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Texto digital de La ley ejecutada

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La ley ejecutada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ley-ejecutada-la.

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LA LEY EJECUTADA

JORNADA PRIMERA

Nunca tuve mejor suerte En pretensiones de amor. Echa por aquí, señor; Que pueden reconocerte, Y si sabe el Rey quién eres, Te ha de prender o matar. ¿No era mejor esperar, Que no parecer mujeres? El huir no es cobardía Adonde importa el secreto. Huyendo van, en efeto; Por lo secreto sería. No parecen hombres bajos. Si los alcanzo, ¡por Dios, Que reparto entre los dos Dos reveses y dos tajos! Bravo olor llevaba el uno. Ese olor me da cuidado. Nunca el bueno me le ha dado. ¿Que no conociste a alguno? Andan por nuestra princesa Tantos de secreto aquí Bebiendo el aire (aunque a mí Me parece que es empresa En que gastan tiempo en vano), Que no sé quién puede ser. El Rey mandó ayer prender Al duque Otavio y Albano; Que pienso que tiene gusto Que el conde Lucindo sea Su yerno. Si él lo desea. Será, Clarín, lo más justo. De suerte que este sería El Duque. No sé, ¡por Dios! Pretendientes son los dos De la Princesa o de Hungría. ¿Es el reino o la hermosura Lo que a tantos enloquece? La hermosura lo merece. Notable fue tu ventura Si pudieras igualar Con ella el merecimiento. No me falta atrevimiento. Ni te ha faltado lugar, Pues en ser Blanca, tu hermana, La dama que quiere más, Cuanto quisieres tendrás. Todo es esperanza vana. Todo mayores desvelos, Todo más pena y cuidado, Porque no hay más triste estado Que el de amar y tener celos. Es celos una pasión Que al más cuerdo desatina, Y de amor, deidad divina, Adúltera sucesión. Son celos unas escuchas Y solicitudes locas, Que para verdades pocas Hacen diligencias muchas. Son celos haber creído Una sombra e ilusión, Que del sol de la razón ' Forma el interior sentido. Son celos cierto temor Tan delgado y tan sutil, Que, si no fuera tan vil, Pudiera llamarse amor. Son celos cierta violencia Que hace el crédito a la fama, Fuego que esconde la llama Con humo de la paciencia. Son cuerpo del pensamiento Que no le tuvo jamás, Pasos que amor vuelve atrás Para correr por el viento. Son principio de mudanza Y fin de la obligación. Son ajena estimación Y propia desconfianza. Son, finalmente, un rigor Que, amando, obliga a tenerlos, Pues ni amor está sin ellos, Ni ellos están sin amor. Mas breves son por acá Esas cifras y desvelos. Pues ¿cómo entiendes los celos? La definición que da Quien ama gente posible Ya entiendes...... gente tratable, De esfera comunicable, Que no de cierto imposible, Es sospechar y avivar, Llegar y reconocer Si fue pronto en el saber. Si fue fácil en hablar; Y, mentiras o verdades, Sin oír satisfacciones. Darle cuatro mojicones, Y luego hacer amistades. Mas mira que viene el alba. El sobrescrito del sol, A cuyo hermoso arrebol Hacen los pájaros salva; Y que pierdes ocasión Para ver en el jardín A la Princesa, que en fin Sale a poner confusión En las flores, pues las dora Antes de saber las flores A quién deben sus colores, Y cuál es de ellas la aurora. Ven, para que más honesto Entres a verla. No sé Cómo a mi firmeza y fe Estar, y a morir dispuesto. Si aquí soy un caballero A quien el Rey quiere bien. Sin que otro nombre me den, ¿Qué premio, Clarín, espero De tanto amor, si mañana Lisarda se ha de casar. Con que por fuerza ha de dar Fin a mi esperanza vana? Sin esto, la ley de Hungría Tan cruel, que no perdona A la misma Real persona, ¿Cómo aceptará la mía? Manda que si algún delito Entre dos se prueba y sabe, Siendo de materia grave, Y que conste por lo escrito Que el uno y otro es culpado. Muera el que la causa dio, Y después, quien le ayudó. Solo salga desterrado. Pues siendo yo desigual, Y provocando a Lisarda, ¿Qué castigo no me aguarda Fuera de ser desleal? Déjate agora de leyes, Y más si hay amor en ellas; Que bien pueden deshacerlas, Como las hacen, los reyes. Esta fiera ley de Hungría Jamás, Clarín, se ha quebrado. Advierte que al sol dorado Previene ventana el día Para ver este teatro Lleno de tantas figuras. Las luces están seguras, Aun no habrán dado las cuatro. Pero, pues suele bajar Lisarda al amanecer, Vamos; que la pienso ver, Si no la pudiere hablar. ¿Iré yo contigo? Sí, Pues que licencia te han dado. Mi vergüenza me ha costado Hacerme bufón por ti. Aunque el Rey os tiene preso, Pues andar por la ciudad No es prisión, que es libertad, Esperad feliz suceso; Que de los que aquí le han dado Memoriales, en su pecho En primer lugar sospecho Que estáis. Conde, designado. Seréis príncipe de Hungría, A lo que imagino yo. Según lo que a mí me habló En secreto cierto día. Y ansí, desde agora os ruego Que no os olvidéis de mí. Si vos me animáis ansí. Bien puedo pensar que llego En las alas de mi amor Al sol de tanta hermosura; Que el reino, aunque se asegura, No tiene tanto valor. También es bueno llegar. Conde, a reinar en Hungría; Que la hermosura es un día, Y siempre dura el reinar. Yo no sé vuestra intención, Pero sé que sois discreto. El duque Otavio, en efeto. Asiste en su pretensión. Dícenme que anda embozado, Y el Rey le quiere prender; Pero, pues a amanecer Viene, como sol dorado, A estas flores la Princesa, Yo os quiero solo dejar. Por vos me han dejado entrar A dar principio a mi empresa. Satisfaré al jardinero Y a vos, si algo llego a ser. Lo que os podéis prometer De un honrado caballero. El cielo os dé su favor. ¡Oh, si fuese mi ventura Tan grande, que en tu hermosura Hallase lugar mi amor! Hiedras, encubridme aquí. Pues tan de veras amáis, Que estos muros abrazáis. Donde firmes siempre os vi. Pero no me encubráis, no, Pues al duque Otavio veo. Que con el mismo deseo Y el mismo favor entró. Si Arnesto le dio lugar, ¡Vive Dios, que fue traidor! Inciertos pasos de amor, ¿Dónde me queréis llevar? Dejad tan necia porfía; Mirad que es gran desconcierto Andar de noche encubierto, Y descubierto de día. Mucho se tarda Lisarda: Puede ser que, habiendo gente. No salga el sol, si su oriente. Quien le mira, le acobarda. ¿Qué es esto? ¡Viven los cielos, Que el conde Lucindo está En el jardín ¿Quién podrá Sufrir tan injustos celos? Paréceme que es mejor Irme que dar a entender Que a Lisarda vengo a ver, Y a que sospeche mi amor. Ya que no es posible hablar. ¡Ah, señor Duque! Quisiera No responderos; no puedo. ¿Hay cosa que se os ofrezca, Conde, en que pueda serviros? Suplicaros que no sea Vuestra presencia ocasión Para que, viéndoos Su Alteza, No baje al campo este día. Lo mismo ¡por Dios! quisiera Suplicaros; que sospecho Que por vos de venir deja A estas huertas, como suele. Si hay alguno que merezca Que por él venga, soy yo. Pues engáñase quien piensa Que como yo la merece. Ya es esa mucha soberbia. Yo respondo con la espada; Que palabras no son buenas Más que para ser palabras. Ansí lo serán las vuestras. Sacan las espadas. Federico. Caballeros, pues, ¡aquí! Federico, tu presencia Solo detenerme puede. La misma Otavio respeta. Oye, sabrás la ocasión. Ya lo he sabido, y quisiera Que no lo entendiera el REY. ¿Qué importa que el Rey lo entienda? Conde, menos confianza. En mí puede ser discreta. Sí; mas no lo digáis vos. Y aunque no lo diga, es necia. Lisarda y Blanca han venido. Hacedme placer que sepa Lisarda de vos, que el Conde Verla y hablarla desea. Lo mismo podéis decirle; Y a quien le diere licencia, Que goce su buena suerte. Pues retiraos, que ellas llegan. Parabién, Blanca, te doy De la venida del Conde. Mi poca dicha responde Que más desdichada soy; Que si viene por tu Alteza, Antes me ha de dar enojos Verle servir a mis ojos Tu peregrina belleza. Enojos dije, por ser El lenguaje de los celos, Indignos de mis recelos. ¿Puedo yo culpa tener, Blanca, de tu pretensión? Ahora bien, haz ejercicio Por el jardín. ¿No es indicio De amor y de obligación Asegurarte de mí? No, señora; que procura Desconfiar tu hermosura Cuanto aseguro de ti. Federico viene a hablarte. Federico, ¿cómo vienes Tan triste? No sé. ¿Qué tienes? Vuelve el rostro a aquella parte, Y verás que hoy entendí Por qué les llamaron celos A los cielos; pues recelos Que se han de entender por mí, " Yo solo puedo llamarlos Celos, señora, pues vengo A ver que de vos los tengo, Y sin poder remediarlos. Ellos te piden, en fin. Que al uno licencia des. Para que el otro después Deje envidioso el jardín. Los dos desterrara yo; Pero, por cierto respeto. Llama al Conde. ¡Qué discreto Acuerdo! Bien te agradó Otavio, bien podéis iros. Ya lo sabía y temía. Apelad, Otavio, a amor. ¡Victoria por mis suspiros! Aunque la desconfianza Desmaya la pretensión, Alientan el corazón Los aires de la esperanza. Señora, quien hoy alcanza A veros, no viene preso; Que mejorar de suceso Es favor de la fortuna. Pues no esperando ninguna. La tuvo con tanto exceso. Mis esperanzas perdidas Hoy se han cobrado