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Texto digital de Las mocedades de Bernardo del Carpio

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
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El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las mocedades de Bernardo del Carpio. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mocedades-de-bernardo-del-carpio-las.

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LAS MOCEDADES DE BERNARDO DEL CARPIO

JORNADA PRIMERA

Famoso don Sancho Díaz, Conde y señor de Saldaña, Y rey de esta infanta triste, Desdichada en ser infanta: Un año hace justo, Conde, Que enlazó nuestras dos almas Amor con lazos estrechos, Que es Dios que todo lo iguala; Y nueve meses también En que entiendo estoy preñada, Esperando cada día El fruto de mis entrañas. Todo esto ha estado en secreto; Que amor, aunque niño, calla; Mas sé que ha de abrir la puerta A vuestra muerte y mi infamia; No porque no merecéis, Don Sancho, prendas tan altas, Mas porque Alfonso es cruel. Vos vasallo y yo su hermana; Que hay razones de su parte Que me han de ser muy contrarias, No conociendo, por casto. Los yerros de no ser casta: Que no alcanzan las disculpas Con quien amor nada alcanza; Que experiencia de sucesos Hace menores las causas. No sé si el conde don Rubio, Que con justas y con galas Publicaba pensamientos De una atrevida esperanza, Siendo al sarao el primero, Siendo el primero en la casa Que llegaba al palafrén Y la mano me besaba; Que al desabrimiento mío, Que a mis soberbias palabras, En públicas ocasiones, Y en los actos de importancia, Desengañado le dije Que era su esperanza vana. Sabe de nuestros amores. En la comedia, en la casa, Nos hablamos con los ojos. Que amor con sus ojos habla; Que estas dos vidas conoce En los ojos de las damas. Los que las han pretendido Atendiendo a sus venganzas; Y puesto que no lo sepa. No para aquí mi desgracia: Paciencia, famoso Conde, Que amor del extremo pasa; Porque hoy le ha llegado al Rey, De Barcelona una carta En que su Conde, y mi primo, Para mujer me demanda. Mi hermano se muestra alegre; Con obras y con palabras Lo agradece, y le da el sí, Y por la posta despacha, Para que lleguen más presto Mis desdichas, que no faltan; Y dando fin a mi vida, Principio a mi muerte amarga. Mirad, Conde, que ha de ser Lo que por horas me aguarda, Ver mi afrenta y vuestra muerte En la boca de la fama: Buscad el remedio. Conde, Dad a estas desdichas traza, Y adiós, porque viene el Rey Y a mí el aliento me falta. Esta, conde don Rubio, es la respuesta Que a Barcelona escribo, agradeciendo A don Ramón su voluntad. Ha sido Deseo de León y de Castilla, Pues no quiere casarse Vuesa Alteza; Que al fin verás legítimo heredero. Sobrino tuyo e hijo de la Infanta, Guardando Dios mil años tu persona. ¡Oh Conde de Saldaña! ¿Qué se hace? Aquí esperaba a Vuesa Alteza. Conde, ¿Cómo tan melancólico? Cuidados De veros sin estado procurando, De mi melancolía son la causa. Que me traen siempre divertido. Este mismo cuidado, con la Infanta De esta suerte me tuvo; mas ya el cielo Descanso ofrece a mis cuidados largos. ¡Cómo, señor! ¿Hay novedad alguna? El conde don Ramón, de Barcelona, La quiere por mujer; es grande príncipe; Viene con mis deseos al propósito; Veranse juntas estas dos coronas; Y Cataluña unida con Castilla, Podré echar a los moros que hay en ella. No sé, señor, si vos me dais licencia. Cómo los castellanos y leoneses, Puesto que son vasallos tan leales, Querrán obedecer señor que sea No menos que leonés y castellano: Más importante fuera que Su Alteza Procurara casarse para darnos Un heredero natural. Don Sancho, Ya sabéis que mi intento no es casarme, Porque es inclinación y gusto mío, Y no en balde me llama España el Casto; Mas por ¿qué no querrán los castellanos Y leoneses darle la obediencia A un hijo de una Infanta de Castilla? Son muy antiguas las enemistades Entre Castilla y Aragón. Sí, Conde, Porque sé que es malicia lo que os mueve A impedir lo que siempre han deseado Todos los castellanos y leoneses: Digo, señor, que es acertada cosa El casar a la Infanta, y que se junten En un señor aquestas tres coronas. Nunca, conde don Rubio, en mi linaje Hubo quien a sus reyes no sirviese Con lealtad, con obras y palabras; Malicia no hay en mí, y quien lo pensare, ¡Miente, de Rey abajo! ¿Qué es aquesto? Agradecedlo al Rey, que está delante, Que yo hiciera ¡Ah, Conde de Saldaña! ¿No hay más respeto que este en mi presencia? Salíos fuera, don SANCHO. Ya me salgo; Que eres mi Rey, y debo obedecerte. ¡Brava soberbia tiene aqueste Conde, Con tus alas, sin duda! ¿De qué modo? ¿Ha hecho algunas cosas en mi nombre, Contra mi voluntad, por gusto suyo, o ha entrado en lugar de la privanza Que vos tenéis? ¿O doyle yo ocasiones Para descomponerse de esta suerte? Él pretende igualarse a ti a lo menos. ¡Cómo! ¿Igualarse a mí? Habladme, Conde, Más claro porque pueda remediarlo. ¿Acaso tiene algunas firmas mías? ¿Ha maltratado mis justicias? ¿Quiere Hacer comunidades en Castilla? ¿O pretende heredarme? ¿Qué pretende? Ir contra tu corona. ¿El Conde? El Conde. ¿Don Sancho Díaz? Sí, don Sancho Díaz. Contadme de qué modo, Conde, luego; Que estoy ya de pesar y enojo ciego. Si un caballero en tu palacio vive, Tan atrevido, loco y temerario Que, sirviendo una dama de la Infanta, Escalase de noche tu palacio Para gozarla, y la gozase, ¿no era Traidor a tu corona? No lo dudo. Si el propio pensamiento levantase A la Infanta tu hermana y mi señora, ¿No era mayor traición? ¡Teneos, Conde! ¡No paséis adelante! ¿Que don Sancho Mi sangre afrenta y a mi honor se atreve? Y cada noche, para agravio tuyo. Le arrojan una escala del retrete De tu enemiga hermana, por adonde Ofender tu corona el traidor sabe; Y por esta razón te aconsejaba No cases a la Infanta. ¡Conde aleve! Y yo, celoso de tu honor, le dije Que era malicia conociendo el blanco. ¿Sabéis vos solamente, Conde, el caso? No lo sabe, señor, otro ninguno. Que yo, por muy curioso, lo he sabido Y por ciertos indicios que antes tuve; Hasta saberlo bien quise callarlo (De una mujer liviana así me vengo, Y de un loco soberbio juntamente). ¡Ah mujeres, forzosas enemigas! Tirano fue, sin duda, el que primero Nuestro honor en vuestras manos puso. Conde, yo quiero verlo por mis ojos; Y aunque me lo digáis vos, permitidme Que por ser mi deshonra no lo crea. Verlo podrás aquesta noche todo Porque te desengañes con la vista. Al castillo de Luna al punto quiero Despachar una posta. Conde amigo. Para que esté el Alcaide prevenido A lo que se ha de hacer en este caso; Que pienso castigar este delito Con el mayor silencio que pudiere. Sin mirar que es mi hermana ni mi sangre. Harás como cristiano y justiciero, Y con este castigo por ti vuelves. ¡Oh desdichado y mísero suceso! Venid, Conde, venid; que voy sin seso. ¡Ciego de cólera vengo! ¡Que un Conde loco, VILLANO. Que hoy por enemigo gano Y por competencia tengo. De esta manera se atreva Delante del Rey a mí, Y no le matase allí! Amor mi paciencia aprueba: Los temores de la Infanta Me dan el mismo temor; Que de nuestro dulce amor La seguridad me espanta. Éste le ha de descubrir Al Rey lo que está secreto, Y un gran daño me prometo Que mi gloria ha de impedir. Matarelo; mas ¿qué importa, Si sólo con esta muerte No puedo vencer la suerte, Que es para mi bien tan corta? Pues el nuevo casamiento. Por otra parte, deshace Cuanto amor ordena, y nace De un hidalgo pensamiento. El Conde de Barcelona Ha escrito al Rey, que es su primo. No porque el estado estimo Ni mi intento así se abona; No porque codicia alguna De nobleza me enajena, Sino porque sin Jimena No tendré gloria ninguna; Pues es corona más alta, Por ser quien es por sí sola, Que la corona española Que mi pecho sobresalta; Antes que para ir a servir De Barcelona a León, La triste resolución Que me ha obligado a sentir. El sentido le faltara, La pluma se le cayera, El papel se le rompiera, Porque mi mal no llegara. Sale un paje con un papel. Aquí está el Conde. Cuidado ¡Cómo por matarme mueres! Conde, mi señor ¿Qué quieres? Este billete me ha dado Con grandísimo secreto Una dama de Jimena Para ti. De alguna pena Nueva debe ser efeto: Vete. Ya me voy. Amor, Vos sois por quien me perdí; Ayudadme. Dice así: «Esposo, Conde y señor: Con los dolores del parto. Después que os fuisteis, estoy: Creo que pariré hoy; Pues de vos nunca me aparto Con el alma y con la vida, De que experiencia tenéis, A este trance no faltéis. Porque a la recién nacida Criatura en guarda preste, Que nuestra desigualdad Niegan con más claridad. Dios os guarde». El parto es este. Ella parirá, sin duda. Esta noche; Infanta, el cielo Te dé en tus males consuelo; Si en esto me pones duda. Mal confías de quién soy. Pues la pena me encareces; Si muero por ti mil veces, Nada hago y poco doy. Torres ni alcázares fuertes No espantan, ni hay quien impida Servirte; aquí está esta vida: Vengan castigos y muertes. Mas ¿qué me espanto, si veo Que has menester mi favor? Sus alas me preste amor, Y démelas mi deseo. Este es el puesto, señor. Por donde se suele hallar El de Saldaña traidor. La guarda puede quedar Retirada aquí. ¡Ay, honra, Que siendo tan noble joya. En flaqueza femenil Nuestra nobleza se apoya! ¡Oh, animal hermoso y vil, Por quien llora España y Troya! Conde, ¡que tengo que ver A mis ojos esta afrenta Para poderlo creer! Da mi hermana mala cuenta, Mas es mi hermana mujer; Mujer es toda flaqueza, Que tener sangre de rey No muda naturaleza. Conde, esta carta será Castigo del Conde aleve; Su mal dentro llevará, Y cuando a Luna la lleve, Este porte cobrará. Conviene así a tu corona. Ésta escribo a don Ramón, El Conde de Barcelona, Para engañar su prisión Y asegurar su persona; Irá con aqueste engaño, Y en Luna hallará su daño, Que arrojado, Conde, acuda A aquesta mi afrenta muda. Es el pensamiento extraño; (Muera este Conde arrogante. Que a pagar aun no es bastante Con muerte vil y prisión! Acabe su pretensión Un delito semejante. Esta es paga del olvido De mi amor, Infanta ingrata; Traidor por amor he