Texto digital de La merced en el castigo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La merced en el castigo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/merced-en-el-castigo-la.

LA MERCED EN EL CASTIGO
JORNADA PRIMERA
Ya estamos en Zaragoza con tanta seguridad, que la dulce libertad nuevos privilegios goza. Ya del Rey don Sancho el Bravo estoy libre, gloria a Dios. Y de escaparnos los dos tu acuerdo prudente alabo. Que si don Sancho hace guerra a su padre, Alfonso el Sabio, de tan peligroso agravio es cuerdo quien se destierra. Por las cartas que has traído, famoso don Juan Manuel, serás del Rey más cruel estimado y admitido. ¡Qué necio, Martín, estás! ¿No tiene el Rey caballeros? Contra los alarbes fieros no importa una espada más como la tuya. Y hablando con modestia y cortesía, si va a las ancas la mía, ¿no es verse en campaña Orlando? Hasta ahora yo no sé que hayas buscado ocasión de ser valiente. Esos son los méritos de la fe: creer que puedo ser yo valiente cuando quisiere. ¡Malhaya quien lo creyere!; que a mí me desengañó una vez tu cobardía, dejándome en la ocasión. No hay regla sin excepción; que esto de la valentía tiene sus horas menguadas, y tal vez un hombre está de suerte, que dejará que le den de gaznatadas. Y yo lo he echado de ver por mí, porque el otro día me desmintió un chirimía y no le osé responder. Pues, ¿por qué? Empezó a tocar luego. ¿Eso has de decir? Pues si no me había de oír, ¿para qué le había de hablar? Cerca de palacio estamos. Pues Dios nos guíe. Detente, que, alborotada, la gente da voces. Pues, ¿qué aguardamos? ¡Cuerpo de quien me parió! ¡Huélgome de ver tu brío! No es ése el intento mío. Si es pendencia, me cogió, que no pasaré de aquí si me aspan, en conclusión, Esta es forzosa ocasión. ¿Qué intentas? ¿Estás en ti? ¡Guarda el león .' Un león se ha desatado, y de palacio ha salido. El leonero ha delinquido, y está en razón obligado a recoger su león sin que nadie entienda en ello. Feroz y erizado el cuello, hace poca estimación de las espadas desnudas. De Albania debe de ser. Hoy tu valor se ha de ver, ¿Qué temes? ¿Qué dudas? ¿No estorbarás el estrago que hace el fiero animal? Si fuera batalla igual, con llamar a Santiago le pusiéramos temor. ¿Ya huyes las ocasiones? Yo no entiendo de leones si se desatan, señor. ¡Válgame el cielo! La gente huye medrosa y turbada, dejando desamparada una mujer: ¡qué inclemente es el temor que los guía, pues la dejan en el suelo postrada, pidiendo al cielo favor! Esta causa es mía. La vida he de aventurar por librarla. ¡Intento fiero! ¡Tened piedad, caballero, si acaso os puede obligar una mujer inocente. que en su tierna edad florida tiene en peligro la vida. ¡Ea, corazón valiente, anima el pulso y la mano! ¡Grande esfuerzo! Es mi señor. Pues imitad su valor. ¿Qué dices, viejo inhumano? ¿Quién te enseñó a ser cruel? Demás que tengo instrucción que si no hay más de un león le deje reñir a él. ¿No es mejor darle socorro? No, que ofende su opinión; mas si sale otro león yo iré, como sea cachorro. Cobarde sois; mas ya el cielo su valiente esfuerzo ayuda: ya se ha templado la duda de mi medroso recelo. ¡Qué bien, al brazo revuelta la capa, aguarda veloz al enemigo feroz! Como él le hurte la vuelta, está el negocio acabado. Ya le acomete el león. Y está muy puesto en razón, que es un león desatado. Si ahora, famosa espada, vos fuerades menester, que ya la supo temer el moro estando colgada en el templo de los años, llena de polvo y orín, hoy mi valor diera fin a tan conocidos daños. Ya las guedejas eriza del cuello y alza las manos. En tiempo de los romanos, que crueldades solemniza, era gran fiesta. Venenos respira cuando le mira. Uñas abajo le tira. porque no puede ser menos. ¡Oh, quién se viera diez leguas de tan resuelto animal! Sí eres criado leal... Yo nací en tiempo de treguas; no es mi vocación reñir. ¡Válgame Dios, qué gran suerte! Herido el león se advierte y ya comienza a teñir las piedras de rojo humor, que en copiosa fuente arroja; ya con la mortal congoja cayó. ¡Celebre el valor de tan invencible espada, siglo a siglo, el tiempo breve! La vida Leonor le debe, por su valor restaurada con tan milagroso efeto, que yo también la gocé, pues la muerte que esperé tuvo a su espada respeto, Señora, excusar podéis cualquier agradecimiento, porque darme el cielo aliento es dicha que merecéis. Vos, a vos misma os debéis gracias, de que el cielo os guarde, pues aunque llegara tarde no os condenara a morir, que yo os libré por huir de la infamia de cobarde. Aunque quiera agradecer vuestro piadoso valor, las sombras de mi temor me quitaron el poder; que si bien me llego a ver en esta dichosa suerte, es la aprensión tan fuerte que estorba el significar lo que hicisteis, por quitar esta Vitoria a la muerte. Que como se vio la vida en lucha tan peligrosa, antes se advirtió medrosa que se viese agradecida; porque la muerte, ofendida de favor tan singular, ya que no os pudo quitar la Vitoria ni el valor me oprime con el temor, porque no os puedo pagar. Parece que estáis herido en la mano. Sí, señora, que esta sangre es precursora de la que yo os he ofrecido: con mi humildad ha salido a darle gracias a Dios, y a decirnos a los dos que en esta mortal porfía la demás se prevenía para perderla por vos. Detenerla procurad con este lienzo. Llegué tarde, pues no remedié tan peligrosa piedad. Celos, oíd y callad, si es bastante el sufrimiento, ¿Por qué sin merecimiento me hacéis tan grande favor? Porque ya se fue el temor y entró el agradecimiento. Yo por mi hija quisiera, pues dos vidas restauráis, que ,en las obras conozcáis lo que serviros espera; pues cuando la muerte fiera, que sin remedio temió, desamparada la vio de criados y escuderos, en vuestros nobles aceros heroica defensa halló. En mi casa desde hoy hallaréis grata acogida. Tan a costa de mi vida, que ya perdiéndola voy. Señor, tan pagado estoy con tan crecido favor, que ha menester mi valor castellano, en lo que os debo, ponerme en peligro nuevo para no quedar deudor. Si es deuda la voluntad, deudor nuestro habéis de ser. Aún faltará el merecer, por no haber capacidad. Siempre en la misma humildad se advierte el merecimiento. ¿Dónde voláis, pensamiento? Templaos, y echaréis de ver que intentar sin merecer es bárbaro atrevimiento. ¡Vive Dios que es imposible dejar de abrasarme a celos, que está Leonor obligada y es bizarro el forastero! Haré lo que el Rey me manda y estorbaré los deseos, si con la vista se alientan. Vamos, hija. Caballero, el Rey mi señor os llama. ¿Pues quién le ha visto tan presto, si no es que debe de ser profeta de forasteros? ¡Qué desgraciada sería si hubiese visto don Diego darle el lienzo al castellano! Porque aunque jamás mi pecho admitió cuidados locos de don Diego, es tan resuelto, que hará ostentación de agravios para vengar menosprecios. Señores, el cielo os guarde. De corrido no me atrevo, señor don Bermudo, a hablaros, por no haber llegado a tiempo que viésedes mi valor con la experiencia del riesgo. Para conocerle basta vuestro noble nacimiento; que se acrisola la sangre siempre en los ilustres pechos, y en la que vos heredáis está el valor manifiesto, sin que mendigue ocasiones para que sirvan de ejemplos. Bien claro se ha conocido, pues lo muestran los efectos, el gusto de veros libre por mano del forastero. ¿Qué decís? Que los favores descubren los sentimientos del alma. Esperad un poco: ¿qué decís, que no os entiendo? Pues yo muy bien os entiendo. Pienso que queréis pedirme cuenta de los pensamientos; pues cuando fuerais mi esposo fuera tan cansado extremo, que os aborreciera el alma hasta el menor movimiento. Habiendo dado la vuestra, claro está. Advertid, don Diego de Aragón, que habláis conmigo. Y advertid que estos desprecios los sabré yo castigar, si no en vos, en el sujeto que tan ufano se pinta del favor que le habéis hecho. ¿Yo a nadie favor? Mirad que aun el sol tiene respeto a mi honor, porque lo advierte coronado de trofeos, que entre honestas libertades alcanza de amantes necios. Y como ya en Zaragoza tenéis cautivos y presos a los que intentan serviros, para alcanzar más trofeos los forasteros buscáis, llamándolos con un lienzo. A tanta descortesía responda el cuerdo silencio, hasta prevenir castigos de locos atrevimientos. Vamos, señor. Yo os suplico que conozcáis mis deseos ejecutados en obras. Sirva de testigo el tiempo de lo que deseo serviros. ¡Ah, si fuera caballero el castellano, tendrían disculpa mis pensamientos! Decidme ahora si el Rey me llama, ¡Viven los cielos que este bravo aragonés viene celoso, y que el fuego lo descubre por los ojos, como no lo sufre el pecho! El Rey desde sus ventanas , miró el peligroso extremo de la dama que librasteis. Dicha fue. Apretaos el lienzo porque no perdáis más sangre; que lo sentirá su dueño. Sólo yo podré sentir de la herida los efectos, aunque por pequeña apenas puede causar sentimiento. Decid lo que toca al rey. Miró el bizarro despejo y el generoso valor con que al animal soberbio desvanecisteis la furia con los últimos alientos. ¿Pues qué me quiere mandar