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Texto digital de El milagro por los celos

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Lope de Vega Carpio
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Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El milagro por los celos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/milagro-por-los-celos-el.

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EL MILAGRO POR LOS CELOS

JORNADA PRIMERA

CTO PRIMERIO. A Dejadme todos, dejadme. Despejemos caballeros, que el Rey lo manda; no mováis fortuna vuestras ruedas, y juro un templo haceros. Adónde vais don Alvaro de Luna? A serviros, señor, y obedeceros. No me dejéis, porque de vos ausente, cuerpo sin alma soy, ciudad sin gente: cubríos. . Dónde llegaré dichoso, si tanto vuestra alteza me sublima. A mis brazos, Maestre, valeroso. A quién, señor, tan gran favor no anima? Enemigos tenéis, que ya es forzoso aborrecerse lo que el Rey estima; mas seguro estaréis siempre conmigo, Tu esclavo soy. . Mejor diréis mi amigo: dice el Consejo, atrevese mi gente a proponer, modere mis grandezas, que los dos lo regimos igualmente, yo liberalidad, vos la riqueza: dicen, que es al estado inconveniente dividir el gobierno en dos cabezas, que la mitad tenéis de mi corona, que mande que gobierne mi persona. Que no deje ir la voluntad a pique de tan altos propuestos casamientos, siendo incapaz de hijos don Enrique, por ser deudo, y señor de mis intentos: que os aparte de mí, que os modifique mi amor, vuestro poder, sus descontentos, brava proposición, que el Reino quiera, que sin vos viva yo, que sin vos muera. Doce años ha, señor, que acompaño tus deseos, que sigo tus estandartes, que tus favores merezco. Desde niño te he servido, y de un pobre caballero, generosamente Augusto, el mayor señor me has hecho. Cuando gozo mis grandezas, cuando mi humildad contemplo, cuando liberal te admiro, cuando tus favores veo. Juzgo, que Rey soberano, quisiste imitando al cielo, mostrar en mí tu poder, pues como absoluto dueño Me engrandeciste en estados, porque vea el universo lo mucho que de Dios tienes, ensalzando los pequeños. Como a figura de barro ser me diste, y movimientos, Rey don Juan no los deshagas, arrepentido y severo. Que muchas veces los Reyes suelen levantar del suelo las cosas más olvidadas, para deshacerlas luego. No temo perder tu gracia, a la fiera invida temo, que suele fulminar iras siempre a lo más opulento, Como rayo suele ser, que boraz altivo, y fiero, perdonando humildes chozas, palacios rinde soberbios. Si a arrojado contra mí rayos algún lisonjero, si no me vales laurel, si perdí los previlegios, Que tuve como valido, si los revocó tu pecho, sino me amparan tus brazos contra las iras del pueblo. Yo me negaré a tus ojos, gobierna sin mí tu Reino, no es bien que por un vasallo tengas tantos descontentos. Como te precias de Augusto, en paz retirarme quiero para dar doctrina al mundo, no como Seyano ejemplos. Los Reyes, o gran señor, tienen la virtud del fuego, que abrasan cuando están cerca, y calientan cuando lejos. De ti me quiero apartar, porque estando ausente, pienso no temer, aunque te enojes, que en humo me des al viento. Las riquezas que me diste, los títulos que poseo, porque adquieras voluntades, con mi retiro, y con ellos Consagro a tus reases pies setenta villas te ofrezco; solo me deja a cadahalso, Adonde morir entiendo, pues con funebres anuncios, me predico un agorero, que moriría en cadahalso. Quiera Dios que sea presto, no pido por reco mpensa de la batalla de Olmedo, de las guerras de Granada. De las heridas que tengo; mas que cuenten en España, que tantos bienes te dejo, que aunque falten a mi casa, Bástame a mí el merecerlos; solo para tu servicio conservaré aqueste acero, este brazo, y esta Cruz Del noble Patrón Gallego, a mis émulos contenta; y aunque yo muera en destierro, arrójenme de tu gracia. Prevalezcan tus Consejos, vuelva el Príncipe a la Corte, y vuelva a ser prisionero de la ambición de los suyos. Tiranícese el gobierno, arrójenme de Castilla, como a Ruy Lopez el bueno, su dignidad heredé, otro herede las que tengo, a su voluntad te casen, traigan para su provecho con Infanta de Aragón, Nuevas discordias al Reino: hagan contra mi discursos, que tu culparas, su yerro, antes, señor, de dos días, Que te he casado en efecto, provida razón de estado, me obliga a tener secreto de la Reina, que a Castilla Han llamado mis desvelos; no se cumpla mi palabra, deja que te casen ellos, que en la experiencia verás, Que te aconsejaba cuerdo, que desque vives viudo, dispongo tu casamiento, con quien dé paz a su estado, y ponga a su orgullo freno, Que yo me voy donde dé al más valido escarmiento, materia a tus Coronistas, a mis contrarios contento. Donde sentiré tus penas, donde sufriré desprecios, siendo de sus flechas blanco, de sus empresas trofeo. No te acuerdes que mi padre sirvio al tuyo, y a tu abuelo, que fue soldado en campaña, que fue en tu mesa cope Qué contigo me criaro que supe tus pensamientos, que te sirvo como sabes que grandes contrario te ago. Que te he obedec cho, que mil promes que mil acciones Rey don Juan, al Promete que de mí hablen, que no dirán alomenos, que don Alvaro de Luna sacó contra ti el acero. Irte don Alvaro, antes veré con menores penas las Toledanas almenas, coronadas de turbantes, no del cielo los diamantes Tienen con el mar unión, que tienes en mi afición, que como monte en el suelo, o como estrella e nel cielo estás en mi coraz Cuando Augu a su querido Mecenas le re quieto su estado miró, no como yo perseguido de un hijo mal instruido. Fatigado me confieso, y si no pongo a su exceso tu consejo, y mi cuchilla, caerá en la tierra Castilla, y el Rey don Juan con el peso. Cúlpenme mis gentes, den quejas de su Rey al Orbe, que no hay derecho que estorbe el querer a un hombre bien, y aunque ellos lo sientan; ten Los estados que poseo, pues los bienes que en ti veo le parecen a mi amor pocos para tu valor. nada para mi deseo. En vano el Reino quería darme a su gusto mujer, voluntad es menester, y tu posees la mía, y mal casarme podía, Cuando voluntad no siento, porque fuera vano intento, tú le mira, y le dispón, sea tuya la elección, y mío el consentimiento. Dame los pies, gran señor, que en esa fe confiado, a mi gusto te he casado, culpa si es verro mi amor. Con quién Maestre? . Disponte en esta ocasión fortuna, porque no mengue mi Luna, y arrime a esta rueda un monte. Licencia pide a la puerta don Juan de Silva, señor. Entre mi Alferez mayor. Haces mi ventura cierta. Deme los pies su alteza. . Alzad Cristiano Marte, Español Víriato valiente. Llegué, señor, al Reino Lusitano por virtud de sus armas floreciente; di tu pliego al Infante, que lozano gobernaba un ejército luciente; leyole, y conduciéndome a Verganza, ofreció posesión a su venganza. Qué pliego, ni que Infanta? no os entiendo. El que me dio don Alvaro. . El Infante de Portugal, Maestre, defendiendo tu real persona, un escuadrón volante puso en Olmedo en tu defensa, y viendo que eras deudor de hazaña semejante, al gran don Juan, Maestre de Santiago, tu deuda real con tu persona pago. Con su Alteza dejé comunicado casases con su hija, conveniente matrimonio a tu gusto, y