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Texto digital de El jardín de Vargas

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El jardín de Vargas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/jardin-de-vargas-el.

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EL JARDÍN DE VARGAS

Elvira, suelta el papel; no me enojes más. Detente; no te enfades. Es valiente mi amor. Pues no lo sea cruel; que implica con valentía contradicción la crueldad. Suelta; aunque dices verdad. suelta, Elvira. Tu porfía me tiene de convencer. Que al Príncipe se le diera me dijiste. Bueno fuera con celos satisfacer. ¿Cómo al Príncipe, Jacinta, con tan grande extremo adoras? Ni a tiempo ríes ni lloras; sólo eliges lo que pinta en tu deseo la idea de torpe imaginación. Si muerte los celos son, ¿qué dirás que a tiempo sea que me obligues a tener paciencia? En tus bellos ojos, que al sol fulminan despojos que el alba anuncia al nacer, puso el Príncipe su afecto, siendo en Toledo alabada tu belleza, y estimada por celebrado conecto de divina perfección. El Rey no tiene heredero más de al Príncipe. Ya espero tu necia resolución. Pues como en Toledo asiste, por afición y grandeza, y tú entre tanta belleza sola la admitida fuiste de su heredero, es razón que tus acciones moderes. Basta, que decirme quieres que no aliente mi afición. Por ser hermana del Conde de Orgaz, el menor estado nunca es de amor reservado, ' ni por eso corresponde mal al Príncipe mi gusto; no, Elvira, sino por ver que me olvida por querer lo que olvidar fuera justo. Si se casa en Portugal o en Inglaterra esposa le dan, ¿qué has de hacer, celosa? Elvira, no digas tal. Escucha, amiga, el papel, verás en su cortesía si merece el alma mía que cifre mi muerte en él: "Aunque la desigualdad de nuestras calidades me pudiera entorpecer los deseos de adorar tus divinas partes, y aunque de tu cuidadoso padre y mi señor me desvelan los desabrimientos, siempre, mi señor, me desvelo en adorarte. Estímame como a tuya y correspóndeme como agradecido a mis deseos. Jacinta." ¿Esto escribe una mujer a la deslealtad de un hombre para escurecer su nombre? ¡Mil pedazos le he de hacer! Del papel y de la tinta haré con darle a los vientos, dueños de mis pensamientos. Príncipe, ¿Qué enojo es éste, Jacinta? ¿Vuestro rostro en arrebol del alba, que aunque enojada está de gloria esmaltada? Anuncia que sale el sol. No alcanza su claridad, pues que la impide la aurora. Cuando nace el alba, llora. Perlas, Jacinta, es verdad. Aunque las engendra el fuego del sol, que rayos despide, sólo a su gusto se mide, y de ellas se olvida luego. Algo de esa cifra entiendo. Doña Elvira está delante; no importa, pues del constante amor en que estoy ardiendo es testigo acreditado de silencio y de cordura. Y que aliento mi ventura con la ambición de tu agrado. Bella Jacinta..., no bella si lo es cualquiera hermosura, que tus partes de deidad estrellas del alba enturbian; que en ellas está el bosquejo con que arrogantes deslumbran, y en ti el maestro del sol la perfección asegura. Como a sujeto tan alto te reverencia y te juzga el alma, que en adorarte indignidades promulga, estoy siempre contemplando que parte del cielo ocupas, pues veo con ceño al sol y con capote a la luna. Vite en el jardín hermoso del Alcázar, que de espumas de los enojos del Tajo perlas engendra en las murtas, sirviendo de Ninfa hermosa (que poco he dicho) a las grutas; que si se burlan cristales, tú les venciste en las burlas. No sé si te vi, que auroras cercadas de luz ocupan caminos de vista ufanos, que en su arrebol se deslumbran. Libre claridad cegome; cegome diré sin duda, pues con claridad te adoro y en méritos quedo a escuras. Llegaste junto a un estanque, y las claras aguas, turbias, tu cristal reverenciaron. Que fue temor, ¿quién lo duda? Yo escondido entre unas ramas estaba, como el que busca la caza, que el pie no mueve porque no se espante o huya. Temía al temblar las hojas su necia descompostura, y siendo apacible el viento blasfemaba de su furia. A hablarte salí medroso, porque siempre a las venturas precipita inconvenientes la ambición de la fortuna. Volviste con sobresalto, y a la soledad nocturna tu rostro vestía de auroras, entre turbada y confusa. Hablete; nunca te hablara, pues obstinadas (i) disputas de calidades humanas divinidades injurian. Vite romper un papel: si es darme celos, no ocupan la deidad de mi fineza incendios que infierno anuncian. Y pues que siempre te adoro y el alma que vivo es tuya, sirvan para que se salven méritos de mi disculpa. Mis fiestas son tus donaires, mis regalos tus corduras. mis contentos adorarte y mi espejo tu hermosura. Si esto no es querer, responde; si esto no es amar, pregunta a amor si tiene otras leyes, y ponme en mayor clausura. Príncipe, para atreverme a responderte me animan mis bien nacidas firmezas; no sé si bien admitidas. No tengo más calidad de ser, por acción divina, esfera de tu memoria y girasol de tu vista. i Tú eres hijo de un Monarca; de un Conde pobre soy hija: si mi amor puede igualarte, la misma razón lo diga. Morir en la pretensión es más gusto que la vida, que consagrada a tu amor no puede llamarse mía. Anoche, estando en mi cuadra, en soledad tan prolija, que sólo me acompañaban un bufete y dos bujías, sacrificando en tu amor —¡oh qué noches tan prolijas!—, convertida en siglos largos por la brevedad del día, saqué tu bello retrato, que como mi pecho habita un rato a solas con él quise aliviar mis fatigas. Sobre un bufete de plata le puse, como quien mira para tocarse a un espejo, no me hizo alegre la vista. Fuile a tomar y cayose; yo entonces dije, ofendida: cuando se caen los espejos mal suceso pronostican. Álcele y tomé un papel (¡qué temeraria, qué aprisa!), donde cifré mi firmeza, donde conté mis desdichas. Y apenas el alba hermosa del sol anunció la risa, cuando el papel con mil almas le di para darte a Elvira. Supe (¡ah, crueles amantes!) que con gusto entretenida le diste a la noche auroras con doña Clara, mi prima. Llegué a Elvira con enojo, quítele el papel corrida, porque mí violento fuego le convirtiera en cenizas. Llegaste tú, repórteme; vite rey, quedé oprimida; miré tu sol, deslumbrome; escuché tu voz, temila. Si esto no es amor, responde; y si a mayor gallardía se constituyen sus leyes, a tu gusto estoy rendida. No de tus antojos quiero castigar la presunción ni darte satisfacción, que fuera lance grosero, y suele desobligar en causa que es tan dudosa reducirla a sospechosa con quererla disculpar. Ni con encarecimientos quiero pintarte mi amor, que como no es hablador funda en obras sus aumentos. Dame esa mano en señal de que eres mi propia vida. Tu agrado mi enojo olvida. Es condición celestial. ¿No sabes que el alma es mía? Quedo, que tu hermano viene. Buen fin mi sospecha tiene. Ya es demasiada porfía. Dámela, Elvira, por Dios, que a 'descomponer me obligas, y antes que me vaya amigas habéis de quedar las dos. Los pies beso a Vuestra Alteza. Huélgome que hayáis venido, que ya estoy medio corrido de ver tan grande extrañeza. Ea, Elvira, no haya más: dádmela y abrazaos luego. A hacer lo que mandas llego. Gusto infinito me das. Doña Elvira es bien nacida, doña Jacinta también, y cuando el cargo le den de camarera, advertida doña Elvira de que tiene Jacinta en antigüedad más grados de calidad... ¡Qué bien su engaño previene! .quedará desenojada. ¿Digo bien, Conde? Señor, supuesto que a tu valor está mi humildad postrada, mi hermana no puede ser camarera. ¿Cómo no? ¿No puedo mandarlo yo? Tienes padre. ¿Y ha de ser mi padre contra mi gusto? Como él quiera, ¿por qué no? ¿Contra lo que mando yo. siendo a su servicio justo? Señor, no lo debe ser, pues que no da permisión. ¡No me habléis más, corazón, que bien os dais a entender! Conde, decid: ¿vuestra hermana no tiene méritos? ¿Cómo, siendo del Rey mayordomo y ella de esa suerte ufana, también admitidos, dais a la duda esa objeción? Porque hay nueva reducción. Della es bien que me advirtáis. Saliendo alegre a caza un claro día tu padre, por los montes de Toledo, dando a los gerifaltes osadía y a las veloces garzas torpe miedo, después de haber calmado su alegría... Agora más confusa que antes