Texto digital de La llave de la honra
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La llave de la honra. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/llave-de-la-honra-la.

LA LLAVE DE LA HONRA
JORNADA PRIMERA
¿De qué estás triste? No creo Que negara a vuestra alteza La causa de mi tristeza, Conociendo su deseo; Pero de suerte me veo. Que con obligarme ansí. No puedo decirle aquí Mas de lo que en mí se ve, Pues yo propio no la sé Para contármela a mí. Hay tristezas naturales Que proceden del humor; Las del odio y el amor Son pasiones principales: De estas dos tienes señales. Dime si amas o aborreces; Que si venganza apeteces, No lardará la venganza; Y si es amor, ¿qué esperanza Te niega lo que mereces? Mi amor sabes: no es razón Que lo que sientes me encubras, Antes bien que me descubras La causa de tu pasión. Menos los cuidados son Después de comunicados. Aun no siendo remediados: Agravio formo de ti; Que quiero yo para mí La mitad de tus cuidados. Beso mil veces tus pies Por tal merced y favor; Mas vuelvo a decir, Señor, Que la tristeza que ves Es lo mismo que no es, Y es más de lo que parece: Como luna mengua y crece, Ni es aborrecer ni amar; Que ya es placer, ya es pesar, Ya me alegra, ya entristece. Suelo amanecer contento, Y, sin alma al fin del día; Si me resisto, porfía La causa de mi tormento. Dejo andar el pensamiento Tan ocioso y desigual. Que ya vivo y ya mortal, Tales laberintos finge, Que no fue en Tebas la Esfinge Mas oscura que mi mal. Solamente he sospechado Que es causa de mi tristeza El haberme vuestra Alteza De la tierra levantado; Porque verme en tal estado Me habrá puesto en confusión; Que la humana condición Suele hacer tantas mudanzas, Que todas sus esperanzas Engaños del alma son. Desde el principio, alentado. Corre el humano favor; Y si declina al rigor, deciende precipitado: Al estado que he llegado, Parece que determina, Señor, mi fatal ruina; Que es sentencia soberana Que toda violencia humana Al mismo paso declina. Sube el cristal de una fuente De la tierra en que nació, Donde el arte levantó Con violencia su corriente; Riese el aire, que siente Que ha de bajar dividido; Y él baja cuanto ha subido; Que aquella diminución, No perlas, lágrimas son Que llora de haber caído. Así yo, Señor, temiendo Que con violencia subí. Como tan alto me vi, Pienso que al suelo deciendo. No temo yo, porque ofendo Tu heroico valor. Señor; Pero suele el disfavor Consistir en la desdicha Del que ha subido sin dicha, Que es la desdicha mayor. Roberto, mientras yo fuere Rey de Nápoles, no creas Que en mi desgracia te veas, Por más que el suelo se altere; Que mientras no interviniere Traición (que no puede ser), Para que puedas caer De mi gracia a mi rigor, Ni hay en la envidia valor, Ni en las estrellas poder. Grandezas de reyes son Hacer hombres por quererlos; Mas sin causa deshacerlos Mudables efectos son. En la real condición No ha de haber desigualdad; Que si en cualquiera amistad Es la mudanza bajeza, Desde que nace, a firmeza Se obliga la majestad. - Cuidadoso ha estado el Rey De tu salud. No he querido Decir la causa. No ha sido Entre amigos justa ley. No es amigo el que es señor. Antes el mayor amigo. Conozco que anda conmigo Liberal de su favor; Mas siempre debe el criado. Si es el criado discreto, Dejar algo por respeto En su ¡mistad reservado. Mi enfermedad es amor: No es justo que a su grandeza Descubra tanta flaqueza, Lucindo, en fe del favor; Que descubrir lo que es vicio Al señor, no es discreción; Que el vicio... dar ocasión De aborrecer es su oficio. Y porque de intento mudes, Los que quisieren subir. Los vicios han de encubrir Y dilatar las virtudes. Si este amor que tengo yo No fuera, Lucindo, injusto, Decírsele fuera justo Cuando la ocasión me dio; Mas queriendo una mujer Casada y tan principal, ¿No ha de parecerle mal? En fin, ¿qué piensas hacer, Si ha llegado su desdén A quitarte la salud? Déjala, y será virtud, Y diraslo al Rey, si es bien Que las virtudes entienda. Dejárame persuadir Si yo pensara vivir. Después que dejarla emprenda. Antes hoy tengo pensado Un remedio, que ha de ser El último que ha de haber Para darle a mi cuidado. ¿Cómo, Señor? Ausentar A Lisardo, su marido; Que si ausencia no es olvido, Es camino de olvidar; Fuera de darme ocasión Para mayor libertad. Con menos dificultad Seguirás tu pretensión; Y podría ser que ausente No le pareciese ofensa. Por lo menos, la defensa No será como presente. Amor los pechos enfría Cuando se alargan los plazos; Que de la noche los brazos Dan memoria a todo el día. Y mis servicios también, Hallando mayor lugar, Bien la podrán obligar Para que me trate bien. ¿De qué suerte lo has trazado? Ven conmigo; que si amor Me ayuda, de su rigor Presto me veré vengado. ¿Dónde queda tu Señor? En parte. Señora, queda Tan segura, que no pueda Recelarse de él tu amor. En ninguna puede estar Como en mis ojos no sea; Así el alma le desea Que me pueda asegurar. ¿Qué hacía, por vida mía? Una joya te compraba, Que parece que le daba Rayos al sol, luz al día. ¿Era para el cuello? Sí. Pues todas son embarazos. ¿Qué joya como sus brazos. Ni de valor, para mí? Está bien dicho, Señora; Mas ¿cómo podrá saber Mejor cualquier mujer Que su marido la adora? No está el amor en amores; Que suele ser natural En muchos. Amor igual No tiene muestras mayores. Luego ¿en obras no hay valor. Si amor es obras? Marín, Yo sigo diverso fin. Bien sé que es obras amor; Mas cómo puede un casado Regalar a su mujer, Y en otra parte poner La verdad de su cuidado, Pienso yo que no hay valor En joyas como en los pechos Igualmente satisfechos De un puro y honesto amor. No sé; contáronme un día Que una mujer principal Dio en querer, aunque hizo mal, Un criado que tenía; Y pedíale el zapato. La media, el chapín, la liga; Y diciéndole una amiga Que aquello era humilde trato, No lo habiendo menester Y siendo pobre el galán, Respondió con ademan: «¿Cómo me puede querer Este, sin costarle nada De lo que me puede dar? Que en lo que suele costar Es una cosa estimada. » Yo en fin, el día que llevo A mí qué sé yo una toca, Pienso que la vuelvo loca Y que la obligo de nuevo. Esta es la muestra mayor. Porque no hay amor sin dar: Y así le quiero contar Ocho preceptos de amor. Tratar verdad sin recelos. Dar, regalar, asistir. No alabarse, ni fingir, Ni pedirlos ni dar celos. Desvelado, Elena mía. En servirte y agradarte, Quise una joya comprarte Que cierto hidalgo vendía. Vila, como muchas veo; Pero luego que la vi, La aplicaron para ti Los ojos de mi deseo. No había diamante en ella Que con su luz no dijese Que con ella te sirviese; Y así, te sirvo con ella. Diamantes son; no es rigor Que muestren sus asperezas; Que es servirte con firmezas Asegurarte el amor. — Parece que estás sin gusto. Mírala, por vida mía. Gusto, Lisardo, tenia; Pero hasme dado disgusto. Yo tengo joyas, mi bien. De qué ha servido gastar Lo que te puede costar, Y que has menester también? Que para adorarte yo No be menester unas prisiones Que aquellas obligaciones Con que mi verdad nació. Ya tengo dicho a Marín Que son mis joyas tus brazos. Nuevas prendas, nuevos lazos, Nuevos amores, en fin, Y nuevas obligaciones; Pero está cierta, Señora, Que no ha engendrado el aurora En sus doradas regiones Tantas perlas de su llanto, Abriendo nácares finos, Ni el sol con rayos divinos El metal que estiman tanto, Tantos rubíes Ceilán, Tantos diamantes la China, Como a tu beldad divina Siempre mis deseos dan. Es mi hacienda moderada, Un pobre hidalgo nací; Mas para Servirte a ti Aun lo imposible me agrada. Mis que mis fuerzas podrán Hará mi amor atrevido, Porque siempre el buen marido Ha de parecer galán. Decidle que estoy aquí. De su parte de Roberto Te busca un hombre. Estoy cierto De que no me busca a mí. A ti dice. ¡A un pobre hidalgo, Belisa, el mayor señor! Tú mereces su favor. Yo ¿puedo servirle en algo? Di que entre. Aquí estoy. Pues bien, ¿Qué me quiere a mí Roberto? Honraros, de que estoy cierto; Que es justo que premio os den De los servicios que han hecho Al reino vuestros pasados. Con el tiempo están borrados, Y aun de mí mismo sospecho. En fin, ¿qué quiere mandarme? Él os llama, no lo sé. A ver lo que manda iré, No por codicia de honrarme, Mas solo para servirle. ¡Ay Belisa! qué temor! Alguna invención de amor Quiere intentar persuadirle. ¡Quién le pudiera avisar! Mil veces lo he pretendido; Pero nunca me he atrevido A darle tanto pesar. ¡Oh cruel Roberto! ¡Ay Dios! ¿Qué será, Belisa mía. Sino alguna alevosía, Lo que han de tratar los dos? No temas: que tu Lisardo Saldrá de cualquier traición. Ya me dice el corazón Que alguna desdicha aguardo. Aquí os espera ROBERTO. Dé, Señor, vuestra excelencia La mano a LISARDO. (Ap. ¡Ay cielos! Este es el dueño de ELENA.) Seáis bien venido, LISARDO. ¡Hola! una silla. Tuviera A dicha que en mi humildad Hallara vuestra grandeza, Como deseo, valor Para serviros; mas quedan Tan lejos de mi deseo, (Siéntanse.) heroico Señor, las fuerzas de mi humildad, como están Las flores