Texto digital

Texto digital de Más vale salto de mata que ruego de buenos

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más vale salto de mata que ruego de buenos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-vale-salto-de-mata-que-ruego-de-buenos.

Logo BICUVE

MÁS VALE SALTO DE MATA QUE RUEGO DE BUENOS

JORNADA PRIMERA

Dos años, señora mía, ha que te sirvo, sin ver, ni en la noche anochecer, ni amanecer con el día: porque después que tu hermano el Conde de Barcelona, sus sinrazones abona, mostrándose tan tirano contigo, que ni del sol te deja ver la luz pura, aunque en tu misma hermosura hay parte de su arrebol, no te he visto más contenta, en mi vida. Con razón el doliente corazón sus esperanzas alienta. Dos años ha, Julia mía, para que sepas la causa de la historia que me aflige, y del rigor que me espanta, que mi hermano el Conde Anselmo aquí me tiene encerrada sin dejarme ver el sol. Deseo saber la causa. Una noche de San Juan, que fue para mi desgracia noche, en fin; mas no lo fue, que no me arrepiento en nada; ordenó el Conde mi hermano una fiesta, fiesta extraña; mas fiesta fue, que en las fiestas nunca faltaron desgracias. Salió todo lo mejor de Cataluña a la plaza, haciendo la noche día con los adornos y galas. Salió mi hermano también vestido de negro y plata, en un corcel andaluz, que en las pisadas mostraba la arrogancia de su tierra, si hay quien la llame arrogancia. Estaba en esta ocasión en la corte, Julia amada, (¡ay, amor niño!) Don Carlos, un caballero, que a Italia pasaba a servir al Rey, que es causa de mi desgracia, y yo lo fui de la suya. Este (con una hacha blanca en una mano, y en otra el freno, con que humillaba del animal la soberbia, que por ser suyo mostraba) entró en la plaza vestido de encarnado, de oro y plata, guarnecido ricamente, y tanto en la luz brillaba con el oro, y el tabí el resplandor de las hachas, que tuve lástima de él, pensando que se abrasaba. Llevaba un bonete rojo, lleno de garzotas blancas y de plumas diferentes, que eran tan ricas y tantas, que al pasar de la carrera parece que declaraban que dejaban de ser plumas solo por servirle de alas. Lo demás no pude ver, aunque de luz no había falta; mas como era artificial lo menos nos enseñaba. Llegaron, Julia, a palacio, adonde con otras damas estaba esperando yo el fin de mis esperanzas. ¿Luego ya visto le habías otra vez? ¿No es cosa clara? ¿Pues había de alabarle con tantas veras el alma, no habiendo visto de día lo que de noche ignoraba? Pasó mi hermano delante, y con cortesía y gala reverenció a los balcones, y se humilló a las ventanas. Hicieron todos lo mismo, mas don Carlos, que pasaba, no solo con cortesía nos quiso mostrar su gala, sino que al caballo mismo hizo que los pies doblara a pesar suyo, diciendo, no a mí, sino a la ventana, Acabose, en fin, la fiesta, despedime de las damas y del Conde, por pensar en su gentileza y gracia. Quedé en un confuso abismo, confusa, ciega y turbada, ya imaginaba imposibles, ya imaginaba desgracias. Todo era imaginaciones, y para creerlo estaba, que erré el sujeto, creyendo que imaginando acertaba; mas lo que mucho se piensa, es lo que más presto engaña. ¿Mas para qué, Julia mía, te canso con mis desgracias? Disculpada estoy, que amor lo más imposible allana. Yo quise bien a don Carlos, don Carlos me ofreció el alma, yo el honor, él el guardarle; yo la vida, él la palabra de que sería mi esposo, aunque la fortuna varia sus mudanzas revolviese con inciertas esperanzas. Con esta palabra firme entró una noche en mi cuadra, sin luz, porque amor es ciego, y ninguna luz le basta. Llegó a mi mismo retrete, y yo, confusa y turbada, una vez le despedía, pero cien mil le llamaba. Avisábame el honor, diciéndome que era infamia casar con un hombre humilde; mas como a oscuras estaba, perdí al honor el respeto sin encubrirle la cara. Una vez me resolvía, otra vez me reportaba el enojo de mi hermano y la ofensa de su casa. Gran competidor es este, dice al amor, y él, que estaba corrido de ver que en mí tan poco poder alcanza, puso una flecha en el arco, y adonde el honor estaba la encamina, y de tal suerte contra el triste la dispara, que cayó muerto en el suelo; mas como él la deseaba, por poco que fue la herida se murió de buena gana. En estos dulces amores, llenos de amorosas ansias, entretuvimos un mes la dilatada esperanza, hasta que una noche (¡ay, cielos!) subiendo por una escala don Carlos a mi aposento vio el Conde su misma infamia. Llamó su guarda al momento, y apenas al suelo baja mi esposo, cuando le prenden, porque a desnudar la espada aun no le dieron lugar. Y el Conde, que de la causa vivía ya sospechoso, con una crueldad tirana, con un corazón de piedra, que a lágrimas no se ablanda, mandó poner a don Carlos en una torre con guardas; unos que guardan su vida, y otros que su muerte aguardan; y a mí, que ciega, y confusa, esperando el fin estaba de este infelice suceso, principio de mi desgracia, me manda prender también en un cuarto de su casa, donde no amanece el sol, ni donde se asoma el alba. Dos años ha que los dos por esta amorosa causa recibimos esta pena, lloramos ¡esta desgracia. ¿Pero ves que el Conde mismo de esta manera me trata? Sí, señora. ¿Ves las penas que me congojan el alma? Sí. ¿Ves esta carta? Sí. ¿De quién será? De Carlos. "Estela amada, de aquí a dos horas te espero en los muros de la Rambra." Mira si esperan respuesta. Ninguno parece. ¡Ay, alma! Dichosa podéis llamaros en ventura tan extraña. ¿Que habéis de ver a don Carlos? ¿Que don Carlos os aguarda? Dejad, ojos, de verter tristes y piadosas lágrimas; celebrad en dulces versos una ventura tan alta, pues quien me dio la ocasión, también me dará la traza. ¡Adiós, prisión; adiós, rejas, que a mis piadosas palabras mil veces os vi ablandar, con tener de acero el alma! Adiós, funestos tapices que, con historias pintadas, entre mis confusas penas aumentabais mi esperanza; que bien puedo yo, sin ser a vuestra piedad ingrata, dejar vuestra compañía tras una prisión tan larga. Mira, Julia, si la puerta está abierta. ¡Dicha extraña! Abierta está, que a traerte vienen la cena. Pues guarda el silencio a lo que has visto, y di que estoy ocupada en mi oratorio. ¿No adviertes que te han de coger las guardas si sales de esa manera? Un vestido de villana que ya tengo prevenido me pondré primero. Aguarda, y aquestos brazos recibe, pues mis desdichas te apartan para no verte jamás. ¡Ay, Julia!, soy desdichada. Toma esta cadena mía, y perdona si me apartan hoy mis desdichas de ti. No llores. Peñas ablandan. ver esos soles divinos sujetos a las tiranas manos de un cobarde vil. Otra vez a la ventana han tocado. Fabio, espera. Adiós, señora del alma. Adiós, Julia. Dios te guíe y te de ventura tanta, que a tus estados te vuelva, y de tu hermano a la gracia. Cuando eso, Julia, no sea, el gozar a Carlos basta; porque dos gustos conformes es la riqueza más alta. Aquí no hay gente. Imagino que nos vienen espiando. Baja con tiento y callando. Nuestra desdicha adivino. Bien digo, que gente suena. Otro lugar más secreto busquemos para este efecto; tu arrogancia te condena, pues te apartas de tu muerte lo que te vas alejando. Parece que están hablando abajo. Tiembla d más fuerte en semejante ocasión. Ten la escala fuertemente. ¿Es posible que haya gente, que quiera verte en prisión? ¡Vive Dios, si escapo de esta, que ya lo tengo por cierto, que me tienen de traer muerto y no preso! A mí me cuesta más pesares que no a ti, pues carezco de unos ojos a quien por justos despojos alma y libertad rendí. A mí me cuesta el no ver unos ojos, pesia tal, que en día de tanto mal, mal me debieron de hacer, Pero ahora, vive Dios, que me tengo de vengar, y se los he de quebrar, aunque le compre otros dos de plata. Calla, ignorante, bajaremos poco a poco. Ya estoy de contento loco en ocasión semejante. ¿Que me he de ver en la calle libre de tanto rigor? ¿Que podré yo ser señor de mostrar mi gentil talle? ¿Que podré yo mismo ir por el vino, que enviaba otras veces? ¡Cosa es brava! El estar preso es morir. En saliendo, al mismo punto he de tomar posesión en un santo bodegón, por gozar todo el bien junto. Sentareme en una mesa; parece que ya la veo. ¿Qué quiere, huésped?—Deseo que me deis una camuesa para empezar; pero no, venga un poco de tocino. (Salado está: venga el vino. ¿Echarele agua?