Texto digital de Lo que piensas te hago
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Antonio de Benavides o Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Juan Antonio de Benavides Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición V (1918).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Lo que piensas te hago. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lo-que-piensas-te-hago.

LO QUE PIENSAS TE HAGO
JORNADA PRIMERA
ACTO PRIMERO No es buen remedio, Tacón. Para el mal que tú padeces, no hay cosa como olvidar. ¿Y si no puedo? Excelente remedio para ese efecto; y sanarás, si tú quieres, que es dueño la voluntad de amorosos accidentes. Lo primero es conferir que sin prolijos ungüentos de distintas confituras, digo, de aquestos afeites, no hay mujer que se asegure al dejar hablar ni verse. Considera su hermosura, con las faltas que le advierte el matiz de aquel engaño que te encanta y desvanece, y vendrás a sanar luego si el tiempo memorias vence. Con ser Alba la que adoras, si al alba, señor, la vieses, ¡qué de nublados verías con vislumbres diferentes! Antojos en la color, eclipses en el deleite, menos majestad de rostro, términos más corteses. Y, en fin, humano el imperio que de allá a dos horas puede, colocado el artificio, ser aviso a los pinceles. Prolijo de disparates has de estar continuamente. ¿No ves que aquel alba hermosa, fábrica en copia tan breve, es forma de altiva mano, donde la elección de Apeles, turbado el conocimiento, sus retratos duda y teme? ¿No ves que, envidioso el sol, cuando en sus rayos se atreve desvanecido permite que su deidad la venere? ¿Viste el alba? No, señor. Ya me enfadas. Pues qué, ¿quieres que responda que la he visto cuando en la rosa amanece? Si en aquel botón que apenas el aliento del sol bebe, y que después, dando al viento sus matices diferentes, lo que era globo o bosquejo a ser estrella se atreve, así el alba, al mismo tiempo que la aurora verla quiere, y su majestad descubre los celajes que previene, y a competir con el sol sale después, donde infiere mi amor que una misma cosa es al salir que al ponerse. Finísimo enamorado. Fallo, como juez, que puedes quedar condenado a engaños y a penar eternamente. Fallo que sufras deseos, desengaños y desdenes, pechugueras para el pecho de esquinada escarcha o nieve; dolores en la cabeza, romadizos suspirantes y, aguardando a ver tu dama, un "¡agua va!" cuando viene. Ya me cansas. Yo lo creo; que es cosa muy corriente, cuando se ofrece el remedio, por no pagarle, ofenderse. Pero aquí viene la luz que te alegra y te divierte. Mejor dirás, ¡ay, desvelos!, quien me ocasiona; la muerte. (¡Cielos, al paso primero, la causa de mi dolor!) ¿Carlos? Solo tu favor es por quien vivo y por quien muero cuando tan rigurosa... (Desvelos, ¿adónde vais? ¿Qué rigores animáis?) efetos, al fin, de hermosa, tentáis una fe rendida, que imaginó su desvelo ser robador de ese cielo, sombra fue desvanecida. En vos, en mi tierna edad, puse firmeza, esperanza, y hoy muda mi confianza vuestra misma voluntad. El alma y la vida os di en llegando a contemplar que fue imposible no amar desde el instante que os vi. Si fue desvanecimiento la culpa tuvisteis vos. Amor, pues pudo en los dos alimentar un tormento. Hoy a manos de rigores, hecho el corazón pedazos, vuestro sol en otros brazos, como dueño los favores, Mañana el Príncipe llega, tu esposo amante, ¡ay, rigor!; hoy crece más mi dolor viviendo esta pasión ciega, Y tan firme llega a ser esta pena en mis enojos, que el alma dice en los ojos lo que sabe padecer. Carlos, yo os miré, y quereros fue en mí posible, y quisiera ser mía para que fuera eterno el logro de veros. Consagrara en esos ojos la fe que les ofrecí, a ser justa acción en mí tan liberales despojos. Pero el dominio mayor de mi libre voluntad, imperando majestad, sujetan a su rigor. Si finge el entendimiento no amarte, imposible ha sido acreditar el olvido cuando es verdad el tormento. Cielos, ¿por qué tantos rayos, si la resistencia es tal al más débil animal causáis tan fieros desmayos? Tres veces vi el sol dorado con arpón, cometa de oro, lamer la guedeja al toro, y otras tres vestir al prado de diferentes colores, cuando yo amante fiel fui yedra a tanto laurel entre ejércitos de flores. Exhalación soy nacida, que en un punto nace y muere, flor a quien el rayo hiere y pierde al punto la vida, ¡Quién te vio, ay, cielos airados I decir: "Carlos, yo he de ser..." Mas es más dolor traer tu favor a mis cuidados: que es rigor tan advertido; que si el que ama no se muere, finge la acción, o no quiere, o le ha faltado el sentido. Y así yo, con tu licencia, el remedio he de elegir, que si es forzoso el morir, quiero que sea en tu ausencia. Carlos, el valor que siente se acredita en el rigor; mas ¿cuál es pena mayor, la ausencia o el mal presente? Yo juzgo, a mi parecer, que el ausencia es mayor mal, y que en el curso mortal mayor no le puede haber, fundada en que el padecer viene a estribar en ausencia del bien, en cuya violencia sus pesares solicita ser infierno se acredita en no ver de Dios la esencia. Porque si posible fuera que un alma ya destinada para la infernal morada a Dios en su pena viera, de su dolor careciera contenta, alegre y gozosa. Luego la que está celosa, viendo lo que amando está, menores penas tendrá y será, al fin, más dichosa. Digo que es pena mayor tener delante los ojos el bien cuando causa enojos acreditando el dolor; porque el más constante amor, no viendo nada ha sentido y viendo el dolor ha sido rayo que el sentido abrasa, éste a ser infierno pasa y aquél acaba en olvido. Que el daño que no alcanzó la memoria no atormenta, ni el dolor mortal violenta cuando oculto se miró. Mas ¡pobre del que se halló presente a rigor tan fuerte, porque muere ron advierte, vive como desdichado, ama como no estimado y, en fin, el vivir es muerte! Pues si eso es así, elegir, Carlos, el medio mejor; mi hermano es solo señor que os puede dejar partir. Partid, tratad de vivir si el remedio halláis así, dejad la memoria en mí. (¡Oh, qué amante acomodado!) Carlos, Carlos, buen cuidado, y mirad que soy quien fui. Nace una palma vistosa y, trepando el muro fuerte, escalar el cielo advierte cuando, soberbia de hermosa, menospreciando la rosa, sube con ligero vuelo; y hollando el ardiente velo parte, acreditada yedra, dejando la última piedra, a ser narciso del cielo, Cuando osada y atrevida, al mismo tiempo que sube, si fue perfume a una nube descendió desvanecida cuando del planeta herida, que antes fue su propio autor, fatigada de su ardor, cosa casi no pensada, de donde salió formada baja desmentida flor. De mi voluntad mi fe así el principio se mira, pues en su afecto conspira la gloria que acredité. Mi esperanza la flor fue, que a una condición tirana rendí, y esperando humana su voluntad impedida, soy flor que dura mi vida de la noche a la mañana. ¿Das lugar a la pasión cuando ves que está la Infanta tan firme, que se adelanta a más justa estimación? ¿Pareció de cara hermosa al decir afectos tales cuando entre rojos corales bebe cristales la rosa? ¿Has visto el alba al nacer que suda el diáfano humor para que salga mejor su esposa al amanecer? Pues así me ha parecido casi que lloraba, ¡ay, Cielos! Mas ¡qué bien bordan desvelos de lágrimas un vestido! Pero el Rey sale, señor. ¡Ah , tirano de mis glorias, verdugo de mis memorias y, en fin, muerte de mi amor! Laura es Fénix de Aragón y no admite competencia. No castigues mi inocencia. Conociendo mi pasión, don Lope, es justo saber que solo muy bellos ojos quiere el alma por despojos, siendo ilusión el poder. Carlos está aquí, señor. ¿No llegas a hablar al Rey? (¡Ay, de honor precisa ley! ¡ay, justa pensión de amor!) Carlos, ¿sin haberme visto tanto tiempo? Lo ha causado de la salud el cuidado; (¡qué mal mi pasión resisto!) que jamás la voluntad está empleada más bien que en el servicio de quien es dueño de mi humildad. (Don Lope, yo te prometo que, a no ser tanto mi amor, de Carlos, el justo honor atropellara el respeto de mi voluntad, que es tal, tan firme y tantos enojos me dan de Laura los ojos, que hallan competencia igual la inclinación de los dos. Carlos todo lo merece. En fin, ¿esta noche ofrece la victoria Leonor? Vos seréis, señor, dichoso gozando tanta hermosura. Mi amor llega a ser locura. El lance es dificultoso, por ser Carlos caballero tan de tu sangre y tu casa. Amor que a locura pasa, todo le atropella. Espero algún daño. Yo daré el remedio. ¿Qué ha pensado vuestra alteza? Tacón, yo he determinado pedir licencia. ¿Por qué? Por ausentarme y estar donde no vea el suplicio de mi injusto sacrificio. El Rey no te la ha de dar, y así, excusa de pedir.) (Siempre a los Reyes, señor, les dio el Cielo más favor para saber discernir. El acuerdo es extremado: que menos que a tal grandeza no rindiera su cabeza Laura. Yo, enamorado, logre esta vez el deseo, y después, lo soberano se acreditará en mi mano. Digna es Laura del empleo que tú le has dedicado.) Carlos, vuestra persona, viendo lo que en vos se abona mi gusto, he determinado que vos conozcáis en él la parte mayor, y así, habéis de acudir por mí, por noble, bizarro y fiel, a lo que Lop e os dirá. El cuidado importa, Carlos. Tus preceptos, en guardarlos, nadie me aventajará. Esta noche han de venir dos damas a este palacio, y en este primer espacio las tenéis de recibir. El Rey manda las llevéis al jardín, sin preguntar quién son y allí aguardar hasta que él vaya podéis. Esto importa a la obediencia. Avisar voy. Es forzoso. ¡Buen lance para Un celoso! Pide ahora la licencia. (¡Engaños de la paciencia, pensiones de la afición, sosegad! ¡Aquí está Carlos!) El Alba otra vez, señor; amor la alienta; hazte grave. Habla con resolución, que amagos de la altivez son espuela del Amor. ¡Señora! ¿Carlos aquí? ¿Os dio ya el