con veros, Cuando de pensar perderos Estaban tan ofendidas. ¡Oh, quién tuviera mil vidas Que daros por los favores Que hoy les dais a mis temores! Porque vuestros pies pudieran. Cuando a este jardín vinieran. Pisar almas como flores, A mi secreto deseo, De estarlo culpa le doy. Pues cuando público estoy. Tan dichosamente os veo: Dicha que apenas la creo; Y estame bien no creer Que os veo, por no tener En esperanza perdida Ventura tan atrevida, Que esa me puede perder. Lucindo, vuestra prisión No fue crueldad, sino celos; Que ya sabéis los desvelos Del Rey en esta ocasión. No se sabe condición Que como la suya sea: Tanto en la crueldad se emplea, Que tiene preso a su hermano, Siendo suplicarle en vano Que le destierre o le vea. Mayor dicha habéis tenido En la prisión, pues podéis Ver a Blanca, a quien debéis Amor tan bien merecido; Y yo de mi parte os pido Que la estiméis, pues es dina De igual amor. Ya se inclina Mi dicha a serme tirana, Porque no hay firmeza humana Sin contradicción divina. ¡Vos, señora, intercedéis Por Blanca! Pues ¡qué será De vida que el alma os da, Si a Blanca darla queréis? Mas mirad que no intentéis Tal crueldad, que mis recelos Harán que corra los velos Del temor para quejarme. No puedo, hermana, ayudarme Del amor contra los celos, Porque es de suerte el temor. Que vence tantos favores. Yo conozco sus rigores. Llamar al Conde es mejor: Hablarele yo en su amor, Y tú a Lisarda dirás Tus celos. Vida me das. Seas, Lucindo, bien venido. Grande mi descuido ha sido, Pero la disculpa es más. Dadme perdón, si es razón Pedirle, Blanca, quien ama, Viendo en ocasión la dama Que puede darle ocasión. Tan justas disculpas son. Que quien menos os quisiera, Por disculpa las tuviera. A ¿De qué estás tan enojado? De la ocasión que me has dado, Cuando excusarse pudiera. ¿Cómo la pude excusar? Pasando a hacer tu ejercicio; Que el detenerte es indicio De que le quisiste hablar. Mas está lleno de azar Este jardín. Es error; De encuentro dirás mejor, Pues encontrando con él, Ser cortés, y no cruel, No son señales de amor. Blanca le tiene afición, y yo haré que le entretenga. Y ¿no es mejor que él no venga Adonde te dé ocasión? Cobardes tus celos son. Antes son tan atrevidos, Que llegan a tus oídos; Porque, si cobardes fueran. Nunca en la lengua estuvieran. Sino en el alma escondidos. Ya es muy tarde. Este papel Amorosa te escribía: Lo que me debes querría Que conocieses en él. Pondré toda el alma en él, Porque no es digna la boca. De suerte amor me provoca. Mi bien, a descomponerme, Que pienso que has de tenerme Por atrevida o por loca. Vamos, BLANCA. Conde, adiós. El cielo os haga dichosa. ¿Queréis, Lucindo, otra cosa? Hablar despacio con vos. Pues vamos juntos los dos. Federico, yo he de ser Rey, Lisarda mi mujer; Que lo merecéis es cierto; Pero a la vista del puerto Se puede un hombre perder. ¿Cuyo es ese memorial? Es, gran señor, de tu hermano. No lo tomara, a saberlo. No pide en él Eduardo Su libertad. Pues ¿qué pide? Que tengas mucho cuidado En honrar a FEDERICO. Necio acuerdo, pues le amo Como hijo, y por lo mismo Le reputan mis vasallos. También que cases a BLANCA. ¡A Blanca! ¿Qué nuevos casos Le obligan? Confuso estoy. Pienso que le han obligado Los deseos que ellos tienen De su libertad, rogando Blanca a Lisarda, él a ti. Sí, pero no es caso extraño Que niegue el aborrecido A quien le aborrece tanto. Eres su hermano, y presume, Por dicha, que ha sido engaño La causa de su prisión. ¿Y ese otro papel? Es largo. Porque es del reino. ¿Qué pide? Dice, señor, que ha dos años Que alargas el casamiento De LISARDA. Y otros tantos Que ella no admite a ninguno, Y que me trae engañado. Aun no llega mi papel. Clarín, ¿tú pretendes algo? ¿No quieres que algo pretenda. Si salgo y entro en Palacio? ¿Hay hombre que en esas losas. Sepulturas de ese patio. Ponga el pie, que no pretendan Pues oye un prodigio raro: Que, como a las cuerpos muertos Tienen las losas debajo. En Palacio andan sobre ellas. Aunque vivos, enterrados. No hay hombre que no presuma Que oficios, honras y cargos Le debe el Rey más que a todos, Y anda quejoso de agravios. Cuando de panes y peces Hizo Dios aquel milagro. Hubo quien dijo: «Señor, Cinco mil están sentados; Ya ve vuestra Majestad Que cuando los repartamos. No cabe a un átomo solo Entre tantos convidados.» Lo mismo sucede a un rey: Dos mil pretendientes vamos. Cinco cargos, dos oficios: Pues ¿qué ha de haber para tantos? ¿No sabes que no se puede Mezclar divino y humano? Muy necio vienes. CLARÍN. ¡Ah sí! No te cause espanto; Que ando entre muchos aquí, Y aprendo así lo que es malo. ¿Pégase la necedad? Es sarna de cortesanos. ¿Qué es, en fin, lo que pretendes? Una comisión, un palo, Con alguna novedad. Para casos ordinarios. ¿De qué suerte? Contra necios Que murmuran de los sabios, Y de aquellas mismas culpas De que ellos son murmurados. Contra los que fingen nuevas. Gente baldía, que echando En corrillos lo que inventan, Quieren vengar los agravios. Contra quien fía, porfía Y desafía; que cuantos No huyen de estas tres cosas, Son majaderos frisados. Contra los que casan pobres; Que no habiendo algún resguardo, ¿Qué hará un hombre no pudiendo, Y una mujer ayunando? Si él no trae, y ella no come, Es más que la palma llano Que algún cristiano ha de haber Que tenga piedad de entrambos. La mujer es guante de ámbar , Que huelen bien a su amo Solos los primeros días; Después, al que traen al lado. Contra los que, no teniendo De hacienda treinta ducados. Traen vestidos de a doscientos. Dios sabe el cómo y el cuándo. Contra los que no respetan A los poderosos y altos, Diciendo Dios que se guarden De no venir a sus manos. Contra curiosos vecinos, Que siempre están murmurando; Y porque es breve la vida, Contra relojes de cuartos. Finalmente, porque creo, Invicto Rey, que te canso. Contra temáticos hombres Que hablan y viven despacio. Serás malquisto. CLARÍN. No seré, porque llegando A ejecutarles las penas. Perdonaré a los culpados. Denle a Clarín mil escudos Por lo que ha estado pensando Este necio memorial. Dios te dé tantos vasallos Como, viviendo en su tierra. Desdichas tiene un hidalgo. ¡Plegue al cielo, gran señor. Que vivas cuatro mil años! Pero tasarte la vida Parece de pecho ingrato. El Rey es ido, CLARÍN. Si este dinero te pago, ¿Qué me darás? ¿Ya te pagas? Yo me daré por pagado, Después de estar muy contento, Si me dices sin engaño En qué entiende FEDERICO. En servir al REY. No hablo De los servicios del REY. Está el pobre embarazado. Como no sabe quién es. Vos que al Rey se le habéis dado, ¿Es hijo vuestro por dicha? A mí me le dio Eduardo Para que le diese al REY. De sus pensamientos altos Presumo su nacimiento. ¿Qué hace de noche? En cenando, Con un broquel y una espada, Y tal vez un fuerte casco, Sale a ver si hay algo fresco. ¿No hay de asiento algún cuidado? Días ha que anda de mezcla. Ven por esos mil ducados. Vase. ¡Mil ducados! ¡Vive Dios, Que compro treinta caballos, Y que si hallara el de Troya, Que me atreviera a comprarlo! Coche será lo de menos; Pero, pues yo no le hallo Cuando prestado le pido, ¡Vive Dios, de no prestarlo ¡Ea, gente de mi gremio De hoy más, don Clarín me llamo! ¡Andújar! Oro me fecit. ¡Hola, llamad los lacayos! Fiado en nuestra amistad, Sea o no sea discreto, Os he dicho mi secreto. Conociendo mi lealtad. Ninguno habrá que condene Esa justa confianza. La puerta de mi esperanza. Sola vuestra llave tiene. Y fuera de esto, sin vos, ¿Cómo me puedo atrever? ¡Determinada mujer! Temeroso estoy, ¡por Dios! ¿Es posible que la puerta Que decís os quiere abrir? Amor, hacer y decir Solo en el mundo concierta. Ya que habéis visto el papel, ¿Qué podéis dudar? Ya veo Rendida a un loco deseo Tanta majestad en él. A la puerta habéis de estar Para avisarme advertido. Si el eco de algún ruido Os diere qué sospechar; Que ya sabéis cuan sangrienta Es del Rey la condición. Llegada la posesión De lo que Lisarda intenta. Que es notable atrevimiento, ¿Qué pensáis hacer? Amor No teme humano rigor; Pero estadme un rato atento. Yo fui, generoso Arnesto, Un hombre que no llegó A saber quién fue su padre; Que no hay confusión mayor. Verdad es que por la mía Conozco su condición; Que sin valor, no pudiera Comunicarme valor. Quedamos yo y Blanca, hermanos, Como a la disposición Del cielo quedan las aves A quien el nido faltó. Crionos por hijos suyos Fabricio, Gobernador De Hungría, en buenas costumbres, Hasta edad de discreción. Enseñome a mí las armas; Noble maestro me dio Para las espadas negras, De la blanca imitación. De la escarcela a la gola Doradas armas vistió. Coronando buenas plumas La celada o morrión. El arcabuz en la mano, A disparar me enseñó El plomo ardiente a las fieras Por el cañón tronador. Tal vez que subiese armado En el gallardo bridón, Que adornaban negras clines Cintas de verde color. Puesta en el ristre la lanza. En la tela me mostró A perder para las veras En las