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Texto digital de Los mártires de Madrid

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los mártires de Madrid. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/martires-de-madrid-los.

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LOS MÁRTIRES DE MADRID

JORNADA PRIMERA

¡Que en esa locura das! Y en aquello me resuelvo. Mira que sin juicio estás. Sin juicio estoy si vuelvo Tan honroso intento atrás. ¿Tú soldado? Yo soldado. Dime, ¿quién te ha aconsejado, Ricardo, que busques guerra Y dejes paz en tu tierra. Donde vives regalado, Y vayas do por ventura En la noche más segura En tu próspera salud, Seas de tu juventud La trinchera y sepultura? ¿Has jugado y has perdido? ¿Muéstrate acaso tu dama Celos, desdenes y olvido? ¿Qué pensamiento te llama, Ricardo? ¿Estás sin sentido? Si en tu juventud viciosa Hubiera visto mudanza o inclinación belicosa Formada de esa esperanza. No me espantara de cosa; Mas un mancebo que ha estado Tan bienquisto en esta corte, Y de amigos estimado. Yo no siento que le importe Ir ahora a ser soldado. ¿Qué pensamientos previenes? Ni amor, celos ni desdenes, Ni el juego fuera bastante A mi partida importante. Pues di, Ricardo, ¿qué tienes? Yo, señor, no más de haber Dado en este pensamiento. Honrado es tu proceder. De mi estrella y nacimiento He venido a conocer Que la guerra me ha de dar Ahora fama. La guerra A muchos suele ilustrar. Esto en mi pecho se encierra. No te lo quiero estorbar; Pésame, hijo Ricardo, Que tú me dejes. Señor, No llores. No me acobardo; Que antes me infunde valor Tu pensamiento gallardo. Ya le he tirado al inglés Más de una bala, de suerte Que despojos vi a mis pies, Y de mi cólera fuerte Temió su muerte el FRANCÉS. Y en la famosa naval Que el señor don Juan venció No lo hice ya tan mal. Que alguno no deseó Ser a mi fortuna igual. Y en la guerra de Granada Lo que hice allí se barrunta. Pues en sangre renegada, Desde la cruz a la punta Mil veces teñí la espada. ¿Y a dónde has de ir de aquí? A Flandes o Ingalaterra. Veo un gran suceso en ti; Allí toparás la guerra Más en su punto. Es así. Está guardando la fama Y premio con la razón. Si es que la fama te llama, Sigue, hijo, tu intención. Diez años ha que se fue Tu hermano Enrique a la guerra, Y ningunas nuevas sé, Ni si le tragó la tierra, Ni dónde fue o dónde esté. Ulises también faltó Veinte años de su casa, Y a ella libre volvió. No tuvo fortuna escasa, Pues halló lo que dejó. Y Dios querrá que algún día A mi hermano Enrique veas Y goces su compañía, Que es, padre, lo que deseas Cuando faltare la mía. Pues hazme, hijo, un placer. Mandar puedes como padre, Y yo en todo obedecer. Bien es mi gusto te cuadre, Pues que me dejo entender; Y es que busques a tu hermano Si acaso supieres de él, Aunque dicen que un tirano De Amurates, un cruel, Con un rigor inhumano Lo ocupaba puesto al remo Como a mísero cautivo, Y asina su muerte temo: Ni sé si es muerto, si vivo: Esto siento por extremo; Y así, Ricardo, te ruego Que le procures buscar. Si de Troya todo el fuego Y del infierno el pesar, La fuerza y desasosiego Delante se me pusiese, No tengas pena que cese Si conquistare el infierno; Que juro, por Cristo Eterno, Que un paso atrás no volviese; Mal conoces el valor Que encierra mi noble pecho. Hablas, hijo, con amor, Y yo estoy bien satisfecho Que dices y haces mejor; Ni me agotas mi pasión. Ricardo, ¿qué te ha movido A hacer esta elección? ¿Tiénete alguno ofendido? Descubre tu corazón. Vete a conquistar murallas Do quisieres, norabuena; Mas dime qué ocasión hallas: Dile a tu padre tu pena. ¿Por qué tu pecho me callas? Señor, veo y considero Que, aunque yo soy caballero, No me aprovecha, pues ya Cargo ninguno se da Sino a precio de dinero; Y ya la gente no mira Sino a un hombre bien tratado; La hacienda es blanco do tira El vulgo; el rico es mirado, El pobre siente y suspira. Ayer el que nada era, Hoy es más, y es porque tiene, Y duque se considera, Y de pobreza tal viene A la felpa, calza y cuera. Y aquel que puesto en la luna Le vimos, está tan bajo Siendo su suerte ninguna. Que fe miramos debajo De un clavo de la fortuna. Yo he visto algunos criados, Que han servido a mis abuelos, Honrados y levantados, Toparme en la calle. ¡Ah, cielos! Deja ahora esos cuidados Si es que aqueja tu tristeza; En un piélago muy hondo Mira, hijo, a tu nobleza, Que si es eso, te respondo Que es odiosa la pobreza. Aunque buen entendimiento Tenga d pobre, es cota de aire, Sus razones son tormento, Todo chufeta y donaire. Todo se lo lleva el viento. Si habla el rico liviandad Y el pobre dice elocuencia, Es con falsa autoridad: Lo que habla el rico, sentencia; Lo que el pobre, necedad. Si es de esa suerte, iré a donde Diga quién es cada uno; Que este es camino por donde Se ofrece tiempo oportuno Y nunca el valor se esconde. Pésame de que no puedo Darte para tu camino, De que lastimado quedo; Que cuando hay bien, imagino Que aun a Alejandro le excedo; Un caballo y cien doblones Y tres pares de vestidos Podrás llevar. Tus razones Alimentan mis sentidos Y en obligación me pones. Dame a besar esos pies Y siglos eternos vivas. No quiero que asina estés, Sino que ahora recibas Este pequeño interés; Y óyeme: ¿quién va contigo? Sólo un lacayo no más. ¿Cuál de los dos es? RODRIGO. Bien acompañado irás. Éste solo va conmigo, Y tu bendición, que quiero Que me la des. La de Dios Que te ha de alcanzar espero, Y ésa vaya con los dos: De gran sentimiento muero: Mira quién eres, RICARDO. Bien sé que tu hijo soy. Por extremo irás gallardo; A prevenir eso voy. Ve, que en mi cuarto te aguardo. Vase Feliciano, y queda Suele el astuto y práctico hortelano Un árbol tierno trasplantarle a donde A sus nobles raíces corresponde, Dejando de su tierra el ser tirano. Dale el cielo su auxilio soberano. Virgo las influencias, y no esconde Su fruto al fin de la mudanza, donde Voluntaria fortuna ofrece mano; Como árbol tierno quiero transponerme; Pues un noble deseo me levanta, Y con las armas el valor se aumenta; Al servicio de Dios quiero ofrecerme. Que porque no se pierda aquella planta, El divino Hortelano tendrá cuenta. Hete de hallar, Ricardo, hoy; Mi buena suerte bendigo. Pues ¿qué tenemos, Rodrigo? Cansado de andar estoy De Madrid plazas y calles, Que aqueste país lo ordena. Como estoy con cierta pena. No es mucho que no me halles; Muestra el papel; que imagino Que es ya la postrer sentencia De mi destierro y ausencia. ¿Qué destierro o desatino? ¿Ahora que Flora está Llorando solo por verte, Dices eso? De mi muerte La hora se llega ya. Lee esos dulces renglones Que suelen darte la vida. Lee Ricardo la carta. «Si no hay, mi bien, quien lo impida, Gustaré por dos razones Aquesta noche me hables Por la puerta del jardín.» Razón es que tengan fin Las mercedes que me haces. Rodrigo, ¿quiesme seguir? ¿A dónde vas? A la guerra. Gran valor mi pecho encierra; Seguirete hasta morir; Heme criado en tu casa. Recibiendo en ella el ser, Y fuera ruin proceder Poner a tu gusto tasa. Seguiré tu compañía, Y aunque parezco algo tierno. Iré al infierno. ¿Qué infierno? El de la pastelería. Siempre de humor has de estar. En ser alegre me fundo, Porque dicen que este mundo Lo tiene otro de heredar. ¡Adiós, Madrid, grato suelo, Corte del mayor Monarca, Teatro do representa El tiempo fortunas varias! [Adiós, Babilonia ilustre, Querida y amada patria. Archivo donde se encierran Del mundo naciones varias. Espejo claro, que en ti Hoy se miran tantas caras! ¡Adiós, levantadas torres; Adiós, altivas ventanas; Adiós, altos chapiteles, Ilustre adorno de tantas! ¡Adiós, jardines ilustres De deleites, y adiós, casas De placeres, y adiós, quintas Y quintas en alabanza! ¡Adiós, cristalinas fuentes, Dulces y hermosas aguas. Que a los cristales más finos En todo tiempo aventajan! ¡Adiós, Señora de Atocha, Imagen divina y santa. Milagrosa en mar y tierra, A quien dan mil alabanzas; No me despido de vos; Por siempre os llevo en el alma Por espejo, luz y norte En el mar de mis desgracias! ¡Adiós, San Blas, santo Obispo, Que será razón que salga Para alabaros del pecho La voz, si me dais garganta; Y pues me ayudasteis siempre, Favorecedme en las armas! ¡Adiós, divino Doctor, Norte y escritura santa, Jerónimo penitente Entre riscos y montañas! ¡Adiós, prados; adiós, hierbas Entre raíces y plantas! (Adiós, álamos frondosos, Deleites de tantas almas! ¡Adiós, altos miradores; Adiós, calles; adiós, plazas; Que ha llegado el plazo a donde Es fuerza os deje y me parta! ¡Adiós, ilustre Sevilla; Adiós, famosa Granada; Adiós, Toledo imperial, Roma en santos, Troya en armas! ¡Adiós, galanes valientes. Discretas y hermosas damas, ídolos a do contemplan Almas gentiles sus gracias! ¡Adiós, dorados balcones, Corrientes claras de agua, A do se forman mil soles Por las tardes y mañanas! ¡Adiós, bellas celosías. Archivos de las palabras. Que entre tiernos corazones En horas ocultas pasan! ¡Adiós, palacio famoso. De los Césares alcázar. Cuyos ricos edificios Hasta el cielo se levantan! ¡Adiós, labrador divino, Que arrimado a una aguijada Vivisteis tal, pues hoy quiere Canonizaros España! ¡Adiós, deleitoso Chipre, Del cielo y del campo casa, Do ha fabricado el ingenio Mil curiosidades varias! Aquestas cosas adiós Se queden, y en mi esperanza Todo adiós, pues de Dios tienen Fin y principio en su gracia; Que yo me voy a la guerra Por conocer si es escasa Mi fortuna, o si mi dicha, Do presumo me levanta. Como caballero noble. Os promete y da palabra, Insigne villa, este hijo. De morir por la fe santa. ¡Válgame Dios! ¿Es posible Que acabaste? Yo aguardaba Que me dejases un rato Para publicar mis ansias. ¡Tanto sentimiento y penal ¡Pese a mi vida! no vaya, Que yo en mi vida lo hiciera Sin mucho contento y gracia. Y pues esto va de veras. Con lacayeles palabras De vos, Madrid, me despido; San Miguel haya mi alma. ¡Adiós, blanco pan de leche; Adiós, hermosas tajadas; Adiós, tabernas de corte, Consuelo de mis desgracias, Archivos de mis deseos, De mi tormento bonanza. De mi tristeza alegría, Faroles de mi borrasca! ¡Adiós, plazuelas, cantones, Sotanillos, fresca estancia Donde a la vida del cuero