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Texto digital de El mérito en la templanza y ventura por el sueño

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mérito en la templanza y ventura por el sueño. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/merito-en-la-templanza-y-ventura-por-el-sueno-el.

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EL MÉRITO EN LA TEMPLANZA Y VENTURA POR EL SUEÑO

JORNADA PRIMERA

¡Gracias al cielo, que toca, después de naufragio tanto, confusa tierra mi espanto, mi planta distinta roca; todo a tristeza provoca, pues cuando mi pie, no enjuto, por aqueste monte bruto pisa ignoradas alfombras, todo es túmulo de sombras, todo es peligro de luto! El menos frondoso pino y el escollo no mayor, gigantes de mi temor se oponen a mi camino; desdichas solo imagino, y en la confusión vecina, por donde mi pie camina, el cielo, a quien doy querellas, o me niega sus estrellas o sus rayos me fulmina. Y en el tenebroso horror mil formas imaginadas con fantásticas espadas amenazan mi valor: todo es ya mortal rigor, todo es monte sucesivo, y en el temor que recibo tengo el valor tan incierto. que para juzgarme muerto todo me parece vivo. Vomitome el mar airado: perdonó soberbiamente, entre su furia inclemente, mi vida, por desdichado. A tal peligro he llegado de confusiones y enojos, que cuando, pisando abrojos, en su oscuridad me anega, la esperanza llevo ciega y la imaginación con ojos. ¡Gracias a Dios, tabla amada, en quien entablé mi vida, que del mar favorecida tocas tierra deseada! ¡Gracias a Dios que en la arena, libre de mayor borrasca, dejo de temer tarasca la hambre de una ballena. Ya parece se mitiga el mar. furioso y girado; ¿qué importa, si me ha quedado otro mar en la barriga? ¿No es soberbia roca aquélla, que por su actitud la temo? Aqueste es el Poli femó que las rocas atropella. ¿Por este lado no viene de negros un escuadrón? No, que la imaginación estos monstruos me previene. No parece estrella alguna; el cielo se viste luto, pagando mortal tributo a la inconstante fortuna. ¿Qué habrá sido de mi dueño? Sin duda que el mar le esconde. ¡Dios te perdone, buen Conde! Una voz oigo. ¿Si es sueño? ¿Que te sorbió el fiero mar? ¡Gran desdicha! Otra vez suena. ¿Que no llegaste a la arena? Quiérome un poco acercar. ¡Qué temerosas quimeras! La voz, con atento oído, curioso, no la he perdido. ¡Por Dios, que viene de veras! ¡Terrible monstruo parece: cíclope debe de ser, y j-a me vendrá a comer! Por Dios, déjame que rece. ¡Válgame la Trinidad! ¡San Cristóbal, bravo Atlante^ valedme, pues sois gigante, contra esta gigantidad! Ya el dueño de aquel acento cerca de mí determino. Ya el cíclope está vecino. ¡Valedme en este tormento. Madre de Dios, y si humilla, mi voz fantasma tan fiera, colgar un bulto de cera prometo en vuestra capilla í ¡Ya me engulle! ¿Quién va allá? ¿No responde? ¿No responde? Sin duda el alma del Conde es quien hablándome está: su voz es esta. Que digo, ¿no responde? ¡Ánima en pena, si estás libre de cadena, no me des tanto castigo! Déjame rezar un credo. ¡Matarete, vive Dios! Si es que sois ánima vos, dejadme rezar, si puedo. Di quién eres. Alma, yo. ¡Tú, pues, ya estoy cansado! Digo que soy un criado de un Conde que se ahogó. ¿No es Lupercio? ¿No conoces, señor, a quien te ha servido? Si no eres cuerpo fingido daré de contento voces. Y yo de haberte hallado, cuando perderte entendí, me doy albricias a mí: ¡abrázame, fiel criado! Y de la llorosa historia de aquesta tormenta fiera escucha de qué manera pude escapar con vitoria; que haber salido con vida a pesar de tanto mar, es vitoria de admirar. Va de historia dolorida. Después, amigo Lupercio, que nuestra nave ligera, a pesar de tanta industria, rindió a los vientos sus velas; después que el soberbio mar, formando espumosas sierras, me dio a beber tantas veces montes de cristal y arena; después que en hombros de escollos a tanta marcial tragedia hizo en sepulcros de hielo precipitadas obsequias, yo, que entre la confusión, llantos, clamores, promesas, suspiros, ruegos y votos, mi muerte advertí tan cerca, en una mal rota tabla, piadoso miembro de aquélla que ave siendo de los montes es ya de los mares peña, y de mi esperanza fue la última intercadencia, sin más remos que mis brazos, sin más jarcias que mis fuerzas, venciome del mar sañudo la furiosa competencia; tanto, que morir me vi a manos de mi flaqueza. Pero ya, un poco piadoso, quizá para más tragedia, quiso guardarme la vida; en medio de estas tinieblas. Mas ya los cielos piadosos, si no me burla la idea, de una choza pastoril el breve farol sustentan; me parece que su luz piadosa me lisonjea, compasiva me convoca, determinada me esfuerza. ¿Vesla, Lupercio? Señor, en cuanto la noche enluta de aquesta montaña enjuta no descubro resplandor. No la veo. ¿No? El temor te habrá cerrado los ojos. ¿Luz no descubres? Despojos serán de tu fantasía, y la esperanza podría ponerte de luz antojos. Tal vez los airados vientos que combaten esta cumbre desmientan la inquieta lumbre con distante movimiento; el ánimo y el aliento de su lisonjera llama, a pesar de tanta rama, me ofrece piadoso puerto, SI contra farol tan cierto nieva el cielo, el viento brama. Ya, señor, sobre una peña que distintamente veo, una brisna brujuleo de luz, que el cielo me enseña, ¡Qué apacible y que risueña se nos muestra! Ya es bonanza su esplendor de la tardanza que en el peligro me aqueja, si no la apaga o la aleja mi propia desconfianza. Mas ya mejor determino entre estos ramos camino. Date priesa, que sospecho que el cielo en nuestro provecho nos la ofrece. Ya camino. ¿Que tanto los aborrece tu obstinada condición? Siempre mala obstinación más persuadida, más crece. Poco contigo merece un amigable consejo. Los respetos, prima, dejo para importancia mayor; en estas cosas de amor déjame hablar con despejo. Que no es aborrecimiento el dejar de apetecer gustos que suelen traer a la espalda el casamiento, ¿Pues qué será? Un pensamiento que en cuerda razón lo fundo; está peligroso el mundo, y en el bien más lisonjero admitirlo es lo primero y perderlo es lo segundo, Pues, aspirando a casada, ¿qué recelas del amor? Prima, es gigante el temor y la sospecha afectada, y aun la ofensa imaginada es a las veces tan recia, que a la prudencia desprecia; y en tan peligroso efeto, si es mi esposo muy discreto es fuerza ser yo más necia. Mas si la verdad te digo, aunque esta filosofía acobarda mi osadía, con otro intento prosigo; ya he consultado conmigo, por solo experimentar cuánto puede dilatar amor su dulce poder, deseos que acometer, esperanzas que alcanzar. Dentro en mi imaginación, que estas máquinas encierra, hará la amorosa guerra he compuesto un escuadrón; numerosa prevención contra mis melancolías repito todos los días, y haciendo con mil cautelas ya los ojos centinelas, ya los oídos espías. Y cuando más persuadidos para el amor mis desvelos solicitan los recelos el gusto de los sentidos, pierden mis ojos y oídos tiempo en la curiosidad; y ten, prima, por verdad que no hallan competidor que solicite rigor o que merezca piedad. Los impulsos más valientes del más gallardo ardimiento son burlado movimiento faltando correspondientes, y no obligan accidentes al alma en lo natural, que el amor firme y leal que a las perficiones vuela, la igualdad sirve de espuela, que amor corre por su igual. Esa presunción avara, prima, amor no la consiente, pues te sirven igualmente el de Mantua, el de Ferrara; en sus virtudes repara, que sos los sujetos bellos: toma la ocasión en ellos por los cabellos, no dudes. No quiero, prima, virtudes traídas por los cabellos. Juzgo yo que para amar el sujeto que le esfuerza no ha de elegirse por fuerza, porque él mismo se ha de estar. Amor sabe ponderar, entre las veras burlando, aquel fuego dulce y blando que cuando entra no se ve, y por esto es no sé qué que se entiende no sé cuándo. Solo amor, prima, le entiende estilo tan singular; quien no busca para amar no hallará lo que pretende. Amor, Leonela, es un duende de imaginación formado; es un espíritu alado, traviesamente fingido, que ni se esconde atrevido ni se halla procurado. Y así, entiendo que es en vano buscarle, que en este acuerdo si por descuidada pierdo, por cuidadosa no gano: no está la palma en mí mano, que si al fin para alcanzarla entra el cuidado en batalla, como es discreto traidor, buscando elegido amor lo pierde cuando lo halla. ¿Al fin, señora, procuras para el amoroso empleo quien te provoque el deseo? Ya entiendo que me murmuras; mucho mi disgusto apuras. Haces alguna quimera que en tu condición ligera ajeno pleito me trata; mira que no eres beata, prima, para ser tercera. Todo esto es bachillería que haces de conversación, que en las veras, mi opinión no ha de dejar de ser mía; y tal es ya mi porfía, que me vengo a aborrecer, solo porque pueda ser, y abominando su nombre, porque puedo ser de un hombre no quisiera ser mujer. Quédate, porque me afrenta leerte, prima, en los ojos tu cuidado y mis enojos. ¿En qué te ofendí? ¿Qué intenta esa cólera violenta? Señora, sí el pensamiento ha tenido