sido, Y tales venganzas trata Un amante aborrecido. Noche agradable y serena, Tus blancas estrellas cubre; Que sin ellas se descubre Más bien el sol de Jimena. No quede ningún testigo Que nos vea en todo el cielo; Que de mí mismo recelo Con ser el mayor amigo. Entrad, noche, más obscura. Tended vuestra capa negra; Que vuestra tiniebla alegra La gloria de mi ventura. Vuestra obscuridad engaña De tal modo al alba fría. Que llama más tarde el día, Porque su luz no me engaña. Este es el Conde traidor. Retirémonos de suerte Que no nos vea. ¿Qué muerte Le puso trono al amor? Nadie parece; seguro Está el puesto; hacer quiero La seña: mi bien, espero Para subir más seguro. ¿Es el Conde? Sí, señora. A buen tiempo habéis llegado. Hame traído el cuidado Del deseo que os adora. La escala arrojad, subid. La Infanta le ha respondido, Y sube el Conde, atrevido. Por una escala. Venid, Mi bien, mi esposo y señor; Que me ha dado un mal tan fuerte, Que es del parto y de la muerte. ¡Ah, mi Jimena! ¡Ah, mi amor! ¡Animo; dadme los brazos! Será el abrazo postrero. No me deis tan triste agüero; Que han de ser eternos lazos Los que nos han de ceñir; Venid a vuestro aposento. ¡Ay, Conde! Tened aliento. ¡Que esto he podido sufrir! ¡Estoy de cólera ciego! ¿Posible es que no se abrasa Con mi agravio aquesta casa, Que es más que troyano fuego? ¿Cómo consiente esto el cielo? ¿Cómo rayos no le tira, Pues por tantos ojos mira. Hecho atalaya del suelo? Ya verás si te mentí. Déjame, Conde; ya sé Que es de quilates tu fe; ¡Ojalá no fuera así! ¡Ay! Del cuarto de la Infanta Sale esta voz, que me espanta. Celos del amor cruel, Sin duda deben de ser De aqueste efecto la causa; Que tales extremos causa El amor de una mujer. Suspiros, lágrimas, llantos. Señor, es muy fuerte cosa En una mujer celosa. Que son de un amante encanto; Para moverla a terneza, Estas diligencias son. Baja D. Sancho con un niño. Prenda de m¡ corazón, No acrecentéis mi tristeza; Que sois sangre de mi pecho, Y hallaréis amparo en él Contra la fortuna cruel. Aun mayor daño sospecho. Ya vuelve el Conde a bajar Por la escala que subió. Donde soy testigo yo, Por mí le he de castigar. Salgámosle, Conde, al paso; Muera si se defendiere, Viva por quien mi honor muere. Gente es esta. ¡Extraño caso! Si me han visto, soy perdido. ¡Cielos! ¿Qué podré hacer? Ya no me puedo esconder. Porque descubierto he sido. En un laberinto extraño Estoy confuso, sin duda Deseo lo de mi daño. Sin duda, a certificarse De las sospechas que tiene. Con otro de guarda viene; Mas no podrán alabarse; Que antes que a reconocer Me lleguen, han de morir; Mas esto es darme a sentir Y echarlo todo a perder. Pasar quiero, que no puedo Haber sido conocido. Sin duda, le ha detenido De su misma culpa el miedo. Matarlos será mejor o dejar aquí la vida. Que es justa causa debida. Bella Infanta, a vuestro amor; Si los mato de esta suerte. Quedará el caso escondido; Que es el río del olvido De los secretos, la muerte. ¿Qué gente? ¿No hablan? ¡Afuera! Deteneos, Conde. ¿A quién? ¡Al Rey! Esta es justa ley. ¿De dónde de esta manera? Vengo Aguardad: ¿qué criatura Parece que está llorando En vuestros brazos? Señor. Si cuando, En vano procura Disculparse tu maldad; Alevoso, Conde, muestra Eso que encubres. Si nuestra Fortuna basta, amainad, Que ya se va a pique el leño; No hay que perseguirme más. ¡No permanece jamás Tu gloria, amor, porque es sueño! Valeroso Alfonso el Casto, Rey de este nombre en Castilla, Por inclinación dichosa, Entretanto peregrina; Ya que no sabes de amor Por tu bien y mi desdicha, Porque perdones mis yerros Escucha atento su enigma: Un monstruo es amor, con alas. De nacimiento sin vista; Y porque es fuego en su centro, A la salamandra imita. Es una Etiopía el hielo, Y fuego ardiente en las Indias, Que como alarbe desnudo. Arco embraza, flechas tira. Quiere donde le aborrecen. Huye de donde le obligan; Fáciles cosas desprecia Porque imposibles conquista. Hidalgas lealtades rompe, Voces pone y voces quita: Este es el amor, Alfonso, Una quimera infinita. De estas cosas, todas hechas, Mira si hay quien le resista Este amor, pues a la Infanta Mi voluntad sacrifica. Una noche, justamente. Desde aquel dichoso día. Juntó nuestras voluntades Fuerza de una estrella misma, Siendo los ojos terceros, Que son parleras sus niñas; Y a pesar de competencias Que contra celos porfían, Gocé, en fin, de mis deseos; Vi mi esperanza cumplida; A pocos lances de amor. Que se acrisola y confirma Con frutos de voluntades, De otro bien me daba albricias; La preñez fue de la Infanta, Aunque primero temida; Por si al fin prendas de alma Los gustos inmortalizan, Pero dos aficionados En un lazo eterno vivan. De nuestra sangre los lazos De amor, lo demás convida. Esta noche le dio el parto A Jimena, que afligida, Mi presencia deseaba Por el temor que tenía. Con los dolores postreros Estaba, cuando mi vista Fue muerte de su tormento, Y de su mal alegría. En entrando, entre sus brazos, Con lágrimas infinitas. En los de una dama entró Aun sola la luz de un día. Puse en la cama a Jimena, Con los dolores rendida, Y al recién nacido infante Llorando entre estas mantillas. Este es tu sobrino, Alfonso, Hijo de tu hermana misma. Heredero por derecho De León y de Castilla. La Infanta, Rey, es mi esposa: Dios los agravios olvida; Esta merced de ti espero. Que es obligación precisa. Si dudas de mi nobleza. Yo soy. Rey, don Sancho Díaz; Que en Castilla ni en León No hay sangre, Alfonso, más limpia. La antigüedad de mi casa No está de ayer conocida; Que sabes tú que primero. Como España lo publica, Hubo Condes de Saldaña, Que no Reyes en Castilla. Que no hay otra diferencia En tu nobleza y la mía. Sino ser yo tu vasallo: Si estos méritos me quitas. Ya no hay otra enmienda al yerro Sino la que solicita Mi obligación y deseo Por razón y por justicia. Así mi esperanza premias. Así tu honor tú acreditas, Así aquestos yerros doras, Así, señor, te eternizas; Así para el Rey de España Infinitos años vivas. Así de tus brazos tiemblen Las almenas fronterizas; Así con altas victorias Les des fin a la conquista De Zaragoza y Toledo Y la de la Andalucía; Así los tuyos te adoren Y tus contrarios te sirvan, Y a su pesar tu alabanza Entre las victorias digan. Que como quien eres hagas: Así a tus plantas se rindan Tanto los reyes infieles Como los que tienen crisma. Varón heredero tienes Que llorando te suplica En mis brazos esto propio, Y yo puesto de rodillas. Y si con injusto pecho Otra cosa determinas. Antes que me dé a prisión. Perderé, Alfonso, mil vidas. Primero, pedazos hecho, Teñirá mi sangre fría Las hojas de estos laureles, Que te obedezca y me rinda. Mira, Alfonso, lo que haces; Por ti o por los tuyos mira; Que un hombre determinado. En nada el vivir estima. Aquí es menester prudencia. Conde don Sancho, escuchad; Que es una temeridad Tomaros tanta licencia. No por esas bizarrías Haré en aquesta ocasión Lo que tengo obligación. Como es justo, a prendas mías. Y aunque Jimena, liviana. Concedió con ese amor. Es menester que a su honor Acuda, pues es mi hermana. Aunque tan secreto ha sido. Me lo han dicho las paredes, Y para haceros mercedes, A verlo. Conde, he venido. Y así en aqueste lugar Lo ha confirmado la vista; Todo el amor lo conquista: Bien lo sé, aunque no sé amar. Lugar no tiene el castigo, Conde, en vuestro atrevimiento; Si fue injusto el pensamiento, A darle premio me obligo. Jimena es ya vuestra esposa. Tus plantas beso mil veces Por la merced que me ofreces. Vuestra sangre generosa, Demás de la obligación, A esto, don Sancho, me fuerza. Por sí sola tiene fuerza Para vuestra pretensión; Que los Condes de Saldaña Muestran grande antigüedad De nobleza y calidad En los archivos de España. Hónrasme como a criado, Rey, con pecho generoso. Es estimar al esposo De mi hermana y mi CRIADO. Mercedes, señor, son todas; La tierra que pisas beso. Porque tengan el suceso Más feliz aquestas bodas. Conde, menester será Que se parta a Barcelona Al punto vuestra persona. Adonde su Conde está. Con esta carta que tengo Para el caso prevenida, Por dar a la prometida Palabra, que a cobrar vengo La justa satisfacción. Y pues que pasáis por Luna, Daréis al Alcaide una, También para prevención De las bodas, que han de ser A la vuelta celebradas A este lugar reservadas; Y para esto es menester Que luego partáis de aquí. Que postas no faltarán; Que ya las estrellas dan Muestras del alba: partid. Y porque seáis su amigo, Dad la mano luego al Conde. ¿Y el niño? Bien corresponde. Yo soy. Conde, vuestro amigo. Yo por vuestro amigo quedo, Y aun vasallo decir puedo. Conde, a serviros me obligo; Mirad por aquesta prenda. Que es prenda del corazón. No busquéis. Conde, ocasión De que este caso se entienda. Porque no quiero en Palacio Que se venga a sospechar; Que hasta la vuelta ha de estar Encubierto. ¿No habrá espacio De despedirme, señor. De la Infanta? En ningún modo; Que eso es declararlo todo. Loco voy con tal favor: Dame tu mano. Los brazos Es más justo, Conde amigo. Adiós, Conde, y vos testigo De mis amorosos lazos; Y adiós, mi Infanta, que adonde Vos no estáis no hay alegría cierta. La estrella de alba despierta. La negra noche se esconde; Andad, no os detengáis más; Que la brevedad importa, Pues la ausencia ha de ser corta, Para que no volváis más. Perdonad si no me parto; Que entiendo que una partida Es del alma despedida. Cuando de mi bien me aparto: Quedad a Dios, bella Infanta; Que mal fuera de costumbre Le da al alma pesadumbre. Conde, el alba se levanta; Acabad ya de partiros. Adiós: esto se ha de hacer: Pues que no te puedo ver, Oye, Infanta, mis suspiros. Vase. ¿Fuese? Ya se fue. Mi intento, Don Rubio, bien se ha logrado. Así queda sepultado Este caso; estad atento: En un monasterio, luego Que convalezca la Infanta, Que mereció su garganta Cuchillo, su cuerpo fuego, Quiero que la retiréis, Donde jamás pienso verla, Y entretanto, en guarda de ella Treinta monteros pondréis. Y no quede dueña o dama Que no pongáis de esa suerte, Aunque de todas la muerte Más bien cubriera su fama. Y porque así mi