Texto digital

Texto digital de La mayor dicha en el monte

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La mayor dicha en el monte. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mayor-dicha-en-el-monte-la.

Logo BICUVE

LA MAYOR DICHA EN EL MONTE

JORNADA PRIMERA Rayo del firmamento, desasido planeta de su asiento, o ciervo en lo aparente, pues todo lo retratas juntamente, por Apolo sagrado «que aqueste monte dejarás manchado rendida tu fiereza. Mas por aquí se entró; de esta maleza se guarda atrincherado. Pero ¿no es el que miro si embrazado, el impulso no altivo que entre sus dos marfiles apercibo, que un leño se levanta a quien otro le cruza la garganta y en pequeña escultura de un hombre una figura que de manos y pies en él clavado parece, por lo unido, que es pintado; cuyas cuatro roturas o barrenos de sangre se ven llenos, y se va deslizando cortina de carmín le va ocultando? Desnudo el cuerpo tiene, y al derecho costado se previene, no con poca pujanza, el golpe de una pica u de una lanza, que en un rendido corazón se emplea, y campos de azucena bermejea. Y entre tanta escarlata se mezclan blancos de bruñida plata los niervos estirados, las arterias y güesos desquiciados, las carnes doloridas. Concurren en un ser tantas heridas, de algún verdugo plaga, que parecen, por juntas, una llaga, cuyas bocas sangrientas hidrópicas admiro, pues sedientas se beben los ajenos carmesíes, estándose anegando en sus rubíes. Pues el ver apasiona que tiene por corona unos juncos marinos o cambrones, cuya fatal escuadra las sienes le taladra; y por entrarse juntas, como en ella no caben tantas juntas, sin perder de su intento, en sí mismas prorrumpen el tormento. El cabello castaño y ondeado, la nariz afilada de corales bañada; pálidas y amarillas, hundidas en sí mismas las mejillas, de golpes u de agravios; lirios son o violetas sus dos labios, si bien de ellos desnudos; los dientes traspillados y menudos, y sus ojos topacios eclipsados, hacia el centro del alma sepultados. En fin, está de modo amancillado todo, con uno y otro golpe repetido. que a dolor me ha movido, y en tanto desconcierto vivo le admiro y le venero muerto, y prorrumpo en mí a llanto. Dime quién eres, que sufriste tanto. El Dios soy del cristiano Pues ¿qué, Señor, intentas, que al corazón asientas con divino agasajo a que pase por ti cualquier trabajo^ Es, Plácido, mi intento, que en vital sacrificio bautizándote goza el beneficio. Búscate, valeroso, la gloria en lo fatal, en lo penoso. Por rumbos encontrados el ciervo fatigando va los prados, y el Dios crucificado, que ya adoro, sube a los solios que produce de oro. Y los rayos de Febo, entre sus rayos, trémulos padecieron con desmayos. Dios eres verdadero, pues con dejarte ver en un madero, al concepto de Dios tan encontrado, de ti solo amparado, de deidades desnudo, vienes a que te adore, no lo dudo, por que si no lo fueras, al abonarte Dios muchos trujeras. Y así, más te acrisolo, pues solo Dios se pudo venir solo. Felice montería, pues por ella gocé un feliz día. ¡Oh, soberano abismo! Iré contento y buscaré el bautismo. ¿Quién eres, joven gallardo, que me interrumpes la siesta, pues cuando al sueño entregada, recogidas las potencias, no usando de lo vital, de la muerte imagen era, acercándome cuidados a confusiones me acercas, sin que te impidan el paso Falta un verso antes o después de este. lo claustral de tantas puertas, que en la ausencia de mi esposo aun no las entran sospechas? Ignorando, pues, quién eres, solo con verte ¡qué pena! se me embargan las acciones y, destronzada la lengua al articular la voz, balbuciente titubea, sin saber si esto procede de temor u reverencia. Hermosísima Teopiste, yo soy el dios que veneras de Júpiter en la estatua. Tu virtud y tu nobleza, en el gran solio que vivo, despertaron anís proezas, para que no se malogren con fantásticas quimeras, con aparentes encantos de mal formadas ideas, que en la campaña del viento una ilusión vistió lenguas, ¡Qué artículo!; Qué dolor! La nueva ley... ¡Qué violencia es privarme de los míos cuando su Dios me confiesan en fin, el Crucificado, que todos los tuyos niegan justamente, pues no es bien que a un hombre objeto de afrentas, escarpiado en un madero, que es la desdicha postrera, se dé alguna adoración! ¿Qué Vitoria fue? ¿Qué empresa escandalizar ciudades publicando una ley nueva, en quien él se aclama Dios, pues es la última soberbia? Habló a Plácido, tu esposo, y persuadió que siguiera una doctrina que gozan todos los que se confiesan. El vencido del engaño viene con esta cautela, para que tú, con tus hijos, os signéis en su bandera. A este fin he venido, dejando aquestas eterias habitaciones del cielo, efectos de mi grandeza. Ya te he propuesto el peligro; tu daño, pues, considera, porque, si frágil, admites, si imprudente, te careas de tu esposo a los engaños que bárbaramente asienta, conocerás en mi enojo, que mis piedades violenta, una desastrada vida de infortunios y miserias. (Sí, porque Dios me permite que sobre aquestos dos llueva mi brazo estragos fatales de desdichas y tragedias. Acaso por sublimarlos se resisten con paciencia, que sin divinos designios solamente los penetra. Porque si amante y benigno Dios de bondades eternas se llevó a los que me sirven, también los cielos y tierra trastornaré contra aquellos que me niegan la obediencia.) Suspende, señor, suspende de tus iras la violencia, pues aun en amago espantan. Toda el alma te venera, prometiéndote constancias y votándote firmezas. Esas quiero que me guardes, y verás lo que granjeas. Pero tu esposo ha venido, vénzale tu fortaleza. Por que mejor lo consigas, te asistiré a la pelea, para ti estando visible, no a tu esposo, que en tinieblas, tiniendo el alma ofuscada, no ha de ver del sol la esfera. Teopiste, ¿cómo así estás? ¿Qué turbación es aquesta? El rostro descolorido, ¿qué es lo que miras? ¿qué piensas, tan hallada en las congojas como perdida en ti mesma? Cómo se conoce bien que ignoras la dicha nuestra, pues si supieras ¡ay, Cielos! Advierte, Teopiste bella, que tu perdición propone. Respóndele y no le temas, que yo te asisto de escolta. Ya sé, esposo, a lo que vas. ¿Qué es saber, cuando aun apenas fuimos testigos del caso tan solo yo y una fiera? ¿Tú y la fiera solamente no más? Y Dios, que Dios era. Detente, no digas más, que el hombre que Dios veneran los cristianos, ¡qué aversión tan afianzada en cautelas! te dijo que le siguieses. ¿Quién, mujer, te dio esas nuevas? El que nada se' le oculta. Pues ¿cómo de Él, di, blasfemas? De aquese que Dios aprende tu delirio y pasión ciega blasfemo; mas no de aquel que los nuestros reverencian desde que el dios Jano vino sobre los montes de Armenia, en aquella arca embreada, segundo Adán de la tierra. También tuve yo ese engaño, Teopiste; mas mira, piensa que era Dios el que me habló, pues cuando a su ley me esfuerza, no me propuso contentos, no alegrías, no riquezas, sino trabajos y afanes, y es clara la consecuencia, que ley que está tan guardada de congojas y de penas, en lo difícil de entrarla se infiere lo grande de ella. (¡Aquí de todo el Infierno, que Dios le infunde elocuencia!) Prevenirte esos trabajos fue diabólica advertencia, porque, si como le sigues, al Dios verdadero dejas, y él irritado, es forzoso que males sobre ti vengan, quiere que los atribuyas, cuando triste los padezcas, no a venganzas del que es dios, del que no lo es a finezas. No en vano después que entré, Teopiste, aquí, el alma tiembla, que aquese razonamiento, aunque es grande tu prudencia, algún sofístico encanto para tu mal te le enseña. Pues si rebelde porfías, si obstinado perseveras en delirio tan frustrado, en una pasión tan ciega, yo te aseguro que a Dios, a mí y a tus hijos pierdas. Aguarda, Teopiste, esposa; contigo el alma me llevas. (Vencido casi se tiene. ¡Ah, mujer! Si consiguieras esta Vitoria, más fuerte a mi intento parecieras que Eva con el primer hombre, si bien fue grande la impresa.) Es en vano persuadirme si esa vana ley no dejas. ¿Ley vana llamas la que es tan copiosa, tan inmensa, que todo el género humano se puede salvar con ella? Metáforas son y enigmas esas razones propuestas. No es mucho que no lo alcances mirándote tan a ciegas, que son del sol sus efectos que para verse en su esfera sin que sus rayos molesten y sus luces nos ofendan, en el cristal, en sus ondas, se ve su cambiante crencha. Toca el cristal del bautismo y, como tú le poseas, verás en sus aguas vivas de amor la mayor fineza, pues que de Dios la bondad, que a nuestro bien se carea, de ese alcázar de zafir te adoptará su heredera. Pienso que el alma se inclina a las razones que enseñas. (¡Qué propia fue la inconstancia en las mujeres!