atrevimiento... ¡No me hables! ¡Fuego arrojas í Si no es que me desenojas, prima, con este escarmiento. Confusa quedo y corrida de que esta mujer fingida diese a mi imaginación brújulas del corazón para mostrarse ofendida; que desate por los ojos el alma llena de enojos, y que luego, puesta en calma, para mostrar libre el alma ostente en el alma enojos. Que con acciones parleras ocasione mis quimeras burlándose con amor, y que luego, en mi temor, haga de las burlas veras. ¡Vive el cielo, prima ingrata, que mi venganza te espera, que tu rigor me maltrata; mira que no eres beata, prima, para ser tercera! ¡Pues sean testigos los cielos que si amor te da desvelos triunfando de este rigor, en la sazón de tu amor juro matarte con celos! ¿Quién, bellísima Leonela, te enoja? ¿Quién te desvela? ¿Qué causa de ti se olvida? ¿De quién estás ofendida? De una prima con cautela. ¿La causa? Es para encubierta. ¿No podrá saberse? No; perdona. Pues dime: ¿abrió tu lengua a mi amor la puerta? ¡Dijístele a la Princesa, mi loco amor? ¿Dijiste que mi temor me niega tan alta empresa? ¿Dijístele que la adoro, que estoy rendido a sus pies? Nada la he dicho. Marqués, que es ofender su decoro. Que te prometo que siente tanto lo que a otras agrada, que o me responde enfadada o se enoja fácilmente. Y al fin, al fin, no consiente en su bárbara opinión amorosa prevención porque, con intento ingrato, el desprecio es su recato, su virtud, obstinación. Deja, Marqués, sus favores, y en los trances de Cupido no quieras aborrecido, ni desdeñado en amores: desengaños superiores disuaden tu esperanza, y es discreta la mudanza, y tu gallarda osadía no enamore con porfía, que es género de venganza. Con esto, pues, solicita con más prudente cuidado sujeto desocupado, que te estime y que te admita; el desengaño te incita, ya te he hecho del alarde, más ecos tu voz no aguarde de que ha de ser tu Narciso la Princesa; ya te aviso. Quédate adiós. Él te guarde. Amor sin esperanza es cobardía; en méritos fiar es confianza, que ni hay valor faltando la esperanza, ni hay discreción sobrando la osadía. No es seguir imposibles valentía, que el gusto en ellos viene a ser venganza; el riesgo es temerario en la mudanza y cruel la victoria con porfía. Resistir las estrellas que en mi daño anteponen las penas a las glorias, es privar el tormento de trofeos. ¡Oh, batalla cruel de un desengaño, ¡donde velan sin ojos las memorias y combaten sin lengua los deseos! Así te he contado, Alcido, de mi naufragio la historia, tormentos de mi memoria, martirio de mi sentido. Paga lastimosa es de tu liberalidad, pero nunca la piedad se pagó con interés. El compasivo hospedaje que esta noche nos has dado mi voluntad ha obligado de suerte... Paso, no ultraje mi amor; de esta casería soy yo también dueño pobre, y entre el uno y otro roble tengo humilde monarquía. Sin dar a los cielos quejas con licenciosas palabras, dueño soy de algunas cabras, señor, de algunas ovejas. Estas, haciéndome salva, dan al primer arrebol queso que parece al sol, leche que es hija del alba. Y esos fragosos distritos que visten robles y tejos, cabritos como conejos, conejos como cabritos. Esto te puedo envidar, que es de mi fortuna el resto. Y yo, para estimar esto, ni aun palabras he de hallar. Acepta luego el envite, pues en tu fortuna fiera ya estás puesto a la primera; acomodarte permite. Con mi desdicha compite; tu ánimo puede hacerme dudar cuál sea más firme: ella siempre en perseguirme, o él en favorecerme. El alma me da certeza de tu oculta calidad, que en tu liberalidad se descubre tu nobleza. En mi rústica librea desengañarás tu error, pues ni busca más honor ni más grandeza desea. Pero dejando esto aparte, en esta alegre ribera, amigo, solo quisiera divertirte y regalarte. Mira estos campos que pisas, peregrino, por lo menos: última piedad del mundo, primero umbral de los cielos. Mira en ellos la distancia sin disimulado pecho, las verdades para amarlas, los daños para temerlos; la curiosidad sin arte, la belleza sin deseo, sin vestidos mentirosos para efetos verdaderos. Mira el rico no envidiado, mira el pobre sin deseo, contento en los bienes propios y olvidado en los ajenos. Y mira aquí, finalmente, en siglo tan lisonjero, la más rústica ignorancia con propio conocimiento. Con solo escucharte a ti lo crítico y lo discreto, he visto, prudente Alcido, el uno y el otro extremo. Veo que con docto labio, desengañado maestro, tus cortesanas lisonjas culpan el error moderno: las envidias de la corte, los ambiciosos empleos, las virtudes apuradas y los accidentes bellos. Todo sin filosofía de las escuelas del cielo, revelada a desengaños, dictada a conocimientos. Yo también, discreto Alcido, grave pastor, sabio cuerdo, elocuente compasivo, sé que has dicho... ¡Calla, necio! Más discreciones agudas, más ingeniosos preceptos que tienen en primavera verdes hojas estos fresnos. ¿No callarás, mentecato? Ya, mi señor, te obedezco. Perdónale necedades, noble Alcido, a su despejo. El suyo y vuestra lisonja son dos encarecimientos que amigable los estimo, si humilde no los aceto. Pero al principal motivo de mi discurso volviendo, divierte, amigo, la pena, alivia, amigo, el tormento. Y si aquestas soledades no son bastante remedio, de Nápoles (¡Ay, verdugos de mi honor!) no está muy lejos su belleza; podrá ser que acreditada en tu efecto, por lo soberbio y lo grave, logre tu divertimiento. Y si para este camino, lisonjeando mi intento, fuera menester caballo, gustosamente te ofrezco un rucio, que diestramente, por lo brioso y ligero, donaire es de la quietud y ponderación del viento. Admite mi voluntad en esto, que te prometo que si algún día (¡soy llanto cuando a estas memorias llego!) probaras de mi fortuna menos rígido el imperio de mi mejorada casa, homenaje más opuesto, vieras finezas de amigos sin limitados efectos; compasión más liberal y más rico acogimiento: vieras de mi voluntad la fuerza, si no el efeto. ¿Qué acción podrá ser, Alcido, paga al agradecimiento? Juro por el Dios que adoro y por la fe que profeso, por lo que debo a español y por lo que a noble debo, serte agradecido esclavo, serte amigo verdadero, tan obediente en lo uno como en lo otro perpetuo. Y por lo que en mí redunda cuando le sobra a mi dueño, te prometo, huésped sabio, con más de mil juramentos, serte gracioso lacayo cuando te vea en tu reino, ya que por lo entretenido solo buen ladrón parezco. Digo a tu reino, señor, porque tengo por muy cierto que quien es tan liberal, tuvo más y tiene menos. Más bienes, Lupercio amigo, tuve; mas ya no me acuerdo, si no es para desatar por los ojos el aliento. Pero allí viene mi hermana. Parece que viene Febo. ¡Oh, que gallardo mancebo! ¡Oh, qué divina serrana! ¡Hermano! ¡Laura querida! ¿En qué ha estado entretenida tu robusta inclinación? Nunca tengo el corazón quieto sino en el campo. Divertida asistía entre las peñas de este monte que al cielo se levanta, y murado de riscos y de breñas es cuna incierta de fiereza tanta, cuando, después de presumidas señas, descubro, al movimiento de mi planta, un jabalí, que pereció entre encinas monte de cerdas o cerdil de espinas. De puesto mejorada, conjeturo del erizado monstruo el paso tardo, y la rama sirviéndome de muro, con valiente cautela me acobardo; pero a mi movimiento mal seguro el monstruo, recelándose gallardo, rajando troncos su espumoso diente, feroz camina y huye diligente. Perdí entonces su forma, que encubierta, lo más frondoso fue de la espesura a su temor seguridad incierta, a su bulto intrincada sepultura; mas yo, de su camino al fin experta, cuando las breñas él dejar procura, hizo contra su ardid, sin embarazo, flecha este fresno ) arco aqueste brazo. Travesele, y con paso descompuesto, precipitado en su desconfianza, de su vida procura el débil resto envidar en mi muerte su venganza. Yo entonces, que al peligro manifiesto advertida tenía la esperanza, subo a una breña, en cuyo bulto extraño desmiento el riesgo y el temor engaño. Vieras, Alcido, la espumosa fiera la vida en roja espuma desatada; viérasla, digo, si feroz, ligera, al escollo embestir peña arrimada; vieras ya la que horror del soto era en su mismo furor precipitada; viérasla precipitada al golpe inorme, menos valiente, pero más diforme. De su espaciosa muerte yo impaciente dejo el escollo menos recelosa, y la que en vida no temí, valiente, en muerte me acobarda, rigurosa; porque luchaba tan horriblemente con sus mismos desmayos valerosa, que a no ayudarla esta cuchilla fiera no muriera tan presto, o no muriera. Muerto ya el jabalí, desde aquel pino mis silbos convocaron los pastores, cuyo asombro en el valle convecino dio del suceso señas inferiores; ellos, pues, con aplauso peregrino, me coronaron de diversas flores, trayendo en hombros, con igual semblante, al jabalí mortal, y a mí triunfante. ¡Valor notable! ¡Belleza rara! ¡Brava valentía! ¡Temeraria es tu osadía, Laura! Aquí naturaleza, Lupercio, con perfección que ya mi gloria asegura, juntó valor y hermosura, juntó gracia y discreción. Digna es de ponderación en mi amor esta mujer, pues ya me hace temer con dulcísimo rigor