quedo. De Vargas ilustró la aldea corta, adonde el sol la vanidad reporta. Llegaron de la Sagra labradores y zagalejas a sus pies lozanos, ya con la caza, pesca, fruta y flores, cifrando un mayo en sus heroicas manos. Pagoles con agrados, con favores, dejolos ricos y de gloria ufanos; que el Rey, como fiscal del firmamento, es fuerza que por uno ha de dar ciento. Viendo el sitio, la gente y el agrado tan dispuesto a su gusto y tan copioso, quedó con afición determinado a fabricar allí un jardín hermoso, con casa y gente, que, vecino a un prado, forme un palacio rico y suntuoso, adonde del conejo y gamo vea porfías sobre cuál le lisonjea. Previene que le asista yo, acudiendo con desvelos al gusto que le alienta, cristales a las murtas previniendo, y más verdores que el abril intenta. Y por este mandato discurriendo me apresura con ira tan violenta, que por dar al efeto el gusto junto me mandó que me parta luego al punto. Allí será mi hermana camarera, no del palacio, del abril florido, que así lo manda el Rey, y a Dios pluguiera a más rigor me hubiera reducido: aquí no hay dilación, que si la hubiera pusiera mi opinión en torpe olvido. Carrozas y literas ten a punto. ¡Ella va desterrada, y yo difunto! Si el Rey lo manda, servirle será mi mayor blasón; aunque es merced con pensión. ¿Quién bastará a persuadirle? ¿Qué me manda Vuestra Alteza? Que os lleve el cielo con bien. Tus pies beso. Cielos, ¿quién sin la luz de su belleza podrá vivir? Ven, hermana. Su Alteza reine en Castilla, y goce la imperial silla sin la opresión africana. ¡No es bueno volver los ojos para acabar de matarme, que no bastaba llevarme el alma para despojos de su belleza! , Señor, el Rey te llama. ¿Sí hará...? ¿Adónde, don Juan, está? Ya llegará al corredor. ¿Qué os parece del suceso? A Jacinta ha desterrado. Es destierro moderado. Y aun injusto. Yo confieso, don Juan, que por ella muero; pero, ¿qué escándalo doy? Testigo, Príncipe, soy de que lo miró primero; y para no dalle nombre de destierro a este ejercicio la inclinó. ¡Gran beneficio! Don Juan, oíd, pues sois hombre de tal calidad y aviso, que en vuestra amistad fundado restituye mi cuidado el que amor quitarme quiso. Haced por mí, y advertid cuan cerca estoy de reinar; una acción que he de premiar como lo veréis. Decid. Vos habéis de ir a alcanzar al Conde de Gormaz, diciendo que el Rey mi padre, advirtiendo lo estrecho de aquel lugar, quiere que le acompañéis como su teniente, dando al caso en que va dudando la advertencia que sabréis. Que yo, cuando el Rey no os vea, diré que os tengo ocupado, y de mi Jacinta al lado viviréis, para que sea mi desdicha tolerable: con escribir, responder, y cuando la vaya a ver no la culpe de mudable. Con casto amor la serví; haced, amigo, por Dios, lo que yo hiciera por vos. Basta; fiaos de mí. ¡Jesús! Gran señor, corrido estoy de esa prevención, que os sirvo con afición: con ella estoy persuadido de hacer cuanto me mandéis. Voime a poner de camino. "al Conde Gormaz, diciendo". Amigo, un ángel divino en mi Jacinta hallaréis. Y pues mi suerte lo quiso que estéis de esa gloria al lado, haced cuenta que os he dado las llaves del paraíso. ¡Pardiez, Maruca, que vengo del molino muy cansado! Yo, Peloro, ya he amasado, aunque poca harina tengo; y aunque tengo mal pergeño, un pan saqué que las flores envidiaban sus colores, bien a costa de mi sueño. Y como es el pan de Vargas para Toledo el mejor, venderase sin temor, aunque llevemos mil cargas. Pero hay unos bellacones que hunden la panadera por tomar el pan. ¡Ceguera les embista, y sabañones en su lengua se regalen! Marirramos, ya yo vi venir un galán tras ti. ¿Uno? Como de esos salen por la puerta del Cambrón a pelliscarme. ¡Mal año! Por ahí comienza el daño. ¡No gustarán mi afición! ¿Siempre machorra has de ser, Marirramos, siendo hermosa? ¡Calla, que so vergonzosa! ¡Tirte allá! ¿Eso has de her? No me hace el amor cosquillas. ¿Amor dije? ¡Escupo! Dios no nos mate aquí a los dos. ¿De eso haces maravillas? ¿No ves que tratar de amor es pecado? Si supiera esto mi padre, riñera. ¡Que no lo sabrá, señor! ¿Es más mortal el pecado que el amor? Más importuno. Todo debe de ser uno. ¡Mal fuego en él! Ni pintado le quiero ver. Mas señor viene hacia acá; ¿no nos vamos? Ya en Vargas, don Juan, estamos; y ésta es la casa mejor que hay en el aldea. Alberto, Al menos el dueño con voluntad os ofrece su humildad, y con mucho afecto llenos los deseos de poner en vuestro gusto cuidado. Alberto Ramos, su agrado lo da muy bien a entender, ¡Pardiez que es gente locida! Y la dama mucho más. Calla, que la afrentarás. Estoy muy agradecida, señor don Juan, al cuidado que Su Majestad mostró. Mi soledad advirtió; que de vos, don Juan, honrado, no echaré menos la Corte. Antes, de Jacinta hermosa queda la Corte envidiosa, que era de su agrado el norte. Yo aseguro que tengamos presto por huésped al Rey. En todo es su gusto ley. Digo, pues, Alberto Ramos,... Este es el más hablador. El señor debe de ser. Que al momento es menester, por ser causa superior, que la casa se levante, que con este fundamento se dará al jardín asiento; que el bosque aunque esté distante no importa, como se vea subiendo a la galería; y un sobrestante querría, que a buena opinión sea, que lo sepa disponer. En todo seréis servido, que a lugar habéis venido donde os servirán. Poner podéis agora en mi casa de la vuestra el aparato. No será hospedaje ingrato. Venceisme en la cortesía. Peloro, galanes son, aunque no les he notado sino solamente de un lado. Lo mismo del otro son. Tres de viso. ¡Muy galanes son, por Santa Margarita! Sí ; pero es gente maldita. Huye de sus ademanes, que de la mohatra son. ¿Qué mohatra? Tirte afuera. Venid, Alberto. Quisiera que como tan cortas son y humildes mis casas, fueran los palacios de Galiana. Creolo.—Venid, hermana. Oíd, zagala. Me esperan, que está la masa en sazón y he de heñir dos fanegas. Oye un poco. Si me ruegas que te escuche una razón, más de ciento me dirás, y está esperando la artesa. Óyeme, Juana o Teresa, que con tu belleza das esmalte a las bellas flores, para que el mundo se asombre. Marirramos es mi nombre, y ésos que decís amores, pero no son para mí. ¿Como, siendo hermosa y bella? No, señor, que soy doncella desde el día en que nací. No dudo que lo serás. Harto hacéis; tened vergüenza, que cuando el amor comienza es un mismo Satanás. ¿Un hora no habéis llegado al aldea, y ya risueño os pone el alma en empeño fingiendo amor? Si me han dado tu donaire y tu hermosura, mil ciclos que contemplar, ¿no te tengo de adorar? Tal os dé Dios la ventura. Mirad: sos los cortesanos grandes acariciaderos, fingidos y trapaceros; quien cayera en vuestras manos tuviera bien que llorar. Mal me conoces, María. ¡Ah si supiera mi tía que a solas os llegué a habrar, qué cachetes me pegara! No hubiera cabello en pie. ¿No me querrás? ¿Para qué, si ha de salirme a la cara? Mire, yo so vergonzosa, no alzo los ojos del suelo, ni bailo, ni rizo el pelo, ni me precio de hermosa, ni me engaito los cabellos, que despreciando el donaire a beneficio del aire, se van donde quieren ellos. Que en esta aldea coitada, por cualquiera no sé qué, apenas se bulle el pie, cuando nota que patada. Y os juro, ¡ay, triste de mí, que lo habré de confesar!, que tenéis para agradar, ¡Ay, Jesús, voyme de aquí! Si yo os mereciera a vos, grande mi ventura fuera. ¡Ay, quién querelle pudiera sin que me matara Dios! Que es de lindo rostro y talle y pardiobre en sus empreos, achicando mis deseos zozobra le diera al valle. De la masa me olvidara aunque se quedara aceda, y del molino la rueda, que era su amor contemplara. Nunca tortas regaladas en el horno las metiera, que el amor me las cociera con sus dulces llamaradas. Mire que no ha de decir a nadie que me ha hablado. Sólo lo sabrá este prado. También se sabrá reír. Mi dicha, de gloria ufana, se cifra en tu rostro bello. Calle ; dormiré sobre ello, y responderé mañana. Don Juan, tan agradecida estoy a la diligencia de vuestra insigne advertencia y amistad contribuida del Príncipe, que no sé qué medios he de elegir para saberos servir. Tan grande el desvelo fue del Príncipe y el enfado en vuestro destierro injusto, que luego incliné mi gusto a reducirle a su agrado. ¡Qué extremos, qué desvaríos hiciera a no reportarle! Jacinta, Basta, don Juan, igualarle en el rigor de los míos. ¿Qué te dijo? Que acudiera a tu gusto vigilante, que por uno y otro instante le avisara y le escribiera, y que un punto no reposa por el pesar que te dan. Dadme los brazos, don Juan, por nueva tan venturosa. ¡Arte allá! ¿Desa manera a dos enamoricáis? ¡Mal conocéis si engaitáis de Vargas la panadera! Mil sobresaltos me da su ausencia; por verle muero. Ya por instantes le espero. ¡Ah, caballero! Sabrá que aunque guardamos novillos, tal vez que se nos alcanza que es muy bellaca crianza el mascar a dos carrillos. Yo voy.