burlas el temor. No se olvidó de las letras: Ya supe lo que bastó Para no ser ignorante. Como otros muchos lo son. Blanca, labores y danzas. Como mujer, aprendió, Virtudes y cortesías. De los palacios temor. Con esto y buenos consejos, El Rey contento nos dio, Diciendo que éramos hijos De un caballero español Que, viniendo por la mar. En este puerto murió. Que es menos mal, aunque el golfo Es sepultura mayor. ala sombra de Lisarda Creció Blanca, y crecí yo A la del Rey, que me ha puesto En el lugar en que estoy. Aquí viene, como suele, A dármele la ocasión De ver y hablar a Lisarda, Creciendo juntos los dos. Aquel monstruo mal nacido De la que en la mar nació. Que todo lo ve y es ciego, Y, siendo tirano, es dios. Con tal violencia de estrellas Nuestras almas enlazó. Que hablábamos por los ojos, Y era la vista la voz. Yo, Arnesto, no me atrevía Más que a morir, y llegó Más que a suspiros mi pecho, Más que a lágrimas mi amor. Pero una alegre mañana Que la Princesa bajó A ser del jardín aurora Y del cristal resplandor. Dio aljófares a las perlas. Vista al agua, al viento son, Voz al ave, oro a los lirios, Y a los claveles color, Amor, privanza y mi hermana Me dieron licencia, y voy A ver cómo amanecía, Sin que lo supiese, el sol. No le pesó, porque luego De dos cielos apartó Velo de plata, que puso Mi libertad en prisión. Pidiome que me acercase; Pero de un helado ardor Sentía cubrirme el alma: Sus potencias desmayó. Mas tomando amor en brazos La voluntad, despertó Al entendimiento, y pudo Perder, hablando, el temor. Favoreciome Lisarda De manera, que venció La grana de las mejillas La más encarnada flor. Desde este dichoso día, Arnesto, supe quién soy; Porque quien Lisarda estima. Ya tiene inmenso valor. Hoy me ha escrito este papel Tan loco, de quien te doy Parte como a la mitad De mi propio corazón. No quiero que me aconsejes, Puesto que el caso es atroz; Que no recibe consejos Amorosa obstinación. Yo quiero morir, yo quiero Solo decir que tocó Mi mano su nieve viva: ¡Qué celestial posesión! La noche apresuró el paso; Llegó su curso veloz A la mitad del imperio Del silencio y confusión. Mas teme que le amanezca Más presto, y tiene razón; Que donde Lisarda es día. Pareciera noche el sol. Como me habéis prevenido De que no he de aconsejaros, Quiero solo acompañaros Lisonjero y atrevido; Que en esto os pienso pagar El confiaros de mí. Mi casa es esta, y aquí Nos podremos disfrazar. Llama. Señor El cuidado Te agradezco: danos presto Armas a los dos. ¿Qué es esto.? ¿Andas hoy desafiado? ¿Qué tienes? Menos saber, Y más servir. ¿Qué armas quieres? Pide tú las que quisieres. Clarín las puede traer A su gusto y elección. Para de noche, no siento Que haya como un aposento Armas de más perfección. El que de noche no sale, Tiene la testa segura, Porque de la noche obscura Todo delito se vale. Pero en pasos que no hay luz Y hay lo que llaman esquina, Llevad una culebrina, Cuanto más un arcabuz; Que ya no se usa reñir En el campo en desafío. ¡Qué consejo! Como mío, Que trato solo en vivir. Luego ¿no irás con nosotros? No me llevaréis los dos, Y si fuere, ¡vive Dios, Que no me alcancen seis potros! Ora bien, en vuestras armas Iré a escoger lo mejor. Si me lleva mi señor, En vano, Arnesto, te armas. ¿Eres diestro? Singular. Pues ven. Tengo a qué acudir Mas comenzad a reñir. Que luego os iré a buscar. No me dejan negocios recogerme; Mal el cuidado duerme. ¿Qué aprovecha, señor, la cama blanda. Ni el envolverse en la flamenca holanda, Al cuidado de un Rey en su gobierno? Sísifo lleva en su tormento eterno Un gran peñasco, para justo asombro De los reyes, al hombro; Y no pintan su pena sin misterio Para la carga del augusto imperio. ¡Jeroglífico triste! Si bien en ti consiste, Lisarda, la más parte del cuidado; Que en viéndote en estado. Todo será suave. Has cercado con llave Tu voluntad a todos, Y todos te pretenden. Varios modos Para servirte intento; Pero, como aborrezco el casamiento, Ninguno me contenta. El duque Otavio por su parte intenta Suceder en el reino por tu mano. Lucindo hace lo mismo. Todo es vano Respecto del amor de Federico, A quien el alma aplico. ¿Si habrá venido ya? Lisarda, advierte Que puedes de esa suerte Dar sospechas al Rey del amor tuyo, Si bien la causa del efecto arguyo. Dame, señor, tu mano y tu licencia. Duerme, Lisarda mía; Que para mí no hay noche, todo es día. Pues vence tu inquietud con tu prudencia. Cuando tomes estado. Por el descanso trocaré el cuidado. Dicen que me ha llamado Vuestra Alteza, Y a tan extrañas horas, he pensado Que gran causa le obliga. Una tristeza Mortal, Fabricio, me consume el pecho, Para que no hay remedio de provecho, Nacida de Lisarda, Cuya elección para casarse aguarda Por ventura mi muerte. Quiero prender a Otavio, y desta suerte A cuantos con secreto y medios locos Su casamiento intentan. No son pocos. Dícenme, Federico, que no hay hombre Que sepa dónde vive, y se presume Que se ha mudado el nombre. Si toda tu tristeza se resume En que se prenda a Otavio, yo te digo Que nos le ha de vender el más amigo. Si te digo verdad, más me contenta Lucindo; quiero que no estorbe Otavio Lo que para mi agravio Con tal secreto y confianza intenta. Para esto a tales horas te he llamado. Pierde, señor, la pena y el cuidado; Que a Otavio buscaré, y antes del día Le tendrás en prisión, porque yo creo Que le lleva de noche su deseo a los balcones de Palacio. Parte; Que yo sabré, como es razón, premiarte. Aún no está el Rey recogido. Todo Palacio está en vela; Presumo que soy la causa. Bien puede ser que lo seas. ¿Qué quieren saber de mí? Lo que por ventura intentas. El competidor lo causa. Yo temo que el Rey te prenda. Yo diré que a Celia sirvo, Y que vengo a hablar con ella. Con celos dirás mejor. Gente viene, y viene cerca. Pues aquí nos escondamos, Y a la noche te encomienda. En su obscuridad me fío. Dice el papel que a la puerta Ha de estar Blanca, mi hermana. Pues seguramente llega. ¿Es Federico? Yo soy. Seguros estamos; entra. ¡Jesús! ¿Tropezaste? Sí. En tu ventura tropiezas. Entró FEDERICO. ¡Ah, cielos! ¿Habrá, Lisarda, quien crea Tal desatino de amor? Blanca, sin duda, era aquélla: Es Federico su hermano, Y no es razón que me atreva A pedirle, pues le sirvo, Lo que otro amigo pudiera. Gente viene; aquí me escondo. O finjo, o mis ojos sueñan, u mis celos me enloquecen, O mis locuras me ciegan, o entró un hombre en el jardín. Ni sueñes, ni te enloquezcas. Ni te ciegues, que es sin duda. ¡Vive Dios, que la Princesa Hace favor a Lucindo, Y que viene a hablar con ella! Daré voces, que las oiga El Rey por aquestas rejas. Quedo, que viene gran gente. Venga el Rey, el mundo venga. ¿No es mejor irte? ¿Qué es irme? ¿Qué importa que el Rey me vea? Mucha gente, y bien armada, n la muralla se acerca. Éste es el Gobernador. Seguro mi amigo queda: Yo me voy, veré qué pasa, Y después daré la vuelta. Fabricio, un capitán y soldados. Reconocedlos. ¿Quién va? Quien ya su nombre no niega. Pues ¿quién es? El duque Ya tienes lo que deseas. ¿Cómo? Al Duque. ¡Gran ventura! El Rey me manda que os prenda. No debe de ser a mí, Sino a quien por esa puerta Osa entrar en su palacio Por esa ni sale ni entra Otra que su Real persona. Pues si os engaño, rompedla; Que dentro, el conde Lucindo Habla o goza a la Princesa. ¿Estáis loco? Yo lo he visto, Y no está lejos la prueba. ¡Extraña ilusión de celos! No son celos ni quimeras, Sino verdades. Señor, Llegando el Duque a estas rejas A hablar con Celia no más. Que ya sabéis que es su deuda, Vio entrar al conde Lucindo; Y yo, puesto que no sea De tanto crédito, he visto Lo mismo. ¿Qué haré, que pueda, Entre tanta confusión, Ser más honor de Su Alteza? ¿Llamaré al Rey, capitán? Mejor es que no lo sepa Primero que entres, señor, Y con tus ojos lo veas. Romped las puertas, romped. Abierta estaba la puerta. Entrad dentro, Porque temo que yo pueda Dejar de matar al conde. Entra el capitán en el jardín. ¡Que yo este gobierno tenga En tan notable ocasión! ¿Quién puede ser que no tema La ira de un rey tan loco? Quien quiere bien y halla abierta La puerta y la voluntad. El capitán Federico, embozado. Salid, Conde, salid fuera. ¡Vive el cielo, que es verdad! Ocupando aquellas piedras De la fuente del jardín, Lucindo con la Princesa En conversación estaba. Conde, ¿son hazañas estas De vuestras obligaciones? No soy, Fabricio, quien piensas. Pues ¿quién eres? ¡Federico! ¿Qué te alteras? ¿No es dicha haberme criado, Aunque mis padres no sepas? Con tan altos pensamientos, ¿Qué mucho que el seso pierdas, Si ya perdiste la vida? Perdiera mil que tuviera. ¡Oh, nunca yo te criara! ¿De mi ventura te pesa? ¿Que no es el conde Lucindo? ¿No lo ves? ¿Quién me dijera Que yo había de criar A un traidor? ¿De qué te quejas? ¿Es bajeza amar a un ángel? Más siento que no lo sientas. Llevadle, y sépalo el REY. ¡Pluguiera a Dios que yo fuera! Lisarda, ser traza tuya Convierte en gloria la pena.