el donaire a su valor y en su hermosura el poder. ¡Bizarro talle! ¡Hermosa, vive Dios, es la serrana! Tu temeridad, hermana, siempre salió vitoriosa. Siempre tu aliento lozano alcanza, aunque más ligeras, de aqueste monte las fieras. Basta la lisonja, hermano. Y dime, por vida mía, pues ya mi suspensión ves, quién aqueste español es. Por grosera te tenía en no haberlo preguntado: que es caballero imagino. ¿Cómo a nuestros montes vino? Esta noche salió a nado de una tormenta tan fuerte, que con término prolijo mil veces, como me dijo. tuvo bebida la muerte. Y la luz de mi cabaña, farol de su golfo incierto, al fin lo condujo al puerta Voluntad 'le tengo extraña. Háblale, hermana, y adiós. Don Pedro, hablad a Laura. Mi vida en vos se restaura y mi vida nace en vos; que en su memoria fatal el llanto apenas resisto: solo por haberos visto hago estimación del mal.. Pero no hay mal que temer, cuando el divino poder en vos procuró ostentar valor para enamorar, belleza para vencer. Está con discretas galas facilitando las alas de amor, que a vos se reserva: afrenta sois de Minerva, siendo emulación de Palas. Toda, en fin, sois un extremo, que en lo dulce, en lo supremo,, con que, medroso, me animo, cobardemente os estimo, atrevidamente os temo. Español soy, no os -espante mi atrevimiento gigante; que aunque en vos contemplo el sol, águila, por lo español, es bien que a vos me levante. Vuestro huésped soy; la suerte en dichoso me convierte, y así ofrezco, agradecida, para serviros, la vida; para adoraros, la muerte. Vergonzosa, español, quedo. Favoreceros no puedo,, que tengo, aunque veis mi trate., a las lisonjas recato y a las alabanzas miedo. Vuestro estilo comedido» satisfaceros es justo y ponderaros debido, porque sé que gusta Alcido y porque quiero mi gusto. Tu hermano también, señora, desde la primera hora que me vio estima mi humor; tiéneme notable amor. ¡Qué dulcemente enamora! Con esta seguridad ofrezco a la claridad de tu divina hermosura una discreción oscura, tejida en graciosidad. ¿Eres, por dicha, criado de este español? A su lado en sus desdichas asisto. Nunca yo le hubiera visto si ha de costarme cuidado. Soy del gusto a que se inclina estafeta peregrina; y soy, pagándome el porte, de la estrella, de su norte la boca de su bocina. Y porque de mí se fía soy de su honor el mastín, de su batalla el clarín y de su campo la espía. Finalmente, soy lacayo, que en rucio, castaño, bayo, morcillo, alazán, overo, soy diciembre de su enero y soy abril de su mayo. En esto sirvo a mi dueño, y con gusto no pequeño en todo os serviré a vos, que sois del poder de Dios bellísimo desempeño. Mandadme, Laura divina. ¡Graciosidad peregrina tiene tu humor extraño! ¡Bello primor, dulce engaño! Amor a su amor me inclina. Fía de mi condición. amigo, tu estimación. ¿Y arriesga poco quien fía? Prenda es la palabra mía de tan justa estimación. Mil siglos te guarde el cielo por tan liberal consuelo. ¿Cómo es de tu dueño el nombre? Don Pedro el famoso: un hombre. ¿Caballero? Hasta el pelo. Don Pedro, en esta ocasión ya el gusto es estimación, pues vuestra heroica humildad fuerza hace la piedad y deuda la obligación. Y no es presunción violenta, que el valor que se acrecienta en la desdicha más rara, disimulado se aclara y oculto se representa. De esto, al fin, reconocida, pues mi hermano me convida, advertido está de suerte, que ni quiero vuestra muerte ni desprecio vuestra vida. Adiós. Ya no olvida esta mujer advertida mis palabras, ¡dulce suerte!: "que ni quiero vuestra muerte, ni desprecio vuestra vida". Favores el alma espera; aunque tan varia quimera me da a entender, porque llora, que la estima y no la adora, aunque adorarla quisiera; pero el mujeril recato con tan dudoso aparato me disimuló el favor. Ya te desvela el amor. Nunca amor se dio barato.

JORNADA SEGUNDA

Todo esté, Mayordomo, prevenido; avisad los monteros, que quiero madrugar para partirme. ¿Pues qué intenta tu Alteza Batir de esa montaña la fiereza, donde avisada he sido que hay jabalíes valientes y osos fieros, y gusto divertirme. Un imposible hallo en su amor firme. Con tu licencia a prevenirlo todo me parto. Id en buen hora; y vos, Marqués, al tiempo que el aurora de crepúsculos viste la mañana, os dispondréis para mi compañía. Al gusto de tu Alteza me acomodo. ¡Oh, beldad soberana! ¡Oh, dulce tiranía! Declararle podré la pena mía entre las soledades, que en los campos se dicen las verdades. ¿Qué dices? Que antes que señale el día luces brujuleando al alba fría, para servirte ya estaré dispuesto, pues gano tanto en esto, y tu Alteza me honra y favorece. Vuestra lealtad, Marqués, esto merece. Guarde, señora, el cielo a Vuestra Alteza. Él os guarde, Marqués.— ¡Rara tristeza de mí misma me priva de amor el cielo! Porque alegre viva divertirme pretendo; mas si me voy siguiendo y soy yo propia causa de mi daño, ¡desengaño de penas es mi engaño! Hacerme a mí pretendo inútil cisma, pues quiero divertirme de mí misma. ¡Malhaya la obediencia, que contra el gusto pronuncia la sentencia! ¿Yo amar? ¿Yo sujetar (¡qué desvarío!) a voluntad ajena mi albedrío? Pero aquí mi padre viene; ¡qué caduca es la porfía contra la inclinación mía! Entretenerle conviene. Lucinda. Padre y señor. ¿Has mandado prevenir monteros? ¿Cuándo has de ir a ejercitar tu valor? Por la mañana pretendo partirme, con tu licencia. Lucinda, con tu presencia celosamente me ofendo. La mucha seguridad que advierto en tus pocos años vence temores y engaños, que es muy prudente tu edad; y a no tener tú prudencia no fuera en ti inclinación. ¿En qué ofendo mi opinión? ¿Voy lejos de la obediencia con intento? ¡Ay, pesar loco! Presumir mi libertad, ¿no es virtud, no es castidad? Escucha, Lucinda, un poco. De tu generosa madre, que es ya del impirio estrella, Carlos fue el primero hijo, y yo la imperfección primera, Librando en él la esperanza de gloriosa descendencia, célebre hizo aquel día que nació, el reino con fiestas. Alegreme con extremo, porque, en esta vida incierta los reyes más poderosos sin la sucesión no reinan. No muchos años después, para dicha más perfecta, naciste tú, dando al mundo un milagro de belleza. No fue menos celebrada esta ocasión, porque en ella hizo Nápoles, gozoso, ostentaciones diversas. Crecisteis tu hermano y tú, mas con tanta diferencia, que él fue raramente necio, tú raramente discreta. Llegó a juvenil edad, donde ni amores ni ciencias han podido reducirle de su natural simpleza. Con esto, es tan mujeril, que afectando su inocencia, de mujeres se acobarda, de requiebros se avergüenza. Trátele de casamiento; para acrecentar mis penas de su muerte y de mi llanto es la última sentencia. Pero en los más verdes años madrugó en ti la prudencia, apaciblemente grave e ingeniosamente cuerda. Pusieron en ti los ojos con gloriosa competencia de toda Francia e Italia las poderosas cabezas. Briosos te solicitan; amorosos te festejan, cuidadosos te regalan y ricos te galantean. Mas tú, que la inclinación a las armas y a las letras con estudio y con cuidado lo mejor del tiempo entregas, cuidadosa los despides, arrogante los desprecias, severa los desanimas y enfadosa los desdeñas. Y yo, entre tales extremos, si mis lágrimas te fuerzan, con amor te persuado, te aconsejo con terneza. Basta, señor: calle el llanto; cese, señor, la tristeza, y de esperanzas civiles tus deseos alimenta. No quisiera ponderarte los que tengo a tu obediencia, que en lazos de obligación no es la voluntad fineza. Del sujeto de tu gusto parte alguna al tiempo deja: no hagas fuerza del amor ni del consejo violencia; que la opinión más constante y la estimación más necia no son murallas de bronce, sino albedríos de cera. El tiempo todo lo muda, los días todo lo truecan, que de su viento inconstante la voluntad es veleta. Dame, hija, aquesos brazos, pues con tan fieles promesas apacible me entretienes, discreta me lisonjeas. Adiós, Lucinda querida. Él te guarde y te defienda. Amor con igualdad es fe con ojos; sin proporción amor es pasión ciega, pues si aquélla jamás verdades niega, esta nunca concede sin antojos. No son mentidos gustos los despojos que rinde amor a la mortal refriega, solo el que a igual fuego el alma entrega méritos adiciona a sus enojos. Es el amor perfecto espejo ardiente, donde es la proporción igual reflejo; colores la verdad y el accidente. Y como admite el alma este consejo, en vano amor la quiere diligente si no la enciende con su igual espejo. ¡Huélgome que a vueseñoría ya le veo con placer! ¡Necio!, ¿pues puede tener consuelo la pena mía? Pruébolo en filosofía. ¿No nos anegaba el cielo en el mar? Así es. Pues velo, como en la pena que fragua, si allá la tuvo con agua, aquí la tuvo en el velo. Equívoco impertinente. Siempre lo fui para ti. Mas ya estoy, señor, aquí, enfadoso y impaciente: tienes un huésped clemente con su bella hermana, en quien es favorable el desdén, y vuelves a recitar memorias allende el mar y penas allende el bien. Date Alcido. generoso, regalos de dos mil suertes. señor, ¿y no te diviertes? Agradecerlo es forzoso. Ser grave, afable amoroso, ¿no promete calidad? Pues en verdad, en