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Texto digital de La lealtad en el agravio

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La lealtad en el agravio. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lealtad-en-el-agravio-la.

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LA LEALTAD EN EL AGRAVIO

JORNADA PRIMERA

A recoger a la sierra; Que anda el diablo suelto, BRITO. Basco, echa por esa loma. Aguardad. Camina, ALCINO. Ahora ¡por Dios! no temo Los resolutos cuchillos De esta gente endemoniada. BATO. Yo cuido que no se ha visto Desde el diluvio hasta ahora Otro preito tan reñido. ¡Huego de Dios en la chusma! ¿Son lagartos? ¿Son mosquitos? ¿Son enjambres de colmenas, o grullas que huyen del frío? A Extremadura se pasan. Pienso que Alfonso ha vencido A la gente de su madre. Sí, porque pasan el río Huyendo y desbaratados. ¿No es muy grande desatino Que este muchacho haga guerra A la madre que le hizo? ¿La madre le hizo, animal? Sí. ¿Qué dices? Lo que digo. ¿Fuera bastante su padre Solamente? Bien ha dicho. Un hombre armado en huyendo Por entre aquellos alijos. El caballo no se puede mover. Ya cayó rendido: Ya acaba: el dueño se acerca. Él es del campo enemigo: Matémosle. Es gran crueldad. Montañas que al ciclo mismo Tocáis con vuestras cabezas, Humildemente os suplico Que le pidáis mi venganza Si hay piedad en vuestros riscos. Aquí un retrato os ofrezco Del desdichado Dionisio, Perseguido de un tirano, No por tirano abatido. Del Conde de Portugal Hoy tuve arrogantes bríos, Y en un instante mi esposa Y mi ejército he perdido. ¡Mal haya el hombre que fía En gloria humana; maldito Quien no previene los daños Si tiene humanos peligros! ¿Cómo me podré escapar Del rigor de un mozo altivo, Arrogante y temerario? Oídme, bosques sombríos, Y pues que faltan los hombres, Prestadme el favor que os pido. Digo que éste es don FERNANDO. ¿Qué me dices? Lo que digo; Que en Santarén y en Coimbra Más de mil veces le he visto. Herido pienso que viene. Sin duda que le ha vencido DON ALFONSO. Gente escucho; Labradores son: amigos, Si corazones hidalgos Vivir suelen escondidos Debajo de sayal pobre, Que me ayudéis os suplico. Bajad, veréis una imagen De la miseria que han visto Adorada en esta tierra, Y su nombre en bronce escrito. Dadme vuestra ayuda, hermanos. ¿Qué dices? Que es barbarismo No bajar. Bajemos, pues. ¿Qué es lo que mandas? El filo De la muerte me amenaza, Aunque no tengo delito Mas de ser esposo triste De la Condesa; su hijo Y a contra mí desenvaina De su rigor el cuchillo. No permitáis que derrame Mi sangre como enemigo, Dando venganza a la envidia, Porque en tal lugar me he visto. Quitadme, amigo, las armas Y dadme un tosco vestido Con que disfrazado pueda Huir de aquese peligro. vuestras razones, ¡por Dios, Que a lástima me han movido! Desata presto. ¡Ah, veloz Tiempo, en mis males prolijo! Espetaos aquese sayo, Y venid, que yo me obligo A poneros en la raya De Castilla. Del divino Cielo el galardón alcances. Por entre aquesos tomillos a Badajoz va una tropa. Seguidme, que si es que atino, Porque estoy medio turbado, En una hora os certifico Que estemos en Guadiana. Aquí te aguardamos, BRITO. Norabuena; mas si acaso Damos en aquese excidio Con los soldados, creed Que hemos de morir vestidos, Alcino, como conejos; Y si esto sucede, Alcino, Venderás mi burra parda, Mi mastín y mi pellizo, Y harasme un famoso entierro. No temas. Si acaso piso, Castilla amada, tu tierra, Quizá volveré tan rico De favores, que castigue Tan bárbaro desatino. Esconde entre aquesos ramos Esas armas, porque he visto Que hacia acá la gente marcha. ¡Que pudo escaparse vivo! ¡Vive Dios, que me ha pesado De suerte, que al pecho mío Estoy por volver la punta De mi propio acero limpio! ¿Qué caverna, vil padrastro, Te esconde? ¿Qué fiero abismo De mi justicia te escapa Cuando te busco ofendido? Vuelve, si de Lusitania Quieres el estado altivo, Y procura con las armas El derecho que te quito. ¿Qué hay de mi madre? La orden Que mandaste se ha cumplido; Con prisiones y con guardas. Señor, queda en el castillo, Y por el cielo te juro. Gran Conde, que un áspid libio, Un scita de los que beben Del Tanays cristales fríos, A compasión se moviera; Porque al meterle en los grillos Sus pies Reales, habiendo Tenido un valor invicto Hasta aquel punto, vertió Lágrimas de hilo en hilo, Y alzando al cielo los ojos, De aquesta manera dijo: «Señor, no me deis venganza Ni castiguéis el delito De Alfonso, que al fin le adoro Como a unigénito hijo. Mirad a sus tiernos años; Que lo perdonéis os pido, Que es la luz de aquestos ojos Y el espejo en que me miro.» Así, generoso Alfonso, Cante, desde el Tajo al Nilo, La fama sonoros hechos, Glorias a tu nombre invicto; Así triunfante sujetes Al Alarbe fronterizo. Sirviendo a tus pies de alfombras Sus turbantes berberiscos; Así el Estado que heredas. De tan pequeños principios. Llegue donde Apolo nace, Y dure inmortales siglos, Que consideres mejor Este caso, que imagino Que en las memorias del tiempo Ni se ha visto ni se ha escrito. A tu madre le has quitado. Con un valor peregrino. Las villas y las ciudades Que están entre Duero y Miño; Y en este dichoso día. De tu padrastro has vencido La arrogancia, y se ha escapado En un caballo tordillo. Si le prendes, ejecuta Tu cólera con castigo, Que no quiero asegurarte Cuando resuelto te miro; Mas que quites el condado A tu madre antes que el hilo Corte la sangrienta Parca De su vida, y que en castillo La encierres, tan oprimida De hierros, es gran delito. Si a su madre mató Orestes Fue castigo merecido Por la muerte de su padre Y el adulterio de Egisto. Pero ¿qué delito aleve Ha contra ti cometido La Condesa mi señora? Que la libres te suplico, Antes que irrites al cielo, Cuyo poder infinito A los hijos obedientes Mil bienes ha prometido, Y mil castigos y males A los soberbios y altivos. Detén, Álvaro, la lengua; Que aunque tu consejo estimo, Más me encienden tus razones. Más me enojan tus arbitrios. Oponte al ímpetu fiero De la corriente de un río Que con espadas cristales Corta peñas, siega riscos, Y no intentes refrenar La furia con que me incito A volver por el derecho Que me ha dado el cielo mismo. Si es herencia de mi padre Portugal, ¿por qué delito Mi madre me deshereda. Publicando que a los hijos Que espera del matrimonio De su segundo marido Ha de dejar este Estado Y transferir su dominio? La defensa es natural; Yo defiendo lo que es mío, Y vengando mis agravios, Sus sinrazones reprimo. Pierda en la prisión mi madre Ahora tan locos bríos; Que yo soy quien soy, y siempre Álvaro seré, su hijo. En este punto, señor. Ha llegado de camino Egas Núñez. Siempre sea Egas Núñez bien venido. Vuestra Alteza me dé sus pies Reales. ¡Oh Egas Núñez! |Oh maestro mío! Antes ligad con lazos inmortales El pecho y cuello, que de vos confío; Pero ¿cómo me honráis con honras tales? ¿Alteza me llamáis, que es desvarío. Cuando aún no tengo estado con reposo? De mi viaje escuchad el un dichoso: Partí de Portugal, por tu mandado. A hablar a Alfonso, emperador de España, Y do el soberbio Tajo celebrado Con más contento sus arenas baña. Hallé al séptimo Alfonso, coronado Emperador después de tanta hazaña. Que hacía fiestas a tan altas glorias Para inmortal blasón de sus victorias. Sin detenerme, en dando tu embajada. Partí a Aragón, y en la ciudad famosa. Que del nombre de Augusto eternizada, Del Ibero en las márgenes reposa. Hallé su Rey: prosigo mi jornada, Y en Barcelona, rica cuanto hermosa. De una galera doy, por tus intentos. Remos al mar y velas a los vientos. Neptuno, alegre en ver que navegaba Tu embajador, su reino de tritones Y glaucos sus cristales coronaba En cerúleos y cándidos balcones. Salacio hermosa sobre el agua andaba Cercada de lucidos escuadrones De nereidas, y, en fin, el mar, contento, Me convida a que surque su elemento. Sopla un poniente dulce y agradable Que del mar sujetó el mando absoluto, Y cantando el forzado miserable. Descansa alegre el marinero astuto. Llega la noche, y con sosiego amable Todos al sueño dan dulce tributo. Si no es la cuidadosa centinela. Que para no dormirse canta y vela. De aquesta suerte el golfo de Narbona Dejo atrás, y con él dejo a Marsella, Y paso la ribera, en quien Perona Entre montañas vive alegre y bella. Sin tocar en el puerto de Saona A Génova llegué, que quise en ella Tomar refresco; mas el día siguiente Vuelvo a surcar el húmedo Tridente. Después de Portofín, paso los puertos A quien Venus y Alcides dieron nombre. Sin que escollos del mar, golfos inciertos. Ni el canto de Alciones me asombre. Ya los fértiles campos descubiertos A quien Etruria dio claro renombre, Surjo en Civita Vieja, donde toma Mi gente alivio, y yo me parto a Roma. Entro, en efecto, en la ciudad triunfante, Y humildemente al gran Pastor me inclino Que el timón de la nave militante De Pedro rige con poder divino. Junta los Cardenales, y delante Del Sagrado Colegio, apóstol diño De nuestra religión, di tu embajada, Con aplauso de todos escuchada. Finalmente, señor, habiendo oído El Pontífice santo las razones Que a sacar en campaña te han movido Tus belicosos fuertes escuadrones, Y que feroz, airado y ofendido Contra tu madre natural te opones. Aunque el mundo lo juzga a inobediencia, Pronunció por su Breve esta sentencia: Que Portugal es tuyo, en quien sucedes, Según ley, por razón hereditaria; Declara que es muy justo que le heredes, Sin que haya sucesión distinta y varia; Pero aunque defenderte, señor, puedes. Que cese la discordia temeraria Ordena, y tu justicia conocida, A tus contrarios a la paz convida. Y atendiendo al valor del gran Enrique, Tu padre, el Conde, de feliz memoria. Que desde Babilonia a Salanique Ilustró del cristiano la victoria; Para que más tu fama se publique En aumento de fe y