Texto digital

Texto digital de Los milagros del desprecio

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los milagros del desprecio. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/milagros-del-desprecio-los.

Logo BICUVE

LOS MILAGROS DEL DESPRECIO

JORNADA PRIMERA

Dejadme. ¿Qué me queréis? Bien sé que podéis decir que es el dejarme morir desesperación. Diréis muy bien; que si esto os negara en la piedad de los dos, parte de la ley de Dios os confieso que os negara. ¡Válgame Dios! ¿Dónde tiene la condición inhumana de tu inclinación villana la contrayerba? Conviene, aunque se enoje, Beltrán. divertirle en su cuidado, que es una tema en que ha dado. y enloquecerle podrán sus continuos pensamientos. ¡Señor! Aun mirar siquiera con qué condición de fiera hallará divertimientos tan rebelde corazón ¡Válgame Dios! ¿Dónde tiene tu corazón, doña Juana, de su condición tirana la contrayerba? y tan extraña inclemencia. Duélete de tu prudencia, Criado. Hernando, el que te sirvió y fue a Flandes, ha venido, y, leal y agradecido al pan que en casa comió, dice que te quiere ver. Aunque son muy desiguales tus recados y mis males, dile que entre. ¿Qué he de hacer, si es ingratitud negarme a su buen conocimiento? ¡Que no pueda el pensamiento desta locura apartarme Esta mujer, ¿no es mortal, y se pudiera morir? Claro está ¿pues el sentir, ¿por qué ha de ser desigual? Y siendo fuerza tener fin su rigor y mi pena, ¿por qué de mi me enajena lo que ha de dejar de ser? Dame tu mano a besar. Muy hombre estás ya. Señor, señor, en esta ocasión. cada día soy mayor. Dices muy bien; claro está. Pero vienes muy crecido. En nuestro mortal estambre, lo que adelgaza es la hambre, y da de sí lo tejido. En tres años de soldado, mal pagado y sin comer, pudiera un hombre crecer por encima del tejado. No hay tristis anima mea como el estar un cristiano entre uno y otro pantano rociado de gragea de vil bronce, porque allí muestra un hombre su buen pecho. Bien mirado, ¿qué me han hecho los luteranos a mí? Jesucristo los crio, y puede por varios modos, si él quiere, acabar con todos mucho más fácil que yo. Pónenle sitio a un lugar, y tras de andar a balazos quitando piernas y brazos sin comer ni descansar, cuando ya el campo se inclina con el más sangriento estrago al último Santiago, pónenle fuego a una mina que viene a dar a los pies del que embiste confiado, y vuela a un pobre soldado hecho Icaro al revés. Pues ¿qué te obligó a dejar mi casa, Hernando? El tener inclinación de saber, sólo por no preguntar. Tanta experiencia ganada traigo, con lo que he pasado, que en el Consejo de Estado pudiera no decir nada Sócrates y Cicerón, según vengo ya de agudo, sin Vinorre y Pollo-crudo conmigo. Ya en mi pasión no hay gracia que celebrar, ¿Qué hay, mi señor? ¿Corta todavía amor tareas de suspirar? Yo me acuerdo que algún día me dijiste suspirando: "¡Ay, cómo me muero, Hernando!; pudiera la porfía de una condición ingrata escarmentarte. ¿Qué haré, si es la misma que adoré entonces la que me mata? ¿Luego tres años y más te debe sólo un desvelo? Sí, amigo. ¡Válgame el cielo! De nulla redemptio estás en el infierno de amor. ¿Tres años, siempre a pie quedo? ¡No dura más en Toledo el mejor corregidor! Tres años: treinta y seis meses, mil y cuatrocientos días...; todo un Escorial podrías haber hecho si tuvieses dinero, piedras, pinturas. ¡Jesús! ¿Y que no te ha dado siquiera un favor prestado? ¿Pudieran mis desventuras parecerlo si eso fuera? Con solamente tener esperanzas de no ser aborrecido, viviera. Amantes he consultado sin dicha, y favorecidos, y a consejos prevenidos; con fines desesperados me veo morir, y así ha hecho pena el sentimiento, en la pena y el tormento me estoy vengando de mí. Si yo, señor, te curara de tu amor, ¿qué me dijeras? Ya son ésas muchas veras, Hernando; y es cosa clara que excede de tu saber el remedio de mi mal. La experiencia universal del hombre tiene poder sobre toda comezón; y Dios no me quita a mí que pueda curarte a ti, aunque en poca estimación. ¿No has visto al blanco tirar muchos cazadores diestros que pudieron ser maestros de otros, y no acertar, y llegar un cojo y manco, y poner sin gallardía a tiento la puntería, y dar en medio del blanco? Pues ansí pienso yo ser; que, aunque otros hayan tirado, quizá daré, afortunado, en el blanco, sin saber. Ahora, Hernando, yo no quiero despreciar tu ingenio aquí, sino que haces por mí de tu experiencia el primero. Doña Juana de la Cerda se sirve de una criada poco menos recatada que ella, si no tan cuerda, y como sepas hacer que te trate sin rigor, en todo, después, mi amor seguirá tu parecer. ¿Quieres darle este diamante? Pues dando, ¿qué le debieras a mi ingenio, cuando fueras con ellas dichoso amante? Con la experiencia verás que está, aunque estimas y adoras, más el daño en lo que ignoras que el remedio en lo que das. Un punto no has de exceder los récipes que te diere que el enfermo que no quiere al médico obedecer, no le queda qué argüir. Los venenos se probaban un tiempo en los que ya estaban condenados a morir; y, así, yo que a manos muero de un repentino rigor, ya resuelto y sin temor ponerme en tus manos quiero. El pulso voy a tomar a doña Juana, por ver, ya que no sabe querer, si está cerca de enfermar. ¡Mueran los hombres, Leonor! ¡Mueran mil veces, señora, esta canalla traidora, tiranos de nuestro honor! Eso sí, buena mujer; ¡vive el cielo, que si fuera mío el mundo, que te diera la mitad sólo por ver medida tu inclinación a mi gusto! Estos tiranos, tiernos, suaves y humanos antes de la posesión, y después de ella crueles, desabridos y ofensores, a manos de mis rigores han de morir, como infieles. La venganza universal a sus palabras quebradas y esperanzas malogradas seré, con rigor mortal. Mujer Atila he de ser contra estos fieros tiranos contra quien son nuestras manos el llorar y padecer. Y ojalá que a mi opinión cualquiera mujer se viera reducida, por que fuera cada mujer un Nerón abrasador. ¡Qué dulzura que tiene para engañar el que llega a enamorar! i Con qué amor, con qué frescura que pone en el alameda de la esperanza los pies y el alma! ; pero después, ¡qué abochornado que queda! Juana De las que he visto llorar estoy tan escarmentada, que quisiera verme atada a un duro escollo del mar antes, Leonor, que rendida a una pasión amorosa. Añade estando celosa, agraviada y ofendida, y perderás en pensarlo el entendimiento. ¡Guerra, Santiago, arma cierra, cierra contra los hombres! ¡Andarlo! Ellas embisten conmigo en viendo que soy soldado. ¡Vive Cristo, que he llegado al campo del enemigo! ¡Guerra, Santiago, y yo en el asalto! ¡Ay de mí Sin barbas salgo de aquí. El demonio me engañó.; Qué hombre es aqueste? ¡Ay señora! Hernandillo, el que servía a don Pedro, y se fue un día a la guerra. Y vuelvo ahora. Sin barbas se fue, y las tiene. También hay entre las gentes barbas para los ausentes, ¡Jesús, y qué grande vienes! ¡No acabo de santiguarme! Yo sé. por lo que he crecido.; Por qué? Porque no he tenido otra cosa en que ocuparme. ¡Lo que traerás que contar