al estado, pues tendrás grata en Portugal su gente; en mi fe, y en tu nombre confiado, una carta escribí secretamente, pidiéndole a Ysabel, porque casarte convino así, sin dar al Reino parte. Llévela, y entregome la belleza mayor, que vieron Délficas Regiones, secreto he caminado con su Alteza, guardando de un papel las instruciones; tanto que llega a la inmediata pieza, ignorada de humanas perfecciones, y hoy tiene Madrigal, antigua villa, la mejor Reina que le dio Castilla. Si dispuesto lo veis, si es vuestro gusto, venga Isabel a ser enora buena origen de Católicos Augustos, del Reino paz, antidoto a mi pena. Que la reciba vuestra Alteza es justo. Ley es en mí lo que el Maestre ordena, Ya ha llegado la Reina mi señora, que primero que el Sol sale el Aurora. Muy bien venida vuestra alteza sea, deme sus brazos; grave señorio. Cómo los negará la que desea rendir a vuestro gusto su albedrío? Cómo viene? . Contenta de que vea, que es dueño de mi patria como mío. Daré por paga de su fe constante un Reino a vuestra alteza, y un amante. Quién es? don Juan; quién es, decid? aquella deidad humana, angelica hermosura, ante quien es doña Ysabel estrella opuesta de Faetonte a la luz pura; que puede ser en monarquía bella metropolí mayor de la hermosura, dueño del Sol, porque en sus rayos rojos sufraganeos parecen de sus ojos. Aquesta de inferior arte, y belleza, opuesta con la Reina Castellana, que yace ante los ojos de su alteza, como ante el cielo criatura humana; goza de Portalegre la nobleza, mi prima es, y de su Conde hermana, es su nombre Beatriz, y su apellido Silva de Silvio Eneas procedido. Su alteza, prima, os quiere dar la mano. Mejor, don Juan, el corazón dijera. No dilatéis favor tan soberano a quien sujeta a vuestros pies le espera. Es mi deuda Beatriz. . Honores gano en ser tu esclava . Emperatriz pudiera mientras gozo en sus ojos mi fortuna, dad la mano a don Albaro de Luna. Si del Reino que gozo os soy deudora, con que satisfaré lo que poseo? Con decir, que la mano os bese ahora. Grande beldad . La Reina mi señora sujeto es digno de tan gran trofeo. Mal me entiendes. Beatriz. . Diré a su alteza cuanta ventura debe a su belleza. Jaén pide socorro brevemente, porque pide socorro el enemigo. Don Juan a vuestra espada, y a mi gente encargo la defensa, y el castigo. Toca a marchar, y muera el ascente, de quien fue triunfo el infeliz Rodrigo. Tan presto os vais? . . No es bien que un punto aguarde que aún volando el socorro llega tarde. Razón es disponer los casamientos, e. Sí, Maestre, que quiero con prudencia divertir poderosos pensamientos; descanse vuestra alteza, y de licencia nos despose don Lope de Barrientos. Toda mi voluntad es obediencia. Vuestra es la mía, si por darme enojos no me la tiranizan vuestros ojos. a, y su poder. No habrá en Castilla quien hable contra el Maestre, con esto echó la fortuna el resto en favor del Condestable. El Príncipe don Enrique obedezca a la fortuna, y a don Alvaro de Luna, como prudente se aplique. Que teniendo de su mano a la Reina en su lugar, no se lo podrá quitar todo el poder Castellano. Deje su vana esperanza, vuelva el Moro su cuchilla, pues a pesar de Castilla será eterna su privanza. Que tanto ha venido a ser el poder de su persona, que hoy le debe la corona a su astucia, Y así en cualquiera ocasión tendrá su parcialidad afecta la voluntad, y viva la obligación. Mas todo puede mudarse, al tiempo futuro apele, que un gran beneficio suele con ingratitud pagarse. Rey que aquesto no previene da causa de gran recelo, mas si lo permite el cielo, sin duda alguna conviene. Cásose o Rey de Castella con Isa bel, y al momento que se fizo o casamento, soy a Madrigal coela. Nao me parece beim feito, que camiñe o desposado, si estuvera namorado camiñara para o leito. Fidalgo sirve a su Alteza? Sirva en no, en por los celos que de un Conde de Bárcelos, deu Rey soy la cabeza. Bien lo dice su semblante. E no llando men señor, todas se morren de amor, porque soy muito galante. Sirvo a la mellor bonina; que colo érguido en jardín, y a lo Castellano en fin, a la mellor clavellina, Que adorna corona real, digna de precioso honor, a quien dieron rojo humor las Quinas de Portugal. Es Silva por su linaje, y la sirvo de escudero en la calle cuando quiero, y en su retrete de paje. Sirviendo viene contenta a nuestra Reina feliz, llamase dona Beatriz, de la casa Real parienta. Si al Rey servís, con los dos os podéis venir. . Eu digo, si sois fidalgos, conmigo vir podéis, si queréis vir. En Castilla no lo hay más, Arias tengo de Zamora. Pues caminad muito en bora algus pasiños atrás. Que nunca en aquestos cese el estimarnos en poco. qué faláis? . que sois un loco. Castellao falaico ese. Del dorado Tajo sea bienvenida para nuestra gloria la paz de Castilla. No os ofrezco por la villa, hermosísima Isabel, aquello de leche y miel, y pan blanco de Castilla. Que yo traigo potestad de ofreceros, sin rodeos, en la villa los deseos de una simple voluntad. Hermosísima aldeana de Tordesillas, llegad. Para que su Majestad dé la mano a una villana. Mas tal cual soy la confieso, que aunque la bese mi boca su terso cristal de roca, no se almagre con el beso. En la malicia repara, Aunque no haya que comer, siempre solemos tener limpia la mesa, y la cara. Démela a besar segura, que no pase lo que un día a una hidalga, que solía besarle la mano al Cura. Puso de lo colorado en los labios con exceso, y imprimiole con el beso un párrafo colorado. gracia tiene. L lo más cierto es, que tengo a su mandar una haca, un pegujar, una viña, y medio guerto. Be. como os llamáis. . yo, Leonor Y querréis servirme a mí? A la he, señora, sí, porque os voy cobrando amor. Y yo os seré intercesora. Si queréis, de mil amores; a Dios los mis labradores, que me quedo a ser señora. Llegad hermosa aldeana, al fin os vais con Beatriz. En servilla soy feliz. La corona Castellana trócara a vuestra bajeza, por ser su criado yo, Para aqueso me llamó? No miras triste a su Alteza? Ya lo he visto, y sus enojos me dicen su voluntad; mucho temo tu beldad, mucho han hablado tus ojos. De qué estás triste, señor? cómo tanto te suspendes? Maestre, si no lo entiendes, pregúntaselo al amor. En día tal no convienen las tristezas, ni desvelos. Portuguesa de los cielos, que el cielo tus ojos tienen. Entre a descansar tu Alteza. Triste estáis . no mi señora que en los brazos del Aurora, quien puede tener tristeza. Soy yo mujer infeliz, pues truje de Portugal desvelos, celos y mal; que miráis? anda Beatriz. Volved a cantar pastores la venida de Isabel, en cuyos labios la miel han destilado las flores. Del dorado sea bien venida para nuestra gloria la paz de Castilla. Alo Cuya ha sido la letrilla? Mía, porque soy discreta que como el Rey es Poeta, todos danzan en Castilla. Y no oirá quien tan bien canta algún Maestre. . A mi ver, vos tenéis traza de hacer malos pasos de garganta. Que un hombre tan principal, como ha de ser buen cantor, que es propio de un gran señor, escribir y cantar mal? Y quien trae la roja espada, no ha de saber más canción, que del parche herir al son a los Moros de Grañada. Pues esperad, por mi amor. Gran Maestre, vuestra grana no es para gente villana. Qué bien ha dicho Leonor. Condestable de Castilla, hoy