Texto digital de El labrador del Tormes
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- Lope de Vega Carpio
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- Género
- Comedia
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- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El labrador del Tormes. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/labrador-del-tormes-el.

EL LABRADOR DEL TORMES
JORNADA PRIMERA
ACTO PRIMERO Perdiose el mejor halcón. La garza parece nube. El sol será su ladrón. Con la presteza que sube uno y otro átomos son. Por la temeraria altura calla el metal del neblí. Cobrarle será ventura. Y desdicha para mí si este ejercicio nos dura. Nombre de imagen de guerra siempre a la caza le han dado, mas ésta que nos destierra, Conde y señor, de poblado aún más énfasis encierra. ¿Cómo? Retrato no es, sino el mismo original. Callando hablen mis pies, que a ser de encina o nogal, roble, quejigo o ciprés, aún no hubieran resistido sierra tal, maleza tanta. Ahora el halcón se ha perdido . Vuelve hacia Béjar la planta, que es pájaro bien nacido; y sin duda acudirá al alcándara a cumplir la obligación en que está. Subirá hasta el zafir. ¡Hucho!, ¡ho!; no alcanza allá. Digo que vueseñoría, si le parece, se vaya antes que la noche fría cubra del Tormes la playa. ¡Qué hermosas truchas que cría! Vuelve a ver las labradoras y hidalgos del lugar, pues entraremos a horas en las que puedas mirar estrellas, soles y auroras, y yo podré, con el santo que la capa desgarró, deshacer la nube en llanto. ¡Harto deshecho iré yo de que el halcón vuele tanto! Dos mil escudos perder quisiera, que no el ave que ha querido fénix ser. Que se quema aún no se sabe. Vuela donde la has de ver. Y acá vuela por el viento ruido de labradores, si acaso escuchas atento. Sí, parecen segadores. ¡Ea, Silena! ¡Qué contento! A Santibáñez se van, que alguna haza han acabado. Entre este verde arrayán encubríos; disimulado los veré y no me verán. Pues por Dios que una por vela descubro como una flor. Si el amor no me desvela; que es todo antojos amor, todo ilusión y cautela. ¿Es la hija de Vidal, aquel aldeano rico? Es al mismo cielo igual, y si al rostro iguala, espero no te testará. Conde, mal. "Guarridica yo si morena es la segaderuela: más almas que espigas el valle sustenta; han muerto sus ojos con luces de estrellas. ¡Ay de los que miran aunque águila sea, pues su atrevimiento llora y paga en pena! Guarridica," etc. ¡Oh blanco de mis deseos!: si os detenéis seréis ya flor de estos campos hibleos, aurora que asombra a gigantes de sombras feos. ¡Ay de mí! Señor, ¿qué es esto? ¿Quién, como áspid entre hierba, os encubrió en este puesto? Amor, que el fuego conserva en mí a quereros dispuesto. Otra vez os he hablado despacio en esta ribera... ¡Soltad! Y me habéis burlado. Hablaros sola quisiera; mas como atrás me he quedado de la gente, echarán menos mi persona y volverán. ¿Pues qué importa, ojos serenos, ojos que matando están de tantos donaires llenos? ¿Cómo que importa? ¡Arre allá ¡Su honra y reputación! Segura del Conde está. ¿Vuelve alguno? Con el son todo hombre aturdido va. Si ha dormido en los vapores del gazpacho y lo demás, bien puedes dar disfavores a mi amo. ¡Cruel estás! No se pase el tiempo en flores. Apón, toca con la mano, dale un bocado en la nieve. Lo que pensáis. Conde, es vano; mirad que en vano se atreve vuestro amor, cuando honor gano. Es verdad que el otro día volar la garza os miré, cerca esa laguna fría que al Tormes besando el pie el de su cristal le envía. Es verdad que os parecí bien, y si he de hablar verdad que hicistes lo mismo a mí; mas no tengo voluntad cuando para otro nací. Dejadme andar mi camino. Mas, señor, no la impidáis, porque su muerte imagino. Si palabra no me dais, en esto me determino: que me tenéis de querer, y si voy a vuestra aldea que me habéis de hablar y ver lo que el intento desea; vuestro pienso obscurecer, Digo que yo os hablaré si es que a Santibáñez vais. Mañana en la noche iré. Pues soltad. ¿Palabra dais? Digo que lo cumpliré. Mas, ¿será la ida cierto? ¡Tierna está la labradora! ¡Si en vos solo está mi puerto y en tormenta queda ahora mi amoroso desconcierto! Siglos las horas serán, mi Casilda, hasta que os vea. Pues adiós, que lejos van los segadores. La aldea casi que ya pisarán. Pero no dejéis de ir. Andad, que se va la gente. Los nobles saben fingir. Todo amante jura y miente, mas yo te sabré servir. Vamos, señora, de aquí. De plomo son ya mis pies. Adiós. Adiós. Si de mí burla hacéis, veréis después. ¿Qué he de ver? Que sobra el sí. Mas que es ya menester darla porque se vaya dinero? ¡Enamorada está, calla. Silena, tu desdén fundo , que entres conmigo en batalla. En todo te he de servir. Ata el mastín, que al corral seis tapias verás medir, ¡Seis tapias! ¿Pues qué animal, di, tal podría sufrir? El que a la rueda de amor quiere ser jumento atado. Si vais tendréis mí favor. Perdí el halcón y he cazado, Torrijos, garza mejor. Y yo cernícalo: di, ¿qué penetras que cacé? A Silena. En ella vi las muestras de un no sé qué en orden de amarme a mí. Un escrito irá cruel, de tierno, tras su favor. ¿Qué dices? Yo cera en él: que en mirándome, señor, luego despacho un papel. Imito ansí a un cortesano. Como de naipes traía baraja aqueste cristiano: papeles traía de celos, papeles de ausencia, olvido, papeles de incendio y hielos. ¿Ya qué intento? A ser querido. La causa de estos desvelos preguntada, respondía que era de amor un papel la mejor artillería; pues un día daba en él y otro en quien lo recibía; que la más linda razón fácilmente se olvidaba, y un papel, en conclusión, cada vez que se miraba retrataba su pasión de suerte que visto allí pintadas las maravillas de amor a las damas... Di. Tal vez les hacían cosquillas y venían a dar el sí. Pues dime, ¿sabrá leer Casilda? No hay mujer, si sabe que es afición, que le faltase ocasión de leer y dejar de ver. Ahora bien; mañana iremos a ver de Casilda el día, y con nevados extremos las rosas del alba fría en su hermosura veremos. Mi amor de ella gozará. aunque le pese al amor. Pues la vida os costará, y yo saldré vencedor. Mala respuesta te da el eco de aquesa peña. Acaso habló un aldeano a los novillos que enseña. ¡Hola! ¿A quién digo, villano? Quien de esa suerte desdeña, aunque de Béjar el Conde fuese, el mejor labrador que en sus riberas esconde el Tormes... ¡Gentil humor el que al mío corresponde! Digo el propio original. Señor, a grandeza tal, ¿qué roble ni qué laurel no rinde su fortaleza? ¿Llámame? Su Señoría me dé... ¿Quién sois? Conocerme bien por el nombre podría. Decidlo. Si he de atreverme, escuche la historia mía. La falda de esta montaña, soberbio túmulo insigne de la nieve, cuna al Tormes, pues de adonde muere vive; de esa a quien turbante apenas congelada nube sirve por ser sus extremos talles que con los cielos compiten, me dio en una aldea pobre, no como de Venus dicen en Chipre, en Delfo sí Apolo, albergue de humilde origen. Allí nací labrador, como otros monstruos terribles de la tierra, siendo en ella parto a su vez infelice, pues desde que dio la edad fuerza a miembros juveniles di en romper sus pardos senos, antes del arado libres. Desde el más cerril novillo dañoso manchado tigre, toro de aquestas riberas, almas con el yugo humilde, buey sujeto por mi mano, dando la atrevida esfinge de la envidia su veneno a muchos, porque me envidien. No hubo fiesta, baile o juego donde asistiese que firme no rindiese y alcanzase premio para otros difícil; tanto, que en muy breve tiempo, volando a la inaccesible cumbre de la buena fama, a alcanzar sus glorias vine, y de discreto también, allá por no sé qué fines, que de Gramática supe, nunca al ingenio imposibles, porque después por grandeza que es justo, señor, se estime, el Labrador me llamaron del Tormes en nubes tristes, sepultando el Nuño Pérez, que ansí el que miráis se dice: nombre herencia de mi padre, que ya entre una losa existe, dando, aunque en humilde edad, clara y verdadera efigie que se pone el sol que nace y que no hay estado firme. De aquestos bienes gozara, perdonad, señor , abriles vivan siembre vuestros años sin que el tiempo los marchite, que me adelante a contaros sin vergüenza ni melindres, tras de tantas alabanzas una flaqueza terrible. ¡Ay, famoso Conde, cuando cautivo me hallo libre, esclavo siendo señor y topo viviendo lince! La causa unos ojos fueron, cuya hermosura apacible no es sol, aunque tiene rayos, no estrella, aunque estrella brille. Mas por milagro de