— ¿Qué intentas? Que tus ruinas solicitas si procuras mis ofensas.) En fin, venció la razón, que no era bien que estuviera la beldad más soberana sin la deidad más suprema. (Mira no te determines.) ¿No te resuelves? ¿Qué piensas? Tu dicha estás retardando. (Mira que a tu mal te acercas.) Sígueme, hallarás tu vida. (Y tu muerte si me dejas.) ¿Cómo podré salir de esto? ¿Quién te suspende y te lleva? ¿Con qué frenesí batallas, pues que tanto te enajenas? Digo, esposo, que a tu Dios. (Aguarda, mujer, espera; ¿ya te has resuelto a dejarme? Pues agora experimenta lo fatal de mis venganzas. Escúchame bien. ¿Te acuerdas que tus primeros amores, que tus primeras finezas fueron con Claudio, de quien aún tu esposo recela, porque los dos compitieron galanteos, mas la empresa Plácido la consiguió? Pues por que mis iras veas, le he de perturbar la vista con reflexiones de expresas especies que, en su sentido, de Claudio con odio observa, porque dejándome ver por su enemigo me tenga, y a ti te cueste la vida cuando, prorrumpiendo en quejas, yo me desate en el viento porque afligida padezcas en las furias de un celoso de un agravio en la inclemencia.) Prosigue, Teopiste, di: ¿al Dios que adoro veneras? ¿Quién te acobarda a decirlo? Demonio, Yo, por anular la necia presunción de tus engaños, y también por que no pierdas el sujeto que más quiero, que la idolatro en idea. Pues ¿cómo. Claudio, tú aquí te atreves con tal soberbia a estorbarme los intentos encubierto en mi presencia con diabólicos encantos? Cuando sobre las almenas de Jerusalén me viste, que con invencible fuerza de sus vecinos hebreos tantos arrojé a la tierra que se llegó a persuadir que de esa cerúlea esfera tornaba Dios arrojar los que quedaron en ella. ¿Y con mi esposa aquí solo? ¡Que lo articule la lengua y que no me caiga muerto ¡ay, Cielos!, porque una afrenta es mejor para sentida adentro que dicha afuera! Y así, desnuda la espada porque ha de vengar mi ofensa los agravios que me has hecho. ¿Hay tribulación como esta? ¡Cómo gastas arrogancias! (Cómo apuras mi paciencia, porque adviertes tu sagrado, quien con mirar me sosiega. (Con aquesto más le irrito para que Teopiste muera, siendo causa su venganza de que bautizarse pierda.) Advierte, esposo, señor... Mi cocodrilo o sirena, no me mates con tu llanto hasta que vengarme pueda. ¿Cómo el acero no esgrimes? Porque es crueldad manifiesta que en un muerto en el honor nuevos agravios pretenda. Pues será de aquesta suerte. Quien hizo que no me vieras quiere que yo no te mate para que viviendo mueras. ¡Qué propio que es del cobarde el ofender con la lengua cuando se juzga seguro! Desatose como niebla. Y tú, causa de mi agravio, ¿tío me dirás... ¡Qué tristeza! .por qué fácil me ofendiste amparada de cautelas, fingiéndote ser leal; áspid oculto en la selva, que se equivoca en sus flores, ramillete que se ondea y es, al tocarle, veneno y tósigo cuanto encierra? Mira, señor, que te engañas, que la cándida azucena que a la aurora aljofarada se ve esmaltada de perlas desarrollando el capillo almohada de blanca tela, en quien Apolo, su amante, suele reposar la siesta, no tan intacta se mira, no tan pura se despliega como yo vivo en tu honor. Pues ¿cómo negarlo intentas? Era un espíritu errante de los que el pueblo venera, alma y voz de sus estatuas que, por que no te creyera, me amenazó con la muerte. Pues dime, señor, si fuera Claudio, como tú aprendiste, ¿no sabes que es cosa cierta que es noble? Pues si lo es, ¿no implicaba a su nobleza que me arriesgara al peligro y que cobarde se fuera? ¿Aún celos me das con él? Pues yo, con aquesta daga, te le he de sacar del alma para borrar mis afrentas. ¡Válgame el Dios que tú adoras! Protector a tu inocencia, un Paraninfo te asiste. ¡Qué ventura! ¡Qué fineza! Plácido, si fue un Demonio quien, con falsas apariencias, vuestra quietud perturbó y de Dios la providencia quiere que yo venga a ser iris de paz, que serena la tempestad de los celos, vengo con aquesta luz a guiaros al bautismo, Y no es esta la primera vez que un Ángel ha bajado a asegurar la pureza de una consorte a su esposo. Tanto el alma se sosiega, amable nuncio divino, de las infaustas sospechas que en ejecución ponía, que se calmó la tormenta en quien de mi honor la nave fluctuaba ya deshecha. Teopiste, ¡Qué soberano reparo! Quien se afianzó en las tutelas de las piedades de Dios, tuvo segura la empresa. Venid, seguidme los dos, porque con la antorcha sea paje de hacha que os conduzca a la mayor dicha vuestra. Era tiempo que vinieras. Ya no me hallaba sin ti. El primer lacayo fui que le quisieron de veras. Derretido por ti estoy; este es cristal más que humano. Cuanto más te doy de mano, menos de mano te doy. De estas cosas bien se infieren, pues sobran ejemplos hartos, que nunca se quieren cuartos de quien los cuartos se quieren. La experiencia lo dirá que mucho te quiero, pues no quiero que tú me des, porque de ti se me da. Más a tu persona quiero que a la mejor dama en Roma, que la mejor dama toma, mejor que un favor, dinero. Y advirtiendo que se excusa en socorrerla al instante, preceptora de su amante, le enseña muy bien la musa. Declinando con primor, si apeteces que me llame yo tu dama, dame, dame, y si no, busca otro amor. Mas ¿dónde están mis señores? ¿Si nos habrán escuchado y nos echarán de casa? Eso no te dé cuidado, que ha buen rato que salieron. Porque Plácido, tu amo, yendo a caza, vio en el monte un ciervo, entre cuyos ramos, escarpiado en un madero le habló el Dios de los cristianos. Vino y díjolo a su esposa y a sus hijos, y los cuatro se fueron a bautizar. Y el corazón me han robado a que también les imite, que es un Dios muy para amado. Y así, amigo Rapatrama, si me has de querer, casarnos y ser cristiano conmigo; si no quieres, no hay que hablarnos, Pues ¿hay más de cristianarme y aumentar al calandario, de muchos dioses que adoro? i- Uno más chico pecado. Sí; mas piensa que es un Dios que ha de ser solo adorado. ¿Para casarme adorar deidad que habita en venados? No estoy de ese parecer. ¡Mal año para el presagio! Eso es mostrarme el peligro antes que llegue el agravio. No, Lucrecia, ¡por tu vida!, que me des por excusado, que aunque es verdad que te quiero, es el agüero muy malo. Si eso temes, ¿cómo adoras a Júpiter? Pues es llano que para robar a Europa fingió ser un toro manso. ¡Qué boba que eres, Lucrecia! Por ser caso tan extraño se merece adoración. Era dios y hizo un milagro. Pues farfallota o bufón, no hay que mirarme. ¡Ah, locaino! Pero mis señores vienen. Qué presto que han despachado. Troqué de Plácido el nombre en la pila del bautismo por Eustaquio, y aunque el mismo soy, con la fe soy otro hombre. En caja tersa, en seno nacarado, naturaleza qué prodigios cría, junta el rocío que el aurora envía con el fuego del sol más acendrado. De esta oposición, pues en sumo grado como competidores a porfía, perla engendran con tanta bizarría, que llegan a dudar si la han formado del agua elemental que Dios eleva, con fuego de su fe, que se introduce en el alma obediente al albedrío. Tanto el afecto de su ley me lleva, que a veces a la duda me conduce si el amor que me abrasa es hijo mío. Bruta atalaya, inaccesible peña, se descuella a los páramos del viento, y aunque encubra por cátedra y asiento una águila imperial, no la desdeña. Desde ella a sus hijuelos les enseña, al que quiera, al sol mire tan atento, que le sirven sus rayos de alimento; mas al que se acobarda le despeña. Desde la piedra del bautismo santo águila en sus cristales renacida, solo con Dios se ocupa mi albedrío. Pero si de este soberano encanto se sabe algún intento, enfurecida de mí le arrojo como que no es mío. Agapio, Teófilo, amados hijos de mi mismo aliento, ¿no sentís algún contento de ver que estáis bautizados? Yo, padres, en esta edad, ¿qué es lo que decir podré? A todo diré no sé. Ya hablaré con propiedad. Pero si el que nada sabe en todo está como ciego, y que a saber nada llego, mucho de serlo me cabe. Buen cristiano así seré, sin curiosidad ni antojos, pues me conozco sin ojos para no errar en la fe. Yo siento, padre y señor, del alma en el breve centro un gran placer, y hacia dentro juzgo de aqueste el autor, y por esto yo quisiera adentro estar tan atento que aun me moleste el aliento porque respira allá fuera. A confundirme llegáis y afirmarme más con Dios, considerando en los dos lo que decís, lo que habláis. Y entre tan grande placer algún cuidado me asiste, hermosísima Teopiste, cuando me pongo a atender que zozobrara este gusto, pues Dios me lo dijo ansí, con trabajos ¡ay de mí! que yo por mí de ellos gusto. Solo dos puedo temer, amada esposa, por vos, y como somos los dos, según lo llego a entender, en bien pacífica calma, un impulso, una razón, una vida, un corazón y dos cuerpos con una alma, juzgo por bien imposible que yo los sufra y los pase, sin que también os traspase de su rigor lo terrible. Pluguiera a Dios no os amara, porque, distintos la suerte, a mí por mí diera muerte y a vos por vos no os trocara. No, Eustaquio, no es ese amor, porque si amor me tuvieras, aqueso no me dijeras pensándome hacer favor. Pruébote la consecuencia. Amar yo no es otra cosa que procurar, afectuosa, con la mayor diligencia, el gusto, el bien, el placer, la vida, interés y honor, cualquier cosa de valor a aquel que llego a querer. Esto supuesto se quede, y paso más adelante. Doy, pues, que aquese brillante zafir que él solo se excede, de sus polos desasido, de sus ejes desquiciado, contra los dos conjurado, nos amenace ofendido, al fin, del daño más fuerte de ser temporal se alaba; todo con la vida acaba, todo cesa con la muerte y todo aqueste rigor, todo este afán referido, si está por Dios padecido, él es tan grande Señor, que aun más de lo que es abona, previniendo piadoso al tránsito doloroso duplicada la corona. Y aquesto, Eustaquio, es de fe, pues ve qué buen agasajo es, por quitarme un trabajo que aún no ha llegado y se fue, por la brevedad que pasa, un premio sin evasión, un eterno galardón y una gloria tan sin tasa, Y así por mí, si por vos, pues que convenís en esto, cuanto más viniere presto más bien estaré con Dios. ¡Jesús, qué tumulto airado, qué terrible tempestad! El día en la oscuridad parece que se ha negado. Temblando estoy del demonio. El hace aquesto, es muy llano. Promete serás cristiano y admíteme en matrimonio, y no tendrás que temer. Todo por uno se aprueba de que el