Rey, mi señor, licencia? Que oí le hablasteis. ¿Cuándo es la partida? Tacón, Hoy. Calla, ignorante. * Yo digo la verdad. Pues di. Tacón, ¿pidió Carlos la licencia? Sí. señora, y respondió el Rey... Dilo, acaba. Escucha. Al cabo de un gran sermón de aquello ''A mi hacienda importa ausentarme... ¿No es error que escuche tu alteza un necio, cuando es tal mi confusión, el riesgo tan conocido, tan gran pérdida tu honor, tu majestad conocida, noble tu resolución, tus finezas ya lisonjas, firme mi amante valor, tu empleo y mi muerte cerca, ¿duda en la resolución? Advertido está el acierto. pues de ausentarme cobró la vida entre los peligros un desahogo interior, una excusa de los riesgos, aunque dudosa la voz; pronunciando estos avisos, dudo si fui lo que soy. Carlos, si me escucha alguno... Aquí no más de Tacón, y soy tan sordo que apenas oigo la pronunciación, que las palabras se pierden. No he de ser la misma yo que ocasione aquesta ausencia. Pues i ay, incapaz amor, que imposibles atropellas! Ten confianza mayor, que vivo en la fe que ofreces; pero dime la ocasión que siendo constante y firme te anima y te da valor. ¿No es bastante causa triste el articular la voz con un nudo a la garganta, susto mortal de esta acción, al pronunciar este afecto, al distinguirle ¡ay rigor! queda vivo la alteza arroyo que lisonja de la flor, murmura con las arenas, que al prado límites dio, y que ofendidos los Cielos de ver su demostración, como ingrato del paraje con acelerado horror convierte su cristal puro hielo, y que el curso paró? Así, al decirte la causa que promueve esta pasión. murmura mi misma pena a espaldas de su rigor, Y el discurso que se esconde de ver su demostración, hace que turbe la lengua las palabras, porque son áspides de mis deseos, siendo hielo de la voz, quedan suspensas y mudas, siendo muerte de esta acción. Eso, Carlos, me contenta. Tema el daño, que es Amor, que a riesgos tan evidentes jamás el premio faltó. ¡Vivas más que el tiempo mismo Adiós, Carlos. Alba, adiós. Tacón, ¿qué dices? Licencia, que un adagio me enseñó "Quien se muda, Dios le ayuda." No en aquesta confusión. Pues ¿qué intentas? Ser constante, y vuelva a vivir amor. Clara, no hay que persuadirme. Mujer soy; solo quisiera ser deidad, por que no fuera capaz para arrepentirme. Si aquesta resolución te parece liviandad, aspira a la majestad de ser reina de Aragón, Mientras la causa experimenta el daño mortal criatura. en su misma pasión dura porque la hiere y violenta. Si el fuego a un leño se aplica siempre el fuego está abrasando, y, naturalmente hablando, su mismo ser multiplica. Pues si entre amor inmortal de día y de noche veo enajenado el deseo, ¿cómo ha de cesar el mal? Pues ¿qué intenta el Rey hacer, ya que en su palacio estamos, si a mi señor encontramos? Mi hermano mismo ha de ser el que nos ha de llevar adonde el Rey ordenare. Grande atrevimiento; pare esta ignorancia en lograr la gloria de tus deseos... El cochero y los criados, ¿los dejaste ya avisados? Sí, señora. Los trofeos de este amor ruego a los Cielos sean tan a tu elección, que el ser reina de Aragón sea eclipse a tus desvelos. A esta parte te retira, que aquí habernos de aguardar. Oír y ver y callar. Gente viene, Quién son mira. Tu hermano, señora. Encubre bien el rostro con el manto. Cuando me abrasa el encanto que el alma mi fe descubre, me entretiene el Rey así. Si es forzoso obedecer, no hay, señor, sino hacer lo que te tocare a ti. Si no miro mal, ya están las dos que buscáis tapadas prevenidas y avisadas. Ellas, sin duda, serán. Llega, pues; habla con ellas. Licencia el Rey no me dio para hablarlas. Y yo, ¿no puedo, sin conocerlas, decir a la compañera un millón de disparates? De obedecer solo trates, que es la profesión primera de honor. Yo no he tratado jamás de caballerías. Mis humanas correrías estimo y he profesado, y así de la obligación en que me pones salí, que no ha de culparme a mí la falta de la opinión. De una obligación prendado vengo, señora, a serviros, y si sois vos. advertiros que el Rey me tiene mandado que sirva, acompañe y lleve al jardín; y por la parte donde estáis, el talle, el arte que la nube obscura embebe, juzgo que sois vos, y así seguid mis pasos, que yo hago lo que me mandó quien puede . (Ya vi el riesgo en que estoy metida. Pues ahora ten valor. ¡Ay, lo que cuesta el amor! ¡Si el meno r riesgo es la vida!) ¿Qué decís, señora? Nada. Aquí, señora, entraréis mientras que el dueño tenéis de Aragón. Señora tapada, si de sobra acaso viene, quédese un poco atrás. ¿Es muda? Pienso que más. ¡Bizarro tallazo tiene! Ya cumplí lo que me toca. Y ahora, ¿qué hemos de hacer? Aguardar al Rey, por ver lo que manda. Punto en boca; que parece que midió los pasos, tiempo y lugar, y ya viene por lograr la gloria que te encargó. Tiempo, si valor tuvieras, mi pensamiento igualaras; pero no atrás te quedaras por más priesa que te dieras. Don Lope, ¿si habrá venido el encanto que deseo? Ya juzgo que a Carlos veo. (Si él es, efecto ha tenido. Gente, señor, aparece. ¿Será el Rey? no me parece que tiene talle de rey.) (¿Si es aqueste Carlos? Será fácil cosa, llegando a reconocerle, el saber quién es.) ¿Quién va? El que saberlo pretende, ¿quién es? El Rey. ¡Gran señor! ¿Carlos? El que apetece solo las glorias de servirte eternamente. (Celosas desconfianzas.) donde el ánimo se atreve a contrastar imposibles siendo plumas de amor leve.) ¿Lope? Señor, ¿qué intentas? Llegar adonde amanece el sol en púrpura rosa cuando sus rayos alegres, siendo anuncio para el día, cándidos celajes vierte. muy enamorado estás. Ya juzgo que Aragón tiene reina. Así lo entiendo. En fin, ¿a Carlos pretendes dejar por custodia tuyo? ¿Quién hacerlo corno él puede? Que así aseguro de Laura los ciertos inconvenientes. Su padre está recogido. Hasta aquí feliz la suerte se muestra a mis pretensiones. Ruego al Cielo que lo aciertes. Y o me voy, con tu licencia. Lope, entretenerte puedes; que quedando yo con Carlos seguro estoy. (Y a me advierten los Cielos el desengaño de tan infelice suerte. El Rey, amoroso amante, el imposible promete en palabras que, dudosas, verdaderas se desmienten. Si Laura ha de ser mi esposa, si así tratado lo tiene su padre... ¿Qué es esto, Cielos? ¿A quién tal lance sucede? ¿Si conseguirá el ser reina? Padeciendo eternamente la pérdida de sus ojos, ¿viviera en la pena alegre? Pero en duda, la elección...) El servirte eternamente glorioso blasón es mío. En esta puerta entretente hasta que yo salga. Hombre a la mar. He aquí vienen dos hombres. Di, ¿qué has de hacer? Defender briosamente la puerta. Pero al jardín del Rey ¿quién intentar puede tal acción? ¿Tú no sabrás pelear con uno? Mienten, sí, cuantas imaginaciones han podido convencerte a que yo he de pelear. Tú reñir con ellos puedes, que yo ni lo he imaginado. (Ya el Rey del jardín parece que eclipsa pintadas flores, ya que entre lazos aleves a la voluntad del alma en Laura a la gloria advierten. ¡Paciencia, o matadme, Cielos!) Aquí algún rumor se advierte. Esto es lo que yo temo. Cuando mi brazo valiente tienes a tu lado, ¿tiemblas? Pues pregunto: ¿es contingente que el golpe que a mí me tiren, si hay dos para el ofenderte, que tú lo excuses, señor? Sé que la destreza puede con una mano librarte y con otra defenderte. Tacón, ¿y si el otro también sabe esas tretas y apetece con ambas manos el daño? ¡Por Dios, que me desvaneces (Ya no hay resistencia, Cielos. La llave maestra puede abrir la puerta al jardín; la industria todo lo vence. A Carlos he de embestir, y el valor con celos puede atropellar imposibles; que no hay. Amor, que vence soberanas atenciones cuando los celos encienden volcanes de confusión. Al ruido ha de oponerse el Rey, y podré, entre tanto, pues la obscuridad promete confusas, lóbregas sombras, hacer que Laura se ausente fingiendo que el Rey lo manda. Esto importa. Amor, valedme.) Señor, que se llega un bulto. Un gigante me parece. ¡Quién fuera David agora! Necio, estás impertinente. Es uno, y a ti te toca; que vino cómodamente sin Cirineo en su ayuda. Antes que a enojarme llegue, aquesa puerta me importa que dejéis. ¿Quién lo pretende? Ahora lo echaréis de ver, y que pude resolverme cuando ya de los peligros tuve los riesgos presentes. Vusted no tiene conmigo qué pedir ni en qué meterse, que yo vengo con quien vengo. A un imposible te atreves. Como yo soy imposible, solo imposibles pretende vencer este altivo brazo. Hombre o demonio, ¿quién eres? ¿qué solicitas? Mataros, si la entrada se defiende. Señor, ya digo que yo soy neutral y que no tiene en qué meterse conmigo. ¿Quién es el traidor aleve que este reino oculto inquieta? ¿Cómo inadvertidamente este venerado imperio profanas? El que se atreve no he conocido quién es. Soy Tacón, que, al responderte, desconocilo yo mismo. ¿Tacón es? Apenas puede confesar sus movimientos, pues la turbación pretende que, olvidado de mí mismo, solo tu piedad espere. Aunque sean tan veloces tus pies que a las plumas dejen atrás, te he de conocer; mas la obscuridad desvanece el pensamiento, y perdido estoy de su vista ausente. Mas aquí pienso que está. Di quién eres, o la muerte será el fatal precipicio de tu presunción aleve, ¿Carlos? Pues ¿tu alteza aquí? En los ojos de esta fuente que adornan jazmín y yedra, cinamomos y laureles, se escondió. ¿Quién fue la causa que tu clausura se inquiete? (¿Dónde camináis, desvelos? Mas no, que si Carlos fuese, con menos justa modestia cobrara su honor.) No quede retiro en todo el jardín que no se busque. (¿Quién puede creer lo que ha sucedido?) Por aquesta parte llegue, que está más oculto el coche. ¿Que el Rey manda que me ausente, don Lope? Sí, mi señora. (Parece que vuelve gente; y es un ejército entero.) Un hombre, si no desmiente la obscuridad de la noche, hacia esta parte parece, y es fuerza que se desvíe. (¡Que se llegan! ¿Quién me