de las estrellas. Yo he venido a obedeceros; Que prestaros obediencia Es ley de mi obligación. Lisardo, las prendas vuestras, Vuestros méritos y partes, Los servicios que en la guerra Y en la paz vuestros pasados Con las armas y las letras Hicieron a esta corona Han dado tan buenas nuevas Al Rey (que en esto no quiero Que, aunque pudiera, me deban Buen oficio), que a premiaros Está dispuesto su Alteza. Bésoos los pies; que bien sé Que nunca yo mereciera Su memoria, a no ser vos Por quien su Alteza se acuerda De un caballero tan pobre, Que los frutos de una aldea Su mujer y su familia Estrechamente sustentan. Que el premio de los servicios Sea de los reyes deuda, La misma razón lo dice; Pero como tantos sean Los que los sirven, no pueden Bastar oficios ni rentas; Y entra allí la buena dicha O la intercesión, que llega A dar memoria a su olvido. Así las sagradas letras, Que el rey Asuero tenía Un libro. Señor, nos cuentan, Donde por todos los años, De cualquier suerte que fueran Los servicios, se escribían; Que con esta diligencia Todos después se premiaban; Que muchos sin premio quedan Por no haber quien a los reyes Se los acuerden y lean. ¡Qué diferente sois vos De los que solo se acuerdan De sí mismos, pues me hacéis Tanta merced como espera Mi pobre casa olvidada, De antiguos blasones llena! Que la fortuna, Señor, Como la naturaleza. De las cosas que corrompe, Otras que levanta engendra. Mucho me huelgo de oíros, Porque a lo que el Rey intenta, Dará vuestro entendimiento Satisfacción verdadera. Es el caso (estad atento) Que el Senado de Venecia, Hasta atreverse a las armas, Sobre unas villas pleitea. Por excusar los enojos Que resultan de la guerra, Al gran duque de Milán Se remite la sentencia. Para este despacho al Rey Os propuse, porque sea Principio para premiaros, Y ha de ser de esta manera. Yo os daré cierta instrucción Por donde claro se vea Lo que le habéis de informar, De suerte que el Duque entienda Que este es pleito sin letrados; Que teme el Rey que se pierda Por lo sutil veneciano, O se ponga en contingencia. Esto es en suma. Tomad Postas. Al punto que tenga Las cartas. Tres mil ducados Me manda daros; quisiera Que fueran trecientos mil, No porque el premio comienza En cosa tan vil, Lisardo; Que solo el camino os premia. LUCINDO... ' Señor... Despacha A LISARDO. Venid. Queda Mi vida en obligación De ser para siempre vuestra. ¡Oh amor! Tú me pusiste En esta empresa grave. Desdén dulce y suave Me tiene alegre y triste; Mejora mi tristeza Si lo merece, amor, tanta firmeza. El muro y torre amada De Troya quitó a Elena, Porque tenga mi pena En su rigor entrada, Porque tales ausencias Suelen facilitar las diligencias. Y cuando no haya sido Remedio suficiente. Por lo menos, ausente Lisardo su marido Con este raro enredo, Con menos celos de las noches quedo. Que no es poca alegría Apartar de sus brazos Aquellos dulces lazos, Aunque sin dicha mía, Pues consolado quedo Que nadie goza lo que yo no puedo. ¡Lisardo a Milán! ¿No ves Estas espuelas, que son El romance y narración, Si los versos llaman pies? ¡Hay semejante desdicha! ¿Qué desdicha? La que pasa Por mí. ¿Cómo, si esta casa No ha tenido mayor dicha? Llámale el Rey, y le escoge Entre tantos; y ¿es razón Que su ausencia, en ocasión De su remedio, te enoje? Hónrale el señor Roberto, Alma del Rey, y le ha dado Silla, y le tuvo a su lado, De tantas fortunas puerto Y puerta para medrar Y subir donde merece; Y ¿tus ojos enternece Lo que los debe alegrar? Pensé que albricias me dieras De este suceso, Señora, Y ¡lloras, como si agora De ayer desposada fueras! Anímale a la jornada, Muestra valor; que el amor No ha de quitar el valor A que naciste obligada. ¡Ay, Marín, que yo me entiendo! ¡Qué! ¿Celos? No sé. Pues ¿cuándo Hombre se ha visto adorando Y al mismo tiempo ofendiendo? Esos son bestias, no son Hombres. Sucede en presencia; Pero ¿quién tendrá de ausencia Debida satisfacción? Tú sola, Fénix del mundo En belleza, y él, Señora, En amarte, pues agora No le conozco segundo. Y si es predicarme a mí. Advierte que aunque él quisiera, Mas contrario en mi tuviera Que en Milán tuviera en ti, Si allí te hallaras. Inés, Pon la ropa blanca a punto. Ya, Señor, toda la junto. ¡Antes. Lisardo, en los pies Las espuelas que los brazos En el cuello de mi hermana! Marín el camino allana A los postreros abrazos; Que delante le envié Para que pudiese Elena Hablarme con menos pena. Nunca, Lisardo, pensé De ti tan grande crueldad. Ni yo que no agradecieras Que con Roberto me vieras, Elena, en tanta amistad. ¡Pluguiera a Dios que Roberto Jamás lo hubiera pensado 1 ¿Mi remedio te ha cansado Si está en él seguro y cierto? ¿Seguro y cierto? ¿Pues no? ¿A quién puedo yo deber Mas bien que él me quiere hacer? Tres mil ducados me dio. Mi bien, para esta jornada. Pues, cuando vuelva, yo espero De tan noble caballero Satisfacción más honrada. Al Rey le ha dicho quién soy, Y de todos mis pasados Los servicios olvidados: En obligación le estoy. Seré su cautivo, Elena, Mientras Dios me diere vida. Mucho importa mi partida, Y ya el de las postas suena. Aunque el alma me traspasa, Quédate, mi bien, con Dios; Y tú y Belisa, las dos, Polos de esta humilde casa. Por ella y por los criados Mirad, porque el dueño ausente Es lo mismo que presente Donde están vuestros cuidados. No llores; que me darás Mal agüero en mi partida. En fin. ¡me dejas sin vida, Y con el alma te vas! Si las habernos trocado, No quedas sin alma, ELENA. Mas ya conozco tu pena Por la pena que me has dado. Dame tus brazos, y adiós. Apenas acierto a hablarte. El que queda o el que parte, ¿Cuál siente más de los dos? Ea, Belisa, los brazos. Mi obligación te dirá Mi sentimiento. Ya está La vuelta esperando abrazos. Señora Inés, ya llegó Esto que llaman partir. Quien llamó al partir morir, Su nombre propio le dio. ¡Ay, ay, ay! ¡Maldito seas! Que bien sé que finges. Voy Sin alma. Bien cierta estoy De que engañarme deseas. Toma esta llave, y advierte Que dejo, sin lo que callo, Las raciones del caballo En aquella arca más fuerte. Allí quedan galas mías, Y camisas que entre tanto Puedes lavar. Con mi llanto Todas las noches y días. Adiós, mi dulce respeto. Adiós; que querrá tu ama Con soledad de lo que ama, Componer algún soneto. No me atrevo a consolarte, Ni aun a decir lo que siento De esta ausencia. El pensamiento. La traición, la industria, el arte Está claro y descubierto. ¿Que quiere ¡oh falsa amistad! Probar mi fidelidad, Lisardo ausente, Roberto? Es lenguaje de los hombres, Que las mujeres ausentes Por los placeres presentes No se acuerdan de sus nombres; Y es muy falso este lenguaje; Pues cuando ejemplos no hubiera, No hay fuerza que de la esfera De mi honestidad me baje. Allí, luciente planeta. Pienso conservar mi honor. Pues cuanto él fuere traidor. Seré yo honrada y discreta. Cierra puertas y Ventanas; Que el poco recogimiento Es el mayor argumento De las mujeres livianas. Ya Roberto estará cierto De que me visita a mí; Y el sol no ha de entrar aquí. Aunque piensa entrar ROBERTO. No te aconsejo que seas Tan áspera con un hombre Poderoso, si tu nombre Y fama guardar deseas; Que fuera de que la ira Puede en aquesta ocasión Hacerte fuerza, es razón Temer alguna mentira. Procede, si amor le enciendo. Con blandura a su porfía; Que obliga la cortesía Cuanto la aspereza ofende. Yo guardaré mis sentidos, Belisa, de ver y hablar, Porque no se ha de fiar El honor de los oídos. Ya vengo, como quien tiene Seguro el campo, a su calle. Pues no vengas muchas veces. ¿Por qué, si el amor me trae? Porque eres, si no lo adviertes, Para público muy grande, Y son en los que gobiernan Mayores las liviandades. ¿Qué importa que yo gobierne Y todo este reino mande, Si amor me gobierna a mí? ¿Por qué no ha de ser bastante Un poderoso discreto Para saber gobernarse? Las mujeres del Senado De Roma, con ser tan grave, De ser señoras del mundo Se atrevieron a alabarse. Hacían este argumento. Roma de sus cuatro partes Es señora; a Roma rigen Sus senadores y padres; Nosotras a ellos: luego Es la consecuencia fácil, Que gobernamos el mundo. Lo mismo amor dice y hace. Gobierna este reino Alfonso, Lucindo ( que el cielo guarde), Yo a Alfonso, y a mí el amor: Luego no podrán culparme. ¡Ah, Señor, que importa mucho En eminentes lugares Estar limpios los espejos En que el pueblo ha de mirarse! Ya es tarde para consejos. Decidme: ¿cómo no sale El sol de Elena a estas rejas? Fuese Lisardo esta tarde, Y el sentimiento, por dicha. La ha obligado a retirarse. ¡Sentimiento! ¡Vive Dios, Que estoy por desesperarme! Que sin verla, es imposible Quede su puerta me aparte. Ven acá, Celio: ¿qué haremos Para que salga? Esta tarde, Señor, parece imposible; Pero puedes retirarte, Y Fabricio y yo sacar Las espadas; que la calle Se ha de alborotar con voces, Y ella, aunque triste, asomarse; Porque en todas las mujeres Hay dos deseos notables: El uno de ver, y el otro Para saber novedades. ¡Ah Celio! Tú eres discreto. Lucindo no me acompañe. Si me ha de quitar mi gusto. ¡Qué