Texto digital de Lo que puede la porfía
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio Coello y Ochoa
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Irene Garres Pelaz y Judit Hernández Toledano.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Garres Pelaz, Irene y Judit Hernández Toledano. Texto digital de Lo que puede la porfía. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lo-que-puede-la-porfia.

LO QUE PUEDE LA PORFÍA
JORNADA PRIMERA
Está es mucha liviandad, Siendo tu hermano mayor. El ser tan ciego el amor Disculpa mi libertad. ¿Tú te atreves a seguir a mujer que yo he mirado? Lo que tú no me has dado, puedo yo prevenir? Que tu voluntad, que en ti ahora parece exceso, que la presumí confieso, pero no que la creí. fuera de que yo contigo mil veces comunicaba, cómo a doña Ana adoraba; y si entonces conmigo, como hermano, declaras lo que ahora has referido, ni yo te hubiera ofendido, ni tú de mi te quejaras. Y así mi amor se disculpa con tu silencio indiscreto, pues de mi poco respeto él solo tiene la culpa. Tanto ofendiste mi pecho, que en vano le satisfaces, aunque argumento me haces de la bajeza que has hecho. Pues que conmigo anduviste, pues de mí no te apartaste ¿Cómo mi amor ignoraste? ¿Cómo mi fe no creíste? Y a ser tú el que debes hallo, que no importaba encubrillo, pues bastaba presumillo de mí, para no intentallo. Ninguno se me ha atrevido, sino eres tú; esto siento, y estoy del atrevimiento, más celoso, corrido. Pero habréme de templar, porque Burgos no lo entienda, pues el delito se enmienda con no volver a mirar. Quisiera en esta ocasión acertar a responderte, , si obedecerte ya no puede el corazón. Que este disgusto nuevo, dos cosas me dan cuidado el amor que la he cobrado, y el respeto que te debo. Si quiero cumplir contigo, por no llegarte a enojar, el dejarla de adorar no puedo acabar conmigo. Y así, no quiero decir lo que no se si he de hacer, porque no es bien ofrecer lo que no puedo cumplir. Miré a doña Ana, y concluyo, con que me muero a su desvío, ufano de no ser mío, después que quiero ser suyo. Tan alegre en sus rigores recibo males por bienes, que han podido sus desdenes imaginarle favores. Y con ser tú ahora, quien me declara sus desvelos, de haberme pedido celos me has dado celos también. Al principio esta pasión procuré que se acabase, porque no se me quitase de la guerra la afición. Intentólo mi tristeza; pero en vano lo procura, porque olvidar su hermosura, no conviene mi firmeza. Viste en lance tan estrecho, ¿Cómo he de dejar de amarla? Si aún el pensar olvidarla no ha consentido mi pecho. Y así por este cuidado de quien estás ofendido no me llames atrevido, llámate a ti desdichado. ¿Luego yo te obligo en vano? Para dejarla no hay medio. ¿Si te mato habrá remedio? Mira bien, que eres mi hermano. Vengáreme desta suerte Aunque tu honor ofendamos. Que en la antecámara estamos del don Alfonso advierte. Pues mi rigor te amenaza, que te defiendas pretendo. El alma sola defiendo. () ¿Qué es esto? Señor. Señor. Espadas eran. Mirando las estábamos, y hablando, sobre cuál era mejor, que, aunque desnudas aquí, cortan de mi hermano, y yo, en nuestras personas no, en tus enemigos sí. De esto estoy asegurado; y a obligación tan precisa, de vuestro valor me avisa la batalla del Salado. Vuestra paz debo creer, pero en duda, daos las manos, porque es justo, siendo hermanos, y porque os he menester. Pues , no os obligo, cuando de por medio estoy; ved que os lo mando, y que soy vuestro y vuestro amigo. A tu mando me allano; esta es mi mano, . Esta también es la mía. Soy tu amigo. Soy tu hermano. Caballeros Castellanos, cuidado me da Tarifa; no he tenido nuevas della después que vine a Castilla. Recélome de que el Moro, con vergüenza y con envidia, no vuelva a tomar venganza de su pasada desdicha. Para dos años de cerco la dejé cuando venía, de vianda y municiones, pertrechada y socorrida. Mucho sintiera perderla, porque es para la conquista la más importante plaza que tengo en Andalucía. Bien se que no han de tomarla, si con fuego no la minan, porque por soldados, Martes tiene dentro de sí misma. Pero mi pecho valiente, aunque en los suyos confía, no puede tener sosiego de imaginar que peligran. Mañana Laso partirá con cartas mías, porque sepan mis soldados, que su rey no los olvida. Y sabrá si se tremolan las banderas enemigas a mi pesar, que en mi ausencia me da muy cuidado Algeciras. Esta he de cercar, vasallos, y ganar, que en eso estriba que Tarifa se conserve, y que el Reino en paz asista. Aquí está el Moro juntando ejércitos que le envían para volver; y entretanto, para hacer sus correrías, aunque pudo escarmentarle de batalla tan lucida la pérdida, el ser vecino, y poderoso, le anima. Treinta mil éramos solos, siendo su gente infinita, pues quince vidas nos pagan con cuatrocientas mil vidas. Dios lo venció por nosotros, y aunque jamás se limita su poder, estos milagros no suceden cada día. ¿Mas qué importa haber triunfado, ya por valor, ya por dicha, si se queda el enemigo donde a temer nos obliga? Por esto el socorro pido, de que Castilla se admira; y esto he de emprender, vasallos, aunque no le de Castilla. Hoy le he pedido a Burgos, dijo que respondería; pesárame que se niegue, por lo que mi amor le estima. A ofrecértele en su nombre, hoy Burgos me envía. Si me ayudan mis vasallos, aunque el enemigo embista. Decid, Laso, a mis soldados, que en esta ausencia me salvan, y que están en mi memoria más contados que en Tarifa. Alfonso de como Alcaide, los escriba. Contento a servirte parto. En vos mi quietud confía. Esta noche haré el despacho. Y con otro irá . Edades por años cuentes, y siglos de edades vivas. Señor, ¿todo ha de ser es? Yo ir a buscarte quería, hazme vuelto el alma al cuerpo. Por allá andaba perdida, y no trabajaba poco en llegar a reducirla, que tienes bellaca el alma. Yo lo enmendaré otro día. ¿Seguiste a doña Ana? Y cómo, nunca la perdí de vista. ¿Y a dónde entró? En una Iglesia. ¿Y después? Ella lo diga; allí la estuve esperando, hasta que la puerta misma cerró un Sacristán bermejo. Qué gracejas, cuando obligas mi cólera a un disparate. Sin duda otra puerta habría. No si no viviera dentro. ¿No puede estar retraída mujer que mata de amores? ¡Qué necia bachillería! ¿No entrarás allá tras ella? Como me llamo temí un embargo del Cura, pero si escapas las iras, te diré. ¿Qué has de decirme? Algo que sembrar podría el enojo, que te he dado, porque una dama jarisa destas que en la Corte campan, y por esas calles brillan, me ha dicho que eres un tonto. ¿Con este favor me obligas a que te perdone? Dice que te adora y que te estima. Pregúntome si eras sordo, y júrome por su vida, que de haber tosido en vano, cuando porfía, y no miras, se le reventó una vena; con que fuerza tosería! ¿Quieres dejar de matarme? ¿Cuándo doña Ana divina piedad se verá en tus ojos y templanza en mis desdichas? Tu imaginación quería divertir con disparates mas pues en ello porfías, el escudero me dijo, que hacia palacio venía tu doña Ana a ver a doña Ioes de Lara, tu prima, y de la Reina estimada. Mira si en esta escudilla, donde hay majestad por sopa, puede entrar tu amor de almíbar, a meter su cucharada, y a decir dos boberías? ¿No es muy hermosa doña Ana? No tiene cosa más linda para ser esposa tuya si Dios en esto la inspira, qué es ser mujer sin cuñado, suegro, ni suegra, ni tía. En todo es perfecta. En esto es milagrosa. Desvía, que esta es la puerta del cuarto de la reina, y ser podría, que llegásemos a tiempo. Pero señor, dame albricias, que etela por donde viene. Calla, y toma esta sortija. Ya pasa esta grosería a pesadumbre y es dar ocasión de murmurar y sino os quedáis, , no debe pasar adelante; y advertid, que obliga mal a una mujer principal desacierto semejante. A la reina vengo a hablar y llego mucho a sentir que aún no me pueda servir de sagrado este lugar. Si vuestro hermano consiente que le podáis competir, yo no os he de consentir fineza tan imprudente Mas en vos extraño el modo, pues de perder efeto a vuestro hermano el respeto, me le perdéis a mí, y todo. Y esta permisión cruel, que os habéis dado los dos, ni os ha de importar