Texto digital de Más valéis vos, Antona, que la corte toda
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- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más valéis vos, Antona, que la corte toda. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-valeis-vos-antona-que-la-corte-toda.

MÁS VALÉIS VOS, ANTONA, QUE LA CORTE TODA
JORNADA PRIMERA
Con gran tristeza nos deja Vuestra Alteza, en ocasión que no habrá satisfación para nuestra justa queja, aunque las quiera formar de las perlas de sus ojos, con ser del aurora enojos, que no lágrimas del mar. En el que se embarca ahora, nuestros corazones lleva. Cuando sólo amor os deba de vasallos por señora, iré con satisfación ele vuestra justa lealtad, debida a mi voluntad, torno a vuestra obligación. Siento el partirme y dejaros, mas quedando en mi lugar el Conde, puedo pensar que no es partirme faltaros. Con él parto satisfecha de que contentos quedáis, si de mi amor os quejáis con tan injusta sospecha. Es fuerza el partir a España a visitar su Patrón, por voto que en la ocasión que sabéis hice en Bretaña. Pagarle debo la vida, que entonces perder pudiera, y así voy a la ligera, para no ser conocida y volver más fácilmente. Toda esta parte de Francia baña, y con poca distancia, el mar pacíficamente, hasta que en Galicia besa las riberas, donde yace el Apóstol, de que nace facilitarme la empresa de llegar y de volver. No sienten vuestros vasallos, señora mía, el dejarlos, si es forzoso que ha de ser el voto expreso cumplido: sienten que antes de casaros, pues que no puede obligaros el haberlo prometido. Que si por cartas tratado está vuestro casamiento, y con general contento para hacerse concertado con el infante don Juan de Navarra, y como vos ha de ser, quiéralo Dios, el Príncipe que nos dan Isabela, la fortuna y la razón, irá como veis se espera, justo y acertado fuera después de la ejecución, cumplir el voto con él, y que él os acompañara. Conde, si en eso repara mi Estado, siempre fiel, sabed que en siendo casada una mujer ya no tiene poder en sí, porque viene por la palabra firmada a ser todo de su dueño; y el quo yo pienso tener puede acaso no querer que yo salga de este empeño o nunca o en muchos años, y no quiero estar, ni es justo, con este. cargo y disgusto. ¿Qué más claros desengaños de que os dejará cumplir el voto, que ser don Juan español? No me podrán vuestros ruegos reducir a no embarcarme; ya estoy, Rodulfo, determinada, más a cumplir obligada el voto por ser quien soy, cuando mayor calidad dio el cielo a mi nacimiento. Ya me está llamando el viento; Conde, los brazos me dad, y todos quedad con Dios. La playa de gente llena mide el número a su arena. Yo parto y me quedo en vos. Como salís por el mar, noche ha de ser hasta ver que volvéis a amanecer por donde os miro eclipsar. Volved, hermosa señora, a bañar en los cristales los cabellos orientales que esconde el ausencia ahora de vuestra alegre presencia, que luz y vida nos da. Yo espero en Dios que será breve, vasallos, mi ausencia. Isabela. Mucho me admira, señor, que estando para embarcarme mandéis agora quedarme con tanto enojo y rigor. Si traté con vuestro gusto casarme con la Duquesa de Bretaña, ¿de qué os pesa? ¿De qué recibís disgusto? ¿Puede Vuestra Majestad emplear mejor su hermano? Infante, todo eso es llano, y fue con mi voluntad; pero después se ofrecieron ocasiones suficientes de varios inconvenientes, que justa materia dieron de sospecha a mi temor. ¿Pues de qué os podéis temer si en Francia me dais mujer de tan heroico valor? ¿Puedo yo hallar en Castilla, Aragón, ni Portugal, señor, casamiento igual? Que mudéis me maravilla de consejo en ocasión que mil príncipes desean. En Isabela se emplean con justa satisfación; pero he sabido que tiene alguna acción a Navarra, que presume de bizarra, y que cobrarla previene en casándose con vos. Pues cuando eso verdad fuese, y que ese intento tuviese, ¡que es testimonio, por Dios!, ¿cuánto mejor es tener un hermano que defienda, que la Duquesa no emprenda lo que llegáis a temer, casada con quien no sea vuestra sangre? No os canséis, que no quiero que os caséis sin que primero se vea muy de espacio en mi consejo si me estará bien o mal. Es hacerme desleal, de que me agravio y me quejo. Ricardo viene, señor, de Bretaña, y lo tratado trajo acabado y firmado. Entre muchos el valor del Infante fue escogido, y ya su esposa le espera. ¿Con que esta primavera ha de quedar concluido? No quedará, si yo puedo, ni saldrá don Juan de aquí. A tu gusto no hay en mi resistencia; aquí me quedo, hasta que otra cosa ordenes. Mucho enojo le has mostrado. No quiero estar con cuidado. Injustamente le tienes; pues quien siempre fue obediente a tu gusto, es presunción debida a su obligación que lo será eternamente, los ejemplos, las historias. Jos monumentos de aquellas, que hoy nos dejan como estrellas, resplandecientes memorias. Respeta el temor, Fabricio: tanto mi sospecha fundo, que en el principio del mundo hallo de mi pena indicio. No hay, en habiendo interés, hermano, y esto es don Juan, pues desde el tiempo de Adán, cuando eran los hombres tres, el uno murió a las manos del otro. Esto envidia fue. y aquí, señor, no se ve causa entre talco hermanos. Por más que abogues por él, él no ha de salir de aquí. Siempre obediente le vi, y siempre humilde y fiel; demás de que tú le harás inobediente con esto, pues a casarse dispuesto, si licencia no le das, se la podrá tomar él. No hará si yo pongo en medio el más seguro remedio. Cualquiera será cruel. No será más de prisión. hasta asegurar del todo de este casamiento el modo. ¿Prisión? y a su ejecución quiero que vayas al punto, porque mientras se dilate no haga algún disparate. Ni replico ni pregunto al soberano poder. Lisonja bien disfrazada, más honesta que fundada en gusto de obedecer. Caso extraño ser mi hermano señor de las voluntades, como yo de las ciudades, ése es señor soberano, que de las almas lo es. Apenas, señor, salía, pensando cómo sería, aunque licencia me des, del Infante la prisión, cuando me dicen que es ido a la posta con Leonido y Ricardo, que estos son los privados de quien hace confianza. ¿Cómo? ¿Adonde? La misma ocasión responde, que de tus enojos nace, y que se parte a embarcar. ¡Vive Dios, que no hay poder para que me pueda hacer resistencia todo el mar! Iré a seguirle en persona; luego haré que hasta la playa con gente y con armas vaya un capitán de Pamplona. ¿Don Juan contra mi obediencia? ¡Buenas humildades son! Confirmose la traición, pues se va sin mi licencia. ¿Qué me importunáis los dos, pues yo no quiero a ninguno? Pues has de querer a uno. aunque no quieras a dos; y no sé cómo no caes en tener de mí mancilla. Después que fuiste a la villa, esos pensamientos traes. No hay en todas las Asturias dos hombres como los dos. ¡Déjame, Bato, por Dios! Bien digo yo que estas furias trujo de la villa acá, por haber visto polidos mozos con otros vestidos. Por todos no se me da la menor concha que arroja, con estar de tantas llena, sobre este campo de arena, el mar que le cubre y moja. No la gala me desvela de mancebos cortesanos, que pisa más que sus granos la estampa de mi chinela por estas verdes orillas, su belleza y confianza. Y aun almas también, Costanza; las almas de sus virillas. La villa de Santillana tendrá algunos palaciegos destos que idolatran ciegos, Toribio, en su sombra vana; mas como yo gentilhombre bien ves que no puede ser, porque no ha de parecer el hombre más que ser hombre. Mira, Costanza, esta pata, y esta pierna. ¿Hay en la villa dama de estrecha jervilla, sobre chapines de plata, como la forma que ves? Pues toda la obligación es guardar la proporción de la persona los pies. Y si el que tiene más puntos de honra, aquel es mejor, que alcanza mayor valor que el que tiene tantos juntos; si un peto largo es perfeto, ¿cómo no te maravillas, pues vengo a estar de rodillas dentro de mi proprio peto? Esta sí que es ceñidura de galán, este es tallazo, y con pata, peto y brazo la fermosa catadura. Laura ayer, llevando un buey, me dijo (aunque esto os asombre) que era yo más gentilhombre que los rocines del Rey. Y Pascuala de allí a un rato, mirándome tan galán: "Ponte un mendrugo de pan, porque no te aojen, Bato." Y bailando en el molino Inés me dijo: "¡Quién fuera tan dichosa que tuviera de tu tamaño un cochino!" Y le respondí, a la fe, que cochino como yo. Ella entonces me miró, y aunque me miró se fue. Pues siendo así, no es razón, Costanza, que no me quieras. Mira, Bato, aunque tuvieras los cabellos de Salón que ayer dijo el mueso Cura, yo no te pienso querer. Y yo nunca he de tener con tus desdenes ventura. De peñascos das indicios, y de robles de este valle; donde no enamora el talle, tampoco obligan servicios. ¿Qué espejo de nieve pura fue más limpio que mi fe? ¿Qué pez desta mar no fue despojo de tu hermosura? Toribio, si va por peces, ¿quién la sirvió como yo, que red a sus pies no vio, más que los nudos a veces? Aquí los vio relumbrar cuando, vivos, parecían que de la red se querían volver otra vez al mar. Bien sabes tú que gozabas, después de sabrosas pescas, para las corvinas frescas en verde vaina las habas. Pues en la tierra y el viento, ¿qué conejo o perdigón no tuvo a satisfación tu mano o tu