amor en el cielo, donde asisten dosel de púrpura y nieve, dos divinos imposibles, estaba aquesta serrana, dueña del cielo que oísteis, cuando pudo enhechizarme y cuando pudo rendirme; no como damas de corte, todos fingidos matices, composición enfadosa por aquellos que las sirven; ni cual doncella encerrada con barahúndas civiles de cambrayes criminales que en celosos cuellos viven, mas azotando a un arroyo las faldas, que el viento libre dejó de puro cansado los animbos de los miembres, ondearon sus cristales contorneados marfiles; unos lienzos de la Vera, tan blancos como sutiles; y tal vez sobre una losa que sus extremos divide, tendidos, jabón les daba, que entregado al cristal libre fabricaba espuma tal, tan hinchada, aunque apacible, que parecía de lejos enjambre de blancos cisnes. AHÍ, entre un chopo y un fresno, palios de este arroyo insigne, pude ver sin que me viese los claveles y rubíes en las mejillas y labios y en frente y manos jazmines; en dos pechos de alabastro que antes de unos cuerpos ciñen, el alma de una gorguera de red que prende a los libres, dos blancos de mis deseos; mas al punto que los vide volvieron su nieve fuego, y en ellos ser fénix quise. Fuime a la orilla acercando con pasos no más sutiles que aquellos con que la sierpe cuando entre grama se viste al simple gazapo lleva que del vivar donde vive sacó a ser huésped la madre de un césped hijo de Chipre. Alzó la cabeza y viome, y al barajar carmesíes del susto con azucenas, yo, vergonzoso, la dije "Guárdeos Dios, serrana hermosa", a cerrar fue el invencible pecho: digo que a abrocharse los cuerpos que al fin la visten, rompió a mi amor el silencio, y al fin de ella a entender vine que la agradó mi persona y se llamare felice de que su padre me hiciera el Píramo de su Tisbe. Traté con Vidal aquesto, que ansí, ¡oh, gran señor!, se dice, y yo pobre despreciome, que donde hay oro hay origen. Noble, discreto, es el necio; hermoso el feo, apacible el intratable, que tiene transformaciones de Circe. El sol que me abrasó el alma es la serrana que vistes pasar con los segadores vistiendo el campo de abriles. Por lo que os conté mi historia es porque, ansí de invencibles triunfos ciñáis vuestra frente, dando cetro a vuestros timbres, que pues sois de aquesta tierra, señor, y el mundo se os rinde me ayudéis en esta empresa, si es que del amor supisteis: que a este Vidal le habléis y digáis que no me quite la prenda que más adoro, el alma que más me rinde; que el fuego le dé a su esfera, viento a la que el aire viste; agua al mar, piedra a su centro, y para que resucite a Nuño a Casilda hermosa, ángel donde solo vive; que con esto, una S. y clavo podrá por vuestro rendirme. ¡Afuera, vil labrador! ¡Para la lengua, villano, con que has pintado tu amor y de un ángel soberano has vuelto cielo el rigor! Conquiste tu atrevimiento cuantas voladoras aves puro acuchillan el viento; cuantos peces sorben naves, hidrópicos su elemento. Tu amor resuelto conquiste las salamandrias que el fuego de bermejas llamas viste; las fieras del campo, y luego todo cuanto en él asiste. Pide a la veloz corriente de un arroyo, después río, que se detenga en su fuente; que hiele el ardiente estío por la canícula ardiente. Pide que se pare el sol en su curso occidental, y que en sombra su arrebol deje el orbe celestial y busque el suelo español. Que a las plantas más sombrías el fruto quite, y dilate en largos siglos los días, y no me pidas que trate de tus penas sin las mías. Pero porque no me arguya de ignorancia tu pasión, ya sin premio por ser tuya, digo que esa pretensión loca de tu pecho huya. Casilda, flor de su aldea, otro campo la desea con más poder, más amor y gozará su favor, pues con más armas pelea. Tú pues esto ves, en tanto el fuego a llama limita, olvidando el dulce encanto que ansí el sosiego te quita y que ansí te ofrece el llanto. Porque si aquesto no haces, volviendo hielo en tu pecho aquesas llamas voraces, con él quedarás deshecho eso en que te satisfaces, Tu ser vendrás a perder Casilda sus bienes hoy, pues para poderlo hacer el Conde de Béjar soy; tú villano, ella mujer. Digo que la dejaré; mas, ¿cómo el alma podrá? Como de mano la dé. La ausencia busque, que es ya madrastra a la mayor fe. Si a Casilda tiene amor, despíquese con Ginesa. Y si le niega favor, las labradoras del Teresa sean parches de su dolor. ¡Válgate el diablo al grosero! ¿Alcahuete hace a mi amo? Dejarle por loco quiero. Yo iré a seguir el reclamo de los ojos por quien muero. Y agradezca... Yo pequé; pero con su señoría me desculpé, que amor fue causa a la descortesía. ¿Qué mira? Ya yo lo sé; mas ha andado muy cruel. Confieso que anduve mal. Es un tonto, un moscatel. Soy... Darame un memorial, que yo me acordaré de él. Suspende el vuelo, pensamiento altivo: no quedemos entrambos anegados: yo entre el amargo mar de los cuidados y tú en el viento donde solo estribo. Si te ha desvanecido el ver que vivo de dos favores sin valor ganados, plumas humillas, pues que ya abrasados les hiere el hielo de un desdén esquivo. Como flores tuvieron nacimiento en los campos de amor sin cultivarse, fácil las marchitaron vientos fríos. ¡Mas para qué me canso, pensamiento, si basta para solo marchitarse el ser nacidas para frutos míos! No tienes que lamentarte, pues que ya tu dicha empieza donde he podido escucharte. ¿Cómo, Mireno? Endereza a la aldea, allá te parte. Por aquí Vidal pasó, y domando esos novillos. ¿Qué hizo? Que te miró hasta que con desuncirlos tu fuerte brazo alabó. Díjome que te llamase, que en Santisbáñez te espera. Harás que mi pena pase, que vuelva el alma a su esfera y en ella de amor se abrase. Pero dime la verdad, ansí de Silena goces. ¿Burlaste? Mi voluntad muy mal. Nuño, la conoces. Tú gozarás la beldad, porque aquí se me ha encajado, de Casilda, que vi al viejo algo esta tarde inclinado. Pues yo tomo tu consejo y me voy determinado de besarte aquesos pies. Darete el mejor eral que entre mi ganado ves... No me estará, Nuño, mal. Si gozo de ese interés. Y partamos, porque el viento quisieran mis pies calzar, o ser rayo, o pensamiento. ¿Para qué? Para volar a ver si logro mi intento. Para que con su presteza viese si se determina. Pues desea ser belleza de mujer, que ésta camina con la mayor ligereza. Llaman Peña de Francia a esta Señora, porque aquí la escondieron los leoneses, huyendo al fin de la canalla mora que ayudaron, señor, a los franceses en Roncesvalles. Su divina aurora entre rotas lorigas y paveses por despojo quedó de aquesta guerra, por luz de España y norte de esta sierra. Yo me huelgo, don Diego, de haber visto este convento santo, aquesta casa divina donde humano se vio Cristo, cuyo edificio de las nubes pasa; que aunque el imperio de la edad conquisto, aun más de amor, que a devoción me abrasa, que en estos años de heredado quiero ser cuerdo mozo cuando en ella espero. Aquí de Salamanca a ver veniste sola a esta imagen de estos monjes santos; como quien eres recebido fuiste, con danzas, juegos y sonoros cantos. A no llegar enamorado y triste, si es bien cantar a un rey extremos tantos, un siglo entre sus riscos me estuviera. ¡Que en ese amor tu intento persevera! ¡Que a un poderoso Rey como tú obligue un tan humilde objeto, una serrana, y que no la razón tu. mal mitigue! ¿Qué importa, si fabrica en nieve y grana el hechizo de amor que me persigue, en proporción cuanto divina humana? ¿Qué importa, si en dos ojos, no de nieve, que negros son, mis esperanzas bebe? Que el cuerdo nunca calidad procura para amar, sino parte solamente de cuerpo y alma, donde esté segura beldad y discreción; tal se consiente desde el rey al pastor, que la hermosura tiene tanto poder, es tan valiente, que suple calidades y señala que con la muerte al igualar le iguala. Pasando a caza vi en aquesta aldea, como te dije, aquella labradora, y desde que la vi mi amor desea gozar del suyo. ¿Qué te impide ahora? Sea, señor, lo que en firmeza sea. A Santibáñez parte, y pues que mora en él, roba a su padre su hermosura: tu quietud y sosiego así procura. Vete a dormir a Béjar esta noche, pues llegarás a tiempo, que aún el día del mar no habrá sacado el rubio coche ni ella ausentado su tiniebla fría. Dale al Conde un rebato, haz que trasnoche y en empresas tan fáciles confía. Con saber que a sus tierras he llegado y no me ha visto me ha desobligado. Por donde vine que volvamos quiero y que en la aldea de Casilda hagamos noche embozados, que gozarla espero. Todos es justo que tu amor sigamos. Montes, adiós; adiós, peñasco