Demonio me lleva si me lleva una mujer. ¿Qué haces, señor, descuidado, cuando de esa ardiente esfera un rayo dio en tu panera y todo el trigo abrasado y por ese viento vano sube en llamas convertido? ¿Este fruto habéis cogido? No en mi vida sea cristiano ni dejar mi religión. Así a sus amigos premia. Desvíate allá, Lucrecia, que güeles a chicharrón. Ya, Señor, Dios soberano, con abrasárseme el trigo, conozco que soy tu amigo, nuevas atenciones gano, pues que, liberal tu mano, necesita el ansia mía que con devota porfía el pan te pida de hoy más, y juzgas que no lo das si no lo das cada día. El pan es para vivir, con él la vida se pasa, y por eso Dios le abrasa, con que me viene a decir que lo que yo he de asistir está solo en su piedad, para que mi ceguedad, con algún deslumbramiento, no atribuya al istrumento lo que debe a la deidad. ¿Señor? ¿Qué ha sucedido? Dime lo que te acobarda. Los criados que de guarda en tus tierras han servido a todos la peste ha herido, todos muertos se han quedado, ¡Dios por ello sea alabado! ¿Hay más? Sí, señor. Pues di. Que una tempestad que vi todos tus campos taló. Con eso Dios me libró del afán que merecí. Luego viene a ser favor el habérnoslo quitado, pues nos ahorra el cuidado y nos duplica el valor, En que aquestos son regalos se han empeñado los dos. Locos están, pues a Dios quieren que regale a palos, En fin, esposo, ¿qué haremos pues que tan pobres quedamos? ¿Dónde quieres que nos vamos, o adonde quieres que estemos? Vivir en Roma, Teopiste, no me parece acertado, por la razón que tu estado. ¡Grande tristeza me asiste! Pasemos a otra región, que, no siendo conocido, en un oficio abatido ¡ay, prendas del corazón!, procuraré que pasemos viviendo de mi sudor. (Mucho me falta el valor; mas, penas, disimulemos.) No siento la cobardía; mi esposa, y sea peor, que me aqueje su dolor o me mate el ansia mía, (Por más que encubrir intento de este infortunio el rigor, ni bríos tengo al dolor ni fuerzas al sentimiento.) ¿Es posible que han de verte (a pie caminar mis ojos por entre breñas y abrojos sin que el ansia de atenderte basilisco no me sea que, entrándome al corazón, muera de aquella pasión? Más congoja es que te vea yo como dices a mí, habiéndote visto entrar, gloria de Roma, a triunfar, solo vencido de ti. Por tu vida triste calma, que no apures la ocasión liquidando el corazón por las ventanas del alma. (Aunque refrenarlo intento los párpados se humedecen; congoja a congoja crecen.) (Pero mis penas desmiento esforzándola a sufrir, que es el ejemplo muy fuerte, que si día llorar me advierte, ¿qué le queda que sentir?) (Mas separarme es forzoso porque Eustaquio no lo sienta.) Señora, grave tormenta y trance bien congojoso. Teopiste, ánimo, brío, que por Dios lo padecemos; muchos males esperemos. Vengan todos, que confío que Él nos ha de dar valor a padecer y sufrir. (Aunque quiero desmentir las ansias de mi dolor, no puedo, porque las siento más en mi esposa que en mí. Quiero apartarme de aquí, que ya me falta el aliento.) ¿Cómo me escondes la cara? ¿Aun no tengo ese consuelo? Voy fuera. ¡Qué desconsuelo! Señor, primero repara... No hay que reparar. Adiós. Presto a verte volveré. Dios fortaleza nos dé. Dios nos consuele a los dos. Yo haré de mi ley alarde como Dios me guarde el juicio. Para aquese beneficio la petición llegó tarde. SEGUNDA JORNADA Cansada, esposa, vendrás, porque es la tierra fragosa y hemos caminado mucho. Si lo emprendiera yo sola sintiéralo; mas con vos, y por Dios, la pena es gloria. Ninguna fatiga siento. Pues a mí muchas me sobran, que estos caballos de a pie, aunque es verdad que no trotan, tal vez quieren refrescar, y siendo así que una gota no tenemos del licor que se chifla y que se sopla, agarrada a cada pie pienso que traigo una bota, y más que todo esto siento que se me quedase en Roma, con sus padres, mi Lucrecia, que era alivio a mis zozobras. ¿Y vosotros, hijos míos? Algo el andar nos congoja; mas Dios, que gusta de aquesto, nos anima y nos conforta. El sea alabado por siempre, que me dio hijos y esposa que, disimulando penas, con su gusto se conforman. Siempre están a mediodía mis tripas que se alborotan, que es república neutral y se amotina por horas, y así vamos a comprar algo que estos niños coman. En este apacible sitio que de enebros se corona. siendo frondosos montados que al sol se oponen en tropas, porque de él la batería que se precipita a bombas no abrase tanta esmeralda y no queme tanta alfombra, puedes, Teopiste, quedarte junto a esa fuente sonora que deleita y que divierte desparramando su aljófar, mientras que vamos los dos a ver si acaso se topa en el lugar un barquero que de esta orilla a la otra pase esta humilde familia. Pues vete, esposo, en buen hora, que tus dos hijos y yo nos quedaremos a solas. Vaya con vosotros Dios. Él te guarde y dé su gloria. Sentémonos a esta fuente que como plata atesora. cuidadosa de su dicha, ni un instante reposa. ¡Ay, madre, qué lindo fresco! A dulce sueño provoca. A quien buena gana tiene cualquiera salsa le sobra. Ya se han quedado dormidos, y esta estancia promontuosa me asegura que yo pueda acompañarlos sin nota. A la fragata dejo amarrada a un escollo de ese espejo que hecho lienzo de plata él mismo se bosqueja y se retrata por hallar una fuente que me dé su corriente y a mitigar en ella el ardor de una sed que me atrepella. Ameno sitio, umbroso, ¡qué enlazado! ¡qué ameno! ¡qué frondoso! Pero ¿qué es lo que advierto, Júpiter soberano? ¿Estoy despierto? Aquí reposa una mujer dormida, y a un mismo tiempo causa muerte y vida. Del cristal en la fuente su beldad se repite vivamente. Sobre el brazo inclinada se ve el aurora en rosicler bañada, que en su divina esfera ya me parece sol, ya primavera. ¿Quién aquí te ha traído con esas prendas de tu dulce nido, siendo tregua tu aliento en quien reposa, vertiendo grana la purpúrea rosa? Pero ¿en qué me acobarda a gozar esta dicha que me aguarda? ¡Júpiter soberano! ¡Peregrina beldad! ¡Ay! ¿Quién la mano me toca de esta suerte? ¡Qué susto! ¡Qué zozobra! Lance fuerte. Dime quién eres, hombre, que así te has atrevido. No te asombre, a tus verdes abriles lo que se ocasionaron por pensiles. Más te aumentas hermosa con cubrirte de nácares ansiosa. Temiendo tus agravios, para quejarte, toda te haces labios. Como muerta he quedado. Eso te gané yo de adelantado. Pues las manos me suelta, que a morir ¡vive Dios! estoy resuelta si alguna grosería solicita emprender tu tiranía. Además que mi esposo tardar no puede ya, que cuidadoso se llegó a aquella aldea. Dudo que aquesto como dices sea, Ningún temor dispierto. ¿Qué me puede ofender si está ya muerto? No resistas, esquiva, tanto, excusado es tu decoro, cuando por cielo y por deidad te adoro. Primero has de matarme. (Mas ya veo quién puede asegurarme.) ¡Dios! valor en mí vierte. Mi intento he conseguido de esta suerte.) ¿Qué es, mujer, lo que has hecho? Defender vida y honra a tu despecho. Más con eso me irritas. Si te atreves tu muerte solicitas. Solo dudo arrojarme, no por temer la muerte que has de darme, por el impedimento que puede conseguírsele a mi intento. Esta roca es bien rara, pues a mi honor sin conocerme ampara. ¡Vive Dios, que me abraso! Más propiamente lo dirás si un paso mueves; a mi despecho, taladrarte con plomo tengo el pecho. ¡Lo que me he apresurado! Casi he venido como arrebatado. Teopiste, dilo presto, ¿qué es esto? ¿Cómo estás de esa suerte? (Disimular intento, porque fuera mayor el desacierto si yo se lo dijera, pues en otro peligro me metiera.) Señor, aqueste hombre, perdone sabio a quien ignora el nombre, a beber a la fuente llegó tan libre y impensadamente, que viéndole a mi lado, yo sola y el lugar acomodado a cualquier desafuero, de tanto riesgo asegurarme quiero, Y habiendo reparado que al bajarse a beber esta ha dejado, de improviso la tomo, tiro la llave y guardome su plomo, que, aunque no dijo nada, poco importa pecar de adelantada, que la ocasión alienta al hombre aún más allá de lo que intenta. Esto es, en suma, todo la causa; siento hallarme de este modo. La pistola pedía, y dársela hasta verte no quería. (¿Hay mayor excelencia? Con su beldad compite la prudencia.) (¡Ay, Jesús, qué mentira! Aquesto dijo porque padre mira.) (Con esto he sosegado. Nunca me conocí tan reportado.) Pues vuélvele, Teopiste, a ese señor sus armas. (Mal resiste el alma este contento.) (Más con esto mi amor siente el tormento.) Salí de mi fragata que cisne vuela en este mar de plata, a beber a la fuente, y aquesto sucedió tan brevemente, que pienso que fue sueño. (No fue poco librarme de este empeño. si bien de amor me abraso.) Soy mercader, y para Egipto paso. ¿Que camináis a Egipto? Mediante Apolo, aqueso determino. Ese es nuestro camino, y algún vaso aguardar me determino. (¡Así! Si yo consiguiera hacer que en la fragata se metiera. Mucho lo desconfío.) ¿Para qué aguardáis otro estando el mío tan desembarazado? Con tan grande favor quedo obligado. (No es esta opinión mía. Temo de aqueste alguna alevosía; mas yendo con mi esposo, no me acobarda nada peligroso.) Pues voy a ver si viene un amigo que solo nos detiene. De este lugar infiero que está en él el Demonio por ventero. ¿Hay tal lo que han llevado y más lo poco que han aquí dejado? Ya embarcarnos podemos. Oyen vustedes, ¿antes no comemos? (Como ella entre primero, mi mayor dicha conseguir espero, pues retirando el vaso, robar tengo el incendio en quien me abraso.) ¿Por adonde ha venido aqueste figurón entremetido? Su dinero este ahorra y en aqueste viaje mete gorra. Hay de esta suerte