—Perdonad, señora. ¿No ves, necia, que es mi ama? ¿Y la abraza? ¡Linda dama, cómo se remilga agora! ¡Malos años y mal mes! La labradora es graciosa. Aunque rústica, es hermosa. Escuche una trova. ¿Qué es? Es la mujer del barbero del pueblo la más sabida, y canta toda su vida esta grosa en el pandero: "Si queréis alcanzar amores, Peromingo, en este lugar, no engañéis la cara, que es cara, que en caracol os puede tornar.'" A fe que el que la trovó podía ser canónigo. Es muy buena. Pues no digo otra que se me olvidó. Jacinta, por vida mía, que el tiro me da contento. El mío, hermano, acreciento si el verle te da alegría. Pero, al fin, la soledad en largo tiempo es cansada. Todo en esta vida enfada: el palacio y la ciudad. Cansa el andar a caballo y cansa el andar a pie; cansa el tiempo que se fue, y el que vino, de esperarlo. Cansa el que es muy hablador, y cansa el que es muy callado; cansa el que es enamorado, el valiente, el jugador. Cansa la melancolía y la loca presunción; el de triste corazón y el de pesada alegría. Cánsanse los pies de andar y los brazos de reñir, las pestañas de sentir y los ojos de mirar. Cansa el sol y cansa el aire, cánsanse los elementos, cansan encarecimientos dichos con poco donaire. Y solamente, a mi ver, por últimos disparates, no se cansan los gaznates si hay buen vino que beber. Los tuyos, Peloro, creo que nunca se cansarán. Yo tomo lo que me dan, pero no lo que deseo. ¿Y esta zagala hermosa es vuestra hija? Señor, y en quien se cifra mi amor, por casta y por virtuosa. Marirramos es castiza; pero no la quiere dar. ¿Que no se quiere casar? No sé; si el demonio atiza, para novia me erguiré. ¿Pues no halláis novio que os cuadre? Responda mi señor padre. Es, señor, en quien se ve cifrada la honestidad: no alza del suelo los ojos, los hombres le dan enojos, pues cuando va a la ciudad con el rosario en la mano repasa sus devociones; jamás escucha razones del lenguaje cortesano. Trasnocha, y por aumentar no duerme hasta la mañana. Señor, por buena cristiana le hemos de canonizar. De los villanos me agrada la noble conversación. Aquí, pues, tu presunción a la caza es obligada. Con la ballesta y los perros darás asalto a los gamos, que habitan entre los ramos de esos levantados cerros. Suspenderá tus cuidados con canto la perdiz bella, y el jabalí con la huella que cruza estos verdes prados. Y por lisonjero fin te han de adornar tantas flores, que amor se cifre en colores de este amoroso jardín. Y lisonjero a su gloria, haré que el Jardín de Vargas para eternidades largas deje a los hombres memorias. Marirramos, ¿me has de ver? Sí veré; si no me olvida. Bien a fe, ¿ya andas erguida? j Que siempre habéis de tener malicias! Venid al horno a echar fuego. Plegué a Dios no se encienda alguno en vos, que os cueste triunfo en retorno. ¡Por el monte sube; ataja, que el jabalí va herido! Ya en lo espeso se ha metido, ¡Seguidle, que al valle baja! Perdido le han los lebreles: ¡él costará alguna vida! No hay mata que el corte impida a sus colmillos crueles. A la arboleda camina, adonde está el Rey sentado. Desvelando mi cuidado a cazadora me inclina la soledad enfadosa. Tumulto de gente siento que baja con ardimiento de resolución furiosa, y un venerable sujeto de su caballo distante, saca la espada arrogante para algún violento efeto. Contra un jabalí acomete que, airado, se va acercando. El Rey es. ¿Qué estoy dudando? Ya le embiste y acomete. ¡Quién pudiera con un tiro de mi fortuna guiado valerle! Pero el cuidado del torpe miedo retiro. Llega, ensangrentado bruto, que sangre de Rey ardiente, aunque cansada, es valiente, por celestial atributo. Otro Favila he de ser, con más suerte acreditado. No llega, que le han tirado una saeta. Mujer parece, i Suerte dichosa, en que echó fortuna el resto! Por penacho se le ha puesto en la frente rigurosa. Llegad, hermosa Diana, que daros mil gracias puedo. Valiente me hizo el miedo. ¡Diestro brazo, dicha ufana gobierna vuestras acciones! No sé cómo agradecer al cielo que os dio el poder y a vos, con satisfacciones que puedan acreditar tan venturosa osadía. Gran señor, suerte fue mía, y si la queréis premiar, sólo os suplico no deis lugar a que vuestra gente me descubra. Sois prudente. ¿Qué estado y nombre tenéis? Mi nombre es Lisarda, dueña de una quinta que este monte encubre en corto horizonte, abrigo de una alta peña. Estoy tan diestra en la caza, a que la ocasión me obliga, que ni el temor me fatiga ni el hábito me embaraza. Suelo llevar de conejos tan cercada la pretina, que manteo la imagina quien la mira desde lejos. Opuesta siempre al calor, en contorno de dos leguas me piden los corzos treguas, los jabalíes favor. La caza, que al viento excede, me pide por señas vanas que la busque por semanas, porque alguna casta quede. Si os he acertado a servir, quién sois me habéis de decir. Un Regidor de Toledo. ¡Honrado cargo tenéis! Esta sortija tomad en cambio de la amistad que, liberal, me ofrecéis. Que los astros cuidadosos influyen para amistades abismos de eternidades, que se alimentan gloriosos. Pero el rostro os quiero ver, que pienso que os he hablado otra vez. Es excusado, que en otro tiempo ha de ser que sea más justo. Yo estimo la sortija por señal del objeto principal con que a serviros me animo. Mas en un pleito que tengo me habéis de favorecer. Veréis quién es mi poder. Pues advertid que os prevengo que teniendo por padrino en Toledo un Regidor, acredito mi favor. y es muy seguro camino. Mi gente llega, apartaos.' Tente, Príncipe, no digas quién soy. Con temor me obligas. Furioso amor, reportaos, aunque os preciáis de obstinado. ¿Llegó el fiero jabalí donde estabas? Vesle allí, tendido en el verde prado. Matar tengo los lebreles, y en sus torpes cazadores satisfacer mis rigores. Más vale que te desveles, sin decir tu nombre, en dar colmos de agradecimiento a esa dama, cuyo aliento fuera más razón premiar. Sin descubrirla, que yo esta palabra le he dado; y pues mi gente ha llegado y ella a librarme acudió, a su quinta la acompaña, que está muy cerca de aquí, y vendrás luego. Sea así. ¿Una mujer, ¡cosa extraña!, mostró tan grande osadía? Sabe quién es, que le quedo muy obligado.— En Toledo nos veremos algún día. Adiós, dama : el regidor don Juan de Paz es mi nombre. Al mundo tu fama asombre. La voz suspende el temor. Dama de cielo vestida, cazadora de los cielos. pues le imitáis en los velos y en dar a los hombres vida: ¿qué Adonis por estos prados os desveló cazador? Que si os dio la aljaba amor, ¿quién no os dará sus cuidados? En esa basa que obstenta tan airosa compostura, la misma causa asegura que al mismo cielo sustenta. La mano os vi, quedé ufano de ver que a su nube asida trac la llave de la vida, que abre y cierra vuestra mano. Pues si se sabe por ella el discurso del vivir, fácil podré colegir que sois celestial estrella. Fuera de que el resplandor se precipita a lo eterno. ¡No pensé que era tan tierno un hijo de un Regidor! Estimadme con cordura, pues tan sola os entretengo, que no soy fruta ni vengo a pediros la postura. Sereislo del paraíso. Sí plantas en él están no tenéis nombre de Adán, pues le tenéis de narciso. Cuando vaya a pleitear me podéis hablar mejor, que a sombra de un regidor cualquiera se puede honrar. Vuestra beldad soberana pudiera hacérsela al sol, y servirle de arrebol al prevenir la mañana, cuya gracia y gallardía en competencia costosa ganara la luz hermosa para prestársela al día. Yo os he visto ; mas no sé en qué parte o qué lugar. ¿Cómo se puede acordar tu crueldad, tu falsa fe, tu