de Flandes!... Por estas manos he muerto más luteranos que arenas... ¡Grande es el mar. y es mentir con desatino Que hay estrellas... ¡También son muchas! No hay comparación, y me quedo en el camino del hipérbole atascad^. Que eres el primero entiendo que se acobarda mintiendo después de haber empezado. ¿Viste a la infanta?; Pues no? Cada día. Y ¿cómo está? Todavía se está allá con la cara que llevó. ¿Quién habrá que no lo crea? i Basta, que tienes donaire Quitando el don, es el aire el que más me bambolea. ¿Hate vuelto a recibir don Pedro? Señora, no.; Por qué? Porque me enseñó la guerra a no le sufrir. Solía muy satisfecho descansar conmigo antes, con ciertos pasavolantes, y ya, como vengo hecho a embestir y pelear, en levantando la mano pensaré que es luterano y tocaré a degollar. ¿Cómo está? Con los ardores pasados, y apenas yo le vi cuando desdobló la hoja de sus amores. ¡Fuego en él y en sus quimeras! ¡Hernando, no me lo nombres! Y luego en todos los hombres. Las dos encienden hogueras. Pues, pajaritas, a fe que habéis de dar en la liga.; Qué dices? Que nadie diga de este agua no beberé. ¿Qué es beber? ¡Viven los cielos que si ardiente me abrasara, que de mi sangre formara palpitantes arroyuelos para no dar a mis labios agua de tantos enojos, para hacer fuentes mis ojos y llorar después agravios! En mi casa te podrás alojar, como no intentes buscar medios convenientes a tu amor. Tú lo verás. ¿Cuántos pretendientes tengo? Perdida tengo la cuenta. ¿Serán veinte? Más de treinta. Pues mira que te prevengo que de ninguno recibas papel, presente o recado, so pena de haber faltado a lo propuesto. Ansí vivas, que pienso que una ballesta despide con más blandura, porque soy a su dulzura una furia contrapuesta. Así, Leonor, lo has de hacer, que para no recibir, Hernando enojarte y despedir te doy bastante poder. ¿Tienes tú amor? ¿Qué es amor? No daré por cien mujeres un ochavo de alfileres. ¡Mujeres!... ¡Jesús, qué hedor! Parece que no has sabido que naciste de una, Por eso nací llorando, y sentí el haber nacido. Según eso, ¿cosa es llana que me aborrecéis a mí? Como si estuviera en ti el demonio en carne humana. En mi vida hablé a mujer, como no me dé o' me preste. El primer emplasto es éste de la cura que he de hacer. Bueno es esto para quien está mirando estos días amantes idolatrías. ¿Que nunca has querido bien? Una vez que en mis intentos sentí ciertos intervalos, les di más de treinta palos a mis propios pensamientos. A un diestro muy confiado , en dándole de antuvión sobre su propia lición, de afligido y de turbado no sabe volver en sí. Dame tú, que yo quisiera quererte, que yo te hiciera que te murieras por mí. Por dos caminos sería: de risa de ver tu engaño, o temeroso del daño de tan gran majadería. No quisiera en mis cuidados más bien que la comisión de acotar sin remisión mujeres y enamorados. ¿Hay tal hombre? Industria mía, por aquí se ha de guiar la cura ; que en despreciar está la primer sangría. Presto me he ver vengada de ti ; que criados vienen de pretendientes que tienen hasta el alma enamorada. Escóndete, no te vean, y verás cómo me harto. ¡Qué importa, si yo descarto cuando hay otros que desean! Este pequeño presente es de don Juan, mi señor, cuyo cuidado y amor lo serán eternamente. Don Alonso de Ribera, mi amo, a la enferma envía esta pequeña sangría con fe firme y verdadera. Huélgome que hayáis venido los dos, porque sin cuidado responda con un recado a los dos que habéis traído. Decid a esos caballeros que mi ama no es mujer que se deja convencer de búcaros lisonjeros ni de salvillas doradas que, cuando quisiera el mar sobornos acreditar con las perlas encerradas , en sus conchas, y la tierra, con sus preciosos diamantes, no hicieron inconstantes los propósitos que encierra. Que el crédito y los sentidos en este amor perderán, porque en esta casa están los hombres aborrecidos. Y así, a tanto porfiar sólo manda el responder que se cansen de ofender o se ofendan de cansar. Oigan, y cuál se han quedado el uno y otro aturdido pajes de tapiz han sido con el intento pintado. Muy bien pudiera excusar vuestro amo el competir con el mío. Eso es decir. que no le puede igualar. Mi amo tiene guardado, para cuando el rey le haga título, un dosel y paga de señor adelantado, pues viene al amanecer a dormir, que llueva o truene. Criado I. ¿Qué importa, si el mío tiene despensero y boticario, y comemos a porfía, que se lo dé el rey o no? A ése me atengo yo, que es el conde de Buendía, y el otro marqués de Espera, título camaleón fundado en su pretensión. ¡Que riñésemos los dos! ¡Por Dios, riñamos por mí! En empezando a rifar, les tengo de percollar los dos presentes aquí. Esto le importa a mi fama. Crédito a mi nombre doy. Criado del turco soy que te cojo la garrama, y habrás de tener paciencia. que si en los dos reina Marte, hoy se mudan a otra parte los trastos de la pendencia. Aquí nos han de meter en paz ; al campo salgamos a reñir. Al campo vamos, que será justo temer el "Téngase" de la villa, si es campesino el valor. Aun esto será peor. Aquí dejé mi salvilla. Y aquí la mía quedó. Vuestra desdicha o la mía trujo algún ladrón sangría. La sangre nos igualó. ¿Quién hará ahora creer a nuestros amos que ha sido verdad lo que ha ¡sucedido? No sé cómo puede ser. Yo pienso por excusar su repentino furor, decir que tomó Leonor el presente, y alargar la mentira, que después será más fácil remedio. Criado i." Si puede haber algún medio, ése pienso que lo es, y lo mismo he de decir. Aquí viene el dueño mío. Redúzcase el desafío a lo diestro del mentir. ¿Qué es esto? Darle a mi mano el repentino valor que está pidiendo tu amor. De don Juan Altamirano trujeron aquí un presente al tiempo que recibió el tuyo, y el suyo no; y, celoso e imprudente, conmigo quiso reñir. Pienso que admitido estás. ¡Basta! No me digas más. Desde hoy empiezo a vivir con ese nuevo favor. ¿Cómo albricias no has pedido si soy el favorecido? Todo lo que no es mi honor te daré : mi ser, mi hacienda, mi vida y mi voluntad; que, en tanta felicidad, no es razón que el mundo entienda que no hago estimación de una mujer que ha dos años que en resueltos desengaños le da a don Pedro Girón indicios de su disgusto. Direle que esta conquista está por mí, y que desista de su intento, que no es justo impedir con su nobleza las dichas que voy gozando. El pretender estorbando toca en actos de bajeza. Hasta aquí que no he sabido mi dicha, dudosamente, detenido pretendiente, he callado y padecido; pero ahora, que ya sé que tengo el lugar primero en su favor verdadero. en su casa estorbaré que entre sin licencia mía, la luz, cuya inmensidad en rasgos de claridad es precursora del día. Sígueme. Contigo voy. Fácilmente lo ha creído y de haberle persuadido gozoso y contento voy. Esto, señor, fue mostrar que en servir y en agradarte me cabe a mí tanta parte como a ti en saber amar. Otro presente ha enviado don Alonso de Ribera, tu competidor, que espera lograr también su cuidado, y el tuyo se recibió cuando el suyo han despedido, y así habernos reñido el desconsolado