—¿Agua? Eso no. Águale con vino tinto, que es alivio de mi tierra. Esto, y mentiras de guerra, famosamente lo pinto. ¿Estás abajo? Ya estoy; baja tú y dame la espada. Allá se queda olvidada. Pues ve por ella. Ya voy. Por aquí dice que fueron los dos. A reñir irán. ¿Qué causas, dime, tendrán? De amor sin duda nacieron. según pienso; porque yo estuve un poco escuchando, y estaban los dos tratando cuál fue el que primero entró en casa de cierta dama, que el nombre no pude oír. ¿Por eso han de permitir que se oscurezca la fama de dos nobles caballeros? Remédielo Vuestra Alteza, pues ve el peligro que empieza en el sacar los aceros. ¿Qué hora será? Las doce. Allí está un hombre arrimado. Mi muerte y fin ha llegado si es que alguno me conoce. ¿Quién es? Guarda del castillo donde Carlos está preso, ¡A qué bajeza me humillo! Mas para guardar la vida ¿qué no intenta el desdichado? Cuando me acuerdo que ha dado a mi casa generosa tanta afrenta una mujer, es causa que pierdo el seso. Ya tu rigor es exceso. ¡Vive el cielo, que han de ver los dos el último extremo de su vida en la prisión! Aunque te sobra razón, que se enoje el cielo temo. ¿Mucho os debe importar el guardar a Carlos? Sí, que hago cuenta de que a mí me guardo en este lugar. El guardarle es fácil cosa. Por guardarle he de morir. Por vos se podrá decir que sois guarda cuidadosa. Aunque este nombre se arguya de mí lealtad conocida, pienso antes perder la vida que no aventurar la suya. Leal sois. Aunque me deis el nombre que ahora escucho, yo pienso que antes de mucho ese nombre negaréis. ¿Por qué? Porque voy pensando que los vendréis a librar. ¿Yo librar? ¿Puedo errar, sino es así? Imaginando estoy que me conocéis. Pues, ¿quién sois? El Conde soy. Humilde a esos pies estoy. Cuidadosa guarda hacéis; pues a tal tiempo veláis por cumplir lo que yo ordeno. Cualquier disgusto condeno en cosas que vos mandáis. Yo os premiaré. De esa mano espero el premio, señor. Merecéis cualquier favor. A tu servicio me allano, pues tal ventura me ofreces. En cortando la cabeza a don Carlos, mi grandeza te dará lo que mereces. En semejante ocasión no quiero premio ninguno. ¿Qué dices? Que en oportuno tiempo, y feliz ocasión llegue a verte, gran señor. Mas ¿qué buscáis por aquí? Vengo a buscar... (¡Ay de mí!) Aunque disfrazo el rigor, dos criados de mi casa, que por disgustos fundados en deshonestos cuidados, que de enojo a agravio pasa, habrá un hora que salieron a matarse al campo. ¿Aquí?, ¿habrá un hora? ¿Un hora? Sí, que esos dos hombres vinieron, y aunque pude imaginar el disgusto que traían, el ver que juntos venían me pudo, señor, quitar fa sospecha. ¿Adónde fueron? Detrás de aquellas paredes de ese jardín; aquí puedes esperar, que ellos dijeron que es aquel lugar secreto. Pues enséñame el lugar. Aquí puedes aguardar, que yo iré, y si están prometo volver a avisar. Camina, pues, amigo, y ven volando. Si haré, pues me está aguardando aquella prenda divina. Aguarda, que gente viene. Aquí dijo que aguardaba Carlos. Mira que estaba aquí el Conde, en el fingir está mi vida o mi muerte. Guarda del castillo soy, ¿qué gente es esta? Yo soy el Conde, que de esta suerte dos hombres vengo buscando, que aquí a reñir han salido. Los pies, gran señor, te pido. ¡Vive Dios, que estoy temblando! ¡Ay, Fabio! ¿Diste el papel? Sí, y te está aguardando Estela. Esto mi dicha consuela. El divino San Miguel, pues debajo de las plantas tiene la mala visión, me libre en esta ocasión. ¿No escucháis? ¿De qué te espantas? Gente en el Castillo suena. Gran señor, Carlos será, que su prisión cantará al ruido de la cadena. ¡Ay de mí! ¡perdido soy! Huyamos. Mi mal veré, Fabio, pero no me huiré. En nombre de Dios, yo voy. Con Ia obscuridad no veo. ¡Valga el diablo tanta espada! ¡Si diese alguna porrada! que no estoy seguro creo. La espada se me cayó; también se cayó el broquel; el divino San Miguel esta vez se descuidó. Estotra se me ha ·caído, pues que la escala es tan alta, solo el caer yo me falta, que no haré menos ruido. Coged las armas. Señor, ya están todas recogidas: a Fabio, o perder las vidas, o conservar el honor. ¡Válgame Dios! ¡Hola, presto; prendedle! ¡Guardas; traición! Llamad más guardas. No son menester más. ¿Qué es aquesto? Los diablos deben de ser; que como caí, entendían, que cierto el salto tenían, quiérenme dar a beber; que ha sido el golpe bellaco. ¡Matadle! Aunque tu rigor es justo, importa, señor, saber si hay traición. ¡Dios Baco, valedme en esta ocasión, pues sois causa de mi mal! Di, villano desleal; di, padre de la traición, ¿eres Carlos? ¿Para qué lo pregunta? Advierte, espera; podrá ser que sea quimera, y que Carlos preso esté. Que este es Mendoza, un criado suyo, de notable humor, y podrá ser, gran señor, que este solo haya bajado. ¿Cómo puede ser, si Carlos bajó primero que yo? No tuvo él la culpa, no, yo sí, que pude matarlos, y no quise. ¿Hay tal engaño como el que en mi honor se ve? ¿Cuánto ha que Carlos se fue? Señor, habrá más de un año. Este es un loco, no creas, que don Carlos libre esté. Y di, ¿por dónde se fue? Señor, por las chimeneas. ¡Matadle! No, ¿para qué? ¿En qué te ofendí, señor? ¡Que la afrenta de mi honor por mi causa libre esté! Tomad estas hachas presto, estas puertas derribad. ¿Hay tan notable maldad? Gente viene. ¿Qué es aquesto? ¿Es el Conde mi señor? Yo soy el Conde, Fineo: ¿qué quieres? Vengo a decirte, y perdona, si me atrevo, la más notable maldad que cupo en humano pecho. Mi señora... Acaba, di. Mi señora Estela... Presto. Ha faltado de Palacio. ¿Pues, las guardas? Con el sueño y con la seguridad se descuidaron. ¿Qué es esto? ¿Estela falta? Sí, Estela falta. Mas pienso que los cielos me castigan por no dar gusto a los cielos. ¡Mal haya quien a mi furia tiró los rápidos frenos el día que hallé en mi honor efectos tan deshonestos! ¡Mal haya quien fue ocasión de templar mi airado pecho, lleno de mil basiliscos de ponzoña y de veneno! Parte, Federico, al punto a Castilla; y tú, Fineo, ve volando a Zaragoza, y avísale al rey don Pedro que si don Carlos llegare a su corte o a su reino, le prenda, porque a mi honor le es importante el prenderlo. Que supuesto que esta noche han faltado a un mismo tiempo, Estela y Carlos, ¿quién duda, que van juntos? ¡Santos cielos! ¡Con justa ocasión castigas mi piedad! Yo lo merezco; pues no castigo a los malos, cuando doy premio a los buenos. Iré al momento a servirte. No quede camino alguno, Fineo, en todo mi reino, en que no se pongan guardas. Y yo, si soy de provecho, iré a buscarle también; que ninguno... ¡Tú, villano, en este castillo mesmo pagarás en una almena ser cómplice en el suceso! En almena, no por Dios, que me desmayo al momento que me veo encaramado. ¡Rabiando estoy, vive el cielo! Vosotros agradeced, que mi enojo y furia enfreno, que es bajeza, que mi espada se emplee en viles sujetos. Ven, Federico, conmigo, y partiraste al momento con Fineo. Dios te guarde muchos años, que en efecto, eres principal cristiano, y pienso por lo que has hecho de darme la libertad, hacer trescientos sonetos a la piedad que has mostrado conmigo. A este infame luego meted en el castillo donde no haya luz del cielo; que vive Dios, que ha de ver antes que comience Febo a descubrirnos su luz entre sus celajes negros, Barcelona su castigo. Castigado me han los cielos, pues pude tener honor, y por mi causa lo pierdo. ¿Qué hemos de hacer ahora, señores guardas? Que entremos en el castillo. Por Dios, que hicimos la cuenta presto sin la huéspeda. Saldré de la prisión, al momento tomaré la posesión de un bodegón. Deseo una lonja de tocino. Salada está; venga luego vino blanco, vino tinto. Haga la cuenta.'—Seis reales, y hágale buen provecho. Mucho es, por vida mía, que no me alcanza el dinero: tres reales tengo no más. Venga una prenda. No tengo ninguna.