mal las verdades saben! FABRICIO... Señor... ¿Qué esperas? ¿Quieres que la espada saque? Acaba, necio. ¡Oh traidor! ¡Vive el cielo que le mate! ¡A mí matarme! Lucindo, Mete paz. Ténganse. Nadie Sale a las rejas. ¿Qué es esto? ¿Es posible que no abre Una criada siquiera Una ventana? ¿En qué parte De Libia naciste, Elena? Pareces sol, y eres áspid. No ha quedado, en cuantas casas Miro, quien pueda excusarse De salir al alboroto Que tantas espadas hacen; Y tú sola no has querido. Pero no quiero culparte; Que tienes tu sol ausente; A mí sí, por ausentarle, Pues no amaneces aurora Hasta que se acerque a darte La luz, que lo es de tus ojos. Venga pues, venga a matarme. Es tanta la confusión, Que no nos han conocido. ¿Cómo, Señor, ha lucido La invención? No hay invención Poderosa con ELENA. ¿No salió? ¿Cómo salir? Con él se debió de ir. Ni el viento en las rejas suena. Pues, por Dios, que no ha quedado Dama en la calle sin ver La cuestión. O no es mujer, O los ojos le ha llevado La violencia No es razón Advierte con discreción Que es justo considerar Que está su marido ausente. ¡Oh nunca yo le ausentara. Si me ha de esconder la cara Hasta tenerle presente! ¿No ha de volver presto? No, Porque al Duque le escribí Que le detuviese allí: De suerte que tengo yo De vivir sin ver a Elena; O si le mando venir, Brazos y celos sufrir, Que viene a ser mayor pena. Vana será tu porfía. Vamos; que por eso fue La noche oscura: yo haré Lo que no me deja el día. Dicen que agora saldrá. Confuso vengo, y deseo Saber si esto es embajada Y te toca el darte asiento. Si te digo la verdad. Por Dios, Marín, que no entiendo La instrucción; que solamente Vengo a conocer que es pleito. Pero lo que fuere sea. Sirva yo al Rey y a Roberto, Y nunca entienda la causa. Hay unos criados necios, Que sin saber el recado Que apenas ha dicho el dueño, Parten a la ejecución, A quien mucho parecemos, No sabiendo a qué venimos, Y viniendo tan ligeros. Dijo un rey a un secretario Que escribiese a cierto reino Le hiciesen cien alabardas. Los reyes nunca hablan recio; Y por no le preguntar, Escribió al reino que luego Le enviasen cien albardas. Despacháronselas presto; Y estando el rey a un balcón Con el secretario mesmo, Vio venir las cien albardas; Y diciéndole «¿qué es esto?» Le respondió que traían Lo que él mandó, a quien discreto Replicó el Rey: Repartamos De esta manera las ciento: Las cincuenta para mí Que firmo lo que no leo, Y las otras para vos. Pues más ligero que cuerdo Hacéis lo que no entendéis. » Y yo entiendo, por lo menos, Que quieres que repartamos Entre los dos el suceso. Ya estoy en Milán, ya aguardo Al Duque, solo deseo Que sea breve el despacho; Que me matan los que tengo De mi casa y de mi Etna, A quien tanto quiero y debo. ¡Qué mujer, Marín! La hacienda Viene de padres o deudos; Pero la buena mujer Viene de mano del cielo. Larga la mostró conmigo En la que me dio, pues creo Que, aunque hay muchas buenas, puede Ser entre todas ejemplo. ¿De Roberto, aquel privado Del rey de Nápoles? Pienso Que es el que ya llega a hablarte. El Duque, Señor. Yo llego.— Deme los pies vuestra alteza. Con los brazos, caballero, Recibo yo a las personas De vuestros merecimientos. De Roberto es esta carta, Ella os dirá a lo que vengo. No es del Rey; pero es lo mismo, Pues decís que es de ROBERTO. «Aunque yo no he servido a «vuestra Alteza más que con los deseos, «me atrevo a suplicarle, en confianza de «su valor y entendimiento, entretenga «el portador de esta el tiempo que fuere «servido.» No leo más, ni es razón. ¿Hay tan loco atrevimiento? ¡A mí, que entretenga un hombre, Aun no habiendo de por medio Parentesco ni amistad, Trato ni conocimiento?) Señor... Escucha. ¿Qué te escriben? Este necio Quiere que entretenga este hombre. La causa verala un ciego. ¿Quién duda que es por mujer? Y mujer propia, es lo cierto. Pues no se le ha de lograr El pensamiento, Florencio; Que este inocente no es justo Que padezca detrimento En su honor por causa mía. ¿Vuestro nombre, caballero? Lisardo, Señor. ¿Sabéis A qué venís? A aquel pleito De Venecia con Alfonso Mi rey, para que deis luego, Como árbitro de los dos, A quien tuviere derecho Mas justo lo que le toca, Pues a vos se remitieron. Yo lo tengo ya mirado. No hay que informarme de nuevo; Ni en Milán, señor Lisardo, Sin ocasión deteneros. Yo escribiré luego al punto. Mil veces los pies os beso Por la brevedad, Señor; Que aunque a servir al Rey vengo, Pienso que mejor le sirvo Mientras que más pronto vuelvo. Amor debe de obligaros. Amor a mi casa tengo. ¿Sois casado? Sí, Señor. ¿Ha mucho? Aunque ha mucho tiempo, Estoy más enamorado, Y con mayores deseos Que cuando galán serví A quien apenas merezco. Un marido enamorado Los altos merecimientos De su mujer da a entender. Son de suerte, que no puedo Encarecer sus virtudes. Envidia, Lisardo, os tengo. Llevadle aqueste diamante, Y decible que le ruego Que os ame como es razón. Pondré la boca en el suelo Adonde ponéis los pies. Bien podréis luego volveros. ¿Qué te parece, Marín? No hay diamante de más precio Que el haberte despachado. ¡Qué gran señor! Es discreto. ¿En qué topa el ser tan sabios? En los ayos y maestros, Si bien dicen que lo causan Los sutiles alimentos. ¡Luego pollas y perdices Hacen los claros ingenios? ¡Ay de los pobres, a estar A la cocina sujetos!
JORNADA SEGUNDA
Parece que cada día Tiene aumento tu tristeza. Volviose naturaleza. Señor, la tristeza mía. Culpa al principio tuviste. No la pude resistir, Y hoy dejara de vivir Si dejase de estar triste. ¿No sabe la medicina Remedio para tu mal? Para enfermedad mortal Ha de ser mano divina. Mira en tu imaginación Con qué podrás alegrarte. Pues que tu favor no es parte, Vanos los remedios son. Si fuera ambición mi mal De cosa que no supiera Decirte, o que no quisiera, Por indigna y desigual; Viendo el agravio que hacía A la merced que me has hecho, Claro te mostrara el pecho. Mi amor no le merecía. Si dos títulos me has dado, Y a mis deudos, gran Señor, Has hecho tanto favor, ¿Qué puedo haber deseado? ¿En qué ocasión no prefieres Lo que no merezco yo? El Almirante murió Sin hijos: desde hoy lo eres. Mil veces beso tus pies. Deseo tu bien, ROBERTO. Y ¡cómo, Señor, si es cierto! Pésame que triste estés. Podré darte el parabién, Porque en estado te veo. Que fuera de tu deseo No hay bien que parezca bien. Y tantas mercedes tienes De su Alteza cada día, Que ya necedad seria Cansarte con parabienes. No hay bien, Lucindo, no hay bien En tanto rigor de Elena, Que no me cause más pena. Pues no te doy parabién. ¿Cuál áspid pudo formar Naturaleza tan fiera, Que rendido no se hubiera A tanta fuerza de amar? ¿Cuál tigre no se ablandara A las diligencias mías? Pienso que las nieves frías De los Alpes abrasara. ¡Tal desdén, tal resistencia, Tal fe, tal recogimiento. Tal verdad, tal pensamiento. Una mujer en ausencia! ¿Qué montes de oro no han sido Terceros de su favor? Debe de ser grande amor El que tiene a su marido. A su honor debe de ser; Que amor, por grande que fuera, Yo sé que lugar me diera, A no ser propia mujer. ¿Qué noche de aquesta ausencia A su puerta no me halló La aurora, que se admiró De ver mi loca paciencia? ¿Qué deseos, que suspiros, Ansias y amorosas quejas No han entrado por sus rejas A ser inútiles tiros? Mas ninguno ha sido parle, Ingrata Elena, a rendirte. Fuerza, Señor, es decirte Nueva que no ha de agradarte. ¿Habrá venido Lisardo? A la puerta queda. ¡Ah cielos! ¡Qué buen remedio a mis celos! Qué noche tan triste aguardo! — Mas no puede ser tan presto. Sí puede, pues entra ya. A tus pies tu esclavo está. En obligación me has puesto. ¿Cómo tan presto, Lisardo? El despacharme, Señor, Tuve a notable favor De aquel príncipe gallardo. Llegué también a ocasión Que estaba ya sentenciado El pleito; que a mi cuidado No tenéis obligación. La carta es esta. Mostrad. ( ¡Qué poco al Duque he debido! Que entretener un marido No era perder calidad. « No sé de qué acciones, ni en »paz ni en guerra, sacó vuestra señoría »que yo era a propósito para entretener este caballero, cuya persona y entendimiento son indignos de tanto agravio: »el que yo recibo...» No quiero pasar de aquí. Basta; que un yerro de amor Ha hecho agravio a su honor. Necio en elegirle fui Adonde tantos hubiera, Que con otra discreción Ayudaran mi afición. ¡Oh naturaleza fiera De quien no tiene a quien ama Compasión! Quiérole hablar, Y mi desdicha esforzar, Si así mi muerte se llama.) Estoy muy agradecido, Lisardo, al Duque en efeto. Resolución de discreto Juez animoso ha sido. No habrá quejas esta vez; Que juez que no despacha, No ha menester otra tacha Para no ser buen juez. Sin resolución no hay ciencia, Porque un breve desengaño Quita la mitad de daño De la contraria sentencia. Yo por las nuevas os doy De albricias seis mil ducados... Señor... Tan bien empleados, Que pienso que corto soy; Y esto es mientras su Alteza Os hace merced. ¿De quién Pudiera esperar más bien. Que de esa heroica nobleza, Que con tanto exceso pasa Mis méritos? Justo