y yo. La vida, amigo, me has dado, y desde hoy, que no eres digo mi criado : eres mi amigo, y en quien fundo mi cuidado. ¿Es posible que yo he sido, entre tantos pretendientes ricos, nobles y valientes, el solamente admitido? El juicio he de perder, y no por el rendimiento con que se obliga mi intento a servir y a pretender, sino por la soberana calidad y estimación con que don Pedro Girón pretendía a doña Juana. Tres años ha justamente que el pobre la galantea, sin ver el fin que desea en un favor solamente; y está tan rendido ya de su amoroso cuidado, que dicen que, retirado, perdiendo el juicio está. Visitarle será bien sólo para examinar las causas de su pesar, y para darles también esta gloria a mis sentidos; que no hay gustos estimados como el oír los amados llorar los aborrecidos. Amantes: ninguno crea que es en el arte de amar difícil el engañar a quien pretende y desea. Es todo lo que he contado tan verdad, como lo es que los dos no somos tres y que el uno no es soldado. La soldadesca, en efeto, en todo entra. Es, señor, constitución del valor, aunque no traigo coleto; que no hay, a mi parecer, quien hable más en su estado que un coletillo picado acabado de comer. Todo lo rinde y lo mata contra los pobres infieles. si acaso dio a sus papeles sepulcros de hoja de lata; pues que si el que está a su lado replica y le da cordel, en la torre de Babel no se habló tan revesado y tanto sobre comida. Dios se lo perdone a Flandes: i qué de mentiras tan grandes tiene a cargo en esta vida! ¿Que los presentes allí los cogistes? ¡Gran valor! Entre sus armas, señor, águila rapante fui: mientras los dos, muy valientes, defendían la nobleza de sus amos, con presteza agarré los dos presentes; y así. que andaban recelo, ya después de haber reñido, como aquel que divertido busca hongos por el suelo. ¿Y qué. tanto me aborrece esa mujer? •Sí, señor; en el no tener amor todavía está en sus trece; pero la has de ver seguir tus pasos, de puro amante, o yo he de ser ignorante y en la demanda morir. Y yo, ahora, ¿qué he de hacer? Dejarte jaropear con principios de esperar, de callar y obedecer. Que en este primer intento es el remedio mejor, en calenturas de amor. jarabes de sufrimiento. Don Alonso de Ribera dice que te quiere hablar. Entre. Aquí he de recetar una cosa muy ligera si en doña Juana te incita este tu competidor, sólo te ordeno, señor, que bebas en la visita. Pues ¿he de beber sin gana? Pide de beber, que yo sé el énfasis, y tú no. Si del mal que en doña Juana te aflige quieres curarte, no hay sino creerme a mí porque has de beber aquí, o no he de poder sanarte. ¿No he de saber para qué efeto? Puesto en mi mano eres enfermo cristiano, que se cura con la fe; y en empezando a poner argumento, no te curo. Ahora bien, poco aventuro, si está el remedio en beber. Sabe Dios que no he sabido hasta ahora vuestro mal que, como amigo leal, cuidadoso hubiera sido e! primero en visitaros. De vuestra buena intención no me deis satisfacción, ni tenéis que disculparos con el darme esa disculpa; que, en tan noble proceder, que ignorancia puede haber es cierto, pero no culpa. ¿Y cómo os va de salud? Ya, gracias a Dios, mejor. Ansí lo dice el color. (i Ay de ti y de tu quietud, en sabiendo, en tu cuidado, que soy el favorecido!) (Este por lana ha venido, y ha de volver trasquilado. ¡Pague su intención traidora!) Lo que importa es no comer demasiado, ni hacer desórdenes, por ahora. Antes un médico mío que he de beber me porfía todas las horas del día. Graduado en algún río debe de estar. (Lo que fragua el médico sabréis luego, cuando vos paguéis en fuego el conjetivo del agua.) Pediros a solas quiero una merced. Salte fuera. De la pasión verdadera de vuestro amor cierto espero que disculparéis el mío. Ya sabéis que doña Juana ha sido hasta aquí, tirana, tan dueña de mi albedrío como del vuestro: pues ya un presente ha recibido de mi mano, en que ha querido decirme claro que está mi voluntad admitida; y, pues vos no habéis llegado a veros en tal estado, mi amor me manda que os pida, por merced y por favor, que de esta empresa .salgáis, si acaso el premio esperáis debido a tanto valor. A tan resuelto poder de su amor, la resistencia es sólo tener paciencia. ¡Hola!, dadme de beber. ¡Válgame Dios, qué curioso bernegal! ¿Quién os le ha dado? Una dama le ha enviado, con un recado amoroso. Y más que envió a decir, la dama que le envió, que a ella un galán se le dio, y así es dar y recibir. Los favores de las damas son los emplastos de amor, y curan mucho mejor que con récipes y dracmas. ¡Vive Dios, que ha conocido su presente y se ha turbado! ¿Qué has hecho? Haberte vengado de la intención que ha tenido. Ya mira con atención, ya atribulado es su enojo; echa por un lado el ojo, y está mirando el arpón. Regalado habréis estado de sangrías. Esta sola fue la receta española que dio fin a mi cuidado. ¿Ella pudo imaginar...? Pero yo sí, ¿cómo, cuándo...? El hombre se va turbando; la purga ha empezado a obrar. No parece que tenéis tampoco entera salud. Con esta nueva inquietud, desdichas, ¿qué me queréis? Mortal estáis. Tuve ahora un disgusto, y no estoy bueno. Amor le ha dado veneno por los ojos. ¡Ah, traidora! Quien recibe para dar, ¿amor tiene? ¡Vive Dios, que se quieren bien los dos! Mas yo me sabré vengar. El color habéis perdido; volved en vos ; ya sabéis cuan seguro me tenéis, si en algo estáis ofendido. El tiempo sólo os dirá mi intención y mi cuidado. Ya éste lleva su recado i confuso y sin huesos va! ¿De qué sirve haber querido darle este disgusto aquí? Si en el que te daba a ti mala intención ha tenido, ¿qué ley ni razón ordena, en lo justo, ni en lo injusto, que te venga a dar disgusto y le excusemos la pena? Juan. Entrándoos a visitar, . bajaba por la escalera don Alonso de Ribera... Para todos hay pesar. Juan. De suerte que me asegura algún enojo con vos. ¡Desdichados de los dos, en sabiendo mi ventura Apenas vio este presente, que a mi señor le ha enviado una dama, con cuidado de verle enfermo y doliente, cuando sin pulsos quedó y tan mortal, que me admiro. Juan. ¡Cielos!, ¿qué es esto que miro? i De aquellos pulsos soy yo el muerto! A tales venenos ¿quién habrá que se resista? Si no me engaña la vista". otro aturdido tenemos. De don Alonso quisiera que supierais el disgusto, o la intención; que no es justo el irse de esa manera, sin declarar sus extremos. Juan. ¡Que siendo yo el ofendido los inquiete el que se ha ido! Corazón, disimulemos porque en llegando a saber que doña Juana le dio lo mismo que le di yo. con intención de ofender mi rendida voluntad, en las vidas de los dos he de vengar, ¡vive Dios!, esta insufrible maldad. A saber su enojo voy. ¡Ah celos! Mejor dijera a vengarme de una fiera. ¡Sin alma y sin vida estoy! También sale con cosquillas en el alma del cuidado; de sus culpas han tomado cerveza en las dos salvillas.; V ahora? Me has de pagar la venganza y medicina. La invención es peregrina; pero esto ¿en qué ha de parar? En salir de todo bien si te confías de mí. Quien te ha vengado aquí te sabrá curar también.