algunos que a tiro de arcabuz, por importunos, güelen cualquier comida, viniendo a ser gorrones de por vida. Ya Teopiste ha saltado. Quiero ir no me dejen olvidado. ¡Iza! ¡Zaloma! ¡Leva! Tened esa fragata, que toda el alma me lleva, o por estos golfos de agua entraré a morir por ella. ¡Esposo! ¡Eustaquio! ¡Señor! ¿no ves que te desesperas y que a Dios así le ofendes? Madre mía, que nos deja y se va. ¿Qué hemos de hacer? Deme Dios su gran paciencia, que bien menester la tengo. Solo, Eustaquio, te consuela, en tanto mar de desdichas y en tanto golfo de penas, que no pierdas el honor, porque Dios, sabio, tantea con el sujeto el trabajo, y ese, insufrible, me fuerza. Pero Dios nos está amando, pues de nosotros se acuerda; digo, los santos trabajos de su amor clara evidencia; no ha de querer apurarnos para que todo se pierda. Pirata, que cauteloso me robas la mejor prenda; aunque Dios permite agravios, es juez y castiga ofensas. ¡Adiós, Eustaquio! ¡Adiós, hijos! Infame canalla, rema, que retardándome estás las glorias que se me acercan. ¡Ay, padre! ¿No ha de volver? ¡Ay, honor, cuál titubeas, fluctuando en dos peligros! ¡Qué desdicha! ¡Qué inclemencia! ¿Hay dolor como el que sufro? Que me roben con cautela la vida ¡pluguiera a Dios!, con eso no padeciera tanta lluvia de pesares, tanta tempestad de penas. Aquella montaña altiva que con ceño al cielo trepa, desasida de sí misma sobre mí no se cayera y acabara con un golpe tanto golpe de miserias. . Pero tente, lengua mía. que tus dichas atropella, no malogre tu ventura colérica mi advertencia. Mártir soy en el honor, pues la fatiga postrera el mayor mal de los males, que todo muriendo cesa, y aquesta, como es infamia, achaques tiene de eterna. ¿Hay martirio como el mío, de que un hombre honrado vea a su esposa en brazos de otro y que ha de tener paciencia? Por ser cristiano y saber que el Dios que por Dios confiesa, para que no me extrañase, cuando padecer me viera, en la tabla de la Cruz de los mártires idea, se pintó al vivo tan muerto, si bien muerto de clemencia, que el pincel del padecer con las colores de afrentas, no lleva a imitar un rasgo de tantas como él ostenta. Mas ¡ay, dolor! a la vista se pierden los que la llevan, pareciendo, por lo lejos, la fragata que navega cómo los celos y mar. se visten de una librea. Si mar que corre del fin, si cielo que nube vuela. Ya se borró de la vista y mis ansias cobran fuerza. ¡Ay, corazón! Que no cabes en tu esférica caverna, y derretido en el fuego que en las congojas te engendras animado eres arroyo que del cuerpo, por las venas, subes trepando a los ojos, y, como fueron las puertas por donde sentí mi agravio, por que se mire por ellas, del veneno atosigada? vuelven huyendo a su esfera a que les sirva sepulcro quien fue su cuna primera. ¿Acabaste de llorar? Mira que es grande imprudencia que llegues a sentir tanto el que la mujer te llevan. ¡Cuántos me están escuchando que a gran dicha lo tuvieran! ¿Adónde iré, Cielo santo? Vámonos tras ella. Fuera gentil pepitoria por tantos mares y tierras, sin saber adonde y cómo. Demos a Roma la vuelta, que tengo miedo a este monte, allbergue de tantas fieras. Solamente no habrá lobos, porque del agua reniegan. Paréceme, Rapatrama, que este río que atraviesa... por la falda de este monte pasemos. ¿Aqueso piensas? ¡Ay, señor! Perdiste el juicio si no te desesperas. El Diablo me trujo acá. ¿Qué barcos o qué galeras tenemos para pasarle? Llevaré estos dos a cuestan, uno a uno. Tú, a mi lado, te vendrás la vez postrera. Yo me voy a desnudar. Aquí, con este, me espera. Ya se fue. Con las alforjas quiero ajustar cierta cuenta, que él por el río allá, nada; yo algo, acá, por la ribera. No es muy blanco el señor pan; las aceitunas se acuerdan de Crispín y Crispiniano, porque me saben a suela; Argos se parece el queso, con que bien claro se prueba que las hermanas Cabrillas tienen con él parentela. Oyes, digo que es cabruno, porque eres bobo y lo entiendas. Aquesta bolsa de Baco, que bota quieren que sea, no hay remedio que esté blanca por más y más que la cuelan. ¡Válganme cinco mil dioses, que bien que sabe! Recrea. Otra vez, altó, arribita. ¡Qué gustoso se despeña! Pero ¡ay, ay, ay! que me caigo; todo el campo se voltea, cómo se mece y columpia y me duele la cabeza. ¡Cosa que me emborrachara! No, en mi vida de mil leguas, porque como con la honra no puede haber epiqueya, ninguno mejor que naide. Pero, chulo, ¿a quién entierran que vienen con tantas hachas? Parece que va de veras. ¡Qué amargor tengo en la boca Con esto se azucarea. Mas ¡voto a Dios! i voto a Dios! que este vino de la venta me ha encantado con hechizos. Ni sé si en cielo o en tierra estoy. Dime ¡por tu vida!, ¿quién me ha llevado las piernas y ha dejado los zapatos? ¿Pues las piernas no son estas? ¿Aquestas son? ¡Qué mentira! Pero, vaya, de merienda ¿es aqueste pan o queso? ¡Cómo güele, si vivieran ratones, yo soy buen gato! ¡Ay, Apolo, el alma tiembla! Para ratón es muy grande. ¡Barrabás, los ojos que echa! El Diablo que le esperara; . mas que de todo dé cuenta. Si me sigue, al agua me echo. ¡Padre, padre, que me llevan! ¿Hay más trabajos, Señor? Teófilo es el que se queja. Mas ¿aquí no quedó? ¡Ay, cielos, de nuevo el dolor se aumenta ¡Teófilo! ¡Teófilo! ¡Hijo! No responde. ¡Qué tristeza! ¿Aún no hay alguien que me escuche por que no se compadezca? Que es alivio, y Dios no quiere que aun ese alivio yo tenga. No estará aquí. ¡Qué tormento! ¿Si lo llevó alguna fiera y, como es tierno cordero. en sus carnes se apacienta? Detente, bruto feroz, si es lo que el alma piensa, que de él desgarras las carnes y el corazón me atraviesas. De esotra parte del río Agapio aguardando queda; de aquí se ve dónde está; mas otra desdicha nueva. Un oso con él se abraza como si fuera colmena, y, levantándole en peso, por entre riscos y breñas corriendo, para encubrirse, toda mi vida atormenta. Padre y señor, ¿dónde estás? ¡Que me matan! ¡Que me llevan! ¿A qué aguardo? Voy tras él. Cercadle, no se nos pierda. Baja al valle. ¡Al monte! ¡Al monte Si el paso hacia allí se alienta, si estas voces le embarazan, si es Teófilo causa de ellas. Si paso de la otra parte es frustrada diligencia, porque vuelva una desgracia y tarde un remedio llega. ¿Qué he de hacer? j piadoso Dios I Ved que me anego en las penas. ¡Ay, Agapio! Te perdí, aquesta desdicha es cierta, de un animal en los brazos. ¡Qué brazos tan sin clemencia! ¿Si agora se está trinchando? ¡Que de aprenderlo no muera! Quiero llamar a Teófilo, puede ser que a la voz venga. ¡Teófilo! ¡Teófilo! ¡Ay, Dios! Pienso que el eco resuena en las bóvedas del monte o en las grutas de estas peñas. Toda asombros es mi vida, toda prodigios la tierra. ¡Teófilo! ¡Teófilo! Rapatrama es este. Intenta, como yo. que le responda. Llamarle quiero. Las nuevas me dará de lo que pasa. Pero pienso que ya llega de mis voces conducido. Oye, ¿está? Sal acá fuera. ¿Cómo? Diga si está ahí, y esto ha de ser .muy de veras, un ratón como un león. Ven, que me mata tu flema. Uno que vino a comer con una cara de suegra. Eché a correr por no verle, y aún corriendo me estuviera si no escuchara tu voz. Tal era su cara buena. ¿Y Teófilo? Aquí quedó. ¿Quién duda que hizo en él presa? Da al Demonio Dios licencia, como la vida no quite, a Job, que en todo le imite, usa de toda violencia; y con . saber que hay paciencia más que todo a un deshonor, provoca en él su rigor, no llega, al precepto, atiende, pues en la vida le ofende si le ofende en el honor. Y aún es de más excelencia, por tal el hombre lo siente que es la vida un accidente y de ella el honor la esencia; luego ansí que con violencia me la quitaron, me privo de la que es vida y recibo neutral martirio, tan cierto, que lo juzgo como muerto y lo siento como vivo. Y en tanta congregación de infortunios y de males, los hijos, que son vitales pedazos del corazón, no sin divina atención, también. Señor, los perdí, porque no quedase en mí, según de mudado estoy, ni vida por lo que soy ni señal de lo que fui. Señor: ¿dónde está el vestido, que pareces marinero? El río me le llevó. Pues, señor, yo estoy dispuesto de seguirte hasta la muerte. Pues vamos, y en algún pueblo de estos que están por aquí entrambos procuraremos servir a alguien, porque así lo que nos resta pasemos. Si bien tengo gran fe en Dios, que ha de servirnos con celo. ¿No me dirás, gran señor, qué te escriben del Oriente? Que aunque tú, siempre prudente. ostentando tu valor, intentas disimular la fuerza de tus enojos, te estoy leyendo en los ojos que es nueva de algún pesar. Concédote que es verdad. Algún tanto me ha inquietado, y lo que aumenta el cuidado que pide gran brevedad el que se remedie el mal, porque del Asia las gentes, los partos, inobedientes a mi corona imperial, por mí tres veces vencidos, cuarta vez se han rebelado, y con furor impensado, de su enojo persuadidos, ochenta mil combatientes a sangre y fuego la guerra entran talando la tierra de los que están obedientes. Y más a sentirlo vengo, según las cosas están, la falta de capitán, que en Roma ninguno tengo a quien poderle encargar empresa tan importante, y será bien que al instante se le vaya a castigar. ¡Válgame Apolo sagrado! ¡Qué infeliz es mi memoria, pues viéndome en tanta gloria, hasta hoy no me he acordado de un Capitán valeroso que fue grande amigo mío, de cuyo esforzado brío estuvo el mío envidioso cuando Tito y Vespasiano al hebreo guerra dieron y el templo le destruyeron, que llora siempre, aunque en vano. De Roma era natural, rico y de linaje altivo. ¡Ah, si fuese agora vivo, fuera