verdad, que, como Menga responde, era poderoso el Conde cuando estaba en la ciudad, ¿Conde? Ansí me lo ha contado. ¿Pues cómo a estos montes vino? El suceso es peregrino. De Nápoles desterrado salió por cierto privado del Rey, a quien con razón le dio Alcido un bofetón. En secreto y en venganza, el otro, en falsa probanza, le imputó real traición. Confiscáronle la hacienda por la lesia Majestad; saliose de la ciudad con aquesta hermosa prenda y con algunos criados. Vendió galas que escapó; algunas tierras compró; pastores tiene y ganados. ¿Qué te parece? Que Alcido, en su cortés proceder, claramente da a entender, Lupercio, que es bien nacido. Su calidad es notoria sin duda en mi estimación, que es la liberal pasión la más noble ejecutoria. Y esta la enseña de suerte, que sin descubrir su estado con amoroso cuidado solo mi regalo advierte. Mas ya, Lupercio, imagino que los bien tejidos ramos adonde agora llegamos la fuente cubren del Pino. En sus ramas escondido esperar pretendo aquí el valiente jabalí que Laura me ha encarecido. Aquí es cierto que sestea. Vete, Lupercio, y aguarda sobre aquella peña parda. ¡Tristis est anima mea! Que aun allí no estoy seguro, que hay jabalí de manera, que el colmillo de tijera romperá el lienzo de un muro. Que se ponga a pelear un hombre discreto y grave con un monstruo que no sabe responder ni preguntar ello es terrible locura, Que no puede aprovechar sino a quien anda a buscar en los montes sepultura. Yo voy a mi talanquera, y desde allí pienso ver aquestos toros correr, que lo demás es quimera. Finalmente, pues mi dueño jabalíes despedaza, tengo de salir a caza a la montaña del sueño; cuya variedad divierte los sentidos de tal suerte, que cuando el cuerpo convida es comedia de la vida y tragedia de la muerte. Perdida de mi gente, sin tino la razón de los oídos, mil pasos doy perdidos. Con sonora corriente sus cristales, allí mana una fuente, y el curso que desata en ricas peñas despeñada plata. Laureles la coronan, y ansí del sol los rayos la perdonan; yedras la lisonjean, que frondosos la ciñen y rodean, y con dudoso estilo redes la tejen de su verde hilo. Gloriosa asiste al tejido en el tálamo verde de sus vides, que con tiernos abrazos racimos penden en estrechos lazos. ¡Oh, dulces soledades; esfera natural de las verdades; quién os gozara en esta fuente fría con igual compañía! ¡Quién, fuentecilla clara, en ese espejo de cristal hallara, cuando no me advirtiera con aviso, mi propio amor, con igualdad Narciso! Porque a tu vigilante agora empeño treguas le ponga el sueño, quien vides por instantes desposados con álamos gigantes con iguales ardides os imitara, haciendo al alma vides. Mas, ¿dónde vas, amor, rapaz desnudo? Arrogante, traidor, licencioso, tú, con falso descuido cuidadoso, ¿de mi regalo rompes el cuidado? Tú, cual caballo griego, ¿eu dulce forma me introduces fuego? ¡Retírate, atrevido, que al fin eres Cupido, cuya mortal malicia solo es incendio, del amor codicia! ¡Olmos, laureles, vides, yedras, fuentes, sed a mi voz oyentes, seréis firme testigo contra aqueste enemigo, que a pesar de su aspecto dulce y grato, de mis propios deseos me recate! Cansada estoy; amor, un poco deja que se alivie mi queja. Pues que de aquesta fuente el curso manso sueño me intima en brazos del descanso, quiero dormir un rato entre la hierba que este laurel conserva, pues me convida con igual aumente cama de campo y sábanas de viento. De esperar estoy cansado, y entre estas incultas breñas aún no he descubierto señas que diviertan mi cuidado. Esta es la fuente risueña, y hace cuando me provoca cada cristal una roca, una lengua cada peña. ¡Qué bien salta! ¡Qué bien mueve el uno y otro reflejo, parece que ha sido espejo de alguna ninfa de nieve! ¡Qué puramente sonora pinta el cielo arrebolado; parece que se ha bañado en sus corrientes la aurora! Pero en la incierta espesura que laberintos le miente, buscar quiero lentamente la fiera, ya más segura. Podrá ser que esté encubierta en esta breña enramada; esta senda está pisada; esta parece más cierta. Aquí está regado el suelo; junto a aquel laurel frondoso está el suelo más fragoso. ¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo! ¡Qué ciega deidad, que apenas la bosquejan mis antojos, fuego me inflama los ojos, yelo me abrasa las venas! Entre blancas azucenas, hijas de esta fuente fría, concibe mi fantasía (lisonjeando el desvelo) o que se ha humanado el cielo, o que se ha dormido el día. Cobarde me prende el pie, y entre el temor que me inspira, sin ver, entiendo que mira; sin mirar, juzgo que ve. Detiéneme un no sé qué, si es respeto o si es amor, porque impone el resplandor, sin haber quien le resista, grillos de luz a la vista, sombras de miedo al valor. ¡Qué bien, dulcemente avara, en lo mejor del sosiego, deidad duerme, hiela fuego, nieve enciende y rayos para! ¡Qué bien, cuando más clara, neutralizando el cristal, la púrpura celestial mejillas y labios bebe, que en majestades de nieve son delirios del coral! ¡Qué bien rizado el cabello con artificial follaje es de la frente homenaje y capitolio del cuello! ¡Oh, cuan bien al cristal bello, que al sueño agora se humilla, le está sirviendo de orilla, siendo una y otra guedeja celosía de la oreja y cárcel de la mejilla! ¡Qué bien el cuerpo gentil, luciente en las partes rayo un crepúsculo es de mayo, una eclíptica es de abril! ¡Qué bien dispara sutil amor el arco flechero!; ¡qué bien dulcemente muero! ¡Vive el cielo, que a traición en saetas de algodón disfraza copos de acero! ¡Qué bien el rostro sereno, vaso, si bello, mortal, me da a beber con cristal por los ojos su veneno! ¡Qué gustosamente peno por tocar aquella mano! Ea, deseo tirano, ¿qué hay que temer? Ya me atrevo; mas no que es divina, y llevo el atrevimiento humano. ¡Con qué impulso me provoca, con qué deidad me replica: guerra y celos me publica a fuego y sangre su boca! Despídeme y me convoca, y yo, con temido acuerdo, pierdo gusto y tiempo pierdo, porque con aliento poco el deseo tengo loco y el atrevimiento cuerdo. Ea, valor, no desconfíes; ea, respeto, no haya agravio, que he de disfrutar del labio las dos rosas carmesíes: perdonad, bellos rubíes, que me enciendo, que me abraso, pero, atrevimiento, paso, refrenad el curso ardiente, que os fulminará el oriente si os atrevéis al ocaso. Favores que los alcanza el gusto que los merece, no en susto los apetece una cortés esperanza; que es propia desconfianza valerme resolución, y es con necia presunción, faltando correspondencia,. hacer gusto la violencia y mérito la traición. Afuera, pues, que me ofendo de resistirme tan blando, triunfe mi amor no alcanzando y merezca no venciendo; que la fineza que emprendo en este dulce alborozo vendrá a ser, ya que no gozo, mérito cuando el deseo espera lo que poseo y pretende lo que gozo. Atarle al venablo quiero aqueste verde listón, que de mi veneración testigo sea verdadero; ya lo enlacé, y lisonjero, sin que en el sueño la inquiete;.. con verde voz me promete ser de mi cortés amor un mudo despertador y un retórico alcahuete. ¡reme al fin; mas no puedo,, que esta luciente influción dulce me afecta prisión; quedareme. Tengo miedo a su enojo si me quedo. ¿Ireme? No, que es crueldad, y en esta neutralidad hoy la prudencia porfía, pues si parto, es cobardía; si quedo, temeridad. Pero ya una traza advierto con que en mí mismo escondido cobarde veré dormido su bello rostro dispierto; todo en sueño me convierto, y lo que el temor recela libraré en esta cautela con glorioso desempeño, para que vele en mi sueño quien sin sueño me desvela. Va, pues, de sueño fingido, y escondido entre esta yedra, de esta mal tirada piedra la despertará el ruido. Tu auxilio invoco, Cupido. Detén, amor, la cadena. ¡Jesús mil veces, qué pena: ya está preso mi apetito! Por mi soñado delito parece que el cielo truena. Mas todo es serenidad; solo en mí está la tormenta, pues Cupido me violenta con amorosa crueldad. ¿Si este sueño fue verdad? ¿Si fue verdad mi prisión? ¿Si amor, con dulce traición, me dio muerte verdadera? Mas todo es vana quimera. que los sueños, sueños son. Mas; qué la causa habrá sido del espanto recebido que ahora me dispertó? ¿Qué rumor me alborotó? En éxtasi estoy dormido. ¡Qué gravemente risueña lisonjeando desdeña! ¡Qué bien anima el semblante! Por aquí, con paso errante, discurriré aquesta breña, y en lo poco que se ve el jabalí buscaré. ¡Qué briosa lo previene! ¡Viven los cielos que tiene mil almas en cada pie! Ya, valerosa, me arresto y el paso llevo más presto contra el jabalí cruel: este frondoso laurel... ¡Válgame el cielo!; Qué es esto? Cuando mi aliento atrevido solo fieras apetece, a los ojos se me ofrece un hombre, solo y dormido. Mas, ¿qué jabalí ofendido puede causar más horror? ¿Qué fiera con más rigor nuestra perdición procura, ofendiendo con blandura y agraviando con amor? De animal que es tan valiente no quiero humanos despojos, que introduce por los ojos veneno que no se siente. y contra su fuerza ardiente el no ofenderle es venganza, que de su dulce asechanza la Vitoria más segura huyéndola se procura y evitándola