su Alteza? Que le veáis luego. Obedecer es forzoso. Que te han de prender sospecho por la muerte del león; y fuera más sano acuerdo dejar matar la mujer, para no vernos en esto. ¿Sabéis quién es esta dama? ¡Bella ciudad, ya le entiendo! Es de la sangre más noble de Aragón, y tiene deudos poderosos. ¿Y valientes? Cuando les importa serlo, atrevimientos castigan, hasta quedar satisfechos. Estimo valor tan grande; holgareme conocerlos para serviros; y pues aquel caballero viejo, padre de la dama, gusta, por el dichoso suceso, que yo, como en casa propia entre en la suya, es acuerdo acertado conocer a tan principales deudos, supuesto que cada día, y casi lo más del tiempo, he de gastar en su casa. Este es loco, por soberbio, o no ha sabido entenderme. Honrado intento es el vuestro; mas porque no lo ignoréis quiero deciros mi intento. ¡Vive Dios, que ha despertado tan nuevo amor en mi pecho, que ha salteado el descuido! Sus celos me han dado celos. Doña Leonor es la esfera de mis ardientes deseos, que entre amorosos suspiros buscan el dichoso incendio. También habrá en Zaragoza quien pueda decir lo mesmo. ¿Cómo, o por qué? Pues en vos ¿quién ha despertado el fuego de amor tan encarecido? ¿No basta el hermoso objeto de Leonor ; la luz divina que esparcen sus ojos bellos, que al sol coronan de rayos para que estudien reflejos? Sí basta; pero esas partes, esas luces, esos cielos, esas esferas y rayos, ¿pensáis vos que son tan necios los galanes que la miran que no podrán conocerlo, pues tienen almas también, voluntad y entendimiento? Sabiendo que yo la sirvo, ¿se atreverán con su riesgo a mirarla? Y vos también la miraréis con el vuestro. Parece... Pues no os parezca; porque lo que digo siento, hablando generalmente; que si otros tienen afectos de amor, y son hombres nobles y profetizáis su riesgo sirviendo a doña Leonor, claro está que podrán ellos, si vos la servís también, profetizaros el vuestro. No hay quien atreverse pueda. Con el tiempo lo veremos. ¡Reventando estoy de enojo! Pues por no aguardar más tiempo, si llegáredes a ver que alguien con bárbaro intento se opone a mi pretensión, porque le aviséis primero que yo le llegue a matar, en venganza de mis celos, quiero decir el estado de mi amor. Decid; que pienso, sin que vos lo imaginéis, que me ha de importar saberlo. No me entiende o no me estima. Todas las noches paseo . su calle. ¿Y tenéis favores de doña Leonor? Confieso que ninguno he merecido. ¿Y sabe vuestros deseos? Bien los sabe, pues conoce que sufro, que adoro y muero. Y ella, ¿con qué os corresponde? Con desdenes y desprecios. Pues muy adelante estáis; hasta ahí todos podremos tirar la barra. ¡Qué importa, si sufriendo persevero, a pesar del sol, si el sol me da con sus rayos celos, pues aguardo muchas noches a que las sombras, huyendo, bajen despeñando estrellas, o de costumbre o de miedo? ¿Es ése el estado? Sí. Pues vos sois quien tiene el riesgo: porque si doña Leonor os trata con menosprecio, y, despechada, descubre lo mal que gastáis el tiempo tan a costa de su fama y decís que tiene deudos valientes y poderosos, claro está que el menor de ellos sabrá quitaros más vidas que tenéis atrevimientos. Mucho defendéis su causa; que estimara que ese lienzo estuviera en mi poder, para publicar que tengo favores suyos, por ver quién, por celoso o por deudo, quiere oponerse a mi gusto. Quien llegó a tener deseos de favores, por decirlos, también podrá, sin tenerlos, fingirlos, aunque aventure la calidad y el respeto. Este lienzo no es favor, porque yo no lo merezco, ni pudo darle tampoco con esa intención su dueño; mas por ser descortesía, como acción de un hombre necio, no os sirvo con él; demás que la causa porque dejo de darlo es porque si sabe Leonor que está en poder vuestro, al punto os lo he de quitar a cuchilladas. Veremos cómo os atrevéis. El Rey os llama, señor don Diego. Mirad que el Rey os aguarda. Vamos, que después hay tiempo para que a solas podáis conocer al forastero. Señor, ¿qué haces? ¿Estás endemoniado? ¿Tan presto has tenido dos batallas, un león y un majadero, que es peor que seis gigantes, y ahora te vas metiendo en otra de los diablos? ¿Qué dices? ¿Estás?"' ¿Qué he de hacer, si es caballero y es, como amante, celoso? ¡Madre, si habláis en cangrejos, la albarda nos han hurtado! Yo, mas que se caiga muerto con sus celos y su amor, lo que digo y lo que siento, mas no a pagar de mi bolsa, porque yo jamás la tengo, por no pagar de vacío tan excusado aposento... Advierte que estoy de priesa. Toma primero un consejo, pues sabes que son los míos muy saludables y quietos: ¿qué sabes si el Rey tenía puesto su entretenimiento en aquel pobre león? Si tuviéramos dineros para enviarle por otro a Berbería, aun con eso se pudiera remediar, Locuras estás diciendo. ¿Cuánto costará un león de los finos? ¡Ya estás necio! ¡Malhaya quien inventó en el mundo leoneros; que si ellos no los domaran nadie quisiera tenerlos en su casa, que aun vidriados tienen el diablo en el cuerpo! Discúlpate con el Rey, y di lo que un caballero a media gaita, que entrando en la plaza de mi pueblo, con su rejón amarillo y su caballo bermejo, para no hacerla limpia... ¿Quieres que te escuche un cuento cuando el Rey me está aguardando? En él sabrás, por lo menos, lo que le has de responder. Entró haciendo escarceos en la plaza, y un poeta agudo, aunque era manchego, escribió esta redondilla para pintar el suceso: "Digo, pues, del caballero según su donaire y traza, que ha entrado poco en la plaza, y menos su despensero." Terció la capa de raja, aunque ya estaba en el tercio, y metiendo bien la gorra, que era en lo que estaba diestro, tomó un rejón; y salió un torillo, cabos negros, con remolino en la frente, llevando en los pies al viento. Despejó todo peón la plaza, pero de miedo del torbellino barroso, que les iba sacudiendo con las varas del testuz el polvo de los greguescos. Hecha un desierto la plaza de ermitaños caballeros, porque los tienta el diablo y se dan favor de lejos, quedó nuestro buen jinete, melancólico, perplejo, pasando su noviciado, por no salirse tan presto. Pero el toro tentador, en menos de un pensamiento, por dalle en que merecer se mudó pared en medio. Aquí, turbado y devoto, entendió del Padrenuestro el "no nos dejes caer", glosándolo a su provecho. Tomó el rejón a dos manos, y aun tomara, a lo que pienso, de mejor gana un tablado, y con dichoso suceso le dio en mitad de la nuca (que a veces acierta el miedo), queriendo dar a otra parte, aunque él nunca tuvo intento de dalle en parte ninguna, pero hallóselo hecho. Lo mismo me hiciera yo, y no mataré un borrego. Alborotada la gente con aplauso descompuesto, vinieron dos alguaciles, y con semblante risueño dijeron que le llamaba el Corregidor, que viendo desde su balcón la suerte, quiso, admirado y suspenso, darle el parabién; mas él, pareciendo que había hecho delito en matar el toro, por haber sido tan presto, siendo el mejor de la tarde, llegó, y quitando el sombrero (miento, que gorra tenía), le dijo, muy macilento: "Perdone vueseñoría, que no lo iba a hacer." Lo mesmo puedes tú decir al REY. ¡Como tuyo es el consejo! ¿Viste en qué casa de aquellas entró? Basta, ya te entiendo : la casa es de la portada de mármol. Pues, ¿qué tenemos? ¿Hay picazón? ¿Hay blandura? Que aquí me aguardes te ruego, que tengo empeñado el gusto. Como nos dieran dineros, también yo empeñara el mío. Ya me parece que veo a mi amo con la dama, que, descorchando requiebros, 'la dice : "Señora mía, perdonad, que viene a pelo la fabulilla de Atlante, que tuvo en hombros el cielo, con todas las zarandajas de planetas y luceros; y pues yo os tuve en mis brazos y sois cielo más perfecto, segundo Atlante seré de la luz que reverencio en vuestros ojos azules, o negros, si fueren negros; y con dejarlos en blanco está cabal el requiebro. Para su tiempo lo guardo, porque es imposible menos que lo deje de decir. ¡Ay, que tocan a ceceo! ¿Es a mí, tiniebla humana? Llegue, no sea majadero. ¿Es acaso petición, o interrogatorio? Vengo de parte de cierta dama. Decir el nombre es lo cierto, que no admito memorial sin firma. Aquel forastero que mató el león, me diga cómo se llama. Leoncio. ¿Ese es nombre antiguo?; Ahora sabe que los caballeros toman por blasón honroso el nombre de los sucesos? Mondaba una vez un prisco, y Diole bravo deseo de comerle a una preñada; pidiole, y él, con despejo, enviole el alma no más, y llamáronle don Cuesco. Diga agora el nombre propio. Don Juan. ¿Por qué le pusieron ese nombre más que otro? Porque anduvo en el desierto; mas, ¿por qué me lo preguntas? ¿Acaso es tu hermoso dueño la que le debe la vida? Sí, y está con gran deseo de agradecerle el favor. Ea, los dos arroyuelos se han encontrado esta vez. Si tiene agradecimiento tu señora, las criadas por fuerza habrán de tenerlo. Yo soy muy agradecida... Lías juro a Dios... Y me precio de estimar cualquiera cosa que hacen por mí. Mucho pierdo en no haber en qué mostrarlo. No faltará con el tiempo. Busco yo cosas mayores; demás que con el ejemplo de haber muerto mi señor un león, querrás