fiero, donde el alba de Dios norte miramos, y perdonad, que os dejo, El tiempo enseña que a muy buena ocasión. Dé Vuestra Alteza los pies a un vasallo que ha venido a pedir perdón, después que lo haya merecido, de lo descuidado que es. Hoy supe que a honrar venía esta tierra, y he tardado en hacer lo que debía; mas quien confiesa que ha errado, en vuestro perdón confía. Quien pretende merecer nunca se ha de descuidar en servir y agradecer; pues mal se podrá pagar si no se llega a deber. Supuesto que vine aquí Conde, y vuestra tierra honré, si cuando me parto os vi, yo de vos me acordaré como os acordáis de mí. Sí, pero yo seguiré cual sol a tu luz divina. ¿Qué hay? ¡Aparta! ¡Bien, a fe I ¿Tenemos ya trebolina? ¡Loco estoy! ¿El Rey se fue? Conde Y de eso solo ha nacido haber yo el seso perdido, que son sus reales razones tósigos en ocasiones que trabucan el sentido, Pues, señor, ¿hase quejado de que tardaste en venir a besar su mano? ¡Airado me culpo el no prevenir lo que creí desconfiado! ¡Qué gentil borrachería! ¿Rey en Béjar? Calla, calla, y vamos a ver el día de Casilda: entra en batalla con tu osada valentía. Vamos de aquí a anochecer a Santibáñez, adonde tu sol pueda amanecer, y yo, motilón de mi Conde, a Silena pueda ver. Entremos por el corral, y sin que ladre el mastín mientras rumia el animal del pesebre, darás fin con tu amor a tanto mal. Que lo demás es locura, y culpo tal sentimiento. Bien divertirme procura, Torrijos, tu entendimiento. ¿Mas cumplirá la hermosura de Casilda lo que ayer nos dijo? No hay que dudar: podrás hablarla y ver, y si me aprietas, gozar. Hoy me ha dado en qué entender aquello que habló el villano que me costaría la vida. ¡Ese es pensamiento vano! Pues que su amor te convida, da a todo agüero de mano y tierra con ella gana. Conde Vamos, que aunque injusta ley, es de honor: hoy en mí sana enojo que causó un Rey belleza de una serrana. Esto tengo prevenido, que ya estoy determinado. Siempre tu gusto he seguido. Casilda, bien lo he mirado, yo te doy muy buen marido. Al Conde te vi hablar, sin que me vieses, ayer de un encubierto lugar, y debe de pretender tu honor y el mío manchar. Es poderoso señor, y no puede un padre viejo, aunque tenga más valor, más prudencia y más consejo, enfrenar su loco amor. Y ansí, habiendo contemplado en mí aquesta insuficiencia, hoy a Nuño te he buscado: hombre que hará resistencia, no a un Conde, a un Rey coronado. Con pecho casto y fiel, puedes bien poner tu honor, tu fe y esperanza en él, que aunque nació labrador es digno de su laurel. Yo he sido, padre, de suerte a Nuño tan inclinada, de cuyas partes me advierte tu amor que no hago nada ahora en obedecerte. Y para que eches de ver que en aqueste pensamiento no soy mudable mujer y que seré a este intento imposible de vencer, trae al Adonis más bello del mundo por mi marido, y que venga ufano a serlo de mil riquezas vestido, airoso del pie al cabello; tráeme cuantos olores Sabá en sus aromas cría, cuantas muestra el campo flores el abril, ansí que el día recibe y vista de amores; y al fin, de tierra y de mar dame la mayor riqueza, que aunque la pudieras dar, por Nuño y por su belleza hoy las pudiera trocar. Es verdad que me halló el Conde, y que porque me dejase otro día le dije adonde para hablarme me buscase. Pues que tan bien corresponde a mi obediencia tu amor, Nuño Pérez que entre quiero a verte. Será favor, si bien, señor, el primero que me haces y el mayor. ¿Ya, en efecto, estás casada, Casilda? Silena, sí, y estoy muy bien empleada. ¡Casada Casilda oí! Entra quedo, que no es nada, pues de nadie visto has sido, que aquí con Silena está, y sea el Sofí su marido. Gente ha entrado hacia acá. Por la falsa puerta ha sido. ¿Quién es? ¿Quién va? Quien quisiera,, aunque la noche es obscura, que mucho más lo saliera, por gozar de la hermosura que en vuestros ojos me espera. El Conde soy, que he venido de la palabra obligado que de vos he recibido. Yo Torrijos, rematado como si fuera vestido en almoneda por ti, Silena. ¡Ay de mí, señor! ¿Quién le ha entrado hasta aquí? Hace invisibles amor, y yo el instrumento fui. Váyase su señoría, que vendrá mi padre ahora, y viéndole aquí podía matarme. El alma os adora, hermosa Casilda mía, y es imposible dejar que goce de esta ocasión. Temiendo estoy un azar, que hay gañán que es un Sansón, y mientras viene a enhilar si es el Conde o no es el Conde, hacer dos costillas menos. ¿Qué vuestro amor me responde, divinos ojos serenos? Que pues prudencia se esconde, en él se vaya de aquí. Y mire que me han casado. ¡Casado! ¿Qué escucho? Sí. ¡Mataré al villano osado que tal intenta! ¡Ay de mí, que mi padre viene ya! Métase en ese aposento, que después en mí tendrá una esclava, y de su intento con la victoria saldrá. ¡Vuelva, señor, por mi honor su nobleza y cortesía! ¡Presto, presto! Vuestro amor obliga a la pena mía; pero ofrecedme un favor: dadme a besar una mano primero. Y dos os daré por el peligro que gano. Aquí me retiraré. De miedo soy hombre vano. Soy músico, soy poeta; no hay veleta como yo. Vuestro es ya lo que os inquieta. Amor mis deseos premió con mi Casilda discreta. Y pues que ya a su presencia, Vidal, habernos llegado, quiero, con vuestra licencia, que vea el que la ha ganado. ¡Cielos, quién tendrá paciencia! Yo be sido la venturosa, pues granjeo. Nuño mío, que me llamen vuestra esposa. ¡Mío dijo! Desconfío ya de mi pena amorosa. Torrijos, yo salgo. Tente, y mira que es mucha gente y que es de noche, señor, que hay brazo de labrador, onda de David. Quien siente los favores que me hacéis, más que loco debe de estar. En mí un esclavo tendréis; mas habeisme de pagar con el mismo amor. Veréis como os estimo y adoro; y en fe de esto os doy la mano. ¡Perdió a mi amor el decoro! Cristiana es con el cristiano y mora con el que es moro. Yo una moza conocí como aquesta, que hizo voto de a nadie negar el sí. Mas se excusa el alboroto: vuelve si es posible en ti. Torrijos, si es cobardía la tuya, la pena mía no puede más aguantar. ¡Podrame el sol envidiar! ¡Venid, pues, gozo del día! ¡Villano, no gozarás, que antes... Don Diego, detente y los pasos vuelve atrás, que aunque es del sol el oriente, éste que miras es más. Conde y señor, ¿qué es aquesto? ¿Qué? Querer a vuestra hija darle más honrado puesto; querer que a su luz no aflija la nube que le habéis puesto; querer que este labrador no goce de la hermosura en aquesta edad mayor, y gozar de la ventura, tiempo y lugar con amor. ¡Eso no, no gozará, siendo su marido yo, vuestra señoría ya mientras no trocase en no el sí que ahora me da! Valor tengo y tengo honor, y el quitarme a mi mujer es tiranía, señor. En los reinos del querer solo vive ley de amor. ¡Esta me manda que goce de aquello que más deseo. y esa misma reconoce que estorbe intento tan feo quien tu sinrazón conoce: que te quite de delante la causa de estos enojos, por quien blasonas de amante. ¡Quebrarele yo los ojos por locura semejante! Quien tanto mal me asegura, conocerle es justa ley. Paso; enmendarte procura, que a Casilda lleva el Rey. ¡Qué perseguida hermosura! ¡Perdí la posesión de mi esperanza! ¡Cayó por tierra el edificio mío! Contra el poder de un Rey loco porfío. Tormenta es ya la que miré bonanza. ¡Engañose mi altiva confianza! ¡Murió mi bien, nació mi desvarío...! Las fuerzas faltan, falta el albedrío. Pues su mayor firmeza fue mudanza. ¿Qué miraré sin la serrana hermosa? ¿Qué haré de Casilda enamorado? Celoso estoy. El alma no reposa. ¡Mal haya el que mis dichas ha estorbado! ¡Pene cual yo quien lleva ajena esposa! ¡Sin premio muera! ¡Como yo, abrasado! ACTO SEGUNDO
JORNADA SEGUNDA