eterna gloria De Dios, te da, señor, ¡qué gran ventura! De Rey de Portugal la investidura. Besé su pie sagrado, y al momento Con esta expedición me partí a España, Más alegre, más loco y más contento Que de la más ilustre y noble hazaña; Y llegando a Trujillo, aunque el violento Rigor del tiempo mis mejillas baña De nieve, y ya parezca injusta cosa, Recibí, gran señor, mi amada esposa; Que ya su padre lo tenía tratado Antes que el alma a las estrellas diese, Cuidadoso de ver que me ha faltado Quien en mi hacienda y casa sucediese. El cielo, en fin, a doña Inés me ha dado De Vargas, porque igual el gusto fuese, Y aunque es hacer a la belleza ultraje. Querrá Dios que propague mi linaje. Este es, señor, el fin de mi embajada: De Rey te traigo título, y quisiera Que, desde el Sur hasta la Scitia helada, El mundo tu renombre conociera. Sólo falta que el filo de tu espada Del sacro Tajo limpie la ribera, Convirtiendo, pues ya el ocio destierras, Contra los moros las civiles guerras. No sé cómo encarecer, Egas Núñez, el cuidado Que en servirme habéis mostrado; Mas de mí podréis creer Que estimo más que os llaméis Mi vasallo en dicha igual, Que no el título Real Que de Roma me traéis. Nuevo y famoso Scipión, ¿Con qué palabras podré Premiar vuestro amor y fe? Pues cuando en esta ocasión. Dejando el derecho y ley Que la tiranía me quita, Vuestra lealtad solicita Mi honor haciéndome REY. Señor, con los pies Reales Que Vuestra Alteza me dé, Tan premiado quedaré; Que mis glorias inmortales Vivan, sin que en sus rigores El tiempo pueda injuriarlos. ¿Qué olvido podrá borrarlos, Si son sus fuerzas mayores.? Padre, no tengo que os dar; Que aunque el mundo poseyera, Merced corta el mundo fuera Para poderos premiar. Por ayo mío os dejó Mi padre; habeisme criado Con el amor y cuidado Que la experiencia mostró. Y llega a tanto la ley De la lealtad que en vos hallo, Que, siendo vos mi vasallo, Me habéis podido hacer REY. Y a deuda tan conocida. No hay satisfacción que cuadre Como teneros por padre Lo que durare mi vida. Siempre será la obediencia, Padre mío, eterna en mí; Vos reinaréis solo aquí En mi ausencia, en mi presencia. Que esas canas venerables, Con inmortales memorias, Harán eternas mis glorias. Harán mis reinos estables. Y así, en igual regocijo. Premiado en algo estaréis, Pues en todo miraréis Como padre por un hijo. De que esposa recibáis, Aunque en edad tan cansada. Creed, padre, que me agrada. Pues con eso procuráis La sucesión que ha negado El cielo a vuestro valor. Mas ¿qué es esto.? Es, gran señor. Mi esposa, que ya ha llegado Al ejército. Salgamos A recibirla. Ya está En tu presencia. Vendrá A que todos la sirvamos. Deme los pies Vuestra Alteza. Mi señora doña Inés, ¿Como me pedís los pies Cuando vos sois la cabeza? Que si es mi ayo y maestro Egas Núñez, es decente, Señora, que esté obediente, Como al suyo, al gusto vuestro. Los pies del Rey son, señor. Cabeza de los vasallos, Y el que ha llegado a besarlos No espere premio mayor; Que no es pequeño interés Si los Reyes soberanos, Al que tuvo buenas manos, Le dan a besar los pies. Y así, habiendo merecido Egas Núñez tal favor. Yo puedo pedir, señor, Lo mismo que mi marido. Alzad, señora, del suelo; Que estimo en el alma mía Esa humildad. No podría Esperar menos consuelo, Gran señor, de Vuestra Alteza. De hermosa lleva la palma. Álvaro Señor Sin alma Me tiene tan gran belleza. Mujer peregrina es. Señor, que es tarde recelo. ¡Por Dios, que es del mismo cielo Un retrato doña Inés! Álvaro, a no ser mujer De Egas Núñez, ¡ay de mí! ¿Yo puedo no ser quien fui Siendo tan real mi ser.!' Inés, hermosa sois vos; Pero si viéndoos me admiro, Es que en vuestro rostro miro La mano y poder de Dios. Alabo en él sus pinceles, Desde el Tajo hasta el Hidaspe; Mas si excedéis a Campaspe, Es Egas Núñez mi Apeles. Vamos, y en peligro tal. La fama mi fe publique. ¡Viva el gran Alfonso Enrique, Primer Rey de Portugal! ¡Ah, valiente capitán! ¿Por tan pequeña victoria Usurpáis la fama y gloria De nombre de Rey que os dan.? ¿Por vencer a vuestra madre Os llamáis Rey? ¿No sabéis Que aun comenzado no habéis A imitar a vuestro padre.? ¿Y que él, con tanto trofeo Como a su fama responde. Sólo al título de Conde Pudo alargar su deseo? ¿Cuando presa me tenéis. Tanto, Alfonso, os alegráis. Que Rey, sin causa, os llamáis, Y tan grande fiesta hacéis? ¿Qué rey moro habéis prendido? ¿Qué provincia habéis ganado? ¿Qué ciudades asaltado? ¿Qué Apodios habéis vencido? ¿Con qué emulación real Desde Castilla, mi hermano. Hacéis que deje el Pagano Los fines de Portugal? ¡Ay, Alfonso, ruego a Dios, Pues tan desdichada fui, No por vos, sino por mí, Que no me vengue de vos! Porque si ha de responder A vuestra culpa la pena, A grande pena os condena El infinito poder. Pues estando viva yo, Tan mi enemigo os mostráis, Que el Estado me quitáis Que el Rey, mi padre, me dio. Y ya que en mi daño cierto Sois tan fiero y riguroso, Dejadme ver a mi esposo Si acaso no le habéis muerto; Pues que mi fortuna airada Tanto contra mí le muda. Que dos veces soy viuda, Y apenas con él casada. No contra derecho y ley Me he llamado Rey, señora. Pues el Papa me da ahora La investidura de REY. Y ya que a mí no me cuadre De este título el poder, Bien lo puedo merecer Por hazañas de mi padre. Confieso que injusto ha sido El poneros en prisión, Mas importa a mi opinión; Y si de vuestro marido La victoria que he alcanzado Ha sido tan limitada, Basta que en ella mi espada a pelear se ha enseñado. Y algún día podrá ser Las hazañas que decís; El esposo que pedís, No le tengo en mi poder. Bien sabe Dios que lo siento, Y creed que me ha pesado Que el pago no haya llevado De su loco atrevimiento. Y con esto el mío perdone, Señora, Vuestra Excelencia, Y la ruego que licencia Dé para que me corone, Que, en efecto, soy su hijo. Mal conmigo lo mostráis; Dad vos licencia, pues vais Con tan grande regocijo A vuestra coronación. Que en el trono Real os vea. Señora, importa que sea Más larga vuestra prisión; Que no puedo establecer Mi reino de otra manera. ¡Oye! ¡No hay remedio! ¡Espera!... ¡Esto, señora, ha de ser! ¿Quién vio majestad igual? ¡Señor! ¡Nadie me replique! ¡Viva el gran Alfonso Enrique, Primer Rey de Portugal! ¿Qué te han parecido, Brito, Las grandezas de Toledo? Si va a decir la verdad. Señor, no sé lo que veo; Estoy como el que la mar No ha visto jamás, que puesto De fuera a mirarla, queda De su grandeza suspenso; Y como allí no descubren Los ojos el otro extremo. Aunque más miro en la corte, Ni la hallo fin ni la entiendo. No hay más que a la corte iguale. Dices bien; y si es discreto El que sólo el mar contempla Desde afuera, y entra dentro, A mí, señor, me parece Que fuera sabio en extremo El que pudiera mirar La corte puesta en un cerro, Sin jamás entrar en ella. ¿Por qué? Si la corte es centro De discreción, de hermosura. De policías, de ingenios, De las piedras que el mar cría, Del rojo metal de Febo, Y, en fin, de todas las cosas Que el humano entendimiento Puede, Brito, desear. Es verdad, yo lo concedo; Pero también en la corte Se ven con mayor aumento Los embustes, las mentiras. Los engaños, los enredos. ¡Válgame Dios, lo que he visto En este poco de tiempo Que he estado en ella; no hay hombre Que no viva satisfecho! ¡Donoso estás! En la corte. Señor, hay muchos camellos Sin corcova, y mil patones Que no tienen los pies feos. Ese milagro se debe, Brito, al poder del dinero. Tienes razón; de una cosa Solamente me contento: Que no hay en toda la corte Qué encubra cierto defecto. ¿Cuál es? Las narices grandes: ¡Vive Dios, que no hay barbero, Boticario, cirujano, Que pueda hacer sean menos! Al que le crecen las barbas, La navaja, y rapaverunt; Pero el que llegó temprano. Señor, no tiene remedio. Brito, para ser criado Entre robles y entre tejos, Mucho sabes. Pues, señor, Los pastores, ¿no tenemos, Como todos, voluntad. Memoria y entendimiento? Mucho el Rey tarda en salir. ¿Qué has negociado.? Pienso Que tendrán dichoso fin, Brito, todos mis deseos. Ya lo trató con los Grandes, Y ahora está en el Consejo De guerra: ¡siento en el alma Que tuviese atrevimiento El Portugués de poner A mi esposa en duros hierros! ¡Pero si el cielo me ayuda. Yo le daré el justo premio Que su locura merece! A Portugal volveremos Tan poderosos, que Alfonso Tema el filo de mi acero. Tú mudarás ese traje. Porque entre los instrumentos De la guerra no campean Esos vestidos groseros. Señor, si he de ser lacayo, Humildemente te ruego Que permitas que me vuelva A mi tierra. ¿Por qué, necio? Estoy mal con este oficio, Y demás de esto, no quiero Andar como en las comedias El lacayo, ahora enjerto En secretario, y ahora En veedor y despensero. Paréceme que es mejor, Brito, que en tu traje mesmo Vayas, que quizá será Importante a mis intentos; Pero aparta, que el Rey sale. En aquesto me resuelvo. Conde. Gran señor Creed Que vuestras desgracias siento, Y que para remediarlas He de aventurar mi reino; Demás de que a mí me importa Volver por el menosprecio Con que trata el Portugués A mi hermana: mi Consejo Lo ha mirado todo, Conde, Y viendo que Alfonso ha hecho Una locura tan grande. Ha declarado que debo Dar a mi hermana socorro, Y castigar estos yerros. Cuando el conde don Enrique, Por sus valerosos hechos. Dio mi padre a Portugal Con mi hermana, fue concierto Que había de conocer Como vasallo, en efeto, Superioridad al Rey De Castilla. Aqueso es cierto. Y está obligado a hallarse En las Cortes de estos reinos, Siempre que fuere llamado. Pero ¡que un rapaz soberbio Se muestre tan arrogante. Que no sólo niegue el feudo, Sino que a su madre quite El Estado! ¡Pierdo el seso! Para vengarme mejor, Fernando, en persona quiero Ir a esta guerra mañana, Cuando, dorando los vientos. El carro de Apolo hermoso Suba por nuestro hemisferio. A ordenar mis escuadrones Pienso salir de Toledo; Vos llevaréis el bastón De general, que yo espero De vuestro valor, Fernando, Más venturosos sucesos. Goces, Monarca famoso, Largos siglos el imperio De España, y en bronce duro Conserve tu nombre el tiempo. Yo vengaré vuestro agravio. ¿Qué poder habrá en el suelo Que a tu ejército resista? Basta la razón que llevo. Vase el Rey con los suyos. Mucha merced te hace el Rey Soy SU vasallo y su deudo, Pues es mi mujer su hermana. No es pequeño el parentesco; Mas yo, que contra mi patria, Sin razón ni causa, vuelvo A pelear como un puto ¿Qué mereces.? ¿Qué merezco? Que me den doscientos palos. Brito amigo, yo no quiero Destruir a Portugal. Cobrar mi hacienda pretendo, Y librar a mi mujer; Obligaciones te debo, Y fía que he de pagarlas. Al cielo, señor, le ruego No sea como el que alumbra En una mesa de juego. Que en vez de darle barato. Le dan con el candelero. ¿Para qué quiero el poder.