a vos, ni ser de provecho a él. Y vos no esperéis jamás, porque cuanto más constante paséis amando adelante, quedaréis conmigo atrás. Escuchad. No porfiéis a ser conmigo grosero. Aún más desengaño quiero. Pues decid que me queréis. Supuesto que ya el amor que en mi mecho el vuestro ignora alcanza lugar ahora para que sepáis su ardor. Y supuesto que el cuidado, tanto de mí resistido, si el respeto le ha vencido, no el peligro le ha estorbado. Aunque atrevimiento tal me sacrifique el desdén, escuchad, que os quiero bien, y después tratadme mal. Que si con solo sufrir se acredita una fineza en favor de mi firmeza, contentó sabré morir. y así, aunque me despreciéis, no os olvidaré jamás, antes pienso amaros más, cuanto menos me paguéis. Que después que os quiero así, sin conformidad de dos, vivís más en mí que en vos, y yo más en vos, que en mí. Eterna mi fe ha de ser, porque en mi podría faltar la aventura de obligar, mas no el ansia de querer. Dejar de cansaros quiero, que de parte de mi amor vengo a ser embajador, mas no a parecer grosero. ¿Quereísme otra cosa? No. Pues a Dios. ¿Sin responderme? Procurad aborrecerme, y seré más vuestra yo. Cómo os he de aborrecer cuando en vos mirando estoy, en la hermosura de hoy excedida la de ayer. Porque vais siendo tan bella, como al nacer una rosa, crece hasta ser tan hermosa que pueden dudar si es ella. Cómo, a pena tan precisa, mi propio amor me condena. Para verdugo era buena, que los despachara a prisa. No podrás quejarte della de que te engaña, de fe muda. Esta es desdicha sin duda, esta es gran fuerza de estrella. Loco estoy, he de seguilla, aunque el daño me previene. Señor, tu hermano viene. no teme mi amor, . Aquí dijo que esperase en besando al la mano al Alcaide; que mi hermano contra mí se declarase, y tan adelante pase, que a doña Ana esté sirviendo; y ella, de mi amor creyendo, que soy parte en esta culpa y sin admitir disculpa, despreciando y despidiendo! ¡Que pensando en esta queja que mayor favor me hacía a la guerra el me envía y aquí a se deja! ¡Y que doña Ana a su reja amenazaste mi amor con otro competidor, que valiente, y animose, dijo que ha de ser dichoso, porque tiene más valor! ¿Pero qué tengo que hacer cuando el partirme es lealtad, y el quedarme liviandad, y al fin fuerza obedecer? Quédese aquí esta mujer, piérdase mi pretensión, y si en aquella ocasión es fuerza hacerme disgusto, la reputación o el gusto venza la reputación. Perdonadme si he tardado, señor , este pliego tomad y que os partáis luego su Majestad me ha mandado, ya sabéis con el cuidado que de tarifa ha venido. De todos voy advertido. A Dios. A Dios, pues conviene Don Diego hablando al viene, quizá le habrá reducido. Salen el y don Diego. Señor, vuestra Majestad es advertido y prudente, partes con que fácilmente se vence la voluntad, cuanta más autoridad, más templanza es menester, pues quien llegaré a saber que amáis, y salís, señor, no disculpará el amor, sino culpará el poder. El , con lícitos modos, a todos ha de regir, debe enseñar a vivir con no vivir como todos la pérdida de los Godos por amor, ejemplos da, con guerras España está; ¿pues como quien nunca aquí se quiso vencer así, pretende vencer allá? Aunque en esta ocasión de vuestro intento me alejo, cuando no agrade el consejo, disculparéis la intención vuestra fama, con razón, le tiene al Moro cobarde. Dios muchos años os guarde. Qué entero, qué sosegado a don Diego le ha mirado. Vamos, Alfonso, que es tarde. Vuestros favores licencia nos dan para suplicaros que, si podéis reportaros, escuchéis esta violencia, que puede la consecuencia costaros después cuidado; porque si os ven ocupado en deleites semejantes, ¿qué han de hacer tantos Infantes como a Castilla habéis dado? Vuestra quietud se procura, quiere esta vez el valor la tiranía al amor, y el imperio a la hermosura; mirad lo que se aventura, porque la salud más verde, con los excesos se pierde; y el pesar, pues no lo ignora, de la Reina mi señora, es justo que os acuerde. Y a ser del tiempo reparo, no bastan fuerzas de Alcaides. Alfonso de , don Diego López de Aro, basta, que, aunque amor tan raro los dos me significáis, en vano me aconsejáis desto gusto soy amante, y os mando de aquí adelante que calléis y obedezcáis. Salir, como veis, pretendo doña Ana me está esperando, pues si no la obligo amando, mal la obligaré mintiendo ¿quién se vencerá queriendo? contra el gusto no hay valor; yo, peno, yo tengo amor, seguiré mi voluntad, o me ayude su piedad, o me ofenda su rigor. ¿De qué el caso os maravilla? ¿No son de amor estos modos? pues hombre soy como todos, aunque soy de Castilla con intento de cumplilla, palabra de verla di, no me ha de rondar a mí la mujer que me agradó, ni estarme encerrado yo solo porque nací. Si yo fuera un hombre a quien solamente este cuidado le tuviera embarazado, dijerais los dos muy bien con favor o con desdén, siempre mi semblante es uno ¿quéjase ofendido alguno? Soy tirando por ser tierno o en los casos de gouis puede culparme ninguno. Siempre conmigo habéis sido más amigos, que criados y así de vuestros cuidados quedo ahora agradecido mi fe no consiente olvidar, toda es fineza y extrema Servirte, y callar sabremos. Pues ya es de noche, venid, y conmigo os prevenid seguidme los dos. Sí haremos. Tarde, , procuras templanzas al rigor de lo que siento; déjame hacer locuras, que es otro del que piensas mi tormento; basten las confusiones, no apures mi valor con tus razones. Déjame, si es posible, sentir, no de la jornada, qué dolor más terrible me tiene toda el alma atravesada, y en estado tan fiero, sin vida vivo, y sin remedio muero. ¿Cuándo, señora mía, te he merecido yo silencio tanto? de mi pecho confía, dime tu sentimiento, cese el llanto, que como hablar no osas me das a sospechar terribles cosas. Ay , escucha, sabrás qué es el dolor que el alma toca, la pesadumbre es mucha, aunque la causa te parezca poca, que hay pena no entendida, que perdona al honor, y no a la vida. Cuando el de Castilla, don Alfonso el Onceno, que Dios guarde, vino de Sevilla ufano, haciendo generoso alarde, después de haber dejado vencido a Alboarcen en el Salado. el día de su entrada, que Burgos celebró tan altamente; fiesta bien empleada, por novedad valida de la gente con tan alta alegría, que en ventanas y calles no cabía. Entró sobre un ouero, que por correr, y no pisar se abrasa, más que inquieto, ligero, tan obediente al freno, que no pasa, aunque el brío le incite más de lo que la mano le permite. La común esperanza, la dilación recibe por enojos, cuando a ver no se alcanza, pisa en la tierra, y siéntenlo los ojos; mas cuando se divisa, más en los ojos que en la tierra pisa. Con afectos mostraban sus vasallos la ley que le tenían, y cuando le miraban, de los ojos el límite sentían, porque para mirallo, Argos quisiera ser cada vasallo. no de verde vestido, tan galán el Abril, como el sale; ni de Mayo florido hay guarnición de rosas que le iguale, porque en varios colores, era hermoso desprecio de las flores. ¿Has visto, por ventura, entrar el sol por una vidriera, y a cualquiera pintura perfeccionar con rayos de manera que parece aquel rato que antes era borrón, y ya es retrato? Pues así parecían cuantos allí con galas, y con plumas la persona seguían; ni en los Infantes más valor presumas, que en su luz, animados, él era el sol, y los demás pintados. Cuando le vi, en efecto, debajo del balcón donde yo estaba, con amor y respeto, turbada a un mismo tiempo le miraba, y con ser tan severo, volvió a mirarme y me quitó el sombrero. Coloreó la cara, porque en este cuidado fui adviritiendo, mas en esto repara, pues al descuido (en vano desmintiendo a tantos ojos jueces) torció el caballo, y me miró dos veces. A mi casa, en pasando, volví con el cuidado que te digo, y una noche esperando que viniese a hablar conmigo, con una seña, al ruido, salí curiosa, y apliqué el oído. Escuché atentamente, y respondí advertida, aunque extrañaba modo tan diferente, y hallé (ay de mí) que no era el que me hablaba , que el era, y esta noche le dije que volviera. Pues, ¿qué temes, señora? temo a , en vano deseado, pues si viniese ahora, y hallase