—Pues quede él. A buena cuenta me quedo." Esto ha sucedido así, pues a la prisión me vuelvo con el ensayo no más de la comedia que he hecho. No aguardemos aquí más; no haya otro peligro. Luego ve, Fabio, y avisa a Estela. ¿Hemos de salir del reino? No, Fabio, que entre villanos de Cataluña estaremos, mientras en el Conde pasa el enojo. Fue mi intento, que en Castilla y Aragón están tomados los puestos. Llega, Mendoza. ¿Quién es? Don Carlos y Fabio. Creo que pensábades que yo no sabía ya el suceso. Tú, ¿cuándo? Si no supiera que érades los dos, ¿no es cierto que os matara o que huyera? Calla, Mendoza, y al viento imita por esta parte. ¿Y Estela? Vendrá al momento, que ya fue avisarla Fabio. Mil gracias le doy al cielo, pues que ya ha hecho verdad lo que antes fue fingimiento. ¡Adiós, almena cruel, que pensaste de mi cuello ser desípoto tirano, antes que saliese Febo, que yo pienso en otra parte trocar, pues libre me veo, en vino de San Martín las cabriolas y gestos! ¡Gracias a Dios que has venido de la ciudad! ¿Pues qué quieres? ¡Gracioso en extremo eres! ¿Pues qué habrá en eso perdido? ¿Pues no me abrazas? ¿Yo a ti? Tú a mí; pues ¿qué tengo yo? ¿Quieres tú? Yo sí. Yo no. ¿Ya, Cosme, me hablas así? A fe que has visto tú allá otra aldeana más linda. A la he, que vi a Lucinda, y la requebré. ¡Tomá! ¡Mal fuego os queme a los dos! ¿Y qué la dijiste? ¿Qué? Acaba. Yo lo diré: "Lucinda, manténgaos Dios." ¡Por mi vida, que me agrada el requiebro!; ¿y respondió? Sí, Gila. ¿Cómo? Me dio por respuesta una puñada. Yo, como vide, a la fe, que ella así me enamoraba, cuando descuidada estaba, una gran coz la tiré. Ella, que sintió el regalo, que la debió de escocer, sin hablar ni responder me respondió con un palo. Doliome, Gila, a la fe, y con semejante duelo, por Dios, que me bajé al suelo y una piedra la tiré. Ella moviendo los brazos, más gruesos que cuatro encinas, ya pienso que lo adivinas, me dio muchos garrotazos. ¿Y quedaste enamorado? Por Dios, que me enamorara, Gila, sí el amor entrara sin tanto paloteado. ¿Y no me querrás tú a mí? Sí, Gila, que esto es burlar; bien me puedes abrazar. Sí. Yo no. Pues si no quieres, a Lucinda volveré. ¿Y querrasme? Sí querré. ¿Soy tu esposa? Si tú quieres. Pues dame los brazos. Toma. ¡Mira, que viene señor! ¿Señor viene? Sí, mi amor, mírale por dónde asoma. ¿No te agrada esta frescura mezclada con soledad, hija, más que la ciudad, donde la hacienda se apura? Aquí de tanta hermosura podrás ver en sus reflejos de estas fuentes mil espejos, que con un acento manso, para que tomes descanso, te darán cuerdos consejos. Aquí de las maravillas del cielo, hay, hija, gran parte, pues que pueden alegrarte, cantando, las avecillas; las no entendidas letrillas contra la siesta gorjean, las gravedades asean en esos sitios dichosos, pues no acusan envidiosos, ni traidores lisonjean. Aquí en estas fuentecillas, llenas de menuda plata, verás que el cielo dilata su raudal en maravillas; las arboledas sencillas te darán sombra apacible; no habrá ningún imposible que a tu gusto lo parezca, ni regalo que no ofrezca este monte inacesible. Aquí del mar los cristales vierten pesca cada día; y ahora saldrá a porfía, si tú a la ribera sales. Estos criados leales, te los traerán a manadas, y ellos las alas atadas, por ti estimarán su fin hasta traerte el delfín de escamas tornasoladas. En este bosque que ves hay caza abundante y rica, que ya con gusto se aplica para ponerse a sus pies. Mil cosas verás después que te den gusto mayor: cese, Lisarda, el rigor, que en sí el enojo nos pinta, para que venga esta quinta a ser quinta del amor. Con gusto, señor, estoy; y cuando no le tuviera, bastaba que gusto fuera vuestro, si vuestra hija soy; que aunque os parezca que doy tal muestra de sentimiento, porque de vuestro contento soy contrario en parte alguna, solo en mi triste fortuna los pesares acreciento. ¿Qué tienes? No tengo nada; tristeza y melancolía siento no más. Hija mía, ¿esta quinta no te agrada? ¿No la miras adornada de tantas y varias flores, que en sus diversos colores una primavera hacen, y al sentido satisfacen aromáticos olores? ¿De qué estás triste? No sé. Si tu hermano, con ser hombre, que eso es razón que te asombre, tiene gusto de que esté donde estamos, ¿qué podré, hija, de ti imaginar, sino que por dar pesar a mi vejez afligida, me quieres quitar la vida con no dejar de llorar? Digo, señor, que estaré por ti con gusto. Aquí viene tu hermano. Mujer que tiene tanta belleza, no sé como en tan tosco sayal la sepultó la fortuna; que puede envidiarte alguna, aunque sea al sol igual. ¿Qué es esto, Enrique? En el monte ahora, señor, cazaba, y aun apenas despeñaba el sol por este horizonte su claridad, cuando oí dar voces en el camino que en este monte vecino se mira cerca de aquí. Llegué con esto a lo llano, y vide que dos soldados estaban determinados a hacer un hecho villano; y es que querían forzar a esta mujer, a esta diosa, que con una voz piadosa ya cansada de llorar, por las doradas mejillas mil lágrimas destilaba, dando a entender que aumentaba del tiempo las maravillas. Yo, movido a compasión de su gracia peregrina, saqué la espada; imagina lo que no hiciera un león; porque yo a sacar la espada, y ellos, señor, a huir, nos vino el campo a medir la fortuna dilatada. ¿Quién sois, aldeana hermosa? Soy una pobre aldeana que en esta aldea cercana fui un tiempo más que dichosa. Murió mi padre y mi madre en un tiempo, y yo, señor, viendo en peligro mi honor, sin guarda de padre y madre. por ser en aquella aldea de muchos solicitada, quise, señor, ser honrada, ya que dichosa no sea: y así me puse en camino para ir a otro lugar, adonde tengo de hallar un pariente, que imagino que mi remedio ha de ser: y en esos montes cerrados me salieron dos soldados, determinados de hacer presa en mi honor; pero quiso Dios que este señor llegase, y con su espada imitase al Ángel del Paraíso. Venturosa fuiste. Fue por mi ventura, a lo menos. ¡Ay, ojos de engaños llenos!, ¿cuándo tu luz gozaré? ¡Vive Dios, que es como un oro la serranilla! ¿Hay tal cosa? ¡Por mi vida, que es hermosa! Más que a mí mismo la adoro. ¿Cómo os llamáis? Yo, señor, Olalla. Pues en mi casa. mientras la palabra pasa, que está cerca Fuente Flor, de dónde venís, podéis quedaros, si vos gustáis. Mil años, señor, viváis, por la merced que me hacéis. ¡Animo, esperanza mía; no desmayéis, esperanza! Gila, esta es otra danza. Seréis muy amiga mía, y os prometo regalar. Como yo os pienso servir. Hoy comenzaré a vivir. Hoy comenzaré a penar. Gila. Señora. Entra dentro y enseña a Olalla la casa. Vamos. El alma se abrasa. ¡Quién le saliera al encuentro! Haz, hija, poner la mesa, que quiero entrar a comer. Ya yo la voy a poner. De que se vaya me pesa. Hermosa es, por vida mía, la aldeana. ¡Y muy graciosa! Si a ti te parece hermosa, no en vano el alma porfía. ¿Hay tal desdicha, que Estela no parezca i ¡Cosa extraña! Lo que esperando estuvimos al Conde, esa fue la causa de nuestra desdicha. ¡Ay, cielos! Aquí hay gente. Aquí te aparta. ¡Ah, pastores! ¿Qué mandáis? ¿Buscáis algo en esta casa? Sí, señor, porque venimos de Zaragoza a la fama de la siega de esta tierra; porque como allá se acaba antes, acá hemos venido a trabajar. En mi casa hallaréis buen hospedaje los tres. ¡Buen talle, y gallarda cortesía! Vuestro nombre me decid. Pascual me llamo. Pascual tiene lindo talle. ¿Y vos? Menandro. ¡Qué cara tiene Pascual!, ¡qué galán! ¿Y vos? Yo, no me acordaba, Mendoza; mas no Mendoza. ¿Qué decís? Sancho de Umayna. ¿De dónde sois? Yo, de Angeo. ¿Dónde cae? Junto a Holanda. En casa os quedad los tres, pues en la siega y labranza seréis todos menester; que mientras la furia pasa del verano, en esta quinta hemos de estar, sin que vayan mis hijos y yo a la corte. Pues la fortuna contraria, mudó mi suerte, aquí pienso estar hasta que haya fama de Estela, mi amada esposa. ¿Sois vos también de esta casa? Sí, hermano. Los dos seremos... ¿Qué hemos de ser? Camaradas. ¿Camaradas? No le quiero. La comida está sacada, y la mesa puesta. ¡Ay, cielos! ¿Qué te alborotas? Repara... ¿Qué buena fortuna ha sido la que ha traído a esta casa a Estela? Tu dicha, Carlos. ¿Aquel no es Carlos? Aparta. ¡Ay, Carlos del alma mía! Entra conmigo, Lisarda. Hoy resucita mi amor. Hoy resucitan mis canas. ¿Hay más bella zagaleja? Hoy viven mis esperanzas. ¿Hay hermosura más alta, que la de Lisarda, cielos? Entrad vos, Pascual, en casa. Eso es lo que yo deseo. ¡Válgate Dios por serrana! ¿Qué gente es esta? Ya somos los tres que mira de casa, ¿Por su vida? Y por la suya. Apártese, noramala. ¡Ay, Dios, qué gentil mancebo! ¡Ay, Dios, qué bella serrana! ¡Válgate Dios, por Pascual! ¡Válgame Dios, por Olalla! ¡Válgate Dios! ¿Cómo es tu nombre? Gila: ¿y tú? Sancho de Umayna. ¡Válgate Dios, por Sancho! ¡Válgate Dios, por ensancha! ¡Valga el diablo el cuerpo, amén, que os ha traído a esta casa!