mete en usar galanterías? ¿No era mejor esconderme?) Déjeme vusted la calle. La calle tenerla puede vuesa merced cuanto guste, que a intentar no se atreve mi pecho tan grande carga. No es tiempo de que graceje, sino, pu-es le doy que escoja, irse o pagar con la muerte. ¡Jesús, de muy buena gana, pues no hay cólera que anime lo contrario! Ya me voy. Eso es lo que le conviene. (¡Qué confuso barbarismo Amor a mi engaño ofrece! ¡Porfiar hasta ser reina!) (Amor, tú me favoreces.) Yo salí bien de este engaño. ¿A quién sino a mí suceden lances tan dignos de esfuerzo? En aquesta parte hay gente. El ruido del terrero ha sido grande, y pretende el deseo ver si es Carlos. En aquel balcón parece que tenemos otro empleo. Paséome a lo valiente, despojo todo temor, y venga lo que viniere. ¿Ce? ¿Quién pretende ahora, cuando la noche promete tal obscuridad, ser día? ¿Es Tacón? (¡Que luego fuese conocido cuando quise ser un gran señor!) ¿Quién puede ser si no yo quien aguarde a que esos rayos alegres me manden en qué les sirva? ¿Tu señor? El Rey y él pretenden examinar el jardín porque dentro de él ver quieren un hombre, rayo o demonio de estos de brazo valiente, acero a lo matador, que a ellos dos siendo ellos veinte... ¡Qué ensarta de disparates No te espantes, que aquí vienen otros bultos. (Y yo tiemblo.) Si es Carlos, dile que espere, que le quiero hablar; y adiós. El imperio de los reyes, la majestad de su nombre a semejantes vaivenes los sujeta la fortuna. Pues que las damas se fuesen, ¿qué fue la causa, señor, el temor de conocerlas? ¿Quién está aquí? Yo, señor. ¿Viste salir dos mujeres por aquí, Tacón? Sí vi. (Gracias doy al Rey de reyes que una vez se vio en comedia "viste" a que se respondiese con propiedad, sin buscar a Plinio que lo sentencie.) Yo las vi entrambas, señor, y un hombre impertinente, por que le diese lugar... ¿Qué te hizo? ¿Qué había de hacerme estando de esta manera? ¿Llevóselas? No hay quien pueda confesarte lo contrario. ¡Gallardo brío! ¡Excelente! Ya se abrasa el alma en celos. Tu majestad recogerse puede, porque ya es muy tarde. ¡Qué mal puede recogerse quien tiene un volcán de celos en el alma! Lo prudente tiene en ti más propiedad. Carlos, cuando el arpón hiere de Amor, sujeta al cuidado y la majestad de reyes, y si a amor se añaden celos, no hay sujeto que veneren. Carlos, vos mirad si vuelve. ¿A qué tiene de volver si se llevó las mujeres? Dices la verdad, Tacón. (Amor, ¿qué género es este de tormento y confusión? Siendo Laura la que puede prestar al sol hermosura y es quien es, ¿cómo se atreven? Desvanecidos engaños, ¿lo que se ve ha de creerse? Sí; confuso y triste estoy, paciencia. ¡Cielos, valedme!) Albricias, señor, albricias... (Pues ¿ofrecértelas puede un pensamiento que vive con amagos de la muerte?) Porque la Infanta... ¿Qué dices? Que la Infanta verte quiere, que así me lo mandó a mí. ¿Intentas desvanecerme? No, que ya está a la ventana, ¿Ce? ¿Es Tacón? Tacón es, que solo a serviros viene. (Cuidadosa vengo, Amor, por ver lo que ha sucedido; ¡qué imperio tan atrevido consuela tu loco ardor!) Animo; llega, señor. ¿Fáltate el atrevimiento? El celestial firmamento ¿no miras claro, brillante? Llega con quejas de amante y avisos de sentimiento. Las aves reconocidas ya a vuestros ojos están, diciendo a voces que os dan en sacrificio las vidas. Gloria es el verse vencidas cuando su canto escucháis, porque las lisonjeáis en el atención, señora, y así a un alma que os adora vida con la muerte dais. Yo, que de razón soy parte, vuestros ojos sigo ahora, y si os examino aurora vence este crédito el arte. Deidad del cielo osS reparte para poder celebraros, si estuvo el ver en amaros, los desaires en perderos. ¡Dichoso el que ha de teneros sin llegar a enamoraros ¡Dichoso el que ha de llegar a ser de tan bellos ojos lazo, venciendo despojos que amor no pudo alcanzar! ¡Dichoso el que ha de lograr, en tan apacible suerte, la gloria que en vos se advierte con una afición rendida, pues dándole a Enrique vida le dais a Carlos la muerte. Carlos, siempre agradecida de vuestra fineza estoy, aquélla que vistes soy constante y reconocida. Estimad más vuestra vida, que os prometo que ha costado más de un amante cuidado. ¿Os hirieron? Solo Amor. Yo os agradezco el favor. Yo a vuestra alteza el cuidado. ¿Qué importa que su favor dé a mis deseos aliento, si la presencia del viento aún tiene imperio mayor? ¿Qué importa que tenga amor si, abrasado en mis desvelos muero a manos de mis celos viendo que es fuerza el vencer del Príncipe su poder? ¡Paciencia, o matadme, Cielos!
JORNADA SEGUNDA
ACTO SEGUNDO Al margen de ese arroyo, en el blando regazo de esas ondas, a quien abril compuso de hermosura y agrado lo que negó a la selva y quitó el prado, con tanta variedad en los colores que, bordando lisonjas a porfía, cada mancha que el suelo recibía tan diversos lograba los matices, que viven ramilletes sirviendo al sol de alfombras y tapetes a quien florido prado marciten en arneses y bridones tan hijos ya del noto, que, igualando su ser en la carrera, poco estrecho parece larga esfera, pues lisonja del viento, fueron emulación de su elemento, sosegad, den Fernando, en tanto que, celoso del deseo, doy pena al cuidado, tan hijo de mi empleo, que en justa duración del mal usado vive tan a mi costa en sus enojes, que infierno es ya lo que esperé despojos. Mis infantes valientes, en quien mi enojo y mi poder se fía. del sol rayos ardientes, cubran la linfa de esta fuente fría; serán dibujo hermoso a la ciudad, a nuestro ejército brioso. Cuando de paz dichosa con Aragón convocas el deseo, en una edad hermosa das lugar a la gloria de Himeneo, ¿armado te previenes, jinetes juntas y recelos tienes? Y ya que Zaragoza ves coronar la frente de rubíes y vestido de rosa y alhelíes parece el rojo dios en su carroza, y a ver tu esposa vienes, ¿gimes la ausencia de perdidos bienes? Sí, que Amor pudo errante consentirlo que padezco amante, y así mi confidencia es tanta, don Fernando, que el ausencia ha de dudar, aunque presente asisto, que mal mi amor a mi pesar resisto. No determino la prisión del alma sin que primero la amorosa calma de Lisi, en quien adoro, vea si priva su mayor tesoro. Dadme paciencia, Cielo. Viva el amor y dé muerte al desvelo, en tanto que yo veo si de la Infanta de Aragón mi empleo divierte mi cuidado. En tanto, disfrazado, asistiré a su lado cuidadoso, mi embajador serás; lance forzoso, de un accidente fiero, que siento amante y que constante espero. i Esta resolución vive en el alma! Logre mi amor su enamorada palma, si no de Alba los ojos privan la fe y excluyen los enojos. Permite este recato no conocerme en no tener retrato. Con segura licencia entra mi Infantería a ser un sol antípoda del día en Aragón, en tan seguro engaño, que no habrá quien prevenga el desengaño, pues finge mi decoro guerra a Castilla cuando freno al moro. El Rey concede mi aprobado intento y su ejército da plumas al viento cuando yo, en nuevo abismo, no conozco mi ciego barbarismo. ¡Aléjense apacibles, venciendo mi rigor los imposibles, mis valientes soldados, de Júpiter afectos animados, en cuyos tornasoles arneses lucen y eclipsando soles! i Dura acción acredita a vuestra alteza! Alba es eclipse a la mayor belleza; el mismo sol lo diga, pues de su luz la misma luz mendiga. Pero si obedecerte hoy mi lealtad me advierte. acredito su invento. ¡Que tanto pueda este interior tormento! Ya ves que mi deseo duda el afecto de tan alto empleo, que intento, disfrazado, dar alivio al cuidado; que si Alba es premio hermoso que divierta el incendio riguroso. Y puede ser, Fernando, que algún aleve, cuando estoy a tu servicio conducido, diga quién soy. Presume que he venido con alguna cautela a ser de aleve trato centinela, no te admires que quiera tener con mi valor esta frontera; que es asegurar el daño prevenir el futuro desengaño. Tu valor a tu ingenio no prefiere. Todo lo mira quien errar no quiere. Odios al de Aragón tiene Navarra; quiere que esté mi prevención bizarra tan cerca a Zaragoza, tan unida, que, al primer movimiento de mi furia, ejecute el rigor logros de injuria. Pues el Rey lo consiente, ¡viva el valor y el atrevido intente! Claudio, dame un caballo; en Zaragoza entremos a ver la \^ida en variedad de extremos. Ya el sol ardiente tira por sus rayos la eclíptica que mira; llega a ver tu esperanza en más seguro fin. La confianza no excluye mis enojos. ¡Amor, déjame ver con libres ojos? De la suerte que te digo mi pena se ha acreditado, dando cuidado a cuidado sin conocer mi enemigo. Desvelado en mi temor y apacible en el tormento, doy lugar al pensamiento que acredita este rigor. Si de Carlos no tuviera tan justa satisfacción, muriera de confusión y más el dolor sintiera. Salir Laura del jardín con un hombre acompañada... Parece ilusión soñada. Ella es la verdad, al fin. Celoso desasosiego atormenta el pensamiento, siendo Laura el alimento de tan amoroso fuego. Si acaso sube el recelo a imaginación de ofensa, no hay segura recompensa para tan hermoso cielo. ¡Cielos, no aumentéis desvelos cuando es preciso el cuidado, que es menor el mal dudado que examinados los celos! Don Lope, a Laura verás y de parte de mi amor cuenta la pena y dolor y el sentimiento dirás, y. en fin, que esta noche espero verla en su casa o vencer de este desvelo el poder, si no es que primero muero. Tanto amor parece en ti descrédito de valor. No hay poder contra el Amor, que tiene su imperio en mí. Pues de Carlos, ¿qué has de hacer? Él te sirve de tercero. Ocuparle en el terrero, que es lo más que puede ser. Esto le importa a mi gusto. A mí, solo obedecerle. (¡Cielos, qué infelice suerte!) Sea justo o no sea justo, esto elige mi deseo. (Amor, ¡qué nuevo cuidado al pensamiento le has 'dado!) ¿Qué dices? Que de tu empleo nadie goza mayor parte. Esto importa; parte luego. Ya