Duerme un lacayo y descansa! ¡Adiós, baratillo y mozas; Adiós, gorra, capa y calzas, Despensa, caballeriza, Frenos, estribos, gualdrapas, Arzones, sillas, cabestros. Maniotas, cubas, pajas, Cebada, pesebre, espuela, Mandil, peine y almohada! Que yo me voy. Imagino Que he de comer enramadas. Albondiguillas de plomo Con más peso que sustancia. Ya me parece que subo Trepando por las murallas. Donde hago tales hechos Que al lacayismo ensalzaran. ¿Qué es de tu señor, Rodrigo? ¿Quién me interrumpe? ¡Oh mi Elvira, Blanco a do mi gusto tira! Ahora estaba conmigo, Y con su padre se fue En un negocio ocupado. Porque se va a ser soldado. ¿Por qué ocasión? No la sé. ¿Y qué ha de hacer mi señora? ¿Qué ha de hacer? ¡Oh, qué bueno! Esa ignorancia condeno. ¿Y tú te vas? ¡Oh, traidora! ¿Quién se ha de fiar de ti? ¿Por qué? Dasme mil enojos. ¿Enojos yo? Y a mis ojos. ¿Y sabes aqueso? Sí. ¿Serán celos? Y de Hernando. ¿Hernando? ¡Cuento donoso! ¿Y de eso estabas quejoso? Pues no diré el cómo y cuándo. Y di ¿cómo y cuándo? Anoche Vi, traidora, que lo hablabas. ¿Y tú no considerabas Que al Prado salió en un coche Mi señora? No me cuentes Mentiras ni disparates: Dirás que llevé alpargates. Pues, infame, en todo mientes, Y si es que te quieres ir. Vete al infierno, y no digas Razones que a furia obligas. ¿Hay tan cruel despedir? Pues alto: entrégueme al punto Mi camisa, cuello y cuera, Mis tiros y limpiadera. El pañuelo, y todo junto En las alforjas se meta; Que voy allá como un rayo. Pues vaya, señor lacayo. Irán, podrida maleta. Vete, sota descartada. Quédate, sucia tallona. Camine, enfadosa mona. Sí harán, túnica alquilada; ¡Fuera gente fregonil, Que estoy convertido en Marte; Muías falsas, a una parte Con vuestro engaño sutil! ¿Con quién hablabas ahora? Era una cierta porfía Con ELVIRA. ¿A qué venía? Con un recado de FLORA. ¿Y no te dijo de qué ? No, señor, porque trabamos Una cuestión, y quedamos Enemigos. ¡Bien, a fe! Vete a vestir de camino. Porque ya trazado está Ir a dormir a Alcalá. Que estás sin juicio imagino. Pues di, ¿no te pasearás Cuatro días donde des Cuenta a tus deudos y estés Holgándote? Necio estás. ¿Tanto te matan cuidados De irte, señor, a la guerra. Que dejas así la tierra? Parecemos desterrados. Ve a Atocha mañana a misa, Y haz en su divino altar Una misa celebrar; Nunca vivas tan aprisa. Rúa con botas y plumas Y con espada dorada: Compra lo que más te agrada Y de necio no presumas. Échate banda y cadena. Dorado aderezo al uso. ¿Qué tienes? No estés confuso: Mira que suele una pena Quitar diez años de vida Y aumentarlos un contento. De humor es tu pensamiento. Más de humor es tu partida, Y dime si hay alguna Traza de saber dó vamos. En camino nos pongamos Y guíenos la fortuna. ¿En ese extremo la pones? Por la primera distancia Nos pasaremos a Francia. No tengo yo lamparones Y desde allí miraré Si pasaré a Italia o Flandes. ¿A Flandes? No me lo mandes; Que de frío me helaré. Nunca al consejo te llamo: Calla, y sígueme, RODRIGO. El cielo santo es testigo Que está sin juicio mi amo. Ni te entiendo ni lo creo. Pues bien presto lo verás Por la obra. Necia estás. Hablas como a tu deseo. ¿Es posible que le viste Calzadas botas y espuelas? Nunca te conté novelas; Mal el amor se resiste. ¡Cómo! ¿Que esté de partida Ricardo, y no sepa a dónde, Y que su pecho me esconde Y de mí no se despida? ¡Cielos! ¿Esto se consiente? ¿Aqueste es buen proceder Con mi amor eternamente? ¡Cómo! ¿Ricardo se va? ¡Cómo! ¿Ricardo se ausenta? ¡Cómo! ¿Que Ricardo intenta Olvidarme ? ¡Bueno está! Si yo, señora, entendiera Que en ello te daba enojo. Lo callara. ¡Fuego arrojo, Mi pecho es la quinta esfera! Elvira, sácame un manto, Porque no hay sosiego en mí. ¡Ansina, Ricardo, así! De tu locura me espanto. Elvira, no da el amor Fuego para más sosiego: ¡Fuego, que me abraso, fuego! ¡Ah, vil Ricardo! ¡Ah, traidor! ¡Cómo! ¿Tú eres caballero? ¿Tú eres principal y estás Obligado? pues te vas. Eres villano grosero. Señora, deja de hacer Esos extremos, y mira Que son hombres. ¡Ay, mi Elvira! Quíselo bien, soy mujer Y sé que no está ofendido; Si es traidor lo considera. Por el patio y la escalera Siento, señora, ruido; Dame albricias, que ya viene. Yo te las mando. ¿Es Ricardo? SI. Con el alma le aguardo. Pues que por suya la tiene. Como la correspondencia Es de los dos tan unida. No tuve a cosa atrevida Entrar acá sin licencia. Y si ha sido atrevimiento. Pido el castigo, señora. Porque al alma que os adora Sirva otra vez de escarmiento. Dad piadosa la sentencia; Mirad que es mi amor eterno Y es condenarme al infierno Si me condenáis a ausencia; Porque el rato que no os veo Padece mi corazón En la rueda de Egión Y en las aguas del Leteo. ¿No respondéis, Flora hermosa? Mi señora, ¿qué decís? Tan retórico venís. Que no sé qué os diga cosa. Entrar sin licencia acá No ha sido descortesía. Señor Ricardo, a fe mía, Pues que de partida estáis. Y condenaros no puedo A la ausencia que teméis, Pues la visita me hacéis Para quererme olvidar; Que quien de camino viene Y llama infierno a la ausencia, Él se condena y sentencia: Gana del infierno tiene. Diome Rodrigo un papel, Y en el punto obedecí; Mas, señora, veis aquí Un esclavo: manda en él; Por no daros pesadumbre. Me iba, señora, a Alcalá Sin despedirme, mas ya Es ley y antigua costumbre Que el que ama se despida; Si de mí servida estáis, Ved, señora, qué mandáis. Que el cielo guarde esa vida; Y que me digáis a mí La ocasión, Ricardo, os ruego. Heme ofrecido a San Diego: Bien la engaño por aquí. Pues tenía yo un testigo, Si es que Elvira no se yerra, Que a la guerra. ¿Yo a la guerra? Serán cosas de RODRIGO. Yo, señor, no he dicho nada. ¿TÚ no lo dijiste ahora? Tú mientes como traidora. Darele una bofetada. ¿Bofetada a mí? ¿Por qué? ¡Pesia a la pelleja vieja! Mire que se le apareja. ¡Calla, traidora! ¡Así te Y diga, el mozo de mulas De la otra noche, ¿es barro? ¿Qué? ¿Qué noche? Si la agarro ¡Rodrigo! ¿Qué disimulas? Dígoos la verdad en parte, Que el que se aparta de vos, A la guerra va, ¡por Dios! Si de vuestra luz se parte. ¿Será la ausencia muy larga. Mi Ricardo? Nueve días; Que el amor y cortesía De esa belleza me embarga. Yo no os pregunto, señor. El tiempo porque os limito; Vuestros gustos no os los quito, Ni trato con tal rigor. Tened placeres y holgaos; Id nueve días y ciento; Que en ver que tenéis contento, Son mis fiestas y saraos; Que puesto que soy mujer, Yo haré que nadie me iguale, Aunque a cada sol que sale Mudamos de parecer. Esas razones, señora, No se dirán ya por vos. Por esta sí, que ¡por Dios! Que se muda cada hora. Mi viaje veo incierto; Que la nave del honor Se anegó en el mar de amor: Procuremos tomar puerto. Ya tiembla aqueste edificio; Caerase, si más aguardo. ¿Qué decís, señor Ricardo? Que estoy a vuestro servicio, Y que me pesa de ver Que estáis con temor, señora. Ricardo, como os adora El alma, os pienso perder; Que no es mucho que quien ama Tenga recelo de todo. Flora hermosa, de ese modo Tengo con vos mala fama. No, porque, en fin, sois mi esposo, Y me tenéis por esclava. Su humilde celo me agrada: ¿Qué es esto, cielo piadoso? ¡Ah, fortuna, ten un poco Tu varia inconstante rueda! ¡Que tal por hombre suceda Y que no me vuelva loco! Si en el amor se repara, Mi liviandad se publica; Espuela de amor me pica Y freno de amor me para. ¿Qué decís, señor Ricardo? ¿Es de amor la competencia? Sólo que me deis licencia Y vuestros brazos aguardo. ¿Los brazos? Veislos aquí Con el alma y la licencia. Llegó la postrer sentencia. Y ella, ¿no me abraza a mí? ¿Yo, hermano? Abrácele un toro. Ea, tú te ablandarás Y mi Angélica serás, Y yo seré tu Medoro; Que no te duele mi pena. A fe que anda bueno el vino. Por ser gala de camino, Llevad aquesta cadena Y aquesta banda; que espero Que ruaréis muy galán; Que entre discretos, le dan Tal licencia al forastero. Si así me echas las prisiones, ¿Cómo me podré escapar? Las que os habrán de obligar Serán mis obligaciones, Supuesto que me habéis dado Palabra de ser mi esposo. Yo he sido en ello dichoso. Yo he sido la que he ganado. De nuevo vuelvo a ofrecer Palabra y mano, y me fundo, De que ninguna en el mundo, Flora, será mi mujer. Sino es, mi bien, solo vos. ¿Tal escucho, cielo santo? ¿Cómo que merezco tanto? Mil años os guarde Dios. Esta palabra que os doy Cumpliré si vuelvo a veros. De que no puedo ofreceros Un mundo, corrida estoy. ¿Cómo no me pide ya Palabra de ser su esposo? ¿Yo, hermano? Désela un oso. ¿A un oso yo? ¡Bueno está! ¿No habrá, Elvira, otra cadena O banda? Señor galán, Allá en la cárcel la dan. Ésa, Elvira, no es muy buena, Que me parece pesada Y es el metal algo fresco. Y la cincha de sardesco Es una banda extremada; Aquélla podrá llevar. Que va de rocín a ruin. ¡Que así me tratas al finí ¡Con todo, me has de abrazar! Antes verás al alma dar consuelo Las penas del infierno tenebroso, Y en vez de azufre bálsamo oloroso Quemar en el volcán o Mongibelo; Todo el mar y las nubes en el cielo, Brava la oveja y el león medroso, Entre celos y amor tener reposo. Calor en Citia y en Etiopia hielo; Sosiego en el amante aborrecido. Caerse el sol, estrellas y lucero, Rendírsele a Cupido el fiero Marte, Que no intente vengarse el ofendido: Todo aquello verás, Flora, primero Que deje de quererte y adorarte. Antes verás del mar el seno enjuto, Los elementos en conforme unida. Que aborrezca el enfermo salud, vida, De sus deseos el dichoso fruto. Tener piedad el rapazuelo astuto, Sosiego en la mujer aborrecida. No temer el que priva la caída. Darle el oro tristeza, gozo el luto; Volver atrás el Tajo su corriente, Que no sustente el necio un desvarío, Vivir alegre el condenado a muerte, Que aborrezca el hidrópico la fuente: Todo aquesto verás, Ricardo mío. Antes que deje, vida, de quererte. Espántame tu rigor; Eres Nerón. Necio estás. Pues escúchame y verás El extremo de mi amor: Antes verás en la cocina lumbre, Y traerse sombrero en la cabeza. Apetecer el pobre la riqueza Y cuajarse la nieve en alta cumbre; No darme aquestas calzas pesadumbre, Ser el dolor tormento y gran tristeza, Hallar en los erizos aspereza. Querer más que un cuartillo media azumbre; Querer más el tocino que las guindas, Más las albondiguillas que lejía. Beber el agua aparte, el vino aparte: No digo aquesto yo porque te rindas; Que antes verás aquesto, Elvira mía. Que deje de quererte y adorarte. Antes verá el bergante el almohaza Encima de las ancas del caballo. No cantar seguidillas el lacayo, Y andar por las raciones siempre a caza; Maldecir las Gregorias y la traza Y traer corcusida capa y sayo, y ser en los torneos papagayo, Andar diciendo a todos: .