se alcanza. Huirle, pues, es valor y temerle es valentía, que aun solo en la fantasía es fuerte enemigo amor; vencilo con mi temor. Mas, ¿quién esta cinta verde, por quien mi recato pierde, atar al venablo pudo? Sin duda este ciego nudo es memoria que me acuerde. Sin duda, atrevido el dueño que miro ya fugitivo, llegó a profanar, lascivo, la clausura de mi sueño; y este testigo pequeño, en cuya disposición riesgos corre mi opinión, me presentó su osadía, cobarde en la valentía y cortés en la traición. ¡Daré voces, vive el cielo, y llamaré mis criados, para que busquen, armados, la causa de mi desvelo! Para la venganza apelo. Mas ya estoy impertinente: ¿qué venganza habrá que intente? ¿En qué ceguedad prosigo, si solicito el castigo y huygo del delincuente? Y no es argumento vano, pues en casos infinitos, cuando hay duda en los delitos culpan siempre al más cercano. Así, aqueste monstruo humano, que al sueño rinde despojos, causa fue de mis enojos, y enlazando este listón se atrevió a mi estimación, por lo menos con los ojos. Muera, pues, aunque dormido, y con la cuchilla fiera de este fresno; mas no muera, pues está a mis pies rendido. ¡Oh, monstruo, cuanto atrevido bellísimo en cada parte! ¿Que no pueda yo agraviarte despierta, y que tú, dormido, venablo seas de Cupido siendo emulación de Marte? Venció con facilidad mi cautelosa invención. ¡Qué bella es su proporción! ¡Qué amorosa es su deidad! Divertida en mi pasión, atrás dejo ya la fuente, y en su encumbrada espesura el español no parece. Osada salí a buscarle, que cuando amor se divierte ni el recato le resiste ni la vergüenza le vence. Mas, ¿qué cazadora hermosa, de Palas retrato fuerte, de Venus imagen bella, de Cupido copia ardiente, junto a aquel laurel descubro? Consigo mismo elocuente se responde y se pregunta, se reporta y se enfurece. ¡Qué brioso tiene el talle! ¡Qué dulces los ojos tiene! Grana han bebido los labios, cristal helado su frente. Deidad, sin duda, es del monte, cuando no ninfa celeste, que en esta fértil montaña cazadora se entretiene. Pero ya más a lo humano, con amoroso accidente afecta apacible un bulto durmiendo entre estos laureles. ¡Qué dudosa se le acerca! ¡Qué blanda, qué dulcemente, cuando pretendo dejarlo con violencia me detiene! Para mirarle la forma ojos la envidia previene, que es el recelo envidioso y el Argos de las mujeres. Temblando me acerco a ver. Mas, ¡ay, ciclos inclementes, que es mi adorado español el venturoso que duerme! Celos me abrasan el pecho, celos el alma me encienden, j Vientos, no le despertéis! ¡Detente,. sueño, detente! Que si de esta cazadora los ojos mira lucientes, ¿quién duda que ellos le ganen lo que mi ventura pierde? Escondida entre estos ramos que celosía entretejen, oír quisiera la voz que sus acciones prometen. j Ay, celos despertadores, del entendimiento redes, prestadme también oídos! ¿Viose más gloriosa muerte? ¿Que de mi antiguo recato, de mis honestos desdenes, un hombre no conocido triunfe tan fácilmente? Mas, ¿no soy yo la que al mundo, con desprecio inobediente, cobrando fama le he dado contingencias de perderse? ¿No soy la que contrastando mil supremos pretendientes en el golfo de su fuego escollo he sido de nieve? ¿No soy la Princesa yo de Nápoles? ¡Caso fuerte! ¡Alta empresa! ¿No soy yo de todo este reino el Fénix? ¿Pues qué fuego superior encendido interiormente a mis arrogantes plumas con propia llama se atreve? ¿Qué regalada lisonja, o qué halagüeño deleite a consultas amorosas me inclina correspondiente? Pero allí, si no me engaña el temor que me previene, un cerdoso jabalí se me acerca diligente. En dudosas valentías mis temores no resuelven si de aquel monstruo el horror huya o la beldad de aqueste. Perdona, amor, si te dejo, de mi peligro pendiente, que ya iguales me amenazan, mucho el daño, el tiempo breve. Y tú, dormido garzón, si tanto amor agradeces, para ser muerte del alma mi propia vida defiende. ¡Aguarda, Princesa, aguarda! ¡Señora, espera, detente! ¡Qué briosa, qué arrogante a los peligros se ofrece! ¡Qué bien la cuchilla esgrime! Mas ya voy a socorrerle. ¡Detente, ingrato español! Laura hermosa, ¿qué me quieres? ¡Culpar, traidor, tus engaños! ¡Riguroso fiscal eres! No es tiempo de escuchar quejas, que la Princesa valiente está a riesgo de la vida. Quédate adiós. No me dejes. Pero rogarte es en vano, y lo que el alma más teme es la fuerza de ayudarte en la desdicha presente. ¡Fiero animal! ¡Monstro bravo! ¡Ay, cielos, y quién le viese menos piadoso el valor y la venganza más fuerte! ¡Resistirle es imposible! Mayores inconvenientes rompe un pecho compasivo que un furor airado vence. Confiada en la vitoria, si la vitoria merece, quien a su enemigo ayuda su peligro me compete. De mi animoso valor haré prueba suficiente, más en vencer mi venganza que en dar al monstruo la muerte. "Quien espera, desespera", dice un refrán castellano, y yo de esperar al Conde pienso que he desesperado. Que estos bosques y estas selvas, de los sentidos halagos, solo me dan pesadumbre, que un esperar puede tanto. Pero la fuente del Pino es esta: ¡bravo regalo, que tan sin piedad ofrezca agua a un hombre fatigado! ¡Miren qué frasco de vino con San Martín adobado, que conmigo, que soy pobre, parta la mitad del vaso! Sino un agua pura y limpia, que de un soberbio peñasco centellas dando de fuego se desata por los rayos. Mas, ¿qué habrá sido del Conde, que cazador solitario junto a esa fuente quedó, buscando al ciervo y al gamo? Vuélvome a la casería, donde nuestro huésped sabio me aguarda. Adiós, bellas selvas; adiós, amor ya nevado; adiós, soledad frondosa, que a la cabaña me parto, donde tienen igualmente fresco el queso, el vino rancio. Si tanto, heroica Princesa, de mi humildad me levantas, besen mis labios tus plantas; laurel ciña tu cabeza. Si de tan pequeña hazaña, por la parte que me toca, me da liberal tu boca favores que lleve a España, será, sin que la consuma del tiempo la veloz llama, en las alas de la fama mi agradecimiento pluma. A Laura debes, señora, si en ti es posible deber, valor en una mujer que al más varonil desdora. Y yo le debo una vida que para el alma la ofrezco, y al favor que la merezco el alma en sí está vencida. Ya de su valiente acero estoy tan agradecida, que, pues le debo la vida, la vida pagarle quiero. Dame los brazos, serrana. Los pies besarte es mejor, para que aprenda valor de los pasos de Diana. Si, ya valiente, ya hermosa, juntas hoy, Laura perfeta, atributos de discreta, estimarete envidiosa. Si tanto me favoreces en mi Avillana humildad, podré tener vanidad. Estimo lo que mereces, Laura, pues mi amor te estima; que, agradecido, el valor siempre aficionado amor obligaciones anima. Y en prueba de la verdad, por darte seguridad del afecto en que prosigo, hoy has de venir conmigo, dejando esta soledad. Mi camarera has de ser. Señora... Ya el responder no ha de poderse excusar: esto se ha de ejecutar. Licencia has de conceder para consultar mi hermano, que en este monte cercano habita una casería. Esa es diligencia mía; el excusarte es en vano. Ya que tu Alteza previene lo que a mi estado conviene, por tan singular favor tus pies beso. Alza, que amor brazos solamente tiene. Tú, español, a cuyo acero debo el auxilio primero en este peligro vario, con nombre de Secretario que desde hoy me sirváis quiero. Y aunque es merced tan pequeña, que apenas se desempeña mi forzada obligación, no es el comenzar acción que el mérito la desdeña; ni libro en solo interés premios que puedo después dar sin ajenos agravios. Deja que imprima mis labios, Princesa heroica, a tus pies. Tan alto favor sintiera si en Laura mi amor no hallara quien mi vida restaurada, quien mi gusto redimiera. Deja que en dulces cadenas con tan generosa acción pongas el alma en prisión. ¿Hay más celos? ¿Hay más penas? ¡Qué cortesana amistad! Español, tu valentía es en la estimación mía honrosa seguridad. De mi reconocimiento tu mayor aumento fía; fía en la palabra mía, fía en tu merecimiento. Pero, dejando esto aparte, pues ya la tarde refresca y el sol presuroso baja a la occidental esfera, prevenid luego. Marqués, dar a Nápoles la vuelta, llevando, sin dividirla, enramada aquella fiera; cuya extraña proporción, cuya desigual grandeza, dé gusto y admiración a mi padre. Ya se apresta lo que tu Alteza me manda, y parto, con tu licencia, a recoger los monteros que aquestos montes rodean. Adiós, bosques; fuente, adiós: adiós, bien tejidas yedras, donde tendió el niño amor sus redes a mi fiereza. Adiós, fieras, donde yo he dejado de ser fiera: libre vine; voy cautiva; entré viva y vuelvo muerta. Adiós, humilde arroyuelo; adiós, montaña soberbia, donde amor me levantó casi a tocar las estrellas. Adiós, altivos laureles, cuya infiel naturaleza amoroso impulso ha sido de otra Dafne más perfecta. Náufrago llegué a pisaros la noche de mi tormenta: busqué el día, hallé el sol; hallé patria, busqué tierra. Adiós, antigua cabaña; adiós, hermano; adiós, selvas, donde aqueste peregrino heridas me dio con hierbas. Adiós, amoroso campo, campo de amorosa guerra: amante os vi; voy cautiva; dueño os goce; esposo os vea.