persona Quede, Conde, acreditada, Vos haréis una embajada Al Conde de Barcelona. A este muchacho, señor, ¿Quieres que arroje en el río? Al fin es sobrino mío; Dejadle, no fue traidor. No ha de pagar la inocencia La liviandad de su madre Y la traición de su padre Contra lealtad ni conciencia: De su desdicha me aflijo; Criadlo allá en vuestra aldea, Porque, cuando grande sea. No sepa de quién es hijo. Luego le haré bautizar; Mas ¿qué nombre, con la fe, Gustáis, señor, que se dé? Cualquiera le puedes dar. ¿Alonso o Sancho? ¿Qué santo Es hoy? San Bernardo es. Llamadle Bernardo; y pues De la noche el negro manto Ya quiere romper la aurora, Vámonos, Conde, de aquí. Hoy me vengo. Infanta, así. ¡Ah, Conde! ¡Ah, hermana traidora! Por la suya me ha mandado Que estuviera apercibido; No sé lo que ha sucedido Con un vasallo estimado. Mándame que en todo caso El orden que me viniere Ejecute, y no refiere A más dilación el caso. En las cosas de los reyes No hay poderse entremeter, Que está en su mano el poder De poner y quitar leyes. Ellos han de dar la cuenta De lo que hacen a Dios; Obedece, Alcaide, vos. Que es lo que está a vuestra cuenta. Y es muy cierto que en el suelo Su mandado es justa ley, Y por eso a cada rey Dio dos ángeles el cielo. No tienen orden las guardas Hasta ver qué el Rey ordena. Toda esta sala está llena De batallas y alabardas. Y el dueño de cada una Apercibido también. Dice dentro D. Sancho: ¿No hay Alcaide para qué. ¡Oh, señor, que vendréis A honrarnos este castillo! No más que de paso vengo. Porque paso a Barcelona A cosas de esta Corona, A daros aquesta carta Y a tomar postas de nuevo. Porque la priesa que llevo Luego es fuerza que me parta. Que estas diligencias todas Han de servir de abreviar, Alcaide , en este lugar Unas generales bodas, Para cuyo día espero Que me deis el parabién; Que vengo a ser de mi bien Hoy, Alcaide, el mensajero. ¿Qué me miráis? ¿Qué advertís En esta carta presente? Que escribe el Rey diferente, Conde , de lo que decís. ¡Cómo! Lee esos renglones. Sobresalto me ha causado. ¡Alerta! Pierde cuidado. Luego. Como lo dispones. Lee. «Alcaide, dentro del castillo de Luna, luego que llegue el Conde de Saldaña con esta carta, le pondréis una cadena, le quitaréis los ojos y le pondréis en la más obscura prisión de este castillo; que conviene a mi servicio. El REY.» ¡Vive Dios, que me engañó! Del Rey engañado he sido; Todo aquesto fue fingido. Yo tengo la culpa, yo. ¡Oh falso Rey mentiroso! Conde, ya no es tiempo de eso: Dad la espada , que estáis preso. ¡Estoy loco, estoy furioso! Ya es por demás; dad la espada. Rendido, Alcaide, la ofrezco. Perdonadme, que obedezco Como persona mandada; Ponedle aquesta cadena. Ejecutad su rigor; Que yerros de amor, amor Nunca con hierros condena. ¡Ah, divina Infanta mía! Tu luz mis tinieblas venza. Pues que mi noche comienza Adonde faltó tu día! Aquel abrazo postrero. No en balde así lo nombró Tu lengua, lo tuve yo En mis males por agüero; Sólo lloro que te pierdo. ¡Oh rigurosa prisión! Mudanzas de tiempo son; Discreto sois. Conde, y cuerdo. Dad la rienda al sufrimiento, Venza esas memorias tristes; Alabaos, pues que pusistes Tan subido el pensamiento. Nuevo amor, mas que ha de dar, Y aunque hoy mayor corresponde, Más envidia de vos. Conde, Que mancilla ni pesar. Aquí está el hierro caliente: Prestaréis, Conde, paciencia; Que he de cumplir la sentencia Del Rey absolutamente. Mostrad fuerte corazón. ¡Virgen, ayuda te pido! El Conde está amortecido: Llevadle así a la prisión.

JORNADA SEGUNDA

No hay quien pueda con él averiguarse; Todos, señor, se quejan de Bernardo, Y vienen agraviados a quejarse. Es hijo de un VILLANO vil bastardo: Pues, Alcalde, ¿qué ha hecho.? Tal malicia Es bien que castiguéis, porque no diga El pueblo que os agrada la injusticia; Que si justo no heis, doy una higa Para quien más quisiere ser Alcalde, Porque no teme a Dios quien no castiga; Aunque vuestro hijo sea, castigadle. Alcalde , nunca fue malo el castigo: Decid el caso. No me quejo en balde: Tras una liebre ayer entró en mi trigo, Y las espigas, que a granar comienzan De esto es todo el lugar muy buen testigo: Como tan pocas cosas le avergüenzan. Sin más temor de Dios, con su caballo. Para que en todas mis desdichas venzan. Me destruyó una haza; fui a atajarlo No pasase adelante, y atrevido. Sin ver que soy Alcalde y tu vasallo. Quitándome la vara que he traído En tu nombre, señor, mal de mi grado, Desde pies a cabeza me ha medido. Esto con Bernardillo me ha pasado: O no so Alcalde, o esto es resistencia; Pague, señor, Bernardo su pecado. El monte puedes guardar. Una esmeralda Fue todo por el suelo, y acabado, No hay de dónde hacer una guirnalda. Todo está ya desierto y agostado De hojas, de hierbas y de cualquier caza, Por inclemencia, no del tiempo airado; Todo aqueste rapaz lo despedaza. Del colmilludo jabalí al conejo, Y en hablando, castiga y amenaza. Pues los novillos deja, yo lo dejo, Por no poder sufrir tanta mohína; Que para maltratarlo estoy muy viejo: Haciendo mal, señor, siempre camina; No sé qué tiene aqueste Bernardillo, Que todo lo consumo y arruina; Al más celoso, al más cerril novillo. Si viene con los cuernos a sus brazos, Bien se le habemos visto, y aun rendirlo; Hace robles fortísimos pedazos, Tira la barra más que todos, quita La colmena que el oso lleva en brazos. Si lucha, su contrario precipita Con los brazos, alzándole del suelo: A Hércules, en fin, en todo imita. Enviad a la guerra ese mozuelo Si vuestro hijo es, y si no, dadle; Pero ya de su furia me recelo, Que ha entrado en casa; vámonos, Alcalde; Que de que aquí nos halle tengo miedo, Y si tenéis más ánimo, esperadle. ¡Par Dios, vámonos todos! Yo no puedo Moverme de temor. Ni yo tampoco Puedo menearme. Pues él viene Acá. ¡Por Dios, señor! A Dios invoco. Él se enoja esta vez de vernos juntos. ¡Por Dios, que si comienza, que es un loco! Señor, de miedo están casi difuntos, Como viene BERNARDO. Son villanos: Yo domaré de este rapaz los puntos. Dice dentro Bernardo: Mátele entre los brazos con mis manos. Un oso ferocísimo ha traído, Que debió de cogerle en esos llanos. ¡Para San Junco, que nos ha cogido! Sale Bernardo vestido de villano, con una cabeza de oso. Este pondré entre esotros animales Que por mi mano muerte han recibido, Y entre esotras cabezas desiguales Del jabalí, del ciervo y os, Honrará este trofeo estos umbrales; Luego que mate un jabalí animoso, Cuya armada me espera, vuelvo luego; Para estar con los dos más victorioso, A vencer su fiereza me resuelvo. ¡Brnardo! Señor, muy bien venido seas; Dame tu mano. Aquí no te la vuelvo. Del proceder tirano que has tenido, Por esas humildades. ¡Señor! Basta; No se me quejará la gente en vano: ¿Quién pensaréis que sois, que así contrasta Vuestro furor aquella pobre gente? Un mal nacido sois, de infame casta: ¿Pensáis que sois mi hijo, impertinente? Bajad el brío, no mostréis gallardo, Y pensad que naciste humildemente; ¡Qué heredero legítimo, Bernardo, Pensáis que sois, sino un advenedizo. Un hijo de un villano, un vil bastardo! Por ser delante de gente Las afrentas que me dais. Mi honor. Conde, no consiente Que sin la respuesta os vais, Porque ninguno me afrente. Y así, digo que me ha dado Honra ver que no habéis sido El padre que me ha engendrado; Que sé que soy bien nacido De otro padre más honrado: De gran sangre muestra doy; Y pues ni padre ni madre No puedo conocer hoy, Yo he de ser mi propio padre: Hijo de mis obras soy. Y así, pues, de esto inferís Que soy hijo de Bernardo; Si de mi padre decís Que es VILLANO y es bastardo, Una y mil veces mentís. ¿A mí te atreves, rapaz? A ti y al mundo me atrevo; Que es mi valor más capaz. Yo os pondré, pues, como un. Tengamos la fiesta en paz. Asidle, que Teneos, Conde, No os lleguéis tanto; mirad Que no sois mi padre. ¿Adonde Se fue? ¡Oh vil! Esperad. Sácale la espada de la cinta. Así Bernardo responde; Llegad, asidme, villanos, Si hay alguno de vosotros Que para mí tenga manos. Vámonos de aquí nosotros. No fueron mis miedos vanos. Conde, tomad otra espada, A ver si podéis con ella. Esta que tengo empuñada Quitarme que, aunque es doncella, Ya está conmigo casada; Ya ha mudado condición. Como la rige otra mano Y anima otro corazón. ¡Prended aqueste villano! ¡Mientes, Conde fanfarrón, Y mentirás cuantas veces Hablares en mi deshonra; Y aunque la muerte mereces, No te la doy por mi honra, Y porque mujer pareces! ¡Llegad, prendedle o matadle! Si me dejo yo matar: ¿Hay quien me mate o prenda? Mirad que ha vuelto a mirar. Señor, todos han contado Al Conde, y es cosa llana, Que es su merced hombre honrado: No nos mate hasta mañana. ¿Quién se ha venido a quejar? Ninguno vino, señor; Aquí nos ha de esperar. Haciéndome va el temor, Cera en mi particular. En este punto se apea Con poco acompañamiento El Rey, y hablarte desea. Algún nuevo pensamiento Le trae al Rey a mi aldea. ¿No llegáis, gente villana? Escapémonos en tanto Que Bernardo no nos mira. Que mirándonos da espanto: ¡Huyamos, Alcalde: tira! ¡Guarda el diablo! ¿Qué a tanto Llega en Bernardo el furor? De la suerte que le ves. ¡Oh buen Bernardo! Señor, Beso tus Reales pies. ¿Para quién tanto rigor? ¿Cómo desnuda la espada? Ha sido una niñería. Que con vos está acabada. Trátame mal cada día Del Conde la lengua airada, Y hoy de suerte me ha afrentado. Llamándome mal nacido, Infamemente engendrado, Que porque gente lo ha oído, A esto que ves me ha obligado. Me ha desengañado hoy Con una y con otra afrenta. Como su hijo no soy, Y ya que caigo en la cuenta. En obligación le estoy. Que me pesaba, a fe mía, Por secreto natural, Ver que por padre tenía A quien siempre quise mal Y a quien tanto aborrecía. A tu mandato estoy llano: Mi voluntad corresponde Si en obedecerte gano. Levantaos: dad al Conde La espada, y besad la mano. Veis aquí, Conde, la espada: Dadme la mano: aquí cesa Mi cólera arrebatada; Mano, Conde, alguno besa Que quisiera ver cortada. Vino el Rey, que yo os hiciera. Si él no viniera, a la fe. No sé. Conde, cómo os fuera. Lo que niñería fue, Se acaba de esta manera. Mi sobrino