todo un volcán de fuego por las venas se reparte. ¡Amor, tu rigor detén; ver quiero mi desengaño, porque no es tan grande el daño cuando no se espera el bien Vencer en Laura el desdén fuera enamorar la arena y esperar su luz serena ver sosiego en mi memoria, pues si no espero su gloria, menos sentiré mi pena. Válgame industria y porfía hasta vencer su rigor, que el no emprender con amor indicio es de cobardía. Mas ¿qué importa mi osadía cuando tan seguro indicio de mi muerte está propicio, que, si le alcanzo, recelo que será verme en su cielo para mayor precipicio? ¿Por qué tan triste, señora? No sé, Clara, lo que tengo. Amor será. No lo dudo. Amor que apetece efectos. No sé, Clara; solo sé que, apeteciendo el empleo, muero a. manos de un cuidado, dudando lo que apetezco. Yo ayer mañana imperioso imposible en este efecto, animé resoluciones, dando el honor escarmientos. Fui anoche, como tú sabes, atropellando el deseo tanto imposible gigante, tanto inconveniente cierto, guiada de una majestad, de mi amor dichoso empeño, que, a no ser d* aquesta suerte, no animara el libre exceso. Cuando a legrar la esperanza, entre temores resuelto mi valor, las diversiones que viste, Gara, padezco, llegar don Lope y decirme que el Rey manda que al momento a mi casa me retire; yo, confusa, obedecerlo. Don Lope hallarme turbada; lo que pasó en el terrero y lo demás que tú sabes, me tienen en un aprieto, que, animando mi valor y asegurando remedios, muriendo del bien que vivo, no vivo del mal que muero, ¿Y qué imaginas? Ser firme; que a la causa el duelo permite aqueste decoro es forzoso mejor medio. Solo en lances tan notables se ha de atropellar el riesgo; por solo reinar se excluyen los más seguros respetos. Julio César, por reinar, perdió al decoro el acierto. Yo, en mi propia obligación, animo el brioso empeño, y así, guiada del amor, Clara, ambiciosa peleo, por ser tan dueño de mí, que ningún peligro temo. Señora, tu padre viene. Que me cansa te prometo. Divierte ahora tus penas. ¿No ves que su pensamiento ofreciéndome a. don Lope, hace mayor mi desvelo? Mi Laura, solo un cuidado me ha traído a tu aposento, tan lleno de confusiones, que apenas los pasos muevo, solícito y cuidadoso, sin el juvenil aliento, ya cadáver más que forma que ofrece triunfos el tiempo. Antes que holocausto sea del último fin, pretendo ver, Laura, tus bellos ojos «n el lazo de Himeneo. Ya otra vez te he tratado de tu primo el casamiento: hoy tiene más pronto el fin; hoy, con más seguro acierto, veré el triunfo que me anima y el mayor bien que deseo. Ya ves lo bien que te está, por bizarro, por discreto, el valimiento del Rey por tan noble caballero. No sé que tenga respuesta, que, pendiente de tu acento, fluctúa el alma. ¿Qué dices? Que tu elección obedezco. ¡Dame mil veces tus brazos, que hoy he visto en el tormento de mis ya cansados años los verdores que apetezco! Esto se hará brevemente; la licencia al Rey pretendo pedir mañana. ¡Adiós, Laura! ¡Mil siglos te guarde el Cielo! ¿Qué gusto hay como mirar que tú guardes mis preceptos? ¡Volver te quiero a abrazar por el gusto que me has hecho Ya es más riguroso el mal; tal, que por su causa intento afligir el pensamiento, vivir con pena inmortal, porque el alma racional, ya dispuesta a la elección, si halla imposible la acción cuando el objeto se inclina, el tiempo que no termina es más alma la pasión. El Rey me habló, le estimé, y amor tan firme ha vencido, que esperanza he conducido con créditos de mi fe porque, aunque nunca le hablé con tierno afecto, ¡ay rigor!, sé quién es, y de mi amor juzgo imposible el intento, y engañando el pensamiento, hago la pena menor. Si acaso, dime ahora, el Rey, como puede ser, estimase otra mujer, ¿qué intentas hacer, señora? Amar mientras que se ignora, cuando ya aspiro a reinar. Eso es morir. Es amar. Modera el rigor violento. ¡No hay remedio a mi tormento! Pues morir y porfiar. Así, mi afecto siguiendo mi padre, y su fe engañando, iré el riesgo dilatando que en el alma estoy sintiendo. Miro el bien, la pena entiendo, deseo, espero dudando, el bien y el mal recelando. En tan confusa violencia, tan buena es la indiferencia, que la estoy idolatrando. Aquí me sirve de vida lo que divierto la pena; el pesar que la enajena gloria es en mí conocida. Porque si luego, rendida, he de conocer el daño, siendo el rigor tan extraño, la duda intento seguir, por ver que es mejor vivir con buena fe en el engaño. Don Lope, señora, viene, o mejor diré tu daño. Mi amor, para aquese engaño, nuevos afectos previene. No os parezca atrevimiento ver que os diga de esta suerte que vengo a buscar mi muerte perseguido de un tormento. Y es tan grande su rigor, que, aunque me promete vida, me da la muerte escondida con una capa de amor. Matadme o dadme la vida cuando existe en vuestra mano, que no espero bien, si gano, que vos seáis mi homicida. Veis en mí. en extremos tales, en una parte mi amor, y al Rey, amante traidor, con aparentes señales. La violencia de mi engaño, cuando el desengaño veo, hace mayor el empleo, aunque miro el desengaño. Vuestro padre, en este instante, el “sí" por vos me ofreció, cuando en dudas concibió mi pecho esa luz constante, ¡Excluid la vanidad de aquesta imaginación! ¡Goce yo la posesión de esa divina beldad! Admirada, y con razón, de vuestro extremo he quedado, porque no sé que haya dado a aquese amor ocasión. Caminante a lo ligero, vuestra pretensión se imita o cifra en arena escrita borrada al tiempo primero. Es de Amor transformación del amante, en lo que ama; delirio Ovidio le llama; yo, un accidente o pasión. Y en mí falta lo afectuoso y el olvido se acredita; poco importa o solicita vuestro desee amoroso. Ya en mí tenéis conocido este imperioso fervor que aspira a logro mayor. Que sirváis al Rey os pido, y adiós, si no tenéis más que decir. ¿Que he de escucharos: Jamás pretendí enejaros. ¿Qué queréis? ¡Cruel estás El Rey... ¡Oh, qué bien empiezas! (Tened paciencia, valor.) Me dijo que del favor de sus constantes finezas os quiere esta noche dar segura satisfacción. Guía una amante pasión que anoche pudo escuchar el serviros. (¡Santos Cielos, tened lástima de mí, que habré de salir de aquí muerto de amor y de celos!) ¿Qué modo puede tener el venir Su Majestad? El modo, esa voluntad lo tiene de disponer. ;Y mi hermano? En el terrero lo tendrá el Rey ocupado, Mi padre estará acostado a las doce. Vos primero podéis, don Lope, llegar, que Clara abrirá la puerta. ¡Qué breve Amor se concierta! ¡Industria, vencer y amar! Esta es la causa, señor, de que el Príncipe no venga. Y como es forzosa acción de quien al tálamo llega llegue libre de accidentes, quiso asegurar la queja del camino en el descanso. Cuando mi reino le espera con tan bien nacido gusto, con entrañas tan sinceras, con amor tan apacible, y con tan hermosa prenda como mi hermana, fue agravio. Eternice sus finezas . la inmortalidad del tiempo, que toda su fama mesma se acreditan en Enrique paz de tan sangrienta guerra; llega gozoso a mirarse en los brazos que deseas, con gusto de hallar, señor, en vos amistad más nueva, que en los tiempos que se os rinden en anales se celebran. Trae el más vistoso ejército que en aparatos fomenta de Marte la majestad, de Júpiter la violencia. De esta vez verá Castilla el castigo que le espera, que con el mismo ejercicio Aragón a Enrique espera. Todo es plumas, todo es galas, todo arneses y escarcelas, por que al Príncipe siguiendo sea norte de la guerra. (Amor, ya llego al suplicio. i Quién hoy un villano fuera que, sin crédito de honor, su fama diera a la ausencia!) (Ya en los ojos dice el alba ver tu sol alegre espera. ¡Cielos, remediad mis males!) (Carlos, la color depuesta, en los avisos del alma sus tiernos pesares muestra. Sienta el querer ausentarse como riesgos no padezca. Pero no. Amor apacible, se ejecuten tus violencias, que es logro de mi afición y iré a la parte con ellas.) No habrá más gloria en Navarra que cuando llegue su alteza a ser el sol de sus muros y el cielo de sus esferas. Fernando, no duda el alma. Lisis vivo amor fomenta el hechizo de esos ojos. Dejar quiero a vuestra alteza en su cuarto. Alba Son favores de su real mano. Desea mi amor veros en el trono que las águilas prosperan, ¿Qué te parece, señor? Que con el mover la lengua, con escuchar sus razones, mal segura recompensa tiene ya en su incendio amor. Ruego a Dios que de Alba seas. Fálteme el gusto, soberanos Cielos, el bien, la paz, amor, el alegría. solo tendrá la paciencia mía ansias, penas, enojos y desvelos, Engaño, antojos, quejas y porfía. ¿escuche al son de la cadena impía desdeñe? y congojas, llanto y celos. Tristezas quiero. Amor, y quiero engaños, porque veo en la fe del bien que adoro dudas, sustos, temor, males y daños. Y si por firme gozo el bien que adoro, cesarán los temidos desengaños que dudo, sufro, callo, peno y lloro. No sé cómo te remedie, cómo te ofrezca consuelo. Tierno Jeremías eres y no es tu llanto su ejemplo. ¿Quieres hacer lo que yo te dijere y te aconsejo? Excusa tus vanidades, tus discursivos gracejos. Olvida.; Cómo olvidar? De esta suerte: haciendo un propósito muy firme de olvidarte a tu desvelo, o finge que ya no quieres. No es posible, cuando tengo el alma en fuego inmortal negar mi dolor no puedo. Haz cuenta que finjo ya y que en el mismo desvelo me abraso. ¿Qué importa, dime, que niegue cuando padezco? No es posible. Tacón, no, cuando así estoy padeciendo, lisonjear el dolor siendo inmortal el afecto. Abrásame mis potencias; ¿digo entonces que no siento? ¿Qué importa mentir la boca si pena el entendimiento? Aplica el fuego a una mano y desmiente tú el incendio, verás si el fuego te abrasa. Toma para ti el consejo. Mas el Rey y Lope salen: Acales es de su imperio. Solo con esta respuesta tiene mi pesar remedio. Carlos, mañana entra aquí el Príncipe. En vos