¡Plaza, plaza! Llevar fruta las huertas, agua el río , Y lodos en Madrid si acaso llueve, Y traer por el suelo los zapatos. Que ver por el Agosto bravo frío: Y antes verás cavar para hacer cueva, Que deje de acordarme de tus tratos. Aunque los viejos saben por ser viejos, Muchas veces los mozos los engañan, Y no las tengo al fin todas conmigo; Que el haberme pedido a mí Ricardo Dineros y licencia, tan en breve Haber hecho elección de esta partida. No sé a qué lo atribuya, y así, quiero Sacar por experiencia aquesta duda. Una dama bizarra, hermosa y bella, Vive en aquesta casa, a quien Ricardo Ha muchos años que la ve y la quiere; Podrá ser, como mozo, que haya hecho Aqueste embuste por tener dineros Para poder servirla y sacar galas; Si él está dentro, ciertos son los toros: Así, quiero llamar para saberlo; Mas ya no es menester tomar trabajo, Porque si no me engaño, aquí se ofrece. Yo, señor Feliciano, ya conozco Que no merezco veros en mi casa, Y así, señor, me holgara si la causa Se me puede decir, que se me diga, Porque la casa, el dueño y todo cuanto Se encierra en ella, está para serviros. Dejemos ahora, Flora, cumplimientos; Que ya sé que la casa es muy honrada, Los dueños principales, y que todo Estará para hacerme mil mercedes; Y así os conceda el cielo todo aquello Que le pidáis, que me digáis ahora Una verdad que vengo a preguntaros. Si es cosa que la sé, de mil amores. Si ha venido Ricardo desde anoche: No digo aquesto yo porque no puede Entrar a recibir de aquesta casa Mil favores un príncipe, mas quiero Sacar mi pensamiento de esta duda. Quiero decir que no, porque imagino Que lo viene a buscar con pesadumbre, Y decirle que sí fuera aumentarla. ¿Qué es lo que respondéis, hermosa Flora? Digo, señor, que ha más de quince días Que en esta casa no le he visto. Basta. Y así, si no ha sido atrevimiento. Me holgara saber si ha sido causa De venirle a buscar Cosa de mozos; Díjome que quería ser soldado, Dile mi bendición y lo que pude, Y envíele con Dios. ¿A dónde? a Flandes o a donde su fortuna le guiare. Por vida vuestra, Flora, que si acaso Os he dado en aquesto pesadumbre, Que no la recibáis, porque, en efecto. Es de estimar y de buscar lo bueno: Quedad, Flora, con Dios. ¡Fiad de hombres! Muy bien decía yo, señora mía: «Díjomelo el criado», porque aquello Que se viene a decir sin preguntarse. Suele ser la verdad sin duda alguna: ¡Muy buena te ha dejado el caballero! Hate dado palabra de casarse Y dice que te quiere más que el alma; Tomarás escarmientos en los hombres; ¿De qué sirve, señora, que te quedes De aqueste sentimiento traspasada? Mira que ya se ha ido Feliciano Y que no le dijiste cosa alguna: ¡Darle banda y cadena, porque vaya Cargado de tus prendas por memoria, Y vase a Flandes! ¡Qué gentil despacho Y qué donoso cuento, por mi vida! Habla: ¿no me respondes? ¿Ya no sabes Que no pagan los hombres de otra suerte? Vuelve en ti, vuelve; mira que te ha hecho Merced el cielo, pues que no te lleva La prenda de más cuenta y más estima. Como siente , al navegar. La tormenta el buen piloto, Las velas y el mástil roto Y por las nubes el mar, Y que diciendo amainar. Allí, de temor y miedo, El más diestro se está quedo Viendo del mar el rigor; Siento tormenta mayor, Y en el tormento le excedo; Como suele el sentenciado Por algún delito a muerte Considerar de qué suerte El triste ha de ser ahorcado, Y aquel que pasando a nado Ver que se ahoga, en efeto, Y entre las barcas y aprieto Se le representa todo, Tengo por el propio modo El corazón inquieto; Queda ahora el corazón Padeciendo fuego eterno Con más penas que el infierno Y la rueda de Exión, De ver una sinrazón, Un falso y ruin proceder; Fácil se deja entender, Ricardo, que del abismo, De infierno y de fuego mismo El alma me has de encender. No eres infierno, sí gloria, Que gusto y vida me das, Ricardo, que aunque te vas, Te quedas en mi memoria; El cielo te dé victoria. En todo tengas ventura: No veas tu fama obscura; Que aunque has sido tan ingrato. No me quejo de tu trato, Sino de mi desventura. No quedo, como otra Dido, Formando al aire mil quejas, Que, en efecto, no me dejas Siendo mi honor ofendido. Serás al fin tan querido, Ricardo, estando en ausencia Como estando en mi presencia, Porque mujer con amor Ha de poner a su honor Un muro de resistencia. Calandrias pardas que dais Música al romper del alba; Jilguerillos que hacéis salva Y a la mañana alegráis; Ruiseñores que cantáis Y entre las flores os vi Cuando a mi bien conocí Enlazado en mi cadena; Pues veis mi tormento y pena, (¿Cómo no os doléis de mí? Si el mal de corte contino Fuera causa de volverte, Lo hiciera, mas de otra suerte Es locura y desatino. Ten, señora, que imagino Que vas el juicio perdiendo. En eso que vas diciendo, ¿Cómo pondré resistencia Si en un infierno de ausencia Queda el alma padeciendo? Árboles, rosas y flores. Estanques, prados y holguras, ¿Cómo de mis desventuras No participáis dolores, Marchitando vuestras flores? Pues ya no veréis aquí A quien el alma rendí, Y pues fortuna lo ordena, Y veis mi tormento y pena, ¿Cómo no os doléis de mí? Señora, el dolor contrasta. Que lloras de triste modo. Para responder a todo, Quísele bien, y esto basta. Pues reniega de esa casta Si te ha de costar la vida Su ausencia y su despedida. No le trates con rigor; Que a donde hay primer amor Cualquiera cosa se olvida. Hermosas salas, ¡qué tristes A mi dolor os mostráis! Pinturas, ¿cómo no habláis, Pues aquí a Ricardo vistes? Mal, señora, te resistes. Pálido y triste alelí. Clave!, mi llanto sentí; Jazmín, lirio y azucena. Pues veis mi tormento y pena, ¿Cómo no os doléis de mí? Señora, la que es honrada Es por extremo abatida, Y la fal.sa y homicida Es por extremo estimada. La mujer que engaña agrada; La que vive de interés, No amor puro, bien lo ves, Aborrecen el regalo, Y siempre buscan lo malo. Porque anda el mundo al revés. Es el tiempo cirujano Que cura heridas de amor, Y más cuando no hay dolor Que se queja al viento vano. Da las lágrimas de mano. Si para llorar nací. Volvamos a do sentí Aquel canto de sirena; Pues veis mi tormento y pena, ¿Cómo no os doléis de mí? Yo me holgara tener, señor Camilo, Para poder pagaros vuestra hacienda; Que ver vuestra nobleza y vuestro trato Me ha obligado callar; mas yo no siento De qué modo al presente os satisfaga. Muchos días ha que de esa suerte El señor Feliciano me ha traído. ¡Qué triste cosa es el deber! ¡Ah, cielos! qué triste cosa es el no cobrarlo! Aquestas casas en que vivo ahora Pienso vender, y así cobrará presto. Y cuando no se vendan, yo tenía Propuesto de cobrar los alquileres Y embargarlas por auto de justicia. Bastara que yo os diera que cobrarais. Sin meter la justicia en nuestras casas. Si no puede ser menos, bien parece. Parece que venís apasionado; Yo también estoy con cierta pena; Y así, gustara mucho que en aquesto No se gastara en balde más retórica. Antes pienso tomar en esta casa La posesión, y así seré pagado. Fuera darme disgusto muy notable. Mayor es no cobrar yo mi hacienda. Excusemos de hablar tantas razones; Traed el libro, y mírense esas cuentas, Y juntamente todas las partidas; Que aún no sé yo tampoco lo que os debo. No es menester mirarlo. ¿De qué modo? Porque yo lo he mirado muy despacio, Y son seiscientos y cuarenta escudos. Esos cuarenta tengo yo pagados; Que a vuestra casa los llevé yo propio, Y por estar entonces ocupado, No pudisteis sentarlos en el libro. Allí parecerá si asina fuere. ¿Luego a no estar escrito, caso es llano Que no será verdad esto que digo? No digo yo que no; pero no pienso Pasar por ello a no tenerlo escrito, Porque escrito ha de estar. Es un ruin término No tratemos de términos ahora. Yo digo la verdad. ¡Mentís! ¡Ah, infame! No esperaba yo menos de ese pecho. ¡Estando yo en mi casa, y sin espada, A un hombre de mi edad! Si así no fuera. Caduco, loco, te matara al punto; Y agradece que no te Vase. ¡Ah, cielo santo, De enojo y rabia me consumo en llanto! ¡Que sea un mentís afrenta! ¡Al arma! haya ley tan mala! ¡Qué rayo a una lengua iguala En su carrera violenta! Yo hallo por buena cuenta Que palos y bofetada, Hija o mujer mal guardada, Falso jurar y votar. Todo se puede estorbar, Mas no una lengua arrojada. Si yo tuviera en mis manos Su lengua, y le consintiera Que aquel mentís me dijera. Quedara como villano; Que un mentís, es caso llano Que es un cobarde derecho, Y en ocasiones sospecho, Si la cólera me obliga, Que un villano se lo diga A uno de cruz en el pecho. ¡Ah, cielos! Mis regocijos Murieron, pues tu rigor Aquí me quita el honor, Allí me lleva los hijos. ¡Cabañas, chozas, cortijos. No me neguéis acogida. Que del traidor homicida Que así me quiso afrentar. Me procuraré vengar. Aunque me cueste la vida! ¡Gracias a Dios que he llegado Hasta mi casa, do puedo Perder el recelo y miedo! ¡Jesús! Todo estoy helado. La noche es obscura, y sé Por caso llano y muy cierto. Que estaba aquel hombre muerto Que en el suelo tropecé; Y antes de aqueso ladró Un perro muy tristemente, Y en la plazuela de enfrente Un no sé qué me espantó. Luego, tras esto, la espada Se me salió de los tiros, Y daban tristes suspiros De una ventana cerrada. No sé qué traigo conmigo; Tristeza mi pecho tiene; Hombre es aqueste que viene: Jesús, Dios sea conmigo! Sale Feliciano, de noche. Éste, sin duda, es Camilo; Aquesta es buena ocasión Para que su corazón Atraviese aqueste filo. ¿Quién está allá? Un caballero. ¿Qué nombre? Camilo soy. ¡Muera el perro! Dale. ¡Muerto estoy! ¡Jesús mil veces, que muero! Sólo escaparme procuro: ¡Que habiendo ofendido a quien Se supo vengar tan bien, Estuviese tan seguro! Ya me he vengado, y espero Que si en pretensiones vanas Me hacen viejo estas canas, Mozo me hace este acero.