pensamiento? Y en los olmos de este cabo. ¿que músico ruiseñor no dejó de ser señor por venir a ser tu esclavo? Pero dilo tú, enemiga, que no me quiero alabar. No sé qué bulto del mar para salirse fatiga, que me ha llevado los ojos. Delfín parece, o batel de nave. Quien viene en él muestra que ha sido despojos de algún navío perdido. Gracias os doy, santos, cielos, que de tan grandes peligros libre en la tierra me veo. Bien parece, Apóstol Santo, que ha sido milagro vuestro; vuestro bordón fue la tabla y vuestra esclavina el puerto. Que no era justo que el voto, digo, de venir a veros, fuera de mi muerte causa. Yo pondré, si a veros llego, la tabla de este milagro escrito en bronces eternos, en la más firme coluna de vuestro divino templo, ¡Válgame Dios! ¿Dónde estoy, que con formidables ecos brama el mar, nevando espumas, que arrastran el rostro al viento? Pero seas lo que fueres, tierra, mi propio elemento, dondequiera serás madre: tu firme pecho agradezco. Gente veo (¡ay, Dios!); ¡qué traje!; si es España, no lo creo, que alaban su policía. ¿y para qué estáis suspensos? Un peregrino parece, antes mujer, que el cabello, más que pasamanos de oro, la esclavina guarneciendo, imita del mar las ondas. ¿Quién sois, ilustre mancebo, o mujer, si sois mujer, que del mar y de los vientos arrojado triste y solo. habéis dado en este puerto?; Por la lengua que aprendí con otras en los más tiernos años de mi edad, conozco, que la sé hablar y la entiendo. ¿Que estoy en España? Estáis en España. ¡Ay, santos cielos, si fuese en Navarra! No es. Engañome mi deseo, mas basta que esté en España. ¿Es Galicia acaso? Menos, si bien de aquella provincia, con poco mar, no está lejos. Por allí caen Ferrol, Pontevedra y Ribadeo, la Coruña y Compostela, donde yace el santo cuerpo del gran Capitán de España. Al poniente de este reino cae el Promontorio Artrabo, a quien llaman los gallegos hoy Turibán, los demás fin de la tierra, su extremo combate el mar Océano. Bien se ve que vuestro intento era surgir en Galicia, conforme el hábito vuestro: vos estáis en las Asturias, principado, que no reino, título que dan los reyes a sus hijos herederos; hasta Santander se extiende desde el río Ribadeo; en ellas los pocos godos que de los moros huyeron salvó su aspereza y tuvo por ellas España aumento. Allí con verde laurel ciñe su cabeza Oviedo, nuevo Noé en el diluvio, del africano soberbio, que guardó en arcas de montes reliquias sus santos cuerpos. Pero para no cansaros, sabed que estáis en el puerto que llaman cabo de Tiro. Pero cómo en él os vemos, y sola en este batel, que a discreción de los vientos dejáis en el mar? Por ser del cielo ocultos secretos, francesa soy, del Ducado de Bretaña, que saliendo de Brest, su puerto, a cumplir un voto en peligros hecho de la vida al santo Apóstol, con algunos extranjeros en un navío, y estando sosegado el mar soberbio, que alzaba entela de plata flores de espuma sereno, haciendo en aguas labores, para engañar pasajeros; que se olvide de los golfos lo fácil de los extremos. Por la costa occidental, que desde Francia siguiendo vine de España el viaje, salió como del infierno un viento desesperado (si hay viento de tanto fuego), rompiendo todas las jarcias, vistiendo el agua de lienzo, que se vengó de las armas, por quien le rompen el pecho. Como en casa que se quema andaba el confuso estruendo, echando por las ventanas pilotos y marineros, hasta el oro que corrido sentía el verse sin precio, que no lo tiene en la vida, en siendo el peligro cierto. Yo, triste, bañaba el rostro de tan tierno llanto, haciendo promesas y exclamaciones, que se movieron los pechos de aquellos bárbaros hombres y en el batel me pusieron de un navío, que de un cable atado le iba siguiendo. Diéronme un piloto mozo que gobernase los remos; si cuando el mar está loco admite o sufre gobierno, el mar, como los caballos, que sienten del que va en ellos la poca ciencia en la mano y en la silla el mucho miedo, daba saltos presurosos, queriendo arrojar el peso, como si pudiera ser que no cayéramos dentro. Yo volví entonces los ojos al navío, con deseo de volver, muriendo en él, que tales son los efectos de estar solo en las desdichas quien las está padeciendo. El navío se va a pique, y dando como a barreno, lugar la tabla del mar halló en el arena asiento. —¡Ay de mí! — dije, mirando mis amigos y mis deudos nobles en un ataúd, con las mortajas de anjeo. —¡Ir a sepultarse vivos, y vivos morir tan presto, que de la muerte a la vida hay sola una tabla en medio! Así fuimos navegando, jugando la mar y el viento con el barco a la pelota por alto o por bajo, haciendo mil golpes en nuestras vidas, mil faltas en nuestro aliento. Salió la cándida aurora como suele quien ha hecho algún pesar, que fingido le disimula riendo, y por celajes azules el sol tan claro y sereno, como si no hubiera visto tan lastimoso suceso. Nuestro barco navegaba cual suele cisne, rompiendo con línea argentada el agua, que le baña en plata el cuello, cuando el infame piloto, con lascivo pensamiento, olvidado del peligro (condición de ingratos pechos), quiso ser de Europa el toro. Yo, viendo el peligro cierto, y que para huir no había más campo que el barco estrecho, dije que era justa cosa pagar su animoso esfuerzo con el porte de mis brazos. pero no poniendo al cielo en ocasión de venganza, ofendiéndole tan presto, y que yo no era mujer que en lugar tan descubierto debía perder mi honra; y así en la tierra prometo no resistirme a su gusto, donde árboles, por lo menos, siempre pabellón de amantes, nos diesen verde aposento. Concedió mi petición, y dando priesa a los remos, me dio espacio de pensar el mayor atrevimiento que jamás tuvo mujer, echando al agua un bohemio, con que cubierta venía, y que acudiese diciendo a sacármele del agua. Volvió los remos ligero, y echándose sobre el borde, alargando en él el cuerpo, cogiéndole de los pies fue fácil echarlo dentro. Aquí fue el mayor peligro, que con derribarle el peso, vía zozobrar el barco si no le ayuda el remedio. Con marítimo valor pensó nadar en cayendo; mas yo, desviando el barco, solicitaba los remos. Las palabras que decía con justo arrepentimiento, con moverme toda el alma, no le prestaron remedio. ¿No habéis visto cuando a un hombre Sigue con pasos sangrientos un toro desjarretado, que aunque corre va sin miedo? Pues de esa manera yo vía por el mar corriendo hasta perderle de vista, y como pintura en lejos parecía entre las ondas solamente un bulto negro. Cuando yo sola me vi, tomé para vil sustento algo del duro bizcocho, que era como lastre o leño. Finalmente llegué a tierra, sacándole por momentos el agua, dando mil gracias a la piedad de los cielos y al Apóstol, a quien ya la vida dos veces debo. Y reiterando los votos, de nuevo se los ofrezco con vida por su milagro, con honra por su deseo, con alma por su deidad, con descanso por su celo, con tierra por su bordón, con cristianos por su templo, con puerto por su bonanza, con sosiego por su pecho, con Vitoria por su amparo, con laurel por su remedio, con fuerzas por su valor, con ánimo por su ejemplo, con voz para darle gracias de tantos bienes, que puedo decir que después de Dios, vida, honor, alma le debo, de mis desdichas la mano, y de mi esperanza el puerto. A sentimiento movéis las peñas con vuestras penas, pues en menudas arenas de deshechas las volvéis. Será desde hoy esta playa más que lo estuvo arenosa. La relación lastimosa os enflaquece y desmaya más de lo que vos estáis. Importa que os reparéis, donde quien sois nos diréis, si de decirlo gustáis. Es esta noble asturiana, hija de muy nobles godos, que aquí son hidalgos todos: maguer que la veis villana. En su casa descansad, y si os estuviere bien, en ella podréis también vivir y hallar amistad, en tanto que dais aviso a vuestra casa y parientes. Las asperezas presentes encubren el paraíso de este valle con las peñas, que si por sus sendas subes, pensarás que por las nubes altas pueden darte señas. Ven y descansa, y después darás orden a tu vida. Desdicha es verla perdida; milagro el tenerla es. ¡Bella moza! A amarla inclina. Venid, peregrina bella. Sois mi estrella. Soy estrella de vuestro sol peregrina. Errele todo por hacer la mira, tan pronto, Mendo, porque no se fuese. Que no te acometiese el jabalí me admira. Suspendo la ballesta por el calor de tan ardiente fiesta, o por hablar contigo, no por criado, por hidalgo amigo. A descansar convida, señor don Nuño, el prado, que el aurora argentó con pie nevado, y la margen florida de este limpio arroyuelo, que con no se parar parece hielo. Bajando, Mendo, de este monte al prado, desde el solar que vivo retirado de los gustos de Oviedo, de que tan pobre quedo como honrado, aunque más verdadero hidalgo quedo, si no tener sobrado aún el sustento, es vínculo de un noble nacimiento. Y pues gracias a Dios que mi hacienda no es tan poca que empeñe ni que venda, ni sufra del que pide las injurias del que le da prestado, porque para Vivir en las Asturias con gasto moderado poca familia basta. y poder sustentar de buena casta dos caballos, dos perros, dos halcones. Bajando, pues, por no alargar razones, ato el castaño a un árbol de su nombre y a la ribera me llegué de un río sin ver estampa de animal ni