- ¿Para qué quiero reinar. Si no puedo mitigar El fuego que siento arder? ¿De qué me sirve tener Ceñida la frente augusta, Si ya de mi muerte gusta El amor, y siendo Rey, Me ha sujetado a una ley Tan tirana como injusta? ¡Que contra mis tiernos años Se prevenga tal rigor! ¿Qué hechizo nació de amor. Lleno de embustes y engaños? ¿Darele rienda a mis daños? No; que adoro a la mujer De quien debo estado y ser, Y es infame y vil acción Que muera esta obligación A manos de mi poder. Llegadme una silla, amigos. Que en los sucesos más fieros Sois leales consejeros, De mi bien y mal testigos. Yo, que de mis enemigos Vi la soberbia postrada, Y mi frente coronada Del metal del dios Criseo, Hoy, por una mujer, veo Mi grandeza avasallada. Doña Inés me ha sujetado, Su belleza me ha vencido; Temo ofender su marido, Y anímame mi cuidado. Estoy como el que, engolfado Sin gobierno ni piloto. Aquí el ábrego, allí el noto, Su triste barco fatiga, Y él no sabe lo que siga. Suelto el lema, el mástil roto. La divina honestidad De Inés reprime mi intento, Pero acaba mi tormento Su incomparable beldad. Consejo, amigos, me dad, Y perdonad, que contemplo Que en esto os doy mal ejemplo; Mas si curarme sabéis. Estatuas de oro tendréis De la amistad en el templo. Señor, aunque el mal que sientes Es enfermedad mortal. Por ser veneno este mal Y rabia los accidentes; Ya que a los dos nos consientes Que te demos parecer, Quiero el mío proponer, Aunque del aconsejar Suele tan lejos estar El discreto obedecer. No con relaciones leves, Ni sofísticas razones. Diré las obligaciones Que a Egas Núñez le debes; Porque para que tú pruebes Cuáles, gran señor, han sido, Basta ver que le has tenido Por padre, y que te ha criado Con el amor y cuidado Que todos hemos sabido. Pues si esto es así, ¿qué nombre Te dará el mundo, señor, Cuando digan que el honor Le quieres quitar a un hombre De cuyo heroico renombre Es injusto que te olvides? Pues si sus méritos mides. Verás entre estas afrentas Que al reino que tú sustentas Te ayuda como a otro Alcides. Desecha aquesa locura, Pues te incito y te provoco. Que cuando el amor es poco. Suele ser fácil la cura; Vence ese impulso, y procura Desechar ese incentivo, Y con solo este motivo Tu error y locura advierto, Que el rey vicioso es rey muerto, Y el rey virtuoso es vivo. Imita insignes varones De tan diversas historias, Que ilustraron sus victorias Con semejantes acciones. Los deleites son borrones Que a los príncipes infaman; Los vicios viles les llaman, Pues aunque más se autoricen, Los extraños los maldicen, Y los propios los difaman. Y al contrario, la virtud Les da tanta estimación. Que no hay heroico blasón Que venga a más altitud. Esto, para tu quietud. Me manda que te amoneste; Del cielo el camino es éste, Señor, que debes tomar, Y éste te he de aconsejar, Aunque la vida me cueste. No puedo contradecir, Señor, al consejo sano De don Álvaro; que en vano Fuera el quererle argüir. Que, en fin, ¿tengo de morir? Eso no; que si la herida A la muerte te convida. Menos mal será, señor. Que pierda Egas el honor. Que no Tu Alteza la vida. Procúrate a ti vencer; Rompe mil dificultades. Que pues que te persuades, Inmortal vendrás a ser; Pero si se ha de perder Por una leve pasión Tu vida, busca ocasión Con que goces su belleza, Porque ha de ser en Tu Alteza El gusto ley y razón. No será consejo sano. No, mas será provechoso. Rey es el que es virtuoso. Sí, mas todo está en su mano. Tendrá nombre de tirano. David lo hizo y fue santo. Y ¿llorará Alfonso tanto? Tiene la misma actitud. Pero no tan gran virtud. Bien puede si crece el llanto. Al compás que me disuena Esta voz, ésta me agrada, Y si no tan entonada, La he de escoger por más buena. Bien sé que es voz de sirena; Y aunque de dulzura tal, Espero que fin fatal Estos consejos me den; Que está mi infierno en mi bien, Como mi gloria en mi mal. ¿Aun no es hora? No, señora. Tu doña Inés ha venido. ¡Vive Dios, que no ha salido Jamás tan bella la aurora! ¿Quién su hermosura no adora? Aquí está el ¡Mi señor! Digo, y no os parezca error, Bellísima doña Inés, Que, aunque tan bello el sol es, Vuestra hermosura es mayor. Siempre vos, señor, me honráis. Llegad una silla aquí, Y apartaos los dos allí. Sentaos. ¡Señor! Replicáis En vano. Lugar me dais Que yo nunca he merecido. Que os sentéis, señora, os pido. No quiero ser descortés. Pues el obedecer es Tan mío Él está perdido. Ahora he de declararme. Mi señora, yo deseo Pues como mozo, me empleo Donde voy a despeñarme. Mirad qué queréis mandarme. Que cuando os vi, sin que ahora. Dadme licencia Señora, Escuchad. ¿Qué me mandáis? Solamente que sepáis Como mi alma os adora. Cubrid, señor, la cabeza Que del mundo lo ha de ser, Y Egas Núñez podrá ver Lo que quiere Vuestra Alteza, Porque aquí Vuestra belleza., Mal mi calidad medís; Mi esposo, si lo advertís, Hará la respuesta llana, Que, como soy castellana, No entiendo lo que decís. ¡Mal fin mi afición espera! Y si apenas coronado Comienzo a ser desdichado, ¡Muera yo, mi reino muera! ¡Respuesta bárbara y fiera! ¿Qué hay, señor? Que ya mi mal No espera remedio igual. Es Inés noble mujer. o la tengo de vencer, o perder a Portugal.

JORNADA SEGUNDA

Ya, felicísimo Alfonso, Que con ceremonias tantas Te ha jurado aqueste reino. Que goces edades largas, Pues mudas de estado, importa Que también hagas mudanza En la vida y las costumbres. Para que las esperanzas Que nos promete el principio De tus heroicas hazañas. Tengan el fin que pretenden Los que tu nombre idolatran; Que aunque desde que naciste Nos has dado muestras claras De que todas las virtudes Han hecho asiento en tu alma, Aqueste nombre de rey Tiene cierta semejanza Con Dios, que es Rey de los reyes Y Señor de los monarcas. Y siendo Él tan justo y bueno. No puede imitarle en nada El rey que de su justicia Injustamente se aparta. En dos polos solamente Se ha de mover esta máquina De tu reino, si deseas En tus fortunas bonanza: Es el primero el temor De Dios, porque de aquí mana La sabiduría, y si ésta Falta al rey, todo le falta; Y de este temor procede El obedecer al Papa, Como Vicario de Cristo, Defendiendo con las armas La navecilla de Pedro De los herejes piratas. El segundo polo, Alfonso, Que las monarquías propagan. Es amor a los vasallos. Sin el cual no hay confianza De grande imperio, y con él El pequeño se dilata; Y porque el poder del mundo Contra ti no irrites, manda Que la Condesa, tu madre. Señor, de prisiones salga. Que los que de ese rigor Aun no conocen la causa, Claro está que han de culparte De que a tu madre maltratas. Muchos avisos te diera, Mas por ahora éstos bastan, Porque ofuscan más que enseñan Siempre las acciones largas. Con estos advertimientos Y otros que con más ventaja Te enseñará la experiencia Del natural ayudada, No llorará Portugal La lamentación amarga De la Escritura y del reino A quien rige tierna infancia. Esto, señor, la experiencia Me dicta, que mis palabras Son afectos engendrados Acá en lo interior del alma. ¿Cómo ha de errar el que os tiene Por su maestro? (¡Ah, tirana. Si como estas canas me honran Tu hermosura me obligara!) Yo, padre, procuraré, Si el cielo mi vida ampara, Imitar vuestra doctrina Y seguir vuestras pisadas. Dejadme solo, que estoy Muy triste. ¿Qué mal agrava a Vuestra Alteza, señor? Atorméntanme unas ansias El corazón. Muchos días Ha que he visto muestras claras De disgusto en Vuestra Alteza; ¿De qué proceden? La causa Ignoro; la soledad Es sólo para curarlas Remedio. No, gran señor, No puede ser de importancia. Porque la melancolía Divirtiéndose se aplaca, Y en soledad se acrecienta. Idos y dejadme. ¿Manda Vuestra Alteza que llamemos Los médicos? No. ¡Qué extraña Fuerza de amor! Vanse. Pensamiento, ¿De qué bárbaras montañas Habéis nacido? [Por Dios, Que viendo vuestra ignorancia, Os desconozco por mío. Aunque nacéis en mi alma! Reyes ha habido que a amor Sujetaron su arrogancia, Que también crio a los reyes La naturaleza humana; Pero que a un noble vasallo A quien debo la enseñanza Que tengo, el nombre de Rey, Y que mi padre le llama El mundo, quite el honor, ¿De qué Nerón se contara? Mas ¡ay, que se abrasa el pecho! Sola doña Inés de Vargas Puede ser remedio mío; Viva yo, muera mi fama. Perdónenme sus servicios. Perdónenme sus hazañas, Y perdone el ser quien soy. Que es más que todo, que nada Me reprime: ¡vive Dios, Que he de morir o gozarla! Cantan dentro: En una soberbia torre, Cuyos pies el Tajo baña, Doña Teresa se queja De su hijo y su desgracia. ¡Ay, hijo ingrato, nacido De las furiosas entrañas De la tigre más feroz Que cría la inculta Hircania, Si el ser madre no te mueve, Ser mujer te mueva el alma; Que vengarse de mujeres Es vileza y no venganza! ¡Hola! Señor. ¿Quién canta en esa torre? Es la torre, señor, donde está presa Tu madre y mi señora, y cada día. Cuando come, renueva la memoria De su infelice y