JORNADA SEGUNDA

A cualquiera soldado le prometo De darle dos escudos de ventaja. Verás el mundo con razón sujeto. Así lo puede publicar la caja; Hase de negociar lo más perfeto. Al de Jerjes tu ejército aventaja Si de esa suerte pagas los soldados. A todos pienso ser aventajados; Al soldado que deja su contento. Su patria, amigos, padres y su gusto, Y pone en la milicia el pensamiento, ¿No es razón que le pague? Caso es justo; La paga suele ser el vencimiento, Y hace al más pusilánime robusto. Pues que venza y conquiste de ese modo. Porque para premiar lo quiero todo. Si conquistó Alejandro todo el mundo, Fue por su buena paga y gran gobierno. Vivas un siglo entero y sin segundo, Famoso Rey, dejando nombre eterno. Conquistará el soldado hasta el profundo, Al rigor del verano y del invierno, Si ve que del trabajo el premio saca. Es medicina que el dolor aplaca. Si Vuestra Majestad les da licencia. Quieren asentar plaza estos soldados. Yo gusto mucho; luego en mi presencia Pueden quedar, si quieren, alistados. Soy el infierno; puedo en competencia Dejarlos con mis hechos espantados, Porque suelo yo solo con mis brazos Al ejército turco hacer pedazos. ¡Arrogancia notable! No os espante, Porque yo suelo, cierto, si me enojo, Conquistar desde Oriente hasta Levante, Que al mundo rayos de mi vida arrojo; Es el Turco un cuitado, un ignorante. Pues no alcanza a saber que si le cojo Con toda su Turquía y mil Turquías, No tiene para dos rociadas mías. ¡Qué bien se dice! Pues mejor lo hago; Que en la restauración me hallé de Albania. ¿Qué país pongo? Cólen. Así lo hago. Puedo imitar un tigre de la Hircania. ¿Qué nombre sentaré? Total Estrago. Yo conocí otro Estrago en Transilvania. Yo soy el general, porque yo solo Soy conocido desde polo a polo. ¿Sobra papel acaso do se asiente, Seor Capitán, mi nombre, por ventura? Otro soldado es este más valiente, Que solo su razón nos lo asegura. Suelo, desde Levante hasta Poniente, Dar, si me enojo, a todos sepultura. ¡Líbrenos Dios! Diremos de esa suerte Que en nuestro campo va la propia muerte. Llevo el infierno dentro de mi pecho Con todos SUS tormentos y legiones; Estoy de mis hazañas satisfecho, De destrozar los turcos escuadrones; Entiendo que ha de hacerme buen provecho Si me como a Mahoma y sus pendones; Que de solo mirar deshago un risco, Y mato como suele el basilisco. Pues basilisco, infierno, diablo o monte. Diga el país. Asiente Ingalaterra. ¿Qué lugar? Crieme en horizonte, Y así no puedo señalar la tierra. ¿Qué nombre asentaré? De Rodamonte. Hidrópico, sediento por la guerra; Porque andar a matar de ciento en ciento Es mi alegría, fiestas y contento. Despida todo el campo, pues que lleva Vuestra Real Majestad aquesta espada. Del invencible el ánimo, la prueba Espero ver bien presto en la jornada. Vencer un campo ya no es cosa nueva, Ni asolarse las tiendas y su armada; Hago temblar los montes con la vista; Que no hay al fin quien mi furor resista. ¡Bravo soldado! ¿Qué país? De Francia. ¿De qué lugar? De León. Bien se parece En las razones, talle y arrogancia. Con mis hechos mi patria se engrandece. Sin duda seréis hombre de importancia. ¿Qué nombre? Orean Denamo. Ya se ofrece La ocasión del valiente y del cobarde. El campo embista: para luego es tarde; Estaré sin dormir un mes entero; Alcanzaré por tierra un suelto pardo, Y por el viento un pájaro ligero; Lucharé con el toro más gallardo; Haré pedazos el león más fiero; Rindo un rinoceronte y le acobardo; Témenme de los polos la distancia. ¡Arrogante francés, todo es jactancia! Gustaré, si es posible, a un desdichado, Si quiere asentar plaza se le diga. No me parece mal este soldado. Con su razón y términos obliga. Yo no pretendo ser aventajado Sin merecer primero, y sin que diga A los varones que la antigua fama Con tanto honor sus hechos lo derrama; Soy hombre honrado yo, y así no digo Más que he de morir por la fe santa, Y el tiempo y ocasión doy por testigo. Que es donde el hombre cae o se levanta; Procure cada cual al enemigo Humillar la cerviz que le levanta». Y no prometo cosa ni importuno; Que es hijo de sus obras cada uno. Con amor, humildad y cortesía, Buen proceder, buen término, buen trato. Confío en Dios y en la ventura mía Que he de rendir el pecho más ingrato; Presto conocerá la suerte mía, Y no quiero decir si rompo o mato. Que el que promete mucho, nunca paga, Y siempre queda corto, aunque más haga. Sin duda, que sois hombre bien nacido, Y así os quiero dar una bandera. Perdone Vuestra Alteza, que el partido No acepto sin ganarla en la frontera; Yo estoy, invicto Rey, agradecido De tan alto valor, que le pudiera Envidiar un Milciades, un Leónidas, Cuando hubiera quitado cien mil vidas. Sois el primer soldado que se ha visto Rehusar de mandar. Si por mi espada No lo vengo a alcanzar, o lo conquisto. Ni tengo gusto, ni lo estimo en nada; Si como buen soldado no resisto, Y pierdo una bandera tan honrada, ¿Qué se dirá de mí? Bien me parece; Más que bandera la ocasión ofrece. ¿Qué asiento aquí.? Fortuna. Fortuna asiento. ¿Qué nación? De España. ¿De qué lugar? Madrid; que no hay ninguna Villa, en cuanto el sol dora y el mar baña. Más agradable, hermosa y oportuna, Cuya grandeza adorna y acompaña La corte de los Césares de España. ¿De quién? Del gran Filipo, rey, segundo. Bien se puede decir que es la corona De los reyes del mundo. Diga el nombre; Le asentaremos plaza. Mi persona Temo que al Turco y aun al mundo asombre. Sospecho que estarás hecho una mona. Ahora he de cobrar otro renombre. ¿Cómo os llamáis, soldado? ¿Yo? Nombre de fama. ¡Pesia tal conmigo! Por guerreador famoso le estimaba Al famoso Rodrigo, a quien el cielo Favoreció, y España le llamaba El gran Cid Campeador. Era mi abuelo. ¿Asentaré español? ¿Eso ignoraba? ¿De qué lugar? De lo mejor del suelo; Que a todo el mundo en ello le aventajo. ¿De qué lugar? Carabanchel de Abajo. Denles alojamiento a estos soldados, Sin que se haga otra cosa, luego al punto. Sí, señor, que venimos fatigados. Sin duda, estás borracho: lo barrunto. De cuarenta elefantes regalados, Seor Capitán, he menester el unto. Porque estoy recocido del camino, Y luego un cuero de famoso vino. Dejadme, Capitán, solo un momento; Recoged esa gente. ¿Qué aguardamos? Ya podíamos tener alojamiento. Todo este tiempo en balde lo gastamos. Gran tibieza me ha dado el pensamiento; Siempre, por divertirnos, procuramos Apartar del trabajo y del bullicio; ¡Oh, dura guerra! ¡Bélico ejercicio! ¿Yo no soy Rey de Hungría? ¿Qué más quiero? ¿Yo no tengo ciudades en mi tierra, Castillos, fuertes, villas? ¿Por qué quiero, Si no, dejar esta prolija guerra? No quiero pelear; vivir seguro Es solamente lo que yo procuro. ¿De qué le sirve a Jerjes la arrogancia, Y a Alejandro vencer tantas naciones? Y a Julio César, ¿fuele de importancia Volver a Roma armados escuadrones? Al fin todo se acaba, a morir viene. ¡Dichoso el pobre, si contento tiene! ¿Quién mató a Celín aquí? ¿Quién, en mi palacio Real, Cometió tan gran maldad? Será acaso algún traidor. No es sino noble y leal. Yo le maté , y aun sospecho Que habré de matar a quien No le pareciese bien. Yo digo que está bien hecho Pues ¿cómo. Numen, así Un Alcaide matáis vos? ¡Y si hubiera aquí otros dos, Los matara! ¡ Bien va así! ¡Toma el arrepentimiento! Andad más cortés, Numen; Ved que os lo mando. Está bien. Y que aunque callo, lo siento. Cristiano, vete, y después Me hablarás. Harelo así. ¡Matar un Alcaide aquí! Pues ¿tan gran delito es, Si el uno y otro combate ? Reinos te sujeto a ti: ¿Es mucho, señor, que aquí Que un triste Alcaide te mate. Cuando ocupo aquese mar De bajeles enemigos. Tantos esclavos cautivos De mi valor singular? Nunca me muestras contento, ¿Y por haber castigado Quien tanta ocasión me ha dado, Muestras tanto descontento? El húngaro está en la puente; Quiero callar mi pasión, Pues de este, en esta ocasión. Me importa el brazo valiente. Si anduvo descomedido, Muy bien castigado está, Y guarde ese brazo Alá. Por cierto, bien lo ha reñido. Sale el moro siguiente. El húngaro ha puesto al puente Todo su campo formado, Y aquesta noche ha clavado La artillería de enfrente; Y por el río le viene Todo el socorro importante. En no estando yo delante. Aqueste suceso tiene. Ea, Marte valeroso, Si gana el puente el cristiano, Tiene entrada y paso llano Y quedará victorioso. Pues el arma aqueste día Con su victoria alcanzada, Verá sola aquesta espada Con todo el poder de Hungría. Con el silencio y cuidado, Descuidado le cogimos. Con la ocasión embestimos. Ya está el campo retirado. Quien goza de esta ocasión Y se retira, es valiente. Por poco se gana el puente. Sois, español, un león. Ha peleado muy bien. Recibo este gran favor, Y es pequeño mi valor. ¿Cómo que tanto desdén Muestra el Rey a sus soldados Y en este español se mira? La envidia lanzas me tira. ¿Están todos retirados? En tocando a recoger El campo, se retiró a sus cuarteles. ¿Volvió El Turco a reconocer? No, señor, porque presumo De los asaltos violentos, Que se dejó cuatrocientos Entre las balas y el humo. ¿Y de los nuestros? Sospecho Que no faltaron cuarenta. Yo tuve al español cuenta, Y me dejó satisfecho. Es español, en efeto: Quien dice poco, hace mucho. |Ah! ¡Pese a mí que esto escucho! De ser un muro prometo, Y en la primera ocasión. Morir como buen soldado. Eso ha de hacer el honrado Para ganar opinión. A mi criado no he visto: iVálgame Dios, si murió Y en el asalto quedó! Mal la cólera resisto. Corriendo viene un soldado Y a nuestro real procura Llegar. Si por ventura El Turco al arma ha tocado Contento en verle recibo; Sin duda Rodrigo es. Tocan a arrebato. Al arma el Turco ha tocado En los cuarteles. Señor. Muéstrase ahora el valor Del uno y otro soldado. Cierra a ellos, buen cristiano: Toca al arma, al arma, Hungría. Ea, que hoy es el día Donde la ocasión se ha visto. ¡Mirad, Alférez mayor. Que la insignia Real lleváis, Que hasta morir defendáis Cargo de tanto valor! ¡Yo prometo de morir Defendiendo el estandarte! Ea, español, fiero Marte, ¿Que no os tengo que decir? Ea, soldados, que la guerra A tantos gloria ofreció: Tocan dentro. Al arma otra vez tocó. ¡Cierra, al arma, al arma, guerra! ¡Ea, valientes cristianos, Proseguid vuestra jornada; Que no corta en vos mi espada Ni tienen fuerzas mis manos! ¡Qué bravamente embistió A tres turcos un soldado! Una bandera ha ganado; A dos en tierra dejó. Quiero seguirle y mirarle Si son españoles bríos, Y también porque los