lo mesmo. ¿Sabes si ha quedado alguno en palacio? ¿Estás sin seso? No había más de aquél. ¿No más? Este es bravo palabrero. ¿Y no habrá siquiera un oso, aunque sea colmenero? ¿Para qué? Para ponerte, cuando él esté más hambriento, donde te pueda coger. Y en un peligro tan cierto, ¿qué he de hacer? Ahí entro yo. Verdad es que si es ligero más de lo que es menester, que no podré yo tan presto acudir a remediarte. Pues guarde Dios mi pellejo; no quiero oso ni león. Ese es muy cobarde extremo. A tu señora ofreció, con valeroso respeto, muerto un león mi señor; pues yo imitarle pretendo: ya que no hay león, por Dios, que he de darte un perro muerto. Vuelve donde está tu amo; mira que importa el secreto, y Dirasle que se guarde con cauteloso desvelo de un pretendiente celoso, que son traidores los celos. Pues, ¿de quién se ha de guardar? Dile que de aquel don Diego que le acompañó a palacio. ¿Pues cómo, si es caballero, podrá hacer cosa mal hecha? Por imposible lo tengo; pero amor sin esperanzas, que llega a tocar desprecios, es borrón de la memoria que turba el entendimiento. ¿Pues qué ocasión le ha dado mi amo? Muchas espero que le dará, si es que quiere gozar agradecimientos de quien le ha de dar favores, si bien favores honestos. ¿Sabes nuestra casa? Sí. Pues dile que venga luego pues tiene franca licencia de mi señora. Esto es hecho. Y nosotros, ¿en qué altura quedamos? Ya nos veremos. ¿De veras? Y muy de veras. ¿Tu nombre? INÉS. Alza el dedo. Así se quede. ¡Bellaco, no te logres ruego al cielo! ¿Es requiebro? Como el tuyo. De esa suerte parecemos a los novios de Hornachuelos: muchas coces y ande el pleito, Don Diego. Despejad; sólo espera licencia el castellano. Yo quisiera, primero que me hablara, darte cuenta; de un pensamiento mío. ¿El Rey qué intenta con tan grande secreto? Ya sabes que te estimo, por discreto y por bien entendido, y de cuantos criados me han servido te he preferido a todos. Con la vida podré pagar merced tan conocida; y espero, gran señor, que se te ofrezca ocasión que merezca el valor que conoces en mi pecho dejarte satisfecho en el mayor peligro. Así lo entiendo, que no en vano pretendo fiarte mi cuidado; si bien ha muchos días que he guardado oculto este deseo, por el decoro mío; mas ya veo que es imposible que en pasión tan loca no pronuncie la boca efectos de tan ciego desatino. Apenas imagino, confuso y admirado, en qué puede parar tanto cuidado con que hablarme procura. Yo adoro una hermosura. ¿Qué te admiras, don Diego, pues oculto mi fuego respira amor entre venenos fríos? ¿No soy hombre también? Afectos míos, ¿no están sujetos a cualquier flaqueza? ¿Puede la majestad ni la grandeza borrar del alma el sentimiento humano? El poder soberano, la grandeza, el ejemplo y el respeto obligan a tener un rey secreto cualquier amor, entre cenizas frías. Pues por eso he callado tantos días. ¿Soy mármol? ¿Soy diamante'? ¿No basta que tú vivas ignorante de este amor hasta ahora? Bien podías, si con extremo tanto lo sentías, declararme tu pena. ¡l alma tengo llena de ciegas confusiones: temo y dudo! Hija es de don Bermudo. Don Diego. ¡Los cielos sean conmigo! ¿Un rey por enemigo? ¡En contienda tan fuerte segura está mi muerte! Suspenso te has quedado. Como el nombre has callado, supuesto que Bermudo tiene dos hijas, quise ver si pudo alcanzar mi discurso cuál sería, de Elvira o de Leonor. El mismo día que Leonor a mis ojos iba rindiendo fáciles despojos al feroz animal, y de mí pecho descubrió el fuego por viril deshecho, ¿no es señal evidente que es esfera luciente del encendido amor en que me abraso si en tan estrecho paso vieras la copia de la muerte fría... Aquellas luces puras, con el turbado eclipse tan obscuras, que en la mitad del día el sol vine a pensar que se ponía; las mejillas en púrpura bañadas, tan muertas y trocadas, que ignorando las rosas el misterio vasallaje negaron a su imperio? ¿Has visto en verde prado el lirio hermoso, que tronchó el arado, que del fausto galán desvanecido pierde el aljófar del azul vestido que le bordó la aurora coronada, y la tierra, piadosa y lastimada, viendo en la muerta flor temprano estío bebiéndole el rocío, cuando cayó en sus brazos se humedece, que aun la tierra parece que quiere al mismo instante, llorando, producir su semejante? Pues tal quedó Leonor. Don Diego También yo quedo con espantoso miedo con tan mortal espanto, que pudiera decir de mí otro tanto. Mucho has encarecido su turbada hermosura. Si he vivido padeciendo y amando, ¿es mucho que en llegando a publicar empleos, es mucho que publiquen mis deseos, por callados difuntos, los conceptos del alma todos juntos? Muchas noches, don Diego, abrasado en mi fuego, en su calle esperaba si el alba que pasaba trasladaba a sus rejas las amorosas quejas de mi amor repetidas, tan bien calladas como bien sentidas. A nadie descubría mi penosa porfía, esperando en la sombra más obscura que con igual ventura Leonor vestir quisiera de generosa luz la corta esfera. Mas soy poco dichoso; y en el recato mío la fortuna libró mi desvarío, Un hombre hallaba siempre, tan preciado de hacer ostentación de su cuidado, que era una sombra eterna de mi pena, dejando siempre llena de finezas cantadas puerta y calle. Arrojarme a matarle quise mil veces, con feroz licencia; mas la cuerda prudencia, el decoro y respeto entregaron mis celos al secreto. ¿Hay más fuerte ocasión? Yo la servía, que hasta mostrarse el día nunca dejé la calle. ¡Airados cielos, peligros excusad, que bastan celos! Bizarro caballero es aquel animoso forastero. Y no es en Zaragoza conocido. Don Diego ¿Qué es lo que intenta el Rey? ¡Yo soy perdido! Servireme de él en la ocasión dichosa, por si merezco que Leonor hermosa pueda de noche hablarme por la reja, y para ver si deja aquel cansado amante sus desvelos, que como tengo amor, engendro celos. Llegará el castellano con valor soberano, pues yo no puedo, y si tan loco y ciego no le obligare el ruego, licencia le daré para matarle. Franca tendrás la calle en llegando don Juan (que este es su nombre). No hay temor que me asombre ni que iguale a la dicha que he tenido: ¡vive Dios, que a las manos me ha venido y que le he de matar si el Rey le envía! Bien puede entrar. Don Diego ¡Amor, mis pasos guía A serviros viene humilde, como en la paz, en la guerra, don Juan Manuel, desterrado por guardarle la obediencia a su rey Alfonso el Sabio. Levantad, que la nobleza en el valor se descubre, y vuestra persona muestra lo que sois. En esta carta vienen para Vuestra Alteza encomiendas de mi REY. La más segura encomienda es, don Juan, vuestra persona. ¿Qué haré para que me entienda mi amo? Que puede ser que este don Diego le tenga armada aquí alguna trampa. Este loco me hace señas y no lo entiendo, por Dios. ¿Que tanto duran las guerras entre don Sancho y su padre? ¿Y ahora el Rey dónde queda? En Martinillo, señor. ¿Qué decís? ¿Hay tal afrenta? ¡Lo que he dicho, divertido por ver a un loco! Tu Alteza reconozca... ¿Qué hombre es éste? Mi criado. ¿Cómo llega tan loco y tan descompuesto? Si no me entiende las señas, ¿es mucho que descomponga el caudal de la prudencia?, ¿Cómo sacabas la espada? No saqué más de la media. ¿Pues para qué la sacaste? i Es loco! Salte allá fuera. Dejarle, que gustaré de escucharle la respuesta. Dirá dos mil desatinos. ¡Juro a Cristo, si me aprietan, que lo he de echar a perder! ¿No ves que en palacio hay pena de muerte en sacar la espada? Por eso volví a meterla, si la intención se castiga; que hacer con la espada señas a mi amo era decirle que si no empeña una prenda no hay con qué echarle mía vaina. Compra con esta cadena una espada y un vestido. Beso la liga derecha de rey que juega al soldado, pues viste de todas piezas. Don Juan, desde hoy me servid en palacio. Que me ofrezca ocasión ruego a los cielos porque Vuestra Alteza vea la lealtad de un fiel criado. Ocasión tendréis, y en ella mostraréis vuestro valor. Don Diego os dirá la empresa en que de vuestra persona me he de servir. ¿Qué Medea descubrió más nuevo encanto? Señor, sobre mi conciencia te digo que ojo avizor, que amor es todo cautelas. La criada de Leonor salió a hablarme a toda priesa, y dice que con la misma vayas esta tarde a verla. ¿Hubo suerte más dichosa? ¡Como encima no aparezca la del contrario!; Esta noche? Dile que esta noche venga. Don Juan, el Rey gusta que le acompañéis, porque es fuerza, esta noche, que le importa el salir a cierta empresa, y quiere que le sirváis. ¡Mosca, aquí hay engaño! Venga la noche, porque conozca el Rey que don Juan desea dar la vida en su servicio. ¡A manganilla me suena! ¿He de ir solo? Solo. ¿Adonde, si acaso el Rey os revela los secretos de su pecho? Saberlo después es fuerza, y así no importa encubrirlo: doña Leonor es la prenda en que el Rey pone los ojos, y quiere hablar por la reja esta noche. El cielo os guarde. ¡Miren qué hermosa becerra! i Esperanza aún no engendrada cuando perdida! ¡Paciencia, y buscad puerto seguro, donde no canten sirenas! ¡Esta es maula, vive Dios! Don Diego tu muerte ordena; cogerte quiere esta noche y cascarte la molleta.