sois, Bernardo: No sois hombre mal nacido. De ti mi ventura aguardo: Los pies y manos te pido. Ya estáis mancebo gallardo; Conmigo quiero que os vais A la corte. Señor mío, Pues de esta suerte me honráis, Y sois mi Rey y mi tío. Suplícoos que me digáis Quién fue mi padre, señor, Porque ninguno se atreva A poner mancha en mi honor, Aunque su valor aprueba Vuestra nobleza y valor. Por merced, señor, os pido Me digáis quién fue mi padre. Yo sé que sois bien nacido, Bernardo, de padre y madre; Y basta. Si he merecido De vuestro sobrino nombre, Sin duda debía de ser Mi padre noble; y el ver Mi pregunta no os asombre. Pues es cosa natural Que el padre que el ser le dio Quiera saber cada cual, No sólo siendo hombre yo, Pero el más bruto animal. Después lo sabréis, sobrino; Que aquesta no es ocasión. A darte gusto me inclino. Cosas que no alcanzo son: Mi padre fue peregrino Alguna cosa hay aquí Que me hace suspender, Pues sin padre no nací. Adentro os he menester: Conde don Rubio, venid. Y tú, Bernardo, disponte. Que has de partirte conmigo. Adiós, aldea; adiós, monte, Que por otro bien que sigo Me pongo a vuestro horizonte. No he de estar, pues he nacido Ilustre, de padres nobles. Aquí a la fama escondido Entre pinos y entre robles, Con fieras entretenido. Ya es bien que, al uso de corte. Traje vista y ciña espada, Y que conozca su corte Desde el África tostada, Al blanco hielo del Norte. Conozca el Moro mi nombre, Y mirando mis hazañas, Dude de mí si soy hombre Que con empresas extrañas Se alcanza inmortal renombre. Padre, cualquiera que seas. Que me diste honor y ser. Que soy tu hijo no creas Cuando así corresponder A tu valor no me veas. ¿Aquí está, señor, Bernardo? Ya he sabido que se va. Como mancebo gallardo, A la corte. Ordoño, ya Nuevas mercedes aguardo: El rey Alfonso es mi tío, Y eso me lleva a la corte. Ahora, pues, señor mío, Que nuestra amistad importa, De su nobleza confío. Conmigo se ha disgustado El Conde, y me ha despedido; Que aqueste pago me ha dado Sabiendo que le he servido Yo como criado honrado. Yo he estado con él diez meses, Y harán mucho si rompiesen Sus pajes mejores sayos. Ningún criado en su casa Le ha servido como yo. ¿Que te despidió? Esto pasa Bernardo; hoy me despidió Porque de celos se abrasa De su hija doña Flor, Diciendo que soy a voces El lacayo de su honor. Tú, Bernardo, que conoces Mi fe, mi lealtad y amor, Sabes si aquesto es verdad. Mas ya está el Conde cansado Y caduco con la edad; Que puede ser un dechado Doña Flor de honestidad. Si aquí la tiene encerrada, ¿De qué puede tener celos? Que aun del sol no está tocada, Después que vive en los cielos Su madre doña Librada. Ver que se burla conmigo La causa debe de ser. Tú eres, Bernardo, mi amigo, Y ahora me has de tener Por criado; que contigo, Famoso Bernardo, espero Que he de pasar adelante; Y así, que me pases quiero, Pues que soy hombre importante, De lacayo a tu escudero; Que estoy cansado de ser Ya tantos días lacayo. ¿Sabrás reñir? ¿Qué es saber? Con la espada soy un rayo. Soy un mismo Lucifer, Y algún día lo verás Si estoy riñendo a tu lado. Pues yo no te pido más. Si alguna vez enojado Me ves, señor, temblarás. ¿Yo temblar, villano? ¿Quién Me ha de hacer temblar a mí, Si el mundo me teme? ¡Ten, Que me matas, pesia mí! ¡Detén el brazo! Ahora bien. De lástima no te he hecho Mil pedazos brazo y mano. De eso estoy bien satisfecho, No pareces hombre humano. ¿Diote alguna tigre el pecho? ¿Cómo, di, Ordoño, procuras Ir conmigo? Sí, señor; Que quiero en tus aventuras Ser coronista mayor Porque no queden a oscuras. Conde, esta es resolución; En la corte os aguardo. Al punto parto a León. Conde, adiós; venid, BERNARDO. Échame tu bendición. Ordoño, ¿dónde te vas? Como tú me has despedido, Y conmigo airado estás, Bernardo me ha recibido; Que de menos vengo a más, Que me ha hecho su escudero. Tú vas ¡por Dios, bien medrado! Sirviendo, medrar espero; Sobrino el Rey le ha llamado, Y es honrado caballero. Yo voy con él muy contento. Pues yo pagado. Yo no. Porque si lo digo miento; Que te he servido bien yo Y me has pagado con viento. Con palabras me has pagado El dinero y la ración, Y he sido, lo que aquí he estado, Lacayo camaleón, Que con viento me he pasado. No os desvergoncéis a tu amo, Que os haré a palos moler. Tú y los que contigo están, Si lo intentaren hacer, Trasquilados volverán; Que yo a nadie me acobardo. ¿Otro Bernardo tenemos? Soy lacayo de Bernardo, Y sus lacayos podemos Pero aquí en el campo aguardo. ¡Gentil borracho! ¡Notable! Mas amos muda en un mes Que camisas. Dejadle hable; Que él se volverá después Más humilde y más tratable. ¿Llamasteis a doña Flor? Sí, señor, y a verte viene. ¿A qué viene el Rey, señor? A una cosa que conviene A su estado y nuestro honor; Déjanos solos, Flor mía; Casaros el Rey intenta: Sólo a este caso venía. Castilla por reina os cuenta Desde este dichoso día; Alfonso hijos no tiene, Y a Ramiro, su sobrino, Que de las Asturias viene, De estas dos coronas digno. Para este caso previene, Hasta casaros con él. Porque le heredéis los dos, Que, como vasallo fiel. Hoy recibo, Flor, en vos Con grandes mercedes de él. Pues tanto deseo en ver Los de Castilla herederos Que a Alfonso han de suceder. Señor, yo he de obedeceros, Vos tenéis mando y poder; Fuera de que es gran ventura Que el Rey honrarme y honraros Con esa merced procura. Quise, hija, cuenta daros; Conozco vuestra cordura; Pero el Rey me dijo aquí, Que sólo a este caso vino, Que de vuestra boca el sí Llevase, que a su sobrino Espera en León, y así, Me he de partir a León Con el sí de vuestra boca. Es justa resolución. A que os adoren provoca. Hija, vuestra condición. Dadme vuestra mano, Flor, Y vuestra boda aprestad. Sois amparo de mi honor. ¡Hola! Un caballo llegad Para el Conde mi señor. Gran ciudad es León, antigua silla Desde Pelayo, venturoso godo. De los famosos reyes de Castilla. A la bella Toledo imita en todo, A Zaragoza y a la gran Sevilla, Cuya muralla fuerte, al mismo modo. Levanta almenas en el mismo espacio. La majestad advierte de palacio: Mira qué de ventanas y balcones; Mira estas puertas, mira estos umbrales Cubiertos de castillos y leones, A la grandeza de su Rey iguales. ¡Oh! Si Almanzor pusiese sus pendones Sobre estos techos, cámaras reales. Echando en tierra la nobleza goda. Nuestra fuera otra vez España toda; Porque, humillando a este León la frente, Castilla en su poder está segura; Pero ya con intento diferente Con el cristiano emparentar procura; A esa embajada viene solamente Mi persona; Ardain, esta ventura He de probar; veamos qué responde Alfonso el Casto, con don Rubio el Conde. ¡Bravos patios, bizarra la escalera! Todo es oro, marfil y blancas losas; Suntuoso es todo por de dentro y fuera: ¡Qué salas tan gallardas y vistosas! ¡Quién en sus artesones nacer viera Las lunas argentadas y hermosas Del famoso Almanzor, rey de Toledo! ¿Qué alegrías son estas? Está quedo. Tocan cajas, y sale Ordoño con unas armas. ¡Ah, señor cristiano! Diga, ¡Ah, señor moro! ¿Qué fiestas Y alegrías son aquestas? A decírselo me obliga: Han armado caballero Hoy a un sobrino del Rey, Según en España es ley Antigua y usado fuero; Y aquestas las armas son Que a guardárselas me envía, Y así, lleno de alegría, Se regocija León. Y el armado caballero, ¿Cómo se llama? Bernardo, Mozo valiente y gallardo, A quien sirvo de escudero. ¿Tiene más que preguntar? Porque ya viene. No, amigo. Mahoma vaya contigo. Con él se puede quedar, Porque yo no he menester Tan bellaca compañía; Conque San Pedro me envía, Quédense con Lucifer. Mil mercedes me habéis hecho, Todo es honrarme, señor; Que esa nobleza y valor Se igualan a ese Real pecho. Caballero he sido armado De vuestra mano, y quisiera Que en tan grande día fuera El regocijo colmado: Os pido ¿Qué favor, Gran Bernardo, deseáis? Tan sólo que me digáis Quién fue mi padre, señor. Todos me dicen ¡por Dios! Alfonso, tan solamente, Entre toda vuestra gente. Que sólo lo sabéis vos; Que a saberlo otro en la tierra Fuera de vos, os prometo Que supiera este secreto, Ya por paz o ya por guerra. Hacedme aqueste favor, Que os lo pido de rodillas: Así de las dos Castillas Os veáis Rey y señor; Que si este favor recibo, Alfonso, de vuestra mano. Presto el Moro toledano Humillará el cuello altivo. Excusarás de esta suerte Que no me llamen bastardo. No es esta ocasión, BERNARDO. ¿Cuándo ha de ser? ¿Con mi muerte? No, sino con vuestra vida, Que tantas hazañas muestra. Mil años dure la vuestra, De tus contrarios temida. Benyusef, Gobernador Del Carpio , ha venido a darte Una embajada de parte Del toledano Almanzor, Y está en tu presencia ya. Llegad la silla y decid Que llegue. Moro, venid. Alfonso, guárdete Alá. Dios os guarde ; tomad silla. ¡Moros entran en León! Si de aquesta suerte son Los moros que hay en Castilla, Toda el África es muy poca Para mis brazos. Reniego Rayos arroja de fuego Por los ojos y la boca. Del Rey estoy agraviado. ¿Qué es el agravio? ¿Por qué Hemos de estar aquí en pie Y un moro ha de estar sentado? Es justa y antigua ley Que se haga este favor A cualquier Embajador Que representa a su REY. No me digáis vos que es justo; Que me enojaré con vos. Tu amigo soy. ¡Vive Dios Que es sólo por el Rey gusto! Almanzor, rey de Toledo, A ti, el castellano godo. Muchas saludes te envía, De tu salud deseoso, Con un presente gallardo De cien andaluces potros. Cien adargas de Marruecos Y tantos alfanjes corvos. Y dice que enamorado. Aunque por fama, del rostro De la hija de don Rubio, Conde y caballero godo. Te la pide en casamiento. Dándote en trueque el monstruo De la africana belleza. Fénix y milagro solo. Que es Sarracina, su hermana, Hija del difunto Aboten, Para el pariente que tiene De heredar tu Estado solo, Con cuyos dos casamientos. Felices y venturosos. Serán eternas las paces De los cristianos y moros, Y alegres jugarán cañas Y bohordos en un coso Los toledanos azarques Y los cristianos godos. Y si diferentemente a su voluntad respondes, Y eso que pide le niegas. Teniendo su brazo en poco. Trocará en guerra las paces, En malla