muerto a tus manos llega el Rey don Juan el Segundo; muerto dije, a Dios pluguiera. Que es menor mal que la muerte, que hombre de tan altas prendas manisiste a su vasallo su pensión, y sus flaquezas. Con más pesares que dichas, con menos gustos que penas; vida pido a tu favor, no consejo a tu prudencia. Piadolamente me ampara, entendido me consuela, amigo me favorece, y valeroso me esfuerza. Una mujer, ay de mí, guerra dice, guerra, guerra, y mil batallas de celos, alzan contra mi banderas, A el arma toca en sus ojos el niño díos, cuando apenas dijeron mis pensamientos, muera quien me ha visto, muera. De Portugal me trujeron, la causa que me atormenta, principio diste a ma mal, aplica también las hierbas. Con la Reina de Castilla vino aquella Portugüesa, que le sirve como dama, y estima como parienta. Vila, ay de mí, en Madrigal, y aunque entendí con su alteza divertir con dulce trato imaginaciones nuevas. No lo ha permitido amor, que en tanto mal no aprovecha inferior beldad; perdone, si soy grosero, la Reina. No porque su marestad a mis ojos no parezca digna de mayor Monarca, por su ingenio, y su belleza. Y no porque no la adoro, que cuando justo no fuera, bastaba quererlo tú, para que yo la quisiera. Mas así como nosotros con natural providencia a los ojos acudimos, sin que entre los dos les deba Ventajas de amor alguna; estoy entre sus bellezas, porque adorando a Beatriz, no destima a su Alteza. Silva me dicen, que es, y condestable amor quiera, que como la sangre heredé la grande piedad de Eneas. No me tienes que decir, si arranca la vara tierna, antes de frondoso árbol fácilmente de la tierra. Que en los principios se cura la enfermedad más violenta, antes que con acidentes tome con el tiempo fuerzas. Que los dolores de amor con la tardanza se aumentan, que es mejor para librarse. el día que está más cerca. Que un arroyuelo pequeño, cuando baja de la sierra, no satisface la sed, que es un mar a pocas leguas. Que es amor hijo del ocio, que es deleitable dolencia, enemigo del descanso, que con su ser se alimenta. Es de la razón olvido, nave en los mares sin vela, arroyo de variedades, nino sin fe, ni firmeza. Que mire a Troya abrasada, que mire a España sangrienta, que mire en puertos de Roma, los Tarquinos de Lucrecia. Mormurador en Egipto, a Marco Antonio, y a César, y cobardemente hilando al gran hijo de Alcumena. Faltar en campaña Áquiles a su valor por Briseida, ya lo he visto, y también ves, que tengo menores fuerzas. Que el Capitán de Israel, que el divino Rey Profeta, hable en mi disculpa el hijo Rey de Reyes en Judea. Si no valen por ejemplo cultos divinos poetas, oye a Propicio por Cintía dar a el aire dulces quejas. Cantar a Licurgo leyes, llorar Cátulo por Lesbía, que poco le valió a Ovidio reducir amor a ciencia. Y la pasión a preceptos, él lo diga, pues lo enseña; decid vosotros Romanos, y Filósofos de Atenas. Cuantas veces presidio amor en vuestra academia? pensión de los entendidos es amor si consideras. La pasión inevitable de los Padres de las lotras, mayores disculpas busco, si no bastan ser tan bellas. Amante Júpiter mira, tomando formas ajenas, tantos ejemplos me valgan, si bien dirá tu prudencia. Que no a nacido ninguno, que dueño de si no sea; todo lo miran mis ojos; mas su pasión no me deja. Que advierta aquí los peligros y será si me aconsejas, arrojar fuego en el amar, pequeño arrobo en el Etna. Pedir razón a los montes, querer reducir las fieras? parar el curso a los ríos, en el aire una saeta. En la venganza un agravio, un caballo en la carrera, que lo mismo es detener un amante que desea. Un poderoso, que emprendo un pensamiento que vuela, una voluntad de un Rey, un apetito que lleva. Sin gobierno la razón, y en su mismo daño encuentra. Ni la lisonja te engaña, ni la verdad te aconseja. Mas sintiendo tus pesares, te aseguro mi obediencia. Dame, Maestre, tus brazos, y a mi hermoso dueño cuenta, no cuidado, más amor, grato por camino vuelas. Conmigo su Alteza envía su dulce vida a ofrecer, si puede víctima sor de tanta melancolía; juntamente vio en un día de su grandeza el aumento, y vuestro gran discontento es en su ausencia mayor, de veros triste el dolor, y de su dicha el contento. Tanto a mis ojos su Alreza miraba, que sus enojos le decían a mis ojos, para que le dais tristeza? mi cuidado, y la llaneza de una voluntad segura su triste pasión apura, y respondió suspirando, Teño o Rey mi moso llando, dirá miña desventura. Y pues vuestra Majestad, ni la dice, ni la veo con la inquietud el deseo, con pena la voluntad, amor con censilidad quiere saber su dolor, que en sabiéndole, señor, he de comprar vuestras penas con la sangre de mis venas, sino tiene más valor. Beldad en quien resplandece la gloria del Lusitano, no es mi dolor tan tirano, que humana sangre apetece, más fácil remedio ofrece, el mal que me aflige amante, verasme alegre al instante, piedades quiere el amor, no se cura con rigor enfermedad semejante. Vite, hay beldad celestial, y dije cuando te vi, alma traición hay aquí; de parte de Portugal quise remediar mi mal, y vinome a suceder lo que suele acontecer en el monte al peregrino, que halló para entrar camino, pero no para volver. A ti llego de la suerte, que enfermo de idropesía, en la dulce fuente fría bebe contento la muerte; pena y gusto tuve en verte, gusto viendo tal portento, pena en lo que ahora siento. pues no he de sanarjamás, si cuanto te miro más, está el amor más sediento, Dije al Condestable fiel la causa de mi pasión, mas siendo tú la ocasión, que remedio dará el? ya lo sabes, no cruel me correspondas ingrata, se como la vela grata, pues le anima su homicida, que si el viento la da vida, el mismo viento la mata; Deja agravio semejante mientras llega el desengaño, que tema mi honor el daño, y mi corazón se espante; mas yo espero que elegante detendre mi pensamiento, que si como vela al viento perdistis la luz mejor, daré con ruegos y honor luz a vuestro entendimiento. Ya no estoy, Beatriz, de suerte que escuche consejos sanos. B pues que pretendessrey tus manos Antes me daré la muerte, que nací, que soy, advierte. Dueño de mi voluntad. Mire vuestra Majestad. Qué he de mirar, si me muero? Que los hálagos primero tienen mayor potestad. Pues con lágrimas de amante rendido mi amor se atreve. Heridas serán de nieve en un Pecho de diamante. Ay desprecio semejante, esto sufren mis desvelos: ignoras quién soy? a cielos! Y lo confieso a tus pies. Presunción, aquesto ves? pasa de sospecha a celos. Su alteza, señor. . ay triste Disimulemos ahora, que nunca acierta a vengarse quien enojado se arroja: a Maestre, a ingrata, a fiera, aunque pierda mi corona, me lo pagaréis los dos. Señor. . Qué buscáis señora? Buscan mis ojos el centro, donde animan y reposan. Bien le merece mi amor, divina Ysabel perdona, si me parece Beatriz a mis ojos más hermosa. Mucho sufris corazón, pero a mi venganza importa. Venid, señora, veréis desde esas torres famosas los campos de Tordesillas. Veré mi muerte rabiosa, enfermedad de los celos; sufrid, y callad, que importa. Señora doña Beatriz, el Rey don Juan os adora, harto os he dicho, mirad que es terrible si se enoja. Maestre de Santiago, las Portuguesas sañoras. no son en Castilla damas, de sus Reyes son esposas.