JORNADA SEGUNDA
¡Tu modo extraño me admira! ¿A mí tu amor me descubres Iré aunque el mundo lo estorbe. Don Juan, el Rey os espera, que le habéis de acompañar esta noche. ¡Mosca! Venga la noche porque conozca", etc. y tan severa le encubres de tu hermana doña Elvira? ¿Fáltale capacidad para que el secreto guarde? Siéntome, Inés, tan cobarde, que dudo de su amistad. ¿Siendo tu hermana? Si ves que con tan cansado ruego me importuna por don Diego, ¿no quieres que tema, Inés? Tan de su parte la veo pidiendo por él favores, que acrecienta mis temores para encubrir mi deseo. Pues si a mi hermana le digo que he puesto en don Juan los ojos, será doblar los enojos de tan celoso enemigo; pues es forzoso que Elvira mi amor descubra a don Diego, y está tan perdido y ciego, que apenas el sol' me mira cuando venganzas previene tan a costa de mi honor, ¿qué será si de mi amor a saber la causa viene? Este es el discurso mío, aunque te parezca ingrato, que estimo tanto el recato que yo de mí no me lio. Mas como mi amor valiente se ve cobarde en mi pecho 3' no cabe en sitio estrecho sin que, matando, reviente, por ser piadoso conmigo en tan ocultos agravios sale del pecho a los labios, para descansar contigo, Pagaras mal mi lealtad si te encubrieras de mí. Por eso te descubrí de mi pecho la verdad; pero confusa y dudosa con tan nuevas penas mías. ¿Qué dices? Pues si ha tres días, (será invención cautelosa), que no me ha visto don Juan, ¿qué he de pensar de su amor? Como el Rey le hace favor, ocupaciones serán. Y también serán favores de una nueva pretensión; que sus obediencias son hijas de aquestos rigores. De noche viene a la calle. ¿Solo? No, Inés: majestad, con secreta autoridad, le acompaña, para dalle honor mezclado en veneno. ¿Hay más nueva confusión? ¿Quién es? El Rey de Aragón. Si con mis recatos peno, sin saberme defender dentro de mi propio olvido, mejor fuera haber nacido una plebeya mujer; que por lo menos tuviera cierto el dote en la hermosura, y aun ganara, por ventura, cuando la opinión perdiera; porque menos desdeñosa fuera en la opinión perdida, Buscada por conocida y pagada por hermosa. Anoche también llegó a hacer la seña a mis rejas, mas tan medroso en sus quejas que a mí también me turbó. Miraba si le escuchaba, Inés, quien con él venía; ¿quién duda que el Rey sería? Porque requiebros mezclaba con tanto miedo y pesar, que casi de mí entendía que el alma del Rey tenía para salirle a escuchar. Con temor y con amor aun las sílabas partía: "El Rey viene, Leonor mía; mas yo te adoro, Leonor." Que como quejas y agravios mezclaba confusamente, y amante como obediente las entregaba a los labios, para haber de responder cómo el alma las oía entre todas escogía las que yo había menester. Las del Rey para escuchadas, aunque el decirlas le toca, casi al salir de la boca se le quedaban heladas; tanto, que las más sentidas, que a nuestro amor importaban, como en la nieve tocaban se le quedaban perdidas. Así, entre quejas y amores, en silencio amor se empeña, hasta que el alba, risueña, sale coronando flores. Al fin la luz le retira, dejándome por testigos de mi amor tres enemigos: el Rey, don Diego y Elvira. El mayor pudiera ser Elvira, porque sospecho... ¿Pues tú me encubres el pecho? ¿No basta que seas mujer para no guardar secreto, y más conociendo el mío? ¿Qué dices? Es desvarío, supuesto que no hay efeto que confirme mi sospecha. A ti toca el declararla. y a mí sólo el confirmarla. ¡En qué prisión tan estrecha tengo el alma! Doña Elvira, la vez que viene don Juan, me dice que es muy galán y discreto. ¿Eso te admira? De muchos lo he dicho yo; pero no me acuerdo de ellos. Sí, pero hablarlos y vellos es lo que el fuego encendió. Algunas veces que viene sale a recibillo Elvira; con buenos ojos le mira. Es porque buenos los tiene. ¿Hay más? ¿Qué más ha de haber? ¿No basta que se retire a hablar con él y que mire que tú no lo eches de ver? ¡Calla, mujer, que me has muerto! Su mal oye quien escucha. Ha sido la causa mucha, y así es el peligro cierto. ¡Ah, ingrato amante! ¡Ah, cruel ¡Perdime de confiada! Ella será la culpada. También habrá culpa en él. Señora, que es un bendito; no lo creas. ¿Por qué no? Porque lo escuchaba yo. ¡Todas las penas imito del infierno de los celos! ¿Que tú les pudiste oír? ¿Y en qué paró? En resistir, dando por palabras hielos. "Si pretendo por mujer a vuestra hermana, ¿he de hablaros, serviros ni conquistaros?" ¿Y ella? No osó responder; librando quejas y enojos, para mejor padecerlas, en una fuente de perlas que hicieron ricos los ojos. Tanto, que puedes creer, si entonces hombre me viera, que todas se las bebiera, por no dejarlas perder. Tiene amor poder tirano. Don Juan, al fin (no te asombres, que no son piedras los hombres)... ¿Qué fue? Le besó una mano. ¿Y eso es todo resistir? ¡Ah, traidor! ¡Ruego a los cielos que sientas mis propios celos, si amor te deja sentir! Por eso, Inés, han pasado tres días que no me ha visto. ¡En vano el fuego resisto! De Elvira está enamorado. pues ya se excusa de verme. ¿Ha habido hombre más cruel? Pues escríbele un papel. Y será para perderme, que en venganzas de mi honor dirá dos mil desatinos. Dale celos. No hay caminos más contrarios del amor; que en llegando a ser maridos nunca hay celos olvidados, que aunque se los den burlados los podrán guardar creídos. ¿Pues cómo te has de vengar? Trae recado de escribir; pesares le he de decir que le llegue a avergonzar. Voy al punto. ¡Quién pensara que yo a un hombre me rindiera! y tan gran traición me hiciera, y que mi amor despreciara! Todos son de aleves tratos, y pretenden tan fingidos, que en siendo correspondidos se mueren por ser ingratos. (Sale Inés con recado de escribir.) De lo que él te respondiere Podrás saber su intención. ¿Qué es eso de responsión? Ninguna palabra espere menos que airada y celosa, que es un villano traidor, ^ Por aquí anda mi señor; pero entendamos la glosa, porque vamos respondiendo. "Don Juan, villano y sin fe.,."' Pues yo me las pelaré si ella se fuere riendo. Inés, como enamorada, ¿le podré llamar cruel? ¡Bueno se muere por él y nos da con la trocada! ¡Vive Dios, que la he de armar con queso! Estoile adorando. Y yo te la estoy trazando. ¡Mal sabré disimular. Si pudiere... ¡Bien empieza! ¡Linda caña de pescar es la Inés, y ha de llevar las manos en la cabeza! ¿Qué es, Martín? ¡Vengo mortal! Nunca viniera a Aragón mi señor, pues su afición viene a lograrse tan mal. ¿Qué dices? Que nos partimos luego por la posta a Francia: esto es, señora, en sustancia. En día aciago nacimos. ¡Pues buenas las dos quedamos! Martín, ¿es verdad? Señora, digo que aquí sea mi hora (de comer) si no nos vamos. ¿Y vas tú a Francia también? ¡No, sino el alba! i Qué ha sido la causa?— ¡Pierdo el sentido de dolor I ¡Ahí me las den! Ven acá, Martín, si sabes por qué don Juan ha querido darme ese pesar. Ha habido juntas muchas causas graves. ¿Envíale el Rey? No. Señora, ¿Quién? Su estrella inexorable; que la fortuna, intratable, tiene condición traidora. ¿Nunca matara al león pluguiera a San Juan Bautista: el mal entró por la vista, poderosa es la ocasión!;Es mujer? De calidad. ¿Ya qué ha llegado el amor? Ahí dicen que mi señor le debe su honestidad. Y como ya se murmura y teme alguna violencia, quiere dar con el ausencia... ¡Nací con poca ventura! ¿Y no le podré yo ver antes que se vaya? No, que voy por las postas yo. ¿Pues qué remedio ha de haber para hablarle? Vuelve, amigo, y dile, aunque sea de paso. Se irá por el mismo caso a pie, si yo se lo digo. Escríbele tú un papel muy tierno y muy regalado, que, al fin, viéndose obligado, vendrá. ¡A qué extremo cruel me trae fortuna, pues quiere que adore a un hombre sin fe! Martín, yo le escribiré como a ti te pareciere. Regalado. Ya le escribo. ¡Ah, Inés, sin aliento estoy i Donde están las postas voy; A no dejarlas estribo; que aquí nos darán lugar a detenernos un poco. ; Qué traes, Martín? ¿Vienes loco? Nadie puede entrarla a hablar, que está despachando ahora. ¿Qué dices? Tente, señor. ¿Qué dice doña Leonor? Ha estado muy habladora, y hemos de ver en qué para un papel que está escribiendo. ¿Para quién es? No lo entiendo; mas él le saldrá a la cara. Enigmas obscuras son las que me dices, Martín; pero aguardemos el fin. ¡Quién tomara una lición de Ovidio en su Arte de amar» para escribir mil finezas; mas todas serán simplezas que no sepan obligar! ¡Ah, adorado enemigo! A quién escribe mi hermana? Condición tiene villana, pues no descansa conmigo si tiene amantes cuidados, Mas ruego a Dios que su fuego pare en querer a don Diego. Hermana. Necios enfados son los suyos. Si es amor, Leonor el que te desvela, ¿por qué vienes con cautela? ¿Conmigo tanto rigor? Ni aun con Inés era bien que lo usaras. ¡Qué de penas, riguroso amor, me ordenas! Mas callemos.