JORNADA SEGUNDA

Templa, señora, el desdén; que aunque es el traje villano, yo sé que algún cortesano, y caballero también, no es tan bueno como yo; y pues que ya me declaro, en mi suerte no reparo, pues vuestro amor me abrasó. Un caballero, señora, soy aragonés, que así me vine a encubrir aquí mientras allá se mejora nuestro suceso. Pascual tampoco es villano, que es, aunque rústico le ves, caballero principal. Pero después que esos ojos vi, señora, por mi mal, amor me ha tratado tal, que por más cuerdos enojos tomara el haber perdido la vida allá en Aragón, y mirara mi afición llena de perpetuo olvido. Menandro, siempre pensé que hay en vos mucha nobleza, que aunque os cubra la corteza del tosco sayal, yo sé que es desigual al estado; y Jo que ahora me pesa Es que hayáis con tanta priesa vuestra pasión declarado. ¿Por qué, señora? Porque estimo en más a Pascual, vuestro amigo. ¿Hay cosa igual? ¿Luego con eso os daré más ocasión de mirarle? Sí, Menandro, es caso cierto; pues que me habéis descubierto más ocasión de adorarle. Pues sabed, señora mía, que os he engañado, por Dios, que solamente los dos somos los que en este día veis, solo dos villanos, que sirven en vuestra casa; porque aqueste estilo pasa entre algunos cortesanos, que son de burlas amigos, y aquesto me han enseñado; pero aunque os haya engañado, no habiendo habido testigos, poco importa. ¿Qué me dices? ¿villano es Pascual? Señora, los dos venimos ahora, por sucesos infelices, que han sucedido en la siega, a vuestra tierra. ¡Ay de mí! Y pues ya he venido aquí, y el trabajo no sosiega, haz que el recado me den para que al campo me vuelva. Por más trazas que revuelva el villano, yo sé bien la verdad: entra y dirás que te den recado. El cielo te guarde. Y me dé consuelo en la pena que me das. ¿Viose tan alta ocasión de mi bien y de mi mal? Yo no pretendo hacer tal, ni aun por imaginación. Y con aquesto me voy. ¿Quién eres tú? Tu criada; mas eso no importa nada para lo que pides. Estoy muerto por tus bellos ojos, y no hay medio que me aplaque. Si quieres que me los saque, acabarán tus enojos. No, mi bien, quiero adorarlos. ¿Adorarlos? ¿Soy yo santo? Ya de tu rigor me espanto. Conténtese con mirarlos. El mirar sin el gozar, ¿de qué efecto puede ser? Pues yo me paso con ver, pásate tú con mirar. Mira que quiero casarte con un hombre. Mas, ¿qué fuera, si algún pollino me diera de estos que pacen aparte? Si yo te quiero casar, ¿en qué te ofendo, mi bien? Debe de querer también, según parece, probar si soy buena para ello. Es honrarte. ¡Arre allá! Quien tales honras me da muy cerca está de no serlo. Apártese allá ¿Hay tal cosa? Mira. Esto le aconsejo. Oye. Apártese, viejo. ¡No vi mujer más hermosa! Mi señora, yo me voy. Señor, ¿qué es esto? En este extremo me ha puesto, cuando al occidente voy de mi edad, el ciego amor. ¿Hasme oído? Ya te oí. Y burlaraste de mí. ¿Por qué causa, mi señor? ¿No eres hombre? ¡Ay, hija amada! Muerto me tienen sus ojos, y entre amorosos despojos me tiene el alma abrasada. Nunca a mi casa viniera serrana tan celestial, pues siendo de pedernal vuelve mi pecho de cera. Si quieres que viva yo, háblala, Lisarda mía; di que en tan dulce porfía el alma se me abrasó. Dile que mi vida es suya, mi hacienda, mi honor y ser, y que en casa vendrá a hacer oficio de madre tuya. Dila que la casaré con Cosme, y que de mi hacienda le daré tanto, que entienda cuánto la adoro. Si haré, y creo que con mi ruego se ablandará. Su rigor es grande, pero mi amor es, Lisarda, un vivo fuego. Yo voy. En tu mano está el remedio de mi vida. ¡Que una villana fingida tan grande guerra me da después que vino a esta casa, corte ya de mi cuidado, donde amor leyes ha dado, que a uno hiela y a otro abrasa! Solo contemplo y adoro en su divina hermosura, que si es quimera o ventura para mis daños ignoro. Por las huertas y jardines, solo me entretengo en ser de tan divina mujer, retrato de serafines, un humilde coronista, alabando en dulces versos los apologios diversos que hay en su apacible vista. Enrique. Señor. ¿Qué es eso? Una carta que a mi hermano escribo. Si es de tu mano letra y nota, yo confieso que estará con discreción escrita. Mi estilo sabes, y no es razón que le alabes. Muestra. No es, señor, razón que sepas lo que hay, en suma, entre yo y mi hermano. A ver. No acertarás a leer, que estaba mala la pluma. Lo que pudiere leeré. ¿Por mi vida? Por tu vida. Mi pasión está entendida: paciencia. Tu amor veré. "Pues que me debes la vida..." ¿Tu hermano te debe a ti la vida? Pienso que sí. Esto es razón que te impida. Borra. Ya borrado está. 'Yo soy causa de tu bien; no muestres tanto desdén a quien el alma te da." ¿Estás loco? No te espantes, si a tres cartas que le he escrito no responde. No es delito entre mozos y estudiantes. Borra, que ya es mucho amor el que le muestras; no fueras más tierno cuando escribieras a alguna dama. Señor... "Celos tengo de un villano, que pienso que más le estimas”. Yo no entiendo estos enimas. A declararlos me allano. A un estudiante su amigo, si no es que me han engañado, me han dicho que le ha estimado más que a mí, y así le digo que tengo celos de que no me escriba, por hablar con otro. No has de negar que disparate no fue. Borra. "Mi bien, yo te adoro, y alma y corazón te ofrezco, y tantas penas padezco, que yo mismo las ignoro." ¿Qué es esto? El amor, señor, de hermano; ¿de qué te espantas? ¡Tantos mis bienes y tantas almas tan llenas de amor es necedad, vive Dios! Más parece que le escribes a alguna alma donde vives cautivo; y para los dos, ya sé que el traje es fingido, y que fue aviso secreto, pues el billete discreto para Olalla solo ha sido. Mal hemos hecho en borrar tan bien escrito papel; mucho espero que con él tu hermano se ha de alegrar. Señor, la fuerza de amor. ¡Calla, infame; calla, loco, que a más furia me provoco, y a más enojo y rigor! ¿Cómo que en una villana pongas tu amor? ¡Vive el cielo. que tiña tu sangre el suelo! ¿Hallas en mi edad anciana flaqueza alguna que pueda darte ese ejemplo? Responde. El amor que mal se esconde, ¿qué mucho que al alma exceda? ¡Vive Dios, villano loco, que si tratas de este amor, que has de ver en mi rigor a qué furia me provoco! ¿Con una villana? ¡Cielos! Tus bellos ojos adoro, que son del alma tesoro, a no matarme los celos. Esta hermosa primavera, ¿quién habrá que no la estime? ¿Qué es esto, Olalla? Escorrime famosamente acá fuera. No sé qué quiere este viejo, que no me deja un momento. Con mi mismo pensamiento para amarla me aconsejo. ¿Dónde vas? Detente y mira lo que te estimo y adoro, pues por esos ojos lloro, por quien el alma suspira. Dame esa divina mano por premio de tanto amor. Estese quedo, señor. No tengas pecho villano. Advierte... No se me llegue. Que te adoro. ¿Que me adora? Sí, mi bien; sí, mi señora. ¿Oye cosa que le pegue? No pellizque. No lo haré; no soy grosero villano. Dame esa divina mano. Mire que le pegaré. ¡Viose pecho más ingrato! Váyase dende. ¡Ay de mí! Olalla, llégate a mí. ¿Mas que le doy con el prato? Pierde el temor. Sí haré, como esté quedo. Sabrás, ya que tan esquiva estás... Mire que ha de estarse quedo, ¿Pondrasme aqueste alfiler en la valona? No, señor. ¿Por qué? Tengo mal olor, De jazmín debe de ser; que aquesta boca de perlas, ¿cómo, Olalla, ha de oler mal, siendo sus puertas coral? ¿Perlas? ¿Pues quiere cogerlas? Si tú gustas. ¡Cosa extraña! Ya no fueran, a tenerlas, allá a las Indias por ellas habiéndolas en España. Como vive tu valor en ese tosco sayal, no le conocen. ¿Hay tal? Quédese con Dios, señor. ¡Que tu amor es tan ingrato al mío! Pues ¿qué he de hacer? Mi bien, amar y querer. ¿Mas que le doy con el prato? ¿Hay cosa más rigurosa? A morir voy padeciendo, pues que padezco sufriendo, si es todo una misma cosa. Mas que nunca jamás vuelvas a darme más pesadumbre, aunque por matar tu lumbre te arrojes de aquellas selvas, que al mar alargan sus faldas sujetas a su rigor, pues sabes ya que tu amor lo arrojo por las espaldas. Libre estoy ya de mi hermano, y Carlos lo está también, que para tan alto bien con más que piadosa mano nos juntó el amor, y cuando pensó mi dicha gozarle, miro y veo que en su talle está Lisarda adorando. Con razón suspiro y lloro: celos me abrasan el pecho Que se ha de enojar sospecho, pues ya su rigor no ignoro. ¡Hola, Olalla! Señora mía. Aquí te he salido a ver, porque sepas que has de hacer dos cosas en este día por mí. La primera es que has de hablar aquel villano, que ya me rindo y allano a sus generosos pies; pues claramente he sabido, y de ti saberlo espero, que el villano es caballero; que el traje, Olalla, es fingido. Y pues que tan fácilmente a ti me descubro, Olalla, es que la lengua no calla la pasión que el alma siente. Esto es cuanto a mí. Mi padre has de saber que te adora; dice que te hará señora, dice que te hará mi madre; serás su esposa, serás dueña de esta casa y trato. Voy a llevar este plato, que después me lo dirás. No entiendo aquesta villana; no sé qué presuma de esto, pues fue ignorante tan presto, y tan presto cortesana. ¿Hablástela? Ya la hablé. ¿Qué dijo? El rigor templó algún tanto, y escuchó lo que de ti le conté, y acabado de escuchar, que pudiera enternecer la más esquiva mujer, se entró, señor, sin hablar. ¡Desdichado amante soy! Yo tercera desdichada, pues nunca salgo con nada, y