es. Descansad. Beso tus pies. ¿Habéis visto vuestra casa? ¡Yo mi casa! No, Señor; Porque primero que os viera, Agravio notable hiciera A hacerme vos tanto honor. Id con Dios. Mientras viviere, Seré esclavo de esos pies. Yo os avisaré después. Cuando lugar se ofreciere. Para que habléis a su Alteza. ¡Tanta merced! Esperad. ¿Qué hombre es el Duque? En verdad, Que entendimiento y grandeza Compiten con su valor. ¿Hízoos muchas honras? Creo Que obligó vuestro deseo En hacerme tanto honor. Informose de mi estado, y a todo respondí yo. Este diamante me dio, Sabiendo que era casado, Para que diese a mi esposa En su nombre. ¡Gran señor! Debeisle amistad y amor. Es mi obligación forzosa. Id en buen hora. Los cielos Os guarden. ¡Bueno he quedado! ¡Oh qué bien que ha despachado, Lucindo, el Duque mis celos! ¿Qué te escribe? Que no es hombre Con quien usarse podía Tal término. Hipocresía. ¿Quién hay que de amor se asombre? No le ofenderá el amor; Juzgará a poco respeto El remedio. No es discreto; Que no se aventura honor En ayudar un amante. Descortés término ha sido. Pensé ganar, y he perdido. ¿Para qué le dio el diamante? No sin sospecha sería. Pero di, ¿qué puedo hacer, Si aquesta noche ha de ser De mi vida el postrer día? Quien quiere mujer casada, ¿No sabe lo que sucede En sus noches? ¿Con qué puede Pasar su pena engañada? Pues ya es tan cierta mi pena, No tengo que adivinar. Esta noche me han de hallar Muerto en las puertas de ELENA. No escribir, ¿qué puede ser? Yo presumo que es venir. Ayúdame a resistir; Que soy, Belisa, mujer. No porque tiene el valor, Que a más peligros se esfuerza, Mas porque temo la fuerza Y la opinión de mi honor; Que al paso que va Roberto, Temo que abrase esta casa. No te espantes, si él se abrasa. ¡Albricias! ¡Mi bien es cierto! ¡Señora!... No digas más. Ya sé que Lisardo viene. Lo que tu amor te previene. Eso imaginando estás. Yo he visto solo a MARÍN. Cartas debe de traer. Quimera fue mi placer. ¡Qué presto que tuvo fin! ¿Podré merecer la suela De un chapín, dulce Señora? Mientras viene el sol, la aurora Aves y flores consuela. Aurora entre luz y día he sido de mi señor; Pero traigo el resplandor Que ya tan cerca le envía. ¿Cómo está? Como ha de estar. Las cartas... ¿Qué cartas? Di ¿No me escribe? Pues a ti, ¿Por qué te puede enviar? No me envía; que yo he sido Tan bachiller de venir, Que me quiso resistir, Y le he dejado y corrido. Él le dirá lo demás. ¡Señora mía! ¡Mi bien! ¿Buena estás? Y lo he de estar; Que porque no tengas pena, Quiero estar siempre tan buena, Que nunca tengas pesar. ¿Cómo has tardado? Llegar Y volver, ¿tardar ha sido? Mil años me han parecido Mas tiempo te pareciera, Si el Duque ya no tuviera Este pleito remitido; El cual fue tan gentil hombre Y tan galán, que me dio Este diamante, que yo Te presentase en su nombre Dios le guarde. No te asombre; Que en los ojos se me vía La hermosura que tenía, La que retratada en ellos Pudo ausente merecerlos. Pues su firmeza excedía. Díjome que te dijese Que fuese tu amor ansí. Antes fue para que en mí Ningún diamante lo fuese. Mi Belisa, no te pese De que tomase licencia De hacerte mayor mi ausencia. Estos son mis brazos. Y estos De mis amores honestos La justa correspondencia. ¡Inés! ¡Marín! Toda esta casa? ¿Como está Muy buena. ¿Elena? Mejor que ELENA. ¿Belisa? Buena está ya. ¿Cómo al caballo le va, Ausente de su lacayo? Boca abajo vive el bayo. ¿Y el papagayo? No habló Mas palabra. Pienso yo Que tú has sido el papagayo. ¿Quién duda que en la ventana, «¿Quién pasa, quién pasa?» habría, Y que algún paje diría: «Cómo estás, lorita hermana?» ¿La mona? Tiene cuartana. ¿Hay más por quién preguntar? Por ti. ¡Gracioso llegar! A la postre te he dejado. Porque pueda sin cuidado En tus amores hablar. Ya, Elena mía, es razón Darte de otras cosas cuenta. Que a nuestro estado convienen. Y que es justo que las sepas. La fortuna, lo primero, Es tan mudable y ligera, Que unos levanta, otros baja: Esto es lo que llaman rueda. Son los discursos del mundo Una noria de una huerta: Suben y bajan los vasos. Unos vierte, otros enllena. Ayer estaba yo pobre, Si bien contenta pobreza No es pobreza; pero en fin, Era pobreza contenta. Hoy la fortuna levanta Mi humildad de tal manera, Que lo que Roberto priva con el Rey, hermosa Elena, Eso con Roberto yo. No hay palabras con que pueda Referirte el alegría Que recibió de mi vuelta. Los abrazos, las preguntas Muestran bien que las estrellas Son quien amor y amistad De dos personas conciertan. Seis mil ducados me ha dado, Y cuando viere a su Alteza, Me promete un grande oficio. Con eso es bien que yo tenga Desde hoy diferente casa; Que la poca o mucha hacienda la familia y el adorno Disminuye o acrecienta. Quiero comprar lo primero, Pues en ti también se emplea, Un coche; que las mujeres Van más honradas y honestas Dentro de un coche que a pie; Que tú no serás de aquellas Que dan mano en la cortina, Que para ese efecto afeitan. Claro está que no has de hablar Con los que también requiebran Desde sus coches las damas; Que es una cosa muy fea. Finalmente, quiero yo Que el señor Roberto entienda Que soy hombre que profeso Agradecida nobleza. ¿No te alegras de este coche? Ninguna cosa me alegra Fuera de ti, ni por mí Quiero que gastes tu hacienda. ¡Jesús! ¿Coche? Por tu vida. Que aun el nombre me marea. ¿Qué dirán los que supieren Que ya tenemos soberbia? No hay cosa que más despierte A la envidia y a las lenguas, Que ver que sube de un salto La humildad a la grandeza. Después tendremos lugar, Si nos diere alguna renta. ¿Coche no quieres. Señora? Eres la mujer primera Desde la primer mujer, Y aun pienso que anduvo Eva, Pues Adán fue labrador, Dentro de alguna carreta. El primer coche del mundo Fue el trillo, para que sepas Que de andar encima de él Le añadieron las dos ruedas. ¿Qué dama en Nápoles hay, Por poco valor que tenga, Que no ande en coche, que es causa De haber tantas diferencias? Hay cajas enjugadores. Que solamente les quedan Los arcos por notomías; Y yo tengo aquí una deuda Que un invierno se sirvió De un coche en la chimenea, Que rendido se dio fuego Como soldadesca inglesa. Hay coches de tal hechura, Que cierta moza gallega Un día por los estribos Vació una espuerta de tierra. Hay coches que tiran dragos, hay coches con tales bestias, Que parece que el cochero Va pidiendo para ellas. Finalmente... No prosigas. Si no le quieres, no sea; Voyme, Elena, a descansar, Y estese la casa queda; Que pues tú no sientes bien De que mostremos grandeza, O a ti te falta locura, O a mí sobra inocencia. ¿Qué has hecho? ¡Yo! ¿Pues no ves Que solo le dije que era Gastar la hacienda? Dijiste Que era despertar las lenguas. ¡Ay Elena! a los maridos Nunca se ha de hablar por señas; Que hay hombres tan cuidadosos Que el pensamiento penetran. Pienso que pena le has dado. No hayas tú miedo que sea De mi virtud y valor. Basta haberle dado pena. Si no descansa LISARDO... Lucindo se ha entrado, ELENA. Aunque la ocasión no es buena... Toda tiemblo y me acobardo. Un recado quiero dalle De Roberto, mi señor. ¡Extraño efecto de amor! No será tiempo de hablarle; Que ha venido muy cansado. ¿Puédoos hablar? ¿Qué queréis? Un diamante que tenéis, Señora, le dio cuidado Al Almirante, por ser Joya, aunque no de galán, Del gran duque de Milán; Y porque le quiere ver, En esta caja os envía Prendas de tanto valor. Que de cualquiera, el menor Diamante al sol desafía. Y ¿quién es el Almirante? ¿No sabéis que lo es Roberto? De sus cosas, estad cierto Que estoy y estaré ignorante. Valen veinte mil ducados. No hablaba en joyas, que habló De sustitutos. Yo sé Que pagáis mal sus cuidados. Hame dicho que os dijese Que un título os hará dar. Ni un reino pienso estimar, Si de su mano viniese. ¡Ah! cómo habéis de volver En odio extraño su amor! Quien teme solo su honor, No tiene más que temer. Huélgome que hayáis venido Para que sepáis los dos Que no temo más de a Dios, Y después a mi marido. Entre todos los príncipes que tiene Agora Italia, pienso que ninguno, Roberto, como el Duque me conviene. Pues yo pensaba proponerte alguno. Sin esto, dicen que el de Mantua viene En esta pretensión tan importuno. Que a lodos se aventaja en el deseo. Lejos de mi propósito le veo; Inclínome a Milán, y lo he tratado Con la Princesa ya. Dicen que es hombre No mucho del ingenio acreditado, Si bien tiene opinión de gentilhombre. Pues algún enemigo te ha engañado; Que tiene el Duque diferente nombre, Y le alaba la fama de discreto. Nunca he tenido de él tan buen conceto. ¿En qué lo has conocido? En que no puede Quien fuere descortés ser entendido, Pues solicita que malquisto quede Con quien pudo quedar agradecido. De la verdad los términos excede. ¿Quién te ha engañado? ¿Cómo, si yo he sido? Pues habiéndole escrito, no me ha honrado Como merece la que tú me has dado. ¿En qué materia? En amistad le he escrito. Pues no sea parte, no, por vida mía Para quererle mal, porque es delito Fácil de remediar la cortesía. Escríbele por mí que solicito Darle a mi hermana, y