JORNADA SEGUNDA

¿Cómo ejecutar la ley? Esto dice, esto porfía. Tan bárbara tiranía, ¿Cabe en el pecho de un rey? La prueba. Conde, aperciben. Muerto de pena y disgusto, Quiere parecer tan justo Como de Seleuco escriben. Antes no, pues queda vivo, Si su hija matar piensa. Disfraza vengar la ofensa. Sangriento y ejecutivo, Con la observación severa De la ley en sangre propia. ¿En qué Citia, en qué Etiopia Tan fiero bárbaro hubiera? Pero ¿quién imaginara Que Federico era aquél, Por quien Lisarda cruel Tantos príncipes dejara? ¡Federico! ¿Hay cosa igual? En los bienes de fortuna No le dio parte ninguna La influencia celestial; Que es hombre que el Rey crio Sin saber su nacimiento, Ni tener más fundamento, Que su privanza le dio; Pero en bienes naturales Disculpa Lisarda tiene Si por esos bienes viene Federico a tantos males. No sé si debo envidiar La ventura que ha tenido. Dichosa desdicha ha sido. La vida le ha de costar. Pues está la ley tan clara, Y él provoca a la Princesa; Que en toda amorosa empresa. Fundamento en que repara. Siempre es el hombre el primero. Claro está que él le daría La causa. El reino quería Oponerse al rigor fiero, Y pedir a su señora. Pues no hay otro sucesor; Y el Rey, con mayor rigor, Dice que no sabe agora Quién de los dos es culpado. Mas en caso de tener Lisarda culpa, ha de ser Federico el desterrado, Y ella la que ha de morir. Si este un hombre bajo fuera, Cuyo padre se supiera. No se pudiera admitir Ni al reino ni al casamiento; Pero siendo un hombre obscuro, La disculpa le aseguro En fe de su pensamiento. Bien se puede presumir Cuan altamente nació Quien a imaginar llegó Que le pudiera admitir Una princesa de Hungría. Y no sabiendo quién es. Lo que no es sabrá después Que llegue a tal monarquía. Los reyes no dan nobleza. Pues da la nobleza el Rey; Que no es ley la que no es ley Conforme a naturaleza. Él viene: por Dios te ruego Que le ruegues por piedad De noble, que esta crueldad No ejecute a sangre y fuego; Que me va la vida a mí En que Federico viva. Si en mi ruego, Arnesto, estriba, Aunque pretendiente fui, Olvidando la venganza, Hoy quiero ser su abogado. Hoy con tu nobleza has dado Vida a mi muerta esperanza. ¿Cómo tiene mi hermano atrevimiento Para escribirme a mí.? Yo ¿no he mandado Que apenas haya luz en su aposento? La piedad del suceso lo ha causado. ¡A Federico abona, a Federico! No será Federico su cuidado. Que a la Princesa con razón le aplico. Que en fin es hija tuya y su sobrina; Y que no le condenes te suplico. Antes le viene bien, pues determina Quitarme el reino, y dice que no hereda Mujer cuya opinión le desatina. Si Lisarda es culpada, él solo queda Absoluto señor, siga su intento Cuando salir de las prisiones pueda; Que yo no puedo hacer un casamiento Tan bajo, contra ley tan conocida. Piedad debe de ser su pensamiento. Tú, que me diste el bárbaro homicida, Fabricio, de mi honor, culpa tu engaño. Guarden los cielos, gran señor, tu vida. ¡Oh Lucindo, qué venganza Del Conde se te ha ofrecido! Del pesar que has recibido. La mayor parte me alcanza. Pero quédame esperanza Que has de mirarlo mejor; Que el absoluto señor Derogar puede las leyes; Que no las hacen los reyes Para las culpas de amor. Federico, aunque es tan grave El delito cometido. Una firma en blanco ha sido, Pues de quién es no se sabe. Será medio más suave Que escribas menos severo En el papel: «Caballero Noble Federico es»; Que quien le viere después No sabrá quién fue primero. Bien te finges abogado, Conde, de quien es forzoso Que estés con razón quejoso. Pues un reino te ha quitado. Si Federico es culpado, Yo escribiré en el papel: «La sentencia que hay en él Justa ejecución aguarda, o por ventura en Lisarda; Que no hay justicia cruel.» Ven, Fabricio, que hoy Hungría Verá con justa razón Que hay en ley ejecución De la propia sangre mía. También ves que es cosa impía Observar leyes sangrientas. Conde, en vano me atormentas. El buen juez es el buen REY. Tiembla el rigor de la ley. Tarde su remedio intentas. No dirás que no he cumplido Con lo que debo a quien soy. Satisfecho, Conde, estoy. Cuanto del Rey ofendido. Hoy la esperanza he perdido De cierto bien. Pues advierte Que el Rey agora está fuerte, Y no la tengas perdida; Que si hasta la muerte es vida. Aún no ha llegado su muerte. Yo solo el reino perdí; A Lisarda, Arnesto, no, Que el desengaño me dio Las armas con que vencí. Blanca se pierde por mí: H. Blanca pienso querer; Que si amor se ha de vencer, Es infamar los remedios Buscar yerbas, poner medios. Sino amor de otra mujer. ¿Blanca te quiere.? Eso es cierto. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que escucho? (Ap.) Y no te parezca mucho, Ya que de su amor te advierto, Porque a mayor desconcierto Obliga cosa tan fea. Sea amor o no lo sea; Que es muy fina necedad Conquistar la voluntad Que en otro gusto se emplea. No ha sido favor pequeño No haceros más resistencia. Yo tengo del Rey licencia Para servir a mi dueño. En no constando, Clarín, Por escrito, no hay tratar De poderle ver ni hablar. ¿Yo no? No. ¿Yo miento, en fin? No digo tal; pero es justo Hacer nuestro oficio bien. Y aun dos cédulas también Saqué por solo mi gusto. Tomad vos esta del Rey, Y vos esta de FABRICIO. ¡Cómo pesa! Es claro indicio De que no quebráis la ley. ¿Para qué las doblas tanto? Porque son las letras dobles. Ceded y haced como nobles. De que lo dudes me espanto. ¡Vive Dios, que son doblones Los de esta! Aquélla será La del REY. No os pesará De entender bien las razones. Oro es cuanto hay aquí. Aquélla debe de ser La del REY. ¿Qué puedo hacer? ¿Puédeme valer a mí Más oro aquesta prisión? Habla, Clarín, que obedezco Al REY. Yo lo mismo ofrezco Por mi parte; que es razón Obedecer a Fabricio, Que en lugar del Rey está Yo sé que el Rey lo tendrá. Guardas, por justo servicio. No pienso decirle nada Del oro a mi compañero. Encubrirle el oro quiero, Que será burla extremada. Porque él debe de tener La cédula verdadera. Pues este no considera Lo que Clarín puede hacer. Sin duda alguna que tiene La cédula de FABRICIO. Habla, Clarín, que el indicio Lo muestra. Mi dueño viene Pues a la puerta nos vamos. Vanse los guardas. ¡Oh metal digno de honor, Amarillo de temor De que tantos te buscamos! ¡Oh divina criatura. Hijo del sol en efeto! ¿Cómo puede haber secreto Donde entra tu lumbre pura? ¡Oro ilustre, para quien No hay guardas en fuertes muros; Piedras y diamantes puros Rendidas parias te den! El cielo tu copia aumente. Donde más fino has nacido. Oro valiente, vencido De la virtud solamente. ¿Aquí, Clarín? ¡Cosa extraña! Dícenme que el Rey te dio Licencia. Y la puerta abrió. Si fuera dura montaña, Porque es Rey sin resistencia. ¿Por quién dices? Por el oro, Que su divino tesoro Es rayo en furia y violencia. Agradezco tu lealtad, Y si yo muero, está cierto Que me heredarás. No acierto agradecer tu piedad En materia que no toca La estimación de tu vida; Que si esta llega perdida, A lo mismo me provoca. Pongo en duda el morir yo Para más violenta muerte; Pues viniéndome a tomar La confesión, como suelen. Hoy me han mostrado, Clarín, La de Lisarda, y advierte Que se confiesa culpada, Y que temerariamente Dice que me ha provocado; En lo que se ve que quiere Morir porque viva yo. ¡Qué dices! Que quiere hacerse La causa de este delito Contra su amor, pues le pierde Juntamente con la vida. ¿Cómo puede agradecerse Ni alabarse amor tan grande? Hablen luego de mujeres Villanas lenguas de tantas Que niegan lo que les deben. ¡Oh linaje bien nacido! ¡Cuán justo fue que os hiciesen De la costilla del hombre Para ser firmes y fuertes! Si os hicieran de la carne. Fuera vuestra carne leve; Pero del hueso, es forzoso Ser fuertes hasta la muerte. Aquí ninguna me escucha: No es lisonja; pero pueden Vencer montes en constancia: Tal es el valor que tienen. Si se enojan cuando aman. Sufren, callan y padecen; Un hombre luego se rinde En viendo cuatro desdenes. Amando son liberales, Y en los peligros como este Tienen en poco la vida. ¡Que Lisarda se condene Por darme la vida a mí! ¿Qué haré, Clarín? que me encienden Amor y agradecimiento. ¡Ay duras, injustas leyes! ¿Cuál fue el bárbaro que dijo. Clarín, que un ángel muriese? Pero no será verdad; Que yo pienso hacer de suerte, Que me den crédito a mí. ¡Ah, señor, si yo pudiese Verla! No será posible: Guardas el castillo tiene. Disfrazado quiero ir A decirla que tú quieres Matarte si ella prosigue En decir que te destierren Y que la quiten la vida; Pues cuantos vivir te vieren Te han de culpar de cruel. Digo que dije mil veces Que yo la culpa tenía. Pues no es menester que lleguen Al castillo ni a las guardas; Que si los dos juntamente Decís una misma cosa, La ley, el Rey y los jueces Se han de ver en confusión. Gente siento. Clarín, vete, No te hallen aquí conmigo. Señor, ya que pude verte, ¿No he de ser de algún provecho? Di a Lisarda, si la vieres, Que no me quite la vida Con tormentos tan crueles; Que yo soy hombre, y es justo Que muera. Y a Blanca puedes Dar aquellas pobres joyas De mis malogrados bienes; Que, aunque privado, no tengo Otras riquezas que herede. Porque lo he sido de un Rey Que en crueldad bárbara excede Domicianos y Ezzelinos, Fálaris, Claudios y Jerjes. Que ponga al fuego ¡ay de mí! Mis papeles; que papeles Son los mayores testigos Que los desdichados tienen. Y que le diga a Lisarda Ya vienen; vete. ¡Que lleguen A este punto tus desdichas! Ya no tienen más que intenten. Viendo Su Alteza, Federico, ahora La confesión que has hecho Y ha dado la Princesa, mi señora, En furia ardiendo y en rencor el pecho, Manda que os junten en presencia suya, Para que con las leyes se concluya. ¿Qué se ha de concluir.? Yo soy culpado. El amor, Federico, te ha engañado. Deja a Lisarda que se culpe, y mira Que es del Rey hija, y templará su ira. No morirá LISARDA. En esa duda Quiere mi amor y mi lealtad que acuda A mis obligaciones. ¿Ella ha de oír de mí tales razones.? ¿Yo tengo de culparla? No digo que la culpes; pero calla. Ni callar, capitán ; que si dos hombres, Que celebró la antigüedad sus nombres, El uno por el otro, siendo amigos. No habiendo más testigos. Se culpaban, queriendo Morir a manos del cruel tirano, Cuya amistad templó su airada mano, Yo, que un ángel adoro, ¿Cómo podré faltar a su decoro? ¿Cómo podré querer que sus agravios Ejecuten mis labios? ¡Qué necia obstinación! Yo haré de suerte Que en remediar mi vida esté mi muerte. Aquí están los que han jurado En aquesta información. El Conde, en su pretensión. Por ninguno se ha mostrado. Clarín dice