ingrata correspondencia, tu desleal osadía, tu mal fundada porfía tu bien temida violencia? ¿Tiénesme por otra dama v tan tierno me enamoras? ¡Ah, Príncipe, si las horas que el alba me halla en la cama sin haber dado el tributo que a la noche se le debe, y lo que tú llamas nieve en sombras de eterno luto, ¿cómo no hicieras desdén a mi suerte prodigiosa? Yo dije que eras hermosa, mas no que te quería bien. ¿Si quiera no te acordaste de decir que parecía, pues tienes el alma mía al dueño que la usurpaste? ¿No te dio el aire, el aliento, el hablar, el responder, de que pudiera yo ser, siquiera en el pensamiento? ¿Tan descuidado te pinta tu amor, que aún no pudo ser decir: Alma, esta mujer, algo parece a Jacinta.'' ¿Tan fuera estabas de ti que el corazón no advirtió que quien bien te pareció pudo parecerse a mí? ¿En tan poco fundamento enfrió el amor tus despojos, que lo que te dio en los ojos no te llegó al pensamiento? j Ah, Príncipe, bien lloraba anunciando tus crueldades, que amor con desigualdades cuando se empieza se acaba! Bien claro a entender me diste, cuando esperé tu favor, que no conoces mi amor, pues que no me conociste. Más querer que entienda así, que el que olvida en sus acciones sus propias obligaciones mal se acordará de mí. Jacinta, si tu hermosura... No he de escucharte; ya sé que no ha de acertar tu fe la casa de mi ventura. Yo obligué a tu padre; yo pondré límite a tu enredo: si tu amor me puso miedo, tu desprecio me animó. Don Juan de Zúñiga es, si no igual a tu grandeza, más digno de mi firmeza, discreto, galán, cortés, gallardo, airoso y valiente. Con cuidado le he mirado, porque tu padre obligado, para mi esposo... Detente, que en tus furiosos desvelos a mil venganzas me obligo, pues con mi mayor amigo quieres aumentar mis celos. ¿Yo puedo decir amores a quien no te pareciera? Antes no decirlos fuera hacer delitos mayores. Que como me parecía tu talle al que imaginaba, como en él mi gloria estaba el alma me suspendía. Y el que no goza y pretende con amoroso recato, no porque adore el retrato el original ofende. ¿No ves que las almas tienen infusa divinidad, y que "siempre a su igualdad los accidentes previenen? ¿Tengo el alma libre yo para pasear desvelos? Quien en ti causó los celos a ti misma te adoró. Si los tienes de tu talle, mal culparás a mi amor, que decirte a ti un favor no fue para despreciarle. Mas si tan presto me das celos porque te he querido, muy cerca estoy de tu olvido cuando yo te adoro más. ¡Muy bien has hecho la cuenta! En mi amor nunca la yerro. Y de mi injusto destierro, ¿quién me pagará la afrenta? Cuando la Corte juzgaba, ausente yo y ofendida, y que guardase tu vida al mismo cielo rogaba, ¿te sales a entretener cercado de cazadores, y autorizas con favores quien no sabes si es mujer? Finalmente, yo he hallado muy poca firmeza en ti, que eres águila en quien vi el vuelo más levantado. Déjame, que con dejarme y no hablarte más ni verte, o acabaré de quererte o acabarás de matarme. ¿Puede haber amor más firme si muero?—Pero ¿qué ruido es éste? Gente ha salido del aldea a recebirme. "Una bella cazadora que envidia daba a los cielos, almas cazaba, cazando por los montes de Toledo. Ballesta lleva en el hombro, tahalí bordado al cuello, cuchillo de monte al lado, que amor labró sus aceros." ¿Qué dices, zagal, qué dices? Que viene sin venda amor: si caza Jacinta en los campos, huyan las almas y escóndase el sol. Muy buena víctima al alma le dan para mis desvelos. Guarden tu vida los cielos. a daros, ¡pardiez!, la palma de cazadora gentil venimos toda el aldea. Tan bien el campo hermosea, que pienso que llega abril. Príncipe y señor, ¿aquí Vuestra Alteza? Labradores, del colmo destos favores queda reservado en mí el noble agradecimiento. Ya en mí la muerte ha cifrado vuestro apacible cuidado, vuestro agradable tormento. ¿Habla Jacinta algún día de mí? ¿Eso te entristece? desde el punto que amanece hasta que se acaba el día. Mucho tenemos que hablar. No pase de aquí tu Alteza, que aguarda el ¡Qué extrañeza! Cielos, ¿que la he de dejar sin satisfacer su antojo? Fuerza será, por su hermano. Aunque el ánimo está llano, si es que no lo ha por enojo, mi burra puede llevar, que vuela como un halcón, y en la puerta del Cambrón se puede luego apear, que yo volveré la burra. Cerca le espera un caballo con su gente. Mas matarlo, pues si aquí se enfada, escurra. ¿Estás, Peloro, sin seso? Buen gusto el villano tiene; dejadle. ¿Cómo a pie viene? ¡Que es el Príncipe! Si es eso. Pídele a Su Majestad perdón. Estoy muy deprisa. Ya al alma le causa risa de don Juan la voluntad. Y como con esta erguida le veo siempre hablando, amor me está pellizcando. ¡Ay, don Juan, que estoy perdida por decirle!... Vuestra Alteza, si nuestra humildad le agrada, tendrá una humilde posada que, aunque humilde a su grandeza, se desvelará en servir con mil aumentos de amor a su Príncipe y señor. Y a no quererla admitir, para que le acompañemos nos dé licencia. Don Juan y mis criados vendrán. ¡Buen desayuno tenemos, agora que hablarle quiero! Algún día os vendré a ver que os pueda satisfacer. Siempre, gran señor, espero que mi nombre agrado os dé para serviros. Adiós. El mismo vaya con vos. ¡Don Juan, muerto voy! ¿Qué haré? Jacinta, si a caza sales, caza con menos rigores, y si cazares amores, cázalos con tus iguales. Acaso me salió al paso. Jacinta, el paso de amor es mirar por el honor, pues siempre se pierde acaso. Oye, ¿trujo los listones y los zarcillos de plata? Sí truje, aunque eres ingrata. ¿No oirás cuatro razones esta noche? Si haré, como no me haga mal. ¿Dónde? Por somo el corral. Pues al punto volveré. Y advierte que con mentir dos veces me has engañado. ¿Pues soy yo pero mondado, que luego me ha de engullir? Tú conocerás mi honor. ¿Sabe cuándo he de aguardarlo? Al punto que cante el gallo. Seré un abismo de amor. Adiós, que me aguardan. Vete. Cumpliré lo prometido, pero si es descomedido llevará puro cachete. Don Nuño, ¿habéis prevenido con el cazador mayor lo que mandé? Sí, señor, de todo queda advertido. Doña Elvira, guárdeos Dios. Llegad, que mi pensamiento me desvela en vuestro aumento. Pero, para entre los dos, ¿es demasiado el cuidado con que al Príncipe desvela doña Jacinta? En la escuela de la lealtad me he criado; negar que la galantea fuera engaño conocido, pero no tan divertido que ofensa en su daño sea con deslumbrado accidente. Creolo, y en su opinión sabe que fue mi intención desterrarla. Eres prudente, no lo debe de saber, como no hay causa bastante. ¿y el Conde? El Conde ignorante está de su padecer. Yo le premiaré de modo que vea que desobligo la presunción del castigo, y a Elvira del mismo modo. Tus pies beso. Yo os daré a vuestra igualdad esposo, que se acredite dichoso al premio de vuestra fe. Mucho, señor, he tardado; perdón te pido. Está bien. Retiraos, Bien mi lealtad he acreditado. ¿Quién era aquella mujer? Señor, una labradora, gallarda por cazadora, y aunque de buen parecer, algo humilde, pues quedó de agrado y de gusto llena, con dos vueltas de cadena y cien escudos. ¿Contó lo que le había sucedido por mi causa? No, señor. Humilde y tanto valor no es bien ponerla en olvido. Al fin, Príncipe, yo quiero daros de mi gusto parte, que aunque puedo dar consejos, de vos quiero aconsejarme. No extrañéis mi prevención, sino advertid que la sangre -de los Reyes generosos en venas del cielo nace; y así sus obligaciones han de ser al cielo iguales, que a lo justo han de medirse y a lo lícito ajustarse. Yo estoy del Conde de Orgaz tan obligado a sus partes, -que satisfago en desvelos, si desvelos satisfacen. -Su opinada obstinación quisiera agora premiarle con darle a su hermana esposo que en calidad le aventaje; que yo después me prefiero -con mercedes aumentarles, por su calidad al Conde y a ella por sus bellas partes. Don Juan de Zúñiga es hombre en quien se alientan señales -de discreción y cordura, que el ser noble dejo aparte. Dice el vulgo que os divierte Jacinta —puede engañarse—, y que malográis el tiempo •en livianas mocedades. Pues para satisfacer, que es lo que los cuerdos hacen, >con valor, con advertencia, de Príncipe tan constante, vos en persona habéis de ir al Conde, a Vargas, y darle de