míos Quizá no puedan culparle. Hoy se ha visto lo que es Francia Y lo que hace en la guerra. Y el valor de Ingalaterra. Todo ha sido de importancia. Y esta espada, -ha sido barro? La guadaña es de la muerte, Y tirando de esta suerte Como destrozo y desgarro, Un turcazo derribé Con solo un soplo, y al punto En tierra cayó difunto Otro, porque le miré. Yo estoy muy agradecido, Soldados, de esta hazaña. Está aquí el valor de España. Con él solo se ha vencido. Pues yo ¿con qué? ¿y lo advertís? ¡Ah, soldados! Si me enojo, Ya saben que si los cojo ¡Mirad bien lo que decís! Porque buen testigo he sido, Le quiero dar al francés Una bandera. A tus pies El mundo veas rendido. Un siglo eterno, señor. Veas en paz esta tierra; De cualquier peligro y guerra. Siempre salgas vencedor. Ya podemos descansar, Y ya envainar las espadas Con tal valor gobernadas. Yo, ¿cómo podré envainar? Quien tanta honra ha perdido, ¿Vuelve delante su Rey? Aquesta, ¿es razón y ley? Escapando iba un herido; Quiero volver a perder La vida , pues que tan mal Vuestra bandera Real He sabido defender. Alférez mayor, ¿a dónde Os vais sin decir nada? Señor, en la retirada. Mal un cobarde responde. Cargaron en mí de fuerte Tantos turcos, que entendí Que mi fin llegaba allí. Allí es honrosa la muerte: El que es Alférez mayor Como vos, se ha de estimar A su estandarte guardar, Y aspirar a más valor. Y cuando con mil heridas La oprima el turco tirano, no dejarle de la mano Aunque le cueste mil vidas. ¿Cómo que no veo aquí El estandarte, en memoria De tan suprema victoria? Señor, la insignia perdí. ¿Cómo perder? Peleando Con los turcos, gran señor. ¡Ah, cobarde y sin valor, Muévate el irlo contando! Pues ¿no prometiste aquí De morir o defender? ¿Cómo viniste a perder? ¿No respondes? Habla, di. Cuando cortada la mano Donde estaba la bandera Por lo menos estuviera. Aun fuera hecho villano; Cuanto más haber venido De esta suerte a mi presencia: ¡Grande fue la resistencia. Pues aún no estabas herido! Si así fortuna se trueca. No estimo mi vida en nada. ¿A dónde está el español, Flor de la guerra y de Hungría? Ya murió. ¿Murió? Este día Se puso a mi campo el sol. Sale Ricardo con el estandarte. Con más vergüenza que miedo, Pues no cabe en mí temor, Famoso Rey, decir puedo, Vuelvo al campo, que al honor De nuevo obligado quedo. Digo obligado, de ver Que en tan próspera ocasión Vengo a tus pies sin traer Del Turco el Real pendón Al tiempo de acometer. Acometí, mas de suerte El Turco se resistió Haciendo rostro a la muerte, Que por pies se me escapó, Y al fin sin él vengo a verte; Y después con tal valor Vide a tu Alférez mayor Defender el estandarte, Que todo el favor de Marte No le pusiera temor. De turcos cubierto el suelo Tuvo con ánimo fuerte. Ya conozco tu buen celo. Quiero así satisfacerte. Guárdete, español, el cielo. Así juega la fortuna, Y uno pierde y otro gana; Ya es adversa, ya oportuna; Hoy quita, vuelve mañana, Y su constancia es ninguna. Presumo que vuelvo tarde; Mas no es tarde, pues he hecho De mis hazañas alarde, Pues mostrando al Turco el pecho. Mostró su pecho cobarde. Tarde vengo, bien lo ves; Mas fue mi honroso interés, Y pues que mi culpa es tanta. Corta, señor, mi garganta; Que humilde estoy a tus pies. Alzad, que el cielo os envía Viendo mi necesidad. Pues he visto en este día Que sois la propia humildad Y la propia valentía. Parece cosa de sueño. ¿Ese, español, cómo fue, Me decid, ganado al dueño? A un moro se le quité Con trabajo muy pequeño. No sé, español, de qué modo Pueda premiar esa espada; Todo mi ser te acomodo, Que a tal valor todo es nada. Aunque te lo ofrezca todo. Y de conocerse acaba Que con razón despreciastes Una bandera que os daba; Puesto que un pendón ganastes, Mi insignia se restauraba. Y pues que es de tanto estrago, En mí testigo tenéis. Aunque en esto nada os pago; Pues ya la insignia traéis. Mi Alférez mayor os hago. Señor No hay que responder; Así os empiezo a premiar; La insignia podéis traer. Que quien la supo ganar. Bien la sabrá defender. Dime, español, ¿dó naciste? ¿En qué signo venturoso A la guerra te viniste ? En el lugar más famoso Que en todo el mundo consiste. Nací en Madrid, una villa Que letras y armas ha dado. Donde el bárbaro se humilla, Y del orbe prolongado Es la octava maravilla. Sus edificios famosos Son, en pobre pedernal. Altivos, grandes y hermosos. Que ya la fama inmortal Los juzga por milagrosos. Y si es pedernal mi tierra, Y fuego su centro encierra, Si a conocer esto llego. No es mucho que de su fuego Arroje un rayo a la guerra. Una merced me ha de hacer Vuestra Real Majestad. Mirad qué habéis menester; Que no habrá dificultad, Aunque arriesgue mi poder. De que a Rodulfo le da El estandarte. Está bien. Fue de fortuna vaivén; Tomadle, Alférez, que ya Miraréis por él más bien. Entre honor y enojo lucho, Y os juro Que no juréis. Si volver en vos queréis, Decid poco y haced mucho. ¿Viose más noble opinión? Mi Capitán general Sois; tomad este bastón. El Rey le cobra afición, Y esto a mí no me está mal. Vamos a ver de qué suerte Tiene el Turco el campo puesto: En la ribera hace un fuerte. Pues mañana se echa el resto: Ya el miedo me duele a muerte. Espera un poco, español, Que me parece que en ti Considero un arrebol Por donde el sol conocí, Aunque ya vi puesto el sol. Bien veo que me has honrado Y como noble amparado; Dame a besar esos pies, Y aun es pequeño interés Ese campo que te han dado. Por ti tuve justa paga; Que decir lo que no he hecho Es decirme que lo haga; Yo lo haré y será de suerte, Valeroso General, Y esto que te digo advierte, Que de la vida el caudal He de ofrecer a la muerte. Pelead, y no se ofenda De esa suerte un hombre honrado. Que el honor es alta prenda. Vamos , que ya habrá llegado Su Majestad a la tienda. Caballeros valerosos, Si acaso sois caballeros, Mostradlo conmigo ahora; Mirad que a retaros vengo. Salid dos o salid cuatro. Salid veinte o salid ciento, Y si ciento me teméis. Salga todo el campo entero. Ea, valientes cristianos, ¿Qué aguardáis? Aquí os espero A caballo, a pie, desnudo; Salid , no os arméis de miedo. Ea, alemanes gallardos; Salid, franceses soberbios, Ingleses e italianos: No lleve mi voz el viento. Invencibles españoles, Que de escribir vuestros hechos No tiene plumas la fama, ¿Cómo no salís? ¿Qué es eso? Ea, valientes cristianos. Mirad que os convida el puesto, Y si no salís, cobardes. Quedaos, que al campo vuelvo. Sale Ricardo con espada y rodela. Espera, moro atrevido. No te vuelvas; que sospecho Que a tu soberbia arrogante La pica espuelas el miedo. A ciento desafiaste. Mas yo, mirando a que el puesto Le ocupaba solo uno, Aunque a pesar del silencio. Quise salir, como ves. También solo; que el secreto De mi espada es el amigo A quien mi honra encomiendo; Mas dime, moro atrevido, Loco, ignorante, soberbio, ¿Qué llamas con tanto brío ? ¡Turbado estoy! ¿Qué es aquesto? ¡Válgame Dios! ¿Qué respondes? ¿Qué dices? Acaba presto, Moro, que tengo que hacer. Espera. Yo nunca espero. ¿Eres hombre principal? ¿De qué te importa el saberlo? Dime si eres español. Aquí lo dirán mis hechos. ¡Que así vengas a la muerte! ¡Por Alá, lástima tengo De que malogres tus años, Y así, cristiano, no quiero Sino solo cautivarte! Esa merced te agradezco. Paréceme que te vi Hoy en el puente. Sospecho Que ya conoces mi espada, conocerás bien presto. Pues defiéndete, cristiano. Virgen de Atocha, ¿qué es esto, Que las fuerzas y el vigor Me faltan con el aliento? Señora de Atocha, en quien, Con amor y santo celo, Invoca Madrid y llama, ¡Dadme ahora el favor vuestro I ¡Venid, Señora, ayudadme; Reina, Madre, en vos espero! Aparece la Virgen, y dice una voz: Siempre a quien me llama acudo. Detén, cristiano, que quiero Preguntarte si, por dicha. Viste una Reina que puestos Los pies tenía en la luna. Yo, moro, vi todo el cielo. Tocan al arma. ¡Al arma toca mi campo! Pues importa que al momento Acudas, cristiano, al mío; Donde quisieres te espero. El primero soy en todo. Pues yo no soy el postrero. No siento la cadena, Ni la mazmorra obscura. Andar cargado de estos hierros fríos, Tener la fría arena Por cama y sepultura Blanda, y bañada con los ojos míos; Pues ya mis desvaríos Tuvieron justa paga, Y así, muriendo vivo Cual mísero cautivo, Que la vida mortal su pena estraga; Que al falto de ventura Le había de ser la cuna sepultura. Noche confusa y triste, Que en tus estrellas claras Hallan mis soledades compañía; Silencio en quien consiste De mis hazañas raras El próspero suceso y alegría; Desierta arena fría, Acompañadme ahora, Y si sabéis de ausencia. Decidme en qué presencia Pasa su tiempo mi querida Flora, Y mi querido hermano. Que habrá seis años que le busco en vano. Noche agradable y santa, Consuelo de mi pena, Y secretaria, al fin, de mis secretos. Que en ti con gozo canta El ruiseñor, y suena De su dulce armonía los efetos; Arroyos ya quietos. Que aqueste prado hermoso, Regando tantas flores Gozáis de sus olores. Dejando al sol con perlas envidioso: ¿Cuándo, querido padre, Habrá contento que en mi gusto cuadre? Quien del castigo medroso Está, por su amarga suerte. En la imagen de la muerte, Mal puede tener reposo. Un tiempo telas vestía. Servido me vi de esclavas: ¡Ah, tiempo, todo lo acabas! ¡Qué triste es la suerte mía! Cuando era un pobre soldado, Reposaba yo mejor; Sujeto a mi superior. Tenía menos cuidado. Hízome el Rey General De su campo, cargo honroso; Honra tengo, y no reposo: Al fin reposo muy mal. Mas a mi Alférez le di La orden que ha de tener, Y pues no soy menester. No importa descanse aquí. Es por demás procurar El sueño en esta ocasión. Porque mi grande opinión En todo me ha de inquietar. Dios de su mano disponga Lo que mejor me conviene, Y pues a cargo me tiene, Luz a mis sentido ponga. Sin duda en balde me animo. Pues ya conozco mi suerte, Y pues deseo la muerte. En nada la muerte estimo, ¡Que ya no he de ver mis hijos! ¡Ah, Enrico y Ricardo! ¡Ah, cielo! ¿Cómo no baña este suelo Llanto, en vez de regocijos? Y pues mi queja es en vano, Muera Feliciano aquí. ¡Feliciano aquí! ¡Ay de mí! ¿Quién dijo aquí Feliciano? ¡Feliciano! ¡Caso extraño! De mi padre es este nombre. No es bien que una voz me asombre, Aunque, si yo no me engaño, La voz Feliciano dijo. Sin duda mi padre es muerto. De temor estoy cubierto. Y al fin , como soy su hijo. En aquesta noche obscura El alma se me parece. ¿ Si esta noche se me ofrece Su espíritu, por ventura, Y acaso viene a advertirme