que proponga el día En que donde él quisiere lo tratemos. Yo presumo que juntas dos extremos. Si a mí el de Mantua, bien que a causa tuya, De Saboya, Ferrara y de Florencia, Y el Pontífice mismo, con ser suya La divina y humana preeminencia. Me escriben y honran, ¿no es razón que arguya Con mucha vanidad poca prudencia? Culpa a su secretario; no te enojes. Siento, Señor, que tal sujeto escoges. No me repliques más; que ser Otavio Descortés para ti, si es que lo ha sido, Ha sido presunción, pero no agravio. Que me perdones, gran Señor, te pido. No pongas culpa a un príncipe tan sabio De lo que tus principios la han tenido. Ni repliques dos veces a los reyes; Que en cosas justas son injustas leyes. Con disgusto vengo a hablarte. No será mayor que el mío. Yo pienso que es desvarío Cansar a Elena y cansarte. ¡Oh, nunca yo visto hubiera i A Elena! pues causa ha dado A que el Rey se haya enojado!, Que ha sido la vez primera Que me ha mostrado rigor. ¿Cómo? Casa a la Princesa Con hombre que a mí me pesa, Porque no le tengo amor. Repliqué mucho a su intento; Que es el duque de Milán Con quien concertando están Este necio casamiento. Ya sé que el haberle escrito, Para que lugar te diese. Que a Lisardo entretuviese, Y no lo hacer fue el delito. Pero no es razón, Señor, Para que deje de ser Nuestra Princesa mujer de un hombre de tal valor. Y de su enojo te avisa; Que en las dichas de palacio Suele entrar el bien despacio, Y suele salir aprisa. De las palabras me espanto. En mis principios habló Por honrar al de Milán. Tierra fueron los de Adán, Que a todos nos igualó. ¿Qué hay de Elena? No ha querido Las joyas, y con razón, Pues tú le has dado ocasión Para no vencer su olvido. Si tú le cargas de hacienda A Lisardo, ¿qué ha de hacer Esta mujer? Ser mujer Que de mi amor se defienda. Todo me sucede mal. Ya se muda la fortuna, Porque no hay próspera alguna Que conserve estado igual. Verdad es que lo enojado Del Rey cesará muy presto; Que su condición en esto Larga esperanza me ha dado. Eso de necesidad De Elena no puede ser. Para todo suele haber Algún remedio. Es verdad; Pero para que ya sea Pobre Elena, no lo sé. Yo sí. ¿Pues cómo? Yo haré Que su castidad se vea. Déjame a mí negociar. Parte; que en tu ingenio fío... —Mas vuelve; que es desvarío Lo que quieres intentar. Porque si es robar su hacienda De Lisardo, la invención, ¿No queda mi obligación Empeñada en mayor prenda? Pues si él me lo ha de decir, Y yo lo he de remediar, Mas ricos vendrán a estar, Pues di, ¿qué has de hacer? Morir.— Pero ¿sabes qué he pensado? Que para empresas de amor Es el remedio mejor La deslealtad de un criado. Llámame a Marín aquí, Voy a obedecerte. Creo Que ha de templar mi deseo. En el corredor le vi Aguardando a su señor. Pues venga Lucindo luego; Que no puede hallar sosiego Amor sin tratar de amor. Yo busco imposibles medios; Pero no hay mal tan cruel, Que no se descanse de él Solicitando remedios. Dijéronme que Vusía Me llama. Yo te be llamado, Corrido por olvidado De lo que el Rey te debía. Fuiste a Milán con Lisardo, Y no me acordé de ti. Fuera de eso, ayer te vi Pisar airoso y gallardo Del patio, Marín amigo, Las losas, y me agradó Tu talle, y aun dije yo A los que estaban conmigo: «No le estuviera muy mal Una bandera a aquel hombre.» Señor, muchos tienen nombre Porque tienen dicha igual; Que a fe que otro hubiera sido Al Rey de menos provecho. Bien se ve en tu noble pecho Que eres hombre bien nacido. ¡Pesia tal! Llegando ahí, Mi madre me lo decía; Que al tiempo que me paria, Con tanta furia salí. Que la comadre al ruido Con las manos acudió, Y dijo: «¡Oh qué bien nació!» Mira si soy bien nacido. Que crédito se ha de dar Después, Señor, de los padres, A las señoras comadres, Porque suelen obispar. ¿Estás pobre? Sí, Señor, Porque esto de andar a caza De una ración, amenaza Gran pobreza y poco honor. ¿No trata bien los criados Lisardo? Un pobre escudero Con humos de caballero Tuvo hasta ahora cuidados. Ya que le has favorecido, Crecerán los alimentos; Que aun por ciertos pensamientos Él y mi ama han reñido. Eso deseo saber. ¿Cómo por mi vida? Él quiere Coche, y ella no; que muere Por no salir, y es mujer. ¡Cosa extraña! ¡Esto porfía; Y hay mujer que, si pudiera, Por saya se le pusiera Por traerle todo el día. ¿Quiere mucho a su marido? Eso es locura, por Dios. ¿Y él a ella? Fue en los dos Amor de un parto nacido. La noche que vino, en fin, ¿Mucho en la jornada hablaron? Antes no, que se acostaron Luego. Es ella un serafín. ¿Levantose de mañana? Antes no se levantó; Que en la cama se quedó A buscar otra mañana. ¡Cielos! qué ha de ser de mí! ¿Hay mucha familia allá? Su hermana, doncella ya Para responder que sí, Si algo le pregunta el cura; Una Inés, de un corazón Herida de conclusión, Que mata cuando asegura; Una mona, un papagayo, Dos esclavos y un rocín, Deudo de cierto Marín, Que es secretario y lacayo. ¿Que vos queréis bien? Señor, En la mocedad es gala; Que en llegando a martingala, Corre diferente humor. ¿Qué diríades de mí. Si yo quisiese también? Que si lo merecen (bien Claro está que será así). Que queráis firme y constante. ¿Es buena la prenda? es buena? Tan hermosa como Elena, Por vida del Almirante. ¿Cosa quo la misma fuese? ¡Ay Marín! ¿quién puede ser? Vos queréis una mujer, Que es forzoso que me pese. ¿Por qué, si tú me has de dar Remedio para que pueda Hablarla? Nunca se queda Sin guarda. Enviaré a llamar Aquesta noche a Lisardo; Y entre tanto podré ir, Si tú me quieres abrir. Mucho, Señor, me acobardo. Pues ¿quién lo podrá saber? No sé, por Dios, si me atreva. Por lo menos, en la prueba, ¿Qué puedes, Marín, perder? Yo te he de dar mil escudos Y te he de hacer capitán. Los mil escudos harán Hablar tudesco a los mudos. Llama a Lisardo; que yo A la puerta aguardaré. Esto, Marín, es en fe De nuestra amistad. ¿Pues no? A nadie me he descubierto; Si tú el secreto no guardas, A picazos de alabardas Serás de mi gente muerto. ¡Yo descubrirte, Señor! Con eso voy satisfecho. Notable merced me has hecho. Pues ¿cómo te va de amor? Tracé que aqueste me abriese. Y ¿qué dice? Que lo hará. Y si el dueño en casa está, ¿Será justo que te viese? Quiero enviarle a llamar Sobre cierto pensamiento; Y en estando en mi aposento, Celio o Fabricio han de entrar Y decir que el Rey me llama. Yo le diré que me aguarde; Y entre tanto, aunque sea tarde, Iré a ver quién me desama. Pues ¡tú tristezas conmigo! ¡Tú, mi bien! Que no lo estoy. Hago a la fe que te doy Y al alma misma testigo. Que después que soy amigo De Roberto, ando elevado, Elena, en mayor cuidado. No admire tu confianza; Que esto puede la mudanza De la vida y del estado. Según eso, mejor fuera Aquella pobreza igual. A un hombre tan principal Ninguna mudanza altera. Elena, mudar de esfera Algo de mudanza tiene; Mas ni el bien ni el mal, si viene, Me mudarán de adorarte. Escucha pues. A escucharte Toda el alma se previene. Antes la tierra vestirá de estrellas Los prados, que de yerbas y colores; Los campos de la luna varias flores. Sin que tenga el verano imperio en ellas; Antes las aves con sus plumas bellas Entre las aguas cantarán amores; Y los peces, del mar habitadores. De la región del fuego las centellas; Antes las fieras de las verdes selvas Entre los hombres hallarán sosiego; Que, puesto que a olvidarme te resuelvas deje de adorarte loco y ciego, Elena de mis ojos, aunque vuelvas Mi alma Troya y mis sentidos fuego. Pues primero, mi bien, los elementos A su materia volverán confusa, [fusa, La tierra en agua, el agua en tierra in- Y en calma eterna vivirán los vientos; Primero bajarán de sus asientos Los orbes de la máquina difusa; Primero no dará la culpa excusa, Y la envidia en seguir entendimientos; Primero al que cautivo en su cadena En la esperanza su rescate apoya, Memoria de la patria llanto y pena, Que pierda yo la más preciosa joya, Y aunque me llaman en Italia Elena, Me engañe Paris y me lleve a Troya. Huélgome que se haya ido Mi señora; que aguardaba, Para hablarte, que se fuese. Pues ¿tú de Elena te guardas? No tengo de qué, Señor; Pero criome en su casa, Dueño de mi padre, el suyo; Y respetando su cara, No quiero delante de ella Pedirte licencia... ¡Extraña Novedad! ¡Llorar un hombre! Grande amor o gran desgracia. Y ¿para qué es la licencia? Voyme a España. ¿Cómo a España? ¿Que hay España no has oído, Y que confina con Francia? Que hay Cataluña no sabes, Valencia, Aragón, Navarra, Dos Castillas, Portugal, Andalucía, Vizcaya, Galicia, fin de la tierra, Y unas ásperas montañas? Sí pienso; mas ¿a qué efecto Haces jornada tan larga? Desgracias son de los hombres. Pues que yo te dejo, basta Para saber que lo es mía. No dejaré que te vayas Sin que me digas primero De tu desgracia la causa. Fuera de que yo no quiero Que Elena quede enojada Conmigo por tu ocasión; Y es, Marín, injusta paga De su amor, no despedirte, Y aun traición a sus entrañas; Que más que por ama tuya, Es ama, porque te ama. Señor, la desgracia es tal. Que será fuerza no hablarla. Marín, no tiene remedio. No