JORNADA SEGUNDA

O te conozco muy mal, o no estás como .solías; que en las intenciones mías nunca te he visto neutral. "^'í> imagino que te han dado alguna hierba los hombres. Señora, no me los nombres. No, Leonor ; presto has mudado de acción y de condición. Alguna dádiva ha hecho pasadizo de tu pecho y ha entrado en tu corazón; que en empezando a tener inmudable la condición y que estés a devoción de los hombres, te he de hacer pedazos la voluntad a desabrimientos míos. a pesares y desvíos; pero es infamia, y ansí el alma se te mudó. Desde que me despreció Hernando no estoy en mí. ¿En qué me hallas culpada? En que ya no dices mal de ningún hombre, y neutral, arrepentida y mudada, quieres que lea curiosa esos curiosos billetes, en que ya indicios prometes de inclinación amorosa. Pues ¿en qué pueden dañar esos billetes leídos? Peligros no prevenidos a culpas suelen llegar. Mira, Leonor : la mujer que debe a su inclinación recato y estimación, supuesto que es el caer tan fácil, no ha de esperar la sombra de algún disgusto; antes deben los del gusto huir, por no tropezar. Ruido abajo he sentido mira si es algún recado de algún amante cansado en vísperas de marido; y si viene a darme enojos, a enfadarme y a cansar, dale a entender mi pesar y con la puerta en los ojos. Tu tío y tu prima son Ya no pueden ser disculpa tus lágrimas en la culpa de tu aparente traición. ¿Aprendiste a ser liviana de tu madre? ¿No te dio el tiempo que te asistió, cuerda, prudente y cristiana. buenos consejos? ¿No has sido de mis regalos querida. estimada y preferida a tus hermanas? ¿Olvido cupo en tu imaginación de que soy tu padre, di? ¿Qué es esto, prima? ¡Ay de mí! ¡Buena andará mi opinión y la tuya en el lugar Ya destos locos mozuelos cuyos amantes desvelos se fundan en engañar, se ha dejado persuadir. Sea este papel testigo si no hace fe lo que digo en lo que debo sentir. Que le dé en su casa entrada le pide, y agradecido de verse favorecido el que le escribió... ¡Qué honrada persuasión! ¡Qué rendimiento tan hijo de tu flaqueza! Pues j también de mi nobleza lo será mi sentimiento! Y ¡vive Dios!, que si fuera cada golpe de esta espada de tu amante fulminada exhalación de otra esfera. que habías de ver, traidora, en las venas que me dan honroso aliento, un volcán, cuya furia abrasadora dejara con más rigor un cadáver cada vida. Y la seña desmentida en la mancha de mi honor, para que contigo esté la traigo viva contigo : la que no pudo conmigo asegurarme en mi fe. Que de ti me satisfago, y confío que a los hombres... ¡Detente, no me los nombres!; Los aborreces? Sí hago; y tanto, que si estuviera fundada en celos mi vida, gustosamente homicida de mi propia vida fuera. te dejara coa rigor en cadáver convertida y la señal desmentida. Quita, Leonor, ese manto. Tío. Sólo en ti pudiera hallar consuelo para un pesar que pudo afligirme tanto. Dete Dios en tu virtud lo que mereces por ella. Yo confío en Dios, que en día ha de fundar tu quietud Beatriz. De tu compañía y tus consejos lo espero. Sólo de una cosa quiero advertirte, prima mía la casa donde has quedado, no es casa, que es fortaleza donde vive la pureza del honor muy bien cuidado. A la falsa idolatría de amantes engañadores hay por esos corredores asestada artillería. Rabias, enojos, desdenes, desprecios y desafueros son petardos y pedreros de! castillo adonde vienes. Pero para estar aquí, pleito homenaje has de hacer primero de no creer a ningún hombre. ¿Perdí la reputación de hoy más porque llegué a recibir un papel? ¿Eso has de decir? ¡Y aun el honor perderás! Que como la voluntad de ti dispone y dispensa, los principios de la ofensa sólo es la dificultad. Pues en esto, si es delito, ¿qué hicieras tú? ¿Yo?, no más de lo que ahora verás en los que a mí me han escrito. Trae una luz. Voy por ella. También yo soy pretendida, pero tan mal persuadida, que antes se verá una estrella, de mortal mano tocada, faltar, y retroceder el sol ardiente, y crecer esferas de nieve helada. Aquí está lo que has pedido. Para que sepas mejor vencer sirenas de amor, que engañan por el oído, un acto de inquisición te lo ha de enseñar ahora. Di que reciba, señora, el de don Pedro Girón. ¿Don Pedro Girón te ha escrito? ¡Este es suyo! ¿Y tu crueldad inmensa, su voluntad castiga como delito? Muévate la inclinación que hace de tal empleo. Hasme visto en el deseo, pero no en la posesión. ¿No has visto el mar proceloso prometer serenidades, y luego, con tempestades, desmentirse cauteloso? Pues ansí los hombres son. Dame tú que ellos se vean al fin de lo que desean; que luego, la condición despolvorea huracanes, y, entre ofensas y temores, todos niegan poseedores lo que ofrecieron galanes; y ansí los voy castigando en fe que, según entiendo, sólo obligan pretendiendo, Beatriz, pero no alcanzando. El de don Pedro Girón se ha de quemar el primero. Déjame, que .sólo quiero... -Aquí no hay satisfacción que tomar ni que pedir, sino dejarme curar, tener paciencia y callar si no te quieres morir. Esos, por su desventura, inquisidora de amor, aclaman en tu rigor la piedad de tu hermosura. Y claramente se ve tu ignorante demasía, pues tratas como herejía los méritos de su fe. La pasión más verdadera es digna de este castigo, y ansí no hay piedad conmigo. Ya lo creo ; pero espera pues quemas mis pensamientos en estatua de papel, vayan al fuego con él mis blasfemos pensamientos, y habremos puesto en tu mengua con distintas intenciones tú en el fuego mis renglones, y yo en tu crueldad mi lengua. Tan hecha está mi paciencia a los rayos de tus ojos, que ese fuego, en sus enojos, me informa de tu clemencia; pues con rigor tan estrecho, siempre observante en tu fama, cada desdén fue una llama del infierno de tu pecho abrasa, si te ofendieron, mis intentos malogrados: que esos conceptos quemados de mayor fuego salieron; y aunque no se permitió en los nobles la venganza cuando el daño o la esperanza en mujeres se fundó, mi voluntad, ya rendida, parte a enojarte indignada que la que hace [eso] obligada sólo estimará ofendida. ¡Espera! ¡Detente, Hernando! No podré, que ya en su amor no ha de haber saludador, y pienso que va rabiando. Leonor. ¡Como yo de enamorada después que me has despreciado! Y qué, ¿no te da cuidado ver un alma así abrasada, tan justamente quejosa? ¿Esto te puede ofender? Viendo a un hombre padecer me considero gloriosa. Con tanto imperio me veo en mi libre condición, que ni siento inclinación ni se me altera el deseo. ¡Ay, señora, don Juan viene! ¿Hay tan extraña porfía de amante? ¡Otra herejía en lo pertinaz. Juan. Conviene, corazón, que os declaréis en la intención y el cuidado que una vez desengañado ya no hay gloria que esperéis. No vengo, como solía, a pedir y a suplicarte que hagas del adorarte méritos en mi porfía. Hasta hoy mis ojos, rendidos en tu suprema beldad, juzgaron una deidad llena de almas y sentidos. Como libre te admiraba mi siempre espíritu inquieto, con el temor y el respeto tus desdenes adoraba; Pero ahora, que he sabido que nace en tu voluntad, con dueño tu honestidad, y que saber has querido, sabré también castigar mi imaginación rendida con más fuerzas en mi vida, con más daño en mi pesar. A tus ojos volveré, por volver por mi opinión, lo que a don Pedro Girón le diste y yo te envié. Y, pues he perdido en ti la parte de venturoso, quiero en la de valeroso satisfacerte por mí. ¡Espera! Juan. ¿Qué hay que esperar de una mujer engañosa que, inconstante y cautelosa, sabe fingir y engañar? i Cielos! ¿Qué es esto? ¡Que a se me atreva un hombre ya! [mí ¿No hay quien le mate? ¿Quién da causa de tratarte ansí? ¿De qué te espantas, tirana de la quietud de los hombres, que ansí es justo que te nombres por fácil y por liviana? Lo mismo que te envié por vasallaje y sangría de tu enfermedad o mía, que mía pienso que fue, diste a don