de hombre, que más copioso de agua en el estío, por ser hijo del sol y de la nieve, entra cerca a ser mar y el mar le bebe. Aquí, sobre dos peñas fabricado, un molino se mira, a quien da residencia su arrogancia; la verde mesa de un ameno prado, que basta el nombre para ser florido. Del agua se retira con pequeña distancia; en cuyo sitio de álamo ceñido a su sombra esperábanlos que el trigo en harina transformaban, cada cual divertido en un baile que al son del instrumento daba alegre ocasión de risa al viento. Entre las aldeanas del sonoro baile, que en dulce coro los sones repetían que las heridas cuerdas proponían, estaba una serrana, más hermosa que sale la mañana los últimos extremos del verano. Salúdelos a todos cortesano, y ellos a mí, parando el instrumento; diome la hierba asiento mientras duró la fiesta; trataron de partirse a sus lugares, mas yo no me partí de la belleza de aquella labradora, que aunque en el breve término repares, que suele ser de amor naturaleza, cuando con las estrellas enamora, robar el alma en breve, así, tirano, las potencias mueve. Ese común efeto de amor no es admirable. Al partirse la dije con respeto, que no hay amor que a los principios hable sin respeto y sin miedo, que en mi caballo iría, si quisiese acetar la cortesía. con más descanso a su lugar. No puedo, ¡oh! Mendo, encarecerte lo que pasó de aquella misma suerte; pues ocupé la silla apenas, cuando dos o tres labradores ayudando, lo que restaba del caballo ocupa, y el prado de sus plantas desocupa, cuyos pies, envidiosos de su cara, para que no faltara cosa con que pudiese enamorarme, vinieron a llevarme como flechas de amor en breve aljaba lo que ya de los ojos me quedaba y pudiese emplear en su hermosura. Caminamos, en fin, por la espesura desde aquellas aceñas de robles acopados y altas peñas, dándome cuenta de su padre y casa, aunque más la tenía con el brazo que a veces me ceñía, por no caer al suelo. ¡Oh, cuánto pasa en la breve distancia de un suceso! Iba el caballo por el monte espeso como quien ya el lugar adivinaba; mas yo, que caminando descansaba, las riendas recogía, y cuando se paraba no le hería, que son las horas átomos de instantes cuando tienen ausencia los amantes. Díjome el nombre, y fue dichoso agüero. ¿Cómo? COSTANZA, y que lo sea espero: contome de su padre la riqueza, su gran familia y de su casa el modo.; Con hacienda y nobleza, ¿qué tienes que buscar? No sé qué diga, lo del rústico traje me fatiga. Sí miras un caballo cuando atado En el pesebre come tibiamente. con manta de sayal desordenado, despreciarás el término presente; mas si le ves después enjaezado y que las galas y el adorno siente, verás que con gallardo, airoso vuelo mide lo que hay desde la cincha al suelo; ¿qué mujer no se muda con las galas? Que parece que a aquesta en oro y tela en los chapines le nacieron alas. Costanza, finalmente, me desvela. Si la nobleza y la riqueza igualas y no puede a tu amor haber cautela, permítele esperanza a! casamiento. No me inclino a casar. Pues muda intento. Apetece el amor lo más guardado. Yo sé que no harás cosa que no debas. Mendo, quien da consejos a quien ama añade fuego por templar la llama. ¡Extraña fortuna! ¡Extraña! Parece que es maldición del Rey mi hermano. Estas son las redentoras de España, en la invasión de los moros; aquí, señor, fugitivos guardaron los pocos vivos sus reliquias y tesoros. Poco me valió embarcarme con el disfraz labrador, sí el mar con tanto rigor quiso en España arrojarme. Huyendo el rigor de España es imposible poder salir de aquí, ni tener con que volver a Bretaña, Infante. que inútilmente estará esperándome Isabela; pensará que fue cautela, y de intento mudará, haciendo de otro elección de tantos opositores. Donde hay trabajos mayores remediarlos es razón olvidando lo perdido. Dime qué habemos de hacer, pues andamos desde ayer sin camino y sin sentido por estos montes, en quien nos echó nadando el mar. No fue poca dicha hallar vestidos, que mal o bien cubrieron los dos Adanes que sin Eva el mar dejó. El villano que las dio entre aquellos arrayanes dijo que una casa había de un labrador principal, cuyo hacendoso caudal toda esta tierra cubría de mieles y de ganados. ¿Qué le habemos de decir? Si tú supieras servir, fuéramos los dos criados de este o de otro labrador; pero si naciste Infante, en mano todo diamante desdice el hierro, señor; que con los cetros dorados mal el azadón conviene, que sola la muerte tiene juntos los cetros y arados. ¿Seré, por dicha, el primero, Ricardo, que de alto estado haya al humilde llegado en que estoy y verme espero? ¡Cuántos poderosos reyes por la fortuna vinieron a tal tiempo, que siguieron con el arado los bueyes! Si nos puede remediar este disfraz, no lo dudes, que en cuantas formas te mudes me sabré yo transformar. Toma esta senda, Ricardo, y busca la casería que aquel labrador decía, que en estas peñas te aguardo. Voy, y si algún labrador vieres que te hable o mira, haz una breve mentira cortina de tu valor, que más se puede fiar de tu raro entendimiento. Perdóname, pensamiento, que es muy poderoso el mar, y pues vos no le teméis, por él volando pasad, y a la Duquesa contad la desdicha en que me veis; decid que a verla partí, como concertado estaba, y que fue la mar tan brava que en su rigor me perdí. La noche viene cayendo, ya ¿quién me puede guiar? Aquí hay gente del lugar, si no yo me voy perdiendo como ha tan poco que vivo las casas desta montaña, no salgo vez sin perderme. Allí viene una aldeana, porque «i no yo me pierdo, como la aspereza es tanta. ¡Labrador, ah, labrador! ¡Aldeana, hola, aldeana! ¿Están las casas muy lejos? ¿Están muy lejos las casas? ¿Sois desta labranza vos? ¿Sois vos de aquesta labranza? ¿Preguntaisme o respondeisme? Eso mismo os preguntaba. Isabela., ¿Vais perdido? Voy perdido; ¿y vos? También os llamaba porque a mi casa no acierto, que soy muy nueva en mi casa. ¿Vivís cerca? Aún no lo sé. Pues ¿quién sois? Una criada de Pelayo, el labrador más rico desta montaña, que ha poco que estoy con él. Acercaos. ¡Qué linda cara; qué asturiana tan gentil! ¡Buen labrador, buena gracia! Todos los que se perdieren hallen estrella tan clara; ya no temeré la noche aunque la luna no salga. ¿No sois desta tierra? No, que hoy tomé puerto en la playa de ese mar, donde me vi con turbulenta borrasca cerca de perder la vida, de que también me pesara, pues dárosla no pudiera si allí el mar me la quitara. ¿Esto crían estos montes, estos frutos de sus hayas, azucenas entre peñas, jacintos entre retamas? ¡Ay, día, detén el paso, porque si tu luz se acaba perderé de ver la suya! Mas la de sus ojos basta. Bastó un filósofo solo para honrar la ciencia helada, porque no produce ingenios la celestial destemplanza, y así vos, serrana, sola honraréis estas montañas, siendo la Venus de Asturias y de sus peñas el alma. Vuelto me habéis el aliento que del sustento me falta, que aunque nadé como pez no era mi elemento el agua, y en la tierra voy perdido desde ayer por la montaña; viéndoos a vos, ya no sé si andan las cosas trocadas. ¿Anochece o amanece?; Sois la luna o sois el alba? ¿Es de noche o es de día? ¿Sois labradora o sois dama? ¿Quién sois? Antona, señor, que así en mi casa me llaman. A la fe que sabe mucho de la cortesana, usanza; no tienen esos pergeños los que se calzan abarcas'. Finges, Antona, el estilo; que parece que no hablas la propia voz que al principio. Anda en estas cosas varia con la costumbre la lengua; a veces soy cortesana, y a veces soy labradora. Pero la vuestra me espanta; Mucho del traje desdice la razón de vuestra habla, y a Dios, que sois palaciego. Habíame, bella serrana, en la lengua que me escuchas, pues que las sabes entrambas. ¿Yo qué os tengo de decir? Pues si no, ya que te halla la noche de mis desdichas por sol de aquesta montaña, duélete de un labrador que tiene tan noble alma que merecerá ser tuya, aunque parezca arrogancia; condúceme como estrella adonde tienes posada, haz el oficio de sol. A la fe que las palabras no tienen poca invención. Adonde yo me criaba dos estudiantes había, hijos del dueño de casa, y en el tiempo que a el estudio daba treguas Salamanca, del fruto de sus ingenios parte mandándome daban, que es fuerza salir discreto el que con discretos trata, que siempre que hablan enseñan. Y yo, que atento escuchaba, tomé, ya que no la ciencia, términos y formas varias de hablar con gente discreta. Al pie de estas peñas altas está la casa en que vivo, que este arroyuelo que parla cuanto a las aves escucha, a las fuentes en que para, y estos álamos, que ha días que a la margen de sus aguas están en conversación, mientras que los pies los baña, me avisan de que está cerca, porque está a poca distancia. Venid, y haré que esta noche os dé Costanza posada, hija del dueño que sirvo, y hablaréis por la mañana al viejo, si os diere gusto de asistir a su labranza. ¿Vos tenéis dueño? ¿Pues no? Siempre las fortunas andan tras los indignos con premios, tras los buenos con desgracias. Dejadme. llegar primero porque prevenga a mi ama. ¡Qué notable labrador! ¡Qué generosa aldeana! ¡Qué lástima que perdido por estas montañas vaya! ¡Qué lástima que la gocen las peñas de estas montañas! Haré por él cuanto pueda. Darela de balde el alma.