al , celoso y despechado, no dudo que intentase cosa con que la vida nos confiase. ¿Pues qué quiere con tan opuesta estrella de la tuya? Matarme en su porfía, porque me ofende la fineza suya. Es atrevido, es loco. Deja eso por tu vida, escucha un poco. Y a la fúnebre noche, opuesta al resplandor del claro día, sale en funesto coche, siguiendo el Sol en lóbrega porfía; al balcón subir quiero, que ya tú Alteza ocupará el terreno. Pues que todo te entristece, lo mejor será callar. Quien de amor llega a enfermar, tarde, o nunca convalece. Adoro un bronce, y con darme por remedio de mis daños cada día desengaños, no puedo desengañarme. No se qué tengo que hacer, cuando llego a imaginar que no es posible olvidar, siendo imposible vencer. Dichoso aquel, si lo advierte, que con más o menos bella mujer, confronto su estrella, y en dulce paz, nudo fuerte los junta, y va conformando sin un disgusto jamás, porque piense que no hay más del bien de que está gozando. Ay triste yo, fuerte fiera, que con lo que estoy queriendo, en vez de obligar, ofendo, que es la desdicha postrera. Dale celos con hablar otra donde verlo pueda. ¿Y si en la misma moneda se quiere después pagar? ¿Sabré yo andar atinado? ¿Podré sufrir esta afrenta? Y en duda que ella lo sienta no es buena razón de estado, solo amar tengo por bueno. Pues eso a solas se te pasa, vámonos a amar a casa, y no amemos al sereno; porque no nos dé de amar algún catarro profundo que nos eche al otro mundo, sin poderlo remediar. Aunque a ti te maravilla ver que el amor me enternezca, no hay cosa que me parezca como esta calle, . ¿Y tu hermano Sin mirarme me respondió al despedirse, que te holgaba de partirse por no obligarse a matarme. Este es , . Aquí vive de mi amor el enemigo mayor en la mujer más cruel. Y añade con más verdad; aquí, de amor prisionero, murió el mayor majadero que hubo en aquesta ciudad. Gente viene. Pues camina, y en esa calle esperemos a que pasen, o sabremos qué quieren desde esta esquina. Haber dejado a don Diego ha sido muy acertado, para salir descuidado porque puede ser, que el fuego de los celos que mostró a la Reina desvelase si estaba acostado yo. ninguno sabrá mejor disuadir esta sospecha. ¡A lo que puede una flecha de tu aljaba, fiero amor! El rey es este (ay de mí) espérame allí apartado, haré la seña. Cuidado, volved por mi honor aquí. ¿Sois vos, señor? ¿Es doña Ana? Sí, señor. La luz se ve, perdonadme si tarde, pues que vengo a la mañana. Pero quién os vendrá a ver, que al veros no esté cobarde, pues, aunque llegue a la tarde parece al amanecer. Porque sois a todas horas, con perfecciones más bellas, como el Sol es todo Estrellas, sois toda Soles y Auroras. Y así, la autoridad mía peligra ya, si además; porque cuando vos salís empieza otra vez el día. ¿Con lisonjas empezáis? No, señor, que me corréis; pero al fin, si no me veis, por lo menos me escucháis. Aunque si algún arrabal de luz las tinieblas dora, no es porque salió la Aurora, sino porque vino el Sol. Hablado está. No es en vano mi recelo. ¿Qué has de hacer? Llegarle a reconocer, pues este no es mi hermano. Gente fuera. No (….) ¿Quién sois? Quien valor profesa y un hombre al fin, que le pesa que en esa ventana habléis, y cuando no me pesara, el hacer mal me aficiona de fuerte, que soy persona, que por mi gusto os quitara. Y es tal mi resolución, aunque más valiente os halle, que os he de echar de la calle, tenga o no tenga razón. ¿Tenéisme por otro? Espera, mi resolución que os vais, sin que más de mí sepáis. Pues será de esta manera. Ya yo espero, hidalgo, aquí. Pues aquella calle es ancha si acaso sois de la Mancha, corred un poco tras de mí, que aun para hacer ejercicio no hay pendencia que me encaje. Pues esperad. Mi linaje nunca ha tenido este oficio. Yo te he de reconocer. Eso pretendo de ti. Riñendo están (ay de mí) , ¿qué hemos de hacer? Y a mi mano está corrida de que tu defensa trates. Caí a tus pies. No le mates. Esto te ha dado la vida.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA , vos no penséis que llamaros mi valor, fue para haceros favor cuando no le merecéis. Solo saber he querido de vos cara a cara aquí, ¿qué esperanza veis en mi para ser tan atrevido? ¿Quién, sino es temeridad, os pudo decir, , que con la descortesía se adquiere la voluntad? ¿O quién tan grosero fuera, o ya en males, o ya en bienes, que, para emplear desdenes, de pesares se valiera? ¿Quién, con modo tan injusto, esperara en mis rigores? ¿A quién pidiera favores estando haciendo disgustos? ¿Quién, si me tuviera amor, sin querer causarme enojos, a mis puertas, y a mis ojos, aventurara mi honor? De mí no podéis quejaros, porque si no os he querido harto os he favorecido, , en desengañaros. Cese vuestra pretensión de que me siento ofendida, pegadme en esto la vida, que os di en aquella ocasión. Empezad a resolveros en olvidar mi extrañeza, y habréis hecho una fineza que pueda yo agradeceros. Pues llego a decirlos yo, para que podáis dejarme, que a todo podré mudarme, y solo a querernos no. Señora, en desdicha tal, obedeciera al desdén, pero no se olvida bien lo que no se quiso mal. Yo os adoro, y esta fe que en el alma asida está, cómo sin ella saldrá del pecho donde se ve. ¿Cómo podré aseguraros que acertaré a obedeceros, si ha de ser aborreceros el camino olvidaros? ¿Cómo en ausencia tan dura viviré sin que lo sienta, pues mi vida se alimenta de mirar vuestra hermosura? ¿Y cómo podré, en efeto, para dejar de querer, llegar con desprecio a ver lo que miré con respeto? que si en mi daño porfía con la firmeza que muestro, es porque el olvido es vuestro, y todo el amor es mío. Bien se que os debo la vida, mas por vos aventurada en que más bien empleada? o cuando más bien perdida? aunque yo con fracaso tal, pienso de vuestro desdén, que me hiciste aquel bien parenciendoos poco mal. Tropezando en mis desvelos caí de aquella manera que si no, yo conociera quien con vos me daba celos; que aunque entonces me venció, os confieso que le vi más dichoso que yo, sí, pero más valiente, no; y así os volveré a hablar, quizá nos encontraremos. Haréis mal, y estos extremos la vida os pueden costar no os fieis en vuestras manos para emprender estos modos, y advertid, que no son todos, , vuestro hermanos; ved como os aventuráis, que haciéndole yo favor, tenéis un competidor más fuerte que vos pensáis. Su ventaja es manifiesta, pues cuando os hago desdén, confieso quererle bien esto no tiene respuesta, y así vivid con cuidado para no ser atrevido, que el que os perdonó caído, os matará levantando. Y yo, si como juez, tierno en vuestros disparates, dije una vez no le matéis. Matadle, diré otra vez. Voyme, y no paso adelante por no veros, en efeto, más valiente que diferente, y más grosero que amante. , escucha. Di Oye, que mi amor te llama, y el enojo de tu ama no pase también a ti. Aunque ya vengo a temer según lo que a mí me pasa que las piedras de esta casa, contra mí se han de volver. Pero, aunque tan duras son para mí cada día es más caro, mía de tu ama el corazón. Consuélame con decirme cuando tu rigor me mata si conoce que es ingrata y se acuerda que soy firme. Y pues, a solas también mil ratos con ella estás, de lástima la dirás que en piedad trueque el desdén. Dila que en vano procura, aunque en eso se desvele, que su condición me hiele si me abraza su hermosura. Dila (pues tan fino soy con quien llega a aborrecerme) que se contente con verme en el estado en que estoy. ¿Pues qué mal más riguroso me pudiera haber buscado, que, siendo tan desdichado, competir con un dichoso? Y que agradezco a mi estrella que me tuviese al oilla con vida, para sufrilla, sin voz para respondella. Dila mucho en mi favor, por si moverla pudieres, y dila lo que quisieres que eso será lo mejor. Lo que me mandas diré, y de mi pecho confía que por servirte, , lo que yo pudiere haré. Si bien te debo advertir, para que no estés tan triste, que tu remedio consiste en esperar y sufrir. Que aunque tu competidor tan favorecido sientes, puede haber inconvenientes que califiquen tu amor, y hasta perder la victoria no te desmaye la pena. Pues toma aquesta cadena, que te sirva de memoria. Seré tu amiga