Pedro Girón: de que veo claramente que de amoroso accidente enfermó tu corazón. Mira bien... Si por mis ojos he visto en plata y cristal lisonjeado su mal y ofendidos mis despojos, sólo puedes argüir tu gusto y tu voluntad; pero no en esta verdad dudar y contradecir. ¡Hombre! Dices bien, tirana; hombre soy, y lo he de ser contra quien supo vencer condición tan inhumana. Contra don Pedro Girón, por darte disgusto a ti, he de oponer desde aquí mi valiente corazón. Si tengo de responder en injurias declaradas, no... En culpas comprobadas no queda más que el hacer. ¿Qué es esto, Leonor? Señora, ¡plega a Dios, si recibí sus dos presentes, que aquí un rayo me parta ahora Que antes había pensado que tú debes de haber sido la que los has recibido y que los has enviado a don Pedro. ¡Vive Dios, villana infame! ¡Detente Aguarda, que juntamente os castigaré a las dos. Prima, si lo haces por disimular conmigo, sólo en mi abono te digo, aunque no te satisfaces de mi amor, que nunca vi ningún amante cuidado que no le haya disculpado por lo que me toca a mí. ¿No somos también mujeres, y en las mujeres también natural el querer bien? Si disimulas y quieres, ¿quién te guardará mejor tus secretos que quien tiene tu sangre? ¡Cielos! Si viene envuelto en este rigor castigo que vos me dais, mirad que en él maltratáis la honestidad de mi honor. Sólo el tener sangre mía. Beatriz, te puede excusar la venganza del pesar que me has dado. ¿En mí podía caber tan vil pensamiento? ¿Beatriz, yo facilidad de amor y de voluntad, rendido el entendimiento? De mi sangre me hartara si en esa culpa incurriera; mi propio ser deshiciera, y con mi vida acabara. Y aun ahora que lo digo, que me estoy glorificando parece, hiriendo y cebando en la pena y el castigo. Más puede, si se enfurece el del arco. No, Leonor. ¿Cómo ha de tener amor la que tanto le encarece? Otra sé yo que decía lo mismo, y por despreciada, el no estar enamorada le parece ya herejía. Dios le dé lo que desea. ¡Amén, plega a Jesucristo! Después que a Hernando no he visto el alma se me marea. Aunque más, Leonor, me digas, tú en las quejas de esta gente tienes culpa. De repente mala procesión de hormigas vea sobre mí, señora, sin que de tullida pueda apartarlas, si me queda en el corazón ahora más de lo que digo aquí: dos presentes te trujeron dos criados que vinieron. y entrambos los despedí. ¡Gracias a Dios que ha llegado Hernando, que podrá ser testigo, pues llegó a ver todo cuanto había pasado! Deme Amor su cataplasma, porque si el amor no gasto, con este segundo emplasto tengo de dejar con asma el pecho de esta mujer, y sin el favor de Tíbar le he de volver, siendo acíbar, en aguachirle de miel. Hernando, ¿recibí yo dos presentes que traían dos criados que venían de dos pretendientes? No; testigo soy de oculorum, y, quedando en competencia, los vi por una pendencia muy cerca del mortuorum. No estaré en mí hasta sacar del pecho de algún villano el corazón con la mano. SEGUNDA 15 Servirete en amolar el cuchillo, y lo tendré guardándote las espaldas en tanto que tú te enfaldas, que ya tus intentos sé. Y aunque a don Pedro he servido, tu parte me he de hacer; que, en efeto, eres mujer, y yo, airoso y bien nacido. El un ojo apostaría que algún enredo ha inventado, porque como le ha faltado el amor que te tenía, mil faltas anda diciendo de ti tan públicamente, que se anda toda la gente unos con otros riendo. ¿Qué dice? Dice que tienes un ojo mayor que el otro; éste he visto, venga el otro. Loco imagino que vienes. O tengo el ingenio yo desencuadernado ya, o éste es bellaco, y le da con lo mismo que me dio. Prima, ¿tengo yo los ojos desiguales? ¿Desiguales? Dos luceros celestiales parecen en sus despojos. Si otras cosas te dijera que dice, no te quedara en dos días tanta cara. Pues lo de la cabellera , postiza y dientes atados, de manera lo he sentido, que te miro de corrido con los dos ojos cerrados. Pues ver con el alegría que se lo dice a la dama con que se huelga y te infama... ¿Hay tan gran bellaquería? ¿Hay tal maldad? No creyera de un hombre que te adoró tan grandes infamias yo, si el mundo me lo dijera. ¿Y es hermosa esa mujer? Es airosa y bien prendida. Carne viva hay en la herida, que le ha empezado a escocer. ¿Y quiérela más que a mí me quiso? Absorto la mira. y dice que fue mentira cuanto ha querido hasta aquí. Porque le cogió un billete, con un suspiro que dio seis bujías apagó que estaban en un bufete. ¿Qué dices? Dios me destruya si no es tanta su afición que trae sobre el corazón una zapatilla suya. Y si el origen le toca, y a ser en la calle acierta. se mete tras una puerta y se la zampa en la boca. ¡Jesús! Tan grande es su ardor, que me llegué por un lado, diciendo, disimulado: "¿Y doña Juana, señor?" Y, sin responderme nada, enojado me miró y al sesgo me sacudió la más cruel bofetada que se ha visto dibujar sobre carrillos cristianos. ¿Qué dices?, prima. Tiranos son los hombres; no hay dudar. ¿Qué te parece que haga? Que le escribas un papel, y que le digas en él tus enojos, y que te haga merced de no te ofender en público ni en secreto, siquiera por el respeto que se le debe a tu ser. Bien dices; espera aquí. i Válgame Dios! ¿Dónde voy? El camino erré. O estoy sin alma o fuera de mí . Señora, ya que las dos nacimos con voluntad, hagamos por calidad diferente, ¡Vive Dios!, que va a escribir y que en suma, cruel, tibia o desabrida, que está la carne manida cuando se gasta la pluma. Leonor mía, tuya soy; dime a quién quieres ; seré tu tercera. Si diré, que tan cerca del estoy, que no estoy dos pasos de él. Porque claramente un día dijo que me aborrecía me estoy muriendo por él. ¿Es Hernando? Sí, señora. Pues él, ¿no será dichoso en llegar a ser tu esposo? Yo he de decírselo ahora. ¡Ah. galán! Esto es a mí. ¡Ce!, ¿a. quién digo? ¡Ah, caballero! Que me dé la vena espero, ¡Ah, soldado Ahora sí. Mucho estima el ser soldado. Soy, perdonen mis sentidos, sordo en otros apellidos. ¡Qué gran bellaco! ¡Taimado Sabe que Leonor te estima. Pues ¿qué importará en rigor si yo no estimo a Leonor? Poco aprovecha la prima templada en el instrumento de la conyugal unión si no le afina el bordón. Dios obra en el casamiento. Ese ya es el bordoncillo con que todas las mujeres aseguran sus placeres, y hele cobrado al cuquillo un temor desatinado, y atolondrarme no es justo, pudiendo tener el gusto y que otro tenga el cuidado. Mal conoces mi valor. Con el rey no te ofendiera. Como el de los naipes fuera, yo lo creo, mi Leonor. Yo soy mujer tan honrada como cuantas Dios crio. ¿Qué importa, si tengo yo una falta endemoniada? Preciábame de alentado, y sobre apuesta, hice en Flandes dos o tres fuerzas muy grandes, y volví a España quebrado. Quebrado te quiero yo. Por ahora podrá ser, pero echaraslo de ver después, y dirás que no. Y fuera poco saber de quien su quietud desea cortar para ti tarea cuando no puede coser. Y mujer que tuvo amores no es buena para casada, que de la vida pasada le quedan los borradores. Este es el papel, Hernando. Di que quisiera enviar en sus letras rejalgar, por que muriera rabiando. Que es un tirano, un traidor, un ingrato fementido, cruel, descortés, fingido, sin Dios, sin fe, sin honor; y que se guarde de mí, que soy mujer agraviada, resuelta y determinada, un rayo. Direlo ansí. Y que si acaso se fía en su sangre, en su grandeza, que advierta que a su nobleza nada le debe la mía. Y que si él, desvanecido porque en otra parte quiere, defetos en mí pusiere, engañoso y presumido en su loca estimación, que podrá ser que se pierda, que fácil podrá una Cerda atravesar un Girón. En sabiendo que te he visto, y que el billete le llevo, me ha de poner como nuevo; que para mí, ¡vive Cristo!, que es una tigre cruel después que tiene otro amor. Toma tu manto, Leonor, y llévale tú con él. Ahora encajaba aquí