JORNADA TERCERA

Déjame, Laura, el papel. En vano son tus desvelos, cuando me inducen los celos a saber el dueño del. ¡Suelta, acaba! No quiero. ¡Oh. qué impertinente estás! Déjalo, y luego sabrás la causa. Leerla espero en sus propias letras antes que la fíe de tus labios, mentirosos para agravios, para celos arrogantes. ¡Harele dos mil pedazos, o te perderé el respeto! ¡Suelta, acaba! ¿A qué efeto quieres hoy probar mis brazos? ¡Viven los cielos...! ¿Qué es esto, Laura?; En qué pasos andáis? Vos, español, ¿cómo estáis en palacio descompuesto? Aqueste papel, señora... Señora, aqueste papel... ¿Qué os turbáis? —Agora él su propia opinión desdora. ¡Ah, cielo!— ¡Mostrad, grosero! Vos, de absoluto poder, ¿violentáis a una mujer? Hoy castigaros espero. ¡Celos tengo!— Muy culpada, Laura, estás. Señora... No hay disculpa; salte allá fuera. Celosa voy y agraviada. Vos, español, el prudente, el afable, el comedido, el cortés, el entendido, el vergonzoso, el valiente, ¿por un papel le perdéis a una mujer el respeto? O dejáis de ser discreto, o poco de amor sabéis. Mas referid para quién le escribistes. ¡Traza extraña! Fue, señora, para España. Él me lo dirá más bien. Leerele, pues. Dice así: “Después que durmiendo os vi y me mirasteis durmiendo, ni me entendéis, ni os entiendo; ni me amáis, ni os ofendí. Y estoy tan fuera de mí si los contrarios advierto, mi bien, con que me habéis muerto, hallo que me habéis herido, piadosamente dormido, y cruel cuando despierto." ¡Obscurísimo papel! No lo entiendo; es todo enima. Así en España se estima. Y es discreto el dueño de él. Ya, ingeniosa, se suspende; aunque con prudencia grave disimula lo que sabe por olvidar lo que entiende. No tendrá, don Pedro, amor quien con confusión os trata. Ya su condición ingrata me lo ha dicho mi temor. Mas tas dudoso me ofrece el impulso que me anima, que me desdeña y me estima, me olvida y me favorece. ¿Y podré de vuestro amor saber, don Pedro, el suceso? Obedecerte profeso. ¿Y seréis fiel relator? De historia que tengo impresa en el alma, ¿por qué no? Decid; ya os escucho yo. Atienda, pues. Vuestra Alteza. Una calurosa siesta, cuando el propio sol se baña en el mar, liquido espejo de sus encendidas llamas, por la espesura de un monte, cuya arboleda intrincada negaba dudosamente su camino a humana planta, a buscar un jabalí descendía, tan armada la mano de acero agudo, como el pecho de templanza. Al ruido de una fuente, liquida sierpe de plata, que flores lamiendo muchas discurre el soto enroscada, me suspendí entre la yerba, dulce, si no blanda cama, cortina siendo las hojas, pabellón siendo las ramas. Dormí, y recordome el viento, de mi suspensión aldaba, que para ignorado bien llama a las puertas del alma. Ligero, negué a los flores mi reposo en su distancia, solicitando la fiera entre sendas mal pisadas. Pero cuando prevenida de temeridad bizarra contra su no vista forma la imaginación llevaba, un monstruo, hijo del sol, aunque con más que el sol llamas, ocultaba hermoso sueño, salteó mi vigilancia. Quedé como noche obscura, que en su sombra sepultada con intervalos de luz instantes del sol le engañan. Mas dividiendo el asombro con amorosas pisadas, la que me asombró divina contemplé durmiendo humana. Encendió amor en mis venas entonces sed abrasada, sed que engendró por los ojos, cristal vivo, mortal agua. Cuando presumí bebería en las dos conchas de grana con sacrílega osadía sangre que deidad violara. Mas consultando el respeto determinación tan alta, hizo el discurso en mi amor hipocresías forzadas. Neutralidades ocultas me persuadieron contrarias que era hazaña el huir, y que embestir era hazaña. Vencer el impulso propio en esta interior batalla, amor me dictaba ser mejor triunfo, mayor palma. Venció al fin la cobardía, que para vitoria tanta hice mérito el deseo y fineza la esperanza. No la osé tocar. Suspende el discurso; basta, basta; no te desmientas varón, cuando te acreditas dama. Hombres que dejan de serlo con prudencia afeminada, no ciñan luciente acero, pespunten delgada holanda. Narcisos de su fineza en cristales de fe casta solo se guardan en flor para cosa imaginada. Fortuna, de cuyo imperio milagros de amor se aguardan, los temerosos repulsa, los atrevidos ampara. Quien de los cabellos tuvo glorias tan bien ponderadas, con justa razón merece que la ocasión le sea calva. Quédate, pues, para poco; para mujer, para nada; que quien los sueños venera merece glorias soñadas. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¿Qué estrella en mí tan avara méritos desacredita, cuando finezas infama? ¿Qué cura espera la herida, que donde el alma traspasa remedios la debilitan y medicinas la inflaman? ¿Qué mujer es esta, cielos, que con enigmas tan varias lo que sabe disimula y me reprende enojada? Si el dulce suceso olvida donde, díganlo las plantas, más amorosa la vi, la escuché menos ingrata, ¿cómo cuando la refiero, ajenamente irritada, su propio valor la enoja, mi propio temor la agravia? "Quédate, pues, para poco; para mujer, para nada; que quien los sueños venera merece glorias soñadas." Quíteme mi amor la vida, máteme con propia espada, dé la herida en sufrimiento o del remedio las ansias. ¡Atadle con fuerza las manos! ¡Ah, qué insufrible rigor I ¡Dime la verdad, traidor! ¡Ah, verdugos inhumanos! ¿Qué verdad ha de decir quien jamás dijo verdad? ¡Ea, tened de mí piedad! Soltadme, dejadme ir; aflojad un poco el lazo. ¡Antes apretadle más! Di la verdad. ¡Barrabás pueda con este embarazo! ¡Afloja un poco la tira digo, que rabio, que muero! Di la verdad, embustero. Señores, ¿eso es mentira? Dime, o te haré pedazos, dónde, con crueldad tirana, llevó el español mi hermana. Haz que me suelten los brazos, y seré testigo fiel que entre una y otra yedra don Pedro se volvió piedra, Laura se volvió laurel. ¡Ah, qué fuertemente tira este cordel; aflojad! Di, engañador, la verdad. Señores, ¿esto es mentira? Digo que el cordel me mata, ¡Apretadle hasta los huesos! ¡Limosna para los presos! Tome el bufón esta pata. Dámela, que a buena ley, si conviene al descasado, podrá ser que me hayas dado, Beliso, pata de buey. ¡Infame, viven los cielos, que el alma te he de sacar o el caso me has de contar! ¡Qué confusión, qué desvelos! ¡Plega al cielo que si he dado causa a tu injusto dolor, un médico enterrador me sangre con resfriado! Celos me pida una dueña, y me los dé quien me pida; sudores me dé en la vida, graciosidades la leña. Y, finalmente, señor, si sé lo que me preguntas, estas maldiciones juntas me comprendan. ¡Ah, traidor! ¿Piensas con bufonerías encubrirme la verdad? ¡Que no os muevan a piedad, hombres, las plegarias mías! Ea, llevadle a una cueva, y porqué esté más seguro atadle a un peñasco duro, donde ni coma ni beba. ¿Cómo es esto? ¿Hay tal traición? ¿Viose más tirana ley? ¡Señor, miserere mei, que muero camaleón! ¡Ah, qué temprano suspira! ¿Qué he de hacer, que desespero? Villano. Di la verdad, palabrero. Señores, ¿esto es mentira? Esto pide el de Ferrara; fuerza es la resolución. Dura ley es la razón que en la obediencia repara. ¿No lo puedes dilatar? No, que en cosas tan pesadas dilaciones afectadas son asomos de engañar. Muchos años ha, Lucinda, que contrasta tu rigor, sin que te incline su amor ni mi consejo te rinda. Pero ya es fuerza te rija resolución más perfeta, agradándome sujeta y obedeciéndome hija. Toma, pues, acuerdo sabio, y advierta tu vano antojo que como padre, me enojo, y que, como Rey, me agravio. Resuélvete y no repliques. ¿Hay confusión más tirana? ¿Hay más nuevo laberinto? ¿Hay resolución más rara? ¿Qué suceso es este, cielos, que en carrera acelerada de mi amor a su razón atropella la distancia? Entre obediencia y amor-, Scila y Caribdis el alma: ella prudencia me niega, ella el gusto me amenaza, ¡Ah, confusión tirana, del gusto muerte, del honor batalla Si de mi padre el precepto, humildemente forzada, obedezco por su gusto, le ejecuto por mi fama. Laurearame la obediencia, el honor me dará palma, estimación la virtud y la honestidad estatua. Pero en tan notoria fuerza, en violencia tan pesada, ¿quién dudará que el deseo quiebre en astillas de infamia? ¿Quién no temerá que oculto el fuego que me amenaza, con pólvora de un enojo encienda afrentosas llamas? ¡Ah, confusión tirana, del gusto muerte, del honor batalla! Si de este español, ¡ay, Dios!, la amorosa concordancia contemplo más convencida y templo menos ingrata, vida me promete amor, dulcemente dilatada; sin enfado en el deseo, en el gusto sin mudanza. Pero humildad tan precisa en una mujer