el remedio total! Claudio, ¿por ventura sabes si en Roma está un Capitán a quien pienso llamarán Plácido? Infortunios graves de Roma le han desterrado con sus hijos y mujer. Pienso que se fue a esconder de Egipto en lo retirado. Que vino a mucha pobreza y se fue por no ser visto, (¡Mal mi pasión la resisto! ¡Cómo tuviera a fineza que Trajano me mandara irle a buscar, porque viera de mi amor la ardiente esfera y el alma se sosegara en la imagen de su fe, de Teopiste en la belleza!) Pues luego hacia Egipto ve con la posible presteza, y lleva gente contigo, por que, repartidos todos, le busquen por varios modos. Porque si verle consigo, te prometo un gran favor en premio de tu cuidado. Pues con aqueso esforzado, no te desveles, señor, que como Plácido viva le he de traer, ¡vive Apolo! Pues yo pienso que en él solo aquesta vitoria estriba. Y así, vamos a escribir por que le lleves un pliego. Mariposa soy que al fuego de su amor he de morir. ¡Albricias, Fortuna mía, pues voy a ver a Teopiste, quien cuanto más se resiste mayores afectos cría! Empinadas montañas, que del zafir eterno sois Atlante, sustentándole apenas a mi ganado errante por aquestas campañas que, de esmeraldas llenas, búcaros sois de la florida aurora, para beber lo que temprano llora. Tres lustros han pasado que gobierna el ganado mi cayado; al pasto le conduce y en lo aparente por aquí produce con su blanco algodón puesto con nieve cuando animado de mi voz se atreve. Aquí paso mi vida olvidado de mí tan pobremente como pastor que guarda esta hacienda adquirida, que de ella aumento aguarda quien mí vida sustenta, no siendo aquesta mi menor tormenta, que servir quien mandaba mucho del sufrimiento al hombre acaba. 'Mas para no anegarme, siempre, mi Dios, sois norte a consolarme a quien mi espera, aguja de tus rayos, surca en consuelos lo que ve en desmayos. Mas lo que más me ofende es la memoria de mi esposa amada y de mis dos hijuelos. ¡Qué penetrante espada que el corazón me hiende en continuos desvelos! De los hijos no es tanto, que si ya muertos son, enjugo el llanto; mas mi esposa Teopiste es la congoja que mayor me asiste. ¡Oh, Señor! j Si supiera, por que de este cuidado me librara, y muerta o viva siempre os alabara! A la falda de este monte humilde le besa el pie, una aldegüela de aquestos hombres mi albergue fue. Llegué con mí compañía. por Plácido pregunté, y después de algunas señas que vive aquí me informé apacentando ganado quien de Marte asombro fue. Porque viva la malicia en los villanos se ve, no me atreví a preguntar por la Venus más cruel. Con el traje de bandido me he querido guarecer, porque si el fin no consigo, bajando al lugar podré, quitándome este disfraz, dejarme de él conocer. ¡Ay, prenda del alma mía, Teopiste, si te hallaré! ¿Quién aquí nombró a Teopiste? ¡Un hombre, y, al parecer, es bandido de estos montes! ¿Qué intento puede tener? Un pastor he descubierto, aqueste preguntaré si vive la que idolatro, , muerte y vida de mi ser. Pastor, que Júpiter guarde, si sabéis, ¿no me diréis adonde Plácido está? (Negarme quiero y saber por qué á Teopiste nombró y a qué fin me quiere ver.) Compañero suyo soy y su más amigo fiel; presto vendrá adonde estamos. Mas, pienso que a una mujer llamábades cuando os vi. Juzgastes mal; solo fue una exclamación del alma. Luego, ¿mucho la queréis? Más que a mi vida la estimo. ¿Y no os paga? Es con desdén. Y a vista de no quereros ¿con amor permanecéis? Que engendra el desaire olvidos. En mí no lo puede haber, que dejo a veces quererla por poderla más querer. (Aunque cubierta la cara, por el talle y voz diré que es aqueste mi enemigo 'Gaudio, que debió saber que en este monte vivía con pobreza y mendiguez, y juzgando que mi esposa conmigo está, ¡qué altivez!, debe de querer robarla, pues que de su boca sé que esta su pasión antigua, aunque ciega, vive en él.) (Muriéndome estoy de pena por alcanzar y entender si Teopiste vive o muere. Con cautela lo sabré.) ¿No era Plácido casado? (¡Qué presto llegó a verter el veneno que guardaba! Pero yo le apagaré la llama como me abrasa.) Días ha que su mujer murió ahogada de congojas. ¿Sabeislo bien? Bien lo sé. ¿Que se marchitó su abril? ¿Que faltó su rosicler? Pues ¿para qué quiero vida, que jamás podrá tener consuelo a tanta desdicha? (Del pesar y del placer no es este el menor tormento. ¿Qué ¡Cielos! tengo de hacer? Si me doy por entendido, me obligo luego a emprender la venganza de este agravio. Si lo disimulo, a ser viene infamia, i Qué fatiga! ¡Nunca tan sin mí me hallé!) (Este pastor... Yo estoy ciego, pues que no lo reparé, se ha demudado y me mira. Si es Plácido... ¡Ay, Dios! Él es; aunque los años labraron tan otro su parecer, ¡Oh, mal haya mi pasión! ¡Qué presto que me arrojé!) (¡Mucho mira, y es posible que me venga a conocer, empeñándonos los dos, sin podemos socorrer, en que él acabe conmigo o que yo acabe con él.) (Él es osado y valiente, y celoso, es de temer cualquiera resolución. Así de aquesto saldré.) Mucho tarda, y pues no viene. cuando venga le diréis que Claudio... Eustaquio, ¡Muere a mis manos, traidor! ¿Qué es esto que hacéis? Perdonad, que fue un delirio, que, sin poderme valer, me arrebató los sentidos. Pues la espada me volved. (¡Qué justamente temía!) Tomadla; pero atended (Si él en que es Claudio se queda lo echamos todo a perder.) que soy tan amigo suyo, que porque ese Claudio sé que le ha intentado agraviar, iba a mataros por él. Decid, pues, a vuestro amigo que el que dije, ya entendéis, con un pliego de Trajano General le viene a hacer del Oriente contra el Parto. (Y de aquesto inferiré que es, mi Dios, de vuestra mano.) ¿Qué dices? Que le diré... Lo que os he dicho. Eso sí, Pues en aqueste primer lugar nos hallará a todos. (El disfraz me quitaré. ¡En mucho aprieto me vi!) (¡Gran auxilio de Dios fue el que yo no le matara!) Al monte a buscarle iré. No me parece acertado. No es menester que os canséis, Claudio, Pero ¿qué diré a Trajano? Eustaquio, Por Plácido, le diréis que aceta el bastón, y yo por vos lo aceto y por él, que es muy mi amigo y mi deudo, puesto que pastor me veis, Pues las romanas legiones, cuando en su poder estén los despachos del Senado, le vendrán a obedecer. Eustaquio, El irá a besar la mano al César, y yo seré quien de la embajada vuestra los fines le dé a entender, (Por su honra disimula.) (Por ser quien soy, callaré.) Si vence al Persa es gran dicha. Su valor sabrá vencer mayores dificultades, ¿Mayores? Eustaquio, Sí; mayor es la Vitoria de si mismo que otra alguna, (Dice bien.) Adiós, pastor entendido. Hasta volvernos a ver, A mí no me veréis más. Con Plácido sí os veréis, y él os buscará en la guerra. Quedad a Dios. Adiós, pues. ¡Oh, soberanos juicios! ¡Otra vez, Señor, queréis darme la dicha en el monte, donde la primera hallé! Mas, quizá por este modo queréis que llegue a tener de mis ya perdidas prendas la noticia que no sé. Dicha será y favor grande; mas también me acuerdo que me convidasteis entonces a sufrir y a padecer. Vuestra voluntad se haga, que en la guerra ya tendré, al estruendo de las armas y del furor al tropel, en asaltos y batallas, ocasión de merecer, Y quien en fe de los dioses supo ejércitos vencer, mejor lo hará peleando por vos y por vuestra fe. JORNADA TERCERA Plácido, de tu vitoria noticias bastantes tengo. Sé que acetaste el bastón cuando, pobre en el desierto. estabas, y te elegí contra los persas soberbios (de los dioses inspirado) por General del Imperio. Que fue Claudio quien te habló en mi nombre, y sé que luego con las legiones romanas, de que Claudio te hizo dueño, partiste, marchando en tropas; marchaste, partido en tercios. Sé que diste la batalla en los campos damascenos, que de Júpiter al rayo y que de Marte al estruendo se estremecieron los montes y unos con otros se dieron. Sé que venciste a los persas. Sé que vencidos huyeron, quedando el laurel romano vitorioso por tu esfuerzo. Sé lo que debo a tus armas. Sé lo que debo a tu aliento. Sé que vuelves vitorioso, y sé que excuso con esto una relación pesada de la dicha y del suceso. Tú has de saber (esto importa) que son los dioses supremos más dueños de la vitoria que tú y tus soldados mesmos, mucho más que esto y que Roma. Todo lo he dicho con esto. Que sobre fortuna y hado, sobre valor y ardimiento de ejércitos numerosos, la religión es primero. Y pues con tantas ventajas vitorioso a Roma has vuelto, sacrificar a los dioses tú, el Senado y yo debemos, reconociendo el favor de aquel sagrado Colegio que, sin dependencia humana, obra tan altos misterios. Señor, ya que lo has sabido todo, y que a tus plantas vengo para recibir aplausos que ni pido ni merezco, más te queda por saber. ¿Más? Mucho más. Lo primero, que Plácido no me llamo, sino Eustaquio, porque habiendo mudado vida, mudé nombre, y aunque soy el mesmo, no soy el mesmo, ¿Por qué? Porque soy cristiano y tengo con el bautismo otro nombre, otra luz, otro pretexto, otra Religión, que adoro, aunque al Imperio obedezco. Mira bien, Plácido; mira lo que dices. Ya lo veo. ¿A tus dioses has dejado? Ni los busco ni los dejo; pero busco una verdad y busco a un Dios verdadero. Busco a Cristo. ¿A Cristo buscas? ¿A un hambre que en un madero padeció muerte? Por mí, por ti y por todo su pueblo. Dios era Cristo, y aunque hambre, estaban en un sujeto el ser humano y divino. Solo Dios pudo hacer esto. Murió en la cruz lo mortal, pero no murió lo eterno. ¿De los dioses te desvías? ¿Su poder niegas? ¡Blasfemo! Tú lo mirarás mejor, que tus enigmas no entiendo. Si hombre, ¿cómo Dios? ¡ingrato y si Dios, ¿cómo