me importunes, no hagas Cosa que después te pese. Mientras que más lo dilatas, Mayor deseo me pones. En vano más fuerza aguardas. Mira que no es de discretos Dejar razón comenzada. Señor, antes que mi boca Para tu ofensa se abra, Si puede llamarse ofensa La defensa de tu casa, La palabra me has de dar De que no hablarás palabra. Yo la doy con juramento Sobre la cruz de la espada. Y habla presto; que me tienes Casi en los labios el alma. Pues sabe que me ha llamado Roberto, y que cuanto trata Contigo, es hacerte ofensa En la vida y en la fama. Presumo que mi señora No quiere por esta causa Coche, en que rueda el honor Hasta que en la infamia para, Porque a veces rus cortinas A nuestros ojos trasladan Lo que piensan que de noche Encubren las de la cama. Díjome que te quería Llamar con palabras falsas, Para que te entretuviesen Mientras él viene a tu casa; Que yo le abriese la puerta, Porque con violencia aguarda Quitarte el honor... ¡Qué dices! Y de ella tomar venganza. Prometiome, si decía El secreto de esta infamia, Quitar la vida. ¡Ay de mí! Que a mí me ha quitado el alma. Mira si es justo partirme De Nápoles v de Italia, Y aun irme fuera del mundo. Cuanto más volverme a España. Sin sentido me has dejado, Puesto que yo sospechaba De los disgustos que Elena Recibió de mi privanza, Que no eran sin ocasión. ¡Ay, hermosura, madrastra De la honra de los hombres, Veneno en taza dorada, Codicia de los sentidos, De las virtudes contraria, Bien dudoso, mal seguro, Cifra de desdichas tantas! Culpar a naturaleza Es error, pues se retrata En ti la beldad divina, ¡Oh breve hermosura humana! Pues a Elena, ¿cómo puedo, Si su lealtad es más clara Que el sol! ¡Oh traidor Roberto! ¿Así los nobles se tratan? ¿Así pensaste engañar Mi honor con riquezas vanas? ¿Qué haré? que eres poderoso. Señor, por la misma causa Halla remedio la industria Donde la fuerza no basta. No des a entender tu pena, Y pues tienes confianza De la virtud de tu esposa, Y sabes que no te agravia; Aunque me mate Roberto, Quiero ayudarte a guardarla, Si tú con prudencia adviertes La defensa y la venganza. Cuanto a defender mi honor, Seguro estoy que no valga Todo el poder del tirano. Que con interés le asalta. Soy hombre:—es mujer ELENA. Sí, pero mujer tan casta, Que si aquella infamó a Grecia, Esta será honor de Italia. Confianzas matan hombres. Virtudes vencen desgracias. Celos no agravian virtudes. Si no agravian, ¿por qué matan? ¿Puedo dejar de tenerlos? Quien ama prendas tan altas, ¿Por qué los ha de tener? Porque siguen a quien ama Como al sol la sombra. Advierte Lo que has de hacer si te llama, Y deja imaginaciones. ¿Hay cosa más desdichada Que llegar un hombre a ver Esta desdicha en su casa? ¿Que hallasen, Marín, los hombres Una invención tan extraña Como esta que llaman honra, Y que toda esté fundada En cosa que es imposible Guardarla si no se guarda? ¡Vive Dios, que fue crueldad! Antes fue ley necesaria, Porque estimasen los hombres, Que no saben estimarlas. La virtud de las mujeres. Ahora bien, la noche baja, Y este ha de enviar por mí. Entra; que aunque a verle vaya, En dejándome en la suya, Daré la vuelta a mi casa. Pues ¿téngole yo de abrir? Dirasle por la ventana Que tiene la llave ELENA. Y diré verdad muy clara; Que la llave de la honra Sola la mujer la guarda.
JORNADA TERCERA
No me atrevo aunque me obligas. En la ocasión que te hallas, Tanto yerras cuanto callas. Pues ¿qué es mejor? Que lo digas, Porque Lisardo advertido Remedio pueda poner. Mucho yerra la mujer, Belisa, que a su marido Le dice quién la requiebra, Pues le pone en confusión, Y con necia presunción Su resistencia celebra: Que fuera de que le dio La pena de la defensa, Sospechoso de la ofensa, Pensará si es cierta o no. Y si a saber de otra parte Que te ha querido viniese, ¿No es más cierto que pudiese De que le ofendes culparte? Lo que si primero hubiera Sabido de ti, es muy cierto Que hallara culpa en Roberto, Y en ti lealtad verdadera. No, Belisa; lo mejor Es que sepa de otra parte Que ha sido invencible Marte A sus asaltos mi honor. Nunca fue cosa acertada El prevenir al marido. Porque no piense que ha sido Prevención de estar culpada. Anoche salió Lisardo, Y luego vino Roberto, De que estaba ausente cierto, Con Fabricio y con Leonardo. Llamó, y respondió Marín, Y díjole que le abriese; Pero como él entendiese De su pensamiento el fin. Respondió que estaba allí Mi hermano, y él aguardó Tanto tiempo, que llegó LISARDO. Al balcón salí, Y sobre entrar o no entrar Concertaron de matarle. Porque la noche y la calle Daban secreto y lugar. Él por morir con la palma De su honor (aunque sospecho Que le pasaran el pecho, Y me sacaran el alma. Si hay sangre de amor en ellas), Metió mano contra cuatro En aquel solo teatro Que alumbraban las estrellas. Gran tragedia para mí. Que era el principal papel, Pues ya en el acto cruel Sombras de mi muerte vi; Si Marín, que al fin le oyó, No saliera tan valiente, Como Roberto insolente Y cobarde, pues le hirió. Cuando tú te alborotaste, Ya Lisardo descansaba En su aposento, y estaba Con el gusto que le hallaste, Para no darlo a entender, Aunque todo fue fingido. Él ha callado, y yo he sido Mas diamante que mujer; Que con verle suspirar Toda la noche a mi lado, No he dormido y he callado; Que es mucho callar y amar. Él hable, pues es razón; Que si dijere sus celos. Mi verdad, mi honor, los cielos Volverán por mi opinión; Que mientras no dice nada, No pienso dar a entender Que di causa para ser De nadie solicitada. En esto me determino. Y no me parece mal. No puedo en desdicha igual Hallar más fácil camino.) Elena, bien me decías Que a la envidia despertaba La humildad, cuando llegaba A grandeza en pocos días; Mas que tanto se desmande Ha sido injusta aspereza, Pues a tan poca riqueza Sigue desdicha tan grande. Por poco me hubieran muerto Anoche, cuatro embozados. Pienso que son los criados Del almirante Roberto, Que viéndome tan acepto A su señor, han querido Matarme; pero no ha sido Su traición de algún efeto. Yo salí, gracias a Dios, Con vida. Di que salimos Con honra, y di que reñimos Como dos Cides los dos. Conozco lo que te debo, Y querrá Dios que algún día... No, Señor; la deuda es mía, Y es obligarme de nuevo. Mil vidas no eran allí. Cuando todas las tuviera, De valor, si las perdiera Y aventurara por ti. Esta noche no he dormido, Elena, porque no son, Cuando hay imaginación. Bastantes sueño ni olvido. Finalmente, resolví. Después de tantos cuidados, No dar envidia a criados De Roberto contra mí. Cuanto me ha dado valdrá Diez mil ducados, Elena, Que a mí me cuestan de pena Diez mil ocasiones ya. ¡Nunca Roberto me honrara! Nunca yo le conociera! Nunca esta merced me hiciera! Nunca a Milán me enviara! Mas yo lo remediaré Con irme este mismo día A Sicilia, Elena mía, Adonde seguro esté. Hoy una nave se parte, Concertado el flete queda. Tú, porque partirme pueda, A los esclavos reparte Lo que a tus cofres y ropa Tocare; que nuestra hacienda Y vida al mar se encomienda, Que llama con viento en popa. No hay que aguardar, esto es Resolución, y forzosa; Que una mano poderosa Tiene el remedio a los pies. Yo no tengo voluntad Desde el día que nací; Que pues nací para ti. La tuya fue mi verdad. Las leyes de una casada Son silencio y obediencia: Si hacer de tu patria ausencia, Lisardo mío, te agrada. Sujeta a tu gusto estoy, Y que no me ausento digo, Porque si yo voy contigo, En mi propia patria voy. Los criados de Roberto Yo sé que no vencerán Tu honor y opinión, que están En lugar seguro y cierto. En vano su intento ha sido, De que es buen testigo Dios. Es el partirnos los dos, Elena, el mejor partido. Ea, Belisa, apercibe También tu ropa. Señor, A la sombra de tu honor El que yo profeso vive. Tú eres dueño de las dos. Bien haces; en irte aciertas. Ruido siento en las puertas. Gran gente sube, por Dios. No llegue vuestra excelencia, Que bastamos sus criados. No me dejan los cuidados De tan extraña insolencia... ( Porque no hay autoridad Donde se atraviesa amor.) ¡Vos en mi casa, Señor, Con tanta riguridad! Infame y vil caballero, ¿Merece el haberte honrado El galardón que me has dado? Llevadle preso: ¿qué espero? ¡A mí, Señor! ¿En qué fui Ingrato al bien que me has hecho? ¿Aun piensa tu falso pecho Que puede engañarme aquí? ¡Yo te he ofendido! ¿Es servicio Matarme a Celio, traidor? Anoche llegué, Señor, Si no he perdido el juicio, A mi casa, a cuya puerta Cuatro embozados hallé. Quise entrar; pero no entré. Por su traición descubierta, Mi persona defendí. Eso no está averiguado. ¿Ha de ir también el criado? Yo ¿por qué? Dejadle aquí; Que en defender su señor Su obligación ha cumplido. Elena, solo te pido La defensa de mi honor, sea No repares en mi vida; ¡Que como el honor se guarde, No es bien que amor te acobarde, Porque honrada no es perdida. Viva mi noble opinión En tu constante verdad. Defiende tu honestidad. No te espante mi prisión. Porque es más segura cosa Ir, si hay tirano galán, A la cárcel, que a Milán Quien tiene mujer hermosa. Allá