más si en mi favor voy. ¿Qué es esto, Enrique? Señor, estos son los labradores que con guirnaldas de flores acaban hoy la labor, y vienen todos cantando. Advierte. Entren al momento. Vienen cantando y bailando. "Alabanzas al Señor, que la siega es acabada, y amor nos deja templada la furia de su rigor. Labradores de Girona, venid todos en persona a la siega que el cielo nos dio; esta sí que es siega famosa, esta sí, que las otras no." Mil años os guarde el cielo, como puede a todos tres, y si son pocos mil años, siete mil vivas, amén. Esta abundancia del cielo muchos años la gocéis, que gozándola mil años, no tendréis envidia al Rey. Vuestros segadores hoy vienen aquí, como veis, coronados de los trigos que en esas parvas se ven. Y ¡plega a Dios que de modo otro año lo veáis crecer, que no pudiendo con hoces, con guadañas lo seguéis! Vístase el ameno prado de flores, que saben ser lisonjeras para el gusto, si hay lisonjas que le den. Rompan los aires sutiles las cañas, de tres en tres, y llegue el trigo en las trojes a la más alta pared. Y no solo en rubios trigos vuestros tesoros estén, sino en granos de diamantes montones de diez en diez. Y cuando pase el agosto, con su fruto veáis verter el mosto por las tinajas sin poderlo recoger. Y de manera os alegren los racimos que cortéis, que aunque muchos hagáis pasas, muchos en el aire estén. Y para que os acompañen ellos, y el gusto también, os entapicen el techo con melones que colguéis. Los árboles que en el campo desnudó el cierzo cruel, oprimidos del calor, que les hizo florecer, os rindan frutos opimos con tanta abundancia y bien que enriquezcan los vecinos con solo lo que les deis. El amarillo membrillo por más regalo coged no sin sazón, que no hay cosa que mayor disgusto dé. La granada blanquecina entre las uvas poned, fruta que pisada abre granates que dentro veis, dando a entender que a su dueño le guarda lealtad y fe, que no hay traición encubierta cuando las almas se ven. De estas huertas apacibles, por fruto humilde coged la berenjena morada. que se defiende al coger. El amarillo repollo tan sazonado se os dé que en las arrugas parezca o pergamino o papel. La tierra os rinda sus frutos, vos a la tierra los deis en ararla y cultivarla, premio, que a su fruto deis. Siegas, vendimias y huertas, frutos y árboles os den, ruego al cielo, todo cuanto vosotros podáis tener, que yo contento y ufano con mi rudeza daré gracias al dueño de todo, causa de tan sumo bien. Famoso ha estado el sermón. Y Pascual es muy discreto. No hay para mí, os prometo, contento en esta ocasión como ver tanta abundancia de trigos en esta casa, que no es nuestra suerte escasa cuando es tanta la abundancia de los dueños. Dices bien; todos en casa os quedad, que veo en vuestra lealtad vuestra sencillez también. Todos besamos tus pies. ¡Qué discreto y qué chapado es el Pascual! No has andado discreto, aunque muestras des de tu claro entendimiento. ¿Por qué? Porque a mi señora no le alcanza parte ahora en semejante contento de tan altas bendiciones como a su padre alcanzaron. ¡Pardiós, que se me olvidaron! Pero escuchad dos razones. Pues que Pascual se olvidó, entretanto que nos oyen, reducir de mi señora los atributos y motes de su divina hermosura, aunque no serán conformes a los que merece el sol. dueño de otros bellos soles. Digo, divina hermosura, que vuestra hermosura pone grima al sol, espanto al suelo y admiración a los hombres. En vuestro rostro se cifran la variedad de colores, que ofrece la primavera cuando abril le pone flores. Vuestros ojos son estrellas, en cuyo cristal se esconden dos niñas, que ser pudieran dos cielos, a ser mayores. Vuestra boca celestial es un bien labrado cofre adonde guarda el amor piedras, diamantes y flores. Vuestros divinos cabellos, cuando sus lazos descogen, parecen hebras del sol cuando risueño se pone. Pero ¿para qué me canso, si todas vuestras acciones son de un ángel, a quien Dios dio virtudes tan conformes? Ruego a Dios que os dé un esposo tan galán y tan conforme, tan rico y tan liberal, que a Midas del mundo borre, ni eternamente os de celos, y tengáis de sus amores muchas gracias que alabar y muchos hijos que os honren. Quedo, quedo, que me faltan, Menandro, a mí mis razones. ¿Cuáles son? Aguarda un poco, que también yo sé dar voces. Que te estime y que te quiera, claro está que lo hará un hombre, como tenga entendimiento. ¿Pues qué? Que ninguna noche se duerma, señora mía, sin haberte dicho amores, esto ha de ser lo primero; tras esto, señora, corren muchas gracias que alabar, y muchos niños que lloren. Tienes razón, Sancho, vamos. Discretos son los pastores. Vamos a poner la cruz. El dimuño los impone a decir tantas de cosas. ¡Ay, Pascual! ¡Ay, negra noche de mis desdichas! ¡Ay, cielos, qué breve mi sol se pone! ¡Ay, dulce Estela del alma! ¡Ay, aldeana! ¡Ay, Sanchote! ¡Ay, el diabro que los lleve! Volved a cantar, pastores. ¿Hasta cuándo, di, fortuna, tu mudanza ha de durar? Pienso que me ha de acabar tu rigor, sin duda alguna. Estate constante y queda, ya que sufro tu rigor, que vendrá a hacerle mayor la inconstancia de tu rueda. Gente parece que siento; ruego al cielo que no sean los que mi muerte desean con tan loco y ciego intento. ¿Han vido la desvergüenza? Daré voces; ¡arre allá! Ahora mi bien comienza. Mira, Mendoza, si están algunos fuera. Yo voy; estad alerta los dos. Estela. ¿Puédote hablar? Y puedes con un lazo sutil de tus cabellos hacer lazos y redes en este humilde y venturoso cuello, para premiar siquiera un amor firme y una fe sincera. Admírese la tierra, y del mundo los rígidos extremos formen eterna guerra, pues escondida tu belleza vemos con ese traje, como la esmeralda engastada en pardo plomo. Dulce señora mía, ¡quién pudiera alcanzar, quién tal pensara, que vuestra sangre impía, vuestra desdicha y mal solicitara, que con pecho tirano quiso mataros vuestro mismo hermano! La que llevar pudiera del sol el carro, va siguiendo bueyes; cosa tirana y fiera, la que pudiera honrar a tantos reyes, vive en tan vil estado, siguiendo las pisadas del ganado. Tirana cosa, y fiera. Mas no es justo, señora de mis ojos, que la fortuna quiera acrecentar mi pena y mis enojos, limpiando en traje pobre con manos de marfil el bajo cobre. Mas ya que vuestro hermano con enojo y crueldad nos importuna, mostrándose tirano, los dos pasamos con igual fortuna vuestras penas y mías, hasta que iguale el curso de los días. Carlos, amado esposo. ¡Cómo! ¿Puedo yo verte y adorarte? No hay rato peligroso que de los dos tan firme amor aparte. Tuya soy; tuya he sido; bien conoces que no es amor fingido. Aquí contrarias paso mil muertes, que me siguen a porfía, pues hay a cada paso tantas, que aumentan la desdicha mía: mas como yo te vea, no habrá peligro que en mi amor lo sea. Aquí, sin que gozarte pueda, mi bien, aquestos valles piso; aquí por una parte me persigue quien piensa que es Narciso; por otra parte un viejo, y yo firme en mi amor, de ellos me alejo. Y todo cuanto digo, mi bien, pasará como no se viera, perdona, si lo digo. de Lisarda adorado, de esa fiera, que necia y locamente su amor me descubrió livianamente. ¿Qué me aconsejas, Carlos? ¡Qué haré para sufrir tan fuertes celos? ¿Podré disimularlos? ¿Y daré voces, que los mismos cielos muevan su voz piadosa? ¿Qué dices, Carlos? Dulce esposa; si como de ese Enrique, y de este viejo Albano, es cruel tormento, sin que le signifique encubro en mi amoroso pensamiento, no sufres tú a Lisarda, ¿qué desengaño nuestro amor aguarda? Pasa con la esperanza los fines de esta ausencia rigurosa, que el tiempo y su mudanza dan con el curso fin a cualquier cosa, y en este ameno prado tratemos de guardar nuestro ganado. Por verte a ti, señora, saldré, cuando le corra las cortinas al rubio sol la aurora, siguiendo sus pisadas peregrinas, y en viendo las estrellas, solo las miraré por verte en ellas. Traerete muchas veces el conejuelo tímido y medroso, y viendo que me ofreces gracias debidas a mi amor forzoso, con pecho más sencillo te traeré el amoroso cabritillo. La tórtola en el nido, y el escamoso pez en el anzuelo, el madroño teñido con la escarcha que arroja el duro suelo, que cosas semejantes son en amor zafiros y diamantes. Recibirás, señora, en tus brazos este humilde ganadero, imitando a Ja aurora, que aguarda entre los suyos al lucero, y con amores tales, tus panales serán dulces panales. Daré un golpe a tu puerta, y tú, que velarás por aguardarme, con una fe despierta llegarás muchas veces a abrazarme; y dirás, como amas: No des tan recio, que en el alma llamas. Estense las altezas, Estela mía, en su dorado trono de piedras y riquezas, mientras que tu lealtad firme corono, en tanto, prenda mía, que digo claramente, que eres mía. ¿Que me querrás? Sí, amores; y sabe el ciclo que tu amor te pago. Dame, mi bien, los brazos. Satisfago el amor que me ofreces. No me mires villana. Un sol pareces. Apretad más, por mi vida. Mucho, sin duda, os queréis. Aqueste abrazo que veis, mi señora, aunque lo impida vuestro celoso furor, no es para mí. ¿De qué suerte? Entró aquí Pascual a verte, que ya agradece tu amor, y como no te halló aquí, aqueste abrazo me dio, porque te le diese yo. ¿El abrazo es para mí? Sí, mi señora. ¿Con qué podré pagar tanto bien? ¿Que ya cesó su desdén? Tales palabras le hablé. Que te