De aqueste error en que vivo? Notable pena recibo; Quiero un rato divertirme. Mas ya lo que es imagino: Muchas veces la tristeza Causa al sentido flaqueza, Y al fin para en desatino. Con el deseo que tengo De ver a mi padre, ha sido La voz que me ha parecido. Ahora a conocer vengo Que aquesta voz fue ilusión, Sombra vana, sombra y viento, Que siempre , en el pensamiento, Forma la imaginación. Y por ver si me engañé, Quiero escucharla. Yo trato De escuchar atento un rato. Un rato atento estaré. Desierta y menuda arena. Rocas y peñascos fríos, Blandos a los llantos míos Y testigos de mis penas; Arboles silvestres, rudos, Que acompañándome estáis, ¿Cómo a mis quejas calláis? Respondedme, no estéis mudos. Vosotros, ligeros vientos, Tened el curso veloz. De mi padre es esta voz. Ciertos son mis pensamientos. ¡Cielo, tu remedio acuda! ¡Ay, Feliciano! ¡Ay de mí! Otra vez la voz oí. Mi padre es este, sin duda. Ya no hay cosa que me cuadre. Mi pensamiento fue cierto. Sin duda, mi padre es muerto. Sin duda, murió mi padre. Todo me cubre un temor, Que menearme no puedo. Pues ¿cómo en mí cabe el miedo? ¿A dónde está mi valor? ¿Cómo, si nací en España Y en Madrid, temor recibo? Si mi corazón altivo Es quien es, ¿qué me acobardo? ¡Alto! A saberlo me aplico. ¿Qué aguardo, si soy Enrico? ¿Qué espero, si soy Ricardo? ¡Válgame Dios! ¿Dónde voy? No se menea una hoja. ¿Dónde voy? ¿Si se me antoja, o sueño? Confuso estoy. Dejadme, tristes memorias: No me matéis, pues que muero. La voz escucho. ¿Qué espero? Ya se acabaron mis glorias. Entre estos árboles suena Lo que turba mi sentido. Sin duda, aquí está el ruido Entre esta margen amena. ¡Advierte, fantasma o sombra, Que buscas tu propia muerte! ¡Ah, espíritu o sombra, advierte Que no hay temor que me asombre! Quizá como entre estas breñas Van mis voces repetidas, De mi llanto condolidas, Me respondan estas peñas. La obscuridad es de modo Que no sé do pongo el pie; Yo voy perdido, ¿qué haré? Cerrado está el cielo todo. Con la noche me acobardo; De temor estoy cubierto. ¡Que soy Enrico te advierto! ¡Advierte que soy Ricardo! ¡Ay de mí! ¡Mis hijos son! ¿Este es Ricardo, mi hermano? Murió Enrico , caso es llano. ¿Viose mayor confusión? ¿Qué es esto, Jesús? ¿Qué es esto? Llegó de mi suerte el día. Pues dos hijos que tenía. Delante me los ha puesto. ¡Que no vea con quién hablo! No me puedo asegurar. Si yo viera a quien matar. Aunque fuera al mismo diablo, Le embistiera, pues ordena Mi suerte aqueste camino; Mas téngolo a desatino Lidiar con un alma en pena. ¿Hay en el abismo o Creta, Laberinto o confusión Como aquesta? El corazón Y sangre se me inquieta. Murió mi padre y mi hermano. Entre el miedo y llanto lucho. Pues ya por el aire escucho A Ricardo y FELICIANO. Si sois muertos, ya recibo Pena en no poderos ver; Mas ¿qué bien os puede hacer Un miserable cautivo? Mas serán mis ojos fuentes, Más de sangre que agua clara, Y hará surcos en mi cara La canal de sus corrientes; Serán bastantes indicios De mi amor y de mi fe; Con esto os ayudaré. No con santos sacrificios; Y pues de los corazones Se le hace plato a Dios, Yo rogaré por los dos Con ayunos y oraciones. Vi ahora otra vez pasar Por los árboles un hombre. No es razón que así me asombre. Digo que le vi pasar; Espera, sombra o visión: No huyas; espera un poco. Sin duda la muerte invoco; ¡Oh, temeraria ilusión! Mañana podrás buscarme: Entre las armas te quiero. Allá en el campo te espero: Acude, y podrás hallarme.

JORNADA TERCERA

Pues tú no te escaparás Como el otro se escapó. ¡Perros, morir quiero yo! ¡Que en esa locura das! Deteneos, haceos aparte: Dejadme la empresa a mí; Que quiero probar aquí Aqueste cristiano Marte. Acertaste en lo primero: Cristiano sí, Marte no. Pues advierte que llegó De mi furor el acero. Aqueste infame convite Yo no quiero concederlo; Que no he de aceptar aquello Que vida y honor me quite. Y en efecto, morir quiero, Pues tanta honra recibo, Que sé que muriendo , vivo, Y muriendo infame, muero. Rinde el acero valiente. Antes verás puesto el sol, Que acero de un español Se rinda a tan poca gente. ¿Poca gente, donde ves Todo el poder de Turquía? Todo es poco, que este día Lo espero ver a mis pies. ¡Oh, quién pudiera dejarte Con la vida y libertad! Al fin morirás. Llegad. Español, mejor es darte. No te canses, General, Que si el poder del infierno Y todo su fuego eterno, Furia y furor infernal, Y sus profundas legiones. Temeridades y espantos. Prisiones, penas, quebrantos, Lagos, obscuras regiones; Y si el arena del mar En turcos se convirtiese, Y si del cielo viniese Marte a quererte ayudar, Y de esos vecinos montes Cuando su ayuda te dan, Leones, rinocerontes, Advierte que todo es nada Y saldrá tu intento vano; Que mal conoces la mano Que gobierna aquesta espada. ¡Por Alá, cristiano fuerte. Que me ha pesado de ver Tu persona, y de tener Ocasión de darte muerte! ¿Eres español? Sí soy. ¿Y el soldado que libraste? Era mi REY. ¡Muero! Baste. ¡Muero! Mirándote estoy; Pues ¿cómo diste a tu Rey La libertad, sin mirar Que tú podías quedar En la prisión? Eso es ley; ¡Perros, no me conocéis! Pues a la muerte te ofreces, Llevarás lo que mereces. Prendedle y no le matéis. En la margen de esta fuente Podemos, cristiana, estar, Para ver si esta corriente Puede, mirando, templar Este amoroso accidente. Veré si aquestas arenas, Al acento de mi voz. De entre sus doradas venas Dejan su curso veloz. Condolidas de mis penas. Y aquestas hermosas flores Que en estos cuadros se ven. Podrán ser de mis amores Los testigos, y también Lo serán de tus rigores. Y este viento deleitoso, Loco en tocarte, y dichoso, Y ufano de estar contigo. Será, cristiana, testigo De aqueste pecho amoroso. Y estos árboles que al viento Ofrecen su sombra ufana. Publican en su instrumento Tu crueldad, bella cristiana, Y el fuego de amor que siento. Y los pájaros, que encima Amores cantando están. Si acaso entiendes la enima, Amor el jilguero canta. Amor canta el ruiseñor, La calandria amor que espanta, Y todos cantan amor, Un canto que el alma encanta. Todo murmura de mí Como al presente se ve, Y todo es testigo aquí De mi amor y de mi fe Y del rigor que hay en ti. Solimán, si la respuesta Te fuera de algún efeto, A tu demanda propuesta Lo hiciera, mas te prometo Que fuera de honor compuesta. Bien conozco tu valor, Y al fin sé que soy tu esclava; Mas yo no te tengo amor. Aquí el desengaño acaba. Escucha, templa el rigor. ¿Qué quieres que escuche? Que te amo y que te estimo. Aunque hablo de esta suerte. Escuchándote me animo; Que si callas me das muerte; ¿Acabas de persuadirte? Quiero que el rigor enfrenes, Que al fin pretendo servirte, Y pues que tú gusto tienes, Quiero una cosa pedirte. ¿Cómo pedirme, cristiana? De Coicos pide el cordero, De Hipómenes la manzana: Pide el hermoso lucero Que sale con la mañana. Pide un planeta del cielo, Y sea el sol; que te juro Que más no corra su vuelo, Aunque ya no está seguro De ver su luz en el sucio. Pide las perlas que encierra En su seno el ancho mar: El arco con que hizo guerra El niño dios, y temblar La más empinada sierra. Pide las piedras que están Sustentando el Zancarrón, De pintado jaspe imán: Las columnas de Sansón Que robó aquel CAPITÁN. Pídeme del fénix sólo Plumas para tu tocado, Que en servirte me acrisolo, Y todo cuanto hay criado, Advierte Desde el uno al otro polo; El oro que en su poder Vio Creso, Craso y Midas Pide, que he de obedecer, Cristiana; mas que me pidas Que te deje de querer De aquestos cuadros mayores. Donde estuvimos ayer, ¿Podrás, jardinero, hacer Un ramillete de flores? ¿De qué color cortaré Las flores? Corta moradas, Y entre azules y encarnadas. Así, señora, lo haré. Aquí, cristiano, te aguardo. En la margen de esta fuente Templando mi fuego ardiente. Verás como no me tardo. La Reina ha venido al puesto. ¡Oh, mi querida Sultana! ¡Oh, señor! ¡Con la cristiana! Pues ¿qué presumes de aquesto? Ninguna cosa, señor. Serán celos. Muerta viene. Quien tal compañía tiene, Tendrale envidia el amor. ¿Cómo no tomo venganza Deste tirano cruel? ¿Cómo no me vengo de él Al paso de su mudanza? Aumente el cielo tu vida. ¡Oh, General valeroso! ¿Cómo vienes? Victorioso. Contadme vuestra venida; Mas no: descansad primero Del cansancio que tenéis. Ojos, ¿qué es esto que veis? ¿Quién es este prisionero? Aquiles, Héctor, Sansón, Pirro, César, Aníbal, Toda la furia infernal; Y al fin es, en conclusión. El que mirando a su Rey Ya rendido y fatigado. Entre uno y otro soldado. En defensa de su ley. No sale de la escopeta La bala con más furor, Ni el rayo de su calor, Ni la encendida cometa. Como este cristiano vino Por entre el turco escuadrón, Haciendo como un león Encarnizado camino. Y al fin se puso delante De su Rey, y le libró, Y en su lugar se quedó Con un pecho de diamante. Quebrósele al fin la espada Y embistiole un campo entero; Que a no faltarle el acero. No era el ejército nada. Este es el fin de la historia Y el suceso de la empresa. Yo la tengo por victoria. Sabe el cielo si me pesa. ¡Suspenso estoy, por Alá! ¿Viose cosa más terrible? ¡Qué brazo tan invencible El húngaro tuvo allá I Y dime, fuerte cristiano, ¿Dónde naciste? ¡Qué extraña Confusión! Nací en España. No era mi sospecha vana; Si tales soldados cría España, como se ve. No sé cómo estar podré Seguro dentro en Turquía. Al punto le desatad Los brazos, que ha menester: No quiero que en mi poder Llore su cautividad; Que si el cielo y las estrellas Favorecen los cristianos, No tenga atadas las manos El que tan bien usa de ellas. Dame a besar esos pies. Levanta y dame esos brazos. Primero esos tiernos lazos Los tuve yo. De que estés Con tal tristeza me pesa, Cristiana, pues que mi imperio Es todo tuyo, en misterio De tan valerosa empresa. Éste es mi amado Ricardo; Pues mi ventura es tan poca, ¿Cómo no me vuelvo loca En tal confusión? ¿Qué aguardo? Numen, aqueste cautivo He menester. Yo quisiera Que en él todo el mundo fuera Ya vuestro. La fe recibo; Mirándole cobro amor, Y no sé cómo me atreva A declarar esta nueva: ¡Oh, amor! ¡Terrible dolor! ¿Con quién le podré decir El fuego de mi pasión? ¡Bizarra disposición, Que tal haya de sufrir! Ya entiendo cómo ha de ser. ¡Oh, fuerte hado enemigo! Cristiana, vente conmigo. ¿Qué quieres ? Te he menester. Vanse las dos. Quéjate tú de tu suerte. Porque es fortuna voltaria. Bien sé que es mudable y varia; Todo es vida hasta la muerte. Dime, español, ¿en qué parte De España es tu nacimiento? Do