desdichada historia. Porque un paje le canta este romance. Subid arriba, y, a sus ojos mismos, Matad el paje que esos versos canta. ¡Señor! ¡Andad! Tanto rigor me espanta. ¡Álvaro! ¡Gran señor! Egas Núñez a la puerta. Espera un poco. Cualquier disgusto de mi Rey me aflige: Triste está; no es posible que me aparte De él un instante, que su mal recelo; Con don Álvaro está; escuchar quiero Lo que le dice. Álvaro, yo muero; Esta divina Circe me convierte En bruto irracional con forma humana; Que no es de Rey dichoso mi fortuna. Enamorado está, sin duda alguna, Y no me admiro, que si es Rey, es hombre. Álvaro, ¿quién habrá que no se asombre, Pues con tan falsas esperanzas largas Le rindo el alma a doña Inés de Vargas.? Procúrola olvidar, mas no es posible. Que ha llegado mi amor a ser terrible; Perdóneme Egas Núñez, calle el mundo. Porque en gozarla mi remedio fundo. ¡Válgame Dios! ¿Son vanas ilusiones? ¿Podré crédito dar a estas razones? Rapaz mal entendido y mal mirado, ¿Aqueste es el honor que me habéis dado? Deseando ser Rey prudente y sabio, ¿Á mi lealtad hacéis aqueste agravio? ¡Qué bien esta desgracia que temía. El alma con sospechas me decía, Porque en sus ojos fáciles mostraba Que con cuidado a doña Inés miraba! Mas ¡quién creyera tal! ¡Viven los cielos. Que a España abrase si me abrasan celos! Álvaro, cuando un rey se determina. Es loco quien consejos imagina. ¡Muera! ¡Gran señor, piedad . Si un inocente te obliga! ¿Qué es esto? ¡Tened! ¡Mirad Que es el Rey quien le castiga! ¡Matadle! ¡Extraña crueldad! Señor, pues ¿en qué ha ofendido, De aqueste paje el intento, A tu grandeza? En que ha sido, Cantando, el vil instrumento Del disgusto que he tenido. Si su voz, que al aire encanta. Aleve me está ofendiendo Cuando como un cisne canta, Muera como un cisne, haciendo Dulces pasos de garganta. No ha de hacer tal Vuestra Alteza, o me he de enojar, ¡por Dios! Que es en los reyes vileza La crueldad. Llevadle vos, Y quítenle la cabeza. Suplícoos le perdonéis. Que a vuestra madre ofendéis. Yo, ¿no soy Rey? Señor, sí. Pues ¿qué se me dará a mí De que vos os enojéis. Ni de que mi madre entienda Que hago mi gusto? Mirad Mejor ¡Baste! Que se ofenda Vuestra madre es impiedad. Nadie impedirme pretenda Si mi enojo solicito. Que yo me enoje, no importa; Mas pesárame infinito Si en vos la razón no acorta Las riendas al apetito. ¿De qué servirá el poder Si al hacer no se reduce? Sí; pero tiene de ser En lo justo, que allí luce, Y aquí podrá obscurecer El claro honor que heredáis; Y también, en lo que es justo, Es razón me obedezcáis. No quiero yo que a mi gusto Tan soberbio os opongáis; Rey, quien rige significa, Y contradicción implica Que se halle en él dependencia, Y así, por esta excelencia, Aun al mismo Dios se aplica. Cuando era Conde y rapaz, Vuestros consejos guardé; Y ahora, pues sois sagaz, Por consejero os tendré En la guerra y en la paz; Mas no con tanta pensión Que no os haya de consultar En una ordinaria acción. Pues no podrás acertar, Que ¡Callad! Tus años son Tan pocos para regir Un reino Tengo valor, Que la edad podrá suplir. ¡Señor! Callad, que es mejor Que no conmigo argüir. ¡Ah, dura y pesada ley! No en balde el nombre de rey a Roma fue tan odioso, Y para el Senado honroso Dejó Fabio arado y buey; Que si el mundo su salud Con equidad pretendiera, Y evitar tanta inquietud. Sólo a la frente ciñera Quien tuviera más virtud. Demasiado habéis andado. Perdóneme Vuestra Alteza; Cual maestro, me he alargado. Ya el tiempo de esta aspereza, Egas Núñez, se ha pasado; Hablad con moderación. Que ya soy Rey, en efeto. Y yo, en cualquiera ocasión. Os he de guardar respeto; Que es la lealtad mi blasón. Sale D. Álvaro de Sousa. Prevén, Alfonso el primero De Portugal valeroso. El limpio y luciente acero; Que hoy a tu reino famoso Le amenaza el fin postrero. Alfonso, el Emperador De España, con gran furor, Para vengar a su hermana. Con soberbia castellana Entra en Portugal, señor. a Gelves ganado tiene, a Montemor y Estremoz, Y mayor daño previene, Pues a Santarén, feroz Contra ti marchando viene; Y no es razón que dilates El prevenir los combates. ¿Qué esperas? ¿Qué hemos de hacer? Aquí podrás conocer De mi lealtad los quilates: Resistirá al castellano Poder, si el de Jerjes fuera Su ejército, aquesta mano. ¡Ah, si obligarle pudiera A olvidar su amor villano. Que aunque la virtud de Inés Es tan grande, el poder es De los príncipes muy fuerte, Y sólo para la muerte No aprovecha el interés! Aunque es vileza entender Que yo de celos me quejo; Pero ¿quién ha de tener Celos, sino un hombre viejo Que tiene hermosa mujer? No me causa maravilla: Vamos, fuerte general. Porque del Tajo en la orilla, El valor de Portugal Ha de conocer Castilla. Con razón la furia ultrajas. ¡Suenen pífanos y cajas. Álvaro, que aunque me alteras, De sus soberbias banderas Le he de cortar mortajas! En esta ribera amena, Donde entre sauces y alisos El sagrado Tajo suena, Formando el sol rojos visos En su cristal y en su arena, El ejército, Fernando, Puede, en tanto, descansar, Que el portugués va formando Su campo. Si restaurar Quiere lo que voy ganando, Aquí le presentaré La batalla, si me aguarda. Tu gusto obedeceré. Y harás que la recta guarda Siempre en vigilancia esté. Porque de ese monte acaso Los villanos no pretendan Abrir a su intento el paso; Y los caballos se extiendan Por aquese campo raso; Sabrá este rapaz así Cómo se burlan de mí Los príncipes mis vasallos, Y que para castigarlos Tengo el valor que adquirí; Que no ha de verme Castilla Hasta que de Portugal No deje ciudad ni villa. Hoy a tu nombre inmortal El mundo, señor, se humilla. ¿Qué hay de mi hermana? Aun la tiene En dura prisión, señor. Nombre de infiel le conviene Desde el Atlante mayor A las cumbres de Pirene. Pero su barbaridad Sabré castigar, amigo. Si los cielos su piedad Inmensa muestran conmigo. Del ejército cuidad, Fernando, porque yo quiero Retirarme a descansar. En todo servirte espero. Y yo os he de hacer cobrar, Conde, el estado primero. Entre el vencer y el matar Mi corazón no reposa. ¿Qué te puede fatigar? El cuidado de mi esposa No me deja sosegar: Está en el poder tirano De ese rapaz, y no en vano Temo. En efecto, ¿es su hijo ? Sí; mas con causa me aflijo. Que, del poder castellano Oprimido, vendrá a hacer Alguna locura en ella. No es posible. Puede ser, Que también podrá ofenderla El que la pudo prender. Quisiera, amigo, intentar Hablarla. Será, señor. Medir con los pies el mar. No hay imposible a mi amor; Él la traza me ha de dar: Con ese tosco vestido. Amigo, iré disfrazado A buscar mi bien perdido. Muy mal, señor, has pensado; Que no te arrojes te pido. Porque quizá perderás La gloria que vas ganando. Mas, pues tan dispuesto estás. No quiero ser otro Orlando En tu servicio, y verás Que debajo este sayal Hay un corazón leal: A la torre partiré Y con tu esposa hablaré. Abrázale recio. ¡Ten, pesia tal Que me has quebrado los brazos! ¡A otra nueva que te doy Me harás el cuerpo pedazos! ¡Loco de contento estoy! ¡Dame, amigo, mil abrazos! Abrázale otra vez. ¡Reniego de la abrazada Y de mí mismo! ¿Qué dices? Que el alma tengo turbada: ¡Hasme roto las narices! Di, amigo. No digo nada: ¡Vete a abrazar con un toro! ¡Da los brazos a una peña, Al rollo de Écija, a un moro! Amigo, el modo me enseña De cobrar el bien que adoro. Como no me abraces más, Ni burlando ni de veras. En tu vida, lo sabrás. No te abrazaré, ¿qué esperas?' Si fin a mis males das. Yo soy, al fin, de la tierra, Y no se ha sabido aquí Que te he seguido en la guerra; Hoy verás, señor, que en mí Un gran corazón se encierra. Dame una carta y yo iré a la torre, y la daré En la mano a Su Excelencia. Por sola esa diligencia, Brito, el alma te daré. Pues a más se ha de llegar Si me ayuda la fortuna: Gente has de hacer aprestar Detrás de aquesa laguna. ¡Haré a los vientos parar! ¡Haré que salgan de juicio Los cielos con estos brazos! Vamos, que ya hablas de vicio; Mas no me has de dar abrazos De aquí al día del Juicio. ¡Qué triste estás! ¡Dios sabe si me pesa! Que lágrimas vertidas de una madre, Tan gran señora, y por su hijo mismo En una torre presa, ¿a qué montañas No ablandarán las rígidas entrañas? Yo no he venido a Portugal, amiga, Sino a desdichas, penas y disgustos: La Condesa en prisiones lamentándose, El reino ardiendo con civiles guerras Entre tío y sobrino, y yo ¡infelice! En otra guerra más cruel metida. De aqueste mozo loco perseguida. Hacia nosotros viene mucha gente; El Rey es. ¿Qué me dices? Del caballo Se ha apeado y hacia acá camina. Mayor desdicha el alma me adivina. Dichosísimo suceso Tendrá mi gente en la guerra, Si vuestros divinos ojos Es lo primero que encuentran. Ya del castellano airado No temeré la soberbia. Porque sus fuertes escuadras De mis portugueses tiemblan. Pero si suele estimarse Una voluntad inmensa, Y si el amor se agradece En pechos donde hay nobleza, Y las lágrimas vertidas En vos han de hallar clemencia. Suplícoos, señora mía. Que para que alegre pueda Partir a aquesta jornada, De tantos peligros llena, Me deis un favor pequeño, Aunque sólo favor sea. Para sosegar al Rey Que adora vuestra belleza. Si me hacéis esta merced, Pondré a vuestras plantas bellas Del mar y la tierra juntos La inmensa circunferencia. Al de Castilla, mi tío. Traeré en doradas cadenas A que como humilde esclavo Os sirva y os obedezca. Haré para vuestros pies Alfombras de sus banderas, Y por vos de sus pendones Se adornarán mis iglesias. Ea, bellísima Inés, Mirad que un Rey os lo ruega: ¡Muévaos mi vida a lo menos, Ya que mi afición no os mueva! Cierto, señor, que pensaba Que lo que con tantas veras Pretendido habéis de mí Era juego, y burlas eran; Pero pues vuestra porfía Hoy lo contrario me enseña. Diré lo que siento en esto, Y perdone Vuestra Alteza. Yo soy doña Inés de