"Don Alonso de Castilla, de aqueste nombre el onceno, en Alba de Tormes tiene al Conde de Béjar preso. Mil inquietas mocedades en tal estado le han puesto, que aguarda afligido y solo a la muerte por momentos." ¡Válgame Dios, ya se cantan versos de mí; ya con ellos mi prisión lamenta España! Pues prosigue, escuchar quiero, que en los pechos afligidos y en los en prisiones puestos si no alivia el yerro el canto, lo suspende por menos. "La sentencia está ya dada, y en una escarpia de acero manda poner su cabeza, para mayor escarmiento. En tierra cayó la estatua, viose humillado el soberbio, las mujeres ya seguras y ya los vasallos quietos." ¿Pues tantas he yo forzado? ¿Tantos insultos he hecho? ¿Tan mal traté mis vasallos? ¿Soy acaso Nerón con ellos? Si al Rey llevando a Casilda con cuatro o seis caballeros quitársele quise, que es por lo que me tiene preso, fue adorando su hermosura, y que fue yerro confieso; mas son dignos de perdón cuando son de amor los yerros. ¿Quién cantará a mis oídos mis locos atrevimientos? ¡Mi cabeza en una escarpia!; ¡yo sentenciado!, y lo creo; porque las nuevas del mal, siendo desdichado el dueño, son ciertas antes de dichas. ¿Qué serán puestas en versos?¡ Hola, Sancho! ¡Hola, García! ¡Torrijos! Están durmiendo. ¡Ah, Torrijas! Señor. ¡Hola! Señor. Entra. ¿Qué tenemos? ¿Dormías ya? Como un sollo, como el ingenio de un necio, preciado de hablar mucho y malo como un discreto; en los cuentos un flemático, y como en noche de invierno un amante trasnochado, que ama bien sin tener celos. Pero, ¿por qué lo preguntáis? ¿Por qué? Porque fueras luego, si lo permiten las guardas que en este castillo han puesto ]as sinrazones de Alfonso a mi persona, y corriendo alrededor sus murallas trajeras el que me ha muerto aquí cantando en voz triste mi historia. ¿Pues que no dieron sus acentos esperanzas de que Casilda, instrumento de esta prisión, gozarías? Antes en las mismas leo que a muerte estoy sentenciado. ¿Qué dices? Lo que dijeron. Ve y haz esta diligencia. Hanse ya entregado al sueño las guardas, y abrir la torre imposible a lo que entiendo; será que andan con cuidado, y a Sancho y García pusieron aquesta noche en la calle, famoso Conde, diciendo que bastaba que durmiese por alivio de tus hierros yo en tu recámara solo. ¿Y qué?: ¿ellos de aquí salieron? Abajo están en la villa. ¡Sin duda mi mal es cierto! Mas oye, que suenan pasos. Ya escucho, que ya los siento. Trae una vela. Murió ahora. ¡Descuida.do fuiste! Creo que es vano el cuidado contra la desvergüenza del viento, vida y muerte de la luz como del amor los celos. Mas, ¿quién es? Entra, señor. ¿Quién va allá? Algún miedo vive entre estas cuchilladas. Un vasallo amigo vuestro ... ¿Dónde estáis? Llega hacia aquí. Que aficionado en extremo, señor, de vuestra persona, de vuestros heroicos hechos, sabiendo que el rey Alfonso aquí en Alba os tiene preso y a pique de degollar la vida y fama oponiendo, a su rigor, he querido libraros. ¿Cómo, en efecto, el entrar en esta torre pudistes? La industria es medio para allanar imposibles, aunque no lo han sido aquestas. Una llave pudo darme por entre el mudo silencio y el sueño de aquestas guardas entrada a vuestro aposento. De aquí tenéis de salir Conde, que de no hacerlo como es miraréis mañana lo que os han cantado cierto. Sentencia Alfonso os ha dado de muerte, esto dice el pueblo; y pues que el pueblo lo dice, que es voz de Dios, el creerlo importa en esta ocasión, tan solamente advirtiendo que a libraros viene un hombre sin reparar en el riesgo que de ello puede venirle; no por agradecimiento que espera de vuestra casa, de vos ni de vuestros deudos; pero porque echéis de ver que hay más que no en nobles pechos en un labrador virtudes donde hay luz de entendimiento, y que sin obligaciones pueden ser de otros espejos; que descuidos dé los nobles cumplen villanos groseros. La obscuridad de la noche, el haberse la luz muerto, de que os pueda ver me impide. ¿Quién sois? ¿Sois de Béjar? Tengo mi hacienda cerca de allí. Soy, famoso Conde, un cuerpo adonde por alma vive lealtad, prudencia y consejo. A librar vuestra persona con estas tres cosas vengo, sin que tiranice el gusto a las leyes de su imperio. Bajad por esa escalera, y sin que el son de los hierros los guardas despierten. Conde; que una yegua, hija del viento en ese campo os aguarda. Primero he de conoceros. Salid, que allá me veréis. Señor, parece que es sueño, la entrada de aqueste hombre. Pero desde aquí os advierto que si el tiempo se mudare, que suele mudarse el tiempo y envejecer, os veis libre de quien sois natural dueño, que os acordéis que un villano, nobles ánimos venciendo, cuando más mal le quisistes estas finezas ha hecho. Que si tal vez por amor se os ofreciere ofenderlo, penséis en que os da la vida, libertad estando preso; que recordando al olvido de esta historia o estos procesos ni seréis príncipe ingrato ni tirano caballero. ¿Quién es el que esto me dice? El que ha emprendido este hecho es el labrador del Tormes. ¡Ah, Nuño, yo te prometo que si quieto en Béjar vivo, que sí a mis estados vuelvo, que tú seas mi privanza! Libraros solo pretendo. Por agüero lo triste un tiempo; mas fue. el agüero de muerte trocado en vida. que es la libertad lo mesmo. Marchemos hacía la puerta. No conseguirá el intento a que hoy ha dado principio. Sin duda que nos sintieron. ¡Las guardas han despertado! Su señoría el esfuerzo no pierda, que he de librarle sí de Jerjes los ejércitos estas puertas ocuparan. Si están ya tomadas creo que será imposible, Nuño. Conde, en mis brazos soberbios la hierba del Pico vive, rompiendo ansí aquestos hierros se descolgara de aquí. ¿Qué Milón, qué Hércules griego tan fuerte reja arrancara? Señor, muy cerca está el suelo: descuélgate. Ya lo hago. Que los dos tras de esto iremos. Que no sea el postrero yo, famoso Nuño, te ruego. Ya en el suelo el Conde está. Pues yo voy tras él al suelo, que es ciego su señoría de noche, y si no le adiestro es imposible librarse. Pues arrójate de presto. Una pica está la caba de hondo. En este aposento están. ¡Vaya allá conmigo, San... ¡Bárbaros, deteneos, si no queréis que esta punta pase esos aleves pechos! ¿Dónde está el Conde? Aquí está En el salto nos cogieron. ¿Quién es el que busca al Conde? ¿Quién es? El Rey por lo menos; pues aquí viene su firma. Aquí manda en un decreto que luego parta a Medina, adonde le aguarde preso. Pues esta reja ha rompido y quebrantando los hierros, se fue huyendo su rigor. ¡Y vive Dios que es mal hecho! Vos ayuda le habéis dado. ¿Nosotros? ¡Qué lindo cuento! Él, dejándonos dormidos y aquesta reja rompiendo, Ícaro fue de esta torre sin respetar mis consejos. ¡Hola, cuadrilleros!, salgan y no quede valle o cerro donde el Conde no se busque, y en tanto llevad aquestos donde paguen sus delitos. ¿Los dos qué culpa tenemos? Préndanse también los guardas. Con mucho gusto voy preso. Yo con mucha pesadumbre. ¡Grande fue mi atrevimiento! Mas si no hallan al Conde, si mi industria tiene efecto, de la tiniebla amparado, moriré contento viendo que hoy un labrador dio a un noble lo que muchos no pudieron. ¡Vaya el lacayo! Ya irán. ¡Ah, Nuño, Nuño, el Infierno aquí te metió esta noche, sin duda alguna, pues pienso que se mirará por ti! Vamos. Ya voy, caballeros. Torrijos hecho torrijas, pues la miel voy previniendo. Puras, risueñas fuentes de este jardín hermoso, que en curso pavoroso dais perlas transparentes al nácar que del día nace en celajes sobre el alba fría, si mi tristeza os mueve, llorad conmigo, aumentaréis mí nieve! Y bien la puedes mostrar, pues por hermosa perdiste la paz donde el bien consiste en tu casa y en tu hogar. Tu padre, deudos y hacienda también, Casilda, has perdido, y a Nuño, el mejor marido, sin que ninguno se ofenda, que en toda la serranía de Béjar ni en la ribera del Tormes verse pudiera, cuando tales hombres cría. Yo confieso que perdí la ventura que esperé muchos días; pero fue sueño, no la merecí. Pero bien sabes también que nunca le di favor al Rey que de su rigor, con favor o con desdén, Je obligara a tal locura, digo a traerme con él. ¿Y estás, dime, tan cruel todavía que a:segura tu pensamiento a su amor? Nieve que apague su fuego y ser un peñasco luego de inaccesible rigor. Aunque señor natural un rey, mi Silena, sea, el gusto es rey, y desea su ser en un ser igual. Él viene, si no me engaño. Sentirá que hayas salido de su cuarto, en que ha vivido consigo tu desengaño. Pídele que nos envíe a Santibáñez. Mi amor le obligará con rigor para que el suyo se enfríe. Gallarda labradora, más hermosa que el día cuando entre rosas cría luz que los campos dora, mostrando en sus albores oro a la nieve, púrpura a las flores, templa tanta fiereza, trueca en cera el diamante: un rey es ya tu amante y adora tu belleza. Necia, Casilda, eres si olvidas cetros y aguija das quieres. El olvidar, gran señor, un favor tan desigual no es, por Dios, que os quiero mal, mas por no tener valor. Si yo una señora fuera de sangre y fembra en Castilla rica, cuando ansí se humilla ¿quién duda que le quisiera? Mas siendo una labradora y él rey, no me estará bien. ¡Qué bien muestras que el desdén por alma en tu pecho mora! Mira qué quieres que haga por ti, ¿qué interés te mueve? Pide, que como la nieve tu injusto rigor deshaga y blanda mi amor te vea, mi corona te daré, mis reinos, como mi fe, porque tu amor lo posea. Aunque el interés ha sido quien torres ha