entres adentro espero. ¿Para qué? ¡Qué necia estás! El tercero está demás, si está presente el primero. Hele dicho mil ternuras, y ya sin duda te quiere. ¿Hay mayor dicha que espere entre tan altas venturas? Déjanos solos aquí. Yo me voy; adiós, señora. ¿Pues en quién piensas ahora? No sé en qué me divertí. ¿Es porque Olalla se fue? Por eso, señora, no. Desde aquí los veré yo. Pues si es por mí, yo me iré. No, señora. Por tus ojos, ¿qué tratabas con Olalla? Gran señora, de alabarla, aunque muerto en tus enojos, esa divina hermosura, esa rara discreción, por quien loco el corazón en sus crisoles se apura. Esos ojos, con que amor mira a las almas que abrasa; porque apenas en tu casa hablé a Albano mi señor, cuando sacándome afuera esta villana me dijo, con un estilo prolijo, en fin, como de quien era. ¿Qué dijo? Que era yo, no sé si desvelo tuyo. Antes, Pascual, lo eres suyo, pues el abrazo te dio. Muy mal pones en desprecio tu hermosura celestial, que ese jazmín y coral es de más estima y precio. Pero di, señora mía: ¿qué te obliga a tal locura? Esta divina hermosura, afrenta del sol, y el día, debe emplearse en mejor. Sujeto, dices muy bien; pero dícenme también que es tu sujeto mayor. ¿Qué dices? Que el otro día, que yo mirándote estaba, vi que Sancho te trataba con respeto y cortesía, haciendo mil reverencias con la rodilla y sombrero. Este Sancho es chocarrero, hará mil inadvertencias. Y esto, señora, te pido, por mostrar más humildad; que en mí no hay más calidad que el sayal de este vestido. Yo sé, Pascual, que me engañas: yo sé que eres caballero. Replicarte más no quiero, pues tú no te desengañas. Dame esos brazos ahora; paga con esto mi amor. Si tú. gustas... ¡Ah, traidor! ¿Así la abrazas? Señora, tu padre llama. ¿Hay tal cosa? Adiós, mi bien. Habla paso. En celos vivos me abraso de aquesta aldeana hermosa. ¿Hemos negociado bien? ¿De qué te enojas ahora? De no nada. ¡Ah, mi señora, no formes, mi bien, desdén! Más rigor mi pecho cobra. ¿Cómo a Lisarda abrazas? Mi bien, todas estas trazas van importando a la obra. Mi desengaño se acorta. ¡Ah, cielos! Ver y sufrir. ¿Cómo esto he de consentir? Sí, mi bien, ¿no ves que importa? Enrique viene, chitón; mira que importa callar. ¡Que siempre os tengo de hallar juntos en conversación! Ea, Olalla, dame luego lo que tengo de llevar. ¡Pardiós, que es mucho tardar! ¡Fuego en tanta priesa, fuego! ¿No está Gila en casa? Sí. Pues id, Pascual, a que os dé la merienda. ¡Bien, a fe! ¿Tienes tú que hacer aquí? ¿Después que he estado esperando un hora, sales con eso? Que tengo celos confieso de ver a estos dos hablando, ¡Ah, Pascual, vete afuera presto! ¿Qué os importa eso a vos? Salte fuera, o, por Dios... ¿De qué su merced se altera? Váyase al campo el patán. Iranse, ¡valgamos Dios! Pero dad la carne vos, que Gila me dará el pan. No quiero. ¡Vete, villano, o vive Dios que te dé... Poco sabéis, a la he, preciándoos de cortesano. No es en mi mano, Pascual, el dejar de hacer extremos, que quiero. Todos queremos. ¿A Olalla? ¿Pues a quién? ¿A alguna burra del prado? El villano es extremado. ¡Si lo supiérades bien! Y pardiós, Olalla, es tal, según a mí me parece, que ser Condesa merece. Por vuestra virtud, Pascual. ¡Por Dios, que los dos se están requebrando! A Gila di que te dé el pan. ¡Ay de mí! Mis males, ¿qué no podrán? ¿Fuese Pascual? Ya se fue. Aquí me quiero esconder. ¿Que ya, Olalla, puedo ver tu hermosura? ¡Bien, a fe! Dame esa divina mano, si el rigor no te provoca, estamparela en mi boca, si tan alto premio gano. Harto quisiera poder. ¿Pues qué temes? Yo, nada: aquí me he de ver vengada de Carlos. Siempre he de ser aborrecido de ti; quizá porque soy villano no mereceré tu mano. Terrible fuerza, ¡ay de mí! Para ablandar ese pecho de acero y de pedernal, un villano, un animal, ¿qué te dirá de provecho? ¿Llámate rosa, jazmín, luna, estrella, cielo, sol, o dirá que tu arrebol parece al de un serafín? Esto es imposible, Olalla; dirate, al menos, pardiós, que estoy muriendo por vos; desde hoy he de requebrarla. ¿Agrádate este lenguaje? ¿Quieres que te hable así? Enrique, fuera de aquí, porque el mormurar se ataje, me habla, y déjame ahora. Pues abrázame. Sí haré. ¿Tal sufro? ¿Dónde estaré después, mi divina aurora? Allá fuera me hablarás, cuando al campo saigas. Voy a servirte: ciego estoy el tiempo que ausente estás. Huélgome, por vida mía; mucho os debéis de querer. ¿Pascual, pudístenos ver? Sí, Olalla, que era de día. ¡Qué rigor mi engaño cobra! ¿Posible es que a Enrique abrazas: Mi bien, todas estas trazas van importando a la obra. Mi desengaño se acorta, ¡Cielos! Pues, ver y sufrir. ¿Aquello he de consentir? Sí, mi bien, que aquesto importa. Bueno, burlaste de mí, hiriéndome por los filos. Sois los hombres cocodrilos, y engañáis llorando así. ¿Cómo tú a Enrique, sabiendo que yo mirándote estaba? Y cuando yo te miraba, ¿no te estabas tú riendo? Los hombres no queréis más de engañar, sin la pensión de que os engañen. Razón tienes, satisfecha estás. Mas, pues que tu bien es justo de verme, Estela, morir, muy presto me verás ir donde no te dé disgusto. Yo me iré al campo, y verás que en un año vuelvo a casa. Mucho el enojo te abrasa, muy gran castigo me das para tan leve pecado. Tente. No quiero. Ni yo; que pues tan bien abrazó, he de hacer del enojado. A vuestras voces y gritos, sin saber qué puede ser, he salido. ¿Pues qué es esto? ¿No habláis? ¿No me respondéis? ¿Sois figuras de tapices? ¡Bueno ha estado, por mi fe, el cierre boca! ¿Son celos? Sí, celos deben de ser, ¿Pues celos tenéis ahora? Celosa riña; ¡oh, qué bien! ¿Pues es conmigo el enojo? Ea, llegue vuesarcé, por mi vida, o por la suya; llega, acaba. Llegaré a darle dos mil abrazos. Y yo a mostrarte mi fe. Puestos están frente a frente. ¡Cierra, España! Adiós, mi bien. ¿Cesó el enojo? En tus brazos, ¿qué no cesara? Después volveré, Carlos, a verte. Y yo a verte volveré. ¡Gracias a Dios que estáis contentos! ¡Adiós, mi bien! ¡Adiós, mi Estela! Adiós, Carlos. Mendoza, adiós. Bien, a fe! Si los dos habían de hablarse, ¿para qué son bobos, he?

JORNADA TERCERA

A mi ventura atribuyo esta dicha de poder estar contigo. Tener mi amor fundado en el tuyo aquesta ventura aumenta. ¿Cómo, mi bien, has pasado la noche? Mi amor me ha dado del tuyo muy mala cuenta. Entramos solos allí en cuentas, y hele alcanzado en mucho más. No habrá dado bien su disculpa por mí; que yo sé que a estar presente a las cuentas, alcanzara al tuyo. El amor repara en un pequeño accidente, y tiene razón, que ¿quién podrá sufrir, Carlos mío, el celoso desvarío de esta Lisarda? y también, ¿no miras, Estela mía, que estoy muriendo de celos, sin esperar de los cielos remedio en noche ni día? Si más puedes advertir que no lo puedo impedir, si no es con el gran desdén que les muestro. De tu pecho, y de tu heroico valor ya me aconseja el amor que esté cierto y satisfecho. ¿Que el ciervo se ha escapado? No te espantes. que es el monte fragoso con extremo. Alegre cosa es el cazar. Discreto fue el primer inventor; es una imagen de la guerra, y al fin, es un recreo de la imaginación, que se divierte en esos verdes y apacibles campos. Su Alteza puede descansar un poco mientras pasa el calor. Aquesta siesta pasaremos, Octavio, en este monte, hasta que demos, cuando el sol nos deje, otra vuelta a la caza. Y yo y Fineo iremos a buscar la gente luego para que al punto esté. Pues parte al punto. Si esta ocasión perdemos, no imagino que encontraremos otra. Si le deja Feliciano, no dudes, que su muerte fuera acabar con ella los agravios, que a nuestra sangre ha hecho. La venganza prevén. Ya yo la tengo. ¡Qué hermosura de árboles! Las peñas aquí visten sus hojas; con los aires, ya parecen diamantes, ya esmeraldas, a quien engasta el sol entre sus rayos. ¡Oh, qué bien retrató naturaleza, en todo diestra, esas altivas cumbres! La vista vuelve de llegar confusa. Ya la imaginación tengo, si adviertes, llena de confusiones y recelo. ¡Oh, hermana infame, fementida y loca, causa de mi deshonra y de mi afrenta! No pienses más en eso, que sin duda es muerta ya tu hermana, pues no ha habido nuevas de ella ni del fiero Carlos ni en Aragón, Castilla ni Navarra; sin duda se embarcaron, y cautivos han sido, si no es que fueron muertos. Eso me ha dado siempre mayor pena; que está clamando su inocente sangre en mi pecho cruel. Culpa tuviste en ser tan riguroso con tu sangre. Un ímpetu, un furor, no hay quien le venza; no pude a mi furor tener la rienda. Ya no hay remedio, gran señor; desecha esa tristeza, pues convida el campo. Y aun el sueño también. En esta mata de pulidas retamas, siempre verdes, recuesta la cabeza, y yo entretanto haré que tus monteros se prevengan, sin que falte ninguno. Parte al punto y vuelve presto. La tristeza olvida. Sí haré, pues su hermosura me convida. ¡Mucho ha tardado Fabio, caso extraño Si hay novedad alguna, que en el monte dicen que anda cazando el fiero hermano de mi adorada Estela. Amor piadoso da tu ayuda y favor a estos esclavos, que en el argel de tu prisión asisten; baste el rigor, amor, el rigor baste, no por mí, que mi pecho, aunque tu ira más se acreciente, será monte firme que a las olas de amor jamás se mude; por un ángel, amor, piedad te pido, piedad, amor. Mas ya más gente suena; sin duda son del Conde cazadores. Esta es la sombra donde le