JORNADA SEGUNDA
Pues que con vida me ves, piedra es mejor que me nombres. Inés- Los hombres han de ser hombres. No me consueles, Inés, que sólo es bien que le pida a quien de una misma suerte llaman los dichosos muerte y los desdichados vida. Inés. ¿Lloras? ¡Pues no he de llorar! Viendo casar a Costanza, ¿qué remedio, qué esperanza, Inés, me puede quedar? Don Nuño, aquel hidalgote que vive estas caserías, habrá como quince días que con su rocín al trote llegó a buscar a Pregunta, apéase, sube, que luego que vi la nube, temí la furia del rayo. Hablan los dos en secreto. que a nadie dejan entrar, de que vino a resultar del casamiento el efeto. Tú verás presto que Bato emprende algún desatino. Inés. Bien se emplea en el vecino por su talle y por su trato. Yo me tengo de morir; al cura voy a llamar. Inés. Bato, mejor es buscar remedios para vivir. ¿Remedios un hombre muerto? Inés. Sí lo estuvieras no hablaras. Inés, si en ello reparas, ten lo morido por cierto. ¿No has vido una lagartija cuando la dan con un canto, que cualquier parte en su tanto tiene un alma que la rija? Pues de esa manera soy, que aunque el golpe me desalma, en cualquiera parte hay alma, y aunque muera, vivo estoy. Inés. Siempre oí que amor hacía al más necio bachiller, y ahora lo vengo a ver en tu filomocosía. Eso deberás a amor. Bato, que te ha hecho sabio; pero consuela tu agravio con el remedio mejor, que es buscar otro amorío. ¿Sanaráseme con eso la pena de este soceso? Al punto. Pues ya me río, y me doy por consolado. Inés. ¿Tan presto? Ya no lo siento; ¿querías ahorcamiento, como en el tiempo pasado? Ya no hay en el mundo, Inés, Roldanes ni Galloferos; cuando Adán andaba en cueros, le amaban sin interés. Después que andamos vestidos, aquel amante Amadís se ha vuelto maravedís, y los amores fingidos. Yo he tomado tu consejo; ya estoy desenamorado. y otra mujer he buscado. Lo seguro te aconsejo; mas ¿no me dirás quién es? ¿Posible es que no· lo sabes? No busques mujeres graves. Por eso te quiero, Inés. ¿A mí? Sí. Ya es tarde, Bato. ¿Cómo? Y el mozo nuevo en el alma me lo llevo y en el alma Jo retrato. ¡Qué amigas sois las mujeres, Inés, de la novedad! Vinieron a la ciudad unos que llaman titeres y andaban todas tras ellos, porque habraban sin habrar, que los hacían andar otros que andaban con ellos. Pero pues el mozo nuevo Los pensamientos os lleva, yo quiero a la moza nueva desde hoy, y tu gusto apruebo. Sí, sí; para ti se guarda la que vino peregrina, que se precia de divina. de arrogante y de gallarda; y le han probado no pocos el brío y la condición; pero pega mojicón que los hace volver locos. Aquí viene el mi galán; vete, Bato. No, ma Dios, que nos hemos de ir Ios dos. Voyme, porque hablando están él y un mozo forastero. Con cuidado me has tenido. mil cosas me han sucedido que dejo y no te refiero. Bato. Inés. ¿No es muy galán? Por a ver la moza nueva. ¡Qué de almas que me lleva mientras los ojos se van! Gracias a Dios que te veo, y con nuevas que en la mar hay nave para llenar dondequiera tu deseo, que fue notable ventura, o a Navarra o a Bretaña, o aquella parte de España que te parezca segura. Vamos, que hoy se ha de partir, según me dijo el piloto. Ya estoy de partir remoto, Ricardo, y aun de vivir. Perdido en el monte hallé una labradora bella, que fue de mi noche estrella y sol de mis ojos fue, la cual me trajo a esta casa, en que ya sirviendo vivo en tan dulce Argel cautivo, que la vida se me pasa sólo contemplando en ella. ¡Qué bien dices! Y que estoy tan ciego, siendo quien soy, que vivo y muero por ella. ¿Labradora ha hecho en ti tan desatinado efeto? Que es un ángel te prometo, y como dicen que aquí vino arrojada del mar en hábito peregrino, de uno en otro desatino casi he venido a pensar que es alguna gran señora. Gran desatino a lo menos. Tengo los sentidos llenos de este error que el alma adora; y tengo alguna ilusión de que algún secreto encierra dársela el mar a la tierra, y que es grande la ocasión. Aumentó mi pensamiento el ver con la majestad que trató mi voluntad al primero sentimiento en los montes desta tierra. Tú, pues hay nave, te irás, y con secreto sabrás si a Bretaña intenta guerra, pensando que en ella estoy, y volverás a avisarme; y parte sin replicarme. Las joyas, señor, te doy, que saqué del mar atadas al pecho, que puede ser que las hayas menester. Mucho, Ricardo, me agradas no lo perderás de mí; vete, no te vean conmigo. Cuánto enmudezco te digo, sólo con dejarte ansí. Próspero viento te lleve. El cielo, señor, te guarde. Camina, no llegues tarde, que fresco norte se mueve. Ninguno por más sabio que haya sido supo jamás el bien de su fortuna, que no viene avisado vez ninguna el no esperado bien ni el mal temido. El hombre más gallardo y entendido sabrá en su patria la primera cuna, mas no por las estrellas, sol ni luna, que tierra le ha de dar eterno olvido. Salí para Bretaña a su despecho del Rey mi hermano, que matarme quiere, y aquí me ha echado el mar roto y deshecho. Nadie saber lo por venir espere, que solo el sol de cuanto Dios ha hecho sabe la parte donde nace y muere. Haré, señora Costanza, al punto lo que mandáis. ¿Dónde tan aprisa vais, esfera de mi esperanza? Tened el paso a mirar un alma que aborrecéis. Serrano, si lo sabéis, ¿para qué os queréis cansar? ¿Puedo yo dejar de amaros mientras no dejo de veros? ¿Y podré yo responderos mientras no puedo pagaros? ¿Fáltanme prendas a mí para que vos me queráis? Con lo interior no agradáis, con lo que se mira, sí. Pregunta de lo secreto, Antona, al alma que os doy. Si supiésedes quién soy me tendríades respeto. Todos se fingen valor donde no son conocidos. Vuestros méritos fingidos confirman eso mejor. Soy yo muy hombre de bien, más de lo que vos pensáis. Los ojos, si vos mandáis, juzgarán de lo que ven. ¿Qué juzgará quien me trata mientras no penetra el centro? Que soy oro por de dentro y por de fuera de prata. Debajo de este sayal alma noble puede haber. No os canséis en pretender, porque sois muy desigual. ¿Sois Infanta de Castilla? ¿Sois Duquesa de Bretaña? No soy; a aquesta montaña llegué del mar a la orilla. Por gusto de la fortuna. Tenga o no tenga valor, creedme que vuestro amor por humilde me importuna; y de hablarme en él cesad, que se lo diré al señor, pues pudiera vuestro amor, si en mí hubiera liviandad, hacer alguna locura. Por lo menos no podéis quitarme que os quiera. Haréis eso con mucha mesura, y yo os miraré, serrano, que así decís os llamáis, con la misma, si calláis, y no pretendéis en vano. Mientras más voy presumiendo que sois mujer principal, más os quiero por mi igual. Y yo os querré si lo entiendo. ¡Oh, palabra soberana! Quitad la soberanía, que soy desde cierto día Antona y pobre asturiana. Nunca ha sido la belleza pobre. Por vos lo diréis, que aunque labrador, tenéis cortesana gentileza. Yo también serrano soy desde que lo quiso el mar. Mirad que habemos de hablar como amigos desde hoy, y no ha de haber otra cosa. Digo, Antona, que así sea; pues basta que el alma os vea, cuanto más ingrata, hermosa. El viejo y los desposados vienen. El concierto han hecho. Contento en extremo estoy. Y yo, Pelayo, contento con tener tal padre en vos, que esto de nombraros suegro tiene mil dificultades. Paréceme que os casemos mañana si sois servido. Quiero, Pelayo, primero disponer de ciertas cosas que rentan poco en Oviedo; iré pronto si mandáis, pero volveré más presto, por ver a doña COSTANZA. Adiós, que de medio a medio le pegó el don. Los hidalgos tienen, Antona, un buleto para dones y almohadas, y para llevar sin esto mondadientes de perdiz, que nunca los dientes vieron. Y traeré también las galas que me diere el uso nuevo; que no es bien que vista así. Yo, señor, no lo merezco; quédense para las damas. Ropa le muda, que pronto le hará sudar el hidalgo. Pésame que este concierto no se ejecute mañana, que estoy, como veis, muy viejo, y deseoso de Costanza, para morir con sosiego, disponer y de mi hacienda un empleo como el vuestro. Poco importa que estos días esté el concierto suspenso, porque entretanto se haga. sin vos deservir en esto, con mayor ostentación. ¿Querrá hacer algún torneo este señor Lanzarote? El rocín parece el mismo, cuando de Bretaña vino. Cada vez me pasa el pecho que me nombran a Bretaña. Pues con eso nos iremos Costanza y yo a disponer lo que ha firmado el concierto. Ven, serrano, pues escribes y cuentas, y asentaremos plata, alhajas y otras cosas. Mil años os guarde el cielo. Mucho me habéis admirado, mi señor don Nuño, en ver que tan hermosa mujer os dé tan poco cuidado. ¿Casándoos enamorado os vais a Oviedo? ¿Qué es esto? Pudiendo gozar tan presto la hermosura de Costanza, ¿quitáis a vuestra esperanza fin tan dichoso y honesto? Vine a tratarlo y acaso te vi y acaso te hablé, y en fin, este caso fue caso, porque no me caso. De Costanza me descaso, porque por un caso tal tú fuiste disculpa igual, porque sólo hacer pudiera que a Costanza aborreciera Antona tan celestial. Así toda el alma mía con hidalgo amor te di porque en esos ojos vi retratada mi hidalguía. En mi ejecutoria, el día que admitieres mis despojos, pienso de los campos rojos de los pintados cuarteles quitar veros y roeles y poner tus bellos ojos. Que bien estarán recelo, puestos. Antona gentil, aunque en cuartel de marfil, en campo color de cielo: trasladaré de su velo al de las armas sus bellas luces, y será con ellas más levantado el blasón, que si estrellas armas son, tus ojos serán estrellas. Que de su luz adornado quedará con tal decoro, más que de sus letras de oro, del rayo el sol