JORNADA SEGUNDA

ACTO SE GUN Con tristeza, Silveira, me recibes, cuando vuelvo a la Corte victorioso, y cuantos tiene España Almoradibes me aclaman Cid, y temen valeroso; o poca fe de mi valor concibes, o no me juzgas vencedor glorioso, pues das injustamente a mis contentos, agua a la tierra, quejas a los vientos. Si es señal de victoria esta bandera, a tus tristes suspiros tremolante, y esta cuchilla que volví severa, rubí a la vaina, y la saqué diamante: socorrer de Jéñil a la ribera, siempre en su Vega Capitán triunfante; porque tristes aplausos me previenes, cuando debes holgarte de mis bienes? Si don Juan el Segundo, honor de España, goza dichosamente a su consorte, y cuando vela el hijo en la campaña, juega en su oprobio cañas en la Corte: si ya no queda por mayor hazaña, Infante Aragonés, que nos importe, si buena está Beatriz, como dijiste, si me desea el Rey, cómo estás triste? Mas si están a pesar de emulaciones venerando mi nombre mis memorias, si no mal relatadas mis acciones, la opinión disminuyen de mis glorias: porque suelen ociosas relaciones, cobardías dorar, mentir victorias; alégrate en mis bienes, y di en tanto la razón de mis dudas, y tu llanto. Ilustre don Juan de Silva; descendiente venerable del Tevero, que hizo en Cargo verter a Dido corales. A dar vengo ejemplo a España, en tiempo tan miserable, que tiene ingrato señores, que hay un criado constante. A la divina Beatriz, quinta esencia del donaire, que de infusiones de bella, dicen la parió su madre. El Rey don Juan el Segundo la mira con buen semblante, con poco gusto la Reina, con mucha invidia los Grandes. Temor la tiene su Alteza, y más es el Condestable, mírala el Rey como a mí, pluguiera Dios me mirase. Mormúranla en los corrillos Cortésanos holgazanes, y aunque no entran en el cielo, son los indicios verdades. Los maliciosos publican, que desdoran vuestra sangre, que no se atreviera menos a vuestra casa que un ángel. Conviene que de palacio la lleves luego al instante, a ti te toca el remedio, a mí me toca avisarte. Vive Dios, que no temiera con mil hombres pelear, ni dude para trepar las murallas de Antequera, Tanto como ahora dudo esta empresa, donde amor viene a ser competidor, y lleva un Rey por escudo. Si dudas para acertar, tú haces como prudente, porque en la ocasión presente ay que decir, y pensar. No es posible que su Alteza, cuya mano liberal honra ha dado a Portugal, títulos a su nobleza. Tenga de ofender intento a doña Beatriz, y al Conde, y más en palacio, adonde grillos tiene el pensamiento. Y no ha de romper la ley, siempre se precia de Augusto; decírselo al Rey es justo, pero no hablar mal del Rey. Si entiendes que son antojos, ellos salen, y verás, si a todo atento estás, mi relación en sus ojos. Qué os parece la Epigrama? que vuestra Alteza, señor, guardando al arte el rigor, muestra cuerdo el de su dama. Será la más elegante. Sillas, y heced comenzar la Academia. . . Si lugar tiene un Capitán triunfante en vuestros pies soberanos, hoy victorioso lo pido. Seáis, don Juan, muy bien venido más cerca tenéis mis manos. También me dé vuestra alteza su mano a besar. Pariente, algad defensor valiente de la Espáñola nobleza. Cómo venís? . . Vencedor, que en las puertas de Granada vuestro nombre con la espada hallo mi brazo valor. Mas hay descuido notable en las fronteras que tiene. vuestra Alteza, ansi conviene. Hablad luego al Condestable. A casos tan convenientes, que adviertas, señor, te pido. En vos estoy defendidor primer Conde de Cifuentes. . Vivid los dos más edades, que quien renace en el fuego; mas que me escuches te ruego, si postradas humildades merecen tan gran favor. Dejadme, Conde, acabad, doña Leonor comenzad. Oh Rey don Juan mi señor, nunca quieres escuchar tus vasallos, y a mi ver, o el Reino quieres perder, o no sabes que es reinar. Vertía de la nariz sangre una niña divina, que es de su Alteza menina, viéndola doña Beatriz, le aplicó su mano hermosa, y impidio que no saliera. Esa fue la vez primera, que yo la miré piadosa. Reducir este suceso: su alteza aplicó a la pluma en una epigrama en suma; este es, señor, mi conceto. Cuando claveles vertía Clorí por azules venas, Beatriz con cinco azucenas, piadosa la recogia. Ningún amante se inquiete, que amor en tal caso quiso de uno y otro paraiso fabricar un ramillete. Buen concepto. . Soberano. Cualquier alabanza es poca. Por la parte que me toca os beso, señor, la mano. Corazón mío sufrid de los celos la violencia. Dad a la mía licencia. Mirándola está. . Decid. Vertía purpúreo humor un brinquiño soberano, y puso su blanca mano, Beatriz piadosa al rigor. Vencer intentó atrevido a la nieve clavel breve, no pudo, esmaltó la nieve, y retirose vencido. Desde que os vi pelear contra Almanzor a mi lado, más gusto no me habéis dado. Ni a mí más fiero pesar. qué os ha parciedo? . Grave; nuevo modo de tormento, basta Rey que lo consiento, no me pidas que lo alabe. Pues lo permite la ley, de Académico escuchad. No es en vuestra Majestad en Castilla el primer Rey, que dio a las Musas honor. Alfonso fue. . y es agravio darle renombre de sabio. Quién lo merece mejor? Quién es en Castilla solo con la espada, y el acero. Oíd. Al envidias de Homero re. de quién, Maestre? Al de Apolo Con una mano piadosa libor quita, heridas sana, siempre contra mi inhumana mano cruel, cuanto hermosa. Y al sanarla dije yo, mirando crecer mis penas, las heridas sana ajenas, pero las que causa no. No puedo sufrirlo cielos, Majestad mía perdona, que no quiero tu Corona con la pensión de los celos. Qué le ha dado a vuestra alteza? Un poderoso acidente. Ay triste de mí; que siente vuestra alteza? . Tu belleza; perdonad, que retirarme le conviene a mi dolor. Porque dos males amor, con uno puedes matarme: mil veces soy infeliz, y temo os he de perder. Cuando venga a suceder, os consolará Beatriz. Por vos la estimo, y la quiero. Yo la aborrezco por vos. Venid, Maestre . Los dos juntos van, de celos muero. Qué tenéis reina y señora? No lo has visto? . Si lo viera, mi vida antidoro fuera de uio mal reín a traidora. no me habláis? . Ya se acabón la paciencia con las penas, las heridas mata ajenas, pero las que causa no. Perdone vuesenoria, que aqueste nuevo pesar, no nos puede dar lugar para hablaros otro día. Le suplico que me vea, y el título generoso un siglo goce dichoso, como su sangre desea. Siempre vueseñoria ha sido en mis honras liberal. Qué sabe de Portugal? Hoy una carta he tenido Del Conde, y decirla puedo, que me ha dado que pensar, porque me envía a mandar, que a Portugal, o a Toledo La lleve; porque palacio anda con guerras inquieto. Poneldo, Conde, en efeto, y veámonos de espacio. Aunque a visto useñoria, señor Conde de Cifuentes, en los casos concurrentes, la verdad que no creía. El Rey le obliga a callar, pues con astucia no poca, le puso un gueso en la boca, porque no pueda ladrar. Prudencia de ti me valgo, que disimular conviene, tan viles malicias tiene el que se precia de hidalgo. Pues cuando fuera mi prima de las que olvidan su honor, no