solamente Que armas esa noche dio A FEDERICO. Si yo Estuve de todo ausente, ¿Qué quieres, señor, que diga? Si en un tormento estuvieras, Mejor pienso que dijeras Lo que la verdad te obliga. ¿Tormento agora tenemos? ¿Ese rigor contra mí? De los dos que están aquí. Mejor la verdad sabremos, Porque dice el duque Otavio, Con quien contesta Fineo, Que le trujo su deseo A ver su celoso agravio; Pero que nunca pensó Que era Lucindo el que entraba. Cerca del jardín estaba Cuando Fabricio llegó. No es mucho que me engañase. Si Federico se viera. Era justo que yo fuera Quien esta traición pagase. Yo he confesado mi engaño. ¿Para qué buscas, señor, Contra quien movió este amor Más prueba ni desengaño? ¿No entró dentro el capitán? ¿No huyó Lisarda, y fue preso Federico, en cuyo exceso Los dos la culpa se dan? Pues ¿de qué sirven testigos? Señor, mándalos juntar. Si ejemplo te pueden dar Aquellos griegos amigos. Óyelos juntos, si tienes Corazón para sufrir. Que cada cual a morir Te pide que le condenes; Que su determinación Mudará a diverso efeto De tu presencia el respeto. Tienes, Fabricio, razón. Vengan los dos, que yo tengo Valor contra todo amor; Porque bien sabe mi honor Que a ser su defensa vengo. Pintaba la antigüedad La justicia en la balanza, Que parte en el cielo alcanza Por su divina igualdad. Y aquel estrellado peso, Que iguala noches y días, Muestra que en las ansias mías No hay un átomo de exceso. No haya miedo que el amor La ley de la patria tuerza, Porque la justicia esfuerza Lo que enflaquece el temor. Ya está Federico aquí. Y aquí Lisarda también. Si aquí mis ojos le ven, ¿Qué puede haber contra mí? Señora, templa el amor. ¡Oh, qué bien me has avisado! Que un instrumento templado Obliga a cantar mejor. No hayas miedo que disuene Al amor de Federico, Si al amor del alma aplico Las consonancias que tiene. Mira que le quitarás La vida con más rigor. Di que te obligó su amor. Mi amor me obligó no más. Déjame, Blanca; no seas Con tu hermano tan cruel. Antes yo vuelvo por él, Contra lo que tú deseas; Que si él pretende morir Porque tú vivas, señora. No hay mayor crueldad agora Que condenarle a vivir. Toma, Fabricio, tu asiento. Prosigue en lo que has de hacer. Sí; que aunque juez vengo a ser. Soy culpado en el tormento. Llega, Federico, aquí. Y vos, señera, llegad. No ha llegado la crueldad Al rigor que siento en mí. Ojos, que mirando estáis La causa de mis enojos. Llorad, pues que fuistes, ojos, Para amar lo que miráis. Si es tener piedad de mí Morir yo por su valor, Deba Lisarda a mi amor Lo que quiere para sí; Y no se diga que he sido De ser ingrato culpado. Ya que he sido desdichado En no haberla merecido. Muestre aquí mi firme amor Que la respeta y adora. ¿Conoces esta señora, Federico? Sí, señor. ¿Es la misma que has jurado En la confesión que has hecho? La misma que de mi pecho, Fabricio, al papel traslado. Cuanto allí la lengua habló Es fe del alma que veis. Vos, señora, ¿conocéis A Federico? Pues ¿no? ¿Es el mismo que dijistes En lo que habéis confesado? Pues ¿puedo haberme engañado? Suelen a veces los tristes Formar imaginaciones Que por verdaderas tienen. Cuando a tales tiempos vienen, No niegan obligaciones; Que en principales mujeres, Amor sin tristezas anda. Federico, el Rey me manda Que te pregunte quién eres. ¡Vive Dios que no lo sé! Dilo tú, que me has criado; Que yo, que lo he deseado. Lo que pienso te diré. Un día me dije a mí: «¿Quién eres? que estoy en calma.» Y sentí que dijo el alma: «Necio, ¿no lo ves en ti? ¿Para qué pregunta agora Su principio y nacimiento El que tuvo pensamiento De amar a tan gran señora? Que como el sol que conquista Puede un águila mirar, No la pudieras amar Con menos ilustre vista.» A ti y a Blanca me dio Un caballero perdido En el mar. Su hijo he sido; Pero en las mudanzas no. ¿Cómo te dio la Princesa Lugar a amarla? No fue La culpa suya. ¿Por qué? Porque fue mía la empresa. Yo solicité su amor, Yo sus ojos, yo su pecho, Temeroso y satisfecho De su divino valor. Vila tan hermosa un día Por la reja de un jardín, Que hacía un blanco jazmín A su cielo celosía, Que la dije mil amores, Y ella por loco me oyó. Mientes. ¿Cómo? Porque yo Le obligué con mis favores A tener atrevimiento Para mirarme y hablarme; Que Federico, de amarme Nunca tuvo pensamiento Hasta que yo le obligué. Señora, ¿por qué te ofendes Contra la verdad que entiendes? Hombre fui; yo te miré. Yo te provoqué a mirarme. No hay tal; porque no tuvieras Tal libertad, si no vieras Por los ojos declararme. Con ellos te habló mil veces Mi amorosa voluntad, Y yo sé que esta verdad Hoy satisface a los jueces; Porque siendo yo quien soy, Y tú un hombre desigual, Siempre a tu señor leal, En cuya presencia estoy, No pudieras atreverte. Si yo no te provocara. Pues ¿qué probanza más clara Que verte excusar mi muerte? Rey, Fabricio, caballeros, ¡Vive Dios, que la incité. Y un año con esta fe Hice mis ojos terceros! Después la hablé, la escribí. La engañé, la requebré. Compuse versos, lloré, Y mil desdenes sufrí. Ella sabe que mil veces Quiso mandarme matar; Blanca lo pudo estorbar: Esta es la verdad, jueces; Y que si se enterneció. Fue porque, viendo tan fuerte Desdén, enfermé, y la muerte A visitarme llegó. Aquí no pudo, vencida. Dejar de amarme Lisarda; Y como entonces Aguarda, Que solicitas mi muerte, Y se te ve claramente; Oye aparte. ¿Qué me quieres? Aparte los dos. Hoy, Federico, pues eres Tan firme, noble y valiente. Haz una cosa por mí. No la puede haber, señora, Que te niegue quien te adora. Si quiere morir por ti; ¿Qué me mandas? Que me des Las prendas que de mí tienes. Aquí tengo tu retrato. Causa de mi dulce muerte, Con el papel que me enviaste. Mi bien, para que te viese La noche que me prendieron. Muestra. ¿Para qué los quieres? Para que no te los hallen. Mis ojos, cuando te lleven Donde dices que deseas. Pues ya tus ruegos me vencen; Queriendo morir así, Tú verás, si por mí mueres. Cuan presto muero por ti. Rey cruel, fieros jueces. Si queréis averiguar Cuál de los dos culpa tiene, Estos testigos lo digan. Señora, ¿qué es lo que emprendes? Este es un retrato. ¿Cuyo? De Lisarda será , y este Es un papel de su mano. Matareme si le lees; Suelta, Fabricio, el papel. Si el Rey que le dé quisiere Aunque él quiera yo no quiero. ¿Hay tan gran traición? Leedle. 'Federico, mi señor y mi esposo, las ansias de acercarme a tus brazos han llegado a extremo tan imposible a mi sufrimiento, que quiero esta noche verte y hablarte en el jardín. Blanca estará a la puerta; no te acobarde el temor de mi padre ni el pensar que eres desleal, pues yo soy tu mujer, y lo he de ser, aunque le pese.» ¿Podeisme agora negar Que yo le he dado ocasión? No hay que hacer información Ni queda qué averiguar; Que te quisiera matar Está cierto, monstruo fiero. Mas, porque un verdugo espero Que lo puede hacer mejor, No me permite mi honor Que infame tan noble acero. Salgan Blanca y Federico De la corte desterrados, Que pues fueron incitados. Esta pena les aplico, Y al cielo, infames, suplico Que el castigo que yo os doy Tengáis de sus manos hoy. Ven, Fabricio; trae contigo A ese mortal enemigo, De quien fui lo que no soy. Temblando os vengo a decir Que en este aposento entréis. Donde pienso que hallaréis Con lo que habéis de morir Y lo que al alma conviene. Federico, ya mostré Mi amor, mi lealtad, mi fe; Ya el fin de mi vida viene, Pero este consuelo tiene. Que es la esperanza de verte, Si aquí no puedo tenerte, En región más extendida, Donde es eterna la vida Y no se teme la muerte. Yo cumplí la obligación De mi noble nacimiento; Porque tú vivas, no siento Mi muerte en esta ocasión. Acuérdate, que es razón. Del amor que te he tenido, Y muéstrate agradecido En la piedad, no el dolor; Que bien sé que no es mi amor Para que le venza olvido. No respondas ni me hables; Que podrá ser que me quites El ánimo si permites Acciones tan miserables. Historias serán notables Al mundo, por larga edad, Mi firmeza y la crueldad Del Rey, pues por una ley No dejara de ser rey, Y lo fuera en la piedad. Tú, Blanca, dame los brazos, Y no me hables tampoco; Que ansí a sentir me provoco Lo tierno de tus abrazos. Serán de mi cuello lazos. Matarme podrás con ellos; Los males, hablando en ellos. Aumentan más sus dolores, Porque los hace menores El callar y padecerlos. Tú, Clarín, con Dios te queda. Sí, pero tengo de hablar. Que tú no me has de mandar Que tenga la lengua queda; Hablar tengo cuanto pueda, Y llorar hasta caer. Federico, adiós. ¿Vencer Puede el callar tus enojos? Para llorar son mis ojos, Que ya no son para ver. Pues corazón he tenido, Mi bien, para penas tantas, Si es posible que soy hombre, Habrame faltado el alma. ¿De qué tigre soy nacido? ¿En qué rigurosa Hircania Me dio a la luz de los cielos, O en qué desiertos de Arabia? Callé, porque cuando amor Tragedia tan desdichada Representa en actos tristes, Las lágrimas son palabras. ¿Dónde se vio igual firmeza. Tanto amor, tanta constancia? ¡Mujer nacida altamente! ¡Sangre real! Esto basta. Ojos, ¿qué pensáis hacer? ¿Adónde iréis, cuando os falta La luz, el alma, la vida De mi señora Lisarda? ¿Qué estarán haciendo agora? ¡Ay, que el alma me traspasan Imaginaciones tristes! ¿Si la matan? ¿Si me matan? ¡Vive el cielo que antepuesto El fiero cuchillo pasan Por su cuello, que he sentido El dolor en la garganta! ¡Ay, alabastro divino! Si la crueldad os esmalta De esos hermosos rubíes ¡Ay! Dentro. ¡Ay! Arnesto vuelve, calla. En viendo a Lisarda muerta. El Rey, Federico, manda Que salgáis los dos de aquí. ¡Muerta! ¿Hay crueldad tan extraña? Vuelve los ojos, si puedes En tal compasión mirarla. ¡Ay, dulce señora mía! ¡Ay, mi esposa! ¡Ay, mi Lisarda! Detente. Déjame, Arnesto, Si está expirando, abrazarla; Que podrá ser que la infunda La mía, al partirse, el alma; Pero no querrá la herida ¡Oh Rey cruel! Vamos, Blanca, Que voy ciego, que voy loco, Y si de aquí no me sacan, Mataré al tirano fiero. Mira que te oyen las guardas; Ven por aquí. Ven, señor; Que de aquesta ley tirana Te vengará presto el cielo. ¿Cómo, vida, no te acabas. Pues se ha partido de ti El alma que te animaba? ¿Hay rosas en nieve puras De un almendro deshojadas. Como aquella sangre ¡ay cielos! En el marfil de su cara? Déjame verla otra vez. Mira que puede ser causa. Señor, de mayor desdicha. ¡Mayor que muerta Lisarda, Mi bien, mi luz, mis amores, Mi señora y mi esperanza! No mi esperanza, que ya Toda esperanza me falta. Adiós, mi bien, para siempre; No te parezca que tarda Mi vida en irte a buscar; Aguarda, Lisarda, aguarda.