no alcanza el pensamiento Y está la esfera de Marte; En el lugar sin segundo. Sol, espejo, luz y norte, Y al fin, donde está la corte De los Césares del mundo. ¿ César del mundo? Es así. ¿Luego el África gallarda, Con el Asia, es suya? Aguarda, Responderete. Ea, di. Pues bien; decirte podría. Que no por mi grande hazaña Fuera Turquía de España A dar asalto a Turquía. Casi con miedo le aguardo. Mas no es razón que me asombre; Dime, cristiano, tu nombre A ley de noble. RICARDO. ¡Válgame el ciclo! ¿Qué es esto? Eres hombre de valor. Mi noble sangre, señor. En tal extremo me ha puesto. Nací noble y principal: Viome el tiempo de desdén, Previniéndome mi bien Allí donde hallé mi mal. ¿Es sueño aquesto que escucho? ¿Qué es esto, cielo inhumano? ¿Este es Ricardo, mi hermano, Y yo en mil congojas lucho? ¡Mi hermano Ricardo aquí Y por mi rigor cautivo! ¡Ah , fortuna y hado esquivo! ¿Siempre has de ser contra mí? Conviene disimular, Que así se arriesga la vida: ¡Yo de mi hermano homicida! ¿Tal se puede imaginar? ¿Tienes padre? Padre tengo. ¿Es tan valiente? Es anciano. ¿Qué nombre? A desengañarme vengo. ¿Tuvo mayor confusión El laberinto de Creta? El corazón se me inquieta; No me engañó el corazón. Ya veo mi muerte cierta. Numen, vente a descansar. Porque habemos de enviar Unos pliegos a Viserta. Con esto no hay en mi pecho Descanso ni bien alguno. Saliome el hado importuno; Paciencia, que aquesto es hecho. Las armas me levantaron Al extremo en que me vi; Por ellas estoy aquí; La libertad me quitaron. Digo, Flora, que le vi. Engañote el corazón Y formaste esa ilusión Del deseo que hay en ti, Aunque aquí se nos ofrece. Cobro en verle regocijo; Digo que si no es mi hijo. Que en extremo le parece. Espera, llegaré a hablar. Yo tengo cierto papel Para negociar con él; Aquí puedes esperar, ¡Ah, gentil hombre! ¡Señora! Pésame que triste estéis. Ojos , si vista tenéis. Mirad si es esta mi FLORA. Ya es gloria mi sentimiento; Fortuna, el curso detén: Ya tengo mi mal por bien, Mi esclavitud por contento. Próspera ha sido mi suerte; Ya se acabó mi dolor. Mal se disimula amor. Ahora venga la muerte. Si yo en Madrid la dejé, En su casa, libre y buena, Esta razón me condena; Claro está, claro se ve. Tened consuelo, señor: Dejad la melancolía; Que, en efecto, en compañía Se puede pasar mejor. ¿En compañía de quién? De mí, que cautiva estoy. Mi pena aliviando voy. ¿Que esclava sois vos también? ¿De dónde sois? De Castilla, Allá en lo mejor de España. ¿De España? ¡Lástima extraña! No es muy nueva maravilla. Nací en la imperial Toledo, Y por cierta devoción Vine a Roma, en conclusión, Do mil desdichas heredo. Embarqué con mala estrella, Pues en todo me fue esquiva. Siendo de un moro cautiva En las Pomas de Marsella. De mi patria me desvían Y tierra en Argel tomaron, Y al Turco me presentaron Con los esclavos que había. ¡Caso lastimoso y fuerte! Aquí te traigo un recado, Que entiendo, si es agradado. Será dichosa tu suerte. Sultana, la Reina , a quien Aqueste imperio obedece. Dice que su amor te ofrece, Que le has parecido bien. ¿Tú no ves que aquesta hazaña Era cruel y enemiga? Decid a la Reina amiga Que soy casado en España. Y cuando aquesto no fuera, Señora, os prometo a vos. No hiciera esa ofensa a Dios, Aunque pedazos me hiciera. ¿Casado en España estás? Casado en España estoy. Al viento mil quejas doy: No hay para qué callar más. Decidme, señor, de veras. Si es verdad lo que decís, o si acaso lo fingís. Direte lo que deseas: A cierta dama le di Palabra de ser su esposo, Juzgándome por dichoso Y en este punto salí. Por cierta ocasión, de España, Y si Dios me da lugar, Sé que me ha de obligar El amor que me acompaña A que me case con ella; Aunque sus gracias no alabo, A ser su perfecto esclavo Me está forzando mi estrella. ¿Tanto vuestra alma la adora? ¿Era persona de fama? Decidme de aquesa dama. Si gustáis, el nombre. FLORA. ¿Flora? FLORA. Y yo ¿qué aguardo? Tal amor, mil años viva; Abrazad esta cautiva. Que yo soy Flora, RICARDO. ¡Válgame Dios! ¿Que tú eres? Infame, vete de aquí; Que ya considero en ti La infamia de las mujeres. Al fin mujer, esto basta; Que si ciega la razón. Una mala inclinación Fácilmente se contrasta. Pues ¿cómo, aleve, dejaste Tu casa y tu patria , di ? ¿Cómo, sin mirarte a ti, Tu opinión atropellaste? ¿Tú devoción? ¿Tú romera? ¿Tales razones escucho? En tantas tierras, no es mucho Dar de romera en ramera. Quítateme de delante. Infame, que, por no verte. Estoy por darme la muerte; Camina, aleve, inconstante. Que ya es veneno tu vista Que un tiempo me regalaba, Y fácil mi amor se acaba; Cese de amor la conquista. Sospecho que das indicio, Con esa falsa razón, De que en aquesta ocasión Se te ha acabado el juicio. Cuando ves que una mujer Peregrina en tierra y mar, Mostrando ser mar de amar, ¿Muestras ese proceder? ¿Así me pagas los años Que estoy cautiva por ti? ¿Así, Ricardo, así Das el fin a tantos años? Advierte que puede ahora Ser servida y regalada, Del gran señor estimada, La que tu lengua desdora, Y que, con todo, no quiero De tu ingratitud vengarme. Merced me harás en dejarme. ¿Qué rumor es ese? ¡Hoy muero! Aqueste cautivo infame. ¿Quiés que su sangre derrame ? ¡Muera si en algo te enoja! Cristiana, venganza toma Del que te fuere homicida; Pide que quite la vida Al gran Profeta Mahoma. ¡Hacem! ¿qué mandas, señor? Ata en aquese laurel Las manos con un cordel A ese cristiano. ¡Ah, rigor! Señor, tu enojo detén. ¡Oh, perro! Pues por él hablas, Su muerte y la tuya entablas: Átale a este también. En nada estimo la vida. A mí la muerte me place. A mí no me satisface Nada de esto; aunque ofendida, Ahora conozco y veo Lo mucho que me queréis. Todo mi imperio podéis Mandar a vuestro deseo. Señor, mi alma os adora, Y así a serviros me ofrezco. Si es que acaso lo merezco. Dadme un abrazo, señora. ¡Ingrato! Yo así me vengo. Vencí tu rigor en fin. Vámonos por el jardín, Con tu gusto me entretengo. ¿Por Betsabé, David no mató a Urías? ¿Por Dalila, Sansón no se vio ciego? ¿No se vio, por Elena, Troya en fuego, Vueltas sus torres en cenizas frías? ¿No perdió las romanas monarquías Por Tarpisa, Nerón, sin bastar ruegos? ¿No mató Polixena a Aquiles griego, Guiada por sus locas fantasías? Idolatrar se ha visto el mayor sabio, Hércules con el huso y con la rueca, Sardanápalo, llamas, por su gusto; Mas yo llevo sin él aqueste agravio, Que si esta Circe engaña y embelesa, ¿Qué no ha de hacer un bárbaro robusto? Sin duda de la fortuna Estáis hablando entre vos. Miro, señor, que a los dos Nos sigue suerte importuna. Mucho me pesa de ver Vuestra verde juventud, Hidalgo, en esclavitud, Sin poderos socorrer, Y recibid la intención En esta necesidad. Yo estimo la voluntad, Buen viejo, en el corazón; Dobladas penas me dieron De las que miráis aquí, Si a vos, por volver por mí, En este extremo os pusieron; Y es lo que a sufrir me mueve Ver vuestras canas honradas Con tal rigor maltratadas Por una cautiva aleve. ¿Qué corazón de diamante No se ablanda y enternece? Aqueste turco se ofrece Muy bravoso y arrogante. Según me dijo la esclava, Mi padre y hermano son, Que ya el mismo corazón De conocerles acaba. ¿Qué montaña endurecida Con tal vista no se ablanda? General, si se te manda Que quites alguna vida De las dos que están aquí, Humilde estoy a tus pies. Ruégote, turco, que des El sangriento golpe en mí. El gran señor me ha mandado Que os diga que, si queréis Renegar, aquí tendréis Oficio de grande estado, Y que si no , que a la muerte Os podéis apercibir. Mil veces quiero morir, Morir escojo por suerte. ¡Oh, cristianos valerosos! ¡Oh, cristianísima España! El corazón nunca engaña; Dadme esos brazos dichosos. Desátalos, y prosigue: Y los pies , que aunque imagino Que no los merezco, hermano, No estéis conmigo inhumano. A nada me determino. ¿De qué suspensos estáis? ¿Cómo no me conocéis? Decidme lo que queréis; Enrico soy, ¿qué miráis? Ya se dobló mi pesar. ¿Y renegaste? Advertid Que hombre que nace en Madrid No es posible renegar. Pues ¿cómo en tan diferente Tierra estás, y el traje imitas?' Dilo, acaba: no permitas Que de cólera reviente. ¿Tú en este estado? ¡Ay de mí! ¿Quién, hermano, así te ha puesto? La causa sabréis de presto; Escuchadme atentos. Di. La mañana de aquel Santo Que, estando mirando al Verbo, Como precursor, le dijo: “Ecce Agnus Dei” con el dedo, Salí de Madrid, estando De mil príncipes supremos Cubiertas plazas y calles Para un misterioso efecto. Y es que el dichoso Filipo, Hijo de quien decir puedo, Fue segundo Salomón Y del propio Marte nieto. Quiso, en una encamisada. Honrar la flor de su reino, Y dar con tal Monarquía A la fiesta más sujeto. Toda la corte se incita A regocijo y contento. Porque parece que el día Mostraba agradecimiento. Y en los Antípodas fríos Lo supo el sol, y al estruendo. Desde su antiguo horizonte Entró en el de Aries corriendo. No os quiero aquí referir Los costosos ornamentos, Las galas, trajes, caballos. Que atrás dejaban el viento. De que hubo cien mil testigos; Y, en efecto, gasto tiempo En balde, que ni aun la fama No tuviera atrevimiento; Y yo, que aquel tiempo estaba A amor y celos sujeto. Rondé toda aquella noche Entre amor, temor y celos. Al fin vi mi desengaño, Vide mi tormento opuesto, Aunque tomara vivir A tal fortuna sujeto. Vide un mártir como yo, A cierta reja, ofreciendo. Como por víctima, el alma, Sacrificio de amor necio. Vi mi dama le decía Mil amorosos requiebros, Bastantes a enternecer De sus balcones los hierros. Mas yo, como hombre celoso, Con más amor que no miedo (Que al más cobarde un agravio Pone corazón de acero) Llegué; de dos cuchilladas Dejó mi contrario el puesto, A pesar de sus amores, Y mi gusto obedeciendo. Buscámonos con las puntas, Llegó la mía a su pecho De suerte que, sin quejarse, Desamparó el alma al cuerpo. Dejó esa noche a Madrid En el nocturno silencio, Aunque noche de San Juan, Y a Alcalá me fui huyendo. Proseguí hasta Zaragoza, Y en las barcas que por Ebro Surcan hasta los Alfaques, Fui mi derrota siguiendo. Llegué al mar en ocasión Que un mal reparado leño De una francesa tartana Ofreció velas al viento. Embarqueme luego al punto. Mas fue malo, porque dieron Seis galeotas de Arnauti Castigo a mi atrevimiento. Defendímonos un poco. Que aun el salado elemento Se espantó de lo que hice, Y al fin quedamos sujetos. Mas al bordar de la proa Dejé el espolón sangriento De sangre alarbe inhumana De los heridos y muertos. Escapé con seis heridas, Mas