derribado, y en las mujeres agrado lugar continuo ha tenido. Aunque dicen que ya Amor perdió la aljaba con él y que el pecho más cruel se enciende con su valor, entiéndese en las ciudades, en las cortes de los reyes, no en las tierras donde bueyes siguen más que majestades. Ansí que mi amor mal haya cuando yo quiera por él. ¿Pues qué pretendes con él? Que me deje y que se vaya. El resistirse es locura. ¡Que tu amor se ciegue tanto! Si esto pensé, ¿qué me espanto? ¿Qué desengaño procura de más certeza tu amor? Veré en qué viene a parar locura de un desear prevenida de un temor. Yo he de hacer mi voluntad. Yo tengo de hacer la mía. ¡Soltad! El Amor me guía. ¿Quién es causa? Tu beldad. ¡Fea es ya! No es sino hermosa. ¡Dejadme o voces daré! Tengo amor. ¡Yo celos! Fe nunca es buena mentirosa. Queredme con ella a mí. No puedo. ¡Locos desvelos! ¡Que no hay quien me ayude, cielos! La Reina tenéis aquí. ¿Qué es esto, labradora, di? ¿Qué voces son las que das? ¿Y quién de esta manera cuando en palacio estás, cuando conoces que estoy yo aquí, qué tu hermosura altera? ¿Quién eres? Habla ya, no te reboces callando el nombre que mi amor espera y mi deseo de verle conducido al dulce espanto de tu voz nacido. Casilda es, gran señora, la serrana, (hablo turbada) esta que el Rey pretende, aunque ella a sus amores no se allana, por contemplar que a vos en eso ofende. Trújola de su tierra aquí, do gana desdén tu Alteza, donde más se encierra, estando a pique de casar con Nuño, hombre que muesa tierra trae en puño. Mil días la ha tenido aquí encerrada, y ahora, descortés y aun atrevido, la ha querido forzar. Calla la airada lengua con que a Su Alteza has ofendido, no marchites la frente coronada del verde lauro que ganó vencido el moro en los confines de Antequera. ¿Tal del Rey, mi señor, pensar pudiera? Si fuera armado en la campaña, dando temor y espanto al sarraceno moro, amar la muerte del confuso bando que se opusiera a su real decoro, yo lo creyera, yo, que estoy mirando viva su fama sobre estatua de oro; pero ¿ocupado en viles ejercicios?, de tu malicia son claros indicios. Desde aquí a verme voy con su grandeza, ya que su misma espada... Mas, ¿qué veo? ¿Aquí me está escuchando Vuestra Alteza? Volvió la espalda, marchitó el deseo; huye el león en su mayor fiereza, mas visto aguarda en la campaña fea. ¡Yo, león español, de amor perdido huyo de una mujer que me ha vencido. A vuestros reales pies, señora, pido perdón: al Rey no he dado ocasión, esto lo sabréis después. Mi vivienda era una aldea, mi amor el de un labrador, cegó a Su Alteza el amor, yo resisto y él pelea. Ya sé que te trujo aquí cuando fue a Peña de Francia, que fue devota ganancia si pérdida para mí. Muy bien sé que te robó el mismo día que estabas desposada, porque esclavas a sus potencias halló de su gusto. Yo daré remedio a su desatino dándote un esposo digno de tu constancia y tu fe: Payo, un hidalgo que ha ido a traer al Conde preso en Béjar, de quien confieso que anduvo loco atrevido, será tu marido hoy; pues hoy en Medina ha entrado. y en tu sala acompañado. Tu amiga, Casilda, soy. Hoy que eres diamante vi cuando mi afrenta intentó el Rey, y viéndolo yo pago lo que te debí. Con él quedarás casada, y os daré igual a tu suerte la renta que te despierte para que vivas honrada. Pensé que el Rey mi señor hablara, señora, aquí, y así entré. ¿Qué es lo que vi? ¿Y el Conde? Este labrador, Reina, le dio libertad; éste la prisión rompió por donde el Conde salió, su dueño. ¡Fue lealtad! Y este, gran señora, es quien ha de ser mi marido: aqueste solo he querido, éste pido a vuestros pies. Si de mí estáis obligada resistiendo al Rey su amor, concededme este favor, ansí de la edad airada no veáis vuestra hermosura marchita. Con él no quiero rentas, solo el bien espero que su igualdad me asegura, pues en las leyes, después del amor, imperio justo, tan solo el caudal del gusto es el mayor interés. Si el amor ansí te obliga y aquí te lo trujo Amor, goza de tu labrador, San Pedro te le bendiga. Payo. ¿Pues el delito, señora, de haber al Conde librado? Todo está ya perdonado: Casilda, Payo, le adora. Ella ha guardado mi honor defendiéndose del Rey, y ansí será justa ley que vuelva yo por su amor. Hoy seré vuestra madrina, que os honro España verá. ¡La vida en la muerte está! ¡Hoy fue mi cielo Medina! ¿Y a mí quién me lo ha de dar? ¿Quedo libre del delito? Mi largueza no limito, que es día de perdonar. Yo solo libre me siento, que a Nuño en esta ocasión si le quitan la prisión le dan la del casamiento. Viste al invierno frío mayo de blancas flores, púrpura a rosas, cielo a violetas; viene el pálido estío, marchita sus colores, al parecer estables, ya imperfetas es de aquestas inquietas dueño el tiempo: mudanzas el otoño se ofrece, el campo reverdece, espera coronado de esperanzas tras de otra en copos y nieve; mas yo, ni en largo bien, ni en el mal breve. Despeñados cristales cavan peñasco duro, alma de lluvia en su veloz corriente, adonde son iguales a su elemento puro llegan, no hijos de nativa fuente; sin ellos queda ardiente la antes húmeda tierra, hasta que el que las sube sol desata otra nube, volviendo a su posada al mismo guerra; libre fue si es cautivo, mas yo tan solo con desdichas vivo. Las hojas en los campos, el águila en los vientos, madre de Venus, en el mar la espuma; la nieve entre sus campos. Si espejo a tus intentos diste, y desnuda su inconstante bruma, señor, no te consuma el verte en tal estado, que pasará su rueda, jamás estable y queda, y presente en el punto que ha pasado a tanta tiranía, émulo, luz dará a tu alegre día. Fáltame ya la esperanza, y temo que este pesar nunca ha de tener mudanza. Muy bien puedes admirar el mal que de amor te alcanza: bien el verte Conde ayer y hoy cultivando un jardín, todo por una mujer. Venir aquí' no fue a fin, Sancho, de poderla ver. Hui de Alba sentenciado a muerte, y de aquesta suerte sabré si este Rey airado vuelve a tratar de mi muerte, quejoso y mal informado. Y si es ansí trataré que nos vamos a Aragón. De este parecer seré. Pero, si no es ilusión y el alma fantasma ve, ¿no es Torrijos el que viene de palacio por allí, señor? Creerlo conviene, si no es que también a mí lo que dices me detiene. Si de la torre escapó a Medina se aventura . ¿Quién a tal dicha llegó como Nuño más segura? ¡Mujer bella!, ¿por qué no? Hoy será aqueste jardín su cielo y Zapardiel de ranas, poblado, en fin; noble, rico, pues en él habrá tanto serafín. Todo por el casamiento de aquesta hermosa serrana. ¿Quién vendrá aquí? El firmamento de estrellas, y un sol que gana luz y pomposo ornamento. Y carambola ha de haber, que la Reina baja acá, quieren decir que a comer. ¿Ya qué tal fiesta se hará? ¡Grosero al fin proceder! ¡Qué majadero que estáis! ¿No sabéis que es hoy madrina? ¿De quién? ¡Mucho preguntáis! De la beldad más divina. ¿Y es? Decid. ¡Pesado andáis! Cásase Casilda hoy. ¿Qué Casilda? Una serrana. ¿De dónde? ¡Paciente estoy! ¡Del Brasil, de Trapobana, de Ginebra, de Estrarríboy, de Gazpirrio! Mas, ¿qué veo? ¿Es el Conde, mi señor, O me ha engañado el deseo? Paso, Torrijos, que amor todo es disfraz. Si rodeo por la cerca del jardín no topo aquesta ventura, porque tú eres, en fin. Este traje me asegura. ¿Y quién es el Gandalín que te acompaña? ¿Quién es? ¡Sancho! Grandes cosas hay, algunas sabrás después; mas Medina es el Catay de tu Angélica. No des. Torrijos, más que dudar a mi amor y a mi deseo. Hoy Nuño la ha de sacar. El Rey la trujo trofeo que no pudiste estorbar. Prendiéronnos en la torre de Alba, vino aquí la Reina, celosa tanto socorre, viendo que en Casilda reina un Marte, que firme corre en esto del resistir la loca afición del Rey, que ha podido conseguir el perdón, y con la ley del matrimonio impedir que goce de su hermosura pues a Nuño se la ha dado. Él goza de esta ventura, la Reina los ha casado, que con esto se asegura. Vestidos de cortesanos a comer vienen aquí. ¡Qué viandas! Dos enanos empanar anoche vi por jugadores de manos. Dirás de estrados hurones, En jigote un bachiller, docto en poner objeciones, que herejías suelen hacer de las más santas razones. Un discreto hecho en tostada largo como sus concetos, todo seco de empanada, y entre dos platos inquietos una vieja lampreada. Sin toda la jerarquía de caballeros pichones que España en sus nidos cría. Mas, dime: ¿cómo te pones en tal peligro este día? Quise saber el estado en que mis cosas están. Ya los novios han llegado. ¿Oyes? De aquí envidiarán mis ojos lo que han amado. "Todo pasa