Vargas Ya sabéis por mi ascendencia Es tan ilustre en España Como conocida en ella. Las murallas de Trujillo Os darán bastantes pruebas. De mis mayores guardadas Contra la africana fuerza. Tengo deudos en Castilla, Que en linaje y en riqueza, Unos exceden a Creso, Y otros imitan a César. Cáseme con Egas Núñez, Hombre que en armas y en letras Ha sido el Fénix de España, Pues en Asia le respetan, Y vos le debéis, señor. Obligaciones y deudas. Tantas como vos sabéis. Mas no sabéis conocerlas. Y si vos como mancebo A aquellas canas honestas No queréis guardar respeto. Yo sí, que me miro en ellas; Porque son blancos cristales. Donde se han de ver por fuerza, o la lealtad de mis bríos, o de mi amor la pureza. Vuestra Alteza se reporte, Y si no hiciere, advierta Que si es Rey, tengo valor; Mi esposo, valor y hacienda. Príncipes tiene en Europa, Y amigos que por él vuelvan, Y yo deudos en Castilla Que me amparen y defiendan. ¿Tan cruel respuesta, Inés, Se debe a mi amor? ¿Tan fiera Resolución en mi daño Merecen mis dulces quejas? Mal parece a Dios y al mundo De esa suerte Vuestra Alteza, Cuando para pelear Sus capitanes le esperan. Y yo en la calle, señor. Doy nota; deme licencia, Que es tarde. ¡Viven los cielos, Que eres de bronce o de piedra! ¿No sabes que en mis estados No habrá quien mi gusto tuerza, Y que si ruegos no valen, Podrá valer la violencia? Cuando la violencia valga, Dagas hay para Lucrecias, Y Brutos, que de Tarquinos Castigarán la soberbia. Deja que toque tu mano. Pues tan de hielo te muestras, Para ver si se mitiga El fuego que me atormenta. También soy de fuego yo, Y podrá ser que te encienda; Que el respeto que me pierdes. Llamas en mi pecho engendra. Dame una cinta no más. Porque, en mi visera puesta, Pueda servir a mi gente. En la batalla, de estrella. Eso ya fuera llevar Un rótulo de mi afrenta, Dando nudos a mi amor, Y a tu libertad licencia. Ruy de Silva Gran señor Óyeme aparte: de aquesta Mujer es cosa imposible Que ablandemos la fiereza; Y pues no aprovechan ruegos, Ha de aprovechar la fuerza. En tanto que en la batalla Egas Núñez se entretenga. Vendrás con gente a su casa, Disfrazado, y haz que de ella La saquen, y llevarasla A la más vecina aldea. Donde partiré a gozarla Y do el castellano venza. Tu gusto, señor, es ley. No será mientras yo pueda; Que no ha de hacer tal agravio A quien su reino acrecienta. Sale Egas Núñez. El castellano ha salido, Gran señor, de las trincheras, Y al son de trompas y cajas La batalla te presenta. Tus soldados valerosos, Con tal gusto la desean, Que cada instante que tardas Por largo siglo le cuentan. Los caballos, con las manos Y pies batiendo la tierra, Pienso que porque dilatas El acometer, se quejan. Para alcanzar la victoria Sólo falta tu presencia; Ven, que la vista del Rey Valor y ánimo acrecientan. Dadme licencia, señor. ¡Toca al arma! Vuestra Alteza Goce infinitas victorias. Para serviros con ellas. Vase con los suyos. Señora, ¿en este lugar? De visitar la Condesa Volvía, y a hablar al Rey Me detuve. ¡Qué sospechas, De tan vil causa nacidas, En el alma se fomentan! ¿Quieres, nuevo sol, llevar (Segundo Jasón de Grecia) Para la guerra un soldado? No, señora, que harta guerra Lleva en todos los sentidos Quien dentro del alma os lleva. ¿Guerra conmigo lleváis? Es guerra de amor, que intenta Nuestros pechos soberanos Avasallar sus potencias. Y ¿vencerán? ¡Ya han vencido! El cielo, mi bien, os vuelva Con victoria, dicha y fama. Será la victoria vuestra. Algo ha sospechado. ¡Loca! ¿En Egas Núñez cupieran Sospechas que son tan viles? A morderme el alma empiezan Los celos que del Rey tengo; Mas no es justo que lo sienta Inés; que puede mentir La imaginación ligera, Y quien celos pide, quiere Que su mujer no sea buena. Más valiera pelear, Que no, como almas en pena, Estarnos toda la noche Contemplando en estas rejas. Con todo, Fulgencio amigo, Esta quietud me contenta, Y la guerra, Dios la dé a aquel que más la desea. ¡En nombre de Dios, aquí, Cielos, mi ventura empieza! ¡A Dios y a Santa María Ruego que orégano sea! ¡Bravo miedo me fatiga, La vista me hace quimeras, Y el corazón, triquitraque, Y tengo azogue en las piernas! Pero aquestas son las guardas: Señores, denme licencia De que sepa si está en casa Mi señora la Condesa. ¡Qué gracioso disparate! ¿Dónde ha de estar si está presa? Luego ¿los presos no salen A pasearse? ¡Discreta Pregunta! Quisiera hablarla. ¿De a dó vienes? De esta aldea Que está junto a Santarén, Y tráigole en esta cesta Un regalo. I." ¿Quién le envía? Vino nuestro Cura a verla El jueves pasado, y fue Tan fiado de sus prendas, Que dijo mil alabanzas De su virtud y excelencias. Oyolo el Alcalde, y dijo Al Regidor en la iglesia Que un presente le enviase. El Regidor, que se precia De cortesano, y habló Sobre el caso con mi abuela, Y ella que no se entremete En cuentos, por ser tan vieja. Lo dijo a un vecino suyo, Y éste, que es hombre de hacienda, Vino ayer a Santarén A sacarse cierta muela Que le dolía; encontró En el camino, de vuelta, Al barbero del lugar, Y debajo de una higuera Hizo que se la sacase; , Sacósela, y, en conciencia. Me dice que sin dolor. Porque tiene gran destreza: Como digo de mi cuento. Volviéndose hacia la aldea. Le dijo lo del presente Al barbero, y, sobre cena, Me rogó anoche que fuese Sobre mi burra a su huerta, Y trajese aquesta fruta; Yo fui, y en verdad que apenas Salí del lugar anoche. Cuando perdí dos monedas Arrevueltas en un trapo, Y bajando de una cuesta Me deshice las narices. Cayendo de mi jumenta; Pero con tantos azares Llego, en efecto, a la puerta De la torre: sean servidos De llamarla, porque vean Los de mi pueblo que cumplo Con lo que se me encomienda. ¡Extremada relación! ¿"Hay más extremada arenga? ¡Extraña simplicidad! Subid aquesa escalera, Amigo, y en esa sala Hablaréis con la Condesa: Quizá en su melancolía Podrá ser que se entretenga. ¡Dios les pague la limosna! ¡Buen pazguato! ¡Hermosa bestia! Seguidme, amigos, seguidme, Libraréis una inocencia De la mayor tiranía Que en las historias se cuenta. Con el orden que os he dicho, Al bajar aquesta cuesta Sacad las fuertes espadas, Y no permitáis que vuelvan A las vainas, sin estar De traidora sangre llenas. La noche viene cayendo. Arsindo, ¿qué gente es ésta? De la ciudad han salido, Y por ese monte vuelan. ¿Irán al campo? No, hermano; Alguna traición intentan. Pues que van enmascarados. Ven, y lo que fuere sea. Bien podemos, que ya es tarde; Cerremos aquestas puertas. ¿Bajó el villano? Ya baja. Noche, tu amparo me presta. ¡Qué contento va el villano! Apenas si pisa hierba. ¿Cuándo, valeroso Eneas De este Anquises portugués, Aunque aquí tan al revés, Yo hijo y tú padre seas, Te he de pagar tanto bien? La noche nos da su capa; De aquesta furia te escapa, Pues estás en Santarén. La mayor parte has perdido De tu ejército, señor. Del cielo todo el rigor, Egas, contra mí ha venido: Perdido soy: ¿qué he de hacer? No siempre se ha de ganar; Que está llamando el pesar A la puerta del placer. Mas yo te daré un. remedio Para el peligro que estás, Que, sin duda, ahora estás De tantos males en medio. Si arrogante el castellano, Alegre con esta gloria Quiere seguir la victoria. Todo el reino lusitano Le será fácil ganar; Y así, es bien que te prevengas Para que después no tengas Que sentir y que llorar. Entra en la obscura prisión De tu madre honesta y bella: Reconcíliate con ella, Que importa en esta ocasión; Porque el natural amor De madre, no puede ser, Sino que te ha de valer Para que el Emperador A levantar se resuelva El campo, sin darte enojos, Y de ganados despojos. Rico a Toledo se vuelva. ¿Cuándo no son de provecho, Egas, tus razones sabias? Y cuando tú más me agravias, Hay más lealtad en mi pecho. Hablar a mi madre quiero; Que si llega a amanecer. Que no tenga podrá ser Tu consejo el fin que espero. Ésta es la torre. Ésta es; Las puertas están cerradas Y las guardas retiradas Allá dentro. Llama, pues. ¡Ah de la torre! Sale ¿Quién llama.? ¡Abrid luego! ¿A quién.? ¿A vos.? Decid a quién, o ¡por Dios, Que yo me vuelva a la cama! ¡Abrid, soldados, que está Aquí el Rey! ¡Abrid aprisa! ¿No ve que estoy en camisa? ¿Qué es aquesto? ¡Acabad ya! Oigan: si son castellanos Y engañamos piensan, crean Que hallarán lo que desean. ¡Abrid la puerta, villanos! Pues ¡por Dios! si no se apartan Y me dan tantas mohínas, Que les arroje dos chinas Que por la mitad los partan: Si no quieren que les toque, Apártense a toda ley. Advertid que está aquí el REY. No conozco rey ni roque. Mirad que quiere hablar A la Condesa: ¡abrid presto! ¡Por Dios, que es muy lindo aquesto! ¡Gentil lance vino a echar! La Condesa, no ha un momento Que se acogió. ¿Qué decís? ¿Estáis loco? Lo que oís; Dígalo el señor sargento. Señor, no puedo abrir La puerta, cualquier que seas; Mas si la verdad deseas, Yo te la sabré decir: Un villano la metió Cierto presente cenando, Mas que bajase aguardando, A todos nos engañó; Que tomando su vestido Tosco, con la noche obscura Se pudo escapar segura. ¿Y el villano? Ya se ha ido. ¡Infames! ¿A todos juntos Os pudo dejar burlados? Si despiertan los soldados, Que están en sueño difuntos, Se ha de descubrir mi flor. Gran señor, ya viene el día, Y si aquí te hallan, podría Sucederte mal. Señor, Perdona, y danos licencia, Que nos vamos a acostar: Mañana se han de quedar A la luna de Valencia. Vase. El detenernos aquí De gran daño te sería; Entra en la ciudad, y fía De la lealtad que hay en mí. Yo voy por embajador Tuyo al campo del contrario, Y espero en el tiempo vario Que habrá suceso mejor. Parte, que en tu lealtad hallo Tanta estima, precio y ley; Que no tiene cosa un rey Como un honrado vasallo. Beso a Vuestra Majestad Los Reales pies. , Marchad. Mira, ingrato Alfonso, aquí, Que hay dos extremos en mí De tu agravio y mi lealtad.