lo verás el día Que te corten la cabeza. Esto quiere tu aspereza, Esto tu ingrata porfía. ¿Es posible que hayas dado En obligarme a locuras? Cuanto intentas y procuras, Roberto, es vano cuidado. Yo te confieso el amor De Lisardo mi marido; Mas nunca tan grande ha sido Como el que tengo a mi honor, Por el cual su vida quiero Perder, que es más que la mía. Yo venceré tu porfía. Y yo moriré primero. Estás agora enojada. Nunca estuve más en mí. ¿Eres mármol? Soy quien fui, A ser quien soy obligada. Vamos; que cuando le veas Morir, me remediarás. Si con ese engaño vas, Ni lo pienses ni lo creas. ¿Que de verme no te asombres Sin superior en el suelo? Por eso hay Dios en el cielo Contra el poder de los hombres. Prisión injusta, de quien Salir en hombros deseo, Pues, con ser quien es la vida. Aun es lo menos que temo; Puesto que habrán ocupado Tus calabozos y hierros Muchas culpas, muchos hombres Por diferentes sucesos; Yo sé que no has visto en ti Quien tenga lo que yo tengo, Pues la virtud y hermosura En este lugar me han puesto. Enamorose un tirano, Resistieron su deseo. Dice que he muerto a quien hoy Vivo en su palacio vieron: Bien conozco en el peligro Que está mi honor; pero pienso Que le sabrá defender, Elena, tu casto pecho. Muchas esperanzas hacen A mis desdichas consuelo; Mucho tu virtud me anima; Amor me dice que puedo. Mas ¡ay del preso Que entre memorias tristes pierde el seso! Divinas y humanas letras Muestran en claros ejemplos Triunfos de la castidad Contra tiranos soberbios. Muchas mujeres ilustres, En carros de oro diversos, Verdes laureles coronan Por gloriosos vencimientos. Muchos lascivos despojos, Muchas coronas y cetros Pisaron ruedas triunfantes, Dieron a la fama versos, Dieron a la historia plumas, Y honor a las patrias dieron En Grecia, Italia y España Contra el olvido y el tiempo. Yo conozco, Elena mía, Lo que a tus virtudes debo; Yo sé tu amor, y tú el mío; Pero no me deja el miedo. Ya estoy mirando a Lucrecia, Ya sucediendo contemplo Tu nombre al ilustre suyo Y a sus heroicos trofeos! Mas ¡ay del preso Que entre memorias tristes pierde el seso! En fin, me han dejado verte, Que no fue poco favor. ¡Marín!... ¿Cómo estas, Señor? Entre la vida y la muerte. ¿Cómo está Elena? No sé Si vivirá mucho Elena; Los efectos de la pena De tu prisión te diré. Tiene tu casa una torre Fuerte, aunque antigua, y allí Se ha encerrado, porque ansí Su casto pecho socorre. Quiere que con un cordel En limitado sustento Suba a un obscuro aposento, Y acabar la vida en él. Díjome desde las rejas: «Mientras que llega mi fin, Dile a Lisardo, Marín, De la suerte que me dejas: Que por de dentro he cerrado, Y que la llave le envío, Para que esté el honor mío De su voluntad guardado. Dile que alcaide ha de ser De esta torre desde allí; Que aunque me fío de mí, Pensará que soy mujer. Finalmente, esté en su mano La llave de mi lealtad, Para que mi honestidad Conquiste, Roberto, en vano. Caían, a la sazón Que estas razones decía, De un sol que ilustraba el día Por nubes de confusión, Unas lágrimas tan bellas, Que como bajar las vi Desde arriba, presumí Que lloraba el cielo estrellas. Naturaleza se corre De tener menos poder, Pues pienso que han de nacer Perlas al pie de la torre. La llave al fin me arrojó. Toma, Señor, y está cierto Que no subirá Roberto Por el lugar que bajó. Toma, y guarda su tesoro, Confiado aunque te ultrajan; Que donde lágrimas bajan, No subirán fuerzas de oro. Con sentimiento tan justo Que el alma a salir provoca, He escuchado las razones, Marín, de mi noble esposa. Y aunque me consuela el ver Que la inexpugnable roca De su castidad defienda El honor, que a los dos toca, No es remedio en tanto daño, Porque no está la Vitoria En la torre; que el poder Buscará con que la rompa. Dile a mi esposa, Marín, Que acetar no es justa cosa Esta llave que me envía, Y a sus manos se la torna. Que ella misma sea su alcaide, Que ella se defienda sola, Porque la buena mujer Es la llave de la honra. Que le ruego que descienda Y que gobierne animosa Su casa como solía, Y nuestras cosas disponga Con libertad, al remedio Que pueden tener ahora, Hablando al Rey, si es posible Que nuestras desdichas oiga. Que si ella, Marín, se encierra, ¿Quién ha de haber que proponga Al Rey este injusto agravio? Pues si llorando le informa, ¿Quién duda que mi justicia Halle en su grandeza heroica Piedad, y que la inocencia De su honestidad conozca? Que nunca a los justos reyes Amor de privanza estorba. Porque como a Dios imitan. Con la verdad se conforman. Esto le dirás, y mira Que es en las castas matronas El mayor encerramiento Acudir a lo que importa. Tú la acompaña, Marín, Pues de mis desdichas todas Eres testigo y consuelo. Pues ¿qué haré yo si tú lloras? No te espantes. —Parte presto Para que remedio ponga Elena a nuestra desdicha. Quiera la mano piadosa Del cielo poner remedio. Entre las furiosas olas Del mar de la tiranía, Con humildes poderosa. Corre mi barquilla pobre Donde los vientos la arrojan. Romperase, si los cielos No ponen en paz las ondas. ¿Qué haré? ALCAIDE. LISARDO... ¿Quién es? Haced cuenta que la sombra De vuestra muerte. ¿Hay sentencia? Y sentencia rigurosa. Con seis testigos se prueba De Celio la muerte. ¡Oh loca Vanidad de un poder necio! Vive Celio, y tú furiosa Pruebas que está muerto Celio, Para que después te corras, De ti misma arrepentida! Ver vuestra paciencia sobra Para ver vuestra inocencia. Pero escuchad una cosa, Que ha de ser vuestro remedio. Con la princesa Leonora Casa el duque de Milán, Y hoy ha venido a las bodas. Escribidle con Elena; Que esta ocasión es forzosa Para que le pida al Rey Vuestra vida. Aliento cobra Mi esperanza: escribir quiero; Que una embajada traidora Me dio a conocer al Duque, Adonde fui por la posta Con cartas del Almirante. Pues eso basta. No es poca La causa, pues él la sabe. Si el Duque, Lisardo, toma A su cargo el remediaros, Hoy la sentencia revoca. Si a mis humildes palabras Responden sus altas obras, Para mí fue su venida, Alcaide, en hora dichosa. Los favores que me han hecho Vuestras majestades son Dignos de su heroico pecho. La discreción y hermosura De la divina Leonor, Fuera de aumentar mi amor, Hacen mayor mi ventura. Mas como en humanas glorias No son iguales las suertes, Y suelen templar las muertes El gusto de las Vitorias, Así fortuna inconstante En la gloria de este día Quiere templar mi alegría Con ver triste al Almirante. Días ha que vive ansí, Y que me ha puesto en cuidado. Y en esta ocasión he dado En pensar que es contra mí, De donde aquel grande amor Que hasta ahora le he tenido Ha comenzado en olvido Y ha de acabar en rigor. Admirado estoy de oír Que os haya dado ocasión. Yo pienso que su ambición Le ha querido persuadir La sucesión de este reino Casándose con Leonor, Viendo que él reina en mi amor Como yo en Nápoles reino; Y que nace su tristeza, Que no quiere declarar, Del cuidado de reinar Y el amor de su belleza; Porque no se haber sabido La causa que me ha negado, Y resistir porfiado Vuestro casamiento, ha sido Para que este pensamiento Me diese imaginación De que tiene pretensión Al reino y al casamiento. De la tristeza, no sé Si amor la ocasión ha sido; La de haberme aborrecido, Con libertad os diré. Pues vos licencia me dais Con la mudanza que hacéis Del amor que le tenéis A la sospecha en que estáis. Roberto envió a Milán Con una carta engañado Un caballero casado, Que es de su mujer galán. Escribiome entretuviese Aquel hombre; respondí Con despacharle de allí Antes que en Milán durmiese. De donde tengo por cierto Que me aborrece, Señor, Y que nacen de este amor Las tristezas de ROBERTO. Pues ¿quería hacer violencia Al valor de esa mujer? Pienso que debió de ser ocasión su resistencia. El Rey ha dado, Señora, Esta licencia. Pues llega, Si a nadie el hablarle niega. Por las bodas de Leonora Dicen que no ha de haber preso Que no tenga libertad. Los pies, gran Señor, me dad. Humilde su estampa beso. ¿Quién sois? De aquel caballero, Que Roberto os envió, Soy criado. ¿Puedo yo Servirle en algo? Hoy espero Su remedio de esa mano. ¿Dónde está? Preso, Señor. ¿Preso? Es notable rigor De un poderoso tirano. Aquí viene su mujer. m que. Señor, la dama está aquí De Roberto, y aunque a mí Me viene a hablar, ha de ser Delante de vos, si acaso No os tenéis por deservido. Antes, por ver lo que ha sido, Quiero saber todo el caso. Llegad, Señora, y hablad. Su majestad da licencia. La justicia y la inocencia De un caballero escuchad. Rey de Nápoles, Alfonso, Digno por tus claros hechos De las águilas partidas, Corona del sacro imperio; Y vos, gran príncipe Otavio Que del feliz casamiento De Leonora habéis de dar Reyes a diversos reinos; Así de remotos indios Os traigan oro y trofeos Vuestras naves y soldados, Que oigáis mi desdicha atentos. Yo soy Elena de Lauria, Mujer de Lisardo Aurelio, Hijo de padres tan nobles, Que a sus hazañas debieron Los príncipes de Aragón Ver dilatado su cetro De España a la bella Italia, De Nápoles a Palermo. Perdiose, como