dejamos. Ahora cumpliremos nuestro intento. Mira si Feliciano está dormido junto al Conde. Ninguno en todo el campo, ni a su lado parece. Ahora es tiempo de quitarle la vida y de vengarnos de las afrentas que en diversos años a nuestro honor y a nuestra sangre ha hecho siempre torciendo con pasión la vara de la justicia que tener debiera, y asida la ocasión por los cabellos, no perdamos; primero, muera el Conde. Mi espada rigurosa, en su vil pecho mil bocas abrirá. ¿Qué es esto, cielos? El Conde está durmiendo, y dos traidores le quieren dar la muerte. Aguarda, espera; que un villano está allí. Pues ¿qué tenemos? Por si alguno nos mira, o él lo finge, este villano le dará la muerte. Dices bien. ¿Qué digo? ¡Hola, buen hombre! No quisiera que estos me conozcan; pero no pueden, porque el sol y el campo me tienen de manera, que imagine que aun yo no me conozco. Caballeros, ¿qué me mandáis? Aquesta daga toma, y a este hombre que durmiendo en ese prado miras, junto a esa pálida retama, le das muerte. ¿Por qué intentáis matarle? Porque es un salteador, que en este monte ni las vidas perdona ni la hacienda. Pues dadme acá una espada, por si acaso antes que llegue yo se defendiere. Toma la mía. ¡Vive Dios, que temo que sois dos traidores, y que aqueste es algún caballero, y por alzaros quizás con sus estados, le dais muerte. ¿Estás loco, villano? Loco estuviera, traidores, si a los dos muerte no diera. Huyo, que estoy sin armas. ¿Qué importara, aunque os diera las suyas Marte fiero? ¿Eres demonio? Soy la misma espada del castigo de Dios. ¡Ay, que me ha muerto! ¡Válgame Dios! Así traidores paran, que es bien que sus traiciones satisfagan. ¿Qué has hecho, villano loco? Aunque te parezca poco lo que he hecho adonde estoy, más cuerdo que loco soy. Ya a cólera me provoco. ¿Sabes quién soy? No lo sé, y aunque por respuesta os dé que no sé quién sois, por Dios, pero si estamos los dos, que sois el uno diré. Si villano me llamáis, vos el honor os quitáis; no os podéis de mí quejar, que yo no puedo estorbar ese nombre que me dais. Solos estamos los dos, que solo nos oye Dios, y así quiero que escuchéis que el deshonor que me deis será peor para vos. En ese estilo grosero no empleo mi noble acero; porque fuera darte honor hacer igual el valor de un villano a un caballero. ¿Qué te han hecho esos criados que de su error descuidados por ese monte subían? Matelos, porque venían a matarte conjurados; que te matase pidieron, porque sin duda temieron que alguno los viese aquí, y para matarte a ti su misma espada me dieron. Yo tomé, señor, la espada desnuda y desenvainada, no por matarte con ella, que mi valor atropella cualquier culpa averiguada; tomela por defender tu ya dormido poder, y en teniéndola en la mano, de un traidor y de un villano la furia quise vencer. Vencilos, aunque corriendo fueron el monte subiendo, que tiene poco valor el enemigo, señor, cuando tropieza huyendo. Despertaste, y cuando yo pensaba alcanzar de ti el premio que mereció el aventurar por ti la vida que Dios me dio, con las palabras has dado muestras que estás disgustado, siendo ya severo juez; mas no es la primera vez, señor, que te vi enojado. Dame esos brazos mil veces, pues que la vida me ofreces: el Conde soy, que a tus obras, pues la vida y ser me cobras, daré el premio que mereces. No me abraces, que tus brazos son para mí fieros lazos, y podré, viéndote en ellos, sin respetarlos ni verlos hacerte en ellos pedazos. ¿Vos sois el Conde? Yo soy. ¡Mal haya yo, si no estoy, aunque veis que soy leal, por hacer un hecho igual, aunque en vuestro amparo voy, al que hoy hicieran, si acaso yo no me ofreciera al paso! ¿Vos sois el Conde? ¡Pardiós!, que si sois el Conde vos, que merecéis... Hablad paso. Un castigo tan cruel como el que disteis a aquel desdichado caballero que con amor verdadero, tan notable como fiel, a vuestra hermana sirvió. No tuve la culpa yo. ¿No?, pues ¿quién tuvo la culpa, si no admitís la disculpa de que el amor los cegó? Debierais, Conde, mirar que no era bien castigar con tan extraños rigores, que siendo yerros de amores, son dignos de perdonar. ¿No veis que no fue razón tenerlos tanto en prisión? El enojo me cegó. ¡Pardiós!, que si fuera yo que ablanda el corazón. Pero al fin, vos sois cruel, Conde. Fue un enojo aquel. Yo me voy por no miraros, porque me acuerdo al hablaros de aquel enojo cruel. Mucho lo sentís. Yo siento con más que piadoso intento; porque no es cuerdo ni sabio el que no siente el agravio de otro de igual sentimiento. Siéntolo de esta manera, (porque en mí está la primera causa de un error tan grande, y no es mucho que me ablande, que tengo el pecho de cera; y en sentimiento más fuerte, que tengo en mi triste suerte, que está ya rota y perdida, es que me debáis la vida, cuando yo os debo la muerte. Mirad aquí entre los dos lo que se dice de vos, y advertid desengañado que el vulgo os ha condenado, y el vulgo es la voz de Dios. Vuestra fingida malicia fue pasión en mi justicia, y aun es infamia también; porque no es hombre de bien quien se venga por justicia Yo os libré, mas si supiera antes que yo os defendiera que erais el dormido vos, aquí para entre los dos, antes yo la muerte os diera. Ya vivís, idos contento, y de vuestro fiero intento haced penitencia grave, pues que Dios perdonar sabe cuando hay arrepentimiento. Que yo, si la pena olvida, el alma a mi pecho asida pienso publicar, por Dios, que os debo la muerte a vos, y vos me debéis la vida. Aunque no mi engaño pruebo y vuelvo a decir de nuevo: perdonad si se me olvida, que os debo más que la vida, que vida y honor os debo. Diréis que no puede ser que en mi humilde proceder haya tan altos despojos, pero abrid, Conde, los ojos, y veréis lo que hay que ver. Aguarda. No puedo, a fe. Pues, ¿no me dirás por qué no recibes mis favores? A uno de estos pastores de ese monte le robé una hermana que tenía y él, que de su hacienda fía, por Dios, que quiere intentar que en el rollo del lugar pague el pecado algún día. Y por el monte y poblado, con pecho determinado me busca para prender; esto me impide el no ser de tus mercedes honrado. No importa, yo estoy aquí, que te libraré, y de mí puedes, amigo, fiar. ¿Qué? Que te sabré librar, pues desde hoy tengo por ti vida y honra, por lo menos. Esos consejos ajenos son de quien verdades trata; más vale salto de mata. Conde, que ruego de buenos. Cuando estuvo en la prisión don Carlos, aquel ladrón de vuestra hermana, bien vistes que nunca os enternecistes con ruegos el corazón. ¿No es verdad. Conde? Sí es. Pues más vale de los pies aprovecharse quien puede, que no que con gusto quede el agraviado después. Este hermano de mi esposa tiene hacienda poderosa, y es señor de nuestra aldea; mirad si es razón que vea por vos mi vida dudosa. Aquesos consejos llenos de ponzoña y de venenos dad a quien mentira os trata, que es mejor salto de mata, Conde, que ruego de buenos. Espera, aguarda. ¿Qué es esto, señor? A morir dispuesto me llevan las desventuras. ¿Hay más extrañas locuras? En confusión estoy puesto, que al pasar por estos ramos, adonde antes te dejamos, vi muerto a Octavio y Fineo. Este villano deseo conocer; al monte vamos subiendo. Pues ¿no declaras lo que ha pasado? Feliciano, ¿en qué reparas? quiso matarme un traidor, y un villano me libró, que aquí de mí se apartó, matando a Octavio y Fineo. Pues, señor, vamos los dos buscándole. Guiad vos. Confuso voy y turbado; si el vulgo me ha condenado, el vulgo es la voz de Dios. Por aquí me dijo Estela que iba Carlos. No quisiera, que acaso le conociera, y acabada la cautela trazada hasta ahora, el Conde le llegase a conocer, que si esto llegase a ser... Ya la fama te responde: le cortara la cabeza sin remedio. ¡Caso extraño!, quisiera impedir su daño. Por esa verde maleza. suele andar tras el ganado, que entre estos verdes chopos se miran los blancos copos que a los espinos han dado las ovejas inocentes, pródigas de su vestido. Allí pasa un ciervo herido. A beber corre a la fuente. ¡To, to, to! Cazando viene gente por aqueste llano. Sin duda es el Conde. En vano diligencia se previene. No te vayas alejando del monte, señor. No haré; aquí entretanto veré estas aguas, mormurando de mi desdicha quizá. ¿Hay tal villano? ¿Hay tal loco? Este es el Conde; ¡qué poco esfuerzo y valor me da el corazón! Yo me voy, porque el Conde no me vea. Mi miedo también desea lo mismo. ¡Hola! ¡Muerto soy! Sin duda ha de conocerme, o me tengo de turbar, porque aquí me ha de matar al punto que llegue a verme. Sordo me quiero fingir, con esto disfrazaré el turbarme, y cantaré, pues aquí me puede oír en mi trabajo ocupado. ¡Hola, pastor! ¿No respondes? "¿Adónde estarán los condes, que a las cortes no han llegado?" ¡Oh villano, qué bien pinta el respeto que me pierde! "Río verde, río verde, más negro vas que la tinta." ¿Villano? A cantar porfía, y por el monte se aleja. "Entre ti, Sierra Bermeja, murió gran caballería." ¡Vive Dios, tosco villano, si no tienes!... Pues ¿qué?, ¿qué nos manda su merced? ¿Hay en este monte o llano una casa donde pueda esta noche descansar, hasta que nos llegue a dar nuevas de la luz que hereda? "Hortelano era Belardo en las huertas de Valencia." Ya me falta la paciencia y me espanto cómo aguardo. ¿Eres sordo? Ahora ha estado aquí. ¿Quién? di; ¿no respondes? ¿Adónde estarán los