lindamente una coleta, que voy con él. ¡Qué discreta es la voluntad! Por mí, ¿no habrá un poquito de fe con Leonor? a pensar vengo que si por mí no la tengo, que por nadie la tendré; y basta decir aquí que ya de ninguna suerte me puedo mandar. Advierte que te quiero más que a mí, aunque todo el año entero nos andemos a mandar tú en casa y yo a remendar tu vestido y tu braguero. No, Leonor, que en esta vida menos me tendrá afligido un braguero descosido que una mujer muy rompida. En buen laberinto estoy metido. Los pretendientes de doña Juana, impacientes, piensan que el dichoso soy, y escriben que si no doy los presentes que me han dado, me dé por desafiado. ¿Cuándo un hombre habrá reñido porque piensan que es querido cuando muere despreciado? Nunca de Flandes viniera Hernando para matarme nunca para aconsejarme el cielo aliento le diera; nunca a mi casa viniera aunque yo, solo culpante en las locuras de amante, ¿de quién me puedo quejar si me dejé aconsejar de un hombre tan ignorante? ¿Qué hay? ¿Hay revolución? ¿No están los cielos serenos? ¿Hay relámpagos y truenos? No hay sino mi perdición; una esperanza burlada, una intención no entendida, una mujer ofendida y un alma en penas criada. ¡Que me creyese de ti! ¿Soy ignorantico yo? Mal hizo quien me crio si me ha de tratar ansí. Para el puto que tuviera el negocio en mal estado: el morir descuartizado pienso que lo menos fuera en tu deseo. ¡Ay, Hernando! ¿Cómo has de poder hacer que me quiera una mujer que maltraté desechando los despojos de su honor? El énfasis está ahí sólo en el tratarla ansí está el remedio, señor. Concierto fue de los dos que si yo a Leonor rindiese tu voluntad mereciese. Es verdad. Pues, ¡vive Dios, que has de verla ahora aquí, para ti cosa bien nueva, más madura que una breva, y enamorada de mí! Saca la daga, fingiendo que estás conmigo enojado. ¿Para qué? Ya estás cansado. Sácala, que yo me entiendo; y después, señor, sabrás la tela que tengo urdida. ¡Ay, que me quitan la vida! Saca presto. ¡Loco estás! Saca, digo. ¡Ay, que me mata! ¿No hay quien me ampare? Detén, señor, que le quiero bien. Logrose la patarata. ¿Bien le quieres? Sí. señor, y con saber que por él me estoy muriendo es cruel, y me trata con rigor. ¿Cómo te puedo tratar, si porque aquí nombré yo a tu ama se enojó y me ha querido matar? ¿Posible es que de ese modo la has aborrecido, di? En no diciendo que sí, das en la calle con todo. Finge que estás enojado. Muriéndome estoy, Leonor; ha sido grande el rigor, y mucho lo que he pasado. Este billete te envía; enojada lo escribió, pero disculpola yo, y su hermosura podía ser disculpa en sus cuidados; que bien sabes que es quimera eso de la cabellera y de los dientes atados. Concede con lo que han dicho, que hay dientes y cabellera en la montaña. Quisiera saber cómo. En el capricho entran esos adherentes. Ella, señor, es sentida, y ha de acabar con su vida lo del cabello y los dientes. Recibe el papel, y di que porque ella lo ha traído lo recibes ofendido. ¡Dios me saque en paz de aquí Si otra el papel me trujera, quizá no hallara en mis manos propósitos tan humanos, y sabe Dios lo que hiciera. Pues si algún día, señor, te cansares de tu dama y se volviere a mi ama, arrepentido, tu amor, me ofrezco a ser tu tercera; y, por si acaso volvieres, haz, en tanto que otra quieres, que Hernando, señor, me quiera. Yo sé que Hernando por ti mudará de condición. ¡Mire cuál está el Nerón; rayos echa contra mí! ; Qué es lo que has hecho? Hacer lo que el Galeno de amor, en el récipe mejor, me pudo dar a entender. Ya por la experiencia veo parte de tu medicina, tan rara y tan peregrina, que parece que te creo. Despacio te contaré el camino que he tomado; que ahora voy con cuidado a lo que después diré. El papel quiero leer. Cerrado se ha de quedar todo es en él descansar con deshonrar y ofender, y le he menester cerrado, que hay gran máquina apretada, y aun guerra, y este billete servirá de pistolete en la postrer rociada. ¿Podré yo satisfacerla en algo? i Jesús mil veces! Forzosamente pereces para siempre has de perderla. Ya, como el negocio está, ignorantísimo fuera si de tu orden saliera. No menos, señor, te va que ver logrado tu amor; que la has de ver, fía de mí, con más zarapas tras de ti que gualdrapa de dotor.

JORNADA TERCERA

¿Qué es esto, imaginación? ¿Por qué causa te desvelas y en mi propio ser anhelas ahora jurisdicción? Dueño soy de mi intención, y soy la misma que fui, y quiero poner aquí límites a mi deseo. Contra mí misma peleo; ¡defiéndeme, Dios, de mí! i Que quiera yo no pensar, y que me falte el poder! ¿Qué quietud puedo tener, sin dejar de imaginar que me pudiera olvidar tan presto un hombre? ¡Ah, traidor! Engañoso fue tu amor. ¿Qué es esto? Estoy reprobando el pensar, y estoy pensando; ¡incurable es mi dolor! No quiero admirarme yo de que a su dama dijera que tengo yo cabellera y dientes atados, no; pero, que tan presto halló mujer tan a su medida, que tan del todo se olvida quien tanto supo querer, aquí es donde he de perder la paciencia con la vida. Señora, tu prima está. ¿ No soy la misma que fui? ¡Señora!... ¿Qué ha visto en mí, que tan presto pudo ya trasladar tanta firmeza en sujeto diferente? i Ay, señores, que lo siente! ¿Aquella naturaleza se mudó con tal rigor? En éxtasis está ya. Carruaje hay por acá; también embarga el amor. Leonor pienso que me ha visto divertida, e importará desvelarla, claro está; i qué mal mi dolor resisto i Yo con recato y deseo? ¿Qué hace mi prima? Ahora me pidió un libro, señora, de comedias. Yo lo creo. En libros más virtuosos fuera más justo leer la que ha llegado a saber tantos lances amorosos. ¿Pensáis que no os escuché hablar anoche, a la una, por la ventana? Ninguna imagine que no sé sus pasos y sus secretos; pero yo soy de opinión que sobre seguro son los castigos más discretos. Llama a mi prima. ¡Ay de mí, que no parece que ya tan entera el alma está como se mostró hasta aquí! Mas ¿qué es esto?¿Ha de faltar en mi pecho mi valor? ¡Mueran los gustos de amor a manos de mi pesar! ¿Qué me quieres? Que no quieras; que ya he visto claramente, prima, que el nuevo accidente dura en tus vanas quimeras. A mi tío escribí ya que alguna noche que ocioso esté, ronde cuidadoso la calle, que lo que está a mi cargo es sólo el mirar por mi casa yo. ¡Qué poco que te debió mi sangre, si tan cruel, tan mi enemiga eres ya, que a mi padre le escribías claramente culpas mías i Y quién, dime, me dirá que, porque te quiero buena, te trato como enemiga? La que en secreto castiga, deseando está la pena. Muy bien sabes argüir. De tu escuela habré sacado, por lo que a mí me has culpado, lo que yo debo sentir. Amor, venganza te pido. No puede esta escrupulosa bizarrear tan airosa, habiéndote a ti ofendido. ¡Por Dios! Hoy, señora mía, aunque llegue a perecer a sus manos, que has de ver lo que a su dama le envía. Esta joya de diamantes le llevo, y otra le dio que para afrenta nació de las estrellas brillantes; enviándola a apreciar, declararon los plateros que no tiene el rey dineros para poderla comprar. Pues ¿cuánto, dime, valdría? Los plateros que la vieron, cinco ciudades dijeron de las que hay en Berbería. ¿Cómo está mi nombre aquí? ¡Suelta el papel, por tu vida! Muestra, o perderás la vida. ¿Hay tal desdicha? ¡Ay de mí! Seis nombres hay a una parte y seis a otra. ¿Qué es esto? Dime lo que es, y sea presto. Temo, señora, enojarte. A mi dama le escribió su dama que le escribiera doce damas, y esto fuera según ella lo ordenó: seis de las que deben .ser muy justamente queridas, y otras seis, aborrecidas. ¿Y de cuáles vengo a ser? Las aborrecidas son esas donde estás escrita. ¡Es un traidor! Sodomita, y sodomita sayón. No tienes sangre en el ojo. si no rompes el papel y te lo comes, que en él se podrá vengar tu enojo en las tripas más de