fiel, espera y tus celos doma. Linda cara tiene un toma amante eres moscatel. Su crueldad me maravilla, sus resoluciones temo; mas si en su hielo me quemo, ¿cómo viviré, ? ¡Ay, hombre más desdichado! No sé qué hacerme en efeto. Miren aquí que sujeto para el Consejo de Estado. Vuelve en ti, no te suspendas, ni lo sientas por desdicha, que no puede faltar dicha a un hombre de tantas prendas. Pues en la empresa de amar, si el respeto ha de vencer, el llegar a merecer, es más gloria que alcanzar. Olvida, señor, olvida, libra el premio en merecerlo, pues te avisan de no hacerlo no va menos que la vida. ¿Qué vida a la muerte igualo si en eso la he de servir? En habiendo de morir, por cualquier camino es mano. Busca en la ausencia medio contra mujer tan tirana. ¿Y te pagará doña Ana, que yo tome ese remedio? No me tengo de ausentar, que, creyendo tu desdén, nunca he esperado más bien, que el de llegarla a mirar. Pues ofrécela dinero, que amor se conquista así. ¿A doña Ana? Estás en ti, ignorante majadero. Terrible ignorancia ha sido, más si yo le ofreciera quizá menos dura y fiera le pareciera entendido. Yo vi dama, que llamara (de lo muy noble y perfeto) a cualquier reloj discreto, porque solo dando, hablaba. y de un hidalgo se yo, que de su dama a la puerta, (jamás al amor abierta) con una bolsa llamó. Respondió durmiendo estoy, ¿Quién llama con golpes tales? Iudas con doscientos reales, pues espere, que ya voy. Penetrola como agudo, no era bobo el Caballero. En fin gozó con dinero lo que con amor no pudo. ¿Qué necesitado vio gusto ninguno logrado? para comprar pecado, nunca dinero faltó. Muchos sobre tu conciencia piden lo que han menester. Pedir para no volver, es hurtarlo con licencia. Y a el día con luz escasa lugar a la noche dio. Vamos, mudarme yo, y tú quedarte en casa. ¿Quedarme yo en casa? Sí. Que en ocasión peligrosa, sería posible cosa que el conocerme por ti que eres gallina. Así es pero en peligros tan llanos yo se qué han de hacer tus manos mucho menos que mis pies. De tal flaqueza testigo, esa respuesta condeno, porque para nada es bueno llevar quien huya contigo. Sí es, y llevarme a mí te importan si me siguieren, pues los que tras mi corrieren no te tirarán a ti. No tienes que replicar. Yo te pienso obedecer, por ahorrar, si he de correr, la bajeza del sudar. rey De no haberle conocido arrepentido he quedado. ¿Qué es lo que te da cuidado? No sé Alfonso, que he sentido después que le perdoné y a doña Ana obedecí, que ni acierto a estar en mí, ni hay parte en que alegre esté. Todo es guerra y confusión lo que en duda el alma siente, y de rendirse fácilmente al discurso la razón. Lo que ignoro estoy culpando, lo que culpo defendiendo; dudo lo que estoy creyendo, creo lo que estoy dudando. Si lo pretendo olvidar, hallo, para no cansarme, que consiste el acordarme en no quererme acordar. Y aunque vivo satisfecho de la causa a quien obligo, no sé qué tengo conmigo, que no me sosiega el pecho. ¿Pues qué arguyen los recelos que contigo perseveran? Ojalá recelos fuera, y no parecieran celos. Pues si bien se considera, pensar, no es sospecha llana, que era galán de doña Ana, y que quien dijo no era? Que empañase tan furioso, no siendo yo su contrario, más que no de temerario, fue accidente de celoso, Y aunque me arrojé veloz a matar a mi enemigo, pudo entonces conmigo, que la colera y una voz. Obedecila, y confieso, ya que no me satisface, que por amante lo hice, y me ha pesado por eso. No me puedo persuadir a que fue competidor, que con tal riesgo, señor, no te mandara venir doña Ana, y en mujer tal cualquier duda es indecente, pues pudo ser un pariente que le pareciese mal. rey Por todo lo estimo yo, que aunque solicito verla, solo trato de quererla, pero de ofenderla no. Que bien puedo yo tener, cuando mire cosa tal, una mujer principal, a quien me huelgue de ver; siendo de mi tan querida, que su rara virtud ya, también en mi amor está, como en su honor defendida. que a la fe más peregrina, que en el poder fuerzas cobra, el ser despojos le sobra de una mujer tan divina. Y así mi amor, como es justo, solo aspira a ser despojos, que es lo que adoran los ojos, no ha de profanarlo el gusto. Todo queda prevenido, cono mandaste. Eso creo de tu cuidado. Deseo parecerte agradecido a tanta merced, y espero, que de mi lealtad te asombres. Tú, y Alfonso sois los hombres a quien mas estimo y quiero. Y al cielo, aunque a ti te pesa, agradezco que ordenase que a Vizcaya te quitase para que te reconociese. Cuando de tu parte yo, a presumir siempre llego, que tu me la diste Diego, y no te la quité yo. Si esta pena te desmaya, lugares voy cada día ganando en Andalucía, con que pagarte a Vizcaya. Y serás, por si se tarda de este premio la ocasión, Comendador de León, y Capitán de mi guarda. Velo tus pies por consuelo, el cielo tu vida guarda. rey vamos, que parece tarde, y allá me espera otro cielo. Digo que te lastimara, si escucharas a , cuando a solas me decis que tus enojos templara. Tan cortés y tan rendido a tu gusto y a tu enfado, que con ir desengañando, ya me pareció marido. Y en fin, tierno de manera tierna se mostró en tan gran despecho que no digo yo tu pecho, sino un bronce enterneciera. Ya te previne, , hablándome el otro día en las cosas de , que no me tratases de él. Pues le aborrezco de modo que con él no me casara si su valor conquistara para darme el mundo todo. A su hermano tuve amor, y porque su atrevimiento consintió pasó al momento, de mi gracia a mi rigor. Si (…) blando los labios, de los acentos más finos, me parecen desatinos, y las finezas agravios. Y con ser (aquesta estrella) la valentía a deshora, acción que nos enamora, a mi me cansa con ella. Y en efeto, este desdén es en mi tan natural, que me voy queriendo mal, porque le parezco bien. y es mejor ir empeñando un en amor. Sí es, que el me obliga cortés, y él me está obligando. Y quiérote preguntar, sin menospreciar tu indicio, es ser rey tan bajo oficio, que no se puede estimar? Porque buena pensión fuera, sin hacer su gusto ley, el desmerecer por rey lo que por si mereciera. Cuando escriba, sirva o ronde con cuerdos y honestos (…), es fuerza que sepan todos, que el quiere bien y a dónde? Si tirano llega a ser, peligrará la hermosura, más si es prudente llegar estará toda mujer. No me puedes negar que queda amor más airoso, desvelando a un poderoso, que a un hombre particular. y si en cualquier competencia es el resistir valor, cuando el contrario es mayor luce más la resistencia. Lograrse un desatino con la descuidada y necia, que prevista Lucrecia, no la gozara Tarquino. Pues dile al , que es el que llega a embarazarle. tampoco, que ha de matarle, y grande impiedad sería, que aunque me muestro ofendida, también llego a convencerme, que no es delito quererme para quitarle la vida. Y si advirtiera los daños a que amando se condena, ¿qué más muerte, qué mas pena, qué tan claros desengaños? Fuera, de que (…) es fuerte, sino paran sus desvelos, habiendo visto sus celos tan vecinos de su muerte. Mas si diere la ocasión que al hablarle me previno, matele su desatino, pero no mi información. Algo tiene de favor reparar en ofenderle. Lástima podré tenerle, , pero no amor. Y pues tanto te despeña conmigo el ser de su parte, déjame, y entra a acostarte, que yo esperaré la seña del , pues que no te obligo, quererle yo, y ser tan justo, que no debe fiar su gusto de quien sé que es mi enemigo. Pues conoces mi intención, perdóname. Ruido siento, retírate a tu aposento, mientras yo salgo al balcón. Mis intentos son leales, mas pesada es tu porfía. Cadena del alma mía, ya me cuestas más que vales. Digo que te has de volver, o te he de matar. Señor, lo primero es lo mejor, si es que me das a escoger. ¿No te dejé en casa? Sí, pero seguite volando, como el estar peligrando tu vida me consta a mí. Y no con vergüenza escasa, también de ti formo quejas, que como a perro me dejas para que guarde la casa. Fuera de que mi intención, es, señor, que te que te volvieses, sin que así a riesgo pusieses tu vida, y reputación. ¿Qué quieres de una mujer, que te aborrece en extremo? En ese hielo me quemo; no puedo más, ¿qué he de hacer? ¿No te