he puesto la disposición, el modo, por que asegura el despejo de vuestro claro discurso el más ajustado acierto para recibirle. En todo vuestra grandeza da aumento a mi humildad. Esta noche me aguardad en e! terrero hasta las doce, que yo iros a buscar pretendo. Fineza es de amigo, Carlos, y un rey para amigo es bueno. Tantos favores, señor... (Favor soberano: i Cielos! No lograrás tu esperanza, que Amor me dará remedio.) Obedecerte es en mí la gloria que yo apetezco. Con más atención, pesares; penas, llegad poco a poco; no os atropelléis, desdichas, que valor hay para todo. Si tratáis de darme muerte, lisonjead el ahogo, llegue en su lugar cada uno, no os turbéis unos con otros; que si pesares, desdichas, iras, engaños, enojos, llegáis en un mismo tiempo, habrá resistencia, y siendo corteses en el despojo, habrá tiempo de matarme y agradeceré el soborno. La Infanta, señor, la Infanta. A cada instante zozobro en un mar de confusiones, siendo en amoroso golfo derrotado bajel yo entre Caribdis y escollos. ¿Carlos? ¿Señora? ¿Qué hacéis? Sintiendo el golpe ambicioso de la que su corazón, sin respeto a su decoro, muerde dando a mis pesares vida y muerte al bien que lloro. ¿Qué es la causa? Estar cautiva la libertad y el reposo, ¿Qué forma es de cautiverio? Esta, si atiendes un poco. Cautiva el alma en rigor en ser violento consiste cuando amante y firme asiste haciendo el daño mayor. Es toda pena menor, leve toda crueldad del crédito de mi daño, juzgo es rigor más extraño carecer de libertad. A ésta ha privado el sentido; pero, amoroso y constante, en los afectos de amante miro todo el bien perdido. Esclavo de amor he sido por solo llegar a amaros; si estuvo el bien en miraros, los desaires en perderos, cautivo sin mereceros y sin premio de obligaros. De mi libertad ausente tan ajeno de mí estoy, que dudo si Carlos soy, siendo el que adora el que siente. Solo en el rigor presente tan constante y firme estoy, que tras su rigor me voy y, de su engaño vencido, por vos no sé lo que he sido, por mí no sé lo que soy. Pues; qué importa que dudoso tu afecto te juzgue ahora esclavo, si el bien que ignora logras con ser más vistoso? ¿Has visto diamante hermoso cuyo esplendor eminente parece cometa ardiente y luego desvaneció y al mismo punto quedó roca de luz aparente? Así ha sido tu violencia; porque, con rigor mirada, es una invención airada de la amorosa inclemencia. Pero al punto la apariencia del rigor de las crueldades la trueca en comodidades. Puesto que en mi pecho estás, mira tú, pues, si serás más libre en dos voluntades. Ruego a los Cielos que vivas la edad del lauro inmortal, por que del hado fatal triunfos a tu edad escribas; mas forzoso es que recibas de raí el parabién postrero, cuando amante y firme muero. Ahora no puede ser, Pues ¿cuándo? Por merecer, a las doce en el terrero. Carlos- (Seguir pienso un imposible.) (Yo un imposible vencer.) Ya está en el riesgo el poder. Todo al amor es posible. Es el contrario terrible. Yo soy firme. Yo sé amar. Yo servir. Yo desear. Yo adorar. Y yo querer. Yo los peligros vencer. Yo tus finezas pagar. Galán sale vuestra alteza. Me permitió el pensamiento que el traje se conformase a medida del deseo. ¿Hoy confuso, hoy amoroso, hoy con suaves acentos, quejas a un ausente engaño, suspiros de amante incendio, y tan divertido ya? Sí, que olvida el pensamiento de los rigores de amor los soberanos afectos. Ya, si no me engaño, estamos. Dime, ¿adonde? En el terrero. A mi gusto has elegido para estas horas el puesto. Huélgome de verte así. Gente viene a aqueste puesto. Serán los que galantean. No lo dudo. Príncipe, Así lo creo. Sin duda Carlos está aguardando en el terrero. Allí dos bultos diviso. Llegaré a reconocerlos. No es menester, sino avisa a Laura. Ya te obedezco. Dos hombres de largo pasan, y el uno a esta parte atento mira: el otro llega a casa del Almirante. Deseos, lograd más bien mi esperanza. Ya el otro se ha entrado dentro. ¿Quién llama? Un muerto en lo interior, y un vivo en obedientes afectos os viene a servir, señora. ¿Es el Rey? Por mis desvelos, ¿no me conocéis? ¿Es Lope? Sí señora. El Rey perdiendo la vida hasta hallarla en vos... (Aquí yo la vida pierdo, i Cielos valedme!) ¿Qué dices? Que ya voy... (Celos, animad mi justo engaño.) Clara está a la puerta. (Cielos, favoreced mi osadía.) Ya voy y con el Rey vuelvo. (Ya vuelve otra vez el bulto. Así, Fernando, divierto mis penas. Atiende, escucha. Está dividido el puesto, y no pude entender nada,) Clara, al momento que llego me respondió, Díjome que está todavía dispierto el Almirante; que aguarde vuestra alteza aquí un momento, Y por no ser conocido, al parque puede, atendiendo a su amorosa pasión, divertir un poco el tiempo, y yo aquí me quedaré para avisar. Obedezco órdenes que son de amor. Don Lope, vuelve de presto. Ya se fue el Rey, y el engaño le ha de ofrecer al deseo el empleo de mi gusto. Sí es traición, amor v celos la disculpa. Goce a Laura, y venga la muerte luego, ¿Es el Rey? El mismo soy. Entre vuestra alteza quedo, que aún no duerme mi padre. Confusión en que padezco, engaños en que idolatro, rigores en que me empleo, dad más vida a mis pesares, muerte no, que será exceso. (Otros dos bultos se llegan; y el otro, sí mal no entiendo, ya no parece señor. Estos pasan al terrero,) Señor, ¿no ves que nos miran? ¿Qué importa que miren, necio? ¿Y si hacen la puntería? ¿Siempre cautivo del miedo has de vivir? He jurado no tener atrevimiento a ser de nadie homicida, y yo, señor, te confieso que temo encontrar con quien dé a lo contrario el empico. Este cuarto es de la Infanta. ¡Válgame Dios! ¿Y qué haremos, que miran? Calla, cobarde. Yo me conformo con serlo, que así podrá ser que venza con corteses argumentos. (Si no me engaño, Fernando, a los balcones postreros tocaron. Muy bien lo oí. Y que éste es el cuarto entiendo de la Infanta. ¿Qué te importa? Abrásase el alma en celos.) ¿Es Carlos? ¿Es Alba? Sí. (Atienden bien, que el silencio de la noche lo permite. Un balcón he visto abierto.) ¿Carlos? ("Carlos" entendí.) ¿Alba? ("Alba" de aquí respondieron. ¡Paciencia celos, valedme! ¿Qué es lo que haces? Tengo celos. Pues ¿qué intentas? Divertir aqueste amor de este puesto. Atiende un poco.) Yo soy el desdichado primero que, pagado en las finezas, muere en peligros tan ciertos. Yo, Carlos, soy la que, amante, tan justos pesares siento. ¡Mi hermano... (¡Ya no hay paciencia!) ¡Hacia aquí dos caballeros se llegan, señor! ¡Señor! !; Qué dices, cobarde, necio? Ya te lo dicen a ti. Tratad de dejar el puesto, o i vive Dios ¿Os burláis? Que es dudoso el responderos. Detenerse Lope tanto, ¿qué puede ser? No lo entiendo. Ya os digo que lo dejéis, que importa. Estoy en el puesto aguardando justamente a mi soberano dueño; y primero que yo deje de su causa el primer centro, veréis fluctuar la vida en tan debidos empeños, que dudéis si siendo rayo, hijo del ardiente fuego, exhalación os aviso que dando ocasión ofendo. Yo soy ardor invencible que a fabulosos incendios castigo de aquesta suerte. ¡Qué mal conocéis mi acero! ¡Ay, Dios, y qué airoso es Carlos en todos sus movimientos El Cielo guarde tu vida. Este es Carlos, y pretendo favorecerle, que es justo. Meta Usted paz, caballero. Jamás de tu aleve amor juzgué tal atrevimiento. Diome amor valor, y quise morir en tus ojos bellos, antes que lograse amante el Rey lo que esposo pierdo. Yo daré el justo castigo. ¡Señora! ¡Mi bien! Si cuerdo no os reportáis, daré voces, que el valor que está en mi pecho solo aspira a la grandeza que vos, traidor y grosero, divertís. Menos rigor, que tan soberano incendio disculpa yerros de amor. No hay disculpa a tales yerros. Señora, si no me engaño, tu padre de su aposento sale. ¿Clara? ¿Roperto? ¿Qué piensas hacer, señora? Mata esa luz al momento al retrete te retira. ¡Y yo? Buscad el remedio, que yo, siendo la que soy, contra tales desaciertos estoy segura en mi cuarto. Soy quien soy, mi padre es cuerdo. En esta parte me oculto, que, aunque el Almirante es viejo, tu valor siempre ha de ser lo que fue. ¿Si ha sido sueño el ruido de mi casa? No; ¡ay, mal nacidos recelos, que pasos son los que escucho ¿Tú, señor, tan descompuesto, y a estas horas? Carlos, tú has sido la causa de ellos. ¿Yo?;De qué modo, señor? Con el demasiado estruendo en tu venida. Señor, aunque ocasionado, atiendo a tu clausura el respeto. Más graves pesares siento. ¿Qué tienes? ¿De qué te afliges? Mirar la casa pretendo. Tóquete a ti aqueste cuarto. ¿Hay más penas? ¿Hay más riesgos? Desvelos, ¿qué me queréis? ¿Mi padre con el silencio de la noche de esta suerte? ¿Yo ocasionado a recelos en el terrero? ¡Ay, desdichas! ¿Otro mayor mal? ¡Desvelos, no me despeñéis de altivos! Buscar a esta parte quiero. Antes me hablaréis a mí. ¿Pues en mi casa? ¿Qué intento os mueve Lope? Decid. Forzoso es obedeceros. Cielos, ¿más desdichas faltan?) Bien conocéis que os merezco por deudo, que soy de Laura esposo en primer empeño del gusto de vuestro padre. Partes son que las confieso. El Rey pretende usurparos lo que los Cielos os dieron. Lope, detened la lengua, pronunciad sagaz y cuerdo libertades que homicidas son de un sagrado respeto. Yo soy quien soy, y esto basta, cuando mi honor con el vuestro corren parejas, don Carlos; y si mal seguro en ello no estáis, aquesta no es parte adonde satisfaceros está bien, y en otra adonde muera a manos de un desvelo, veréis que siendo quien soy hallamos el desempeño. En Miraflor os aguardo. No es. Carlos, facción de riesgos para que el valor anime lo brioso del acero; V así, en palacio mañana os aguardo, pues es cierto que la ocupación del Rey me culpa y disculpa a un tiempo. ¿Qué enigmas son las que escucho? Carlos, esto importa. Deudo soy vuestro, y de Laura aborrecido. Esta es la puerta, yo espero. Yo os buscaré el desengaño. ¡Qué lance tan fuerte, Cielos!