ofende el Rey mi señor a los vasallos que estima. Quedaos a Dios; y quien siente tan bajamente, no hable, que a hablar voy al Condestable, y a remediar lo prudente, Pues si no crees a Silveira, de esto hallarás más testigos, que dio palos a enemigos la pala de la Forneira. Su alteza en su cuadra, apenas el pie puso, cuando airada nos despidio, y enfadada se acompañó con sus penas, las heridas sana ajenas, pero las que causa no. El Rey dijo, si causó aquesto su desventura, mal uviese mi hermosura, si he sido la causa yo. Porqué useñoria trata su belleza con rigor, basta que al Rey mi señor corresponda siempre ingrata, más justamente se mata; pues canta por maravillas, que el Rey de las dos Castillas, por la mayor Portuguesa; de que a la Ruina le pesa, muere amando en Tordesillas. Tienes mil veces razón, que no habrá belleza humana, que niegue no ser libiana de tanto mal la ocasión, mi honor está en opinión; y poco me queda, o nada, de sus versos celebrada, de su voluntad querida, de la Reina aborrecida, de la Corte murmurada. Esto a estar triste me obliga, que suceso semejante, aunque yo sea diamante, pierdo mucho en que se diga es la Reina mi enemiga: porque el Rey me favorece, crece amor, y el odio crece, y hace a mi honor cada hora más daños el que me adora, que no la que me aborrece. Mi hermano escribe, Leonor, lo que te dijé, y sin duda la fama en mis bienes muda; le habrá dicho lo peor, irme tengo por mejor: que tener aventurado mi honor, mi vida, y mi estado, que en efecto es mucha cosa la Reina para celosa, y el Rey para despreciado. Con razón temiendo estoy, cuerda los peligros ves. Y los temo; que hora es. Las once son poco más. Trae una luz. . Tú que das luz a la mejor estrella, luces pides? . Leonor bella, no hay consonante peor, que la lisonja al dolor. Que bien dices; voy por ella. Amado retrete, en quien a llorado el Rey conmigo, al mundo serás testigo de su llanto, y mi desdén, para que se pan también; que no supo contrastar mi obligación su pesar, y que tengo hasta morir valor para resistir, si partes para obligar. Cómo mandaste, señora, luz te traigo, y en verdad que parece necedad traer luces al Aurora. Déjame, Leonor, ahora. Acuerdome que me hoía con gusto vneseñoria. Vete con Dios . Ya me voy Cartas que he tenido hoy, engañad la pena mía. Declaráronse mis celos, sacó mi enojo la espada, y en mi corazón la ira, insta fiera, justa llama. Poder tengo, como Reina, sangre Beatriz, y yo rabia; ingrato Rey de Castilla, el ídolo que idolatras; el objecto de tus gustos, el dueño de tu privanza, la discordia de la Corte, la invidia de las gallardas: la verdad más presumida, y la mitad de tu alma, a pesar de tu favor a de besarme las plantas; y la he de quitar la vida, viva, y muera quien me agravia. Señora, tanto favor, muera y vive edades largas. quién, Beatriz? B. quién tú quisie. Disimulemos venganza; (res. vive como yo deseo. Eres Reina, y ansí pagas. Eres mi sangre, y mi amiga. Soy tu sangre, soy tu esclava. Deja ahora cumplimientos. Pues en efeto, que mandas? Estoy triste, divertirme contigo por esas salas; toma esa luz. . Ven, señora. La de tus ojos bastaba. Lisonjas dicen las Reinas? Mas merece beldad tanta. Teme algún mal corazón, que tu enemiga te alaba. Bellas pinturas son estas, que majestuosa cuadra, has advertido de día lo que contienen sus tablas? La historia de los Gigantes, que sin fuerza soberana, a Júpiter se atrevieron, Gran locura; y en qué paran? En que airado el mayor Dios, rayos vibra, y los abrasa, su arrogancia castigando. Dices muy bien, su arrogancia No es cordura competir un risco con las montañas. Ni con el Rey un vasallo. Es de Dios imagen sacra. Dónde vuelves? . Esto es lo último de esta sala: aquí hay un aposento escondido a humana planeta. Pues abre con esta llave, deja esa luz, toma, acaba; no aciertas? . Ya voy, señora. qué tienes? . Estoy turbada. Abierta tienes la puerta, pues entra, Beatriz, que aguardas? no tomes la luz; qué dudas? ya no es ocasión, villana, de disimular mis penas. Soy tu sangre, an sí me tratas. Reina dirás de Castilla, pues todos de ti se amparan, ninguno de mí se acuerda, tu deshaces, y tu mandas. Las Ciudades te obedecen, los negocios de importancia contigo consulta el Rey, de mí se recela y guarda. En guerra, y en paz gobiernas, que Diosa de las batallas, que Cenobia valerosa, que Sibila, que Cleopatra. Los Vándidos de Castilla perdón por tu ruego alcanzan, todos se valen de ti, el Rey no te niega nada. Con que diversos intentos salimos de nuestra patria, tú a servirme, yo a ser Reina, tú eres Reina, yo criada. Mas que te diese, Beatriz, el Rey mi señor su gracia, pudo hacerlo, como Rey, es señor, a nadie agravia. Mas no parte de sus gustos, pues en mi perjuicio trata de enamorarte a mis ojos, que honor darás a tu casa? Pues lo consiento, ay de mí, que poco saben mis ansias, lo que he padecido, digan, los suspiros en mis salas. Las lágrimas en mi estrado, en su consuelo mis damas, mas ya no quieren mis celos, que sufra más, que se acaba Con el dolor la paciencia; mujer soy, celos me abrasan, perdone la majestad, sepa el Rey, y sepa España, Que me vengue como pude de quien público me agravia: si no te mira, está triste, cuando me nombra, te llama. Si te murmuran, se enoja, da estados a quien te alaba, en el día en que naciste, jugó en Tordesillas cañas. Tus colores sacó el Rey, y un mote tuyo en su adarga; versos hace a tu hermosura, donde los oigas los canta. Acción baja para un Rey, aunque es en un hombre gracia; a mí me toca el remedio del daño que me amenaza. Como a Reina, y tu parienta, y como a esposa agraviada, amo y siento mi peligro, temo que soy desdichada. Y en Sidonia me da ejemplos la Francesa Doña Blanca; y es menos mal que tú mueras, que ver otra vez a España Dividida en opiniones, por la esposa, y por la dama: el Príncipe don Enrique tiene en las manos las armas. Asístele el de Villena, y el Girón de Calatraba; los señores de Castilla gente en su tierra levantan. Civiles guerras desean para acrecentar sus casas; algunos de ti se quejan, contra don Albaro claman. Preso dicen que está el Rey, y la voluntad esclava, Aragón está ofendido, q0 y con victorias Granada. De mi parte Portugal, y el Navarro en la campaña, la gente de las fronteras poco afecta, y mal pagada Y celosos del pobierno tocan en Castilla cajas, civiles guerras anuncian, y temo si no se atajan, Que ha de ser del vencedor, la corona Castellana: arman contra el Condestable lucida gente bizarra. Que contra ti otra mujer, para darte muerte basta, y más en quien se ha juntado, invidia, prudencia, rabia. Honra, temor, celos, ira, y ya de sufrir se cansa en mis celos la razón, en mi agravia la venganza. El poder en lo que soy, el peligro en la tardanza, el sufrimiento en las penas, el temor en su privanza. El honor en sus deseos, la ira menospreciada, la invidia viendo tus dichas, la majestad provocada. Y últimamente resuelta, en mi cólera esta daga, con que pienso si réplicas, dejar escritas las causas de mis celos, y tu