vas? Imaginaba, cuando a leer aprendías, lo que al Maestro querías porque de azotes te daba; y aunque me quieres, me das ahora mil tentaciones, de darte seis mojicones, por ver si me quieres más. Y es tal tu gusto, que yo sospecho (malicia es Ilana) que no quieres a doña Ana, sino al que te derribó. Ya yo estoy determinado, y no quiero que doña Ana, si falto, piense mañana, que yo fui menos osado; que sino me amenazara, llamándome al otro día, quizá la firmeza mía más empeños excusara. Valiente le respondí, y quiero que sepa ya, que lo que le dije allá lo sabré cumplir aquí. Que pretendo, pues las dichas de mi contrario asegurar, o embarazar su ventura, o acabar con mis desdichas. ¿Qué intentas con asistir? Porfiar hasta vencer. Antes pienso que ha de ser porfiar hasta morir. Por premio mi amor me baste, si siempre fuere tirana. ¿En qué pecaría doña Ana el día que la miraste? ¿Dirás que es mi amor locura? No digo yo que no es justo, pero amarla sin tu gusto, es darle una calentura. Y en desdicha semejante, si tu enfado no previene, para con ella, más tiene de fantasma, que de amante. Redúcete, y desde aquí volverse otra vez procura; ten piedad de su hermosura, pues no la tienes de ti. ¿Que nunca te persuades a que ser loco profesas? Con ello mismo confiesas, que estoy diciendo verdades. Pues vete. El brazo detén, que obedezco en trance tal, porque no me quiero mal, y porque me está muy bien, que aunque en pendecias pasadas he sido un Cid a tu lado, no estoy ahora en estado para morir de estocadas. Si te vieres perecer, procurate remediar, que yo me voy a soñar lo que te ha de suceder. Y quedate en conclusión muy desesperado, y tierno, y si fueres al infierno, enconmiendame a Plutón. Retirados, y escondidos en la boca de esa calle, que reconozcáis importa a cualquier hombre que pase, que a quien tan valiente anduvo, no hay peligro que le espante, y celoso, agraviado, ha de volver a buscarme. Estos son, fortuna ahora en mi bien debes pararte, si es verdad que favoreces a los que atrevidos nacen. Si acometeré primero; si esperaré que la hable, siendo pesar que a mis ojos me esté dando celos nadie. Mas si no lo ve doña Ana, no logro en aventurarme. Hablando están, no me han visto, desde allí quiero escucharle. Señor. Nadie me replique. Si cualquier fracaso es fácil, ¿dónde el peligro confiertas?, ¿cómo habemos de dejarte? Sólo me ha de hallar aquí. Pues señor, aunque nos mates hemos de estar a la vista. Procedéis como leales. Pero advertid que os aviso, que hasta que la espada saque, no se ha de mover ninguno, si no pretende enojarme; y entonces, sin ofenderle, procuraremos cansarle, porque yo solo deseo conocerle y no matarle. Tu gusto obedeceremos. No bastan autoridades a enfrenar locos deseos, cuando amor de veras arde. Si dura irá. El es este, aunque pudiera quejarme de vuestro olvido, confusa de ver que venís tan tarde, seáis, Señor, bien venido. Si tantas dificultades, como a mi gusto se oponen, vencidas, no disculparen de la dilación la queja, aquí espero, castigadme. Mi firmeza os da por libre, que está muy de vuestra parte. Siempre de vos lo he creído, si bien, desde que mandasteis que perdonase aquel hombre, no he podido asegurarme de que soy sólo el valido. No entiendo aqueste lenguaje, y así me daréis licencia, para que aun en vos lo extrañe; por mi honor pedí su vida, que sucesos semejantes han costado muchas honras de mujeres principales. Como vos, quedé confusa de escuchar sus libertades, sin que al dueño conociese, o por loco, o por amante. Temor fue de mujer noble, no favor de mujer fácil; y si no estáis satisfecho, si vuelve otra vez, matadle. Quien amó tan firmemente, ¿qué tal rigor escuchasie? ¿qué más desengaño espera, amor, para retirarse? Pesame de haberlo dicho. Pues que permitís que os hable, ¿por qué no dejáis que os vea? Porque aunque hay en vos iguales fineza, y cortesías, la ocasión debe excusarle. Mayormente, que es mi amor (si difícil entre amantes) como recatado, honesto, como invencible, constante. Amor se conserva viendo. Si en esto está en conservarle, yo os daré un retrato mío, por parecido notable. Daréisme la vida en eso. Pues tomad. Para estimarle como es razón, en mi pecho haré que mi amor le guarde. Esto será si yo quiero. Hombre, ¿quién eres?, ¿qué haces? ¿Quién soy? El de la otra noche, que vuelvo a ratificarme. Matarete. Ten la espada, que primero que la saques sabrás que soy desdichado, más que parezco arrogante. ¿Quién vio tan gran desatino? Fuerza será que le maten, retirome por no veilo. Di, que me inclino a escucharte. Hará dos años, hidalgo, que en una fiesta, una tarde, vi una dama hermosa, y rica de méritos, y de partes. De pintartela me holgara, pero es fuerza que la agravie, porque con sus perfecciones, no tiene lugar el arte. Y cuando a ningún atrevimiento determinado a lograrse, su ingenio prestara Ovidio, y sus pinceles Timantes. No asegurara el acierto, porque fuera intento grande; y porque enmudece Apolo cuando está de veras Marte. Era del Ángel la fiesta, y en peligro semejante, poca devoción tenía, pues que no quiso guardarme. Ya conmigo un pariente, tan cuerdo, y tan fino amante, que con adorarla entonces, pudo de mi recatarse. Que aunque llaman a los ojos lenguas de las voluntades, o le engañaron los míos, o mintieron las señales. Salió de la fiesta, y dije, de suerte que me escuchase “Muy tristes quedamos todos de ver que nos deja un Ángel”. Volvió a mirarnos el rostro, Agradecida al donaire, y con una reverencia nos pagó dos voluntades. El saber su casa luego, le fue a mi cuidado fácil; porque entrambos la seguimos hasta verla en sus umbrales. Asistila en muchos días, en que viese en su semblante, por piedad, o por desvelo, un favor que me alentase. Comencé a ponerme triste, a rendirme, y a inquietarme, y juzgar por graves penas lo que imaginé suaves. Puso cuidado el pariente, en que mi amor olvidase, y en efecto, sobre el caso pasamos terribles lances. Pero en fin, viendo que estaba tan resuelto a no mudarme, por no perderse conmigo, halló medio en ausentarse. Sin aqueste inconveniente proseguí menos cobarde pareciéndome posibles las demás dificultades. Pero como las estrellas, no siempre conformes nacen, y a donde no predominan recorren sin fuerza tarde. Ni estar mi enemigo ausente, ni hacer yo finezas tales, que sin encarecimiento, pudieran mover a un áspid. Han bastado a reducirla, han pedido remediarme, han templado mis rigores, ni han aliviado mis males. Y admirete que en su cielo no le premian mis verdades, que si hay en amor martirios, puedo decir que soy mártir. Mas porque no me atormente, ni a ti tampoco te canse, con referirte el principio de aquesta pena tan grave. La que digo, la que escuchas, la que ha dicho estas crueldades, es doña Ana, ésta que ahora, aquí en mi presencia hablaste. Que no me conoce dijo “Pero, hidalgo, no te engañe, que bien sabe que la adoro, aunque agradecer no sabe. Y pues que, por más dichoso, ya la tienes de tu parte, y tan apacible gozas los favores que te hace, no me pidas el retrato, que viniendo no he de darte, porque alguna vez la vea, aunque pintada, agradable. Ni saber mi nombre intentes, que en duda de que me mates, mientras puedo defenderme, no trato de condenarme”. Mas pues no es posible en ella, que de lastimado calle, a su desdén me remito, de quien puedes informarte. Vuelveme el retrato ahora. Cuando pensé lastimarte, ¿me pides que te le vuelva? Aunque escuché tus pesares, no me obligo a remediarlos. Pues del pecho has de sacarle, con original, y todo; tírame bien. Ya tu sabes que no te yerran mis manos. No somos en dicha iguales. Allí matan tres a uno, ¿qué espero? pues al mirarle, como si fuera mi hermano, se me alborota la sangre. Hola, ten ese caballo. Hola hidalgo, no desmayes, pues a tu lado me tienes; pues para poder fiarte de mí, soy Laso, el que entre Moros alfanjes tantas veces cubrió el suelo de cabezas, y turbantes, y ahora verás mis bríos. Mi hermano es éste; apartarme con el retrato es forzoso, por no volver a enojarle. No le ha de seguir ninguno. Apartad. Que es apartarme, lo mejor es no intentarlo, que pedirme que me aparte, es como pedirlo a un monte. es éste, dejadle, que no quiero que me vea en aquestas liviandades cuando de Tarifa viene, ni es razón aventurarle, aunque el retrato se pierda. No se perderá, pues sabe Doña Ana quien es el hombre. Eso me obliga ausentarme. ¿Era burla, caballeros?, ¿no merezco que me hable, el uno de agradecido, ya que los tres no esperasen? Corrido estoy, vive el cielo, que a penetrar este lance, acuchilladas hiciera, que otra vez no se burlasen.