por el tiempo, que no hay cosa que no troque: nobles hace a los villanos y villanos a los nobles. Érase la Casildilla y érase también un Conde, por ella perdió su estado y ella por otro perdiole." ¡Hermoso está con las flores el jardín! Señora mía, la hermosura le pone Su Alteza; después mi Nuño, que es el mayo. ¡Altos favores adonde están vuestros ojos, hermosura de mi noche! Que donde vive el amor no es mucho que el tosco roble iguale al cedro más alto, pues llanos hace los montes. Efectos del amor canta el villano. Y aun se esconde mi historia entre sus acentos, mi memoria entre sus voces. No hay calidad en amor, pues son los mayores dotes el caudal de la hermosura, dulce hechizo de los hombres. i Dichoso el que ha de gozarla, y por ventura esta noche, y infeliz del que la pierde por firme loco de amores! ¿Este no es el Conde? Si, que, loco de tus amores, se ha disfrazado. ¡Ay de mí! ¿Qué decís? Que siempre os goce, el alma pedía a los cielos. Amor hará que os lo otorgue. Y el que desespere el alma, pues en los brazos se pone de un risco el sol que me abrasa, cielo de quien fui Faetonte. ¡Ay, yedras de ese olmo asidas, cristales murmuradores, que sois trepando en las peñas de mis inconstancias nortes! Consoladme en mis desdichas, Alfonso, yo soy el Conde de Béjar, yo soy quien quise contra mi lealtad de bronce, con cuatro o seis embozados, quitaros a la que hoy rompe el nudo que mi esperanza formó con tanta desorden. No hay amor sin competencia, con ella si crece al doble, ¿qué hará cuando se miran perdidas sin que se logren? El Conde soy, ¿qué aguardáis?, que huyó de las prisiones. y que a Casilda... Detente, que ella escuchando tus voces, habiéndote conocido, con miedo aquí te responde, pues deja solos los Reyes, a su esposo, a mil legiones de dueñas y de criados, linces, y a ti aduladores... Mas, ¡ay de mí, el Rey viene! Conocí las intenciones que tuvistes de apartareis por entre estos tornasoles: si es para darme disculpa que en dar la mano a este torpe labrador fuiste forzada (¿qué celos la paz no rompen?) y que tenéis de quererme yo os perdono como tornen a vivir mis esperanzas con vuestros dulces favores. Señor, yo me veré en ello; Vuestra Alteza me perdone. Casilda por aquí vino. Con el Rey está; dar voces importa a honor: ya recelo que no son seguros golpes. ¡Casilda, Casilda! Nuño viene, señor. Bien me esconde el cuadro de este arrayán, Aquí quien os ama os oye. Huélgome que estéis despierta. ¿Sola estáis? Entre estas flores solo a espaciarme salía. ¡Tiemblo de ver este hombre! Pues, Casilda, ya sois mía y en matrimonios conformes hacemos dé dos un alma, que esto la Iglesia dispone. Solo a mí habéis de mirarme; mis mandamientos menores han de ser leyes a vos mirando aquellos que cogen por fruto honradas mujeres, de este casamiento noble; que a mí me toca el guardaros, no de los humildes hombres, solo como yo: de duques, de marqueses y de condes; del Rey, cuando el Rey quisiere, obscureciendo su nombre, proseguir vuestra conquista contra quien fuiste de bronce, fuera de que en sangre tal nunca vive el vicio enorme tan de asiento que no asiente la razón lo que le importe; y cuando no lo hiciese, Nuño labrador, el noble, ¡vive Dios que le matare! Vamos, Su Alteza perdone. que un palomo me dio ejemplo ahora en aquestas torres, que a otro dio muerte a picadas por un delito tan torpe. Nuño, yo soy vuestra esposa. Y yo El Labrador del Tormes, que por coger honor siembro valor. ¡Feliz quien le coge! Si de esta suerte ha tratado a un Rey, ¿qué le queda a un Conde? Hoy se partirá a su aldea y hoy venceré mis pasiones; que quien tuvo atrevimiento de hablar lo que aqueste, es hombre que ejecutará ofendido lo que con honor propone.
JORNADA TERCERA
ACTO TERCERO La causa me has de decir o aquí tienes de acabar, sin que te puedan oír o alguno pueda purgar lo que veniste a inquirir. Si es que me escuchas atento, Nuño, con menos rigores, sabrás todo el fundamento y menguarán los furores de tu inquieto pensamiento. Deja esas vanas razones y confiesa la verdad. Pues en el potro me pones de tanta riguridad y no crees mis pasiones, sabrás que el Conde, que vino con Sus Altezas ayer a Béjar, porque ya es digno de su amor, me envió a ver de Casilda el peregrino rostro, y a que la hablase que aún persevera en su amor, Di. Que ansí me disfrazase mandó porque yo mejor dentro de su casa entrase. Entré, hablé a tu mujer; respondiome que casada no tenía de ofender tu honor, que sería honrada. Que dejase el pretender, porque si no lo hacia ansí, tras del Rey iría, y de bruzos a sus pies le pediría después remedio a su tiranía. Esto llevo por respuesta, y ésta sola es la verdad: tu esposa es casta y honesta. Pues con tal seguridad, vete, y al Conde protesta lo que dices que te dijo. Aconséjale que deje la ocasión, porque me aflijo; tu ingenio, al fin, le aconseje. que mire de quién fue hijo. Que no pretenda afrentar a sus vasallos, que mire que yo le pude librar en Alba, que se retire y se trate de aquietar. Todo aquesto le dirás como que de ti ha salido, y de paso tocarás que el perro es leal, y ofendido muerde al dueño, cuanto más... Todo aqueso le diré. Torrijos, sé buen amigo, que yo tuyo lo seré. De mi fe serás testigo, yo al Conde reduciré. Pues quede ansí confirmado. mi amor y mi honor te duela. ¡Él llora, y ella ha tragado lindamente mi cautela! ¡La vida al Conde le ha dado! ¡Nuño de mis ojos, labrador del alma, que posesión coges sembrando esperanzas! ¡Dulce hechizo mío que con tantas gracias por remate adoro en estas montañas!, ¿qué haces? ¿Quién, dime, por aquí te aparta triste y pensativo, con ceño en la cara? La causa es que miras alguna serrana, y triste de ti si, aunque fuese un alba, un cielo, una estrella, me olvidas y la amas; que ofendida entonces, cual loba con rabia, serían a mis dientes ella y tú vianda, pues los celos fieros que a un caribe igualan, por sustento, Nuño, tienen carne humana. Casilda, sosiega, pues con tus palabras a mi amor ofendes y aun a ti te agravias; pues cuando quisiera yo, no me dejaran tus ojos, que en ellos ¿qué beldad no pasa, qué alba no se ríe, qué flor no se halla, qué fuente no bulle, qué sol no se espanta? Yo te adoro sola. No, divertido andas. Tú amas en la aldea. Sí, mas a tu estampa, a la sombra tuya. No aseguras nada la sospecha mía; algo aquí te encanta Porque presunciones, yo creo que falsas, más no me atormenten pues libre te hallas, has de hacer por mí una cosa. Habla. Ausentarte tienes de la aldea, de casa: Nuño, vete al Tormes, pues andan tus vacas, tus yeguas y ovejas, lechones y cabras en su hermosa orilla; divierte y descansa ansí tus pesares, pues contra la llama del sol cara tienes como a las borrascas del enero frío, ladrón de las plantas. Goza tus labores y olvida si amas, que es el ocio dueño siempre de esperanzas. Casilda me envía que me ausente, traza al Tormes; y cuando acaba de hablarla criado del Conde ... Celosa, enojada. Todo esto es fingido: ella que estimaba verme todo el día loco contemplarla. i Honor. gran peligro tenéis! La que es casta ver huye al marido fuera de su casa, porque sn presencia cuando más airada por lo menos dice que ha de haber bonanza! Digo, esposa mía, que si asegurada quedáis de esa suerte con que yo me parta (¡qué ciega que ha andado!) , que en la yegua baya que ensillada tengo para ir a esas hazas cerca de la ermita del Patrón de España, me iré a las labores que al Tormes esmaltan; que aquestas tristezas perdona, que el alma no puede encubrirse, eran engendradas de que esta licencia de ti me faltaba cuando la quería, que el que en labor trata ha de andar sobre ella, que mozos engañan. Pues parte, aunque pene. Lágrimas son falsas las que llora ahora. Suspende las lágrimas, que no es para siempre. Envía mañana por hato a Bartolo, el novio de Laura. Con aquesta ausencia sabré si ésta trata mi ofensa, y sabida tomaré venganza. Fuese. ¡Plegue al cielo que de un risco caigas y que te despeñes de sus cimas altas! Que en ese camino sombras y fantasmas asombren tu yegua; en vez de mortaja, juncias de ese río, por sepulcro el agua. Labrador que vas al Tormes, ¡allá vayas y no tornes! ¡Qué cansada vida, qué cosa pesada es siempre un marido en mesa y en cama, y más cuando el cielo de que se trataba feo, torpe y necio! Variedad agrada. ¡Bien hayan aquellas que como la blanca espuma en el río tienen sus constancias! CasiIda. Señor. Nuño al Tormes baja, ¿que le das licencia para que allá vaya? Por eso anda triste, Y tú, loca, andas altanera: advierte que sé lo que