— Dices bien, Elvira, que no es razón que te encubra el alma mía: ese papel escribía. ¿Puede haber más confusión? ¿A quién? Fingir me conviene, dando otro dueño a mi fuego. Hermana, escribo a don Diego. ¡Cielos!, ¿quién paciencia tiene? Que padecer y sufrir, conquistar y porfiar, bien merecerá alcanzar méritos para servir. Mi hermana eres y mi amiga; comunícame tu intento. Si lo has visto en lo que siento, ¿qué más quieres que te diga? Supuesto que no es razón que te encubra el alma mía, este papel escribía. ¿A quién? Fingir me conviene", etc. Tus ruegos también han sido por quien obligada estoy. ¡La muerte bebiendo voy entre el desprecio y olvido! ¿Hubo mujer más ingrata a la vida que le di? ¡Vámonos, Martín, de aquí, que esta sirena me mata! También a mí me ha aturdido, que para ti era el papel. ¡Amoroso está! Con él hemos de ver tan perdido y enamorado a don Diego, que el amor le ha de envidiar. Tú se le puedes llevar, Inés; mira que sea luego; porque estimo su quietud aún más que mi propia vida. Es mi hermana agradecida. ¡Tal te dé Dios la salud! ¿Sabes ya lo que has de hacer? ¿Pues eso me has de advertir? Todo se puede sufrir; pero verme aborrecer con tan afrentosos celos no es razón. ¡Mal me conoces, ingrata! ¡No demos voces, cuerpo de Dios! A los cielos me he de quejar de este agravio. ¿No me pidieras, hermana, albricias de mi ventura? ¿Pues hay razón para darlas? Sí, porque estaba medrosa, sospechando que tú amabas a don Juan, y ya que he visto que con don Diego descansan tus penas, pues que le escribes tan amorosa y humana, puedo descubrirte yo que es don Juan a quien mi alma estima por dueño suyo. ¡Esto agora nos faltaba! ¿Hay linaje de tormento. más feroz, habiendo causas para perder la paciencia más legítimas?— Hermana, de todo tu bien me alegro; pero ¿tienes esperanzas de que sea don Juan tuyo? de que don Juan será tuyo? ¿Más que dan por él tres blancas? Si me hablaba cautelosa y con el papel me engaña, fingiendo amar a don Diego, he de hacer que no le valga el remedio de los celos, que he de fingirme obligada de don Juan, y él tan cautivo de mi amor, que la esperanza pierda de llamarle suyo. Parece que te recatas de mí. Leonor, la vergüenza pone freno a las palabras, porque don Juan una noche... Yo pienso que en esta casa viven Circes y Medeas. Ea, conmigo descansa; no te turbes, que el remedio le tienen cuando se casan con el amante que adoran. Pues esa ha sido la causa de atreverme yo, y saber que cumplirá su palabra don Juan, como caballero. ¿Que tan adelante pasa? Tiéneme ya obligaciones. Si aguardamos a que salga Inesilla, ha de decir que yo le tengo otras tantas. ¡Yo pienso que estoy soñando, Martín ¡Los cielos me valgan! Mas, ¿si fuese esta traidora por quien don Juan se va a Francia? Ella será, que no hay duda. Leonor, también es tu causa la que le toca a mi honor: busca tú la mejor traza que puedas; dile a mi padre que donde hay nobleza tanta como en don Juan y las partes que conoce toda España, que me le dé por esposo, antes que la libre fama descubra en lenguas del vulgo tan a mi costa mi infamia. Y si, por desdichas mías, no me cumple la palabra don Juan, en Lucrecia viven puñales y en Porcia brasas para darme yo la muerte por tan legítima causa; porque no es razón que vivan las que nacen desdichadas. ¡Buena quedo yo, en verdad! Aquí empieza otra jornada. "¡Cata Francia, Montesinos!" ¿Por no cumplir su palabra se ausenta vuesa merced? ¿Postas toma para Francia un honrado caballero con obligaciones tantas de una mujer principal? Bien se ve que han sido trazas de las dos, para que sufra una muerte dilatada, con celos tan descubiertos, que ya muestran las palabras de Elvira que son fingidas, aunque no sé a quién engañan. Y esta no es satisfacción; que no merece escucharla quien dijere que yo, huyendo, tomo postas para Francia. Si a vuesa merced le importa y gusta que yo me vaya, porque no estorbe las horas, si con don Diego las pasa, yo me iré, no me dé priesa, que solamente aguardaba la respuesta del papel que le lleva su criada a don Diego. Pues espere, y verá cómo se engaña y sabrá dónde fue Inés; aunque yo estoy agraviada de suerte. que no merece escuchar de mis palabras ninguna satisfación. Pues voime, por no escucharla. ¡Eso quieres tú, traidor, porque no tome venganza del delito más cruel que pudo trazar la infamia de un villano cauteloso, que toma injurias por armas! Al perderse don Beltrán en el camino de Francia, ¿hubo tanta polvareda? Ya sé que tienes el alma forzada en presencia mía. ¡Vete, ingrato l ¡Qué palabras para cubrir un delito! Ya sé que a don Diego amas. ¿Celos a mí? ¡Qué genial he sido! ¡Si más pusiere mis plantas en tu casa ...! ¡Por no verte daré lo que no es el alma! Será porque ya ]a diste. ¿A quién, traidor? Lo que hablan papeles no hay que encubrirlo. Si yo viera que importara dijera para quién era; pero no quiero que vayas, villano, con ese gusto. Señor, ¿hemos de ir a Francia? ¡Y aun al más remoto clima! Prevén, Martín, la jornada; que si por matarme finge, quiero en esto contentarla, y despídete por mí de su padre y de su hermana, y de ella jamás te acuerda. Torna, Martín, porque yayas, sin acordarle mi nombre: y avisarasme en tus cartas no más que de tu salud. ¿Y no avisaré a las ancas de la de mi amo? que hasta su nombre me cansa. Pues imagina ... Pues piensa ... Que yo ... Que yo ... ¿Qué ensalada es esta, cielos? Yo ireme, como guste que me vaya. Yo, por mí, más que se quede. Voltéame estas castañas que se queman. Señor viene. Fui y no te hallé en casa para darte este papel mira que Leonor aguarda esta noche la respuesta. ¿Adónde? Por la ventana, para sosegar tus celos. Yo para rendirle el alma. También yo te aguardo, INÉS. ¿Dónde? En las Navas de Francia. ¿Que el temor y el respeto me tengan tan sujeto? Que el Rey estorbe... ¡Ah. cielos, vengar agravios y templar mis celos! Las noches que ha venido a la calle don Juan (estoy perdido de impacientes enojos) acompañando al Rey, dando a mis ojos reprimidos venenos, pues de venganzas llenos en tan estrecho paso, ¿no muestran que me hielo y que me abraso, cuando más desconfío, porque no entienda el Rey que el fuego es mío?' Pero ¿qué importa que mi rabiosa furia satisfaga la injuria a costa de mi vida, que por tan noble amor es bien perdida? A un tiempo me dan celos, entre las nubes de medrosos hielos el Rey y el castellano; celos me abrasan con poder tirano y de piedad ajenos: pues enemigos son, queden los menos. Con don Juan probaré mi triste suerte, y si le doy la muerte al Rey confesaré que amor me obliga; que si delitos como rey castiga, como amante sabrá bien de los míos perdonar amorosos desvaríos, El balcón han abierto; el bien o el mal es cierto. Gozaré de la luz que al sol me guía y aguardaré con bárbara porfía la muerte o la vitoria, causando asombros al amor mi historia. Como no puede haber gloria cumplida en la estrecha prisión de nuestra vida, así de amor las luces más serenas se turban con las sombras de mis penas. Cuando mi hermana confesó su engaño por modo tan extraño que admiró mi cautela, y el alma se desvela porque entienda don Juan que es centro mío, adonde mi albedrío con cadena amorosa tiene prisión dichosa, hallo que si he de hablarle su peligro yo misma he de causarle, que es fuerza que don Diego con el discurso ciego solicite su ofensa, aborrecido, y mi padre, ofendido, que sus locuras sabe, burlando a la vejez el peso grave, el valor solicita a quien España imita, y descolgando el oxidado acero le tina en sangre de su pecho fiero, porque las nieblas de la noche, obscuras, repriman el verdor de sus locuras. Gente en la calle siento. ¿Sois vos, dulce tormento, donde mis penas, aunque muero en ellas, me dan gloria mayor al padecerlas? Yo soy, don Diego cruel, la que seré más constante en aborrecer tu nombre que en dar venenos un áspid; porque has de hallar en mi alma juntas estas propiedades: valor para no quererte y olvido para matarte. ¿Qué presumes? ¿Qué pretendes, si conoces que es más fácil haber en la Libia hielos como en la Citia volcanes, arder el fuego entre espumas y ser punto fijo el aire? Esos, imposibles todos ¡Ay, Dios, que mi hermana sale, y temo sospechas suyas! Espera, si quieres darme entre imposibles opuestos más desengaños mortales; pero como los deseo piensan que alegran y vanse, por matar cuando se ausentan; que suelen ser los pesares de la calidad del bien, que huyen antes de gozarse. Señor, diz que los poetas saben bravas propiedades de cosas. ¿Por qué lo dices? Porque ayer me dijo un sastre que un poeta, su vecino, pintó de noche una calle con un silencio profundo y una oscuridad notable. Ladrar un perro muy lejos; tocar un convento laudes y, porque nadie respire, meterse cartujo el aire. Sobre todo al miedo pinta muy armado, pero en balde, porque está sin corazón, y no hay quien mande las carnes. Pisaba con pies de lana, pero por pintura pase, que a ser lana destos tiempos costara un ojo el calzarse; todo vestido de sombras, y dije, mirando al sastre: Miente el poeta mil veces, que al miedo no ha de pintarse tan obscuro como eso. Tú eres el que te engañaste, que obscuro le pintan siempre. ¿Pues brava obscuridad hace! ¡Ya te entiendo! Gente he visto; dos bultos hay en la calle, y con cuidado se acercan: ya no hay amor que me engañe. Claro está que será el Rey, ejecutivo y amante, y don Juan quien le acompaña, haciendo la empresa fácil. ¡Oh, muda veneración de los reyes, no acobarden tus respetos al valor, pero es traición no humillarse! Quiero dar la vuelta luego, y si don Juan se acercare a la ventana, podré, con los celos que me traen, pues privan de seso el alma del que más discursos hace, embestirle, con disculpa de que no hay cosas que agravien. MARTÍN. Yo tomara ahora, pues que mi nombre lo saben los tordos, verme esta noche donde las campanas tañen. El Rey, por más encubrirse, está