone lo mismo que canta, no desdeñéis sus dulzuras. Tente, Diana, que ya el sitio nos asegura. ¿Qué es lo que queréis? Decidlo. Que no os moleste la fuga. ¿Qué os tray por aquestos campos en el traje que os oculta? Un grande amor. ¿Es muy grande? Como una gran calentura. Muy grande es mi amor, y tanto que hace toda el alma suya, mas temo que he de perderle. (Esta voz mi muerte anuncia.) ¿Perderle? ¿Por qué razón si es la causa una hermosura? Porque las dichas muy grandes nunca mucho tiempo duran. ¿Sois de aquellos que se mueren del amor en que fluctúan? No, señora. (También esto suena a desdén y me asusta.) Si el médico no le mata con sus guantes y su mula, por el amor vida tiene de cien años de andadura. Yo no me muero de amor,... (Segunda vez lo divulga.) .que quien con dos vidas vive hace, a pesar de la furia de la muerte, muy difícil morir de pasión, que es una. ¿Tenéis esperanza? Sí, esperanza tengo, y mucha. Vuestro amor es muy grosero, toda la razón le acusa, que el que ama como debe por premio sus ansias juzga y quien se da por pagado nada más allá procura. Que esperanza tengo digo otra vez, mas sin que incurra en las tachas de grosera y en los achaques de inculta. Pues ¿de qué es vuestra esperanza? Es de no tenerla nunca. ¿La dicha no deseáis cuando entre todos se usa? No deseo yo la dicha porque es tan cuerda mi angustia que de miedo de perderla desearla dificulta. Para admitir a un colegio menos cosas se preguntan. ¿Y sois mudable? Eso sí. ¡No vi claridad tan pura! No tiene el hombre otra tacha, no hay con él hora segura. Si un día gusta de romas, otro quiere narigudas. En fin, ¿que mudable sois? (¡Con qué mal el alma lucha!) Sí, mas de esa variedad gloria a mi fe le resulta. Sobre el punto de una rueda toda la rueda se funda y alrededor de aquel punto da mil vueltas con angustia, pero por cualquiera parte, bien que baje, o bien que suba, está, como estuvo siempre, del punto apartada o junta. A una hermosura mi amor siempre mira y huye nunca, si bien con inquietud grande modos de agradarla busca. A esto mira mi afición y por razón que es tan justa, estando en un punto siempre, ligeramente se muda. (Dígame luego Lidoro que los valientes no usan de palabras apacibles cuando estas mi amor escucha.) ¿Y estáis muy correspondido? No sé, y el alma lo duda, que es lo poco que merezco quien más me lo dificulta. El céfiro, viento leve, vestido invisibles plumas, llega al prado y galantea la flor que más bien le ilustra, vuela alrededor cortés, y entre las hojas menudas hace discreto ruido por si acaso ella le escucha, mas, aunque el viento galán es un poco de aire en suma, si no la trueca, la mueve y la inclina, si no triunfa. La dama, así, más altiva y que a divina se encumbra tal vez se paga del aire si de buen aire la busca. (¿Cosa de aire mi amo? ¡Voto a Dios!) O es muy escura la noche, o el encubierto no ha venido. ¿Si hizo burla el mágico de nosotros?, mas tened, allí se ocultan unas sombras. Gente es. Sirena será sin duda. Cúbrete, señor, el rostro, que va saliendo la luna. Dices la verdad. ¿Qué es eso? ¿El rostro a la luz se oculta cuando os pregunto quién sois? (Oigan, Sirena se atusa.) De la luna con las luces van cobrando su figura las cosas. El encubierto es aquel. No divulga su vestido. De Lidoro fue la promesa segura. Ya vos me habéis conocido. Sí, señora. (Su mesura dice que celosa está. Muy feliz es mi fortuna.) ¿Cómo dura en vuestro rostro el embozo? Porque dura la razón. Ya no os valdrá. ¡Ah de las guardas! ¡San Judas! ¿Qué nos mandas? ¿Qué deseas? Posible todo lo juzga. Prended aquesos dos hombres. ¡Que haya diablo que esto urda! Daos a prisión. Deteneos. La tardanza es nueva culpa. Mirad que yo soy Anteo. Anteada es la locura. (Laura debió de avisarle y al parque bajó en mi busca.) Hipólito soy, rendíos. Por solo eso lo rehúsa mi valor. A la princesa obedeciera con mucha prontitud, mas a vosotros antes que aquí me descubra os he de hacer mil pedazos. Negocia tu mes, Andújar. Agora verán lo que hace un cobarde a quien apuran. ¿Quién vio tal desdicha? Un rayo en lugar de espada empuña. ¡Por San Blas que son gallinas! ¡A ellos, que las afufan! ¡Fuerte lance! ¡Que me han muerto! Alquile una sepultura. De tanta enemiga espada aun más que se