adornado, y el pecho que no he pagado pagaré con todo el pecho, que del blasón satisfecho será el amor el hidalgo y yo el pechero, pues salgo más libre pagando pecho. Mil cosas decir oí de hidalgos impertinentes, pero como las presentes sólo pasarán por mí. Si por armas y despojos vuestros mis ojos ponéis, presumo que me queréis, don Nuño, sacar los ojos. Y vengo a creer, por Dios, que del cuartel a mi cara ninguno los trasladara que no fuera como vos. No te quiero replicar; mas que te dejes servir sólo te quiero pedir. Hicieron en mi lugar un torneo en una fiesta, y un caballero sacó una mona que pintó sobre la celada puesta tañendo en una guitarra, y sentada en varias sumas de argenterías y plumas. Necia empresa. Antes bizarra, porque la letra decía: "Todo lo sabe hacer, si no es hablar." ¿Puede ser esa letra empresa mía? Allá lo veréis de espacio. Ingrata sois; voy furioso. Añadid necio. Es forzoso, y vos villana en palacio. No ha estado malo el sarao. ¿Y a ti por dónde te toca, Bato, meterte conmigo? Ando a buscar una moza, como se casó COSTANZA. Díjele a Inés mis congojas; dice que ese mozo nuevo la tiene de amores loca; yo, como la novedad dicen que es tan linda cosa, que si se usasen turbantes, como allá en Constantinopla, dejarían los sombreros las cabezas españolas, por moza nueva me quiero casar con vos. ¿Pues no hay otra? Quiérola yo como vos: abultada de persona, los ojos avellanados y la habla mantecosa. Y como recién venida, claro está que estaréis sola. No pudieras hacer cosa de más gusto para mí: en fin, ¿de mí te apasionas? Desde que lo imaginé, ando, Antona, a la redonda. ¿Y cuánto habrá que me quieres? Habrá como un cuarto de hora. ¿Tienes hacienda? ¿Pues no? Para casarnos importa. Cien cabras, menos noventa; dos viñas, sin cepas todas, y un pegujar por sembrar, que como diez peñas rompan, bien fáciles de quitar, que serán de ochenta arrobas, cogeremos tres hanegas, y, un molino, cuya tolva, con ruedas y lo demás, una tempestad furiosa se llevó ahora ha cien años. Un pago en que hay achicorias y espárragos, si los siembran, y puede haber alcachofas, calabazas y pepinos, rábanos y zanahorias, perejil y verdolagas, que como no la traspongan, nunca la hortaliza sale, mas con hacer una anoria podría ser de provecho. Todo a casados conforma; pero los buenos amantes no han de pretender Vitorias, sin que les cuesten servicios. Sírveme tú de la forma que en la corte los galanes, que bien merezco que pongas algún cuidado en quererme. Dime tú los que me tocan, y verás cómo te sirvo. Bato, una mujer con honra no es buñuelos, que no hay más que tomar la masa cocha y en la sartén arrojarla y zampársela en la boca. ¡Con qué gracia que le echaste desde esa tu mano hermosa! Se me pegó el guarguajero, como si fuera de estopa: a ser de veras, no pienso que habrá mujer tan sabrosa; mas dime lo que he de hacer. Ser galán, calzarte botas justas, estirar el cuello, enguedejarte la cholla, mirarte mucho al espejo, enrizarte como novia y poner la boca dulce como si fuera de alcorza, hablar mirlado con todos y que no duermas ni comas; que con esto y que dos años andes de noche de ronda, aunque se rían de ti los mirones de la costa, quizás nos concertaremos. ¿No comer y tantas cosas es estar enamorado? Quédese con Dios, señora, que tiene saya de Asturias y melindres de mondonga. ¿Yo no comer ni dormir? ¿Qué mujer hay ni qué moza que se pueda comparar con el tumbo de una olla? ¡Oh, lances de mi fortuna! ¿Cuándo seré tan dichosa que del Argel en que vivo deje las prisiones rotas? Inclinación, ¿qué me quieres? ¿Dónde mi grandeza arrojas? Parece que ya te olvidas de la sangre y la corona. No pienses en un villano que con prudencia engañosa se te va entrando en el alma, dejando sana la ropa. No te pegue la bajeza el azadón y la concha, que no se rinde a humildades la majestad imperiosa; que bien se puede librar quien se libró de las olas del mar, de este amor que engaña y vuelve las almas locas. En busca tuya venía; ya no pensé que te hallara. La tristeza es cosa clara que buscara compañía. Antes la mucha alegría para partirla contigo. Yo por don Nuño lo digo, pues en tu injusto desprecio no pudo dar de ser necio más fe ni mayor testigo. Doite el pésame también de que la boda dilate, que fue un loco disparate. Antes quiero que me den tus brazos el parabién de lo que tan bien me está. Tu entendimiento querrá disimular este agravio, que nunca le muestra el sabio donde no ¡hay remedio ya. Constanza. No, Antona, por vida tuya; y así, cuando te resuelvas, dichosa a tu patria vuelvas; que aunque fue libertad suya en que esto no se concluya, me ha dado la vida así; porque estoy desde que vi Isabela. Isabela. Isabela. el mozo nuevo de casa, pues ni está en Nuño ni en mí. Dar en este mozo nuevo, que también le quiere Inés: y es Inés su igual. No es, pues a presumir me atrevo que cuanto a mi honor le debo encubre, tiene y abona su entendimiento y persona. ¡Buena me hubieras dejado si yo le hubiera mirado! ¡Ay, no le mires, Antona! No haré, pues que tú le quieres; pero ¿cómo, si has de ser presto de Nuño mujer? Como de esos pareceres sabrán mudar las mujeres, si Nuño me despreció, ¿no sabré dejarle yo? ¿Y qué amor, me obliga. a mí, que dando sin alma un sí lo mismo vale que un no?' Tú, mi Antona; tú, mi amiga, le dirás cuánta ventura mi grande amor le asegura si con el suyo me obliga. Dile que la empresa siga, y que no le dé cuidado mi padre, que le ha mirado con tal afición, que creo que se hallará con su empleo más que con don Nuño honrado. ¿En casa de un labrador meter, Antona, a un hidalgo? No, porque en esto me valgo de tener algún amor. Es desatinado error el comprar con la riqueza más vanidad que nobleza y una inmortal pesadumbre, pues sabes que la costumbre es otra naturaleza. Antona, Antona, el maguer y la guisa es linda cosa, no la oscurísima prosa del hidalgo bachiller. Más quiero yo ser mujer de un hombre de mi opinión, sin chapines y sin don; que yo no estoy enseñada a ver espada dorada, sino valiente azadón. Lo que puede el natural. Costanza, conozco en ti, mas mira que viene aquí ese que llamas tu igual. Vete, si quieres que yo le hable, y sabrás después lo que me responde. Él es. ¡Ay, Antona, ya nos vio! Hacia la fuente nos vamos, donde aparte le hablarás. Mientras escondida estás, Costanza, en los verdes ramos, margen de estos arroyuelos, (podré yo hablarle mejor. Si tú no puedes, amor, porque me enamoran celos, mi libertad te fastidia, vencerás, discreto eres, que para vencer mujeres no hay cosa como la envidia. Cuando no me quieras bien ni me pagues tanto amor, adoraré tu rigor y estimaré tu desdén. Pero no es razón que a quien yo no quiero tú me obligues a que quiera, que no sigues la razón, pues no lo es, que por ajeno interés mis pensamientos castigues. Yo vine a enseñar amor a estos montes; su dureza, le deberá a tu belleza enternecer su rigor. Ya lo que fue hielo es flor, ni hay árbol que no la lleve; de suerte que a mí me debe mudar su gran pesadumbre. naturaleza y costumbre, y vestir flores de nieve. Como en tiempos de Rodrigo se escondieron dos cristianos en los montes asturianos, del amor lo mismo digo, que huyendo vino conmigo, donde escondido me ves; porque es moro el interés, y por huir de sus furias vive el amor en Asturias, para que reine después. Yo soy amor, que escondido en esta montaña estoy. Date prisa, porque voy a ver si don Nuño es ido; porque, señor, ha querido que mientras viene de Oviedo guarde su casa. No puedo estorbarte la jornada, que celos no sufren nada, y tengo a tus iras miedo. Pero porque cerca estás, digo que si yo pudiera, Antona, te aborreciera, por la ocasión que me das. Dícesme que quiera más a Costanza por posible, y a tu consejo terrible ya responde mi esperanza que quiero más que a Costanza posible, a Antona imposible. Dices que seré después de grande hacienda heredero, mas soy yo muy caballero para vencerme interés. ¿Caballero? ¿No lo ves en mi estilo? No pudieras hablar más vano si fueras el Infante de Navarra. Con celos de tan bizarra persona el alma me alteras. ¿Sabes algo del Infante? Lo que la fama pregona del valor de su persona, pero no hay de qué te espante. Como me ves arrogante, con mi sangre y calidad, nobleza y autoridad, caballero te has fingido, porque entre por el oído al alma la vanidad. ¿De que puedo yo saber que eres caballero? Espera. Caballero te quisiera, pero ¿cómo puede ser? ¿En ti no se echa de ver que eres mujer principal? Claro está. Luego es igual para mí la misma prueba. Basta que me engañas, Eva, con pellejo de sayal. ¿Ahora querrasme bien, si cierta prueba te doy? Advierte que cerca voy, y que del solar nos ven. Pues labraré tu desdén con diamante, si es diamante, que esta es prueba tan bastante, que quien muy señor no fuera, ¿cómo tenerlos pudiera? No te espantes que me espante. Muchos en mi tierra vi, pero con los de estas joyas ser tan gran señor apoyas como se parece en ti. Estos solos remití al pecho, pasando el mar. No queda más que probar; vuelvo la caja. Eso no, que no te la he dado yo para volverla a tomar. Isabela Guardarela por si fuere alguna vez menester. ¿Podré yo volverte a ver? Podrás mientras no viniere don Nuño. Dime que espere de tu mano algún favor. Digo que te tengo amor. El favor me ha de matar. Vete, que me quiero entrar. No ha de haber hierba ni flor, adonde los pies pusiste, en que no ponga la boca, desde aquí al lugar. ¡Qué loca voluntad! ¡Qué fácil fuiste! Crédito a diamantes diste, que este puede haber hurtado, y esconderse disfrazado; ¿pero cómo pudo hurtarle