JORNADA TERCERA

¿Así me obedecéis? Rey soberano, Si no he sido leal, mande Tu Alteza, Pues que ya en tu opinión tal nombre gano, Que de los hombros quiten mi cabeza; Mas no es razón que sin oír disculpa Me culpe y me condene tu grandeza. Sólo al vasallo el no cumplir le culpa El mandato del REY. Es justa cosa; Pero no hay pena cuando no hubo culpa. Yo junté de la gente más briosa Veinte soldados, y con mano armada Vine a buscar a doña Inés hermosa: Hállela recogida y ocupada En la oración, quizá por su marido, Cuando Belona andaba más airada. Entro en su cuadra, altérase al ruido, Cógenla los soldados disfrazados. Sin que a dolor les mueva su alarido; En un coche la meto, y azotados Los caballos, al céfiro aventajan. Si no es que son del céfiro engendrados; Pero apenas por esa cuesta bajan. Cuando un tropel de gente nos detiene, Y con palabras libres nos ultrajan. Cada cual encubierto el rostro tiene Con diferente máscara, y furioso. Con el acero hacia nosotros viene. En breve tiempo vieras el hermoso Campo de humana sangre matizado, Y más que en tu batalla riguroso El encendido monte, y ya forzado De la ventaja, viendo cuatro muertos De los míos, dejé el sangriento prado. ¡Cómo quieres dorar tus desconciertos! ¿No te fuera mejor morir a manos De aquellos hombres, y que en los desiertos De ti se hartaran brutos inhumanos. Que no volver, cobarde, a mi presencia Con tal infamia? ¡Si de mil tiranos. Señor, me vi cercado! ¿Qué paciencia Podrá bastar en tan amarga calma? ¿Dónde hallaré a mis males resistencia: Inés ausente me ha llevado el alma; Préndame el Castellano y deme muerte, Que sin ella no hay gloria, lauro o palma. Salen las guardas, y sacan a Brito revuelto en una manta. Este vil, gran señor, entró en el fuerte A hablar a mi señora, y con fingido Trato nos engañó de aquesta suerte, Porque ella se escapó con su vestido, Y hasta la aurora menos no la echamos, Que pretendió escaparse este atrevido, Y queriendo prenderle, el daño hallamos. ¿A quién habrá que aqueste mal no asombre? Llégate acá. ¡Buenos, por Dios, estamos! ¡Desdichado de mí! ¿Quién eres, hombre? No soy hombre, señor; soy un villano. ¿Cómo te llamas? Di. No tengo nombre. Y ¿de qué tierra eres? Soy romano. ¿A qué viniste a España? La ventura Me trujo a vender brevas el verano. Este hombre es loco. El talle lo asegura. ¿Quién te mandó que en la prisión entraras A librar a mi madre? Una escritura, Porque tú, gran señor, no la mataras, Me hizo el Rey de España, en que me daba De alguaciles y alcaldes dos mil varas. Yo, pensando que enojo no te daba, Subí sobre una yegua voladora. Que coja de dos pies y ciega estaba; Saqué de la prisión a la señora. Y ¿dónde fue? Llevola su marido, Y pienso que con él estará ahora. ¿Conócesle? Es un hombre mal vestido; Alto de cuerpo, cojo, ciego, enano. Echadle fuera luego. Sólo pido Que me des qué me vista ¡Anda, villano! Que parece que tomo las unciones, Y yo no tengo búas, que estoy sano. ¡Salid! Hele de dar dos mojicones. Ya da la vuelta a Castilla El soberbio Castellano, Y el Tajo, alegre y ufano, Riega seguro su orilla. En fin, Alfonso, contento Con aquestas condiciones. Sus invencibles pendones Entrega al ligero viento. Yo, en tu nombre, las firmé, Y con la razón convienen. Mostrad, veré qué contienen Y si cumplirlas podré. Hace como que las lee. Bien, a fe, gallardamente, Núñez, me habéis defendido; Cierto que estoy muy servido De vuestro pecho valiente. Vuestra diligencia alabo. Pues que, siendo a toda ley Señor y absoluto Rey, Me habéis hecho humilde esclavo. ¿No fuera mejor que Alfonso La ciudad furioso entrara, Y en mi muerte se cantara Hoy el último responso. Que no que, quedando vivo Con una paz tan infame. El mundo a voces me llame Del Castellano cautivo? ¡Lo justo he de obedecer! ¡En sus Cortes me he de hallar! . ¿Qué os faltó para firmar. Que su paje había de ser? Mas pues que vos, como viejo. Tan acobardado estáis, Que mi opinión infamáis Sin prudencia y sin consejo, Yo, que sigo los blasones Del valor a que me aplico, De esta suerte ratifico Rompe el papel. Tan villanas condiciones. Y segunda vez pondré Contra el gran poder de España Mis pendones en campaña, Y a lo menos moriré Cuando vencer no pudiere Honradamente en la guerra; Que es villano el que en su tierra Vivir con infamia quiere. Con ofensas infinitas, Rey, que desde aquí me excluyo De llamarme padre tuyo, Me provocas y me incitas; Y a no tener la obediencia Y la lealtad por blasón. No sé si en esta ocasión Pudiera tener paciencia. Lo que a cumplir se obligó Tu padre, que en gloria esté, Es lo mismo que firmé Ahora, en tu nombre, yo. Pagar treinta mil ducados, Sólo es lo que se ha añadido, Y si un reino has adquirido, No en balde serán pagados; Porque más es de tu madre Ese reino, que no tuyo; Mientras ella vive, es suyo, Pues que se lo dio su padre. Y cuando injusticia hallara En las condiciones, di: ¿Qué fuera ahora de ti Si no las capitulara? Mas yo solo pagaré Tan extraño desvarío, Y al cuchillo de tu tío La cabeza entregaré; Porque no diga Castilla Que hombre de mis prendas y años A un Rey trató con engaños, A quien el mundo se humilla. Vase. ¡Qué podré hacer en tantas confusiones! ¿Qué fin han de tener mis desvaríos? ¡Cómo os desvanecéis, intentos míos. Sin tocar aun del aire las regiones! ¿Adónde están los ínclitos blasones Que esperé de ser Rey con locos bríos, Si ya mis pensamientos yacen fríos, Convertidas sus llamas en carbones? Y tú, ciego rapaz, que me engañaste, ¿Qué es de las glorias que me prometiste Cuando de doña Inés me enamoraste? Pero ¿por qué de ti me quejo, ¡ay triste! Pues apenas el cielo me enseñaste, Cuando las puertas del infierno abriste? Sale Egas Núñez alborotado. Más males hay en mi casa, Rey Alfonso, que temía; Más viles son tus crueldades. Mayores son mis desdichas. Doña Inés, mi esposa, falta, Y responde mi familia Que enmascarados la llevan, Cuyas sangrientas cuchillas Para el sacrilegio infame Abrieron tiranas vías; Y aquesta maldad no nace, Rey, sino de tu injusticia. Que no premies mis servicios Y que enojado me riñas Porque con el Castellano Mi mano tus paces firma, Pase; pero que me quites El honor, joya tan rica. Que el noble la estima y precia En más que la vida misma, ¿Quién ha de poder sufrirlo? ¿Quién, aunque el mundo lo impida, No volverá a Portugal En humo y pardas cenizas? Dame a Inés; y si fue mala Castigaré su malicia, Aunque no presumo yo De quien es, tal villanía, o ¡vive Dios Vienes loco, Egas Núñez: ¿qué te instiga. Que así el respeto me pierdes Y tan furioso deliras? Perdóname, gran señor, Y advierte en las canas mías El humor que vierte el alma. Pensando que está ofendida. Mucho mi lealtad me debe, Mas es mi afrenta infinita- Rey, yo soy Egas Núñez; Bien sabe el alma divina De tu padre, que ya en paz Estrados de estrellas pisa, Lo que la Cristiandad debe. Señor, a mi espada limpia. Siempre fu! su fiel Acates; Con él pasé a la conquista De Jerusalén, en tiempo De aquella piadosa Liga. En el cerco de Antioquia Fui el primero que la cima Pisó de sus altos muros, A pesar de la morisma. Cuando en la santa ciudad Entramos, hice aquel día Cosas que en el libro están De la eternidad escritas. Y de la que más me precio Y que más mi amor estima, Es que a la puerta dorada Vi que a tu padre tenían Más de cien moros cercado; Y viendo su ilustre vida Tan a pique de perderse, Quise aventurar la mía; Y poniéndome a su lado. Los dos, con fuerza exquisita. Bañamos el paso abierto Con sangre turca y morisca. En la conquista de Tiro Maté en batalla reñida Un bajá, dos belerbeyes, Y quemé siete mezquitas. Si a ti te he servido, dilo Tú, tus vasallos lo digan, Dígalo mi sufrimiento Y díganlo mis heridas. Ayer, después que el caballo Que te di perdió la vida, Te saqué sobre mis hombros De las armas enemigas. He querido hacer, señor, Esta relación prolija. Porque de ofender te afrentes A quien estimar debías. Egas Núñez, yo conozco Lo que os debo, mas no es mía La culpa que me imputáis. Ni a satisfacción me obliga. Buscad a vuestra mujer. Que ni la tengo escondida. Ni mi valor es capaz De semejantes malicias. Como el padre que al hijuelo Desobediente castiga. Estoy suspendiendo el brazo Cuando a cólera me incita. Pero ¡muera el sufrimiento Leal, y si está ofendida La honra, muera el respeto; Sola la venganza viva! ¿He de aguardar a que el mundo De mí por las calles diga Que como infame he perdido El honor, y no la vida? ¿Sufriré que mis hazañas Aqueste eclipse reciban? ¡Ea, vencedora espada Derramad ¿Qué hacéis? Decía A este acero si se atreve A sufrir tal ignominia Sin tomar de estos agravios La venganza merecida. Y (¡qué responde? Responde Que a Tu Majestad se humilla; Que, aunque es tan grande mi agravio, Es mayor la lealtad mía. Rey Alfonso, señor, yo Aunque me enciende y me irrita Esta deslealtad, no quiero Castigar vuestra osadía. ¿"De esa suerte me respondes Cuando reprimo mis iras? ¿Así me das las espaldas Cuando te hablo de rodillas? Pues.... ¡vive Dios, que he de hacer Que en toda aquesta provincia. Respetándote a ti solo, No quede persona viva! Señor, ¿dónde vas así? Álvaro, no me resistas; Que como loco me vengo Si mi honra está perdida. Sosiega, que yo, que soy Tu sangre, de tu desdicha He sido restaurador: El Rey mandó a Ruy de Silva Que a tu esposa te robase, Mas yo pude redimirla, Porque, saliendo al camino, Quité cuatro infames vidas, Y a Inés libré de sus manos. Y ¿dónde está? En una quinta La tengo. Vamos a verla; Que ya el alma resucita, Y el árbol de mi vejez Renuevos arroja aprisa. Mas, don Álvaro de Sousa, Así se logren tus dichas, Y excedas a tus mayores Como en valor los imitas; ¿Has visto que doña Inés, Obligada o perseguida. Diese muestras de villana? Es un león en la ira. Salen el Rey y Ruy de Silva. Y temo su justo enojo Si airado se precipita. Ya don Álvaro de Sousa Le reporta. Al sol le quita El resplandor, curso al tiempo, Gloria al cielo, luz al día: Penélope no fue casta En su comparación. Vivas Inmortal, mi doña Inés, Pues así mi honor estimas. Vanse los dos. Ya se van. Mil confusiones Me cercan y me fatigan El