libra triunfa. Los celos que aquí me ha dado con lo bizarro disculpa. Cielos, no peligre Anteo, volved contra mí la furia. Hados, guardadle la vida, que es ya mi vida la suya. Todo esto va encaminado a que anoche yo ver quise lo que en el Parque pasaba cuando Diana me embiste y me dice que a la torre vuelva y que atenta registre si está Anteo en el terrero y que ella está allá le avise. Yo refunfuñé y mi ama con ademanes de tigre que obedezca al punto ordena lo que Diana me dice. Con esta Dianilla es con quien yo tengo el berrinche. Señora, ¿tan de mañana vuestra alteza se despide de su lecho? Algún cuidado la desazona o la aflige. Aureliano, llamadme a Lidoro y prevenidme dos mil escudos al punto. No os detengáis. Nadie asiste mejor a vuestros preceptos. (La mujer es más terrible, más rara y de más capricho que sobre la tierra vive.) ¡Válgame Dios, qué de penas este corazón persiguen, y unas penas sin remedio por que más le martiricen! Ese hombre, ese encubierto a quien mi altivez se rinde no hay forma de conocerle ni modo de descubrirle, pero, cuando se descubra, su afición, si no la fingen mis celos, es a Diana. ¡Ay, estrellas infelices! El remedio que me queda es que se me precipite más esta pasión hallando más razones de admitirle. Sin mí estoy. Aureliano que me manda entrar me dice vuestra alteza. Es la verdad. Laura. Señora. Ve y dile a Diana que la aguardo. Voy al momento a servirte. Después del paseo del parque anda mi ama muy triste. Vos, Lidoro, si a curarme, como lo decís, venisteis, me habéis errado la cura ⸻esta es verdad infalible⸻ porque, si una enfermedad quitasteis, otra pusisteis. Vencisteis el rigor mío con solamente aplaudirme la opinión y agora astuto ⸻o no sé cómo lo explique⸻ me habéis el alma abrasado a puro contradecirme y, así, pues que no hacéis nada aquí ni de nada sirven o la malicia, o la industria, idos con Dios. ¿Nos despide? Y decidle a Aureliano que el socorro que le dije que previniese os le dé. Iré al punto a recibirle. Y advertid que en enviaros hago una acción que me aflige porque tenéis semejanza..., mas ya esto se repite vanamente. Andad con Dios, que os guarde edades felices. Señora. Sirena bella. Ninguno aquí me replique. (¡Vive Dios que va de veras!) (Amor tengo que fabrique el remedio. Nada importa. Calla y no te escandalices.) Ea, idos. Ya se irán. Que lo sienta no os admire. Aquesto ha de ser al punto. Voy al punto a prevenirme. Ya nos vamos y no espere vernos más. Laus tibi Christe. Máteme aquesta tristeza irremediable y tirana. Señora, aquí está Diana. ¿Qué me manda vuestra alteza? Diana, de ti ofendida estoy. ¿De mí? Sí. No sé, señora, en qué os disgusté. En ser falsa. Si la vida no me cuesta esa razón, que no tengo vida es cierto. Tú sabes del encubierto. Advierte que es ilusión. Tú sabías que había de ir al parque (solo a matarme) y, a título de alegrarme, me hiciste al parque salir, por que viese que moría por ti me llevaste allí y luego lo conocí cuando en ti se divertía. Este estilo es muy estraño de quién eres, bien lo ves, mas por que digas quién es yo te perdono el engaño no porque quitarte intento tu suerte, que fuera error, sino por que mi dolor mate con menos tormento. Señora, yo no conozco a este hombre ni pretendo que sea mi amante, porque a quien yo elijo es Anteo. La causa de haberte dicho que al sitio fueses ameno de ese parque fue por que cesasen los desconsuelos de aquesas melancolías y, por que veas que es cierto lo que digo, di tú, Laura, ¿yo no te dije que a Anteo en el terrero aguardases y le dijeses qué puesto ocupábamos del parque? (Ahora de las dos me vengo.) Yo no me acuerdo. ¿Eso dices? ¿Ves, Diana, tus enredos? Laura, ¿es posible que niegues la verdad? Digo y protesto que no te oí tal palabra. ¿Hay tal cosa? (El juicio pierdo.) (¿No sois las dos las del parque? Pues roed aquese hueso.) ¿Esta eres tú? ¿Yo, señora? (Aderezadme esos bledos.) Licencia Lidoro pide para entrar. Pues ¿a qué efeto? A efeto de despedirse porque se parte al momento. Decid que entre. (Pesar mío, no maltratéis mi respeto.) Señora, por que veáis cuán puntual obedezco, ya a la puerta de la torre postas prevenidas tengo. Dadme licencia que os bese la mano y guárdeos el cielo. Yo también la mano os pido y si hay