acontece, De la memoria del tiempo Su casa, y heredó pobre El honor de sus abuelos. Casose conmigo, a quien Miró con ojos honestos Estimando la virtud Por dote mayor del cielo. Vivimos los dos seis años, Sin que esta paz y contento Deshiciese enojo alguno Por condición o por celos; Pero en medio de esta paz. Un día me vio Roberto, El primero de mi mal, Y de mi bien el postrero. Fui para desdicha mía De mil tristezas sujeto, Nacidas de mi virtud, Y de sus locos deseos. Pareciole que ausentando A Lisardo (¡mal consejo!) Fuera su violencia más, Y mi resistencia menos; Pero no fueron posibles Sus promesas y sus ruegos Para que pueda o ventana Se abriese a intereses necios. Contar yo sus diligencias, Fuerzas, traiciones y enredos Era dar número justo A los átomos del viento. Fingió que a mi esposo dabas, O por los servicios hechos, O por llevar a Milán Cartas de un pleito supuesto, Muchos dineros y joyas; Y eran joyas y dineros Para vencer lo imposible De mis castos pensamientos. ¿Qué ventana de mi casa. Qué reja o puerta estuvieron De sus escalas seguras Y traidores instrumentos? Pero no hay hierro, Señor, que más defienda de hacerlos como estar la castidad, Reja de diamante, en medio. Toda Nápoles lo sabe, Tú solo no; que no fueron Las verdades tan dichosas, Adonde el amor es ciego. Murmuran el que le tienes; Pero son pinos excelsos Los reyes, que por su altura No escuchan los arroyuelos. Últimamente, Señor, Le llamó una noche, haciendo Que le engañen sus criados; Pero avisándole de esto El que ha venido conmigo, Cuya lealtad y silencio Mereciera honor de estatuas Entre latinos y griegos; Volvió a su casa, y halló Que la estaba defendiendo Mi honor con las fuertes armas De mi pensamiento honesto. Pareciole que ya estaba Su loco amor descubierto, Y de matar a Lisardo Resolvió su atrevimiento; Mas con favor de quien digo, Y lo primero del cielo. Que la inocencia defiende, Fue vano su loco intento. Mas luego, el siguiente día. Vino con la guarda, haciendo La más extraña invención Que cupo en tirano pecho. Prendió a Lisardo mi esposo Diciendo que a Celio ha muerto; Y anda en la ciudad, Señor, Vivo y sin vergüenza, CELIO. Con esto le ha sentenciado A muerte, probando el hecho Con testigos, que no faltan Donde sobran los dineros; Que esto de falsos testigos. Hasta que están descubiertos, Son mohatras de la envidia Para destruición del dueño: Todo a efecto de que pueda Conmigo el amor y el miedo De mi marido acabar Lo que no el poder y el ruego. Hoy se la han notificado, Y está el pobre caballero Previniendo a Dios el alma Y para el cuchillo el cuello. Como ha venido el gran Duque Para ser cuñado vuestro Y de Leonora marido. Pareciole, Rey supremo, Pedirle en esta ocasión (Pues tiene conocimiento De esta maldad) interponga, Si no para su remedio. Para averiguar la muerte De Celio, pues vive Celio, Su autoridad, confiado De su valor, prefiriendo El gusto del Rey en todo; Que si al honor de Roberto Importa morir Lisardo, Morirá por no ofenderos; Pero si el hacer justicia Dio tanta gloria a Seleuco, A Torcato, a Bruto, a Fabio, Que sus propios hijos dieron Al cuchillo, rey Alfonso, Mejor podéis a su ejemplo Dar la vida de un criado, O permitirá lo menos Que la verdad se descubra En honra de un pecho honesto; Que la fama agradecida Hará vuestro nombre eterno, Si en la justicia los reyes Son imágenes del cielo. Antes, Otavio, que habléis (Pues para tal sinrazón Es ociosa intercesión La que por Lisardo haréis), Vayan luego por Lisardo, Y venga Lisardo aquí. ¡Cuán justamente de ti Justicia y remedio aguardo! Crea vuestra majestad Que cuantas hazañas graves Le han dado en campos y naves Opinión y autoridad, Ninguna con más razón Que hacer agora justicia, Castigando la malicia Contra su misma afición. Si bien ya me da a entender Que la templa el desengaño De un hombre humilde y extraño, Hoy César y nada ayer. Cuando con el mismo amor Que le he tenido le amara, En una maldad tan clara Mostrara el mismo rigor. Yo estoy ya desengañado; Y cuando no lo estuviera, La misma justicia hiciera. Aquí está el preso. Y postrado, Señor invicto, a esos pies. Lisardo, obligado estoy A hacer por vos desde hoy Lo que os debo y justo es. Mejor fuera que Roberto Me acordara obligaciones A tantos fuertes varones Que en nuestro servicio han muerto, Que no intentar infamaros, No siendo Elena quien es, Con su violencia, y después Querer la vida quitaros. Mi capitán de la guarda Os hago, para que vais A prenderle, y le traigáis Donde mi enojo le aguarda. Con lágrimas os responde Mi humildad, mudo mi labio. La venganza de este agravio A tu grandeza responde. ¡Elena mía!... ¡Señor!... No hay, Señor, sino ir volando A prender este hombre. Cuando Fuiste llave de mi honor Tuve mi remedio cierto. ¿Oye? A la noche hablarán. Vamos, señor capitán, Y prendamos a ROBERTO A risa me has provocado, Y por otra parte a pena. Yo pienso. Señor, que Elena Remediará tu cuidado, Porque viendo a su marido El cuchillo a la garganta, No será su crueldad tanta. Donaire notable ha sido Sentenciarle por la muerte De Celio, y que Celio esté Con nosotros. Bien se ve Que te burlas. Celio, advierto Que si no se mueve Elena, La he de dar este disgusto. Yo no sé si es justo o injusto; Pero ya Lisardo ordena Su alma y su testamento. En peligro semejante No será Elena diamante; Mudará de pensamiento. Yo no veo entrar persona. Que no imagine que es ella. Llorando estará más bella. Mi muerte, Señor, perdona; Que me pesa de andar muerto. En viniéndome a rogar Elena, se ha de tratar Del perdón y del concierto. Aquí está ROBERTO. Entrad. ¿Qué es esto, Señor, que veo? ¡Lisardo libre! ¿Qué dices? Sí, por vida de ROBERTO. Date, Roberto, a prisión. ¡Yo preso! Guardas, ¿qué es esto? Señor, esto manda el REY. ¿El Rey a mí? Date preso. Quítale, Marín, la espada. ¡Hay mayor atrevimiento! Hombre, ¿no sabes quién soy? Deme la espada; acabemos. Guardas, tomadla vosotros, Pues aquí no hay caballero A quien yo la pueda dar. Roberto, yo soy tan bueno Como los que buenos son, Y mejor que tú. No puedo Creer que pasa por mí Tal suceso; es sombra, es sueño. ¡Criados!... Ya los criados Al uso del mundo huyeron. ¿No hay hombre aquí? ¿Para qué? Llevadle. ¡Extraño suceso! Cuantas honras recibiere Elena, quiero que todas. Princesa hermosa, me obliguen. princesa. Elena, mujer heroica, Merece por su virtud Que la celebre la historia De las mujeres ilustres. Las romanas, españolas Y griegas, laurel le rinden. Bien conozco que os provoca Mi inocencia y ser el día De vuestras felices bodas. El cielo de quien confío, ilustrísima Leonora, Os dé por bien de estos reinos Larga sucesión dichosa; Que pues hoy junta a Milán De Nápoles la corona. Parece que darle quiere Lo que ha faltado hasta agora. En mí tendréis una esclava, Que esta merced reconozca Lo que tuviere de vida. Cualquiera merced es poca Para darle premio justo A una acción tan virtuosa. Aquí, Señor, tienes preso A ROBERTO. Aun ver me enoja Lo que algún tiempo estimaba. La inconstancia de las cosas Del mundo tendrá en mi ejemplo Una fábula notoria De sus fáciles promesas, De sus esperanzas locas, Y de que humildes principios A ser lo que fueron tornan. ¿He sido yo por ventura Desleal? ¿Tanto te asombra Que un justo amor me enloquezca Por una mujer hermosa? ¿Soy el primero del mundo Que los ídolos adora. Donde tantos capitanes Y tantos sabios se postran Al poder de un ciego rey? ¿He sido ingrato a tus obras? He manchado tus grandezas Con traiciones alevosas? ¿No está presente la culpa Que mis delitos abona? Que puesto que es mi fiscal, Quiero que agora interponga Su piedad como abogado. Si ella por tu causa aboga, Haz cuenta que mi justicia Esa apelación te otorga. Yo no digo que no tenga Amor fuerza poderosa; Pero para amar se entiende, No para intentar deshonras, No para quitar las vidas. Pero no quiero que pongas Culpa a amor ni a la fortuna, Que los que levanta arroja Del lugar donde los sube, Sino que de ti disponga Lisardo: él te dé sentencia, O piadosa o rigurosa. Él es tu juez, ROBERTO. De juez que se apasiona Por una de las dos partes, Y que es nulidad notoria Ser también parte y juez, ¿Cómo podrá ser piadosa La sentencia de esta causa, Y más si la vara toma En la mano del agravio? Roberto, ley es forzosa Que la pena que me diste, Y más si honor me provoca, Esa misma te dé a ti. Merezco muerte afrentosa; Mas juez que de la parte En público se enamora Como tú lo estás de Elena, Si bien puedes, que es tu esposa, ¿Cómo puede ser juez? Roberto, justicia sobra. Hoy has de morir. Apelo En ejecución tan corta A Elena, mujer al fin, Cuyas virtudes adorna La piedad. No te engañaste, Pues Elena te perdona. Beso mil veces tus pies, Nueva Marcia, Julia y Porcia. ¡Piadosa hazaña! Por ella, Mientras más la galardona El Rey mi señor, le doy Cuatro villas, y son pocas, En mi estado. Y yo a Lisardo Por su casa generosa Los títulos de ROBERTO. ¡Dichosa, Elena, la hora En que la mano te di. Pues prueba el fin de esta historia Que el tener buena mujer Es la llave de la honra!