hombre? ¡necio! Quédate, y piénsalo bien; mira por ti, que ya temo ver malogrado en tu muerte lo que te estimo y te quiero. ¡Bárbaramente discurres! ¡Contra el divino decreto del César necio porfías! Quédate para grosero. Señor, tu victoria estragas, mucho te alejas del premio; mira que, enojado el César, que estima tus altos hechos, trocará el amor en ira, la estimación en desprecio, y seremos tú y los tuyos de la indignación trofeos. Adoremos a los dioses, aunque sea de cumplimiento. Señor, Plácido, o Eustaquio, o si es esto u aquello, vivamos, que poco importa dalle a Júpiter de miedo una falsa reverencia y una vaca o un becerro. ¡Calla, bárbaro! ¿Eso dices? La fe que adoro y profeso no teme la muerte. Yo soy un menguado y la temo. Volverá el César, y a ti mandará llevarte preso, como noble, al Capitolio, a mí me pondrá en un cepo con una cadena al pie y una argolla en el pescuezo. Vendrán un par de sayones visajes haciendo y gestos, con el brazo arremangado y arremangado el acero de sus tajantes cuchillas, y al son de los instrumentos que roncan hacia la muerte, nos cortarán de un voleo las cabezas, dando al campo esmalte crudo y sangriento, y lo que el Persa no pudo 'hacer en ti, lo harán ellos. De cuanto diciendo estás cuidado ninguno tengo. ¿No? Pues en verdad, señor, que es muy para tenerlo. Solo Teopiste y mis hijos cuidado darme pudieron; no la vida, que la vida no es más que un poco de viento; mayormente, mayormente, cuando por mi Dios la ofrezco, que quiso perder la suya por pagar yerros ajenos. ¡Teopiste mía! ¿Dónde estás? ¿Dónde estáis, pedazos bellos del corazón que os adora en tanto dolor deshecho? Mas i ay! que de aquellos fieros despedazados y muertos vorazmente a su fiereza serán precioso alimento, y Teopiste del cosario pirata será trofeo. quedando yo con la vida para mayor sentimiento. ¡Señor, pues sois tan piadoso, doleos de mi mal; doleos de un triste, que solo en ellos tiene su mayor consuelo! ¿Para qué le dais Vitorias a un desdichado, que, lleno de pesares, se atropellan unos en otros los riesgos? A las armas de los Persas me arrojé, atrevido y ciego, por ver si encontraba en ellas y en la muerte algún sosiego, y me librastes de todo, como si en todo el progreso de mi vida fuera ya mi vida de algún provecho. ¡Señor: desde lo profundo os llamo, que me oigáis quiero! ¡Ah! Oídme, pues yo os oí entre las armas de un ciervo. Mujer y hijos os pido, no Estados, grandezas, reinos, sino aquella prisión dulce, aquel dulce yugo honesto donde me pusisteis vos para amaros y ofreceros tantas vidas cuantos tiene átomos el sol del Cielo. Señor: yo pienso que estás dando voces en desierto, que ese Dios a quien veneras y adoras, si bien me acuerdo, te ofreció trabajos muchos, no alivios, no, ni consuelos. Pues vengan trabajos tantos que hagan en mí contrapeso a los de Job; vengan males, que a padecerlos me ofrezco por su amor. Atiende, escucha; que voces oigo en el viento. "Tus hijos y mujer viven, y para mayor favor tu esposa observa el honor y a tus brazos se aperciben." ¿Quién por senda tan extraña canta con tan dulce acento? ¿Quién me asegura el contento? Pero el deseo me engaña, que no soy yo tan dichoso ni tanto bien merecí. ¡No es posible! Yo lo oí. ¿Quién eres, mancebo hermoso? ¿Quién eres, luz celestial, que en ese tosco ropaje tanto divino celaje desmientes con el sayal, tan en todo peregrino, tan divino y tan humano, que te vistes de villano por encubrir lo divino? Soy, amigo, un buen pastor, como lo prueba el pellico, y aunque mi padre es muy rico, así me vistió el Amor. Apaciento mi ganado en este valle sombrío, y aunque todo el hato es mío y tengo del gran cuidado, se me suelen desmandar las ovejas de tal suerte, que me ocasionan la muerte por haberlas de buscar. Y quien cantaba ¿erais vos, zagal hermoso? Yo era. ¡Quién otra vez os oyera! ¿Cantaba bien? ¡Sí, por Dios! Y lo cantado ¿es verdad? Como tú Plácido eres, y sé muy bien lo que quieres, pues sola es tu voluntad saber si Teopiste vive, pues vive y viven también tus dos hijos. Tanto bien solo de Dios se recibe. Ya todos tres a tus brazos llegan, contentos y alegres. Recíbelos, y con ellos a ver el Senado vuelve, que ya por vitoria tanta premio y corona te ofrece, mas con trabajos tan grandes, que, sufridos, te prometen mayor triunfo, más vitoria y más seguros laureles, ¡Queda en paz! ¡Fuese y dejome sin el consuelo de verme! Aquí el pastorcillo hermoso nos dijo en cláusulas breves que mi esposo y vuestro padre estaba. ¡Señor, valedme hasta que por vuestro amor rinda la vida a la muerte! Primero. Caballeros, ¿nos sabrán decir dónde hallarse puede el General del Imperio? Por ti pregunta esta gente. Por Plácido preguntamos, si bien otro nombre tiene. Por Plácido u por Eustaquio. ¿Hasta cuándo ha de tenerte embelesado el pastor? Vuelve en ti, señor, y vuelve a ver aquestos soldados, que a verte y 'hablarte vienen. ¿Quién me busca? Mas ¡ay, Dios! ¡Qué alegría el alma siente! ¿Quién sois, señora? ¿Quién sois, caballeros? Quien previene la mayor dicha en hallaros. ¡Teopiste! ¡Oh, cuánto se debe a un Dios tan piadoso y santo! Esposo, ¿en qué te detienes? Tu esposa y tus hijos somos. ¡Amadas prendas, hoy llegue mi fin; muera en paz, Señor, según tu palabra! Advierte que han sido soldados tuyos los dos que presentes tienes. ¡Hijos de mi corazón, abrazadme muchas veces! ¡Padre mío, la mayor ventura nos acontece, pues tras de tantas fortunas... Tras de tantos accidentes... Males, desdichas, trabajos... Al fin llegamos a verte... General del sacro Imperio... Vencedor de tantas gentes... Cuya victoria ha de dar... Laurel sagrado a tus sienes. . ¡Gloria a Roma, al mundo espanto I ¡Todo a la virtud se debe! No, sino a Dios, de quien viene todo el bien; cuyo favor siempre suyo y grande siempre, me acobardaba por grande para que no la dijese. ¡Qué buenos mozos que estáis! ¡Dios en su gracia os conserve! ¿No habrá, como de barato, para un pobre mequetrefe media docena de abrazos, que por su amor lo merece? ¿Es Rapatrama, señor? Sí, señora, aunque pobrete. Arrójeme aquesos brazos. ¡Qué graves que están vuecedes! ¿No se acuerda del ratón? Ni sé tampoco quién eres. Abrácenme y lo sabrán, que a fe que mucho me deben. ¿Han visto lo que han crecido en un día solamente? ¡Quince años llamas un día! ¡Vive tal! que me parece que esta tarde ha sido todo. Ahora bien, por que se aumente, aunque parece imposible, el gusto que el alma tiene. nos contad de vuestras vidas lo que ha que estamos ausentes. Pues me toca a mí primero, el hablar, esposo, atiende. Ya me viste robar en la fragata por aquel trato doble y alevoso de aquel intruso amigo (al fin pirata), con uno y otro remo, presuroso, del fin nadaba en piélagos de plata. Lloran mis hijos, trance doloroso; sientes la injuria, vanme violentando, quedas muriendo y pártome expirando. Engólfome en el mar, falta tu vista, siento tu ausencia, mi desgracia lloro, temo el peligro, no hay quien le resista, solo conmigo se halla tu decoro, frágil el muro, fácil la conquista, prenuncios a mi honor de su desdoro, y entre tanta fatiga, desconsuelo, solo se descubría el mar y el cielo. Mas para afrentar mi pesadumbre, a breves giros (¡.qué desdicha extraña!) un promontorio se descubre, cumbre verde, a la vista toda su campaña para que su pasión más se deslumbre. Campo le elige de su infame hazaña; manda bogar allá, y, a mi despecho, aun antes de llegar lo dio por hecho. Y aborda en tierra y sácame consigo, llevándome, violenta, de la mano, y de unos sauces al pequeño abrigo acariciarme procuraba en vano. Yo, que le considero mi enemigo, a nuestro Dios invoco soberano, y a mi acento obedientes los dos Polos crujieron entre sí, riñeron solos. Con vaivenes la tierra se estremece, el cielo se encapota, fuego esgrime; el mar con nuevas ondas se embravece. Eolo brama y la montaña gime; en mi defensa un ángel aparece, que al Pirata con valor reprime intrépido, cayó, y, en un momento, él difunto quedó, yo volé al viento. Porque del Paraninfo arrebatada por la región del vago firmamento, exhalación me penetré animada, y en una aldea, sin decir su intento, el Ángel me dejó desconsolada. Siento necesidad ¡oh, qué tormento! Conjeturo que no sin fin el Cielo allí me trujo; espero su consuelo. El no tener esposo me violenta que sirva humilde en una hospedería de peregrinos que el lugar sustenta. Lustros tres aguardé de día a día, hasta que hoy en mi casa se aposenta un capitán con estos, que a porfía la causa descubrieron de mi gloria. El epítome es este de mi historia. Apenas me dejaste en la ribera, cuando a mares lloré que me quedaba, porque voraz un oso, bestia fiera, que, hechas de él celosías, acechaba por unas zarzas, me asaltó ligera. Y abrazado conmigo me llevaba como a pájaro el águila que, errante, rompe el viento con pico de diamante. Mas duró la la presa espacio breve, porque de nuestro Dios la Providencia, a quien este favor mi vida debe, trujo unos labradores que, a clemencia movidos todos, porque no me lleve, le cercan para hacerle resistencia. y viéndose de tantos acosado, me deja libre y parte denodado. Y de estos labradores, el más rico el Cielo le eligió por mi tutela; voy creciendo en su casa, yo me aplico al trabajo, en quien él más se desvela, si bien el natural mío le implico, que de Marte el estruendo le consuela, y así, viendo hacer levas para Oriente, yo me temí de mí por lo valiente. Parto a la guerra, alístome soldado, sigo tu gente, entro en la batalla, cierran los campos, yo, de ti informado, rayo me juzgo en la cruenta valla. Grande estrago emprendí