el galán adorno. En lan/.as de dos aceros Las cañas y los bohordos. Saldrá a correrte tus tierras Con sus caballos él propio, Y temblarán tus vasallos Si ven sus lunas, ALFONSO. ¡Cuerpo de Dios con el perro, Y qué hablador que ha estado! Levante, y no esté sentado. Que darle silla fue un yerro! Dígale al rey Almanzor Que intente la guerra y calle. Porque no pretende dalle Respuesta el Rey mi señor. Y que un león, que es sobrino, Dio en su lugar la respuesta. Que luego, y solo, se apresta Para salirse al camino. Y deje que doña Flor, Que Abril de flores parece. Que llegue a olería Almanzor ; Que el sol que al Oriente asoma Apenas tocarla prueba, Y estas flores nunca lleva El paraíso de Mahoma. Que guarde esa mora bella. Que nombre de monstruo dan. Para un Muza o Reduán, Y nacerán monstruos de ella. Que la sangre de los godos, Para teñirse y mancharse. Con moros no ha de mezclarse. Porque al fin son perros todos. Esta es la resolución: Vete con esto; ¿qué aguardas? Ya me voy. Pero ¿qué tardas? Alá te guarde. ¡Es león! Ha salido a esta embajada. Rey, por vos a responder Mi persona , por saber Que estaba a esto obligada; Perdonad , alto señor. Si ha sido descortesía. Bernardo, ¡por vida mía, Que habéis mostrado valor Y habéis andado gallardo. Tanto, que el moro atrevido. Confuso queda y corrido! Falta un verso, que podría suplirse de este modo: No es una flor que merece Soy tu sobrino BERNARDO. El conde don Rubio viene. Sale el Conde. ¡Oh Conde! ¡Oh señor! Alzad. Muy bien muestra la ciudad El regocijo que tiene; Parece que te has casado o que has casado algún hijo, Según es el regocijo. Hemos a Bernardo armado Caballero; habladle. Digo, Que más bien que el aldeano Le está el traje cortesano: Soy, Bernardo, vuestro amigo. Yo, Conde, vuestro CRIADO. Pues que criado me habéis. Gallardo talle tenéis. El que Dios, Conde, me ha dado. ¿Cómo habláis tan desabrido Al Conde? Hablaos bien los dos. No puedo más, ¡vive Dios! Siempre al Conde he aborrecido, Y no sé, por Dios, señor, Qué tiene para conmigo. Que ni puedo serle amigo Ni puedo cobrarle amor. Bernardo es gallardo. Conde; Y como se ha disgustado Con vos, aún está enojado Y de esta suerte responde. ¿Qué dice Flor? Que es esclava, Señor, como siempre, vuestra; Muy grande contento muestra, Su grande ventura alaba. En Toledo Almanzor, De su fama enamorado, A pedírmela ha enviado, Conde , por su Embajador, Dando para mi sobrino. En trueque, otra mora bella, Hermana suya y doncella. Respondió a su desatino Bernardo de tal manera. Que el Embajador salió De modo que no pensó Verse con vida allá fuera. Trató muy bien vuestro honor. Dando al moro afrenta y miedo Contra Almanzor y Toledo, Alabando a doña Flor; Y podéis Ahora Dentro el palacio se apea. Señor, don RAMIRO. Muy bien venido. Él sea A buen hora Llego a besarte los pies, Pues que la de mediodía Es de mayor cortesía. Y esta de hoy mayor es; Dadme los brazos, Ramiro; Que como a sobrino os quiero, Y ahora como heredero. De tanto favor me admiro. Al que Castilla y León Heredar, Ramiro, tiene. Todo este favor conviene. Muy altas mercedes son. Ramiro, dadme la mano. Eso debo yo de hacer. Pues habéis. Conde, Mi honor Yo soy quien lo gano. Llegad, Bernardo, y hablad A vuestro primo. ¿Quién es? Sabreislo más bien después; Llegad, Bernardo, llegad. Ya llego; señor Ramiro, Que pienso que así os llamáis, Muy bien venido seáis. De su extrañeza me admiro. Es un monstruo en el valor. El aspecto maravilla. ¡Que aqueste herede a Castilla! ¿Es más valiente.? ¿Es mejor? ¿No soy yo también sobrino Del Rey? Pues ¿por qué ocasión Tiene al reino más acción Y es de su corona digno? Y del Conde de Saldaña, Que en el castillo de Luna, Con la prisión importuna, De llanto los hierros baña Qué, ¿es su hijo? Notable Corazón y valor muestra. De su fortuna siniestra No hay ninguno que le hable, Porque pena de traidor Tiene quien le descubriere, Cualquier persona que fuere. Quién fue su padre. Señor, La vianda está en la mesa. Sacan la mesa y aguamanos. Llega a Ramiro una silla. Que ha de heredar a Castilla, Y hoy ser vasallo desea . Dadle también aguamanos. Beso, gran señor, tus pies. Ea, vuestro honor mío es; Leoneses y castellanos. Pues Ramiro es heredero Tan digno de mi corona, Como a mi misma persona Que le tratéis todos quiero. Aparten, ¡cuerpo de Dios! Que no han de diferenciarme. ¿Qué hacéis, Bernardo? Sentarme, Alfonso, comer con vos; También soy vuestro sobrino, Y pues he tomado asiento Porque me siento mohíno. Esa es sobrada licencia; Levanta y estate en pie. Echa la mesa a rodar. De aquesta suerte lo haré. ¿No respetáis mi presencia? ¿Qué es aquesto, vil bastardo, Sin respeto, honor ni ley? Idos a la mano, Rey; Que os responderá BERNARDO. ¿También te igualas conmigo? ¡Prendedlo! No hay contigo Ni leoneses ni castellanos Que tengan atrevimiento. ¡Ah de la guarda! ¿Qué guarda? Sólo este brazo, este, guarda; Que lo demás, todo es viento; Que soy solamente, digo, Esto lo sé bien de mí. Más bueno, después de ti. Que cuantos están contigo; Y si me llaman bastardo, ¡Mienten! ¡Qué! ¿No hay quien se atreva? Prendedle. Nadie se mueva, Villanos; que soy BERNARDO. Es el hombre temerario. Haberlo honrado, ha de ser Causa de que has de tener En él tu mayor contrario. Procura secretamente Que le maten; que si vive, Tu mal en él se percibe Y ha de amotinar tu gente. Y aún era de parecer Que, sin dilación alguna, En el castillo de Luna Acabe de padecer Su padre con un veneno; Que si a conocerle alcanza, Para tomar la venganza Le ayudará el Sarraceno; Con esto estará seguro Tu reino. Bien me parece. Esto, señor, se me ofrece, Porque servirte procuro. ¡Temerario atrevimiento! ¿Qué ha sucedido? Bernardo, Por mostrarse más gallardo, Bajando, Rey, como el viento La escalera de Palacio, Los caballos que halló Abajo, desjarretó Con cólera en breve espacio; Y subiendo en un overo Del conde don Rubio, parte Como un Héctor, como un Marte, Y a las ancas su escudero, Diciendo que ha de ser rayo De Castilla y de León; En cuya triste ocasión No quedó ningún lacayo Que no quedase llorando Su caballo mal herido. ¡Oh vil bastardo atrevido! Tu afrenta irá procurando; Yo le traeré si me das Gente para aqueste efeto. Tomar venganza prometo; Vamos. Agraviado estás. Vanse. Salen Benyusef y Félix Alba. Vos seáis muy bien venido, Benyusef, que habéis estado Del Carpio bien deseado, Y de mí cuanto querido; Que en aquesta larga ausencia, Ya del amor se quejaba Félix Alba, y le faltaba El contento y la apariencia. ¿Cómo venís? Responder Podrá el alma que os alaba; Malo, mientras no os miraba; Bueno, volviéndoos a ver. Vos, divina Félix Alba, Con mil rayos celestiales, En la noche de mis males Sois el sol y sois el alba. Agradezco los favores. Yo la vida os agradezco, Adonde el alma os ofrezco Esfera de estos amores. ¿Cómo os fue con la embajada? Mal. El Rey, ¿qué respondió? El Rey no me respondió. Pues ¿quién? Una tigre airada, Un león en talle y rostro, Nacido dentro en León, De valiente corazón; Un rayo, una tigre, un monstruo, A quien llama el Rey sobrino, Y todos llaman Bernardo, De nacimiento bastardo; Un mozo, al fin, peregrino: Vengo amedrentado de él. ¿Tanto un hombre solo espanta? Eriza el pelo, y levanta Su voz, su vista cruel. Éste, sin duda, ha nacido Para amparo del cristiano, Y rayo del Africano. Este es el que ha respondido Y tan mal, que no es respuesta Para dársela a Almanzor; Que aun aquí tengo temor, Y su vida me molesta. Un extraño caballero, Del Rey de León vasallo, Que ahora llega a caballo Y en ancas un caballero. Que te avistase diciendo, Y que te busca. ¿Qué dices? Aquesto entiendo: Él se ha entrado por la puerta Del Carpio, y entiendo ya La escalera subirá. Sin duda mi muerte es cierta. ¡Que estemos tan descuidados Que se entre el enemigo Por nuestras puertas! Contigo Están sus muros guardados. Sea Bernardo; yo basto, Con ser mujer, a rendirlo. ¿Es hombre humano o castillo? Es rayo de Alfonso el Casto. ¡Oh Alcaide! ¡Bernardo noble! Dadme esos brazos, que vengo…, ¿Qué os detenéis? Me detengo No imagines trato doble; A ser vengo vuestro amigo: Nada de eso os alborote. El perro se ha hecho cerote. Yo nunca fui tu enemigo; Tú, señor, me maltrataste Delante el Rey de palabra. ¡Lo que comerá de cabra! De cólera arrebatada, Benyusef noble, nacieron Mis palabras, aunque fueron Dignas de aquella embajada. El rey Alfonso, y mi tío, Conmigo se ha disgustado; Yo vengo de él agraviado, A la amistad que en ti fío; Escribirás a Almanzor Cómo su amistad deseo, Y que, entretanto, me empleo Aquí en el Carpio. Señor, Esta palabra no más: Si te dieren a escoger, Más vale para comer Alcuzcuz. Prolijo estás. Y aun vengo también . A fe que traigo las ancas Más coloradas que blancas: Dios se lo perdone, amén, A aquel diablo de rocín. Y ¡qué cuadriles tenía! Y en tu amistad se confía Mi pecho, Bernardo, al fin: A Almanzor le escribiré De la suerte que deseas Su amistad, para que seas Premiado con igual fe; Y en mí tendrás un CRIADO. Otro en mí podrás tener. Alcaide, al fin desde ayer No hemos comido bocado; Bernardo, mi señor, viene Con una hambre mortal; Pues Ordoño, otro que tal, Hueco el estómago tiene. Si hay bodega en casa, allí Nos pueden aposentar. Aunque por todo el lugar Taberna al entrar no vi. Mas, ya me acuerdo ¡por Dios! No beben los moros vino Porque no comen tocino; ¡Medraréis, Ordoño, vos! Dejemos truhanerías. ¿De qué modo callarás? Alcaide, ¡vive Dios, que ha Que no comemos dos días! No me dejará mentir El caballo, que ha venido Descaminado y perdido. Sin comer y sin dormir. Podrá haber deshecho el bazo Caminando siempre al trote, Y aun vengose el matalote A costa de mi espinazo. Vamos, y descansaréis. Ya te aguarda la comida En la mesa apercibida. Obligado me tenéis. ¡Oh dulce, oh santa palabra! Las tripas tengo de alambre: ¡Vive Dios, que tengo hambre Para comer una cabra! Amor, ¿qué nuevo cuidado Ha puesto mi vida en calma? ¡Ay, Bernardo, toda el alma Por los ojos me has llevado! ¡Ah, señor moro! ¡Señor! En el Carpio, ¿hay boticario? ¿Qué queréis? Un letuario Que me entre en el salvohonor.