muerte con sangre de tus entrañas. Escucha, señora, Reina. No quiero escuchar palabra, que no permiten disculpas ofensas averiguadas: entra, o teme mi rigor acaba, Beatriz, acaba; mira que hará aqueste acero ejecución la amenaza. No es de Reina tal acción. Será de mujer airada. En la mano me has herido. Pues entra, si ya no aguardas, que el corazón te divida. Como fiera me acobardas, como señora me obligas, como enemiga me tratas, como resuelta no escuchas, como ciega no reparas, como mujer no discurres, como ofendida me tratas, como esclava me resisto, como inocente me agravias, como a Reina te obedezco, celosa, y determinada. En esta prisión vilmente has de morir encerrada. Piedad pide mi inocencia. Mas me ofendes cuando hablas. Pues la Reina no me escucha, Virgen mi inocencia ampara. En su castigo, y mis penas corazón mío descansa, pues has merecido ser la gloria de la venganza. Sangre del mejor hidalgo de las Quinas Lusitanas, jamás ha sido vertida a real es ojos más grata. Hh retrete de Beatriz, estoy por hacerte brasas, para que quede memoria de mi dolor, y tu infamia. Estos papeles leía, del Príncipe es esta carta, aquesta de los señores, que contra el Maestre se arman. Oh Rey don Juan el Segundo, poco te debe tu fama; que dirán de tu descuido las Corónicas de España. Espera en esa puerta, veré, Maestre, si mi dicha es cierta; ay mi Beatriz hermosa. Este es el Rey, yo moriré celosa; porque así no me vea, muera la luz, y quien mi mal desea, que así no podrá verme, y en mi cuarto entraré sin conocerme. Aunque la luz as muerto, no desespero de llegar al puerto, que amor si me conduces, mas debo a las tinieblas que a las luces. Hallárate mi ruego, ciego te busca amor, que siempre es ciego; dueño mío responde, adónde estás, Beatriz? escucha, adónde? Adonde eternamente su rostro veas, tu pesar se aumente. De la luz sospeché, cuando entré a verte, por darme vida, que le dabas muerte: mas oyendo el deseo, al mi engaño toco, tus rigores veo, pues mataste su llama para negar el rostro a quien te ama; y es en mi desventura el más nuevo rigor de la hermosura. Quitadme un rato cielos el sentimiento, o déjenme los celos, pues de este trato aleve fiero dolor el ánimo me mueve a que me satisfaga, quien sufre agravios con desnuda daga. Da fin a mis enojos, alúmbrenme los rayos de tus ojos; parte en mi Reyno tienes, mios los males son, tuyos los bienes. Y si amor y verdades obligan la nobleza a las piedades, que vencen semejante, tú en nobleza de sangre, yo en diamante; ni quien poder tenía mayores ocasiones de ser mía. Entraré en tu aposento; hurtando al más celoso pensamiento; y darete, si quieres, todo el poder mayor, si grata fueres, a Cordova y Sevilla, si es poco, el Infantado de Castilla. Oh Rey inadvertido, los bienes das con que has de ser temido, a Sevilla estás dando, tan poca sangre le costó a Fernando? Si al lado de mi esposa temes vivir, por no morir celosa, si tu piadosa eres, contigo iré a la parte que eligieres, y por mayor firmeza, retratos haré hacer de tu belleza: que me disculpen cuerdo, donde supieren que por ti me pierdo, porque eres tú con ella flamante Luna, y Isabel Estrella, Oh fieros desengaños, tan fea soy, o malogrados años; a fementidos Reyes, que desiguales promulgastis leyes, porque no será justo vengarme yo de agravio tan injusto? No llame la acción fea, común es el dolor, la ley lo sea, quien me agravia no viva, no ha de ser la venganza discursiva: muera el fiero inhumano, plomo mis plantas son, hielo mi mano. Que ejército le guarda, que me vence, me enfrena, y me acobarda; que entre tanta fatiga, hombre provoca cuando Rey obliga; mas cuando Rey no fuera, como si yo le adoro le ofendiera. Ya en tu projimo aliento juzgo mis dichas, tus piedades siento; mucho el amor obliga, i daga en tu mano? o bárbara enemiga; la muerte te he de dar. Escucha, espera. Así pagas desvelos, rabiando estoy de enojo. Yo de celos. Luces, Maestre, y a mi guarda avisa, traición hay en Palacio, aprisa, aprisa; que sola una mujer, como pudiera emprender tal acción? matalda, muera, Acabe malograda, pues la puerta no encuentro, estoy turbada; esta es la puerta, socorredme cielos. Rabiando estoy de enojo. Yo de celos. Qué tiene vuestra Alteza? Amor, ira, temor, rabia, fiereza; prended esa mujer, fiera, inclemente. A vuestra Alteza vemos solamente. Por aquí estaba ahora. Solamente a la Reina mi señora en ese cuarto vimos, cuando a las voces todos acudimos. Ya temo nuevos daños. Su Majestad, que inumerables años para tu gloria viva, pasó de este a su cuarto fugitiva. Y a Beatriz no la viste? yo no la vi, ni en su aposento asiste. V Detente pensamiento, sangre, daga, la Reina en su aposento, terrible mal arguye, indicios criminales da quien huye; o pena mía injusta. Daga con sangre, y en su mano Augusta? díganos su dolor. Oh mal inmenso. Su pena el corazón tiene suspenso; a las personas Reales bien se permite hablar en casos tales; solo a su Alteza siento. No está doña Beatriz en su aposento, pues falta su persona, pierda Castilla al Reino su corona. y en dolor tan notable, despacha luego al punto, Condestable, a la gente que tengo en mi defensa, que a ningún enemigo hagan ofensa. Desamparen al punto las fronteras, desde el Duero a las Béticas riberas; entre en Castilla el Moro, beba en el Tajo entre cristales de oro; con ánimo bizarro a Cuenca tome el Montañes Navarro: y el Portugues valiente entre en Castilla, admítale mi gente; Aragón me dé guerra, levante contra mi gente en mi tierra; mis Grandes, y Ciudades júntense en nuestro daño en hermandadas, pues mi desdicha es cierta. piérdase todo, si Beatriz es muerta. Muerta doña Beatriz? Es evidente, que es Sol que tuvo en Portugal su Oriente, halló en Castilla Ocaso, esta sangre lo dice. Oh triste caso, terrible desventura, quién dio muerte, señor, a la hermosura? Quién matarla pudiera, sino los celos, o la invidia fiera? faltó por causa mía; luz a los ojos, esplendor al día? por caso tan penoso brame la fiera en el jardín hermoso, no brote clavellina, pues no la ha de pisar planta divina; en el aire las aves, tórtolas sean, todas lloren graves, y como yo lo siento, haga el Cielo innovible sentimiento. Perdí dos luces bellas, lloren por las estrellas las estrellas, y en tan confusos males, desatense las sierras en cristales, o caigan desde el Cielo ríos de rayos a abrasar el suelo, por caso, tan impío, Troya sea España, como el pecho mío: a la mar inconstante jamás le halle seguro navegante, y todo me dé guerra, mi pena, el fuego, el aire, el mar, la tierra. Y tú, si eres mi amigo, si agradecido quieres ser conmigo, si te mueve severo el líquido coral de aqueste acero; pues fuiste eternamente a mi gusto don Alvaro, obediente; porque cesen mis penas, haz destilar mi vida por mis venas, y con aquesta daga, esta inocente sangre satisfaga: dame la muerte luego, Rey te lo mando, amigo te lo ruego, pues mi desdicha es cierta, piérdase todo, si Beatriz es muerta. Señor escucha. Mi desdicha es cierta, todo se pierda, si Beatriz es muerta.