esperando en la calle a que salga a su balcón Leonor, por ver si su amante encubierto llega a hablarla; que aunque aumenta mis pesares, no le he dicho al Rey quién es; porque fuera hazaña infame, cubriendo yo mi delito, querer del suyo vengarme por mano más poderosa, teniendo yo noble sangre. Quiere, pues, el Rey, que ignora que él es, que yo, sin hablarle, de la calle lo desvíe o a cuchilladas lo mate. Pues si le dan a escoger, si no se va es un salvaje. Tú, pues, has de dar la vuelta para volver a avisarme y ver si pasa algún hombre mientras yo, pues es tan fácil, me llego a hablar a Leonor. ¿Y si don Diego... No canses el mundo. Entonces haré todo lo que el Rey me mande, y satisfaré mis celos. ¿No te vas? ¿Temes, cobarde? ¿Tienes miedo? No, señor, sino lo que dijo el sastre. ¡Qué dicha mi amor tuviera si para afrentar celajes Leonor bordara de luces cielo, reja, sombra y calle! ¡Válganle el cielo! ¿Qué he visto? Ya las evidencias salen a confirmar mis sospechas. ¿Que tanto ya se desmande el desprecio de mis años que juzgue empresa tan fácil el atreverse a mi honor? ¿Pues no advierte que la sangre, aunque esté en las venas fría, cuando en pechos nobles nace con el fuego de una afrenta suele hervir para vengarse? ¡Vive Dios, que han de entender escandalosos galanes que es mi honor torre invencible, y que es la guarda un gigante. ¡Gracias a Dios que mi hermana me dejó y entró a acostarse! Don Diego, ¿quieres más pruebas de que juzgo a disparates vuestras mal gastadas horas? Leonor, mi bien, escuchadme, ¿Esto escucha mi valor? Las desórdenes ataje de este mozo inadvertido. Un hombre he visto acercarse; será don Diego, sin duda. Pues que no ha llegado a hablarme, gloriosa ocasión me ofrece tener por empresa un ángel, dándome aliento los rayos de sus ojos celestiales. Locuras tan manifiestas, atrevimientos tan grandes dejarán por escarmiento las piedras vueltas en sangre; porque la sangre villana, que la que ofende no es sangre de hombres nobles, se ha de ver por testigo miserable de honradas venganzas mías. Esta es la voz de mi padre, y es bien que el temor me ausente, entre desdichas tan grandes, por no escuchar mi deshonra. A quien piensa que es bastante para que yo no conquiste esas luces celestiales que con favores me. animan, haré que le desengañen rayos que aceros fulminan contra soberbios gigantes. Si son palabras las nubes, sin que las estorben bajen, y rayo a rayo compitan, hasta que el uno desmaye. Buen caballero es don Diego; riñe con valor notable. Hasta la cólera quiere, como todo, ejercitarse; ha mucho que lo dejé. y así el valor no se espante que le dure tanto a un hombre. Mucho me empeña el amor: ¿pendencia en la misma calle donde hay peligro de rey? No sé cómo el fuego ataje. Caballero, gente viene. Pues las espadas descansen con disimulado aliento. ¡Buen pulso! ¡Fuerza notable! Don Juan. ¿Quién eres? El REY. ¡Cielos!, ¿qué es esto? ¿Hay más grave. ocasión? ¡Confuso estoy, sin saber aprovecharme del discurso! ¡Gran valor tiene el contrario! Dejadme, que he de ver si me resiste. ¿Qué intentas, señor? ¿No sabes que es nuestra vida la tuya? Esto ha de ser; soy constante, y tengo, como hombre, celos. ¡Dejadme, que he de matarle, vive Dios! ¡Cielos!, ¿qué es esto?' ¿Hay confusión más notable? Pero la vida del Rey es ahora lo importante, sin que el discurso se ocupe en la ofensa que me hace; su peligro remediemos. Caballero, no es cobarde quien le deja el campo al Rey: con él reñir. Algún ángel me dio tan dichoso aviso en peligro semejante. ¡Mendo, Fortún, sacad luces! Quiero a mi amo avisarle, para que no le conozca. Señor, ya es gran disparate aguardar, que viene gente, y saldrán cuarenta pajes con hachas. , Muy bien adviertes, don Juan; pues para que nadie intente reconocerme, podrás guardarme la calle mientras que yo me retiro; muestra el valor que heredaste. ¿Esto a quién ha sucedido? ¡Mostrad luces! No las saquen, que quiero volverme a escuras. Vuestra Majestad no agravie su dichosa juventud. El Rey es. ¿Ha habido trance más peligroso y confuso? Ea, envainen, envainen. Para defenderos son nuestras armas contra alarbes. Envainen, que yo me entiendo. Aunque fuera rey de naipes no me pintaran tan presto; mas valgámonos del lance para burlar majaderos que enamoran en la calle. ¿Quién sois vos? Don Juan, señor. Pues, ¿cómo os acuchillasteis por vos, cuando yo os envío a mi negocio? El Rey sabe que yo pretendo a Leonor. ¿Hay bajeza más infame? Don Diego es quien se lo ha dicho. Todo el mundo se destape, que quiero saber quién son. Solo ha venido a guardarte don Diego. Gentil don Diego, ¿vos pensáis que no se sabe vuestra loca pretensión? Y pudierais avisarme, porque yo no me picara de una mozuela tan fácil, que viendo que la servís con tan finos disparates está perdiendo el sentido por don Juan, sin más achaque que haberle visto matar un leoncillo. Vean las madres cómo crían a sus hijas, que se obligan de animales. Mas ya no tiene remedio: mañana don Juan se case con doña Leonor. Señor, advertid que tiene padre. ¡Esto ha de ser, voto a Cristo! ¡Su padre métase fraile o ahórquese! Vos, don Diego, porque pueda remediarse el escándalo, os casad con su hermana. Será darme mujer por fuerza. Casaos; o haré que os quite un alfanje la cabeza de los hombros u de donde yo la hallare. ¡Perdido soy! ¿Hay tal dicha? ¿Hubo crueldad semejante? Y yo aguardo a la mañana a 'escuchar los disparates que le han de decir al REY. ¡Ellos son lindos bausanes! Llamarse puede locura la diligencia que excede la razón, porque no puede imitarle la ventura. Con las diligencias mías gané rigores y celos; del Rey amantes desvelos y de don Diego porfías. Cuando mi valor juzgaba mi diligencia a locura, me dio anoche la ventura el bien que dudoso estaba; que el Rey, como cuerdo y sabio, llegando a entender mi amor, con tan crecido favor quiso pagar un agravio.
JORNADA TERCERA
Martín, poco te desvela mi amor. ¿Dónde te quedaste anoche? Bien; me dejaste en muy buena escarapela, ¿y dices que me quedé? Yo solo fui el que reñí. ¿No fue con un hombre? Sí. Gracias al cielo que fue más venturosa tu suerte, que siempre a los desdichados nos caben los embozados. Pues, ¿cuándo reñiste, advierte? ¡Par Dios, con linda frialdad vienes! Martin, sin mentir. Soy, en llegando a reñir, la misma puntualidad. Cuentas pendencias fingidas, que no suceden jamás. El que riñe, ¿debe más que dar señas conocidas? Basta. ¿Pues a tu contrario no dijiste... ¡Gracia tiene! "Caballero, gente viene"? Y aunque fiero y temerario todo lo escuchaba atento. ¿No dijo, en voces templadas: 'Pues descansen las espadas con disimulado aliento"? Dices verdad. Pues apenas os apartasteis los dos: mucho es lo que debo a Dios: mercedes a manos llenas me hace en yendo a reñir. Cuéntalo sin rodear. Déjame moralizar, pues no me dejas mentir. Digo que (deja en mi mano que diga lo que quisiere, pero más de lo que fuere no cabe en ningún cristiano). Llegose un hombre diciendo: "Esta es pendencia doblada; hidalgo, saque esa espada, que mientras están riñendo nuestros ahijados, no es justo que estemos manivacíos." Diéronme unos calosfríos, por ser de repente el susto; pero volvime a cobrar, en tanto que respondía. ¿Pues el otro? Esperaría, o se iría a pasear. ¿De esto débese derechos? Al fin... Al fin metí mano; mas él, como un tigre hircano, me dio en mitad de los pechos una valiente estocada. ¿Y no ibas armado? No. ¿Pues y cómo no te hirió? Porque me la dio gayada. ¿Riñendo? No está en su mano no darla, yendo a matar, y cuando la quiere dar suele matar un cristiano. Era valiente y cruel, y como se mejoró, quiso darme otra mayor; arremetí para él con las ansias de la muerte. ¿No dices que no te hirió? Entonces lo pensé yo; que una estocada tan fuerte con un estoque buido, ¿quién diablos ha de pensar que no me había de matar? Está bien. Sentí ruido a mano izquierda, y hablaron nueve embozados, y aun diez, y dije entre mí: "Esta vez muy bellaco lance he echado." Mas como era noche obscura me tuvieron por pobrete, y un mozuelo regordete, de una capa azul, procura pegármela. Haciendo obscuro, ¿cómo lo pudiste ver? No me debes de entender, pues declararme procuro todo lo posible; ya dije que me había asombrado con el que me había llamado. Hasta ahí entendido está. Pues oiga, y no se divierta, cómo enderecé con él: Traía el hombre broquel y una linterna encubierta; mas por bien que se gobierna, le doy tan linda estocada, que atravieso con la espada las conchas de la linterna. El, que su muerte barrunta, fue sacando atrás el pie; pero yo me la saqué atravesada en la punta; y queriendo asegundar con un revés, él huyó, y la espada se alargó tanto, que pudo alumbrar la linterna que llevaba a la gente que traía. Martín, posible sería; mas, ¿cómo no se apagaba la luz? Huélgome que estés tan en ello. Sí apagó, pero luego se encendió con el aire del revés. Cuento es tuyo. ¡Linda flema! El Rey viene. Obra hay cortada, que ha de haber una ensalada. Cada loco con su tema. No me atrevo a alzar los ojos a mirar al -REY. hoy tienen mis penas fin. Entre pesares y enojos lucha el alma, sin saber con qué intento el Rey pretende casar mis hijas; ¿no entiende que el soberano poder no ha de fundarse en rigor? ¡Qué extraña melancolía! J Cánsame la luz del día, porque es contraria al amor. Don Juan, ¿éste es el criado que ayer