tan agradables nuevas la embajada de mi parte. Con esto haréis que opiniones atrevidas no os infamen, y a mí me dais ocasión que en vuestro amor me regale. Y aunque de Alejandro son comunes ejemplos, parte de enfado, de sus grandezas aprended autoridades. Y advertid, vuelvo a deciros, que advirtáis que a no imitarle liaréis que mi indignación vuestro desvelo acobarde. A punto estáis de ser rey, los reyes grandezas hacen, las grandezas hacen triunfos, los triunfos eternidades. Gozad de nombre tan justo, que a los que le satisfacen, por elección de los cielos los llama el mundo deidades. Los fines con los principios en vuestra memoria iguales, consultad, veréis si es. justo reducirse o despeñarse. Esto mi amor os requiere, pero si llego a enojarme, llegará veloz mi furia y vuestra disculpa tarde. ¿Hay resolución más fuerte? bajo entre obscuros celajes con más fuerza sacudido el rayo precipitante? Escupió pólvora y fuego fiera culebrina al aire, cuyo atrevido bostezo retumban montes y valles. ' ¿Bajó desatado arroyo de las cumbres vigilantes, por el enojo del tiempo a desbaratar cristales que verdes selvas guarnecen con más furia? ¿Viose nave arrojada de los vientos en hombros del fiero embate con más riguroso enojo, con más peregrino ultraje que el que mi padre ejercita? Amor, que triunfos ganaste: ¿tú eres Dios, tú rayos vibras? Las vanas historias callen. Lesbia, Semíramis, Fedra, Elena, Lucrecia, Paris, o mienten todas, o yo no he sabido ser amante. Ea, que amor hace cortes, si asisto en sus tribunales hallaré que allana montes y rompe dificultades. Buena razón es decir que un rey tema el ser amante, aunque un ángel lo permita y un dios, que es amor, lo mande. Jacinta hermosa, yo voy, que son temidos fiscales de amor tus ojos, y temo, si tardo, que han de matarme. La voz del gallo he sentido y la de don Juan no siento, que me escarba el pensamiento. que me susurra el oído. Zampada estaba en la cama, pero diome un mordiscón no sé qué en el corazón que dicen que amor se llama. Y cuando sentí roncar a mi padre, me escorrí; si me siente por aquí diré que empiezo a amasar. Ya me bulle en el magín de su presencia el aviso. Voto a San... que le diviso. Muerto el andaluz rocín dejo en el prado: volando estas dos leguas pasó. ¿Quién es? Don Juan. ¿Que llegó? - Mi buena dicha dudando que había de hallar, María, aquí el premio del amor. ¡Ay si despierta, señor! ¿Puedo entrar allá? Querría que lo mirásemos bien, que me puede costar caro. ¿Duerme tu padre? Eso es craro. ¿Y los criados? También. Dome a Dios si no he de her un hecho que sea sonado. Oiga, tras de aquel tejado un caramillo ha de haber por donde pueda saltar para entrar en mi aposento, y tenga en las tejas tiento, porque las puede quebrar. Que si sale alborotado mi padre y abre la puerta, puede contarme por muerta. Yo iré con mucho cuidado, que el amor me hace advertido de prevenidos recatos. Sí se quita los zapatos, colará con menos ruido. Yo voy. Allí hay escalera por donde puede bajar. Oye, no me ha de enojar. ¡Calla, necia! Ya quisiera salir desta confusión. ¿Si me querrá pecilgar? ¿Mas quién se podrá excusar de tanta persecución de amor, que es ladrón de casa, que si empieza a recortir, no deja hablar ni dormir hasta que su engaño pasa? Ya le siento en el tejado; Dios ponga tiento en sus pies. Muchas tejas quiebra; él es para albañil muy pesado. ¡Ah, María! ¡Yo soy muerta! ¡María! ¡Que ha despertado! ¿Quién anda en ese tejado? Estoy cerrando la puerta. ¡Responde, pese a mí agüelo! ¿Viose descuido mayor? Calle y duerma sin temor, que es la gata que anda en celo. ¡Qué gata! j Reniego de ella, que es mucho el ruido que suena! Hame llevado la cena y corrió el gato tras ella. María, vente a acostar. i No me esté sacrificando! ¿no ve que estoy recentrando, que es hora ya de amasar? ¡Válgate el diablo, por gata! Jamás tal sueño he tenido. ¡Él se quedara dormido! Una lámpara de plata a Santa Getulia quiero, sí se duerme, prometer. i Oh, qué miedo ha de tener desta vez el caballero! Ahora bien; quiero animarle, mi padre duerme a sabor. Si estos lances tiene amor, Bercebú puede esperarle. Mucho temo, gran señor, que tu padre ha de ofenderse de que autorices desvelos que a tu calidad se atreven. La soledad de la noche muchos peligros ofrece, por dar pesadumbres al sol, por la envidia que le tiene. Claridad en los sucesos el mismo nombre parece que a buen acuerdo los guía. Don Nuño, con responderte que busco la claridad, que busco que el alba alegre me anuncie otro sol más claro y otro más divino oriente, ¿te satisfago? ¡Oh, qué locos, qué necios, qué impertinentes son los que si corre amor veloces parejas quieren que en medio del curso pare y que el gusto atrás se quede, para que fiestas del alma en funesto fin se truequen! Si pasa furioso el aire, ¿quién bastará a detenerle? ¿Quién la cometa arrojada su veloz curso detiene? ¿Para el caudaloso río en medio de su corriente? ¿Para el riguroso fuego hasta que a su espera llegue? Pues si amor nació con alas, ¿quién bastará a suspenderle en la carrera del gusto hasta que a alcanzarle llegue? Don Nuño, el mejor consejo para quien amando muere, es ayudarle en los males y celebrarle en los bienes. En Vargas estamos, y esta es la casa, dulce albergue de la risa del aurora, en cristales trasparentes. ¿Don Juan no me prometió de esperarme? ¿Cómo duerme descuidado de mi amor? Celosa furia, detente. Bueno, mis celos llegaron; a muy lindo tiempo vienen. ¡Oh, amor, qué fieros combates en mi memoria revuelves! Mi padre para casarle con Jacinta le previene; Jacinta me dijo airada (¡alto, echada está la suerte!) que era espejo de galanes, que era ejemplo de corteses. ¡Oh, qué de bienes me dijo estando don Juan ausente! Dirá Jacinta: don Juan, ¿el Príncipe qué pretende, si no ha de ser mi marido? ¿Fueron de amor justas leyes un destierro de la Corte, con que mi opinión suspende? Tú mi calidad igualas, ¿pues qué mucho haré en quererte? Esto dice la razón con mil labios, que el que tiene comunicadas las almas bien sabrá el fin que pretenden. Esta noche —¿quién lo duda?—, en la mesa, qué de veces los ojos —¡pesia a los ojos, que el mal por los ojos viene! se habrán hablado, que amor no ha menester más billete si en el papel de la vista sabe escribir lo que quiere. Pues levantadas las mesas hablaranse tiernamente, que el común trato de amor es el más diestro alcagüete. Pues cuando se levantase para entrar en su retrete, ¿no le tomaría una mano? i Necio fuera en no atreverse! Pues si la mano y los ojos con novedad se divierte, para llegar a las dichas pocas jornadas se pierden. Bueno, las puertas cerradas. Celos, ¿qué queréis que intente? ¿Que yo la olvide? j Oh, qué mal celos y olvido se entienden! Daré voces.—; Ah, Jacinta! Señor, repórtate. ¿Quieres que nos halle aquí su hermano? ¡Hálleme, máteme, llegue! ¿Quieres que haga su hermano lo que mi padre no puede, ni yo, ni el mundo? ¡Mal sabes con el furor que acometen los celos a un desdichado! Ahora bien; quiero atreverme (que celos son ocasión de olvido en pechos valientes) a no contemplar sus partes, a castigar sus desdenes, a desvelar mi firmeza y a no hablarla eternamente. Ven acá, siéntate aquí, y un grande gusto has de hacerme: que no nombres a Jacinta si alentar mis glorias quieres, aunque yo te dé ocasión. Antes sabré agradecerte, pues te constituyes sabio, si discreto te diviertes. ¡Oh, cómo tienes razón!, que damas Toledo tiene con que pueda divertirme. ¿Burlaste? ¡Qué bien me entiendes! Doña Juana es muy hermosa, y en doña Sol resplandece su mismo nombre en palacio, que rayos del sol suspende. ¡Oh, qué bella es doña Sol i Y doña Sancha excelente: canta, danza, parla y viste con gallardía ; ésta puede dar celos a la hermosura. ¿Y si al lado se pusiese... ¿De quién? Al lado de... ¿Qué lado? De otras mujeres. ¡Oh, qué perdido que estabas! ¿El divertirse es perderse? ¿Cuánto habrá que jugué cañas en Zocodover? Dos meses. ¿Qué damas viste, don Nuño, en el balcón de los Reyes? I.as que he dicho. ¿Y no había más? Doña Aldonza de Meneses, doña Clara y doña Justa. ¡Qué poca memoria tienes! Y doña Elvira también. ¿No viste más? No me aprietes, que nombraré... No la nombres, don Nuño; mas no me niegues que