aquel generoso talle y entendimiento extremado? Limitadamente quiero determinarme a querer, si límite puede haber, siendo el amor verdadero; que sólo ser caballero no importa para quien soy: pero si crédito doy a tantos diamantes juntos, ¿para qué me pongo en puntos? Quiero amar; perdida estoy. Seáis mil veces, señora, bien venida a aquesta casa. ¡Oh, Sirena, amiga mía!, perdona, que esto me manda mi señor, no por ofensa de tu mucha confianza, mas porque ya como esposo de su hija, quede en guarda de su casa de don Nuño, quien sirve a doña COSTANZA. ¿Ha mucho que se partió? Dijera que con el alba, si entonces vinieras tú, que en hermosura la igualas. A darte las llaves voy. ¡Buenas salas, buena cuadra! No es este hidalgo muy pobre; colgaduras extremadas, para en los montes de Asturias, ¡Por cuánto faltarán armas! La vanidad del linaje por todas partes pintada; no deja pared vacía ni cabecera de cama. ¡Buenos lienzos de pintura! No es mala aquella Cleopatra, ni aquel Adonis, ni Venus. ¡Mas por cuánto no faltara la impertinente Lucrecia con el paso de la daga! Retratico de don Nuño; bueno, y terciada la capa. Oye, señor majadero, ¿para qué deja a Costanza por querer un imposible? Soy, por su vida, muy alta, para que me diga amores; mi grandeza no se baja a escudero tan humilde. ¿Qué es esto? El temor me engaña, o detrás de estas cortinas algunas personas hablan; descúbrase quién es. Yo. ¡Jesús! Don Nuño, ¿tú estabas en el solar? ¿No te fuiste? ¡Ay, dulce Antona del alma! Bueno, ¿dulzuras tenemos?, ¿No conoces que fue traza de mi desdeñado amor, para cogerte en mi casa? Pues ireme yo a la mía. Están las puertas cerradas. ¿Esto hace un caballero de tantos blasones y armas? ¿En noble sangre traiciones? ¿Traiciones, Antona, llamas estratagemas de amor que estuvieron disculpadas desde el principio del mundo? Manda que las puertas abran, o daré voces al cielo. Oirá las voces Cleopatra, y queriendo a Marco Antonio, responderá que se mata. Por eso está allí Lucrecia y le pediré la daga. Tendrete las manos yo. Por eso hallaré ventanas. No importa, que tienen rejas. ¿Y no temes la venganza que hará Pelayo en tu vida, cuya confianza agravias? Un hombre determinado, como ves, tanto repara en rayos como en Pelayos. Pues mi grandeza me valga. ¿Nunca estuviste en León? Jamás. Pues yo soy la Infanta, hija del rey don Ordoño, que por la mar iba a Francia, y por una tempestad me echaron en una barca, y de ella el mar en Asturias. He escrito al Rey una carta para que envíen por mí, y vendrán de hoy a mañana, ¿no se ve en mí lo que soy? Como algunas veces hablas rústica y otras discreto, en las rústicas palabras asturiana parecías, principal te imaginaba, pero no tan gran señora; y si acaso en confianza de que nací en estos montes con esa traza me engañas, sin más señas, no presumas que de aquesta cuadra salgas sin confirmarte por mía. Toma, don Nuño, esta caja, y entre esos diamantes finos mira si la prueba es falsa; esas joyas hagan fe. No he visto riqueza tanta; parecen lenguas de fuego que con rayos del sol hablan; sólo pudiera una reina para casarse llevarlas. ¿Qué dudo? la prueba es cierta; ¿qué miro? la prueba es llana. ¿Qué aguardo viendo en sus ojos la majestad que retratan? Los reyes tienen deidad en las luces de la cara, porque puso Dios en ellos su divina semejanza. Perdóneme Vuestra Alteza, que imaginarla villana me dio tanto atrevimiento. Tenerme amor no fue falta: yo os lo pagaré, don Nuño, luego que a mi reino vaya. en hacer que el Rey os honre. Si estáis, señora, enojada, no disimuléis conmigo. Yo por qué, siendo la causa amor de lo que habéis hecho, culpa que fue disculpada desde que tuvo principio la naturaleza humana? Antes bien, de hablar al Rey os doy. Nuño, mi palabra, para que os haga merced. Cuando otra prueba faltara para conocer quién sois, ver esa nobleza basta, porque no sólo es de reyes perdonar quien los agravia, pero imitación de Dios, que es castigar arrogancia y perdonar rendimientos blasón de púrpura sacra. Para que más conozcáis el valor que me acompaña, decidme lo que queréis que pida al Rey. ¡Qué alabanza no merece esa grandeza! Y pues pedirle me manda, por honrar mi sangre noble quiero que merced me haga de que un título le pida, porque el solar de mi casa le doy palabra que es hoy el mejor de la montaña. Yo lo haré, si vos hacéis por mí una cosa tan llana, que a vuestra casa y a vos será de mucha importancia. ¿Qué puedo hacer en que os sirva? Cumplir la palabra dada a Costanza y a su padre. Digo que será Costanza mi mujer, y que es muy justo que le cumpla la palabra, aunque no fuera por vos. Pues yo me vuelvo a su casa, diciendo que del camino, sin proseguir la jornada, os volvisteis a la vuestra. ¿Qué diré que fue la causa? Poca salud. Guarde el cielo vuestra vida, porque Francia tenga en vos tan gran señora. ¡Con qué mentira tan rara salí de tanto peligro! ¡Cómo se le ve en la cara que es Infanta de León! Luego me lo dijo el alma.
JORNADA TERCERA
Con esta resolución te mando lo que has de hacer. Pensaba que era ofender, señor, tu reputación, por haber, algo arrogante dilatado el casamiento don Nuño. No fue su intento mudanza de loco amante, para que tomes venganza. ¿Pues no fue tenerte en poco? No, porque estuviera loco; que mis abuelos, Costanza, aunque fueron labradores, fueron tan nobles y buenos como los suyos al menos, estoy ]por decir mejores. No trillos, Costanza mía, ni arados donde hoy están, que también en su zaguán hubo, cuando Dios quería, aldabas para caballos y lanzas para los moros; adonde ovejas y toros hubo, pendón y vasallos. Haz esto con voluntad, no mires en niñerías. No me atañen hidalguías, padre, por buena verdad; ni me sabré yo poner esas galas cortesanas, ni el ocupar las mañanas en torcer y destorcer rizos al compuesto pelo. ¿Qué espejo para la cara como es esa fuente clara, aquel guarnecido hielo, de naturales labores, para proprias hermosuras, adonde son las molduras los caireles de las flores? ¡Madiós!, que si vos mandáis, que no carece de mengua. ¿Hablas en rústica lengua? Sí, porque ocasión me dais; y esto no os parezca mal, porque cualquiera nación, si llega a tener pasión, se vuelve a su natural. Yo fío de tu obediencia, que harás mi gusto. Esto es hecho. Inés. Dispuesto al disgusto el pecho, entra luego la paciencia; ésta es forzoso tener. ¡Ay, Inés, qué buen consuelo! Si pensé con tal desvelo ser de serrano mujer, esto siento, que bien veo lo que don Nuño merece. a muchas les acontece contra su gusto y deseo, y amar después con el trato. Quédate aquí; y si llegare y por mí te preguntare, entretenle, Inés, un rato, mientras me pongo, si acierto, estos negros atavíos. Inés., ¿Pues a ti te faltan bríos? No hay bríos en gusto muerto. Amor desconcertado, amor relox, ¿adonde voy con tanto díngandux? Con mi alma y potencias haced flux; ¡ox con el diablo, o tirarete un box! Antona, quita allá tu algimilox, que no he menester yo quien me rempux; más rico estoy que de Venecia el Dux, con mis bueyes, arado, trillo y trox. ¿Yo galambao con uno y otro dix? ¿Pensaste que era moro Abencerrax, que me fríes el alma como pex? Vete, amor, a Guadix, o a el lago Estix; guarda tu arpón, amor, cierra el carcax; ¿de qué te sirve un alma de almofrex? ¿Pues no me ves? Apenas te conocía; ¿dónde -vas? Donde quería, mas no donde quiero, Inés. A fe que vienes galán, que por serlo el desposado trocará todo criado en capa y gorra el gabán. ¿Después que culpa tuviste, háceste boba? ¿Yo fui por quien te pusiste así? Como tú no me quisiste, echele un resquiebro, Inés, a Antona, y hame mandado que para su quillotrado me ponga, como me ves, la botas, justas o injustas, a lo galán cortesano. Estas botas Bato hermano, Más son de Judas que justas. ¿Qué parezco con el cuello? ¿No es curiosa la invención? Gigante de profesión y enamorado camello. Mas no habías de llevar, ya que lo rústico dejas, esa paja en las guedejas. He dormido en el pajar. salí primero que el día, mandome mirar Antona a un espejo la persona, y como no le tenía, mireme en una caldera. ¿No estaba cerca el pilón? ¿Quieres darme una Iición, así, con quien bien te quiera te cases hogaño, Inés, de esto del hablar mirlado? Poniendo la boca a un lado lo sabrás dentro de un mes. Díjome también que había de traerla dulce, y Juana me dijo aquesta mañana que una hierba me daría; unos tártagos me dio, que he pensado reventar. De celos de verte hablar con Antona, te engañó. ¿Pues qué consejo me das? Es muy corriente la miel; busca orosuz, y con él dulcísimo andarás. Y con esto, adiós, tontón. ¿Ya te vas? A ver mi empleo; queda con Dios fariseo. ¿Qué es fariseo? Sayón. Espera. Andamos de fiesta. Adiós, galán avestruz. ¿Yo he de comer orosuz? ¡Jesús! ¿Qué visión es ésta? ¿No me conoces? La voz de Bato me parecía. ¿Aún esto? El diablo sería. ¡Qué Holofernes tan feroz! Y o Galofernes? ¿Quién fue? Un valiente capitán, Y como vienes galán, que eras el mismo pensé. Si es por galán, en el mundo jamás, Antona, se vio Galofernes como yo. Pues en lo mismo me fundo. ¿Vengo bueno? ¿Qué? ¡Tan bueno! Mal año para don NUÑO. Si contigo me conjuño y de marido me estreno, no habrá moza en el lugar que no te envidie. No chero que me dé celos. ¿Puchero antes de matrimoñar? Antona, entremos con bien, no tengamos pesadumbre. Eres destos ojos lumbre. No me ha chillado sartén con torreznos en después que se quita el monimento, como esta voz. Mucho siento, Bato, que celos me des. Las mozas se andan tras mí, ¿qué culpa les tengo yo? Pues de aquí adelante no, Bato, no ha de ser así. Baje esos ojos, que empiezo