me habló? Sí, señor. Tiene entretenido humor. Habla al REY. Arrodillado le hablaré. No quiero verte^. para no decir locuras. Pues aquí tienes figuras si quieres entretenerte. ¿Cuáles son? Las tres que miras. Tu mal discurso te engaña. No hay tres locos en España más graciosos. ¿Qué te admiras? Escúchalos y verás si en lo que te digo miento. Sirva de entretenimiento el disparate en que das, y ejecutarle pretendo, por dejarte avergonzado. ¿cómo habéis pasado esta noche? Agradeciendo tan soberano favor sin haberlo merecido, pues hacerme habéis querido dulce dueño de Leonor. ¿Qué decís? Ahora empieza; pues déjelo proseguir. No hay merecer con servir para gozar su belleza. La vida, el gusto, el honor debo a Vuestra Majestad. Martín, parece verdad. Falta ahora lo mejor. Que honréis a don Juan es justo su valor lo mereció; mas no permitáis que yo me case contra mi gusto. Este es de otra cuba. Elvira, no es perderos el respeto, ha hecho de otro sujeto elección. ¿A quién no admiran el tema en que dan? Parece que se conciertan los dos. Falta el viejo. ¡Vive Dios, que mi lealtad no merece el pago que le habéis dado, después de haberos servido, pues a mí me habéis debido el reino que habéis ganado! Que aunque es legítima herencia de vuestro padre, en mi espada se vio Aragón restaurada de la bárbara violencia de Almanzor, que no se aplaca menos que en sangre española; pero al fin, mi espada sola, en las montañas de Jaca, animó vuestras banderas, muerto vuestro general, que, defendiéndose mal, quedó de las tropas fieras de alarbes vencido y muerto; y vuestra gente, rompida, casi con infame huida, buscaba seguro puerto. Pero yo (atended os pido, Alfonso, rey de Aragón), tomando el rojo pendón que vuestro alférez, herido de una arbolada saeta, iba ya perdiendo, fui quien al campo redimí, que a la española trompeta sin orden obedecía, este miserable estrago, apellidando Santiago; y antes de ponerse el día, la montaña, en sangre roja de alarbe humor, nos enseña un blasón en cada peña y un laurel en cada hoja. Esta Vitoria debéis a Bermudo, y le pagáis con el rigor que mostráis, cuando sus servicios veis. También tengo voluntad y soy de mis hijas dueño, y no es bien que en tanto empeño ponga Vuestra Majestad su palabra a costa mía; y cuando así haya de ser, Leonor ha de ser mujer de don Diego, que porfía con tan ciega obstinación. Ya no pide otro remedio, y es el más seguro medio que pide nuestra opinión. Pues sois prudente y discreto, tomad consejo con vos, que esto ha de ser, vive Dios, sin perderos el respeto. Don Diego, si es que hay valor en vos, en casa os espero esta noche. En vano quiero lograr mi infeliz amor, que, imprudente, don Bermudo lo ha dicho al Rey Ciego he estado, pues no he descubierto el fuego que vive oculto en entrambos. Don Diego a Leonor pretende: que Bermudo no fue, acaso, hallarse anoche en la calle para prevenir el daño. El criado de don Juan sabe la verdad del caso, pues con donaire me avisa. Don Diego. ¡Ya está temblando el corazón en el pecho. Engañarme fue engañaros. ¡Vive Dios, que ha de pagar vuestra vida! No hay engaño, señor, en lealtades mías. ¡Ya las luces se eclipsaron del sol que me daba aliento! Bermudo, más temerario que prudente, os quiso dar cuenta de mis locos pasos, engañado en la sospecha y en el discurso engañado. Yo, señor... Decid. ¡Industrias, valedme, que voy pasando un golfo de más peligros que griegos eternizaron. Digo, señor, que yo sirvo a doña Elvira, y pensando que vos me dierais licencia, por saber que estáis prendado de Leonor, y que sería libertad y desacato poner los ojos en cosa donde ponéis los cuidados, que sin saberlo de fiel; lo descubrieron mis pasos, cuidadosos y advertidos; porque los celos me han dado lugar a que lo conozca, y estos medrosos recatos de perderos el respeto dieron silencio a mis labios para encubriros mi amor. ¿Luego estáis determinado? Yo corro el mesmo peligro. ¿Si os doy licencia a casaros con Elvira? Sí, señor. Rey, Id con Dios.—Este criado me ha de decir la verdad. ¡Que con desatinos tantos me ciegue amor, que me obligue a decir a un hombre bajo locas liviandades mías! Oye aparte. Yo me aparto, no tanto como quisiera, señor, que estoy sahumado del olor que vende el miedo. Don Juan, los que son honrados y nobles, aunque los celos obliguen a que en el campo, ciegos de furor y envidia, lleguen a hacerse pedazos, jamás (de los nobles digo) tratan por ajena mano su venganza, y yo he encubierto mi amor al Rey por el daño que espero; pues os preciáis de valiente castellano, enamorado, discreto y caballero bizarro, no me descubráis al Rey; que a tiempo después estamos, pues nos abrasan los celos, para matarnos entrambos. A todo lo sucedido te respondo que mi amo lo sabe al pie de la letra. a solas tengo que hablaros, don Juan; cerrad esa puerta, Ya mis temores llegaron a descubrir el peligro. Salte allá fuera. Si acaso cantares en el tormento, no digas que te acompaño estas noches, porque el Rey hará ponerme en tres palos, porque no sabe de burlas. Martín, yo tengo cuidado. Si sales libre del potro en mi aposento te aguardo con una sábana en vino, Ya las puertas he cerrado, ¿Por qué ahora me pedisteis licencia para casaros con Leonor? Porque vos mismo (si acaso no me engañaron mis sentidos) lo mandasteis anoche, cuando, enojado con don Diego y don Bermudo, les enseñasteis a entrambos el orden de obedeceros; por eso os han informado como visteis. Advertid, don Juan, que soy quien os hablo, y que mentir a los reyes es un recíproco agravio, que transformado en castigo mata al que intenta engañarlos. Anoche pidieron luces los que al estruendo llegaron de las espadas desnudas; pero yo, por no alentarlos con mi ejemplo, di la vuelta, encubierto v disfrazado. dejándoos en mi lugar porque guardarais el paso si alguien quisiera seguirme. Tan severo y enojado os veo, que echo de ver que no pretendéis burlaros en eso que me decís. Pero, señor, acordaos bien, porque a mí no me disteis orden de guardar el paso ni quien había de seguiros. Sí los que allí nos hallamos, humildes como obedientes, os hablamos, esperando morir en vuestro servicio. ¿Es posible que yo aguardo tan atrevidas razones? j Vive Dios, que he imaginado que sois hombre mal nacido; que no cabe en pecho hidalgo tan villano atrevimiento, y que os hiciera pedazos si lo que saber procuro lo hubiera ya averiguado! Sólo a un Rey puede sufrir don Juan Manuel este agravio, si bien los reyes no ofenden aunque castiguen; mas tanto irritáis mi sufrimiento, que de mi sangre me valgo para deciros, Alfonso, que habrán padecido engaños A nuestros ojos, ¡vive Dios!; y si alguien os ha informado en contra de lo que he dicho, fuera de vos, en los labios se quedó preso el mentís, que aunque es honroso descargo, es mejor sufrir la afrenta que dejar acostumbrados los oídos de los reyes a oír términos tan bajos. Pues ya que de parte vuestra, por temor o por recato, esta verdad me encubrís, en lo que he de preguntaros me la decid, o pensad que he de tomar por mis manos la venganza en vuestra muerte. Decid, señor. ¿En qué estado tiene ya su pretensión... Temo el tiro y miro el blanco. Con doña Leonor don Diego? En ninguno. ¿No os ha dado cuenta de su amor? Pudiera, a tenerle; pero es vano el presumir que don Diego dé jamás por ella paso. ¿Hubo mayor libertad? ¿Sabéis que en persona salgo a batallar con los moros? Sí, señor. ¿Sabéis que traigo tinto en sangre berberisca el dorado arnés? El campo rinde en marciales trofeos. Vitorias a vuestro brazo. Pues, ¿cómo vos, tan resuelto, pensáis ahora libraros de mi enojo? ¡Vive el cielo, que he de haceros mil pedazos, por venganza y no castigo! Pensad que soy un soldado a quien tenéis ofendido, y no un rey, que pues que salgo de los términos de rey en tener celos tan claros. Tampoco es bien que me valga de quien sois para mataros. Sacad la espada, o decidme la verdad. Aunque enojado borráis la imagen suprema de rey con celos y agravios, y queréis que yo imagine con tan atrevido engaño, porque mi espada os resista, que no sois Alfonso el Magno, el concepto de quien sois deja tan acobardado mi valor, que es imposible el atreverme a miraros sin temor y sin respeto; y así, cuando, temerario, os arrojéis a matarme, pensando que sois soldado y mi igual, os engañáis, que vienen con vos armados escuadrones de respetos para morir por guardaros. Mirad si hay mucha "Aventaja; demás que en mi pecho hidalgo sólo en mi defensa viven, entre blasones honrados lealtades que os sacrifico y obediencias que os consagro. Que de otra suerte, si fuerais el Tarife, que en los campos de Córdoba más que espigas brotó berberiscos rayos, ¡viven los cielos, que aquí le dejara escarmentado, con más heridas que vos pretendéis hacerme agravios! ¡Hombre, o demonio, no estés en mi presencia!