si estrellas parecían, era el sol cuando amanece doña Jacinta. Perdiste. ¡Nómbrela! Ven a ponerte a caballo, que es muy tarde. Vamos, don Nuño. Si abriese la ventana, ¿no sería gran ventura? Mayor suerte sería no aguardar que el alba con sus rayos nos afrente. Vamos. ¿No he de despedirme? Que nunca son descorteses, aunque se enojen, los nobles. ¿De quién? De quien me aborrece. Perdona, Jacinta hermosa, que ya no quiero ofenderte, y vive amor de olvidarte al paso que me aborreces. No me he visto más perdido en mi vida. ¿Desta suerte es el amor del aldea: matarse un hombre y hacerse escalador de tejados, saltando ajenas paredes? ¡Válgate Dios por María, qué disimuladamente a su amor le dio lugar! Digo que a cuantas mujeres las viere más compungidas, con ojos en tierra siempre, que no creeré en sus melindres ni temeré sus desdenes. Señor, que se acerca el día. ¿Otra vez al sitio vuelves? ¿Heme de ir sin que don Juan...? Pero escucha, que aquí hay gente. ¿Quién va allá? ¿Quién es? Don Juan. El Príncipe viene a verte. Príncipe y señor, tu nombre con celebrados laureles le dé envidia la fortuna. ciñendo tu heroica frente. ¿Cómo tan tarde has venido, que aquí Jacinta, por verte, el alba fue destos prados y la ría de estas fuentes? Qué de suspiros le cuestas, secreto con que divierte de su deslumbrado hermano temerosos accidentes. Ese cuidado y aviso, don Juan, muy bien me parece; pero escuchad, y advertid que no habéis de responderme. Yo estoy celoso de vos, con razones evidentes: Jacinta, que el cielo guarde para que os estime siempre, me dijo enojada un día que en tus ojos resplandece de vuestro nombre el agrado, de vuestro talle la suerte. Que os miraba con cuidado, y esto del cuidado tiene un secreto reservado. que sólo el amor le entiende. Diómele a mí con su enojo, que mujer que celos tiene siempre el más estrecho amigo para vengarse apetece. Esto acreditó mi padre: ¿quién duda que aviso fuese de Jacinta con decirme en casaros me desvele? Y que para acreditarme de obstinados pareceres, yo mismo, don Juan, yo mismo al Conde se lo dijese. Yo no se lo he de decir, que no es razón que concuerden mi desprecio y su venganza, porque lo que bien se quiere con dificultad se olvida; y aunque Jacinta me ofende, yo he de ser rey, y no es justo que la sirva con desdenes. Un título os da de Conde mi padre, y es bien que os premie, que quien mereció a Jacinta mayores glorias merece. Mas rogadle de mi parte... Mal digo, que mandar puede Quien es dueño de su gusto que más de mí no se acuerde. Que no me nombre en su vida, y que aunque a su casa llegue, ni me mire ni responda, y que sus lealtades mienten. Que son falsas sus razones, mudables sus pareceres, divertidas sus firmezas y sus glorias aparentes. ¿Pues yo, señor? No me habléis. Señor... Quedaos. ¡Desta suerte acreditan las lealtades los palacios de los reyes! Cuidadoso estoy, María, de tu tristeza. Verá, si más de seis meses ha que su voluntad y la mía están a un igual modelo, en algo había de parar. Por excusar el enfado del Príncipe, retirado en este humilde lugar, tu agrado me ha divertido. No te quiero mal, que amor no reserva el superior para que ponga en olvido lo agradable a su memoria. Ya, si olvidarme queréis, yo pienso que no podréis. Cuando empezasteis la historia desde malaventurado amor, os quise escuchar solamente para hablar. ¡Fuego, y cómo habéis habrado! Por el tejado una vez grosera os mostré el camino, mas tuvisteis tan buen tino, que ya han colado de diez. Malograda sea la gata que ni una teja dejó sin quebrar. Si te obligó mi afición, ¿no fuera ingrata correspondencia el no verte? Sí; pero hay un no sé qué que me obriga. El diabro fue que... Bien puedes atreverte. Mire, so tan vergonzosa, que si escucharme le agrada. me he de poner colorada. Parecerás más hermosa. ¡Oh, quién supiera escribir, para dárselo en dibujo! Algún demonio le trujo. Mas, ¿qué importa resortir si ya está hecho? Sabrá que el refajo y los corpiños... ¡Mire qué buenos aliños! Ni el jubón me alcanza ya, la basquiña no me viene, el pantuflo se me ve, y yo ni alcanzo ni sé de esto quién la culpa tiene. i Fuego en ella, mejor sabe que está preñada que yo! Un físico me encargó, muy presumido y muy grave, que nunca estando en la cama me levantase a beber, que el bazo solía crecer. Y si esto bazo se llama, muy bien sé cómo se quita, y estaré más consolada. Lo cierto es que estás preñada, y así mi amor resucita. i Ay, Jesús, que me ha afrentado! ¡Mi honestidad se acabó! ¿Preñada? ¿Quién tal mentó? ¿Cómo se sana el preñado? Pariendo.—¡Fuego de Dios, en quien tal puede creer! ¿Sabe qué habernos de hacer? ¿Qué? Parirlo entre los dos. A lo menos el remedio yo lo sé. Si es de casar, el novio se ha de enojar si hay tolondrón de por medio. Yo te pondré en un convento, y haré que en Toledo estés antes que a tu padre des que sospechar. No me siento con buena disposición para ser monja. El secreto te dará dichoso efeto, que con esto tu opinión la dejaré acreditada, que con buen dote, María, tiempo habrá que llegue el día que a tu gusto estés casada. Yo haré que el Conde te envíe a Orgaz con algún achaque. Que de mi padre se aplaque el enojo desconfíe. {Vase.) Todo se ha de remediar. {Sale ) Don Juan, ya estaréis cansado de contemplar mi cuidado. Más lo estoy de no acertar, como deseo, a serviros, que quien enojos pasados del Príncipe acreditados olvidó por divertiros, a cualquier lance dispuesto reduce su prevención. Celos no admiten razón. Ese desengaño ha puesto más aumento a mi cuidado, que para desengañarle fue forzoso asegurarle de mi lealtad obligado. Díjome mi estrecho amigo: "'Don Juan, no os desvanezcáis, pues servís y no obligáis." Mas yo le respondo, y digo: Quien satisface enojado mal sabe satisfacer, pues da su enojo a entender que o fue necio, o fue culpado. Con nobles demostraciones del tiempo calificadas se ostentan acreditadas mal nacidas opiniones. Que no es amistad fundada ni calidad animosa la que para sospechosa se constituye enojada. Seis meses de desengaño. Yo sé que al Príncipe obligan. Sí, don Juan, mas no mitigan la oposición para el daño. Y así advertencias prevengo para poderle olvidar, pero no puedo acertar cómo en el alma le tengo. Animada a obedecerle con miedos de asegurarle, deseo mucho olvidarle, mas no acierto a aborrecerle. Que cuando en causas fundadas el alma quiere asistir, halla amor para salir todas las puertas cerradas. La enfermedad y el amor si al principio no se impiden, no dan lugar que se olviden. Oye, aquí viene un señor en una caballería que parece un alcotán, y en lo erguido y lo galán al Príncipe parecía. Salgámosle a recibir. ¡Ay, don Juan, que de mi hermano, temo el rigor inhumano! ¿Por qué? ¿No puedes salir a montería? ¿Qué importa? Sí, don Juan ; pero al culpado siempre da el temor cuidado. Con ser la jornada corta un siglo me ha parecido. ¡Qué colérico es amor! D. Juan, Vuestra Alteza, gran señor, sea mil veces bien venido. Don Juan, qué de obligaciones en mi memoria consigo de tan verdadero amigo. En muchas, señor, me pones con vivir desengañado de tus pasados desvelos. Es gran cosa fingir celos sin causa quien los ha dado. No quiere quien no los tiene. No estriba en su confianza quien oprime su esperanza con ellos. Tu hermano viene. Príncipe y señor, tu nombre se constituya en los tiempos con acreditados triunfos, que llame la fama eternos. Conde, mucho me obligáis. Con la obligación que tengo no cumplo bien, aunque animo la esperanza a los deseos. Digo al fin, Príncipe invicto, de toda España lucero, oposición de los astros y de la grandeza espejo, que yo, con injusto nombre, con acelerado acuerdo, con información injusta, con mal nacidos respetos, salí de la Corte honrado, que un rey, aunque sea severo, jamás quita con pasiones a la justicia el derecho. La causa nadie la sabe como yo, pero obedezco remisas ostinaciones, que sólo al alma revelo. Tu padre, que en dicha ufano imite la edad de Néstor, aquí me mandó venir, aquí le sirvo contento, que las lealtades, señor, no se acrisolan viviendo en favorecidas glorias, sino en injustos desprecios. Para echarme de la Corte tomó como afable objeto que le plantase un jardín, que hay delitos jardineros. Este, aunque no