sueño. Descansa un poco. Allégame aquí una silla Y vete. Guárdete el cielo, Vase. Temerosas fantasías, ¿Cuándo de una vez pondréis Fin al curso de mi vida? Inés ausente me mata. Pues fue tanta mi desdicha Que la quité a su marido Y no la gocé; la envidia De los celos me atormenta; Mas el sueño me convida A que los sentidos dejen Su acostumbrada malicia. ¿Duermes, Alfonso? Duermo; mas ¿quién eres, Fuerte varón, que así mi pecho animas Con venerable vista? ¿Qué me quieres? En poco, Alfonso, tu renombre estimas. ¡Válgame Dios! Alfonso, no te alteres: ¿Cómo la escala del valor no arrimas A la inmortalidad, cómo te ofuscas En gustos vanos, que en su ofensa buscas? Como a Pablo podrá decirte el cielo: «¿Para qué, vil gusano, me persigues. Pues tan enamorado estás del suelo i Que huyes de la virtud y el gusto sigues?» Si no te obligo, con el justo celo De ser quien eres, es razón te obligues; No se obscurezca el nombre entre la gente De un Rey de tantos reyes descendiente. En tanto que te ocupas en las guerras Civiles, que te tienen tan cercado, Los moros salen a correr tus tierras. Castigo de tu pecho descuidado. De Cintra baja por las altas sierras El infame Ismael, rey coronado De Lisboa, y con otros cuatro reyes. Que guardan de Mahoma injustas leyes. Resiste su furor, saca animoso Tus gentes en campaña, deja el sueño. Porque permite el cielo milagroso Que dilates tu reino, aunque pequeño. Tu padre soy; con este acero honroso La fama conquisté, y así te enseño. Velando, en fin, que para eternas glorias, No se alcanzan durmiendo las victorias. Vase Detente, padre, escucha, espera, aguarda. ¡Válame el cielo! ¡Qué visión es ésta! También culpaba del troyano Eneas El ocio vil el valeroso padre Anquises, animándole a la empresa Del poderoso reino de Latino. ¿Qué haré? ¿Será razón dar firme crédito A vanas ilusiones? Mas si el cielo De aquesta suerte quiere darme aviso. No será justo le resista. Sale Ruy de Silva. Nunca Viene sola, señor, la desventura: Ahora mismo nuevas han llegado Que cinco reyes moros te destruyen El reino, y te han ganado cuatro villas. Inmensas son, Señor, tus maravillas. Ahora veo que el Señor me llama, Porque aumente, sirviéndole, mi fama: ¡Afuera, pensamiento vano; afuera Ilícitos deseos: ya despierto De un letargo pesado, ya me animo Sólo al valor que como Rey estimo! Ordénense al momento mis escuadras; Que hoy ha de ver quién soy el Africano. ¿No has de saber primero qué se ha hecho Doña Inés? No la nombres, Ruy de Silva, Que provocas el alma a tierno llanto: Los cielos, envidiosos que la tierra De tanto bien gozase, la han robado. Don Fernando de Páez, tu padrastro. Viene con embajada de Castilla. Veamos lo que quiere el Castellano; Mas no han de ser estorbo las razones A que salgan al aire mis pendones Contra el Moro cruel ¡Al arma, amigos, Que habéis de ser de mi valor testigos! Como vivir no pudiera El mundo de polo a polo, Sin negar al rojo Apolo La luz de la cuarta esfera, Así, divina señora. Se viera en tristes enojos, Sin la luz de vuestros ojos. Este esclavo que os adora. Huyamos de este rigor. No suceda, pues os dan Tal pago, lo que a Abraham Con Abimelech, señor. A un tirano no sirváis, Pues por experiencia veis Que más desdichas tenéis Cuanto vos más le obligáis. Hacienda tengo en España, Y cuando no la tuviera, Con vos contenta viviera En una inculta montaña. Dejad este Rey, que es Enemigo declarado. Hele, en efecto, criado, Y quiérelo bien, INÉS. Muriendo su padre fiel. Me dijo con llanto amargo: «Mi hijo queda a tu cargo, Y tú has de dar cuenta de él.> Y así, señora, me aflijo De su mal guardada ley, Que le miro como a Rey Y le quiero como a hijo. Y no he de dejarlo, en fin. Que puede otro tiempo en él Mi doctrina hacerle Abel, Aunque ya imita a Caín. Y será su tierna edad Peor, si falta el consejo. ¿Quién ha visto tal espejo De prudencia y lealtad?' Pues justo no puede ser, Andemos juntos los dos; Que yo sé que estoy con vos Segura de su poder. Y cuando a la guerra vais. Acompañaré contenta Vuestro escuadrón, y haréis cuenta Que un soldado más lleváis. Yo le haré elegir mujer, Inés, y será acertado, Porque, mudando de estado. Mudará de parecer. Y ahora a Palacio vengo Porque vea, doña Inés, Cuanto más me agravia, que es Mayor la lealtad que tengo. Hoy a tu arrogancia necia Corresponderá el castigo. ¿Qué es esto, Fernando amigo? ¿Así Alfonso te desprecia? Pues ¡vive Dios, que has de ver. Mozo malaconsejado, Que viene sobre tu Estado Todo el español poder! ¿Qué ha habido? Partió mi Rey A Castilla, confiado De lo que estaba firmado, Conforme derecho y ley, Hizo en Badajoz llamar A Cortes, porque quería Entrar en Andalucía, Y envió por mí a intimar Al Portugués que se hallase En ellas, y dice airado Que ni tal paz ha firmado, Ni mandó que se firmase; Que lo cumpla el ignorante Que firmó las condiciones. Y con soberbias razones Dice loco y arrogante Que, sin estimar la fiaría Del castellano decoro. Parte a castigar al Moro De Lisboa, que le injuria. Yo tengo la culpa, y yo, Fernando, tendré la pena; Mi desventura lo ordena Solamente, que el Rey no. Y así, juntaré una hazaña, Aunque a costa de mi vida, Cuya memoria, esculpida En bronce, viva en España. Yo voy, y me aflijo en parte; Que ha de ser más insufrible Templar la furia terrible De mi Rey, que al mismo Marte. Hoy de su poder Real, Causando fieros desmayos. Saldrán fulminantes rayos Que abrasen a Portugal. Ya, don Álvaro de Sousa (Esta es doña Inés gallarda). Dice el Rey que cómo tarda, Para esta ocasión forzosa. Tu diligencia y cuidado. Porque ya no hay caballero Que no prevenga el acero, Con tanta victoria honrado. Prelados y obispos van A ayudarle con su gente; Que en ocasión tan urgente. Todos su hacienda le dan. Ven, porque ya los jinetes Empuñan lanzas y adargas, Y el sol, pirámides largas Forma en blancos coseletes. Y el Rey, en medio de todos Muestra, aunque en tan tierna edad, El valor y majestad De los invencibles godos. Pues ¿cómo llamarme a mí No manda.? La causa ignoro. ¿No sabré vencer al Moro, Que tantas veces vencí? Mas, sin duda, su intención Es porque intenta ganar. Cuando comienza a reinar. En las armas opinión; Y quiere, y hace muy bien, Que la estimación y gloria De tan ilustre victoria Sólo a sus brazos la den. Antes que desprecio, siento Y yo admiro, nuevo Alcides, Ver que estas injurias mides Con tan leve sufrimiento. Nombre de injuria no des, Álvaro, a lo que el Rey hace, Porque en todo satisface A quien es. ¿No es doña Inés? Sin duda que eran soldados De Núñez los que animosos Nos la quitaron furiosos, Dejándonos afrentados. Pero volved a mirar Del Rey el efecto santo En su oratorio. Del llanto Gran fruto puede sacar. Señor, yo os ofendí, mi error confieso; Mas ya despierto del feroz letargo. Lloro de mis delitos el exceso. Aunque es poca disculpa a tan gran cargo. Del circunciso Moro el grave peso, De la infelice España yugo cargo. Oprime mi memoria, a cuyo intento Quiero oponerme si me dais aliento. Loco he sido. Señor; mas ya robusto Con vuestra Cruz, bandera soberana, Pienso abatir del enemigo injusto La vil soberbia, bárbara y tirana. Yo sólo de serviros tengo gusto; Haced que la arrogancia necia y vana Del torpe imitador del Filisteo, Venza vuestro poder y mi deseo. Yo OS prometo, Señor, no desnudarme Las armas que en defensa vuestra visto, Sin que del Moro vil pueda vengarme, o morir en la empresa que conquisto. Los que quieran, Señor, acompañarme. Han de ser todos mártires de Cristo, Y he de volver, si vos me dais victoria, A daros alabanza de esta gloria. Ya, Inés, el regocijo salir quiere En llanto por los ojos: Rey famoso, ¡Dichoso el que con vos armas vistiere, Que yo os veré muy presto victorioso! Si el bárbaro feroz os oprimiere. No en vos, en Dios fiad, y al orgulloso Moro esperad constante que destruya, Porque es vuestra victoria causa suya. Padre, segunda vez vuelve mi tío Furioso contra mí; mas yo no puedo Dejar de castigar el loco brío Del Alarbe arrogante, y tengo miedo Que he de perder mi reino. Señor mío, Yo, en Portugal, en vuestro nombre quedo; Partid seguro a sujetar al Moro. ¡De vergüenza y dolor, lágrimas lloro! No os aflijáis, señor, que yo soy viejo, Y de la edad es hija la prudencia; Vos mozo, en quien el próvido consejo Suele hacer pocas veces asistencia. Ni armas ni gente por defensa os dejo. Sin armas he de hacer tal resistencia Al Castellano valeroso y sabio. Que miréis mi lealtad en vuestro agravio. A vuestro cargo queda Lusitania. Vuestro valor el mundo escandalice. Haré que el Moro deje a Lusitania. Y yo, que vuestro nombre se eternice. Adiós, Núñez; adiós, león de Albania. Adiós, invicto Rey, joven felice. Tocad luego a marchar. Resuene el parche. ¡Señor, dadme favor! La gente marche. He seguido tus pisadas Con el campo, porque, apenas Partiste de las almenas De Badajoz, publicadas Las Cortes, cuando afirmaron Verdaderas relaciones Que rompió las condiciones Mi sobrino, y me incitaron Tanto, que las lusitanas Ciudades, en tierra y mar. El incendio han de imitar De las almenas troyanas. A mí, gran señor, me habló Con arrogancia tan fiera, Como si un esclavo fuera Suyo; y soberbio partió. Sin estimar tu amenaza, Contra el Africano osado. Que dicen que le ha talado Las campañas de Alcobaza. Muestre contra él su valor. Que bien lo habrá menester Si tierras quiere tener Que le tengan por señor; Porque en las que en Portugal Tiene, yo haré brevemente Que obedezcan solamente A mi corona Real. En llegando a Santarén, Le has de cercar tan violento, Que aves no partan el viento. Sin que en nuestras manos den. Sale Brito con un chuzo. ¡Ah, señor! Qué, ¿no hay hablar? ¿Quién me llama? ¡Ah, señor Don Fernando! ¿Así el amor De Brito sabes pagar? ¡Oh Brito! ¿Qué te suspende? Allega, y toma mis brazos. Tu favor y tus abrazos Fueron moneda de duende. No más palacios ni asomos De tan loco encantamiento; Siga a Palacio un jumento, Que tiene mejores lomos. Pues ¿qué términos ingratos, Brito, yo he usado contigo? Por ser yo tan buen amigo, Me vi en la de Mazagatos, Y no tuve quién me diera Ayuda en tal penitencia, Si mi buena