JORNADA TERCERA
ACTO TERCERO Esta es violencia de amor, y mi pena es tan mortal, que para decir mi mal apenas tengo valor. Cuando acredité posible la gloria de la esperanza, una impensada mudanza hizo el afecto imposible. Yo, señor, en Laura vi tanta voluntad y fe, que. como amante, dudé la esperanza que temí. Y tanto, que amé dudando al paso que fui sintiendo. Esa condición no entiendo. Quien por ti vive anhelando, quien por ti espera gozar, favor por ti ha de tener, penas por ti padecer, por ti sufrir y esperar. Mucho estimo la fineza. Es crédito de mi fe. De tu precio, Lope, sé que se ajusta a mi grandeza. En fin, Carlos atrevido, valiente y bizarro anduvo. Todas esas partes tuvo: ser sagaz, cuerdo, entendido. Yo, señor, como aguardaba, solo el ruido escuché en su casa, porque fue al instante que dejaba su fuerte competidor. ¿y qué pudiste alcanzar? Lo que yo pude escuchar fue que su padre, señor, confuso y alborotado, o ya del haber salido Clara a verme, o del ruido que Carlos había causado, el lecho el viejo dejó, y, la casa examinando, fue el noble valor mostrando, y con Carlos encontró... Pero él viene aquí. La misa vuestra alteza está aguardando. Valiente sois, Carlos. Cuando es la razón precisa, y en tu servicio, señor, muestra el ánimo el deseo; que no hay tan seguro empleo como servir por amor. Sois mi amigo, sois gallardo. (¡Qué confuso y triste estoy!) La vuelta al instante doy. Aquí, señor, os aguardo. Gracias a Dios que te veo; glorias a Dios que te hallo, que te toco y que me miras. Pues ¿ceño me das en pago del haber sido estantigua de todo aqueste palacio, correvedile de salas, de un cuarto hasta veinte cuartos? Yo vengo, Carlos, a veros. Es tan confuso el cuidado en que vivo desde anoche, ¿Sabes lo que he imaginado? no di al licencioso empeño del sueño el tierno agasajo que pide su acogimiento. Después que te he deseado tanto tiempo ¿no me miras? ¿ Sabes lo que he imaginado? Que después que has dado en cuerdo, tus términos conmutando,. corteses en lo ceñoso, me niegas el rostro y brazos. Tacón, no estoy para gracias. Pues ¿crees tú, padre santo, que te pido me concedas indulgencia para un año, o de cien mil, porque nunca dan menos los Padres Santos? O ¿dispensas que me case con una hermana o hermano, que la prebenda del oro es artífice extremado? ¿Esto no es así, señor? ¡Por Dios, que estás extremado! Déjanos un poco solos. No puede ser, que mi amo anda en pendencias, y yo, como astuto y fiel criado, sus pasos he de seguir. ¿No está más seguro el campo acompañándole yo? No, que de ti acompañado, cumpliendo tu obligación, habrás de estar por bizarro, por animoso y valiente, como otro Marte, a su lado. Y así, de sus enemigos, si son muchos los contrarios, está en pie la competencia; que yo esos riesgos no aguardo, sino que, dando la espalda, no al verdugo, al embozado que me sigue, me le escurro, y él, con impulso malvado, me sigue, y así, yo entonces hago un gran gusto a mi amo, pues que delante le quito lo que tú estás conservando. Yo te perdono, Tacón; pero en el primer patio me aguardas. Yo te obedezco. (Mas ¡por Dios!, que he de escucharos esta puerta escondidos.) Ya estamos solos los dos, ya que queréis que en Palacio nos viésemos. Es así; vos confuso, vos turbado, yo también con una causa. Escuchad atento, Carlos: dad a mi lengua el oído, sin que oséis, precipitado, dar al enojo la rienda, que los ánimos bizarros permitan, pues que yo soy igualmente interesado. Con el prólogo previenes mayores penas que aguardo. Da la muerte de una vez no en retóricos ambagios me des, en vaso de plata, el veneno disfrazado. (¡Válgame Dios, lo que escucho! Mucho sintiera haber dado ejecución al deseo de ausentarme.) Yo soy, Carlos, bien lo sabes, no lo ignoras, del Rey seguro cuidado, de sus memorias el centro, de sus penas el descanso, tal vez guía de su gusto, término que a los privados les dio la fuerza de estrella. Cuando este puesto ocupamos con este seguro, ¡ay, Dios I, aquí dudoso mal hago, mal, en mostrarme cobarde, cuando, imposibles frustrando, he sido otro griego Ulises contra un cíclope tirano. El Rey, cuidadoso amante de Laura, si enamorado tanto de sus bellos ojos, que amoroso he consultado tal vez por segura joya de sus sienes y sus años, me comunicó sus quejas, me permitió a sus cuidados diese alivio, y, en fin, ¡Cielos!, de su amor el secretario fuese, el instrumento mismo por do, en tiernos agasajos, viese en amoroso efecto de sus memorias el blanco. Tú fuiste la primer causa, tú fuiste custodia en tanto riesgo de su defensa, que, tu honor atropellando, vendías tu mismo honor con el soborno de engaños. Tú fuiste aquel que al jardín la cordera mansa en brazos del lobo pusiste, ¡ay, Dios!; yo el pastor que en mi cuidado solicité la defensa, pues, celoso, atropellando inconvenientes forzosos. excusé el fatal asalto; yo fui quien a tu valor incitó, el que, bizarro. excusó del riesgo a Laura, pues a su vista llegando, finjo manda el Rey ausente. Lo demás de aqueste caso ya sabrás; cómo pasó este secreto, este engaño, porque el Rey no ha visto a Laura; vive de mí confiado. Anoche dispone, ¡ay, Cielos!, entrar a verla en su cuarto; a ti te manda que asistas en el terrero, entre tanto venimos los dos. Yo llego, con Laura en la reja hablo; hallo franca puerta, finjo al Rey sucesos contrarios, digo que tu padre vela; y al par que el Rey, retirado por mi consejo, imito su nombre, y en casa entrando, ve tu hermana mi traición, y tu padre, alborotado, se levanta, como viste. Llegas tú, hállasme cuando ya yo tus pasos seguía, de honor y celos tiranos rendido. Más justo es, sí, más bien parecido, Carlos que, pues yo he de ser su esposo, de Laura goce los brazos, y no un Rey, que, aunque se obliga, Ho es posible ejecutarlo. Esta fineza me debes, gloria de mi pecho hidalgo, cuidado de lo que adora. Y si ahora lo alentado de tu valor no permite estar satisfecho el caso, elige en su desempeño el más seguro descanso, que a todo riesgo y peligro es forzoso asegurarlo. (¡Qué bien que se satisfacen el Rey a Laura adorando y Carlos la bella Infanta en el terrero ocupando! ¡Va el Rey a ver lo que estima Aquí se cumple el adagio o refrán tan bien traído de engañar a quien engaña.)— Hallo que es tan verdadero, don Lope, vuestro descargo, que en lo que dudas permito, más pronto está el desengaño. ¡Cielos! ¡Mi hermana! ¿Es posible? Mas, ¿a quién no ha sobornado la ambición de sacra alteza, del regio imperio el ornato? ¿Qué decís? Que saldrá el Rey porque ya se habrá acabado la misa. Tenéis razón. Trataremos más despacio lo que conviene. Está bien. Adiós, don Lope. Don Carlos, adiós. ¿Puedo ya hablar? Sí. Parece que te has mudado de color. Tuve un cuidado. ¿Y ese es bastante que a ti te divierta la color y enajene el pensamiento en los peligros de amor? ¿Qué era lo que me querías? Dígote que un caballero, que de su buen modo infiero y de tantas bizarrías como usó, lo he decretado, me dio un papel que te diese, y yo para mí eligiese del oro el metal sagrado; que le pusiese en tu mano me pidió, y así cumpliendo la ley de lo que estoy viendo, te le doy; soy cortesano. (Ya parece que le veo demudado en la atención, con la cara de sayón y el cuerpo de Cireneo. En las señas de la frente conozco que he hecho mal. ¡Maldiga Dios el metal, que tanta traición consiente.) (¿Carlos a mi secreto honor aleve? ¿Carlos atrevido, y yo de su hermana amante? ¿Con qué pena tan constante, Cielos, que lucha el sentido! ¿Que anoche el Príncipe fue con el que Carlos reñía? Tan divertido estaría, que aquí a Carlos no miré.) (Señor, el Rey te ha mirado.) ¡Gran señor! Tacón, despeja. (Ambos con rostro de queja, y solo los dos, cuidado me dan. ¿Qué tengo de hacer? El Rey me mira y aguarda que me enseñe una alabarda el modo de obedecer.) ¿Qué es lo que contiene el papel que has ocultado? De tu respeto obligado, le guardé; acción no tiene para poderle ocultar. ¿Es de alguna dama? (¡Cielos!, ¿que en tan amantes desvelos dé mi rigor tal lugar?) Si tiene firma, prometo por mi Corona real no verla. No hay caso igual que a tu real respeto no se pueda descubrir. Son unos versos, señor, de un nuevo Homero. ¡Fervor divino! Por divertir el tiempo, quiero atenderlos. No hay cosa que a tu grandeza... ¿Ya la duda y la entereza os indican sin leerlos? (Lo que pudo la Fortuna, levantó mi osada suerte; hoy, ¡infeliz!, la pervierte, siendo túmulo la cuna.) "Carlos, a ser capaz tu persona al empeño mi enojo, acreditara la venganza el duelo de los celos, si le pudo merecer mi grandeza; castigo gozarás en tu desvanecimiento. El mismo aviso he dedicado al Rey que los demás disgustos de mi reino y el de Aragón la concluya, pues está a vista de Aragón mi ejército.