JORNADA TERCERA

Fabio, que con mi señora has por tu voz merecido mas que yo, que la he fervido; dime dónde finca ahora? Di si te ha dicho tu hermana (pues tanto con ella priva) si se ha eclipsado, o si es viva su belleza soberana. Tres días, y tres mil a, que no la he visto en efecto, tú que sabes su secreto, también sabrás donde está: De uno en otro mirador la voy buscando de espacio, mas vueltas dando a Palacio, que torno de un hilador. No la hallo, ni tú das señal de contentamiento; mucho es lo que yo liento, pero lo que temo es más. El Maestre de Santiago con el Rey está escondido, más agüeros he tenido, que un Mendoza de Bueitrago. Donde te vas, sin que des respuesta al dolor tirano? A llorar en Castellano endechas en Portugues. Llore también mi dolor, como Castellano ahora. Qué haces, Silveira? Señor, estaba royendo un cuento de un Filósofo ejemplar, si me quieres escuchar, carne tiene, estame atento. Un perro una vez pasaba otro el río, como el Duero. y un pedazo de carnero entre los dientes llavaba. La sombra que no era poca, dentro de las aguas vio, y por cogerlas solto lo que llevaba en la boca. Fue a asirla, y su desvarío el perro al instante vio, volvió a su carne, y halló que se la llevó el tal río. Dejasteis a mi señora sobre el agua, como el perro, vios venir, y a vuestro yerro entre mi decía ahora, No busques al dueño mío, señor Conde de Cisuentes, dejáronla vuestros dientes, ya se la ha llevado el río. Cómo? Como no parece. Retiro del Rey. Tres días lahe buscado, y se me ofrece mayor daño que el temido, pues cualquiera ahogado infiero que sale el día tercero, y ella a tres, y no ha salido. Ven donde seas testigo de mi prudencia, y pesar. Al mismo centro del mar iré a buscarla contigo. Corriente cristal del Duero, que pasas por Tordesillas, espejo fuiste luciente de doña Beatriz de Silva Señor vuestra Majestad a su pueblo se permita, tres días a que le quita el premio a la voluntad; en aquesta soledad luz no le da su arrebol, salid Apolo Español, donde vuestra Alteza os vea, que un siglo a que os desea gozar los rayos del Sol. Un sombrero he prevenido con una garzota tal, que a vos Águila Imperial, cándida garza ha excedido; vestios galán, y el vestido de al corazón alegría. Ay Beatriz, hay prenda mía, consolarme no es razón, pues lo siente el corazón, Terrible melancolía. Quién canta? En el corredor, Silvia, señor, y Leonor, que desde aquel mirador pueblan endechas al viento; cantándolas a Beatriz. Ay dueño mío infeliz, cantad, pues que yo lo siento, Con mil mortales heridas rosas de un cándido pecho, yace doña Inés de Castro en los campos de Mondego. atriz de Oh fiero Lusitano, que ejemplos nos dejaste tan severo; o rigurosa mano, si te ofeudí, matarasme primero, no a un ángel inoce Silvia vuelve a cantar. Mi dolor siento; dejadme todos, y dejad que cante; o infeliz Rey. Oh malogrado amante. A la mejor Margarita, que dio riqueza a Valencia por celos del Rey Alfonso, mató en palació la Reina; hay Margárita bella, pues no me muero yo, yo soy de piedra. Oh historias inmortales, que tantas veces duplicáis mis males; o crueldad nunca oída, a mí triste tragedia parecida, que quisieron los cielos castigarme con pena, rabia y celos; mas solo no convienes, en que jamás goce de amor los bienes, si conoces mis penas, las propias canta, deja las ajenas; canta mientras yo lloro, muerta yaces Beatriz, mas yo te adoro. Del Rey es este acento, callad, no le enojéis dulce instrumento, con tragedias ajenas, retratos tristes de sus tristes penas; o Rey en las historias te consuela; y advierte tus memorias, que otro día en cantares consolarán a otros tus pesares. Silvia, porque le dejas, que no se cansa, ni el amor de quejas, ni de penas un triste, que cuerdamente mi dolor dijiste? Este privanza es el día de temer, y de dudar entre este fiero pesar, y aquesta fiera porfía neutral a la dicha mía conviene estar en mi estado pues si acude mí cuidado a la Reina dejo aquí; al Rey don Juan contra mí, poderoso y enojado. Si acudo al Rey, es altiva la Reina; y es si le pesa cruel, como Portugüesa, como mujer vengativa: que prudencia discursiva sabrá lo que debo hacer? pues si neutral quiero ser en caso tan importuno, hoy no acudiendo a ninguno, a los dos puedo perder. Cibiles guerras de amor, daños que mi estado llora, vuestra prevención ignora la providencia mayor: el ingenio, ni el valor no sabe elegir, ni puede al tiempo el acierto quede de los temores que paso, pues el acertar a caso de los temores procede. Si el sentimiento no fuera de su Alteza el corazón, blanda cera en su pasión; juzgara que mármol era; si duerme a caso. Oh severa mano contra mi homicida. Señor, qué haces? Morir, que ya no puedo vivir, pues me han quitado la vida. Viendo tu desdicha cierta, pidio a Beatriz mi desvelo, viva para tu consuelo, para su sepulcro muerta; no en la montaña de sierta onza temiera bramando, mas que a su Alteza mirando, a mi ruego respondiendo, si don Juan me está ofendiendo. yo también me estoy vengando, En la más remota pieza su cuerpo he buscado yo, con esa guarda; que dio la fiera daga a su Alteza; muerta, o viva, su belleza falta de Palacio esquiva, que estando en el inclusiva, hallar fuera cosa cierta su cadaber siendo muerta, o sus luces siendo viva. Bien en caso semejante tu constancia es menester, mas no tiene el mar poder contra un escollo constante; y si al pecho de diamante vate el mar, ten que es razón, intrépido el corazón, que no ha de hacer sentimiento, aunque caiga el Firmamento, el Castellano León Maestre, si yo te viera con los males que yo siento, con solido fundamento eso mismo te dijera: rigen muy bien la frontera con la prudencia los viejos, gobernando desde lejos, mas si en la ocasión se hallan, ni con los brazos batallan, ni ayudan con los consejos. Si tu sintieras mi queja, no me hablaras tan prudente, Albaro, mas no lo siente quien discurre, y aconseja; graves aforismos deja, y el fuerte pregunte al Sabio, o en su pena, o en su agra que distancia halló al morir de aconsejar al sentir, o del corazón al labio? Yo me moriré contento, pues te dejo poderoso, pues con la muerte es forzoso, que cese mi sentimiento; y de aquesta suerte intento ver a mi Beatriz querida, a pesar de su homicida, si ya no quiere mi suerte, que viviendo esté en la muerte, que muriendo esté en la vida. Tu morir, Marte Cristiano? vive a pesar del dolor, no des venganza, señor, con tu pena al Africano. Cómo mal tan inhumano, podré resistir viviendo? O las fieras persiguiendo, o los negocios tratando, o en el campo peleando, y últimamente queriendo. Pues quieres, en hora buena, yo me esforzare valiente, y verás muy brevemente como puede más mi pena. Este recato condena la Corte en mi daño impía, diciendo, que es culpa mía; y abrir tu retrete intento, porque ha de estar tu aposento sin puerta, como está el día. Verte el pueblo es importante a tu vida, al Reino, a mí Abre si te importa a ti, que lo demás no es bastante. En abriendo vi al instante, que a verte viene, señor. Su Alte Qué he de hacer? Disimular, padecer. Cómo quisiere el dolor. Tres días a que no os veo, tantos que lloran mis ojos, que no quitan los enojos las pasiones del deseo: cómo estáis, señor? Penando; queréis otra cosa? . Sí. Si no la llevas de aquí, oy he de morir rabiando. Del Rey el justo dolor obliga, Reina y señora. Quién os hace a vos ahora, vasallo, y componedor? Tirano os llama Castilla, y pienso que dice bien, no entendáis serlo también de la que a nadie se humilla. Advertid, que la fortuna no tiene siempre una ley, hoy me mira mal el Rey, mas don Albaro de Luna. otro día querra Dios, que yo le sepa obligar, y aqueste fiero pesar paguéis con la vida vos. Señora. Callad. Ya callo. Quién estado el Rey presente os ha dicho, que es decente hablar por el un vasallo? Tu real amparo pido. Algún día no os baldrá. Maestre, terrible está, vive Dios que la hetemido. En albricias de que des tal día al pueblo afligido, la mano, señora, os pido, y a ti gran señor los pies. Alzad, Conde, que mal puedo disimular mi dolor. El Príncipe mi señor tiene ocupado a Toledo: su asistente corresponde mal a la ley que le obliga, los que te aclaman castiga, Queréis otra cosa? El Conde de Partalegre me escribe, que a su hermana deslicencia para irse, que en su ausencia muy desconsolado vive. Y así a tu Real Majestad vengo a rogar se la dé. Notable aprieto, qué haré? Responder con la verdad. Yo me holgara de tenerla, para entregárosla, Conde. Dónde está mi prima? Adonde, no sé por Dios, no fe de ella; y de vuestra