embarazado, al hacerle mayor el paso se halla, que mi fatal acero victorioso la sangre que vertió me impedió foso, Vencen los nuestros; huye el enemigo, que cobarde los tercios desenlaza, y yo en su alcance la derrota sigo. Gozas aplausos que mi afecto abraza; vuelves a Roma, yo también contigo; mandas hacernos alta sabia traza para que celebremos el trofeo de mi dicha mayor, pues los tres veo. Igual fortuna hoy puso el Cielo, sin que a los dos diferenciase en nada, y así será cansado mi desvelo, pues mi vida en la tuya está copiada, que cuando aquel león ¡qué desconsuelo! me llevaba manjar a su morada, los que a ti te ampararon labradores fueron para conmigo unos pastores. Feliz quien por vos, mi Dios, cualquier trabajo padece, remunerándole en vida aun con doblados placeres. Venid y descansaréis donde haré que se festeje la mayor dicha del monte donde hallé todos mis bienes. Grande victoria ha sido. Una de las mayores que has tenido, para eterna memoria, por ser tan prodigiosa la victoria, de Plácido es la dicha. ¡Gran soldado! Sus dos hijos y su mujer ha hallado. Este clarín ostenta que en Roma entra triunfante, con que aumenta todo su regocijo, que al fin le mirará natural hijo. Ahora irá al Capitolio de nuestro gran dios Júpiter, el solio donde incienso derrame y de aquesta victoria Dios le aclame, que aquesta reverencia antes que a mí se da a su Omnipotencia. Porque el culto sagrado viene a ser del imperio lo animado, pues mediante él recibe cualquier gloria que goza mientras vive; y esto es tan importante, que no podrá sin ello ser constante, pues la gente más fiera alguna cosa por su dios venera; que aunque falsas deidades, importan que los tengan sus ciudades, pues como verdaderos su ceguedad aprehende, desafueros evitan, advertidos, por no dejar sus dioses ofendidos. Que temen sus rigores, y aunque estos malos son, fueran peores, que crece la malicia al paso que Dios falta y su justicia. Como tan presto viene alguna novedad, esto previene. (Esta ocasión no es mala; Etnas y Monjibelos mi ira exhala contra aqueste cristiano, que irrita el poderío de mi mano. Pero i ay! a mi esperanza que le queda vibrar solo una lanza, para cuyo decreto de Claudio, ya difunto, en el sujeto que en el campo yacía, espíritu le informa el ansia mía, porque de aquesta suerte goce cadáver duplicada muerte.) ¿Qué es lo que estás pensando? Conmigo mismo estaba batallando. Si era, bien lo dijera. Pues ¿a mí me lo ocultas? No quisiera con la nueva enojarte. Antes me ofendes no dándome parte de lo que ha sucedido. Pues escucha, señor, lo que he sabido. Que Plácido, cristiano, invoca a Jesucristo soberano. Solo el nombre bastara, si yo fuera mortal, que me matara; y, por que más te asombre, de Plácido en Eustaquio mudó el nombre, y de aquesta victoria, a! que por Dios venera da la gloria. Ya los vi, y oí más claramente, pues a Júpiter culto reverente en el templo no ha dado; mas si no muda intento, castigado le dejaré de suerte, que me pague la ofensa con su muerte. La palabra primera, que impaciente mi cólera te espera, es que luego me digas por qué de nuestro dios te desobligas. A un favor tan inmenso no yendo al Capitolio a darle incienso cuando aquesta victoria toda se la debemos a su gloria. (¡Dios mío, dadme aliento, que por Vos al martirio me presento!) ¿Cómo has enmudecido? Pues no por falta de valor ha sido. Grande ingratitud fuera si, como dices, por tu dios hubiera gozado la victoria y agora le quitara yo la gloria, ¿A quién se la atribuyes? Y mira que te quiero y te destruyes si con labios profanos niegas a nuestros dioses soberanos. ¿Cómo han de ser deidades los que padres hubieron de maldades, en tantos desaciertos confiesas vivos y ellos arden muertos? ¿Cómo el furor resisto? Solo es Dios verdadero Jesucristo. Pues, por que más te asombre, se vive en un sujeto Dios y Hombre. ¿Que mi enojo esto aguarda? ¡Hola, soldados, gente de mi guarda! Tú verás mi castigo. No te temo, que Dios está conmigo. ¿Qué es, señor, lo que quieres? Si no desistes de tu intento, mueres. Son tus intentos vanos, que a Cristo adoro. Dios de los cristianos. También los tres a El mismo confesamos por Dios desde el bautismo. Solo es Dios verdadero quien por todos se puso en un madero. Tachados estos dos versos que siguen: Y su autor la negara; luego, dándola a Júpiter pecara. Del uno al otro Polo, debe ser adorado por Dios solo. Todos, con un decreto, despechados me pierden el respeto. Quitadle esa corona, pues que no la merece quien baldona, temerario y blasfemo, le inmortal de los dioses que yo temo, y esas insignias reales que le dieron las armas imperiales, despojas al momento. Ya otro papel por Vos, Dios, represento. Aunque estoy tan airado, no obstante, si conoces tu pecado y a Júpiter adoras, con mayores aumentos te mejoras. Si todo cuanto Delo en carroza de luz circunda el cielo y registra en la tierra con los tesoros que avarienta encierra a mis pies arrojaras, un punto de mi ley no me apartaras. Mal mi poder se advierte. Yo te apartaré de ella con la muerte. No tendrás esa palma, que es carácter y vive con el alma. Si parecer mejora con sus (hijos, si a Júpiter adora prudente y advertida, no solamente quedará con vida, mas, pródiga mi mano, a trono subirá tan soberano, que a ser origen venga del linaje mejor que Roma tenga. Yo, señor, y mis hijos, estaremos en nuestra ley tan fijos, Aquí falta algo; pues, como se ve, habla el Emperador a la mujer de Plácido. que ninguna violencia nos pueda contrastar su reverencia. Y los dos respondemos que por vivir en ella moriremos. Pues ¿qué, dioses, espero, cuando no puedo, afable ni severo, revocar otro intento? Ya agotado me habéis el sufrimiento; ya no hallaréis clemencia; antes contra vosotros, mi impaciencia tempestades fulmina, rayos arroja y muertes determina. Para mayor estrago, de los leones los echen en el lago. (Válgame aquí mi ciencia, que se goza tan viva la excelencia como en aquel instante que fui del Cielo su mejor diamante.) (Escúchame primero. Ya sabes cómo Eustaquio es caballero, y su honor y su fama siempre en Roma estribó luciente Ilama. Que Teopiste, su esposa, tan recatada, se negaba rosa, que a los rayos del día, porque eran de un planeta se escondía. Pondera este recato y verás cómo yo vencerle trato. Finge que, por honrarme, por mujer a Teopiste quieres darme. Quítasela del lado y di que se ejecute lo mandado, verás cómo al momento, tanto le martiriza este tormento, que, con cólera ciega, por no sufrirle, de su Dios reniega.) (¡Oh, qué bien lo has pensado! No en balde, por tu ingenio, te he estimado. Quiero hacer la experiencia.) De Teopiste suspende la violencia en tu propuesto estrago; solo a Eustaquio y sus hijos lleva al lago, porque así como muera despedazado Eustaquio, luego adquiera Teopiste por esposo a Claudio, que en tálamo dichoso, gozando su hermosura, la vendrá a persuadir cómo es locura de que el Crucificado por verdadero Dios haya adorado, porque de esta manera, conociendo su error, viva y no muera. (¡Qué golpe tan activo! Sueño debe de ser, pues que estoy vivo.) (¿Es verdad lo que escucho? No, que. para vivir es golpe mucho, y pues que no me he muerto, seguramente infiero que es incierto.) Apartadla, pues, de ellos. Antes de todos tres corta los cuellos, quitándome la vida, que ella está de su moble desasido, (Que esto los dos suframos cuando de ser valientes reventamos, por tenerle respeto de que es nuestro señor.) (Duro decreto, que si él no me templara, todo el palacio al Tíber arrojara.) Quien su honor así estima, no mete confusión, no causa grima. ¡Que tanto de él se aqueje y que esa nueva religión no deje! No, porque es mi alimento. Pues llevad a los tres luego al momento, y tú quita a Teopiste del lado de ese hombre, que insiste a mayores enojos. Desapropiarle de ella ante sus ojos. Tomalda de la mano. ¡Que aquesto consintáis. Dios soberano! Mucho este lance apura lodo mi sufrimiento y mi cordura, Señor. ¿Qué es lo que intentas? No lo sé; solo sé que me atormentas con martirio excesivo, pues me quitas la vida y dejas vivo. Depón el devaneo de aquesa ley que os enseñó el Hebreo. Caso juzgo imposible. Más es, al ser de noble incompatible, no evitarse el afrenta. Mas, pues, tu ceguedad a esto te alienta. ¿quién, Claudio, te acobarda a gozar esta dicha que te aguarda? (Yo me voy retardando; como al último lance voy llegando; tocarla no quisiera por no verme abatido y que él venciera; pero ya me es forzoso.) Yo solo doy la mano al que es mi esposo. Sabré desenlazarla de aquese estrecho nudo. Si a tocarla llegares despechado, saldré contigo; desde aquí, abrazado, te arrojaré tan alto, que vuelvas viejo al acabar el salto. ¡Insolente, atrevido! ¿La reverencia así me habéis perdido? Llevad los tres. Primero morir en brazos de mi esposo quiero. No podrá haber violencia que me pueda quitar de su presencia, porque estos serán lazos indisolubles, menos que a pedazos no puedan arrancarme. Tan firme he de quedarme ahora con mi esposa, que entrambos parezcamos una cosa. Y así te determina o al favor o a la ruina, a mi vida o mi muerte, como yo de esta suerte, de mi honor persuadido haya con él cumplido. Y pues entrambos fuimos en la guerra consortes y estuvimos por diversas regiones, no te pido, señor, que me perdones, solamente te pido que a esta racional yedra muera unido. (De escucharle, Trajano, algo se han enternecido, y, más humano, permitírselo intenta y todo me fatiga y me atormenta.) Concedértelo quiero; pero no he de ser menos justiciero. Quitadlos de mis ojos, que solamente verlos me da enojos. Como Dios