JORNADA TERCERA

Solo por ti tengo vida. Yo pude engañar las guardas Con aquel paño sangriento Que te puse en la garganta. Advirtiendo que callases. Hasta verte aquí encerrada En estos lugares míos, Que yacen en las entrañas De estos montes, habitando Entre sus chozas y casas El tesoro de tu vida; Que como los tiempos pasan, Ellos traen el remedio De las mayores desgracias; Que porque no lo entendiera Tu padre, que me mandaba Ejecutar el rigor, Ley que pudo derogarla, Un entierro fingí, y tal, Que al más ilustre monarca Deja absorto cuando llega A dilatarle la fama. ¿No ha de saber Federico Que vivo? ¿Agora me tratas De Federico? ¿Ya olvidas El amor y la crianza? No, señora, pero temo Las locuras de quien ama; Fía de mí; que no pueden Cuantas cosas hay criadas Igualarse con su amor. Pero el temor me acobarda De que el Rey piensa que ya Fue la ley ejecutada, Y si lo contrario sabe, En defensa de su patria, A ti, a Federico, a mí. Pidiendo a Nerón la espada, Nos ha de quitar la vida. Que en él no puede ser larga. Obedezco a la fortuna. Es discreción, si está airada. Que a la mayor tempestad Sucede mayor bonanza; Sosiega, yo volveré A verte, que el Rey me aguarda. Bien es que tu nombre sea, Lucindo, del sol, pues todo Resplandece de otro modo Después que estás en la aldea. Los campos producen flores, Las plantas frutas suaves, Y son las parleras aves Poetas de sus amores. No hay aquí manso arroyuelo Que en mil perlas no se envuelva; El soto, el prado y la selva, Como eres luz, vuelves cielo. Luz hermosa, ¿de qué estás Triste? Que el sol no merece Padecer, que si él padece, El mundo lo estará más Que a la confusión primera, Porque ya montes y prados Quieren, de tus pies pisados, Tenerte por primavera, Flora, de estos campos flor, Yo vivo con gusto aquí. Si bien por desdicha fui. Como me ves, labrador. Y como memorias son Del alma eterno castigo. Tiene más fuerza conmigo Que el valor y la razón. Estas me tienen de suerte, Que soy mi propio homicida, Aborreciendo la vida, Solicitando mi muerte; Y aunque es verdad que Fabricio, De aquesta tierra señor, Mostró en hacerme favor De padre piadoso oficio, No puede cosa ninguna Causar en mi mal mudanza, Porque mi muerta esperanza Se ha rendido a mi fortuna. Solo de tu compañía Siente alivio mi dolor; Que no es poco en su rigor Querer tener alegría. Lucindo, si me quisieras Como te quiero, sin duda Que amor los afectos muda, Y que contento estuvieras. No te quiero dar pesar Con este mi necio amor; Que aborrecido, es mejor Morir, sufrir y callar. ¿Está por acá Lucindo? Aquí estoy, Silvio, y agora Más alegre, pues te veo. Fui a la ciudad a las cosas Que me encomendaste ayer, Que para servirte, sobra Saber yo tu voluntad: A fe que hay nuevas famosas. ¿Cómo? Todo es prevenciones De guerra, cajas sonoras Rompen los aires, las armas Resplandeciendo lustrosas; Todo es plumas, todo es galas; Ya no hay hombre que se ponga Luto por Lisarda muerta, Si bien lo sienten y lloran. Es la causa, según dicen. Que la Reina de Polonia Con grande ejército marcha, De naciones belicosas. Contra Hungría, porque el Rey, Viendo que el reino le toca Por la más cercana deuda, Otros sucesores nombra. El valiente Federico, Que, aun muerta, a Lisarda adora, Dicen que por su venganza A la guerra la provoca, Y viene por general De esta gallarda amazona. Con voces que el viento y ellas En las banderas tremolan. Mas, como curan los tiempos Las pasiones amorosas, Toda la corte murmura Que la sirve y enamora. Puede ser que sea mentira, Y que él la diga lisonjas Porque ella le ha de vengar. Que no porque en la memoria No tenga viva la sangre Que aquella ilustre señora Vertió por darle la vida, Con hazaña tan heroica. Que Federico sea ingrato A obligación tan forzosa No me parece posible, Puesto, Silvio, que le abona El ser ya Lisarda muerta; Que si es cosa tan notoria Que un vivo ausente se olvida, Un muerto menos importa. Yo, para decir verdad. En esta corteza tosca Vivo con mucho disgusto, Porque el alma generosa Me levanta el pensamiento A igualarla con las obras. Quedaos con Dios, que las cajas Dentro del alma me tocan. Yo me parto a ser soldado, Por vengar a mi señora Del general FEDERICO. ¿Qué dices? Que no te pongas Delante; que ¡vive Dios, Que si me detienes, Flora, Que el rostro de una puñada, Y aun el corazón, te rompa! Déjale, Flora, que presto Aquella soberbia loca Mudará cuando al lugar Vuelva con las piernas rotas. ¡Venganza, cielos, venganza De Lisarda! ¡Qué furiosas Voces que va dando! Escucha, Silvio: si vuelve a esas chozas Fabricio, el que aquí me puso, Decid que lástima y honra E ingratitud me llevaron A la guerra de Polonia. Yo lo diré de esa suerte. ¡Ya Federico con otra! ¡Venganza, cielos, venganza! Vase. Rompiendo va cuanto topa. El hábito de soldado, Apenas el rostro enjuto. Me obliga a quitarme el luto. Justamente te ha obligado. ¿Hasta cuándo ha de durar Esta tristeza, señor? Mira que es necio el amor Que no se puede gozar. Aunque mil cartas le escribas, No te puede responder. Ni vivo la puedes ver. Están las memorias vivas. Eso es falta de valor, Que no es agradecimiento. ¡Ay Dios! ¡Qué necio argumento. Debiéndole tanto amor! Que la quieras está bien; Pero, si la has de vengar. El saber disimular Es lo que importa también. ¿No ves que murió por mí? Confieso; mas no es valor Ni disimular, señor, Estando la Reina aquí, Que tanto amor te ha mostrado. Ya me procuro esforzar; Mas no me quieren dejar Memorias del bien pasado. Imagino las crueles Manos segando las venas Que aquel cuello de azucenas Coronaron de claveles. Dejemos ya las poesías. Remedia con la hermosura De la Reina esa locura, Que si en quererla porfías, Olvidarás a Lisarda. Ya viene la Reina aquí; Mírala bien, vuelve en ti. Que ¡vive Dios! que es gallarda. Que se estima con razón Y con extremo excesivo Más un pajarillo vivo Que muerto el más lindo halcón. ¡Muertos! ¡Guarda! Gente fría, ¿Para qué puede ser buena? ¿Qué muerto no ha dado pena? ¿Qué vivo no da alegría? Pues, Federico, ¿ha crecido Tu tristeza el verte ya Tan cerca de donde está Muerta quien nunca lo ha sido En tu memoria? Que olvido No puede cubrir memoria De tan lastimosa historia. Ni es posible que la olvides. Si fuerza a los tiempos pides Para obscurecer su gloria. Ellos pasarán, y en ti Podrá ser (que no lo creo) Que den puerta a algún deseo. No quiero decir de mí, Si darte honor ofrecí Cuando viniste a pedirme Que tu venganza confirme; Que mal se puede olvidar Quien solo se va a vengar De enamorado y de firme. Dicen que en este lugar Tiene preso el Rey de Hungría A su hermano, y yo querría Por fuerza de armas entrar; Que si le puedo librar. Comenzaré bien mi empresa; Y yo sé que no te pesa. Porque me dicen que ha sido El que te ha favorecido Por gusto de la Princesa. Señora, mis pensamientos. Como sabéis, fueron altos, Aunque de méritos faltos Para tan altos intentos. Mas vuestros merecimientos Me obligaron a pensar En olvidar, que ya es dar Fin a una cosa querida; Porque quien piensa que olvida, No está lejos de olvidar. Yo presumo que olvidé, Si bien no la obligación. Porque no fuera razón Vivo amor con muerta fe. Siempre en el alma tendré Su imagen para ofreceros. Daos prisa, sin ofenderos, A borrármela del alma; Que yo, para daros palma. Me daré prisa a quereros. Es verdad que voy llegando Donde Lisarda murió; Mas por eso os digo yo Que aquí os voy acompañando. Para que yo pueda, cuando Llegasen esas memorias De tan sangrientas historias. Presumirlas como ajenas; Que bien pueden tales penas Rendirse a tan altas glorias. En aquesta fortaleza Tiene a Eduardo aquel Rey Que de tan bárbara ley Ejecutó la fiereza. Será piedad y grandeza Que vos le deis libertad; Que si a él por la crueldad Todos desean la muerte, A vos. Reina, de otra suerte. La vida por la piedad. Siendo ya muerta Lisarda, Federico, mi valor Dice que te tenga amor, Y el mismo amor me acobarda. El tiempo que más se tarda Es de los males paciencia. Yo quiero hacer resistencia A lo que tan poco dura; Que de una muerta hermosura Es fácil la competencia. Haz, Federico, también Que acometan la ciudad; Que quiero dar libertad A un hombre que quieres bien, Para que a mí me la den Por dicha algunos cuidados, No sé yo si bien pagados; Pero dicen atrevidos Que, no siendo agradecidos, Basta ser bien empleados. Desde que llegó Isabela A hablarte, embozada aguarda Una mujer tan gallarda. Que pienso (si no es cautela Y de la guerra invención. Como suele acontecer) Que podrás entretener Y divertir tu pasión. Yo, a lo menos, me desvelo En que no lo sientas tanto. De tus cuidados me espanto. Por lo menos es buen celo; Y está seguro de mí Que si traerte pudiera A la reina Elena, fuera A Troya, a Grecia por ti. Háblala, que no es razón Dejarte morir. No sé Cómo a mi firmeza y fe Pueda