Condes, que a las fiestas no han llegado?" No te digo eso, pastor, sino que si hay casa alguna. Ya el reloj dará la una sin venir el mi señor. ¡Vive Dios, que tal me tiene, que estoy por matarle aquí! Di, ¿hay alguna casa aquí? Siempre por la tardes viene, porque ahora está ocupado en su labor. Vete luego, que de cólera estoy ciego. Lindamente la ha mamado. ¿Hay tal villano? ¿Hay tal cosa? ¡Vive el cielo que me ha dado pesadumbre! Con cuidado, como soy algo medrosa, vengo, que anochece ya. Aquí viene otro pastor; la soledad, en rigor, temor al más fuerte da. Labrador, que Dios te guarde, que por estas peñas altas tu fértil ganado llevas, adonde la yerba pazca; que naciendo en estos montes, entre moradas pizarras, porque más bien le parezca, de blanca nieve se cuaja. Tú, que del cansado oficio de la corte aquí te apartas, adonde te alegra el sol, y te regocija el alba, ¿sabrasme decir acaso si hay en toda esta campaña una casa o una quinta, donde pueda hasta mañana descansar aquesta noche? ¡Triste de mí y desdichada, el Conde mi hermano es este! ¿No me respondes? ¿no hablas? ¡Vive Dios que aquestos montes igualan los de Tesalia, pues sus hierbas venenosas quitan a tantos el habla! Si no hay quinta, labrador, choza, albergue, ni posada, ¿has visto unos cazadores que en el monte a caza andaban cuando el sol se descubría por los jardines del alba? Responde, que ¡vive Dios! que tengo confusa el alma; que yo no soy Amadís que busco aventuras tantas. No soy labrador, señor, mujer soy. Y sois bizarra. Que de aquese monte vengo, donde mi esposo trabaja, de llevarle la merienda. ¿Tú estás casada, villana? Sí, señor, mi esposo es Pascual, yo me llamo Olalla, que en estos montes vivimos mientras los cielos ablandan un pecho de duro acero y de diamantes un alma. Él se queda en la labor de la tierra, y con su capa vengo por el mucho frío, que ya la noche amenaza. Esos vuestros cazadores que decís que andan a caza no los he visto, señor, por ser la maleza tanta. Si es que posada buscáis, aquí dentro está una casa de un hidalgo de Girona que es gente muy cortesana. Venid conmigo, que a fe que no os faltará posada y una voluntad sencilla, que vale más que oro y plata. Labradora de mis ojos, en el corazón me labras mil congojas, que me afligen y mil dudas que me matan. Ciego me tienen tus ojos, muerto me tiene tu cara, dichoso Pascual, que ha sido digno de poder gozarla. Pareces, serrana bella, quiero decirlo, a una hermana del Conde de Barcelona; no he visto cosa más rara, tanto, que quedo confuso. Eso, mi señor, lo causa la flaqueza, ¿quién lo duda? ¿Hay bobería más clara? ¿Yo tengo cara de Conda? Parécesle tanto, Olalla, que te ruego que de aquí luego al momento te vayas. No quiero, Olalla, comer, que esa historia me da pena, y su suceso me mata. Acá nuestros labradores, señor, cuando siegan, cantan, por divertir el cansancio, esa historia desdichada; pero decidme, ¿quién sois, que sentís esa desgracia con tanta pena? ¿Sois vos el que la robó? Serrana, yo soy el Conde, a quien llaman, por mi hermana, el desdichado, dichoso por mis hazañas. Robómela un caballero, que entonces pasaba a Italia; pluguiera al cielo que antes que a Barcelona llegara, una francesa pistola abriera en él bocas tantas que se igualaran a aquellas que se abren por mi infamia. No supe de ellos después, ni en Castilla ni en Navarra, ni en Aragón, que sin duda se fueron los dos a Italia, o el mar, de sangre sediento, por vengar tan vil hazaña, les dio sepultura eterna dentro de sus mismas aguas. ¿Que vos sois el Conde? Sí; yo soy el Conde, serrana. ¡Malos años os de Dios, mal San Juan y malas Pascuas! ¿Pues no era mejor casarlos a los dos? No; que era infamia de mi casa ilustre y noble. ¿Infamia? Deja, serrana, esas cosas, por tu vida, y vamos a tu cabaña, donde aguarde aquesta noche que venga a dar luz el alba en esos brazos dichosos, pues tu esposo de ellos falta. ¿En mis brazos? Es muy grande. El amor todo lo iguala. Dame ese pardo capote, que esa belleza disfraza, para que mejor me encubra, al entrar en tu cabaña. Y ¿qué habéis de hacer en ella? Mientras la noche se pasa, estaré, mi bien, contigo. ¿Conmigo? ¡Guarda la cara! Pero porque soy, al fin, parecida a vuestra hermana, toma el capote y venid encubierto a mi cabaña, donde pasaréis la noche, no entre sábanas de Holanda, ni entre colchones de pluma, como en la ciudad se pasa, sino, en fin, como en el campo. A quien tus ojos aguarda, a quien espera gozar esa hermosura gallarda, cualquiera cosa le sobra. Vamos, divina aldeana, donde me haga labrador de tu sencilla labranza, pues con los ojos me animas, y con la vista me matas. Vamos, Olalla, a esa choza, adonde esta noche aguarda hacer sus cortes amor. Si esas palabras tan blandas le dijo aquel caballero, gran señor, a vuestra hermana, ¿por qué la culpáis? No vuelvas a afligir de nuevo el alma. Vamos, mi bien. No quisiera creer en vuestras palabras, que sois Conde, en fin, y yo una grosera villana, y acabada la amistad me arrojaréis de la cama. Más que a mis ojos te quiero. Ahora bien, tomad la capa, pero avísoos que en saliendo el sol en brazos del alba os habéis de ir al momento; porque si mi esposo os halla, pardiobre, que os dé la muerte, que es de condición bellaca. Aquí se lo rogaremos, Más vale salto de mata, conde, que ruego de buenos: miradlo por vuestra hermana. Digo que me iré al momento. Pues vamos a la cabaña. Dame una mano siquiera. Eso de muy buena gana, que sin duda iré segura, si parezco a vuestra hermana. ¿Y un abrazo? Sí, también. Pero vos no me dais nada. Si te gozo, Olalla mía, darete la vida y alma. ¿Si me gozáis, señor Conde? Sí, mi bien. ¡Guarda la cara! Digo, que le he visto. Y yo también, Mendoza, le he visto. y por Dios, que no resisto la sospecha que me dio. ¿Cómo? Que puede encontrar con Estela en el camino; y si es así, yo imagino que se tiene de acabar nuestro engaño, que sin duda la tiene de conocer, si el Conde la llega a ver. ¿Tú no ves, que el traje muda cualquier rostro y cualquier talle? Sí, mas si te ha visto a ti, Mendoza, y me ha visto a mí, ¿quién ignora, que ha de darle sospecha, si a Estela ve en esta verde espesura? Carlos, buscarla procura. Aquí, Mendoza, estaré, hasta que del campo venga. Aquí viene, y un pastor con ella. Ya mi rigor a padecer se prevenga. Esta es la puerta, entra dentro. ¿Y no entras tú? Sí, también. Entra, pues, que no nos ven, ni sale nadie al encuentro. Zampose, señor, por Dios, en tu aposento. ¡Oh villana! ¿tú eres de un conde hermana? Conchaváronse los dos. ¡Cómo, que esto he de sufrir y he de verlo por los ojos! Templa, señor, los enojos. ¿Mejor, infame, es morir. ¿Con un villano? ¿Tú has sido de tan ilustre linaje? Mas como es villano el traje se te ha pegado el estilo, No quiero más invenciones de vestidos ni de enredos. Yo soy don Carlos, Albano; yo soy aquel caballero que robó a Estela. Yo soy aquel que morir merezco. Esa villana es Estela, hermana del Conde. Creo que estáis loco. No estoy loco; pero tengo amor y celos. Quiero derribar las puertas. ¡Abre, villana! ¿Qué intento tienes, señor? De morir. Es bellaco pensamiento. ¿De qué das voces, Pascual? ¿Estás loco? Estarlo pienso. Ya no soy Pascual, Estela; Don Carlos soy. Mis deseos se han cumplido. ¡Hola, pastores, cazadores y monteros, vuestro Conde soy! Menandro, saca una luz. ¡Vive el cielo, que hemos hoy dado al traste con todos nuestros sucesos! Señor, ¿qué es esto? Prended ese villano encubierto; que es don Carlos, mi enemigo, y a esta villana. Yo pienso escurrirme poco a poco. Detened ese grosero, no salga de aquí ninguno. ¡Acabose, yo soy muerto! ¡Vive el cielo, infame Carlos, que has de pagar lo que has hecho con la vida! Sí, señor; escúchame un rato atento. Yo soy Carlos, yo robé a tu hermana, en un desierto die vivido, hasta que amor ha descubierto el suceso. Digo que merezco muerte por un delito tan feo, mas también merezco vida, y me la debes tú mismo. ¿Yo a ti? Sí, señor, que soy aquel villano encubierto que te guardó cuando quiso matarte el traidor Fineo, juntamente con Octavio. Ablanda, señor, el pecho, pues son sucesos de amor, y viene el amor con ellos. Perdónalos, gran señor, así la fama y el tiempo eternicen tu valor y tus poderosos hechos. De rodillas, te suplico que los perdones. Yo quiero que tú me debas la vida, pues yo también te la debo. Da, Carlos, la mano a Estela. Vivas, gran señor, eternos siglos, y el cielo te haga universal heredero de la corona española, tu frente heroica ciñendo las coronas de laureles, que los romanos les dieron para aumento de sus obras y por gloria de sus hechos. Tu vida los cielos guarden. Prospere tu vida el cielo. Tus pies beso, y juntamente pido perdón de mis yerros; si erré loca y con amor. A Rosellón os ofrezco, porque con gusto viváis. Esos pies heroicos beso. A esa señora, si acaso no es casada, pues hoy llego a ser huésped en su quinta, el primo de Carlos sea quien la dé mano de esposo. Yo para su dote ofrezco una villa de las mías. Aumente tu estado el cielo. Yo soy la que en ello gano. Yo soy el que gano en ello. ¿Ya Mendoza no dan nada? A mi cargo está tu premio. Tú, Gila, dame la mano. La mano y el alma. Fuego en el alma que tal pasa. A Barcelona contentos nos volvamos. Dando fin y advirtiendo en mis sucesos, que es mejor salto de mata, que ruego de muchos buenos.