a ser celosa. No son bestias. No mire a traición, enderece ese pescuezo. Como en un cesto me empozas. ¿Cómo había de estar, Antona, el prado, que labran de cristal los arroyuelos, menos florido de tus pies pisado, y ellos con menos perlas en sus hielos? ¿Cómo el indio clavel menos dorado y el lirio celestial con menos celos? ¿Cómo el ganado de su flor segura, la corona de nácar menos pura? ¿Cómo con menos cándidos rocíos la blanda hierba destos verdes llanos, que peina el sol cuando en los valles fríos deciende alegre de los montes canos, o cómo navegaran por los ríos, bajando al agua de los aires vanos los ánades con remo de azul pluma en limpios barcos de nevada espuma? Luego que vi cantar los ruiseñores, dije: Ya sale mi divina aurora, porque sólo dulcísimos amores al sol cantaran, que sus picos dora. Añades, hierbas, prado, arroyos, flores y ruiseñores dulces enamora tu hermosa luz, y todos hacen salva al cerco de oro donde vive el alba. Serrano, en fin, pasé la noche escura ausente de tu sol, aurora bella, esperando su luz hermosa y pura con mucho amor y poco sueño en ella. Ahora contemplando tu hermosura, Antona, aurora, sol, luna y estrella, mis sentidos serán los ruiseñores, mis ojos fuentes, mis requiebros flores. Pasa el invierno, mi serrano amado, y el sol a los parados arroyuelos, para que corran libres por el prado, desata las prisiones de los hielos. De azules compañías esmaltado, despierta amor, para que duerman celos; las aves, unas cantan y otras lloran, al paso que se celan o enamoran. No queda yedra que álamo no abrace, flor que al botón no rompa el nudo verde, ni sarmiento de vid que no se enlace; el valle, el monte, la tristeza pierde. Sacudida la nieve se deshace; no hay ave, no hay pastor que no recuerde a dar debidas gracias al aurora, que finge risa cuando aljófar llora. Yo así, dulce serrano de mi vida, después de larga noche, al alma invierno, desato el hielo, la razón rompida, y soy tu yedra con abrazo eterno. ¡Oh, lógrese con dicha repetida ardor tan generoso, puro y tierno, y corone tan dulce amor tu frente, que yo he de marte, aunque me viese ausente. ¿Será verdad, mi bien? Será muy cierta. ¿Quién sale por fiador? Mi confianza. ¿Diraslo siempre así? Después de muerta. ¡Valiente amor! Cuanto pretende alcanza. ¿Qué impide el mayor bien? Estar incierta. ¿Incierta de mi fe? De tu mudanza. ¿En mí la puede haber? Isabela. Y en la fortuna. Alguna he visto yo firme. Ninguna. Dime quién eres. Cuando tú lo digas. Yo soy muy noble. Yo muy noble y grave. ¿Por qué te encubres? Porque tú me obligas. ¿Quién te trujo a estos montes? Una nave. Prosigue el caso. Cuando tú prosigas. ¿Cuándo me lo dirás? Amor lo sabe. Poco puedo contigo. Y yo contigo. Si hablas, yo hablaré. Lo mismo digo. Sentaos, hijos, y vosotros podéis celebrar la fiesta. Envidia tengo a los novios. Será fuerza que la tengas, mientras que no te declaras. Ea, Bato, da dos vueltas con Inés y esos zagales. Viene la flauta muy seca y muy flojo el tamboril. Abre, Inés, esas bodegas, saca vino de diez años, y con las cántaras beban, no saques tazas de plata. Baile Antona, que es vergüenza que aunque mos hagamos rajas, siempre se está patitiesa. Baila, Antona, por mi vida. Tu vida hará que lo sepa. ¡Qué de otra suerte la hablaran si éstos supieran quién era! "Cuando baila Antona, me repica, me bulle, me brinca la boda. Cuando Antona, siempre igual, con flores al verde abril, toca en dedos de marfil castañuelas de nogal. Cuando en sudor de cristal corales la bañan toda, me repica, me bulle, me brinca la boda, Cuando sale Antona me repica", etc. Cese el regocijo y baile, y la boda se suspenda, señores, mientras os doy de una novedad las nuevas. Bajando al valle a cortar ramos, por la verde cuesta del monte veo venir, coches, caballos, libreas, caballeros, damas, pajes, todos con ricas libreas, y por el solar preguntan de don Nuño, y yo, sin pena, a uno pregunté quién son los que van por esta tierra con tantas galas y plumas, con tantos oros y telas, y dijo el Rey de León a Francia o Ingalaterra enviaba desposada la infanta doña Teresa, y hale escrito cierto hidalgo que con tempestad soberbia rota la nave, llego en una barca pequeña la Infanta, al cabo del fin, y que este monte Ia alberga, y lo mejor de su corte, como veis, viene por ella. Apenas esto me dijo, cuando de un aliento vuelan mis pies con mis pensamientos y vengo a daros las nuevas. ¡Caso extraño! ¿De León hidalgos y damas bellas por Infanta? Nadie aquí se alborote ni se mueva. Costanza, oíd aparte. ¡Cosa que seas la infanta, Antona! Serrano, agora, si yo lo fuera, ¿cómo pudiera negarlo? Claro está, pues que lo niegas. Sabed los dos en secreto que Antona, como a quien era caballero, cierto día me dijo, llorando perlas, que era la perdida Infanta. Yo, porque el Rey me agradezca haberle dado este aviso, con Mendo, persona cierta, escribí luego la carta al Rey que Toribio cuenta. Ha sido famosa dicha: que me prometió Su Alteza un título, y como llaman mi solar en esta tierra el "Otero", por estar tan alto, que del se otea todo ese valle hasta el mar, serás, mi Costanza bella, la Condesa del Otero. ¿Qué me cuentas? ¿Yo Condesa? Y señorías los dos. La vanidad me marea. Ya somos títulos, ya nuestra ventura comienza. Siempre lo pensé de Antona. ¿Y llamarémosla alteza? No le digas nada agora, Costanza, hasta que no vuelva, porque haciendo el desposorio la Infanta madrina sea. Ea, zagales, a ver la corte, un día que llega a nuestras humildes casas. ¿Sabes tú de qué manera es la corte, Inés? Yo no. Pues vamos los dos a verla. Pienso que será una junta de los reyes y la reina. ¿Luego ellos vienen aquí? No; pero vienen por ella sus caballeros y damas, con las galas que profesan, que no con muchos vestidos. ¿Y daranme alguna de ellas si voy allá? ¡Bestia, calla! Callarán, que no son bestias. ¿De qué es tanta suspensión? Pues, ¿cómo no se alborotan la grandeza y la hermosura que nuestros valles adornan? ¿Cómo no vas a ver damas que matan y que enamoran con galas y con donaires? Ya es justo que veas y oigas lo que en la corte solías, que estás entre aquestas chozas fuera de tu natural. Vete a ver telas y joyas; cansado estarás de verme en esta rústica forma; no disimules por mí; ve con los demás, no importa, que no te quiero suspenso, aunque yo quede celosa. ¿Es posible que digáis, Antona, a quien os adora, que vaya a ver, siendo sol vuestra belleza, a las sombras? ¿Es posible que penséis que un alma de amores loca pueda hallar gusto sin vos, dueño mío, en cuantas cosas produce naturaleza, ni cifran altas coronas, que visten ricos brocados y pisan oro en alfombras? ¿Qué diamantes como ver tal vez las palabras toscas de Asturias en vuestros labios, de quien aprenden las rosas? ¿Qué perlas como mirar los marfiles del aurora en esas hermosas manos, flechas de nieve amorosas? ¿Para qué quiero yo ver cortesanas Babilonias, reyes, damas, caballeros, vulgo, caballos, carrozas? Más valéis vos, Antona, que la corte toda. ¿Qué novedades, qué trajes, qué galas, qué telas bordan, que igualen a las que viste vuestra gallarda persona? ¿Qué rubíes en sortijas con vuestras mejillas rojas, donde los claveles arden las púrpuras que coloran, cuando a aqueste monte vengan, damas abrasando Troyas, calificando invenciones, hablando estudiadas prosas, cabellos que el oro envidie, y dore el sol por lisonja, hermosura que respete la naturaleza propria, y olvidando las humanas, por ángeles las conozca, y no haya corte tan rica, tan pulida y tan hermosa? Más valéis vos, Antona, etc. No dije, serrano mío, que vais a ver los milagros de las damas de la corte por ver yo los cortesanos. Vos sois la cifra de todo; que en vos contemplo en retrato los caballeros más nobles, los galanes más bizarros. Vivan sus palacios ellos, sirviendo, amando y gozando; novedades califiquen, disparen rayos mirando, porque ya para mis ojos, después que el alma os he dado, cuando vuestro entendimiento miro tan perfeto y claro, y cuando en vuestra persona el traje, grosero y basto, conozco vuestro valor; y de los palacios altos, sin envidia digo alegre; a mis ojos suspirando: Más valéis vos, serrano, que la corte y el palacio. ¡Ay, Antona!, ¿qué es aquesto? Los cortesanos serán, que honrar a Nuño querrán. ¿En vuestra casa tan presto? Si te dan celos, ireme. Viene Pelayo y Costanza, que ya mi desconfianza tanto cuanto mira teme. Esta es la Infanta, llegad, que en aquel traje vestida, para no ser conocida de gente de la ciudad, vivió este monte, cifrando en lo que vio su grandeza, Dé la mano Vuestra Alteza a don Tello y don Fernando, sus criados más leales. ¡Ay, ojos!, ¿qué es lo que veis? ¿De quién, señores, hacéis burlas en palabras tales? Nuño, ¿dónde está la Infanta, que no es ésta? ¿Cómo no? Hombre que a un Rey escribió con seguridad y tanta, que obligó a venir por ella a Asturias, ¿otras nos da, cuando por ventura está en Francia la Infanta bella, y no sabe si lo es? Caballeros, ella ha sido quien este engaño ha fingido para algún necio interés. Contad en lo que me vi cuando de vos me libré. Señores, engaño fue de Nuño, pensando así servir al Rey. ¿Qué más pena le podréis dar que su engaño? - Inés, ¡bravo desengaño para Costanza se ordena! No la llamaremos ya la Condesa del Otero. ¡Qué triste la boda espero! ¡Corrida Costanza está! A tan grave desatino el justo castigo hiciera, si haberle mayor pudiera, porque ninguno imagino que igual fue a su confusión. Vamos de aquí, don Fernando, por no estar viendo y hablando en esta loca invención, Con mucha puntualidad ser desposado ha cumplido, pero