nos asista, ninguna falta nos hará tu vista. (Pues así disfrazado, en ser hombre y demonio me he empeñado hasta el último instante. De las vidas de aquestos yo constante tengo de acompañarlos, aunque no saque más que atormentarlos.) ¡Ay, qué solo me quedo con este Faraón! Callé de miedo para que no me viera, y el diablo lo dispuso de manera, o mi poca fortuna, que seré de esta cena la aceituna. llago que no le veo, y hacia la puerta guío mi paseo. Que mi crueldad no asombre. Todos han de morir; también ese hombre. ¿Vos no sois su criado? Lo más del tiempo yo me he sustentado, y eso no lo celebra, que serlo puedo a modo de Ginebra, donde cada uno vive dado a la ley que por mejor recibe. Echadle en la leonera. Un mosquito me sobra si eso fuera, porque estoy inocente, y te hallarás Herodes de repente. Advierte: mis señores hacen número cuatro en tus rigores, luego no es buen distinto que me mandes matar y hagas el quinto. Ejecuta el mandato. Este perdonavidas de barato tan cristiano me ha visto, que me envía a cenar con Jesucristo. En esta prisión oscura, donde la noche se acuesta albergue de miserables, teatro de la fiereza, a los cuatro ¡qué gran dicha! por instantes nos espera un lauro a poco trabajo, una gloria a poca pena. Allá va ese compañero. Lo mismo a ti te suceda. Allá va, lobos le coman, por mí se dijo esta letra. Para llamar a uno feo le dicen que es león de piedra. Si aquestos de piedra fuesen, qué hermosos me parecieran. Que me hagan a mí cristiano, ¡juro a Dios! aunque no quiera, y que me cueste la vida sin que el pecado cometa... Hechicera es esta ley, bien claramente se prueba, pues cuando más la aborrezco me estoy muriendo por ella. No estamos los cuatro solos, porque allí un hombre se queja, y debe de ser cristiano que a nuestra muerte condenan. Pasos siento, y de temor las tripas contrapuntean, sin ser pasos de garganta que me ahogan y atormentan, ¿Hacia dónde, padre, está, pues habrá visto la puerta por donde entran los leones? Que quiero con diligencia buscarlos para que en mí ejecuten su fiereza, por si acaso, satisfechos de mí, estorbo que os ofendan. Eso a mí me toca solo, que a la razón más se llega, que aquel que nace primero también al morir lo sea. Y para ahorraros el susto que os darán cuando a mí vengan. quiero llamar al leonero para que me dé licencia de que entre adonde están, porque mi mucha fineza en lances de nuestro amor no puede sufrir espera. Aqueso parece, hermano, si a buena luz se contempla, más golpe de emulación que arrojo de fortaleza, que antes que yo lo dijese, a lo que mi amor me esfuerza, no te atrevías osado, con lo cual se manifiesta, o que de mí lo aprendiste, o que solo me remedas, y para que no me iguales, yo acabaré aquesta empresa. ¡Ah, leonero! ¿Dónde está? ¡Ah. leonero! Abre la puerta. ¡Hijos míos! ¿Dónde vais? ¿Qué travesura es aquesta? Pero yo la buscaré y, en encontrando con ella, con el fuego que me abrasa la he de quemar la madera y la he de entrar el primero. Diránoslo la experiencia. (Aquestos son mis señores. No hubiera aquí una taberna donde, haciéndome mosquito, los leones no me vieran.) Una puerta siento abrir. Deben de salir las fieras. Eustaquio, llégate a mí para que en tus brazos muera. No temas que Dios nos deje en ocasión como aquesta. Agora veré tus bríos. Agora veré tus fuerza%. Por aquesta claraboya, por donde claridad entra aquesta lóbrega estancia, tengo de ver la tragedia de estos rebeldes cristianos, a ver si el que Dios confiesan es poderoso a librarlos. ¡Barrabás!; Qué horribles bestias! ¿Qué prodigio es el que miro contra toda mi potencia? Los que leones salieron lebreles sus plantas besan. ¿Quién os acobarda, brutos? Yo os convido a la guerra. y yo a furor os provoco, os humilláis como ovejas. Grande es el Dios que adoramos, autor de cielos y tierra. Cristianos, encantadores, que a la misma fortaleza adormecéis hechos Circes, reprimís hechos Medeas, yo os inventaré un martirio que venza vuestras cautelas. Al toro de metal luego se entreguen; sus vidas sean estrago del fuego y lloren todo en cenizas envueltas. Al arma, pues, prendas mías, pues que la batalla es cierta. Busque el tirano tormentos, atrocidades prevenga, que con Dios nuestra constancia ha de vencer su fiereza. Porque un corazón altivo, cuando de amante se precia, en los fracasos mayores acrisola su fineza. No hay, esposo, que dudar sobre la firmeza nuestra. Llueva el tirano rigores, su poder .granice penas, que a tanta lluvia de enojos seré un mar que se las beba, un fuego que las 'enjugue y un escollo que las venza. Pues los dos, como hijos tuyos, espejos que representan de tu valor la osadía, daremos de serlo muestras. Plácido y sus compañeros hacia esta puerta se vengan. Vamos luego a padecer por que el Emperador vea que en nuestras almas su imperio no tiene alguna potencia. De haber yo callado tanto me saqué por consecuencia que, pues estaba sin tabla, me daban por cosa muerta. ¿Mas que me sacan de aquí a poner en talanquera para que, en público, a todos les enseñe yo la lengua? Ya no fuera tanto mal echarme hacia galeras, donde a pelar verduras fuera esto de mi tarea, y en cardenales de azotes me hiciera muy depriesa, Pero, si mal no lo advierto, la puerta se dejó abierta, ¡Si se ha olvidado de mí? Ahora bien, hago la prueba. Mi papel se acabó aquí. Adiós, hasta otra comedia. Por Júpiter, que vive soberano, que me quita el aplauso y el trofeo esta ley abomino del cristiano, pues si apagarla quiere mi deseo aplicando los medios ido ufano, en sepulcros la juzgo de Tifeo, donde murieron dos con pena tanta, un ejército de ellos se levanta. Cúbrame del Infierno el triste manto. De mí reniego, pues quedé vencido, y, por que más se me acreciente el llanto,, a que diga a Trajano me ha impelido Dios los méritos del que aclamo santo. ¿Cómo así vienes? Di, ¿qué ha sucedido? (No puedo desmentir el sentimiento.) Pero escucha, señor. Ya estoy atento. Era del día la hora más luciente en quien se mira el sol tan elevado, que montante al Ocaso y al Oriente priva de sombras al .mayor collado. Tan perpendicular su imperio ardiente en átomos bajaba desatado, que, viendo que las horas nos ordena, reloj al mundo le juzgué de arena. En este tiempo el fúnebre teatro, ostentando constancia y osadía, Plácido y sus consortes, todos cuatro, llegaron a parar en quien se vía, en un círculo como anfiteatro, un gran toro de Roma, que podía de Dédalo estimarse arquitectura, c a Troya renovar su desventura. Una puerta tenía, no pequeña, por quien, feroz verdugo denodado, a los cristianos hospedar se empeña. Consíguelo, y, habiéndolos cerrado, a toda prisa les aplica leña; pone fuego, que, ardiendo en la retama, ruidoso batallón forma su llama. Crece el ardor vehemente cada instante, con culebras de fuego al cielo aspira; el viento bate en él, y el más pujante monte se aclama; pero sube pira, y el bruto de metal, siempre constante, ya de llamas envuelto no se mira, que solo tanto afán sufrir pudiera con cuatro vidas quien de bronce fuera. Consúmese la leña, cesa el fuego, falta el humo, todo se sosiega, ai vaso de metal curioso llego, de quien por los resquicios... con ímpetu ciego Mandole abrir, y miro que se anega en muchos días, porque a sus crisoles concurrieron por causa cuatro soles. Y cuando a todos les consideraba en cenizas, en polvos desatados, cualquiera de ellos sin agravio estaba, como en lecho de armiño recostados. Su rostro rosicler tan vivo estaba, que pudieran culparles de callados, pues de sueño, juzgando que lo hacían, los quisieron llamar por si dormían. Porque no juzgues que lo hiperbolizo, o que al verlos mis ojos se engañaron, o que afecto a su ley los solemnizo, haré que desde aquí, como quedaron en el soberbio monte Pincio, al frizo de esa floresta, tu vista les atienda. Con que así, este lienzo se desprenda. ¡Viven los dioses sagrados que es encanto cuanto miro, cuanto se ve y cuanto escucho! Mas de esta espada los filos probarán si es ilusión representada al sentido. ¡Tápase! ¡Qué admiración! ¡Otra vez volvió a su sitio! ¿Adónde el monte se fue, en cuyo espacio florido sacaran los cuatro cuerpos? Mas todos fueron hechizos de aquestos magos cristianos. Y tú, Claudio, que, vencido debes de estar de su engaño, pues causa de aquesto has sido, Ilegible lo demás de estos dos versos. ¡muere a manos de mi enojo! Pero ¡qué nuevo prodigio! ¡Claudio se ha vuelto cadáver, y, desplomado edificio, busca el centro de la tierra y asombros tan repetidos! Claudio (adentro). Trajano, adora tus dioses, que solos son odios míos, con que las almas y cuerpos de tantos llevo al abismo. ¡Todos asombros, portentos, son los que advierto y registro! Mas, ¡vana ley del cristiano! no han de poder tus delirios, apariencias y tramoyas, vencer los intentos míos. Mas es la verdad tan fuerte y puede tanto conmigo, que en mí no puede faltar para decir lo que he visto de asombros, de confusiones, de temores, de prodigios. La verdad sea en mi lengua verdadero y fiel testigo, y sin ofender lo sacro de los dioses a quien sirvo, confiese, como española, o la culpa o el delito: Plácido murió a mis manos, su mujer y sus dos hijos; mayor victoria fue aquesta que haber al Persa vencido. ¿Qué es esto, señor? ¿Quién turba tu quietud? Sentir, amigos, ver que un Capitán de Roma morir valeroso quiso con oprobio de mis dioses, dando al cristiano motivo para que diga y se alabe en los venideros siglos que ese Plácido, ese Eustaquio, de Roma bastardo hijo, venció a Trajano y halló, en su fe sola encendido. La mayor dicha en el monte y la gloria en el martirio.