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA. ¿Como está el , mi señor? Veldo en aqueste papel. Sin saber lo que hay en él estoy temiendo el rigor de sus palabras, don Diego, pues ha trocado conmigo las finezas en castigo, y en amenazas el ruego. El os quiere, y no sé, puesto que me habláis quejosa, que en su término haya cosa, que desdiga de su fe. Antes vive su fineza, tan sin ayuda de engaño, que pienso que le hace daño, para con vos a su Alteza. Si tiene celos de vos, causa de tanto disgusto, vos misma sabéis que es justo, y aun lo sabemos los dos. Y si nosotros por ellos rompemos de amor las leyes, ¿qué harán los que siendo es se cansan de padecellos? Y advertid, que una mujer debe primero pensar, que es, en dejándose amar, obligada a agradecer. Y si fuere principal, aun haciéndome desdén, ha de gobernarse bien, porque no hablemos mal. No le enojéis con negarle quien es el competidor, que a tan poderoso amor, no es cordura ocasionarle. Y fiad por esta acción, que hallará en el su vida, más que venganza, acogida, más que castigo, perdón. O esperad en breve plazo de su condición ayrada; (y perdonad mi embajada) vos una afrenta, él un lazo. Si eso deciros mandó, contra mi inocencia aquí, de lo que me escribe a mí, ¿qué queréis que espere yo? Que bien mis recelos sienten, aunque en vano me defiendan de pesares que me ofendan, de afrentas que me atormenten. ¿Cómo le he de abrir?, y luego, ¿poner ojos, mover labios, a solo escuchar agravios? Volvedsele al , don Diego. Si haré que también me ha dado orden de no persuadiros, solo pretendo advertiros, que tengáis de vos cuidado. Fuese, y dejome ad¿vertida, y también amenazada del caso en que estoy culpada, del riesgo en que estoy metida. Con vergüenza le escuché un pesar, y otro pesar; pero ya empecé a callar, y callando moriré. Aunque contra mí no ignoro, que cualquier rigor merezco, pues guardo a quien aborrezco A costa de quien adoro. Si luce amor más perfecto con respetar, y temer, como me le ha de tener quien me ha perdido el respeto. ¿Pero qué he de hacer? Callar, padecer, llorar, sentir, amar, conocer, sufrir, temer, y al fin esperar. Pues es justo que le den a mi amor castigo tal, si a quien me quiere hago mal, y a quien me ofende hago bien. Si a quien os quiere hacéis mal, y a quien no os quiere hacéis bien, para obligaros, señora, ¡quién pudiera no os querer! Si dije que os conocía cuando allí me aventuré, fue por ver si con mi muerte os pudiera enternecer. No tuviera más respeto cuando el retrato quité, sino es que fuera mi hermano, sino es que fuera mi . Ni el uno ni el otro fueron; vos sola le conocéis, quien fuere, fea, que ahora, ya no lo quiero saber. En mí no verá favores, pero por lo menos ve, sin dicha para alcanzar, valor para merecer. Pero pues que no es posible obligaros a tener lástima de mí, templando con la piedad la esquivez. Volveros quiero el retrato, porque no esté en mi poder, violentada vuestra imagen; pues que vos me aborrecéis. Cuando, aun pintada, en mis manos tan agradable os mire, desconocí la pintura, y culpar quise al pincel. Dudoso estuve al principio, pero luego me acordé que os pintaron para otro, y vi que os pintaron bien. Por alma en mi pecho vive, y así, señora, creed, que del alma me despojo para haberle de volver. En batalla de amor fiera, por osado le gané, y aunque no me ha remediado, me ha servido de laurel. Dádsele al competidor, y a quien yo se le tomé, pues que ya le restituyo para que vos se le deis. Piérdale yo, y él le goce, que es justo, pues vos queréis, que adonde el original, también el traslado esté. Y en pago de esta fineza, solo os pido por merced, si queréis que no peligre en grosero, y di cortes, que no le favorezcáis donde yo lo pueda ver, que aunque sepa que os disgusto, resistirme no sabré. Que si os sufro porque os quiero, y vos le favorecéis; esta venganza, este agravio, ¿por qué he de sufrir?, ¿por qué? Hacedlo, pues es tan justo, si a mí me queréis creer, pues aquello no es pediros que de natural mudéis. Y al fin advertid, señora, que eso importa a todos tres, si yo he de ser desdichado, el dichoso, y vos cruel. Yo os agradezco, , el aviso que me dais, cuando tan grosero andáis, que aquí sin licencia mía, os despeña la porfía ¿esto es querer obligar?, ¿esto puede ser amor?, ¿quién ocasiona el rigor, como lo quiere templar? Vuestras penas considero, y jamás hallo razón de que sea obligación quererme, si yo no os quiero no es vuestro amor verdadero, pues obliga (que rigor) a que busque mi valor, en pesares tan injustos, remedios a mis disgustos, y murallas a mi honor. ¿Cómo no me agradecéis, (si ofendida no me vengo) esta lástima que os tengo, y esa vida que tenéis?. Cuanto vivís me debéis, que a no ser agradecida, mas tardara yo ofendida, (porque mi piedad asombre) en repetir vuestro nombre, que vos en perder la vida. Si amor por mérito aquí, solo al sufrimiento dio ¿cuánto más os sufro yo, que vos me sufrís a mí? porque si amándome así, a mí me estáis ofendiendo, ved si es verdad, discurriendo, lo que os estoy ponderando, pues, ¿vos me sufrís amando, y yo os sufro aborreciendo? Cese vuestro desconcierto, cese la desdicha mía, que no es muy cruel, , la que no os quiere ver muerto, vuestras finezas advierto, pero aunque de amor, y fe mudaste, ya no podré, ni es posible agradecerlas, y pues sabéis que hay estrellas, no me preguntéis porqué. ¿A dónde vais? A morir, por si mi muerte os agrada, ya que soy tan desdichada, que no me dejáis vivir. Yo pudiera, por no oír esos desprecios villanos, (en tan noble amor tiranos) mas pues con vuestros rigores no han podido mis amores, yo haré que puedan mis manos. Sois un grosero, y yo haré, ofendida de escucharos, que cuando queráis vengaros, no tengáis manos con qué, pues para guardar mi honor, prevenida esa malicia, en los es hay justicia, y en mis deudas hay valor. ¡Señora! Que ha a ¿? pues cuando a verte subía, llorando encontré a , confuso, y enternecido, diciendo (que yo lo oí) a lástima me obligara otro, si por él pasara esto que pasa por mí. ¿Logróse aquel memorial? Y a doña Inés se lo dio a la Reina, y respondió, que pondrá remedio tal, hablando al , que , por loco, y desatinado, salga luego desterrado. O lo que me pesaría que el llegase a entender, que soy yo quien del que se queja; porque con la misma queja, claramente ha de saber, que es Garci-Laso su opuesto; y aunque yo me disculpara, confieso que me pesara que le matase por esto. Doña Inés me dijo a mí, advertida en riesgos tales, que con otros memoriales, se le leyó, sin que allí importase el decir más y que si saberlo intenta la Reina, a tu honor atenta, no se lo dirá jamás. Eso deseo, , que en los disgustos que paso, me ha de ver Garci-Laso, que tenga lástima del. ¿Quieresle ya? No le quiero más ver estoy deseando, yo aborreciendo, él amando. Quien a quien vence primero. Qué me querrá el , , que me ha enviado a llamar? ¿Qué? Querrate acompañar, si ha habido que en la villa andas en peligros tantos, enamorado, y perdido, a flux de morir vestido, y a pique de tirar cantos. Tú me los tiras a mí, Con decirme esas verdades. Si tú no te persuades, tú te los tiras a ti; que no es posible que hubiera hombre de cabeza sana, que un día, y otro, a doña Ana tantos desprecios sufriera. Dichoso soy para ti, si es dicha el amor tirano. El está con tu hermano hablando a solas allí. Ya salen. Aunque he pensado, que honrarme el ha querido, notable pena he tenido de saber que me ha llamado. Ponte de Audiencia, señor. , yo os he llamado para salir de un cuidado, fiado en vuestro valor. Hoy nos iguala a los dos el valor, sino el poder, pues yo mismo quise hacer lo que quiero que hagáis vos. Por mí seréis homicida, la causa que obliga es fuerte, pues con