tan alta, ¿qué mérito no la acusa, qué voluntad no la infama? ¡Ah, confusión tirana. del gusto muerte, del honor batalla! Si es ardid de! sufrimiento para triunfar del desdén, ¿cómo se retira el bien mereciéndolo el tormento? Si la Vitoria que intento con rendimiento se halla, ¿cómo pierdo la batalla, siendo más gloriosa estrella el valor de merecerla que la dicha de alcanzarla? Alto, pues; vamos a España. ¡Oh, fiera vana porfía, cual otro que me dormía el mismo me desengaña! ¿Aquí estás? Aunque quisiera no estar, ya me ves aquí. ¿Que quisieras no estar? Sí. Pluguiera a Dios no estuviera. Pues el favor, el contento, la vanidad, el desdén, ya se acabaron también. ¿Sabes lo del casamiento? Pero tu melancolía de esto debe de nacer. Mas, ¿que te quieres volver a España? Luego querría. Mas, ¿quién dices que se casa? ¿Disimulas? ¡Ah, traidor! Dícelo el común rumor, ¿y no sabes lo que pasa? Refiéreme, por tu vida, quién se casa. ¡Cosa extraña! Mas, ¿que ya te vas a España? Presto será mi partida. Pero dime quién se casa. Quien agradarte profesa. Dilo claro. La Princesa. ¿Qué Princesa? La de casa: la que en la caza te vio, la que te sacó y se casa, la que. aunque se muestra escasa, tanto te favoreció. ¿Tienes más que preguntar, presumido fanfarrón, príncipe con intención, siendo desprecio del mar? ¡Quedo, Laura; Laura, paso! ¿Tú conmigo descompuesta? ¿Qué resolución es esta? ¡Tengo razón! No hace al caso; que con hombres como yo es fuerza la cortesía. ¡Soy mujer! No lo eres mía. ¡Merezco más! Eso no; que aunque sirvo y extranjero, soy... Aunque con trato doble, muy bien se ve que eres noble no más de porque te quiero. Pase el enojo. Ya pasa, porque estás arrepentida; pero dime, por tu vida, ¿que la Princesa se casa? Ya tú estás desengañado, y yo a tal tiempo he venido. que te quiero aborrecido y te admiro despreciado. La Princesa te ha dejado; desengañado te vas, y yo, aunque celos me das con pensamientos ajenos, cuando me agradeces menos, te estoy obligando más. Bien quisiera, Laura, por tan firme amor, por fe tan constante como tienes hoy, darte en pago el alma. islas con tal razón tripular cuidados no es fácil acción, oprimir el alma y el otro dolor; abrásame el pecho ardiente pasión. Mostrar en quererte mi resolución venganza sería, y fineza no. Que mientras el fuego que ya se apagó entre las cenizas se abriga el calor, de la actividad de su oculto ardor incendio se teme con justa razón. Engañar pudiera, amante, traidor, diciendo lisonjas y mintiendo amor, mas fuera ofender a tu estimación, criminal engaño, bárbara traición. Y si fuera veras, recelo, por Dios, que no sé quién eres ni sabes quién soy. ¡Aguarda, don Pedro; espera, español; que del alma mía te huyes, ladrón! ¡Español, aguarda, aguarda...! ¿Qué voz descompuesta es esta, di? ¿Yo he dado voz? Mira que te engañas. ¡Buena está la acción, a ser yo tormento de tu negación! ¡Ah, mujer, mujer, falsa la mejor, loca la prudente, todas confusión! ¿Qué español es este, cielos? ¿Qué Sinón entre las mujeres griego engañador? De don Pedro habla. ¿Conmigo rigor, recato, desdén, furia, indignación? ¿Conmigo, que adoro con demostración cuanto en tu hermosura el cielo cifró? ¿Tan ingrato siempre y a quien no igualó su fe con la mía, tan alto favor? ¿Cómo es esto, cielos? ¿Cómo tal traición forja mi desdicha, consiente mi amor? ¿Con Laura don Pedro? Mas quien me agravió pagará esta ofensa. ¡A buscarle voy! Suspende, atrevido, tu resolución. ¡Oye, descortés! Mas, ¿qué es eso? Desátanse a millares contra mí tempestades de pesares: cuando más indecisa la vitoria, honor espera el triunfo, amor la gloria, entre desconfianza celos me solicitan la venganza. Venza honor, triunfe honor, y, convencido, quede muerto el amor, si no vencido. Este es palacio. A Dios gracias, que de riscos y de cuevas por mi industria me han traído a ver la ciudad más bella. Este necio no me ha visto. Aquí habita una Princesa como deidad adorada, si temida como reina. ¡Ah, si me diesen aquí siquiera ración y media, hasta que supiese cierto dónde están París y Elena, dónde está don Pedro y Laura, sí él es vivo y ella es muerta! De Laura y don Pedro habla, autorizando sus penas. ¡Hola! ¿Quién sois? ¿Yo? ¿Yo? Vos. Debo de ser una bestia, pues sin hacer la mesura llego a la vuestra presencia. ¿Qué buscáis? A quien servir. Por el despejo se os muestra. ¿Y qué oficio ejercitáis? ¿Yo? Gracioso a media rienda, Mercurio de humanidades y de amores centinela: soy lacayo, en fin. ¿Pues cómo venís de aquesa manera? Ya que sabe quién yo soy, antes que de mi tragedia le dé entera relación, refiérame quién es ella; que si no es muy principal y del Rey algo parienta, muy dama y muy melindrosa, muy afable y muy doncella, es imposible saber de mi historia ni una letra. ¡Lindo amor! ¡Bravo donaire! A todo estoy muy atenta. Pues oiga, señora cardo de las celestiales huertas. En León, corte de Alfonso, nací; en la dulce y tierna edad del conde don Sancho solicité la criantela. Llegué a servir de lacayo; pero con tan buena estrella, que mi presencia o mi gracia halló gracia en su presencia. Tenía don Sancho entonces un hijo de gran materia: si entre los hombres de envidia, de amistad entre las hembras. Este, pues, estimó en tanto de mi condición burlesca, de mi firme lealtad los juguetes y las veras, que, como si fuera yo hombre igual a su nobleza, a mi pecho encomendaba las acciones más secretas. Viéndose, pues, mozo y rico de virtud y de hacienda, curioso solicitó ver de Italia la belleza. Fletó una ligera nave con bastante providencia en Barcelona, y los dos nos embarcamos en ella. Felizmente navegando, sin resolución adversa, desde lejos descubrimos de Nápoles las riberas. Era una noche algo escura por las nieblas, cuando apenas nos la hizo perder de vista no sospechosa tormenta. De confusión impedidos hicimos las diligenciaos con votos de cristiandad, de marinaje con fuerzas. Mas, al fin, como granada, la nave, en sirtes y peñas desgranando pasajeros se sumergió, pecho abierta. Yo, aunque sé poco nadar, tuve esperanza discreta, que el evitar los peligros dicen que es natural ciencia. Una desgajada tabla abordó con mi cabeza, a que asido en ella vide mi pecho varado en tierra. Con ella (para abreviar), con la escapatoria mesma. hallé a mi dueño, y entrambos a una cabaña algo cerca llegamos, adonde el huésped, con amor y con clemencia, en hospedaje y regalo mostró su oculta nobleza. Aqueste tenía una hermana, que. Palas de aquellas selvas, bizarramente seguía a los hombres y a las fieras. Esta, de mi noble dueño, con agasajo y terneza, dulcemente enamorada, solicitaba sus prendas. Salió mi dueño una tarde a buscar entre unas breñas de un demonio o jabalí la colmilluda fiereza. Salí con él, y dormime sobre la más alta peña; dispérteme, no le hallé; di a la cabaña la vuelta, donde me hallé rodeado de una villana caterva, que, atándome, preguntaban por mi dueño y por su dueña. Mas no escapó mi ignorancia las prisiones de una cueva, hasta que Dios y mi industria dieron mandato de suelta. Salí libre; vine aquí, solo a ver esta grandeza, y he visto vuestra hermosura, que es de amor la quinta esencia. Esta es, señora, mi vida, y mi relación aquesta. ¿Que dueño tienes tan noble y de partes Jan perfetas? Sí, señora; es muy cercano deudo del Rey, y están llenas de sus antiguos blasones las historias verdaderas. Está muy bien. ¿Y tú quieres, mientras de él no tienes nuevas, acomodarte en palacio? Es lo que el alma desea; y si vos me acreditáis, besaré con obediencia la superficie que pisa vuestra argentada chinela. Pues hablad al Secretario, y dirasle que, por señas que la Princesa se casa, te acomode. Tu belleza. viva más años que un cuervo, dulce, agradable, suspensa, sin afeites cuando moza y sin rugas cuando vieja. ¡Suceso notable, ah, cielos! ¿Es sueño lo que en mi pasa? ¿Es burla lo que en mí veo? ¿Tan presto en mí tal mudanza? ¡Qué inconstancia, honor! ¿Qué es esto? ¿Ya no estaba pronunciada contra el amor la sentencia? ¿Cómo la revoca el alma? Mas si es noble ese español, si le adoro, si me abrasa, ¿qué he de hacer sino que el pecho en cenizas se deshaga? ¿Pero no me matan celos? ¿No le vi hablando con Laura? ¿Cómo, gusto, te resuelves? ¿Cómo, amor, no te acobardas? ¡Pero ya el sueño me oprime; determinación tan alta consultaré, pues el sueño es consejero del alma. Concederame licencia o sin ella partiré, pues no mereció mi fe más alta correspondencia. Y pues es cierto que ausencia es remedio contra amor, ausentarme es lo mejor: quien imposibles procura, el olvido