JORNADA TERCERA

«Por otra. Alcaide del Carpio, Benyusef, he sabido la resolución de Alfonso el Casto por un sobrino suyo, a quien llaman Bernardo, mozo temerario; díceme que al presente está en el Carpio porque, agraviado de su tío, se acoge a sagrado y procura su amistad. Importa a nuestro Real servicio que luego lo prendáis y me lo envíes a Toledo con la guarda que pudieres, que así es nuestra voluntad. AlMANZOR.» Esto se ha de obedecer. Como lo manda Almanzor. Mal correspondes, señor, A su noble proceder. Estando sobre seguro . Ver no quisiera intentar Verso suelto. Una infamia como aquesta. Pues dime tú, ¿qué respuesta a Almanzor le puedo dar? Basta decir tú que estaba, Cuando esa carta llegó, Ausente BERNARDO. Y yo Buena cuenta de mí daba. ¿No ves que podrá saberlo Con mucha facilidad? Yo sé que es temeridad, Benyusef, querer prenderlo, Y a quien no se ha de atrever Todo el Carpio, ni aun Toledo. Yo solo intentarlo puedo. Todo es quererlo emprender. ¡Ardain! ¡Señor! Prevente, Y los que hallareis demás, Y a Bernardo buscarás. Que es ocasión conveniente. Donde esté más descuidado, Prendedle. Si altivo y fuerte Se resistiere, la muerte Le daréis; y a su criado, Si pudiese ser primero Secreto y sin dilación. Le meteréis en prisión. Benyusef, servirte espero; Yo bastaba solamente. Sin el favor de Almanzor, Para ponerle temor. Importa que lleves gente. ¿En qué prisión le pondré? En esa obscura mazmorra. Cuando Alá no le socorra. No se me irá por el pie. Id todos muy bien armados. Bastaba nuestro valor. Prométoos que de Almanzor Seréis bien gratificados. Porque le habéis de llevar Preso también a Toledo. Yo sé muy bien que de miedo No han de atreverse a llegar. En lo que para veremos. Si Mahoma no le ayuda, o preso o muerto, sin duda, Benyusef, te lo daremos; Yo voy luego a prevenir La gente para este efeto. Largos bienes os prometo Si a Almanzor sabéis servir. Yo también voy a poner En orden lo que ha de hacerse. Cuando lleguen a atreverse. Ninguno se ha de atrever A Bernardo valeroso. Ruego a Alá que aqueste día, Aunque sea a costa mía, Quede León victorioso. Si, como de mil trofeos. Quede dueño de mi amor, Y como por tu valor Conocieses mis deseos. Yo sé que premiados fueran, Y que fueran mis cuidados Bastantemente pagados Con sólo que se supieran: Su criado viene aquí. ¡Ay, honor! Mi Rey agravia. ¡Oh, vino de Ribadavia! ¿Quién te me apartó de mí? ¡Oh, taberna de León, Ahora vengo a echarte menos' ¡Por Dios, que andamos muy buenos! Sin vino no hay corazón. Este ayuno, esta abstinencia .... De arriba, Ordoño, ha venido. Harás, di, pues ha venido, En el Carpio penitencia: Quedaré con este día. ¿Dónde está Bernardo? Entiendo Que estará lanzas rompiendo, Como lo hace cada día; Que ha dado en este ejercicio. Después que en el Carpio está, Avisarle importará. ¿Cómo así? Por cierto indicio Sé que le quieren meter En prisión, y remitir A Almanzor; podrás decir. Si libre se quiere ver. Que luego al punto se salga; Y de paso le dirás Que soy quien le quiere más. ¡Oh, qué tierna está la galga! ¿Qué he de decir? Que le quiero, Y desde el primero día Le he entregado el alma mía. Algo quiero hacer entero El mundo en transformación. Todos se truecan así: Y que se acuerde de mí Cuando estuviere en León. Y vete, no lleves tarde El aviso, porque pide Brevedad, y no se olvide Lo demás. Alá te guarde. Vase. ¡Que esto pasa! ¡Vive Dios, Que sin verlo te entendiera! ¡Por Dios, que entre el agua y cera Andamos ambos a dos! ¡Ay, perros! ¿Quién se confía De vosotros? Luego vi, En no ver vino, que aquí Sucedemos mal había. Voy a avisar a mi amo. Sale Ardain con algunos moros. Éste es Ordoño: ¡prendedle! No soy mi amo. ¡Tenedle! ¡Perros, Iglesia me llamo, Pero no estoy en León! Donde tuviera lugar. Primero me han de mostrar Mandamiento de prisión. Atadle con un cordel Las manos. Si preso estoy, Sé que por ladrón no voy. ¡A la mazmorra con él! Que todo es cosa de viento; Yo sé que mañana salgo. Gallego soy é hijodalgo; No me pueden dar tormento, Y ellos mis jueces no son. De burla el perro lo toma. ¡Ah, corchetes de Mahoma, Llévenme como es razón! Cansado de romper vengo Lanzas, porque este ejercicio Le he tomado yo por vicio; Quien me desarme no tengo. Ordoñuelo no ha venido; Quiero esperarle sentado; He corrido y madrugado. Estoy cansado y dormido. Si aquel borracho viniera Para desarmarme Estoy Cansado al fin. ¡Qué bien hoy Rompí la lanza postrera! Pero son golpes en vano; Burlas de la guerra son. ¡Quién se viera en la ocasión Con uno ¡Cierra, y Santiago! ¡Oh fuertes brazos baldíos! ¿Cuándo os habéis de emplear. Vertiendo sangre, en sacar Brazos a mares y ríos? ¡Cuándo me viera en León, Pecho noble y valeroso. Entrar presto, victorioso. De Guadalete el pendón, Y llegar a conocer. Para colmo de mis dichas, Después de tantas desdichas. El padre que me dio el ser! ¡Estrella de mi ventura, Y estrella me la ha de dar, Acaba ya de llegar, Tu tardo paso apresura! ¡Si para entrar en la casa Donde mis bienes residen Vuestras estrellas lo impiden. Atropéllalas, y pasa! ¡Si con movimiento tardo Del cielo la esfera corva, Y el mismo Marte lo estorba, Dile que eres de Bernardo! Aquí está; entremos ahora, Que no habrá ocasión mejor. ¿Qué buscáis? Nada, señor. ¿Qué querrá esta gente mora Con adarga de esta suerte? A algún efecto saldrán: ¿Si acaso aquestos vernán a prenderme o darme muerte? Que puede ser que su Rey Mandase algo nuevamente; Que no hay fiarse de gente De nación contraria y ley. Porque al fin son enemigos, Y fingidos sus abrazos; Mas aquí están mis dos brazos, Que me bastan por amigos: Venga todo el mundo ya Contra mi pecho valiente; Que con decir solamente: «¡Bernardo soy!», bastará; Y para hacerlos pedazos. Tan sola mi voz pudiera; Y si el mundo Carpio fuera, No hay Carpio para mis brazos. ¡Todo me duermo, por Dios! ¡Oh, si viniese Ordoñuelo! Duérmese. ¿Un hombre os viste de hielo? Llegad, pues. Alcaide, vos: Veamos si sois más fiero; Mas quizá esta empresa os llama Para ganar mayor fama. Dices bien; servirte espero: Yo bastaba solamente. Sin el favor de Almanzor, Para ponerle temor. Llegad si sois más valiente. Ardain, habéis temido. Soy, Alcaide, desgraciado. A buen tiempo hemos llegado, Que en la silla está dormido. Ea, pues: todos lleguemos; Y antes que el monstruo despierte, Prendedle o dadle la muerte, Pues nuestro salvo tenemos. Libres podemos muy presto Llegar; quitadle la espada Y asidle luego. ¿Qué es esto, Alcaide? ¿Qué pretendéis? ¿Qué tantos moros? Bernardo, Almanzor La causa aguardo; Decid, acabad, no os turbéis. Por una carta ha mandado Prenderte , y de aquesta suerte Venimos. ¿A qué? A prenderte. ¿Estáis muy determinado A obedecer a Almanzor? Es forzoso, que es mi Rey, Y su gusto ha de ser ley, Y lo demás ser traidor; Aunque te muestres gallardo, Hoy, Bernardo , he de prenderte. ¿Pues, perros, de aquesta suerte Pueden prender a Bernardo? ¡Rayo es; huid! ¿Qué esperamos? [Huyamos todos arriba! ¡Viva Almanzor! ¡Perros, viva Castilla y León! Huyamos. Bernardo soy; solo basto Para lo que el Carpio encierra. ¡Viva Almanzor! ¡Arma, guerra! ¡Perros, viva Alfonso el Casto! Humana fuerza no importa A SU furor loco y ciego. Que lleva espada de fuego, Y deslumbra, abrasa y corta. No es humano su furor; Sus obras dan testimonio De una furia, de un demonio, Porque aún es furia mayor. ¿Qué es esto. Alcaide? ¿Ha salido Verdadera mi opinión? Ya del riguroso estrago El estruendo llega aquí. ¡Ea, cristianos, subid! ¡Bernardo soy! ¡Santiago! Muy poco a doña Flor esperaremos Según don Rubio escribe. Antigua villa Parece Luna. Aquí corte tenemos Los Reyes de León y de Castilla: Este castillo que soberbio vemos. Cuyo muro, Ramiro, el templo humilla. Es donde un fiero monstruo está, y España Veinte años ha que llora el de Saldaña. Al presente, ¿hay nuevas de Bernardo? Que se retiró al Carpio solamente. De donde algún intento nuevo aguardo; Es temerario al fin, mozo y valiente, Y querrá, de soberbio y de gallardo. Correr mi tierra con morisca gente, Porque sin duda alguna, de temor, Le prestará el Alcaide su favor. A guerra os aprestad, que al eco grave Del parche que los vientos importuna, Y la voz dulce del clarín suave, Bernardo, tu sobrino, marcha a Luna. Perdido soy, Ramiro; aqueste sabe Ya de su nacimiento la fortuna, Y que en esta prisión su padre vive; A librarle y vengarse se apercibe. Retírate, señor, a Luna luego, Haz lo que te será más conveniente; Resista el muro su coraje ciego. ¿Cómo ha de resistir a un rayo ardiente? En lo más alto ha de prender su fuego. Ya es por demás que llegue acá su gente. Escápate, señor; toma un caballo. No huye un rey la cara a su vasallo. Dadme, señor, vuestras Reales manos, Y vuestros pies, si manos no merezco; Que en vuestras manos mi cabeza ofrezco, De leoneses honor y castellanos, Que han rendido despojos africanos; Y a pediros perdón también me ofrezco. Mocedades han sido: alzad, BERNARDO. De ti mi honor y mi ventura aguardo: Por mí el Carpio, señor, por ti ha quedado, Y la corona de León le he puesto; Su Alcaide traigo preso, y a su lado Félix Alba, su esposa, y después de esto, Diez y nueve castillos he ganado, Y a Toledo verás