espacio, y la joya envolveré en otro papel que esté más bruñido y menos lacio. ¡Válgame Dios! Muestra, a ver El papel que le escribí.; no es ése? Señora, si que no le quiso leer, y ansí me lo dio cerrado. ¡Que fuese tal mi torpeza! Desdichado del que empieza a estar una vez turbado. ¡Válgate el cielo, el papel; que tengo en la faltriquera pienso que una resma entera, y que hube de dar con él! Cuando ello de Dios está... ¡Oigan, y cuál se ha quedado de difunto embalsamado! ¡Cielos, que reviento ya! i Salgan pedazos de vida al corazón a buscar nuevos modos de vengar un alma tan ofendida ¿No soy la misma que fui. cuando aquel hombre adoraba las piedras que yo pisaba? ¿Qué defetos halla en mí, que me aborrece y desprecia? Ya da voces y se abrasa; la calentura está en casa, y debe de ser muy recia. ¡Muriéndome estoy, Hernando! Muy poquito menos creo porque, según lo que veo. parece que estás pensando... ¿Podreme fiar de ti? ¡Así plega a Dios hallara, señora, quien me fiara en una mohatra a mí I Toma, pues, y excusarás el sacarla y el pedir que te fíen. ¡El vivir de un cuervo, y cien años más, plega a Jesucristo, amén, que vivas, por que te aclamen, te apelliden y te llamen la dama Matusalén! Ya es cosecha, desde aquí, lo que hasta aquí fue sembrar que mujer que empieza a dar. también va dando de sí. Yo he de ver esa mujer. Si no es cuando va mi amo a verla, que es el reclamo a que suele responder, es imposible. Yo iré, si es que alguna noche va, tras él. Difícil será; mas yo te acompañaré. Yo. Hernando, sólo te encargo el secreto por mi honor, que esto es rabia, no es amor. Ansí, un poquito a lo largo, cuando en tercianas procura ser el calor verdadero, esperezos hay primero que venga la calentura. En un pozo me echaré. Yo lo creo de barriga. ¿Qué dices? Que nadie diga: de este agua no beberé. Hernando, mira que soy mujer, y estoy afligida, no por no verme querida, sino despreciada. Estoy por, si no fuera barbado, llorar en esta cautela como un muchacho de escuela que está ya desatacado. ¿Qué noche te he de esperar Yo avisaré la que fuere a propósito (y lloviere, porque se pueda enlodar). Tu esperanza vive en mí; no nos vean a los dos juntos tanto tiempo. Adiós. A Dios gracias, que vencí. Lindamente lo has parlado. Para estar aborrecido, por ser hombre mucho ha sido. Soy altar privilegiado. Para mí tenéis vos manos, os pudiera yo decir, pues supisteis reducir mis pensamientos tiranos. ¿Por qué no pruebas tus fuerza? Para hacer que tenga amor la del eterno rigor? No hayas miedo que la tuerzas. ¿Torcer? Si resucitara su padre, no le tuviera amor; antes le pidiera que al sepulcro se tornara. ¡Válgame Dios! ¿Es posible? Pues tú solamente eres peregrino en las mujeres. No ha nacido tan terrible monstruo de crueldad. Ya sé que no se enamorará. ¿Por qué? Porque ya lo está. ¿Qué dices, hombre? No fue la que en Teruel se arrojó tan pegajosa y suave con solamente un jarabe que en la vanidad tomó. Que me des los pies te pido. Si verdad fuera, te diera, aunque en camisa me viera, cuanto tengo aquí : un vestido. Bien te puedes desnudar, que yo sé que algún mirón deseará la ocasión. Tras mi amo se ha de andar la noche que quiera yo. Sea ésta. Ha de llover que a su casa ha de volver como jamás no se vio carro de Riche en febrero. Señora, estoy por saltar de contento y reventar de risa. ¡Que tal espero I Todo hoy está lloviznando. Pues que ha de ser ésta entiendo. Lo del lodo te encomiendo. ¡Por amor de Dios. Hernando! Idos, que ha de sospechar, si os ve aquí, que lo sabéis; esta noche os vengaréis. Bien dices. ¿Hete de hallar? Todo el día ando tras ti. No me espanto de eso, no que ando en los negocios yo de la herencia del Sofí. Ya la fuerza se ha rendido; esta noche ha de seguirte. Déjame sólo decirte que es mucho para creído. Hernando, si yo la veo sólo por mi causa dar un paso, me han de acabar mis gustos y mi deseo. Algún ángel te sacó de Flandes. pues, si ha?? vencido lo que en pecho endurecido jamás pude vencer yo, en la obligación postrera de mi esperanza perdida, te debo toda la vida. y he de ofrecértela entera. Mi vida, mi honor, mi ser y cuanto tengo en el mundo, ya como dueño segundo te deben obedecer. Esta es tu joya, aquí está. Tómala tú, que no quiero si fue el remedio postrero, que vuelva a mis manos ya. ¿Podré yo, Hernando. siquiera. no más de un momento hablarla. aunque sea despreciarla? Señor, estarme quisiera. ¡No puedo más! Eso es bueno para un hombre condenado a quien los suyos le han dado secretamente veneno. y para el que está metido por la Sala en la capilla, de la vulgar campanilla clamoreado y pedido : pero no para un cristiano libre y con entendimiento; ¿quieres <Jue por un momento se haya trabajado en vano? ¡Por Dios! que vienen aquí sus pretendientes, señor. Hallarán en mi valor lo que halló mi dicha en ti. Aquí no tienes que hacer: bien te puede" retirar: consigue tú el alcanzar, yo conseguiré defender. ¿Qué es retirar? ¡Vive Cristo!. que es, señor cada estocada de mi contrario tirada, para mi cólera, un pisto. En Flandes no lo hice yo, aunque el archiduque Alberto daba voces en desierto, tanto que se enronqueció. Señor don Pedro Girón, ]os que son tan caballeros ... En las leyes y en los fueros que debo a mi obligación. ¿Por qué tenemos que hablar? Si es porque no he respondido a dos papeles, no ha sido culpa, sino castigar el haber imaginado que si favores tuviera de doña Juana los diera ni aun al Cid resucitado. A los hombres que han nacido con mi corazón, no es bien pedirle nadie que den ]as prendas que han recibido. Y o sé dar, mas no volver, y ¡ojalá que a Dios pluguiera que en recibir estuviera el saberlo defender! Pero si ya en el valor parece que andan sobradas las razones, las espadas ... ¿Qué es esto? Nada, señor. Yo os buscaré. Yo también. Entonces acabaremos lo que comenzado habemos los tres. ¡Por cierto, muy bien! ¿Pendencia aquí? ¡Yo, avisa.do que ronde la calle! ¡Cielos! ¿En una hija desvelos para mi edad habéis dado? ¡Que no te pueda templar la conocida virtud de tu prima en su quietud! Ya es de noche ; voyme armar, porque ansí podré saber si quien me puede ofender me puede también matar. Quedito, señora; saca de matachín pie y pierna. ¿Cómo? Hernando con linterna y con zapato de vaca, en secreto están hablando más ha de un hora cabal, y ella, si no miré mal, pienso que se está enfaldando. ¿Cómo podremos saber si trata de salir fuera? Yo lo sabré ; aquí me espera, pero no te has de mover. Si me hicieran reina ahora sólo porque no acechara, pienso que no lo tomara. Valiente Amor, nadie ignora que se fundan tus razones. según tu poder contemplo, en entapizar tu templo de rendidos corazones. Contra quien más tu poder resiste, más te previenes porque de Dios, al fin, tienes lo absoluto del poder. Chinelita baja. Espera, a ver si sale. Eso hago, porque no me satisfago hasta verla en la escalera. Ruego a Dios que despreciada vuelva del que va a buscar, por que no llegue a probar los gustos de enamorada. Flux hizo para conmigo doña Juana, mi señora; como un rayo sale ahora por la puerta del postigo. Ya no tiene que reñir: privilegio nos ha dado con haberse enamorado para podernos reír. ¿Qué se ha hecho tu galán, señora, que no le veo? Fuese al Brasil ; el deseo y el alma, penando están. Ya en su castillo no hay fueros. Sí, que amorosas pasiones han clavado los fogones, a petardos y a pedreros. ¿Qué habernos de hacer? Bajar al postigo, y aguardarla para sólo avergonzarla con mirarla y con callar. ¡Vitoria por el amor! Como es ciego, diole palo. Desde hoy puede ser Gonzalo enamorado mayor. ¡Que aun ansí tratan flaquezas mis años, tan sin respeto! Todavía estoy sujeto a femeniles ternezas. Pensará, viéndome así la muerte, que ya la he visto y que armado la resiste. Quedo, que un hombre está aquí. Si algo pregunta, que soy doña