hacer tan gran traición. ¿Qué traición? Anda, que ya No es firmeza, que es locura. Enfermo estás, ponte en cura. ¿Cómo, si el alma lo está? Cuando enferma un gran señor. No viene un médico sólo; Vienen mil, y el mismo Apolo, Que dicen que fue doctor. Probando las medicinas, Alguna suele acertar; Que mal te puedes curar Si a tomarla no te inclinas. Recipe, dice un doctor. Para males de mulleres. Otras mulleres, si quieres Curar amor con amor. En una tienda se ven Mil vestidos; sin probarlos. Nadie puede, con mirarlos. Saber cuál le viene bien. Júpiter, viendo arrogantes Los hombres, dio un buen remedio, Que fue partirlos por medio. ¡Qué necio estás! No te espantes. Dicen que de cada uno Sacó una mujer. ¿Y bien? Y como medios estén, Y no está entero ninguno. Buscando van su mitad, Y de una en otra más bella. Porque hasta topar con ella No para la voluntad. Ya entra; paciencia; no seas Descortés, que yo me voy. ¡En qué confusión estoy! Nunca en mayores te veas. Vase. Lisarda, tapada. ¿Podré hablaros? Bien podéis, Y decid qué os ha traído. Presto sabréis lo que ha sido. Decidlo, y no os acerquéis. ¿Tenéis temor a Isabela? No, porque es señora mía. ¿Qué teméis? Que ser podría Vuestra venida cautela. Si es aviso, descubríos; Y si es amor, perdonad; Que estoy tan sin libertad. Que aun los ojos no son míos. Mentís. Pues ¿de esa manera Con un general habláis? Y tan general, que estáis General para cualquiera. Pero no habéis dicho mal En que libertad os falta. Dándola a prenda tan alta, De quien ya sois general. ¿Estáis muy enamorado? Sí lo estoy, y estoy ausente. De lo que tenéis presente Poco tiempo habéis faltado. ¿Cerca de un año os parece Poco? ¿Un año? Ni un instante. Bien decís, porque delante De mis ojos resplandece Como el sol divino y claro. ¿La Reina? Cansada estáis. Pues yo en que a la Reina amáis, Para no amaros, reparo, Que me parecéis muy bien, Pero por ella muy mal, Que siendo su general, Seréis su amante también. Porque es en extremo hermosa, Y ya es fama que ella os ama. No deis crédito a la fama, Que es mujer y es mentirosa. Yo quiero bien a una muerta; Y esto es verdad, y que estoy Tan triste, que porque voy A vengarla con fe cierta. No me he quitado la vida. ¿Conmigo disimuláis? Yo sé que a la Reina amáis. Dejadme, si sois servida; Que aun para no ver mujer, No os pido que os descubráis. Pues porque celos me dais. Por fuerza me habéis de ver. ¡Válgame el cielo! ¿Qué veo? Señora, ¿de dónde vienes? ¿Cómo dejas las estrellas Que en tus plantas resplandecen? Detente, señora mía. Que, aunque me huelgo de verte. Falta el ánimo a las fuerzas, Y el corazón desfallece. Y cuando te viera viva Después de un año de ausente. Como aquí muerta, de triste, Desmayárame de alegre. Tú sabes mi sentimiento, Las lágrimas que me debes, Y que a quitarme la vida Me vi dispuesto mil veces. Fui a Polonia por vengarte, Y no porque yo tuviese Deseos de la hermosura Que dices que me enloquece. Verdad es que ser pudiera, Si no vinieras a verme, Que diera su amor lugar; Pero fuera honestamente En materia de casarme, Que no lo haré si tú quieres. ¡Casarte, traidor! Señora, No entendí que era ofenderte; Que de casarse los vivos Nunca los muertos se ofenden. ¿Piensas que en el otro mundo No hay amor? Pues no lo pienses. Amor hay y celos hay. En dos partes diferentes Tu alma dividida está. Si es que dividirse puede: En el cielo, en que hay amor, Pues dices que me le tienes; Y en el infierno, en que hay celos, Que fueron demonios siempre. ¿Quieres tú que no me case? Quiero que llores mi muerte Un año cabal, que es cosa Que a los muertos se concede. Dentro del no has de casarte. Porque no es razón; y advierte Que antes del año no es honra Que las cenizas se afrenten. No has de hablar con Isabela De amor, aunque ella se inquiete, Sino en la guerra no más. Hasta que mi sangre vengues. Pues yo te doy la palabra. Para que no me la quiebres. Enviaré mi sombra aquí, Que te acompañe y te cerque En figura de soldado. ¿De soldado? No lo intentes; Que andaré siempre temblando. Pues yo quiero que me tiembles. Haz lo que fueres servida. Para que no te desveles, Traerá mi rostro el soldado, Que quiero que le respetes. Sin la palabra, soy hombre Que la palabra que diere Sabré cumplir. No se fían Los vivos, estando ausentes, Y ¿quieres tú que los muertos, Que olvida tiempo tan breve, No se olviden? Federico, Si el ejemplo te desmiente, ¿Qué hijo da vida al padre? ¿Qué marido hay que se acuerde De la mujer que perdió? Yo, que seré eternamente Tu esposo, luz de mis ojos. Este más ánimo tiene Mientras más me va tratando: Irme es bien, no se me llegue; Que si una vez vuelve en sí Y a los brazos se me atreve. Hallará cuerpo con alma, Y cuerpos nadie los teme. Adiós, Federico, aguarda Que venga el soldado. Fuese. ¡Qué temeraria ilusión! En mi vida pensé verme Con el valor que he tenido. ¡Lindamente te entretienes! Basta, que eres como algunos Que gran castidad prometen, Y en llegando la ocasión. Aun en la purga se aduermen. ¿Era hermosa? ¿Qué la has dicho? ¿No me respondes? ¿Qué tienes? No puedo volver en mí. Ya te entiendo. No me entiendes. ¿Quieres decir que era fea? Era un ángel. Engrandeces Su fealdad por ironía: Los años cuarenta y nueve. Perigallos todo el rostro, Tres medias muelas y un diente, Sus cejas en relación. Azafranadas las sienes. Desguarnecidos los ojos Y hasta el cogote la frente. ¿A eso vino la embozada? Habíame. ¿Qué te suspendes? ¿Hate hechizado? ¿Qué miras? Estoy mirando si vuelve. No osará, que ¡vive Dios Sí osará. Clarín, si quiere. ¿Cómo osar? Era ¿Qué Lisarda? A reprehenderme Los amores de Isabela, La muerta Lisarda viene. ¡San Juan! ¡San Jorge! ayudadme; Que el corazón me estremeces. Vino Lisarda, y me dijo Que era ingrato, que era aleve Y que era traición e infamia Que quisiese disponerme A casarme antes de un año ¿Sueñas? Presumo que duermes. Y que enviaría su sombra En la forma de un valiente Soldado que me guardase. Ya, Federico, no pueden Llegar a más tus tristezas; Loco estás; mira que pierdes Mucho de tu honor ansí. Allá lo verás. No dejes Tan alta prenda, señor. Por una cosa tan leve. La Reina y acompañamiento. Al tiempo que la gente prevenida Para el asalto, Federico, estaba. Se entregó la ciudad, mal defendida, Matando al capitán que la guardaba. Goza Eduardo libertad y vida, A quien Blanca, tu hermana, acompañaba, De que por tu contento estoy contenta; ¿Qué esperanza en su dicha no se alienta? ¿Podrelos ver, señora? ¡Ah, caballero, A quien los hados prósperos previenen El cetro que en tus manos ver espero! Mis lágrimas apenas se detienen. Mirando en tu valor lo que más quiero; Perdone BLANCA. No se llame culpa Ningún amor que la razón disculpa. Verte ha sido, señor, tan gran deseo De quien tu libertad en tanto estima, Que el bien de verte, como ya te veo, El pecho alienta, el corazón anima. ¡Plegué al cielo, Isabel, que por trofeo Te dé aquel monstruo, a quien tu planta oprima La indomable cerviz, y que tu gloria Le deba a Federico la victoria! ¿Quieres oírme una palabra aparte? Ya escucho. Aparte a ¿Quién soy yo? Porque Fabricio Me dijo que tú solo serás parte Para hacerme tan alto beneficio. Con Isabela puedes igualarte; No quieras de quién eres más indicio; Camina a la ciudad, que este secreto Decirte cuando vuelvas te prometo. Notable temor me ha dado Ver a Federico loco. Quien tuviere el seso en poco, Ni es valiente ni es honrado: Valiente, pues le faltó Valor para consolarse; Ni honrado, pues a faltarse A su valor se atrevió. Lisarda, de soldado. Soldado. ¿Quién es? Yo soy. ¿Habéis visto al General? ¡Santo Dios! Estoy mortal; Muerto estoy, sin alma estoy. No era locura el decir Que a Lisarda visto había. ¿Si es sueño? ¿Si es fantasía? ¿Cómo, después de morir, Andan por aquí los muertos? Toda la sangre me altera. Clarín, ¿qué temes? Espera; Los espíritus cubiertos De aqueste mortal vestido, ¿Cómo pueden espantar? Dame, espíritu, lugar Para cobrar el sentido. Acércate a mí, no temas. ¡No temas! Daca la mano. ¡La mano! Espíritu vano, No te llegues, que me quemas. ¡Señor, señor! ¿Qué es aquesto? No es nada; allá lo verás. ¿Tienes seso? Voces das Como loco descompuesto. En justa razón me fundo. ¿Qué causa. Clarín, te ha dado? Vuelve y mira ese soldado, Que viene del otro mundo. ¡Válgame Dios! No temáis; Lisarda con vos me envía. El mismo rostro tenía. ¿Qué teméis? ¿Qué os espantáis? ¿En qué visión ha venido? ¿No es esta la mesma cara De Lisarda? Cosa es clara. ¿Hay más que en este vestido Diferencia de su ser? No, señor. Pues esta espada, ¿A qué soldado no agrada, Y qué mal os puede hacer? Estas plumas que ves pardas, ¿Son fuego? Tiene razón, Y los muertos, muertos son. Habla a LISARDA. ¿Qué aguardas? Llega animoso. No puedo. Aunque quiero. ;Cómo no? No temas, que aquí estoy yo, Que estoy