a tus pies puesto; Y si vivo, señor, no está seguro Del rey Marsilio el defendido muro. Quiso que me llevasen a Toledo Preso, Almanzor; y yo, con los cautivos Que en las mazmorras la prisión y miedo, Padeciendo mil males los esquivos, Le gané el Carpio ; encarecerte puedo Sus brazos fuertes y ánimos altivos; Que como aceros y armas les faltaron. Con las mismas prisiones pelearon. Sólo quiero, señor, de estas victorias. Por armas los castillos diez y nueve, Y al Carpio por renombre de estas glorias, Con el perdón que a mi lealtad se debe. Prevenga a tu valor la fama historias. Pues tu alabanza su descuido mueve, Gran Bernardo del Carpio. Soy tu hechura. A tu valor iguale tu ventura. Dadme los brazos, otro Cipión nuevo. Darete con el alma mil abrazos; Que a tu grandeza mi humildad atrevo. Dame, heroico primo, los abrazos, Alejandro español, Viriato nuevo. Para hacer toda el África pedazos En tu servicio, gran Ramiro, vivo, Y a darte otras coronas me apercibo. Llegad, Félix Alba bella, A besar al Rey la mano, Y vos, Benyusef, con ella. En besarte los pies gano. Alzad, bella Félix Alba: No humilléis el resplandor Que viste de grana el alba. Esta vez, alto señor. La buena opinión nos salva: A no ser el Casto vos, Celos al Alcaide dieran Estos requiebros, ¡por Dios! Más bien dárnoslos pudieran, Bernardo, a nosotros dos. ¡Ay, leoneses fuertes! ¡Ay, León, Que dejaste mi esperanza! Venturosa es la ocasión, Si el tiempo el deseo alcanza, Y decirle mi pasión. Y ¿de mí no se hace caso? Pues ¡vive Dios, que ninguno En el Carpio, señor Paso: Siempre has de ser importuno. De envidia, ¡por Dios! me abraso; Dadme los pies, que yo soy Muy bien llegado Seáis. Palabra te doy. Señor, de que he peleado. Basta. Satisfecho estoy. ¡Lindo jigote se ha hecho! Todos de galgo, ¡por Dios! Bernardo tiene buen pecho, Y a fe que ambos a dos Hemos sido de provecho. De ti esta merced espero; Y para remunerar Los servicios de mi acero, Te quisiera suplicar Que me armaras caballero. a impedir mis justos ruegos No es bastante el ejercicio En que nacen los gallegos . Justísima razón fuera. ¡Pues no, señor! Calla, loco. Bien el Rey lo considera, Pero tú tiénesme en poco. ¿Quién como yo locos sufre? Dejémonos de locuras Si no quieres que me enoje Y darme gusto procuras; Haz que esa gente se aloje. Quedan mis gustos a obscuras, Pues no gustas que me haga Merced Alfonso ninguna. La gente se aloje en Luna Como más se satisfaga, Y el Alcaide y Félix Alba Quédense en Palacio. Modo De honrarnos buscáis. ¡Ah, brava Ocasión! Entre estos godos Podía ser señor de salva Si me hubiera adelantado a pedir al Rey mercedes; Que sólo el Carpio le ha dado. ¡Ordoño! ¡Señor! Bien puedes Hacer lo que te he mandado. Voy. Nunca pienso medrar Si andamos juntos los dos. Hoy, señor, que el alegría Llega al colmo que deseas. Pues ves en un mismo día Tanta junta, muchas veas, Cumpla la esperanza mía. Acabe de resolverse Aquesta prolija duda Y este secreto romperse, Y en mi bien tu lengua muda Desatarse y atreverse. Ea, señor, sepa yo. Por premio de mi victoria, El padre que el ser me dio. Bernardo, es larga esa historia, Y ha veinte años que pasó; Y he menester recorrerla: Después tendremos espacio. Que vos no os vais de Palacio. Rigurosa fue mi estrella. ¿Qué enigma es esta, que está Tan encubierta al sentido? Tanto encubrir, ¿qué será? Que mi padre le ha ofendido. Muestras en esto el Rey da. Injustamente mató Sin duda el Rey a mi padre, o no tuve padre yo. La tierra quizá es mi madre, Y algún monte me engendró; Esto puede ser más cierto; Que este caso en tantos días No pudo estar encubierto. Perdonad, Rey, mis porfías, Mi padre, ¿está vivo o muerto? Vivo, como yo lo estoy, Y no muy lejos de aquí. Palabra, Bernardo, os doy De que lo sepáis de mí En Luna, a fe de quien soy. Dame los pies; que aquel día Que colmares mis venturas Con esta nueva alegría. No estarán de mí seguras Toledo y Andalucía. Con vencidos escuadrones Aquí a Luna he de volver, Y estos fuertes torreones Victorioso he de vestir De paveses y pendones. Aquí, donde este favor He de recibir de ti, He de traerlos, señor. En fe de que recibí En Luna todo mi honor. Este famoso castillo Que tan levantado veo, De Lunas he de vestirlo. ¡Qué bello, señor, deseo! Procuraré divertirlo; Que puede aquesta ocasión Darle a conocer al padre Que vive dentro en prisión. Como la guerra es mi madre, Me lleva la inclinación En viendo una fortaleza: Aquélla y esta he de ver, Que tiene grande extrañeza. Esto será menester Quitarle de la cabeza. Aunque parezca admirable Por de fuera, está perdido. Viejo, roto, inhabitable; Su muro, en yedra escondido. Por la antigüedad notable, De larga hierba cubierto; Su edificio, derribado. Es un páramo, un desierto, Y aun dicen que está encantado. ¿Encantado? Por muy cierto, Porque en sus calles obscuras Suspiros se escuchan dar, Y son de prisiones duras. ¡Vive Dios, que he de probar, Si puedo, esas aventuras! Por esto no hay quien le habite, Fuera de que por el miedo A nadie entrar se permite. Pues yo lo he de ver, si puedo. Aunque el mundo me lo evite. En otro tiempo ¿no había Caballeros valerosos Que probaban cada día Aventuras, animosos? Esta es aventura mía. ¡Albricias, alto señor! Harételas prevenir. Pues ya viene doña Flor, Salgámosla a recibir. Ayúdame ahora, amor. Mientras el recibimiento Durare, en este lugar Mi atrevido pensamiento ¡Ay, honor! ¿Podré llegar? Dame, amor, atrevimiento. Aquí ha quedado esta mora: Para perseguirme ha sido. ¡Ay, cielo! ¿Llegaré ahora? Siempre ayuda al atrevido La fortuna vencedora. ¡Bernardo! Mora, ya voy A lo que vos me queréis: De Ordoño informado estoy Del amor que me tenéis. Que es sembrar en tierra dura, Porque no soy inclinado Del amor, esa locura. Quien un hombre tiene al lado, ¿Para qué otro hombre procurar Mas como suele tener Siete mujeres un moro. Queréis otro tanto ser: Tener, sin perder decoro. Siete hombres una mujer. Honrad a vuestro marido; Que yo de vuestro valor Menos que esto me he creído. Niño y ciego es el amor; Perdón, Bernardo, te pido. No sé si es niño ni ciego. Adiós, FÉLIX. Él a vos Os guarde. Yo parto luego A probar mi empresa: adiós. Con tu desdén templo el fuego. Yo vengo, Ordoño, a probar Una aventura notable En este mismo lugar De esta fuerza inhabitable. ¿Nunca has oído contar? Lo que yo no he menester, No me dio jamás cuidado. Pues, Ordoño, has de saber Que este es castillo encantado. Y le hemos de entrar a ver. ¿Encantado? Ordoño, sí, Y dicen que en estas salas Se oyen cadenas. Así, Almas son, sin duda, malas; Señor, que penen aquí; Tormento allí les ordena Dios; el por qué, no alcanzamos. Penen muy enhorabuena; Déjalas, no nos metamos. Señor, con almas en pena. Sean almas o demonios, Ordoño, allá hemos de entrar. De loco das testimonio. Atrás pretendo dejar Los hechos lacedemonios. Contigo mi fin se apresta; Hoy me encantan, esto es cierto; ¡Mas que me convierto en cesta! Todo está solo y desierto; La plaza de armas es esta. La mañana de San Juan, Dicen que estos a una fuente Todos a bañarse van; Que es ocasión conveniente, y no donde ahora están. Allí, con pocos cuidados, Y no con peligros, puedes, Cogiéndolos descuidados, A barrisco, como en redes, Llevártelos maniatados; Ya tú, salvo entonces de ellos, Harás lo que tú quisieres; Puedes guardarlos, venderlos, Holgarte con sus mujeres. Los más de estos son gigantes, Y dentro de su castillo. Cuatro o cinco son bastantes A darte tal masculillo, Que nunca de él te levantes. Gigante hay que, si te coge, No es mucho de este lugar A Jerusalén te arroje. o la muerte te he de dar, o has de entrar conmigo, escoge; Que no he de servirme yo Jamás de gente cobarde. ¡Mal haya quien me parió! Señor, ahora es muy tarde. ¿Tarde? Ahora amaneció. Olvida estos pensamientos. Oye sólo, si eres rayo Que airado rompe los vientos, Porque yo no soy lacayo Obligado a encantamientos. Ven. No puedo menearme. Aquí está un cerrojo echado. Abrirle quiero y entrarme; Ya voy a tu lado: ¡Vive Dios, que de quedarme. Tú has de verte y desearte; Que yo en mi juicio me estoy! ¿Vienes, Ordoño? Ya voy; Pero por esotra parte. La obscuridad, la tristeza, De un temor acompañada; El espanto, la extrañeza, Muestra bien que está encantada Esa antigua fortaleza. ¿Ordoñuelo se ha quedado, o es que la amenaza mía El miedo en él ha causado? Aquí parece que el día Nunca jamás ha llegado. Todo es miedo, todo espanto Mirando esta soledad: [Medroso y notable encanto! Si ello va a decir verdad. Miedo me da tanto cuanto. Pero por eso el valor, En un pecho bien nacido, Siempre sale vencedor. Dentro Sancho: ¡Ay! Paréceme que he oído Con ¡ay! un grande dolor; Sin duda que lo ha causado La fuerte imaginación. Sancho dentro. ¡Ay! Una VOZ se ha quejado, Y ahora rumores son De prisiones, que he escuchado. Cuando entré en esto castillo, Apenas entré con barba, Y ahora, por mi desdicha, La tengo crecida y cana. ¡Qué descuidado es este hijo! ¿Cómo a voces no te llama La sangre que tienes mía A socorrer donde falta? Sin duda que te detiene La que de tu madre alcanzas, Que por ser de la del Rey, Juzgará con él mi causa. Los que me vienen a ver, Me cuentan de tus hazañas; Si