algo por los dedos de sortijas, que no es bien irme yo sin algo de esto. (Cielos, ¿qué es esto que miro? ¿Este no es el traje mesmo en que al encubierto he visto dos veces? ¿Si será sueño? ¿No os merezco este favor? Sí, pero agora no es tiempo; porque hoy no habéis de iros. Ya eso no tiene remedio. Hoy ha de ser. No hay qué hablar. Esto por ahora quiero. Obedecer es forzoso. ¿Qué dices? Que ha dado fuego. (Aquestos vestidos pueden ser comprados con secreto a algún criado de aquel hombre. Ahora bien, yo me resuelvo a hacer aquí una experiencia porque el valor y el esfuerzo no lo pudieron comprar, que no puede darlo el dueño. Raras cosas imagina quien está al amor sujeto.) Escuchadme, Aureliano, salid a ese patio luego donde en una jaula está el león que me trujeron el otro día y allí dad grandes voces, fingiendo que se ha soltado el león, diciendo a gritos que presto me acudan porque acá viene aquel animal soberbio y mirad que lo finjáis con tal ansia y tal aprieto que crean que es verdad todos. Voy, señora, a obedeceros. (Que la princesa ha perdido el juicio estoy creyendo.) ¿Y los filósofos andan tan galanes? (¡Ay, qué bueno!) No contradice al estudio, señora, el aliño. Es cierto que fuera terrible cosa y opresión muy sin consuelo que no tuviera el que estudia licencia de andar bien puesto. ¡Que se ha soltado el león! ¡Socorran, socorran presto a la princesa! ¡Dios mío! ¿Otro demonio tenemos? Pues el león no es gallina... ¡Criados, que va hacia el puesto en que ahora su alteza está! Ni aun huir me deja el miedo. Yo tomo este camarín. (Aqueste es terrible empeño, pero por mostrar mi amor a la suerte lo agradezco.) ¡Válgame Dios, y qué asombro! En un cascarón de un huevo quepo ahora. Voy a ver si dónde escaparme encuentro. ¡Ay, cielos! No, no temáis, que yo os sacaré del riesgo. (No va muy malo hasta aquí.) Mirad que el animal fiero se va acercando. Ahora os he menester, alientos. (Yo finjo que me desmayo por acecharle el esfuerzo.) ¡Válgame Dios! Los sentidos o la vida el susto fiero le ha quitado. Este pesar solamente es lo que temo. No os dé aquella fiera espanto, señora, perded el miedo, volved en vos, no temáis, no temáis, que yo os defiendo, yo, que otra vez os libré de un jabalí, el encubierto soy. Feliz yo que lo escucho. Y es tanto el amor que os tengo que por vos daré la vida. Ahora soy feliz de nuevo. ¡Ay de mí! Ya, ya se cobra. Señora,... Sirena,... .el riesgo... .el susto... .dejad... .porque... .el león... .está en el puesto,... .que suele estar encerrado... .de Aureliano ha sido el yerro. .en su jaula está el león. Salto y brinco de contento. ¡Ay, qué palabra tan linda! Ya del susto convalezco. (Pero ¿qué es esto que miro?) ¿No sois vos aquel grosero hombre que encubierto andaba? Sí, yo soy el encubierto. Que no es sino Lidoro. Sin duda que venís ciegos. Sí, también Lidoro soy. Pues ¿cómo aquí con enredos os venís? Pues ¿cómo osado usáis de ilícitos medios? A no estar aquí su alteza, yo os enseñara el respeto que me habías de tener. Descubriose este secreto. Oigan el licenciadito cómo era un poco embustero. Lidoro, pues ¿a qué fin fue tanto disfraz? A efeto de conseguir vuestra mano a finezas y a trofeos. Pues ¿quién sois vos, que tenéis para tanto asunto aliento? Soy el príncipe de Ciro. Y yo su fiel escudero. Vos mi retrato tenéis, en él veréis que no miento. Pues ¿para qué habéis usado tanto ardid? Lo primero, por ser estos dos estados tan enemigos y opuestos que entre ellos nunca paran las disensiones y, luego, porque, a pesar de los hados y de la suerte, mi intento era merecer la mano de Sirena, por quien muero, y, como atento vi en mí tan pocos merecimientos y en Sirena oposición a todo amoroso empleo, quise que el ingenio mío me supliese los defectos y a ella el rigor templase, que hacía de bronce el pecho. Pues aun un defecto os falta. Que me le digáis os ruego. Ser valiente. ¿Si es verdad que no es un amante bueno para amante? Eso, señora, sagaz os lo dije y cuerdo por que contra mi opinión tomase la vuestra esfuerzo. Pues, príncipe, vos habéis logrado vuestros intentos. Esta es mi mano. Y yo el alma os doy aunque es corto precio. Yo a Diana se la doy. Yo os doy la mano y el pecho. Y aquí tenga fin dichoso La mujer contra el consejo.