temblando de miedo. Y ¿cómo os llamáis, soldado? Lisardo. Pues tú. Clarín, Le acomoda, porque, en fin, Ha de andar siempre a tu lado. ¿Cómo a mi lado? Una sombra, Soldado , ¿qué puede hacer? Nada, siendo de mujer; Mas, siendo de hombre, me asombra. Dale tu lado, que voy A hacer la gente marchar. Vase. Yo, ¿qué lado le he de dar? ¿De qué tembláis? Sombra soy. Del estar muerta me alcanza El temor en que me veo. Estoy viva a mi deseo, Y estoy muerta a mi esperanza. ¿Que esto ha pasado? Tan arrogante viene. A Federico Agradezca el valor. Pondré cuidado, Más que el que desde agora significo. A vengarse de ti determinado, Justa disculpa que al amor aplico, Pidió a Isabela gente, y ella viene Con la esperanza que del reino tiene. Al principio traía retratada A Lisarda, señor, en su bandera. Sobre un estrado negro degollada, Y en un cielo esta letra: ¿Quién espera? Mas luego que a Isabela enamorada De su gentil persona considera, Quita a Lisarda, y por empresa ha puesto Una corona y estas letras: Presto. Presto, luego y aprisa, que la tiene. Por lo menos, señor, eso imagina. Resistir a este mozo te conviene; A vencer o morir te determina. Libre a Eduardo ya en su campo tiene. La ambición de los dos me desatina: Ya confirmó de su prisión la culpa, Muchas escriben que el reinar disculpa. Tú me has de suceder, y no Eduardo Ni la reina Isabela, que lo intenta. Toma luego un bastón. Conde gallardo, Y la batalla al húngaro presenta. Esa licencia solamente aguardo. No saber de Lisarda me atormenta; Que por haber huido de mi tierra, Callar es fuerza y permitir la guerra. Tu tibieza me acobarda; No sé qué piense de ti. ¿Qué puedes pensar de mí? Que estás pensando en LISARDA. No pueden memorias muertas Borrar esperanzas vivas. Siéntate, y dime, ansí vivas, Cómo este olvido conciertas; Que ya no puedo creer Que tú no tengas amor. Señora, a tu gran valor, ¿Cómo me puedo atrever? Mucho esa respuesta siento; Que a quien ocasión le han dado. Aún no ha menester cuidado, Cuanto más atrevimiento. Estoy mirando la sombra; Que esta no debe de verla, Sino yo solo: por ella Todo me aflige y asombra. ¿Qué dices? Que esta tristeza Tiene diferente causa. Pues dime de qué se causa; Porque si es de mi grandeza, El día que una mujer Tiene a un hombre voluntad. Aunque haya desigualdad. Se transforma y muda el ser. No puedo hablarte, señora. ¿Quién te lo impide? ¿Qué tienes? Un gran temor. ¿Cómo vienes Con esa mudanza ahora? No me aprietes, por tu vida. ¿Dónde miras de esa suerte? ¿Qué escuchas? ¿Qué te divierte? ¡Toda la color perdida! ¿Es por dicha aquel soldado, Que luego que le miré, Solos nos dejó y se fue? Ese es todo mi cuidado. Si es mujer (que lo parece En la hermosura y el talle). No le des celos, que es dalle Lo que él a mi amor ofrece. Dime toda la verdad. ¿Óyenos alguien? Ninguno. No quiero ser importuno Ni ingrato a tu voluntad. Esta es sombra de Lisarda, Que se anda siempre tras mí. ¿De la muerta? Sí; que aquí Me amedrenta y acobarda. No más; ya entiendo tu engaño; No te aflijas de esa suerte; Yo dejaré de quererte Con más fácil desengaño. Yo soy mujer que sabré A mis fuertes escuadrones, Como a todas mis pasiones. Poner debajo del pie. Que no te canses, te pido. En fingir engaño igual; Yo te quise general, Que no te quiero marido. Lo menos en esta acción De lo que soy significo, Y ansí, desde hoy, Federico, Puedes dejar el bastón; Que yo sabré gobernar Mi gente mucho mejor Que he gobernado mi amor, Pues no te supe agradar. Vase. No sé qué tengo de hacer En confusión tan extraña. ¿Vino por acá el soldado? Apenas de mí se aparta. Viole Isabela , y yo dije De mis tristezas la causa. ¿Descubrístele quién era? Dije todo lo que pasa. ¿Qué respondió? Que era achaque, Y que era cosa muy clara Que era el soldado mujer, Y no sombra de LISARDA. ¡Vive Dios, que para sombra. Que ha comido lo que basta Para un cuerpo! que esta noche La convidaba a mi cama, Y que no ha sido posible Pero escucha, si te agrada, Una notable agudeza. ¿Cómo? La sombra se causa, No de alma, sino de cuerpo. Que es un espíritu de alma; Pues si esta sombra hace sombra, De que es cuerpo desengaña. Que a ser alma, no la hiciera; Luego es cuerpo y no fantasma. Tienes razón. ¡Vive el cielo, Que es bajeza y aun infamia De un soldado como yo Tener miedo a sombras vanas! Hoy lo tengo de saber. Ella viene. Ahí te aparta. No dirás, por lo que has visto. Que no respeto a LISARDA. ¿No escuchaste de qué suerte Hablé a Isabela? No basta Hablar bien. Pues ¿qué más quieres? Que no te llegues a hablarla. Con sola una condición Te doy, sombra, la palabra. ¿Qué condición? Que me abraces. Detente. ¿Aun mi sombra abrazas? Dime, ¿cómo tienes cuerpo? Tú eres traidor, tú me engañas. Hoy morirás, hechicero. Escucha, detén la daga. Carlos soy, que no soy sombra. ¿Qué Carlos? Carlos de Irlanda. Hijo soy del Rey de Hungría, De quien pretendes venganza. Desdichas me han puesto ansí; Que, muriendo quien las causa, Me ha desterrado quien soy. Dándome al reino esperanza. Mientes, que Carlos murió En los brazos de su ama. Con que de Hungría quedó Por heredera LISARDA. El ama fingió mi muerte, Y me echó en una montaña, Dando al Rey un hijo suyo Que es el muerto de quien hablas; Porque los cielos quisieron Desta suerte castigarla. Infórmate en esa aldea Si es verdad que en ella estaba Guardando algunas ovejas. Pues ¿qué te obligó a dejarlas? Ver que ya Lisarda es muerta Y que al reinar aspirabas, Quitándome la corona. Tanto parece a su hermana, Con tal extremo, que aun dudo; Pienso que es ella que me habla. Esta duda solamente, Y verte fingir fantasma, Me obliga a creerte; y yo Le debo tanto a tu hermana, Que he de ponerte en el reino Sin jurisdicción tirana. Si tú me pones en él Yo me casaré con BLANCA. Pues esa palabra tomo. Ven donde la Reina aguarda. ¿Qué te ha dicho? Grandes cosas. ¿Es cuerpo? Cuerpo sin alma. ¿Sentístelo bien? Y ¡cómo! ¿Cuerpo con sus zarandajas? Digo que sí. Que anoche. Pesia tal, Camina y calla. Cesen las cajas, no toquen Mientras que de paces tratan, Si la Reina las acepta, Contradice su ignorancia. Por vuestro interés, Lucindo, No es bien dejar de aceptarlas. No porque soy sucesor Del reino quiero las armas. Sino porque es gran bajeza. Antes de llegar, dejarlas. Conde, el Rey acierta en esto; Que aventurar vidas tantas No es victoria generosa, Y es justa piedad guardarlas. Fabricio, tales consejos Bien pienso yo que se hallan En los libros de las leyes Que andan ya señaladas. Dejad al Rey la justicia Con el honor de sus armas. Yo las sé como las leyes. No más, que es mi gusto, y basta. Basta, pues vos lo queréis. Y cuando el Rey no alcanzara Victoria, el reino eligiera Señor de su sangre y casa. El Rey, señora, os espera. ¡Bella mujer! ¡Gentil dama! Dadme las manos. Los brazos, Hermosa Reina, os aguardan. Dad licencia a Federico Para que lo mesmo haga. Por vos, señora, los doy A Federico y a BLANCA. Eduardo, vuestro hermano, Ha de tener vuestra gracia Antes que nos concertemos. Ya tiernamente le abraza Quien le perdona por vos. No le pide quien no agravia. Yo nunca quitaros quise El reino, pues le heredaba LISARDA. ¡Ay, tristes memorias! Que si ella estaba casada Con mi hijo de secreto. Ser traidor fue ignorancia. Pues ¿quién era vuestro hijo? Federico; que a él y a Blanca Me dejó de aqueste nombre Una señora de España. Si yo lo hubiera sabido, Mi desdicha se excusara. Pues no quebrara la ley Casándole con LISARDA. Ahora, Reina, ¿qué intentas? El reino, con justa causa. Si me casas con tu hijo ¡Hijo tengo! ¿Quién te engaña? Carlos, que el muerto no era Carlos ; que quien le criaba Te dio el suyo, porque el tuyo, Pastor vivió en las montañas. Eso no puede saberse. En mirándole la cara, Dirás que es Carlos, señor, Que es la de su propia hermana. ¿Adónde está? Carlos, llega. Llego a tus pies. ¡Cosa extraña! Habla y rostro suyos son, En su cara se retratan. Señor, da el Conde a Isabela, Porque goce Ernesto a BLANCA. Pues ¿qué das a Federico? Si viviera mi Lisarda, ¡Qué dicha fuera la mía! Cuando mandaste matarla Fingí su muerte, y la puse Entre esos montes que baña El mar. ¡Que mi hija vive! Pues vayan luego a llamarla; Que quisiera darle un reino. Ha sido tal mi desgracia, Que se fue , y ni saber de ella Ni ha sido posible hallarla. Yo sé dónde está, señor. ¡Tú, Carlos! ¿Venturas tantas, Todas, tantas en un día! ¿Dónde está? Contigo habla. Pues ¿quién es? Yo. ¡Tú! ¿Qué dices? Yo soy, que por lo que amaba A Federico, de celos, Hice invenciones tan raras. ¿Hay mayores embelecos? Ya eres hembra, ya eres alma. Ya eres hombre, ya mujer. Ya eres Carlos, ya LISARDA. ¿Podré creer tanto bien? Podrás, y suplir mi falta Dando a Lucindo la Reina Porque goce Arnesto a BLANCA. Parece baile, que truecan Los puntos con las mudanzas. Y con esto se da fin A La Ley ejecutada.