tratas. Casada eres. hija, y si eres casada tan solo tu esposo ha de amar tu fama. Anda, llama humilde, deja de ser garza, que hay halcones condes que atrevidos cazan y es su gusto viento y apretándole agua; luz que solo deja por sombra la infamia. Leía en un libro la noche pasada que un rey a un privado le dijo en su cara que le olía la boca mal, que procurara remedio, o que nunca entrara en su sala. Fuese a su mujer, que tierno le amaba, y quejoso dijo que cómo tal falta no le había dicho. Penélope, casta, le respondió y dijo que creía honrada que todos los hombres tal olor gozaban. De estas has de ser; que de no imitarlas ni hermosura precias ni respetas gracias. Ya se partió el viejo. iEn mal hora parta, que yo al Conde adoro con fineza tanta! ¡Labrador que vas al Tormes, allá vayas y no tornes! Literas a Sus Altezas. No habéis de pasar de aquí. Sírvanse vuestras grandezas que los acompañe. Ansí las prometidas finezas que en nuestro servicio haréis, vuestros yerros perdonados, ansí remediar podréis mejor. Ya os quedan cuidados. Álvaro, en que os ocupéis. A dar el maestrazgo voy a Plasencia a don Fadrique, de Santiago, contento hoy de que España lo publique por suyo, pues padre soy. Treces y comendadores para la elección me esperan: serán lisonjas mayores, puesto que servirme quieran hidalgos y labradores. Que fiestas nos prevengáis para la vuelta, a esto os dejo. Solo en Béjar os quedáis: a este intento por consejo os encargo que lo hagáis; mas cuerdo, sin inquietar a vuestros vasallos, Conde; y si habéis de dar lugar a quejas no es justo. ¿Dónde puedo más bien granjear vuestra gracia que en serviros, quietándome juntamente? Ya he conocido los tiros de la fortuna inclemente, ya sus inconstantes giros dispuestos siempre a mudanzas. Solo agradaros deseo. Son honradas esperanzas las que llevamos. Yo creo que trataréis de bonanzas tras de tan grande tormenta como la que fue pasada. ¿Quién escarmentar no intenta? Quien no estima al Rey en nada. y quien supo dar afrenta. Vuestro ánimo se mitigue juvenil que al viento sigue, que si a disparar comienza no habrá razón que me venza ni lástima que me obligue. Adiós, Conde. El cielo os guarde. Muy bien te han dado a entender tus travesuras. ¡Qué tarde bueno me quieren hacer! ¡Aún sangre en mi pecho arde; aún me han quedado cenizas de aquella Troya pasada! Si con esperar la atizas, durará. ¿Tendrá posada un sirviente que autorizas con el nombre de estafeta, aunque mal segura, hoy en tu cuarto? Entra, que inquieta, según agorero estoy, esa acción tan imperfeta, este modo de decir y aquese modo de entrar, a mi amor, que ha de vivir tan solo con esperar. ¿Viste al sol? En su zafir. Que mejor diré en su oriente. ¿Hablaste a Casilda, di? ¿Es piedra a mi amor, o siente? Siento que te envía el sí. ¿El sí? Escucha atentamente. A Santibáñez llegué, y vestido de villano en casa de Nuño entré: digo un imposible llano, porque en Misa la dejé. Legué a Casilda a hablar amparado de Silena, que aquesto me dio lugar. Comuniquele tu pena, que ella trató de escuchar. Estimó tanta fineza, y díjome que mañana en la noche su belleza te espera a tu gusto llana, rendida de tu firmeza. ¿Qué dices? Lo que has oído. Por la huerta me mandaron salir, temiendo al marido, que aunque en Misa le dejaron mis ojos, sin ser sentido al salir me le topé en la huerta, que iba a entrar. ¿Conociote? ¡Bien, a fe! Quísome la muerte dar. pero yo le deslumbre con mi ingenio de manera, que él quedó muy sosegado cerca de su esposa. Espera. ¿Y de mí? Con el cuidado que tuvo la vez primera. No importa, que amor que gana,, sin dificultades muere. Mas, ¿qué dijo mi serrana? Que te adora, que te quiere y que allá vayas mañana, que... Para, no digas más, suspende la lengua, pues con ella a enloquecer me obligas. Solo en los ojos de Casilda estrella de este horizonte pasa, vuelve a oriente y busca en el mar casa- Venga la noche fría, si bien de obscuras sombras entoldada, más hermosa que el día, con pies de nieve por montaña helada, pues que con el-la espero gozar la gloria por quien vivo y muero ¡Oh, nueva venturosa! i Oh, Torrijos, más lindo, más bizarro que la llama hermosa del sol, pincel de su ilustre carro! ¡Un cielo me pareces! ¿Con estas barbas? Sí, que más mereces. Tú me has enamorado; por ti a Casilda gozaré, ¿quién duda: ¿Qué frenesí te ha dado, que ansí en mi amante te transforma y muda? Quien ama y no enloquece, ¡ay!, no de amante, no, premio merece. Como envía a la tierra el agua nube para ser bordada de flores, y a la guerra del caloroso estío el aura amada, ansí a la sangre fría su fuego amor para que viva envía. Mi Casilda es un cielo, la vida con su amor en mí ha causado. De esto algún mal recelo. Mas quédase un hereje apasionado. Venid. que yo voy loco! Tente. Aguarda, señor. Espera un poco. Sin reparar en licencia, perdona, heroico señor, a Nuño, al fin labrador, que he entrado a vuestra presencia. ¿Quién ha de hacer resistencia? Seáis, Nuño, bien venido; si la vida os he debido a vuestra persona. Creo que al menos fue mi deseo bien engendrado y nacido. Supe ayer que habéis llegado con Su Alteza aquí, y ansí a Casilda fingí, de veros determinado, que a ver partía mi ganado.. Y a la yeguada llegué es verdad, donde saqué dos morcillos, potros dos, que tan solo para vos ha un año que señalé. Estos en ese zaguán los podréis salir a ver cuando gustéis y a saber que en ellos deseos van gigantes, que en un gañán como yo, en un labrador se debe preciar, señor, y también en esta espada antigua, aunque no dorada, los podréis mirar mejor. Esta también os presento por ser, si no fue de rey, señor, espada de ley, buena como el pensamiento ha de serlo, y el intento del señor y del amigo. Miradla, que yo me obligo que si entre su espejo os veis en ella, rastro hallaréis de las empresas que sigo. Y por vos me he desarmado,, sin armas quedo por vos, que quiero, bien sabe Dios, solo veros obligado. Mi humildad habéis mirado, yo miro vuestro poder: no lo 'trato de vencer, pero de serviros trato, que obligado no hay ingrato que no lo deje de ser. Y con esto adiós quedad, que yo paso a mi labor. Yo os agradezco el favor. La espada, señor, mirad. A pedir viene piedad. No, no ha imaginado nada. Mas, ¿para qué fue esta espada? ¿Para qué? Consejo es sabio: para que la de su agravio no traigas desenvainada. La espada fue siempre honor del hombre; él, que no lo ignora, te ha dicho en dártela ahora que se la guardes, señor. Aunque me ha dado temor en mí no tendrán lugar enigmas, antes gozar, él ausente, la ocasión pienso esta noche. Razón fuera temer este azar. "Despertad, mi lindo amor: despertad, porque salga el sol.' Buena era para alborada la música. Y aun la letra: según mi ingenio penetra. de propósito trovada. ¿Es de Mireno? No, ha días ya la poesía ha dejado. ¿Dejado? ¡Necio has andado! Fenecerá con mis días. ¿Luego piensas que ignorantes, vejeces ni otros sujetos embotarán mil concetos? Poetas ha habido infantes, reyes, duques y marqueses, y condes, y aun hoy los veo, entre cuyas obras leo riquísimos intereses de estimación y valor. Tiénese en mucho lugar aquesto de coplear. Por locura y por favor. ¿Y quién pensaréis que son los que de aquesto murmuran? ¿Quién? Solo los que procuran pasarse con solo un don. Don les agrada al cenar, don les agrada al comer, don al decir y al hacer y don al discretear. Y todo hombre echar había de ver de estos inocentes, que aunque no paran sus dientes también es don la poesía. ¡Triste cosa es el nacer graves para andar mirlados, discretos por lo afeitados y ricos para comer. Pero un hombre allí ha salido y hacia la huerta ha entrado. ¿Si habrá mi amor despertado? ¡Mal hará si no te ha oído! Pero hacia allí el hombre viene; nosotros cantando vamos ahora entre aquesos ramos, por do más la letra suene. ''Despertad, mi lindo amor; despertad, porque salga el sol." Estos mis labradores son. ¡Ay triste! ¿Adonde, pasos, caminando llego, cuando en vosotros mi dolor consiste, solo incitado de un honroso fuego, donde cuando mi honor labrador viste? ¡Animo noble con mi agravio ciego, como la mariposa, ando ganando mi muerte en esta luz que voy buscando! Tres días ha que de la esposa mía partí, diciendo que iba a mis labores, y de los tres no ha habido noche fría que del sol no haya visto los albores rodeando a mi casa, hijos del día, y en ésta las sospechas son mayores, pues del Tormes aquí hacerles quiero, no ha faltado a mi bien un mal agüero: Una tórtola Vi que con su esposo besos de paz le daba en ese llano, sobre un