es su hermosura, el consuelo es su rigor. ¿Direle quién soy? Mas no, porque si ya está casada... Aún no estoy determinada. ¡Cielos!, ¿quién me respondió, o quién mis quejas oyó? Yo. ¿Si es mi eco? Mas si advierto que aquí duerme quien me ha muerto... ¡Oh, dulcísima homicida, ni vos sois eco dormida ni yo Narciso dispierto! Si, oráculo, respondéis lo que, durmiendo, ignoráis, cuanto humana me negáis divina me concedéis. Mas si al sueño os disponéis con disimulado intento, por probar mi atrevimiento, advertid, señora mía, que ya mi amor y porfía son hijas del escarmiento. Del amor con que prosigo le inducen ya con temor osadías al rigor y delitos al castigo. Y segunda vez os digo que aunque tan mortal batalla en vuestro sueño se halla, por no perder coyuntura, donde perdí la ventura he de volver a buscarla. Si importa saber mi estado descubriré la verdad. En cuanto a la calidad, mucho encareció el criado: su padre es Conde. Cuidado, sueño, en las respuestas dais, y a propósito soñáis con cautela tan perfeta, que me reveláis profeta o dispierta me turbáis. Sueño que tan advertido se burla con la verdad, también tendrá facultad de dar un favor fingido. Resolverme no he podido. ¿Qué importa, sueño tirano, si amor me concede, humano, que para templar mis penas ponga al fuego de mis venas la nieve de vuestra mano? Ya puedo decir que es mía mano que el alma me debe; mas temo que, como nieve, la deshaga vuestro día; porque es sombra o fantasía esta gloria que en mí pasa, y rígidamente escasa mano que da con cautela una nieve que se yela por un alma que se abrasa. Mas, ¿qué temo, si mis labios beben ya cristal tan bello? Perdona, padre, perdona, que ya no puede ser menos. ¡Oh, venturosa ocasión! ¡Oh, cielo cruel! ¿Qué es esto? ¡Oh, soberana osadía! ¿Que tal sufro? ¿Tal consiento? ¡Hola, criados, criados! ¿Quién me ha interrompido el sueño? Señor, ¿de qué son las voces? ¡Bien disimulas el hecho! Muy buen secretario tienes: es muy agudo y discreto, pues por la mano, sin pluma, te comunica secretos. Mas si, cuidadosa tú del cuidado, afectas sueño, para que su vigilancia se atreva a amorosos yerros; si cuando acciones dormidas disculpan consentimientos, tienes en la mano oídos para palabras de dedos. ¿Qué me admiro, qué me espanto? Pues tan infame sujeto si no lo castigo padre, testigo no lo pondero. ¿Tú eres la honesta Diana, que a tan altos casamientos ingeniosa te oponías, filosofando desprecios? ^las la ciencia en la mujer, como es su dueño imperfecto, sirve de honesto arcaduz a peligros deshonestos. Señor Secretario, dice madama de cabos negros, que por señas que se casa la Princesa... Mas, ¿qué es esto? ¡Basta, que ya se publica mi deshonor! ¿No es don Pedro, cielos, el que estoy mirando? ¿Cómo en ardientes extremos no revienta mi furor? ¿No es aqueste don Pedro? ¡Él es, vive Dios, y el Rey con él está descompuesto! ¡Cielos!, ¿que cuando a hallarle en este palacio vengo, tropiece en nuevas desdichas y caiga en engaños nuevos? ¡Oh, alevoso español, pues ocasionas mis celos, sabrás quién es el Marqués! Entre cólera reviento. Mas aquí está, y enojado le habla el Rey. ¡Gran empeño! Llegaré.— Señor... Marqués, prended este español luego. Si el hacer recta justicia es obligación del cetro, escucha, señor, mi agravio. ¿Quién eres? Sabraslo presto. Un rústico soy que habita, de tu corte no muy lejos, las más ásperas montañas y los montes más soberbios, pacento allí los ganados, cuando no rico, contento. Libre de envidia y lisonja, era numeroso daño, cuando este español, que agora admití sin conocerlo, de una tormenta escapó, para causar mi tormento. Salió, pues, buscando albergue, y entre caminos inciertos en mi voluntad halló amistad segura y puerto. Y cuando yo le libraba más piadoso acogimiento, fugitivo me llevó la prenda que más deseo: digo mi querida hermana, a quien con halagos tiernos. con promesas amorosas y disimulado pecho redujo a su voluntad. ¡Gran delito! ¡Caso feo! Mira, Alcido, lo que dices, que es falso lo que has propuesto. Mira, villano, que Laura está en palacio. ¡Esto es sueño! Señor, parezca mi hermana. ¡Marqués, prendedlo, prendedlo! A tu Majestad, señor, la espada y la vida ofrezco. Si por la lealtad y amor conque te sirvo merezco, señor, que me des oído antes que le lleven preso, sabrás, señor, que yo soy de este rústico mancebo que a tus pies justicia pide la hermana. ¡Válgame el cielo! ¿Esta es Laura? ¿Pues qué pides? Que su inocencia y mi intento logres, piadoso señor, pues promesas suyas tengo, con dármele por esposo. ¡Qué laberintos inciertos a cada paso me ofrecen tan dudosos los acuerdos! Si solo yo soy testigo del profano atrevimiento de este español, y el castigo es el perdón y el derecho, en las altas majestades es la ofensa sacrilegio, que no la venga el castigo si no la enmienda el remedio, este es fácil expediente. Laura, por lo que te debo, le doy luego libertad: por esposo te le entrego. Señor... ¿Cómo así replicas? Tus pies dos mil veces beso. Paso, Laura; Paso, Conde. ¿Quién es Conde? Estame atento. ¿Quién es Conde? Escúchame. ¡Dilo presto, dilo presto! Cuando para fatigar de esa montaña las fieras por briosa, por prudente, me diste, señor licencia,, después de haber discurrido la espesura más incierta, si por valiente perdida, fatigada por ligera, junto a una sonora fuente que se corona de yedra, sobre su cama de campo al sueño rendí las fuerzas. Entregados al reposo los miembros tenía apenas, cuando este español gallardo vigilante me saltea. Desde su amor a mi sueño, descomedido, pudiera, a pesar de mi recato, hacer fuerza la violencia, que entonces la soledad de la montaña desierta facilitaba osadías y negaba resistencias; mas de la cortés templanza con que veneró mis prendas en un atado listón libró comedidas señas. Disperté al fin, y dormido (juzgo yo que con cautela) le hallé, cuando un jabalí solicitaba más presta. amorosa me acercaba a su forma lisonjera, cuando el jabalí feroz descubierto se me acerca. Entre el amor y el peligro, dudosamente resuelta, por librarme le embestí, más valerosa que diestra. Pero el cerdoso animal, empeñado en su fiereza, los alientos desengaña en mi vana diligencia, si Laura y este español entonces no me ofrecieran él su amoroso valor y ella celosa fiereza. Premio igual los honró a entrambos, sin que el amor, que en mis venas cobarde se recataba, diese notada sospecha. Hasta que de este lacayo, que en la pasada tormenta a don Pedro acompañó, supe su mucha nobleza. Del conde don Sancho dijo que primogénito era, quien sus virtudes retrata, quien sus estados hereda. ¡Cielo santo! Juzga agora si es forzoso que me mueva a fe amorosa quien, noble, tanto en mi afecto se emplea. Y si como a Rey y a padre justicia y piedad te esfuerzan a perdonar con amor y a sentenciar con terneza, a pesar de los engaños con que ofendí la obediencia será don Pedro mi esposo. ¡Notables cosas alegas! ¿Que tú, don Pedro, eres hijo del conde don Sancho? Prueba con mensajeros, señor, de esa verdad la certeza. Basta que lo dices tú, que a no serlo no pudieras pretender con la templanza merecer una Princesa. Alza del suelo. Señor... Alza del suelo, y en prendas, que en ellos te admito, hijo, dame los brazos. Quisiera darte con ellos el alma. Levántate ya; ¿qué esperas?- Dale a don Pedro la mano. Mil siglos en tu cabeza honres, señor, la corona con que el mundo te respeta. Pues tus favores, señor, son general indulgencia, al conde Arnaldo perdona; que con rústica librea de tu corte desterrado vive por falsas sospechas. Que aunque el crimen que me imputa de esa mal fundada fuerza con que le robé a su hermana, como falsamente alega, a venganza me inducía, la piadosa diligencia con que me hospedó merece pagarle de esta manera. ¿y quién es el conde Arnaldo? El que agora tus pies besa. Por don Pedro te perdono y restituyo en tu hacienda. ¡Vivas infinitos siglos! Laura, señor, se encomienda a tu generoso amparo: el Marqués adora en ella. Dadle la mano, Marqués, y con cuatro mil de renta en que la doto estimad de don Pedro la clemencia. Dadle la mano, Marqués, y de la Princesa veas, gran señor, dichosamente, numerosa descendencia. Con tal esposo lograda queda mi dicha, y tus prendas en la Princesa han tenido iguales correspondencias. ¡Vivas en tal himeneo eternidades, y sean sagrado de la memoria y del olvido paciencia! ¿Es posible que este día de Lupercio no se acuerdan, siquiera porque del caso fue intérprete y estafeta? A mi cargo está el premiarte, y el autor se os encomienda que el deseo de serviros celebréis en su comedia.