— A estos casos están sujetos los reyes, aunque se precien de sabios si con injustos amores se igualan a sus vasallos. ¿Qué he de hacer? ¡Furioso estoy con el fuego en que me abraso! Veré esta noche a Leonor, para salir de este encanto. Perdí el norte v el camino, ciego entre naufragios tantos, que de los mismos peligros saco el remedio que aguardo. Leonor, suerte dichosa es la tuya, que es mucho siendo hermosa: mi padre determina de casarte esta noche. ¿Qué imagina, pues sin mí gusto a tal extremo llego? ¡Cielos piadosos! ¿Y quién es? Don Diego; mira si tú pudieras pedir al cielo más. Por tus quimeras se ha de abrasar en fuego aquesta casa. ¡Inés, mi corazón es quien se abrasa! ¿Pues no me das albricias de tu suerte? i Pienso que me las pides de mi muerte! Vete, hermana cruel, que tú has trazado suceso de mi amor tan desdichado. ¿Cómo he de remediar pérdida tanta? Mi propio amor me espanta; mi sombra me amedrenta y la misma esperanza me alimenta. ¡Oh, confusiones mías, centro de mis burladas alegrías! ¡Perdí todo mi bien! Leonor, ¿qué dices? Que mi temprana muere solemnices. Servirán esta noche, muerta a hierro, las hachas de mis bodas en mi entierro; que esta alma, esta vida y esta mano no han de reconocer dueño tirano; que no ha de verse tan ilustre fuego sujeto en las prisiones de don Diego. Señora. ¡Ay, dueño mío, voluntario señor de mi albedrío! No es tiempo ya de honesto encogimiento; que el vecino tormento, la licenciosa ejecución, la pena; la terrible cadena; los insufribles lazos de aborrecidos brazos me dan licencia en tan mortal empeño para llamarte dueño. Y porque afectos míos te den valientes bríos para pintarte agora absoluto señor de quien te adora, mi padre (¡ay. Dios!) pretende casarme con don Diego, que no entiende que merece justísimo castigo el darme por esposo a mi enemigo. No es don Diego, señora, el que pudiera ahora turbar las esperanzas que me ofreces, si bien, Leonor, mereces más calidad y prendas que las mías: del Rey son las porfías; amante y poderoso, despechado y celoso, los estorbos desvía con que le ofende la esperanza mía, y por vengar con celos sus enojos. Este es el triste estado de mi amor mal logrado. Tan ciego estoy y tan perdido vengo, que ni tengo valor ni fuerzas tengo para ejecutar la muerte, que me llama como en la ardiente llama la simple mariposa, que, volando, medrosa, huye la luz, y luego su descanso mayor busca en el fuego. Pues, don Juan, mi señor, ha sido engaño; y suele la mujer templar el daño y dar, acelerada, mejor consejo cuanto más turbada. ¡Huyamos, mi don Juan! Mi bien, huyamos. ¡Bien aviados todos tres estamos! Martín, ¿qué dices? ¿Hay mayor cautela? Toda la culpa tiene esta mozuela. Acaba, si es peligro, de contarle. Déjame ponderarle; que hay peligros que dichos de repente no mueven casi nada. Justamente, nos han pescado el cuerpo; un embozado hallé agora parado.; Dónde? En el corredor. ¡Cierta es mi muerte! Seis pistolas conté. Martín, advierte que fuera en esta casa atrevimiento. ¡Por el Fénix de Arabia que no miento! Pues, don Juan... Leonor mía, si es don Diego, es muy gran descortesía, atrevimiento loco, y ha de entender quién soy. Quien tiene en poco mi honor y mi recato; cuando cautelas trato por daros posesión del amor mío, ¿con tan gran desvarío queréis perderos y perderme ahora? ¿Pues qué he de hacer, señora? Encubriros en parte que no os vea el que turbar desea mi amoroso sosiego. ¿Y si fuese don Diego? El mismo Rey que fuera; me veréis tan severa, que reprima su vano desconcierto. De vuestro amor, señora, estoy bien cierto; pero no del poder, no del agravio. ¿Qué varón, el más sabio, con lance tan mortal no desmintiera la luz de la razón y se perdiera en lazos de tan ciego laberinto? Solo por vos me pinto cobarde en peligro tan urgente. Pues con eso alcanzáis el ser prudente, porque es discurso sabio padecer por amor tan nuevo agravio. Hermana, ¿a quién no admira un cauteloso amor? Todo es mentira, engaños y desvelos, porque no hubiera amor faltando celos. No sé dónde me esconda. En la calle es mejor. ¿Quién es? La ronda. ¿En las casas se ronda? ¡Buen gobierno! Soy justicia de invierno: rondo mejor debajo de techado. ¡Vive Dios, que hemos dado por esos cerros de Úbeda y Baeza. Yo soy, Leonor. Doña Leonor. ¿Qué intenta Vuestra Alteza? ¡Los cielos sean conmigo! Ser yo mismo testigo de vuestra ingratitud, porque no ignoro que me pierde el ' decoro quien temerme pudiera; pero si, loco, espera favores vuestros en ofensa mía, verá la luz del día que desvanezco pretensiones vanas, porque hay fuerzas de amor más soberanas. en mi pecho abrasado, y ha de quedar templado en vuestros brazos mi amoroso fuego, ya que, celoso, a descubrirme llego. No la humana majestad tiene imperio en alma ajena, que hay alma que se condena por seguir su voluntad. Esta hermosa libertad sólo el gusto la sustenta; pues, ¿cómo con tanta afrenta pretendéis gozarla vos, si el mismo Dios, con ser Dios,- la pide y no la violenta? De lo que intentáis aquí perdemos honra los dos: mujer, os ofendéis vos, y dama, me ofendo a mí. Vuestro poder advertí, mas si es cristiano poder en la opinión se ha de ver; tanto, que hemos de mirar vos la que habéis de ganar y yo la que he de perder. Bien sé, Leonor, que ese aliento y esas pretensiones locas nacen de afición cautiva, no de libertad señora. A don Diego quieres bien, sus pensamientos adoras, sus desvelos agradeces y con lágrimas los compras, y que en tu casa lo encubres; que no me hablaras tan loca a no saber que te escucha, porque tan necias lisonjas no son para amante ausente. ¡Vive Dios, que si se enoja la severidad conmigo, que con tu afrenta notoria he de ver, viendo tu casa, quien mis favores estorba! Señor, advertid... ¡Perdidos somos ya! ¡Qué rigurosa es la estrella que me sigue!- Ya que mi dicha es tan corta, que amor la engaña, a lo menos desengaños la coronan. ¿Qué intentas. Alfonso? ; Ay, cielos! Mirad, señor... No perdonan los celos la cortesía. ¡Qué confusa Babilonia es la que el alma fabrica! Aquí mi presencia importa. que entre peligros y afrentas es ya mi casa una Troya. Don Juan, ¿qué es esto? Señor, como de vuestra persona me hacéis centinela y guarda en acciones amorosas, y faltabais de palacio, y que la esfera dichosa de vuestro amor es Leonor, entré a ver si el que estorba, en la calle disfrazado, para vengar vuestro enojo pudiera encontrar ahora entre sospechas y sombras; mas ya que he visto a don Diego y es ésta ocasión forzosa para descubrir verdades, os digo que las auroras truecan con él en la calle los requiebros por aljófar. ¡Esto ha sido cobardía, pues con ventaja afrentosa me ha vendido al Rey! Al fin descubrí, a mi propia costa, que ama a Elvira. ¡Ah. buen amigo! Ya con el alma dudosa me dejaba despeñar. Pues, don Diego, no malogra los deseos quien alcanza; v a saberlo antes de ahora excusáis los desvelos: doña Elvira es vuestra esposa; dadle la mano. Señor, mirad primero... No ignora que es un rey el que la casa; y si con alma dudosa vos replicáis a mi intento, vendré a pensar que las horas gastáis en ofensa mía, queriendo a Leonor. ¡Qué sombras, entre obediencias mortales turban la luz generosa del sol que adoro! ¡Paciencia! Al fin, ¿quieres que conozca, Leonor, que a don Diego estimas? Fue la obediencia forzosa. Pues verás en mis deseos cómo tus amores logras con amantes osadías, y esta venganza celosa me pide castigos tuyos. Elvira, seguras honras os promete la venganza de don Diego, si de esposa le dais la mano. Señor, más que por ganancia propia la doy por obedeceros, supuesto que no se logran, cuando se oponen los reyes, prevenciones amorosas. Arengasteis ya vuestros celos, Alfonso; que bien se apoyan mis dichas, si mi fortuna no las destruye, envidiosa! Esta ha sido la venganza, y el castigo falta ahora. Con hombre a tu gusto extraño te he de casar, porque pongas a cuenta de ingratitudes las pesadumbres que ignoras, si a tu designio te casas. Don Juan, si os parece ahora venganza, el tiempo y olvido os dará con paz dichosa conocidos desengaños. No hay mujer en Zaragoza con quien yo pueda ofreceros más calidad y más honra; y a no trazarse en Navarra mi casamiento, coronas le ofreciera por deseos. Es muy justo que conozca mercedes tan soberanas; mas bien sabéis lo que importa la voluntad de Leonor. Donde violencias pregonan castigos, no hay que esperar piedad ni misericordia. Esta es mi mano, don Juan. Ya, por lo menos, señora, con un castigó amoroso alcanzo venganza ahora de mi enojo. No alcanzáis, que esta ha sido cautelosa estratagema de amor, que aún los cielos, con piadosa disposición, no permiten en las acciones que ignoran los reyes, que por su culpa las yerran. Leonor hermosa ha estimado mis deseos, y yo, con penas dichosas, he merecido su amor. Discreto sois, pues la gloria que puede alcanzar un rey logrando una acción heroica, no queréis que yo la pierda por ignorancia celosa. Yo os perdono, y agradezco esta alcanzada vitoria de mí mismo, pues me alegro de vuestras dichosas bodas, cuando pensé castigaros. Y en esta verdad apoyas el crédito de un criado, que has de saber que esta historia la trazó toda mi industria fingiéndome tu persona aquella noche pasada y así, señor, premia ahora mi despejo con hacer que Inés, a suerte dichosa, sea de aquesta perdiz reclamo de su tahona, hacienda de su taberna el ramo de su persona, el cuyo de su hermosura, el dueño, pues, de su gloria, la gracia, supuesta digo; que de sus manos de alcorza espero, si no molletes, comer sazonadas tortas, Estimo tu buen humor, y así por mi cuenta corra el premio: desde hoy serás acera de mi persona, con mil ducados de renta entretenido, y tu esposa Inés; darasle la mano, que es justo. Ser tuya sobra, mi Martín: esta es mi mano. Donde con pluma tan corta quiso pintar el poeta en esta apacible historia la merced en el castigo, pues la hace quien perdona.