— El Príncipe de Navarra." ¡Don Carlos! Señor, turbado al pronunciar la respuesta, si no con dudas el alma, toda de dudas cubierta. Porque, como mejor sabes tú mismo, señor, te empeñas que te aguarde en el terrero hasta que venga tu alteza. Llegan hombres que no sé quién son, y es civil bajeza, volviendo el pecho invencible a su animada potencia, que el Príncipe de Navarra, disfrazado, a Aragón venga, cuando, con brazos abiertos, en tan alto empleo espera. Yo soy Carlos de Cardona, que defendí tus fronteras, quien vence tus enemigos, quien de africanas banderas los templos de esta ciudad adorna en lugar de telas. ¿Yo bravo y yo presumido? ¿Yo desvanecido? Piensa, señor, que aunque soy tu hechura. y es mi sangre tal que puedas no ver la tuya con otros, que es mi mayor excelencia, crédito de tu vasallo, lealtad que en mi pecho reina, que, a faltar esta elección y conocer que había en ella alguno que te ofendiese, no la dejara en las venas. ¿Es bien que venga a Aragón Enrique de esta manera y te amenace porque le. concediste licencia para que su Infantería se alojase en estas tierras, V de tu corte, señor, están algunos tan cerca que se miran los arneses? (¡Cielos! Carlos manifiesta el alma en lo que pronuncia; imposible es que en él quepan aleves ingratitudes, tiranas correspondencias. ¡Ay! i Cómo allanas, Amor, con tan evidentes muestras, dificultades que forman esta información secreta? A mí solo me conviene hacer que pública ofensa de Carlos mi mano animo; con esta otra, a la defensa. Sale Laura: amante soy.) Carlos, vuestra casa sea, hasta que os mande otra cosa, prisión, o vuestra cabeza será el riesgo del empeño. Yo obedezco a vuestra alteza, y contento en la prisión. ¿Qué causa, Carlos, condena tu pecho a prisión? Don Lope, del Cielo son inclemencias. ¿Don Lope? ¿Señor? Don Carlos, en esta cuadra primera aguarde, hasta que yo mande lo que importa. Ya está en ella. A tiempo venís, señor, que el Rey a Carlos ordena que se entregue a la prisión. ¿Con aqueste pesar trueca el Cielo mis regocijos? Cuando a pedir la licencia para que se case Laura vengo, ¿tan penosas nuevas escucho? ¡Cielos, valedme! ¿He de volverme? No, llega. Está divertido el Rey. (En dos afectos pelea el alma: el uno de amor y el otro de honor; pues venza el honor. Mas está en duda el delito. ¡Oh, qué violencia de los hados!) Vuestra alteza me dé los pies. En mis brazos es muy justo que os merezca. Señor, no dice el favor de vuestra mano la muestra de la pena que me aflige. Almirante, ¿qué tristeza tenéis? Levantad del suelo. No aquesas nevadas hebras reguéis. Decid: ¿qué tenéis? Forzoso es que tu grandeza diga mi mal, que ha bien poco que era gustosa decencia de mi amor. Venía a verte, y ya, trocado y severa la Fortuna, lo pervierte. ¿Qué es la causa? Vuestra alteza manda a Carlos que esté preso cuando yo de aquesa pieza los últimos pasos daba; que pudo el acento apenas de repetidas razones entrar por estas vidrieras del alma, que son avisos que antes que el afecto llegan. Llegara a pedir, señor, a tu cesárea clemencia, como a un absoluto dueño, como a la causa que engendra en mí el debido respeto, tu primitiva clemencia para que se case Laura, y hallo esotra triste nueva. Pero primero, señor, que tu alteza me conceda este segundo favor, como padre y viejo, puedan con vos mis tiernos suspiros, mis mal repetidas quejas, saber qué ha sido la causa de prender a Carlos. ¿Cesan con eso vuestros enojos? ¿Quién duda, señor, que cesan? Solo mi gusto, Almirante, y en Carlos no es prisión ésta cuando en mi palacio asiste. Los años viva tu alteza que aquel ave que a si misma en mirra e incienso quema sus alas, y de sus polvos renace en su forma mesma. Y no solo este favor mi amor de tu mano espera. Ya ves mis cansados años, y que previene más cerca el último fin que el logro de otras verdes primaveras, y morir sin ver a Laura casada será una ofensa de mi cuidado, señor, y así, yo, con tu licencia, casada la tengo ya. ¿Hay quien a Laura merezca en Aragón?) (Aquí pierdo el sentido. Aquí navegan mis pensamientos al puerto, y en vez de bonanza, encuentran huracanes de desdichas, que el noto y el austro alteran.) Es don Lope, gran señor, quien mi voluntad desea darle por esposo. ¿Don Lope? Va, Almirante, están tan cerca las bodas de la Infanta, como veis, y por que pueda mostrar en algo el deseo que tengo de viva deuda a vuestra sangre, pretendo que ambas en un tiempo sean. Traed a Laura a Palacio; con mi hermana esté, porque ella conozca que mis deseos solo su aumento desean. Besad, hijo, al Rey la mano por una merced tan nueva. ¡Tus pies beso, gran señor! ¡En larga eternidad veas tus barras triunfar del mundo! Id, Almirante, por ella, que es dar dos veces dar luego. Es justo que te obedezca. Solos estamos los dos. Despejad, Lope, las puertas. Va te obedezco, señor. Cuál es la mayor ofensa le una sencilla amistad? La ingratitud. Y aquesa ¿de qué nace? De ambición, de amar una cosa mesma o de inclinación tal vez, que es fuerza de las estrellas. Pues, don Lope, si mi amor, si el poder de mi grandeza, si los afectos del alma nuestro gusto señorean, ¿cómo, ingrato; cómo, aleve, Laura que es la mayor prenda del alma la que eterniza una voluntad suprema, admitís para el empleo de himeneo? Mas si fuera igual en los dos el puesto, y una la correspondencia, y comunicando yo con vos aquesta flaqueza de- amor, vos, inadvertido, cuando no por competencia, por ser vapor que se opone a la luz de más belleza, no pudiendo el galanteo vencer la amorosa prenda, y empleos de aqueste modo acredita su violencia, por quitar gustos de amor lo que lo constante niega, y gozar del sol los rayos de este modo consiguieras, ¿era fin que ejecutasen los celos sus inclemencias, los agravios? Sí, señor. Pero atienda vuestra alteza y verá que de un agravio saco mayores finezas que un bruto diamante a quien le dio una roca, una peña el nacimiento; tal vez hace a la vista primera los efectos engañosos y purificado queda con el buril que le traba de un peñasco activa estrella. Así yo, señor, atiende, bruto a tus oídos, piensa que soy un diamante en quien puso la naturaleza partes reales y fe que ajustan correspondencias. Con lo que oirás ahora propia está la consecuencia, pues el buril de tus obras purificó mi rudeza. El Almirante bien sabes que es mi tío; Laura es bella. que no hay deudo más cercano que pudiese merecerla. O ya por tu valimiento, o por mi mucha nobleza, tratome a mí el casamiento; si un "no" a su gusto ofreciera, ¡qué disgustos asentaba; que ocasionaba de quejas! Mas concedí, como oíste, con tal que de tu licencia puse el empeño y primero sabiendo yo que en tu idea vive Laura y que imposible es que tú la concedieras. Y así, cuando agravios formas de mi segura advertencia, hallas soy puro diamante y en tu agravio mi fineza. Mas si yo te he servido, mira, señor, a quién premias, pues te sacrifica errando tan constantes obediencias. Yo confieso que ofendí vuestra amistad, que debiera tener más justo concepto de tu amor y tu nobleza. Dame, don Lope, los brazos. Mira, señor, no te ofenda con ellos, que soy ingrato. Vengarse de quien desea semejantes atenciones, no es de amor segura prueba. Amigos somos, don Lope. Mil siglos viva tu alteza. Pero ¿qué clarín y cajas la paz de tu reino altera? El Príncipe de Navarra, con aparatos de guerra, asaltando tres castillos y ganando tus fronteras, a rus impulsos se atreve; y están las armas tan cerca, que sus clarines y trompas a las cajas hacen señas de embestir a Zaragoza. a caber en mi grandeza pesar, me le hubiera dado de este suceso la nueva. ¿Navarra se opone así? ¿No sabe que ardiente esfera de lucidos escuadrones tiene Zaragoza, prueba de vencimientos altivos, tanto, que si le ofendiera la majestad de algún dios que vive en ardiente esfera ciega mariposa rayos al sol de mi luz muriera? Tú, señor, pusiste a Carlos en este instante en tu ausencia y en prisión, y es a quien toca ser de Navarra cometa, pronosticando ruinas con la fuerza aragonesa. Con más atención, enojos;, pesares, menos licencia; amor, qué breves disculpas; honor, si engañoso aciertas ejecutivos agravios, me aseguras la fineza de Carlos; aquesto es cierto; Carlos al Príncipe venza. ¿Qué dice tu majestad? Lo que fabrica la idea bien se oculta a la amistad. Me pareció que tu alteza dijo salga Carlos. ¿Qué? "Carlos al Príncipe venza." Dices bien. De aquesa sala Carlos llegue a mi presencia. Voy, señor, a obedecerte. ¿Que tan dueño de la guerra; tan dueño de la campaña el Príncipe se gobierna, que mis fronteras le miran, mis soldados le sujetan y rayos de mi valor no le abrasan? Alas si fuera la competencia en los dos, una la facción revuelta, a solas nuestros aceros í tan breve el castigo fuera, que la ejecución del tiempo, hijo de la ligereza, uno, avisado a su curso, al otro se desmintiera. Esto es lo que pasa, Carlos. A tus plantas, señor, llega quien es tu hechura. Don Carlos, vuestro valor esta empresa pide; preso ya no estáis; el Príncipe me hace ofensa, a vos os toca el castigo, el Cielo triunfante os vuelva. ¿Qué sucesos son aquestos? ¿El rigor y la clemencia se mezclaron? Así es. Lope, yo me voy, que es fuerza. Ya el pífano avisa el parche; ya el amor y honor esperan, dos triunfos a un mismo tiempo. Esta parte, que es más tenua, os toque a vos, que yo voy donde la muerte me lleva a merecer imposibles o ver el fin de mis penas. Divertida entre las flores en una miré mi amor, que solo tuvo de flor los aparentes colores. Flor oyó los ruiseñores porque, al salir la mañana, nació al ver el sol ufana, y apenas sus rayos vio, cuando cadáver se halló efecto de flor humana. Así mi amor, breve flor en don Carlos divertida, solo consigue de vida aquel primer esplendor. Pero apenas el ardor de tanto planeta advierte, cuando ¡ay, rigurosa suerte! esta, pues, belleza humana, si