hacer una muerte dais a vuestro la vida. Como de mí, de vos fio todo el enojo que muestro; que aunque el golpe ha de ser vuestro, el delito ha de ser mío. Hacedlo como os obligo, mostrando de un mismo modo, que en esto sois como en todo, buen vasallo, y buen amigo. Agraviado, y satisfecho, con tus honras he quedado, pues parece que has dudado de la lealtad de mi pecho. Iré a servirte, y verás, que hago con secreto, verás, lo que tú mismo hicieras, y más, si pudiere más. Sólo quisiera, señor, cuando así me precipito, sin preguntar el delito, conocer el agresor. Que en teniéndole delante, hallará piedad en vano, ni la sangre de mi hermano, ni el respeto del Infante. Mas tú debes de saber con quien llegas a empeñarme, que a ti te toca mandarme, y a mí solo obedecer. Don Diego os informará; id a preveniros, y a Dios, que habéis de partiros a Tarifa desde allá. Alterado el corazón, espero a saber el modo. Venid, y sabreislo todo, que es todo una confusión. Aquí está Laso, del mismo amor que paso, Quizá también herido, y como yo ofendido y aunque disculpa en mis afectos halle, es fuerza reprenderle, y desterrarle. El te ha mirado ya. Con causa temo su enojo. Si en los es hay mal ojo, tu vida en peligro está. Deme vuestra Majestad la mano. Los brazos quiero daros, , primero, porque de vuestra lealtad, y de la de vuestra lealtad, y de la de vuestro hermano, testigo de la vida he sido; pero advertid que he sentido de un memorial, que a mi mano ha llegado contra vos las quejas que en el me dan; que de mi justicia están apelando a la de Dios. Pues dicen que procedéis tan mozo que no dejáis mujer a quien no ofendáis, hombre a quien no acuchilléis. Y que vuestro atrevimiento Sabe vencerle tan mal, que a una mujer principal, que para su casamiento el dote le da su fama, yo, sin Dios, ley, ni razón, quitándola la opinión, la pretendéis para dama. Y aunque lo siento y lo veo descrito por infalible, siendo en un hombre posible, reinando yo, no lo creo. Pues de vuestro valor fío, que aun sin temer mis enojos No aventurara a mis ojos, ni fu crédito, ni el mío. Antes luego presumí (esto aquí para entre nos) que la envidia contra vos, quiere valerse de mí. Y así en vuestro valor quiere, por si en el daño porfía, proceder con vos, , prudente, y no justiciero. Y de parecer estoy, porque más quejas no den, que en Tarifa estaréis bien, mientras que a Algeciras voy. Mañana os podéis partir, que quien sabe pelear, ¿por qué en la paz ha de estar, cuando hay guerra en que servir? Esta es mi resolución, no la olvidéis, advirtiendo, que me pesará, teniendo vos cabeza, y yo razón. Con grande severidad, después que aturde un vasallo, sin esperar a escucharlo, se encierra la Majestad. Válgame Dios, quien creyera, que por delitos de amor, un hombre de aquel valor a quejarse al viniera que es defecto designal de sangre tan animada, que lo que ha de hacer la espada remitiese a un memorial. Porque yo, sin lo importuno de haber querido a doña Ana, siempre de mi amor tirana, ¿en qué he ofendido a ninguno? Mas ella debe de ser quien quiere de mí vengarse, que este modo quejarse, es más acción de mujer. Ya yo esperaba a ser tu aconsejador. ¿Qué haré? Imaginar, señor, que es la pena menos brava de lo que yo presumía; y pues da a escoger su Alteza, de mi voto, la cabeza más que a doña Ana querría. ¿Pues amela de quitar? ¿Pues atela de sufrir? Si, que le puede servir. No, que le puede cansar. Pues que importa, aunque te igualo al de más virtudes lleno, que a ti te parezca bueno, si todos te llaman malo. Al fin, ¿yo me he de partir? Fuerza será obedecer. , pues ha de ser, o por ello he de morir si mañana he de partirme, esta noche he de vengarme, que si me muero en estarme, mucho más me muero en irme. Pues, ¿qué intentas? una ventana ofreció abrirme, por donde yo a ver su dueño cruel entrase determinado, por no sufrir tanto olvido, o quedar favorecido, o a quedar desengañado; y aquesta noche ha de ser. Piénsalo mejor. Si hiciera, más yerros de esta manera, sin pensarse se han de hacer. ¿Tengo de ir allá? Pues no. Ven. Ya voy por ayudarte, temo que me toque parte, sin ir a la parte yo. Pues, don Diego, ¿qué ha pasado? Y a , prevenido, y de tu enfado advertido, queda con tanto cuidado de servirte, que recelo, del que enojado te ha, que no se le escapará, sino se le sube al cielo, si bien, aunque tan fiel, mostró de servirte gana, sintió que fuese doña Ana causa de acción tan cruel. Pues dijo “Si amor porfía, esto que ejecutar llego, pienso que ha de ser, don Diego, la mayor desdicha mía”. ¿Y no te dijo por qué? Cuando yo le preguntaba la causa, llegaba, y así, señor, no esperé a que me dijese más. ¿Y eso pudo ser temor? En hombre de aquel valor, no cabe temor jamás, que el sentirlo con exceso, a mi parecer, seria, que a doña Ana conocía, y le pesaba por eso. ¿Llegóte a hablar? Si señor, y me rogó, que allá te llevase yo esta noche. Recelar, Sin duda debe de ser de mi enojo la venganza, y querer darme esperanza. Y tú, ¿qué piensas hacer? Ir, que pues ya mi intención solo es quererse vengar, dejarme más engañar, será tener más razón. Señora doña escalera, sobre mis hombros os traigo dos horas obedeciendo el precepto de mi amo. Mi cruz sois, y ruego al cielo si perezco en este caso, que pues me servís de carga, que me sirváis de descargo. Con temor os lleno acuestar, no sin causa recelando, que por los pasos que llevo he de subir vuestros pasos. Un voto he de hacer mañana, si de aquesta noche escapo, de no servir a ninguno que no tuviere cien años. Sírvase un mozo a sí mismo, que atrevido, y temerario, contra su salud, hospeda un elemento en los cascos. ¡Y oh peligro! ¡Yo escalera! ¡yo broqueles! ¡Y oh cuidado! yo en aventurar la vida, que más que al dinero guardo. ¡No soy yo! O algún demonio me encontró con Garcilaso, en cuyo servicio espero vivir poco, y morir santo. Por mi enfermedad le tengo, y así en mi muerte le llamo, no Garci Laso, como otros, Garci dolor de costado. Aquí dijo que esperase, quien fuera ahora lagarto empanado entre dos piedras, y no , criado de un hombre, en su tema hereje, que intenta furioso, y bravo, obligar dando disgustos, y alcanzar haciendo agravios. ¡O lo que pesa esta necia! Forzola carga de palos; en el suelo he de ponerla, y echarme a dormir un rato. Gente suena. Este es sin duda. Señor. ¿Cansado debes de venir? Sí vengo, que no puede ser descanso andar cargado a estas horas, después de venir forzado. Dame la escalera, y vete, que yo solamente basto a emprender más imposibles, y a esperar mayores daños, y no te mueras de miedo. Poco de mí te has fiado siempre, señor, con deberme tanta lealtad, amor tanto. Esto es burlarme contigo, cárgala otra vez, y vamos a saltear hermosuras, por no esperar desengaños. Ya te sigo. Pues camina. He dado en andar despacio estos días, y a estas horas, plomos visto, y montes calzo. Que arrepentida me siento de la palabra que he dado de que entraré con doña Ana esta noche a Laso. La ventana dejé abierta, por donde ha de entrar su daño, cuando ella inocente y triste, retirada está llorando. Desde ayer ha que le temo, y así esta tarde he avisado al , que venga esta noche; que bien, que ventura aguardo sacar de aquestas quimeras pero atrevime a llamarlo, porque peligro a peligro, defienda en un mismo caso. Ruido en su cuarto siento, ya debe de haber entrado Garci Laso. Pasos oigo. Señora. ¿Acaso has hecho ahora ruido? Dicha fue, logré mi engaño. . ¿O en el umbral de mi puerta has caído tropezando? ¿Abriste alguna ventana, que parece que he escuchado abrirla, y estar en ella, desde aquesta cuadra hablando? No sé qué tengo esta noche, que temiendo, y recelando, de cuanto escucho me asombro, de cuanto miro me espanto; ¡mas ay cielos!, ¿qué hombre es este? Yo, que de sufrir cansado tus desprecios, la victoria he remitido a los brazos; acabóse mi respeto, murió mi amor desdichado, de tu rigor a las iras, de tu inclemencia a las manos; un hierro llama otro hierro, y así en mi pecho bizarrro, el de amarte sin tu gusto, al de forzate ha llamado. Este es mi intento, y perdona, si tan grosero te hablo, pero disculpa el decirlo el haber de ejecutarlo. Que con mujeres que tienen