diligencia No me librara y valiera. Tienes razón; ven acá, . Brito amigo. ¡Bien lo aliñas! Estoy guardando unas viñas, Y he recibido un mes ya Adelantado. No importa; Más premio tendrás de mí. Si tú me obligas así, Mi cólera se reporta. Voyme, señor, y otra vez A cortesano me aplico. Donde andan el pobre y rico Como piezas de ajedrez. Egas Núñez viene, hermano, A hablaros. Si no mirara Su valor y virtud rara, Escucharle fuera en vano; Que había de ser el primero En quien me vengase yo. Pues humilde me engañó Y me obligó lisonjero. Él me ha enviado a pedir Que alcance de vos licencia. Será vana diligencia Pretenderme persuadir Que de mi intento desista: Llegad sillas, que escucharle Quiero. No podrá obligarle A que deje la conquista. Sacro Emperador de España, Séptimo invencible Alfonso, Que como Atlante los cielos Tienes el mundo en tus hombros: Yo, que he sido en otro tiempo Temido de polo a polo. Cuando fue mi acero ilustre De los infieles asombro. Hoy, abatido y humilde, A esos Reales pies me postro. De quien la piedad espero Del castigo riguroso. Yo, gran señor, he irritado A más cólera tu enojo; Yo solo la culpa tengo, Pague la pena yo solo. Yo, por librar a mi Rey, De su vida temeroso. Armé aquellas condiciones Sin serle el caso notorio, Y así bien pudo poner A su ejecución el hombro. Pues yo sin licencia suya Las juré atrevido y loco. Lo que yo pequé, señor. No será razón que todo El triste reino lo pague. Pues eres justo y piadoso. Ea, Monarca invencible. Mi delito reconozco; Convencido estoy, señor, Yo te engañé cauteloso. Ahógueme aqueste lazo. Que el cuchillo es muy honroso Para el que cizaña mueve Entre dos reinos heroicos. No quiera Tu Majestad, Estando ocupado Alfonso En una guerra tan justa. Poner a su intento estorbo. Páguelo yo y estos tiernos Renuevos de aqueste tronco. De cuya corteza penden Como la hiedra del olmo. Conmuévante aquestas canas. Que, como sabes tú propio. Tan respetadas han sido De mil príncipes famosos. Y vos, ínclita señora. Rama ilustre de los godos. Mandad que muera también Yo con mi querido esposo, Y rogad al Rey que tuerza El acuerdo riguroso: No paguen los inocentes Lo que pagamos nosotros. De nuestro Alfonso sois madre; Si sois hermana de Alfonso, Mostrad aquí en su defensa, Señora, este pecho heroico. A lástima me han movido Sus lágrimas y sollozos; Que no es mi pecho de piedra, Ni mis entrañas de monstruo. Señor, el perdón os pido De mi hijo, que le adoro Al fin con amor de madre, Si él me ofendió como mozo. Alzad, capitán insigne; Alzad, soldado famoso. Que de que estéis a mis pies Con esa humildad, me corro. Y ¡vive Dios, que he quedado De vuestra lealtad absorto, Y por ser vuestro Rey diera Mis riquezas y tesoros! No fue Dario ni fue Ciro Capitán tan venturoso, Aunque postró la soberbia De los moros babilonios. Y si tras tantas injurias Soy de la lealtad abono, La lealtad en el agravio Es vuestro título honroso. Quitad ese lazo infame, Porque no han de ver mis ojos Cuello que vence a la envidia Afrentado de ese modo. Y en tanto que vuestros hechos Con mayores premios honro, Me dad los brazos. Señor, ¿Tanto favor? Todo es poco. Por vos desde hoy las injurias De mi sobrino perdono; Que a quien tiene tal vasallo, Justo es que le sirvan todos. Y marche el campo al momento. Que a aguardarle me dispongo, Porque él vea que os estimo Y tema mi nombre el Moro. ¿Cómo alcanzo tal bonanza De la desdicha en el golfo.? Pero si vos me amparáis, ¿Para qué pregunto el cómo? ¡Por Dios, Monarca invencible, Que en aquesta hazaña noto Los dos extremos mayores De leal y de piadoso Que las romanas memorias. Con espantos prodigiosos. En los escritos dejaron De los Titos y de Antonios! Si de los cielos tenemos Los estados populosos, El rey que al cielo no imita, Tiene de rey nombre impropio. ¡Yo no sé hablar, gran señor! Marche la gente. Conozco, Señor, lo mucho que os debo. Ya se deshizo el divorcio, Y yo con ánima en pena, Ando en todo y callo a todo. Estas serán mis armas, Divino Rey, pues que con ellas sólo Mi enemigo desarmas, Y haré que vuele desde polo a polo Tu nombre sacrosanto, Gloria del cielo y del infierno espanto. Aquí miro cifrado El precio del rescate milagroso, Por quien se vio humanado Tu ser divino en un supuesto hermoso; Dichoso ser espero, Pues que tú me has armado caballero. ¡Huye apriesa, cobarde, Y si no tienes alas, pide al viento. Aunque ya será tarde, Que transforme tu ser en tu elemento, Y de estos horizontes Te escapa en las cabezas de los montes! No vio llorando Jerjes Sobre la inmensidad de sus soldados, Ni menos Artajerjes Tan grande multitud, y acobardados Los que de muerte escapan, Huyendo piensan que su infamia tapan. Será siempre este día, Con digna estimación en mi memoria, Símbolo de alegría; Y pues de sólo Dios es la victoria, Humildes corazones Le dará Portugal en libaciones. Famosos portugueses, Recoged los despojos. Y son tales, Que de armas y de arneses Nadie hace caso, porque en los reales De cinco Reyes moros Se han hallado, señor, grandes tesoros. Sale un soldado. El ejército fuerte Del Castellano, gran señor, marchando, Venía a socorrerte, Y viendo que del Moro estás triunfando. De paz viene a hablarte. Ya me mira benigno el fiero Marte; Ya mi tío, soldados. Viendo que Dios me ha dado esta victoria, Los disgustos pasados Sin duda borrará de su memoria. Ya llega. Aquí le espero. Que su amistad pretendo, estimo y quiero. A gozar de la victoria, Alfonso, que Dios te ha dado Venimos tu madre y yo Después de disgustos tantos. ¡Dame los brazos! Primero, Señor, el perdón aguardo De mi madre. ¡Ay, hijo mío. Prospere el cielo tus años. Sin que la envidia, ni el tiempo. Hagan a tu nombre agravio! . . . Ahora, señor, recibo La merced de vuestros brazos. Y sin el Rey de Lisboa, Del Emperador hermano. De Marruecos, cuyo nombre. Desde Libia a Montes Claros, Fue respetado del Moro, Y formidable al cristiano, Burlando de mi niñez, Y del: descuido burlando. Con que por guerras civiles Las que son justas dejamos. Sacó en campaña su gente. Ayudado de otros cuatro Reyes, a quien Tarudante Y Tafilete enviaron De gente y armas socorro, Y por mis tierras entrando. Los lugares destruía Y talaba los sembrados. Avisome de esto el cielo. Porque tiene el cielo a cargo La restauración de España, Perdida por sus pecados. Salí a la defensa luego, Y con gran priesa marchando, Vine a descubrir los moros En el espacioso campo De Ourique, cuyos hermosos Valles, cerros y collados, Como langostas cubrían En el rigor del verano. Contemplo a los filisteos Y madianitas, mezclados. Contra el pueblo del Señor: Insté afligido y cansado, Y en ver tanta muchedumbre Se desmayan mis soldados. Huyó al corazón la sangre, Y entre el temor y el espanto, La amarillez de los ojos Entorpece pies y manos. Aconsejáronme algunos Que me volviese, juzgando Que esperar era locura. Siendo el peligro tan claro. En este tiempo la noche Extendió su obscuro manto, Cuando reposaba el mundo De su trabajo ordinario. Yo, lleno de mil angustias. Triste, de mi tienda salgo. Poniendo en manos del cielo El peso de mis cuidados. Pido, puesto de rodillas. Arrepentido y llorando, A Dios perdón de mis culpas, Y favor en mis trabajos. Pero apenas la oración Feneció, cuando un helado Temor me cubre los huesos Entre un regocijo santo; Y en una resplandeciente Nube, que del sol los rayos Aventaja, la cruz veo De Cristo, ¡portento extraño! Y en ella puesto el Cordero Que, mudo, obediente y manso, Fue por la salud del hombre Al Padre Eterno holocausto. ¿Cómo podré, invicto Alfonso, Lo que sentí declararos. Viendo con mis ojos mismos, Gran señor, un bien tan alto? Póstreme, pecho por tierra, Y dije: «Rey soberano. No a mí, no a mí, que ya estoy En vuestra fe confirmado. Mostrad, Señor, a los moros, Que blasfemos y villanos, De la sangre que por ellos Derramaste, no hacen caso.» Respondiome el Rey del cielo: «Alfonso, vuelve a tu campo, Y acomete a los gentiles, Que yo los pondré en tus manos. Y porque quiero fundar En ti un reino dilatado Hasta los fines del mundo. Por armas, en campo blanco, Has de traer cinco escudos. Las llagas significando Que yo en la cruz recibí; Y juntamente estampados Treinta dineros, por quien Fui vendido y fui comprado.» Desapareció, diciendo Estas palabras, quedando Vertiendo llanto mis ojos. Que el susto es causa del llanto. Ya la aurora, blanca y rubia, Por los soberbios peñascos De Alentejo publicaba Que Apolo sacaba el carro. Cuando, volviendo al real De mi ejército esforzado, Fui aclamado y recibido Con regocijo y aplauso. Y viendo que ya mi gente La batalla deseando Estaba, furioso embisto A! descuidado Africano, Que sin concierto y sin orden Tomó las armas, pensando Que pocos soldados suyos Dieran fin a mis soldados. Pero vio, en espacio breve, Que eran sus intentos vanos, Y que su estatua soberbia Tenía los pies de barro. Vencile, en fin; mas no digo Bien, que le venció la mano De Dios; que a tan alta empresa Era mi poder muy flaco. Y éstas, señor, son las armas Que hice pintar, aumentando De mis claros descendientes Los merecimientos altos. Y a vos, padre amado mío, Pido perdón, humillado A vuestros pies. No ha de estar Delante de su vasallo De esa suerte el Rey; confieso, Gran señor, que sois mi amparo, Mi Rey, mi señor y dueño. Razón tenéis de estimarlo. Desde hoy, Alfonso, confirmo Paces con vos, admirado De que los cielos os honren Con prodigios tan extraños. Yo soy, digno Emperador, Hechura de vuestras manos; Y vos, doña Inés famosa. De mis errores pasados Es justo me perdonéis. Vuestra Alteza me está honrando Siempre por diversos modos. ¿Vamos a Coimbra? Vamos, Adonde quiero premiar El valor de mis vasallos, Y donde daré el gobierno A Egas Núñez de mi Estado. Beso tus pies. Y mi madre Quiero que quede a mi lado Con su esposo, si gustáis. Señor. ¿Qué decís, Fernando? Que el gusto del Rey es mío. Vamos, que me están llamando Los negocios de Castilla. Y yo, ¿he de volver al campo A destripar los terrones? Vivirás en mi palacio, Y premiaré tus servicios. Y aquí, famoso senado, Da fin, pidiendo perdón, La lealtad en el agravio.