prima en fin, la Reina sabrá mejor. r. Soy yo su guarda, señor. Palabritas de Caín. Su guarda sois, y teneys de entregarla obligación; y así don Juan, en razón al Conde le escribire que se la pida, porqu es justo, y lo digo si a la Reina se la que la Reina se la dé. Don Juan, pues lo deseáis, y tenéis tan buen padrino, hoy darosla determino; solo os mando, que escribáis Al Conde, que es cosa cierta, que la mujer más altiva, agraviar le pudo viva, y ninguna agravia muerta. Temiendo estoy algún yerro Los dos conmigo venid, Maestre, una luz pedid. Luces ay, mas que hay entierro. Hoy sabrán que es ofender mi voluntad, y a quien soy. Algún mal espero hoy. Hoy supe lo que es temer. En esta oscura cárcel, tan limitada y breve, que en medio de su centro encuentro sus paredes, A los rayos del Sol negada eternamente, por industriosa mano hecha para mi muerte. Tres días a que vivo, sin que jamás rindiese al miedo la constaucia del corazón valiente. Sin que la hambre me aflija, sin que la sed me apriete, sin envidiar el techo murado de doseles. Tan falta de tristeza, tan llena de placeres, que esta prisión oscura, paraíso parece. La herida, ni el agravio el corazón no siente, tan muerto a las pasiones, como si muerto fuese. Di voces al principio, llamándolos crueles, castigos tan injustos, callé luego prudente. Qué menos es que muera, que por si se supiese, que una Reina Cristiana castigue injustamente. Y el que es noble vasallo, sentir y callar suele, a costa de su vida, las culpas de los Reyes. Milagros son, o Virgen, que a tus piedades debe una mujer indigna de tan grandes mercedes. Mas al sin como Madre piadosa acudes siempre, no al mérito del hijo, al amor que le tienes. En estas soledades te invoco humildemente, materia del Sol mismo, de donde tu procedes. Tú como luz divina, y Estrella refulgente, dando a mis ojos luz, el corazón enciende. Para que cante un rato. como luego otras veces, tu Limpia Concepción, do labio muev mi rú O Templo fabricao o Omnipotente; del Hi oh Nave donde vino la Vida de la muerte, Que sin pecado alguno, le plugo engrandecerte; porque no ha de querer Hijo que poder tiene? Por previlegio libre de aquella culpa aleve, que la primera madre dejó a sus descendientes. Pues antes que pecase, porque intacta naciese de culpa original preservada en la mente. Fuiste Aurora divina del Autor de las leyes, que antes de promulgada, quiso que exenta fuese. O en ti la derogase, o ya la suspendiese, que el que todo lo hizo, bien limitarlas puede. Oh Virgen, si yo libre de esta prisión me viese, a vanas opiniones romperia la frente, Tu Concepción haría con culto reverente, precisa en todo el Orbe, y las piedades leyes. Perdió el mundo por Eva la gracia que tú tienes, y de otra mujer su remedio procede. Mujer nos hizo el daño, de mujer nos sucede el remedio común; y hoy Virgen te promete Una mujer indigna, si contigo pudiese tanto, que de esta cárcel, con la vida saliese. Tu santa Concepción defenderla valiente, que para empresa fácil, bastan rudas mujeres. Mas que nuevo contento el alma mía siente, nunca en mi pecho usado, que me arrebata alegre. Esta prisión se cubre de resplandor celeste, los techos se han abierto, luces el Cielo llueve. Millares de Querubes del Impíreo decienden, bien declaran los Nuncios quien a la tierra viene. Beatriz, de esta prisión saldrás muy brevemente, a Toledo camina, si agradecida eres, Donde a mi Concepción harás Templo eminente, refugio universal de devotas mujeres. Preceptos les darás en la edad floreciente, del hábito que traigo vestir mis monjas puedes. De Isabel y Fernando, los Católicos Reyes, no te olvides, Beatriz, mira lo que me debes. Oh piadosa Señora, tu esclava lo promete, a quien devota sigue el espíritu leve. Pasad con esa luz, entrad don Juan, Maestre; de mi enojo veréis el castigo presente. Tres días a, que aquí yace Beatriz, de suerte, que ya será cadaber; ahora a Portalegre podéis, Conde, enviarla. Oh lastimosa muerta, Oh furia de los celos, o milagro evidente. Mirad vasallos míos, el cuerpo trasparente, que librado en sí mismo de sus méritos pende. Mirad el rostro hermoso con rayos refulgentes, que alumbrando mis ojos, su castidad defienden. Oh Virgen concibida sin culpa, eternamente, serás de mi alabada en cánticos alegres. Mas pues en esta cárcel he merecido verte, a tu piadoso Hijo te suplico le ruegues, Que a su Alteza perdone la culpa que comete en perseguir la vida de la que más la quiere. Hay querida Beatriz, ay celos imprudentes. que poco que advertís, que fieros que sois siempre. Llamad, llamad al Rey, llamad también la gente que estuviere en Palacio. para que todos cuenten este milagro al mundo, para que el Rey enfrene, mirando esta verdad, los pensamientos leves: Conde, llamad al Rey, Tomad la luz, Maestre, iré a decir al mundo milagro tan patente. Decid con mis rigores las lágrimas que vierte, piadoso el corazón yo te ofendí mil veces. Qué es lo que miro, Virgen! La que buscó tu muerte. Roy Si fiera indignamente, si enojada, sin razón, ni discurso rigurosa, con enojo, con ira arrebatada, sin oídos con mano poderosa; vienes segunda vez determinada, procurando matarme dolorosa, suspendan iras, vuelvan tus crueldades, quejas, lágrimas, ruegos, y piedades. No acabes, no destruyas una vida, Reina, quie te obedece, que te adora, revoque tu rigor verme rendida, dueño mío, Isabel, prima, señora: si suele de una ofensa cometida merecer el perdón quien triste llora, al cáncele llorando mi tormento, pues jamás te ofendió mi pensamiento. Tres días a, tres días, que tus celos me encerraron en esta parte oscura, adonde las piedades de los Cielos me preservaron de su horror segura: en cuya oscuridad, y desconsuelo voté mis años a mejor clausura, y mi vida será, si tu amor cobra, piedra fundamental de mayor obra. En la Imperial, archivo benerado de las góticas letras Castellanas, donde la concibida sin pecado hizo trono a sus plantas soberanas: Conventos hay, donde daré a mi estado quietud, y paces a tu honor Cristianas, déjame ir, para que en uno elija, mientras que soy Patrona, servir hija. Esto te ruego, aquesto te suplico, que admitas a tus manos generosas, ire a Toledo, donde certifico me llama Dios para mayores cosas: y tu Maestre, a cuyos pies me aplico, pues buscas las hazañas más gloriosas, me ampara, y me defiende, ansí los Cielos te libren de la invidia, a mí de celos. Mas no ruegues por mí, déjame ahora, que es género de agravio a la nobleza, buscarle intercesiones a quien llora, lágrimas sobran si a rogar empieza: no lo has de hacer por mí, por ti señora, no digo por la vida de su Alteza, no le quiero nombrar en este aprieto, no pienses que es amor lo que es respeto. Tus lágrimas, tus quejas, tus piedades, tu razón, tu decoro, tu inocencia, tu virtud, tu temor, y tus verdades, tu elección, tu constancia, y tu prudencia: tu casa, tu valor, tus calidades, tu beldad, tu respeto, tu paciencia, todos me obligan, y a tu amor rendida, perdón te pido yo, si tú la vida. Mas sea, o no, con voluntad la ofensa, pues fuiste por mi enojo venturosa, con abrazos las culpas recompensa, paga males con bienes generosa: no Reina, como amiga está suspensa el alma, que te espera deseosa, de que la des en tu aflicción consuelos, confirmando el milagro por los celos. Mis labios en tu mano, Reina mía, señales hoy darán de agradecidos. Mis brazos en los tuyos este día han de quedar, como la sangre unidos, Obra es tuya, dulcísima María, o milagros del Cielo repetidos. Dejad que hable la lengua, que está en calma no ha de ser todo admiración del alma. El Rey Don Juan a tus brazos, hoy arrepentido llega, alabando tu virtud, la injusta pasión depuesta. Amándote te ofendí, mas ya he visto la experiencia, que no hay amor donde hay dueño, voluntad donde hay ofensas. Y así con mejor acuerdo, quien te puede mandar ruega; dame perdón en tus brazos, hombre pido, Rey merezca. Yo como esclava te pido, a tus reales pies sujeta, me los des para besarlos, y los brazos a su Alteza. Qué fácil se persuade una razón que desea. Qué poco de los agravios un amor firme se acuerda. Gozaos los dos mil edades, y dadme ahora licencia para dar en un convento principio a mayor empresa. Dónde Beatriz? En Toledo. Pues que queréis enora buena, bien conviene tal diamante a su Cesarea cabeza, tal virtud a su virtud, tal nobleza a su nobleza. Llevalda; Conde, a Toledo, donde Beatriz de mis tentas a su voluntad disponga. Adonde ofrece el poeta del milagro por los celos, y excelente Portuguesa, segunda parte Senado, dad perdón a la primera.