en su calidad sagrado, el decirlo es de vergüenza, y ceguedad el obrarlo. Si bien por lo que te quise, puesto que ya no te amo, quiero hacer una fineza, quiero apurar un encanto, palabra te doy de esposo, no me respondas dudando, cuando estoy arrepentido, aún de haberlo pronunciado, que viendo en otros favores, y solo en mí desengaños, más hago yo en ofrecerlo, que tú harás en aceptarlo; pues debiéndote tan poco en lance apretado, haciendo lo que te importa, lo que no debo te pago. Piénsalo bien porque intento, cuando digas que te agravio, que quede con tu respuesta mi hierro justificado. ¿Cómo a mi casa te atreves, , precipitado?, ¿contra su honor tus deseos, más que corteses, livianos? ¿Cómo en vez de respetarme, cuando te tengo obligada con la vida que me debes, por el silencio que guardo?. ¿Soberbio, furioso, y ciego, sin temer peligros tantos, como por mí te amenazan, procedes tan arrojado? Si te engaña tu osadía, si te despeña tu engaño, deudos, , justicia, cielos juntaré para mi amparo. Ofender, no es mi gallardía, sino impulso temerario, que el que vence sin ofensa, es solamente gallardo. No fuerces un cuerpo solo con alma, que no te ha dado; fuérzame el alma, , será ventura, y no agravio. Mira que me cuestas mucho, pues sin quererte, más hago por ti, que si te quisiera, sé agradecido, y no ingrato. El competidor que tienes puede tanto, vale tanto, que si me ofendes, no hay parte del mundo en que estés guardado. Valor, y poder iguales has de hallar en un contrario; y adviertote, que piadosa te aviso, y no te amenazo. Si bien, cuando lo que dices, llegaras a ejecutarlo, mostrando, que villanías caben en pechos hidalgos. Para ser tu esposa, tengo en mi honor méritos tantos, que cuando dices que dudas, soy yo la que estoy dudando. Que en la virtud que profeso, que en la honestidad que guardo, aun en mis propias acciones está mi honor reservado. Si me viste agradeciendo, si me zolaste mirando. Favores lícitos fueron, más que amorosos cuidados, pues el que pudo causarte esos escrúpulos vanos, si el original tuviera, no me pidiera el retrato. Y a pedirle, porque siempre me quisiera estar mirando, no lo dijera en la calle quien visitara en mi estrado. No dices mal, yo lo creo; pero ya te satisfago, pues me caso, cuando puedo quedarme libre, y vengado; , saca allá fuera a . Detén el paso ¿a dónde vas? A matarme. Es hierro, dame la mano, pues te la pido de esposa, que aunque es el mundo tan ancho, Y no he de poder guardarme, lo querré ver si me enfado. ¿Aún estáis aquí vosotros? Estábamos esperando a ver como es una fuerza. La curiosidad alabo, pero no la inobediencia. Vamos. O si el viniese ahora. Vanse y . Solo habemos qudado. Dame la mano doña Ana, y advierte que si me canso, quizá no querré tomarla ¿lloras?,¿pues por qué es el llanto? Suéltame la mano. Acaba. O si el cielo lastimado de ver esta injuria hiciera que las dividiera un rayo. Si el cielo te oyó, ya viene. Señor. ¿Llamaron? Sí señor. Nadie responda. bajó volando, y pienso que abrió la puerta. Pues, ¿quién será el desgraciado que viene a inquietarme ahora? Yo te lo diré tu hermano. Válgame el cielo, ¿qué escucho? ¿Tú eres, , el que hallo, cuando el matarte es forzolo, y traición el escucharlo? ¿Tú te atreves, tú te opones, siendo un humilde vasallo, a la inclinación, al gusto del que es señor soberano? ¿Al pierdes el respeto, ciego, atrevido, y osado, siendo mi hermano? Es mentira, que el que es traidor no es mi hermano, y así en matándote el rostro, como espejo haré pedazos, que si los imaginasen, no puedan asegurarlo. Yo tengo la culpa de esto, Que si te matara cuando te perdoné (que mal hice) no me hubieras afrentado. El favor del estimo, porque con ejecutarlo, mi lealtad lave tu sangre, si pudo mancharla en algo. Engañase quien presume, que pudo mi pecho hidalgo ser desleal a mi , y es testigo el cielo santo que te engañas si pretendes hacer a mi honor agravio, con persuadirte que supe que esta casa era sagrado solo reservarlo al , y lo demás es engaño. Y tú te engañas si piensas que es verdad lo que has pensado; pues de tan leal precio, que de solo imaginarlo, sin esperar a las tuyas me vieran muerto mis manos. Fuera de que en la tragedia, que aquí estás solicitando, con capa de intentas vengar enojos pasados. Pues, ¿quién siendo hermano mío, prevenid, y avisado, se encargará de matarme atrevido, y temerario? ¿Tú eres hijo de mi padre?, ¿tú eres del África espanto? ¿Cómo puede ser si ahora te arrojas determinado al más atroz desatino, al más lamentable caso? Piénsalo bien. ¡Qué desdicha! Y no te despeñes dando disculpa a enormes delirios, materia a fieros agravios. Siempre te tuve respeto, no por parecer bizarro a pedírtele me obligo, vida, y honor deseando. nos disputemos, que es ya tarde. Pues riñamos, que si la razón ayuda, de mi parte está, . Pues defiéndete si puedes. A que buen tiempo llegamos, todos se salgan fuera, solo quede Garci-Laso, y doña Ana aquí conmigo, porque me vengue de entrambos. Dadle la mano a doña Ana. Ya yo, señor, se la he dado, y ahora por vos de nuevo haré lo mismo, dudando, por ser vos quien la ha pedido. En esta parte, fiado se la podéis dar, , y en mi palabra, pues hago testigo al cielo de que nunca entre los dos ha pasado algo más de lo que habéis visto, ni mi amor, ni su recato; y pues ya estáis satisfecho de este escrúpulo, y casado, los dos de quien tengo quejas tan justas en este caso. Sacad la espada , porque pretendo enseñaros, como a competir se atreven con sus es los vasallos. Vuestra honra, o vuestra vida defended, pues me declaro, en que la vida o la honra os han de quitar mis manos. Yo soy el de Castilla, Garci-Laso, pero cuando solo fuera don Alonso Enríquez, bastará a daros satisfacción cuerpo a cuerpo, aquí, en la calle, en el campo, de que no soy yo persona, si me empeño en un cuidado, con quien se atreven espadas, ni a quien se quitan retratos. ¿Señor? No hay que persuadirme. Pues ya estás determinado, y ha de ser como habéis dicho, sin llegar a reputaros plegue a Dios que si he sabido que erais vos, ni imaginado que pudierais ser tan poco, hasta que llegué a escucharlo de mi hermano aquesta noche tan triste, que el mismo daño en vida, y honor me alcance, que me estáis amenazando. Y ahora la espada arrojo desde el mío al vuestro lado, porque el corazón no pueda, al ver ofenderse tanto, siendo vos mi , hacerme poner la espada en la mano, con la lealtad y la vida cumplo en esto, reservando para mi honor este lienzo, con que los ojos me tapo, porque me falten a un tiempo (ya que soy tan desdichado) armas con que defenderlo, y vista con que mirarlo. estaba inocente; si el haberlo yo callado es delito, no en mi esposo, sino en mí podéis vengarlo. Si amor, si respeto os debo, ahora podéis mostrarlo, imitando las grandezas de vuestros antepasados. ¿Cómo es posible, mío, que no os enternezca el llanto de una mujer, y de un hombre las ansias que estáis mirando? ¿Cuándo pechos generosos, fieras indomables, cuándo ofenden a un hombre huyendo, que está a estos pies arrojado? Esto ha de ser. Daré voces. Ya serán, doña Ana, en vano. Alfonso de , don Diego López de Aro, a , venid todos. Procuro disimularlo, mas ya estoy enternecido. Aunque más se esté negando a la piedad vuestro pecho, mis ruegos han de templaros. Todos a tus pies llegamos a pedirte te sosiegues. A propósito está el paso; à famoso Herodes, degolladlos, degolladlos. Señor, mi hermano es , demás de no estar culpado, honradle con perdonarle, si pueden servicios tantos, como los que os hemos hecho, y como os está acordando en nuestro favor ahora, la batalla del Salado, merecer esto por premio. Atrevimientos, , contra su , nunca dejan piedad para perdonarlos; galardonar los servicios que habéis hecho, he deseado, y así con esta templanza los galardono, y los pago. Por vuestro hermano, , os perdono, levantaos; y de doña Ana agradezco pensamientos tan honrados. A los dos haré mercedes, y dará ejemplo este caso, de lo que el valor merece; venid conmigo, , que tengo que hablar con vos. Y aquí al vencer porfiando ha dado fin el Poeta, y aunque pretende agradaros, vitoread lo que es bueno, silvad todo lo que es malo. DIO FIN.