para tu padre no, Hijo, ¿para quién las guardas? Perdóname si te ofendo. Que descanso en las palabras; Que yo, como viejo, lloro, Y tú, como ausente, callas. ¿Quién eres, fantasma o sombra? Detente, sombra o fantasma. ¿Qué es esto? ¿Quién sois, señor. Que ofender queréis mis canas? Un hombre soy que procuro Ganar con mis hechos fama. Pues nunca conocí padre, Y soy hijo de esta espada. Dícenme que este castillo Está encantado, y que espantan Las cosas que de él se cuentan Por León y por España. Y yo, teniendo deseo De intentar empresas altas, a esta ventura he venido. No por la menor hazaña. De pecho ilustre y valiente Parecen vuestras palabras; Sosegaos; burla os han hecho; ¿No hallasteis al entrar guardias? Nadie al entrar encontré. Pues he sabido la causa: Todos en los baluartes Deben de mirar la entrada Que Alfonso el Casto hace en Luna Mientras lloro yo desgracias, Y como a segura prenda Dejan todas estas salas; Amigos vuestros sin duda, Que siempre burlando engañan, Así probaros quisieron. Aunque sombra del que fui, No soy hombre ni fantasma, Y por mi desdicha, amigo, Soy el Conde de Saldaña. ¿Es posible que mi historia Está de vos ignorarla. Pues en Castilla y León Hasta los niños la cantan? Nunca vuestra historia he oído. Pues si el tiento no me engaña, Aquí han de estar unas sillas Pocas veces ocupadas. Sentaos, que sois mi consuelo; Y para que mi desgracia Os admire, señor, quiero Contaros mi historia amarga. Veinte años ha, o veinte siglos, ¡Oh generoso mancebo! Que por yerros de amor, vivo Sin ojos en estos hierros. Bien es verdad que la pena Que en esta prisión padezco, No iguala a la menor gloria Que me dio el amor a un tiempo. Tuve estrella de dichoso, Y de desdichado luego. Porque la fortuna mía Es de rigores extremo. Era yo en la corte entonces El galán en los torneos, El más fuerte, el más dichoso Con damas en el terrero. Como amor todo lo iguala, La hermana del Rey no menos, Puso los ojos en mí Porque viviera sin ellos. Tuve, para mi desdicha. Un competidor soberbio: Don Rubio, el Conde, por quien Estas canas largas tengo. Envidia de mis favores, Cuidando de mis deseos. Este secreto alcanzaron, Porque son linces los celos. Para descubrir mis males Reveló al Rey el secreto; Que de un desdén y un mentís Quiso vengarse con ello. Para enterarse del caso. Él y el Rey juntos vinieron; Y dando a la Infanta el parto. Fuerte por ser el primero, Para poner la criatura En salvo con el silencio Tan justamente debido A su fama y a mi ruego, Fuimos una dueña y yo, Con mil ansias y desvelos, Amparo de este peligro Y capas de este secreto. Parió al fin la hermosa Infanta, Quedándose como el cielo. Con hermosos arreboles Cuando el sol está naciendo. Al recién nacido infante, Alegres pusimos luego, Llorando, entre unas mantillas, Aunque ricas, mal compuesto. Bajé con él por la escala Que cada noche era puerto De la gloria de mis dichas, Y hallé gente en el terrero. Vime empeñado y corrido, Y por no ser descubierto, Saqué la espada furioso; La muerte darles pretendo. Sin sacar ellos la suya, «¡Teneos al Rey!», me dijeron; Detúvome esta palabra. Que da temor y respeto. Oyeron entre mis brazos Llorando al infante bello. Que el tributo natural Paga en halago paterno. Descubrile al Rey el caso. Pidiéndole en casamiento La Infanta, o no me daré A prisión menos que muerto. Diómela Alfonso de falso, Por razón de Estado o miedo; Que no es mucho tema un Rey Un determinado pecho. Con unas cartas me manda Que parta a la posta luego Con el alba, porque había Prevenido ya el suceso. Para don Ramón la una, Disculpando aqueste yerro Al Conde de Barcelona, Que se la pidió primero. La otra, para el Alcaide De este castillo soberbio; De paso, porque por Luna Era el camino derecho, Diciéndome que mandaba Prevenir por este pliego Mis bodas ahora veinte años, Y aun la respuesta no he vuelto. Porque fue de mi prisión Esta carta el mandamiento. Yo, con el Rey confiado. De mi mal fui el mensajero; Sacarme manda los ojos. Mas no me sacó del pecho Aquel divino retrato Que se entró al alma por ellos. Y no moviéndole nada La fuerza del parentesco, Tiene también a la Infanta Reclusa en un monasterio. De aquesta suerte ha veinte años, Señor, que vivo muriendo, Teniendo un hijo en el mundo Que puede ser mi remedio. Pero como lo ha criado Don Rubio, el Conde, lo ha hecho Retrato de sus rigores. Hijo de sus pensamientos, Y ha podido con él más. Viéndome en prisión y viejo. El pan que comió en su casa. Que no el padre que le ha hecho. El Rey le llama sobrino. Armole el Rey caballero; Ahora ha ganado al Carpio Y no libra un padre viejo. ¡Ay, padre del alma mía, Dame tus pies! ¡Santo cielo! Bernardo, tu hijo, soy. ¿Bernardico? Aquese mesmo: Tú eres mi bien y mi padre; Dame estos pies, besarelos. Levántate, hijo, Darete Mil abrazos y mil besos. ¡Qué grande estás, qué fornido! ¡Qué grande hombre te has hecho! Y muy hombre, padre amado, Porque todo te parezco. ¿Has barbado? Ya descubre El rostro el primero pelo. ¡Ay, tristes ojos, ahora Qué gran falta me habéis hecho! ¡Esto me ha tenido el Rey Hasta este tiempo encubierto! Y también, por darle gusto. Ha hecho lo mismo el reino. Y porque entiendas que soy Tu Eneas, Aquiles viejo, Dame licencia, que en brazos De aquí sacarte pretendo. No, hijo: mientras faltare El Real consentimiento, Esto no habéis de intentar; Alcanzadlo vos por ruegos. A pedir a Alfonso voy Agraviado, para luego; Dame la mano a besar. Al punto a librarte vuelvo. Que, si buena es la verbena, Más linda es la hierbabuena. La verbena verde, Que viste las selvas, Los claros arroyos Y las fuentes frescas, Albas de San Juan, Las zagalas bellas De toda esta villa Salen a cogerla. Guirnaldas componen Para la cabeza; Oro es el cabello Y esmeraldas ella. Hacen ramilletes De la hierba buena, Dando a los sentidos Olor y belleza. Que si linda era la verbena, Más linda era la hierbabuena. Por muchos años gocéis Con honra nuestro collado, Hermosa Flor de este prado, Para que Abriles nos deis En eternos regocijos, Esposa del Rey seáis, Nos deis reyes, y veáis a los nietos de otros hijos. La labradora es graciosa En hablar como en cantar. Fama tengo en el lugar. ¿Cómo es vuestro nombre, hermosa? Antandra, señora mía. Muy buena cara tenéis, Muchos años os gocéis. Sirviendo a Su Señoría. Cuando os hayáis de casar, Yo me acordaré de vos. Mil años os guarde Dios. Proseguid vuestro bailar. ¿Bernardo cómo ha faltado. Pues no está de León ausente? En el alojar su gente Debe de estar ocupado. Sale Bernardo detrás de muchos armados. Probando un encantamiento, Alfonso el que llaman Casto, En tu castillo de Luna Hallé a mi padre encantado; Los años que ha que yo vivo, Muerto allí, que son veinte años, Quejoso de mi valor, De tu justicia agraviado. Aunque quitados los ojos. Para llorar le quedaron; Que a tenerlos, ya le hubiera, Alfonso, cegado el llanto. Por mi padre y por mi honor Este negro luto traigo. El uno preso por ti, Y el otro muerto a tus manos. Dame a mi honor, Casto Alfonso, Dame a mi padre; que entrambos Vida y libertad esperan De tu boca y de mis brazos. Siendo hijo de tu hermana. Todos me llaman bastardo, Y a ti te toca esta afrenta, Y a mí se carga este agravio. Yerros de amor se perdonan. Porque son hierros dorados. Pues tan bueno es como vos Mi padre el conde don SANCHO. Reclusa a mi madre tienes En un monasterio santo, Y más santo pareciera A Dios y al mundo casarlos. Si no, guarda tu cabeza Y defiende tus Estados, Haz sus murallas de acero, Busca alcázares más altos. Guárdese el traidor don Rubio, Que alegre me está mirando. Que he de volverle en cenizas Que las lleve el aire vano. Guárdense todos los hombres Que mi afrenta han ocultado, Y guárdese el mundo junto. Que soy Bernardo del Carpio. Espera sobrino, espera; Aguarda, aguarda, BERNARDO. ¿Qué quieres? Darte a tu padre. Vivas, Alfonso, mil años: Dame esos pies, y en el rostro Ponme una ese y un clavo; Rey eres piadoso y justo. Sabio, noble, fuerte y santo. Lo que me pides haré. No me engañes. No te engaño; Libre verás a tu padre, Y con mi hermana casado. Pues porque entiendas , señor, Que sólo mi honor aguardo, Doy a Ramiro el derecho Que tengo de tus Estados, Y aunque tuviera mil hijos; Y a vos. Conde, he de abrazaros. Perdonad estos enojos Gozando a Flor muchos años, De vos, España y RAMIRO. Bernardo, Bésoos las manos. Fuera, rey Alfonso; fuera Dadle su padre a mi amo, Que por buscar este luto Me he venido a tardar tanto. Ordoño, ya se acabó. Pues de aquesta suerte , callo; Que, si no, jurado había, Por los Evangelios santos. De no volverme sin él Aunque me hiciesen pedazos, o con prenda que valiese De oro y de plata otro tanto. Salen Benyusef y Félix Alba. Yo y Félix Alba pedimos. Señor, el Bautismo santo. Gracias a Dios que os dio lumbre De su fe divina a entrambos; Serán los novios padrinos, Y quedaréis a su cargo. Viváis mil años, ALFONSO. Y a mí, ¿no me han de dar algo? Guarda te quiero hacer De aquesta casa de campo. En balde pienso volverme. Señor, entre sus venados. ¿Hay buenos vinos en Luna? Sí. Pues yo acepto el cargo. No cesen los regocijos: A la capilla subamos. Dando con aquesto fin La Mocedad de BERNARDO.