está acabado, a Su Majestad ofrezco, que sus esmaltadas flores y sus empinados cedros tanta belleza acrediten y se autoricen tan bellos, que en lisonjeras guirnaldas causen envidia a los cielos. Que obstinadas opiniones en que mi lealtad han puesto consultaré cuidadoso al desengaño supremo. De esto quien está culpado no soy yo, pero a lo menos he de animar como noble la calidad que profeso. Dice el Rey, todos lo saben, a nadie pienso que ofendo, que Vuestra Alteza a Jacinta solicita con desvelos. Amor, para disculparse leyes tiene, no lo niego; mas no por eso al agravio restituye el sentimiento. Mas como los reyes nacen con superior privilegio, son las venganzas traiciones, como se ven mil ejemplos. Huyendo, pues, de este nombre alcancé un dichoso medio para dar a mi Rey gusto y quedar yo satisfecho. Jacinta (con todos hablo) no es mi hermana, ni merezco tener de sus bellas partes tan dichoso parentesco. Esta es la misma verdad, y con ésta misma advierto que en calidad me aventaja, como se dirá a su tiempo. No de mi amparo la olvido ni de mi lado la dejo, pero a lo menos limito de mi agravio el sentimiento. Vuestra Alteza me perdone si le he enfadado, advirtiendo que aunque acredito mi honor estoy a tus pies sujeto. Villano, por disculparte buscas tan injustos medios, que con nubes de tu engaño escureces los luceros que al alba le dan envidia con engaños lisonjeros, para que asuntos del sol desperdicien los reflejos. ¡Vive Dios que he de matarte, por vano, por falso y necio! Señor, detente.—Idos, Conde Yo te he guardado respeto. Idos, Conde. ¡Señor mío! ¡Matarele, vive el cielo! Verás en tu desengaño que te sirvo y no te ofendo. ¿No me dejaréis matarle? Señor mío, si merezca que, suspendiendo tu enojo, moderes tu sentimiento, vuelve a mirarme los ojos, que como airado te veo, no siento perder mi hermana, sino que tu agrado pierdo. Vuelve la daga, señor, a su lugar, que te temo,' y no me he de levantar si no te obligo primero a que suspendas tu enojo. {Sale el Rey y don Nuño.)- Aquí ha de estar. Ya le veo. Ya en celebrada alegría, Jacinta, mi enojo vuelvo. Bien entretenido está. Señor, tu padre. ¿Tan presto al abismo de pesares las alas bate el contento Príncipe, con justa causa al campo he salido a veros de que sepáis divertiros, con mucha razón me alegro. ¿Por qué no hacéis lo que pide Jacinta? No seáis grosero», que a vuestros pies una dama, tan hermosa y tanto tiempo, o os pide cosas injustas, o os falta el conocimiento. Señor, estaba enojado con su hermano. Yo lo creo-. Porque en lo que me mandaste, que dos veces le he propuesto, ha hecho contradicción muy enojado, diciendo que Jacinta no es su hermana- Vos seréis culpado en eso. Jacinta, ¿qué decís vos? Que viendo su sentimiento yo le estaba reportando. Tengo al Conde por discreto^ y al Idos, Jacinta, y no os ofendáis, que luego os iré a ver. Yo, señor, con mil almas te obedezco. Don Juan, llegad. ¿No me habláis? Mucho vuestra ausencia siento, que en mi memoria asistís. Mis pocos merecimientos me disculpan, gran señor. Oís, don Nuño: i vinieron los soldados de la guarda que mandé? Y viene con ellos el Capitán. Retiraos. Príncipe, ya mis consejos para poder obligaros todas sus fuerzas perdieron. Ya el vulgo no os culpa a vos; a mí me culpa, diciendo que los yerros que intentáis los dora el amor que os tengo. No son desvelos injustos, que como sois mi heredero, como padre disimulo con vos; como juez no puedo. Es muy grande mocedad querer bien, yo lo confieso, a no ser Rey; mas los reyes son padres de los ejemplos. Príncipe Cuando yo... No me habléis; ya no hay disculpa de provecho; pero quiero que veáis, Príncipe, el amor que os tengo, pues autorizo el castigo y divierto el sentimiento. Don Juan, mirad ese papel y haced lo que mando luego: pena de traidor. Señor, si mandas llevarme preso manda que un título venga, y no un pobre caballero a ejercer tu voluntad. Esto mando. Yo obedezco. ¿Que se vaya desta suerte, sin escucharme? ¿Yo soy su hijo? ¿Yo nombre doy de padre a quien me da muerte? ¿La ejecución asegura con tan poca autoridad? ¡Suspende mi voluntad y acredita mi locura! ¡Mal haya mi sentimiento, poco ha sido, necio soy! ¿Yo he querido bien? ¿Yo doy miedo al alma, furia al viento? Vive amor, Jacinta hermosa, y vives tú, que es mi cielo, a cuya belleza apelo como a deidad luminosa, de no apartar mi memoria ni torcer mi voluntad hasta tocar la deidad de los triunfos de tu gloria. Ya yo he leído el papel. Muestra.—¡Qué bravo rigor! En mi tristeza, señor. verás lo que dice en él. ''Don Juan de Zúñiga, conde de Fuentes y capitán de mi guarda." Bueno, Vuestra Señoría lo goce con mucho aumento. Excusar tu sentimiento fuera mayor gallardía. "Llevaréis al Príncipe mi hijo a mi fuerza de Consuegra, donde asistiréis con cien hombres de guarda. V^^ya como preso, que importa así satisfacer a mis vasallos. Yo, el Rey." ¿Por qué estilo he de atreverme a pediros, gran señor, la espada, si en tal rigor animarme es ofenderme? ¿Qué industria puede valerme? ¿Qué prevención más costosa? Pues si traición rigurosa me constituye el Poder, ¿qué mayor traición que hacer nuestra amistad sospechosa? El título que me ha dado de Conde, sin duda ha sido para que ponga en olvido de nuestro enojo el enfado: injustamente animado de tales mercedes vivo, pues que cuando las recibo si me animo en tal pesar como el que va a rescatar para quedarse cautivo. Conde, capitán y amigo, bien podéis determinaros: si es premio el aconsejaros, con el que puedo os obligo. Yo soy juez, reo y testigo, y vista la información conozco en vuestra intención que es de más seguridad el romper una amistad que intentar una traición. Hoy me quiero aventajar a la merced que os ha hecho mi padre, pues yo sospecho el premio que os quiere dar. La espada habéis de tomar, porque en lealtad animada, rendida y acreditada del valor que corresponde, menos fue el haceros Conde que el rendiros yo la espada. Vamos, Conde valeroso, que mi prisión acredito, pues al gusto me remito de - un hombre tan venturoso: que quien con nombre de esposo de Jacinta se acredita, rinda y prenda, pues imita al más supremo poder, que rendir puede y prender quien rayos al sol le quita. ]). Ju.\N. Señor, corrido y turbado en vuestra presencia estoy; nada he sido, pues no soy de vuestro valor premiado. Vos, Conde, estáis disculpado. Venid, pues sois el crisol de su encendido arrebol, con oposición distinta; casaréis vos con Jacinta y daréis envidia al sol. i Para la mi santiguada que me la habéis de pagar! ¿No puede un hombre habrar? ¿Vos sois hombre? ¡Más nonada! ¿Requiebros me decís vos, siendo yo tan recogida? Con alguna relamida, que de un parejo los dos seáis, os entenderéis. ¡Que os quitaré las melenas. Ea, que otras hay tan buenas. ¡Malos años y mal mes! Alberto Ramos se llama mi padre, y Mari Muñoz mi madre... Baja la voz. Y en toda Vargas hay fama de la caloña en que estamos y el solar que descendemos. ¿Quién es, que no lo sabemos? ¿Quién? El Domingo de Ramos. No he visto yo letanía en que tal santo estuviese. Pues en verdad, que aunque os pese que cae cada año en su día. y que es el más señalado, pues que tres abades son los que cantar, el sermón. No os hagáis, que es grande enfado, mojigatas, que os dan nombre de boba estos días, y sabéis más raterías que la culebra de Adán. ¿Un requiebro os da cuidado para mostraros cruel? Guardad, no quiebre con él las tejas de algún tejado. ¡Ay, que me pierde el respeto? Santa Gata, mi abogada, de vos me ha de hacer vengada. Y cómo, yo os lo prometo: muy cabizbaja, y después, cuando a solas ve la suya, chilindrón con aleluya. ¿Bueno es, Peloro, que estés con el trigo en los costales aquí parado? ¡Es gracioso: conjúrase ya mi esposo! Como fuérades iguales, Peloro es hombre de bien, aunque pobre labrador. ¡Ved si suspende el rigor! ¡Que mal bofetón le den de tigre, que tal sería que amaneciese preñada a lo santo remilgada y fuese la culpa mía. Vete, Peloro, que es tarde, y tengo un poco que hablar. Adiós.