fue flor por la mañana, duerme en brazos de la muerte. De este modo el alma mía más símbolo es de la flor, pues en el primer ardor desfalleció su osadía. Si fue flor la que quería beber del alba el cristal, yo sí que soy racional flor, que apenas tuvo ser, cuando, queriendo nacer. tuve afecto de mortal. Y aunque miro el desengaño, en mí su pena apercibo; miro el dolor en que vivo. y amante admiro el engaño. Gloria me parece el daño y lisonja mi dolor; siendo símbolo a la flor, por Carlos mi amor padece. Amor, el remedio ofrece, o dame la muerte. Amor. A un tiempo vengo a serviros y a un tiempo la vida a daros; cual deidad, sacrificaros la gloria de mis suspiros. A un tiempo Carlos, señor, de honor el alma vestida, os va a consagrar la vida, hijo, al fin, de mi valor. Allí las cajas y trompas avisan a la batalla; aquí, por serviros, se halla Laura en cortesanas pompas. A nadie le ha sucedido lo que a mí, pues os entrego dos hijos a un tiempo, y llego a ser padre y ser marido. Y así, aquí doy a tu alteza la joya que más estimo. (Poco adoro, pues reprimo mi amor con tanta belleza.) (Cielos, ¿qué medio ofrecéis al daño que me lleváis? O mi vida no estimáis o mi pena concedéis.) Dé la mano vuestra alteza a Laura. En mis brazos quiero aposentarla primero, que aquí la naturaleza cifró todo su poder. Vuestra majestad la mano me dé. No, lo soberano se ministra donde el ser limita la vanagloria, y vos, al suelo rendida, si no es indicio homicida, la vida os da la victoria. Levánteme vuestra alteza adonde logre mi vida, cuando no desvanecida me consagre a mi rudeza. No es bien que lo temeroso, Laura, se acredite en vos. Casaros queréis las dos; casamientos son forzosos; digo de mi hermana y vuestro, que sean con brevedad. No muestre tu majestad tanta voluntad tan presto, que el Almirante, señor, es noble y es entendido. Lope, como estoy rendido, todo mi afecto es amor. La vida que me dio el Cielo hoy de más afecto ha sido, pues Carlos os ha servido, Laura me quitó el desvelo. Porque apenas tus soldados de honor y valor vestidos de tal general regidos (perdona afectos criados de paternal condición), cuando a una vez aclamaban en Carlos y en tu justicia, y a un tiempo espero, señor, ver, para mayor victoria, Carlos rendiros la gloria y triunfo de vencedor. Clarines, cajas y trompas, con el súbito alboroto, muestran que ha vencido Carlos. A tus pies augustos postro mi humildad y vencimiento, y cuando tanto mayor mi suerte estando a tus pies... (¡Mi padre y hermana! Enojos, suspended la turbación. ¡Valedme, Cielos piadosos! ¿Qué es esto, en tan breve ausencia?). Ya estoy, Carlos, deseoso de escuchar tu vencimiento. Óyeme, pues, quinto Alfonso. Cuando los ardientes rayos del planeta luminoso más benignos se prometen, se conceden más piadosos, y cuando de su carrera por este celeste golfo, campo de cristal, pasea en nevado promontorio, y al mirar del Océano en competencia o soborno de su deidad nubes densas le ofrece majestuoso, entonces, invicto Rey, aqueste epitafio hermoso, que lisonja de sí mismo es arbitro de sí propio, dejé, señor, tu presencia. No como otras veces oigo al salir tus estandartes entre lástimas, sollozos, quejas por ausentes dueños, suspiros, penas, enojos, y esta vez solo escuché, en un susurro sonoro, créditos de vencimiento, gloria en pesar tan forzoso, anuncios que en tu servicio era la victoria el logro. En fin, con tu campo marcho, viendo en tus infantes solo un eco, que repetía del empeño a que postro el triunfo; pero son tales tus infantes animosos, que cada uno prometió la victoria por sí solo. Y apenas dejo las puertas de este edificio soberbio del Alcázar, donde habita el que muere y vive a soplos, cuando a la vista del prado, cuyo ramillete de olmos bastidor de primavera y lisonja del agosto, Vio la marcial palestra que, con afecto ambicioso, por hurtar rayos al sol, fue todo soles del soto. Y al tiempo que ya lucía con cambiantes rayos rojos esa lámpara del día, digna majestad de Apolo, puse en orden mis soldados, y Enrique, como glorioso O capaz del vencimiento, más libre que cuidadoso, hace lo mismo; y al tiempo que los ecos del sonoro parche avisan que se embistan, al encuentro impetuoso verías que tuvo el sol, o de lástima o de enojo de ver el seguro empeño, casi oculto el bello rostro. Y por que no se alabase, prudente o vanaglorioso, que a la vista de tu corte, de tus murallas y fosos dio el' asalto, yo, primero que oyese los silbos roncos, de incendios articulados, volcán se vio lo que solo empezó la batería, las flechas y el libre plomo, presunción vana de aire, cometa fue luminoso de las flechas de ambas partes. Fue tanto el feliz aborto que impelidos del aire, entretejidos los trozos, fueren del sol celosías por donde, con más decoro, viese de este vencimiento el encuentro impetuoso. El campo discurro altivo; a los soberbios me opongo, que el rigor en los humildes es del vencedor oprobio. Tantos temieron mi brazo, que, si el acero dispongo a la ejecución, murieron muchos del amago solo, o. sin duda, que la muerte, viendo el ímpetu brioso, ambiciosa de matar, dando a su segur los logros, me dejó la ejecución por parecer que en mí solo estaba más pronto el fin que no en el rigor de Cloto. Soborno fue a mi valor, que si pudo ser el odio de mi brazo, aun a la muerte pudo causarle alboroto. Tantos, señor, ¿no te admiras?, murieron en el destrozo que sirvieron de trincheras a mi campo victorioso; y comparada la gente con los instantes, no ignoro que maté dos hombres yo por cada un instante solo. En este tiempo a altas voces Enrique, que cauteloso se prometió el vencimiento, le cantó el ehojo elogios. Me llama, y yo, que le escucho en un andaluz cerdoso, hijo de la cuarta esfera, digna emulación de solo quien del cordón al copete de espuma o de sangre rojo, siendo nieve se formaba, nada entre soberbio golfo, tanto, que aun el bruto mismo, de esas acciones celoso, viendo su fama en la espuma, tuvo de razón asomos, le embisto, señor; venía en un escocés airoso, tan galán, que pudo, altivo, hollar los ardientes polos; tan ajustado a la industria de su ímpetu, de su modo, que una forma parecían asidos el uno al otro. Yo en mi brioso andaluz, que, sujeto y cuidadoso al aviso de la rienda, midió grano a grano el polvo, tan leve en la presunción y tan valiente en lo pronto, que era cometa con alma y rayo por lo furioso. Eran, pues, si dos montañas, avisadas del enojo, sabe Dios, señor, si viendo al Príncipe tan furioso, tan bizarro, tan valiente, a ser posible el decoro de ese respeto en mi pecho, venciera lo generoso. Pero como tu servicio y mi honor delante pongo, monte animado parezco si él Monjibelo ambicioso. Tal fue el golpe de los dos, que, estremecidos los globos celestes, titubeó todo el pavimento hermoso. Ambos, del soberbio golpe, los sentidos sin decoro, rotas las soberbias lanzas, que fueron duros escollos; los escudos maltratados, casi los aceros rotos, siendo el triunfo del peligro, fuimos de la tierra asombro. Volvió su alteza a su escudo, el mío gozo, y tan otro me hallé, perdóneme Enrique y su cesáreo decoro, que antes que el altivo brazo ministrase al desahogo, tuve, con su vencimiento, triunfos con que me corono. La Vitoria cantó el campo, examinaron despojos los tuyos en los vencidos, que pienso vuelven tan pocos que den la nueva en Navarra, que será bien que nosotros la diésemos, si es soberbia, ya su cierto mauseolo y mi fama lo publica. Esta es, dueño generoso, la- Vitoria, ésta la acción a que hoy me enviaste y postro a tus pies, que es un servicio que tiene el mundo invidioso. Pena por el vencimiento con que a vuestra alteza hallo. Cuando le admita seguro nuevo favor a mis brazos. Me contemplo en mi gloria, Es el mayor agasajo, pues descrédito que miro hace más altivo a Carlos. Es logro del que es vencido ser el vencedor bizarro, y así, señor, yo concedo lo que está capitulado, dando la mano a la Infanta. ¿Qué importa que esté la mano de vuestra alteza tan pronta? Si no discurre avisado en su papel su recelo, v si fue el aviso malo lo de si fue o no fue del honor justo embarazo. No importa que sea buena para vuestra alteza, en tanto que el vulgo (si lo ha sabido) acredita lo contrario. Y así, pues tuvo valor para merecerle Carlos, como vuestra alteza dice, favores de Alba, la mano le dé de esposo, que, en fin, es mi sangre y la he ganado haciendo a un tiempo dos logros. Vuestra alteza puede, en tanto, volverse a su tierra, adonde si pareciese acertado, volver a ver a Aragón, podrá bien, pues vive Carlos, Señor, tu favor admito. Es acuerdo soberano, y confieso a la elección lo piadoso de los hados. Señor, en tan dulce día permite a Laura el estado que he pedido. Al instante. Laura, ¿vos queréis casaros con don Lope? Vuestra alteza tiene el gusto decretado de mi obediencia. Es así, cuando mi hermana consagro a mi misma sangre, yo puedo también dar la mano a Laura. Con mi silencio te responda. ¡Cielos santos, todos son favores vuestros! Porque no tienen criados ningunos de estos señores, Clara, he de ser tu velado. Solo yo padezco penas; solo yo, de amor prendado, vine, a ver cierto el refrán de engañar a quien engaña, pues no le valió a mi ingenio artificiosos engaños, porque el poder y el amor son poderosos contrarios.