a mis plantas se vieron Sin la vida seis alarbes Que rindió mi limpio acero. Arnautimán, espantado, Y al fin absorto y suspenso, Por más afrenta y castigo Me mandó poner a un remo. Tres años y más estuve A la cadena sujeto. Perdida ya la esperanza Y a veces el sufrimiento. Rompimos el mar de Italia, No reparando en los tiempos. Desde el muelle genovés Hasta Cartagena, viendo Las luces que levantaban Las atalayas y puertos En la ribera española, Sin temor, fortuna y viento. Y cansados de surcar El turquesado elemento. Se dio fondo una mañana, La víspera de San Pedro, Entre Corinto y la isla De Niebla, que cierto efecto Aguardaba el General, Que para mí fue misterio. Estando, por mi ventura, Toda la chusma durmiendo, Después de haberme mirado Muy despacio un moro viejo. Arrugándose las cejas Se llega a mí muy atento. Señor de una galeota, Y así propuso diciendo: «Mucho me pesa de verte. Cristiano, en aqueste extremo, Y tu verde juventud Se abrase cual verde almendro. ¿Eres acaso español? Responde, no estés suspenso; De solamente de España Parece tu gran esfuerzo. Díjele que sí, y al punto Me dijo: «Escúchame atento». Le escuché , y propuso el moro Un alto y raro embeleco. «Sabrás, dice, que la fama Te está guardando un suceso Digno de palma y de lauro. Haciendo tu nombre eterno. Saldrás de esta desventura; Que en vez de este remo, un cetro Ocuparán esas manos Si te desarmas de miedo.» Y yo, que determinado Miraba su anciano aspecto. Sin reparar en razón Le dije: «Propón; que entiendo. Según estoy, que me sorba Aqueste mar, y que presto Abrase esta cuadra infame. Que soy la esfera del fuego. Muy agradecido el MORO. Me echó los brazos al cuello, Y volviendo la cabeza. Me dijo al fin en secreto: «Sabrás, valeroso joven. Que sé que en África ha muerto Del gran señor un sobrino, Y parécesle en extremo. Que a las primeras hazañas Que se ocupó este mancebo. Los cruzados de San Juan Dan a su soberbia freno. Diez años ha que es cautivo, Ni saben malo ni bueno; Aspira a empresa tan alta, Conoce mi buen deseo. Yo te prometo mi ayuda. No deseches mi consejo, Pues que por tanto trabajo Sabes lenguaje turquesco.» Determinome, que cuando Sacara la muerte el premio, Mejor era que estar Sujeto al azote y remo. Sacome de la cadena, Vistiome para el efecto, Presentome al gran señor, Diole a sus razones crédito, Y al fin, por tan larga ausencia. Mostró notable contento, Dándole al turco las gracias Y de Trípoli el gobierno. A mí entregome su armada: Vencí al Persa, Scita y Griego, Al Armenio, al Altracano, Hasta el Indio contrapuesto; He salido contra Hungría Tres veces, y quiso el cielo Juntarnos de aqueste modo Por milagrosos efectos. Ahora veréis que estoy En este traje encubierto. No por haber renegado; Que a Dios adoro y confieso. Ahora sí eres mi hijo. Ahora sí que eres mi hermano Vuestra sospecha fue en vano. Ya es mi pena regocijo. Entrad y descansaréis. No siento pena ni ausencia. ¡Dios nuestro, dadnos paciencia. Pues juntado nos habéis! ¿Es posible que te dio Esa respuesta? Señora, Tal me dijo. A quien le adora, ¿De esa suerte respondió? ¡Ah, villano, mal nacido! ¡Por Mahoma, que he de ver Su sangre infame verter! Grande enojo has recibido. Pues ¿cómo un pobre cautivo Responde con ese extremo, Desvanecido y altivo? Quiero aplacarla si puedo: Muy mal en el punto has dado; Como era recién llegado. Temió que era algún enredo, Y estando con el dolor De su triste esclavitud. Mal puede tener quietud Ni responder con amor. Deja que esté cuatro días. Que se queje, gima y llore; Que yo le haré que te adore. Ya templas las ansias mías; Pues haz, hermosa cristiana. Tal diligencia por mí; Que yo me ofrezco por ti Hacer como propia hermana. Sin duda, saldrás con palma. Más temo salir vencida. ¡Ay, Ricardo de mi vida! ¡Ay, cristiano de mi alma! ¿A dónde vas, lascivo pensamiento? Busca sosiego, cansaraste en vano; No tiene amor piedad: es un tirano. Pues no tendrá firmeza el humo y viento. ¿En qué paran sus gustos? En tormento, Pues quiebra su palabra; es un villano, ¿Pues cómo a quien él busca da de mano? Porque vive de engaño y fingimiento. No es un lince sutil, no, es niño ciego; También dices que es dios; fácil se muda, Y aunque es gigante, que es rapaz no ignoro. Y tiene por descanso eterno fuego; No le quiero reñir, porque, sin duda, Mientras más le maldigo, más le adoro. Caso extraño. Y cosa cierta. ¡Válgame Alá soberano! ¡Que tan devotos estén! Mira ahora si Numen Es, como digo, cristiano. ¿Cómo a mi vida se ofrece? Escucha el enojo; tira. Siempre es piadoso el que mira. Y el que escucha se enternece. Escarpia de un cordero Que vino al sacrificio, Abrasado de amor, por darnos vida; Camino verdadero. Esplendido y propicio; Lucero hermoso, norte en la partida, Escala conocida; Perdón divino y santo, Consuelo y compañía Con la desdicha mía; . Canal divino y santo. Por donde siete caños Goza la Iglesia del maná divino; Bandera que, con tantas Victorias, quita daños, Y el alma goza celestial camino; Si en Vos, el Uno y Trino, Desafió la muerte, Y al fin, con tanta gloria, Salistes con victoria. El golpe se hizo en Dios, en mí la suerte, Pues contra el enemigo Llevastes Vos espadas, como amigo. Divino cambio, a donde La deuda de la culpa Por el pecado, Adán dejó librada; Faraute que responde, Y al hombre lo disculpa. Dejando la sentencia ya borrada. En Vos, mi cruz amada. El sacro Tesorero, Tu Hijo, deposita, Y la cadena quita Al abatido y bajo prisionero, Que en voz de enamorado Quiso pagar la deuda de contado. ¡Oh, perros! ¿Esto en mi casa? ¿Así se ofende a Mahoma? ¿Cómo venganza no toma Él, pues que ve lo que pasa? Los genízaros me llama; Pongan luego en la prisión A estos. ¿Hay tal traición? Hoy nos aguarda la fama; La hora, hijos, llegó Padre, sosegad el llanto. Señor, de veros me espanto. ¿Quién la muerte no temió? Presos iréis todos tres Con una notable afrenta. Más el ánimo se aumenta Con tan honroso interés. Aquí está la gente a punto. Haced que a aquesos cristianos Aten al punto las manos. Ya nuestra muerte barrunto. ¿Cómo, Numen, me engañó Tu trato? Mudos están. Enrico soy, de Alerán; Que ya Numen se acabó. ¿Qué no eres moro? ¿Yo, moro? Muy engañado has vivido. Sin duda, estoy sin sentido. ¿A qué aguardas? ¿Por ventura Ignoras que de tu muerte Se va llegando la suerte? Aquesa es vida segura. Hazem, escucha. Sin duda, Que ahora da la sentencia. Hágase aquello en presencia De palacio. El color muda. Hacia el castillo habéis de ir, Cristianos; caminad. Vamos. De nuevo vuelvo a vivir. Arrimad esas escalas Por lo bajo de ese muro. El subirnos es seguro Si no lo defienden balas. Hágase más batería. Pues planten esos cañones, Y a sus altos torreones Acierten la batería. Parece que están durmiendo: Gocemos de la ocasión. Ea, famoso león, Que hoy premiarte pretendo. Corriendo viene un soldado. Si ha visto alguna emboscada La cara trae sangrentada. Pues téngase de él cuidado. Suspende, famoso Rey, El estruendo de las armas, Si no es que ahora de nuevo Te opongas a la venganza. No vengo a pedir albricias De victorias alcanzadas, Aunque sé que fácilmente Puedes saltar la muralla, Porque ocupados están La gente de guerra y guarda En la tragedia más triste Que humanas letras alcanzan. En aquel rebato fiero Que, por mostrar sus hazañas, Quedó Ricardo cautivo Causando envidia a la fama, Y también lo fue de un turco, Cuya esclavitud amarga Tuvo fin aqueste día Y principio mis desgracias; Y fue la triste ocasión, La gran turba y algazara Con que sacan a Ricardo De la prisión a la plaza Con otros dos, que no pude Satisfacerme en sus caras. Según el estruendo y grita De plebeya gente varia; Y algunos pobres cautivos. No de fe ni de esperanza, Nos llegamos al teatro De esta tragedia inhumana, Adonde puestos en orden Los escuadrones, aguardan, Cercando el funesto sitio Con mil flechas y alabardas; Va delante una trompeta. Que hasta las nubes alcanza Su sonido triste y ronco, Que el aire rompiendo pasa. Llegamos al puesto a donde Los tres mártires aguardan, No echando lágrimas tristes, Aunque en tal tiempo no faltan; Sólo un anciano cautivo, Regando sus blancas canas, Que aquella enemiga tierra Sus fuertes rocas ablanda, Y entre faguzados palos Ofrecen a Dios las almas. Que parece que a su muerte Se estremecen las montañas. Fue tanto lo que lloró Una cautiva cristiana. Que el alma pagó en primicia Entre congojas y bascas; Y porque mi pensamiento Era, pasando las aguas Del Danubio , a darte aviso, Aquellos ojos levanta: Verás la mayor tragedia Encima de la muralla. Que tuvo Nerón en Roma. ¿Esto en mi presencia pasa? ¿Esto mi campo permite? ¡Que en mi presencia se haga Este castigo cruel En gente noble y cristiana! ¡Que así me trate mi gente El Turco! ¿Con qué ganancia Irán soldados al Rey, Si a su General empalan? Yo no volveré pie atrás De la empresa comenzada. Hasta vengar esta injuria. No me verá alegre Francia Hasta que la sangre infame De aquesta fiera canalla Me sirva en pago de aquélla Que los mártires derraman. Pues sígueme; que allá parto. Mire, amigo, no le partan; Que hay moro que aquí en la uña Le estrujará como araña. He de probar mi ventura. Yo ya probé mi desgracia. ¿En qué te resuelves, Rey? Dispón a tu gusto y manda; Que del muro nos dan voces Con la sangre que derraman. Apercíbase la gente, Prosigamos la batalla; Que he de cobrar esos cuerpos Por reliquias soberanas. ¡que fin dichoso que sigo Dando tal riqueza a España, Como son tres santos hijos Que mueren por la fe santa! Y al punto que los pongamos En los sepulcros y cajas, Donde guardados están Hasta volver a la patria, Proseguiremos la guerra Hasta que se vea vengada Del bárbaro que la ofende. Rey, no admito la tardanza; Acomete. No acometas. Acomete; ¿en qué reparas. Pues nos tienes a tu lado? En buen hora; toquen cajas Y seguidme, que acometo: ¡Santiago, cierra España! Famoso César de Hungría, De todo el mundo monarca. Cuyas famosas victorias Celebra la eterna fama, El Gran Señor te promete Estos tres cuerpos , si mandas Que tu gente se retire Y el cerco puesto levantas. Señor, pues nos dan los cuerpos. No nos quites tú las almas Peleando. Santos mártires, Sois en mi opinión de tanta Estima, que no me atrevo A negar esta demanda. Soldados, ¿qué respondéis? Que se haga. Que se haga. Sí, señor; háganse En vuestro campo las fiestas; Posible es con que se traigan Hasta él las santas reliquias. Es justo. Y aquí se acaban Los Mártires de Madrid Y comienza en él la fama.