—.Aquí he de escuchar lo que dicen. Él te guarde. Hija María, ya es tiempo de darte a tu gusto estado, pues el dote lo asegura que para tu aumento guardo. Pero traigo un no sé qué, si no visto, imaginado, si bien que alguna sospecha olvido por tu recato. Poro en habiendo, María, desta gente de Palacio conversación de lisonjas y de presentes agrados, el honor no está seguro, y como nos ocupamos los hombres en la labor, viviendo en silvestres campos, faltamos de la asistencia, y así el honor, reservado a voluntades ajenas, trae con el peligro el daño. Tu rostro, que era una rosa, pálido le miro, y tanto, que lo que luz parecía parece escuro nublado. Los ojos tienes hundidos, y advirtiendo y contemplando el vestido y la persona, te desconozco y extraño. Si al campo vas, sin aliento moderas los tristes pasos, y cualquiera acción diviertes con impertinente enfado. Puede ser enfermedad; pero entre los ojos traigo que andar las basquiñas cortas y descompuesto el refajo, que es pesada enfermedad. Pregúnteselo al tejado, que no tiene teja sana. Señor, cuando me levanto por las mañanas, confieso que del cántaro o del jarro tales golpes de agua bebo que pueden hacerme daño. ¡Y cómo, fuego de Dios! También... Mas, ¿qué comes, barro? Si, señor padre, confieso, que no pensé confesarlo. ¡Mire si lo dije yo! Mira, es sutil el diablo. Pudiera ser que Peloro (que es notable hechizo el trato) te hubiera desvanecido, y si es así no me espanto, que mozo he sido también. Di la verdad, pues estamos a tiempo, que habrá remedio de encubrirlo y de casaros, sin dar que decir al pueblo. Señor, Peloro es muy falso, y algunas veces... ¡Qué bueno! Nunca yo vivo engañado. ¿Qué te ha dicho?—¡Ah, mansedumbre, cómo eres capa de engaños! ¿Qué te ha dicho? ¡Que la lleven más de cuatrocientos diablos! ¡Ay tal embuste— ¡Señor, todo lo he estado escuchando, porque desta enfermedad tengo conocido el daño. ¡Y cómo que le tenéis! Ella vive con cuidado de no darte pesadumbre, y cuando durmiendo estamos, esta gata, que es demonio, tiene el barrio alborotado. Pues ella, porque sosiegues con apacible descanso, mete la gata en la cama, y los pelos de los gatos dicen que dan lamparones; pues como la quiere tanto, sin duda la enfermedad ha crecido al mismo paso. Esos dan en la garganta. Dices bien; pero fue tanto lo que se aumentó el amor, que se ha pasado a otro barrio la enfermedad. Esto es cierto, y tu disgusto excusado, que sólo tiene la culpa la gata de Marirramos. Peloro, embustes son tuyos. Pues haga una cosa: vamos a Francia, que la santigüen, y si no viere en pasando nueve meses que está sana. quiero que me dé mil palos. Pregúntele a todo el pueblo, si piensa que yo le engaño. Quien no os conoce que os compre. Yo pondré remedio. Vamos. Hágalo, que yo le digo que el remedio está en la mano. De vos, Conde obligado, pues de tantos servicios animado vuestro nombre acredito, divierto el gusto y el pesar limito. El campo licencioso da gusto al alma, a la quietud reposo. ¿Vuestra hermana no viene? En el jardín a solas se entretiene. Bien sabe Vuestra Alteza que el nombre y fama de su gran belleza, del Conde ejercitado, alienta los deseos al cuidado. Doña Elvira, a eso vengo; gusto de verle tengo. El Conde es tan discreto, que a su elección dará dichoso efeto. Ya, Conde, habréis sabido, cómo a don Juan de Zúñiga (advertido de calidad tan justa) le hice Conde de Fuentes? Quien se ajusta a tu insigne clemencia, por méritos le sobra la experiencia. Del me sirvo obligado, y su cordura alienta mi cuidado, animando a su intento justa elección de un noble casamiento; y en la Corte no veo quien pueda consultarle mi deseo como Jacinta hermosa. ¿No lo estimaréis vos? Fuera dichosa suerte, de gloria ufana, mas ya he dicho, señor, que no es mi hermana. ¿Hay tal desabrimiento? O el Conde es necio, o su rigor violento. Conde, si mi cordura en vuestra libertad os asegura, moderad la violencia, reduciendo el enfado a la prudencia. Sólo tu agrado advierto. Ven al jardín, adunde verás cierto y en él acreditada la verdad de su suerte asegurada. ¡Extrañas confusiones! Ni entiendo tu jardín ni tus razones. Dentro. Deténgase el sol si quiere lograr sus dorados rizos, que rayo a rayo le esperan de otros más bellos los giros. Torre de auroras se alienta, deidad de luz se ha vestido Jacinta, diosa del valle, de amor general hechizo. Su abismo de resplandor, tan claros como encendidos, almas les daba a las plantas y a las flores regocijos. Furia tienen sus rayos, su vista fuego, Su gracia viva, pues Jacinta a la aurora hurtó la risa. Aquí he cifrado, señor, con estudioso artificio, el jardín que me mandaste, tan hermoso como rico. Estas Ninfas y estos Faunos que enlazan hermosos mirtos, les dio perfección la mano del que plantó el Paraíso. Y aunque aquí hay fruta vedada que al néctar pone en olvido, jamás ha habido serpiente que le aliente al apetito. ¿Qué es esto, Conde, qué es esto? ¿No es el Príncipe mi hijo éste que está aquí sentado? Y la que a su lado miro, ¿no es Jacinta? Sí, señor. ¿Y éste no es don Juan? El mismo Pues don Juan, ¿esta traición se hace a un Rey? ¿Habrase oído tal suceso? Yo, señor, con mucha lealtad te sirvo. ¿El Príncipe no iba preso? Señor, saliome al camino una cazadora, y diome en este curioso anillo tu sello y armas: por él que tú me mandabas dijo que se volviese al momento. ¿Y adonde está? Rey invicto, la cazadora soy yo. Esa obligación confirmo, dándoos diferente premio; mas no limito el castigo de estar del Príncipe al lado con la libertad que he visto. Es mi esposo. ¿Cómo esposo? Otra vez, señor, te he dicho que Jacinta no es mi hermana. Mientras fue mi padre vivo me lo encubrió, y en su muerte estas razones me dijo: "Sabrás, Pedro, que Jacinta, que por tu hermana has tenido, no es tu hermana, que de Alfonso, rey de Portugal invicto, es hija, y como los Reyes de Portugal han tenido, sobre herederos dudosos, inconvenientes prolijos, siendo heredera del reino legítima, a gran peligro su vida inocente estuvo, para que heredase un hijo. Indeterminado el Rey, confuso, triste, afligido, a mí, que con embajada del de Castilla le asisto, me dijo a solas un día, no como Rey, como amigo, su tristeza y su cuidado; yo entonces, agradecido a tanto favor, al Rey la tierna Infanta le pido para tenerla en mi casa; y él, lloroso y compasivo, huyendo el lance cruel, con lágrimas, con suspiros, su propia hija me entrega. De sus brazos la recibo, a mi casa la traslado y por tu hermana la crío. Esta es la verdad, don Pedro" (mi padre entonces me dijo), y dejándome confuso, pasó de este a mejor siglo. Verdad te digo, señor. Pues si a mí me daba avisos de su igualdad y su sangre, el alma con que he vivido bien merece perdón. De Jacinta los servicios y obligaciones que tengo, mí enojo han puesto en olvido. Señor, si he errado perdona. Para vuestra esposa elijo a doña Elvira. Tus pies beso, señor, que has medido mí gusto con mi deseo. Yo puedo decir lo mismo. Conde sois y capitán de mi guarda, yo confirmo las mercedes que os he hecho. Como de tu mano han sido. Al Conde también le doy a Fonseca y a Burguillos, por famoso jardinero. y a María, que ha servido de planta en él, ¿no la casa, para fin de regocijo? Es hija de Alberto Ramos, mi casero. ¡Honesto brío! Su Majestad no la olvide. pasa acá vos. Mas, ¿que vino por mi mal a casa el Rey? Este mancebo ha vivido seis años con gran cuidado asistiendo a mi servicio, y en verdad que es noble el mozo. Dios se lo pague, Hame dicho mi hija que la palabra le dio de ser su marido. Son mozos, no digo más. Pues qué, ¿no quiere cumplirlo? Señor, no ; y me ha requebrado cuando vamos al molino. ¡Plega a Dios si tal he hecho, que no pase del domingo! Cásese o cuélguenle luego, Cualquiera cosa es lo mismo. Echen por donde quisieren. como haya menos peligro. D, Juan. Yo os daré dos mil ducados de dote, que he recibido amistad de Alberto Ramos. Conde, Y yo a su padre lo mismo, por muchas obligaciones. ¿Y cuándo lo ha merecido todo junto su linaje? Alto, yo me determino, aunque un marido sin ojos para ser queso de Pinto dicen que es bueno. Y también para rallado, Replico que si no sana del bazo habrá divorcio. ¡Oh, qué lindo! ¿No sabe mi honestidad? Digo que la he conocido. Buenos son dos mil ducados, yo no me meto en ruidos ni en averiguar cuestiones, tomo el dinero y no miro. Y aquí El Jardín de Vargas, si mala comedia ha sido, pide perdón de sus yerros; yo de los míos le pido.