a nuestra costa ha sido la primera necedad. Vamos de aquí. No pudiera haber hecho esta invención Antona, sin ocasión. ¿Qué ocasión bastante fuera para fingirse la Infanta? Nuño lo sabe. No es justo añadir a mi disgusto más pena. Mi pena es tanta, que no me dará lugar a sufrirlo; que es tan cierto que haciéndose descubierto, ¿quién podrá disimular? Engaños, Costanza, son de Antona, no culpas mías, y tuyas, si desconfías de mi justa obligación. Burlando con ella estaba, cuando la necia creyó que la amaba. Pienso yo, que de suerte se burlaba, que si me descuido un poco, soy Condesa del Otero. Con lo que he visto, ¿qué espero? Necio amor me tiene loco. ¿Qué puedo esperar si veo la bajeza que pensaba grandeza, cuando esperaba con la esperanza el deseo? Comoquiera que eso sea, Antona no ha de quedar en casa. Aun bien que la mar, aunque me echó, me desea. Bien es castigarla así; váyase, porque no es justo vivir con este disgusto. Y si no dénmela a mí. que yo la querré, madiós, y aun me casaré con ella. Sí, que una Infanta doncella, noramala para vos. ¿Celazos, Inés? Confuso estoy en lo que he de hacer, porque esta es sola mujer, y echarla también no excuso; pues lo primero es piedad y lo segundo es forzoso. Si ha de ser Nuño mi esposo, ¿qué mayor dificultad? O echarla, o tomar el don y el vestido. Yo he pensado un remedio, que me han dado la piedad y la razón. ¿Cómo? Casarla, que así no vivirás con los celos. No tengas viles recelos, Costanza hermosa, por mí; porque es mi aborrecimiento, por este engaño de suerte, que la deseo la muerte. Pague Dios el pensamiento. Ahora bien; si ella se casa, paso porque en casa quede. Con ninguno mejor puede de los zagales de casa que conmigo; en además de mi berrenda persona, que me quiere bien Antona. Y no la faltara más que un cebón de tu tamaño a una infanta de León. Un cebón, o un mancebón, ¿es barro en casa cada año? Ahora bien; aunque callando está Serrano, yo sé que la mira. Yo, a la fe, que en eso estaba pensando. Mas si no me mira a mí. ¿qué importa que yo la mire? Yo sé que no se retire de darte la mano a ti; y celos te han de curar por los más felices modos. Ea, Antona, que entre todos el dote se ha de juntar. Yo doy cien ovejas. Yo, los vestidos que saqué cuando casarme intenté; que pues esto se dejó, y el dar es cosa precisa, dejando las aficiones, una cama, dos colchones y una labrada camisa ofrezco a la novia aquí. Ya yo las venturas pruebo; pues que me ponen de nuevo, grande dicha conseguí. Un majuelo te he de dar, por lo bien que me has servido; Mucho mejor he comido y dormido sin pesar Por Dios, Bato, yo he quedado sin serrano. Yo también sin Antona. Hombre de bien sois; con viñas y ganado podéis. Serrano, aumentar, y desterrando el pesar, vivir libre de cuidado. Si la novia está indispuesta, y pone, si se repara, al casarse mala cara, mal la boda se concierta. El que ella os quiere es llano. Al cielo mira y suspira, y puesto que no me mira, no quiere darme la mano. En tan penoso desvelo mi dolor se ha descubierto; cese en todos el concierto, pues me veo sin consuelo, cuando empieza mi deseo; pues con nueva tan penosa se ha de aumentar el dolor, mas no aplacarse mi amor; hasta topar a mi esposa, todo es pena. Y dicha será también. Ya trocaste en majestad la alteza. Murió mi hermano. Así tiene fin humano la mayor prosperidad. Lágrimas debo a su muerte, aunque aborreció mi vida. ¡Gran desdicha! Y mal sentida. Que es sangre y justicia advierte. De eso se debe creer lo que un reino da lugar, porque reinar y llorar no sé cómo pueda ser. Porque del reinar hacían los hombres tan gran conecto, que se espantaba un discreto de que los reyes dormían. Erraba, a mi parecer; porque si es morir dormir, y despertar de morir solo vida puede ser. Bien claramente se advierte, en riesgo tan conocido, que no vive el que ha dormido. pues representa a la muerte el sueño, y en esta grey vive quien no se desvela, y estar siempre en centinela es obligación del Rey. Cuidando, en empeño tal, para adquirir más renombre, de las fatigas del hombre y dar remedio a su mal, solicitando su aumento para poder obligarlos. ¿Y dijiste a mis vasallos cómo vivo aquí encubierto? Todo se acaba, señor, y se muda fácilmente, siendo instrumento la muerte de pesares y dolor. Ello no hay que esperar firmeza al estado humano; mira el mar soberbio y cano que a ti te pudo quitar el ver a tu esposa bella, y en medio de mal tan fuerte no me acordé, si se advierte, de decirles que atropella tus venturas la fortuna, y darles nuevas de ti. ¡Qué mal hiciste! Partí con la gente, que, importuna, prisa me daba a marchar; que sólo tuve memoria de tu ventura y tu gloria Pues te vas a coronar y a ser mi rey, y es justo que partas con mucho gusto sin resistir ni dudar. Ven, señor, conmigo al punto, que me importa tu presencia. Siendo, Ricardo, en mi ausencia el pesar y el placer junto. ¿Cómo? La villana Antona serví pensando que fuera mujer que sangre tuviera, de alguna real corona, por lo que de ella entendía que hablaba siempre cifrado, y hoy quedo desengañado pero falto de alegría. Hablarla quiero, ¡ay de mí! Excusa la pesadumbre, No puedo olvidarla aquí, y es género de traición. Llegarme quiero. Señor, háblala en lengua de rey, que sin faltar a la ley la puedes decir tu amor. No sé qué la diga ahora para poder obligarla, porque solo con mirarla, como es de este campo aurora, aunque llego a discurrir y llego claro a notar que por no darla un pesar he de callar y partir. Pero el dejarla es morir. Vamos, que será mejor. ¿Cómo? Que me quiere asir amor. Ya no soy quien era. Respeta el cetro. ¿Ahora estamos en eso? Bien dices, vamos. Desta vez me voy. Espera. ¿Para qué? Para decir a esta hermosa labradora que toda el alma la adora, y que es forzoso partir y dejar aquesta aldea, para que su sol no vea quien con él quiso vivir. ¿Aquella dama es Antona? La misma. Si se vistiera desta suerte disculpara tu amor. ¡Qué dama tan bella! Sin sentido estoy, Ricardo, viendo mi forzosa ausencia, ¡Plegué a Dios que no me cueste vida y salud el perderla. ¿Adónde está el desposado? ¿No le veis? Oigan la flema con que viene el novio. Inés, quizá le casan por fuerza. ¿No fuera razón, Serrano, que de otra suerte vinieras a casarte? ¿No tenías gabán y polainas nuevas y una camisa labrada? O por lo menos te hicieras la barba, que en desposados es bien cuidar de limpieza. Inés. Bien se la pudiera her, que la tiene como aldea despoblada de vecinos; yo por lo menos le diera gregüescos, sombrero y capa. ¿Serrano, tanta tristeza? ¿Son los novios de Hornachuelos, que diz que le dijo a ella a tres meses de casados, levantando la cabeza: Ojinegra es la señora? Ya, pues hablaros es fuerza, aunque pensé a hablar a Antona, donde ninguno me oyera, yo soy don Juan de Navarra, hermano del rey que reina en el cielo. ¿Qué es esto? ¿Hay otra infanta que venga hacer Condes del Otero? ¡Calla, noramala, bestia! Ya por la gracia de Dios, rey de Navarra, de Estela, de Pamplona. Y del Otero, donde es Costanza condesa. Arrojado de la mar tomé puerto en esta tierra, yendo a casarme a Bretaña con la divina Isabela, princesa de aquel Ducado, que por escrituras hechas era mi esposa con gusto del Rey, que por las señas no quiso que fuera a verla. Salí huyendo por la mar, de cuya fiera tormenta debo la vida a los brazos, debo el amparo a las peñas. Este caballero y yo llegamos a la ribera, subimos por la montaña, y esta labradora hermosa que hoy, en hábito de dama, lo que no es posible espera, a vuestra casa me trajo, en fin, dejándome en ella. Volvió Ricardo a Navarra, que anticipadas las nuevas deja en este verde valle lo mejor de su nobleza. Con vosotros no aguardaba cumplimientos ni licencia. Con ella sí, porque he sido labrador de su belleza, y ha sido tanto mi amor, que presumo que la diera la mitad de mi corona: tanto el dejarla me pesa, si no estuviera tratado casarme con la Duquesa. Esas joyas que la di quiero que su dote sean, demás del que pienso darle al que su mano merezca. Con esto, porque la gente alegre a buscarme llega, haced de oficio de padre, Pelayo amigo, en mi ausencia; Nuño, honradla como hidalgo; Costanza, favorecedla, y vos, Antona, que fuistes destos campos, de estas sierras, dueño, y del alma de un rey, en esta forzosa ausencia dadme los brazos y adiós..., que Él solo sabe la pena con que me parto. Esperad, y veréis la diferencia que os merezco. Y ya no es tiempo de que la tenga encubierta, y si me hubiérades dicho con repetida fineza que erais don Juan de Navarra, al mismo punto os dijera que viniendo a Santiago la rigurosa tormenta tuve. Soy... Amor, ¿qué es esto? Sois... La misma Duquesa. ¿Que soy don Juan de Navarra y tú, Isabela, la Duquesa de Bretaña? Salga en los brazos agora a recebiros el alma. ¿Cosa. Costancia, que sea otra infanta de León que venga a haceros Condesa? Nuño, Costanza, serranos, besemos a Sus Altezas los pies. Decid majestades, porque con alegres fiestas, después de hacernos mercedes, padrinos de entrambos sean. Dadme, Costanza, los brazos. Aquí, bellísima Reina de Navarra y de Bretaña, tenéis una esclava. Llega, Bato; llega, Inés. Señora, perdone su reverencia el no haberla conocido. ¡Dichoso el que hacer merezca sábanas de tal Bretaña! Perdonad nuesas flaquezas, que os tuvimos por anjeo, y sois ángel y sois reina. Señor. Muy presto tendréis villas por aldeas. Aquí, discreto senado, perdonando faltas nuestras, da fin la Antona. Es engaño, porque a serviros comienza y a ofreceros el deseo del autor y del poeta, que me pidió que en su nombre el aplauso os agradezca.