Beatriz de la Cerda le dirás, para que pierda los indicios que le doy: y si es justicia, dirás que va en casa de su padre. No hay disculpa que no cuadre, bien dicha ; salir podrás. ¿Quién va? Cuanto puede ser. ¿Quién es? ¡Qué pregunta en vano! Partido el género humano: un hombre y una mujer. ¿Quién es la mujer? Señor, doña Beatriz (¿de la qué? De la Cerda. Ya lo sé.) De la Cerda. ¡Ay de mi honor! ¿Podrémonos escurrir? ¿Dónde la llevas? A ver a su padre. Hasta saber la verdad, la he de seguir; y si sin pedir licencia a su prima, va a buscar su amante, la he de matar. Sufrid y tened paciencia, corazón. ¿Tenemos ya pasaporte? Sí. Pues vamos. que despachados estamos. Tu muerte en tus pasos va. Por aquí suele venir. y podremos acabar lo ya empezado a tratar desta suerte. En recibir presentes es venturoso ; séalo en reñir también. por que dos veces le den título de venturoso. A mí me habéis de dejar si viene solo. Eso no; con él he de reñir yo. Y vos me habéis ele mirar. Al que de nosotros tiene más antigua competencia le toca aquesta pendencia. Quedo, que pienso que viene. HERNANDO . Venga, y déjala cansar, por lo que te hizo andar con el alma aperreada. Basta, Hernando, no riamos; mira que es oscuro y llueve. ¡Mujer que ha sido de nieve, ansí la derretirás! ¿Quieres apostar, Hernando, que se ha de volver a ir? Mujer que empieza a seguir derrengada y cojeando, se irá tras un hombre a Flandes. Mucha será tu impiedad, que es mucha la escuridad. Y tus ignorancias, grandes. En llegando a conocer por las centellas el fuego, te ha de descubrir el juego y has de venirla a perder. Pues alúmbrala siquiera, que estamos lejos lo?? dos. Zarpa ha de haber, ¡vive Dios! No tienes amor. Quisiera ponerle ceniza en lodo, por que conozca que es barro el presumir más bizarro de ]as mujeres en todo. ¡Ahóguese, aunque es mancilla ver una mujer ansí! ¡Ah, quién me trujera aquí la arriada de Sevilla! Señor don Pedro. ¿Quién va? Los que hoy quisieron saber· de vos si el no responder fue desprecio. Claro está. Pues siendo así, no tenemos que detenernos en nada. Sirva de lengua la espada, que con ellas hablaremos. Así castigar podré tu mal pensada traición. ¡Señor don Pedro Girón, amparadme Sí haré. Caballeros, acudir a las mujeres es justo; que para nuestro disgusto tiempo queda en qué reñir. Sois, en efeto, Girón, cuya calidad sabemos, y no es bien que os estorbemos tan precisa obligación. ; Quién es ¿Quién? Quién va allá? Yo soy, El padre desdichado desta hija, que le ha dado el ser, que perdiendo estoy. Señor don Luis. Yo tomara que, por que nadie me viera en mi deshonra, se abriera la tierra y que me tragara. No te des por entendido que no es su hija. Si haré.; Qué ha hecho? Yo os lo diré. De su inquietud ofendido, con doña Juana, señor. de la Cerda, mi sobrina. la puse, cuya divina virtud y heroico valor pensé que la convirtiese, y al traerla, divertida en las calles y perdida la hallo de esta manera. Dádole hubiera la muerte pero ¿quién, señor, pensara que de una santa tomara los consejos de esta suerte? No le falta sino hacer milagros. De piedra y lodo, para dar en él con todo después que empezó a querer. Con justa causa, os confieso que ahora os podéis quejar; pero no es éste el lugar para hablar, señor, en eso. Mi señora doña Juana la reñirá, y vos allí también con ella. ¡Ay de mí! ¡Que no pudieron, tirana. los consejos de tu prima moverte a no me afrentar Yo la tengo de llevar. El que como yo os estima, que os obedezca es razón. ¡Linda va la cazolada! En la santa acreditada se metió la tentación. Disimulad, y llevemos a su casa esta mujer que se ha querido valer de mí, y luego podremos reñir. A tanto valor no replico. Sea ansí. La buena es la mala aquí, y la mala es la mejor. Amantes, nadie sea necio en pretender, y avisón en lo visto, que estos son los milagros del desprecio. ¡Lindamente se cerrara la plana de venturosa si fuera yo tan dichosa que mi padre la encontrara I Con atrancarle el postigo, ahora a perder volviera la paciencia; pero fuera todo el enojo conmigo. Si va haciendo con querer nuestro negocio, no es justo que le pongamos al gusto estorbos que lo han de ser. En la puerta principal llaman. Baja, y quién es mira. ¡Dios me libre de su ira si le ha sucedido mal! Casi de su parte yo estoy por sentirlo ya. ¡Válgante Dios! ¿Si vendrá con la cara que llevó? ¡Jesús! ¡Todo va perdido! ¿Quién era? Un muy gran tropel, y tu padre y ella en él. Pues ¿cómo no me has pedido albricias? Y de enlodada viene tal. que es menester para limpiarla meter todo el vestido en colada.; Qué habernos de hacer? Callar: que a nosotras no nos toca, Leonor, sino punto en boca y vengarnos con mirar. Lo que pretendo es saber si mi sobrina le dio licencia, porque, si no. no ha de quedar a deber con agravio tan dispuesto nada mi honor a sentir ¡vive Dios que ha de morir ¿Quién ha de morir? ¿Qué es esto: ¿Quién eres, mujer? Aquí solamente os ha tocado el quedar desengañado; pero lo demás, a mí. Tampoco quiero que vos, si es que queréis defenderme, lo hagáis después de ofenderme. ¿Qué es esto? ¡Válgame Dios! \i> soy. ,; De qué os admiráis: Si pensáis que me ha sacado de mi casa algún cuidado amoroso, os engañáis. Las mujeres que nacimos. señor don Pedro Girón, con sangre y estimación. más que las otras sentimos. ¡Vive Dios que he de saber quien es esta vuestra dama por quien mi opinión y fama se ha echado tanto a perder!; que eso sólo me ha sacado de mi casa. Y con razón. ítem más, el espigón con su poco de cuidado. Mírala y calla. Sí haré. Pues si eso no más ha sido, señora, a lo que habéis ido, mi dama os enseñaré; pero habeisos de obligar de hacer con ella, por mí, una cosa. ¿Hareisla? Si Primero me habéis de dar la mano de que en lo justo por mí habéis de interceder; que yo sé que ella ha de hacer lo que fuere vuestro gusto. Esta es mi mano, ¿Hay rigor tan grande que esto me pida? Pues ésta que tengo asida sola es mi dama. ¡Ah, traidor! ¿Nuevos engaños? Señora, concierto de Hernando fue; que yo siempre os adoré con la misma fe que ahora. ¿Luego nunca habéis tenido otra dama? Si criara Dios nuevo mundo, no hallara en mi corazón rendido lugar otro pensamiento. La muerte pudiera hallar propósitos que mudar, pero no arrepentimiento. ¿Adonde está Hernando? Aquí. Mira si nos engañó: con una misma nos dio. ¿Tú no me dijiste a mí que tu amo me afrentaba y que otra dama tenía? Mentí en lo que no sabía, por ver lo que deseaba. Y como le vi tan necio y tan firme en su pasión, lo dije, porque ésos son los milagros del desprecio. Los favores que pedías tengo yo ; mas, engañados, los llamáis favores dados, y que los diese querías. Porque no creías en nada que mujer tan virtuosa recibía codiciosa para dar enamorada. Aquí os desengaño yo: unos criados riñeron, en el suelo las pusieron, y Hernando se las cogió. ¿Darelos? De Hernando son de mi parte. Y de la mía. Vuestra ha sido la hidalguía, si fue mía la invención. Justamente merecéis que se os muestre más humana mi señora doña Juana. Es verdad ; razón tenéis. Y ya tan humana estoy. que, por lo mucho que gano, si ahora estima mi mano, con el alma se la doy. Yo con el alma también la recibo, como es justo. Y los dos, con mucho gusto, os damos el parabién. Prima. No me digas nada, que harto has hecho con no hablar, con mirarme y con callar. Si te reñí enamorada, desde hoy te disculparé, que ya conozco mejor las fuerzas que tiene Amor después que me enamoré. ¿Preténdeste resistir? No, Leonor; pero tomara que ninguno se casara, por sólo oírle decir al obispo de Antioquia que una comedia se ha hecho en que no tuvo provecho el cura de la parroquia. Tuya soy, Hernando mío. Advierte que no hay braguero. Quebrado o sano te quiero; que ya con el amor mío no tienen las Indias precio de amor y de estimación. Yo lo creo, y éstos son Los milagros del desprecio.