olivo, y que un halcón furioso los ausentó, también de amor tirano. Una oveja debajo de un coposo fresno adelante contemplé, que en vano su muvillo gozar solo quería, y un extranjero a topes les impedía. De un álamo gentil miré abrazada una hojosa parra, que atrevida, trepando hacia su cima enamorada, vida la daba de su misma vida. Ansí con mi Casilda, dije amada, pasé la mía yo, ya fementida. Desasiolos un viento, yo lo vide, y proseguí. ¡Mal haya el que os divide! Pues el que más me aflige y atormenta es el haber mirado dos caballos al entrar del lugar, que de mi afrenta por ladrones bien puedo llamarlos. Ensillados estaban; pedí cuenta a la guarda y hallé que de mancarlos tratan y que su dueño adelante iba, y no le he visto porque en pena viva. Temo que sea el Conde; mas la puerta falsa que sale a aquesta huerta abrieron. ¿En mi casa, ¡ay, honor!, qué se concierta? Cuando anoche viniste, ¿no os dijeron que habíais de volver por esta huerta, no por la calle? Entrad, señor. ¿Qué oyeron mis oídos? ¡Ay, triste! Mas, ¿quién duda que el traje, el nombre y la persona muda? A más no espere ya su señoría, entre, que está aguardando mi señora, y en la cama con más que peina el día flores sobre el regazo de la aurora. ¡Ah, falsa! ¡Ah, Conde vil! ¡Ay, honra mía ¡Quien fía de mujer, su infamia ignora! Vamos. Las cuatro tapias se han saltado. Y yo media espinilla me he quebrado. Demás que me topé aquesta alborada a una frenticalzada, a un tabernero, aguando el vino, y a una fea tapada. ¿Es el Conde? Yo soy. ¡Vil caballero, un tiempo mía, saca ya la espada, que con la que te di matarte espero! Si no es que allá colgada la has dejado porque no te afrentase quien me ha honrado. ¡Nuño, detente! ¡Conde, mete mano! Que soy yo tu señor, labrador, mira. ¡Triste Silena! ¡Escurriré! A un tirano que a sus vasallos ofender aspira igual le viene a ser el más villano. Que te ofendí confieso; mas retira de mi ofensa tu bárbaro deseo. ¡Yo por mi honra y con razón peleo! ¿Por dónde me escaparé? ¿Es Silena? Amigo, sí. Pues échate por aquí, que tras ti me arrojaré, pues nos ofrece un portillo a otra huerta esa pared. ¡Muerto soy! ¡Ah, cielos, ved que yo lo estoy con oírlo. ¡Esposo mío, detente y ten de mi amor piedad, que con tal riguridad ofendes una inocente! ¡Calla la lengua, tirana, que es animar mí rigor! i Dime de mi deshonor; confiesa que eres liviana, para que de aquesa suerte te dé, falsa fementida, fin a tu injuriosa vida, y con más enojo, muerte! Si es fuerza ya el confesar, yo digo que te ofendí. ¡Pues mi ofensa vengo ansí! ¡Y yo lo vengo a pagar! Entrad, que aquí es el ruido. ¡Cielos, ya vengué mi honor I ¿Nuño Pérez? ¿Qué hay, señor? Hijo... Padre... ¿Qué ha sido tal rumor en vuestra casa? Que como vivo frontero, el verte tal y tan fiero, pues que de límites pasa; con oír espadas desnudas de pendencia entre casados, nos traen con estos cuidados. Y aunque nuestras lenguas mudas, con la misma confusión tras de Vidal nos entramos también, que cantando andamos, pues la noche da ocasión. Pues si lo queréis saber, llegad esa luz allí. ¿Qué miro? ¡Ay triste de mí! Vuestra hija y mi mujer. ¿Por qué muerte la habéis dado? Porque ella me deshonró. ¿Cómo, decid? ¿Se probó? ¡Muy bien lo tengo probado! Solo el adulterio pide una tan cruel venganza. Si este nombre de ella alcanza, justo será el que la impide. ¿Cómo, si no hallaste hombre en vuestra casa con ella? ¡Ella murió por ser bella! ¡Hombre hallé! ¿Quién? Decid el nombre. El Conde de Béjar fue, que muerto en este portal yace con castigo igual al que mereció su fe. Este mi honor ha infamado, este hallé dentro en mi casa; que un poder términos pasa de lo que el cielo le ha dado, Este de aquí retiré: a cuchilladas cayó sobre un pesebre que yo para bueyes fabriqué. Dile allí la muerte fiera, que es bien que ansí se derribe y que, quien cual bestia vive, encima un pesebre muera. Ahora os quiero abrazar, que aunque fue nueso señor, vos vengastes vuestro honor y ese solo ha de reinar. Mi hija es la que habéis muerto, Nuño, y al fin la pasión pudiera en esta ocasión pedir a este desconcierto venganza; mas no lo haré, porque yo fuera el villano si persiguiera la mano del que tan honrado fue. Antes por participar de hazaña tan conocida, quisiera darle la vida para volverla a matar. Toda mí hacienda tenéis, poneros en salvo importa. ¡Ah, canas!, ¿quién se reporta con el valor que tenéis? Los pies me dad, y venid adonde sabréis mi intento. El más feliz casamiento veles, y tome ejemplo en mí . {Lleva Vidal a Casilda.) Don Fadrique de Castilla, maestre de Santiago, viva, y gócele Su Alteza largos y felices años. Pues ya se ha hecho el juramento y los trece le han jurado, frailes y comendadores todos le besen la mano. Si tanto amor Vuestra Alteza le hace a un humilde vasallo, ¿qué queda para don Pedro, tu digno hijo y mi hermano? De doña Leonor lo sois de Guzmán, de cuyo claro linaje ha habido en Castilla reyes y príncipes tantos; de Alfonso, a quien guarde el cielo, sois un divino retrato. Y ojalá que en Pedro viera, de estos reinos mayorazgo, la inclinación que en vos veo, pues de Cruel le he notado aun en sus primeros años. Préciome de vuestro esclavo. Payo. ¡Viva el maestre don Fadrique? ¡Viva!, y al alcázar vamos. Pero, ¿qué caja es aquesta, que inquietando el aire vago nuestro ánimos inquieta? Todos lo que es ignoramos. Pero ya marchando llegan, con cuatro o seis enlutados, un destemplado tambor y una bandera arrastrando. Valeroso don Alfonso, de España onceno llamado, como Fernando valiente y como su hijo sabio. Ilustre doña María, reina de los castellanos; valerosos caballeros, Maestre de Santiago, escuchadme todos juntos, que con todos juntos hablo: cual jueces a Sus Altezas, los demás como abogados. Nuño Pérez. Habla, Nuño. ¿Alguna desdicha aguardo? ¡Qué notable confusión! Idme atentos escuchando. Bien se os acuerda, señores, que tras de haber yo librado al Conde de Béjar, preso y aun a muerte sentenciado por sus muchas tiranías y por haber intentado quitarle al Rey a Casilda, a quien libró de sus manos, yo me desposé con ella dentro en Medina del Campo, honrándome mi señora la Reina, ¡viva mil años!, bien que queriéndome armar caballero, y procurando que en mi casa me quedase, favor digno de estimarlo. Pedí en su trueque el perdón del Conde como vasallo, el cual me otorgó Su Alteza, y de otros grandes rogado también, en que me volví a Santibáñez honrado, de mi quietud deseoso, que es lo que procura el sabio sé también que habéis sabido. Mas que aqueste cuerpo amado que en hombros de aquestos viene manchase mi lecho casto. No saben Vuestras Altezas, no; que pensando mi agravio y sospechando mi ofensa un día me entré en su cuarto, tras de avisarle con este , que era entonces su criado; que le presenté dos potros a que olvidase conquista, indigna de un pecho hidalgo, y una espada, porque en ella leyese en renglones claros que mis armas le rendía, tan solo para obligarlo, no; que pensando mi agravio y ausente en mi casa ha entrado violó el tálamo Casilda, que antes mostró ser peñasco a otras mayores grandezas, cómplice en agravios tantos; no que a los dos los maté, y que habiéndola enterrado a ella traigo al Conde aquí, con banderas arrastrando, por lo que fue capitán como caballero armado; con pompa como a mi dueño, honrándole con criados, para que después de visto tu Alteza mande enterrarlo, y a mí cortar la cabeza si pequé con la que saco. Advirtiendo que yo, padre de la muerta, bien mirado el caso a Nuño perdono, digno de estatua de mármol. Yo castigarlo pretendo, pero será castigarlo armándole caballero, y armándole con el hábito de Santiago que él tuvo y el valor que escucho y callo, por haber tocado en mí, también de amor obligado. Es digno de perdonarlo, pues quien a los reyes vence, muy cerca está de igualarlos. ¿A un labrador Vuestra Alteza honra ansí? Sí lo he callado, desde que nació mi padre fue noble, aunque amigos falsos de Aragón a aquestas sierras de Tormes lo desterraron por envidias; compró casas, en ellas prados, ganados, y hecho humilde labrador aquí feneció sus años, con doña Elvira, mi madre, siendo de la casa entrambos de Heredia. Aquestos papeles averiguan bien el caso. Pues bien se ha echado de ver que quien ha tanto ánimo para emprender tal hazaña de noble sangre ha gozado. Pues habiendo muerto al Conde. ¡Quedo, caballero, paso! Justamente el Rey le premia, mi señor. Aquí ha pintado en El Labrador del Tormes su autor un fino retrato, dándole fin a su historia de lo que puede un agravio.
